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EL BOSQUE DE KRONOS

IGOR CANO CANO

Título original: El bosque de Kronos

© 2010 Igor Cano Cano

© 2010 Bubok Publishing, S.L. Paseo de La Castellana 180, 28046 Madrid www.bubok.com

Todos los derechos reservados. La reproducción, distribución o transformación de esta obra por cualquier medio o procedimiento, ya sea mecánico, electrónico o informático sin autorización de los autores del copyright podrían constituir un delito contra la propiedad intelectual.

ISBN: 978-84-614-2343-9 Depósito Legal: AB-421-2010

Printed in Spain – Impreso en España 1ª edición agosto de 2010

Para mi hermana pequeña Marta

El bosque de Kronos

Igor Cano Cano

-Arriba dormilón –dijo su madre mientras corría las cortinas-. Sólo te queda un día, a partir de mañana podrás dormir hasta más tarde. -Jooooo –gruño Tobías mientras escondía la cabeza entre las sábanas-. Déjame sólo diez minutos más, hoy iré en bicicleta.

tuvo donde

esconderse del Sol, cuya luz acabo de desperezarlo.

-Vamos, dúchate y ponte el traje que mientras voy preparando el desayuno.

Tobías no dejó en ningún momento de mirar por la ventana, por ese motivo siempre se sentaba en el mismo lado de la mesa de la cocina, para poder ver que su vecina salía de casa antes que él. Comenzó a tomarse la leche con cereales mientras su madre lavaba los cacharros en el fregadero.

compras

Chocolocos?

-La función comienza a las once ¿verdad? –Preguntó su madre ignorándolo- Procuraré llegar pronto para coger buen sitio.

Pero su

madre le tiró de las sabanas

y

él

no

-No

me

gustan

estos

cereales.

¿Por

qué

no

-¿Va a ir papa?

-Lo siento cariño pero tu padre tiene que trabajar. –Respondió su madre mientras se acercaba al mueble alacena y sacaba la videocámara de su funda- Pero tranquilo, esta noche lo veremos todo los tres juntos –Le miró durante un instante de los pies a la cabeza-. Estás graciosísimo.

-Buah –fue toda la contestación por parte de Tobías.

Llevaba un disfraz de pirata de esos que venden en las tiendas de juguetes, con pantalones negros cortados por las rodillas, una

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camisa con flecos y un chaleco estrafalario. El pañuelo y el parche prefería no ponérselos hasta justo antes de la actuación.

Le habría gustado que su padre le viese. Su frase era: “Probad de mi fuego bellacos” y tiraría de la cuerda del cañón, del que saldría una nube de confeti que dejaría en el suelo a varios de sus compañeros. Después le matarían a él también, pero no importaba, todos los niños de su clase habrían querido ser el que disparaba el cañón.

No había acabado aún de desayunar cuando la vio cruzar por delante de la ventana: llevaba un precioso vestido azul cogido en la cintura por una cinta blanca y unas mangas que acababan mucho más anchas en las muñecas. Una bonita diadema de brillantes adornaba su pelo rubio, sujeto en una coleta. Parecía una princesa, de hecho lo era. Actuaba con el resto de su clase justo antes que Tobías, representado una historia de la corte.

Se quedó tan embobado, que la cuchara de los cereales fue hacia su barbilla en lugar de a su boca, y parte le cayó al chaleco estrafalario.

-Serás guarro –le riñó su madre mientras cogía un trapo e intentaba limpiarlo-. ¿A ver qué hacemos ahora? ¡Hay que ver que chico tan…!

Pero Tobías no la escuchaba, sólo quería salir corriendo hacia el colegio para volver a cruzarse con ella antes de entrar en clase. Aún así, su madre no le dejó marcharse hasta que pudo más o menos disimular la mancha.

-Mamá, ¿Qué más da? Los piratas siempre iban manchados, así será más auténtico.

-¿Sabes lo que te digo? Que tienes razón –se resignó su madre-. ¡Ala! Vete conforme estés.

Fue corriendo al garaje, sacó su bici y comenzó a pedalear hacia la escuela. Mientras avanzaba vio como otros niños también se

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dirigían al colegio, lo cual le alegró porque significaba que no llegaría tarde, pero lo que realmente quería era encontrarse con ella.

Era un año más joven que él, muy rubia y guapa. Y antes, cuando aun iba a la escuela andando, solía esperar a que ella saliese primero y así poder ir por detrás y contemplar su precioso pelo casi blanco. De niños, a veces solían jugar juntos en el jardín, pero hacía un par de años que casi ni se hablaban. Lo cierto es que a él le gustaba desde hacía tiempo, y por eso mismo le daba mucha vergüenza hablar con ella. Se llamaba Silvia.

Llegó a la calle del bosque. La llamaban así porque a un lado de ella comenzaba un enorme bosque en el que a los niños no les permitían adentrarse. Desde la calle sólo podía verse una colina grande llena de árboles de todos los tipos. Él y sus amigos muchas veces jugaban en esa parte de la colina, pero no se atrevían a ir más allá de donde la colina comenzaba a descender, porque sus padres siempre les advertían que podían encontrarse con algún lobo o algún jabalí. También recordaba cuando de pequeño, le decían que ahí vivían la bruja y el Tío Camuñas, que se comían a los niños.

Tranquilamente, montado en su bici y pedaleando despacio iba observando el borde del bosque. De repente, notó como la bicicleta dio un fuerte giro y se cayó, golpeándose contra el suelo. Al levantarse observó que se había hecho daño en una pierna y que Fredo se reía de él desde su bicicleta.

Fredo era el abusón del colegio, siempre se reía de todos y pegaba a los chicos más pequeños. Era mayor que Tobías y había repetido curso, pero además era gordo y grande, y nadie se había metido nunca con él. Era quien lo había tirado al suelo desequilibrando la bici al rozarle con la suya.

-Tienes la bici más fea que he visto nunca –le dijo mientras la cogía del suelo.

-¡Devuélvemela!

-Si la quieres ven a por ella –dijo con fanfarronería.

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Se subió sobre su propia bicicleta, que llevaba con una sola mano, y con la otra empujaba la de Tobías que iba a su lado. Comenzó a alejarse con otros dos chicos de su pandilla. A principios de la primavera se había puesto de moda ir en bici a la escuela y a muchos de los niños sus padres les habían comprado una bici nueva, algunas con muchas marchas, como la de Fredo.

Tobías salió corriendo detrás de él, pero no pudo alcanzarle. Siguió así calle arriba hasta que llego al lugar por el que caminaba Silvia y observó horrorizado como Fredo se burlaba de ella, haciendo como si quisiese pillarla con la bicicleta que iba empujando. No podía creer lo que veía, su propia bici la amenazaba.

