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VISION MUNDIAL PARA LA FAMILIA

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CIRCULO INTIMO DE JESUS

Hasta el día de hoy, me intriga cierto concepto que leí en el libro “Disfrutando de la Intimidad
con Dios”, del conocido autor Oswald Sanders. El describe varios círculos de intimidad creciente
entre los discípulos y Jesús: de entre los muchos seguidores, Jesús eligió a setenta para anunciar
su reino; después de orar una noche entera, escogió a los doce; de los doce, tres conformaban el
círculo íntimo que tuvo el privilegio de presenciar ciertos eventos como la transfiguración de Jesús;
de estos tres, sólo Juan llegó a ser llamado «el discípulo a quien Jesús amaba.»

Tan cerca de Jesús como queramos estar

Sanders hace un planteamiento fascinante al preguntar si tal vez cualquiera de los discípulos
hubiera podido haber estado entre los tres más cercanos, y si cualquiera de ellos hubiera podido
haber llegado a ocupar el lugar íntimo que tuvo Juan «reclinado en el pecho de Jesús.» El señala
que con Jesús no hay capricho ni favoritismo, y concluye que la relación de cada uno con el Señor
fue el resultado de su propia elección, consciente o inconsciente. El lugar de Juan estuvo disponible
para todos. Comenta que fue el amor lo que atrajo a Juan a una intimidad con Jesús que era más
profunda que el acercamiento que experimentaban los otros discípulos. A pesar del amor intenso
que Jesús les tenía a todos los discípulos, sólo Juan se llegó a apropiar del título de «el discípulo a
quien Jesús amaba.» Si Jesús amaba más a Juan, fue sólo porque Juan lo amaba más a él.

Sanders concluye que la entrada al círculo íntimo de Jesús es el resultado de un deseo


fuerte y sólo las personas que consideran esa intimidad un tesoro digno de cualquier sacrificio
lograrán experimentarla. El lugar en el pecho de Jesús está disponible para cualquier persona que
quiera pagar el precio. Siempre estaremos tan cerca de Jesús como realmente queramos estar.

Dios se esconde

Dios ha contemplado nuestra necesidad de saber si lo deseamos o no. ¿Alguna vez se ha


preguntado porqué el reino de Dios es invisible? ¿Por qué es que no podemos verlo a él? ¿Por qué
sus movimientos no son obvios? La respuesta tiene que ver en parte con los propósitos de Dios de
hacer evidente cuánto lo queremos. Jeremías 29:13 lo expresa así:

«Me buscarán y me encontrarán, cuando me busquen de todo corazón.» Por supuesto, Dios
siempre se anticipa; cualquier iniciativa hacia él es sólo una respuesta. La presencia de él se hace
evidente en nuestro entorno, pero para verlo necesitamos, como dijo Jesús, «ojos para ver, oídos
para escuchar» o sea, la apertura espiritual alimentada por un fuerte deseo hacia él. Dios desea ser
querido antes de manifestarse. Y comprobamos el deseo que tenemos de él con nuestra
perseverancia en buscarlo aunque no lo veamos. Dios no se apura en revelarse, porque quiere ver
si persistimos en la búsqueda aún cuando no responde en el tiempo que deseamos: al instante. El
no se acomoda a nuestra apretada agenda, ni se entremete en nuestros proyectos preferidos.

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El espera a que le abramos espacio en nuestra vida y que aprendamos a esperar todo lo
necesario para que se haga presente.

Una relación espiritual

Jesús describe a su Padre como quien «está en secreto» cuando se refiere a la realidad
espiritual e invisible de Dios. Dice que Dios «ve lo que se hace en secreto» o sea, en ese lugar
donde nosotros nos encontramos con Dios y donde hacemos nuestras transacciones espirituales.
La experiencia de conectarnos con Dios desde ese centro vital e interior de nuestro ser es algo que
todos conocemos. Es el contacto de “espíritu” a “Espíritu” en el lugar secreto.

