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EVOLUCIÓN DE LA ESTRUCTURA EN LA ENCUADERNACIÓN DE EUROPA OCCIDENTAL. Carmen Peña

Dice Julián Martín Abad: “la encuadernación es elemento que el producto u objeto tipográfico incorpora a su personalidad al convertirse en producto histórico”, “debemos comprobar de qué modo se han realizado las tres operaciones básicas en el proceso de la encuadernación, es decir, el cosido de los cuadernos, el cubrimiento y la decoración”.

La última etapa de la elaboración de la gran mayoría de los libros es la encuadernación, que consiste en “unir los pliegos u hojas del libro con la cubierta, formando un conjunto unitario para su mejor conservación y facilidad en el uso”. Aparece cuando el libro adopta su forma cuadrada y nace con un fin eminentemente funcional, protegerlo contra las agresiones exteriores. Al mismo tiempo, este revestimiento del libro va a admitir una decoración u ornamentación, modesta o brillante, que generalmente está sujeta a las influencias técnicas y decorativas de cada época y que hace participar a la encuadernación en las artes decorativas.

Así pues, tiene dos aspectos que se presentan como una realidad inseparable: la técnica y el arte; es decir, el oficio y la invención, cubrir el libro y decorarlo. Si su objetivo fundamental es utilitario, es decir de protección y manejabilidad, su segunda función, también esencial, es la de embellecer y revalorizar su contenido. La encuadernación se termina con la ornamentación de la cubierta y el lomo, presionando, con una prensa de estampar, planchas de bronce calientes sobre la piel, en seco o con pan de oro. A menudo, también, se utilizan combinadas pequeñas herramientas de mano para realizar el diseño decorativo. Las más corrientes, florones, paletas, filetes, hierros, ruedas, son de bronce y van montadas sobre mangos de madera. También hay letras individuales del alfabeto, que se colocan en un componedor, para rotular sobre los tejuelos o en los lomos: el título, el autor, la fecha o el tomo del volumen.

Elvira Julieta Miguélez González nos dice que “toda encuadernación debe

responder a un aspecto mecánico que es la necesidad de que el libro pueda abrirse y cerrarse perfectamente, para ello el encuadernador va ensamblando todos los elementos que hacen del libro un objeto utilizable” y que son:

- La cubierta. En los libros antiguos el material con el que se ha recubierto externamente la encuadernación es la piel, el pergamino, tela o papel.

- Las tapas. Hay que tener en cuenta el material con el que se confeccionan (madera,

papelón o cartón) y el sistema de unión de éstas con el cuerpo de la obra por medio de

los núcleos con que se ha realizado la costura de los cuadernillos; la unión de las tapas con el cuerpo del libro suele ser cosida o tapa suelta.

- El lomo. En cuánto a la forma puede ser redondeado o plano; el tipo, si va pegado

directamente a la piel o si lleva algún tipo de refuerzo; la forma y el material de los nervios y si lleva algún tejuelo de piel, papel, pergamino o vitela.

- El cosido. Costura que permite unir los cuadernillos del libro formando una unidad.

- Las cabezadas. Sabiendo que material se utiliza en cada época y como se forma el cordoncillo que va situado en la cabeza y en el pie del lomo del libro.

- Las guardas. Elemento de unión del cuerpo del libro y la encuadernación.

Los primeros modelos de encuadernación: las encuadernaciones coptas

La literatura copta, que se componía, principalmente, de traducciones de la Biblia, de los Padres de la Iglesia, evangelios, martirologios, sermones, escritos de autores ascéticos, relaciones noveladas de la muerte de los mártires, se desarrolló en los monasterios cristianos de Egipto hasta el siglo XIII, época en que el Islam se impuso sobre el cristianismo. Los códices coptos más antiguos estaban realizados en papiro y los más modernos, en vitela o pergamino.

La costura de los cuadernillos era de dos tipos: una se practicaba con dos agujas y dos hilos diferentes, a veces, de distinto color; la otra costura se ejecutaba con un solo hilo y una aguja.

la otra costura se ejecutaba con un solo hilo y una aguja. Costura con dos agujas

Costura con dos agujas y dos hilos

Las guardas, que frecuentemente provenían de antiguos manuscritos, se cosían al mismo tiempo que el códice. Servían para proteger la parte que más se deteriora de los libros: su comienzo y su final. Las guardas iban reforzadas mediante la salvaguarda, cuya banda, al igual que los extremos de las llaves, también, se pegaba a la contratapa.

El lomo era liso y las partes en que estaba dividido se reforzaban con llaves de cuero, vitela, pergamino o tela (lino o un tejido algodonoso de color blanco o beige) cuyos extremos laterales se pegaban a las tapas o cubiertas del códice. Además, de este refuerzo, que también servía para proteger los hilos de la costura, proporcionaba una superficie, lisa y uniforme, apta para pegar el recubrimiento de piel.

Las tapas tenían las mismas dimensiones que el cuerpo del libro, es decir, carecían de ceja. Podían estar hechas con un solo papiro, no presentaban acanaladura y la piel no recubría la contracubierta pero si los cantos; o con dos hojas de papiro superpuestas, pegadas y recubiertas de piel. En otros casos, las tapas eran de madera compacta y dura (boj, nogal, etc.), que, algunas veces iban cara vista, al igual que el lomo del manuscrito. El corte de cabeza podía ir biselado, mientras que el corte de pie mantenía el grosor inicial. El cuerpo del códice iba cosido a las tapas. Para ello, se abrían en las tapas, a la altura de los serrados del lomo, una serie de orificios por los que se pasaban los hilos del cosido de los cuadernillos. Las contratapas, a las que, posteriormente se pegaban las guardas, iban protegidas con telas de arpillera, que cubrían la madera y todos los elementos de unión. Al estar pegado el canto a la tapa ésta se comba y, a veces, se suelta; la encuadernación europea intenta resolver estos problemas introduciendo el nervio entre los siglos VII al IX, dando la costura en espiga, y redondea el lomo haciendo más gruesa la hebra de costura y contrarrestando la concavidad (no se puede hablar de lomo redondo hasta el s. XV).

Después de cubrir la encuadernación con la piel se ornamentaba con gran profusión las tapas, el corte de delante, los contracantos, el lomo, los marcadores de

páginas, los huesos, etc. La decoración se estampaba en seco, sobre la piel previamente humedecida, con pequeños hierros o filetes calientes; se pintaba, se cincelaba o se repujaba, incluso se superponían cueros recortados (mosaicos). Los motivos más comunes consistían en una combinación multilineal de filetes de hilo muy fino, formando motivos geométricos, cuyos compartimentos estaban decorados con pequeños círculos pintados con tinta roja o negra, cruces, motivos vegetales, motivos animales. Estos adornos podían aparecer una sola vez, pero lo más habitual era que se repitieran alternativamente.

lo más habitual era que se repitieran alternativamente. Estructura de la decoración copta Ornamentación

Estructura de la decoración copta

alternativamente. Estructura de la decoración copta Ornamentación renacentista geométrica característica de

Ornamentación

renacentista

geométrica

característica

de

la

encuadernación

La elaboración del libro en el imperio bizantino: la encuadernación grecobizantina

El proceso de encuadernación era el mismo para los manuscritos de papiro, pergamino, vitela o papel. El lomo perfectamente liso y plano permitía realizar una

decoración continua de un extremo al otro. El cosido estaba realizado con dos hilos y

con un solo hilo. En muchas ocasiones, se reforzaba el interior y exterior del medianil del cuadernillo con una pajuela de papel, pergamino o papiro.