Ella comenzó a correr para intentar escapar, pero era imposible ya que el estúpido de Fredo iba en bici y ella iba a pie, por lo que él era más rápido. Entonces ella decidió correr ladera arriba y adentrarse en el bosque. Fredo, que no podía entrar en el bosque llevando las dos bicis, la dejo tranquila y siguió hacia adelante. Tobías lo vio todo desde lejos y quiso ser mayor para poder hacerle frente y darle su merecido.

Al salir corriendo la chica, cuando era perseguida, se le había caído al suelo la bonita diadema con la que recogía su cabello y había corrido hacía el bosque con el pelo suelto. Tobías encontró la diadema tirada en el suelo, la recogió y pensó que si se la devolvía tal vez ella le diese un beso para agradecérselo o algo así.

Se propuso encontrarla, de modo que dejó la calle y se metió entre los árboles que había al comienzo del bosque. Los troncos estaban muy separados entre sí, lo cual hacía que pudiese verse bastante bien, y vio como la chica ascendía entre los árboles hasta llegar a la parte más alta de la colina. Lo último que vio fue cómo su brillante cabello se perdía al otro lado.

Fue subiendo poco a poco, caminando entre la hojarasca y con cuidado de esquivar las grandes piedras que había en el suelo, hasta llegar a la cima. Una vez arriba miro a un lado, a otro, en todas direcciones y se deprimió mucho al comprobar que no podía ver

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nada más que las copas de los árboles. Intentó buscar algún hueco entre las ramas y cuando lo encontró se sorprendió al darse cuenta de lo frondoso que era aquel bosque. Con razón les prohibían a los niños adentrarse en él, ya que cualquiera podría perderse.

No había ni rastro de la joven. Sólo podía ver el verde de los miles de abedules, robles, castaños, pinos, fresnos, alcornoques, sauces y demás especies que allí crecían. Se extendían durante kilómetros hasta llegar a unas montañas, a lo lejos. Entre las copas se veían algunos claros y lo que parecía ser un río que cruzaba el bosque.

Uno de los claros estaba lo suficientemente cerca como para poder ver la hierba y las flores que crecían en él. El río, de aguas cristalinas, lo cruzaba por la mitad y en el lado más cercano observó una especie de cosas marrones que se movían sobre la hierba. Cuando agudizó más la vista comprobó que se trataba de una familia de ciervos que pacía la fresca hierba que crecía en la ribera. Se quedó un rato contemplándolos. Había dos cervatillos muy pequeños que jugaban y daban saltos alrededor de otros tres que eran mayores. Separado del grupo se encontraba un ciervo mucho más grande con unos cuernos enormes, que miraba todo el tiempo hacia un lado y hacia otro, como si estuviese vigilando.

Tobías estaba solo, en lo alto de la colina y rodeado de árboles por todas partes. Pensó que debería volver, probablemente Silvia ya habría regresado a la calle de vuelta al colegio, podría encontrarla allí y devolverle la diadema.

Volvió a mirar a los ciervos antes de regresar y le sorprendió el hecho de que ninguno estaba pastando. Todos, incluso los juguetones cervatillos, miraban fijamente hacia un lado del bosque. Tobías fijó la vista en el lugar al que miraban pero no pudo ver nada.

De repente, como si algo los hubiese asustado, salieron corriendo hacia el lado contrario al que estaban mirando y se perdieron dentro del bosque. Pensó que tal vez hubiesen visto a un

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lobo. Pero esto no podía ser ya que él sabía que los lobos cazan de noche.

-¡Claro! –pensó-. Ha debido de ser ella. ¿Qué si no los hubiera asustado?

Corrió colina abajo por entre los árboles y con cuidado de no tropezarse, convencido de que cuando llegase al claro encontraría ahí a su amiga. Llegó hasta el final de la colina. La sombra de los árboles hacía que todo se viese oscuro, aunque más o menos había calculado la dirección que debía de seguir. Siguió adelante, avanzando hacia una zona en la que se veía más luz, hasta que llego al claro.

Era precioso: sobre una tupida capa de verdísima hierba se extendía un manto de flores de todos los colores, había pequeños arbustos con bayas rojas, por todas partes se escuchaba el trinar de los pájaros, también llegaba a los oídos el murmullo del agua que corría por el río, el aire era limpio y fresco y el aroma de las flores flotaba en el ambiente. El lugar parecía como sacado de un sueño.

Tobías se quedo atónito al observar tanta belleza. Sonriente, corrió por el claro hasta el río para poder ver el agua cristalina, luego siguió corriendo de aquí para allá llevado de una alegría difícil de comprender. Intentó contar los distintos tipos de flores que pudo encontrar pero había tantas que fue incapaz de hacerlo.

Pasó un largo rato hasta que recordó el motivo por el cual había ido hasta allí. Entonces miro por todo alrededor. Recorrió todo el borde del claro mirando hacía la oscuridad del bosque pero por ningún lado vio nada que se pareciera a su amiga Silvia.

Desolado se sentó a la sombra de un enorme sauce que había junto al río, se apoyó sobre su tronco y se quedo contemplando el prado durante un largo tiempo. Vio que sobre su cabeza corrían ardillas por entre las ramas y de todos lados seguían llegando los cantos de los pájaros. Miró la diadema azul que tenía en la mano y pensó que no encontraría allí a su amiga. Aunque como estaba claro

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que iba a llegar tarde a clase decidió permanecer allí un rato más y contemplar maravillado aquel hermoso lugar. De todos modos era el último día y no importaba que llegara algo más tarde siempre y cunado llegara antes de la función.

-Tal vez vuelvan los ciervos –pensó-. Me gustaría poder verlos de cerca.

Pero lo más cercano que podía observar era el río. El agua bajaba deprisa, pero no sabía muy bien por qué, ya que el cauce era completamente llano. Se acercó más para ver si había algún pez y cuando llego al borde se sorprendió mucho por dos razones. La primera era que sí que se veían peces, muchísimos que intentaban remontar el cauce nadando a contracorriente; la segunda, y la más extraña, era que a partir del centro del rió parecía como si el agua corriese en sentido contrario, al menos los peces, que nadaban también contracorriente, lo hacían hacia el lado opuesto a los de la parte en que él se encontraba.

