ericco

malatesta
la anarquía
y el método del anarquismo
Cuarta edición

la n a v e de los locos

Ericco
Malatesta
la anarquía
La nave de los locos
Premià editora s.a.
México 1982

Traducción anónima publicada en E s­
paña a principios de siglo.
D iseño de la colección: Pedro Tanagra R.

Primera
Segunda
Tercera
Cuarta
ISBN

edición en
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Premià
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Premià
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editora: 1978
editora: 1978
editora: 1980
editora: 1982

968— 434— 009— 5

D erechos reservados de edición, traducción,
diseño y composición de textos, así como de
la m aqueta de colección, por
P R E M IA editora, s.a.
IM P R E S O Y H E C H O E N M E X IC O
P R IN T E D A N D M A D E IN M E X IC O
Premià editora de libros, S. A.
Tlahuapan, Puebla.
(Apartado Postal 12-672
03020 México, D. F.).

LA A N A R Q U IA

A N A R Q U IA Y D E S O R D E N

La palabra anarquía viene del griego y
significa propiam ente sin gobierno, estado
de un pueblo que se rige sin au toridad
constituida, sin núcleo gobernante.
A ntes de que tal organización principiase
a ser considerada como posible y aceptable
por toda una m uchedum bre de pensado­
res, y tom ada por bandera de un p arti­
do que es actualm ente uno de los facto­
res más im portantes en la m oderna lucha
social, la palabra de que hablam os era em­
pleada en el sentido de desorden y con­
fusión, y aun en nuestros días es usada en
el mismo sentido por la masa ignorante y
por los adversarios que tienen interés en
desfigurar la verdad.
N o entrarem os aquí en disquisiciones fi­
lológicas, porque la cuestión no pertenece
a la filología, sino a la historia. El senti­
do vulgar de la palabra no tiene ninguna
relación con su sentido verdadero y etimo­
lógico, aunque, indudablem ente, es un de­

rivado hijo del prejuicio de que el gobierno
es un órgano necesario de la vida social y
que, por tanto, una sociedad sin gobierno
sería constantem ente presa del desorden y
oscilaría entre la prepotencia desenfrenada
de unos y la venganza ciega de otros.
La existencia de tal prejuicio y su influen­
cia en el sentido que la m ayoría de los hom­
bres han dado a la palabra anarquía, se ex­
plica fácilmente.
El hombre, como todos los seres vivos,
se adapta o acostum bra a las condiciones
en que vive, y transm ite por herencia los
hábitos adquiridos.
Así, pues, como nace y crece en la servi­
dum bre y es el heredero de una larguísi­
ma progenie de esclavos, cuando empieza
a pensar cree que la esclavitud es condi­
ción esencial de la vida, en tan to que le p a­
rece imposible la libertad.
De igual m anera casi, el obrero, obligado
durante siglos y siglos, y h asta habituado
a esperar el trabajo, es decir, el pan de la
buena voluntad del patrono, y a ver su vida
siempre a m erced de los poseedores de la
tierra y del capital, ha concluido por creer
que el patrono es quien le da de comer,
y se pregunta, naturalm ente, cómo podría
vivir sin el patrono.
E sto es lo mismo que si, a pesar de h a ­
ber nacido con las piernas atad a s, encon­
trásem os un medio cualquiera de an d ar y
achacásem os la facultad de m overnos pre­
cisamente a aquellas ligaduras, que no h a­
cían otra cosa que disminuir y paralizar la
energía m uscular de nuestras piernas.
A hora bien, si a los efectos naturales de

la costum bre se ag reg a la educación del
patrono, del sacerdote, del m aestro, etc., in­
teresados en predicar que el gobierno y el
patrono son necesarios; si sé a g reg a la p re­
sión del juez y del policía, esforzándose
siem pre en reducir al silencio a los que
piensan de otra m anera y tratan de pro p a­
g ar su distinta m anera de pensar, se com­
p renderá fácilm ente cómo ha podido hacer
presa en el cerebro poco cultivado de la ma­
sa laboriosa el prejuicio de la utilidad y la
necesidad del gobierno y del patrono.
Imaginémonos que, en el supuesto caso
de tener ligadas las piernas, un médico nos
expone toda una teoría y mil ejem plos h á­
bilm ente inventados para convencernos de
que con las piernas en libertad no pod ría­
mos an d ar ni vivir: defenderíam os con ra ­
bia nuestras ligaduras y tendríam os por
enem igo al que tra ta se de cortarlas.
P o r esto, como se cree que el gobierno
es necesario y que sin gobierno sólo habría
desorden y confusión, es natural, es lógico
que la anarquía, que quiere decir ausencia
de gobierno, suene a ausencia de orden.
El hecho tiene, por otro parte, su ex­
plicación histórica. En el tiempo y en los
países en que el pueblo creyó necesario el
gobierno de uno solo (m onarquía), la p a ­
labra república (gobierno de varios) fue
siem pre em pleada en el sentido de desorden
y confusión, hasta el extrem o de que este
sentido aún se conserva vivo en el lenguaje
popular de casi todas las naciones.
M odifiqúense las opiniones, convénzase
a las gentes de que el gobierno no sólo no

es necesario, sino que hasta resulta dañoso,
y entonces la palabra anarquía, por lo mis­
mo que equivale a ausencia de gobierno,
significará p a ra todos orden natural, a r­
monía de los intereses y las necesidades de
todos los seres, libertad absoluta en la ab ­
soluta solidaridad humana.
Personas hay, sin em bargo, que dicen
que los an arq u istas hemos escogido mal
nuestro nombre, toda vez que éste es com­
prendido de un modo erróneo por la masa
y se presta m ucho a una interpretación equi­
vocada. El erro r no depende de la palabra
misma, depende de su significación, y de
las dificultades con que tropiezan los a n a r­
quistas en la propaganda no dependen del
nombre que se han dado, sino del hecho de
que lo que ese nombre significa va contra
todos los prejuicios que tiene el pueblo res­
pecto a las funciones gubernam entales, o
como se dice generalm ente, del E stado.

A ntes de seguir adelante será conve­
niente que nos expliquem os acerca de esta
palabra, la cual, en nuestro concepto, es
causa verdadera de muchas confusiones.
Los anarquistas, y entre ellos nosotros,
se han servido generalm ente de la palabra
E sta d o entendiendo por ella el conjunto
de todas las instituciones políticas, legisla­
tivas, jurídicas, militares, financieras, etc.,
por medio de las cuales se arreb ata al pue­
blo la gerencia de sus propios asuntos, la
dirección de su propia seguridad, confián­
dolas a algunos que, por usurpación o por
delegación, hállanse investidos del derecho
de legislar sobre todo y para todos y de for­
zar al pueblo a respetarlos, valiéndose del
apoyo que les p resta el poder de todos.
Según esta interpretación, la p alab ra E s­
tad o quiere decir gobierno o bien la expre­
sión impersonal, abstracta, de aquel estado
de cosas que el gobierno personifica. En
este caso, las expresiones abolición del E s ­
tado, sociedad sin E stado, etc., responden

exactam ente al concepto que los an arq u is­
tas quieren significar de destrucción de to­
do orden político basado en la autoridad y
de constitución de una sociedad de hom­
bres libres e iguales, basada en la arm o­
nía de los intereses y en el concurso vo­
luntario de todos al cumplimiento de los
deberes y cuidados sociales.
Pero la palabra E stado tiene otros mu­
chos significados, entre los cuales algunos
se prestan al equívoco, mucho más cuan­
do se trata con hombres cuya triste posi­
ción social no les ha dejado acostum brarse
a las delicadas distinciones del lenguaje
científico, o, peor aún, cuando se trata con
adversarios de mala fe, que tienen interés
en confundirlo todo y en no querer enten­
der nada.
La palabra E stad o se usa, por ejemplo,
con frecuencia, para indicar una determ i­
nada sociedad, cierta colectividad humana
reunida en un determ inado territorio, for­
m ando lo que suele denom inarse un cuer­
po moral, independientem ente de la manera
de agruparse y entenderse de sus miembros.
Se usa también, sencillamente, como si­
nónimo de Sociedad, a causa de cuyo sig­
nificado creen nuestros adversarios, o, me­
jor dicho, fingen creer, que los anarquistas
queremos abolir toda relación social, todo
trabajo colectivo, y reducir al hombre al
aislamiento, o sea a una condición peor que
la del salvaje.
Asimismo se entiende por E stad o la a d ­
ministración suprem a de un país, el poder
central diferente del poder provincial o
municipal, y por este otro sentido se supo­

ne que los an arq u istas queremos una sim­
ple descentralización territorial, dejando
en tal estado el principio de gobierno, y se
confunde así la anarquía con el comunalismo o con el cantonalism o.
E stad o significa, en fin, condición, ma­
nera de ser, régim en de vida social, etc.,
y por esto decimos, por ejemplo, que es pre­
ciso cambiar el estado económico de la cla­
se obrera, o que el estado anárquico es el
único estado social fundado sobre la base
de la solidaridad, y otras frases por el es­
tilo que, en nuestros labios, ya que por otra
p arte decimos que aspiram os a la abolición
del E stado, pueden, a primera vista, p are­
cer paradójicas y contradictorias.
P o r estas razones opinamos que es con­
veniente emplear lo menos posible la expre­
sión abolición del E stado, y reem plazarla
por esta otra, más clara y más concreta:
abolición del gobierno.
E sto es lo que harem os en el curso del
p resente trabajo.

Se ha dicho que anarquía significa socie­
d a d sin gobierno.
M as, ¿es posible, es deseable, es conve­
niente la supresión del gobierno?
V eámoslo.
La tendencia metafísica (u n a enferm e­
d ad por la cual el hombre, luego de haber
separado, por lógico proceso de su ser, sus
cualidades, experim enta una alucinación
especial que le hace tom ar la abstracción
resultante por un ser re a l), la tendencia
metafísica, digo, que, a pesar de los golpes
de la ciencia positiva, sigue haciendo presa
en el cerebro de la m ayoría de nuestros con­
tem poráneos, es lo que determ ina en mu­
chos la concepción del gobierno como un
ente moral con ciertos atributos de razón,
de justicia, de equidad, que son indepen­
dientes de las personas en carg ad as de la
función gubernam ental. P a ra estas gentes,
el gobierno, o, de un modo más abstracto, el
E stado, es el poder social abstracto; es
el representante, abstracto tam bién, de los

intereses generales; es la expresión del
derecho de todos, considerado como lími­
te del derecho de cada uno.
E sta m anera de com prender el gobierno,
cualquiera que sea su forma, y salvo siem­
pre el principio de autoridad, es defendi­
d a por aquellos a quienes interesa, y sobre­
vive a los errores de todos los partidos que
se suceden en el ejercicio del poder.
P a ra nosotros, el gobierno es el conjunto
de los gobernantes; y gobernantes —rey,
presidente, ministros, diputados, e tc .— son
todos los que poseen la facultad de hacer
leyes para regular las relaciones de los
hom bres entre sí y hacer que se cumplan;
de decretar y distribuir los im puestos; de
obligarnos al servicio militar; de juzgar y
castigar a los contraventores de las leyes;
de someter a reglas, registrar y sancionar
los contratos privados; de m onopolizar cier­
tas ram as de la producción v ciertos servi­
cios públicos, o, si lo desean, todos los ser­
vicios y toda la producción; de declarar la
g u erra o ultimar la paz con los gobiernos
de o tras naciones: de otorgar o negar fran ­
quicias y otra m ultitud de cosas por el esti­
lo. G obernantes son, en resumen, todos
aquellos que tienen la facultad, en m ayor o
m enor grado, de valerse de la fuerza so­
cial, es decir, de la fuerza física, intelectual
y económica de todos para obligar a los d e­
más a hacer lo que a ellos les plazca. Y esta
facultad constituye, en concepto nuestro,
el principio gubernam ental, el principio de
autoridad.
M as. ¿cuál es la razón de ser del go­
bierno? ¿Por qué depositar en varios indi­

viduos la libertad y la iniciativa propias?
¿Por qué proporcionarles esa facultad de
valerse de la voluntad de cada uno, para
que de ella dispongan según les acomode?
¿E stán tan excepcionalm ente dotados que
puedan, con alguna apariencia de razón,
reem plazar a la m asa y aten d er todos los
intereses de los hombres m ejor que pudie­
ran atenderlos ellos mismos? ¿Son infali­
bles e incorruptibles hasta el extrem o de
poderles fiar, con alguna prudencia, la
suerte de cada uno y la de todos, confian­
do en su ciencia y en su bondad?
Y aun cuando existen hom bres de una
bondad y un saber infinitos, y aunque, por
una hipótesis que no se ha realizado nunca
en la historia, y que a nosotros nos parece
de imposible realización, el poder guberna­
tivo fuese encom endado a los m ás capaces
y mejores entre los buenos, ¿añadiría la
posesión del gobierno alguna cosa a su po­
tencia benéfica? ¿N o la paralizaría y des­
truiría, más bien, por la necesidad en que
están todos los hombres en las esferas del
poder de ocuparse de innum erables cosas
que no entienden, y sobre todo de emplear
la mejor p arte de su energía en m antener­
se en el poder, contentar a los amigos, te ­
ner a raya a los descontentos y someter a
los rebeldes?
Y no es esto todo: buenos o malos, sabios
o ignorantes, ¿qué son los que gobier­
nan? ¿Qué es lo que los indica para fun­
ción tan elevada? ¿Se imponen por sí mis­
mos en virtud del derecho de guerra, de
conquista o de revolución? E n tal caso,

