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La IgLesIa de JesucrIsto de Los santos de Los ÚLtImos días • mayo de 2010
La IgLesIa de JesucrIsto de Los santos de Los ÚLtImos días • mayo de 2010
Discursos de
la Conferencia
General
La Primera Visión, artista desconocido Ventana con Vitral que pertenecía originalmente al centro de reuniones
La Primera Visión, artista desconocido
Ventana con Vitral que pertenecía originalmente al centro de reuniones del Barrio adams de los Ángeles, california, ee. uu.; cortesía del museo de Historia de la iglesia

En 1820, el joven José Smith entró a una arboleda cercana a su hogar para orar a fin de saber a qué iglesia debía unirse. En respuesta a su oración, vio al Padre y al Hijo:

vi “

una columna de luz, más brillante que el sol, directamente arriba de mi cabeza; y esta luz gradualmente descendió hasta descansar sobre mí

“Al reposar sobre mí la luz, vi en el aire arriba de mí a dos Personajes, cuyo fulgor y gloria no admiten descripción. Uno de ellos me habló, llamándome por mi nombre, y dijo, señalando al otro: Éste es mi Hijo Amado: ¡Escúchalo!” ( José Smith—Historia 1:16–17).

Índice general Mayo de 2010

Volumen 34 • Número 5

2 Resumen de la Conferencia General Anual número 180

SESIÓN DEL SÁBADO POR LA MAÑANA

4

Bienvenidos a la conferencia Presidente Thomas S. Monson

6

El poder del sacerdocio Presidente Boyd K. Packer

10

y

sobre las siervas derramaré

mi

Espíritu en aquellos días”

Julie B. Beck

13

Nuestra senda del deber Obispo Keith B. McMullin

16

La

roca de nuestro Redentor

Élder Wilford W. Andersen

18

Madres e hijas Élder M. Russell Ballard

22

Ayúdenlos en el camino de regreso al hogar Presidente Henry B. Eyring

SESIÓN DEL SÁBADO POR LA TARDE

26

27

28

El sostenimiento de los Oficiales

de la Iglesia

Presidente Dieter F. Uchtdorf

Informe del Departamento de Auditorías de la Iglesia, 2009 Robert W. Cantwell

Informe estadístico de 2009 Brook P. Hales

29

Las madres enseñan a los hijos

en el hogar

Élder L. Tom Perry

32 La

36

38

40

44

54

El magnífico Sacerdocio Aarónico David L. Beck

56

Continuemos con paciencia Presidente Dieter F. Uchtdorf

60

Obrar con toda diligencia Presidente Henry B. Eyring

64

La preparación trae bendiciones Presidente Thomas S. Monson

SESIÓN DEL DOMINGO

POR LA MAÑANA

68

“Ustedes son Mis manos” Presidente Dieter F. Uchtdorf

75

¡Él vive, y yo lo honraré! Élder Richard G. Scott

78

Volverse al Señor Élder Donald L. Hallstrom

81

Que nuestros niños puedan ver la faz del Salvador Cheryl C. Lant

83

Nosotros seguimos a Jesucristo Élder Quentin L. Cook

87

¡Ha resucitado! Presidente Thomas S. Monson

SESIÓN DEL DOMINGO POR LA TARDE

91

Generaciones entrelazadas con amor Élder Russell M. Nelson

95

Nuestro deber a Dios: La misión de padres y líderes para con la nueva generación Élder Robert D. Hales

101

Todas las cosas obrarán juntamente para su bien Élder James B. Martino

103

Cultivar el buen juicio y no juzgar a los demás Élder Gregory A. Schwitzer

106

Cosas concernientes a la rectitud Élder Francisco J. Viñas

108

Dime la historia de Cristo Élder Neil L. Andersen

112

Palabras de clausura Presidente Thomas S. Monson

REUNIÓN GENERAL DE LAS MUJERES JÓVENES

114

Sé valiente Ann M. Dibb

117

¡Nunca, nunca, nunca se den por vencidas! Mary N. Cook

120

¡Recuerden quiénes son! Elaine S. Dalton

123

Presentación en video: Tengo un propósito

124

Ser felices para siempre Presidente Dieter F. Uchtdorf

72 Autoridades Generales de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días

128

130

Se dirigen a nosotros: Hagamos de la conferencia parte de nuestras vidas Se dirigen a los jóvenes Índice de relatos de la conferencia Enseñanzas para nuestra época Presidencias Generales de las Organizaciones Auxiliares Noticias de la Iglesia

98 Mamá me lo dijo Élder Bradley D. Foster 132 133 133 134
98 Mamá me lo dijo
Élder Bradley D. Foster
132
133
133
134

bendición de las Escrituras

Élder D. Todd Christofferson

Manos que ayudan, manos que salvan Élder Koichi Aoyagi

Cuando el Señor manda Élder Bruce A. Carlson

Velando… con toda perseverancia Élder David A. Bednar

No hay lugar para el enemigo

de mi alma

Élder Jeffrey R. Holland

SESIÓN DEL SACERDOCIO

47

51

Sanar a los enfermos Élder Dallin H. Oaks

El llamamiento divino de un misionero Élder Ronald A. Rasband

Resumen de la Conferencia General Anual número 180

SÁBADO POR LA MAÑANA, 3 DE ABRIL DE 2010, SESIÓN GENERAL

Presidió: Presidente Thomas S. Monson. Dirigió: Presidente Dieter F. Uchtdorf. Primera oración: Élder Yoshihiko Kikuchi. Última oración: Élder Erich W. Kopischke. Música por el Coro del Tabernáculo; Mack Wilberg, director; Richard Elliott y Andrew Unsworth, organistas: “Dulce Tu obra es, Señor”, Himnos, Nº 84; “Hijos del Señor, venid”, Himnos, Nº 26; “Tengo gozo en mi alma hoy”, Himnos, Nº 146, arreglo de Wilberg, inédito; “Jehová, sé nuestro guía”, Himnos, Nº 39; “Mandó a Su Hijo”, Canciones para los niños, Nº 20, arreglo de Hofheins, inédito; “Qué firmes cimientos”, Himnos, Nº 40, arreglo de Wilberg, inédito.

SÁBADO POR LA TARDE, 3 DE ABRIL DE 2010, SESIÓN GENERAL

Presidió: Presidente Thomas S. Monson. Dirigió: Presidente Dieter F. Uchtdorf. Primera oración: Élder Lynn G. Robbins. Última ora- ción: Élder Craig C. Christensen. Música por un coro combinado del Instituto de Religión de Orem; Ryan Eggett y Allen Matthews, direc- tores; Bonnie Goodliffe, organista: “Dios man- da a profetas”, Himnos, Nº 11; “Siento el amor de mi Salvador”, Canciones para los niños, Nº 42, arreglo de Dayley, pub. Jackman; “Te damos, Señor, nuestras gracias”, Himnos, Nº 10; “Más cerca, Dios, de Ti”, Himnos, Nº 50, arreglo de Duffin, inédito.

SÁBADO POR LA TARDE, 3 DE ABRIL DE 2010, SESIÓN DEL SACERDOCIO

Presidió: Presidente Thomas S. Monson. Dirigió: Presidente Henry B. Eyring. Primera oración: Élder Keith K. Hilbig. Última ora- ción: Élder Michael John U. Teh. Música por un coro del sacerdocio de la Universidad Brigham Young; Ronald Staheli, director; Clay Christiansen y Richard Elliott, organis- tas: “El Padre tanto nos amó”, Himnos, Nº 112, arreglo de McDavitt, inédito; “Haz el bien”, Himnos, Nº 155, arreglo de Hall, inédi- to; “Glorias cantad a Dios”, Himnos, Nº 37; “La barra de hierro”, Himnos, Nº 179, arreglo de Staheli, inédito.

2

Liahona

DOMINGO POR LA MAÑANA, 4 DE ABRIL DE 2010, SESIÓN GENERAL

Presidió: Presidente Thomas S. Monson. Dirigió: Presidente Henry B. Eyring. Primera oración: Élder Kenneth Johnson. Última ora- ción: Élder Wolfgang H. Paul. Música por el Coro del Tabernáculo; Mack Wilberg y Ryan Murphy, directores; Andrew Unsworth y Clay

Christiansen, organistas: “En este día de gozo

y alegría”, Hymns, Nº 64; “Cristo ha resucita-

do”, Himnos, Nº 122; “El Cristo es”, Moody, arreglo de Bradford, pub. Nature Sings; “A Cristo Rey Jesús”, Himnos, Nº 30; “Cuando venga Jesús”, Canciones para los niños, Nº 46, arreglo de Murphy, inédito; “Himno de la Pascua de Resurrección”, Himnos, Nº 121, arreglo de Wilberg, inédito.

DOMINGO POR LA TARDE, 4 DE ABRIL DE 2010, SESIÓN GENERAL

Presidió: Presidente Thomas S. Monson. Dirigió: Presidente Henry B. Eyring. Primera

oración: Élder Christoffel Golden Jr. Última oración: Obispo Richard C. Edgley. Música por el Coro del Tabernáculo; Mack Wilberg

y Ryan Murphy, directores; Linda Margetts y

Bonnie Goodliffe, organistas: “Oh Rey de re- yes, ven”, Himnos, Nº 27, arreglo de Murphy, inédito; “Tan humilde al nacer”, Himnos, Nº 120, arreglo de Kasen, pub. Jackman; “Yo sé que vive mi Señor”, Himnos, Nº 73; “Conmigo quédate, Señor”, Himnos, Nº 98, arreglo de Wilberg, inédito.

SÁBADO POR LA TARDE, 27 DE MARZO DE 2010, REUNIÓN GENERAL DE LAS MUJERES JÓVENES

Presidió: Presidente Thomas S. Monson. Dirigió: Elaine S. Dalton. Primera oración:

Karlee Gubler. Última oración: Kendrick Smaellie. Música por un coro de Mujeres Jóvenes de las estacas de Lehi, Utah; Lehi Este, Utah; Lehi Norte, Utah y Lehi Sur, Utah; Merrilee Webb, directora; Bonnie Goodliffe, organista: “Bandera de Sión”, Himnos, Nº 4, arreglo de Webb, inédito; “Caros niños, Dios

os ama”, Himnos, Nº 47, arreglo de Watkins, inédito; “Sé fuerte”, de Un nuevo año:

Celebración de la juventud: 2010, inédito; “Oh, Tú, Roca de salvación”, Hymns, Nº 258, arreglo de Kasen, pub. Jackman; “Qué firmes cimientos”, Himnos, Nº 40, arreglo contra- punto de Webb.

DISCURSOS DE LA CONFERENCIA A DISPOSICIÓN DEL PÚBLICO

Para tener acceso a los discursos de la Conferencia General en varios idiomas, visite conference.lds.org. Luego, seleccione un idioma; por lo general, las grabaciones de audio estarán disponibles en los centros de distribución dos meses después de la conferencia.

MENSAJES DE ORIENTACIÓN FAMILIAR Y DE LAS MAESTRAS VISITANTES

Para los mensajes de la orientación familiar y de las maestras visitantes, sírvase seleccionar uno de los discursos que mejor satisfaga las necesidades de las personas a las que visite.

EN LA CUBIERTA

Frente: Fotografía del presidente Thomas S. Monson y de la hermana Frances Monson, por John Luke. Atrás: Fotografía del Templo de Salt Lake, por Weston Colton.

FOTOGRAFÍAS DE LA CONFERENCIA

Las escenas de la conferencia general, que se efectuó en Salt Lake City, las tomaron Craig Dimond, Welden C. Andersen, John Luke, Matthew Reier, Christina Smith, Les Nilsson, Scott Davis, Lindsay Briggs, Cody Bell, Mark Weinberg, Weston Colton, Jenica Heintzelman, Brandon Flint y Robert Casey; en Argentina, Lucio Javier Fleytas y Cristian Rafael López Fonseca; en Brasil, Laureni Ademar Fochetto y Ana Claudia Soli; en Chile, Oscar Schmittner; en República Checa, Bev Robison; en Francia, Carlos González; en las Filipinas, Edwin Redrino; y en Oregón, EE. UU., John Snyder.

Checa, Bev Robison; en Francia, Carlos González; en las Filipinas, Edwin Redrino; y en Oregón, EE.

MAYO DE 2010 VOL. 34 NO. 5 LIAHONA 09286 002

Publicación oficial de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, en el idioma español. La Primera Presidencia: Thomas S. Monson, Henry B. Eyring, Dieter F. Uchtdorf El Quórum de los Doce Apóstoles: Boyd K. Packer, L. Tom Perry, Russell M. Nelson, Dallin H. Oaks,

M. Russell Ballard, Richard G. Scott, Robert D. Hales,

Jeffrey R. Holland, David A. Bednar, Quentin L. Cook,

D. Todd Christofferson, Neil L. Andersen

Editor: Spencer J. Condie Asesores: Keith K. Hilbig, Yoshihiko Kikuchi, Paul B. Pieper Director administrativo: David L. Frischknecht Director editorial: Vincent A. Vaughn Editor principal: Larry Hiller Director de artes gráficas: Allan R. Loyborg Editor administrativo: R. Val Johnson Editores administrativos auxiliares: Jenifer L. Greenwood, Adam C. Olson Editores adjuntos: Ryan Carr Editora auxiliar: Susan Barrett Personal de redacción: David A. Edwards, Matthew D. Flitton, LaRene Porter Gaunt, Annie Jones, Carrie Kasten, Jennifer Maddy, Melissa Merrill, Michael R. Morris, Sally J. Odekirk, Joshua J. Perkey, Chad E. Phares, Jan Pinborough, Richard M. Romney, Don L. Searle, Janet Thomas, Paul VanDenBerghe, Julie Wardell Secretaria principal: Laurel Teuscher Director de arte: Scott Van Kampen Gerente de producción: Jane Ann Peters Personal de diseño y de producción: Cali R. Arroyo, Collette Nebeker Aune, Howard G. Brown, Julie Burdett, Thomas S. Child, Reginald J. Christensen, Kim Fenstermaker, Kathleen Howard, Eric P. Johnsen, Denise Kirby, Scott M. Mooy, Ginny J. Nilson Asuntos previos a la impresión: Jeff L. Martin Director de impresión: Craig K. Sedgwick Director de distribución: Randy J. Benson Coordinación de Liahona: Enrique Resek, Diana R. Tucker

Para saber el costo de la revista y cómo suscribirse a ella fuera de Estados Unidos y de Canadá, póngase en contacto con el Centro de Distribución local o con el líder del barrio o de la

rama.

Los manuscritos y las preguntas deben enviarse a Liahona, Room 2420, 50 E. North Temple Street, Salt Lake City, UT 84150-0024, USA; o por correo electrónico a: liahona@ldschurch.org.

Liahona (un término del Libro de Mormón que significa "brújula"

o "director") se publica en albanés, alemán, armenio, bislama,

búlgaro, camboyano, cebuano, cingalés, coreano, croata, checo, chino, danés, esloveno, español, estonio, fiyiano, finlandés, francés, griego, hindi, holandés, húngaro, indonesio, inglés, islandés, italiano, japonés, kiribati, letón, lituano, malgache, marshalés, mongol, noruego, polaco, portugués, rumano, ruso, samoano, sueco, tagalo, tailandés, tahitiano, tamil, telegu, tongano, ucraniano, urdu, y vietnamita. (La frecuencia de las publicaciones varía de acuerdo con el idioma.)

(c) 2010 por Intellectual Reserve, Inc. Todos los derechos reservados. Impreso en los Estados Unidos de América.

El material de texto y visual de la revista Liahona se puede copiar

para utilizarse en la Iglesia o en el hogar, siempre que no sea con fines de lucro. El material visual no se puede copiar si aparecen restricciones en la línea de crédito del mismo. Las preguntas que tengan que ver con este asunto se deben dirigir a Intellectual Property Office, 50 East North Temple Street, Salt Lake City, UT 84150, USA; correo electrónico:

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Para los lectores de México: Certificado de Licitud de título número 6988 y Licitud de contenido número 5199, expedidos por la Comisión Calificadora de Publicaciones y revistas ilustradas el 15 de septiembre de 1993. "Liahona" (c) es nombre registrado en la Dirección de Derechos de Autor con el número 252093. Publicación registrada en la Dirección General de Correos número 100. Registro del S.P.M. 0340294 características

218141210.

For Readers in the United States and Canada:

May 2010 Vol. 34 No. 5. LIAHONA (USPS 311-480) Spanish (ISSN 0885-3169) is published monthly by The Church of Jesus Christ of Latter-day Saints, 50 East North Temple, Salt Lake City, UT 84150. USA subscription price is $10.00 per year; Canada, $12.00 plus applicable taxes. Periodicals Postage Paid at Salt Lake City, Utah. Sixty days' notice required for change of address. Include address label from a recent issue; old and new address must be included. Send USA and Canadian subscriptions to Salt Lake Distribution Center at the address below. Subscription help line: 1-800-537-5971. Credit card orders (Visa, MasterCard, American Express) may be taken by phone. (Canada Poste Information: Publication Agreement #40017431) POSTMASTER: Send address changes to Salt Lake Distribution Center, Church Magazines, PO Box 26368, Salt Lake City, UT

84126-0368.

Magazines, PO Box 26368, Salt Lake City, UT 84126-0368. LOS DISCURSANTES POR ORDEN ALFABÉTICO Andersen, Neil

LOS DISCURSANTES POR ORDEN ALFABÉTICO

Andersen, Neil L., 108 Andersen, Wilford W., 16 Aoyagi, Koichi, 36 Ballard, M. Russell, 18 Beck, David L., 54 Beck, Julie B., 10 Bednar, David A., 40 Carlson, Bruce A., 38 Christofferson, D. Todd, 32 Cook, Mary N., 117 Cook, Quentin L., 83 Dalton, Elaine S., 120 Dibb, Ann M., 114 Eyring, Henry B., 22, 60 Foster, Bradley D., 98 Hales, Robert D., 95 Hallstrom, Donald L., 78 Holland, Jeffrey R., 44 Lant, Cheryl C., 81 Martino, James B., 101 McMullin, Keith B., 13 Monson, Thomas S., 4, 64, 87, 112 Nelson, Russell M., 91 Oaks, Dallin H., 47 Packer, Boyd K., 6 Pe rr y, L. Tom, 29 Rasband, Ronald A., 51 Schwitzer, Gregory A., 103 Scott, Richard G., 75 Uchtdorf, Dieter F., 26, 56, 68, 124 Viñas, Francisco J., 106

ÍNDICE DE TEMAS

Adversidad, 78, 101, 124 Amor, 68, 98 Aprendizaje, 40 Belleza, 120 Bendiciones, 38 Bendiciones del sacerdocio, 6, 47 Concupiscencia, 44 Conferencia General, 112 Confianza, 54 Consuelo, 68 Conversión, 36 Crecimiento, Iglesia, 4 Deber, 13, 60, 95 Deber a Dios, 22, 54, 60, 95 Diligencia, 60 Ejemplo, 18, 95 Enseñanza, 29, 75, 106, 108 Escrituras, 32, 106, 114, 117 Esperanza, 16

Espíritu Santo, 10, 103, 117,

120

Expiación, 75, 83 Familia, 6, 29, 40, 81, 91 Fe, 16, 47, 56, 120 Felicidad, 124 Fidelidad, 44 Hijas, 18 Hijos, 81, 108 Historia Familiar, 91 Hogar, 29, 95 Honradez, 64 Inspiración, 51 Jesucristo, 16, 32, 68, 75, 78, 81, 83, 87, 98, 101, 108, 112 Juicio, 103 Libro de Mormón, 40

Mandamientos, 13, 38 Maternidad, 18, 29, 98 Modestia, 18 Muerte, 87 Mujeres jóvenes, 123 Naturaleza Divina, 120 Niños, 22, 40, 108

Normas, 64 Obediencia, 13, 38, 103, 114 Obra misional, 51 Oración, 13, 114 Paciencia, 56 Padres, 95, 106 Paternidad, 6 Paz, 78 Perseverancia, 124 Perspectiva, 101 Pornografía, 44 Preparación, 64 Profetas, 114 Progreso Personal, 22, 95,

117

Rectitud, 106 Rescate, 22, 36 Resurrección, 87 Revelación, 10 Sacerdocio, 6, 56 Sacerdocio Aarónico, 51, 54, 60 Sanidad, 47 Seguridad, 83 Servicio, 36, 64, 68 Servicio humanitario, 4 Sociedad de Socorro, 10 Templos, 4, 91 Testimonio, 40, 117 Valor, 114, 117 Verdad, 32 Virtud, 120, 123

Mayo

de

2010

3

SESIÓN DEL SÁBADO POR LA MAÑANA | 3 de abril de 2010

SESIÓN DEL SÁBADO POR LA MAÑANA | 3 de abril de 2010 P or el presidente

Por el presidente Thomas S. Monson

Bienvenidos a la conferencia

Gracias, mis hermanos y hermanas, por su fe y su devoción al evangelio de Jesucristo.

Q ué bueno es, mis queridos

hermanos y hermanas, reu-

nirnos una vez más. Esta con-

ferencia marca ciento ochenta años desde que la Iglesia fue organizada. Cuán agradecidos estamos por el pro- feta José Smith, quien buscó la verdad, quien la encontró y quien, bajo la di- rección del Señor, restauró el Evangelio y organizó la Iglesia. La Iglesia ha crecido constantemen- te desde ese día, en 1830. Continúa cambiando la vida de más y más perso- nas cada año y se esparce por toda la tierra a medida que nuestra fuerza mi- sional busca a aquellos que van en pos

de la verdad. Una vez más hacemos un llamado a los miembros de la Iglesia para que extiendan una mano a los nuevos conversos o a aquellos que es- tán en su camino de regreso a la Iglesia, a fin de que los rodeen de amor y los ayuden a sentirse en casa. Gracias, mis hermanos y hermanas, por su fe y su devoción al evangelio de Jesucristo. Gracias por todo lo que ha- cen en sus barrios y ramas, en sus es- tacas y distritos. Ustedes sirven bien y de buena gana, y llevan a cabo grandes cosas. Que el Señor les bendiga al es- forzarse por seguirle a Él y obedecer Sus mandamientos.

forzarse por seguirle a Él y obedecer Sus mandamientos. Desde la última vez que nos reuni-

Desde la última vez que nos reuni- mos, la Iglesia ha continuado propor- cionando una ayuda humanitaria muy necesitada en diversos lugares del mundo. Tan sólo en los últimos tres meses, se ha proporcionado ayuda humanitaria a la Polinesia Francesa, Mongolia, Bolivia, Perú, Arizona, México, Portugal y Uganda, entre otras regiones. Hace muy poco he- mos prestado auxilio a Haití y a Chile, tras los devastadores terremotos y maremotos que hubo en estas regio- nes. Expresamos nuestro amor a los miembros de nuestra Iglesia que han sufrido durante estos desastres. Les tenemos presentes en nuestras ora- ciones. Les expresamos una gratitud profunda a todos ustedes por sus de- seos de colaborar con nuestra labor humanitaria al compartir sus recursos y, en muchos casos, su tiempo, sus talentos y su pericia. Este año se cumplen veinticinco años desde que nuestro programa humanitario llegó a formar parte de nuestra labor de bienestar. Sería im- posible calcular de manera precisa la cantidad de personas que han recibido ayuda de dicho programa. Siempre nos esforzaremos por llegar entre los primeros a la escena de los desastres, dondequiera que se produzcan. La Iglesia continúa creciendo y avanzando. La edificación de templos es una indicación de dicho crecimien- to. Hace poco anunciamos un nuevo templo que se edificará en Payson, Utah. También anunciamos un amplio proyecto de renovación en el Templo de Ogden, Utah. De aquí a los tres próximos meses, dedicaremos tem- plos en Vancouver, Columbia Británica, Canadá; en el valle Gila, Arizona; y en Ciudad de Cebú, Filipinas. Más adelante durante este año, se dedicarán o rededicarán otros templos. Continuaremos edificando templos por el mundo a medida que aumente nuestra cantidad de miem- bros. Cada año se efectúan millones de ordenanzas en los templos a favor de nuestros seres queridos que han fa- llecido. Ruego que continuemos sien- do fieles al efectuar tales ordenanzas

Mayo de 2010 5

Mayo

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por aquellos que no pueden hacerlo por sí mismos. Muchos de ustedes saben que mi querida esposa, Frances, sufrió una caída poco después de la conferencia

de octubre, en la que se fracturó la ca- dera y un hombro. Después de dos operaciones exitosas y varias semanas de hospitalización pudo regresar a casa; se encuentra bien y continúa avanzando hacia una recuperación total. El sábado pasado pudo asistir

a la reunión general de las Mujeres

Jóvenes y este fin de semana tiene previsto asistir a una o dos sesiones. Lo cierto es que en el último minuto me ha dicho: “¡Voy a ir hoy!”, ¡y aquí

está! Ella se une a mí para expresarles nuestra más profunda gratitud a nues- tro Padre Celestial y a todos ustedes por sus oraciones y sus buenos de- seos en su favor. Ahora bien, hermanos y hermanas, hemos venido aquí para ser instruidos

e inspirados. Les damos la bienvenida a

los que son nuevos en la Iglesia. Otros están luchando con problemas, con de- safíos, con desilusiones, con pérdidas. Les amamos y oramos por ustedes. Durante estos dos días, se darán mu- chos mensajes que cubrirán diversos temas del Evangelio. Estos hombres y mujeres que les dirigirán la palabra han buscado la ayuda de los cielos concer- niente a los mensajes que les darán. Es mi oración que seamos llenos de Su Espíritu al escuchar y al aprender. Ruego que esto sea así en el nombre de Jesucristo, nuestro Señor y Salvador. Amén.

de Jesucristo, nuestro Señor y Salvador. Amén. ■ P or el presidente Boyd K. Packer Presidente
de Jesucristo, nuestro Señor y Salvador. Amén. ■ P or el presidente Boyd K. Packer Presidente

Por el presidente Boyd K. Packer

Presidente del Quórum de los Doce Apóstoles

El poder del sacerdocio

El sacerdocio no tiene la fuerza que debería tener, y no la tendrá sino hasta que el poder del sacerdocio esté firmemente arraigado en las familias como debería estarlo.