Vio que en una zona había cinco piedras que cruzaban el rió, lo bastante juntas entre sí como para poder cruzarlo sin caerse al agua. Fue hasta estas piedras y salto de una a otra hasta colocarse en la del centro. Desde ahí el curioso suceso era más claro aún: mirase para el lado que mirase, el agua siempre se movía de derecha a izquierda. Al arrodillarse en la roca y meter las dos mano en el agua, una por cada lado, noto como la corriente chocaba en la palma por un lado y al revés en la otra. Estuvo un rato jugando con la corriente, dando vueltas sobre la piedra mientras deslizaba las manos por la superficie y chapoteaba sobre pequeños remolinos que se creaban en el centro del río. Era divertido.

Aunque no fue tan divertido cuando se dio cuenta de un hecho del que no se había percatado antes. De repente se asustó, notó como el corazón le latía apresuradamente y no era para menos. Cuando miraba a un lado del claro y hacia el otro se daba cuenta de que eran exactamente iguales. El río dividía el prado en dos mitades idénticas. Por ambos lados la hierba se extendía el mismo trecho

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hasta el bosque, cuyos árboles parecían los mismos en cada lado, los arbustos de un lado y de otro eran idénticos y estaban en los mismos lugares, incluso las dos rocas por las que había cruzado eran exactas a las que no había pisado. Y ese era el problema, ¿por dónde había llegado? Había dado tantas vueltas sobre la roca que ya no lo sabía. Estaba en el único lugar de todo el claro en el que no sabía dónde estaba. Era como un espejo, sólo que no era un espejo porque entonces se hubiera visto reflejado antes de cruzar el río.

Decidió calmarse y pensar. Buscó el sauce sobre el que se había recostado y lo encontró, pero algo le decía que al darse la vuelta vería el mismo sauce justo en el lado contrario, y efectivamente ahí estaba. De modo que ahí se quedo, como un estúpido sobre una piedra, como si fuese una estatua, sin saber porque lado irse.

Pensó que podría quedarse ahí hasta que vinieran a buscarlo, vendrían por el lado correcto. Pero sus padres todavía tardarían horas en empezar a preocuparse y seguramente días en encontrarlo. Y al mirar a cada lado lo veía todo tan igual que pensó que cuando lo encontrasen llegarían dos padres y dos madres, cada par por un lado y unos tirarían de un lado y otros de otro hasta que se cayese al río. Y él no estaba dispuesto a caerse a ese río tan raro.

Se armo de valor y dio un salto a una de las piedras. Dio otro salto y luego otro y llegó a la orilla. Se giró con miedo de encontrarse a sí mismo, pero no se trataba de ningún espejo. Supo entonces que había permanecido demasiado tiempo en ese bosque y que tenía que volver.

Comenzó a correr muy, muy rápido hasta cruzar el prado y se adentró en el bosque, y siguió corriendo veloz entre los árboles. Había visto el claro desde la colina que se alzaba tras la calle que llevaba a su colegio, así que si encontraba el pie de la colina sabría que había ido por el lado correcto, en cambio si seguía durante un rato corriendo sin encontrarla sabría que se había equivocado y daría la vuelta y volvería al claro y cruzaría de nuevo el rió, y entonces estaría en el lado correcto y llegaría a la colina y a la calle

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que lleva a su colegio y podría darle la diadema a su amiga y la maestra podría castigarle por llegar tarde.

Siguió corriendo entre los troncos y arbustos como alma que lleva el diablo. Corrió tanto, y hasta tan lejos, que llegó a la conclusión de que había tomado el camino equivocado, de modo que paró y dio la vuelta.

-Bien hecho Tobías –se dijo, resoplando de cansancio-, solo tenías dos posibilidades y te has ido por la que no era. ¡Ahora estás aún más perdido!

Comenzó a correr en sentido contrario pero estaba tan cansado que tuvo que parar e ir andando. No había dado ni veinte pasos cuando se quedó helado al ver lo que se encontraba delante.

Un jabalí enorme, tan grande como él, rebuscaba con su hocico en el suelo del bosque. Tenía la piel oscura y arrugada y unos colmillos grandes y brillantes. Intentó que no le viera, muy despacio y en silencio fue dando pequeños pasitos hacia atrás, para no hacer ruido. El jabalí, que no lo había visto, se afanaba en rebuscar entre la hojarasca algún bicho o raíz que poder comer. Tobías seguía alejándose poco a poco, pero al dar algún paso debió de hacer algo más de ruido; el jabalí alzó su gran cabeza y se le quedó mirando. Sintió pánico, y siempre se dice de los animales que huelen el miedo. Los jabalíes tienen muy buen olfato.

Tobías vio como el jabalí daba un gran salto y corría hacia él. Con cada pisada era como si el suelo temblase. Quiso huir, salir corriendo, pero el miedo lo paralizaba. Atemorizado vio como el jabalí se acercaba a toda prisa y cada vez parecía más grande; hasta que estuvo a punto de embestirle. En el último instante lo único que pudo hacer fue cerrar los ojos y gritar:

-¡No! ¡Detente!

Y durante unos instantes no ocurrió nada. Él seguía con los ojos apretados y muerto de miedo, temeroso de que al abrirlos el jabalí

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embistiera. Pero seguía sin ocurrir nada, seguía con los ojos cerrados y no se escuchaba absolutamente nada a su alrededor.

Cuando por fin tuvo el valor de abrirlos se llevó tal susto que las piernas le temblaron y cayó de culo al suelo. Ahí estaban, a unos centímetros de su cara, los enormes colmillos, la nariz, la boca y los ojos del animal. Enseguida se levantó temblando y corrió para alejarse. Pero al cabo de unos metros se detuvo y se giró llevado por la curiosidad. El jabalí no le perseguía.

Se acercó lentamente. No se había parado, detenido o frenado como para olisquearlo antes de clavarle sus colmillos; no, estaba paralizado, como si fuese una piedra, incluso se mantenía en un equilibrio imposible apoyado en el suelo solo por las patas traseras. Tobías pensó que era la cosa más extraña que había visto en… Bueno lo cierto es que en ese bosque ocurrían demasiadas cosas extrañas.

Pero lo más extraño estaba a punto de sucederle. Se acerco mucho más al jabalí petrificado y extendió la mano queriendo tocar la piel. Quería comprobar si estaba duro como una piedra o si solo se había quedado como parado en el tiempo. Cuando lo toco sintió que el pelo se movía y que era duro y áspero. Pero apartó rápidamente la mano al escuchar hablar a una voz chismosa que procedía de la copa de algún árbol.

-Yo que tu no haría eso.

-¿Quién ha hablado? –Respondió Tobías.

