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UNIDAD

         
 

DIDÁCTICA

         
 

4

GRECIA CLÁSICA (II)

       

PRESENTACIÓN Y OBJETIVOS

         

1.

Macedonia: un imperio en potencia

       

2.

Magna Grecia: las tiranías sicilianas (540-337 a. C.)

       

3.

La sociedad griega en época clásica

       

4.

La economía griega en época clásica

       

5.

La Grecia clásica a través de la literatura y el arte

       

CONCEPTOS BÁSICOS A RETENER

       

ACTIVIDADES DE REPASO

         

EJERCICIOS VOLUNTARIOS

         

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

       

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HISTORIA DEL MUNDO GRIEGO

   

 

PRESENTACIÓN Y OBJETIVOS

   

Presentación

 
   

La presente Unidad didáctica es una continuación de la anterior, dedicada a la Gre- cia clásica. Tras la Paz de Grecia (alcanzada entre el 362 y el 361 a. C.) emerge un es- tado cuyo protagonismo había sido menor hasta entonces: Macedonia. Bajo el reinado de Filipo se gestó un imperio al que su hijo Alejandro acabaría llevando a su más alta cota de expansión territorial. Las circunstancias históricas –incluidas las desarrolladas en la Magna Grecia– se produjeron en un contexto socioeconómico y cultural que será detenidamente analizado en las siguientes páginas. Además, Grecia vivirá durante esta época –siglo IV a. C.– uno de los periodos más intensos y productivos desde el punto de vista artístico. Géneros como el drama, la comedia, la filosofía, la historia, la oratoria y las artes plásticas conocerán momentos de esplendor, representados por personalidades tan notables como Esquilo, Sófocles, Anaxágoras, Sócrates, Platón, Herótodo, Tucídi- des, Demóstenes, etc.

   

Objetivos

 
   

La lectura y estudio de la Unidad didáctica ayudarán al alumno a alcanzar los si- guientes objetivos:

       

Analizar el desarrollo embrionario, y su posterior conversión en imperio, del estado macedonio.

       

Valorar la sociedad griega del siglo IV a. C. y calibrar su participación en los cambios de regímenes.

       

Evaluar el impacto que tuvo la economía en el desarrollo de los estados y ciudades más destacadas de la Grecia clásica.

       

Comprender el concepto de helenismo, desde su gestación hasta su poste- rior difusión fuera de las fronteras naturales griegas.

       

Reconocer las relaciones entre mandatarios y personalidades del mundo de la cultura y el arte durante el siglo IV a. C.

 

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D. Casado Rigalt

Grecia clásica (II)

   
 

Templo de Poseidón (Cabo Sunion)

         

1.

MACEDONIA: UN IMPERIO EN POTENCIA

         

El mapa del Mediterráneo oriental quedaría alterado para siempre por la ascensión, en el siglo IV a. C., de un nuevo estado: Macedonia. Al oeste limitaba con las tribus ili- rias, al este y al norte con los tracios; y al sur con el Epiro, Tesalia y la península calcí- dica. A pesar de su extenso territorio carecía tanto de organización como de cohesión política, cultural y económica. Macedonia era un estado vulnerable, expuesto a las con- tinuas penetraciones de los pueblos vecinos, construido sobre una base de tradiciones lo- cales y costumbres tan diferentes a los estados limítrofes que lo hacían distinto. Incluso su lengua era un dialecto algo arcaico respecto al que hablaban en el resto del territorio griego. Mucho lo consideraban un pueblo de raigambre bárbara. Predominaban en su paisaje los bosques frondosos, ricos pastizales y amplias llanuras, aptas para el cultivo de cereal. Además, disponía de abundantes recursos mineros.

   

Antes de constituirse en reino, Macedonia era un crisol de tribus independientes. En el siglo VII a. C., se impuso sobre gran parte del territorio (gobernado hasta entonces por reyes similares a los de la Grecia homérica) la tribu de los argéadas. Sin embargo, los soberanos de la alta Macedonia no reconocieron a la estirpe de los Argéadas, envueltos por entonces en continuas querellas dinásticas.

   

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HISTORIA DEL MUNDO GRIEGO

   

El primer mandatario reseñable de la Macedonia del siglo V a. C. fue Alejandro I (494-454 a. C.), más conocido como el Filheleno. Gracias a él, el ejército se convirtió en el instrumento de poder macedonio. Se componía de una caballería, compuesta por notables o hetairoi y una masa de campesinos (pezhetairoi), que él mismo incorporó al grueso del ejército. La entrada de Macedonia en el área de influencia griega se hizo pal- pable cuando Alejandro I fue admitido a los Juegos Olímpicos. De esta forma, Macedo- nia era legitimada como una estirpe de cuño heleno.

   

La muerte de Alejandro I trajo un periodo de inestabilidad en el que sus hijos Filipo, Alcetas y Perdicas (454-415 a. C.) se disputaron el trono. Atenas aprovechó la coyuntura para fundar la colonia de Anfípolis y para atraerse la ciudad de Metone, que ingresó en la Liga Ático-Délica. En respuesta, Perdicas (que se había desembarazado de sus hermanos para acceder al trono macedonio) respondió atrayendo ciudades en torno a Olinto, sede central de una confederación macedonia, y desplegó una intensa labor diplomática ba- sada en la neutralidad durante la guerra del Peloponeso. Perdicas dejó un reino estable, que heredó su hijo bastardo Arquelao I (413-399 a. C.), cuya labor de consolidación ha sido alabada por el historiador Tucídides. Dotó al reino de una eficiente red de caminos, estimuló las actividades comerciales, dividió el reino en distritos y levantó una serie de fortalezas. A Arquelao se debe el traslado de la capital desde su antiguo emplazamiento (Egas) a Pella, donde se hizo construir un palacio cuyas pinturas se atribuyen a Zeuxis. La política de concordia y estabilidad desarrollada por Arquelao dio sus frutos cuando Atenas (con la que mantuvo un programa de ayuda mutua en el ámbito militar) le con- cedió el título de «amigo y benefactor» en el 407 a. C. En la curva final de su vida, Ar- quelao intervino en la Liga Tesalia, al apoyar a los oligarcas de Larisa, lo que deterioró sus relaciones con Atenas. En el 399 a. C. Arquelao fue asesinado.

   

La muerte de Arquelao dio paso a un periodo de inestabilidad y anarquía, que trató de reconducir su sucesor, Amintas III, en el 393 a. C. A la confusión interna se sumó la amenaza iliria en la frontera noroeste de Macedonia. El rey Bardilis de Iliria ocupó parte del territorio y Amintas III se vio obligado a recurrir a la Confederación Calcídica. Fi- nalmente, Esparta intervino y Macedonia recuperó los territorios arrebatados.

   

Alejandro II se hizo con el poder a la muerte de Amintas III en el 370 a. C. En una de sus primeras acciones se inmiscuyó en los asuntos tesalios, lo que despertó las sus- picacias de la hegemónica Tebas. Alejandro II debió replegarse y regresó a Macedonia. Poco después caía víctima de una conspiración y tras una breve regencia de Ptolomeo, Perdicas III subió al trono en el 365 a. C., coincidiendo con su mayoría de edad. Perdi- cas III llevó a cabo acciones importantes en política interior, que acabarían con las as- piraciones autonomistas de la región de Lincéstide. En el plano económico reguló los derechos portuarios con ayuda del ateniense Calístrato. En política exterior, debilitó a

 

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D. Casado Rigalt

Grecia clásica (II)

   

la Confederación Calcídica, al colaborar con Atenas en la toma de Potidea y Torone. Y tuvo que contener nuevamente la presión ejercida por los ilirios en la frontera noroeste, hasta que Bardilis le derrotó y eliminó en el 359 a. C.

