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Guerra Civil Española :

Se denomina Guerra Civil Española a la guerra civil que tuvo lugar en España entre el
pronunciamiento del 17 y 18 de julio de 1936 y el último parte de guerra firmado por
Francisco Franco el 1 de abril de 1939.

Los bandos en contienda se denominaron a sí mismos bando nacional y bando


republicano ; mientras que recibían de su contrario los adjetivos de fascista y rojo,
respectivamente. En líneas generales, se identificaban respectivamente con la derecha
política y la izquierda política, las clases altas y el movimiento obrero, la iglesia católica
y el anticlericalismo, y con distintas ideas de España y opciones de organización
territorial, de forma de Estado o de su misma existencia.

El contexto internacional pasaba por los momentos críticos anteriores a la Segunda


Guerra Mundial. Mientras que las democracias liberales procuraron el mantenimiento
de una política de no intervención, cada uno de los bandos fue claramente apoyado por
las potencias identificadas con el fascismo (la Alemania de Hitler y la Italia de
Mussolini) y el comunismo (la Unión
Soviética de Stalin).

Las consecuencias de la Guerra civil han


marcado en gran medida la historia posterior
de España, por lo excepcionalmente
dramáticas y duraderas: tanto las
demográficas como las materiales,
intelectuales y políticas , y que se
perpetuaron mucho más allá de la
prolongada posguerra, incluyendo la
excepcionalidad geopolítica del
mantenimiento del régimen de Franco hasta
1975.

La Guerra Civil Española ha sido


considerada en muchas ocasiones como el
preámbulo de la Segunda Guerra Mundial,
puesto que sirvió de campo de pruebas para las potencias del Eje y la Unión Soviética,
además de que supuso un desenlace, principalmente a raíz de la llamada Revolución
social española de 1936, entre las principales ideologías políticas de carácter
revolucionario y reaccionario que entonces se disputaban en Europa y que entrarían en
conflicto poco después: el fascismo, el carlismo, el constitucionalismo de tradición
liberal burguesa y el Socialismo de Estado del PCE y la Komintern, y los diversos
movimientos revolucionarios: socialistas, comunistas, comunistas libertarios,
anarcosindicalistas o anarquistas, y poumistas. Los partidos republicanos no
revolucionarios defendieron el funcionamiento democrático parlamentario del Estado
por medio de la Constitución vigente, la Constitución de la República Española de
1931. Los anarquistas de la CNT defendían la implantación de un modelo libertario,
aunque tuvieron que renunciar a todo su esquema teórico al aceptar la participación en
el gobierno a finales de 1936. Los nacionalistas defendieron su autonomía o
planteamientos secesionistas. La mayoría de revolucionarios buscaban bien implantar la
dictadura del proletariado, o bien eliminar la coerción de cualquier estructura jerárquica,
fundamentalmente a través de una economía de carácter comunista y autónomo, y una
organización política basada en órganos de base y comités, sintetizado todo ello en la
consigna del comunismo libertario. Muchos militares sublevados y los falangistas
defendieron, en palabras del propio Franco, la implantación de un Estado totalitario. Los
monárquicos pretendían la vuelta de Alfonso XIII. Los carlistas la implantación de la
dinastía carlista, etc. En ambos bandos hubo intereses encontrados.

De hecho, estas divisiones ideológicas quedaron claramente marcadas al estallar la


Guerra Civil: los regímenes fascistas europeos; Portugal e Irlanda apoyaron desde el
principio a los militares sublevados.

El Gobierno republicano recibió el apoyo de la URSS, único país comunista de Europa,


quien en un primer momento movilizó las Brigadas Internacionales y posteriormente
suministró equipo bélico a la República. También recibió ayuda de México, donde hacía
poco había triunfado la Revolución mexicana.

Las democracias occidentales, Francia, el Reino Unido y Estados Unidos, decidieron


mantenerse al margen, según unos en línea con su política de no-confrontación con
Alemania, según otros porque parecían preferir la victoria de los sublevados. No
obstante, el caso de Francia fue especial, ya que estaba gobernada, al igual que España,
por un Frente Popular. Al principio intentó tímidamente ayudar a la República, a la que
cobró unos 150 millones de dólares en ayuda militar (aviones, pilotos, etc.), pero tuvo
que someterse a las directrices del Reino Unido y suspender esta ayuda.

