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La verdadera sabiduría

Hacía un calor asfixiante y la ropa se pegaba a nuestros cuerpos sin remedio alguno. La humedad en
el ambiente era más que palpable. Estaba bastante oscuro, pues los árboles llegaban tan alto que
hacían cosquillas al cielo y no dejaban que los rayos del sol osaran penetrar en las profundidades de
esa fortaleza, en la que por todas partes se veían musgos, lianas, y por no hablar ya de la larguísima
lista de especies de árboles.

De cuando en cuando oíamos el canto de un ave tropical perdido en la jungla, pero en general, todo
estaba tranquilo, quieto.
Entre tanta vegetación, apenas se podía distinguir un finísimo camino, casi intransitable y lleno de
rocas resbaladizas, que aletargaban la expedición.

Al rato escuchamos un murmullo lejano y agradable y el olor a humedad iba creciendo conforme
avanzábamos.
-Ese ruido...es una cascada, Esthela- me dijo Robert, uno de mis compañeros de la expedición.
-Si, es cierto. Debemos encontrarla y cuanto antes, no queremos que la noche se nos eche encima
mientras caminamos por la jungla.
- Yo diría que es por ahí- me contestó a su vez.
No tardamos mucho en llegar a un claro cerca del río. Desde allí se podía ver una catarata
semioculta un poco más arriba. Allí levantamos el campamento, y agradecidos por el descanso,
cerramos los ojos para no volver a abrirlos en toda la noche.

Cuando los primeros rayos del alba cruzaban por entre los árboles como dagas, me desperté
súbitamente. A los pocos minutos no recordaba el porqué. Seguramente algún tucán o mono sería el
culpable.

Fui al río a despejarme, donde el arrullo del agua era más placentero aún y el agua estaba fresca y
cristalina. Junto a aquel curso podía caer dormida fácilmente. El ambiente era perfecto, los rayos del
sol se colaban en ese pequeño claro y acariciaban mi rostro con delicadeza.

Ahora me sentía más despierta, y el interés pudo con mi paciencia, tenia muchas ganas de
comenzar. Así que dejé una nota para Robert y los demás. Decía así:
“Hola chicos, soy Esthela; me he despertado temprano y he decidido explorar un poco y empezar a
coger muestras y demás. Si no he vuelto a la hora en la que acordamos empezar la expedición,
hacedlo sin mí. Quedamos aquí al mediodía.

Un saludo.

Esthela Rowling”

Llevaba más de una hora fuera, según mi reloj; no necesité de mucho más tiempo para encontrar
uno de los especímenes de euforbiáceas que buscaba; por allí abundaban bastante.
Cogí los tubos de ensayo, las jeringuillas y algún que otro instrumento más para recoger savia,
corteza de árbol, hojas...

Al terminar me dispuse a guardarlo todo de nuevo con mucho tiento,ya que luego serían analizados
y no pretendía desgastar las muestras. En ese momento, el sonido de la hojarasca al ser pisada me
hizo levantar la vista casi instantáneamente. No ocurrió nada. Movía la cabeza a un lado y a otro,
pero seguía sin saber qué había sido aquello. Era muy inquietante no saber qué me estaba
acechando, más aún en ese lugar. Por un momento pensé que la humedad y el calor estaban jugando
con mi imaginación. Deseché tal idea cuando volví a oírlo.
Entonces, detrás de de un enorme helecho, apareció un niño.
Era muy dulce. Su piel era de un marrón oscuro perfecto. Tenía unas manos menudas y su pelo era
negro y muy rizado. Pero de todo ello, lo que más me fascinó fue su mirada sensata y encerrada
cual un esclavo en sus ojos oscuros e impenetrables, pero ahora asustados.

Más grande aún fue mi sorpresa cuando el pequeño me cogió del brazo y tiró de él mientras gritaba
palabras en un lenguaje que desconocía por completo y señalaba en la dirección de la que él venía.
Sin otra opción, le seguí algo confusa y a los pocos minutos llegamos junto a otro muchacho. Este
otro era un poco mayor y su piel era blanquecina, semejante a la mía.
Los gestos del pequeño me sacaron de mi confusión y al instante entendí lo que ocurría; su
compañero estaba gravemente herido en el cuello, las piernas... y tenía varios cortes de menor
importancia.
 Pero, yo soy científica, y no médica. No sé curar.- intenté decirle.

