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UN TRANVÍA LLAMADO DESEO

DE:

TENNESSEE WILLIAMS

Versión española: ENRIQUE LLOVET


Título original: A Streetear Named Desire

Versión de Enrique Llovet


© Ediciones MK, 1988 Castelló, 30-52-28001 Madrid

Cubierta y maqueta de la colección: Francisco Nieva

IMPRIME VILLENA A. G.
Depósito Legal: M.-49—1989. ISBN: 84-7389-054-X
INTRODUCCIÓN

De TENNESSEE WILLIAMS, podría decirse que es la nostalgia de la pureza. Su vida está llena
de traslados y su obra de constantes oscilaciones y contrariedades caracterizadas por una
permanente oposición entre la grandeza y miseria del hombre, la lucha constante entre la bestia y
el ángel. Sus obras se caracterizan por la exposición de la corrupción humana, sin importarle
exponer sus personajes con crueldad y naturalismo. Vagabundos, poetas, criminales, obsesos
sexuales, neuróticos... Pero siempre detrás de todos la SOLEDAD, que pudiéramos decir ser su
mensaje. Soledad o aislamiento de la perspectiva social. Aunque algunos han querido encontrar en
él influencias de Chejov y Faulkner, solamente utiliza sus propias observaciones. Tampoco se deja
seducir por la equivocación de caer en los temas sociales y polémicos.
Su comportamiento se manifiesta muy pronto en su vida marcada por la tendencia al
aislamiento tratando de salvaguardar su individualidad y sobre todo tener siempre a mano el
recurso de evadirse cuando se siente atormentado, buscando un medio de encontrarse a sí mismo.
TENNESSEE WILLIAMS, poseía un gran talento poético y una gran habilidad para tratar a
personajes reales y nos guste o no pueden identificarse. Cualquier espectador puede sentir que
WILLIAMS se ocupa de problemas personales. Por otra parte, no hay en él ninguna intromisión en
esta zona confusa y misteriosa de nuestra alma. No quiere aclarar las cosas, ni simplificarlas. En
fin, en ninguna de sus obras existe complacencia o concesión. Es esencialmente puro.
PERSONAJES

LA MUJER NEGRA.......................
EUNICE HUBBELL .......................
STANLEY KOWALSKI..................
STELLA KOWALSKI.....................
STEVE HUBBELL..........................
HAROLD MITCHELL (WITCH) ...
LA MUJER MEJICANA ................
BLANCHE DUBOIS.......................
PABLO GONZALES ......................
EL MUCHACHO ............................
LA ENFERMERA...........................
EL DOCTOR...................................

La acción en primavera, verano y otoño en Nueva Orleans.


ESCENA PRIMERA

Edificio de dos plantas en la esquina de la calle «Campos Elíseos» de Nueva Orleans; una calle
que va desde el río hasta las vías del ferrocarril. Un lugar pobre pero con cierto encanto dentro de
su vulgaridad, que le hace superior a otros sitios parecidos de las ciudades americanas. Las casas,
en su mayoría, son de madera o cemento blanco que el tiempo agrietó, con escaleras exteriores,
galerías y raros adornos en mal estado. El edificio tiene dos departamentos: superior e inferior. A
ambos se accede por un par de blancas escaleras desvaídas.

Comienza a atardecer en un día de mayo. El cielo que se divisa alrededor del desvaído y
blanquecino edificio tiene un suave color azul, casi turquesa, que da al lugar una atmósfera
poética, lo que de alguna manera suaviza con su encanto la posible sordidez. Casi se siente el calor
del río. más allá de los tinglados de mercancías que almacenan plátanos y café. De la vuelta de la
esquina llega la música de un bar de negros. En este barrio de Nueva Orleans siempre se está
cerca de una esquina donde hay un bar con un piano sobre cuyo teclado se deslizan con facilidad
unos dedos morenos. Este «blus piano» expresa el espíritu vital del barrio.
Una mujer blanca y otra de color toman el aire en las escaleras del edificio. La mujer blanca es
KUNICK, que vive en el piso superior; la otra no es más que una vecina. Nueva Orleans es una
ciudad cosmopolita en cuyos barrios viejos se ha sedimentado una fácil y cálida mezcla de razas.
Los diálogos callejeros se oyen sobre el fondo musical del piano.

(Dos hombres dan la vuelta a la esquina: STANLEY KOWAISKY y MTTCH. Los dos tienen entre
veintiocho y treinta años y van vestidos funcionalmente, en ropa azul de trabajo. Stanley lleva al
brazo una chaqueta de jugar a los bolos y un paquete manchado que denuncia su origen: la car-
nicería. Los dos hombres se detienen ante las escaleras.)
STANLEY—(Gritando.) ¡Eh!... ¡Stella! ¡Cielo!... ¡Eh! (STELLA aparece en el rellano del piso
superior. Es joven y atractiva: alrededor de veinticinco años. Procede de una clase social que no es
la de su marido.)
STELLA.—(Suave) No grites tanto, que no es necesario... Hola, Mitch...
STANLEY.-¡Ahí va eso! ¡Cógelo!
STELLA.—¿Qué es?
STANLEY.—Carne.
(STANLEY tira el paquete a STELLA. Ella da un grito de protesta pero lo atrapa. Respira hondo.
Se ríe. MITCH y STANLEY reemprenden la marcha hacia la esquina.)
STELLA.—(Gritando.) ¡Stanley! ¿Dónde vas ahora?
STANLEY.—Tengo una partida de bolos.
STELLA.—¿Te acompaño?
STANLEY.—Vente. (Sale.)
STELLA.—Voy corriendo. (A la mujer blanca.) ¿Cómo estás, Eunice?
EUNICE.—Muy bien. Oye, dile a Steve que se consiga un sandwich, que en casa no hay nada...
(Se ríen todos, especialmente la Negra, que no se puede parar, STELLA se va.)
MUJER NEGRA.—¿Qué había en ese paquete? (Se incorpora sin dejar de reírse.)
EUNICE.—No te preocupes, que no es asunto tuyo...
MUJER NEGRA.—¿Qué es lo que pidió que cogiera? (Todavía se está riendo cuando BLANCHE
aparece en la esquina, con una maleta en la mano. Mira un trozo de papel. Luego la casa, consulta
otra vez el papel y vuelve a mirar el edificio. Está estupefacta. Su talante contrasta muchísimo con
el del barrio. Va admirablemente vestida: traje blanco, blusa de gasa, collar y pendientes de
perlas, sombrero y guantes blancos. Está vestida para un té o un cocktail elegante. Representa
cinco años más que STELLA. Una belleza sensible que sabe huir de las luces crudas. Se mueve con
cierta inseguridad.)
EUNICE.—¿Qué le pasa, bonita? ¿Se ha extraviado?
BLANCHE.—(Emotivamente.) Me dijeron que... primero... tomase un tranvía llamado «Deseo»...
luego el que va al Cementerio y que me bajase en la sexta parada en... en los «Campos Elíseos»...
EUNICE.—Y ya llegó.
BLANCHF.—¿Estos son los... Campos Elíseos?
EUNICE.—Los «Campos Elíseos...»
BLANCHE.—Puede que... no me explicase bien cuando di el número...
EUNICE.—¿Qué número era?
(BLANCHE inquieta, vuelve a mirar su papel.)
BLANCHE.—Seis... tres... dos...
EUNICE.—Pues ya no tiene que seguir buscando...
BLANCHE.—La casa de mi hermana: Stella du Bois... Es decir, la señora de Stanley Kowalski.
EUNICE.—Ya dio con la fiesta. Es aquí... lo que no sé es como no se la ha encontrado.
BLANCHE.—¿Está segura de que... Stella vive aquí?
EUNICE.—Ella en el piso de abajo y yo en el de arriba.
BLANCHE.—Sí... Gracias... Y... ¿no está ahora?
EUNICE.—¿Ha visto una bolera que hay a la vuelta?
BLANCHE.—No... No me he fijado.
EUNICE.—Pues ahí tiene a su hermana viendo jugar a su marido... (Pausa.) ¿Por qué no deja aquí
la maleta y se llega a buscarla?
BLANCHES.—No, gracias...
MUJER NEGRA.—Iré yo y le diré que está usted aquí.
BLANCHE.—Muchas gracias.
MUJER NEGRA.—De nada, mujer, de nada... (Sale.)
EUNICE.—Por lo visto su hermana no la esperaba...
BLANCHE.—No, no me esperaba esta noche.
EUNICE.—Bueno, pues... pase... ¿Por qué no entra? Pase y póngase cómoda para esperarlos...
BLANCHE.—¿Ponerme...? ¿Cómo voy a hacer eso?
EUNICE.—Pase con toda confianza... (EUNICE abre la puerta del piso inferior. Enseguida se
enciende una luz filtrada por el azul celeste de los visillos, BLANCHE. muy despacio, sigue a EUNICE,
entra en el piso. Se enciende el piso, se ha hecho el oscuro en la calle. Ahora se ven dos
habitaciones mal definidas. La primera, entrando, es evidentemente una cocina, aunque hay en ella
una cama auxiliar que es la que más tarde usará BLANCHE. La otra habitación es un dormitorio
con una puertecilla al baño.)
EUNICE.—La casa está hoy un poco desordenada... Pero... cuando está limpia y en orden es muy
agradable.
BLANCHE.—¿Ah, sí?
EUNICE.—Sí, sí... Bueno, esa es mi opinión... ¿De modo que es usted la hermana de Stella?
BLANCHE.—Sí, su hermana... (Intenta quedarse sola.) Bueno... muchas gracias por haberme
dejado pasar.
EUNICE.—«De nada», «de nada», como dicen los mejicanos... Stella habla mucho de usted...
BLANCHE.—¿Mucho?
EUNICE.—Me dijo que era profesora...
BLANCHE.—Sí... lo soy...
EUNICE.—En una escuela de Mississippi... ¿Viene de ella?
BLANCHE.—Sí.
EUNICE.—Me enseñó una foto de su plantación. ¡Qué casa!
BLANCHE.—¿«Belle-Reve»?
EUNICE.—Una casa enorme, con dos columnas blancas a los lados...
BLANCHE.—Sí...
EUNICE—Debe costar una fortuna sostener esas casas.
BLANCHE.—¿No le importa que...? Estoy que me caigo...
FUNICE—Claro que sí, bonita... Siéntese, siéntese si quiere.
BLANCIIE.—Me gustaría quedarme sola...
EUNICE.—No faltaba más... Me largo inmediatamente.
BLANCHE.—Perdóneme... No he querido ofenderla, pero es que...
EUNICE.—Me acercaré a la bolera y le meteré prisa a su hermana.
(Sale EUNICE. BLANCHE, tensa e incómoda se sienta en la silla. Las piernas juntas y los hombros
apretados sujeta el bolso crispadamente, como si tuviese frío. Después de unos momentos,
comienza a serenarse y sus ojos revisan el lugar. Se oye el maullido de un gato. Melosa, BLANCHE
retiene la respiración. De pronto, su mirada descubre algo en un armario entrecerrado. De un
salto, va al armario y toma una botella de whisky. Se sirve medio vaso y se lo bebe de golpe. Con
cuidado deja la botella donde estaba y lava el vaso en el fregadero. Vuelve a sentarse detrás de la
mesa.)
BLANCHE.—(Bajo.) Dominarme... Necesito dominarme... (STELLA dobla la esquina corriendo y
va hacia la puerta del piso inferior. Llama alegremente a su hermana.)
STELLA.—¡Blanche! ¡Blanche!
(Se miran una a otra durante unos instantes. Luego BLANCHE se incorpora y corre hacia STELLA
con un grito.)
BLANCHE—¡Stella!... ¡Stella!... ¡Estrella!... (BLANCHE rompe a hablar febrilmente, con mucha
vivacidad, como si quisiese impedir que puedan detenerse a reflexionar. Se abrazan con fuerza,
espasmódicamente.) ¡Déjame que te vea!... Pero no me mires tú, no me mires, Stella, no me mires
hasta... luego... después que me dé un baño y esté un poco más tranquila... ¡Y apaga la luz ahora
mismo! ¡Por favor! No quiero que nadie me vea con esta luz tan cruda, (STELLA obedece con una
sonrisa.) ¡Acércate!... ¡Ay, Stella, Stella! (La abraza otra vez.) ¡No pensé que íbamos a encontrar-
nos en un sitio tan espantoso!... Bueno... perdona... es que no sé lo que digo... Quería ser muy
cariñosa y lo primero que había pensado decirte era. «¡Stella, qué sitio tan bonito y qué casa tan...!»
Bueno... ja, ja... ¡Estrellita mía!... ¡Hermana!... No has abierto la boca desde que has llegado...
STELLA.—¡Cielo mío, no me has dejado hablar! STELLA se ríe pero mira a su hermana, con
cierta preocupación.)
BLANCHE.—Pues habla, habla... habla todo lo que quieras, mientras yo trato de encontrar que
beber... Tendrás algo digerible, ¿no? Bueno, vamos a ver... vamos a ver si puedo encontrarlo sola...
(BLANCHE va al armario y saca la botella de whisky. Trata de seguir bromeando pero tiembla y
respira con dificultad. Casi se le cae al suelo la botella, STELLA se da cuenta.)
STELLA.—Será mejor que te sientes, Blanche... Desde... Yo te sirvo. No sé con qué lo podrías
tomar... ¡Ah, sí! Creo que hay Coca-Cola en la heladera... Tráela tú, mientras yo...
BLANCHE.—No, Estrellita, Coca-Cola no. Estoy muy nerviosa esta noche para tomar Coca-Cola.
Pero bueno... ¿y dónde?... ¿Dónde está tu...?
STELLA.—¿Stanley?... ¡Ah, está en la bolera! Jugando... Es lo que más le gusta en el mundo. Hoy
tienen un campeonato... Mira, aquí queda un poco de soda.
BLANCHE.—La soda estropea el whisky, hermosita. No me hagas caso... y no vayas a pensar que
me emborracho todos los días... Es que me siento mal... sucia... cansada... con los nervios de
punta... Bueno, es igual... Siéntate conmigo y cuéntamelo todo. ¿Por qué vives aquí?
STELLA.—Te lo explicaré, Blanche...
BLANCHE.—Voy a ser muy franca contigo... Yo no soy hipócrita... soy sincera... Nunca... nunca
en mi vida... ni en una pesadilla podía imaginarme un lugar así... ¡Es de Poe!... ¡Solo Edgar Alian
Poe podría describir un sitio como éste!... ¡Supongo que lo que hay detrás serán los bosques de
Weis, con sus fantasmas y sus brujas! (Se ríe.)
STELLA.—No, cielo, no... Ahí donde tú señalas no hay más que las vías del ferrocarril.
BI.ANCHE.—Las vías... Entonces, hablando en serio, ¿por qué no me lo dijiste?... Con una simple
carta yo... (STEILLA. cautelosa, sirve otro vaso a BLANCHE.)
STELLA—¿Por qué no te dije qué, Blanche?... ¿Qué?
BLANCHE.—Las condiciones en que estabas viviendo.
STELLA.—Cálmate un poco ¿quieres?... Este no es un mal sitio, ni muchísimo menos... Lo que
pasa es que Nueva Orleans no se parece a ninguna otra ciudad... Esto es todo.
BLANCHE.—No me refiero a Nueva Orleans... me refiero al sitio y... ¡Perdona! (Se detiene
bruscamente.) Bueno, cambiemos de tema.
STELLA.—(Irritada.) Cambiemos. (Una pausa, BLANCHE mira con atención a su hermana y
STELLA sonríe, BLANCHE desvía la mirada y contempla su vaso que agita nerviosamente.)
BLANCHE.—¡Tú eres lo único que tengo en el mundo y ni siquiera te alegras de que esté en tu
casa!
STELLA.—Blanche, ¿qué estás diciendo? Eso no es verdad.
BLANCHE.—Puede... Se me había olvidado que eres de muy pocas palabras.
STELLA.—Nunca me dejaste hablar, Blanche. Siempre me callé cuando estábamos juntas...
BLANCHE.—(Suave.) Una buena costumbre... (Brusca.) Ni siquiera te ha interesado saber por qué
tuve que abandonar mi escuela sin esperar a las vacaciones...
STELLA.—Supuse que me lo dirías sin que te lo preguntara, si es que te interesa contármelo.
BLANCHE.—O sea que pensaste que me habían echado...
STELLA.—Pensé que habías dimitido... Sí, habías sido tú...
BLANCHE.—Me fallaron los nervios... Estaba deshecha con todo lo que había pasado y... (Con
rabia sacude el cigarrillo.) ¡Creí que me iba a volver loca!... Y entonces el señor Graves... el señor
Graves es el inspector de Enseñanza Superior... me sugirió que pidiese unos meses de permiso... En
un telegrama no se pueden matizar las cosas... (Se bebe el vaso de un trago.) ... Bueno... ¡Esto me
va a caer muy bien!
STELLA.—¿Te pongo otro?
BLANCHE.—No, no... Con uno tengo bastante...
STELLA.—¿De verdad?
BLANCHE.—Y, ¿cómo me encuestras, eh?... ¿Cómo me encuentras?
STELLA.—Bien... Te encuentro muy bien.
BLANCHE.—Una mentira piadosa. Jamás la luz del sol ha iluminado un estado de ruina tan
grande como el mío... Tú, en cambio... sí, bueno, has engordado más de la cuenta... ¡Pero te sienta
bien!
STELLA.—Oye, Blanche...
BLANCHE.—De verdad... de verdad. Por eso te lo digo... Aunque deberías cuidar tu cintura... Esas
caderas no... Vamos a ver... Ponte de pie...
STELLA.—Ahora no, Blanche...
BLANCHE.—¡Ahora!... ¿No me has oído? ¡Te he dicho que te pongas de pie! ESTELLA obedece
malhumorada.) Estás muy mal criada y además te has echado una mancha en ese encaje del cuello,
que no era feo... ¡Y qué peinado!... Con esa carita de ángel deberías llevar el pelo mucho más
corto... Supongo que tendrás una doncella...
STELLA.—Una doncella... No tenemos más que dos habitaciones...
BLANCHE.—¿Qué?... ¿No tienes más que dos habitaciones?
STELLA.—(Incomoda.) Esta donde estamos y... (BLANCHE se ríe con una risa mortificante. Pausa
incómoda.)
BLANCHE.—Ya está... Ya te has vuelto a quedar callada... ¡Qué suave eres! Te sientas quietecita,
cruzas las manos y pareces una niñita del coro...
STELLA.—(Inquieta.) Tú eres mucho más fuerte que yo, Blanche...
BLANCHE.—Sí, pero tú te dominas muchísimo mejor... Me parece que necesito otro trago. (Se
pone de pie.) Pues, para que lo sepas, no he engordado un solo kilo en estos diez años... Peso
exactamente lo mismo que cuando murió papá... El verano que tú te fuiste de Belle-Reve a vivir tu
vida...
STELLA.—(Aburrida.) La verdad, Blanche, es que te conservas divinamente.
BLANCHE.—Sí... Es mi encanto el que desaparece poco a poco...
(BLANCHE se ríe, muy tensa y busca la mirada de su hermana para serenarse.)
STELLA.—-(Amable.) Tu encanto está intacto...
BLANCHE.—¿Después de lo que me ha pasado? Ahora si que no te creo... ¡Pobre Stella! (Se lleva
a la frente una mano temblona.) ¿Es verdad que solo tienes dos habitaciones?
STELLA.—Y un baño...
BLANCHE.—Un baño... Al fondo de la escalera, la primera puerta a la derecha, ¿no? (Las dos
hermanas se ríen sin espontaneidad) Pues no sé donde me vas a instalar, Stella...
STELLA.—Aquí...
BLANCHE.—¿Esto qué es?... ¿Una cama plegable? (Se sienta en la cama.)
STELLA.—¿No te gusta?
BLANCHE—-{Con la voz blanca.) Sí... está bien... Prefiero dormir en cama dura... Pero no hay
ninguna puerta de separación entre estos dos cuartos y creo que Stanley... ¿No resultará un poco
indecente?
STELLA—Como tú sabes muy bien, Stanley es polaco...
BLANCHE.—Quieres decir, que es un poco... así... como irlandés...
STELLA.—Sí.
STELLA.—Con menos orgullo... supongo. (Las dos hermanas se ríen otra vez forzadamente.)
BLANCHE—He traído unos trajes muy bonitos para causarle buena impresión a tus refinados
amigos.
STELLA.—No te van a parecer nada refinados.
BLANCHE.—¿Ah, no?
STELLA.—Son amigos de Stanley...
BLANCHE.—¿Todos polacos?
STELLA.—Una mezcla...
BLANCHE—Sea como sea traigo un buen guardarropa y lo voy a usar... No sé si estás esperando
que diga que me voy a un hotel... pero te equivocas... Quiero estar aquí contigo... No podría estar
sola... Supongo que... te habrás dado cuenta, ¿no?... La verdad es que no ando nada bien... (Su voz
se ha ido debilitando. Está muy asustada.)
STELLA.—Nervios... Sí, te veo muy nerviosa... muy excitada.
BLANCHE.—¿Y qué va a decir Stanley? Si toma mi visita como la simple pasada de una hermana
de su mujer no creo que yo lo resista...
STELLA.—Lo único que tienes que hacer es no compararle con aquellos invitados que venían a
casa... No lo hagas y te sentirás muy bien con él...
BLANCHE.—¿Es... muy distinto a... nuestros amigos?
STELLA.—Es de otra raza...
BLANCHE.—¿Qué quieres decir? Dime de una vez como es...
STELLA.—No es fácil... Y menos para mí, que le quiero... mira... Esta es una foto suya. (Da una
foto a BLANCHE que la mira.)
BLANCHE.—¿Es un oficial?
STELLA.—Sargento primero de ingenieros... Y muy condecorado.
BLANCHE.—¿Llevaba todas esas medallas cuando te conoció?
STELLA.—Todas... Pero no fue esa chatarra lo que me deslumbró...
BLANCHE—Yo no he dicho eso.
STELLA.—Fue después, cuando... cuando tuve que adaptarme a su vida.
BLANCHE.—¿Quieres decir a su vida civil? (STELLA se ríe vacilante.) ¿Qué pasó cuando le dijiste
que yo iba a venir aquí?
STELLA.—Pues... bueno... todavía no lo sabe.
BLANCHE.—(Inquieta.) ¿No le has dicho nada?
STELLA.—Está muy poco en casa.
BLANCHE.—¿Viaja mucho?
STELLA.—Mucho.
BLANCHE.—Eso está bien.
STELLA.—(Bajo.) No soporto pasar las noches sola...
BLANCHE.—¡Vamos, Stella!
STELLA.—Si está una semana sin venir me puedo volver loca... Y el día que vuelve me echo en
sus brazos y rompo a llorar como una niña. (Sonríe.)
BLANCHE.—Eso se llama amor... (STELLA levanta la vista y sonríe con orgullo.) Stella...
STELLA.—Dime...
BLANCHE.—(Con rapidez.) No te he contado nada de lo que estarías esperando que te contase...
pero... me gustaría que fueras muy comprensiva con lo que te tengo que decir...
STELLA.—(Inquieta.) ¿De qué se trata, Blanche, de qué se trata?
BLANCHE.—Me lo vas a echar en cara, Stella... Sé que me lo vas a echar en cara... pero, antes...
recuerda que... que tú te viniste y yo me quedé luchando... Sí... tú nos dejaste para venir a Nueva
Orleans... no pensaste más que en ti... Yo me quedé sola en Belle-Reve... sola y... luchando para
salvarlo... No te hago ningún reproche, ¿sabes?, pero debes reconocer que dejaste todo el peso de
aquello sobre mis espaldas...
STELLA.—Hice lo que pude: buscarme un trabajo...
BLANCHE.—(Tiembla otra vez convulsivamente.) Sí, sí... eso lo sé... Pero abandonaste Belle-
Reve y yo no... Yo me quedé allí, luchando día y noche... Por poco me muero por defender la casa...
STELLA.—Cuéntame lo que ha pasado y deja de hacer una escena. ¿Qué significa eso de que
luchaste y luchaste por defender la casa?
BLANCHE.—Sabía que al enterarte de la pérdida reaccionarías de esa manera.
STELLA.—¿De qué pérdida estás hablando? ¿De Belle-Reve? ¿Es qué hemos perdido la casa...?
BLANCHE.—Sí, Stella.
(Las miradas de las dos hermanas se enfrentan por encima del hule amarillo que hay sobre la
mesa, BI.ANCHF. afirma ligeramente con la cabeza y STELLA baja la suya, muy despacio, hasta
hundirla entre sus manos, apoyadas sobre el hule. Se oye más fuerte la música negra del piano,
BLANCHE se lleva un pañuelo a la frente.)
STELLA.—¿Cómo la hemos perdido? ¿Cómo? (BLANCHE se levanta bruscamente.)
BLANCHE.—¿Qué cómo?... ¿Eso es todo? Te has vuelto delicadísima.
STELLA.—¡Blanche!
BLANCHE.—Delicadísima. Te sientas ahí y me acusas de todo...
STELLA.—¡Blanche!
BLANCHE.—Sí, Blanche... Blanche que recibió en la cara y en el cuerpo todos los golpes del
mundo... ¡Tantas muertes!... ¡Tantas idas, una detrás de otra, al cementerio...! Papá muerto, mamá
muerta... y Margarita, muerta de aquella enfermedad tan horrible... ¿Sabías que se hinchó como un
globo y no pudimos meterla en el féretro? La quemamos como se quema la basura... Llegaste tan
justa al entierro que no te enteraste de nada... Y los entierros no están nada mal cuando se compara
con la muerte... Un desfile silencioso... Pero la muerte... la muerte es otra cosa... Una respiración
ronca... una voz que rechina... alguien que llora pidiéndote que no la dejes viva... ¡Cómo si tú
pudieses hacer algo! En cambio los entierros son tranquilos... rodeados de flores... Buenos ataúdes...
Se los llevan en paz y si no estuviese en la agonía, cuando te pedían que los retuvieses, no podrías
sospechar que lucharon y lucharon para sangrar y para respirar... No... tú ni siquiera puedes
imaginártelo... Pero es que yo lo vi... yo lo vi... yo lo vi... Y ahora te sientas ahí, tranquilamente, a
decirme con la mirada que yo tengo la culpa de que perdiésemos esa casa... ¿Cómo crees que
pagamos las cuentas de tanta enfermedad y tanto entierro? La muerte es muy cara, Stellita, muy
cara...
Y detrás de Margarita murió la prima Jessie... La parca era una segadora instalada a la puerta de
nuestra casa... Stella... cielo mío... así es como perdí la casa... Ninguno de ellos tenía un miserable
seguro y ninguno dejó un céntimo. Bueno, sí... la pobrecilla Jessie dejó cien dólares... lo que nos
costó el féretro...
Y eso fue todo, Stella. Así fue... me quedé con el miserable sueldo que me pagaban en la
escuela... Así que... échame la culpa... Quédate ahí mirándome, segura de que yo soy responsable de
haber perdido la casa... Pero, ¿dónde estabas tú, Stella?... ¿Dónde estabas? Estabas aquí... aquí...
viviendo con tu polonés... (STELLA se incorpora bruscamente.)
STELLA.—¡Ya está bien, Blanche! ¡Cállate! (Va a macharse.)
BLANCHE.—¿Dónde vas?
STELLA.—A lavarme. Al cuarto de baño.
BLANCHE.—Pero si... ¡estás llorando, Estrellita!
STELLA—Claro... ¿También te sorprende eso? (STELLA desaparece en el cuarto de baño. Una
pausa. Luego se oyen unas voces y llegan al pié de la escalera STANLEY. STEVE y MiTCH. Vienen
muertos de risa.)
STEVE.—Bueno, ¿qué?... ¿Hace un poker mañana por la noche?
STANLEY.—Buena idea... en casa de Mitch.
MITCH.—No puede ser. Mi madre no está bien todavía. (Se aleja.)
STANLEY.—(Gritando.) Entonces aquí... en mi casa... Pero tú pones la cerveza.
EUNICE.—(A gritos, arriba.) Deja ya la tertulia, hombre... Hice los spaghettis que querías y me
los he tenido que comer sola.
STEVE.—(Saliendo.) Te dije que teníamos partida y te llamé por teléfono. (A sus amigos.) A ver
si tienes una cerveza un poco más fuerte.
EUNICE.—Dijiste que me llamarías, pero no me llamaste.
STEVE.—Sí, te llamé... a la hora de comer... y además te lo expliqué durante el desayuno.
EUNICE.—Bueno, da igual. Mientras sigas volviendo por las noches...
STEVE.—¿Pero es que quieres que ponga un anuncio en los periódicos?
(Nuevas risas y gritos de los hombres. Stanley da un empujón a la puerta de la cocina y entra en
su casa. Es de altura normal pero fuerte y bien proporcionado. Una especie de alegría animal está
implícita en su comportamiento y manera de moverse. El objetivo de su vida, desde su
adolescencia, es el placer con las mujeres, que da y recibe, no con indulgente ligereza sino con el
orgulloso poder de un gallo de buen plumaje en un corral de gallinas. De esta satisfecha plenitud
derivan todos los cardes secundarios de su vida: amistad con los hombres, humor rudo y directo,
amor a la buena mesa y a la buena bebida, al juego, a su coche, a su radio, a todo cuanto posee y
lleva por ello la impronta orgulloso del sembrador. Valora las mujeres al primer vistazo, las
clasifica sexualmente y las dedica la sonrisa justa. Frente a esa actitud, Blanche retrocede
instintivamente.)
BLANCHE.—Soy Blanche. Tú debes ser Stanley.
STANLEY—Blanche. ¿La hermana de Stella?
BLANCHE.—Sí.
STANLEY.—Gusto. ¿Dónde está Stella?
BLANCHE.—En el baño.
STANLEY.—No tenía ni idea de esta visita.
BLANCHE.—Pero... yo...
STANLEY.—¿De dónde has salido, Blanche?
BLANCHE.—Pues... vivía en Laurel.
STANLEY.—¿En Laurel, eh?... Sí, claro... En Laurel. (Ha ido al armario y ha sacado la botella de
whisky. La mira al trasluz.) El whisky desaparece muy deprisa cuando hace calor. ¿Quieres un
poco?
BLANCHE.—No... bebo... bebo muy poco...
STANLEY.—Hay gente que apenas bebe hasta que el alcohol se los bebe a ellos. (Blanche se ríe
forzada y débilmente.) Tengo toda la ropa pegada al cuerpo... ¿Te importa que me ponga un poco
más cómodo? (Empieza a quitarse la camisa, sin esperar respuesta.)
BLANCHE.—Por favor...
STANLEY.—La comodidad ante todo: esa es mi norma...
BLANCHE.—Sí, la mía también. Y eso que... has llegado antes de que pudiera lavarme y...
maquillarme.
STANLEY.—Es muy fácil respirar después de un ejercicio tan violento como los bolos. Tú eres
profesora, ¿no?
BLANCHE.—Sí.
STANLEY.—¿De qué?
BLANCHE.—De inglés.
STANLEY.—Yo fui muy mal estudiante de inglés. ¿Cuánto tiempo piensas estar por aquí,
Blanche?
BLANCHE.—Todavía no lo sé.
STANLEY.—¿Te vas a quedar con nosotros?
BLANCHE.—Me gustaría... Si es que no os molesto.
STANLEY.—Muy bien...
BLANCHE.—El viaje ha sido bastante cansado...
STANLEY.—Entonces, tómatelo con tranquilidad. (Un gato maulla junto a la ventana, BLANCHE
se sobresalta.)
BLANCHE.—¿Qué ha sido éso?
STANLEY.—Son los gatos... ¡Eh, Stella!
STELLA.—(Off.) ¿Qué hay, Stanley?
STANLEY.—¿Es qué te has caído al agua? (STANLEY hace un guiño a BLANCHE. que intenta una
sonrisa. Pausa.) Tengo la impresión, no sé por qué, de que te voy a parecer un poco raro... No soy
muy refinado, ¿sabes? Stella siempre está hablando de tí. Estuviste casada, ¿no? (Sube la lejana
música del piano.)
BLANCHE.—Sí. Hace mucho. Cuando era joven...
STANLEY.—¿Y cómo terminó?
BLANCHE.—El chico... se murió. (Se deja caer en la silla.) Ay... Creo que... me estoy sintiendo
mal. (Hunde la cabeza entre los brazos.)
OSCURO
ESCENA SEGUNDA

