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LA POESÍA: ¿PROFESIÓN U OFICIO?

por Adriano Corrales Arias*

* Escritor.

Vuelta de tuerca sobre un asunto en apariencia resuelto: ¿quién o


qué en definitiva es un poeta para sus contemporáneos? Suele
desconfiarse de él. Platón no le dio lugar en la sociedad y los
gobiernos suelen hacer caso al filósofo. A menos que consideren útil
domesticarlo. Algunos se dejan domesticar, otros se inmolan en el
impulso rebelde, otros
más prefieren pasar inadvertidos. Pero lo cierto es que cuesta mucho
imaginar la vida social sin los relámpagos y claroscuros de la poesía.

Un escritor y poeta habla de su oficio. Con vehemencia, que es como


debe de ser.

El poeta es un ser marginal. O, para que se entienda mejor, está al


margen, en la frontera. Desde la Grecia clásica se le expulsó de La
República. Su oficio no está sancionado por el sistema, por eso nunca
vemos en los anuncios y clasificados de los periódicos: ¡Se necesita
poeta! ¡La empresa X requiere los servicios de un poeta! Al contrario:
muchas veces los poetas deben cancelar para publicar su trabajo y,
en los últimos tiempos de la globalización, en un descaro
posmodernismo inusitado, hemos visto cómo hasta se le cobra para
leer. Por esa razón, y en cualquier caso, el poeta es un disidente.

Por supuesto, hay muchos versificadores que piensan en la


poesía como una actividad que da prestigio y nivel de vida (aparte
están las señoras y señores que ya tienen buen nivel de vida y
escriben versos para ocupar su tiempo libre). Son los eternos
concursantes en los certámenes, los activistas de asociaciones,
editoriales, ministerios y grupos de poder que les pueden prestar
apoyo institucional como una plataforma hacia la celebridad, la
publicación, los premios y las gratificaciones editoriales.

Allí, en esas agrupaciones, generan sus grupitos de amigos con


el abrazo cómplice, la palmadita oportuna o el guiño sagrado, para
negociar puestos en juntas directivas, jurados, academias, y traficar
influencias hacia el próximo premio o evento internacional, e inclusive
gestionar alguna casilla en una que otra papeleta electoral.

Me apresuro a señalar que, desgraciadamente, dadas las


condiciones ya mencionadas, muchos poetas deben acudir a los
certámenes como única posibilidad de publicación y de autofinanciar
su trabajo. Pero, para desgracia doble de ellos, muchos de esos
premios ya han sido negociados por aquellos versificadores.

Por supuesto, el poeta es (también) un ciudadano común y


corriente. Esto es algo tan notorio que se le escapa a mucha gente. El
poeta no es un iluminado ni un maldito, no es un ser especial
solamente por el hecho de escribir poesía. Sería especial, en todo
caso, por su humanidad intrínseca, por su honestidad, su
insobornable entereza intelectual, su ternura, su valor, su
generosidad, su solidaridad, su amistad y compañerismo, y,
obviamente, por su misma poesía; valores y actitudes reñidas con la
actual era de mercado total donde todo se vende o se intercambia
como estricta mercancía.

Por ello el ciudadano/poeta tiene los mismos deberes y


derechos que otro ciudadano, digamos el carpintero, el carnicero, el
aviador, o la maestra. La diferencia esencial reside en cuanto a su
ocupación, a su oficio. El poeta debe poseer la plena conciencia de
que su trabajo no se vende ni se comercia, y que para sobrevivir debe
tener otra ocupación que le proporcione un salario digno, a no ser que
tenga la posibilidad de un mecenas o la autoprotección económica,
como nuestro gran Max Jiménez.

Ernesto Sábato dice --la cita no es exacta pero la idea sí--


refiriéndose al escritor en general, que su deber es escribir, para ello
no importa que deba trabajar como obrero, como empleado de un
banco o asaltar el mismo banco, pero, a toda costa, debe escribir, ¡y
escribir bien! Lo que importa al poeta consciente de su labor, es saber
que lo que hace tiene un valor en sí mismo, más allá del valor de
cambio, del valor de uso. Porque la poesía no es un terreno privado,
es una instancia, un ámbito de la vida, un espacio para compartir.