Como Dios, nosotros también somos seres espirituales, y es con esa capacidad que nos
relacionamos con él. Jesús explica que es así como Dios nos busca. «Los verdaderos adoradores
rendirán culto al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que lo
adoran. Dios es espíritu, y quienes lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad.» (Juan
4:23,24)

Nuestra capacidad de elegir

Centrada en nuestra esencia como seres espirituales creados a la imagen de Dios está la
capacidad de elegir. Somos seres con autodeterminación, con libre albedrío, autónomos. Dios nos
dio esa capacidad, y él se arriesga a ser rechazado por nosotros con tal de que seamos personas
que elijan. Poder elegirlo también implica poder no elegirlo. La naturaleza oculta de Dios nos da la
posibilidad de ignorarlo durante toda nuestra vida, o de buscarlo con intensidad y pasión. Nosotros
elegimos qué amamos, a qué nos damos, para qué vivimos. Posiblemente, esto sea la única
contribución totalmente nuestra a esta vida y a la eternidad. Esa capacidad de determinar el curso
de nuestra vida es la misma facultad a la que la Biblia llama nuestro «corazón,» y Proverbios 4:23
nos amonesta a cuidar el corazón «por sobre todas las cosas, porque de él mana la vida. » Nadie
decide por nosotros. Nosotros somos los responsables.

Nuestro esfuerzo ¿será importante?

Quizás cabe aclarar que enfatizar el papel decisivo que tienen nuestras elecciones no es
restarle lugar a la gracia de Dios. Lo que Dios da es gratuito, pero tenemos que recibirlo, tenemos
que desearlo, tenemos que buscarlo. Dios no le impone sus dones a un recipiente pasivo.
Debemos esforzarnos en el contexto de la gracia.

El error está en pensar que podemos ganar o merecer algo por nuestro esfuerzo. El esfuerzo
es sólo la llave que abre el tesoro que ya nos ha sido dado gratuitamente. Sin empeño, sin poner
nuestro mejor esfuerzo en lo que más importa, sin elegirlo a él por sobre todas las cosas, no
creceremos en madurez ni en el conocimiento de Dios. A esto se refiere el mandamiento de
Deuteronomio 6:5: «Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus
fuerzas.»

Si la condición de mi relación con Dios es la medida de mi deseo de él, ¿cuán cerca estoy
del lugar ocupado por Juan, el discípulo a quien Jesús amaba? Para contestar esta penetrante
pregunta, no tenemos que aparentar espiritualidad ni hundirnos en la culpa; necesitamos de la
verdad.
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Al tener en claro dónde realmente nos encontramos en cuanto a nuestro deseo de Dios,
estamos ajustándonos a las condiciones necesarias para adorar en espíritu y en verdad.
Necesitamos la verdad respecto a nosotros y la verdad respecto a Dios.

Profundizar nuestra intimidad con Dios

Crecer en intimidad con Dios es aprender a conocerlo tal como es. También es
experimentarlo de verdad en la vida diaria. En Juan 17:3, Jesús describe esa experiencia de Dios y
le da nombre: vida eterna. «Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero,
y a Jesucristo, a quien tú has enviado.» Jesús está diciendo que conocer a Dios significa un
conocimiento relacional, no conceptual. Intimar con Dios es como intimar con cualquier persona, es
confiar y arriesgar, es comprender que cada intercambio y compartir es el camino mismo para llegar
a conocernos. Cada interacción profundiza nuestra experiencia mutua. Construimos una historia
con Dios al encontrarnos con él en su Palabra, al emprender juntos proyectos que no podemos
hacer solos, al conversar continuamente sobre asuntos de interés mutuo.

Poco a poco, Dios va tomando una forma palpable y reconocible cuando se revela en
respuesta al lugar creciente que ocupa en nuestra atención. Esas interacciones en el lugar secreto
conforman nuestra historia mutua, y esa historia se vuelve cada vez más específica y más preciosa.
Es algo que nadie nos puede quitar, porque es algo vivido. Es así como llegamos a tener «la
certeza de lo que no se ve”. (Hechos 11:1) Sólo así, la confianza en Dios es una posibilidad, porque
cuando pienso en Dios y me dirijo a él, encuentro algo substancial, algo conocido. Es
psicológicamente imposible confiar en algo vago o indefinido; mis intentos de confiar en Dios
fracasan si no pueden encontrar algo más concreto que la niebla borrosa o el vacío que
representan a Dios en la mente de quien no lleva una historia con él. Confío en quien conozco.