El día siguiente a las seis de la tarde.

(BLANCHE se está bañando, STELLA acaba de arreglarse. El traje de BLANCHE un estampado con
flores, se extiende sobre la cama de BLANCHE. STANLEY entra de la calle a la cocina, dejando la
puerta abierta hacia el perpetuo sonido del piano de los «blues».)
STANLEY.—¿Qué clase de festejo es éste?
STELLA.—¡Hola, Stanley! (Se incorpora y corre a abrazarle, STANLEY acepta el gesto como un
señor acostumbrado a los homenajes.) Me llevo a Blanche a cenar al Galatoire y después al teatro.
Como tú tienes tu poker...
STANLEY.—¿Y dónde ceno? Yo no pienso ir al Galatoire...
STELLA.—En la heladera te he dejado un buen plato de fiambres...
STANLEY.—De acuerdo.
STELLA.—Volveremos cuando termines el poker... No sé lo que opinará Blanche... Iremos a
cualquier sala de espectáculos de por aquí... Me tienes que dar dinero...
STANLEY.—¿Dónde se ha metido Blanche?
STELLA—Se está lavando. El agua muy caliente le calma los nervios... Está muy deprimida.
STANLEY.—¿Por qué?
STELLA.—Los disgustos... Ha sufrido mucho...
STANLEY.—No sabía...
STELLA.—Sí... La verdad es que... bueno... que nos hemos quedado sin Belle-Reve.
STANLEY.—¿La casa?
STELLA.—Sí.
STANLEY.—¿Cómo? ¿Por qué?
STELLA.—(Perdida.) Había que elegir entre sacrificar la casa o... muchas otras cosas... (Una
pausa, STANLEY reflexiona.) Cuando salga del baño, sé bueno y dile algo simpático sobre su
aspecto... ¡Ah! Y... no... no le digas nada de lo del niño... Todavía no se lo he contado... Voy a
esperar a que esté más tranquila.
STANLEY—(Duro.) ¿Ah, sí?
STELLA.—Trata de ser amable con ella, Stan... Compréndela. (Se oye la voz de BLANCHF que
canta en el baño.)
BLANCHE.—(Off. Cantando.) «De la tierra donde el agua es siempre azul celeste vino cautiva
una hermosa doncella».
STELLA.—Ella no sospechaba que vivíamos en una casa tan pequeña... En mis cartas yo... pues...
había exagerado un poco...
STANLEY.—¿De verdad?
STELLA.—Dile un par de cosas sobre ese traje... que le sienta divinamente... y eso... Para Blanche
los cumplidos son absolutamente vitales. Es su punto débil.
STANLEY.—Entendido, entendido... pero no nos desviemos de la cuestión. Dices que ha perdido
la casa...
STELLA.—Sí... la ha perdido.
STANLEY.—¿Cómo?... Cuéntame los detalles.
STELLA.—Bueno... Ya... ya nos lo contará cuando esté más tranquila.
STANLEY.—¡Ah!... Un pacto, ¿no?... La pobrecita Blanche no debe ser molestada con temas
económicos hasta que supere este bache.
STELLA.—Ya viste como llegó anoche.
STANLEY.—Sí, en efecto... Pero, en fin, déjame ver esa escritura de venta.
STELLA.—No me la ha dado... No la he visto.
STANLEY.—¿No te ha enseñado nada? ¿Ningún papel?... ¿Ni contratos, ni escrituras... ni nada de
eso?
STELLA.—Es que... creo que... que no la vendió.
STANLEY.—¿Y qué es lo que hizo sí no la vendió? ¿Se la regaló a los pobres?
STELLA.—Habla más bajo que te va a oír.
STANLEY.—Mejor... Papeles por delante...
STELLA.—No hay papeles... No me ha enseñado nada porque no tenía nada para enseñarme.
STANLEY.—¿Nunca oíste hablar del Código de Napoleón?
STELLA.—No sabía que existiese un código de Napoleón... Por tanto si existe como si no existe,
no creo que eso tenga nada que ver con...
STANLEY.—Atiende un poco a la lección, bonita...
STELLA.—Está bien.
STANLEY.—Estamos en el Estado de Luisiana... y en Luisiana hay un Código Civil según el cual
lo que es de la mujer es del marido y lo que es del marido es de la mujer... Eso quiere decir que si
yo tengo una casa o si la tienes tú...
STELLA.—Ya me he perdido, ya me he perdido...
STANLEY.—De acuerdo... No sigo... Pero en cuanto salga del cuarto de baño le voy a preguntar si
conoce las leyes de este Estado... No quiero que te engañen, nena, porque si te timase, tú me timas a
mí... y eso no me gusta lo más mínimo.
STELLA.—Tienes todo el tiempo del mundo para hacer todas las preguntas que quieras. Pero no
ahora. La pobre Blanche volvería a sentirse deshecha... No sé ni sospecho lo que ha podido pasar
con Belle-Reve... pero es ridículo que creas que Blanche... o yo misma, hemos podido timar a
alguien.
STANLEY.—Yo no creo nada... Blanche ha vendido la finca... ¿Se puede saber dónde está el
dinero?
STELLA—Es que no la ha vendido... la ha perdido... (STANLEY. furioso, va rápidamente hacia el
dormitorio. STELLA le sigue). ¡Stan!
(STANLEY abre con rabia un gran baúl vertical que está en medio del cuarto y comienza a sacar
los trajes de BLANCHE).
STANLEY.—¡Por favor!... ¡Abre esos ojitos y mira esto! ¿Te parece a tí que estos trajes se los
puede comprar una maestra con su sueldo?
STELLA.—¡Cállate!
STANLEY.—Plumas, pieles… sedas... ¿y esto? Una tela que parece oro macizo... ¡Y esto!...
Fíjate... zorro puro... (Sopla en las pieles). Pieles de zorro de pelo largo. ¿Dónde está tu abrigo de
zorros, Stella? Zorros plateados, maravillosos. ¿Dónde están tus zorros plateados, niña, dónde?
STELLA.—Esas pieles no son buenas y además Blanche las tienes desde hace años.
STANLEY.—Tengo un amigo peletero. Le diré que venga a que nos diga lo que valen. Aunque yo
lo sé: esto vale miles de dólares...
STELLA.—Stanley, ¡no digas tonterías! (STANLEY echa las pieles encima de la cama y después
abre de golpe el cajoncito del baúl y saca las alhajas de BLANCHE)
STANLEY.—¿Y ésto qué es? ¿El cofre de un pirata?
STELLA.—¡Por favor, Stan!
STANLEY.—¡Perla y más perlas! ¡Montañas de perlas! Pero, bueno, ¿se puede saber a qué se
dedica tu hermana? A lo mejor es uno de esos buzos que recuperan los tesoros de los barcos... O
puede que robe cajas de caudales... ¡Anda, dime que ésta no es una pulsera de oro! ¡Y qué oro!
¿Dónde están guardadas tus sortijas y tus perlas, nena? ¿Dónde están?
STELLA.—¡Déjalo ya, Stanley!
STANLEY.—¡Y diamantes! ¡Una corona imperial!
STELLA.—Una diadema falsa para un traje de noche...
STANLEY.—No pretendas burlarte de mí... Un amigo de la bolera trabaja en joyería... también le
diré que venga y que tase eso... Mejor dicho: que tase tu casa, tu plantación... porque eso es lo que
hay... Eso es lo que queda de vuestra casa familiar.
STELLA.—No sé si te das cuenta de lo desagradable que te has puesto. Guárdalo todo antes de
que vuelva de bañarse...
( STANLEY cierra el baúl de una patada y va a sentarse en la mesa de la cocina.)
STANLEY.—Los Kowalski no se parecen en nada a los Du Bois.
STELLA.—(Furiosa.) ,¡Por suerte y a Dios gracias! Me voy a dar un paseo. (Se coloca los guantes
y el sombrero y va hacia la puerta de la calle.) Acompáñame mientras Blanche se viste.
STANLEY.—No empieces a darme órdenes.
STELLA.—¿Es qué piensas quedarte aquí para insultar a mi hermana?
STANLEY.—Eres un lince... Aquí me quedo. (STELLA sale de la casa y BLACHE del baño
vistiendo una bata etérea.)
BLANCHE.—(Contenta.) Hola... Aquí estoy ya... bañada y perfumada. Un verdadero ser humano,
acabadito de nacer...
(STANLEY saca un cigarrillo y lo enciende, BLANCHE cierra los visillos y cortinas de las
ventanas.) Perdóname un momento: voy a ponerme mi mejor traje.
STANLEY.—Anda, anda...
(BLANCHE cierra la cortina que aisla las dos habitaciones.)
BLANCHE.—Sé que vais a jugar aquí al poker y que las señoras no han sido invitadas.
STANLEY.—(Seco.) Así es...
BLANCHE.—¿Por dónde anda Stella?
STANLEY.—Está en la calle.
BLANCHE.—¿Puedes hacerme un favor?
STANLEY.—Según lo que sea. (STANLEY pasa al otro cuarto.)
BLANCHE.—¿Cómo me encuentras?
STANLEY.—Bien.
BLANCHE.—Muchas gracias. ¿Te importaría abrocharme los botones?
STANLEY.—No lo sé hacer.
BLANCHE.—Claro... ¡Los hombres tenéis unas manazas! ¿Me das una calada de tu pitillo?
STANLEY.—Toma uno solo para tí.
BLANCHE.—Gracias... Uy... Parece como si le hubiesen puesto una bomba a mi baúl.
STANLEY.—Tu hermana y yo tratábamos de ayudarte a deshacerlo.
BLANCHE.—Pues lo habéis deshecho de verdad...
STANLEY.—Da la impresión de que has arrasado con las mejores tiendas de París.
BLANCHE.—No te escandalices... Los trajes son mi pasión.
STANLEY.—¿Cuánto puede valer esas pieles?
BLANCHE.—No tengo idea. Me las regaló un admirador.
STANLEY.—Te debía admirar mucho.
BLANCHE.—Supongo que sí... Cuando era muy joven gustaba bastante... Pero lo que importa es
ahora... hoy... (Sonríe a STANLEY,) ¿Te parece que yo he debido gustar mucho o no?
STANLEY.—Seguramente.
BLANCHE.—Esperaba un cumplido más caluroso, Stanley.
STANLEY.—Yo no soy de esos.
BLANCHE.—¿De cuáles?
STANLEY.—De los que dicen tonterías. Además no he conocido a una sola mujer que no sepa si
está bien o no sin necesidad de que se lo digan. Si se equivocan será por exceso... Una vez salí con
una monada que me dijo: «Tengo un tipo maravilloso». A lo que yo contesté: «¿Y qué más?».
BLANCHE.—Ya... ¿Y qué te dijo ella?
STANLEY—Ni palabra. Se calló como una ostra.
BLANCHE.—¿Y cómo terminó la novela?
STANLEY.—Se acabó el diálogo y se acabó todo... Hay quien se muere por el estilo Hollywood y
hay quien no.
BLANCHE.—Tú debes ser de los que no.
STANLEY.—Acertaste.
BLANCHE.—No me imagino a ninguna mujer, por bruja que sea, sorbiéndote el seso.
STANLEY.—Acertaste otra vez.
BLANCHE.—Yo diría que eres franco, simple y honesto. Primitivo, seguramente. Para que una
mujer te guste primero tendría ella que...
(Se interrumpe y hace un gesto que no quiere decir nada.)
STANLEY.—(Despacio.) ...descubrir su juego.
BLANCHE.—(Sonriendo.) Bueno, la verdad es que a mí tampoco me gustan las medias tintas...
Por eso anoche, cuando entraste, me dije a mí misma: «¡Mi hermanita se ha casado con un hombre
de verdad!» ...No es mucho, pero es todo lo que puedo decir de tí.
STANLEY.—(Brutal.) Bueno, vamos a dejarnos de estupideces. (BLANCHE se cubre los oídos con
las manos.)
BLANCHE.— ¡¡¡Uy!!!
(STELLA llama desde fuera de la casa.)
STELLA.—¡Stan!... Deja a Blanche que se vista tranquila y ven aquí.
BLANCHE.—Estoy ya vestida, Estrellita.
STELLA.—Entonces, ven, que te estoy esperando.
STANLEY.—Estamos hablando...
BLANCHE.—(Rápida.) Hazme un favor, bonita... Tráeme una Coca con un poco de limón y hielo
picado... Si no te importa.
STELLA.—(Vacilando.) Está bien.
('STELLA echa a andar y dobla la esquina.)
BLANCHE.—Nos estaba oyendo... Me parece que la pobre no te puede entender como yo... Bien,
señor Kowalski, de acuerdo, vayamos al grano... Te contaré todo lo que quieras... No tengo nada
que esconder. ¿Por dónde empezamos?
STANLEY.—Empiezo yo. Tenemos un Código Civil en el Estado de Lousiana con arreglo al cual
los bienes de mi mujer son mis bienes y... al revés...
BLANCHE.—Impresionante. Estás hablando como un juez... (Se perfuma con el pulverizador y
luego, jugueteando, perfuma a STANLEY. El le arrebata el frasco y lo deja secamente sobre el
tocador, BLANCHE sacude la cabeza hacia atrás y se ríe.)
STANLEY.—Si no fueses la hermana de Stella pensaría algo muy feo.
BLANCHE.—¿Qué?
STANLEY.—No te hagas la ingenua... Me entiendes muy bien. ¿Dónde están los papeles?
BLANCHE—¿Qué papeles?
STANLEY.—¿Cuáles van a ser? Los documentos de la casa... Los papeles de la plantación.
BLANCHE.—Tienes razón... Teníamos muchos papeles.
STANLEY.—¿Es qué los has perdido?
BLANCHE.—No. Deben estar por alguna parte.
STANLEY.—En tu baúl desde luego no están.
BLANCHE.—Todo lo que me queda en la vida está en ese baúl.
STANLEY.—Pues, entonces, busquemos en tu baúl. (STANLEY abre con rudeza el baúl y comienza
a registrarlo.)
BLANCHE.—Pero ¿qué es lo que estás pensando, cielo santo? ¿Qué es lo que estás suponiendo
con esa fantasía infantil? ¿Qué yo me he quedado con algo que no era mío? ¿Qué le he hecho una
canallada a mi hermana?... Anda, déjame... Es más fácil si lo hago yo... (Va hacia el baúl, busca y
saca una caja.) Mis papeles están todos en esta caja. (Abre la caja y mira.)
STANLEY.—¿Qué son esos otros que hay al fondo? (Señala un paquete de papeles que hay en el
baúl, BLANCHE los toma.)
BLANCHE.—Cartas de amor... Cartas... Todas del mismo hombre y... ya... un poco amarillas,
(STANLEY le arrebata el paquete de cartas y BLANCHE da un grito.) ¡Dame eso! ¡Dámelo
inmediatamente!
STANLEY.—¡En cuanto las eche una miradita!
BLANCHE.—Solo tus dedos son una ofensa a esas cartas.
STANLEY.—¡No digas cursilerías, guapa! (STANLEY desata de un tironazo la cinta de las cartas y
empieza a leerlas, BLANCHE trata de quitarle el paquete y las cartas, sueltas caen al suelo.)
BLANCHE.—Ahora que las has manchado con tus manos, las tendré que quemar. (STANLEY,
inseguro, mira fijamente a BLANCHE)
BLANCHE.—Pero ¿qué demonios es esto? (BLANCHE recoge las cartas caídas en el suelo.)
BLANCHE.—Versos. Poemas escritos por un chico muy joven que ya no existe. Un muchacho a
quien yo herí como tú has querido herirme a mí... Solo que a tí no te va a ser posible, porque yo no
soy ni joven ni débil. Mi marido era las dos cosas y yo... ¿pero a tí qué te importa toda esta historia?
Dame esas cartas de una vez...
STANLEY.—¿Por qué has dicho que las ibas a quemar?
BLANCHE.—Un momento de ira. Perdóname. Todos tenemos cosas íntimas a las que no nos gusta
que se acerque nadie...
(BLANCHE está muy cansada. Se sienta con su caja en el regazo, saca unas gafas, se las pone y
empieza a revisar los papeles con gran detenimiento.)
BLANCHE.—«Ambler y Ambler»... Sí... «brabtree»... «Más Ambler y Ambler».
STANLEY.—¿Quiénes son «Ambler y Ambler»?
BLANCHE.—Unos prestamistas.
STANLEY.—¿Hipotecaste la casa? ¿Por eso se perdió? (BLANCHE se lleva una mano a la frente.)
BLANCHE.—Supongo que sí.
STANLEY.—Me molestan las suposiciones. ¿Qué más hay en esos papeles?
(BLANCHE le entrega la caja y STANLEY se sienta a la mesa con ella. Comienza a vaciar el
contenido, BLANCHE busca otro gran sobre con más papeles.)
BLANCHE.—Tenemos cientos, miles de documentos de hace cientos de años, todos referentes a
esa plantación. Lo sabemos todo... Todos los detalles de la estupidez de nuestros padres, de nuestros
tíos y de nuestros hermanos, que fueron quedándose sin la tierra, un pedazo detrás de otro... ¿A tí te
gusta que se hable claro, no?... Hasta que al final... dile a Stella que te lo cuente... ella lo sabe... al
final nos quedó la casa, unas cuantas hectáreas de terreno... y un bonito cementerio dentro donde ya
están descansando todos, menos Stella y yo...
(Deja caer sobre la mesa los papeles que había en el sobre.)
¡Aquí tienes tus documentos! ¡Para tí! ¡Todos para tí!... Te los endoso... Quédate con ellos o
apréndelos de memoria si tanto te interesan... No es mal final para Belle-Reve acabar siendo simple
montoncito de papeles viejos en tus manazas... ¿Por qué no me habrá traído Stella esa Coca-Cola?
(BLANCHE muy fatigada, cierra los ojos y se reclina en su asiento.)
STANLEY.—Le diré a un abogado amigo mío que se estudie muy bien todo eso.
BLANCHE.—Dale también un tubo de aspirina.
STANLEY.—(Encogido.) Es mi deber, según el Código Civil, velar por los asuntos de mi mujer...
y ahora mucho más porque... porque Stella va a tener un niño. (BLANCHE se despierta de golpe. Se
oye con más intensidad el piano.)
BLANCHE.—¿Qué has dicho? ¿Qué Stella va a tener un niño? (Con voz soñadora.) No me ha
dicho nada... ¿Por qué? (Se incorpora y sale al exterior, STELLA viene doblando la esquina. Trae
una caja de cartón, STANLEY va a su dormitorio llevándose el sobre y la caja de los documentos.
Oscuro en las habitaciones interiores. Luz en la pared exterior, BLANCHE va al encuentro de su
hermana, bajando hasta la acera.)
¡Stella! ¡Qué maravilla! ¡Vas a tener un niño! (Las dos hermanas se abrazan, STELLA se echa a
llorar sentidamente, BLANCHE la consuela en voz baja.) No te preocupes... Ya se lo he explicado
todo y lo ha comprendido. Tranquilízate... Soy yo quien está un poco nerviosa... pero creo que he
llevado muy bien la conversación... Me reí... lo eché todo a broma... le dije que era un crío... hasta
flirteé un poco con él... Para decirlo todo, Estrellita, he estado coqueteando con tu marido.
(Entran STEVE y PABLO que traen un cajón de cerveza.) Comienzan a llegar los invitados de la
partida de poker.
(STEVE y PAUL pasan entre las dos mujeres, miran de reojo a BLANCHE y desaparecen en el
interior de la casa.)
STELLA.—¡Siento mucho que Stanley se haya puesto así contigo!
BLANCHE.—Stanley no es de los que usan perfumes caros, pero... es posible que su sangre
mejore nuestra sangre... porque... es verdad que hemos perdido la plantación... pero también lo es
que tenemos que seguir adelante. ¿Por dónde vamos, Stella... por aquí?
STELLA.—No, por ahí. ( STELLA empuja a BLANCHE y echan las dos a andar.)
BLANCHE.—(Riendo.) El ciego que lleva al ciego... (Se oye el pregón de un vendedor de
tamales.)
VENDEDOR.—(Off.) ¡Tamales!... ¡Tamales calentaos!
OSCURO
ESCENA TERCERA

LA NOCHE DEL POKER

Hay un cuadro de Van Gogh que tiene por tema un salón nocturno de billar. La cocina sugiere
ese espléndido brillo de la noche, pura como un recuerdo infantil. Sobre el linoleum amarillo que
cubre la mesa de la cocina está suspendida una bombilla con una pantalla de cristal muy verde.