En la encuadernación greco-bizantina el cuerpo del códice tenía las mismas dimensiones que las tapas de madera, por tanto, carecían de ceja. Una vez que estaban

cosidas las tapas se procedía a realizar las cabezadas. Éstas, al no tener ceja, sobresalían

del lomo y se prolongaban hasta las tapas, en algunos casos, hasta más de la mitad de

éstas. Consistían en una especie de trenzado de hilo de algodón o seda, tejido sobre un

núcleo vegetal de cáñamo. Las guardas, que iban protegidas y reforzadas por las salvaguardas, eran de pergamino, se cosían al mismo tiempo que el cuerpo del libro y generalmente procedían de materiales desechados de otros libros.

Cuando se habían fijado las tapas de madera al cuerpo del códice se recubría, interiormente, el lomo y parte de las tapas, o su totalidad, con una tela de algodón o

arpillera que reforzaba el juego de las tapas y disimulaba los abultamientos ocasionados

por el cosido de los cuadernillos y de las tapas. A continuación la encuadernación se

revestía con piel o con planchas repujadas o cinceladas de marfil, plata, oro, bronce; piedras preciosas engarzadas: gemas, perlas, esmeraldas, rubíes; esmaltes y ricas telas. Estas últimas, que se utilizaban para códices de carácter litúrgico, reciben el nombre de encuadernaciones de aparato, orfebrería o altar. Sus temas decorativos: símbolo de la cruz, la crucifixión, la Virgen, los Evangelistas, etc., similares a los de las encuadernaciones en piel, se ceñían, únicamente a las tapas, dejando sin decorar el lomo plano del libro.

Una vez que el códice estaba encuadernado para evitar el deterioro causado por el roce, se colocaba un número variable de clavos de diferentes formas (alargados, estrellados, esféricos, en forma de corazón o de mandorla, etc.) y diversos materiales

(latón, bronce, plomo, plata, oro), que se sujetaban a las tapas, cerca del borde, con tres agujeros dispuestos en un triángulo. Además de esta función protectora tenían una función ornamental. También se añadía, bien antes, o bien después del pegado de las guardas, un número variable de cierres, que se sujetaban a las tapas, cerca del borde,

con tres agujeros dispuestos en un triángulo. En un primer momento, eran tiras de cuero

en forma de correas, algunas veces trenzadas, que se ataban para mantenerlo cerrado. Posteriormente se emplearon cierres formados por una lengüeta de cuero, que se pasaba

por una anilla metálica.

Los cortes, que generalmente estaban desbarbados, llevaban, en el de pie, el

título y algún dibujo geométrico en tinta negra o de color. A partir de los siglos XIV y

XV se coloreaban también con tinta roja, verde o amarilla.

La ornamentación de las encuadernaciones greco-bizantinas en piel se ejecutaba mediante el repujado, cincelado y la presión de hierros sueltos, tanto en caliente como

en frío, con motivos muy variados. La decoración podía ir enmarcada en formas geométricas.

La decoración podía ir enmarcada en formas geométricas. Encuadernación occidental “a la greca” Las

Encuadernación occidental “a la greca”

Las encuadernaciones árabes

El amplio desarrollo que alcanzó el libro en la sociedad islámica generalizó, muy pronto, una encuadernación mucho más ligera de tapas de cartón. Se recubría con piel de cabra, en cuyo curtido destacaron los cordobeses con sus famosos cordobanes, de badana (carnero) o de oveja, de menor calidad, de color marrón o rojo. Las tapas, que tenían las mismas dimensiones del cuerpo del libro, se cosían independientemente de éste. El lomo, que era liso, iba reforzado interiormente con una tela que se abarcaba un tercio o la mitad de las contratapas, o con llaves de pergamino o de tela, Las cabezadas, que sobresalían de las tapas, se realizaban sobre un núcleo redondo de piel con hilos de seda de color amarillo, verde, azul, rosa, etc, Las contratapas se cubrían de tela o pergamino y se cerraban con lazos o broches, manecillas.

Las composiciones ornamentales de las encuadernaciones islámicas, al igual que el estilo técnico, se basaban en las encuadernaciones clásicas, bizantinas y coptas. La decoración islámica que era muy variada se marcaba con compás y regla, que servía de guía para estampar los hierros sueltos, bien en frío o bien en caliente sobre la piel previamente humedecida. Aunque la decoración islámica fue fundamentalmente gofrada también hubo ejemplos, muy tempranos, de pequeños hierros dorados con pan de oro.

Manufactura de los códices en los escritorios medievales y en las universidades Fue la Iglesia

Manufactura de los códices en los escritorios medievales y en las universidades

Fue la Iglesia Católica, con sus comunidades religiosas, la que llevó la iniciativa en el mundo del libro. La comunidad monástica precisaba disponer de una colección de libros tanto para las funciones religiosas como para la lectura de los monjes. La encuadernación medieval suele tener como soporte la piel para documentos de más uso, como los de la Universidad o religiosos, y el pergamino. El prototipo de libro bizantino fue el códice en pergamino.

La encuadernación de los códices en los monasterios occidentales y, posteriormente, en los talleres laicos de las ciudades universitarias se basó en la costura sobre nervios dobles, técnica diferente de la empleada en los monasterios orientales. Una vez escritos y decorados los cuadernillos, formados por bifolios de pergamino o en papel de grueso gramaje y paginados, se cortaban para que tuvieran medidas uniformes

y se cosían alrededor de dos, tres, cuatro ó cinco nervios dobles, formando unos

abultamientos en el lomo, que apenas eran perceptibles por el grosor de las pieles, ya

que éstas no se pegaban, ni se adaptaban al lomo del libro. El número de nervios dependía del formato del libro. En un principio, para el núcleo de los nervios se utilizaron nervios de ternera, cabra u oveja; posteriormente se usaron núcleos de pergamino, de piel de zumaque, retorcidos y de cáñamo de diferentes cabos, según el grueso y la consistencia que se quisiera dar al libro.

La tapa del códice servía de soporte al cosido de los cuadernillos. Para ello, el encuadernador sujetaba, sólidamente, los nervios en dos agujeros que atravesaban la tapa desde el interior hacia el exterior. A continuación, cuando terminaba de coser los cuadernillos a los nervios, colocaba la tapa posterior, que estaba agujereada exactamente

igual que la tapa anterior. Poco a poco, estas técnicas de sujeción de las tapas al cuerpo

de la obra irán evolucionando y mejorando a medida que se van utilizando otros tipos de

nervios que necesitan para sujetarse a la tapa orificios redondos.

Al principio y al final de libro se añadían la guarda y la salvaguarda, dos hojas de vitela, pergamino o papel blanco que servían para protegerlo y que se cosían al

mismo tiempo que el cuerpo del códice. Las tapas servían de soporte al cosido de los cuadernillos; eran de madera con peso para hacer de prensa cuando el libro está cerrado y con cierres. Las tapas de madera llevan unos orificios o canales para ensartar los nervios. El lomo plano, el adhesivo es vegetal es a partir del siglo XV cuando se empieza a utilizar la cola animal. Una vez enlomado el códice se confeccionaban las cabezadas, cada vez más sofisticadas, con tiras trenzadas de cuero o con hilos de lino, algodón, o seda de colores alrededor de uno o dos núcleos de piel o de cáñamo, que se cosían a las tapas igual que los nervios, haciendo una muesca en el ángulo de éstas.

