Biblioteca de visionarios

,
heterodoxos y marginados

Sinapia
Una utopía española
del Siglo de las Luces

© Copyright 1976, Miguel Avilés Fernández
Editora Nacional. Madrid (España)
Depósito legal: M. 20.224-1976
I.S.B.N.: 84-276-0344-4
Impreso en Talleres Gráficos Montaña
Avda. Pedro D íez, 3. Madrid-19

MIGUEL AVILES FERNANDEZ

Sinapia
Una utopía española
del Siglo de las Luces

EDITORA

NACIONAL

G eneralísim o, 29
MADRID

A María, compañera de
viaje a una nueva Sinapia.

IN TR O D U C CIO N ...................................................................
«S in ap ia». U na u to p ía e sp a ñ o la del S ig lo de
la s L u ces ...........................................................................
L os e le m e n to s de la f i c c i ó n .........................................
D esc rip c ió n de la S in a p ia ...........................................
«S inap ia» y las u to p ía s c l á s i c a s ..................................
«S inap ia». U na co n ste la c ió n de esp eran zas para
la E sp a ñ a ilu strad a ....................................................

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D E SC R IPC IO N DE LA SIN A P IA , P E N IN SU L A
E N LA TIER RA AUSTRAL ......................................

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1. I n t r o d u c c ió n ..............................................................
2. D escrip ció n g en eral d e la p en ín su la .............
3. H a b ita d o res ................................................................
4. D e su fertilid a d y d e la S in a p ia .........................
5. D e lo s an im ales, a v e s y p e c e s ............................
6. D iv isió n p o lítica d e S in a p ia
.........................
7. D e la ca sa o f a m i l i a ................................................
8. D el b arrio o c u a r t e l .................................................
9. D e la v i l l a ......................................................................
10. D e la c i u d a d .................................................................
11. D e la M e t r ó p o li...........................................................
12. D e la C o r t e ....................................................................
13. D e la form a de la r e p ú b l i c a ...............................
14. L os p ad res de f a m i l i a ...........................................

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D el p a d re de b a r r i o ................
De lo s p ad res d e v illa ..........
D e lo s p a d r es de c i u d a d .........
D e lo s p a d res de M etró p o li ...
D e lo s p a d res de S in a p ia ...
D el p r ín c ip e ..................................
D e la s c a sa s de la co m u n id a d
D e la r e l i g i ó n .............................
D el g o b ie r n o m i l i t a r ................
D el g o b ier n o e c o n ó m ic o ... .
De las a cc io n es co m u n e s ...
D e la j u s t i c i a .............................
De la e d u c a c i ó n .......................
De la s e l e c c i o n e s ......................
D el tra b a jo y del c o m e r c io .
D e la s c i e n c i a s ............................
D e la s a rte s ..................................
D e lo s e s c l a v o s ...........................
R e f le x io n e s ...................................

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Introducción

«Sinapia». Una uto p ía española
del Siglo de las Luces
Por extraño que parezca, son pocas las obras a las
que pueda aplicarse el títu lo de «utopías», que han
visto la luz en el país de Don Q uijote. Del m ism o
m odo, m ientras que en E spaña ha florecido hasta
el delirio esa «utopía individual» que es la m ística,
las «utopías sociales» apenas pueden contarse con
los dedos de las m anos, incluyendo aquellas que nun­
ca fu ero n dadas a la im prenta. Tal es el caso de la
que aquí presentam os, la que lleva por títu lo «Des­
cripción de la Sinapia, Península en la Tierra Aus­
tral» 1.
E l tex to original de la Sinapia se encuentra entre
los d o c u m e n to s pertenecientes a don Pedro R odrí­
guez de C am pom anes, que form an el «Fondo Docu­
m en ta l de D.a Carm en Dorado y R odríguez de
C am pom anes», hoy depositados en la Fundación Uni­
versitaria Española. Se debe su descu b rim ien to al bi­
bliotecario de dicha entidad, don Jorge C ejudo Ló­
1 D ejam os para la obra que preparam os «Utopías espa­
ñolas en la Edad Moderna» el estudio detallado de ésta y
de aquellas otras «utopías sociales» a que hem os hecho re­
ferencia.

pez, que dio noticia de su existencia en el excelente
catálogo de dicho fondo, confeccionado p o r él y
publicado recientem ente p o r la Fundación U niversi­
taria E s p a ñ o la 2.
M uchas son las razones que abogan por el interés
de esta curiosa obra que es la Sinapia y así tendre­
m os ocasión de com probarlo a lo largo de estas pági­
nas. Por ahora sea suficiente tener a la vista lo que,
en nuestra opinión, co n stitu y e la clave in terpretativa
de la Sinapia, el hecho de que este im aginario país,
esta R epública ideal, sea «así en el sitio co m o en
todo lo dem ás, p erfectísim o A ntípode de nuestra E s­
paña» 3.
Nada m e jo r que la lectura directa de la D escrip­
ción de la Sinapia para percatarse del alcance de
una obra com o ésta, enm arcada en el esperanzado
ám bito en que se m ovieron los hom bres de la Ilu s­
tración. E sto no obstante, no nos ha parecido ocio­
so anteponerle una introducción que, m ás que acla­
rar lo que de por sí es transparente, se lim itara a
orientar respetuosam ente al lector con algunas suge­
rencias y parangones. G uiados por este criterio, ofre­
cem os, en p rim er lugar, algunas consideraciones so­
bre los recursos form ales de que se ha valido el
autor de la Sinapia para lograr un efecto m ás inci­
2 J. Cejudo L ópez, Catálogo del Archivo del Conde de
Cam pomanes (Madrid - FUE, 1975). El legajo en cuestión,
fichado con la signatura 8-17, consta de 10 cuadernillos
de 14,5 x 19,5 cm., escritos por am bas caras, con un total
de 80 páginas. La numeración original sólo afecta a las pá­
ginas im pares, por lo que, en al transcripción del texto,
utilizam os la notación recto-verso junto al núm ero de la
página correspondiente. En sus m árgenes se anotan los nú­
meros y títu los de cada apartado, así com o los añadidos
que eventualm ente insertó el autor o el copista. La letra
es del siglo xvi i i .
3 Sinapia, cap. 33, p. 40 v. (En adelante citarem os S. 33,
40 v. etc.)

sivo en los destinatarios de su utopía (Cfr. apartado
«Los elem en to s de la ficción»). La pseudoepigrafía,
el recurso al an tip o d ism o de m odelos sociológicos,
etcétera, saben ponerse al servicio del a u to r con un
resultado que la experiencia de su lectura evidencia­
rá oportunam ente.
N os h em o s detenido, a continuación, en llevar a
cabo un resum en del co n tenido de la obra que bien
podría considerarse re p etitivo si no h u b iésem o s te­
nido el cuidado de p re te rir m u ltitu d de aspectos
para d etenernos en aquellos que exigen la concen­
tración d e m em bra disiecta para entender la opinión
del a u to r sobre ciertos aspectos de su sociedad ideal
e, incluso, la imagen concreta que en su m e n te pu­
dieron tener desde la P enínsula de Sinapia a la plan­
ta de sus tem plos (Cfr. apartado «D escripción de la
Sinapia»).
E n tercer lugar, se ha establecido una com para­
ción entre la Sinapia y dos de los m ás im p o rta n tes
clásicos de este género literario, la U topía, de To­
m ás M oro, y La Ciudad del Sol, de Fr. T om ás Campanella (Cfr. apartado «Sinapia y las utopías clási­
cas»), C onscientem ente h e m o s evitado la com para­
ción con las utopías posteriores, en especial con las
ideaciones de los llam ados «socialistas utópicos» 3bis,
tanto p o r no cansar al lector, com o p o r albergar el
deseo de publicar éstas y otras consideraciones en
un estu d io que preparam os sobre las uto p ía s fo rja ­
das p o r d istin to s pensadores hispanos de la E dad
M oderna.
C erram os nuestra introducción con una m irada al
entorno en que se produce la Sinapia: E l siglo X V I I I
en E spaña (Cfr. apartado «Sinapia, una constelación
3bis Sobre el particular, véase la obra de E lorza , A., So­
cialismo utópico español, Alianza Editorial. Madrid, 1970.

de esperanzas para la E spaña Ilustrada»). Tam poco
aquí nos h em os dejado llevar de la tentación de la
exhaustividad. Subrayam os ciertos paralelism os que
nos han parecido obvios pero dejam os su desarrollo
en m anos del lector, que pod rá servirse de las obras
especializadas que indicam os en las notas para lle­
var a cabo, por sí m ism o, este descubrim iento. Un
excelente cam po es el que, a este fin, nos ofrecen
ciertas realidades, que bien podríam os calificar de
«sinápicas», contem poráneas de la D escripción. Val­
gan de ejem p lo las reducciones jesuíticas del Para­
guay o la obra colonizadora del régim en carolino en
Sierra M orena.
El texto de la D escripción de la S inapia se ha re­
p roducido ateniéndonos a ciertas norm as elem enta­
les de transcripción destinadas a facilitar su lectura.
Se ha observado, com o criterio general, el de m a n te­
ner la lengua y m odernizar la ortografía. H em o s di­
suelto las abreviaturas y hem os intercalado, cuando
nos ha parecido interesante, las oportunas notas ex­
plicativas en las que, si no hem os acertado, el lector
sabrá encontrar una excelente oportunidad de colaborar con sus conocim ientos.
Las soluciones que ofrece el autor de S inapia a
los p roblem as sociales, económ icos, políticos, reli­
giosos, culturales, etc., de la España de su época
podrán p a recem o s acertadas o descabelladas. De
todos m odos, su disco n fo rm id a d fu n d a m e n ta l con el
m u n d o en que vivió y su magnífica generosidad de
visionario, no pueden servir sino de e stím u lo para
enseñarnos a descubrir, tam bién a nosotros, otras
Sinapias, antípodas del m u n d o en que vivim o s, que
sirvan de ilusionado m odelo de acción.
A ntes de entrar en m ateria, perm íta sen o s hacer
constar nuestra gra titu d a don Jorge C ejudo, biblio-

tecario de la Fundación U niversitaria E spañola, en
quien no sabríam os si adm irar m ás al am igo o al
hom bre de ciencia. J u sto es, tam bién, agradecer,
tanto a la propietaria com o a la F undación en que
se cu sto d ia n estos fo n d o s docum entales, el servicio
que generosam ente hacen a la cultura española.
Vaya, fin a lm en te, n u estro agradecim iento a D. Pedro
Sáinz R odríguez — m a estro inim itable, am igo inm e­
recido y excelente catador de los vinos del espíri­
tu—, p o r cuanto a él le debe la Sinapia.

Los elem entos de la ficción
La R epública de Sinapia, com o afirm a su creador,
cuenta entre sus in stitu cio n es culturales con unos
colegios en los que, entre otros m uchos sabios, hay
unos a quienes llam an «m ercaderes de luz» los cua­
les, «en traje de arm enios y banías, peregrinan por
todas partes adquiriendo libros, noticias, m ateria­
les y m odelos para el adelantam iento de las ciencias
y artes» y, colaborando estrecham ente con ellos,
tienen «traductores de todos géneros de lenguas».
Unos y o tros «dan a sus vecinos toda la luz que con­
viene y la libran de todo lo dañoso e in ú til que tanto
abunda entre nosotros»4.
C onsecuente con sus ideas, el autor se nos pre­
senta com o uno de estos m ercaderes de luz, que ha
recogido sus noticias de libros extranjeros y las ha
traducido para ponerlas a disposición de sus com pa­
triotas. E n efecto. C ontrariam ente a los d em ás uto­
pistas, que suelen c o n stru ir sus ficciones sobre la
base de un diálogo entre un viajero im aginario y su
4 S i n a p ia , 29, 34 y 34 v .

anfitrión 5, el autor de Sinapia introduce su tem a en
la fo rm a siguiente:
«No sé cóm o se v inieron a las m anos algunos
a p u n ta m ie n to s que Abel T asm án h a b ía hecho
en su viaje, tra d u c id o s p o r algún cu rio so de ho­
landés en francés, en que se da n o tic ia de cier­
ta república que, p o r su antigüedad, ju stific a ­
ción y sum a d iv ersid ad de lo que p o r acá se
p rac tic a , no me ha parecido indigna de la cu­
rio sid ad de m is p a isa n o s... D eterm iném e, pues,
a tra d u c irla , a riesgo de que pase p o r novela»6.
De esta form a, habría sido Abel T asm an el autor
de cu a n to él relata en su m anuscrito acerca de Sina­
pia. N o parece, sin em bargo, que esto sea cierto. A
pesar de que, además, se presenta com o c o n te m p o ­
ráneo de Tasm an7, hay sobradas razones para creer,
y el lecto r de Sinapia podrá apreciarlo fá cilm e n te ,
que el a u to r de esta u topía debió escribirla m uchos
años desp u és de la m u erte de Tasman.
E l navegante holandés A bel Janszoon T asm an (Lubgegast, 1602 ó 1603-Batavia, 1659) em prendió, p o r or­
den del G obernador de Batavia, Van D iem en, varios
periplos. E n uno de ellos (1642-43) circum navegó
A ustralia y descubrió la Tierra de Van D iem en, que
m ás adelante se denom inaría Tasm ania en honor de
su descubridor, así com o N ueva Zelanda. Se conser­
vaba un diario de su navegación, pero no fu e p ubli­
cado hasta 1860, en A m sterd a m , con el títu lo de J o u r­
nal van de Reis n a a r h et onbekende Z uidland 1642
5 Rafael H itlodeo y Tom ás Moro en la Utopía de éste.
Un A lm irante genovés y el Gran Maestre de los H ospitala­
rios en La Ciudad del Sol, de T. Campanella.
6 S i n a p ia , 1, 1 y 1 v.
7 Hace referencia al periplo de Abel Tasman com o si
hubiese tenido lugar «en n uestros días» ( S in a p ia , 1, 1).

door Abel Janszoon T asm an 8. Mas, aunque el autor
de la Sinapia hubiese conocido alguna versión, más
o m enos resum ida, de este diario, nada tiene que ver
su co n tenido con el de nuestra utopía, a no ser al­
guna anécdota suelta 9 o el idílico a m b ien te en que
Tasm an describe a los p u eb lo s m ahories de N ueva
Zelanda. N o parece, en efecto, sino que el a u to r de
la Sinapia se ha servido del recurso de la pseudoepigrafía para autorizar, de algún m odo, ante sus
lectores lo que, de o tro m odo, no sería to m a d o — él
m ism o lo reconoce— , sino com o una novela 10.
Sinapia no es, pues, otra cosa que la im agen in­
vertida de la España en que vive el autor. S u situa­
ción geográfica, que anota m inuciosam ente, es la
m ism a que tiene E sp a ñ a ... pero en el polo opuesto
8 Editado por Jacobo Swart. La biografía de Tasm an fue
publicada por D ozy en B ijdragen tot de Taal-land: Volkenkunde van Nederlandsch Indie (1887).
9 Así trata de confirm arlo aduciendo una anécdota que
dice relatada por Tasman (Cfr. S inapia , 26, 26 v. Hace tam­
bién una relación de los h itos de su periplo en S inapia , 2, 2).
10 E ste m ism o afán p o r d ar v ero sim ilitu d a su relato
con b a se a la au torid ad de v ia jero s n o ta b les, le h ace alu­
dir, en su in trod u cció n , a las n o ticia s a p o rta d a s por los
n aveg a n tes que, d esd e fin a le s del sig lo x v i, frecu en ta ro n
los m a res au strales: A lvaro de Mendaña y P ed ro F ern an ­
dez
de
Q u irós, en tre lo s esp a ñ o les. P. de N u y ts, Van
D ifm en , C arp en ter y Tasman, e n tre lo s h o la n d e se s. S u geri­
m os la p rob ab ilid ad de q u e el au tor de S in ap ia haya
ap rovech ad o algu n os de lo s d a to s que tr a n sm itie r o n tan to
A lvaro Mendaña de N e ir a (1541-1595) co m o F ern án d ez de
Q u irós, en su Relación de un memorial que ha presentado

a S. M. el Capitán Pedro Fernández de Quirós sobre la
población y descubrim iento de la cuarta pa rte del mundo,
Austrialia incógnita, su riqueza y fertilidad, descubierta por
el m is m o capitán (P a m p lo n a , 1610, 1.a ed.). A cerca de esta
ú ltim a obra, cfr. S anz López, C., Descubrimiento y denom i­
nación de Australia (M adrid - M in isterio de A su n to s E xte­
riores, D irección G eneral de R ela cio n es C u ltu ra les, 1973).
Cfr. ta m b ién C. P r ie t o , El Océano Pacífico: N avegantes es­
pañoles del siglo X V I (M adrid - A lianza, 1975).

del m u n d o , en las antíp o d a s 11, en el lugar m ism o que
ocupa la isla norte de N u eva Zelanda (Te I k a Namawi). Pero Sinapia no es una isla, sino una península,
unida p o r un istm o al co n tin en te que se extiende,
según él, hacia el estrecho de Magallanes, continen­
te que ha creado en su im aginación para hacer de
Sinapia el doble perfecto de España. E n ésta y en
aquélla, una im practicable cordillera p a rte el istm o
de m a r a m ar: Lo que acá son m o n tes Pirineos, allí
son los m o n tes de Bel, «con que Dios divid ió la pen­
ínsula de la tierra firm e» 12.
La única diferencia estaría en la orientación res­
pectiva de cada una de estas penísulas: M ientras que
en E spañ a la costa del océano A tlántico m ira al Oes­
te, en S inapia esa m ism a costa estaría m irando al
N orte. Así, los ríos de Sinapia desem bocan en el
océano del N orte y las cadenas m ontañosas secun­
darias, van «hum illando su altura com o se van acer­
cando a las provincias del N orte». E l m a yo r de los
ríos sinapienses, el Pa, descarga, com o el Tajo, en el
océano, «form ando en su bocana capacísim o y segu­
rísim o puerto». La L isboa de Sinapia lleva — nos
dice su a u to r—, el nom bre de Bender-Pa, que podría
traducirse, siguiendo siem p re sus indicaciones, com o
«Abrigo de paz» I3.
T anto el Pa com o el T ajo bañan, hacia la m ita d de
su recorrido, la provincia central de la p enínsula res­
pectiva, do nde asim ism o están las capitales de las
dos repúblicas: N i y M adrid. Los pueblos que habi­
tan m ás allá de las grandes cordilleras ístm icas, son,
en Sinapia, los lagos y los m erganos. N o es difícil
com poner con las letras de estos nom bres, los de
11 S . 2, 2.
12 S . 4, 5.
13 Comparar S., 2 , 2 ( B e n d e r - p a ) con S., 3, 3 v . ( B e n d e r - n o )
y S., 6 , 6 v . (P a -sa ).

MAPA DE SINAPIA
Reconstrucción hipotética según el texto

los «galos» y «germanos», de la m ism a fo rm a que
las letras de Sinapia son las m ism as que com ponen
el n o m b re de H ISP A N IA , si bien ordenadas de di­
versa form a. E l nom bre con que, en la antigüedad,
se conoció la península de Sinapia, Bireia, no sería
sino el de IB E R IA 14.
La m ism a historia de Sinapia presenta ciertas afi­
nidades con la de la pen ín su la ibérica. Pero dejem os
el descu b rim ien to de éstas y otras coincidencias al
m ism o lector. Baste con lo dicho para d a r por con­
cluido que, aunque no hubiese existido Tasm an, no
habrían faltado recursos al autor de la Sinapia para
p resen ta r a sus lectores el m odelo de lo que él hu­
biera querido que fu ese la España en que vivió.
Con esta perspectiva, Sinapia no es una utopía,
algo que no está en ningún lugar. P odríam os definir­
la m ás bien com o una antitopía, com o lo que es al
contrario de lo que existe en algún lugar. A hora bien,
Sinapia no es, sim p lem en te, la imagen especular de
unas fo rm a s geom étricas determ inadas, ni un juego
de letras revueltas para distracción de crucigram istas. E sto s ingenuos recursos no son m ás que la clave
que introduce en una oposición m ás p ro fu n d a entre
una realidad rechazable y un ideal que el a u to r tra­
ta de inculcar con todos los recursos de que dispone.
¿Cuáles son, en esencia, los térm inos de la antítesis?
Valora el autor de Sinapia la oposición existente
entre la v irtu d cristiana que hace floreciente a su
república y las «redom adas políticas» de Tácito, Maquiavelo y «los europeos». Pero no es ahí donde ra­
dica la diferencia fu n d a m en ta l, sino en estos otros
p untos: E n Sinapia se vive en perfecta com unidad;
en E spaña, «nos habernos criado con lo m ío y lo
tuyo». E n Sinapia, «se practica la perfecta igualdad»;

en España, «estam os hechos a la sum a desigualdad
de nobles y plebeyos», «estam os corrom pidos con el
abuso de la superfluidad». E n Sinapia, todo se orien­
ta a «vivir tem plada, d evo ta y ju sta m e n te en este
m undo, aguardando la dicha prom etida con la veni­
da gloriosa de nuestro gran Dios, para lo cual ningu­
nos m ed io s son m ás a p ro p ó sito que la vida com ún,
la igualdad, la m oderación y el trabajo». E n nues­
tros países, por el contrario, al despreciarse estos
m edios, no hem os logrado sino gobiernos a ten to s a
satisfacer «nuestra pasión o redim ir n u estra veja­
ción».
Quien quiera que sea el au to r de Sinapia, se trata
de alguien que ha tenido conciencia, a su m odo, de
la existencia de un en fren ta m ien to de clase entre
nobles y plebeyos, ricos y pobres, entre los que vi­
ven en «la artificiosa variedad de regalos y com odi­
dades que ha inventado la poltronería» y los que vi­
ven envilecidos «con la acostum brada sujeción» 15.
Se ha percatado de cóm o el origen de las sediciones
está en la soberbia y am bición de una clase y en la
opresión que causa en los plebeyos. Ha valorado el
trabajo com o fu en te de dignidad, com o único m edio
capaz de conseguir, si to d o s lo practican, «que unos
no revienten m ientras otros, con desvergüenza, se
huelgan (com o sucede en nuestros países)» I6.
E n todo caso, estam os ante un h om bre que, sin­
tiéndose al m ism o tiem p o ciudadano y cristiano,
está persuadido de que la única fo rm a de realizarse
en a m b o s niveles radica en la vida com ún, la igual­
dad, la m oderación y el trabajo y de que el m ayor
obstáculo para alcanzar aquel ideal radica en intro­
ducir «la propiedad, la novedad de usos, la dom ina15 S ., 33, 40 v.
16 S ., 33, 38 v.

ción, la m oneda, la estim ación de las riquezas y el
ocio, la vanidad de la sangre» 17. A hora bien ¿cóm o
ha de organizarse la vida hum ana para que esos idea­
les se hagan asequibles? ¿Cómo lograr, incluso, que
esa sociedad se m antenga en los ca m in o s iniciados
sin que la aparten de ellos ni aun los que, dentro de
su seno «han procurado alterar el gobierno»? La
respuesta a estas preguntas es la que se da en la
«D escripción de la Sinapia».

D escripción de la S in ap ia
Cuando Rafael H itlo d eo tuvo que abandonar Uto­
pía, allí quedaron, según cuenta M oro, m uchos cris­
tianos convertidos p o r su predicación. Los utópicos
tenían por norm a no forzar las conversiones y p ro ­
curaban «que si alguno deseaba convencer a otro lo
hiciera con m o d estia y con razonam ientos, no usan­
do nunca de violencia ni injuria, castigándose con el
d estierro o con servid u m b re a los contraventores» 18.
E n cierto sentido podríam os decir que el autor de
S inapia reanuda el proceso religioso de los utópicos
do n d e M oro lo deja.
A Sinapia, habitada desde tiem p o s inm em oriales
p o r negrillos zam bales, fueron llegando diversos pue­
b lo s que se establecieron y prosperaron en ella: Ma­
layos, peruanos y chinos van poblando la península
y aportando los avances culturales logrados en sus
países de origen hasta que, finalm ente, llegan los
persas, que introducen el cristian ism o en Sinapia.
«Con dulzura, buen ejem plo, espera y caridad, fu e­
17 S., 1, 1 v. y 33, 40 v.
18 T. M oro , Utopía, pp. 66-67. (Citamos la traducción de
don Jerónim o de M edinilla y Porres, de 1637, editada por
Z ero , S. A. —Agorta (Vizcaya)—, 1971, 3.° ed.)

ron am ansando y dom estica n d o la fero cid a d de los
m alayos y rusticidad de los peruanos».
L os prim eros en convertirse fueron los chinos, los
m ás civilizados, em p eza n d o por «un grandísim o filó­
sofo, llam ado Si-ang», al que, en adelante, los sinapien ses contarían entre sus héroes nacionales, ju n to
con los persas, el prín cip e Sinap, que dio nom bre
a la R epública, y el obispo José C odabend. La con­
versión del resto de los habitantes de Sinapia se
realizó sin violencia, aunque los cristianos hubieran
po d id o usarla «así p o r hacer su gobierno m ás am a­
ble y duradero com o porque, siendo el principal in­
ten to la conversión verdadera, no juzgaron sería tal
la que se procurase p o r otros m edios que los que
C risto usó y m andó usar a sus apóstoles». 19
Obra de estos p rim itiv o s héroes fue, tam bién, la
c o n stitu c ió n política de Sinapia, la cual tam poco se
im p u so por la fuerza, sino que «fueron esto s pruden­
tes legisladores in tro d u cien d o su práctica no de un
golpe, pues fuera im posible, sino poco a poco, pri­
m ero en una fam ilia; después, en un barrio; luego,
en una villa, en una ciudad, e tc .» 20.
E n el nacim iento de Sinapia destaca, pues, su crea­
dor, la unión de dos culturas: la de los chinos — que
parece identificar con la grecorrom ana— , y la de los
persas, el cristianism o. C om o en el caso de la E spa­
ña real, el núcleo c u ltu ra l resultante consolidó sus
creencias e institu cio n es en lucha contra las invasio­
nes de diversos pueblos, los lagos, los coricras, los
jaos y los m o lu c o s 2\ C om o en la E spaña de la Re19 S., 3, 4.