L es hablo a los padres de familia y a las familias de toda la Iglesia. Hace años, comenzamos el

programa de correlación bajo la direc- ción del presidente Harold B. Lee. En esa época, el presidente Monson dijo:

“Hoy estamos acampados contra el despliegue más grande de pecado, vi- cio y maldad que se haya congregado jamás ante nuestros ojos… El plan de batalla según el cual luchamos para salvar las almas de los hombres no es nuestro propio plan. [Se obtuvo me- diante] la inspiración y la revelación del Señor” 1 . Durante aquellos años de correla- ción, se cambió toda la estructura ope- rativa de la Iglesia. Se reestructuró el programa de estudio en su totalidad. Se redefinieron los objetivos y las rela- ciones de las organizaciones entre sí. La palabra clave, durante esos años de correlación y reestructuración, era sa- cerdocio. El presidente Monson también ha- bló de Gedeón, un héroe del Antiguo Testamento. Gedeón fue elegido para liderar los ejércitos de Israel con sus miles; pero de todos ellos, él sólo eli- gió a trescientos hombres.

Gedeón seleccionó a sus reclutas de una manera interesante. Cuando los hombres bebieron agua en un arroyo, la mayoría “se dobl[ó] sobre sus rodillas para beber”. A esos los pasó por alto. Unos pocos llevaron el agua a la boca con la mano, permane- ciendo completamente alerta. Ésos fueron a los que él escogió 2 . Vivimos en días de “guerras [y] rumores de guerras y terremotos en diversos lugares” 3 . Como fue profetiza- do, “toda la tierra est[á] en conmo- ción” 4 , y “Satanás anda por la tierra” 5 . Él procura destruir todo lo que es bueno y recto 6 . Él es Lucifer, quien fue echado de la presencia de Dios 7 . A pesar de todo eso, tenemos senti- mientos muy positivos en cuanto a lo que está por delante. Las pequeñas fuerzas de Gedeón tuvieron éxito porque, como indica el registro: “Permaneció cada uno en su lugar” 8 . Esta “dispensación del cumplimien- to de los tiempos” 9 tuvo su apertura con la aparición del Padre y el Hijo al joven José Smith 10 . Después, el ángel Moroni le mostró a José dónde se habían enterrado las planchas que

contenían el Libro de Mormón 1 1 . A José se le dio poder para

contenían el Libro de Mormón 11 . A José se le dio poder para traducirlas 12 . Durante la traducción, José y Oliver Cowdery leyeron acerca del bautismo. Oraron para saber qué debían hacer 13 . Se les apareció un mensajero angeli- cal: Juan el Bautista, y él les confirió el Sacerdocio Aarónico, “el cual tiene las llaves del ministerio de ángeles, y del evangelio de arrepentimiento, y del bautismo por inmersión para la remi- sión de pecados” 14 . Los apóstoles Pedro, Santiago y Juan, quienes fueron los más cerca- nos al Señor durante Su ministerio, se les aparecieron a continuación y confirieron sobre José y Oliver el sacer- docio mayor 15 , o “el Santo Sacerdocio según el Orden del Hijo de Dios” 16 . El sacerdocio, indican las Escrituras, habría de llamarse con el nombre de Melquisedec, el gran sumo sacerdote a quien Abraham pagó diezmos 17 . Ésta, entonces, se convirtió en su autoridad. Mediante las llaves del sa- cerdocio, tuvieron acceso a todos los poderes del cielo. Se les mandó llevar el Evangelio a todas las naciones 18 . Nunca ha sido fácil vivir el evange- lio de Jesucristo. No fue fácil cuando Él vivía, ni fue fácil en los primeros días de la Iglesia. Los primeros santos estuvieron sujetos a un sufrimiento

y a una oposición indescriptibles. Ya han pasado más de ciento ochenta años desde que se restauró el sacerdocio. Ya somos casi catorce mi- llones de miembros. Aun así, somos una diminuta fracción si nos compara- mos con los miles de millones de per- sonas que hay en la tierra. Pero somos lo que somos y sabemos lo que sabe- mos, y debemos avanzar y predicar el Evangelio. El Libro de Mormón deja claro que nunca dominaremos en lo que se re- fiere a números; pero tenemos el po- der del sacerdocio 19 . El profeta Nefi escribió: “Y sucedió que vi la iglesia del Cordero de Dios, y sus números eran pocos… No obstan- te, vi que la iglesia del Cordero, que eran los santos de Dios, se extendía también sobre toda la superficie de la tierra; y sus dominios sobre la faz de la tierra eran pequeños” 20 . El presidente Joseph Fielding Smith dijo: “Aunque quizá se diga… que so- mos un puñado en comparación con… el mundo, se nos puede compa- rar con la levadura de la que habló el Salvador, que, finalmente, hará leudar [o elevar] al mundo entero” 21 . Nosotros podemos, y en el debido tiempo definitivamente lo haremos, influir en toda la humanidad. Se sabrá

quiénes somos y por qué somos. Quizá parezca imposible; es extrema- damente difícil; pero no sólo es posi- ble, sino cierto que ganaremos la batalla contra Satanás. Hace algunos años, di un discurso titulado “Lo que todo élder debería sa- ber: Una guía sobre los principios del gobierno del sacerdocio”. Luego, antes de que lo publicaran, cambié el título:

“Lo que todo élder debería saber, y toda hermana también” 22 . Incluyo a las hermanas porque es crucial que todos entendamos qué se espera de los hermanos. A menos que consigamos la atención de las madres, las hijas y las hermanas —quienes ejer- cen influencia en sus esposos, padres, hijos y hermanos—, no podremos progresar. El sacerdocio perderá gran poder si se descuida a las hermanas. El sacerdocio es la autoridad y el poder que Dios ha concedido a los hombres sobre la tierra para actuar por Él 23 . Cuando la autoridad del sa- cerdocio se ejerce como es debido, los portadores del sacerdocio hacen lo que Él haría si estuviera presente. Nos ha ido muy bien al distribuir la autoridad del sacerdocio. Tenemos la autoridad del sacerdocio establecida casi en todas partes. Tenemos quóru- mes de élderes y sumo sacerdotes en

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todo el mundo. Pero la distribución de la autoridad del sacerdocio ha supera- do, creo yo, a la distribución del poder del sacerdocio. El sacerdocio no tiene la fuerza que debería tener, y no la ten- drá sino hasta que el poder del sacer- docio esté firmemente arraigado en las familias como debería estarlo. El presidente Harold B. Lee decla- ró: “Me parece que es claro que la Iglesia no tiene opción —y nunca la ha tenido— sino hacer más para ayu- dar a la familia a cumplir con su mi- sión divina; no sólo porque es el orden de los cielos, sino, además, por- que es la contribución más práctica que podemos hacerle a nuestra juven- tud: ayudar a mejorar la calidad de vida de los hogares Santos de los Últi- mos Días. A pesar de lo importante que sean nuestros muchos programas y esfuerzos organizacionales, éstos no deben suplantar al hogar; deben apo- yar al hogar” 24 . El presidente Joseph F. Smith hizo la siguiente declaración acerca del sa- cerdocio en el hogar: “En el hogar, la autoridad presidente es siempre inves- tida en el padre, y en todos los asun- tos del hogar y de la familia no hay otra autoridad mayor. Para ilustrar este principio, tal vez sea suficiente un solo ejemplo. En ocasiones sucede que los élderes son llamados para ungir a los miembros de una familia. Entre estos élderes puede haber presidentes de estaca, apóstoles o aun miembros de la Primera Presidencia de la Iglesia. No es propio que en estas circunstancias el padre se haga a un lado y espere que los élderes dirijan la administra- ción de esta importante ordenanza. El padre está allí y es su derecho y su de- ber presidir. Debe designar al que ha de administrar el aceite y al que ha de ofrecer la oración, y no debe sentir que, por motivo de encontrarse pre- sente alguien de entre las autoridades presidentes de la Iglesia, él queda des- pojado de su derecho de dirigir la ad- ministración de esa bendición del Evangelio en su hogar. (Si el padre está ausente, la madre debe pedir que la autoridad presidente que esté pre- sente se haga cargo.) El padre preside la mesa, la oración y da instrucciones

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generales referentes a su vida familiar, pese a quien esté presente” 25 . Durante la Guerra de Vietnam, tuvi- mos una serie de reuniones especiales para los miembros de la Iglesia que ha- bían sido llamados al servicio militar. Después de una de esas reuniones en Chicago, me encontraba de pie junto al presidente Harold B. Lee cuando un excelente joven mormón le dijo al pre- sidente Lee que estaba de licencia para visitar a su familia y que después tenía que volver a Vietnam. Le pidió al presi- dente Lee que le diera una bendición. Para mi sorpresa, el presidente Lee dijo: “Tu padre debe darte la bendición”. Muy desilusionado, el joven dijo:

“Mi padre no sabría cómo darme una bendición”. El presidente Lee contestó: “Ve a casa, muchacho, y dile a tu padre que te irás a la guerra y que quieres que él te dé una bendición de padre. Si él no sabe cómo hacerlo, dile que te sentarás en una silla. Él puede ponerse detrás de ti, colocar las manos sobre tu cabeza y decir lo que le venga a la mente”. El joven soldado se alejó apenado. Unos dos años más tarde, volví a encontrarlo; no recuerdo dónde. Él me recordó esa experiencia y dijo:

“Hice lo que se me había dicho que hiciera. Le expliqué a mi padre que me sentaría en la silla y que él debía poner las manos sobre mi cabeza. El poder del sacerdocio nos inundó a los dos. Eso me sirvió de fortaleza y protección durante aquellos peligro- sos meses de combate”.

durante aquellos peligro- sos meses de combate”. En otra ocasión, estaba en una ciudad distante. Después

En otra ocasión, estaba en una ciudad distante. Después de una

conferencia, estábamos ordenando y apartando líderes. Al concluir, el presi- dente de estaca preguntó: “¿Podemos ordenar élder a un joven que se está por ir al campo misional?”. La respues- ta, por supuesto, fue que sí. Mientras el joven se acercaba, les hizo señas a tres hermanos para que lo siguieran y estuvieran de pie a su lado para la ordenación. En la última fila, noté que había una réplica del joven y pregunté: “¿Ése es tu padre?”. El joven respondió: “Sí”. Yo le dije: “Tu padre te ordenará”. Y él protestó: “Pero ya le había pedi- do a otro hermano que me ordenara”. Yo le dije: “Muchacho, tu padre te ordenará y vivirás para dar gracias al Señor por este día”. Entonces el padre se acercó. Menos mal que él ya era élder; de no ser así, ¡en seguida lo hubiera sido! En la milicia, a eso le hubieran llamado ascender por vacantes. A veces se hace ese tipo de cosas en la Iglesia. El padre no sabía cómo ordenar

a su hijo. Le puse mi brazo alrededor

y lo ayudé durante la ordenanza. Cuando terminó, el muchacho era él- der. Entonces, sucedió algo maravillo- so: cambiados por completo, padre e hijo se abrazaron. Era obvio que nunca antes había sucedido eso. El padre, con lágrimas, dijo: “No pude ordenar a mis otros hijos”. Piensen cuánto más se logró que

si lo hubiese ordenado otra persona,

aunque hubiera sido un apóstol. Dado que el sacerdocio está actual- mente en todo el mundo, llamamos a todo élder y sumo sacerdote, a todo poseedor del sacerdocio, a permane- cer, como la pequeña pero poderosa fuerza de trescientos hombres de Gedeón, cada uno en su lugar. Ahora debemos reavivar en todo élder y sumo sacerdote, en todo quórum y grupo, y en el padre de todo hogar, el poder del sacerdocio del Todopoderoso. El Señor dijo que “lo débil del mundo vendrá y abatirá lo fuerte y poderoso” 26 .

El profeta Nefi también dijo que “el poder del Cordero de Dios descendió sobre los

El profeta Nefi también dijo que “el poder del Cordero de Dios descendió sobre los santos de la iglesia del Cordero y sobre el pueblo del conve- nio del Señor, que se hallaban disper- sados sobre toda la superficie de la tierra”, y dijo que “tenían por armas su rectitud y el poder de Dios en gran gloria” 27 . Necesitamos a todos. Los cansa- dos, agotados o perezosos, e incluso quienes estén limitados por la culpa, deben ser restaurados mediante el arrepentimiento y el perdón. Dema- siados de nuestros hermanos del sacerdocio viven por debajo de sus privilegios y de las expectativas del Señor. Debemos avanzar confiando en el poder celestial del sacerdocio. Es una fuente de fortaleza y ánimo saber quiénes somos, qué tenemos y qué debemos hacer en la obra del Todopo- deroso. El Señor ha dicho: “Yo, el Señor, es- toy obligado cuando hacéis lo que os digo; mas cuando no hacéis lo que os digo, ninguna promesa tenéis” 28 . Los quórumes del sacerdocio de- ben ministrar y velar por los hogares que no tienen el sacerdocio. De esta manera, no faltará ninguna bendi- ción en ninguna morada de la Iglesia.

Hace años, una familia se reunió junto a la cama de una pequeña ancia- na danesa. Entre ellos se encontraba su hijo descarriado, de mediana edad, quien, durante los últimos años, había estado viviendo en casa de ella. Con lágrimas, le suplicó: “Mamá, tienes que vivir. Mamá, no puedes mo- rirte”. Decía: “Mamá, no puedes irte. No lo permitiré”. La pequeña madre alzó la vista para ver a su hijo y con su marcado acento danés contestó: "Pero, ¿dónde está tu poder?”. Pablo dijo:

“[Estamos] edificados sobre el fun- damento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, “en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; “en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu” 29 . No hay dudas de que la obra del Señor prevalecerá. Y es sabido que de- bemos reunir todos nuestros esfuer- zos y estar unidos. La autoridad del sacerdocio está con nosotros. Después de todo lo que hemos correlacionado y organizado, ahora es nuestra la responsabilidad de activar el poder del sacerdocio en la

Iglesia. La autoridad del sacerdocio viene por medio de la ordenación; el poder del sacerdocio viene mediante una vida fiel y obediente al honrar convenios, y aumenta al ejercitar y usar el sacerdocio en rectitud. Ahora bien, padres, quisiera recor- darles la naturaleza sagrada de su lla- mamiento. Se les ha dado el poder del sacerdocio directamente del Señor para proteger su hogar. Habrá ocasio- nes en que el único escudo que haya entre su familia y la malicia del adver- sario será ese poder. Ustedes recibirán dirección del Señor por medio del don del Espíritu Santo. El adversario no está perturbando activamente nuestras reuniones de la Iglesia; quizá sólo lo haga ocasional- mente. En general, tenemos la libertad de reunirnos según nuestros deseos sin mucha interrupción. Pero él y aquellos que lo siguen son persisten- tes al atacar al hogar y a la familia. El objetivo principal de toda activi- dad de la Iglesia es que el hombre, su esposa y sus hijos sean felices en el hogar, protegidos por los principios y las leyes del Evangelio, sellados de manera segura en los convenios del sacerdocio sempiterno. Cada ley, y principio y poder, cada creencia, cada ordenanza y ordena- ción, cada convenio, cada discurso y

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cada Santa Cena, cada consejo y co- rrección, los sellamientos, los llama- mientos, los relevos, el servicio:

todos tienen como propósito princi- pal la perfección de la persona y la fa- milia, porque el Señor ha dicho:

“Ésta es mi obra y mi gloria: Llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre” 30 . Doy testimonio del poder del sacerdocio dado a la Iglesia para pro- tegernos y guiarnos. Y, gracias a que tenemos eso, no le tememos al futu- ro. El temor es lo opuesto a la fe. No- sotros avanzamos, seguros de que el Señor nos cuidará, especialmente dentro de la familia. De Él doy testi- monio en el nombre de Jesucristo. Amén.

NOTAS

1.

Thomas S. Monson, “Correlation Brings

Blessings”, Relief Society Magazine, abril de 1967, pág. 247.

2.

Jueces 7:4–8.

3.

Mormón 8:30; véase también Doctrina

Convenios 45:26; José Smith—Mateo 1:23, 28.

y

4.

Doctrina y Convenios 45:26; véase también Doctrina y Convenios 88:91.

5.

Doctrina y Convenios 52:14.

6.

Véase Doctrina y Convenios 10:22–23.

7.

Véase Apocalipsis 12:7–9; Doctrina y Convenios 29:36–37; 76:25–26.

8.

Jueces 7:21.

9.

Doctrina y Convenios 112:30.

10.

Véase José Smith—Historia 1:17.

11.

Véase José Smith—Historia 1:33–34, 59.

12.

Véase Introducción del Libro de Mormón; Doctrina y Convenios 135:3.

13.

Véase José Smith—Historia 1:68–69.

14.

Doctrina y Convenios 13:1.

15.

Véase Doctrina y Convenios 27:12–13.

16.

Doctrina y Convenios 107:3.

17.

Véase Doctrina y Convenios 107:2–4; véase también Hebreos 7:1–4; Alma 13:15.

18.

Véase Doctrina y Convenios 42:58.

19.

Véase 1 Nefi 14:14.

20.

1 Nefi 14:12.

21.

Joseph Fielding Smith en Conference Report, octubre de 1968, pág. 123.

22.

Véase Boyd K. Packer, “What Every Elder Should Know—and Every Sister as Well:

A

Primer on Principles of Priesthood

Government”, Tambuli, noviembre de 1994, págs. 15–24.

23.

Véase Enseñanzas de los presidentes de la Iglesia: Joseph F. Smith, 1998, pág. 151; Traducción de José Smith, Génesis 14:28–31, en el apéndice de la Biblia.

24.

Harold B. Lee, “Preparing Our Youth”, Ensign, marzo de 1971, pág. 3; cursiva agregada.

25.

Joseph F. Smith, Doctrina del Evangelio, quinta edición, 1939, págs. 280–281.

26.

Doctrina y Convenios. 1:19.

27.

1 Nefi 14:14.

28.

Doctrina y Convenios 82:10.

29.

Efesios 2:20–22.

30.

Moisés 1:39.

29. Efesios 2:20–22. 30. Moisés 1:39. P or la hermana Julie B. Beck Presidenta General de

Por la hermana Julie B. Beck

Presidenta General de la Sociedad de Socorro

“…y sobre las siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días”

Sabemos que tenemos éxito si vivimos de modo de ser dignos

de tener el Espíritu, recibirlo y entender cómo seguirlo.

D urante el pasado año, he co-

nocido a miles de mujeres

Santos de los Últimos Días de

muchos países. La lista de desafíos que ellas afrontan es larga y seria; hay problemas familiares, pruebas econó- micas, calamidades, accidentes y en- fermedades. Hay mucha distracción y no suficiente paz y gozo. Pese a lo que afirmen los medios de comunica- ción, nadie es lo suficientemente rico, atractivo ni inteligente como para evi- tar la experiencia mortal. Las preguntas que las hermanas ha- cen son serias y delicadas; expresan in- certidumbre acerca del futuro, pesar

por esperanzas que no se han hecho realidad, indecisión y sentimientos cada vez menores de autoestima; tam- bién reflejan un profundo deseo de hacer lo que es correcto. Ha crecido en mí un asombroso testimonio del valor de las hijas de Dios. Mucho es lo que depende de ellas. Al visitar a las hermanas, he sentido que nunca ha habido mayor necesidad de un aumento de fe y de rectitud personales; nunca se han necesitado más familias y hogares

fuertes; nunca ha habido más cosas que se podrían hacer para ayudar a los que tienen alguna necesidad. ¿Cómo aumentamos la fe, fortalecemos a las familias y brindamos alivio? 1 . ¿Cómo encuentra una mujer hoy día respues- ta a sus preguntas y permanece fuerte e inmutable en contra de increíble oposición y dificultad?

Revelación personal

Una buena mujer sabe que no tiene suficiente energía, tiempo ni oportunidad para atender a todas las personas o hacer todas las cosas bue- nas que su corazón anhela. La vida no es tranquila para la mayoría de las mujeres y cada día parece exigir que se lleven a cabo un millón de cosas, la mayoría de ellas importantes. Una buena mujer debe resistir constante- mente los mensajes atractivos y enga- ñosos de muchas fuentes, que le dicen que tiene derecho a pasar más tiempo alejada de sus responsabilida- des y que merece una vida de más placer e independencia. Pero con la revelación personal, puede estable- cer prioridades de forma correcta y

viajar con confianza a lo largo de esta vida. La capacidad de reunir los requisi-

viajar con confianza a lo largo de esta vida. La capacidad de reunir los requisi- tos para recibir revelación personal y actuar de acuerdo con ella es la apti- tud más importante que se pueda lo- grar en la vida. El ser dignos de tener el Espíritu del Señor empieza con el deseo de tener ese Espíritu, e implica cierto grado de dignidad. El guardar los mandamientos, arrepentirse y re- novar los convenios hechos a la hora del bautismo conducen a la bendición de siempre tener el Espíritu del Señor con nosotros 2 . El hacer y guardar los convenios del templo también añade fortaleza y poder espiritual a la vida de la mujer. Se encuentran muchas respuestas a preguntas difíciles al leer las Escrituras, porque ellas contribu- yen a la revelación 3 . La percepción que se recibe de las Escrituras se acu- mula con el tiempo, por eso es impor- tante dedicar tiempo todos los días a las Escrituras. La oración diaria

también es esencial para tener el Espíritu del Señor con nosotros 4 . Los que con sinceridad buscan ayuda me- diante la oración y el estudio de las Escrituras muchas veces tienen lápiz y papel a mano para escribir preguntas y anotar impresiones e ideas. La revelación puede venir hora tras hora y momento tras momento al hacer lo correcto. Si las mujeres dan cuidado a la manera de Cristo, descienden un poder y una paz para guiarlas cuando se necesite esa ayuda. Por ejemplo, las madres pueden sentir ayuda del Espíritu, incluso cuando niños cansados y ruidosos exijan su atención; pero se pueden distanciar del Espíritu si pierden los estribos con los niños. El estar en el lugar de- bido nos permite recibir guía. Para reducir las distracciones se requiere un esfuerzo consciente, pero tener el Espíritu de revelación hace posible que triunfemos ante la oposición y perseveremos con fe en días difíciles

y en tareas esenciales rutinarias. La revelación personal nos da el entendi- miento de lo que debemos hacer to- dos los días para aumentar la fe y la rectitud personales, fortalecer a las familias y los hogares, y buscar a los que necesiten nuestra ayuda. A causa de que la revelación personal es una fuente de fortaleza que se renueva constantemente, es posible sentirse rodeada de ayuda incluso durante tiempos turbulentos. Se nos dice que pongamos nuestra confianza en ese Espíritu que nos lle- va a “obrar justamente, a andar humil- demente, a juzgar con rectitud” 5 . También se nos dice que este Espíritu iluminará nuestra mente, llenará nues- tra alma de gozo y nos ayudará a saber todas las cosas que debemos hacer 6 . La revelación personal prometida se recibe cuando la pedimos, cuando nos preparamos para recibirla y seguimos adelante con fe, con la confianza de que se derramará sobre nosotros.

Sociedad de Socorro —Enseñar, inspirar y fortalecer

Además, en Su sabiduría, el Señor ha proporcionado la Sociedad de Socorro para ayudar a Sus hijas en es- tos últimos días. Cuando la Sociedad de Socorro funciona de manera inspi- rada, eleva a las mujeres, las saca de un mundo turbulento y las lleva a un modo de vivir que las prepara para las bendiciones de la vida eterna. En su esencia misma esta Sociedad tiene la responsabilidad de ayudar a las hermanas a aumentar la fe y la recti- tud personales, fortalecer a las fami- lias y a los hogares, y buscar a los necesitados y ayudarlos. Mediante la Sociedad de Socorro, las hermanas pueden recibir respuesta a sus pre- guntas y ser bendecidas por el poder espiritual combinado de todas las hermanas. La Sociedad de Socorro da validez a la verdadera naturaleza de las hijas de Dios; es una comisión sa- grada, una luz guiadora y un sistema de protección que enseña e inspira a las mujeres a ser fuertes e inquebran- tables. Su lema, “La caridad nunca deja de ser” 7 , está incorporado en toda buena mujer.

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Cuando una joven pasa a formar parte de la Sociedad de Socorro, o cuando una

Cuando una joven pasa a formar parte de la Sociedad de Socorro, o cuando una mujer se bautiza en la Iglesia, ella se convierte en parte de una hermandad que la fortalece en su preparación para la vida eterna. El pasar a ser parte de la Sociedad de Socorro significa que se puede confiar en la mujer y depender de ella para que haga un aporte significativo a la Iglesia; continúa su progreso como persona sin recibir mucho mérito o alabanza públicos. La segunda presidenta general de la Sociedad de Socorro, Eliza R. Snow, dijo a las hermanas: “Deseamos ser damas en todo hecho, no de acuerdo con el término como lo juzga el mun- do, sino compañeras dignas de los Dioses y de los Santos. En una capaci- dad organizada, podemos ayudarnos unas a otras no sólo en hacer bien, sino en refinarnos a nosotras mismas, y ya sean pocas o muchas las que pres- ten su ayuda para llevar a cabo esta gran obra, serán las que ocuparán puestos honorables en el reino de Dios… Las mujeres deben ser mujeres y no bebés que necesitan que se les mime y se les corrija todo el tiempo. Sé que nos agrada que se nos aprecie, pero si no recibimos todo el aprecio que creemos que merecemos, ¿qué importa? Sabemos que el Señor ha puesto sobre nosotras una gran

responsabilidad y que no hay ningún deseo o anhelo que Él haya puesto en nuestro corazón en rectitud que no se vaya a realizar, y el mayor bien que podemos hacernos a nosotras y a las demás es refinarnos y cultivarnos en todo lo que es bueno y ennoblecedor para ser merecedoras de esas respon- sabilidades” 8 .