Los materiales de revestimiento fueron, generalmente, pieles bastante gruesas. Además de los broches metálicos, para evitar el roce de la piel de las encuadernaciones, colocadas horizontalmente en las estanterías de las bibliotecas o en los pupitres, se colocaban en el centro y en las esquinas adornos metálicos como cabujones, bollones, más o menos labrados, que daban una gran solidez al códice.

A lo largo de la Edad Media se realizaron tres diferentes tipos de encuadernación: de orfebrería, también denominada de aparato, bizantina o de altar; la encuadernación de telas preciosas; y, finalmente, la encuadernación de piel, que, en unos casos, iba recubierta de piel entera con estampaciones gofradas mediante hierros sueltos o planchas de estilo románico o gótico y, en otros, la piel cubría parte de la tapa dejando a la vista el resto, que era de nogal, haya o pino; y las encuadernaciones mudéjares o hispano-árabes. Además, todas ellas, como hemos dicho anteriormente, llevaban cantoneras, cabujones y cierres metálicos.

La encuadernación de orfebrería

Durante las ceremonias litúrgicas se colocaban sobre el altar, o sobre un pequeño pupitre, de manera que pudiese ser admirada por todos los fieles. La primera tapa de la encuadernación, la que se veía más frecuentemente, estaba en general más adornada que la otra. La procedencia de estas encuadernaciones es bizantina y se desarrolló después en la Europa occidental, principalmente en la corte carolingia, como consecuencia de las Cruzadas y de la relación existente entre los monasterios orientales y occidentales. En nuestro país se realizaron muy pocas encuadernaciones de orfebrería, ya que en esta misma época en España preponderaron las encuadernaciones de estilo árabe o islámico y las encuadernaciones mudéjares ó hispano-árabes.

y las encuadernaciones mudéjares ó hispano-árabes. La encuadernación de telas preciosas En las

La encuadernación de telas preciosas

En las encuadernaciones de telas preciosas como el terciopelo, el damasco, el satén, la seda, etc, se bordaban figuras ornamentales, personajes, animales, flores de lis, follajes, etc. cuyo dibujo frecuentemente estaba tratado de un modo hierático. A veces se añadía a la decoración alguna pedrería. Sobre las tapas continuaban apareciendo las cantoneras, cabujones y cierres metálicos. Aunque apenas han subsistido encuadernaciones de telas preciosas, se puede tener una idea de lo que fueron por las

descripciones que se han realizado de ellas en los catálogos e inventarios de las bibliotecas de reyes y de grandes señores. La particularidad de estas encuadernaciones es que casi nunca cubrieron las tapas de los libros, sino que se realizaban para proteger la encuadernación de piel a modo de sobrecubierta.

proteger la encuadernación de piel a modo de sobrecubierta. La encuadernación románica, monástica o monacal El

La encuadernación románica, monástica o monacal

El estilo románico surgió a principios del siglo XII a causa de la corriente estética que se desarrollaba en esos momentos y perduró hasta el siglo XIV. Los motivos principales estaban relacionados con la iconografía del momento: escenas o personajes religiosos, como los cuatro evangelistas, el Pantocrátor, la Crucifixión con la Virgen y San Juan al pie, Agnus Dei; animales fantásticos: aves, perros; motivos vegetales: hojas de acanto, palmetas, grecas, que se reproducían en el centro de la tapa mediante hierros sueltos estampados en frío y que estaban enmarcados en rectángulos, cuadrados, rombos, círculos concéntricos, ejecutados con filetes.

La encuadernación gótica La encuadernación que va del siglo XIII y hasta el siglo XVI

La encuadernación gótica

La encuadernación que va del siglo XIII y hasta el siglo XVI que se denomina gótica o conventual, en realidad, solo define a la realizada en media pasta, es decir, dejando descubiertas buena parte, en general más de la mitad, de las tapas de madera; las pocas decoraciones están constituidas generalmente por líneas rectas cruzadas. En este período también encontramos la piel de ternera oscura decorada mediante grabado con motivos ornamentales de rectas y curvas. Muy pronto el cuero humedecido, característica esencial de esta técnica de elaboración, se imprime mediante planchas excavadas para obtener una decoración en relieve muy marcado; ejemplos de esta encuadernación se pueden encontrar sobre todo en Francia. Más numerosas son las encuadernaciones decoradas con punzones, que reproducían pequeñas flores, frisos, animales, además de figuras geométricas. Las partes metálicas, bullones y cantoneras, protegen la piel de estas pesadas y sólidas encuadernaciones ya que los libros se colocaban en la biblioteca horizontalmente o sobre atriles; en ocasiones, unos broches mantenían bien cerrados los gruesos volúmenes en pergamino.

La encuadernación mudéjar o hispanoárabe Las encuadernaciones mudéjares o hispano-árabes, consideradas como

La encuadernación mudéjar o hispanoárabe

Las encuadernaciones mudéjares o hispano-árabes, consideradas como auténticamente españolas, se desarrollaron durante el siglo XIII al XVI y alcanzaron su máximo esplendor en los siglos XIV y XV. El hecho de que los encuadernadores mudéjares trabajaran no solo para la Iglesia, sino también para los reyes y los grandes nobles de la época, ha sido el motivo por el que se conservan numerosos ejemplares de este estilo en las principales bibliotecas del país, siendo el más notable el Misal Toledano, que se halla en la Biblioteca Nacional de Madrid.

Presentaban la misma técnica que las anteriores y en muchas de ellas, en particular en los grandes libros de coro, se utilizaron aplicaciones metálicas, como broches, cantoneras, clavos, que podían tener forma semicircular, estrellada, de concha de cascabel, cuya función era sujetar la piel a la tapa de madera y proteger del roce la encuadernación. La mayoría de las pieles utilizadas eran de color natural, pero también las tiñeron de rojo, granate o negro. Su particularidad radicó en la sustitución, en muchas de las encuadernaciones, de las tapas de madera por las de cartón (hechas con restos de papel y engrudo, denominado papelón) y en el empleo de elementos decorativos típicos de la ornamentación árabe, realizada por artesanos musulmanes de Toledo, Sevilla y Granada, formando combinaciones geométricas obtenidas por medio de entrelazados, a los cuales se les da el nombre de arabescos o ensogados. El resto de la tapa se rellenaba con pequeños hierros, mediante las técnicas decorativas del gofrado,

con hierros calientes ó fríos, y en casos excepcionales del siglo XVI, la técnica del dorado, que también se utilizó en el resto de Europa en este mismo siglo.

Matilde López Serrano distribuyó las encuadernaciones mudéjares en cuatro grupos decorativos:

1. Musulmán: con lazo central o motivos estrellados o hexagonales cruzados y

repetidos, que recuerdan los alicatados de la Alambra, los tejidos granadinos, las primitivas alfombras de Alcaraz, las puertas y techumbres moriscas, los muebles de taracea.

2. Con motivos centrales del arte gótico: rosetones, cuatrifolios, cruces, rombos

o escudetes; a veces estos motivos se repiten dos o cuatro veces.

3. Sin motivo central, rellenando uniformemente las cubiertas o distribuyendo

los hierros en un gran rectángulo central, y orla o varios recuadros unidos entre sí hasta cubrir completamente las tapas.

