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3. Ya ves, te esperábamos

(La llegada del hijo)

Por fin ha llegado el hijo. Los padres se hacen multitud de preguntas: ¿Habrá que hablarle al niño en un lenguaje de bebé? o ¿habrá que considerarlo como un adulto pequeño? ¿Habrá que aislar al niño? ¿Deberá guardárselo en una especie de capullo, sin ruido ni música, etc.? ¿Habrá que retirar al niño cuando llegan amigos?

Usted dice “retirar al niño”. ¡Como si se tratara de un objeto!

Y no debo estar muy lejos de la verdad, cuando digo que algunos padres consideran a su bebé como una especie de pequeño objeto.

Como usted sabe, antes todo el mundo vivía en la sala común, la única que estaba bien caldeada, y allí se ponía la cuna. Aquellos niños se hacían mucho más sociables que los de hoy, demasiado protegidos del ruido de la vida familiar. No hay que olvidar que in útero está mezclado con la vida de la madre y que también oye la voz del padre. In útero el niño oye, y su audición es perfecta; especialmente en las últimas fases, lo oye

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todo. Y al nacer, de pronto, lo rodean ruidos violentos. Él tiene necesidad de oír en seguida la voz modulada de su madre, que reconoce, así como la voz del padre. Creo que el primer coloquio del bebé en los brazos de la madre es muy importante: “Ya ves, te esperábamos. Eres un niño. Tal vez nos hayas oído decir que esperábamos a una niña. Pero estamos muy contentos de que seas un varoncito”.

¿Qué efecto pueden tener esas palabras en un bebé de sólo algunas horas o días? ¿Es realmente tan importante?

Sí, es muy importante. Puedo asegurarle que hay niños que recuerdan las primeras cosas que se dijeron alrededor de ellos. Le sorprende, ¿no es así? Un niño es como una cinta magnetofónica registrada. Lo digo, no sólo para que se le hagan largos discursos, sino para que se sepa que uno puede dirigirse a un niño desde el momento de su nacimiento y que él lo necesita. Es así como lo introducimos en nuestro mundo, en su condición de futuro hombre o futura mujer, y no como una cosita, un bebé, un osito. Se trata de un ser humano; y si bien es menester también mimarlo, hay que respetar, ante todo, al futuro hombre o a la futura mujer.

De manera que desde los primeros meses hay que hacer participar un poco al niño en la vida de la familia, en los hechos del día

Sobre todo aquellos que le conciernen. Cuando hay mucho ruido, por ejemplo:

“Ves, ése es tu hermano que está empujando una silla”. O, si el niño llora, no siempre es cuestión de tomarlo en brazos, sino hablarle: “¿No estás contento? ¡Qué lástima que te sientas desgraciado!” Hay que disponer de frases y de tonos de voz que acompañen los sufrimientos del bebé; el sufrimiento se hace así humano (también para él), porque es hablado. Todo lo hablado se hace humano. Todo lo que no es hablado, es para

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el niño un estado insólito y no se integra en la relación que él tiene con su madre.

Y creo que los que tienen un primer hijo se plantean siempre la cuestión de

saber si habrá que dejarlo llorar o tomarlo en brazos. A menudo se teme que el niño tome malas costumbres.

Pero ante todo, ¿hay que dar “costumbres" al niño?

¿Qué llama usted costumbres? Si, por el lado de los padres, eso significa cambiar por completo su manera de vivir porque ha nacido un hijo, ello no es posible. Desde luego que el bebé debe mamar regularmente y tiene necesidad de que se ocupen de él, que se lo cambie, etc. Y, por supuesto, la mamá ya no tiene la misma libertad de antes y el padre ya no tiene a su mujercita únicamente para él. Es verdad, hay un cambio en el sentimiento que los padres tienen de su propia libertad; ¡pero es tan agradable también inclinarse sobre una cuna y hablarle al niño! Creo que el hijo debe permanecer mezclado en la vida familiar como lo estaba en el vientre de la madre. ¿Hay que dejarlo llorar? No demasiado tiempo. Se lo puede acunar, devolverle el ritmo. ¿Por qué se calma si lo mecen? Porque ese es el ritmo del cuerpo de la madre cuando ésta deambula por todas partes llevándolo en el vientre. Pero mientras se le acuna, es importante que se le hable: “¿Ves? Aquí está mamá, y papá también está aquí. Pero sí, aquí estamos los dos”. Cosas como ésas. Entonces cuando el niño sienta deseos de llorar, las modulaciones de las voces de los padres serán oídas de nuevo en su memoria y se calmará.

Cuando digo costumbres, me refiero a reglas de vida; por ejemplo, por las mañanas, se lleva a pasear al niño, luego se le da de comer y después, se lo acuesta. Los padres deciden, por ejemplo, que esa siesta debe durar una hora y media, dos horas o dos horas y media. Si al cabo de una media hora advierten

que el bebé llora en su cuarto, ¿hay que obligarlo a que tome ese descanso que

él no desea?

