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Rebecca se acodó en el alféizar de la amplia ventana sin vidrios, y el calor del desierto golpeó su
rostro como la exhalación de un horno de fundición.
Hasta el río que corría allá abajo parecía humear como un caldero. En ese lugar, alcanzaba un ancho
de casi una milla, pues era la estación del alto Nilo. La corriente era tan fuerte que creaba remolinos y
relumbrantes olas sobre la superficie. El Nilo Blanco era verde, y hedía a la fetidez de las ciénagas que
había atravesado tan recientemente, ciénagas que se extendían sobre una superficie del tamaño de Bélgica.
Los árabes denominaban Bahr el Jazal a este vasto pantano, y los británicos lo llamaban Sud.
En los meses frescos del año anterior, Rebecca había viajado corriente arriba con su padre hasta
donde el fluir del río emerge de las ciénagas. Pasado ese punto, los canales y lagunas del Sud no tenían
sendas ni mapa, y estaban recubiertos de una densa capa de vegetación flotante que se desplazaba
constantemente, ocultándolos de cualquiera que no fuese un navegante de los más hábiles y expertos. Ese
mundo acuático plagado de fiebres era el reino de cocodrilos e hipopótamos; de una miríada de extrañas
aves, algunas bellas, otras grotescas; y del sitatunga, el extraño antílope anfibio de cuernos retorcidos,
largo pelaje y pezuñas alargadas adaptado a la vida acuática.
Rebecca volvió la cabeza y una espesa guedeja rubia le cayó sobre un ojo. La hizo a un lado y miró
corriente abajo hacia donde los dos grandes ríos se unían. Era un espectáculo que siempre le interesaba,
aunque lo había visto a diario durante dos largos años. Una inmensa isla flotante de plantas acuáticas
avanzaba por el medio del canal. Provenía de las ciénagas, y seguiría su camino hasta que en el lejano
norte la despedazara la turbulencia de las cataratas, esos rápidos que cada tanto interrumpían el fluir parejo
del Nilo. Siguió con la vista su pesado avance hasta que llegó a la confluencia de ambos Nilos.
El otro Nilo bajaba del este. Era tan fresco y dulce como la vertiente de montaña que le daba origen.
Durante esta fase, la del alto Nilo, sus aguas se teñían de un pálido gris azulado debido a los sedimentos
que había barrido de los cordones montañosos de Abisinia. Este color era el que le daba nombre. El Nilo
Azul era ligeramente más angosto que su gemelo, pero así y todo era una inmensa serpiente de agua. Los
ríos se unían en el vértice del triángulo de tierra donde se alzaba la Ciudad de la Trompa de Elefante. Ése
era el significado de su nombre, Jartum. Los dos Nilos no se mezclaban enseguida. Hasta donde alcanzaba
la vista de Rebecca, corrían corriente abajo por el mismo lecho, manteniendo cada uno su color y su ca-
rácter distintivos hasta que, veinte millas más allá, se estrellaban juntos sobre las rocas de la entrada a la
garganta de Shabluka, donde se revolvían en tumultuosa unión.
—No me estás escuchando, querida mía —dijo su padre abruptamente. Sonriendo, Rebecca volvió su
cabeza hacia él. —Discúlpame padre, estaba distraída.
—Lo sé. Lo sé. Éstos son tiempos de prueba —asintió—. Pero debes enfrentarlos. Ya no eres una
niña, Becky.
—Claro que no lo soy —asintió ella con vehemencia. No había sido su intención hablar en tono de
queja. Nunca lo hacía. —Cumplí diecisiete años la semana pasada. A esa edad, mamá se casó contigo.
—Y ahora ocupas su lugar como señora de mi casa. —Su expresión se volvió desolada cuando
recordó a su amada esposa y a la terrible naturaleza de su muerte.
—Padre querido, acabas de arrojarte por el precipicio de tu propio argumento. —Rió. —Si soy lo que
dices que soy ¿cómo podrías convencerme de que te abandone?
David Benbrook pareció confundido. Luego, hizo su dolor a un lado y rió con ella. Era tan rápida y
bonita que rara vez podía resistírsele.
—Te pareces tanto a tu madre. —Esa afirmación solía ser la bandera blanca con la que reconocía su
derrota, pero esta vez siguió adelante con su argumentación. Rebecca regresó a la ventana, sin ignorarlo,

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pero prestándole sólo la mitad de su atención. Ahora que su padre le había recordado el terrible peligro en
que se encontraban sintió, mientras miraba al río, las frías garras del miedo en la boca del estómago.
Las chatas construcciones de la ciudad nativa de Omdurman se extendían en la margen opuesta del
río, color tierra, como el desierto que las rodeaba, pequeñas como casas de muñecas desde esa distancia,
oscilando en el reflejo del sol. Pero de ellas emanaba la amenaza con tanta ferocidad como el calor
emanaba del sol. Los tambores que no cesaban ni de día ni de noche eran un constante recordatorio de la
amenaza mortal que pendía sobre ellos. Ofa su tronar, que parecía el latido del corazón de un monstruo,
del otro lado de las aguas. Podía imaginárselo, sentado en el centro de su telaraña, mirando hambriento
hacia donde ellos estaban al otro lado del río, un fanático insaciablemente sediento de sangre humana. Él y
sus secuaces no tardarían en venir por ellos. Se estremeció y volvió a concentrarse en la voz de su padre.
—Claro que te debo conceder que tienes el coraje ciego y la obstinación de tu madre, pero piensa en
las gemelas, Becky, piensa en las niñas. Ahora son tus bebés.
—Soy consciente de mis deberes para con ellas cada hora del día —estalló ella. Con la misma
velocidad, disimuló su ira y sonrió otra vez con la sonrisa que siempre ablandaba el corazón de su padre.
—Pero también pienso en ti. —Cruzó la habitación, y, de pie junto a la silla de él, le puso la mano en el
hombro. —Si vienes con nosotros, padre, las niñas y yo nos iremos. —No puedo hacerlo, Becky. Mi deber
está aquí. Soy el cónsul general de Su Majestad. Tengo una misión sagrada. Mi lugar está aquí, en Jartum.
—Entonces, el mío también —dijo ella con sencillez, y le acarició la cabeza. Bajo sus dedos, el cabello de
él aún era espeso y fuerte, pero ya tenía más plata que azabache. Era un hombre bien parecido, y ella solía
cepillarle el pelo y recortarle y rizarle el bigote con tanto orgullo como lo hacía su madre.
Él suspiró y se dispuso a seguir protestando, pero en ese momento, un estridente coro de voces
infantiles se oyó por la ventana. Se pusieron rígidos. Conocían esas voces, que a ambos les llegaban al
corazón. Rebecca cruzó rápidamente la habitación y David se incorporó de su escritorio de un salto. Se
relajaron cuando volvieron a oír los gritos, y reconocieron en ellos el sonido de la excitación, no del terror.
—Están en la atalaya —dijo Rebecca.
—No tienen permiso para ir allí —exclamó David.
—Hay muchos lugares donde no tienen permiso para ir —asintió Rebecca— y es allí donde
habitualmente se las encuentra. Se dirigió a la puerta que daba al pasillo de piso de lajas. En el extremo
más lejano de éste, una escalera de caracol trepaba hasta el interior de la torrecilla. Levantándose las
enaguas, Rebecca corrió escaleras arriba con pie ágil y seguro. Su padre la siguió a paso más lento. Salió
al sol cegador del balcón superior de la torre.
Las gemelas danzaban peligrosamente cerca del bajo parapeto. Rebecca tomó a cada una de la mano y
las alejó de allí. Miró hacia abajo desde las alturas del palacio consular. Los alminares y techos de Jartum
se extendían por debajo de ella. Ambos brazos del Nilo se veían a la perfección por una distancia de
muchas millas en ambas direcciones.
Saffron trató de soltarse de la mano de Rebecca.
—¡E1 Ibis! —chilló—. ¡Miren! ¡Viene el Ibis! —Era la más alta y moreno de las gemelas. Era
indisciplinada y obcecada como un varón.
—¡El Intrepid Ibis!—dijo Amber con voz aguda. Era pulcra y rubia, con una voz que tenía un timbre
melodioso aun cuando estaba excitada. —Es Ryder en el Intrepid Ibis.
—El señor Ryder Courtney para ti —la corrigió Rebecca—. Nunca debes llamar a los grandes por su
nombre de pila. No quiero tener que decírtelo otra vez. —Pero ninguna de las niñas se tomó en serio la
reprimenda. Las tres miraron ansiosamente hacia el Nilo Blanco y al bonito y pequeño vapor que venía
corriente abajo.
—Parece hecho de azúcar, como el revestimiento de una torta —dijo Amber, quien, con sus rasgos
angelicales, naricilla respingada y grandes ojos azules, era la belleza de la familia.

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—Dices eso cada vez que viene —observó Saffron sin rencor. Era la contrapartida de Amber: ojos
color miel ahumada, pequeñas pecas que adornaban sus pómulos altos y una amplia boca riente. Saffron
miró a Rebecca con un travieso brillo en esos ojos de miel. —Ryder es tu festejante ¿verdad?
—"Festejante" era la última adición a su vocabulario, y se la aplicaba exclusivamente a Ryder Courtney.
A Rebecca le parecía una palabra pretenciosa y que le producía una extraña furia.
—¡No lo es! —repuso Rebecca con altivez para ocultar su irritación—. Y nada de insolencias,
señorita sabelotodo.
—¡Trae toneladas de comida! —dijo Saffron, señalando las cuatro grandes gabarras de fondo plano
que remolcaba el Ibis.
Rebecca soltó los brazos de las gemelas y se hizo visera con ambas manos para protegerse del resol.
Vio que Saffron tenía razón. Al menos dos de las gabarras iban llenas hasta el tope de sacos de dhurra, el
grano que es el alimento básico en el Sudán. Los otros dos llevaban una carga surtida, pues Ryder era uno
de los mercaderes más prósperos de ambos ríos. Sus puestos comerciales estaban dispuestos a intervalos
de unas cien millas a lo largo de las márgenes de los dos Nilos, desde la confluencia del río Atbara al norte
hasta Gondokoro y la lejana Ecuatoria al sur, extendiéndose luego hacia el este a lo largo del Nilo Azul
desde Jartum hasta las tierras altas de Abisinia.
En ese momento, David entró en el balcón.
—Agradezco al buen Señor que haya llegado —dijo suavemente—. Ésta es tu última oportunidad de
escapar. Courtney te podrá llevar a ti y a centenas de otros refugiados río abajo, lejos del alcance de las
malignas garras del Madí.
Mientras hablaba, oyeron un disparo aislado de cañón desde el otro lado del Nilo Blanco. Todos se
volvieron rápidamente y vieron el humo que surgía de la boca de uno de los cañones Krupp de los
derviches montados sobre la margen opuesta. Un momento después, un surtidor de rocío se elevó de la
superficie del río, cien yardas por delante del vapor que se aproximaba. La espuma estaba teñida de
amarillo por la lidita de la explosión del proyectil.
Rebecca se cubrió la boca con la mano para sofocar un grito de alarma y David observó secamente:
—Oremos por que su puntería se mantenga en los estándares habituales.
Uno tras otro, los cañones de las baterías derviches estallaron en el redoble de una larga andanada, y
las aguas en torno al pequeño barco saltaron e hirvieron con la explosión de los proyectiles. Las esquirlas
azotaron la superficie del agua como lluvia tropical.
Entonces, todos los grandes tambores del ejército del Madí tronaron en un decidido desafío y las
trompetas ombeia sonaron. De entre las construcciones de barro, surgieron jinetes montados en caballos y
camellos que galoparon a lo largo de la orilla, manteniéndose a la altura del Ibis.
Rebecca corrió hacia el gran telescopio de bronce de su padre, que siempre estaba sobre su trípode en
el extremo más distante del parapeto, apuntando hacia la ciudadela enemiga al otro lado del río. Se puso
en puntas de pie para alcanzar la lente, que enfocó rápidamente. Recorrió con la vista la multitud de la
caballería derviche, medio oculta por las nubes de polvo rojo que levantaba el galope de sus cabalgaduras.
Parecían estar tan cerca que podía ver las expresiones de sus fieros rostros oscuros y casi podía leer los
juramentos y amenazas que pronunciaban y oír su terrible grito de guerra: "¡Alá Akbar! El único Dios es
Dios, y Mahoma es su profeta".
Esos jinetes eran los ansar, los ayudantes, la guardia de corps de élite del Madí. Todos vestían la
aljuba, la túnica remendada que simbolizaba los harapos que habían sido sus únicas vestiduras al
comenzar ese yihad contra los sin Dios, los descreídos, los infieles. Armados únicamente de piedras y
lanzas, los ansar, a lo largo de los últimos seis meses, habían destruido tres ejércitos de los infieles,
masacrando hasta el último de sus soldados. Ahora asediaban Jartum y se vanagloriaban de sus túnicas
remendadas, enseña de su indomable coraje y de su fe en Alá y Su Madí, el Esperado. Mientras

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cabalgaban, blandían sus montantes y disparaban las carabinas Martini-Henry que habían capturado a sus
derrotados enemigos.
Durante los meses que llevaba el asedio, Rebecca había visto muchas veces ese despliegue guerrero,
de modo que alejó la lente de ellos, barriendo el río por entre el bosque de salpicaduras que levantaban los
proyectiles y la espuma que saltaba hasta que el puente del vapor apareció en nítido foco. La figura
familiar de Ryder Courtney se reclinaba sobre la barandilla del puente, contemplando con leve diversión
las cabriolas de los hombres que trataban de matarlo. Mientras lo miraba, él se enderezó y se quitó de
entre los labios el largo cigarro negro. Le dijo algo al timonel, que obedientemente hizo girar la rueda del
timón, de modo que la larga estela del Ibis comenzó o doblarse hacía la margen del río donde se alzaba
Jartum.
A pesar de las burlas de Saffron, Rebecca no sintió ninguna punzada de amor al mirarlo. Luego,
sonrió para sus adentros: "Aun si fuese así, dudo de que lo admitiría". Se consideraba inmune a emociones
tan triviales. De todas formas, sintió un asomo de admiración por la indiferencia de Ryder en medio de tal
peligro, que fue seguida de una cálida sensación de amistad. "Bueno, no tiene nada de malo admitir que
somos amigos", se aseguró a sí misma, y sintió que se llenaba de aprensión por su seguridad.
—Por favor, Dios, que Ryder esté seguro en el ojo de la tormenta —musitó, y, al parecer, Dios la
estaba escuchando.
Mientras lo miraba, una acerada esquirla de metralla perforó un agujero irregular en la chimenea por
encima de la cabeza de Ryder y el negro humo de la caldera brotó de allí. Él no se volvió a mirar, sino que
regresó el cigarro a sus labios y exhaló una larga bocanada de humo gris de tabaco. Vestía una camisa
blanca bastante sucia, con el cuello abierto y las mangas arremangadas hasta arriba. Con el pulgar, se echó
hacia atrás su sombrero de ala ancha hecho de palma entretejida. Un primer vistazo daba la impresión de
que era retacón, pero esto no era más que una ilusión causada por la anchura y posición de sus hombros y
por el grosor de sus brazos, musculosos por el trabajo duro. Su estrecha cintura y la forma en que se
elevaba por encima del timonel árabe, desmentían esa primera impresión.
David había tomado las manos de su joven hija para contenerla y se inclinaba sobre el parapeto para
mantener una conversación a gritos con alguien que se encontraba en el patio del palacio consular que se
extendía por debajo de ellos.
—Mi querido general, ¿le parece que podrá persuadir a sus artilleros de que devuelvan el fuego de
modo de alejar sus atenciones del barco del señor Courtney? —Su tono era deferente.
Rebecca miró hacia abajo y vio que su padre le hablaba al oficial a cargo de la guarnición egipcia que
defendía la ciudad. El general "Chino" Gordon era un héroe del Imperio, vencedor en guerras de todas
partes del mundo. Se había ganado su sobrenombre en China, al frente de su legendario "Ejército Siempre
Victorioso". Había salido de su cuartel general, ubicado en el ala sur del palacio, tocado con su fez rojo en
forma de maceta invertida.
—Ya se les ha transmitido la orden a los artilleros, señor. —La respuesta de Gordon sonó, nítida y
terminante, con un matiz de impaciencia. No necesitaba que le recordaran su deber.
Su voz llegaba claramente hasta donde estaba Rebecca. Se decía que él podía hacerse oír sin esfuerzo
en medio del fragor de un campo de batalla.
Pocos minutos después, la artillería egipcia abrió un desganado fuego desde su emplazamiento sobre
la costa de la ciudad. Sus piezas eran de pequeño calibre y diseño obsoleto, cañones de montaña Krupp de
seis libras; su munición era vieja y escasa, y solía fallar. Sin embargo, a pesar de la habitual ineptitud de la
guarnición egipcia, su precisión era sorprendente. Unas pocas nubes del negro humo de los proyectiles
explosivos aparecieron en el cielo despejado, directamente por encima de las baterías derviches, pues los
artilleros de ambos bandos habían afinado la puntería sobre las posiciones del contrario a lo largo de los
meses que llevaba el asedio. El fuego de los derviches disminuyó considerablemente. Aún indemne, el
blanco vapor alcanzó la confluencia de ambos ríos y la hilera de gabarras lo siguió cuando viró
abruptamente a estribor, ingresando en la boca del Nilo Azul, donde quedó inmediatamente protegido de

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los cañones de la margen occidental por las construcciones de la ciudad. Privadas de su presa, las baterías
derviches callaron.
—Por favor, ¿podemos bajar al muelle a recibirlo? —Saffron arrastraba a su padre hacia las escaleras.
—Vamos Becky, vamos a recibir a tu festejante.
Mientras la familia pasaba a toda prisa por los jardines del palacio, descuidados y desteñidos por el
sol, vieron al general Gordon, que también se dirigía hacia la ensenada, seguido por un apresurado grupo
de sus oficiales egipcios. Apenas pasado el portón, un caballo muerto bloqueaba a medias la calle. Yacía
allí desde hacía diez días, muerto por una bala perdida de los cañones derviches. Su panza estaba hinchada
y sus heridas abiertas bullían en masas de gusanos blancos. Las moscas volaban, zumbando en una densa
nube azul. Mezclado con los demás olores de la ciudad asediada, el hedor de la carne putrefacta del
caballo era sulfuroso. Rebecca sentía que cada vez que respiraba se le cerraba la garganta y su estómago
se rebelaba. Combatió la náusea para no pasar vergüenza, ni hacérsela pasar a la dignidad de la función de
su padre.
Las gemelas competían en una pantomima de asco. Aullando de deleite con sus propias gracias,
gritaban "¡puaj!" y "¡qué olor!", doblándose mientras hacían realistas sonidos de vómito.
—¡Basta, pequeñas salvajes! —dijo David frunciendo el ceño y alzando su bastón de caña con puño
de plata. Ellas chillaron, fingiendo alarma y luego corrieron hacia la ensenada, saltando por encima de las
pilas de escombros de las casas bombardeadas y quemadas. Rebecca y David las seguían a buen paso,
pero antes de pasar la aduana se encontraron con que las multitudes de la ciudad iban en esa misma
dirección.
Era un ininterrumpido río humano, compuesto de pordioseros y lisiados, esclavos y soldados, mujeres
ricas, putas de la tribu gala apenas vestidas, madres con niños de pecho sujetos a sus espaldas, que
llevaban a la rastra a llorosos niños de más edad, uno de cada mano, funcionarios de gobierno y gordos
traficantes de esclavos con anillos de oro y diamantes. Todos tenían un solo propósito: descubrir qué carga
llevaba el vapor y ver si éste ofrecía una remota posibilidad de escapar del pequeño infierno que era
Jartum.
Las gemelas no tardaron en quedar sumidas en la multitud, de modo que, abriéndose paso a
empujones, David cargó a Safiron sobre sus hombros, mientras Rebecca aferraba la mano de Amber. La
muchedumbre reconocía la alta e imponente figura del cónsul británico y le cedía el paso. Llegaron al
muelle sólo unos minutos después del general Gordon, quien les indicó que se unieran a él.
El Intrepid Ibis avanzaba por el canal, y cuando llegó a las más calmas aguas protegidas, a medio
cable de distancia de la costa, soltó sus amarras de remolque y las cuatro gabarras echaron ancla en fila,
con sus proas contra la fuerte corriente del Nilo Azul. Ryder Courtney puso guardias armados en cada
gabarra para proteger a la carga de saqueos. Luego, tomó el timón del vapor y maniobró hacia el muelle.
En cuanto estuvo lo suficientemente cerca como para oírlas, las gemelas le dieron la bienvenida con
sus agudas voces:
—¡Ryder! ¡Somos nosotras! ¿Nos trajiste un regalo? —Las oyó por encima del rumor de la multitud
y no tardó en distinguir a Saffron, encaramada sobre los hombros de su padre. Se quitó el cigarro de la
boca, lo arrojó por encima de la borda, luego tomó la cuerda de la sirena del barco, lanzó al aire un
musical chorro de vapor y le envió un beso a Saffron con la punta de los dedos.
Ella se convulsionó de risa, retorciéndose como un cachorro. —¿No es el más buen mozo de los
festejantes del mundo? —miró de soslayo a su hermana mayor.
Rebecca la ignoró, pero ahora los ojos de Ryder se fijaron en ella. La saludó quitándose el sombrero,
dejando al descubierto sus espesos rizos alisados por la transpiración. El sol del desierto le había
bronceado el rostro y los brazos hasta dejárselos color teca lustrada, a excepción de la banda de piel color
crema justo debajo de la línea del cabello, donde el sombrero lo había protegido. Rebecca le devolvió la
sonrisa y le hizo una ligera inclinación. Saffron tenía razón: realmente era muy bien parecido,

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especialmente cuando sonreía, pensó, pero tenía arrugas en la comisura de sus ojos. Es tan viejo, pensó.
Seguro que tiene treinta años cumplidos. —Creo que le gustas —opinó Amber con seriedad. —
Mademoiselle, no empiece con esos infernales disparates —le advirtió Rebecca.
—Disparates infernales, mademoiselle —repitió suavemente Amber, y ensayó las palabras para
emplearlas contra Saffron en la primera ocasión.
En el río, Courtney concentraba toda su atención en la maniobra de atraque del vapor. Lo piloteó
hasta ponerlo en el sentido de la corriente y lo mantuvo allí con un hábil golpe de acelerador, luego,
ayudándose con el timón, lo hizo derivar de costado corriente abajo hasta que el flanco de acero besó los
amortiguadores tejidos que pendían del costado del muelle. La tripulación arrojó los cabos a los hombres
que aguardaban en el embarcadero; éstos, tomando los extremos, amarraron la nave. Ryder hizo sonar el
telégrafo de la sala de calderas y Jock McCrump asomó su cabeza por la escotilla de la sala de máquinas.
Su rostro estaba veteado de negra grasa.
—¿Sí, capitán?
—Mantén la presión de la caldera, Jock. Nunca se sabe cuándo hace falta salir a escape.
—Sí, capitán. No quiero como tripulante a ninguno de esos hediondos salvajes. —Jock se limpió la
grasa de sus grandes manos callosas en un puñado de algodón crudo.
—Quedas al mando —le dijo Ryder, tomándose de la barandilla y bajando a tierra de un salto. Se
dirigió hacia donde lo esperaban el general Gordon y sus oficiales, pero antes de haber dado una docena
de pasos, la multitud se cerró en torno a él, y quedó atrapado como un pez en una red.
Un agitado grupo de egipcios y otros árabes lo rodeó, tomándolo de la ropa.
—Efendi, por favor, efendi, tengo diez hijos y cuatro esposas. Dénos lugar a todos en su hermoso
barco —rogaban en árabe y mal inglés. Agitaban fajos de billetes ante su rostro. —Cien libras egipcias. Es
lo único que tengo. Tómelas, efendi, y le rezaré a Alá para que tenga una larga vida.
—¡Soberanos de oro de tu Reina! —ofrecía otro, haciendo tintinear la escarcela que sostenía como si
fuese una pandereta.
Las mujeres se quitaban sus joyas, pesados brazaletes de oro, aros y collares adornados con gemas
relucientes.
—Mi bebé y yo. Llévanos contigo, gran señor. —Le presentaban sus bebés, pequeños y enclenques
desdichados, con las mejillas sumidas por el hambre, algunos cubiertos con las lesiones y llagas abiertas
del escorbuto, sus pañales teñidos de un color amarillo tabaco por las heces del cólera. Se empujaban y
luchaban entre sí para llegar a él. Una mujer cayó de rodillas y dejó caer al niño bajo los pies de la
multitud que avanzaba. A medida que lo pisoteaban, sus aullidos se fueron haciendo más débiles. Fi-
nalmente, una sandalia de suela claveteada aplastó el cráneo delgado como cáscara de huevo y el niño
calló abruptamente y quedó tirado en el polvo como una muñeca rota.
Ryder Courtney lanzó un bramido de furia y se abrió paso con los puños. Derribó a un gordo
mercader turco de un solo golpe en la mandíbula, bajó el hombro y cargó contra la apiñada masa humana.
Se dispersaron para dejarlo pasar, pero algunos volvieron a dirigirse hacia el Intrepid Ibis, y pugnaron por
abordarlo.
Jock McCrump los esperaba en la barandilla, una llave inglesa en el puño y cinco hombres de la
tripulación a sus espaldas, armados de bicheros y hachas de incendio. Jock quebró el cráneo del primer
hombre que intentó subir a bordo, quien cayó a la estrecha franja de agua ubicada entre el barco y el
muelle de piedra y desapareció bajo la superficie. No volvió a emerger.
Ryder se dio cuenta del peligro y trató de regresar a su barco, pero ni él pudo abrirse paso entre la
compacta masa de cuerpos. —¡Jock, suéltalo y fondea junto a las gabarras! —gritó. Jock lo oyó por sobre
el estrépito y agitó la llave para indicar que había comprendido. Saltó al puente y dio una seca orden a la
tripulación. No perdieron tiempo desatando los cabos, sino que cortaron las amarras que los unían a tierra

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con unos pocos y precisos golpes de hacha. El Intrepid Ibis dirigió la proa hacia la corriente, pero antes de
que lograse enfilar, más refugiados intentaron saltar a bordo. Cuatro cayeron al agua y fueron arrastrados
río abajo por la rápida corriente. Uno se tomó de la barandilla y quedó colgando de allí, implorando
piedad a la tripulación.
Bacheet, el contramaestre árabe, se dirigió a la barandilla y con un único golpe de hacha seccionó con
precisión los cuatro dedos de la mano del hombre. Cayeron sobre la cubierta como salchichas de cerdo
pardas. Su víctima lanzó un alarido y cayó al río. Bacheet tiró los dedos por la borda de un puntapié,
limpió el hacha en el faldón de su túnica y se dirigió a sacar el ancla de popa de su pañol. Jock cruzó la
corriente con el vapor y se dispuso a fondear a la cabeza de la hilera de gabarras.
Un gemido de desesperación se elevó de la multitud, pero Ryder, con los puños cerrados, les lanzó
una mirada amenazadora. Habían aprendido exactamente qué presagiaba ese gesto y retrocedieron. En
tanto, el general Gordon había ordenado a un pelotón de sus soldados que dispersara a la multitud.
Avanzaron en línea con bayonetas caladas, empleando las culatas de sus rifles para golpear a todo el que
se pusiera en su camino. La multitud se dispersó ante ellos y desapareció en las estrechas callejuelas de la
ciudad. Dejaron al bebé muerto y a su madre que, sangrando, lo lloraba y a media docena de los agitadores
aturdidos, sentados en charcos de su propia sangre. El turco derribado por Ryder yacía inmóvil de
espaldas, roncando sonoramente.
Ryder miró a su alrededor buscando a David y sus hijas, pero el cónsul había tenido la sensatez de
llevar a su familia a la seguridad del palacio ante los primeros indicios de desorden. Lo invadió una oleada
de alivio. Luego, vio al general Gordon que avanzaba hacia él entre la basura y los cuerpos.
—Buenas tardes, general.
—¿Cómo le va, señor Courtney? Es un gusto darle la bienvenida. Espero que su travesía haya sido
placentera.
—Fue muy agradable, señor. Pasamos bien por el Sud. En esta estación el canal está bien dragado. No
hace falta abrirse paso con el anclote. —Ninguno de los dos se dignó mencionar el ataque de las baterías
derviches, ni el tumulto que le dio la bienvenida al comerciante.
—¿Va usted muy cargado, señor? —Gordon, que era unos buenos quince centímetros más bajo que
Ryder, lo miró con sus extraordinarios ojos. Tenían el azul acerado del cielo del mediodía sobre el
desierto. Pocos de quienes los miraran podían olvidarlos. Eran hipnóticos, poderosos, señal externa de la
férrea fe de Gordon en sí mismo y en su Dios.
Ryder comprendió de inmediato la importancia de la pregunta.
—Tengo mil quinientos sacos de sorgo dhurra en mis gabarras, y cada saco pesa diez cántaros. —El
cántaro era una medida árabe que equivalía a aproximadamente cincuenta kilos.
Los ojos de Gordon chispearon como zafiros pulidos y se golpeó el bastón contra el muslo.
—Muy buen trabajo, señor. La guarnición y el total de la población ya están a raciones
extremadamente escasas. La carga que usted trae bien puede permitirnos aguantar hasta que llegue la
columna de socorro desde El Cairo.
Ryder Courtney parpadeó, sorprendido ante el optimismo de la estimación. Había cerca de treinta mil
almas atrapadas en la ciudad. Aun con raciones de hambre, la multitud devoraría cien sacos por día. Las
últimas noticias recibidas antes de que los derviches cortaran la línea de telégrafo que iba al norte era que
la columna de socorro recién se estaba congregando en el delta y no estaría en condiciones de comenzar su
viaje hacia el sur hasta dentro de varias semanas. Y una vez que partieran, aún debían recorrer más de mil
millas para llegar a Jartum. Debían atravesar las cataratas y el terrible desierto conocido como la Madre de
las Piedras. Y luego, para alcanzar la ciudad y levantar el asedio, deberían combatir para atravesar las
hordas derviches que guardaban los largos tramos de las costas del Nilo. Mil quinientos sacos de dhurra ni
siquiera se aproximaban a lo que hacía falta para alimentar en forma indefinida a los habitantes de Jartum.

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Luego, se dio cuenta de que la mejor armadura de Gordon era su optimismo. Un hombre como ése jamás
podría permitirse aceptar lo insostenible de su situación y entregarse a la desesperación.
Asintió con la cabeza.
—¿Cuento con su permiso para comenzar con las ventas de grano, general? —La ciudad estaba bajo
ley marcial. No se permitía la distribución de comida sin la autorización personal de Gordon.
—Señor, no puedo permitirle vender las provisiones. La población de mi ciudad está pasando hambre.
—Ryder notó que Gordon usaba el modo posesivo. —Si usted las vendiera, serían acaparadas por
comerciantes ricos en detrimento de los pobres. Debe haber raciones iguales para todos. Yo supervisaré la
distribución. No tengo más remedio que requisar toda su carga de grano. Por supuesto que le pagaré un
precio justo.
Por un momento, Ryder se quedó mudo, contemplándolo. Luego, le volvió la voz.
—¿Un precio justo, general?
—Al fin de la última cosecha, el precio del dhurra en los zocos de la ciudad era de seis chelines por
saco. Era un precio justo, y lo sigue siendo, señor.
—Al final de la última cosecha no había guerra ni sitio —replicó Ryder—. General, seis chelines no
toma en cuenta el precio extorsivo que me vi obligado a pagar. Tampoco contempla las dificultades que
experimenté al transportar el sorgo ni la justa ganancia a la que tengo derecho.
—Tengo la certeza, señor Courtney, de que seis chelines le dejarán una considerable ganancia. —
Gordon lo miró con dureza. —La ciudad está bajo ley marcial, señor, y la especulación y el acaparamiento
se penan con la muerte.
Ryder sabía que no era una amenaza ociosa. Había visto a muchos hombres azotados o ejecutados en
forma sumaria por cualquier falla en el desempeño de su función o por desafiar las órdenes del
hombrecito. Gordon desabrochó el bolsillo del pecho de su chaqueta de uniforme y sacó su cuaderno de
notas. Garrapateó rápidamente algo, arrancó la hoja, y se la pasó a Ryder.
—Éste es mi pagaré personal por la suma de cuatrocientas cincuenta libras egipcias. Es pagadero en
el tesoro del jedive en El Cairo. —El jedive era el gobernante de Egipto. —¿En qué consiste el resto de su
carga, señor Courtney?
—Marfil, aves y animales salvajes vivos —replicó amargamente Ryder.
—Puede descargarlos en su complejo. Por el momento, no me interesan, pero más adelante puede ser
necesario sacrificarlos para proveer de carne a la población. ¿Cuan pronto puede tener el vapor y las
gabarras listos para partir, señor?

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—¿Partir, general? —Ryder palideció bajo su bronceado: percibió qué estaba por ocurrir.
—Le requiso sus barcos para transportar a los refugiados río abajo —explicó Gordon—. Usted puede
requisar toda la leña que le haga falta para sus calderas. Lo compensaré por el viaje a razón de dos libras
por pasajero. Estimo que usted puede llevar quinientas mujeres, niños y cabezas de familia. Estudiaré
personalmente las necesidades de cada uno y decidiré quién tiene prioridad.
—¿Me pagará con otro pagaré, general? —preguntó Ryder con velada ironía.
—Exacto, señor Courtney. Usted esperará en Metemma hasta que la fuerza de socorro lo alcance. Mis
propios vapores ya están allí. Su celebrada habilidad como piloto fluvial será muy necesaria para atravesar
la garganta de Shabluka, señor Courtney.
El Chino Gordon despreciaba lo que consideraba codicia, adoración de Mamón. Cuando el Jedive de
Egipto le ofreció un salario de diez mil libras para encargarse de la peligrosa operación de evacuar Sudán,
Gordon insistió en recibir sólo dos mil. Tenía una percepción propia acerca de cuáles eran sus deberes
hacia su prójimo y su Dios.
—Por favor, traiga sus gabarras y póngalas junto al muelle. Mis tropas vigilarán la descarga y el
dhurra será llevado al depósito de la aduana. El mayor Al-Faroc, de mi estado mayor, estará a cargo de la
operación. —Gordon le dirigió una inclinación de cabeza al oficial egipcio que tenía a su lado, quien
saludó distraídamente a Ryder. Al-Faroc tenía expresivos ojos oscuros, y un fuerte olor a brillantina. —Y
ahora, señor, debe excusarme. Tengo mucho de qué ocuparme.
Como anfitriona oficial del cónsul general de Su Majestad Británica para el Sudán, Rebecca era
responsable de la marcha de los asuntos hogareños del palacio. Esa noche, bajo su supervisión, los
sirvientes tendieron la mesa de la cena en la terraza que daba al Nilo Azul, de modo que los invitados de
David pudieran disfrutar de la brisa del río. Al ponerse el sol, los sirvientes encenderían braseros donde
arderían ramas y hojas de eucaliptus. El humo mantendría a los mosquitos a distancia. Los aspectos
recreativos serían cortesía del general Gordon. Todas las noches la banda militar tocaba, y había un
despliegue de fuegos artificiales: la intención del general Gordon era que el espectáculo distrajera a la
población de Jartum de los rigores y privaciones del sitio.
Rebecca había planeado una mesa espléndida. La platería y la cristalería del consulado habían sido
lustradas hasta que tuvieron un brillo deslumbrante, y la mantelería era tan blanca como el ala de un ángel.
Desgraciadamente, la comida no sería de calidad comparable. Comenzarían con una sopa hecha del
yerbajo conocido como amor seco y de capullos de rosa mosqueta provenientes de las ruinas del jardín del
palacio. A continuación, vendría un paté de corazón de palma hervido y dhurra molido en mortero de
piedra, y el plato principal sería una suprema de pelícano.
La mayor parte de las tardes, David se instalaba en la terraza que daba al río con una de sus escopetas
Purdey prontas y esperaba a que las aves acuáticas que regresaban a sus nidos volaran por encima de su
cabeza. Detrás de él, las gemelas aguardaban con las otras armas. Un trío de armas de fuego de estas
características se conocía como una guarnición de armas. David creía que cualquier mujer que viviera en
África, ese continente de animales salvajes y hombres aún más salvajes, debía saber usar armas de fuego.
Bajo su tutela, Rebeca ya era una experta tiradora con pistola. Con los seis disparos que cargaba el pesado
revólver Webley y desde una distancia de diez pasos, habitualmente podía acertarles al menos a cinco
latas vacías de carne en conserva, derribándolas desde el muro de piedra ubicado en la parte inferior de la
terraza, desde donde caían girando a las aguas del Nilo. Las gemelas aún eran demasiado pequeñas para
soportar el retroceso de un Webley o una Purdey, de modo que las entrenó para servir a las escopetas
adicionales, hasta que se hicieron tan veloces y hábiles como un cargador profesional de los páramos de
Yorkshire donde se cazan perdices. En cuanto su padre descargaba ambos cañones, Amber le arrebataba la
escopeta vacía y, casi en el mismo instante, Saffron le ponía la segunda escopeta entre las manos.
Mientras escogía sus aves y volvía a disparar, las niñas recargaban el arma vacía y se disponían a
entregársela en cuanto la necesitara. Entre los tres podían mantener una impresionante cadencia de fuego.

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David era célebre como tirador, y era raro que desperdiciase un cartucho. A veces, mientras las niñas
lo alentaban con sus agudas vocecitas, llegaba a derribar cinco o seis trullos de una bandada que pasara
por sobre él. Durante las primeras semanas del sitio, los patos silvestres se habían acercado habitualmente
hasta estar a tiro de la terraza, trullos, espátulas y especies más exóticas, como gansos egipcios, todos los
cuales resultaron una importante adición a la despensa del palacio. Pero los patos que sobrevivieron no
tardaron en aprender y habitualmente daban un gran rodeo para evitar la terraza. Ahora, la puntería de
David sólo traía a la mesa las aves más estúpidas y menos sabrosas. Sus víctimas más recientes eran un
casal de pelícanos de grandes picos.
Como acompañamiento, Rebecca planeaba servir las hojas y tallos hervidos del lirio acuático sagrado
egipcio. Al recomendarle esta planta, Ryder Courtney le dijo que su nombre botánico era Nymphea alba.
Tenía un amplio caudal de conocimientos del mundo natural. Ella usaba los bonitos capullos azules como
ensalada pues su sabor picante ayudaba a disimular el persistente gusto a pescado de la carne de pelícano.
Esas plantas crecían en el angosto canal que dividía a la ciudad de tierra firme. En esa estación, el agua
llegaba a la cintura, pero en la fase baja del Nilo, se secaba. El general Gordon había puesto a sus tropas a
ensanchar y profundizar el canal de forma de convertirlo en un foso que reforzara las defensas de la ciu-
dad y, para gran irritación de Rebecca, al hacerlo destruían la fuente de esa nutritiva exquisitez.
Las alacenas del palacio estaban casi vacías, a excepción de una única caja de champaña Krug que
David reservaba para cuando la fuerza de socorro llegara desde el norte. Sin embargo, cuando Ryder
Courtney envió a Bacheet al consulado para aceptar la invitación a cenar, envió también tres calabazas
llenas de tej, la poderosa cerveza de miel nativa, que parecía sidra de mala calidad. Rebecca tenía
intención de servirla en botellones de cristal para clarete, que le daban una importancia que normalmente
no se le concedía.
Ahora, estaba dándole los toques finales a los arreglos para la cena y a la decoración floral de la mesa,
hecha con adelfas de los descuidados jardines. Los invitados comenzarían a llegar en una hora, y su padre
aún no había regresado de su reunión diaria con el general Gordon. Estaba un poco preocupada ante la
posibilidad de que David se retrasara y arruinara la velada. Sin embargo, se sentía secretamente aliviada
de que el general Gordon hubiera rechazado la invitación: era un gran hombre, con algo de santo y un
héroe del imperio, pero despreciaba las cortesías sociales. Su conversación era pía y poco comprensible y
su sentido del humor estaba, para ser caritativos, atrofiado, si es que existía.
En ese momento, oyó los familiares pasos de su padre que resonaban en los claustros, y su voz que se
alzaba para llamar a uno de los sirvientes. Corrió a saludarlo cuando apareció en la terraza. Le devolvió el
abrazo de forma distraída e indiferente. Retrocedió y miró su rostro.
—Padre ¿qué ocurre?
—Dejamos la ciudad mañana por la noche. El general Gordon ha ordenado que todos los británicos,
franceses y austríacos sean evacuados de inmediato de la ciudad.
—¿Eso significa que vendrás con nosotros, papi? —últimamente, empleaba rara vez ese término
afectuoso.
—Ciertamente sí.
—¿Cómo viajaremos?
—Cordón ha requisado el vapor y las gabarras de Ryder Courtney. Le ha ordenado que vaya río abajo
con todos nosotros a bordo. Traté de discutir con él, pero en vano. Es un hombre intratable y no hay forma
de desviarlo una vez que elige un camino. —David sonrió, la tomó de la cintura y la hizo girar en un paso
de vals. —A decir verdad, es un gran alivio que la decisión me haya sido quitada de las manos y que las
mellizas y tú vayan a ser puestas a salvo.
Una hora más tarde, David y Rebecca estaban bajo la araña del vestíbulo de recepción para recibir a
los invitados, casi todos varones. Meses atrás, todas las mujeres blancas habían sido evacuadas hacia el
delta, en el norte, a bordo de los vapores de Gordon, que parecían cafeteras de hojalata. Ahora, esas naves

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estaban varadas en Metemma, a una buena distancia hacia el sur. Rebecca y las gemelas eran de las pocas
mujeres europeas que quedaban en la ciudad.
Las gemelas estaban modestamente paradas detrás de su padre. Habían convencido a su hermana
mayor de que las dejara estar allí cuando llegara Ryder, y que les permitiera contemplar los fuegos
artificiales junto a él antes de que su aya, Nazira, las llevase a su habitación. Nazira también había sido
aya de Rebecca y era una amada integrante del hogar de los Benbrook. En ese momento, se mantenía
cerca de las gemelas, lista para entrar en acción en cuanto dieran las nueve. Para gran decepción de las
gemelas, Ryder Courtney fue el último en llegar, pero cuando lo hizo, lo recibieron con risitas y
murmullos compartidos.
—¡Qué buen mozo es! —dijo Saffron, fingiendo desvanecerse.
Nazira la pellizcó y murmuró en árabe:
—Aunque nunca serás una dama, debes comportarte como si lo fueras, Saffy.
—Nunca lo había visto vestido de gala. —Amber coincidió con su hermana: Ryder vestía uno de las
nuevas chaquetas de noche que el Príncipe de Gales había puesto de moda recientemente. Tenía brillantes
solapas de satén y cintura entallada. La había hecho copiar de un figurín del hondón , Illustrated News por
un sastre armenio de El Cairo, y la llevaba con una elegancia casual muy diferente del aspecto que
presentaba con la arrugada ropa de fustán que usaba para trabajar. Estaba recién afeitado y su cabello
brillaba a la luz de las velas.
—Y, ¡mira!, ¡nos ha traído regalos! —Amber había distinguido el bulto delator en el bolsillo del
pecho de su chaqueta. Tenía una agudeza femenina para esos detalles.
Ryder estrechó la mano de David y le hizo una reverencia a Rebecca. Evitó besarle la mano en el
gesto afrancesado que muchos de los integrantes del cuerpo diplomático, que habían llegado antes que él,
habían adoptado. Les guiñó el ojo a las gemelas, quienes se taparon la boca para sofocar sus risitas,
mientras lo saludaban con una reverencia.
—¿Puedo tener el honor de escoltar a estas dos bellas damas a la terraza? —se inclinó.
—Ui, ui, musié —dijo Saffron con solemnidad, lo que resultó casi demasiado para la capacidad de
controlarse de Amber.
Ryder tomó a cada una de un brazo, inclinándose para que pudieran alcanzarlo, y juntos pasaron por
las puertas-ventana. Uno de los sirvientes, que vestía túnica blanca y turbante azul, les dio vasos de
limonada, hecha con la poca fruta que quedaba en los árboles del huerto, y Ryder les entregó sus regalos a
las gemelas. Se trataba de collares de cuentas de marfil talladas en forma de pequeños animales: leones,
monos y jirafas. Cerró los broches en torno a sus cuellos. Quedaron encantadas.
Casi en ese mismo instante la banda militar comenzó a tocar desde la plaza de armas ubicada junto al
viejo mercado de esclavos. La distancia disminuía agradablemente el sonido, y los músicos lograban
embellecer el habitual repertorio de polcas, valses y marchas del ejército británico con hechizantes
cadencias orientales.
—Ryder, canta para nosotras ¡por favor! —rogó Amber, y cuando él rió y negó con la cabeza, apeló a
su padre—. Por favor, hazlo cantar, papi.
—Mi hija tiene razón, señor Courtney. Una voz sería una contribución invalorable al placer de la
ocasión.
Ryder cantaba con naturalidad, y pronto todos golpeaban con los pies o batían palmas al compás de la
música. Aquellos que gustaban de sus propias voces se unían al estribillo de Over the Sea to Skye.
Luego comenzó el cotidiano aporte del general Gordon: los fuegos artificiales. Del cielo cayeron en
cascadas las chispas azules, verdes y rojas de los cohetes de señales del barco, y el público lanzó oohs y
aahs de admiración. Desde la otra orilla del Nilo, el artillero derviche que David había bautizado el
Beduino Chiflado lanzó unas pocas bombas explosivas al punto del cual suponía que partían los cohetes.

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Como de costumbre, apuntó mal, y nadie buscó refugio. En cambio, todos abuchearon con entusiasmo sus
esfuerzos.
A continuación, las gemelas fueron llevadas, protestando en vano, a su habitación y los invitados
fueron convocados a la mesa por uno de los criados árabes, que golpeó un tambor de mano con un dedo.
Todos tenían buen apetito. Aunque no estaban hambreados, iban camino de estarlo. Las porciones eran
minúsculas, apenas de más de un bocado, pero herr Schiffer, el cónsul austríaco, declaró que la sopa de
amor seco estaba excelente, que el paté de palmito era nutritivo y el pelícano asado "muy extraordinario".
Rebecca se convenció a sí misma de que se trataba de un elogio.
Cuando terminó la comida, Ryder Courtney hizo algo que lo confirmó en su papel de héroe de la
velada. Batió palmas y Bajit, su contramaestre, apareció en la terraza con una sonrisa de gárgola, llevando
una bandeja de plata en la que reposaban una botella de cristal tallado de coñac Hiñe VSOP y una caja de
cedro de cigarros cubanos. Con sus vasos cargados y aspirando el humo de los cigarros hasta que la punta
de éstos relucía, los hombres entraron en un estado de ánimo expansivo. La conversación fue divertida
hasta que se incorporó monsieur Le Blanc.
—Me pregunto por qué el Chino Gordon rechazó tan divertida invitación. —Lanzó una irritante risita
propia de una muchacha. —Sin duda, no puede estar salvando al poderoso imperio británico durante las
veinticuatro horas del día. Hasta Hércules debió reposar después de sus trabajos. —Le Blanc encabezaba
la delegación belga enviada por el rey Leopoldo para establecer contacto diplomático con el Madí. Hasta
el momento, sus esfuerzos no habían tenido éxito, y había terminado por quedar cautivo en la ciudad
como todos los demás. Los ingleses que estaban allí lo miraron con compasión. Como extranjero que era,
no sabía lo que decía y había que perdonar sus errores.
—El general se negó a asistir a un banquete mientras el pueblo pasa hambre —dijo Rebecca, saliendo
en defensa de Gordon—. Creo que fue muy noble de su parte. —Y se apresuró a agregar con modestia: —
No es que crea que mi humilde ofrecimiento sea un gran banquete.
Siguiendo el ejemplo de su hija, David se embarcó en un elogio de la inflexible personalidad y los
maravillosos logros del general.
Ryder Courtney aún sentía en carne propia la última demostración del duro carácter de Gordon y no
se unió al coro de elogios.
—Ejerce un poder casi mesiánico sobre sus hombres —les dijo David con entusiasmo—. Lo siguen a
donde sea, y si no lo hacen, los arrastra de sus coletas, como hizo con el Ejército Siempre Victorioso en
China, o les deja el trasero morado a golpes, como hace con la chusma egipcia con la que se ve obligado a
defender la ciudad en este momento.
—Qué manera de hablar, papi —lo reprendió pudorosamente Rebecca. —Lo siento, querida, pero es
así. No conoce en absoluto el miedo. Solo, montado en camello y con uniforme de gala, entró en el
campamento de rebeldes de ese criminal bandido Suleimán y los arengó. En lugar de asesinarlo ahí
mismo, Suleimán abandonó la rebelión y se fue a su casa.
—Lo mismo hizo con los zulúes en Sudáfrica. Cuando caminó solo entre sus guerreros impis, y los
miró con esos ojos extraordinarios, lo adoraron como a un dios. Y cuando eso ocurrió, les azotó el induna
por blasfemos. Otro tomó la palabra: —Reyes y potentados de muchas naciones han competido entre ellos
para contratar sus servicios: el emperador de China, el rey Leopoldo de los belgas, el jedive de Egipto y el
premier de la Colonia del Cabo.
—Es un hombre de Dios antes que un guerrero. Desprecia el mundanal ruido y antes de tomar una
decisión importante, pregunta en oración solitaria qué es lo que Dios quiere de él.
Me pregunto si habrá sido Dios quien le dijo que robara mi dhurra, se dijo amargamente Ryder. No
expresó ese sentimiento, pero cambió abruptamente de conversación:

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—¿No es notable que el hombre que ahora lo enfrenta del otro lado del Nilo comparta tantas
características con nuestro gallardo general? —La observación, indigna de un hombre del calibre de Ryder
Courtney, casi tan mala como la torpeza de Le Blanc, produjo un silencio.
Hasta Rebecca quedó escandalizada ante la idea de comparar al santo con el monstruo. Pero notó que
cuando Ryder hablaba, los otros escuchaban. Aunque era el hombre más joven de la mesa, los otros lo
respetaban, pues su fortuna y su reputación eran formidables. Había viajado infatigablemente por lugares
donde pocos hombres se habían aventurado antes que él. Había llegado a las Montañas de la Luna y
navegado todos los grandes lagos del interior africano. Era amigo y confidente de Juan, emperador de
Abisinia. Los mutesa de Buganda y los mamrasi de Bunyoro se consideraban emparentados con él y le
habían concedido derechos comerciales exclusivos en sus reinos.
Hablaba el árabe con tal fluidez que podía debatir sobre el Corán con los mulás en sus mezquitas.
Hablaba una docena de los idiomas más primitivos y podía regatear con los desnudos dinka y shiluk.
Había cazado y capturado toda especie conocida de bestias y aves salvajes de Ecuatoria, vendiéndolas a
los jardines zoológicos, reyes y emperadores de Europa.
—Ése es un concepto extraordinario, Ryder —dijo cautelosamente David—. Mi impresión es que el
Madí Loco y el general Charles Gordon están en polos opuestos. Pero tal vez puedas señalar alguna de las
características que comparten.
—En primer lugar, David, ambos son ascetas que practican la negación del yo y se abstienen de las
comodidades mundanas —replicó rápidamente Ryder—. Y ambos son hombres de Dios.
—De distintos Dioses —replicó David.
—¡No señor! De un solo y mismo Dios: el Dios de los judíos, los musulmanes, los cristianos y todos
los otros monoteístas es el mismo Dios. Simplemente, ocurre que lo adoran de distintas maneras.
David sonrió.
—Tal vez podamos debatir eso más tarde. Pero por ahora dinos qué más tienen en común.
—Ambos creen que Dios les habla directamente a ellos, y que, por lo tanto, son infalibles. Una vez
que toman una decisión, no vacilan y son sordos a cualquier argumento. Pero, como muchos grandes
hombres y bellas mujeres, los traiciona su creencia en el culto de la personalidad. Creen que pueden hacer
lo que quieran debido al azul de sus ojos o a la separación de sus incisivos y a su elocuencia.
—Sabemos de quién son los hipnóticos ojos azules —dijo David con una risita—. Pero ¿de quién es
la sonrisa con brechas?
—De Muhammad Ajmed, el Madí, el Guiado por la Divinidad —dijo Ryder—. La brecha en forma
de cuña que separa sus dientes se llama falya y sus ansar consideran que es una señal de divinidad.
—Habla como si estuviera familiarizado con él —dijo Le Blanc—. ¿Lo conoce?
—Sí —confirmó Ryder, y todos se quedaron mirándolo como si hubiera admitido haber cenado con
el propio Satanás.
Rebecca fue la primera en reaccionar.
—Díganos, por favor, señor Courtney, ¿cuándo y dónde? ¿Cómo es él
en realidad?
—Lo vi por primera vez cuando vivía en una cueva en la barranca de la isla Abbas en el Nilo Azul,
cuarenta millas río arriba desde donde estamos. A menudo, cuando pasaba por allí, yo bajaba a tierra a
sentarme con él y conversar de Dios y de los asuntos de los hombres. No puedo decir que fuésemos
amigos, ni tampoco quisiera que fuera así. Pero había algo en él que me parecía fascinante. Percibí que era
diferente, y siempre me impresionaron su piedad, su callada fuerza y su sonrisa imperturbable. Es, como
el general Gordon, un verdadero patriota, otro rasgo que comparten.

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—Ya basta de general Gordon. Todos sabemos de sus virtudes —interrumpió Rebecca—. Cuéntenos
más bien acerca de este terrible Madí. ¿Cómo puede usted decir que hay en él un grano de esa misma
nobleza?
—Todos sabemos que el dominio del Sudán por el Jedive de Egipto ha sido inicuo y brutal. Tras la
magnífica fachada del dominio imperial han florecido la corrupción y la crueldad más indecibles. La
población nativa ha estado sujeta a pachás codiciosos y sin corazón, y a un ejército de cuarenta mil
hombres que se usaba para recaudar los extorsivos impuestos que imponían los pachas. Sólo la mitad de lo
recaudado iba a dar a los jedives de El Cairo y el resto a las arcas personales de los pachas. La región era
gobernada con la bayoneta y el kurbash, el cruel látigo de piel de hipopótamo. Los afeminados pachas de
Jartum se complacían en inventar las más salvajes torturas y ejecuciones. Se arrasaban aldeas y sus
habitantes eran masacrados. Árabes y negros por igual temblaban bajo la sombra del odiado "turco", pero
nadie osaba protestar.
Aunque los egipcios aspiraban a la civilización, protegieron y alentaron el tráfico de esclavos, pues
así era como se pagaban los impuestos. He visto esos horrores con mis propios ojos, y quedé asombrado
ante la paciencia de la población. Discutí estas cosas con el ermitaño que vivía en su agujero en la
barranca del río. Ambos éramos jóvenes, aunque yo era el más joven de los dos. Procuramos descubrir
entre ambos por qué persistía esta situación, pues los árabes son orgullosos, y no les faltaban
provocaciones. Decidimos que faltaban dos elementos esenciales de la revolución, el primero de los cuales
era el conocimiento de que existen cosas mejores. El general Charles Gordon, como gobernador del
Sudán, demostró que eso era posible. El otro elemento faltante era un catalizador que uniera a los opri-
midos. Con el tiempo, Muhammad Ajmed demostró ser ese elemento. Así fue cómo nació la nueva nación
madista.
Quedaron en silencio, hasta que Rebecca volvió a hablar, y su pregunta fue una pregunta de mujer.
Los aspectos políticos, religiosos y militares de la historia del Madí le interesaban muy poco.
—Pero ¿cómo es él en realidad, señor Courtney? ¿Cuáles son su apariencia y sus modales? ¿Cómo
suena su voz? Y cuéntenos más acerca de esa extraña separación de sus dientes.
—Es dueño del mismo gran carisma que Charles Gordon, otro rasgo que comparten. Es de estatura
mediana y esbelto. Siempre vistió túnicas inmaculadamente blancas, aun cuando vivía en su agujero.
Sobre su mejilla derecha tiene una marca de nacimiento en forma de ave o de ángel. Sus discípulos y
seguidores consideran que ésa es una señal divina. Cuando habla, uno no puede dejar de mirar la brecha
que separa sus dientes. Es un orador persuasivo. Su voz es suave y sibilante hasta que se despierta su ira.
Entonces, habla con un trueno como el de los profetas bíblicos, pero aun cuando se encoleriza sonríe. —
Ryder sacó su dorado reloj de bolsillo. —Falta una hora para medianoche. Los he demorado. Debemos
descansar bien esta noche, pues como ya les habrán dicho es mi deber, según las órdenes del general
Gordon, asegurarme de que ninguno de los que estamos aquí esta noche se vea obligado a oír la voz de
Muhammad Ajmed. Recuerden, por favor, que deberán estar a bordo de mi vapor en el muelle de la
ciudad vieja antes de la medianoche de mañana. Mi intención es partir mientras esté lo suficientemente
oscuro como para que los artilleros derviches no nos distingan claramente. Si tenemos buena suerte,
podremos pasar antes de que tengan tiempo de disparar ni un solo tiro. Por favor, reduzcan su equipaje a
lo mínimo indispensable.
David sonrió.
—Eso llevaría cierta participación de la suerte, señor Courtney, pues la ciudad pulula de espías
derviches. El Madí sabe exactamente cuáles son nuestras intenciones casi antes de que lo sepamos
nosotros.
—Tal vez esta vez logremos ser más astutos que él. —Ryder se incorporó a medias y le hizo una
reverencia a Rebecca. —Mis disculpas por haberme quedado más de la cuenta, señorita Benbrook.
—Aún es demasiado temprano para que se vaya. Ninguno de nosotros se irá a dormir todavía. Por
favor siéntese, señor Courtney. No puede dejarnos así. Termine su historia, que nos ha intrigado a todos.

15
Ryder hizo un gesto de resignación y se volvió a hundir en su silla.
—¿Cómo puedo resistirme a sus órdenes? Pero me temo que todos conocen el resto de la historia,
pues ha sido contada a menudo, y no quisiera aburrirlos.
En toda la mesa se oyeron murmullos de protesta.
—Prosiga, señor; la señorita Benbrook tiene razón. Debemos oír su versión hasta el final. Parece
diferir en gran medida de lo que hemos llegado a creer.
Ryder Courtney hizo un gesto de asentimiento y prosiguió: —En nuestras sociedades occidentales,
nos enorgullecemos de gloriosas tradiciones y elevadas normas morales. Sin embargo, entre los pueblos
salvajes y carentes de educación, la ignorancia es de por sí una fuente de gran fuerza. Engendra en ellos el
poderoso estímulo del fanatismo. Aquí, en el Sudán, hubo tres pasos gigantescos en el camino a la
rebelión. El primero fue la miseria de todos los pueblos de la región. El segundo fue cuando miraron en
torno a ellos y se dieron cuenta de que la fuente de todos sus males eran los odiados turcos, los secuaces
del Jedive de El Cairo. Sólo hacía falta un paso más para que la poderosa ola del fanatismo viniera a es-
trellarse sobre la tierra. Ese momento llegó cuando surgió el hombre que llegaría a ser el Madí.
—¡Por supuesto! —interrumpió David—. La semilla había sido sembrada desde hacía tiempo. Los
shukri creen que algún día, cuando imperen la vergüenza y el conflicto, Alá enviará a un segundo gran
profeta que conducirá a los fieles de vuelta a Dios y sostendrá al Islam. Rebecca miró severamente a su
padre.
—Es el relato del señor Courtney, padre. Por favor, deja que él lo cuente. Los hombres sonrieron ante
su fogosidad, y David adoptó un aspecto culpable.
—No fue mi intención usurparle el relato. Por favor prosiga, señor.
—Pero es que usted tiene razón, David. Durante cien años, el pueblo de Sudán ha mirado con
atención a todo asceta que llegara a destacarse. A medida que cundía la fama de éste, multitudes de
peregrinos comenzaron a ir a la isla Abbas. Llevaban valiosos presentes, que Muhammad Ajmed dis-
tribuía entre los pobres. Escuchaban sus sermones y, cuando se iban de regreso a sus hogares, llevaban
con ellos los escritos de este santo hombre. Su fama cundió por todo el Sudán, hasta que alcanzó los oídos
de uno que había esperado ansiosamente toda su vida la llegada del segundo profeta. Ab-dulahi, hijo de un
oscuro escribiente, el menor de cuatro hermanos, viajó a la isla de Abbas colmado de descabelladas
expectativas. Llegó finalmente, cabalgando un asno llagado por la silla de montar, y reconoció de
inmediato que el joven ermitaño era el verdadero mensajero de Dios.
David ya no pudo contenerse:
—¿O reconoció al vehículo que lo llevaría a increíbles alturas de poder y riqueza?
—Tal vez eso sea más preciso —rió David, asintiendo—. Sea como sea, la cuestión es que ambos
formaron una poderosa alianza. Pronto llegó a oídos de Rauf Pacha, el gobernador egipcio de Jartum, la
noticia de que este sacerdote loco predicaba la desobediencia al Jedive de El Cairo. Envió un mensajero a
Abbas para convocar a Muhammad Ajmed a la ciudad para que allí presentase su justificación. El
sacerdote escuchó al mensajero, luego se puso de pie y dijo, con la voz de un verdadero profeta: "Por la
gracia de Dios y su profeta, soy el amo de esta tierra. En nombre de Dios declaro la yihad, la guerra santa,
al turco".
"El mensajero se apresuró a regresar hacia su amo, y Abdulahi congregó una pequeña banda de
infelices desharrapados y los armó de piedras y palos.
"Rauf Pacha envió un vapor río arriba con dos compañías de sus mejores soldados para que
capturaran al sacerdote revoltoso. Su método era guerrear mediante incentivos. Le prometió un ascenso y
una gran recompensa al capitán —había enviado dos— que hiciera el arresto. Al caer la noche, el capitán
del vapor desembarcó sus hombres en la isla y las dos compañías, que ahora competían, marcharon por
rutas separadas hacia la aldea donde se afirmaba que se refugiaba el sacerdote. En la confusión de la noche

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sin luna, los soldados se atacaron furiosamente unos a otros, luego huyeron de regreso al embarcadero. El
aterrado capitán del vapor se negó a embarcarlos si no nadaban hasta su barco.
"Pocos aceptaron el ofrecimiento, pues la mayoría no sabía nadar, y los que podían hacerlo temían a
los cocodrilos. De modo que el capitán los abandonó y regresó a Jartum. Muhammad Ajmed y Abdulahi,
al frente de su ejército harapiento, cayeron sobre los desmoralizados egipcios y los masacraron.
"Las nuevas de esta extraordinaria victoria, hombres armados de palos arrollando al odiado turco, se
difundieron por todo el país. Sin duda de que quien estaba detrás de ella era el Madí. Como sabía que se
enviarían más tropas egipcias a matarlo, el autoproclamado Madí comenzó una hégira, muy parecida al
éxodo de La Meca del Único y Verdadero Profeta hace más de mil años. Sin embargo, antes de comenzar
la retirada, designó al fiel Ab-dulahi como su califa, su representante ante Dios. En esto, seguía la tradi-
ción y la profecía. La retirada no tardó en convertirse en avance victorioso. Precedían al Madí historias de
milagros y vaticinios prodigiosos. Una noche, una sombra oscureció la luna creciente, símbolo de Egipto y
de los turcos. Este mensaje de Dios inscripto en la altura del cielo de medianoche fue visto claramente por
toda la población del Sudán. Cuando el Madí alcanzó un despoblado montañoso muy al sur de Jartum, al
que rebautizó Yebel Masa, para cumplir la profecía, consideró que quedaba a salvo de Rauf Pacha. Sin
embargo, aún estaba al alcance de Fashoda: el gobernador de esa ciudad, Rashid Bey, era más valiente y
emprendedor que la mayoría de los gobernadores egipcios. Marchó sobre Yebel Masa a la cabeza de mil
cuatrocientos hombres bien armados. Pero como despreciaba a esa chusma campesina, tomó pocas
precauciones. El intrépido califa Abdulahi le tendió una emboscada. Rashid Bey se metió de cabeza en
ella y ni él ni uno solo de sus hombres sobrevivieron. Fueron masacrados por los harapientos y mal
armados ansar.
El cigarro de Ryder se había apagado. Se puso de pie, tomó un tizón del brasero de ramas de
eucaliptus, y lo volvió a encender. Una vez que prendió bien regresó a su silla.
—Ahora que Abdulahi había capturado rifles y grandes cantidades de pertrechos, además del tesoro
de Fashoda, donde encontró casi medio millón de libras, se convirtió en una fuerza formidable. El Jedive
de El Cairo ordenó que se pusiera en pie de guerra un nuevo ejército aquí, en Jartum, y le dio el mando a
un oficial británico retirado, el general Hieles. Era uno de los ejércitos más abismalmente incompetentes
que nunca se haya puesto en campaña, y la autoridad de Hicks resultaba diluida y desautorizada por el
torpe Rauf Pacha, quien ya era autor de dos desastres militares.
Ryder hizo una pausa y, sirviéndose lo que quedaba del Hiñe en su copa, meneó tristemente la cabeza.
—Han pasado casi dos años justos desde el día en que el general Hicks dejó esta ciudad al frente de
siete mil infantes y quinientos montados. Tenía apoyo de artillería montada, cañones Krupp y
ametralladoras Nordenfelt. La mayor parte de sus hombres eran musulmanes y habían oído la leyenda del
Madí. Comenzaron a desertar antes de haber recorrido ni cinco millas. Encadenó a cincuenta hombres de
la batería Krupp para estimularlos a ser más valientes, pero aun así desertaron, llevándose sus grillos
consigo. —Ryder echó la cabeza hacia atrás y rió, y aunque su relato era aterrador, el sonido fue tan
contagioso que Rebecca se encontró riendo junto a él.
—Lo que Hicks no sabía y lo que no creyó ni siquiera cuando el teniente Penrod Ballantyne, su
oficial de inteligencia, se lo advirtió, era que para ese momento, cuarenta mil hombres se congregaban
bajo la bandera verde del Madí. Uno de los emires que llevó su tribu a unirse a esas fuerzas era nada
menos que Osmar Atalan, de los beya.
Los hombres reunidos en torno a la mesa se movieron inquietos, al oír ese nombre. Tenían razones
para hacerlo, pues los beya eran los más feroces y temidos de los árabes combatientes, y el más temido de
sus jefes de guerra era Osman Atalan.
—El tres de noviembre de 1883, la abigarrada fuerza de Hicks chocó de frente con el ejército del
Madí, y resultó deshecha por las cargas de los ansar. El propio Hicks resultó herido de muerte cuando
encabezaba el último cuadro que formaron sus tropas. Cuando cayó, el cuadro se dispersó y los ansar lo
envolvieron como un enjambre. Penrod Ballantyne, que había advertido a Hicks del peligro, vio al general

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vaciar su revólver sobre los árabes que cargaban, hasta que su cabeza fue rebanada por un montante. El
propio oficial superior de Ballantyne, el mayor Adams estaba tendido en el suelo, con heridas de bala en
ambas piernas, y los árabes masacraban y mutilaban a los caídos. Ballantyne se subió de un salto a su
caballo y se las compuso para cargar en ancas al mayor Adams. Luego, abriéndose paso a sablazos,
consiguió escapar. Alcanzó a la retaguardia egipcia que, para ese momento, ya estaba en plena huida hacia
Jartum. Era el único oficial europeo sobreviviente, de modo que se hizo cargo del mando. Los reunió y
condujo una retirada ordenada que combatió hasta Jartum. Ballantyne trajo de regreso consigo a
doscientos hombres, entre ellos, al herido mayor Adams. Doscientos hombres, de los siete mil quinientos
que partieron con el general Hicks. Su conducta fue el único rayo de luz en un día en que reinó la os-
curidad. Así, el Madí y su califa se adueñaron de todo el Sudán, y, junto a sus cuarenta mil hombres,
cerraron el cerco sobre esta ciudad, trayendo con ellos los cañones capturados con que nos atormentan a
diario. Y por eso es que el pueblo languidece y muere de hambre o de peste o de cólera, a la espera del
destino que el Madí reserve para Jartum. . Cuando Ryder calló, había lágrimas en los ojos de Rebecca.
—Este Penrod Ballantyne parece ser un joven bueno y valiente. ¿Lo conoce usted, señor Courtney?
—¿Ballantyne? —Ryder pareció sorprenderse ante ese abrupto cambio del enfoque de la historia. —
Sí, yo estaba allí cuando regresó del campo de batalla.
—Señor, por favor, cuéntenos más acerca de él.
Ryder se encogió de hombros.
—La mayor parte de las damas con quienes hablé me aseguran que lo encuentran muy atractivo y
gallardo. En particular, las enamora su bigote, que es formidable. Puede que el capitán Ballantyne esté
demasiado dispuesto a compartir la generalizada opinión femenina sobre su propia valía. —Me pareció
entender que su grado es el de teniente. —En un intento de cosechar alguna minúscula cantidad de gloria
de ese día terrible, el comandante de las tropas británicas en El Cairo le dio gran importancia al papel de
Ballantyne en la batalla. Ocurre que Ballantyne es subalterno en el 10° de Húsares, el antiguo regimiento
de lord Wolseley. Wolseley siempre está dispuesto a darle una mano a un camarada de los húsares, de
modo que Ballantyne fue elevado a la capitanía, y como si eso no alcanzara, se le otorgó también la Cruz
de Victoria.
—¿Usted no aprueba al capitán Ballantyne, señor? —preguntó Rebecca. Por primera vez, David
detectó una clara frialdad en la actitud de su hija hacia Ryder Courtney. Se preguntó sobre el más bien
excesivo interés que ella demostraba por Ballantyne a quien presumiblente no conocía, y recordó, con una
pequeña conmoción, que el joven Ballantyne había visitado el consulado algunas semanas antes de que el
ejército de Hieles marchara a su aniquilación en El Obeid. El joven había venido a enviarle un despacho
—demasiado reservado para confiarlo, aunque fuera cifrado, al telégrafo— a Evelyn Baring, cónsul
británico en El Cairo. Aunque en ese momento nada se dijo al respecto, adivinó que Ballantyne era un
oficial de la sección de inteligencia del equipo de Baring, y que su función en el abigarrado ejército de
Hicks no era más que una fachada.
¡Maldición, sí! Ahora recuerdo todo, pensó David. Rebecca había entrado en su despacho cuando él
estaba reunido con Ballantyne. Los dos jóvenes intercambiaron unas pocas palabras corteses cuando los
presentó, y luego Rebecca los dejó solos. Pero más tarde, cuando acompañaba a Ballantyne a la puerta,
notó que Rebecca estaba arreglando unos floreros en el vestíbulo. Y al mirar por la ventana de su
despacho poco después, vio a su hija caminando junto a Ballantyne hacia los portones del palacio. Ba-
llantyne parecía atento. Ahora, todo se explicaba. Tal vez no fuera pura casualidad que Rebecca estuviera
en el vestíbulo cuando Ballantyne salió de su despacho. Sonrió para sus adentros ante la manera en que su
hija fingió no conocer a Ballantyne cuando le preguntó a Ryder Courtney su opinión
sobre él.
Tan joven, reflexionó David y ya tan parecida a su madre. Ladina como un palacio lleno de pachas.
Ryder Courtney continuaba respondiendo a la pregunta de Rebecca: —Estoy seguro de que
Ballantyne es un auténtico héroe, y su vello facial realmente me impresiona. Sin embargo, no he detectado

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en él un exceso de humildad. Pero claro que mis sentimientos hacia todos los militares son ambivalentes.
Cuando terminan de castigar a los paganos, tomar ciudades y apoderarse de reinos, simplemente se van
sobre sus caballos, haciendo tintinear sus sables y medallas. Les queda a los administradores como su
padre tratar de imponer algún orden en el caos que dejan detrás de sí, y a los hombres de negocios como
yo restaurar la prosperidad de una población destrozada. No, señorita Benbrook, nada me enfrenta al
capitán Ballantyne, pero no me siento muy amigo de la rama del aparato estatal a la que pertenece.
Los ojos de Rebecca eran fríos, y su expresión severa cuando Ryder Courtney se puso de pie para
irse, ahora con más decisión. Esta vez, Rebecca no procuró demorar su partida.

***

Era más de medianoche cuando Ryder cabalgó de regreso a su almacén. Durmió sólo unas pocas
horas antes de que Bacheet lo despertara. Comió su desayuno —tortas de dhurra duras y frías y carne
salada con encurtidos— sentado frente a su escritorio, trabajando en su libro diario a la luz de las lámparas
de aceite. Sintió una vertiginosa sensación de miedo al ver lo delgado del hilo del que pendían sus
negocios.
Con excepción de las seiscientas libras depositadas en la sucursal cairota del Barings Bank, todos sus
bienes se concentraban en la ciudad asediada. En su almacén tenía dieciocho toneladas de marfil, de un
valor de cinco chelines por libra, pero sólo cuando llegaran a El Cairo. En la asediada Jartum, no valían ni
un saco de dhurra. Lo mismo podía decirse de la tonelada de goma arábiga, la resina de acacia secada en
pegajosos lingotes nebros. Era un valioso insumo que se empleaba en la industria del arte, los cosméticos
y la impresión. En El Cairo, su provisión se vendería por muchos miles de libras. Además, tenía cuatro
grandes depósitos abarrotados hasta el techo de cueros bovinos secos adquiridos a los dinka y los shiluk,
las tribus pastorales meridionales. Otro depósito estaba colmado de bienes de intercambio: rollos de
alambre de cobre, cuentas de cristal de Venecia, cabezas de hacha y de azada de acero, espejos de mano,
viejos mosquetes Tower, barricas de pólvora negra barata, rollos de calicó y de algodones de Dirmingham,
además de todas las demás fruslerías y bagatelas que hacían las delicias de los regentes de los reinos del
sur y sus subiditos.
En las jaulas y corrales del otro extremo del recinto estaban las aves y (mímales salvajes que eran
parte importante de sus bienes transables. Habían sido capturados en las sabanas y bosques de Ecuatoria y
traídos río abajo en sus gabarras y su vapor. En los corrales descansaban, se amansaban y se
acostumbraban a sus cuidadores humanos. Al mismo tiempo, los cuidadores aprendían qué alimentos y
qué trato asegurarían que llegaran con vida hasta que fuesen transportados al norte, Nilo arriba, para ser
vendidos en remate a los traficantes y sus representantes en El Cairo y Damasco, e incluso en Nápoles y
Roma, donde los precios eran considerablemente mayores. En esos mercados, algunas de las especies
africanas más raras podían cotizarse en más de cien libras por cabeza.
Sus posesiones más valiosas estaban escondidas tras la puerta de acero de la habitación-fuerte, oculta
detrás de un tapiz persa: más de cien bolsas de dólares de plata María Teresa, moneda ubicua del Cercano
Oriente, así llamada por llevar la efigie de la rechoncha reina de Hungría y Bohemia. Era la única moneda
aceptable en los reinos montañosos de los abisinios y los otros pueblos relativamente sofisticados con los
que comerciaba, como los mutesa de Buganda y los hadendowa y los saar de los desiertos orientales. Por
el momento, habría poco comercio con los emires de esas tribus árabes del desierto. La mayor parte de
ellos se había unido en masa a la-yz-had del Madí.
Sonrió sardónicamente a la luz de las lámparas. Me pregunto si el Madí será susceptible a un
ofrecimiento de dólares María Teresa, pensó. Pero supongo que no. He oído que ya lleva acumulado
pillaje por valor de más de un millón de libras.

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En la habitación fuerte, junto a los bolsas de lona llenas de dólares había tesoros aún más valiosos:
cincuenta sacos de grano dhurra, un par de docenas de cajas de cigarros cubanos, media docena de cajas
de coñac Hiñe y cincuenta libras de café abisinio.
El Chino Gordon está fusilando acaparadores. Espero, pensó, que me ofrezca un último cigarro y una
venda para los ojos. Luego, volvió a ponerse muy serio. Antes de que Gordon requisara el Intrepid Ibis,
Ryder había hecho planes para trasladar la mayor cantidad posible de su mercadería por el río hasta El
Cairo. Luego, desafiaría el bloqueo fluvial.
También había planeado que, mientras él se ocupara de esa travesía, Bacheet llevaría la mercadería
que más abultaba y menos valía por caravana de camellos hasta Abisinia y tal vez a uno de los puertos
comerciales de la costa del Mar Rojo. Aunque el Madí había desplegado sus ejércitos a lo largo de la
margen izquierda del Nilo Azul, y bloqueaba el río, aún quedaban muchas brechas en el cordón del asedio.
La principal era una amplia cuña de desierto abierto entre los dos ríos, el vértice de la cual era ocupado
por la ciudad. Sólo el canal angosto protegía esta parte del perímetro de la ciudad y aunque los hombres
del general Gordon lo estaban ensanchando y profundizando, más allá de aquél no había nada: ningún
ejército derviche, sólo arena, matas y unos pocos sotos de acacia espinosa en cientos de millas.
Said Majtum, uno de los pocos emires que aún no se había pasado a los derviches, había convenido
con Ryder, a cambio de una suma, acercar sus camellos a la ciudad, desde donde no se verían pues los
ocultaría una baja cresta rocosa. Allí, bajo la supervisión de Bacheet, cargarían las mercancías y las harían
pasar subrepticiamente la frontera del Sudán hasta una de las estaciones comerciales de Ryder, al pie de
las montañas abisinias. Ahora, todos esos planes debían ser descartados. Se vería forzado a dejar todas sus
posesiones en la ciudad asediada, llevando tan sólo una carga de refugiados consigo.
—¡Maldito general condenado Chino condenado Gordon! —dijo poniéndose de pie abruptamente y
caminando por la habitación. Además de su cámara en el Intrepid Ibis, ése era su único hogar permanente.
Su padre y su abuelo habían sido hombres errabundos. De ellos había aprendido la vida itinerante del
cazador y mercader africano. Pero ese almacén era su hogar. Sólo necesitaba de una buena mujer para
estar completo.
Una repentina imagen de Rebecca Benbrook se desplegó en su mente. Sonrió con tristeza. Tenía la
sensación de que, por alguna razón que no sabía explicar, había quemado sus puentes en ese aspecto.
Cruzó la habitación hasta la pared de piedra donde anillas de bronce sostenían dos inmensos colmillos de
elefante y acarició distraídamente uno de los manchados y amarillentos objetos. La sensación del marfil
pulido bajo sus dedos era tan tranquilizadora como la de las sartas de cuentas que los árabes manosean
incesantemente. Ryder había matado al poderoso macho al que habían pertenecido los colmillos de un
solo tiro en los sesos en Karamoyo, mil millas al sur de Jartum por el Nilo de Victoria.
Sin dejar de acariciar el marfil, estudió la desteñida fotografía con marco de ébano que pendía de la
pared más cercana. Representaba a una familia de pie frente a una carreta de bueyes en un paisaje
melancólico pero inconfundiblemente africano. El vehículo llevaba uncido un tiro de dieciséis bueyes y el
conductor negro estaba de pie junto a ellos, listo para hacer restallar su largo látigo y emprender la marcha
hacia algún destino sin nombre allí en la azul lontananza. En el centro de la imagen, se veía al padre de
Ryder sobre su caballo preferido, un animal castrado color gris que se llamaba Zorro. Era un hombre
grande, de físico poderoso y espesa barba oscura. Había muerto hacía tanto tiempo que Ryder no-podía
recordar si se parecía razonablemente a esa fotografía. Sostenía a Ryder, de seis años, cuyas largas y
flacas piernas pendían a ambos lados de la montura. Su madre estaba de pie junto a la cabeza del caballo,
mirando a la cámara con serenidad. Recordaba cada detalle de sus hermosas facciones y, como siempre
que las miraba, su corazón se contrajo ante su recuerdo. Tenía a su hermana de la mano. Alice tenía unos
pocos años más que Ryder. Al otro lado se veía al hermano mayor de Ryder, que rodeaba a su madre de la
cintura con gesto protector. Ese día, Waite Courtney cumplía dieciséis años. Tenía diez años más que
Ryder, y había sido más padre que hermano para él después de que el padre fuera muerto por un búfalo
herido en el transcurso de la travesía en que los cinco que salían en la foto estaban a punto de embarcarse.
La última vez que Ryder lloró fue cuando recibió desde Londres el telegrama en que su hermana Alice le

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daba la terrible noticia de que Waite había sido muerto por los zulúes en algún campo de batalla olvidado
de Dios, en Sudáfrica, al pie de una colina llamada Isandlwana, el Lugar de la Pequeña Mano. Había
dejado a su viuda, Ada, con dos hijos, Sean y Garrick; afortunadamente ya eran casi hombre hechos y
derechos y podrían ocuparse de ella.
Ryder suspiró y alejó esos tristes pensamientos de su mente. Llamó a Bacheet. Aunque aún estaba
oscuro, había mucho que hacer ese día si querían estar listos para partir antes de medianoche.
Los dos hombres se dirigieron a la puerta del corral de los animales, pasando por el depósito de
marfil. El viejo Alí los recibió tosiendo y refunfuñando.
—¡Oh, bienamado de Alá! —lo saludó Ryder—. ¡Que los vientres de todas tus jóvenes esposas sean
fructíferos! Y que su ardor encienda tu corazón y afloje tus rodillas.
Alí trató de no sonreír ante la falta de respeto, pues sus tres esposas eran viejas brujas. Cuando casi se
le escapa una risa, la convirtió en tos, escupiendo un gargajo amarillento en el polvo. Alí era el encargado
de los animales, y aunque parecía odiar a todo el género humano, era un mago para tratar con los seres
salvajes. Llevó a Ryder a inspeccionar las jaulas de los monos. Todas estaban limpias, y el agua y el
alimento de los comederos estaban recién puestos. Ryder entró en la jaula de un colobo y su favorito le
saltó al hombro y mostró los dientes. Ryder encontró lo que quedaba de la torta de dhurra de su desayuno
en su bolsillo y se la dio. Acarició el bello pelaje blanco y negro mientras continuaban recorriendo la
hilera de jaulas. Había cinco especies distintas de simio, incluyendo babuinos cinocéfalos y dos
chimpancés jóvenes, muy solicitados en Europa y Asia y que encontrarían ávidos compradores en El
Cairo. Treparon y se abrazaron al cuello de Alí; el más pequeño le chupó una oreja como si se tratara de
una mama de su madre. Alí les gruñó en tono suave y amoroso.
Detrás de los monos había jaulas llenas de aves, desde estorninos de vividos tonos metálicos hasta
águilas, grandes lechuzas, cigüeñas de largas patas y calaos, con picos que parecían grandes trompetas
amarillas.
—¿Aún puedes encontrar comida para ellos? —dijo Ryder, indicando a las aves carnívoras atadas de
la pata a sus postes. Alí gruñó sin comprometerse, pero Bacheet respondió por él.
—Las ratas son los únicos anímales que aún medran en la ciudad. Los chicos las traen por dos
monedas de cobre cada una. —Alí le dirigió una mirada ponzoñosa por divulgar información que no le
concernía.
En el extremo más lejano del corral, los antílopes estaban encerrados juntos. En cambio los búfalos
del Cabo, demasiado agresivos para convivir con otros animales, tenían un recinto propio. Aún eran crías,
apenas destetadas, pues los animales jóvenes eran más resistentes y viajaban mejor que las bestias
maduras. Ryder dejó para el final los dos raros y hermosos antílopes que había capturado en su última
expedición. Tenían lustroso pelaje rojizo con nítidas bandas blancas, grandes ojos líquidos y orejas en
forma de trompeta y también eran crías, pero cuando llegaran a su plena madurez tendrían el tamaño de un
pony. Entre sus orejas apuntaban unos bultos que pronto brotarían, transformándose en fuertes cuernos
retorcidos. Aunque ya se conocían cueros curtidos del bongo, hasta donde Ryder sabía no habían salido a
la venta especímenes vivos en Europa. Una yunta en condiciones de reproducirse, como ésta, valdría lo
que el rescate de un príncipe. Les dio torta de dhurra y lamieron golosamente la palma de su mano. i
Mientras continuaban su gira, Ryder y Ali discutieron acerca de cuál Hería la mejor manera de mantener
una constante provisión de forraje que mantuviera a sus pupilos vivos y saludables. Los bongos eran
animales que ramoneaban, y Alí había descubierto que aceptaban el follaje de acacia. En sus camellos, los
hombres de Al-Mahtoum traían regularmente del desierto cargas de ramas cortadas a cambio de puñados
de dólares María Teresa. —Pronto deberemos capturar otra isla flotante de juncos, pues de no ser así, los
demás animales morirán de hambre —advirtió Alí en tono lúgubre. Disfrutaba transmitiendo noticias
preocupantes. Cuando islas flotantes de yerbas del pantano y papiro se desprendían de las densas masas de
las lagunas y canales del Sud, el Nilo las llevaba corriente abajo. Algunas de estas islas eran tan extensas y
sólidas que a menudo traían en ellas grandes animales de los pantanos. A pesar de que los derviches

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procuraban impedirlo a toda costa, Ryder y sus hombres lograban apoderarse de esas balsas vivientes con
largos cables y subirlas a la orilla. Allí, equipos de trabajadores cortaban la densa vegetación en bloques
manejables, que dejaban amarrados en el foso del canal. Las hierbas y juncos se mantenían verdes hasta
que llegaba el momento de usarlas como forraje.
Apenas si quedaba la suficiente luz diurna como para que Ryder finalizara sus preparativos para dejar
Jartum, y para el momento en que Bacheet y él dejaron el recinto rumbo al muelle viejo, acompañados de
una fila de camellos de carga, el sol se ponía. Cuando subieron a bordo, Jock McCrump ya había juntado
presión en las calderas del Intrepid Ibis.
Mientras terminaban de cargar los últimos atados de leña para la caldera, Ryder tenía dolorosa
conciencia de los ojos que los espiaban desde la ciudad. Cuando terminaron, el sol ya se había puesto
hacía dos horas, pero el calor del día aún estrechaba a la ciudad en un sudoroso abrazo cuando la luna
comenzó a asomar por encima del horizonte al este, transformando las feas construcciones de la ciudad
con sus pálidos rayos románticos.
Inadvertida en medio del escaso tráfico fluvial, una pequeña faluca empleó lo que quedaba de la brisa
del atardecer para dejar la orilla de Omdurman y deslizarse río abajo. A cubierto de la oscuridad pasó a
una distancia no mucho mayor que su propio largo de la entrada al puerto viejo. El capitán, de pie en una
de las bancadas, miraba atentamente la entrada. Vio antorchas que ardían, las cuales, junto a los rayos de
la luna, le permitieron distinguir toda la desusada actividad que se desarrollaba en torno al vapor del
ferenghi amarrado en la ensenada interior. Oyó el clamor y los gritos de muchas voces. Era tal como le
habían informado. El barco ferenghi se disponía a abandonar la ciudad. Volvió a sentarse junto a la caña
del timón, le silbó suavemente a su tripulación de tres hombres para que tensaran la gran vela latina para
aprovechar mejor la brisa de la noche e hizo girar el timón. La pequeña nave viró y cruzó la corriente a
gran velocidad, dirigiéndose a Omdurman, en la orilla occidental del río. En cuanto se acercaron a tierra,
el capitán volvió a silbar, pero con un sonido más penetrante, que fue respondido casi de inmediato desde
la oscuridad:
—¡En nombre del Profeta y del Divino Madí, habla!
El capitán volvió a ponerse de pie y respondió a los centinelas de la orilla:
—El único Dios es Dios, y Mahoma es su profeta. Traigo noticias para el califa Abdulahi.
El Intrepid Ibis continuaba atracado en el muelle de la ciudad vieja. Jock McCrump y Ryder Courtney
revisaban la fila de rifles Martini-Henry en el armero de la parte trasera del puente abierto, asegurándose
de que estuvieran cargados, y de que hubiera paquetes adicionales de los grandes cartuchos Boxer-Henry .
45 a mano, para el caso de que chocaran con el bloqueo derviche al dejar el puerto.
En cuanto terminaron los preparativos finales, los primeros de los pasajeros más importantes subieron
por la planchada. Bacheet los conducía a sus aposentos. El Ibis sólo tenía cuatro camarotes. Uno le
pertenecía a Ryder Courtney pero, a pesar de las protestas de Bacheet, se lo cedería a la familia Benbrook.
Sólo había dos literas en el pequeño camarote. Estarían hacinados, pero al menos tendrían su propio baño.
Las niñas tendrían alguna privacidad en el atestado vapor. Presumiblemente, una de las gemelas podía
dormir con su padre, mientras que la otra lo haría con Rebecca. Los restantes camarotes se les habían
adjudicado a los cónsules extranjeros, mientras que el resto de los casi cuatrocientos pasajeros debería
contentarse con las cubiertas o ir apiñados en las tres gabarras vacías. La cuarta gabarra estaba cargada de
leña, de modo de que no se vieran forzados a bajar a tierra en busca de ese precioso insumo.
Ryder miró hacia el horizonte al este. Faltaban pocos días para la luna llena, y daba la suficiente luz
como para distinguir el canal que descendía hacia la garganta de Shabluka. Desgraciadamente, también
alumbraría el blanco para los artilleros derviches. Su puntería mejoraba día a día, pues crecían su
experiencia y su práctica para apuntar los cañones Krupp capturados en El Obeid. Parecían poseer un
suministro inagotable de municiones.
Ryder miró al muelle y sintió una punzada de irritación. El mayor Al-Faroc, del estado mayor de
Gordon, había hecho formar a una compañía de sus tropas para que protegiera el perímetro del puerto.

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Con bayonetas caladas, se disponían a evitar que la muchedumbre de refugiados que no tenían el
salvoconducto del general Gordon intentara tomar por asalto el pequeño vapor y abordarlo por la fuerza.
El desesperado populacho recurriría a cualquier procedimiento y correría cualquier riesgo con tal de tener
una oportunidad de abandonar la ciudad. Lo que molestaba a Ryder era que al-Faroc les había permitido a
sus hombres encender antorchas para poder examinar los rostros y los documentos de los aspirantes a
pasajeros que formaban fila a la entrada. Ahora, la luz de las antorchas iluminaba todo el muelle al
escrutinio de los centinelas derviches al otro lado del río.
—¡En nombre de Dios, mayor, haga que sus hombres apaguen esas luces! —bramó Ryder.
—Tengo órdenes estrictas del general Gordon de no permitirle el paso a nadie sin examinar sus
papeles.
—Está llamando la atención del Madí a nuestros preparativos para partir —gritó Ryder en respuesta.
—Tengo mis órdenes, capitán.
Mientras discutían, la multitud de pasajeros y aspirantes aumentaba velozmente. La mayor parte de
ellos llevaban niños pequeños o atados con sus posesiones. Y se estaban poniendo ansiosos y llenándose
de pánico al ver que les era prohibida la entrada. Muchos gritaban y agitaban sus pases por encima de sus
cabezas. Los que no tenían pase permanecían, obcecados y con expresión adusta, esperando su ocasión.
—Deje pasar a esos pasajeros —gritó Ryder.
—No sin examinar antes sus pases —respondió el mayor y le volvió la espalda, dejando a Ryder en la
barandilla, lleno de rabia impotente. Al-Faroc era terco, y el altercado no tendría otro resultado que
demorar interminablemente el embarque. Entonces, Ryder notó la alta figura de David abriéndose paso
entre la multitud, con sus hijas siguiéndolo de cerca. Con alivio, vio que Al-Faroc los había reconocido y
les hacía pasar su cordón de tropas. Se apresuraron a alcanzar la planchada, cargados de sus posesiones
más preciadas. Saffron arrastraba su caja de pinturas y Amber una bolsa de lienzo donde llevaba sus libros
favoritos. Nazira empujó a las niñas para que subieran por la planchada, pues David había usado toda su
influencia y la dignidad de su función para obtener un salvoconducto para ella.
—Buenas noches, David. Tú y tu familia ocuparán mi camarote —le dijo Ryder en cuanto subió a
bordo.
—¡No!, ¡No! Querido amigo, no vamos a desalojarlo de su casa. —Estaré constantemente ocupado
sobre el puente durante el viaje —le aseguró Ryder—. Buenas tardes, señorita Benbrook. Sólo hay dos
literas angostas. Me temo que estarán un poco hacinados, pero es lo mejor que hay. Su doncella deberá
ocupar su lugar en una de las gabarras.
—Buenas noches, señor Courtney. Nazira es una de nosotros. Puede compartir una litera con Amber.
Saffron puede compartir con mi padre. Yo dormiré en el suelo del camarote. Estoy segura de que todos
estaremos muy cómodos —anunció Rebecca con tono definitivo. Antes de que Ryder pudiera protestar,
ominosos gritos a coro y abucheos surgieron de la gran multitud que los guardias detenían a la entrada del
muelle, como una inundación contenida por una represa frágil. Fue una bienvenida excusa para evitar otra
confrontación con Rebecca. Había un brillo ominoso en sus ojos oscuros y algo desafiante en su forma de
levantar la barbilla.
—Con permiso, David. Los dejaré para que se instalen. Tengo que hacer en otra parte. —Ryder los
dejó y bajó corriendo por la planchada. Cuando llegó junto al mayor Al-Faroc vio que la multitud
contenida por la línea de soldados se volvía más grande y revoltosa a cada minuto y que ya presionaba
contra las puntas mismas de las bayonetas. Monsieur Le Blanc fue el último integrante del cuerpo
diplomático que llegó. Incongruentemente, vestía una amplia capa de ópera y un sombrero tirolés con la
banda adornada de un puñado de plumas. Lo seguía una procesión de sirvientes, cada uno pesadamente
cargado con equipaje del diplomático. Sobre los hombros de sus porteadores había un par de grandes
baúles de viaje con herrajes de bronce, cada uno de ellos del tamaño del sarcófago de un faraón.

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—No puede traer todas esas porquerías a bordo, Monsieur —le dijo Ryder en cuanto los guardias le
permitieron pasar.
Le Blanc llegó hasta él, con el sudor que le chorreaba de la barbilla y abanicándose con un par de
guantes amarillos.
—Esas "porquerías", como usted las llama, Monsieur, son mi guardarropas completo, que es
irreemplazable. No puedo irme sin él.
Ryder percibió inmediatamente que discutir con él era inútil. Pasó por delante de Le Blanc y enfrentó
al primer grupo de porteadores cuando atravesaban el cordón, tambaleándose bajo el peso de su carga.
—¡Déjenlos! —ordenó en árabe. Se detuvieron y lo miraron fijamente. —¡No le hagan caso! —chilló
Le Blanc y se precipitó a abofetearlos en la cara con su guante—. ¡Traedlo, mes braves! Los porteadores
volvieron a avanzar, pero Ryder, tras medir con la mirada a quien era claramente el porteador jefe, se
dirigió a éste y le pegó un puñetazo en la punta del mentón. El porteador se desplomó como si le hubieran
pegado un tiro en la cabeza. A sus compañeros se les resbaló el baúl, que se estrelló sobre el piso de losas
de piedra. La tapa se abrió violentamente y una pequeña avalancha de vestimentas y artículos de tocador
se derramó sobre el muelle. Los demás porteadores no esperaron a que ocurriera nada más, sino que
dejaron caer sus cargas y huyeron de la furia del demente capitán ferenghi.
—¡Mire lo que hizo! —gritó Le Blanc, y cayó de rodillas. Comenzó a recoger brazadas de sus
esparcidas posesiones, tratando de meterlas de nuevo en el baúl. Detrás de él, la multitud percibió una
oportunidad. Empujaron con más fuerza, y los guardias se vieron obligados a retroceder unos pasos.
Ryder aferró el brazo de Le Blanc y lo obligó a ponerse de pie.
—Vamos, francés imbécil —dijo. Trató de arrastrarlo hacia la planchada.
—Si yo soy un imbécil, usted es un bárbaro inglés —aulló Le Blanc. Se inclinó y aferró la pesada
manija de bronce de uno de los baúles. Ryder no pudo hacer que la soltara, aunque tiró de él con todas sus
fuerzas.
Desde la multitud, alguien lanzó una pesada piedra contra la cabeza del mayor al-Faroc. Erró el
blanco y golpeó la mejilla de monsieur Le Blanc. Con un chillido de dolor, soltó la manija del baúl y se
aferró la cara con las dos manos.
—¡Estoy herido! ¡He sufrido una grave lesión!
De la multitud surgieron más piedras, que cayeron entre los soldados y rebotaron contra el suelo. Una
golpeó a un sargento egipcio, que soltó su fusil y cayó sobre una rodilla, tomándose la cabeza. Sus
hombres retrocedieron, mirando por encima de sus hombros en busca de una línea de retirada. La multitud
ululó como una jauría de sabuesos y empujó con más fuerza. Alguien recogió el rifle caído del sargento y
lo apuntó al mayor al-Faroc. El hombre disparó, y una bala rozó la sien del mayor. Al-Faroc cayó,
aturdido. Sus hombres rompieron filas y corrieron, pisoteando su cuerpo postrado. En un instante, se
habían transformado de guardias en refugiados. Ryder recogió a Le Blanc y corrió con él pateando,
gritando y luchando entre sus brazos, como un niño con un berrinche.
Ryder dejó caer al francés sobre la cubierta, y corrió al puente. —¡Suelten amarras! —le gritó a su
tripulación, en el momento mismo en que la primera ola de la soliviantada multitud y la mitad de los
askaris egipcios trepaba a bordo. Ahora, la cubierta estaba tan llena de gente que la tripulación resultó
desplazada de sus puestos y no pudo llegar a las amarras. Cada vez más personas corrían por el muelle y
saltaban a bordo del vapor o trepaban a las gabarras. Los que ya estaban a bordo trataban de rechazarlos, y
la cubierta quedó tapada por el revoltijo de cuerpos que luchaban.
Saffron asomó la cabeza del camarote principal para ver la diversión. Ryder la tomó, la puso a la
fuerza en los brazos de su hermana mayor, y empujó a ambas de vuelta a la cabina.

