Pierre MICHEL

OCTAVE MIRBEAU,
EL INTELECTUAL COMPROMETIDO.
Ética y compromiso
Como muchos escritores que han conocido la gloria y la celebridad en
vida, Octave Mirbeau (1848-1917) ha atravesado, durante algunos decenios
después de su muerte, una fase de purgatorio. Pero, a diferencia de muchos de
sus colegas, caídos rápidamente en el olvido, él siempre ha estado muy presente,
no solamente en el corazón de los happy few y de los intelectuales exigentes,
sino también en un vasto número de lectores, gracias a unas obras que han
continuado garantizándole un éxito popular: jamás se ha cesado de representar
Los negocios son los negocios, y constantemente se han reeditado y traducido a
numerosas lenguas El Jardín de los Suplicios y el Diario de una camarera,
grandes éxitos de librería jamás desmentidos, así como regularmente se han
mantenido las adaptaciones cinematográficas1, teatrales o televisivas de sus
obras. Sin embargo, una vez que su gran voz cesó de « hacer temblar a los
poderosos », según la fórmula de Thadée Natanson, todos los que él había
combatido, ridiculizado, condenado, se dedicaron a quitar importancia a su
producción, minimizar su genio y reducir a un mínimo incomprensible el
carácter eminentemente subversivo de una obra de rebeldía e indignación. La
mayor parte de los críticos e historiadores de literatura se han limitado a ver en
él un « pequeño maestro », un autor de segunda fila, o incluso –¡fatal
contrasentido!-, un vulgar naturalista, cuando no es simplemente un pornógrafo,
duplicado de oportunista e incoherente.
Hay que decir que Octave Mirbeau es la mejor encarnación del intelectual
ético, casta particularmente deshonorada de nuestras pretendidas « élites », que
nada detestan tanto como caer en ridículo y desmitificados de importancia: tanto
los políticos sin escrúpulos, los piratas de los negocios, los parásitos del « gran
mundo » inmundo, los patronos despiadados, las « almas guerreras », siempre en
pos de nuevas matanzas, y los servidores de las religiones homicidas y
embrutecedoras, como los artistas academicistas, los críticos odiosos de toda
innovación, los profesionales de la escritura pensada para el embrutecimiento de
las masas o los poderosos ingenieros, dispuestos a destruir la naturaleza en
nombre de un mítico « progreso »… ¿Qué es, en efecto, un intelectual ético
como Mirbau? Es una personalidad conocida y reconocida por l’intelligentsia
que, en lugar de servir los intereses de los dominadores y capitalistas,
preocuparse egoístamente nada más que de su carrera y aspirar a « esos honores
1 Entre ellas la de Luís Buñuel con Jeanne Moreau en el papel de Celestina.