(STANLEY, STEVE, MITCH y PABLO, los jugadores de poker, visten camisas de colores fuertes:
azul intenso, púrpura, ajedrezado de rojos y blancos, verde pálido. Los cuatro hombres son viriles,
están en el apogeo de la vida y son fuertes, claros y directos como sus camisas. En la mesa hay
unos trozos muy rojos de sandía, unas botellas de whisky y unos vasos. El dormitorio está en
penumbra sin más luz que la que entra de la calle por el gran ventanal. Hay un silencio tenso
mientras juegan.)
PABLO.—Cartas.
STEVE.—Dos.
PABLO.—¿Tú Mitch?
MITCH.—No voy.
PABLO.—Una.
MITCH.—¿Quién quiere beber?
STANLEY.—Yo.
PABLO.—¿Por qué no se llega alguien al restaurant chino? Yo me comería una ración de buey.
STANLEY.—A tí te entra hambre en cuanto yo voy perdiendo. Estoy servido. ¿Quién abre? Quita
esas manazas de la mesa, Mitch... Cartas, fichas y whisky es lo único permitido en la mesa de
poker. (MITCH se incorpora de mal humor y tira al suelo sin querer las cáscaras de sandía.)
MITCH.—Te has puesto los pantalones de cuadros, ¿no?
STANLEY.—Cartas.
STEVE.—Tres.
STANLEY.—Una.
MITCH.—No... me parece que me voy a ir enseguida a casa...
STANLEY.—Primero, cállate.
MITCH.—Mi madre está mal. Si no me ve llegar no se duerme.
STANLEY.—¿Y por qué no te quedas con ella?
MITCH.—Porque le gusta que salga... Por eso... Y entonces salgo, pero no me hace, pensando si
estará bien o no.
STANLEY.—Bueno, pues vete de una vez.
PABLO—¿Qué tienes?
STEVE.—Full.
MITCH.—Vosotros estáis casados, pero yo me quedaré solo cuando se muera mi madre. Voy un
momento al cuarto de baño.
STANLEY.—Vuelve pronto... Te buscaremos entre todos un buen chupete.
MITCH.—Vete al carajo. (Va hacia el cuarto de baño.)
STEVE.—(Repartiendo.) Sintético de siete... (Reparte las cartas sin dejar de hablar.) Oid ésto:
«un negro muy viejo, muy viejo, sale al patio de su casa y empieza a echarle maíz a los pollos. De
repente oye un revoloteo terrible y ve a una gallinita que como desesperada cacareando perseguida
por el gallo que está a punto de alcanzarla...»
STANLEY.—(Impaciente.) Sigue dando.
STEVE.—Pero cuando la va a cazar ve el gallo al negro soltando maíz, da un frenazo, la gallina se
le escapa pero él se pone a picotear tan contento... Y entonces el viejo negro lo mira estupefacto y
dice: «Jesús, Dios mío, haz que yo no pase nunca en la vida tantísima hambre»...
(Se ríe acompañado por PABLO, BLANCHE y STELLA doblan la esquina.)
STELLA.—Todavía están jugando. .
BLANCHE—¿Cómo estoy, Estrellita?
STELLA.—Preciosa, Blanche.
BLANCHE.—Este calor me mata... Espera, no abras todavía... Deja que me arregle un poco...
Estoy hecha polvo.
STELLA.—Estás como una rosa...
BLANCHE.—Sí. Con una semana en el florero...
(STELLA abre la puerta. Entran las dos.)
STELLA.—¡Vaya, buenas noches! Una partida larga, ¿no?
STANLEY.—¿Qué habéis hecho?
STELLA.—Estuvimos en el teatro... Mira, Blanche... Este es Pablo González y éste Steve Hubbell.
BLANCHE.—Por favor, no se muevan.
STANLEY.—Tranquila... nadie se iba a mover.
STELLA.—¿Tenéis para mucho?
STANLEY.—Para todo lo que el cuerpo aguante.
BLANCHE.—A mí me fascina el poker... ¿Puedo mirar?
STANLEY.—No, no se admiten mirones... ¿Por qué no os subís un ratito a casa de Eunice?
STELLA.—Porque son casi las dos y media de la mañana.
(BLANCHE va hacia el dormitorio, entra y cierra un poco las cortinas.)
Otra mano y lo dejáis.
(STANLEY le da un fuerte azote en las nalgas, STELLA se revuelve rabiosa.)
Eso no me gusta, Stanley... No tiene ninguna gracia.
(Risas masculinas, STELLA desaparece en el dormitorio.)
Me da muchísima rabia que haga eso delante de los demás.
BLANCHE.—Voy a darme un baño.
STELLA.—¿Otro?
BLANCHE—Me calmará los nervios. ¿Está libre el cuarto de baño?
STELLA.—Míralo.
(BLANCHE llama al cuarto de baño. Se abre la puerta y MITCH sale con una toalla, secándose las
manos.)
BLANCHE.—Buenas noches.
MITCH.—Buenas...
(MITCH se queda mirando fijamente a BLANCHE)
STELLA.—Blanche, éste es Harold Mitchell, Mitch para los amigos... Blanche du Bois, mi
hermana.
MITCH.—(Con torpeza.) Encantado, señorita du Bois. ¿Cómo está usted?
STELLA.—¿Y tu madre, Mitch?... ¿Qué tal sigue?
MITCH.—Como siempre. Me dijo que te diera las gracias por el flan... Perdónenme.
(MITCH vuelve despacio a la cocina, después de mirar de nuevo a BLANCHE Tose, nervioso. Al
verse todavía con la toalla en las manos se ríe forzadamente y se la da a STELLA. BLANCHE lo
examina con cierta curiosidad.)
BLANCHE.—Parece el mejor, ¿no?
STELLA.—Sí. Es el mejor.
BLANCHE.—Más fino... más sensible.
STELLA.—Tiene a su madre muy enferma.
BLANCHE.—¿Casado?
STELLA.—No.
BLANCHE.—¿Mujeriego?
STELLA.—Pero bueno, Blanche... (BLANCHE se echa a reír.)
No, no creo que sea mujeriego.
BLANCHE.—¿En qué trabaja?
(BLANCHE se desabrocha la blusa.)
STELLA.—Trabaja con instrumentos de precisión en la sección de recambios de la fábrica en que
trabaja Stanley.
BLANCHE.—Y... ese... ¿es un puesto importante?
STELLA.—No. De todo el grupo, Stanley es el único que tiene alguna posibilidad de ascender.
BLANCHE.—¿Por qué? ¿Por qué crees que subirá?
STELLA.—¿Le has visto bien?
BLANCHE.—Le he visto divinamente.
STELLA.—¿Y no lo has notado?
BLANCHE.—Si te refieres a la marca del genio, no... No la veo en su frente.
(BLANCHE se quita la blusa y se queda con un sujetador rojo y una falda blanca. Los jugadores
continúan su partida hablando en voz baja.)
STELLA.—No lo puedes ver. No es ningún genio.
BLANCHE.—¿Entonces? ¿Qué es lo que tiene de extraordinario? No lo adivino.
STELLA.—Tiene fuerza... Quítate de la luz.
BLANCHE.—No me había dado cuenta. (BLANCHE se aparta de la amarillenta luz. STELLA se ha
quitado el vestido y se ha puesto un ligero kimono de seda azul.)
STELLA.—(Burlona.) ¡Si hubieses conocido a sus amiguitas!
BLANCHE.—(Divertida.) Me las puedo imaginar. Fuertes y sólidas, ¿no?
STELLA.—¿Has visto la de arriba? (Se ríen.) Un día... qué barbaridad... (Se ríe.) Se agrietó el
techo raso y...
STANLEY.—Basta ya, cotorras... Callaros de una vez.
STELLA.—Si no puedes oírnos.
STANLEY.—Pero tú a mí si. Callaros... es una orden.
STELLA.—En mi casa, que es ésta, hablo como me da la gana.
BLANCHE.—No discutas, Stella.
STELLA.—Está borracho... Vuelvo enseguida. (STFLLA entra en el cuarto de baño, BLANCHE se
incorpora y con cierta indolencia va hacia una pequeña radio blanca. La enciende.)
STANLEY.—Bueno, Mitch... ¿qué? ¿Vas o no vas?
MITCH.-—¿Qué?... ¡Ah, sí!... No, no voy. (BLANCHE vuelve a colocarse de forma que la
ilumine la luz. Alza los brazos desperezándose y vuelve balanceándose hacia la silla en que estaba.
La radio deja oir una rumba, MITCH abandona la mesa de juego.)
STANLEY.—¡Esa radio!... ¿Quién ha encendido esa radio?
BLANCHE.—Yo. ¿Quieres que la apague?
STANLEY.—Sí.
STEVE.—Déjalas, hombre, que se diviertan un poco.
PABLO.—La música no hace daño.
STEVE.—Y ésta menos. ¡Parece Cugat! (STANLEY se incorpora de un salto, va hacia el aparato
de radio y lo apaga. Al ver a BLANCHE sentada, que lo mira sin pestañear, se detiene en seco un
momento. Regresa a la mesa de juego donde sus compañeros discuten.)
STEVE.—Yo no te he oído.
PABLO.—Pues lo he dicho. ¿Verdad Mitch?
MITCH.—Lo siento. Estaba distraído.
PABLO.—¿Cómo distraído? ¿Con qué?
STANLEY.—Con esas cortinas...
(STANLEY se levanta de nuevo y cierra totalmente las cortinas.)
Bueno, vuelve a dar... Vamos a jugar en serio o vamos a dejarlo. Los hay que se vuelven idiotas
en cuanto ganan... (STANLEY vuelve a su sitio y MITCH se incorpora.)
STANLEY.—(Gritando.) ¡Siéntate, Mitch!
MITCH.—No me des cartas. Voy otra vez al baño.
PABLO.—Está que se sale... Siete billetes de cinco dólares hechos una pelotita en el bolsillo del
pantalón.
STEVE.—Mañana los cambiará en la caja de la fábrica.
STANLEY.—Y en su casa los meterá en una hucha, monedita a monedita... La hucha es un regalo
de mamá...
Por Navidad. (Distribuye las cartas.) Otra mano de sintético, ¿vale?
(MITCH. azorado, sonríe, abre las cortinas, pasa y se detiene inmediatamente en el otro cuarto.)
BLANCHE.—(Bajo.) ¡Hola!... Stella está dentro.
MITCH.—Siento molestar... Es la cerveza... Hemos bebido mucho.
BLANCHE.—No me gusta nada la cerveza.
MITCH.—Pues es buena... Sobre todo cuando hace calor.
BI.ANCHE.—No estoy de acuerdo. A mí, por lo menos, me acalora más... ¿Me da un cigarrillo?
MITCH—Sí, claro...
BI ANCHE—¿Qué son?
MITCH.—L'uckys.
BI.ANCHF—Son los míos... Qué pitillera tan bonita. Parece de plata.
MITCH—.Es de plata... Y mire lo que tiene grabado.
BLANCHE.—¿Qué dice? No leo bien... (MiTCH enciende un fósforo y se acerca mucho a
BLANCHE)
¡Ah, sí!
(BL ANCHE simula leer con dificultad.)
«Y si Dios me da permiso te querré más, mucho más, después de muerta»... Browning. Mi
soneto preferido.
MITCH.—¿Lo conocía?
BLANCHE.—Desde luego.
MITCH.—Esta pitillera tiene su historia.
BLANCHE.—Una novela.
MITCH.—Sí... Bastante triste...
BLANCHE.—Lo siento.
MITCH.—La chica murió.
BLANCHE.—(Compungida.) ¡Qué pena!
MITCH.—Pero lo sabía... Sabía que se iba a morir cuando me regaló la pitillera... Era un poco
rara... inquieta... pero muy cariñosa.
BLANCHE.—Debió quererle mucho... Las personas enfermas aman muy profundamente.
MITCH.—Eso es cierto.
BLANCHE.—El dolor vuelve a la gente sincera.
MITCH.—Sí, muy sincera.
BLANCHE.—Solo los que sufren son verdaderamente auténticos, francos, diría yo.
;
MITCH.—Tiene usted toda la razón.
BLANCHE—La tengo, la tengo... Hábleme de alguien que no haya sufrido y tendré que decirle que
no es una persona completa... No, no lo es... Pero, bueno... ¿se da usted cuenta de lo que le estoy
diciendo? Es que... no sé si me he expresado bien... Es culpa suya... y de sus amigos... Salimos del
teatro a las once y no quisimos volver a casa para no interrumpir la partida... así que nos fuimos a
tomar una copa... Yo nunca tomo más de una copa... dos a lo sumo, alguna vez... y, bueno, tres...
pues... (Se ríe.) Y esta noche me bebí tres copas.
STANLEY.—¿Qué haces, Mitch?
MITCH.—No quiero cartas... Estoy de charla con...
BLANCHE.—...la señorita du Bois.
MITCH.—¿Du Bois?
BLANCHE.—Un nombre francés... «Du Bois» quiere decir «del Bosque» y «Blanche», Blanca.
Así que todo junto quiere decir «Blanca del Bosque»... Espero que no se le olvide.
MITCH.—Pero usted no es francesa.
BLANCHE.—De origen francés... Parece que nuestros tatarabuelos americanos eran hugonotes
franceses...
MITCH.—¿Y es hermana de Stella, no?
BLANCHE.—Sí, Stella es mi hermanita pequeña... Es un poco menor que yo... solo un poco... nos
llevarnos menos de un año... pero a mí me parece muy pequeña... ¿No le importaría hacerme un
favor?
MITCH—Claro que no.
BLANCHE.—Pues póngame en esa bombilla este farolillo de papel que compré en la tienda de un
chino. ¿Le importa?
MITCH.—Lo haré con muchísimo gusto.
BLANCHE.—Es que no aguanto las bombillas desnudas... Bueno... ni las groserías... ni... los
comportamientos ordinarios.
MITCH.—Entonces no le va a gustar nada nuestra... nuestro grupo.
BLANCHE.—Sé adaptarme a... a mi entorno.
MITCH.—Eso está bien. ¿Ha venido de visita?
BLANCHE.—Sí... A ayudar a mi hermana. Hace mucho que Stella no anda bien... Está muy
cansada.
MITCH.—¿Y puede...? ¿Es que no está usted...?
BI.ANCHF.—No... no estoy casada... Soy una maestra de escuela solterona.
MITCH—Maestra puede que sí... pero solterona, desde luego no...
BLANCHÉ.—Gracias... Es usted un encanto.
STANLEY.—(Gritando.) ¡Mitch!
MITCH—Ya voy... ya voy...
BLANCHE—¡Qué vozarrón!
MITCH.—¿Y qué enseña usted en esa escuela?
BLANCHE.—Adivínelo.
MITCH.—Arte... música... no sé. (BLANCHE se ríe con coquetería.) Me equivoqué, ya veo...
Bueno, entonces enseña aritmética.
BLANCHE.—¡Aritmética jamás, señor, aritmética jamás! (Se ríe.) Ni siquiera puedo multiplicar...
no me sé la tabla... Tengo la mala suerte de enseñar inglés... Trato de que un puñado de Romeos de
hamburguesería respeten a Hawthorne, a Whitman y a Poe...
MITCH.—Muchos preferirían otros temas.
BLANCHE—No lo sabe usted bien... No son precisamente los valores literarios los que les
interesan... ¡Pero son sensibles a su modo! ¡Tendrá usted que verlos en primavera, cuando
descubren el amor! ¡Cómo si nada se hubiese enamorado antes...! (STELLA sale del baño, BLANCHE
continua hablando con MITCH)
¡Ah! ¿Ya estás lista? Espera, voy a buscar música... ( BLANCHE enciende la radio. Comienza a
oírse »Rien, Rien, nur du allain». BLANCHE romántica, comienza a bailar el vals, MITCH fascinado,
trata de imitarla; es un oso. STANLEY abre de golpe las cortinas, entra en el dormitorio, levanta la
pequeña radio blanca y la tira por la ventana lanzando un taco en voz baja.)
STELLA—¡Bestia! ¡Bestia! ¡Borracho!
(Corre a la otra habitación y se planta gritando ante la mesa de poker.)
¡Fuera! ¡Cada uno a su casa! ¡Rápido, si os queda algo de decencia!
BLANCHE.—(Rápida.) Stella, ten cuidado... ¡Qué va Stanley! (STELLA echa a correr y
STANLEY la persigue.)
LOS HOMBRES.—(Tranquilos.) Venga, Stanley... Vamos, no te sulfures... Bueno, vamonos...
STELLA.—Si me tocas te vas a... (STELLA huye y STANLEY la sigue. Se oye el ruido de un fuerte
golpe e inmediatamente un grito de STELLA BLANCHE grita a su vez y corre hacia la cocina. Los
hombres corren a sujetar a STANLEY y forcejean con él. Derriban algo que cae ruidosamente al
suelo.)
BLANCHE.—(Gritando.) ¡Qué está embarazada!
MITCH,—¡Qué barbaridad!
BLANCHE.—¡Es terrible! ¡Se ha vuelto loco!
MITCH.—¡Traedlo a la cocina!
(Los amigos sujetan a STANLEY obligándole a volver al dormitorio. Se sacude con tal fuerza al
entrar que casi los tira. Sin transición alguna se tranquiliza y se deja arrastrar por los otros. Todos
le hablan con suavidad y afecto mientras STANLEY apoya la cabeza en el hombro de PABLO,
STELLA oculta, grita con toda su alma.)
STELLA.—(Gritando.) ¡Quiero marcharme, quiero marcharme de aquí!
MiTCH.—En las casas donde hay mujeres no se deben organizar partidas de poker... (BLANCHE
corre hacia el dormitorio.)
BLANCHE.—¡Las cosas de mi hermana! ¿Dónde está su ropa? ¡Nos iremos con esa vecina!
MITCH.—¿Dónde está su ropa? (BLANCHE abre el armario de STELLA)
BLANCHE.—Aquí... aquí... es ésta... (Toma las ropas y corre hacia su hermana.) Estrella...
Estrellita, guapa... No te asustes... No te asustes que aquí estoy yo.
(Abriga a STELLA y la ayuda a salir de la casa y a subir los escalones que llevan al piso
superior.)
STANLEY.—(Hundido.) ¿Qué ha pasado? ¿Qué ha pasado?
MITCH.—Nada, Stan, nada... Qué perdiste la cabeza.
PABLO.—Ya se le pasó...
STEVE.—Sí, ya está bien.
MITCH.—Vamos a acostarle y le pasaremos una toalla mojada.
PABLO.—Mejor café...
STANLEY.—(Enronquecido.) Dadme agua.
MITCH—Te meteremos debajo de la ducha...
(Los hombres cambian entre sí algunas palabras en voz baja mientras llevan a STANLEY hacia el
cuarto de baño.)
STANLEY.—¡Dejadme tranquilo, idiotas!
(Del cuarto de baño llega el ruido de algunos golpes y luego el sonido fuerte de la ducha.)
STEVE.—¡Bueno, vamonos de aquí!
(Todos recogen sus apuestas en la mesa de poker y salen precipitadamente.)
MITCH.—(Triste.) Cuando hay mujeres no se pueden organizar partidas de poker...
(Los hombres salen cerrando las puertas. Silencio. Pausa. Los negros del bar interpretan
«Paper dolí». Finalmente, chorrenado agua, sale del baño STANLEY)
STANLEY.—¡Stella! (Pausa.) ¡No está!
(Se echa a llorar. Va al teléfono, desesperado y marca un número.)
¿Eunice?... ¡Dile a mi mujer que baje!...
(Pausa, STANLEY está esperando. Le han cortado. Cuelga y vuelve a marcar.)
¡Eunice! ¡Por favor!... ¡Voy a estar llamando toda la noche hasta que hable con Stella!
(Se oye un grito inidentificado en el teléfono y STANLEY lo tira. Disonancias metálicas sobre el
fondo pianístico. Oscuro en las habitaciones. Exterior de la casa con luz nocturna. El piano de los
«blues» continua oyéndose durante unos momentos hasta que STANLEY sale de la casa a medio
vestir, dándose un golpe con la puerta del porche, baja los escalones y en la calle se enfrenta con
la casa. Lo suyo es casi el aullido de un perro que alza la cabeza.)
STANLEY.—¡Stella!... ¡Stella, cielo, cariño! ¡¡¡Stella!!!
EUNICE.—(Desde arriba.) ¡No sigas aullando y acuéstate!
STANLEY.—¡Mi mujer!... ¡Quiero ver a mi mujer! ¡Dile que baje! ¡Stella!
EUNICE.—Acuéstate porque no va a bajar. Y no grites más si no quieres que venga la policía.
STFII A—¡¡¡Stella!!!
EUNICE—No es posible darle una paliza a una mujer y después llamarla... Acuéstate, porque no
bajará... ¡Y eso que está embarazada!... ¡Pedazo de animal! ¡Eres un polaco de mierda! ¡Ojalá te
detengan y te den una manta de palos como la otra vez!
STANLEY.—(Sincero.) Eunice, quiero que mi Estrellita vuelva a casa.
(EUNICE. sin contestarle, cierra de golpe la puerta de su piso, STANLEY estalla a grito pelado.)
¡¡¡Stella!!!
(El clarinete acompaña ahora al piano del bar. Se abre otra vez la puerta del piso de EUNICE y
STELLA. en bata, baja muy despacio, las escaleras. Lleva el pelo suelto sobre los hombros. Ha
llorado, STELLA y STANLEY se miran uno a otro y se abrazan desesperadamente con un jadeo
animal. Luego, STANLEY se pone de rodillas en un escalón y hunde su cara en el vientre de STELLA
donde ya es perceptible el embarazo, STELLA se deshace en ternura y levanta a STANLEY apretando
su cabeza entre las manos, STANLEY abre la puerta y la arrastra hacia la oscuridad del
departamento, BLANCHE aparece en la galería del piso superior. Esta en bata y zapatillas y muy
asustada. Baja con miedo.)
BLANCHE.—¡Stella!... ¿Dónde está mi hermana? ¡Stella! ¡Stella!
(BLANCHE llega ante la oscuridad de la puerta del piso de STELLA y STANLEY y se detiene. Casi
no se atreve a respirar. Corre hacia la calle y se vuelve de frente a la casa. Mira a derecha e
izquierda de la calle como si necesitara protección. El piano se apaga, MITCH dobla la esquina de
la calle.)
MITCH.—Señorita Du Bois...
BLANCHF.—Ah, ¿es ustes?
MITCH.—¿Pasó el temporal?
BLANCHE.—Stella ha vuelto con él... La llamó y bajó corriendo.
MITCH.—Sí, claro...
BLANCHE.—Tengo miedo...
MITCH.—¡Ja, ja, ja! ¿Miedo de qué? Se quieren como dos locos.
BLANCHE.—Es que yo no... No estoy acostumbrada a que...
MITCH.—Lo único malo es que haya pasado delante de usted... Pero no le dé importancia...
BLANCHE.—¡Ha sido muy violento! ¡Mucho! ¡Esas cosas a mí me...!
MITCH.—Bueno, siéntese aquí... en este escalón... y nos fumaremos un cigarrillo.
BLANCHE.—Estoy sin vestir.
MICH.—Para este barrio está usted divinamente.
BLANCHE.—La verdad es que es una pitillera preciosa...
MITCH.—Le enseñé antes lo que tiene grabado, ¿no?
BLANCHE.—Sí, me lo enseñó.
(Una pausa, BLANCHE levanta la vista al cielo.)
¡Qué mundo tan complicado nos ha tocado vivir!
(MITCH tose con timidez.)
Muchas gracias por su amistad... Me va a hacer un gran bien...
OSCURO
ESCENA CUARTA

A la mañana siguiente, muy temprano. Los confusos gritos callejeros suenan casi como una
coral.