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—¡Quédense fuera del camino! —gritó, y cerró la puerta de un golpe. Luego, tomó el hacha de
incendio de su lugar al comienzo de la escalera que conectaba las cubiertas. Hordas interminables de
nuevos revoltosos salían de la oscuridad.
Ryder sintió cómo la cubierta del Ibis se inclinaba ante la despareja distribución de peso.
—¡Jock! —gritó desesperadamente—. Estos bastardos harán que volquemos. Tenemos que alejar el
barco del muelle. —Él y Jock se abrieron paso peleando entre la multitud. Lograron cortar las amarras,
pero para ese momento, el Ibis ya se escoraba peligrosamente.
Cuando Ryder llegó otra vez al puente y abrió el acelerador, sintió el enorme lastre de las gabarras
sobrecargadas. Echó una mirada hacia éstas y vio que la más cercana tenía menos de dos pies por encima
de la superficie del agua. Hizo girar el timón hacia la entrada de la ensenada.
El Ibis era impulsado por un motor Cowper, una poderosa unidad de tres cilindros. Ese diseño
moderno incorporaba una cámara de vapor intermedia para expansión compuesta, que permitía una
presión en las calderas muy superior a la de modelos previos. El Ibis necesitaba toda esa potencia para
poder remolcar la hilera de gabarras, pesadamente cargadas, aguas arriba a través de las veloces corrientes
de las cataratas. Ahora, con la tracción del Cowper, tomó velocidad y una ola blanca brotó en torno a la
proa de cada gabarra. A medida que aumentaba la velocidad, las aguas se curvaban por encima de las
proas. De los pasajeros de las gabarras se elevó un coro de gritos de desesperación cuando éstas
comenzaron a hacer agua y a hundirse aún más. Ryder bajó la potencia y logró pilotear el Ibis y sus
remolques pasando por la entrada de la ensenada hasta río abierto, donde tenía más espacio para
maniobrar, pero el aumento de la turbulencia en la superficie exacerbaba el crecimiento de las olas que
azotaban las proas.
Ryder se vio obligado a disminuir la aceleración hasta casi quedarse sin potencia. El barco fue
atrapado por la corriente y derivó a lo largo de canal, mientras los cables de remolque se enmarañaban.
Las pesadas gabarras se precipitaron contra el Ibis. La que iba más adelante chocó contra su popa, y lo
hizo vibrar.
—¡Suéltelos! —gritó Le Blanc. El terror había vuelto tan estridente su voz, que la misma se oía por
sobre el estrépito. —¡Corte las amarras! ¡Déjelos atrás! ¡Es todo culpa de ellos!
Los barcos enredados, unidos por sus cables de remolque, derivaron pasando los últimos edificios de
la ciudad hasta llegar a las amplias aguas de los Nilos combinados. Ryder se dio cuenta de que debía
fondear para darse tiempo a corregir la estiba de las gabarras de modo de poder remolcarlas sin problemas.
Consideró la posibilidad de regresar para hacer descender a sus polizones. Tal como estaban las cosas,
podían darse vuelta en la garganta de Shaluka. Aun si lograran sortearla, los pasajeros legítimos no
soportarían el hacinamiento durante el calor de la travesía del Desierto Madre de las Piedras. Ryder dio
orden de echar el ancla mayor antes de que resultaran arrastrados más allá de la protección de la artillería
del general Gordon. De pronto, Bacheet lanzó un grito de advertencia.
—¡Se acercan barcos a toda velocidad! ¡Barcos derviches de la otra orilla! —Ryder corrió hacia él y
vio una flotilla de docenas de pequeñas embarcaciones fluviales que surgieron de la oscuridad, veloces y
silenciosas desde la dirección de Omdurman, falucas, nuggars y pequeños dhows. Regresó corriendo al
puente. La lámpara de diez mil bujías de potencia estaba montada sobre la brazola del puente. Dirigió el
brillante haz blanco sobre las naves que se acercaban. Vio que estaban atestadas de ansar armados. Los
derviches debían de estar plenamente informados de sus planes de fuga, y habían estado esperando para
emboscar al Intrepid Ibis. A medida que se acercaban al vapor y a su enredada ristra de gabarras, los ansar
vociferaban su terrible alabanza a Dios, blandiendo sus montantes. Las largas hojas relucían en el haz y
los pasajeros de las gabarras gimieron de terror.
—¡A la barandilla! —le gritó Ryder a sus hombres—. ¡Listos para repeler el abordaje!
La tripulación sabía los pasos a seguir. Los practicaban frecuentemente, pues el Nilo superior era un
lugar peligroso y las tribus que vivían a sus orillas y en sus pantanos eran salvajes y combativas. Se
abrieron paso para ocupar sus puestos al costado del barco y enfrentar al enemigo, pero los pasajeros se

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apiñaban y era casi imposible pasar por entre ellos. La masa de cuerpos humanos fue impulsada hacia
adelante al ser empujada desde atrás, y algunos de quienes estaban más cerca de la borda cayeron al río.
Gritaron y chapalearon en la superficie, hasta que la corriente los arrastró o desaparecieron bajo las aguas.
Una joven esposa que llevaba a su recién nacido atado a la espalda cayó, y aunque manoteó desesperada para
mantener la cabeza de su bebé fuera del agua, ambos fueron absorbidos por la hélice del Intrepid Ibis.
Era inútil tratar de rescatar a los que habían caído al agua. Tampoco había tiempo para fondear, pues
los botes de los derviches se acercaban rápidamente: en cuanto llegaron a las gabarras, lanzaron sus
ganchos de abordaje, y los guerreros ansar intentaron trepar a bordo, pero les fue imposible hacer pie en
las atestadas cubiertas. A estocadas y tajos, procuraban abrir un claro entre los pasajeros que gritaban. Las
gabarras se balanceaban sin control. Más cuerpos cayeron por la borda.
La siguiente ola de botes derviches avanzó sobre el Ibis desde estribor. Ryder no osaba acelerar sus
máquinas, pues temía que ello inundara la primera gabarra. Si eso ocurría, la tracción sobre la amarra de
remolque sería tan poderosa que la gabarra podía llegar a hundir ai Ibis tras ella. No se podía huir, así que
habría que rechazarlos peleando.
Para ese momento, Jock McCrump y Bacheet ya habían distribuido los rifles Martini-Henry del
armero. Algunos de los askaris egipcios habían traído a bordo sus carabinas Rémington y formaron
hombro con hombro junto a la tripulación en la barandilla. Ryder enfocó el haz sobre los botes que se
acercaban. La desnuda luz alumbraba los rostros de los ansar, homicidas con el ansia de batalla y el ardor
religioso. Parecían tan inhumanos como una legión surgida de las puertas de infierno.
—¡Apunten! —gritó Ryder, y todos se echaron sus rifles al hombro—.
Una andanada. ¡Fuego!
El granizo de pesadas balas de plomo llovió sobre las cerradas filas de los árabes de las falucas y
Ryder vio cómo un derviche caía al río, mientras su espada saltaba de su mano dando vueltas en el aire y
la mitad de su cráneo volaba en una vivida nube de sangre y sesos que dibujó un rocío carmesí en la luz
del foco. Muchos más fueron derribados o arrojados por la borda por el impacto a tan corta distancia de
las balas de 450 granos.
—¡Carguen! —vociferó Ryder. Los bloques de cierre lanzaron su metálico chasquido y las vainas
servidas cayeron con un tintineo. Los fusileros cargaron nuevos cartuchos en las recámaras abiertas y
corrieron el cerrojo.
—Una andanada. ¡Fuego!
Antes de que los hombres de los botes se recuperaran de la primera descarga, los golpeó la segunda,
que trataron de evitar.
En ese momento, Ryder oyó la voz de David por encima de los gemidos y chillidos de los demás
pasajeros.
—¡Detrás de usted, señor Courtney! —David se había trepado al techo de la cabina. Estaba de pie allí,
con una de sus escopetas lista para disparar, a la altura del pecho. Ryder vio que junto a él estaba Rebecca.
Tenía un revólver Webley de su padre en cada mano, y los manejaba con aire expeditivo. Detrás de ellos
estaban las gemelas, cada una con una escopeta cargada lista para pasarle a su padre. Sus rostros estaban
pálidos como la luna, pero decididos. La familia Benbrook formaba un pequeño y heroico grupo por
encima de la confusión que reinaba en cubierta. Ryder sintió que lo invadía una oleada de admiración por
ellos.
David señalaba hacia la otra barandilla con el cañón de su escopeta, y Ryder vio que otra ola de botes
derviches se acercaba de ese lado. Se dio cuenta de que sus hombres no podrían atravesar la atestada
cubierta para llegar allí antes de que los atacantes subieran a bordo. Si lo intentaran, el lado de estribor
quedaría indefenso. Antes de que pudiera tomar una decisión y dar la orden del caso, David se hizo cargo
de la situación. Alzó la escopeta Purdey y disparó a derecha e izquierda sobre la tripulación de la nave
más cercana. A esa distancia, la difusa nube de perdigones era más potente que la aislada bala Boxer-

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Henry. La instantánea carnicería que produjo en la faluca desconcertó a los derviches atacantes. Habían
caído cuatro o cinco de ellos, y se debatían sobre la cubierta en charcos de su propia sangre. Otros cayeron
por la borda y fueron arrastrados por la corriente.
Saffron le pasó la segunda Purdey a su padre mientras Amber recargaba la recién disparada. Rebecca
disparó los revólveres Webley sobre la faluca más cercana. El retroceso de cada tiro alzó hasta encima de
su cabeza las pesadas armas, pero el efecto fue letal. David volvió a disparar, en una sucesión de tiros tan
veloz que parecían mezclarse unos con otros con abrumadora potencia. Cuando este infierno de
perdigones de plomo y balas de revólver roció los botes, y vieron al alto hombre blanco que ocupaba el te-
cho de la cabina alzar una tercera escopeta y apuntarles, dos de los capitanes de las falucas volvieron sus
proas hacia tierra y emprendieron el regreso, poco deseosos de seguir recibiendo semejante castigo.
—¡Buen trabajo! —rió Ryder—. ¡Y bien por ustedes, bellas damas! Las falucas de los derviches
renunciaron a tan peligrosa y cruel presa y volvieron sus atenciones a las sobrecargadas e indefensas
gabarras. Ahora que todos los atacantes se concentraban sobre ellas, su suerte parecía echada. Los ansar
derviches las abordaron repartiendo tajos con sus espadas y los pasajeros, retrocediendo como sardinas
atacadas por una barracuda, se hacinaron contra el lado opuesto de la pesada embarcación. El peso de
todos juntos hizo que la nave se escorara y la barandilla quedara por debajo de la superficie del agua, que
inundó la nave. La gabarra osciló y se dio vuelta. Su fondo, cubierto de plantas acuáticas miró a la luna
durante un instante. Luego, se sumergió y desapareció.
De inmediato, la gabarra actuó como ancla sobre el cable de remolque y el Intrepid Ibis se encabritó
cruelmente, como un caballo al que se hace sentar a la fuerza. La línea de remolque estaba compuesta de
tres amarras comunes trenzadas entre sí. Era inmensamente poderosa, demasiado fuerte para cortarse y
soltar la gabarra. La popa del Ibis era arrastrada irresistiblemente hacia abajo, y el agua inundó de una
oleada la cubierta de popa. Ryder arrojó su fusil a uno de los fogoneros del Ibis y tomó la pesada hacha de
incendio que éste llevaba. Saltó a la cubierta que se inundaba y se abrió paso con los hombros hasta la
popa. El agua, que caía en cascadas por sobre el yugo, no tardaría en inundar la sala de máquinas y apagar
el fuego de la caldera. Ryder repartió bien su peso, parándose firmemente ante la línea de remolque, que,
tensada hasta quedar dura como una barra de hierro, salía de la pasteca de las planchas de popa. Era gruesa
como la pantorrilla de un hombre gordo, y los filamentos que la formaban, empapados, no cedían ni tenían
elasticidad alguna.
Con toda su fuerza, Ryder alzó cuanto pudo el hacha por sobre su cabeza, y cuando golpeó, una
docena de filamentos se cortaron. Volvió a balancear el hacha lo más alto que pudo, concentrando cada
onza de musculatura en el golpe. Otros doce filamentos cedieron. Siguió golpeando, gruñendo con la
potencia de cada impacto. Los filamentos que quedaban se destrenzaron y cortaron ante la feroz tensión
ejercida por la gabarra sumergida y el poder de la hélice del Ibis. Ryder retrocedió de un salto justo antes de
que la línea seccionada, como una serpiente monstruosa, diera un latigazo en su dirección. Si el cable
cortado lo hubiera alcanzado de lleno, podría haberle roto las dos piernas, pero le erró por unas pocas
pulgadas.
Sintió cómo el Ibis saltaba bajo sus pies al liberarse de la gabarra, y cómo, luego de otro salto, se
enderezaba. Pareció sacudirse el agua de las cubiertas, como un perro de aguas cuando llega a tierra firme
con un ave en la boca. Luego, la hélice se enroscó, poderosa, en las aguas y el Ibis aceleró y avanzó en
forma súbita. El sacudón hizo que Saffron, que seguía en el techo de la cabina, perdiera pie. Agitó los
brazos mientras Rebecca trataba de sujetarla, pero se deslizó de entre sus manos y cayó hacia atrás con un
alarido. De haber golpeado la cubierta de acero, se habría hundido el cráneo, pero Ryder arrojó el hacha,
se zambulló por debajo de la niña y la atajó en el aire. Durante un momento, la mantuvo estrechada contra
su pecho. —Te aseguro que no eres un pájaro, Saffy. —Le sonrió y corrió con ella hacia el puente.
Aunque trataba de aferrarse a él, la arrojó sin ceremonias en los brazos de Nazira. Sin mirar atrás, saltó
detrás del timón del Ibis y abrió al máximo los aceleradores gemelos. Lanzando un chorro de vapor de los
escapes de sus émbolos, avanzó a toda máquina, feliz de quedar libre de la línea de remolque, y alcanzó

27
rápidamente su velocidad máxima de doce nudos. Ryder la hizo girar en una estrecha curva de ciento
ochenta grados, dirigiéndola a toda velocidad a la enmarañada masa de gabarras y falucas.
—¿Qué está por hacer? —preguntó David, apareciendo junto a Ryder, escopeta al hombro—.
¿Recoger a los que nadan?
—No —repuso sombríamente Ryder—. Voy a aumentar, no disminuir la cantidad de nadadores. —La
proa del Ibis estaba reforzada con un doble blindaje de planchas de acero de media pulgada que le
permitían soportar los choques contra las rocas de las cataratas. —Voy a embestir —le advirtió a David—.
Dígales a las chicas que vamos a pegar un tremendo impacto, que se agarren fuerte.
Los barcos derviches eran como una bandada de buitres sobre un elefante muerto. Ryder vio que
algunos de los ansar soltaban las líneas de remolque que unían a las gabarras y les pasaban los cables a los
dhow. Era evidente que su intención era arrastrarlos de a uno a los bajíos de la orilla opuesta, donde
podrían completar la masacre y el pillaje con tranquilidad. Los demás seguían sableando a los cuerpos
temblorosos que se hacinaban sobre la cubierta, o inclinándose por las bordas para acuchillar a ios que
bregaban en el agua, pidiendo misericordia a gritos. En el haz del foco del Ibis, las aguas del Nilo estaban
teñidas color jugo de mora por la sangre de los muertos y los heridos, y arroyuelos de sangre corrían por
los costados de las gabarras.
—Cerdos asesinos —murmuró. Y le dijo a Nazira: —Llévate a las gemelas al camarote. No tienen
que ver esto. —Sabía que era una orden inútil. Hacía falta más fuerza física que la de Nazira para sacarlas
del puente. En el reflejo del haz del foco, los ojos de las niñas se veían abiertos con horrible fascinación.
La gabarra que se había dado vuelta aún flotaba, pero no por mucho tiempo. De pronto, su popa se
alzó, apuntó a la luna, se deslizó bajo la superficie y desapareció. Ryder se dirigió a un grupo de tres
grandes falucas que se habían amarrado al costado de la más próxima de las gabarras restantes. Los ansar
estaban tan concentrados en su sangrienta tarea a bordo de aquélla que no parecieron notar que el Ibis se
lanzaba contra ellos. A último momento, uno de los capitanes de dhow alzó la vista y percibió el peligro.
Gritó una advertencia, y, cuando algunos de sus camaradas intentaron regresar a las falucas, el Ibis golpeó.
Ryder maniobró el vapor tan hábilmente que su proa de acero destrozó un casco de madera detrás de
otro en rápida sucesión, haciendo chillar y reventar el maderamen con el ruido de un cañonazo, mientras
los barcos volcaban o se sumergían bajo las aguas ensangrentadas. Aunque el Ibis rozó a la pasada el
costado de la gabarra, fue un golpe sesgado, y la embarcación se hizo a un lado, indemne.
Ryder miró hacia abajo, a los rostros aterrados de los refugiados sobrevivientes, y oyó sus penosos
pedidos de auxilio. Debía endurecer su corazón: había que elegir entre sacrificar a todos y rescatar a
algunos. Se alejó de ellos y volvió a virar el Ibis, aún a toda máquina, apuntándolo al siguiente grupo de
barcos de ataque de los derviches, que se agitaban inermes, sin espacio para maniobrar, junto a la otra
gabarra a la deriva.
Ahora, los ansar eran plenamente conscientes del peligro. El Ibis se precipitó sobre ellos, cegándolos
con el reluciente ojo de cíclope del foco. Algunos se arrojaron al agua. Pocos sabían nadar, y sus escudos
y montantes no tardaron en arrastrarlos al fondo. A toda máquina, el Ibis embistió la primera faluca, la
destrozó y siguió su camino casi sin disminuir la velocidad. Ahora, enfrentaba a uno de los mayores
dhows de los derviches, que tenía casi la misma longitud que el Ibis. La proa de acero del vapor se hundió
profundamente en su casco, pero no logró cortarlo en dos. El impacto la hizo encabritarse, y algunos de
los que iban en cubierta fueron lanzados por la borda junto a la tripulación del dhow.
Ryder puso marcha atrás y, mientras se alejaba retrocediendo del mortalmente herido dhow, recorrió
las aguas con el haz de su lámpara. La mayor parte de los botes derviches habían recuperado sus partidas
de abordaje de las gabarras, abandonando su presa ante el ataque feroz del Ibis. Izaron sus velas y
regresaron hacia la margen occidental. Las tres gabarras que quedaban ya no estaban unidas entre sí, pues
los árabes habían logrado cortar las líneas que las unían. Separadas, se dispersaban y derivaban hacia la
orilla occidental, impulsadas por la corriente de la gran curva del río. A la luz del poderoso haz, Ryder
llegaba apenas a distinguir las hordas derviches esperándolas para darles la bienvenida completando la

28
masacre. Hizo virar al Ibis en la esperanza de que pudiera alcanzar por lo menos a una de ellas y recoger
la línea de remolque a tiempo para alejarla de la orilla hostil.
Mientras avanzaba a toda velocidad hacia las gabarras vio que la que contenía la leña, que era la más
pesada, derivaba corriente abajo más lentamente que las demás. La corriente se había apoderado de las
otras dos, con sus cubiertas de pilas de muertos y heridos, sus costados embadurnados de sangre brillando
rojos a la luz de la lámpara. Pronto alcanzarían los bajíos, donde el Ibis no podía seguirlas.
Ryder conocía cada banco y cada meandro de ese río tan íntimamente como un amante conoce el
cuerpo de su amada. Entrecerró los ojos y calculó los ángulos y velocidades relativas. Con un sentimiento
de desazón en la boca del estómago, se dio cuenta de que no las alcanzaría a tiempo para salvarlas a todas.
Mantuvo el rumbo del Ibis a toda máquina corriente abajo, aunque sabía que era en vano. Vio cómo
primero una gabarra, después la otra, se detenían abruptamente al encallar en los bajíos. Desde la orilla, los
guerreros derviches que esperaban se zambulleron al río y lo vadearon con el agua a la cintura para
finalizar la matanza. Ryder se vio obligado a dar marcha atrás y contemplar con horror y piedad como los
ansar trepaban a bordo y retomaban su sangrienta tarea. Dirigió fútilmente la fusilería de sus hombres
contra las hordas derviches que aún vadeaban entre las naves encalladas, pero la distancia era mucha y las
balas no surtieron demasiado efecto.
Luego, vio que la gabarra que llevaba la leña no había encallado. Si actuaba de prisa, aún estaría a
tiempo de rescatarla antes de que encallara. Recuperar esa provisión de combustible para sus calderas era
de vital importancia. Con la misma podrían llegar hasta la primera catarata sin verse forzados a bajar a
tierra para cortar madera. Ryder le gritó a Jock McCrump que preparara una nueva línea de remolque,
condujo al Ibis hasta al lado de la gabarra y la mantuvo allí hasta que Jock y una partida de abordaje sal-
taron a bordo a amarrar la nueva línea.
—Tan rápido como puedas, Jock —gritó Ryder—. Tocaremos fondo de un momento a otro.
Miró ansioso hacia la orilla enemiga. Ahora, estaban a tiro de pistola, y en el momento mismo en que
lo pensó vio los fogonazos cuando los fusileros derviches abrieron fuego contra ellos desde la costa. Una
bala golpeó el pasamanos del puente y rebotó tan cerca del oído de David, que éste se agachó
instintivamente, enderezándose luego con aire avergonzado. Se volvió hacia Rebecca con expresión
adusta:
—Baja inmediatamente con las gemelas y asegúrate de que se queden allí hasta que te avise.
Rebecca sabía que no convenía discutir con él cuando usaba ese tono. Tomó a las gemelas y
abandonó la cubierta junto a ellas, haciéndolas obedecer con su tono y expresión más severos. Nazira no
necesitó que la alentaran, y bajó rápidamente al camarote, precediéndolas.
Ryder barrió las orillas con el foco, esperando intimidar a los tiradores misar o, al menos, iluminarlos
de modo que sus hombres pudieran dispararles con más precisión. Aunque Jock trabajaba rápido para fijar
la nueva línea de remolque, parecía que se tomaba una eternidad, mientras derivaban rápidamente hacia los
bajíos y el enemigo que los aguardaba. Finalmente, bramó:
—Todo asegurado, capitán. Ryder hizo retroceder lentamente al Ibis hasta que la brecha entre am-
bas naves fue lo suficientemente pequeña como para permitir que Jock y su equipo volvieran a saltar a
bordo del vapor. En cuanto sus pies tocaron la cubierta de acero del Ibis, gritó:
—¡Remolquen!
Sintiendo que lo inundaba una oleada de alivio, Ryder aceleró cuidadosamente hacia adelante y tiró
con suavidad de la gabarra hasta que ésta lo siguió como un perro obediente atado a su traílla. Comenzaba
a remolcarla hacia la corriente principal del río, cuando un sonido sibilante llenó el aire y algo pasó tan
cerca de él que su sombrero salió volando. Inmediatamente después sonó el estampido de un cañón de seis
libras, sonido que seguía al proyectil disparado desde la orilla occidental.
—¡Ah! Han traído una de sus piezas de artillería —dijo David, en el tono de quien conversa de temas
intrascendentes—. Lo único raro es que hayan tardado tanto.

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Ryder apagó rápidamente el foco.
—Antes no disparaban por temor a acertarles a sus propios barcos —dijo. Y sus últimas palabras
quedaron ahogadas por el aullar de otro proyectil por encima de sus cabezas. —Ése no pasó tan cerca. —
Mantuvo la mano derecha sobre las manivelas del acelerador para exprimirle hasta la última gota de
velocidad a su nave. El peso y la inercia de la gabarra les restaban al
menos tres nudos.
—Están lo suficientemente cerca como para emplear miras abiertas —dijo David—. Deberían obtener
mejores resultados.
—Ya lo harán, oh, estoy seguro de que será así. —Ryder miró a la luna con la esperanza de ver que la
sombra de una nube la ocultaba. Pero el cielo brillaba de estrellas y la luna iluminaba la superficie del Nilo
como si fuese un escenario. Para los artilleros, el Ibis debía destacarse como una mole de granito sobre las
aguas plateadas.
El siguiente proyectil cayó tan cerca de ellos que un chorro de agua de río bañó el puente y empapó a
los que estaban allí, dejándoles la camisa pegada a la espalda. Luego, se vieron más fogonazos de cañón a
medida que los artilleros derviches traían más piezas y las descargaban de sus carros para hacer fuego
sobre el Ibis.
—Jock, tendremos que concederles la victoria y deshacernos de la gabarra —le dijo Ryder a su
maquinista.
—Sí, capitán. Imaginé que estaba por decir justamente eso. —Jock recogió el hacha y se dirigió hacia
popa.
Otro carro de transporte de cañones de los derviches galopó por la orilla hasta quedar ligeramente por
delante del Ibis, que bregaba con el peso de su remolque. Aunque ni Ryder ni David lo sabían, el maestro
artillero que comandaba la batería era el ansar a quien David había bautizado el Beduino Chiflado.
Montado en el caballo guía del equipo, dio una seca orden. Sus hombres maniobraron el carro,
alineándolo de forma de que la boca del cañón apuntara hacia el río, y descargaron la pieza. Los
servidores número dos y tres de la pieza asentaron la pesada placa de acero de la base en la blanda tierra
de la orilla. Encajaron la palanca de puntería en su ranura de la cureña. Mientras trabajaban, el maestro
artillero daba órdenes a alaridos, enloquecido de excitación: nunca en su vida había tenido ante él un
blanco tan fácil como el que presentaba en ese momento el barco ferenghi. Casi presentaba de lleno el
flanco. Su silueta se destacaba nítida sobre las centelleantes aguas. Estaba tan cerca que podía oír las
voces aterrorizadas de los pasajeros que se alzaban en plegarias y súplicas, y las perentorias órdenes del
capitán en ese idioma infiel que el artillero no comprendía.
Empleó el espeque para orientar los últimos pocos grados de puntería hasta que el largo cañón quedó
apuntando directamente hacia el barco. Luego, hizo girar la manivela de elevación hasta que pudo
contemplar su blanco a través de la ventana de puntería.
—En nombre de Alá, ¡traed los bombones! —les gritó a los servidores. Tambaleándose bajo su peso,
trajeron la primera caja de municiones, e hicieron saltar las abrazaderas que cerraban la tapa. Dentro,
cuatro pulidas bombas yacían en sus cunas de madera, reluciendo con un brillo ominoso.
El artillero, autodidacta en el arte de la artillería, aún no había asimilado los misteriosos principios de
las espoletas de acción retardada. Con torpe prisa, empleó la llave Alien que llevaba colgando al cuello
para fijar las espoletas en su posición de máxima, creyendo que de ese modo le daba a cada proyectil su
mayor poder destructivo. El Ibis estaba a unas meras tres-cientas yardas de la orilla. Programó sus
espoletas para dos mil yardas.
—¡En nombre de Dios, comencemos! —dijo.
—En nombre de Dios. —Su segundo abrió el bloque del Krupp con gesto cortesano.

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—En nombre de Dios —entonó el tercero, deslizando una de las largas bombas en la cámara hasta
que quedó bien encajada. El número dos cerró de un golpe el bloque de cierre.
—Dios es grande —dijo el Beduino Chiflado, mientras miraba por la ventana de puntería guiñando
los ojos para afinar el tiro. Desplazó la corredera cuatro grados hacia la izquierda, hasta que quedó
apuntando a la base de la chimenea del Ibis. Luego, retrocedió y tomó el cordel de tiro.
Alá es poderoso —dijo. —El único Dios es Dios —respondieron a coro sus hombres. —Y Mahoma y
el Madí son sus profetas. —El artillero tiró del cordel y el Krupp retrocedió sobre su base metálica. La
descarga ensordeció a los artilleros con su estampido y los cegó con el fogonazo y con el polvo que le-
vantó.
Con trayectoria casi plana, la bomba aulló por sobre el río e impactó al Intrepid Ibis dos pies por
encima de la línea de flotación, apenas adelante del medio del barco. Atravesó su casco en forma oblicua
con tanta facilidad como un estilete cortando carne humana, pero debido a que la espoleta estaba puesta en
su posición de retraso máximo, no explotó.
Si hubiera golpeado tres pulgadas más arriba o más abajo, el daño habría sido mínimo, nada que Jock
McCrump no pudiera reparar en pocas horas con su equipo de soldar a gas. Pero no fue así. Al pasar,
seccionó la principal línea de vapor de la caldera. Vapor calentado hasta tener el doble de la temperatura
del agua hirviendo, a una presión de casi trescientas libras por pulgada cuadrada, brotó en un ululante
chorro del caño roto. Barrió al fogonero que tenía más cerca en el momento en que éste se inclinaba a me-
ter un leño en la cámara de combustión abierta de la caldera. Estaba desnudo en el calor, con excepción de
un turbante y un taparrabos. El vapor peló grandes trozos de la piel y la carne de su cuerpo en forma
instantánea, dejando sus huesos al descubierto. El dolor fue tan terrible, que el hombre no pudo emitir ni
un sonido. Con la boca abierta en un alarido silencioso, cayó retorciéndose sobre la cubierta, y quedó
congelado en una escultura de dolor total.
El vapor llenó la sala de máquinas y surgió en hirvientes nubes blancas por las lumbreras de
ventilación, derramándose sobre las cubiertas y amortajando al Ibis en una densa nube. El Beduino
Chiflado y sus artilleros aullaron con la excitación del triunfo mientras recargaban. Pero ahora su presa
quedaba oscurecida por su propia nube de humo. Aunque bombas de muchas de las baterías Krupp
emplazadas en las orillas cayeron al agua a su lado o desgarraron el aire por encima de él con un sonido
como el que produciría un gigante al desgarrar una vela mayor de lona, ni una más golpeó al pequeño Ibis.
Jock McCrump estaba en el puente con Ryder cuando el proyectil golpeó. Tomó un par de gruesos
guantes de trabajo del pañol ubicado junto al guinche a vapor de proa y se los puso mientras corría hacia
la escotilla de la sala de máquinas. El vapor que brotaba por la abertura quemó su rostro y la piel desnuda
de sus brazos, pero la presión de la caldera había disminuido al escaparse el vapor por la rotura del caño.
Arrancó de su guía la gruesa cortina de lona que cubría la escotilla y le dijo a Ryder: "¡Envuélvame,
capitán!" Ryder entendió de inmediato su intención. Desplegó la pesada cortina sacudiéndola y luego la
envolvió en torno a Jock, cubriendo su cabeza y todo su cuerpo, menos los brazos.
—¡El tarro de grasa! —la voz de Jock sonaba amortiguada por los pliegues del lienzo. Ryder lo tomó
del gancho del que colgaba junto al guinche y, sacando con la mano puñados de la espesa grasa negra, la
untó sobre la piel expuesta de los musculosos brazos de Jock.
—Con eso alcanza —gruñó Jock, y abrió una hendija en el lienzo que le cubría la cabeza para aspirar
una última y honda bocanada de aire. Luego se cubrió la cara y se zambulló a ciegas por la escalera de
acero que llevaba a la sala de máquinas. Contuvo la respiración y cerró fuerte los ojos. Pero el vapor
escaldó la piel expuesta, derritiendo la capa de grasa negra de sus brazos desnudos.
Jock conocía tan íntimamente cada pulgada de su sala de máquinas que no necesitaba verla. Se guió
tocando levemente la familiar maquinaria con sus dedos enguantados, desplazándose rápidamente hacia la
principal línea de presión. El chillido del vapor que escapaba a alta presión de la rotura amenazaba con
reventarle los tímpanos. Sintió que sus brazos se cocían como langostas en una olla, y resistió el impulso
de gritar, para no gastar el último aire que quedaba en sus doloridos pulmones. Tropezó con el cadáver del

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fogonero, pero recuperó el equilibrio y dio con la principal línea de vapor. Estaba recubierta de soga de
amianto para evitar la pérdida de temperatura, de modo que pudo recorrerla con sus manos enguantadas
hasta encontrar el grifo de la espita que controlaba el ingreso de vapor a la línea. Hizo girar rápidamente la
rueda y el sonido sibilante del vapor que escapaba aumentó súbitamente, para extinguirse cuando se cerró
la válvula.
Hace falta mucho dolor para hacer llorar a un hombre como Jock McCrump, pero éste lloraba como
un niño mientras se tambaleaba hacia la escalera y la trepaba dolorosamente hasta la cubierta. Salió
tropezando al aire de la noche, que se sentía frío en comparación con la infernal atmósfera de la sala de
máquinas, y Ryder lo atajó antes de que cayera. Miró con horror las grandes ampollas que colgaban de los
antebrazos de Jock. Luego reaccionó, y tomó más grasa del tarro para cubrirlas, pero Rebecca apareció
repentinamente y lo hizo a un lado.
—Ésta es tarea para una mujer, señor Courtney. Ocúpese de su barco y déjeme esto a mí. —Llevaba
una lámpara de querosén y, a la débil luz que ésta daba, examinaba los brazos de Jock, frunciendo los
labios muy seria. Depositó la lámpara sobre cubierta, se acuclilló junto a Jock y comenzó a tratar sus
heridas. Las tocaba con mano hábil y suave.
—Que Dios sea con usted, Jock McCrump, por lo que acaba de hacer por salvar mi barco. —Ryder se
demoraba junto a Jock. —Pero lo derviches nos siguen disparando. —Como para subrayar su afirmación,
otra bomba Krupp se zambulló en el río, tan cerca que su salpicadura los roció como una lluvia tropical.
—¿Cuan graves son los daños? ¿Podemos hacer llegar vapor al menos a uno de los motores para alejarnos
del alcance de los cañones de la orilla?
—No se veía mucho allí abajo, pero en el mejor de los casos la caldera principal no llegará a tener ni
la presión del pedo de una virgen. —Jock miró a Rebecca. —Con su perdón, señorita. —Contuvo un
gruñido cuando Rebecca tocó una de las colgantes ampollas, que reventó.
—Lo siento, señor McCrump.
—No es nada. No se preocupe, mujer. —Jock miró a Ryder. —Tal vez, sólo tal vez, pueda inventar
algún dispositivo improvisado que haga llegar vapor a los cilindros. Sólo depende de cuánto daño se haya
producido allí abajo. Pero en el mejor de los casos, sólo lograremos hacer llegar unas pocas libras de
presión a la línea.
Ryder se enderezó y miró en torno. Vio la forma oscura de la isla Tutti a no más de un cable de
distancia corriente abajo de donde derivaban a merced de los cañones derviches. Lo que a los cañones
derviches les faltaba en precisión, lo compensaban con la rapidez. La cantidad de bombas que les estaban
disparando hacía que el ser alcanzados en forma directa otra vez fuera una mera cuestión de tiempo.
Contempló durante un momento más la isla, cuya posición con respecto a ellos cambiaba a medida
que avanzaban.
—La corriente nos llevará más allá de la isla. Si fondeamos a sotavento, nos protegerá de los cañones.
—Los dejó y se abrió paso entre ios pasajeros, llamando a los gritos a Bacheet y a su oficial, Abou Sinn.
—Despejen esta chusma y prepárense para echar ancla cuando yo lo ordene.
Ocuparon sus puestos de inmediato, haciendo a un lado a empujones a los atontados askari y
polizones para hacerse lugar para trabajar. Bacheet soltó el aparejo de retención de la anilla de la pesada
ancla de pescador que colgaba de la proa. Abou Sinn se puso donde la cadena emergía de la pasteca de su
pañol, con la maza de cuatro libras lista para golpear.
Ryder miró otra vez a tierra, observando los fogonazos de los cañones de los derviches y esperando el
momento oportuno. Durante unos pocos minutos contuvo el aliento, pues parecía que se estrellarían contra
la isla, luego, un remolino de la corriente los desvió, y derivaron hasta tan cerca del lado oriental de la isla
que quedaron protegidos de las baterías derviches.
—¡Echen anclas! —le gritó Ryder a Abou Sinn, quien con un golpe de maza hizo saltar la chaveta del
grillete de ancla. El ancla se zambulló en el río, con la cadena rugiendo detrás de ella, y tocó fondo. La

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cadena dejó de correr y Bacheet la aseguró. El Ibis se detuvo abruptamente, y giró en la corriente, de
modo que quedó mirando río arriba, con la gabarra de la leña atada detrás de ella por la línea de remolque.
El fuego de los cañones derviches se fue extinguiendo al quedar los artilleros privados de su blanco. Unas
pocas bombas más zumbaron por encima de sus cabezas o estallaron sin causar daño en los bancos de
arena de la isla que los protegía, luego los artilleros se dieron por vencidos y reinó el silencio.
Ryder encontró a Jock sentado en la litera de la cabina, atendido por todas las damas Benbrook.
—¿Cómo te sientes? —preguntó, solícito. —No muy mal, capitán. —Indicó sus brazos: —Estas
bonitas damiselas han hecho un buen trabajo. —Rebecca le había vendado ambos brazos con liras que las
gemelas habían hecho con una de las raídas sábanas de algodón, y luego había preparado un doble
cabestrillo del mismo material. Ahora preparaba un jarro de té en la pequeña cocina contigua. Jock sonrió:
—Mi hogar no era tan bueno como esto. Por eso es que me escapé. —Lamento interrumpir su reposo, pero
¿podría molestarse y echarle una mirada a las máquinas?
—Justo cuando me comenzaba a divertir —gruñó Jock, pero se puso de pie.
—Yo le llevaré su jarro a la sala de máquinas, señor McCrump —prometió Amber.
—Y yo le llevaré uno a usted, Ryder —dijo Saffron.
Jock McCrump siguió a Ryder hasta el cuarto de máquinas. Bacheet y Abou Sinn se llevaron el
cadáver del fogonero, y a la luz de un par de lámparas de querosén estudiaron los daños. Ahora que Jock
podía examinar su (tinado motor más de cerca, gruñó amargamente para ocultar su alivio. —¡Malditos
paganos! No se puede confiar en ellos. No saben lo que es la decencia, mira que hacerle esto a mi bonito
Cowper. —Sin embargo, sólo la principal línea de vapor estaba atravesada por el disparo; el motor misino
estaba intacto.
—Bueno, nada puedo hacer por la línea de vapor sin mi taller de Jartum. Pero tal vez, en el ínterin, pueda
improvisar algo para lograr que llegue algo de vapor a la máquina, aunque supongo que no batiremos
ningún récord de velocidad. —Alzó sus brazos vendados. —Usted tendrá que hacer el trabajo pesado,
capitán. Ryder asintió.
—Ya que estamos, enviaré a Bacheet a mudar a todos los pasajeros no Invitados a la gabarra. Eso nos
estibará correctamente y me dará un poco más de capacidad de maniobra y control. También le dará más
lugar a la tripulación para trabajar correctamente en el barco.
Mientras se transbordaba a los pasajeros, Ryder y su ingeniero comenzaron con las reparaciones.
Trabajando rápida pero cuidadosamente, hicieron salir el vapor que quedaba en las calderas y apagaron los
fuegos de la parrilla. Luego emplearon las espitas de las válvulas de la línea para aislar la sección dañada
de la principal línea de vapor. Una vez hecho esto, pudieron comenzar a improvisar una línea alternativa
que llevara el vapor a la unidad de potencia. Debían medir ios largos que necesitaban y cortar nuevos
secciones de caño a medida con la sierra, luego agarrarlas en la poderoso morsa del banco de trabajo de
Jock y hacer roscas en los extremos de los caños con la terraja manual. Envolvieron las uniones en hilo de
amianto y apretaron las juntas y codos cargando el peso combinado de ambos en la llave de caños de cabo
largo. El resultado fue un retorcido laberinto de cañerías improvisadas.
El trabajo les llevó lo que quedaba de la noche, y para el momento en que estaban en condiciones de
comprobar su solidez, asomaba el alba por los ojos de buey de la sala de máquinas. Les llevó otra hora
encender los fuegos de las parrillas y juntar vapor a presión en la caldera. Cuando la aguja del manómetro
tocó la línea verde, Jock abrió cautelosamente la espita de la válvula de vapor. Ryder, de pie junto a él,
miraba ansioso, con las manos negras de grasa y los nudillos magullados y sangrantes por el rudo contacto
con los caños de acero. Contuvieron la respiración y miraron con ansiedad cómo subía la aguja del
manómetro secundario mientras contemplaban las juntas de la nueva cañería en busca de indicios de
alguna pérdida.
—Todo aguanta —gruñó Jock, tomando el acelerador de la máquina de babor. Con un sonido de
succión y un siseo de vapor a presión los grandes pistones triples comenzaron a subir y bajar en sus

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cilindros, las bielas comenzaron a moverse como las piernas de hombres que marchan y el vástago de la
hélice comenzó a rotar en sus cojinetes con un movimiento parejo.
—Hay potencia, y se mantiene —dijo Jock, sonriendo con el orgullo del logro—. Pero no puedo correr
riesgos y abrirla al máximo. Tendrá que conformarse con lo que hay, capitán, y agradecérselo al Señor y a
Jock McCrump. —Jock, eres un milagro viviente. Espero que tu madre estuviera orgullosa de ti. —Ryder
lanzó una risita. Cuando se enjugó el sudor de la frente, el dorso de su puño le dejó una mancha negra. —
Ahora, quédate listo para dar toda la potencia que puedas en cuanto levemos ancla y la recojamos. —
Corrió escaleras arriba hacia el puente. Abou Sinn fue tras él y corrió a los controles del cabrestante a
vapor.
A medida que el Ibis avanzaba lentamente contra la corriente del río, la cadena del ancla entró en el
escobén con un sonido metálico. Las uñas del ancla se soltaron del lecho del río y Ryder abrió el
acelerador. El Ibis respondió con tan poco entusiasmo que apenas si logró avanzar contra la corriente de
cuatro nudos. Ryder sintió una fría oleada de decepción. Miró por sobre la popa hacia la gabarra.
Profundamente hundida bajo su carga de leña y pasajeros no invitados, actuaba de forma tan recalcitrante
como una mula. Docenas de rostros patéticos le devolvieron la mirada.
Por Dios si no tengo ganas de cortar amarras y dejaros a merced del Madí, pensó venenosamente,
pero apartó la tentación con esfuerzo. En cambio, se volvió a David, quien se le había acercado en
silencio.
—No hoy forma de que resista en la garganta de Shabluka. Cuando todo el flujo combinado de ambos
Nilos entra a la fuerza en ese desfiladero, la corriente alcanza los diez nudos. Con sólo la mitad de su
potencia, el Ibis nada podrá hacer contra ella. El riesgo de ir a estrellarse contra los acantilados rocosos es
demasiado grande para aceptarlo.
—¿Qué otra opción tenemos?
—No nos queda más remedio que pelear y volver a Jartum.
David se mostró preocupado.
—¡Mis niñas! Odio tener que llevarlas de regreso a esa trampa mortal. ¿Cuánto podrá resistir Gordon
hasta que los derviches se adueñen de la ciudad?
—Esperemos que lo suficiente como para que Jock termine sus reparaciones y podamos hacer otro
intento de escapar. Pero ahora nuestra única esperanza es regresar al puerto. —Ryder volvió al Ibis
corriente abajo y la dirigió a la orilla oriental. Trató de mantener al bulto de la isla Tutti entre la nave y las
baterías derviches, pero antes de que llegaran a mitad de camino, las primeras bombas aullaban sobre el
río. Sin embargo, con alguna asistencia de la corriente, Ryder no tardó en encontrarse fuera de alcance, y
la habilidad del Beduino Chiflado y sus camaradas no estaba a la altura de acertarle a un blanco tan
pequeño como el Intrepid Ibis a una distancia de más de una milla, a no ser que se produjera una
intervención directa de Alá. Sin embargo, ese día las plegarias de los artilleros no tuvieron respuesta, y
aunque hubo algunos disparos que le cayeron alentadoramente cerca, el Ibis y su gabarra lograron cruzar a
salvo la corriente principal y viraron hacia el sur, rumbo a la ciudad, manteniéndose contra la orilla del
canal, en el extremo más lejano del alcance de los Krupp.
Las falucas derviches partieron de la orilla occidental e hicieron otro intento de interceptar el vapor,
pero para entonces el sol ya estaba alto. La artillería del general Gordon, emplazada en la costa de Jartum,
logró dirigir un fuego furioso y notablemente preciso sobre la flotilla enemiga cuando ésta se puso a su
alcance. Ryder vio cuatro pequeños botes que volaban hechos astillas por impactos directos con bombas
de alto poder explosivo con la espoleta correctamente regulada. Los miembros y cabezas seccionados de
las tripulaciones volaron entre nubes amarillas de vapores de lidita. Esto desalentó a todos menos a
algunos de los capitanes más valientes y temerarios, y la mayor parte de los barcos pequeños regresó a la
costa.

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Tres de los barcos de ataque continuaron presionando desde el otro lado del río, pero soplaba un
fuerte viento del sur y la corriente corría a cinco nudos en esa misma dirección. Dos de las falucas fueron
arrastradas corriente abajo, de modo que les fue imposible interceptar al Ibis, Sólo una de ellas se le
interpuso. Pero Ryder había tenido sobrado tiempo para prepararle la recepción. Ordenó a todos los
pasajeros de cubierta echarse al suelo de modo de no ofrecer blanco a los atacantes. Mientras la nave
enemiga se lanzaba contra ellos, impulsada por el viento y empujada por la corriente, Bacheet y Abou
Sinn esperaban acuclillados detrás de la barandilla de estribor.
—Déjalos que se acerquen —dijo Ryder desde el puente, calculando el momento oportuno. Luego, su
voz se elevó hasta su máxima potencia. —¡Ahora! —bramó.
Bacheet y Abou Sinn salieron de su escondite y apuntaron los picos de bronce de las mangueras de
vapor hacia la desprotegida cubierta de la faluca. Abrieron las válvulas y sólidos chorros blancos de vapor
a presión de la caldera del Ibis envolvieron a los guerreros de la abierta nave. Sus sanguinarios gritos de
guerra e iracundas provocaciones se transformaron en gritos de angustia cuando las densas nubes de vapor
les despellejaron y descarnaron caras y cuerpos. El casco de la faluca chocó pesadamente contra el acero
del casco del Ibis, y el impacto le tronchó el mástil por la base. La faluca se arrastró contra el costado de
acero del vapor, luego giró, incontrolable, en la estela de éste. Derivó directamente hacia el camino por el
que avanzaba la gabarra pesadamente cargada. Los ansar estaban tan cegados por el vapor que no la
vieron venir. La gabarra se estrelló contra la frágil nave y la hundió. Ni uno solo de sus tripulantes
reapareció.
—Asunto resuelto —murmuró Ryder, satisfecho, forzando luego una sonrisa para Rebecca—.
Discúlpeme por privarla de las comodidades del piso del camarote, pero mañana tendrá que arreglárselas
con su propia cama del palacio.
—Es una privación que estoy decidida a soportar con el mayor estoicismo, señor Courtney. —Su
sonrisa era casi tan poco convincente como la de él, pero aun así él quedó asombrado al ver cuán bella
estaba en medio de tanto caos y horror.

* * *

El general Charles Gordon, de pie en los escalones que dominaban la entrada al puerto, vio como el
Ibis entraba renqueando. Cuando Ryder lo miró desde el puente, le devolvió una mirada fría y cortante
como hielo azul, sin rastros de una sonrisa ni indicios de compasión. Cuando el vapor amarró en el
embarcadero de piedra, Gordon se volvió y desapareció.
El mayor al-Faroc quedó allí para dar la bienvenida a los conmocionados pasajeros que bajaron
tambaleándose de la gabarra. Su cabeza estaba envuelta en un vendaje blanco, pero su expresión era feroz
mientras individualizaba a los hombres que habían dejado sus puestos e intentado escapar.
A medida que los reconocía, los azotaba en el rostro con el látigo Icurbosh que llevaba y hacía una
señal con la cabeza a la línea de askaris formada a sus espaldas. Tomaban a los hombres señalados y les
aherrojaban las muñecas.
Esa misma tarde, cuando Ryder fue convocado al despacho del general en el palacio consular para
presentar su informe, Gordon se mostró distante y poco interesado. Escuchó sin comentarios el informe de
Ryder, condenándolo con su silencio. Luego, asintió con la cabeza.
—La responsabilidad también es mía. Lo cargué con una responsabilidad excesiva. A fin de cuentas,
usted no es un soldado sino un comerciante mercenario. —Hablaba con desdén.
Ryder estaba a punto de contestar con ira cuando una descarga de fusilería se oyó desde el patio del
palacio. Se volvió rápidamente a la ventana y miró hacia abajo.

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—Al-Faroc se está ocupando de los desertores. —Gordon no se había levantado de su silla. Ryder vio
que los diez integrantes del pelotón de fusilamiento se apoyaban descuidadamente sobre sus armas. Contra
el muro del patio frente a ellos, yacía una desprolija hilera de cadáveres. Todos los muertos tenían los ojos
vendados y las manos atadas a la espalda. Sus camisas estaban tintas en sangre. El mayor al-Faroc recorría
la fila, con su revólver reglamentario en la mano derecha. Se detuvo ante un cuerpo que se estremecía
espasmódicamente y disparó un tiro a la cabeza vendada. Cuando llegó al final de la hilera, le hizo un
gesto con la cabeza a un segundo pelotón, que se adelantó y apiló los cuerpos en un carro. Luego, otro
grupo de hombres condenados fue traído de sus celdas al patio, donde se los alineó contra la pared.
Mientras un sargento les vendaba los ojos, el escuadrón de fusilamiento se puso en posición de atención.
—Espero, general, que a las hijas del cónsul se les haya advertido de estas ejecuciones —dijo
sombríamente Ryder—. No es algo que jóvenes damas deban ver.
—Les mandé decir que debían permanecer en sus aposentos. Su preocupación por las jóvenes damas
habla bien de usted, señor Courtney. Sin embargo, podría haberles sido más útil trasladándolas a algún
lugar seguro río abajo.
—Es mi intención hacerlo, general, en cuanto logre efectuar las reparaciones de mi vapor —le
aseguró Ryder.
—Tal vez ya sea demasiado tarde para eso, señor. En el transcurso de las últimas horas he recibido
información muy confiable de que el emir Osman Atalan de la tribu beya está en marcha con sus tropas
para unirse a la fuerza de asedio del Madí que tenemos aquí. —El general Gordon señaló por la ventana
hacia el Nilo Blanco y la orilla donde se alzaba Omdurman.

Ryder no pudo contener su alarma. Si el notorio Osman Atalan se les ponía en contra, la naturaleza
del sitio cambiaría. Escapar de Jartum se volvería incalculablemente más difícil.
Como para subrayar sus sombríos pensamientos, Ryder oyó la siguiente descarga de la escuadra de
ejecución, seguida del blando sonido de cuerpos humanos que caían inertes a tierra.

* * *

El emir Osman Atalan, amado del divino Madí, avanzaba. En respuesta a la convocatoria hecha por el
Madí desde Jartum, ya llevaba varias semanas cabalgando junto a su ejército desde las colinas del Mar
Rojo. Su espíritu guerrero se sublevaba ante la monotonía y lo lento del paso que imponían la gran
aglomeración de animales y personas. El tren de bagajes de camellos y asnos, las columnas de esclavos y
sirvientes, mujeres y niños se extendía por más de veinte leguas, y cada vez que acampaban, se formaba
una ciudad de tiendas y corrales de animales. Cada una de las esposas de Osman iba en una litera con
cortinados en ancas de su propio camello, y por la noche dormía en su cómoda tienda, atendida por sus
esclavas. A la vanguardia y a la retaguardia cabalgaban los cuarenta mil combatientes que tenía a sus
órdenes.
Todas las tribus que le obedecían se habían congregado bajo su estandarte negro y escarlata: los
hamran, los rufar de las colinas y los hadendowa del litoral del Mar Rojo. Eran los mismos guerreros que,
en el transcurso de los últimos dos años, habían aniquilado dos ejércitos egipcios. Habían masacrado a las
fuerzas superiores de Baker Pasha en Tokar y El Teb, dejando una amplia avenida de huesos blanqueando
en el desierto. Cuando el viento venía del oeste, los habitantes de Suakin, a veinte millas de allí, sobre la
costa, aún podían oler a los muertos insepultos.
Muchas de las tribus que respondían a Osman Atalan habían desempeñado un papel importante en la
batalla de El Obeid, en la que el general Hicks y sus siete mil hombres perecieron. Eran la flor del ejército
derviche, pero al ser tantos, se movían demasiado lento para un hombre como Osman Atalan.

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Sentía el llamado del desierto abierto y del silencio de las tierras salvajes. Dejó que sus
multitudinarias legiones continuaran la marcha hacia la Ciudad de los Infieles mientras él y una banda de
sus aggagiers de más confianza salían de avanzada en sus caballos para practicar la más peligrosa de las
actividades de las más valientes de las tribus.
Al frenar su corcel sobre la cumbre de un largo cerro boscoso que dominaba el valle del río Atbara,
Osman Atalan presentaba una figura romántica y heroica. No llevaba turbante, y su espeso cabello negro,
peinado con raya ai medio, caía en una larga trenza hasta la faja de seda azul que ceñía la cintura de su
aljuba adornada de ricas aplicaciones. Sostenía la vaina de su espada contra su montura con la rodilla. La
empuñadura era de cuerno de rinoceronte, patinado hasta parecer ámbar, y la hoja estaba incrustada de oro
y plata. Bajo la delgada tela suelta de la aljuba, su cuerpo era esbelto y nervudo, con piernas y brazos de
músculos como los tendones trenzados de una cuerda de arco. Bajó de su cabalgadura, y barrió con la
mirada el amplio terreno que se extendía a sus pies, buscando los primeros indicios de la caza que
perseguía. Sus ojos eran grandes y oscuros, adornados por pestañas espesas y curvadas como las de una
bella mujer, pero sus rasgos parecían tallados en marfil viejo, carne dura y hueso aún más duro. Era una
criatura del desierto y de los lugares salvajes, y no había blandura alguna en sus carnes. El inexorable sol
había dorado su piel sin ennegrecerla.
Sus aggagiers cabalgaron hasta él y desmontaron. Ese título de honor se reservaba para aquellos
guerreros que cazaban las presas más peligrosas a caballo, armados únicamente con sus espadas. Eran
hombres tallados de la misma piedra que su señor. Aflojaron las cinchas de sus caballos, luego ataron los
animales a la sombra. Los hicieron beber, echando agua de los odres a baldes de cuero, luego tendieron
tapetes de palma tejida en los que pusieron una pequeña cantidad de dhura molido para que comieran.
Ellos no comieron ni bebieron, pues la abstinencia era parte de su tradición guerrera.
—Quien beba copiosa y frecuentemente, nunca aprenderá a resistir el sol y la arena —decían los
viejos.
Mientras los caballos descansaban, los aggagiers tomaron sus espadas y escudos, que iban atados a
las sillas. Se sentaron, formando un grupo pequeño lleno de camaradería en el sol, y comenzaron a asentar
el filo de sus hojas en sus escudos de cuero de jirafa curtido. El cuero de jirafa es el más duro del de todos
los animales salvajes, aunque no tan pesado como el del búfalo o el hipopótamo. Los escudos eran rodelas
sin adornos, imágenes o emblemas, marcados sólo por las hojas de las armas enemigas o por las garras y
colmillos de sus presas. Afilar sus hojas era el pasatiempo con que llenaban sus ocios, y una parte de su
vida tan importante como respirar, más importante que comer o beber.
—Avistaremos a nuestras presas antes de mediodía —dijo Hassan Ben Nader, el portador de la lanza
del emir—. Dios sea alabado.
—En Nombre de Alá —respondieron los demás al unísono y en voz baja. —Nunca he visto rastro como
el que este gran macho deja sobre la tierra —continuó Hassan, hablando con suavidad para no ofender a su
amo ni a los demonios del desierto.
—Es el macho de los machos —asintieron—. Habrá una lucha digna de hombres antes de que se
ponga el sol.
Miraron de soslayo a Osman Atalan, pues clavarle los ojos de frente habría sido una falta de respeto.
Estaba sumido en la reflexión, sentado con los codos sobre las rodillas, y su mentón perfectamente
afeitado apoyado
en la palma de la mano.
Se hizo el silencio, sólo interrumpido por el susurro del acero sobre el cuero. Sólo detenían esa
incesante actividad para probar el filo con el pulgar. Cada hoja de doble filo tenía más de un metro de
largo. Eran una réplica de los montantes de los cruzados que, siglos atrás, tanto habían impresionado a los
sarracenos frente a las murallas de Acre y de Jerusalén. Las más apreciadas de esas hojas habían sido
forjadas en acero de Solingen y transmitidas de padre a hijo. El temple maravilloso de ese metal daba un
inmenso poder a esas hojas, que podían afilarse hasta quedar como el bisturí de un cirujano pues el más

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leve golpe cortaba cuero y pelo, carne y tendón hasta llegar al hueso más oculto. Un mandoble bien dado
podía cortar a un enemigo por la cintura con tan poco esfuerzo como si fuera una granada madura. Las
vainas estaban hechas de dos trozos planos de blanda madera de mimosa, unidas y recubiertas por cuero
de oreja de elefante que, seco, era duro y fuerte como el hierro. Del cuero que forraba la vaina sobresalían
dos protuberancias, a unos treinta centímetros una de otra, que mantenían al arma sujeta bajo el muslo del
jinete. Aun yendo a todo galope, no pendía y se agitaba de la incómoda manera en que lo hacían las es-
padas de la caballería europea.
Los aggagiers descansaron durante el tiempo que le llevó al alto sol recorrer un arco de tres grados en
el cielo. Entonces, Osman Atalan se puso de pie con un solo movimiento fluido y gracioso. Sin una
palabra, sus acompañantes también se pararon, fueron hacia sus cabalgaduras y les ajustaron las cinchas.
Cabalgaron ladera abajo hasta el valle, atravesando una sabana abierta en la que majestuosas acacias de
copa plana crecían a las orillas del río Atbara. Desmontaron junto a uno de los hondos estanques verdes.
Los elefantes los habían precedido. Tras llenarse las panzas de agua, se habían bañado en desorden,
lanzando poderosos chorros con sus trompas sobre sí mismos y sobre los bancos de arena de las orillas.
Habían recogido grandes cantidades de espeso barro negro, con el que se cubrieron cabezas y lomos como
protección contra el sol y los enjambres de insectos que ios picaban. Luego, las tres poderosas bestias
grises se habían alejado por la orilla, pero la arena y el fango que habían dejado a las orillas del estanque
eran tan recientes que aún estaban húmedas.
Los aggagiers susurraron excitados entre ellos, señalando las inmensas pisadas redondas del macho
más grande. Osman Atalan puso su escudo sobre una de las huellas. La circunferencia de ésta era un dedo
más ancha que lo de la rodela de piel de jirafa.
—En Nombre de Dios —murmuraron—. Éste es un animal poderoso, digno de nuestro acero.
—Nunca vi macho más grande que éste —dijo Hassan Ben Nader—. Es el padre de todos los
elefantes que hayan existido. —Llenaron sus odres, dejaron que sus caballos volvieran a beber, y luego
volvieron a montar y siguieron el rastro por el bosque abierto de acacias. Los tres machos iban delante de
ellos, moviéndose viento abajo para detectar cualquier peligro que los precediera. Los aggagiers se
movían silenciosa y atentamente detrás de ellos.
El macho jefe había dejado una pila de bosta de un amarillo fuerte en un claro. Tenía un aspecto
fibroso por la corteza mascada que había arranco do a las acacias, y estaba incrustada de carozos del fruto
de la palmera doum. La rodeaba un enjambre de mariposas de vivos colores. El olor era tan fuerte que uno
de los caballos bufó, nervioso. Su jinete lo calmó con una tranquilizadora palmada en el pescuezo.
Siguieron cabalgando, con Osman Atalan a la cabeza, por delante de los demás. El rastro se veía a
cien pasos o más, pues los elefantes habían Arrancado largas tiras de corteza del tronco de las acacias. Las
pálidas heridas eran tan frescas y recientes que relucían con la savia que corría y se flecaría formando
pegajosos bultos negros de preciosa goma arábiga. El emir Osman se irguió sobre sus estribos y se hizo
visera con la mano para mirar ante él. Casi media milla más adelante, la copa irregular de una palmera
doum se alzaba por encima de los árboles de la sabana. Aunque la brisa era tan leve que apenas se
percibía, la distante copa de la palmera se agitaba de un lado a otro como si la azotara un huracán. Miró
hacia sus compañeros y asintió con la cabeza. Sonrieron, pues entendían qué era lo que veían. Uno de los
elefantes había apoyado la frente sobre el tronco en forma de botella de la palmera y lo sacudía con toda
su Inmensa fuerza como si fuese un renuevo. Así, hacía caer las nueces maduros de la palmera sobre su
cabeza.
Pusieron sus corceles al paso. Los caballos habían olido la presa, y sudaban y temblaban de miedo y
excitación, pues sabían qué estaba por ocurrir. Súbitamente, Osman puso su mano sobre la cruz de su
cabalgadura. Era una yegua de un cremoso color miel. Alzó su hermosa cabeza árabe y dilató las amplias
narinas características de su raza, pero se detuvo obedientemente. Se llamaba Hulu Mayya, Agua Dulce, la
sustancia más preciosa de esa tierra sedienta. Tenía seis años, la flor de la edad, y era veloz como una
gacela y mansa como un gatito, pero con el corazón de una leona. En el clamor de la batalla y la furia de la
caza, nunca vacilaba.

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Como su jinete, miró delante de ella, en busca de un primer vistazo a la presa. De pronto, la vieron.
Uno de los machos más pequeños, separado de sus compañeros, dormitaba bajo la amplia copa de una
mimosa. Las moteadas sombras desdibujaban su silueta.
Osman hizo un gesto con la mano derecha, y los caballos pisaron con tanto cuidado como si esperaran
que una cobra se irguiese bajo sus cascos. Casi imperceptiblemente, las sombras de las otras dos bestias
emergieron de debajo de los árboles. Una, atormentada por la picadura de los tábanos, sacudió la cabeza
con tanta violencia que sus orejas palmearon contra sus paletas con un ruido atronador. Sus colmillos,
teñidos por la savia y los jugos vegetales hasta tener el color de una pipa de espuma de mar manchada por
el humo del tabaco, relucían en la sombra con un brillo opaco. Los marfileños pilares curvos y
puntiagudos eran tan enormes que los aggagiers gruñeron de satisfacción, tocando la empuñadura de sus
montantes. El tercer elefante quedaba casi completamente escondido por un soto de la mata espinosa
llamada kittar. Desde ese ángulo era imposible juzgar cómo eran sus colmillos comparados con los de sus
compañeros.
Ahora que Osman Atalan sabía dónde estaba cada elefante, podía planificar cómo atacarlos. Primero,
debían enfrentar al que tenían más cerca, pues si se ponía viento arriba, los olería. El olor de hombres y
caballos lo haría salir a escape, barritando para alarmar a los demás, y sólo se lo podría hacer regresar a la
manada galopando a toda velocidad. Con un susurro que apenas era más que un movimiento de labios,
pero con expresivos gestos de sus manos, Osman Atalan les dio sus órdenes a los aggagiers. Cada hombre
sabía, por larga experiencia, qué se esperaba de él.
El elefante que estaba debajo de la mimosa quedaba en un ángulo que lo alejaba ligeramente del
camino de los cazadores, de modo que cuando avanzaron tras Osman, éste se abrió hacia la derecha y
luego avanzó en forma ligeramente más directa desde atrás. El elefante tiene mala vista si se la compara
con la de otras criaturas salvajes, como el babuino y el buitre. Pero aunque le cuesta distinguir las formas,
no tiene problemas para detectar el movimiento.
Osman no osó aproximarse más sobre su caballo. Se deslizó a tierra y se recogió el faldón de la aljuba
con la faja azul, dejando sus piernas cubiertas sólo por sus pantalones bombachos. Ajustó las correas de
sus sandalias y desenvainó el montante. Instintivamente, probó el filo, y se chupó la gota de sangre que
brotó de la yema de su pulgar. Arrojándole las riendas de Agua Dulce a Hassan, se dirigió hacia la
inmensa figura gris a la sombra de la acacia. El elefante parecía tan majestuoso como un buque de guerra
de tres puentes. Parecía imposible que tan poderosa bestia pudiera caer ante la insignificante hoja.
Con lo gracia de un bailarín, Osman avanzaba ligera y ágilmente, con su espada en la mano derecha.
El primer tramo de hoja después de la cruz del montante estaba envuelto, en la longitud de una mano, en
una tira de cuero de la oreja de un elefante recién muerto: ahora, seca y curada, ésta formaba una
empuñadura doble que se tomaba con la izquierda, permitiendo esgrimir la espada con ambas manos a la
vez.
Al acercarse al elefante, oyó el suave ronroneo de su panza; el animal compartía su satisfacción y su
placer con el resto de la manada, que dormitaba cerca de allí en el calor soñoliento del mediodía. El macho
se hamacaba suavemente, espantándose perezosamente las moscas con su corlo rabo; el mechón de pelos
duros como el alambre que lo remataba estaba casi totalmente desgastado por los años. Los gigantescos
colmillos manchados eran tan largos y gruesos que sus puntas romas descansaban sobre la tierra
endurecida por el sol. Su curtida trompa arrugada colgaba, laxa, entre las columnas de marfil. Acariciaba
un viejísimo fémur de búfalo reseco y desteñido por el sol con el extremo de la trompa, pasándoselo por la
pata delantera, llevándolo cada tanto a sus labios para sentir su sabor y frotándolo entre las carnosas
protuberancias parecidas a dedos que bordeaban cada lado de sus narinas, lo que lo hacía parecerse mucho
a un anciano sacerdote copto que, sentado al sol, pasara perezosamente las cuentas de su rosario.
Ahora Osman empuñó la espada con las dos manos, disponiéndose a asestar el tajo fatal y se acercó
al flanco del elefante lo suficiente como para tocarlo con la punta de la espada. El grueso cuero gris
colgaba en pliegues en torno a las rodillas del macho, y en flojos colgajos bajo su bamboleante panza,
como la ropa de un viejo, demasiado amplia para su cuerpo consumido.

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Sus aggagiers lo contemplaban con respeto y admiración. Un guerrero de menos valía se hubiera
conformado con desjarretar a su presa, aproximándose a la desprevenida bestia desde atrás y
seccionándole con veloces (ajos dobles los vitales tendones y arterias por encima de las inmensas palas
chatas. Una herida de esas características le permitía escapar al cazador, pero dejaba inerme e
inmovilizado al elefante hasta que quedaba sin vida, desangrado, una muerte lenta que podía tardar hasta
una hora. En cambio, el intento de enfrentarlo en forma directa que hacía el emir, aumentaba cien voces el
peligro. Ahora, Osman estaba dentro del alcance de la trompa del animal, capaz de asestar un golpe que
podía quebrar todos los huesos de su cuerpo. Esas enormes orejas detectaban hasta el menor sonido,
incluso una respiración cuidadosamente controlada, y a tan corta distancia los ojillos legañosos detectarían
hasta el más mínimo movimiento.
Osman Atalan, de pie a la sombra del elefante, miró uno de esos ojos.
Parecía demasiado pequeño para la enorme cabeza gris, y quedaba casi totalmente escondido por el
espeso flequillo de pestañas incoloras cuando el soñoliento animal parpadeaba. La colgante trompa
quedaba protegida por los gruesos colmillos amarillos. Osman debía incitar al animal a extenderla hacia
él. Cualquier movimiento inesperado, cualquier sonido incongruente, dispararían una respuesta
devastadora. Sería derribado por un golpe de la trompa, o pisoteado por esos enormes pies, o atravesado
por un colmillo de marfil, y luego el elefante se hincaría sobre él, machacándolo con el protuberante hueso
de su frente hasta convertirlo en una plasta sanguinolenta.
Osman hizo girar suavemente la hoja hasta que el metal pulido reflejó uno de los rayos solares
aislados que perforaban el dosel de hojas por encima de su cabeza. Dirigió el reflejo hacia la oreja del
animal, que se agitaba suavemente, y lo hizo avanzar gradualmente hasta que llevó la minúscula cuña
diamantina de luz hasta su ojo entrecerrado. El elefante abrió el ojo, que relució mientras buscaba la
fuente de esa ligera incomodidad. No detectó otro movimiento que el del tembloroso punto de luz solar, y
alargó su trompa hacia éste, no alarmado, sino con leve curiosidad.
Osman no necesitó corregir su doble agarre de la empuñadura. La hoja trazó un arco reluciente en el
aire, tan veloz como el propio cazador, que se agachó mientras golpeaba. La trompa no tenía hueso que
detuviera el golpe, de modo que la plateada hoja la rebanó limpiamente, haciéndola caer al suelo.
El elefante retrocedió, tambaleándose por la sorpresa y el dolor. Osman retrocedió de un salto en ese
mismo instante, y el animal detectó el movimiento y trató de azotarlo con la trompa. Pero ésta yacía en
tierra, y, cuando el muñón trazó un arco en la dirección de Osman, la sangre, que brotaba a chorros de las
arterias abiertas, lanzó un chorro carmesí que le empapó la aljuba.
El animal alzó el muñón de su trompa amputada y barritó con mortal angustia, mientras la sangre le
bañaba la cabeza y los ojos. Cargó hacia el interior del bosque, destrozando los árboles y matas que le
cerraban el camino. Sobresaltados en su entresueño por sus barrites, los otros machos huyeron con él.
Hassan Ben Nder picó espuelas y avanzó, llevando de las riendas a Agua Dulce. Osman tomó un
mechón de sus sedosas crines y saltó a la silla sin soltar su montante.
—¡Dejadlo que corral —gritó. Corriendo, el bombear del enorme corazón haría que se desangrase
más rápidamente. Al cabo de una milla, el animal se debilitaría y caería. Volverían a buscarlo después. Sin
detener su caballo, Osman pasó por el lugar donde el animal agonizante había girado bruscamente. Se
irguió sobre los estribos para distinguir más claramente los rastros de los dos elefantes indemnes. Los
siguió hasta alcanzar las primeras colinas del valle del río, donde se separaron. Uno de los animales tomó
rumbo sur, atravesando el bosque, mientras que el otro subió directamente por la rocosa ladera. No había
tiempo de estudiar el rastro para ver cuál era el animal más grande, así que Osman eligió al azar.
Hizo una señal levantando su espada, y los aggagiers se separaron fluidamente en dos partidas. La
primera subió por la ladera detrás de un elefante, y Osman condujo a la otra detrás del otro. El polvo
levantado por su huida aún flotaba en el quieto aire caliente, de modo que no hacía falta seguir el rastro.
Agua Dulce continuó su galope por otra milla hasta que, a cuatrocientos pasos, Osman distinguió la oscura
joroba del lomo del elefante abriéndose paso a través del gris y espinoso matorral del kittar, como una

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ballena avanzando por un mar turbulento. Ahora que su presa estaba a la vista, Osman frenó a Agua Dulce
hasta que adoptó un cómodo trote, para ahorrar sus fuerzas para el desesperado encuentro final. Aun a esa
velocidad, no dejaban de ganarle terreno al elefante.
Pronto, los guijarros y piedritas que levantaban las grandes patas del elefante resonaron contra su
escudo y le golpearon las mejillas. Entrecerró los ojos y se acercó aún más, hasta que el elefante percibió
su presencia y se volvió contra ellos con velocidad y ligereza asombrosas en un animal de ese tamaño. Los
jinetes se dispersaron ante la carga, pero uno de los aggagiers no fue lo suficientemente rápido. El
elefante estiró su trompa, y a todo galope, lo quitó de la silla. El montante, con el que podía haberse defen-
dido, salió volando de su mano, lanzando brillantes reflejos mientras giraba al sol antes de caer de punta y
clavarse sobre la dura tierra, donde quedó oscilando como un metrónomo. El elefante se hizo a un lado y,
con su trompa enroscada en torno al cuello del aggagier, estrelló al hombre contra una palmera doum con
tal fuerza que le arrancó la cabeza. Luego, hincándose sobre el cuerpo, lo destripó con sus colmillos,
atravesándolo una y otra vez.
Osman hizo retroceder a Agua Dulce y aunque ésta sacudió aterrada sus largas crines, respondió a la
presión de sus rodillas y a la orden que transmitieron las riendas. La cruzó directamente delante de la línea
de visión del elefante, y lanzó un grito para atraer la atención de éste.
—¡ja!, ¡ja! —gritó—. ¡Ven, oh hijo de Satán! ¡Sigúeme, oh bestia del mundo infernal!
El elefante dio un brinco, con el cadáver colgando de uno de sus colmillos. Meneó la cabeza,
arrojando al muerto hacia un costado. Luego cargó contra Osman, chillando de rabia, meneando su gran
cabeza de modo que sus grandes orejas se agitaban como la vela mayor de un barco azotado por el viento.
Agua Dulce corrió como una liebre asustada, alejando velozmente a Osman del ataque del elefante,
pero él la demoró con una suavísima presión del freno. Aunque estaba estirado a lo largo del pescuezo de
la yegua, miraba hacia atrás.
—Despacio, mi amado corazón. —Moderó su velocidad. —Lo que tenemos que hacer ahora es incitar
a esa bestia.
El elefante se dio cuenta de que ganaba terreno y avanzó hacia ellos tronando como un escuadrón de
caballería pesada. Estiró el cuello y extendió la trompa. Pero la yegua corrió como un golondrina que roza
la superficie de un lago para beber mientras vuela. Osman mantenía a su flameante cola a un brazo de
distancia de la punta de la trompa que se agitaba. El elefante se forzó a aumentar la velocidad, pero
cuando estaba a punto de atrapar a cabalgadura y jinete, Osman galopaba más rápido, de modo que
siempre se mantenía fuera de su alcance. Osman le habló suavemente al oído, y ella volvió su cabeza para
escuchar su voz.
—Sí, querida mía. Ahí vienen. —A través de la polvareda que levantaba el elefante distinguió las
siluetas de los aggagiers que se aproximaban. Osman se le ofrecía al elefante como si fuera la capa de un
torero, dándoles así oportunidad a sus hombres de acercarse y asestarle el golpe mortal. El elefante estaba
tan concentrado en el jinete que galopaba ante él que no vio a los hombres que cabalgaban detrás de su
extendido rabo. Osman vio cómo Hassan Ben Nader saltaba con ligereza a tierra, justo detrás de los ta-
lones del elefante. Su palafrenero, que cabalgaba junto a él, tomó las riendas y contuvo a su cabalgadura
para darle a Hassan el instante que éste necesitaba.
Hassan tocó tierra, aprovechando el impulso de su caballo para lanzarse hacia adelante. En el
momento en que el elefante apoyó todo su peso en una de sus patas traseras, la cuerda de su tendón se
tensó, abultando bajo el grueso cuero gris. Hassan dio un tajo en el jarrete con su hoja, a un palmo de
distancia del punto donde el tenso tendón se unía a la coyuntura. El reluciente filo de acero cortó hasta el
hueso, y el tendón principal se cortó con un chasquido elástico, que aun en medio del fragor de la caza,
llegó claramente a los oídos de Osman. En ese mismo instante, Hassan Ben Nader le arrebató las riendas a
su palafrenero y volvió a montar de un salto. Su caballo se lanzó otra vez a todo galope. Fue una
maravillosa proeza del jinete. En tres pasos, su caballo lo alejó de los colmillos y la trompa del elefante.

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El elefante alzó la pata herida y se dispuso a dar otro paso, pero cuando cargó todo su peso, la
articulación cedió y su pata se dobló. Los elefantes no pueden correr sobre tres patas, como lo hacen otros
cuadrúpedos, de modo que quedó instantáneamente inmovilizado, clavado a su lugar. Chillando de dolor y
furia, buscó a tientas al que lo atormentaba. Osman hizo girar a Agua Dulce y, taloneándola, la hizo
meterse casi debajo de la trompa extendida, gritándole al elefante para concentrar su atención, volviéndose
en el límite del alcance de éste. El elefante trató de perseguirlo, pero tropezó pesadamente y estuvo a
punto de caer cuando su pata inutilizada cedió bajo su peso.
En tanto, Hassan había vuelto grupas, dirigiéndose hasta la bestia y, sin que ésta lo detectara, cabalgó
hasta su parte trasera. Volvió a echar pie a tierra y, para demostrar su coraje, dejó que su corcel continuara
su galope, quedando él solo a espaldas del elefante. Aguardó un instante a que el peso del animal se
cargara sobre la pata indemne, y cuando el tendón se destacó, estirado bajo la piel, lo seccionó con la
habilidad de un cirujano. Ambas patas traseras del elefante cedieron debajo de él, y cayó sentado, inerme,
gritando su angustia al cielo despiadado y ai triunfante sol africano. Hassan Ben Nader le dio la espalda al
animal que se debatía y se alejó sin apresurarse. Osman bajó de Agua Dulce y lo abrazó. —Galopaste
como un hombre, mataste como un príncipe. —Rió. —Hoy, tú y yo haremos el juramento y comeremos
juntos la sal de la fraternidad. —Es un honor demasiado grande —susurró Hassan, cayendo respetuosamente
de rodillas— pues soy tu esclavo y tu hijo, y tú eres mi amo y mi padre.
Dejaron descansar los caballos a la sombra y les dieron agua de los odres mientras contemplaban los
últimos momentos de su presa. La sangre brotaba a chorros de las abiertas arterias de las patas traseras del
elefante, al ritmo del latir del corazón. La tierra bajo sus patas se disolvió en un bailo de fango y sangre,
hasta que sus miembros inutilizados patinaron y resbalaron cada vez que intentaba desplazar su peso. No
tardó mucho. La vivida inundación carmesí disminuyó, y la laxitud de la muerte inminente se apoderó de
él. Finalmente, el aire escapó de sus pulmones en un largo suspiro hueco, y cayó de costado, golpeando la
tierra con un sonido que resonó en las colinas.
—Dentro de cinco días te enviaré aquí con cincuenta hombres, Hassan Ben Nader, para que busques
estos colmillos. —Osman acarició uno de los enormes cilindros de marfil que se alzaban en el aire por
encima de su cabeza. Ése sería el tiempo necesario para que la descomposición ablandara el cartílago que
los unía a sus alvéolos óseos lo suficiente como para sacarlos sin dañarlos con descuidados hachazos.
Montaron, y regresaron a buen paso sobre su propio rastro para encontrar a la bestia que había atacado
Osman. Para este momento, también debía de haber muerto desangrada por su terrible herida. Seria fácil
rastrearla hasta al punto donde había caído, pues debía de haber dejado un río de sangre a su paso.
No llevaban recorrida ni media legua cuando Osman alzó una mano para detenerlos e inclinó la
cabeza para oír mejor. El sonido que lo había alertado venía del otro lado de la cresta rocosa hasta el otro
costado de la cual los demás aggagiers habían perseguido al tercer elefante. Las colinas que se interponían
entre ellos y ese lugar debían de haber amortiguado los ecos, y por eso no habían oído nada antes. El
sonido era inconfundible para esos expertos cazadores: era el producido por un elefante furioso, que no
estaba impedido ni debilitado por sus heridas.
—Al-Noor no lo ha matado limpiamente —dijo Osman—. Debemos ir a ayudarlo.
Se lanzó cuesta arriba al galope seguido por los demás, y en cuanto cruzaron al otro lado de la cima,
los sonidos de la lucha les llegaron fuertes y cercanos. Osman cabalgó hacia ellos y encontró un caballo
muerto, con el espinazo destrozado por un golpe de la trompa del elefante. El aggagier había muerto con
él. Pasaron a su lado sin detenerse y encontraron otros dos hombres muertos. De un vistazo, Osman
entendió lo ocurrido: uno había resultado desmontado cuando el elefante cargaba de frente. Las rojas y
ganchudas espinas del kittar lo habían arrancado de la silla cuando trataba de escapar de la carga de la
bestia. El otro muerto era su hermano de sangre, quien se había vuelto atrás para salvarlo. Habían muerto
como vivieron, sus sangres se mezclaban y sus cuerpos quebrados se entrelazaban. Sus caballos habían
escapado.
El elefante barritó otra vez. Ahora, el sonido era más cercano y claro. Resonaba de un soto de kittar
no muy lejano. Talonearon con fuerza los flancos de sus cabalgaduras y galoparon hacia el kittar. Cuando

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se aproximaron, un jinete surgió de entre las espinas a todo galope. Era al-Noor sobre su caballo gris, que
exhibía los más extremos terror y agotamiento. Al-Noor estaba casi desnudo: su aljuba le había sido
arrancada del cuerpo por las espinas y su piel estaba lacerada como por las garras de una fiera. El caballo
se tambaleaba, pisando sin cuidado, demasiado agitado para notar la cueva de cerdo hormiguero que se
interponía en su camino. Tropezó y estuvo a punto de caer, arrojó a al-Noor por encima de su cabeza, y
siguió su carrera, dejando a su jinete aturdido y en el camino del gran elefante macho que emergió del soto
espinoso. Era el patriarca cuyo rastro los había asombrado. Tenía sangre en una pata trasera, pero en un
lugar demasiado alto y demasiado adelante como para que el tendón estuviera afectado. Al-Noor le había
infligido una herida demasiado superficial como para entorpecer o detener al animal. Avanzaba con la
cabeza alta para que sus largos colmillos no se enredaran en las espinosas matas ni golpearan la tierra pe-
dregosa. Se extendían desde sus labios ai doble del ancho que podía abarcar un hombre alto con los brazos
completamente extendidos. Eran casi tan gruesos como el muslo de una mujer, y casi no se disminuía su
diámetro desde el labio hasta la punta.

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¡Diez cántaros codo uno! —gritó Hassan, atónito. Ése era un animal legendario, con casi doscientas
libras de marfil saliendo de cada lado de su gran cabeza gris. Todavía aturdido, al-Noor se puso de pie con
esfuerzo y se tambaleó como un ebrio, con el rostro cubierto de sangre y polvo. Su espalda estaba vuelta
hacia el elefante que cargaba, y había perdido su espada. El animal lo vio, volvió a chillar y enrolló la
trompa contra el pecho. Al-Noor se volvió. Cuando vio que la muerte descendía sobre él, alzó la mano
derecha con el índice extendido en señal de que moría en el Islam y exclamó: —¡Dios es grande! —Era su
momento de aceptación. Sin miedo, se dispuso a enfrentarlo.
—¡Por mí y por Alá! —le dijo Osman a su yegua y Agua Dulce respondió con sus últimas reservas de
fuerza y velocidad. Se precipitó bajo el combado arco de los colmillos, con Osman achatado contra su
pescuezo. La trompa del elefante estaba arrollada y no le ofrecía blanco a la hoja. Su única esperanza era
desviar la carga que estaba por sufrir su hombre. La mirada del elefante estaba tan concentrada en al-Noor
que no notó al caballo y su jinete que se le acercaban por el flanco hasta que pasaron como un relámpago
frente a él, tan cerca que el hombro de Osman rozó uno de los colmillos. En un Instante pasaron, como el
fugaz vuelo de una nectarina. El elefante giró hacia un costado, olvidando ai hombre indefenso y siguiendo
a ese nuevo y más atractivo blanco para su furia. Se lanzó en persecución del jinete. —¡Oh bienamado de
Alá! —gritó el agradecido al-Noor al emir que acababa de salvarlo—. ¡Que Dios perdone todos tus
pecados! Osman sonrió sombrío cuando las palabras le llegaron por encima del furioso barritar, el trueno
de las pisadas y el ruido de las matas pisoteadas y quebradas.
—Que Dios me conceda algunos pecados más antes de morir —respondió, mientras se alejaba,
perseguido por el elefante.
Hassan y los demás aggagiers cabalgaron tras él, gritando y silbando para llamar la atención del
elefante, pero éste siguió persiguiendo a Agua Dulce. La yegua había galopado mucho, pero aún no estaba
agotada. Osman miró por debajo de su brazo y vio que el elefante se acercaba a toda velocidad, tan rápido
que ni Hassan ni ningún otro podía ubicarse de modo de atacar sus vulnerables patas traseras. Miró hacia
adelante y se dio cuenta de que se estaba metiendo en una trampa. Agua Dulce galopaba por un estrecho
corredor de terreno despejado entre densos matorrales de lattar, pero ese camino quedaba interrumpido por
un sólido muro de espinas. Osman sintió que la yegua aminoraba el paso. Luego volvió la cabeza, mirando
a su amado jinete, como si le preguntara qué hacer, y revolvió los ojos hasta que se vio el rojo interior de
sus párpados. Le chorreaba espuma blanca de las comisuras de la boca.
Caballo y jinete se zambulleron en el kittar, que se cerró en torno a ellos como una ola verde. Las
espinas se engancharon en el cuero y la tela como garras de águila, y, casi de inmediato, el gracioso galopar de
Agua Dulce se transformó en la pugna de un ser atrapado en la arena movediza. El elefante se lanzó sobre
ellos, sin que su poderoso avance fuera demorado por el kittar.
—Vamos, pues, terminemos con esto. —Lanzando este desafío, Osman soltó las riendas y sacó sus
pies de los estribos. Se puso de pie sobre la silla, vuelto hacia las ancas de la yegua, erguido en toda su
estatura, y mirando cara a cara al elefante. El hombre y la bestia se enfrentaron, separados por una brecha
que disminuía rápidamente.
—Tómanos si puedes —le dijo Osman al elefante, sabiendo que el sonido de su voz enfurecería al
animal. El elefante acható sus orejas contra los costados del cráneo, enrollando las puntas en señal de furia
y agresión. Luego, hizo lo que Osman esperaba: desenrolló la trompa y la extendió para atrapar al hombre
y derribarlo del lomo de su caballo.
Desplazando el peso para mantener el equilibrio entre los violentos saltos y corcovos de Agua Dulce,
Osman tenía la larga hoja dispuesta y cuando la anillada trompa gris se estaba por cerrar en torno a su
cuerpo, golpeó. El acero silbó, desdibujándose en un relumbrón plateado. El tajo dio de lleno, y no pareció
encontrar resistencia: el acero seccionó cuero, carne y tendones como si fuesen niebla. Rebanó la trompa
cerca del labio tan limpiamente como la hoja de la guillotina corta la cabeza del condenado.
Por un instante, no hubo sangre, sólo el relucir de la carne recién expuesta y el destello de las
terminaciones nerviosas y los blancos tendones. Entonces, la sangre brotó, envolviendo la gran cabeza gris

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en la nube carmesí que vomitaron las arterias. El elefante volvió a gritar, pero ahora de dolor y
desesperación. Luego, al perder su sentido del equilibrio y de la orientación, se hizo a un lado.
Osman volvió a sentarse en la silla y guió a Agua Dulce con las rodillas, alejándola del alcance de la
vista del elefante, oscurecida por la sangre. El animal se desplazó en un amplio círculo incierto, y Hassan
cabalgó hasta detrás de él y lo desjarretó por la izquierda. Osman echó pie a tierra y, de un tajo, le cortó el
otro corvejón.
El corazón bombeó chorros de sangre por las terribles heridas de las patas y la trompa, pero el
elefante se mantuvo de pie el tiempo suficiente para que un mulá recitase una sura del Corán. Osman
Atalan y sus aggagiers desmontaron y permanecieron junto a sus caballos para contemplar su agonía y
orar por él, alabando su poder y su coraje. Cuando finalmente cayó a la pedregosa tierra con estrépito,
Osman exclamó: —Alá es todopoderoso. La gloria de Dios es infinita.

* * *

La noticia corrió como reguero de pólvora por callejuelas y zocos, y se gritó desde azoteas y
alminares. A medida que se difundía, un ánimo sombrío, fúnebre, descendió sobre la ciudad de Jartum.
Murmurando acongojados entre ellos, los habitantes corrieron a buscar lugares elevados desde donde
pudieran mirar hacia el otro lado del río y contemplar el destino que les aguardaba.
Ryder Courtney estaba en el taller de sus almacenes detrás del hospital y de las murallas de barro rojo
del Fuerte Burri cuando un sirviente le trajo una nota de David Benbrook, garrapateada en una hoja
desgarrada de papel del consulado. Desde las primeras luces del alba, Ryder trabajaba junto a Jock
McCrump en las reparaciones del Intrepid Ibis. Cuando desarmaron la cañería de metal perforada,
descubrieron que había más daño de lo que habían sospechado inicialmente. Algunos de los fragmentos de
metal habían llegado a los cilindros, rayando las camisas. Lo sorprendente era que hubieran podido
regresar al puerto.
—Menos mal que no lo dejé acelerar a fondo —murmuró sombríamente Jock—. De haber sido así,
tendríamos un verdadero problema. Se habían visto obligados a sacar el pesado motor del casco del Ibis y
descargarlo en el embarcadero de piedra. Luego, lo habían llevado al taller en carreta de bueyes, tomando
un largo camino para evitar las callejuelas estrechas. Llevaban diez días trabajando en él, y las
reparaciones casi estaban completas. Ryder se limpió las manos en un trozo de algodón y le echó un
vistazo a la nota. Se la pasó a Jock.
—¿Quieres venir a ver el espectáculo que dará el alcalde?
Jock gruñó. Con unas largas pinzas levantó una incandescente placa de metal de la fragua y la llevó al
yunque.
—Lo más probable que es que no tengamos más remedio que ver muy de cerca a ese digno caballero
oriental, Osman maldito Atalan, sin necesidad de ir a mirarlo ahora. —Alzó la pesada maza de herrero y
comenzó a martillar el metal para darle forma. Ignorando a Ryder, lo sumergió en una tina llena de agua.
Se enfrió en una siseante nube de vapor, mientras Jock miraba con ojo crítico. Estaba haciendo un parche
para uno de los agujeros de cañonazo del casco del Ibis. No quedó satisfecho con el resultado, y, silbando
desafinadamente, lo regresó a la fragua. Sonriendo, Ryder fue a los establos a buscar su caballo.
Cruzó el canal por el arrecife de tierra, y cabalgó atravesando multitudes hasta el portón del palacio
consular. Esperaba poder eludir al general Gordon, y distinguió con satisfacción su inconfundible figura
de uniforme caqui en el parapeto superior del fuerte Murkan, rodeado de media docena de sus oficiales
egipcios. Cada uno tenía un telescopio o un par de binoculares, que enfocaban hacia la orilla norte del
Nilo Azul, de modo que Ryder pudo pasar frente al fuerte y alcanzar el consulado sin que lo notaran.
Entregó su caballo a uno de los mozos de cuadra y caminó por los desnudos jardines hasta la entrada a la

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legación. Los centinelas lo reconocieron de inmediato y le hicieron la venia cuando entró en el vestíbulo
principal.
Un secretario egipcio se apresuró a recibirlo. Como la de todos, su expresión era preocupada y
nerviosa.
—El cónsul está en la atalaya, señor Courtney —le dijo el hombre—. Me pidió que tenga la bondad
de buscarlo allí.
Cuando Ryder salió al balcón, la familia Benbrook no lo vio de inmediato. Estaban agrupados en
torno a un gran telescopio montado sobre un trípode. En ese momento, era el turno de Amber, quien
estaba de pie sobre una silla con respaldo de caña para llegar a la lente. Entonces, Saffron se volvió y
lanzó un chillido de deleite.
—¡Ryder! —corrió a tomarlo del brazo—. Tienes que venir a ver. Es muy emocionante.
Ryder miró a Rebecca y sintió que se le cerraba la boca del estómago. No demostraba rastros de
sufrimiento por el reciente y frustrado viaje río abajo. Por el contrario, lucía fresca, incluso bajo las capas
de enaguas de crespón verde que emergían de su miriñaque. Llevaba una cinta color amarillo fuerte en la
copa de su sombrero de paja y su pelo caía en bucles sobre sus hombros. El sol se reflejaba en ella.
—No deje que la niña lo moleste, señor Courtney —le dijo con una sonrisa formal—. Desde el
desayuno hace lo que se le da la gana.
—Eso es majestuoso y digno de una reina —dijo con satisfacción Saffron.
—No —le dijo Amber quitando los ojos del telescopio—, es que eres desobediente y molesta.
—Que reine la paz —dijo Ryder sonriendo—. El amor entre hermanas es una cosa hermosa.
—Me alegro de que haya podido venir —le dijo David—. Lamento alejarlo de su trabajo, pero vale
la pena ver esto. Ya has mirado bastante por el telescopio, Amber. Déjaselo un rato al señor Courtney.
Ryder se dirigió al parapeto, pero antes de mirar por el telescopio, dirigió su mirada al otro lado del
río. Era un espectáculo extraordinario: hasta donde alcanzaba la vista, la tierra parecía estar en llamas. Le
llevó un momento darse cuenta de que lo que le daba al cielo ese aspecto brumoso y empañado no era
humo, sino la polvareda que levantaba una vasta masa en movimiento de seres vivientes, humanos y
animales, que se extendía hasta el horizonte del este.
Aun a la distancia se percibía un grave reverberar en el aire, como el zumbido asordinado de una
colmena, o el murmullo del mar en un día sin viento. Era el sonido de asnos que rebuznaban, vacas que
mugían, ovejas de rabos gordos que balaban, y de miles de pezuñas, pies que marchaban. Era el crujido
de la carga de los camellos y el rechinar de los ejes. Era el castañeteo de las rodelas de cuero de jirafa, de
las lanzas y las espadas que golpeaban sus vainas, el trueno de los carros de artillería y el tren de
municiones. Luego, más claramente, oyó el barrito de las ombeias, las trompetas de batalla sudanesas,
talladas en un solo colmillo de marfil. La llamada guerrera de esos instrumentos viajaba inmensas
distancias por el aire del desierto. Por debajo de ella se oía el grave latir de cientos de grandes atabales de
cobre. Cada emir cabalgaba a la cabeza de su tribu precedido por sus tambores, sus trompetas y
portaestandartes. Los rodeaban sus mulamezin, sus guardaespaldas, sus hermanos, sus hermanos de
sangre y sus aggagiers. Aunque ahora cabalgaban unidos por la santa yihad del Divino Madí, la mayor
parte de estas tribus estaban enfrentadas por seculares deudas de sangre y no confiaban una en la otra.
Los estandartes eran de todos los colores del arco iris, bordados con textos del Corán y alabanzas a
Alá. Algunos eran tan grandes que hacían falta tres o cuatro hombres para mantenerlos en alto, flameando
y chasqueando en la caliente brisa del desierto. La colorida belleza de los estandartes y las arlequinescas
aljubas con aplicaciones de los guerreros contrastaba con el despojado paisaje.