que deshonoran », se compromete, sin reserva, con los grandes valores
universales, tales como la Verdad, la Justicia2, la Libertad y la Belleza y pone en
la balanza todo el peso de su notoriedad y todo el prestigio de su genio. Cierto
que estos valores no son absolutos y no siempre es fácil definirlos. Pero, al
menos para quien disponga de cierto espíritu crítico, es posible distinguir dónde
se encuentran la mentira, la opresión, la injusticia y la fealdad, y esto es más que
suficiente para que sirva de brújula a los que se adentran en la lucha.
Si su compromiso intelectual merece ser calificado de « ético », más que
« moral » o político, es porque Mirbeau es totalmente refractario a lo que
ordinariamente se entiende por « moral » o « político ». Para un ateo radical y
un eudemonista3 como él, la pretendida « moral » es siempre opresiva y contra
natura y muy a menudo sólo sirve de cómodo tapa-rabos a los Tartufos de toda
laya – de paisano, en uniforme o con sotana –, que se arrogan el exorbitante
derecho de conducir las sociedades modernas y dirigir los comportamientos de
los individuos. En cuanto a la política, tal como es manejada por los
profesionales del cotarro, Mirbeau la rechaza categóricamente, por lo que
implica de propaganda engañosa, promesas irrealizables, arreglos sospechosos,
manipulaciones de la opinión, traiciones de los compromisos solemnes y
« conflictos de intereses », como se dice hipócritamente hoy para evitar tener
que recurrir al término degradante de « corrupción ». Este hecho distingue al
libertario Mirbeau de los militantes políticos, encuadrados en un partido y
sometidos a una disciplina que traba su libertad de pensamiento. Él se opone a
fortiori a estos detestables intelectuales, engreídos de vanidad, que, a semejanza
de Bernard-Henri Lévy, no se sirven de los medios más que para asegurar su
propia promoción. Pero tampoco es lo que Michel Foucault llama un
« intelectual específico », pues no tiene la pretensión de ser un experto, ni de
tener conocimientos especiales que le confieran una autoridad en sus dominios
de intervención: así se hallaba completamente ajeno a los problemas de
espionaje militar y muy ignorante en materia de la carrera de los armamentos,
cuando valientemente se adentró en el « affaire Dreyfus4 ; le bastó para esto
comprender intuitivamente, incluso antes de que las pruebas vinieran a
confirmarlo, que una monstruosa felonía se estaba perpetrando y que un
inocente ya la había pagado con cuatro años de trabajos forzados. Permanecer
indiferente cuando se es testigo de un crimen y se tienen los medios para hacer
oír la protesta, es convertirse objetivamente en cómplice, y esto es intolerable
para quien está dotado de una conciencia. A pesar del riesgo de convertirse él
mismo en escándalo, Mirbeau se decidió a denunciar a son de trompeta todo
cuanto le escandalizaba en la sociedad burguesa y en la economía capitalista y
financiera de su época. Y él se desloma intentando abrir los ojos de sus
2 La verdad y la justicia eran los dos valores esenciales de los dreyfusards, durante el « affaire Dreyfus ».
3 Eudemonista.-Persona que sigue moral que se dirige hacia la conquista del bien supremo, que es la felicidad.
4 Es Octave Mirbeau quien pagó de su bolsillo la multa a la que fue condenado Emilio Zola por su célebre « Yo
acuso » : 7 525 francos, o sea alrededor de 60 000 euros.

contemporáneos a propósito de una organización social criminal y criminógena
en la que todo marcha en contra del buen sentido y de la justicia.
Para un escritor polivalente como Mirbeau, periodista, panfletario, crítico
de arte, novelista y dramaturgo, el arma más eficaz para llevar a cabo esta
empresa de revelación de realidades ocultas, evidentemente, es su pluma que,
por las mismas razones, es temida por unos – los burgueses y las « gentes
honestas5 » –, y admirada por otros, las víctimas, los pobres, los pequeños, los
artistas ignorados, todos los que él defendió, ayudó, sostuvo financieramente y
promocionó. También, cuando este impedidor de pensar en redondo, este
torcedor de palabras políticamente incorrecto, no estaba aquí para hacer tronar
su voz estruendosa en los cuatro puntos de Europa, los que habían sido la diana
de su ironía desmitificadora, se han vengado como han podido, tratando de
desacreditar, vil y cobardemente, su mensaje de indignación.
Pero casi un siglo después de la desaparición del « justiciero que – según
Émile Zola – ha dado su corazón a los miserables y a los que sufren en este
mundo », es precisamente la generosidad de esta entrega sin falla, al servicio de
los desamparados y sin voz, su lucidez despiadada frente a las grandes mentiras
gracias a las cuales los dominadores conducen el rebaño corderil de los electores
a las urnas o a los mataderos, su negación visceral de todas las formas de
explotación, de opresión y alienación, su rebelión permanente contra todos los
poderes – el del padre, el del cura, el del patrón, el banquero o el gobernante –,
lo que explica que numerosos lectores de hoy, indignados por las monstruosas
aberraciones del sistema mundial y la inculcación descerebrada del pensamiento
único, descubren con entusiasmo y fascinación el genio de un escritor
decididamente diferente a los otros, que ha intentado romper los tabúes y ha
obligado “a los ciegos voluntarios” a ver, revelándoles los seres y las cosas, no
como ellos se las han preparado para que las vean – o más bien para que no las
vean –, sino en toda su odiosa y repulsiva desnudez. Lo que impide muy a
menudo a los hombres, debidamente embrutecidos, el “mirar a la Medusa de
frente”, es el halo de respetabilidad que rodea a los dominadores y a las
instituciones sociales. En tanto que los pobres tengan por “el millón” el respeto
de Celestina, en el Diario de una camarera, en tanto que los electores
entontecidos, « más bestias que las bestias » continúen eligiendo « al carnicero
que los matará y al burgués que se los comerá », en tanto que los bellos
parlamentarios de la Cámara impresionen con sus “muecas” ventajosas la
imaginación de los débiles, en tanto que los irrisorios honores continúen
fascinando a los miserables, en tanto que se les siga inculcando el miedo al
infierno y la sumisión a todos los poseedores de la autoridad, el orden – o, más
bien, el desorden – social estará salvaguardado y los poderosos podrán dormir
tranquilos. Para Mirbeau importa, pues, en primer lugar, arrancar la máscara de
5 « Por infame que sea la acanalla, jamás lo será tanto como la honesta gente », anota la criada Celestina en su
Diario de una camarera.