¿quién garantizará al pueblo que se inspi­
ra rá n en la utilidad general? Pero, si to­
do es asunto de usurpación, no resta a los
vencidos y a los descontentos o tra cosa
que la apelación a la fuerza para cam biar
la m archa del juego. ¿Son los elegidos en­
tre una cierta clase o partido? En este ca­
so, triunfarán sin d u d a alguna los in tere­
ses y las ideas de aquella clase o de aquel
partido, y la voluntad y los intereses de
los dem ás serán sacrificados. ¿Son, en
fin, elegidos por sufragio universal? El
único criterio, entonces, es el núm ero, el
cual no es prueba ni de razón, ni de justi­
cia, ni de capacidad. Los elegidos serán
siem pre los que m ejor sepan engañar a la
masa, y la minoría, que puede hallarse cons­
tituida por la m itad menos uno, quedará,
lo mismo que antes, destinada al sacrificio.
Y esto sin contar que la experiencia ha d e ­
m ostrado la im posibilidad de hallar un me­
canism o electoral por el que los elegidos
sean por lo menos representantes v e rd a d e ­
ros de la mayoría.

M IS IO N D E L G O B IE R N O

M uchas y muy diferentes son las teo­
rías merced a las cuales se ha tra ta d o de
explicar y justificar la existencia del go­
bierno. Pero to d as se basan en el prejuicio,
fundado o no, de que los hom bres tene­
mos intereses contrarios y que, por consi­
guiente, se necesita una fuerza externa, su­
perior, p ara obligar a todos a resp etar los
intereses de todos, dictando e imponiendo
aquellas reglas de conducta que mejor a r­
monicen los intereses en lucha y perm itan
a cada uno h allar el máximum de satisfac­
ción con el m enor sacrificio posible.
Si los intereses, dicen los teólogos del
autoritarism o, las tendencias y los deseos
de un individuo se hallan en oposición con
los de otro individuo o con los de toda la
sociedad, ¿quién tendrá derecho y sufi­
ciente poder p ara obligar al uno a respe­
ta r los intereses del otro? ¿Q uién podrá
impedir al simple ciudadano que viole la
voluntad general? La libertad de cada cual,
dicen, tiene por límite la voluntad de los de­

más; pero, ¿quién establecerá este límite y
lo h a rá respetar? Los naturales an tag o n is­
mos de intereses y pasiones, hicieron nacer
la necesidad del gobierno y justificaron la
au to rid ad como fuerza m oderadora en la lu­
cha social y determ inadora de los derechos
y deberes de cada uno.
E sa es la teoría; pero la teoría, p a ra ser
justa, debe fundarse en hechos y explicar­
los, y no como la economía política, que con
dem asiada frecuencia ha inventado las teo­
rías p a ra justificar los hechos, es decir, p a ­
ra d efender el privilegio y hacerlo acep tar
tranquilam ente por todas sus víctimas.
A tengám onos, pues, a los hechos.
E n todo el curso de la historia, lo mismo
que en nuestra época, el gobierno o es la
dom inación brutal, violenta, arbitraria, de
unos pocos sobre la m asa, o bien es un ins­
trum ento pronto p ara asegurar el dominio
y el privilegio de los que, por la fuerza, por
astucia o por violencia, se han apoderado de
todos los medios de vida, principalm ente
del suelo, con el fin de m antener de tal mo­
do al pueblo en la servidum bre y obligarle
a tra b a ja r para ellos.
Los hombres son oprim idos de diversas
m aneras: o directam ente, con la fuerza bru­
tal, con la violencia física, o de un m odo in­
directo, despojándoles de los propios me­
dios de subsistencia y obligándoles así a
rendirse a discreción. La prim era opresión
dio origen al poder, o sea al privilegio po­
lítico; la segunda hizo nacer el poder o pri­
vilegio económico.
Tam bién se oprime a los hombres de otro
modo: influyendo sobre su inteligencia y

su sentimiento, lo que constituye el poder
religioso o universitario. M as como el es­
píritu no existe sino como resultante de las
fuerzas m ateriales, así la m entira y las cor­
poraciones constituidas para p rop ag arla no
tienen razón de ser sino como consecuen­
cia del privilegio político y económico, y
son un medio de defenderlo y consolidarlo.
E n las sociedades primitivas, poco nume­
rosas y de relaciones poco complicadas,
cuando una circunstancia cualquiera impi­
dió que se estableciesen costum bres de so­
lidaridad, o d estruyó las que existían, esta­
bleciendo el dominio del hom bre sobre el
hombre, los dos poderes, el político y el eco­
nómico, halláronse reunidos en unas mis­
mas manos, que podrían ser las de un solo
hombre. Los que vencían por la fuerza, dis­
ponían de las personas y de las cosas de
los vencidos y les obligaban a servirles, a
tra b a jar para ellos y hacer en todo lo que
tenían por conveniente. E ran los vencedo­
res a la vez propietarios, legisladores, jue­
ces y verdugos.
Pero al ensancharse la sociedad, aum en­
tan las necesidades, se complican las rela­
ciones sociales, llega a hacerse imposible la
existencia prolongada de un despotism o se­
m ejante. Los dom inadores, o por seguridad,
o por encontrarlo más cómodo, o por impo­
sibilidad de proceder de otra m anera, se
ven en la necesidad de apoyarse, por una
parte, en una clase privilegiada, en cierto
núm ero de indiv iduos cointeresados en el do­
minio, y de dejar, por otra parte, que cada
cual provea como le sea posible a su propia
existencia, reservándose para sí el supre­

mo dominio, que es el derecho de disfrutar
lo m ás posible y la m anera de saciar la va­
nidad del mando.
Así. al abrigo del poder, por su protec­
ción y complicidad, y con frecuencia por su
ignorancia y por causas que escapan a sus
dominios, se desarrolla la riqueza privada,
es decir, la clase de propietarios, la cual,
concentrando poco a poco en sus m anos to ­
dos los medios de producción, la verdadera
fuente de la agricultura, industria, com er­
cio, etc., acaba por constituir un poder que,
por la superioridad de sus medios y la gran
m asa de inteligencia que abarca, concluye
siem pre por som eter más o menos a b ierta­
mente al poder político, es decir, al gobier­
no, y convertirlo en su propio guardián.
E ste fenómeno se ha repetido en la his­
toria con frecuencia. U na vez que por inva­
sión, u otra cualquiera empresa militar, la
violencia física, brutal, ha hecho presa en
una sociedad, los vencedores han tendido
siem pre a concentrar en sus manos el go­
bierno y la propiedad. M as siem pre tam ­
bién la necesidad experim entada por el go­
bierno de conseguir la complicidad de una
clase potente, las exigencias de la produc­
ción, la imposibilidad de ordenarlo y diri­
girlo todo, establecieron la propiedad pri­
vada. la división de los dos poderes y con
ella la dependencia efectiva entre los que
tenían en sus m anos la fuerza: el gobierno,
y los que disponían del origen mismo de la
fuerza: la propiedad. El gobierno acaba
siem pre, fatalm ente, por constituirse en
gu ardián del propietario.
Pero este fenóm eno nunca se acentúa

tanto como en la época m oderna. El desa­
rrollo de la producción, la inm ensa difu­
sión del comercio, la desm esurada poten­
cia que ha conquistado el dinero y todos los
hechos económicos provocados por el des­
cubrim iento de A m érica, la invención de
las máquinas, etc., aseguraron tal supre­
macía a la clase capitalista, que no satis­
fecha ésta con disponer del apoyo del go­
bierno, ha querido que éste llegue a salir
de su propio seno.
U n gobierno que se derivaba del derecho
de conquista — derecho divino, según los
reyes y sus secuaces— por cuanto se so­
breponía a la clase capitalista, conservaba
siem pre un continente altanero y desprecia­
tivo ante sus antiguos esclavos, luego de
enriquecidos, y hacía alarde de sus inclina­
ciones a la independencia y a la dom ina­
ción; sem ejante gobierno, claro está, era
defensor y guardián de los propietarios,
pero era de aquellos defensores y g u ard ia­
nes que se dan im portancia y se hacen los
arrogantes con los que deben escoltar y
defender, cuando no los desvalijan y a to r­
m entan. La clase capitalista, naturalm en­
te, conspiró para reem plazar tal guardián
y defensor, con medios más o menos vio­
lentos, por otro salido de sus mismos me­
dios, compuesto por miembros de su clase,
siem pre bajo su vigilancia y organizado es­
pecialm ente para defender la clase contra
las posibles reivindicaciones de los deshe­
redados.
D e aquí el origen del sistema parlam en­
tario moderno.
E n la actualidad, el gobierno, com pues­

to de propietarios y de gentes de su devo­
ción, se halla a m erced en todo de los pro­
pietarios mismos; hasta tal punto es así.
que los más ricos desdeñan con frecuencia
form ar parte de él. Rothschild no tiene
ninguna necesidad de ser diputado ni mi­
nistro; le basta tener bajo su dependencia
a m inistros y diputados.
En muchos países, el proletariado tiene
nominalmente una participación m ayor o
menor en la designación del gobierno. Es
una concesión que la burguesía ha hecho,
ya p ara valerse del concurso popular en la
lucha contra la realeza y la aristocracia,
ya para distraer al pueblo en sus deseos
de emancipación, dándole una apariencia
de soberanía. M as, lo previese o no, la b ur­
guesía, cuando por prim era vez concedió
al pueblo el derecho al voto, la verdad es
que tal derecho se ha tornado excesiva­
mente irrisorio y bueno solamente p ara con­
solidar el poder de la burguesía, d an d o a la
parte más enérgica del proletariado la ilu­
soria esperanza de ocupar el poder.
H a sta con el sufragio universal, y se pue­
de decir que especialm ente por el su fra ­
gio universal, el gobierno continúa siendo
el siervo y el guardián de la burguesía.
Si o tra cosa ocurriera, si el gobierno lle­
gase a serle hostil, si la democracia pudie­
se ser otra cosa que un fuego fatuo p ara en­
g añ ar al pueblo, la burguesía, am enazada
en sus intereses, se apresuraría a rebelarse
y concentraría toda la fuerza y toda la in­
fluencia que se deriva de la posesión de la
riqueza para reducir al gobierno a las fun­
ciones de un simple siervo suyo.

