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CÉSAR Y GEORGETTE VALLEJO

ENTRE LAS 2 ORILLAS Y AL PIE DEL ORBE

¡Amada en la figura de tu cola irreparable,


amada que yo amara con fósforos floridos...
César Vallejo, en “Dulzura por dulzura corazona”

César Ángeles L.

En la penúltima edición de la Revista de Artes & letras Martín1, publicada por la


Universidad de San Martín de Porres, por primera vez se juega icónicamente y de forma
extensa, en un homenaje académico de envergadura, con la imagen de un César Vallejo
sonriente incluso alterando fotos originales para transmitir dicha representación2. En buena
hora todo acercamiento refrescante a Vallejo y su obra. En verdad, hace falta que este
camino sea proseguido no solo con este autor sino con muchos otros personajes culturales y
políticos, para mutar el ánimo muchas veces dolido y sufriente que la imagen institucional
promueve respecto de quienes bregaron por auténticos cambios aquí y en otras latitudes.
Esto último, sin duda, ha constituido un trabajo de sicología o demolición políticas de la
esperanza.

En el caso específico de César Vallejo se dan la mano muchos elementos vitales e


ideológicos que otorgan forma poderosa a una de las empresas poéticas más renovadoras
del siglo XX. Dentro de esos ingredientes el humor es parte esencial. Al respecto de la
naturaleza de este, y su particular presencia poética y política en su obra –especialmente la
gestada desde Europa– escribí el ensayo “César Vallejo y el humor”3.

Sin embargo, aquella tarea refrescante no debe encallar en aspectos cómicos y


grotescos, que banalicen la imagen de Vallejo u otros, sino que revalorizando su
complejidad proyecten sus diversos lados, que al fin y al cabo perfilan la real condición
humana aun en los más grandes. Digo esto porque hay también quienes han querido
reelaborar la imagen emblemática del autor de Trilce, y de otros, so pretexto de
humanizarlos, cuando en verdad difuminan su grandeza a cambio de una imagen procaz y,
por fin, igualmente abatida.

1
Martín 18/ 19. Número dedicado a César Vallejo. Lima, Universidad Particular San Martín de Porres, 2008.
2
Llamo la atención, en dicha edición-homenaje, sobre la página 21 donde aparecen los dos marxistas más
relevantes que ha dado el Perú: José Carlos Mariátegui y César Vallejo, ambos sonriendo a una imaginaria
cámara merced a la “ilustración intervenida” por el reconocida artista plástico del pop nativo Jesús Ruiz
Durand.
3
Una primera versión del mismo apareció en mi libro PELIGRO: RIMBAUD/ Aproximación a Una
temporada en el infierno, y VALLEJO Y EL HUMOR (Lima, 1998). Luego di otra versión corregida para las
revistas electrónicas Espéculo (Madrid) y Ciberayllu (Estados Unidos):
http://www.andes.missouri.edu/andes/Especiales/CALVallejo/CAL_Vallejo.html

1
Es lo que sucede, por ejemplo, dentro del ya mencionado homenaje que realiza
Martín a César Vallejo, con el texto de José Rosas Ribeyro “Un Vallejo propio y mío”4,
que en diversos aspectos coincide con la línea argumentativa de varios escritores e
intelectuales quienes de un modo u otro han ido erigiendo un mural antiVallejo de
antología, donde incluyen, claro, a la propia Georgette Marie Travers Philippart, poeta a
más señas5. Al leer la referida colaboración de José Rosas, evoqué una línea de exégesis
vallejiana cuestionable, por conservadora y miserabilista, respecto del célebre poeta nacido
en Santiago de Chuco. Al respecto, se precisa un trabajo donde se pase revista a lo anterior,
citando y rebatiendo casos concretos; pero se trata de una investigación que en este breve
artículo apenas queda bosquejada. Adelantemos, sin embargo, algunos criterios y
desarrollos.

