Vous êtes sur la page 1sur 20

casos

de los

de

Uno famosos

HÉRCULES POIROT,

más

universal

un referente

HÉRCULES POIROT, más u n i v e r s a l u n r e
HÉRCULES POIROT, más u n i v e r s a l u n r e

®

HÉRCULES POIROT, más u n i v e r s a l u n r e

ASESINATO

EN

EL

ORIENT

EXPRESS

HÉRCULES POIROT, más u n i v e r s a l u n r e

Agatha Christie

Asesinato en el Orient Express

Traducción de Eduardo Machado Quevedo

Agatha Christie Asesinato en el Orient Express Traducción de Eduardo Machado Quevedo

Murder on the Orient Express Copyright © 1934 Agatha Christie Limited. Todos los derechos reservados.

AGATHA CHRISTIE, MURDER ON THE ORIENT EXPRESS, POIROT y la firma de Agatha Christie son marcas registradas de Agatha Christie Limited en todo el mundo. Todos los derechos reservados.

Iconos Agatha Christie Copyright © 2013 Agatha Christie Limited. Usados con permiso. Ilustraciones de la cubierta © Ed

Usados con permiso. Ilustraciones de la cubierta © Ed Traducción de Eduardo Machado Quevedo © Espasa

Traducción de Eduardo Machado Quevedo

© Espasa Libros S. L. U., 2015 Avda. Diagonal, 662-664, 08034 Barcelona (España) www.espasa.com www.planetadelibros.com

Primera edición: septiembre de 2015 ISBN: 978-84-670-4541-3 Depósito legal: B. 14.798-2015 Composición: Víctor Igual, S. L. Impresión y encuadernación: EGEDSA Printed in Spain - Impreso en España

El papel utilizado para la impresión de este libro es cien por cien libre de cloro

y está calificado como papel ecológico .

No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea éste electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del editor. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (Art. 270 y siguientes del Código Penal). Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra. Puede contactar con CEDRO a través de la web www.conlicencia.com o por teléfono en el 91 702 19 70 / 93 272 04 47.

Espasa, en su deseo de mejorar sus publicaciones, agradecerá cualquier sugerencia que los lectores hagan al departamento editorial por correo electrónico: sugerencias@espasa.es

Capítulo 1

Un viajero importante en el Taurus Express

E ran las cinco de una madrugada de invierno en Siria. En la estación de Alepo estaba estacionado el tren que las guías ferroviarias llamaban pomposamente el Taurus Ex­ press. Estaba compuesto por un vagón restaurante, un co­ che cama y dos vagones ordinarios. Junto al estribo del coche cama se encontraba un joven teniente francés de resplandeciente uniforme, conver­ sando con un hombre embozado hasta las orejas, del que sólo podían verse la punta de una nariz enrojecida y los extremos de un enhiesto bigote. Hacía un frío muy intenso y la misión de despedir a un distinguido forastero no era envidiable, pero el teniente Dubosc la cumplía como un valiente. No cesaba de pro­ nunciar frases corteses en el más correcto francés, aunque no tenía muy claro quién era aquel personaje. Habían cir­ culado rumores, como ocurre siempre en estos casos. El humor del general —de su general— había ido de mal en peor. Entonces había llegado ese belga, al parecer directa­ me nte desde Inglaterra. Habían vivido una semana de tensión y luego habían ocurrido varias cosas. Un oficial muy distinguido se había suicidado, otro había pedido la ba ja; de los rostros preocupados había desaparecido re­ pentinamente la preocupación; se habían relajado ciertas precauciones militares y el general —su general— había rejuvenecido diez años de la noche a la mañana.