La medida del éxito

Las mujeres buenas siempre quie- ren saber si están teniendo éxito. En un mundo donde la manera de medir el éxito muchas veces se distorsiona, es importante buscar aprecio y reafir- mación de las fuentes apropiadas. Parafraseando una lista que se encuen- tra en Predicad Mi Evangelio, tene- mos éxito cuando cultivamos atributos semejantes a los de Cristo y nos esfor- zamos por obedecer Su evangelio con exactitud; tenemos éxito cuando nos esforzamos por superarnos y hacer lo mejor posible; tenemos éxito cuando aumentamos la fe y la rectitud persona- les, fortalecemos a las familias y los ho- gares, y buscamos a los necesitados y los ayudamos. Sabemos que tenemos éxito si vivimos de modo de ser dignas de tener el Espíritu, recibirlo y saber cómo seguirlo. “Cuando nos hayamos esforzado al máximo, es posible que aún así experimentemos desilusiones, pero no estaremos desilusionados

con nosotros mismos. Podemos estar seguros de que el Señor está compla- cido cuando sintamos que el Espíritu trabaja por medio de nosotros” 9 . La paz, el gozo y la esperanza están al al- cance de los que miden el éxito debi- damente. Una revelación del libro de Joel de- clara que en los últimos días, el Señor derramará Su Espíritu sobre Sus sier- vas 10 . El presidente Kimball hizo eco de esta profecía cuando dijo:

“Gran parte del progreso y creci- miento que tendrá la Iglesia en estos últimos días se deberá a que habrá muchas mujeres en el mundo que, te- niendo un gran sentido de espirituali- dad, se sentirán atraídas a la Iglesia. Pero esto sólo puede suceder si las mujeres de la Iglesia viven en forma justa y prudente, hasta el punto de que las consideren diferentes de las del mundo… “Repito, las mujeres de la Iglesia que sean ejemplos de vida recta, cons- tituirán una influencia significativa en el desarrollo de la Iglesia, tanto desde el punto de vista numérico como del espiritual” 11 . Doy mi testimonio de que el evan- gelio de Jesucristo es verdadero. El Señor confía en que Sus hijas hagan su parte para fortalecer los hogares de Sión y edificar Su reino en la tierra. A medida que procuren la revelación y sean dignas de recibirla, el Señor de- rramará Su Espíritu sobre Sus siervas en estos últimos días. En el nombre de Jesucristo. Amén.

NOTAS

1.

Véase Jacob 2:17; Mosíah 4:26; Doctrina y Convenios 38:35; 44:6.

2.

Véase Doctrina y Convenios 20:77.

3.

Véase 2 Nefi 32:3.

4.

Véase 3 Nefi 19:24–33.

5.

Doctrina y Convenios 11:12.

6.

Véase Doctrina y Convenios 11:13–14.

7.

1 Corintios 13:8.

8.

Eliza R. Snow, discurso dirigido a la Sociedad de Socorro del Barrio Lehi, 27 de octubre de 1869, en el Libro de Minutas de la Sociedad de Socorro del Barrio Lehi, Estaca Alpine, Utah, 1868-1879, Biblioteca de la Historia de la Iglesia, Salt Lake City, págs. 26–27.

9.

Véase Predicad Mi Evangelio, 2004, págs. 10–11.

10.

Véase Joel 2:28–29.

11.

Véase Presidente Spencer W. Kimball, “Vuestro papel como mujeres justas”, Liahona, enero de 1980, pág. 171.

P or el obispo Keith B. McMullin Segundo Consejero del Obispado Presidente Nuestra senda del

Por el obispo Keith B. McMullin

Segundo Consejero del Obispado Presidente

Nuestra senda del deber

El deber no requiere perfección, pero sí requiere diligencia. No es simplemente lo que es legal, sino lo que es virtuoso.

É ste es un mundo atribulado. La

discordia y el desastre están en

todos lados. Algunas veces se

siente como si la humanidad misma estuviera pendiendo de un hilo. Al predecir nuestros días, el Señor dijo: “…y temblarán los cielos así como la tierra; y habrá grandes tribula- ciones entre los hijos de los hombres, mas preservaré a mi pueblo1 . Debe- ríamos sentir gran consuelo en esa promesa. Aunque los desastres perturban completamente “el llano curso de [nuestro] camino” 2 , no tienen por qué dejar nuestra vida destruida para siem- pre. Los desastres pueden “[hacernos] recordar” 3 , “despertar en [nosotros] el sentido de [nuestro] deber para con Dios” 4 , y mantenernos en la “senda de [nuestro] deber” 5 . En Holanda, durante la Segunda Guerra Mundial, la familia Casper ten Boom usaba su hogar como escondite para aquellos que eran perseguidos por los nazis. Ésa era su manera de vivir de acuerdo con su fe cristiana. Cuatro miembros de la familia perdie- ron la vida por proporcionar ese refu- gio. Corrie ten Boom y su hermana Betsie pasaron unos meses de terror en el infame campo de concentración Ravensbrück. Betsie murió allí, pero

Corrie sobrevivió. En Ravensbrück, Corrie y Betsie aprendieron que Dios nos ayuda a per- donar. Después de la guerra, Corrie es- taba decidida a compartir ese mensaje. En una ocasión, ella acababa de hablar- le a un grupo de personas en Alemania que sufría los estragos de la guerra. Su mensaje había sido: “Dios perdona”. Fue entonces que la fidelidad de Corrie ten Boom dio a luz una bendición. Un hombre se le acercó y ella lo re- conoció como uno de los guardias más crueles del campo de concentra- ción. “Usted mencionó Ravensbrück

campo de concentra- ción. “Usted mencionó Ravensbrück en su discurso”, dijo él. “Yo fui guardia ahí…,

en su discurso”, dijo él. “Yo fui guardia ahí…, pero desde ese entonces me he convertido en cristiano”. Él explicó que había procurado el perdón de Dios por las cosas crueles que había hecho; extendió su mano y preguntó:

“¿Me perdonará usted?”. Corrie ten Boom entonces dijo:

“Quizás no fueron muchos segun- dos los que él estuvo ahí, con su mano extendida, pero a mí me parecieron horas mientras yo luchaba con la situa- ción más difícil que jamás había en- frentado. “…El mensaje de que Dios perdona tiene una… condición: Que tenemos que perdonar a los que nos han herido… “…‘¡Ayúdame!’, oré en silencio. ‘Yo puedo extender mi mano; es todo lo que puedo hacer. Tú concédeme el sentimiento’. “…Inexpresiva y mecánicamente estreché mi mano con la que él exten- día hacia mí. Al hacerlo, sucedió algo increíble: Una corriente me empezó en el hombro, recorrió mi brazo y ex- plotó en nuestras manos unidas. Y en- tonces esa calidez sanadora pareció inundar todo mi ser, lo que hizo brotar lágrimas de los ojos. “‘¡Lo perdono, hermano!’, exclamé, ‘con todo mi corazón’. “Por un largo momento nos estre- chamos las manos; el antiguo guardia con la antigua prisionera. Nunca había conocido el amor de Dios tan intensa- mente como en ese momento” 6 . Para los que evitan la maldad y viven vidas buenas, quienes se esfuer- zan por un día más brillante y guardan los mandamientos de Dios, las cosas pueden mejorar y mejorar aun ante la tragedia. El Salvador nos mostró el ca- mino. De Getsemaní, de la cruz y de la tumba, Él se levantó triunfante, trayén- donos vida y esperanza a todos noso- tros; nos pide: “…ven, sígueme” 7 . El presidente Monson ha aconseja- do: “Si vamos a caminar con la frente en alto, debemos hacer nuestra contri- bución a la vida. Si vamos a cumplir nuestro destino y regresar a vivir con nuestro Padre en los cielos, debemos guardar Sus mandamientos y modelar nuestra vida según la del Salvador. Al

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hacerlo, no solamente lograremos nuestra meta de la vida eterna, sino que también dejaremos al

hacerlo, no solamente lograremos nuestra meta de la vida eterna, sino que también dejaremos al mundo más sustancioso y mejor de lo que hubiera sido si no hubiéramos vivido y cum- plido nuestro deber8 . En la Santa Biblia se hallan estas ins- piradas palabras: “El fin de todo este asunto que has oído es éste: Teme a Dios y guarda sus mandamientos, por- que esto es el todo del hombre9 .

¿Qué es eso que se llama deber?

El deber del que hablo es lo que se espera que hagamos y seamos. Es un imperativo moral que llama a las per- sonas y a las comunidades a hacer aquello que es correcto, verdadero y honorable. El deber no requiere per- fección, pero sí requiere diligencia. No es simplemente lo que es legal, sino lo que es virtuoso; no está reser- vado para el poderoso o el de alta posición, más bien yace en el funda- mento de la responsabilidad personal,

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la integridad y el valor. El cumplir nuestro deber es una manifestación de la fe que uno tiene. El presidente Monson dijo de ello: “Me encanta y atesoro la noble palabra deber10 . Para los miembros de la Iglesia de Jesucristo, nuestra senda del deber es el guardar nuestros con- venios en la vida diaria.

¿A quién y a qué debemos dedicar nuestro deber?

Primero, nuestra senda del deber es para Dios, nuestro Padre Eterno. Él es el autor del Plan de Salvación, “el orga- nizador de los cielos y de la tierra”, el creador de Adán y Eva 11 . Él es la fuente de la verdad 12 , la encarnación del amor 13 y la razón por la que hay una redención mediante Cristo 14 . El presidente Joseph F. Smith dijo:

“Todo lo que tenemos viene de [Dios]… En lo que a nosotros se refiere, no somos más que un montón de barro inerte. La vida, la inteligencia,

la sabiduría, el juicio, el poder de razo- nar, todos son dones de Dios para los hijos de los hombres. Él nos da tanto la fuerza física como nuestros poderes mentales… Debemos honrar a Dios con nuestra inteligencia, con nuestra fortaleza, con nuestro entendimiento, con nuestra sabiduría y con todo el poder que poseamos. Debemos pro- curar hacer el bien en el mundo. Ése es nuestro deber15 . Uno no puede llevar a cabo su deber con Dios el Padre sin hacerlo igualmente con el Hijo de Dios, el Señor Jesucristo. Reverenciar a uno requiere que reverenciemos al otro, puesto que el Padre ha señalado que es sólo en el nombre de Cristo y por medio de ese nombre que uno puede cumplir completamente con este respetuoso mandato 16 . Él es nuestro Ejemplo, nuestro Redentor y nuestro Rey. Cuando los hombres, las mujeres, los muchachos y las señoritas llevan a

cabo su deber a Dios, se sienten impe- lidos a llevar a cabo su deber el uno al otro, a su familia, a su iglesia y su na- ción, a todo lo que se le haya confiado a su cuidado. Están ceñidos por el de- ber a fin de magnificar sus talentos y ser gente bondadosa y obediente a la ley. Llegan a ser humildes, sumisos y fáciles de persuadir. La moderación conquista la indulgencia; la obediencia guía su diligencia. La paz destila sobre ellos. Los ciudadanos llegan a ser lea- les; las comunidades llegan a ser bene- volentes y los vecinos se hacen amigos. El Dios de los cielos es com- placido, la tierra es pacificada y este mundo se convierte en un lugar mejor 17 .

¿Cómo sabemos nuestra senda del deber en medio de la crisis?

¡Al orar! Es la manera segura de sa- ber para todos; es la cuerda de salva- mento del cielo para todos. El apóstol Pablo dijo: “…los ojos del Señor están sobre los justos, y sus oídos atentos a sus oraciones” 18 . La oración humilde, sincera e inspirada pone a disposición de cada uno de nosotros la guía divina que necesitamos tan desesperadamente. Brigham Young aconsejó: “…a veces, hay hombres que se encuentran des-

concertados, preocupados y llenos de problemas… no obstante, nuestro razonamiento nos enseña que orar es nuestro deber19 . Jesús enseñó:

“…debéis velar y orar siempre, no sea que entréis en tentación;… “Por tanto, siempre debéis orar al Padre en mi nombre;… “Orad al Padre en vuestras familias, siempre en mi nombre, para que sean bendecidos vuestras esposas y vues- tros hijos” 20 . Para que las oraciones sean efica- ces, deben estar en armonía con el plan de los cielos. La oración de fe produce fruto cuando existe esa armo- nía; y esa armonía existe cuando las oraciones son inspiradas por el Santo Espíritu. El Espíritu manifiesta cómo deben ser nuestras peticiones 21 . Sin ésta inspirada guía, tendemos a “[pe- dir] mal” 22 ; a buscar sólo nuestra voluntad y no “la voluntad de Él” 23 . Cuando oramos, es igualmente impor- tante ser guiados por el Santo Espíritu como ser iluminados por ese mismo Espíritu al recibir una respuesta a la oración. Tal oración trae las bendicio- nes del cielo porque nuestro Padre “…sabe de qué cosas [tenemos] nece- sidad antes que [nosotros] le [pida- mos]” 24 y Él responde a toda oración

le [pida- mos]” 2 4 y Él responde a toda oración sincera. A final de cuentas,

sincera. A final de cuentas, son el Padre y el Hijo quienes prometen:

“Pedid, y se os dará; buscad, y halla- réis; llamad, y se os abrirá” 25 . Testifico que nuestra senda del de- ber está demarcada claramente por la indivisible fe y creencia en Dios, el Eterno Padre, y en Su Hijo Jesucristo, así como por el poder de la oración. Esta senda ha de ser recorrida por to- dos los hijos de Dios que le aman y de- sean guardar Sus mandamientos. A los jóvenes los conduce hacia el logro per- sonal y la preparación; a los adultos los conduce a una fe y determinación renovadas; a los de la generación de las personas de edad, los conduce a una perspectiva y perseverancia en rectitud hasta el fin. Equipa a cada via- jero fiel con la fortaleza del Señor, lo protege de la maldad de nuestros días y lo dota con el conocimiento de que “El fin de todo este asunto… es [te- mer] a Dios y [guardar] sus manda- mientos, porque esto es el todo del hombre26 . En el nombre de Jesucristo. Amén.

NOTAS

1.

Moisés 7:61; cursiva agregada.

2.

Véase Joseph F. Smith, Doctrina del Evangelio, 1939, pág. 151.

3.

Mosíah 1:17.

4.

Alma 7:22.

5.

Helamán 15:5.

6.

Corrie ten Boom, Tramp for the Lord, 1974, págs. 54–55.

7.

Lucas 18:22.

8.

Thomas S. Monson, usado con permiso.

9.

Eclesiastés 12:13; cursiva agregada.

10.

Thomas S. Monson, “Al rescate”, Liahona, julio de 2001, pág. 58.

11.

Véase Doctrina y Convenios 20:17–19.

12.

Véase Doctrina y Convenios. 93:36.

13.

Véase 1 Juan 4:8.

14.

Véase Juan 3:16; Helamán 5:10–11.

15.

Joseph F. Smith, en Conference Report , octubre de 1899, págs. 69, 70; cursiva agregada.

16.

Véase Moroni 10:32–33; Doctrina y Convenios 59:5.

17.

Véase Alma 7:23, 27.

18.

1 Pedro 3:12.

19.

Véase Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Brigham Young, 1997, pág. 49; cursiva agregada.

20.

3 Nefi 18:18–19, 21.

21.

Véase Doctrina y Convenios 50:29–30.

22.

Santiago 4:3.

23.

Santiago 4:3.

24.

Mateo 6:8.

25.

Mateo 7:7; véase también las Selecciones de la Traducción de Joseph Smith, Mateo 7:12–13, en el apéndice de la Biblia.

26.

Eclesiastés 12:13; cursiva agregada.

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P or el élder Wilford W. Andersen De los Setenta La roca de nuestro Redentor

Por el élder Wilford W. Andersen

De los Setenta

La roca de nuestro Redentor

Testifico que quienes guarden Sus mandamientos tendrán más fe y esperanza, [y] recibirán la fortaleza para superar todas las pruebas de la vida.

A ños atrás, fui de visita a Nauvoo,

Illinois, con mi familia. Los san-

tos habían ido allí en busca de

refugio. Muchos habían perdido sus hogares y sus granjas, y algunos ha- bían perdido a sus seres queridos por causa de la intensificación de la perse- cución. En Nauvoo, se reunieron y construyeron una nueva y hermosa ciudad; pero la persecución no cesaba y, en 1846, una vez más, se vieron for- zados a dejar sus hogares; esta vez, en pleno invierno. Hicieron una fila con sus carromatos en la calle Parley espe- rando su turno para cruzar las aguas congeladas del río Misisipí hacia un fu- turo incierto. Mientras nos encontrábamos en esa calle reflexionando acerca de la condición desesperante de ellos, me llamó la atención ver unos carteles de madera clavados en los postes de las cercas: allí se habían grabado citas to- madas de los diarios de esos santos afligidos. Al leer cada cita, nos asom- bró que las palabras no fueran de desesperación ni desánimo, sino de seguridad, dedicación e incluso gozo. Estaban llenas de esperanza, el tipo de esperanza que transmite esta cita

16

Liahona

del diario de Sarah DeArmon Rich, de febrero de 1846: “Comenzar una travesía de ese tipo en invierno… pa- recería como si nos estuviéramos co- locando en las garras de la muerte, pero teníamos fe… [y] nos regocijá- bamos porque el día de nuestra libe- ración había llegado” 1 . Esos pioneros realmente se habían quedado sin hogar, pero no habían perdido la esperanza. Aunque el cora- zón lo tenían destrozado, su espíritu era fuerte. Habían aprendido una im- portante y profunda lección: que la es- peranza, con sus correspondientes bendiciones de paz y gozo, no estaba

sus correspondientes bendiciones de paz y gozo, no estaba sujeta a las circunstancias. Habían des- cubierto

sujeta a las circunstancias. Habían des- cubierto que la verdadera fuente de la esperanza es el Señor Jesucristo y Su expiación infinita, el único cimiento seguro sobre el cual edificar nuestra vida. En la actualidad, otro grupo de pio- neros ejemplifica este importante principio. El martes 12 de enero, un gran terremoto azotó al país de Haití, y dejó en ruinas la capital de Puerto Príncipe. El impacto fue devastador; se estima que un millón de personas que- daron sin hogar y se informó que más de doscientas mil murieron. Mientras el mundo se enteraba de la ayuda internacional sin precedentes, otra labor de rescate inspiradora y ex- traordinaria se estaba llevando a cabo en Puerto Príncipe; ésta estaba dirigida por un comité formado por líderes hai- tianos de la Iglesia, organizado de acuerdo con el orden del sacerdocio, que funciona bajo inspiración. Entre los miembros del comité se encontra- ban los dos presidentes de estaca y las dos presidentas de la Sociedad de Socorro de estaca de Puerto Príncipe, y el presidente de misión que, a la edad de 30 años, preside a setenta y cuatro misioneros de tiempo completo en la Misión Haití Puerto Príncipe. Todos sus misioneros son haitianos y, milagrosa- mente, ninguno de ellos resultó herido en ese terremoto devastador. Los recursos de la Iglesia se pusie- ron en manos de esos líderes locales inspirados, recursos que incluían las generosas contribuciones de muchos de ustedes. La gente de Haití está pro- fundamente agradecida por esas con- tribuciones. Bajo la dirección del comité, casi en seguida llegaron de República Dominicana camiones lle- nos de provisiones y, a pocos días del terremoto, llegaron aviones con ali- mentos, sistemas para purificar el agua, tiendas de campaña, cobijas y su- ministros médicos, junto con un gru- po de médicos. Las nueve capillas que se encuen- tran en Puerto Príncipe y sus cercanías prácticamente no sufrieron daños:

otro milagro extraordinario. Durante las semanas que siguieron al terremo- to, éstas se convirtieron en refugios

para más de cinco mil haitianos y en bases desde las cuales se distribuían alimentos, agua y atención médica. Se cubrieron las necesidades básicas y co- menzó a surgir el orden en medio del caos. A pesar de que los fieles santos hai- tianos han sufrido muchísimo, están llenos de esperanza en el futuro. Al igual que los primeros pioneros en 1846, su corazón está destrozado, pero su espíritu es fuerte. Ellos tam- bién nos enseñan que la esperanza, la felicidad y el gozo no son consecuen- cia de las circunstancias, sino de la fe en el Señor. El profeta Mormón, a quien no le

eran ajenas las circunstancias difíciles, entendía y enseñó con claridad esta

doctrina:

“Y además, amados hermanos míos, quisiera hablaros concerniente

a la esperanza… “He aquí, os digo que debéis tener esperanza, por medio de la expiación de Cristo… y esto por causa de vuestra fe en él, de acuerdo con la promesa. “De manera que si un hombre tiene fe, es necesario que tenga esperanza; porque sin fe no puede haber espe- ranza” 2 . La esperanza proviene de la fe en Jesucristo. Él ya venció al mundo y ha prometido que enjugará nuestras lágri- mas si tan sólo nos volvemos a Él y creemos y Lo seguimos 3 . Algunas personas que en este preci- so momento se sienten desesperadas

o desanimadas quizá se pregunten

cómo es posible recuperar la esperan- za. Si alguno de ustedes está en esa situación, recuerde que la esperanza viene como resultado de la fe. Si deseamos edificar nuestra esperanza, debemos fortalecer nuestra fe. La fe en el Salvador requiere más que simplemente creer. El apóstol Santiago enseñó que hasta los demo- nios creen y tiemblan 4 . Pero la verda- dera fe requiere obras. La diferencia entre los demonios y los miembros fie- les de esta Iglesia no es su creencia, sino sus obras. La fe aumenta al guar- dar los mandamientos, lo cual requie- re un esfuerzo continuo. En la Guía para el Estudio de las Escrituras

continuo. En la Guía para el Estudio de las Escrituras leemos que “los milagros no producen

leemos que “los milagros no producen fe, sino que la fe firme se desarrolla mediante la obediencia al evangelio de Jesucristo; en otras palabras, la fe pro- viene de la rectitud…” 5 . Cuando nos esforzamos por guar- dar los mandamientos de Dios, arre- pintiéndonos de nuestros pecados y prometiendo realizar nuestro mejor esfuerzo por seguir al Salvador, empe- zamos a obtener una mayor confianza en que, mediante la Expiación, todo estará bien. Esos sentimientos son confirmados por el Espíritu Santo, quien aleja de nosotros lo que nues- tros padres pioneros llamaron “afán inútil”. A pesar de nuestras pruebas, sentimos plenamente una noción de bienestar y sentimos deseos de cantar con ellos que realmente “está todo bien” 6 . No deseo minimizar la realidad de la depresión clínica. Algunos encontra- rán la solución a la depresión y la an- siedad al consultar a profesionales competentes; pero, para la mayoría de nosotros, la tristeza y el temor comien- zan a desvanecerse y los reemplazan la

felicidad y la paz cuando depositamos nuestra confianza en el Autor del plan de felicidad y cuando desarrollamos fe en el Príncipe de Paz. Hace poco un querido amigo mío falleció de cáncer. Él y su familia son personas de gran fe. Fue muy inspira- dor ver cómo su fe les ayudó a sobre- llevar esa época tan difícil. Estaban llenos de una paz interior que los sostenía y los fortalecía. Con el per- miso de ellos, me gustaría leer parte de una carta de uno de los integran- tes de la familia, la cual escribió tan sólo unos días antes de que su padre falleciera:

“Estos días han sido particular- mente difíciles… Anoche, cuando nos reunimos junto a la cama de papá, el Espíritu del Señor se podía palpar y realmente fue un consolador para nosotros. Tenemos paz… Esto ha sido lo más difícil que cualquiera de nosotros haya experimentado, pero sentimos paz por saber que… nuestro Padre Celestial ha prometido que volveremos a vivir juntos como familia. Después de que el médico le

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dijera a papá en el hospital que no quedaba nada más por hacer, él nos miró a todos con fe perfecta y, con va- lor, preguntó: ‘¿Alguno de los que se encuentran en esta habitación tiene algún problema con el plan de salva- ción?’. No lo tenemos y estamos agra- decidos por tener un padre y una madre que nos han enseñado a tener confianza perfecta en el plan”. Les hablo a todos los que sufren, a todos los que lloran, a todos los que ahora enfrentan o que enfrentarán pruebas y dificultades en esta vida. Mi mensaje es para todos los que estén preocupados o desanimados o que tengan miedo. Mi mensaje no es más que un eco, un recordatorio, del con- sejo consolador y constante que un Padre amoroso ha dado a Sus hijos desde el principio del mundo. “… recordad… recordad que es so- bre la roca de nuestro Redentor, el cual es Cristo, el Hijo de Dios, donde debéis establecer vuestro fundamento, para que cuando el diablo lance sus impetuosos vientos, sí, sus dardos en el torbellino, sí, cuando todo su grani- zo y furiosa tormenta os azoten, esto no tenga poder para arrastraros al abismo de miseria y angustia sin fin, a causa de la roca sobre la cual estáis edificados, que es un fundamento se- guro, un fundamento sobre el cual, si los hombres edifican, no caerán” 7 . Testifico de Él, que ha vencido al mundo, que nunca nos olvidará ni nos abandonará, porque nos lleva graba- dos en las palmas de Sus manos 8 . Testifico que quienes guarden Sus mandamientos tendrán más fe y espe- ranza, recibirán la fortaleza para supe- rar todas las pruebas de la vida y experimentarán la paz que sobrepasa todo entendimiento 9 . En el nombre de Jesucristo. Amén.