Un aleteo se escucho por entre los árboles y un pájaro negro y blanco planeo sobre su cabeza. Lanzaba unos graznidos que parecían carcajadas. Se poso justo sobre la crin del jabalí, dejo de reír y se atusó las plumas con la mayor tranquilidad. Era una urraca corriente y moliente, como todas las que había visto antes. Salvo que coronaba su cabeza con un distinguido sobrero de copa enano, acorde a su tamaño. Por la forma en que lo miraba la creyó poseedora de cierta inteligencia.

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-Digo que no deberías de quedarte ahí plantado –dijo la urraca-. No sabes en qué momento el tiempo volverá a su curso.

-Vaya, nunca había visto a una urraca con sombrero.

-No me digas. ¿Y a cuántas urracas habías visto que pudiesen hablar?

-Bueno… -Tobías no salía de su asombro- supongo que eres la primera. Aunque tampoco había visto nunca al agua ir al revés ni a un jabalí petrificado. ¿Está muerto?

-¿El qué, este de aquí abajo? No, que va. Es sólo que su tiempo se ha parado, ja ja ja ja –rió la urraca mientras agitaba las plumas sobre el animal inmóvil-. Supongo que es la primera vez que te adentras en el bosque de Kronos.

-¿El bosque de quién?

De pronto, un débil gruñido escapó de la garganta del jabalí. Inmediatamente la urraca alzó el vuelo y le gritó al chico:

-¡Deprisa, corre! Está a punto de volver a la normalidad.

Tobías salió corriendo a toda velocidad siguiendo el vuelo de la urraca. Corría sin mirar atrás por miedo de volver a ver al jabalí persiguiéndole. El pájaro iba por delante de él, volando de rama en rama y gritándole que se apresurase.

Llegaron hasta un lugar en el que había unas enormes piedras grises que se alzaban varios metros sobre el suelo. La urraca se detuvo sobre ellas y grito a Tobías que estaban a salvo. Éste dejo de correr, se arrodillo jadeando, se giró y se tumbó bocarriba en el suelo a descansar.

-Estoy agotado, ya no corro más. –le dijo Tobías a la urraca entre suspiros. De pronto se dio un golpe a sí mismo en la cabeza- Seré estúpido, tendría que haber mirado por donde estaba saliendo el Sol, entonces si que hubiera sabido por que lado cruzar el río.

-Bueno, eso es lo que tú te piensas, ja, ja -respondió la urraca.

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Desde el suelo y tras de él podía ver unas extrañas piedras. Dos gigantescas piedras rectangulares se levantaban desde el suelo y una tercera se apoyaba sobre las dos en la parte de arriba como si fuesen piezas de dominó. En lo alto de ésta era desde donde la urraca le había hablado. Detrás había otras muchas rocas y grandes montones de tierra que llegaban hasta lo que parecía una especie de acantilado, tan escarpado que no se podría subir por él.

-Es un dolmen ¿verdad? Como los que hacían los hombres prehistóricos.

-En efecto –dijo la urraca-. ¿Sabes? Cuándo te vi supe que eras un chico listo.

-Yo también pensé lo mismo de ti, sólo que en urraca – respondió el chico-. ¿Qué es eso que has dicho antes del bosque? ¿El bosque de quien?

-El bosque de Kronos, ¿también sabes quién es?

-No –respondió Tobías, aún jadeando en el suelo.

-Kronos es el Dios del tiempo. El tiempo lo cambia todo, ¿sabes? Y en este bosque el tiempo es caprichoso. Si, si, si… puede ir hacia delante y hacia atrás, puede correr más deprisa o más despacio, detenerse, e incluso hacer que las cosas se repitan una y otra vez.

Tras esta explicación lo poco que entendió Tobías era que un tal Kronos hacía que en ese bosque pudiese ocurrir cualquier cosa.

-¿Y qué tiene que ver el tiempo para que una urraca sea capaz de hablar?

-Es que no me has oído, ¡el tiempo lo cambia todo!

-Pues yo creo que ya he perdido bastante el tiempo –dijo Tobías preocupado mientras observaba las grandes piedras-. Creo que debería de volver antes de que la maestra o mis padres empiecen a preocuparse.

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-Por eso no tienes que preocuparte –dijo la urraca-. En el bosque de Kronos nunca se pierde el tiempo. Además puedes estar seguro de que no saldrás de este bosque antes de que ocurra lo que te tenga que ocurrir. Puedes estar en el bosque todo el tiempo que quieras, créeme, y cuando salgas probablemente te encuentres en el mismo instante que cuando entraste.

-¿En serio? –Se sorprendió Tobías.

-Bueno… no lo sé –dijo la urraca-. También puede ser que cuando regreses hayan pasado varios años fuera, ja ja ja.

-¡Pero qué dices! Entonces tengo que volver inmediatamente.

Asustado, se levantó de un salto del suelo y comenzó a caminar de espadas a las enormes piedras y a la urraca que le hablaba sobre ellas, mirando de un lado a otro sin saber muy bien hacia dónde dirigirse.

-Lo que ocurre es que… -dudó girándose hacía la urraca-. ¿Tú sabes hacia donde tengo que ir?

-Por supuesto, sólo depende de adonde quieras llegar, ja ja – respondió con ironía la urraca.

-Pues creo… -dijo no muy convencido- que tengo que llegar al claro y… cruzar el rio que va para los dos lados y… seguir el bosque… hasta llegar a la colina en la que se acaba.

-Pues yo creo que no tienes muy claro hacia dónde quieres llegar. Lo cual es un problema, porque si tú no sabes muy bien hacía dónde ir yo no podré decirte muy bien por donde.

Tobías sabía que la urraca tenía algo más que decirle, así que permaneció callado.

-Por cierto bonita diadema –dijo la urraca con aire juguetón-. ¿Por qué la llevas en la mano? ¿Te da vergüenza que te vea con ella puesta? Pensaba que los piratas llevaban sombrero de tres picos, no diadema.

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Pero el chiste no le hizo ninguna gracia a Tobías que cogió una piedra del suelo y se la lanzó a la urraca. Ésta alzó un poco el vuelo para esquivarla y volvió a posarse donde estaba. Era raro, pero el sombrero de copa no se movía nunca de su cabeza.

-Ja, ja, ja, ja. Tranquilo chico, tranquilo. Ja, ja –rió la urraca-. Sólo intentaba burlarme de ti, aunque ya veo que no tienes sentido del humor.

-Para que te enteres, pajarraco, no es mía –le replicó Tobías-. Pertenece a una chica a la que estaba buscando para devolvérsela.

-¿A sí? Bien, bien, me parece que ya vas teniendo más claro a donde quieres llegar. Además a ella le quedaría mucho mejor que a ti. Al menos iría a juego con su vestido azul.