E n todos los tiempos y en todos los lu­
gares, cualquiera que sea el nom bre que
tome el gobierno, cualquiera que sea su
origen y su organización, su función esen­
cial es siempre oprim ir y explotar a la m asa
y defender a los opresores y explotadores;
y sus órganos principales, característicos,
indispensables, son el policía y el re c au d a ­
dor de impuestos, el soldado y el carcele­
ro, a los cuales se une espontáneam ente el
m ercader de m entiras, sacerdote o profesor,
p ag ad o y protegido por el gobierno para
educar los espíritus y hacerles dóciles al
yugo gubernam ental.
Indudablem ente, a aquellas funciones
prim itivas y a estos órganos esenciales, se
han agregado en el curso de la historia
o tras funciones y otros órganos, pero de
igual índole.
A dm itam os, sin em bargo, que no haya
habido jamás en un país algo civilizado
un gobierno que desem peñase las funcio­
nes opresoras y expoliadoras sin aplicarse
al propio tiempo a las verdaderam ente úti­
les e indispensables a la vida social. E sto
no destruye el hecho de que el gobierno es
por naturaleza opresor y expoliador, y que
por su origen y su posición, se ve inclina­
do fatalm ente a defender y consolidar la
clase dominante; por el contrario, lo afir­
ma y lo agrava.
E n realidad, el gobierno toma a su car­
go, en más o menos proporción, la protec­
ción de la vida de los ciudadanos contra
los ataques directos y brutales; reconoce y
legaliza cierto núm ero de derechos y de­
beres prim ordiales, y usos y costum bres,

sin los cuales es imposible vivir en socie­
dad; organiza y dirige ciertos servicios pú­
blicos, como las comunicaciones, la higiene,
el reparto de aguas, la bonificación y pro­
lección forestal, etc.: funda casas de huér­
fanos y hospitales, y se complace con fre­
cuencia en m ostrarse sólo en apariencia,
desde luego, protector del pobre y del d é­
bil. Pero basta observar cómo y por qué
causa cumple el gobierno esta misión y au ­
menta sus funciones, para dar en seguida
con la prueba experim ental, práctica, de
que todo lo que hace se inspira siem pre en
el espíritu de dom inación y tiende a d efen ­
der. ensanchar y p erpetuar sus propios pri­
vilegios, asi como los de la clase que re­
presenta y defiende.
U n gobierno no puede durar mucho tiem­
po sin ocultar su naturaleza bajo un pre­
texto de general utilidad; no puede hacer
respetar la vida de los privilegiados sin
a p aren ta r que hace respetar la de todo el
mundo; no puede hacer aceptables los pri­
vilegios de algunos sin fingirse guard ad o r
de los derechos de todos.
“ La ley —dice K ropotkin— y todos los
que hicieron la ley —el gobierno— utiliza­
ron los sentimientos sociales del hom bre p a ­
ra hacer pasar como preceptos morales, que
los hombres aceptaban, lo que era útil a
la minoría explotadora, contra lo cual se
habría aquél rebelado ciertam ente en caso
contrario” .
N o puede el gobierno desear que la so­
ciedad se desorganice, porque a él y a la
clase dom inadora les faltaría entonces el
m aterial de explotación; no puede consen­

tir que por sí misma se rija, que se gobier­
ne sin intervención oficial, porque en ese
caso el pueblo no ta rd a ría en percatarse
de que el gobierno sólo sirve para d efen ­
der a los propietarios, y se apresu raría a
desem barazarse del gobierno y de los p ro ­
pietarios.
E n la actualidad, frente a las insistentes
y am enazadoras reclam aciones del p ro leta­
riado, los gobiernos tienden a intervenir en
las relaciones de obreros y patronos, con
los que procuran desviar el movimiento
obrero e impedir, con algunas engañosas
reform as, que los pobres se tomen por sí
mismos lo que es suyo, esto es, una parte
de bienestar igual a la que todos disfrutan.
E s preciso, adem ás, tener en cuenta, por
una parte, que los burgueses y p ro p ieta­
rios se hallan siem pre en guerra unos con
otros y tratan de devorarse m utuam ente,
y por otra parte, que el gobierno, hijo de
la burguesía y siervo protector suyo, tien­
de, como todo protector y todo siervo, a
em anciparse y a dom inar a su protegido.
D e aquí que el juego de prestidigitación,
el tira y afloja, el acto de echar al pueblo
contra los conservadores y a los conserva­
dores contra el pueblo, que es toda la cien­
cia de los gobiernos, sea lo que engañe a
las gentes sencillas y perezosas que espe­
ran que la salvación les venga de lo alto.
C on todo esto, la naturaleza del gobier­
no no cambia. Si se m uestra regulad o r y
g a ran tía de los deberes y derechos de cada
cual, pervierte el sentim iento de justicia,
toda vez que califica de delito y castiga
todo lo que ofende o am enaza los privile­

gios de los gobernantes y de los propieta­
rios, y declara justa, legal, la más feroz
explotación de los miserables, el lento y
constante asesinato material y moral co­
m etido por los que todo lo poseen en las
personas de los que no poseen nada.
Si se convierte en adm inistrador de los
servicios públicos, se cuida señaladam ente
de los intereses de su clase; de los de la cla­
se trabajadora, n ad a más que lo necesario
p ara que dicha clase consienta en pagar.
Si se mete a enseñar, prohíbe la pro p a­
g anda de la verdad, y tiende a p re p a rar el
cerebro y el corazón de los niños para que
lleguen a ser tiranos implacables o dóciles
esclavos, según la clase a que pertenezcan.
En manos del gobierno, todo se convierte
en medio de explotación, todo se traduce
en instituciones de policía, útiles únicam en­
te p ara tener dom inado al pueblo.
Y
es natural que así sea. Si la vida de los
hom bres consiste en la lucha entre ellos
mismos, habrá, naturalm ente, vencidos y
vencedores, y el gobierno es el premio de
la contienda o un medio para asegurarse
los vencedores el resultado de la victoria
y perpetuarla, ya se libre el com bate en el
terreno de la fuerza física e intelectual, ya
en el terreno económico. Los que intervinie­
ran en la lucha p ara vencer y asegurarse
m ejores rendim ientos que los otros y con­
quistar privilegios y dominios, juntam ente
con el poder, una vez alcanzada la victoria
no harán uso de ella para defender los de­
rechos de los vencidos y fijar límites a sus
propias facultades arbitrarias y a las de
sus partidarios y amigos.

El gobierno, o, como suele decirse, el
E stad o justiciero, m oderador de la lucha
social, adm inistrador desinteresado de los
bienes del público, es una mentira, una ilu­
sión, una utopía nunca realizada y jamás
realizable.
Si en realidad los intereses de los hom­
bres debieran ser contrarios; si en realidad
la lucha entre los hom bres fuese ley nece­
saria de la sociedad hum ana y la libertad
de cad a uno tuviese su límite en la libertad
de los demás, entonces cada uno trataría
de hacer triunfar sus propios intereses so­
bre los intereses de los demás, cad a uno
procuraría hacer m ayor la libertad propia
a expensas de la voluntad de los otros, y
existiría el gobierno, no ya porque fuese
m ás o menos útil a la totalidad de los miem­
bros sociales, sino porque los vencedores
habrían de asegurarse los frutos de la victo­
ria, sometiendo fuertem ente a los vencidos,
y librarse de la incom odidad de o cu p ar­
se constantem ente de la defensa, confian­
do esta labor a los hom bres especialm ente
adiestrados en el a rte de gobernar.
V eríase así la hum anidad d estin ad a a
perecer o a ag itarse eternam ente en tre la
tiranía de los vencedores y la rebelión de
los vencidos.
A fortunadam ente, el porvenir de la hu­
m anidad es más risueño, porque es más
dulce la ley que la gobierna.
E sta ley es la solidaridad.

LA S O L ID A R ID A D

T ien e el hombre por propiedad fu n d a­
m ental, necesaria, el instinto de la propia
conservación, sin el cual ningún ser vivo
existiría, y el instinto de la conservación de
la especie, sin el cual ninguna especie se
hubiese podido form ar y subsistir. Se ve,
pues, naturalm ente im pulsado a defen d er
la existencia y el bienestar de sí mismo y
de su progenie contra todo y contra todos.
D os m aneras hay en la naturaleza, para
los seres vivos, de asegurarse la existencia
y hacerla cada vez más agradable: es la
prim era la lucha individual contra los ele­
m entos y contra los individuos de la misma
especie, o de especie distinta; la segunda
es el apoyo mutuo, la cooperación, que
puede llam arse tam bién la asociación para
la lucha contra todos los factores n a tu ra ­
les opuestos a la existencia, desenvolvi­
miento y bienestar de los asociados.
N o tratarem os de in d ag ar aquí, ni es ne­
cesario para nuestro objeto, ahora, qué p a r­
te tienen respectivam ente en la evolución

del reino orgánico los dos principios: el de
la lucha y el de la cooperación. B asta hacer
constar que en la hum anidad la coopera­
ción —forzosa o voluntaria— ha sido el
único medio de progreso, de perfecciona­
miento, de seguridad, y que la lucha —resto
atáv ico — ha sido absolutam ente incapaz
de favorecer el bienestar de los individuos
y ha causado, en cambio, el mal de todos,
vencidos y vencedores.
La experiencia, acum ulada y transm iti­
da de generación en generación, ha ense­
ñado al hombre que, uniéndose a sus igua­
les, su conservación está mejor asegurada
y su bienestar aum enta.
Así, como consecuencia de la misma lu­
cha por la vida, sostenida contra la n atu ­
raleza circundante y contra los individuos
de la misma especie, se ha desarrollado en
el hombre el instinto social, el cual ha tran s­
form ado com pletam ente las condiciones de
su existencia. G racias a esto mismo ha po­
dido el hombre salir de la anim alidad, a d ­
quirir gran potencia y elevarse por encima
de los otros anim ales, tanto, que los filóso­
fos espiritualistas han considerado necesa­
rio inventar para él un alma inm aterial e
inmortal.
M uchas causas han concurrido y contri­
buido a la form ación de este instinto so­
cial que, partiendo de la base animal, del
instinto de la conservación de la especie,
que es el instinto social limitado a la fami­
lia natural, ha llegado a su más elevado
grad o de intensidad y extensión y consti­
tuye el fondo mismo de la naturaleza mo­
ral del hombre.

E ste, aunque descendiente de los tipos
inferiores de la anim alidad, débil y d e sa r­
mado para la lucha individual contra las
bestias carnívoras, pero con un cerebro ca­
paz de gran desenvolvimiento, un ó rgan o
vocal apto para ex p resar con ayuda de v a ­
rios sonidos las distintas vibraciones cere­
brales, y manos especialm ente adecuad as
para d a r forma a capricho a la m ateria,
debía sentir muy pronto la necesidad y las
v en tajas de la asociación. Así cabe decir
que sólo pudo a b an d o n ar la anim alidad
al hacerse social y adquirir el uso de la p a ­
labra, que es a la vez consecuencia y fac­
tor poderoso de la sociabilidad.
El núm ero relativam ente corto de la es­
pecie hum ana, haciendo menos áspera, me­
nos continua, menos necesaria la lucha por
la existencia entre hom bre y hombre, aun
fuera de la asociación debía favorecer m u­
cho el desarrollo de los sentimientos de
sim patía y dejar tiem po para que la u ti­
lidad del mutuo apoyo se pudiese conocer
y apreciar.
P o r último, la capacidad adquirida por
el hom bre, gracias a su primitiva cualidad
aplicada en cooperación con un núm ero
más o menos grande de asociados, de mo­
dificar el medio am biente externo y a d a p ­
tarlo a las propias necesidades; la m ulti­
plicación de los deseos al aum entar con los
medios de satisfacerlos y convertirlos en
necesidades; la partición del trabajo, conse­
cuencia de la explotación metódica de la
n aturaleza en provecho del hombre, han
hecho que la vida social sea el am biente
necesario del individuo, fuera del cual no

puede vivir, y que si vive es a costa de caer
nuevam ente en el estado de anim alidad
primitiva.
Y
al afirm arse la sensibilidad con la mul­
tiplicación de las relaciones por la costum ­
bre impresa en la especie, merced a la tran s­
misión hereditaria en millares de siglos,
esta necesidad de la vida social, de cambio
de pensam ientos y de afectos entre hom­
bre y hombre, se ha convertido en una ma­
nera de ser necesaria de nuestro organis­
mo, se ha transform ado en sim patía, en
am istad, en am or, y subsiste independien­
tem ente de las v entajas m ateriales debidas
a la asociación, tan to que para satisfacerla,
se afrontan mil sufrimientos y hasta la
muerte.
E n resum idas cuentas, las grandiosas
ventajas que la asociación reporta al hom­
bre; el estado de inferioridad física, por
completo desproporcionado a su superio­
rid ad intelectual, en que se halla frente
a los animales dañinos; la posibilidad para
él de asociarse a un número cada vez ma­
y or de individuos y en relaciones cada vez
más íntimas y com plejas, hasta ex ten d er la
asociación a toda la hum anidad y a la vida
toda, y principalm ente la posibilidad que
tiene también de producir, trab ajan d o en
cooperación con otros, más de lo que nece­
sita para existir, y los sentim ientos de
afecto que de todo esto se derivan, han d a ­
do a la lucha por la vida un carácter com­
pletam ente distinto de la lucha general que
tiene efecto entre los demás anim ales.
P o r otra parte, se sabe en la actualidad