NOTAS

1. Sarah DeArmon Rich, en Carol Cornwall Madsen, Journey to Zion: Voices from the Mormon Trail, 1997, págs. 173–174.

2. Moroni 7:40–42.

3. Véase Apocalipsis 7:14–17.

4. Véase Santiago 2:19.

5. Véase, Guía para el Estudio de las Escrituras, “Fe”.

6. “¡Oh, está todo bien!”, Himnos, núm. 17.

7. Helamán 5:12.

8. Véase 1 Nefi 21:16.

9. Véase Filipenses 4:7.

5:12. 8. Véase 1 Nefi 21:16. 9. Véase Filipenses 4:7. P or el élder M. Russell

Por el élder M. Russell Ballard

Del Quórum de los Doce Apóstoles

Madres e hijas

En estos últimos días es esencial, aun crucial, que los padres y los hijos se escuchen y aprendan los unos de los otros.

H ermanos y hermanas, hace seis meses hablé en la sesión del sacerdocio de la conferencia

general a padres e hijos. Como era de esperar, mis cinco hijas, veinticuatro nietas y un creciente número de bis- nietas me han pedido la misma aten- ción. Por lo tanto, hoy les hablaré principalmente a las madres e hijas de la Iglesia. Mi querida esposa, Barbara, ha ejer- cido una influencia eternamente tras- cendental en nuestras hijas y nietas; y ellas, a su vez, la han ejercido en ella. Madres e hijas cumplen una función crucial al ayudarse mutuamente a ex- plorar sus posibilidades infinitas, a pe- sar de las influencias denigrantes de un mundo en el que se corrompen y manipulan la condición de mujer y la maternidad. Al hablar a las mujeres de la Iglesia hace casi un siglo, el presidente Joseph F. Smith dijo: “No corresponde que us- tedes sean guiadas por las mujeres del mundo; ustedes deben guiar… a las mujeres del mundo, en todo lo que sea digno de alabanza, en todo lo que sea de Dios, en todo lo que sea enno- blecedor y purificante para los hijos de los hombres” (Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Joseph F. Smith, 1999, 2000, pág. 198). Hermanas, nosotros, sus herma- nos, no podemos hacer la obra que a

ustedes se les ha asignado divinamen- te desde antes de la fundación del mundo. Podríamos intentarlo, pero nunca podríamos aspirar a reproducir sus exclusivos dones. En este mundo, no hay nada tan personal, tan enrique- cedor ni tan decisivo para una vida como la influencia de una mujer recta. Entiendo que algunas de ustedes, jovencitas, no tienen una madre con quien puedan conversar de estos asuntos; y muchas de ustedes, muje- res, no tienen hijas en su vida. No obs- tante, dado que toda mujer posee dentro de su naturaleza divina tanto el talento inherente como la mayordo- mía de ser madre, la mayor parte de lo que diré se aplica igualmente a abue- las, tías, hermanas, madrastras, sue- gras, líderes y otras mentoras que a veces llenan el vacío de estas significa- tivas relaciones de madre e hija. Jovencitas, sus madres las adoran y ven en ustedes la promesa de futuras generaciones. Todo lo que ustedes lo- gran, cada desafío que superan, a ellas les brinda un gozo puro. Y del mismo modo, las preocupaciones y las penas de ustedes son las preocupaciones y las penas de ellas. Hoy deseo darles a ustedes, joven- citas, algunas sugerencias en cuanto a la forma de sacar el máximo provecho de la relación que tienen con su ma- dre; después compartiré algunos

pensamientos con las madres sobre la forma de maximizar la influencia que ejercen en sus

pensamientos con las madres sobre la forma de maximizar la influencia que ejercen en sus hijas y en otros inte- grantes de la familia.

Lamentablemente, es demasiado fácil ilustrar la confusión y la distorsión de la mujer en la sociedad contempo- ránea. Mujeres indecentes, inmorales y desaforadas plagan la radio y la televi- sión, monopolizan las revistas y se ex- hiben en las pantallas de cine, todo ello mientras el mundo lo celebra. El apóstol Pablo habló proféticamente sobre los “tiempos peligrosos” que vendrían en los últimos días, y espe- cialmente se refirió a algo que debió haberle parecido particularmente

peligroso: “

pecados, llevadas por diversas concu- piscencias” (2 Timoteo 3:1, 6). La cul- tura popular de hoy suele proyectar a la mujer como ridícula, trivial, sin dis- cernimiento e incapaz; la convierte en objeto, le falta el respeto e insinúa además que la mujer sólo puede dejar su huella en la humanidad mediante la seducción: se trata sin duda del

mujercillas

cargadas de

mensaje más peligroso y penetrante que el adversario envía a la mujer acer- ca de sí misma. Y por ello, mis queridas jovencitas, con todo mi corazón las insto a no buscar en la cultura contemporánea a sus modelos de conducta ni a sus mentores. Por favor, miren a sus fieles madres como el modelo que deben seguir. Sigan el modelo de ellas, no el de mujeres famosas cuyas normas no son las normas del Señor, y cuyos valo- res quizá no reflejen una perspectiva eterna. Miren a su madre. Aprendan de sus puntos fuertes, su valor y su fidelidad. Escúchenla; quizá no sea ex- perta en mensajes de texto, quizá ni si- quiera tenga una página en Facebook, pero en lo que respecta a asuntos del corazón y a las cosas del Señor, posee una gran riqueza de conocimiento. Al acercarse el momento de casarse y te- ner hijos, ella será la mayor fuente de sabiduría para ustedes. Ninguna otra persona en la tierra las ama de la mis- ma manera ni está dispuesta a sacrifi- car tanto para alentarlas y a ayudarlas

a encontrar la felicidad, en esta vida y

para siempre. Amen a su madre, mis jóvenes her- manas; respétenla, escúchenla, con- fíen en ella; tiene su mejor interés en mente; se preocupa por su seguridad

y su felicidad eternas. Por lo tanto,

sean amables con ella y sean pacientes con sus imperfecciones, porque las tiene. Todos las tenemos. Ahora deseo compartir unos pensa- mientos con ustedes, madres, sobre el papel especial que desempeñan en la vida de sus hijas. Una amiga de nues- tra familia viaja con frecuencia a ver a sus parientes. La principal observación que hace después de cada viaje es lo mucho que las jovencitas se compor- tan como sus madres. Si las madres son ahorradoras, así son las hijas. Si las madres son modestas, así son las jóve- nes. Si las madres van a la reunión sa- cramental con chanclas y otra ropa informal, también lo hacen sus hijas. Madres: su ejemplo es sumamente im- portante para sus hijas, incluso si ellas no lo reconocen.

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A lo largo de la historia del mundo, la mujer siempre ha sido maestra de

A lo largo de la historia del mundo, la mujer siempre ha sido maestra de valores morales. Ese tipo de instruc- ción comienza en la cuna y continúa durante toda la vida de sus hijos. Hoy, nuestra sociedad es bombardeada con mensajes sobre la mujer y la materni- dad que son peligrosa y malvadamen- te erróneos. El seguir esos mensajes puede colocar a sus hijas en el sende- ro hacia el pecado y la autodestruc- ción. Sus hijas quizás no entiendan eso a menos que ustedes les digan, o mejor aún, les demuestren cómo to- mar buenas decisiones. Como madres en Israel, ustedes son la primera línea de defensa de sus hijas contra las arti- mañas del mundo. Ahora bien, madres, comprendo que a veces parece que nuestros hijos no prestan atención a las lecciones que tratamos de inculcarles. Créanme, he visto esa mirada indiferente en los ojos de los adolescentes en el preciso momento en que uno va a decirles lo que considera la mejor parte de su en- señanza. Les aseguro que aunque piensen que su hija no está escuchan- do ni una pizca de lo que digan, ella sigue aprendiendo de ustedes al ob- servarlas para ver si sus actos concuer- dan con sus palabras. Como se cree que dijo Ralph Waldo Emerson:

“Lo que haces habla tan alto que no

puedo escuchar lo que dices” (véase Ralph Keyes, The Quote Verifier, 2006, pág. 56). Enseñen a sus hijas a hallar gozo en el cuidado de los hijos; es allí don- de su amor y sus talentos podrán sur- tir el efecto eterno más significativo. Consideren en este contexto el man- dato del presidente Harold B. Lee: “La obra más importante… que harán será la que realicen dentro de las paredes de su propio hogar” (Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Harold B. Lee, 2001, pág. 148). Esto se aplica a todos nosotros, desde luego, pero es especialmente poderoso cuando se trata de la relación de madres e hijas. Madres, enseñen a sus hijas que una hija fiel de Dios evita la tentación de chismear o de juzgar a los demás. En un sermón dirigido a la Sociedad de Socorro de Nauvoo, el profeta José aconsejó: “La lengua es un miem- bro indócil; refrenen la lengua con respecto a las cosas que no tengan importancia” (Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, 2007, pág. 484). En los últimos años ha habido una explosión de artículos, libros y películas escritos sobre mujeres adultas y jóve- nes que chismean y tienen “malicia”. Satanás siempre procura denigrar el elemento más precioso de la naturaleza

divina de la mujer: la naturaleza del cuidar de los demás. Una hija aprende a cuidar al ser cuidada por medio de la relación de madre e hija. La hija recibe amor y en- señanza, y experimenta personalmen- te lo que se siente al tener a alguien que se preocupa lo suficiente por ti para corregirte, al mismo tiempo que sigue alentándote y creyendo en ti. Recuerden, hermanas, Dios es la fuente de todo poder moral y espiri- tual. Se nos otorga el acceso a ese po- der al concertar convenios con Él y al guardar esos convenios. Madres, ense- ñen a sus hijas la importancia de hacer convenios, y después muéstrenles cómo guardar esos convenios de ma- nera que ellas deseen vivir dignamente para ir al templo. En el mundo actual esto significa hablar con sus hijas sobre cuestiones sexuales. Sus hijas, así como sus hijos varones, están creciendo en un mun- do en el que se acepta abiertamente la promiscuidad precoz, informal e irreflexiva; las mujeres inmodestas e incastas son enaltecidas, y demasiado a menudo celebradas e imitadas. A pesar de que hay pasos que se pue- den seguir en nuestro hogar y en nuestra familia para reducir el contac- to con esos elementos de mal gusto de la vida contemporánea, sus hijas no podrán evitar por completo los descarados mensajes sexuales y las tentaciones que las rodean. Deben tener conversaciones frecuentes y abiertas en las que enseñen a sus hi- jas la verdad sobre estos asuntos. Por ejemplo, ellas tienen que en- tender que cuando visten ropa dema- siado ajustada, demasiado corta o demasiado escotada, no sólo pueden enviar el mensaje equivocado a los jóvenes con los que se relacionen, sino que también perpetúan en su propia mente la falacia de que el va- lor de la mujer depende exclusiva- mente de su atractivo sexual. Esto nunca ha formado ni nunca formará parte de la definición justa de una fiel hija de Dios. Ellas necesitan escuchar esto de su boca, clara y reiterada- mente, y necesitan ver el ejemplo correcto y constante que ustedes

tengan en sus propias normas de vestimenta, arreglo personal y vida modesta. Todos los jóvenes tendrán mayores probabilidades de hacer y guardar convenios si aprenden a reconocer la presencia y la voz del Espíritu. Ense- ñen a sus hijas sobre las cosas del Espíritu; diríjanlas hacia las Escrituras; bríndenles experiencias que les ayu- den a atesorar las bendiciones del poder del sacerdocio en su vida. Al guardar convenios, aprenderán a escuchar la voz del Señor y recibir re- velación personal. Dios de verdad es- cuchará y contestará sus oraciones. El lema de la mutual de 2010 se aplica a nuestros jóvenes así como a todos no- sotros: “[Esfuérzate] y [sé] valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo dondequiera que vayas” (Josué 1:9). Esto los guiará de manera segura a las bendiciones de la casa del Señor. Asegúrense de que ellas sepan que el guardar los convenios constituye el camino más seguro hacia la felicidad eterna; y si fuera necesario, enséñen- les a arrepentirse y a permanecer puras y dignas. Ahora bien, si esto les parece cono- cido, mis hermanos y hermanas, es porque he hablado a los padres e hijos durante tres conferencias seguidas. En abril del año pasado, alenté a los jóve- nes a “aprender las lecciones del pasa- do”; de ese discurso cito: “Si están dispuestos a escuchar y a aprender, al- gunas de las enseñanzas más significa- tivas de la vida provienen de los que se han ido antes que ustedes… Cuánto mejor será la vida de ustedes si siguen el noble ejemplo de los fieles seguido- res de Cristo” (“Aprendamos las leccio- nes del pasado”, Liahona, mayo de 2009, págs. 31, 33). En octubre del año pasado me diri- gí a los padres e hijos en la reunión del sacerdocio, y hoy lo he hecho prin- cipalmente a las madres e hijas. En cada caso mi mensaje ha sido diferen- te, pero a la vez similar. Espero que estén escuchando y que perciban un modelo y escuchen un mensaje cons- tante y uniforme de que en estos últimos días es esencial, aun crucial,

de que en estos últimos días es esencial, aun crucial, que los padres y los hijos

que los padres y los hijos se escuchen

y aprendan los unos de los otros. Lo

que he estado diciendo no son sim-

plemente conceptos abstractos, sino que son la esencia, el centro del plan de Dios para nuestra eterna felicidad

y paz. Como Iglesia, ayudaremos en todo lo que podamos. Estamos presentes

para apoyar y sostenerlos a ustedes como padres e hijos, pero el hogar es el lugar más importante para preparar

a los jóvenes de hoy a fin de guiar a

las familias y a la Iglesia del mañana. Sobre cada uno descansa, como ma- dres y padres, el hacer todo lo que podamos para preparar a nuestros jóvenes para ser hombres y mujeres fieles y justos. Es en el hogar donde debemos enseñar el Evangelio por el precepto y por el ejemplo. Concluyo mi consejo con este resu- men profético del presidente Joseph F. Smith: “Nuestras relaciones (familia- res) no tienen por objeto ser exclusi- vamente para esta vida, para este

tiempo, según lo distinguimos de la eternidad. Vivimos por el tiempo y por la eternidad y formamos asocia- ciones y relaciones por el tiempo y por toda la eternidad… Aparte de los Santos de los Últimos Días, ¿quiénes consideran el concepto de que conti- nuaremos como organización familiar allende el sepulcro? —el padre, la ma- dre, los hijos, reconociéndose los unos a los otros… [siendo] esta orga- nización familiar una unidad en la or- ganización grande y perfecta de la obra de Dios, todo ello destinado a continuar a través del tiempo y de la eternidad” (Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Joseph F. Smith, pág. 414). Es mi oración que Dios nos bendi- ga para que nos enseñemos, cuide- mos y preparemos unos a otros dentro de las paredes de nuestro ho- gar para la gran obra que todos noso- tros debemos hacer ahora y en el futuro; en el nombre del Señor Jesucristo. Amén.

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una nueva sensación de ser aceptada; y así, la resolución esporádica de arre- pentirse parecía

una nueva sensación de ser aceptada; y así, la resolución esporádica de arre- pentirse parecía cada vez menos im- portante. A medida que aumentaba la gravedad de los mandamientos que quebrantaba, el sueño de un hogar fe- liz y eterno parecía desvanecerse. Estaba sentada frente a mí, y se refi- rió a su situación como miserable. Quería que la rescatara de la trampa del pecado a la cual se encontraba ata- da. Pero la única manera de salir era que ella ejercitara la fe en Jesucristo, tuviera un corazón quebrantado, se arrepintiera y, de ese modo, fuera lim- pia, cambiada y fortalecida mediante la expiación del Señor. Le di mi testimo- nio de que todavía era posible. Y lo fue, pero resultó mucho más duro de lo que hubiera sido ejercitar la fe tem- prano en su vida en el camino de re- greso a Dios y cuando recién había comenzado a desviarse. Entonces, ayudamos mejor a los hi- jos de Dios al proporcionarles mane- ras de edificar su fe en Jesucristo y Su evangelio restaurado mientras son jó- venes. Y luego debemos ayudar a rea- vivar esa fe rápidamente, antes de que se debilite al desviarse del sendero. De modo que ustedes y yo pode- mos esperar una oportunidad casi constante de ayudar a los viajeros que hay entre los hijos de Dios. El Salvador nos dijo por qué sería así cuando des- cribió la peligrosa jornada de regreso para todos los hijos espirituales de Dios a través de los vapores de tinie- blas que crean el pecado y Satanás:

“Entrad por la puerta estrecha; por- que ancha es la puerta, y espacioso el camino, que conduce a la perdición, y

Por el presidente Henry B. Eyring

Primer Consejero de la Primera Presidencia

Ayúdenlos en el camino de regreso al hogar

Ayudamos mejor a los hijos de Dios al proporcionarles maneras de edificar su fe en Jesucristo y Su evangelio restaurado mientras son jóvenes.

H ermanos y hermanas, nuestro Padre Celestial quiere y necesi- ta nuestra ayuda para llevar a

Sus hijos espirituales de regreso a Él. Hoy hablo de los jóvenes que ya están dentro de Su Iglesia verdadera y que ya han emprendido el camino estre- cho y angosto para regresar a su hogar celestial. Él quiere que ellos obtengan a temprana edad la fortaleza espiritual para permanecer en el sendero; y ne- cesita nuestra ayuda para que regresen al sendero rápidamente si empiezan a desviarse. Yo era un joven obispo cuando em- pecé a ver con claridad por qué el Señor quiere que fortalezcamos a los niños mientras son pequeños y que los rescatemos rápidamente. Les con- taré el relato de una joven que repre- senta a muchos de los que he tratado de ayudar a lo largo de los años. Ella estaba sentada frente a mí, del otro lado de mi escritorio de obispo. Me habló de su vida. Había sido bauti- zada y confirmada como miembro de la Iglesia cuando tenía ocho años. No

derramó ninguna lágrima mientras se refería a los más de veinte años que si- guieron, pero había tristeza en su voz. Dijo que la senda que la había llevado hacia el pecado había comenzado con decisiones de relacionarse con perso- nas que ella pensaba que eran impre- sionantes. Pronto empezó a violar lo que al principio parecían ser manda- mientos menos importantes. Al principio sentía un poco de tris- teza y un poco de culpa, pero la rela- ción con sus amigos proporcionaba

principio sentía un poco de tris- teza y un poco de culpa, pero la rela- ción

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Liahona

muchos son los que entran por ella;

“porque estrecha es la puerta, y an- gosto el camino que conduce a la vida,

y pocos son los que la hallan” 1 . Previendo las necesidades de Sus hijos, un amoroso Padre Celestial puso indicaciones y rescatadores a lo largo del camino. Envió a Su Hijo Jesucristo para hacer un pasaje seguro que sea posible y visible. Llamó al presidente Thomas S. Monson como Su profeta en estos tiempos. Desde su juventud, el presidente Monson ha enseñado no sólo la manera de permanecer en el sendero, sino la forma de rescatar a los que han sido conducidos al pesar. El Padre Celestial nos ha asignado

una gran variedad de puestos para for- talecer y, cuando sea necesario, condu- cir a los viajeros a un lugar seguro. Nuestras asignaciones más importantes

y poderosas están en la familia; son im-

portantes porque la familia tiene la oportunidad, al comienzo de la vida de un niño, de poner sus pies firmemente en el sendero de regreso al hogar. Los padres, hermanos, abuelos y tíos se convierten en guías más poderosos por los lazos de amor que constituyen la naturaleza misma de la familia. La familia tiene una ventaja en los primeros ocho años de la vida de un niño. En esos años de protección, debido a la expiación de Jesucristo, se bloquea el uso que hace Satanás de los vapores de tinieblas para esconder el camino de regreso al hogar. En esos preciados años, el Señor ayuda a las familias al llamar a personas a trabajar en la Primaria para que ayuden a forta- lecer a los niños espiritualmente. Además, Él proporciona poseedores del Sacerdocio Aarónico para que ofrezcan la Santa Cena. En esas oracio- nes de la Santa Cena, los niños escu- chan la promesa de que algún día podrán recibir al Espíritu Santo como guía si son obedientes a los manda- mientos de Dios. Como consecuencia, los niños son fortalecidos para resistir la tentación cuando ésta venga y, des- pués, en algún día futuro, para ir a res- catar a otras personas. Muchos obispos de la Iglesia sien- ten la inspiración de llamar a las perso- nas más fuertes del barrio para servir a

a las perso- nas más fuertes del barrio para servir a los niños de manera individual

los niños de manera individual en la Primaria. Se dan cuenta de que, si los niños son fortalecidos con fe y un tes- timonio, tendrán menores probabili- dades de que necesiten rescate como adolescentes. Se dan cuenta de que un fuerte cimiento espiritual puede tener un impacto positivo para toda la vida. Todos podemos ayudar. Las abue- las, los abuelos y todos los miembros que conozcan a los niños pueden ayu- dar. No hay que tener un llamamiento formal en la Primaria ni hay límites de edad. Ése fue el caso de una mujer que, cuando era más joven, formó par- te de la mesa general de la Primaria que ayudó a crear el lema HLJ. Ella nunca se cansó de prestar servi- cio a los niños. Enseñó en la Primaria de su barrio, porque ella lo pidió, has- ta casi los noventa años. Los niñitos podían sentir su amor; veían su ejem- plo; aprendían de ella los sencillos principios del evangelio de Jesucristo.

Y, sobre todo, debido a su ejemplo,

aprendieron a sentir el Espíritu Santo

y a reconocerlo. Y cuando lo hicieron,

ya estaban bien encaminados hacia la

fe que se necesita para resistir la tenta- ción. Ellos tendrían menos probabili- dades de que necesitaran ser rescatados, y estarían preparados para

ir a rescatar a otras personas.

Aprendí sobre el poder de la fe sencilla en la oración y en el Espíritu Santo cuando nuestros hijos eran pequeños. Nuestro hijo mayor toda- vía no se había bautizado. Sus pa- dres, maestros de la Primaria y siervos del sacerdocio habíamos tra- tado de ayudarlo a sentir y a recono- cer el Espíritu y a saber cómo recibir Su ayuda. Una tarde, mi esposa lo había lleva- do a la casa de una mujer que le estaba enseñando a leer. Nuestro plan era que yo lo fuera a recoger cuando re- gresara del trabajo.

Mayo

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La clase terminó antes de lo que es- perábamos y, como él se sentía seguro

La clase terminó antes de lo que es- perábamos y, como él se sentía seguro de que conocía el camino de regreso a nuestra casa, empezó a caminar. Luego de lo sucedido, dijo que tenía plena confianza en sí mismo y que le había gustado la idea de recorrer el trayecto solo. Después de haber cami- nado casi un kilómetro, empezó a os- curecer y comenzó a darse cuenta de que todavía estaba muy lejos de casa. Todavía recuerda que las luces de los autos que iban pasando se veían borro- sas a causa de las lágrimas. Se sentía como un niño pequeño, y no como el muchacho que había empezado a cami- nar solo de regreso a casa. Se dio cuen- ta de que necesitaba ayuda. Entonces algo acudió a su memoria. Supo que debía orar, así que se alejó de la calle y se dirigió hacia unos árboles que ape- nas podía ver en la oscuridad y encon- tró un lugar para arrodillarse. En medio de los arbustos, oyó voces que se acercaban hacia él. Dos jóvenes lo habían oído llorar. Al acer- carse, le preguntaron: “¿Podemos ayu- darte?”. Entre lágrimas, les dijo que estaba perdido y que quería regresar a casa. Le preguntaron si sabía el núme- ro telefónico o la dirección de su casa, pero no los sabía. Le preguntaron su nombre; eso sí lo sabía. Lo llevaron a un lugar cercano donde vivían, y en- contraron nuestro apellido en la guía telefónica. Cuando recibí la llamada, me apre- suré a ir al rescate, agradecido de que se había puesto a gente bondadosa en su camino de regreso a casa. Y siem- pre he agradecido que se le enseñó a orar con fe en que recibiría ayuda cuando estuviera perdido. Esa fe lo ha

conducido a un lugar seguro y ha lle- vado hacia él a más rescatadores más veces de las que él puede contar. El Señor ha puesto un modelo de rescate y rescatadores en Su reino. En Su sabiduría, el Señor ha inspirado a Sus siervos a poner algunos de los me- dios más poderosos para fortalecernos y a colocar a los mejores rescatadores conforme se pasa por los años de la adolescencia. Ustedes conocen dos programas po- derosos proporcionados por el Señor. Uno, para las mujeres jóvenes, se llama Progreso Personal. El otro, para los po- seedores del Sacerdocio Aarónico, se llama Mi Deber a Dios. Instamos a los jóvenes de la nueva generación a ver su propio potencial para lograr una gran fortaleza espiritual. Y rogamos a quienes se interesan en esta gente jo- ven, que estén a la altura de lo que el Señor requiere para ayudarlos. Ya que el futuro de la Iglesia depende de ellos, todos nos interesamos en ellos. Los dos programas se han mejora- do, pero su propósito sigue siendo el mismo. El presidente Monson lo dijo de esta manera: debemos “aprender lo que debemos aprender, hacer lo que debemos hacer y ser lo que debemos ser” 2 . En el librito del Progreso Personal para las mujeres jóvenes leemos clara- mente cuál es el objetivo: “En el pro- grama del Progreso Personal se utilizan los ocho valores de las Mujeres Jóvenes para ayudarte a comprender plenamente quién eres, por qué estás aquí sobre la tierra y lo que debes es- tar haciendo como hija de Dios para prepararte para el día en que vayas al templo a hacer convenios sagrados”. Sigue diciendo que las Mujeres Jóvenes aprenderán a “hacer compro- misos, a llevarlos a cabo y a informar de [su] progreso a uno de [sus] padres o a una de [sus] líderes”. Además, promete que “los modelos que establezca[n] al trabajar en el Progreso Personal tal como la oración, el estudio de las Escrituras, el servicio y el llevar un dia- rio— se convertirán en hábitos diarios personales que fortalecerán [su] testi- monio y [las] ayudarán a aprender y a superar[se] durante toda la vida” 3 .