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—¿Cuántos le parece que son? —preguntó David como si hablara del público de un día de carreras
en Epsom.
—Sólo el diablo lo sabe —Ryder meneó la cabeza, dudando. —Desde aquí no se ve dónde terminan.
—¿Diría que llegan a cincuenta mil? —Más —dijo Ryder—. Tal vez muchos más.
—¿Puede distinguir al grupo de Osman Atalan?
—Desde ya que debe estar a la vanguardia. —Ryder aplicó su ojo al telescopio y lo enfocó a las
primeras filas. Distinguió los estandartes escarlata y negro. —Allí está el diablo ése. ¡Delante de todo!
—Creí que me había dicho que nunca lo había visto —dijo David.
—No hace falta que nos presenten. Le digo que es él.
En medio de la agitación y la algarabía, la dignidad y el carisma de la esbelta figura montada en un
caballo color crema eran inconfundibles.
En ese momento, se produjo una súbita conmoción entre la vasta muchedumbre de la otra orilla. Por
el telescopio, Ryder vio que Osman se erguía sobre los estribos y enarbolaba su montante. Las primeras
filas de los mulazemin se lanzaron a una furiosa carga, y él los condujo directamente a un pequeño grupo
de jinetes que se acercaba a ellos desde la dirección de Omdurman. Mientras se precipitaban hacia
adelante, las masas montadas en caballos y camellos descargaban festivas andanadas de disparos al aire.
El humo azul se mezclaba con la polvareda, y las puntas de las lanzas y las hojas de las espadas
destellaban como estrellas entre las nubes.
—¿A quién van a recibir? —preguntó alarmado David.
Ryder enfocó la lente sobre un pequeño grupo de jinetes y lanzó una exclamación al reconocer los
turbantes verdes de los dos jinetes que iban a la cabeza.
—Vaya, parece que son el Divino Madí en persona y su califa, el poderoso Abdulahi. —Ryder
procuró que su tono fuese sardónico y peyorativo, pero nadie se engañó.
—Con esa simpática banda de forajidos sentando sus reales allí, el camino al norte queda firmemente
cerrado. —Aunque David lo dijo con tono ligero, sus ojos se velaron cuando miró a sus tres hijas. —Ya
no podremos escapar de este malhadado lugar. -Cualquier respuesta que Ryder hubiese dado habría
sonado hueca, y contemplaron en silencio el encuentro de los dos hombres que tenían la suerte de la
ciudad y de todos sus habitantes en sus manos ensangrentadas.
Con la espada desenvainada y su larga trenza golpeándole la espalda, Osman Atalan cargó
directamente hacia la figura montada del Madí. El profeta de Alá lo vio avanzar en un remolino de polvo
entre el ensordecedor rebuzno de los cuernos de guerra y el batir de los tambores. Frenó su corcel blanco.
El califa Abdulahi detuvo su caballo unos pasos por detrás de su amo, y ambos esperaron la llegada del
emir.
Osman frenó de golpe a Agua Dulce, que se detuvo con un patinazo y sacudió su montante frente al
rostro del Madí.
—¡Por Dios y su profeta! —gritó. La hoja que había matado a cientos de hombres y elefantes estaba
a sólo un dedo de los ojos del Madí.
El Madí se quedó inmutable, con una sonrisa serena que mostraba la falya que separaba sus dientes.
Osman volvió grupas y se alejó al galope. Su guardaespaldas y portaestandartes lo siguieron en un
galope tan salvaje como el suyo, disparando al aire sus fusiles Martini-Henry. A una distancia de
trescientos pasos, Osman convocó a sus hombres, que se reagruparon detrás de él. Alzó su espada y
volvieron a cargar en falange escalonada directamente hacia las dos figuras aisladas. En el último
instante, Osman frenó a su yegua con tanta violencia que ésta cayó sentada sobre su grupa.

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—La ilaha ilallah! ¡El único Dios es Dios! —aulló—. Muhammad Rasul Alá! ¡Mahoma es el profeta
de Dios!
Los jinetes se retiraron cinco veces, y cinco veces volvieron a carga. A la quinta carga, Muhammad
Ajmed, el divino Madí, alzó la mano derecha y dijo suavemente: "Alá karim! ¡Dios es generoso!"
De inmediato, Osman se arrojó de su yegua y besó el pie del Madí, que, calzado con su sandalia,
reposaba sobre el estribo. Era un acto de la máxima humildad, la entrega del alma de un hombre a otro. El
Madí le sonrió tiernamente. Emanaba un perfume especial, mezcla de sándalo y esencia de rosas,
conocido como el Aliento del Madí.
—Me complace que hayas venido a unirte a mis fuerzas y a la yihad contra el turco y el infiel.
Levántate, Osman Atalan. Cuentas con mi favor. Entrarás conmigo en la ciudad de Alá, Omdurman.

* * *

En la terraza de su casa, el Madí estaba sentado con las piernas cruzadas sobre un angareb bajo, un
diván cubierto con una alfombra de oración de seda y varios cojines. La terraza estaba techada con una
enramada de juncos tejidos para protegerla del sol, pero los costados estaban abiertos a la refrescante
brisa del río y daban a la ciudad de Jartum, al otro lado del ancho Nilo de Victoria. El feo cubo del fuerte
de Mukran dominaba las defensas de la ciudad sitiada. El emir Osman Atalan estaba sentado frente a él, y
una joven esclava hincada le ofrecía un plato de agua en el que flotaban unos pocos pétalos de adelfa.
Osman tomó un poco de agua con los dedos e hizo las abluciones rituales, luego despidió a la mujer con
un gesto. Otra hermosa muchacha esclava de la tribu gala puso entre ellos una bandeja de plata donde
había tres copas de plata enjoyada de alto pie: cálices provenientes del saqueo de la catedral católica
romana de El Obeid.
—Refréscate, Osman Atalan. Vienes de lejos —invitó el Madí. Osman hizo un elegante gesto de
rechazo.
—Os agradezco vuestra hospitalidad, pero he comido y bebido al amanecer y no volveré a comer
hasta que el sol se ponga.
El Madí asintió. Conocía la frugalidad del emir. Sabía bien de la especial iluminación religiosa y el
sentido de propósito y dedicación que traían el ayuno y el negar los apetitos. El recuerdo de su
permanencia en la isla Abbas estaba tan fresco como si hubiera estado allí el día anterior, en vez de hacía
tres años. Alzó una de las copas de plata a sus labios, mostrando por un instante la brecha entre sus
incisivos, signo de divinidad. Por supuesto que nunca bebía alcohol, pero le gustaba un refresco hecho de
jarabe de dátiles y jengibre molido.
Alguna vez había sido esbelto y duro como ese fiero guerrero del desierto, pero ya no era un
ermitaño solitario. Era el jefe espiritual de una nación, y Dios lo había escogido. Alguna vez había sido
un asceta descalzo que se negaba todo placer sensual. Hacía no mucho tiempo, se había proclamado en
todo el Sudán que Muhammad Ajmed nunca había conocido mujer. Ahora, ya no era virgen, y su harén
contenía los primeros frutos de todas sus gloriosas victorias. El primero en escoger entre las mujeres
capturadas era él. Todos los jeques y emires le traían como obsequio a las muchachas más bellas de sus
territorios, y él aceptaba con generosidad ese imperativo político. El número de sus esposas y concubinas
ya pasaba de mil, y aumentaba a diario. Sus mujeres lo fascinaban. Pasaba la mitad de sus días con ellas.
A ellas las deslumbraba su aspecto, su altura, su gracia, sus delicados rasgos, la marca alada de su
mejilla y la sonrisa angelical que ocultaba todas sus emociones. Amaban su perfume y la brecha que
separaba sus dientes. Su riqueza y su poder las embriagaban: su tesoro, el Beit el Mal, contenía oro,

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alhajas y millones en especias, el fruto de sus conquistas, del saqueo de las principales ciudades del Nilo.
Las mujeres cantaban: "El Madí es el sol de nuestro cielo y el agua de nuestro Nilo".
Ahora, hizo a un lado la copa de plata y tendió su mano. Una de las doncellas se hincó para ofrecerle
una servilleta de seda perfumada para que se enjugase el pegajoso jarabe de los labios.
Detrás del Madí, sobre otro angareb con cojines, estaba el califa Abdulahi. Era un hombre bien
parecido, de facciones cinceladas y una nariz como el pico de un águila, pero su piel estaba moteada
como la de un leopardo por las cicatrices de la viruela. Su naturaleza también era como la del leopardo,
depredadora y cruel. El emir Osman Atalan no le temía a hombre ni fiera algunos, a excepción de los que
tenía delante de él en ese momento. A ésos los temía con toda su alma.
El Madí levantó una mano graciosamente formada y señaló al río. Aun a simple vista podían
distinguir la solitaria figura sobre los parapetos del fuerte Mukran.
—Allí está Gordon Pachá, el hijo encarnado de Satanás —dijo el Madí. —Te traeré su cabeza antes
de que comience el ramadán —dijo su califa. —A no ser que el infiel te atrape antes a ti —sugirió el Madí
con su voz suave y placentera. Se volvió a Osman. —Nuestros escuchas nos informan que el ejército
infiel por fin se ha puesto en marcha. Navegan por el río hacia el sur con una flotilla de vapores para
salvar a nuestro enemigo de mi venganza.
—Al comienzo, se moverán a paso de camaleón. —El califa confirmaba el informe de su amo. —
Pero una vez que pasen por las cataratas y alcancen el recodo del río en Abu Hamed, tendrán el viento
norte a favor y habrá menos corriente. La velocidad de su avance se multiplicará por seis. Llegarán a
Jartum antes de la estación del bajo Nilo, y no podremos tomar por asalto la ciudad antes de que el río
baje y deje al descubierto las defensas de Gordon Pachá.
—Debes mandar a la mitad de tu ejército al norte al mando de tus jeques de más confianza y detener
a los infieles en el río antes de que lleguen a Abu Klea. Luego, debes aniquilarlos, del mismo modo en
que destruíste los ejércitos de Baker Pachá y Hicks Pachá. —El Madí le clavó la mirada a Osman y éste
sintió que su espíritu se conmovía. —¿Vencerás a mi enemigo por mí, Osman Atalan?
—Santo hombre, lo pondré en tus manos —replicó Osman—. En nombre de Dios y con la bendición
de Alá, haré tuya esa ciudad y a todos sus habitantes. —Los tres guerreros de Dios miraron hacia la otra
orilla del Nilo como guepardos que acecharan a una manada de gacelas que pasta en una llanura.

* * *

El capitán Penrod Ballantyne llevaba cuarenta y ocho minutos esperando en la antecámara del
consulado de Su Majestad Británica en El Cairo. Consultó la hora en el reloj ubicado sobre la puerta de la
oficina privada del cónsul general. A la izquierda de la inmensa puerta tallada colgaba un retrato de
tamaño natural de la reina Victoria en el día de su boda, aún pura y bella con la frescura de la juventud,
con la corona del Imperio sobre 8U cabeza. Del lado opuesto de la puerta, había un retrato similar de su
consorte, el príncipe Alberto de Saxo-Coburgo y Gotha, bien parecido y dotado de maravillosas patillas.
Penrod Ballantyne se echó una rápida mirada en el espejo de marco dorado alto hasta el techo que
adornaba la pared lateral de la antecámara y registró con satisfacción su parecido con el príncipe consorte,
quien ya llevaba mucho tiempo muerto, mientras que él, Penrod, era joven y vital. Sus charreteras de
capitán y los galones de la chaqueta de su uniforme eran dorados, nuevos y relucientes. Sus botas de
montar estaban lustradas hasta brillar como cristal, y el fino cuero de guante se plegaba sobre BUS tobillos
como el fuelle de un acordeón. Su sable de caballería pendía paralelo a la lista escarlata de sus pantalones
de montar. Su dolmán, que le colgaba de un hombro, se le ceñía al cuello con una cadena dorada, y

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llevaba su colpac, el gorro de húsar de piel de oso, bajo el brazo derecho. Sobre el pecho, a la izquierda,
lucía una cinta de muaré violeta de la que pendía una cruz de bronce con la inscripción "Al Valor", hecha
del metal de los cañones rusos capturados en Sebastopol. Era la máxima condecoración militar del
Imperio.
Entró el secretario de sir Evelyn Baring.
—El cónsul general lo recibirá ahora.
Penrod se había mantenido de pie para preservar el aspecto impecable de su uniforme pues no le
habría gustado exhibir arrugas en los codos, la parte trasera de la chaqueta o las rodillas de sus pantalones
de montar. Volvió a ponerse el alto colpac, mirándose de soslayo al espejo para asegurarse de que
estuviera centrado y cubriera las cejas, y que la cadena pasara por encima del mentón, y marchó a la
oficina privada a través de las talladas puertas.
Sir Evelyn Baring estaba sentado a su escritorio, leyendo de una pila de despachos que se encontraba
frente a él. Penrod se puso en posición de firme e hizo la venia. Baring lo hizo entrar con un gesto, sin
alzar la vista. El secretario cerró la puerta.
Oficialmente, sir Evelyn Baring era el agente del Gobierno de Su Majestad Británica en Egipto y su
cónsul general plenipotenciario en El Cairo. En realidad, era el virrey que gobernaba al gobernador de
Egipto. Desde que el jedive había sido salvado de las masas insurrectas por el ejército británico y por la
presencia de la armada real en el puerto de Alejandría, Egipto se había vuelto en todo, menos en el
nombre, un protectorado británico.
El jedive Tawfig Pachá era joven y débil, y no podía ni compararse a un hombre como Baring y al
poderoso imperio que éste representaba. Se había visto forzado a renunciar a todos sus poderes y, a
cambio, los británicos le habían dado a él y a su pueblo la paz y la prosperidad que no conocían desde los
tiempos del faraón Ptolomeo. Sir Evelyn Baring tenía una de las mentes más brillantes del servicio
colonial. El primer ministro William Gladstone y su gabinete eran conscientes de sus cualidades, que
apreciaban mucho. Sin embargo, el trato a sus subordinados era altivo y condescendiente.
Ignoró a Penrod y continuó leyendo, haciendo anotaciones al margen con una lapicera de oro.
Finalmente, se incorporó, dejando a Penrod de pie, y se dirigió a las ventanas que daban al río y a Guizé,
en la otra orilla, donde se alzaban las despojadas siluetas de las tres enormes pirámides.
Maldito idiota, se dijo Baring. Nos ha metido en camisa de once varas. Desde el comienzo se había
opuesto a la designación del Chino Gordon. Hubiera preferido enviar a Sam Baker, pero Gladstone y el
secretario de guerra lord Harrington se habían salido con la suya. Provocar conflictos está en la naturaleza
de Gordon. El Sudán debía ser abandonado. Su tarea era sacar a nuestra gente de esa tierra condenada, no
enfrentarse al Madí loco y sus derviches. Esto es exactamente lo que le advertí a Gladstone que ocurriría.
Gordon procura imponer sus términos y forzar al primer ministro y su gabinete a enviar un ejército a
recuperar el Sudán. Si no fuera por los desdichados ciudadanos que han quedado atrapados gracias a él, y
por el honor del Imperio, debería dejarlo que se las arregle solo.
Baring se alejó de la ventana y de la contemplación de los inmemoriales monumentos que se alzaban
al otro lado del Nilo, y sus ojos cayeron sobre un ejemplar del Times de Londres que se encontraba sobre
la mesa, junto a su sillón favorito. Su ceño se frunció más. Para colmo, había que tener en cuenta las
opiniones desinformadas y sentimentales de las masas sudorosas, tan fácilmente manipuladas por los
pequeños potentados de la prensa.
Podía casi recitar de memoria el artículo de fondo: "Sabemos que el general Gordon está rodeado de
tribus hostiles y que sus comunicaciones con El Cairo y Londres están cortadas. En estas circunstancias,
el Parlamento tiene el derecho a preguntarle al gobierno de Su Majestad si tiene intención de hacer algo
para socorrerlo. ¿Quedará indiferente ante el destino de un hombre al que ha recurrido para salvarse en

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momentos de peligro, lo dejará librado a su suerte sin hacer ni un esfuerzo por él?" Randolph Churchill
había dirigido estas palabras a la cámara de los comunes el 16 de marzo de 1885. ¡Maldito demagogo!
pensó Baring, mientras alzaba sus ojos hacia el capitán de húsares.
—Ballantyne. Quiero que vaya a Jartum. —Eran las primeras palabras que le dirigía a Penrod desde
que éste había entrado en la habitación.
—Por supuesto, señor. Puedo partir dentro de la próxima hora —respondió Penrod. Sabía que la
palabra que al amo de Egipto le gustaba oír por sobre todas las demás era "sí".
Baring se permitió una sonrisa glacial, un infrecuente signo de aprobación. Su sistema de inteligencia
llegaba muy lejos y todo lo abarcaba. Sus raíces atravesaban todos los estamentos de la sociedad egipcia,
desde los niveles más altos del gobierno y las fuerzas armadas hasta los conciliábulos prohibidos de los
mulás en sus mezquitas y de los obispos en sus catedrales y monasterios coptos. Tenía agentes en los
palacios del jedive y los harenes de los pachás, en los zocos, bazares y burdeles de las ciudades más
grandes y las aldeas más miserables.
Penrod no era más que un minúsculo renacuajo en las bullentes ciénagas de intriga en las que sir
Evelyn Baring arrojaba sus líneas y redes. Sin embargo, últimamente el muchacho le empezaba a caer
simpático. Detrás de su atractivo aspecto y su atildada apariencia, Baring había detectado una mente
brillante y rápida y una atención al deber que le recordaban cómo había sido él mismo a esa edad. Los
contactos familiares de Penrod Ballantyne eran sólidos. Su hermano mayor tenía el título de baronet y
grandes propiedades en las fronteras de Escocia. El propio húsar gozaba de una sólida renta de la fortuna
familiar, y la cinta violeta que adornaba su ancho pecho daba amplio testimonio de su coraje. Además, el
joven había mostrado una aptitud natural para las tareas de inteligencia. De hecho, gradual y sutilmente se
estaba volviendo valioso, aunque no indispensable, pues nadie lo es, pero sí valioso. La única posible
debilidad que Baring le había detectado hasta entonces era la que llevaba bajo los pantalones.
—Por las razones de costumbre, no le daré un mensaje escrito —dijo.
—Naturalmente, señor.
—Hay un mensaje para el general Gordon y otro para David Benbrook, el cónsul británico. Estos
mensajes no deben confundirse. Tal vez le parezcan contradictorios, pero le ruego que no permita que eso
lo preocupe.
—Sí, señor. —Penrod adivinó de que Baring confiaba bastante en Benbrook, pues éste carecía de
brillo. Del mismo modo, no sentía confianza alguna por el Chino Gordon debido a que éste era brillante.
—Esto es lo que les transmitirá. —Baring habló durante media hora sin consultar ni un papel, apenas
deteniéndose para recuperar el aliento. —¿Lo recordará, Ballantyne?
—Lo recordaré, señor.
Una de las virtudes de este individuo es su aspecto, pensó Baring. Era difícil creer que detrás de esas
patillas y esas facciones tan agradables hubiera una mente capaz de asimilar una secuencia tan larga y
compleja de una sola sentada, y de transmitirla con precisión un mes más tarde.
—Muy bien —dijo sin énfasis—. Pero debe dejarle claro al general Gordon que el gobierno de Su
Majestad no tiene ni la menor intención de reconquistar el Sudán. El ejército británico que en este
momento avanza Nilo arriba no es de ninguna manera una fuerza expedicionaria. No es un ejército de
reocupación. Es una columna de rescate de fuerza mínima. El objetivo de la columna del desierto es
insertar en Jartum un pequeño cuerpo de tropas regulares de primera línea para reforzar las defensas de la
ciudad durante el suficiente tiempo para que evacuemos a toda nuestra gente. Una vez hecho esto, les
dejaremos la ciudad a los derviches y regresaremos.
—Entiendo, señor.

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—En cuanto le transmita usted sus mensajes a Benbrook y a Gordon, regresará al norte a unirse a la
columna de socorro de Stewart. Será su guía, y lo llevará hasta el recodo del Nilo, a Metemma, donde los
vapores de Gordon esperan para llevarlos río arriba. Procurará mantenerse en contacto conmigo.
Recuerde emplear los códigos habituales.
—Por supuesto, sir Evelyn.
—Muy bien, pues. El mayor Adams, del estado mayor del general Wolseley lo espera en el segundo
piso. Tengo entendido que lo conoce.
—Así es, señor. —Por supuesto que Baring sabía que Penrod había ganado su Cruz de Victoria
rescatando a Samuel Adams del ensangrentado campo de batalla de El Obeid.
—Adams le dará instrucciones más detalladas, y lo proveerá de los salvoconductos y requisas que
necesite. Puede tomar el vapor de Cook está noche y estar en Asuán el martes al mediodía. De ahí en más,
deberá arreglárselas solo. ¿Cuánto tardará hasta Jartum, Ballantyne? Ya ha hecho muchas veces ese viaje.
—Depende de las condiciones en el desierto Madre de las Piedras. Si los pozos tienen agua, puedo
evitar el gran doble recodo del río y llegar a Jartum en veintiún días, señor —respondió Penrod sin vacilar
—. Veintiséis como máximo.
Baring asintió.
—Mejor veinte que veintiséis. Puede retirarse. —Baring lo despidió sin ofrecerse a estrecharle la
mano. Antes de que Penrod llegara a la puerta, estaba otra vez sumido en sus despachos. A Baring no le
importaba caerle bien a la gente. Sí que cumpliera con su tarea.

* * *

Al mayor Adams le deleitó volver a ver a Penrod. Ahora caminaba ayudándose sólo con un bastón.
—Los matasanos dicen que para Navidad estaré jugando otra vez al polo. —Ninguno de los dos
mencionó la larga cabalgata de regreso del campo de batalla de El Obeid. Todo lo que había para decir al
respecto ya había sido dicho hacía tiempo, pero Adams lanzó una mirada de admiración a la cruz de
bronce del pecho de Penrod.
Penrod compuso un telegrama cifrado para el oficial de inteligencia que acompañaba a la vanguardia
de la Columna del Desierto que se estaba congregando en Wadi Halfa, ochocientas millas Nilo arriba. El
ayudante de Adams se lo llevó al telegrafista de la planta baja y regresó con la confirmación de que había
sido enviado y recibido. Luego, el mayor Adams invitó a Penrod a almorzar en el Hotel de Shepheard,
pero Penrod adujo tener otra cita. En cuanto tuvo sus papeles, partió. Un mozo de cuadra tenía su caballo
a las puertas, y en menos de media hora de cabalgata a lo largo de las orillas del río llegó al Club
Gheziera.
Lady Agatha lo esperaba en la Veranda de las Damas. Tenía apenas veinte años y era la hija menor
de un duque. El vizconde Wolseley, comandante en jefe del ejército británico en Egipto, era su padrino.
Tenía una renta de veinte mil al año. Como si esto fuera poco, rubia, menuda y exquisita, era un delicioso
bocado para cualquier hombre.
—Preferiría tener la gonorrea antes que a lady Agatha —había oído decir Penrod a un gracioso del
bar de lo de Shepheard, y no había sabido si reír o decirle al otro que salieran a pelear. Finalmente, le
había convidado un trago.

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—Llega tarde, Penrod. —Estaba reclinada en una silla de caña, e hizo un mohín cuando lo vio subir
la escalera que daba al jardín. Él le besó la mano, y luego miró el reloj que coronaba la puerta que unía el
jardín con el comedor. Ella notó el gesto. —Diez minutos pueden ser una eternidad.
—El deber, mi bienamada. La Reina y la patria.
—Qué cosa más aburrida. Tráigame una copa de champaña. —Penrod alzó la mirada y un camarero
vestido con un larga galabiyya blanca y un fez adornado de una borla apareció tan milagrosamente como
el genio de la lámpara.
Cuando llegó el vino, Agatha bebió un sorbo.
—Grace Eddington se casa el sábado —dijo.
—¿No es un poco repentino?
—No, de hecho, justo a tiempo. Antes de que se empiece a notar.
—Al menos espero que se haya divertido.
—Me dice que no, en absoluto, pero su padre está como loco y le dice que tiene que cumplir con las
formas. Honor familiar. Claro que será tranquilo y discreto, pero conseguí una invitación para usted.
Puede acompañarme. Tal vez sea divertido ver cómo los dos hacen el ridículo.
—Lamento decirlo, pero estaré muy lejos de aquí.
Agatha se enderezó en su asiento.
—¡Oh, Dios! ¡No! Otra vez. Tan pronto.
Penrod se encogió de hombros.
—No tengo otra opción.
—¿Cuándo parte?
—Dentro de tres horas.
—¿A dónde lo envían?
—Ya sabe que eso no se pregunta.
—No puede irse, Pen. La recepción en la embajada austríaca es mañana. Tengo un vestido nuevo. —
Él volvió a encogerse de hombros. —¿Cuándo regresará?
—No hay forma de saberlo.
—Tres horas —dijo ella, y se puso de pie. El movimiento atrajo la mirada de todos los hombres de la
veranda. —¡Venga! —ordenó.
—¿A almorzar? —preguntó él.
—Me parece que no. —La familia de ella tenía una suite permanente en lo de Shepheard, y Penrod
acompañó cabalgando su calesa abierta. En cuanto la puerta de la suite se cerró, se lanzó sobre él como
un gatito sobre un ovillo de lana, al mismo tiempo ágil, juguetona y ávida. Él la alzó entre sus brazos sin
esfuerzo y la llevó al dormitorio.
—¡Rápido! —ordenó ella—. Pero no demasiado.
—Soy un oficial de la reina, y órdenes son órdenes.
Más tarde, lo contempló mientras se vestía, tendida en la cama, lánguida y satisfecha, exhibiéndose
para ser admirada.

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—No encontrarás nada mejor que esto, Penrod Ballantyne. —Se tomó los pechos con las manos.
Eran pálidos y grandes en comparación a su cintura de muchacha. Se apretó los pezones para erguirlos, y
él se detuvo a contemplarla. —¿Ves? Te gusta. ¿Cuándo te casarás conmigo?
—¡Ah! Ésa es una cuestión que analizaremos en otro momento.
—Eres un bestia. —Se pasó los dedos por la nube de vello rojizo de la base de su vientre. —¿Me
depilo aquí? Las muchachas árabes lo hacen. —Probablemente, tu información al respecto sea más
precisa que la mía.
—He oído que te gustan las muchachas árabes.
—A veces eres divertida, lady Agatha, Otras, no. A veces te comportas como una dama, y otras, todo
lo contrario. —Se echó el dolmán al hombro, y, ajustando la cadena, se dirigió a la puerta.
Ella saltó de la cama como un leopardo herido, y él apenas si tuvo tiempo de darse vuelta para
defenderse. Las agudas garras perladas de Agatha buscaron sus ojos. Pero él la tomó de las muñecas. Ella
trató de morderle la cara, y sus blancos dientes chasquearon a una pulgada de su nariz. Él se dobló hacia
atrás para ponerse fuera de su alcance. Agatha trató de darle un rodillazo en la ingle, pero él detuvo el
golpe con el muslo y la hizo volverse. Quedó indefensa, atrapada entre sus brazos, con su espalda contra
su pecho. Presionó sus firmes nalgas redondas contra él y, al sentir como se hinchaba y endurecía, lanzó
una jadeante risita de triunfo. Dejó de debatirse, cayó de rodillas y levantó las medias lunas gemelas de
sus nalgas. Separó los muslos de modo que el nido de rizos rojizos asomara entre ellos.
—¡Te odio! —dijo.
Cayó junto a ella, aún de botas y espuelas, con su sable colgando al costado. Se abrió la bragueta de
un tirón, y ella lanzó un involuntario grito cuando la penetró. Cuando él volvió a pararse, ella quedó
jadeando a sus pies.
—¿Cómo sabes siempre qué quiero hacer? ¿Por qué siempre sabes qué decir y cuándo decirlo? Esa
cosa horrible que me dijiste hace un momento fue como ají picante en un mango dulce, me quitó el
aliento. ¿Cómo sabes esas cosas?
—Algunos lo llaman genio, pero soy demasiado modesto como para coincidir con ellos.
Alzó la mirada hacia él. Sus cabellos estaban enmarañados y sus mejillas arreboladas.
—Dímelo otra vez.
—Por más que lo merezcas, con una vez basta por ahora. —Se dirigió a la puerta.
—¿Regresarás?
—Tal vez pronto, tal vez nunca.
—Bestia. Te odio. Te odio de veras. —Pero él ya se había ido.

* * *

Tres días más tarde, Penrod bajó del vapor rápido en el muelle de Asuán. Llevaba uniforme tropical
color caqui sin condecoraciones ni insignias de su regimiento. Había cambiado el colbac por un casco de
corcho de ala ancha. Había al menos cincuenta soldados y oficiales vestidos en forma casi idéntica a él
por allí, de modo que no llamó la atención. Un harapiento porteador tocado con un turbante mugriento
tomó su equipaje y lo precedió corriendo por el laberinto de callejuelas de la ciudad vieja. Dando
zancadas con sus largas piernas, Penrod avanzaba por detrás de él sin perderlo de vista.

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Cuando llegaron a una puerta que se abría en una pared de barro igual a las demás al fin de un
callejón estrecho y serpenteante, Penrod le arrojó una piastra al porteador y recuperó su maleta. Tiró del
cordón y oyó el familiar campanilleo. Después de un rato, se oyeron suaves pisadas vacilantes al otro
lado de la puerta y habló una voz cascada:
—¿Quién es? Aquí no hay nada, somos pobres viudas dejadas de la mano de Dios.
—Abre la puerta, hurí del paraíso —replicó Penrod— y rápido, antes de que yo la abra a patadas.
Hubo un momento de atónito silencio, interrumpido al fin por una risa cacareante y el sonido de
alguien que manipulaba los cerrojos. Luego, éstos se corrieron y la puerta se abrió con un crujido. Asomó
una cabeza anciana, parecida a la de una tortuga, aunque cubierta a medias por un velo de viuda. Lucía
una ancha sonrisa, que expuso dos dientes torcidos separados por una larga extensión de encía rosada.
—¡Efendi! —chilló la vieja, y todo su rostro se surcó de arrugas—. Señor de las mil virtudes.
Penrod la abrazó.
—¡Es usted un desvergonzado! —protestó, deleitada—. Amenaza mi virtud.
—Ése es un tesoro que ya perdió hace cincuenta años. —La soltó. —¿Dónde está tu ama?
La vieja Líala lanzó una significativa mirada hacia el otro extremo del patio. En el centro del jardín,
una fuente manaba en un estanque en que nadaban apaciblemente percas del Nilo. En torno de éste se
alzaban estatuas de los faraones: Seti, Tutmosis y el gran Ramsés, robadas de los sepulcros de éstos por
ladrones de tumbas en tiempos inmemoriales. Penrod nunca dejaba de asombrarse de que semejantes
tesoros se exhibieran en tan humilde escenario.
Penrod atravesó el patio rápidamente. Su corazón latía más aprisa. Hasta ese momento, no se había
dado cuenta de cuánto había deseado volver a verla. Cuando llegó a la cortina de abalorios que cubría la
puerta se detuvo para recuperar la compostura antes de hacerla a un lado y entrar. Al principio, ella sólo
fue una silueta incierta y etérea, pero cuando sus ojos se adaptaron a la fresca penumbra, vio surgir su
figura. Era esbelta como el tallo de un lirio, su túnica estaba entretejida de hilos de oro, y llevaba oro en
sus muñecas y tobillos. Cuando avanzó hacia él, sus pies pintados con alheña no hicieron ruido sobre las
baldosas. Se detuvo ante él y le hizo una reverencia, llevándose la punta de los dedos a los labios y al
corazón. —¡Amo! —susurró—. Amo de mi corazón. —Luego, inclinó la cabeza y esperó en silencio.
Él le alzó el velo y estudió su rostro.
—Eres bella, Bakhita —le dijo, y la sonrisa que floreció en la cara de ella multiplicó por cien esa
belleza. Alzó el mentón y lo miró, y sus ojos brillaron de tal manera que parecieron iluminar hasta los
rincones más oscuros de la habitación.
—Sólo han pasado veintiséis días, pero me parecieron toda una vida —dijo, y su voz vibró como las
cuerdas de un laúd pulsado por dedos hábiles.
—¿Contaste los días? —preguntó él. —También las horas —respondió, asintiendo con la cabeza.
La perfección de sus mejillas de cera se adornó de rosas, y sus largas pestañas se entrelazaron cuando
desvió tímidamente la mirada. Luego, regresó sus ojos al rostro de él.
—Sabías que volvería —le dijo él en tono acusador—. ¿Cómo es posible, si ni yo mismo lo sabía?
—Mi corazón lo sabía, como la noche sabe que llegará el alba. —Le tocó el rostro como una ciega
que trata de recordar algo con la yema de los dedos. —¿Tienes hambre, señor mío?
—Hambre de ti —respondió él.
—¿Tienes sed, señor mío?

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—Tengo tanta sed de ti como la que siente el viajero por el agua del pozo cuando lleva siete días
cazando en el desierto bajo el sol implacable.
—Ven —susurró ella, y lo tomó de la mano. Lo llevó a la habitación interior. Su angareb se alzaba en
el centro del aposento, y vio que la tela de lino que lo cubría había sido lavada, blanqueada y alisada con
una plancha caliente hasta parecer la salina de Shokra. Se arrodilló ante él y le quitó el uniforme. Cuando
quedó desnudo, se puso de pie y dio un paso atrás para admirarlo. —Me traes un gran tesoro, señor mío
—dijo, extendiendo su mano para tocarlo—. Un cetro de marfil coronado por el rubí de tu hombría. —Si
esto es un tesoro, muéstrame qué traes para comprarlo. Desnuda, su cuerpo era pálido como la luna, y sus
pechos pendían, grandes y abultados, con pezones como uvas maduras, oscuras como el vino e
hinchadas. Sólo llevaba una delgada cadena de oro a la cintura, y su vientre era redondeado y suave como
granito pulido de las canteras que están por encima de la primera catarata. Sus manos y pies estaban
ornados con finas guirnaldas de hoja de acanto dibujadas con alheña.
Soltó sus largas guedejas oscuras y se tendió junto a él en el diván. Él la devoró con ojos y dedos, y
ella se movió suavemente obedeciendo las órdenes de sus manos, alzando las caderas y meneando los
hombros de modo de que su pecho cambiaba de forma y no había parte secreta de su cuerpo que se le
ocultara.
—Tu sexo es tan bello, tan precioso, que Alá lo debió de haber puesto en la frente de un león furioso.
De ese modo, sólo los valientes que fueran dignos de él podrían poseerlo. —Había maravilla en su voz.
—Es como un higo maduro, que se abre al sol y chorrea sus dulces jugos.
—Sacíate a tu gusto del higo de mi amor, señor querido —susurró roncamente ella.
Después, durmieron entrelazados, refrescados por su propio sudor. Finalmente, la vieja Liala les trajo
un cuenco de dátiles y granadas y una jarra de sorbete de limón. Se sentaron con las piernas cruzadas
sobre el angareb, uno frente al otro. Ella tenía mucho para contarle, importantes y graves noticias de
Nubia y más allá. Todas las tribus árabes atravesaban un período de flujo y cambio, se forjaban nuevas
alianzas y se quebraban lazos seculares. En medio de tanto alboroto, estaban el Madí y su califa, como
dos arañas venenosas en el centro de su tela.
Bakhita tenía tres años más que Penrod. Había sido la primera esposa de un próspero comerciante de
granos, pero no pudo darle un hijo. Su marido tomó a una mujer más joven por esposa, una criatura de
escasa inteligencia y anchas caderas adecuadas para la maternidad. Diez meses después, dio a luz un hijo.
Desde esa posición de poder conyugal, importunaba a su esposo. Él trató de resistirse, pues Bakhita era
leal e inteligente, y con su habilidad para los negocios había duplicado su fortuna en cinco breves años.
Sin embargo, finalmente la madre de su hijo se impuso. Con dolor, había pronunciado las temidas
palabras: "Talaq! Talaq! Talaq! ¡Te divorcio!" Así, Bakhita fue expulsada a ese terrible limbo del mundo
islámico que sólo habitan las viudas y las divorciadas.
Los únicos caminos que parecían abiertos para ella eran encontrar un marido viejo con muchas
esposas que necesitara una esclava sin tener que pagar por ella, o venderse como juguete a distintos
hombres. Pero mientras servía a su marido había aguzado sus habilidades de comerciante. Con las pocas
monedas que tenía ahorradas les compró a los beduinos y a los huérfanos que escarbaban las ruinas, los
lechos de ríos secos y las nulás del desierto fragmentos de cerámica e imágenes desconchadas y dañadas
de los dioses antiguos, y se las vendió a los turistas blancos que venían río arriba desde el delta en los
vapores.
Pagaba lo justo, hacía una diferencia razonable, y cumplía con su palabra, de modo que pronto los
excavadores y los ladrones de tumbas le trajeron porcelana y cerámica, estatuillas religiosas, amuletos y

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escarabajos que, después de cuatro mil años, conservaban una milagrosa perfección. Aprendió a descifrar
los jeroglíficos que los antiguos sacerdotes trazaban en osas reliquias, y los escritos de los griegos y los
romanos que llegaron mucho después de ellos; Alejandro y la dinastía de los Ptolomeos, Julio César y
Octavio, también llamado Augusto. Con el tiempo, su reputación llegó lejos. Los hombres acudieron a
comerciar y hablar a su pequeño jardín. Algunos habían viajado por el gran río desde lugares tan lejanos
como Ecuatoria y Suakin. Con ellos, traían noticias y rumores que eran casi tan valiosos como las
mercancías y reliquias. A menudo, los hombres hablaban más de lo que debían, pues era muy bella y la
deseaban. Pero no podían poseerla: después de lo que el hombre en quien había confiado hizo con ella,
no confiaba en ellos.
Bakhita se enteraba de todo lo que ocurría en cada aldea de las que orillaban el gran río y en los
desiertos que lo rodeaban. Se enteraba de cuando el jeque de los árabes yaalin saqueaba a los bisharin, y
de cuántos camellos habían robado. Sabía cuántos esclavos enviaba Zubeir Pachá en sus dhows a Jartum
y los impuestos y sobornos que le pagaba al gobernador egipcio de la ciudad. Seguía de cerca las intrigas
de la corte del emperador Juan de la alta Abisinia, y los embarques comerciales de los puertos de Suakin
y Adén.
Un día, un chico le trajo una moneda envuelta en un trapo sucio, una moneda como nunca había
visto, ni nunca volvió a ver. Llenó la palma de su mano con el peso del oro fino. En la cara tenía la efigie
de una mujer coronada, y en la ceca un auriga coronado de laurel. Los dibujos eran tan nítidos que
parecían recién acuñados. Leyó con facilidad las inscripciones debajo de cada retrato. La pareja de la
moneda era la compuesta por Cleopatra Thea Philopator y Marco Antonio. Se guardó la pieza y no se la
enseñó a nadie, hasta que un día entró un hombre en su tienda. Era un franco, como llaman los árabes a
los occidentales, y quedó muda de asombro, pues su perfil era el mismo que el de Marco Antonio en la
moneda. Cuando recuperó el habla, hablaron un rato, Bakhita con el velo puesto y la vieja Liala a mano,
oficiando de carabina. El desconocido hablaba un bello y poético árabe, y pronto dejó de parecer un
desconocido. Sin darse cuenta, comenzó a confiar en él. —He oído que eres sabia y virtuosa y que tal vez
tengas objetos raros y bellos para vender —dijo al fin.
Hizo salir a Liala con algún pretexto, y cuando le sirvió a su huésped otra minúscula taza de café
espeso, dejó deslizar su velo como por accidente de modo que él pudiera vislumbrar su rostro. Él dio un
respingo y la miró fijamente hasta que se lo volvió a acomodar. Siguieron hablando, pero algo quedó
suspendido en el aire, como la promesa del trueno antes de los primeros vientos del jazmín.
Bakhita la invadió gradualmente un irresistible deseo de enseñarle la moneda. Cuando se la puso en
la mano, él estudió gravemente los retratos, y al cabo dijo:
—Ésta es nuestra moneda. Tuya y mía. —Ella inclinó la cabeza en silencio, y él dijo: —Perdóname,
te he ofendido.
Alzó la vista hacia él y se quitó el velo, para que pudiera mirarla a los ojos.
—No me ofendes, efendi —susurró.
—Entonces ¿por qué se llenan tus ojos de lágrimas?
—Lloro porque lo que dijiste es cierto. Y lloro de alegría.
—¿Quieres que me vaya?
—No, quédate tanto como lo desees.
—Podría ser mucho tiempo.
—Si Dios quiere —asintió ella.

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En los años que siguieron a ese primer encuentro, ella le dio generosamente todo lo que podía dar,
sin pedirle nada a cambio, más que lo que él le diera por propia voluntad. Sabía que algún día la dejaría,
porque era joven y provenía de un mundo a donde ella nunca podría seguirlo. No había prometido nada.
En su primer encuentro dijo, "podría ser mucho tiempo", pero nunca dijo "siempre". Ella no trató de
extraerle un compromiso. La certeza del fin le agregaba a su amor una intensidad dulce como la miel y
amarga como el melón silvestre del desierto.
Hoy, se sentó junto a él, y le contó todo aquello de lo que se había enterado durante los últimos
veintiséis días. Él escuchó e hizo preguntas, escribiendo a continuación todo en cinco páginas de su
cuaderno de despachos. No necesitó consultar un código, pues se había aprendido de memoria el cifrado
que le dio sir Evelyn Baring.
La vieja Liala se cubrió la cabeza con su capa de viuda y se deslizó al callejón con el despacho
guardado entre la ropa interior. El sargento de guardia de la base militar británica la conocía como
visitante regular. La escoltó hasta el cuartel general, siguiendo las estrictas órdenes recibidas del oficial
de inteligencia de la base. Menos de una hora después, el mensaje zumbaba por la línea de telégrafo que
iba a El Cairo. A la mañana siguiente, había sido descifrado por el empleado de comunicaciones del
consulado, y el texto decodificado estaba sobre la bandeja de plata del cónsul general cuando éste entró
en su oficina después del desayuno. Una vez que envió a Liala con el informe a la base, Bakhita regresó
a Penrod. Se hincó junto al taburete de éste y comenzó a recortarle patillas y mostacho. Trabajaba rápido
y, con la experiencia de una larga práctica, no tardó en reducir las grandes patillas a la moda a la forma
desprolija propia de un pobre felá árabe. Luego, dedicó su atención a sus densos rizos ondulados, y las
lágrimas rodaron por sus mejillas mientras los cortaba. —No tardarán en crecer, paloma mía —dijo
Penrod tratando de consolarla, mientras se pasaba la mano por su rapada cabeza. —Es como asesinar a
mi propio hijo —susurró ella—. Estabas tan hermoso.
—Volveré a estarlo —le aseguró él.
Ella recogió el uniforme del ángulo de la habitación donde había quedado tirado.
—No dejaré que ni Liala lo toque. Lo lavaré con mis propias manos —prometió—. Esperará tu
regreso, pero no tan ansiosamente como yo. Luego, trajo la bolsa de lienzo en la que guardaba las sucias
y harapientas ropas que había vestido en su último viaje al sur. Le enrolló el mugriento turbante en torno a
la cabeza rapada. Él se ató a la cintura la escarcela de cuero y guardó su revólver reglamentario en la liviana
funda de lona, envainando después el corvo puñal junto al Webley. No se venan bajo la sucia galabiyya.
Luego se calzó un par de sandalias de cuero de camello crudo, y se dispuso a partir.
—Regresa pronto a mí —murmuró ella—, pues si pereces, pereceré contigo. —No pereceré —le
aseguró.

* * *

El capitán de puerto le echó apenas un vistazo al pase de viaje militar antes de asignar a Penrod a la
cuadrilla de estibadores del próximo barco de transporte de municiones con destino al sur. Penrod se
preguntó una vez más si las elaboradas precauciones que estaba tomando para evitar ser reconocido eran
realmente necesarias. Luego, se recordó que casi cada rostro moreno o negro de la muchedumbre que
llenaba los muelles pertenecía a un simpatizante de los derviches. También sabía que era un hombre
marcado. Su heroísmo en El Obeid había sido muy comentado, pues era la única mácula en la casi

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perfecta victoria del Madí y su califa. Bakhita le había advertido que cuando se pronunciaba su nombre
en los zocos de los muelles, siempre se lo acompañaba de un fruncir de ceño y una maldición.
La carga del vapor estaba completamente compuesta de pertrechos militares para el ejército que se
concentraba en Wadi Halfa para prepararse para la marcha río arriba. La carga continuó durante toda la
noche y la mayor parte del día siguiente. Había pasado mucho tiempo desde que Penrod hiciera una faena
tan ruda y debilitante. Una pausa para enderezar la cintura dolorida o hasta la vacilación más mínima
producían el silbido y el restallar del kurbash de alguno de los capataces. Necesitó de todo su autocontrol
para soportar los azotes sin responderlos a puñetazos. A medida que las pesadas cajas de munición se
estibaban sobre cubierta, la línea de flotación del barco se hundía cada vez más. Cuando dejó el
embarcadero al amanecer, entró en el canal que daba al río y surcó la corriente con su fea proa redonda,
el agua llegaba a apenas dos pies de sus barandillas.
Penrod encontró un lugar entre las altas pilas de cajas y se estiró allí. Apretó sus nudillos desollados
y sus dedos llagados bajo las axilas. Le dolían todos los músculos y articulaciones del cuerpo. Llegar al
puerto de Wadi Halfa tomaba unas veinte horas de remontar la corriente. Durmió durante casi todo el
viaje, y estaba casi totalmente recuperado para el momento en que llegaron, temprano por la mañana
siguiente. Había catorce grandes vapores anclados en el brazo principal del río. En la orilla izquierda se
alzaba un vasto campamento, compuesto de hileras de tiendas de campaña blancas y enormes pilas de
pertrechos. Botes cargados de tropas tocadas con cascos bajaban de los vapores en nuggars y pequeños
dhows.
Sir Evelyn Baring le había explicado en detalle el plan de la expedición de rescate. Ésa era la
División Fluvial del doble avance hacia el sur. La flotilla se disponía a pasar la gran curva occidental del
río. En su camino debía sortear tres peligrosas cataratas. Los hombres que iban abordo tendrían que sirgar
los vapores con largos cabos desde la orilla para pasar esos bu-llentes rápidos sembrados de peñascos.
Precediéndolos, la Columna del Desierto se desplazaría rápidamente hasta Metemma, más allá de la
curva del Nilo, donde los cuatro pequeños vapores del Chino Gordon esperaban para llevar a Jartum a un
pequeño destacamento de hombres escogidos para reforzar la ciudad antes de la llegada de la principal
columna de socorro.
El barco de transporte de municiones atracó contra la orilla, y los porteadores fueron despertados de
inmediato para comenzar la descarga. Penrod fue uno de los primeros en descender y una vez más su
permiso de viaje, al serle mostrado al subalterno a cargo de la operación, operó su pequeño milagro. Se le
permitió pasar. Se dirigió al campamento, donde tuvo que presentar sus papeles varias veces hasta que
finalmente llegó al puesto de guardia de la zareba donde se alojaba la Columna del Desierto. Sus cuatro
regimientos, al mando del general sir Herbert Stewart, se adiestraban y ejercitaban en la plaza de armas
en preparación para la larga marcha que los aguardaba. Pero podían pasar semanas o hasta meses hasta
que recibieran la orden final de partir desde Londres. El sargento de guardia debía de estar advertido de
la llegada de Penrod, pues no presentó objeción alguna cuando el sucio jornalero árabe, dirigiéndose a él
en el idioma del comedor de oficiales, le pidió ser llevado a la tienda del ayudante.
—¡Ah, Ballantyne! Recibí el telegrama del mayor Adams desde El Cairo, pero no lo esperaba hasta
dentro de tres o cuatro días. Ha llegado rápido. —El mayor Kenwick le estrechó la mano, pero evitó
mencionar la inusual vestimenta de Penrod. Como la mayor parte de los oficiales de más edad, sentía
simpatía por ese joven aventurero que parecía tener el don de aparecer cuando silbaban las balas y había
ascensos en el aire. —Gracias, mayor. Por casualidad ¿sabe si mis hombres están aquí? —Maldita
sea, vaya que sí. Ese sargento suyo se apropió de cinco de mis mejores camellos. Si no me hubiera puesto
firme, se habría llevado toda una tropa.

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—Entonces partiré cuanto antes, si me excusa, señor.
—¿Tan pronto? Esperaba que esta noche tuviésemos el placer de su compañía en el comedor.
Penrod se dio cuenta de que lo devoraba la curiosidad por su misteriosa visita.
—Tengo bastante prisa, señor.
—Entonces, ¿tal vez nos veamos en Jartum? —el ayudante continuaba sondeando decididamente.
—Oh, lo dudo, señor. ¿Le parece que quedemos citados en el Bar Largo del Club Gheziera cuando
este asuntillo quede resuelto?
El sargento al-Saada lo esperaba junto a los corrales de los camellos. Muchos ojos los miraban, de
modo que su saludo fue frío y distante, expresivo del ancho abismo social que separa a un sargento de un
regimiento de la Reina de un fellah común. Montaron hasta las dunas, Penrod, montado en una hembra
gris, por detrás del otro. En cuanto el animal se movió, su espíritu se regocijó: se dio cuenta de inmediato
de que el animal escogido por al-Saada era veloz como una flecha. En cuanto llegaron donde no los
podían ver desde el campamento, al-Saada se detuvo. Cuando Penrod se le acercó, transformó su
expresión severa en una deslumbrante sonrisa, y cruzó su pecho con el puño cerrado en el saludo de la
caballería.
—Te vi sobre la cubierta del vapor cuando pasaron la vuelta de Ras In-dera. Viajaste rápido, Abadan
Riyi. —El nombre significaba El Que Nunca Retrocede. —Le dije a Yakub que estarías aquí en menos de
cinco días.
—Llegué rápido —asintió Penrod—, pero debemos partir aún más rápido.
Yakub los esperaba a una milla de allí. Tenía los otros camellos echados bajo un saliente de roca
negra. Sus formas se veían grotescas debido a los odres que cargaban, que parecían negras excrecencias
cancerosas sobre sus lomos. Cada camello podía cargar quinientas libras, pero en el desierto Madre de las
Piedras cada hombre necesitaba casi diez litros de agua al día para permanecer con vida. En cuanto
desmontaron, Yakub se apresuró a saludar a Penrod. Se hincó sobre una rodilla y se tocó los labios y el
corazón.
—El fiel Yakub te está esperando desde Kurban Bairam. —A ti te veo, Bienamado de Alá —le dijo
Penrod con una sonrisa—. Pero, ¿te olvidaste mi equipaje?
Yakub adoptó una expresión dolorida. Corrió, bajó un atado de uno de los camellos y se lo llevó.
Penrod lo desató sobre la dura tierra cocida por el sol. Vio que su galabiyya estaba recién lavada. Se
cambió rápidamente sus harapos por la túnica de lana fina que lo protegería del sol. Se cubrió la cabeza
con el tocado de algodón negro al modo de ios beduinos y se ciñó a la cintura la faja negra. Metió la daga
curva y el revólver Webley en la faja sobre su cadera derecha, y su sable de caballería del otro lado para
repartir el peso. Luego, sacó el sable de su sencilla vaina de cuero y probó el filo. Cortaba como una
navaja de afeitar, y le hizo una señal de aprobación con la cabeza a Yakub. Después, hizo un par de
golpes de práctica con el acero, cortando a uno y otro lado, tirando estocadas a fondo arriba y abajo,
recuperando en seguida. El sable se sentía bien en su mano, y parecía adquirir vida propia. En esa era de
fusiles de retrocarga y munición pesada, Penrod aún disfrutaba del arma blanca.
Casi todos los árabes usaban el largo montante, y Penrod había observado cómo la forma en que
empleaban la espada contrastaba con la que él le daba. La pesada arma no era la adecuada al físico árabe.
A diferencia de los cruzados revestidos de cota de malla de quienes habían copiado la pesada hoja, no
eran hombres grandes y poderosos: eran más bien terriers que mastines. Eran demonios dando tajos y
estocadas, y el montante podía infligir heridas terribles. Pero eran lentos para recuperar la hoja. No

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entendían el quite, y usaban sus rodelas de cuero exclusivamente para defenderse. Ante un espadachín
experto, eran vulnerables a una finta alta sobre la línea natural Su respuesta instintiva era alzar la rodela,
lo que los hacía perder de vista la punta del adversario, que regresaba en la estocada que, como un rayo,
seguía a la finta. En El Obeid, cuando el cuadro se quebró y los derviches se lanzaron sobre ellos en
masa, Penrod había matado a cinco en otros tantos minutos con ese truco. Envainó el sable y le preguntó
a Yakub:
—¿Está abierto el Madre de las Piedras?
—Hay agua en Marbad Tegga. —En el dialecto taka, el nombre de ese pozo significaba Mata
Camellos. —Poca y amarga, pero suficiente para los camellos —repuso Yakub.
Yakub era un árabe yaalin que había sido expulsado de las tiendas de su pueblo por una deuda de
sangre originada en una pelea por la honra de su hermana. Yakub era rápido y experto con el cuchillo, y
su oponente murió. Pero era hijo de un poderoso jeque. Yakub se había visto obligado a huir para salvar la
vida.
Los ojos de Yakub miraban uno para cada lado. Los rizos que se escapaban de su turbante eran
grasientos y cuando le sonreía a Penrod se veían sus dientes amarillos y torcidos. Conocía y comprendía el
desierto y las montañas con el instinto de un asno salvaje. Antes de que fuera expulsado de su tribu, había
recibido una cuchillada que lo dejó cojo. Debido a esa lesión, no lo habían aceptado en el ejército de la
Reina ni en el del Jedive. De modo que, sin tribu y sin amo, Penrod era lo único que tenía. Yakub lo
veneraba como a un padre y un dios.
¿ Así que aún podemos cortar la serpiente? Cuando Penrod planteaba una pregunta de semejante
importancia, Yakub le dedicaba todo su respeto y su atención a ésta. Se metió los faldones de la galabiyya
entre las piernas y se acuclilló. Con su aguijada para camellos dibujó en la tierra una gran S, cuya curva
superior era de la mitad de tamaño que la inferior. Era un plano aproximado del curso del Nilo desde
donde estaban hasta la boca de la garganta de Shabluka. Seguir la orilla del río por ese serpentino meandro
alargaría la travesía en varias semanas. Ésa, claro, era la ruta que la División Fluvial se vería obligada a
tomar. La División del Desierto y sus camellos cortarían camino por la curva mayor, alcanzando otra vez
el río en Metemma. Ese atajo estaba bien marcado por las caravanas que lo habían recorrido desde
tiempos antiguos, y por los huesos pelados que habían ido dejando a su paso. En el camino había dos
pozos que le daban al viajero suficiente agua como para hacer el cruce. Una vez que alcanzaran Metemma
podían seguir el brazo superior del Nilo, manteniendo siempre el río a la vista una vez que éste doblaba
otra vez hacia el oeste, hasta que finalmente, regresaba a su habitual rumbo sur, dirigiéndose a Jartum. Era
un camino duro, pero había otro, aún más duro. Los guías de caravanas lo llamaban "cortar la serpiente".
Yakub hizo un amplio movimiento con la aguijada, trazando una línea recta que unía su ubicación
actual con la ciudad de Jartum. La línea cortaba la curva en S del río por la mitad. Ahorraba cientos de
millas de durísima travesía. Pero la senda no estaba marcada, y equivocarse en una de sus vueltas
equivalía a pasar de largo el único pozo, Marbad Tegga, encontrando en cambio una muerte segura y
terrible. El pozo anidaba en el vientre, caliente como una fragua, del Madre de las Piedras, y estaba bien
escondido. Sería fácil pasar a cien pasos de él y no notarlo. Los camellos podían beber su agua, pero sus
sales cáusticas enloquecerían a cualquier hombre. Una vez que los camellos bebieran en Marbad Tegga,
aún quedarían cien millas hasta las orillas del Nilo en Korti, bajo la cuarta catarata. Mucho antes de que
llegaran al río se terminaría toda el agua de sus odres. Podían llegar a pasar veinticuatro horas sin una gota
hasta que volvieran a ver el Nilo, y aún más si los djinni del desierto no los ayudaban.
Una vez llegados a la orilla, debían cruzar el río. Aquí, la corriente era veloz y el río tenía una milla
de ancho, y a los camellos no les gusta nadar. Pero había un vado que pocos conocían. Una vez que
hubiesen cruzado, bebido hasta saciarse y rellenado sus odres, se verían obligados a dejar atrás el Nilo otra

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vez y cruzar el desierto de Monassir al otro lado, otras doscientas millas sin agua. Yakub repitió todo esto,
dibujándolo en la tierra con su aguijada. Penrod escuchó sin interrumpirlo: aunque ya había cortado la ser-
piente en tres ocasiones, llegando hasta el vado de Korti, siempre había algo nuevo que aprender de
Yakub.
Una vez que explicó todo eso, Yakub anunció:
—Con la guía del intrépido Yakub y la protección de los ángeles, tal vez sí podamos cortar la serpiente.
—Luego, balanceándose acuclillado, esperó la decisión de Penrod.
Mientras el otro hablaba, Penrod consideraba las posibilidades de que la jugada resultara. Ni se le
ocurría intentarla sin Yakub. Con él como guía, lo que se ganaba en tiempo y distancia para llegar a
Jartum hacía que la apuesta valiera la pena, pero además había otra consideración importante.
Bakhita le había dicho que el Madí y su califa eran bien conscientes de los preparativos británicos
para rescatar a Gordon. Sus espías los habían mantenido bien informados de la concentración de
regimientos británicos y de la flotilla en Wadi Halfa. Le dijo que el Madí había ordenado a una docena de
los emires más importantes que abandonaran el asedio de Jartum y llevaran a sus tribus al norte bordeando
el río, para interrumpirles el paso, saliéndoles al encuentro en Metemma, Abu Klea y Abu Hamed. Dijo
que ambas orillas del río, desde Jartum hasta la primera gran curva, hervían de jinetes árabes y tropas
montadas en camellos.
—El Madí sabe que debe detener a todos los francos antes de que alcancen la ciudad —dijo,
empleando la palabra que servía para describir a todo europeo—. Sabe que es un ejército pequeño y mal
provisto de caballos y camellos. Dicen que ha enviado a veinte mil hombres al norte a repeler a los
británicos y mantenerse dueño de la línea del río hasta la estación del bajo Nilo, momento en que podrá
terminar la destrucción de Jartum y mandarle la cabeza del general Gordon a la Reina. —Agregó: —
Cuidado, señor mío. Han cortado las líneas de telégrafo por el norte y saben que los generales de El Cairo
deberán enviar mensajeros a Jartum para mantener su contacto con el general. El Madí estará aguardando
que trates de llegar a la ciudad. Sus hombres te esperan para interceptarte.
—Sí, esperarán a que crucemos por el recodo, pero me pregunto si custodiarán el camino a Marbad
Tegga —reflexionó Penrod en voz alta. Yakub meneó la cabeza, pues no entendía inglés. Penrod volvió a
hablar en árabe: —En nombre de Dios, bravo Yakub, llévanos al amargo pozo Mata Camellos.

* * *

Montaron a sus altas sillas de madera. Penrod verificó que tuviera el rifle en su funda bajo la pierna y
la canana atada a la perilla de la silla, y espoleó a su camello. Gruñendo y bufando, éste se incorporó.
—En nombre de Dios, partamos —dijo al-Saada.
—Que Él abra nuestros ojos para que veamos bien el camino —exclamó Yakub—. Y que muestre
claramente a nuestros ojos el Mata Camellos. —Dios es grande —dijo Penrod—. El único Dios es Dios.
Cada uno llevaba un camello de carga, y el agua que éstos acarreaban se movía en los odres con un suave
gluglú. Al comienzo, algunos pertrechos rechinaban o golpeteaban con el paso bamboleante de los
camellos, pero no tardaron en reajustar las cinchas y ataduras que aseguraban las cargas.
En un momento, se detuvieron brevemente para quitar el aire de los odres, que dejaron de gorgotear.
Cuando siguieron su camino, guardaron silencio, un silencio extraño, antinatural en el vacío del calor y el
horizonte insondable. Las almohadillas esponjosas de las patas de los camellos pisaban la arena en
silencio. Sin hablar, los hombres se envolvieron las cabezas de modo que sólo se les vieran los ojos. Iban
encorvados sobre las altas sillas de madera, entregados al ritmo del andar de los camellos.

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Siguieron el antiguo camino de caravanas, que atravesaba una extensión llana de arena anaranjada
que relucía al sol, haciéndoles doler los ojos con su reflejo. La senda estaba apenas señalada por los
huesos pálidos y las osamentas resecas de camellos que llevaban años muertos, algunos de los cuales,
preservados por el sol, tal vez estuvieran allí desde hacia siglos. El aire que respiraban les escaldaba y
raspaba la mucosa de la garganta. El horizonte se estremecía y desaparecía en el lago plateado del
espejismo. Los camellos y sus jinetes parecían suspendidos en el aire, y aunque avanzaban, silenciosos
como jirones de niebla, parecían inmóviles contra el fondo tembloroso. El único punto de referencia era el
tenue rastro de la senda de caravanas, pero ni siquiera éste parecía extenderse por el suelo, sino elevarse
ante ellos como un flotante zarcillo de humo.
Penrod se dejó envolver por el trance mesmérico de quien viaja por el desierto. Su mente vagaba
libremente, y pensó qué fácil sería creer, como los beduinos, en poderes sobrenaturales que habitan ese
paisaje sobrenatural. Soñó con jinn, y con los espectros de los ejércitos perdidos que habían perecido en
esas arenas. Aunque Yakub sólo estaba a medio tiro de pistola de él, por momentos parecía tan lejano
como un espejismo, aleteando como un gorrión con las alas de su túnica. En otros momentos, parecía
agigantarse sobre el lomo de una bestia del tamaño de un elefante, hinchada y alargada por el juego
engañoso de la luz. Avanzaban, en silencio, más y más.
Lentamente, algo empezó a aparecer delante de ellos, una inmensa pirámide que hacía parecer
pequeñas a sus pares artificiales del delta. Se estremecía en el plateado espejismo, desprendida de la tierra,
pendiendo invertida sobre el horizonte, en equilibrio sobre la punta, llenando el cielo con su ancha base.
Penrod se quedó mirándola atónito, y una vez más, su sentido de lo real fue puesto a prueba cuando se
encogió rápidamente, casi desapareció, convirtiéndose en un punto negro, que comenzó a crecer otra vez,
pero esta vez con su base anclada a la tierra y el puntiagudo ápice apuntando al cielo.
A medida que avanzaban, la vieron tomar su forma verdadera, un cerro cónico acompañado de otros
dos, más pequeños, que se alzaban apenas por detrás de él. En un relámpago de clarividencia, Penrod se
dio cuenta de que debían de haber sido formaciones naturales como ésa las que sirvieron de modelo a esas
otras pirámides, las hechas por el hombre, que han asombrado a la humanidad durante edades. La senda de
las caravanas iba directo hacia ellas, pero antes de alcanzar la primera, Yakub viró hacia un lado, dejando
la senda a la izquierda. Los guió hacia un descampado que no tenía ni el más pequeño indicio del paso del
hombre. Era el camino oculto a Marbad Tegga.
Penrod se sumió otra vez en esa suspensión hipnótica del tiempo, y con el correr de las horas, el sol
llegó a su meridiano y comenzó su ígneo descenso hacia la tierra. Finalmente, lo despabiló el cambio de la
andadura de su camello. Miró en torno rápidamente, y vio cómo había cambiado el paisaje. La arena ya no
era anaranjada, sino de un quemado color gris ceniza. En todos los puntos del horizonte se distinguían
pilas de cenizas volcánicas y lava de varios cientos de pies de altura, como si todos los mundos del
universo se hubieran quemado y sus restos hubieran sido arrojados en ese cementerio infernal y cubiertos
por esos túmulos imponentes. El aliento de antiguos volcanes había calcinado al desierto mismo. No había
vestigios de vegetación, ni de nada que viviera, fuera de los tres hombres y sus bestias. Penrod vio qué
había hecho cambiar el paso de su cabalgadura. La tierra estaba cubierta de una espesa capa de cantos
rodados y guijarros. Algunos eran grandes y perfectamente iguales a proyectiles de cañón de gran calibre,
otros pequeños como balas de mosquete. Parecían los detritos de un campo de batalla olvidado. Pero
Penrod sabía que no se trataba de municiones de guerra. Esas rocas eran un revestimiento dejado por las
erupciones volcánicas. La lava líquida había sido disparada al cielo en una lluvia mortal. Al caer a la
tierra, se había enfriado, coagulándose en esas formas. Los camellos se veían obligados a andar con
cuidado en ese piso peligroso, y su velocidad se reducía mucho.
El sol se puso, y al tocar la tierra pareció estallar en una explosión de luz verde y carmesí, que al
desaparecer entregó al mundo a una noche repentina.

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—¡Dulce noche! —susurró Penrod, y sintió cómo se resquebrajaban sus labios—. ¡Bendita noche
fresca! —Hicieron echarse a sus camellos y les dieron una pequeña ración de dhurra molido, tras lo cual
verificaron sus arneses y monturas en busca de señales de llagas o mataduras. Mientras los hombres sacaban
sus tapetes de oración y se postraban en dirección a la Meca, Penrod caminó por esa desolación para
aflojar sus músculos acalambrados y sus endurecidas coyunturas. Escuchó la noche, pero el único sonido
era el de la brisa entre las dunas, susurrando con las voces de los yinni. Cuando regresó, Yakub hacía café
en el pequeño brasero. Bebieron tres lazas cada uno, y comieron dátiles sobre delgados discos de galleta
de dhurra. Se untaron los labios y la piel expuesta con grasa de carnero para que no se les despellejaran y
partieran. Luego, se tendieron junto a los camellos y durmieron. Al cabo de dos horas de reposo, Yakub
los despertó. Montaron y siguieron avanzando hacia el sur en la noche.
Las estrellas brillaban en el cielo, en tal profusión que era difícil distinguir los principales cuerpos que
orientan la navegación en ese resplandor argentino. El aire era fresco y dulce, pero tan seco que horneó la
mucosidad de los conductos nasales de Penrod endureciéndola como perdigones. Hora tras hora, los
camellos continuaban su marcha. Cada tanto, Penrod echaba pie a tierra y caminaba junto a su
cabalgadura, para descansarla y estirar las piernas. Volvieron a detenerse antes del amanecer, bebieron
café caliente sin endulzar, durmieron una hora y continuaron su camino cuando el sol se alzaba a su
izquierda. Los primeros rayos golpearon, y ellos se doblegaron ante su tiranía, cubriéndose las cabezas.
El desierto nunca era igual. Cambiaba de personalidad y de aspecto con tanta sutileza como una
hermosa cortesana, pero siempre era peligroso y engañoso. Por momentos, las dunas eran suaves y
carnosas, de una palidez marfileña, como los pechos y el vientre de una bailarina, y luego tomaban el
color de damascos maduros. Fluían como las olas del océano, o se entrelazaban como serpientes que
copulan. Luego, se derrumbaban por escarpadas murallas de roca.
Las horas y las millas iban quedando detrás de ellos. Cuando se detenían a descansar a la sombra de
los odres, solía hacer demasiado calor como para dormir. Se tendían, jadeando como perros, y después
seguían su camino. Los camellos gruñían y bramaban suavemente al echarse y también cuando los
obligaban a ponerse de pie para seguir la marcha. Sus jorobas se encogían. Al quinto día, se negaron a
comer la pequeña ración de dhurra molido que les ofreció Yakub en sus tapetes de comer de paja trenzada.
—Éste es el primer indicio de que están alcanzando el límite de sus fuerzas —le advirtió Yakub a
Penrod—. Debemos llegar al pozo antes del atardecer de mañana. Si no, comenzarán a morir.
No hacía falta mencionar cuáles serían las consecuencias para los hombres si fallaran los camellos. A
la mañana siguiente, mientras descansaban al filo de una gran hondonada, Penrod señaló hacia adelante. A
lo largo de la orilla opuesta, se destacaba, como un friso, la silueta de una manada de gacelas. Eran
pequeñas y pulcras como seres de un sueño, del color de la crema y del chocolate con leche, con cuernos
en forma de lira y blancos rostros enmascarados. Después de un momento, desaparecieron al otro lado del
cerro tan silenciosas como si nunca hubieran existido.
—Beben en Marbad Tegga. Ahora estamos cerca. —Era la primera vez en muchas horas que Yakub
hablaba. —Estaremos allí antes del ocaso. —Entornó los ojos, satisfecho.
A mediodía, los camellos se negaron a echarse. Gruñían, gemían y sacudían la cabeza.
—Huelen agua. Quieren ir a ella —dijo alegremente Yakub—. Nos llevarán al pozo como los perros
de caza llevan a la presa. —En cuanto los hombres rezaron y bebieron su café, los tres volvieron a montar
y siguieron su camino.
Los camellos apresuraron el paso y gimieron de excitación a medida que el olor del agua crecía en sus
fosas nasales. Cuando volvieron a detenerse a última hora de la tarde, Penrod reconoció el terreno, que
había cruzado en su última travesía. Era un fantástico despliegue de montículos de pizarra, que el viento y
el tiempo habían esculpido hasta convertirlos en una galería de formas extrañas y caprichosas tallas.

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Algunos parecían ejércitos de guerreros de piedra que marchaban, otros eran leones agazapados, y había
dragones alados, gnomos y jinn. Pero por encima de todos ellos se elevaba una alta e imponente columna
de piedra que parecía una mujer de larga túnica y velo de viuda, en actitud de duelo.
—Ésa es la Viuda de Ajab —dijo Yakub—, mira hacia el pozo donde murió su marido. —Picó a su
cabalgadura con la larga aguijada, y volvieron a andar, los camellos con más ansiedad que sus jinetes.
—¡Alto! —gritó Penrod con tono urgente, y cuando Yakub y al-Saada volvieron la vista, los detuvo
con un gesto imperioso. Condujo a su camello a un wadi de poca profundidad que los ocultó por completo.
Lo siguieron sin vacilar. Tuvieron que luchar con los camellos para forzarlos a echarse, aguijándolos y
retorciéndoles los testículos, hasta que bajaron, bramando su protesta. Luego, los manearon con tiras de
cuero crudo para que no pudieran levantarse. Al-Saada se quedó a vigilarlos y asegurarse de que no
trataran de escapar en busca del agua. Penrod llevó a Yakub a la cima del cerro, donde encontraron una
atalaya natural entre los montículos de pizarra. Penrod se echó de bruces y barrió con sus binoculares el
áspero terreno que se extendía más allá de la Viuda de Ajab. Yakub se tendió junto a él, con sus ojos gui-
ñando horriblemente a la luz del sol. Tras una larga espera, murmuró: —No hay nada más que arena y
rocas. Viste una sombra, Abadan Riyi. Ni un jinn habitaría este lugar —y comenzó a ponerse de pie.
—Al suelo, imbécil —ordenó Penrod. Quedaron inmóviles y silenciosos por otra media hora. Luego,
Penrod le tendió sus binoculares a Yakub. —Ahí tienes tus jinni.
Yakub miró por la lente, y respingó y lanzó una exclamación al distinguir la distante figura de un
hombre. Sentado a la sombra de un monolito de pizarra, se había hecho invisible. Sólo un punto de luz que
se reflejaba en la hoja de la espada que estaba afilando había alertado a Penrod de su presencia. Ahora, se
puso de pie y caminó por la sesgada luz del sol, una forma que se destacaba en el paisaje ominoso.
—Lo veo, Abadan Riyi —concedió Yakub—. Tu vista es aguda. Lleva la aljuba remendada de los
madistas. ¿Hay más de uno?
—No te quepa duda —murmuró Penrod—. En este lugar, nadie viaja solo.
—¿Una partida de batidores? —arriesgó Yakub—. ¿Espías que esperan la llegada de los soldados?
—Saben bien que el pozo de Mata Camellos es demasiado escaso y de aguas demasiado amargas para
serle útil a un regimiento. Están esperando para interceptar a los mensajeros que le lleven despachos a
Gordon Pachá en Jartum. Saben que no hay otro camino. Saben que debemos pasar por aquí. —Están
custodiando el agua. No podemos continuar sin darles agua a los camellos.
—No —asintió Penrod—. Debemos matarlos. No debe escapar ni uno solo, si no queremos que
adviertan que estamos cruzando. —Se puso de pie y, cubriéndose tras el montículo, regresó donde al-
Saada esperaba con los camellos. No se atrevieron a hacer café mientras esperaban que cayera la noche,
pues el olor del humo podría llegarles a sus enemigos y delatar su presencia. En cambio, bebieron un poco
de agua de sus odres, y afilaron sus hojas mientras comían su ración nocturna de dátiles. Luego, los árabes
desenrollaron sus tapetes y oraron.
Cayó la oscuridad sobre las colinas, caliente y pesada como una capa de lana, pero Penrod esperó
hasta que Orion el cazador llegara a su cénit en el cielo del sur antes de que, dejando a los camellos,
salieran a pie. Penrod iba a la delantera, con el Webley en la faja que ceñía su cintura y el sable
desenvainado en la derecha. Ya habían hecho eso muchas veces, y se desplazaban bien separados, aunque
siempre en contacto. Penrod se desplazó en círculo, viento abajo del lugar donde vio por última vez al
centinela derviche, sintiéndose agradecido por la brisa de la noche, que cubría los pequeños ruidos que tal
vez hicieran a medida que se acercaban. Primero los olió, el humo de su brasero, el penetrante aroma de la
bosta de camello al quemarse. Chasqueó suavemente los dedos para alertar a Yakub y al-Saad, y los vio
agacharse obedientemente a sus espaldas, bultos oscuros a la luz de las estrellas.

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Siguió su camino, con el viento de frente y el humo directamente ante él. Se detuvo cuando oyó a un
camello que eructaba y gruñía suavemente. Se tendió en el suelo y miró hacia adelante, acechando con la
paciencia del cazador. Sus ojos escudriñaron lentamente el quebrado terreno, registrando cada piedra y
cada irregularidad. Luego, algo cambió de forma, y sus ojos regresaron a ese punto. Era pequeño, oscuro y
redondo, y estaba a menos de veinte pasos de él. Se volvió a mover, y se dio cuenta de que se trataba de
una cabeza humana. Había un centinela sentado a la orilla de un nula poco profundo. Aunque era más de
medianoche, el hombre estaba despierto y alerta. Penrod olió a Yakub junto a él, olor a sudor, rapé y
camellos, y sintió su cálido aliento en su oreja.
—Lo he visto, y ya es hora de que muera.
Penrod asintió apretándole el brazo, y Yakub se deslizó como una víbora del desierto. Era un artista
de la daga. Su figura se confundió con las rocas y con las sombras que proyectaban las estrellas. Penrod
vio que otra cabeza surgía repentinamente detrás de la del centinela. Durante un momento, se
confundieron en un único manchón oscuro. Se oyó una súbita exhalación, y ambas cabezas desaparecieron
de su vista. Penrod esperó, pero no oyó grito ni alarma alguna. Entonces, Yakub salió del nulá con sus
peculiares andares de cangrejo. Se tendió junto a su amo.
—Hay cinco más. Duermen junto a sus camellos en el fondo del nulá. —¿Los camellos están
ensillados? —Era una pregunta ociosa. Esos hombres eran guerreros y estarían listos para saltar a la silla y
cabalgar en cuanto abrieran los ojos.
—Lo están. Los hombres duermen con sus armas a mano.
—¿Hay otro centinela?
—No vi ningún otro.
—¿Dónde está el pozo?
—No fueron tan tontos como para acampar al lado del agua. Está a unos trescientos o cuatrocientos
pasos para ese lado —dijo Yakub, señalando hacia el extremo derecho del oculto nulá.
—De modo que si hay otro hombre, está allí, vigilando el agua. —Penrod reflexionó durante unos
instantes y volvió a chasquear los dedos. Al-Saada se acuclilló junto a ellos.
—Esperaré entre el campamento y el pozo para ocuparme del otro centinela. Vosotros dos iréis a
enviar al paraíso a estos hijos del Madí. —Penrod palmeó a ambos en el hombro en señal de afirmación y
bendición. Eran mejores que él para ese trabajo cuerpo a cuerpo. Nunca había logrado suprimir la
repulsión que le producía matar a alguien que duerme. —Esperad a que me posicione.
Penrod se dirigió rápidamente hacia la derecha. Llegó a la orilla del nulá y miró hacia abajo. Vio al
hombre que había matado Yakub, tendido bajo el reborde. Tenía las rodillas recogidas contra el pecho, y
Yakub le había tapado la cabeza con el turbante para que pareciera que se había dormido en su puesto.
Más allá, los hombres y animales del lecho del nulá eran un bulto oscuro en el que no se distinguían
formas individuales. Yakub debió de haberse acercado mucho para contarlos. Se desplazó hasta la sombra
de una peña, desde donde podía seguir viendo el nulá y cubrir cualquier movimiento que se produjera en
las inmediaciones del pozo. Sintió hormiguear sus nervios cuando, primero Yakub, después al-Saada se
deslizaron en el nulá que se extendía por debajo de él. Se confundieron con la masa de hombres y
animales, y pudo imaginar la sangrienta faena del cuchillo mientras pasaban rápidamente de uno a otro de
los durmientes. Luego, resonó un grito y sus nervios se tensaron de golpe. Alguien había errado el golpe, y
supo que no había sido Yakub. Al instante, se produjo una confusión cuando la masa de cuerpos que hasta
entonces dormía explotó en violentos sonidos y movimientos. Bramando, los camellos se pusieron de pie,
los hombres gritaron y el acero chocó contra el acero. Vio cómo un hombre saltaba al lomo de uno de los
animales y salía a escape del campamento, cabalgando por sobre la margen más lejana del nulá. Otro
derviche escapó de la contienda y saltó al fondo del nulá; sólo había recorrido un corto trecho cuando una

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figura se lanzó tras él en el inconfundible paso de cangrejo que ganaba terreno con engañosa velocidad.
Ambos desaparecieron en forma casi instantánea.
Penrod se disponía a correr hasta el nulá y unirse a la lucha cuando oyó pasos a sus espaldas y se
mantuvo agachado. A la luz de las estrellas vio otra figura corriendo hacia él desde la dirección de la
Viuda de Ajab. Debía de ser el segundo centinela derviche. Llevaba la espada en la derecha y la rodela en
el hombro izquierdo. Cuando estuvo demasiado cerca para escapar, Penrod se interpuso en su camino de
un salto. El derviche no vaciló y cargó contra él, alzando la larga hoja. Penrod la desvió con facilidad, con
un resonar de acero contra acero, y le hizo una finta a la cabeza. El derviche alzó su rodela para detener el
golpe. Instantáneamente, Penrod clavó su arma en una estocada clásica, directo al centro del pecho,
atravesando limpiamente a su oponente, de modo que la hoja le sobresalió dos palmos por la espalda. Casi
en el mismo movimiento, sacó y recuperó su arma, y el derviche cayó sin un grito.
Abandonándolo, Penrod se lanzó margen abajo al nulá. Vio a al-Saada inclinado sobre un cuerpo
caído, cortando la garganta de su víctima con su daga; de la arteria seccionada brotó un chorro de sangre
negra. Al-Saa-da se enderezó y miró en torno a sí, pero sus movimientos eran torpes. Tres cuerpos yacían
en el mismo lugar donde habían estado durmiendo.
—¡La estropearon! Dos escaparon —exclamó Penrod, furioso—. Yakub se encargó de uno, pero el
otro va montado. Debemos alcanzarlo.
Al-Saada dio un paso hacia Penrod y su daga manchada de sangre se le cayó de la mano. Cayó de
rodillas lentamente. Las estrellas daban suficiente luz para que Penrod distinguiera su expresión de
sorpresa.
—Fue demasiado rápido —dijo al-Saada, con voz confusa. Se quitó la otra mano del pecho y se miró.
La sangre de la herida que tenía bajo las costillas le oscurecía la túnica hasta las rodillas. —Persíguelo,
Abadan Riyi. Te seguiré dentro de un momento —dijo, y cayó de cara. Penrod vaciló sólo durante un
instante, combatiendo su instinto de socorrer a al-Saada. Pero se había dado cuenta por la forma
desmañada en que éste cayó de que ya estaba más allá de cualquier ayuda que pudiera prestarle, y si dejara
que el derviche escapara, sus propias posibilidades de llegar a la ciudad asediada corrían grave peligro.
—Ve con Dios, Saada —le dijo suavemente mientras se alejaba. Corrió hacia el más cercano de los
camellos de los derviches y lo montó. Cortó con el sable el cabresto que lo ataba de la rodilla. El camello
se incorporó y se lanzó a un galope que los llevó justo por encima de la orilla del nulá. Apenas si pudo
distinguir la silueta en sombras del camello que lo precedía, huyendo como una mariposa nocturna a la luz
de las estrellas. En unos pocos cientos de pasos, se había adaptado al paso del animal que cabalgaba. Pa-
recía fuerte y bien dispuesto, y seguramente se había alimentado y bebido a gusto durante la vigilia en
Marbad Tegga. Empleó el cuerpo para hacerlo apresurar el paso, como un jockey que lucha por llegar al
disco. Un rápido vistazo a las estrellas le confirmó lo que ya sabía: el fugitivo se dirigía directamente al
sur, hacia el punto donde el Nilo estaba más cerca.
Corrieron durante una milla más, y Penrod se dio cuenta de que ahora el derviche iba al trote. O había
sido herido en la escaramuza, o no se daba cuenta de que lo seguían, o estaba ahorrando las energías de su
cabalgadura para el largo y terrible viaje que lo esperaba si pretendía llegar al río. Penrod instó a su
camello a que galopara a su máxima velocidad, y acortó distancias rápidamente.
Comenzaba a pensar que tal vez pudiera llegar hasta el derviche antes de que éste se diera cuenta de
que estaba en peligro, pero súbitamente vio el pálido destello del rostro del hombre cuando éste se volvió
a mirarlo. En el momento en que divisó a Penrod, clavó la aguijada y alentó a su cabalgadura con fuertes
voces. Los dos camellos, corriendo como si estuviesen atados uno a otro, bajaron a un wadi y luego
subieron a la cresta rocosa de éste. Luego, gradualmente, la cabalgadura de Penrod comenzó a imponer su
velocidad y resistencia superiores y cerró implacablemente. Penrod se desvió ligeramente a la izquierda,
apostando a que el hombre fuera diestro y no se defendiera bien de ese lado.
Repentina, inesperadamente, el derviche se desvió en ángulo recto de su línea de avance y se detuvo
en seco a cien pasos de él. Cuando giró sobre la alta silla de madera, Penrod vio que tenía un fusil en sus

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manos, y que lo alzaba, apuntándole. Había estado seguro de que el árabe sólo contaba con su espada, sin
considerar la posibilidad de que llevara un arma de fuego en la funda de la parte trasera de la silla.
—¡Vamos, comedor de cerdo! —gritó Penrod, sacando el Webley de la faja. Estaba demasiado lejos
para el alcance del revólver, y el lomo de un camello al galope no es una plataforma estable para disparar,
pero debía procurar estropear la puntería de su oponente de modo de poder acercarse lo suficiente para
emplear el sable.
El árabe disparó desde el lomo del detenido camello. Por el fogonazo de la pólvora negra y el
característico estampido ensordecedor, Penrod supo que enfrentaba una carabina Martini-Henry,
probablemente capturada en El-Obeid o Suakin. Una fracción de segundo más tarde, la pesada bala de plomo
impactó, y su camello trastabilló debajo de él. El derviche reemprendió su fuga, encorvándose sobre la carabina
mientras procuraba meter otro cartucho en la recámara. A todo galope, Penrod lo alcanzó por la izquierda, con el
sable de punta al modo de una carga de caballería. El árabe se dio cuenta de que no tendría tiempo de recargar, y
dejó caer la carabina. Se llevó la mano al hombro y sacó el montante de la vaina que llevaba a la espalda. Miró a
Penrod y retrocedió en su silla ante la sorpresa que le produjo reconocerlo. —¡Te conozco, infiel! —gritó—. Te vi en
el campo de El Obeid. Eres Aba-dan Riyi. Los maldigo a ti y a tu sucio Dios de tres cabezas. —Lanzó un golpe de
través a la cabeza del camello de Penrod. A último momento, Penrod frenó a su bestia y el golpe resultó demasiado
alto. La hoja rebanó una de las orejas del animal casi a ras del cráneo y el camello se hizo a un lado. Penrod lo
sujetó, pero lo sintió trastabillar, debilitado por la herida en el pecho. El derviche quedaba apenas más allá del
alcance de su sable, y aunque le lanzó una estocada, no pudo tocarlo. Su camello gruñó. De pronto, sus patas
delanteras cedieron, y cayó despatarrado. Penrod apartó sus piernas a un lado y cayó de pie, logrando
mantenerse erguido.
Para cuando recuperó el equilibrio, el derviche y su camello estaban a cien pasos de él y se alejaban
rápidamente. Penrod sacó el revólver Webley de la faja y vació el tambor sobre las ya casi invisibles siluetas de jinete
y camello. No oyó el alentador impacto de las balas golpeando un cuerpo. Segundos después, se perdían en la
oscuridad. Penrod inclinó la cabeza para escuchar, pero sólo se oía el viento.
Su camello se debatía débilmente para ponerse en pie, pero de pronto lanzó un bramido hueco y cayó sobre el
lomo, agitando convulsivamente en el aire sus grandes patas almohadilladas. Luego, se derrumbó y se tendió cuan
largo era, con el cuello estirado. Respiraba pesadamente, y Penrod vio que arroyos de sangre gemelos brotaban de
sus narices a cada espiración. Recargó el Webley, se inclinó sobre el animal moribundo y, apoyándole el cañón en
la nuca, le pegó un tiro en los sesos. Se tomó unos minutos más para registrar las alforjas para ver si había algo
importante, pero no había mapas ni documentos, sólo un ajado ejemplar del Corán, que se guardó. Sólo encontró
una bolsa que contenía carne seca y tortas de dhurra, que servirían para suplementar sus frugales raciones.
Alejándose del animal muerto, volvió sobre sus pasos rumbo a Marbad Tegga. No llevaba recorrida ni media
milla cuando vio a otro camello con un jinete que se dirigía hacia él. Se emboscó, arrodillado detrás de un grupo
de afiladas rocas negras, pero cuando el jinete estuvo más cerca, reconoció a Yakub y lo llamó.
—¡Alabado sea el nombre de Alá! —se regocijó Yakub—. Oí un tiroteo.
Penrod se le subió en ancas y volvieron grupas hacia Marbad Tegga.
—Se me escapó la presa —admitió—. Tenía un rifle y mató a mi cabalgadura.
—El mío no escapó, pero supo morir. Era un guerrero y honro su memoria —dijo Yakub con sencillez—. Pero
también al-Saada está muerto. Mereció morir por torpe.
Penrod no respondió. Sabía que esos dos no se querían, pues aunque ambos eran musulmanes, al-Saada era
egipcio y Yakub un árabe yaalin.
A la orilla del nulá, más allá del campamento enemigo, Penrod encontró una honda hendidura en las rocas y
tendió allí a al-Saada. Le envolvió la cabeza en su capa y le puso el Corán capturado sobre el pecho. Luego, lo
cubrió de pizarra suelta. Fue un entierro simple, pero que cumplía con lo prescripto por la religión del caído. No
llevó mucho tiempo, y ninguno de los dos habló durante la tarea.

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Cuando terminaron, se apresuraron a regresar al campamento derviche, y se dedicaron a hacer los
preparativos para continuar la travesía.
—Si vamos rápido, aún estamos a tiempo de cruzar las líneas enemigas antes de que el que escapó dé la
alarma —advirtió Penrod.
Los camellos capturados estaban gordos, y habían bebido y descansado a gusto. Les transfirieron sus arreos,
y soltaron a sus exhaustos animales para que encontrasen agua en Marbad Tegga, tras lo cual siguieron camino
hacia el lejano río. En los odres de los derviches había más agua dulce del Nilo de la que necesitaban. Entre las
provisiones, encontraron más bolsas de dhurra molido, dátiles y carne seca.
—Ahora tenemos suficientes vituallas como para llegar a Jartum —dijo Penrod, satisfecho.
—Creerán que nos dirigimos al vado de Korti, pero hay otro cruce más al oeste, bajo la catarata —le dijo
Yakub.
Montaron en dos de los nuevos camellos y, llevando de tiro a los otros, cargados de abultados odres,
siguieron camino hacia el sur.

* * *

Al mediodía descansaban, acostados en la magra sombra que arrojaban los animales. Los camellos se
echaban bajo los rayos del sol, que habrían hecho hervir la sangre de un humano o de cualquier otra bestia, pero
que no parecían incomodarlos. En cuanto cedía la tiranía del sol, cabalgaban durante el atardecer y la noche. Al
amanecer el tercer día, mientras la lámpara eterna de la estrella de la mañana ardía por encima del horizonte,
Penrod dejó a Yakub con los camellos y subió a la cima de un cerro cónico, único rasgo saliente de ese desolado
mundo quemado.
Cuando llegó a la cumbre, ya era de día, y lo aguardaba un espectáculo extraordinario. Dos millas más
adelante, algo blanco como la sal y grácil como las alas de una gaviota se deslizó cruzando ese océano de arena y
roca estériles. Supo qué era antes de llevarse los binoculares a los ojos. Miró fijamente la única, abultada, vela
latina que parecía tan fuera de lugar en ese marco. Perdió un poco más de tiempo gozando de la sensación de ali-
vio y triunfo que lo invadía: la blanca ala del dhow navegaba sobre las aguas del Nilo.
Se acercaron al río con infinitas precauciones. Ahora que los terrores del Madre de las Piedras habían
quedado atrás, una nueva amenaza los esperaba: hombres. El dhow había continuado su marcha río abajo
hasta perderse de vista. Cuando llegaron a las orillas las encontraron desiertas, sin indicios de presencia
humana. Sólo una bandada de garzas blancas que volaron hacia el este formadas en punta de flecha, a ras
de las aguas aceradas. Había una estrecha banda de vegetación a lo largo de cada orilla, unas pocas matas
de junco, palmeras raquíticas y un único sicomoro magnífico con raíces que casi alcanzaban el fango de la
orilla. A su sombra, había una antigua tumba de ladrillo. Su revoque estaba resquebrajado y pedazos del
mismo se habían desprendido de los muros. Desteñidas cintas de colores aleteaban atadas a las anchas
ramas que le daban sombra.
—Ése es el árbol de san al-Maula, un santo ermitaño que vivió en este lugar hace cien años —dijo
Yakub—. Los peregrinos ponen esas cintas en su honor para que el santo los recuerde y les conceda lo que
piden. Estamos a dos leguas al oeste del vado, y la aldea de Korti está más o menos a esa misma distancia
hacia el este.
Se alejaron de las orillas para no ser vistos por la tripulación de algún dhow que pasara y se dirigieron
al oeste cruzando wadis y colinas, hasta que llegaron a un alto acantilado de piedra desde el que se
divisaba una larga extensión del Nilo. Durante el resto del día, se mantuvieron vigilantes en la cumbre de
ese otero.
Aunque el Nilo era la principal arteria de comercio y comunicación para un área mayor que toda
Europa occidental, no pasó ninguna otra nave, ni había indicio alguno de presencia humana en esa sección

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de sus márgenes. Eso bastó para que Penrod se sintiera incómodo. Algo debía de haber interrumpido el
comercio a lo largo del río. Tenía la casi certeza de que se trataba de aquello sobre lo cual Bakhita lo había
advertido, y que en algún lugar cercano estaba teniendo lugar un inmenso movimiento de los ejércitos
derviches. Quería atravesar los despoblados del desierto de Monassir cuanto antes, manteniéndose lo más
lejos de las orillas que pudiera hasta llegar al otro lado de la ciudad de Jartum, para desde allí hacer un
último esfuerzo y entrar en el asediado bastión de Gordon.
Cuando el ángulo del sol se alteró, penetró en el agua, poniendo al descubierto la silueta oscura de los
bajíos. Una cresta rocosa sumergida se distinguía en la mitad del río y desde el otro lado, un extenso
banco de fango casi se le unía. El canal entre ambos bajíos era verde oscuro, pero angosto. Penrod
memorizó cuidadosamente su ubicación. Si emplearan los odres vacíos inflados a manera de flotadores
podrían cruzar a sus camellos por la parte más profunda. Por supuesto que debían cruzar en la oscuridad.
Quedarían terriblemente expuestos si la aparición repentina de un dhow derviche los sorprendiera a mitad
del cruce en pleno día. Una vez del otro lado, podían volver a llenar los odres de agua y seguir hacia
Monassir. A última hora, Penrod dejó a Yakub con los animales en la cima del acantilado y bajó a
examinar la orilla en busca de huellas. Tras estudiar el terreno río arriba y río abajo quedó convencido de
que recientemente no habían pasado grandes contingentes de tropas enemigas. Cuando cayó la oscuridad
Yakub bajó la recua de camellos. Había vaciado toda el agua de los odres, tras lo cual los infló y los volvió
a tapar. Cada camello llevaba un par de esos enormes globos negros atados al costado. Los animales
estaban atados en yuntas de modo de que no se separaran en el agua.
Los camellos se resistían a entrar en el agua pero, aguijándolos, Penrod y Yakub lograron llevarlos
primero hasta el banco, después a la cresta rocosa. A medida que se acercaban a la mitad del Nilo, la
profundidad aumentaba, hasta que les llegó hasta el mentón y tuvieron que tomarse de los arreos de los
camellos. Las largas patas y cuellos de las bestias les permitieron cruzar casi hasta el otro lado antes de
que perdieran pie y se vieran obligados a nadar torpemente. Pero los odres los mantenían a flote, y Penrod
y Yakub nadaban junto a ellos, alentándolos a seguir y apuntando sus cabezas en la dirección correcta,
cuidándose de las patas delanteras de los animales, que se agitaban bajo la superficie. Nadaron hasta el
banco de barro de la orilla opuesta y en cuanto hicieron pie otra vez, salieron a tierra firme. Llenaron
rápidamente los odres e hicieron beber a los camellos por lo que sería la última vez en muchos días.
El cruce tardó más de lo que había calculado Penrod, y el horizonte oriental ya palidecía cuando se
dispusieron a alejarse del Nilo, con los odres llenos a reventar y las panzas de los camellos hinchadas de
agua. Antes de partir, procuraron borrar sus huellas de la orilla, pero fue imposible hacerlo en la oscuridad
y con tal cantidad de camellos de carga. Debían confiar en que los vientos y las aguas del río borraran las
huellas antes de que las descubrieran los batidores derviches.
Pero cuando llegaron al desierto de Monassir, un oscuro mal presagio cabalgaba junto a Penrod. Tras
unas pocas horas de travesía, la sensación fue tan abrumadora, que supo que debía borrar sus huellas si
quería asegurarse de que el cruce no fuera descubierto. Tomó los animales más dóciles y obedientes de la
recua pues ahora conocía el temperamento y las virtudes de cada uno de ellos. Dejó que Yakub siguiera
camino con los otros animales y regresó sobre sus pasos. Cuando aún estaba a pocas millas del río, dejó la
senda y se dirigió a una línea de bajas colinas que, según había notado antes, daban al río. Agazapado, ató
a su cabalgadura de modo que no se destacara contra el cielo y avanzó sin incorporarse. Al acercarse a la
cima de la colina, se echó de bruces, reptó hasta detrás de un promontorio rocoso y miró hacia el valle del
Nilo. Su corazón dio un salto contra sus costillas y sus nervios se tensaron ante lo que vio por debajo de
él.
Una pequeña partida de batidores derviches estaba pie a tierra en la orilla del Nilo más próxima, y era
evidente que había descubierto el rastro que salía del agua. Estudió atentamente al enemigo con sus
binoculares. Eran seis. Le pareció que uno de ellos era el hombre al que había perseguido en Marbad
Tegga, pero no tenía la certeza de que fuera así. Eran todos árabes del desierto, esbeltos y duros,
posiblemente integrantes de la tribu beya. Vestían las aljubas madistas, adornadas de vistosas
aplicaciones, y llevaban las características rodelas y largos montantes envainados. Apoyados en las largas

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astas de sus lanzas, discutían animadamente los rastros de la orilla. Uno se volvió y señaló el rastro que se
extendía hasta el sur, y todos miraron hacia esa dirección. Parecían mirar directamente hacia el punto
donde se ocultaba Penrod.
Acuclillado detrás de las rocas, evaluó su situación. Parecía evidente que el hombre al que había
perseguido en Marbad Tegga, aun si no era él quien estaba allí, había llegado al río antes que ellos. Debía
haber advertido a los elementos de vanguardia del principal ejército derviche, que bajaba desde el norte.
Tal vez uno de los emires que lo comandaban había enviado esa partida de exploración para reconocer los
vados e interceptarlos. De un vistazo, Penrod se dio cuenta de que éstos eran aggagiers, los mejores
guerreros derviches. Los sobrepasaban a él y a Yakub a razón de tres a uno, y los derviches estaban
alertados. Descartó cualquier idea de combatirlos. Sólo podían salvarse huyendo.
Ahora, su atención se desplazó de los hombres a sus cabalgaduras. Cada uno de ellos montaba un
buen caballo. Sólo los acompañaba un camello de carga que llevaba alforjas de cuero de las que se
emplean para llevar artículos varios, alimentos y municiones, aunque no odres de agua. Era obvio que se
trataba de una partida rápida de reconocimiento que, como no llevaba agua, estaba confinada a actuar en
una estrecha franja a cada lado del río. No estaban equipados para penetrar en las honduras del Monassir.
Si querían interceptar la partida de Penrod, se verían obligados a llegar a marchas forzadas más allá del
gran recodo del río y cortarles el paso en la orilla de frente a Jartum. Era una travesía de casi doscientas
millas más que la que enfrentaban Yakub y él. Sintió una gran oleada de alivio cuando se dio cuenta de
que ni los caballos más veloces podrían interceptarlos antes de que llegaran a destino.
—Os dejo a la merced de Alá —dijo en sardónica bendición, y, arrastrándose para no destacarse
contra el cielo, regresó a su cabalgadura para reunirse con Yakub. Entonces, un inesperado movimiento de
los hombres de la orilla lo hizo detenerse. Rápidamente, volvió a enfocar los binoculares, Dos de los
aggagiers habían regresado a su único camello de carga y lo forzaron a hincarse. Luego, descargaron
algunos equipos del lomo del animal. Uno de los árabes, sentado con las piernas cruzadas, tenía sobre su
regazo algo que parecía una tableta de escribir. Escribía con gran cuidado y concentración.
El otro hombre bajó una pequeña caja de la carga del camello y le quitó la cubierta de algodón que la
protegía. Abrió una puerta trampa de la lupa y metió las manos adentro. Penrod se estremeció al ver la
cabeza de un ave que se movía a uno y otro lado entre los dedos del hombre. El escriba dejó su pluma,
plegó cuidadosamente el mensaje y se incorporó. El otro hombre le acercó el ave y ambos hicieron algo
que les tomó un momento más.
Entonces, el amanuense retrocedió y asintió con la cabeza. Con ambas manos, el otro lanzó hacia
arriba la lustrosa paloma gris. El ave se lanzó a volar, remontándose cada más alto por encima del río con
un golpeteo de alas. Echando sus cabezas hacia atrás, los árabes la miraron. Sus débiles gritos de aliento
alcanzaron a Penrod aun desde esa distancia.
—¡Vuela pequeña, con las alas de los ángeles de Dios! —¡Apresúrate a llegar al seno del santo Madí!
La paloma subía más y más, y cuando se convirtió en una mota contra el azul del cielo, trazó una serie de
amplios círculos, hasta que se orientó y se lanzó en línea recta hacia el sur, más allá del recodo, directo a
la ciudad derviche de Omdurman.
Penrod la vio perderse de vista, deseando que apareciera la silueta de alas como cuchillos de un
halcón saker del desierto por encima de ella para lanzarse en una picada mortal, pero no apareció ningún
ave de presa y la paloma desapareció.
Penrod corrió ladera abajo por el otro lado de la colina y saltó a la silla de su camello. Volvió la
cabeza hacia la dirección sur en la que había desaparecido la paloma, e instó a su cabalgadura a tomar el
rítmico paso que podía mantener por cincuenta millas sin detenerse. Pero la paloma llegaría a Omdurman
antes de que cayera la noche, mientras que a Yakub y a él aún les quedaban doscientas cincuenta millas
por cabalgar. Ahora, sabía qué terribles desafíos debería enfrentar antes de llegar a Jartum y entregarle su
despacho al Chino Gordon.