   

Filipo (hermano de Perdicas III) heredó el trono en el 355 a. C., ante la atenta mi- rada de una Atenas cuya ambición era recuperar la perdida Anfípolis. Los atenienses apoyaron a Argeo –pretendiente al trono macedonio– con la promesa de recibir Anfípo- lis a cambio. Filipo diseñó entonces una estrategia, consistente en expulsar a los ilirios invasores, eliminar a Argeo y pactar con Atenas a cambio de Anfípolis. En dos años, los objetivos estaban prácticamente cumplidos. El siguiente objetivo era reforzar el ejérci- to. Aumentó la infantería (pezhetairoi) y creó una nueva infantería de élite (hipaspistai) a imagen y semejanza del tebano Batallón sagrado. La falange macedónica de hoplitas (inspirada en la falange del tebano Epaminondas) disponía de una larga pica de 5 metros, la sarissa, con la que formaban un cuerpo impenetrable. El despliegue táctico concebi- do por Filipo era de gran eficacia logística. Filipo mostró una fortaleza incuestionable. Expulsó a los ilirios de tierras macedonias y obligó a los dinastas a instalarse en Pella. Despejados varios de los frentes, Filipo volvió a centrar su mirada en la arrebatada An- fípolis, pretendida también por Olinto. Entonces, ideó un plan: reconocer la soberanía ateniense sobre Anfípolis si Atenas reconocía Pidna como posesión macedónica. Pero Filipo fue más lejos. Se hizo con las dos ciudades, negándose a entregar Anfípolis. Ante la posible respuesta ateniense, se apresuró a pactar con Olinto. Les entregaría Potidea (en poder de Atenas) si les ayudaba a combatir a los atenienses. Contra todo pronóstico no hubo reacción por parte de Atenas, afectada entonces por múltiples procesos contra estrategos y demagogos por los fracasos cosechados en política exterior. Acuciada por problemas de suministros, Atenas violaba a menudo claúsulas de la Liga (Segunda Liga Marítima) haciendo gala de un talante despótico. Los miembros recurrieron entonces a la deserción, que degeneró en la llamada Guerra Social o Guerra de los Aliados. Uno de los conductores del conflicto fue Mausolo (sátrapa de Caria que tuvo su capital en Hali- carnaso), que encontró apoyo en las desertoras Bizancio, Quíos, Cos y Rodas. Entretanto los generales atenienses Cares y Cabrias se disponían a contener a los sublevados, que saquearon las cleruquías atenienses de Lemnos, Samos e Imbros. Cabrias pereció y Cares fue auxiliado en el 356 a. C. por Timoteo e Ifícrates. Pero Cares, deprimido por un nuevo descalabro en Ambata se puso al servicio del sátrapa Artabazo, sublevado a su vez con- tra el rey persa. La respuesta del gran rey fue amenazar con unirse a Atenas si Artabazo no desistía de su sublevación. Finalmente los atenienses llamaron a Cares y reconocie- ron la independencia de los estados sublevados para dar por finalizada la guerra social.

   

El siguiente encontronazo bélico (tercera guerra sagrada) acabó implicando a toda Grecia. Todo empezó cuando Tebas trató de imponer a los focidios una gravosa multa (500 talentos) por contravenir el carácter sagrado de las tierras del templo de Delfos;

   

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y

a los espartanos otros 500 talentos por ocupar la Cadmea en el pasado. Indignados, los

   

focidios no solo dejaron de pagar sino que, comandados por Filomeno, se apoderaron de los tesoros de Delfos y los emplearon para pagar tropas mercenarias. Muerto Filomeno en el 354 a. C., le sucedió Onomarco, apoyado por ciudades como Feras, pero enfrentado a otras como Larisa, que pidieron ayuda a Filipo de Macedonia. Filipo sufrió dos derrotas casi consecutivas que le obligaron a abandonar Tesalia, pero dos años más tarde (352 a. C.) retomó la lucha y aniquiló al oponente. Onomarco murió en combate y 3.000 prisione- ros focidios fueron arrojados al mar como venganza. Tesalia quedaba en manos de Fili- po que, eufórico por la victoria, dirigió su ejército a la Fócide. Sin embargo, el ejército ateniense salió a su encuentro en el desfiladero de las Termópilas y tuvo que replegarse.

   

Tracia se convirtió en el próximo destino de Filipo y su ejército. La región era pretendida también por Atenas, que estableció una cleruquía en la ciudad quersonesa de Sestos en el 352 a. C. El siguiente en mover ficha fue Filipo que sitió Heraion Tei- chos y Quersobleptes, lo que supuso una seria amenaza a las posiciones atenienses del Quersoneso tracio, que le suministraban trigo. El orador ateniense, consciente del pro- blema, se dirigió a los suyos en su Primera Filípica para movilizar efectivos. También los olintios recelaban del crecimiento macedonio. De hecho buscaron el acercamiento

   

a

Atenas. Como respuesta, Filipo pasó a la ofensiva en el 349 a. C. con el pretexto de

   

que Olinto se había negado a conceder la extradición de algunos pretendientes al trono de Macedonia. Demóstenes recurrió entonces a sus Discursos Olintíacos para apoyar a los olintios. El hecho coincidió con la sublevación de Eubea, estimulada por el propio Filipo. Atenas no podía enfrentar dos problemas al tiempo y decidió centrar sus esfuer- zos en neutralizar la sublevación eubea, lo que provocó que Olinto cayera en manos macedonias. La ciudad fue destruida y sus habitantes fueron vendidos como esclavos. Doble fracaso cosechado por Atenas en el 347 a. C.

   

En el 346 a. C. Atenas y Macedonia negociaron la Paz de Filócrates bajo la consig- na de mantener un statu quo entre ambas. Filipo se reservaba el derecho de solucionar unilateralmente el asunto de la Fócide, donde estalló una revuelta que permitió al tira- no Faleco hacerse con el poder. Poco después se rindió y los miembros de la anfictionía (liga religiosa) de Delfos se reunieron para consensuar el castigo que debía aplicarse a la sacrílega Fócide. Las ciudades focidias debían escindirse en aldeas, con la única excep- ción de Ábai; los tesoros sagrados debían ser repuestos y los votos de la Fócide debían ser entregados a Macedonia. Filipo fue nombrado presidente de la liga y de los Juegos Píticos, como reconocimiento a su papel rector en los asuntos griegos.

   

Un nuevo acercamiento de posturas entre Atenas y Macedonia aconteció en el 346 a. C., pero la propuesta ateniense de que se respetaran las posesiones ajenas (im- plicaba sobre todo la recuperación de Anfípolis por parte de Atenas) no satisfizo a

 

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Grecia clásica (II)

   

Filipo. El soberano macedonio puso rumbo al límite danubiano y avanzó con su ejér- cito. Atenas, preocupada por sus colonias quersonesas envió un contingente de tro- pas comandadas por Diópites, que sacudieron la zona a golpe de saqueos y pillajes. El mismo Demóstenes justificó la acción en su Tercera Filípica. Un ataque frustra- do de Filipo a Bizancio y Perinto y un existoso sabotaje macedonio sobre un convoy transportado por el ateniense Cares fueron la antesala de un conflicto que venía incu- bándose tiempo atrás. Atenas declaró la guerra a Macedonia.

   

Las hostilidades se reiniciaron en el 340 a. C., cuando los tebanos se apoderaron de Nicea, bastión que controlaba el paso de las Termópilas y que estaba protegida por una guarnición tesalia. En respuesta, Filipo se apoderó de la fortaleza tebana de Elatea, situada al este de Delfos, y Atenas envió tropas a Beocia para que Filipo no rebasara la línea defensiva formada por Tebas y Anfisa. Junto a Tebas y Atenas se alinearon Eubea,

   

Acaya, Mégara, Corinto, Acarnania, Leúcade y Corcira. Y a Filipo se unieron tropas etolias, focidias y locrias orientales. En el 338 a. C. los dos ejércitos se enfrentaron en

   

la

batalla de Queronea, resuelta con victoria del rey macedonio, que rehusó aniquilar al

   

enemigo. Filipo tenía la esperanza de alcanzar una unión griega con la que derrotar a los persas. Atenas trató de recuperarse con decretos que prometían la ciudadanía a los me- tecos y la libertad a los esclavos si se enrolaban en el ejército. Sin embargo, el ofreci- miento de paz por parte de Filipo dejó en estéril la iniciativa. La paz permitía a Atenas

   

conservar el régimen democrático, así como las cleruquías de Lemnos, Imbros, Esciros

   

Samos; y la administración del santuario de Delos. Además, recuperaba la ciudad de Oropos, arrebatada a Tebas.

y

   

Un nuevo congreso se celebró en Corinto en el 337 a. C. Asistieron todas las comu- nidades griegas y los estados que enviaron representantes formaron una liga con poderes para declarar la guerra y la paz, imponer tasas y movilizar efectivos. Filipo fue nombrado jefe supremo de un ejército dirigido a Asia para vengar las calamidades causadas por los persas en tiempos pasados. Parmenio y Atalo encabezaron un ejército de 10.000 hombres que se dirigió a Asia Menor. Éfeso, Cícico y Quíos les recibieron como libertadores. Pero Filipo no podría erigirse en el conquistador de Persia ya que en el 336 a. C. fue asesinado por Pausanias, integrante de su guardia personal.