— y las investigaciones de los n aturalistas
m odernos aportan de ello más pruebas ca­
da d ía — que la cooperación ha tenido y
tiene en el desarrollo del m undo orgánico
una p arte im portantísim a que no sospecha­
ban los que se proponían justificar el rei­
no de la burguesía por medio de la teoría
de D arw in, bastan te inútilmente, porque la
distancia entre la lucha hum ana y la lucha
anim al es enorme y proporcional a la dis­
tancia que separa al hombre de las bestias.
E stas com baten individualm ente, y con más
frecuencia en pequeños grupos fijos y tra n ­
sitorios, contra la naturaleza, e incluso con­
tra los demás individuos de su propia es­
pecie. H asta los anim ales más sociables,
como la abeja y la horm iga, son solidarios
si se encuentran en un mismo horm iguero
o en una misma colmena; pero pelean o p e r­
m anecen indiferentes con las dem ás comu­
nidades de su misma especie. La batalla
hum ana, en cambio, tiende siempre a en­
sanchar la asociación entre los hom bres, a
solidarizar sus intereses, a desarrollar los
sentim ientos de am or de cada uno hacia
todos los demás, a vencer y a dom inar la
n atu raleza externa con la hum anidad y p a ­
ra la hum anidad.
T o d a contienda encam inada a conquistar
beneficios independientem ente de los otros
hom bres y en su perjuicio, contradice la
natu raleza sociable del hombre m oderno,
y tiende a devolverlo a su prim itiva ani­
m alidad.
La solidaridad, es decir, la arm onía de
los intereses y de los sentimientos, el con­
curso de cada uno en el bien de todos, y

el de todos en provecho de cada uno, es el
único estado en que el hombre puede m ani­
festar su naturaleza y obtener el máximum
de desarrollo en el máximum de bienestar.
E sta es la meta hacia la cual cam ina la evo­
lución hum ana, el principio superior que
resuelve todos los actuales antagonism os
de otro modo insolubles, y hace que la li­
b ertad de cada uno no halle un límite, sino
un complemento, y las condiciones necesa­
rias de existencia, en la libertad de los
dem ás.
D ejó dicho B akunin:
“ N ingún individuo puede reconocer su
propia hum anidad, ni por consiguiente re a ­
lizarla, sino reconociéndola en los dem ás
y cooperando con ellos a su realización.
N ingún hombre puede em anciparse sino
em ancipando a la vez a cuantos le rodean.
M i libertad es la libertad de todos, porque
yo no soy realm ente libre, libre no sólo en
ideas, sino también en los hechos más que
cuando mi libertad y mi derecho hallan su
conform ación y su sanción en la libertad
y el derecho de todos mis iguales.
“ M e importa m ucho lo que son los d e­
más hombres, pues, por muy independiente
que parezca o me crea ser por mi posición
social, aunque sea papa, rey o em perador,
no soy más que el producto incesante
de lo que son los dem ás hom bres entre
si. Si son ignorantes, m iserables y es­
clavos, mi existencia se determ ina por su
ignorancia, su m iseria y su esclavitud. Si
yo soy ilustrado e inteligente, su estupi­
dez me limita y me hace ignorante; si soy
valeroso e independiente, su esclavitud me

esclaviza; si soy rico, su miseria me inspi­
ra temor; si soy privilegiado, tiemblo ante
su justicia. Q uiero ser libre y no puedo,
porque en mi d e rred o r todos los hom bres
no quieren ser tam bién libres, y no querién­
dolo, se convierten para mí en instrum ento
de opresión” .
La solidaridad es, pues, la condición en
la cual el hombre encuentra el m ayor g ra ­
do de seguridad y de bienestar; y por eso
mismo el egoísmo, es decir, la considera­
ción exclusiva del propio interés, em puja
al hom bre a la solidaridad; mejor dicho:
egoísm o y altruism o, consideración de los
intereses de los dem ás, se confunden en un
solo sentimiento, como se confunden en uno
el interés individual y el interés social.
Pero el hombre no podía, de un salto,
p asar de la anim alidad a la hum anidad, de
la lucha brutal entre hombre y hom bre a
la lucha solidaria de todos los hom bres
contra la naturaleza exterior. G uiado por
las v entajas que ofrece la asociación y con­
siguiente distribución de trabajos, el hom ­
bre evolucionaba hacia la solidaridad; mas
esta evolución encontró un obstáculo que
la desvió y la desvió aun de su finalidad;
el hombre, cuando menos hasta cierto p u n ­
to, por las necesidades m ateriales y pri­
mitivas, que eran las únicas que sentía en­
tonces, descubrió que podía realizar las
v entajas de la cooperación som etiendo a
los dem ás hombres en lugar de asociarles;
y como todavía eran potentes en él los ins­
tintos feroces y antisociales heredados de
la anim alidad originaria, obligó a los más

débiles a tra b a ja r para él, prefiriendo la
dominación a la asociación.
T a l vez en la m ayoría de los casos, por
la explotación de los vencidos, empezó el
hom bre a com prender los beneficios de la
asociación, la utilidad que podía recabar
de la ayuda de su sem ejante.
A sí, pues, el descubrim iento de la utili­
d ad de la cooperación, que debía llevar al
triunfo de la solidaridad en todas las rela­
ciones hum anas, nos ha conducido, por el
contrario, a la propiedad privada y al go­
bierno, esto es, a la explotación del tra ­
bajo de todos en provecho de unos cuantos
privilegiados.
La asociación fue siempre la cooperación,
fuera de la cual no hay vida hum ana posi­
ble; pero un sistem a de cooperación im­
puesto y reglam entado por unos pocos en
provecho de sus intereses particulares.
D e este hecho se deriva la gran co n tra­
dicción —que ocupa toda la historia del
género hum ano— entre la tendencia a aso­
ciarse y fraternizar para la conquista y la
adaptación del m undo exterior a las nece­
sidades del hom bre p ara la satisfacción de
sus sentim ientos de afecto, y la ten d en ­
cia a dividirse en ta n ta s unidades sep arad as
y hostiles cuantas son las agrupaciones d e­
term inadas por las condiciones geográficas
y etnográficas; cuantas son las posiciones
sociales y económicas; cuantos son los
hom bres que aciertan a conquistar una
v en taja y quieren aseg u rarla y aum entarla;
cuantos son los que esperan la posesión del
privilegio; cuantos son los que sufren una
injusticia y se revelan y tratan de redimirse.

El principio cada uno para sí, que es la
guerra de todos contra todos, ha venido
en el curso de la historia a complicar, a
desviar, a paralizar la guerra de todos con­
tra la naturaleza en pro del m ayor bien­
estar de la especie hum ana, que sólo puede
tener éxito basándose en el principio: todos
para uno, uno para todos.
M uchos y muy g randes son los males
que ha sufrido la hum anidad por la in tru ­
sión de la tendencia dom inadora y ex p lotad o ra en la asociación hum ana. M as a
pesar de la atroz opresión, a pesar de la
miseria, a pesar de los vicios, de los deli­
tos, de la degradación que la miseria y la
esclavitud han producido en esclavos y
amos, a pesar de los odios acum ulados, a
pesar de la guerra exterm inadora, a pesar
del antagonism o de los intereses, a rtifi­
cialm ente creados, el instinto social ha so­
brevivido y se ha desarrollado.
Siendo siempre la cooperación condición
precisa para que el hom bre pudiese luchar
con éxito contra el m undo exterior, fue asi­
mismo la causa perm anente de la aproxim a­
ción de los sentim ientos de sim patía entre
todos los hombres. La misma opresión de
las m asas ha hecho que los oprim idos fra ­
ternicen entre sí: y sólo merced a la solida­
ridad, más o menos consciente, más o me­
nos intensa, que siem pre ha existido entre
los oprim idos, han podido éstos soportar
la opresión, y la hum anidad resistir a las
causas de muerte que en ella se habían in­
troducido.
En la actualidad, el desarrollo que ha a d ­

quirido la producción, el acrecentam iento
de aquellas necesidades que no se pueden
satisfacer sino m ediante el concurso de
g ran número de hom bres de todos los paí­
ses, los medios de comunicación, la cos­
tum bre de viajar, la ciencia, la literatura,
el comercio, h a sta la guerra, han estrecha­
do y estrechan m ás cada vez a la especie
hum ana en un solo cuerpo, cuyas partes,
solidarias entre sí, sólo pueden hallar su
plenitud y libertad de desarrollo en la salud
de las otras partes y del todo.
Los habitantes de N ápoles están tan in­
teresados en la limpieza de su población
como en el m ejoram iento de las condicio­
nes higiénicas de la ciudad del G anges,
de donde el cólera procede. El bienestar, la
libertad, el porvenir de un m ontañés e x tra ­
viado entre las g a rg a n tas de los A peninos,
no sólo dependen del estado de bienestar o
de miseria en que se hallen los habitantes
de su lugar; no sólo dependen de las con­
diciones generales del pueblo italiano, sino
que dependen tam bién del estad o de los
trab ajad o res en A m érica o en A ustralia,
de los descubrim ientos que pueda hacer
un hombre de ciencia de Sidney, de las con­
diciones morales y m ateriales del pueblo
chino, de la guerra o de la paz en A frica,
de tod a la suma de circunstancias, grandes
o pequeñas, que en cualquier lugar del uni­
verso se dan en un determ inado ser hu­
mano.
E n las presentes condiciones de la socie­
dad, la vasta solidaridad que une a todos
los hom bres es en gran parte inconsciente,
porque surge de un modo espontáneo

d e la rutina de los intereses p articu la­
res, m ientras los hom bres se preocupan po­
co o nada de los intereses generales. Y
ésta es la prueba más clara de que la so­
lidaridad es la ley natural de la hum ani­
dad. ley que se m anifiesta y se impone a
pesar de todos los obstáculos, a p esar de
todos los antagonism os hijos de la actual
constitución social.
P or otra parte, la m asa oprim ida, que
ya no se resigna com pletam ente a la op re­
sión y a la miseria, y que hoy m ás que
nunca se m uestra ansiosa de justicia, de
libertad, de bienestar, empieza a com pren­
der que no podrá em anciparse sino por me­
dio de la unión de la solidaridad entre los
oprim idos, entre los explotados de todo el
mundo. Y com prende también que es con­
dición imprescindible de su emancipación
la posesión de los medios de producción,
del suelo y de los instrum entos de tra b a ­
jo, y por consiguiente la abolición de la
propiedad individual. A dem ás, la ciencia,
la observación de los fenómenos sociales,
dem uestra que tal abolición seria de g ra n ­
dísima utilidad para los mismos privilegia­
dos con que quisieran tan sólo renunciar a
su propósito de dom inación y concurrir con
todos al trabajo por el bienestar común.
A hora bien, si un día la masa oprim ida
se n eg ara a trab ajar p ara los demás, a rra n ­
case a los propietarios la tierra y los ins­
trum entos de trabajo, y quisiera utilizar
estos instrum entos por su cuenta y en pro v e­
cho propio, es decir, en beneficio de todos;
si no quisiera sufrir por más tiempo la do­
minación ni de la fuerza brutal ni del p ri­

vilegio económico; si la fratern id ad popu­
lar, el sentim iento de solidaridad hum ana,
reforzada por la m ancom unidad de los inte­
reses, pusiere fin a la guerra y a la conquis­
ta, ¿qué razón de ser tendría el gobierno?
A bolida la propiedad individual, el go­
bierno, que es su defensor, debería d esap a­
recer. Si por el contrario, sobreviviese,
tendería constantem ente a reconstituir, b a­
jo una forma cualquiera, una clase privile­
giada y opresora.
La abolición del gobierno no significa,
no puede significar el rompimiento de los
lazos sociales m uy al contrario: la coope­
ración, que actualm ente sólo es ventajosa
para unos cuantos, sería, abolido el gobier­
no, libre, ventajosa y voluntaria p a ra to­
dos, y por eso se haría mucho más in te n s a
y eficaz.
El instinto social, el sentimiento de soli­
d a rid a d se desarrollaría en su más alto
grado, y cada hom bre haría cuanto pudie­
se por el bien de los otros hom bres, tanto
por satisfacer sus sentimientos de afecto
cuanto por bien entendido interés propio.
D el libre concurso de todos, m ediante
la asociación espontánea de los hombres
con arreglo a sus sim patías y necesidades,
de abajo arriba, de lo simple a lo com pues­
to, partiendo de los intereses más inm edia­
tos para llegar luego a los más lejanos y
generales, surgiría una organización social
que tendría por fin el m ayor bienestar y la
m ayor libertad de todos, reuniría a toda la
hum anidad en fraternal lazo y se m odifi­
caría y m ejoraría conform e se modificasen

las circunstancias y las enseñanzas de la
experiencia.
E sta sociedad de hom bres libres, esta
sociedad de amigos, es la anarquía.