Tobías se sorprendió y se acerco más a la urraca. Ésta bajó de lo alto del dolmen y se posó en una piedra más pequeña que había en el suelo.

-¿Cómo sabes que lleva un vestido azul? –Preguntó Tobías- ¿Es que la has visto?

-Así es.

-¿Y por qué no lo has dicho antes?

-Porque no la has preguntado. Ja, ja. De modo que la estás buscando. Pues, si quieres, yo puedo decirte hacia donde se ha ido.

-En serio. ¿Y por dónde se ha ido? ¿Y cuánto hace que la has visto? ¿Y qué te ha dicho? ¿Estaba bien?

-Oh, oh, tranquilo, tranquilo. Veras, se ha ido por ahí – respondió la urraca al tiempo que señalaba con un ala en una dirección-, no mucho tiempo antes de que me encontrara contigo y no me ha dicho nada. Ella no es tan parlanchina como tú.

-Yo no soy parlanchín –le reprochó el chico-.

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-Eso lo dirás tú –dijo la urraca-. Por lo que yo sé de ti, hablas hasta con los pájaros. Ja, ja, ja, ja.

-Bueno señora urraca, ha sido un placer charlar con usted –le dijo mientras le daba la espalda a la urraca, que seguía riendo, y comenzaba a andar en la dirección que le había señalado-, pero si no le importa tengo una amiga a la que encontrar y una diadema que devolver y no puedo perder más el tiempo.

Al verlo alejarse la urraca le dijo que esperara y alzó el vuelo hasta llegar a una cornisa del precipicio que había detrás de las tres piedras gigantes, desapareció durante unos instantes y volvió a salir volando hacia él con lo que parecía una especie de saco pequeño en las patas.

-¡Espera! –dijo la urraca mientras soltaba el saquillo sobre Tobías, que lo cogió entre sus manos- En primer lugar ya te he dicho que en este bosque nunca se pierde el tiempo. Y en segundo lugar te diré que en este bosque lo que si que resulta muy fácil es perderse. Veras, esa bolsa que te he dado está llena de nueces blancas, ve a buscar a tu amiga y cada cierto tiempo deja una nuez en el suelo. Cuando la encuentres no tendréis más que seguir el rastro de nueces blancas hasta aquí y yo mismo os llevaré hasta donde acaba el bosque. Aunque con una condición, al volver tenéis que recoger todas las nueces y volver a traérmelas.

Tobías abrió la bolsa y vio que estaba repleta de unas nuececillas diminutas y tan blancas que casi parecía que brillaban. Cogió una entre los dedos y la observó más de cerca. No parecía muy convencido de la idea del pájaro.

-Esto me recuerda a un cuento que leímos en clase en el que luego los animales…

nueces

blancas son tan raras que los animales no se las comen.

-Está bien señora urraca –dijo no muy convencido Tobías-. ¿Algo más que deba saber?

-Estate

tranquilo

–lo

interrumpió

la

urraca-,

estas

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-Si jovencito, que sepas que no soy señora, sino señor urraca. ¿O acaso conoces a muchas señoras que lleven sombrero de copa? Ja, ja, ja, ja, ja.

Y comenzó a caminar dejando atrás las carcajadas del señor urraca, sin poder evitar reírse él también tras esta última observación. Miraba con atención el pequeño saco de las nueces. Tiró de la cuerda con la que se cerraba y cogió una de las diminutas nueces. La arrojó al suelo y la observó, se veía perfectamente sobre el oscuro suelo del bosque.

Siguió caminando despacio, mirando a todas partes y cuando hubo caminado diez o doce metros dejó caer sobre el suelo otra semilla. Avanzó un poquito más y se giró para ver si las semillas se veían bien. Era increíble, parecía que brillasen. La siguiente semilla la dejo caer mucho más lejos de la anterior. Y la siguiente un poquito más lejos. Y la siguiente más. Pero siempre que se daba la vuelta podía ver un camino de diminutos brillantes que se dibujaba sobre el suelo.

Lo único que se escuchaba eran sus pisadas sobre la hojarasca, que cubría todo el suelo. De vez en cuando se detenía para ver si escuchaba algo: si alguien caminaba por allí, también deberían de escucharse sus pisadas. Pero lo único que se escuchaba era algún graznido de un pájaro a lo lejos. Los árboles estaban bastante separados entre sí pero no dejaban ningún hueco para que entrase la luz del Sol, de modo que en el suelo sólo crecía una poca hierba y algún que otro arbusto o zarza.

De modo que siguió y siguió, y caminó y camino. En todo momento iba muy atento y mirando hacia todos los rincones del bosque, preguntándose sí iría en la dirección correcta, si ella habría pasado antes por allí. Paso a paso y semilla a semilla continuó adentrándose en el bosque hasta llegar a una zona mucho más escarpada, con muchas rocas que descendían una colina y grandes matorrales por todas partes. No se preocupó hasta que volvió a soltar una semilla al suelo.

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Pronto se dio cuenta de que en esta parte tendría que dejar las semillas más cerca unas de otras para poder seguir el rastro. Miró cuantas le quedaban en el saco. Había gastado tres cuartas partes de las nueces y cuando se dio la vuelta para ver el camino lo encontró tan brillante y fácil de seguir que pensó que podría haber gastado muchas menos.

-¡Tonto! –se gritó a si mismo Tobías, espantando a una paloma de entre los árboles-. No puedo perder el tiempo volviendo hacia atrás.

Aunque pensó que si se le acabasen las nueces sin haber encontrado a su amiga también tendría que regresar. Pero no acabó de pensar en ello cuando se fijó en que algo extraño ocurría, pero no sabía muy bien el qué. Miraba hacia el suelo, hacia la última semilla que había tirado y, completamente sorprendido, se dio cuenta de que unas mariposas que reboteaban sobre unas hierbas se habían quedado quietas en el aire. Al levantar la cabeza comprobó que la paloma a la que acababa de espantar también estaba quieta, junto con unas ramitas y una piña seca que había roto al salir del árbol.

Comprendió entonces que el tiempo del bosque había vuelto a detenerse para él, para que no perdiese el tiempo mientras regresaba y recogía las nueces. De modo que se dio media vuelta, dejó la última nuez que había tirado, fue hasta la anterior, la cogió y la metió en el saquillo. Cuando llegó a la anterior no supo si cogerla también, ya que seguía viendo la primera, de modo que fue a la anterior y como desde ésta también se veía la primera regresó a la que se había saltado y la guardó. Y siguió repitiendo el mismo proceso. Había cogido al menos diez nueces cuando llegó a una desde la que el brillo de la primera nuez ya no se veía tan bien. Así que dejo en el suelo la que se había saltado y siguió haciendo lo mismo hasta que llegó a la siguiente que debía dejar.