El programa Mi Deber a Dios para los hombres jóvenes del Sacerdocio Aarónico se ha reforzado y simplifica- do. Estará contenido en un solo libro para los tres oficios del Sacerdocio Aarónico. Los hombres jóvenes y sus líderes recibirán un ejemplar de este nuevo libro. Es una herramienta pode- rosa. Fortalecerá el testimonio de los hombres jóvenes y su relación con Dios. Los ayudará a aprender los debe- res del sacerdocio y a desear cumplir con ellos. Fortalecerá la relación con sus padres, entre los miembros del quórum, y con sus líderes. Ambos programas ponen gran res- ponsabilidad en los esfuerzos de los jóvenes mismos. Se les invita a apren- der y a hacer cosas que serían desa- fiantes para cualquier persona. Al reflexionar en cuanto a mi propia ju- ventud, no recuerdo que se me haya

desafiado tanto. Es cierto que en algu- nas ocasiones se me invitaba a poner- me a la altura de pruebas de ese tipo, pero sólo de vez en cuando. Estos pro- gramas requieren constancia, gran es- fuerzo y la acumulación de enseñanzas

y experiencias espirituales a lo largo

de los años. Al reflexionar en ello, me di cuenta de que el contenido de estos libritos es

una representación física de la confian- za que el Señor tiene en la nueva gene- ración y en todos los que los amamos.

Y he visto indicios de que esa confian-

za está depositada correctamente. En algunas visitas, he visto quóru- mes del Sacerdocio Aarónico en ac- ción. He visto a hombres jóvenes que siguen modelos de aprendizaje, que hacen planes para hacer lo que Dios quiere de ellos y que entonces se po- nen en movimiento para hacer lo que se han comprometido a hacer y que comparten con los demás cómo fue- ron cambiados espiritualmente. Y al verlos y escucharlos, se hizo evidente que padres, madres, líderes, amigos e incluso vecinos de la congregación sin- tieron el Espíritu al escuchar a los jó- venes testificar cómo habían sido fortalecidos. Los jóvenes fueron eleva- dos al dar su testimonio, y también lo fueron las personas que estaban tra- tando de ayudarlos a superarse.

El programa de las Mujeres Jóvenes contiene el mismo modelo poderoso para desarrollar fortaleza espiritual en las mujeres jóvenes y para brindarnos la oportunidad de ayudar. El Progreso Personal ayuda a las mujeres jóvenes a prepararse para recibir las ordenanzas del templo; ellas reciben ayuda me- diante el ejemplo de madres, abuelas y de cada mujer justa que las rodea en la Iglesia. He visto cómo los padres ayu- daban a una hija a lograr sus metas y sueños al notar y agradecer todas las buenas cosas que ella hace. Hace pocos días, vi a una madre de pie junto a su joven hija para recibir un reconocimiento por haber logrado jun- tas ser ejemplos de mujeres virtuosas extraordinarias; y cuando compartie- ron conmigo lo que había significado para ellas, sentí la aprobación y el áni- mo del Señor para todos nosotros. De toda la ayuda que podamos ofrecer a estos jóvenes, la más grande será el hacerles sentir que confiamos en que están en el sendero de regreso a Dios y que pueden lograrlo. Y la me- jor manera de hacerlo es ir junto a ellos. Debido a que el camino es empi- nado y a veces rocoso, en ocasiones se sentirán desanimados e incluso trope- zarán. Quizá a veces se sientan confun- didos en cuanto a su destino y se desvíen en pos de metas eternamente menos importantes. Estos programas inspirados hacen que esto sea menos probable, puesto que conducirán a la juventud a invitar y a recibir la compa- ñía del Espíritu Santo. El mejor consejo que podemos dar- le a la juventud es que podrán regresar al Padre Celestial sólo si son guiados y corregidos por el Espíritu de Dios. Por eso, si somos sabios, animaremos, elo- giaremos y ejemplificaremos todo lo que invite la compañía del Espíritu Santo. Cuando compartan con noso- tros lo que hacen y sienten, nosotros mismos debemos ser merecedores de tener el Espíritu. Entonces, ellos senti- rán en nuestro elogio y nuestras sonri- sas, la aprobación de Dios. Y, en caso de que sintamos la necesidad de dar un consejo correctivo, sentirán nues- tro amor y el amor de Dios en ello, y no la reprimenda y el rechazo, los

amor de Dios en ello, y no la reprimenda y el rechazo, los cuales pueden dar

cuales pueden dar lugar a que Satanás los aleje más. El ejemplo que más necesitan de nosotros es que hagamos lo que ellos deben hacer. Debemos pedir en ora- ción los dones del Espíritu. Debemos meditar en cuanto a las Escrituras y las palabras de los profetas vivientes. Debemos hacer planes que no sean sólo deseos, sino convenios; y, enton- ces, debemos guardar las promesas que hacemos al Señor y debemos ele- var a los demás al compartir con ellos las bendiciones de la Expiación que hemos recibido en nuestra vida. Y debemos ejemplificar en nuestra propia vida la fidelidad constante y prolongada que el Señor espera de ellos. Al hacerlo, los ayudaremos a sentir del Espíritu una seguridad de que, si persisten, escucharán las pala- bras de un amoroso Salvador y del Padre Celestial: “Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de

tu señor 4 . Y quienes les hayamos ayu- dado a lo largo del camino escuchare- mos esas palabras con gozo. Testifico que el Señor los ama a us- tedes y a cada hijo de Dios. Éste es Su reino, restaurado con las llaves del sa- cerdocio mediante el profeta José Smith. Thomas S. Monson es el profe- ta del Señor en la actualidad. Prometo

a cada uno de ustedes que, al seguir la

dirección inspirada que hay en ésta, la Iglesia verdadera de Jesucristo, nues-

tros jóvenes, y aquellos que los ayuda- mos y los amamos, llegaremos a salvo

a nuestro hogar con el Padre Celestial

y el Salvador, para vivir en familias y con gozo para siempre. En el nombre de Jesucristo. Amén.

NOTAS

1. 3 Nefi 14:13–14.

2. Thomas S. Monson, “Aprendamos, haga- mos, seamos,” Liahona, noviembre de 2008, pág. 67.

3. Mujeres Jóvenes: Progreso Personal, librito, 2009, pág. 6.

4. Mateo 25:21.

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SESIÓN DEL SÁBADO POR LA TARDE | 3 de abril de 2010

Juan A. Machuca, Per G. Malm, Carlos

S. Obata, Alexander A. Odume, A.

Rolando Oyola, Melvin R. Perkins,

Alexander A. Odume, A. Rolando Oyola, Melvin R. Perkins, James C. Perry, John C. Pingree, Dinar

James C. Perry, John C. Pingree, Dinar M. Reyes, D. Chad Richardson, Maury

W. Schooff, Hans T. Sorensen, John C.

Taggart, Donald P. Tenney, G. Perrin Walker, Johann A. Wondra y Kazuhiko

Yamashita.

Los que deseen unirse a nosotros para expresar nuestra gratitud por el excelente servicio que han prestado, sírvanse manifestarlo. Se propone que relevemos a las hermanas Cheryl C. Lant, Margaret S. Lifferth, y Vicki F. Matsumori como la Presidencia General de la Primaria. También relevamos a todos los miembros de la Mesa directiva general de la Primaria.

Todos los que deseen unirse a noso- tros para expresar agradecimiento por el dedicado servicio que han prestado estas hermanas, sírvanse manifestarlo. Se propone que sostengamos a los siguientes hermanos como nuevos miembros del Primer Quórum de los Setenta: a Kevin R. Duncan, Gerrit W. Gong, Patrick Kearon, y Juan A. Uceda; como nuevos miembros del Segundo Quórum de los Setenta a Larry R. Lawrence, Per G. Malm, y Jairo

Mazzagardi.

Todos los que estén a favor tengan a bien manifestarlo. Los que se opongan, con la misma

señal.

Presentado por el presidente Dieter F. Uchtdorf

Segundo Consejero de la Primera Presidencia

El sostenimiento de los Oficiales de la Iglesia

S e propone que sostengamos a Thomas Spencer Monson como profeta, vidente y revelador y

Presidente de La Iglesia de Jesucristo

de los Santos de los Últimos Días; a Henry Bennion Eyring como Primer

Consejero de la Primera Presidencia; y

a Dieter Friedrich Uchtdorf como

Segundo Consejero de la Primera Presidencia. Los que estén a favor, pueden mani- festarlo. Los que estén en contra, si los hay, pueden manifestarlo. Se propone que sostengamos

a Boyd Kenneth Packer como Presi-

dente del Quórum de los Doce Apóstoles, y a los siguientes como miembros de ese quórum: Boyd K. Packer, L. Tom Perry, Russell M. Nelson, Dallin H. Oaks, M. Russell Ballard, Richard G. Scott, Robert D. Hales, Jeffrey R. Holland, David A. Bednar, Quentin L. Cook, D. Todd Christofferson, y Neil L. Andersen. Los que estén a favor, sírvanse manifestarlo. Si hay opuestos, por la misma señal. Se propone que sostengamos a los

consejeros de la Primera Presidencia

y a los Doce Apóstoles como profetas, videntes y reveladores. Los que estén a favor, sírvanse manifestarlo.

26

Liahona

Contrarios, si los hay, con la misma señal. Se propone que relevemos a los si- guientes Setentas de Área, lo cual se pondrá en vigencia el 1º de mayo de

2010:

Jorge M. Alvarado, Homero S. Amato, Manuel Araiz, Jorge D. Arrevillaga, Marcelo Bolfarini, Fernando E. Calderón, Gabriel A. Campos, Chu-Jen Chia, Flávio A. Cooper, Ronaldo da Costa, John C. Dalton, Kevin R. Duncan, Randy D. Funk, Robert H. Garff, Gerrit W. Gong, Frerich J. Görts, S. Horacio Guzmán, Ronald J. Hammond, Stephen W. Hansen, Yu Chen (Philip) Ho, Patrick Kearon, Christiaan H. Kleijweg, Larry R. Lawrence, Robert W. Lees, F. Rene Loli,

Se propone que sostengamos a los

siguientes hermanos como nuevos

Setentas de Área: Ian S. Ardern, Philip

K. Bussey, René J. Cabrera, Renato

La Presidencia General de la Primaria, que fue sostenida recientemente

Ardern, Philip K. Bussey, René J. Cabrera, Renato La Presidencia General de la Primaria, que fue

Capelletti, Paul D. M. Christensen, Rogério G. R. Cruz, Donald D. Deshler, George R. Donaldson, Ini B. Ekong,

Christian Fingerle, Craig G. Fisher, Jerryl L. Garns, Jack N. Gerard, M. Keith Giddens, Brent J. Hillier, Jui Chang Juan, George M. Keele, Dane O. Leavitt, Alexander T. Mestre, Arayik V. Minasyan, T. Jackson Mkhabela, S. Gifford Nielsen, Valentín F. Núñez, Jeffery E. Olson,

R. Ingvar Olsson, Robert N. Packer,

Nathaniel R. Payne, Cesar A. Perez Jr.,

Fouchard Pierre-nau, Michael J. Reall, Edson D. G. Ribeiro, Brad K.

Risenmay, Mozart B. Soares, Carlos A. Solís, Norland de Souza Lopes, Kouzou Tashiro, Omar Villalobos,

W. Christopher Waddell, Alan J. Webb,

Gerardo J. Wilhelm, Kevin J. Worthen, Craig T. Wright y Jim L. Wright.

Los que estén a favor, sírvanse

manifestarlo.

Si hay contrarios, pueden

manifestarlo.

Se propone que sostengamos a Rosemary M. Wixom como la nueva presidenta general de la Primaria, con Jean A. Stevens como primera conseje- ra y Cheryl A. Esplin como segunda

consejera.

Los que estén a favor, sírvanse

manifestarlo.

Contrarios, si los hay, pueden mani-

festarlo.

Se propone que sostengamos a las demás Autoridades Generales, a los

Setentas de Área y a las presidencias generales de las organizaciones auxiliares como están constituidas

actualmente.

Los que estén a favor, sírvanse

manifestarlo.

Contrarios, si los hay, pueden

manifestarlo.

Presidente Monson, hasta donde he podido observar, el voto en el Centro de Conferencias ha sido unánime a fa- vor de lo que se ha propuesto. Gracias, hermanos y hermanas, por su voto de sostenimiento, y por su con- tinua fe, su devoción y sus oraciones. Invitamos ahora a los que recién han sido llamados como Autoridades Generales y a la Presidencia General de la Primaria, a tomar su lugar en el estrado.

Informe del Departamento de Auditorías de la Iglesia, 2009

P resentado por Robert W. Cantwell

Director ejecutivo del Departamento de Auditorías de la Iglesia

Para la Primera Presidencia de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días

E stimados hermanos: Tal como está prescrito por revelación en la sección 120 de Doctrina y

Convenios, el Consejo Encargado de la Disposición de Diezmos autoriza el empleo de los fondos de la Iglesia. Este consejo está compuesto por la Primera Presidencia, el Quórum de los Doce Apóstoles y el Obispado Presidente. Este consejo aprueba los presupuestos de los departamentos y el del funcionamiento de la Iglesia. Los departamentos de la Iglesia emplean los fondos de acuerdo con los presu- puestos aprobados y de acuerdo con las normas y los procedimientos de la Iglesia. Al Departamento de Auditorías de la Iglesia se le ha concedido acceso a todos los registros y sistemas necesa- rios para evaluar que exista un con- trol adecuado del ingreso de los fondos y de los gastos realizados a fin de salvaguardar los bienes de la Iglesia. El Departamento de Auditorías de la Iglesia es indepen- diente de todos los demás departa- mentos y del funcionamiento de la Iglesia, y el personal está compuesto por contadores públicos certificados, auditores internos acreditados, audi- tores acreditados de sistemas de in- formación y otros profesionales acreditados.

de in- formación y otros profesionales acreditados. Basándonos en las auditorías llevadas a cabo, el

Basándonos en las auditorías llevadas a cabo, el Departamento de Auditorías de la Iglesia es de la opinión que, en todos los aspectos materiales, los donativos recibidos, los gastos efectuados y los bienes de la Iglesia del año 2009 se han registrado y admi- nistrado de acuerdo con las prácticas apropiadas de contabilidad, con los presupuestos aprobados y con las nor- mas y los procedimientos de la Iglesia. Presentado respetuosamente, Departamento de Auditorías de la Iglesia Robert W. Cantwell Director Ejecutivo

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Informe estadístico de 2009

Presentado por Brook P. Hales

Secretario de la Primera Presidencia

L a Primera Presidencia ha emitido

el siguiente informe estadístico

de la Iglesia al 31 de diciembre

de 2009.

Misioneros

Misioneros de tiempo completo

Templos

51.736

Unidades de la Iglesia

Templos dedicados durante 2009

2

Estacas 2.865 Misiones 344

(Draper, Utah; y Oquirrh Mountain, Utah)

Distritos

616

Templos en funcionamiento

130

Barrios y ramas

28.424

Miembros de la Iglesia

Oficiales generales anteriores de la Iglesia y otros miembros

Total de miembros

13.824.854

prominentes de la Iglesia que han

Nuevos niños inscritos durante 2009

119.722

fallecido después del pasado mes de abril de 2009

Conversos bautizados durante 2009

280.106

El élder Royden G. Derrick, Autoridad General emérita; los

élderes George I. Cannon, W. Don Ladd, Douglas J. Martin y Joseph C. Muren, ex miembros de los Setenta; la hermana Colleen W. Asay, viuda del élder Carlos E. Asay, Autoridad General emérita; la hermana Jeanne C. Dunn, viuda del élder Paul H. Dunn, Autoridad General emérita; la hermana Jelaire C. Simpson, viuda del élder Robert L. Simpson, Autoridad General emérita; la herma- na Jacqueline Y. Lawrence, esposa del élder W. Mack Lawrence, ex miembro de los Setenta; la hermana Betty N. Turley, esposa del élder Richard E. Turley Sr., ex miembro de los Setenta; el hermano David S. King, ex asistente de la Superintendencia General de la Asociación de Mejoramiento Mutuo de los Hombres Jóvenes; la hermana Ann S. Reese, ex consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro; el hermano Robert J. Matthews, un experto en la Traducción de José Smith de la Biblia y el hermano Truman Madsen, eru- dito de la Iglesia y ex director del Centro Jerusalén de BYU.

Biblia y el hermano Truman Madsen, eru- dito de la Iglesia y ex director del Centro
P or el élder L. Tom Perry Del Quórum de los Doce Apóstoles Las madres

Por el élder L. Tom Perry

Del Quórum de los Doce Apóstoles

Las madres enseñan a los hijos en el hogar

Creo que es por designio divino que en el papel de la madre se recalque el cuidado y la enseñanza de la próxima generación.

H ace poco tuve la oportunidad de viajar con el élder Donald L. Hallstrom para visitar cinco

ciudades de la gran región del centro de los Estados Unidos. En cada ciu- dad que visitamos, teníamos una reu- nión con los misioneros de tiempo completo, seguida de una reunión con los líderes de barrio y de estaca acerca de la obra misional. Entre una y otra reunión, la Sociedad de Socorro de estaca preparaba una cena liviana para permitirnos estar con los presidentes de estaca. Cuando llega- mos a Milwaukee, Wisconsin, dos fa- milias jóvenes le habían pedido a la Sociedad de Socorro que les permi- tiera preparar y servir la cena. Los dos esposos se encargaron de la cocina; las dos madres supervisaron el arre- glo de las mesas y lo relacionado con servir la comida; tres niños pequeños se encargaron de poner la mesa y de servir la comida bajo la supervisión de sus madres, lo cual proporcionó a las madres una oportunidad de ense- ñar a sus hijos. Fue muy especial ver a los niños atender cada detalle, como

sus madres les habían enseñado. Realizaron sus asignaciones completa y cabalmente. Esta experiencia me llevó a refle- xionar en la capacitación que recibí de mi madre. Igual que el profeta Nefi, yo también, como muchos de ustedes, nací de buenos padres (véase 1 Nefi 1:1).

de ustedes, nací de buenos padres (véase 1 Nefi 1:1). São Paulo, Brasil Hace poco, una

São Paulo, Brasil

Hace poco, una de mis sobrinas me mostró cuatro cuadernos que mi ma- dre había llenado con apuntes mien- tras se preparaba para dar su clase de la Sociedad de Socorro. Me imagino que estos cuadernos —y hay otros que todavía no he examinado— repre- sentan cientos de horas de prepara- ción de mi madre. Mi madre era una gran maestra, diligente y minuciosa al prepararse. Tengo recuerdos claros de los días pre- vios a sus clases. La mesa del comedor se llenaba con material de consulta y los apuntes que preparaba para su lec- ción. Preparaba tanto material que es- toy seguro de que sólo llegaba a usar una pequeña parte durante la clase; pero también estoy seguro de que nada de lo que preparaba se desapro- vechaba. ¿Cómo puedo estar seguro de ello? Al hojear sus cuadernos, me parecía escuchar a mi madre enseñán- dome una vez más. Repito: en sus cua- dernos había material de sobra acerca de cualquier tema como para presen- tarlo en una sola clase, pero lo que no usaba en su lección lo usaba para en- señar a sus hijos. Creo que no me equivocaría al decir que, aunque mi madre era una maestra muy eficaz entre las her- manas de la Sociedad de Socorro, sus mejores lecciones se impartían en casa, con sus hijos. Por supuesto, esto se debía en gran parte a que tenía más tiempo para enseñar a sus hijos que a las hermanas de la Sociedad de Socorro, pero también me gusta pen- sar que se preparaba minuciosamente, primero, para ser un ejemplo de servi- cio diligente a la Iglesia para sus hijos y, segundo, porque sabía que lo que aprendiera al preparar sus clases podía usarlo una y otra vez para un propósi- to más elevado: enseñar a sus hijos e hijas. Por unos momentos, permítanme rememorar y compartir algunas de las lecciones que aprendí de mi madre acerca de la enseñanza del Evangelio en el hogar. Mi madre comprendía el valor de enseñar a sus hijos normas, valores y doctrina mientras eran pe- queños. Si bien agradecía que otros enseñaran a sus hijos, ya fuera en la

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escuela o en la Iglesia, reconocía que

a los padres les es confiado educar a

sus hijos y, en última instancia, que los padres deben asegurarse de que a sus hijos se les enseñe lo que su Padre Celestial desea que aprendan. Nuestra madre nos interrogaba con sumo cui- dado a mis hermanos y a mí después de que se nos había enseñado fuera de casa para cerciorarse de que las lecciones correctas fueran las que llegaran a nuestros oídos y las que formaran nuestro criterio. Algunas veces pensaba, al regresar a casa corriendo de la escuela, que ya habían terminado las lecciones de ese día, pero esa ilusión pronto se desva- necía al ver a mi madre esperándome de pie en la puerta. De pequeños, cada uno tenía un pupitre en la cocina, donde ella nos enseñaba mientras rea- lizaba las tareas del hogar y preparaba la cena. La enseñanza era algo innato en ella y era mucho más exigente con nosotros que nuestros maestros de la escuela o de la Iglesia. Lo que mi madre nos enseñaba abarcaba lecciones seculares y espiri- tuales; se aseguraba de que ninguno

se atrasara en las tareas de la escuela,

y a menudo las complementaba.

Además, practicaba sus clases de la Sociedad de Socorro con nosotros, quienes, desde luego, recibíamos la versión completa de las clases de sus cuadernos, y no la versión abreviada que tenía que ajustarse a una sola clase. Parte de nuestro aprendizaje en el hogar incluía memorizar pasajes de las Escrituras, incluso los Artículos de Fe y las palabras de los profetas, videntes y reveladores. Mi madre creía que la mente se debilitaba si no se ejercitaba constantemente. Nos enseñaba mien- tras lavábamos los platos, batíamos la mantequilla y ayudábamos con mu- chas otras cosas. Ella no creía en dejar que pensamientos ociosos entraran en la mente de sus hijos, ni siquiera cuan- do estaban realizando trabajos físicos. No digo que mi madre sea el mode- lo a seguir de los padres del mundo actual. La época actual es muy diferen- te, pero, aunque los tiempos cambien, las enseñanzas de un padre nunca

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Liahona

deben menospreciarse. Muchas activi- dades unen los valores de una genera- ción con la siguiente, pero quizá la más importante sea la enseñanza de

los padres a los hijos en el hogar. Esto es particularmente cierto cuando se considera la enseñanza de valores, normas morales y éticas, y la fe. La enseñanza en el hogar es cada vez más importante en el mundo ac- tual, donde la influencia del adversa- rio está tan extendida; y él ataca, intenta corroer y destruir la base mis- ma de nuestra sociedad: la familia. Los padres deben decidir que la ense- ñanza en el hogar es la responsabili- dad más importante y sagrada. Si bien otras instituciones como la Iglesia y la escuela pueden asistir a los padres a “[instruir] al niño en su camino” (Pro- verbios 22:6), en última instancia, esa responsabilidad recae sobre los pa- dres. Según el gran plan de felicidad, a los padres se les confía el cuidado y desarrollo de los hijos de nuestro Pa- dre Celestial. Nuestra familia es parte esencial de Su obra y gloria: “llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre” (Moisés 1:39). En el es- cenario eterno de Dios, normalmente se espera que los padres sean los per- sonajes principales en la vida de sus hijos. Afortunadamente, hay suplen- tes que forman parte de la produc- ción, quienes entran en escena cuando los padres no pueden hacer-

lo. No obstante, es a los padres a

quienes el Señor ha mandado criar a sus hijos en la luz y la verdad (véase

D. y C. 93:40).

A fin de llevar luz y verdad a su ho- gar, los padres deben, una y otra vez, hacer oraciones familiares, tener sesio- nes de estudio de las Escrituras, hacer noches de hogar, leer libros en voz alta, cantar y comer en familia. Ellos saben que la influencia de la crianza recta, concienzuda, perseverante y dia- ria está entre las fuerzas positivas más poderosas y constantes que hay en el mundo. La salud de cualquier socie- dad, la felicidad, la prosperidad y la paz de su gente, todas tienen su raíz en la enseñanza de los hijos en el hogar. El élder Joseph Fielding Smith en- señó: “Los padres tienen el deber de enseñar a sus hijos estos principios de salvación del evangelio de Jesucristo, a fin de que sepan por qué deben bauti- zarse y para que se grabe en sus cora- zones el deseo de seguir guardando los mandamientos de Dios después de haberse bautizado, para que pue- dan regresar a Su presencia. Mis bue- nos hermanos y hermanas, ¿quieren a sus familias, a sus hijos; quieren estar sellados a sus padres y a sus madres que les han precedido?… Si es así, entonces deben empezar a enseñar desde la cuna. Deben enseñar me- diante el ejemplo y el precepto” (en Conference Report, octubre de 1948, pág. 153). El ejemplo de mi madre como maestra en el hogar me hace reflexio- nar en la enseñanza en general. Los lí- deres de la Iglesia pasan mucho tiempo pensando en la manera de mejorar la enseñanza en la Iglesia. ¿Por qué

Los lí- deres de la Iglesia pasan mucho tiempo pensando en la manera de mejorar la
dedicamos tanto tiempo y esfuerzo? Porque creemos en el inmenso poder de la enseñanza para

dedicamos tanto tiempo y esfuerzo? Porque creemos en el inmenso poder de la enseñanza para aumentar la fe de las personas y fortalecer a las familias. Considero que una de las cosas más efi- caces que podemos hacer para mejorar la enseñanza en la Iglesia es mejorar la enseñanza en el hogar. Enseñar en el hogar nos ayuda a enseñar con más eficacia en la Iglesia, y enseñar en la Iglesia nos ayuda a enseñar más eficaz- mente en el hogar. En toda la Iglesia hay mesas repletas de material de con- sulta y cuadernos llenos de ideas para las lecciones que se enseñarán. No exis- te eso de prepararse demasiado para enseñar el evangelio de Jesucristo, ya que el conocimiento adquirido sobre el Evangelio, se use o no durante la clase, siempre puede enseñarse en el hogar. El inspirado documento “La Fami- lia: Una Proclamación para el Mundo” declara:

“El esposo y la esposa tienen la so- lemne responsabilidad de amarse y de cuidarse el uno al otro, así como a sus hijos. ‘…herencia de Jehová son los hijos’ (Salmo 127:3). Los padres tienen el deber sagrado de criar a sus hijos con amor y rectitud, de proveer para

sus necesidades físicas y espirituales, y de enseñarles a amarse y a servirse el uno al otro, a observar los manda- mientos de Dios y a ser ciudadanos respetuosos de la ley dondequiera que vivan… “Por designio divino, el padre debe presidir la familia con amor y rectitud y es responsable de proveer las cosas necesarias de la vida para su familia y de proporcionarle protección. La ma- dre es principalmente responsable del cuidado de sus hijos. En estas sagradas responsabilidades, el padre y la madre, como compañeros iguales, están obli- gados a ayudarse el uno al otro” (véase Liahona, octubre de 2004, pág. 49). Según “La Familia: Una Proclama- ción para el Mundo”, los principios de la enseñanza en el hogar que he com- partido se aplican a ambos padres, pero son especialmente cruciales en lo que se refiere al papel de la madre. El padre suele pasar gran parte del día fuera de casa, en su empleo. Ésa es una de las muchas razones por las cua- les recae sobre la madre la responsabi- lidad de enseñar en el hogar. Si bien las circunstancias varían y el ideal no siempre es posible, creo que es por

designio divino que en el papel de la madre se recalque el cuidado y la en- señanza de la próxima generación. Enfrentamos muchos retos de influen- cias que distraen y son destructivas, y buscan desviar a los hijos de Dios. Vemos que muchos jóvenes no tienen las profundas raíces espirituales nece- sarias para permanecer firmes con fe mientras les rodean las tormentas de incredulidad y desesperanza. Demasiados hijos del Padre Celestial están siendo vencidos por los deseos mundanos. El ataque de la iniquidad contra nuestros hijos es más sutil y a la vez más descarado que nunca. La enseñanza del evangelio de Jesucristo en el hogar agrega otra capa aislante que protege a nuestros hijos de las in- fluencias del mundo. Dios los bendiga, maravillosos pa- dres y madres de Sión. Él les ha con- fiado el cuidado de Sus hijos eternos. Como padres, somos copartícipes con Dios y nos asociamos con Él para lle- var a cabo Su obra y gloria entre Sus hijos. Nuestro deber sagrado es hacer lo mejor que podamos. Testifico de ello en el nombre de Jesucristo. Amén.