P E L IG R O D E C U A L Q U IE R
G O B IE R N O

H asta aquí se ha considerado el gobier­
no tal como es, tal como ha de ser necesa­
riam ente en una sociedad fu n d ad a en el
privilegio, en la explotación y en el des­
potismo del hom bre por el hombre, en el
antagonism o de intereses, en la lucha in­
tersocial, en una palabra, en la propiedad
individual.
Se ha visto que el estado de lucha, lejos
de ser una condición necesaria de la vida
de la hum anidad, es contrario a sus inte­
reses, a los individuos y a la especie hu­
mana; se ha visto, asimismo, que la coope­
ración es la ley del progreso humano; y
hemos deducido de todo ello que, abolien­
do la propiedad individual y todo p red o ­
minio del hom bre sobre el hombre, el go­
bierno pierde toda su razón de ser y debe
abolirse.
"Pero —se nos podría decir— cam bian­
do el principio en que hoy se basa la o rg a­
nización social, substituida la lucha por la
solidaridad, la propiedad individual por la

propiedad común, el gobierno cam biaría a
s u vez de naturaleza, y en lugar de ser
protector y representante de los intereses
de una clase, sería, porque ya no habría
clases, el representante de todos los inte­
reses de toda la sociedad. T en d ría la mi­
sión de asegurar y regular, en interés de
todos, la cooperación social, desem peñar los
servicios públicos de general im portancia,
defender a la sociedad de las posibles te n ­
tativas de restablecim iento del privilegio
y reprim ir los atentados que cualquiera co­
metiese contra la vida, el bienestar o la li­
bertad de cada uno y de todos.
“ En la sociedad hay funciones dem asia­
do necesarias, que requieren mucha cons­
tancia y gran regularidad, y no pueden ser
a b an donadas a la voluntad libre de los in­
dividuos sin peligro de que cada cosa tire
por su lado.
“¿Q uién organizaría y quién aseguraría,
de no ser un gobierno, los servicios de ali­
mentación, de distribución, de higiene, de
comunicación postales y telefónicas, de
transporte, etc., etc.?
“¿Q uién cuidaría de la instrucción po­
pular?
“ ¿Q uién em prendería los grandes tra b a ­
jos de exploración, de bonificación, de a s ­
pecto científico, que transform an la faz de
la tierra y multiplican las fuerzas hum anas?
“ ¿Q uién atendería a la conservación y
aum ento del capital social para transm itir­
lo, m ejorado, a la futura hum anidad?
“ ¿Q uién impediría la devastación de los
montes, la explotación irracional, y por con­
siguiente el empobrecim iento del suelo?

“ ¿Quién tendría la facultad de prevenir
y reprimir los delitos, los actos antisociales?
“¿Y qué se haría con los que, faltando
a la ley de la solidaridad, no quisiesen tra ­
bajar? ¿Y con los que esparciesen la infec­
ción en un país, negándose a som eterse a
las reglas higiénicas prescritas por los hom­
bres de ciencia? ¿Y con los que, locos o
cuerdos, intentasen prender fuego a las
mieses, violar a las niñas o ab u sar de los
más débiles por su fuerza física superior?
“ D estruir la propiedad individual y abo­
lir los gobiernos existentes, sin reconstituir
luego un gobierno que organizase la vida
colectiva y asegurarse la solidaridad social,
no sería abolir los privilegios y d a r al m un­
do la paz y el bienestar; sería rom per todo
lazo social, volver a la hum anidad a la
barbarie, al reino del cada uno para sí,
que es el triunfo de la fuerza b ru tal pri­
m ero y del privilegio económico después.’’
H e aquí las objeciones que nos hacen
los autoritarios, aun cuando sean socia­
listas, es decir, aunque quieran la aboli­
ción de la propiedad individual y del go­
bierno de clase que de ella se deriva.
Responderem os a esas objeciones.
N o es cierto, en primer lugar, que
cam biando las condiciones sociales el go­
bierno cambie de naturaleza y de fu n ­
ciones. O rg an o y función son términos
inseparables. Q uítese a un órgano su fun­
ción, y o el órgano muere o la función se
reconstituye. M étase a un ejército en un
país en el cual no haya motivos ni asomos
de guerra, interna o exterior, y ese solo
hecho provocará la guerra, si dicho ejér­

cito no se disuelve. U n a policía donde no
haya delitos que descubrir ni delincuentes
que aprehender, provocará, inventará d e ­
litos y delincuentes, o bien dejará de existir.
H a y hace siglos en F rancia una institu ­
ción, actualm ente a g re g a d a a la adm inis­
tración forestal —la lobeteria —, cuyos em­
pleados tienen a su cargo la destrucción de
los lobos y demás anim ales dañinos. N ad ie
se sorprenderá al saber que precisam ente
a causa de esta institución hay en F ran cia
lobos que en las estaciones rigurosas h a ­
cen mil estragos. El público se ocupa poco
o n a d a de tales fieras, porque los em plea­
dos de la adm inistración son los que tienen
a su carg o el ocuparse de ellas; y los tales
em pleados, organizan la caza de los lobos;
pero la organizan, naturalm ente, con inteli­
gencia, respetando sus m adrigueras y d a n ­
do tiem po a la reproducción, para no expo­
nerse a destruir una especie tan interesante.
Bien es verdad que los campesinos fra n ­
ceses tienen ya muy poca confianza en estos
cazadores de lobos, y los consideran más
bien como conservadores de tales anim a­
les. Y se com prende que así ocurra: ¿qué
h arían los jefes de la institución si no h u ­
biera lobos en el territorio de la república?
U n gobierno, o lo que es lo mismo, un
cierto núm ero de personas encargadas de
d ictar las leyes y de valerse de la fuerza
de todos para hacerlas respetar de cada
uno, constituye ya una clase privilegiada
y sep a ra d a del pueblo. T ra ta rá instintiva­
m ente como todo cuerpo constituido, de
aum entar sus atribuciones, de substraerse
a la dirección del pueblo, de imponer sus

tendencias y de hacer predom inar sus in­
tereses particulares. Colocado en una po­
sición privilegiada, el gobierno se encuen­
tra ya en antagonism o con la m asa de cuya
fuerza dispone.
P o r lo dem ás, un gobierno cualquiera,
h a sta queriéndolo, no podría co n ten tar a
todos los gobernados y habría de limitarse
a contentar sólo a unos cuantos. T en d ría,
pues, que d efenderse de los descontentos
y cointeresar, por consiguiente, a una p a r­
te del pueblo p ara que le prestase su apo­
yo. Y así com enzaría nuevam ente la vieja
historia de una clase privilegiada, form án­
dose con la com plicidad del gobierno y que,
si de una vez no se hacía dueño del suelo,
acapararía ciertas posiciones de favoritis­
mo, creadas con tal intención, clase que no
sería menos opresora ni menos ex plotado­
ra que la clase capitalista de hoy.
Los gobernantes, acostum brados al m an­
do, no querrían volver a confundirse con
la m asa, y si no podían conservar el poder
en sus manos, se asegurarían por lo menos
la posesión del p rivilegio para cuando tu ­
viesen que depositar aquél en otros indivi­
duos. R ecurrirían a los medios que da el
poder para que los sucesores fuesen elegi­
dos entre sus am igos, a fin de que éstos
les apoyasen y protegiesen a su vez. De
este modo el gobierno pasaría de unas m a­
nos a otras, siem pre las mismas en reali­
dad, y la democracia, que es el supuesto
gobierno de todos, acabaría siem pre en
oligarquía, es decir, en el gobierno de unos
pocos, de una clase.
¡Y qué oligarquía om nipotente, opresora

y absorbente sería la que tuviese a su c a r­
go, a su disposición, to d o el capital social,
todos los servicios públicos, desde la ali­
mentación hasta la confección de a lp a rg a ­
tas, desde las universidades hasta el te a ­
tro de opereta!

Supongam os, no obstante, que el gobier­
no no constituyese en sí una clase privile­
giada y pudiese vivir sin crear a su alrede­
d or una nueva clase de privilegiados,
perm aneciendo, como se pretende, en su
naturaleza de representante, de siervo, si
se quiere, de toda la sociedad.
¿P ara qué serviría? ¿En qué y de qué ma­
nera aum entaría la fuerza, la inteligencia,
el espíritu de solidaridad, el cuidado del
bienestar de todos y de la hum anidad ve­
n id e ra , que en un momento dad o existiesen
en una sociedad determ inada?
Siempre la antigua historia del hombre
con las piernas ligadas, condenado a vivir
a pesar de las ligaduras y creyendo, no
obstante, vivir en virtud de ellas.
Estam os acostum brados a vivir bajo la
dirección de un gobierno que aca p a ra toda
la fuerza, toda la inteligencia, to d a la vo­
luntad que puede dirigir en su provecho,
y que dificulta, paraliza y suprim e las que
le son inútiles u hostiles, y nos figuram os

que todo lo que se hace en la sociedad se
hace porque así lo quiere el gobierno, y
que, por consiguiente, sin gobierno no h a ­
bría en el cuerpo social ni tuerza, ni inteli­
gencia, ni buena voluntad. Del mismo mo­
do, como ya hemos dicho, el propietario se
posesiona de la tierra, la hace cultivar en
su provecho particular, dejando al tra b a ja ­
dor lo estrictam ente necesario para que
pueda y quiera seguir trabajando, y éste
piensa que no podría vivir sin el patrono,
como si éste crease la tierra y las fuerzas
de la naturaleza.
¿Q ué, por sí, ag reg a el gobierno a las
fuerzas morales y m ateriales que existen en
una sociedad? ¿Será acaso el dios de la Bi­
blia que crea el m undo de la nada?
A sí como n ad a se crea en el mundo que
suele llam arse m aterial, nada es creado
tam poco en esta más com plicada forma del
m undo m aterial que es el m undo social.
P o r eso los gobernantes no pueden dis­
poner m ás que de las fuerzas existentes en
la sociedad, menos las que la acción gu b er­
nativa paraliza y destruye, las fuerzas re ­
beldes y todas las que se pierden entre las
ruinas forzosam ente grandísim as de un me­
canismo tan artificioso. Si de su parte po­
nen algo, pueden hacerlo como hombres, no
como gobernantes. M ás todavía. D e aq u e ­
llas fuerzas morales y m ateriales que que­
dan a disposición del gobierno, sólo una
parte pequeña recibe un destino v e rd a d e ­
ram ente útil a la sociedad. Las otras se con­
sumen en actividades represivas, para te ­
ner a ray a a las fuerzas rebeldes, o son
substraídas al interés general, para acum u­

larlas en beneficio de unos pocos y en p er­
juicio de la m ayoría de los hom bres.
M ucho se ha discurrido acerca de la
p arte que tiene, en la vida y en el p rogre­
so de la sociedad hum ana respectivam ente,
la iniciativa social, pero se ha em brollado
tanto la cuestión, con el auxilio del artifi­
cio del lenguaje metafísico, que son m uy po­
cos los hom bres que se han atrevido a te­
ner la osadía de afirm ar que todo se rige
y m archa en el m undo hum ano a impulsos
de la iniciativa individual.
E n realidad, es ésta una v erd ad de sen­
tido común, que aparece evidente en cuan­
to se trata de averiguar lo que las palabras
significan. El ser real es el hom bre, el in­
dividuo; la sociedad o colectividad —y el
E sta d o o gobierno que pretende represen­
ta rla — , si no son abstracciones hueras, no
pueden ser más que agregaciones de indi­
viduos. Y justam ente en el organism o de
cada individuo tienen su origen todos los
pensam ientos y todos los actos hum anos,
los cuales de individuales se transform an
en colectivos cuando son o se hacen comu­
nes a muchos individuos. P or consiguien­
te, la acción social no es ni la negación
ni el complemento de la iniciativa indivi­
dual, sino pura y sencillam ente el resul­
tado de la iniciativa, de los pensam ientos
y de las acciones de todos los individuos
que componen la sociedad resu ltad o que,
com parado con otro de natu raleza de la
misma índole, es más o menos grande,
según que las fuerzas simples concurran al
mismo fin, o que sean divergentes y opues­
tas. Y si, como hacen los autoritarios, en