4. Con uno o dos grandes círculos o cuadrados centrales cubiertos de hierros

menudos de relleno y cenefas más o menos anchas.

centrales cubiertos de hierros menudos de relleno y cenefas más o menos anchas. Encuadernación clásica (1450-s.XVIII)
centrales cubiertos de hierros menudos de relleno y cenefas más o menos anchas. Encuadernación clásica (1450-s.XVIII)

Encuadernación clásica (1450-s.XVIII)

En este periodo los libros una vez impresos no se hacían encuadernar, como hoy, por el editor. En aquel tiempo los volúmenes eran expedidos de una ciudad a otra en hojas sueltas, en barriles o en cajas y la encuadernación se efectuaba aparte. Cuando los impresores comenzaron a producir un número cada vez mayor de libros impresos, los encuadernadores tuvieron que modificar sus técnicas con el fin de responder a las nuevas demandas.

La encuadernación flexible se utilizó muchísimo durante todos los tiempos, es muy versátil. El pergamino sigue siendo el más utilizado para libros de más uso, casi siempre a la romana. Las cubiertas exentas no van adheridas, se cose a la vez que el cuadernillo y la cubierta. Necesitamos un elemento que las sujete las correíllas o el cierre cuando lleva tapa

La imprenta había favorecido el desarrollo del comercio del papel, los encuadernadores podían sustituir las viejas tapas de madera por tapas de papelón, cartones hechos con hojas de papel encoladas unas a otras, y más adelante el cartón de molino. Aunque las tapas de madera no fueron desplazadas absolutamente de la encuadernación hasta el siglo XVIII. Las tapas se fijaban al libro pasando las cuerdas por dos o tres orificios no alineados con los nervios, por el enlomado con llaves parciales o totales y por la formación del cajo, a partir de ahora muy importante. Éste, junto con el empleo del telar y el uso de diferentes puntos de costura en función del gramaje del papel y del grueso del cuadernillo y del libro permitió afinar el cosido, y con ello el aspecto del libro. Apareció sistemáticamente la ceja.

El cosido se hacía sobre nervios, generalmente de cáñamo, dobles o sencillos, o sobre cuerdas incisas en el lomo del libro. Es decir, estos nervios estaban embutidos en el lomo, a la greca, empleándose para ello prensas. Se utilizaban el cosido con doble nervio; con doble nervio a espiguilla; con nervio sencillo; con cordel a la greca: a punto seguido, a punto salteado; y nudo de cadeneta. En el siglo XVII-XVIII se empieza a utilizar el nervio sencillo, con refuerzos de papel. En el s. XVIII aumenta el número de encuadernadores, por tanto, hay que abaratar; se usa la costura alterna y no todas las costuras se hacen a las tapas. Se empieza a pegar la piel o pergamino a los nervios, constatándose éstos en los cantos, y se deja el lomo hueco para que al abrir el libro éste no sufra y se rompa, como estaba ocurriendo.

La piel, pegada directamente al lomo, era mucho más fina, lo cual permitía que los nervios fueran más notorios al adaptarse mejor. Las cabezadas ya no son de pasada, es decir, no van cosidas a la tapa y cada vez más raramente van bordadas sobre cuero después de hecho el revestimiento. La mayoría de las veces son sencillas, con un solo núcleo de cuerda o de piel enrollada. Los cortes estaban recortados o desbarbados con ayuda de un ingenio –una especie de cepillo con una cuchilla móvil- y podían estar decorados: pintados, jaspeados, dorados, o cincelados. En algunos solamente se decoraba la cabeza.

A finales del siglo XVI aparecieron las guardas de colores, que, al igual que los cortes, iban pintadas al baño con diversas formas: peines, pavo real, caracoles, marmoleado, aguas, y cosidas al cuerpo del libro.

Destaca el título del libro.

La pasta española es de piel de cordero, los defectos de la piel se utilizan como elementos decorativos. Encuadernación holandesa con el lomo de piel dorado y el resto de papel o tela.

La encuadernación renacentista

La técnica decorativa utilizada a lo largo de toda la Edad Media, consistente en aplicar hierros sueltos en las tapas de los libros, que resultaba una tarea bastante lenta, dio paso al uso de las planchas y las ruedas. En el último tercio del siglo XV se comenzó a utilizar en Holanda planchas metálicas que se aplicaban sobre la piel de las tapas con ayuda de una prensa de volante, de forma que la decoración quedaba en relieve sobre el cuero. Este procedimiento permitió cubrir de manera más fácil las tapas de las encuadernaciones con menos esfuerzo y consumo de tiempo. Los temas eran figuras de santos, ángeles, pájaros, ramas en flor, figuras grotescas de animales, armaduras, etc. La decoración consistía en una bordura u orla realizada con hierros pequeños y sueltos, y un gran espacio central cubierto con una plancha. Cuando las dimensiones de la cubierta eran excesivas para ser alcanzadas en su totalidad por la plancha, se estampaba en dos o cuatro veces y los posibles espacios se llenaban con pequeños filetes estampados.

En el Renacimiento, al disminuir el tamaño de los libros, pueden verse ejemplos en los que la grabación del borde ha desaparecido. Estas encuadernaciones, muy pronto se generalizaron en Holanda, Alemania –donde predominó durante todo el siglo XVI- Francia e Inglaterra, difundidas por los encuadernadores ambulantes ya que muchos de ellos siguieron una vida errante al igual que los impresores.

Así mismo, en el último tercio del siglo XV, también comenzó a utilizarse en Alemania la rueda, que consistía en un hierro en forma de disco que llevaba grabado en su superficie un motivo decorativo y que al ser aplicado sobre la piel humedecida, se repetía sucesivamente y permitía infinitas posibilidades.

De la misma manera, a finales del siglo XV en Italia se produjo el estilo aldino, que toma su nombre del impresor veneciano Aldo Manucio. Este estilo, con fuerte influencia de la encuadernación islámica, dio lugar a la aparición de nuevos motivos decorativos y de otros elementos técnicos; como el uso de las tapas de cartón, el empleo de la técnica del dorado y la aparición de los lomos planos o a la greca que fueron los que contribuyeron al cambio estético y técnico de las encuadernaciones europeas. Los motivos decorativos aldinos, estaban formados por la combinación de rectas y curvas y motivos vegetales, que, en algunos casos, habían sido utilizados en la tipografía.

La aparición de formatos más pequeños en los libros obligó a sustituir las tapas de madera por el cartón para conseguir encuadernaciones más ligeras y menos pesadas, advirtiéndose una mayor preferencia de estas tapas de cartón para la decoración dorada, La técnica del dorado, conocida por los árabes desde varios siglos antes, era muy compleja y requería gran habilidad manual. Los lomos de los libros, al generalizarse la costumbre de colocarlos en posición vertical en las estanterías, iban dorados y en ellos aparecía el nombre el autor y /o el título de la obra.

Encuadernación de plancha El estilo Grolier, que tomó su nombre del bibliófilo francés para el

Encuadernación de plancha

El estilo Grolier, que tomó su nombre del bibliófilo francés para el que se realizaron los libros, también influyó notablemente en los estilos decorativos de las encuadernaciones europeas del siglo XVI. El rasgo principal de este estilo fue la decoración generalmente dorada, ejecutada a base de entrelazos de dos hilos paralelos que formaban figuras geométricas construidas por curvas y rectas, que se entrecruzaban formando diversas tramas más o menos densas, alrededor de la tapa del libro.