La intimidad nos transforma

De esta manera la intimidad con Jesús llega a ser transformadora. Por ejemplo, no es que
trato de tener fe, sino simplemente que me nace confiar en esa persona que he conocido en tantas
experiencias extremas y cotidianas. Y sé cómo es él. Conozco en carne propia su fidelidad y su
manera de actuar. Sería imposible no tenerle confianza. Así ocurre el cambio de adentro hacia
afuera. Ya no es el esfuerzo de manejar nuestra conducta, de dominar este pecado o aquel temor.
Los temores se desvanecen en presencia de la confianza. Los pecados dejan de llamar la atención
frente a una creciente visión distinta de mi vida con Dios.

Otra razón por la cual la intimidad con Jesús es transformadora es que empezamos a captar
su visión de la vida en el reino de su Padre. Jesús sabía la verdad respecto a Dios, y vivía según
esa realidad. Vino a demostrar con sus acciones, actitudes y palabras cómo es la vida si uno puede
ver a Dios y conocerlo tal como es. Con base en eso, nos hizo ciertas recomendaciones: No teman,
no se preocupen, tengan paz. Por eso pudo dormir en la tormenta, mantenerse ecuánime frente a
la feroz oposición, y finalmente entregar su propia vida en perfecta confianza. Esto no quita que las
tentaciones fueran arduas, que haya llorado con profunda congoja por el quebranto humano, o que
haya sentido en carne propia el pesar y las angustias de la condición humana.

Pero, es justamente en estas aflicciones que él quiso mostrar que es posible transformar la
condición humana por una correcta visión de lo divino. El podía ver más allá del velo y eso lo
cambia todo.
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El sabía que su Padre es el Dios sin límites en grandeza, soberano entre todos los poderes
existentes. Sabía que en él no hay nada malo, que todas sus acciones nacen de su inagotable
amor y bondad. Sabía que su Padre está siempre presente y accesible al instante. El sabía que
estaba perfectamente seguro en el cuidado de su Padre, en ese instante y para siempre.

La intimidad fortalece nuestra confianza

La vida es otra cuando vemos a Dios así. Empaparnos de su realidad nos permite declarar
que «el Señor es mi pastor, nada me falta» cuando traspasamos los valles más oscuros de nuestra
vida. Nos permite disfrutar de plenitud rodeado de enemigos; tener todo lo que necesitamos y más,
una copa rebosante, a pesar de nuestras circunstancias. Nos permite estar en el avión que se
derriba, el edificio que se desploma, en el sitio de dolor y muerte, y gritar desde el corazón como
Nahum frente a la inminente destrucción de su pueblo: «Bueno es el Señor, es refugio en el día de
la angustia, y protector de los que en él confían.» (Nahum 1:7) Nos permite decir con Pablo,
«¿Quién nos apartará del amor de Cristo? ¿La tribulación, o la angustia, la persecución, el hambre,
la indigencia, el peligro, o la violencia?» (Romanos 8:35) Nada nos apartará del amor de Dios.

La intimidad involucra todo nuestro ser

Crecer en intimidad con Dios, en conocimiento relacional, es algo que hacemos con todo
nuestro ser con la voluntad, con la mente, con las emociones. Nuestra tendencia es catalogar estas
experiencias solamente en el campo de las emociones, y sin duda ellas se involucran, pero más
bien como consecuencia. Nuestro afecto está relacionado con lo que valorizamos y en definitiva
nuestro aprecio de Dios aumenta en cada encuentro con él. Pero la búsqueda de Dios comienza
con esa capacidad de elegir, o sea, en nuestra voluntad. Empieza allí, y se mantiene allí día a día al
enfrentarnos con lo que compite por nuestro tiempo, atención, y amor a Dios.