20 S., 3, 3 v. - 4.
21 Los Lagos ya han sid o relacionados con los Galos,
térm ino genérico que se referiría posiblem ente a los inva­
sores bárbaros. Más d ifíciles de identificar son las corres­
pondencias reales de los Coricras, Jaos y M olucos. Aventu­
ram os —valga la h ip ótesis— la posibilidad cabalística de

conquista, el esfuerzo defensivo coadyuvó a que los
sinapienses abrazasen al m ism o tiem p o la religión
cristiana y se sujetasen a la obediencia del príncipe.
E ntroncaría, de esta form a, el p e n sa m ien to del
au to r de Sinapia con una larga tradición interpreta­
tiva de la historia de E spaña incapaz de concebir su
esencia sin el cristianism o. Pero, al contrario de lo
que había ocurrido en la E spaña real, la E spaña im a­
ginaria que es Sinapia no se erige en defensora de
un cristianism o territorializado y político, en el pa­
ladín de la Cristiandad. La Iglesia sinapiense, p o r el
contrario, se nos p resenta con unas características
que, si, p o r una parte, parecen reflejo del pen sa m ien ­
to ilustrado, por otra, alcanzaría a com pararse inclu­
so con la Iglesia p o stvaticana de n u estro s días.
La Sagrada E scritura, traducida p o r los héroes
fu n d a d o res a partir de códices griegos y hebreos, es
la base de las creencias de esta Iglesia. S u disciplina
es la que tuvo la Iglesia en el tercer y cu arto siglo.
Su s m inistros, entre los que se cuentan las «díaconesas», viven en com unidad, practican la pobreza, vi­
ven de su trabajo, en este caso, com o m aestros de
prim eras letras. Su jurisdicción queda lim itada es­
tric ta m e n te al fuero in terno de la conciencia. Su nú­
m ero es lim itado e stricta m e n te a las necesidades. Su
disciplina lo su ficien tem en te abierta co m o para evi­
tar que un riguroso e n tu sia sm o les haga caer en la
superstición. Los que se deciden por la vida m onástique la prim era de estas palabras corresponda con Arriccos
(¿árricos o arríanos?). Los Jaos podrían ser los JudAicOS,
los judíos. Si Molucos fuera una contracción deform ada de
MAmeLUCOS, podríam os considerarnos satisfechos al iden­
tificarlos con los invasores m usulm anes. En otros lugares
tam bién se les llama «m alucos» (S., 23, 16 v.). En todo caso,
tam bién puede tratarse de una intrascendente alusión a las
M olucas, con lo que huelgan las charadas.

ca o solitaria tienen p o r m e jo r servicio el de hacerse
esclavos voluntarios de la com unidad, para trabajar
en las obras públicas. N o se ligan con vo to s y, si
lo desean, pueden cam biar su situación sin que sean
notados p o r ello.
Los actos litúrgicos sie m p re se realizan en lengua
vernácula. A unque sólo los eclesiásticos p u ed en en­
señar la ciencia sagrada, p u eden tam bién los seglares
hacer observaciones críticas a la traducción de la
E scritura, pueden estudiar la ciencia divina y escri­
bir sobre ella, si bien deben ser aprobados sus escri­
tos p o r la Iglesia antes de publicarlos. L ícito e inclu­
so laudable es «proponer a la Iglesia sus dud a s en
m aterias de fe», ad m itién d o se durante un año un
diálogo que puede co n firm a r el dubitante en su opi­
nión, m as úncam ente se le destierra cuando «quiere
hacer p a rtid o o m over sedición». Los que han de
ser elevados al m in isterio eclesiástico deben ser
p ro p u esto s por los fieles y elegidos p o r quienes
m andan...
Se configura de este m o d o un m odelo de sociedad
en la que la Iglesia aparece som etida al E sta d o en
todo aquello que sale fu era del ám bito de la con­
ciencia. C ualquier piadoso censor contem poráneo
habría tachado al autor de la Sinapia de «jansenis­
ta», en el sentido en que este térm ino se aplicaba a
dos del siglo X V I I I 22.
E n esta sociedad, en la que los esfuerzos del E sta ­
do y de la Iglesia coin ciden en dar a sus sú b d ito s y
fieles la felicidad en este m u n d o y en el otro, todo
se organiza, todo se reglam enta, todo se calcula de
m odo racional. La razón es el libro en el que todos
22 V éase la determ inación de la acepción típica del tér­
m ino «jansenista» en la excelente obra de R. H err , España
y la revolución del siglo X V III (Madrid - Aguilar, 1973,
2.a reim presión), pp. 9-30.

los h o m b re s pueden leer. Los sinapienses, nos dirá
n u estro au to r son, sin duda alguna, cartesianos, no
p orque hayan leído a D escartes, de quien ni siquiera
conocen el nom bre, sino porque se han conform ado
con él «por haber co nsultado la m ism a razón, que
es co m ú n a todos»23. Y la razón, llevada, en ocasio­
nes, a extrem o s delirantes, es la que rige los m enores
detalles de la vida y organización de Sinapia.
E l territorio está d ivid id o a escuadra y cordel en
nueve cuadrados iguales, correspondientes a las nue­
ve provincias que integran Sinapia. Cada provincia
se divide en cuarenta y nueve cuadrados m enores,
correspondientes a los d istrito s de otras tantas ciu­
dades. A su vez, cada uno de estos d istrito s se divi­
de en otras cuarenta y nueve circunscripciones, tam ­
bién cuadradas: son los territorios de las villas. En
este laberinto cuadricular, no parece haber m ás fo r­
m as redondas que las de los tem plos, pero aun en
éstos, la geom etría y el n ú m ero llenan con su sim bólism o el am biente. Siete gradas llevan del plano de
la ciudad a la p la taform a sobre la que se alza el
tem p lo y las dependencias eclesiásticas. A quél, se
eleva cinco gradas sobre esta plataform a. E n su in­
terior son tres las que separan el plano del altar del
plano de los fieles. Todavía una grada eleva el altar
sobre el presbiterio . 24 Tem plos, casas, alm acenes,
ciu d a d es... el autor repetirá una y otra vez:V isto
uno, se ven todos.
«Quien ha visto u n a villa, las ha visto todas,
pues todas son iguales y sem ejantes; y quien
h a visto éstas, ha v isto las ciudades, las m etró ­
polis y la corte m ism a, pues sólo se diferencian
23 S ., 31, 35 v.

en el núm ero de los b a rrio s, en la m e jo ría de
los m ateriales y en la grandeza de los edificios
p ú blicos y, en todo lo dem ás, son u niform es» 25.
La célula básica de la sociedad sinapiense es la
fam ilia, presidida por el padre de fam ilia. Cada fa ­
m ilia habita en una casa. La unión de diez fam ilias
co n stitu y e el barrio, un id a d presidida p o r el padre
de barrio. H ay barrios urbanos y rurales. E l m ás
pequeño de los núcleos urbanos posibles es la villa:
En ella se disponen, en arm oniosa unidad u rb a n ísti­
ca, ocho barrios, ju n to con los edificios de la co m u ­
nidad. E l territorio rural de cada villa se divide en
cuatro cuarteles. E n cada uno de ellos hay dispersas
diez fam ilias, de m odo que los ocho barrios urbanos
unidos a los cuatro barrios rurales form a n la villa,
presidida p o r el padre de la villa, de quien dependen
los padres de barrio y de éstos, a su vez, los padres
de fam ilia. Los padres de la villa tiene co m o superio­
res a los padres de ciudad, éstos a los de m etró p o lis
y, fin a lm en te, el senado, con el príncipe, co n stitu yen
el vértice de esta pirám ide, cuyo organigram a ofre­
cem os en la página siguiente 26.
Las casas de Sinapia, sus barrios, sus villa s... es­
tán planeados m in u cio sa m en te en fu n ció n de los
servicios que prestan a sus habitantes. Las casas,
espaciosas, porticadas y ajardinadas, poseen despen­
sas y alm acenes donde se guardan los a lim en to s y
vestidos, los m ateriales e in stru m e n to s de trabajo
que proporciona el padre de barrio, etc. Cada barrio
está presidido por la casa del padre de barrio, dota­
da igualm ente de alm acenes en que se guardan las
25 S ., 12, 9.
26 A c a d a g r u p o d e m a g i s t r a d o s , e l a u t o r a t r i b u y e i n s i g ­
n i a s d e l o s c o l o r e s q u e s e e x p l i c i t a n e n S in a p ia , 14, 9 v .; 15,
9 v .; 16, 1 0 v .; 17, 1 0 v .; 18, 11; 19, 1 1 v .; 20, 1 1 v.

cosas que el padre de barrio su m inistra a sus fa m i­
lias, así com o lo que éstas producen en su s trabajos
respectivos.
EL BARRIO.
1

7

2

8

3
11
4

5

6

13

9

10

1-10.—Casas de las fam ilias. / 11.—Casa del Padre de Ba­
rrio: V ivienda del Padre de Barrio, sala com ún, alm acenes
com unes, cam pana, cárcel, oficinas. / 12.—Fuente o noria. /
13.—J a rd ín 27

La villa cuenta con cuatro grandes casas de la
com unidad. E n una de ellas habita el padre de la
villa y en cada una de las otras tres, sus tres directos
colaboradores, el padre de la salud, el de la vida y
el del trabajo. E n cada una de estas casas de la
co m u n id a d hay otras tantas dependencias, adecua­
das a los m in isterios que en ellas se ejercitan: libre­
rías, alm acenes, oficinas, etc. La com paración con los
planos a d ju n to s facilitará la com prensión del relato
que nos ofrecen las páginas de la Sinapia.

LA VILLA (Casco urbano).
1-8.—Barrios. / 9.—
Casa com ún del Pa­
dre de la villa: Hos­
pedería, casa de
postas, sala del con­
sejo, reloj, cárceles,
archivo, librería, ca­
ballerizas. / 10.—
Casa del Padre de
la sanidad. Hospi­
tal, baño, jardín de
plantas
m edicina­
les, botica, gim na­
sio, d estilatorio, et­
cétera. / 11.—Casa
del Padre de la vi­
da: Alm acenes ge­
nerales, carnicería,
panadería, fragua,
estab los y
corra­
les. / 12.—Casa del
Padre del trabajo:
A lm acenes de ma­
teriales de trabajo,
fábricas de instru­
m entos. / 13.—Tem­
plo, cem enterio, de­
pendencias eclesiás­
ticas. / 14. — Plaza
de la v illa 28.

LA VILLA (Territorio).
1. — Casco urbano
de la villa. / 2.—
Cuarteles, zonas ru­
rales. / 3. — Casas
de padre de barrio:
Uno en cada cuar­
tel. / 4.—Casas dis­
persas donde habi­
tan las fam ilias que
trabajan en los cam ­
pos de la v illa 29.
28 S„ 9, 8 v.; 16, 10;
21 , 12 .

29 S., 9, 8.

EL TEMPLO.

1

.—Gradas de acceso a la plataform a donde se hallan las
dependencias de la Iglesia (7 gradas). / 2.—Puertas (cua­
tro) que, por una escalera descendente, dan acceso al ce­
m enterio, situado debajo del com plejo eclesiástico (5 gra­
das). / 3.—Presbiterio o vivienda de los sacerdotes. Libre­
ría com ún. / 4.—Diaconía, vivienda de diáconos y subdiáconos. E scuela de niños. / 5.—Vivienda de los órdenes
m enores (acólitos, cantores y lectores). Sacristía. / 6.—Vi­
vienda de las diaconisas. E scuela de niñas. / 7.—Estanque
oval para los bautizos. / 8-10.—Puertas de acceso al tem plo.
La de la derecha, para los hom bres. La de la izquierda,
para las m ujeres. La central, para los eclesiásticos. / 11.—
Gradas que dan acceso al tem plo (5 gradas). / 12.—Plano
en que se sitúan los fieles, repartidos por sexos y catego­
rías: catecúm enos, penitentes, fieles. / 13.—Gradas de acce­
so al presbiterio (3). / 14.—Presbiterio. / 15.—Gradas de
acceso al altar (1 grada) y altar. / 16.—Coro. / 17.—Torres
de reloj y de cam panas 30.

T anto en la racionalización de las fo rm a s a rtísti­
cas co m o en el proclam ado gusto p o r la sim etría, la
estética de los sinapienses presenta claras afinidades
con los gustos neoclasicistas del siglo X V I I I . La her­
m o su ra consiste, para ellos, «en la observancia de
la sim e tría que agrada» 31. E n p in tu ra y escultura
valora la im itación, p ero sobre todo, la propiedad
con que se representan los m odelos, evitando ana­
cro n ism o s y anatopism os. La lengua, que enseñan
los sinapienses a sus h ijo s con toda su p u r e z a 32 se
cultiva procurando evita r los juegos de palabras y
las agudezas p u e rile s33 y tiene sus m ás bellas m ani­
festaciones en la tragedia y la c o m e d ia 34.
La sociedad sinapiense preserva la paz p o r todos
los m edios. Para sus sú b d ito s, basta con las leyes.
C ontra los extraños, el ejército. E l a u to r da vuelós
a su im aginación cuando describe los porm enores
del gobierno m ilitar. Pero en ésta, co m o en otras
ocasiones, no puede m e n o s de advertirse en sus elu­
cubraciones un cierto arqueologism o intencionado,
un a rm a r a sus soldados de borgoñotas, al estilo de
Carlos V, y de cañones pedreros; o bien de poner a
los elefa ntes de Aníbal tirando de la im p ed im en ta . E s
éste, a nuestro parecer, un recurso d estinado a auto­
rizar la vero sim ilitu d de su relato en ta n to en cuan­
to que no refleja litera lm en te los usos m ilitares de
su p ro p io tiem p o . 35
La vida económ ica de Sinapia tiene su núcleo bá­
sico en el trabajo de la fam ilia, regulado p o r norm as
de estricta obediencia de los hijos a los padres, de
31 S., 31, 37. Sería éste el m ism o criterio que expresa
M ontesquieu: «La sim etría elim ina el esfuerzo al observa­
dor» («É ssai sur le gout», reim preso en la Enciclopedia).
52 S„ 27, 29.
33 S., 31, 36.
34 S., 25, 25.

35 S„ 23.

los m enores a los m ayores y de los esclavos a los
libres. E l au to r reglam enta el horario ferial de la fa­
milia, su s oraciones, com idas y diversiones com unes.
Regula su s vestidos, su m obiliario, sus cabellos, su
m enú, las épocas propicias para el m a trim o n io , la
transferencia de sus p ro d u c to s a los alm acenes co­
m unitarios, la recepción de los alim entos, m ateria­
les y ú tiles que necesitan para su existencia y su ac­
tividad. N adie perm anece inactivo, a no ser cuando
la en ferm ed a d u otra causa de fuerza m a y o r se lo
im pide, pero siem pre con conocim iento del superior.
Por otra parte, nadie realiza trabajos in ú tile s o su­
perfinos. Se valora de m o d o especial el laboreo de
los cam pos y la crianza de los anim ales, pero no fal­
tan fábricas y «m anifacturas» donde se elaboran to­
dos los enseres necesarios. Las m u jeres atienden,
p rincipalm ente, a la com ida, los vestidos y los calza­
dos. N o hay otra especialización: periódicam ente,
las fam ilia s se trasladan de las ciudades a las villas
y del casco urbano de éstas a la zona rural, de m odo
que alternen sus tareas ta n to en la in d u stria com o
en la agricultura y la ganadería. Los m agistrados,
aunque estén absorbidos p o r sus funciones propias
acuden tam bién al trabajo m anual en el tie m p o dis­
ponible, tanto por exigírselo sus propias conviccio­
nes co m o p o r dar eje m p lo a los dem ás ciudadanos.
E n estas circunstancias se explica su ficientem en­
te que pueda desarrollarse una econom ía co m o la de
Sinapia a pesar de que su s habitantes no trabajan
m ás de seis horas diarias, habitualm ente. La educa­
ción y los ejem plos que desde niños reciben im piden
que, al no sentirse necesidad, se soslaye el trabajo.
Bastan, pues, seis horas de trabajo del que nadie
se exceptúa; y bastan a tendiendo a que han supri­
m ido las excesivas festiv id a d es que en o tro s países
«ha in tro d u c id o la haraganería a título de devoción».

B asta con esta corta jo rn a d a m ientras que en otros
lugares ha de extenderse a causa de que en ellos
«son p ocos los que trabajan respecto de los m uchos
que su vicio, sus em pleos de nobleza, de religión y
de letras y la infinita m u ltitu d de sus fam ilias» m an­
tiene en la o c io sid a d 3e.
Las festivid a d es que celebra la sociedad sinapiense tienen un claro relieve en el relato que nos ocupa.
Las divid e el autor en tres clases: E clesiásticas, do­
m ésticas y públicas. Un sencillo esquem a de las m is­
m as ayudará a clarificar una narración que, a p rim e­
ra vista, pu ed e resultar farragosa:

ACCIONES COMUNES (festividades).
F in alid ad : Que los ciudadanos se unan en am istad.
C lases de acciones com unes:
1.

E C L E SIA ST IC A S:



Vísperas de festivid a d .
Domingos.
Bodas: Se celebran en los equinoccios.
Bautizos: E n Sábado Santo y P entecos­
tés.
— Rogativas.
— Acciones de gracias.
2.

D O M ESTIC AS:
— Agapes de Barrio: Com ida co m ú n al ba­
rrio, cada dom ingo.

— Agapes de Villa: Participan los padres de
barrio, p resid id o s por los de villa. Se
celebran en los novilunios.
— Agapes de Ciudad: Participan los padres
de villas, p resid id o s por los de la ciudad
a que corresponden. Se celebran en los
solsticios.
— Agapes de M etrópoli: Participan los pa­
dres de ciudad, presididos por los de m e­
trópoli. Se celebran en los equinoccios.
— Agapes de Sinapia: Participan los padres
de m etrópoli, presidiendo los senadores
y el príncipe. Se celebran en el año
nuevo.
3.

PUBLICAS:
— Fiestas del racim o: Para p re m ia r la fe ­
cundidad de las fam ilias. Se celebra en
el barrio.
— Fiestas nacionales: Duran tres días cada
una.
1.— E quinoccio de prim avera: S e celebra
la llegada a Sinapia de los héroes na­
cionales. Se festeja n con com p eticio ­
nes de fu erza y ligereza.
2.— Solsticio de verano: C elebran la vic­
toria sobre los lagos. H ay concursos
de m atem áticas, arm as y ciencias.
3.— E quinoccio de otoño: C onm em oran
la victoria sobre m olucos y jaos. M ú­
sica y espectáculos.
4.— Solsticio de invierno: F iesta de la
unión entre malayos, peruanos, chi­
nos y persas. E l teatro y la com edia
son los principales espectáculos.

— Cortes de Sinapia: Se celebran cada diez
años.
— Sínodos: E l nacional, cada diez años. E l
provincial, cada cinco. 37
Al carecer los sinapienses «de la propiedad, de la
m oneda y de la estim ación de las riquezas, carecen
de una infinidad de pleitos». E n consecuencia, la
ju sticia es sim ple. Se reduce a prem iar o a castigar
a quien lo merece. Los ju icio s son sum arios. Las le­
yes, breves, claras, escasas, sólo las estricta m en te
necesarias pero, aun así, reglam entan hasta los m e­
nores detalles de la convivencia. Los castigos leves
pueden ser de azotes, o cárcel. Los delitos graves se
castigan con la esclavitud o el destierro. E l to rm en ­
to está excluido de los pro ced im ien to s judiciales.
Los prem ios, que nunca pueden reclam arse por
parte de los interesados, se conceden a p ro p u esta de
los ciudadanos y pueden ir desde una condecoración
a la erección de una estatua en lugar pú b lico 3S.
La educación atiende a la form ación de opiniones
y al aprendizaje de habilidades. E l p rim ero de estos
dos aspectos pertenece exclusivam ente a los padres
de fam ilia. E n la segunda faceta in tervien en los
m aestros de escuela y las instituciones docentes que
existen en la república. N iñ o s y niñas asisten, desde
los cinco años, a las escuelas, en que perm ancen
hasta los quince. Los que descuellan en las m ism as,
son seleccionados para pasar a los sem inarios exis­
tentes en las ciudades, cada uno según sus gustos y
aptitudes. Tres son los sem inarios en cada ciudad,
los eclesiásticos, los m ilita res y los científicos. De
allí saldrán a ocupar sus em pleos en la sociedad 39.
37 S., 24, 21; 25, 21 ss.
38 S., 26.
39 S„ 27 y 28.

De ciencias y artes tienen los sinapienses un p a rticu­
lar concepto que les hace dividirlas en las secciones
siguientes:
M etafísica o Espiritual
— Historia
— Doctrina
N aturales ^

Física o corporal
— Historia
— Doctrina
D ialéctica o humana
— Historia
— Doctrina
E tica o buena crianza
— Historia
— Doctrina

C IE N C IA S<

Morales < ;

Económ ica o casera
— Historia
— Doctrina
Política o gobierno
— Historia
— Doctrina
R evelación o E scritura
— Historia
— Doctrina

Divinas

■<

Fe o dogm ática
— Historia
— Doctrina
Cánones o disciplina
— Historia
— Doctrina

ARTES

<

Lógica o racional
Medicina
Mecánica

A quellos estudiantes que destacan en los sem ina­
rios n u tre n las filas de la Academ ia e x isten te en la
Corte de Sinapia y pasan a ser p rofesores públicos
de las letras, encargados de enseñar las ciencias y
las a rtes y de escribir lo que se ha de im p rim ir por
orden del Senado. E xiste, igualm ente, un colegio
fo rm a d o p o r sabios encargados de hacer avanzar
las ciencias y las artes. Varias son las clases que en­
tre ellos se distinguen:
Los «M ercaderes de luz», que recogen p o r otros
países cuanto pu ed a servir al progreso de la
ciencia sinapiense.
Los «Recogedores», que sacan de aquellos m ateria­
les los que puedan ser útiles a la república.
v
Los «R epartidores», que ordenan las experiencias
seleccionadas p o r los anteriores.
Los «M ineros», que definen y describen los fu n d a ­
m e n to s de la ciencia.
L os «D istiladores», que convierten en teorem as
las precedentes definiciones.
Los «B ienhechores», que, basándose en esos pro­
blem as, resuelven los problem as que se plan­
tean en cada ciencia o arte.
L os «A um entadores», finalm ente, que «sacan nue­
vas experiencias de luz superior» 41.
Gracias a ellos, no sólo se enriquece Sinapia con
nuevos hallazgos, p ro p io s o ajenos, sino, que se im ­
pide que penetre en la república cuanto pueda ser
para ella dañoso o inútil.
La esclavitud puede ser de tres tipos: La m ereci­
da co m o castigo de crím enes es la m ás vergonzosa
de ellas. Los esclavos que fueron adquiridos com o ta­

les de o tro s países y los que se convirtieron en tales
com o prisioneros de guerra, gozan de u n e sta tu to
que no les diferencia gran cosa del de los propios
ciudadanos, a no ser en sus derechos políticos.
La econom ía de Sinapia tiende a la autosuficien­
cia. De los países extra n jero s bien pocas cosas se
im portan. «Lo que se trae son drogas m edicinales,
m ateriales para algunas m anifacturas, las nuevas
invenciones de artes y ciencias, buenos libros, m o ­
delos de artificios que no hay en Sinapia y m apas
pu n tu a les y cartas de m arear de todas p a r te s» 42. De
Sinapia sale lo que en ella so b ra .fru to s y m a n ufac­
turas, to d o s aquellos m ateriales preciosos que en
Sinapia tan poco se aprecian y que en ella tan abun­
d a n tem e n te se crían. Gracias a ellos p u eden los si­
napienses costear m ercenarios, cuando los necesi­
tan y co m p ra r noticias y voluntades cuando la paz
lo exige.

«Sinapia» y las u topías clásicas
A unque no faltan ecos de antiguas u to p ía s en la
D escripción de la S inapia 43 nos há parecido m ejo r
establecer com paraciones solam ente con las que m ás
se aproxim an cronológica y cu ltu ra lm en te a Sinapia,
ya que los ecos a que nos referim os se encuentran
tam bién en ellas e incluso con m ayor explicitud. Así,
42 S„ 29, 33.
43 Hay, en efecto, claros paralelism os entre algunos pun­
tos de la Sinapia y los diálogos platónicos de La Repú­
blica y Las leves. Pero casi todos ellos recogidos tam bién
en las u topías de Moro y Campanella. R ecom endam os los
estudios de R i h s , Ch., Les philosophes u topistes (París,
1970) y N eu ssu s , A. Utopía (Barcelona, 1971) entre los mu­
chos que podrían introducir al estudio de la literatura
utópica m oderna.

hem os elegido La U topía, de Tom ás M oro, y La Ciu­
d ad del Sol, de Fr. T om ás Cam panella, co m o p u n to s
de referencia ó ptim os para encuadrar el m od elo sinapiense dentro del m arco de las utopías que le han
p recedido inm ed ia ta m en te 44.
La vida com ún, la ausencia de propiedades priva­
das, la igualdad, la m oderación, etc., son ta n ta s otras
características com unes a Sinapia y a Utopía, a Sina­
pia y a la Ciudad del Sol. Pero dentro de este ám bi­
to general com unitario e igualitario, no fa lta n 'm u i
titu d de detalles concretos en los que se reafir­
m a la afinidad por la coincidencia y el progreso
por la diversidad entre las respectivas concepciones
de la convivencia utópica.
y
E n Utopía, com o en Sinapia, hay una crítica de
la sociedad y del estado envuelta en los velos de un
régim en ideal. Pero en Sinapia, com o verem o s m ás
adelante, no hay so la m en te una crítica a una reali­
dad rechazable, sino ta m b ién una justificación ideo­
lógica de los intentos que, de hecho, se llevan a cabo
para tra n sfo rm a r la realidad en que vive su autor.
E n una y en otra encontram os, a su vez, sen d o s m o­
delos de sociedad en los que, por haberse erradicado
la p ropiedad privada, los ciudadanos viven en un ré­
gim en claram ente com unista. U topistas y sinapienses
trabajan para el provecho com ún. Aun prescindiendo
de las riquezas naturales que cada a u to r atribuye
a su im aginario engendro, la abundante m ano de
obra, el trabajo inexcusable y disciplinado, la estric­
ta fu n cio n a lid a d de todas las m agistraturas garanti­
44 T. M o r o , Utopía. H em os em pleado la edición m encio­
nada en la nota 18, cuyas páginas citarem os. La primera
edición es de 1516.—Fr. T om m aso C am panella, La Ciudad
del Sol. Algorta (Vizcaya), 1971. Campanella escribió su
utopía hacia 1602. Fue publicada por prim era vez en Franc­
fort, en 1623.

zan un bienestar económ ico que perm ite a los ciu­
dadanos un ocio creador. E l E stado, en una y otra,
ve reducido su papel al de un director de la econo­
m ía, si bien en Sinapia, en tre las funciones propias
del E stado, destaca una que no es p u ra m en te tecnocrática, sino política: la de un b ienestar que haga po­
sible la realización del ser hum ano p rim ero en este
m u n d o y luego en el otro.
E l estado sinapiense, co m o el utópico, tiene el m o­
nopolio del com ercio exterior, pero m ien tra s que el
de U topía se orienta a los ob jetivo s de un m erca n ti­
lism o p rim itivo , centrado en las propias fronteras,
el m erca n tilism o de S inapia se orienta m ás bien a
atesorar luces: ciencia, conocim ientos, inventos, todo
aquello que puede co n trib u ir al desarrollo m aterial
y espiritual de la com unidad, son la m e jo r m ercan­
cía que los navegantes de Sinapia desem barcan en
los p u e rto s de su patria.
Los uto p ista s, com o los sinapienses, defienden su
régim en contra los ataques de todo tipo que los po­
nen en peligro. Pero m ie n tra s que los u to p ista s con­
vierten su autosuficiencia en im perialism o, los sina­
pienses parecen carecer de ese expansionism o ideo­
lógico. ¿Podría reconocerse en este rasgo un oscuro
co m plejo de inferioridad, que ha llevado al a u to r de
la Sinapia a soñar m ás g u sto sa m en te en un país que
aprende que en un país que enseña? 45
V in ien d o a los detalles concretos, vem o s coincidir
a Sinapia y Utopía en que am bas organizan un sis­
tem a ro ta tivo de trabajo que p erm ite a su s ciudada­
nos alternar periódicam ente en las m ás diversas ac­
tividades 46. A m bas deben sus nom bres a sendos hé­
45 Cfr. J. T ouchard , H istoria de las ideas políticas (Ma­
d rid -T ecn os, 1970), 210 ss.
46 T. M oro , Utopía, pp. 17-19 (Ed. citada). (En adelante,
citarem os U.)

roes epónim os, Utopo y S in a p * \ Los m agistrados de
la ciuda d o de las circunscripciones m en o res son
quienes proporcionan a los ciudadanos los ú tiles de
tr a b a jo 48. E n una y otra, todas las m agistraturas son
electivas. La retícula del gobierno, sin em bargo, es
m ás tu p id a y com pleta en Sinapia que en su repú­
blica hermana™ .
La agricultura es, en am bas, la ocupación preferi­
da 50. La condición sexual d eterm in a una especialización del trabajo en una y en o tr a M. S eis son las
horas que sinapienses y utópico s dedican diaria­
m en te al trabajo 52, ahora bien, m ientras que en Uto­
pía se acuestan a una hora fija, en Sinapia la hora
fija es la de levantarse
Unos y otros p u ed en ocupar
sus horas libres en las distracciones, ejercicios^y ta­
reas que p r e fie ra n 54 y en este tiem po cuidan los
m agistrados de am bas repúblicas de realizar algún
trabajo m anual para dar buen ejem plo a su s conciu­
dadanos 55.
C oinciden am bos autores en dar preferencia, entre
las distracciones de que gustan sus ciudadanos, al
ajedrez y a los juegos didácticos 56. N o hay, sin em ­
bargo, ta n ta u n iform idad en la m oda de U topía com o
en la de Sinapia
L im ita n am bos el n ú m e ro de
c o m p o n en tes de cada fam ilia. E n am bas se recurre
a la adopción in terfam iliar o a la expedición o inte­
gración de colonias para equilibrar la proporción
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16; S., 3, 3 v.
18; S„ 15, 9 v.; 3, 3 v.
21 r S., cap. 13 a 20.
22; S„ 27, 29.
22; S„ 24, 19 v.
23; S„ 24, 18 v.
23; S„ 24, 18 v.
24; $., 24, 19.
26; S„ 29, 31 v.
24; S„ 25, 26.
22 y 27; S„ 24, 19 ss.