En España la introducción de la encuadernación renacentista fue muy tardía y mantuvo una fuerte personalidad con persistencia del gofrado y la utilización de elementos decorativos renacentistas de influencia flamenca y alemana, que dio lugar a la encuadernación plateresca. Los motivos renacentistas italianos y franceses fueron bastante escasos. La gran mayoría de las encuadernaciones de principios del siglo XVI siguieron teniendo un aire medieval, pues muchos libros eran todavía grandes y sólidos; sus tapas de madera estaban gofradas y aseguradas con broches y lazos, incluso en algunas bibliotecas institucionales estaban encadenados, con las cadenas sujetas a una abrazadera fijada a uno de los cantos de las tapas.

La encuadernación renacentista plateresca

En esta época, en España prosiguió la encuadernación mudéjar y aparecieron nuevos tipos: la encuadernación plateresca con sus diversas modalidades y la encuadernación de tipo popular. También se realizaron, al igual que en otras épocas, encuadernaciones artísticas sobre telas o sobre metales.

La

encuadernación

fundamentalmente:

renacentista

española

del

siglo

XVI

se

caracterizó,

1.

Por el empleo de pieles de becerro o de ternera de color natural o marrón

habana.

2.

Por la técnica del gofrado.

3.

Por el uso de la rueda con elementos renacentistas de influencia alemana y

flamenca.

4.

Por la aplicación de numerosos hierros sueltos de motivos heráldicos, de

animales -como el águila o el león-, de motivos religiosos -como el AgnusDei-, de motivos vegetales -como florones aldinos- y de otros elementos -como estrellas, conchas, rosetas, pétalos, margaritas-.

5. Por la distribución de los elementos decorativos: las ruedas forman diversos

recuadros que enmarcan un rectángulo central en el que se combinan los hierros sueltos.

6. Por la mayor atención que se prestan a los lomos y cortes de los libros.

7. Por el empleo del oro. El máximo exponente de esta decoración son las

encuadernaciones “ricas” que Felipe II donó a la biblioteca del monasterio de El Escorial, ejecutadas por artesanos salmantinos.

8. Por el uso del cartón para encuadernaciones de formatos pequeños y doradas.

La gran cantidad de estas encuadernaciones platerescas, también denominadas de rueda, que, actualmente se conservan en las bibliotecas españolas, permite constatar su enorme extensión y variedad.

Siguiendo a Julia Méndez Aparicio dentro de las encuadernaciones renacentistas se pueden distinguir dos tipos:

A. Encuadernaciones que utilizaban como elementos decorativos: filetes y

florones, distinguiéndose en ellas dos subgrupos:

a. Encuadernaciones compuestas de uno o más filetes, bien agrupados, o bien

espaciados, que formaban rectángulos paralelos, cuyos ángulos y esquinas se adornaban con florones. El centro del rectángulo interior que generaban se solía decorar con un florón de mayor tamaño que resultaba de agrupar cuatro florones simples en forma de cruz; un escudo (generalmente el del poseedor); un monograma (el de Jesús o el de María) o ambos en un mismo libro; y figuras de animales; querubines, etc.

b. Encuadernaciones de entrelazo, poco habituales, derivadas de las mudéjares

españolas, de las que se habían suprimido los hierros del fondo y en las que, por tanto, destacaban la doble línea de filetes rectos o curvos en la composición. Solían adornarse con pequeños floroncillos. Una variante de éstas se encontraba en las encuadernaciones compuestas únicamente de filetes rectos y curvos, adornados también de pequeños florones. En ambos tipos de encuadernación solía predominar el oro, excepto si se realizaban sobre pergamino.

B. Encuadernaciones que empleaban como elemento decorativo las orlas o

grecas, ejecutadas con diversos modelos de ruedas.

a. Ruedas con motivos exclusivamente vegetales, que se componían de flores,

frutos y tallos ondulados. Se utilizaron en los primeros años y fueron muy frecuentes en España.

b. Ruedas con cabezas. Las cabezas solían estar de perfil y llevan diferentes

tocados, sombreros y cascos. Aunque casi todas eran masculinas, también las había

femeninas y, pocas veces eran de santos. En algunos casos, las cabezas de perfil alternaban con rostros de frente, calaveras o jarrones, elementos zoomórficos, motivos vegetales, elementos arquitectónicos, niños desnudos, etc.

c. Ruedas con trofeos o arreos militares, que llevaban estandartes, arco y flechas

en una aljaba, espadas, sables, tambores, cascos, lanzas, escudos, corazas etc.

d. Ruedas con animales, bien en movimiento o bien en reposo, entre elementos

vegetales. Aparecieron a lo largo de todo el siglo XVI, como elemento único, o

acompañando a grecas de otro tipo. El repertorio fue muy variado, pero dominaban los

cuadrúpedos: perros, caballos, liebres, jabalís fantásticos.

Había también aves y animales

jabalís fantásticos. Había también aves y animales La encuadernación de tipo popular Durante el último tercio

La encuadernación de tipo popular

Durante el último tercio del siglo XVI y el primero del siglo XVII se desarrolló la encuadernación de tipo popular161, considerada como un estilo de transición entre las platerescas y las barrocas. Estas ricas encuadernaciones, distintas a cuantas se hacían en Europa, se realizaron principalmente sobre ejecutorias de hidalguía y otros documentos nobiliarios. A lo largo de los siglos XVII y XVIII, las encuadernaciones para ejecutorias continuaron siendo de gran valor artístico.

Se caracterizaban fundamentalmente por los siguientes rasgos:

1. Cubiertas con grandes rombos, cuadrados o hexágonos centrales, circundados por varias orlas rectangulares. 2. Motivos decorativos populares copiados de los bordados de Toledo, Salamanca, Zamora o las Alpujarras, de encajes, y de la orfebrería, decorados con gran profusión de oro. 3. Gran variedad de hierros sueltos con nuevos motivos: los balaustres y los arquillos (dispuestos en ocasiones de forma combinada para dar lugar a arquerías), y también los arquillos dobles o simples, que combinados dieron lugar a la decoración “escama”, los hierros en forma de punta de flecha, o de granada, etc., que rellenaron los espacios vacíos, marcando los inicios del arte barroco en el libro.

de flecha, o de granada, etc., que rellenaron los espacios vacíos, marcando los inicios del arte

Encuadernación renacentista de tipo popular La encuadernación flexible de pergamino

La encuadernación flexible de pergamino existió desde la Edad Media hasta el siglo XVIII, pero fueron más numerosas en los siglos XVI y XVII. Estas encuadernaciones de estructura flexible, sin ningún adhesivo que dificultara el movimiento natural del libro, permitía que el libro abriese bien sin perjudicar al cuerpo de la obra. Con frecuencia se trataba de una encuadernación de espera (provisional) mientras se procedía a realizar una encuadernación rígida. A veces, en los libros de gran formato se reforzaban las tapas con tiras de piel a lo largo del lomo, cosidas a las cubiertas, y se añadían corchetes para evitar que se deformaran.

Aunque existían diversas modalidades, el prototipo de este tipo de encuadernación era el siguiente:

El cosido se hacia sobre tiras de cuero o de pergamino, planas o redondeadas, de 0,50 cm de anchura y de una longitud igual a la anchura más 8 cm para coser las tapas de pergamino pasándolas al exterior de las tapas en la zona del cajo. El lomo del libro iba ligeramente encolado con engrudo o cola de conejo, redondeado y reforzado en los entrenervios con unos refuerzos parciales, generalmente de pergamino o vitela, aunque a veces podían ser de tela fina (percalina) o papel, que reciben la denominación de llaves. Las cabezadas estaban montadas al aire. Posteriormente se señalaban las dimensiones necesarias para cortar y doblar la cubierta de pergamino. Se situaba en el centro de la pieza el emplazamiento de los cajos y se doblaba.