La mente también es un componente crucial en la búsqueda de Dios. Me refiero al ámbito de


nuestras ideas, nuestra manera de ver las cosas, nuestra actitud frente a la vida. Nuestro deseo de
Dios nos impulsa a entenderlo, a poner sus pensamientos en nuestra mente, a cambiar nuestra
manera de pensar por la suya. Estas acciones nacen en nuestra decisión de buscarlo y conocerlo
tal como es. Yo decido con qué llenar mi mente. Elijo en qué me concentro, en qué enfoco mi
atención, en qué pienso. No tomar la iniciativa en cuanto a estas cosas también es elegir.

Un ejercicio tan simple como memorizar el Salmo 23 o el Padre Nuestro para meditar en él
todas las mañanas tendría un gran impacto en la transformación de mi visión de la vida. Puedo
decidir invertir tiempo significativo en los Evangelios para compenetrarme con la visión de Jesús.
Puedo compilar un diario de mis interacciones con Dios, y repasarlo frecuentemente para fortalecer
mi confianza. Puedo anotar todos los versículos y pasajes que me ayudan a entender cómo es
Dios. Puedo leer libros que ensanchen mis ideas de Dios. Utilizo la mente para tener acceso a la
realidad de Dios.

Acomodar mis asuntos

Todos estos son puntos de partida, pero recordemos que adentrarnos en el corazón de Dios
siempre significa un cambio en el “status quo” de nuestra vida. Será necesario dejar de hacer
algunas cosas, y empezar a hacer otras. Se dice que la moneda de nuestra vida es el tiempo; lo
gastamos en lo que amamos.
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No importa por cuantos años hayamos caminado con Dios, ni cuanto lo hayamos servido,
mientras que el fuerte deseo de Dios nos lleve siempre más cerca de Jesús, estaremos en un
proceso continuo de cernir y seleccionar entre las cosas que se presentan en nuestra vida en
evidencia de lo que amamos. Conocer más a Dios es reconocer que el lugar en el pecho de Jesús
está disponible para cualquier persona que acomoda y vuelve a acomodar sus asuntos para estar
allí.

Nacimos para amar a Dios

La experiencia relacional con Dios es aprender cómo es él, y cómo es con uno; es recibir
entendimiento de él en las incógnitas de la vida; es captar el sentido de un pasaje de la Biblia
después de mucha reflexión, gracias a su participación; es lanzamos con él a hacer lo que está
más allá de nuestra capacidad, lo que no tiene sentido sin que él se haga presente, y verle impartir
su vida y su colaboración, haciendo que nuestro trabajo logre un impacto divino; es estar con Dios
sin agenda; estar con él en silencio, con tiempo; es derrocharle mi tiempo; es compartir con él los
últimos pensamientos antes de dormir, y los primeros de la mañana, y despertarse consciente de su
presencia cuando uno se da vuelta en la cama durante la noche; es haber conversado tanto con él
en el transcurso de todos los días que la conciencia de él está siempre presente; es llevar un
diálogo interior con alguien invisible pero reconocible.

Es el giro sin pensar del corazón hacia alguien con quien uno comparte una trayectoria
incontable de experiencias mutuas; es descansar en la comprensión completa de alguien que nos
entiende cuando los intentos de expresarnos con otros han fallado; es ser conocido hasta el fondo
de mi ser por alguien que no temo, alguien que puedo recibir en los lugares mas íntimos de mi
persona; es estar en relación con alguien que conozco, pero que es impredecible, inmanejable,
siempre con alturas que escalar, con misterios que descifrar, con grandes pensamientos que
descubrir; es deberle todo a alguien, y sentir paz de que sea así. La experiencia relacional con Dios
es, como en el caso de Juan, haber nacido para amar a Dios,

Sara Wittig es misionera en América Latina desde 1973. En los últimos años se ha dedicado
a profundizar en el tema de la transformación espiritual del cristiano.

Apóstol Daniel Márquez

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