Fue totalmente en vano, como si de mis labios no hubiera salido una sola palabra; siguió señalando
los cortes y mirándome preocupado.
No sabía mucho de medicina. Recordé cuanto sabía, pero no se me ocurría qué podía hacer para
parar la hemorragia. De nada me servía ahora conocer a personas como Ramón y Cajal o Fleming.
A falta de alguna idea algo más profesional, arranqué parte de la tela de mi pantalón hasta la rodilla
y le hice un torniquete.
Aún así me sorprendí a mí misma buscando plantas medicinales para desinfectar y cicatrizar las
heridas. Opté por un poco de savia de Sangre de Drago.
Leí una vez en un interesante libro llamado “Las plantas son seres vivos” en el que varias páginas
hacían referencia a este ejemplar, cuya savia era roja como la sangre y cicatrizaba las heridas al
verter un poco sobre ellas.

Pasaron unas horas, que yo dediqué a velar al chico de piel blanca, aunque a cada segundo parecía
tener un color más acaramelado.
Una vez que se hubo recuperado pude saber el motivo de tales cortes; al parecer un tigre les había
atacado a falta de alimento y se había llevado lo poco que tenían con ellos.

 Hola, soy Arthur, le agradezco mucho su ayuda, ¿puedo preguntarle por su nombre?- me
dijo cordialmente al volver en sí.
 Encantada; puedes llamarme Esthela. ¿Cómo se llama tu amigo?, no puedo entenderlo.
 Su nombre es Joseph. Es nativo de esta jungla; su poblado está cerca de aquí. Vivo con ellos
desde hace un año, pues mis padres murieron en un naufragio y el mar me lanzó a las manos
de esta isla, en la que he aprendido a valerme por mis propios medios, ya que la naturaleza
solo da lo imprescindible, el resto está a tu cargo.

Me perdí las horas hablando con aquellos niños desconocidos sin saber bien por qué. Bueno, en
realidad solo con Arthur; a Joseph no conseguía comprenderle ni una palabra.

Cuando Arthur estuvo en condiciones adecuadas para caminar me guiaron hasta el poblado, donde
me recibieron con una calurosa bienvenida, a decir verdad, estaban muy angustiados por el
accidente.

El cielo estaba tomando un color naranja violáceo y yo solo pensaba en una cosa: debía volver
pronto. Les había anunciado a mis compañeros que mi vuelta sería al mediodía y ya estaba
muriendo el día. Comuniqué mi preocupación a mis amigos, que me contestaron con palabras
impregnadas de tristeza. Medité un poco más y llegué a la conclusión de que tal vez una noche bajo
el amparo de aquella gente no haría mal a nadie.
Así transcurrieron las semanas y con el tiempo encontré mi lugar en la tribu. Descubrí cuán sabias
eran allí las personas e intentaba absorber toda la sabiduría de sus mayores, pues los años de
experiencia les habían regalado una inteligencia brillante.
Distinguían cientos de plantas y frutos, leían el peligro y la calma en la jungla, conocían muchas
formas de curar...y por supuesto eran los mejores expertos en cuanto a supervivencia.

Yo, a mi vez, intentaba enseñarles cuanto sabía sobre la ciencia, pero de poco les servía. ¿Para qué
necesitaban ellos saber qué es una molécula, el catabolismo, o los gases que componen nuestra
atmósfera?, ¿qué utilidad le podían dar al saber cosas como la clasificación de los seres vivos?,
¿acaso no vivían perfectamente antes de conocer los distintos reinos y familias de los animales?

Ellos estaban aislados del resto del mundo y el dominar aquellos campos de la ciencia no les
resultaba algo necesario en absoluto, y la mayoría no sentía satisfacción cuando me escuchaba.
Aunque al intercambiar mutuamente nuestras lenguas, fue imposible que no acogiésemos cada uno
parte de la cultura del otro.

Pronto ya no sentía interés ninguno en volver, me sentía una más allí, y ellos me trataban como tal.

Recuerdo que cierta mañana, al despertar, salí de la pequeña cabaña de madera en la que dormía. Ya
estaba dispuesta a hacer las labores diarias, como eran traer agua del río, frutos, cuidar de los
niños... y como tiempo libre, aprender.
Levanté la cortina de mimbre que cubría la puerta y ante la entrada estaba Joseph sentado en el
suelo con una pelota vieja. Daba la impresión de que esperaba mi salida, pues se limitó a decir:

 Hola, Esthela, ¿juegas conmigo?