Durante el siglo XVII este tipo de encuadernación será el más frecuente debido, fundamentalmente, a la profunda crisis que se producirá en la imprenta y por ende en la encuadernación. No obstante, y, como veremos más adelante, se realizaron magníficas encuadernaciones artísticas que llevaran apellido francés: Le Gascon, Florimond Badier, Macé Ruette, Antoine Ruette, Duseuil, Padeloup, Derôme y que reflejarán una gran suntuosidad y amor por el libro.

El libro del siglo XVII

Durante este periodo la actividad bibliográfica decayó con respecto al siglo anterior en cuanto a la técnica tipográfica y a la calidad de los materiales empleados, lo que en buena parte puede atribuirse a que la mayoría de los países europeos se vieron envueltos en los desórdenes provocados por las guerras religiosas. Y comienzan las primeras publicaciones periódicas y revistas científicas, donde pensadores e investigadores procuraban informar de las aportaciones de interés al pensamiento universal o de los descubrimientos científicos.

Holanda se convirtió en una gran potencia marítima y alcanzó una gran prosperidad económica que le permitió enriquecer su vida cultural y artística en un amplio clima de libertad. Todo esto se tradujo en una intensa labor editorial, en la que continuó activa la casa fundada por Plantino en Amberes, que durante este siglo tomó el nombre de Moreto y fue uno de los pilares de la Contrarreforma. En esta época, apareció una nueva dinastía de editores, la familia de los Elzevir, cuyos libros, impresos en Leyden, Amsterdam, La Haya y Utrecht, se caracterizaron por su formato reducido, la claridad de sus tipos y por su bajo precio. Otra empresa holandesa, la casa Blaeu (1618-1672), adquirió notoriedad con sus obras de cartografía y astronomía.

En este siglo la encuadernación se volvió más sobria y práctica. Aunque los coleccionistas de la nobleza, como ocurrió en Francia, persistían en el estilo “a la fanfare”, a base de flores en espiral y ramas de laurel, fue abriéndose paso la modalidad de estampar en las tapas de los libros compartimentos geométricos rellenos con hierros punteados, en francés “fers pointilleés”, que también decoraban el lomo del libro. Las guardas que anteriormente eran de papel normal se jaspean al igual que los cantos.

En Holanda, la familia de encuadernadores Magnus utilizó hierros punteados en las encuadernaciones comerciales realizadas para los Elzevir, aunque las encuadernaciones holandesas se realizaban en piel de color verde, mientras que las francesas se ejecutaban en color rojo.

En España durante el primer tercio del siglo XVII prosiguieron las encuadernaciones de estilo popular y las encuadernaciones flexibles de pergamino, que fueron muy abundantes durante esta época y que continuaron hasta el siglo XVIII.

Las características comunes a todos estos estilos de encuadernación fueron: el aumento de los hierros sueltos; la sustitución de la rueda renacentista por las ruedas quebradas u otras en las que alternaban rectas y curvas; y la aparición de ramas, doradas con pequeñas hojas como motivo decorativo.

La encuadernación abanico

La encuadernación de abanico apareció en España en el primer tercio del siglo XVII y perduró hasta mediados del siglo XVIII. Presentaba una decoración formada por una bordura, realizada con una rueda con motivos renacentistas, y en su interior, un motivo central, que se repetía, fragmentado, en las cuatro esquinas interiores, asemejando al varillaje de un abanico. Este efecto en forma de abanico se conseguía

mediante la repetición de un único hierro y presentaba una gran variedad de estructuras decorativas.

y presentaba una gran variedad de estructuras decorativas. La encuadernación de rameados La encuadernación de

La encuadernación de rameados

La encuadernación de rameados fue la adaptación española del tipo francés “à le fanfare”, en la que desapareció la decoración aplicada con la rueda y se dividió la superficie en espacios geométricos por medio de dos filetes paralelos, a veces festoneados por hierros sueltos muy pequeños, que formaban una cinta y que seguían trayectorias rectas y curvas, determinando un espacio central u otros alrededor, que se rellenaban con decoración de hierros con pequeños motivos y grandes rameados.

de hierros con pequeños motivos y grandes rameados. La encuadernación de espirales punteados La encuadernación

La encuadernación de espirales punteados

La encuadernación de espirales punteados fue una adaptación española del tipo francés Le Gascon, que toma su nombre del seudónimo del dorador francés al que se atribuyó su inicio. Se basaba en una estructura de compartimentos geométricos formados por rectas y curvas cuyos antecedentes cronológicos y estilísticos estaban en el estilo de rameados (“à le fanfare”), que se rellenaban con figuras de hierros renacentistas tradicionales desarrollados en formas de espirales pero que aportaban como novedad la composición de la línea de dibujo en puntos, recibiendo también la denominación estilo de compartimentos geométricos, de punteados o de espirales “pointilles”.

La encuadernación heráldica La encuadernación heráldica fue un estilo utilizado por los bibliófilos de esta

La encuadernación heráldica

La encuadernación heráldica fue un estilo utilizado por los bibliófilos de esta época, muchos de ellos pertenecientes al mundo de la nobleza, que utilizaban símbolos heráldicos para sus superlibris (o marca de identificación de propiedad en la encuadernación). Siguiendo a Manuel Carrión, en el siglo XVII las encuadernaciones de bibliófilo o heráldicas solían presentar un mismo material en cada colección: badana oscura, chagré rojo, pergamino pintado, etc. La decoración se estructuraba en un filete dorado o gofrado que delimitaba un espacio rectangular, dentro del cual se insertaba una plancha central con las armas del propietario; en los ángulos podían encontrarse adornos de hierros sueltos con motivos de florones o figuras heráldicas.

propietario; en los ángulos podían encontrarse adornos de hierros sueltos con motivos de florones o figuras

El libro del siglo XVIII

La declinación general que sufrió el arte tipográfico en Europa durante el siglo precedente, empezó a manifestar claros signos de recuperación en el siglo XVIII, sobre todo a partir de la segunda mitad.

La densidad característica del estilo barroco, en boga hasta principios del siglo XVII, fue desplazada por la ligereza del estilo rococó, el cual había de predominar durante el reinado de Luis XV.

Los decorados a base de angelillos, de viñetas, frisos, cabeceras con festones de flores y de frutas, entrelazados con guirnaldas dispuestas en líneas ondulantes, se acomodaban muy bien al ambiente de frivolidad en que se desenvolvían la rutilante corte y la nobleza. A esta moda no pudo escapar la ornamentación del libro, entre otras cosas porque los artistas a quienes se encargaban las ilustraciones, compartían los gustos de los nobles y en muchos casos ellos mismos lo eran o creían serlo. Todo esto fue un terreno propicio para que el grabado en cobre conociera un nuevo auge.

Sobresaliente desempeño tuvieron en la encuadernación Padeloup y Le Monnier, éste último sobre todo por introducir la técnica de cubrir las tapas con mosaicos de piel de diferente color e iniciador del modelo de encaje o “a la dentelle”.