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* * *

Osman Atalan marchaba entre la horda de fieles que se dirigían a la gran mezquita de Omdurman. Su
estandarte personal, inscripto con textos del Corán y llevado por dos de sus aggagiers flameaba por
encima de su cabeza. En torno a él latían los grandes atabales de guerra de cobre. Las ombeyas balaban y
rebuznaban y las multitudes vociferaban alabanzas a Dios, al Madí y a su califa. El calor envolvía a la
densa masa de hombres y el polvo que levantaban sus pies flotaba en una nube por encima de sus cabezas.
A medida que se acercaban al muro exterior de la mezquita, la excitación aumentaba lentamente, pues
sabían que ese día el Madí, la luz del Islam, predicaría la palabra de Dios y de su profeta. Los ansar
comenzaron a danzar. Alguna vez, los habían llamado derviches, pero el Madí había prohibido ese
término por considerarlo denigrante.
—El Santo Profeta me habló muchas veces y me dijo que quien llame derviches a mis seguidores
debe ser azotado con espinas siete veces y recibir una plaga de latigazos. ¿No les di acaso a mis fíeles
guerreros, que triunfaron en la batalla de El Obeid, un orgulloso nombre y la promesa del paraíso? ¿No
ordené acaso que fuesen conocidos como ansar, mis partidarios y ayudantes? Que sean conocidos sólo
como ansar, y que se glorien de ese nombre.
Los ansar danzaban a la luz del sol, girando como remolinos de polvo, cada vez más rápido, dando
vueltas de modo que sus pies apenas parecían tocar la tierra, y las multitudes de fieles que los rodeaban
ululaban y gritaban los hermosos noventa y nueve nombres de Alá: Al-Hakim, el Sabio. Al-Mayid, el
glorioso, Al-Hac, el Verdadero... Uno tras otro, los danzarines fueron poseídos por el éxtasis sagrado y
cayeron al suelo, lanzando espumarajos por la boca y estremeciéndose hasta que los ojos se les daban
vuelta en las órbitas y sólo se veía el blanco.
Osman entró por el portal de la mezquita. Era un vasto recinto abierto, rodeado de un muro de
ladrillos de barro de seis metros de altura. Sus ochocientos pasos cuadrados estaban colmados de densas
filas de fieles arrodillados uniformados por sus aljubas. En el extremo más lejano de la mezquita había
una abertura que bloqueaban ansar de túnica negra, los verdugos del Madí.
Osman se abrió paso lentamente entre las multitudes hasta allí. Las filas de figuras hincadas le abrían
paso, alabándolo pues era el principal de los grandes emires. En la primera hilera de fieles, sus aggagiers
desplegaron su tapete de oración de fina lana de colores. Junto a éste apilaron los seis grandes colmillos
que habían obtenido en su cacería en el valle del Atbara. Osman se arrodilló sobre el tapete, de cara al
estrecho portillo del muro que llevaba a los aposentos privados del Madí.
Gradualmente, el alboroto de los fieles disminuyó hasta transformarse en un murmullo, que luego se
convirtió en un silencio cargado de expectativa. Lo rompió el resonar de un ombeya, que acompañó la
aparición de una pequeña procesión en el portillo. La encabezaban los tres califas. Al designar a esos
hombres como sus sucesores, el Madí no había hecho más que seguir el precedente fijado por el primer
Profeta, Mahoma.
Debía haber habido también un cuarto califa, Al Senussi, gobernador de Cirenaica. Había enviado un
emisario al Sudán para que le informase acerca de esa persona que se decía el Madí. El hombre había
llegado en pleno saqueo de la ciudad de El Obeid. Había contemplado con horror la masacre, el pillaje, la
tortura, los niños cortados en pedazos por los ansar. No esperó a conocer al Madí sino que, huyendo de la
carnicería, se apresuró a regresar a informar a su amo de las atrocidades que había presenciado. —Este
monstruo no puede ser el verdadero Madí —decidió Al Senussi— No quiero tratos con él.

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De modo que había sólo tres califas, de los cuales Abdulahi era el más importante. Abdulahi los llevó
a los tapetes de oración que habían sido dispuesto para ellos en el estrado. Una vez que ocuparon sus
lugares, se produjo otra pausa llena de expectativa.
La ombeya volvió a chillar y el portador de la espada del Madí apareció en el portillo. Llevaba ante sí
el símbolo de los poderes temporales del Madí: una espada con una hoja extraordinariamente larga y
brillante. Su empuñadura de oro estaba incrustada de piedras preciosas que formaban medias lunas y
estrellas y el acero tenía, incrustadas en oro, el águila bicéfala del Sacro Imperio Romano y la leyenda
"Vivat Carolus". No era una reliquia islámica, sino que alguna vez debió de pertenecer a un cruzado
cristiano. Era un legado que había sido transmitido de un siglo a otro hasta que llegó a ser la espada del
Madí. Detrás del portador de su espada, entró el profeta de Dios.
El Madí vestía una aljuba maravillosamente acolchada, de inmaculada limpieza. Iba tocado con un
casco de oro con defensas de malla para las mejillas que podía haber pertenecido a uno de los sarracenos
de Saladino. Comenzó a avanzar lenta y dignamente por entre los arrodillados fieles. Las filas se abrían a
su paso, y jeques, guerreros, sacerdotes y emires se le acercaron arrastrándose para besarle los pies y
hacerle ofrendas.
Le tendían puñados de perlas, de alhajas de oro y de piedras preciosas y objetos de plata
hermosamente labrada. Pusieron a sus pies rollos de seda y de telas bordadas con hilo de oro puro. El
Madí sonreía angelicalmente y les tocaba la cabeza en aceptación de las dádivas. Mientras los ansar que lo
seguían recogían las ofrendas, el Madí les predicaba.
—Alá me ha hablado muchas veces, y me ha dicho que debo prohibiros usar ropas lujosas y alhajas,
pues eso es vanidad y orgullo. Sólo debéis vestir la aljuba, que os hace como amantes del Profeta y del
Madí. De modo que es lo correcto y adecuado que me confiéis estos lujos y juguetes.
Quienes estaban lo suficientemente cerca como para oir sus palabras las repetían a voces de modo
que todos escucharan y conocieran la sabiduría del Madí, y otros las volvían a repetir de modo que al fin
llegaban hasta los extremos más lejanos del vasto recinto. Los fieles agradecían a Dios que les permitiera
oír esas palabras de sabiduría.
Alzaban sacos de cuero llenos de monedas de oro y de plata y los vaciaban a sus pies, relucientes
pilas de dólares María Teresa, mohurs de oro y soberanos ingleses, el dinero de Oriente y de Occidente.
Osman Atalan se le acercó a gatas, encorvado bajo el peso del mayor de los seis colmillos, y sus aggagiers
lo siguieron cargando ofrendas similares. El Madí le sonrió a Osman y se inclinó a abrazarlo.
Quienes contemplaban, murmuraron asombrados ante semejante muestra de favor.
—Sabéis que estas riquezas no os pueden comprar un lugar en el paraíso. A quien retenga tesoros y
no me los traiga libremente y por voluntad propia, Alá lo quemará con su fuego, y la tierra lo tragará.
Arrepentios y obedeced mis palabras. Regresadme todo lo que hayáis tomado para vosotros. El Profeta, la
gracia sea con él, me ha dicho muchas veces que el hombre que se guarde para sí el producto del pillaje
será destruido. Creed en la palabra revelada del Profeta.
Volvieron a gritar de alegría al oír la palabra de Dios, su Profeta, y del Divino Madí, y se abrieron
paso a la fuerza para entregarle sus tesoros.
Una vez que el Madí completó la circunambulación de la mezquita, regresó a su estrado y se sentó
sobre su tapete de oración de seda. De a uno, sus tres califas se hincaron ante él y le presentaron sus
ofrendas. Uno batió palmas y sus asistentes trajeron un potro negro que brillaba al sol como obsidiana
mojada. Su silla estaba tallada en ébano y su brida y sus riendas estaban hechas de hilo de oro trenzado,
adornadas de borlas de pluma de marabú y de águila.

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El segundo califa le ofreció un angareb real, cuya armazón era de marfil intrincadamente labrado e
incrustado en oro.
Abdulahi era el califa que mejor conocía a su amo. Le ofreció al Divino Madí una mujer, pero no una
mujer cualquiera. Él mismo la acompañó hasta el recinto. Estaba envuelta en una capa que la cubría de
pies a cabeza, pero la silueta que se distinguía bajo la seda era graciosa como la de una gacela y sus pies
descalzos eran de una elegante forma. El califa le abrió la capa de modo que sólo la pudieran ver los ojos
del Madí. Estaba desnuda.
Apoyado sobre un codo, el Madí tendió el cuello para verla mejor. Era una bella niña de la tribu gala,
de catorce años, con ojos oscuros como estanques de aceite y piel suave como la mantequilla. Se movía
como una gama que se acaba de despertar. Sus pechos eran pequeños e infantiles, pero tenían la forma de
higos maduros. Su sexo había sido cuidadosa y totalmente depilado de modo que los rebordes rosados de
los labios menores asomaban tímidamente de la pequeña raja carnosa, enfatizando su corta edad. El Madí
le sonrió. Ella inclinó la cabeza, se cubrió la boca con una pequeña mano y lanzó una pudorosa risita. El
califa Abdulahi la cubrió otra vez, y el Madí le dirigió una cabezada de asentimiento.
—Llevadla a mis aposentos. Luego se incorporó, abrió los brazos y comenzó a hablar de nuevo.
—El Profeta me ha dicho muchas veces que los ansar son un pueblo elegido y bendito. Por eso, os
prohibe fumar o mascar tabaco. No beberéis alcohol. No tocaréis otro instrumento musical que el tambor
y la ombeia. No danzaréis, como no sea en alabanza de Dios y su Profeta. No fornicareis ni cometeréis
adulterio. No robaréis. Mirad qué ocurre a quienes desobedecen mis leyes.
Batió palmas y sus verdugos trajeron a un hombre de edad por el portillo lateral. Iba descalzo y sólo
vestía un taparrabos. Le habían sacado el turbante y su pelo sin lavar era de un blanco sucio. Se lo veía
confundido y desesperado. Tenía una soga atada al cuello. Cuando estuvo frente al estrado, uno de los
verdugos le dio un tirón que lo hizo caer al suelo. Los cuatro lo rodearon, alzando sus látigos.
—Este hombre fue visto fumando tabaco. Debe recibir cien azotes con el kurbash.
—¡En Nombre de Dios y de su victorioso Madí! —asintió la congregación al unísono, y los verdugos
comenzaron su tarea. El primer latigazo hizo aparecer un magullón rojo en la espalda del hombre, y el
segundo hizo brotar la sangre. La víctima se debatía y gritaba mientras el resto de los azotes caía en rápida
sucesión. Finalmente quedó inmóvil, y se lo llevaron arrastrando por el portillo por el que había entrado.
En el lugar donde recibió el castigo, el polvo quedó empapado en sangre.
El siguiente infractor llegó atado de la misma manera que el anterior, y el Madí lo contempló con
sonrisa amable y benigna.
—Este hombre robó los remos del dhow de su prójimo. El Profeta ha dispuesto que se le corten una
mano y un pie.
El verdugo que estaba detrás de él dio un tajo bajo y recio con su montante y cortó el pie derecho a la
altura del tobillo. El hombre se derrumbó sobre el polvo y cuando extendió una mano para detener la
caída, el verdugo se la pisó para inmovilizarla y de un tajo la cortó por la muñeca. Rápida y expertamente
cauterizaron los muñones sumergiéndoles en una pequeña olla de asfalto que bullía sobre un brasero.
Luego, le ataron la mano y el pie seccionados al cuello y se lo llevaron arrastrando por el portillo lateral.
—Alabadas sean la justicia y la merced del Madí —aullaron los fieles. —Dios es grande y el único
Dios es Dios.
Osman Atalan contemplaba desde su lugar en la primera fila. Estaba atónito ante la sabiduría y el
discernimiento del Madí. Sabía instintivamente que un nuevo orden religioso no se forja concediendo
lujosas indulgencias sino imponiendo la austeridad moral y la devoción a la palabra de Dios.

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El Madí volvió a hablar:
—Mi corazón pesa como una piedra por el dolor, pues hay entre nosotros una pareja, hombre y
mujer, que han cometido adulterio.
La grey rugió de furia y agitó las manos por encima de su cabeza gritando:
—¡Deben morir! ¡Deben morir!
Primero trajeron a la mujer. Era apenas más que una niña, una figura patética de brazos y piernas
delgadas como palos. Su cabello enmarañado le caía sobre el rostro y los hombros y gimió
lastimosamente cuando la ataron al poste ubicado frente al estrado.
Luego, trajeron al hombre. También era joven, pero alto y orgulloso, y le dijo a la mujer:
—Sé valiente, amor mío. Nos volveremos a encontrar en un mejor lugar.
A pesar de la soga que llevaba al cuello, dio un paso adelante hacia el estrado, como si quisiera
dirigirse al Madí, pero de un tirón el verdugo se lo impidió.
—No te acerques más, bestia sucia, que tu sangre puede manchar las vestiduras del Victorioso.
—El castigo por adulterio es la decapitación —dijo el Madí, y sus palabras se repitieron a gritos en el
extenso recinto. El verdugo se puso a espaldas de su víctima y, para tomar puntería, le tocó la nuca con la
hoja de su espada. Luego, dio un paso atrás y golpeó, y la hoja silbó en el aire. La muchacha del poste dio
un grito de desesperación al ver cómo volaba por el aire la cabeza de su amado. Él quedó en pie durante
un instante más, mientras un brillante chorro brotaba de su cuello y caía en cascadas sobre su torso. Con
aire remilgado, el Madí dio un paso atrás, pero una única gota manchó el faldón de su aljuba blanca. El
muerto cayó en una desmañada pila, y su cabeza rodó hasta el pie del estrado. La muchacha gimió y luchó
con sus ataduras para alcanzarlo.
—El castigo para la mujer adúltera es ser lapidada —dijo el Madí. El califa Abdulahi se alzó de su
cojín y se dirigió a la muchacha del poseo. Con un gesto extrañamente tierno le quitó el cabello de la cara
y se lo ató detrás de la cabeza, de modo que los creyentes pudieran ver su expresión al morir. Luego,
retrocedió hasta el montón de piedras que había sido opilado de antemano. Eligió una que encajaba a la
perfección en su mano y se volvió a la muchacha-niña.
—En nombre de Alá y del Divino Madí, que se apiaden de tu alma.
Arrojó la piedra con la fuerza y la velocidad de quien maneja la lanza, y alcanzó a la muchacha en el
ojo. Desde su lugar, Osman Atalan oyó como se quebraba el filo de la órbita. El ojo se salió y quedó sobre
la mejilla, colgando del nervio como una fruta obscena.
Uno tras otro, los califas, emires y jeques dieron un paso adelante, tomaron una piedra de la pila y la
arrojaron. Cuando le llegó el turno a Osman Atalan, la parte delantera del cráneo de la muchacha ya
estaba aplastada y ella pendía exánime de sus ataduras. La piedra de Osman le golpeó el hombro, pero ella
no se movió. La dejaron colgando allí mientras el Madí terminaba de pronunciar su sermón.
—El Profeta, la gracia y la vida eterna sean con él, me ha dicho muchas veces que quien dude de que
soy el verdadero Madí es un apóstata. Quien se me opone es un renegado y un infiel. Quien me haga la
guerra, perecerá en este mundo y será destruido y obliterado en el otro. Sus bienes y sus hijos quedarán en
manos del Islam. Mi guerra contra los turcos y el infiel fue ordenada por el Profeta. Me ha confiado
muchos secreztos terribles. El mayor de éstos es que todos los países de los turcos, los francos y los
infieles que me desafían a mí y desafían la palabra de Alá y su profeta serán vencidos por la santa religión
y la ley. Quedarán como polvo, pulgas y pequeñas cosas que se arrastran en la oscuridad de la noche.

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* * *

Cuando Osman Atalan regresó a su tienda en el bosquecillo de palmas Junto a las aguas del Nilo y,
mirando la fortaleza del infiel que se alzaba en la otra orilla, sintió que su cuerpo estaba cansado como si
acabara de pelear una terrible batalla, pero que su espíritu se sentía triunfante como si Alá y el Divino
Madí ya le hubiesen concedido la victoria. Se sentó sobre su preciosa alfombra de seda de Samarcanda y
sus esposas le trajeron una calabaza de leche agria. Después de que hubo bebido, su principal esposa lo
susurró:
—Alguien os espera, señor.
—Que entre —dijo Atalan.
Se trataba de un hombre anciano, pero erguido y de ojos brillantes. —Te veo, amo de las palomas —
lo saludó Osman—, y que la gracia de Alá sea contigo.
—Te veo, poderoso emir, y le rezo al Profeta para que te tenga en su seno. —Ofreció la paloma gris
que sujetaba suavemente contra el pecho.
Osman tomó el ave y le acarició la cabeza. El pájaro lanzó un suave arrullo, y Osman desató el hilo
de seda que sujetaba un rollito de papel de arroz a su escamosa pata roja. Lo alisó sobre el muslo y, al
leerlo, sonrió y sintió que el cansancio abandonaba sus hombros. Releyó cuidadosamente la última línea
de la minúscula escritura que cubría la hoja:
"Vi su rostro a la luz de las estrellas. Ciertamente era el franco que escapó a tu furia en el campo de
batalla de El Obeid. Aquel a quien llaman Abadan Riyi".
—Llamad a mis aggagiers y ensillad a Agua Dulce. Vamos al norte. Ha llegado mi enemigo. —Se
apresuraron a cumplir su orden.
—Por la gracia de Dios, no necesitaremos recorrer el desierto de Monassir a lo largo y a lo ancho —
les dijo a Hassan Ben Nader y al-Noor, que esperaban junto a él en la puerta de la tienda a que los mozos
trajeran sus caballos—. Sabemos cuándo y dónde cruzó el recodo, y sólo puede dirigirse a un lugar.
—Hay doscientas cincuenta millas desde donde cruzó hasta donde pretende alcanzar el río frente a
Jartum —dijo al-Noor.
—Sabemos que es un guerrero duro por lo que vimos en El Obeid. Viajará rápido —dijo Hassan Ben
Nader—. Asesinará a sus camellos.
Osman asintió con la cabeza. Sabía qué tipo de hombre estaba cazando. Hassan tenía razón: éste no
tendría remordimientos en forzar sus camellos hasta matarlos.
—Tres días, a lo sumo cuatro, y nadará hasta meterse como un pececillo en nuestra red. —El mozo le
trajo a Agua Dulce, que relinchó al reconocer a Osman. Él le acarició la cabeza y le dio torta de dhurra
para que mascara mientras verificaba que estuviera bien embridada y cinchada. —Se mantendrá lejos de
la orilla del río hasta que esté listo para cruzar. —Osman hablaba en voz alta, pensando como un cazador.
—¿Cruzará al norte o al sur de Omdurman? —se preguntó en voz alta mientras se aproximaba a la cabeza
de la yegua, y antes de que ninguno de sus compañeros pudiera responderle, se contestó a sí mismo: —No
cruzará por el norte, pues en cuanto entrara al agua, la corriente lo arrastraría de regreso, alejándolo de la
ciudad. Debe cruzar por el sur, de modo que el flujo del Bahr El Abiad —usó el nombre árabe del Nilo
Blanco— lo arrastre hasta Jartum.
Un hombre tosió y refregó sus pies en el polvo. Osman le echó una mirada. Sólo uno de sus aggagiers
podía osar cuestionar sus palabras.

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—Habla, Noor. Que tu sabiduría nos deleite como los cánticos de los serafínes celestiales.
—Recuerdo que este franco es astuto como un chacal del desierto. Puede que haga el mismo
razonamiento que tú y, conociendo cómo piensas, decida hacer lo contrario. Puede escoger cruzar bien al
norte, luego abrirse hacia las montañas y cruzar en Bahr El Abiad más bien que en Bahr El Azrak.
Osman meneó la cabeza.
—Como dijiste, no es tonto y conoce el terreno. También sabe que el peligro para él no está en el
desierto abierto sino en los ríos donde se concentran nuestras tribus. ¿Crees que elegirá cruzar dos ríos
antes que sólo uno? No, cruzará el Bahr El Abiad al sur de la ciudad. Allí lo esperaremos.
Saltó a la silla con ligereza, y sus aggagiers siguieron su ejemplo. —Vamos al sur.
Partieron con el fresco de la tarde, y un largo velo de polvo rojo se levantó detrás de ellos. Osman
Atalan iba a la cabeza, sobre Agua Dulce, que andaba en un fluido trote. Apenas llevaban recorridas
algunas millas cuando sofrenó a la yegua y se alzó sobre los estribos para estudiar el terreno. Las frondas
de las palmeras que bordeaban el río se distinguían apenas a la Izquierda, pero a la derecha se extendía el
gran desierto del Monassir, que, dos mil millas después, daba lugar a los infinitos despoblados del Sahara.
Osman echó pie a tierra de un salto y se acuclilló delante de la yegua. Sus aggagiers hicieron lo mismo al
instante.
—Abadan Riyi trazará un amplio círculo hacia el oeste de modo de mantenerse lejos del río hasta que
llegue el momento de cruzar. Luego, saldrá del desierto y tratará de atravesar nuestras líneas en la noche.
Tenderemos nuestras redes así y así. —Esbozó sus líneas de vigilancia en el polvo y los otros asintieron
con la cabeza, para mostrar que entendían y aprobaban su plan. —Noor, llevarás a tus hombres y
cabalgarás por aquí y por allí. Tú, Hassan Ben Nader, cabalgarás por allá. Yo estaré aquí, en el centro.

******
Penrod llevaba los camellos a un paso que ni siquiera los hombres y bestias más duros podían
mantener por mucho tiempo. Ganaron terreno a ocho millas por hora, durante dieciocho horas sin
descanso, pero ese ritmo ponía a prueba su resistencia hasta el límite. Ambos estaban exhaustos cuando
dio la primera orden de detenerse. Descansaron durante cuatro horas, según su reloj de bolsillo, pero
cuando trataron de hacer incorporar a los camellos para seguir adelante, el más viejo y débil se negó a
ponerse de pie. Penrod lo mató de un tiro ahí mismo. Distribuyeron el agua de ése entre los demás
camellos, después montaron y prosiguieron al mismo ritmo.
Cuando llegaron al fin de las siguientes dieciocho horas de marcha, Penrod calculó que les faltaban
aproximadamente de noventa a cien millas para alcanzar el Nilo a diez millas de Jartum. Yakub estuvo de
acuerdo con la estimación, aunque sus cálculos se basaban en otros criterios. Habían hecho la mayor parte
de la travesía, pero les había costado caro. Treinta y seis horas a marchas forzadas y sólo cuatro horas de
descanso. Cuando trataron de alimentar a los camellos, éstos se negaron a comer su magra ración de
dhurra.
Una vez que los seis camellos se echaron, Penrod fue a cada uno de los odres para estimar cuánta
agua les quedaba. Luego, reflexionó sobre la ecuación entre pesos, distancias, y el estado de cada bestia.
Decidió hacer una deliberada y peligrosa apuesta. Se la explicó a Yakub, que suspiró, se hurgó la nariz y
alzó los faldones de su galabiyya para rascarse la ingle, que en él eran síntomas de duda. Pero finalmente
asintió con un lúgubre cabezazo, ya que temió que le fallara la voz si respondía con palabras.

77
Seleccionaron a los dos camellos más fuertes y los apartaron de los cuatro más débiles. Les dieron
agua de los odres, poniendo el agua dulce en baldes de cuero. La sed de los animales parecía
inextinguible, y tragaron un balde tras otro. Se bebieron casi ciento treinta litros cada uno. La forma en
que su estado cambió fue increíblemente rápida. Los dejaron descansar una hora más y después les dieron
el dhurra que habían rechazado sus compañeros. Las dos bestias escogidas lo devoraron con entusiasmo.
Ahora, estaban fuertes y alertas otra vez. La capacidad de recuperación de esas bestias extraordinarias
nunca dejaba de sorprender a Penrod.
Cuando las cuatro horas de descanso pasaron, llevaron los dos camellos hasta donde los otros yacían
desanimados. Obligaron a los animales agotados a ponerse de pie. Cuando partieron, los animales
escogidos sólo cargaban con sus sillas. Los cuatro camellos exhaustos se repartían lo que quedaba de agua
y los equipos, y a los dos jinetes. Uno se derrumbó después de otras tres intensas horas. Penrod le pegó un
tiro. Él y Yakub bebieron tanta agua como les entró en la barriga. Lo que quedaba, lo repartieron entre las
dos bestias más fuertes.
Continuaron forzando la marcha al mismo paso, pero en el transcurso de las siguientes diez millas, las
dos bestias más débiles cayeron en rápida sucesión. A mitad de camino de la ladera de «na duna baja, uno
cayó como si le hubieran pegado un tiro en los sesos, y media hora más tarde, el otro gruñó, y sus patas
traseras cedieron. Se hincó para morir y cruzó la espesa doble hilera de pestañas sobre sus ojos líquidos.
Penrod, de pie ante él con el Webley en la mano, le dijo;
—Gracias, viejo. Espero que tu próxima travesía no sea así de ardua—Y puso fin a sus sufrimientos.
Permitieron a los camellos que quedaban que bebiesen cuanta agua pudieran y luego bebieron ellos.
Cargaron lo que quedaba. Los camellos restantes estaban fuertes y bien dispuestos. Yakub, de pie junto a
los animales, estudió el terreno que se extendía ante ellos, el perfil de las dunas, y la forma de las lejanas
colinas.
—Ocho horas hasta el río —estimó.
—Si mi trasero dura todo ese tiempo —se lamentó Penrod mientras trepaba hasta la silla. Le dolían
cada nervio y cada músculo del cuerpo, y sus ojos se sentían despellejados y raspados por la arena y el
resol. Se abandonó al paso de la bestia sobre la que montaba, sus piernas, que colgaban a uno y otro lado,
balanceándose al unísono, de modo que se agitaba en la silla hacia atrás y adelante, y hacia un lado y otro.
Fueron dejando a sus espaldas el paisaje desolado, y las dunas y colinas desnudas eran tan
monótonamente similares que por momentos lo invadía la ilusión de que no avanzaban, sino que repetían
infinitamente la misma travesía.
Aferrado a la silla, cayó en un oscuro sueño plomizo. Se deslizó hacia el costado y estuvo a punto de
caer, pero Yakub cabalgó hasta su lado y lo sacudió para despertarlo. Alzó la cabeza, sintiéndose culpable
y miró la altura del sol. Sólo llevaban dos horas cabalgando.
—Faltan seis. —Sentía la cabeza ligera y sabía que de un momento a otro el sueño volvería a
vencerlo. Se deslizó a tierra y corrió junto a su camello hasta que el sudor le hizo arder los ojos. Luego
volvió a montar y siguió a Yakub a la reverberante desolación. Dos veces más debió desmontar y correr
para mantenerse despierto. Luego, sintió que el camello cambiaba de paso debajo de él. Al mismo tiempo,
Yakub gritó: —Olieron el río.
Penrod se puso a la altura del camello de su compañero. —¿Cuánto falta?
—Una hora, tal vez un poco más, antes de que podamos doblar al este con seguridad y dirigirnos
directamente al río.

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La hora pasó lentamente, pero los camellos avanzaron con paso regular hasta que vieron aparecer en
el horizonte otro bajo cerro de pizarra azul entre la bruma del calor. A Penrod le pareció idéntico a cientos
de otros que habían pasado desde el cruce del recodo, pero Yakub rió al señalarlo:
—¡Conozco este lugar! —Hizo doblar a su camello, y la bestia apuró el paso. El sol estaba a mitad de
su camino hacia el horizonte occidental y sus sombras aleteaban por delante de ellos sobre la tierra yerma.
Llegaron a la cima del cerro y Penrod miró ante sí ansioso en busca de algún atisbo de verde. Nada
quebraba la monotonía implacable del yermo. Yakub no se preocupó y agitó sus largos rizos en el viento
caliente mientras los camellos continuaban su carrera por el llano.
Por delante de ellos, otro bajo montículo de pizarra parecía elevarse a no más de la altura de sus
cabezas sobre el suelo plano. Yakub blandió su aguijada y miró a Penrod con un satánico guiñar de ojos.
—Confía en Yakub, el amo de las arenas. El bravo Yakub ve la tierra como la ve el buitre desde el
cielo. El sabio Yakub conoce los lugares secretos y los senderos ocultos.
—Si se equivoca, el bravo Yakub necesitará un nuevo cuello, porque le quebraré el que sirve de
soporte a su cabezota —respondió Penrod.
Yakub lanzó una cacareante risa e instó a su cabalgadura a un desganado galope. Llegó a la cima del
montículo cincuenta pasos antes que Penrod, se detuvo y señaló ante sí con gesto teatral.
Sobre el horizonte vieron una línea de palmeras que cruzaba el paisaje, pero en la plana luz incierta
resultaba difícil calcular a qué distancia se encontraban. Los manojos de palma que remataban cada tronco
le recordaron a Penrod los ornados peinados de los guerreros hadendowa. Estimó que faltaban menos de
dos millas para el palmar más cercano.
—Haz que se echen los camellos —ordenó, saltando a tierra. Sorprendentemente, se sentía fuerte y
alerta. Esa primera visión del Nilo pareció hacer que lo abandonase el cansancio de la travesía. Llevaron
los camellos detrás del cerro e hicieron que se echaran de modo que no se los pudiera ver desde el lado del
río.
—¿En qué dirección queda Jartum? —preguntó Penrod.
Sin vacilar, Yakub señaló a la izquierda.
—Se ve el humo de los fuegos con que cocinan en Omdurman.
Parecían tan tenues sobre el horizonte, que Penrod los había tomado por polvo o por bruma del río,
pero ahora vio que Yakub tenía razón.
—De modo que estamos al menos cinco millas río arriba de Jartum —observó. Habían llegado al
lugar exacto al que pretendía.
Avanzó cautelosamente y se acuclilló en lo más alto con sus binoculares. De inmediato, se dio cuenta
de que había sobreestimado la distancia hasta la costa del río. Estaba más bien a una milla que a dos. Nada
cubría la llanura fluvial, llana y desnuda. Parecía haber algún cultivo bajo las palmas, pues distinguió una
línea de verde más oscuro bajo las frondas despeinadas.
—Probablemente sean campos de dhurra —murmuró— pero ni rastros de una aldea. —Una vez más,
calculó la altura del sol. Faltaban dos horas para que cayera. ¿Debían apresurarse en llegar al río antes del
ocaso o esperar a que cayera la noche? Sintió que lo invadía la impaciencia, pero se controló. Mientras
evaluaba las opciones, seguía mirando por los prismáticos. La ribera podía estar mucho más allá de los
primeros árboles del palmar, o comenzar allí mismo.
Un movimiento le llamó la atención y se concentró en éste. Un leve sombreado de polvo pálido se
alzaba ente las palmas. Se movía de izquierda a derecha, en dirección opuesta a Omdurman. Pensó que tal

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vez fuese una caravana que avanzaba por el camino que bordeaba el río. Penrod se dio cuenta de que se
movía demasiado rápido para que fuese así. Decidió que eran jinetes, montados en camellos o caballos.
De pronto, la polvareda dejó de moverse y flotó durante unos minutos sobre el mismo lugar antes de
asentarse de a poco. —Se han detenido en el palmar —pensó, justo entre nosotros y la orilla del río.
Quienesquiera que fuesen, habían tomado su decisión por él. Ahora, no le quedaba otra opción que
esperar la oscuridad. Regresó a donde Yakub aguardaba, sentado junto a los camellos.
—Hombres montados a orillas del río. Deberemos esperar a que caiga la noche para deslizamos sin
que nos vean.
—¿Cuántos?
—No estoy seguro. Una banda grande. A juzgar por la polvareda, son unos veinte. —Quedaba poca
agua en los odres, sólo unos pocos galones. Con el río a la vista, podían permitirse ser dispendiosos, así
que bebieron cuanto quisieron. Por entonces, estaba viscosa de algas verdes, y había tomado el sabor del
cuero toscamente curtido, pero Penrod bebió con deleite. Les dieron a los camellos lo que no llegaron a
consumir.
Luego, inflaron los odres vacíos. Era una ardua faena: sujetaban los odres de a uno por vez entre las
rodillas y soplaban por el pico, manteniéndolo cerrado con la mano mientras recuperaban el aliento.
Cuando los odres quedaban bien hinchados, los tapaban. Luego, los amarraron al lomo de los camellos
arrodillados. Todo estaba dispuesto para el cruce del río y Yakub miró a Penrod.
—Yakub el incansable vigilará mientras descansas. Te despertaré cuando se ponga el sol.
Penrod abrió la boca para rechazar el ofrecimiento, pero luego reconoció su sensatez. Su euforia
disminuía y se dio cuenta de que si no dormía, estaría al límite de sus fuerzas. Sabía, también, que Yakub
era casi infatigable. Sin protestar, le entregó los binoculares, se extendió a la sombra de su camello, se
envolvió la cabeza con su chal y se durmió casi al instante.
—Efendi —dijo Yakub sacudiéndolo para que se despertara. Su voz era un susurro ronco. Con sólo
mirar su cara una vez, Penrod se dio cuenta de que había problemas. La mirada de Yakub era espantosa,
con un ojo fijo en el rostro de Penrod mientras el otro miraba hacia uno y otro lado.
Penrod se sentó, cerrando la mano derecha sobre la culata de su Webley.
—¿Qué ocurre? ,
¡Jinetes! Detrás de nosotros. —Yakub señaló hacia el camino que habían seguido. A lo lejos, una
apretada banda de jinetes avanzaba rápidamente sobre el llano requemado por el sol. —Siguen nuestras
huellas.
Penrod le arrebató los binoculares y los dírigó hacia el grupo. Vestían aljuba. Contó a nueve.
Ganaban terreno al trote. Los que iban a la cabeza se reclinaban sobre sus sillas para mirar el suelo.
—Nos esperaban —dijo Yakub—. La paloma los puso sobre aviso.—¡Sí! La paloma. —Penrod se
incorporó de un salto. Le echó una última mirada a la altura del sol. Éste ya se reclinaba cansado sobre el
horizonte, de modo que quedaba poco tiempo de luz. Los camellos, deseosos de agua, ansiaban correr y se
pusieron de pie al primer toque de la aguijada.
Penrod saltó a la silla y apuntó la cabeza de su cabalgadura hacia la distante hilera de palmeras. Lo
picó con la aguijada, y el animal se lanzó al galope. Desde atrás oyó el distante estampido de un disparo
de fusil, y una bala rebotó sobre el suelo pedregoso en un surtidor de polvo y piedrecillas aunque a
cincuenta metros a su izquierda. Aún a una distancia tan grande, era un mal tiro, pero los derviches
preferían la espada y la lanza al fusil. Consideraban que ser experto en el empleo de armas de fuego era

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cosa afeminada e indigna de hombres. El verdadero guerrero mataba con la espada, hombre frente a
hombre.
Segundos más tarde, los camellos habían cruzado el cerro y quedaron cubiertos del fuego enemigo
por la montaña de pizarra. Penrod sabía que en distancias cortas no podían competir con un buen caballo,
pero estimuló al suyo con gritos de "¡Ja!, ¡Ja!", picándolo con la aguijada y moviendo su propio cuerpo
con urgencia. Pero Yakub era más ligero que él, y su cabalgadura fue adelantándosele gradualmente.
Mientras galopaban hacia el filo de los palmares, Penrod miraba en busca de indicios de los jinetes
que había visto antes. Tenía la esperanza de que hubiesen seguido camino hacia Omdurman, dejándoles
libre el acceso al río. —Hasta los mejores necesitamos un poco de suerte —pensó, y entonces oyó leves
pero excitados gritos desde muy atrás. Miró por debajo de su brazo y vio a los nueve jinetes que
atravesaban el montículo de pizarra que ellos acababan de pasar. Iban bien separados, a galope tendido.
Sonaron más disparos, pero pasaron lejos de ellos. Los palmares se acercaban y sintió que renacía su
confianza. El camino hasta las orillas del Nilo estaba despejado
—Ven efendi, mira a Yakub y aprenderás cómo se monta en camello —El pequeño integrante de la
tribu yaalin rió deleitado ante su propio sentido del humor. Ahora, ambos animales iban a galope tendido,
y Penrod se encogió cuando los guijarros sueltos que hacían volar las patas almohadilladas del camello
silbaron junto a sus oídos.
De pronto se oyó un distinto sonido dé armas de fuego, mucho más nítido y fuerte. La banda de
jinetes que habían visto antes surgió del palmar
Debían de haberse detenido para descansar bajo los árboles, pero los disparos de los que los
perseguían los debían de haber alertado. Todos vestían la aljuba de los derviches e iban armados de lanza,
espada, rodela y fusil. Convergían sobre ellos, galopando desde la derecha por el filo del palmar para
impedirles llegar al río. Penrod entrecerró los ojos, calculando su velocidad y la distancia a la que se
cruzarían sus trayectos.
Llegaremos, pero muy justo, decidió. En ese momento, una pesada bala Boxer-Henry calibre .45 dio
en la cabeza del camello de Yakub, matándolo instantáneamente. Cayó sobre su morro y sus largas patas
se agitaron por encima de su cabeza cuando rodó. Yakub fue arrojado lejos, y golpeó pesadamente la
tierra al caer.
Penrod sabía que debía estar muerto o inconsciente. No osó detenerse a ayudarlo. Los mensajes de
Baring valían más que la vida de un solo hombre. Aun así; se sintió embargado de horror ante la idea de
dejar a Yakub a merced de los derviches. Sabía que se lo darían a las mujeres para que jugaran. Las
mujeres hadendowa podían castrar a un hombre y luego despellejar su cuerpo pulgada por pulgada sin
permitirle que perdiera nunca la conciencia, forzándolo a sentir cada agónico tajo de la hoja.
—¡Yakub! —bramó, con poca esperanza de que le respondiera. Quedó atónito cuando Yakub se
incorporó con dificultad y miró en torno, atontado.
—¡Yakub! Prepárate. —Penrod se inclinó hacia un costado sobre la silla. Yakub se volvió y corrió en
su misma dirección, para amortiguar el choque que se produciría cuando se juntaran. Habían practicado a
menudo ese truco en preparación para cuando un momento como ése ocurriese en el campo de batalla o
en una cacería. Yakub miraba por encima de su hombro para calcular el momento justo para saltar.
Cuando el camello pasó junto a él, se extendió y enlazó su brazo al de Penrod. Salió despedido con el
tirón, pero Penrod usó el impulso para subirlo a la grupa del camello.
Yakub se le aferró a la cintura y se le pegó como una garrapata a un perro. El camello continuó su
camino sin detenerse. En el momento mismo en que Penrod vio que Yakub estaba seguro, se dio vuelta en
su montura y vio que el derviche más cercano estaba a doscientos metros de su flanco derecho. Cabalgaba

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una magnífica yegua color crema de abundantes crines doradas. Aunque llevaba el turbante verde de emir,
no era un anciano, sino un guerrero en la flor de la edad, y cabalgaba amenazador como una lanza
envainada, esbelto, ágil y letal.
—¡Abadan Riyi! —Penrod quedó atónito cuando el emir lo llamó por su nombre. —Desde El Obeid
estoy esperando que regreses a Sudán.
Entonces, Penrod lo recordó. No eran un rostro ni una figura fáciles de olvidar. Era Osman Atalan,
emir de los beya.
—Pensé que te había matado allí—respondió Penrod gritando. El emir lo había seguido cuando él se
llevaba a Adams herido, del cuadro quebrado, en el momento mismo en que éste quedaba abrumado por la
carga derviche. En esa ocasión Osman montaba otra cabalgadura, no esa hermosa yegua. Penrod montaba
un caballo castrado, grande y fuerte. Aunque iba cargado con Adams, a Osman le había llevado su buena
media milla alcanzarlos. Luego, cabalgaron estribo con estribo y hombro con hombro, como si se
disputaran la bocha en un partido de polo, Osman lanzando estocadas y tajos con su gran hoja plateada, y
Penrod respondiéndole con quites y bloqueos, hasta que vio la ocasión que esperaba. Hizo una finta recta
a los ojos de Osman. El derviche alzó la rodela para detener la punta y Penrod bajó el arma y se tiró a
fondo por abajo del duro borde del escudo. Sintió cómo su acero se clavaba bien. Osman se tambaleó en
la silla y su cabalgadura se hizo a un lado, rompiendo su enfrentamiento.
Mirando por debajo de su brazo mientras se alejaba llevando a Adam, Penrod había visto cómo la
cabalgadura de Osman disminuía su andar hasta ponerse al paso, y que su jinete estaba encorvado y se
bamboleaba. Creyó que probablemente estuviera mortalmente herido.
Pero claramente no había sido así, porque ahora Osman gritó:
—Juro por el amor que le tengo al Profeta que hoy te daré otra oportunidad de matarme.
Los hombres de Osman cabalgaban detrás de éste, y Penrod vio que eran peligrosos como una
manada de lobos. Uno de los aggagiers apuntó su carabina y disparó. El cañón vomitó humo de pólvora
negra y la bala cortó el aire tan cerca de Penrod que éste sintió que le besaba la mejilla. Se agachó
instintivamente y oyó que Osman gritaba:
—¡Nada de disparos! Sólo hojas. Quiero a éste para mi acero, porque ha mancillado mi honor.
Penrod se volvió hacia adelante, concentrando todos sus esfuerzos en extraerle el máximo posible a
su camello. Se precipitaban hacia el palmar, pero oía cómo el trueno de los cascos de sus perseguidores
crecía a sus espaldas. Cuando sobrepasó los primeros árboles del palmar, se dio cuenta de que se había
equivocado; no era un campo de dhurra, sino un denso soto de renuevos de palmito. Sus largas espinas
agudas como agujas podía perforar el cuero de un caballo, aunque no el de un camello. Hizo girar a su
cabalgadura, que cargó directamente hacia el renoval.
Oyó que el ruido de cascos se aproximaba y la ronca respiración de un caballo a todo galope, y luego,
la dorada cabeza de la yegua apareció en la periferia de su visión.
—¡Ahora es el momento, Abadan Riyi! —exclamó Osman, y azuzó a la yegua hasta que quedó junto
al camello. Penrod se inclinó y lanzó una estocada hacia la cabeza tocada de turbante de su oponente, pero
Osman solo se echó hacia atrás, manteniendo la rodela baja, y le dijo sarcásticamente por encima del
borde:
—El zorro no cae dos veces en la misma trampa.
—Aprendes rápido —concedió Penrod, deteniendo la gran espada de cruzado con su delgada hoja,
haciéndola volverse en el aire de modo que se desvió de su cabeza. Guió al camello con los dedos de los
pies en el pescuezo, dirigiéndolo al soto de palmitos espinosos. El camello entró en éste haciendo crujir la

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fronda, pero Osman se hizo a un lado, prefiriendo interrumpir su ataque antes que mancar o estropear a su
yegua.
Galopó furiosamente por el borde del soto, mientras el camello la atravesaba corriendo. Perdió al
menos cien pasos antes de retomar la senda del camello y lanzarse a todo galope para alcanzarlo otra vez.
Penrod vio la ancha superficie del Nilo directamente delante de él, una temblorosa luminescencia en
la luz que moría. Al ver el río, el camello saltó debajo de él. Penrod llevaba el sable en la derecha y la
aguijada y las riendas en la izquierda.
—iYakub, toma mi pistola! —dijo en voz baja—. Y en nombre del amor y la piedad de Alá, esta vez
procura apuntar bien y disparar certeramente.
Yakub tendió la mano y le sacó el Webley de la faja.
—El notable Yakub matará a ese falso emir de un solo tiro —dijo, apuntando con cuidado y cerrando
los ojos antes de disparar.
Osman Atalan no se sobresaltó con el estampido del disparo: siguió avanzando rápidamente, aunque
había visto lo cerca que estaban de la orilla. Hizo girar a su yegua hacia las ancas del camello y se paró en
los estribos alzando su larga espada.
Penrod vio que había cambiado de técnica y que ahora pretendía inutilizar al camello desjarretándolo.
Picándolo con la aguijada y con un seco tirón de riendas hizo que el pecho de su cabalgadura topara con la
yegua. Osman, de pie en los estribos, no tuvo el equilibrio necesario para contrarrestar el golpe a
suficiente velocidad, y los dos animales chocaron con la inercia de sus pesos combinados. El camello
tenía casi el doble de la altura de la cruz de la yegua, y un cincuenta por ciento más de peso que ésta.
Agua Dulce se tambaleó y cayó de rodillas. Osman fue arrojado sobre su pescuezo.
Con la habilidad y equilibrio de un acróbata se mantuvo en la silla y no soltó la espada. Sin embargo,
para cuando la yegua se incorporó otra vez, el camello había ido demasiado lejos para que lo alcanzara
antes de que llegara a la orilla del río.
Mientras se dirigía hacia allí a toda velocidad Penrod sólo tuvo un momento para estudiar el río que
lo esperaba. Vio que la orilla caía a pico tres metros y que el agua allá abajo era verde y profunda. Tenía
al menos una milla de ancho hasta la orilla opuesta y tres grandes islas de juncos y papiros flotaban en
majestuosa procesión hacia Jartum, al norte. Eso fue todo lo que pudo observar. Con Osman y su
aggagiers a la carrera detrás de él, urgió al camello en línea recta hacia la barranca.
—¡En nombre de Dios! —chilló Yakub—. No sé nadar.
—Si te quedas aquí, las mujeres derviche te cortarán las pelotas.
—¡Sé nadar! —dijo Yakub, cambiando de opinión.
—¡Sensato Yakub! —gruñó Penrod y cuando el camello vaciló, le clavó reciamente la aguijada en el
cuello. Dio un salto tan violento que Yakub soltó el Webley al procurar agarrarse de algo. Con la
sensación de que se les retorcían las tripas, cayeron y golpearon el agua con una salpicadura que llegó
hasta la orilla. Los aggagiers frenaron sus caballos y dieron vueltas por la parte superior de la barranca,
disparándoles a los dos hombres que flotaban en la superficie.
—¡Basta! —gritó furioso Osman, y desvió de un golpe la carabina de Noor. Intervino demasiado
tarde, porque una bala disparada por uno de los otros impactó en el camello, hiriéndole el espinazo. La
aterrada bestia nadó desesperadamente con las patas delanteras, pero sus paralizadas patas traseras la
anclaban, de modo que giraba en pequeños círculos, bramando y siseando de terror. A pesar de la herida
invalidante, flotaba sobre la superficie del agua, pues los odres hinchados hacían de boyas.

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—Crees que te me has escapado otra vez —gritó Osman— pero soy Osman Atalan y tu vida me
pertenece.
Por el tono de bravata del emir, Penrod se dio cuenta de inmediato de que, como la mayor parte de los
árabes del desierto, no sabía nadar. A pesar de todo su temerario valor en tierra, nunca se expondría él
mismo ni a su bella yegua a los ataques de los jinn y los monstruosos cocodrilos del Nilo que infestaban
esas aguas. No se lanzaría por el barranco al veloz río verde tras su enemigo.
Durante un minuto más, Osman luchó con sus instintos caballerescos, su deseo apasionado de
combate singular, de vengarse de su enemigo con la espada. Luego, cedió a la practicidad e hizo un
abrupto, elocuente gesto de corte con su mano derecha.
—¡Matadlos! —ordenó. Al momento, sus aggagiers echaron pie a tierra y formaron una hilera sobre
la barranca. Dispararon una andanada tras otra sobre el grupo de cabezas que aparecían y desaparecían
sobre las aguas. Penrod tomó a Yakub del brazo y lo arrastró detrás del camello que se debatía para que
les hiciese de escudo. La corriente los arrastraba velozmente río abajo, y los aggagiers los seguían,
corriendo por la orilla mientras descargaban un granizo de balas con sus carabinas. Pero la corriente los
alejaba de la ribera y la distancia entre ellos crecía. Finalmente, un disparo afortunado alcanzó al camello
en la cabeza, y éste, como un tronco, se dio vuelta en el agua.
Penrod sacó la daga de la faja y cortó las amarras de uno de los odres inflados de la montura.
—Agárrate aquí, bravo Yakub —jadeó y el aterrado árabe se aferró al asa, hecha de una tira de cuero
crudo. Abandonaron el cuerpo del camello y Penrod, remolcando a su compañero, nadó lentamente contra
la corriente hacia la mitad del río.
Cuando la oscuridad cayó sobre ellos, envolviéndolos en la repentina noche africana, las siluetas de
los derviches en la orilla se desvanecieron y sólo se vieron los fogonazos de sus fusiles. Penrod nadaba
con un suave movimiento lateral, pateando con ambas piernas, dando brazadas de un lado y sosteniendo a
Yakub por el cuello de sus vestiduras del otro. Yakub se aferraba al flotador de cuero, temblando como un
cachorro medio ahogado.
—En este maldito río hay cocodrilos tan grandes que se podrían comer un búfalo con cuernos y todo.
—Le castañetearon los dientes y se atragantó con una bocanada de agua.
—Entonces no se tomarán el trabajo de atacar a un yaalin pequeño y enclenque —lo consoló Penrod.
Una gran forma oscura apareció entre las sombras, dirigiéndose hacia ellos. Era una de las islas flotantes
de papiro y juncos. Cuando derivó frente a ellos, Penrod tomó un puñado de juncos y subió a ella,
arrastrando a Yakub tras él. La vegetación estaba tan densamente enmarañada y entrelazada que podía
haber soportado a una manada de elefantes. Onduló suavemente bajo sus pies cuando la atravesaron a
gatas hasta el lado más cercano a Jartum. Allí se acuclillaron, recuperando fuerzas y escudriñando la
margen oriental.
A Penrod le preocupaba la posibilidad de que, en esa noche sin luna, pudiera no distinguir la ciudad
cuando la alcanzaran, y clavó la vista en la oscuridad hasta que le dolieron los ojos. Repentinamente, le
pareció que vislumbraba la fea forma cuadrada del fuerte Mukran, pero sus ojos lo engañaban, y, cuando
miró con más atención, la apariencia se desvaneció.
—Después de semejante travesía, sería el colmo de la estupidez pasar de largo Jartum en la noche —
murmuró, y luego, sus dudas desaparecieron.
Desde la dirección en la que bajaba el río llegó el estruendo del fuego de artillería. Se incorporó de un
salto y espió por entre los tallos de papiro. Vio la costa de Omdurman delineada por los fogonazos
anaranjado brillante de los cañones. Segundos más tarde, las bombas estallaban sobre la margen oriental,
iluminando la ribera de Jartum. Esta vez sí apareció, inconfundible la despojada silueta del fuerte Mukran

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y, detrás, el palacio consular. Sonrió sombríamente al recordar el bombardeo que cada noche realizaba é
artillero derviche al que David Benbrook llamaba el Beduino Chiflado.
—Al menos, hasta ahora no se le han acabado las municiones —dijo, y le explicó a Yakub qué debían
hacer.
—Acá estamos a salvo —alegó Yakub—. Si nos quedamos aquí, al fin el río nos llevará hasta la
orilla, y pondremos pie a tierra andando como hombres, no nadando como iguanas.
—Eso no ocurrirá hasta que no lleguemos a la garganta de Shabluka, donde esta isla flotante sin duda
se despedazará. Sabes bien que esa garganta es el hogar de los más malignos jinni fluviales.
Yakub lo pensó por unos minutos y anunció:
—El bravo Yakub no teme a los jinni, pero nadará contigo hasta la ciudad para cuidarte.
El odre hinchado ya había perdido la mitad de su aire, y volvieron a inflarlo bien mientras esperaban
que la isla llegara al punto más adecuado para tocar tierra. Para entonces, había salido la luna, y, si bien el
bombardeo derviche se había extinguido, distinguían claramente el perfil de la ciudad e incluso algunos
pequeños fuegos en que se cocinaba. Se deslizaron al agua. Yakub se volvía más valiente a cada minuto
que pasaba, y Penrod le mostró cómo patalear para ayudar al odre en el cruce de la corriente.
Tras nadar laboriosamente, Penrod sintió el fondo bajo sus pies. Abandonando el odre, arrastró a
Yakub a tierra.
—El intrépido Yakub desafía a todos los cocodrilos y jinni de este arroyuelo. —Parándose en la orilla
con aire osado, Yakub hizo un gesto obsceno hacia el Nilo.
—Yakub debería cerrar su intrépida boca —le aconsejó Penrod— antes de que los centinelas egipcios
le metan una bala en su desafiante trasero. —Quería entrar a la ciudad en secreto. Aparte del peligro de
que los guardias le dispararan, cualquier contacto con las tropas tendría como resultado que lo llevarían
ante el general Gordon. Las órdenes de sir Evelyn Baring eran transmitir en primer lugar el mensaje a
Benbrook y sólo entonces reportarse a Gordon.
Penrod había pasado meses en Jartum tanto antes como después del desastre de El Obeid, de modo
que estaba íntimamente familiarizado con sus defensas y fortificaciones, que se concentraban sobre la
ribera. Manteniéndose bien lejos de las murallas y el canal, avanzó rápidamente hacia los suburbios del
sur. Cuando estuvo casi frente al techo abovedado del consulado francés, se aproximó a la orilla del canal.
Una vez que tuvo la certeza de que el camino estaba expedito, vadearon por el agua que les llegaba al
mentón.
Cuando alcanzaron el otro lado, se tendieron en un palmar a la espera de que pasara la patrulla.
Penrod sintió el olor del tabaco turco antes de verlos. Pasaron caminando descuidadamente por el sendero,
con sus rifles a la rastra, el sargento fumando. Era el típico comportamiento de las desprolijas tropas
egipcias.
En cuanto se fueron, se metió en la zanja de desagüe que lleva a la muralla externa de la ciudad. El
limo olía a residuos cloacales sin procesar, pero gatearon por el túnel, pasaron más allá del muro trasero
del consulado francés y salieron a la ciudad vieja. Penrod se inquietó ante la facilidad con que entraron.
Las defensas de Gordon debían estar extendidas hasta el punto de ruptura. Al comenzar el asedio, estaba
al mando de siete mil egipcios, pero ese número debía de haberse reducido mucho por la enfermedad y las
deserciones.
Se apresuraron por las callejuelas desiertas, esquivando hinchados cadáveres de hombres y animales.
Hasta el apetito de los cuervos y buitres era insuficiente para dar cuenta de semejante abundancia. El

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hedor de la ciudad asediada asaltó sus narinas: muerte y putrefacción. Lo había oído llamar el perfume del
cólera.
Penrod se detuvo a sacar su reloj de bolsillo de su estuche y se lo llevó al oído. No había sobrevivido
al chapuzón en el río. Miró a la luna, calculando que debía ser bien pasada la medianoche y se apresuró,
sin que nadie le diera el quién vive, por las calles desiertas. Cuando llegaron a las puertas del palacio
consular, aún había luz de lámpara en algunas ventanas. El centinela del portón principal dormía,
enroscado como un perro, en su garita. Su fusil estaba apoyado contra la pared, y Penrod se encargó de él
antes de despertar al hombre de un puntapié. Llevó algún tiempo y mucha argumentación pero, a pesar de
su apariencia y del olor a cloaca que desprendía su túnica, Penrod logró convencer al sargento de la
guardia de que era un oficial británico.

Cuando lo condujeron al despacho de David Benbrook, el cónsul leía a la luz de la lámpara. Cuando
se puso de pie, quitándose los anteojos de lectura, pareció irritado por la intrusión. Vestía una chaqueta de
fumar de terciopelo y había estado revisando una pila de documentos.
-—¿Qué pasa? —preguntó secamente.
—Buenas noches, cónsul —saludó Penrod—. Lamento molestarlo a esta hora de la noche, pero acabo
de llegar de El Cairo y traigo mensajes de sir Evelyn Baring.
—¡Dios bendiga mi alma! —David miró atónito a Penrod. —¡usted es inglés!
—Lo soy, señor. He tenido el honor de ser presentado a usted previamente. Soy el capitán Ballantyne
del 10° de húsares.
—¡Ballantyne! Lo recuerdo bien. De hecho, hablamos de usted el otro día. ¿Cómo le va, querido
muchacho? —Tras estrecharle la mano, David se llevó el pañuelo a la nariz. —Lo primero es que usted se
dé un baño y se ponga ropa limpia. —Llamó a los sirvientes con la campanilla. —No estoy seguro de que
haya agua caliente a esta hora de la noche —se disculpó—. Pero poner en marcha la caldera no debería
tomar demasiado tiempo.
No sólo el agua del baño estaba hirviendo, sino que David Benbrook hasta consiguió media pastilla
de jabón perfumado de París y le prestó una navaja de afeitar a Penrod. Mientras se afeitaba, David se
sentó sobre la tapa del tocador, al otro lado del cuarto de baño azulejado. No parecía registrar la desnudez
de Penrod, y garrapateaba en un pequeño cuaderno encuadernado en cuero rojo mientras aquél repetía el
largo y complejo mensaje de Baring. Luego, interrogó ávidamente a Penrod acerca de los preparativos del
general Stewart para la expedición de rescate.
—¿Aún ni siquiera ha dejado Wadi Halfa? —exclamó alarmado—. Por Dios, espero que podamos
resistir hasta que llegue aquí.
David era casi de la misma talla que Penrod. Incluso, un par de sus botas le entraron al joven como si
hubiesen sido hechas para él. Penrod tenía mucha menos cintura, pero se ajustó los pantalones con el
cinturón, metiéndose los faldones de la camisa blanca recién planchada dentro de éstos. Una vez que
estuvo vestido, David lo llevó de regreso al estudio.
—No puedo ni siquiera ofrecerle brandy para ayudar a tragarlo —dijo mientras un sirviente ponía un
bello plato de Sévres frente a Penrod. Contenía una pequeña porción de torta de dhurra y un trozo de
queso de cabra no mayor que la primera falange de su pulgar. —Raciones un poco duras, me temo.
—Muy nutritivo, señor. —Penrod mordisqueó el dhurra.
—Qué feliz estoy de haber recibido sus despachos, Ballantyne. Aquí llevamos meses a oscuras.
¿Cuánto tardó en llegar desde El Cairo?

86
—Salí de allí el diecinueve del mes pasado, señor.
—Maldita sea, eso sí que es ir a buen paso. —David asintió con la cabeza. —Ahora, dígame qué
dicen los periódicos de Londres. —Tenía hambre de hasta el último retazo de noticias que Penrod le
pudiera transmitir.
—Informan muy abiertamente acerca de las malas relaciones entre el general Gordon y el señor
Gladstone, señor, y la opinión pública está fuertemente inclinada hacia Gordon. Quieren que socorran a
Jartum, que rescaten al general y que les enseñen buenos modales a los salvajes.
—¿Cuál es su opinión, capitán?
—Como oficial en actividad, no me permito opinar sobre tales materias, señor.
—Muy prudente —dijo David sonriendo—. Pero, como integrante de la opinión pública, ¿piensa
usted que el Primer Ministro ha mostrado poca decisión?
Penrod vaciló.
—¿Puedo hablar con franqueza, señor?
—Eso es lo que lo estoy invitando a hacer. Lo que usted diga, queda entre nosotros. Le doy mi
palabra de que será así.
—No me parece que, como cree la mayor parte del público británico, el señor Gladstone haya
mostrado cobardía ni indecisión al rehusarse a enviar un ejército río arriba para salvarle la vida al general
Gordon. El general no tenía más que embarcar en uno de sus propios vapores y regresar a casa. Creo que
al Primer Ministro no le pareció que fuera justificable involucrar a la nación en operaciones caras y
riesgosas aquí en el corazón del Sudán meramente para vindicar el honor de un hombre.
David respiró hondo.
—¡Dios mío! Le pedí su opinión franca, y la obtuve. Pero, dígame, Ballantyne, ¿no le parece que
existe en Whitehall cierto resentimiento personal hacia un oficial cuyo carácter intratable y acciones
impulsivas le han valido tantos odios?
—Sería notable si no fuese así. Queda claramente demostrado en los despachos de sir Evelyn que le
acabo de transmitir.
David evaluó seriamente a Penrod. Pensó que no sólo era una cara bonita, sino que usaba la cabeza
para pensar.
—¿De modo que se opondría usted al envío de una fuerza de socorro al mando del general Wolseley?
—¡Oh, jamás! —dijo Penrod riendo—. Soy un soldado, y los soldados medran en la guerra. Espero
encontrarme en medio de la acción, aun si se trata de una insensatez, lo cual parece el caso, e incluso si la
cosa se pone fea, lo cual es altamente posible.
David rió con él.
—La guerra rara vez es sensata —coincidió—. Es refrescante oír que lo dice un militar. Pero ¿por
qué cambió Gladstone de opinión y dispuso enviar un ejército?
—El deseo expresado por la nación es una fuerza a la que el señor Gladstone siempre cedió. Por lo
que me dice sir Evelyn Baring, entiendo que al primer ministro se le dijo que sólo necesitaría una brigada
para la expedición. Sólo después de que hubo tomado la decisión de mala gana, y se la anunció a la
nación, el Ministerio de Guerra solicitó una fuerza mucho mayor. Era demasiado tarde para volverse atrás
con la decisión, de modo que el ejército de socorro pasó de una sola brigada a diez mil hombres.

87
Las horas pasaban a toda velocidad mientras hablaban, y cuando las campanas del viejo reloj de la
repisa de la chimenea sonaron otra vez, David lo miró atónito.
—¡Dios salve mi alma! ¡Las dos! Debemos darle a usted unas pocas horas de sueño antes de su
encuentro con Gordon. Imagino que lo espera un momento difícil con él.
Los sirvientes velaban esperándolo, pero David los despidió y llevó personalmente a Penrod a una de
las habitaciones de invitados. La noche era tan cálida y se sentía tan cansado que no se molestó en ponerse
el grueso camisón de franela que le suministró David. En cambio, se desnudó y antes de meterse bajo la
única sábana, puso su daga bajo la almohada. Luego, se apagó como una vela en un vendaval.
Se despertó sin que cambiara el ritmo de su respiración y de inmediato percibió que había alguien en
el dormitorio con él. Mientras fingía seguir durmiendo, trató de recordar dónde se encontraba. A través de
sus pestañas vio que las cortinas estaban corridas y que la habitación estaba en penumbras. Aún era de
mañana temprano. Movió su mano infinitesimalmente bajo la almohada hasta que sus dedos se curvaron
sobre la empuñadura de la daga. Esperó, como una víbora enrollada que se dispone a atacar.
Sintió unos pasos ligeros junto a su cama y oyó una suave y nerviosa tos. El pequeño sonido lo
orientó y saltó de la cama. Derribó al intruso al piso, tomándolo de la garganta con una mano, mientras
que con la otra le apoyaba allí la punta de su daga.
—Si te mueves, te mato —susurró ferozmente en árabe—. ¿Quién eres?
Entonces, percibió que su cautivo olía a rosas y que la garganta que atenazaba era suave y tibia. El
cuerpo que tenía bajo el suyo vestía blusa y falda de tafetán y bajo la tela se sentían maravillosas
protuberancias y hondonadas. Soltó su presa y se incorporó de un salto. Miró con asombro y
consternación cómo se sentaba su presa. Le llevó algunos segundos tomar conciencia de que había
atacado y amenazado a una joven de brillante cabello rubio. Y de que allí sentada en el suelo, con su falda
en desorden, sus ojos se encontraban a la misma altura de la ingle desnuda de él y se clavaban en algo que
resultaba ser una parte de la anatomía que rara vez se expone al escrutinio público.
Sin dejar de empuñar su daga, se volvió para tomar la sábana del lecho. Antes de envolverse en ella,
se dio cuenta de que le ofrecía a la joven el panorama de su parte posterior. La prisa lo entorpecía, y se
afanó hasta que, modestamente cubierto, giró para darle la cara otra vez.
—Me siento mortificado, señorita Benbrook. No tenía ni idea de que fuese usted. Me sobresaltó.
Las pálidas mejillas de ella se cubrieron lentamente de un rubor rosado. Su respiración se
entrecortaba como si hubiese corrido. El efecto sobre lo que tenía bajo la blusa era hipnótico.
—Si yo lo sobresalté a usted, señor, no tiene idea de cuánto me alarmó usted a mí. ¿Quién es usted y
qué hace...? -Se llevó la mano a la boca al reconocerte a pesar del poco sentador corte de cabello. —
¡Capitán Ballantyne!
—A sus órdenes, madam. —Su reverencia quedó estropeada por la necesidad de mantener agarradas
daga y sábana a la vez. Ella se incorporó a los tropezones, lo miró por un momento más con los ojos muy
abiertos y abandonó la habitación. Él se quedó mirándola. Había olvidado cuan agradable de ver era ella,
condición que no había quedado menoscabada en lo más mínimo por la confusión y el disgusto. -Luego
sonrió. —Eso solo valió el viaje —se dijo.
Silbó mientras se afeitaba y vestía, luego se guiñó el ojo en el espejo y dijo en voz alta:
—Ahora que conoce otro de mis atributos, tal vez la próxima vez me reconozca más rápido. —Luego
se dirigió escaleras abajo.
David ya estaba sentado a la mesa de desayuno pero, con excepción de los sirvientes de blancas
túnicas, estaba solo.

88
—Pruebe un poco de esto. —Colocó una cucharada de una amorfa sustancia color verde pálido en el
plato de Penrod. —El sabor es detestable, pero tengo de muy buena fuente que es altamente nutritivo.
Penrod lo escrutó con desconfianza. Parecía queso verde.
—¿Qué es? -
—Entiendo que se trata de una cuajada de papiro y junco hecha por mis hijas. Comemos mucha. De
hecho, desde que las raciones oficiales se redujeron a una taza de dhurra al día, comemos poco más que
esto.
Penrod se llevó una cucharada a la boca con cautela.
—Felicitaciones a sus hijas. Es muy sabroso. —Trató de sonar convincente.
—En realidad no es feo. Pruébelo con salsa Worcester o pasta de anchoa Gentleman's Relish. Pronto
se acostumbrará. Ahora, ¿vamos a visitar al general Gordon?

***
El general Gordon se volvió desde la ventana por la que miraba a las posiciones enemigas del otro
lado del río. Contempló a Penrod con su desconcertante mirada azul mientras éste le hacía la venia.
Descanse, capitán. Entiendo que hizo la travesía desde El Cairo en tiempo récord —dijo.
¿Cómo lo sabía?, se preguntó Penrod, y la respuesta le pareció obvia. Debemos agradecerlo a la
jactancia del intrépido Yakub.
En silencio, el general Gordon escuchó su informe y los mensajes de sir Evelyn Cuando Penrod
terminó de hablar, Gordon no replicó de inmediato. Recorrió la larga habitación una y otra vez,
deteniéndose finalmente a contemplar el mapa a gran escala del Sudán que se extendía sobre la mesa,
junto a las ventanas. Nada interrumpía el panorama que ofrecían éstas: los vidrios habían sido volados por
la metralla de la artillería derviche del otro lado del río, pero Gordon no había tomado medida alguna para
fortificar su cuartel general ni proteger su persona. Sólo parecía preocuparlo la seguridad de la ciudad y el
bienestar de sus habitantes.
—Supongo que debemos sentirnos agradecidos porque el Primer Ministro haya venido al rescate de
la población, aunque se haya retrasado muchos meses —observó al fin. Luego, alzó la vista hacia Penrod.
—El único consuelo para mí es que ahora tengo al menos un oficial británico en mi estado mayor.
Ante estas palabras, Penrod sintió un primer frío de incomodidad que se deslizaba por su columna
vertebral.
—Mis órdenes del general Stewart, señor, son regresar a Wadi Halfa en cuanto le haya hecho entrega
a usted de mis despachos. Se me ha destinado al nuevo Cuerpo de Camellos y mis órdenes son guiar su
paso por el recodo del Nilo para el asalto a Metemma.
Gordon lo pensó durante un momento y luego meneó la cabeza.
—El general Stewart aún no ha dejado Wadi Halfa, y le llevará meses llegar a Metemma. Usted será
más útil aquí que sentado en Wadi Halfa. Además, debe haber cientos de otros guías con capacidad de
atravesar el recodo con el Cuerpo de Camellos. Cuando la columna de socorro llegue a Abu Hamed,
volveré a pensarlo. En tanto, lo necesito a usted aquí.
Lo dijo en tono tan terminante que Penrod se dio cuenta de que discutir sería en vano. Sus sueños de
acción y gloria se hicieron pedazos. En vez de cabalgar a la cabeza de sus tropas tras abrirse paso
combatiendo en Metemma, ahora se veía sentenciado a la oscura monotonía del sitio.

89
Debo tomarme mi tiempo y aguardar la ocasión propicia —decidió—, sin permitir que sus verdaderos
sentimientos se traslucieran en su expresión.
—Será un honor servir a sus órdenes, general, pero me gustaría tenerlas por escrito.
—Las tendrá —prometió Gordon—, pero ahora debo interiorizarlo de cuál es la situación aquí, y de
cuáles son nuestros problemas más inmediatos y urgentes. Tome asiento, Ballantyne.
Gordon hablaba rápidamente, casi agitado, saltando de un tema a otro y fumando un cigarrillo tras
otro de su cigarrera de plata. De a poco, Penrod comenzó a darse cuenta de la inmensa tensión a la que
había estado sometido, y a atisbar cómo era la inmensa soledad del mando. Percibió que antes de que él
llegara, no había habido nadie en quien Gordon confiara lo suficiente como para compartir esa carga.
Aunque Penrod no era un par en materia de rango, al menos era oficial de un regimiento británico de
primera línea y, como tal, valía más que un dhow repleto de oficiales superiores egipcios. .
—Mire, Ballantyne, yo aquí tengo la responsabilidad y el deber, pero no el control total. Cada día me
afectan no sólo la incompetencia de los oficiales egipcios, sino su comportamiento negligente y su total
falta de moral o de sentido del deber. Desobedecen deliberadamente las órdenes, si les parece que pueden
librarse de las consecuencias de su actitud, no cumplen con sus deberes y pasan la mayor parte del tiempo
con sus concubinas. Si yo no los aguijoneo, rara vez se molestan en visitar las defensas de la línea del
frente. Sé que conspiran e intrigan con los derviches en la esperanza de sacar alguna ventaja cuando la
ciudad caiga, y están convencidos de que eso ocurrirá. Les roban a sus propios hombres. Las tropas se
duermen en sus puestos y, a su vez, le roban a la población. Sospecho que grandes cantidades de dhurra
han sido robadas de los graneros. Las mujeres y los niños me escupen y vilipendian en la calle cuando me
veo obligado a seguir reduciendo sus raciones. En este momento, sólo podemos suministrar una taza de
grano por persona por día. —Encendió otro cigarrillo, y la llama del fósforo tembló entre sus manos. Pitó
rápidamente, y le dirigió una fría sonrisa a Penrod. —De modo que puede imaginarse que su colaboración
será bienvenida. En particular, porque usted está tan bien familiarizado con la disposición de la ciudad.
—Por supuesto que cuenta conmigo, general. —Penrod se preguntó cuan cerca estaría Gordon del
límite a pesar de su fría mirada mesiánica.
—Para empezar, delegaré en usted las siguientes responsabilidades. Hasta ahora, el mayor al-Faroc
ha estado a cargo del almacenamiento y distribución de alimentos. Sus esfuerzos han sido, en el mejor de
los casos, patéticamente insuficientes. Sospecho, aunque no puedo probarlo, que sabe algo del grano
faltante. Lo relevará de inmediato. Quiero que me haga un inventario de los suministros disponibles
cuanto antes. Bajo la ley marcial, tiene autoridad de requisa. Debe confiscar cualquier mercancía que
necesite. Cualquier transgresión debe ser tratada con la máxima severidad. Puede azotar o fusilar a
quienes trafiquen en el mercado negro sin necesidad de consultar conmigo. Las tropas y la población
deben ser forzadas a aceptar las leyes poco agradables; su tarea es hacerles entender que las alternativas
son peores. ¿Me entiende?
—Por supuesto, general.
—¿Conoce a un tal Ryder Courtney?
—Superficialmente, señor.
—Es un comerciante y tratante de esta ciudad. Me vi obligado a requisarle un cargamento de dhurra.
Como es un mercenario que carece de altruismo alguno, quedó resentido. Tiene su propio complejo de
instalaciones dentro de la ciudad, y se comporta como si fuera independiente de toda autoridad. Quiero
que le haga entender cuál es su verdadera posición.
—Entiendo, señor —dijo Penrod, y pensó con acritud: de modo que ya no soy húsar sino policía y
encargado de intendencia.

90
Gordon observaba su expresión, y vio cómo reaccionaba, pero continuó, impertérrito:
—Entre otros negocios, es propietario y operador de un gran vapor fluvial. En este momento, lo está
reparando en su taller. Una vez que esté otra vez en condiciones de funcionar, será útil en futuras
operaciones militares y en la posible evacuación de la población, si la columna de Stewart no llegara a
tiempo. Courtney también tiene caballos y camellos, y muchas otras cosas que serán vitales para nosotros
a medida que los derviches cierren el cerco. —Gordon se puso en pie para indicar que la reunión había
finalizado. —Averigüe cuáles son sus planes y qué sabe del dhurra faltante, Ballantyne. Luego, tráigame
su informe.

***
Penrod sabía de la reputación de Ryder Courtney: David Benbrook le había hablado de él, y hasta sir
Evelyn Baring registraba que existía. Parecía tratarse de un personaje formidable, lleno de recursos. Si
Penrod pretendiera cumplir con las órdenes de Gordon, no ganaría nada dirigiéndose al portón principal
del complejo de Courtney, dándose a conocer y anunciando sus intenciones. Primero, pensó, se impone
una pequeña expedición de reconocimiento del terreno.
Dejó los jardines del palacio por el portón que daba al río. No estaba custodiado, y tomó nota de ese
hecho. Avanzó rápidamente por la ribera para evitar que su llegada fuese anunciada con antelación. En el
primer bastión de las defensas, los centinelas estaban echados, descansando sus fatigados ojos y
miembros. Penrod había oído hablar de la justicia sumaria de Gordon, y no tenía intención de precipitar
una masacre en la que la guarnición egipcia resultara diezmada, de modo que empleó su bastón y sus
botas para recordarles su deber.
Siguió su camino a lo largo de la línea de fortificaciones y emplazamientos de artillería que había
sido erigida desde su última visita a la ciudad. Era evidente que había sido planificada por el general
Gordon, pues estaba dispuesta con una comprensión del terreno propia del ojo de un soldado. Inspeccionó
las piezas pesadas y, aunque no era artillero, registró las deficiencias en el cuidado y manejo de las armas.
La escasez de munición era dolorosamente evidente. Cuando interrogó a los artilleros, éstos le dijeron que
no se les permitía disparar por propia iniciativa, sino que antes de disparar —así fuera sólo una bomba al
otro lado del río— debían esperar órdenes de sus oficiales. Los derviches de la otra orilla estaban libres de
tal limitación, y se regocijaban disparando ilimitadas andanadas día y noche, con entusiasmo que
compensaba cualquier falta de precisión. Habitualmente, la mitad del día era calma y pacífica, pues en ese
momento ambos bandos descansaban del calor del sol.
Penrod pasó rápidamente por el puerto, donde notó un vapor fluvial blanco al que se le había quitado
la mayor parte de la maquinaria, que estaba extendida sobre el desembarcadero para ser reparada. Su
casco y superestructura estaban rociados de impactos de metralla. Un equipo de obreros árabes se afanaba
emparchando y pintando los sitios dañados. Un maquinista blanco los supervisaba, alentando a los
hombres con juramentos e imprecaciones con el acento de los muelles de Glasgow que llegaban
claramente al otro lado del agua. Era obvio que pasarían semanas, si no meses, hasta que el vapor volviera
a encontrarse en condiciones de navegar. Penrod continuó su camino por la ribera del Nilo Azul hacia
fuerte Burri y el arsenal.
Mientras avanzaba como podía por las callejuelas, casi obstruidas por los escombros producidos por
las bombas y la mugre, rostros morenos lo observaban desde las ventanas y balcones enclenques de uno y
otro lado, que casi se tocaban por encima de su cabeza. Las mujeres exhibían a sus bebés desnudos para
que él viera la hinchazón y los cardenales del escorbuto, los miembros esqueléticos.

91
—Estamos hambreados, efendi. Danos comida —suplicaban. Sus gritos alertaron a los pordioseros,
que salieron renqueando de las sombrías honduras de las callejas para tomarse de sus vestiduras. Los
dispersó con unos pocos bastonazos bien dados.
Los cañones de los parapetos del fuerte Burri cubrían la orilla norte del Nilo Azul y las fortificaciones
derviches que los enfrentaban. Penrod se detuvo a estudiarlas, y vio que el enemigo tomaba pocas
precauciones. Aun a simple vista se distinguían figuras que se desplazaban por las partes desprotegidas.
Algunas mujeres derviches lavaban ropa a orillas del río y la tendían a secar a vista y paciencia de fuerte
Burri. Debían de haberse dado cuenta de cuan peligrosamente escasas eran las provisiones de balas y
municiones de Gordon.
Detrás del fuerte Burri se alzaban las feas construcciones cuadradas del arsenal y el depósito de
municiones. El general Gordon las empleaba como granero de la ciudad. Había centinelas a la puerta y en
cada uno de los revestimientos qué reforzaban los arruinados muros. Por lo que le dijo Gordon, ni siquiera
esos guardias ni los refuerzos de los muros habían sido suficientes como defensa contra el ingenio de
Ryder Courtney, o de los oficiales egipcios o quienquiera que fuese culpable de la depredación del
granero. Sin embargo, éste no era momento de visitar el arsenal o realizar una auditoría de sus contenidos.
Eso vendría más tarde. Penrod se dirigió al extenso complejo de construcciones del recinto de Ryder
Courtney, que estaba poco más allá, casi sobre el canal que defendía a la ciudad de un ataque desde el
desierto meridional.
A medida que se aproximaba, vio que había una actividad fuera de lo común en las orillas del canal
que quedaban dentro de los muros del complejo. Esto le llamó la atención, de modo que, dejando la calle,
siguió el camino de sirga que bordeaba el malecón. Primero creyó que los muchos hombres que
trabajaban en el canal estaban construyendo algún tipo de fortificación. Luego, se dio cuenta de que las
mujeres llevaban bultos sobre sus cabezas desde el malecón al portón trasero del recinto de Courtney.
Al acercarse, vio que una inmensa masa de yerbas del río casi bloqueaba el canal. Era similar a la isla
flotante de vegetación sobre la cual Yakub y él habían escapado de Osman Atalan el día anterior. Docenas
de árabes vestidos solamente de taparrabos y armados de guadañas y hoces se afanaban sobre la masa
vegetal. Cortaban el papiro y las yerbas del río, y las ataban en paquetes que se llevaban las mujeres.
¿Qué demonios hacían? Estaba intrigado. ¿Y cómo había entrado esa isla de vegetación en el canal en
forma tan conveniente para que Courtney la cosechara? Entonces, se le ocurrió la respuesta. ¡Por
supuesto! Debía de haberla capturado y amarrado en el río principal, empleando luego los brazos de sus
jornaleros para arrastrarla canal arriba. Ésa era una señal de astucia.
Los trabajadores saludaron respetuosamente a Penrod, invocando la bendición de Alá para él.
Parecieron impresionados cuando respondió en fluido árabe coloquial. Aunque no iba de uniforme, sabían
que se llamaba Abadan Riyi y que se les había escapado a Osman Atalan y sus aggagiers más famosos
para llegar a Jartum. Yakub se había encargado de que toda la ciudad se enterara de su heroísmo.
Cuando Penrod entró en el complejo por el portón trasero tras la hilera de mujeres sudanesas, nadie lo
detuvo. Se encontró en un amplio recinto amurallado donde reinaba una actividad como la de un
enjambre. Las mujeres depositaban sus atados en el centro y regresaban en busca de otra carga. Otro
equipo estaba sentado en grupos que charlaban mientras se inclinaban sobre los tallos cortados,
clasificándolos en pilas. Descartaban todo el material marchito o seco, escogiendo sólo lo que aún era
verde y suculento. Luego, clasificaban éste según el tipo de vegetación que fuera. La pila más grande
estaba compuesta de papiro común, pero también había jacinto de agua, así como otros tres tipos de hierba
y juncos. Era evidente que la ninfea era la planta más apreciada, pues no estaba apilada sobre el suelo
polvoriento como el papiro y el jacinto, sino que era cuidadosamente metida en sacos que otro equipo de
mujeres se llevaba para convertir su contenido en pulpa. Trabajaban sobre una larga fila de los morteros

92
que se empleaban habitualmente para moler dhurra. Las mujeres trabajaban al unísono, golpeando con el
pesado poste de madera que usaban como mano de mortero, machacando los lirios acuáticos con un poco
de agua hasta convertirlos en pulpa. Cantaban, balanceándose y meciéndose al ritmo del golpe de los
postes.
Una vez que el contenido de los morteros quedaba convertido en una espesa pasta verde, otra partida
de mujeres la recogía en grandes jarros de arcilla negra y la llevaba por un portón a un segundo recinto.
Interesado, Penrod las siguió. No bien atravesó el portón, una voz aguda e imperiosa lo detuvo.
—¿Quién es usted y qué hace aquí?
Penrod vio que le cerraban el paso dos niñas, ninguna de las cuales sobrepasaba mucho la altura de la
hebilla de su cinturón. Una era morena; la otra, rubia. Una tenía los ojos color caramelo, la otra, más
pequeña, azules como los pétalos de una petunia. Ambas lo miraron con expresión severa y labios
fruncidos. La más alta tenía los puños sobre las caderas en actitud combativa.
—Usted no tiene permiso para estar aquí. Éste es un lugar secreto.
Recuperándose de su sorpresa, Penrod se quitó galantemente el sombrero y les hizo una profunda
reverencia.
—Les pido mil perdones, señoras. No era mi intención meterme en propiedad privada. Por favor,
acepten mis disculpas y permítanme que me presente. Soy el capitán Penrod Ballantyne, del 10° de Reales
Húsares de Su Majestad. En este momento estoy adscripto al estado mayor del general Gordon.
La expresión de ambas niñas se suavizó mientras continuaban mirándolo. No estaban acostumbradas
a que se dirigieran a ellas en términos tan corteses. Además, como la mayor parte de las mujeres, no eran
inmunes a los encantos de Penrod.
—Soy Saffron Benbrook, señor —dijo la más alta con una reverencia—.
Pero puede llamarme Saffy.
—A sus órdenes, señorita Saffy.
—Y yo soy Amber Benbrook, pero algunos me llaman Enana —dijo la rubia—. En realidad, no me
gusta ese apodo, pero supongo que soy un poco más baja que mi hermana. ^|
—Estoy totalmente de acuerdo. No es un nombre adecuado para un joven tan adorable. Si me lo
permite, me dirigiré a usted diciéndole señorita Amber.
—¿Cómo está usted? —Amber respondió a su inclinación con una reverencia y, en cuanto se
enderezó, se encontró con que estaba enamorada por primera vez. Era una sensación de calidez y
presionen su pecho, perturbadora pero en modo alguno desagradable. —Sé quién es usted —dijo con el
aliento apenas un poco entrecortado.
—¿De veras? Y, dígame, por favor, ¿cómo lo sabe?
—Oí a Ryder habiéndole a papi de usted.
—Supongo que papi es David Benbrook. Pero ¿quién es Ryder?
—Ryder Courtney. Dijo que usted tenía el mejor par de patillas de la cristiandad. ¿Qué ocurrió con
ellas?
—¡Ah! —replicó Penrod, con un súbito matiz de escarcha en el rostro—. Debe de ser un afamado
comediante.
—Es un gran cazador y es muy, muy inteligente. —Saffron se apresuró a defenderlo. —Sabe los
nombres de todos los animales y plantas de mundo, los nombres en latín —agregó con solemnidad.

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Amber estaba decidida a arrebatarle la atención de Penrod a su gemela.
—Ryder dice que las damas lo consideran atractivo y gallardo. —Penrod adoptó una expresión
ligeramente más complacida, hasta que, inocentemente, Amber prosiguió: —Y que usted está totalmente
de acuerdo con ellas.
Penrod cambió de tema.
—¿Quién es el jefe aquí?
—Nosotras —respondieron a coro las gemelas.
—¿Qué están haciendo? Parece interesante.
—Estamos haciendo cuajada de plantas para alimentar a nuestra gente.
—Me sentiría muy agradecido si tuvieran a bien explicarme cómo se hace. —Las gemelas
aprovecharon con entusiasmo la ocasión que se les ofrecía y compitieron vigorosamente por su atención,
interrumpiéndose y contradiciéndose una a otra a cada oportunidad. Cada una tomó una mano de Penrod,
y lo arrastraron al patio.
—Una vez que se muelen las hojas más suculentas, deben ser filtradas.
—Para eliminar la fibra y los residuos. —Ya ni pensaban en custodiar secretos.
—La filtramos por géneros de los que Ryder usa como moneda de intercambio.
—Los exprimimos para extraerles todo lo aprovechable.
Pares de mujeres sudanesas echaban la pulpa verde sobre tiras de géneros estampados que luego
retorcían entre las dos. Los jugos goteaban sobre las grandes marmitas de hierro fundido, que se alzaban
sobre sus tres patas encima de los bajos fuegos de cocción.
—Medimos la temperatura... —dijo Saffron blandiendo un gran termómetro con aire de importancia.
—...y cuando llega a los setenta grados —interrumpió Amber— la proteína se coagula...
—Yo lo estoy contando —dijo Saffron furiosa— Yo soy la mayor
—Sólo por una hora —replicó Amber, lanzándose a contar lo que quedaba de la explicación a toda
velocidad—. Después colamos la cuajada y la hacemos ladrillos que ponemos a secar al sol. —Señaló
triunfalmente a las largas mesas de caballetes, cargadas de bloques cuadrados dispuestos en prolijas
hileras. Era lo que Penrod había comido para el desayuno, y recordó la advertencia de David de que no
había mucho más para comer que eso.
—Lo llamamos torta verde. Si quiere, puede probar un poco. —Amber rompió un bocado y
poniéndose en puntas de pie, se lo puso entre los labios.
—iDelicioso! —dijo Penrod, tragando valerosamente.
—Coma un poco más.
—Es excelente, pero por ahora tengo bastante. Su padre dice que es aún más sabroso con salsa
Worcester —se apresuró a decir, demorando la llegada del siguiente bocado, que ya iba hacia él en la
pequeña mano sucia de Amber—. ¿Cuánta torta verde pueden hacer en un día?
—No la suficiente como para alimentar a todos. Sólo lo suficiente para nosotros y nuestra gente.
La eficacia de las tortas verdes era evidente. A diferencia del resto de la desnutrida población,
ninguno de los habitantes del complejo exhibía indicios de hambre. De hecho, las dos gemelas estaban
rozagantes. Luego, recordó su breve encuentro de esa mañana con su hermana mayor. Ella tampoco
parecía mal alimentada. Sonrió ante el recuerdo, y las dos niñas tomaron eso como signo de aprobación y
le respondieron la sonrisa.

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Penrod se dio cuenta de que ahora contaba con firmes aliados dentro del reducto de Courtney.
—Realmente son dos damiselas muy inteligentes —dijo—. Me sentiría muy agradecido si me
mostraran el resto del complejo. He oído decir que hay toda clase de cosas fascinantes aquí.
—¿Le gustaría ver los animales? —exclamó Amber.
—¿Los monos? —dijo Saffron.
—¿Los bongos?
—Todo —asintió Penrod—. Me gustaría ver todo.
Pronto resultó evidente que las gemelas eran las favoritas de todos y que hacían lo que querían en el
reducto de Courtney. Tenían una amistad Particularmente íntima con Alí, el cuidador de los animales. El
anciano debía hacer un gran esfuerzo para evitar sonreír de deleite en cuanto sus ojos se posaban en ellas.
Llevaron a Penrod de una jaula a la otra, llamando a los animales por su nombre y alimentándolos de su
mano cuando respondían.
—Cuando les tratamos de dar por primera vez la torta verde no les gustó nada, pero ahora les encanta.
Mire cómo la devoran —señaló Amber.
—Y el dhurra ¿también les gusta? —dijo Penrod, tendiéndoles un señuelo.
—¡Oh! supongo que sí —se apresuró a decir Saftron—, pero no alcanza para las personas ni mucho
menos para los animales.
—Sólo nos dan una taza por día —confirmó Amber.
—Creí que su amigo Ryder tenía mucho dhurra y que lo vendía.
—¡Oh, sí! Tenía un barco entero cargado. Pero el general Gordon le quitó todo. Ryder estaba furioso.
Penrod se sintió aliviado de que las inocentes revelaciones de las niñas virtualmente garantizaran que,
a pesar de las sospechas del general, Courtney no era culpable de robar grano del arsenal. No tenía ningún
motivo para abrigar sentimientos cálidos hacia él, sobre todo después de sus observaciones acerca de sus
patillas y de la buena opinión que tenía de sí. Pero se trataba de un inglés y a Penrod le habría
desagradado confirmar las sospechas de Gordon.
—Me gustaría mucho conocer a su amigo Ryder —sugirió tentativamente—. ¿Me lo pueden
presentar?
—¡Oh, sí! ¡Venga con nosotras!
Se lo llevaron a la rastra del sector de los animales, atravesando un patio interno, al final del cual se
abría una pequeña puerta. Las gemelas le soltaron las manos y corrieron una carrera hasta la puerta. La
abrieron de golpe y entraron en la habitación. Penrod las siguió de cerca y desde la puerta relevó la
habitación con una rápida mirada.
Evidentemente, era al mismo tiempo oficina y aposento privado del dueño del complejo. Un inmenso
par de colmillos de elefante, los más grandes que Penrod nunca hubiera visto, estaban montados sobre la
pared más lejana. Las otras paredes estaban cubiertas de alfombras persas magníficamente tejidas y de
docenas de borrosas fotografías amarillentas en marcos de madera oscura. Otras alfombras cubrían el piso
y, en una recámara demarcada por cortinas, había un amplio angareb cubierto de pieles de leopardo
doradas moteadas de negro. Las sillas y el inmenso escritorio estaban tallados en pulida teca local. Los
anaqueles contenían hileras de periódicos encuadernados y libros científicos sobre flora y fauna. Una
hilera de fusiles y mosquetes se desplegaba en un armero que se extendía entre los gruesos colmillos
amarillos. La mirada de Penrod recorrió ese desprolijo despliegue masculino, hasta que se detuvo, clavada

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en la pareja que estaba en medio de la habitación. Hasta las tumultuosas gemelas callaron ante la
conmoción que les produjo el espectáculo.
El hombre y la mujer estaban unidos en un apasionado abrazo, inconscientes de todo y todos lo que
los rodeaba. Saffron rompió el silencio con un quejido acusador:
—¡Lo está besando! ¡Becky besa a Ryder en la boca!
Ryder Courtney y Rebecca Benbrook, con aspecto culpable, se separaron de un brinco, la mirada fija
en el grupo que los miraba desde la puerta. A Rebecca la invadió una glacial palidez y sus ojos parecieron
ocupar todo su rostro cuando los fijó en Penrod. Él le dirigió un saludo en tono de burlón aprecio.
—Qué pronto nos volvemos a encontrar, señorita Benbrook.
Rebecca miró al piso, y sus mejillas tomaron el carmesí intenso de brasas. Su mortificación fue tan
intensa que sintió que se mareaba, y se tambaleó. Luego, con enorme esfuerzo, recuperó sus fuerzas. Sin
mirar a los hombres, se precipitó hacia adelante y tomó a sus hermanas menores de las muñecas.
—¡Horribles niñas! ¿Cuántas veces les dije que se golpea la puerta antes de entrar a una habitación?
Las arrastró afuera, y la voz de Saffron se fue perdiendo en la distancia:
—Lo estabas besando. Te odio. Nunca te volveré a hablar. Estabas besando a Ryder.
Los dos hombres se miraron uno a otro como si ninguno hubiese oído la acusación de traición que le
hacía una hermana a la otra.
—El señor Courtney, supongo. Espero que mi visita no se produzca en un momento inoportuno.
—Capitán Ballantyne. Oí que había llegado a nuestra bella ciudad. Su fama lo precede.
—Así parece —concedió Penrod—. Aunque no sabría explicar cómo ocurre eso.
—Es bastante simple, se lo seguro. —Ryder quedó aliviado al comprobar que Ballantyne no hacía
chistes groseros con respecto al episodio romántico que acababa de presenciar; ello habría podido llevar a
un estallido de las hostilidades—. Su asistente, Yakub, de los yaalin, es íntimo amigo del aya de las
gemelas Benbrook, un baluarte de ese hogar, de nombre Nazira. Su inquieta lengua es uno de sus defectos
más evidentes.
—¡Aja! Ahora entiendo. Tal vez incluso usted esperara mi visita.
—No es una gran sorpresa —admitió Ryder—. Entiendo que el general Gordon, que el éxito lo
acompañe en todo lo que emprenda, tiene algunas preguntas para hacerme con respecto al dhurra que falta
del arsenal.
Penrod inclinó la cabeza en señal de admisión.
—Veo que usted se mantiene bien informado. —Mientras medían fuerzas, estudiaba a Ryder
Courtney con una penetrante mirada, oculta con una sonrisa que pretendía desarmarlo.
—Trato de mantenerme al tanto de lo que ocurre. Ryder no quedó desarmado ante la sonrisa, y su
mirada era tan astuta como la del otro. —Pero, entre por favor, querido amigo. Tal vez sea un poco
temprano, pero ¿puedo ofrecerle un cigarro y una copa de brandy de primera?
—Estaba convencido de que esos dos maravillosos productos ya no existían en este mundo cruel. —
Penrod se dirigió a la silla que le indicaba Ryder.
Una vez que los cigarros comenzaron a tirar bien, se miraron uno a otro por sobre las copas llenas.
Ryder brindó:
—Lo felicito por su veloz viaje desde El Cairo.
—Ojalá ya estuviera viajando de regreso hacia allí.