11

AGATHA CHRISTIE

Dubosc había oído parte de una conversación entre su jefe y el forastero. «Nos ha salvado usted, mon cher —decía el general con sus canosos mostachos temblando de emo­ ción al hablar—. Ha salvado usted el honor del ejército francés. ¡Ha evitado que se produjera un baño de sangre! ¿Cómo puedo agradecerle que accediera a mi petición de venir desde tan lejos?» A lo cual el forastero (un tal Hércules Poirot) había con­ testado adecuadamente, incluyendo la frase: «¿Cómo po­ dría olvidar que en cierta ocasión me salvó usted la vida?». Entonces, el general había rechazado todo mérito por aquel servicio y, tras mencionar nuevamente Francia y Bélgica, el honor y la gloria de ambos países, se habían abrazado calurosamente, dando por terminada la conver­ sación. En cuanto a lo ocurrido, el teniente Dubosc estaba toda­ vía muy a oscuras, pero le habían encomendado despedir a monsieur Poirot al pie del Taurus Express, y allí estaba, cumpliéndolo con todo el celo y el ardor propios de un jo­ ven oficial que tiene una prometedora carrera en perspec­ tiva. —Hoy es domingo —dijo el teniente—. Mañana, lunes, por la tarde estará en Estambul. No era la primera vez que hacía ese comentario. Las conversaciones en el andén, antes de la partida de un con­ voy, tienden siempre a repetirse. —Así es —convino Poirot. —¿Piensa permanecer allí algunos días? — Mais oui . Estambul es una ciudad que no he visitado nunca. Sería una lástima pasar por ella comme ça . —Mon­ sieur Poirot chasqueó los dedos sonoramente—. Nada me apremia. Permaneceré allí como turista unos cuantos días. —Santa Sofía es muy bella —afirmó el teniente, que nunca la había visto. Una ráfaga de viento frío barrió el andén, y ambos

12

ASESINATO EN EL ORIENT EXPRESS

hombres se estremecieron. Dubosc se las arregló para mi­ rar subrepticiamente su reloj. Las cinco menos cinco. ¡So­ lamente cinco minutos más! Ante el temor de que el otro se hubiera dado cuenta, se apresuró a reanudar la conversación. —En esta época del año viaja muy poca gente —dijo con la mirada puesta en las ventanillas del coche cama. —Así es. —¡Esperemos que la nieve no cierre el paso al Taurus Express! —¿Sucede a menudo? —Sí, aunque este año todavía no ha ocurrido. —Entonces, confiemos en ello. La previsión meteoroló­ gica en Europa es mala. —Muy mala. En los Balcanes abunda la nieve. —En Alemania también, según tengo entendido. — Eh bien! —dijo el teniente Dubosc apresuradamente al ver que estaba a punto de producirse otra pausa—. Ma­ ñana por la tarde, a las siete y cuarenta, estará usted en Es­ tambul. —Sí —asintió Poirot, y añadió desesperado—: He oído decir que Santa Sofía es muy bella. —Magnífica, según creo. Por encima de sus cabezas se descorrió la cortinilla de uno de los compartimentos del coche cama y una joven apareció al otro lado del cristal. Mary Debenham había dormido muy poco desde que salió de Bagdad el jueves anterior. Ni en el tren de Kirkuk ni en el hotel de Mosul ni en la última noche de su viaje había podido dormir relajadamente. Ahora, cansada de estar despierta en la sofocante atmósfera del comparti­ mento, excesivamente caldeado, se había levantado para curiosear. Aquello debía de ser Alepo. Sin el menor interés, natu­ ralmente. Sólo un largo andén, pobremente iluminado, en

13

AGATHA CHRISTIE

el que resonaban las vocingleras conversaciones en árabe. Bajo la ventanilla, dos hombres hablaban en francés. Uno era un oficial del ejército, el otro un hombre con unos bi­ gotes enormes. La joven sonrió. Nunca había visto a na­ die tan abrigado. Debía de hacer mucho frío en el andén. Por eso calentaban el tren tan exageradamente. La jo­ ven trató de bajar la ventanilla, pero no pudo. El encargado del coche cama se aproximó a los dos hombres. El tren estaba a punto de partir, los informó. Monsieur haría bien en subir. El hombre se quitó el sombrero. ¡Su cabeza parecía un huevo! Mary sonrió a pesar de sus preocupaciones. Sin duda, se trataba de un hombre de aspecto ridículo. Uno de esos hombres insignificantes que nadie toma en serio. El teniente empezó a despedirse. Tenía preparado un bello discurso y lo recitó de corrido. Poirot, para no ser menos, contestó en tono parecido. — En voiture, monsieur —comentó el encargado del co­ che cama. Poirot subió al tren con un aire de infinita desgana. El encargado lo siguió. El belga agitó una mano. Dubosc le hizo la venia. El tren arrancó con una sacudida terrible. —¡Por fin! —murmuró Poirot. —¡Brrr! —resopló Dubosc, sacudiéndose para entrar en calor.