Aunque en la colaboración de Rosas Ribeyro hay unos pasajes iniciales interesantes


y –al menos para mí– novedosos acerca de la vida de Vallejo en París (como los
testimonios de Elena Garro, Désirée Lieven, e incluso sobre el encuentro con César Moro,
en versión de André Coyné6), ello se va entremezclando con sentencias e interpretaciones
del autor nada felices y arbitrarias –por ende, evitables– acerca de Vallejo, y sobre todo
contra su esposa Georgette. Caben algunas preguntas como réplica global también para
otros textos de este talante: ¿Para concluir que César Vallejo “no fue un santo” (ni un
revolucionario, ni nada parecido, claro) hace falta proclamar que Vallejo murió de gonorrea
[Rosas sostiene que Vallejo murió de esta enfermedad venérea], y que se metió con putas
en París? ¿Y es preciso proclamar que tampoco pagaba sus deudas, que fue “un pícaro” con
sus amigos y con el Estado peruano?7
4
En Martín 18/ 19: 157-167.
5
Considérese el siguiente pasaje periodístico: “P. Georgette también escribió versos, ¿qué nos puedes decir de
esta faceta poco conocida de ella? R. Lo más sorprendente del enigma Georgette es que después de la muerte
de César ella se puso a escribir poemas. Creo que no existe caso similar en la historia literaria moderna, quizá
el de Sartre y Simone de Beauvoir, pareja de escritores que sin embargo no mantuvo la fidelidad del amor
hasta el fin, contra toda prueba. He difundido la poesía de Georgette en algunos círculos literarios en Francia
y he recibido comentarios elogiosos y críticas que resaltan su alto nivel literario. Ella escribió casi 200
poemas entre París y Lima y los agrupó bajo el título de Máscaras de cal; los escribió en francés y después
algunos los tradujo. Hay una edición del Instituto de Estudios Vallejianos de Trujllo que tiene muchos errores
de imprenta y de traducción”. (de “La reivindicación de la viuda negra”: entrevista de Domingo Varas a
Alberto Aznarán. En: http://correosemanal.blogspot.com/2008/01/per-reinvindicacion-de-georgette.html).
6
A propósito de este mentado ‘peruanista’ francés y su trayectoria con relación a Vallejo y Georgette, así
como de Juan Larrea, léanse los comentarios críticos del investigador Miguel Pachas Almeyda, citados en el
blog del escritor Pedro Granados en junio del 2008.
7
A partir de la correspondencia vallejiana (recopilada por Jesús Cabel), Rosas Ribeyro concluye lo siguiente:
“Vallejo le pide incesantemente dinero a Pablo Abril de Vivero y a Juan Larrea, a Gerardo Diego en alguna
ocasión como también a otros amigos y conocidos. Son préstamos sin retorno, dinero que sale de una cartera
generosa y que no vuelve nunca a ella. Esta lucha por sobrevivir, esta permanente búsqueda de dinero es una
de las constantes de las cartas de Vallejo. Y el poeta aparece un poco como un pícaro que le saca dinero a uno
para pagarle a otro y así en una cadena que siempre se cierra en Abril de Vivero, Larrea y otros amigos que lo
estiman y lo respetan y le dan dinero. Una vez cuando recibe una suma destinada a comprar un pasaje para
regresar al Perú [del gobierno peruano], la utiliza para irse a Rusia; otra vez, utiliza lo que gana con
colaboraciones periodísticas en permitirse algunos placeres, aunque luego, para sobrevivir día a día, tenga que
recurrir de nuevo a préstamos que no pagará nunca” (163). Más allá o más acá de las reales deudas contraídas
por César Vallejo, y no devueltas, me pregunto si todo ello merece este inventario o catastro contable con un
tono que linda en el reclamo postmortem, y si la proeza artística que aquel realizó con el lenguaje no le otorga
justicia y decoro a una vida seguramente con problemas económicos pero, a la vez, con qué grandeza de
hombre y creador.

2
En tales términos se remarca la representación patética, oscura y miserabilista que
muchas veces ha recaído sobre Vallejo, y que ha servido para canonizar una imagen del
poeta que lo aparta de lo que considero (y no solo yo, claro) el esencial carácter
transformador de su escritura, su posición política-poética, y su vida misma, aunque breve,
poderosa. Así, por ejemplo, en algo crucial como la economía, nunca será suficiente
remarcar que sus dificultades no lo sobrepasaron, ya que ya que de(sen)volvió aquella
amistad y fortuna (prestada) con una obra vasta y heterogénea, cada vez más central en
nuestra contemporaneidad. El humor –que no es igual a comicidad (ver nota 2)– que tuvo
alguien como el gran poeta liberteño fue un factor decisivo en lo anterior, en tanto aquel
tiene una naturaleza dialéctica, que bien puede nutrirse de caídas y carencias mutando todo
ello en pura creatividad, como tantos hombres y mujeres en la vida hacen.