entre la población y el territorio 58. La obediencia y
el respeto de m enores a m ayores son norm a co m ú n
en las dos sociedades 59.
Utópia obliga a sus ciudadanos a com er siem p re
en com ún; Sinapia, sólo en ciertas festivid a d es 60. En
am bas situaciones, son los esclavos los encargados
de s e r v ir 61. H om bres y m u je res se d istrib u yen por
separado en torno a las m esas. Preside siem p re el
más digno. Los ancianos son preferidos en el reparto
de los m e jo res bocados. La lectura com entada, con
interrogatorio a los jóvenes, son institu ció n co m ú n
a Sinapia y Utopía 62.
Tabernas, burdeles, casa de ju eg o ... no se conocen
en ninguno de los dos países 63. Los m etales precio­
sos y las perlas, abundantes en am bos, no son apre­
ciados co m o objeto de propiedad ni com o sím b o lo
de dignidad 64.
La lengua vernácula es el in stru m e n to de toda
educación 65. La caza, p ro hibida a los utópicos, es,
en Sinapia, tarea encom endada a los esclavos 66. Los
placeres que ofrece la naturaleza saben apreciarse
agradecidam ente aquí y allá 6\ M ientras que M oro
reconoce la fecunda influencia de los griegos y los
persas en los orígenes culturales de Utopía, el autor
de Sinapia hace otro tanto con los persas y los chi­
nos, a quienes, por su parte, atribuye en el Pacífico
58 U., 28; S„ 7, 7 v.; 20, 11 ss.
59 U„28; S„
24, 18 v.
60 U„30; S„
24, 19.
61 U„31; S„
24, 19; 25, 22.
62 U„31-32;
S„ 25, 22-22 v.
63 U 34- S
33 39
64 U.; 35’y 37; S„ 4, 5; 24, 19 v.; 26, 27 v.
65 U„40; S.
,27, 29; 3, 4 v.
66 U., 45; S., 33, 37 v.; en la antigüedad, dice el autor de
Sinapia, sus habitantes extirparon todas las aves de rapiña
y las fieras carniceras: S., 5, 5 v.
67 U„ 48.

lo que los griegos fu ero n en el M editerráneo 68. Unos
y o tros estim an com o su p rem a sabiduría conocer a
la d ivin id a d y sus obras 69.
La im p ren ta y el papel son novedad en Utopía. E n
Sinapia, inventos arraigados de antiguo de los que
hacen el m e jo r uso 70.
E l m a trim o n io es reglam entado en a m b o s países,
según m inuciosas norm as, m ás detalladas en Sinapia
que en U to p ía 11.
La esclavitud existe en los dos territorios, paro en
Utopía la condición del esclavo nunca afecta al pri­
sionero de guerra, al contrario de lo que ocurre en
su h o m o lo g a 11. E n las ciudades de las dos naciones
hay estatuas erigidas en honor de quienes se d istin ­
guieron p o r sus respectivas re p ú b lic a s?3. Unos y
otros abom inan de las leyes excesivam ente num ero­
sas, a m b o s tratan de despachar las causas con ex­
pedición, los dos llam an padres a sus m agistrados,
las p u e rta s del hon o r se cierran, tanto en Utopía
com o en Sinapia, en las narices de quienes lo soli­
citan 74.
N o son am igos de alianzas los utópicos. Los sinápicos, fo rm a n incluso p a rte de sus ejércitos con sol­
dados a lia d o s15. A m bos prefieren la guerra defensiva
a la ofensiva. Evitan, en lo posible, el d erram am ien­
to de sangre, valiéndose, si es necesario, de la a stu ­
cia, del soborno, del asesinato de los p ro m o to res del
c o n flic to 76. Fortifican su s fronteras, no se ensañan
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U.,
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50; S., 3, 3 v.
51; S„ 30, 33 v.
51; S„ 30, 34; 16, 10 v.
54; S„ 24, 20 y 20
v.
52-53; S„ 32. 37 v„ 23, 18.
56; S„ 26, 27 v.
57; S., 26, 27 v.
58; S„ 23, 17.
59; S„ 24, 18-18 v.

con el enem igo, sobre todo con los débiles e inerm es 77 .
M ayores diferencias son las que existen entre las
respectivas concepciones religiosas. M ientras que en
Utopía conviven adeptos de diversas creencias, en
Sinapia todos se consideran cristianos. La toleran­
cia, norm a universal en Utopía, viene restringida, de
hecho, en Sinapia cuando la discrepancia religiosa
am enaza con convertirse en sedición. A m bos tratan
de desarraigar la superstición y la hipocresía, si bien
hay que reconocer que en Utopía el peligro de estas
degeneraciones es m enor que en una Sinapia donde
el u n ifo rm ism o religioso es la norm a 78.
La esclavitud vo lu n ta ria m en te aceptada p o r el
bien de la com unidad es o b jeto de estim a ción espe­
cial en las dos com unidades 79. L im itan am bas el nú­
m ero de su s sacerdotes, seleccionándolos m ed ia n te
pro ced im ien to s electivos. A q u í y allá les encom ien­
dan la educación de la ju v e n tu d , si bien a diversos
niveles. Las diaconisas sinapienses tienen en las sa­
cerdotisas utopianas su correspondiente. A unas y
otras se exige que sean personas de edad m adura.
Difieren, sin embargo, a m bos sistem as en que m ien ­
tras en Sinapia la autoridad civil puede castigar los
delitos de los eclesiásticos, en Utopía nunca se les
condena por los que p u dieran p e r p e tr a r 80. E n con­
secuencia, con la pluralidad y un ifo rm id a d religiosa
que caracterizan, respectivam ente, a Utopía y Sina­
pia, los tem p lo s en que oran obedecen a criterios
diversos, plasm ados en d istin ta arquitectura. E l intim ism o religioso de los u to p ista s contrasta, a no du­
darlo, con el exteriorism o de los sinapienses, que,
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78
79
,;0

U„
U.,
U.,
U.,

60-64; S., 24, 18.
65-69; S„ 22, 16.
69; S„ 22, 14 v. -15.
70-71 ;'S., 22, 14 v.

por otra parte, es m ás bien m a n ifesta tivo que sustitu tiv o de la piedad in terna 81.
P u n to s hay tam bién que en Tom ás M oro apenas
tienen m ás que un esbozo de desarrollo. Sirva de
ejem p lo la atención que p resta a los program as edu­
cativos, a la enseñanza de las ciencias y de las artes.
Para llevar a cabo su elaboración de estos p u n to s, el
autor de Sinapia no ha necesitado a M oro 82.
Por lo que se refiere a La Ciudad del Sol, salta a la
vista que la m ayor p a rte de las coincidencias entre
Sinapia y el m undo de Cam panella tienen un origen
com ún: La Utopía de M oro. E sto no o b sta n te, reco­
rrerem os aquélla, com o lo hem os hecho con la Uto­
pía, destacando especialm ente aquellos lugares en
los que, coincidiendo Sinapia y H eliópolis, discrepen
am bas de Utopía.
Un dato que no hallam os en Moro, pero que resal­
tan Cam panella y el a u to r de la Sinapia, es el valor
que se concede al d ib u jo y, en general, a las artes
plásticas, com o in stru m e n to educativo. E n los tem ­
plos de Sinapia, se in stru y e a los fieles sobre el anti­
guo y nuevo T estam ento m ediante las escenas que
adornan el exterior y el in terio r de sus m uros. Cam­
panella había propugnado un m étodo sim ilar, exten­
sivo incluso a las m atem áticas, la astronom ía, etc. 83.
Pone Cam panella a las órdenes in m ediatas del
H oh o P ríncipe de la C iudad del Sol, tres m agistra­
dos, Pon, Sin y Mor, a los que atribuye las fu n cio ­
nes sociales sim bolizadas p o r el poder, la sabiduría
U., 73; S., cap. 25.
A expensas de ulterior com paración, sugerim os la posi­
ble influencia de la Nova Atlantis de Bacón en ciertos
desarrollos de la Descripción de la Sinapia, especialm ente
los relacionados con el progreso de las ciencias y las
artes.
83
T. C a m p a n e l l a , La Ciudad del Sol, pág. 14 (En ade­
lante, citarem os C., 14, etc ). S., 22, 14.
81
62

y el am or. Con espíritu que podríam os den o m in a r
m ás realista, el autor de Sinapia hace otro ta n to con
los colaboradores de cada nivel de m agistratura,
atribuyéndoles las fu n cio n es que se tipifican en los
conceptos de Vida, S a lu d y Trabajo M.
En la línea de la p u esta en com ún, Cam panella va
m ucho m ás lejos que M oro y que el m o delo sinapiense, acercándose y aun diríam os que sobrepasan­
do lo que Platón sostenía en La R epública, en la que
parece haberse inspirado, sobre la c o m u n id a d de
m u jeres 85. A pesar de las puntualizaciones que Cam­
panella ofrece en el apéndice que acom paña a La Ciu­
dad del Sol, en que m atiza y suaviza su propuesta
original, la diferencia que le separa de los o tro s utopógrafos es grande. S i h em o s de establecer una es­
cala entre los tres autores que nos ocupan, pondría­
m os en el p rim er p u esto de libertad en el á m b ito de
las relaciones intersexuales a Campanella. M oro, que
perm ite el divorcio en d eterm inadas y ju sta s circuns­
tancias, ocuparía el p u n to m edio. E l legislador sinapiense ni siquiera toca el tem a, com o im p líc ita m e n ­
te resuelto dentro del régim en canónico del que su
sociedad cristiana participa.
El g u sto por los sim b o lism o s num éricos, que ya
se ad virtió en el au to r de la Sinapia, no es ajeno
tam poco a un Cam panella, devoto de las ciencias
astrológicas, que fija en setenario el n ú m ero de sus
C., 14-18; S„ cap. 16.
C., 19; U., 54-55; S., 33, 38 v. Parece atribuir el autor
la estabilidad de los m atrim onios sinapienses a los facto­
res que se tienen en cuenta cuando se elige com pañero:
«Siendo los m atrim onios com unes, sin dotes, voluntarios
y dependientes del agrado de los padres, se libera de los
inconvenientes de la soltura europea y de la tiranía china».
La correcta interpretación del térm ino «común», aplicado
al m atrim onio, puede darla la descripción de la cerem o­
nia de bodas. Cfr. cap. 24.
84

85

m agistrados, equiparando cada uno de ellos a una
de las siete virtudes m orales 86.
O riginal de Cam panella es la idea de crear en su
E stado un cuerpo de traductores, que interpretan
para el pueblo las m ás diversas lenguas, idea que
recogerá la D escripción de S inapia 87. De M oro pare­
ce derivar algo que ya indicábam os en Sinapia: la
especialización de las m u je res en d eterm in a d o s tra­
bajos. C am panella les asignará la cría de las ovejas,
la elaboración del queso, todos aquellos trabajos
que p u ed en hacerse sentados, la preparación de las
com idas °8. E stas son ta m b ién com unes, am enizadas
con lecturas y presididas p o r los m agistrados, a quie­
nes se reservan los m ejo res bocados 89.
Los baños vienen recom endados tanto en La Ciu­
dad del Sol com o en la n u e s tr a 90. A diferencia de
otras utopías, la de C am panella suprim e de la suya
toda fo rm a de esclavitud 91, m as, a pesar de no con­
tar con esta m ano de obra adicional, ta m b ién los
heliopolitanos se bastan a sí m ism os. E l que todos
trabajen p e rm ite explicar su autosuficiencia y p erm i­
ten, igualm ente, al dom in ico calabrés lanzar contra
la gente ociosa invectivas sim ilares a las ya conoci­
das en U topía y en S in a p ia 92.
66 C., 21; adem ás de la serie numérica relacionada con
el núm ero de gradas que conducen al altar, puede verse,
entre otras, la que establece con los años que ha de perm a­
necer el candidato a órdenes eclesiásticas en cada una de
ellas antes de pasar a la siguiente: S., 22, 12 v. y ss.
87 C., 23; en Sinapia, los aspirantes al sacerdocio deben
aprender las lenguas hebrea y griega (S., 27, 29 v.). Los
libros extranjeros son traducidos con gran cautela y no
pueden leerse si no están traducidos al sinapiense, por
orden del senado (S., 30, 35).
88 C„ 26-27.
89 C„ 27-28; S„ 25, 22-22 v.
90 C., 29; S.; 24, 18 v. y 19 v.
91 C., 37.
92 C„ 37; S„ cap. 33.

De Cam panella parece haber tom ado el escritor
hispano la idea de enviar a ciertos ciudadanos esco­
gidos para que exploren o tro s países y recojan en
ellos cuanto pueda ser ú til al com ún. «Aceptan siem ­
pre — escribe— , los que les parecen m e jo re s » 93. Ju n ­
to a los exploradores, los com erciantes recorren los
m ares e intercam bian con los países circundantes lo
que sobra en la Ciudad del Sol. Utilizan la m oneda
para pagar las im portaciones, pero desprecian, com o
en las dem ás utopías, los m etales preciosos. E vitan
tam bién ellos el contacto con los extranjeros en unos
térm inos casi tan rígidos co m o los que se em plean
en Sinapia 94.
Cam panella inicia el interés por los ch inos que
luego verem os desarrollado y sublim ado en Sinapia.
Los ciudadanos del Sol son sus aliados. E n la his­
toria de Sinapia, llegarían a ser uno de los pueblos
integrantes de la nación antípoda. N ada m e jo r que
un pueblo de cultura avanzada, aunque oculta por
el m isterio de su secular aislam iento, para añadir
al caldo de la utopía uno de sus m ás sofisticados
ingredientes. 95
P lenilunios y novilunios son los tiem p o s p referi­
dos p o r el autor de La C iudad del Sol para la cele­
bración de los actos públicos. A unque éstos tam bién
se valoran en Sinapia, son los solsticios y equinoc­
cios los privilegiados. Así, m ientras que en Sinapia
es el Sol el que m arca los ritm o s festivo s, vendría a
*3 C., 40; S., 30, 34 v 35.
94 C„ 44 y 50; S., 29, 32 v.
95 C., 52; S., cap. 3. A pesar de afirm ar que la lengua
sinapiense ha tom ado sus elem en tos del chino y del persa,
no tiene inconveniente en tom ar del griego la palabra
«ágape», con la que los sinapienses denom inaron a sus
«convites de caridad». S., 25, 22 v.

ser la L u n a quien los m a rq u e — ¿ a n tip o d ism o ?—, en
la C iudad del S o l 96.
Por lo que a la religión se refiere, el m od elo campanelliano parece encerrarse en un esquem a rígida­
m en te teocrático, en que los sacerdotes son, al m is­
m o tiem p o , los m agistrados. E n este aspecto, Sina­
pia está m á s cerca de M oro que del calabrés. N ada
m ás lejo s de la teocracia que el m odelo sinapiensa.
Pero, al m ism o tiem po, ni en Cam panella ni en M oro
encontrarem os un influjo tan poderoso de la religión
en la u n iform ación de las conciencias co m o en el
proyecto del escritor hispano 97.
E n el cam po de las leyes, no hay discrepancias.
Todos las prefieren pocas, breves y claras™. Y en
Sinapia, adem ás, las redactan en verso.

«Sinapia», u n a constelación de esperanzas
p a ra la E sp a ñ a ilu stra d a
Pero Sin a p ia no es, co m o a d vertim os a n terio rm en ­
te, una Utopía pura, sino, m ás bien, una A ntitopía.
Su an típ o d a es España, co m o explícitam ente nos lo
recalca su autor aun para el caso en que aún no lo
hayam os advertido. Mas, ¿a qué España se refiere?
N o cabe duda: A la E spaña del tiem po en que la Des­
cripción de S inapia to m ó fo rm a , la E spaña Ilu stra d a
del siglo X V I I I.
S iem p re han sido los m o m e n to s de crisis genera­
lizada de las instituciones tradicionales los que han
elegido los utopógrafos para sus p artos m entales.
Las ruinas de las poleis griegas son el escenario en
que P latón escribe su R epública y la ruina de su pro­
96
97
98

C„ 57 y 65. S„ 24, 20; 24, 22 v.; 24, 24 ss.
C., 61; S„ cap. 22.
C., 61; S., 26, 27 v. - 28.

pia república, el desolado paisaje en el que se sienta
a escribir, viejo y decepcionado, el diálogo sobre Las
Leyes. M oro asiste a la dem olición de la cristiandad
m edieval m ientras afila la p lu m a con que ha de es­
cribir su Utopía. Cam panella lo hará en los calabo­
zos donde le encierra el V irrey de Nápoles m ien tra s
sueña con su am ada R epública de Calabria, m odelo
de una R epública Universal que, en su opinión, ven­
dría a s u s titu ir a todas las existentes después de la
catástrofe que se esperaba en el parteaguas de los si­
glos X V I y X V II. Tam bién ha afilado su p lu m a un
u to pista m ás, al filo del siglo X V I I I, en una E spaña
que siente revolverse sus in testin o s tradicionalistas
tratando de digerir los vin o s nuevos de la Ilu stra ­
ción. A pesar de los buscados retrocronism os de la
D escripción de la Sinapia, a pesar de que su autor
no encontró m argen donde estam par su nom bre, a
pesar de que su hijo sinapiense ha llevado dos siglos
de gestación en el seno de un archivo olvidado antes
de ver la luz, su obra es un m agnífico testim o n io de
su época, un fiel retrato de su ilustrado padre, quien­
quiera que haya sido el progenitor.
Basta, en efecto, con com parar la Sinapia con las
recopilaciones legislativas del p rim er siglo borbóni­
co, con las áridas listas de libros prohibidos o des­
aconsejados p o r la declinante Inquisición, con los
inform es, entre ingenuos e ilusionados, de cualquier
ilustrado de provincias al p oder central, con las p o m ­
posas actas de cualquier Sociedad E conóm ica de
A m igos del País, para percatarse, inm ediatam ente,
de que La D escripción de la S inapia bien p u d o haber
sido una constelación de deseos capaz de orientar
la singladura de España p o r los m ares de la Ilu stra ­
ción. N o es posible, desde luego, llevar a cabo una
com paración exhaustiva del tipo de la que acabam os
de esbozar. Lo que sí p o d em o s hacer es espigar aquí

y allá algunos datos, algunas referencias, que nos
sirvan, al m enos, para valorar en su ju sta m ed id a la
distancia que hay entre la Sinapia del relato y una
España dispuesta, de todo corazon, a «sinapizarse».
Los elem en to s de juicio que ofrecernos servirán,
pues, al m enos, para hacernos una idea de cóm o era
la E spaña hiperuránica que trataron de hacer real
aquellos dem iurgos que bien pudieron llam arse Pe­
dro Pablo Abarca, José M oñino o Pedro R odríguez,
es decir, Aranda, Floridablanca o C am pom anes 981>is.
E l a u to r de Sinapia, en nuestra opinión, parece
ser un h o m b re que aún no ha olvidado a D escartes,
pero que todavía no ha asim ilado a V oltaire. Su
creencia en que todos los ho m b res pueden llegar a
conclusiones com unes, aun incom unicados, p a rtien­
do de una razón m ism a, de unas ideas innatas, p a tri­
m onio de todos, no es, todavía, la de quien ha llega­
do, de la m ano de un Locke, a descartar el innatism o filosófico. N os parece, pues, que se m u eve toda­
vía d e n tro de las coordenadas culturales de signo
cartesiano que ha d ifu n d id o en España Fr. B enito
Jerónim o de Feijoo. S i a ten d em o s a los sutiles, pero
significativos, rastros de C o n d illa c 99 o de B acon 100
que p u eden detectarse en sus páginas, n u estra im ­
presión se confirm a. Pero esto no es todo.
N u estro autor es testigo de cóm o se está in tro d u ­
ciendo en España, ju n to al lenguaje vulgar, una ter­
m inología científica, co n stru id a en función de la cla­
98i.i« v é a se sobre el particular la obra de M arías , y La
España posible en tiempos de Carlos III (Madrid, 1963).
99 M enciona expresam ente a D escartes en S., 31, 35 v. El
interés de los sinapienses en perfeccionar hasta el m áxim o
los sentidos (S., 31, 36 v.) evoca las doctrinas de Condillac.
100 Ecos de la teoría de los «idóla» de Bacon podrían ser
algunas frases del m ism o capítulo 31, com o aquella en la
que afirm a que los sinapienses procuran «evitar todos los
errores de los sentidos, de las pasiones, de la educación»,
etcétera.

sificación exacta de los fen ó m e n o s naturales. «Han
form ado — dirá—, artificiosam ente, una lengua filo­
sófica, acom odada a las ideas sim ples o co m p u esta s
de las cosas, según la observación estudiosa de ellas,
no según el uso y antojo de la gente, y de ésta usan
en la explicación de la naturaleza» 101. ¿E stá hablan­
do, acaso, de la m oderna term inología científica in­
troducida, a la sazón, por Linneo o Bu f f o n en el
cam po de las ciencias biológicas? ¿O de los avances
term inológicos de Lavoisier en el cam po de la quí­
mica? 102
Ya h e m o s hecho alusión a la posible influencia
sobre la D escripción de la S in ap ia de la N ova Atlantis de sir F. Bacon. ¿Qué pensar de las co n stru ccio ­
nes utópicas de autores com o el A bate M ably o el
Abate R aynal? E n tre Les E n tre tie n s de Phocion y la
D escripción de la S inapia hay grandes afinidades.
Para a m bos autores la desigualdad social es absolu­
tam ente irritante. Para am bos, la política y la m oral
son una m ism a cosa desde el m o m en to en que am ­
bas tienen com o único o b jetiv o alcanzar la felicidad
sin abordar el problem a político en térm inos de ju s ­
ticia y el de m oral en categorías de felicidad. Pasan­
do por alto este indiscernim iento, am bos hacen de­
pender la felicidad de un elem en to esencial: La co­
m u nid a d de bienes. «Creo, escribirá tam bién M ably,
que la igualdad, al m a n ten er la m odestia de nuestras
S„ 3, 4 v.
Linneo, C. (1707-1778); Buffon, J. L. (1707-1788); Lavoi­
sier, L. (1743-1794). Sobre las vicisitudes de estos autores
en España, cfr. H e r r , R., España y la revolución del si­
glo X V III (M adrid - Aguilar, 1973), pp. 36-37; 5, 36, 39, 312;
70, 71, 228, 293, 294, 301. D e f o u r n e a u x , Inquisición y censura
de libros en la España del siglo X V III (Madrid - Taurus,
1973), pp. 170-171. S a r r a i l h , J., La España ilustrada en la
segunda m ita d del siglo X V I I I (M adrid-FCE, 1974), 111,
178, 314, 361, 443-448, 450, 456, 469, 484; 460-463, 489-491; 501503, 454-456.
101

102

necesidades, conserva en n u estra alm a una paz que
se opone al nacim iento y a los progresos de las pa­
siones» 103. N o es d istinto el cam ino que los sinapien­
ses se tienen m arcado: la frugalidad, la m odestia, el
dom inio de aquellas pasiones que llevan a o p rim ir a
los d e m á s... E l gusto p o r la sobriedad su n tu a ria es
com ún a M ably y al au to r de Sinapia. A m b o s coin­
ciden, igualm ente, en una adm iración p o r el estado
p rim itivo de las sociedades. Para Mably, E sp a rta es
el paradigm a. Para el a u to r de la Sinapia, una Igle­
sia deten id a en sus cuatro prim eros siglos, una so­
ciedad patriarcal en la que tratan de conjugarse, al
contrario de lo que hace M ably, la dem ocracia, la
aristocracia y la m onarquía.
Por lo que toca a R aynal ¿podríam os, acaso, ras­
trear la negativa al expansionism o im perialista, tan­
to económ ico com o ideológico, del autor de Sinapia
en los p o stu la d o s de su H isto ire p h ilosophique et
p olitique des établissem ents et du com m erce des
européens d ans les deux In d es? 104. ¿Procede de él el
fisio cra tism o que evidencian las páginas de Sina103 A . M ab ly , Les entretiens de Phocion (1763). S o b r e la
in f l u e n c i a d e l A . M a b ly e n la E s p a ñ a ilu s t r a d a , cfr. C o r o n a
B a r a t e c h , C ., Revolución y reacción en el reinado de Carios IV ( M a d r id - R ia lp , 1957), 32, s s .; A rtof .a, M ., La difusión
de la ideología revolucionario en España; A r b o r ( j u lio a g o s t o 1945).— H e r r , R ., España y la revolución del si­
glo X V III ( M a d r id - A g u ila r , 1973), 60, 61, 228, 303; D e f o u r
n e a u x , M ., Inquisición y censura de libros en la España
del siglo X V I I I (M a d r id - T a u r u s , 1973), 64, 180, 188, 191, 201.
S a r r a i l h , J ., La España ilustrada en la segunda m ita d del
siglo X V III ( M a d r i d -FCE, 1974), 118, 168, 296, 297, 301, 313.
V é a s e , i g u a l m e n t e , T o u c h a r d , J., Historia de las ideas po­
líticas ( M a d r id - T e c n o s , 1970), 335-336.
104 A. R a y n a l (1713-1796), Histoire philosophique et poli­

tique des établissem ents et du com m erce des européens
dans les deux Indes (1770). Sobre su difusión en España,
cfr. R . H e r r ; o . c ., pp. 65 ss.; M. D e f o u r n e a x , o . c., pági­
nas 201-207; J. S a r r a i l h , o . c ., passim . — J. T o u c h a r d , o . c .,
página 336.

pia? A pesar de sus contradicciones, R aynal ejerció
un influjo considerable en ciertos círculos cu lto s de
la E spaña dieciochesca. B ien es verdad que m uchas
de sus afirm aciones pertenecen al p a trim onio co m ú n
de la Ilustración. De M ontesquieu, de R ousseau, de
los enciclopedistas, pueden haberse derivado algunas
de las ideas del autor de Sinapia, com o, p o r e je m ­
plo, la exaltación de la sim p licid a d patriarcal, la p ro ­
puesta de m a n ten er a la Iglesia som etida al E stado,
etcétera. In clu so podríam os traer a colación las afi­
nidades existen tes entre la A rcadia, de S id n e y y S i­
napia, en cu a n to a la idea de que el poder soberano
descansa sobre la extensión de la autoridad fa m iliar
p rim itiva a la realeza, idea que, de alguna m anera,
im pregna el concepto sinapiense de una m onarquía
elegida, en ú ltim o térm ino, p o r los padres de fa­
m ilia 104 bls.
Mas el ilustrad o hispánico no es, por ilustrado,
m enos religioso. E l au to r de la Sinapia, al m enos,
ha sido capaz de crear una de las pocas uto p ía s en
que el cristia n ism o ocupa un digno lugar sin conver­
tirse en d irecto r de la orq u esta política. F rente a un
M aquiavelo que acusa a la Iglesia y a la religión de
haber ablandado la v irtú de los pueblos, el a u to r de
Sinapia ve en el cristianism o un estím ulo no sólo
para la v ir tu d moral, sino para la v irtú en el sen tid o
m aquiavélico de un h u m a n ism o pleno. A u n q u e no
104
bi. p0(jíam os ofrecer tantos otros puntos de referencia
con los que com parar la Sinapia com o los que se encuen­
tran en obras com o los Essais, de M. de Montage; el Telémaco, de Fenelón; el Projet pour rendre la paix perpétuelle
en Europe, del Abbé Saint Pierre; las Memorias, de B rissot
de Warville; E ssay of Projets, de D. De Foe; M undus alter,
de Hall; Sálente y Voy age dans l’lle del Plaisirs, de Fene­
lón, etc. E speciales analogías encontram os con la Basiliade,
de M orelly y con la Découverte australe, de R estif de la
Bretonne.

hubiera m andado e xp lícita m en te al destierro de sus
páginas, codo con codo, a Tácito y a M aquiavelo, lo
descubriríam os en sus in te n c io n e s 105, del m ism o
m odo que proscribe de su horizonte p olítico las en­
señanzas de otros po lítico s contem poráneos suyos.
Voltaire, en efecto, no tiene sitio en Sinapia.
E n cu a n to que defiende, co m o quien no lo hace, al
E stado fre n te a la Iglesia, el autor de Sinapia es un
«ja n se n ista » hispanici generis. P osiblem ente uno
cualquiera de aquellos que acusaban a los jesuítas
de in tro d u c ir en España las im piedades de Voltaire
y R ousseau 106. O com o aquellos que inspiraron, entre
otros proyectos, el de hacer que las órdenes religio­
sas volviesen a su estado p rístin o m, purgando a la
Iglesia de aquellas prácticas que se consideraban hi­
pócritas, extravagantes, supersticiosas o anticristia ­
nas 108. M as, con todo ello, un jansenista de los m is­
m os que inspiraron frases com o las recogidas en las
instrucciones de Carlos I I I a la Junta de E stado, en
que decía: «Mi prim era obligación y la de to d o s m is
sucesores es proteger la religión católica, en todos
los d o m in io s de esta va sta m o narquía » 109. E n la
D escripción de la S inapia no parece im posible compatibilizar el dogm a con el progreso científico, com o
ocurría en la España real a m ediados del X V I I I n0;
la intervención del poder real en los criterios de cen­
sura de libros, encam inados a evitar las pro h ib icio ­
nes in ju sta s, tienen su paralelo en las m edidas arbi­
tradas para Sinapia p o r su c re a d o rm; ta n to Car­
105
106
107
108
:09
1 ,0
111

S„ 1, 1 v.
H e r r , R„ o . c ., 12 y 19.
Ib. 28.
Ib. 29.
Citado por R. Herr, p. 29.
Id., 39.
Id., 23.