(STELLA está echada en su dormitorio. Su casa está tranquila bajo el sol del amanecer. Una de
sus manos descansa sobre el vientre, ligeramente abombado por el principio de la maternidad. De
la otra cuelga un libro infantil, un «comic». Su mirada y sus labios tienen la tranquilizada
languidez de un ídolo oriental. La mesa está revuelta con las sobras del desayuno y de la noche
anterior y en la puerta del cuarto de baño está caído el escandaloso pijama de STANLEY. La puerta
que da a la calle está entreabierta y deja pasar el claror del verano. BLANCHF; aparece en la
puerta. No ha dormido y su aire es exactamente el opuesto al de STELLA. Tiene los nudillos
apretados contra la boca y muy nerviosa mira al interior antes de entrar.)
BLANCHE.—Stella...
STELLA.—(Desperezándose.) ¡Hmmmh! (BLANCHE, asustada, deja escapar un grito, se
precipita al dormitorio y en un histérico ejercicio de ternura corre junto a su hermana sin separar
los nudillos de ¡a boca.)
BLANCHE.—¡Estrella, Estrellita, hermana, hermanita mía! (STELLA la aparta tranquilamente.)
STELLA.—¿Te pasa algo, Blanche?
BLANCHE.—¿Ya desayunó?
STELLA.—¿Stan?... No.
BLANCHE.—¿Va a volver?
STELLA.—Claro. Solo ha ido a engrasar el coche. ¿Por qué?
BLANCHE.—¿Cómo que por qué? Anoche creí que me volvía loca... Pero, ¿cómo te atreviste a
bajar aquí otra vez después de lo que ocurrió? ¡Me faltó un pelo para entrar a buscarte a la fuerza.
STELLA—Ese pelo nos salvó ¡menos mal que no entraste!
BLANCHE.—¿En qué estabas pensando, dime, en qué estabas pensando cuando volvitste?
STELLA.—Lo primero es lo primero. Siéntate y deja de chillar.
BLANCHE.—Sí, sí, te lo preguntaré bajito... ¿Cómo te atreviste anoche a volver a esta casa?
(STELLA se levanta con tranquilidad.)
STELLA.—Ya no me acordaba de lo nerviosa que eres... Le das a las cosas mucha más
importancia de la que tienen.
BLANCHE.—¿Qué yo le...?
STELLA.—Sí, sí se la das... Adivino muy bien que has pensado y... la verdad, siento muchísimo lo
que ocurrió ayer, pero no fue tan tremendo como tú crees... Lo primero que tienes que saber es que
cuando los hombres se toman unas copas y juegan al poker puede pasar de todo... La atmósfera se
vuelve pólvora, ¿comprendes? Stan, anoche, no era consciente de sus actos... Cuando bajé estaba
hecho un corderito y muy, muy avergonzado de sí mismo.
BLANCHE.—Y... ¿a tí... te basta con eso?
STELLA.—Yo no apruebo y no me parece bien que se arme un momento como el de anoche, pero
hay ocasiones en que las personas se comportan así... se vuelven locas... Stan tiene la manía de
romper las cosas... En nuestra noche de boda llegamos... ¿nada más llegar, eh?... y me quitó un
zapato y se cargó a zapatazos todas las bombillas de la casa.
BLANCHE.—¿Qué?
STELLA.—(Riéndose.) Que rompió todas las bombillas... todas... A zapatazos.
BLANCHE.—Y tú... ¿no pudiste?... ¿no echaste a correr?... ¿no?
STELLA.—Yo... me emocioné... ¿comprendes? Me emocioné... (Pausa.) ¿Has desayunado en
casa de Eunice?
BLANCHE—No he podido probar bocado.
STELLA.—En la cocina hay un poco de café... Te hará bien.
BLANCHE.—Una solución muy materialista.
STELLA.—La que tengo... Se llevó la radio a arreglar... Dió en blando y solo se le ha roto una
lámpara.
BLANCHE—¡Y a tí te hace gracia!
STF.I.I.A.—Pues, claro...
BLANCHE.—Stella, deja de reírte y afronta la situación.
STELLA.—¿Qué situación? Según tú, por supuesto.
BLANCHE.—¿Según yo?... Tu marido está loco.
STELLA.—No.
BLANCHE.—Sí. Completamente loco. Tus problemas son mucho más graves que los míos... Solo
que tú no quieres enterarte... Yo he reaccionado por lo menos... Estoy tratando de serenarme y voy a
afrontar una nueva vida.
STELLA.—Eso está bien.
BLANCHE.—Pero tú no, por lo que veo. Tú te has rendido... No lo comprendo... Todavía eres
joven... Puedes huir de este horror.
STELLA.—(Firme.) No me apetece absolutamente nada huir de... absolutamente nada...
BLANCHE.—(Asombrada.) ¡Stella!
STELLA.—Ni me apetece huir ni necesito huir de nada... ¡Mira, fíjate bien en el espanto de este
lugar!... ¿Ves esa colección de botellas vacías?... Dos cajas... Anoche se bebieron dos cajas...
Bueno... Esta mañana cuando se despertó me prometió que anoche había jugado su última partida
de poker... ¡Je! Comprenderás que no me puedo fiar lo más mínimo de esa promesa. ¿Qué quieres
que haga? Le gusta el poker como a mí me gusta el cine o... el bridge. Digo yo que hay que ser
tolerantes con los demás si quieres que ellos lo sean contigo.
BLANCHE.—No te comprendo. ¿Te has vuelto budista o algo así? (STELLA se vuelve hacia
BLANCHE.) Si no... no puedo... No comprendo tanto abandono ni tanta renuncia... Las bombillas
rotas... las botellas de cerveza por el suelo... la cocina hecha un asco... ¡y tú como si no hubiese
pasado nada! (STELLA se ríe para sí misma. Toma una escoba y la hace girar entre las manos.)
¿Me vas a dar con la escoba en la cabeza?
STELLA.—No.
BLANCHE.—Pues entonces, déjalo. No te permitiré que arregles esta casa para un hombre así...
STELLA.—¿La vas a arreglar tú?
BLANCHE.—¿YO? ¡Yo!
STELLA.—No, no serías capaz...
BLANCHE.—Bueno, vamos a ver... vamos a ver si todavía puedo razonar. Necesitamos dinero...
Sin dinero nunca saldremos de esta situación.
STELLA.—Tener dinero siempre está bien.
BI ANCHE—Préstame atención... Se me ha ocurrido una cosa...
(Muy nerviosa, BLANCHE. saca una boquilla y un cigarrillo.)
Shep Huntleig... ¿te acuerdas de él? (STELLA hace un gesto negativo.) ¿Pero cómo no te vas a
acordar? Claro que sí. Iba conmigo a la Universidad... Estábamos prácticamente comprometidos...
Me pidió que fuera su mascota... Bueno, pues... Shep...
STELLA.—Sigue...¿Qué pasa con Shep?
BLANCHE.—Nos encontramos este invierno... ¿Te acuerdas que pasé las Navidades en Miami?
STELLA.—No me puedo acordar porque no me lo dijiste.
BLANCHE.—Bueno, pues sí, estuve en Miami... Una inversión... Pensé que a lo mejor encontraba
un millonario libre.
STELLA.—¿Y...?
BLANCHE.—Allí estaba... Shep Huntleigh... Me lo enconaré justo el día de Navidad al
atardecer... en la avenida Byscaye... Se estaba subiendo a un Cadillac descapotable más bajo que la
calle...
STELLA.—Mala cosa para aparcar.
BLANCHE.—¿Sabes lo que es un pozo de petróleo?
STELLA.—Más o menos.
BLANCHE.—Los suyos están por toda Texas... y lo cubren de oro...
STELLA.—¿De veras?
BLANCHE.—A mí el dinero no me importa nada... tú lo sabes bien. A mí solo me interesa tener
dinero para gastármelo... Shep podía ser una buena salida.
STELLA.—¿Para qué?
BLANCHE.—Para nosotras... Para poner una «boutique».
STELLA.—¿Qué clase de «boutique»?
BLANCHE.—¿Y eso qué importa? (STELLA se ríe desarmada. Súbitamente BLANCHE se
incorpora de un salto y va hacia el teléfono. Descuelga y habla con voz chirriante.)
¿Cómo se llama a la Wester Union? ¿Operadora? Póngame con la Wester Union...
STELLA.—Si no marcas no te va a contestar.
BLANCHE.—¿Si no marco qué...? Estoy muy nerviosa.
STELLA.—Tienes que marcar el cero...
BLANCHE.—¿El cero?
STELLA.—Sí... Así te contestará la telefonista.
BLANCHE.—Si... (Se interrumpe. Piensa. Cuelga el teléfono.) ¿No tienes un papel? Dame algo
para escribir. Será mejor que le ponga un telegrama. Sí, mucho mejor...
(Encuentra en el tocador una toallita de papel y un lápiz de cejas y se dispone a escribir.)
Vamos a ver... (Mordisquea el lápiz.) «Querido Shep. Mi hermana y yo estamos atravesando una
situación desesperada».
STELLA.—¿Qué?
BLANCHE.—«Mi hermana y yo estamos atravesando una situación desesperada. Ya te lo
explicaré. Pero me pregunto si no te interesaría... (Mordisquea otra vez el lápiz.)... Si no te
interesaría... (Tira el lápiz encima de la mesa y se incorpora.) Con este miserable estilo literario no
se va a ninguna parte.
STELLA.—(Riéndose.) ¡Estás muy graciosa!
BLANCHE.—Se me va a ocurrir algo, no te preocupes. Pero tengo que pensar... ¡Y no te rías,
Estrellita, no te rías! Te voy a enseñar toda mi fortuna... Mírala. (Abre su bolso.) Sesenta y cinco
centavos en monedas de los Estados Unidos. (STELLA va hacia la cocina.)
STELLA.—Yo tengo una cantidad fija para gastos de la casa... A Stanley le gusta llevar las
cuentas... Pero esta mañana me regaló diez dólares. Nos los repartiremos...
BLANCHE.—No, Stella, por favor.
STELLA.—(Insistente.) Cinco dólares en el bolsillo te levantan un poquito la moral.
BLANCHE.—Gracias... prefiero marcharme y ver que...
STELLA.—No seas tonta... ¿Y cómo es que no te queda ni un dólar?
BLANCHE.—Se fueron... se fueron por... por todas partes. (Se lleva la mano a la frente.) Voy a
necesitar un calmante.
STELLA.—¿Quieres que te lo busque?
BLANCHE.—No, luego... Ahora tengo que reflexionar...
STELLA.—Ahora tienes que descansar... tienes que descansar un poco.
BLACHE.—Stella, yo no puedo convivir con Stanley... tú sí, porque estás casada con él... Pero
¿cómo quieres que yo me quede aquí, después de la escena de anoche, sin más amparo que esas
cortinas?
STELLA.—Anoche viste a Stan en un mal momento...
BLANCHE.—En su mejor momento, diría yo... Exhibiendo su brutalidad... su energía salvaje...
Fue una demostración de primer orden.
STELLA.—En cuanto duermas un rato verás las cosas de otro color... En esta casa puedes vivir sin
preocupaciones... Para quedarte con nosotros no... no necesitas dinero.
BLANCHE.—Tengo que inventar algo que nos permita a las dos salir cuanto antes de aquí.
STELLA.—...dando por sentado, por lo visto, que yo estoy en una cárcel de la que me gustaría
escapar...
BLANCHE.—Dando por supuesto que naciste en Belle-Reve y algo te quedará... Tú no puedes
vivir en esta pocilga compartida con unas bestias que juegan al poker.
STELLA.—Pues has dado por sentadas demasiadas cosas.
BLANCHE.—¿Lo dices en serio?
STELLA.—Muy en serio.
BLANCHE.—Sí... Me lo imagino... Le debiste conocer en un acto oficial, de uniforme... Y, claro...
STELLA.—En cualquier lugar y de cualquier manera que le hubiera conocido, las consecuencias
habrían sido las mismas.
BLANCHE.—¡El indescriptible misterio del flechazo! Dímelo otra vez que me hará mucho bien
reírme con toda mi alma.
STELLA.—No. Ya no tengo nada más que decirte.
BLANCHE.—Tú sabrás...
STELLA.—Sí... sé que hay cosas... un mundo de cosas que pasan entre un hombre y una mujer y
que... fuera de ese mundo... todo lo demás carece de importancia. (Pausa.)
BLANCHE.—¡Sexo!... Pero ¡esa es una reacción completamente animal! ¡No es más que eso!...
Deseo... El nombrecito de ese espantoso tranvía que vuelve sordo a todo el barrio... trepando por
una callejuela y despeñándose por otra... «Deseo».
STELLA.—¿Has utilizado alguna vez ese tranvía?
BLANCHE.—Vine en él. Llegué hasta aquí donde ni nadie está a gusto con conmigo ni yo me
encuentro a gusto con los demás.
STELLA.—Entonces... tu complejo de superioridad... no tiene cabida en esta casa.
BLANCHE.—No tengo ningún completo de superioridad, Stella... Ninguno... Soy como soy y no
quiero cambiar. ¿Cómo puedes vivir con un hombre así? ¿Cómo puedes traer al mundo un hijo de
Stanley?
STELLA.—Ya te lo he dicho antes... Porque le quiero.
BLANCHE.—No digas eso que me da miedo... Miedo por tí, claro... Por tu vida... (Pausa). ¿Puedo
hablarte francamente?
STELLA.—Puedes decirme todo lo que te dé la gana. (Se oye el ruido de un tren que se aproxima,
BLANCHE y STELLA, en el dormitorio, se quedan en silencio hasta que el tren pasa y se aleja.
Protegido por el estruendo llega STANLEY de la calle cargado de paquetes. Las hermanas no lo ven
pero él las oye tranquilamente. Va en camiseta y con unos pantalones ligeros con grandes manchas
grasientas.)
BLANCHE.—Perdóname, pero Stanley es vulgar, ordinario y mal educado...
STELLA.—Ya lo sé...
BLANCHE.—¿Lo sabes?... Sí, claro... No creo que se te haya olvidado... absolutamente olvidado...
la educación que recibimos... Y si no se te ha olvidado, tienes que saber que ese hombre es
cualquier cosa menos un caballero... ¡De caballero, nada! Además podía ser ordinario y... vulgar...
pero tener al mismo tiempo algo decente y... honesto... ¡Pues ni eso! ¡Es una bestia! ¿No te gusta
oirlo, verdad?
STELLA.—(Fria.) No te preocupes... Suelta todo lo que quieras.
BLANCHE.—¡Es una bestia y se porta como una bestia! Come como una bestia, vive como una
bestia y se mueve como una bestia... Es... está por debajo del nivel inferior de cualquier ser
humano... Por debajo... Es... no sé... me recuerda a esos monos que dibujan los antropólogos... El
orangután, eso es... Miles, cientos de miles de años han pasado sobre este planeta y ahí sigue
Stanley Kowalski como un increíble superviviente de la edad de piedra, que mata en la selva y se
lleva a su cueva la carne cruda de sus víctimas... ¡Un depredador! ¡Y tú, Stella du Bois, aquí... en la
cueva... esperando su vuelta! ¡Un día te pega, otro te gruñe y otro te cubre de besos!... O no... no
creo que sepa lo que es un beso... No debe haberlo descubierto todavía.. Y luego, anoche, los monos
se reúnen en el refugio, gruñen juntos, beben, mastican, tragan y bailan tontamente hasta que se
caen... Eso... eso es lo que tú llamas una partida de poker... Dos gruñidos cuando una de las bestias
pone su zarpa sobre la mesa y... ¡a la botella!... Cielo santo, Stella, Estrella, hermanita... hemos
progresado algo desde la Edad de Piedra hasta hoy... Han nacido el arte... la música... la poesía... El
mundo tiene una luz que los animales primitivos no conocieron... Las pasiones y los sentimientos se
han refinado... Y por eso ha avanzado la Humanidad... Esa es nuestra bandera... la civilización...
Tú... tú no puedes quedarte atrás... en la oscuridad... sola con las bestias.
(Pasa un nuevo tren, STANLEY no sabe que hacer. Se relame. Luego, muy cuidadosamente, sale
por la puerta de la calle, BLANCHE y STELLA no se han dado cuenta de nada. Cuando termina de
pasar el tren STANLEY llama desde la puerta que cerró.)
STANLEY.—¡Stella! ¡Stella, soy yo!
(STELLA deja de mirar a BLANCHE a quien escuchó muy seria, sin interrumpirla.)
STELLA.—¡Es Stan!
BLANCHE.—Escúchame, Stella... yo solo... (STELLA no la oye. Corre hacia la puerta y abre.
Entra STANLEY con los paquetes.)
STANLEY.—¡Hola, Estrellita!... ¿Ha vuelto Blanche?
STELLA.—Sí, hace un rato.
STANLEY.—Buenos días, Blanche... ¿Qué tal estás? (STANLEY sonríe a BLANCHE.)
STELLA.—Tienes toda la pinta de haber engrasado el auto...
STANLEY.—Esos jodidos mecánicos son muy brutos...
¡Eh... eh!
(STELLA se ha abrazado a STANLEY desesperadamente como si esa fuera su respuesta a
BLANCHE. STANLEY sonríe a BLANCHE que está mirándole en el dormitorio. La luz comienza a
desvanecerse sobre las cabezas de la pareja. Llega la música del piano, la trompeta y la batería del
bar.)
OSCURO
ESCENA QUINTA

(BLANCHE.se abanica con una hoja de palma, sentada en el dormitorio, mientras revisa una
carta recién acabada. Se echa a reír, STELLA, por su parte está también en el dormitorio,
acabando de arreglarse.)

STELLA.—¿De qué te ríes?