   

2.

MAGNA GRECIA: LAS TIRANÍAS SICILIANAS (540-337 a. C.)

     

El mundo griego iba más allá de las fronteras naturales helenas. El sur de la penín- sula itálica y la isla de Sicilia, conocidas como Magna Grecia, pertenecían a la misma

   

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unidad cultural. Compartían identidad, festivales y santuarios. Sin embargo, la evolu- ción política describió trayectorias diferentes. En la isla de Sicilia (tierra rica en recur- sos y habituada a contar con excedentes comerciales y agrarios) la desigualdad creció, fue en aumento la tensión social y muchos regímenes derivaron en tiranías. En ocasio- nes, la presencia de cartagineses y pueblos indígenas favoreció la imposición de siste- mas de gobierno rígidos.

   

Gela –situada en el flanco suroeste de Sicilia y cuyos habitantes fundaron la colo- nia de Agrigento en el 582 a. C.– contó con una constitución oligárquica a lo largo del siglo VI a. C., hasta que Cleandro impuso un régimen tiránico en el 505 a. C. Su suce- sor, Hipócrates, continuó la obra de su hermano extendiendo su dominio sobre otras co- lonias griegas como Leontinos, Catane, Naxos y Zancle. Y Gelón, que accedió al poder en el 491 a. C., consolidó la labor de cohesión territorial emprendida por sus predeceso- res, e instauró la dinastía de los deinoménidas. Tras anexionarse Siracusa, la convirtió en capital y la dio un nuevo empuje demográfico incorporando ciudadanos procedentes de Camarina, Mégara, Hiblea y Gela. A Gelón le sucedió su hermano Hierón en el 478 a. C. Su mayor aportación fueron los traslados (algunos forzados) de población hacia lugares estratégicos, medida a la que también recurrió el tirano de Agrigento Terón, que además concedió la ciudadanía a muchos mercenarios.

   

Una presencia extranjera amenazaba la estabilidad de la isla: Cartago. Los carta- gineses ocupaban las regiones occidentales de Sicilia en armónica convivencia con po- blaciones indígenas mientras Gelón de Siracusa y Terón de Agrigento conformaban el bloque antipúnico. La presencia cartaginesa en la isla se remonta a la época de las gue- rras médicas, cuando el tirano de Hímera, Terilos, solicitó la ayuda de Cartago tras ser expulsado por Terón de Agrigento. En su ayuda acudió Amílcar, que fue derrotado sin contemplaciones en la batalla de Hímera por un ejército comandado por Terón y Gelón. Corría el año 480 a. C. La derrota debilitó el poderío cartaginés en Sicilia.

   

Las tiranías sicilianas decayeron entre los años 471 y 461 a. C. Las ciudades de Gela, Agrigento, Zancle, Hímera y Siracusa expulsaron a sus respectivos tiranos, esti- muladas por una población refractaria a los poderes autárquicos. La crisis de las tiranías trajo nuevas luchas intestinas y una restricción general del cuerpo de ciudadanos, mien- tras los indígenas sículos constituían una federación, aglutinados por Ducetio, caudillo sículo que canalizó las expectativas sociales y políticas de los sículos que habían sido relegados por los griegos previamente.

   

Entretanto, Siracusa continuó saciando sus ansias imperialistas a costa de poblacio- nes sículas que iba sometiendo progresivamente. Con algunas colonias dorias estable- ció relaciones amistosas. Pero una potencia estaba a punto de irrumpir en Sicilia. En el

 

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415 a. C, Atenas decidió intervenir en la isla enviando un contingente militar a Siracu- sa. Durante dos años, el ejército ateniense sufrió el desgaste de un enfrentamiento que acabó en desastre en el 413 a. C., con su flota destruida y miles de soldados atenienses y aliados reducidos a esclavitud. Cartago aprovechó el revés de Atenas para apuntalar su presencia en Sicilia con operaciones militares como las llevadas a cabo en Selinunte e Hímera en el 409 a. C. También Agrigento, Camarina y Gela sufrieron el azote cartagi- nés entre los años 406 y 405 a. C. Nada parecía detener el avance púnico. Pero la figura de un joven oficial de 25 años natural de Siracusa, llamado Dionisio, aprovechó la alar- ma para presentarse como libertador, y se proclamó tirano (estratego con plenos poderes) de Siracusa en el 405 a. C. Los cartagineses asediaron Gela y Camarina. Dionisio eva- cuó la población asediada y la recibió en Siracusa. Ante el avance cartaginés, Dionisio concluyó una paz en la que reconocía las conquistas púnicas: Selinunte, Hímera y Agri- gento. A cambio, Gela y Camarina podían reconstruir sus ciudades, pero sin murallas y debían pagar un tributo a Cartago. El mayor logro de Dionisio fue ver reconocida, por parte cartaginesa, Siracusa como posesión suya. Según las cláusulas firmadas, el resto de ciudades gozarían de autonomía.

   

Dionisio cimentó su poder tras pactar con Cartago y consolidó su tiranía a golpe de confiscaciones y concesiones gratuitas de ciudadanía a esclavos liberados y mercenarios. Una vez reforzada su política interior, se dejó llevar por su ansia imperialista. Destru- yó Naxos y Catane, ciudades que luego fueron entregadas a mercenarios sículos y de la Campania, y concedió la ciudadanía a los habitantes de Leontinos que fueron transferidos a Siracusa. Consciente de que los cartagineses verían con recelo el avance de sus posi- ciones, reforzó fortificaciones; construyó diques, artilleros y nuevas fábricas de armas. Además, habilitó una flota con 300 naves de guerra. Era el momento. Dionisio declaró la guerra a Cartago en el 397 a. C. La primera medida fue confiscar los bienes de los re- sidentes cartagineses y extender por la isla una actitud anticartaginesa, apelando al espí- ritu panhelénico. El primer asedio lo dirigió sobre la isla fortificada de Motia, el mayor bastión cartaginés en Sicilia. En pocos meses, los cartagineses recuperaron la plaza y pasaron de defenderse a atacar Siracusa. El azar de un brote de peste declarado entre las tropas púnicas salvó del desastre a Dionisio. El general Himilcón ordenó la retirada por mar. Los supervivientes cartagineses fueron vendidos como esclavos, a excepción de los mercenarios iberos, incorporados a las filas de Dionisio por sus capacidades militares. La superioridad de Dionisio fue ratificada por Cartago en la paz firmada entre ambos. Dionisio fue nombrado arconte de Sicilia, que dominó toda la isla, con la excepción de la zona noroccidental, en manos cartaginesas. Los siguientes objetivos fueron las ciu- dades del estrecho de Messina. En el 388 a. C., Dionisio asedió Crotona y Caulonia con el fin de debilitar a la Liga Itálica, cuyo ejército de 25.000 hombres fue derrotado junto al río Eléporo. Reghion fue la siguiente en rendirse al empuje de Dionisio (386 a. C.).

   

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Completada esta fase de operaciones sicilianas, Dionisio intervino en los asuntos heleno, se posicionó a favor de Esparta. Fundó Lissos en la costa adriática y ayudó en la colonización de Ginos y Paros. Se especula con la posibilidad de que participase en la creación de los puertos de Adria y Ancona, que le facilitarían una vía de penetración para reclutar mercenarios provenientes de la Galia. De esta forma, Dionisio accedió a controlar el comercio del Mediterráneo y a combatir la piratería.

   

Muerto Dionisio en el 367 a. C., fue su hijo Dionisio II quien le sucedió, pero siempre a la sombra de su tío materno Dión. Dión, avalado por su vitola de filósofo y su amistad con Platón, influyó poderosamente en el destino de Sicilia. Pero la propuesta de estado mantenida por Dión (algo utópica y con remininscencias democrácticas) de- sentonaba con la tradición tiránica heredada de Dionisio I. Dión acabó siendo empujado al destierro. Filisto haría a partir de ahora la función de consejero de Dionisio II. Siguió una política moderada, redujo impuestos y favoreció el retorno de desterrados. En polí- tica exterior, mantuvo la paz con Cartago y ayudó a la liga italiota (Liga Itálica) contra los lucanos, pueblo procedente del sur de Italia que realizó incursiones en Sicilia. En el 357, el desterrado Dión, apoyado por Cartago, regresó a Siracusa y se autonombró gene- ral con plenos poderes, antes de ser asesinado en el 354 a. C. Con el camino despejado de oponentes, Dionisio II regresó al poder. Entretanto, una espiral de regímenes tiráni- cos se apoderó de ciudades sicilianas como Leontinos, Catane, Mesana o Tauromenion.