los I I I co m o nuestro au to r descartan la violencia fí­
sica com o m edio para conseguir la adhesión religio­
sa 1U; aquí y allá se trata de controlar el excesivo
núm ero de los eclesiásticos, cuestión batallona de
la que se habían quejado las C ortes españolas desde
m ucho an tes de los R eyes Católicos 113.
Sinapia sigue enterrando a sus m uertos bajo las
Iglesias, es cierto. Pero tam b ién lo es que la p ro h ib i­
ción de hacerlo no vino en E spaña sino en la p e n ú l­
tim a década del siglo y, con todo, ya suponía un
avance el que los sinapienses durm ieran su ú ltim o
sueño en nichos d ispuestos al estilo de las ca ta cu m ­
bas. Un avance, en dirección de la Iglesia p rim itiva .
Tam bién se cuenta, en Sinapia, con la m ano de
obra esclava. Pero no es m en o s cierto que en la E s­
paña del siglo X V I I I la escla vitu d no estuvo vedada
por las leyes n\
Nada hallam os en la D escripción de la S in ap ia que
contradiga al catolicism o p ro fu n d o que to d o s los
autores coinciden en a trib u ir a los gobernantes es­
pañoles del siglo X V I I I 115. M as no es sólo en el cam ­
po de lo religioso. Sin á n im o de exhaustividad, re­
unirem os algunos datos ilu stra tivo s del grado en
que el a u to r de Sinapia participa de la p roblem ática
Id., 24.
Id., 25 y 27. F. R uíz M artín, Demografía eclesiástica:
D iccionario de H istoria eclesiástica de España (M ad rid C. S. I.C., 1972), II, 682 ss. De la Hera, A., El regalismo bor­
bónico (Madrid, 1963).—T o m s ic h , M. G., El jan sen ism o en
España (Madrid, 1972).
J14 SA n c h e z G r a njf .l, L., H istoria de la m edicina espa­
ñola (Barcelona - Sayma, 1962), pp. 95 ss.; J. S a r r a i l h ,
o. c., pp. 50-51. Por lo que se refiere a la esclavitud, los
esclavos fugitivos de otros p aíses fueron considerados li­
bres en 1789 (Real Cédula de Carlos IV). La esclavitud de
prisioneros de guerra se suprim e en un tratado de 1799
firm ado por el rey de España y el sultán de Marruecos.
115 R. H e r r , o, c ., p . 29. Cfr. Z a r a i.a y L e r a , P., España
bajo los Borbones (Barcelona, 1975).
1 ,2

113

de su época o, si se quiere, de aquél en que partici­
paron los gobernantes de su época de su propia
utopía.
Desde que los B orbones se sientan en el trono de
España, se observa una creciente preocupación por
estar al ta n to de cuanto ocurre en el extranjero, por
poner el país al ritm o de la historia y, sobre todo,
por seguir de cerca la m archa de las actividades in­
telectuales del extranjero. C onform e avanza el siglo,
el deseo de d ifu n d ir estas noticias lleva a publicar
en la im p re n ta real, entre 1780-81 y 1786-87, el Co­
rreo L ite rario de E u ro p a, «en el cual se da noticia
de los libros nuevos, de las invenciones y adelanta­
m ientos hechos en Francia y dem ás reinos extran­
jeros, pertenecientes a las ciencias, agricultura, co­
m ercio, artes y oficios» u6. D iríam os que asistim o s
a la presentación en pú b lico de cuanto los sabios del
colegio de Sinapia han m ercado, recogido, disecado,
alquitarado y destilado para bien de sus conciuda­
danos. Pero el Correo L ite ra rio no sería m ás que un
botón para m uestra. ¿Quién no vería en B ernardo
W ard, enviado por F ernando V I a recorrer E uropa
y E spaña para estudiar los progresos de la econo­
m ía extranjera y aconsejar lo que se debía hacer en
España, a uno de aquellos «m ercaderes de luz» que
ilustraban Sinapia? ¿Cóm o no reconocer en M oñino
o C am pom anes, a otros ta n to s sabios bienhechores
de la república sinapiense? La riquísim a producción
de C am pom anes, tanto la conocida com o la inédita,
es su m a m e n te ilustrativa de ello.
La sim p licid a d de la ju sticia sinapiense tiene su
réplica en los proyectos elaborados en la E spaña ilus­
trada para poner en orden una legislación em bro­
llada y caótica. La recepción de las obras de Jacob

Friedrich, Beccaria o Filangieri; las vicisitu d es de
la polém ica sobre la aplicación de la to rtu ra en los
procesos; las m edidas encam inadas a d istrib u ir ra­
cionalm ente los Tribunales de justicia, los in te n to s
para restringir los p ro ced im ien to s por escrito, etc.,
casan p e rfe c ta m en te con el esp íritu de la S inapia n\
Las nuevas circunscripciones territoriales, sin lle­
gar al g eo m etrism o de las de nuestra utopía, coin­
ciden con ellas en su denom inación de «provincias»,
en el criterio de hacer de E spaña un país «m ás uni­
fo rm e y razonablem ente poblado y no sep u lta d o en
los cem enterios de las capitales» 118, en lograr un
equilibrio dem ográfico entre la ciudad y el cam po.
Del m ism o m odo, vem os m ultiplicarse los p royectos
y las decisiones eficaces encam inadas a m e jo ra r la
agricultura, la industria, el com ercio. La fisiocracia
reina en S inapia com o en la E spaña del siglo X V I I I ,
donde no decayó hasta los ú ltim o s años del siglo 119.
N o nos parece descabellado relacionar el m odelo
sinapiense con la colonización de Sierra M orena. R e­
leer la h istoria del plan de O lavide a la luz de la Sina­
pia, reserva, ciertam ente, agradables sorpresas. Otro
tanto ocurre ante la « In stru cció n y fuero de po b la­
ción», que redactó C am pom anes, donde ta m b ién en­
contram os una visión de la sociedad ideal tal com o
la concebían los econom istas del grupo de A randa y
del m ism o C am pom anes. Una sociedad donde se han
su p rim id o los m ayorazgos y m anos m uertas, donde
la asistencia a la escuela p rim aria es obligatoria;
117 Ib., pp. 52-53. Cfr. F. T o m á s y V a l ie n t e , La tortura en
España (Barcelona, Ariel, 1973), pp. 103 y ss.
118 G. M. de J o v e l l a n o s , In form e sobre la Ley agraria
(Madrid - In stitu to de Estudios Políticos, 1955).
119 R. H e r r , o . c . , 41, 44. B i t a r L e t a y f , M., E conom istas es­
pañoles del siglo XVIII (Madrid, 1968).—L ó p e z S e b a s t ia n ,
José, R eform a agraria en España: Sierra Morena en el si­
glo X V I I I (Madrid, 1968).

sin labradores que no fu ese n ganaderos ni ganaderos
que no fu ese n labradores; con viviendas d isem in a ­
das p o r los cam pos y concebidas con una jerarquía
urbanística que recuerda de alguna fo rm a la de S i­
napia, etc. N o considerarem os agotado el tem a de
Sinapia hasta que no hayam os podido com parar,
plano p o r plano, in stitu ció n p o r institución, lo que
soñaron C am pom anes, O lavide y Carlos I I I para las
nuevas poblaciones de A ndalucía y las que plasm ó
en la D escripción de la S in ap ia un escritor que bien
p udo haber sido el m ism o C am pom anes. S ugerim os,
igualm ente, la com paración entre el régim en educa­
tivo de S inapia (recuérdense sus sem inarios, Acade­
m ias y colegios) y las in stitu c io n e s nacidas en nues­
tro siglo X V I I I (sem inarios, academias, colegios y
sociedades de am igos del país). E l interés p o r la
m edicina naturalista del siglo ilustrado, casa con las
curas hidroterápicas, el uso de sim ples y m ix to s
naturales, la iatrom ecánica y la iatroquím ica que
practican los sinapienses. La polém ica sobre el médico-cirujano-boticario u n idos en una m ism a perso­
na tam bién encuentran aquí su eco. Los ja rd in es de
sim ples son una in stitución en Sinapia. 120
E n un cam po diverso, el de la milicia, hallam os
tam bién resonancias m u tu a s entre Sinapia y su A n tí­
poda: E n am bas luchan ju n to a las tropas del país,
sus aliados. E n el caso de Sinapia, los p am pas am i­
gos. E n el de España, desde la reorganización de
1748, ju n to a los regim ientos ordinarios luchaban
otros de italianos, valones y suizos. Las banderas son
blancas para los sinapienses y para los soldados de
los reyes B orbones. Los dragones, regim iento creado
120 S á n c h e z G r a n j e l , L., o . c ., 116 ss.—Cfr. S ., 16, 10. Véan­
se tam bién las obras de D e m e r s o n , A g u i l a r P i ñ a l y otros
sobre esto s tem as de la cultura ilustrada.

durante la guerra de S ucesión (1704), ta m b ién se
encuentran en Sinapia...
D atos serían todos éstos que servirían, adem ás,
para in ten ta r dar una fecha a la redacción de S in a ­
pia, pero que, de m om ento, no nos p erm iten a v e n tu ­
rar m ás que una hipótesis. La de que Sinapia es una
obra del ú ltim o tercio del siglo XVI I I . E l estilo, el
vocabulario, las afinidades ideológicas, religiosas, p o ­
líticas..., todo ello parece ven ir en apoyo de esta hi­
pótesis, pero de ningún m o d o puede c o n stitu ir la
prueba que la date apodícticam ente.
Otro tanto podem os decir del autor. Los indicios
apuntan a C am pom anes 120 biB, que si no fu e su padre
por crearla, lo ha sido, de algún m odo, p o r conser­
várnosla entre sus papeles. Pero esto no pasa de ser
una corazonada que no podrá convertirse en eviden­
cia m ien tra s que no en co n trem o s un d o c u m e n to fe ­
haciente, p o rq u e en las páginas de la D escripción
de la S in ap ia no nos ha quedado, desgraciadam ente,
la firm a de su autor.
M iguel A V IL E S F E R N A N D E Z
M adrid, 1975

i2(ii.i* N um erosas afinidades son las que se evidencian
entré el pensam iento del autor de Sinapia y Campom anes.
Cfr. la obra de K r e b s W il k e n s , R., El pensamiento histórico,
político v económ ico del Conde de Campomanes (Santiago
de Chile,' 1960).

Descripción de la Sinapia,
península en la tierra austral

l N úm ero 1.
In tro d u c c ió n
G rande h a sido la c u rio sid a d que h a sta a h o ra han
tenido los aficionados a las letras de sa b e r los se­
cretos de la T ierra A ustral, los cuales, au n q u e se han
p ro cu ra d o d e scu b rir p o r m edio de las navegaciones
de n u e stro Alvaro de M endaña y Pedro F ernández
de Q uirós y después p o r las de los holandeses P edro
de N uits, V an Diemens, Jaco b o C arpin tero y, en n ues­
tro s días, Abel Tasm an, poco m ás se ha conseguido
que sa b er que en aquella p a rte del m undo se con­
tienen v astas regiones, a quien h an dad o varios
nom bres, y que son h a b ita d as, pero de sus p a rtic u ­
larid ad es o b servan un p ro fu n d o silencio.
No sé cóm o m e vinieron a las m anos algunos a p u n ­
tam ien to s que Abel T asm an h a b ía hecho en su viaje,
trad u cid o s, p o r algún curioso, de holandés en fra n ­
cés, en que se da noticia de cierta rep ú b lica que,
p o r su an tig ü ed ad , ju stificación y sum a d iv ersid ad
de lo que p o r acá se p ra c tic a , no m e h a p arecid o
indigna de la cu rio sid ad de m is paisanos. F u e ra de
qije nos hace conocer que el ejercicio de la v irtu d
cristia n a es m ás a p ro p ó sito p a ra h acer u n a repúblilv ca floreciente y u n a nación dichosa que c u a n ta s / re ­

dom adas políticas enseñan T ácito o M achiavelíi, o
p ractican los europeos.
D eterm iném e, pues, a tra d u c irla , a riesgo de que
pase p o r novela, p o r la d ificultad con que los que
nos habernos criad o con lo m ío y lo tuyo podem os
p e rsu a d irn o s que pueda vivirse en perfecta co m u n i­
dad y los que estam os hechos a la sum a desigualdad
de nobles y plebeyos difícilm en te creem os pu ed a
p rac tic a rse la perfecta igualdad. F inalm ente, a los
que estam o s corrom pidos con el abuso de la su p e r­
fluidad, se nos hace m uy c u e s tra a rrib a que p u ed a
h ab er felicidad en m edio de la m oderación. Pero
toda du d a cesa cuando co nsideram os el fin que
aquesta rep ú b lica lleva en su in stitu ció n , que es el
de vivir tem p la d a , devota y ju sta m e n te en e ste m u n ­
do ag u a rd a n d o la dicha p ro m e tid a con la venida
gloriosa de n u e stro gran Dios, p a ra lo cual n in g u ­
nos m edios son m ás a p ro p ó sito que la vida com ún,
la igualdad, la m oderación y el tra b a jo . Y, p o r el
co n trario , com o el fin que se h a tenido en n u e stro s
gobiernos, p o r la m ayor p a rte , h a sido c o n te n ta r
n u estra p asió n o red im ir n u e s tra vejación, no se
ha pensado ja m á s a sem ejan tes m edios. F inalm ente,
v erdadera o verosím il, es m uy digna de alab an za
2 esta república, pues / h a lo g rad o el fin m e jo r que
puede p re te n d e rse o, a lo m enos, h a dado ejem p lo a
los que lo q u isieren lograr.

N úm ero 2.
D escripción general de la península
E n aq u el largo rodeo con que Abel T asm an dio
vuelta a la N ueva H olanda, T ierra de C oncordia,

N ueva Z elanda, C arp in tería y N ueva G uinea, halló
en c u a re n ta grados de la titu d a u stra l y c ie n to no­
venta de lo n g itu d una p e n ín su la de ciento y cincuen­
ta y tre s leguas de largo y ciento y cin cu en ta de
ancho, ro d e a d a p o r levante, n o rte y p o n ien te del
m ar del s u r y sólo p o r la p a rte del s u r u n id a con el
g ran c o n tin e n te que c o rre h acia el estrecho de M a­
gallanes. H állase en la cercanía de los países re fe ri­
dos y de diversas islas, p a rte d esiertas y p a rte ocu­
padas con sus colonias. D ivídenla altísim as se rra n ía s
(p o r la p a rte del istm o) de las feroces naciones de
los Lagos y M erganes, etc., 'perm itiendo solam ente
po r difíciles p u e rto s la com unicación con la p en ­
ínsula.
C órtanla, cóm odam ente, diversos ríos, e n tre los
cuales el Pa es el m ayor, pues naciendo de la cu m b re
m ás a lta de la sie rra y a u m e n tan d o de las aguas de
o tro s m uchos arroyos, divide la península p o r m edio
V en su c e n tro form a un h erm oso lago que contiene
una isla lla m a d a Ni, en la cual e stá la ciud ad c a p ital
de toda la península, llam ad a Ni-sa (esto es, M orada
feliz) y de aquí, con m an sa / corriente, fertiliza la
provincia de Pa-sa (esto es, m o ra d a de paz) y se
descarga e n el océano del n o rte , form ando en su bo­
cana capacísim o y segurísim o p u e rto llam ado B en­
der-pa. 121
A traviesan o tro s ram os de m o n tañ as nacidos de
la gran c o rd ille ra la isla, p rin cip alm en te sudoeste121
Conocida es la construcción de un canal que, uniendo
los ríos M anzanares y Jarama, convertía la región de Ma­
drid en una isla, flanqueada, al sur, por el Tajo, hecho
que, en cierto m odo, asem eja m ucho más a Ni-sá la capital
de España. De todos m odos, la geografía de Sinapia coin­
cide bastante, en este caso, con la de la isla norte de Nueva
Zelanda, donde existe tam bién un lago en el centro del
país, el Taupo, cuyo vertido form a el río Waikato, principal
corriente de la isla.

n orueste m , de quien se o rig in an o tro s collados en
varias p a rte s, pero todos e sto s m ontes y collados
son am enos y fértiles, h u m illa n d o su a ltu ra com o
se van a c ercan d o a las p ro v in cias del norte. H ay la­
gos de agua dulce y salada, p ero 110 grandes, recom ­
pensando su pequeñez con su p ro fundidad. El tem ­
peram en to de esta p enínsula es com o el de E spaña,
pero los tiem pos, al revés, siendo el m ayor día del
año p o r N avidad y el m en o r p o r San Juan. La gran
cord illera es frígidísim a; los m ontes de la p en ín su la
tem plados, las provincias b o reales y m arinas, calien ­
tes y su je ta s a algunos tem b lo res de tie rra . 'Peste
no la ha h a b id o sino u n a vez que la tra jo u n a em ­
barcación de gilolos, que huyendo del e stra g o que
hacía en su país, ap o rtó a éste, p ero se a ta jó p resto
su curso con las diligencias q u e se hicieron y con las
órdenes que se dieron de c a u te la no sucediese o tra
vez.

N úm ero 3.
H abitadores

3

De c u a tro naciones to m an su origen los h a b ita d o ­
res de e sta península: m alayos, peruanos, chinos y
persianos. Los prim eros, con el uso de las a rm a s de
hierro qu e tra je ro n , o bligaron a los sencillos n egri­
llos zam bales que la h a b ita b a n a p a sar la c o rd ille ra
y re tira rs e / con los lagos. A quéllos tra je ro n tam b ién
122
De haber dado a esta cordillera la orientación SO-NE,
su situación habría coincidido aproxim adam ente con la del
Sistem a Ibérico.

el uso de vestirse y de c u ltiv a r la tie rra y navegar.
Los p e ru a n o s a p o rta ro n echados de u n a tem p e sta d
a estas m arin as, habiendo salido huyendo del Inca.
E stos tra je ro n consigo algunos incas am igos, a u n ­
que ellos, p o r la m ayor p a rte e ra n chinchas lí3. Unié­
ronse con los m alayos así p o r ser pocos com o p o r
gozar de las com odidades que los p rim e ro s con su
in d u stria ya tenían.
D espués vinieron los chinos y éstos fuero n en gran
núm ero, p o r h a b e r salido u n a arm a d a de ellos h u ­
yendo de la tira n ía de K ieu, la cual, p o r a p a rta rs e
cu an to pudiese de su infeliz p a tria , no p a ró h a sta
aquellos rem o to s p arajes. E sto s, com o gente polí­
tica e in d u strio sa , con m añ a fueron haciéndose lu ­
gar, de m odo que a d q u iriero n la veneración de las
o tra s dos naciones y con el uso de la p ólvora se hi­
cieron fo rm id ab les a los lagos, que con fu rio sas en­
tra d a s in q u ie ta ro n la península.
La ú ltim a nación fueron los persas, los cuales tr a ­
jero n la luz del evangelio y con ella la v e rd a d e ra
política. S a b u r I, e m p e rad o r de Irán, p o r in stig a ­
ción de los m agos, levantó u n a furiosa persecución
co n tra los c ristia n o s p ersas, e n tre los cuales los que
p rin cip alm en te lucían y, p o r esto, le eran m ás odio­
sos, fu ero n el príncipe Sinap, de la fam ilia real de
A rd-schird, que los griegos llam an A rtaxerxes, y el
Obispo Jo sep h C odabend, m etro p o lita n o de la Persia. E sto s dos, viéndose im posibilitados de p e rm a n e ­
cer en P ersia, d ete rm in a ro n p a s a r con las reliquias
de aq uella Iglesia a b u sc a r nuevo asiento. Así lo
c j e c u / t a r o n con felicidad, al principio, d e te rm in a n ­
m Si la grafía es correcta, puede referirse a los habitan­
tes de las islas Chinchas, pertenecientes al Perú. Tam bién
es probable que haya querido referirse a los chibchas,
pueblo am ericano, vecino, en alguno de sus asentam ientos,
de los peruanos.

do su viaje a la China, m a d re y origen de to d a p o ­
licía y ciencias del oriente (com o en el occidente
la Grecia); habiendo pasado el estrecho de S in e n p u r
y e n tra d o en el golfo de Cacho, com enzaron los n o r­
tes y n o rd este s furiosos a ec h arlo s de su d e rro ta ;
a p o rta ro n , obligados de la to rm e n ta , la isla de Palog, cabeza de o tra s ochenta, que, en form a de c írc u ­
lo, hacen un pequeño archipiélago. Allí, re p a ra d o s
los navios, tuvieron lengua de la península B ireia
(que así se llam ab a p rim ero la que después se llam ó
Sinapia, del nom bre de su ilu stre príncipe). P or
esto, d e te rm in a ro n seguir el viento con que la di­
vina pro v id en cia les m u d ab a el rum bo gu ián d o lo s
a p a ra je m ás cóm odo p a ra la fundación de su nueva
iglesia y república, a p o rta ro n a una g ran d ísim a y
segurísim a b a h ía llam ada Bender-N o, p o r el n o m ­
b re de u n a bella isla que q u iere decir «abrigo», p o r
servir de tal p o r su situ ació n a los bajeles que en ­
tren en la bahía.
Florecía en este tiem po e n tre los chinos de la pe­
nínsula un grandísim o filósofo llam ado SI-ANG 124,
ta n to p o r lo docto que e ra en los libros e h isto ria s
orientales com o po r los g ran d es progresos que la
m editación y observación de la natu raleza le h a b ía n
hecho h a c er en las ciencias y a rte s y, com o a e sto se
ju n ta b a u n a vida inculpable, fácilm ente se u n ió en
a m istad con los cristianos p e rsa s y abrazó su reli124
¿Ha querido identificar, en este filósofo, a algún per­
sonaje histórico? Si tenem os en cuenta que hom ologa a
los chinos con los portadores de la cultura greco-romana
en occidente, podría pensarse en un filósofo hispano-romano, por ejem plo, en Séneca (SeNeCa - SiaNG), sabio a quien,
durante m ucho tiem po, se ha creído cristiano por las afi­
nidades existentes entre su estoicism o y el cristianism o y
porque era herm ano de Lucio Junio Anneo Galión, precónsul de Acaya desde abril del 51 a abril del 52, ante cuyo
tribunal fue conducido S. Pablo por los judíos de Corinto
(cfr. H echos de los Apóstoles, 18, 12-19).

gión, tan racio n al y sancta. De la ju n ta de estos tres
4 héroes nació la / institución de la adm irable re p ú ­
blica de S inapia, fundada con el valor heroico del
príncipe Sinap Ardxird, con la c ristian a v irtu d del
p a tria rc a Jo sep h C odabend y con la docta p ru d en c ia
del filósofo Si-Ang; con d u lzura, buen ejem plo, es­
pera y c a rid ad , fueron am an san d o y dom esticando
la ferocidad de los m alayos y ru sticid ad de los pe­
ruan os (aquí no ayudó poco el valor y bu ena dicha
con que rechazó el príncipe Sinap las invasiones de
los lagos y el furioso desem barco que ejecutó en la
península una arm ad a de c o ricras, de valentísim os
jaos y m olucos). Fueron poco a poco a b razan d o la
religión c ristia n a y al m ism o tiem po su jetán d o se a
la obediencia del príncipe.
No q u isiero n u s a r de la violencia, aunque p u d ie ­
ran, así p o r h a c er su gobierno m ás am able y d u ra d e ­
ro com o p o rq u e, siendo el prin cip al intento la con­
versión v e rd a d e ra, no ju zg aro n sería tal la que se
procurase p o r o tro s m edios que los que C risto usó
y m andó u s a r a sus apóstoles. De aquí se ve que sien­
do el pueblo de esta rep ú b lica form ado de e sta s n a ­
ciones, ha de p a rtic ip a r de sus cualidades y así la
fisiognom ía es varia, com o m ezclada de las c u a tro
m ás universales: E tiópica de los zam bales 12'); in d ia ­
na de los m alayos; ta tá ric a de los chinos y p e ru a ­
nos; y asiática y europea de los persas.
La lengua, au nque m ezclada de todas las de estas
gentes, pero m ucho m ás p a rtic ip a de la d u lzu ra y
sim plicidad china y de la elegancia persiana. E sto
4v se entiende de la lengua v u lg ar / en que hab lan y es­
criben, p o rq u e han form ado artificiosam ente una
lengua filpsófica, acom odada a las ideas sim ples o
125
Contradice lo que refirió a! com ienzo de este capítulo,
donde daba a entender que los negrillos zam bales habían
sidoexpulsados com pletam ente de la península (S., 3, 2 v .).

com puestas de las cosas, según la observación e s tu ­
diosa de ellas, no según el uso o an to jo de la gente
y de é sta u san en la explicación de la natu raleza.
Tienen dos m aneras de e scrib ir: una, con c a rac­
teres aráb ig o s, a la persian a; o tra , con sím bolos ch i­
nos. De am b as usan, p ero de la ú ltim a sólo en ins­
cripciones públicas y en aquellos e scrita s en que
no se atie n d e tan to a cóm o se dice la cosa com o a lo
que se dice.
F o rm ad a la plan ta y leyes de su república, fueron
estos p ru d e n te s legisladores intro d u cien d o su p rá c ­
tica no de un golpe, pues fu era im posible, sino poco
a poco. P rim ero en u n a fam ilia; después, en u n b a ­
rrio; luego, en una villa; en u n a ciudad, etc.

N úm ero 4.
De su fertilidad y de la Sinapia

La fe rtilid a d de esta p en ísu la es increíble, parte,,
debida a su situación v e n ta jo sa y m ucho m ás a la
aplicación de sus m o rad o res, que todo su estu d io
ponen en no d e ja r palm o de terren o sin cultivo.
A bunda la península de c u a n ta s fru tas, sem illas y
m ad eras se hallan en el Asia y en la A m érica (a cu­
yos confines se halla), ad em ás de algunas p ro p ias
de la tie rra A ustral y perfectísim as. A yudan e sta
fertilid ad con el riego, p ro c u ra d o p o r m edio de ace­
quias, con que com unican las aguas de un o s ríos
con o tro s y de los lagos con los ríos, con azudes,
5 con que levantan las aguas, y con norias / con que
sacan las aguas su b te rrá n e a s a la haz de la tie rra .

Todos esto s ríos y lagos son los alm acenes de la
pesca y de la sal, sin lo q u e de esto co n trib u y en
sus tres m arin as, que es inagotable. Las m o n ta ñ a s
inaccesibles de Bel, con que Dios dividió la p e n ín ­
sula de la tie rra firme, están llenas de tesoros m a n i­
fiestos de caza, m aderas y m árm oles preciosísim os
y ocultos, de m etales de to d o s géneros, c rista les y
pedrería. Los dem ás m ontes que, originados de és­
tos, se e sp arc e n p o r la península, c o rtá n d o la con
agradable v ariedad, dan g ran d es com odidades a la
c ría de ganados y colm enas co n sus pastos y a las
dem ás necesidades con sus árboles, fuentes y yerbas
m e d ic in a le s.126
Las nueve provincias en que se divide la p en ín su la
se señalan e n la ab u n d an cia y perfección de los gé­
neros p a rtic u la re s, según su tem peram ento. La p ro ­
vincia de H esá, en granos, cacao. La de Pesá. en
aceite y caballos. La de Aysá, en pescados y gana­
dos. La de K asá, en seda y azúcar. La de N isá. en
arroz, p o rcelan as y fru ta . La de Dasá, en fru ta s se­
cas, cera y algodón. La de R esá, en m aderas, lino y
cáñam o. La de Sesá, en m etales y hortalizas. La de
Basá, en m etales y a v e s .121
Ni p o r e sto se entiende fa lta r en unas provincias
lo que a b u n d a en o tras, sino que los géneros m encio­
126 No es necesario resaltar la coincidencia de esta des­
cripción con las ditirám bicas que se encuentran en todos
los Laudes Hispaniae que se han escrito desde S. Isidoro
y Alfonso X. La riqueza de las m ontañas de Bel iguala
a la que Estrabón atribuye a los Pirineos.
127 La reconstrucción
del im aginario mapa de Sinapia
m ostraría en su centro la provincia de Ni-sa. Junto a ella,
al norte, la de Pa-sa, donde desem boca el río Pa. Fuera de
estas dos localizaciones, no hay datos en la Descripción de
la Sinapia para situar las dem ás. En el mapa de la pág. 23
no hem os hecho más que fijar las dos provincias de loca­
lización cierta y distribuir las dem ás en el m ism o orden
que en este párrafo se establece.

nados a b u n d a n y son m ejo res en las provincias refe­
ridas. T odas las m arinas, p o r espacio de legua y
m edia de ancho, y las m o n ta ñ a s de Bel, p o r espacio
5v de tres leguas, se m antiene in cu ltas, p a ra leña, / m a­
dera, ca rb ó n y caza, m enos el d istrito de los p u e rto s.