Por ese tiempo se generaliza entre las clases acomodadas el uso del llamado exlibris, o sea el prurito de estampar la marca del propietario del libro, grabada en una lámina de cobre que se adhería en el interior de la tapa.

En España, a principios del siglo XVIII, durante el reinado de Felipe V (1700- 1746), se estableció la Biblioteca Nacional y se mantuvieron vigentes las encuadernaciones barrocas del siglo XVII,: las encuadernaciones de pergamino flexible, de abanico, más sencillas que en el siglo anterior y que perduraron en el tiempo hasta finales del siglo, las rameadas, las punteadas o de hierros espirales y las heráldicas que presentaban en el centro de la tapa el escudo o marca del propietario o bien un motivo central floral, formado por pequeños hierros. Más adelante se adoptaron las formas del estilo rococó francés, que dieron lugar a nuevas encuadernaciones: la encuadernación de estilo rococó, de encaje, de mosaico, neoclásica. Así mismo, durante este periodo perduraron las encuadernaciones realizadas con telas y terciopelo con aplicaciones de plata, sobre todo en libros litúrgicos o títulos de nobleza.

Además, en esta época, desde el punto de vista técnico se comenzaron a utilizar nuevos tipos de encuadernación: la de lomo hueco y la encuadernación de tapa suelta, también conocida con el nombre de bradel. Igualmente se introdujo la técnica del marmoleado tanto para las guardas como para las pieles. En España, esta técnica de origen holandés se denominó pasta o piel española.

De igual modo, en España, en el último cuarto del siglo XVIII, entre 1770-1780, el encuadernador valenciano José Beneyto Ríos introdujo el uso de la pasta valenciana, que fue perfeccionada por el encuadernador, también valenciano, Antonio Suárez, que

estableció algunas modificaciones como la irisación metálica o el jaspeado con oro y plata. Así mismo los lomos de las encuadernaciones adquirieron mayor importancia, se decoraban con filetes y hierros dorados en los entrenervios y los nervios, ya que hasta finales del siglo XVIII no aparecieron los lomos lisos por influencia inglesa.

La encuadernación rococó

La encuadernación rococó de influencia italiana o napolitana se impuso aproximadamente en el reinado de Fernando VI (1746-1759), y su característica principal consistió en la exageración de las formas barrocas. Presentaba como ornamento más común la rocalla, hojas de acanto, veneras, rosetas, conchas flores, ramilletes, guirnaldas que rellenaban toda la tapa formando composiciones ondulantes muy exuberantes. Los mejores ejemplos de encuadernaciones rococó fueron realizados por Antonio Sancha.

rococó fueron realizados por Antonio Sancha. La encuadernación de encaje Las encuadernaciones de encaje

La encuadernación de encaje

Las encuadernaciones de encaje derivaban de las encuadernaciones de rameados, tan difundidas en el siglo XVII, que habían adaptado los modelos, “à la dentelle”, creados por los encuadernadores franceses Padeloup y Derôme. Como su nombre indica, trataban de imitar la gracia y la delicadeza de los encajes que adornaban los trajes de la época. Esta ornamentación se estructuraba en una orla compuesta por hierros finos vegetales, que enmarcaba un espacio central, pudiendo quedar su interior vacío o mostrar un florón de forma ovalada o un escudo, algunas veces rodeados de una cinta de diversas formas.

La encuadernación de mosaico

Las encuadernaciones de mosaico, que, igualmente, adoptaron los modelos franceses creados por Padeloup y Derôme, estaban realizadas sobre pieles claras combinando pieles de distintos colores, lo que producía un gran colorido en la

encuadernación. Los ejemplos más importantes fueron realizados por Antonio y Gabriel Sancha. Podían distinguirse tres subgrupos:

1. Encuadernaciones de mosaicos con decoración simétrica, en las que los

motivos eran florones, conchas, volutas, hojas, ocupando el centro algún elemento heráldico, estampado o algún retrato o paisaje que podían ser pintados. El lomo se decoraba también con mosaicos y con motivo similares a las tapas.

2. Encuadernaciones de mosaicos con compartimentos regulares, realizados a

base de líneas y rectas, que se repetía por toda la superficie, apareciendo generalmente los fondos con sembrados de puntos u otros motivos.

3. Encuadernaciones de mosaicos figurativos, caracterizadas por un motivo

central de tipo figurativo que podía ser floral, de pájaros, de tipo oriental, enmarcado por una orla realizada a base de florones y otros hierros y una ausencia total de simetría.

florones y otros hierros y una ausencia total de simetría. La encuadernación neoclásica En España, la

La encuadernación neoclásica

En España, la aparición de las encuadernaciones de estilo neoclásico coincidieron con el reinado de Carlos IV (1788-1808) Este estilo supuso un cambio radical tanto en la estructura como en el desarrollo de la ornamentación del libro, sustituyendo las formas onduladas por las líneas rectas, restringiendo el uso de los hierros sueltos e introduciendo de nuevo el uso de la rueda. De influencia inglesa, se caracterizaba por el empleo de ruedas con elementos vegetales: hojas de acanto, de vid, de hiedra, triglifos, meandros, metopas, palmetas, líneas de perlas, de puntos cadenetas, grecas, etc. También se utilizaron hierros sueltos con vasos griegos, copas, lazos, liras, cornucopias etc. La disposición de la decoración se redujo a la aplicación de una o varias ruedas, a veces delimitadas por filetes, formando un marco recto. A la simplicidad de las cubiertas se contrapusieron los lomos, que presentaban abundante decoración y de los que, además, se habían eliminado los nervios. A finales de siglo y para evitar el mal efecto de la superposición de las ruedas en las esquinas de las borduras, se comenzó a usar un hierro de esquina o de ángulo, que podía ser un hierro específico, de forma cuadrada, o cualquier hierro pequeño con un motivo decorativo adaptable, dando lugar a la aparición de un nuevo estilo artístico, el estilo imperio, cuyos elementos decorativos no marcaban una diferencia, sino que venían a reforzar, a completar el estilo neoclásico.

La encuadernación de lomo hueco

Se produjo desde finales del siglo XVIII hasta nuestros días. El material de revestimiento no iba pegado directamente al lomo del libro, sino a un falso lomo de cartulina, (lomera) de manera que cuando se abría el libro, el lomo no seguía la forma del cuerpo del libro, quedando entre ambos un espacio hueco. El cosido no se hacía ya con nervios sino a la greca, es decir, con cordeles incrustados en un surco previamente preparado para ello en el fondo de los cuadernillos. Esta técnica inspirada en las encuadernaciones greco-bizantinas y que se utilizó en algunas encuadernaciones del

siglo XVI, después quedó abandonada hasta finales del siglo XVIII en que se utilizó de nuevo, pero de manera diferente. Existen diversas modalidades a punto seguido o la española, a punto salteado, alterno o a la francesa.