En cualquier caso, esta alineación de los diferentes países no hacía más que reflejar las
divisiones internas que también existían en la España de los años 1930 y que sólo
pueden explicarse dentro de la evolución de la política y la sociedad española en las
primeras décadas del siglo XX.

Algunos ven en estas profundas diferencias político-culturales lo que Antonio Machado


denominó las dos Españas. En el bando republicano, el apoyo estaba dividido entre los
demócratas constitucionales, los nacionalistas periféricos y los revolucionarios. Éste era
un apoyo fundamentalmente urbano y secular, aunque también rural en regiones como
Cataluña, Valencia, País Vasco, Asturias y Andalucía. Por el contrario, en el bando
nacional, el apoyo era básicamente rural y burgués, más conservador y religioso. Sobre
todo fueron aquellas clases más o menos privilegiadas hasta entonces, (burgueses,
aristócratas, muchos militares, parte de la jerarquía eclesiástica, terratenientes o
pequeños labradores propietarios, etc.) que tras la victoria del Frente Popular veían
peligrar su posición o consideraban que la unidad
de España estaba en peligro.

El número de víctimas civiles aún se discute, pero


son muchos los que convienen en afirmar que la
cifra se situaría entre 500.000 y 1.000.000 de
personas. Muchas de estas muertes no fueron
debidas a los combates, sino a las ejecuciones
sumarias, paseos, que ambos bandos llevaron a
cabo en la retaguardia, de forma más o menos
sistemática o descontrolada. Los abusos se
centraron en todos aquellos sospechosos de
simpatizar con el bando contrario. En el bando nacional se persiguió principalmente a
sindicalistas y políticos republicanos (tanto de izquierdas como de derechas), mientras
en el bando republicano esta represión se dirigió preferentemente hacia los falangistas,
burgueses, aristócratas, militares, simpatizantes de la derecha o sospechosos de serlo,
sacerdotes y laicos de la Iglesia Católica, llegando a quemar conventos e iglesias y
asesinando a trece obispos, 4.184 sacerdotes, 2.365 religiosos, 263 monjas y millares de
personas vinculadas a asociaciones confesionales o meramente católicas practicantes. Es
incalculable la pérdida en el patrimonio histórico y artístico de la Iglesia Católica, pues
se destruyeron unos 20.000 templos —entre ellos varias catedrales— incluyendo su
ornamentación (retablos e imágenes) y archivos.[7] [8]

Tras la guerra, la represión franquista se cebó con el bando perdedor, iniciándose una
limpieza de la que fue llamada España Roja y de cualquier elemento relacionado con la
República, lo que condujo a muchos al exilio o a la muerte. La economía española
tardaría décadas en recuperarse.

Los simpatizantes republicanos vieron la guerra como un enfrentamiento entre «tiranía


y democracia», o «fascismo y libertad», y muchos jóvenes idealistas de otros países
participaron en las Brigadas Internacionales pensando que salvar a la República
Española era la causa idealista del momento. Sin embargo, los partidarios de Franco la
vieron como una lucha entre las «hordas rojas» (comunistas y anarquistas) y la
«civilización cristiana». Pero estas dicotomías son, inevitablemente, simplificaciones:
en los dos bandos había ideologías variadas, y muchas veces enfrentadas (por ejemplo,
anarquistas contra comunistas en uno, falangistas contra monárquicos y carlistas en el
otro).

El 14 de abril de 1936 se produce el desfile de conmemoración del Quinto aniversario


de la República, presidido por Manuel Azaña. Durante el paso de la Guardia Civil, los
abucheos y los disturbios fueron abundantes, ya que se dudaba de la fidelidad al
Gobierno de la misma, y el resultado fue la muerte del alférez De los Reyes durante una
trifulca.