N úm ero 5.
De los anim ales, aves y peces

H állase en Sinapia todos los anim ales que en
la Am érica y Asia, sin algunos propios a la tie rra
au stral, m enos las fieras ca rn ice ra s, a quien el cui­
dado de los n a tu ra le s ha consum ido. Crían las m o n ­
tañas de Bel grandísim os elefantes. Todos los an i­
m ales y au n los hom bres son en aquel país de e s ta ­
tu ra crecida, m enos gatos, asnos y m onas y ovejas,
que son m uchos m enores que los de acá. Y los Merganos son v erdaderos gigantes, de m ás de diez pies.
Es verdad que los negrillos zam bales son pequeños
y una nación llam ada Jui, que vive cerca de 60 g ra ­
dos de la titu d au stral, es com únm ente de c u a tro a
cinco pies, com o se vió p o r u n p resen te que tra je ­
ron de ésto s a Sinapia un o s em b ajad o res de los
M erganos 128.
H állanse to d o género de aves dom ésticas y cam ­
pesinas, m enos las de rap iñ a , p o rq u e los cazadores
128
Inesperadam ente, pasa a describir tipos hum anos
cuando trata de explayarse sobre la fauna. Parece una
disgresión inoportuna y, por otra parte, contradictoria,
ya que los m erganos se han situado fuera de la península
en el capítulo 2 , p. 2 .

sinapienses h a n acabado con ellas. Pero en lo que
se señala e sta provincia es e n las de ca n to y p lu m a ­
je, p o rq u e no se puede d ecir la h erm o su ra y v a rie ­
dad de colores de éstas, ni la suavidad y h a rm o n ía
de aquéllas. E s verdad que a veces padecen la p e r­
secución de u nas gran d ísim as aves llam adas Piha
que vienen de la Nueva H o lan d a y se llevan en las
garras asnos, (p acu s) y ovejas, haciendo en los ga­
nados g ran d e / destru cció n , sie n d o preciso ju n ta rs e
los sinapienses con arcabuces y bayonetas p a ra hacelles g u erra, p o rq u e son ta n feroces que, si los ye­
rra n , se a rr o ja n sobre los que los tira n y, si no se
defienden con la bayoneta o no son so co rrid o s de
otro s, tienen peligro de ser d e sp e d a z a d o s.129
H állanse en el m ar, que p o r tre s p a rte s b a ñ a la
península, g ran d e copia de pescados; en las m arin as
de las p ro v in cias au strales, disform es ballenas; en
las del n o rte , atunes, tollos, salm ones, etc.; en los
ríos, m an a tís, tru ch as, sam panos, etc.; en los lagos,
carpiones, anguilas, n u tria s y castores, etc.; crían
tam bién p o r d iv ertim iento en vasos de p o rcelan a los
agraciados pecezuelos llam ados schuy. Péscanse en­
tre la isla de No y la gran b a h ía perlas y a ljó far,
p ero las m ejo res y m ás g ru esas en el lago Ni, que
hace el P an en m edio de su curso. Péscase coral
blanco, n egro y colorado en las provincias de B asá
y Kasá, com o tam bién, de tiem po en tiem po, se
hallan g ran d es pedazos de á m b a r gris en la c o sta
occidental y e n la o rien tal de á m b a r am arillo y co­
lorado.
129
He aquí un dato que puede haber recogido de algún
relato de los navegantes de los m ares australes. E ste ave
gigantesca, (a la que llam a Piha, podría relacionarse con
el Moha, ya extinguido, que habitaba en Nueva Zelanda.
Otra cosa es que el Moha hubiese podido ser el ave terri­
ble y rapaz que él describe.

E n los m o n te s de Dasá hay u n a m ina de excelen­
te asbesto, de que se hacen telas que resisten al fu e­
go y o tra de u n cristal c a m b ian te de rojo, a m a rillo
y azul, h erm osísim o, de que se hacen o b ras b e llísi­
m as, p o r h a lla rse pedazos m uy grandes. H ay u n a
6v miel con / sa b o r de alm íb ar de lim ones, y la cera
es negra, p ero ard e con u n a luz m uy c la ra y tien e
g randísim a fragancia. F orm an esto s m ateriales u n a
especie de m oscas que no pican. Las flores, p o r su
variedad, grandeza, viveza de colores y o lo r fra g a n ­
te, se puede d ecir que tienen a q u í su im perio, p ues
sólo en este p aís se hallan flo res verdes, flores b a r ­
nizadas com o el m ás perfecto ch aro l, flores con m a n ­
chas y perfiles de oro m uy b rilla n te. Aquí no ay u d a
poco el sum o cuidado que po n en los sinapienses en
su cultivo, que puede decirse es su pasión d o m in a n ­
te. El e sto ra q u e, el benjuí, copal, ánim a, ja c a ra n d a
y schuchi-o, cochotl, en cu a n tid ad ; pero canela, cla­
vo, nuez m o scad a y pim ienta, no se hallan en g ra n ­
de cu an tid ad , m ás porque los n atu rales no se dan
a m ultip licarlas, que p o rq u e el terren o no lo p erm ite.
Palo de águila, le hay, de to d as las especies, y es el
o rd in ario encienso en los tem plos.

N úm ero 6.
D ivisión política de Sinapia
Divídese to d a la península en nueve cu a d ra d o s,
de a c u a re n ta y nueve leguas sinapienses p o r lado,
que son o tra s ta n ta s provincias, a quien llam an Sá,
que quiere decir m orada, com o Pa-Sá (m orada de
paz), Ay-Sá (m orada preciosa), etc.

7

E stas divisiones ( y las dem ás que d irem os) se
hacen con u n a fosa o canal de / b a sta n te a n c h u ra
y p ro fu n d id ad , (con agua a d o n d e el sitio lo p erm ite),
plan tad o p o r am bas orillas de doble c a rre ra de al­
tísim os árboles y en las esq u in as del cu a d ra d o que
lim ita las provincias y en am bos lados del cam ino
real que va de u n a m etrópoli a o tra , a la e n tra d a de
las provincias h an erigido bellas pirám ides de p ie ­
d ra o de ladrillo, así p a ra señal com o p a ra ad o rn o .
Cada pro v in cia se vuelve a d iv id ir en c u a re n ta y
nueve c u ad rad o s, de a siete leguas de lado, que fo r­
m an los p a rtid o s de las ciudades que com ponen la
provincia y e sta s divisiones son hechas con fosas o
canales algo m ás estrechos que los que dividen las
provincias, p ero ad o rn ad as con c a rre ra s de árboles
y pirám ides com o las referidas.
Cada p a rtid o se subdivide en o tro s cu aren ta y nue­
ve cu ad rad o s, de una legua p o r lado, los cuales fo r­
m an los térm in o s de las villas, que com ponen un
partid o , term in a d o s con canales o fosos p ro p o rc io ­
nados, c a rre ra s de árboles y pirám id es com o queda
dicho. P or m an e ra que las provincias son nueve, las
ciudades tre c ie n tas y c u a re n ta y una, de las cuales
una es la co rte de Sinapia y ocho son m etró p o lis y
las villas seis m il setecientas nueve. E sto se en tien d e
sin los p u e rto s de m ar, que se rep u ta n p o r villas,
ni las fortalezas. Las islas, si son capaces de com po­
ner un p a rtid o , tienen su ciu d ad y si no, tien en las
villas de que son capaces, s u je ta s a la ciudad m ás
cercana. / 130
130
U n c á l c u l o c o r r e c t o d a r ía r e s u l t a d o s d i f e r e n t e s a lo s
q u e a q u í s e e n c u e n tr a n . N u e v e p r o v in c ia s, c a d a u n a d e
e l l a s c o n c u a r e n t a y n u e v e c u a d r o s , d a r ía n u n t o t a l d e 441
y n o 341. I g u a l m e n t e , la s c i r c u n s c r i p c i o n e s c o r r e s p o n d i e n ­
t e s a l a s v i l l a s s e r í a n 441 x 49 = 2 1 .6 0 9 . E l a u t o r h a m u l t i ­
p l i c a d o 341 p o r 4 9 . E l r e s u l t a d o e s , e n ta l c a s o , 16.709, c a n ­
t id a d d e la q u e h a r e s t a d o 10.000 u n id a d e s , p a r a d e j a r l a

N úm ero 7.
De la casa o fa m ilia

7v

Cada fam ilia sinapiense vive en su casa y cada
casa tiene dos viviendas, a lta y b aja, con diez y seis
aposentos, su p a tin e jo enm edio, con fuente o pozo;
p u e rta a la calle y al ja rd ín , y pórticos con galería
(d escu b ierta en las provincias calientes y en las fría s
c u b ie rta ) a la calle y al ja rd ín , siendo todas las casas
de p a rticu la re s uniform es en to d a la península y en
todas hay sus dorm ito rio s, o ra to rio , o b rad o r, coci­
na, despensa y lugar com ún. La fam ilia no puede
exceder de doce personas m ayores de cinco años,
esto es, el p a d re y m adre de fam ilias y sus h ijo s; un
esclavo y u n a esclava y sus h ijos. De estas casas
unidas se fo rm a n los b a rrio s y, sep aradas, los te rri­
torios de las villas.

N úm ero 8.
Del barrio o cuartel

El b a rrio es u n cu ad rad o o isla de casas u n id as
que contienen diez casas o fam ilias p a rtic u la re s y
una del p a d re de barrio . E stas casas están d isp u estas
en dos ceras 131 opuestas y e n tre ellas m edia un ja rd ín
com ún con su fuente o n o ria enm edio, o cupando el
en 6.709. Las líneas finales pueden servir de explicación,
aunque poco convincente, a este lapsus.
131 Ceras = aceras.

m edio de la cera prin cip al la casa del p a d re de b a ­
rrio, que es del m ism o m odo que las o tra s, salvo
ten er dob lad a fachada y tre s altos, p o r c o n te n e r la
sala com ún donde se ju n ta el b a rrio y los alm acenes
com unes, la cam p an a y la cárcel a los lados de e s ta
casa. Hay en la m ism a cera dos casas de p a rticu la re s,
a cada p a rte . La o tra cera o p u esta consta de seis
casas de p a rtic u la re s y e n tre u n a y o tra c o rre el j a r ­
dín que tiene de largo el sitio de seis casas y de
ancho el de cu atro .
8
El c u a rtel es u n / c o m prehensorio de diez casas se­
p arad as, e sp arc id a s según la com odidad del sitio,
en la c u a rta p a rte del te rrito rio de una villa, cuyo
m edio ocupa la del p a d re de b a rrio . Cada casa tiene
su ja rd ín sep arad o , que ocupa en largo ta n to com o
la casa y en ancho, la m itad . Los pórticos y galería
reinan a lre d e d o r del b a rrio , p o r todas c u a tro p a r­
tes, com o p o r ad e n tro a lre d e d o r del ja rd ín . E n las
casas se p ara d a s del c u artel sólo hay p órtico y gale­
ría en la fach ad a que m ira a la cam p añ a y a d e n tro
en la que m ira al ja rd ín y el te rc e r alto de la casa
del p ad re de b a rrio no es m ás de una to rre cilla cu a­
drad a que cae sobre la p u e rta , enm edio de la fa­
chada.

N úm ero 9.
De ¡a villa

La villa sinapiense es u n a po b lació n c u ad rad a, cer­
cada con su foso y co m p u esta de ocho b a rrio s y

cu a tro casas del com ún. Sus calles todas son a c o r­
del y con los p ó rtico s que p o r todas p artes tienen
las casas y b a rrio s se puede siem p re cam in ar a cu­
b ierto. E nm edio tiene su plaza c u ad rad a y en el
cen tro el tem plo, con las h ab itacio n es de los eclesiás­
ticos y, d eb ajo , el cim enterio.
El te rrito rio de cada villa se divide en c u a tro
partes, que llam an cuarteles. E n cada uno h a b ita un
b a rrio en casas separadas, con su padre, p a ra a te n ­
der a los tra b a jo s del cam po, con que en to d o son
cu a tro b a rrio s los que cu ltiv an el territo rio , que
8v ju n to s con los que m oran en la villa / hacen doce
barrios, que son ciento y vein te fam ilias, sin c o n ta r
los eclesiásticos, m agistrados ni esclavos públicos.
Los cuarteles, en cuanto lo p e rm ite el terren o , se
aplican uno a la siem bra, o tro a h u erta, o tro a la
crianza y o tro a algún in d u stria , com o seda, azúcar
o cacaote.

N úm ero 10.
De la ciudad

Las ciudades son poblaciones cu ad rad as con su
m uralla y foso, com puestas de b a rrio s, al m odo que
las villas; divididas en p a rro q u ia s y en cada u n a su
tem plo y, enm edio, el m ayor, con las viviendas de
los eclesiásticos alre d ed o r y sus c u a tro casas del co­
m ún de la ciudad. No puede exceder el n ú m ero de
las fam ilias 1200, fuera de los m ag istrad o s de p a rr o ­
quias y ciudad, estu d ian tes y esclavos públicos.

N úm ero 11.
De la M etrópoli
La M etrópoli es la ciu d ad que ocupa el c e n tro de
la provincia. Sólo se diferencia de las o tra s en ten e r
obispo y m ag istrad o s provinciales en casa del co­
m ún de la provincia, con la Iglesia cated ral enm edio,
estudio y sem inarios.

N úm ero 12.
De la Corte
La Corte es la m etrópoli de la provincia de Ni-Sá,
que ocupa el ce n tro de la p en ínsula, fab rica d a en la
isla Ni, que e stá enm edio del lago que fo rm a el ap a­
cible río Pa. No se diferencia de las o tra s m e tró p o ­
lis sino en se r residencia del príncipe, del sen ad o y
arzobispo e p a tria rc a de la S inapia.
Viven en ella los em b a jad o re s y los ju b ilad o s. Y
9 en ella resi / de la A cadem ia y los archivos y se ce­
lebran los concilios generales de la nación sin a p ie n ­
se. E nm edio tienen el tem p lo p a triarc al, m u e stra
adm irable de la piedad e in d u stria de esta sin g u la r
nación. Q uien ha visto u n a villa, las ha visto todas,
pues to d as son iguales y sem ejan tes; y quien h a vis­
to éstas, h a visto las ciudades, las m etró p o lis y la
co rte m ism a, pues sólo se diferencian en el n ú m ero
de los b a rrio s, en la m ejo ría de los m ateriales y en
la grandeza de los edificios públicos; y en to d o lo
dem ás son uniform es.

N úm ero 13.
De la fo rm a de la república
Es la fo rm a de esta rep ú b lica m onárquica, m ez­
clada de a ris tro c rá tic a y dem o crática. El m o n arc a
son las leyes; los nobles son los m ag istra d o s y el
pueblo son las fam ilias. Su figura, piram idal, cu y a
base es el pueblo; el cuerpo es el m ag istrad o y la
cim a es el príncipe. Los m ag istra d o s son p ad res de
fam ilia, p a d re s de b arrio, p a d re s de villas, p a d re s
de ciudad, p a d re s de provincia, senadores y príncipe.
Todos se llam an PE, que q u iere d ecir «padre», p a ra
m o stra r que lo deben ser en el cariño, vigilancia y
ejem plo.

N úm ero 14.
De los padres de fa m ilia
Son los padres de fam ilia m ag istra d o s n a tu ra le s,
dados p o r Dios, no elegidos p o r los hom bres. E je r­
c ita n su ju risd ic c ió n en to d as las personas de la fa­
m ilia, a quien m an d an ab so lu ta m e n te y castigan con
prisión, ayuno y azotes. A ellos incum be g u a rd a r y
h acer g u a rd a r la ley de Dios, las leyes sinapienses
9v y las órdenes del padre de b a rrio a su fam ilia y /
au m e n tar la iglesia con b uenos cristian o s y la re ­
pública de b uenos ciudadanos, c ria r los hijos h a sta
que to m en estad o , in stru irlo s en la religión, a g ricu l­
tu ra y leyes y, m ás que todo, en la obediencia a los
superiores y a m o r a la vida com ún, m oderación e
igualdad. E n fa lta del p ad re de fam ilia, e je rc ita e s ta

ju risd icció n la m ad re y, en fa lta de ella, el h ijo m a­
yor. La insignia com ún de to d o m agistrado es u n a
colonia 132 de seda, con que ciñe p o r la fre n te 'la ca­
beza, siendo el color el que diferencia los m in iste ­
rios. La de los p ad res de fam ilia es blanca.

N úm ero 15.
Del padre de barrio
El padre de barrio e je rc ita su ju risd icció n so b re
to d o s los p a d re s de fam ilias de su b a rrio o c u a rte l.
C uida de p roveerlos de lo necesario, re p a rte y o rd e ­
n a el tra b a jo de cada día, castig a con ayuno, p ri­
sión o azotes. C uida de que las fam ilias ten g an el
núm ero cum plido, sin excederle. Recoge los fru to s
del tra b a jo e in d u stria de las fam ilias. H ace o b se r­
v ar y observa las órdenes de los p adres de villa. Su
colonia es verde.

N úm ero 16.
De los padres de villa
Los p a d re s d e villa son c u a tro . E stos fo rm a n el
concejo, g o b iern an las casas com unes, tienen ju ris ­
dicción crim in al en causas de esclavitud tem p o ral
en p rim e ra in stan cia; castigan a los p adres de b a­
rrio con cárcel, ayuno o azotes. Tienen e n tre sí di131

Colonia, cinta de seda de dos dedos de ancha.

versas incum bencias, rep a rtid a s. E l p rim ero , a quien
d a n po r excelencia el nom bre d e padre de villa, es
el que preside en el concejo y tien e sobre los o tro s
tres una ju risd ic c ió n directiva. E s el c a p itán de los
10 h ab itan tes en caso de to m a r a rm a s. / Preside en las
funciones públicas. Hace c ad a año la visita de la
villa y te rrito rio y da cu en ta d e l estad o en que se
halla al p a d re de la ciudad. Da p a sa p o rte s y concede
bagajes a quien los necesita. C uida el alo jam ien to
de los v ian dantes, de las p o stas y de las fiestas p ú b li­
cas. Cuida de las proposiciones de los cargos v acan ­
tes y de las c o sas perten ecien tes a la educación y
estudio.
El segundo se llam a padre de la salud. C uida de
la sanidad. V isita los alim entos, las casas y el te r r i­
torio, dando las órdenes necesarias a los p ad res de
barrio . C uida del hospital, m édicos, m edicinas y
ja rd ín de sim ples. Da las ó rd en es convenientes p a ra
cu id ar que de fu e ra no p u ed an com u nicarse las en­
ferm edades. Da c u en ta al p a d re de la salud de la
ciudad, cuyas ó rdenes observa.
El tercero se llam a padre de la vida. E ste cu id a
de proveer la villa de alim entos, vestidos y a lh a jas,
dando c u en ta de lo que falta o lo que sobra al p a d re
de vida de la ciu d ad y e je c u ta sus órdenes. Provee
tam bién la villa de m ateriales p a ra los edificios y
cuida de su conservación.
El c u a rto se llam a padre del trabajo. E ste es un
cargo de la m ay o r im p o rtan cia y necesita de in te li­
gencia de la a g ric u ltu ra y a rte s. El es quien o rd en a
lo
que se h a de sem b rar, p la n ta r, c o rta r, c ria r y fa ­
b ricar, según la necesidad. C uida de los m ateriales e
in stru m en to s necesarios p a ra el tra b a jo , de los ca­
m inos, lím ites, presas, acequias, norias, m inas, carlOvbón, pesca, caza. / F inalm ente, de to d as las fáb rica s
de papel, vidrio, m etales, b a rro , cal, etc. y de to d o s

los tra b a jo s e n que se em plean los esclavos públicos.
H ace su visita, observando lo que so b ra o lo que fal­
ta. Da sus ó rd en es a los p a d re s de b a rrio y c u e n ta
al pad re de tra b a jo de la ciudad, cuyas órdenes ob­
serva.
Todos estos m agistrados, dem ás de la colonia con
que ciñen la cabeza, que tam b ié n es verde, tra e cada
uno b o rd ad a de oro en el pecho la divisa de su ocu­
pación p a rtic u la r. El p rim ero , u n sol; el segundo,
u n a raíz de cin-seng; el tercero , u n a espiga de m aíz
y el cu arto , u n a abeja. Cada uno m ora y g o b iern a
u n a de las c u a tro casas de la co m u n id ad .

N úm ero 17.
De los padres de ciudad
Los p ad res de ciu d ad son en el m ism o n úm ero,
em pleos y divisas que los de las villas. C uidan en
todo su p a rtid o y tienen ju risd ic c ió n sobre los p a ­
dres de villa, a quien dan sus órdenes, juzgan las
causas de m u e rte o esclavitud p e rp e tu a. Sus colonias
son azules. H acen la visita de las villas de su p a rti­
do y dan c u e n ta a los p adres de la M etrópoli, cuyas
órdenes e je c u ta n . Form an él ay u n tam ien to .

N úm ero 18.
De los padres de M etrópoli
Los p a d re s de m etrópoli son siete. Uno es el go­
b e rn a d o r o p a d re p o r excelencia de la m etró p o li y

dos de cada especie de las dem ás. Ju n to s fo rm a n el
consejo de la provincia. Dan sus órdenes y tienen
11 jurisd icció n / so b re los p ad res de las ciudades y en
apelaciones de las causas de m u erte. H acen la visi­
ta de ellas y c u id a n de 4odo lo que toca a la p ro ­
vincia en general. Sus colonias son am arillas y las
divisas com o va referido. Dan c u e n ta al senado, a
quien obedecen

N úm ero 19.
De los padres de Sinapia

Los p a d re s de Sinapia son los que com ponen el
senado. Son tre s de cada especie con las m ism as di­
visas y ocupaciones que hem os dicho. Sus colonias
son rojas. C uidan, en general, del bien de la re p ú ­
blica y, en p a rtic u la r, dan las ó rd en es a los p a d re s
de M etrópolis. Juzgan en te rc e ra instancia las c a u ­
sas de m u erte, d e stie rro o esclav itu d p erpetua.

N úm ero 20.
Del P ríncipe

El sinapo, o príncipe, es la cabeza del senado. Tie­
ne ju risd icció n económ ica so b re los senadores; en
su n om bre y del senado se d an to d as las órdenes,

se hacen to d as las leyes, se envían y reciben las em ­
b ajad as. El es u n a p e rp e tu a centinela sobre to d o s
los m ag istrad o s, p a ra que cu m p la n con su obliga­
ción y, cuando faltan , los hace ju z g a r y c a stig a r p o r
aquellos a cuya jurisd icció n pertenecen . J u n ta el
g ran concilio de la nación, d e te rm in a la g u erra, la
paz y las alianzas. N aturaliza a los fo rastero s, da la
lib e rta d a los esclavos, d istrib u y e los honores, hace
en v iar fuera de la isla colonias c u a n d o sobra el n ú ­
m ero de los m o ra d o res, hace v en ir de las colonias
llv el núm ero de m o ra d o res que / faltan , provee to d o s
los cargos según las proposiciones, adm ite o p ro h íb e
todo género de uso nuevo, p e ro todo con p a re c e r
del senado. E nvía, de cuando e n cuando, v isitad o res
a las provincias. Su colonia es blanca, con perfiles
de oro. Su in signia es un sol y, delante, un p a je que
lleva u n m an o jo de espigas de m aíz y de arroz.

N úm ero 21.
De las casas de la co m unidad

Como en e sta rep ú b lica e stá d e ste rra d o el m ío y
el tuyo, origen de toda discordia, y se desea vivir
en perfecta co m u n id ad , es forzoso ten er en alm ace­
nes com unes todo lo necesario a la vida n a tu ra l y
política, p a ra que desde allí se vaya su b m in istran d o
a los p a rtic u la re s lo que han m en e ster y se vaya re ­
poniendo lo que so b ra o lo que el tra b a jo de cad a
d ía y la in d u stria de los m o ra d o res adquiere.
E n cada c a sa hay su alm acén o despensa, ad onde
g u a rd a n aquellas cosas que el p a d re del b a rrio p r o ­
vee p o r ju n to , y los in stru m e n to s y m ateriales que

se dan p a ra el tra b a jo . En la casa del p ad re de b a ­
rrio hay alm acenes, p a ra te n e r en ellos todo lo que
las fam ilias a d q u ie ren con su tra b a jo e in d u stria .
E n cada villa (y lo m ism o se en tien d e de cad a c iu ­
dad) hay c u a tro grandes palacios o casas, aisladas,
12 rodeadas de p ó rtic o s, que llam an / de la com unidad,
en que viven los cu a tro p a d re s de la villa, cada u n o
en la suya, con las fam ilias n ecesarias y los esclavos
públicos que son m enester p a ra el m anejo de los
m inisterio s que en ellos se e je rc ita n . Su fá b ric a y
d istrib u ció n es varia, según las oficinas, salas, p a ­
tios y ja rd in e s, etc. que son m en e ster, p ero todo
ejecutado con g ra n p rim o r p a ra el uso, no p a ra la os­
tentación.
E n to d a la gente que h a b ita en ellas e je rc ita el
p a d re que las vive el m in isterio d e p ad re de b a rrio ;
en la que vive el p ad re de la villa, e stá la sala de
consejo, el relo j, las cárcelles, el archivo, la lib re ría,
las caballerizas, postas y c a rru a je s y los a lo ja m ie n ­
tos de los fo ra ste ro s. En la que vive el p a d re de la
vida, están los alm acenes d e víveres, de a lh a jas y de
ropas, de a d o n d e se proveen los alm acenes de los
b a rrio s y ad o n d e se rep o n e to d o lo que los b a rrio s
envían. E stá la carnicería, pescad ería, pan ad ería, etc.
La fragua, los co rrales de aves y anim ales, etc.
E n la que vive el p a d re de la sanidad, e stá él h o s­
pital, el baño, el ja rd ín de p la n ta s m edicinales, la
botica, él gim nasio p ara varios ejercicios, el distilatorio, etc.
E n la que vive el p ad re del tra b a jo , están los al­
m acenes de to d o s los m ateriales p a ra el tra b a jo y
fábricas y de los in stru m e n to s necesarios p a ra ellas,
de adonde se pro v een los p a d re s de b arrio s y ad onde
reponen lo que so b ra y lo que se h a fabricado o traI2v bajado. H ay piezas capaces p a ra / tra b a ja r en algu­
nas cosas que req u ieren espacio p a ra su ejecución.

De todos estos alm acenes se envía a la ciudad lo que
so b ra y se recibe en ellos de la ciu d ad lo que falta.
Lo m ism o se en tien d e de los de las ciudades con la
m etrópoli y de las m etrópolis con la corte.

