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Como encontrar nuevos sabores a la vida

Salvador Casadevall
Movimiento Familiar Cristiano

En tiempos de Juan Pablo II nos había advertido a todos los hombres que no
debemos convertir a la humanidad en esclava de la tecnología. Nos señalaba
que el hombre de la era tecnológica corre el riesgo de quedar reducido al
anonimato y de vivir sólo en función del proceso productivo.

Por ello remarcaba la importancia de lo espiritual en toda vida. La misa de los


domingos es un verdadero antídoto para encontrar nuevos sabores a la vida. El
verdadero valor del descanso dominical está en nutrir el espíritu que es lo que
en la semana de trabajo lo mantendrá sereno, comprensivo e iluminado para
enfrentar los vaivenes de la vida diaria.

El domingo, el cristiano está invitado a descubrir la mirada alegre de Dios y a


sentirse protegido. Nuestra vida en la era de la tecnología corre el riesgo de ser
siempre más anónima y en función del proceso de producción. El hombre, así,
es incapaz de gozar de la belleza de la creación y de ver en ella el reflejo de la
cara de Dios.

Son palabras que fueron dichas por Juan Pablo II en su viaje al pueblo de
Belluno en la zona alpina de Veneto.

También agregó que los cristianos descansan todos los domingos, no sólo por
una exigencia de legítimo reposo, sino también para celebrar la obra de Dios
creador y redentor. De estas celebraciones salen motivos de alegría y
esperanza, que dan nuevo sabor a la vida y constituyen un antídoto vital contra
el aburrimiento, la falta de sentido y la desesperación en los que tal vez
podemos sentirnos.

La Iglesia ha reconocido siempre la sana participación del hombre. Es decir está


lo temporal y lo espiritual. Cada uno tiene su propio lugar, su propio matiz, su
propia forma de ser para acompañar a vivir, de modo que cada uno encuentre la
plenitud de lo que se debe hacer.

Pero la sociedad humana que pretende no tener en cuenta a Dios y a la religión


si no es en el marco de la vida privada, es un grave error, contrario a la verdad y
al mismo bien del hombre, así como a toda la sociedad.

Al respecto, Juan Pablo II nos decía: Se equivoca quien cree que la referencia
pública a la fe menoscaba la justa autonomía del Estado y de las instituciones
civiles.

Narra el relato Evangélico que, cuando Jesús fue crucificado, las tinieblas
invadieron toda la superficie de la tierra: símbolo luctuoso de lo que ha sucedido
y sigue sucediendo en el hoy de nuestras vidas cuando se excluye a Cristo de la
vida moderna. Cuando Dios es arrinconado aparecen cada vez más evidentes
señales de corrupción y falsedad que ya estaban en el viejo paganismo. Suprimir
a Dios en la vida pública es restarle a toda la sociedad del influjo benéfico y
regenerador de Dios, de la iluminación de Dios, de todo lo sabio que viene de
Dios.

Para dialogar los cristianos, lo no cristianos y entre nosotros, debemos saber


aplaudir la verdad aun que esté en boca de una persona que no es de nuestro
agrado. Los que son de nuestro agrado, es fácil aplaudirlos. Hay que llegar a
una moral de convicciones cristianas, dado que la moral social que había ya no
existe. Tanto se alejaron de Dios que se borroneó toda conducta moral. Buscar
los valores que podrán acercarnos a tantos hombres que están tan distantes de
nosotros. Y para lograrlo siempre será necesaria la orientación de Dios.

La pregunta de si es el hombre un ser religioso por naturaleza se responde por


sí misma: es religioso por naturaleza, simplemente porque está dotado de la
capacidad de llegar al encuentro de un Ser divino, de Dios. Cada hombre es
capaz de llegar a Dios sólo con sinceridad y amor auténtico. Esta es la tarea
verdaderamente crucial de la existencia humana.

San José de Calasanz cuando era solamente el Padre José, aunque ya era
santo sin canonizar, decía que hay que estar atento a la voz de Dios:

La voz de Dios es voz del Espíritu que va y viene, toca el corazón y pasa: no se
sabe de donde viene o cuando vendrá la inspiración; por eso mucho importa
estar siempre atentos para que cuando venga de improviso, no pase sin que nos
demos cuenta. La voz de Dios es una brisa suave y delicada. Quien no está
atento, no la puede oír.

¿Cómo se descubre y se interpreta la voz de Dios?

Sin duda, se recibe y se descubre en el silencio, en el recogimiento, en la


apertura de corazón y el silencio amoroso: pero nunca es fácil interpretarla y a
veces la interpretación que le damos es incorrecta. Hay que estar atento cuando
Dios se insinúa, porque siempre vive insinuándose. Nunca nos habla claro. El
quiere que ponga el esfuerzo en descubrirlo.

Por ejemplo, la voz del Señor le dijo al Pobre de Asís: Francisco, ve y repara mi
iglesia que, como ves, amenaza ruina. Y Francisco acató en seguida esa voz y
restauró la capilla de San Damián: pero no era tanto la iglesia material que él
debía restaurar, sino la iglesia espiritual de su tiempo. Su apostolado y la
fundación de la Orden franciscana ayudaron a restaurar la iglesia de aquel
tiempo. Sólo con el paso del tiempo el pedido de Dios fue bien entendido.

Hay que estar atento a la voz de Dios. Para ello hay que rezar y parar la oreja.
Quizás.......quizás habrá que rezar menos y escuchar más. Si no escucho la voz
de Dios, la de cosas que quedarán sin hacer. O tendrán que ser hechas por
otros. Porque aquí está el meollo del asunto, si rezo y rezo, estoy obligando a
Dios a que otros, que si escuchan, se les ilumine lo que deben hacer, cuando en
realidad a Dios le gustaría que fueras tu el que lo hagas.
En eso está el gran valor de la oración. Si tu te encaprichas en rezar y rezar,
Dios siempre hará lo que tu le pidas, y si lo que hay que hacer, no lo haces tu, lo
estas obligando a que lo haga otro.

El valor de la oración es eterno, nunca fenece. Otras veces ya lo he contado. Yo


tengo un hermano cura --el cura Pepe, como lo llaman los amigos-- ¿Saben por
qué es cura? Porque yo no fui cura. Si yo hubiera sido cura, él no lo sería. Y
¿por qué digo esto? Porque cuando yo nací mi abuela materna empezó a rezar
para que fuera cura y vinieron diez hermanitos y ninguno fue cura.

Tuvo que ser cura el último vivo y la abuela no lo vio, al menos desde este
mundo. ¡Miren si es de grande el valor de la oración! Se pasó la vida rezando
para que hubiera un cura en la familia. Tuvo que ser el último y ella no lo vio.