Por otro lado, aunque desde el inicio de su artículo Rosas Ribeyro confiesa su
radical rechazo ante los “especialistas” en Vallejo8, apela a Larrea y otros que divulgaron
una particular imagen del poeta y su biografía. Es decir, contradiciéndose se hace eco, cuasi
abogado defensor, de aquellos con quienes contendió su compañera, Georgette, por la
construcción de una imagen del hombre y el poeta, a lo largo de años, como queda
testimoniado en los “Apuntes biográficos sobre César Vallejo” que ella escribió 9. Es sabido
que dichas construcciones son parte esencial de las batallas ideológicas –y, por ende,
cargadas de pasión– que dan forma a la historia. De ahí la centralidad de abrir debate sobre
estos asuntos, y ventilar argumentos y representaciones cada vez que sea políticamente
necesario, como ahora en este trabajo.

En lo que respecta a Georgette, en vida, y hasta hoy, se granjeó enemistades según


parece por cuatro factores que menciono y comento a continuación.

Primero, por su genio explosivo e imprevisible del cual hay varias referencias entre
los amantes de la obra vallejiana; algunos de quienes, por diversas razones y circunstancias,
fueron testigos de los cambiantes estados de ánimo de Georgette en relación con la
memoria y el legado de su esposo. Otro factor puede haber sido, como piensa el ya citado
investigador Alberto Aznarán, “el desdén de los críticos y algunos amigos de Vallejo que
no la consideraban con la suficiente preparación, méritos ni experiencia para hacerse cargo
de la inmensa obra del poeta. Basta recordar que Vallejo la conoció cuando ella tenía 16
años”. A partir de lo anterior, una tercera causa de la imagen problemática acerca de
Georgette nace de sus varias disputas y polémicas con amigos e investigadores de Vallejo
(considérense las notas 9 y 11), de seguro, algunas justificadas y otras no tanto. Cabe
preguntarnos si se trató de una actitud que se limitó a lo personal, o si trascendió al terreno
8
Como “el turbulento circo vallejiano” denomina irónicamente este autor a quienes se abocan a la memoria o
el estudio de la vida y obra de Vallejo, autorepresentándose en tanto no académico ni intérprete de la vida y
obra de Vallejo. Pero sí lo es, y aparece como tal ante quienes leemos este número doble dedicado por Martín
a César Vallejo. Su texto tiene un carácter personal y político a la vez. Ello no niega que, en verdad, haya
quienes transmiten un aura de “cofradía” o “aspecto de secta” cuando se ocupan de Vallejo o aun de su
compañera (lo que Max Silva clasifica como “vallejolatras”: ver referencia en la nota 11).
9
Para seguir la pista de las batallas de algunos vallejólogos como Juan Larrea, Gerardo Diego, André Coyné,
Gonzalo More, entre otros, e incluso Pablo Neruda, con Georgette, recomiendo mucho leer estos “Apuntes
biográficos sobre César Vallejo”. En Vallejo, César. Obra poética completa. Lima, Mosca Azul editores,
1974: 351-457.

3
de una posición –pasión– política, que es la última de las razones que quiero aquí dejar
sentada. Mi cuarta hipótesis parte del hecho que Georgette, al ser heredera de la obra de
Vallejo, contribuyó decisivamente y de manera pionera, apenas muerto este, a su imagen
revolucionaria y bolchevique10. Una imagen que contradice la representación abatida y
mendicante de Vallejo en Europa –como la que construyeron, con buena o mala voluntad,
varios intelectuales y amigos luego de su muerte, y que lamentablemente hasta el día de
hoy predomina en el público masivo–, ante la cual ella sentó una clara posición de combate.

Para tal empresa, no tuvo que negar las objetivas dificultades durante su
convivencia con César, sino solo poner sobre la mesa (de operaciones) elementos
concretos, de diferente signo, como la militancia comunista, la fertilidad creativa y la
necesaria disciplina de trabajo que a causa de su diversificada labor como periodista, como
agitador político antifascista y como autor de una vasta, heterogénea y trascendente obra,
tuvo que tener alguien como Vallejo. Una vida heroica, como alentaba el Amauta. Todo lo
dicho redunda en que, para cualquier temperamento anticomunista y conservador, un tipo
de biografía como la emprendida inicialmente por Georgette es simplemente intolerable y
digna de una cruzada contraria, que so pretexto de humanizar al genio de España aparta de
mí este cáliz lleve su retrato –y, por supuesto, el de su mujer– hasta las fronteras de la
banalidad y la caricatura políticas.