N úm ero 22.
De la religión

La religión, en to d a la p en ínsula, es la c ristia n a,
sin hipocresía, sup erstició n ni vanidad. La discipli­
n a es la que se observaba en el te rc e r y c u arto siglo.
No pueden explicarse los m isterios, sino con los té r ­
m inos que los explica la S ag rad a E sc ritu ra , co n te n ­
tán d o se con creerlos, sin q u e re r sa b e r el m odo. No
ad m iten en e sta s m aterias la m en o r novedad, e s ta n ­
do p rohibido el in v en tar nuevas devociones sin la
aprobación del Sínodo, lo cual a p ru e b a rarísim a vez.
G obiernan esta Iglesia 'los sacerd o tes, debajo de la
dirección de los obispos y éstos de la del m etro p o li­
tan o o p a tria rc a de Sinapia, cabeza, en lo e sp iritu a l,
de esta Iglesia.
Ayúdanse, en el m in isterio de la p a la b ra de Dios
y a d m in istra c ió n de los sacram en to s, de los diáco­
nos, a los cuales ayudan los subdiáconos (y, p a ra la
in strucción de las m ujeres, las diaconesas) y, p a ra
él cuidado de los tem plos, del c a n to y las lecciones
públicas, los acólitos, can to res y lectores. Y este es
el orden de todos los eclesiásticos.
13
No pueden se r acólitos si no son de doce años / y
saben leer y e s c rib ir el sinapiense. No pueden se r

cantores si no h a n ejercido el oficio de acólitos tres
años y saben el canto; no p u ed en ser lectores si no
han ejercido el cargo de c a n to res c u a tro años, ni
ser o rdenados de subdiáconos si no han sido lecto­
res cinco años y saben leer el heb reo y el griego; ni
ser ordenados de diáconos si no han sido su b d iá c o ­
nos seis años y saben m uy bien él hebreo y el griego;
ni sacerdotes si no han sido diáconos diez años y
saben la S a n ta E sc ritu ra e h isto ria eclesiástica. Ni
obispos si no h a n sido sacerd o tes diez años, ni arzo ­
bispos o p a tria rc a s si no h an sido obispos.
Las diaconesas es necesario que sean so lteras y de
c u a re n ta años y que sean capaces de ser m a e stra s
en la escuela de las niñas y e n se ñ a r y ex p licar el
catechism o.
Los subdiáconos son los m a e stro s de escuela o rd i­
narios y ca te q u ista s. En cada iglesia o p a rro q u ia
hay tres sacerd o tes, dos diáconos, dos subdiáconos,
dos acólitos, dos cantores, dos lectores y dos d ia­
conesas. E n las iglesias m ayores de las ciudades hay
un a rc ip reste, a quien e stá n su b o rd in ad o s los de­
m ás sacerdotes y es com o vicario del obispo. Todos
los oficios se hacen en 'lengua sinapiense y las lec­
ciones p úblicas de la S an ta E sc ritu ra . Visto un tem ­
plo, se ven to d o s, pues en n a d a se diferencian sino
en la m ayor capacidad, riq u eza de m ate ria le s y
bondad de p in tu ra s o escu ltu ra s, com o lo req u ie re
la m ayor frecuencia de fieles o de m inistros. El tem ­
plo ocupa siem p re el m edio de la parro q u ia, villas o
I3v ciudades y a lre d e d o r tiene u n / cu ad rad o de edificios
que son las viviendas de los eclesiásticos y d e b a jo
de este c u a d ra d o y tem plo e stá él cim enterio com ún.
E ste es su b te rrá n e o , b a já n d o se a él con cinco esca­
lones p o r c u a tro p u ertas que hay enm edio de las
cu a tro c a ra s del cuadrado. Com pónese de c u a tro

bóvedas, que le atraviesan en cruz, dejan d o en el
cen tro (q u e co rresp o n d e d eb ajo del a lta r) u n a c a p i­
lla red o n d a con su altar. Y p o r las paredes de las
bóvedas e stá n los sepulcros, en nichos com o los de
las catacu m b as. E n esta c a p illa su b te rrá n e a y sus
paredes se con servan las reliq u ia s de los m á rtire s
y sanctos que veneran, con sus inscripciones en b ro n ­
ce. Y en el a lta r se hacen los oficios p o r los defunctos el día de su entierro.
El c u a d ra d o de viviendas eclesiásticas e stá en u n a
p lata fo rm a lev a n tad a del suelo siete gradas que, con
dos d e rra m a s al lado de las p u e rta s del cim enterio,
se va a encim a y dan e n tra d a p o r cu atro p a rte s a la
platafo rm a. E sta e stá cercada de edificios iguales
en fábrica y a ltu ra , exceptuadas dos to rre s que ocu­
pan dos ángulos en los cuales están el reloj y las
cam panas (u n o y o tro a la u san za de China). A bra­
zan los c u a tro ángulos del c u a d ra d o cu a tro h a b ita ­
ciones, en escu ad ra, de los cuales uno es el p re sb i­
terio o vivienda de los sacerdotes y en él e stá la li­
b re ría com ún. O tro es la diaconía, o vivienda de los
diáconos y subdiáconos y en ella está la escuela.
14 O tro es la vivienda de los de m enores / ó rdenes y
en ella está la sacristía. Y o tro es la m o rad a de las
diaconesas, con la escuela de las niñas.
S obre cinco g rad as se levanta en m edio el tem plo,
de form a red o n d a, con tres p u e rta s, p o r u n a de las
cuales e n tra n los hom bres, p o r o tra las m u je re s y
p o r o tra los eclesiásticos. D elante de ésta, que es la
principal, e s tá la fuente del b a p tism o , en fo rm a de
un estanque oval, con sus g rad a s p a ra b a ja r a él.
R odean el tem p lo po r la p a rte ex terio r e sta tu a s y
m ediorrelieves de histo rias y sa n to s del viejo te s ta ­
m ento, com o p o r1ad e n tro a d o rn a n sus paredes pin­
tu ra s del nuevo.

Una trib u n a rein a alred ed o r del tem plo p o r a d e n ­
tro , p ara solas las m ujeres, m enos en la p a rte que
cae sobre el c o ro , el cual, en fo rm a de una p o rció n
de círculo, ocupa la p a rte op u esta a la p u e rta p rin c i­
pal. Levántase en el centro, so b re tres gradas, el
p resb iterio y, enm edio de él, el a lta r, sobre una g ra ­
da. Sobre éste hay un tem plete d e ocho colum nas,
con su cúpula, que rem ata en u n a cruz, enm edio de
la cual pende u n a palom a de o ro que conserva el
S acram ento p a ra los m oribundos.
A los lados del p resb iterio hay dos p ú lp ito s a d o n ­
de se predica la p alab ra de Dios y se leen al p u e­
blo las san tas e scritu ras. Con c ie rta s listas que hay
en el pavim ento, se señalan los lugares que deben
ten er los catecúm enos y varios g rad o s de p en itentes.
No hay o tro s lugares señalados p a ra príncipes, ni
I4v m agistrados. T odos ocupan el lu g a r que hallan / co ­
m enzando desde los m ás cercanos al p resb ite rio ,
com o van llegando, donde p e rse v e ra n sin m u d arse
h asta acabada la fracción, en pie o sentados en tie ­
r ra (a la o rie n tal) conform e lo pide 'la cerem onia.
Tienen su m úsica de in stru m e n to s y de voces p a ra
c a n ta r todo lo que está en verso; p o rq u e la p ro sa, d i­
cen, siem pre rezada.
Toda la ju risd ic c ió n que e je rc ita n los prelados, así
en seglares com o en eclesiásticos, es en m aterias de
conciencia y co n las penas e sp iritu a le s de descom u­
nión o suspensión o privación del estado eclesiásti­
co. En los delitos com unes e stá n su jeto s todos a los
m agistrados. Bien es verdad que lo s prelados c a sti­
gan a los eclesiásticos oeconóm icam ente en las fal­
tas de su m in isterio , con cárcel, ayuno, o azotes,
com o los p a d re s de fam ilia. T odos los sacerd o tes
se llam an pad res. Los obispos, p a d re s grandes y el
p a triarc a, p a d re m ayor. Todos tra e n pelo y b a rb a
larga. No visten de seda ni de lana, todos tra e n pee-

torales y los o bispos un b ordón con u n a cruz encim a
y el p a triarc a con una com o la de Caravaca, en esta
fo rm a
v to d o s los eclesiásticos visten de b lan ­
co. Usan la p enitencia pública según los cánones,
p ero ra ra vez pasa de un año.
M uchos, llevados del fervor, hacen vida m o n ás­
tica o solitaria, y algunos se red u cen a esclavitud
15 vo luntaria, viviendo y tra / b a ja n d o com o los escla­
vos públicos y éstos son su m am en te estim ados. Los
que p o r divina in spiración o disposición de los p a ­
dres esp iritu ales quieren h acer penitencia o vivir
con m ayor re tiro , tienen sus m o n asterio s, en cada
d istrito de ciu d ad dos, uno p a ra h om bres y o tro p a ra
m ujeres, todos capacísim os, donde, sin h acer votos,
viven en com unidad, e jercitán d o se en ayunos, lec­
ción de libros sagrados, contem plación, alabanzas di­
vinas y tra b a ja n d o p a ra u tilid a d pública conform e
lo o rd en a el p rela d o o p rélad a a cuya obediencia
están , edificando asim ism o al p ró jim o con las o b ras
de c a rid ad a que se aplican, con las san tas e x h o rta ­
ciones que hacen, cada uno a los de su sexo, y con
los escritos excelentes y devotos que com ponen. To­
dos son legos, m enos el abad, que es sacerdote, o la
abadesa, que es diaconesa siem pre.
Cuando algunos tienen in sp iració n de m ayor sole­
dad o quieren dedicarse a la in stru cc ió n de los in­
fieles, el abad, exam inada su vocación, los p re p a ra ,
ejercitán d o lo s p o r dos años en aquello que puede
serv ir p ara lo g ra rla y, dada su bendición, los envía
a las vastas m o n ta ñ a s de Bel, a las islas o a los
países de gentiles circunvecinos. Los que, h ab ién d o ­
se ejercitad o p o r algún tiem po, qu ieren p a sa r al esI5v tad o eclesiástico o al m atrim o n io , / lo pueden h a c er
sin no ta y los que perseveran h a s ta la m uerte, tie ­
n en su especialísim a alabanza. E n cada tem plo hay
u n solo a lta r y sólo se consagra y com ulga los do­

m ingos y los días que p o r d e c re to público se hace
algún acción de gracias. Ayunan a la cu aresm a y los
viernes, todo el tiem po que h acen penitencia y los
días que p o r decreto público se o rd en a que todos
la hagan. Los eclesiásticos siete veces, en tre día y
noche, hacen la oración en el tem plo. Los seglares,
dos veces cada día en sus casas (o adonde les coge
la h o ra de h acerla). El sábado p o r la tard e asisten
en el tem plo a vísperas y com pletas; la sem ana sa n ­
ta y viernes de cu a re sm a a los serm ones y todos los
dom ingos y días de acción de g racias a la com unión
y p o r la ta rd e al catequism o.
No puede nadie valerse de o tra traducción de la
E sc ritu ra que de la que hicieron en lengua sin ap ien ­
se los tres h éroes sinapienses, S inap, C odabend y Siang, a p ro b a d a p o r el p rim e r sínodo y sacada del
texto hebreo en el T estam ento V iejo y del griego en
el Nuevo, de un m an u scrip to tra íd o de la Persia. P ue­
de cu alquiera h a c er observaciones críticas sobre e s ta
traducción , p ero no pub licarlas sin la ap ro b ació n
16 del sínodo. Solos los eclesiásticos pueden e n se ñ a r /
la ciencia divina, pero los seglares pueden m uy b ien
e stu d ia rla y e sc rib ir sobre ella, pero no d a r a luz
los escritos sin la aprobación de la Iglesia.
Todos los p relad o s eclesiásticos gobiernan con el
p arecer de sus p resbiterios. Es lícito a cu alq u iera,
y alabado, p ro p o n e r a la Iglesia sus dudas en m a te ­
rias de fe, las cuales, p o r espacio de un año, se p ro ­
c u ra n sa tisfa c er con la e sc ritu ra , cánones o h isto ria
eclesiástica y si, pasado el año, persisten en opinión
c o n tra ria a lo decidido, se d e c la ra n descom ulgados y
son tra ta d o s com o infieles y si se p en etra que q u ie­
ren h acer p a rtid o o m over sedición, al punto se destie rra n de to d a la república, con pena de la vida si
vuelven.

N úm ero 23.
Del gobierno m ilita r

El fin de to d o gobierno es la paz y así la p ro c u ra n
p o r todos cam inos. P ara que se conserve e n tre los
n a tu ra le s sirven las leyes. P ara que no p u edan t u r ­
b a rla los e x tra ñ o s sirven los soldados, las fortalezas
y 'las arm as. E stas, en la in fa n tería , son petos y borgoñotas de suela, cub iertas con lám ina de acero tem ­
plado, escopetas largas, g ran ad as, broqueles y al­
fan jes anchos y algo corvos. E n la cab allería son pe­
tos y b o rg o ñ o tas y un b razal, carabina, alfan jes,
pistola, lanza, flechas al m odo p a rto y los dragones
(que institu y ó en Persia A lejandro M agno), in stru I6v m entos de c o rta r leña y m over tie rra . / 133
Tienen tre s géneros de a rtille ría , de a tres, de a
veinte y de a tre in ta libras de calibre. Tienen m o r­
teros p a ra tir a r bolas p esad ísim as de p ied ra y o tro s
m enores p a ra t ir a r gu ijarro s. S írvense de las m inas
con grande acierto . En las e n tra d a s de los m ontes
que dividen la S inapia de los Lagos (que son pocas,
las que dejó la n atu raleza, h ab ien d o rom pido los si­
napienses to d as las veredas accesibles) tienen fo rta ­
lezas bien p rov eídas de soldados, a rtille ría y m u n i­
ciones de boca y de guerra, com o tam b ién las tienen
en los prin cip ales puertos de m a r y en algunas d á r­
senas y a rsen ales bien fab ricad o s y prevenidos de
lo necesario. Y en las a ltu ra s de to d a la co sta, sus
atalayas, p a ra a v isa r con fuego o hum o la venida de
fo rasteros.
133 El original, con tachaduras ,dice: «... flechas al m odo
parto y / los dragones / [tachado] que instituyó en Persia
Alejandro M agno...».—Hem os restituido las palabras ta­
chadas.

E n el tiem po de la e n tra d a que hicieron los Jaos
y los M alucos, no ten ían los sinapienses sino ju ncos
p a ra el com ercio, p e ro después fo rm a ro n arm ad illas
de m edias g aleras y barcos luengos, m uy a p ro p ó sito
p a ra c o m b a tir y con ellas tra n s p o rta n de unas p a rte s
de la península a o tra s o a las islas y naciones am i­
gas (como la de N ueva Guinea y Zelanda), todo lo
que se ofrece. Sólo conservan p a ra el com ercio seis
grandes ju ncos de fábrica chinesa.
17
Divídese la soldadesca sinapiense / en legiones,
que llam an Juey. E stas se dividen en Juan, que
son regim ientos. E stos, en Jue, o com pañías y éstas
en Jui, o escu ad ras. La escu ad ra es de diez hom bres;
la com pañía de ciento; el regim iento de m il y así la
legión se com pone de siete m il h o m b res, esto es, de
c u a tro regim ientos de in fan tería, dos de caballería
y uno de a rtillería.
El Arm aj o e jé rcito sinapiense se com pone de
c u a tro legiones, que son veintiocho mil hom bres,
tre s de pam pas auxiliares y u n a de sinapienses, p ero
los oficiales de to d as son sinapienses.
E n tiem po de paz m antienen siem p re tres legiones,
dos en fro n te ra de los Lagos, en dos acam pam entos
y u n a en los presidios. Aquéllas e stá n siem pre en
cam paña, p a ra ejercicio y seguridad. Y ésta se m u d a
cada año con u n a de las p rim e ra s p a ra re p a rtir el
tra b a jo . Cada regim iento de in fa n te ría tiene cinco
com pañías de escopeteros con b ay o n etas y cinco de
granaderos con a lfa n je y broquel. E n la caballería,
c ad a regim iento tiene cinco co m p añ ías de c a rab in e­
ros y cinco de flecheros con lanzas y todos al m odo
de dragones lu ch an pie en tie rra y se fortifican c u a n ­
do se lo m andan. Cada regim iento de a rtillero s tiene
17v c u a tro com pañías de artilleros, dos de ingenieros / y
c u a tro de c a rp in te ro s, h errero s, m in ad o res, etc. El
tre n de u n a legión consta de ca to rce piezas y siete

m orteros, tre s p a ra bolas de p ie d ra y c u a tro p a ra
gu ijarro s. Los calibres de los cañones son dos de a
tre in ta , c u a tro de a veinte y ocho de a tres, c o n ... 134
c a rro s de bag aje, sin caballos y cam ellos de carga.
La a rtillería to d a la tira n elefantes.
Todos los soldados tienen sus coletos de ante, m uy
bien adobados, y sobre él u n a casaca ro ja de algodón
colchada y ancha, botines y, e n las b o rgoñotas 135,
sus penachos de varias su ertes de plum as, cuyos co­
lores d istingu en los regim ientos. E stos tienen tre s
banderas, u n a b lanca y dos blan cas y ro jas, to d as
con sus cruces. La legión tiene u n .grande e sta n d a rte ,
blanco, que llevan en una m áq u in a con ruedas, tir a ­
da de dos cab allos. Tiene enm edio b o rd ad a u n a co­
ro n a de lau rel que abraza dos palm as cru zad as y a
los lados de ellas, en ab re v iatu ra, «Jesús, el ungido»
y encim a de la co ro n a un le tre ro que dice en sin a ­
piense: «Ja ni leng feu m e lung», que quiere decir:
«E sta es la v icto ria que vence el m undo.» 136 N o se
en arb o la este e sta n d a rte sino cu ando se ha de d a r
batalla, s itia r plazas o en los acam pam entos, donde
siem pre e stá d elan te de la tie n d a del general. /
18
No hacen g u e rra que no sea defensiva, y a n te s de
com enzarla, p ro c u ra n evitarla p o r todos cam inos, no
teniendo p o r vergonzoso p e d ir la paz y teniendo p o r
vergonzoso el negarla. Mas cu an d o son obligados a
hacerla o p o r defensa o p ro p ia o de los aliados, en­
vían prim ero a in tim a rla y la h acen con grandísim o
vigor. No hacen hostilidades en casas ni árboles, ni
se encruelecen con m ujeres, viejos y niños. Sólo u sa n
de rigor con los q u e se les oponen arm ados y ja m á s
134 Al parecer, escribe: «con 1.000 carros...».
135 Borgoñota: Casco de hierro sin visera.
136 Estas palabras corresponden a las de la I Carta de
San Juan, cap. 5, 4: «Haec est victoria quae vincit mundum, fides nostra».

p erd o n a n la vida a los d esertores, espías y aquellos
que saben son cau sas de la g uerra. Los p risioneros
q u edan esclavos públicos y nu n ca p e rm ite n que pase
el año sin re s c a ta r los suyos o p o r c a n je o con m e r­
cancías, creyendo que en n ad a p u eden em plear m e­
jo r las riquezas q u e en p ro c u ra r la lib e rta d de sus
ciudadanos.
El tiem po del servicio son c u a re n ta años, desde
los veinte h a sta los sesenta, al cual son obligados
los que escogen los m in istro s y se c ría n en sem ina­
rios. Es m ás estim ad o el general que vence con m e­
nos sangre y no tien en p o r vileza el vencer con la
e stra ta g e m a y con el precio, a n te s lo alaban. Pero
so b re todo, si p u eden vencer con los beneficios, con
la co rtesía y con la clem encia, lo estim an , p rem ian
I8vy juzgan p o r / m ás digno de c ristia n o s y de racio n a­
les y al m ism o tiem po m ás conveniente y seguro.
P rom eten grandes prem ios al q u e en treg a vivos o
m u erto s a los que son autores de la g u erra y p ro cu ­
ra n prin cip alm en te deshacerse de los cabos p rin c i­
pales de los c o n tra rio s, p a ra lo cual se dedican sin ­
gularm en te m uchos voluntarios que no p ro cu ra n
o tra cosa.

N úm ero 24.
Del gobierno económ ico
Del buen g obierno de las fam ilias, de la b u e n a
educación y del acierto de los m atrim o n io s, pende
la conservación y felicidad de la república. G obiérnanse las fam ilias sinapienses con la total su b o rd i­
nación y obediencia de todas las p erso n as que las

com ponen al p a d re y m adre de ellos, de los m enores
en edad a los m ayores y de los esclavos a los libres.
L evántanse en to d o s tiem pos al ra y a r del día y, des­
pués de lavados (p o rq u e juzgan m uy im p o rta n te la
lim pieza), va to d a la fam ilia a el o ra to rio y, p re si­
diendo a todo el p a d re de ella, hacen su oración acos­
tu m b ra d a , el cateq u ism o y se da lección de las leyes
sinapienses que todos tom an de m em oria. T om an
u n ligero alm u erzo y van al tra b a jo que se les señ a­
la, sin e x cep tu ar ninguno, en que se ocupan tre s
19 h o ras (si no es cu ando el p a d re de / b arrio , p o r a l­
guna necesidad pública, lo alarga).
Come to d a la fam ilia libre ju n ta a m ediodía (s ir­
viendo los esclavos) una cosa ligera, a m odo de m e­
rienda. H acen ju n to s una breve oración y, pasad as
tre s horas, vuelven al tra b a jo p o r o tra s tres. H acen
la oración ju n to s y cenan al an o ch ecer con luz a r ti­
ficial, siendo é s ta su p rincipal com ida. A cuéstanse
a h o ra com petente, conform e el tiem po, de m odo
que haya siete h o ras h a sta el am anecer. E ste es el
m odo reg u lar de p a s a r la vida, desde el m en o r la­
b ra d o r h a sta el Príncipe, en que se ve que dan al
tra b a jo seis h o ras; p a ra d o rm ir, siete; en com er, ce­
n a r y alm orzar, una; en el o ra to rio , dos. Y les q u ed an
libres ocho, las cuales gastan en re p a s a r las lecciones,
a p re n d e r algún a rte o ciencia, leer o ju g a r algún
juego de los p e rm itid o s, en c u ltiv a r el ja rd ín com ún
y los tiestos de las galerías.
La m oderación en com er, v estir, alhajas, in s tru ­
m entos, ejercicios, edificios, etc. es grandísim a, p a ra
ev ita r toda su p erflu id ad , m ad re certísim a de to d a
necesidad y desorden.
La com ida se reduce a to rtilla s de m aíz o a rro z
(q u e les sirven de pan), un p lato de ca rn e o de p es­
cado, una m e n e stra y un p o stre o principio de fru ­
ta o de lacticinio.

El vestido es de lana, acolchado de algodón en
ivierno y de seda el verano. El ivierno, negro el ve­
ran o , blanco. El c o rte, a 'la p e rsia n a. Calzones que /
I9v sirven de m edias. B otines h a s ta m ed ia pierna, chiam erlucos 137; en casa, bonetes de p lu m a a la usanza
de táta ro s; fu era, som brerillos g arb o so s y ligeros
de p aja, ch a ro n a d o s 138 po r de fu era, de blanco el ve­
ran o y de negro el ivierno. A las m u je res se les p e r­
m iten vestidos de colores varios y, cuando van fu era
de casa, capucha a la catalan a, b lan c a el verano y
negra el ivierno. La ropa b lanca de algodón el ve­
ra n o y de lino, el ivierno. U san de b añ o una vez en
la sem ana el v eran o y una vez al m es el ivierno, h a ­
biendo días d istin to s p a ra h o m b res y p a ra m ujeres.
C ada fam ilia se b a ñ a con su gente, sin que los que
cu id an del bañ o hagan m ás de d arles lo necesario.
Las cam as, las sillas, las m esas y las dem ás a lh a ­
ja s 139 necesarias, to d as son u n ifo rm es. La vajilla
to d a es de p o rcelan a y de un m odo. El que quiere te ­
n e r algo p a rtic u la r es necesario que sea hecho p o r su
m ano, sin p o derlo enajenar.
Todos los vestidos y calzados los hacen las m u je ­
res de cada fam ilia. Todos se ra p a n , h a sta c u a re n ta
años, la b a rb a y después la tra e n larga. El cabello,
h a s ta los h o m b ro s y las m u jeres le tra e n suelto com o
los hom bres, p ero u san m ucho de g u irnaldas de flo­
res y de ram illetes que son sus joyas.
La bebida es Sen-Pe, que q u iere decir vino de
arro z, y agua p u ra. Las bebidas c a lien te s son choco20 late y té. Las com idas / delicadas, dulces y dem ás
137 Chiamerluco = chamerluco: V estid o que usaban las
m ujeres ajustado al cuerpo.
138 Charonados = charolado, barnizado. No parece que
deba relacionarse con «caronados», de «carona», tela grue­
sa, acojinada, que se pone a las caballerías bajo la silla.
139 Alhaja = se refiere siem pre en el texto a m uebles, no
a joyas.

regalos son p a ra los enferm os y ágapes que son con­
sum idos en com ún de caridad.
Las dem ás a lh a ja s e in stru m e n to s son solos los
necesarios, fáciles de m an e jar y acom odados al uso,
conform e las leyes, sin p o d er v ariar.
Los p ad res p ro p io s o adoptivos crían a los h ijo s
h a s ta que to m a n estado y las m ad res p ro p ias les
d an el pecho, ten ien d o p o r delito el darlos a cria r,
com o p o r g ran d e acción el c ria r los ajenos. Van a
la escuela desde los cinco años h a sta los quince.
Desde los qu in ce h a sta los veinte ap renden la a g ri­
c u ltu ra. A los v einte tom an e sta d o y las m u jeres a
los dieciocho. Todos, dem ás de la ag ricu ltu ra, a p re n ­
den algún a rte o ciencia.
Tienen señalados dos días en el año pa,ra las b o ­
das, cerca de los equinoccios. C oncurren este día
en el tem plo to d o s los m ozos y m ozas, hom bres y
m u je res casad ero s p o r la edad o la voluntad y, p u es­
tos en dos filas, los hom bres e n fre n te de las m u jeres,
oyen un p lática que les hace el sacerdote, so b re la
elección de estad o , después de ¡l a c u a l hacen, de ro d i­
llas, una breve oració n p a ra p e d ir el acierto. Levántan se y to m an d o el sacerdote p o r la m ano el p rim e r
20v novio, / lo lleva en fren te de la p rim e ra novia y la
hace una reverencia y, si le ag rad a, la p resen ta u n
ram illete de flores, al cual co rre sp o n d e ella con o tra
cortesía, to m a n d o o no acep tan d o el ram illete, con­
fo rm e le ag ra d a o no le agrada el novio. Si le acepta,
an tes de to m a r el ram illete, se vuelven a sus p a d re s
y c o n u n a p ro fu n d a reverencia p id en su bendición.
Si la niegan, no hay nada hecho. Si la conceden, re- ,
cibe el ram illete y corresponde al novio con u n a flor
de las que com ponen su g u irn a ld a y queda a ju sta d o
el casam ien to y el sacerdote lleva los novios cerca
del a lta r, donde en treg a el uno a los diáconos y la
o tra a las diaconesas, que están p a ra recibirlos a los

lad o s del alta r. Si el casam iento no se aju sta, o p o r­
que los novios no d an o aceptan el ram illete, o p o r­
que los p adres no convienen, p asa el sacerdote a la
segunda novia, a la tercera, etc. y así de las dem ás,
h a s ta que o se a ju s ta el casam iento o queda exclui­
do. E ntonces to m a el segundo novio y hace lo m is­
m o que con el p rim e ro y así con los dem ás, h a sta
a c a b a r la función. A dviértese que, en las filas de los
novios, los so ltero s están los p rim e ro s p o r el o rd en
de la edad. Los viudos, después, p rim ero los m ás
m ozos. P areados de e sta form a, los van casando con
21 las cerem onias / de la Iglesia y, o íd a la p a la b ra de
Dios y recibidos los divinos m isterio s, vuelven a los
b a rrio s de los m arid o s, a donde en la casa del p a d re
del b a rrio se hace un ágape o convite de caridad, en
que asisten las fam ilias del b a rrio con la de la novia.
Después tienen su recreación en que los del b a rrio
p rese n tan a los novios versos, flores y fru tas.

N úm ero 25.
De las acciones co m u n es
Como él fin de la unión civil sea la asistencia r e ­
cíproca en las necesidades p a rtic u la re s, la cual es el
p rin cip al efecto de la caridad, p a ra excitar y con­
se rv a r esta v irtu d han dispuesto las leyes eclesiástii cas y civiles diversas funciones en que, hallándose
en com unidad, los ciudadanos se viesen, se tra ta s e n
y, con la p a rticip a ció n de los bienes esp iritu ales y
corporales, se co b rasen cariño y se uniesen m ás y
m ás en a m ista d y bu en a co rrespondencia. E stas fu n ­
ciones son eclesiásticas, dom ésticas y públicas.