Miró como a lo lejos brillaba la nuez desde la que vería brillar la nuez de las mariposas, que ya no veía; pero sabía que estaba allí,

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completamente quieta junto a las quietas mariposas. De modo que siguió desandando el camino.

Tobías no tenía del todo razón. La nuez estaba ahí completamente quieta, si; pero lo que no estaba completamente quieto eran las mariposas. Desde muy cerca podía verse como cualquiera de estas mariposas se movía; muy, muy, muy despacio, pero se movían. Tras esperar mucho tiempo las coloridas alas bajaban y tras un largo rato habían vuelto a subir. Y muy lentamente subían y bajaban, casi como si estuviesen quietas.

Lo mismo sucedía con la paloma, avanzaba tan lentamente por el aire que en lugar de volar parecía flotar, como lo hacen los astronautas en el espacio. Y lo mismo ocurría con la piña que se había caído del árbol, la cual caía tan despacio que para cuando quiso estar a un metro del suelo se encontró con Tobías observándola perplejo, tras haber regresado de recoger las semillas y con el saquillo prácticamente lleno.

-No se habían parado –pensó Tobías-, era sólo que todo va más lento.

Se acercó a la piña que flotaba y la cogió con la mano. Inmediatamente después cayeron al suelo las ramillas que caían junto con la piña, el aleteo de la paloma volvió a escucharse y se alejó como si nada hubiese ocurrido. Cuando se dio la vuelta las mariposas volaban como si nada sobre la brillante nuez.

-¿O tal vez he sido yo el que se ha acelerado? –Se preguntó Tobías mientras tiraba al suelo la piña, que cayó a su normal velocidad-. Hace solo un instante que he asustado a esa paloma, pero me ha dado tiempo a recorrer kilómetros y regresar. ¡Soy Superman!

Se recordó a sí mismo como si fuese la urraca, haciendo chistes malos que nadie le reía. Escuchó con más atención pero… ¡Ahí no había nadie! ¿Quién narices se iba a reír? Pero al agudizar el oído le llegó desde lo lejos un sonido extraño. Era una especie de aullido

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que provenía desde algún lugar hacia su izquierda, como un chillido, algo así como… ¡Como el grito de una chica!

Inmediatamente se puso a correr en la dirección de la que provenía el grito. Se dio cuenta de que no había soltado ninguna nuez, lanzó una hacia atrás como si fuese una piedra y continuó corriendo a toda velocidad. Iba siguiendo una senda que creaban los arbustos y en ocasiones se arañaba con sus ramas, pero no le importaba porque estaba a punto de encontrar a su amiga.

Iba tirando una nuez cada cierto tiempo, pero sin ningún control aparente. Tampoco se giró en ningún momento para comprobar si veía las que ya había tirado. Tan sólo avanzaba mirando para todos lados. No había vuelto a oír nada de modo que se detuvo para no hacer ruido. Volvió a escuchar el grito esta vez más cercano, pero en otra dirección. Y corrió, y corrió siguiendo lo que parecía algo así como un chillido o aullido de socorro.

Otro sonido llego a sus oídos durante la persecución. Era agua. Cerca había un rio caudaloso. Volvió a escuchar el grito, procedía del rio. Se acercó hasta un saliente que se alzaba un par de metros sobre el ancho y profundo cauce, cuyas aguas corrían veloces. Eso sí, en lugar de bajar, sus aguas subían, aunque ya no le pareció extraño.

El sonido volvió a escucharse, pero esta vez no le recordó tanto al grito de alguien. Era más bien como una especie de graznido. Y así era. Lo comprobó cuando escuchó como el sonido paso volando sobre él, y vio que provenía de un ave que no se parecía en nada a ninguna de las que había visto antes. Dio un sonoro suspiro de decepción, ya estaba completamente convencido de que iba a encontrar a su amiga. Abrumado y triste observó como aquel pájaro, el más bonito que jamás había visto, se alejaba sobrevolando el río.

Era grande, más grande que un faisán o que una cigüeña. Tenía el pico y la cabeza pequeños, aunque de la cabeza le sobresalían unas plumas azules y violetas, como si fuese una corona. El largo cuello y el cuerpo estaban recubiertos de unas pequeñísimas plumas

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que destellaban colores verdes, azules y rojizos, como si estuviese en llamas. El mismo brillo y color tenían las plumas de las alas, que eran mucho más grandes. Pero lo más bonito era la cola. Era el doble de larga que el resto del animal y a Tobías le pareció que se trataba de un largísimo ramo con todas las flores que pudiese imaginar.

Tan precioso era aquel animal que distrajo por completo a Tobías, quien no se fijó en que se acercaba demasiado al río. Pisó justo en el borde de la cornisa de arena y se desprendió un trozo. Se desequilibró, intentó aferrarse a algo, pero no encontró nada y cayo de espaldas al río.

El agua estaba helada y se agitaba y saltaba de un lado a otro con gran violencia. Tobías se sumergía una y otra vez, nadando para intentar no ahogarse. Eso sí, el agua no lo arrastraba hacia abajo, sino hacia arriba. Se movía exactamente al contrario de como se movería un río corriente. Tenía rápidos y pequeñas cascadas por las que Tobías ascendía de una forma tan increíble que parecía que volaba.

Recordó lo que su padre le había dicho una vez cuando volvió de una excursión en la que había hecho descenso de cañones con sus amigos. Le había explicado que para no dañarse con las rocas había que colocarse siempre con los pies por delante, dejar que la corriente te arrastrara e intentar agarrarte al algún sitio o ir acercándote a la orilla hasta encontrar la forma de poder salir. De modo que Tobías se las arregló para colocar los pies en el sentido de la corriente y a partir de ahí todo fue mucho más fácil, aunque parecía como si fuese bocabajo. Y así siguió durante un largo trecho, yendo al contrario por aquel río que corría al revés, cayendo de abajo a arriba por pequeñas cascadas e intentando sin éxito aferrarse a las rocas.

Poco a poco fue cansándose y cada vez le costaba más mantenerse a flote. Debía de haberse dado un golpe en la cadera, ya que le dolía, y además tosía por que había tragado algo de agua.

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Hasta que por fin llego a un lugar en el que el río tenía poca profundidad, donde pudo ponerse de pie. La corriente seguía empujándolo y tirándolo al agua pero poco a poco pudo acercarse hasta la orilla.