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Cada uno debe tomar su propio ritmo. Pero, ¿por qué "en su cuarto”? Un niño se duerme donde estamos todos. Cuando tiene sueño, se duerme en cualquier parte, y eso es mucho mejor. Cuando oye hablar alrededor de él, se dormirá más fácilmente. El bebé tiene necesidad de dormir mucho, pero para eso, no es necesario ponerlo aparte y dejarlo en un desierto. Cuando dormía en el vientre de la madre, el ruido no lo molestaba; luego, se despertaba, pues en el vientre de su madre, el bebé ya duerme y se despierta.

El bebé debe integrarse a la familia y vivir lo más posible en la sala común. Pero de todas maneras y por razones de descanso, ¿no tendrá necesidad de estar aislado en ciertos momentos, de tener un mundo propio?

He conocido familias que habían hecho construir un "cuarto para el niño", y que lo han conservado tal cual hasta que el niño tuvo catorce años, simplemente porque se habían hecho los gastos de su construcción. Creo que un bebé no tiene necesidad de otra cosa que de su cuna y de una especie de cajón para que no cunda el desorden: una vez acostado el niño, se guardan todos los juguetes en ese cajón. Cuando comienza a andar gateando, es bueno colocar una alfombrilla junto a ese cajón para que no se lastime; en realidad, está así integrado a la vida de los padres, pero tiene también su propio rincón.

Es deseable que el niño duerma en un rincón separador Hay familias que sólo disponen de una habitación en su departamento; en ese caso, se puede instalar una cortina para que los padres continúen haciendo su vida mientras el niño posee su rinconcito. Cuando la familia dispone de dos habitaciones, es mejor que el niño duerma solo, para que los padres estén tranquilos; muebles muy sencillos hechos por el padre son casi mejores que los muebles nuevos, bien lustrados, que el niño no deja de arruinar hasta los cuatro o cinco años. Pues es bueno saber que un niño debe romper cosas, debe hacerlo. Los juegos de los niños no entrañan respeto por las cosas. Si se le inculca

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demasiado temprano el respeto por lo que se compró y costó caro, como los muebles, el empapelado de la pared, etc., eso le impedirá estar “lleno de vida”:

está sano cuando se muestra alegre y cuando los padres no están en un estado de alerta constante preguntándose: “¿Qué se le ocurrirá romper ahora?” Por las noches, si los padres quieren acostarse, esa no es una razón para acostar también al niño; va a su cuarto: “Ahora nos dejarás solos (el padre debe decirlo); dejarás a tu mamá tranquila, tenemos necesidad de estar juntos”. El niño se habituará bien pronto a esa situación, sobre todo si se le habla con afabilidad. También están los amigos de la familia y el niño quiere conocerlos. ¿Y por qué no? Se lo viste bien y se lo presenta a los amigos. ¿Que se duerme en ese momento? Se lo lleva entonces a su cuarto. Hay que tener sentido común y saber que respetar a un niño es integrarlo en la vida de los padres y enseñarle a respetarlos a su vez; por otra parte, el niño debe sentir también que se respeta su propia tranquilidad y que nadie va contra su propio ritmo.

Dijo usted que una mamá no debería alejarse nunca de su bebé. Pero, desgraciadamente, esa situación no es más que un ideal, pues la vida de todos los días es muy diferente. Hay muchas madres que por su trabajo o por otras razones deben confiar los cuidados de su hijo, aun siendo pequeñito, a otras personas. ¿Hay verdaderamente que tratar de evitar lo más posible esta situación? ¿Cómo debe procederse?

Supongamos que los padres hayan elegido la solución de la guardería infantil o de una persona que cuide al niño en su propia casa o de una persona que lo cuide fuera de la casa.

Lo mejor sería, ciertamente, una persona en la propia casa. La solución de la guardería no está mal, siempre que el reglamento sea bastante elástico y permita que la mamá pueda llevarse al niño en cualquier momento en que dispone de tiempo. Pero siempre es menester hablar al niño y decirle, por ejemplo: “Te llevo a la guardería y luego iré a buscarte. Allí verás a todos

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tus amiguitos y amiguitas”. Importa que la mamá hable y avise al bebé y que

cuando vuelva a verlo no se lance sobre él para besarlo y abrazarlo. Si la madre se pone a mimarlo inmediatamente, el niño sentirá miedo. Tiene que hablarle, alzarlo, hacerle sentir su olor, porque el niño reconoce a la madre por la voz y el olor. Y sobre todo cuando regresa a la casa, vuelve a encontrar a su madre, no durante el camino, ni en la calle, ni en la guardería. Esto podrá parecer sorprendente a la mamá, pues ella sí reencuentra inmediatamente a su hijo. Pero éste no la reconoce verdaderamente sino en el marco de su propio espacio, con las voces conocidas del papá y la mamá, espacio donde está él mismo y su cuna. Por supuesto que estoy hablando de los bebés pequeñitos, digamos de cuatro, cinco o seis meses. Al cabo de cierto tiempo, el bebé conoce sus propios ritmos

y se siente feliz de volver a la casa. Sin embargo, hay que abstenerse de ponerse

a besar al niño, si éste no da el primer paso. Es mucho mejor que la mamá le lleve un caramelo y se abstenga de besarlo.