C om enzando, pues, de aquéllas, d ije que todos los
fieles de u n a p a rro q u ia acuden to d o s los días de fies­
ta al tem plo, p o r m añana y p o r tard e, y la vigilia
a vísperas, cada b a rrio de p o r sí; preceden los escla­
vos, siguen los h ijo s de fam ilias, después los p a d re s
2lvy finalm ente / lo s p ad res de b a rrio . Vienen a p a rte
los m ag istrad o s, con sus fam ilias, a quien ag u a rd a n
fu e ra del tem plo los dem ás. E n tra n prim ero p o r la
p u e rta prin cip al los eclesiásticos y o cupan el coro y
p resb iterio . D espués se dividen los hom bres de las
m u jeres, e n tra n d o aquéllos p o r la p u e rta de m ano
derecha y éstas p o r la de m an o izquierda, p rim e ro
los m ag istrad o s con sus fam ilias. D espués los p a d re s
de b a rrio s con la s suyas. D espués los p ad res de fa ­
m ilias con las suyas y en ú ltim o lu g ar los esclavos.
Los hom bres o cu p an el plano del tem plo y las m u ­
je re s las trib u n a s. Allí reciben los divinos secretos,
asisten a las divinas alabanzas, oyen las divinas esc rip tu ra s y las exhortaciones de los sacerdotes y,
finalm ente, piden el divino fav o r p a ra sí y p a ra los
prójim os.
E n e sta fo rm a asisten a los m atrim o n io s los días
destinados p a ra ellos y a los b a p tism o s el día del
S ábado S ancto y de P entecostés, señalados p a ra e sta
solem nidad, p o rq u e no b ap tizan sino en caso de es­
ta r en peligro a lo s niños, h a s ta que son de diez
años. Asisten en la m ism a fo rm a a las rogativas p ú ­
blicas, que p o r d ecreto del senado se hacen p o r g ra ­
ves necesidades, a las cuales siem p re precede el
ayuno y todos van descalzos y lo s m ag istrad o s sin
22 las insignias de / su m in isterio y las m ujeres sin el
ad o rn o de las flores. T am bién a siste n con el m ism o
o rd en a las acciones de gracias, que se hacen p o r o r­
den del senado, p o r algún buen suceso y entonces
to d o s llevan en las m anos unos can astillo s con flores

y u n as rejuelas 140 con perfum es, q u e ofrecen en el
tem plo luego que llegan.
E n cada b a rrio se ju n ta n los dom ingos todas las
fam ilias que le com ponen en la casa del p ad re de b a ­
rrio , a com er en com unidad. Allí, echada la ben d i­
ción, se sientan los hom bres a m an o derecha y las
m u je res a m ano izquierda, p recedien do a los unos
y a los otros el p a d re y m adre del b a rrio y a cada
fam ilia el p a d re o m ad re de ella y sirviendo los es­
clavos. Léese al p rin cip io un c a p ítu lo de los libros
m o rales de Salom ón y después se sirven los p rin ­
cipios, tres p lato s, de carne o de pescado, y los p o s­
tre s (esto sin el a rro z o to rtilla s de m aíz, p orque sir­
ven en lugar de pan). E n tre la com ida, se habla sobre
lo que se ha leído, con m odestia, no hablando nadie
m ie n tra s h ab la el p a d re o m ad re da fam ilia, ni los
h ijo s si no son p reg u n tad o s, lo cual se hace m uchas
veces p a ra d e sc u b rir los talentos. Es tam bién m uy
22v usado enviarse un o s / a otros algún buen bocado o
cosa de regalo. S iem pre se pone lo m ejo r a los a n ­
cianos y, en e sta s com idas (a quien dan el n om bre
griego de ágapes, p o r ser usado desde los principios
de la Iglesia y n o so tro s diríam os convites de cari­
dad) se estila te n e r las m esas a d o rn a d a s con flores,
la sala regada con aguas de o lo r o sahum adas con
p erfu m es y en ellas se perm ite el p rim o r de los gui­
sados, conservas y bebidas com puestas, pero todo
con m oderación.
Acabada la com ida, van todos al o ra to rio a d a r las
g racias y, hecha la reverencia a los p a d re s de b a rrio
y recibida su bendición, se van a sus casas. Lo m is­
m o hace el p a d re de la villa en su casa, cada luna
nueva, con los dem ás padres de villa y de b arrio s;
1,0 Rejuela = braserillo en forma de arquilla, con enre­
jado en la tapa.

el p a d re de ciudad, en los solsticios, co n ios p adres
de villa de su ju risd ic c ió n y en los equinoccios, el
p a d re de la m etró p o li con los p a d re s de ciudad de
su provincia, y el príncipe, al p rin cip io del año con
los senadores y p a d re s de m etró p o li, ad virtiendo
que, si un día de ágape co n cu rre con o tro , aquél se
tran sfiere al día in m ed iato y lo m ism o se entiende
23 en día de ayuno. De e sta m an era / se tra b a toda la
rep ú b lica en a m ista d , se conoce y se com unica.
H ay o tra función dom éstica, p a ra el m ism o fin,
q u e llam an recreació n y ésta siem p re se hace p o r la
ta rd e del día del ágape, co n cu rrien d o todas las fa­
m ilias del b a rrio o c u artel al ja rd ín com ún si es
en buen tiem po o en el salón com ún del p ad re del
b a rrio si lo hace m alo y allí, p o r o rd en de 'los p a ­
d res de él, se ju eg a n algunos juegos ingeniosos de
pen iten cias y, con e sta ocasión, se e je rcitan las h a­
bilidades de tañ e r, c a n ta r, danzar, co m p o n er en p ro ­
sa o verso, re p re se n ta r, etc. se p asean p o r el ja rd ín
o ju eg an algunos de los juegos p e rm itid o s, tom an
chocolate o té y, recib id a la bendición, se van a sus
casas. Lo m ism o se hace en las villas, ciudades, m e­
tró p o lis y corte.
De diez en diez años, se celebra el sínodo nacional,
en que, p residiendo el p a triarc a, c o n c u rre n los obis­
pos y a rc ip restes de Sinapia. E n él fo rm a n o refo r­
m an los cánones. Se determ in an las contro versias y
se juzgan las c a u sa s de los obispos. De cinco en cin­
co años, cada obispo ju n ta su sínodo, en que, presi23vdiendo él, asisten los arcip restes y sacerdotes de la /
diócesis. E n él se fo rm a n los decreto s de disciplina
p a rtic u la re s y se d e te rm in a n las causas de los sacer­
do tes y las de fe.
Las Cortes generales de S inapia se ju n ta n reg u lar­
m en te cada diez años y, ex tra o rd in a ria m e n te , c u a n ­
do falta él p rín cip e o cuando éste, con el senado,

ju zg an necesario convocarlas p o r algún accidente
que toca a to d a la nación. P resid e el príncipe y, en
su ausencia, el p a tria rc a . C oncurren los obispos, los
senadores, los g obernadores o p a d re s de m etrópolis,
ciudades y villas. E n ellas se h acen o refo rm an las
leyes, se dan licencias p a ra los nuevos usos de las
cosas, se d e c re ta n las g u erras, paces, alianzas, las
nuevas colonias; se reconoce el e sta d o de la p o b la­
ción de la p en ín su la, de lo q u e fa lta y de lo que so­
b ra ; se d ecretan los honores públicos; se exam inan
y perm iten las nuevas invenciones y los escritos q u e
deben im p rim irse. Se hace en ellas la elección del
príncipe, se a d m ite o niega su re n u n c ia y se n o m b ra
el c ap itán general en p ro p ied ad (p o rq u e , en ín te rim ,
el príncipe con el senado lo n o m b ra).
24 Juzgan p o r p a rte / m uy p rin c ip a l d d gobierno el
cuidado y disposición de las fie sta s y divertim ientos
públicos y así, en to d as las poblaciones, a p ro p o r­
ción, tienen sus te a tro s y sus plazas edificadas de
p ro p ó sito p a ra estas acciones, en las cuales c o n cu r­
sen todos con g ran d e orden en los asientos y con
g ran d e m odestia, los hom bres en las gradas y las
m u je res en balcones. El P ríncipe y los p ad res de
m etrópolis, ciu d ad es y villas son los que cuidan de
la disposición de las fiestas p ú b licas, del p rem io y
del castigo de los que las celeb ran con p rim o r o q u e ­
b ra n ta n las leyes que las regulan . D istinguen su ­
m am ente las fiestas sagradas que dispone la Iglesia
p a ra c eleb rar los m isterio s y sanctificar los fieles,
de las seculares, o rd en ad as p o r los m ag istrad o s,
p a ra conservar la m em oria de alg ú n suceso im p o r­
ta n te , p a ra te n e r la gente c o n te n ta y su ocio regla­
do y p a ra ejercicio de la h a b ilid a d de los sin ap ien ­
ses. En unas y en o tra s se da tre g u a al tra b a jo y las
segundas sólo so n certám enes de habilidades con

sus prem ios, o rep resen tacio n es ingeniosas de d i­
versa recreació n y enseñanza.
H ay en el añ o c u a tro fiestas y c a d a u n a d u ra tre s
24vdías. La p rim e ra , en el equinoccio de / la prim av era,
en m em oria de la llegada del P rín cip e S inap Ardsc h ird a la p en ínsula, y ésta se c e le b ra con c e rtám e ­
nes de fuerza y ligereza, a pie y a caballo. La segun­
da, en el solsticio de1! verano, en m em o ria de u n a vic­
to ria que a lcan zaro n los sinapienses de u n a in u n d a ­
ción de lagos que, ayudados de algunos enem igos de
la vida com ún y de la igualdad, h a b ía n ocupado g ran
p a rte de la p en ínsula, con la cual se estableció la
república y se hizo paz con los lagos, reduciéndolos
a sus países, allende las m o n tañ as. E sta se celeb ra
con certám enes de m atem áticas y ejercicios de a r­
m as y ciencias. La tercera, en el equinoccio de otoño,
en m em oria de la d e rro ta que d iero n a una a rm a d a
de m olucos y jao s, que tuvo p o r algunos años in fes­
tad a s las co stas de S inapia y sus h a b ita d o re s obliga­
dos a pag arles trib u to . E sta se celebra con c e rtám e ­
nes de m úsica y varios espectáculos de cosas ra ra s
n a tu ra le s y artificiales. La c u a rta , en el solsticio de
invierno, en m em o ria de la u n ió n de m alayos, am e­
ricanos, chinos y persas, con que se estableció la /
25 R epública. E sta se celebra con rep resen tacio n es tr á ­
gicas de acciones heroicas y eje m p la res y cóm icas de
cuentos que h ag an ver lo rid ícu lo s y ab o rrecib les
que son los vicios, todo acom pañado de m úsica y de
los p rim ores de la perspectiva y de la m ecánica.
Siem pre que co n c u rre n fiestas sagradas co n las
p ro fa n a s se tra s la d a n éstas al p rim e r día d eso cu p a­
do. En to d as se prohíben, p o r las leyes, todos los
desórdenes de b an d o s o p arcialid ad es, de p a la b ras
o acciones poco honestas, de m u rm u ra c io n e s p ica n ­
tes o d o ctrin as c o n tra ria s a la rep ú b lica y bu en as
costum bres, p a ra lo cual hay n o m b rad o s celadores

que asisten p a ra n o ta r los excesos, castig án d o lo s al
p u n to y sin rem isión.
N adie tom a lu g ar sin que el m a e stro de cerem o­
nias se le señale, poniendo a p a rte los hom bres de
las m ujeres, los lib res de los esclavos, los fo ra ste ­
ro s de los n atu rales, los m agistrados, soldados y p e r­
sonas públicas de las privadas. A dornando su m a­
m en te en estos días los m irad o res y plazas.
T ienen o tra fiesta e x tra o rd in a ria , que se ejecuta
c u a n d o sucede que u n pad re de fam ilia se halla con
doce hijos vivos, el cual, avisando al m ag istrad o , se­
ñ a la el día en que se h a de h acer la función del r a ­
cim o. C oncurren e ste día todas las fam ilias de la
2Sv villa / o de la ciu d ad ál tea tro público y el p ad re y
m ad re de fam ilia p o r quien se hace la función asis­
ten con sus doce h ijo s (aunque p o r adopción hayan
p a sad o a o tra s fam ilias o ellos hay an tom ado esta­
do) y subiendo a u n a c áted ra un o ra d o r, hace u n a
aren g a sobre los bienes de la fecundidad, después de
la c u a l llam a el p a d re de la villa o ciu d ad al h ijo
m ay o r del p rete n d ie n te y, dándole u n a guirn ald a y
u n racim o de p láta n o s, le dice: «E ste [e s] el prem io
con que la rep ú b lica sinapiense d istingue sus ciuda­
d anos en señal de la fecundidad con que han aum en­
ta d o su nación y su Iglesia.» El, h aciendo una p ro ­
fu n d a reverencia, lo tom a y, p rese n tan d o el racim o
al p ad re, lo co ro n a p o r su m an o co n la g u irnalda, el
cual, besando en la fre n te al hijo, Je vuelve el racim o
y éste le lleva siem p re délante del p a d re e n todas las
funciones públicas y, en su ausencia, o tro de los
h erm anos.
Si todos los doce h ijo s son de u n a m ad re , son dos
las g uirnaldas, u n a con que corona el h ijo al p ad re
y o tra a la m adre. E stas g u irnaldas y racim os son
de o ro esm altado con los colores n a tu ra le s de aq u e­
lla fru ta y de tam a ñ o p ro p o rcio n ad o a p o d er u s a r

de ellas. T iénenlas m ie n tra s viven en casa, en lu g ar
decente y u san de ellas en to d as las funciones p ú ­
blicas.
Levántanse después la m ad re co n los hijos y van
26 a h a c er la reverencia al / p adre, que les echa u n a
am plísim a bendición. Después, el p ad re, con to d a la
fam ilia, pasa a d a r las gracias al m agistrado y al
p a d re de su b a rrio , todos los cuales le abrazan. De
aq u í va con su fam ilia a la iglesia, donde ofrecen a
Dios las g u irn ald as y él racim o y, d ad as las gracias,
vuélven a recib irlas benditas de m an o del sacerd o te
y se va a su b a rrio , donde se acaba la fiesta con ága­
pe y recreación. Y qu ed a siem pre con la precedencia
en todos los lu gares públicos a los o tro s p adres de
fam ilias y con el n o m b re de Popo, que es com o p a ­
tria rc a .
Los juegos p erm itid o s p o r las leyes son bolos, pe­
lo ta, y un m odo de trucos; el a jed rez a la m an era de
C hina, unos n aip es con núm eros p a ra e je rc ita r la
a ritm é tic a y el quechicahue de los chilenos. El que
gana m anda al que pierde que haga alguna hab ilid ad
en público y él e s tá obligado a h a c erla com o pudiere.

N úm ero 26.
De la justicia

La a d m in istra c ió n de ju sticia es breve y rigurosa.
T oda se reduce a precio y castigo; libres los sina­
pienses de la p ro p ied ad , de la m o n ed a y de la e sti­
m ación de las riquezas, carecen de u n a infinidad de
p leitos, de h erencias, dotes, donaciones, com pras,

ventas, pagas, cobranzas, u su ras, etc. y, proveídos
p o r el gobierno de lo necesario y a p a rta d o s por las
26v leyes de lo / su períluo, con ta n ta m enudencia que
h a s ta el m enor in stru m e n to y la m en o r a lh a ja está
d e te rm in a d o p o r las leyes el tam añ o , la m ateria y
la fo rm a que ha de te n e r y h a sta la m ás leve cortesía
cóm o 'se ha de p ra c tic a r, sin que sea lícito a nadie
in n o v ar en cosa alg u n a (com o se vio cuando Abel
T asm an a rrib ó a la península, que h ab iendo dejado
a u n m ozo un frasco de vino de C anarias y una tro m ­
pa de París, éste fue acusado y, h ab ien d o pública­
m en te hecho ro m p e r el frasco y la tro m p a , fue p o r
algunos días p reso y azotado) y o b serv an d o una en­
te ra igualdad, se q u ita todo fom ento a la soberbia,
envidia y codicia, con que son pocos los delitos.
T odos los juicios son sum arios, las p ru eb a s son in­
dicios y testigos ju ra d o s, los cuales p o r la m enor fal­
se d ad son condenados sin apelación a esclavitud p er­
p e tu a . No dan to rm e n to , porque ju zg an esta p ru eb a
p o r in hum an a y du d o sa. Las penas las dan esclavos
n o m b rad o s, de am bos sexos, y e x tra n je ro s. Los hom ­
b res castigan los h o m b res y las m u je re s a las m u­
jere s.
La pena de d e stie rro , que se tiene p o r la m ayor,
se d a a los rebeldes a Dios y a la rep ú b lica y tam bién
a los p arricidas. E s ta se ejecuta llevando al reo a
u n a de m uchas islas d esiertas que hay hacia el orien27 te, donde los d e ja n con víveres p a ra / un m es, ins­
tru m e n to s p a ra c a v ar y c o rta r m ad e ra y p a ra h acer
fuego, vasos y sem illas, con in tim ació n de pena de
m u e rte si vuelven a la Sinapia. Los dem ás delitos
que juzgan dignos de m uerte, castig an con esclavi­
tu d perp etu a. O tros delitos graves co n esclavitud
tem p o ral y los m ás ligeros con azotes, ayuno o c á r­
cel. E stas últim as p en as pueden d a r los padres y m a­
d res de fam ilia y los p ad res de b a rrio y dem ás m a­

g istrados a los cuales están su je to s inm ed iatam en te
y estas penas no tienen apelación. La esclavitud tem ­
p o ral sólo p u eden d a rla y conocer de los delitos que
le co rresponden los concejos de villa. Tiene ap ela­
ción a el ay u n ta m ie n to de la ciu d ad , que la ejecuta.
La esclavitud p e rp e tu a sólo la d ecreta y conoce de
los delitos q u e le corresp o n d en el ay u n tam ien to de
la ciu d ad y tien en apelación al co ncejo de 'la m e tró ­
poli. El d e stie rro sólo le im pone y conoce de los de­
litos a que se ap lica el Senado. Tiene su vista y revis­
ta y todas las penas se e je c u ta n luego que se da la
sentencia, sin in d u lto ni m in o ració n ni los jueces
son capaces de d ila ta r, a u m e n ta r ni d ism in u ir las
penas dadas p o r las leyes.
A los ben em érito s, se p rem ia con los puestos de
gobierno o m ilicia y las acciones heroicas con seña­
les de la p ú b lica satisfacción. E stas son cruces de
27voro, p lata o m a d e ra / que tra e n so b re el pecho, p e n ­
dientes del cuello (siendo las ú ltim a s las de m ay o r
estim ación) g u irn a ld as de flores varias, que d an a
en te n d e r la especie de m érito, las cuales las tra e n
en las funciones públicas; re tra to s de p in tu ra , que
quedan p a ra m em o ria en las g alerías públicas y es­
ta tu a s que se po n en en el lugar de la acción o en la
p a tria del b en em érito . No p u eden se r estos p rem ios
h ered itario s, bien que a petición de los p rem iados
pueden co m u n icarse a los p ad res las insignias de ho­
n o r de los h ijos. Ni pretendidos; sólo se hace en cada
año en las villas inform es de las personas y accio­
nes dignas de p rem io a las ciudades, las ciudades
p asan estos in fo rm es con su p arecer, añadido lo que
toca a ciu d ad an o s, a las m etrópolis. E stas, a ñ a d ie n ­
do lo que toca a m etro p o litan o s, h acen lo m ism o, re ­
m itiéndolos al senado, el cual, con el príncipe, con
vista de ellos, d a cuando le p arece los prem ios a los
dignos, llam ándolos a la c o rte y en treg án d o les el

p rín c ip e p o r su m ano en público las insignias o des­
pachos con palab ras de grande honor.
E l lib ro de las leyes sinapienses, hecho p o r los
tre s fu n d ad o res de la rep ú b lica y a ñ a d id o o alterado
p o r las cortes generales de la nación (q u e sólo tie28 nen e sta facultad) e stá escrito en / p u rísim o estilo y
lengua sinapiense, en verso suelto 141. Las leyes son
breves, claras, sin d a r causas ni aleg ar razones, sino
m a n d a n d o o vedando absd lu tam en te, y a la m argen
e stá n o ta d a la fecha. S iem pre que se añ ad e una ley,
se p ro c u ra q u ita r o tra , p a ra no a u m e n tarlas. El in­
té rp re te de ellas en los casos dudosos es el senado,
p e ro estas decisiones no son m ás que p a ra aquella
vez que se dan, sin p o d e r valerse de ellas o tra que
se ofrezca la duda, sino que siem pre se debe rep e tir
la c o n su lta y d a r de nuevo la decisión.

N ú m ero 27.
De la educación

Com o de la educación pende el te n e r buenos ciu­
d a d an o s y de esto la conservación y b ien de la rep ú ­
blica, ponen en ello p a rtic u la r cuidado, siendo esto
en lo que p rin cip alm en te se esm eran los padres de
fam ilias y a lo que p rin cip alm en te atie n d en los pa­
d res de b arrio.
D ividen la educación en dos p a rte s, la una que
dirige las opiniones de que nacen las buenas cos­
141 Se atribuye a los Tartesios, antiguos pobladores de
España, haber redactado en verso sus leyes.

tu m b res y la o tra que enseña habilidades. La p rim e ­
ra es to d a de los p a d re s de fam ilias; la segunda,
tam bién es de los m aestro s de escuelas y sem inarios.
F uera de la in stru cc ió n c ristia n a con que po n en a
los niños d a m o r y tem or de Dios, con su ejem plo,
con alabanzas y vituperios y con sucesos que los
28v cuentan / a p ro p ó sito , les ponen h o rro r de to d a a lti­
vez y soberbia, de toda p ro p ie d a d y p arcialidad, de
la superfluidad y delicadeza, de la co bardía y p o ltro ­
nería, del ocio y descuido, de la m en tira, de la im ­
paciencia y te m e rid a d y, so b re todo, de la desobe­
diencia y fa lta de respeto a Dios, a las leyes y a los
superiores. P o r el co n trario , excitan al a m o r de la
hum ildad, de la com unidad, de la m oderación, del
verd ad ero valor, del tra b a jo y atención, de la ver­
dad, del su frim ie n to y paciencia y de la ren d id a y
p ro n ta obediencia. H ácenles co n o cer c laram en te que
el verdadero v alo r no consiste en vencer al enem igo,
ni en exponerse sin tem o r a c u a lq u ier riesgo, sino en
desp reciar c o n sta n tem e n te c u a lq u iera dolor, tra b a jo
y riesgo p o r c a u sa ju s ta y necesaria, h a sta a v e n tu ra r
la propia vida p o r lo que vale ta n to com o ella. Que
la v erdadera h o n ra no es la a u ra p o p u lar, la e stim a ­
ción com ún ni las alabanzas de la gente, sino la es­
tim ación deb ida al m érito conocido de la v irtu d ,
eje rcitad a p o r aquéllos que p o r su capacidad y p u e s­
to pueden ju z g a r de ella. Que la v erd ad era v irtu d
no consiste en hacer, decir o p e n s a r cosas buenas,
sino en la v o lu n ta d co n stan te de p ro c u ra r el co n o ­
c er lo bueno y e jecu tarlo . /
29 Con esto y c o n hacerlos e je rc ita r, en lo que se
ofrece, actos de estas virtudes con reflexión y n o ta r,
con 'la m ism a, los actos que o c u rre n de los vicios
c o n trario s, fo rm a n b a sta n tem e n te sus ánim os sen­
cillos a e stim a r las unas y a a b o rre c e r los o tro s. Y
p o r este m edio, a a m a r las leyes tan conform es a

aq u éllas y tan c o n tra ria s o éstos, q u e es lo que hace
u n bu en republicano.
Las habilidades que se enseñan en casa son la p u ­
reza de la lengua sinapiense, c o rre r, sa lta r, tira r la
b a rra , nadar,, to m a r de m em oria las oraciones co­
m unes y catequism o y las leyes. Las cortesías y
cerem onias en que po n en p a rtic u la r cuidado, com o
co nservadoras del resp eto debido y de la a te n ­
ción con [que] se debe o b rar. N ada les perm iten h a ­
c e r sin p ed ir licencia a los padres. P ero lo que p rinci­
p alm en te se enseña a todos es la a g ric u ltu ra , en qué
se com prehende el cu id ad o de c ria r a sus anim ales y
colm enas y algún a rte necesario, com o la b ra r m ade­
ra, hierro , piedra, lana, seda, lino o algodón, cuero,
etcétera. A las m u je res se enseña la crianza de los
anim ales dom ésticos, todo el oficio de h a c er de ves­
tir y la cocina. A los esclavos, dem ás de ay u d ar a los
am os, incum be la caza y la pesca y el acarreo. /
29v E n las escuelas, a donde van los niños y niñas
desde los cinco años, se enseña la d o c trin a c ristia ­
na, declarando el catequism o, a leer, escribir, con­
ta r y d ib u ja r y la geom etría p rác tic a . P ara los que
p o r elección de los su periores se h a n de ap licar a la
iglesia, a la m ilicia o a las ciencias, tien en en las ciu­
dades sem inarios en que se enseña lo necesario p a ra
aq u ellas profesiones. Cada año envían de cada villa
o ciu d ad a la c o rte u n a lista de los q u e tienen incli­
nació n a una de e sta s profesiones y, n o m b rad o s p o r
el p a tria rc a general del ejército y p refe c to de la aca­
dem ia, electores, se envían p o r las provincias a esco­
ger los que les p a recen a p ropósito, según las señas
y c ap acid ad que h a lla n en ellos y según el núm ero de
q u e se necesita. E sto s e n tra n desde luego en los se­
m in ario s, de donde, acabados sus estu d io s, salen a
sus em pleos o los despiden p o r d elito o enferm edad.

E n los sem in ario s de eclesiásticos ap ren d en las
lenguas h e b re a y griega, el c a n to y cerim onias ecle­
siásticas, la sa n ta E sc ritu ra y cánones sinodales y la
h isto ria de la Iglesia. En los sem in ario s de soldados,
ap renden el m an e jo de las a rm a s, los m ovim ientos,
30 el / m o d o .d e cam p ear, la fortificación y la m ecáni­
ca. En los sem in ario s de las ciencias, se en señ an
to d as las que se profesan en S inapia. Todos c o rre n
p o r cu enta del público y son gobernados p o r los
padres de los sem inarios.