BLANCHE.—De lo embustera que soy... De eso... Me río de mí. Es que le estaba escribiendo a
Shep y... «Querido Shep: Paso el verano con amigos, de casa de unos a casa de otros... ¡A lo mejor
caigo por Dallas! ¿Qué te parecería... ya...?
(Se ríe falsamente llevándose una mano al cuello y habla como si se estuviese dirigiendo a
Shep.) «El que avisa no engaña».
(STELLA responde con un sonido que quiere ser una negativa.)
STELLA.—Uh... uh...
BLANCHE.—(Leyendo.) «Casi todos los amigos de Blanche pasan el verano en el norte pero hay
bastantes con casas junto al mar y esto es una feria continua de reuniones, tés, meriendas y
cocktails. (Fuerte escándalo en el piso superior, STELLA va hacia la calle.)
STELLA.—Me parece que hay bronca entre Steve y Eunice... (EUNICE gritando con furia.)
EUNICE.—(Off.) ¡Sé muy bien lo que hay entre esa rubia y tú!
STEVE.—No puedes saber nada porque no hay nada.
EUNICE.—¿Crees que me vas a engañar como si fuera idiota? Yo no te he dicho que no vayas al
bar... pero, abajo... abajo... no a los reservados de arriba...
STEVE—¿Cuándo y quién me ha visto arriba?
EUNICE.—Yo... te he visto yo con estos ojos... Comías detrás de ella. Llamaré a la policía...
STEVE.—No te aguanto que me amenaces...
EUNICE.—(Gritando.) ¡Encima, chulo!... ¡Pégame, anda, pégame!... ¡Sí... voy a avisar a la
policía! (Tremendo ruido de cacharros que se estrellan contra las paredes de arriba. Gritos.
Muebles que caen. Un alarido masculino. Y el silencio.)
BLANCHE.—¿Le habrá matado o solo le habrá herido? (EUNICE desciende las escaleras
convertida en una furia.)
STELLA.—¡Ahí está!
EUNICE.—Ahora mismo llamo a la Policía. (EUNICE corre y desaparece por la esquina de la
calle. STELLA vuelve a entrar.)
STELLA.—Algunos amigos de tu hermana todavía no se han ido de veraneo.
(STELLA ríe cordialmente. En la esquina por donde desapareció EUNICE, aparece STANLEY con
su camisa de colores de jugador de bolos. Sube corriendo los escalones y entra en la cocina
corriendo y cerrando la puerta de golpe, BLANCHE se pone nerviosa al notar la presencia de
STANLEY,)
STANLEY.—¿Qué le ha pasado a Eunice?
STELLA.—Se ha peleado con Steve... ¿Ha ido a la Policía?
STANLEY.—Ha ido al bar. A emborracharse...
STELLA.—Eso es mucho más sensato. (STEVE baja de su piso. Tiene un arañazo en la frente y
está tanteando su importancia. Se asoma a la puerta.)
STEVE.—¿No está aquí Eunice?
STANLEY.—No. Está en el bar.
STEVE.—¡Qué bestia! ¡Empanada de bestia! (STEVE va con precaución a la esquina, mira
tímidamente, se arma de valor y corre tras EUNICE)
BLANCHE—«¡Empanada de bestia!». Lo apuntaré en mi cuaderno... Estoy anotando todas las
palabras raras que oigo...
STANLEY.—No creo que oigas nada nuevo para tí.
BLANCHE.—¿Te apuestas algo?
STANLEY.—Lo que quieras...
(STANLEY abre el armario, busca y tira un par de zapatos a una esquina, BLANCHE se
sobresalta.)
BLANCHE—¿De qué signo eres tú?
STANLEY.—(Vistiéndose.) ¿Qué dices?
BLANCHE.—¿Qué cuál es tu signo del Zodiaco? Supongo que Aries... Los Aries son activos y
violentos... Aman el ruido... Les encanta que el mundo tiemble a su alrededor. Lo viste temblar
cuando estabas en el ejército y quieres que esté temblando siempre. (Durante la escena STELLA
entra y sale varias veces del cuarto de baño. Ahora asoma sola la cabeza para contestar.)
STELLA.—Stanley nació la noche de Navidad. Exactamente cinco minutos después de Navidad...
BLANCHE.—Entonces es Capricornio.
STANLEY.—¿Y tú?
BLANCHE.—Celebro mi cumpleaños el quince de septiembre. Soy Virgo.
STANLEY.—¿Y qué quiere decir eso?
BLANCHE.—Virgo quiere decir virgen.
STANLEY.—(Burlón.) ¡Ya!
(Se acerca a BLANCHE, mientras se anuda la corbata:.) Dime una cosa, ¿conoces a un tipo que
se llama Shaw? (A BLANCHE se le crispa la cara. Va a buscar la colonia y humedece el pañuelo.)
BLANCHE.—(Con precaución.) Todo el mundo ha conocido a alguien con ese nombre.
STANLFY—Pues este alguien que yo digo te recuerda de Laurel. Debe estar equivocado, porque a
su amiguita la conoció en un hotel llamado «Flamingo».
(BLANCHE se ha quedado sin respiración. Intenta sonreír. Se refresca las sienes con la colonia
del pañuelo.)
BLANCHE.—Entonces, efectivamente se ha confundido de amiguita... El «Flamingo» es un hotel
donde no me gustaría que me viesen...
STANLEY.—¿Lo conoces?
BLANCHE.—Le he visto y no me gusta como huele.
STANLEY.—Tendrías que acercarte mucho para olerlo.
BLANCHE.—La colonia barata es muy penetrante.
STANLEY.—¿Es más cara esa que tú usas?
BLANCHE.—Yo uso perfume que cuesta veinticinco dólares la onza... y se me está terminando...
Una pista, por si has pensado regalarme algo el día de mi cumpleaños. (Habla con frivolidad pero
está asustada.)
STANLEY.—Shaw saldrá de dudas en seguida. Va y viene a Laurel todo el tiempo...
(STANLEY da media vuelta, separa las cortinas y sale. BLANCHE está a punto de desmayarse.
Cierra los ojos y temblando se enjuga la frente con el pañuelo, EUNICE Y STEVE doblan la esquina.
El brazo de STEVE rodea con cariño los hombros de EUNICE que lloriquea mientras STEVE la
consuela con ternura. Se oyen unos truenos lejanos mientras la pareja sube despacio a su aparta-
mento.)
STANLEY.—(A STELLA,) Te esperaré en el bar.
STELLA.—Antes, despídete...
STANLEY.—¿Delante de tu hermana? No me atrevo... (Sale STANLEY. BLANCHE se incorpora.
Está aterrada.)
BLANCHE.—Oye, Stella a tí... ¿a tí te han dicho algo de mí?
STELLA.—¿Algo de tí?
BLANCHE.—Sí... ¿No te han contado nada?
STELLA.—¿Qué tenían que contarme?
BLANCHE.—Yo que sé... Cosas... Algo feo.
STELLA,—¿Qué dijeron?
BLANCHE.—En los dos últimos años, cuando vi que... que se perdía la plantación... pues... no fui
un modelo de comportamiento...
STELLA.—Todos hacemos tonterías...
BLANCHE.—Yo nunca he sabido luchar ni... desenvolverme sola... Soy muy débil... los débiles,
Stella, necesitan el apoyo de los fuertes... Y para... que te lo concedan, pues... hay que seducirlos...
vestir como las mariposas... volar... rodearse de telas vaporosas... Un poquito de magia, eso es... Y
la magia es cara y yo... estos dos últimos años pues... me he portado mal... Busqué protección en
muchos sitios y... corrí de un refugio a otro... Las tormentas son muy duras... y pueden ser muy
largas... En mitad de la tormenta no hay amparo... Ni te ven los amigos, ni te ven los hombres... Es
como si no existieras... Y tienes que luchar mucho para que sepan que existes y que... que necesitas
ayuda... Los débiles tienen que brillar como... como si fueran farolillos... Y ahora tengo miedo...
Muchísimo miedo... Esta mentira se va a descubrir muy pronto... Cuanto más débil se es más
atractiva hay que estar... y yo... yo me estoy quedando sin brillo...
(Está anocheciendo rápidamente, STELLA va al dormitorio y enciende la lámpara que tiene la
pantalla. Lleva en la mano una botella de algo sin alcohol.)
BLANCHE.—¿Me has oído?
STELLA.—No. Cuando te pones tonta no te oigo... (Le ofrece la botella, BLANCHE cambia de
tono.)
BLANCHE.—(Alegre.) ¿Me invitas?
STELLA.—Sí.
BLANCHE.—¡Mi Estrellita bonita!... ¿Solo Coca-Cola?
STELLA.—¿Quieres algo más fuerte?
BLANCHE.—Me sentaría bien... Dame... No te molestes.
STELLA—No es molestia, Blanche... Y me hace ilusión... Como cuando estábamos en casa...
(STELLA va a la cocina y sirve whisky en un vaso.)
BLANCHE.—Pues si te hace ilusión servirme a mí me hace ilusión que me sirvan...
(STELLA va hacia BLANCHE con el vaso. De repente, BLANCHE toma la otra mano de STELLA y la
besa con fuerza. STELLA se conmueve.)
STELLA.—¡Blanche!
BLANCHE.—¡Sí, sí, eso no se hace! ¡No te gustan los sentimentalismos! ¡Pero, Estrellita, es que
estoy más emocionada de lo que tú crees!... Bueno... me marcharé cuanto antes... Me iré de esta
casa lo antes posible.
STELLA.—¡Blanche, por favor!
BLANCHE.-(Gimoteando.) Te lo prometo... te lo juro... me iré... me iré... me iré... De verdad...
Estáte tranquila... No quiero... no quiero que Stanley me eche.
STELLA.—Ya has dicho bastantes niñerías... ¡Déjalo ya!
BLANCHE.—Lo que tú quieras... ¡Cuidado!... ¡Se te va a caer la espuma!
(BLANCHE con mano temblona, toma el vaso riéndose y está a punto de caérsele; la espuma
asciende derramándose, BLANCHE grita.)
STELLA.—(Asustada.) ¡Ay!
BLANCHE.—¡La falda! ¡Me ha salpicado la mejor falda que tengo!
STELLA.—¡Espera! ¡Te doy mi pañuelo! ¡Sécalo cuanto antes!
BLANCHE.—(Tranquilizándose.) Sí... Es cuestión de... mucha... mucha suavidad.
STELLA.—¿Sale la mancha?
BLANCHE.—Sí, sí... ¡Ya!... Ha habido suerte... (Bebe un trago y se sienta sin dominar su
nerviosismo. Tiene el vaso con las dos manos. Todavía deja oír alguna risita.)
STELLA.—¿De qué te ríes?
BLANCHE.—No lo sé... Ni sé por qué me río ni por qué gritaba... (Sigue hablando muy nerviosa.)
Esta tarde a las siete vendrá a buscarme Mitch... Bueno, Stella... Es la relación de Mitch la que me
está poniendo tan nerviosa... (Se precipita al hablar, corre y respira mal.) Un beso anoche, al
despedirnos... Eso ha sido todo hasta ahora... ¿Y sabes por qué, Stella? ¿Sabes por qué?... Porque
necesito que la gente me respete... Sí, lo necesito... Los hombres desprecian todo lo que consiguen
sin trabajo... Lo malo es que... también abandonan con facilidad... ¡Y no digamos si la mujer ya ha
cumplido... ha cumplido los treinta... Para muchos hombres una mujer con más de treinta años es
una mujer liquidada... Y yo no quiero que me liquiden. Claro que... bueno, Mitch no sabe mi edad...
ni aproximadamente...
STELLA.—Estás obsesionada con tus años.
BLANCHE.—Sí... Cada cumpleaños es un mazazo sobre mi vanidad... Pero, bueno, lo que te
quería explicar es que para él yo soy... él me ve como una mujer seria y... ¿Comprendes ahora? (Se
ríe con una carcajada destemplada.) Es mi sistema para que... para que se enamore de verdad de
mí...
STELLA.—Tu sistema... Dime Blanche, ¿estás enamorada de Mitch?
BLANCHE.—Necesito paz... Necesito descansar tranquila... Sí... Necesito a Mitch como al aire...
¡Qué maravilla si...! No tener que depender de nadie y salir de este agujero... Perdona... (STANLEY
dobla la esquina. Está bebido.)
STANLEY.—(A gritos.) ¡Stella!... ¡Eunice! ¡Steve! (Se oye la melodía del piano, la trompeta y la
batería a la que se sobreponen unos alegres gritos del piso superior, STELLA da a BLANCHE un
beso cariñoso.)
STELLA.—¡Todo te va a salir bien!
BLANCHE.—¿Tu crees?
STELLA.—Todo...
(STELLA sin quitar la vista de encima de su hermana, va hacia la cocina.)
¡Todo te va a salir!... ¡Pero deja de beber un poco!... (STELLA va hacia STANLEY. BLANCHE. con
el vaso en la mano, se sienta fatigada, EUNICE baja las escaleras riendo con mucha alegría, STEVE
igualmente feliz baja detrás, gritando y la persigue como un chico hasta que desaparecen por la
esquina de la calle, STELLA se abraza a STANLEY. Ha oscurecido. La música del bar es una balada
lenta y tristona.)
BLANCHE.—¡Ay, Jesús, Jesús!
(BLANCHE entorna los ojos y deja caer al suelo la hoja de palma. Golpea nerviosamente con la
mano el brazo del sillón. Se levanta con esfuerzo y se mira atentamente en un espejo manual. Un
relámpago.
Procedente del bar, totalmente borracha y muerta de risa dobla la esquina la MUJER NEGRA. Un
muchacho avanza por el lado opuesto. La MUJER NEGRA hace sonar los dedos ante sus ojos con una
intención obscena.)
MUJER NEGRA.—¡Buenas noches, guapísimo! (Dice algo más que no se oye bien. El CHICO niega
con energía y corre escaleras arriba. Llama, BLANCHE deja el espejo sobre la mesa. La NEGRA
desaparecerá calle abajo.)
BLANCHE.—Pase...
(El muchacho se asoma por entre las cortinas, BLANCHE le examina con atención.) Adelante,
adelante... ¿Quién es usted?
CHICO.—El cobrador de «La Estrella vespertina».
BLANCHE.—La primera noticia que tengo de que esa estrella quiera cobrar.
CHICO.—Es un periódico.
BLANCHE.—Era una broma... Leo el periódico... Una broma cariñosa... ¿Le apetece tomar una
copa?
CHICO.—Muchas gracias, señora... No... No me gusta beber durante el trabajo.
BLANCHE.—Entonces, espere... Mejor dicho, no... No tengo encima ni un centavo... Esta casa es
de mi hermana y yo acabo de llegar del Mississippi. Soy esa parienta pobre de los cuentos.
CHICO.—Muy bien... Volveré mañana. (El CHICO va a salir y BLANCHE se acerca a él.)
BLANCHE.—¡Espere un momento! (El CHICO, indeciso, se vuelve, BLANCHE, muy despacio, saca
su larga boquilla, coloca un cigarrillo y lo mira.)
¿Me puede dar fuego?
(BLANCHE se acerca al CHICO. Están en la puerta que separa las dos habitaciones.)
CHICO.—Sí, claro... (Saca un encendedor.) Si es que quiere...
BLANCHE.—¿Tanto temperamento tiene? (Se enciende el mechero.) Gracias... (El CHICO va a
marcharse.) ¡Por favor!
(El CHICO, cada vez, más inseguro, se vuelve de nuevo. BLANCHE se le acerca.)
Esto... ¿Qué hora tiene usted?
CHICO.—Las siete menos cuarto...
BLANCHE.—¿Tan tarde?... ¿No le encantan estos días tan largos de Nueva Orleans... cuando una
hora no es una hora sino... una pequeña prueba de que la eternidad existe... y está lloviendo... y no
sabemos que hacer con la eternidad en las manos? (Toca al CHICO en la espalda.) ¿Le gusta
mojarse?
CHICO.—No señora... Cuando llueve me refugio.
BLANCHE.—¿En un bar?... ¿Con una taza de chocolate?
CHICO.—Con una copa de Jerez...
BLANCHE—(Riendo.) ¡Jerez!... Se me hace la boca agua.
(BLANCHE roza con sus dedos la cara del CHICO y sonríe. Va hacia su baúl.)
CHICO.—Bueno, yo ya me...
BLANCHE.—(Deteniéndose.) ¡Chico! (El CHICO se vuelve, BLANCHE saca del baúl un largo y fino
chal y se adorna con él. Hay una pausa durante la cual se oye el lejano piano que continúa hasta el
final de esta escena y abre la siguiente. El CHICO, desamparado. carraspea y mira hacia la puerta.)
¡Niño, niño, niño...! ¿No te han dicho nunca que pareces un príncipe de «las mil y una noches»? (El
muchacho nervioso, parece un chico avergonzado. BLANCHE baja la voz.)
¡Ven aquí, corderito! Voy a darte un beso... solo uno... un beso casto y suave...
(Sin esperar respuesta BLANCHE se acerca al CHICO y lo besa en la boca.)
¡Y ahora, márchate corriendo! ¡Vamos, vete!... ¡Vete, enseguida!
(El CHICO mira un momento a BLANCHE que abre la puerta, lo deja pasar y aún le tira un beso
mientras el asombrado muchacho baja las escaleras. BLANCHE permanece en la puerta, tranquila,
como si estuviera soñando. El CHICO desaparece por la esquina y casi inmediatamente aparece
MITCH con un ramo de rosas.)
BLANCHE.—(Encantadora.) ¡Mira quien se acerca ahora!... ¡El mismísimo Caballero de la
Rosa!... ¡El mío! A ver... Ante todo, la reverencia... y ahora... el ofrecimiento... ¡Bravo! ¡Perfecto!
¡Merciii! (Coqueta, toma el ramo de rosas, lo lleva a sus labios y mira fijamente a MITCH. MITCH no
aparta la vista de ella.)
OSCURO
SEGUNDA PARTE

ESCENA SEXTA

El mismo día a las dos de la mañana. Se ve la pared exterior del edificio.


(Llegan BLANCHE y MITCH. La típica fatiga de las personas neurasténicas es muy perceptible en
los gestos y ¡a voz de BLANCHE MITCH está muy entero pero algo deprimido. Deben haber ido al
Parque de Atracciones porque MITCH lleva boca abajo una figurilla de escayola de Mae West,
típico premio de feria en un tiro al blanco, BLANCHE. exhauesta, se detiene en la escalera.)
BLANCHE.—Bien... Ya... ya... fMiTCH se rie incomodo.)
MITCH.—Es tardísimo... Debes estar muy cansada.
BLANCHE.—Hasta el vendedor mejicano se ha ido... Y eso que el hombre aguantó hasta tarde...
^MITCH tenso, se rie esta vez.) ¿Cómo vuelves ahora a tu casa?
MITCH.—Daré un paseo hasta Bousbon. Allí es fácil.
BLANCHE.—(Tensa.) ¿No funciona a estas horas ese tranvía llamado «Deseo»?
MITCH.—(Serio.) Me parece que te he dado la noche, Blanche...
BLANCHE.—¿Qué dices? he sido yo quien te la ha amargado a tí.
MITCH.—No... lo que pasa es que... que me daba cuenta de que no te estabas divirtiendo lo más
mínimo.
BLANCHE.—No supe sintonizar con la noche. ¡Qué le
vamos a hacer! Y mira que me dá rabia: con el interés que he puesto por estar alegre y... ¡nada!
MITCH.—La alegría no... no se fabrica... Si no estás bien no estás bien.
BLANCHE.—Quería cumplir la ley natural.
MITCH.—No te entiendo.
BLANCHE.—Según la más natural de las leyes si la Dama no sabe distraer al caballero, la Dama
está perdida... Anda, a ver si encuentras en mi bolso la llave de la puerta... ¡Cuando estoy tan
cansada pierdo el tacto! (MITCH busca la llave en el bolso de BLANCHEJ
MITCH.—¿Es esta?
BLANCHE.—No, cielo... Esa es de un baúl que voy a tener que empezar a hacer de un momento a
otro.
MITCH.—¿Te vas a marchar?
BLANCHE.—Ya va siendo hora. Me invité sola y se estropeó el efecto.
MITCH.—Bueno, ya lo tengo.
BLANCHE.—Abre tú la puerta, mientras yo le doy un último vistazo a este cielo.
('MITCH abre la puerta y se queda, nervioso, tras de BLANCHE que está apoyada en la
barandilla.) Estoy tratando de encontrar a los Siete Hermanos, los Pléyades... pero por lo visto hay
noches que no salen. ¡Ah, sí, ya los veo, allí están! ¡Qué Dios les guarde! Están volviendo a casa,
hechos una pina, después de haber jugado su partida de bridge... ¿Has podido abrir? Eres un
ángel... Supongo que... que querrás irte ya... ('MITCH tose un poco y vacila.)
MITCH.—¿Te importa que... que me despida dándote un beso?
BLANCHE.—¿Por qué me preguntas tanto si me importa o no me importa?
MITCH.—Porque no lo sé... Nunca sé si lo que hago te va a parecer bien o no.
BLANCHE.—Es que eres tímido.
MITCH.—Esta noche... junto al lago... cuando nos detuvimos y te besé, creí que tú...
BI ANCHE.—Cielo, el beso me encantó... Me gustó que me besaras. Fue tu deseo de otras... de
otras familiaridades... lo que no... no quise admitir... No es que me molestase... no, no es éso... Pero,
cariño, tú sabes muy bien, como lo sé yo, que una chica soltera... sola... Si no puede dominar sus
emociones es una chica perdida.
MITCH.—(Solemne.) ¿Perdida, dices? ¿Perdida?
BLANCHE.—Puede que hayas salido más de una vez con chicas que querían perderse... Perdona,
además, la noche de la primera cita...
MITCH.—Tú eres quien me gusta... Mis experiencias fueron... Nunca he conocido una mujer
como tú. (PLANCHE le mira con gran seriedad y luego rompe a reir con fuerza. Lleva una mano a la
boca tratando de dominarse.) ¿Es que... te estás burlando de mí?
BLANCHE.—No, cielo, no... Los dueños de la casa todavía no han vuelto. Así que... pasa Mitchel,
pasa. Tomaremos la penúltima copa... Con las luces apagadas... ¿Te gusta?
MITCH.—Me gusta todo lo que te guste a tí. (Entra BLANCHE seguida de MITCH. Se detienen en la
cocina. La pared del edificio se apaga y se encienden las dos habitaciones del piso BLANCHE se
queda en la cocina.)
BLANCHE.—Entra allí... Esa habitación es mucho más cómoda. Hago ruido porque estoy
buscando algo de beber...
MITCH.—¿Tienes sed?
BLANCHE.—Es para tí. Te hace falta una copa... Has estado toda la noche demasiado serio... Y
yo... yo también... Estábamos deprimidos... No quiero que la última vez que vamos a estar el uno
con el otro... pues... prefiero... la «joie de vivre»... Encenderé una vela.
MITCH.—Buena idea...
BLANCHE.—Seremos un par de bohemios... Dos seres humanos libres que... que están juntos en
París... en un bistro de la «rive gauche»... (Enciende un resto de vela y lo coloca en el cuello de la
botella.)
Je suis la Dame aux Camellias... Vous étes Armand! ¿Entiendes francés?
MITCH.—(Abrumado.) No... Yo más bien... No...
BLANCHE.—Voulez-vous couchez avec moi ce soir? Vous ne comprenez pas? ¡Ah, aquelle
dommaje!... Que maldita cosa, que no me entiendes... ¡Ah, aquí queda algo de beber! Dos tragos
muy justitos, cariño...
MITCH.—(Inquieto.) Por mí... está bien. (BLANCHE va hacia el dormitorio con la vela, la botella
y los vasos.)
BLANCIIE.—Siéntate aquí... Quítate la chaqueta y la corbata.
MITCH—No... Estov bien así.
BLANCHE.—Si te la quitas estarás más cómodo.
MITCH.—Es que sudo mucho... y se me pega la camisa al cuerpo.
BLANCHE.—El sudor ennoblece al hombre... Si no sudáramos de vez en cuando nos moriríamos
en diez minutos.
(Le ayuda a quitarse la chaqueta.) Esta chaqueta es preciosa. ¿De qué es?
MITCH.—De alpaca.
BLANCHE.—¿Qué clase de alpaca?
MITCH.—La más ligera.
BLANCHE.—Es muy fina, sí.
MITCH.—No me gustan los trajes lavables y menos en verano... A mí se me nota enseguida el
sudor.
BLANCHE.—Claro...
MITCH.—Y además se ensucian mucho. Estos corpachones como el mío... En cuanto te descuidas
pareces sucio...
BLANCHE.—El tuyo no es un corpachón de esos de...
MITCH.—¿Tú crees que no?
BLANCHE.—No... No es que seas delgado, pero tienes un físico muy... muy bien proporcionado.
MITCH.—Gracias. Estas Navidades me admitieron en el Athletic Club de Nueva Orleans.
BLANCHE—¡Qué maravilla!
MITCH.—El mejor regalo de mi vida. Allí hago gimnasia, nado y me cuido. Cuando empecé a ir
tenía el estómago fofo pero ahora he conseguido endurecerlo. Ahora me pueden pegar todos los
puñetazos que haga falta en plena boca del estómago que ni los noto. Prueba. ¡Prueba y verás!
(BLANCHE le da un golpe flojo en el estómago.) ¡Más fuerte! ¡Más fuerte! ¿Estás viendo?
(BLANCHE, suavemente deja correr su mano sobre el pecho de MITCH)
RIANCHF.—Que... qué fuerte.
MITCH.—¿Cuánto crees que peso, Blanche?
BLANCHE.—Pues... ochenta, más o menos... ¿no?
MITCH.—No. Fíjate bien...
BLANCHE.—¿Menos?
MITCH.—Más.
BLANCHE.—No sé... eres muy alto... puedes pesar bastante, sin dar la sensación de gordura... no
sé...
MITCH.—Casi noventa... Mido descalzo... sin zapatillas... uno ochenta y uno... Y los casi noventa
los peso desnudo.
BLANCHE.—¡Qué barbaridad! ¡Me estás dando miedo!
MITCH.—(Confuso.) Bueno... hablar de mí peso es una tontería...
(Busca otro tema de conversación.) ¿Y tú cuánto pesas?
BLANCHE.—¿Quién? ¿Yo?
MITCH.—Sí.
BLANCHE.—Pues... haz un cálculo...
MITCH.—Déjame que te levante.
BLANCHE.—Permitido, Sansón... dímelo.
(MITCH se coloca detrás de BLANCHE, la toma por la cintura y la levanta del suelo sin esfuerzo.)
¿Cuánto... cuánto peso?
(MITCH se ríe y la baja al suelo sin volverla, BLANCHE habla ron falso pudor.)
Suéltame... Por favor suéltame... Vamos, Sansón, (BLANCHE protesta muy débilmente y con
alegría.) Sé bueno... Que no estén aquí Stella y Stanley no es motivo para que no seas una persona
seria...
MITCH.—Cuando creas que me estoy pasando me das un trompazo.
BLANCHE.—No quiero... Tú eres un hombre de verdad... Una de las pocas personas decentes que
quedan en este mundo. No quiero que me tomes por una maestrilla solterona y estrecha... Lo que
pasa es que...
MITCH.—Sigue...
BLANCHE.—...tengo una moral un poco anticuada... (MITCH no puede verla y BLANCHE pone los
ojos en blanco burlándose de su comedia, MITCH va hacia la puerta de la calle. Pausa larga. Un
suspiro de BLANCHE. Una tosecita de MITCH)
MITCH.—¿Dónde fueron Stanley y Stella?
BLANCHE.—Salieron con los vecinos de arriba.
MITCH.—Pero ¿adonde?
BLANCHE.—De estreno de una película... En Loewe creo... A medianoche.
MITCH.—Una noche de éstas debíamos salir todos juntos.
BLANCHE.—No, no creo...
MITCH.—¿No te parece bien?
BLANCHE.—Pues... ¿desde cuándo conoces a Stanley?
MITCH.—Desde el cuarenta y uno... Nos conocimos en el cuartel.
BLANCHE.—Y... ¿os lo contáis todo?
MITCH.—Sí...
BLANCHE.—¿Qué te ha contado Stanley de mí?
MITCH.—Pues... nada... muy poco.
BIANCHE—No mientas.
MITCH.—Si casi no me ha dicho nada.
BLANCHE.—«Casi»... ¿Qué te dijo? ¿Qué es lo que piensas de mí?
MITCH.—¿Por qué quieres saberlo?
BLANCHE.—Pues para...
MITCH.—¿Es qué no os lleváis bien?
BLANCHE.—¿A tí qué te parece?
MITCH.—No creo que Stanley te comprenda.
BI.ANCHE.—Te has vuelto muy fino... Si Stella no estuviera embarazada yo no me quedaba aquí
ni un día más.
MITCH.—¿Te está... te está maltratando?
BLANCHE.—Es de una grosería que no puedo soportar. Y no es un problema de carácter... lo hace
deliberadamente.
MITCH—¿Qué? ¿Qué es lo que hace deliberadamente?
BLANCHE.—Todo.
MITCH.—Me resulta difícil creer que alguien pueda portarse mal contigo.
BLANCHE.—Créelo... Estoy viviendo una situación horrible. Primero, como puedes ver, aquí no
tengo vida privada. Entre estas dos habitaciones no hay más que esa cortina y de noche... bueno...
Stanley anda medio desnudo por la casa... Tengo que pedirle una y otra vez que por lo menos cierre
la puerta del cuarto de baño... La mala educación no es necesaria. Tú me dirás, corazón, que por qué
no me voy... Te lo explicaré sin rodeos... Con mi sueldo de maestra no me puedo sostener... El año
pasado no pude ahorrar lo más mínimo... Por eso tuve que pasar el verano aquí... soportando a mi
cuñado... También es verdad que el me tiene que soportar a mí... aunque no le guste... Te habrá
dicho que me odia, ¿no?
MITCH.—No, no te odia...
BLANCHE.—Me odia... Y me insulta a todas horas. (Hace un gesto de desprecio. Se bebe el vaso
de un trago Hay una pausa.)
MITCH.—Blanche...
BLANCHE.—Dime, cielo.
MITCH.—¿Te importa que te haga una pregunta?
BLANCHE.—No.
MITCH.—¿Cuántos años tienes?
BLANCHE.—Eso no se pregunta.
MITCH.—Es por mi madre... me preguntó cuantos años tenías... Me gustaría decírselo.
BLANCHF—¿Hablaste de mí con tu madre?
MITCH.—Sí.
BLANCHE.—¿Por qué?
MITCH.—Le dije que... que eras encantadora y que... que me gustabas mucho.
BLANCHE.—¿Es verdad?
MITCH.—Sí. Tú lo sabes.
BLANCHE.—¿Y por qué te preguntó mi edad?
MITCH.—Mi madre está muy mal...
BLANCHE.—Lo siento... ¿Qué tiene?
MITCH.—De todo... Le quedan... no sé... unos pocos meses de vida.
BLANCHE.—Mitch...
MITCH.—... y por eso... le gustaría verme casado antes de...
(MiTCH está emocionado. No sabe que hacer. Carraspea. Esconde las manos en los bolsillos
las vuelve a sacar.)
BLANCHE.—¿La quieres mucho?
MITCH.—Muchísimo.
BLANCHE.—Eres bueno... y tierno... Sí... Vas a estar muy solo cuando ella... se vaya, (MITCH no
puede hablar y asiente con la cabeza.) Sé muy bien lo que es eso.
MITCH.—¿Estar solo?
BLANCHE.—Sí. Quise mucho a una persona y la perdí.
MITCH.—¿Murió?
(BLANCHE se sirve más whisky. Va hacia la ventana y se sienta de cara a la calle.)
¿Era un hombre?
BLANCHE.—Era un niño... Nada más que un niño... Y yo una chica muy joven. No tenía más que
dieciseis años cuando hice el gran descubrimiento... el amor... Todo el amor a la vez... y hasta el
fondo... entero y completamente... Fue como si un relámpago deslumbrante quemase hasta la última
sombra en que había vivido... Así se encendió el mundo para mí... Y me falló la suerte... Porque me
cegué... Había una .... en especial en torno de aquel niño... una debilidad... un nerviosismo... una
suavidad que no tenía nada de masculina... nada afeminado, no... entonces, no... pero allí estaba
aquella cosa que... me buscó porque necesitaba ayuda... Y yo no me di cuenta... No me di cuenta
hasta después de la boda... después de haber ido hasta el final de todo y... haber empezado el
regreso de... entonces supe que le había fallado en algo que yo no sabía muy bien lo que era y que él
no me podía decir... Algo oscuro... un fango del que necesitaba salir y por eso se agarraba a mí que
no solo no podía ayudarle sino que solo era capaz de hundirme y hundirme a su lado... Y seguir sin
darme cuenta... No veía nada... Sólo que... que le quería con toda mi alma aunque fuese incapaz de
hacer algo por él y... por mí... Y entonces me enteré... No es posible enterarse peor... Abrí una
puerta y descubrí a dos personas: el niño que se había casado conmigo y el viejo que había sido su
amigo durante años...
(Se oye el rugido de una locomotora que se acerca. BLANCHE se cubre los oídos con las manos y
se encoge. La locomotora retumba al pasar mientras su faro ilumina el apartamento. Cuando el
efecto desaparece BLANCHE se levanta y sigue hablando.)
Nos comportamos como si no lo hubiese descubierto. Una noche fuimos los tres al casino de
Moon Lake... Habíamos bebido mucho y nos reimos todo el camino...
(A distancia se oye bajo una polka en tono menor.) Bailábamos la polka de Varsovia cuando en
pleno baile aquel niño que era mi marido dejó de abrazarme y echó a correr... Salió del Casino y...
casi enseguida, oimos un disparo...
(La polka se interrumpe abruptamente, BLANCHE se alza. Vuelve la polka en tono mayor.)
Corrí... corrimos todos hacia aquella forma terrible que estaba al borde del lago... No me dejaron
acercarme.. Alguien me detuvo: «¡No se acerque! ¡Por favor! ¡No mire!...» ¿Qué no mirara qué?
¿Qué? Oí gritar su nombre: «¡Alian! ¡Alian!» «Es el chico de los Grey». Se había metido el
revólver en la boca... había disparado y se había volado la cabeza. (BLANCHE se tapa la cara
temblando.) Todo porque en la pista de baile... impulsivamente... yo le dije sin preparación: «Te
vi... Lo sé todo sobre vosotros dos... me das nauseas...». Y aquel relámpago deslumbrante que había
encendido el mundo se apagó para mí y desde entonces, nunca, nunca he tenido más luz que la de...
una pobre vela como ésta... (MITCH acobardado, se incorpora acercándose a BLANCHE. Se oye
fuerte la polka, MITCH llega hasta BLANCHF y la rodea con sus brazos.)
MITCH—Tú necesitas... y yo... los dos necesitamos a alguien... ¿Es qué no podríamos... juntos...
no podíamos, Blanche?
(BLANCHE mira fijamente a MITCH. Da un grito y se refugia totalmente en brazos de MITCH.
Trata de hablar y no encuentra las palabras, MITCH la besa en la frente, en los ojos y finalmente,
en la boca. Deja de oirse la polka. BLANCHE respira con fuerza, aguadamente y entre sollozos.)
BLANCHE.—Dios... puede... aparecer... de pronto...
OSCURO
ESCENA SÉPTIMA