vez de esto se entiende por acción social la
acción gubernativa, entonces aquélla no es
más que el resultado de las fuerzas de los
individuos que com ponen el gobierno, o
que por su posición pueden influir sobre la
conducta del gobierno.
D e aquí que la contienda secular entre
la libertad y la autoridad, o, en otros té r­
minos, entre el socialismo y el E stad o de
clase, no sea en v erd ad por si se ha. de
aum entar la independencia individual a ex ­
pensas de la limitación de la ingerencia so­
cial, o ésta a expensas de aquélla.
Se tra ta más bien de im pedir que a lg u ­
nos individuos puedan tiranizar a otros,
de d a r a todos los individuos los mismos
derechos y los mismos medios de acción
y de substituir con la iniciativa de todos
la iniciativa de unos pocos, que produce
forzosam ente la opresión de los dem ás. Se
trata, en suma, por siem pre y para siem pre,
de destru ir la tiranía y la explotación del
hombre por el hombre, de m anera que to ­
dos se interesen por el bien común, y de
que las fuerzas individuales, en lugar de
anularse por la lucha, hallen la posibilidad
de un desarrollo completo y se asocien p a ­
ra el m ayor provecho de todos.
D e lo dicho resulta que la existencia de
un gobierno, aun cuando fuese, siguiendo
nuestra hipótesis, el gobierno ideal del so­
cialismo autoritario, lejos de ocasionar un
aum ento de las fuerzas productoras, o rg a ­
nizadoras y protectoras de la sociedad, las
dism inuiría incesantem ente, lim itando a
unos cuantos la iniciativa y dándoles el d e ­

recho de hacerlo todo sin poderles dar, n a ­
turalm ente, la facultad de saberlo todo.
En realidad, si se separa de la legisla­
ción y de la obra entera de un gobierno
todo lo que tiende a defender a los privile­
giados y que representa la voluntad de los
privilegiados mismos, ¿qué resta que no
sea el resultado de la actividad de todos?
“ El E stad o —escribe Sism ondi— es
siempre un poder conservador que pone de
manifiesto, regula y organiza las conquis­
tas del progreso —y la historia a g reg a que
las dirige en provecho propio y de la clase
privilegiada — , pero no las inicia. Siempre
tienen su origen abajo, nacen en el fondo
de la sociedad, del pensam iento individual,
que cuando se divulga se convierte en opi­
nión, en fuerza de la mayoría; pero ha de
encontrar a su paso, y com batirlos en los
poderes constituidos, la tradición, la cos­
tumbre, el privilegio y el e rro r” .
P ara com prender cómo una sociedad
puede vivir sin gobierno, b asta observar
un poco a fondo la misma sociedad presente,
y se verá que, en realidad, la m ayor parte,
la más esencial de la vida colectiva, se cum­
ple fuera de la intervención gubernam en­
tal; que el gobierno sólo interviene para
explotar a la m asa, para d efen d er a los
privilegiados, y que en lo dem ás viene a
sancionar, bien inútilm ente, to d o lo que se
ha hecho prescindiendo de él, y frecuen­
tem ente en su contra y a su pesar.
Los hombres trabajan, cam bian y estu­
dian, viajan, siguen como las e n tie n d e n las
reglas de la m oral y de la higiene, se apro­
vechan de los progresos de la ciencia y del

arte, tienen infinitas relaciones entre sí, sin
experim entar la necesidad de que nadie les
im ponga un modo de conducirse.
P o r eso todas las cosas en que no in ter­
viene el gobierno son las que m archan me­
jor, las que dan lugar a menos diferencias
y se acom odan, por la voluntad de todos,
de tal m anera que todos las encuentran ú ti­
les y agradables.
N o es el gobierno m ás necesario p a ra las
g randes em presas y p a ra los servicios p ú ­
blicos, que reclam an el concurso reg u lar
de m ucha gente de países y condiciones dis­
tintas. M il em presas de índole tal son a c ­
tualm ente obra de asociaciones privadas,
librem ente constituidas, que en opinión de
todo el m undo son tam bién las que dan
m ejor resultado. N o hablam os de las socie­
d ades de capitalistas organizadas p a ra la
explotación, aunque tam bién dem uestran la
posibilidad y el poder de la asociación li­
bre; y, como ésta, pueden extenderse hasta
a b razar gentes de todos los países e inte­
reses inmensos y distintos. H ablam os ante
todo de aquellas asociaciones que, inspi­
rad as en el amor a los sem ejantes o en la
pasión de la ciencia, y aun sencillam ente
en el deseo de divertirse y hacerse a p lau ­
dir, representan m ejor el sistema de a g ru ­
paciones tal cual serán en una sociedad en
la que, abolida la propiedad individual y
la lucha intestina entre los hombres, cada
uno te n d rá su interés confundido con el in­
terés de todos y su más agradable satisfac­
ción en hacer el bien y complacer a los
demás. Las sociedades y congresos científi­
cos, las asociaciones internacionales de sal­

vamento, la sociedad de la C ruz R oja, las
asociaciones geográficas, las agrupaciones
obreras, los cuerpos de voluntarios que
prestan sus socorros en todas las grandes
calam idades públicas, son ejem plos de ese
poder del espíritu de asociación, que se
m anifiesta siem pre que se tra ta de una ne­
cesidad o de una pasión verdaderam ente
sentida y no faltan los medios apropiados.
Si la asociación voluntaria no llena el m un­
do y no abraza to d as las ram as de la acti­
vidad m aterial y moral, ello es debido a los
obstáculos que le opone el gobierno, al a n ­
tagonism o cread o por la propiedad indivi­
dual y a la im potencia y el envilecimiento
a que el acaparam iento de la riqueza por
unos pocos reduce a la inm ensa m ayoría
de los seres hum anos.
El gobierno tom a a su cargo, p o r ejem­
plo, el servicio de correos, ferrocarriles, etc.
P ero, ¿en qué a y u d a verdaderam ente a es­
tos servicios? C u an d o el pueblo, puesto en
el caso de poderlos disfrutar, experim enta
la necesidad de estos servicios, tra ta de o r­
ganizados, y los técnicos no esperan para
n a d a una orden gubernativa, sino que po­
nen sin tard an za m anos a la obra. Y cuan­
to m ás general y urgente es la necesidad,
m ás abundan los que de buen g ra d o se dis­
ponen a satisfacerla. Si el pueblo tuviese
la facultad de p en sar en la producción y
en la alimentación, ¡oh!, no habría que te­
m er que se dejase m orir de ham bre espe­
ran d o que un gobierno redactase leyes a
este respecto. M á s aún: si hubiese de exis­
tir un gobierno, se vería obligado a esperar
a que el pueblo lo hiciese todo prim ero y

todo lo organizara p ara venir después a
sancionar con las leyes y a explotar aq u e­
llo mismo que ya estaba hecho y o rg an i­
zado.
D em ostrado está que el interés privado
es el gran estímulo de la actividad. A h o ra
bien; cuando el interés de todos se halle
identificado con el de cada uno —y lo es­
tará necesariam ente si no existe la propie­
dad individual — , entonces todos tra b a ja ­
rán; y si las cosas se hacen cuando in tere­
san a unos pocos, más y mejor se h arán
cuando interesen a todos.
C uesta trabajo com prender que hay a
gentes que crean que la ejecución y la m a r­
cha regular de los servicios públicos, in­
dispensables a la vida social, están m ejor
asegurados si se hacen por orden de un go­
bierno que cuando los trabajadores los to ­
man directam ente a su cargo, bien por
acuerdo de los dem ás o bien por propia
elección, y lo ejecutan bajo la inm ediata
vigilancia de todos los interesados.
N o hay duda de que en todo trab ajo
colectivo es necesaria la división del tra b a ­
jo, la dirección técnica, la de la adm inis­
tración, etc. Pero en m ala hora los au to ri­
tarios hacen frases p ara deducir de eso la
razón de ser del gobierno. N o se confunda,
pues, la función gubernam ental con la fu n ­
ción adm inistrativa, que son esencialm en­
te distintas, y que si hoy se ven extrem a­
dam ente confundidas es sólo debido al
privilegio económico y político.
Pasem os ahora a las funciones por las
cuales el gobierno es considerado, por to ­
dos los que no son anarquistas, realm ente

indispensable: la defensa exterior e in ter­
na de una sociedad, es decir, la guerra, la
policía y la justicia.
A bolido el gobierno y puesta la riqueza
social a disposición de todos, pronto no h a ­
bría antagonism os en tre los pueblos, y la
guerra ya no tendría razón de ser. Se pue­
de decir también que, en el estado actual
del m undo, si la revolución se hiciese en
un país y no hallase el eco debido en los
otros, inspiraría sin d u d a tantas sim patías
que ningún gobierno se atrevería a m andar
sus ejércitos contra el país em ancipado, te­
m eroso de que surgiese la revolución en su
propia casa.
¿Y la policía? ¿ Y la justicia? M uchos se
figuran que si no fuese por los policías y
los jueces, cada uno sería libre de m atar
o perjudicar a los dem ás a su antojo, y que
los anarquistas, en nom bre de sus princi­
pios, respetarían aquella extraña libertad
que destruye la libertad y la vida de to­
dos. Se figuran, asimismo, que después de
haber destruido el gobierno y la propiedad
individual, dejaríam os que se reconstitu­
yese el uno y la o tra por respeto a la liber­
tad de los que experim entasen la necesidad
de ser gobernantes y propietarios. ¡E x tra ­
ña m anera de com prender nuestras ideas!
La libertad que, p a ra nosotros y p a ra los
dem ás, queremos los anarquistas, no es la
libertad absoluta, ab stracta, m etafísica, que
en la práctica se traduce fatalm ente en
opresión del débil, sino la libertad real, la
libertad posible, que es la com unidad cons­
ciente de intereses, la solidaridad v o lu n ta­
ria. N osotros proclam am os la m áxim a:

“H az lo que quieras” , en la cual casi resu ­
mimos nuestro program a; porque, fácil es
com prenderlo, entendem os que en una so­
ciedad sin gobierno y sin propiedad, todos
harán lo que deban.
M a s si, ya a causa de la educación reci­
bida en la presente sociedad, ya por e n fe r­
m edad física o por cualquier otro motivo,
alguno quisiese hacernos daño o hacerlo
a los dem ás, nos apresuraríam os, si otros
no lo hacían, a im pedirlo por todos los me­
dios que estuviesen a nuestro alcance.
P ero como sabemos de una m anera cier­
ta que el hombre es la consecuencia de su
propio organism o y del am biente cósmico
y social en que vive; como no confundim os
el derecho sagrado de la defensa con el
supuesto y absurdo derecho de castigar;
como no vemos en el culpable, en el que
ejecuta actos antisociales, el esclavo rebel­
de, como ocurre a los jefes de nuestros
tiempos, sino el herm ano enfermo, necesi­
tado de curación, no alim entarem os el odio
en la represión, y procurarem os no tra s ­
pasar los límites de la necesidad en la d e­
fensa, ni pensarem os en vengarnos, sino
en curar y redimir al infeliz culpable por
todos los medios que la ciencia nos enseñe.
D e cualquier m anera que entiendan el
asunto los anarquistas —a quienes puede
ocurrir lo mismo que a todos los teóricos,
es decir, que pierdan de vista la realidad
para correr en pos de una apariencia lógi­
c a — , la verdad es que el pueblo no en ten ­
dería que hubieran de dejarse im punes los
atentados contra su libertad y su bienestar,
y si se presentase la ocasión, trataría de de-