N úm ero 28.
De las elecciones

Todas las elecciones de p u esto s se hacen p o r p ro ­
posición de los que han de o bedecer y p o r elección
de los que h an de m an d ar, en la fo rm a siguiente.
P ara elegir u n p ad re de b a rrio , se ju n ta n todos los
p adres de fam ilias de él y, p o r m ay or n úm ero de
votos, n o m b ra n cinco sujetos. De éstos escogen cu a­
tro los p adres de la villa, de los cuales los m ag istra ­
dos de ciudad escogen tres; de éstos escogen dos los
m agistrados de m etrópoli y el príncipe, con el sen a­
do, n o m b ra uno.
P ara n o m b ra r un p ad re de villa, los padres de b a ­
rrio p ro p o n en cu atro ; los m ag istra d o s de ciudad,
escogen tres; de éstos, los de la m etró poli, dos y, de
aquéllos, el P rín cip e no m b ra uno. Y así los dem ás
cargos civiles, m ilitares y eclesiásticos.
Cuando falta el príncipe, se ju n ta n las co rtes de
la nación, en que intervienen to d o s los p adres de vi-

lias, de ciudades, de m etrópolis, los p rela d o s ecle30vsiásticos y el senado. Los padres de / villas (p o r m a­
yo r n ú m ero de v otos) n o m b ran cinco su jeto s p ara
prín cip e, de los cuales los de ciudad (en el m ism o
m odo) n o m b ran c u a tro ; los de provincia, tres; los
p rela d o s, dos y el senado elige uno, al cual se en tre­
ga el m an o jo de m aíz y arroz que es la insignia de
la dig n id ad y después el p a tria rc a con los prelados le
ungen y bendicen en el tem plo.
A ninguno pueden p ro p o n er p a ra p a d re de b a rrio
que no tenga cu m p lid o s veinticinco años. H a de sa­
b er leer, escribir, c o n ta r, d ib u jar, la d o c trin a cris­
tian a, las leyes; ha de te n e r buenas c o stu m b re s y ha
de h a b e r e jercitad o la ag ric u ltu ra a lo m enos dos
años.
N inguno puede se r p ro p u esto m ag istra d o de villa
que no haya sido p a d re de b arrio; ninguno m ag istra­
do de ciudad que no lo haya sido de villa; ninguno
de m etró p o li que no lo haya sido de ciudad; ningu­
no se n ad o r que no haya sido m ag istra d o de m etró­
poli. N inguno p rín cip e que no haya sido senador y,
en lo m ilitar, ninguno decurión que no haya sido
so ld ad o dos cam p añ as; ninguno c e n te n a r que no
haya sido decurión; ninguno m illar que no haya sido
c e n ten ar; ninguno diezm illar que no haya sido m i­
llar; ninguno p ad re de legión que no h ay a sido diezm illar; ninguno p a d re general que no haya sido de
legión. /
31 T odos los m ag istrad o s d u ran m ie n tra s p o r deli­
to, enferm ed ad o ju b ilació n no los rem ueven. En
p asan d o de sesenta años, siem pre que piden ju b ila ­
ción se la conceden. De cinco en cinco, no m b ra el
p rín cip e visitadores de las provincias, los cuales por
sí m ism os van oyendo y exam inando a todos cóm o
se p o rta n los m ag istrad o s, reconociendo los alm ace­
nes, las o b ras públicas y el tra b a jo co m ú n y cultivo

de las tie rra s y, finalm ente, el n ú m ero y estado de
las fam ilias y de to d o dan p u n tu alísim a relación al
senado. E stos son hom bres de le tra s y bondad, p ero
que no h an sido m agistrados. E nvía tam bién el p rín ­
cipe, cuando le p arece necesario, h om bres que p ro ­
fesan las letras, p o r orden del senado, cabos m ilita ­
res y personas eclesiásticas p o r las provincias, p a ra
que escojan sem in aristas, cada cual de su profesión,
de los niños q ue habiendo salido de las escuelas les
p re se n ta n p a ra ello, donde, fu era de las señas co­
m unes de la fisiognom ía, atien d en a la robustez, des­
e n v o ltu ra y ag ilid ad p a ra soldado; a la aplicación e
ingenio d esp ierto p a ra las letras y a la capacidad y
m o d estia p a ra la Iglesia. De los cuales escoge el se­
nad o p a ra p ro fe so re s públicos de las ciencias y a r ­
tes m ás p rim o ro sa s los que, exam inados p o r los p ro ­
fesores, dan ap ro b a d o s de ellos. /

3iv N úm ero 29.
Del trabajo y del com ercio

E n Sinapia, to d o s tra b a ja n , desde el príncipe h a s­
ta el m enor vecino, con esta diferencia, que todos
los que tienen cargo público g a sta n en el cu m p li­
m iento de su obligación las h o ras d estinadas al tr a ­
b a jo y, si les so b ra tiem po, en aquello que son m ás
inclinados, com o sea ú til al público, sin desdeñarse
los m ás altos p e rso n a jes de h a c er algunas m an ifac­
tu ra s p o r d a r b u e n ejem plo.
El tra b a jo de las personas lib res son seis ho ras;
esto se entiende de obligación, p o rq u e si alguno qu ie­

re tr a b a ja r m ás, es a lab ad o y, en c ie rto s tra b a jo s
que p id en lo g rar la ocasión, se m an co m u n an los tra ­
b a ja d o re s y se alarg a el tiem po co n o rd en de los
su p erio res.
La ocupación p e rp e tu a de los que m o ra n en los
te rrito rio s de las villas es la lab ran za y crianza; la
de los que viven en b a rrio s, son las a rte s necesarias
a la v id a h u m an a y la de las m u jeres es la fáb rica de
to d o lo com estible, h ilados y tejidos. P a ra que to­
dos se ocupen igualm ente, y a p ren d an la ag ricultu­
ra, se saca la m itad de las fam ilias de las ciudades,
cada dos años, y se re p a rte n p o r las villas, de adonde
p a san o tra s ta n ta s fam ilias a m o ra r en las ciudades
y c a d a año va la m ita d de las fam ilias de las villas
a m o ra r en los te rrito rio s y de éstas vuelven o tra s
32 ta n ta s fam ilias a m o ra r / en las villas. Con lo cual,
se lo g ra el que todos se conozcan, que to d o s se e je r­
citen en las a rte s necesarias, que todos gocen de las
com odidades y padezcan igualm ente las incom odida­
des de la vida de la ciu d ad y de la ald ea y, finalm en­
te, que no tengan asim ien to a las habitaciones.
E xceptúanse del tra b a jo m anual los que tienen
cargo público, los p ro feso res de le tra s nom brados
p o r el senado, los que e stá n en escuela, sem inario o
academ ia, los enferm os actuales, con licencia del p a ­
d re de b a rrio y los h a b itu a le s con la del p a d re de la
salu d y los que tien en seten ta años.
E l tra b a jo de los esclavos públicos son las obras
pú b licas (m enos las fortificaciones, que son la ocu­
pación de los soldados), la caza, la pesca y los tra n s­
p o rte s. El género de tra b a jo en que deben ocuparse
los vecinos, el m odo y el tiem po, lo reg u lan (confor­
m e la necesidad de cosas que faltan en los alm ace­
nes) los p adres de b a rrio o, p o r orden, de los padres
del tra b a jo de las villas, que reciben las órdenes de
los de las ciudades; éstos, de los de las m etrópolis y

ésto s últim os, del senado. En las villas se recogen los
fru to s y se p re p a ra n los m ateriales; en las ciudades
e stá n las m a n u fa c tu ra s en que se fab rica n los m ate ­
riales y en las m etró p o lis y c o rte se hacen aquellas
cosas cuyo uso no es tan com ún. /
32v Logra esta rep ú b lica con lo dem ás del m undo de
u n com ercio v entajosísim o, pues, pudiendo ten e r
to d o lo bueno que hay fuera de ella, está libre de
q ue se le in tro d u z ca lo m alo y, sacando todo lo in ­
ú til y sobrado, se qu ed a con todo lo ú til y provecho­
so. E sto consiguen teniendo p ro h ib id o a los n a tu ra ­
les el salir de la p en ín su la sin licencia dél senado y
to d a com unicación con ex tra n je ro s y a éstos, el po­
n e r pie en la p e n ín su la sin perm iso. Y cuando p o r
to rm e n ta a p o rta n a la Sinapia, les señalan p erso n as
que los asistan y acom pañen sin d e ja rlo s co m u n icar
con los h a b ita d o re s y esclavos públicos que los s ir­
van y ayuden a aco m o d ar las em barcaciones p a ra
c o n tin u a r su viaje y, si lo n ecesitan, les dan b a sti­
m en to s y em b arcació n sinapiense h a s ta ponerlos en
salvo, todo sin que les cueste n ad a, ejercitan d o de
e s ta su erte la ca rid ad , aunque sea con los enem igos.
A los em b a jad o re s tam b ién les señalan alojam ien­
to , adonde los asisten con todo lo necesario a b u n ­
d a n te y regaladam ente, pero aco m p añ ad o s siem pre
de un co n d u cto r que hace ver todo 142 lo que g u stan
sin p e rm itirles com unicación n in g u n a con los sina33 pienses. Por o tra / p a rte , señala el senado personas
h ábiles y fieles a quien entrega c au d al de las cosas
que so b ran en la península u de las cosas de que
142 En el original esta frase está corregida: «. . . y regala­
dam ente, pero asistid os siem pre de un conductor que los
acom paña y hace ver todo...». A com paña se ha com pletado
con -dos (acom pañados), se ha trasladado al lugar de asis­
tid o s y esta últim a palabra ha sido tachada (posiblem ente
para evitar su repetición, ya que se em plea un poco m ás
arriba).

en S in ap ia no se hace caso y con em barcaciones p ro ­
pias, en tra je de arm en io s o de b an ías, señalándoles
el tiem po y lugares p o r donde h a n de v iaje ar y co­
m erc ia r, con el fav o r de las lenguas m alaya, a rá b i­
ga, tu rc a y francesa, que se enseñan en S inapia p o r
m a e stro s destinados a ello. Y hacen sus pereg rin a­
ciones y abastecen la península de to d o lo que le
fa lta y puede serie de utilid ad .
Lo que sale de la p en ín su la es lo que en ella so­
b r a de fru to s y m an ifac tu ra s y el oro, p la ta y pie­
d ra s que su b m in istran las m o n tañ as de Bel y las
p e rla s de sus m arin as, de todo lo cual los h a b ita d o ­
res no se sirven sino p a ra adorno de los tem plos o
p a ra c o m p ra r con ello las noticias de que necesitan
o la paz de las naciones que estim an estas cosas. Lo
q ue se tra e son dro g as m edicinales, m ate ria le s p a ra
algunas m an ifactu ras, las nuevas invenciones de a r­
tes y ciencias, b uenos libros, m odelos de artificios
q ue no hay en S in ap ia y m apas p u n tu a le s y c a rta s
de m a re a r de to d as p a r t e s .,/

33v N úm ero 30.
De las ciencias

E l em pleo m ás apetecible y digno del hom bre
cre e n los sinapienses que es la contem plación de las
g randezas de Dios y después las de sus obras. P or
e sto em plean en e ste ejercicio la m ay o r p a rte del
tiem p o que tienen libre. E sta ciencia dividen en tres
p a rte s, n a tu ra l, m o ra l y divina. Cada u n a vuelven a
su b d iv id ir en o tra s tres. La p rim e ra en m etafísica

o e sp iritu al, física o corp o ral y d ialéctica o h u m an a.
La segunda, en étic a o buena crianza, económ ica o
case ra y po lítica o gobierno. La te rc era , en revela­
ción o e scritu ra, fe o dogm ática y cánones o disci­
p lina. Toda la ciencia y sus p a rte s vuelven a dividir­
se en h isto ria y d o ctrin a. Aquélla enseñ a los hechos
en que se fu n d an los teorem as que com ponen ésta.
E l fru to de to d a la ciencia son los p ro b lem as resu el­
to s que com ponen las tres a rte s científicas de M ecá­
nica, M edicina y Lógica 143. Todas las a rte s y ciencias
se tienen p o r nobles y a los que las ad elan tan con
u tilid a d se dan sus prem ios.
L a ciencia divina sólo la enseñan los eclesiásticos,
p e ro no se pro h íb e, an tes se alaba, que los seglares /
34 cultiven con sus e stu d io s y escritos, si bien los libros
que de esta ciencia se han de im p rim ir, dem ás de
la licencia del senado, necesitan de la del sínodo n a ­
cional.
P a ra en señ ar y a d e la n ta r las ciencias y a rte s so­
bred ich as, tien en en la corte u n a A cadem ia y u n
colegio, que podem os decir es el e s p íritu que vivifi­
ca la república, pues de ellos salen las buenas m áxi­
m as con que se go b iern a y las b u en as invenciones
con que socorre sus necesidades y alivia sus tra b a ­
jo s. La Academ ia es com puesta de pro feso res p ú b li­
cos de las letras, escogidos p o r el senado, de los m e­
jo re s sem in aristas, exam inados y ap ro b a d o s p o r la
A cadem ia, los cuales enseñan las ciencias y a rte s y
e scrib en lo que p o r o rd en del senado se ha de im ­
p rim ir. E stos son tra d u c to re s de to d o s géneros de
lenguas, h isto ria d o res, poetas, filósofos, m ecánicos,
m édicos, m úsicos, p in to res, escultores, arq u itecto s.
E l colegio se com pone de varias clases de sabios
143 «...m ecán ica, m edicina y m oral práctica»: Tachado
esto últim o y su stitu id o por lógica.

que tra b a ja n en a d e la n ta r las ciencias y artes. Hay
unos que llam an m ercaderes de luz, los cuales, en
tra je de arm enios y b an ias 14\ p e re g rin a n p o r todas
34vpartes adquiriendo lib ro s, noticias / m ateriales y
m odelos p a ra el a d e la n ta m ie n to de la cien cia y artes,
no p erd o n an d o a g asto ninguno, pues p a ra esto dan
p o r m uy bien em pleado los sinapienses, em pleando
en ello las riquezas que les su b m in istra ab u n d a n te ­
m en te el país, de que ellos no hacen caso, y que tan
e stim a d a s son fuera de él. T raen todo lo que han a d ­
q u irid o en el tiem po de su peregrinación, que es li­
m ita d o p o r el senado, y lo entregan al colegio.
H ay o tro s que llam an recogedores, los cuales sa­
can de los libros y a rte s las experiencias que puedan
se rv ir p a ra a d e la n ta r la ciencia. O tros hay que divi­
den y orden an estas experiencias p o r sus clases, y
a ésto s llam an repartidores. O tros hay que de las ex­
p erien cias halladas sacan definiciones o descripcio­
nes p u n tu ales de las cosas que son el fu n d am en to
de la ciencia, o corrigen las halladas y a ésto s llam an
m ineros. O tros hay que de estas definiciones sacan
teo rem as, que son el cuerpo de la ciencia, y a éstos
llam an distiladores. O tros hay que p o r aquellas de­
finiciones y teorem as resuelven los p ro b lem as que
fo rm a n las artes, y a éstos llam an bienhechores.
O tros, finalm ente, que de todo lo h allad o sacan nue­
vas experiencias de luz superior, y a éstos llam an
35 aum entadores. / E ste colegio ha sido v erd ad eram en ­
te de grandísim a u tilid a d a la nación, p u es adelan­
ta n c a d a día (p o r su m edio) la ciencia n a tu ra l a un
p u n to que será difícil de c re e r en E u ro p a , con in­
venciones útilísim as p a ra la conservación y alivio
de la vida h um ana, c e rra n d o la p u e rta a infinitas
144 Banias, tal vez por banianos, nom bre que se da a los
com erciantes no sedentarios del occidente de la India.

novedades e invenciones dañosas que la com unica­
ción de los fo ra ste ro s podía pegar, ad q u irien d o al
m ism o tiem po, con e s ta m an era de peregrinación,
p u n tu a l noticia de to d as las o b ras de ingenio de las
dem ás naciones, de su historia, del estad o en que se
h allan y, p o r m edio de las trad u ccio n es que p e rm i­
ten con grande c a u te la , dan a sus vecinos toda la luz
q ue conviene y la lib ran de todo lo dañoso e inútil,
q u e tan to ab u n d a e n tre nosotros.
Los libros de los e x tran jero s son prohibidos, si
no están tra d u c id o s en sinapiense, p o r orden del
senado, el cual hace im p rim ir con g ran cuidado to­
d as las o b ras que p o r su orden escrib en los aca­
dém icos.

N ú m ero 31.
De las artes

T odas las a rte s científicas y
los sinapienses a tre s H5: /
35v Lógica u racional, que c u ra
so y enseña el m odo de hallar
q u e c u ra los ach aq u es de los

provechosas reducen
los vicios del discu r­
la v erdad. M edicina,
anim ales y enseña a

145 En el original, va tachado, después de «tres», lo si­
guiente: «Moral, que cura las pasiones y vicios y enseña
las virtudes. Y ésta nace de la m etafísica, dialéctica. Medi­
cina que cura las enferm edades de los cuerpos y enseña
a prolongar la vida y ésta nace de la física y m ecánica,
que enseña a valerse del m ovim iento de los cuerpos, de su
grandeza y figura, para los usos d ela vida humana. Todas
tres cultivan los sinapienses con gran perfección. Matemá­
tica...» (sigue texto).

co n serv a r y p ro lo n g a r la vida; y m ecánica, que en­
seña a valerse de la grandeza, fig u ra y m ovim iento
de los cuerpos p a ra los usos de la vida hum ana.
La p rim e ra e je rc ita n según las reglas del m étodo
de M r. D escartes, pues au nque no tien en noticia de
e ste nom bre, han co n fo rm ád o se con él p o r h a b e r
co n su ltad o la m ism a razón, que es com ún a todos.
V álense p a ra d e scu b rir la verdad y p a ra p e rsu a d ir­
la de las vías m ate m á tic a s de división y de unión,
p ro c u ra n d o ev itar to d o s los erro res de los sentidos,
de las pasiones y de la educación, con reglas m uy
seguras. Del artificio retó ric o hacen poco caso, com o
de cosa que dism inuye el crédito y sólo tiene eficacia
36 m ie n tra s engaña. La poesía usan p o r / la a rm o n ía y
ag rad o de la m úsica, p ero m uy n a tu ra l, qu itan d o
to d o relu m b ró n , juego de p alab ras y agudeza pueril.
La m edicina e je rc ita n los sinapienses al m odo de
la China, esto es, h aciendo ju n ta m e n te el oficio de
m édicos, de ciru jan o s y de b oticarios, em prendiendo
sólo aquellas cu ras de que conocen las en ferm ed a­
des y saben el rem edio.
Dividen las enferm ed ad es en n a tu ra le s y acciden­
tales. Aquéllas p ro ced en de la m ala disposición de
m ie m b ro s in te rio res o exteriores, con que el niño ha
nacido. E sto tra s, de varios accidentes que en el c u r­
so de la vida suceden. Aquellas no cre e n p u edan ser
c u ra d a s enteram en te, pero p ro cu ra n co n el a rte que
h ag an el m enos dañ o que se puede. E stas vuelven a
d iv id ir en lesión de m iem bros y d estem planza de
h u m o res; a lo p rim e ro rem edia la ciru g ía con o bras
de m an o s, con rem ed io s específicos y c o n ejercicios
ap ro p iad o s. Lo segundo cu ra n con d ieta, baños, sim ­
ples ejercicios, uso del agua fría y c a lien te y m u d an ­
za de aire. P ara cad a indicación (com o p u rg a r, ab lan ­
d ar, resolver, etc.) tien en observados tre s rem edios,
u n o m ás fu erte que o tro y de éstos se valen com o la

36v n atu raleza los pro d u ce, según / la necesidad y fu er­
zas del enferm o. N o u san de m ixtos artificiales, p ero
se valen de la qu ím ica p a ra se p a ra r los m ixtos n a tu ­
rales y poder a p lic a r la p a rte conveniente.
H an hallado u n m odo de renovación de la com ­
plexión envejecida con la edad, con que si no p ro h í­
b en la m uerte, a lo m enos la d ila ta n y alivian en
g ran p a rte las incom odidades de la vejez.
E n la m ecánica es increíble lo que se han adelan­
tad o , porque, lib res del cuidado de a d q u irir, p ro ­
veídos de la h isto ria n a tu ra l y de las invenciones de
las o tra s naciones, les h a sido fácil perficionarlas y
ad e la n ta rla s con o tra s nuevas. H an h allad o m odo de
perfeccio n ar su m a m e n te los sentidos, las fuerzas y
ag ilid ad de los h o m b res, de a u m e n tar, de dism inuir,
de te m p la r con p ro p o rc ió n y de d irig ir los m ovi­
m ien to s de los c u e rp o s. H an in v entado m odo de m a­
n e ja r con orden los m ateriales, de teñirlos, de m u­
d arles la consistencia y de h a lla r o tro s nuevos, aco­
m odados al fin del artífice.
37 H acen / un m eta l o vidro correoso, que puede la­
b ra rs e con el m a rtillo , con la lim a y con el sincel; no
es tra n sp a re n te , p ero de todos los colores de los m ás
finos esm altes y v id ro s cuajados y de igual polim ento y resplendor. T ienen m odo de a b la n d a r toda su er­
te de hueso, de co ra l o de concha, así p a ra lab ra rlo s
co m o p a ra o tro s usos.
Tienen fo rm a de fertiliz a r las tie rra s estériles a u n ­
que sean arenales m u erto s, de volver tie rra las pe­
ñ a s y de h acer m an a n tia les de agua adonde no los
hay. H acen p a sta s que im itan las pieles de los ani­
m ales y, finalm ente, no hay cosa en la natu raleza
que no im iten, m e jo ra d a p a ra los usos hum ano?
Todo inventor, con aprobación del senado, puede
servirse de su invención p a ra sí y p a ra su fam ilia,
p e ro no los dem ás, h a s ta h ab er el senado perm itid o

en co m ú n el uso de ella. De las invenciones cuyo
uso no perm ite el senado, conserva p o r escrito en
sus archivos la n o ticia, los m odelos y las m uestras.
La a rq u ite c tu ra en los edificios p a rtic u la re s atien­
de sólo a la com odidad y duración; en los públicos,
ta m b ié n a la m agnificencia y en todos a la h erm osu­
r a , que no consiste en los adornos, sino en la obser­
vancia de la sim e tría que agrada. E n la p in tu ra y
e sc u lp tu ra no sólo atie n d en a la im itación, sino a
37vla / p ro p ie d a d en fisiognom ía, tra jes, usos, anim ales
y p la n ta s, no dando c a ra china a u n c ó n su l rom ano,
tu rb a n te a un español, cañones de a rtille ría al sitio
de T roya, elefantes en u n a b a ta lla de suecos y pal­
m as e n Alemania, y g u ard an d o el decoro en todo,
com o en la poesía, en lo cu al pecan no poco nuestros
artífices, que llenan de cosas de ro m a n o s y griegos
las h isto ria s de p e rso n a s de ju d ío s y persianos.

N úm ero 32.
De los esclavos
H ay en Sinapia tre s g éneros de esclavos, llam ados
Zeu, Yes y Per. Los p rim ero s son co m p rad o s de
las naciones am igas p o r p lata, oro o m ercancías.
E sto s son bien tra ta d o s y son los que .sirven en las
c asas de los sinapienses. Los segundos son tom ados
en g u erra; éstos, de noche, están e n c errad o s, sirven
en las c asas y cosas p ú b licas h a sta que h allan cam ­
b io de sinapienses o de aliados con q u ien puedan
tro c a rse . A éstos se les d a bien de c o m e r y de vestir.
Los tercero s, condenados, son tra ta d o s con rigor.
E s tá n siem pre presos, m ie n tra s no los sacan a tra ­

b a ja r al rem o, en las m inas, a h a c er o lim p iar foros
o albañales, sa ca r p ied ra, c o rta r m ad e ra, cazar, pes­
car, etc. De esto s tam b ié n se a p lican p a ra verdugos
38 y verdugas. / E sto s son los que p o r delitos que h a n
com etido han sido condenados a esclavitud tem p o ­
ra l o p erpetua. A quéllos tra e n p o r señal un zarzillo.
E sto s, c o rta d a u n a oreja.
Los hijos de to d o s los esclavos son libres y a to ­
dos concede el senado lib ertad p o r acciones heroicas
en b ien de la rep ú b lica. Si un sin ap ien se tiene hijos
e n u n a esclava, ella qu ed a libre y él esclavo p o r tre s
años. Si una sin ap ien se tiene h ijo s de algún esclavo,
ella queda esclava p o r toda la vida y a él se le d an
c ad a año cien azotes en público. El tra je de los es­
clavos es calzón y ja q u e tilla de lienzo grueso, a lp a r­
gates y bonete negro. Las m u je res tienen adem ás
u n faldellín. P ero los del segundo género visten de
bu en paño y calzan com o los libres.

N úm ero 33.
R eflexiones
P o r todo lo dicho se ve cuán felices son aquellos
pueblos en quien fa lta n los incentivos de los vicios,
en quien reina la v erd ad era p ied ad y donde la vir­
tu d sola se tiene en estim ación.
Careciendo los sinapienses de m o n ed a y de la es­
tim ació n ridicula de los m etales que llam an precio­
sos y de las joyas, carecen de la av aricia y de la des­
igualdad de cau d ales, tan dañosa p a ra conservar la
38vpaz. / C areciendo del m ío y el tuyo, se libran de la
envidia y de la in finidad de pleitos civiles, de ventas,

de heren cias, de tra to s, etc. que rein an e n tre nos­
o tros, careciendo de p o b res y viviendo en perfecta
co m unidad. Los tra b a jo s son m enores re p a rtid o s y
las com unidades, m ayores, p ro cu ra d a s p o r tantos.
C areciendo de nobleza, carecen del m ay o r incen­
tivo de la so berbia y am b ició n y de la o p resió n que
ellas c a u sa n en los plebeyos y origen de las sedicio­
nes. S iendo los m a trim o n io s com unes, sin dotes, vo­
lu n ta rio s y dependientes deíl agrado de los padres,
se lib ra n de los inconvenientes de la s o ltu ra europea
y de la tira n ía china. E m pleados todos en el tra b a jo ,
sin excepción, se q u ita n los daños del ocio, se p ro ­
vee a la ab u n d an cia y se consigue que un o s no re­
vienten m ie n tra s o tro s, con desvergüenza, se huel­
gan (com o sucede en n u e stro s países).
Pero d irá alguno que, q u ita d o el ag u ijó n de la ne­
cesidad, ninguno q u e rrá tra b a ja r, que tre s h o ra s po r
la m añ a n a y tres p o r la ta rd e de tra b a jo no b a sta n
p a ra p ro v ee r de lo necesario, que en tiem p o s turba39 dos de g u e rra s o de / p este no p o d rá m an te n erse el
orden de vivir en com ún y sin m oneda; a todo lo
cual se da fácil salida si se rep a ra la fu erza de la
buena educación, del e jem p lo de los p a d re s y m a­
g istrad o s, que no desdeñan de p o n er la m an o al tra ­
bajo, y la su b ordinación de m agistrados y vecinos,
em pleados todos a m a n te n e r el tra b a jo y a ev ita r el
ocio y, so b re todo, carecien d o de casas de juego, de
b u rd eles, bodegones y ta b e rn a s, no tien en m odo de
em p le ar su tiem po ociosam ente.
En c u a n to al tiem po de tra b a jo , com o no consien­
ten que nadie se exceptúe de él, hay pocas fiestas y
sólo se tra b a ja en lo que es necesario, es suficientísim o p a ra ab a ste ce r la p en ínsula, con a b u n d a n cia y
con rese rv a y sobra p a ra re p a rtir con los vecinos.
E sta v e rd a d se h a rá m anifiesta c u an d o se atienda
cuán pocos son los que e n tre n o so tro s tra b a ja n res­

pecto de los m uchos que su vicio, sus em pleos de
nobleza, de religión y de letras y la in fin ita m u ltitu d
de sus fam ilias exceptúan del tra b a jo . C uántos de
los que tra b a ja n se em plean en ejercicio s o inútiles
3 9 v o perjudiciales, com o / en la m u ltitu d de gente que
o cu p a a los trib u n a le s, la infinidad de soldados que
la am bición m an tien e en guerras no necesarias, pla­
te ro s, joyeros, g u an tero s, p a rru q u e re s 14€, cocheros,
b o tille res “7, fab rica d o res de p u n tas y encajes, b a n ­
q u ero s, b o rd ad o res, etc., todos in ú tiles y fom enta­
d o res de la su p erflu id ad , m a d ra stra de la ab u n d an ­
cia. Y las m uchas fiestas que a títu lo de devoción ha
in tro d u c id o la h a ra g a n e ría , adem ás de que, cuando
la necesidad lo pide, se aum entan, p o r o rden de los
su p erio res, las h o ra s del tra b a jo . Y cu ando la pes­
te u o tra tu rb a c ió n dom éstica im pide la com unica­
c ió n (que sucede ra rísim a vez, p o r el bu en o rden con
q u e se p ro cu ra e v ita r) se hace un m odo de m oneda
de cuero, sellada con el núm ero de su valor, y se p u ­
blica u n a tasa de p recios que sólo d u ra y vale p o r
el tiem po de la tu rb a c ió n , y en las provincias que la
padecen.
La religión florece libre del e rro r y de la su p e rsti­
ción. De aquél, con el cuidado de e v ita r toda nove­
d ad y sutileza en las d o ctrinas de fe. Y de ésta con
h u ir de toda violencia y dem asiada aspereza en la
40 d isciplina y siendo los eclesiásticos sólo / los nece­
sario s, escogidos, p ro b ad o s, in stru id o s, sin bienes
p a rtic u la re s y em pleados con sólo su m inisterio. Es
m aravilloso él fru to que hace su d o c trin a y su em ­
pleo y especialm ente tre s cosas m an tie n e n esta igle­
sia en el vigor de su observancia. Una, el m odo c ari­
ta tiv o con que en to d o procede y la o tra el no admi146 Parruqueres = peluqueros.
147 Botilleres = fabricante o vendedor de bebidas heladas
o licores.

tir dispensaciones, ni exenciones de sus reglas. Y
la te rc era , la igualdad, dirección y firm eza con que
se e je c u ta n los cánones penitenciales y la h o n esta
lib e rta d con que se m o d era el fervor de los que vo­
lu n ta ria m e n te la abrazan.
Finalm ente, el fin de este gobierno no es d ila ta r
su dom inio, en riq u ecer sus súbditos ni e x te n d e r su
fam a, sino hacerlos vivir en este m undo ju s ta , tem ­
plada y devotam ente, p a ra hacerlos felices en el otro.
Sólo se e stim a la v e rd a d e ra v irtud. Sólo se p ro cu ra
la v e rd a d e ra honra que nace de ella y sólo se ape­
tece el v erd ad ero deleite, que es el que sien te una
conciencia que nos a seg u ra h a b e r hecho en todo
n u e stro deber. Todo lo cual sólo se puede conseguir
en u n a nación sencilla, que carece de las m aliciosas
40vmáximas de la política / in teresad a, de la so berbia
que en g en d ra la nobleza h e re d ita ria , de la desigual­
dad de ricos y pobres y que ignora la artificio sa va­
ried ad de regalos y com odidades que h a inventado
la p o ltro n e ría y que no e stá envilecida con la acos­
tu m b ra d a sujeción y e stá hecha al tra b a jo y a la
necesidad.
M as, com o la c o rru p ció n del hom bre es ta n gran­
de, no h a n faltado n a tu ra le s aviesos, que h a n p ro cu ­
rad o a lte ra r el gobierno, intro d u cien d o la pro p ied ad ,
la novedad de usos, la dom inación, la m oneda, la es­
tim ació n de las riquezas y el ocio, la v a n id a d de la
sangre, etc., pero se h a rem ediado con la p ro n titu d
del castigo, ayudada de los pocos com p añ ero s que
h an h a lla d o de su opinión, p o r lo bien in stru id o s
que e stá n desde niños en las conveniencias que go­
zan en su gobierno y los inconvenientes y desdichas
que exp erim en tan o tra s naciones en el c o n tra rio .
F in alm en te se observa que, así en el sitio com o
en to d o lo dem ás, es e sta península p erfectísim o antípode de n u e stra H ispaña.

SinapiaUna utopía
española del siglo
de las LucesDescrip
ción de la Sinapia
Sinapia y las utopias clá­
sicas Sinapia una constelación de esperanzas para
la España ilustrada
DESCRIPCION D E LA
SINAPIA PENINSULA
DE LA T IE R R A
A U STR A L

C ubierta Ricardo B u sto s

P .V .P .: 130 p t a s .

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