Mediados de septiembre. Anochecer. Las cortinas están abiertas. La mesa, con tarta y flores,
está dispuesta para una cena de cumpleaños.

(STELLA está acabando de decorar la mesa y entra STANLEY)


STANLEY.—¿Qué estás haciendo?
STELLA .—Hoy es el cumpleaños de Blanche, cielo.
STANLEY.—¿Está en casa?
STELLA.—Se está bañando.
STANLEY.—¿Hace mucho?
STELLA.—Sí. Más o menos lleva toda la tarde ahí.
STANLEY.—¿Toda la tarde metida en agua caliente?
STELLA.—Sí.
STANLEY.—Treinta grados de temperatura y se mete en el agua caliente.
STELLA.—Dice que eso le permitirá estar fresca por la noche.
STANLEY.—Y tú yendo y viniendo para que no le falten Coca-Cola, ¿no? Sirviendo bebidas a su
majestad mientras ella se baña tranquilamente... (STELLA hace un gesto de indiferencia.) Ven aquí y
hablemos un minuto.
STELLA.—Tengo mucho trabajo, Stan.
STANLEY.—Siéntate... He averiguado algunas cosillas. Sobre tu maravillosa hermana mayor.
STELLA.—¿Es qué no te vas a cansar nunca de meterte con ella?
STANIEY.—... esa... que todavía se atreve a llamarme mal educado.
STELLA.—Llevas mucho tiempo haciendo lo imposible por molestarla, Stanley... Blanche es una
persona con mucha sensibilidad... Y tú sabes muy bien que nosotros nos hemos educado en un
ambiente nada parecido al suyo.
STANLEY.—Ya me lo habéis repetido bastante... Una y otra y otra vez. Bien... ¿Sabes que todo lo
que tu hermana nos ha contado ha sido una mentira detrás de otra?
STELLA.—No lo sé ni lo creo.
STANLEY.—Pues es cierto... Ya he desentrañado su historia... ¡Menuda historia!
STELLA.—¿De qué hablas?
STANLEY.—Yo me lo olía, ¿eh?... Ya lo creo que me lo olía... Ahora lo sé...
(BLANCHE. en el baño, como contrapuesto a la indignación de STANLEY. canturrea una pegajosa
canción popular.)
STELLA.—¡Habla más bajo! Y ahora, tranquilo, sin gritos ni espavientos, dime que es eso tan
terrible que has sabido de mi hermana.
STANLEY.—Sus mentiras... Primera: la remilgadita Blanche le ha colocado una sarta de embustes
al pobre Mitch que... ¿Con qué nadie había ido más allá de darle un besito, ¿eh? ¡Pues la hermana
Blanche no es ningún lirio del prado, ¿sabes?... ¡Menuda florecita de azucena!
STELLA.—¿Qué es lo que te han dicho de Blanche y quién?
STANLEY.—Uno de los proveedores de la fábrica lleva años yendo a Laurel y sabe todo lo que
hay que saber sobre Blanche... Bueno, sabe lo mismo que saben todos... Blanche es más famosa allí
que el Presidente de los Estados Unidos... Solo que al Presidente le respetan y a ella no... Mi amigo
va a un hotel muy conocido: el «Flamingo»
(BLANCHE en el baño, continua cantando con alegría.)
BLANCHE.—(Off. Cantando.) (Texto a establecer.)
STELLA.—¿Y qué tiene de particular ese hotel?
STANLEY,—Que allí vivía Blanche.
STELLA.—Blanche vivió en nuestra finca de «Belle-Reve».
STANLEY.—Antes... Después de perder la casa entre sus dedos de lirio perfumado se fue a vivir
al hotel «Flamingo» ... Un hotel de dos estrellas conocido por su indiferencia hacia el
comportamiento de sus huéspedes... Un hotel de paso... Pero hasta la dirección de un hotel así se
escandalizó con la conducta de la ilustre Blanche... Como sería la cosa que la pusieron de patitas en
la calle... Dos semanas después apareció en esta casa.
BLANCHF.—(Off. Cantando.) (Texto a establecer.)
STELLA.—Eso es mentira.
STANLEY.—Comprendo que te parezca difícil de creer... Te mintió y te engañó a tí, igual que a
Mitch.
STELLA.—Es mentira... Mentira de arriba abajo y si yo no fuese una mujer y ese individuo dijera
delante de mí esa sarta de embustes...
BLANCHE.—(Off. Cantando.) (Texto a establecer.)
STANLFY.—Atiéndeme bien, mujer... yo mismo he comprobado esa historia. Así que déjame
acabar... ¡Lo que pasó al final fue muy sencillo! ¡Que ya no pudo engañar a nadie más! El primer
amigote la dejó después de dos o tres citas... Y luego el segundo... y el tercero... hasta que... al fin y
al cabo Laurel es un sitio pequeño... Se hizo muy popular, ¿sabes? La mujer más conocida de la
ciudad... y no por... su discreción sino por... por su locura, si a eso le podemos llamar así. (STELLA
retrocede asustada.) Hace más de dos años que la gente huye de ella como de la peste... Por eso
está aquí ahora, como una reina en vacaciones... El propio Alcalde le pidió que desapareciese de
una vez.
¡Hasta a los soldados del Campamento les habían prevenido contra ella!
BLANCHE.—(Off. Cantando.) (Texto a establecer.)
STANLÉY—Esa es la verdadera historia de la señorita culta y sensible. Y ahora vamos con la
mentira número dos...
STELLA.—No quiero seguir oyéndote.
STANLEY.—Nunca más volverá a dar clases... Sabe muy bien... no es cierto que los nervios la
obliguen a pedir permiso por enfermedad en esa escuela de Laurel... ¡No, Stella! ¡No es cierto!... La
expulsaron en mitad del curso y me da hasta vergüenza decirte el motivo... La sorprendieron
pervirtiendo a un alumno de diecisiete años...
BLANCH E.—(Off. Cantando.) (Texto a establecer.)
(El agua corre ruidosamente en el cuarto de baño, BLANCHE como una niña que juega en el
agua, grita y se ríe.)
STELLA.—Me estoy sintiendo mal.
STANLEY.—No me extraña... El padre del chico habló con el Director de la Escuela... Corrupción
de menores... ¡Qué pena no haberla visto cuando se reunió el Consejo de disciplina! Le dieron una
buena cornada... ¡A la calle y que... que cambiase de residencia! ¡Por poco dicta el Alcalde un
bando expulsándola de Laurel! (BLANCHE abre la puerta del cuarto de baño y asoma la cabeza
envuelta en una toalla.)
BLANCHE.—¡Stella!
STELLA.—(Bajo.) ¡Dime, Blanche!
BLANCHE.—Dame otra toalla si no te importa. Me acabo de lavar el pelo...
STELLA.—Sí, Blanche... (STELLA insegura, va hacia ella llevándole otra toalla.)
BLANCHE.—¿Te pasa algo, Estrellita?
STELLA.—No, ¿por qué?
BLACHE.—No sé... Tienes una cara muy rara.
STELLA.—(Intentando sonreir.) Tengo un poco de cansancio.
BLANCHE.—Toma un baño caliente.
STANLEY.—Primero tendrías tú que salir.
BLANCHE.—Tranquilo, que ya he acabado.
(BI.ANCHE cierra de un portazo, STANLEY se ríe con ferocidad. Despacio, STELLA. vuelve a la
cocina.)
STANLEY.—Bueno... ¿no tienes nada que decirme?
STELLA.—No creo ni una palabra de todo eso que me has contado...Tu amigo es un miserable
que se ha divertido engañándote... Puede que haya algo de verdad en esa fantasía, algo... Blanche
hace muchas cosas con las que yo no estoy de acuerdo... ya las hacía en casa y... tuvimos bastantes
disgustos por su culpa. Era un poco ligera...
STANLEY.—¡Ligera!
STELLA.—Era muy joven... una niña... cuando se casó con un chico que escribía poesía...
Guapísimo... Aquello no era amor... era adoración lo que Blanche sentía por él... Le parecía un ser
sobrenatural... Hasta que...
STANLEY.—Sigue.
STELLA.—Hasta que descubrió que aquel ser tan hermoso y... tan inteligente... era un degenerado
completo... ¿No te lo ha contado el proveedor ese de la fábrica?
STANLEY—Solo hemos hablado de ahora... Esa historia del matrimonio debe ser muy antigua.
STELLA.—Sí... Fue... fue hace ya... algunos años. (STANLEY se incorpora y cariñosamente toma a
STELLA de los hombros. Ella se separa con suavidad. Deforma casi mecánica STELLA empieza a
colocar en la tarta las velitas de cumpleaños.)
STANLEY.—¿Cuántas velitas vas a poner?
STELLA—Veinticinco.
STANLEY.—¿Esperas a alguien?
STELLA.—Le dije a Mitch que tendría una copa y un trozo de tarta.
STANLEY.—Mitch no aparecerá por aquí. No creo... (STELLA se interrumpe en su trabajo y
levanta la vista, muy despacio hacia STANLEY.)
Mitch es mi mejor amigo... Hicimos el servicio militar en el mismo regimiento. En ingenieros...
En el dos, cuatro, dos... Trabajamos en el mismo sitio y jugamos en el mismo equipo... ¿Crees que
podría mirarle a los ojos y no decirle que...?
STELLA.—¡Stanley! ¿Es que le has contado esa... esa historia sobre Blanche?
STANLEY.—¡Naturalmente! ¡Me habría muerto de espanto si sabiendo lo que sé, no hubiese
ayudado a huir de esa araña al mejor de mis amigos!
STELLA.—Y... ¿Mitch ha terminado con ella?
STANLEY.—¿Qué harías tú en un caso así?
STELLA.—Te he preguntado si Mitch ha terminado ya con ella...
(Vuelve a oírse la voz de Blanche que canta con absoluta tranquilidad.)
BLANCHE.—(Off. Cantando.) (Texto a establecer.)
STANLEY.—No, puede que todavía no haya terminado... Pero ya está enterado de todo.
STELLA.—Stanley... Blanche está segura de que Mitch va a casarse con ella... Y yo también lo
creía.
STANLEY.—Pues, no... No se va a casar... Se había decidido, sí, pero... ahora... no creo que esté
dispuesto a tirarse al agua con ese tiburón... (STANLEY se incorpora.) ¡Blanche! ¿Te importaría
dejarme entrar en mi cuarto de baño? (Pausa.)
BLANCHE.—Con mucho gusto, caballero. ¿Le importaría esperar unos segundos mientras me
seco?
STANLEY.—Después de esperar una hora puedo esperar unos segundos más.
STELLA.—Y si le han echado de la escuela, ¿qué va a hacer ahora?
STANLEY.—Marcharse el martes, ya te lo he dicho... Yo mismo le he comprado el billete del
autobús.
STELLA.—No quiero que se vaya.
STANLEY.—Tiene que marcharse. Y punto... Postdata... Se marchará el martes.
STELLA.—(Bajo.) ¿A dónde?... ¿A dónde puede ir?
STANLEY.—Su destino estará escrito en algún lugar.
STELLA.—No te entiendo.
(Se abre la puerta del cuarto de baño y entra BI ANCHE riendo. Ve a STANLEY que se cruza con
ella y le hiela la risa, STANLFY. sin mirarla, cierra de un portazo la puerta del baño. Nerviosa,
BLANCHE se lleva a la cabeza un cepillo de pelo.)
BLANCHE.—¡No hay como un buen baño de agua caliente para sentirse como los ángeles!
Limpia... fresca... y ligera... (STELLA triste, desde la cocina.)
STELLA.—¿Blanche? (BLANCHE se alisa el pelo.)
BLANCHE.—Sobre todo limpia... (Mueve el vaso y hace tintinear el hielo.) El agua del baño bien
caliente y el agua del vaso bien fría y la vida puede ser una maravilla...
(Mira por entre las cortinas. Al contemplar a STELLA deja de arreglarse.) ¿Pasa algo? ¿Pasa
algo, Estrellita? (STELLA se vuelve y queda frente a BI.ANCHE,)
STELLA.—No... ¿Qué va a pasar?... Nada, Blanche... No pasa nada...
BLANCHE.—¡Me estás engañando! ¡Me estás engañando! (BLANCHE, asustada, mira a STELLA
que simula estar ocupadísima con la tarta. El piano se queja en la lejanía.)
OSCURO
ESCENA OCTAVA

Tres cuartos de hora más tarde. A través de los grandes ventanales el conjunto se hunde
lentamente en un dorado atardecer. El sol es una antorcha encendida sobre un gran depósito de
agua al fondo de un solar desierto. Hacia la zona comercial perforada por los alfilarejos de las
ventanas y de sus cristales que reflejan los brillos del sol poniente.

(El trío de personajes acaba la desmayada cena de cumpleaños: STANLEY. descontento y


malhumorado; BLANCHE. con una penosa y forzada sonrisa; y un puesto vacío.)
BLANCHE—(De repente.) Cuenta un chiste, Stanley, uno cualquiera pero que sea muy gracioso.
Estamos pintados y no sé por qué... Falta mi novio esa es verdad... Bueno... (Trata de reírse.) En mi
ya larga experiencia masculina... después de haber conocido caballeros de todos los pelajes, esta es
la primera vez que me deja plantada... Ja, ja... Compuesta y sin. novio, ¿no? La verdad es que no sé
como lo puedo digerir... Anda Stanley, cuenta algo que cambie este ambiente.
STANLEY.—A tí no te gustan mis chistes, Blanche.
BLANCHE.—Te equivocas, me gustan cuando son graciosos, pero no cuando son obscenos.
STANLEY.—No recuerdo ninguno que te pueda gustar.
BLANCHE.—Entonces, a ver si yo me acuerdo...
STELLA—Sí, Blanche. Cuéntanos uno de tu cosecha. Los tenías muy buenos. (La música se
apaga lentamente.)
BLANCHE.—Déjame ver... Sí, yo tenía un buen repertorio... Por ejemplo, de loros... ¿No os
gustan los cuentos de loros?... Pues el del loro y la solterona. El loro de aquella pobre mujer hablaba
peor que aquí el caballero Kowalski... No, no le va a gustar al Caballero.
STANLEY.—Ya veremos.
BLANCHE.—Bueno... La única forma de callar al loro era ponerle la cubierta a la jaula para que se
creyese que era de noche y se durmiese... Así que una mañana, apenas la buena solterona había
destapado al loro, cuando llegó el cura y la mujer asustada volvió a taparlo inmediatamente. El loro,
asombrado se quedó quieto pero apenas ella preguntó al párroco cuantos terrones le ponía en el
café, reaccionó el loro y rompió el silencio con un vozarrón... Dijo: «Joder, qué cortos se están
haciendo los días!
(BLANCHE se echa atrás en la silla y se ríe. STELLA sonríe haciendo un esfuerzo, STANLEY ni lo
intenta. Alarga su brazo por encima de la mesa, toma el trozo de carne que queda en el plato y se
lo come.) Mi chiste no le ha gustado al caballero.
STELLA.—El caballero no está para loros... Parece un cerdo... ¡Qué manera de comer!
STANLEY.—Tienes razón, cariño, tienes toda la razón.
STELLA.—Y tú tienes la boca y las manos manchadas de salsa... Anda a lavarte... Luego me
ayudarás a limpiar la mesa... (STANLEY tira su plato al suelo de un manotazo.)
STANLEY.—Seré a mi manera. (Sujeta un brazo de STELLA.) ¡Y no me vuelvas a hablar en este
tono! Cerdo... polaco... grasiento... sucio... ¡Ya me estoy hartando del vocabulario tuyo y de tu
hermana! ¿Pero de dónde demonios sacáis esas pretensiones? Os habéis creído dos reinas... Y en
esta casa lo que hay es un rey... Un rey que soy yo... que no se te olvide... (De otro manotazo tira su
plato y su taza de café.) Ya está limpio mi sitio... ¿Queréis que limpie el vuestro?
(STELLA se echa a llorar en silencio, STANLEY sale al porche y enciende un cigarrillo. Vuelve a
oírse la música de los negros del bar.)
BL ANCHE—¿Qué te dijo mientras yo me bañaba? ¿Qué te dijo ese bestia?
STELLA.—Nada.
BLANCHE.—Sí... Te ha dicho algo que tiene que ver con Mitch y conmigo... Tú lo sabes... tú
sabes por qué Mitch me ha dado plantón esta noche... lo sabes... Dímelo. ( STELLA hace un gesto
con la cabeza, negando.) Está bien... Ahora mismo lo llamo.
STELLA.—No, Blanche.
BI,ANCHE.—Sí.
STELLA.—(Asustada.) Es mejor que no llames, Blanche.
BLANCHE—Necesito una explicación. (BLANCHE va hacia el teléfono del dormitorio, STELLA
sale al exterior y busca los ojos de STANLEY que la rehuye y le da la espalda.)
STELLA.—Ya puedes estar contento con lo que has hecho. Esta ha sido la cena más amarga de mi
vida... No podía probar bocado viendo la silla vacía y la cara de mi hermana. (Llora
silenciosamente.)
BLANCHE.—(Llamando.) Oiga... con el señor Mitchell, por favor... ¡Ah! Sí, le dejo mi número...
Magnolia 90 47. Por favor, que me llame, que es muy importante... Sí, gracias.
(BLANCHE contempla el teléfono unos instantes. Se sienta perdida, STANLEY se vuelve despacio a
STELLA y la abraza.)
STANLEY.—Stella, cielo mío, ya se está acabando. En cuanto ella se marche y tú des a luz
volveremos a estar como siempre... No se te ha olvidado, ¿verdad? No se te han olvidado nuestras
noches de antes... haciendo todo el ruido que nos daba la gana y organizando nuestros fuegos
artificiales sin que la hermana de quien sea nos esté espiando detrás de las cortinas.
(En el piso de arriba se oyen unas carcajadas, STANLEY sonríe.)
Steve y Eunice...
STELLA.—Vamos a entrar.
(STELLA entra en la cocina y comienza a encender las velitas de la tarta.) ¡Blanche!
BLANCHE.—¿Qué quieres?
(BLANCHE deja el dormitorio y vuelve junto a su hermana en la cocina.)
¡Ah! Las velitas... No las malgastes. Déjame encenderlas. (Entra STANLEY)
BLANCHE.—Guárdalas para los cumpleaños de tu niño. Que la luz brille en su vida con la pureza
de unas velitas azules sobre el blanco azúcar...
STANLEY.—(Sentándose.) ¡Autentica poesía!
BLANCHE.—(Se queda silenciosa un momento.) Creo que no debí haberle llamado.
STELLA.—Puede haber sucedido cualquier cosa... Incluso una tontería, pero que...
BLANCHE.—No le busques excusas, hermanita. Ha sido un insulto y no tengo por qué tolerarlo...
No soy una pieza cobrada.
STANLEY.—Joder, aquí no hay quien pare con el vapor de ese puñetero cuarto de baño.
BLANCHE.—Ya te he dicho tres veces que me perdones... (Cesa el piano.) Tengo que tomar
baños muy calientes por los nervios. Hidroterapia... Tú como eres un polonés sanísimo y no tienes
nervios no sabes lo que es sentirse deprimido...
STANLEY.—No sé que es un polonés... Los de Polonia se llaman polacos... Y además yo soy cien
por cien americano, nacido aquí... criado aquí... en el país más grande del mundo... y muy contento
y muy orgulloso... así que por lo que a mí se refiere ya puedes dejar a Polonia en paz. (Suena el
teléfono, BLANCHE se incorpora.)
BLANCHE.—Eso es para mí... Estoy segura.
STANLEY.—Yo, no siéntate. (Va hacia el teléfono sin prisa.) ¿Diga?... Sí, soy yo. ¡Ah, hola
Mac! (STANI.F.Y clava una mirada desafiante a BLANCHE y se apoya displicentemente en la pared,
BLANCHE se derrumba en la silla, STELLA le toca con cariño el hombro.)
BLANCHE—¡No me toques, Stella! ¡Y dime que te pasa en vez de mirarme como un perro!
STANLEY.—(Gritando.) ¿Os queréis callar? Perdona, es que tenemos aquí a una histérica... Dime,
Mac... ¿Por qué en Riley? No, no estoy dispuesto a jugar a los bolos allí... Porque soy el capitán del
equipo... Iremos al Gala o al West Side... muy bien Mac. Luego nos vemos...
(STANLEY cuelga el teléfono y vuelve a la cocina, BLANCHE se bebe de golpe un vaso de agua,
tratando de dominar sus nervios, STANLEY, sin mirarla, busca en sus bolsillos con gesto y voz de
supuesta amabilidad.) Hermanita Blanche... ¡tu regalo de cumpleaños!
BLANCHE.—¿Por qué te has...? No esperaba nada, Stan... Nada... Ha sido Stella quien se ha
empeñado en celebrarlo... Yo no... No me gusta... Cumplir ya... veintisiete... bueno... a las mujeres
no nos gusta hablar de años.
STANLEY.—¿Has dicho veintisiete? (STANLEY ha encontrado un sobrecito que ofrece a BLAN-
CHE)
BLANCHE.—¿Qué es? ¿Qué es?
STANLEY.—Míralo a ver si te gusta.
BLANCHE.—Pero si... es un...
STANLEY.—Es un billete de vuelta a Laurel... Para el autobús del martes.
(Vuelve a oírse la Varsoviana, STELLA se incorpora con violencia y queda de espaldas,
BLANCHE, desconcertada, sonríe primero y trata de reír después. No lo consigue. Se levanta de la
mesa y corre al dormitorio como si se ahogase se lleva las manos a la garganta y entra preci-
pitadamente en el cuarto de baño. Se oyen sus jadeos.)
STELLA.—No debías haber hecho eso.
STANLEY.—Tampoco debía haber aguantado todo lo que he tenido que aguantar.
;
STELLA. —No se puede ser tan cruel con una persona indefensa.
STANLEY.—Tiene la piel demasiado fina.
STELLA.—Sí. Siempre la ha tenido. ¡Si la hubieses conocido cuando era más joven! ¡Era la
criatura más dulce, más inocente y más confiada del mundo! Cambió porque gentes como tú la
maltrataron y la hicieron daño.
(STANLEY, casi sin oiría, va al dormitorio. Se quita la camisa y se pone otra de seda brillante
para jugar a los bolos, STELLA lo ha seguido.) ¿Es qué te vas a ir a jugar a los bolos?
STANLEY.—Ahora mismo...
STELLA.—No... no te vas a ir... (Le sujeta de la camisa y la desgarra.) ¿Por qué la has hecho eso
a Blanche? ¿Por qué?
STANLEY.—Suéltame... Me has roto la camisa. Yo no le he hecho nada a nadie.
STELLA.—¿Por qué le has hecho eso? ¿Por qué?
STANLEY.—Cuando tú y yo nos conocimos me dijiste que era un mal educado. Y tenías razón,
amor mío. Era lo peor de lo peor. Un día me enseñaste la foto de vuestra casa... toda llena de
columnas... Pero ya... yo te saqué de entre las columnas y te enseñé a ser feliz... Y nos reímos... y
fuimos felices juntos hasta que apareció Blanche.
(STELLA tiene una pequeña contracción. De pronto parece como si se mirase por dentro, como si
alguien la llamase desde el interior. Echa a andar muy despacio, renqueando y vuelve a la cocina.
Se dobla apoyándose en el respaldo de una silla primero y luego sobre la mesa, sin miedo, pero con
la vista perdida, STANLEY luchando con la camisa, no se ha dado cuenta de nada.) Un imbécil, un
petulante, que me ha llamado hasta orangután.
(De pronto se da cuenta de la situación de STELLA) ¿Qué te pasa, Stella? ¿Qué tienes? (Corre
junto a su mujer.)
STELLA.—(Bajo.) El hospital... Llévame al hospital. (STANLEY sostiene a STELLA con sus
brazos y murmura algo a su oído mientras salen de la casa.)
OSCURO
ESCENA NOVENA