respetabilidad y hacernos penetrar en los entresijos sórdidos del theatrum
mundi, como lo hace la criada Celestina y hacernos vivir los bajos fondos
nauseabundos de la cocina de los poderosos. Toda su obra periodística,
novelística y teatral pone en evidencia una pedagogía de choque y una estética
de la revelación que nos hace partícipes de su hastío por el mundo como va, con
la vaga esperanza de que unas “almas ingenuas”, que han tenido la suerte de
escapar al embrutecimiento en uso, tomen conciencia de las infamias sociales, se
rebelen en su momento y busquen unos caminos alternativos…
La bomba que, con suerte, hará saltar el viejo mundo podrido, no será la
de Ravachol6 y los anarquistas partidarios de atentados ingenuamente
considerados emancipadores, sino la de las palabras reveladoras de los males: a
la « propaganda por el hecho », Mirbeau opone la propaganda por la palabra, la
única susceptible – escribe – de hacer germinar « la idea y la piedad ».
Bajo el signo del absurdo.
Es en 1890, cuando aparece la tercera novela firmada con su apellido,
Sebastián Roch. Evoca sin ruborizarse, pero con un pudor extremo, un tema que
aún continuará tabú durante más de un siglo: el de las violencias sexuales
ejercidas por sacerdotes católicos sobre adolescentes. Si se le juzga por el
número de violaciones que aparecen en su obra literaria, queda claro que
Mirbeau se ha sentido particularmente sensible hacia este tema, tan sintomático
de una sociedad de opresión, en la que queda garantizada la impunidad a los
depredadores de todo género, que cínicamente se reparten el poder, el dinero, los
honores y las presas humanas. A las razones éticas de su indignación se añade,
según parece, una cuestión muy personal: Mirbeau ha sido, en efecto, expulsado
del colegio de los jesuitas de Vannes (Bretaña), escenario de la novela, en unas
condiciones más que sospechosas, que llevan a pensar que, como su triste héroe,
él también podría haber sido víctima de su maestro de estudios. Si tal ha sido el
caso, ha necesitado un cuarto de siglo para poder evocar este persistente
traumatismo de la adolescencia y, gracias a la terapia de la escritura, reducir un
poco sus deletéreos efectos a largo plazo. Pues, si su pálido alter ego, prisionero
del pasado, marcado para siempre por « la huella » de los jesuitas y « la
homicida mano del cura », y por añadidura condenado al aislamiento en su aldea
del Perche, ha sido incapaz de aportar un contenido y un sentido a su vana y
abstracta rebeldía, el novelista lo ha conseguido adentrándose, como Bolorec, en
el servicio de una « gran cosa ». A semejanza de esta juventud en vano soñada
por Sebastián, « frente a la moral establecida por el cura y las leyes aplicadas
por el gendarme, este complemento del cura », enérgicamente ha gritado: « Yo
seré inmoral y rebelde ». La pluma ha sido para él un remedio al mismo tiempo
que un arma de una eficacia envidiada y temida.
6 Ravachol : activista anarquista, autor de varios atentados con bombas. Nace el 14 de octubre de 1859 y muere
guillotinado el 11 de julio de 1892.