II

Voilà, monsieur . —El encargado del coche cama mostró a Poirot la magnificencia de su compartimento y la ade­ cua da colocación del equipaje—. La maleta pequeña del señor la he colocado aquí. Su mano extendida era sugestiva. Poirot colocó en ella un billete doblado.

14

ASESINATO EN EL ORIENT EXPRESS

Merci, monsieur . —El encargado acentuó su amabili­ dad—. Tengo los billetes del señor. Necesito también el pasaporte. ¿El señor interrumpirá su viaje en Estambul? Monsieur Poirot asintió. —No viaja mucha gente, ¿verdad? —preguntó. —No, señor. Hay solamente otros dos pasajeros, ambos ingleses. Un coronel proveniente de la India y una joven que viene de Bagdad. ¿El señor necesita algo más? Poirot pidió una botella de Perrier pequeña. Las cinco de la mañana era una hora realmente intem­ pe stiva para subir a un tren. Faltaban todavía dos horas para el amanecer. Consciente de ello y satisfecho de una delicada misión satisfactoriamente cumplida, monsieur Poirot se arrebujó en un rincón y se quedó dormido. Cuando despertó, eran las nueve y media, y se apre­ suró a dirigirse al va gón restaurante en busca de café ca­ liente. Sólo había un viajero en aquel momento, la joven in­ glesa a la que se había referido el encargado. Era alta, del­ gada y morena, quizá de unos veintiocho años de edad. La tranquila eficacia en la manera de tomar el desayuno y el modo de llamar al camarero para que le sirviera más café denotaban que era una persona viajada y con un buen co­ nocimiento del mundo. Llevaba un vestido oscuro de tela muy fina, muy apropiado para la caldeada atmósfera del tren. Poirot, que no tenía nada mejor que hacer, se entretuvo en observarla sin aparentarlo. Era, opinó, una joven que sabía cuidar de sí misma allí adonde fuera. Le agradó la severa simetría de las facciones y la delicada palidez de la piel. Le agradaron también el pelo negro ondulado y los ojos grises de mirada fría e im­ personal. Pero, decidió, era un poco demasiado eficiente para ser une jolie femme . Al poco rato entró otra persona en el vagón restaurante.

15

AGATHA CHRISTIE

Era un hombre alto, entre los cuarenta y los cincuenta años, delgado, muy bronceado y con las sienes encaneci­ das. «El coronel de la India», se dijo Poirot. —Buenos días, miss Debenham. —Buenos días, coronel Arbuthnot. —¿Tiene algún inconveniente en que —preguntó el

coronel con una mano apoyada en la silla frente a la joven. —¡Oh, no! Siéntese, por favor. —Ya sabe que el desayuno no es una ocasión propicia para la charla. —Por supuesto, coronel, pero no muerdo.

?

El coronel se sentó.

¡Muchacho! —llamó de modo perentorio.

Pidió huevos y café. Su mirada se dirigió por un momento a Hércules Poi­ rot, pero pasó de largo indiferente. Poirot, buen conocedor de la mentalidad inglesa, sabía que acababa de decirse:

«Otro maldito extranjero». Fieles a su origen, los dos ingle­ ses no eran muy locuaces. Intercambiaron unos breves co­ mentarios y la joven se marchó a su compartimento en cuanto acabó su desayuno.

A la hora de comer, ambos volvieron a ocupar la misma

mesa y de nuevo ignoraron al tercer viajero. Su conversa­ ción fue más animada que durante el desayuno. El coronel habló del Punjab y le preguntó a la joven algunas cosas so­ bre Bagdad, donde ella había trabajado de institutriz. En el transcurso de la conversación descubrieron algunas amis­ tades comunes, lo que tuvo el efecto inmediato de hacer la charla más íntima y animada. El coronel preguntó después a la joven si iba directamente a Inglaterra o si pensaba de­ tenerse en Estambul. —No, haré el viaje directamente. —¿No es una lástima? —Ya recorrí este itinerario hace dos años y pasé tres días en Estambul.