Decía usted que la presencia de la madre es sumamente importante en el desarrollo del niño. ¿Habrá que considerar que eso, en el caso ideal, es válido durante un año, dos años, o tres años?

¿Lo ideal? Bueno, como usted dice, eso sería válido hasta la edad en que el niño anda definitivamente; según los niños, la marcha confirmada, que es el comienzo de las acrobacias, se sitúa alrededor de los dieciocho meses, pues un niño comienza a andar entre los doce y los catorce meses. Lo ideal sería —a fin de que las madres tengan momentos de descanso— que se arreglaran entre dos

o tres que tuvieran hijos de más o menos la misma edad para que se turnaran en

el cuidado de los niños, por las tardes

De esa manera, cada tres días, por

ejemplo, la misma señora cuidaría a los niños. Al cabo de cierto tiempo éstos se acostumbrarían a ese ritmo. Como se sabe, los niños se crían mejor con otros de su misma edad que solos.

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Hasta ahora hemos hablado mucho de parejas que esperan la llegada de un hijo. Sin embargo, deberíamos decir algunas palabras sobre las abuelas Figúrese usted, que hay muchas abuelas que nos escriben

La abuela es un personaje muy importante. Conviene que desde muy temprano

el niño sepa su nombre, que no se llama “abuelita” a cualquier persona anciana, que se distinga por su nombre de familia y no se confunda a la abuela materna con la abuela paterna: “Ya sabes, la abuelita que viene hoy es la mamá de tu papá o es la mamá de tu mamá”. A veces hay tensiones entre la mamá del niño

y su madre o su suegra. El niño se da bien pronto cuenta de esta situación, y no hay que ocultársela; conviene que se la tome con buen humor. Importa que la madre y la abuela no disputen nunca en presencia del niño por la sencilla razón

de que una quiere lo contrario de la otra. También conviene que las abuelas no

hagan como que el niño les pertenece y digan por ejemplo: “¡Ah! ¡Este es mi nene! ¡Esta es mi nena!”. Deben decirles “Eres mi nietito, eres mi nietita; tu

papá es mi hijo o tu mamá es mi hija”. Cosas como esas deben decirles. El sentido genético, el sentido de la descendencia, de los antepasados, nace muy pronto en el niño cuando se lo expresa con palabras. El niño comprende rápidamente con quién tiene que vérselas, si uno se lo dice. A veces se aprovecha, pero no importa.

Por otro lado, es bueno que las abuelas no tengan miedo y digan: “¡Ah, no sé si

mi

hija (o mi nuera) estará contenta con esto que hago!”. Que hagan con el niño

lo

que tengan ganas de hacer y que luego den sus explicaciones; el niño

comprende muy rápidamente. Además, una abuela puede mostrar fotografías, puede hablar del pasado de papá y del pasado de mamá, lo cual interesa muchísimo al niño desde la edad de tres o cuatro años. Para él, es como una revelación enterarse de que el padre y la madre también fueron niños. Y sólo la abuela puede hablar de estas cosas.

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Ya que estamos hablando de abuelas, una madre nos escribe que su hija, de cinco años, va este año a la escuela por primera vez; todo anduvo bien al principio; por lo demás, la madre había hecho un esfuerzo particular para llevarla ella misma por las mañanas y hacer que el papá fuera a buscarla al mediodía, a fin de que la niña se sintiera realmente segura. Todo anduvo bien durante los quince primeros días; pero de pronto, después de una visita que hizo a la suegra, la niña se puso a llorar y se negó a acudir a la escuela. ¿Por qué? La madre trata de analizar la situación y dice: “Mi suegra dijo a mi hija:

‘Trata de trabajar bien en la escuela porque a la abuelita no le gustan los niños perezosos que trabajan mal'”. Si la negativa terminante de acudir a la escuela se debe a esta escena, la madre se pregunta lo que debe hacer para que la niña recobre el gusto de asistir a las clases

Es difícil responder a esta cuestión; pero consideremos que la abuela habló de trabajar, y aquí se trata justamente de un jardín de infantes; la niña tiene conciencia de que allí no se trabaja, los niños acuden al jardín de infantes para jugar y cantar juntos. La chica debe decirse: “Pero abuelita no comprende que es un jardín de infantes”. Tal vez haya que hablar de esto a la niña y explicarle que la abuelita no lo sabía porque cuando ella misma era pequeña no había jardines de infantes como hoy; o bien decirle que para la abuela trabajar quería decir hacer cosas con las manos, o bailar o cantar. También habría que prometerle que mamá o papá explicarán a la abuelita lo que es un jardín de infantes