   

a

En el 345 a. C. Hicetas (tirano de Leontinos y antiguo amigo de Dión) aglutinó todos los damnificados del régimen de Dionisio II, y solicitó ayuda a cartagineses y

   

corintios para hacer frente al tirano de Siracusa. En representación de Corinto acudió Ti-

   

moleón. Cartago aportó una flota que rápidamente arrebató a Dionisio II parte del terri-

   

torio siciliano. Presionado por corintios y cartagineses, Dionisio II renunció a la tiranía

   

y

se retiró de la escena política. Timoleón continuó su cruzada «antitiránica» en Sicilia

   

apoyado en el pretendido carácter panhelénico de su movilización. Era el momento para enfrentarse a los cartagineses. Y así lo hizo. En el 341 a. C. Timoleón los derrotó cuan- do atravesaban el río Crimiso. Eliminado el peligro cartaginés y la presencia de tiranos en Sicilia (solo quedaba Andrómaco de Tauromenion), Timoleón decidió centrarse en la reconstrucción de las ciudades sicilianas asoladas por las guerras. Repobló algunos territorios con gentes griegas e impuso sistemas políticos a caballo entre la oligarquía y la democracia. En Siracusa, por ejemplo, fue instaurado un consejo con los 600 ciuda- danos más acaudalados, que gobernaban conjuntamente con la asamblea popular. Las medidas de Timoleón se hicieron sentir y Sicilia experimentó una mejora de su situa- ción financiera. En el 337 a. C. Siracusa lideró una liga formada por ciudades siciliotas. Timoleón murió en el 336 a. C. habiendo abdicado poco antes de su cargo de estratego plenipotenciario. Dejó tras de sí una Sicilia en paz que no tardaría en verse envuelta en nuevas disputas internas con la injerencia de Cartago como mar de fondo.

 

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Grecia clásica (II)

   

3. LA SOCIEDAD GRIEGA EN ÉPOCA CLÁSICA

         

No es mucha la información que las fuentes arqueológicas y literarias aportan sobre la sociedad griega de época clásica. Desde el punto de vista demográfico es significativo el descenso experimentado por algunas ciudades en el siglo IV a. C., después de un siglo de superpoblación: el siglo V a. C. Como posibles causas de este deterioro demográfico se barajan la mortandad, el descenso de natalidad, la homosexualidad y la frecuencia de abortos. Conjeturas que, sumadas a motivos históricos concretos, tratan de explicar esa tendencia oligantrópica en la Grecia del siglo IV a. C. Atenas y Esparta sufrieron las cala- midades de la guerra del Peloponeso, con una importante pérdida de esclavos y metecos, en el caso ateniense y periecos e ilotas, en el caso espartano. Sin embargo, la población espartana se recuperó en mayor medida que la ateniense, a excepción de los espartiatas (ciudadanos de pleno derecho), que se redujeron a 2.500 a mediados del siglo IV a. C., desde los 10.000 alcanzados en pleno siglo V a. C. Ciudades como Siracusa optaron por compensar las pérdidas y las devastaciones provocadas por la guerra incorporando ciuda- danos de poblaciones vecinas. Timoleón, por ejemplo, integró en Siracusa 50.000 nuevos ciudadanos en el siglo IV a. C.

   

En el ámbito jurídico, los estatutos que regulaban la población de un estado no eran uniformes. Sin embargo, existían variables comunes. Todos ellos estaban integrados por un cuerpo de ciudadanos de pleno derecho, un elevado número de personas libres sin participación ciudadana y otro grupo, no menos amplio, de hombres y mujeres privados de libertad. Además, las mujeres carecían de derechos políticos.

   

El cuerpo de ciudadanos se caracterizaba por el derecho de sus integrantes a parti- cipar en el poder político. A esta prerrogativa se unía otro elemento de distinción: la po- sesión de la tierra; y otros privilegios como beneficiarse de las distribuciones de trigo, asistir a los espectáculos gratuitamente o ser indemnizado por el desempeño de tareas políticas. Las importantes ventajas que comportaba ser ciudadano en ciudades como Atenas explican que, solo de manera extraordinaria, la asamblea popular concediese la ciudadanía a extranjeros. La concesión de ciudadanía atravesó también momentos res- trictivos. La ley de Pericles del 450 a. C., por ejemplo, limitaba la ciudadanía a los que descendían de padres y madres con ciudadanía adquirida.

   

Los estados griegos organizaron su cuerpo de ciudadanos de forma independiente. En estados como el beocio, a principios del siglo IV a. C., era indispensable un mínimo de fortuna acumulada para acceder a los consejos y pertenecer a la asamblea. En Espar- ta, sin embargo, el ideal de los ciudadanos tendía a la igualdad. De ahí la denominación:

   

homoioi. No obstante, esta pretensión era algo utópica. La realidad es que no todos dis-

   

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frutaban de los mismos privilegios y en el elenco social espartano sobresalía una facción de aristócratas, con mayor riqueza e influencia que el cuerpo de los «iguales»: homoioi. Atenas, por el contrario, contemplaba la ciudadanía plena, independientemente de sus posesiones, al menos desde mediados del siglo V a. C.

   

A diferencia de los espartanos, meros propietarios de tierras, los ciudadanos de otros estados griegos desempeñaban otras profesiones y actividades comerciales. El número de medianos y pequeños propietarios aumentaba progresivamente, así como la masa de thetes, que buscaban en la artesanía, la marina o la agricultura una salida a sus penurias. Tras la guerra del Peloponeso proliferaron los nuevos ricos no terratenientes frente a los aristócratas de cuna.

   

En el mundo griego la mujer estaba subordinada a la autoridad del padre y el es- poso. Era una ciudadana pasiva, sin participación en la vida política de la ciudad y con una consideración incluso inferior a la del meteco o el esclavo. Paradójicamente, desde Pericles y durante todo el siglo IV a. C., la mujer era clave para transmitir la ciudadanía y la herencia, llevada a cabo a través de la institución del epiclerato, consistente en des- posarse con el pariente más próximo de la línea paterna. La marginalidad de la mujer en la vida política se compensaba con su papel en el seno familiar y en las fiestas religio- sas. En Esparta, a diferencia de lo que ocurría en Atenas, las mujeres recibían formación colectiva y practicaban actividades deportivas con total naturalidad.

   

La ciudadanía podía llegar a perderse. Es el caso de los nacidos de una unión entre ciudadano y esclava. En Esparta existía un grupo social, los mothakes, resultante de la unión de espartano e ilota. Eran libres pero carecían de los derechos de los «iguales». Otro grupo, el de los hypomeiones, resultaba de la pérdida de la condición ciudadana por no poder pagar la contribución a la comida en común, por desertar en el ejército o por mostrar debilidad en el combate. Todos ellos eran ciudadanos libres sin ciudadanía, con derechos limitados.

   

Entre los no ciudadanos figuraban también periecos y metecos, existentes no solo en Esparta sino también en Tesalia, Creta, la Argólide, Licia, etc. En Esparta, los pe- riecos desarrollaban las actividades económicas que los ciudadanos tenían prohibidas. Los metecos, extranjeros libres que se domiciliaban en una ciudad griega con carácter transitorio, proliferaron en Grecia durante la época clásica debido a las masas de po- blación desplazada por las guerras, las luchas internas en ciudades, la afluencia de mer- cenarios, etc. En el caso de Atenas, el meteco alcanzaba tal categoría tras un mes de permanencia. Después debía inscribirse en un demo, pagar una tasa (metoikion) y pro- curarse un patrono ateniense (prostates), que le representase ante la justicia. Los mete- cos ricos, tal como ocurría con los ciudadanos acomodados, debían pagar la eisphora,

 

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impuesto extraordinario destinado a financiar los gastos de guerra. En líneas generales, el meteco disfrutaba de una considerable integración en la ciudad, aunque no pudiera poseer bienes inmuebles. Solían dedicarse a actividades como la artesanía, el comercio

   

o

la banca y su presencia en la vida económica de la ciudad aumentó con el paso del

   
 

tiempo. El Estado se beneficiaba de la presencia de los metecos porque suponían poco

   

gasto, pagaban impuestos, desarrollaban servicios útiles a la comunidad y ocupaban puestos en la marina y el ejército.