16

ASESINATO EN EL ORIENT EXPRESS

—Entonces tengo motivos para alegrarme, porque yo tampoco hago escala. El coronel hizo una especie de desmañada reverencia y enrojeció ligeramente. «Qué susceptible es nuestro coronel —pensó Poirot con cierto regocijo—. ¡Los viajes en tren son tan peligrosos como los viajes por mar!» Miss Debenham dijo sencillamente que era una agrada­ ble casualidad. Su actitud pareció un tanto contenida. Poirot observó que el coronel la acompañaba hasta su compartimento. Algo más tarde, cruzaron un magnífico escenario en el Taurus Express. Mientras contemplaban las Puertas Cilicias, de pie en el pasillo, uno al lado del otro, la joven lanzó un suspiro. Poirot estaba cerca de ellos y la oyó murmurar:

—¡Es tan bello! Desearía —¿Qué? —Poder disfrutar más tiempo de este gran espectáculo. Arbuthnot no contestó inmediatamente. La enérgica lí­ nea de su mandíbula se mostró un poco más rígida y se­ vera. —Yo, por el contrario, desearía verla a usted ya fuera de aquí —replicó. —Cállese, por favor. Cállese. —¡Oh! Está bien. —El coronel dirigió una rápida mi­ rada hacia Poirot—. No me agrada la idea de que sea us­ ted una institutriz a merced de los caprichos de esas tiráni­ cas madres y de sus fastidiosos chiquillos. Ella se echó a reír con cierto nerviosismo. —¡Oh!, no debe usted pensar eso. El martirio de las institutrices es un mito demasiado explotado. Puedo asegurarle que son los padres los que temen a las institu­ trices. No hablaron más. Quizá porque Arbuthnot se sentía avergonzado de su arrebato.

17

AGATHA CHRISTIE

«Esto ha sido una comedia algo extraña», se dijo Poirot pensativo. Más adelante, recordaría esa escena. Llegaron a Konya esa noche hacia las once y media. Los dos viajeros ingleses bajaron a estirar las piernas, pa­ seando arriba y abajo por el andén nevado. Poirot se contentó con observar la febril actividad de la es­ tación a través de una ventanilla. Pasados unos diez minutos, decidió, no obstante, que un poco de aire puro no le vendría mal. H izo cuidadosos preparativos, se envolvió en varios abrigos y bufandas y se calzó unos chanclos. Así ataviado, descendió cautelosamente al andén y se puso a caminar. En su largo paseo llegó hasta rebasar un tanto la locomotora. Fueron sus voces las que le permitieron identificar a las dos borrosas figuras paradas a la sombra de un vagón de mercancías. Arbuthnot estaba hablando. —Mary La joven lo interrumpió. —Ahora, no. Ahora, no. Cuando todo haya terminado. Cuando todo quede atrás, entonces. Poirot se alejó discretamente. Se sentía intrigado. Le ha­ bía costado trabajo reconocer la fría voz de miss Deben­ ham. «Es curioso», se dijo. Al día siguiente se preguntó si habrían reñido. Se ha­ blaron poco. La muchacha parecía intranquila. Mostraba unas acentuadas ojeras. Eran las dos y media de la tarde cuando el tren se de­ tuvo. Algunas cabezas se asomaron por las ventanillas. Un pequeño grupo de hombres, situado junto a la vía, seña­ laba algo que estaba bajo el vagón restaurante. Poirot sacó la cabeza por la ventanilla y le habló al en­ cargado del coche cama, que pasaba apresuradamente. El hombre contestó y Poirot retiró la cabeza. Al volverse, casi tropezó con Mary Debenham, que estaba detrás de él.