fenderse contra los actos antisociales de
algunos. M as, para hacerlo, ¿de qué sirven
esas gentes cuyo oficio es hacer leyes, y
esas o tras que viven inventando co ntraven­
tores de las leyes? C u an d o el pueblo re ­
prueba realm ente una cosa y la juzga m ala,
procura impedirla siem pre mejor que to ­
dos los legisladores, todos los jueces y to ­
dos los esbirros de profesión. C uando, en
las insurrecciones, el pueblo quiso, bien a
pesar de muchos, hacer respetar la propie­
dad privada, la hizo re sp eta r como n o lo
hubiese logrado, de ningún modo, un e jér­
cito de polizontes.
Las costum bres siguen siempre los sen­
tim ientos y las necesidades de la m ayoría,
y son tan to más resp etad as cuanto menos
sujetas están a la sanción de la ley, p o r­
que todos ven y com prenden su utilidad
y porque los interesados, no am parándose
en la protección del gobierno, las hacen
resp etar por los mismos.
¿Se debe a la policía que el núm ero de
asesinatos no sea m ayor? La m ayoría de
los municipios de Italia no ven, como los
de E sp añ a, a los guardias más que de tiem ­
po en tiempo; millones de hombres an d an
por los montes y por los campos, lejos del
ojo tu te la r de la autoridad, de m anera que
podrían ser m altratados sin el m enor peli­
gro de penalidad; sin em bargo, no están
menos seguros que los que viven en los cen ­
tros m ás vigilados. La estadística dem ues­
tra que el número de los delincuentes a p e ­
nas cam bia por efecto de las m edidas
represivas, m ientras que varía rápidam en­

te al v ariar las condiciones económicas y
el estad o de la opinión pública.
Las leyes penales, p o r otra parte, no
com prenden más que los hechos ex tra o rd i­
narios, excepcionales. La vida cotidiana se
desenvuelve fuera de la acción del código
y se regula casi inconscientem ente, po r tá ­
cito y voluntario consentim iento, de todos,
en virtud de una cierta cantidad de usos y
costum bres mucho m ás im portantes p ara
la vida social que los artículos del código,
y m ejor respetados, aunque com pletam en­
te ajenos a toda sanción que no sea la n a ­
tural del m enosprecio en que incurren los
violadores y del daño que de ese m enos­
precio se deriva.
Y
cuando surgiesen diferencias entre los
hom bres, el arbitraje, librem ente aceptado,
o la opresión de la opinión pública, ¿no se­
rían m ás aptos para d a r la razón a quien
la tuviese que una m agistratura irresp o n ­
sable que tiene el derecho de juzgarlo todo
y a todos y que es necesariam ente incom ­
patible y aun injusta?
A sí como el gobierno sólo sirve p ara p ro ­
teger a la clase privilegiada, así la policía
y la m agistratura no sirven nada más que
para reprim ir los delitos que el pueblo no
considera como tales, o sea aquellos que
lastim an los privilegios de los gobernantes
y de los propietarios. P a ra la v erd ad era d e ­
fensa social, para la defensa de la libertad
y del bienestar de todos, no hay n a d a tan
pernicioso como la form ación de una clase
que vive con el pretexto de defender a to ­
dos, la cual se acostum bra a considerar a ca­
da hom bre como una fiera que es necesario

en jau lar y nos m altrata sin saber por qué,
por orden de un jefe, como sicarios incons­
cientes y asalariados.

EL M E T O D O D E L A N A R Q U IS M O

“ M uy bien —dicen algunos — . A d m ita­
mos que la A narquía puede ser una form a
perfecta de convivencia social. Pero no que­
remos d a r un salto en las tinieblas. E x p li­
cadnos, con detalles, cómo se organizaría
vuestra sociedad."
Y
aquí sigue toda una serie de p reg u n ­
tas, que son interesantísim as si se tra ta de
estudiar los problem as cuya solución se im­
pondrá a la sociedad em ancipada, pero que
son inútiles, o absurdas, o ridiculas, si de
nosotros se pretende una solución defini­
tiva.
“ ¿Con arreglo a qué m étodo se educará a
los niños? ¿Cómo se o rganizará la pro d u c­
ción y el reparto? ¿Seguirán form ándose
grandes ciudades, o se distribuirá la pobla­
ción proporcionalm ente en toda la su p er­
ficie de la T ierra? ¡Y si todos los hab itan ­
tes de Siberia quisieran p a sa r el invierno
en Niza? ¿Y si todos quisieran comer jamón
y beber buen vino de Jerez? ¿Y quién será
minero y marinero? Y los enfermos, ¿se­

rán asistidos a domicilio, o en los hospita­
les? ¿Y quién fijará la m archa de los tre ­
nes? ¿Y qué se h a rá si un m aquinista cae
enferm o m ientras el tren avanza?
Y
así sucesivam ente, hasta p reten d er que
nosotros poseyésem os toda la ciencia y to­
d a la experiencia de la edad fu tu ra y que,
en nom bre de la A narquía, prescribiésem os
a los hombres del porvenir a qué hora d e­
bieran acostarse y qué día de la sem ana
tendrían que co rtarse las uñas.
E n verdad, si nuestros lectores esperan
de nosotros respuestas a esas p reg u n tas, o,
por lo menos, a aquellas que son serias e
im portantes, y esperan una contestación
que sea algo más que nuestra opinión p er­
sonal o del momento, esto querrá decir que
no hemos cum plido bien, en cuanto lleva­
mos dicho, nuestro propósito de explicar lo
que es la A narquía.
N o somos nosotros más profetas que el
resto de los hom bres, y si pretendiésem os
d a r una solución oficial a todos los proble­
mas que se p resen tarán en la vida de la so­
ciedad futura, entenderíam os la abolición
del gobierno en un sentido realm ente ex­
traño. Y resultaría entonces que nosotros
mismos nos constituiríam os en gobierno y
prescribiríam os, como los legisladores reli­
giosos, un código universal para el presen­
te y para el porvenir. Como, a fo rtu n a d a ­
mente, no tenem os hogueras ni calabozos
p a ra imponer n u estra Biblia, la hum anidad
podría reírse im punem ente de nosotros y
de nuestra pretensión.
N os preocupan mucho todos los proble­
m as de la vida social, y en interés de la cien­

cia contam os ver im plantada la A narquía
y concurrir como podam os a la o rgan iza­
ción de la nueva sociedad. Tenem os, por
tanto, nuestras soluciones, que, según los
casos, las daríam os por definitivas o tra n ­
sitorias. M a s el hecho de que nosotros, hoy,
con los d ato s que poseemos, pensemos de
un m odo dado acerca de una determ inada
cuestión, no quiere decir que ésta se resuel­
va en el porvenir tal como nos lo im agina­
mos. ¿Q uién puede prever la actividad que
se desarro llará en la hum anidad cuando se
halle em ancipada de la m iseria y de la op re­
sión, cuando todos tengan medios de ins­
truirse y desenvolverse, cuando no haya
ni amos ni esclavos, y la lucha contra los
dem ás hom bres y los odios y rencores que
de ella se derivan no sean ya una necesi­
dad de la vida? ¿Q uién puede prever los
progresos de la ciencia, los nuevos medios
de producción, de comunicaciones, etc.,
etc.?
Lo esencial es que se constituya una so­
ciedad en que la explotación sea cosa im­
posible, así como la dom inación del hom bre
por el hom bre; una sociedad en la que to ­
dos ten g an a su disposición los medios de
existencia, de trabajo y de progreso y pue­
dan concurrir, según quieran y sepan, a la
organización de la vida social. E n sem e­
jante sociedad, todo será hecho, n a tu ra l­
mente, de la m anera que mejor satisfag a
las necesidades generales, d ad as las con­
diciones y las posibilidades del momento, y
todo se h a rá mejor a m edida que aum en­
ten los conocim ientos y los medios.
En el fondo, un program a que afecta

a las bases de la constitución social, no pue­
de hacer más que indicar un m étodo. El
m étodo es, justam ente, lo que a n te todo di­
ferencia los partid o s y determ ina su im­
portancia en la historia. D ejando ap arte
el m étodo, todos dicen que quieren el bien
de los hombres, y m uchos lo desean fran ca­
m ente; los partidos desaparecen y con ellos
to d a la acción org an izad a y dirigida a un
fin determ inado. E s necesario, pues, ante
todo, considerar la A narquía como un mé­
todo.
Los métodos de que los diversos p a rti­
dos no anarquistas esperan, o dicen que es­
peran, el m ayor bien de cada uno y de to­
dos, se pueden reducir a dos: el autoritario
y el llamado liberal. El prim ero confía a
unos cuantos la dirección de la vida social
y fom enta la explotación y opresión de la
m asa por parte de algunos privilegiados.
E l segundo se am para en la libre iniciativa
individual y proclam a, si no la abolición,
la reducción del gobierno al mínimum de
atribuciones posibles; mas como resp eta la
propiedad y todo lo funda en el principio:
" C a d a uno para sí”, y por consiguiente en
la competencia entre los hombres, su liber­
ta d es sólo la libertad de los fuertes, de los
poderosos, de los propietarios, p a ra opri­
mir y explotar a los débiles, a los que no
tienen nada; y lejos de producir la arm onía,
tiende a aum entar constantem ente la dis­
tancia entre los ricos y los pobres y da
origen a la explotación y a la tiranía, es
decir, a la autoridad. Este segundo méto­
do, o sea el liberalismo, es teóricam ente una
especie de A narquía sin socialismo, y por

eso no es más que una m entira, pues la li­
bertad no es posible sin la igualdad, y la
verdadera A narquía no puede existir fue­
ra de la solidaridad, fuera del socialismo.
La crítica que los am igos de la libertad h a ­
cen del gobierno, se limita a pretender a rre ­
batarse cierto número de atribuciones e in­
vitar a los capitalistas a defenderse, mas
no puede atacar las funciones represivas
que constituyen su esencia, porque sin el
soldado y el policía no podrían existir los
propietarios, y así las fuerzas represivas
del gobierno han de aum entar a m edida que
aum entan, por obra de la libre com peten­
cia, la inarm onía y la desigualdad.
Los anarquistas presentam os un m étodo
nuevo: la libre iniciativa de todos y el p ac­
to libre después de que, abolida revolucio­
nariam ente la propiedad privada, todos
estén en posesión de igualdad de condicio­
nes p ara disponer de la riqueza social. E s
te m étodo, no dejando lugar a la reconsti­
tución de la propiedad privada, debe con­
ducir, por medio de la libre asociación, al
triunfo del principio de solidaridad.
C onsideradas así las cosas, se ve que to ­
dos los problem as que se plantean con el
fin de com batir la A narquía son más bien
un argum ento en su favor, porque única­
mente la A narquía indica la m anera de
encontrar experim entalm ente las soluciones
que m ejor correspondan al dictam en de
la ciencia y a los sentim ientos y necesidades
de todos.
"¿C óm o se educará a los niños?” N o lo
sabemos. Los padres y los m aestros y to ­
dos los que se interesen por la suerte de las

nuevas generaciones se reunirán, discuti­
rán y se pondrán de acuerdo o se dividirán
y por último pondrán en práctica los m edios
que tengan por más eficaces. Y con la p rá c ­
tica, el m étodo que realm ente sea mejor
a cab ará por triunfar.
D e igual modo se resolverán todos los
problem as que se presenten.

A N A R Q U IA E S S I N O N I M O D E
S O C IA L IS M O

D e cuanto se ha dicho resulta que la
A narquía, tal como la entiende el p artid o
anarquista, y tal como únicam ente puede
ser entendida, se basa en el socialismo.
Así, si no fuese por las escuelas socialistas
que rom pen artificialm ente la unidad n a tu ­
ral de la cuestión social y por los equívocos
con que se tra ta de estorbar el paso a la re ­
volución, podríam os decir que A narquía es
sinónimo de socialismo, porque una y o tro
significan la abolición de la tiranía y de la
explotación del hombre por el hombre, ya
se ejerzan m ediante la fuerza de las bay o ­
netas, ya m ediante el acaparam iento de los
medios de vida.
La A narquía, lo mismo que el socialis­
mo, tiene por base, por punto de p artid a,
por am biente necesario, la igualdad de con­
diciones: tiene por fin la solidaridad; tiene
por m étodo la libertad.
N o es esto la perfección, el ideal ab so ­
luto que, como el horizonte, se aleja siem­
pre a m edida que se avanza; pero es el

camino abierto a todos los progresos, a to ­
dos los perfeccionam ientos, que se realiza­
rán en beneficio de todos.