Estaba asustadísimo, completamente empapado y además perdido, incluso había perdido la bolsa de las nueces. Al menos en la otra mano seguía aferrando con fuerza la diadema de Silvia. Permaneció un buen rato en la orilla viendo como el río seguía corriendo hacia arriba, tiritando de miedo y de frío.

El suelo estaba lleno de barro y el bosque de detrás suyo mojado como si acabara de llover. De hecho unas gotitas frías seguían aún en el aire. Quiso dirigirse hacia el bosque para resguardarse pero al primer paso que dio se hundió hasta la rodilla en el barro. Al intentar andar con la otra pierna, ésta se le hundió mucho más. Cada vez que movía las piernas éstas se hundían más y más en el lodo, hasta que quedó enterrado por encima de la cintura. Decidió no moverse más, de seguir así acabaría completamente enterrado en aquellas arenas movedizas. No sabía que hacer, no vio nada a lo que poder agarrarse ni había quien le pudiese ayudar. Y poco a poco seguía hundiéndose en el lodo.

Estaba demasiado nervioso como para darse cuenta de que las gotitas que había en el aire se hicieron mayores y comenzó a llover. Él se asustó al pensar que si llovía más se hundiría del todo. Pero como estaba claro que en aquel bosque nada podía ocurrir de forma normal, llovía de abajo hacia arriba. Y para colmo llovía, si es que a eso se le pudiese llamar llover, mucho más lento de lo normal. Tan lento que podía verse como las gotas salían desde el suelo y comenzaban a ascender lentamente.

Ahí estaba él, clavado en el suelo y rodeado de un mar de gotas de lluvia que salían del suelo y subían hacia el cielo. Las gotas incluso salpicaban antes de salir, sólo que al revés; varias gotas más pequeñas se unían en el centro, de donde surgía hacia arriba una más grande. Además, las gotas de agua fueron haciéndose cada vez

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más mayores, hasta que alcanzaron inusuales tamaños como los de una manzana o un balón de futbol. Tobías al tocarlas podía romperlas en gotas más “pequeñas”, que se alejaban a la vez que seguían subiendo. Parecía como si fuesen enormes gotas de miel transparente.

Poco a poco el barro dejo de estar tan empantanado y Tobías se pudo desenterrar. Todo seguía mojado y embarrado pero al menos ahora podía andar; y comenzó a correr gritando y con los brazos abiertos por entre las gigantes gotas, que se rompían formando estrambóticas figuras. Sentía como el agua de la que estaba empapado comenzaba a subirle desde los pies a la cabeza, recorriéndole todo el cuerpo, hasta salir hecha una enorme gota hacia el cielo.

Las gotas que ascendían fueron volviéndose de tamaño normal, hasta que de repente dejaron de salir gotas del suelo. Ya no había barro, la humedad que había en el bosque desapareció y todo quedó completamente seco, incluyéndole a él y a su ropa.

Miró al cielo y vio como los grandes nubarrones se iban yendo. Las nubes se movieron tan deprisa que poco después volvía a lucir el Sol. El caudaloso rio ahora era un pequeño riachuelo. En los arboles volvía a escucharse el piar de las aves y en el arroyo el croar de las ranas. Todo había vuelto a la normalidad en el bosque. O al menos eso fue lo que a él le pareció.

Volvió a acercarse al arroyo llevado por la curiosidad. Cual fue su sorpresa cuando se topó con el ave que menos esperaba encontrar. Una gallina de corral marrón estaba bebiendo agua en una pequeña charca donde las aguas se estancaban. La miró durante un momento, hasta que ésta levanto la cabeza y comenzó a alejarse del rio. Y, en fin, como no era para menos, se alejaba andando hacia atrás. La gallina se adentro en el bosque -podría decirse que salió al revés- y Tobías decidió seguirla. Pensó que esa gallina tendría que haber salido de algún gallinero o… tal vez que seguiría andando

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hacia atrás hasta entrar -o salir al revés- en algún gallinero. Tal vez

le llevase a alguna granja o algún lugar donde hubiera gente.

Así que por el bosque iban la gallina por delante y él por detrás, uno hacia delante y la otra hacia atrás, pero ambos mirándose cara a cara. Él seguía de cerca a la gallina, la cual seguía andando hacia atrás y a veces revoloteando hacia atrás, como si escapase del ataque de Tobías -o Tobías escapando al revés del ataque de una gallina-. De cualquier manera no se percato del cambio hasta pasado un rato.

Se fijó en que la gallina era mucho más pequeña que antes y seguía encogiendo. Se fue haciendo más y más pequeña y el color de sus plumas fue cambiando. Pasó de ser gallina a convertirse en un pequeño pollo color canela y siguió encogiendo hasta convertirse en un diminuto pollito amarillo que tropezaba al revés. Un poco más adelante había unas cascaras de huevo. El pollito llegó hasta ellas, se metió dentro de un cascarón y el resto de las cascaras se encajaron hasta formar un perfecto huevo completamente cerrado.

Y Tobías se quedo plantado y con la boca abierta, como un tonto mirando un huevo. No salía de su asombro cuando, para

colmo, vio a otra gallina, que también andaba para atrás, dirigirse hacia el huevo. Con la boca abierta y los ojos como platos observó como la segunda gallina llegaba hasta el huevo, se sentaba encima, se levantaba y seguía caminando hacia atrás como si nada, solo que

el huevo había desaparecido.

No de muy buena gana comenzó a seguir a la segunda gallina igual que a la primera, pero tenía miedo de que aquel juego se convirtiese en la pescadilla que se muerde la cola; y ésta volviese a convertirse también en pollito y al final encontrarle respuesta a la pregunta de: “¿Qué fue antes, el huevo o la gallina?”.

La siguió durante un largo rato subiendo por una colina pero la

gallina no se convirtió en pollito. De hecho, ocurrió lo que él quería

y la gallina lo llevó hasta un pequeño claro en el que había una

casita de piedra, con techo de pizarra y con humo saliendo por la

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chimenea. Toda la cabaña estaba rodeada de lo que parecía una especie de huerta. Un riachuelo corría -también al revés- a uno de los lados del claro y en su orilla podían verse algunos árboles frutales.

Se sorprendió tanto de encontrar ese pequeño refugio en medio del bosque que perdió de vista a la gallina. Pero no le importaba porque seguro que dentro de la casa habría alguien que le diría donde estaba.