   

El número de esclavos variaba de unos estados a otros. Atenas, Esparta y Quíos contaban con el mayor contingente de esclavos, al contrario de la Fócide y la Lócride, donde su presencia era mínima. Desde el punto de vista jurídico, el esclavo carecía de derechos. Era propiedad del estado o, en su defecto, de un dueño privado. Dentro del grupo social integrado por esclavos había rangos. Los esclavos de las minas vivían en condiciones más complicadas que los esclavos dedicados a tareas domésticas o a labo- res artesanales. Esta última categoría podía amasar peculio sucifiente con el que com- prar su propia libertad.

   
 

Entre las poblaciones consideradas «sometidas, no libres» de Esparta se encon-

   
 

traban los periecos, dedicados a tareas productivas; y los ilotas, que cultivaban tierras

   

y

pagaban el canon establecido al dueño del kleros. Se cuenta que los ilotas sufrían las

   

vejaciones más execrables y eran víctimas de una política de aniquilamiento moral que tenía como fin quebrantar sus aspiraciones de independencia. Existían, además, grupos de poblaciones indígenas sometidas que se incorporaban al tejido social de las ciudades. Por ejemplo, los klarotai, en Creta; los gymnetai, en la Argólide; los ilotas, en Esparta; los mariandynoi, en Heraclea Póntica; o los penestai, en Tesalia.

   

4.

LA ECONOMÍA GRIEGA EN ÉPOCA CLÁSICA

         

Durante la época clásica, la economía fluctuó mucho en función del contexto. Fueron sin duda las guerras del Peloponeso el mayor factor de desestabilización, especialmente para Atenas. Las cuestiones económicas eran indisolubles de las políticas. La riqueza no solo proporcionaba bienestar económico, también reportaba prestigio y reconocimien- to social. Atenas difería del resto de estados en la consideración del trabajo. Esparta o Tebas concebían el trabajo (a diferencia de las actividades políticas o culturales) como propio de una condición social dependiente. Todo lo contrario que Atenas, que prohibía la ociosidad, conminando a los padres a enseñar oficios a sus hijos. Los ideales demo- cráticos defendidos por Pericles contemplaban que cualquier ciudadano caído en la po-

   
 

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breza tuviera la opción de aportar beneficio a la ciudad, participando en la vida pública. En Atenas, artesanos, comerciantes y trabajadores del campo no estaban excluidos de la ciudadanía. Sin embargo, estas tendencias integradoras y democratizadoras no fueron avaladas por medidas eficaces que relegaran los valores aristocráticos.

   

La gran aspiración económica de los estados griegos era la autarquía, que consiste en producir todo lo necesario sin tener que recurrir a importaciones. Pero ninguna ciu- dad era autosuficiente. Hasta las guerras médicas, las ciudades de Asia Menor eran los centros comerciales más activos. La derrota persa, sin embargo, desplazó el auge eco- nómico a otras ciudades continentales e insulares como Corinto, Egina, Atenas o Quíos. Durante el siglo V a. C., se vieron estimuladas las actividades comerciales y artesanales, que ampliaron la población libre y esclava dedicada a estas tareas.

       

En las comunidades griegas, la agricultura siguió manteniendo un papel económico

   

rector y una consideración social superior. Ya desde época arcaica, poseer tierras equivalía

   

a

un poder económico y un prestigio social. El propio Jenofonte valoraba la agricultura

   

como «la profesión más honrada porque da a la ciudad sus mejores ciudadanos». Dada la imposibilidad de crear una unidad económica autosuficiente se acentuó la tendencia de especializar la producción agrícola, importando lo necesario. Atenas centró su acti- vidad en la producción de vino y, sin embargo, importaba trigo. Uno de los momentos más dramáticos para la población campesina del Ática fue durante las guerras del Pelo- poneso, cuando Esparta arrasó tierras de cultivo, que quedaron yermas. Al retirarse los lacedemonios, muchos campesinos se vieron incapaces de poner en cultivo sus tierras del Ática. Muchos las vendieron. El siglo IV a. C. fue testigo de muchas enajenaciones de patrimonios agrícolas.

   

La proliferación de las aglomeraciones urbanas durante el siglo IV a. C., contribuyó diversificar trabajos. Los diferentes oficios y profesiones no solo elaboraban determina- dos productos, cada vez había más especialización en ciertos oficios, como los de sastre

a

   

y

zapatero. No se trataba de una simple motivación económica. Se buscaba la calidad y

   

la perfección del producto, en sintonía con la concepción griega de la vida, que trascen- día la mera intención crematística. Uno de los productos más habituales en la cotidia- neidad griega era la cerámica, presente en vajillas de uso común, ceremonias religiosas, tumbas, lámparas, objetos decorativos, etc. La industria cerámica generaba un elevado volumen de producción. Además, se estilaba la división del trabajo en cadena, en el que intervenían un alfarero y un pintor, que eran generalmente metecos y extranjeros. A lo largo del siglo IV a. C., Italia, Escitia y otros mercados tradicionales de cerámica ática desarrollaron sus propios talleres. La producción de cerámica ateniense con destino a la exportación decayó lentamente al no encontrar mercados donde colocar los productos.

 

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La actividad textil fue primordialmente doméstica, en la que el lino y la lana eran las materias primas más empleadas. De Mileto se hicieron famosas sus telas de lana fina; Corinto se especializó en vestidos largos de lino y la ciudad de Amorgos se ganó fama por sus delicadas túnicas de lino.

   

Los recursos mineros variaban mucho de unas regiones de Grecia a otras. La isla de Tasos, el monte Pangeo (Tracia), la isla de Sifos, las minas de Laurión (Ática), Rodas, Chipre, Cos, Eubea, Laconia, las islas de Esciros y Andros. De todos estos lugares se extraía plomo, oro y plata, básicamente. Los datos mejor conocidos corresponden a las minas de Laurión, cuya explotación estaba reservada al estado ateniense. En ocasiones, se arrendaba la explotación de los pozos a ciudadanos particulares. La cantidad de di- nero exigida por el arrendamiento variaba en función de las posibilidades de la veta y las dificultades que implicaba la extracción. Se solía utilizar la mano de obra esclava, que en momentos de explotación más intensa podía alcanzar los 20.000 o 30.000 escla- vos. Aperos de labranza y armamento eran los acabados más comunes provenientes de la metalurgia. Poco a poco se fue estilando la labor de los talleres especializados. Unos hacían espadas, otros escudos, otros lanzas, cascos, etc. Existían también complejos ar- tesanales dedicados a fabricar trípodes, hoces, calderos, rejas, etc.

   

El comercio en la Grecia clásica tenía una doble vertiente: al por menor y al por mayor o exterior. El primero tenía su epicentro en el mercado público, donde existía una relación directa entre producción y venta. Actuaban intermediarios e importadores, que tenían mala reputación por sus pícaros procedimientos para sortear el control de los empleados municipales. Eran habituales el intercambio y el trueque tanto en la vida co- tidiana como en las actividades del ágora. Ya en el siglo IV se empleó con asiduidad la moneda de bronce.

   

Los estados griegos no desarrollaron una política comercial que hiciera de las im- portaciones y las exportaciones un asunto nacional. Solo en dos ámbitos básicos el es- tado ateniense se mostró especialmente sensible: crecimiento de los recursos fiscales y garantía de abastecimiento de cereales a la ciudad. La accidentada geografía griega di- ficultó las comunicaciones y el comercio se vio afectado por esta gran limitación, que encarecía los precios del transporte. No fue hasta finales del siglo VI a. C. cuando Ate- nas consolidó su importancia comercial, al que contribuyó su carácter cosmopolita. La mayoría de los estados griegos dependían comercialmente de las instalaciones del Pireo. El único objeto de una política estatal era el relacionado con el comercio de cereales. El Ática tenía cierta dependencia respecto al suministro de los mismos. Para alimentar a su población, Atenas necesitaba una gran cantidad de trigo, calculada en unos tres millones de medimnoi (cada medimnoi equivalía a 51,88 litros). Atenas diversificó los lugares de aprovisionamiento entre el Bósforo, Egipto, Sicilia, Macedonia y el Quersoneso tracio.