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P or el élder D. Todd Christofferson Del Quórum de los Doce Apóstoles La bendición

Por el élder D. Todd Christofferson

Del Quórum de los Doce Apóstoles

La bendición de las Escrituras

El propósito central de todas las Escrituras es llenar nuestras almas de fe en Dios el Padre y en Su Hijo Jesucristo.

E l 6 de octubre del año 1536, a una figura lastimosa se le condu- jo de un calabozo del Castillo

Vilvorde, cerca de Bruselas, Bélgica. Durante casi año y medio, el hombre había tenido que soportar estar aislado en una celda oscura y húmeda. Ahora, fuera de los muros del castillo, el pri- sionero fue atado a un poste. Tuvo tiempo de pronunciar en voz alta su oración final: “¡Señor!, abre los ojos del rey de Inglaterra”, tras lo cual fue ahorcado. De inmediato, quemaron su cuerpo en la hoguera. ¿Quién era ese hombre, y cuál era la ofensa por la cual tanto las autoridades políticas como eclesiásticas lo habían condena- do? Se llamaba Guillermo Tyndale, y su crimen fue haber traducido la Biblia al inglés y haberla publicado. Tyndale, nacido en Inglaterra en la época en que Colón zarpó hacia el nuevo mundo, se educó en Oxford y Cambridge y llegó a ser integrante del clero católico. Hablaba ocho idiomas con fluidez, entre ellos griego, hebreo y latín. Tyndale era un ferviente estu- dioso de la Biblia, y le preocupaba pro- fundamente la ignorancia generalizada sobre las Escrituras que observaba en- tre sacerdotes y laicos por igual. En una acalorada discusión con un clérigo

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Liahona

que opinaba que no se debían poner las Escrituras al alcance del hombre común, Tyndale juró: “¡Si Dios me concede vida, antes de que pasen muchos años, haré que el joven que conduzca el arado sepa más de las Escrituras que tú mismo!”. Solicitó la aprobación de las autori- dades de la iglesia para preparar una traducción de la Biblia al inglés para que todos pudieran leer la palabra de Dios y llevarla a la práctica. Le fue nega- da, ya que la opinión que prevalecía era que el acceso directo a las Escrituras por parte de alguien que no fuera del clero ponía en peligro la autoridad de la iglesia y era como echar “perlas de- lante de los cerdos” (Mateo 7:6).

como echar “perlas de- lante de los cerdos” (Mateo 7:6). Sin embargo, Tyndale emprendió la difícil

Sin embargo, Tyndale emprendió la difícil tarea de la traducción. En 1524, viajó a Alemania, bajo un nombre ficti- cio, donde vivió la mayor parte del tiempo a escondidas, bajo constante amenaza de arresto. Con la ayuda de amigos fieles, Tyndale logró publicar las traducciones al inglés del Nuevo Testamento y más tarde del Antiguo Testamento. Las Biblias se introduje- ron clandestinamente en Inglaterra, donde tenían gran demanda y las valo- raban grandemente los que podían conseguirlas. Se compartían extensa- mente, pero en secreto. Las autorida- des quemaban todas las copias que encontraban. Sin embargo, en menos de tres años después de la muerte de Tyndale, Dios en verdad abrió los ojos del rey Enrique VIII, y con la publica- ción de lo que se llamó “La Gran Biblia”, las Escrituras en inglés comen- zaron a estar a disposición del público. La obra de Tyndale llegó a ser el funda- mento de casi todas las traducciones futuras de la Biblia al inglés, en parti- cular la Versión del Rey Santiago 1 . Guillermo Tyndale no fue el prime- ro ni el último de los que se han sacri- ficado, en muchos países e idiomas, aun al grado de morir, para sacar la pa- labra de Dios de la oscuridad. Les de- bemos a todos ellos una gran deuda de gratitud. Debemos quizás una deu- da aún mayor a aquellos que fielmente registraron y preservaron la palabra a través de las edades, muchas veces con minuciosa labor y sacrificio:

Moisés, Isaías, Abraham, Juan, Pablo, Nefi, Mormón, José Smith y muchos más. ¿Qué sabían ellos de la importan- cia de las Escrituras que nosotros tam- bién debamos saber? ¿Qué es lo que entendió la gente de Inglaterra del si- glo dieciséis, que pagó enormes su- mas de dinero e hizo frente a graves riesgos personales para tener acceso a una Biblia, que nosotros también de- bamos entender? Poco antes de morir, el profeta Alma confió los sagrados anales del pueblo a su hijo Helamán. Le recordó a Helamán que las Escrituras habían “ensanchado la memoria de este pue- blo, sí, y… convencido a muchos del error de sus caminos, y los han traído

al conocimiento de su Dios para la sal- vación de sus almas” (Alma 37:8). Le

al conocimiento de su Dios para la sal- vación de sus almas” (Alma 37:8). Le mandó a Helamán que preservara los anales a fin de que mediante ellos, Dios pudiera “manifestar su poder a las generaciones futuras” (Alma 37:14). Por medio de las Escrituras, Dios verdaderamente “manifiesta su poder” para salvar y exaltar a Sus hijos. Por Su palabra, como dijo Alma, Él ensancha nuestra memoria, arroja luz en la false- dad y el error, y nos lleva al arrepenti- miento y a regocijarnos en Jesucristo, nuestro Redentor.

Las Escrituras ensanchan nuestra memoria

Las Escrituras ensanchan nuestra memoria al ayudarnos a recordar siempre al Señor y nuestra relación con Él y con el Padre. Nos recuerdan lo que sabíamos en nuestra vida pre- mortal, y ensanchan nuestra memoria en otro sentido al enseñarnos acerca de épocas, personas y acontecimien- tos que no experimentamos personal- mente. Ninguno de nosotros estuvo presente para ver partirse el mar Rojo

y cruzar con Moisés al otro lado entre muros de agua. No estuvimos allí para escuchar el Sermón del Monte, para ver a Lázaro al ser levantado de entre los muertos, para ver al Salvador ago- nizante en Getsemaní y en la cruz; ni oímos, con María, a los dos ángeles testificar en la tumba vacía que Jesús se había levantado de los muertos. Ustedes y yo no avanzamos uno por uno con la multitud en la tierra de Abundancia por invitación del Salvador resucitado, para palpar las marcas de los clavos y bañar Sus pies con nuestras lágrimas. No nos arrodi- llamos al lado de José Smith en la Arboleda Sagrada ni contemplamos allí al Padre y al Hijo. Sin embargo, sabe- mos todas esas cosas y mucho más porque tenemos el registro de las Escrituras para ensanchar nuestra memoria, para enseñarnos lo que no sabíamos; y a medida que estas cosas penetren nuestra mente y nuestro co- razón, se arraiga nuestra fe en Dios y en Su Hijo Amado. Las Escrituras también ensanchan nuestra memoria al ayudarnos a no

olvidar lo que nosotros y generaciones anteriores hemos aprendido. Los que

no tienen la palabra registrada de Dios

o que no hacen caso de ella, con el

tiempo dejan de creer en Él y olvidan

el propósito de su existencia. Ustedes

recordarán lo importante que fue para los del pueblo de Lehi llevar las plan- chas de bronce consigo cuando partie- ron de Jerusalén. Esas Escrituras eran clave para que tuvieran conocimiento

de Dios y de la futura redención de Cristo. El otro grupo que “salió de Jerusalén” poco después de Lehi no tenía Escrituras, y cuando los descen- dientes de Lehi los encontraron unos trescientos o cuatrocientos años des- pués, se encuentra registrado que “su idioma se había corrompido… y nega- ban la existencia de su Creador” (Omni 1:15, 17). En la época de Tyndale, abundaba la ignorancia en cuanto a las Escrituras porque la gente no tenía acceso a la Biblia, especialmente en un idioma que pudieran entender. Actualmente,

la Biblia y otras Escrituras están a la

mano y, sin embargo, el analfabetismo

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sobre las Escrituras va en aumento porque la gente no abre los libros. Por consiguiente,

sobre las Escrituras va en aumento porque la gente no abre los libros. Por consiguiente, han olvidado cosas que sus abuelos sabían.

Las Escrituras son la norma para distinguir la verdad y el error

Dios se vale de las Escrituras para desenmascarar las ideas erróneas, las tradiciones falsas y el pecado con sus devastadores efectos. Él es un padre tierno que desea evitarnos el sufrimiento y el pesar innecesarios,

y al mismo tiempo ayudarnos a

lograr nuestro divino potencial. Las Escrituras, por ejemplo, desacreditan una antigua filosofía que ahora vuelve

a estar de moda: la filosofía de Korihor

de que no existen las normas morales absolutas, de que “todo hombre [pros- pera] según su genio, todo hombre [conquista] según su fuerza; y no [es] ningún crimen el que un hombre [haga] cosa cualquiera” y “que cuando [muere] el hombre, allí [termina] todo” (Alma 30:17–18). Alma, quien había lidiado con Korihor, no dejó a su propio hijo Coriantón con dudas en cuanto a la realidad y a la esencia de un código moral divino. Coriantón había sido culpable de pecado sexual,

y su padre le habló con amor pero con

claridad: “¿No sabes tú, hijo mío, que estas cosas son una abominación a los ojos del Señor; sí, más abominables que todos los pecados, salvo el derra- mar sangre inocente o el negar al Espíritu Santo?” (Alma 39:5). En un cambio total de hace un siglo, hoy muchos cuestionarían a Alma acerca de la seriedad de la inmo- ralidad. Otros alegarían que todo es relativo, o que el amor de Dios es per- misivo. Si hay un Dios, dicen ellos, Él

justifica todos los pecados y las trans- gresiones por motivo de Su amor por nosotros; no hay necesidad de arre- pentirse o, a lo sumo, basta con una simple confesión. Se han imaginado

a un Jesús que quiere que la gente lu-

che por la justicia social pero que no exige nada de su vida y conducta per- sonales 2 . Pero un Dios de amor no nos deja solos para que aprendamos por triste experiencia que “la maldad nun- ca fue felicidad” (Alma 41:10; véase también Helamán 13:38). Sus manda- mientos son la voz de la realidad y nuestra protección contra el dolor que nosotros mismos nos ocasionamos. Las Escrituras son el criterio para me- dir la exactitud y la verdad y dejan bien

claro que la verdadera felicidad no yace en negar la justicia de Dios o en tratar de evadir las consecuencias del pecado, sino en el arrepentimiento y el perdón mediante la gracia expiato- ria del Hijo de Dios (véase Alma 42). En las Escrituras se nos enseñan los principios y los valores morales que son esenciales para mantener la socie- dad civil, incluso la integridad, la res- ponsabilidad, el desinterés, la fidelidad y la caridad. En las Escrituras encontra- mos vívidos ejemplos de las bendicio- nes que provienen al honrar los principios verdaderos, así como las tragedias que ocurren cuando las per- sonas y las civilizaciones los desechan. Si se hace caso omiso de las verdades de las Escrituras o éstas se abandonan, el núcleo moral esencial de la socie- dad se desintegra y en poco tiempo decae. Con el tiempo, no queda nada para sostener las instituciones que sos- tienen a la sociedad.

Las Escrituras nos llevan a Cristo, nuestro Redentor

Al final, el propósito central de to- das las Escrituras es llenar nuestras al- mas de fe en Dios el Padre y en Su Hijo Jesucristo; la fe en que existen;

la fe en el plan del Padre para nuestra inmortalidad y vida eterna; la fe en la expiación y la resurrección de Jesucristo, lo cual da vida a este plan de felicidad; la fe para hacer del evan- gelio de Jesucristo nuestro estilo de vida; y la fe para llegar a conocer al “único Dios verdadero, y a Jesucristo,

a quien [Él ha] enviado” (Juan 17:3). La palabra de Dios, como dijo Alma, es como una semilla que se planta en nuestro corazón, la cual pro- duce fe a medida que empieza a cre- cer en nuestro interior (véase Alma 32:27–43; véase también Romanos 10:13–17). La fe no se logrará del estu- dio de textos antiguos como actividad estrictamente académica. No proven- drá de excavaciones ni de descubri- mientos arqueológicos; no provendrá de experimentos científicos; ni siquie- ra provendrá por presenciar milagros. Esas cosas pueden servir para confir- mar la fe, o a veces para ponerla a prueba, pero no la crean. La fe viene por el testimonio del Espíritu Santo a nuestra alma, de Espíritu a espíritu, al escuchar o leer la palabra de Dios. Y la fe madura al seguir deleitándonos en la palabra.

Los relatos de las Escrituras sobre la fe de otras personas sirven para fortale- cer la nuestra. Recordamos la fe de un centurión que permitió que Cristo sa- nara a su siervo sin siquiera verlo (véa- se Mateo 8:5–13), y la curación de la hija de la mujer gentil porque esa hu- milde madre estuvo dispuesta a acep- tar, por así decirlo, incluso las migajas de la mesa del Maestro (véase Mateo 15:22–28; Marcos 7:25–30). Oímos el lamento del sufrido Job: “…aunque él me matare, en él confiaré” (Job 13:15),

y lo oímos profesar: “Yo sé que mi

Redentor vive, y que al final se levanta-

rá sobre el

en mi carne a Dios” (Job 19:25–26). Cobramos valor al escuchar la determi- nación de un tierno y joven profeta, odiado e implacablemente perseguido por tantos adultos: “…había visto una visión; yo lo sabía, y sabía que Dios lo sabía; y no podía negarlo, ni osaría ha- cerlo” (José Smith—Historia 1:25). Debido a que las Escrituras exponen la doctrina de Cristo, van acompañadas

[y] aún he de ver

del Espíritu Santo, cuya función es dar testimonio del Padre y del Hijo (véase 3 Nefi 11:32). Por lo tanto, el enfrascarnos en las Escrituras es una forma en que recibimos el Espíritu Santo. Naturalmente, el Espíritu Santo es quien da las Escrituras en primer lugar (véase 2 Pedro 1:21; D. y C. 20:26–27; 68:4), y ese mismo Espíritu puede testificarnos a uste- des y a mí de la veracidad de ellas. Estudien las Escrituras de manera de- tenida y deliberada. Mediten en ellas y oren al respecto. Las Escrituras son revelación y brindarán revelación adi- cional. Consideren la magnitud de nuestra bendición de tener la Santa Biblia y unas 900 páginas adicionales de Escritura, incluso el Libro de Mor- món, Doctrina y Convenios y la Perla de Gran Precio. Luego consideren que, además, las palabras que hablan los profetas cuando son inspi- rados por el Espíritu Santo en ocasio- nes como ésta, a las que el Señor llama Escritura (véase D. y C. 68:2–4), fluyen hacia nosotros casi constante- mente por televisión, radio, internet, satélite, CD, DVD y material impreso. Supongo que nunca en la historia se ha bendecido a un pueblo con tal cantidad de escritos sagrados, y no sólo eso, sino que todo hombre, mu- jer y niño puede poseer y estudiar su

propio ejemplar personal de estos textos sagrados, la mayoría en su pro- pio idioma. ¡Qué increíble le habría parecido tal cosa a la gente de la época de Guillermo Tyndale y a los santos de dispensaciones anteriores! Ciertamente, con esta bendición, el Señor nos está diciendo que la nece- sidad de que recurramos constante- mente a las Escrituras es más grande que en cualquier época anterior. Rue- go que nos deleitemos continuamen- te en las palabras de Cristo, las cuales nos dirán todas las cosas que debe- mos hacer (véase 2 Nefi 32:3). He estudiado las Escrituras, las he escudriñado, y en esta víspera de Pas- cua de Resurrección, les doy mi testi- monio del Padre y del Hijo tal como se revelan Ellos en las Santas Escritu- ras, en el nombre de Jesucristo. Amén.

NOTAS

1. Se consultaron las siguientes fuentes acerca de Guillermo Tyndale: David Daniell, The Bible in English, 2003, págs. 140–157; Lenet Hadley Read, How We Got the Bible, 1985, págs. 67–74; S. Michael Wilcox, Fire in the Bones: William Tyndale, Martyr, Father of the English Bible, 2004; John Foxe, The New Foxe’s Book of Martyrs, 1997, págs. 121–133; William Tyndale, http://en.wikipedia.org/wiki/William_Tyndale, accedido el 28 de febrero de 2010.

2. Véase entrevista de Richard Neitzel Holzapfel en el artículo de Michael De Groote “Questioning the Alternative of Jesus”, Deseret News, nov. 26, 2009, M5.

de Michael De Groote “Questioning the Alternative of Jesus”, Deseret News, nov. 26, 2009, M5. Mayo

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P or el élder Koichi Aoyagi De los Setenta Manos que ayudan, manos que salvan

Por el élder Koichi Aoyagi

De los Setenta

Manos que ayudan, manos que salvan

Ruego que sigamos el consejo y el ejemplo del profeta y que cada día busquemos a los necesitados.

M is hermanos y hermanas, me

siento sumamente agradecido

por la oportunidad de hablar

en esta conferencia. Estoy agradecido por el presidente Thomas S. Monson, y testifico que él es el profeta del Dios viviente. Me impresiona profundamen- te su maravilloso ejemplo, ya que ha dedicado su vida a ayudar y a salvar a los demás con sus propias manos. Vivimos en una época en la que muchas personas hacen frente a cala- midades y necesitan ayuda debido a los efectos devastadores de terremo- tos, maremotos, huracanes y otras ca- tástrofes naturales. La Iglesia extiende una mano a estas personas mediante la ayuda humanitaria, y los miembros de la Iglesia fielmente aportan ofren- das de ayuno generosas todos los me- ses y prestan servicio con un espíritu de amor. Literalmente, ofrecen manos que ayudan a la manera del Señor. Obedecen el mandamiento que dio el Señor de recordar “en todas las cosas a los pobres y a los necesitados, a los enfermos y a los afligidos, porque el que no hace estas cosas no es mi discí- pulo” (D. y C. 52:40). Hoy me gustaría centrarme en las manos que ayudan y salvan espiritual- mente. La obra y la gloria del Señor

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Liahona

verdaderamente es “llevar a cabo la in- mortalidad y la vida eterna del hom- bre” (Moisés 1:39). Nos rodean muchas personas que necesitan ayuda espiritual. Al extender una mano salva- dora a los miembros menos activos, a las familias en las que no todos son miembros y a los que no son de nues-

tra religión, invitamos a todos a “venir

a Cristo” 1 . Como nuevo converso de la Iglesia, fui rescatado espiritualmente por me- dio de las manos salvadoras de una fiel miembro de la Iglesia. Me crié en Matsumoto, Japón, cerca de donde tu- vieron lugar las Olimpiadas de invier- no de Nagano. Mi ciudad se parece mucho a Salt Lake City, ubicada en un valle rodeado de hermosas montañas. Cuando tenía 17 años, conocí a dos misioneros estadounidenses: el élder Carter y el élder Hayashi. Aunque en- tre nosotros apenas había dos o tres años de diferencia, los élderes tenían algo maravilloso que yo nunca antes

había sentido. Eran diligentes, alegres

y llenos de amor y luz. Sus cualidades

me impresionaron mucho y deseé lle- gar a ser como ellos. Escuché su men- saje y decidí bautizarme. Mis padres, que eran budistas, se opusieron enér- gicamente a que lo hiciera, pero

gracias a la ayuda de los misioneros y del Señor, recibí permiso y me bauticé

de manera milagrosa.

Al año siguiente comencé la univer- sidad en Yokohama. Vivía solo, lejos de

mi ciudad y de mis conocidos, así que

empecé a sentirme solo y me alejé de la Iglesia. Un día me llegó una postal

de una miembro de la Iglesia de mi

ciudad. Me escribió que se había ente- rado que yo no asistía a las reuniones, citó un pasaje de las Escrituras y me

invitó a regresar a la Iglesia. Las pala- bras del pasaje me dejaron abrumado. Esto me ayudó a darme cuenta de que

tal

vez había perdido algo importante,

así

que medité y tuve una lucha inte-

rior durante varios días. Esto también me recordó una promesa que me ha- bían hecho los misioneros: “Si lee el

Libro de Mormón y pregunta en ora- ción ferviente si la promesa que se en- cuentra en Moroni es verdadera, sabrá la verdad por el poder del Espíritu Santo” 2 . Me di cuenta de que no estaba orando de todo corazón y decidí em- pezar a hacerlo. Una mañana me le- vanté temprano, me puse de rodillas

en mi pequeño apartamento y oré con

sinceridad. Para mi sorpresa, obtuve la confirmación del Espíritu Santo pro- metida. Me ardió el corazón, mi cuer-

po se estremeció y me sentí lleno de

gozo. Por el poder del Espíritu Santo, supe que Dios el Padre y Su Hijo

mi cuer- po se estremeció y me sentí lleno de gozo. Por el poder del Espíritu
Jesucristo viven y que verdaderamente se le aparecieron a José Smith. Me comprometí de corazón

Jesucristo viven y que verdaderamente se le aparecieron a José Smith. Me comprometí de corazón a arrepentir- me y a seguir a Jesucristo fielmente durante el resto de mi vida. ¡Esa experiencia espiritual me cambió la vida por completo! Como muestra de gratitud al Señor y a la miembro de la Iglesia que me rescató, decidí prestar servicio en una misión. Después de la misión, me sellé en el templo con una joven maravillosa y he- mos sido bendecidos con cuatro hijos. No es coincidencia que ella sea la mis- ma persona que me salvó al mandarme una postal a aquel solitario apartamen- to de Yokohama hace muchos años. Siempre estaré agradecido por la mise- ricordia del Señor y la ayuda de esta miembro de la Iglesia que me invitó a venir a Cristo 3 nuevamente. Sé que muchos de ustedes extien- den de manera privada y diaria sus amorosas manos que salvan. Esto incluye a una fiel hermana de la Sociedad de Socorro que cuida no sólo de las hermanas que le han asig- nado como maestra visitante, sino también de cualquier otra hermana que esté enferma o que necesite algún tipo de ayuda; hace visitas con fre- cuencia y lleva años fortaleciendo la fe de muchos. Pienso en un obispo que

visitaba a menudo a las viudas y a los viudos de su barrio, un modelo de ayuda que siguió poniendo en práctica durante muchos años después de su relevo. Conozco a un líder del sacerdocio que dedica tiempo a un jovencito que perdió a su padre, acompañán- dolo a las actividades, enseñándole el Evangelio y ofreciéndole consejos como su propio padre lo haría. Otra familia halla gozo al predicar el Evangelio; tanto los padres como los hijos testifican del Evangelio a los que les rodean, y muchos les tienen cariño.