Por encima de la denuncia de los violadores ensotanados, inmutablemente
protegidos por su Iglesia desde siglos, es a los falsos valores y a las alienantes
instituciones de las sociedades modernas, a quienes se dirige Mirbeau. En este
mundus inversus, todo lo que se nos presenta como bello, noble y honorable,
ineluctablemente, se transmuta en todo lo contrario, y las palabras ya no sirven
para expresar la realidad de las cosas, sino para camuflarla: en la familia, donde
se supone reina el amor recíproco y los padres están llamados a asegurar a su
progenitura el afecto y la educación, el niño no cuenta jamás y es maltratado,
oprimido, explotado, apaleado y, muy a menudo, como Sebastián, no es más que
una víctima inmolada al sacrificio de unos dioses voraces por unos padres
imbuidos de su importancia; la enseñanza, que debería emancipar los espíritus, a
menudo no es más que una triste empresa de embrutecimiento que no tiene otra
finalidad que la de matar en el huevo todo lo que, potencialmente, pueda haber
de humano en el futuro adulto; la religión llamada « de amor » se ha convertido
en un instrumento de dominación de las almas 7 al mismo tiempo que jugoso
chantaje; la pretendida « República », lejos de ser la “cosa del pueblo”, no es
más que el patrimonio de un puñado de aprovechados que engaña al elector
imbécil para poder estrujarlo mejor: lejos de ser el poder del pueblo, la seudo
democracia burguesa no es más que el ejercicio del poder de una minoría sobre
el pueblo; el ejército, en lugar de defender a la población, como pretende, le
impone un orden arbitrario y una disciplina mortífera y practica en grande la
matanza de civiles, como ocurrió en Francia durante la semana sangrienta de
mayo de 1871; en cuanto a la mitificadora idea de patria, que supuestamente
debería unirnos y protegernos, en realidad no es más que ídolo ahíto de sangre,
« en nombre del cual se cometen tantas locuras y tantas atrocidades » y arranca
a tantos hombres jóvenes, « llenos de amor, a la naturaleza madre », para
« lanzarlos, llenos de odio, hambrientos y desnudos, sobre la tierra
madrastra », como Sebastián Roch y como Jean Mintié en Le Calvaire.
Es porque, después de la violación, « muerte del alma de un niño », él no
es más que un muerto-viviente que no ve salida a este monstruoso conjunto de
absurdos sangrantes, por lo que Sebastián Roch prefiere dejarse matar en la
guerra antes que matar: « Yo no mato », decide8. ¿Quiere esto decir que él
prefiere ser un mártir a un verdugo, una manera de dar sentido a su muerte, a
falta de haber podido dar un sentido a su vida? Es posible, pero entonces es
forzoso reconocer, que no hay martirio, pues su muerte será tan absurda como su
corta vida. En tanto que un mártir se supone muere por un valor que el considera
superior a su propia vida, Sebastián cae accidentalmente, fuera de todo combate,
sin el menor provecho para su « patria » y sin la menor razón, simplemente
porque un joven imbécil y con galones ha creído entretenido jugar a la guerra…
En L’Étranger, de Camus, el inocente Meursault será condenado a muerte
7 Mirbeau califica a los curas católicos de « modeladores de almas » y de « pudridores de almas ».
8 Es con este título que el último capítulo de la novela ha sido traducido al español en la edición aparecida en la
colección “La Novela Obrera”, nº 8.

« por no haber llorado en el entierro de su madre »; en la novela del « absurdo »
de Mirbeau, otro extraño a la locura de los hombres, Sebastián, debe morir por
haber creído, ingenuamente, en la palabra de los padres…
Pero, para el novelista, el sacrificio de Sebastián acaso no sea totalmente
inútil por poco que la magia de la palabra y la emoción que ésta suscita, incite a
los lectores de cualquier edad a hacerse algunas preguntas, a tomar poco a poco
conciencia de lo que durante muchísimo tiempo se ha ocultado a sus ojos, a
emanciparse un poco del peso de los condicionamientos, incluso a indignarse
para finalmente actuar como ciudadanos libres y lúcidos. En este caso no se
habrá perdido definitivamente toda esperanza de hacer la sociedad un poco
menos absurda y a los hombres un poco menos crueles, o, como lo dice Albert
Camus9 en La Peste, « disminuir aritméticamente el dolor del mundo ».
Pierre MICHEL
Presidente de la Sociedad Octave Mirbeau
Redactor jefe de los Cahiers Octave Mirbeau

9 Véase nuestro ensayo Albert Camus et Octave Mirbeau, Société Octave Mirbeau, 2005
(http://www.scribd.com/doc/2358736/Pierre-Michel-Albert-Camus-et-Octave-Mirbeau).

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