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—No se puede decir que Jartum sea una estación de aguas termales —asintió Ryder. Sorbían el
brandy, hablando con cautela, sondeándose uno al otro. Ryder conocía a Penrod de vista y por su
reputación, de modo que para él no hubo verdaderas sorpresas.
Penrod no tardó en darse cuenta de que lo habían informado bien, y que Ryder era un personaje
formidable, duro, veloz y elástico. También era bien parecido, en un estilo rudo y directo. No era de
extrañar que la adorable señorita Benbrook se hubiese mostrado susceptible a sus avances. Pero, ¿cuan
susceptible? Podía ser divertido probar su grado de compromiso con ese sujeto, hombre a hombre y mano
a mano, por así decirlo. Penrod sonrió educadamente, enmascarando el brillo acerado de sus ojos. Le
encantaba competir, enfrentar su habilidad y su inteligencia con la de otro, en particular si había un buen
premio de por medio. Había más que eso. La relación de la nubil señorita Benbrook con Ryder Courtney
le agregaba una nueva dimensión a la poderosa atracción que había sentido hacia ella antes. Parecía que, a
pesar de las apariencias, no estaba hecha de hielo, que había profundidades bajo la superficie, y que sería
fascinante sondearlas. Le divirtió su propia metáfora.
—Usted dijo algo acerca del dhurra faltante —dijo Penrod, abordando otra vez el tema.
Ryder asintió.
-Tengo un interés de propietario en esa carga —dijo—. Alguna vez me perteneció. La transporté a
costa de muchos gastos y no pocas penurias por cientos de millas río abajo, y me fue requisada, o, dirían
algunos, robada, por el temible Chino Gordon en el mismo minuto en que la desembarqué sana y salva en
Jartum. —Quedó en silencio, rumiando la injusticia.
-Naturalmente que usted no tendrá ni la menor idea de qué ocurrió con ella una vez que dejó sus
manos —sugirió delicadamente Penrod.
—Hice algunas averiguaciones —admitió Ryder. Siguiendo órdenes suyas, Bacheet había pasado
muchas semanas investigando. Ni siquiera la conejera de antiguas construcciones y callejuelas que era
Jartum podía ocultar indefinidamente cinco mil ardebs de grano.
—Me fascinaría conocer los resultados de esas investigaciones.
Ryder contempló la punta de su cigarro con un ceño de irritación. La falta de humedad del aire del
desierto desecaba la hoja de tabaco haciéndolo arder como una pradera incendiada.
—¿Ha oído usted si, por casualidad, el buen general ha ofrecido una recompensa a cambio del retorno
del dhurra faltante? —preguntó—. Dios sabe que me pagó poco por él con ocasión de su primera compra.
¡Seis chelines por saco!
—El general Gordon no me habló de recompensas —Penrod meneó la cabeza—, pero se lo
mencionaré. Creo que una recompensa de seis chelines por saco puede llegar a resultar en más
información ¿no le parece?
—Tal vez no —replicó Ryder—. Sin embargo, creo que una oferta de doce chelines casi con certeza
producirá resultados.
—Se lo mencionaré a la primera oportunidad que tenga —asintió Penrod—. Aunque parece un poco
caro.
—Y nada de pagarés —advirtió Ryder—. Se sabe corrientemente que el Jedive le ha dado derechos
para extraer doscientas mil libras del tesoro de El Cairo. Unos pocos soberanos de oro cantarían con voz
más dulce que todos los canarios de papel que nunca hayan surgido de un bosque.
—Un sentimiento expresado de la forma más poética, señor —lo felicitó Penrod.

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***
Rebecca estaba sentada en su lugar secreto en un ángulo oculto de las murallas almenadas del palacio
consular. Estaba escondida detrás de un gigantesco cañón de cien libras, una monstruosa reliquia
herrumbrada que probablemente no hubiera sido disparada en todo el siglo XIX y que ciertamente no
volvería a serlo. Se había cubierto la cabeza y el camisón con una oscura capa de lana, y sabía que ni las
gemelas la encontrarían allí.
Alzó su mirada al cielo nocturno y, por la altura de la Cruz del Sur por encima del horizonte del
desierto, supo que pasaba holgadamente de medianoche, pero sentía como si nunca más fuera a dormir.
En un solo día toda su existencia había sido arrojada al estrépito y la confusión. Se sentía como un ave
silvestre prisionera, batiendo las alas contra los barrotes, sangrante y aterrorizada, cayendo al suelo de la
jaula con el corazón latiendo a toda prisa y el cuerpo tembloroso, sólo para arrojarse una vez más contra
los barrotes en otro inútil intento de huir.
No entendía qué le ocurría. ¿Por qué se sentía así? Nada tenía sentido.
Su mente regresó a la mañana cuando, en cuanto terminó de bañar y vestir a las gemelas, comenzó su
inspección semanal de mantenimiento hogareño. En cuanto entró en la habitación de invitados azul, vio la
figura desconocida que ocupaba la cama con baldaquín. El personal no le había informado de la llegada
de ningún huésped y la sitiada Jartum no era el lugar más adecuado para atraer a visitantes casuales.
Sabiendo esto, debería haber dejado el dormitorio de inmediato y dado la alarma. Nunca sabría qué la
había hecho aproximarse a la cama. Cuando se inclinó sobre la figura cubierta por la sábana, ésta se lanzó
sobre ella en forma tan repentina como un leopardo cuando se arroja sobre su presa desde un árbol. Se
encontró inmovilizada contra el piso por un hombre totalmente desnudo con una daga en la mano.
Recordando ese momento terrible, inclinó la cabeza y se cubrió la cara con las manos. No era la
primera vez que veía el cuerpo masculino. Cuando Rebecca cumplió dieciséis años, sus padres la llevaron
de viaje por las principales ciudades de Europa. Su madre y ella habían ido a ver el David de Miguel
Ángel. Había quedado impresionada con la belleza ultraterrena de la estatua, pero el frío mármol blanco
no le había producido emociones turbadoras. Incluso había podido discutirla con su madre sin ruborizarse.
Su madre solía describirse a sí misma como una mujer emancipada. En su momento, Rebecca había
supuesto que esto simplemente significaba que fumaba cigarrillos turcos en su vestidor y hablaba
francamente de la anatomía humana y sus funciones. Después de su suicidio, Rebecca se dio cuenta de
que la palabra tenía un significado más hondo. En el funeral en El Cairo había oído a algunas de las
mujeres de más edad chismorreando y una había observado ácidamente que Sara Benbrook había hecho
cornudo a su marido más frecuentemente que lo que le cocinaba el desayuno. Rebecca sabía que su madre
jamás preparaba el desayuno. De todas maneras, había buscado la palabra "cornudo" en el diccionario de
su padre. Le llevó algún tiempo dilucidar su verdadero significado, pero cuando lo comprendió, decidió
que no quería ser emancipada como su madre. Sería fiel a un hombre toda su vida.
El año anterior, Rebecca había visto por primera vez el cuerpo masculino. David las había llevado a
ella y a las gemelas a una visita oficial al tramo más alto del Nilo de Victoria. Los integrantes de las tribus
shiluk y dinka que habitaban las orillas del río no llevaban ropa de ninguna especie. Las niñas se
recuperaron de su sorpresa inicial cuando su padre observó que para ellos lucirse en su estado natural era
mera costumbre y tradición, y que no debían darle importancia. Desde ese momento, Rebecca consideró
que los enormes apéndices oscuros no eran más que una forma de ornamentación bastante fea, como los
labios y narices perforados de las tribus de Nueva Guinea que había visto en ilustraciones.
Sin embargo, cuando Penrod Ballantyne saltó sobre ella esa mañana, el efecto fue devastador. En
lugar de producirle un desinterés más bien compasivo, se encontró con que emociones y sentimientos de
cuya existencia nunca había ni soñado hacían erupción en su conciencia. Incluso ahora, en la oscuridad,

98
con la capa en la cabeza y el rostro cubierto con las dos manos, se ruborizó hasta que sintió que le ardía la
cara.
Nunca volveré a pensar en eso, se prometió. "Eso" era lo más que se podía acercar a describir lo que
había visto. Nunca. Nunca más. A su segundo intento, logró incluso olvidar cómo era. Luego, se encontró
pensando de inmediato en "eso" con toda su atención.
Después de aquella lejana visita a Europa, Rebecca había oído sin querer a su madre discutiendo el
tema con una de sus amigas. Llegaron a la conclusión de que la mujer en su estado natural era hermosa,
pero el hombre, no, con excepción, claro, del David de Miguel Ángel.
—No era feo ni obsceno —le replicó Rebecca a la sombra de su madre—. Era... era... —Pero no
estaba segura de qué era, fuera de que había sido muy perturbador, fascinante y obsesionante. Lo que
había ocurrido más tarde con Ryder Courtney estaba conectado con el primer episodio de alguna forma
extraña que no podía entender del todo.
A lo largo de los anteriores meses, Ryder y ella se habían hecho amigos gradualmente. Se dio cuenta
de que él era fuerte, inteligente y divertido. Tenía una inextinguible provisión de historias maravillosas y,
como solía decir Saffron, olía bien y tenía buen aspecto. Durante los días del asedio, cuando la muerte, la
enfermedad y el hambre se apoderaron de la ciudad, se dio cuenta de que su compañía era tranquilizadora
y consoladora. Como había observado su padre, Ryder Courtney era un hombre de logros. Había creado
una floreciente empresa comercial, y la había mantenido funcionando aun cuando el mundo parecía caerse
a pedazos. Cuidaba bien de su gente y sus amigos. Les había enseñado cómo hacer la torta verde, y podía
hacerla reír y olvidar sus temores por unas horas. Cuando estaba con él, se sentía a salvo. Por supuesto
que, una o dos veces, habían tenido contacto físico: un leve toque en el brazo mientras hablaban o sus
manos que se rozaban al caminar juntos. Pero ella siempre se había alejado. Su madre le había advertido a
menudo acerca de los hombres: solo quieren poseerte, te dejan mancillada para siempre y después no
consigues marido. Eso ya era bastante malo pero, peor aún, que te poseyeran dolía, y, según la experiencia
de su Madre, sólo dar a luz era más doloroso.
Luego, esa misma mañana, después de su horrible experiencia en la habitación azul, con sus
emociones alborotadas, había ido a los aposentos de Ryder. Nunca lo había hecho antes. Siempre había
llevado como carabina al menos a una de las gemelas. Pero esa mañana estaba confundida. Se sentía
culpable por sus pensamientos extraños y ambivalentes acerca del capitán Penrod Ballantyne. Sentía
terror de haber heredado la mala semilla de su madre. Necesitaba consuelo.
Como siempre, Ryder había estado feliz de verla y le ordenó a Bacheet que preparara un jarro del
precioso café. Conversaron un rato, hablando al principio de las gemelas y sus lecciones, que, desde el
comienzo del asedio, habían caído en una triste mora. Repentina e inesperadamente, hasta para ella
misma, Rebecca había comenzado a sollozar como si su corazón se estuviese por romper. Ryder la miró
atónito: sabía que no era quejosa ni llorona. Luego la había rodeado con sus brazos, estrechándola con
fuerza.
—¿Qué te ocurre? Nunca te vi así. Siempre fuiste la muchacha más valiente que conozco.
Rebecca quedó sorprendida ante lo agradable que era que él la abrazara.
—Lo siento —susurró, aunque sin hacer ningún esfuerzo por soltarse—. Me estoy comportando de
manera muy tonta.
—No eres tonta. Entiendo —le dijo en el tono profundo y suave que empleaba para consolar a un
animal asustado o un niño lastimado—. Es demasiado para todos. Pero pronto pasará. La columna de
socorro estará aquí en Navidad, recuerda lo que te digo.

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Ella meneó la cabeza. Quería decirle que no se trataba de la guerra, el asedio, los derviches o el
demente Madí, pero él le acarició el cabello y ella se tranquilizó, con el rostro apretado contra su pecho,
su calidez, su fuerza y su rico olor masculino.
—Ryder —susurró, y alzó el rostro para explicarle qué sentía por él. Pero antes de que pudiera decir
ni una palabra más, él se inclinó y la besó de lleno en los labios. La sorpresa fue tan total que no pudo
moverse. Cuando recuperó la cordura lo suficiente como para apartarse, se dio cuenta de que no quería
hacerlo. Eso era algo tan nuevo y diferente que decidió disfrutarlo por unos pocos momentos más.
Los pocos momentos se convirtieron en pocos minutos, y cuando finalmente abrió la boca para
protestar, ocurrió algo increíble: la lengua de él se le metió entre los labios, sofocando su protesta. La
sensación que eso le produjo fue tan abrumadora que sus rodillas estuvieron a punto de ceder, y se tuvo
que aferrar a él para mantenerse en pie. Toda la musculosa altura de él se apretaba contra ella, y su
protesta brotó en forma de sonidos maullantes, como los de un gatito recién nacido que busca mamar.
Entonces, con espanto, sintió una monstruosa dureza que se elevaba entre las partes bajas de sus dos
cuerpos, algo que parecía tener vida propia. Quedó aterrorizada, pero inerme. Su voluntad de escapar se
desvaneció.
Una voz aguda y estridente cortó los lazos que la ataban, liberándola:
—¡Lo está besando! ¡Becky besa a Ryder en la boca!
Recordando ese momento, habló en voz alta en la oscuridad, bajo el gran cañón:
—Ahora hasta Saffy me odia, y me odio a mí misma. Todo es un embrollo tan terrible, quisiera
morir.
No se dio cuenta de lo alto que había hablado hasta que una voz le contestó desde la oscuridad:
—Así que estás aquí, Yamal. —Ese nombre significaba Bella.
—Nazira, me conoces demasiado bien —murmuró Rebecca cuando vio aparecer la regordeta silueta
familiar.
—Sí, te conozco bien y te amo más de lo que te imaginas. —Nazira se sentó junto a ella sobre la
cureña, y la envolvió con sus brazos. —Cuando vi que no estabas en la cama, supe que te encontraría
aquí. —Rebecca reclinó la cabeza sobre el hombro de Nazira y suspiró. Nazira era mullida y tibia como
un edredón de plumas, y olía a esencia de rosas. Acunó suavemente a Rebecca. Después de un rato le
preguntó: —Y ahora, ¿todavía quieres morir?
—No era mi intención que me oyeras —respondió Rebecca, apesadumbrada—. No, no quiero morir.
Al menos no por el momento. Pero a veces, la vida es difícil, ¿verdad, Nazira?
—La vida es buena. Quienes casi siempre son difíciles son los hombres.
—¿Bacheet y Yakub? —se burló Rebecca. La identidad de los admiradores de Nazira no era un
secreto en el seno de la familia. —¿Por qué no eliges a uno de ellos, Nazira?
—¿Y por qué no eliges tú, Yamaf?
—No entiendo qué quieres decir —Rebecca se quitó la capa de la cabeza y miró fijamente a Nazira,
sus ojos grandes y oscuros en la penumbra.
—Creo que si lo entiendes. ¿Cómo es que el día que el bello capitán vuelve a Jartum corres a al-
Sajawi en busca de seguridad y cuando te das cuenta de que éste no se considera sólo un viejo amigo,
decides que quieres morir?

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Rebecca se cubrió el rostro otra vez. Nazira sabía casi todo, y había adivinado lo demás. Con pocas
palabras, había ayudado a Rebecca a entender su confusión. Nazira siguió meciéndola. Comenzó a
canturrear una nana, una vieja melodía con nuevas palabras:
—¿Cuál será? ¿Cómo elegirás, y quién será?
—Haces que parezca un juego de niños, Nazira. —Rebecca pretendía sonar severa.
—Oh, lo es. La vida no es más que un juego de niños, pero los juegos de los niños, como los de los
adultos, suelen terminar en amargas lágrimas.
—Como la pobre pequeña Saffy —sugirió Rebecca—. Dice que me odia y que no me hablará más.
—Cree que le robaste su amor. Está celosa. —Es tan pequeña.
—No. Pronto será mujer, y al menos sabe qué quiere. —Nazira sonrió tiernamente. —A diferencia de
ciertas mujeres más grandes que conozco.

***
—¿Doce chelines? —Insistió Ryder Courtney. —¿Sin malentendidos?
—Doce chelines. Palabra de oficial y caballero.
—Una definición discutible —gruñó Ryder.
—¿No llevará armas?
—Si. —Ryder blandió el pesado garrote de madera dura.
—Me refiero a arma de fuego o arma blanca. —Penrod tocó el sable envainado que le pendía del
tahalí.
—En la oscuridad será difícil distinguir amigos de enemigos. Prefiero abollar cabezas con puño o
garrote. Es menos irreparable.
Salieron, hombro con hombro, a una de las sórdidas callejuelas del barrio nativo. Ambos vestían
ropas oscuras. El sol se había puesto hacía menos de una hora, pero ya estaba oscuro. Apenas si quedaba
suficiente luz como para que distinguieran por dónde iban. Bacheet los esperaba cerca de la Torre de
Marfil, uno de los más notorios burdeles de la sección más peligrosa de la ciudad. Silbó suavemente para
llamarles la atención, luego les hizo un gesto de que lo siguieran a las ruinas de un edificio destruido por
los disparos de los cañones derviches. Los tres se sentaron entre las pilas de escombros y las vigas
destrozadas. El fulgor intermitente del cigarro de Penrod arrojaba suficiente luz para que sus rostros se
distinguieran.
—¿Ya llegó Aswat? —preguntó Ryder en árabe.
—Sí —replicó Bacheet—. Vino hace una hora, a la puesta del sol.
—¿Quién es él? —preguntó Penrod—. ¿Quién es el responsable de este asunto?
—Aún no puedo saberlo con certeza. Bacheet ha oído que sus hombres lo llaman Aswat, pero lleva
una máscara y mantiene su rostro bien oculto. Así y todo, tengo mis sospechas. Lo sabremos con certeza
antes de que termine la noche. —Ryder se volvió a Bacheet. —¿Cuántos hombres tiene?
—Conté veintiséis. Eso incluye seis guardias armados. Hoy trabajarán hasta entrada la noche.
Siempre lo hacen. Hay mucho dhurra y los sacos son pesados de mover. Aswat los divide en dos
cuadrillas de unos doce hombres cada una. Cuando suena el toque de queda y las calles quedan desiertas,
les llevan los sacos a clientes de otros puntos de la ciudad. Dos de los hombres armados de Aswat, que
conocen el santo y seña de la noche, preceden a cada cuadrilla para asegurarse de que no haya patrullas en

101
el camino. Otros dos custodian la retaguardia para asegurarse de que no son seguidos. Aswat espera en la
curtiembre. Al parecer, no se arriesga a salir a la calle.
—¿Cuántos sacos distribuye Aswat cada noche? —preguntó Ryder.
—Unos ciento veinte.
—De modo que lleva vendidos algunos miles —calculó Ryder—. Probablemente le queden
almacenados menos de tres mil. ¿Sabes cuánto cobra por saco?
—Al comienzo, cinco libras egipcias, pero ahora el precio ha subido a diez. Sólo acepta oro, no
billetes —respondió Bacheet.
Ryder meneó la cabeza.
—Otra vez el Chino Gordon está obteniendo una ganga. El precio de mercado es de diez libras. Me
ofrece una recompensa de doce chelines.
—Lloraré en su nombre mañana —prometió Penrod—. ¿Dónde almacena Aswat el grano robado?
—Al fondo de esta calle —explicó Bacheet—. Usa la curtiembre abandonada.
—¿A quién has dejado para vigilar el edificio? —le preguntó Penrod a Bacheet
—A tu hombre, Yakub. Es un yaalin. La más traicionera de las tribus. Hasta esa raza de víboras lo ha
expulsado del nido. No confío en Yakub en absoluto. No tiene sentido del honor, en particular en lo que
hace a las mujeres —dijo Bacheet amargamente. Se sabía bien que Yakub y él competían por los favores
de la viuda Nazira.
—Pero sirve en una pelea, ¿no? —dijo Penrod, defendiendo a Yakub.
Bacheet se encogió de hombros.
—Sí, si no le das la espalda. Espera detrás de la curtiembre, a orillas del canal. Mis hombres están
escondidos en el patio de la Torre de Marfil. La patrona de la casa es buena amiga mía.
—No me sorprende —murmuró secamente Ryder—. Eres uno de sus mejores clientes.
Bacheet ignoró tan gratuita observación.
—Escogí este lugar para esperar porque desde estas ventanas podemos vigilar la calle. —Indicó con
la cabeza las vacías aberturas de las ventanas. La explosión de las bombas había volado los vidrios, y los
marcos habían sido robados como leña. —Es la única forma de alcanzar la curtiembre.
—Bien —dijo Ryder—, Dos de tus mejores hombres deben seguir a las cuadrillas. Quiero los
nombres de todos los comerciantes que tratan con ellos. En cuanto los tengamos, caeremos sobre Aswat
en la curtiembre.
En ese momento, oyeron un amortiguado sonido de pasos. Bacheet se deslizó por el agujero hecho
por una bomba en la pared del fondo para llevar a cabo las órdenes de Ryder, Penrod apagó su cigarro y
envolvió la colilla en su pañuelo antes de unirse a Ryder en la ventana vacía. Se quedaron bien metidos
entre las sombras de modo de no ser vistos desde la calle. Un grupo de figuras oscuras y furtivas pasaron
frente a la ventana. Primero, iban los dos guardias: vestían uniformes egipcios, color caqui, con fez en la
cabeza. Colgados al hombro llevaban los fusiles, con bayoneta calada. Tras ellos venían los porteadores,
encorvados bajo los pesados sacos de dhurra. Los dos hombres armados de la retaguardia los seguían a
poca distancia.
Cuando desaparecieron, Penrod observó:
—Ahora entiendo por qué no me permitió usted traer tropas de la guarnición, y por qué insistió en
recurrir sólo a sus árabes. Los egipcios de Gordon están metidos en esto hasta el cuello.

102
—Más hondo que el cuello —lo corrigió Ryder. Al poco tiempo, los porteadores, sin sus cargas, y sus
escoltas regresaron a toda prisa por la callejuela, rumbo a la curtiembre. Bacheet reapareció en forma tan
súbita como el genio de la lámpara.
—Alí Muhammad Acrani, que tiene una casa detrás del hospital, ha comprado él solo los veinticuatro
sacos de la primera entrega —informó. Esperaron a que el siguiente envío pasara bajo las ventanas.
Pasaba de medianoche cuando los porteadores pesadamente cargados dejaron la curtiembre por sexta vez
y se tambalearon calle abajo.
—Ésa es la última entrega —le dijo Bacheet a Ryder—. En nombre de Dios, es hora de capturar al
chacal mientras aún se está tragando a los pollos.
—En nombre de Dios —asintió Ryder.
Cuando se deslizaron por la parte trasera del edificio bombardeado, la banda de Bacheet los esperaba
bajo las sombras del muro, armada de montantes y lanzas. Ninguno llevaba armas de fuego. Ryder los
condujo en silencio por la callejuela, manteniéndose cerca de las casas a oscuras que la flanqueaban. La
silueta de la curtiembre se recortaba contra el cielo del desierto que iluminaban las estrellas. Era un
edificio de tres pisos, oscuro y abandonado, que bloqueaba el fondo de la callejuela.
—Muy bien, capitán Ballantyne, creo que es hora de que vaya a buscar a su Yakub.
Mientras esperaban en el edificio en ruinas, habían discutido los pormenores del ataque, de modo que
ahora no había vacilaciones ni malentendidos. Habían acordado que, como éste era asunto de Ryder, él
tomaría las decisiones y daría las órdenes. Pero Yakub era hombre de Penrod y sólo aceptaba órdenes de
éste.
Penrod tocó el hombro de Ryder en señal de asentimiento y se desplazó rápidamente hacia el muro
perimetral del patio de la curtiembre. El portón estaba cerrado con llave, pero Penrod, envainando su
sable, dio un salto para tomarse de una grieta del muro. Impulsándose con un único movimiento ágil, pasó
las piernas por encima del muro y desapareció del otro lado.
Ryder le dio algunos minutos para que se posicionara, y luego condujo a Bacheet y a los demás de la
partida al portón principal. Conocía la disposición del edificio. Antes del asedio, había enviado casi todos
los cueros que traía de Ecuatoria a ser procesados allí por el viejo alemán dueño de esa factoría. El
curtidor había abandonado Jartum con el primer éxodo de refugiados. Ryder sabía que el portón daba al
patio de carga. Probó abrirlo, pero estaba trabado desde dentro. No estaba pintado, era viejo y estaba
resquebrajada Sacó el cuchillo, cuya punta se hundió en la madera como si fuese queso.
—Carcoma —gruñó. Metió la hoja en el estrecho espacio que separaba la puerta y la jamba y hurgó
hasta sentir el cerrojo al otro lado. Retrocedió unos pasos, se alineó, dio un paso al frente y estampó la
suela de su bota derecha en la puerta. Los tornillos que sujetaban el cerrojo al otro lado volaron de la
madera podrida, y el portón se abrió de golpe.
—¡Rápido! ¡Síganme! —Al otro lado del patio había una plataforma de carga elevada a la que daban
las puertas principales del depósito. Allí solía descargar sus atados de cuero crudo para ser curados, y allí
retiraba el producto terminado. Aún había un carro roto junto a la plataforma. Todo el lugar hedía a cuero
a medio curtir. El resplandor de las lámparas se colaba por las hendijas de las ventanas tapadas con tablas
de la planta baja y por debajo de las puertas principales del depósito.
Ryder corrió escaleras arriba a la plataforma de carga. Cuando entró por la puerta principal, las ratas
corrieron a sus agujeros. Se detuvo a escuchar y oyó voces amortiguadas a través de la madera.
Suavemente, cargó su peso sobre la puerta, que se entreabrió una pulgada, y atisbo por la brecha. Un
hombre estaba apoyado contra la jamba, dándole la espalda a Ryder. Llevaba un largo hábito de sacerdote

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cristiano copto, y la capucha le cubría la cabeza. Ahora se volvió rápidamente y se quedó mirando a
Ryder con ojos atónitos.
—Ah, efendi Aswat —lo saludó Ryder alzando el garrote de madera dura—. ¿Tiene dhurra para
vender? —Balanceó el garrote con todo el poder de sus anchos hombros, apuntando a la cabeza
encapuchada, pero el golpe dio en el dintel de la puerta por encima de la cabeza de Ryder, con tal fuerza
que le durmió la muñeca. El garrote se le escapó de las manos y le pegó a la figura encapuchada un golpe
sesgado en el hombro que lo hizo retroceder con un aullido de dolor.
—¡A las armas! ¡Todos a las armas! ¡El enemigo está aquí! —gritó el sacerdote huyendo por el
despejado piso del almacén.

Ryder perdió unos momentos más recuperando su garrote de donde había rodado, contra la pared. Al
erguirse, recorrió con la vista el almacén, semejante a una caverna. Estaba alumbrado por una docena o
más de lámparas de aceite que colgaban de la barandilla de la pasarela que daba la vuelta al recinto por
debajo de las altas vigas. A la mortecina luz, Ryder vio que Bacheet había subestimado las fuerzas de su
oponente: había al menos otros veinte hombres dispersos en el almacén. Algunos eran esclavos, desnudos
a excepción de sus turbantes y taparrabos, pero otros vestían el uniforme caqui y fez rojo de las tropas
egipcias de la guarnición. Todos habían quedado paralizados en la actitud que tenían al sonar el grito del
sacerdote.
Los esclavos habían estado apilando inmensos montones de sacos en el centro del almacén, y el olor
harinoso del dhurra maduro se mezclaba con el viejo hedor del cuero crudo y el tanino. Un teniente
egipcio y tres o cuatro suboficiales supervisaban sus esfuerzos. Les llevó algunos momentos recuperar el
ánimo. Miraron horrorizados cómo Ryder avanzaba sobre ellos blandiendo su garrote. Luego, con alaridos
guerreros, Bacheet y sus árabes irrumpieron por las puertas principales.
Los suboficiales egipcios reaccionaron y se precipitaron hacia sus fusiles, que reposaban contra la
pared del fondo. El teniente sacó su revolver de la funda y disparó una vez antes de que Bacheet y su
banda cayeran sobre él, balanceando sus espadas y clavando sus lanzas. El combate y sus gritos, tajos y
maldiciones se desplazaron por el piso del almacén. Uno de los esclavos se arrojó a los pies de Ryder y le
abrazó las rodillas, pidiendo merced a gritos. Impaciente, Ryder procuró alejarlo de un puntapié, pero el
otro se le aferró como un mono a un árbol frutal.
En el extremo más lejano del largo edificio, Aswat se escapaba. Con los faldones de su hábito
aleteando en torno a él, saltó por encima de una desordenada pila de sacos de dhurra y se lanzó como una
flecha al pie de una de las escaleras verticales de acero que subían hasta la pasarela elevada. Cuando
comenzó a trepar, sus faldones se le enredaron en las piernas, entorpeciendo sus movimientos. A pesar de
ese obstáculo, subió con agilidad. No dejaba de lanzar gritos de aliento y exhortación a su hombres:
—¡Mátenlos! ¡Que no escape ni uno! ¡Mátenlos a todos!
Ryder le dio un débil golpe en la sien al esclavo que lo retenía y éste se soltó y cayó al suelo hecho un
ovillo. Ryder saltó sobre su cuerpo inerte y corrió al pie de la escalera. Se metió el garrote en el cinturón y
saltó los primeros escalones, siguiendo al sacerdote y ganando terreno rápidamente. Vio que bajo los
faldones de su casaca, el fugitivo llevaba lustradas botas de montar con espuelas y que sus piernas estaban
enfundadas en pantalones de montar color caqui
El sacerdote llegó a la pasarela y se aferró a la barandilla, jadeando para recuperar el aliento. Miró
escaleras abajo. El pánico hizo estridente su voz cuando vio que Ryder subía rápidamente detrás de él.
—¡Deténgalo! ¡Mátenlo como a un perro! —Pero sus hombres estaban demasiado ocupados con sus
propios problemas para prestarle atención. Luchó con los faldones de su hábito, tratando de alzarlos lo

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suficiente como para llegar al arma corta que abultaba sobre su cadera, pero no pudo alcanzarla. Ahora,
Ryder estaba casi encima de él, y Aswat abandonó el intento. En cambio, tomó una de las lámparas de
aceite que colgaban de la barandilla. —¡Alto! ¡En Nombre de Dios se lo advierto! ¡Lo quemaré vivo!
La capucha del hábito cayó, revelando la chaqueta caqui del ejército egipcio, con las hombreras e
insignias escarlata de mayor sobre los hombros. Sus rizos eran oscuros y ondulados, lustrosos de gomina.
Ryder sintió un penetrante aroma a agua de colonia.
—Mayor Faroc. Qué agradable sorpresa —dijo alegremente.
La expresión del mayor Faroc era de frenesí.
—¡Se lo advertí! —chilló. Con ambas manos, le arrojó la lámpara a Ryder, quien se acható contra los
escalones. La lámpara pasó volando por encima de su hombro, dejando a su paso una cola como de
meteorito de aceite en llamas. Golpeó la escalera de acero cerca del suelo y explotó, rociando una sábana
de fuego azul sobre la pila más cercana de sacos de dhurra. Arroyos de parpadeantes llamas azules se
derramaron sobre los sacos secos como yesca, que se encendieron rápidamente, ardiendo con una luz viva
como la de las velas.
—¡No se me acerque! —le gritó al-Faroc a Ryder—. Le advierto. No... —Sacó la segunda lámpara de
su gancho, pero Ryder estaba preparado y sacó el garrote del cinturón. El mayor se la arrojó con toda su
fuerza, lanzando un sollozo de esfuerzo cuando la lámpara dejó su mano.
Voló directo al rostro de Ryder. Él la vio venir y, a último momento, la desvió de un garrotazo. Cayó
girando al almacén, y estalló sobre otra pila de dhurra. El grano se encendió en llamas devoradoras.
Al-Faroc se volvió para correr, pero Ryder se izó en la escalerilla de un salto y, estirándose cuanto
pudo, le agarró el tobillo. Chilló y procuró alejarlo de un puntapié, pero Ryder lo mantuvo agarrado sin
esfuerzo y lo arrastró hacia el filo de la pasarela. Al-Faroc se aferró a la barandilla, chillando como un
cerdo al que llevan al matadero.
En ese momento, un tiro de pistola, disparado desde abajo, le rozó el hombro a Ryder e impactó en la
escalera de acero, a seis pulgadas de sus ojos. Dejó una brillante mancha de plomo sobre el acero. La
inesperada herida le ardió de tal manera que aflojó su presa sobre el tobillo de al-Faroc. Éste lo sintió
ceder y pateó hacia atrás con la otra pierna. La rodaja de la espuela de su bota de montar desgarró la sien
de Ryder, haciéndole perder el equilibrio. Ryder le soltó la pierna y se aferró al escalón que tenía frente a
sus ojos. Al-Faroc escapó corriendo por la pasarela.
Otro tiro proveniente de abajo silbó junto a la cabeza de Ryder e hizo saltar un trozo de yeso y una
nubecilla de polvo de cemento de la pared. Miró hacia abajo y alcanzó a ver que los guardias egipcios que
habían escoltado la última entrega de grano entraban a la carrera en el depósito Se dio cuenta de que
debían haber visto las llamas y oído los disparos. Disparaban sin ton ni son y atacaban con bayonetas y
espadas a los hombres de Bacheet. El que le había disparado a Ryder recargó su carabina, luego alzó el
corto cañón y le apuntó con deliberación. Inerme, Ryder vio el relámpago del fogonazo y el pequeño
torbellino del humo de pólvora negra. Otra bala repicó sobre el descansillo de acero que estaba a pulgadas
por encima de su cabeza. Eso lo galvanizó y corrió los pocos pies que le faltaban para llegar a la pasarela.
Se incorporó de un salto y se lanzó en persecución de al-Faroc.
El egipcio había desaparecido por la puerta baja que quedaba en el extremo más lejano de la pasarela.
Ryder alcanzó la abertura, esperando otra bala del tirador del piso inferior, pero al mirar hacia abajo, vio
al soldado estremeciéndose sobre el piso de concreto como un bagre recién capturado en el fondo de un
bote. Bacheet estaba de pie sobre él, con un pie en su garganta, tratando de extraerle la lanza que tenía
enterrada en el pecho. En ese preciso momento, otro de los enemigos cargó contra él. Bacheet dio un
último tirón, logró sacar la lanza y la enfiló hacia su nuevo atacante.

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Ryder vio que, en el piso inferior, sus hombres estaban en marcada inferioridad numérica y, aunque
peleaban como gladiadores, iban siendo gradualmente sobrepasados. Estaba a punto de dejar escapar a al-
Faroc y regresar para ayudarlos cuando otros dos hombres entraron a la carrera por una puerta trasera del
depósito.
—¡Poder al glorioso 10o! —rugió Ryder al reconocer a Penrod Ballantyne y a Yakub, daga en mano.
Penrod desvió el bayonetazo que le tiró el teniente egipcio a la cara y respondió con una estocada que le
atravesó limpiamente la garganta; la plateada hoja pasó por entre las vértebras del teniente y salió por la
nuca empañada de sangre rosada. Penrod recuperó su hoja en un movimiento fluido y el egipcio cayó al
suelo. Sus talones redoblaron espasmódicamente sobre el concreto en las convulsiones de la muerte.
Penrod tuvo un momento para dedicarle un despreocupado saludo con la mano a Ryder, quien señaló a la
puerta del extremo de la pasarela.
-¡Es al-Faroc! — le gritó a Penrod—. Se fue por ahí. Trate de cortarle el paso. —No tuvo tiempo de
decir más, y no supo si Penrod lo había oído ni mucho menos entendido. Las llamas rugían como una
poderosa catarata, y todo el contenido del depósito ardía furiosamente, con llamas que avanzaban a toda
velocidad por el reseco maderamen que sostenía las paredes y el techo.
Ahí va mi recompensa, pensó amargamente Ryder. Tosiendo por el humo, corrió en pos de al-Faroc.
Alcanzó la puerta baja del extremo de la pasarela por donde el egipcio había desaparecido y asomó su
cabeza por ella. Aspiró una honda bocanada del dulce aire nocturno y con ojos lacrimosos distinguió que
por debajo de él otra escalera descendía por la pared trasera de la curtiembre hasta el camino de sirga del
canal.
Al-Faroc seguía luchando con los faldones de su hábito en los últimos escalones de esta escalera,
pero al ver la cabeza de Ryder, se soltó y se dejó caer los seis pies que le faltaban para llegar al suelo,
aterrizando sobre manos y rodillas. Se incorporó, indemne, y alzó la vista.
—¡Regrese! —gritó—. ¡No trate de detenerme! —Otra vez intentó alzarse los enredados faldones del
hábito y logró alcanzar la pistolera que llevaba colgada del cinturón. Desenfundó el revólver y le apuntó a
Ryder. La luz de las llamas que salía por las ventanas de atrás de la curtiembre arrojaba una viva luz sobre
el camino de sirga. Ryder vio que la mano del mayor temblaba. Aceitosas gotas de sudor corrían por sus
mejillas y goteaban de su papada. Disparó dos tiros en rápida sucesión, que fueron a dar uno a cada lado
de la puerta. Agachándose, Ryder se metió otra vez y oyó los pasos de al-Faroc, que corría por el camino
de sirga.
Si llega a la calleja, puede llegar a escapar —pensó—, mientras salía por la puerta y se colgaba de los
escalones más altos de la escalera de escape. Bajó rápidamente, se arrojó desde tres metros antes de llegar
al suelo y aterrizó con tal fuerza que se mordió la lengua. Escupió la sangre y vio que al-Faroc le llevaba
una ventaja al menos de cien metros. Ya casi llegaba a la esquina del edificio.
Sin soltar su garrote, Ryder se lanzó en su persecución, pero al-Faroc dio la vuelta a la esquina y
desapareció. Segundos más tarde, Ryder llegó allí y vio que ya iba a mitad de camino por la calleja,
moviéndose a una velocidad sorprendente para tan rechoncha figura. Ryder se precipitó tras él. Cuando al-
Faroc llegara al extremo de la calleja, desaparecería en el laberinto enmarañado de las calles de la ciudad.
No esperará que lo capturemos. Dejará Jartum esta noche, pensó Ryder sombríamente. Al alba estará al
otro lado del río, convertido en el discípulo más fiel del Madí. ¡Cuánto daño puede causar allí!
Comenzaba a ganar terreno, aunque no le pareció que a suficiente velocidad.
Cuando al-Faroc llegó al extremo de la calleja, una elegante figura salió de una puerta en sombras y y
cruzó vigorosamente la pierna en el camino del otro. Al-Faroc se estrelló contra el suelo con tal fuerza que
se le vaciaron los pulmones. Aun así, se arrastró sobre su abultado vientre y trató de alcanzar el revólver

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que había volado de su mano cuando cayó, pero cuando sus dedos se cerraban sobre la culata, Penrod le
pisó con fuerza la muñeca, inmovilizándole la mano.
Ryder se acercó, se inclinó sobre él y le dio un golpe en el occipucio con el garrote. Al-Faroc cayó de
bruces y quedó roncando contra la mugre del suelo de la calleja.
—Un tackle volador perfecto —le dijo Ryder a Penrod con admiración—. Indudablemente
perfeccionado en los campos de rugby de Eton.
—Eton no, Harrow, querido amigo. No se confunda —corrigió Penrod. Luego, cuando Yakub
apareció a su lado, pasó fluidamente al árabe: —Átalo bien. Gordon Pacha estará interesado en hablar con
él.
—¿Tal vez me permita presenciar la ejecución? —preguntó Yakub, esperanzado, mientras le quitaba
el cinturón a al-Faroc y lo usaba para atarle los brazos a la espalda.
—Bondadoso Yakub —dijo Penrod—. No me cabe duda de que te reservará un lugar en la
primerísima fila del espectáculo.
Para entonces, el cielo y los techos de la ciudad estaban brillantemente iluminados por el incendio de
la curtiembre. Dejaron a al-Faroc al cuidado de Yakub y volvieron corriendo al portón principal. El calor
de las llamas era tan intenso que los combatientes se veían obligados a abandonar el edificio. Cuando
emergían de las puertas o saltaban por las ventanas Bacheet y sus árabes los esperaban. Hubo gritos y
bramidos pugnaces, el entrechocar de hojas y unos pocos disparos, pero gradualmente la mayor parte de
las tropas egipcias renegadas fueron capturadas. Unos pocos se las compusieron para escapar por las
callejuelas, pero Yakub fue tras ellos.
Rompía el día cuando los sobrevivientes, cargados de cadenas que tintineaban, entraron por el portón
del fuerte Mukran. El general Gordon contempló su llegada desde las murallas y mandó llamar a Penrod.
Su expresión benigna fue remplazada por una de fría ira cuando se enteró de la destrucción de los tres mil
sacos de su precioso dhurra.
—¿Permitió usted que un civil tomara el mando de la operación? —le preguntó a Penrod, mientras
sus ojos azules relampagueaban—. ¿A Courtney? ¿El mercader que trafica en el mercado negro? ¿Ese
canalla sin un gota de patriotismo ni un grano de conciencia social?
—Le ruego me disculpe, general. Pero Courtney estaba tan comprometido como nosotros en la
recuperación del grano faltante. De hecho, sus agentes descubrieron dónde estaba escondido —señaló
Penrod en tono tranquilo.
—Su compromiso era el de doce chelines por saco y ni un penique más. De haber estado usted al
mando podría haberse evitado ese fiasco.
—Parado en puntas de pie, Gordon lo fulminaba con la mirada. Penrod se quedó rígido en posición
de firme y, con un esfuerzo, mantuvo la boca bien cerrada.
Haciendo un obvio esfuerzo, Gordon recuperó su ecuanimidad.
—Bueno, al menos pudo atrapar usted al jefe de la banda. No me sorprende en absoluto que se tratara
del mayor al-Faroc. Voy a usarlo para dar un castigo ejemplar que ponga en vereda al resto de la
guarnición. Voy a hacer que a él y sus cómplices les disparen desde la boca de un cañón.
Penrod parpadeó. Se trataba de un castigo militar particularmente cruel, que se reservaba para los
crímenes más atroces. Por cuanto sabía, había sido empleado por última vez sobre los cipayos detenidos
tras la sofocación del motín, treinta años atrás.
—No derramaría ni una lágrima si ese sinvergüenza de Courtney corriera esa misma suerte. —El
pequeño general se dirigió a la ventana de su cuartel general pisando fuerte y frunció el ceño hacia las

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líneas enemigas al otro lado del río. —Sin embargo, no me parece que pueda hacerle eso a un inglés —
gruñó— lo cual es una pena. Pero escogeré algún castigo que le deje clara cuál es mi opinión sobre su
conducta y su valía moral. Tiene que ser algo que afecte su bolsillo. Ahí tiene la conciencia.
Penrod sabía bien que lo mejor que podía hacer era mantenerse en silencio. El buen Dios sabe que no
siento mucho afecto por Ryder Courtney, pensó. Indudablemente, pronto se enfrentarían abiertamente por
los favores de cierta damisela de su mutuo conocimiento. Pero era difícil suprimir la involuntaria
admiración que le producían su inteligencia y su coraje.
Gordon dio la espalda a la ventana, y, tirando de la cadena, sacó del bolsillo su reloj de caza de oro.
—Las ocho. Quiero que este traidor de al-Faroc y sus secuaces estén juzgados, sentenciados y listos
para la ejecución a las cinco de la tarde de hoy. Quiero que ésta tenga lugar en la plaza de armas para
causar la máxima impresión posible en la población. No puedo tolerar el mercado negro en una ciudad en
la que la mayor parte de la población pasa hambre. Hágase cargo, Ballantyne, y hágalo como corresponde.

***
Había salido todo muy bien, decidió Penrod, paseando por la terraza del palacio consular antes de
retirarse a dormir. Llegó a un majestuoso tamarindo cuyas ramas sombreaban la mitad de la terraza y se
reclinó sobre su tronco. Fumaba el cigarro cubano que Ryder había insistido en que aceptara antes de que
se despidieran. Courtney había rechazado su invitación a presenciar las ejecuciones.
—No lo culpo. Yo mismo hubiera preferido tener que hacer en otro lugar —murmuró.
Al pensar en lo ocurrido, se sintió ligeramente asqueado, y le dio una larga, profunda, chupada al
cigarro. A las cinco de esa tarde casi toda la guarnición de Jartum había desfilado por la plaza de armas
para presenciar el castigo. Sólo se dejó una fuerza mínima que se hiciera cargo de las defensas de la
ciudad. Aunque nadie le había ordenado hacerlo, parecía que también toda la población civil había
acudido allí, rodeando en filas de a tres y cuatro en fondo todo el perímetro de la plaza. Los ocho cañones
Krupp estaban alineados rueda con rueda, apuntando en su elevación máxima hacia las hordas sitiadoras
de los derviches en Omdurman. La escasez de munición era demasiado severa como para desperdiciar
incluso esos ocho tiros: una vez realizada su destrucción prioritaria, continuarían su trayecto hasta el otro
lado del río para estallar entre las legiones sitiadoras y, con un poco de suerte, matar algunos enemigos.
Los primeros en aparecer fueron los traficantes y mercaderes de la ciudad descubiertos con depósitos
del grano suministrado por al-Faroc en su poder. Ali Muhammad Acrani encabezaba la fila. Cuando
Penrod registró sus instalaciones de detrás del hospital encontró seiscientos sacos escondidos bajo las
celdas de esclavos de debajo de las barracas.
Los prisioneros fueron alineados en apretadas filas detrás de los cañones. Gordon Pacha los había
sentenciado a presenciar las ejecuciones. Todas sus posesiones, además del dhurra comprado ilegalmente,
les habían sido confiscadas. Serían expulsados de la ciudad y, del otro lado del río, no tendrían más
remedio que confiar en la clemencia del Madí y sus ánsar. Penrod evaluó su situación. Ante esa opción,
decidió, creo que preferiría besar a la hija del cañonero.
Su mente regresó al programa de espectáculos celebrado esa tarde en la plaza de armas. Una vez que
todos los espectadores estuvieron allí, Penrod dio la orden y el mayor al-Faroc y los otros siete
condenados fueron traídos marchando desde los calabozos del fuerte Mukran. Vestían uniforme de gala.
Cada uno de ellos estaba parado en posición de firme frente a la pieza de artillería a la había sido
destinado. El sargento mayor del regimiento leyó los cargos y sentencias con voz estentórea que llegaba
hasta cada uno de los espectadores. Estiraban el cuello para oír sus palabras:

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—...que se les dispare desde los cañones. —Un murmullo de expectativa se elevó de las cerradas
filas. Era algo que ninguno de ellos había visto jamás. Alzaron a sus bebés y niños pequeños para que
vieran mejor.
Vieron cómo el sargento mayor enrollaba el acta de acusación y se la entregaba a un mensajero, que
la llevó donde esperaban Gordon Pacha y el capitán Ballantyne. El hombre hizo la venia y le entregó el
rollo al general.
—Muy bien —dijo Gordon, haciendo la venia a su vez—. Que se cumpla la sentencia.
El sargento recorrió con paso marcial la fila de condenados, deteniéndose delante de cada uno para
arrancarle ceremoniosamente las insignias de rango y mérito de los hombros y pechos de sus guerreras.
Arrojó al polvo las coronas doradas, galones y medallas.
Cuando los ocho hombres quedaron con sus ropas desgarradas, desvalidos y deshonrados, dio otra
orden. De a uno, los condenados fueron llevados hasta los cañones que los esperaban y atados a las bocas
de éstos con los miembros en cruz. Las bocas quedaron en el centro de sus pechos, y sus brazos fueron
atados a los costados de las brillantes, cañas negras. En ese grotesco abrazo, recibirían el beso de la hija
del cañonero. Al-Faroc se arrojó sobre el polvo de la plaza de armas. Aulló, lloró y pataleó. Finalmente,
los soldados lo llevaron hasta el cañón que le tocaba.
—Preparados para cumplir la sentencia —bramó el sargento mayor.
—¡Que se cumpla, sargento mayor! —respondió secamente Penrod, con rostro y voz inexpresivos.
El sargento mayor desenvainó su espada y alzó la hoja desnuda. El joven tambor que tenía junto a él
alzó los palillos hasta sus labios y luego los dejó caer en un largo redoble sobre el parche. El sargento
mayor bajó la espada y él redoble cesó abruptamente. Hubo un momento de silencio, y hasta Penrod tomó
aliento. Bramó el primer cañón.
La víctima desapareció por un instante en una densa nube gris de humo de pólvora. Luego, se vieron
los fragmentos de su torso que volaban por el aire. Un silencio atónito siguió a la explosión, seguido de
una espontánea explosión de vítores de los espectadores cuando la cabeza cayó a tierra y rodó por la
arcilla cocida por el sol.
El sargento mayor volvió a alzar la espada. El tambor redobló y, una vez más, se interrumpió de
golpe. Otra descarga tronó. Esta vez, los espectadores ya sabían qué esperar y sus entusiastas aplausos se
mezclaron a aullidos de risa. Al-Faroc era el último de la fila, y a medida que se aproximaba su turno,
pedía misericordia con chillidos cada vez más estridentes. La muchedumbre vociferó, remedando sus
súplicas, y las tripas de al-Faroc se vaciaron ruidosamente. Los fondillos de sus pantalones de montar
quedaron manchados de heces líquidas. La hilaridad de los espectadores aumentó hasta convertirse en un
bramido cuando el tambor redobló por octava y última vez. La cabeza de al-Faroc voló más alto que la de
todos los que lo Precedieron.
Penrod examinó la colilla de su cigarro y decidió apenado que no podía dar otra chupada sin
quemarse la punta de los dedos. La arrojó sobre las baldosas de la terraza y la aplastó con el taco. Aunque
era tarde y ya había realizado su cotidiana ronda nocturna de las defensas de la ciudad, aún debía
completar una pila de tareas administrativas antes de poder pensar en irse a la cama. Gordon quería
disponer de todas sus listas e informes a primera hora de la mañana. El pequeño fanático del orden y la
disciplina no fe hacía concesión alguna a las contingencias del asedio y a la pesada carga que ya había
puesto sobre los hombros de Penrod:
—Debemos mantener los procedimientos a la perfección, Ballantyne, y dar ejemplo.
Al menos tiene menos piedad por él mismo que por mí, pensó Penrod.

109
Despegó la espalda del árbol y se disponía a dirigirse a los aposentos que David Benbrook le
adjudicara, cuando un pequeño movimiento en uno de los balcones del segundo piso le llamó la atención.
La puerta del balcón se había abierto, y pudo ver la habitación detrás de éste. El interior estaba alumbrado
por una lámpara de aceite colocada sobre un tocador de dama y podía apenas distinguir las columnas y el
dosel de una cama. El empapelado tenía un diseño de rosas rojas y ramitos de follaje.
Una esbelta figura femenina apareció en la puerta y el resplandor de la lámpara dibujó su silueta a
contraluz, tejiendo un halo dorado en torno a su cabeza como el de una representación medieval de la
Virgen. Aunque no se distinguía su rostro, reconoció a Rebecca de inmediato. Llevaba una bata de un
material lustroso con un reflejo azul pálido, que posiblemente fuese seda natural. Era bien entallada,
enfatizando la curva de su cintura y su cadera y dejando los brazos desnudos por debajo del codo. Avanzó
hacia el frente del balcón, y la luz de la luna agregó sutiles tonalidades plateadas al dorado fulgor de la
lámpara que la iluminaba desde atrás.
Miró el jardín y la terraza que se extendían por debajo de ella, pero no lo vio, pues las amplias ramas
del tamarindo lo ocultaban. Se recogió los faldones y, con un gracioso movimiento recogió el cuerpo de
modo que quedó sentada sobre la balaustrada del balcón. Sus pies estaban descalzos, y sus piernas
quedaban expuestas hasta la rodilla. Sus pantorrillas estaban bien formadas, sus pies eran pequeños como
los de una niña. Penrod quedó subyugado por su elegancia. Ahora, la luz de la lámpara alumbró su perfil y
dejó la otra mitad de su rostro en una misteriosa sombra lunar. Tenía un cepillo de marfil en la mano, y
llevaba suelto el largo cabello rubio. Se lo cepilló, comenzando en la pálida raya que fe corría por el
centro del cuero cabelludo y terminando en su cintura, donde sus guedejas danzaban y ondulaban. Su
expresión era serena y adorable.
Penrod quería acercarse más para estudiar cada ángulo y cada plano de su rostro y tal vez incluso
llegara oler un dejo de su perfume. A pesar de los guantes, las mangas largas y el sombrero de paja de ala
ancha que llevaba habitualmente durante el día, la piel de los brazos y piernas desnudos de Rebecca no era
del color lechoso que dictaba la moda sino de un dorado claro. Su cuello era largo y grácil, y su cabeza se
inclinaba en un ángulo hechizador. Comenzó a tararear suavemente. Él no reconoció la melodía, pero no
pudo resistirse a ese canto de sirena. Se acercó más al balcón con cautela de cazador, esperando el breve
momento en que ella cerraba los ojos al terminar cada cepillada para dar otro pequeño paso en su
dirección. Ahora podía oír cómo aspiraba al fin de cada compás de la melodía, y casi podía sentir la
tibieza y la textura de sus labios bajo los de él. Imaginó la forma trémula en que se abrirían, permitiéndole
gustar los jugos de su boca, dulces como una manzana.
Finalmente, dejó de lado el cepillo, se retorció el cabello en un grueso rodete que se enrolló sobre la
cabeza. Sacó un largo alfiler de cabeza alhajada de la solapa de su bata y lo alzó, disponiéndose a asegurar
su peinado con él. Al hacerlo, desvió la cabeza, y Penrod aprovechó la ocasión para dar otro paso hacia
ella.
Ella se congeló, como una gacela que percibe que un leopardo la acecha. Él se quedó quieto y
contuvo el aliento. Entonces, ella se volvió y, al verlo frente a frente, sus ojos se abrieron como platos. Lo
miró por un momento, y luego, recogió sus piernas de la balaustrada y quedó de pie en el interior del
balcón. Sus labios modularon una silenciosa acusación: ¡Me estaba espiando!
Salió como un torbellino por la puerta abierta y la cerró detrás de ella, con apenas un leve chasquido
del pestillo, como si no quisiese que nadie más oyera. Como si el hecho de que él la hubiera estado
estudiando fuese un secreto entre ellos. El corazón de Penrod batía como un tambor y su respiración era
agitada. Lamentó haberla espantado. Deseó haber podido contemplarla un rato más, como si por estudiar
su rostro desprevenido se hubiera podido enterar de algún secreto.

110
Dejó la terraza, y mientras subía la gran escalera de caracol que conducía a sus aposentos, su instinto
depredador que, durante un breve intervalo había quedado remplazado por un respeto casi reverente, se
volvió a imponer. Sonrió. Al menos ahora sabemos dónde encontrar el tocador de mademoiselle para
cuando sea necesario.

***
A diferencia de su gemela, a Amber no la perturbó la escena entre su hermana y Ryder que
presenciaron al entrar sin aviso en los aposentos de éste. Al día siguiente, fue la única de las hermanas
Benbrook que regresó al complejo del comerciante. Llegó a la hora de siempre, acompañada por Nazira, y
de inmediato se hizo cargo del equipo de tres docenas de mujeres sudanesas que manufacturaban la
preciosa torta verde. La complacía no tener que compartir la autoridad con Saffron.

***
Bacheet encontró a su amo en el taller del puerto y le susurró su informe.
Ryder alzó la vista de la línea de vapor del Ibis, que Jock McCrump y él soldaban.
—¿Y sus hermanas? —preguntó Ryder—. ¿La señorita.Saffron y la señorita Rebecca?
Bacheet meneó la cabeza.
—Sólo la señorita Amber. —Ryder no quería compartir esa conversación con Jock McCrump y los
fogoneros y engrasadores del Ibis. Indicó la puerta con la cabeza, y Bacheet lo acompañó afuera.
Ryder sólo rompió el silencio cuando ya estaban a mitad de camino del complejo.
—¿Qué ocurrió, Bacheet? —Bacheet le dirigió una mirada de inocente incomprensión, pero Ryder
tenía la certeza de que había compartido el catre de Nazira la noche anterior y que conocía todos los
detalles de lo ocurrido en el transcurso de las últimas veinticuatro horas en los aposentos de las damas del
palacio consular de Su Majestad Británica.
—Dime qué sabes —insistió.
—¡Soy un hombre simple —dijo Bacheet. Sé de caballos y camellos, de las cataratas y corrientes del
Nilo. ¿Pero qué sé del corazón de la mujer? —Meneó la cabeza. —Tal vez usted debería preguntarle
acerca de esos misterios a alguien mucho más sabio que yo.
—Envíame a Nazira —dijo Ryder ocultando una sonrisa—. La esperaré en las jaulas de los monos.
Nazira aprobaba a Ryder Courtney. Por supuesto que tenía el aspecto mal cocido de la mayor parte de
los ferenghi y sus ojos eran de un tono de verde antinatural, pero la edad y la apariencia de un hombre
poco importaban si se trataba de un buen proveedor. Las esposas de éste nunca pasarían hambre: era un
hombre fuerte y resuelto, y protegería a los suyos. Pero aun así, había algo gentil en él. Jamás les pegaría
a sus mujeres, a no ser que éstas se comportaran de modo de merecerlo. Sí, lo aprobaba. Era de lamentar
que, hasta ahora, ai-Yamal no hubiera demostrado la misma sensatez que su aya.
Llegó al recinto de los animales, y le susurró al viejo Alí que se mantuviera a una distancia desde
donde pudiera oír si se lo llamaba, pero no lo que se conversara. Por más que fuese una viuda de casi
cuarenta años, era una mujer respetable y devota. Se había convencido a sí misma de que ella era la única
que sabía de su discreta amistad con Yakub y Bacheet.
Saludó a Ryder, invocó las bendiciones del Profeta sobre él, se tocó corazón y labios, y se acuclilló a
una distancia educada. Plegó su rebozo de modo que le cubriera la parte inferior del rostro y esperó a que
él hablara.

111
Ryder se interesó por su salud, y ella le aseguró que se encontraba bien. Luego le preguntó por la
salud de las muchachas que tenía a su cargo.
—Al-Yamal está bien.
—Me alegro de oírlo. Estaba preocupado por ella. Hoy no vino a ayudar a las mujeres.
Nazira inclinó levemente la cabeza, pero no hizo ningún comentario.
—Nazira, ¿está enfadada conmigo? —preguntó.
Nazira lanzó un resoplido de desaprobación. La pregunta no tenía ni apariencia de sutileza. No
merecía el honor de una respuesta. Sin embargo, por esta vez lo dejaría pasar: a fin de cuentas, él era un
infiel.
—Al-Yamal siente que te aprovechaste de su confianza. Necesitaba consuelo y consejo, y vino a ti
como amiga, pero tú te comportaste como un libertino.
Nazira vio cómo en el rostro de él se pintaba la consternación.
—¿Libertino? —dijo—. Se equivoca. Siento gran respeto y afecto por ella. No soy un libertino.
Nazira hacía equilibrios sobre el filo de navaja de la lealtad. No podía decirle que el verdadero
motivo de disgusto de Rebecca era que la habían sorprendido no sólo las gemelas, sino también el
carilindo capitán. Pero Ryder le gustaba lo suficiente como para transmitirle un leve consuelo.
—La amo como si fuera mi propia hija, pero es joven, y no entiende nada, ni siquiera su propio
corazón. Cambia como la luna, el viento y las corrientes, como un dhow sin capitán. Cuando dice que
nunca más quiere ver a alguien, quiere decir que mantendrá esa decisión por lo menos hasta medianoche,
pero probablemente no más allá del mediodía siguiente.
Ryder meditó sus palabras mientras le ofrecía un trozo de torta verde por entre los barrotes a Lucy, la
hembra de cercopiteco verde. Estaba por dar a luz de un momento a otro. Lo tomó por la muñeca y lamió
todas las migajas que le quedaban en los dedos.
—¿Qué debo hacer, Nazira? —preguntó.
Ella meneó la cabeza. Los hombres eran como niños.
—Cualquier cosa que hagas ahora no hará más que empeorar las cosas. No hagas nada. Le diré
cuánto sufres. A la mayor parte de las muchachas le gusta oír eso. Cuando llegue el momento de hacer
algo, volveremos a hablar.
A Ryder lo alegró mucho ese ofrecimiento de asistencia.
—Pero, ¿qué ocurre con Saffron? ¿Por qué no vino a ayudar a Amber?
—A Filfil, el comportamiento de usted la afectó tanto como a su hermana mayor. — Filfil,
"pimienta" en árabe, era el apodo de Saffron. —También ella expresó la intención de no volver a verlo
nunca. Dice que quiere morir.
Ryder volvió a parecer alarmado.
—Sólo un beso y, por cierto, bastante casto. ¿Y quiere morir?
—Hace tiempo que ha decidido que usted será su esposo Hasta ha discutido los detalles conmigo. Le
debo advertir desde ahora que jamás le permitirá tener más de una esposa.
Ryder lanzó una carcajada de incredulidad.
—Es una niña dulce y divertida, pero niña al fin.
—En pocos años tendrá edad de casarse —Nazira no sonrió— y ya ha hecho sus planes.

112
Ryder lanzó otra carcajada, que esta vez contenía una nota de temor.
—Nazira, no quiero alentarla a que crea algo imposible, pero tampoco herirla. ¿Le transmitirías un
mensaje de mi parte? ¿Le dices que tengo importantes tareas para ella? La necesito aquí.
—Se lo diré, efendi —Nazira se incorporó e hizo una reverencia—, pero necesitará más que eso para
perdonarle su infidelidad. Pero ahora debo ir a ayudar a al-Zahra. —El nombre árabe de Amber
significaba "la Flor". —Con tantas bocas hambrientas, la torta verde nunca alcanza.
Cuando se fue, Ryder permaneció un rato más frente a la jaula de los monos, reflexionando sobre el
atolladero en que se encontraba. Lucy, trepada en sus palos, con el vientre que le abultaba entre las patas,
le ofreció la cabeza para que se la acariciara. Le encantaba que la rascaran detrás de las orejas.
Finalmente, Ryder suspiró, y se dispuso a alejarse de la jaula. Cuando trató de sacar su mano por entre los
barrotes, Lucy se la tomó y le hundió sus agudos colmillos blancos en el pulgar.
—iBicho maldito! —Le dio un ligero coscorrón. El animal chilló, como si sintiese una angustia
mortal y se precipitó a la parte más alta de la jaula, desde donde le dirigió un furioso farfulleo.
—¡Que la plaga caiga sobre todos vuestros trucos femeninos! —la regañó y chupándose el pulgar
dejó el recinto para bajar al puerto. JockMc-Crump esperaba completar la reparación del casco y el motor
ese día, y planeaba sacar al Ibis para probarlo.

***
Penrod estaba de pie en el parapeto del bastión avanzado que se alzaba en la ribera de frente a la isla
Tutti. Pisó con fuerza las bolsas de arena para probar su solidez. A medida que las provisiones de dhurra
se consumían, hacía llenar de arena los sacos vacíos para reforzar los puntos débiles de las defensas.
—¡Así está bien! —le dijo al sargento egipcio que comandaba el destacamento de trabajo—. Ahora
necesitamos unas pocas defensas de madera más en las troneras de los emplazamientos de la artillería. —
Siguiendo órdenes del general Gordon, estaba desmantelando los edificios abandonados y empleaba sus
maderos para reforzar las defensas.
Recorrió la parte superior de la muralla, recubierta de bolsas de arena, deteniéndose cada cincuenta o
cien pasos para supervisar la ribera que se extendía debajo de él. Había clavado estacas de demarcación en
la estrecha franja de tierra barrosa que separaba el pie de la muralla de la orilla del agua. Hacía un mes, el
Nilo lamía la muralla hasta una distancia de menos de un metro de su remate. Hacía dos semanas, se veían
unas pocas pulgadas de barro al pie de la muralla. Ahora, la franja de playa tenía casi dos metros de
ancho. El río caía día a día. En el transcurso de los próximos pocos meses entraría en la fase de Nilo bajo.
Eso esperaban los derviches. Las amplias playas se secarían, proveyendo un ataque seguro a los dhows
que cruzaran a sus legiones desde el otro lado del río, y un terreno firme desde donde lanzar el asalto final
sobre la ciudad.
Penrod bajó de un salto a la fangosa orilla y trasladó sus estacas hasta el filo del río que retrocedía.
En algunos lugares, ya se habían formado playas de cinco o seis metros de ancho. Necesitarán mucho más
terreno para lanzar un ataque total, decidió, pero el río baja rápidamente. El Madí tenía hombres de guerra
astutos y expertos al mando de su ejército, hombres como Osman Atalan. Pronto comenzarían a probar las
defensas con incursiones y golpes nocturnos. ¿Dónde atacarán primero? se preguntó. Caminó por el
perímetro, en busca de puntos débiles. Cuando llegó al fuerte Mukran, había escogido al menos dos
puntos donde serían de esperar las primeras incursiones.

113
Encontró al general Gordon en una de sus atalayas favoritas del parapeto del fuerte. Estaba sentado
bajo un enramada de junco frente a una mesa de campaña donde tenía sus binoculares, cuadernos de notas
y mapas.
—Siéntese, Ballantyne —dijo—. Debe de tener sed. —Indicó la jarra de barro cocido que tenía sobre
la mesa.
—Gracias, señor —dijo Penrod sirviéndose un vaso..
—Puede tener la certeza de que ha sido hervida durante media hora completa. —Era una broma
intencionada. Bajo pena de azotes, Gordon había ordenado que toda el agua de la guarnición fuese hervida
de esa manera. Había aprendido que era necesario hacerlo durante sus campañas en China. Los resultados
eran notables. Aunque inicialmente había supuesto que se trataba de uno de los caprichos de Gordon,
Penrod ahora era un fiel creyente en la eficacia del procedimiento. El cólera devastaba a la población civil
de la ciudad, que desafiaba abiertamente las órdenes de Gordon y llenaba sus odres en el río y el canal, en
el cual desaguaban los albañales de la ciudad. En contraste, las tropas de la guarnición sólo habían sufrido
tres casos, el origen de los cuales había sido rastreado hasta verificar que provenían de la desobediencia,
del empleo de agua sin hervir. Las tres víctimas habían muerto. —Lo cual fue afortunado para ellos —le
dijo Penrod a David Benbrook—. Si hubieran vivido, Gordon los habría fusilado.
—Lo llaman la muerte del perro. iTorrentes malolientes de cálidos excrementos y vómitos, todos los
músculos y tendones del cuerpo anudados en dolorosos calambres, un esqueleto desecado por cuerpo y
una calavera por cabeza! —David se estremeció. —No, gracias, no es para mí. Tomo agua hervida.
Penrod sintió un escalofrío al recordar la descripción: era muy precisa. Pero la sed podía matar con
tanta velocidad como el cólera. El calor y el aire del desierto extraían la humedad del cuerpo, dejándole la
garganta reseca. Alzó el vaso, saboreó el aroma a humo de leña y lo vació de cuatro largos tragos.
—Bien, Ballantyne, ¿qué ocurre con la margen norte? —Gordon nunca perdía tiempo en
conversaciones intrascendentes.
—He marcado varios puntos débiles en la línea. —Penrod desplegó su mapa de campaña sobre la
mesa, posando la jarra de agua sobre una de sus esquinas para que no se volara. Lo estudiaron juntos. —
Los peores están aquí y aquí. El nivel del río baja rápidamente. Desde el mediodía de ayer bajó tres
pulgadas. Cada día que pasa quedamos más expuestos. Debemos reforzar esos lugares.
—Dios sabe que debemos ocupar muchos hombres y materiales para mantener las obras al día. —
Gordon le dirigió una astuta mirada a Penrod. —¿Sí? ¿Me iba a sugerir algo?
—Bueno señor, como usted dice, no tenemos esperanzas de mantener inexpugnable toda la línea... —
Gordon frunció el ceño. No podía soportar lo que llamaba "pájaros de mal agüero". Penrod se apresuró a
seguir antes de que el otro lanzara la acusación —...de modo que se me ocurrió que podemos dejar
algunas brechas deliberadas en las defensas para incitar a los derviches a atacarlas.
—¡Ah! —El ceño de Gordon volvió a su posición normal. —¡Regalos envenenados!
—Exactamente, señor. Dejamos una abertura, detrás de ella tendemos una trampa. Hacemos que se
metan en un callejón sin salida y los rociamos con fuego de las Gatling.
Pensativo, Gordon se frotó la incipiente barba plateada del mentón. Solo tenían dos ametralladoras
Gatling, restos de la expedición de Hicks. Éste no había querido llevárselas consigo al marchar a El
Obeid, pues consideró que entorpecerían sus movimientos. Cada arma iba montada en una pesada cureña
provista de un sólido eje y dos ruedas de hierro. Necesitaban de un tiro al menos de cuatro bueyes para
posicionarlas. Los mecanismos eran frágiles y propensos a trabarse. Hicks prefería confiar en el
tradicional fuego por andanadas de cuadros de infantería más bien que en el fuego sostenido desde una

114
única posición expuesta. Concedía que las Gatling podían ser útiles en una posición defensiva estática,
pero estaba convencido de que no tenían nada que hacer en una columna volante ofensiva. Había dejado
las dos ametralladoras y cien mil tiros de la munición especial calibre .58 en el arsenal de Jartum antes de
marchar a su aniquilación en El Obeid.
Penrod las había encontrado ocultas bajo polvorientas lonas en los recovecos más oscuros del arsenal,
donde había ido a buscar un revólver para remplazar el perdido por Yakub. Estaba familiarizado con la
Gatling. Había seleccionado a dos equipos formados por los integrantes de las tropas egipcias que tenía a
sus órdenes que le parecieron más competentes, y, en el transcurso de una semana, les enseñó a servir las
armas. Aunque el mecanismo de fuego era complicado, habían aprendido rápido. Los cartuchos .58 de
percutor lateral encamisados en cobre entraban en el arma por gravedad desde un cargador vertical
ubicado en la parte superior de ésta. El operador disparaba entonces accionando una manivela que hacía
rotar los seis pesados caños de bronce en torno a un eje central. Cuando las balas caían de a una desde el
cargador, las recogía uno de los seis cerrojos accionados por los gases del disparo que la alojaba en la
recámara, donde era disparada y, una vez vacía, expulsada por gravedad. La cadencia de fuego dependía
del vigor con que el operador hiciese girar la manivela. Requería fuerza y resistencia mantener el fuego
durante más de unos pocos minutos, pero en la práctica, Penrod calculó que cada ametralladora disparaba
casi trescientos tiros en medio minuto. Por supuesto que en cuanto se calentaba se atascaba. No conocía
ninguna ametralladora que no lo hiciera.
En un aspecto, Hicks había tenido razón: las ametralladoras Gatling no eran muy móviles. Penrod se
había dado cuenta de que en el transcurso de un ataque nocturno sorpresivo, no sería posible moverlas de
un emplazamiento a otro en el perímetro de defensas de la ciudad, que se extendía por diez kilómetros.
Penrod resumió su plan:
-Hacerlos entrar por los supuestos puntos débiles hasta donde estén las Gatling, después cortarles la
retirada.
—¡De primera! —dijo Gordon, radiante—. Muéstreme otra vez dónde tiene intención de poner sus
trampas.
—Bueno, señor, me pareció que aquí, bajo el puerto, sería el lugar más obvio. —Gordon asintió con
la cabeza, aprobando. — El otro punto sería aquí, frente al hospital. —Penrod indicó con el índice en el
mapa. —Bajo estas dos posiciones hay un laberinto de calles estrechas. Las bloquearé con pilas de
escombros reforzados con vigas, y posicionaré las Gatling detrás de fuertes defensas de ladrillo... —
Pasaron la siguiente hora discutiendo el plan.
—Muy bien, Ballantyne, puede retirarse —dijo al fin Gordon.
Penrod le hizo la venia y se dirigió a la rampa por la que se bajaba del parapeto del fuerte. A mitad
del trayecto, se detuvo para escrutar hacia el norte. Sólo ojos tan agudos como los suyos habrían podido
distinguir el minúsculo punto oscuro en el cielo de azul acerado sin nubes. Al comienzo, pensó que se
trataba de un halcón saker que venía del norte, volando por sobre los descampados del desierto de
Monassir. Había notado que un casal de esas espléndidas aves anidaba bajo el alero del techo del arsenal.
Miró cómo se aproximaba la minúscula forma y meneó la cabeza.
—No es el típico aleteo del halcón. —La distante forma aumentó y él exclamó: — ¡Una paloma!
De golpe, recordó su última travesía desde el norte, cuando Yakub y él habían cortado el recodo del
río. Observó la llegada de la paloma con agudo interés. Al acercarse al río, comenzó a trazar un amplio
círculo —muy alto en el cielo acerado— cuyo centro era la ciudad de Omdurman.

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—Vuelve al palomar. —Reconocía la maniobra. Las palomas casi siempre comenzaban un vuelo
prolongado trazando una cantidad de círculos para orientarse, y procedían de la misma manera al regresar.
Esta ave trazó una amplia curva sobre el río, luego pasó casi directamente sobre la cabeza de Penrod.
—¡Otra maldita mensajera derviche! —Había distinguido el minúsculo rollo de papel de arroz que
llevaba atado a la pata. Sacó el reloj de su bolsillo y verificó la hora. —Pasan diecisiete minutos de las
cuatro. —Le había comprado el reloj al cónsul Le Blanc a un precio exorbitante para sustituir el que se
había empapado en su último cruce del río.
Vio cómo la paloma regresaba trazando otro amplio círculo que la hizo pasar por sobre el palacio
consular, para luego comenzar un largo descenso sesgado por sobre las aguas del Nilo. La última vez que
la vio fue cuando se lanzó en una abrupta caída hacia la bóveda encalada de la pequeña mezquita del sur
de tos suburbios de Omdurman.
Al deslizarse el reloj de vuelta al bolsillo, sintió que lo observaban y se volvió a mirar. La cabeza del
general Gordon asomaba por encima del parapeto.
—¿Qué ocurre, Ballantyne? —preguntó.
—No tengo la certeza de que sea así, general, pero apostaría un soberano de oro contra una pizca de
estiércol de paloma seco que el Madí tiene un servicio regular de correo por palomas con su ejército del
norte.
—De ser así, yo daría más que un soberano de oro para hacerme de uno de sus mensajes. —Gordon
lanzó una sombría mirada a la mezquita donde aterrizara la paloma. Había pasado casi un mes desde la
llegada de Penrod a la ciudad. Desde ese momento, no habían recibido noticias de El Cairo. No había
forma de adivinar qué les había ocurrido al general Stewart y su columna de rescate. ¿Habían comenzado
la marcha? ¿Habían sido rechazados? Por otro lado, tal vez sólo faltaran días para que llegaran.
—Ballantyne, ¿cómo puede conseguirme una de esas palomas? —preguntó Gordon en voz baja.
Poco después de las cuatro de la tarde siguiente, Penrod esperaba en la terraza del palacio consular, la
cabeza echada hacia atrás para observar el cielo del norte.
—¡Justo a horario! —exclamó cuando vio el punto sobre el cielo del norte, ligeramente más al este de
lo que esperaba. Cuando pasó por encima de su cabeza, calculó la velocidad y la altura del ave,
entornando los ojos. —Doscientos pies justos, y rápida como si se le incendiara la cola. ¡Difícil! —
murmuró. —Pero no hay viento, y he derribado faisanes que volaban más alto. —Se acarició el bigote,
que regresaba lentamente a su anterior gloria.

***
La cena de esa noche en el consulado fue formal. Había una docena de invitados, todo lo que quedaba
del cuerpo diplomático y de los funcionarios civiles del Jedive de El Cairo. Como de costumbre, Rebecca
oficiaba de anfitriona. David le había enviado una invitación a Ryder Courtney sin consultar a Rebecca ni
a Saffron, quienes, de haberlo sabido, habrían ejercido su derecho de veto.
Ryder había estado criando una vaquilla de búfalo en la esperanza de venderla con jugosas ganancias
cuando se levantara el asedio. Pero la perspectiva de salvación parecía alejarse cada vez más, y la búfala
tenía un apetito voraz que cada vez costaba más saciar. Cuando recibió la invitación de David, hizo
sacrificar al animal y envió un cuarto trasero a las cocinas del Palacio consular.
Rebecca reconoció que el regalo había sido una ofrenda de paz, que la ponía en un terrible brete.
¿Podía rechazarla, sabiendo que haría que la vetada fuese un éxito triunfal? Significaría que reconocía que
Ryder existía, algo que aún no estaba dispuesta a hacer. Resolvió el dilema haciéndole llegar una nota por

116
medio de Amber en la que agradecía el obsequio en nombre de su padre. Sabía que había sido una
debilidad de su parte, pero acalló su conciencia decidiendo no dirigirle ni una palabra si acudía a la cena.
Como de costumbre, Ryder llegó último. Lucía tan elegante con su chaqueta de etiqueta, y parecía tan
en paz consigo mismo y con el mundo, que la ira de Rebecca se exacerbó.
Nazira mintió, pensó mirándolo por el rabillo del ojo mientras charlaba afablemente con su padre y
con el cónsul Le Blanc. No sufre nada.
En ese momento se dio cuenta de que, a su vez, ella estaba siendo observada. Se volvió
repentinamente y vio que el capitán Ballantyne la estudiaba desde el otro lado de la habitación con esa
sonrisa de superioridad que ya comenzaba a enfurecerla. Siempre espiando, pensó. Antes de que pudiera
recuperar la compostura y desviar la mirada, notó que su cabello y sus patillas habían comenzado a
crecerle de modo muy sentador. Sintió que le ardían las mejillas, y esa sensación desconcertante en el bajo
vientre. Se volvió a Inoran Pasha, el anterior gobernador de Jartum, ahora subordinado al general Gordon.
Diez minutos más tarde, echó una subrepticia mirada en torno para ver si el capitán Ballantyne la
seguía espiando y sintió una punzada de irritación cuando lo vio absorto en las gemelas, o a ellas en él.
Tanto Amber como Saffron aullaban de risa de forma muy poco propia de damas. Lamentó haber cedido a
sus ruegos, permitiéndoles unirse a los invitados en vez de cenar con Nazira en la cocina. Se había
anotado un pequeño punto al ubicar a Saffron junto a Ryder Courtney: a la niña le costaría mantener su
voto de no hablarle nunca más. Había puesto al capitán Ballantyne tan lejos de ella como le fue posible,
cerca de la cabecera que ocupaba su padre.
El interior del anca de búfala lucía un glorioso color rosado, y chorreaba jugo. Los invitados se
mantuvieron en silencio mientras daban cuenta de sus porciones a toda velocidad. En cuanto se levantaron
los platos, el capitán Ballantyne le susurró algo a David, se puso de pie, le dirigió una inclinación a
Rebecca y salió de la habitación. Ella sabía que no debía esperar una explicación de su partida. Al fin y al
cabo, estaban en guerra y él era el responsable de la defensa de la ciudad. Sin embargo, lamentó haberse
perdido la ocasión de hacerle un desaire.
Miró al segundo objeto de su desaprobación, y vio que Saffron evidentemente había perdonado a
Ryder. Al comenzar la comida, él había ignorado el desdén de la niña, concentrándose en Amber, sentada
a su derecha. Eso casi había hecho a Saffron llorar de celos. Luego, cambió de táctica, concentrando todo
su encanto en ella. Saffron no se lo esperaba.
—Saffron, ¿sabes que Lucy tuvo cría? —Sin darse cuenta de que había caído en la trampa, escuchaba
ávidamente acerca de los gemelos que había dado a luz la cercopiteco, de cómo eran los bebés y de lo
orgullosa que estaba Lucy de ellos. Él los había bautizado Billy y Lily.
—Oh, ¿puedo ir a verlos mañana? Por favor, Ryder —exclamó Saffron.
—Pero Saffy, me dijo Nazira que no te sientes bien —dijo Ryder.
—Eso fue ayer. Me sentía bastante enfermiza. —Ryder supuso que "enfermiza" era una de sus nuevas
palabras. —Pero ahora estoy muy bien. Amber y yo estaremos allí mañana a las siete. —El duelo de
voluntades había terminado con una total capitulación de su parte.
Rebecca hizo un pequeño mohín ante la estupidez de la niña y volvió su atención hacia el cónsul Le
Blanc. Había oído que su padre le decía a Ryder que el diplomático era "una loca". Era una pena que no
pudiera preguntarle a Ryder qué significaba eso. Sonaba misterioso, y Ryder sabía todo. Supongo, pensó,
que en algún momento tendría que perdonarlo, pero todavía no.
El postre era un paté de torta verde con salsa de miel tibia: a instigación de David Benbrook, Bacheet
había robado el nido que las abejas silvestres habían hecho en el techo del palacio. Le había advertido

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severamente que limitara el saqueo sólo a un panal pues a David le gustaba lo dulce y quería proteger la
producción de las abejas. Ese plato también fue recibido con entusiasmo, y los bols de postre de porcelana
de Limoges fueron concienzudamente limpiados por las cucharas de los invitados.
—Nunca había disfrutado tanto una comida desde mi última visita a Le Grand Véfour en el ochenta y
uno —le aseguró Le Blanc a Rebecca.
A pesar de eso de la locura, es un viejo estúpido más bien simpático, pensó ella. En este nuevo ánimo
benevolente, volvió a mirar a Ryder, cruzó sus ojos con los de él, y le sonrió, con una cabezada de
asentimiento. Le pareció que el evidente alivio de él era muy gratificante. ¿Será que me estoy volviendo
ligera de cascos?, se preguntó. No sabía muy bien en qué consistía ser ligera de cascos, pero se trataba de
algo que su padre desaprobaba o decía desaprobar.
Una vez que los invitados partieron y ellos subieron a la planta de las habitaciones por la escalera de
caracol, su padre le pasó el brazo por los hombros, la estrechó contra sí y le dijo que estaba orgulloso de
ella, y que se estaba convirtiendo en una mujer muy bella.
De modo que no piensa que me estoy volviendo ligera de cascos, pensó Rebecca, sintiendo, sin
embargo, una extraña insatisfacción. Mientras se preparaba para acostarse, susurró:
—Falta algo. ¿Por qué me siento tan desdichada? La vida es tan corta. Tal vez el Madí tome la ciudad
mañana y todo habrá terminado, y ni siquiera habré vivido.
Como si el monstruo la hubiera oído y se hubiese removido en su guarida, desde el otro lado del Nilo
se oyó el estrépito de la artillería. Oyó el aullido de una bomba por encima de su cabeza y después su
explosión en algún lugar del barrio nativo cercano al canal. Con los cabellos formando una nube dorada
sobre sus hombros, se puso su bata de seda, bajó la luz de la lámpara al mínimo y abrió la puerta que daba
al balcón. Vaciló, sintiéndose culpable e indecisa.
—No habrá nadie allí —se dijo firmemente—. Ya pasa de medianoche. Si está despierto, estará en la
ribera con esas Gatling.
Salió al balcón y antes de poder detenerse, miró hacia abajo, buscando entre las ramas extendidas del
tamarindo. Sintió una intensa punzada de decepción cuando se dio cuenta de que su suposición había sido
correcta. No había nadie allí. Suspiró, se reclinó sobre la balaustrada y miró a la otra orilla del río.
Hoy el Beduino Chiflado se fue a dormir temprano, pensó. Desde el anochecer, sólo había disparado
ese único cañonazo, y ahora todo estaba en silencio. A la luz déla luna, vio cómo los murciélagos se
zambullían y trazaban círculos cazando insectos en las ramas superiores del ficus del fondo de la terraza.
Después de unos minutos, volvió a suspirar y se enderezó. No tengo sueño, pero es tarde. Debo irme a la
cama, pensó.
Un fósforo se encendió entre las sombras de debajo del tamarindo y el corazón le saltó en el pecho.
La llama se convirtió en un fulgor amarillo, y vio la cara de él, alumbrada como un perfil en un camafeo,
mientras que el resto de su cuerpo quedaba en sombras. Tenía un largo cigarro negro entre los dientes.
Llevó la llama a la punta de éste e inhaló profundamente. La llama ardió con más brillo.
—¡Oh, dulce Jesús! ¡Es tan hermoso! —La blasfemia brotó antes de que pudiera sofocarla. Sin
apagar el fósforo que ardía entre sus dedos, alzó el rostro hacia ella. Ella le devolvió la mirada. Los
separaban cincuenta metros, pero ella estaba hipnotizada, como un pájaro frente a una cobra.
Apagó él fósforo de un soplido y la imagen de su rostro desapareció. Sólo se veía el fulgor del
cigarro, que aumentaba y disminuía cuando inhalaba. Volvió a invadirla un dolor difuso y debilitante,
hasta que ya no pudo controlar sus emociones. Como en trance, se volvió lentamente, atravesó su
dormitorio y salió al pasillo. Pasó ante la puerta de los aposentos de su padre y sus pies descalzos se

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apresuraron sobre la alfombra de seda que llevaba hasta la escalera. Corrió, súbitamente aterrada ante la
posibilidad de que cuando llegara a la terraza él ya no estuviera allí. Manipuló con torpeza el pestillo de la
puerta principal y le pareció que transcurría una eternidad hasta que se abrió. Corrió por el parque, y se
paró en seco cuando vio la silueta oscura de él ocupando exactamente el mismo lugar que antes.
Se quitó el cigarro de la boca, lo arrojó sobre las lajas de piedra y aguardó. Los pies de ella se
volvieron a mover por propia voluntad, lentamente al principio, después más rápido.
—No puedo... No quiero... —tartamudeó.
—No hables —ordenó él. Y ella se sintió abrumada por una profunda gratitud, aunque no pudo
entender por qué. Fue hacia sus brazos, que se cerraron sobre ella. Perdió todo contacto con la realidad.
La boca de él sabía a humo de cigarro mezclado con precioso almizcle, un destilado de ámbar gris
masculino, un raro elixir de deseo. Se sintió aterrorizada e indefensa, pero al mismo tiempo tan a salvo y
protegida como si la hubiesen trasladado mágicamente al torreón de una fortaleza de hadas.
Su bata de seda y el liviano camisón de algodón no eran obstáculo para él. La piel de ella ardía,
caliente debajo de sus prendas, pero los hábiles dedos de él encendieron fuegos más profundos e intensos
en su interior. Cerró los ojos, echó hacia atrás la cabeza y sucumbió a sus caricias. Súbitamente, jadeó y
sus ojos se abrieron ante una sensación casi demasiado exquisita para soportarla. El doloroso nudo de la
boca de su estómago estalló, remplazado por una sensación nueva y maravillosa que inundó todo su ser.
Miró hacia abajo y vio que el frente de su bata estaba abierto hasta el ombligo y que la boca de él estaba
apoyada contra su pecho. Sentía sus dientes en el pezón, y pensó que tal vez la mordiera hasta llegarle al
corazón.
Él la alzó en sus brazos, y ella se sintió ingrávida. La depositó en el suelo, y sintió la hierba fresca y
suave bajo su espalda. Le alzó los faldones de la bata, y ella sintió que el aire de la noche le acariciaba los
muslos y el vientre. Sintió el peso de él sobre ella. La tocaba donde nunca la habían tocado antes. Sus
muslos se separaron.
El cañón rugió al otro lado del río. Oyó el aullido de la bombas al aproximarse y sus piernas se
cerraron como las hojas de una tijera. La bomba pasó por encima de ella, tan cerca que le quitó el aire,
impidiéndole gritar. Se estrelló sobre el ala este del palacio, y estalló en una nube de llamas, polvo, yeso y
ladrillos que volaban.
Con toda su fuerza, lo empujó y rodó de debajo de él. Se incorporó de un salto y corrió, sus largas
piernas blancas alumbradas por la luna, como una gama asustada de su nido en el bosque. Atravesó la
terraza a la carrera y se precipitó escaleras arriba. Frenética, entró en la habitación de las gemelas, al lado
de los aposentos de su padre. Se lanzó sobre ellas, y las tomó en brazos, abrazándolas fuerte. Sollozaba
por el alivio de verlas a salvo, y de haber escapado también ella.
—¿Están bien, queridas mías? Oh, Jesús querido, gracias por salvarnos. Las estrechó con más fuerza,
pero las niñas, malhumoradas, sólo querían seguir durmiendo.
—¿Por qué nos despertaste? —preguntó Saffron.

—¿Qué te pasa, Becky? ¿Por qué lloras? —dijo Amber, bostezando y frotándose los ojos—. ¿Por qué
te portas de esta manera estúpida?
Antes de que pudiera replicar, entró su padre, llevando una linterna.
—¿Están bien, niñas?
—¿Qué pasó? ¿Por qué tanto alboroto? —quiso saber Saffron.

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—De modo que ni siquiera las despertó, ¿eh? —rió David—. El Beduino Chiflado se sentirá
mortificado. Lleva meses disparándole al palacio. La primera vez que logra dar en el blanco, siguen
durmiendo como si nada ocurriera. Me parece una falta de respeto.
—Oh, ¿fue una bomba? —dijo Amber—, creí que era un sueño.
—¿Dónde, papi? ¿Dónde dio?
—En el ala este, pero allí no hay nadie. No hay nadie herido, nada incendiado. Todo está a salvo.
Las gemelas se durmieron antes de que Rebecca las dejara; pero una vez que ella volvió a su cama,
no pudo conciliar el sueño. Intentó rezar.
—Buen Jesús, manso y bueno, gracias por cuidar a papá y a las gemelas. Gracias por salvarme de...
—No le pareció necesario entrar en detalles: Él sabía todo —...un destino peor que la muerte. —Había
leído la expresión en algún lado, y ahora parecía el momento adecuado para usarla. —Por favor, líbrame
de la tentación. —Pero la oración no pareció servir de mucho. En verdad, no sentía que hubiera sido
salvada; al contrario, se sentía como si la hubieran privado cruelmente de algo de gran valor, algo tan
precioso como la vida misma.
Recordó cómo la había tocado y otra vez sintió un dolor allí, donde habían estado los dedos de él. Se
tocó tímidamente para cerciorarse de que no la hubiera lastimado. Dio un respingo de pánico al sentir que
sangraba, que estaba caliente y mojada. Alejó su mano y la alzó hacia la luz de la luna que entraba a
raudales por la ventana. Sí, sus dedos estaban húmedos, pero no de sangre. Volvió a poner la mano donde
estaba y sintió otra vez el dolor que crecía en su interior. Jadeaba e imágenes perversas se proyectaban
dentro de sus párpados, que cerraba con fuerza. Penrod Ballantyne de pie frente a ella, desnudo, con el
cuchillo en la mano. Imaginó que sus propios dedos eran los de él.
La gran bola que tenía en su interior explotó y el dolor desapareció. Sintió una maravillosa sensación
de libertad y euforia. Caía de espaldas, más allá del colchón, hundiéndose en un cálido y oscuro nido de
sueño. Cuando Nazira la despertó, el sol entraba a raudales por la abierta puerta del balcón.
—¿Qué te pasó, Becky? Estás radiante como un durazno maduro en la rama cuando le da el sol de la
mañana.
El árabe es un idioma tan romántico, pensó Rebecca. Concuerda a la perfección con mi estado de
ánimo.
—Nazira querida, siento que ésta es la primera mañana de mi vida —replicó en el mismo lenguaje, y
se preguntó por qué Nazira parecía, de pronto, tan preocupada.

***
Penrod entendía la renuencia de David a separarse aunque fuera por unas pocas horas de sus
preciosas escopetas de doble caño calibre doce, el mejor modelo London de James Purdey & Sons. Eran
armas extraordinarias y adivinó que probablemente le hubieran costado tanto como cincuenta libras cada
una.
—Doscientas cincuenta —lo corrigió David—. Tanto el zar Alejandro de todas las Rusias como el
kaiser Guillermo de Alemania tienen armas casi idénticas a éstas.
—Le aseguro que son necesarias para una muy buena causa, señor. Le doy mi solemne palabra de
honor de que las cuidaré como si fuesen mi primogénito —insistió Penrod tratando de ser convincente.
—Espero que las trate mejor que eso. Siempre es posible concebir un niño. En cambio, Purdeys como
ésta son un asunto completamente distinto.

120
—Tal vez debo explicarle para qué necesito tomarlas prestadas.
David lo escuchó con atención. A medida que Penrod contaba, su intriga crecía. Finalmente, suspiró,
resignado.
—Muy bien, pero con una condición. Las gemelas van con ellas. —Ante la expresión azorada de
Penrod, continuó. —Son mis cargadoras, y les he enseñado a ser adecuadamente respetuosas con mis
armas.
Ambas niñas se sintieron deleitadas de que se les hubiese asignado esa misión, Amber más que
Saffron. Era una oportunidad de tener a su héroe para ella por un rato. Estaban listas y esperaban en la
terraza del palacio una hora antes de lo previsto.
Cuando Penrod llegó, insistieron en instruirlo en los misterios de cómo pasar y manipular una
escopeta. Él se dio cuenta en seguida de lo seriamente que se tomaban su tarea. Para seguirles la corriente,
fingió ignorancia y les hizo algunas preguntas estúpidas.
—¿Dónde se ponen las balas?
—No son balas, tonto. Son cartuchos —explicó Amber con aire de importancia. Ella era la instructora
en jefe. Saffron y ella habían debatido el tema la noche anterior, cuando las luces ya estaban apagadas y
ellas debían haber estado durmiendo. Finalmente, Amber zanjó la discusión: —Saffy, Ryder puede ser tu
amigo especial, pero el capitán Ballantyne es mío. ¡Recuérdalo!
Cuando se trató del manejo de las escopetas, Penrod se mostró deliberadamente torpe y lento para no
privar a Amber del placer de corregirlo.
—Cuando se la pase, debe tratar de recordar extender la mano izquierda con la palma hacia arriba,
capitán Ballantyne, así puedo poner la parte delantera de la escopeta en su mano.
—¿Así, señorita Amber? —Logró contener la risa, mientras recordaba cómo, a la misma edad que
Amber tenía ahora, le habían permitido asistir por primera vez a la gran cacería familiar en Clercastle, en
la frontera de Escocia, donde había podido ocupar su lugar en la hilera como un hombre.
—No ponga la mano tan alta, capitán Ballantyne, que no alcanzo. —Detestó llamar la atención sobre
la diferencia de altura entre ambos. Finalmente, quedó satisfecha. Hasta lo felicitó por sus progresos: —
Debo decir que aprende rápido, capitán Ballantyne.