   

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El cobre provenía de Chipre y la madera empleada en la construcción de barcos venía de Tracia, Beocia y Macedonia. Para compensar las importaciones, Atenas exportaba productos manufacturados, como armas, cerámica y productos de lujo; también lingotes de plata y los excedentes de aceite.

   

A pesar de la intensa actividad comercial desarrollada en la Grecia clásica el sis- tema financiero era algo arcaico. La debilidad de las instituciones financieras, el vacío legislativo en materia de comercio internacional, la impopularidad de los prestamistas y la poca cobertura de las inversiones contribuyeron a que las instituciones de crédito no estuvieran a la altura de las exigencias de un comercio dinámico. El dinero era un mero instrumento de cambio, que apenas intervenía como elemento económico generador de riqueza. Por ejemplo, en el comercio marítimo se utilizaban diversos tipos de présta- mos, según las características del viaje, el riesgo asumido y la distancia recorrida. Un 12 por 100 era un tipo medio para el recorrido entre Atenas y la ciudad de Sestos, junto al estrecho de Dardanelos. Sin embargo, si el viaje era de ida y vuelta, se gravaba con un 30 por 100. Los fraudes eran frecuentes en los procesos en los que prestamistas, re- presentantes y navieros se veían involucrados, sobre todo cuando ocurría un naufragio.

   

En cuanto a los asuntos relacionados con la economía y el estado, los estados grie- gos estaban lejos de hacer previsiones económicas pensando en el futuro. Vivían al día. Ese es el motivo de que los espartanos y sus aliados no tomaran medidas económicas previsoras cuando fue inevitable el enfrentamiento con Atenas. Todo quedó en manos de particulares y de la improvisación. No sorprende, pues, la descoordinación de los asuntos económicos. Estaban en manos de organismos administrativos independientes, incapaces de proporcionar un soporte sólido y una estructura organizada. Cuando los in- gresos superaban a los gastos, el superávit era repartido entre los ciudadanos, se invertía en gastos públicos suntuarios o en donaciones religiosas. El primero que pensó en dotar un fondo de reserva fue Temístocles, que invirtió los filones descubiertos en las minas de Laurión en la construcción de una nueva flota para Atenas. El tesoro de Atenea, for- mado por donaciones públicas y privadas, se concibe como el primer fondo de reserva ateniense; como lo fue también el tesoro de la Liga Ático-Délica. En situaciones límite se tomaba prestado a las divinidades parte de sus sagrados tesoros, con la promesa de ser repuesto con los intereses correspondientes.

   

En el apartado financiero, conviene señalar el gran volumen de gastos que tenía el sistema democrático ateniense. Entre ellos, el pago por el desempeño de las magistraturas, la remuneración de los componentes del consejo, los tribunales de justicia y los asistentes a las asambleas. La partida más importante era el mantenimiento del ejército y la marina. No eran gastos menores los derivados de organización de festivales, procesiones religio- sas, concursos, construcciones suntuarias, etc. En cuanto al capítulo de ingresos, dentro de

 

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los ordinarios, la partida más importante procedía del tributo (phoros) que pagaban todos

   
 

los aliados. Los arriendos de las minas de Laurión también proporcionaban pingües benefi- cios. Los metecos contribuían igualmente con el impuesto (metoikion) anual que aportaban. Otros ingresos provenían del impuesto del 2 por 100 que gravaba todas las importaciones

   

y

exportaciones. De menor cuantía eran los ingresos recabados por derechos de puerto, de

   

tribunales o de mercado. Dentro de los impuestos extraordinarios, cabe citar la eisphora, impuesto extraordinario para situaciones de emergencia. Atenas recurrió a este tipo de im- puesto cuando sus ingresos eran insuficientes para hacer frente a gastos de guerra, como ocurrió en la sublevación de Mitilene del año 428 a. C. En el apartado de servicios públi- cos se incluían las liturgias (leitourgiai) que ciudadanos ricos y metecos pagaban. No se trataba de un impuesto al uso. Aunque eran obligatorios, este tipo de cargas eran satisfe- chas con honor y orgullo, como una contribución a la comunidad. Solían estar relacionadas con eventos religiosos o militares: procesiones, coros, desfiles, festivales, carreras, ágapes, etc. Existían también los impuestos de carácter indirecto. No buscaban favorecer la pro- ducción interna y frenar las importaciones, sino que era otra vía de aumento de ingresos.

   

5.

LA GRECIA CLÁSICA A TRAVÉS DE LA LITERATURA Y EL ARTE

   

Una ciudad, Atenas, un nombre, Pericles, y un siglo, el V a. C., dieron vida al lla- mado Siglo de Oro del pensamiento y la cultura griega. Con la democracia como telón de fondo, Atenas se convirtió en un hervidero cultural, científico y político que se ex- tendió cronológicamente al siglo IV a. C.

   

En el ámbito del drama y la comedia, la poesía épica y lírica reflejaron los cambios experimentados por la sociedad ateniense durante este tiempo. Si en época arcaica se había estilado una poesía individualista y moralizante, en el periodo de transición a la época clásica la poesía lírica adoptó una línea de sesgo más comunitario. Buenos ejemplos son las obras de Simónides de Ceos, Baquílides y el beocio Píndaro. Pero estas formas de poesía épica y lírica cambian en época clásica, cuando el poeta canaliza su inspiración

   

y

espíritu creador hacia una tragedia y una comedia entendidos como géneros literarios.

   

La tragedia tuvo en las representaciones corales su precedente más directo. En ellas se entonaba el ditirambo, una fórmula de lírica coral dedicada al dios Dionisos. Ya en el siglo VI a. C., Tespis introdujo en Atenas la figura del actor, que contestaba a las pre- guntas del coro. Fue así como nació el drama. Las representaciones, auspiciadas por la propia ciudad de Atenas y celebradas en honor de Dionisos, eran concebidas como un certamen de competición, caracterizado por un sentimiento colectivo y en el que se ape- laba al pasado heroico.

   
 

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Entre los dramaturgos de entonces destaca Esquilo (525-456 a. C.). Gran parte de su obra es un reflejo de las leyendas heroicas, pero otras –como Los persas– son un acopio de acontecimientos históricos de los que fue testigo. No menos prolífica fue la obra de Sófocles (496-406 a. C.). De sus trabajos se conservan tan solo siete, entre los que des- tacan Edipo rey, Electra, Antígona y Ayax. Frente a un Esquilo centrado en ideas colec- tivas, Sófocles introduce el tratamiento individualizado de los personajes, sus cualidades morales y el comportamiento religioso. Pero ni Esquilo ni Sófocles se apartan de esa ac- titud religiosa que impregna la tragedia clásica. El tercer dramaturgo merecedor de ser considerado como «uno de los grandes» es Eurípides (480-406 a. C.), cuya obra se vio claramente influenciada por los sofistas de su época. Su estilo mejora en finura, claridad y elevación dialéctica al de sus predecesores, si bien cae en ocasiones en excesos retóricos. De los 92 dramas que se le atribuyen, se conservan 19. Eurípides presenta al hombre como un ser indefenso y desamparado. Suyas son Hipólito, Las troyanas, Medea, Ifigenia, etc.

   

En los festivales celebrados en honor de Dionisos también hubo cabida para la co- media. Sin el corsé estilístico de la tragedia, la comedia dejaba amplios márgenes a la creación, la ironía, la parodia o el sarcasmo. El representante más destacado de este gé- nero fue Aristófanes (450-388 a. C.), cuyas obras más notables fueron: Los acarnienses, La paz, Las aves, Lisístrata o Las ranas. El comediógrafo se aprovechó de la tolerancia que se respiraba en la democracia ateniense para cultivar el género. Sus últimas obras ca- recen ya de esa incisiva sátira política que caracterizaba la llamada «Comedia Antigua», que había florecido entre el 470 y el 390 a. C. En esta nueva etapa (Comedia Media) tuvo mucho que ver la derrota de Atenas tras la guerra del Peloponeso, en el 404 a. C., que tuvo su reflejo en la producción cómica. Se recurre ahora a parodias míticas o a la ridiculización de poetas y filósofos.