(Un poco más tarde, en la misma noche, BLANCHE. acobardada y nerviosa, está sentada en el
dormitorio en una silla que ha intentado medio tapizar con una tela rayada verde y blanca. Lleva
su bata de satín roja. En una mesita auxiliar tiene un vaso y una botella de whisky. Se oye el rápido
tema de la polca de Varsovia. La música la afecta. Bebe como si quisiera no oírla. Frente a ella ha
dispuesto un ventilador de los que giran, MITCH dobla la esquina en traje de trabajo: camisa y
pantalón azules. Está sin afeitar. Sube los escalones del porche y llama a la puerta.)
BI ANCHE—¿Quién es?
MITCH.—(Ronco.) Mitch... (Cesa la música.)
BLANCHE.—¡Ah, Mitch!... Voy enseguida. (BLANCHE esconde de prisa la botella. Se mira al
espejo y se da velozmente polvos y colores. Respira muy fuerte. Corre enloquecida y abre la puerta
de la cocina.) ¡Mitch!... ¿Sabes? No sé si dejarte entrar después de lo de esta noche... No lo sé... Eso
no lo hace un caballero. Pero, en fin, buenas noches, guapo, buenas noches...
(Se ofrece para que la bese pero MITCH la ignora, le hace un lado y entra en la casa. El rostro de
BLANCHE revela el pánico mientras MITCH entra en el dormitorio.) ¡Mira, mira que témpano! Vaya
aspecto... ¡Y sin afeitar, la peor ofensa que se le puede hacer a una dama!
Pero yo te perdono... Te perdono porque solo con verte ya me siento mejor... Entras y... ya he
dejado de oír esa maldita polca que está todo el día resonando en mi cabeza... ¿A tí no te ha pasado
nunca? Oír una cosa... una música... una frase que te da vueltas y más vueltas en el cerebro sin
quererse marchar... No, claro... a los angelotes no se les mete nada en la cabeza...
(BLANCHE habla y habla siguiendo a MITCH que la mira sin contestar. Está bebido.)
MITCH.—¿Es muy necesario este ventilador?
BLANCHE.—No.
MITCH.—Odio los ventiladores.
BLANCHE.—Pues lo paramos, cielo, lo paramos... A mí tampoco me gustan.
(Acciona el interruptor y el ventilador se detiene poco a poco, BLANCHE carraspea nerviosa y
MITCH se tumba en la cama del dormitorio y enciende un cigarrillo.)
Te buscaré algo de beber, si es que queda... No... no lo sé.
MITCH.—No quiero beber whisky de Stanley.
BLANCHE.—No es suyo... No todo lo que hay aquí es suyo... También habrá algo mío, digo yo...
¿Y tu madre? ¿Está mal?
MITCH.—No. ¿Por qué?
BLANCHE.—Porque te pasa algo... Pero, bueno... «No interrogaré al testigo»... Y disimularé
como pueda...
(Se lleva las manos a la frente. Vuelve a oírse la polca.)
Como si no hubiese notado en tí nada raro... Ya estoy volviendo a oír esa maldita música.
MITCH.—¿Qué dices?
BLANCHE.—La polca... la «Varsoviana»... lo que estaban tocando aquella noche cuando Alian...
¡Espera un momento!
(Se oye, lejos un disparo y BLANCHE parece respirar mejor.)
¡Ya! Después del disparo la música se interrumpe siempre...
(Cesa la polca.)
MITCH.—¿Estás bien?
BLANCHE.—No. Por eso voy a ver si hay aquí algo de... (Finge buscar algo de beber en el
armario.) ¡Ah, y... perdóname por recibirte así...! ¡Te había dado por desaparecido! ¿Se te olvidó
que te habíamos invitado a cenar?
MITCH.—No quería volver a verte.
BLANCHE.—Un momento, por favor... Hablas tan poco y te oigo tan mal que no quiero perderme
ni una sola de tus palabras... Vamos a ver... ¿Qué es lo que estaba buscando?... El whisky, eso es...
Ha sido una noche tan agitada que estoy como tonta... (Simula encontrar la botella, MITCH coloca
los pies encima de la cama y la mira despectivamente.) ¡Aquí! ¿Qué es esto? «Southern Confort»...
MITCH.—Si no es tuya, será una botella de Stan...
BLANCHE.—Levanta esos pies... ¿No ves que esa colcha es muy clara y la vas a manchar? Los
hombres no os fijáis en esas cosas, ya lo sé... pero he conseguido cambiar un poco esta casa... Desde
que llegué...
MITCH.—Eso es cierto.
BLANCHE.—Sí, es cierto, tú la conocías de antes... Pues mírala bien... Ahora este cuarto tiene una
atmósfera más... más delicada, más... El ambiente que a mí me gusta... ¿Esto se toma solo? ¡Uf! ¡Es
dulcísimo!... ¡Uf! Es una especie de anís... (ymen rezonga.) Pruébalo... Aunque me parece que no te
va a gustar.
MITCH.—No quiero las bebidas de Stan... Ya te lo he dicho... Luego dice que has estado todo el
verano saqueando su bar...
BLANCHE.—¡Qué imaginación! Fantástico que lo diga y fantástico que tú te atrevas a
repetírmelo... Pues, no. ¡No me rebajaré para contestar cosas tan estúpidas!
MITCH.—Ya...
BLANCHE.—¿Qué piensas? No me gustan tus ojos...
MITCH—(Incorporándose.) Esto está muy oscuro.
BLANCHE.—A mí me gusta así... La penumbra me tranquiliza.
MITCH.—Creo que no te he visto nunca en plena luz... (BLANCHE intenta una risita.) No,
nunca...
BI.ANCHE.—La culpa no es mía.
MITCH.—No hay quien te haga salir de día.
BLANCHE.—Porque tú estás en el trabajo.
MITCH.—Los domingos, no... Todos los domingos que te he pedido que saliésemos me has
puesto algún pretexto... Nunca he podido sacarte de casa antes de las seis y aún entonces hemos ido
a sitios con poca luz...
BLANCHE.—Parece cosa de misterio, ¿no?
MICHT.—Parece que no te he visto nunca como debe ser, Blanche...
BLANCHE.—¿Qué quieres decir?
MITCH.—Que enciendas...
BLANCHE—{Aterrada.) ¿Por qué?
MITCH.—Enciende esa lámpara.
(Arranca de un tirón la pantallita de papel de la lámpara, BLANCHE da un grito.)
BLANCHE.—¿Qué haces?
MITCH.—Quiero verte de verdad...
BLANCHE.—Me estás insultando.
MITCH.—Estoy tratando de ser realista.
BLANCHE.—No me gusta el realismo.
MITCH.—Ya lo supongo.
BLANCHE.—Me gusta el misterio... me gusta la magia... Y eso es lo que quiero que la gente
reciba de mí... Pura magia...Cosas que no son lo que parecen... Yo no digo verdades... Digo cosas
que debieran ser verdad... ¡Y si eso es malo pues al infierno conmigo! ¡No toques esa luz!
(Pero MITCH se acerca a la lámpara, enciende y mira con atención a BLANCHE. BLANCHE se echa
a llorar y se tapa la cara con las manos, MITCH apaga la lámpara.)
MITCH.—(Despacio.) No me importa que seas mucho mayor de lo que creía... Es lo otro... Ese
cuento fantástico de tus ideales y todas esas memeces que me has contado este verano... Claro que
yo sabía que tenías más de quince años... Lo estúpido fue creerme que eras una mujer decente.
BLANCHE.—¿Y quién te ha dicho lo contrario? Mi querido cuñado... Y tú le has hecho caso a él...
MITCH.—Yo le llamé mentiroso antes de saber la verdad... Primero hablé con ese amigo
nuestro... el proveedor que va y viene a Laurel.... Y luego tuve una conversación con el otro... con el
comerciante.
BLANCHE.—No sé quién es...
MITCH.—Kilfaber...
BLANCHE.—Ah, Kilfaber... el de Laurel... Sí, sí, lo conozco... Me silbó un día, cuando pasaba y
lo puse en su sitio... Desde entonces se venga contando no sé qué cosas atroces de mí...
MITCH.—Kilfeber, Stanley y Shaw... Tres personas me han jurado que todo lo que dicen en
verdad.
BLANCHE.—Les preguntas de tres en tres...
MITCH.—¿No estuviste nunca en un hotel llamado «Flamingo»?
BLANCHE.—¡En el «Tarántula»! ¡Ahí es donde estuve! ¡En el «Tarántula»!
MITCH.—(Desconcertado.) ¿El «Tarántula»?
BLANCHE.—Sí... la tarántula, la araña gigante... Ahí arrastraba yo a mis víctimas...
(BLANCHEvuelve a llenar su vaso.) Cuando se mató Alian... yo no pude... no pude tranquilizar mi
corazón seco más que de una manera... Tenía miedo... pánico... un pánico que me arrastraba aquí y
allí... de uno a otro... buscando protección y ayuda donde podía... en cualquier lugar, sien
cualquiera. Alguien me denunció a la dirección... «La falta de moral de esa mujer la incapacita para
dar clases».
(Con una risa mezclada de sollozos, convulsa, descompuesta, echa atrás la cabeza, se repite, se
confunde y bebe de nuevo.) Supongo que tenían razón... Falta de moral... Sí... Y por eso huí y por
eso me vine a esta casa... ¿Dónde iba a ir? Estaba quemada... ¿Sabes lo que eso quiere decir? Mi
juventud, de pronto, ardió... desapareció... pero entonces te conocí... Me dijiste que necesitabas a
alguien a tu lado... como yo... Y entonces recé porque nos habíamos encontrado... porque parecías
bueno... porque eras un refugio donde esconderme de la ruindad del mundo... Cuando no se tiene
nada el sueño no es más que... la paz... Por lo visto he soñado demasiado... El cometa no puede
volar... Stanley, Shaw y Kilfebel le han atrapado por la cola... (Pausa, MITCH la mira sin saber que
decir.)
MITCH.—No me dijiste más que mentiras, Blanche.
BLANCHE.—Cállate.
MITCH.—Mentiras y más que mentiras y más mentiras. Mentiras por fuera y mentiras por dentro.
BLANCHE.—No, por dentro, no... Mi corazón te ha dicho toda la verdad.
(Una Vendedora mejicana da la vuelta a la esquina. Es ciega. Llega un manto oscuro. Ofrece
esas flores de hojalata brillante que las clases populares de México utilizan en algunas fiestas. Va
pregonando a media voz. Apenas se la adivina en el exterior del edificio.)
MUJER MEJICANA.—Flores. Flores. Flores para los muertos. Flores. Flores.
BLANCHE.—¿Qué? ¿Quién hay ahí? f BLANCHE corre a la puerta, abre y mira a la Vendedora
que le ofrece unas flores.)
MUJER MEJICANA.—¿Flores? ¿Flores para los muertos?
BLANCHE.—(Temblando.) ¡No, no!... ¡Ahora, no! ¡Ahora, no!
(Vuelve a entrar en la casa y cierra la puerta de golpe. La MEJICANA da media vuelta y prosigue
su camino.)
MUJER MEJICANA.—¡Flores para los muertos!
(Vuelve a oírse la polca.)
BLANCHE.—(Para sí.) Muerte... desolación... y lágrimas... Muchas lágrimas... Si haces esto te
costará aquello...
MUJER MEJICANA.—¡Coronas para los muertos! ¡Coronas!
BLANCHE.—¡Legados!...Y almohadas, muchas almohadas manchadas de sangre... «Hay que
cambiarle la ropa de la cama»... «Sí, mamá» .«¿Sí, mamá!»... No... no era posible nada era posible
menos...
MUJER MEJICANA.—¡Flores!
BLANCHE.—...menos morirse... Yo me sentaba aquí y ella allí... Tenía la muerte tan cerca como
te tengo a tí ahora... ¡Pero no se podía decir!
MUJER MEJICANA.—Flores para los muertos... Flores... flores...
BLANCHE.—¿Comprendes ahora? El deseo es lo contrario de la muerte... ¿Pero cómo es posible
que no lo entiendas? Cerca de Belle-Reve había un campo de entrenamiento del ejército... La noche
del sábado los soldados bajaban a la ciudad y se emborrachaban...
MUJER MEJICANA.—(Bajo.) Flores...
BLANCHE—... y al volver a su cuartel pasaban por mi jardín y me llamaban: «Blanche!
¡Blanche!»... Aquella pobre vieja sorda no podía oír nada... Y entonces yo salía para buscar a
quienes me llamaban... Era un campo cubierto de margaritas... (La MUJER MEJICANA vuelve a pasar
y se aleja repitiendo sus gritos funerarios, BLANCHE se inclina sobre el aparador. Pausa, MITCH se
levanta y va hacia ella. Deja de oírse la polca, MITCH toma a BLANCHE por la cintura y trata de
abrazarla.)
BLANCHE.—¿Qué quieres ahora, Mitch?
MITCH.—Lo mismo que he querido todo el verano.
BLANCHE.—Cásate conmigo.
MITCH.—NO.
BLANCHE.—¿Por qué?
MITCH.—Estás demasiado sucia para que te lleve a casa con mi madre.
BLANCHE.—¡Entonces, márchate! (MITCH la mira sin pestañear.) Sal de aquí ahora mismo o
empiezo a pedir auxilio... (El llanto no deja continuar a BLANCHE,) ¡Sal inmediatamente o grito!
(MITCH continúa mirándola, BLANCHE corre hacia el ventanal por el que entra la luz suave de
una noche de verano y grita con fuerza.) ¡Socorro! ¡Fuego!... ¡Fuego!
(Con un gemido MITCH sale corriendo de la casa, tropieza en los escalones y desaparece a la
carrera, doblando la esquina. Temblando, a punto de derrumbarse, BLANCHE abandona la ventana
y cae al suelo de rodillas. Vuelve muy triste y muy lento el sonido lejano del piano.)
OSCURO
ESCENA DECIMA

(La misma noche, pocas horas después, BLANCHE ha continuado bebiendo desde que se fue
MITCH Ha llevado su baúl hasta el cuarto del dormitorio. Está totalmente abierto y se ven algunos
vestidos con flores. La bebida y el trabajo de hacer el equipaje la han producido una especie de
alegría histérica. Se ha puesto un traje de noche de seda blanca, más bien un poco sucio y calza
mediocres zapatillas de tacón alto. Ahora está ante el espejo y se coloca en la cabeza una tiara
barata mientras habla muy exaltada como si estuviese rodeada de admiradores espectrales.)

• • •

BLANCHE—¿No os parece buena idea que nos demos un baño ahora mismo y nademos ahí entre
las rocas a la luz de la luna? Bueno, si es que queda alguien capaz de conducir... Ja, ja... No se ha
inventado nada mejor para despejar la cabeza... Solo hay que tener cuidado para no darse con las
piedras... Si te das con una roca no vuelves a la superficie hasta las veinticuatro horas... (Con mano
temblona levanta el espejo de mano y se mira cuidadosamente. Aguanta la respiración y luego
rompe el espejo al dejarlo con fuerza sobre la mesa. Gime. Hace un esfuerzo para levantarse,
STANLEY dobla la esquina. Aún lleva puesta la camisa verde brillante del equipo de bolos. Vuelve
la música de la lejana sala de fiestas y continúa oyéndose en sordina durante toda la escena.
STANLEY entra en la casa y cierra de un golpe la puerta de la cocina. Silba bajito al descubrir a
BLANCHE. Tiene unas copas de más. Trae unos botellines de cerveza.)
BLANCHE.—¿Cómo has dejado a mi hermana?
STANLEY.—Estupendamente.
BLANCHE—¿Y el niño?
STANLEY—(Sonriente.) No llegará hasta mañana por la mañana. Me han ordenado que venga a
casa y que me acueste un rato.
BLANCHE.—Así que estamos solitos...
STANLEY.—Solitos, Blanche... Digo, si es que no has escondido a alguien debajo de la cama...
¿Para quién te has puesto tan elegante?
BLANCHE.—¿Elegante? ¡Ah, sí!... Es que el telegrama llegó después que tú te fuiste.
STANLEY.—¿Qué telegrama?
BLANCHE.—Un viejo admirador...
STANLEY.—¿Y...? ¿Alguna noticia agradable?
BLANCHE.—Una invitación...
STANLEY.—¿Para el baile del pueblo? (BLANCHE sacude orgullosamente la cabeza.)
BLANCHE—Un crucero en su yate por el Caribe.
STANLEY.—Eso está bien.
BLANCHE.—La verdad es que no me lo esperaba...
STANLEY.—Te creo.
BLANCHE.—Un destello en el mar...
STANLEY.—¿Y de quién me has dicho que es?
BLANCHE.—De un viejo pretendiente.
STANLEY.—¿El del abrigo de zorros?
BLANCHE.—Shep Huntleigh. Yo fui su mascota en el colegio... No lo había vuelto a ver hasta
estas Navidades. Nos encontramos en el bulevard Byscaine... Y ahora, justo ahora, me invita a un
crucero... El problema es mi guardarropa... No sé que ponerme para... un barco y... el trópico...
STANLEY.—Y te has decidido por una tiara de brillantes.
BLANCHE.—¿Esto? No, hombre. Ja, ja, ja... Esto es bisutería barata.
STANLEY.—¡Qué bruto soy! Creí que era una joya auténtica... comprada en Nueva York...
(STANLEY comienza a soltarse los botones de la camisa.)
BLANCHE.—Bueno, el caso es que se trata de una invitación por todo lo alto.
STANLEY.—La vida está llena de sorpresas.
BLANCHE.—Y cuando empezaba a dudar de mi buena suerte...
STANLEY.—¡Plaf! Un multimillonario de Miami.
BLANCHE.—De Dallas. Donde el dinero nace en mitad de la calle.
STANLEY.—Bueno lo importante es que sea algún sitio concreto... ('STANLEY comienza a quitarse
la camisa.)
BLANCHE.—Si te vas a desnudar, haz el favor de correr la cortina.
STANLEY—(Cordial.) Por ahora solo voy a quitarme la camisa. (Prepara una botella de cerveza.)
¿Sabes dónde hay un abridor de botellas?
(BLANCHE, despacio, va hacia el armario. Se queda ante él con las manos entrecogidas.) Yo
tuve un primo que las abría con los dientes... (Golpea la botella contra el filo de la mesa.) Era lo
único que sabía hacer en la vida... Y un día, en una fiesta, la botella fue más fuerte y le arrancó
todos los dientes de golpe... Desde entonces resultó imposible echarle la vista encima...
(Consigue abrir la botella y salta un surtidor de espuma. STANLEY. contentísimo, se ríe, levanta
la botella y se la brinda a BLANCHE.)
Ja, ja... ¿Qué? ¿Firmamos la paz y nos la bebemos juntos?
BLANCHE.—No, Stanley.,. Gracias...
STANLEY.—Esta es una noche grande... A tí te espera un viejo y a mí un niño... Eso hay que
celebrarlo. (STANLEY va hacia el dormitorio, se inclina, busca en un cajón del tocador y saca
algo.)
BLANCHE.—(Retrocediendo.) ¿Qué haces?
STANLEY.—Buscar una cosa que siempre me trae suerte... El pijama que me puse el día que me
casé... Cuando me llamen y me digan: «Eh, que tiene usted un hijo» lo romperé para hacer una
bandera. Me parece que hoy vamos a poder presumir los dos. (STANLEY con el pijama al brazo,
vuelve a la cocina.)
BLANCHE.—Tengo ganas de llorar... ¡Independiente, independiente otra vez!... ¡Soy
independiente!
STANLEY.—Al servicio de un millonario de Dallas.
BLANCHE.—Eres un miserable mal pensado. Shep es un señor... y siente muchísimo respeto por
mí. (Comienza a improvisar, nerviosísima.) Pero necesita mi compañía... Hay en el mundo mucha
gente rica que se siente muy sola... Una mujer inteligente, una mujer culta, enriquece enormemente
la vida de un hombre... Yo puedo ofrecer todo eso sin perder nada de mí misma... La belleza pasa
enseguida... es un atractivo perecedero... Pero la belleza intelectual, la del espíritu, la del corazón...
la belleza que yo poseo, no solo no se desvanece sino que aumenta día tras día... Soy más hermosa
cada año que pasa... ¿Por qué tiene nadie que decir que soy una pobre mujer si mi corazón está car-
gado de tesoros?... (No puede contener un gemido.) ¡Soy rica, soy rica, soy rica! He sido una
estúpida echando margaritas a los puercos...
STANLEY.—Nada menos que puercos, ¿eh?
BLANCHE.—Sí, sí, sí... ¡Puercos! Y no me refiero solo a tí... Me refiero muy en especial a tu
amigo el señor Mitchell... Vino esta noche, ¿sabes?... ¡Tuvo todo el descaro de presentarse aquí sin
vestir! ¡Cómo si fuese a la fábrica!... ¡Me repitió todas las ordinarieces que tú le habías contado! No
tuve más remedio que largarle...
STANLEY.—¿Tú... lo largaste?
BLANCHE.—Y volvió a pedir perdón con un ramo de rosas... «Perdón... perdón», decía... Hay
cosas en el mundo que no tienen perdón... Y una de ellas es la crueldad... La crueldad, no... la
crueldad, creo yo, no se puede perdonar y yo no la he perdonado nunca. Se lo dije, ¿sabes?... Le di
las gracias, pero ya sabía que fue una estupidez pensar que dos personas tan... tan distintas... dos
vidas tan diferentes como las nuestras hubiesen podido unirse... ¡Qué locura! Venimos de ambientes
incompatibles... Hay que tener sentido común... Ser muy realista... Así que «buen viaje, señor
Mitchell»... Procura no odiarme.
STANLEY.—Y... todo ese discurso... ¿se lo soltaste cuando ya habías recibido el telegrama del
millonario de Tejas o... fue antes?
BLANCHE.—¿De qué telegrama estás hablando? Después, fue después... No... El telegrama llegó
cuando...
STANLEY.—El telegrama no ha llegado nunca.
BLANCHE—¿Qué?
STANLEY.—No hay ningún millonario... no hay ningún yate... no hay ningún crucero... Y Mitch
no volvió a verte con ningún ramo de rosas...
BLANCHE.—¿Qué?
STANLEY—La única verdad de todo esto es tu puñetera imaginación... con todas tus mentiras... tu
vanidad... y tus fraudes...
BLANCHE.—¡Aaaaah!
STANLEY.—¡Pero, mírate de una vez en serio! ¡Mírate con esa mierda de traje viejo alquilado en
una tienda de disfraces!... ¡Esa corona ridícula!... Una reina... ¿Reina de dónde?
BLANCHE.—¡Dios mío, ayúdame!
STANLEY—¡A mí no me has engañado ni un segundo! ¡Yo te vi venir desde el primer día!...
Llegas... lo empolvas todo... echas un poco de perfume... le pones una pantallita a la luz... y ya
está... esta casa es un palacio egipcio y tú la mismísima Reina del Nilo... Cleopatra en su trono
bebiéndose mi whisky. ¿Sabes lo que me pareces?. Una risa... Una risa... Ja, ja, ja. ('STANLEY entra
en el dormitorio.)
BLANCHE.—¡No entres! ¡No entres aquí! (Unos reflejos horribles aparecen en las paredes y
rodean a BLANCHF Se trata de perfiles y formas grotescas e intimidantes, BLANCHF. tratando de
contener su agitada respiración, va hacia el teléfono y golpea nerviosamente el gancho, STANLEY
se encierra en el cuarto de baño.)
¡Operadora! ¡Operadora!... ¡Con la interurbana, por favor!... Póngame con Shep Huntleigh, en
Dallas... No, no lo sé, pero es una persona muy conocida... Tampoco sé su dirección... ¡Pues
pregúntele a quien sea!... No, por favor, espere... No, claro que no puedo encontrarlo... ¡Pero, espere
un momento! ¡Por favor, no cuelgue!
(Deja el teléfono sin colgar y va hacia la cocina. La noche se llena de murmullos inhumanos
como los de una jungla. Los horribles reflejos y las sombras grotescas tiemblan y se retuercen
sobre las paredes. La pared trasera de las habitaciones se vuelve transparente descubriendo la
acera de la calle. Una prostituta derriba a un borracho y le roba. El hombre se incorpora, corre, la
alcanza y lucha con ella. Silba un policía y todos desaparecen.
Momentos después dobla la esquina la MUJER NEGRA. Trae el bolso que ha tirado al suelo la
prostituta y busca en él afanosamente, BLANCHF. por su parte, se lleva las manos a la boca y
regresa despacio junto al teléfono. Su voz es baja y enronquecida.)
¡Operadora!... No, no quiero la interurbana. Déme el servicio telegráfico... No, no puedo ir...
Gracias... ¿Telégrafos? Sí, se lo dicto... «Me encuentro en circustancias desesperadas...
desesperadas... Por favor, ayúdame... He caído en una trampa... He caído en...» ¡Ay!...
(STANLEY abre la puerta del baño y sale. Lleva el pijama de seda. Sonríe cortésmente a
BLANCHE mientras se anuda el cinturón. BLANCHE se ha asustado. Sin poder evitar el grito se
separa del teléfono. El la mira fijamente, diez segundos. Se oye al fin el ruidito del teléfono que da
la señal de comunicar.)
STANLEY—¡No dejes el teléfono descolgado! (Va hacia el teléfono con decisión y lo cuelga en
el gancho. Se vuelve, mira a BLANCHF. sonríe mefistofélicamente y haciendo eses se va hacia la
puerta de la calle. El piano que casi no se oía aumenta su intensidad. El sonido es apagado por el
bramido de un tren que se acerca, BI.ANCHF. se acurruca tapándose los oídos y espera que cese el
ruido. AI fin se incorpora.)
BI.ANCHF..—¡Déjeme! ¡Déjeme salir!
STANLFY.—¿A la calle?... Pues, claro... La puerta está abierta...
(STANLFY retrocede y queda en medio de la puerta abierta.)
BI.ANCHF.—¡Quítese de ahí!
STANLEY.—Sobra sitio.
BI.ANCHF.—¡No, no sobra!... No puedo pasar... ¡Y tengo que salir a la calle!
STANLEY.—Ahora resulta que no la dejo salir... Ja, ja, ja. (El piano se oye otra vez muy
suavemente, BLANCHF. confundida, se vuelve con un gesto de desesperación. Suben fortísimo los
gritos de la jungla, STANLFY se muerde la lengua y da un paso para acercarse a BI.ANCHE)
¡Que soy yo quien no le deja que se marche! (Se ríe.) ¡Pobrecita!... Bueno... a lo mejor... no sería
una mala idea.... (BLANCH, asustada, se refugia en la alcoba.)
BLANCHE.—¡Quieto!.... ¡Quieto o...!
STANLFY.—¿Quieto o qué?
BI.ANCHF.—Sucederá una catástrofe... Sí... una catástrofe...
STANLEY.—¿Qué es eso? ¿Otra fantasía? (Ya están los dos en el dormitorio.)
BLANCHF—¡No se acerque a mí!... ¡No se acerque! ¡Puedo ser una fiera!
(STANLFY continua acercándose a BLANCHF. BLANCHE rompe un casco de botella sobre la
mesa y le hace frente con el trozo de cristal roto en la mano.)
STANLEY.—¿Y éso por qué? ¿Y para qué?
BIANCHE.—Para rasgarle la cara....
STANLEY.—Hace falta mucho valor...
BIANCHE.—Eso me sobra...
STANIEY.—Muy bien... La señorita quiere pelea... Pues tendrá pelea...
(STANLEY da la vuelta y sujeta a BLANCHE que se debate y grita amenazante. Finalmente,
STANLEY la agarra de la muñeca y se la retuerce.)
¡Vamos, tigresa!... ¡Suelta eso! Así... así debíamos haber empezado el día que viniste...
(BLANCH grita y deja caer el trozo de botella. Luego cae de rodillas delante de STANLEY. Se
derrumba desmayada, STANLEY la toma en brazos y la lleva a la cama. El piano, la batería y una
trompeta llegan con fuerza desde el bar.)
OSCURO
ESCENA UNDÉCIMA