18

ASESINATO EN EL ORIENT EXPRESS

—¿Qué ocurre? —preguntó ella en francés—. ¿Por qué nos hemos detenido? —No es nada, señorita. Algo se ha quemado bajo el va­ gón restaurante. Nada grave. Ya lo han apagado. Están re­ parando los pequeños desperfectos. No hay peligro, tran­ quilícese. Ella hizo un gesto brusco, como si desechara la idea del peligro como algo completamente insignificante. —Sí, sí, comprendo. ¡Pero el horario! —¿El horario? —Sí, esto nos retrasará. —Es posible —convino Poirot. —¡No podremos recuperar el retraso! Este tren tiene que llegar a las seis y cincuenta y cinco para poder cruzar el Bósforo y enlazar con el Simplon Orient Express a las nueve. Si llegamos con una o dos horas de retraso, no po­ dremos hacer el transbordo. —Es posible, sí —admitió Poirot. La miró con curiosidad. La mano que se agarraba a la barra de la ventanilla temblaba. —¿Es muy importante para usted, señorita? —¡Oh, sí! Tengo que coger ese tren. Dio medio vuelta y se alejó por el pasillo para reunirse con el coronel. Su ansiedad, no obstante, fue infundada. Diez minutos después, el tren volvía a ponerse en marcha. Llegó a Hay­ darpasa con tan sólo cinco minutos de retraso. El Bósforo estaba bastante alborotado y a Poirot no le agradó la travesía. En el barco se separó de sus compañe­ ros de viaje y no volvió a verlos. Al llegar al puente Gálata, se dirigió directamente al hotel Tokatlian.

19

Capítulo 2

El hotel Tokatlian

E n el Tokatlian, Poirot pidió una habitación con baño. Luego preguntó si tenía correspondencia. Había tres car­ tas y un telegrama. Enarcó las cejas levemente al ver el te­ legrama. Era algo inesperado. Lo abrió con el cuidado y la calma habituales. Las letras impresas destacaban clara­ mente.

Acontecimiento que usted predijo en el caso Kassner se ha presentado inesperadamente. Por favor, regrese enseguida.

Voilà ce qui est embêtant —comentó Poirot consul­ tando su reloj—. Tendré que reanudar el viaje esta noche. —Miró al recepcionista—. ¿A qué hora sale el Simplon Orient Express? —A las nueve, señor. —¿Puede usted conseguirme una litera? —Claro, señor. No hay problemas en esta época del año. Todos los trenes van casi vacíos. ¿Primera o segunda clase? —Primera. — Très bien, monsieur . ¿Para dónde? —Para Londres. —Bien , monsieur . Le compraré un billete para Londres y le reservaré una cama en el coche Estambul­Calais. Poirot volvió a consultar su reloj. Eran las ocho menos diez minutos.

20

ASESINATO EN EL ORIENT EXPRESS

—¿Tengo tiempo de cenar? —Sin duda, señor. Poirot anuló la reserva de su habitación y cruzó el ves­ tíbulo para dirigirse al restaurante. Mientras pedía la cena, una mano se posó en su hom­ bro. —Ah, mon vieux , qué placer tan inesperado —dijo una voz. El que hablaba era un individuo bajo, grueso, con el pelo cortado a cepillo. Le sonreía encantado. Poirot se le­ vantó. —¡Monsieur Bouc! —¡Monsieur Poirot! Monsieur Bouc era belga, director de la Compagnie In­ ternationale des Wagons Lits, y su amistad con el antiguo astro de la policía belga se remontaba a muchos años atrás. —Lo encu entro a usted muy lejos de casa, mon cher —dijo monsieur Bouc. —Un pequeño asunto en Siria. —¡Ah! ¿Cuándo regresa usted? —Esta noche. —¡Espléndido! Yo también. Es decir, voy hasta Lau­ sana, donde me aguardan unos asuntos. Supongo que via­ jará usted en el Simplon Orient Express. —Sí. Acabo de mandar reservar una litera. Mi inten­ ción era quedarme aquí algunos días, pero he recibido un telegrama que me reclama en Inglaterra para un asunto importante. —¡Ah! Les affaires, les affaires! ¡Pero, claro, usted usted está ahora en la cumbre, mon vieux ! —Quizá he tenido algunos pequeños éxitos. —Poirot trató de aparentar modestia, pero fracasó rotundamente. Bouc se echó a reír. —Nos veremos más tarde.