   

En el ámbito filosófico, el siglo VI fue testigo de una honda preocupación por el cos- mos entre los jonios de la escuela de Mileto: Anaximandro, Tales y Anaxímenes. Estos filósofos presocráticos son considerados los primeros filósofos científicos. Concebían la naturaleza como un conjunto de entidades metodológicamente observables. No menos importantes fueron Parménides de Elea, considerado el padre de la metafísica occiden- tal; y Heráclito, para quien el fundamento de todo reside en el cambio constante. Según Empédocles de Agrigento, del siglo V a. C., el universo se reduce a cuatro sustancias primarias: fuego, aire, agua y tierra. Coetáneo de Empédocles fue Anaxágoras, partidario de una visión del universo en la que la materia primordial estaría compuesta de infinitas partículas, llamadas simientes. A caballo entre los siglos V y IV a. C. se encuentra De- mócrito, considerado el primer materialista de la historia de la filosofía. Demócrito llamó átomos a lo que Anaxágoras llamaba simientes. Un siglo antes Pitágoras, sin dejar de lado su interés por el cosmos, ya se había mostrado preocupado por el comportamiento ético del hombre y sus relaciones con lo eterno.

 

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El panorama filosófico cambió a mediados del siglo V a. C., cuando los sofistas,

   

educadores ambulantes que impartían sus lecciones en círculos selectos a cambio de ele- vados honorarios, invirtieron las inquietudes de sus predecesores. La naturaleza dejó de ser el epicentro de sus obsesiones, recaídas ahora sobre el hombre como ser individual

   

social. Les preocupaba la persuasión y la oratoria, más que la verdad objetiva, en un entorno de escepticismo reinante.

y

   

En la Atenas de Pericles destacó la figura de Sócrates. No escribió una sola línea. Sin embargo, difundió conocimientos que nos han llegado gracias a los diálogos de Pla- tón. Destacaba su método dialéctico y amena conversación en una continua búsqueda de

   

la

justicia y la moralidad. Acabó condenado a muerte por no creer en los dioses atenien-

   

ses y por una presunta corrupción de la juventud. A su muerte fue su discípulo Platón quién engrandeció el legado socrático. En un momento de su vida recaló en la corte de Dionisio de Siracusa, para acabar siendo vendido como esclavo tras enemistarse con el tirano siciliano. De vuelta a Atenas fundó la Academia, célebre escuela filosófica en la que trató asuntos relacionados con la metafísica, la teología, la lógica, el arte, el amor, la moral, la política y, especialmente, la ética. Expuso sus ideas en formato de diálo- go, partía del original sistema del mundo de las ideas y trató profusamente la dicotomía entre el saber y la opinión, que anticipaba el debate posterior entre empirismo y racio- nalismo. Según Platón:

   
 

«El cuerpo es la cárcel del alma. Con la muerte de aquel, el alma se libera y regresa al mundo de las ideas.»

   

Su obra cumbre fue la República, que contiene los postulados generales del estado ideal, que, en su opinión, debería ser regido por los más educados en el orden moral: los filósofos. El discípulo más relevante de Platón fue Aristóteles, que llegó a ser preceptor del macedonio Alejandro Magno. Cuando este subió al trono, Aristóteles regresó a Ate- nas y fundó el Liceo, una escuela filosófica propia cuyos vestigios arqueológicos fue- ron localizados en 1997, en el corazón de Atenas. Aristóteles fue un hombre de ciencia. Produjo obras concisas, sintéticas, que no alcanzaron el arrebato poético de su maestro Platón, pero que cubrieron campos del saber tan variados como la física, la biología, la meteorología, el arte, la metafísica o la literatura.

   

La historia como disciplina tuvo en sus orígenes un estrecho vínculo con la labor

   

llevada a cabo por los logógrafos, cronistas griegos anteriores a Heródoto. Los logógrafos carecían de la crítica racional y empírica del historiador, como Hecateo de Mileto que, ya

   

a

finales del siglo VI a. C., hizo gala de un cierto espíritu crítico cuando en su Genealo-

   

gía calificó las historias de los griegos como «contradictorias y risibles». La figura más

   

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destacada fue Heródoto, considerado por Cicerón como el padre de la historia. Desarro- lló su labor en el siglo V a. C., tomando como tema vertebrador de su obra los nueve li- bros de Historias, la gran invasión persa y las guerras médicas. La información a la que se refirió procedía de fuentes escritas anteriores y a tradiciones orales que él mismo in- corporó a sus Historias con grandes dosis de indagación, pero también con la admisión de lo sobrenatural y lo azaroso. No menos importante fue la aportación historiográfica de Tucídides, que hubo de sufrir el destierro de Atenas durante veinte años. El tema nu- clear de su obra fue la guerra del Peloponeso, cuyos escenarios bélicos conoció sobre el terreno. Le obsesionó tanto la búsqueda de la veracidad y la historia de los hombres que adoptó una visión antropocéntrica, despojada de las versiones y las particularidades del mito, procedió como un observador penetrante de la naturaleza humana y un buen conocedor de la psicología popular. Cierra la nómina de historiadores Jenofonte, cuya obra cumbre fue Las helénicas. Los críticos ven en él a un discípulo de Sócrates, que no alcanzó la genialidad de Heródoto ni la metodización de Tucídides y que se dejó llevar con sus inclinaciones filoespartanas. Sin embargo, ofreció una visión bastante completa de la sociedad del siglo IV a. C.

   

Dentro del movimiento sofista, uno de los géneros literarios más cultivados fue la oratoria, favorecida por el marco de intervenciones públicas que proporcionaba la diná- mica democrática. Políticos, oradores y litigantes pulían su estilo y su psicología oratoria a golpe de discursos. Entre los siglos V y IV a. C. destacaron Antifón, Lisias y Isócra- tes. Pero el más renombrado orador de la Antigüedad fue, sin duda, Demóstenes. Este ateniense alcanzó el cénit de la oratoria tras superar una tartamudez infantil y un largo proceso para recuperar el patrimonio paterno, que se había convertido en objeto de co- dicia de sus tutores.

   

También las artes plásticas experimentaron un considerable auge en época clásica. Prevalecía en el artista la búsqueda de la originalidad y la inspiración en beneficio del bien común y el trabajo colectivo. Miles de artistas desfilaron por Atenas, Olimpia, Ha- licarnaso, etc., con un objetivo de fondo: que las construcciones y obras artísticas tuvie- ran un fin práctico, no exclusivamente estético o contemplativo. En el plano urbanístico, las ciudades griegas anteriores al siglo V a. C. carecían de una planificación urbanística. Las calles eran estrechas e irregulares hasta la irrupción de Hipodamo de Mileto en el año 500 a. C. Este arquitecto jonio propuso urbanizar las ciudades siguiendo el formato de cuadrículas o manzanas, en disposiciones perpendiculares y paralelas que se cruza- ban en ángulo recto.

   

La arquitectura religiosa evolucionó considerablemente en el siglo V a. C., cuando proliferó la construcción de templos y la incorporación a estos de estatuas y escenas en los frontones. Buenos ejemplos son el templo de Aphaia en la isla de Egina y el templo

 

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Grecia clásica (II)

   

de Zeus en Olimpia, ambos con destacados grupos escultóricos. En cualquier caso, fue la

   

Acrópolis de Atenas el escenario arquitectónico-artístico más activo, sobre todo tras la re- construcción llevada a cabo por Pericles después de la destrucción persa del 480 a. C. Los arquitectos Ictinos y Calícrates, bajo la supervisión de Fidias, se encargaron de coordinar

   

ejecutar las obras. Las dificultades impuestas por la orografia rocosa de la acrópolis fue- ron solventadas gracias al proyecto de Mnesicles, que dispuso los propileos: monumental entrada al complejo de la Acrópolis.

y

   

La escultura tampoco pasó desapercibida en época clásica. Los escultores griegos superan la etapa de convencionalismo y hieratismo del precedente periodo arcaico y orientan su obra hacia la búsqueda de la armonía con un sistema normativo o canon su- jeto a proporciones matemáticas. Mirón, con su Discóbolo como obra más renombrada; Policleto, autor del Doríforo y el Diadumeno, y Fidias, que pasará a la historia por haber coordinado los trabajos de la Acrópolis, merecen un capítulo aparte en la escultura del siglo V a. C. La búsqueda de nuevas formas expresivas caracteriza a los tres escultores más notables del siglo IV a. C.: Scopas, decorador del mausoleo de Halicarnaso (actual Bodrum, Turquía); Praxíteles, a cuyas manos debemos el Hermes con el niño Dioniso, que fue localizado en el templo de Hera, Olimpia, y la Venus de Cnido; y Lisipo, escul- tor predilecto de Alejandro Magno que nos legó el Agias de Delfos y el Apoxiomenos.