(Unas semanas más tarde. STELLA prepara el equipaje de BLANCHE. Corre el agua en el cuarto
de baño. Las cortinas están medio abiertas. Ante la mesa de poker se sientan STANLEY. PABLO,
MITCH Y STEVE La atmósfera tensa y agria, se parece a la de la partida anterior. El edificio está
siluetado contra un cielo color turquesa. STELLA está llorando mientras guarda en el baúl los flo-
reados vestidos de su hermana.
EUNICE sale de su piso, baja las escaleras y entra en la cocina. La mesa de poker está muy
animada.)
STANLEY.—Fui con la cara... Fui con la cara pero la ligué.
PABLO.—¡Maldita sea tu suerte!
STANLEY.—Mi suerte... ¿Sabes lo que es la suerte?... Pues creérselo... nada más que eso...
creérselo... Acuérdate de lo de Salerno... Que yo creía en mi suerte... Que yo creía que de cinco
valía uno y que ese uno era yo... Y por eso volví... Es una ley de vida... Para ganar te tienes que
creer que vas a ganar.
MITCH.—Un farol detrás de otro... Vives del farol. Eso es lo que te pasa... (STELLA entra en el
dormitorio y recoge unos vestidos.)
STANLEY.—Y a tí... ¿Qué te pasa a tí? (EUNICE rodea la mesa de los jugadores.)
EUNICE.—Siempre he dicho que los hombres no tienen sentimientos... Ni sufren ni sienten ni
padecen... pero lo vuestro ya es demasiado... Sois unos bestias...
(EUNICE entra en el dormitorio.)
STANLEY.—¿Qué bicho le ha picado?
STELLA.—¿Cómo está mi niño?
EUNICE.—Duerme como un ángel. Te he traído unas uvas... (Las coloca en un taburete. Baja la
voz.) ¿Y Blanche?
STELLA.—En el baño.
EUNICE.—¿Cómo va?
STELLA.—Sin comer... Pero me pidió una copa.
EUNICE.—¿Cómo se lo has dicho?
STELLA.—Le he dicho qué... hemos hecho un arreglo para que pueda descansar una temporada
en el campo... Su cabeza lo ha relacionado otra vez con Shep Huntleigh.
(BLANCHE entreabre la puerta del cuarto de baño.)
BLANCHE.—¡Stella!
STELLA.—Dime...
BLANCHE.—Si llama alguien mientras me baño que te deje su número y yo lo llamaré en cuanto
salga.
STELLA.—Sí, Blanche.
BLANCHE.—Me parece que ese vestido amarillo está muy arrugado... Si puedo me lo pondré con
la turquesa de plata que es un alfiler con un caballito... Está en esa cajita de corazón donde tengo
mis cosas... A ver si encuentras también unas violetas artificiales, y me las pongo con la turquesa...
(BLANCHE cierra la puerta, EUNICE y STELLA se miran.)
STELLA.—No sé si lo estoy llevando bien o mal.
EUNICE.—No puedes hacer otra cosa.
STELLA.—Si la hago caso... si la creo... no podía seguir aquí... con Stanley.
EUNICE.—Entonces no la creas. Es tu vida... tu vida y no la suya... la que tiene que seguir
adelante.
(Se entreabre la puerta del cuarto de baño.)
BLANCHE.—¿Hay peligro?
STELLA-No, Blanche... (STELLA habla bajo a EUNICE) Dile que tiene muy buen aspecto.
BLANCHE.—Por favor, las cortinas...
STELLA.—Sal tranquila. Están corridas.
STANLEY.—¿Cartas?
PABLO.—DOS.
STEVE.—Tres.
(BLANCHE sale a la luz ámbar de la habitación. Su bata de seda roja, que moldea las líneas del
cuerpo, tiene reflejos trágicos. Cuando avanza entrando en el dormitorio se perciben claramente
las notas de la «Varsoviana», BLANCHE habla con rapidez casi histérica.)
BLANCHE.—Me estaba lavando el pelo.
STELLA.—Se te nota.
BLANCHE.—Pero no sé que tal me lo habré enjuagado.
EUNICE.—Está precioso... ¡Como es tan fino!
BLANCHE.—(Natural.) Sí, pero tengo que cuidarlo mucho. ¿Me han llamado?
STELLA.—¿Quién?
BLANCHE.—Shep... Shep Huntleigh...
STELLA—No, cielo, todavía no.
BLANCHE.—¡Qué raro!... Tenía que... (MITCH deja caer sobre la mesa la mano con que sostiene
las cartas al oír la voz de BLANCHE. SU mirada se extravía hasta que STANLEY le toca en el
hombro.)
STANLEY.—¡No te duermas, Mitch, que estamos jugando! (Ahora es la voz de STANLEY la que
sacude a BLANCHE. Casi murmura el nombre de STANLEY mientras trata de controlarse, STELLA
hace un gesto y separa la vista de su hermana, BLANCHE. perpleja, vacilante, con el espejo de plata
en la mano, se queda inmóvil en silencio, reflexionando. Cuando se decide a hablar no puede
ocultar sus nervios.)
BLANCHE.—¿Qué pasa?
(BLANCHE mira a STELLA. luego a EUNICE y de nuevo a STELLA. Sin darse cuenta levanta el tono
de voz que llega a la mesa de juego donde MITCH hunde la cabeza entre los hombros y STANLEY. al
contrario, mueve su asiento como si fuese a incorporarse, STEVE lo evita sujetándole ligeramente
de un brazo.)
¿Qué ha pasado? Dime que está pasando aquí.
STELLA.—(Asustada.) ¡Sch... sch...!
EUNICE.—Calla, cielo, calla.
BLANCHE—Pero ¿por qué?... ¿Qué estáis mirando? ¿Estoy mal?
EUNICE.—Estás muy bien, Blanche... ¿Verdad, Stella?
STELLA.—Está maravillosa.
EUNICE.—Me han dicho que te vas de viaje.
STELLA.—Sí... Nos deja. Se va de vacaciones.
EUNICE.—Estoy verde de pura envidia...
BLANCHE.—Echadme una mano... Tengo que acabar de vestirme...
(STELLA le pasa el vestido.)
STELLA.—¿Te vas a poner éste?
BLANCHE.—Sí. Este me va muy bien... Estoy deseando perder de vista esta casa... Me siento
atrapada.
EUNICE.—Esa chaqueta es maravillosa... ¡Qué azul!
STELLA.—Es malva...
BLANCHE.—No, no... Es azul Della Robbia... El color de la Virgen en los cuadros clásicos...
¿Están limpias estas uvas?
(Juguetea con el racimo de uvas, regalo de EUNICE.)
EUNICE.—¿Las uvas?
BI.ANCHE—-Sí. ¿Las has lavado?
EUNICE.—Las compré en el supermercado francés.
BLANCHE.—Lo cual no quiere decir que estén limpias.
(Suena una campana.)
...La campana de la Catedral... Lo único decente que hay en este barrio... Bueno... ya estoy lista...
Llegó la hora de irse...
EUNICE.—(Bajo.) Todavía no han venido...
STELLA.—Tienes tiempo, Blanche.
BLANCHE.—No quiero ver a esos hombres.
EUNICE.—Por eso... Espera un poco... Ya están acabando.
STELLA.—Sí... Siéntate aquí y...
(BLANCHE duda, pierde su fuerza y se sienta.)
BLANCHE.—Noto la brisa del mar... Quiero pasarme en el mar todo lo que me quede de vida...
Quiero morirme en el mar... ¿Y sabes cómo me quiero morir? Pues envenenada por una uva sin
lavar y en mitad del Océano... (Arranca una uva del racimo y se la come.) Una muerte muy bonita...
De la mano del médico del barco que será joven... y guapo... y tendrá un bigote rubio y un gran reloj
de plata... «La quinina no le ha hecho ningún efecto... ¡Pobre muchacha!... ¡Pobre muchacha!»,
dirá... «Unas uvas sin lavar se la han llevado al cielo».
(Se oyen nuevamente las campanas de la Catedral.) Luego, un saco limpio y blanquísimo
resbalando por la borda... y al agua... Será al mediodía... hará calor... y el agua estará azul... azul...
(Vuelven a oírse las campanas.) ...del color que tenían los ojos de aquel primer chico que...
(Un Médico y una Enfermera vuelven la esquina y suben las escaleras del porche. Exageran
levemente la importancia de su oficio porque tienen el aire despejado de quienes pertenecen a un
organismo oficial. El MEDICO llama a la puerta y los jugadores de poker suspenden la partida.)
EUNICE.—(Bajo.) ¡Ahí están!
(STELLA repite el gesto habitual de BLANCHE. Se lleva los puños a la boca, BLANCHE se
levanta despacio.)
BLANCHE.—¿Qué pasa?
EUNICE.—(Natural.) Perdonadme... Voy a ver quien es...
STELLA.—Sí, gracias... (EUNICE va hacia la cocina.)
BLANCHE.—(Nerviosa.) Puede que vengan por mí... (Algunas palabras muy bajas en la puerta de
la.calle. Vuelve EUNICE, alegre.)
EUNICE.—Es para Blanche. Preguntan por ella.
BLANCHE.—¡Para mí! ¡Es para mí! (BLANCHE está asustada otra vez. Mira a su hermana y a
EUNICE y luego a las cortinas. Se oye apagadamente la « Varsoviana».)
¿Es el señor de Dallas?
EUNICE.—Sí, Blanche, creo que sí.
BLANCHE.—Es que... todavía no estoy lista.
STELLA.—Dile que espere un momento.
BLANCHE.—Sí, dile que yo...
{EUNICE va hacia la cortina. De la calle llega el sonido de la batería del bar.)
STELLA.—¿Está listo tu equipaje?
BLANCHE.—Me faltan las cosas del tocador.
STELLA.—Las de plata...
EUNICE.—(Que vuelve.) Te esperan fuera... Son dos...
BLANCHE.—¿DOS?
EUNICE.—Un señor y una señora.
BLANCHE.—La señora no sé quien puede ser... ¿Cómo está vestida?
EUNICE.—Pues creo que... me parece que lleva un traje sastre...
BLANCHE.—Sí... seguramente será... (No puede seguir. Está nerviosísima.)
STELLA.—Bueno, Blanche,.. ¿nos vamos ya?
BLANCHE.—No me gusta tener que pasar por ese cuarto...
STELLA.—Yo te acompaño.
BLANCHE.—¿Estoy bien?
STELLA.—Estás divinamente.
EUNICE.—Sí, divinamente.
(BLANCHE. muy asustada, se acerca a las cortinas que EUNICE descorre, BLANCHE pasa. Trata de
no mirar a los hombres.)
BLANCHE.—Por favor, no se muevan... Voy a la calle. (BLANCHE se dirige hacia la puerta de la
calle. Los jugadores se incorporan como pueden sin moverse de junto a la mesa, menos MITCH que
permanece sentado sin levantar la vista de las cartas, BLANCHE llega rápida al porche, se detiene y
respira hondo.)
MEDICO.—¿Cómo está usted?
BLANCHE.—Usted no es la persona que yo estaba esperando, (BLANCHE da un grito y vuelve a
subir corriendo los escaIones. Se refugia junto a STELLA que está en la puerta. Está muy asustada.)
¡No!... ¡Ese hombre no es Shep Huntleigh! (Vuelve a oírse, muy lejos, la «Varsoviana»,
EUNICE sostiene a STELLA del brazo y ésta mira a su hermana. Un silencio absoluto sin más ruido
que el de las cartas de baraja STANLEY sin cesar.
BLANCHE, con un suspiro profundo, retrocede hacia la casa. Tan pronto como BLANCHE se
acerca, STELLA une sus manos y cierra los ojos, EUNICE la abraza, tratando de consolarla. Luego
EUNICE inicia la retirada hacia su piso, BLANCHE entra y se detiene. Todos la miran con atención
menos MITCH que sigue con la vista clavada en las cartas. Por último, BLANCHE rodea la mesa de
los jugadores y va hacia el dormitorio, STANLEY hace retroceder su silla y se incorpora como si
fuese a impedirle el paso. Entra la ENFERMERA,)
STANLEY.—¿Te has olvidado de algo?
BLANCHE.—(Gritando.) ¡Sí!... ¡Sí!... Algo... algo se me ha olvidado...
(BLANCHE pasa junto a STANLEY y se refugia corriendo en el dormitorio. Los reflejos
fantasmagóricos aparecen de nuevo en las paredes de nuevo en las paredes con sus formas
inquietantes. Se oye suavemente una versión deformada de la «Varsoviana» salpicada con los
rumores de la jungla, BLANCHE toma el respaldo de una silla como si fuese una arma.)
STANLEY.—(Bajo.) Es mejor que vaya usted, doctor...
DOCTOR.—(Bajo.) Tráigala aquí, enfermera... (STANLEY y la ENFERMERA avanzan
separadamente hacia el dormitorio. Desprovista de feminidad, la ENFERMERA tiene un aire
siniestro. Habla desentonadamente, como una campana de bomberos.)
ENFERMERA.—¡Hola, Blanche!
(Sus palabras son repetidas y repetidas por el eco de muchas otras voces que retumban detrás
de las paredes, como en una montaña.)
STANLEY.—Ha dicho que se había olvidado algo...
(Continúa amenazador el eco de ¡as palabras de la ENFERMERA.,)
ENFERMERA.—¡Ah, bueno!
STANLEY.—Blanche... ¿qué es lo que se te había olvidado?
BLANCHE.—Pues... yo... yo...
ENFERMERA.—No se preocupe... Otro día lo recogeremos.
STANLEY.—Nosotros se lo mandaremos todo con el baúl. (BLANCHE aterrada, da un paso atrás.)
BLANCHE.—No sé quien es usted... No lo sé... Por favor... por favor, déjenme en paz...
ENFERMFRA—¡Decídase ya, Blanche! (Los ecos crecen y decrecen.)
ECOS—¡Ya, Blanche!... ¡Ya, Blanche!... ¡Ya, Blanche...!
STANLEY.—Aquí no quedan más que unos polvos de talco en el suelo y un frasco de perfume
vacío... A menos que te quieras llevar el farolillo de papel... ¿Lo quieres? ¿Quieres llevártelo?
(STANLEY se acerca al tocador, quita de la lámpara el pequeño farolillo y se lo ofrece a
BLANCHE que grita como si ella misma fuera la pantalla. La ENFERMERA oto un paso hacia
BLANCHE. BLANCHE llora y trata de esquivar a la ENFEMERA. LOS jugadores se ponen de pie.
STELLA huye hacia el porche y EUNICE la sigue cariñosamente. Su intento de decir algo se confunde
con las voces masculinas de la cocina. Ya en el porche, STELLA se abraza a EUNICE,)
STELLA.—¡Eunice! ¡Eunice, por Dios!... ¡Ayúdame! ¡La van a lastimar!...
¡No les dejes que hagan éso!... ¡Dios mío, Dios mío, qué no la hagan daño!... ¿Qué están
haciendo con mi hermana? ¿Qué la están haciendo? (Lucha por separarse de EUNICE que la tiene
fuertemente abrazada.)
EUNICE.—Tranquila, tranquila, cielo, tranquila... No entres... no entres ahí... Quédate conmigo...
¡Y no mires, por favor!
STELLA.—¿Qué le he hecho a mi hermana? ¿Qué le he hecho, Dios mío?
EUNICE.—Has hecho lo mejor... lo único que se podía hacer... Aquí no puede seguir y... tampoco
tiene donde marcharse...
(EUNICE Y STELLA continúan hablando pero ahora dominan las voces masculinas de la cocina,
MITCH se levanta para ir al dormitorio y STANLEY se lo impide y le empuja, MITCH se resiste,
STANLEY le da un empujón más fuerte y le hace caer en la silla, MITCH se inclina sobre la mesa
sollozando. Entretanto, la ENFERMERA ha sujetado con fuerza un brazo de BLANCHE para evitar que
se escape, BLANCHE grita con la voz enronquecida y cae al suelo de rodillas.)
ENFERMERA.—Estas uñas va a haber que cortarlas... (El MEDICO entra en la habitación.) ¿Le
ponemos la camisa de fuerza, doctor?
DOCTOR.—Por el momento, no. (El MEDICO se descubre y con ese sencillo gesto se vuelve más
humano. Va hacia ella y habla con dulzura. Al oír su nombre comienza a ceder el pánico de
BLANCHE Las sombras de las paredes, los gritos inhumanos y los ruidos desaparecen, BLANCHE
parece calmarse.) ¡Por favor, señorita Du Bois!... ¡Por favor! (BLANCHE le mira con desesperación.
El MEDICO le sonríe con efecto y se vuelve a la ENFERMERA,) No, no hace falta...
BLANCHE.—(Bajo.) Que me suelte... Dígaselo.
MEDICO.—Sí...
(El MEDICO hace un gesto a la ENFERMERA y ésta obedece, BLANCHE ofrece su mano al MEDICO.
El MEDICO la levanta con afecto y tomándola del brazo echa a andar con ella, BLANCHE se aprieta
contra el MEDICO)
BLANCHE.—No sé quien es usted, pero... ¿qué más da?... Yo... yo he dependido siempre del
cariño de los demás...
( BLANCHE y el MEDICO cruzan la cocina en dirección a la puerta exterior y los jugadores de
poker retroceden. BLANCHE se deja arrastrar. Como si estuviese ciega.
Cuando salen al porche, STELLA. encogida unos escalones más arriba, gime el nombre de su
hermana.)
STELLA.—¡Blanche! ¡Blanche! ¡Blanche! (BLANCHE desciende los escalones sin volverse,
acompañada del MEDICO y de la ENFERMERA. Desaparecen por la esquina del edificio.
(EUNICE baja los escalones, se acerca a STELLA y le entrega a su hijo. La criatura está envuelta
en una cobertura azul pálida, STELLA, llorando, retiene al niño en sus brazos, EUNICE baja la
escalera y entra en la cocina. Los hombres, en silencio, todos menos STANLEY. vuelven a sentarse
en sus sitios, ante la mesa de poker. STANLEY ha ido hacia el exterior, hacia el porche y permanece
al pie de los escalones, dudoso, mirando a su mujer.)
STANLEY.—¡Stella!...
(STELLA llora con un infinito desconsuelo. Ahora que su hermana ya no está se entrega al llanto
casi con alivio.)
STANLEY.—(Dulce.) Estrellita, cielo... Vamos... Vamos, amor mío... amor mío... amor mío...
(STANLEY se arrodilla junto a STELLA. SUS palabras, de cariño se pierden bajo la música del piano
del bar que sube acompañado por el temblor del clarinete.)
STEVE.—Jugamos el último...
TELÓN

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