C O M O S E R E G IR A U N A S O C IE D A D
A N A R Q U IS T A

U na vez dem ostrado que la A narquía es
el único m odo de convivencia social que
deja cam ino al m ayor bien posible de los
hombres, porque sólo la A narquía d estru ­
ye toda clase interesada en tener en la mi­
seria y en la esclavitud a la masa; una vez
dem ostrado que la A narquía es posible p o r­
que realm ente no hace m ás que desem ba­
razar a la sociedad de un obstáculo: el
gobierno, contra el cual hubo siempre de lu­
char p a ra avanzar en su penoso sendero,
los autoritarios se ocultan tras la últim a
trinchera, con el refuerzo de muchos que,
siendo fervientes am antes de la libertad y
de la justicia, tienen miedo a la libertad
y no pueden im aginarse una sociedad que
viva y camine sin tutores, y que, conven­
cidos de la verdad, piden piadosam ente
que se deje la cosa p ara más tarde, p ara
lo más ta rd e posible.
H e aquí, en substancia, lo único que se
nos opone en este punto de la discusión.

A un a costa de repetirnos vamos a res­
ponder a tal objeción.
N os encontram os siem pre frente al p re ­
juicio de que el gobierno es una fuerza nue­
va, salida no se sabe de dónde, que p o r si
sola a g reg a algo a la suma de la fuerza
y de la capacidad de los que lo com ponen y
los que le obedecen. La verdad es todo lo
contrario, esto es, que todo lo que se hace
en la hum anidad lo hacen los hom bres, y
el gobierno, como tal, no pone por su parte
más que la tendencia a convertirlo to d o en
un monopolio a beneficio de un determ ina­
do p artid o o clase y la resistencia a toda
iniciativa que surja fuera de sus consejos.
A bolir la autoridad, abolir el gobierno,
no significa destruir las fuerzas y las cap a­
cidades individuales y colectivas de la es­
pecie hum ana, ni la influencia que los hom­
bres ejercen a porfía unos sobre otros; esto
equivaldría a reducir a la hum anidad al es­
tado de una masa de átom os inmóviles e
inertes, cosa imposible y que sería la des­
trucción de todo organism o social, la m uer­
te de la hum anidad. A bolir la au to rid ad
significa abolir el monopolio de la fuerza y
de la influencia; significa abolir aquel e sta ­
do de cosas en virtud del cual la fuerza so­
cial, o sea la fuerza de todos, se convierte
en instrum ento del pensam iento, de la vo­
luntad, de los intereses de un reducido n ú ­
mero de individuos, quienes m ediante la
fuerza de todos suprim en en beneficio p ro ­
pio y de sus ideas la libertad de cad a uno
y de todos los dem ás; significa destruir un
sistem a de organización social con el que
el porvenir es acaparado, entre una revolu­

ción y otra, en provecho de los que vencie­
ron por el momento.
E s cierto que, en el e stad o actual de la
hum anidad, en que la m ayoría de los hom ­
bres, p resa de la miseria y em brutecida por
las supersticiones, yace en la abyección, los
destinos hum anos dependen de la acción de
un núm ero relativam ente escaso de indivi­
duos; es cierto que no se podrá conseguir
que de un momento a o tro todos los hom ­
bres se eleven lo suficiente p ara sentir el d e ­
ber y h a sta el placer de reg u lar las propias
acciones, de modo que redunden en el m a­
yor bien posible de los dem ás. Pero si a c ­
tualm ente las fuerzas pensantes y directoras
de la hum anidad son escasas, no es ésta una
razón p a ra paralizar una parte de ellas y
para som eter muchas a unas cuantas p a r­
ticulares. N o es una razón p ara constituir la
sociedad de m anera que, gracias a la in er­
cia que produce una posición segura, g ra ­
cias a la herencia, al proteccionismo, al es­
píritu de cuerpo y a todo cuanto constituye
el m ecanism o gubernativo, las fuerzas más
vivas y las capacidades más reales acaban
por encontrarse fuera del gobierno y casi
privadas de su influencia sobre la vida so ­
cial; y las que gozan del gobierno, encon­
trándose fuera de su am biente y sobre todo
interesadas en m antenerse en el poder,
pierden to d a potencia de acción y sólo sir­
ven de obstáculo a la acción de los dem ás.
A bolido este poder negativo, que es p re ­
cisam ente el gobierno, la sociedad será lo
que pueda ser, dadas las fuerzas y la c ap a ­
cidad del momento. Si fuésemos hom bres
instruidos y deseáram os extender la ins­

trucción, organizaríam os escuelas y nos es­
forzaríam os en hacer entender a todos la
utilidad y el placer de instruirse. Y si fué­
semos pocos y no hubiese quien se in tere­
sase por la instrucción, no podría un gobier­
no crear hombres de tales condiciones; tan
sólo podría, como hace hoy, disponer de los
pocos que hubiese, substraerlos del trab ajo
fecundo, dedicarlos a re d a cta r reglam en­
tos que ha de imponer con la policía, y de
m aestros inteligentes y apasionados hacer
políticos, parásitos, hom bres inútiles, p reo ­
cupados con la imposición de sus ficciones
y con su m antenim iento en el poder.
Si fuésem os médicos o higienistas, o rg a ­
nizaríam os el servicio de sanidad. Y , como
en el caso anterior, si no hubiese tales hom ­
bres, el gobierno no podría crearlos; sola­
mente podría, por la sospecha dem asiado
justificada que el pueblo tiene de todo lo
que le es impuesto, a rre b a ta r su crédito a
los médicos existentes y hacerlos sacrificar
como envenenadores cuando van a curar
el cólera.
Si fuésem os ingenieros, m aquinistas, etc.,
organizaríam os los ferrocarriles. Y si no h u ­
biese quién lo hiciera, el gobierno, una vez
más, no podría crear los hom bres aptos p a ­
ra ello.
A boliendo el gobierno y la propiedad in­
dividual, no creará la A narquía fuerzas que
no haya; pero dejará libre el campo a las
m anifestaciones de to d as las fuerzas, de to ­
das las capacidades existentes; d estru irá
toda clase interesada en m antener a la m a­
sa en el em brutecim iento y hará porque to ­
dos puedan influir y o b ra r en proporción a

su capacidad y conform e a sus pasiones y
a sus intereses.
T a l es el único medio que hay p ara que
la m asa popular pueda elevarse, porque
sólo con la libertad se aprende a ser libre,
como sólo trab ajan d o se aprende a tra b a ­
jar. A unque no tuviese otros inconvenien­
tes, el gobierno tendría siem pre el de acos­
tum brar a los gobernados a la sujeción y
el de ten d er a hacerse cada vez más o p re­
sivo y necesario.
P or o tra parte, si se quiere un gobierno
que eduque al pueblo y le prepare p a ra la
A narquía, es necesario indicar cuál sería
el origen, el sistema de formación de ese
gobierno.
¿Sería la dictadura de los mejores? F a l­
taría av erig u ar quiénes son los mejores.
¿Quién lo averiguaría? La m ayoría está co­
m únmente tocada de viejos prejuicios y tie­
ne ideas e instintos ya abandonados por
una m inoría más favorecida; mas entre to ­
das las minorías que se figuran tener ra ­
zón, y todas pueden tenerla en cierta parte,
¿a quién y con qué criterio se escogería
para poner a su disposición la fuerza so­
cial, cuando sólo el porvenir puede decidir
el litigio?
Si se tra ta de cien p artidarios de la dicta­
dura, se descubre en seguida que cada uno
de ellos se figura que él debería ser, si no
precisam ente el dictador, uno de los dicta­
dores, o por lo menos uno de sus más próxi­
mos consejeros. Así, pues, dictadores se­
rían todos los que de un m odo o de otro
tratasen de imponerse.
¿Sería, en su lugar, un gobierno elegido

por sufrag io universal, y por consiguiente
la em ancipación más o menos sincera de la
voluntad de la mayoría? M as si consideráis
a los electores incapaces de proveer por sí
solos a sus intereses, ¿cómo sabrán escoger
los pastores que han de guiarlos? ¿Y cómo
podrán resolver el problem a de alquimia
social que es la elección de un genio por el
voto de una masa de imbéciles? ¿Y qué será
de la minoría, que es por lo regular la p arte
más inteligente, más activa, más av an zad a
de una sociedad?

E L A N A R Q U IS M O Y LA
R E V O L U C IO N

P a ra resolver los problem as sociales en
beneficio de todos, sólo hay un medio: a c a ­
bar revolucionariam ente con los d eten ta ­
dores de la riqueza social, ponerlo todo a
disposición de todos y d e jar que todas las
fuerzas, to d as las capacidades y toda la
buena voluntad existente entre los hom bres
contribuyan a proveer a las necesidades de
todos.
Lucham os por la A n arq u ía y por el socia­
lismo, porque opinam os que la A narquía y
el socialismo deben establecerse en segui­
da, es decir, que en el m omento mismo de
la revolución se debe destruir el gobierno,
abolir la propiedad y confiar los servicios
públicos, que en este caso abrazarán to d a
la vida social, a la acción espontánea, libre,
no oficial, no autorizada, de todos los in­
teresados y de todos los voluntarios.
N o sabem os si en la próxim a revolución
triu n farán la A narquía y el socialismo; mas,
si la victoria es de los program as de tra n ­
sacción, será porque nosotros, por esta vez,

habrem os sido vencidos; nunca porque h a ­
yam os creído útil d e ja r en pie la m ás mí­
nima p arte del mal sistem a que hace gemir
a la hum anidad.
De todas m aneras, tendrem os sobre el
porvenir la influencia del número, que se
hará sentir; la influencia de nuestra en er­
gía, de nuestra inteligencia y de n u estra
intransigente actitud. A un cuando seamos
vencidos, nuestra o b ra no será inútil, p o r­
que seremos más los decididos a proseguir
la realización com pleta de nuestro p ro g ra ­
ma, y menos gobierno y menos propiedad
habrá en la sociedad que se constituya.
Y nuestra obra h a b rá sido grande, p o r­
que el progreso hum ano se mide por la dis­
minución del gobierno y la disminución de
la propiedad privada.
Si nos ocurre caer y no plegam os nues­
tra bandera, podem os estar seguros de la
victoria para el futuro.

ÍN D IC E

La a n a r q u ía ...........................................
A narquía y desorden ....................
El E s t a d o ...........................................
El g o b ie r n o .......................................
M isión del g o b ie r n o .......................
La s o lid a r id a d ..................................
Peligro de cualquier gobierno . . .
Superfluidad del g o b ie r n o ...........
E l m étodo del a n a r q u is m o ................
A narquía es sinónimo de socialismo
Cómo se regirá una sociedad
a n a r q u is ta ......................................
El anarquism o y la revolución . . .

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LA NAVE DE LOS LOCOS

LOS BRAZOS DE LUCAS

Esta edición se terminó de imprimir en los
talleres gráficos de PR EM IA editora de li­
bros, s.a., en Tlahuapan, Puebla, en el segundo
semestre de 1982. Los señores Angel H e r­
nández, Serafín Ascencio, Julián Hernández
y Donato Arce tuvieron a su cargo el montaje
gráfico y la impresión de la edición en offset.
El tiraje fue de 1,500 ejemplares más sobran­
tes para reposición.

M alatesta era ante todo un revolucionario
cabal y ni siquiera se le ocurrió la idea de
llevar un diario, y estaba dem asiado activo como para poder tener el tipo de vida
tranquila que le habría perm itido archivar
cuidadosam ente su correspondencia p ara la
posterioridad y la com odidad de los histo­
riadores. A dem ás, aunque ya tenía 79 años
cuando murió, nunca dispuso de tiempo
—ni de voluntad a mi p a re ce r— p ara es­
cribir sus memorias, tarea a la cual lo h a ­
bían estado im pulsando durante muchos
años, por diferentes razones, tanto sus am i­
gos íntimos como algunos editores que en­
treveían un best seller. Y por último, no
es menos im portante el hecho de que M a ­
latesta se ganaba la vida como obrero es­
pecializado y no como escritor.. . D u ra n ­
te casi sesenta años, M alatesta desarrolló
actividades dentro del movimiento a n a r­
quista como agitador y propagandista. B as­
ta con dar una ojeada a los archivos de la
prensa anarquista para percibir que fue
uno de los miembros más respetados del
movimiento así como siguió siendo h asta
el final uno de los más controvertidos
( V er n o n Richards)

PREMIA editora s.a.

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