He allí su trascendencia: se escribe porque no hay otro camino


más que decir y compartir con los otros mi rabia, mi odio, mi amor, mi
locura. Pero, además, mi propuesta. Y he allí también su diferencia:
ser poeta no es una profesión que se escoja, es una vocación que se
trae, es una necesidad real. Por eso en ninguna universidad del
mundo, ni en ningún taller literario, se pueden hacer, o graduar
poetas.

La poesía es una necesidad en doble vía: precisa decir, pero


también comunicar. De allí su compromiso con la palabra, porque la
gente necesita de la poesía como del aire, sin poesía, sencillamente,
no se puede vivir. Igual que el arquitecto o el ingeniero, quienes
deben apostar todo su conocimiento y talento al servicio de la obra
para que ésta sea sólida y no colapse al primer sismo, pero a su vez
sea cómoda, iluminada, fresca, habitable; el poeta tiene el
compromiso de entregar un producto riguroso y estéticamente
elaborado.
Ese "producto", como lo señaló Ezra Pound, el poeta
estadounidense, es un complejo intelectual y emotivo en un instante
temporal. La presentación, o representación si se quiere, de ese
complejo, conlleva un arduo trabajo con el instrumento de expresión,
con el lenguaje.

La responsabilidad del poeta consiste en dominar a la


perfección ese instrumento, como cualquier artesano u obrero
calificado. Del dominio de ese instrumento dependerá la sensación de
súbita liberación, ese golpe ideológico/emocional, esa condición de
repentino crecimiento que experimentamos frente a una verdadera
obra de arte. Claro, detrás del manejo de ese instrumento están la
intuición y la lucidez, inteligencia emocional, componentes de lo que
denominamos talento. Pero bien sabemos, citando de nuevo al
maestro Pound, que "la maestría en cualquier arte es obra de toda
una vida".

Regresemos al principio: el poeta está al margen, en la frontera,


o mejor dicho, el poeta por definición es un ser marginal, disidente.
Esta
perspectiva obliga a una aclaración: ser marginal, o estar al margen,
no
significa necesariamente estar en precario, o en la extrema pobreza,
como podría pensarse. Aunque muchos grandes poetas lo estuvieron
y lo siguen estando.

El significado que tiene dentro de esta concepción es que el


poeta no está en el meollo del asunto. El meollo del asunto, ya lo
apuntamos, son las grandes editoriales, los premios y
reconocimientos, las portadas de revistas y periódicos, las cátedras
universitarias, las asesorías de prensa, las becas internacionales, los
cargos diplomáticos, los reacomodos en juntas directivas y en
instituciones gubernamentales, etc.

Por eso, cuando le otorgan un premio al poeta, si es que se lo


otorgan, o lo becan con un puesto diplomático, o con un espacio
académico, sabe perfectamente que lo hacen para controlarlo más de
cerca, o para cooptarlo. Pero si el poeta es un creador comprometido
y no negociable, de aceptar el cargo utilizará esos recursos para
conocer mejor las entrañas del monstruo, y por supuesto, para mayor
tranquilidad de su obra. No para cabildear por mayores premios,
puestos o reconocimientos. El poeta sabe, aunque a veces
intuitivamente, que el sistema, sin quererlo, cría cuervos.

Repito: el poeta no está en el centro de la pantalla, ni en el clic


de la fotografía. Pero no estar en el centro, o no pertenecer a la
cúpula, le permite una visión periférica que le abre el panorama
considerablemente.
Estar al margen le permite deambular por los círculos del poder
sin
comprometerse con los príncipes, ni recoger migajas del pastel; le
permite entrar y salir a las agrupaciones, academias, empresas e
instituciones, diciendo lo que debe decir con la frente en alto, porque
no vende ni compra nada, es decir, no le debe nada a nadie,
solamente a su propia conciencia.

Estar en la frontera es el privilegio de tomarle el pulso al


trasiego de su gente, al tráfico de imágenes y conflictos inéditos, al
tráfago de los sueños y esperanzas de los excluidos, hasta ahora,
como él. Pero igual le permite reconocerse en los demás, en quienes
también, desde la periferia, buscan un sitio más digno y humano
dentro del sistema, en quienes impugnan la servidumbre y el aparato
de ¿vigilar y castigar? Y con ellos se solidariza y aprende que la
poesía es vida haciéndose historia.

Y por eso asume con luz propia la voz ajena y la hace suya, es
decir, del otro, de los otros. Y si es necesario levanta barricadas para
defender esa voz colectiva. Y dispara palabras como el camarada
máuser. Así el poeta, desde la periferia, también es un franco-tirador.

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