21

AGATHA CHRISTIE

Poirot tuvo muchos problemas para mantener los bigo­ tes fuera de la sopa. Concluida esa difícil operación, miró a su alrededor mientras esperaba el segundo plato. Había solamente me­ dia docena de personas en el restaurante y, de la media docena, sólo dos le interesaron. Las dos estaban sentadas a una mesa no muy lejana. El más joven era un caballero de unos treinta años de aspecto simpático, norteamericano sin ninguna duda. No obs­ tante, quien verdaderamente atrajo la atención del detec­ tive fue su compañero. Era un hombre de entre sesenta y setenta años. A pri­ mera vista tenía el aire bondadoso de un filántropo. La ca­

beza ligeramente calva, la frente despejada, la sonrisa que dejaba ver la blancura de unos dientes postizos, todo su­ gería una personalidad bondadosa. Sólo los ojos contrade­ cían esa impresión. Eran pequeños, hundidos y astutos. Cuando el individuo, al hacer cierta observación a su com­ pañero, miró hacia el otro lado del comedor, su mirada se detuvo sobre Poirot un momento y, durante ese segundo, sus ojos mostraron una extraña malevolencia, una viva ex­ presión de maldad. Luego se levantó. —Pague la cuenta, Hector —le dijo a su joven compa­ ñero. Su tono era desagradable, áspero y autoritario. Cuando Poirot volvió a reunirse con monsieur Bouc en

el mostrador, los dos hombres se disponían a abandonar el

hotel. Los mozos bajaban su equipaje. El caballero joven

vigilaba la operación. En cuanto acabaron, abrió la puerta

y anunció:

—Todo listo, Mr. Ratchett. El otro rezongó unas palabras y salió.

Eh bien! —dijo Poirot—. ¿Qué opina de esos dos per­ sonajes? —Norteamericanos.

22

ASESINATO EN EL ORIENT EXPRESS

—Eso es evidente. Pero yo pregunto qué opina de sus personalidades. —El joven parecía muy simpático. —¿Y el otro? —Si he de decirle la verdad, amigo mío, no me ha gus­ tado. Me ha producido una impresión muy desagradable. ¿Y a usted? —Cuando pasó por mi lado en el restaurante, tuve una

curiosa impresión. Fue como si me cruzara con un animal salvaje. —Sin embargo, tiene un aspecto de lo más respetable.

, petable, pero el animal salvaje asoma tras los barrotes. —Fantasea usted, mon vieux . —Monsieur Bouc se rio. —Quizá sí. Pero no puedo deshacerme de la impresión de que acabo de cruzarme con la maldad. —¿Ese respetable caballero norteamericano? Bueno —opinó Bouc jovialmente—, quizá tenga razón. Hay mu­ cha maldad en el mundo. En ese momento, el recepcionista se dirigió hacia ellos. Parecía contrariado. —Es extraordinario, señor —le dijo a Poirot—. No queda una sola litera de primera clase disponible en todo el tren. — Comment? —exclamó Bouc—. ¿En esta época del año? ¡Ah! Sin duda viajará algún grupo de periodistas o de políticos. —No lo sé, señor. El caso es que no hay ninguna litera de primera clase disponible. —Está bien, está bien. —Bouc se dirigió a Poirot—:

es de lo más res­

Précisément! El cuerpo la jaula

,

No se preocupe, amigo mío. Ya lo arreglaremos de al­ gún modo. Siempre hay un compartimento libre: el die­ ciséis. El encargado del coche cama se encargará de todo. —Consultó su reloj y añadió—: Vamos, ya es hora de partir.

23

AGATHA CHRISTIE

Bouc fue saludado con respetuosa cordialidad por el encargado del coche cama con su uniforme marrón. —Buenas noches, señor. Su compartimento es el nú­ mero uno. Llamó a los mozos y éstos aproximaron sus carretillas cargadas de equipajes al vagón cuyas placas anunciaban su destino:

estambul-trieste-calais

—Tengo entendido que viaja mucha gente esta noche, ¿no es así? —Es increíble, señor. ¡Todo el mundo ha elegido esta noche para viajar! —Aun así, tiene que buscar acomodo para este caba­

llero. Es un amigo mío. Se le puede dar el número dieciséis. —También está ocupado, señor. —¿Cómo? ¿El número dieciséis? —Sí, señor. Como ya le he dicho, el tren va lleno hasta los topes. —¿Qué ocurre? ¿Alguna conferencia? ¿Congresistas? —No, señor, es pura casualidad. A todo el mundo pa­ rece que se le ha antojado viajar esta noche. Monsieur Bouc hizo un gesto de disgusto. —En Belgrado engancharán el coche cama de Atenas y también el de Bucarest­París, pero no llegaremos allí hasta mañana por la tarde. El problema lo tenemos esta noche. ¿No hay ninguna litera de segunda clase libre? —Hay una, señor. —Bien, entonces —Pero está en un compartimento para mujeres. Hay una alemana, una doncella.