—Creo que usted y yo formamos un excelente equipo, señorita Amber —replicó con seriedad, y
Amber se sintió mareada de satisfacción.
—Sí, pero, ¿usted ha disparado alguna vez antes? —Saffron se sentía excluida, sensación a la cual no
estaba acostumbrada.
—Una o dos —le aseguró Penrod.
—Mi papá es uno de los mejores tiradores de Inglaterra —le informó Saffron con aire de
importancia.
—Estoy segura de que el capitán Ballantyne hará las cosas bien. —Amber le dedicó una mueca de
desaprobación a su gemela. ¿No podía Saffy mantenerse en silencio por una vez?
—Bueno, veremos si es así —dijo Saffron con altivez.
Los tres esperaron impacientes sobre la terraza, las gemelas compitiendo acerca de cuál de ellas
distinguiría antes la paloma. La vieron al mismo tiempo, y chillaron de excitación. Las puntas de las alas
del ave eran blancas como hueso. Relumbraban al sol. Al cruzar el río volaba alto, y cuando pasó por

121
encima de ellos, mucho más. Los perdigones eran efectivos a una distancia de casi sesenta metros, pero
esta paloma estaba al menos a cien metros de altura.
—¿Por qué no disparó? —preguntó Saffron al verla pasar.
—Estaba fuera de alcance —le dijo Penrod—. Si la toco y llega levemente herida al palomar, los
derviches se darán cuenta de nuestras intenciones. No las usarán más. Debemos matarla limpiamente.
—Papá la habría matado fácilmente.
—Miren, viene hacia aquí otra vez —dijo Amber, tratando de que su hermana no provocara al
capitán.
La paloma dio un amplio giro detrás de las desperdigadas construcciones de Omdurman, volvió a
cruzar el río, trazando un ángulo hacia la ribera y perdiendo altura gradualmente.
—Esto debería servir —murmuró Penrod alzando el arma. El movimiento fue pausado, casi distraído.
Su brazo izquierdo se extendía casi en línea recta con los cañones, su mejilla derecha se apoyaba sobre el
vástago de la culata. Encañonó al ave desde atrás de la cola, y siguió con un movimiento fluido su línea de
vuelo. En el instante final, cuando su índice se curvó sobre el gatillo, adelantó ligeramente el arma.
Disparó, y el retroceso alzó el cañón. Con un movimiento fluido volvió a apuntar el arma, poniendo
manos, hombro y cabeza en la misma posición de antes. Se volvió a oír un estampido, y el arma saltó
mientras lanzaba un chorro de negro humo de pólvora por el cañón derecho.
—¡Erraste! —gritó Saffron.
El ave iba tan alto que hubo una demora perceptible entre el estampido del disparo y la llegada de los
perdigones. La paloma perdió altura y vaciló en el aire. Sus patas se estiraron y comenzó a caer.
—¡Le diste! —aulló Amber.
Entonces, la rociada del segundo disparo impactó en el ave herida, y oyeron el castañeteo de los
perdigones sobre el plumaje. Un perdigón impactó en la garganta del animal, que echó hacia atrás la
cabeza cuando le llegó al cerebro.
—¡Muerta! —chilló Amber—. ¡Muerta al instante en el aire! Ni papá lo habría hecho tan bien. —Las
alas de la paloma se plegaron y se precipitó a tierra, pero aún la movía el impulso del vuelo y comenzó a
desviarse hacia el agua.
—¡Va a caer al río! —gritó Penrod alarmado, arrojándole la escopeta a Amber. La tomó por sorpresa,
pero la atajó antes de que tocara tierra. Atravesando el parque de un salto, Penrod se lanzó a la carrera
hacia la ribera, y ella corrió detrás de él, entorpecida por la pesada arma.
Durante un momento, pareció que el ave muerta caería en tierra firme, pero entonces, la brisa la
desplazó. Penrod se paró en seco en la fangosa franja que bordeaba el agua y miró espantado cómo la
paloma caía con un chapuzón treinta yardas río adentro. El cuerpo flotó en el centro de un creciente
círculo de ondas y azules plumas pectorales sueltas.
—¡Un cocodrilo! —gritó Amber detrás de él. A cien yardas de la paloma derribada Penrod vio
emerger una cabeza monstruosa. Su piel tenía tantos nudos y escamas como la corteza de un viejo olivo.
—¡De los grandes! —vociferó Amber.
—¡Va por la paloma! —exclamó Saffron.
Penrod no dudó. Se quitó las botas y las dejó a un lado, y corrió hacia la orilla arrancándose la camisa
de un tirón, de modo que los botones volaron como trigo que se siembra al voleo. Luego fue el turno de
los pantalones de montar, y quedó sólo con sus calzoncillos, de llamativa seda carmesí. Corrió dentro del
agua verde hasta que le llegó a la cintura, unió las manos por encima de su cabeza, y se zambulló. En el

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momento mismo en que su cabeza emergió a la superficie, dio una poderosa brazada. El cocodrilo, atraído
por el movimiento, avanzó hacia Penrod, impulsándose con su poderosa cola.
—¡Regresa! —gimió Amber—. ¡Deja esa tonta ave!
Penrod nadaba furiosamente, pataleando vigorosamente con ambas piernas, cortando el agua. El
cocodrilo se movía mucho más rápido que él. Estaba en su elemento, pero debía recorrer el triple de
distancia que Penrod. Éste llegó hasta donde el ave flotaba, la tomó de la cabeza con la boca y se volvió
para regresar a tierra.
—¡Más rápido! —gritó Amber, desesperada—. ¡Te está alcanzando; ¡Más rápido, por favor! ¡Por
favor!
El gran saurio había concentrado toda su atención en el hombre. En lugar de zambullirse, nadaba
sobre la superficie, agitando la cola, que dejaba una bullente estela a su paso, de un lado a otro. Estaba tan
cerca que se veían brillar sus ojos como opacas canicas amarillas. Largos colmillos sobresalían de sus
labios escamosos, encajando en filas alternas. Se dirigía a las piernas desnudas de Penrod.
—¡Te va a atrapar! —Amber estaba enloquecida de miedo. No había recargado la escopeta, pero
ahora corrió el cerrojo y abrió la recámara. Sacó torpemente un par de cartuchos de la escarcela de cuero
que llevaba a la cintura, metió uno en la recámara y dejó caer el otro en el barro. No había tiempo de
recuperarlo o de tomar otro, de modo que cerró el arma. Se metió corriendo en el agua, que primero le
llegó a las rodillas, después a la cintura, finalmente a las costillas.
Penrod estaba directamente frente a ella, surcando el agua como un demente, dejando una espumosa
estela con sus patadas. Con frío horror, Amber observó cómo el monstruo acortaba distancias.
Repentinamente, se alzó del agua, con las quijadas abiertas de par en par. La mucosa de su boca y
garganta era de un bello amarillo ranúnculo. Estaba tan cerca que se distinguía claramente el colgajo de
piel que sellaba el fondo de su garganta, impidiendo que el agua inundase sus pulmones. Sus colmillos
eran agudos e irregulares. Olió el hedor obsceno de esas fauces abiertas. La bestia se precipitó hacia las
piernas de Penrod.
Amber alzó la escopeta y amartilló el percutor labrado. En otras circunstancias, habría necesitado
ambas manos para correr el fuerte resorte del seguro lateral, pero estaba poseída. La culata era demasiado
larga para poder apoyársela en el hombro, de modo que la sostuvo bajo la axila derecha. Apuntó,
manteniendo los ojos abiertos, como le había enseñado su padre, al pulsar el segundo gatillo. Si hubiera
gatillado con el primero, el percutor habría golpeado sobre vacío. David le había enseñado bien.
El arma saltó y bramó y una ráfaga de perdigones barrió el aire a pulgadas por encima de la cabeza de
Penrod. El estampido lo ensordeció. Amber y la escopeta volaron hacia atrás por el retroceso, y
desaparecieron entre los remolinos del río.
La perdigonada entera fue a dar en el garguero del cocodrilo. Sus grandes quijadas se cerraron con un
golpe como el de un portón de acero, y su cuerpo se curvó en un arco tendido de agonía. El reluciente
hocico negro casi le tocó la cola. Con la mitad del cuerpo fuera del agua, dio una voltereta hacia atrás, se
zambulló bajo la superficie y desapareció en un gran remolino de aguas verdes.
Penrod sintió el fondo bajo sus pies y se lanzó, tambaleante, hacia donde Amber se había hundido.
Los oídos le zumbaban dolorosamente por el estampido del disparo, y cuando sacudió la cabeza para
despejarlos, el empapado cuerpo de la paloma que colgaba de sus dientes le golpeó las mejillas. Dorados
zarcillos del cabello de Amber flotaban sobre la superficie como una bella planta acuática. Penrod tomó
un puñado y la arrastró a la superficie. Escupía y se atragantaba, pero empuñaba firmemente la escopeta
de su padre. Penrod la tomó de la cintura y, metiéndosela bajo el brazo, vadeó hasta la orilla llevando un
poco digno revoltijo de faldas empapadas, cabello y miembros que se debatían.

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—¡Suéltame! —se atragantó—. Por favor suéltame.
La depositó sobre sus pies.
—Tósela toda —ordenó—. No tragues nada. —La palmeó entre los homóplatos. Los albañales de la
ciudad desaguaban río arriba. No quena que la niña pereciera ante el soplido de la trompeta de cólera.
David y la mayor parte del personal del palacio habían estado observando desde la terraza y corrieron
hasta la orilla. Antes de que llegaran, Penrod se hincó frente a ella.
—¿Estás bien?
—Sí —jadeó—, pero la escopeta de papá se mojó.
—Qué niña valiente y maravillosa eres. —Penrod la abrazó con fuerza. —Te elegiría siempre como
compañera para un combate. —Mientras David se acercaba a la carrera, mantuvo su brazo en torno a los
hombros de Amber. —Disculpe que me tome estas libertades, pero le debo la vida a esta damisela.
—Perfectamente adecuado y justificado, capitán. Yo le voy a dar un beso.
Antes de que eso ocurriera, llegaron Nazira y Rebecca.
—¡Ese río mugriento! —Rebecca evitó la mirada de Penrod y alejó a Amber de él. —Nazira, la
meteremos en un baño de desinfectante. —Las dos se llevaron a Amber a toda prisa.

* * *
En el baño, mientras Rebecca y Nazira le quitaban sus vestiduras desordenadas y cubiertas de fango,
y Saffron echaba otro cubo de agua caliente en la tina de porcelana, Amber estaba arrobada.
—¿Oíste lo que dijo, Becky? Dijo que para una pelea, me tendría de compañera.
Evitando cuidadosamente responder, Rebecca se dirigió a la tina y volcó una generosa medida de
lisol en la misma.
Saffron no fue tan reticente.
—Me imagino que eso significa que ahora es tu festejante —se burló.
—Ya lo creo que algún día lo será. Espera y verás —Amber se puso los puños sobre los caderas
desnudas y fulminó a su gemela con la mirada.
—No seas tonta, Enana —la regañó Rebecca—. El capitán Ballantyne podría ser tu padre. Ahora,
métete en el baño de una buena vez.
Nazira sintió una punzada al ver a Amber meterse en la tina. El cuerpo de la niña parecía haber
cambiado, y pronto habría hondonadas y protuberancias femeninas en lo que hasta ahora era plano y
limpio.
Estoy perdiendo a todos mis bebés, se lamentó para sus adentros.

***
En cuanto se puso los pantalones de montar, Penrod examinó a la paloma. Era un ave grande, de
plumaje de bronce y puntas de ala blancas, probablemente hembra, pues éstas son las que saben retornar
mejor a su punto de origen. El mensaje que llevaba había sido plegado y enrollado hasta formar un
pequeño cilindro no mayor que la falangeta de su meñique, asegurado a la pata del ave con un fino hilo de
seda. Cortó el hilo con su cortaplumas, y se guardó el ave para enviarla después a las cocinas. Envolvió el

124
rollo de papel en su pañuelo para enjugarle el agua lo más posible, se puso las botas, y dejando a David
llorando por su empapada escopeta, se dirigió al cuartel general de Gordon en el ala oeste del palacio.

***
—Entiendo que su cacería tuvo cierto éxito. Había mucha excitación en la ribera —le dijo Gordon a
manera de saludo.
—Logré derribar una paloma, señor, y era mensajera.
—¿Recuperó el mensaje? —preguntó Gordon con ansiedad.
—Sí, pero no antes de que se diera un chapuzón en el río. No osé desplegarlo, porque temo que el
papel de arroz se desintegre.
—Echémosle un vistazo. Póngalo aquí. —Obedientemente, Penrod puso su pañuelo doblado sobre el
escritorio del general y lo abrió con cuidado. Estudiaron el pequeño rollo de papel.
—Parece estar todavía entero —murmuró Gordon—. Es su presa. Despliegúelo usted.
Con cuidado, Penrod cortó el hilo de seda con la punta de la hoja de su cortaplumas. El papel de arroz
era tan fino que se desgarró por los pliegues Cuando procuró abrirlo, pero la parte interna, que contenía el
mensaje, había quedado casi completamente seca debido a lo apretado del rollo. La tinta se había corrido
y por partes las palabras eran indescifrables.
—Necesitamos un libro para plancharlo hasta que se seque del todo —dijo Penrod.
Gordon le tendió su Biblia encuadernada en cuero.
—¿Está seguro, señor?
—El buen libro para una buena obra —respondió Gordon.
Penrod abrió la Biblia y extendió delicadamente la hoja húmeda entre sus páginas. La cerró y apretó
la cubierta con la palma de la mano. Gordon estaba visiblemente impaciente. Recorría el cuarto fumando
uno de sus cigarrillos turcos, hasta que al fin no pudo contenerse.
—La maldita cosa ya debe estar lo suficientemente seca.
Penrod abrió la Biblia con cuidado. La hoja de papel de arroz aún estaba intacta, achatada por la
presión, y no parecía que la tinta fuese a correrse más. Gordon le alcanzó una gran lupa.
—Sus ojos y su comprensión del árabe probablemente sean mejores que los míos.
Penrod llevó la Biblia hasta la mesa ubicada bajo la ventana, donde había mejor luz. La estudió
durante un momento, y comenzó a leer en voz alta la minúscula escritura curva: "Yo, Abdulá Sayid, hijo
de Fahl, emir de los baggara, saludo al victorioso Madí, que es la luz de mis ojos, e invoco para él la
bendición de Alá y de su otro Profeta, que también se llama Mohamed".
—La salutación de costumbre —gruñó Gordon.
Penrod continuó:
"Cumpliendo órdenes del victorioso Madí, monto guardia sobre el Nilo en Abu Hamed y mis
batidores vigilan todos los caminos que vienen del norte. El franco infiel y el turco despreciable se
aproximan por dos rutas distintas. Hoy, los vapores de los francos han pasado por la catarata de Korti".
Gordon golpeó el escritorio con la mano abierta.
—¡Dios sea loado! Ésta es la primera inteligencia dura que recibo en seis semanas. Si los vapores de
Wolesley pasaron por Korti, deberían llegar a Abu Hamed antes del fin de Ramadan.

125
—¡Si, señor! —asintió Penrod, no muy convencido.
—Prosiga, hombre, ¡prosiga!
—Aquí está un poco difícil. La tinta se ha corrido mucho. Creo que dice "Los regimientos de
camellos de los francos aún están acampados en los pozos de Gakdul, y ya llevan veintiocho días allí".
—¿Veintiocho días? ¿A qué diablos cree Stewart que está jugando? —preguntó Gordon—. Si tuviera
sentido común, se lanzaría sin pensarlo tanto. Podría estar aquí en diez días.
Ése es el estilo del Chino Gordon: lanzarse sin medir las consecuencias, hacer gestos grandilocuentes,
pensó Penrod, aunque mantuvo una expresión neutral.
—Stewart es del estilo gloria o muerte —dijo— pero tiene que contar con suministros si pretende
encabezar el asalto final contra la ciudad.
Gordon volvió a incorporarse de un salto y arrojó la colilla de su cigarrillo por la ventana abierta.
—Con dos mil tropas británicas de primera línea como las que tiene Stewart, yo podría defender la
ciudad hasta que el desierto se congele, pero él prefiere seguir en Gakdul pensando qué va a hacer. —Giró
sobre sus talones y volvió a enfrentar a Penrod. —Prosiga, Ballantyne ¿Qué más dice ahí?
—No mucho, señor. —Se inclinó sobre el ajado trozo de papel. —"En nombre del victorioso Madí, y
con la bendición de Alá, chocaremos con el infiel en Abu Hamed y lo destruiremos". —Penrod alzó la
vista. —Eso es todo. Al parecer Sayyid se quedó sin espacio.
—No es suficiente para dejarnos tranquilos —observó Gordon— y el Nilo sigue bajando.
—Con un par de los camellos rápidos de Ryder Courtney, Yakub y yo podemos llegar a los pozos de
Gakdul en tres días —dijo Penrod—. Le podría llevar un mensaje suyo a Stewart.
—No se me va a escapar tan fácil, Ballantyne. —Gordon rió con un corto ladrido irónico. —Al
menos no por ahora. Continuaremos siguiendo la marcha de las columnas de socorro interceptando las
palomas.
—Los derviches pueden aceptar que una o dos aves falten por haber caído presa de halcones —objetó
Penrod— pero no debemos alertarlos matando a todas las que lleguen.
—Claro que usted tiene razón. Pero necesito estar informado. Mate a una de cada cuatro palomas que
lleguen.

***
Muhamad Ajmed, el Victorioso Madí, paseaba por la ribera del gran río tomando el fresco de la tarde.
Lo acompañaban su califa y sus cinco emires de más confianza. Mientras andaba, recitaba los noventa y
nueve hermosos nombres de Alá y su séquito murmuraba la respuesta a cada uno.
—Al-Jafur, el que no mira nuestras debilidades.
—¡Dios es grande!
—Al-Wdi, el amigo de los justos.
—¡Dios sea loado!
—Al-Caui, el fuerte.
—Que su palabra triunfe.
Llegaron a la tumba del santo al-Rabb y el Madí tomó asiento a la sombra del árbol que extendía sus
ramas sobre ella. Cuando sus jefes de guerra estuvieron reunidos, llamó a cada uno de ellos para que

126
reportaran su orden de batalla y describieran las tropas a sus órdenes. Uno tras otro, se prosternaron ante
él y le describieron sus preparativos. Así, el Madí supo que tenía setenta mil hombres acampados bajo las
murallas de Jartum; otros veinticinco mil se habían trasladado a Abu Hamed, doscientas millas al norte,
para esperar a las dos fuerzas británicas en el recodo del río. Estos ánsar eran los mejores, y su ardor
religioso y devoción por la yihad contra el infiel los más fieros. El Madí sabía que no había ejército infiel
capaz de vencerlos.
El Madí le sonrió a Osman Atalan.
—Dime qué sabes del enemigo —ordenó.
—Oh, Poderoso y Victorioso Señor, amado de Dios y del Otro Profeta, has de saber que cada día
Abdulá Sayid, emir de los baggara, envía una paloma desde su campamento en Abu Kela. sobre el recodo
del río. Algunas de ellas no llegan a mi palomar, pues aves de presa y otros peligros interrumpen su vuelo,
pero la mayor parte llega a mis manos.
El Madí asintió.
—Habla, Osman Atalan. Dinos qué novedades nos traen estas aves de los movimientos del enemigo.
—Sayid informa que los vapores de los infieles, que son siete, han pasado la última catarata por
debajo de Korti, y que ahora que han pasado la peor parte de su travesía, apresuran su marcha. Viajan casi
cinco veces más rápido que antes de la catarata. Llevan muchos hombres y grandes cañones.
—El Señor los hará caer ante mí, y serán destruidos —dijo el Madí.
—¡Dios es grande! —asintió Osman Atalan—. La segunda columna de los infieles ha llegado a los
pozos de Gadkul. Se ha detenido allí. No sabemos por qué. Creo que allí no hay suficiente forraje para
alimentar a los camellos para la pesada tarea que les espera. Esperan en Gadkul a que les lleguen más
suministros desde Wadi Halfa.
—¿Cuántas tropas tienen los infieles en Gadkul?
—Divino Madí, Sayid ha contado más de mil francos, y aproximadamente esa misma cantidad de
camelleros, guías y sirvientes.
—¿Están locos esos francos? —preguntó el Madí— ¿Cómo sueñan con vencer a mis cien mil ánsar?
—Tal vez permanezcan en Gadkul a la espera de refuerzos —sugirió delicadamente Osman.
—Esos infieles también serán destruidos. Ningún mortal puede prevalecer contra la voluntad de Dios.
Así me dijo Dios.
—Alá todo lo ve y todo lo sabe.
—Sabed que muchas noches, Alá me ha visitado en forma de águila de llamas. Me ha confiado
muchos secretos que son demasiado poderosos para que el vulgo los conozca —dijo con su suave voz
meliflua, y se inclinaron frente a él.
—Bendito sea el Madí, pues sólo él oye y entiende la palabra de Alá —recitó el califa Abdulahi.
—Alá me ha dicho que antes que los infieles, los francos y los turcos puedan ser expulsados del
Sudán y del reino terrenal de Alá y del Islam, mi enemigo Gordon Pacha debe ser destruido. Alá me ha
dicho que Gordon Pacha es el ángel negro, Satanás, disfrazado de hombre.
—Que sea maldito por siempre y nunca vea el rostro de Dios —exclamaron.
—Alá, el Omnisciente, me ha dicho que quien separe la cabeza de Gordon Pacha de su tronco, como
si fuese un fruto amargo y venenoso, y me la traiga y la ponga a mis pies, será eternamente bendito y

127
tendrá preparado un lugar en el paraíso, a la derecha de Dios. También tendrá poder y riqueza en este
mundo material.
—¡Dios es misericordioso! ¡Dios es grande! —recitaron.
—Alá me habló, y me dijo el nombre de mi sirviente que me traerá la cabeza del infiel —anunció
solemnemente el Madí, y se postraron ante él.
—¡Que yo sea ese hombre!
—Si me toca a mí, no quiero otro honor que ése en esta vida o en la próxima.
El Madí alzó las manos, y quedaron en silencio.
—Osman Atalan, de los beya, acércate más a mí —dijo. Osman, gateando sobre manos y rodillas, se
le acercó. —Alá me ha dicho que tú eres el hombre.
Lágrimas de alegría rodaron por las mejillas del emir. Inclinó su cabeza sobre los pies del Madí y les
lavó el polvo con sus lágrimas. Luego, se soltó el turbante y con sus largos rizos negros secó los pies del
Profeta Elegido de Dios.

* * *
—El Nilo está cayendo —dijo Osman Atalan— y Dios y su Madí nos tienen reservada una tarea. —
Sus aggagiers se acercaron más a la hoguera del campamento y contemplaron su rostro a la luz de las
llamas. —Nos han escogido entre todos los guerreros de Alá. Estamos bendecidos más que ningún otro
hombre, pues se nos ha concedido la maravillosa oportunidad de morir por la gloria de Alá y su Madí.
—Aprovechemos el generoso regalo que nos hace Dios. Ordena, Gran Señor —suplicaron sus
aggagiers.
Estudió con orgullo sus fieras expresiones. No eran hombres, sino leones comedores de hombres.
—Nuestra sagrada misión es llevarle al Divino Madí la cabeza de Gordon Pacha, pues el omnipotente
y poderoso Alá ha dicho que cuando esto ocurra, expulsará para siempre al infiel de esta tierra y el Islam
vencerá en el mundo entero.
Al-Noor preguntó:
—¿Esperaremos a la temporada del Nilo bajo, de modo que podamos hacer pie firmemente sobre la
ribera de la ciudad y abrirnos paso hasta su interior?
—A cada día que nos demoramos, las fuerzas de Satanás continúan bajando desde el norte. Sus
vapores cargados de hombres y cañones ya avanzan río arriba. Sí, el río aún está alto, pero el Señor ha
despejado una senda para que la usemos. —Osman batió palmas. Un anciano se acercó renqueando a la
luz de las llamas y se hincó frente a él. —No temas, amado del Señor. Nadie te hará daño. Diles a estos
hombres lo que sabes.
—Nací y viví toda mi vida en la Ciudad de la Trompa de Elefante, Jartum. Pero desde que el
Victorioso Madí asedia la ciudad, la maldición de Alá ha caído sobre ella. Esos infieles y turcos que
pretendieron resistirse a su sabiduría y su verdad sufren como nadie ha sufrido antes que ellos. Sus
barrigas vacías se les adhieren al espinazo, sus niños son devorados por el cólera, los buitres se hartan de
cadáveres podridos, los padres matan a palos a esas aves y las comen medio crudas, con los buches aún
llenos de la carne de sus propios hijos. —Los aggagiers se movieron inquietos mientras oían el relato.
Comer la carne del ave que había devorado a sus hijos, vaya abominación. —Quienes no están demasiado
debilitados por el hambre huyen de la ciudad condenada, cuyas defensas están desguarnecidas y
debilitadas. Yo soy uno de los que huyeron. Pero, como vosotros, soy de los que quieren ver a los infieles

128
expulsados para siempre del Sudán, y a ese hijo de todo lo que es maligno, Gordon Pacha, destruido. Sólo
entonces podré regresar a mi hogar, en la paz del Madí.
—Que el Señor te lo conceda —murmuraron. El hombre era viejo y frágil, pero admiraban su
espíritu.
—Los turcos que combaten para Gordon Pacha han visto tan reducidos sus números por la
enfermedad, el hambre y las deserciones que el infiel ya no puede defender las murallas de la ciudad. En
su lugar, Gordon Pacha ha puesto hombres de paja, meros espantapájaros para asustar a los timoratos.
—¿Qué es eso de los hombres de paja? —preguntó Hassan Ben Nader— ¿Es cierto?
—Lo es —confirmó Osman—. He navegado hasta cerca de la boca de la ensenada en el dhow de este
valiente anciano. Hay un punto de las defensas donde un albañal desemboca en el río pasando por un
portal de piedra. Es el principal desagüe de las cloacas de la ciudad. Gordon Pacha ha puesto en ese portal
y sobre las murallas a uno y otro lado del mismo soldados de paja para remplazar a los que murieron o
huyeron. Sólo asoman sus cabezas por encima de los parapetos. Unas pocas viejas los mueven de un lado
a otro de modo que, desde esta orilla, parecen vivos. No hay nadie que pueda detener un ataque. En una
sola incursión, podemos atravesar la brecha. La ciudad y todos sus habitantes serán nuestros.
—Habrá grandes cantidades de oro y alhajas —musitó al-Noor.
—Hay mujeres en la ciudad, cientos de mujeres. Los turcos llevaron allí a las mujeres más bellas del
Sudán y sus tierras linderas como esposas, concubinas y esclavas. Habrá al menos una docena de mujeres
para cada uno de nosotros. —Los ojos de Hassan Ben Nader relucieron a la luz de la hoguera. —El
cabello de las mujeres de los francos es como seda amarilla y su piel como crema espesa.
—No habléis de oro y esclavos. Peleamos por la gloria de Alá y de su Madí —dijo Osman,
regañándolos por su codicia—. Después de eso, peleamos por nuestro propio honor y por ganarnos un
sitio en el paraíso.
—¿Cuándo atacaremos a esos hombres de paja? —Al-Noor rió de excitación. —Llevo demasiado
tiempo sentado en mi harén, y estoy engordando. Es hora de volver a pelear.
—Dentro de tres noches, será luna nueva, y por la noche cruzaremos el río. Para empezar,
desembarcaremos doscientos hombres en la playa; no hay lugar para más. Cuando forcemos la brecha,
otros mil nos seguirán, y después de ellos, mil más. Al alba, estaré de pie sobre los parapetos del fuerte
Mukran con la cabeza de Gordon Pacha en mis manos, y la profecía quedará cumplida. —Osman se puso
de pie e hizo un signo de bendición sobre ellos. —Aseguraos de que vuestras espadas estén afiladas y
vuestras esposas preñadas antes de que crucemos el río.

—El viejo pescador, tío de Yakub, ha dado la señal. Un puñado de azufre en las llamas de su fuego
de cocinar, y la nube de humo amarillo que esperaba Yakub —le informó Penrod al Chino Gordon.
—¿Podemos confiar en este sujeto, Yakub? Me parece un maligno sinvergüenza.
—He confiado en él a menudo y en circunstancias del más grave peligro, y sigo con vida, general. —
Penrod controló su ira, aunque con dificultad.
—¿Nos ha avisado cuándo atacarán los derviches, si es que lo hacen?
—No señor, no lo sabemos —admitió Penrod—, pero es de esperar que sea en luna nueva.
Mientras Gordon verificaba la fases de la luna en su almanaque, David Benbrook, el tercero de los
hombres allí presentes, dio su evaluación de las posibilidades de éxito.

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—Este tío de Yakub es un hombre valiente. Ha estado a mi servicio desde que llegué a Jartum.
Siempre me suministró información confiable. —David estaba sentado en una silla junto a la ventana.
Últimamente, el general y él pasaban juntos mucho tiempo. Parecían compañeros poco adecuados, pero a
medida que aumentaban las tribulaciones de Gordon, parecía encontrar solaz en los de su misma raza.
Penrod estudió disimuladamente el rostro de Gordon mientras éste le hablaba a David. Aun en
reposo, un nervio se estremecía en su párpado derecho. Ésa era sólo una señal visible de hasta qué punto
estaba en tensión. Uno de los indicios más profundos y significativos era su comportamiento: sus brutales,
inhumanos, excesos. A Penrod le parecía que éstos se hacían más crueles a cada día que pasaba, como si
el kurbash, el pelotón de fusilamiento y la horca pudiese demorar la caída de la ciudad. Hasta él debe
darse cuenta de que nuestra lucha está llegando a su fin, y la población no tiene esperanzas ni le importa
qué ocurra. ¿Cree que puede obligarlos a cumplir con su deber convenciéndolos de que las consecuencias
de desobedecer serán peores que nada que les pueda hacer el Madí? Al menos, Benbrook es un hombre
compasivo, pensó, sin dejar de observar el rostro del general. Su influencia sobre Gordon sólo puede ser
positiva.
Dejó de lado esas consideraciones cuando Gordon se incorporó y se dirigió a él abruptamente.
—Bajemos al puerto a inspeccionar sus preparativos para este ataque inminente, Ballantyne.
Penrod sabía que era imprudente que Gordon se hiciese ver en las murallas mientras se esperaba el
ataque: había demasiados espías atentos a cada uno de sus movimientos, y los derviches eran demasiado
astutos como para no sospechar que preparaba algo contra ellos. Sin embargo sabía que no era buena idea
tratar de convencer de nada al hombrecito.
Pero Penrod no debía haberse preocupado: Gordon era un zorro demasiado viejo y astuto como para
conducir a los sabuesos a la entrada de su madriguera. Antes de dejar el palacio, Gordon se quitó su
característico fez y lo remplazó por un turbante mugriento, el extremo del cual le ocultaba la mitad de la
cara, y se cubrió el uniforme con una galábiyya manchada de aspecto corriente. De lejos, parecía
cualquier humilde ciudadano de Jartum.
Cuando llegaron al puerto, Gordon no se hizo ver sobre los parapetos. Pero fue meticuloso y
concienzudo al inspeccionar los preparativos de Penrod. Escudriñó por cada una de las troneras que
perforaban las murallas de los edificios abandonados que daban al fétido albañal medio tapado por los
desperdicios. Se puso detrás de una Gatling y enfiló los relucientes caños múltiples en una y otra
dirección. Quedó disconforme con la zona muerta que quedaba directamente debajo de las bocas del arma.
Salió del nido de la Gatling, metiéndose en el limo del albañal y se puso en la línea de fuego, desde donde
avanzó hacia el bastión.
—Manténgame enfilado con el arma —ordenó.
El artillero apuntaba cada vez más abajo, hasta que, exasperado, meneó la cabeza.
—Está demasiado cerca, general. No puedo cubrirlo.
—Capitán Ballantyne, si los derviches alcanzan este punto, quedarán bajo la ametralladora. —
Gordon parecía complacido de haber pillado a Penrod en falta.
Penrod se dio cuenta de que el hecho de que Gordon lo hubiera sobrecargado de responsabilidades no
era excusa: había sido negligente, y se regañó a sí mismo en silencio. No haber notado algo tan elemental
era un error tan grande como que faltaran municiones para el arma, pensó amargamente. Les ordenó a los
ingenieros que desarmaran el muro de bolsas de arena y volvieran a construirlo en una ventana más baja.
—¿Dónde puso la segunda Gatling? —preguntó Gordon. Ahora que tenía a Penrod a la defensiva,
presionaba cada vez más.

130
—Sigue en el bastión de frente al hospital. Ése es el otro punto débil evidente en nuestro perímetro.
No me atrevo a dejar esa brecha sin defensas y apostar todo a que ataquen aquí. Los derviches pueden
incluso llevar a cabo dos golpes simultáneos contra ambas posiciones.
—Atacarán aquí —dijo Gordon en tono terminante.
—Concuerdo en que es la probabilidad más alta. De modo que aquí construí un segundo nido de
ametralladoras con el que puedo cubrir la playa y enfilar ambas márgenes del albañal. En cuanto el ataque
se desarrolle y el enemigo quede comprometido, puedo traer la segunda ametralladora desde el hospital
hasta aquí. Del mismo modo, si nos equivocamos y atacan el hospital, puedo desplazar esta ametralladora
para cubrir esa posición.
—¿Cuánto tomará mover las ametralladoras? —quiso saber Gordon.
—Estimo que unos diez minutos.
—Nada de estimaciones, Ballantyne. Lleve a cabo un simulacro y cronométrelo.
Al primer intento, el equipo de ametralladores tropezó con una pila de escombros que obstruía la
primera callejuela detrás del puerto. Debieron despejarla antes de poder pasar con la pesada cureña. El
segundo intento fue más exitoso: llevó doce minutos desplazarla por las calles y emplazarla en el nido
preparado para cubrir la playa y las márgenes del albañal.
—Estará oscuro —señaló Gordon—. El equipo debe estar en condiciones de hacerlo con los ojos
cerrados.
Penrod los tuvo practicando la maniobra hasta tarde por la noche. Quitaron todos los obstáculos y
escombros producidos por las bombas de las calles y callejuelas, y rellenaron baches y cunetas. Penrod
diseñó nuevos aparejos que permitían arrastrar el arma con menos esfuerzo.
A la mañana del segundo día, habían reducido el tiempo del desplazamiento a siete minutos y medio.
Todos los ejercicios se debían hacer en la oscuridad, después del toque de queda. Si los derviches se
enteraran de que estaban practicando mover las Gatling de un punto del perímetro a otro, sospecharían
que se les quería tender una celada. Penrod no estaba seguro de si sabían de la existencia de las dos armas:
en el arsenal estaban a salvo de ojos indiscretos, y probablemente habían sido olvidadas. Como sea, los
derviches sentían un intenso desprecio por las armas de fuego. Era poco probable que nunca hubieran
visto a las Gatling en acción, de modo que no tenían idea de su potencial destructio. Hasta ahora, había
cuidado de ejercitar a los ametralladores cuando estaban fuera de la vista del enemigo que ocupaba la otra
orilla del Nilo. Sólo disparaban las ametralladoras hacia el desierto vacío que se extendía al sur del
perímetro de la ciudad. Cuando no las usaban, las cubrían con lonas.
—Con su permiso, general, quisiera aposentarme permanentemente aquí en el puerto. Quiero estar en
el lugar cuando el enemigo lance su ataque. Según van las cosas, durante el tiempo que me toma llegar del
palacio hasta aquí, todo podría haber terminado.
—Bien —asintió Gordon—. Pero si los espías derviches descubren que usted se ha instalado
permanentemente aquí en el puerto, nuestro plan quedará arruinado.
—He pensado en ello, general, y creo que podré ocultar mi paradero sin levantar sospechas.

Reclutaron la ayuda de David Benbrook para ocultarles a todos, incluidas las hermanas Benbrook y el
personal del consulado, que sólo se había mudado al puerto. Se hizo circular la historia de que Penrod
había dejado la ciudad en secreto, enviado por el general Gordon con un mensaje para la columna de
socorro británica acampada en los pozos de Gadkul.

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Penrod encontró que su nuevo alojamiento distaba mucho del lujo de sus aposentos del palacio.
Instaló su angareb en una pequeña cueva en la pared del fondo del emplazamiento de la Gatling. No tenía
mosquitero, y se pasaba la mayor parte de la noche aplastando insectos: al anochecer, se levantaban en
nubes del albañal. Las magras raciones del palacio eran aumentadas por el ingenio de las hermanas
Benbrook, Nazira, el personal de cocina y, por supuesto, por la puntería de David Benbrook. En su nuevo
cuartel general, Penrod comía lo mismo que sus hombres. Gordon se había visto obligado a reducir las
raciones de dhurra por debajo del nivel de hambre, que ahora era una constante, espectral, compañera.
Yakub obtenía unas pocas cabezas de pescado secas y huesos de casa de su tío, y éstos iban a dar a la olla
que Penrod compartía con sus ametralladores. Algunos de los egipcios comían la médula de las palmeras
y hervían las tiras de cuero de sus angarebs. Aunque en su momento había desdeñado su sabor, ahora
Penrod extrañaba amargamente las raciones de torta verde que las hermanas Benbrook traían
regularmente del complejo de Ryder Courtney.
Penrod no podía permitirse ser visto en la ciudad, de modo que se confinó estrictamente al puerto.
Este encarcelamiento autoimpuesto era más irritante que el hacinamiento en que vivía y la repugnante
comida. Era un alivio dirigir toda su energía y su imaginación a los preparativos para el conflicto que se
aproximaba.
Su plan tenía dos partes. Primero, tenía que atraer a los derviches al desagüe del portal de piedra de la
muralla, y de ahí al angosto albañal que lo alimentaba. Luego, debía asegurarse de que no tuvieran modo
de salir, al menos, no con vida. Gordon limitaba sus inspecciones a las horas de queda. Penrod no
esperaba elogios del Chino Gordon, pero se aseguró de no darle más motivos de crítica.
Una vez que los preparativos estuvieron a punto, los elogios de Yakub fueron más entusiastas que los
de Gordon.
—Con la ayuda del inteligente Yakub, has construido un matadero. —Lanzó una risita. —Un
degolladero para los cerdos ánsar. —Instintivamente, jugueteó con la empuñadura de su daga mientras
contemplaba la estacada que habían erigido. Los hombres apilaban maderos secos de los edificios
abandonados de la ciudad en las hogueras que Penrod había ordenado construir a ambos lados del canal.
Había cuidado de que, una vez encendidos, los fuegos alumbraran a sus enemigos sin deslumbrar a sus
ametralladores y fusileros. Cada noche, en cuanto caía el sol, sus hombres empapaban las pilas de madera
con aceite de lámpara para que su combustión fuese casi instantánea.

***
La súbita y misteriosa desaparición de Penrod produjo distintos grados de consternación y
preocupación entre las hermanas Benbrook. La que menos sufría era Saffron. Sólo se vio privada de un
látigo con el cual castigar a su gemela. En su ausencia, ya no era satisfactorio atormentar a Amber con su
festejante. Además, la pena que Amber demostraba cuando sacaba el tema, reducía el placer de Saffron.
Burlarse era divertido; infligir dolor, no.
Por otro lado, Rebecca estaba acostumbrada a disimular sus verdaderos sentimientos, de modo que
Saffron no tenía ni idea de cuan profundamente la había afectado la desaparición de Penrod. De haberlo
sabido, habría tenido amplio campo para divertirse.
Cuando Amber se hubo convencido de que nunca volvería a ver al capitán Ballantyne y de que la
única solución a su trágica existencia era el suicidio, Yakub le salvó la vida. No se trató de un acto de
caridad deliberado: fue que Yakub quiso satisfacer sus bajos instintos.
El estricto confinamiento de su amo a las defensas del puerto, infestadas de mosquitos, no le agradaba
nada a Yakub. En los últimos meses, se había acostumbrado a una vida más regalada. Cada noche, Nazira

132
le suministraba un plato de la misma comida que disfrutaban el cónsul general y su familia. Sin ser gran
cosa, era muy superior al rancho de los ametralladores, que olía y sabía a pescado podrido y cueros de
animal.
Sin embargo, el elemento más perturbador de su nueva existencia era que cada noche yacía despierto
al pie del angareb de su amo, esperando el ataque derviche y preguntándose si Nazira le era fiel. A juzgar
por su comportamiento anterior, era altamente improbable que así fuera. Cavilaba sobre el hecho de que el
pérfido Bacheet, hijo ilegítimo de un beya y de una bailarina de placer gala no tuviera ningún tipo de
limitación en sus movimientos nocturnos. La idea de que Bacheet se deslizaba cada noche al angareb de
su amada mantenía a Yakub despierto noche tras noche con más eficacia que los mosquitos del albañal.
Se levantó en silencio, como si fuese a usar el balde que hacía de letrina. Uno de los centinelas le dio el
quién vive a la entrada del puerto, pero Yakub sabía el santo y seña.
Sin dormir, Amber se asomaba a la ventana de su dormitorio. Hacía ya tres días que el capitán
Ballantyne había desaparecido. Se torturaba pensando que podía haber sido capturado por los derviches
antes de llegar a las líneas británicas. Lo imaginaba prisionero del Madí. Había oído del destino que
aguardaba a aquellos que caían entre las manos ensangrentadas del monstruo, y supo que esa noche ya no
dormiría.
Bajo su ventana, alguien se movió en las sombras del patio. Ella se alejó rápidamente de la ventana.
Podía tratarse de un asesino enviado por el maligno Madí. Pero en ese momento, el hombre alzó la vista y
ella reconoció su guiño.
—iYakub! —susurró—. ¡Pero debería estar con Penrod camino a los pozos de Gadkul! —Yakub era
la sombra de Penrod: donde éste fuera, Yakub lo seguía.
Se dio cuenta de la increíble verdad. Si Yakub estaba allí, Penrod debía andar cerca. Finalmente, no
había ido a Gadkul. Desde hacía poco que pensaba en él llamándolo Penrod, no capitán Ballantyne.
La melancolía y los temores de Amber se desvanecieron. Sabía exactamente dónde se dirigía Yakub.
Se incorporó de un salto del banco, corrió sin hacer ruido a su ropero y se echó una capa ligera sobre los
hombros. Deteniéndose sólo el tiempo suficiente como para verificar que Saffron siguiera dormida, se
deslizó fuera de la habitación y bajó las escaleras en silencio, cuidándose de evitar el duodécimo escalón,
que siempre crujía y despertaba a su padre. Salió por la puerta lateral de la cocina y cruzó por el patio de
los establos rumbo a los aposentos de la servidumbre.
La ventana de Nazira estaba alumbrada por una lámpara. Encontró un buen puesto de observación en
una de las caballerizas vacías y se dispuso a aguardar. Pasó las siguientes horas tratando de imaginar qué
seria lo que mantenía ocupados a Yakub y Nazira durante tanto tiempo. Rebecca había dicho que hacían
el amor. Amber no estaba segura de en qué consistía este procedimiento: sus investigaciones más
diligentes no habían aumentado gran cosa su comprensión del tema. Sospechaba que la propia Rebecca, a
pesar de sus aires de conocimiento, era tan ignorante como ella.
—Es cuando las personas se besan —había explicado Rebecca con altivez— pero no es de buena
educación hablar de eso. —A Amber esto le pareció poco satisfactorio. La mayor parte de los besos que
había presenciado eran ligeros, y se daban, sobre todo, en la mejilla o en el dorso de la mano, lo cual,
como diversión, era bien poco. La única, flagrante, excepción, había sido el intercambio entre Ryder y
Rebecca que Saffron y ella habían presenciado, y que había producido tal alboroto. Eso había sido mucho
más interesante. Estaba claro que ambos participantes disfrutaban el proceso, pero aun eso había durado
menos de un minuto. En comparación, lo de Yakub y Nazira ya llevaba la mitad de la noche.
Le preguntaré a Nazira, decidió, luego tuvo una idea mejor.

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—En cuanto averigüe dónde se encuentra, se lo preguntaré a Penrod Es hombre, así que debe saber
cómo se hace.
Poco antes del alba, la luz de la habitación de Nazira se extinguió, y poco después Yakub apareció en
la puerta y se lanzó a las calles oscuras y silenciosas con culpable prisa. Amber lo vio hasta que llegó al
puerto, donde uno de los centinelas le dio el quién vive. Luego debió regresar al palacio antes de que
alguien se diera cuenta de que no estaba en su cama.

* * *.
—¿El gato se comió la crema? —preguntó Saffron. El ánimo eufórico de Amber contrastaba tan
marcadamente con su lobreguez de los últimos días, que se vio obligada a interrogar a su hermana,
cuando, más tarde, trabajaban juntas sobre las marmitas de torta verde en el complejo de Ryder Courtney.
Amber le dirigió una sonrisa dulce pero enigmática, pero no se dejó tentar.
Esa noche, una hora después del toque de queda, Penrod Ballantyne se asombró al oír la voz de
Amber, que discutía con los centinelas a la entrada del cuartel general del emplazamiento de las Gatling.
Se apresuró a salir, abrochándose el tahalí.
—Niña estúpida —la regañó con severidad—. Sabes bien que hay toque de queda. Te podrían haber
pegado un tiro.
Amber había esperado un recibimiento más cálido.
—Te traje un poco de torta verde. Debes de estar muerto de hambre. —Desenvolvió un pequeño
paquete que llevaba consigo. —Y una de las camisas limpias de papá. La que llevas puesta se huele desde
aquí.
Penrod estaba a punto de preguntarle de cómo se había enterado de su paradero, cuando, a la luz de la
linterna sorda, vio lágrimas de humillación en sus ojos. Pero ella pestañeó y se las tragó, enfrentándolo
con el mentón alzado.
—Además, capitán Ballantyne, debe usted saber que no soy una niña estúpida.
—Por supuesto que no, señorita Amber —dijo, cediendo de inmediato—. Me tomó por sorpresa. Es
que no la esperaba. Le pido disculpas.
Ella se alegró enseguida.
—Si me da esa camisa vieja, me la llevaré para lavarla.
Penrod se encontró en un dilema. Con la amenaza de un inminente ataque derviche al puerto, no
podía permitirle permanecer allí ni un minuto más. Por la misma razón, no osaba abandonar el
emplazamiento para escoltarla hasta el palacio, pero tampoco podía dejar que recorriera sola las calles
después del toque de queda. Podía enviar a Yakub con ella, pero lo nesitaba allí; No podía confiar en
nadie más. Eligió el mal menor.
—Me imagino que tendrás que pasar la noche aquí. No puedo permitirte que desafíes el toque de
queda y te vayas sola a tu casa —murmuró.
El rostro de ella se iluminó de placer. Ese golpe de suerte sobrepasaba holgadamente sus mayores
expectativas.
—Puedo hacer la cena —dijo.
—No hay mucho para cocinar, así que ¿por qué no compartimos tu tan generoso obsequio de torta
verde?

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Se sentaron en su angareb del hueco de la pared. No había cortinas en su alcoba, de modo que los
ametralladores hacían de involuntaria carabina, y mordisquearon la torta verde mientras conversaban en
voz baja. Era la primera vez que pasaba algún tiempo con ella, y Penrod no tardó en descubrir que Amber
era una compañera divertida. Tenía un pícaro sentido del humor que le gustó, y una pintoresca manera de
expresarse. Describió los varios viajes realizados junto a su padre, que iban de Ciudad del Cabo a El Cairo
y, finalmente, Jartum. Luego, calló abruptamente, se apoyó el mentón en la mano y lo observó con aire
reflexivo.
—Capitán Ballantyne, ahora que somos amigos, ¿sería usted tan gentil de responder a una pregunta
que me preocupa desde hace tiempo? Nadie parece conocer la respuesta.
—Me honra que considere que somos amigos. —Penrod se sintió conmovido. Era una niñita tan
graciosa. —Me deleitaría serle de ayuda, si eso fuera posible.
—¿Cómo hacen el amor las personas?
Penrod se quedó sin palabras ni aliento para pronunciarlas.
—¡Ah! —dijo, alisándose el bigote para ganar tiempo—. Creo que se hace de varias maneras. No
parece haber reglas fijas.
Amber se sintió decepcionada. Había esperado más de él. Era evidente que sabía tan poco como
Rebecca.
—Supongo que se besan como usted y yo vimos que se besaban Ryder y Rebecca. ¿Es así como lo
hacen?
—Indudablemente —dijo él, aferrándose con gratitud a la oportunidad que se le ofrecía—. Creo que
es exactamente así como se hace.
—Diría que después de un rato debe de ser bastante aburrido.
—Hay personas que se aficionan a ello —dijo Penrod—. Es cuestión de gustos.
Amber cambió de tema en forma que era desconcertantemente abrupta.
—¿Sabía que Lucy, la mona de Ryder, tuvo bebés?
—No tenía ni idea. ¿Niños o niñas? ¿Cómo son? —Agradecido, la siguió a terreno más firme.
Minutos después, los ojos de Amber se cerraron, se reclinó sobre el hombro de él y, como un
cachorro, se durmió instantáneamente. Ni siquiera se movió cuando él la tendió en el angareb y la cubrió
con la raída manta. Él estaba de buen humor, y sonreía mientras hacía su inspección de medianoche de las
defensas del puerto. Por una vez, todos sus centinelas egipcios estaban perfectamente despiertos. O los
estimulaban la proximidad del enemigo y el riesgo que ellos mismos corrían en esa posición avanzada, o
el hambre les quitaba el sueño.
Encontró un lugar cómodo en la plataforma de tiro avanzada y escuchó los tambores del otro lado del
río. Su ritmo monótono se hizo soporífico, y se encontró cabeceando. Se sacudió, sintiéndose culpable: si
el Chino Gordon me sorprende, seré yo quien se encuentre frente al pelotón de fusilamiento. Dio una
vuelta por el parapeto y volvió a su lugar. Se permitió relajarse y flotar hasta la orilla del sueño, pero
abriendo los ojos cada tantos minutos. Se había entrenado para recorrer esa cuerda floja sin caer. Al otro
lado del río, los tambores callaron.
Volvió a abrir los ojos y los alzó al cielo. El rojo Marte, dios de la guerra, cazaba en el cuadrante
meridional del cielo sin luna, acompañado de Sirio, el Perro, el que llevaba con su traílla. Era la hora más
oscura y solitaria de la noche. Se acercaba a la Orilla del sueño, pero sus ojos estaban abiertos.
—Penrod.

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Unos dedos frescos rozaron su mejilla.
—¿Estás dormido? —Volvió su cabeza hacia ella, conmovido porque se había dirigido a él por su
nombre de pila. Verdaderamente debía de considerarlo su amigo.
—No, pero tú deberías estarlo.
—Oí voces —susurró Amber.
—Tal vez fuera un sueño —replicó—. No hay voces.
—iEscucha! —dijo Amber.
Oyó el lejano ladrido de un perro en la orilla occidental, y otro que le contestaba desde la isla Tutti, a
más distancia río abajo. No quedaban perros en la ciudad. El último había sido matado y comido hacía
meses.
—Nada. —Meneó la cabeza, dubitativo, pero ella se aferró de su brazo, clavándole dolorosamente
sus pequeñas uñas.
—Escucha, Pen. ¡Escucha!
Sintió que sus terminaciones nerviosas se tensaban de golpe, como la línea de pesca cuando un pez
pesado muerde el anzuelo. Era un susurro tan leve, tan insustancial en la brisa de la noche, que sólo oídos
tan jóvenes y agudos podían haberlo detectado. Venía de lejos, del río. El agua transmite el sonido, pensó,
incorporándose rápida y silenciosamente. Tenue como la brisa entre las frondas de la palmera, oyó la
orden tradicional de arriar y plegar la vela latina de un dhow cuando éste atraca. Ahora, tendiendo el oído
al máximo, oyó el suave palmear de pies descalzos sobre una cubierta de madera, y el chasquido de la
lona. Segundos después, le llegó el crujido de un timón asordinado al girar en el vastago cuando el dhow
se puso de proa.
—Vinieron —susurró, y recorrió rápidamente la plataforma de tiro para alertar a cada uno de sus
hombres—. ¡Arriba! A las armas. Los derviches están aquí. No disparéis hasta que no os los ordene.
El sargento ametrallador le quitó la lona a la Gatling. La rígida tela crujió suavemente, y Penrod
chistó para hacerlo callar. Miró al cargador de munición de la parte superior de la reluciente arma. Estaba
lleno hasta el tope: seiscientos tiros. Levantó las tapas de las cajas de munición suplementaria. Estaban
todas sin traba. En la colina de Isandlwana, cuando los impis zulúes rompieron el cuadro británico, las
cajas de munición estaban trabadas, y los oficiales que tenían la llave Alien habían salido a patrullar. Ese
día, todos los soldados blancos habían muerto. Ryder Courtney le había contado que su hermano fue uno
de ellos. Esta noche, las cajas de munición estaban abiertas y los cuatro municioneros egipcios listos para
mantener lleno el cargador.
Corrió a la parte posterior de la plataforma de tiro. El cabo de los señaleros, al mando de un
destacamento de cuatro hombres, había abierto las cajas de cohetes, y diez bengalas se alineaban sobre sus
plataformas de tiro, con los conos de sus morros apuntando al cielo.
—Al primer disparo, lanza una bengala. Mantén una ardiendo en el cielo hasta que se dispare el
último tiro. Quiero toda el área iluminada como si fuese de día —ordenó Penrod.
No había tiempo para nada más. Penrod se precipitó hacia la plataforma de tiro avanzada para tomar
el mando desde allí. No podía confiar en los timoratos egipcios, quienes no podrían resistirse a abrir fuego
sin ton ni son al primer atisbo de los botes y antes de que los derviches hubieran desembarcado en la playa
y estuvieran bien adentro de la celada.
Tropezó con Amber, que lo seguía de cerca.

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—¡Virgen santa! Me había olvidado de ti. —La tomó del brazo y la arrastró a la entrada trasera del
recinto. —¡Corre! —ordenó—. Tienes que salir de aquí ya mismo. Éste ya no es lugar para ti. Hasta las
calles son más seguras. Corre, Amber, y no te detengas hasta no llegar a tu casa. —Le dio un firme
empellón, haciéndola pasar por la puerta y poniéndola en camino y, sin esperar a ver si lo obedecía,
regresó a la plataforma de tiro.
Amber corrió unos pocos pasos por la callejuela, luego se volvió y se deslizó otra vez por la entrada
del bastión. Vio a Penrod desaparecer en la oscuridad.
—Estoy harta de que me traten como a un bebé —susurró. Vaciló sólo un momento, y lo siguió.
Se movió en silencio, borrándose contra el parapeto para no llamar la atención de los hombres que
apuntaban por las troneras. Están demasiado ocupados para preocuparse por mí, pensó. Su confianza
aumentó, y apresuró el paso, buscando a Penrod. ¿Y si me necesita? No le serviré de nada sentada en mi
dormitorio en el palacio. Distinguió su alta silueta un poco más allá.
Penrod ya estaba de pie sobre el parapeto que daba a la playa. Los señuelos de paja ya habían sido
quitados, y ahora fusileros de carne y hueso se apoyaban sobre el parapeto, escudriñando la playa oscura.
Tenía la espada desenvainada en la mano derecha. Amber sintió un estremecimiento de orgullo. Es tan
valiente y noble, pensó. Encontró un lugar para esconderse en el ángulo de la pared del fondo y se
acurrucó allí. Desde allí podría vigilarlo. Un silencio tenso y frágil cayó sobre los hombres del parapeto.
De pronto, Amber se dio cuenta de qué pocos eran los que se alineaban a lo largo de la muralla,
separados unos de otros por veinte pasos. No parecían suficientes para detener a los hordas derviches.
Luego, uno que estaba cerca del escondite de Amber murmuró, tan bajo, que ella apenas pudo oír sus
palabras.
—Ahí vienen. —Su voz temblaba de miedo. El cerrojo de su Martini-Henry chasqueó cuando metió
una bala en la recámara. Se llevó el arma al hombro, pero antes de que pudiera disparar, una mano lo
abofeteó.
Cuando se tambaleó hacia un costado, Penrod lo tomó del cuello y le habló al oído:
—Si disparas antes de que dé la orden, te haré volar desde la boca del cañón— prometió. La
ejecución de al-Faroc había producida una honda impresión en los egipcios que la presenciaron. Penrod
regresó al hombre a su puesto de un empujón, y continuaron la espera.
Entonces, Penrod aspiró aire de golpe. El primer barco derviche se deslizaba hacia la playa. Cuando
tocó la arena, una oscura horda de ánsar descendió, metiéndose en el agua hasta la cintura y vadeó hacia la
estrecha franja de barro que corría bajo las murallas. Llevaban sus espadas a la altura del hombro y se
movían casi sin hacer ruido. Dé las oscuras aguas detrás de ellos, apareció una flotilla de dhows pequeños
y falucas, cada una llevando una apiñada masa de hombres.
—¡No disparen! —Penrod recorría el parapeto, controlando a su pequeña fuerza con su amenazante
susurro. Las falucas y dhows siguieron llegando, hasta que la playa estuvo atestada de cientos de ánsar.
No había lugar para todos en tierra firme, y los que iban a la retaguardia aún estaban metidos en el río
hasta la cintura. Los de la avanzada comenzaron a deshacer la barricada que bloqueaba la entrada al
albañal.
—¡Tranquilos! ¡Tranquilos! —exhortaba Penrod.
Una parte de la barricada se derrumbó, y los derviches entraron como un enjambre. Se alzó su grito
de guerra:
—¡El único Dios es Dios!

137
—¡Fuego graneado! —gritó Penrod, y los rifles tronaron. Los derviches avanzaban bajo el granizo de
balas. Entonces, las primeras bengalas cortaron el cielo nocturno, y se vio a las masas de derviches, que
pululaban como columnas de hormigas bajo la espectral luz verde. Los fusileros les disparaban, pero eran
tantos que las balas hacían poco efecto. Cuando las primeras filas llegaron a la muralla del puerto,
comenzaron a treparlas, presionados por los que venían detrás. Cuando llegaban arriba, los defensores los
ensartaban con sus bayonetas.
Penrod recorría la muralla disparando su nuevo revólver Webley a quemarropa en los rostros
barbados. Llevaba su sable en la derecha, y cuando su arma de puño quedó descargada, lanzó tajos y
estocadas con la hoja. Los ánsar muertos y heridos caían sobre sus camaradas, que trepaban por detrás de
ellos. La línea egipcia era demasiado endeble como para detenerlos durante mucho más tiempo: a lo largo
de toda la muralla, grupos de derviches ganaban posiciones. Sus mandobles de cruzado siseaban en el aire
como alas de murciélago. Uno de los egipcios se tambaleó y cayó del parapeto, con el brazo limpiamente
cortado por arriba del codo. Su sangre se veía negra como la tinta a la luz de las bengalas.
—¡Retirada! —gritó Penrod—. ¡A la segunda línea! —En medio de su terror, Amber se asombró de
lo clara que se oía su voz por encima del estrépito. Sus hombres formaron rápidamente una línea de
escaramuza, con las bayonetas caladas apuntando hacia adelante y se retiraron caminando hacia atrás a lo
largo de la muralla. Durante un terrible instante, Amber temió quedar atrás, pero se incorporó y corrió
como una liebre asustada. Supo por instinto que el emplazamiento de la Gatling era el punto más fuerte de
la defensa, y se dirigió hacia allí.
Lo alcanzó mucho antes que Penrod y sus hombres, y trepó como pudo hasta el remate de la pared de
bolsas de arena. Cuando colgaba de allí, alguien la tomó del brazo y la arrastró hacia abajo. Cayó sobre su
rescatador. Olía a cabezas de pescado podridas, y la fulminaba con un horrible guiño, su rostro verdoso a
la luz de las bengalas.
—Nazira te matará con sus propias manos si sabe que estás aquí. —La arrojó de un rudo empellón a
la cueva de la pared, en el momento mismo en que Penrod, a la cabeza de sus hombres, entraba a la
carrera.
—¡Ametrallador de la Gatling! ¡Abra fuego! —Penrod había escogido al hombre encargado de darle
a la manivela por su fuerza y su resistencia. El sargento Jaled era un colosal negro de las tribus nubias del
alto Egipto. Hombres como él eran los mejores soldados del ejército del jedive. Subía y bajaba como una
marioneta mientras hacía su trabajo. Los bruñidos cañones relucientes giraban como los rayos de la rueda
de un carro. El centellear intermitente de los fogonazos alumbraba el parapeto como si fuese un escenario.
Como el sonido que produciría un rollo de lona gruesa desgarrado por un gigante, un continuo chorro
de balas desgarró las apiñadas filas de los ánsar. Las pesadas balas de plomo se incrustaban en la carne
viva y aullaban al rebotar de los parapetos de piedra, ahogando casi el clamor de la fuerza derviche. La
Gatling, barriendo de un lado a otro, los guadañaba, amontonando pilas de cuerpos al pie de la muralla.
Los que venían detrás trepaban por encima de los cadáveres y agarraban los cañones de los fusiles que les
apuntaban por las aspilleras, tratando de arrebatar las armas humeantes de las manos de los defensores
parapetados tras la muralla. Los soldados les clavaban sus bayonetas, rugiendo con la furia de la batalla, y
los derviches respondían con los gritos de dolor que les arrancaba el acero al hundirse en sus cuerpos.
Entonces, los cañones de la Gatling volvieron a apuntar en esa dirección, barriéndolos como el viento
jamsin. Los últimos derviches cayeron rodando por el revestimiento de las murallas, donde yacieron
ovillados, o se arrastraron por el limo negro del lecho del albañal.
El sargento Jaled se incorporó y su arma quedó en silencio. Una feroz sonrisa blanca cortó su cara
negra, mientras ríos de sudor, que brillaban a la luz verde de las bengalas, corrían por su ancho pecho.

138
—¡Recargar! —gritó Penrod, recargando el tambor de su revólver de la canana que llevaba a la
cintura—. Preparados para la próxima oleada.
Los encargados de la recarga trajeron los baldes de munición a la carrera, y los relucientes cartuchos
encamisados en cobre cayeron en cascada al cargador de la Gatling. Otros muchachos encargados del
municionamiento corrían a lo largo del parapeto, repartiendo paquetes de papel de balas Boxer-Henry
para los fusileros. Los seguían los aguadores, virtiendo agua del pico de los odres directamente a las bocas
resecas de los hombres.
—Estad preparados. No están vencidos. Vendrán otra vez por el albañal. —Penrod recorrió el
parapeto habiéndoles a los hombres. El soldado del brazo cortado había muerto desangrado. Tendieron su
cuerpo contra la pared del fondo, cubierto con una manta. Penrod regresaba a la Gatling para insuflarles
coraje al sargento Jaled y sus ametralladores, pero al pasar por la puerta de su cueva, vio un pequeño
rostro blanco que lo miraba. —¡Amber! Creí que te habías ido.
Ahora que la habían descubierto, decidió no darle importancia a la cosa.
—Sabía que en realidad no querías echarme. De todos modos, ahora es demasiado tarde. Debo
quedarme.
Estaba a punto de discutirle ese punto, cuando desde las profundidades del lecho del albañal se alzó el
temido coro de los gritos de guerra de los derviches. Las hordas avanzaban en una inundación que
colmaba el canal de una orilla a la otra.
Penrod sacó la Webley de la funda y la abrió para verificar que tuviera todos sus tiros. La cerró con
un chasquido.
—Sé que sabes usar esto, te he visto practicando con tu padre. —Le tendió el arma, tomándola del
cañón. —Vuelve a la cueva. Métete bajo la cama. Quédate ahí hasta que esto termine. Dispárale a
cualquiera que te toque. Esta vez, haz lo que te digo. ¡Vamos! —Corrió de regreso al parapeto.
Los doscientos fusileros egipcios no esperaron sus órdenes para volver a abrir fuego. Las andanadas
azotaban el lecho del albañal, y la Gatling se estremecía y castañeteaba, arrojando un río de vainas
servidas que se apilaban en reluciente montón sobre el suelo del bastión, debajo de la cureña. Una serie de
bengalas de colores estalló a gran altura por encima de la batalla, alumbrando con vivida luz a los
derviches que avanzaban cuesta arriba entre el hediondo fango. Sus filas eran tan cerradas que cada bala
que les disparaban debía alcanzar a alguno. Sin duda, cualquier mortal se habría quebrado ante semejante
castigo, pero ellos continuaban su avance, pisando los cuerpos rotos y estremecidos de sus compañeros,
sus aljubas multicolores cubiertas de hediondo fango negro, sin dudar nunca, cada uno procurando
ubicarse en la primera línea de ataque, desafiando a la muerte, ansiosos por encontrarla en la boca
humeante de los fusiles.
Pero había una línea al pie de la muralla que ni siquiera su coraje les podía hacer atravesar. Allí, los
detenía la Gatling, como si se les interpusiera un muro invisible, al pie del cual se amontonaban pilas cada
vez más altas de hombres muertos. Una oleada de guerreros tras otra avanzaba, sumando sus cadáveres a
las crecientes pilas. Rápidamente, el albañal se transformó en un atroz matadero. Entonces, cuando el
ataque flaqueaba, el fuego de la Gatling se detuvo.
—¡Capitán! ¡Atasco! —vociferó el sargento Jaled—. ¡La ametralladora se encasquilló! —Cuando los
soldados egipcios comprendieron lo que significaban esas palabras, el horror se pintó en sus rostros a la
luz de las bengalas. A medida que entendían el alcance del desastre, su fuego iba cediendo, tartamudeaba
y terminaba por callar. Aun los ánsar del albañal quedaron capturados por el hechizo. Un silencio
fantasmagórico, antinatural, cayó sobre el campo de batalla, sólo interrumpido por los gruñidos y ayes de
los heridos. Sólo duró unos segundos.

139
Una voz habló.
—La ilaha illallah! ¡El único Dios es Dios! —Penrod reconoció la voz. Bajó la mirada al macabro
albañal y vio a Osman Atalan en la primera fila de las hordas derviches. Sus ojos se encontraron.
Entonces, el grito de batalla se elevó otra vez, coreado por cientos de gargantas, y los derviches volvieron
a avanzar. Como si el muro invisible que los contenía se hubiese hecho pedazos, treparon por las
márgenes resbaladizas y traicioneras del albañal, lanzándose sobre el bastión.
Las cabezas de los fusileros egipcios se volvieron, buscando una línea de retirada. Penrod conocía
bien ese gesto. Lo había visto ese día terrible en que el cuadro se rompió en El Obeid. Era el preludio a la
huida y el desastre.
—Mataré al primero que rompa filas —gritó, pero uno no le hizo caso.
Cuando se volvía para huir, Penrod dio un paso adelante y le dio una estocada en el vientre. La larga
hoja del sable entró como si estuviese engrasada, y la punta apareció por la espalda de la guerrera caqui
del hombre. Cayó de rodillas y aferró la hoja del sable con las manos desnudas. Penrod extrajo de un tirón
la hoja afilada como una navaja, cortando la piel, carne y tendones de la mano de su víctima. El hombre
gritó y cayó de espaldas.
—¡Manteneos en vuestros puestos y continuad disparando! —Penrod alzó la hoja empapada en
sangre. —O cantad la misma canción que este cobarde. —Regresaron a sus aspilleras y derramaron sus
andanadas sobre la masa de derviches que trepaba hacia ellos.
El sargento Jaled martillaba sobre el mecanismo de la recámara de la silenciosa Gatling con los puños
desnudos, dejando la piel de sus nudillos en los afilados bordes de metal. Penrod lo tomó del hombro y lo
hizo a un lado. A la luz de las bengalas, vio la aplastada vaina del proyectil encasquillada entre las fauces
de uno de los seis cerrojos accionados por el gas del disparo. Era un atasco tipo tres, el más difícil de
resolver. Por dura experiencia, Penrod conocía un truco. Arrebató la bayoneta de Jaled de la vaina que le
colgaba del cinturón y, con la punta de la hoja, trató de abrir las fauces del cerrojo.
Los derviches llegaban al remate de la muralla, trepando como ardillas por el tronco de un roble. Los
fusiles Martini-Henry callaron cuando los atacantes se deslizaron por las troneras y lucharon cuerpo a
cuerpo con los egipcios que se habían mantenido en sus puestos. El cerrojo de la cámara seguía
firmemente atascado. Penrod alzó la mirada: en ese momento, el destino de la ciudad y de todos sus
habitantes estaba en sus manos.
Uno de los muchos mitos que rodeaban la imagen del general Chino Gordon era que su voz se oía por
encima del estrépito de cualquier campo de batalla. Ahora, Penrod la oyó en medio del estruendo del
desastre inminente.
-Ametralladora número dos, abrir fuego. —Penrod nunca hubiera esperado darle la bienvenida a esos
tonos ásperos y dominantes. Llegaron claramente desde el emplazamiento secundario que Penrod había
construido en previsión de un momento como ése. Luego, se preparó para lo que venía y regresó su
atención al arma encasquillada.

* * *
Mientras esperaba despierto en el glacis de las fortificaciones del hospital, Gordon había oído las
andanadas iniciales de la batalla, y las bengalas que se elevaban hacia el cielo nocturno desde el puerto.
Despertó a los ametralladores. Montaron la Gatling sobre su cureña y la llevaron por las callejas y atajos
de la ciudad. Les llevó ocho minutos y medio alcanzar el puerto y emplazar la Gatling en la plataforma

140
vacía dispuesta para ella. Fiel a sí mismo, Gordon cronometró la operación. Dio una cabezada de
asentimiento y se volvió a meter el reloj de caza en el bolsillo.
—Ametralladora número dos, abrir fuego —dijo con voz áspera y el monstruoso trueno de los seis
barriles rotatorios sofocó los frenéticos gritos de guerra de los derviches. Una pared móvil de fuego barrió
implacablemente el revestimiento de la muralla que daba al albañal. Desde ese ángulo, los alcanzaba
desde la izquierda y atrás. Los disparos los hicieron caer de las murallas como manzanas maduras de un
árbol que se sacude. La mayor parte perdía sus armas al caer. Los que se volvían a incorporar eran
arrojados hacia adelante por la presión de los cuerpos que seguían brotando del albañal y quedaban
atrapados contra el pie de las murallas.
—¡Retirada! ¡Regresen! Se acabó. —Gritaban los que estaban al frente.
—¡Adelante! —vociferaban los que venían de la playa—. ¡Por Dios y su Madí Siempre Victorioso!
—El albañal se convirtió en un inmenso paquete de cuerpos hacinados, tan apretado que hasta los muertos
quedaban de pie, sostenidos entre sus camaradas vivos.
Penrod no podía ver lo que ocurría, pues toda su atención se concentraba en el cerrojo encasquillado.
Finalmente, logró meter la punta de la bayoneta tras el resorte de la recámara, y martilló la empuñadura
con la mano abierta. Ignoró el dolor y le gritó al sargento Jaled:
—¡Gira hacia atrás la manivela! —Jaled giró la manija en el sentido contrario a las agujas de reloj,
aliviando la presión sobre la recámara, y, de pronto, el cerrojo se cerró con un chasquido, con suficiente
fuerza para arrancar el pulgar de Penrod, que éste quitó a tiempo. La aplastada y deforme vaina salió
volando. Cuando Jaled soltó la manivela, el cartucho que esperaba en el cargador, cayó y entró
suavemente en la recámara. El percutor se alzó con un dulce, casi musical, chasquido.
—Ametralladora número uno amartillada y lista, sargento. —Penrod le palmeó el hombro a Jaled. —
¡Comience a disparar! —Jaled se inclinó sobre la manivela y el propio Penrod tomó las asas laterales y
bajó los cañones de modo que apuntaran sobre la confusión en que se debatían los enfangados ánsar. El
arma saltó, golpeó y se estremeció bajo las manos de Penrod.
Ni los más valientes pudieron soportar el fuego combinado de las dos Gatling. Los arrolló hasta que
se apiñaron en el portal del desagüe del albañal, apilando sus cuerpos como haces de leña sobre esa
angosta franja de playa. Mientras los sobrevivientes se tambaleaban por los bajíos, dirigiéndose a los
barcos, las balas alzaban espuma en torno a ellos. Cuando al fin subieron a bordo, las pesadas balas
astillaron las tablas de cubierta y derribaron a la tripulación que se acurrucaba en la sentina. Su sangre
corrió por los agujeros de bala y chorreó por el casco, como vino tinto que se derramara de la copa de un
ebrio.
Con sus cargas de cuerpos rotos sobre la cubierta, los dhows viraron, dirigiéndose a la otra orilla en la
primera luz del alba. Cuando los últimos salían de la ensenada del puerto, las Gatling cesaron su atroz
estruendo. El tímido silencio del alba sólo fue interrumpido por los lamentos de las flamantes viudas que
se elevaron desde la ribera de Omdurman.
Penrod se alejó de la Gatling, cuyos cañones estaban al rojo, como si los hubiesen calentado en la
fragua de un herrero. Miró en torno como quien despierta de una pesadilla. No lo sorprendió ver a Yakub
a su lado.
—Vi a Osman Atalan en la primera fila de las huestes enemigas —le dijo.
—También yo lo vi, amo.

141
—Si aún sigue en esta orilla del río, debemos encontrarlo —ordenó Penrod—. Si está vivo, lo quiero.
Si está muerto, debemos enviarle su cabeza al Siempre Victorioso Madí. Tal vez disuada a él y a sus ánsar
de atacar otra vez la ciudad.
Antes de dejar el bastión, Penrod le dijo al sargento Jaled.
—Ocúpate de nuestros heridos. Llévalos al hospital. —Sabía de qué poco serviría eso. Los dos
médicos egipcios habían desertado hacía meses del regimiento de Gordon, no sin haber robado y vendido
antes todos los suministros médicos. En el edificio del hospital, unas pocas comadronas árabes trataban a
los heridos con hierbas y pociones tradicionales. Había oído decir que Rebecca Benbrook había procurado
enseñar a las mujeres sudanesas cómo tratar a los heridos en formas más ortodoxas, pero sabía que ella
carecía de entrenamiento médico. No podía hacer mucho más que tratar de detener las hemorragias, y
asegurarse de que los heridos tuviesen agua hervida limpia para beber y raciones extra de dhurra y torta
verde.
No bien hubo terminado de hablar, oyó un grito. Miró en la direción de donde provenía y vio a una
mujer que llevaba amplias vestiduras negras inclinada sobre un derviche herido, Las mujeres árabes y
nubias de la ciudad tenían instinto para la muerte y el pillaje. Las primeras llegaban antes que los cuervos
y los buitres.
El derviche herido se debatió y retorció cuando la mujer le hizo adoptar la posición que quería
punzándolo con la punta de su pequeña daga.
Luego, con un tajo experto en la garganta, que comenzaba bajo la oreja y seguía camino hacia
adelante, le abrió las arterias carótida y yugular, alejándose para que la sangre no le manchara los
faldones. Penrod había aprendido hacía mucho a no interferir en situaciones como ésa. Las mujeres árabes
eran peores que los hombres, y ésta no intentaba ocultar en modo alguno lo que hacía. Se volvió.
—Sargento, necesito prisioneros para interrogar. Salve tantos como pueda. —Luego, le dijo a Yakub,
acompañando sus palabras con una cabezada. —Ven, Yakub, que todo lo ves. Busquemos al emir Osman
Atalan. La última vez que lo vi estaba en la playa, tratando de reagrupar a sus hombres mientras ellos
corrían hacia los barcos.
—Espérame, Pen. Voy contigo. —Amber había salido de la cueva.
Una vez más, él había olvidado su presencia. Sus cabellos estaban en enmarañado desorden, sus ojos
azules tenían ojeras color ciruela y su vestido amarillo estaba sucio de humo y polvo. El revólver era
demasiado grande para la mano que lo empuñaba.
—¿Acaso no me libraré nunca de ti? —dijo—. Éste no es lugar para ti, nunca lo fue.
—Las calles no son seguras —argumentó Amber—. No todos los derviches escaparon en los barcos.
Vi a cientos que se iban por allí. —Agitó la Webley en una dirección indefinida por encima de su hombro.
—Estarán esperando para poseerme y cortarme la garganta. —"Poseer" era una de sus nuevas palabras, de
cuyo significado aún no estaba muy segura.
—Amber, allí abajo hay muertos y moribundos. No es lugar apropiado para una damisela.
—Ya he visto muertos —dijo ella con dulzura— y aún no soy una dama, sino sólo una niña pequeña.
Solamente me siento a salvo contigo.
Penrod rió con una aspereza un poco excesiva. Al finalizar un combate, siempre sentía la cabeza
ligera y una sensación de irrealidad.
—¿Niña pequeña? Será sólo por tu estatura. Pero tienes todas las artimañas de una integrante de tu
sexo hecha y derecha. No puedo resistirme. Vamos, pues.

142
Se resbalaron y deslizaron por la pendiente hasta la orilla del albañal. Los primeros rayos del sol
doraban los alminares de la ciudad, y la luz aumentaba a cada minuto. Penrod y Yakub avanzaban con
cautela entre los cuerpos desgarrados por las balas de los ánsar caídos. Algunos aún vivían, y Yakub se
inclinó sobre uno de ellos, daga en mano.
—¡No! —exclamó Penrod.
Yakub adoptó una expresión agraviada.
—Sería misericordioso ayudar a esta pobre alma a entrar por las puertas del paraíso. —Pero Penrod le
indicó con un gesto a Amber y meneó la cabeza en forma aún más terminante. Yakub se encogió de
hombros y siguió su camino.
Penrod buscaba el turbante verde de Osman Atalan. Al agacharse para pasar por el arco de piedra por
donde el albañal desaguaba sobre la playa fangosa, lo distinguió: en la cabeza de un cuerpo que flotaba
boca abajo entre las ondas que lamían la orilla. A través de los pliegues de la aljuba que se adherían al
cadáver, vio que el cuerpo era esbelto y_atlético. Tenía dos orificios de bala en la espalda. El daño hecho
por la Gatling era enorme. Podía haber metido el puño por los agujeros. Unos pocos alevines de perca del
Nilo mordisqueaban los jirones de carne que colgaban de las heridas. El extremo del turbante colgaba
suelto, ondeando como un zarcillo de algas en la corriente. El largo cabello negro de Osman Atalan estaba
entrelazado con la tela.
Penrod, que hasta ese momento estaba eufórico, sintió que su ánimo caía en picada. Se sintió
engañado y enfadado. Debía haber sido algo más que eso. Había percibido que Atalan y él se enfrentaban
cara a cara en el cuadrilátero del destino. Ésa no era forma de terminar. Encontrar a su enemigo flotando
en un albañal, mordisqueado por los peces como la carroña de un perro, no era satisfactorio.
Penrod envainó su sable y se hincó sobre una rodilla junto al cuerpo flotante. Con gesto extrañamente
respetuoso tomó el brazo del muerto e hizo girar el cuerpo hasta que quedó boca arriba en el bajío. Lo
contempló atónito. Era un rostro de más edad que el que esperaba ver, menos noble, de cejas brutales,
labios gruesos y dientes rotos manchados por el humo de la pipa de hachís.
—Osman Atalan escapó. —Dijo en voz alta, aliviado. Sintió que lo inundaba un sentimiento de
clarividencia. Aún no había concluido. El destino los había entrelazado a él y a Osman Atalan como una
liana serpentina enlaza dos grandes árboles del bosque. Faltaba más, mucho más. Su corazón lo sabía.
Oyó un suave sonido a sus espaldas, pero no se alarmó. Pensó que serían Yakub o Amber. Siguió
estudiando las facciones del emir muerto, hasta que Amber gritó:
—¡Pen! ¡Detrás de ti! iCuidado! —Estaba ligeramente a la derecha de él. Mientras se daba vuelta,
supo que lo que había oído tan cerca no había sido ella. Y supo que era demasiado tarde. Tal vez, al fin y
al cabo, éste fuera el fin, aquí, en esta franja de barro junto al gran río.
Completó el giro, la mano en la empuñadura del sable, levantándose de sus rodillas, aunque sabía que
no podría ponerse de pie y desenvainar la hoja a tiempo. El derviche se había hecho el muerto. Era uno de
sus trucos. Enrollado como un áspid, había esperado el momento. Penrod había caído en la trampa: le
había vuelto la espalda y había envainado el sable. El derviche se había incorporado con el montante
alzado como un hachero que se dispone a darle el primer corte a un árbol. Ahora, balanceó todo su enjuto
cuerpo detrás del tajo. Apuntaba a unas pocas pulgadas por encima de la cadera izquierda de Penrod.
Penrod vio cómo la inmensa hoja plateada cortaba el aire hacia él, pero le pareció que el tiempo se
estiraba. Se sentía como un insecto atrapado en una jarra de miel, y sus movimientos eran lentos. Se dio
cuenta de que la hoja cortaría los blandos tejidos de su vientre hasta impactar en su espinazo por encima
del cinturón de la pelvis. Eso no la detendría. La circunferencia entera de su cuerpo ofrecería tan poca
resistencia como el esponjoso tallo de un banano. Ese único tajo lo cortaría limpiamente en dos.

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El disparo sonó a su derecha, el plano ladrido característico del estampido del Webley .44. Aunque
no miraba directamente hacia ella, Penrod era consciente de la silueta de Amber en la periferia de su
visión. Sostenía el arma con las dos manos estirando ambos brazos al máximo, pero el fuerte retroceso la
alzó por encima de su cabeza.
El atacante era un joven de barba rala y desordenada, con piel color caramelo picada de viruelas.
Penrod lo miraba a la cara cuando la pesada bala de Webley le dio en la sien izquierda y le atravesó la
cabeza por detrás de los ojos. Sus rasgos se distorsionaron como si fuesen una máscara de goma. Sus
labios se torcieron y alargaron y sus párpados aletearon como alas de mariposa. Los ojos abultaron en sus
órbitas y la bala salió de su sien derecha en una erupción de astillas de hueso y húmedos tejidos.
A mitad del golpe, sus dedos se abrieron, exánimes, y el arma voló de su mano. El arma pasó a un
palmo de distancia de la cadera de Penrod, girando en el aire hasta caer de punta en la barrosa orilla. El
derviche dio un paso atrás antes de que sus piernas cedieran y se derrumbaran.
Con la derecha sobre la empuñadura del sable a medio desenvainar, Penrod se volvió, contemplando
atónito a Amber. Fue hacia ella y tomó el Webley, lo enfundó y abrochó la tapa de la pistolera. Amber
sollozaba como si se le rompiera el corazón. Se estremecía y sus labios temblaban, mientras trataba de
decirle algo. Le puso un brazo en torno a los hombros y otro bajo las rodillas y la alzó como si fuese un
bebé. Ella se aferró a él enlazándole sus delgados brazos detrás del cuello.
—Por hoy ya basta —le dijo él suavemente—. Esta vez, te llevaré a casa yo mismo.
Cuando subió de la orilla, Gordon lo aguardaba en el bastión de la Gatling.
—Buen trabajo el de esta noche, Ballantyne. El Madí lo pensará una o dos veces antes de volver a
atacar y la población se animará mucho. — Encendió un cigarrillo, y su mano no temblaba. —
Arrojaremos los muertos derviches al río como advertencia flotante para sus camaradas. Tal vez algunos
floten hasta más allá de la garganta y nuestras tropas, que bajan por el río, los vean. Así sabrán que
resistimos. Tal vez los inste a moverse un poco más rápido. —Le echó un vistazo a Amber, que seguía
llorando en silencio. Todo su cuerpo se convulsionaba con los sollozos, pero sólo se oían pequeños
sonidos cuando tragaba aire. —Tomo el mando aquí. Puede escoltar a la damisela de regreso con su
familia.
Penrod sacó a Amber a la calle. Aún lloraba.
—Llora si te hace sentir mejor —le susurró— pero, en nombre de Dios, eres la cosita más valiente
que nadie haya conocido nunca. —Dejó de llorar, pero se le aferró al cuello con más fuerza.
Cuando se la entregó a Rebecca y Nazira, Amber había llorado hasta dormirse. Tuvieron que abrirle
las manos a la fuerza para que soltara el cuello de Penrod.

***
El general Gordon empleó su pequeña victoria para contrarrestar la paralizante desesperación de los
habitantes de la ciudad. Recogió los cadáveres del enemigo, doscientos dieciséis, los dispuso en hileras en
los muelles del puerto, e invitó al populacho a mirarlos. Las mujeres los escupieron, y los hombres los
patearon e insultaron, invocando la maldición de Alá y condenándolos a los ruegos y tormentos del
infierno. Gritaron regocijados cuando los cadáveres fueron arrojados al río, donde los cocodrilos se
apoderaron de ellos haciendo chasquear sus mandíbulas y los arrastraron bajo la superficie.
En todas las plazas y zocos de la ciudad, Gordon hizo poner boletines oficiales en los que anunciaba
que las columnas británicas de socorro estaban en marcha y que era casi seguro que llegarían en pocos
días. También les dio la alegre noticia de que los derviches estaban tan descorazonados por su devastadora

144
derrota y por la cercanía de las columnas británicas que vastos números desertaban de las negras banderas
del Madí y marchaban al desierto, de regreso al territorio de sus tribus. Era cierto que había un gran
movimiento de tropas derviches en la orilla opuesta, pero Gordon sabía que marchaban en orden de
batalla para oponerse a las columnas británicas de socorro.
Otro boletín, más bienvenido, anunció que el general Gordon había duplicado la ración de dhurra a
ser entregada de los depósitos que mantenía en el arsenal. Ese mismo boletín se informaba que los
suministros que quedaban bastaban para alimentar a la población hasta la llegada de la columna de
socorro. Aseguraba que cuando los vapores atracaran en el puerto, descargarían miles de sacos de grano.
Esa noche, Gordon hizo encender hogueras en la plaza de armas. La banda tocó hasta medianoche y
el cielo nocturno volvió a iluminarse con cohetes y bengalas coloreadas.
Temprano por la mañana siguiente, convocó a una reunión más sombría en su cuartel general. Sólo
había otros dos participantes: David Benbrook y Penrod Ballantyne.
Gordon miró primero a Penrod.
—¿Ha hecho el último inventario de provisiones de grano?
—No llevó mucho tiempo, señor. A las diez de anoche quedaban cuatro mil novecientos sesenta
sacos. La entrega de raciones dobles ayer consumió quinientos sesenta y dos. Al actual ritmo de consumo,
nos queda dhurra para quince días más.
—En tres días me veré obligado a reducir la ración a la mitad otra vez —dijo Gordon—, pero no es
momento de decírselo a la población.
David pareció escandalizado.
—Pero general, indudablemente la columna de socorro estará aquí en dos semanas. Así lo aseguran
sus propios boletines.
—Debo proteger a la población de la verdad —replicó Gordon.
—¿Cuál es, entonces, la verdad? —preguntó David.
Gordon contempló la ceniza de su cigarrillo antes de contestar.
—¿La verdad, señor? La verdad no es un monolito fundido en hierro. Es como una nube en el cielo,
que cambia de forma constantemente. Según desde donde uno la vea, ofrece un aspecto distinto.
—No me cabe duda de que ésa es una descripción de gran valor literario, pero no muy útil dadas las
circunstancias —dijo David con una lóbrega sonrisa—. ¿Cuándo podemos esperar que llegue la columna
de socorro.
—La información que estoy por revelar no debe salir de las cuatro paredes de esta habitación.
—Entiendo.
—Seis derviches fueron tomados prisioneros en el puerto.
—Habría supuesto que serían más —dijo David, frunciendo el ceño
—Lo eran. —Gordon se encogió de hombros. David sabía que era mejor no profundizar el tema. Eso
era Oriente, y las normas que lo regían eran otras. Los interrogatorios bajo tortura eran parte de esas
normas. —Los seis prisioneros fueron interrogados por mi sargento Jaled. Obtuvimos mucha información
útil, aunque no tranquilizadora. Al parecer, los vapores de la división fluvial se demoraron en Korti.
—¡Buen Dios! En este momento ya deberían estar en Abu Hamed — exclamó David—. ¿Qué es lo
que los retrasa?
—No lo sabemos, y especular es en vano.

145
—¿Qué ocurre con la división del desierto de Stewart?
—La misma triste historia. Stewart está acampado en los pozos de Gad-kul —le dijo Gordon.
—No parece posible que ninguna de esas divisiones pueda alcanzarlos antes de fin de mes —musitó
David, mirando a los otros en la esperanza de que lo contradijeran. Ninguno respondió.
Gordon rompió el silencio.
—¿Cuál es el estado del río, Ballantyne?
—Ayer bajó cinco pulgadas —replicó Penrod—. Cada día que pasa, la bajante es más rápida.
—¿Se puede decir "bajante" en referencia al descenso del nivel de las aguas de un río? —preguntó
David, como tomando en broma las serias implicaciones de la situación.
Gordon ignoró la frívola pregunta.
—Los prisioneros también nos dieron otra información. El Madí ha enviado a otros veinticinco mil de
sus combatientes de élite al norte para reforzar su ejército. En este momento hay cincuenta mil derviches
concentrados en Abu Hamed. —Hizo una pausa, como si prefiriera no continuar. —Stewart tiene dos mil
hombres. Eso significa que lo sobrepasan veinticinco a uno. Los derviches saben exactamente qué ruta
debe seguir para alcanzar el río. Elegirán con cuidado el terreno antes de atacar.
—Stewart es un excelente oficial —dijo David tratando de sonar confiado.
—Uno de los mejores —asintió Gordon—. Pero veinticinco a uno es mucho.
—En nombre de Dios, debemos advertir a Stewart del peligro.
—Sí, esa es mi intención. —Gordon dirigió la vista a Penrod. —Voy a enviar al capitán Ballantyne a
los pozos de Gadkul a advertirlo y guiarlo.
—¿Cómo pretende que haga ese viaje, general? Por cuanto sé, no hay camellos en la ciudad Todos
han sido comidos. Sólo hay un vapor, el Intrepid Ibis de Ryder Courtney, pero el motor sigue sin
funcionar. Es altamente improbable que un dhow vaya a atravesar las líneas derviches.
Gordon sonrió glacialmente.
—He descubierto que el señor Courtney es propietario de un excelente rebaño de al menos veinte
camellos de carrera. Ha sido lo suficientemente prudente como para mantenerlos lejos de la ciudad, donde
yo podría haberlos encontrado, y los envió al desierto, a un pequeño oasis a dos días de camino hacia el
sur. Allí están, pastoreando al cuidado de algunos de sus hombres.
David lanzó una risita.
—Ryder Courtney tiene más flechas en su aljaba que pulgas un mono.
—Para alguien que acaba de cuestionar mi empleo del idioma, ésa es una imagen tan magníficamente
confusa que llevaría un año encontrarla si uno se la pusiera a buscar —le dijo Penrod con una sonrisa.
—Cuando lo presioné con respecto a los camellos, inicialmente negó ser el dueño. —Gordon no
sonreía. —Luego, negó que tuviera intención alguna de ocultarlos de mí, y dijo que se trataba de una
simple cuestión de disponibilidad de pasto para sus animales. Los requisé de inmediato. Si hubiera sido
honesto conmigo desde el principio, podría haber considerado compensarlo.
—Tal vez no cumpla con sus órdenes —dijo David. —Ryder Courtney es un hombre de espíritu
independiente.
—E instinto avaricioso —asintió Gordon—. Pero, en este caso, sería muy poco prudente discutir
conmigo. Aun bajo ley marcial, uno vacilaría antes de fusilar a un subdito de la Reina, pero él tiene varios
depósitos colmados de marfil y un amplio surtido de animales exóticos, pero comestibles. —Gordon

146
adoptó un aire virtuoso. —Mi lógica persuasiva prevaleció. Courtney les mandó decir a sus pastores del
oasis que traigan los camellos, y espero tenerlos a disposición de usted pasado mañana.
—No tenía ni idea de la gravedad de la situación —murmuró David—. De haberlo sabido, no le
habría permitido a mi hija que organizara una celebración de la victoria del puerto. Ha planeado una
velada mañana por la noche. Desgraciadamente, nuestras cocinas ya no pueden suministrar cenas
elaboradas. Sin embargo, habría recitales de piano y de canto. Si le parece poco apropiado, general, le diré
a Rebecca que cancele la velada.
—De ninguna manera. —Gordon meneó la cabeza. —Aunque no asistiré, las festividades de la
señorita Benbrook mantendrán la farsa y los ánimos. Decididamente, debe seguir adelante con sus planes.

***
Amber y Saffron abrieron el programa musical con Greensleeves tocando a dúo en el piano. Poco
importaba que el piano de cola del palacio consular estuviese tan lamentablemente desafinado: las
gemelas compensaban con su entusiasmo lo que les faltaba en otros aspectos.
Esa noche, Rebecca fue una anfitriona vivaz y alegre, y su padre no pudo dejar de notar su cambio de
ánimo. La semana anterior la había visto triste y melancólica, pero ahora cantó Spanish Ladies con Ryder
Courtney, convenciéndolo después de que interpretara como solista My Bortnie Lies Over the Ocean. El
público lo recibió con entusiasmo Saffron, en particular, lo aplaudió, arrobada.
Luego, Amber arrastró a Penrod a la escena.
—Tú también debes cantar. Todos tienen que cantar o hacer algo.
Penrod cedió de buena gana.
—¿Sabes tocar Heart of Oak? —preguntó, y Amber corrió al piano. La voz de Penrod los sorprendió
y emocionó a todos: era desenvuelta, lírica y aniñada.

¡Vengan muchachos!
A la gloria vamos,
Agreguemos algo
a este hermoso año...

Cuando la canción finalizó, Rebecca pestañeó para ocultar las lágrimas que afloraron a sus ojos
mientras exclamaba alegremente:
—Se servirá un refrigerio antes del próximo acto.
Sirvió fuerte café abisinio en delicados pocillios de porcelana de Limonges. No había leche ni azúcar.
Mientras le servía al capitán Ballantyne, le volcó involuntariamente café caliente sobre las relucientes
botas.
Su padre, que la observaba desde el otro lado de la habitación, la vio ruborizarse hasta ponerse de un
vivo escarlata, y pensó que su confusión era tan poco propia de ella como su torpeza. Repentinamente,
entendió el motivo de ambas. El bonito soldado la tenía bien atrapada en sus redes. Ella no hace más que
agitarse y actuar sin ton ni son cuando él está en un radio de cincuenta pasos. Cuando desapareció,
languidecía y ahora que regresó, está mareada de deleite. Frunció el ceño y hundió las manos en los
bolsillos. No se da cuenta de que en dos días volverá a desaparecer. Detestaría ver que sale herida de esto.