Al ir cerrando su artículo, y refiriéndose al difícil temperamento de aquella, Rosas


Ribeyro se vale de algunas expresiones utilizadas por Vallejo sobre las mujeres, en su
correspondencia, para concluir que este era un “misógino”. Conclusión apresurada, a partir
de unos términos coloquiales y al paso entre el poeta y sus amistades; como las cartas con
Juan Larrea11, a quien José Rosas toma más de una vez como fuente para conclusiones
como la siguiente: “¿Cuál era la relación real de Vallejo con la señora Philippart? Unas
líneas de la carta que le escribe el 5 de mayo de 1927 a Juan Larrea dicen mucho de ello”
[énfasis míos]. ¿Y qué se dice allí? Escribe Vallejo: “En cuanto a zorrillas, peleé con
Georgette y he hecho volver a Henriette... En todo caso, estoy más tranquilo, porque,
además, me he venido al Hotel Garibaldi para evitarme complicaciones mujeriles”. Y
concluye José Rosas: “Quizás sea triste decirlo, pero si damos crédito a estas líneas
Georgette para Vallejo era una “zorrilla” más, como Henriette y las otras mujeres de su
10
Acerca de este punto, es preciso leer el artículo “El Poeta César Vallejo y el Marxismo”, de Miguel
Gutiérrez Correa (en el portal Poetas Antiimperialistas de América: http://www.45-
rpm.net/palante/vallejo.htm). Y, asimismo, otros alcances críticos serios como, por ejemplo, los de
Wáshington Delgado, Antonio Cornejo Polar, Luis Monguió, Pablo Guevara, David Sobrevilla y, en parte,
Ricardo González Vigil. Resulta sumamente útil, como horizonte bibliográfico, el artículo “Los vallejistas.
Panorama sobre los estudios de Vallejo” de César Toro Montalvo, en Vallejo/ su tiempo y su obra. Actas del
coloquio internacional: 411-423.
11
Sobre el escritor español Juan Larrea conviene no ir tan de prisa y, por ejemplo, considerar la opinión de
alguien serio como Max Silva Tuesta (fue médico personal y amigo dilecto de Georgette), quien lo ha situado
como “vallejogogo” en su prolija y divertida taxonomía “Tipos de vallejistas” (en Varios. Vallejo/ su tiempo y
su obra. Actas del coloquio internacional. Universidad de Lima, 1992: 398-410): “Lo que en política es un
demagogo, en vallejismo es un vallejogogo. El término me fue sugerido, entre chanzas y veras, por Jorge
Puccinelli....El indiscutible representante de la vallejogogía es Juan Larrea...Vallejogogo peruano es Enrique
Chirinos Soto”. Reveladora también resulta su caracterización de André Coyné, y cómo este pasa de ser
inicialmente un reconocido pionero en los trabajos críticos sobre Vallejo a ser un “vallejoclasta”: “Debo
aclarar que estoy lejos de creer que Vallejo era intocable... Otra cosa es el modo en que se realiza la
perspectiva crítica. En ese sentido, probaremos cómo Coyné maltrata con mala fe a César Vallejo” (401).

4
vida: amigas, amantes o prostitutas”. Lo que omite decir el propio autor a partir de esta cita,
que lo mueve a aparente escándalo o cuando menos a desazón con puchero, es que Vallejo
trataba así no solo a esas “mujeres de su vida”, sino también a sus propios amigos, como se
aprecia largamente en la edición de su Correspondencia completa, preparada por Jesús
Cabel12. Como ejemplo, van estas líneas dirigidas al mismo Juan Larrea: “Espero que me
harás un telegrama para ir a recibirte a la Estación. No te olvides, zorrillo”; y hacia el final
de la olorosa misiva: “Abrazos a todos los zorrillos y otros formidables de tu hermano que
ansía verte por momentos. César” (París 6 de agosto de 1926)13.