Là, là , no nos sirve —rezongó monsieur Bouc.

—No se preocupe, amigo mío —dijo Poirot—. Viajaré en un coche ordinario.

24

ASESINATO EN EL ORIENT EXPRESS

—De ningún modo. De ningún modo. —Bouc volvió a dirigirse al encargado—: ¿Han llegado todos? —Sólo falta un viajero. —¿Qué litera tiene asignada? —La número siete, en segunda clase. El caballero no ha llegado todavía y faltan cuatro minutos para las nueve. —¿Quién es? —Un inglés. —El encargado consultó la lista de pasaje­ ros—. Un tal Mr. Harris. —Un nombre de buen agüero —dijo Poirot—. Mr. Har­ ris no vendrá. —Ponga el equipaje del señor en el número siete —or­ denó Bouc—. Si llega ese Harris, le diremos que es dema­ siado tarde, que las literas no pueden ser reservadas tanto tiempo. Arreglaremos el asunto de una manera u otra. ¿Para qué preocuparse de un tal Mr. Harris? —Como usted ordene. El empleado habló con el mozo de Poirot y le dijo adónde debía llevar el equipaje. Luego se apartó para per­ mitir que Poirot subiese al tren. — Tout à fait au bout, monsieur —anunció—. El penúl­ timo compartimento. Poirot avanzó con gran dificultad porque la mayoría de los viajeros estaban en los pasillos. Los corteses pardons de Poirot salieron de su boca con la regularidad de un reloj. Al fin llegó al compartimento indicado. Dentro encontró al joven norteamericano del hotel Tokatlian colocando una maleta en la rejilla portaequipajes. El joven frunció el entrecejo al ver a Poirot. —Perdóneme. Creo que se ha equivocado. —Y repitió trabajosamente en francés—: Je crois que vous avez un erreur . —¿Es usted Mr. Harris? —replicó Poirot en inglés. —No, me llamo MacQueen. Yo La voz del encargado del coche cama sonó detrás de Poirot.

25

AGATHA CHRISTIE

—No hay otra litera libre, señor. El caballero tiene que acomodarse aquí. Mientras hablaba, abrió la puerta del pasillo y empezó a subir el equipaje de Poirot. El belga advirtió con cierto regocijo el tono de disculpa de su voz. Era evidente que le habían prometido una buena propina si podía reservar el compartimento para el uso exclusivo del otro viajero. Pero hasta la más esplén­ dida propina pierde su efecto cuando un director de la compañía está a bordo y dicta órdenes. El encargado salió del compartimento después de colo­ car las maletas en la rejilla portaequipajes. — Voilà, monsieur . Todo arreglado. Su litera es la de arriba, la número siete. Partiremos dentro de un minuto. Se marchó apresuradamente. Poirot volvió a entrar en el compartimento. — Un fenómeno que se ve muy poco —dijo jovial­ mente—. ¡Un encargado de coche cama que sube perso­ nalmente el equipaje! ¡Es inaudito! Su compañero de viaje sonrió. Evidentemente había de­ cidido tomarse el asunto con filosofía. —El tren va lleno —comentó. Sonó un silbato y la máquina lanzó un largo y melancó­ lico silbido. Ambos hombres salieron al pasillo. — En voiture —gritó una voz en el andén. —Salimos —dijo MacQueen. Pero no salieron todavía. El silbato volvió a sonar. —Oiga, señor —dijo de pronto el joven—: si prefiere la litera de abajo, a mí me da lo mismo. —No, no—protestó Poirot—. No quiero privarlo a usted —Nada, queda convenido. —Es usted demasiado amable. Hubo corteses protestas por ambas partes. —Es sólo por una noche —explicó Poirot—. En Bel­ grado

26

ASESINATO EN EL ORIENT EXPRESS

—¡Oh! Ya entiendo. ¿Baja usted en Belgrado? —No exactamente. Verá usted Hubo un violento tirón. Los dos hombres se acodaron en la ventanilla para contemplar el largo e iluminado an­ dén, que fue desfilando lentamente ante sí. El Orient Express iniciaba su viaje de tres días a través de Europa.

27