   

Aunque es de suponer que la producción pictórica estuviera a la altura del resto de géneros artísticos, solo se ha conservado la pintura vascular. Entre las cerámicas deco- radas predominaron las pinturas rojas. Las escenas en las que más se prodigaron los pin- tores de entonces fueron de naturaleza mitológica y religiosa, aunque no faltan aquellas

   

sobre aspectos de la vida cotidiana o representaciones de alto voltaje erótico. Polignoto –considerado como el introductor de la pintura en Grecia–, Apolodoro, Zeuxis, Parrasio

   

y

Apeles encabezan la relación de pintores más destacados de la Grecia clásica.

       

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HISTORIA DEL MUNDO GRIEGO

   

CONCEPTOS BÁSICOS A RETENER

       

Academia o Academia de Atenas. Escuela ateniense fundada por Platón principios del siglo IV a. C. Estaba ubicada en las afueras al nordeste de

a

         

la ciudad (en el actual barrio ateniense de Kolonos), junto a un olivar, un parque y un gimnasio. En la Academia se impartían lecciones de matemá- ticas, dialéctica y ciencias naturales. La Academia platónica existió hasta el 529 a. C., cuando el emperador bizantino Justiniano I ordenó su clausura junto con otras escuelas griegas tachadas de paganas.

       

Ditirambo. Fórmula de lírica coral dedicada al dios Dionisos en la que la narración (trufada de un estilo retórico y artificioso) jugaba un papel impor- tante. Su desarrollo original como género literario fue obra del poeta Arión en Corinto durante el último cuarto del siglo VII a. C. Ya en el año 509 a. C. el poeta lírico Laso de Hermíone lo llevó a Atenas, donde fue convertido en elemento de competición cuando se celebraban festivales en honor de Dioni- sos. El coro ditirámbico no llevaba máscara. Sus miembros cantaban en cír- culo en la orchestra del teatro.

       

Epiclerato. Institución o costumbre de la Grecia clásica según la cual debía contraerse matrimonio con el pariente más próximo por línea paterna. El epi- clerato se aplicaba en aquellos núcleos familiares en los que el padre había fallecido y no había hermanos en los que pudiese recaer el legado familiar.

       

Filípicas. Con este nombre se conoce a los cuatro discursos políticos (es- critos entre el 351 y el 340 a. C.) que el orador ateniense Demóstenes diri- gió contra Filipo II de Macedonia, a quien consideraba una seria amenaza para las ciudades-estado de la Grecia clásica.

       

Homoioi. Estrato social espartano conformado por los hijos de espartiatas que superaban los 30 años de edad. Gozaban de plenos derechos políticos

         

y

civiles. Para alcanzar la categoría de homoioi debía superarse un exigen-

         

te adiestramiento que arrancaba a los 7 años. Una vez superado, se integra- ban en el ejército y recibían un lote de tierra (kleros), que era cultivado por ilotas o esclavos comunitarios.

       

Hypomeiones. En Esparta, clase social resultante de la pérdida de la con-

         

dición ciudadana. Desertar en el ejército, mostrar debilidad en el combate

         

o

no poder pagar la contribución a la comida en común eran las causas más

         

habituales de esta pérdida de condición. Los hypomeiones eran ciudadanos libres sin ciudadanía, que contaban con derechos limitados.

 

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Liceo. Escuela matemática fundada por Aristóteles en Atenas en el año 336 a. C. Lo hizo sobre unos terrenos cercanos al templo de Apolo Licio, lo que motivó que fuera bautizado con el nombre de Liceo. A los miem- bros de esta escuela se les conoce también como peripatéticos, por los paseos que maestro y alumnos daban en el pórtico, llamado perípatos. Los vestigios del Liceo fueron localizados en el centro de Atenas en 1997.

   
 

Oligantropía. Escasez de población humana. En muchos casos provocó la ruina de ciudades griegas en época clásica. Esparta fue el caso más para- digmático.

   

ACTIVIDADES DE REPASO

       
 

1.

Elabora un cronograma político-bélico en el que se recoja la evolución del reino de Macedonia antes de la subida al poder de Alejandro.

   
 

2.

Confecciona un mapa, en el que ubiques las ciudades de Sicilia y, distingas entre poblaciones indígenas, colonias (de las que debes indicar su metrópoli de procedencia) y cleruquías. Deberás especificar asimismo los regímenes de gobierno de cada una de las ciudades en el periodo comprendido entre los años 550 y 300 a. C.

   
 

3.

Reflexiona sobre el polifacético Pericles. El afamado estadista, natural de Atenas, cambió el rumbo de su ciudad, convirtiéndola en epicentro del mundo griego. Repasa todas sus aportaciones y comprobarás la trascenden- cia y el amplio radio de acción de sus medidas.

   

EJERCICIOS VOLUNTARIOS

       

Tras el estudio de esta Unidad didáctica, el estudiante puede hacer, por su cuenta, una serie de ejercicios voluntarios, como los siguientes:

   
 

1.

Hypomeiones, penestai, mariandynoi, ilotas, metecos, espartiata, homoioi, klarotai, periecos, gymnetai. De la anterior relación de jerarquías o estratos

   

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HISTORIA DEL MUNDO GRIEGO

       

sociales, elabora tablas que contemplen un doble criterio: ciudad-estado a la que pertenecen, y estatus de mayor a menor posición social. Cuando se trate de niveles sociales similares, especifica el matiz o criterio que diferen- cia a las categorías en cuestión.

       

2. Las siguientes novelas te ayudarán a conocer más de cerca escenarios y personajes que tienen a la Grecia clásica como contexto geográfico-crono- lógico:

       

Akrópolis. La historia mágica de Atenas, publicada en el 2000 por Valerio Massimo Manfredi.

       

El tirano, novela sobre la tiranía siracusana publicada en 2005 tam- bién por Manfredi.

       

Ciudadano Sócrates, obra de Solana Dueso que vio la luz en el 2008.

       

Asesinato en el jardín de Sócrates, publicada en el 2009 por Sascha Berst.

       

Aristóteles y los secretos de la vida, publicada por Margaret Doody en el 2007.

       

Vientos de guerra, publicado en el año 2003 por Steven Pressfield.

       

El maestro de Alejandro, obra de Annabel Lyon publicada en el 2010.

       

El hombre de Esparta, publicada en el año 2005 por el escritor va- lenciano Antonio Penadés.

   

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

   

Básica

   
   

FOX, R.L.: El mundo clásico, Barcelona, 2007.

   

MOSSÉ, C.: Historia de una democracia: Atenas, Madrid, 1987.

   

PASCUAL GÓMEZ, J.: Grecia en el siglo IV antes de Cristo. Del imperialismo espartano a la muerte de Filipo de Macedonia, Madrid, 1997.

   

RACHET, G.: Diccionario de la civilización griega, Barcelona, 1996.

 

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D. Casado Rigalt

Grecia clásica (II)

   

SINCLAIR, R.K.: Democracia y participación en Atenas, Madrid, 1999. VV. AA.: La antigua Grecia. Historia política, social y cultural, Barcelona, 2011.

         

En la red

         

http://www.namuseum.gr/museum/index-en.html

         

http://www.profesorenlinea.cl/universalhistoria/3MUnidad_202.htm

         

http://www.greciaclasica.org.mx/

         

http://www.culturaclasica.com/index.php?q=node/97

         

http://www.anmal.uma.es/anmal/grecia_clasica.htm

         

Avanzada

         

BOWRA, C.M.: La Atenas de Pericles, Madrid, 1974. DYSON, S.L.: En busca del pasado clásico, Barcelona, 2008. HAZEL, J.: Quién es quién en la historia de Grecia, Madrid, 2002. IRIARTE, A.: Democracia y tragedia: la era de Pericles, Madrid, 1996. PLÁCIDO, D.: La sociedad ateniense, Barcelona, 1997. ROMILLY, J. de: Los sofistas en la Atenas de Pericles, Barcelona, 1997.

         

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