¿Entonces? ¿Qué lleva a forzar conclusiones de “misoginia”, grotesca ironía


mediante, sobre la compañera que cuidó y salvó la obra vallejiana, sino una personal
indisposición –por decirlo suave– contra ella? Por ello, considerando los cuatro factores ya
comentados anteriormente, y que contribuyen a dibujarle un retrato canónico de poca
empatía social, pienso que los epítetos con que usualmente se ataca a Georgette guardan
proporción inversa con lo que ella significó e hizo en su relación con Vallejo14.

Más adelante, al cierre de su texto, Rosas concluye: “[no te he olvidado]


precisamente por los poemas que escribiste allí y en otras partes a pesar del frío, el hambre,
las borracheras, las enfermedades, las zorrillas y Georgette”. En estas líneas finales se
aúnan abiertamente tres conclusiones-eje, compartidas por varios vallejistas del Perú y el
extranjero como he venido refiriendo en este artículo: el rechazo a una figura como la
compañera sentimental y política de César Vallejo, el silenciamiento de la posición
revolucionaria de este, y se refuerza la tradicional construcción miserabilista (ver nota 7) de
su imagen pública.

Evidentemente, cada cual es dueño de sus cóleras, imágenes y vindicaciones. Aquí


lo que se ha puesto en debate son ciertos criterios y términos, no pocas veces utilizados
para un balance y liquidación de la trayectoria personal de César Vallejo y Georgette.
Pienso que con mayor dosis de objetividad y altura se puede llegar lejos en cualquier
revelación o discrepancia, al respecto de cualquier asunto o personaje. Y la pregunta que
queda en el aire –y su respuesta– es finalmente ¿dónde están simbólicamente el cuerpo de
Vallejo y su tumba, o de Georgette?15 O mejor dicho, ¿a qué lado y orilla en las infinitas
12
Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú, 2002. Edición, estudio preliminar y notas de Jesús Cabel.
13
La referencia más precisa, a propósito de este epíteto y su significado amical dentro del círculo de Vallejo,
la da Juan Domingo Córdoba (amigo dilecto y autor de la célebre foto del poeta con Georgette en Versailles:
la misma que suele reproducirse mutilando a Georgette) en su libro César Vallejo del Perú profundo y
sacrificado.
14
Elena Garro, en sus Memorias de España 1937, y Octavio Paz, coetáneos de la pareja Vallejo, dan un
retrato divergente del referido aquí. Asimismo hacen otros estudiosos más recientes, como David Sobrevilla,
citado por Jesús Cabel (“Estudio preliminar” a la Correspondencia completa: LVI), o también Miguel Pachas
Almeyda en Georgette Vallejo al fin de la batalla (Lima, 2008). Max Silva Tuesta afirma en el prólogo de
este volumen: “Tengo para mí que Georgette ayudaba materialmente a la izquierda alzada en armas los años
sesenta, y que en ese afán César Calvo era el nexo”.
15
A propósito de entierros y traslados, y mal que les pese a algunos, hay que grabarse en la testa lo que evoca
Danilo Sánchez Lihon... qué pena, ¿no?: “Ella [Georgette] adquirió a perpetuidad la tumba [de César] en
Montparnasse e hizo trasladar allí los restos mortuorios del poeta –en el lugar que él le indicara que quería
descansar algún día, y donde reposan los célebres e inmortales de Francia y el mundo– hecho que consumó el
año 1968, para lo cual ahorró moneda tras moneda y sin pedir ayuda a nadie. Pero dejó estipulada una

5
batallas que conforman la vida están? Y, por cierto, ¿quiénes y sobre todo qué le han de
ocasionar a César más vueltas y revueltas en su ánimo, en su descanso en Montparnasse? A
buen entendedor... no más palabras. Solo poesía. No solo poesía.

cláusula en el contrato que de acuerdo a las leyes de Francia es inalienable. Dicha cláusula de acuerdo al
régimen de propiedad privada de dicho país es que nadie sin su consentimiento puede abrir dicha tumba. De
ese modo lo hizo suyo para siempre, actitud uterina de mujer, quizá haciéndolo el primer y único hijo que
alcanzó a tener. Sobre su lápida mandó grabar parte de este epitafio que escribió para él: Tú mi vida/ tú mi
desgracia/ toda mujer eternamente/ mece un niño/ Nevé tanto/ para que tú duermas/ lloré tanto/ para
desvanecer tu ataúd” (de “Georgette Vallejo, ser otra vez uno”. En: www.danilosanchezlihon.blogspot.com).

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