Mi nieta de cinco años participa en

una actividad de la Primaria en la cual, cada vez que hace una buena obra, co- loca un grano de maíz para hacer palo-

mitas en una botella grande de vidrio. Al buscar cada día algo bueno que ha- cer, canta en voz alta la canción de la

Primaria que dice: “Sigue al profeta, si- gue al profeta, lo que él dice manda el Señor” 4 .

No me alcanzaría el tiempo para

contarles todas las cosas buenas que veo hacer a los miembros de la Iglesia. En forma anónima y con alegría siguen los consejos del profeta, no porque sea un deber o una responsabilidad, sino por su propia y libre voluntad.

A veces sentimos que somos débi- les y que nos falta la fuerza necesaria para rescatar a otras personas, pero el Señor nos recuerda lo siguiente: “De cierto os digo que en cuanto lo hicis- teis a uno de éstos, mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mateo

25:40).

Concluyo mis palabras con una cita del presidente Thomas S. Monson:

“Mis hermanos y hermanas, estamos rodeados de personas que necesitan nuestra atención, nuestro estímulo, apoyo, consuelo y bondad, ya sean fa- miliares, amigos, conocidos o extraños. Nosotros somos las manos del Señor aquí sobre la tierra, con el mandato de prestar servicio y edificar a Sus hijos. Él depende de cada uno de nosotros” 5 . Ruego que sigamos el consejo y el ejemplo del profeta y que cada día busquemos a los necesitados, para que podamos ser las manos del Señor al ayudar y salvar a Sus hijos. En el nombre de Jesucristo. Amén.

NOTAS

1. Véase Predicad Mi Evangelio: Una guía para el servicio misional, 2004, pág. 1.

2. Véase Moroni 10:4–5.

3. Véase Mateo 11:28.

4. “Sigue al Profeta”, Canciones para los niños, 1989, pág. 58.

5. Thomas S. Monson, “¿Qué he hecho hoy por alguien?”, Liahona, noviembre de 2009, pág. 86.

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P or el élder Bruce A. Carlson De los Setenta Cuando el Señor manda La

Por el élder Bruce A. Carlson

De los Setenta

Cuando el Señor manda

La obediencia fiel, sin tener en cuenta cuán grande parezca la tarea, proporcionará la guía, la asistencia y la paz del Señor.

S e cuenta de dos aficionados a las actividades al aire libre que con- trataron una avioneta para que

los llevara a un lago remoto en su via- je de pesca anual. Después de una buena pesca, el piloto regresó para re- cogerlos. Les informó que su pequeño avión no podría soportar el peso de ellos, el del equipo y el de lo que ha- bían pescado. Sería necesario hacer un segundo viaje, por lo que tendría que hacer dos. Ahora bien, los pescadores no que- rían pagar otro viaje; así que, después de prometerle que empaquetarían bien todo y de ofrecerle una pequeña paga extra, el piloto aceptó de mala gana intentar el vuelo. Los pescadores sonrieron con com- plicidad mientras el piloto forzaba la avioneta para que levantara vuelo. Sin embargo; unos segundos más tarde, el avión no despegó y cayó en una zona pantanosa al final del lago. El avión había fallado al levantar vuelo a causa de un fenómeno bien conocido llamado “efecto suelo”, el cual se crea cuando el aire se compri- me entre las alas del avión y la superfi- cie de la tierra cuando el avión está

muy cerca del suelo. En este caso, al subir lentamente fuera del “efecto sue- lo”, la avioneta tenía que volar por su propia fuerza, lo cual simplemente no pudo llevar a cabo. Felizmente, ninguno se lastimó se- riamente, y después de recobrarse, uno de los pescadores le preguntó al otro: “¿Qué pasó?”, a lo cual su compa- ñero respondió: “Caímos al levantar vuelo. ¡A unos cien metros de donde caímos el año pasado!”. Al igual que estos dos pescadores, a veces creemos que debe haber una manera más fácil, un atajo o una modi- ficación a los mandamientos del Señor que se ajuste a nuestras propias cir- cunstancias. Pensamientos como éste fallan en reconocer que la estricta obe- diencia a las leyes de Dios trae Sus bendiciones; y el dejar de obedecer Sus leyes conlleva consecuencias pre- visibles. Cuando recibió su nombramiento como Presidente de la Iglesia, Harold B. Lee dijo: “La seguridad de la Iglesia descansa en que los miembros guar- den los mandamientos… Si guardan los mandamientos, recibirán bendi- ciones” 1 .

Cuando optamos por desobedecer un mandamiento, generalmente es porque: (1) nos hemos convencido de que el mandamiento no se aplica a no- sotros; (2) no creemos que sea impor- tante; o (3) estamos seguros de que es muy difícil obedecerlo.

1. Ese mandamiento no se aplica a mí.

En los últimos años del reinado del rey Salomón, el Señor le informó por medio de un profeta: “…arrancaré el reino de ti y lo entregaré a tu siervo” 2 . Poco después, el profeta Ahías re- conoció a ese siervo como Jeroboam, “un hombre laborioso” a quien Salomón había encomendado “toda la carga de la casa de José” 3 . Los deberes de Jeroboam lo llevaron a viajar desde las montañas de Efraín, donde vivía, hasta la capital de Jerusalén. En uno de esos viajes, el profeta se encontró con él en el camino. A través de Ahías, el Señor le dijo: “…a ti te daré diez tri- bus” 4 . También le instruyó: “…si… an- das en mis caminos… guardando mis estatutos y mis mandamientos… esta- ré contigo… y te entregaré a Israel” 5 . Al enterarse Salomón de la profecía de Ahías, buscó matar a Jeroboam, por lo que Jeroboam huyó a Egipto 6 . Después de la muerte de Salomón, Jeroboam regresó de su exilio a la par- te norte de Israel y comenzó a dirigir a las diez tribus del norte 7 . No obstante, el plan de Jeroboam para gobernar el reino contenía una mezcla de lo bueno y lo malo. Estableció la capital de la nación en Siquem, una ciudad de gran significa- do religioso para su pueblo; pero, lamentablemente introdujo rituales satánicos en sus servicios religiosos 8 . Jeroboam se convenció de que al- gunos de los mandamientos de Dios no se aplicaban a él y, como resultado de sus acciones, todos sus descendien- tes fueron asesinados; y por las prácti- cas paganas que él introdujo en sus ordenanzas sagradas, las diez tribus de Israel fueron finalmente arrancadas de su heredad 9 . Al igual que el efecto suelo, el tratar de levantar vuelo con más peso de lo que las alas del avión puedan soportar llevará a consecuencias desastrosas,

nuestro cumplimiento parcial o selec- tivo de las leyes de Dios impedirá que recibamos la plenitud de las bendicio- nes de la obediencia.

2. Ese mandamiento no es importante

Varias décadas después, Naamán, un héroe sirio de guerra, un hombre “valeroso en extremo” 10 , viajó desde su país natal a Israel y fue a hablar con el rey Joram, para que lo sanara de la lepra 11 . Naamán fue enviado entonces al profeta Eliseo quien “…le envió un mensajero, diciendo: Ve y lávate siete veces en el Jordán… y serás limpio” 12 . A pesar de la promesa profética de que se curaría, Naamán se ofendió porque Eliseo no lo recibió en persona y se sintió aún más insultado con la instrucción del profeta de que se lava- ra siete veces en el pequeño y fangoso río Jordán. Su orgullo exigía algo más notable y ostentoso, algo que estuviera de acuerdo con su fama y su posición en la comunidad y en la nación. Afortunadamente para él, uno de sus siervos lo convenció de que si obe- decía, sin importar lo que el profeta le había pedido que hiciera, podría reci- bir las bendiciones del Señor. Naamán se lavó en el río Jordán como se le ha- bía mandado y como resultado de su obediencia se sanó de la lepra 13 . La obediencia a los mandamientos del Señor, a pesar de cuán trivial o sin importancia los consideremos, trae- rán, sin duda alguna, Sus bendiciones prometidas.

3. Ese mandamiento es

muy difícil de obedecer

Siguiendo el mandato del Señor, el profeta Lehi condujo a su familia al de- sierto. Durante las primeros días de la travesía Lehi instruyó a Lemuel para permanecer “firme, constante e inmu- table en guardar los mandamientos del Señor” 14 . Sin embargo, cuando recibieron el mandato profético de volver a Jerusalén a recobrar las planchas de bronce que contenían “los anales de los judíos” 15 , los dos hijos mayores se rebelaron, diciendo: “Es algo difícil” 16 . A pesar de las murmuraciones de

algo difícil” 1 6 . A pesar de las murmuraciones de sus hermanos mayores, la fe

sus hermanos mayores, la fe de Nefi y su obediencia a los mandamientos del Señor permitió que se obtuvieran esas planchas de bronce. Se edificó una na- ción, un idioma fue preservado y se enseñó el evangelio de Jesucristo por varias generaciones. A veces racionalizamos que el Señor comprenderá nuestra desobe- diencia porque nuestras circunstancias especiales hacen que sea difícil, ver- gonzoso o incluso doloroso que nos adhiramos a Sus leyes. Sin embargo, la obediencia fiel, sin tener en cuenta cuán grande parezca la tarea, propor- cionará la guía, la asistencia y la paz del Señor. El profeta José Smith imploró dos veces al Señor preguntándole si su prominente amigo, Martin Harris,

podía llevarse las primeras ciento die- ciséis páginas manuscritas del material traducido del libro de Lehi desde Harmony, Pennsylvania, hasta Palmyra. Cada vez, el Señor le aconsejó a José que no confiara el manuscrito al señor Harris. Martin procuraba utilizar el manus- crito traducido como evidencia para evitar que sus conocidos hicieran co- rrer rumores sobre su amistad con José Smith. La tercera vez que José le suplicó, el Señor le concedió lo que pedía 17 . Martin perdió el manuscrito y como consecuencia se le quitaron al profeta José Smith las planchas durante bas- tante tiempo. Ésa fue una penosa lec- ción para el profeta, quien dijo: “…me impuse esta regla: Cuando el Señor te

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lo mande, hazlo18 . Ésa debe ser tam- bién nuestra regla. La respuesta del Señor cuando obedezcamos Sus mandamientos está asegurada. Él nos ha prometido esto:

“Y si guardas mis mandamientos y perseveras hasta el fin, tendrás la vida eterna…” 19 . Además, nos ha dicho: “Yo, el Señor, soy misericordioso y benigno para con los que me temen, y me de- leito en honrar a los que me sirven en rectitud y en verdad hasta el fin” 20 . La obediencia a los mandamientos del Señor nos da confianza en el cami- no que hemos elegido, que nos permi- te obtener Su guía y dirección al continuar con nuestro empeño y nos ofrece el potencial de llegar a ser como nuestro Salvador Jesucristo y de regre- sar a la presencia de nuestro Padre. Ruego que cada día nos encuentre esforzándonos por ser más obedientes a las leyes, las ordenanzas y los manda- mientos del evangelio de Jesucristo para que Él nos bendiga más plena- mente. Testifico que la obediencia a los mandamientos de Dios trae las bendi- ciones del cielo, que nuestro Padre Celestial y Su Hijo Jesucristo viven, que el Libro de Mormón es la palabra de Dios y que el presidente Thomas S. Monson es el Profeta del Señor para nuestros días. En el nombre de Jesucristo. Amén.

NOTAS

1.

Sección para los niños, Liahona, abril de 1994, pág. 8.

2.

1 Reyes 11:11.

3.

1 Reyes 11:28.

4.

1 Reyes 11:31.

5.

1 Reyes 11:38.

6.

Véase 1 Reyes 11:40.

7.

Véase 1 Reyes 12:2–3, 20.

8.

Véase 1 Reyes 12:25–30.

9.

Véase 1 Reyes 14:10, 15–16.

10.

2 Reyes 5:1.

11.

Véase 2 Reyes 5:5–6.

12.

2 Reyes 5:10.

13.

Véase 2 Reyes 5:11–14.

14.

1 Nefi 2:10.

15.

1 Nefi 3:3.

16.

1 Nefi 3:5.

17.

Véase History of the Church, Tomo I, págs. 20–21; Doctrina y Convenios 3 y 10.

18.

Enseñanzas de los presidentes de la Iglesia:

José Smith, 2007, pág. 170.

19.

Doctrina y Convenios 14:7.

20.

Doctrina y Convenios 76:5; cursiva agregada.

40

Liahona

y Convenios 76:5; cursiva agregada. 40 Liahona P or el élder David A. Bednar Del Quórum

Por el élder David A. Bednar

Del Quórum de los Doce Apóstoles

Velando… con toda perseverancia

Un sistema espiritual y precoz de advertencia… puede ayudar a los padres de Sión a velar y a discernir con respecto a sus hijos.

H ace poco iba manejando mi

auto mientras las gotas de una

tormenta empezaban a caer so-

bre el parabrisas. Al lado del camino, en una señal electrónica aparecía una oportuna advertencia: “Carretera res- baladiza adelante”. La superficie por la que conducía parecía bastante segura, pero esa vital información me permi- tió prepararme para un posible peligro que no esperaba y que aún no veía. Al proseguir hacia mi destino, reduje la velocidad y miré con atención por si había más señales de peligro. Las primeras señales de advertencia son evidentes en muchos aspectos de nuestra vida; por ejemplo, la fiebre puede ser el primer síntoma de una enfermedad o dolencia. Varios indica- dores económicos y laborales del mer- cado se utilizan para pronosticar las futuras tendencias en la economía lo- cal y nacional y, según la región del mundo en la que vivamos, podemos recibir advertencias de inundaciones, avalanchas, huracanes, maremotos, tornados o tormentas invernales. También somos bendecidos con señales espirituales tempranas de advertencia como una fuente de

protección y dirección en nuestra

vida. Recuerden cómo Dios le advirtió

a Noé de cosas aún no vistas, y éste

“preparó el arca para que su casa se salvase” (Hebreos 11:7). A Lehi se le advirtió salir de Jerusalén y llevar a su familia al desier-

to porque la gente a quien él había de- clarado el arrepentimiento procuraba matarlo (véase 1 Nefi 2:1–2). El Salvador mismo fue protegido mediante una advertencia angelical:

“…he aquí un ángel del Señor se le apareció en sueños a José, diciendo:

Levántate, y toma al niño y a su madre,

y huye a Egipto, y quédate allá hasta

que yo te lo diga, porque acontecerá

Levántate, y toma al niño y a su madre, y huye a Egipto, y quédate allá
que Herodes buscará al niño para ma- tarlo” (Mateo 2:13). Consideren el lenguaje del Señor

que Herodes buscará al niño para ma- tarlo” (Mateo 2:13). Consideren el lenguaje del Señor en la revelación conocida como la Palabra de Sabiduría: “Por motivo de las maldades y designios que existen y que existirán en el corazón de hom- bres conspiradores en los últimos días, os he amonestado y os prevengo, dán- doos esta palabra de sabiduría por re- velación” (D. y C. 89:4). Las advertencias espirituales deben conducir a una vigilancia más alerta. Ustedes y yo vivimos en “un día de amonestación” (D. y C. 63:58). Y debi- do a que se nos ha advertido y que se nos advertirá, debemos estar, como el apóstol Pablo amonestó: “velando… con toda perseverancia” (Efesios 6:18). Ruego la guía del Espíritu Santo al describir un sistema espiritual y pre- coz de advertencia que puede ayudar a los padres de Sión a velar y a discer- nir con respecto a sus hijos. Este siste- ma precoz de advertencia se aplica a los hijos de todas las edades y tiene tres componentes básicos: (1) leer el Libro de Mormón y hablar de él con los hijos, (2) dar testimonio espontá- neamente de las verdades del

Evangelio con los hijos e (3) invitar a los hijos como aprendices del Evangelio a actuar y a que no sólo se actúe sobre ellos. Los padres que ha- gan esas cosas fielmente serán bende- cidos para reconocer las primeras señales del crecimiento espiritual de los hijos o de los desafíos que se ten- gan con ellos, y estar mejor prepara- dos para recibir inspiración a fin de fortalecer y ayudar a esos hijos.

Componente número 1: Leer el Libro de Mormón y hablar de él.

El Libro de Mormón contiene la plenitud del evangelio del Salvador y es el único libro que el Señor mismo ha testificado que es verdadero (véase D. y C. 17:6; véase también Russell M. Nelson, “Un testimonio del Libro de Mormón”, Liahona, enero de 2000, pág. 84). De hecho, el Libro de Mormón es la piedra clave de nuestra religión. Los poderes del Libro de Mormón que convencen y convierten provie- nen tanto de un enfoque central en el Señor Jesucristo así como de la inspi- rada sencillez y claridad de sus ense- ñanzas. Nefi declaró: “Mi alma se

deleita en la claridad para con mi pue- blo, a fin de que aprenda” (2 Nefi 25:4). En este caso, el término “clari- dad” denota instrucción que es evi- dente y fácil de entender. El Libro de Mormón es el más co- rrecto de todos los libros sobre la tie- rra porque se centra en la Verdad (véase Juan 14:6; 1 Nefi 13:40), o sea, Jesucristo, y restaura las cosas claras y preciosas que se han quitado del Evangelio verdadero (véase 1 Nefi 13:26, 28–29, 32, 34–35, 40). La combi- nación singular de esos dos factores —el enfocarse en el Salvador y la clari- dad de las enseñanzas— invita de manera convincente el testimonio confirmador del tercer miembro de la Trinidad, o sea, el Espíritu Santo. Por consiguiente, el Libro de Mormón se dirige al espíritu y al corazón del lector como ningún otro tomo de Escritura lo hace. El profeta José Smith enseñó que el obedecer los preceptos que se en- cuentran en el Libro de Mormón nos serviría para “acercar[nos] más a Dios” que cualquier otro libro (Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, pág. 67). El leer el Libro de

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Mormón con regularidad y hablar en

cuanto a él invita al poder para resistir

la tentación y producir sentimientos

de amor dentro de nuestras familias. Los análisis acerca de las doctrinas y los principios del Libro de Mormón pro- porcionan oportunidades para que los padres observen a sus hijos, los escu- chen, aprendan de ellos y les enseñen. Los jóvenes de todas las edades, in- cluso los bebés, pueden responder al espíritu característico del Libro de Mormón, y lo hacen. Los niños quizá no entiendan todas las palabras y los relatos, pero ciertamente pueden sen- tir la clase de espíritu que describió Isaías (véase Isaías 29:4; véase también 2 Nefi 26:16). Las preguntas que haga

el niño, las observaciones que el niño

comparta y las conversaciones que surjan proporcionan las primeras seña-

les de advertencia que serán cruciales.

Y lo que es más importante, tales con-

versaciones pueden ayudar a los pa- dres a discernir lo que sus hijos estén aprendiendo, pensando y sintiendo acerca de las verdades que encierra este sagrado tomo de Escritura, así como las dificultades que puedan

estar afrontando.

Componente número 2:

Dar testimonio espontáneamente

El testimonio es un conocimiento personal, basado en la atestiguación del Espíritu Santo, de que ciertos hechos de importancia eterna son verdaderos. El Espíritu Santo es el mensajero del Padre y del Hijo y el maestro de toda verdad y el que guía

a ella (véase Juan 14:26; 16:13). Por lo

tanto, “por el poder del Espíritu Santo podréis conocer la verdad de todas las cosas” (Moroni 10:5).

El conocimiento y la convicción espiritual que recibimos del Espíritu Santo son el resultado de la revela- ción. Para buscar y obtener esas bendi- ciones se requiere un corazón sincero, verdadera intención y fe en Cristo (véase Moroni 10:4). El testimonio personal también implica responsabi- lidad y el dar cuenta de ella. Los padres deben velar y estar espi- ritualmente atentos a las oportunida- des que ocurran espontáneamente

atentos a las oportunida- des que ocurran espontáneamente para dar testimonio a sus hijos. Esas ocasiones

para dar testimonio a sus hijos. Esas ocasiones no tienen que programarse, planearse ni dirigirse con un guión. De hecho, cuanto menos estructurada sea la ocasión para compartir tales testi- monios, mayor será la probabilidad para edificar y lograr un impacto per- durable. “Ni os preocupéis tampoco de antemano por lo que habéis de de- cir; mas atesorad constantemente en vuestras mentes las palabras de vida, y os será dado en la hora precisa la por- ción que le será medida a cada hom- bre” (D. y C. 84:85). Por ejemplo, una conversación fa- miliar que se lleve a cabo de manera natural durante la cena puede ser el marco perfecto para que uno de los padres hable de las bendiciones espe- cíficas que recibió durante el curso de actividades relativamente cotidia- nas, y que testifique de ellas. Y un testimonio no siempre tiene que em- pezar con la frase: “Les doy mi testi- monio”. Nuestro testimonio se puede declarar de forma tan sencilla como “Sé que hoy fui bendecido con inspi- ración en el trabajo” o “La verdad de este pasaje de las Escrituras siempre ha sido una poderosa fuente de guía para mí”. Oportunidades similares para compartir el testimonio también pueden surgir al viajar juntos en el auto o en el autobús o en diversas situaciones. Las reacciones de los hijos a ese tes- timonio espontáneo y su entusiasmo o

renuencia a participar son fuentes po- derosas de señales precoces de adver- tencia. La expresión de un hijo sobre una lección que aprendió en el estu- dio familiar de las Escrituras o una de- claración franca de preocupación sobre un principio o práctica del Evangelio puede ser sumamente esclarecedor y ayudar a los padres a entender mejor la pregunta o las nece- sidades específica del hijo. Esas con- versaciones —especialmente si los padres están tan ansiosos de escuchar como de hablar— pueden fomentar un ambiente de apoyo y de seguridad en el hogar y alentar la comunicación continua sobre temas difíciles.

Componente número 3:

Invitar a los hijos a actuar

En la gran división de todas las creaciones de Dios, hay “cosas que actúan… [y] aquéllas sobre las cuales se actúa” (2 Nefi 2:14). Como hijos de nuestro Padre Celestial, hemos sido bendecidos con el don del albedrío moral, la capacidad y el poder de ac- tuar en forma independiente. Dotados de albedrío, somos agentes, y princi- palmente, hemos de actuar y no que se actúe sobre nosotros, especialmen- te al “[buscar] conocimiento, tanto por el estudio como por la fe” (D. y C.

88:118).

Como aprendices del Evangelio, debemos ser “hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores” (Santiago 1:22). Nuestro corazón se abre a la influencia del Espíritu Santo si ejerce- mos debidamente el albedrío y actua- mos de acuerdo con principios correctos; y por medio de ello invita- mos Su enseñanza y Su poder testifica- tivo. Los padres tienen la sagrada responsabilidad de ayudar a los hijos a actuar y a buscar conocimiento por medio de la fe; y un hijo nunca es de- masiado pequeño para tomar parte en este modelo de aprendizaje. Si al hombre se le da un pescado, le da de comer una vez; si al hombre se le enseña a pescar, lo alimentará toda la vida. Como padres e instructores del Evangelio, ustedes y yo no estamos en el negocio de distribuir pescados; más bien, nuestra obra es ayudar a

nuestros hijos a aprender a “pescar”

y a llegar a ser espiritualmente firmes. Ese objetivo vital se logra mejor al animar a nuestros hijos a actuar de acuerdo con principios correctos, al ayudarlos a aprender por medio de la acción. “El que quiera hacer la volun- tad de él conocerá si la doctrina es de Dios o si yo hablo por mí mismo” (Juan 7:17). Tal aprendizaje requiere

un esfuerzo espiritual, mental y físico y no sólo una recepción pasiva. Invitar a los hijos como aprendices del Evangelio a actuar y a que no sim- plemente se actúe sobre ellos se lleva

a cabo al leer y al hablar sobre el Libro de Mormón y al testificar espontánea-

mente en el hogar. Imagínense, por ejemplo, una noche de hogar en la que se invita y se espera que los hijos vayan preparados para hacer pregun- tas acerca de lo que leen y aprenden del Libro de Mormón o sobre un tema que recientemente se haya recalcado en una conversación sobre el Evangelio o testificado espontánea- mente en el hogar. E imagínense, ade- más, que los hijos hagan preguntas que los padres no estén adecuada- mente preparados para contestar. Algunos padres quizás sientan algo de aprensión hacia ese método poco estructurado de la noche de hogar. Pero las mejores noches de hogar no son necesariamente el producto de paquetes preparados de antemano, comprados o bajados de internet con bosquejos y ayudas visuales. Qué oportunidad tan gloriosa para que los miembros de la familia escudriñen jun- tos las Escrituras, busquen conoci- miento por el estudio y por la fe y reciban instrucción del Espíritu Santo. “…porque el predicador no era de más estima que el oyente, ni el maes- tro era mejor que el discípulo… y to- dos trabajaban, todo hombre según su fuerza” (Alma 1:26). ¿Estamos ustedes y yo ayudando a nuestros hijos a ser agentes que actúan

y que buscan conocimiento tanto por

el estudio como por la fe, o hemos ca-

pacitado a nuestros hijos a que espe- ren para que se les enseñe y se actúe sobre ellos? Como padres, ¿estamos dando de comer principalmente

ellos? Como padres, ¿estamos dando de comer principalmente a nuestros hijos el equivalente de pescado espiritual,

a nuestros hijos el equivalente de

pescado espiritual, o estamos constan- temente ayudándolos a actuar, a apren- der por sí mismos y a permanecer firmes e inmutables? ¿Estamos ayudan- do a nuestros hijos a estar anhelosa- mente consagrados en pedir, buscar

y llamar? (Véase 3 Nefi 14:7.) El entendimiento espiritual con el que ustedes y yo hemos sido bendeci- dos, y cuya veracidad se ha confirma- do en nuestro corazón, no se puede simplemente dar a nuestros hijos. El

precio de la diligencia y del aprendiza- je tanto por el estudio como por la fe se debe pagar para obtener y personal- mente “poseer” tal conocimiento. Sólo de esa manera lo que se sabe en la mente también se podrá sentir en el corazón. Sólo de esa manera un hijo dejará de depender del conocimiento

y de las experiencias espirituales de los padres y adultos y reclamar esas ben- diciones para sí mismo. Sólo de esa manera nuestros hijos podrán estar

espiritualmente preparados para los desafíos de la vida mortal.