147
Y advertirla es mi deber de padre. Pensó acerca de eso durante un momento. Y tal vez lo haga. A fin de
cuentas, la identidad del padre de mis nietos es un asunto que me concierne y mucho.
Rebecca se recuperó y batió palmas pidiendo atención.
—Damas y caballeros, tengo reservado un número especial para ustedes esta noche. Desde Madrid,
donde ha bailado ante el Rey y la Reina de España y otras testas coronadas de Europa, la señora
Esmeralda López Conchita Montes de Tete de Singe, la célebre bailarina de flamenco. —Hubo algunos
aplausos, breves y desconcertados cuando, desde detrás de las cortinas una regordeta dama española de
mantilla de encaje y tintineantes ajorcas y aros apareció tomada del brazo de Ryder Courtney. Al llegar al
centro del escenario, se dobló en una profunda reverencia, incorporándose luego con gracia desperada en
tan rechoncha mujer. Hizo sonar unas castañuelas por encima de su cabeza y, cuando Rebecca tocó los
primeros acordes de la Marcha de los toreadores, la señora Tete de Singe disparó un redoble de
taconazos.
David lanzó un bufido de risa. Había sido el primero en reconocer al cónsul Le Blanc bajo la alta
peluca y el espeso maquillaje. Entonces, un aullido de risa sacudió a toda la habitación, y no cedió hasta
que Le Blanc se inclinó hasta el suelo en otra reverencia teatral, con el maquillaje que le chorreaba.
En el pandemonio que se produjo a continuación, David cruzó hasta donde estaba Rebecca y la tomó
del brazo.
—Qué espectáculo más inspirado, querida. Le Blanc estuvo soberbio. Nada me gusta tanto como una
buena imitación.
Rebecca estaba de tan buen humor que cuando él la condujo hacia las puertas-ventana, lo dejó hacer
sin protestar.
—¡Ah! —dijo él—. ¡Mi reino por una bocanada de aire fresco! —La llevó a la terraza. —Y por
supuesto que Ryder Courtney tiene una excelente voz. Un hombre de muchos talentos. Será un
maravilloso esposo para una dama muy afortunada.
—Papá, siempre tan sutil.
—No tengo ni idea de a qué te refieres. Pero debo decir que me sorprendió el capitán Ballantyne.
También tiene una voz extraordinaria para cantar. —Ella calló y desvió la mirada.
—Es una pena que se vaya, y esta vez para siempre, de modo que probablemente no tengamos el
placer de volver a oírlo.
—¿Qué dices, papá? —Apenas le salía la voz.
—Caramba, no se me tendría que haber escapado eso. Gordon lo envía al norte con unos mensajes
para El Cairo. Ya sabes cómo son esos militares. Me temo que son todos aves de paso. No se puede
confiar en ellos.
—Papá, creo que tenemos que regresar a atender a nuestros invitados.

***
Rebecca se miró en el espejo de su vestidor. Su rostro estaba tan delgado que sus pómulos
proyectaban sombras. Hoy día no hay personas gordas en Jartum. Hasta el cónsul Le Blanc es piel y
huesos. Sonrió ante la exageración y notó con placer que la sonrisa mejoraba su aspecto. Debo procurar
no fruncir el ceño. Hundió la borla de plumón en la polvera y se empolvó ligeramente las hondas ojeras.
—Cada vez mejor —susurró. Estaba delgada pero su piel aún tenía la suavidad de la juventud. —Al
menos le parezco bella a papi. Me pregunto si él estaría de acuerdo. —Pensar en él hizo que se le

148
arrebolaran sus mejillas. —Me pregunto si estará ahí afuera otra vez. —Echó una mirada hacia las puertas
del balcón. —No voy a mirar. Si está ahí, pensará que lo estoy alentando. Creerá que soy una mujer ligera
de cascos, lo cual sin duda no soy.
Dejó caer el vestido en torno a sus tobillos y tendió la mano hacia la bata de seda. Antes de
ponérsela, se miró en el espejo. Luego, siguiendo un impulso, cruzó el dormitorio y trabó la puerta. Ya
había despedido a Nazi-ra, pero no quería que regresara inesperadamente. Cuando regresó al espejo,
deslizó los tirantes de su combinación de sus hombros y la dejó caer al suelo junto al vestido. Contempló
su cuerpo desnudo en el espejo. Las costillas se le marcaban bajo la piel blanca y los huesos de su pelvis
sobresalían, orgullosos. Su vientre era cóncavo como el de un galgo. Se tocó los pechos. Nazira le había
dicho que a los hombres no les gustan los pechos pequeños.
—¿Son demasiado pequeños?
Entonces, recordó la sensación de los labios de él allí, el cosquillear del bigote y los agudos dientes.
Mientras se miraba, sus pezones se endurecieron y oscurecieron al calentarse. Súbitamente, volvió a ser
consciente de esa humedad, cálida como la sangre que se difundía lentamente por el interior de sus
muslos. Desde sus pechos, las yemas de sus dedos bajaron lentamente, pero cuando rozaron la nube de tul
del vello dorado de la base de su vientre cóncavo, alejó la mano bruscamente.
—Nunca volveré a hacer eso —se dijo.
Se puso la bata y se la ajustó con el cinturón. Miró hacia la puerta del balcón.
—No voy a ir allí. Debería apagar la lámpara e irme a la cama. —Se desplazó lentamente por la
habitación y, ante la puerta, vaciló. —Esto es estúpido y peligroso. Dios sabe a qué puede llevar. Sólo
ruego que él no esté allí.
Puso la mano sobre el picaporte y dio una profunda inspiración, como si estuviera por sumergirse en
un estanque helado. Hizo girar el pomo y salió al balcón. Sus ojos se dirigieron instantáneamente a la base
del tamarindo.
Allí estaba, reclinado contra el tronco. Se enderezó y la miró. Su rostro estaba en sombras, y ella se
acercó a la balaustrada para verlo mejor. Se quedaron muy callados, mirándose. Rebecca sintió que se
estaba por sofocar. Cada respiración era un esfuerzo. Su piel estaba caliente y sensible. Todo su cuerpo
estaba en el potro de tormentos, cada nervio se estiraba hasta casi romperse. Los largos tendones del
interior de sus muslos estaban estirados como tanza. Volvió la cabeza y contempló una rama del
tamarindo. Brotaba del tronco curvándose como una pitón, y se extendía por encima del balcón hasta
donde estaba ella. Las gemelas la usaban de escalera y columpio. La corteza de la parte por la que se
solían deslizar estaba ligeramente pulida. Ahora, puso una mano allí y volvió a mirar a Penrod.
—No lo estoy alentando —se dijo con firmeza—. Esto no es una invitación. No debe creer que lo es.
Él fue a la base del árbol y comenzó a trepar.
—¡No! —pensó ella—. ¡No debe hacer eso! ¡Ésa no era mi intención!
Quedó alarmada por la rapidez con que avanzó. Alcanzó la rama y, en vez de deslizarse con torpeza,
con una pierna colgando a cada lado, se puso de pie y la recorrió con paso ligero y veloz, como si fuese
una pasarela. Estaba a seis metros del suelo y ella temió que se cayera. Más miedo le daba que llegara a
salvo al balcón; ¿qué ocurriría entonces?
Se metió otra vez al dormitorio, cerrando la puerta detrás de ella. Quiso correr el pasador, pero sus
dedos no la obedecieron. Retrocedió hasta el centro de la habitación, respirando cada vez más rápido. El
picaporte giró y sus puños se cerraron a sus costados. Quería decirle que se fuera y la dejara en paz. Pero
de sus labios no salía ni un sonido.

149
Él abrió la puerta muy lentamente y ella deseó gritar. Pero la habitación de su padre estaba al otro
lado del descansillo y la de las gemelas aún más cerca. No quería despertarlos.
Penrod entró en la habitación y cerró silenciosamente la puerta. Ella le clavó sus ojos, grandes y
alarmados en el rostro delgado y pálido. Avanzó lentamente hacia ella, como para calmar a una potranca
que no ha sido domada. Ella se echó a temblar.
Él le tocó la mejilla.
—Estás muy hermosa —susurró, y ella se sintió a punto de estallar en lágrimas. Él le puso ambas
manos sobre los hombros, y se puso rígida. Se inclinó lentamente sobre ella. Ella no podía separar sus
ojos de los de él: a la luz de la lámpara se veían grises, con motas y estrellas doradas en tomo al iris.
Suavemente, la boca de él tocó la suya. Sus labios eran cálidos y suaves. Sus manos se deslizaron de sus
hombros y llegaron a su cintura. Los brazos de ella le colgaban a los costados como los de una muñeca de
trapo. Él la atrajo hacia sí, y ella no se resistió. Sus labios se abrieron sobre los de ella, y el sabor y el olor
de él la invadieron. Su lengua le abrió los labios, y ella levantó los brazos y se los enlazó al cuello. Él la
apretó más fuerte, casi rudamente contra su cuerpo. Otra vez ella sintió la inmensa dureza que crecía entre
la parte baja de ambos cuerpos. Su propia humedad brotó como un manantial, y apretó los muslos y la
nalgas para que no se derramara, pero sintió que se deslizaba cremosamente por sus muslos.
Él se alejó, y ella sintió que el contacto entre ellos se rompía. Trató de seguir su cuerpo con el suyo.
Él le desató el cinturón y le abrió la bata. Ella hizo un desganado intento de cubrirse, pero él la tomó de
las muñecas y estudió su cuerpo pálido con expresión arrobada.
—Eres más hermosa que lo que pueden decir las palabras —dijo con voz ronca.
Su timidez se evaporó al calor de sus elogios, e instintivamente echó hacia atrás los hombros. Sus
pechos eran erguidos y puntiagudos. Por sus ojos, vio que a él no le parecían demasiado pequeños.
Deseaba desesperadamente sentir la boca de él allí otra vez. Fue poseída por la lujuria. Tomando un doble
puñado del denso cabello que le crecía a él en la nuca, retorció sus dedos entre los rizos y le bajó la
cabeza.
Jadeó al sentir cómo la boca de él se cerraba sobre ella. Nunca hubiera creído que un acto tan simple
pudiera despertar tantas sensaciones. Su aliento sobre la piel de ella era alternativamente fresco y tibio,
según inhalara o exhalara, sus labios primero firmes y secos, luego suaves y húmedos. Su lengua se
retorcía como una anguila, para luego lamer como la de un gato en un plato de crema. Hacía como si se
amamantara, tiraba y mordía y ella sintió que la sensación se repetía como un eco, hondo dentro de ella.
Cuando llegó al umbral del dolor, él interrumpió lo que hacía, la alzó y la llevó a la cama. Allí la
tendió como si fuese algo frágil y precioso y después dio un paso atrás. Se desabotonó la camisa, se volvió
a la lámpara del tocador, y protegiendo con la mano el fanal de vidrio tomó aire para apagarla de un
soplido.
Ella se incorporó vivamente.
—¡No! —exclamó—. No la apagues. Me has visto, y ahora debo verte. —No podía creer en su propia
osadía. Él regresó y quedó de pie frente a ella. Se quitó la camisa sin prisa. Su piel era lisa como marfil y,
donde no le había dado el sol, inmaculada. Los músculos de su pecho eran duros y planos, forjados por la
esgrima y la equitación. Quedó parado sobre un solo pie para quitarse la bota, y su equilibrio era firme
como una roca. Puso a un lado la bota, cuidando de no dejarla caer, y ella se sintió agradecida por su
consideración. Hizo lo mismo con la segunda bota. Luego, se desabrochó el cinturón y se quitó los
pantalones de montar. Ya lo había visto desnudo una vez, y creía que recordaría esa imagen toda su vida.
Pero no lo había visto así. Se mordió el labio para no gritar por la conmoción. Él fue a la cama y se hincó
junto a ella.

150
—Por favor, no me lastimes —rogó.
—Antes preferiría morir —dijo él. Ella gimió al sentirlo en el umbral de su ser. Sintió que algo debía
desgarrarse o ceder, y con un esfuerzo, hizo a un lado el dolor. Sentía un muro de resistencia en su
interior.
Esto no puede estar ocurriendo, pensó, pero repentinamente, las consecuencias dejaron de importarle.
Alzó con fuerza sus caderas para recibirlo, y sintió como se abría paso. El dolor fue agudo, pero pasajero.
Se deslizó cada vez más adentro de ella, hasta que la llenó hasta lo más hondo de su ser. El dolor cesó, y
se sintió llevada por el vacío, aterrorizada al principio, luego sintiendo que se elevaba cada vez más, como
si escalara una inmensa montaña. Cuando llegó a la cumbre, la necesidad de vocear su triunfo fue tan
intensa que debió apretar su boca abierta contra el cuello de él para sofocar un grito.
—Quédate conmigo —le rogó cuando, después, él se levantó para vestirse—. No me dejes tan pronto.
—Sabes que no me puedo quedar. Es tarde. Se acerca el alba y comenzará el movimiento en la casa.
—¿Cuándo te vas?
Él se dejó de abotonar la camisa.
—¿Quién te dijo que me voy? —le preguntó con aspereza. Ella meneó la cabeza. —Es peligroso que
sepas eso, Becky. Si el enemigo se entera, me puede costar la vida, como mínimo.
—No se lo diré a nadie —respondió, sintiéndose desdichada—. Pero te extrañaré. —Quería que él le
asegurara que regresaría. Papá había dicho: "Me temo que son todos aves de paso. No se puede confiar en
ellos" Ella no quería que eso fuera así.
Él no le respondió, sino que, con un encogimiento de hombros, se acomodó la guerrera caqui.
—Prométeme que regresarás —suplicó. Él se inclinó sobre la cama y la besó en los labios. —
Prométeme —insistió ella.
—Nunca hago promesas que tal vez no pueda cumplir —dijo, y se fue.
Ella sintió que las lágrimas querían brotar, pero se forzó a contenerlas.
—Nunca seré quejosa ni llorona —se prometió. A pesar del dolor que le embargaba el corazón, el
sueño la cubrió como una avalancha oscura.
La despertó el sonido de disparos, pero las bombas estallaban cerca del puerto, donde el ataque había
sido rechazado. Los derviches estaban descargando su despecho. Sus cortinas estaban abiertas de par en
par y la luz de sol entraba a raudales.
Nazira se afanaba ostentosamente por la habitación.
—Son más de las ocho, Yamal. Ya hace dos horas que salieron las gemelas —dijo cuando Rebecca
alzó su somnolienta cabeza de la almohada—. Llené dos baldes de agua caliente y te preparé la falda azul.
Rebecca, aún medio dormida, salió de debajo de las sábanas. Nazira la miró, atónita, y ella trató de no
darle importancia a lo que mostraba.
—Oh, Nazira, parece que te hubiera asustado un yinni. ¿Cuántas veces me viste desnuda? —Corrió al
baño y vació uno de los humeantes baldes en la tina de chapa galvanizada.
Nazira la siguió con la mirada y frunció los labios. Corrió las sábanas y dio un respingo de alarma.
Había una mancha de sangre seca en la sábana que cubría el colchón. Nazira supo de inmediato que su
origen no era menstrual: la luna de ai-Yamal había pasado hacía doce días y era demasiado pronto para
que regresara. Esta sangre era brillante, pura, virginal.

151
Oh, mi bebé, mi niñita, has cruzado el río y ahora estás en una nueva y peligrosa orilla. Se acercó
más para descifrar las señales. La mancha no era más grande que la mano extendida, y tenía forma de ave
con las alas extendidas.
¿Un buitre? Mal presagio, el ave de la muerte y el sufrimiento. No. Rechazó ese pensamiento. ¿Una
dulce paloma? ¿Un halcón, bello y cruel? ¿Una vieja lechuza sabia? Sólo el futuro lo dirá, decidió, y
recogió la sábana. La lavaría con sus propias manos, en secreto. Nadie más debía ver esa marca. Se
detuvo, porque percibió que ai-Yamal la miraba desde la abierta puerta del baño.
Dejó caer la sábana al suelo y se acercó a ella. Se hincó junto a la tina y tomó la esponja vegetal. No
había jabón, habían terminado la última pastilla hacía una semana. Rebecca se sostenía el cabello por
encima de la cabeza e inclinaba el cuello. Nazira comenzó el familiar ritual de fregarle la espalda.
Después de un rato, susurró la pregunta:
—¿Cuál de los dos fue, Yamal?
—No entiendo qué me preguntas. —Rebecca no la miraba a la cara.
—¿Quién trepó por el tamarindo anoche? —Pero Rebecca fingió que le había entrado agua a los ojos
y se los cubrió con ambas manos.
—No puede haber sido Abadan Riyi, el soldado carilindo. Tiene otra mujer —dijo Nazira.
Rebecca bajó las manos y le clavó la mirada.
—Eres una mentirosa —dijo en voz baja pero con letal ferocidad—. Esa es una mentira cruel e
hiriente.
—Así que fue el soldado. Ojalá que hubiera sido el otro, que te puede traer felicidad. Eso nunca
ocurrirá con el soldado.
—Lo amo, Nazira. Por favor, entiéndelo.
—Ella también lo ama. Se llama Bakhita.
—¡No! —Rebecca se tapó los oídos. —No quiero oírlo.
Nazira calló. Tomó el brazo de Rebecca y lo restregó con la esponja. Cuando llegó a los dedos, los
separó y los lavó de a uno.
—Bakhita es un nombre árabe —dijo al fin Rebecca, pero Nazira permaneció en silencio—.
¡Responde! —insistió Rebecca.
—No querías oír.
—Me estás torturando. ¿Es árabe? ¿Es muy bella? ¿La ama él?
—Es de mi pueblo y de mi Dios —respondió Nazira—. Nunca la vi, pero dicen que es bella, rica e
inteligente. Si él la ama o no, no lo sé. ¿Puede un hombre como Abadan Riyi amar a una mujer como ella
lo ama a él?
—Él es inglés y ella árabe —susurró Rebecca—. ¿Cómo puede amarlo?
—Ante todo, él es hombre y ella es mujer. Por eso es que puede amarlo.
—Nazira, hace una hora yo era feliz. Ahora, la felicidad se fue. —Tal vez es mejor que seas
desdichada hoy y no desdichada por el resto de tu vida —dijo tristemente Nazira—. Por eso te conté estas
cosas.

***

152
Dos horas después del toque de queda, los cuatro hombres dejaron la ciudad. Penrod y Yakub se
tocaban con turbantes y vestían aljubas de ánsar, pues iban hacia el norte y debían atravesar las líneas
derviches. Ryder y Bacheet vestían sencillas galabiyyas, como árabes del montón, pues regresarían a la
ciudad.
A pesar de esas vestimentas, pasaron el canal que corría por detrás del complejo de Ryder Courtney
sin que nadie les diera el quién vive. Se les había advertido a los centinelas que los dejaran pasar. Partían
al desierto fuertemente pertrechados de armas y de bolsas de sisal tejido. No hablaban y avanzaban con
cautela, manteniéndose separados pero sin perderse de vista.
Bacheet abría el camino. Nunca aflojaba el paso, ni cuando la arena le llegaba a los talones.
Caminaron dos horas hasta llegar a un montículo de pizarra, de una palidez de escarcha a la luz trémula de
la luna. Uno de los wadis que corría al pie de la ladera opuesta estaba lleno de una oscura masa amorfa de
zarzas. Allí, Bacheet se detuvo y bajó al suelo la carga que llevaba. Le dijo unas pocas palabras en voz
baja a Ryder Courtney. Ryder le entregó una bolsa de cuero con dólares María Teresa, y Bacheet siguió
camino solo. Los otros tres se acuclillaron a esperarlo. A la distancia, oyeron cómo Bacheet lanzaba el
grito solitario, hechizado, del corredor, el avefría nocturna del desierto. La respuesta surgió desde el wadi.
—Así que al-Majtum está aquí. Es un buen hombre. Puedo confiar en él —dijo Ryder con
satisfacción.
—Vamos con ellos —Penrod Ballantyne, impaciente, se incorporó.
—Siéntese —ordenó Ryder—. Bacheet vendrá a buscarnos. Al-Majtum no quiere que ningún
desconocido vea su rostro. Vive una vida peligrosa. Cuando le haya entregado los camellos a Bacheet
volverá a desaparecer en el desierto, como un zorro.
Una hora después, el corredor volvió a gritar y Ryder se puso de pie.
—Ahora —dijo y avanzó, guiando a Penrod y a Yakub. Había cuatro camellos echados entre las
zarzas. Bacheet estaba en cuclillas junto a ellos, pero al-Majmut ya había partido. Penrod y Yakub se les
acercaron para verificar sus arreos y cargas. Llevaban panes de dhurra y dátiles secos en las alforjas de las
vituallas y uno de los animales iba cargado de forraje. Los odres estaban llenos en menos de una cuarta
parte.
Penrod señaló esto.
—Al-Majmut cuenta con que los llenen al cruzar el río. No tiene sentido llevar más de lo que
necesitan. Deberían alcanzar el Nilo en Gutrahn antes de la medianoche de mañana. No traten de cruzar
antes de allí. Hay tantos derviches como moscas tse tse antes de Gutrahn.
Penrod respondió con acritud:
—Yakub y yo ya hemos hecho esta travesía, pero aun así, le agradezco su excelente consejo. —Fue
de un animal a otro, palmeándoles las jorobas. Estaban repletas de grasa. Luego, les verificó las patas,
recorriéndolas con la mano desde la paleta y el anca hasta las canillas. —Sanos —dijo—. En buenas
condiciones.
—No los hay más sanos —dijo Ryder con amargura—. Son yimal, los mejores camellos de carrera.
Valen cincuenta libras cada uno. Y me los robó su jefe, el Chino Gordon.
—Los trataré como si fuesen mis hijos —prometió Penrod.
—Estoy seguro de que así lo hará —dijo Ryder— aunque los que lo llaman a usted Mata Camellos,
que son muchos, lo encuentren difícil de creer.
Penrod y Yakub montaron y Penrod le dedicó a Ryder un irónico saludo con la aguijada.

153
—Enviaré sus saludos a las damas del Bar Largo del Club Gheziera. —Sabía que Ryder no era socio.
Fue sólo una aspereza más en la desigual textura de su relación.
Pero así y todo, Ryder no se sentía particularmente complacido de verlo partir. Penrod Ballantyne
nunca era aburrido. Bacheet y él vieron cómo la pequeña caravana desaparecía en la noche.
Bacheet gruñó y escupió. Era evidente que no compartía los sentimientos de su amo.
—Ambos andan juntos porque los dos son bandidos y libertinos, casi tan rápidos con el cuchillo y el
revólver como con sus aguijadas de carne.
Ryder rió.
—Deberías alegrarte por la partida de Yakub. Tal vez ahora puedas disfrutar un poco más de la
compañía de Nazira. —Se acomodó sobre el hombro la bandolera del fusil
—También usted debería sentirse agradecido de verlos irse —dijo Bacheet secamente— aunque,
según me dicen, el leopardo ya estuvo en el corral de las cabras.
Ryder se paró en seco y trató de descifrar la expresión de Bacheet a la luz de las estrellas.
—¿Qué leopardo, y las cabras de quién?
-Ayer por la mañana, Nazira cambió las sábanas de los dormitorios del palacio. Tuvo que lavar una
en agua fría. -Era una referencia oblicua, pero Ryder la entendió. El agua caliente limpia la mayor parte de
las manchas, pero no las de sangre. Para ésas, se usa agua fría.
No volvieron a hablar hasta que cruzaron el canal y entraron en la ciudad. Ryder aún estaba
embargado de incredulidad y se sentía traicionado cuando entró en sus aposentos privados del interior del
complejo. Claro que conocía la reputación de donjuán de Penrod Ballantyne pero, ¿Rebecca Benbrook?
Era imposible. Era una joven de excelente familia, que había sido estrictamente educada. El respeto y
afecto que sentía por Rebecca lo habían llevado a esperar ciertas normas de conducta en ella, las que uno
pretende de una futura esposa.
Bacheet y Nazira son célebres por lo cotillas, no lo creo. Luego, repentinamente recordó una
observación de Waite, su hermano mayor: "Tanto la esposa de un coronel como una irlandesa del pueblo
son mujeres ante todo. En ciertas circunstancias, ambas piensan más bien con sus órganos reproductores
que con la cabeza" —En ese momento, la observación había hecho reír a Ryder. Ahora, le produjo asco.
No se sintió mejor hasta que se afeitó y bebió dos jarros de café negro, casi el último del que tenía
reservado. Y aun entonces, cuando se sentó a su escritorio, le costó concentrarse en sus libros contables.
Imágenes groseras y turbadoras se formaban en su mente. Se sintió aliviado cuando hizo el último asiento
en el libro diario, cerró las pesadas tapas encuadernadas en cuero y salió a hacer su inspección matinal del
complejo.
Cuando llegó al sector de los animales, Saffron corrió a saludarlo. Tenía a la mona Lucy en el
hombro. Imperturbable, la cría que quedaba con vida se aferraba al pelo del vientre de Lucy con manos y
patas y mamaba con entusiasmo. La otra cría había muerto, víctima de una enfermedad que ni Alí había
sabido curar. Saffron lo acompañaba, relatándole feliz cada migaja de información y cada perla de
sabiduría que Alí había compartido con ella esa mañana.
—Victoria tiene diarrea —le informó.
—¿Te refieres al bongo hembra o a la Reina de Inglaterra y Emperatriz de la India? —preguntó
Ryder.

154
—iOh, no seas tonto! Sabes muy bien a quién me refiero. Alí dice que las hojas de acacia no le
sientan bien. Él y yo la medicaremos en cuanto él termine de hacer la infusión. Es la que usa para los
caballos.
Ryder sintió que su sombrío estado de ánimo mejoraba un poco. La compañía de Saffron siempre era
curativa y entretenida.
—¿Por qué no ayudas a Amber en las cocinas de torta verde? —le preguntó cuando llegaban a las
últimas jaulas.
—Mi hermana me aburre, es tan mandona y dominante. Hace semanas que no viene, y ahora se
aparece y da órdenes como si fuese una duquesa.
Caminaron entre las filas de mujeres sudanesas que aplastaban los atados de lozana vegetación en los
morteros de madera. Ryder saludó a casi cada una de ellas llamándolas por sus nombres, y haciéndoles
alguna pregunta que expresaba su interés y preocupación por ellas. Algunas de las más jóvenes eran
abiertamente descaradas y seductoras, pues Ryder era un gran favorito de todas. Sabía que la mejor
manera de que su gente le respondiera era cayéndoles bien. Saffron participaba del intercambio de bromas
con las mujeres, pues compartía el sentido del humor de éstas y ellas disfrutaban de su chispa. La alegría
era rara en la ciudad, en la que el terror y el hambre habían convertido a las personas en fieras. Debemos
agradecerle a la torta verde, pensó Ryder, que nos mantiene saludables y humanos.
Trató de ocultarlo, pero estaba ansioso por llegar al recinto interno, donde humeaba la hilera de
calderas de tres patas. Cuando llegaron allí, vieron a Rebecca, Amber y a cinco muchachas árabes que
pesaban la torta verde, para después ponerla en cestas, que se distribuirían entre los que más las
necesitaban. Esto no era fácil de decidir, pues apenas si alcanzaba para todos. Rebecca leía lo que
marcaba la balanza, y Amber iba anotando lo que decía su hermana.
—Nunca hemos tenido un día tan bueno, Ryder. Ciento treinta y ocho libras.
—Excelente. Han hecho un maravilloso trabajo, señoras. —Ryder se volvió a Rebecca. Vestía faldas
largas y un sombrero de paja de ala ancha, pues el sol ya estaba alto y calentaba.
—Señorita Benbrook, espero que esté usted bien. —Vio que había perdido más peso. Estaba seguro
de que podía rodearle la cintura con las manos. Pero la idea de tocarla lo puso incómodo, y balanceó su
peso de uno a otro pie.
Ella le dirigió su primera sonrisa directa desde la ocasión en que habían sido sorprendidos
comportándose indiscretamente, pero ésta careció de su habitual vivacidad y chispa. Parecía deprimida y
abatida.
—Gracias, señor Courtney. No me sentí bien por un tiempo, pero ahora estoy completamente
recuperada. —Intercambiaron algunas rígidas formalidades más, mientras Saffron, a quien Ryder ya no le
prestaba atención, hacía pucheros.
—Nos disculpará, pero debemos volver al trabajo —dijo Rebecca, poniendo fin a la conversación—.
Amber, ya terminamos con la balanza, puedes llevarla al cobertizo. Saffron, tu amor va a matar a Lucy y
al bebé. Recésalos a su jaula. Te necesitamos aquí.
Saffron hizo una mueca, pero hizo lo que se le ordenaba, dejando a Ryder y a Rebecca solos.
—Va vestido de árabe —observó Rebecca—. Eso es inusual ¿verdad?
—De ningún modo —replicó Ryder—. Siempre visto así cuando viajo por el desierto. Es más fresco
y práctico para cabalgar y andar. Además, mi gente prefiere verme así. Hace que parezca uno de ellos, y
me hace menos extranjero.

155
—¿Ah, sí? Creí que sería porque Bacheet y usted fueron a buscar camellos para el capitán Ballantyne
y para Yakub.
—¿Quién le dijo eso?
—Yo lo sé, usted averígüelo.
—Nazira no puede parar de hablar. No debe creer todo lo que cuenta.
—Está especulando, señor Courtney. Así y todo, siempre he encontrado que la información de Nazira
es altamente confiable —replicó.
Si supieras cuál es el último boletín de Nazira, pensó, pero ella continuó:
—Dígame, señor, ¿el capitán Ballantyne logró partir sin problemas?
Era una pregunta directa, cuya respuesta ella evidentemente conocía. Ryder la evaluó
cuidadosamente. Se le ocurrió que la partida de Penrod le había dejado el camino libre. Pero por otro lado,
¿realmente quería el juguete dejado de lado por el carilindo soldadito?
—¿Sí o no? —insistió Rebecca—. No es que me interese mucho, pero Nazira querrá saber de Yakub.
Es su amigo especial.
Ryder hizo una mueca ante la delicada descripción de la relación. Se preguntó si Rebecca
consideraría que el soldadito era su amigo especial.
—No me parece que debamos discutir asuntos militares que pueden hacer peligrar la seguridad de la
ciudad —dijo al fin.
—¡Vamos, señor Courtney! No soy espía del Madí. Si no me lo dice, simplemente se lo preguntaré a
mi padre. Es que me pareció que preguntárselo a usted sería más sencillo.
—Muy bien. No se me ocurre ninguna razón acuciante para que usted no lo sepa. El capitán
Ballantyne partió poco después de medianoche. Yakub y él se dirigen al norte y lo más probable es que
crucen el Nilo Azul esta noche. Planean unirse al ejército madista que avanza hacia el norte costeando el
río rumbo a Abu Hamed.
Rebecca palideció.
—Planean viajar con los derviches. Eso es una locura.
—Se llama esconderse a ojos vista. Se disimularán en la multitud — aseguró—. No tiene de qué
preocuparse. El capitán Ballantyne es experto en disfrazarse. Puede cambiar como un verdadero
camaleón. —Y pensó, si quiere, que se lo tome como una advertencia,
—Oh, le aseguro que no estoy preocupada, señor Courtney, —La mentira era transparente: parecía a
punto de estallar en lágrimas.
Ahora no quedaba duda de que Nazira había dicho la verdad, y que Ballantyne la había hecho suya,
pero ¿y qué?, reflexionó Ryder. Nunca fue mía y no la amo, al menos no ahora, que ya es mercadería de
segunda mano. Pero eso no le sonaba verdadero ni a él mismo. Trató de ser más honesto consigo mismo.
¿La amo? Pero no quena enfrentar esa pregunta directamente.
—La dejo a sus tareas, señorita Benbrook —murmuró. Y se volvió hacia la puerta del cobertizo. —
Amber! —exclamó. Rebecca y él estaban tan absortos en su conversación que no la habían visto regresar.
—¿Hace cuánto escuchas? —quiso saber Rebecca.
En lugar de contestarle, Amber preguntó:
—¿Los derviches van a capturar a Penrod?

156
—Por supuesto que no. ¡No seas tonta! —Rebecca le volvió la espalda. Ambas hermanas estaban a
punto de estallar en lágrimas. —Como sea, no debes oír lo que hablan los demás, ni referirte al capitán
Ballantyne como Penrod. Ahora, ven y ayúdame a volver a llenar esas calderas.
Amber la apartó de un empujón y huyó por las puertas del complejo, atravesando las calles rumbo al
palacio consular.
Pobrecita, pensó Ryder, pero a todos nos esperan días difíciles.

***
Temprano cada mañana, las campanas de la vieja misión católica tañían marcando el fin del toque de
queda y las mujeres de la ciudad brotaban de las ruinas, cabañas y chozas y se apresuraban a ir al arsenal
para la cotidiana distribución de grano. Para cuando las puertas se abrían, la fila, que se extendía casi
hasta el puerto, ya comprendía varios miles de personas. Era una aglomeración de miseria. El hambre y la
enfermedad, esos temibles jinetes, cabalgaban por todos los barrios de la ciudad y todos se encogían bajo
sus azotes. Cada uno de esos seres arruinados, escuálidos y harapientos, algunos de los cuales apenas si
podían caminar, con bebés atados a la espalda o que chupaban en vano sus senos marchitos, aferraba un
plato desportillado y los ajados bonos de raciones emitidos por la intendencia de Gordon.
A las puertas del arsenal, un capitán egipcio al mando de veinte hombres se ocupaba de la
distribución. Los sacos de dhurra eran traídos de a uno del granero. Ningún ciudadano podía entrar allí.
Gordon no quería que nadie viera con sus propios ojos cuán peligrosamente habían disminuido las
provisiones.
A medida que cada mujer llegaba al comienzo de la fila, un sargento examinaba el bono para
asegurarse de que no fuera falsificado. Cuando quedaba conforme, garrapateaba la fecha y su firma. La
ración diaria para la familia de la mujer se le ponía en el plato con una medida de madera. Dos gendarmes
armados de garrotes flanqueaban las puertas, listos para interrumpir cualquier discusión o desorden. Esa
mañana, veinte soldados adicionales formaban en doble fila a cada lado de las puertas. Tenían las
bayonetas caladas y sus expresiones eran sombrías y expeditivas. Las mujeres sabían por amarga
experiencia qué significaba esa exhibición de fuerza. Se pusieron inquietas y pugnaces, intercambiaban
desdeñosos insultos y competían por los lugares. Los niños sentían la tensión y se preocupaban.
Cuando el general Gordon avanzó a zancadas por la calle que llevaba del fuerte a las puertas, las
mujeres alzaron a los niños para mostrarle sus rostros hinchados, distorsionados, los miembros
esqueléticos medio paralizados, sus cabellos que se habían convertido en un escaso vello rojizo, indicios
de escorbuto, hambre y beriberi.
Ignorando estas marcas de sufrimiento, las maldiciones y súplicas de las madres, Gordon se puso a la
cabeza de la escuadra. Con una inclinación de la cabeza, le indicó al capitán que procediera. El joven
oficial desenrolló la proclama, impresa en la imprenta del consulado y comenzó a leerla:
—"Yo, el general Charles George Gordon, gobernador de la provincia de Kordofán y de la ciudad de
Jartum por la autoridad en mí delegada por el Jedive de Egipto, proclamo que, con efecto inmediato, la
ración diaria de grano que se le provee a cada ciudadano de ésta sea reducida al volumen de treinta
decilitros per diem” —El oficial no pudo continuar: su voz quedó ahogada por los abucheos y los gritos
de protesta. La multitud latió y bulló como una gigantesca medusa negra cuando las mujeres cerraron los
puños y agitaron los brazos por encima de sus cabezas.
Gordon dio una seca orden. Los soldados bajaron las bayonetas, presentándole un erizado cerco de
acero a la multitud que avanzaba. Las mujeres escupían, chillaban y martillaban sobre sus platos de metal
como si fuesen tambores. El capitán desenvainó su espada:

157
—¡Atrás! ¡Todos atrás!
Eso los enfureció más.
—¡Quieren matarnos de hambre! ¡Abriremos las puertas de la ciudad! Si el Jedive y Gordon Pacha no
pueden alimentar a nuestros niños, confiaremos en la misericordia del Madí.
Las mujeres de la primera fila tomaron las hojas de las bayonetas y las aferraron entre sus manos
ensangrentadas, obligando a los soldados a retroceder.
Gordon le dio una orden en voz baja al joven capitán. Se oyó el chasquido de los cerrojos al correrse
cuando los soldados amartillaron sus fusiles.
—¡Compañía, presenten armas, apunten! —Los soldados miraron los contorsionados rostros de la
multitud por sobre las miras de hierro. —¡Fuego!.
Los rifles, cuidadosamente apuntados por encima de las cabezas de las mujeres, dispararon. El humo
de pólvora negra las envolvió en una densa nube y, aturdidas, retrocedieron unos pasos.
—¡Recargar! —La muchedumbre vacilaba ante la amenaza de los fusiles que les apuntaban, cuando
surgió un nuevo sonido. Las mujeres habían comenzado el agudo ulular que espoleaba e inflamaba las
pasiones de la chusma.
—¡Abrid el granero! ¡Dadnos una ración completa!
—iAlimentadnos! —gritaban. Pero los soldados se mantenían firmes en sus puestos.
Una mujer tomó medio ladrillo de una pared dañada por las bombas y lo arrojó a la primera fila de los
fusileros. No causó daño, pero hizo que los demás se precipitasen a la pared a recoger ladrillos, piedras y
trozos de teja. La multitud se transformó. Ya no era un conjunto de seres humanos, sino un único
organismo monstruoso, una ameba de muerte y destrucción carente de razonamiento.
Las piedras y ladrillos llovían sobre las ralas filas de soldados. El joven capitán recibió uno en pleno
rostro. El fez rojo voló de su cabeza, dejó caer su espada y cayó de rodillas. Escupió un diente y le salió
sangre de la boca. Las mujeres se precipitaron, tratando de apoderarse del saco de grano abierto,
pisoteando al capitán.
Gordon ocupó el lugar de éste. Las mujeres vieron sus relampagueantes ojos azules.
—¡Ojos de diablo! —chillaron las que estaban en primera fila—. ¡Shai-tan! ¡Matadlo!
—¡Dadnos pan para nuestros niños! ¡Dadnos de comer!
Más ladrillos cayeron entre los soldados. Otro hombre cayó.
—¡Apunten! —La voz de Gordon sonó nítida como un toque de clarín. —Una andanada. ¡Fuego!
Los disparos a quemarropa impactaron en la muchedumbre, y muchos cayeron y quedaron tendidos,
chillando como cerdos en el matadero. Aquellos que quedaron de pie vacilaron, y los cabecillas trataron
de reanimarlos.
—¡Bayonetas! —ordenó Gordon—, ¡Adelante! —Avanzaron a paso vivo, con las brillantes hojas por
delante de ellos y la multitud se encogió, se volvió y corrió. Dejaron caer sus piedras y ladrillos, arrojaron
sus platos y se metieron corriendo en las callejuelas.
Gordon detuvo a sus hombres y los llevó marchando de regreso al arsenal. Cuando las puertas se
cerraron detrás de ellos, los sobrevivientes emergieron de sus escondrijos en la conejera de chozas.
Salieron para buscar a sus muertos, sus heridos y sus niños perdidos. Al principio, estaban temerosos y
aterrorizados, pero luego una mujer tomó una piedra del tamaño de un puño y la arrojó contra la puerta
trabada del arsenal.

158
—Los soldados están gordos, tienen la barriga llena. Cuando les pedimos comida nos matan como a
perros. —Era una mujerona huesuda, vestida de negro. Se paró frente a la puerta y alzó sus esqueléticos
brazos al cielo. —Invoco a Alá, que los fulmine con la peste y el cólera. ¡Que coman carne de sapos y de
buitres, como nosotros nos vemos obligados a hacer! —Su voz era un agudo alarido.
Las otras mujeres se congregaron en torno a ella. Comenzaron a ulular otra vez, moviendo sus
lenguas de modo que escupían mientras producían ese terrible sonido fúnebre.
—Los francos también tienen comida —chilló la mujer de negro—. ¡Se hartan como pachas en sus
palacios!
—El recinto de al-Sajawi, el infiel, está lleno de animales gordos. Sus almacenes están atestados de
sacos de grano.
—¡Dadnos comida para nuestros bebés!
—Shaitan es aliado de al-Sajawi. Le ha enseñado brujería. Hace el maná del diablo con yerbas y
zarzas. Su gente lo come hasta saciarse.
—¡Destruyamos el nido de Shaitan!
—Somos hijos de Alá. ¿Por qué se hartan los infieles mientras nuestros bebés mueren de hambre?
La multitud vacilaba, desorientada, y la mujer de negro se hizo cargo. Corrió al comienzo de la calle
que llevaba al hospital y de ahí al complejo de Ryder Courtney.
—¡Seguidme! ¡Os mostraré dónde encontrar comida! —Comenzó una danza, arrastrando los pies,
agachándose y ululando, y la muchedumbre la siguió, llenando de lado a lado la estrecha calle con una
masa humana que bailaba y chillaba.
Los hombres oyeron la algarabía y salieron de sus escondrijos entre las ruinas. El ulular de las
mujeres los enloquecía. Los que tenían armas, las enarbolaban. Se unieron a la turbulenta procesión
danzante y entonaron las canciones de guerra de las tribus que combaten.

***
Ryder y Jock McCrump estaban en el taller principal. Habían sufrido varios atrasos. Ésta era la
tercera vez en otros tantos meses que se habían visto obligados a sacar el motor del Ibis del casco y a
volver a soldar penosamente las líneas de vapor. Luego, habían descubierto que los cojinetes del eje motor
principal también habían resultado dañados y golpeaban ruidosamente aún a bajas revoluciones. Jock
había fabricado repuestos: de un bloque de metal macizo forjó y limó los muñones de bancada a mano.
Fue un monumental despliegue de habilidad y paciencia. Finalmente, tras todos esos meses de meticuloso
trabajo, las reparaciones estaban completas. Ahora, estaban armando todo otra vez para hacer una
verificación final antes de transportarlo al puerto para instalarlo en la sala de máquinas del vapor.
—Bueno, capitán, creo que esta vez lo hicimos bien. —Jock se incorporó, con grasa negra hasta los
codos y los pocos pelos que le quedaban adheridos al cuero cabelludo por el sudor. —Creo que esta vez el
viejo Ibis nos podrá sacar de este agujero infernal olvidado de Dios. Hay un lugar en Aswan que
administra una muchacha de Glasgow, una dama de mi conocimiento. Vende genuino whisky de malta de
la isla de Islay. Es como si sintiera ese sabor en mi boca. Realmente es el néctar del Todopoderoso, y eso
que no quiero blasfemar.
—Pagaré la primera vuelta —prometió Ryder.
—Y todas las otras —dijo Jock—. Nunca pagó en todo el año que pasó.

159
Ryder estaba a punto de protestar ante esa injusticia, cuando oyó pasos que se acercaban a la carrera y
los chillidos agitados de Saffron:
—¡Ryder! Ven rápido.
Ryder salió a la puerta.
—¿Qué ocurre Saffron?
Se recogía las faldas con la mano y el sombrero le colgaba a la espalda por la cinta. Su rostro
arrebolado estaba color escarlata.
—Está ocurriendo algo terrible. Rebecca me envió a que te busque. ¡Apresúrate! —Lo tomó de la
mano y lo arrastró con ella. Corrieron hacia el patio de las calderas.
—¿Oyes? —Saffron se detuvo y alzó la mano. —Ahora, ¿oyes? —Era un leve parloteo, un murmullo
como el del viento en los árboles o el de una cascada distante.
—Sí, pero ¿qué es?
—Nuestras mujeres dicen que es una gran multitud. Viene del arsenal. Nuestras mujeres dicen que se
han reducido otra vez las raciones de grano y que habrá terribles problemas. Están aterradas y se están
escapando.
—Saffron, ve a buscar a Rebecca y a Amber.
—Amber no está aquí. Está lloriqueando en el palacio. No regresó desde que se enteró de que el
capitán Ballantyne se fue.
—Bien. Allí estará a salvo. Que las mujeres se vayan, si quieren. Trae a Rebecca, Nazira y cualquier
otro que quiera venir a la fortaleza. Ya sabes cómo cerrar los postigos y trabar las puertas. También sabes
dónde se guardan los fusiles. Rebecca y tú, ármense. Espérame allí.
—¿Adonde vas?
—A buscar a los hombres. Basta de preguntas. ¡Vamos, corre!
Ryder había fortificado su complejo en previsión de desórdenes de esa índole. Los muros eran altos y
sólidos y sobre sus remates se alineaban trozos de vidrio roto. Había diseñado el interior del complejo en
forma de una serie de patios, cada uno de los cuales podía ser defendido individualmente, pero que, en
caso de que cayera, permitía retirarse al siguiente. La fortaleza del centro comprendía sus aposentos
privados, el tesoro y el arsenal. Todas las puertas y ventanas podían ser cerradas con pesados postigos.
Los muros estaban perforados de aspilleras para disparar fusiles, y el techo de junco tenía una gruesa capa
de arcilla del río que lo hacía ignífugo.
La primera línea de defensa era el muro exterior, con sus sólidos portones de entrada y salida. Envió a
Jock, acompañado de tres hombres, a instalar una barricada en el portón trasero y montar guardia allí.
Luego, Ryder fue con Bacheet y cinco de sus hombres de más confianza al portón delantero, que daba a la
estrecha calle. Todos iban armados de largos palos de madera. Ryder se aseguró de que el portón tuviese
echado el pestillo y de que las pesadas barras de madera que lo trancaban estuvieran en su sitio. Haría
falta un ariete para hundirla. A un lado de la pared había un bajo portillo de palos, suficientemente ancho
como para dejar pasar una persona por vez. Ryder salió por allí. La calle estaba vacía, a excepción de unas
pocas mujeres de las cocinas de torta verde. Huían como pollos asustados, y segundos después, todas
desaparecieron.
Ryder esperó. Deliberadamente, no llevaba nada más provocativo que su largo palo de madera. Un
fusil era menos que inútil ante una muchedumbre. Un disparo podía derribar a uno de sus integrantes, pero
no haría más que enfurecer a los demás, que estarían sobre él antes de que tuviera tiempo de recargar. Una

160
forma segura de hacerse despedazar, pensó, y se apoyó con aire casual en su palo, adoptando una actitud
calma, relajada. Ahora, el sonido de la multitud se aproximaba, y crecía en intensidad. Sabía lo que
significaba ese coro de agudas ululaciones. Estaban incitándose ellas mismas y a sus hombres al frenesí.
De pie, solo frente al portón, oyó cómo el sonido se transformaba en un rugido asordinado que caía
sobre él como las aguas bravías de un río en una inundación repentina. De pronto, la primera fila de la
multitud apareció en la estrecha calle, a doscientos pasos de él. Lo vieron y vacilaron. La algarabía
decreció gradualmente hasta convertirse en un extraño murmullo. Lo conocían bien, y su reputación era
formidable.
Al diablo si no les voy a hacer la de Gordon. Ryder sonrió para sus adentros. El Chino Gordon era
famoso por el poder hipnótico que podía ejercer sobre una tribu de salvajes hostiles. Se afirmaba que
podía calmarlos y controlarlos con el mero poder de su personalidad y la mirada de sus acerados ojos
azules.
Ryder se enderezó en toda su altura, y les clavó la mirada con toda la ferocidad que pudo. Sabía que
consideraban que los ojos verdes o azules eran propios del diablo. El murmullo decreció hasta convertirse
en silencio. Por el momento, estaban empatados. Sólo hacía falta un pequeño impulso para que la ventaja
se volcara hacia uno u otro lado.
Comenzó a andar hacia ellos. Ahora, blandía amenazadoramente su palo, y caminaba con calculada
amenaza. Retrocedieron lentamente ante su avance. Uno miró por encima del hombro. Estaban a punto de
ceder.
Repentinamente, una alta y desgarbada figura femenina se plantó de un salto en la callejuela. El
hambre había marchitado sus rasgos. Los labios se habían retraído, dejando a la vista dientes blancos
como huesos, demasiado grandes para sus encías de un pálido color rosado, tachonadas de úlceras
abiertas. Envuelta en sus vestimentas negras, era la arpía de la mitología. Avanzó danzando hacia él. Sus
pantorrillas bajo las negras faldas eran delgadas como patas de garza y sus enormes pies se
convulsionaban como bagres negros que boquean sobre la arena. Echó la cabeza hacia atrás y lanzó un
chillido sobrenatural. Detrás de ella, la muchedumbre rugió y avanzó tras sus pasos, ocupando toda la
callejuela.
Ryder alzó la mano derecha con gesto conciliador.
—Os daré lo que queráis —dijo—. Deteneos.
Su voz fue ahogada por los alaridos de la arpía:
—¡Hemos venido a tomar lo que queramos, y mataremos a quien se interponga en nuestro camino!
Lentamente, Ryder alzó la mano izquierda e hizo el signo del mal de ojo. La apuntó al rostro de la
mujer, y vio cómo sus párpados se estremecían al reconocer el gesto. La vieja tropezó y se detuvo pero,
recuperando fuerzas, volvió a saltar hacia adelante. Él vio la locura en sus ojos, y se dio cuenta de que
estaba demasiado trastornada como para responder siquiera a la más potente brujería.
Así y todo, se mantuvo en su lugar hasta que la tuvo casi sobre él. Entonces, dio un paso hacia ella y
le incrustó la punta del palo en el vientre, justo por debajo de las costillas. Los bazos de la mayor parte de
los habitantes de esa zona fluvial estaban hinchados por la malaria. Un golpe como ése podía hacer
estallar ese órgano, matando o invalidando a su poseedor. La arpía cayó como un atado de harapos negros,
pero las primeras filas de la multitud saltaron sobre su cuerpo. Un hombre que iba a la cabeza lanzó un
tajo con su montante hacia la cabeza de Ryder. Éste se agachó y entró por el portillo de palos. Bacheet ló
cerró de un golpe y le echó el pestillo. Oyeron y sintieron el impacto producido por la multitud al chocar
contra el otro lado de la entrada.

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—Dejémoslos pasar de a uno por el portillo, y a medida que entren, les partimos el cráneo —sugirió
Bacheet.
—Son demasiados —dijo Ryder meneando la cabeza—. Me subiré al portillo y trataré de hacerlos
entrar en razón.
—No se puede razonar con una jauría de perros rabiosos.
Alguien le tiraba insistentemente de los faldones de la chaqueta, y Ryder trató de soltarse. Luego, se
volvió.
—Creo que te dije que te quedaras en la fortaleza —dijo, enfadado.
—Te traje esto. —Saffron le tendió la canana, con su hilera de cartuchos de bronce y el revólver
enfundado pendiendo de ella.
—iBien hecho! —Se la abrochó a la cintura. —Pero ahora, regresa a la fortaleza y quédate ahí. —No
se volvió para ver si ella acataba sus órdenes, sino que, dirigiéndose a Bacheet, le dijo: —Busca la
escalera larga del taller.
La pusieron contra la pared. Ryder subió a toda velocidad hasta el último escalón y miró abajo, a la
calle. Toda la extensión de la misma, a lo largo y a lo ancho, estaba colmada de gente. Distinguió a la
arpía que había derribado: estaba de pie otra vez, doblada y renqueando de dolor, pero su voz era tan
aguda y estridente como antes. Daba órdenes a la muchedumbre de tomar todo lo que fuera inflamable de
las construcciones que flanqueaban la calle. Arrastraban vigas, frondas de palma seca, muebles viejos y
basura y los apilaban contra el portón del complejo.
—Oídme, ciudadanos de Jartum —gritó Ryder en árabe—. Que la paz y la sabiduría de Dios os
guíen. Todo lo que hay tras estos muros, os lo doy de buena gana.
Lo miraron, desconcertados, mientras él hacía equilibrios en la punta de la escalera.
—¡Es el discípulo de Shaitan! —gritó la arpía—. ¡El infiel! ¡Mirad al comedor de cerdo! ¡Al que
fabrica el maná verde del infierno! —Dio unos doloridos pasos de baile, y la multitud rugió detrás de ella.
Le arrojaron piedras y palos, pero el muro era alto, y era difícil alcanzarlo. Los proyectiles golpearon el
muro y rebotaron, cayendo ruidosamente en la calle polvorienta.
—Lo que llamas maná del diablo son yerbas y juncos cocidos. Si alimentáis con ellos a vuestros
niños, recuperarán la salud y medrarán.
—¡Miente! Son falsías que el diablo le pone en la boca. Sabemos que comes pan y carne, no hierba.
Tras esos muros, tienes dhurra y carne. Dánoslos. Danos tus animales. Danos el dhurra que tienes en tu
almacén.
—No tengo dhurra.
—¡Miente! —chilló la arpía—, ¡Traed fuego! Lo haremos salir con las llamas de su nido de pecado y
sacrilegio.
—¡Esperad! —gritó Ryder—, iOídme!
Pero el rugido de la multitud ahogó su voz. Una de las mujeres se acercó corriendo por la calle
atestada. Traía una tea encendida, un lío de harapos empapados en pez y atados a un palo de escoba. Un
humo alquitranado surgía de las llamas. Le entregó la tea a un hombre, que corrió con ella hacia el portón.
Ryder miró hacia abajo con alarma, dándose cuenta de lo alta que era la pila de basura amontonada contra
el portón principal. El hombre arrojó la humeante tea encima del montón de madera. Rodó hasta la mitad
de la pila, y allí se detuvo. En el aire seco del desierto, las llamas prendieron de inmediato, lanzando sus
lenguas hacia arriba. Los portones llevaban muchos años al sol. Aunque Ryder hacía que sus hombres los

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pintaran regularmente, la madera se secaba y resquebrajaba con más velocidad que la que podían
repararla, y ahora la pintura seca se encendió, y las llamas crecieron de un salto. Eran casi incoloras a la
brillante luz del sol. Ryder evaluó si decirle a Bacheet y sus hombres que formaran una cadena de baldes
de agua para extinguir las llamas antes de que éstas quemasen el portón, pero se dio cuenta de que no
había suficientes hombres ni baldes, que el río y el pozo estaban demasiado lejos y que las llamas ya
sobrepasaban el muro. El calor era intenso, y lo obligó a bajar de la escalera.
—Bacheet, podríamos combatirlos aquí, pero no quiero tiros. No quiero matar a nadie.
—Me preocupo por mí, efendi. Tampoco yo quiero que me maten —repuso Bacheet—. Éstos son
animales, animales rabiosos.
—Pasan hambre y los han forzado a esto.
—¿Envío a uno de nuestros hombres con un mensaje que le diga a Gordon que envíe soldados para
dispersarlos? —preguntó esperanzado Bacheet.
Ryder sonrió sombríamente.
—Gordon Pacha no es nuestro amigo. Sólo nos valora por nuestro dhurra y nuestros camellos. Si
enviamos a uno de nuestros hombres, la muchedumbre lo hará pedazos. Creo que estamos obligados a
salvamos sin ayuda de Gordon Pacha.
—¿Cómo lo haremos? —preguntó simplemente Bacheet.
—Debemos retirarnos hasta el complejo principal. No podrán quemar ese portón. La manguera de
incendios llega hasta allí. —Tuvo que alzar la voz para hacerse oír por encima de los aullidos y gritos de
la multitud y del crujir de las llamas. —¡Vamos! iSeguidme! —La pintura del lado de adentro del portón
comenzaba a chamuscarse.
Corrió de regreso al portón interior y dio órdenes de aprontar la bomba de agua y la manguera de
incendios. Había una plataforma de tiro a lo largo del remate del muro interno y, de mala gana, Ryder
distribuyó fusiles Martini-Henry entre quienes sabían usarlos. Además de Rebecca y Jock, sólo había
entrenado a cinco de sus hombres, incluyendo a Bacheet. A los árabes no les interesaban las armas de
fuego, ni tenían aptitud para manejarlas. Rebecca disparaba mejor que la mayor parte de ellos. Dejó a las
mujeres y a Jock en la fortaleza, vigilando las troneras.
Desde el parapeto de tiro vio cómo el portón principal se combaba lentamente hacia adentro, hasta
que se desplomó sobre el polvoriento suelo con un estallido final de chispas y pavesas. La chusma se
derramó por la abertura, saltando y empujándose unos a otros por sobre los restos llameantes del portón.
Una de las mujeres de más edad perdió pie y cayó entre las llamas Éstas envolvieron de inmediato su
voluminosa túnica. El resto de la multitud ignoró su agónico chillido y, segundos después, quedó inmóvil.
El nauseabundo olor de su carne asada flotó hasta el parapeto del muro interior donde se apostaba Ryder.
Una vez que los cabecillas estuvieron dentro, se detuvieron. Estaban en un terreno que no les era
familiar, y miraron en torno a sí con curiosidad Luego, distinguieron la hilera de cabezas sobre el parapeto
del muro interior, y el salvaje coro se volvió a alzar. Arremetieron directamente contra el portón interior
como una jauría de perros salvajes. Ryder los dejó que recorrieran la mitad del camino, y luego disparó
sobre el duro suelo de arcilla apisonada frente a los cabecillas. La bala levantó un penacho de polvo y
grava y rebotó por encima de sus cabezas. Se pararon en seco, agitándose, indecisos.
—¡No os acerquéis más! —gritó—. Mataré al próximo que siga avanzando. —Algunos se volvieron,
otros comenzaron a escapar disimuladamente. Entonces, la arpía renqueó hasta el frente. Una vez más, se
entregó a una grotesca danza. Había sacado de algún lado un espantamoscas hecho con una cola de vaca
Lo agitaba mientras chillaba amenazas y maldiciones contra los hombres del parapeto.

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—Vieja sucia y estúpida —murmuró Ryder, frustrado y desesperado —no me obligues a matarte. —
Le disparó frente a los pies y, cuando la bala hizo saltar el polvo por debajo de ella, saltó, haciendo aletear
los negros faldones de su túnica como un cuervo viejo que levanta vuelo. La muchedumbre volvió a
aullar. La vieja aterrizó y se encaminó directamente hacia el muro interior. Ryder metió otra bala en la
recámara y disparó. Una vez más, la vieja saltó alto, y los hombres que la seguían la imitaron entre risas.
El sonido tenía una calidad perturbada y obscena que era tan amenazadora como los anteriores gritos de
rabia.
—¡Detente! —murmuró Ryder—. Por favor, detente, vieja perra. —Volvió a disparar, pero la
multitud se había dado cuenta de que no tiraba a matar y perdió todo temor. Avanzaron en enjambre tras
la danzante figura. Llegaron al portón y comenzaron a golpearlo con sus armas y con las manos desnudas.
—¡Madera! —gritó la arpía—. ¡Traed más madera! —Corrieron a buscarla y cuando regresaron, la
apilaron contra el portón como antes.
—¡Accionar la bomba! —gritó Ryder, y dos hombres tomaron los manubrios y comenzaron a
bombear. La vacía manguera de lona, que atravesaba el patio, se hinchó y endureció al aumentar la
presión, y un poderoso chorro de agua del río salió del pico. Dos de los hombres del parapeto lo apuntaron
sobre el montón de combustible. Lo golpeó con tal fuerza que la pila se deshizo.
—Apúntenle a ella —dijo Ryder señalando a la arpía. El agua a presión le dio de lleno en el pecho y
la arrojó de espaldas. Golpeó el suelo con los homóplatos y rodó. El chorro de la manguera la seguía.
Cada vez que lograba incorporarse, el chorro la volvía a derribar. Finalmente, se alejó gateando del
alcance de la manguera. Ryder dirigió el chorro sobre los hombres que encabezaban la multitud, que se
dispersaron. De inmediato, se dirigieron a las construcciones del complejo que quedaban fuera de las
fortificaciones internas. A los pocos minutos oyó golpes y martillazos que provenían de sus almacenes.
—Están destrozando las puertas del depósito de marfil —gritó Bacheet—. Debemos detenerlos.
—Somos diez y ellos mil. —Ryder no necesitó decir más.
—¿Y el marfil y las pieles? —a Bacheet le tocaba un pequeño porcentaje de las ganancias de Ryder,
y, al pensar en lo que perdería, su rostro reflejó desolación.
—Prefiero que se queden con los dientes de los elefantes y los pellejos de los animales antes que mis
dientes y mi pellejo —dijo Ryder—. Como sea, no pueden comerse el marfil. Tal vez cuando vean que no
hay dhurra en los almacenes pierdan el interés.
Era una esperanza vana, y lo sabía. Al poco tiempo, los hombres regresaron, aguijoneados por el
salvaje ulular de las mujeres. Traían algunos de los colmillos más grandes y atados de cueros secados al
sol. Los apilaron al pie del muro. Su intención era evidente. Construían una rampa para escalar la pared.
De inmediato, Ryder les ordenó a sus hombres que apuntaran el chorro a la pila. Los colmillos y los
pesados fardos de pieles eran mucho más sólidos que los desperdicios que habían empleado en su primer
intento, y el chorro de la manguera no los conmovió. Trataron de concentrar sus esfuerzos sobre los
hombres, pero aun bajo el chorro, la mayor parte de ellos no cayó, y siguió apilando colmillos en la
creciente rampa. Cuando alguno era derribado, tres corrían a ocupar su lugar. Siguieron apilando los
pesados materiales hasta que llegaron casi hasta el remate del muro. Luego, se reagruparon en el patio
exterior, fuera del alcance de la manguera. La arpía negra retozaba entre ellos.
—Usted le debería haber pegado más fuerte —murmuró sombrío Bacheet— o, mejor aún, haberle
metido un tiro en su fea cabeza. Aún hay tiempo de hacerlo. —Alzó el Martini-Henry y lo apuntó por
sobre el parapeto.
—Si tú eres el que dispara, no corre peligro —observó Ryder. A pesar de las horas de instrucción que
le había prodigado, a Bacheet le faltaba mucho para dominar el arte del tiro. Bacheet pareció dolorido por

164
el insulto, pero bajó el fusil. —¿Ve? La vieja bruja está escogiendo a los mejores hombres para que
escalen los muros.
Bacheet tenía razón. Aún después de que la derribara el chorro que la alcanzó de lleno, no soltaba el
espantamoscas. Lo llevaba asegurado a la muñeca con una tira de cuero crudo. Recorría la muchedumbre
y marcaba a sus elegidos dándoles en la cara con la cola de vaca. Rápidamente, eligió a treinta o cuarenta
de los más jóvenes y fuertes. Muchos iban armados de montantes o hachas.
Alentadas por la arpía, las mujeres recomenzaron su horrible cacofonía. La tropa de asalto enarboló
sus armas y se precipitó sobre los muros. El chorro de agua golpeó a los cabecillas, pero entrelazaron sus
brazos para sostenerse uno a otro.
—Disparemos, efendi —suplicó Bacheet—. Están tan cerca que ni yo puedo errar.
—No apostaría sobre eso —gruñó Ryder—. Pero no dispares. Si matamos sólo a uno, enloquecerán y
comenzarán una masacre. —Pensaba en las mujeres de la fortaleza. Poco más importaba.
Aun bajo el chorro de la manguera, los atacantes trepaban ágilmente al parapeto. Ryder y sus
hombres los detenían allí, dándoles en la cabeza con sus garrotes y palos. Tenían la ventaja de la altura. A
una distancia de pocos pies, la manguera de incendios era casi irresistible, y los largos palos evitaban que
los atacantes se acercaran lo suficiente como para usar sus espadas. Pero cuando algunos se
descorazonaban y se retiraban bajando por la rampa de fardos y colmillos, la arpía los esperaba al pie de
ésta para azotar sus rostros con el espantamoscas y cubrirlos de injurias. Tres veces fueron rechazados y
tres veces ella los volvió a enviar al ataque.
—Se están rindiendo —jadeó Bacheet—. Están perdiendo ánimos.
—Espero que Alá te esté oyendo —replicó Ryder, esgrimiendo su bastón, que hizo crujir el cráneo
del hombre que tenía frente a él. Rodó por la rampa y quedó inmóvil sobre el suelo. Ni siquiera los
enérgicos golpes del espantamoscas de la arpía lo despertaron.
Entonces, un hombre se abrió paso entre el mujerío ululante. Avanzaba con el fluido andar de brazos
colgantes propio de un viejo gorila macho. Su cabeza redonda y afeitada brillaba como un bala de cañón.
Su piel era del color de la antracita y tenía rasgos nubios, labios gruesos y nariz ancha y aplastada. Se
había quitado todas las vestiduras menos el taparrabos, y los músculos de su pecho abultaban bajo la piel
aceitada, retorciéndose como una bolsa de seda negra repleta de pitones.
—A éste lo conozco —dijo Bacheet en un ronco graznido—. Es un famoso luchador de Dongola. Lo
llaman el Aplastahuesos. Es peligroso.
El nubio trepó la rampa con agilidad asombrosa. Ryder corrió hacia la plataforma para enfrentarlo,
pero ya estaba sobre el parapeto. Se incorporó en toda su estatura, plantándose como un coloso de ébano.
Sujetando su largo palo bajo el brazo como si fuese una lanza, Ryder corrió hacia él. La punta afilada
le dio al nubio en el medio del pecho y laceró su carne. Ryder cargó todo su peso y el nubio hizo
equilibrios, agitando los brazos como aspas de molino y arqueando el cuerpo hacia atrás.
De un salto, Bacheet se puso junto a Ryder y ambos cargaron su peso combinado sobre el palo. El
nubio cayó como una avalancha de roca negra. Arrastró a los cinco hombres que venían detrás de él, y
cayeron los seis por la empinada rampa en una confusa mescolanza de brazos y piernas.
El nubio golpeó la tierra cocida por el sol con la parte posterior de su cabeza afeitada, y el impacto
reverberó como la caída de un árbol de caoba derribado por el rayo. Quedó inmóvil, con la boca abierta,
por la que brotaban ronquidos como truenos, que le resonaban en la garganta. La arpía saltó sobre su
pecho y le azotó el rostro.

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El nubio abrió los ojos y se sentó. Apartó a la vieja con el dorso de una mano como si se tratara de un
insecto y sacudió la cabeza, mareado. Luego, vio a Ryder y a Bacheet, que lo contemplaban sonriendo
desde lo alto. Echó hacia atrás la cabeza, bramó como un búfalo caído en una trampa, buscó a tientas su
espada, se puso de pie y cargó rampa arriba.
—Dulce Madre de Dios —dijo Ryder—. Mira cómo viene. —Volvió a alzar el palo, y cuando el
nubio llegó al remate, le volvió a pegar de punta con saña. Con un leve golpe de la hoja, el nubio cortó un
trozo de dos pies de largp del palo. Ryder enarboló el trozo que le quedaba, pero, con un tajo de revés, el
nubio volvió a cortar el palo, dejándole un muñón no más largo que su brazo. Ryder se lo arrojó. Le acertó
al nubio en el medio de su deprimida frente. Parpadeó y volvió a rugir, y en un paso más estuvo sobre el
parapeto, lanzando feroces tajos.
—¡Retirada! ¡A la fortaleza! —gritó Ryder, agachándose para esquivar la hoja.
De pronto, se dio cuenta de que estaba solo sobre el parapeto. Anticipándose a su orden, los otros
habían huido tan rápido como pudieron. Se lanzó al patio por la endeble escalera y corrió hacia la puerta.
Oía al nubio muy cerca detrás de él, y el siseo de su espada le abanicó los cortos cabellos sudorosos de la
nuca.
-¡Corre Ryder, está detrás de ti! -chilló Saffron por una tronera-. ¡Dispárale, yo te di tu revólver! ¿Por
qué no le disparas? —En teoría, era un buen consejo, pero si perdía así fuera un solo segundo
desabrochando la tapa de la pistolera, el nubio le cortaría limpiamente la cabeza. Logró aumentar la
velocidad y se fue acercando a Bacheet y a los demás árabes.
—¡Más rápido, Ryder, más rápido! —gañía Saffron. Oía la áspera respiración a sus espaldas. Los que
lo precedían entraron en la fortaleza a toda velocidad.
Rebecca lo esperaba sujetando la puerta para mantenerla abierta. Ahora, bajó el fusil y pareció
apuntarle directamente a la cabeza.
—¡Si disparo te doy a ti! —exclamó, bajando el cañón—. Vamos Ryder, por favor, vamos. —Aun en
medio de esas desesperadas circunstancias, que ella lo llamase por su nombre de pila le produjo un dulce
estremecimiento y le prestó alas a sus pies. Se precipitó por la puerta abierta, y Rebecca y Saffron la
cerraron de golpe a sus espaldas. El nubio se estrelló contra la puerta cerrada con tal fuerza que la hizo
temblar en su marco.
—La va a sacar de quicio —dijo Rebecca con un jadeo. Oyeron cómo el nubio le daba tajos y
puntapiés.
—Puerta de acero, marco de acero —la tranquilizó Ryder, tomando el fusil que le tendía Saffron.
Abrió la recámara y verificó que estuviese cargado. —Aquí estaremos a salvo.
Se dirigió a la tronera, seguido de cerca por Rebecca. Por la estrecha abertura veían el patio hasta la
puerta del taller y, por el otro lado, hasta la entrada al sector de los animales. La ancha espalda del nubio,
reluciente de sudor, apareció en su campo de visión. Había abandonado su asalto a la puerta de la
fortaleza. Ahora, atravesaba el patio a zancadas rumbo a los trabados portones internos. Cuando los
alcanzó, Ryder lo vio levantar los pesados alamudes de teca que los trancaban y arrojarlos a un lado.
Luego, retrocedió y descerrajó el pestillo de bronce de un puntapié. Cuando los portones se abrieron, la
primera en entrar en el patio fue la arpía. La horda la siguió.
Se dirigió directamente a la fortaleza, seguida de cerca por los demás. Era un espectáculo horroroso:
parecía que las puertas del infierno se hubieran abierto, vomitando legiones de condenados y de quienes
llevaban muertos mucho tiempo. Sus rostros estaban estragados por la enfermedad y el hambre, los ojos
parecían demasiado grandes para las cabezas marchitas y consumidas, los labios y párpados estaban
hinchados por úlceras supurantes y forúnculos. A medida que el cuerpo se devora a sí mismo y la piel

166
lanza los fluidos de la putrefacción y la disolución, el hambre y la enfermedad emiten sus propios olores:
cuando se apiñaron en las troneras, el interior caliente y encerrado se llenó de un hedor a sepulcros
abiertos. Los rostros armiñados gesticulaban y hacían muecas en las aberturas. ¡Comida! ¿Dónde está la
comida? Metían los brazos. Sus miembros eran delgados y nudosos como ramas secas. Las palmas de sus
manos eran pálidas como los vientres de peces muertos.
—Oh, Jesús, apiádate de nosotros —jadeó Rebecca, apretándose contra Ryder, buscando
instintivamente su protección. Él le pasó un brazo por los hombros. Esta vez, no hizo esfuerzo alguno por
alejarse de él. —¿Qué ocurrirá con nosotros?
—Ocurra lo que ocurra, me quedaré contigo —le dijo, y ella se estrechó más contra él.
La arpía daba órdenes a la chusma.
—¡Registrad todos los edificios! ¡Debemos encontrar dónde esconden el dhurra! Luego,
destrozaremos las ollas donde cocinan el maná del diablo. Es maligno y ofende a los ojos de Dios. Eso es
lo que ha hecho caer la desgracia sobre la ciudad, trayéndonos la peste y el desastre. Encontrad dónde
esconde los animales. Hoy, os hartaréis de dulce carne. —Su voz estridente penetraba hasta lo más hondo
de sus cuerpos hambreados. Le respondían con una suerte de obediencia ciega, hipnótica, y se alejaron de
las aspilleras, de modo que Ryder pudo volver a ver hacia afuera. Rebecca y él pusieron sus rostros en la
misma abertura, respirando el aire del exterior, más limpio, y contemplando las hordas que marchaban
hacia el portón del sector de los animales, guiados por el colosal nubio y por la arpía.
—Bueno, capitán, esos bongos suyos ya no volverán a cagar la cubierta de mi barco —dijo Jock
McCrump en tono lúgubre. Repentinamente, recordó tener buenos modales, y, tocándose el ala del
sombrero, le dijo a Rebecca: —Si me disculpan el francés, señoritas.
—¿Qué harán con ellos, Jock? —La voz de Saffron estaba llena de temor.
—Todos los animalitos irán a la olla, ¿sabe, señorita Saffy?
Saffron se precipitó a la puerta y trató de abrir las barras que la trababan.
—¡Lucy! ¡Debo salvar a Lucy y a su bebé!
Ryder la tomó del brazo, suave pero firmemente, y la atrajo hacia él.
—Saffron— dijo en un ronco susurro— ya no podemos hacer nada por Lucy.
—¿No puedes detenerlos? ¡Por favor! ¿No los vas a detener, Ryder?
No tenía respuesta para darle. Estrechó fuerte a las dos muchachas, Saffron de un lado, Rebecca del
otro. Se aferraron a él y contemplaron cómo parte de la multitud se apiñaba sobre el portón que llevaba al
sector de los animales, tratando de entrar por la fuerza, pero era sólido y resistió a sus esfuerzos.
Entonces, el nubio los hizo a un lado con sus hombros. Se plantó contra el portón y lo sacudió hasta que
castañeteó contra su marco, pero sin ceder. Dio un paso atrás y cargó, estrellando su inmenso hombro
contra la puerta. Los goznes fueron arrancados del marco, y la puerta se abrió de golpe.
Alí, el viejo cuidador, estaba en la puerta abierta, una espada herrumbrosa en sus manos.
—Alí, viejo estúpido —gruñó Ryder, y procuró alejar a las muchachas para que no vieran lo que
estaba por ocurrir. Pero se resistieron y miraron por la tronera, sus rostros pálidos como ceniza.
Alí alzó su espada por encima de su cabeza.
—¡Fuera, todos! No entraréis aquí. —Su voz era aguda y temblona. —No os permitiré que toquéis a
mis amores. —Renqueó hacia el gigante amenazándolo con su arma mellada. El Aplastahuesos estiró un
grueso brazo y tomó la muñeca de la mano que empuñaba la espada. La sacudió como un terrier a una
rata, y oyeron el crujido que hizo el antebrazo del viejo al partirse. La herrumbrosa espada cayó a sus pies

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en el polvo. Usando el brazo roto a manera de asa, el Aplastahuesos levantó el cuerpo estremecido de Alí
por encima de su cabeza y lo estrelló contra la jamba del portón con tanta fuerza que sus costillas se
partieron como chamiza. Dejó caer el cuerpo roto y pasó por encima de él. La muchedumbre se precipitó
tras él, y, al pasar, golpearon la cabeza de Alí con sus garrotes y espadas.
Un gran rugido de codicia y hambre se alzó desde el interior del recinto cuando la chusma vio las
filas de jaulas y los animales aterrorizados que éstas contenían.
—¡Comida! ¡Carne! —gritó la arpía—. Os prometí que os hartaríais de carne roja fresca. Ahí la
tenéis. —Se precipitó sobre la jaula más cercana y le arrancó la puerta. Estaba llena de loros escarlatas y
grises, una nube de alas vertiginosa y chirriante. Entró de un salto y los azotó con su espantamoscas,
arrojándolos al piso de la jaula y pisoteándolos con sus pies coriáceos.
La muchedumbre siguió su ejemplo, abriendo a la fuerza las jaulas de los monos y matando a
garrotazos a sus aterrados ocupantes mientras éstos saltaban. Luego, atacaron las estacadas y corrales de
los antílopes.
Desde la fortaleza, oían lo que ocurría. Por sobre el estrépito de las jaulas al romperse y la algarabía
de la chusma, Saffron lograba identificar las voces aterradas de sus criaturas preferidas: los chillidos de
los loros y los aullidos de los monos.
—Ésa es Lucy, mi pobre y querida Lucy —sollozó—. No pueden comérsela. Dime que no se
comerán a Lucy. —Ryder la abrazó, pero no encontró palabras para consolarla.
Entonces, llegaron desesperados balidos y bramidos de dolor de los animales más grandes.
—¡Ésa es Victoria, mi bongo! —Saffron se debatía otra vez. —¡Suéltame! Por favor, tengo que
salvarla.
La hembra de bongo atravesó de un salto el portón del sector de los animales, donde el cadáver del
viejo Alí aún yacía en el polvo ensangrentado. Debía de haber escapado de su corral cuando la chusma lo
demolió, y parecía indemne.
Una docena de hombres y mujeres corrieron tras ella con lanzas y espadas. El gran animal de colores
llamativos vio el portón abierto y giró hacia allí, mostrando su liso pelaje de un reluciente castaño oscuro
con franjas color crema, las orejas erguidas, los ojos llenos de terror, grandes y oscuros en su hermosa
cabeza. Casi había llegado al portón abierto cuando uno de los lanceros se detuvo e hizo pivotar sus
hombros, su mano izquierda apuntando directamente a la bestia, la derecha, que empuñaba el venablo,
echada hacia atrás. Desplazó su peso hacia adelante y la lanza voló en un alto arco, y luego cayó hacia el
animal. La alcanzó justo delante de la grupa, y la moharra se enterró. El hierro debe de haber tocado el
espinazo, pues los paralizados cuartos traseros cayeron, y quedó inmóvil apoyada sobre las patas
delanteras.
Un aullido de triunfo se alzó de los cazadores, que se apiñaron sobre el animal herido. No hicieron
ningún esfuerzo por terminar con sus sufrimientos sino que, viva, comenzaron a cortarle trozos de carne.
El nubio se acercó a toda prisa y, con un tajo de su espada, le abrió el vientre como si fuese una cartera.
La pálida bolsa del estómago y las sogas entrelazadas de las entrañas asomaron por el corte. Éstas eran
exquisiteces, y la chusma las arrancó y las devoró vorazmente. El contenido amarillo de las tripas sin
limpiar se mezclaba con sangre y les chorreaba de labios y carrillos cuando masticaban.
El espectáculo le produjo una arcada a Rebecca, quien volvió la cabeza, pero Saffron siguió mirando
hasta que el bongo cayó al fin y la multitud cayó en enjambre sobre su cuerpo como una bandada de
buitres, ocultándolo. De las puertas del sector de los animales, otros salían a la carrera, llevando
sangrantes bultos de carne y los cuerpos aplastados de aves y monos. Trataban de escapar antes de que los
que iban llegando de las calles de la ciudad se unieran a la rebatiña. No hicieron a tiempo, y en todo el

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complejo estallaron brutales riñas y peleas. Saffron vio cómo uno de los niños saltaba sobre un jirón de
carne. Se lo metió a la fuerza en la boca y trató de tragarlo. Pero la mujer a la que se le había caído se
lanzó sobre él, dándole cachetes y puñetazos hasta que se vio obligado a escupirlo. Antes de que pudiera
levantarlo del polvo, alguien más lo arrebató, y huyó por el portón, con la mujer siguiéndolo de cerca.
Otro grupo hundió la puerta del cobertizo que contenía la producción de torta verde del día.
Recogieron trozos en sus camisas, pero antes de que pudieran huir llevándolos, la arpía cayó sobre ellos.
Parecía haberse elevado por encima de la simple necesidad de hacerse de comida y corría entre ellos,
tirando azotes al azar con su mosquero, vociferando:
-¡Ése es el veneno de Shaitan! ¡Arrojadlo al fuego! Arrojadlo a las letrinas, que son su lugar. -Aunque
unos pocos huyeron con su botín, la arpía obligó a casi todos a lanzar su presa a los fuegos de la cocina o
por los pozos de las letrinas.
—La ha destruido toda. Qué desperdicio vergonzoso —gritó angustiada Rebecca—. Y ahora hace
que rompan nuestras calderas. Moriremos todos de hambre.
Ryder, impotente, contemplaba a la arpía. Vio cuan peligrosa era la delirante demagoga, que de un
momento a otro podía precipitar otra explosión de locura y pasión homicida. Sin embargo, la mayor parte
de la chusma había desaparecido, y parecía que la insurrección se extinguiría sola.
Aunque los daños causados eran graves, Ryder quiso consolarse pensando que no hacían esfuerzos
por apoderarse del marfil. Evidentemente, era demasiado pesado como para llevarlo lejos. La mayor parte
de sus otras posesiones de valor estaban bajo llave en la habitación fuerte de la fortaleza. En cuanto el
Intrepid Ibis estuviera otra vez en condiciones de navegar, cargaría lo que quedaba en él, y lo tendría
dispuesto para huir en un momento.
Pero la arpía seguía dando vueltas por el patio, deteniéndose cada tantos minutos para agitar el
espantamoscas hacia la fortaleza y gritar maldiciones e insultos a los rostros blancos que veía asomar por
las troneras. Cuando se detuvo a la puerta del taller, Ryder no se alarmó seriamente. Algunos de los otros
saqueadores ya habían entrado allí, y no habían tardado en salir. Allí no había nada que pudieran comer,
nada de valor obvio que se pudieran llevar. Sin embargo, menos de un minuto después de haber entrado
en el taller, la arpía salió y llamó a gritos al luchador nubio, que estaba del otro lado del patio. Como un
gorila adiestrado que responde a su domador, cruzó el patio con sus largas y fluidas zancadas. Ella lo hizo
entrar en el taller. Cuando el nubio salió, llevaba una carga tan pesada que se le doblaban las piernas.
—¡Mirad! —gritó Jock, consternado. Era una carga que habría requerido de la fuerza de cinco
hombres corrientes para moverla: el nubio se llevaba el principal caño de vapor del Intrepid Ibis. Jock
había trabajado durante meses en esta pieza de maquinaria, que ahora estaba lista para ser reinstalada en el
vapor.
La arpía chilló hacia la fortaleza:
—¿Creéis que escaparéis de la furia del Madí? ¿Creéis que huiréis en vuestro pequeño vapor?
Arrojaremos esta cosa al Nilo. Cuando venga el Madí, vuestros blancos cadáveres leprosos se pudrirán en
las calles de Jartum. Ni los buitres los querrán comer. —Arreó al gigante nubio como a un buey hacia el
portón.
—¡Ni él lo podrá llevar hasta el río! -—exclamó Ryder. Pero ahora, la arpía pedía a gritos que otros
fueran a asistirlo. Muchos se apresuraban en su ayuda.
—Les juro solemnemente que no se llevará mi caño de vapor a ningún lado —gruñó Jock. Alzó el
Martini-Henry y el estampido del disparo en la estrecha habitación los ensordeció. El fusil pateó al
retroceder, y el dulce hedor del humo de pólvora negra les ardió en las narices.

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El nubio había llegado al portón. Estaba a menos de setenta yardas de la aspillera. La pesada bala de
plomo le acertó detrás de la oreja y le atravesó el cerebro al bies. En una nube rosada de húmedos tejidos,
salió con un estallido por la órbita ocular derecha. Se derrumbó, y el peso del caño de vapor aplastó su
cuerpo contra la arcilla cocida por el sol.
—Lo mataste —exclamó Ryder, incrédulo.
—¿Acaso no le apunté? —dijo Jock con brusquedad—. Por supuesto que lo maté tan bien como
pude. —Metió otro cartucho en la recámara del fusil con su pulgar calloso. —Y mataré a cualquier otro
que toque mis máquinas.
Un abrupto y tenso silencio cayó sobre el patio. Los amotinados casi habían olvidado la presencia de
los prisioneros blancos déla fortaleza. Contemplaron impresionados el inmenso cadáver semidesnudo.
La arpía fue la única que no quedó privada de movimiento. Arrebató un hacha de las manos del
hombre que tenía más cerca y se precipitó sobre la sección de caño. Una de las muchas tareas de la mujer
sudanesa es la de cortar la leña para el hogar. Cuando el primer golpe del hacha resonó sobre el caño de
vapor, Jock supo que ella era una experta. Volvió a alzar el hacha, y golpeó exactamente el mismo lugar
que había golpeado antes. Jock vio que le apuntaba a una de las soldaduras. El metal de esa parte había
perdido temple por el calor del soplete. Ya cedía. Dos o tres golpes más como los dados, y lo perforaría y
deformaría. Podía llevar días reparar el daño que ya había provocado. Si no hacía algo para detenerla,
podría infligir un daño irreparable.
—Terminemos con estas tonterías —murmuró.
Ryder vio que volvía a alzar el fusil.
—¡No dispares! —gritó—. Jock, no la mates.
—¡Demasiado tarde! —dijo Jock, sin la menor nota de contrición en su voz, y otra vez el Martini-
Henry pateó y bramó entre sus manos.
La bala le acertó a la arpía en pleno pecho. La levantó del suelo y la arrojó contra el muro. Quedó
suspendida allí, con la boca abierta de par en Par, aunque el grito que quiso dar quedó atrapado para
siempre en su garganta. Luego, se deslizó muro abajo, dejando una larga y vivida chorreadura sobre la
superficie encalada.
Los revoltosos que quedaban contemplaron consternados los cadáveres de sus dos cabecillas. El
castigo había sido veloz e inesperado. ¿Cuándo sonaría el próximo disparo, y quién caería? Se elevó un
gemido de alarma, y atravesaron los portones a la carrera.
—¡Haz que sigan corriendo! —Ryder se había resignado a sacar provecho de la precipitada acción de
Jock. Tomó su propio fusil y disparó por encima de las cabezas de los revoltosos. A los pocos minutos, el
patio estaba vacío, con excepción de los cadáveres de la arpía y su nubio.
Ryder abrió cautelosamente la puerta de la fortaleza y le dijo a Rebecca:
—Quédese aquí con Saffron hasta que veamos si es seguro que salgan. —Con los rifles cargados y
alzados en posición de disparo, los hombres barrieron el complejo para asegurarse de que no acechara
ningún peligro. Jock se dirigió directamente a su caño de vapor y se hincó junto a él. Escrutó con ansiedad
las marcas de hacha del metal, y, quitándose su ajada y grasienta gorra, frotó con ternura la golpeada
superficie. Luego, volvió a ponerse la gorra y volvió a estudiar las marcas. Suspiró, aliviado.
—No hay demasiados daños. —Levantó el caño con tanta facilidad como la demostrada por el nubio
y se lo llevó amorosamente de vuelta a su taller.
Ryder fue hacia los dos cadáveres. La arpía estaba sentada con la espalda contra la pared. Tenia los
ojos y la boca abierta y expresión ligeramente desconcertada. La movió con la punta de la bota. Cayó de

170
cara y quedó inmóvil. Podría haber metido su puño cerrado en el hondo y oscuro agujero de bala que se
abría entre los homóplatos de la vieja. No necesitaba examinar al nubio. Su cabeza yacía en un charco de
sesos.
—No lo apruebo, pero disparaste bien, Jock —murmuró. Llamando a Bacheet, le dijo: —Arrójalos al
río. Los cocodrilos darán cuenta de ellos. No hace falta que informemos de esto. Gordon Pacha es un
hombre atareado. No queremos darle más preocupaciones que las que ya tiene. —Aguardó a que Bacheet
y sus árabes se llevaran los cadáveres a la rastra por el portón que daba al canal. Luego, regresó a la
fortaleza y abrió la puerta. —Todo está seguro. Podéis salir.
Saffron salió a la carrera, rumbo al sector de los animales. El viejo Alí yacía encogido junto a uno de
los postes del portón. Había sido su amigo. Amaba a los animales tanto como ella, y le enseñó a cuidarlos.
Se hincó junto a su cuerpo. En los meses transcurridos desde el comienzo del sitio, había visto a la muerte
en muchas de sus formas más odiosas, pero ahora, contemplando el cuerpo de su amigo, sintió náuseas.
Los amotinados habían machacado su cabeza hasta dejarla informe, sin forma humana reconocible.
—Pobre Alí —susurró—. Moriste por tus animales. Dios te amará por eso. —Encontró su turbante,
tinto en sangre, y le cubrió el rostro. —Ve en paz —dijo en árabe.
Lo dejó y entró en el recinto de los animales. Allí se detuvo otra vez. Contempló la devastación y se
le aflojaron las rodillas. Todas las jaulas habían sido abiertas a la fuerza y no quedaba ni un solo animal.
Nubes de moscas azules zumbaban sobre los charcos de sangre que se secaba y coagulaba bajo el sol del
desierto. Sacando fuerzas de flaqueza, Saffron recorrió las filas de jaulas vacías.
—¡Lucy! —llamaba mientras avanzaba, e imitaba el sonido de parloteo que era su voz especial para
que el mono la reconociese—. ¡BilIy! Billy, bebé, ¿dónde estás? —Llegó a la jaula de Lucy. La puerta
había sido arrancada, y la jaula estaba vacía. Acongojada, se quedó mirándola. Era muy pequeña cuando
su madre murió, pero sabía que entonces no se había sentido tan huérfana como ahora.
—No pueden haber hecho esto. Es tan cruel. —Sabía que si permanecía allí estallaría en llanto y su
padre se avergonzaría de ella. Sólo quedaba un lugar del sector por registrar. Se dirigió al cobertizo de los
alimentos, en el extremo más distante del recinto.
—iLucy! —llamó—. ¿Dónde estás, Billy, bebé mío? —escudriñó la oscuridad—. ¡Billy! —hizo su
parloteo simiesco y una pequeña forma oscura apareció detrás de un montón de paja. De un solo salto,
aterrizó sobre la cadera de ella, y se le subió al hombro, parloteando suavemente en respuesta a su
llamada.
—¡Billy! —murmuró Saffron—. ¡Estás a salvo! —Se sentó en el suelo y estrechó contra su pecho el
pequeño cuerpo peludo. A pesar de todo lo que le dijera su padre, comenzó a llorar, sin poder detenerse.

***
Antes del amanecer del día siguiente, inmediatamente después de que las campanas de la misión
marcaran el fin de la queda, Ryder oyó voces femeninas en el patio, seguidas del sonido que hacía la
puerta del cobertizo de la torta verde al cerrarse. Limpió la espuma de la hoja de su navaja de afeitar con
el trapo que usaba como toalla y se dio una última pasada desde la nuez de Adán hasta la punta del
mentón. Examinó su imagen afeitada en el espejo de mano, y gruñó, resignado. A pesar del beso de la
navaja, su mandíbula aún se veía azul. No todos podían tener patillas como las del soldadito carilindo.
Cerró la navaja, la guardó cuidadosamente en el interior forrado de terciopelo de su estuche de cuero y
cerró la tapa. Abandonando sus aposentos privados de la fortaleza, salió al patio.

171
Echó un vistazo al portón del recinto de los animales y sintió que volvían a surgir la ira y el pesar por
la salvaje matanza de sus animales. Aún no lograba ir a ver el recinto. Al menos, Bacheet se había llevado
el cuerpo del viejo Alí y lo había enterrado antes del atardecer, siguiendo lo prescripto por el Islam.
Ahora, Bacheet y sus hombres recogían colmillos de las pilas amontonadas por los insurrectos contra
el muro interno y los llevaban de regreso al depósito. Ryder llamó a Bacheet y, juntos, fueron a
inspeccionar el portón principal. Sólo quedaban unos pocos tablones carbonizados.
—Tendremos que abandonar todo lo que hay tras la estacada externa —decidió Ryder. Nos
mudaremos a las fortificaciones internas. Los portones son sólidos y fuertes. Podemos defenderlos. —
Dejó a Bacheet el cumplimiento de esas órdenes.
A lo largo de la última media hora, había oído el martilleo del metal sobre el yunque desde el taller de
Jock, pero ahora reinaba el silencio. Cruzó hasta el taller y miró por la puerta. Jock McCrump acababa de
encenderla llama azul de acetileno de su soplete, y se estaba bajando a los ojos los lentes ahumados de sus
antiparras. Alzó la vista hacia Ryder.
—La vieja zorra manejaba el hacha como un leñador, y tenía un golpe como el del mismísimo John
L. Sullivan. Me llevará dos o tres días reparar esto. Ahora, vete.
—Así que estamos de mal humor hoy, ¿no?
—No hay motivo para cantar y bailar. Tendrías que haberme dejado matarla antes de que hiciese esto.
Ryder lanzó una risita. Llevaban mucho tiempo juntos y conocían sus mutuas mañas. Dejó que Jock
siguiera con su tarea y se dirigió al cobertizo de la torta verde. Allí estaban Nazira y las tres hermanas
Benbrook. Llevaban los delantales de trabajo y los guantes que se habían hecho ellas mismas, y trataban
de restablecer el orden en la devastada cocina.
—Buenos días, Ryder —lo saludó Rebecca con una sonrisa. Ryder se desconcertó ante la calidez del
saludo, y por el hecho de que aún se dirigiera a él por su nombre de pila.
—Buenos días, señorita Benbrook.
—Le agradecería que de aquí en más se dirigiese a mí por mi nombre de pila. Después de la forma en
que nos protegió a mi hermana y a mí ayer, no necesitamos andarnos con ceremonias.
—Lo poco que pude hacer por ustedes no era más que mi deber.
—Me complació especialmente que fuese usted tan medido en el empleo de la fuerza. Un hombre de
menos talla habría convertido el motín en masacre. Tuvo usted la humanidad de darse cuenta de que esa
pobre gente fue llevada a sus excesos por el terrible dilema en que se encuentran. Así y todo, quisiera
expresar mi solidaridad por las graves pérdidas que usted ha sufrido.
Saffron escuchó con impaciencia a su hermana mayor. No le agradaba esa nueva calidez entre
Rebecca y Ryder. Me dijo que lo despreciaba, y ahora lo arrulla como una paloma, pensó.
—Debían haberlos matado a todos, no sólo a esos dos —dijo agriamente—. De ese modo, Lucy se
habría salvado.
—Al menos, a Billy se lo ve bien. —La severa expresión de Saffron se suavizó y Ryder lo aprovechó
de inmediato. —¿Cómo vas a alimentarlo? Aún no está destetado —preguntó, solícito.
—Nazira dio con una mujer que perdió a su recién nacido por el cólera. Le pagamos para que
alimente a Billy, y él se harta de su leche como un cerdito —replicó Saffron.
Rebecca se ruborizó.
—Estoy segura de que Ryder no quiere oír esos repugnantes detalles —le dijo modosamente a su
hermana.

172
—Entonces, no tendría que haber preguntado nada —dijo, razonablemente, Saffron—. Como sea,
todos saben cómo se alimentan los bebés, de modo que, ¿por qué te pones colorada, Becky?
Ryder buscó como salir del mal trance, y encontró la forma.
—Buenos días, Amber. Te perdiste la diversión de ayer.
Pero Saffron no quería que la atención de Ryder siguiera concentrada en ninguna de sus hermanas.
—No le hagas caso —dijo—. Ha estado enfurruñada desde que se fue el capitán Ballantyne. —Antes
de que Amber pudiera protestar, siguió adelante, atropellándose. —Todas las mujeres sudanesas Se
escaparon. No quieren regresar a trabajar aquí. Las amenazaron los hombres malos de la ciudad, que les
dijeron que hacer torta verde es trabajar para el diablo.
Ryder miró preocupado a Rebecca:
—¿Eso es cierto?
—Me temo que sí. Estaban demasiado aterradas para venir a decírnoslo en persona. Pero una habló
con Nazira. Aun así se arriesgó mucho. Dice que los simpatizantes de los derviches que hay en la ciudad
han descubierto lo importante que es la torta verde para nuestra supervivencia y que están tratando de
evitar que la preparemos. La vieja ésa y el luchador nublo que encabezaron el ataque contra usted eran
madistas.
—Eso explica muchas cosas —dijo Ryder, asintiendo con la cabeza. —Pero, ¿qué planean hacer?
—Continuaremos haciéndolo solas — replicó con sencillez Rebecca.
—¿Sólo ustedes tres?
—Cuatro, contando a Nazira. Ella no tiene miedo. Los Benbrook no nos rendimos tan fácilmente.
Hemos encontrado dos calderas indemnes y nuestra primera partida de torta verde estará lista esta noche.
—Hacer pulpa la vegetación es un trabajo duro —objetó él.
—De ser así, usted debería dejarnos poner manos a la obra ya mismo —le dijo Rebecca—. ¿Por qué
no se va a ayudar al señor McCrump?
—Los hombres nos damos cuenta cuando quieren que nos vayamos de la cocina. — Ryder saludó
tocándose el ala del sombrero y se apresuró a regresar al taller.
Poco después de mediodía, Jock se alzó las antiparras de soldar sobre la frente y sonrió por primera
vez en el día. —Bueno, capitán, esto es más o menos lo mejor que puedo hacer. Tal vez aguante sin que
reviente con la presión y nos dé otro baño de vapor. Sólo nos queda rezarle al Todopoderoso.
Cargaron el eje de transmisión y el caño de vapor a un carro de dos ruedas y los cubrieron con una
lona para ocultarlos de los ojos de los agentes derviches mientras lo llevaban por las calles. No quedaban
animales de tiro en la ciudad. Todos habían muerto de hambre o habían sido comidos. Ryder, Bacheet y
sus árabes tomaron las varas del carro y lo arrastraron hasta el muelle donde estaba atracado el Intrepid
Ibis. A la luz de las linternas, trabajaron en la sala de máquinas hasta la noche. Cuando hasta Jock fue
vencido por el agotamiento, se tendieron sobre las planchas de acero de la cubierta del Ibis y
descabezaron unas pocas horas de sueño.
Se despertaron al amanecer. La bolsa de vituallas estaba casi vacía, pero Ryder le ordenó a Bacheet
que distribuyera unos pocos dátiles y restos de pescado ahumado para el desayuno. Luego, se pusieron a
trabajar otra vez en la sala de máquinas. A media mañana, Saffron y Amber bajaron al puerto. Traían dos
hogazas de torta verde recién hecha oculta en la caja de pinturas de Saffron,
—Las metimos aquí porque no queremos que nadie sepa qué estamos haciendo. Éste es nuestro
primer lote —anunció orgullosa Saffron. Alzó las manos. —íMira! —Amber la imitó.