Pero el 16 de abril el entierro constituyó una excusa para que la derecha se echase a la
calle para protestar efusivamente; la comitiva, que quiso recorrer mucha más distancia
que la que la separaba del cementerio, acabó por provocar trifulcas (existen fotografías
de tiroteos por las calles) que hicieron entrar en juego a los Guardias de Asalto. En todo
este caos, resulta muerto Andrés Sáenz de Heredia (primo de José Antonio Primo de
Rivera, fundador de Falange), y una muchedumbre, al observar cómo el teniente José
del Castillo Sáez de Tejada dispara a un joven tradicionalista (carlista), José Llaguno
Acha, enfurece e intenta lincharlo. Tanto el joven como él necesitaron atención médica.

Y el 12 de julio, el mencionado José del Castillo Sáez de Tejada muere asesinado


mientras pasea tranquilamente por la calle (probablemente por falangistas. Castillo era
conocido por su activismo izquierdista y por negarse a intervenir contra los rebeldes de
la Revolución de Asturias, «Yo no tiro sobre el pueblo» fueron sus palabras y este acto
de rebeldía le costaría un año de cárcel.

La conmoción por el asesinato no tardó en extenderse entre la propia Guardia de Asalto


a la que él pertenecía. Y a la madrugada siguiente, en represalia, un grupo de guardias,
al no encontrar en su casa a Gil-Robles, secuestran y matan a José Calvo Sotelo, quien
era miembro de las Cortes y líder de la oposición al Frente Popular y había sido
ministro de finanzas durante la dictadura de Miguel Primo de Rivera. Este crimen
convenció de la necesidad de dar el golpe de Estado a los militares que aún estaban
indecisos, entre ellos, a Franco. Este golpe de Estado estaba preparado por Mola (el
Director) para mediados o finales de julio desde hacía tiempo, y contaba con el apoyo
de la Falange y de los movimientos conservadores y católicos. El levantamiento
acababa de comenzar.

El número de muertos en la
Guerra Civil española sólo puede
ser estimado de manera
aproximada. Las fuerzas
nacionalistas pusieron la cifra de
500.000, incluyendo no sólo a los
muertos en combate, sino también
a las víctimas de bombardeos,
ejecuciones y asesinatos.
Estimaciones recientes dan
asimismo la cifra de 500.000 o
menos. Esto no incluye a todos
aquellos que murieron de malnutrición, hambre y enfermedades engendradas por la
guerra. La cifra de 1.000.000, a veces citada, procede de una novela de Gironella, que la
justifica entre los 500.000 reconocidos y otros tantos cuya vida resultó
irremediablemente destrozada. El exilio forzoso de muchos represaliados antes, durante
y después de la guerra es difícil de cuantificar. Según su situación geográfica y sus
preferencias políticas se optó entre salir por mar, cruzando el océano para pasar a países
sudamericanos en su mayoría o el mar los más pudientes para ir a Inglaterra o Francia.
O por tierra cruzando los Pirineos al lado galo.País este último que muchos eligieron
por su cercanía con España y su creencia de buena acogida. Demostrándose su error con
hechos como los campos de concentración de Bram .

Las repercusiones políticas y emocionales de la guerra trascendieron de lo que es un


conflicto nacional, ya que, por muchos otros países, la Guerra Civil española fue vista
como parte de un conflicto internacional que se libraba entre la religión y el ateísmo, la
revolución y el fascismo. Para la URSS, Alemania e Italia, España fue terreno de prueba
de nuevos métodos de guerra aérea y de carros de combate. Para Gran Bretaña y
Francia, el conflicto representó una nueva amenaza al equilibrio internacional que
trataban dificultosamente de preservar, el cual se derrumbó en 1939 (pocos meses
después del fin de la guerra española) con la Segunda Guerra Mundial. El pacto de
Alemania con la Unión Soviética supuso el fin del interés de ésta en mantener su
presión revolucionaria en el sur de Europa.

En cuanto a la política exterior, la GCE supuso el aislamiento de España y la retirada de


embajadores de casi todo el mundo. Sólo unos pocos países mantuvieron relaciones
diplomáticas con España desde el final de la II Guerra Mundial hasta el inicio de la
Guerra Fría. A partir de los años 50, las relaciones internacionales españolas, con el
apoyo de EE.UU, pasan a ser casi normales, salvo con los países del Bloque Soviético.