Sobre el falso lomo se podían pegar falsos nervios imitando los antiguos del cosido. Las cuerdas no pasaban ya al cartón a través de uno o dos orificios; los cajos eran cada vez más definidos y se correspondían con el grosor exacto de los cartones. Las cabezadas no tenían ya más que una función estética. La piel se hacía cada vez más fina y de mala calidad debido al sistema de curtido ácido. Esta estructura permitía hacer encuadernaciones de tela o de papel, cosa prácticamente imposible con el cosido sobre nervios.

cosa prácticamente imposible con el cosido sobre nervios. La encuadernación de tapa suelta Este modelo se

La encuadernación de tapa suelta

Este modelo se basaba en la realización de tres piezas independientes que se iban ensamblando: cuerpo del libro, lomera y tapas. Fue inventada por el encuadernador francés Alexis-Pierre Bradel a finales del siglo XVIII, y se utilizaba sobre todo en la encuadernación industrial. El cosido, denominado cosido a la rústica, e inspirado en el antiguo cosido copto, era a la francesa y se hacía, sobre cintas, o incluso sin soporte.

a la rústica, e inspirado en el antiguo cosido copto, era a la francesa y se

El libro del siglo XIX

En líneas generales, las encuadernaciones de esta época iban recubiertas con

pieles de marroqué o chagré de colores fuertes, verde, corinto, rojo, etc. y con telas de terciopelo, moaré raso, etc. Las técnicas decorativas, que podían ir combinadas, fueron

el dorado, el estampado en seco (ambos realizados con ayuda de la prensa de estampar o

de volante) el mosaico y la policromía pintada. La decoración de los lomos, generalmente lisos, era continua y similar a la de la tapa, con el título y el autor dorados.

En la técnica de las guardas, se advertía una ligera decadencia en los procesos de decoración. Eran frecuentes los papeles jaspeados y los de cola con sus diferentes variantes (coladas románticas), pero en cambio desaparecieron los dominotés. Y al igual que en el siglo anterior iban encoladas en lugar de cosidas.

En España, en el primer tercio del siglo XIX, hasta el reinado de Fernando VII (1808-1833), se aplicaron el estilo imperio, el cortina, a la catedral -inspirado en los valores de la Edad Media del movimiento de estilo romántico, que surgió en Alemania-

y los modelos inspirados en la rocalla225, que en España se denominó encuadernación

isabelina, (1840-1850). Estos dos últimos se ejecutaban con plancha en una prensa de volante. A partir de 1855, los encuadernadores franceses pusieron de moda los tipos retrospectivos, que en España copiaron, principalmente, las encuadernaciones de estilo plateresco.

La encuadernación imperio

El estilo imperio, que debió su nombre al momento histórico en el que apareció, época napoleónica, supuso una evolución del estilo neoclásico. La estructura decorativa de estas encuadernaciones se caracterizaba por un marco formado por diversas ruedas y filetes, que se interrumpían en los ángulos para dar lugar a espacios geométricos cuadrados, que iban decorados con hierros sueltos y a veces con mosaicos de piel. Por lo general, el lomo del libro era liso y se cuajaba de decoración. Se simulaban los nervios con paletas doradas y se rellenaban las casillas con hierros sueltos, en algunos casos, de tipo grotesco, cuya característica principal era la repetición de motivos

decorativos con espirales o vegetales en sentido horizontal o vertical, sin ningún espacio entre ellos a lo largo de todo el lomo. Los elementos decorativos, ruedas, hierros sueltos

o paletas, propios de este estilo eran: de gusto pompeyano, cariátides, amorcillos, urnas

bailarinas, sirenas, etc.; de gusto egipcio, esfinges, flores de loto, palmetas, etc.; de tipo floral, guirnaldas, rosas, vides y algunos elementos figurativos, que tenían relación con

el contenido del libro.

tipo floral, guirnaldas, rosas, vides y algunos elementos figurativos, que tenían relación con el contenido del

La encuadernación cortina

En España el estilo imperio derivó al estilo cortina, cuya creación se atribuyó, al igual que el uso de la pasta valenciana, al encuadernador valenciano Antonio Suárez. Este tipo de decoración, dispuesta en diferentes lugares del libro, se asemejaba a los pliegues de las cortinas, a veces sobre fondo de pieles de diferentes colores. Según Checa Cremades pudieron distinguirse diversos tipos:

1. Una semicortina que ocupaba toda la tapa.

2. Una cortina recogida situada en el centro y el motivo superior e inferior ocupaban el centro de la tapa.

3. Pequeñas cortinas en los ángulos que se asemejaban a las encuadernaciones de

abanico.

4. Pliegues de una cortina dispuestos en forma de acordeón.

5. “Losange” central formado por dos cortinas pegadas.

6. Encuadramiento adornado por varios pliegues verticales.

7. Encuadramiento con fragmentos de cortina en forma diagonal.

8. Paneles de cortina que decoraban toda la tapa.

La estructura decorativa, tanto de la tapa como del lomo, era similar a la decoración de estilo imperio. Fue empleado hasta principios del siglo XIX por encuadernadores como Tomás Cobo y Miguel Ginesta.

XIX por encuadernadores como Tomás Cobo y Miguel Ginesta. La encuadernación a la catedral Las encuadernaciones

La encuadernación a la catedral

Las encuadernaciones a la catedral, creadas, en el año 1822 por el encuadernador francés Joseph Thouvenin, adoptaron motivos decorativos góticos, de ahí su nombre, arquerías, ventanales, rosetones, balaustradas y arbotantes. Estos motivos decorativos podían ocupar toda la tapa, o, al ser de tamaño más pequeño, rellenar esquinas, lomos y orlas. También eran muy frecuentes las cuatro grandes esquinas unidas por filetes

paralelos y en el centro de la tapa una plancha. El estilo catedral, que sucede al imperio,

y cuyo mejor exponente fue el francés Thouvenin, ilustraba diversos elementos de la

arquitectura gótica mediante la técnica del gofrado; en cambio Bauzonnet se inclinó por un estampado en piel sumamente sobrio consistente en un marco trazado con unas

cuantas líneas paralelas de diversos grosores que formaban diversos dibujos en las tapas

y en el lomo del libro.

La encuadernación isabelina Las encuadernaciones de rocalla de estilo isabelino se produjeron entre 1840 y

La encuadernación isabelina

Las encuadernaciones de rocalla de estilo isabelino se produjeron entre 1840 y 1850, aunque posteriormente se siguieron realizando ejemplares de este tipo. Siguiendo a Matilde López Serrano en estas encuadernaciones se utilizaron las rocallas recargadas y motivos florales; que se restringían a las esquinas uniéndose por hilos formando amplios recuadros, que producían un efecto bastante macizo y para darle un efecto más ligero se utilizaron hierros más ligeros, denominados en francés “guilloché”, que consistían en líneas entrelazadas grabadas en la superficie de los dibujos, que producían el efecto de un tejido.

La encuadernación en rústica o encolada

Se empezó a realizar en Inglaterra en 1830. Esta técnica, muy económica, pero poco sólida, se extendió mucho a partir de 1950 con la aparición del libro de bolsillo. El libro, por lo general, se cosía a la rústica sencilla, rústica fuerte o cosido acordeón, punto entrelazado, sencillo, doble, con cintas, con cintas reforzado, practicando dos o tres serrados en el lomo del libro. Los libros a la rústica no se cosieron, pues las hojas no formaban cuadernillos, sino que se encolaban. El libro no iba redondeado, y se acoplaba a una cubierta flexible de cartulina sin ceja.

I Jornadas sobre Patrimonio Bibliográfico en Castilla-La Mancha : actas: 12, 13 y

14 de noviembre, Alcázar de Toledo, Toledo coord. por F.Javier Docampo Capilla Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha,

2003

La encuadernación artística de la Biblioteca Histórica de la Universidad de Salamanca [Recurso electrónico] : estilos y técnicas / Elvira-Julieta Miguélez González. Salamanca : Universidad de Salamanca, 2009.