173
Ryder vio las ampollas que tenían en las palmas de las manos.
—¡Mis dos heroínas!
Sólo había unos pocos bocados para cada hombre, pero bastaron para reponer sus decaídas energías.
Saffron y Amber se sentaron junto a Ryder en el borde de la cubierta, con las piernas colgando, y lo
miraron comer. Quedó conmovido por la femenina satisfacción que demostraban, a pesar de su corta
edad, por estar alimentando a un hombre. Miraban cómo entraba cada porción en su boca del mismo
modo en que lo había hecho su madre tantos años atrás.
—Lo siento, pero no hay más —dijo Saffron cuando él terminó. —Haremos un poco más mañana.
—Estaba delicioso —repuso él—. El lote más sabroso hasta el momento.
Saffron pareció complacida. Alzó sus rodillas hasta el mentón y se abrazó las largas piernas delgadas.
—Me revienta pensar que todos esos horribles derviches de ahí fuera comen todo lo que les da la
gana. —Se puso en pie de mala gana y se aliso la falda —Vamos, Amber. Regresemos, o Becky nos
azotará con su lengua.
Mucho después de que las gemelas se fueran, y mientras los hombres luchaban por encajar el largo
eje de transmisión en su calzo de los confines de la sala de máquinas, Ryder se quedó cavilando sobre la
observación casual que había hecho Amber.
A media tarde, Jock anunció al fin que era cautamente optimista acerca de la posibilidad de que esta
vez el motor funcionaría como había sido la intención de Dios y de sus fabricantes. Su equipo y él
encendieron la caldera y, mientras esperaban que juntara presión, Ryder compartió el último de sus
cigarros con el escocés. Ambos se reclinaron juntos sobre la barandilla del puente, cansados y apagados.
Ryder le dio una larga pitada al cigarro y se lo pasó a Jock.
—El Madí tiene cien mil hombres acampados al otro lado del río. Dime, Jock, ¿cómo crees que los
alimenta?
Jock retuvo el humo en sus pulmones hasta que la cara se le puso púrpura. Al fin, lo exhaló con una
explosión:
—Bueno, para empezar, tienen las miles de cabezas de ganado que robaron —dijo—. Pero calculo
que traerá dhurra río abajo desde Abisinia.
—¿En dhows?
—Claro. ¿Cómo, si no?
—¿De noche? —insistió Ryder.
—Por supuesto. En las noches de luna, se ven las velas. Por la noche hay mucho tráfico en el río.
—Jock McCrump, quiero que tengas a esta vieja bañera funcionando a su máxima presión de vapor
mañana por la noche a más tardar. Antes, si te parece.
Jock lo miró con suspicacia, y luego sonrió. Sus dientes eran afilados y desparejos como los de un
viejo tiburón tigre.
—Si no lo conociera bien, capitán, diría que está planeando algo.

***
En el cielo del desierto no había nubes que proveyeran un lienzo para que el sol poniente pintara su
adiós. El gran globo rojo se hundió como una piedra bajo el horizonte y en forma casi inmediata, la noche

174
cayó sobre la tierra drogada por el calor. Ryder esperó hasta que ya no pudo distinguir la margen opuesta
del río, luego le dio a Bacheet orden de soltar amarras.
Marcando un "avante poca" en el telégrafo que lo comunicaba con la sala de máquinas, sacó
lentamente al Intrepid Ibis por la boca de la ensenada y tomó el brazo principal del río. En cuanto sintió el
tirón de la corriente, enfiló la proa contra el sentido de ella y le transmitió a Jock un "avante a media
máquina". Empujaban contra el fluir del río y Ryder escuchó ansiosamente el latido del motor. Sentía que
el casco se estremecía bajo sus pies, pero sin vibraciones irregulares. La mantuvo a esa velocidad hasta
que rodearon el primer meandro del Nilo Azul y se encontraron frente a un tramo de río largo y profundo.
Respiró hondo y transmitió un "avante a tres cuartos". El Ibis respondió con la gallardía de un torero
que desfila por la plaza. Ryder lanzó un largo suspiro de alivio.
—Toma el timón, Bacheet Voy abajo.
Se deslizó por la escalera que bajaba a la sala de máquinas. Jock recorría el eje con el haz de su
linterna sorda, y Ryder se paró junto a él. Contemplaron cómo giraba sobre sus nuevos cojinetes. Jock
bajó la linterna y a la luz dorada estudiaron atentamente la silueta de la columna plateada, buscando el
más mínimo estremecimiento, temblor o distorsión. Como un giroscopio, giraba con tanta regularidad que
parecía inmóvil.
Jock ladeó la cabeza.
—Oiga cómo canta, capitán. —Alzó la voz por sobre el siseo y el deslizarse de los cilindros. —¡Más
dulce que Lily McTavish!
—¿Quién demonios es Lily McTavish?
—La camarera del Bull and Bush.
Ryder lanzó un rugido de risa.
—No tenía idea de que fueras aficionado a la ópera, Jock.
—No puedo decir que sepa mucho al respecto, capitán, pero reconozco un buen par de tetas cuando
las veo.
—¿Podemos poner al Ibis al máximo de revoluciones?
—Como Lily McTavish, me parece que está dispuesta a lo que sea.
—Me gustaría conocer a esta Lily.
—A la cola, capitán, primero estoy yo.
Aún riendo, Ryder regresó a su puente y relevó a Bacheet del timón. Cuando marcó el "avante a toda
máquina", el Ibis saltó a contracorriente.
—¡Doce nudos! —gritó alegremente Ryder. Sintió que un gran peso caía de sus espaldas. Ya no
estaba prisionero en esa ciudad de fiebres que era Jartum. Una vez más, las tres mil millas del Nilo, su
carretera a la libertad y la fortuna, le pertenecían.
Hizo retroceder la palanca del telégrafo a "avante a media máquina" y siguió subiendo por el río;
antes de haber llegado al siguiente recodo importante, ya había contado cinco velas, todas de dhows
mercantes pesadamente cargados que bajaban de las tierras altas de Abisinia rumbo a Omdurman. Dio la
vuelta, y, con la corriente, avanzó velozmente río abajo. Luego, gritó por el tubo acústico de la sala de
máquinas:
—Jock, sube, tenemos que hablar.
Se reclinaron juntos sobre la barandilla del puente.

175
—Después de lo que ocurrió ayer, no correré más riesgos. El ánimo de la población es malo y
peligroso. La ciudad pulula de agentes y simpatizantes del Madí. Por la mañana, ya sabrán que el Ibis está
en condiciones de navegar. Debemos esperar un intento de sabotaje. A partir de este momento debemos
mantener una guardia armada a bordo las veinticuatro horas.
—Yo ya iba a hacerlo —asintió Jock. —Ya me traje mi catre y mi talego a bordo, y dormiré con un
revólver bajo el colchón. Mis fogoneros se turnarán para montar guardia.
—Excelente, Jock. Pero, además de eso, en cuanto haya suficiente luz quiero que lleves el vapor del
puerto al canal y lo amarres al muelle del portón trasero del complejo. Allí estará más a salvo y será más
fácil de cargar.
—¿Piensas en tu marfil? —preguntó Jock.
—¿En qué más puede ser? —dijo Ryder sonriendo—. Pero también quiero poder escapar si las cosas
vuelven a ponerse feas. En cuanto amanezca, lleva el Ibis al canal. Te estaré esperando.

***
—¿Por qué tanto ruido? —A Ryder lo habían despertado los golpes de Bacheet sobre la puerta de la
fortaleza.
—Hay uno de los oficiales egipcios con un mensaje de Gordon Pacha —respondió a gritos Bacheet.
Ryder sintió que el corazón se le encogía. Las noticias del Chino Gordon nunca eran buenas.
El egipcio tenía los dos ojos a la funerala y el labio inferior lastimado e hinchado.
—¿Qué le ocurrió, capitán? —preguntó Ryder.
—Hubo un motín en reclamo de alimentos en el arsenal cuando el capitán redujo la ración. Recibí
una pedrada en la cara.
—Oí que sus tropas mataron veinte revoltosos.
—Eso no es correcto —contestó vivamente el oficial—. Para restaurar el orden, el general se vio
obligado a matar a sólo doce.
—Muy moderado de su parte —murmuró Ryder.
—También usted tuvo problemas con los revoltosos y se vio obligado a disparar —añadió el capitán.
-Sólo a dos, que antes habían matado a uno de mis hombres.— Ryder se sintió aliviado ante la
confirmación de lo ocurrido en el arsenal: Gordon no estaba en posición de señalarlo con dedo acusador.
—Entiendo que usted me trae un mensaje de Gordon Pacha.
-El general quiere verlo en fuerte Mukran en cuanto sea posible. Debo escoltarlo hasta allí. Por favor,
¿se prepara para que salgamos ahora?
Como un escolar convocado a la oficina del director, pensó malhumorado Ryder, Tomó su sombrero
del gancho de la puerta. —Muy bien. Estoy listo.

***
Gordon estaba en su puesto habitual sobre las murallas almenadas del fuerte. De pie tras su
telescopio, miraba río abajo, hacia la garganta de Sha-bluka. Dos banderas de vivos colores ondeaban en
el mástil de la atalaya. La bandera roja, blanca y negra de Egipto flameaba por debajo del rojo, blanco y
azul de la bandera del Reino Unido de Gran Bretaña.

176
Gordon se enderezó y vio a Ryder, que miraba hacia arriba.
—Esas banderas serán lo primero que la fuerza de socorro vean cuando suban por el río. Así sabrán
que la ciudad aún está en nuestras manos y que hemos resistido a las fuerzas del mal y de la oscuridad.
—El mundo entero se enterará, general, de lo que logró un inglés, solo y casi sin ayuda. Es una
historia que quedará escrita en mayúsculas en los anales del imperio. —Ryder tenía intención de que fuese
una ironía, pero por algún motivo, no sonó así. Se sentía obligado a admitir, aunque con renuencia, que
admiraba al terrible hombrecito. Nunca podría sentir afecto por él, pero lo respetaba.
Gordon alzó una ceja gris-plateada, bajo la cual centelleó un frío azul, en reconocimiento del elogio
malintencionado de un adversario.
—Se me informa que anoche sacó a probar su vapor con todo éxito —afirmó secamente.
Ryder asintió con cautela. El viejo diablo no deja pasar una, pensó. Ahora, lo odiaba con la habitual
intensidad.
—Espero que ello no signifique que usted tiene intención de partir en él antes de que lleguen los
socorros —dijo Gordon.
—Esa idea cruzó mi mente.
—Señor Courtney, a pesar de sus inclinaciones mercenarias usted ha realizado, tal vez
involuntariamente, una significativa contribución a la defensa de la ciudad. Sin ir más lejos, su producción
de la repugnante pero nutritiva torta verde fue de gran utilidad. Tiene a su disposición otros recursos que
pueden salvar vidas. —Gordon le clavó la vista.
Ryder sostuvo la mirada de los ojos color zafiro y respondió:
—Así es, general, y siento que he hecho cuanto puedo. Pero así y todo tengo la premonición de que
usted tratará de convencerme de que ése no es el caso.
—Necesito que usted permanezca en la ciudad. No quiero verme obligado a requisar su nave, pero no
dudaré en hacerlo si me desafía.
—¡Ah! —dijo Ryder, asintiendo con la cabezal Un argumento persuasivo. ¿Puedo sugerirle una
solución intermedia, general?
—Soy un hombre razonable —Gordon inclinó la cabeza—, y siempre estoy dispuesto a escuchar
propuestas sensatas.
Ésa no es una opinión generalizada, pensó Ryder, pero replicó con serenidad:
—Si puedo pagar un precio justo por ello, ¿me permite abandonar Jartum cuando quiera, con los
pasajeros y carga que yo elija, sin restricciones?
—Ah, sí. Oí que se ha hecho amigo de las hijas de David Benbrook —Gordon sonrió sombríamente
— y que tiene muchas toneladas de marfil en su almacén. ¿Serían ésos sus pasajeros y su carga?
—David Benbrook y sus hijas estarán entre aquellos que invitaré a partir conmigo. Estoy seguro de
que eso no chocará con su sentido de lo caballeresco.
—¿Qué ofrece usted, señor, como su parte en el trato?
—Un mínimo de diez toneladas de dhurra, suficiente para alimentar a la población hasta la llegada de
la fuerza de socorro y evitar nuevos motines. Me pagará doce chelines por saco, en efectivo.
El rostro de Gordon se ensombreció.
—Siempre sospeché que usted tenía reservas ocultas de grano.

177
—No tengo ninguna reserva secreta, pero arriesgaré mi barco y mi vida para conseguirle una a usted.
A cambio, quiero su palabra de honor de caballero y de oficial de la Reina de que, contra recibo de sus
diez toneladas de dhurra, usted me pagará el precio convenido y me permitirá dejar Jartum con mi barco.
Sugiero que esto es justo y que usted nada tiene que perder aceptándolo.

***
Ryder había tendido una lona negra sobre la superestructura blanca del Ibis y recubierto su casco por
encima de la línea de flotación con negro barro del río. Empleando largas pértigas de bambú para
impulsarlo, lo llevaron en silencio del poco profundo canal hasta el lío abierto. Con su camuflaje, se
fundía tan bien con la oscuridad que incluso bajo la luz de las estrellas era invisible desde una distancia de
más de cien yardas. Cuando entró en la corriente y las pértigas ya no alcanzaron el fondo, Ryder le
telegrafió a Jock un "avante a media máquina". Navegó río arriba, cruzando hacia el este a lo largo del
Nilo Azul Evitaba deliberadamente el brazo principal del Nilo Blanco, pues las baterías de la artillería
derviche estaban todas concentradas sobre los puntos de acceso del norte. Era evidente que esperaban que
las cañoneras británicas llegasen por allí. Sin embargo, al hacer esos preparativos, habían dejado los
brazos sur y este del río desprotegidos. Para cuando los derviches se dieran cuenta de su error, el Intrepid
Ibis ya podía haber recorrido miles de millas por el río.
Seguramente, todos los dhows que bajaban por el Nilo Azul eran abisinios. Al igual que Ryder, no
eran más que honestos comerciantes que trabajaban duro, vendiéndole su grano al mejor postor. Por
supuesto, que era de lamentar que su principal cliente fuese el Madí.
Ryder cruzaba el río al sesgo con el oscurecido Ibis. Por obvias razones, los capitanes de los dhows
de grano se mantenían cerca de la orilla opuesta a la de Jartum. Ryder y Bacheet miraban hacia adelante,
en busca del primer destello del blanco de una vela de lona o del resplandor de las estrellas sobre una de
las velas latinas de junco. La necesidad de un buen cigarro hacía doler los pulmones de Ryder. Con la
abstinencia, crece el deseo, pensó con tristeza. Tal vez termine por fumar tabaco turco negro en un
narguile. Qué bajo caen los grandes de este mundo.
Bacheet le tocó el brazo.
—El primer pececillo se mete en nuestra red —murmuró.
Ryder contempló la nave que aparecía sobre las oscuras aguas, y murmuró, decepcionado:
—Pesquero pequeño. Línea de flotación alta, así que va descargado. Lo dejaremos ir.
Se oyó una lejana voz desde el pequeño barco:
—¿En nombre de Dios, qué barco es ése?
Bacheet respondió:
—Ve en paz, que la bendición de Alá sea contigo.
Continuaron navegando. Cuando rodearon el primer recodo importante del río, dos millas por arriba
de la ciudad, otro casco pareció emerger milagrosamente de la noche. Se acercaba a tal velocidad, que
sólo le dio uno segundos a Ryder para tomar su decisión. Era un gran dhow, de ancha eslora, muy
hundido en el agua. Su cubierta sólo sobresalía un pie de la superficie. La ola que producía su proa, blanca
como crema a la luz de las estrellas, casi le pasaba por encima de las barandillas.
—Pesada de carga —dijo Ryder con callada satisfacción—. Éste es para nosotros. —Viró
repentinamente hacia su presa, y cuando se aproximaron, el que iba al timón lanzó una exclamación de
alarma. Cuando el casco de acero chocó con fuerza contra el flanco de madera del dhow, los tres pesados
ganchos de abordaje salieron disparados del Ibis y cayeron ruidosamente sobre la cubierta del otro.

178
Mordieron las barandillas del dhow, aprisionándolas y uniendo los dos barcos. Con un golpe de acelerador
y un súbito viraje a la izquierda, Ryder obligó al dhow a cortar la corriente con su popa, dejándolo sin aire
en las velas, de modo que quedó meciéndose, inerme. Entonces, sus hombres treparon por sobre las
barandillas.
Antes de que pudieran darse cuenta de qué ocurría, la tripulación del dhow quedó bien amarrada.
Ryder saltó a cubierta en el momento mismo en que el capitán salía de su cabina de proa. Ryder lo
reconoció de inmediato.
—•¡Ras Hailu! —exclamó, saludándolo luego en amaneo—: Veo que tu salud es buena.
El abisinio dio un respingo de sorpresa, luego reconoció a Ryder.
—iAl-Sajawi! Así que te has vuelto pirata.
—Yo no soy pirata, pero tú tratas con uno que sí lo es. Oí decir que el Madí fija por la fuerza el
precio de tu dhurra. —Tomó a Ras Hailu del brazo. —Ven a bordo de mi vapor. Tomemos un poco de
café y hablemos de negocios.
Mientras Jock mantenía a ambos barcos en medio del río, ambos capitanes se sentaron en la cabina
del Ibis. Tras un razonable intercambio de charla insustancial, Ryder encaró el tema que los ocupaba.
—¿Cómo es que tú, un devoto cristiano y príncipe de la casa de Mene-lik, haces negocios con un
fanático que hace la yihad contra tu Iglesia y tus paisanos?
—Me colma de vergüenza —confesó Ras Hailu—, pero, cristiano o musulmán, el dinero es dinero, y
una ganancia siempre es una ganancia.
—¿Qué precio te paga el perverso Madí?
Ras Hailu pareció dolorido, pero sus ojos brillaban de astucia a la luz de la lámpara.
—Ocho chelines por saco puesto en Omdurman.
—De cristiano a cristiano y de amigo a viejo amigo, ¿Cuánto me cobrarías si te pagara en María
Teresas de plata?
Ambos disfrutaban del regateo, pues lo llevaban en la sangre, pero no alcanzaba el tiempo para
saborearlo. Faltaban pocas horas para el amanecer. Acordaron un precio de nueve chelines, que dejó
satisfechos a ambos. Jock remolcó el dhow hasta una tranquila bahía lejos del brazo principal del río,
conocida como la Laguna de los Pececillos. Ocultos por las tallos de papiro, todos los hombres se
dedicaron a transbordar el cargamento del dhurra al vapor. Les llevó todo el día, pues el dhow iba cargado
hasta los topes.
Cuando cayó la oscuridad, Ryder y Ras Hailu se abrazaron afectuosamente y se despidieron.
Impulsado por la brisa del anochecer, el dhow subió por el Nilo Azul rumbo a la frontera con Abisinia.
Ryder llevó el Ibis río abajo hasta Jartum. Iba tan cargado que tuvieron que sirgarlo desde la orilla del
canal hasta su atraque detrás del complejo.
En cuanto se levantó la queda, Ryder envió a Bacheet con un mensaje para el general Gordon. Menos
de una hora después, el general estaba en la orilla del canal. Iba acompañado de cien soldados egipcios, y
no tardó en organizar una cadena de hombres para descargar los sacos de dhurra. El trabajo avanzó
rápidamente, y Ryder permaneció viéndolo, contando los sacos y tomando notas en su pequeño cuaderno
rojo.
—Según mis cálculos, general, esto es considerablemente más que la cantidad pactada. —Echó un
vistazo sobre la columna de números con rapidez de contador: —Aun si calculamos una merma del diez
por ciento sobre el peso declarado de los sacos, está más cerca de doce toneladas que de diez.

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Gordon rió, un sonido infrecuente, pues el Chino Gordon no era dado a la frivolidad.
—Seguramente, señor Courtney, usted no estará sugiriendo que le devolvamos el sobrante al Madí,
¿verdad?
—No, señor. Lo que sugiero es que tengo derecho a una recompensa por haber cumplido con creces
—replicó Ryder.
Gordon dejó de reír.
—Su avaricia debería tener algún límite, señor.
—Le he dado al César lo que es del César. —Gordon frunció el ceño ante la referencia bíblica, pero
Ryder prosiguió, imperturbable: —Y quisiera quedarme una tonelada de dhurra para mi uso. Mis
instalaciones fueron saqueadas por los amotinados. Mi gente está tan próxima a morir de hambre como
todos en la ciudad. Es mi deber proveerlos de lo necesario, como si friesen mi familia. Según yo veo las
cosas, eso no es avaricia.
Regatearon astutamente. Finalmente, Gordon alzó las manos.
—Muy bien, entonces. Quédese con doscientos sacos y agradezca que soy generoso. Puede venir al
fuerte a recoger sus treinta monedas de plata, Judas. —Se fue hacia el arsenal pisando fuerte. Quería ver
su precioso grano a salvo tras sus muros. Pero había otra explicación de su abrupta partida: no quería que
Ryder Courtney viera cómo se enternecía su expresión, ni la sombra de una sonrisa que le asomaba a los
ojos. Qué pena perder a un joven sinvergüenza como ése. Lo deberíamos haber tenido en el ejército. Yo
habría hecho un oficial de primera de él, pero ahora es demasiado tarde. Lo arruinaron las seducciones de
Mamón.
El tren de sus pensamientos siguió su camino, y pensó en otro muchacho que le caía bien. Cuando
llegó a las puertas del arsenal, se detuvo y miró hacia el norte. Pensó: Ballantyne ya partió hace quince
días. Sin duda que para este momento ya habrá llegado al campamento de Stewart en los pozos de Gakdul
y le habrá entregado mi mensaje. Sé en mi corazón que Dios no permitirá que mis esfuerzos sean vanos.
Dios querido, dame fuerzas para aguantar un poco más.
Pero estaba cansado hasta el tuétano.

* * *
Llevaban cinco días cabalgando en el vasto conglomerado de hombres y animales. Avanzaba
pesadamente hacia el norte por el desierto. Penrod Ballantyne giró sobre la montura de su camello para
mirar hacia atrás. La polvareda que levantaban llegaba al horizonte y se alzaba al cielo.
¿Cinco mil combatientes? se preguntó. Pero nunca lo sabremos con certeza; no hay quién pueda
contarlos. Todos los emires de las tribus meridionales y todos sus guerreros. ¿Qué poder tiene este
Muahamad Ajmed que puede convocar tal muchedumbre, compuesta de tribus divididas desde hace
quinientos años por pleitos y venganzas de sangre?
Luego, se volvió sobre la montura y miró al norte, la dirección en que avanzaba esa vasta hueste.
Stewart sólo tenía dos mil hombres para oponérseles. ¿En qué guerra de las que hubo en toda la historia
jamás triunfó alguien con semejante desventaja?
Hizo a un lado el pensamiento y trató de calcular a qué distancia estaban Yakub y él de la vanguardia
de esa poderosa cabalgata. Sin llamar la atención, debían avanzar gradualmente hasta las primeras filas.
Sólo desde allí podrían separarse y correr la carrera final hacia los pozos de Gadkul. Los derviches iban al
paso, sin apresurar a sus camellos, para que éstos tuviesen fuerzas para cumplir con su parte en la

180
inminente batalla. El hecho de que se movieran tan lentamente en lugar de precipitarse al combate le daba
la certeza a Penrod de que Steward debía de seguir acampado allí.
Atravesaron lentamente otra formación abierta de derviches. Eran duros hombres de las tribus del
desierto, que llevaban espadas y escudos a la espalda. Los más iban montados en camellos, y cada uno
dirigía una reata de camellos de carga que llevaban tiendas y cajas de municiones, ollas, bolsas de
vituallas y odres llenos de agua. Por detrás de esto venían los pequeños comerciantes de Omdurman, que a
su vez llevaban sus camellos cargados de bienes de intercambio y mercancías. Tras la batalla, cuando los
ánsar estuvieran ricos por el pillaje, harían buenos negocios.
A la cabeza de esta formación cabalgaba un pequeño grupo de ánsar sobre magníficos corceles
árabes, que habían sido amorosamente almohazados haciendo que su pelo brillara al sol como metal
pulido. Sus largas crines sedosas habían sido peinadas y trenzadas con cintas de colores. Los jaeces y
arreos eran de cuero bellamente repujado y pintado. Los jinetes los montaban con la gallardía y la
estudiada arrogancia de guerreros.
—i Aggagiers! —musitó Yakub cuando estuvieron más cerca—. Los matadores de elefantes.
Penrod se envolvió más estrechamente la boca y la nariz con el extremo de su turbante, de modo de
sólo dejar los ojos a la vista, e hizo doblar a su camello para sobrepasar el grupo a una distancia segura.
Cuando pasaron junto a ellos, vieron que los jinetes los miraban fijamente. Discutían animadamente
acerca de los dos desconocidos.
—Maldito sea el buen gusto de Ryder Courtney en materia de camellos. —Por primera vez desde que
abandonaran Jartum, Penrod lamentó la calidad de sus cabalgaduras. Eran criaturas espléndidas, más
apropiadas para un califa o un poderoso emir que para un humilde integrante de una tribu. Incluso en esa
vasta muchedumbre, se destacaban como animales de pura sangre. Yakub hizo apresurar a su camello, y
Penrod le advirtió con severidad:
—Despacio, intrépido Yakub. Nos están mirando. Cuando los ratones corren, el gato salta.
Yakub sofrenó su cabalgadura, y prosiguieron a un paso más medido, pero ello no hizo que los
aggagiers perdieran interés. Dos se separaron del grupo y cabalgaron hacia ellos.
—Son beya —dijo roncamente Yakub—. No tienen buenas intenciones.
—Tranquilo, locuaz y astuto Yakub. Debes engañarlos con tu pronta lengua.
El que encabezaba a los aggagiers llegó a ellos y demoró la andadura de su yegua baya hasta ponerla
al paso.
—Las bendiciones de Alá y de Su Victorioso Madí sean con vosotros, desconocidos. ¿De qué tribu
sois y quién es vuestro emir?
—Que Alá y el Madí, que la gracia sea con él, siempre te sonrían —respondió Yakub con voz clara y
despreocupada—. Soy Hogal al-Kadir de los yaalin, y cabalgamos bajo el estandarte del emir Salida.
—Yo soy al-Noor, de la tribu beya. Mi amo es el afamado emir Osman Atalan, con quien sean todas
las bendiciones de Alá.
—Es un hombre poderoso, —bienamado de Alá y del Siempre Victorioso Madí, que tenga larga vida
y prospere. —Penrod se tocó el corazón y la frente. —Yo soy Suleimani Iffara, un persa de Yida. —
Algunos persas tenían cabello rubio y ojos pálidos, y Penrod había adoptado esa nacionalidad para
explicar su apariencia. También explicaba los diversos matices y entonaciones de su habla.
—Estás lejos de Yida, Sulemaini Iffara —Al-Noor se le acercó y lo contempló, pensativo.

181
—El Divino Madí ha declarado la yihad contra el turco y el franco — Replicó Penrod—. Todos los
verdaderos creyentes deben acudir a su llamado y apresurarse a unírsele, por más dura y larga que sea la
travesía.
—Bienvenidos a nuestras fuerzas, pero si viajáis bajo el estandarte del emir Salida, debéis ir más
rápido para alcanzarlo.
—Cuidamos a nuestros camellos —explicó Yakub—. Pero, ya que lo aconsejáis, nos apresuraremos.
—Son bestias verdaderamente magníficas —asintió al-Noor, pero sus ojos estaban clavados en
Penrod, no en su cabalgadura. Sólo le podía ver los ojos, que eran ojos de yinni y le resultaban
extrañamente familiares. Pero habría sido una ofensa mortal ordenarle que descubriera sus facciones. —
Mi amo, Osman Atalan, me envía a inquirir si queréis vender algunos. Os pagaría un buen precio en
monedas de oro.
—Tengo el mayor de los respetos por tu poderoso amo —replicó Penrod— pero antes vendería a mi
primogénito.
—Dije, y digo otra vez, que son criaturas magníficas. A mi amo lo entristecerá tu respuesta. —Al-
Noor alzó las riendas para alejarse, luego se detuvo. —Hay algo en ti, Suleimaini Iffara, en tus ojos, o tu
voz, que me es familiar. ¿Ya nos hemos encontrado?
Penrod se encogió de hombros.
—Tal vez en la mezquita de Omdurman.
—Tal vez —dijo dubitativo al-Noor—, pero te he visto antes, y recordaré cuándo fue. Mi memoria es
buena.
—Seguimos camino para encontrar a nuestro comandante —intervino Yakub—. Que los hijos del
Islam triunfen en la batalla que se acerca.
Al-Noor se volvió a él.
—Rezo por que tus palabras lleguen a oídos de Dios. La victoria es dulce, pero la muerte es el
objetivo final de la vida. Es la llave del paraíso. Si no obtenemos la victoria, que Alá nos conceda la gloria
del martirio. —Se tocó el corazón en un saludo de despedida. —Id con la bendición de Alá. —Se alejó al
galope para reunirse con su escuadrón.
—El emir Atalan —susurró impresionado Yakub—. Cabalgamos en la misma compañía de tu
enemigo más mortal. Esto es lo mismo que llevar una cobra en el seno.
—Al-Noor nos ha concedido permiso de abandonar su estandarte —le recordó Penrod—.
Apresurémonos a obedecer.
Instando a los camellos con la aguijada, los pusieron al trote. Mientras se alejaban, Penrod miró hacia
el distante grupo de aggagiers. Ahora que sabía qué buscar, reconoció la elegante figura de Osman Atalan,
vestido con una aljuba blanca como hueso con aplicaciones de alegres colores que atraían la vista como
alhajas. Jinete en su hermosa yegua color crema, cabalgaba unos pocos cuerpos por delante del resto de su
banda. Miraba fijamente a Penrod, y aun desde esa distancia su mirada era perturbadora.
Tras su amo, al-Noor sacó el fusil de la funda que llevaba bajo la rodilla y lo apuntó al cielo. Penrod
vio la azul nubécula de humo de pólvora uno segundos antes de que el estampido le llegara a los oídos.
Alzando su fusil, respondió el feu de la joie. Siguieron camino.
Durante el resto del día, los interrogaron varias veces. La calidad de sus camellos y su evidente prisa
hacía que se destacaran aun en medio de esa inmensa reunión de animales y hombres. Cada vez que

182
preguntaron por el estandarte rojo del emir Salida de los yaalin, les respondieron: "Va a la cabeza de la
vanguardia". Penrod avanzaba rápidamente: desde el encuentro con al-Noor se sentía incómodo.
Sólo una vez detuvieron sus pasos. Uno de los pequeños comerciantes que seguían a los ejércitos los
llamó al verlos pasar. Hicieron un alto para inspeccionar sus mercancías. Tenía discos de pan de dhurra,
cocido en manteca de camella y semillas de sésamo. También les mostró dátiles y damascos secos, y
queso de leche de cabra, cuyo intenso aroma los hizo salivar. Llenaron sus alforjas de vituallas, y Penrod
pagó los exorbitantes precios con dólares de plata María Teresa.
Cuando siguieron camino, el mercader los contempló hasta asegurarse de que estuvieran demasiado
lejos como para oírlo. Llamó a su hijo, que se encargaba de los asnos de carga.
—Conozco bien a ese hombre. Marchó a El Obeid junto a Hicks Pacha cuando comenzó la yihad. Le
vendí una daga incrustada en oro, y regateó con astucia. Nunca lo confundiría con otro. Es un infiel, un
efendi franco. Su nombre es Abadan Riyi. Ve, hijo mío, al poderoso emir Osman Atalan, y dile todas estas
cosas. Dile que un enemigo marcha entre las filas de los guerreros de Alá.

***
El sol se hundía hacia el horizonte de occidente y las largas sombras que proyectaban sus camellos
sobrevolaban las dunas de un amarillo anaranjado cuando finalmente Penrod distinguió el flameante
estandarte rojo del emir Salida entre la polvareda que los precedía.
—Es la primera fila del ejército —confirmó Yakub. Cabalgó hasta acercarse más a la derecha de
Penrod para no tener que alzar la voz: iban cerca de otros jinetes, que podían oírlos. —Muchos de estos
hombres son yaalin. Reconocí a dos que tienen una venganza de sangre pendiente conmigo. Son de la
familia que me hizo expulsar de la tribu e hizo de mí un proscrito. Si me enfrentan, el honor me
compromete a matarlos.
—Entonces, alejémonos de ellos.
El Nilo sólo distaba una milla hacia la izquierda. Todo el ejército desde que se le habían unido en
Berber, había seguido el curso del río. A esta hora tardía de la jornada muchos otros viajeros se desviaban
hacia la orilla del río para dar de beber a sus animales Estaban demasiado atentos a sus propios asuntos
como para notar la presencia de dos desconocidos entre ellos. Así y todo, Penrod se las ingenió para
mantenerse bien lejos de los demás.
El pasto de las inmediaciones de las márgenes del río era denso y suculento. La hierba les llegaba a la
rodilla a los camellos. Repentinamente, se produjo una explosión de alas bajo las patas delanteras de la
cabalgadura de Yakub, y una bandada de codornices se dispararon como cohetes. Eran de la variedad
conocida como codorniz escamosa siria, mayores que las comunes, y muy apreciadas como alimento.
Yakub giró en su montura y con un latigazo de la mano derecha, les arrojó su pesada aguijada para
camellos. Giró en el aire como una rueda, e impactó en una de las aves. En un remolino de plumas azules,
doradas y castañas, la codorniz cayó a tierra.
—¡Mirad! Yakub, el poderoso cazador —dijo, eufórico.
El resto de la bandada pasó frente al morro del camello de Penrod, quien tiró a su vez. La aguijada le
acertó en la cabeza al macho que encabezaba la bandada y siguió su trayectoria casi sin desviarse. Se
estrelló contra una regordeta hembra joven, partiéndole el ala. Cayó pesadamente y huyó entre la alta
hierba.

183
Penrod saltó del lomo del camello y se lanzó tras ella. El animal viró y aleteando, se quiso elevar,
pero la atrapó en el aire. Tomándola de la cabeza, le rompió el cuello con un sacudón de la muñeca.
Recuperó su aguijada y el cuerpo del macho, y corriendo de regreso a su cabalgadura, volvió a montar.
—¡Mirad! Suleimani Iffara, el humilde viajero que viene de Yida y que nunca se jactaría de su
habilidad.
—Entonces no lo avergonzaré mencionándola —asintió Yakub en tono melancólico.
Así, llegaron al río. Cientos de caballos y camellos bebían a lo largo de las orillas. Otros pastaban de
la verde vegetación que lo bordeaba. Los hombres llenaban sus odres, y algunos se bañaban en los bajíos.
Penrod escogió un punto de la margen que estuviera bien lejos de toda esa gente. Manearon sus
camellos y los dejaron beber mientras llenaban los odres y cortaban haces de hierba fresca. Soltaron a los
camellos maneados Para que pastaran, y encendieron un pequeño fuego para cocinar. Asaron las tres
codornices, que quedaron de un marrón dorado, chorreando fragantes jugos. Luego, Yakub fue a la
camella y la ordeñó en un cuenco. Entibió la leche, que bebieron para acompañar un disco de pan de
dhurra cubierto de una tajada del queso, que hedía aún más que la chiva que lo había originado.
Terminaron su comida con un puñado de dátiles y damascos. Fue mucho más sabrosa que nada que
Penrod hubiera comido nunca en el Club Gheziera.
Después, se tendieron bajo las estrellas, con las cabezas juntas.
—¿A cuánto estamos de la ciudad de Abu Hamed? —preguntó Penrod.
Abriendo los dedos, Yakub indicó un segmento del cielo.
—Dos horas —dijo Penrod, traduciendo el ángulo a una medida de tiempo—. En Abu Hamed
debemos dejar el río y cortar por el recodo hasta los pozos de Gadkul.
—A dos días de viaje de Abu Hamed.
—Una vez que pasemos la vanguardia de los derviches, podremos viajar a más velocidad.
—Será una gran lástima reventar los camellos. —Yakub, apoyado sobre un codo, contempló cómo
pastaban cerca de ellos. Silbó suavemente, y la hembra color crema se le acercó, dando los cortos pasos
que le permitía la manea. Le dio uno de los discos de torta de dhurra, rascándole la oreja, mientras ella la
hacía crujir entre sus dientes.
—Oh compasivo Yakub, le cortas la garganta a un hombre con la misma facilidad con que te tiras un
pedo, pero sufres por una bestia que nació para morir. —Penrod rodó hasta quedar de espaldas y tendió
los brazos en cruz. —Hazte cargo del primer turno de guardia. Yo me ocuparé del segundo.
Descansaremos hasta que la luna llegue a su cénit. Entonces, seguiremos nuestro camino. —Cerró los ojos
y comenzó a roncar suavemente en forma casi inmediata.
Cuando Yakub lo despertó, el rocío de medianoche casi había atravesado su capa de lana. Alzó los
ojos al cielo. Era hora de seguir. Yakub estaba listo. Se pusieron de pie y sin decir ni una palabra fueron
hacia los camellos, les quitaron las maneas y montaron.
Los fuegos de los centinelas del ejército que dormía los guiaron. El humo producía una densa bruma
a lo largo de los wadis, y ocultaba sus movimientos. Las almohadillas de las patas de los camellos no
producían sonido alguno, y habían asegurado su equipaje con gran cuidado, de modo que no crujiera ni se
entrechocara. Ningún centinela les dio el quién vive cuando pasaron por los sucesivos campamentos.
En el transcurso de las dos horas anunciadas por Yakub, pasaron por la aldea de Abu Hamed. Se
mantuvieron bien lejos, pero su olor despertó a los perros de la aldea, cuyo petulante ladrar se fue
perdiendo a medida que se alejaban del río y tomaban la antigua ruta de caravanas que cruzaba el gran
recodo del Nilo. Cuando amaneció, habían dejado muy atrás al ejército derviche.

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A la mitad de la tarde siguiente, hicieron echarse a los camellos a la sombra creciente de un bajo
montículo volcánico y les dieron de comer forraje que habían cortado en el río. A pesar de lo severo de la
marcha, los camellos comieron con apetito. Mientras descansaban, los hombres los examinaron, pero no
detectaron ninguna ominosa hinchazón en sus miembros ni cortes producidos por la pizarra en sus patas
almohadilladas.
—Viajaron bien, pero aún falta la parte dura.
Penrod se encargó del primer turno de guardia, y subió a la cima del montículo, de modo de dominar
la senda por la que habían venido. Barrió el horizonte del sur con su telescopio en dirección a Abu
Hamed, pero no distinguió una polvareda ni ningún otro indicio de que los persiguieran. Construyó un
murete de rocas volcánicas sueltas hasta la altura de sus rodillas para que ocultara su expuesta posición y
se instaló cómodamente detrás de él. Por primera vez desde que dejaran el Nilo, se sentía más tranquilo.
Esperó al fresco de la tarde y, antes de que el sol alcanzara el horizonte, se incorporó y volvió a mirar
hacia el sur por el telescopio.
No era más que una amarilla pluma de polvo, pequeña y efímera, que aparecía casi púdicamente
durante unos pocos minutos, para después desvanecerse como si no fuera más que una ilusión, un truco
del aire recalentado. Luego, se volvía a materializar, suspendida en el calor como un pequeño pájaro
amarillo.
—Sobre la ruta de caravanas, justo por donde pasamos, el polvo se alza sobre el terreno blando y
desaparece cuando la senda atraviesa lechos de pizarra o de lava —se dijo Penrod para explicarse la
aparición intermitente de la nube de polvo—. Parece que, a fin de cuentas, le volvió la memoria a al-Noor.
Pero no pueden ser jinetes. No hay agua. Los únicos animales que pueden sobrevivir aquí son los
camellos. Ningún camello del ejército derviche puede sobrepasar a los nuestros. Nuestras cabalgaduras
son las mejores y las más veloces.
Miró fijamente por la lente del telescopio, pero no pudo distinguir nada debajo de la nube. Aún
demasiado lejos, pensó. Deben de estar al menos a siete u ocho millas. Corrió ladera abajo. Yakub lo vio
venir y, por su prisa, se dio cuenta de que había problemas en puerta. Antes de que Penrod llegara, ya
tenía los camellos ensillados y cargados. Penrod saltó a la silla y su cabalgadura se incorporó, gruñendo y
escupiendo. La hizo encarar al norte, y la azuzó, poniéndola al trote.
Yakub cabalgaba a su vera.
—-¿Qué viste?
—Polvo sobre nuestro rastro. Camellos.
—¿Cómo lo sabes?
—¿Cuánto tiempo puede sobrevivir un caballo sin agua?
—Cuando los aggagiers se lanzan a una persecución urgente de elefantes o de hombres, usan tanto
sus camellos como sus caballos. Cuando comienza la cacería, montan los camellos, que también llevan el
agua. Así, reservan sus caballos para cuando tienen su presa a la vista. Entonces, se pasan a ellos para la
persecución final. Has visto la calidad de sus caballos. No hay camello que les gane una carrera. —Miró
hacia atrás por encima del hombro. —Si ésos son los aggagiers de Osman Atalan, nos tendrán a la vista
mañana al amanecer.
Cabalgaron toda la noche. Penrod ni siquiera consideró ahorrar el agua de los odres. Poco antes de
medianoche se detuvieron el tiempo suficiente para darle dos baldes de agua a cada animal. Penrod se
tendió en tierra y empleó un cuenco para leche invertido como caja de resonancia que recogiera la
reverberación de cascos lejanos. Cuando le aplicó la oreja, no oyó nada. No permitió que eso lo

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amodorrara con un falso sentimiento de seguridad. Sólo cuando, al amanecer, vieran a sus perseguidores,
sabrían a qué distancia por detrás de ellos los tenían. No perdieron tiempo y continuaron su marcha por la
desolación y el siseante silencio del desierto.
Cuando la primera luz del alba le dio definición al paisaje, Penrod volvió a detenerse. Una vez más,
fue pródigo con el agua que quedaba y le ordenó a Yakub que le diera a cada camello dos baldes más y lo
que quedaba de forraje.
—A este paso, al atardecer habremos vaciado los odres —refunfuñó Yakub.
—Al atardecer, habremos alcanzado los pozos de Gadkul o estaremos muertos. Que coman y beban.
Aligerará su carga y les dará fuerzas a sus patas.
Retrocedió cien yardas y volvió a usar el cuenco para leche como caja de resonancia. Durante
algunos minutos no oyó nada, y gruñó de alivio. Pero algún instinto profundo lo hizo seguir escuchando.
Luego, lo oyó, un temblor del aire contra su tímpano, tan leve que podría haberse tratado de un truco de la
brisa del alba que barría las rocas. Se mojó el índice y lo alzó. No había viento.
Bajó la cabeza hasta el cuenco, hizo pantalla con sus manos en torno a su oreja y cerró los ojos. Tomó
una honda bocanada de aire y la retuvo. En el umbral más lejano de su oído había un susurro como el de
arena fina que se agita dentro de una calabaza, o de la respiración de una mujer amada que durmiera junto
a él en la noche. Aun en esa apurada situación, una imagen de Rebecca se encendió en su recuerdo, tan
joven y bella, en la cama junto a él, sus cabellos sueltos cubriéndolos a los dos como una tela de oro. Hizo
a un lado la imagen, se incorporó y regresó a los camellos. —Están detrás de nosotros —dijo quedamente.
—¿A qué distancia? —preguntó Yakub.
—Los podremos distinguir claramente con los primeros rayos del sol. —Ambos miraron al este. El
sol nimbaba la distante cima de una colina, haciéndola parecer la cabeza ruda de un santo antiguo.
—Y ellos nos verán con igual claridad. —La voz de Yakub era ronca. Carraspeó.
—¿Cuánto falta para los pozos de Gadkul? —preguntó Penrod.
—Más de medio día de marcha —respondió Yakub—. Demasiado. En esos caballos, nos alcanzarán
mucho antes de que lleguemos a los pozos.
—¿Qué terreno nos espera? ¿Tenemos algún lugar donde podamos ocultarnos y evadirnos?
—Nos acercamos al Tirbi Kebir —dijo Yakub señalando hacia adelante—. Tiene buen puesto su
nombre de Gran Cementerio. —Éste era uno de los obstáculos más formidables de todo el cruce del
recodo. Era una salina de veinte millas de extensión. Su superficie, llana como una plancha de vidrio
esmerilado, no tenía otro desnivel u ondulación que el ancho surco de la ruta de caravanas. A ambos lados
de ésta se alineaban los esqueletos de los hombres y camellos que perecieran allí en el transcurso de los
siglos. La luz de mediodía, reflejándose en el blanco diamantino de la sal, alumbraba el cielo con un
reflejo que se veía desde muchas leguas a la redonda. Un camello parado en medio de esa gran extensión
blanca podía ser claramente distinguido desde el perímetro de la misma. La implacable luz del sol,
reflejada y magnificada por la superficie reluciente, podía asar a hombres y bestias como un fuego lento.
—No hay otra forma de seguir adelante. Debemos continuar. —Lanzaron a sus camellos al cruce.
Refrescados por la mucha agua bebida y por el forraje comido, andaban vigorosamente. A medida que
aumentaba la luz diurna, el cielo pareció incandescente por encima de sus cabezas, como un escudo de
metal calentado al rojo blanco en la fragua de Vulcano. El área de dunas y colinas de grava onduladas
cesó abruptamente, y entraron en la salina. Con teatral oportunidad, el sol se alzó sobre las colinas del este
y les azotó el rostro con su quemante látigo. Penrod sintió cómo absorbía la humedad de su piel y freía el
contenido de su cráneo. Hurgó en sus alforjas, y extrajo un trozo de marfil en el que había tallado

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aberturas para los ojos tan estrechas que bloqueaban la mayor parte del reflejo del resol. Lo había copiado
de la ilustración de un libro de viajes por el ártico de Clavering y Sabien que representaban a un esquimal
de Groenlandia llevando ese dispositivo, tallado en barba de ballena, para evitar la ceguera producida por
la nieve.
Azuzados por las aguijadas, los camellos se lanzaron a la andadura que los árabes llaman "beber el
viento", un trote largo que dejaba rápidamente las millas a sus espaldas. Cada pocos pasos, Penrod o
Yakub se volvían y contemplaban el relumbrante resol.
Cuando el enemigo los alcanzó, lo hizo en forma devastadoramente repentina. En un momento, la
salina detrás de ellos se veía desnuda y blanca, sin el más mínimo indicio de hombre ni bestia. Al
siguiente, la columna derviche se derramó desde detrás de las colinas de pizarra y cabalgó sobre la
extensión blanca. El alucinante juego del sol creaba una ilusión de perspectiva y acortamiento de las
distancias. Aunque estaban a muchas millas de ellos, a Penrod le pareció que podía distinguir los rasgos
de cada individuo.
Tal como lo predijera Yakub, montaban camellos, camellos de carga: los aggagiers iban sentados por
delante de los grandes odres globosos. Cada jinete llevaba detrás de sí su caballo, al extremo de un largo
cabresto. Osman Atalan iba sobre el camello que encabezaba el grupo. Los pliegues de su turbante verde
le cubrían el rostro, pero su forma de sentarse sobre la montura, con la cabeza erguida y los hombros
orgullosamente echados hacia atrás, era inconfundible. Junto a él cabalgaba al-Noor. Agrupados tras el
par que iba a la cabeza, Penrod contó seis aggagiers más. Ambos bandos se vieron en el mismo instante.
Si los perseguidores les gritaron, estaban demasiado lejos para que el sonido los alcanzase.
Sin demasiada prisa, los aggagiers se apearon de sus camellos. Dos hombres oficiaban de camelleros,
y tomaron las riendas. Osman y sus hombres tomaron cada uno un caballo y les dieron de beber. Luego,
los aggagiers ajustaron las cinchas y saltaron a la silla. El cambio tomó el tiempo que a un buzo del Mar
Rojo le lleva sumergirse, conteniendo el aliento, para llenar su red de ostras perlíferas del profundo
arrecife coralino. Los jinetes se agruparon y avanzaron por la rutilante superficie de sal a velocidad
alarmante.
Penrod y Yakub se tendieron adelante sobre sus sillas, y moviendo las caderas hacia adelante,
llevaron sus cabalgaduras a su velocidad máxima. Los camellos desplegaron sus largas patas en un galope
tendido. Durante una milla, después otra, los dos bandos siguieron su carrera, sin acortar distancias ni
desfallecer. Entonces, Hulu Mayya, la yegua color crema de Osman, se separó del tropel. Avanzó con sus
crines y su larga cola dorada flotando al viento, una pálida guirnalda sobre el blanco deslumbrante de la
sal.
Penrod se dio cuenta en forma casi inmediata de que ningún camello podría mantener a distancia a un
caballo como ése, y supo qué táctica adoptaría Osman: cabalgaría hasta detrás de ellos y desjarretaría sus
camellos a la pasada. Penrod trató de imaginar un plan que le permitiera neutralizar ese ataque. No podía
confiar en que un disparo afortunado derribase a la yegua. Tal vez debiera dejar que se aproximase y
luego, volviéndose inesperadamente, tomar a Osman por sorpresa y emplear la altura y el peso de su
camello para topar a la yegua. Tal vez pudiera forzar una colisión que le infligiera tal daño que la dejara
fuera de combate. En verdad, sabía que ese plan era fútil: la yegua no sólo era veloz, sino también ágil;
Osman probablemente fuese el jinete más hábil de todo el ejército derviche. Entre él y sus seguidores,
convertirían en una farsa cualquier intento que él hiciese de cargar torpemente. Si, por alguna remota
posibilidad, tuviese éxito en estropear a la yegua, los demás aggagiers beya estarían sobre él en un
instante, con sus largas espadas desenvainadas.

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El viento había apartado la cola del turbante verde del rostro de Os-man, y ahora estaba tan cerca que
Penrod pudo distinguir claramente sus facciones. Los nítidos rizos de su barba eran alisados por el viento
que producía el correr de la yegua. Su mirada se clavaba en el rostro de Penrod.
—¡Abadan Riyi! —dijo Osman—. Ha llegado nuestro momento. Está escrito.
Penrod extrajo la carabina Martirü-Henry de la funda que llevaba bajo la rodilla y se volvió a medias
en la silla. No podía volverse por completo y enfrentar a su enemigo para echarse el fusil al hombro sin
romper el equilibrio de su camello. Alzó el fusil con la mano derecha como si se tratase de una pistola y
trató de apuntar. El camello subía y bajaba debajo de él, haciendo que el cañón del fusil trazara
desordenados círculos imprevistos. Con el brazo derecho completamente extendido, sus músculos se
esforzaban y cansaban rápido. Ya no podía intentar apuntar, de modo que disparó. El retroceso le resintió
la muñeca y el guardamonte le golpeó los dedos. Su puntería había sido tan aleatoria, que no pudo ver
hacia dónde voló ni dónde golpeó la bala. La carcajada con que respondió Osman fue sincera y natural.
Estaba tan cerca que ahora su voz le llegaba por encima del sonido de los cascos y del soplar del viento.
—Deja el fusil. Tú y yo somos guerreros de hoja. —Su yegua cerraba a toda velocidad, y ya estaba
tan cerca que Penrod vio la blanca espuma que volaba del freno que tenía en la boca. Osman llevaba la
vaina del montante asegurada bajo la rodilla izquierda. Se inclinó y desenvainó, enarbolando luego la
larga hoja reluciente para mostrársela a Penrod. —Ésta es una arma de hombre.
Penrod se sintió muy tentado de aceptar su desafío y enfrentarlo a espada. Pero sabía que lo que
estaba en juego era más que el orgullo y que el honor. El destino del ejército de sus compatriotas, de la
ciudad de Jartum y de todos los que estuvieran dentro de sus murallas —incluida Rebecca Benbrook—
pendían del resultado de esa carrera. El deber le imponía evitar todo heroísmo. Expulsó la vaina servida
de la recámara de su fusil y tomó otro tiro de la canana para remplazaría. Corrió el cerrojo del bloque de
cierre, pero antes de que pudiera volverse y dispararle de nuevo a Osman, Yakub lo llamó en tono
urgente. Lo miró y vio que señalaba hacia adelante, erguido sobre la silla, agitando los brazos por encima
de su cabeza y gritando con enloquecida excitación.
Penrod siguió la dirección de su dedo y el corazón le dio un vuelco. Sobre el resol blanco de la salina
que se extendía ante ellos apareció un escuadrón de montados, camellos que convergían sobre él. No
cabía duda de que sus intenciones eran belicosas. ¿Cuántos son? se preguntó. En las nubes de polvo
blanco, era imposible adivinarlo pero seguían avanzando, fila tras fila. Se dio cuenta de que eran al menos
cien, pero ¿quiénes eran? ¡No eran árabes! De eso no hay duda. Se despertó su esperanza. Ninguno vestía
aljuba, y sus rostros carecían de barba.
Se precipitaban unos hacia otros, y Penrod distinguió el caqui de sus guerreras y la característica
forma de sus cascos de corcho.
—¡Británicos! —dijo, exultante—. Batidores del cuerpo de camellos de Stewart
Penrod giró sobre la montura y miró hacia atrás. Osman estaba erguido sobre los estribos, mirando a
las filas que avanzaban. Detrás de él, sus aggagiers habían sofrenado sus caballos y daban vueltas,
confundidos. Penrod volvió a mirar hacia adelante y vio que el comandante del cuerpo de camellos había
ordenado un alto. Sus hombres se apeaban y hacían echarse a los camellos para formar el clásico cuadro.
Lo hicieron con precisión. Los camellos se hincaron formando un muro ininterrumpido, y detrás de cada
uno de ellos se arrodilló su jinete, presentando fusil y bayoneta por sobre el lomo de su animal. Los
rostros blancos, aunque estaban teñidos por el sol, lucían calmos y bien afeitados. Penrod se sintió
embargado por un orgullo que le quitó ef aliento. Esos hombres eran sus camaradas, la flor del mejor
ejército del mundo.

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Se arrancó el turbante de la cabeza para mostrarles el rostro y agitó el género por encima de su
cabeza.
—i Alto el fuego! —gritó—. ¡Soy un oficial británico! —Vio que un oficial que estaba de pie, con la
espada desenvainada, detrás de la primera línea de soldados, daba un paso al frente y lo estudiaba larga e
intensamente. Ahora, estaba a sólo ciento.cincuenta pasos del cuadro. —¡Soy un oficial británico!
El otro hizo un gesto inconfundible con la espada, y Penrod oyó cómo los sargentos y suboficiales
repetían su orden:
—¡Alto el fuego! ¡Manténganse en sus puestos! ¡Alto el fuego!
Penrod volvió a mirar hacia atrás y vio que Osman estaba muy cerca de él. Aunque sus aggagiers,
confundidos, seguían detenidos, cargaba solo contra el cuadro británico.
Una vez más, Penrod alzó la carabina y le apuntó a la yegua de Osman. Sabía que eso era lo Único
que podía detenerlo. Ahora, soló los separaban tres cuerpos, incluso desde el inestable lomo de un camello
al galope, la carabina de Penrod era una amenaza mortal. Pero aun así, si lo hubiera encañonado a él,
Osman no se habría detenido. Para entonces, Penrod había aprendido lo suficiente sobre él como para
saber que no lanzaría a su yegua sobre la boca de un fusil.
Osman sofrenó su caballo, con el rostro arrugado de rabia.
—Me equivoqué, eres un cobarde —gritó.
Penrod sintió que su propia rabia se inflamaba.
—Ya habrá ocasión —prometió.
—Ruego a Dios que así sea. —A sesenta yardas del cuadro británico, Osman se volvió. Puso a su
yegua al trote y regresó con sus aggagiers.
El cuadro se abrió para permitir el paso de Penrod, seguido de Yakub. Cabalgó hasta el oficial y echó
pie a tierra.
—Buenos días, mayor. —Hizo la venia, y Kenwick lo miró atónito.
—Ballantyne, usted aparece en sitios inesperados. Podríamos haberle pegado un tiro.
—Usted llegó en el momento más apropiado.
—Noté que tenía algún pequeño problema. En nombre del diablo ¿qué hace apareciendo así de la
nada?
—Tengo despachos del general Gordon para el general Stewart.
—Entonces, está de suerte. Somos la avanzada. El general Stewart está con el cuerpo principal de la
columna de socorro, a no más de una hora detrás de nosotros. —Miró por encima de los camellos y los
hombres hincados al frente del cuadro. —Pero, antes que nada ¿quién era ese canalla derviche que lo
perseguía?
—Uno de sus emires, un individuo llamado Osman Atalan, cabeza de la tribu beya.
—¡Caramba! He oído hablar de él. Por lo que dicen, es un bicho peligroso. Será mejor que nos
ocupemos de él. —Fue hacia el frente del cuadro. —¡Sargento mayor! Que maten a ese individuo.
—¡Sí, señor! —El sargento mayor era una robusta figura dotada de magníficos bigotes. Escogió a dos
de sus mejores tiradores. —Webb y Rogers, dispárenle a ese derviche.
Los dos soldados se apoyaron sobre el lomo de sus camellos echados y apuntaron.
—¡A discreción! —les dijo el sargento mayor.

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Penrod se dio cuenta de que contenía el aliento. Había informado a Kenwick de la posición y el rango
de Osman para desalentar cualquier orden en ese sentido. Había albergado la vaga esperanza de que algún
instinto caballeresco disuadiera a Kenwick de matar al emir. En Waterloo, Wellington nunca les hubiera
ordenado a sus tiradores de élite que tomaran a Bonaparte como blanco.
Uno de los soldados disparó, pero Osman estaba a quinientos pasos y se seguía alejando. La bala
debe de haber pasado cerca, pues la yegua agitó la cola como para espantar una mosca tsé tsé. Pero
Osman Atalan ni siquiera se dignó volver la vista. En cambio, puso deliberadamente a su cabalgadura al
paso. El segundo soldado disparó, y esta vez vieron el surtidor de polvo producido por la bala. Una vez
más, habían errado por muy poco, Atalan siguió alejándose al paso. Cada uno de los tiradores le hizo dos
disparos más. Pero ya estaba fuera de su alcance.
—Cese el fuego, sargento mayor —ordenó secamente Kenwick, y, en un aparte a Penrod—: Ese
maldito tiene la suerte del zorro. —Sonreía de mala gana. —Pero su serena actuación es digna de admirar.
—Casi no cabe duda de que nos ofrecerá otras demostraciones de virtuosismo en un futuro cercano
—asintió Penrod.
Percibiendo la nota de censura en su voz, Kenwick lo miró.
—Muy deportivo de su parte, Ballantyne. Pero creo que no se debe respetar excesivamente al
enemigo. Debemos recordar que estamos aquí para matarlo.
Y viceversa. Pero Penrod no lo dijo en voz alta.
A la distancia, vieron a Osman Atalan reunirse con sus aggagiers y retomar el camino hacia Abu
Hamed, en el sur.
—Ahora —dijo Kenwick— el general Stewart probablemente esté feliz de verlo.
—Y viceversa, señor. —Esta vez, Penrod expresó su pensamiento en voz alta.
Kenwick garrapateó una nota en su cuaderno de despacho, arrancó la página y se la entregó.
—Si anda por la región vestido así, es de esperar que lo maten por espía. Envío al joven Stapleton
con usted. Por favor, infórmele al general Stewart que avanzamos a buen paso y que, fuera de este tal
Atalan, no hemos tenido contacto con el enemigo.
—Mayor, le ruego que no vaya a creer que este feliz estado de cosas continuará durante mucho más
tiempo. He pasado los últimos días viajando junto a un gran ejército derviche. Todos vienen para aquí.
—¿Una fuerza de qué tamaño? —preguntó Kenwick.
—Es difícil decirlo con certeza, señor. Son demasiados para contarlos. Sin embargo, estimaría que
son entre treinta y cincuenta mil.
Kenwick se frotó las manos, complacido.
—De modo que, en términos generales, puede decirse que nos esperan unos días interesantes.
—Ya lo creo que sí, señor.
Kenwick llamó a un joven alférez, el rango más bajo entre la oficialidad
—Stapleton, vaya con el capitán Ballantyne y atraviese las líneas con él. Que no los maten ni a usted
ni a él.
Percival Stapleton contempló impresionado a Penrod. No tenía mucho más de diecisiete años, su
rostro era fresco, y era entusiasta como un cachorro. Ambos cabalgaron, acompañados por Yakub, por el
antiguo camino de caravanas. Durante las primeras millas, Percy quedó mudo por la veneración que le
producía la presencia de un héroe. El capitán Ballantyne era poseedor de una Cruz de Victoria, y el honor

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de cabalgar junto a él era el pináculo de sus dieciséis meses de experiencia militar. A lo largo de la milla
siguiente, recurrió a todo su coraje, y le dirigió unas pocas observaciones y preguntas respetuosas. Percy
se sintió muy agradecido cuando Penrod le respondió en forma amistosa, y no tardó en ponerse relajado y
comunicativo. Dándose cuenta de que era una excelente fuente de información, Penrod lo alentó a hablar
libremente y no tardó en enterarse de la mayor parte de los chismes del regimiento. Él mismo estaba
vivamente coloreado por el orgullo que sentía Percy por su regimiento y por su casi delirante expectativa
de entrar en acción por primera vez.
—Todos saben que el general Stewart es un excelente soldado, uno de los mejores del ejército —le
dijo el jovenzuelo con tono importante—. Todos los hombres a su mando vienen de los regimientos de
granaderos y fusileros de primera línea. Yo estoy con el Segundo de granaderos. —Sonaba como si
apenas pudiera creer su buena fortuna.
—¿Es por eso que el general Gordon lleva tanto tiempo en Jartum esperando su llegada? —Penrod lo
provocó con precisión quirúrgica.
Percy respondió al puyazo.
—La demora no es culpa del general. Todos los hombres de la columna están ansiosos por pelear. —
Penrod alzó una ceja, y el muchacho continuó, con vehemencia: —Debido a la prisa con que los políticos
de Londres nos obligaron a dejar Wadi Halfa, nos vimos obligados a esperar refuerzos en Gakdul.
Teníamos menos de mil hombres y los camellos estaban enfermos y débiles por falta de forraje. No
estábamos en condiciones de enfrentar al enemigo.
—¿Cuál es la situación actual?
—Los refuerzos sólo llegaron de Wadi Halfa hace dos días. Trajeron forraje, camellos frescos y las
provisiones que nos hacían falta. El general ordenó que avanzásemos de inmediato. Ahora tenemos
suficientes hombres para hacer el trabajo —dijo con la sublime confianza de los muy jóvenes.
—¿Cuánto es suficiente? —preguntó Penrod.
—Casi dos mil.
—¿Saben cuántos son los derviches? —preguntó Penrod, interesado.
-Oh, no me extrañaría que fuesen unos cuantos. Pero, sabe, somos británicos.
—¡Claro que lo somos! —dijo Penrod con una sonrisa—. ¿Para qué decir más, verdad?
Llegaron a la cima de la siguiente elevación y sobre la pedregosa llanura que se extendía a sus pies
apareció el cuerpo principal. Avanzaba en compacta formación de cuadro, con los camellos en el medio.
Parecían ser más de dos mil. Avanzaban a paso firme y regular, y era evidente que estaban bajo un mando
competente.
El uniforme del joven Percy les abría camino, y los piquetes de centinelas les permitieron ingresar en
el cuadro. Una partida de oficiales montados avanzaba detrás de la primera fila. Penrod reconoció al
general Stewart. Lo había visto en Wadi Halfa, aunque en esa ocasión no se lo presentaron. Era un
hombre bien parecido, que lucía derecho y alto sobre su montura y exudaba un aire de confianza y de
mando. Penrod conocía bastante mejor al hombre que cabalgaba a la vera del general: era el mayor
Hardinge, el principal oficial de inteligencia del cuerpo de camellos. Señaló a Penrod y le dijo unas pocas
palabras al general. Stewart echó un vistazo en dirección a Penrod e hizo una inclinación de cabeza.
Hardinge cabalgó hacia él:
—Ah, Ballantyne, viejo penique falso.

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—La moneda ahora vale al menos un chelín, señor. Traigo despachos del general Gordon desde
Jartum.
—¿Es así? ¡Buen Dios! Entonces, vale una guinea. Venga. El general Stewart estará contento de
verlo. —Cabalgaron juntos para unirse al estado mayor.
El general Stewart le hizo señas a Penrod de que se pusiera a la vera de su propio camello. Penrod
hizo la venia.
—Capitán Penrod Ballantyne, 10° de húsares, con despachos del general Gordon desde Jartum.
—¿Gordon sigue vivo?
—Y mucho, señor.
Stewart lo estudiaba con detenimiento.
—Me alegra que me lo confirme. Puede entregarle los despachos a Hardinge.
—Señor, el general Gordon no quiso confiar nada al papel ante el peligro de que yo cayera en manos
del Madí. Sólo tengo un informe verbal.
—Entonces pásemelo directamente a mí. Hardinge puede tomar notas. Adelante.
—Mi primer deber, señor, es informarle del orden de batalla del enemigo, en la medida en que somos
conscientes de éste.
Stewart lo escuchó atentamente, inclinándose hacia adelante en la silla. Sus rasgos marcados estaban
tostados por el sol, y su mirada era serena e inteligente. No interrumpió a Penrod cuando éste le informó
del estado de los defensores de Jartum. Penrod terminó sucintamente la primera parte de su informe:
—El general Gordon estima que puede resistir otros treinta días. Sin embargo, los suministros de
alimentos han caído por debajo del nivel de supervivencia. El nivel del Nilo baja rápidamente y deja
expuestas las defensas. Me pidió que le enfatice, señor, que cada día que pasa hace que su posición sea
más precaria.
Stewart no hizo ningún esfuerzo por explicar las demoras con que se había topado. Era un hombre de
acción directa, no de excusas. Simplemente dijo:
—Entiendo. Por favor prosiga.
—El general Gordon hará flamear las banderas de Egipto y de Gran Bretaña, día y noche, desde la
torre del fuerte Mukran, mientras continúe defendiendo la ciudad. Con telescopio, las banderas pueden ser
vistas desde una distancia río abajo tan grande como las alturas de la garganta de Shabluka.
—Espero verificar eso por mí mismo en breve —asintió Stewart. Aunque escuchaba a Penrod con
atención sus ojos estaban constantemente ocupados, vigilando que su cuadro mantuviera una formación
ordenada en su rítmico avance hacia el sur.
—En mi travesía desde la ciudad crucé las líneas enemigas. Puedo darle mi estimación de sus
disposiciones, si es que le parece útil, general.
—Lo escucho.
—El comandante de la vanguardia derviche es el emir Salida de la tribu yaalin. Probablemente tenga
quince mil guerreros bajo su bandera roja. Los yaalin son la tribu más meridional del Sudán. Salida es un
hombre que se acerca a los setenta años, pero su reputación es formidable. El comandante del centro es el
emir Osman Atalan de los beya. —Stewart entornó los ojos ante ese nombre. Evidentemente, no era la
primera vez que lo oía. —Osman ha traído aproximadamente veinte mil de sus hombres del asedio de

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Jartum. Tienen fusiles Martini-Henry, capturados a los egipcios, y grandes cantidades de munición. Como
estoy seguro que usted sabe bien, señor, los derviches prefieren el combate a corta distancia con espada.
—¿Artillería?
—Aunque tienen Nordenfelt, Krupp y abundantes provisiones de munición en Omdurman, no he
visto que esta ala del ejército haya traído nada de eso al norte.
—Sé que usted sabe bien cómo combaten los árabes, Ballantyne. ¿Dónde supone que nos esperarán?
—Creo que lo que querrán es que usted no tenga acceso a agua, señor
—replicó Penrod. En el desierto, tarde o temprano todo llevaba a eso. —El siguiente lugar donde hay
agua son los pozos de Abu Klea. Es escasa y salobre, pero aun así, procurarán evitar que usted los use. La
forma de llegar a los pozos es a través de un desfiladero rocoso. Si tuviera que adivinar diría que
ofrecerán batalla allí, probablemente cuando usted desemboque por la salida más estrecha.
Hardinge ya tenía dispuesto el mapa. Stewart lo tomó y lo desplegó sobre la parte delantera de su
silla. Penrod se inclinó lo suficiente como para estudiarlo junto a él.
—Señáleme el sitio donde cree que pueden atacar —ordenó Stewart.
Cuando Penrod lo hizo, Stewart lo estudió durante un momento.
—Mi intención era acampar esta noche del lado norte de Tirbi Kebir. —Indicó el lugar con el dedo.
—Sin embargo, a la luz de esta nueva información, creo que será mejor forzar la marcha hoy y alcanzar la
entrada del desfiladero antes de que oscurezca. Eso nos dejará en una posición más flexible a la mañana.
Penrod no hizo ningún comentario. No le habían pedido su opinión, Stewart enrolló el mapa.
—Gracias, capitán. Creo que el lugar donde resultará usted más útil será en la vanguardia, bajo las
órdenes del mayor Kenwick. Tenga a bien cabalgar hasta, allí y póngase a sus órdenes.
Penrod hizo la venia y, mientras se alejaba, Stewart le habló.
—Antes de ir hacia Kenwick, vaya y vea al jefe de intendencia. Consígase un uniforme decente.
Desde aquí parece un maldito derviche. Alguien le va a pegar un tiro.

***
A la luz del amanecer, Osman Atalan y Salida estaban sentados en la cumbre de las quemadas colinas
del Abu Klea. Desde esa atalaya, dominaban un profundo desfiladero. Estaban sentados sobre una fina
alfombra de lana, tendida sobre la cresta de basalto negro semejante al lomo de un dragón. Una cresta casi
idéntica de la misma roca oscura los enfrentaba al otro lado del paso. En su punto más estrecho, tenía
cuatrocientos pasos de ancho.
El emir Salida de los yaalin conocía a Osman desde que éste era un jovenzuelo de diecisiete años. A
esa edad, Osman había ingresado en territorio yaalin desde el este, como parte de una algarada de su
padre. Habían matado a seis de los guerreros de Salida y se habían llevado cincuenta y seis de sus mejores
camellos. En esa incursión tan lejana en el tiempo, Osman había matado a su primer hombre. Los beya
también habían raptado a doce niñas y muchachas yaalin, pero a los ojos de Salida, éstas, en comparación
con la pérdida de los camellos, ni contaban. En los doce años transcurridos, las venganzas de sangre
habían florecido incesantemente, tiñendo el desierto de rojo.
Sólo desde que el divino Madí, que siempre vence a sus enemigos, había convocado a las tribus del
Sudán para que se unieran en la santa yihad contra el infiel, Osman y Salida se habían sentados juntos
frente a una misma hoguera de un campamento y compartido una misma pipa. Durante la yihad, todas las
venganzas personales quedaban suspendidas. Se unían ante el enemigo común.

193
Una joven esclava puso el narguile entre ambos. Con pinzas de plata, alzó un carbón encendido del
brasero de arcilla y lo colocó con cuidado sobre el tabaco negro apretado en la cazoleta de la pipa. Aspiró
por la boquilla de marfil hasta que el humo fluyó en abundancia. Tosió seductoramente ante los poderosos
efluvios y le pasó la boquilla a Salida en señal de respeto por sus años. El agua del alto frasco de vidrio
burbujeó hasta ponerse azul, atravesada por el humo con que él se llenó los pulmones antes de pasarle la
boquilla a Osman. El Madí había prohibido el empleo del tabaco, pero estaba en Omdurman, y
Omdurman estaba lejos. Fumaron apaciblemente, discutiendo sus planes de batallas. Cuando sólo quedó
ceniza en la cazoleta, se hincaron y postraron en el ritual de las plegarias matutinas.
Luego, la muchacha preparó otra pipa, que fumaron mientras, cada breves intervalos, alguno de sus
jeques subía al cerro para informarles de los movimientos del enemigo y de la disposición de sus propios
regimientos.
—En nombre de Dios, el escuadrón del jeque Harun ya está posicionado —informó uno.
Salida miró a Osman desde abajo de sus párpados encapotados y pecosos.
—Harun es un buen combatiente. Dos mil hombres lo obedecen. Lo puse en el wadi donde ayer al
atardecer se posó el buitre. Desde allí, podrá barrer la retaguardia del enemigo cuando éste salga al llano.
Poco después, otro de los jeques subordinados ascendió la empinada ladera.
—En nombre de Dios y del Victorioso Madí, los infieles han sacado sus batidores. Una patrulla de
seis soldados cabalgó por el paso hasta la salida. Miraron con sus largos anteojos al palmar de los pozos,
luego regresaron. Siguiendo sus órdenes, poderoso Emir, no detuvimos su camino.
Una hora después de la puesta del sol, llegó el informe final, y todas las fuerzas derviche se
posicionaron en los puestos que les fueran asignados.
-¿Qué ocurre con los infieles? -preguntó Salida con su herrumbrosa voz aguda.
-Aún no levantan campamento. -El mensajero señaló a la entrada del largo desfiladero. Salida le
ofreció su codo a Osman, y su antiguo enemigo ayudó al anciano a ponerse de pie. Sus coyunturas estaban
nudosas por la artritis, pero montado podía cabalgar y esgrimir la espada como un guerrero joven.
Cuidando de que sus siluetas no se recortaran contra el cielo del alba, Osman lo condujo solícitamente
hasta el borde del precipicio desde donde miraron hacia abajo.
A menos de dos millas de ellos, el campamento enemigo se veía claramente. La tarde anterior, los
soldados habían erigido una zareba de piedras y zarzas en torno al perímetro. Según lo acostumbrado, el
campamento era de forma cuadrada. Habían emplazado una ametralladora Nordenfelt en cada uno de los
ángulos, de modo de poder enfilar la parte exterior de la estacada que protegía el recinto.
—¿Qué son esas máquinas? —Salida nunca había combatido a los francos. Conocía a los turcos, por
haber matado a cientos de ellos con sus propias manos. Pero estos grandes hombres de cara roja eran de
otra raza. No sabía nada acerca de sus costumbres.
—Son fusiles que disparan muy rápido. Pueden dejar tendidos campos de hombres, como hierba
segada por una guadaña, hasta que se calientan y se atascan. Hay que alimentarlos con cadáveres para que
se atraganten.
Salida lanzó una risa cacareante.
—Hoy los alimentaremos bien. —Hizo un amplio gesto. —Su banquete está listo. Esperamos a los
invitados del honor.
Las colinas, valles y estrechas quebradas parecían yermos y desiertos, pero en realidad bullían de
decenas de miles de hombres de a caballo que, sentados sobre sus escudos, esperaban con la paciencia del
cazador.

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—¿Qué hacen ahora los infieles? —preguntó con curiosidad Salida, regresando su atención al
campamento enemigo.
—Se preparan para que los ataquemos.
—¿Saben que los esperamos aquí? —preguntó al-Salida—. ¿Cómo es que lo saben?
—Tuvimos un espía entre nuestras filas. Un oficial ferenghi. Un infiel inteligente, mañoso. Habla en
nuestra dulce legua natal, y pasa fácilmente por hijo del Profeta. Cabalgó hacia el norte con nuestras
huestes desde Ber-ber. Sin duda, contó nuestras cabezas y adivinó nuestras intenciones antes de partir al
campamento de los infieles.
—¿Cuál es su nombre? ¿Por qué sabes tanto acerca de él?
—Se llama Abadan Riyi. Él fue quien, en El Obeid, me produjo la herida que casi me lleva a la
tumba. Es mi enemigo de sangre.
—¿Entonces por qué no lo mataste? —preguntó Salida en tono razonable.
—Es escurridizo como una anguila de río. Dos veces se me resbaló de entre los dedos —dijo Osman
— pero eso fue ayer. Hoy es hoy, y cuando se ponga el sol, estaremos contando muertos.
—Tal vez los infieles no ofrezcan batalla hoy —dudó Salida.
—iMira! —le pasó el telescopio a Salida. El viejo lo tomó al revés y miró por la mayor de las lentes.
Aunque así no podía ver más que el azul del cielo, adoptó una expresión de comprensión. Osman sabía
que entendía poco esos juguetes de los infieles de modo que, para no abochornarlo, le describió lo que
ocurría en el campamento británico.
—Mira cómo los encargados de intendencia pasan frente a las filas entregando municiones
suplementarias.
—Por Dios, tienes razón —dijo Salida, desplazando el telescopio varios grados en dirección opuesta
a la señalada.
—Mira, traen las Nordenfelt
—Por el santo nombre del Madí, tienes razón. — Salida se golpeó la ceja con el bronce del
telescopio, que bajó para frotarse el chichón.
—Mira cómo los infieles montan, y escucha cómo los clarines tocan avance.
Salida miró prescindiendo de la incómoda lente, y por primera vez vio con claridad al enemigo.
—¡Por el santo nombre del Madí, tienes razón! —dijo—. Ahí vienen con todo lo que tienen.
Vieron cómo los británicos levantaban campamento y salían, montados. Sus ordenadas filas
adoptaron de inmediato la temible formación en cuadro. Avanzaron deliberadamente por la boca del
desfiladero sin que apareciesen brechas en sus filas. Su disciplina y su precisión eran estremecedoras, aun
para hombres del temple de Osman y de Salida.
—Para ellos, no hay vuelta atrás. O se abren paso hasta el agua o, como ha ocurrido con otros
ejércitos, perecen, tragados por el desierto.
—No se los dejaré al desierto —declaró Salida—. Los destruiremos con la espada. —Se volvió a
Osman. —Abrázame, amado enemigo —dijo con suavidad— pues soy viejo y estoy cansado. Hoy parece
un buen día para morir.
Osman lo abrazó y besó sus mejillas marchitas.
—Cuando mueras, que sea con la espada en la mano. —Se separaron y descendieron por la ladera
posterior del cerro hasta donde sus portadores de lanza les tenían los caballos.

195
***
Penrod alzó la vista a las despojadas escarpas negras que se alzaban a uno y otro lado de ellos. Eran
estériles como montones de cenizas del pozo del infierno. A medida que penetraban en el desfiladero, los
acantilados comprimían y deformaban sus formaciones. Pero no aparecían brechas en los costados del
cuadro. Penrod escrutó atentamente los despeñaderos. No había señales de vida, pero sabía que esto no era
más que una ilusión. Miró de soslayo a Yakub.
—Osman Atalan está aquí —dijo.
—Sí, Abadan Riyi. —Yakub sonrió y su ojo derecho giró asimétricamente. —Está aquí. El dulce
perfume de la muerte flota en el aire. —Respiró hondo. —Lo amo aún más que el olor a hembra.
—Sólo tú, lascivo y sanguinario Yakub, podías combinar el amor y la batalla en un único
pensamiento.
—Pero efendi, son la misma cosa.
Avanzaron por el estrecho desfiladero. El miedo y la excitación corrían como un vino intoxicante por
las venas de Penrod. Miró a los rostros directos y honestos que lo rodeaban, y se sintió orgulloso de
cabalgar junto a ellos. Las quedas órdenes y sus respuestas se daban en los familiares acentos de la patria
natal, tan diversos que podían haberse tratado de distintos idiomas: los sonidos de las tierras altas
escocesas y del oeste, de Gales y de la isla de esmeralda, de York y de Kenny, de los geordies del
nordeste, el cockney, y la elegante habla arrastrada de Eton y Harrow.
—Nos esperarán al otro lado del paso —dijo Yakub—. Osman y Salida querrán poner en acción su
caballería en terreno abierto.
—Salida es el emir de tu tribu, así que entiendes bien su mente —dijo Penrod.
—Fue mi emir, y cabalgué junto a él en sus algaradas y comí junto a su fuego. Hasta que su hijo
mayor mancilló a mi hermana menor, y mi daga tuvo que encargarse de ambos, pues fue ella la que lo
incitó. Ahora, la sangre pende entre Salida y yo. Si él no me mata primero, algún día lo mataré yo.
—Ah, paciente y vengativo Yakub, tal vez éste sea el día.
Pasaron el punto más estrecho del paso, y los acantilados se abrieron a uno y otro lado como las
fauces de un monstruo. Aún no se veían indicios de vida en las muertas colinas requemadas, ni siquiera un
ave o una gacela. El clarín tocó alto, y el distorsionado cuadro se detuvo con un movímiento irregular.
Los sargentos cabalgaron a lo largo de las filas para reordenarlas.
—¡Cierren a la derecha!
—Mantengan la distancia entre las filas.
—Giren a la izquierda y formen en línea.
En minutos, la integridad del cuadro quedó restaurada. Sus esquinas formaban meticulosos ángulos
rectos y las distancias eran exactas. Las hileras de bayonetas relumbraban en el sol implacable, y los
rostros de los hombres detenidos estaban rubicundos y sudorosos, pero ni uno de ellos sacó su cantimplora
de las redes en que llevaban sus pertrechos. En esos sedientos despoblados, beber sin permiso era una
infracción penada con corte marcial. Desde el lomo de su camello, Penrod relevó el terreno que se
extendía delante de ellos. Más allá del embudo de colinas se abría un ancha planicie llana. La tierra estaba
cubierta de blancos guijarros de cuarzo y tachonada de bajos matorrales halófilos. En el extremo más
lejano de esa desolada extensión, se erguía un pequeño soto de palmeras que parecían fosilizadas por el
tiempo.

196
Buen terreno para caballería, pensó Penrod, y volvió toda su atención a la trampa de colinas que se
alzaba a uno y otro lado. Seguían sin mostrar indicios de vida, pero así y todo parecían cargadas de
amenaza. Temblaban en el espejismo del calor como sabuesos de caza que se hubieran detenido de golpe
al olfatear la presa, esperando sólo que el cazador los soltara para lanzarse en su persecución.
Los acantilados estaban cortados por cañadones y bocas de wadi, por rocas salientes y hondas
entradas. Algunas estaban bloqueadas por piedras y sedimentos caídos desde lo alto, otras cubiertas de
arena, como el suelo de una plaza de toros. Yakub lanzó una suave risita e indicó la más próxima con la
punta de su aguijada. No hizo falta que hablara. Las pisadas de mil caballos habían hollado la superficie
de la arena. Eran tan recientes que el filo de cada huella estaba claramente trazado, y el bajo ángulo del
sol lo definía con una nítida sombra azul.
Penrod alzó sus ojos a las cumbres serradas de las colinas. Se veían afiladas como los dientes de un
cocodrilo contra el azul de porcelana del cielo. Entonces, algo se movió entre las rocas y el ojo de Penrod
se fijó allí. Era una pequeña mota, y su movimiento no se notaba más que el de una pulga sobre el pelo del
vientre de un gato negro.
Sacó su pequeño telescopio de la alforja de cuero y, al enfocarlo sobre ese punto, vio que era la
cabeza de un hombre que los miraba. Se tocaba con un turbante negro y su barba era negra, con lo que se
confundía con las rocas que lo rodeaban. Estaba demasiado lejos como para distinguir los rasgos del
hombre, pero vio cómo volvía la cabeza, tal vez para darle una orden a quienes estuviesen detrás de él.
Otra cabeza apareció junto a la suya, y luego otra, hasta que el horizonte se cubrió de cabezas humanas,
alineadas como las cuentas de un rosario.
Penrod bajó el telescopio y abrió la boca para gritar una advertencia, Pero en ese momento, el aire
latió con el batir de los atabales de guerra derviches, que conmovía las entrañas. Los ecos rebotaron de los
acantilados enfrentados, y la hueste del Madí apareció, en forma milagrosamente repentina, en todas las
cornisas, galerías y crestas del paso. La figura central se destacaba nítidamente sobre la cumbre más alta.
Su aljuba centelleaba de blancura a la luz del sol, y su turbante era de un oscuro verde esmeralda.
Alzó su fusil con una mano y lo apuntó hacia el cielo. El gris humo del disparo se proyectó al cielo
como el chorro de una ballena que saliera a respirar y, pocos segundos después, les llegó el estampido de
la detonación. Un inmenso grito se elevó de las filas escalonada de los derviches:
—La ilaha illallah! ¡El único Dios es Dios!
Los ecos respondieron:
—¡Dios! ¡Dios! ¡Dios!
El clarín del centro del cuadro británico cantó con una nota urgente acuciante y las tropas
reaccionaron con fluida, practicada precisión. Los camellos se echaron, hincados en ordenadas hileras,
formando de inmediato las cortinas de esa fortaleza viviente. Los animales de carga y sus encargados
retrocedieron y se echaron en una inmensa masa en el centro. Eran la torre de homenaje. Rápidamente, los
artilleros descargaron las ametralladoras Nordenfelt de los camellos de carga, y tambaleándose bajo su
peso, las llevaron a los cuatro ángulos, desde donde podían dirigir fuego de enfilada a lo largo del frente
de cada muralla del cuadro. El general Stewarty su estado mayor estaban agrupados apenas detrás de la
muralla del frente. Los corredores se hincaron cerca de ellos, listos para transmitir las órdenes del general
a todos los puntos del cuadro.
Un silencio mortal cayó sobre esa asamblea de guerreros. Desde lo alto, las tropas derviches les
clavaban la mirada, y el tiempo pareció congelarse. Entonces, un solitario jinete derviche apareció en la
boca rocosa del mayor de los wadis. En el límite del alcance de los fusiles se detuvo, enfrentando al

197
cuadro. Alzó el curvo clarín de guerra de marfil, el ombeia, y su voz clara y profunda resonó a lo largo del
acantilado.
De la boca de cada wadi y cada cañadón se derramaron las huestes derviches, fila tras fila, miles tras
miles, camellos y caballos. Salían y salían, virando para formar escuadrones irregulares que enfrentaban al
pequeño cuadro. Pocos hombres iban vestidos o armados de la misma manera: enarbolaban lanzas y
espadas, hachas y rodelas de cuero, fusiles, espingardas y el terrible montante. Los atabales volvieron a
sonar en un lento ritmo hipnótico y las filas derviches comenzaron su avance.
—Esperadlos, muchachos. —Los sargentos recorrían la cortina delantera del cuadro por el lado de
adentro.
—No disparéis, chicos.
—Sin prisa. Hay para todos. —Las voces eran calmas, casi jocosas.
Los atabales batieron más rápido y las filas derviches se pusieron al trote, mientras los ánsar que iban
delante comenzaban a empujarse para ser los primeros en llegar al cuadro. Más rápido y las densas masas
salvajes parecieron cubrir el piso del valle. El batir de los tambores se elevó en un crescendo y los cascos
tronaron. El polvo se alzó en un miasma asfixiante.
—¡Tranquilos, muchachos, tranquilos! —las calmas voces inglesas respondían a los alaridos de los
paganos.
—¡No disparéis, chicos! —Penrod reconoció la clara voz de muchacho de Percy Stapleton, que se
dirigía a su pelotón. Le costaba contener su impaciencia. —¡Tranquilos, azules!
El infeliz cree que está en una regata, se dijo Penrod, sonriendo. Los atabales machacaron en un ritmo
afiebrado y las ombeia chillaron y sollozaron. Como el agua que surge de un dique que cede, la caballería
derviche se lanzó directamente contra el cuadro británico.
—¡Preparados! Fuego escalonado, mozos —ordenaron los sargentos.
—Siguiendo las reglas, muchachos. Recordad el entrenamiento.
—¡Fuego escalonado! Que cada disparo cuente.
Penrod contemplaba a un jeque que iba montado en un camello rojizo de largas patas. Se había
abierto paso a la fuerza hasta la primera fila de la carga. Gritaba, con la boca abierta de par en par, y se le
veía una brecha oscura en la línea de sus dientes delanteros. Estaba a cien yardas del frente del cuadro,
que se convirtieron en setenta, y después en cincuenta, sin que cejara su galope desatado.
El clarín sonó, agudo y dulce.
—Fuego escalonado. Primera fila ¡fuego!
Hubo la breve pausa, típica de tropas muy entrenadas, en que cada hombre afirmó la puntería. Penrod
le apuntó al jeque de la brecha en los dientes. La andanada sonó, ensordeciéndolos. La primera fila de la
carga se estremeció bajo el castigo. El hombre de Penrod recibió la bala de lleno en el pecho y se deslizó
hacia atrás desde su alta silla. Su camello quiso volverse y se topó con dos caballos que venían detrás de
él, uno de los cuales cayó pesadamente.
—Segunda fila, fuego escalonado. ¡Fuego! —Los fusiles volvieron a tronar. Las balas golpearon
carne viva con el sonido de arcilla húmeda arrojada contra una pared de ladrillos. La carga de los
derviches vaciló, y perdió ímpetu.
—Tercera fila, fuego escalonado. ¡Fuego! —Los animales que habían perdido sus jinetes daban
vueltas, encabritados. Guerreros barbados maldecían y luchaban para alejarse de ellos. Cadáveres y
heridos eran pisoteados y pateados por sus cascos. En ese momento, las Nordenfelt unieron su sañudo

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tableteo al estrépito. Barrieron la línea con sus disparos. Como una barracuda que atravesase un cardumen
de sardinas, los dividió en pequeños grupos aislados.
—Primara fila, fuego escalonado. ¡Fuego! —Las órdenes se repetían. Los soldados recargaban,
apuntaban y disparaban con la precisión aceitada de las filas de bobinas de una máquina de cardar. La
carga se detuvo, se quebró y los sobrevivientes se dispersaron hacia los acantilados. Pero antes de que los
alcanzaran, los atabales los convocaron y las ombeias cantaron
—¡Regresad! ¡Por Alá y por el Madí, volved a la batalla!
Nuevos escuadrones brotaron de entre las rocas para reforzar las raleadas filas. Uniéndose en una
masa, volvieron a gritar el nombre de Dios v atacaron otra vez, atravesando el campo pisoteado donde ya
yacían tantos de sus camaradas. Cargaron para quebrar el cuadro británico.
Pero un cuadro británico no se quiebra. Los sargentos seguían marcando el compás de las regulares
andanadas escalonadas. Los cañones de las ametralladoras Nordenfelt comenzaron a enrojecer como
herraduras en la fragua de un herrero.
Osman Atalan le había dicho a Salida: "Hay que alimentarlas con cadáveres para que se atraganten".
Las Nordenfelt se hartaron de carne humana, se atragantaron y, una tras otra, se atascaron. A medida
que cesaba su tableteo entrecortado, la caballería derviche se acercaba más y más, hasta la fronda de
relucientes bayonetas. Y las andanadas seguían azotándolos. Luchaban por avanzar, y eran derribados,
hechos pedazos, hasta que finalmente se les agotaron el coraje y la resolución. Finalmente, retrocedieron y
cabalgaron de regreso a los acantilados.

***
Desde lo alto, Salida contempló el cuadro intacto.
—Ésos no son hombres —dijo— son yinn. ¿Cómo matar a diablos, si somos hombres?
—Con coraje y espada —replicó Rufaar, el mayor de los hijos que le quedaban. Dos hijos de más
edad que él habían muerto en algaradas y guerras tribales y otro en una riña por una mujer. Esa muerte
aún no había sido vengada.
Rufaar tenía treinta y tres años, y corría sangre de guerrero por sus venas. Había matado más de
cincuenta hombres con su propia espada. Era como había sido su padre a su edad: su ferocidad era
insaciable. Tres de sus hermanos menores se alineaban detrás de él. Eran todos de la misma índole, y por
sus venas también corría la sangre guerrera de Salida.
—Déjame encabezar la próxima carga, venerado padre —suplicó Rufaar—. Déjame que destroce a
esos comedores de cerdo. Déjame que cauterice esa herida purulenta en el corazón del Islam.
Salida lo contempló, y su corazón de padre se sintió complacido.
—¡No! —meneó la cabeza. Esa única palabra de negativa lo cortó más hondo que lo que lo hubiera
cortado cualquier tejo del enemigo. Rufaar respingó de dolor. Se hincó sobre una rodilla y besó el
polvoriento pie de su padre.
-No pido más recompensa que ésa. Déjame encabezar la carga. —¡No! —dijo Salida por segunda
vez, y la expresión de Rufaar se ensombreció—. No te permitiré encabezarla, pero puedes cabalgar a mi
derecha. —El rostro de Rufaar se despejó. Se incorporó de un salto y abrazó a su progenitor.
—¿Y nosotros? —sus otros tres hijos se unieron al coro—. ¿Y nosotros qué, padre bienamado?

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—Vosotros, los cachorros, podéis cabalgar detrás de nosotros. —Salida los fulminó con la mirada
para ocultar su afecto. —Tal vez Rufaar y yo os arrojemos algunas sobras de nuestro banquete. Ahora,
traedme mi camello.

***
—¡Camillero! —la llamada se repitió en media docena de puntos de la cortina exterior del cuadro, en
los que había soldados heridos por el aleatorio fuego de los derviches. Rápidamente, los heridos fueron
llevados al centro, y las brechas se cerraron. Los doctores operaban entre las moscas y el polvo,
arremangados hasta el codo. La sangre se coagulaba rápidamente en el calor. Los heridos que aún podían
andar regresaban, vendados, a ocupar sus puestos en el cuadro.
—¡Aguadores! —el grito se repetía a lo largo de todo el pequeño cuadro. Los muchachos se
apresuraron a llevar los odres y derramaron agua en las cantimploras forradas de fieltro.
—¡Munición por aquí! —repartiendo paquetes de cartón, los municioneros recorrían los lados del
cuadro.
Los ametralladores luchaban por despejar los atascos de sus armas. Arrojaban invaluable agua sobre
los cañones para enfriarlos. Desaparecía al hervir en nubes de vapor siseante, y el metal crujía y
tintineaba. Pero los mecanismos estaban bien atascados, y por más que los martillaran y tiraran de ellos,
no cedían.
Repentinamente, en medio de toda esa actividad frenética, el clarín volvió a sonar.
—¡Alerta! —gritaron los sargentos.
—Regresan. —La caballería derviche surgió de las colinas peladas. Como una gran ola que ganara
cuerpo detrás de la rompiente, se alinearon a lo largo del pie de las colinas, de cara al cuadro.
—Ahí está tu enemigo —le susurró Penrod a Yakub. El estandarte rojo ondeó en el centro de la línea,
llevado por dos derviches adolescentes.
—Sí —asintió Yakub—. El del turbante azul es Salida. El chacal sarnoso que va a su lado es su hijo
Rufaar. también lo debo matar a él. Los que llevan su bandera son otros de sus hijos. Matarlos no será
honroso, será como aplastar piojos con las uñas, pero debe ser hecho.
—Entonces aún nos queda mucho por hacer. — Penrod sonrió mientras abría otro caja de papel llena
de cartuchos y se los ponía en las presillas de la canana.
—Salida es un viejo chacal astuto —murmuró Yakub—. Por el dulce aliento del Profeta, vaya si
aprende rápido. Vio cómo deteníamos las primeras cargas. ¡Mira! Ha reforzado su centro.
Penrod vio a qué se refería. Salida había cambiado de formación. Su línea no se extendía en forma
regular. En los flancos sólo había filas de dos en fondo, pero en el centro, Salida había formado un
martillo, un sólido nudo de filas cerradas de seis en fondo.
* **
Al otro lado del cuadro, el general sir Herbert Stewart estudiaba al emir a través de la lente de su
telescopio.
—Parece muy viejo y frágil.
—Es viejo, pero no frágil, señor —le aseguró Hardinge—. Con sólo cincuenta hombres, encabezó la
carga que quebró a los egipcios de Valentín Baker en Suakin. Eso fue hace menos de dos años. El viejo
perro aún tiene dientes.

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—Entonces se los tendre