 Claro, venga.- respondí- pensaba ir al río a por agua, pero eso puede esperar.

Durante el juego estaba bastante pensativo y de repente me preguntó:


 ¿Para qué necesitas todos esos conocimientos sobre ciencia, Esthela?
Sinceramente, no supe qué contestar, nunca me había hecho esa pregunta a mí misma.
 Pues... para ser más culta ¿no?- respondí.
 Pero por muy culta que seas, si no tienes imaginación, ni observas lo que ocurre a tu
alrededor, de nada te sirve eso...

Entonces me percaté de lo que quería decirme, y tenía razón, hasta ahora se me había ocurrido que
quizás todo ese saber no lo utilizase bien, pues no usaba la experiencia ni el razonamiento para
llegar a la verdad, como o hacían mis nuevos amigos.

Simplemente estudiaba lo que me decían que debía estudiar, aprendía lo que aparecía en mis libros
de texto, pero nunca había tenido esa curiosidad infantil que tiende a preguntar por todo lo que ve;
¿por qué ese pájaro puede volar?, ¿por qué hay serpientes venenosas y no venenosas?, ¿por qué mi
iris es marrón y no verde, por ejemplo?; no, no tuve curiosidad por lo que me rodeaba y nunca
relacioné mis conocimientos con mi alrededor, solo los memorizaba sin más y los exponía en el
examen, después solo conservaba un tercio de los conocimientos del temario.

Estaba ciega y un niño de no más de siete años me había abierto los ojos ante lo que de verdad era
la verdadera sabiduría.

Pasaron los días, pero esta vez miraba el mundo con ojos nuevos, ya no eran las personas de la tribu
las que me enseñaban, sino que ahora yo les preguntaba, y si antes pensaba que conocían cosas
verdaderamente extraordinarias, no tenía ni idea de lo que estaba descubriendo ahora.
A pesar de empezar a aprender a tal edad, mejoré muchísimo en mi forma de vida y cada día que
nacía no caía sin ser aprovechado al máximo, pues me sentía bien conmigo misma.

Por desgracia no todo lo que se quiere se tiene y una mañana me desperté y ya no estaba en el
poblado, sino en el campamento, ya no oía las risas de Arthur, ni de Joseph, ni de los demás niños
jugando, ya no veía la gente de aquí para allá, siempre con una sonrisa en los labios, aunque sus
medios no sean los mejores, ahora solo oía lo que siempre había oído, nada; nadie tenía nada que
contar al mundo; se encerraban en sí, como yo había hecho siempre.

Al principio creí que tal vez lo hubiera soñado todo, pero no podía ser cierto; todo era tan real...
Desde el principio había sentido las caricias de Joseph, visto con todo destalle el rostro de cada
persona del poblado, oído sus consejos y había sentido alegría, tristeza como si en lo real hubiera
ocurrido. No, no podía haber sido un sueño.

Salí fuera de la tienda, por lo visto aún seguían dormidos los demás integrantes de la expedición. Al
acercarme a las tiendas de algunos de ellos podía distinguir sus respiraciones.
Finalmente llegué a la conclusión de que había dormido toda la noche y que mi imaginación había
aumentado muchísimo, y por lo tanto; que todo fue un sueño.

Tras una hora que dediqué a la lectura de un libro de fósiles, uno de los compañeros que formaban
la expedición despertó y salió de la tienda.
 Hola, Esthela, ¿qué tal la noche?
 Bastante bien, he descubierto que mi creatividad tiene el límite más allá de donde yo creía, y
es que mi sueño ha sido un tanto... peculiar. Me gustaría reflexionar sobre él, creo que me
ayudará mucho en mi futuro como científica.
 Am...Bueno, voy despertando al resto, que pronto empezamos a analizar. Por cierto, ¿qué le
ha pasado a tu pantalón?

Y en efecto, al bajar la vista me encontré con que mi pierna derecha estaba descubierta hasta la
rodilla.

Seudónimo: La pequeña escritora.


Datos personales.
Nombre y apellidos:

María Dolores Ariza Jaén

Dirección:

C/ Ramón y Cajal nª26


14520 Fernán Núñez, Córboba

Teléfono: 957 37 32 62

Centro:

IES Miguel Crespo, Fernán Núñez


2º de ESO- B