Promesa y testimonio

Testifico que los padres que cons- tantemente lean el Libro de Mormón y hablen de él con sus hijos, que com- partan su testimonio de manera es- pontánea con ellos y que los inviten, como aprendices del Evangelio, a ac- tuar y a que no sólo se actúe sobre ellos, serán bendecidos con ojos que vean lejos (véase Moisés 6:27) y con oídos que oigan el sonido de la trom- peta (véase Ezequiel 33:2–16). El discernimiento y la inspiración espiri- tuales que ustedes recibirán de la combinación de estos tres hábitos san- tos les permitirán ser como atalayas en la torre para su familia, “velando… con toda perseverancia” (Efesios 6:18), para bendición de su familia y de su futura posteridad. Se lo prometo y testifico en el sagrado nombre del Señor Jesucristo. Amén.

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P or el élder Jeffrey R. Holland Del Quórum de los Doce Apóstoles No hay

Por el élder Jeffrey R. Holland

Del Quórum de los Doce Apóstoles

No hay lugar para el enemigo de mi alma

Que el gozo de nuestra fidelidad hacia lo más elevado y mejor dentro de nosotros sea nuestro a medida que mantengamos nuestro amor y nuestro matrimonio, nuestra sociedad y nuestra alma, tan puros como se espera que sean.

mala conducta sexual. Trágicamente, la misma computadora y el mismo servi-

cio

de internet que me permite hacer

mi

historia familiar y preparar esos

nombres para la obra del templo po-

drían, sin filtros ni controles, permitir

a mis hijos o nietos el acceso al pozo

séptico global de percepciones que podría causar un verdadero cráter en

su mente para siempre. Recuerden que aquellas jóvenes es- posas dijeron que la infidelidad de los

esposos comenzó con una atracción a la pornografía; pero la actividad inmo-

ral no es sólo un problema de hom-

bres, y los esposos no son los únicos

que comenten esta ofensa. El peligro

disponible al clic de un ratón, incluso lo que pueda ocurrir en un encuentro

de una sala de conversación virtual, no

hace acepción de personas, hombre o

mujer, joven o anciano, casado o solte-

ro; y sólo para asegurarse de que la

tentación esté cada vez más accesible, el adversario está ocupado extendien-

do su cobertura, como lo dicen en la

M ientras la hermana Holland y yo desembarcábamos hace poco en un lejano aeropuer-

to, tres bellas jóvenes que descendían del mismo vuelo se apresuraron para saludarnos. Se presentaron como miembros de la Iglesia, lo cual no era de sorprenderse, ya que las personas que no son de nuestra fe por lo gene- ral no corren hacia nosotros en los ae- ropuertos. En una conversación que no habíamos esperado, muy pronto supimos por medio de sus lágrimas que las tres mujeres se habían divor- ciado recientemente, que en cada caso el esposo había sido infiel y que, en cada caso, la semilla del distanciamien- to y la transgresión había comenzado con la atracción a la pornografía. Con esta sombría introducción a mi mensaje de hoy, uno que supone un desafío, me siento como Jacob de anta- ño, quien dijo: “Me apena tener que ser tan audaz en mis palabras… delante de… muchos [que]… son de senti- mientos sumamente tiernos, castos y delicados” 1 ; pero debemos ser audaces. Tal vez fue el padre o quizás el abuelo que hay en mí, pero las lágrimas de

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Liahona

los ojos de aquellas jóvenes hicieron que brotaran lágrimas de los míos y de

industria, a los teléfonos celulares, los videojuegos y los reproductores MP3. Si dejamos de cortar las ramas de

la hermana Holland, y las preguntas

este problema y acometemos más di-

que hicieron me dejaron pensando en: “¿Por qué hay tanta decadencia moral a nuestro alrededor y por qué hay tantas personas y familias, incluso algunas de la Iglesia, que caen como

rectamente a la raíz del árbol, no es de sorprender que encontremos la lujuria merodeando furtivamente por allí. Lujuria es una palabra desagradable y ciertamente me es un tema desagrada-

víctimas de esto, siendo trágicamente

ble

para tratar, pero hay una buena ra-

marcadas por ello?”

zón por la que en algunas tradiciones

Pero, desde luego, yo sabía al me-

se

la conoce como el más mortífero de

nos parte de la respuesta a mi propia

los

siete pecados capitales 2 .

pregunta. La mayoría de los días todos nos sentimos agredidos por mensajes inmorales de algún tipo que nos inun-

¿Por qué es la lujuria un pecado ca- pital? Y bien, además del impacto espi- ritual destructor total que ejerce sobre

dan desde todo ángulo. Los lados os-

nuestras almas, pienso que es un peca-

curos de la industria del cine, la

do

porque profana la más elevada y la

televisión y la música incursionan más

más santa relación que Dios nos da en

y más en un lenguaje ofensivo y la

la

vida mortal: el amor que un hombre

y

una mujer se tienen el uno por el

amor que un hombre y una mujer se tienen el uno por el otro y el

otro y el deseo que esa pareja tiene de traer hijos a una familia con la mira de

ser eterna. Alguien dijo una vez que el

verdadero amor debe incluir la idea de permanencia. El verdadero amor per- dura, pero la lujuria cambia tan rápido como se da vuelta a una página porno-

gráfica o se echa un vistazo a otro posi-

ble objeto de gratificación que se nos

cruce, ya sea hombre o mujer. El verdadero amor que nos hace estar fas- cinados, como yo lo estoy por la her- mana Holland, lo pregonamos desde los techos de las casas. Pero la lujuria se caracteriza por la vergüenza y el se- creto, y es casi patológicamente clan- destina, cuanto más tarde y más oscura sea la hora, mejor; y con puertas con doble cerrojo, por las dudas. El amor instintivamente nos hace acercarnos a Dios y tender la mano a los demás. La lujuria, por otro lado, no es para nada piadosa y celebra la autocomplacencia. El amor trae consigo manos extendidas y un corazón abierto; la lujuria sólo trae consigo un apetito voraz. Éstas son sólo algunas de las razo- nes por las que prostituir el verdadero significado del amor, ya sea con la ima- ginación o con otra persona, es tan destructivo; destruye lo que le sigue a nuestra fe en Dios, a saber, la fe en aquellos que amamos. Eso sacude los pilares de la confianza en la que se edi- fica nuestro amor, presente o futuro, y toma mucho tiempo recuperar esa confianza cuando se pierde. Continúen insistiendo lo suficiente con esa idea —ya sea en un ámbito tan personal como un familiar cercano, o tan públi- co como funcionarios electos, líderes empresariales, estrellas del espectáculo o deportistas famosos— y muy pronto, en el edificio que una vez se construyó para albergar sociedades moralmente responsables, podremos colgar un car- tel que diga: “Propiedad vacante” 3 . Bien sea que seamos solteros o ca- sados, jóvenes o mayores, hablemos por un momento sobre cómo prote- gernos contra la tentación, en cual- quier forma que se presente. Quizás no podamos curar hoy todos los males de la sociedad, pero hablemos de al- gunas medidas personales que pode- mos tomar.

• Sobre todo, comiencen separándo- se de las personas, los materiales y las circunstancias que los dañarán. Como bien saben los que por ejem- plo batallan contra el alcoholismo, el efecto de la proximidad puede ser fatal; lo mismo sucede con las cuestiones morales. Como José en

lo mismo sucede con las cuestiones morales. Como José en la presencia de la esposa de

la presencia de la esposa de Potifar 4 , simplemente corran, corran tan le- jos como puedan de lo que sea o de quien sea que los seduzca; y por favor, cuando huyan del lugar de la tentación, no dejen la dirección del remitente.

• Reconozcan que las personas cons- treñidas por las cadenas de verda- deras adicciones, con frecuencia necesitan más ayuda que la propia, y eso podría incluirlos a ustedes. Busquen esa ayuda y acéptenla. Hablen con su obispo; sigan su con- sejo. Pidan una bendición del sacer- docio. Utilicen el Servicio para la familia de la Iglesia o busquen otra ayuda profesional. Oren sin cesar; pidan la ayuda de ángeles.

• Junto con los filtros de las computa- doras y la represión a los sentimien- tos, recuerden que el único control real en la vida es el autocontrol. Ejerciten más control incluso en los momentos dudosos que afronten. Si un programa de televisión es in- decente, apáguenlo; si una película es grosera, váyanse; si se está esta- bleciendo una relación indebida, rómpanla. Muchas de estas influen- cias, por lo menos inicialmente, tal vez no sean malas, pero pueden nu- blar nuestro juicio, disminuir nues- tra espiritualidad y llevarnos a algo que podría ser malo. Un viejo pro- verbio dice que un recorrido de mil

kilómetros comienza con un paso 5 , así que miren por dónde caminan.

• Como ladrón en la noche, los pen- samientos impropios pueden y tra- tan de entrar en nuestra mente; ¡pero nosotros no debemos dejar la puerta abierta, servirles té y bizco- chos, y decirles dónde se guardan los utensilios! (De todos modos, no deberían estar sirviendo té.) ¡Echen a los granujas de allí! Remplacen los pensamientos lascivos con imáge- nes de esperanza y recuerdos de gozo; imaginen los rostros de las personas que los aman y que se sentirían destrozadas si ustedes las defraudaran. Más de un hombre se ha salvado del pecado o de la estu- pidez al recordar el rostro de su madre, de su esposa o su hijo espe- rándolos en algún lugar de casa. Cualesquiera que sean sus pensa- mientos, asegúrense de que entren a su corazón “sólo por invitación”. Como dijo un antiguo poeta: deja que tu voluntad rija tu razón 6 .

• Cultiven el Espíritu del Señor y es- tén donde Él esté. Asegúrense de que eso incluya su propia casa o apartamento, y que determine el tipo de arte, música y literatura que tengan allí. Si han recibido las investiduras, vayan al templo tan frecuentemente como sus circuns- tancias lo permitan. Recuerden que el templo los arma del “poder de

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[Dios]… los [rodea] [de Su] gloria…y [Sus] ángeles los [guar- dan]” 7 . Y cuando

[Dios]… los [rodea] [de Su] gloria…y [Sus] ángeles los [guar- dan]” 7 . Y cuando salgan del templo, recuerden los símbolos y las pro- mesas que lleven consigo, para nunca dejarlos de lado ni olvidarlos.

La mayoría de la gente con proble- mas termina exclamando: “¿Qué esta- ba pensando?”. Y bien, sea lo que fuese que estuviesen pensando, no es- taban pensando en Cristo. Sin embar- go, como miembros de Su Iglesia nos comprometemos cada domingo de nuestra vida para tomar sobre noso- tros mismos Su nombre y promete- mos “siempre acordarnos de Él” 8 . Así que esforcémonos un poco más por recordarle a Él, en especial que Él “lle- vó nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores… [que fue] molido por nuestras iniquidades; …y por sus heridas fuimos nosotros sanados” 9 . Ciertamente, nuestras acciones se guia- rían de un modo dramático si recordá- semos que cada vez que transgredimos no sólo lastimamos a los que amamos, sino también a Él, quien nos ama tan- to. Pero aún si pecáramos, por más serio que sea el pecado, podemos ser rescatados por esa misma figura majestuosa, Él, quien lleva el único nombre debajo del cielo por el que cualquier hombre o mujer puede ser salvo 10 . Cuando nos enfrentemos a

nuestras transgresiones y cuando nuestra alma se vea atormentada con verdadero dolor, que todos hagamos eco del Alma arrepentido y exclame- mos el ruego que cambió su vida: “¡Oh Jesús, Hijo de Dios, ten misericordia de mí!” 11 . Hermanos y hermanas, los amo. El presidente Thomas S. Monson y las Autoridades Generales los aman. Mucho más importante aún es que su Padre Celestial los ama. Hoy he trata- do de hablar acerca del amor, amor real, verdadero amor, del respeto por él y la forma apropiada de manifestar- lo en las sociedades justas que la hu- manidad ha conocido; la santidad de él entre el hombre y la mujer casados, y en las familias que se crean como re- sultado de ese amor. He tratado de hablar sobre la manifestación redento- ra del amor, la caridad personificada, que viene a nosotros mediante la gra- cia de Cristo mismo. Por necesidad, también he hablado del Diablo, el dia- bólico, el padre de las mentiras y la lu- juria, quien hará cualquier cosa que pueda para falsificar el verdadero amor, para profanar o mancillar el ver- dadero amor, dondequiera o cuando sea que lo encuentre. Y he hablado sobre su deseo de destruirnos si él pudiera hacerlo. Cuando enfrentemos tales tenta- ciones en nuestra época, debemos

declarar, como lo hizo el joven Nefi:

¡[No daré] más lugar al enemigo de

mi alma!” 12 . Podemos rechazar al mal-

vado. Si lo deseamos con suficiente

intensidad y profundidad, ese enemi-

go puede y será reprendido por el

poder redentor del Señor Jesucristo.

Es más, les prometo que la luz de Su

evangelio sempiterno puede volver y volverá a brillar donde ustedes pensa- ban que la vida se había tornado en desesperanza y vulnerabilidad tene- brosas. Que el gozo de nuestra fideli- dad hacia lo más elevado y mejor

dentro de nosotros sea nuestro a me- dida que mantengamos nuestro amor y nuestro matrimonio, nuestra socie- dad y nuestra alma, tan puros como

se espera que sean; ruego en el nom- bre de Jesucristo. Amén.

NOTAS

1.

Jacob 2:7.

2.

Véase, por ejemplo, el excelente The Seven Deadly Sins Today, de Henry Fairlie (1978).

3.

Véase The Seven Deadly Sins Today, de Fairlie, pág. 175.

4.

Véase Génesis 39:1–13.

5.

Lao Tzu, en la recopilación de John Bartlett, Bartlett’s Familiar Quotations, 14 edición, 1968, pág. 74.

6.

Véase The Satires, sátira 6, línea 223, de Juvenal.

7.

Doctrina y Convenios 109:22.

8.

Doctrina y Convenios 20:77–79; véase también el versículo 79.

9.

Isaías 53:4–5.

10.

Véase Hechos 4:12.

11.

Alma 36:18.

12.

2 Nefi 4:28.

SESIÓN DEL SACERDOCIO | 3 de abril de 2010

SESIÓN DEL SACERDOCIO | 3 de abril de 2010 P or el élder Dallin H. Oaks

Por el élder Dallin H. Oaks

Del Quórum de los Doce Apóstoles

Naturalmente, no esperamos hasta que se agoten todos los otros méto- dos antes de orar con fe o dar bendi- ciones del sacerdocio para sanar. En emergencias, las oraciones y bendicio- nes vienen primero. Con frecuencia, procuramos todos esos esfuerzos de forma simultánea. Esto va de acuerdo con las enseñanzas de las Escrituras de que debemos “ora[r] siempre” (D. y C. 90:24) y de que todas las cosas se de- ben hacer con prudencia y orden 2 .

II.

Sanar a los enfermos

Poseemos este poder del sacerdocio, y todos debemos estar preparados para usarlo debidamente.

E n estos tiempos de conmoción mundial, más y más personas de fe están recurriendo al Señor en

busca de bendiciones de consuelo y sanidad. Deseo hablar a este auditorio de poseedores del sacerdocio en cuanto al hecho de sanar a los enfer- mos mediante la ciencia médica, las oraciones de fe y las bendiciones del sacerdocio.

I.

Los Santos de los Últimos Días creen en la aplicación del mejor cono- cimiento y de las técnicas científicas disponibles. Nos valemos de la nutri- ción, del ejercicio y de otras prácticas para preservar la salud, y conseguimos la ayuda de profesionales que sanan, tales como médicos y cirujanos, para restaurar la salud. El uso de la ciencia médica no va en desacuerdo con nuestras oraciones de fe ni con nuestra dependencia en las bendiciones del sacerdocio. Cuando una persona solicitaba una bendición del sacerdocio, Brigham Young pre- guntaba: “¿Ha tomado algún reme- dio?”. A los que decían que no porque “deseamos que los élderes coloquen sus manos sobre nosotros, y tenemos fe que seremos sanados”, el presidente Young respondía: “Eso es sumamente

Sabemos que la oración de fe, pro-

nunciada a solas o en nuestros hogares

o lugares de adoración, puede ser efi-

caz para sanar a los enfermos. En mu- chos pasajes de las Escrituras se hace

referencia al poder de la fe para sanar a una persona. El apóstol Santiago ense- ñó que debemos “ora[r] los unos por los otros, para que [seamos] sanados”,

y agregó: “la oración eficaz del justo puede mucho” (Santiago 5:16). Cuando

la mujer que tocó a Jesús fue sanada,

Él le dijo: “…tu fe te ha sanado” (Mateo 9:22) 3 . Asimismo, en el Libro de Mor- món se enseña que el Señor “obra por poder, de acuerdo con la fe de los hijos de los hombres” (Moroni 10:7). En una reciente encuesta nacional se descubrió que aproximadamente ocho de cada diez estadounidenses “creen que los milagros todavía suce- den hoy día como [sucedían] en la antigüedad”. Una tercera parte de las

contradictorio según mi fe. Si estamos enfermos y le pedimos al Señor que nos sane, y que haga por nosotros todo lo que sea necesario hacer, de acuerdo con mi entendimiento del Evangelio de salvación, bien podría pe- dirle al Señor que hiciera que mi trigo y maíz crecieran, sin que yo arara la tierra ni plantara la semilla. Me parece lógico aplicar todo remedio del que llegue a enterarme, y [después] pedir- le a mi Padre Celestial… que santifique esa aplicación para la sanación de mi cuerpo” 1 .

pedir- le a mi Padre Celestial… que santifique esa aplicación para la sanación de mi cuerpo”

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personas que participaron en la en- cuesta dijeron que habían “vivido o presenciado una curación divina” 4 . Muchos Santos de los Últimos Días han experimentado el poder de la fe al sanar a los enfermos. Escuchamos también ejemplos de ello entre perso- nas de fe en otras iglesias. Un periodis- ta de Texas describió uno de estos milagros. Cuando una niña de cinco años respiraba con dificultad y le dio fiebre, los padres la llevaron de inme- diato al hospital. Para cuando llegó, los riñones y los pulmones ya le habían dejado de funcionar, tenía una fiebre de 41,7º C y tenía el cuerpo de color rojo vivo y cubierto de lesiones color púrpura. Los doctores dijeron que es- taba muriendo de síndrome de shock tóxico, por causa desconocida. Al en- terarse de ello la familia y los amigos, la gente temerosa de Dios comenzó a orar por ella, y se realizó un servicio especial de oración en la congregación protestante de Waco, Texas, a la que pertenecían. De forma milagrosa, re- pentinamente regresó del borde de la muerte y fue dada de alta del hospital en poco más de una semana. Su abue- lo escribió: “Ella es prueba viviente de que Dios sí contesta las oraciones y obra milagros” 5 . Verdaderamente, tal como se enseña en el Libro de Mormón, Dios “se mani- fiesta por el poder del Espíritu Santo a cuantos en él creen; sí, a toda nación, tribu, lengua y pueblo, obrando gran- des milagros… entre los hijos de los hombres, según su fe” (2 Nefi 26:13).

III.

Para este auditorio —adultos que poseen el Sacerdocio de Melquisedec,

y hombres jóvenes que pronto recibi- rán este poder— concentraré mis co- mentarios en las bendiciones de sanidad que tienen que ver con el po- der del sacerdocio. Poseemos este po- der del sacerdocio, y todos debemos estar preparados para usarlo debida- mente. El aumento actual de desastres naturales y desafíos económicos de- muestra que necesitaremos este poder aún más en el futuro que en el pasado. En muchos pasajes de las Escrituras se enseña que los siervos del Señor “sobre los enfermos impondrán sus manos, y sanarán” (Marcos 16:18) 6 . Ocurren milagros cuando la autoridad del sacerdocio se utiliza para bendecir a los enfermos. Yo he experimentado estos milagros. De niño y como hom- bre he visto sanidades tan milagrosas como cualquiera de las que se hallan registradas en las Escrituras, al igual que lo han hecho muchos de ustedes. El uso de la autoridad del sacerdo- cio para bendecir a los enfermos cons- ta de cinco partes: (1) la unción, (2) el sellamiento de la unción, (3) la fe, (4) las palabras de la bendición y (5) la voluntad del Señor.

La unción

En el Antiguo Testamento se men- ciona con frecuencia la unción con aceite como parte de una bendición conferida por la autoridad del sacerdo- cio 7 . Se declaró que las unciones eran para santificación 8 y tal vez también se pueden considerar simbólicas de las bendiciones que se han de derramar del cielo como resultado de este sagra- do acto. En el Nuevo Testamento leemos que los apóstoles de Jesús “ungían con

leemos que los apóstoles de Jesús “ungían con aceite a muchos enfermos y los sana- ban”

aceite a muchos enfermos y los sana- ban” (Marcos 6:13). En el libro de Santiago se enseña la función de la un- ción en relación con los otros elemen- tos de una bendición de salud por la autoridad del sacerdocio:

“¿Está alguno enfermo entre voso- tros? Llame a los ancianos de la iglesia, y oren ellos por él, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor. “Y la oración de fe salvará al enfer- mo, y el Señor lo levantará, y si ha co- metido pecados, le serán perdonados” (Santiago 5:14–15).

Sellamiento de la unción

Cuando alguien ha sido ungido por la autoridad del Sacerdocio de Melquisedec, la unción es sellada por esa misma autoridad. Sellar algo signi- fica afirmarlo, hacerlo vinculante para el propósito que se ha dispuesto. Cuando los élderes ungen a una per- sona enferma y sellan la unción, abren las ventanas de los cielos para que el Señor derrame la bendición que Él de- sea para la persona afligida. El presidente Brigham Young ense- ñó: “Cuando pongo mis manos sobre los enfermos, espero que el poder sa- nador y la influencia de Dios pasen por mi intermedio al paciente y que la enfermedad desaparezca… Cuando estamos preparados, cuando somos vasos sagrados ante el Señor, una co- rriente de poder puede fluir desde el Todopoderoso a través del tabernácu- lo del que bendice al sistema del pa- ciente, y el enfermo es restablecido por completo” 9 . Aunque sabemos de muchos casos en los que las personas bendecidas por la autoridad del sacerdocio han sido sanadas, rara vez hablamos de es- tas sanidades en reuniones públicas porque en la revelación moderna se nos advierte “que no [nos jactemos] de estas cosas ni [hablemos] de ellas ante el mundo; porque [nos] son da- das para [nuestro] provecho y para salvación” (D. y C. 84:73).

Fe

La fe es esencial para sanar median- te los poderes del cielo. En el Libro de Mormón incluso se enseña que “si no

hay fe entre los hijos de los hombres, Dios no puede hacer ningún milagro entre

hay fe entre los hijos de los hombres, Dios no puede hacer ningún milagro entre ellos” 10 . En un memorable dis-

bendecido. La ordenanza se ha llevado a cabo, y ahora depende de mí reclamar mi bendición por medio de

Cuando eso sucede, la bendición que se pronuncia se cumple literal y mila- grosamente. En ciertas ocasiones espe-

curso sobre la bendición a los enfer-

mi

fe” 12 .

ciales, he experimentado esa certeza de

mos, el presidente Spencer W. Kimball dijo: “A menudo se le resta importan-

Palabras de la bendición

inspiración en una bendición de salud, y he sabido que lo que yo decía era la

cia a la necesidad de la fe. Parecería

Otra parte de una bendición del sa-

voluntad del Señor. Sin embargo, como

que con frecuencia el afligido y la fami- lia dependen enteramente del poder

cerdocio son las palabras de la bendi- ción que el élder pronuncia después

la mayoría de los que ofician en bendi- ciones de salud, con frecuencia he teni-

del sacerdocio y del don de sanidad

de

que sella la unción. Estas palabras

do dificultades con la incertidumbre en

que esperan que tengan los hermanos

pueden ser sumamente importantes,

cuanto a las palabras que debía decir.

que lo bendicen, mientras que la res-

pero su contenido no es esencial y no

Por una variedad de razones, todo élder

ponsabilidad mayor la tiene el que re-

se

inscriben en los registros de la

experimenta altas y bajas en su nivel de

cibe la bendición… El elemento más importante es la fe de la persona cuan- do ésta es consciente y responsable. ‘Tu fe te ha sanado’ [Mateo 9:22] lo dijo el Maestro con tanta frecuencia

Iglesia. En algunas bendiciones del sa- cerdocio —como la bendición patriar- cal— las palabras que se hablan son la esencia de la bendición. Pero en una bendición de salud son las otras partes

sensibilidad a los susurros del Espíritu. Todo élder que da una bendición está sujeto a la influencia de lo que desea para la persona afligida. Cada una de éstas y otras imperfecciones mortales

que casi se convierte en un refrán” 11 .

de

la bendición —la unción, el sella-

pueden influir en las palabras que

El presidente Kimball incluso sugirió

miento, la fe y la voluntad del Señor—

hablemos.

que “las bendiciones demasiado fre-

las