De modo que caminó hacia la cabaña atravesando la huerta y llegó hasta la puerta. Todo estaba muy silencioso y la puerta no estaba cerrada con ningún cerrojo ni con nada. Justo cuando iba a abrirla pensó que tal vez se tratase de la cabaña de una bruja o la del hombre del saco y se asustó. Guardó en el bolsillo de su pantalón de pirata la diadema de su amiga y muy despacio y sin hacer ningún ruido empujo a la puerta para ver que misterios se ocultaban tras su interior.

Estaba oscuro y por dentro parecía mucho más pequeña, tal vez por que estaba toda llena de libros. Había libros por todas partes. Las paredes eran estanterías repletas de libros. Había una pequeña ventana en el lado derecho y sobre la estantería del lado izquierdo reposaba una escalera. Por todo el suelo había columnas de libros apilados, algunas tan altas que llegaban hasta el techo y no le dejaban ver toda la habitación.

Poco a poco se adentró en la cabaña, avanzando por entre las columnas de libros. Bajo la ventana había un viejo camastro. En el centro de la habitación había una mesa grande, también llena de libros. Detrás de la mesa había una chimenea, en la que ardía un débil fuego, y un balancín de madera sobre el que alguien se balanceaba.

Tobías se acercó despacio. Todo estaba lleno de polvo y de hollín. Había telarañas colgando del techo y algunas pilas de libros terminaban en una vela derretida. Asustadísimo se acercó al extraño

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personaje sentado en la mecedora, que leía uno de los miles de libros, sin darse cuenta de su presencia. Se trataba de un anciano.

Era muy bajito, probablemente tendría la misma altura que Tobías, pero tenía el aspecto de un viejo. Una gran calva coronaba su cabeza. Por los lados le caían mechones de pelo blanco que se unían con una larga barba, también blanca, que le llegaba casi hasta los pies. Tenía una gorda nariz, grandes orejas y lo poco que se veía de su cara estaba lleno de arrugas.

El viejo enano estaba tan concentrado en su lectura que no se percató de su presencia hasta que Tobías le habló:

-Hooo… Hoo… Hola -susurró.

El viejo le miró un instante con indiferencia y siguió leyendo como si no le hubiese visto.

-Disculpe, pero…

-Chsss… -le interrumpió el viejo para que se callara.

Tobías permaneció en silencio durante un rato. Después el viejo, con mucho cuidado y muy despacio colocó una marca en el libro, lo cerró, lo dejó sobre la mesa y se apeó de la mecedora. Cogió una madera que había junto a la chimenea y la echó al fuego.

-Verá, me preguntaba -dijo el joven algo impaciente- si no habrá visto pasar por aquí a alguien hoy.

La vieja cara miró directamente a los ojos del joven. Sólo se escuchaba el sonido del fuego. La luz se reflejaba en las arrugas de su rostro, en su pelo blanco y en sus ojos. Algo en la mirada del anciano asustó a Tobías.

-De modo que…-dijo el viejo- la buscas a ella.

-¿Cómo lo sabe? -dijo Tobías pasando de estar asustado a sorprendido- ¿Acaso la ha visto pasar?

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-No -respondió el viejo-, nunca había visto pasar a nadie por aquí. Lo sé por que hace mucho tiempo yo también la estuve buscando. Al igual que tú llegue hasta aquí cansado de buscar y aquí me quedé.

Tobías le miro contrariado. Lo que decía el viejo no tenía mucho sentido, aunque parecía saber muy bien lo que decía.

tal vez nos

equivocamos de persona. Yo busco a una chica que…

-Ya, ya, ya… -le interrumpió el viejo- Déjame que te explique. Tú te has embarcado en un viaje. Dirás que viajas en busca del amor, lo cual está muy bien y es muy romántico. Pero en realidad buscas mucho más. Por lo que veo, también buscas medir hasta donde llega tu valor, buscas vivir una aventura y vencer tus propios miedos. En resumen, lo que buscas es conocerte a ti mismo.

Se quedó perplejo ante la explicación que le dio el viejo, pero al contado supo que tenía razón. De hecho estaba buscado a una chica en un bosque en el que no estaba seguro de que hubiera entrado.

-Creo que no le entiendo -le dijo al viejo-.

O

-Tal vez tenga razón. Me llamo Tobías. ¿Y usted?

-Un placer conocerte Tobías. Pero lamento tener que decirte que yo no tengo nombre.

Sacó una pequeña silla de debajo de la mesa, la acercó al fuego y le pidió a Tobías que se sentara. Él volvió a acomodarse en la mecedora.

-¿Cómo que no tiene nombre? -preguntó Tobías- Todo el mundo tiene nombre.

-Si, yo también lo tuve. Pero hace ya tanto tiempo que nadie me llama por mi nombre, que lo he olvidado.

-Vaya, debe de llevar mucho tiempo en este bosque.

-Siempre he estado aquí –explicó el viejo-, llevo en este bosque más tiempo del que puedo recordar.

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¿Usted solo? –Le sorprendía que una persona pudiese vivir tanto tiempo solo en un lugar tan inhóspito.

-Si, yo solo –Hablaba de una forma muy tranquila, y su voz sonaba ronca-. Supongo que al igual que Robinson Crusoe se acostumbró a vivir solo en su isla, yo me he acostumbrado a vivir solo en este claro.

-Vaya –Tobías estaba sorprendido-. Yo no podría vivir aquí, me daría miedo.

-¡Oh! Pero aquí la vida es muy tranquila. ¡Y muy fácil! Todo sea dicho –continuó el anciano balanceándose hacia atrás en la mecedora-. Leche de la vaca, huevos del gallinero, verduras de la huerta… Además me daría pena alejarme de mis libros.

Se fijó entonces Tobías en la cantidad de libros de que estaba rodeado y pensó que alguien tan viejo y que hubiese leído tanto debía de ser el hombre más sabio del mundo.

-¿Y los ha leído todos? –Preguntó Tobías.

-Puede incluso que algunos los halla leído varias veces, el tiempo puede hacer que uno olvide muchas cosas –le respondió sonriendo el viejo.

-¡Caray! –Se sorprendió-. Debe usted de saberlo todo.

El viejo rió fuertemente con su ronca voz. Se levantó de golpe de la mecedora y se dirigió a la puerta de la cabaña. Tobías seguía sentado sin saber qué hacer. Aunque parecía bastante amable había algo en aquel viejo que no le gustaba.

-Ven. Sígueme –dijo el viejo mientras salía-. Será agradable contar con la ayuda de alguien para variar. Seremos como Robinson y Viernes, me ayudarás a preparar la cena.

Tobías le siguió despacio. No le había gustado lo de “Me ayudarás a preparar la cena”. ¿Y si él era la cena? Su madre siempre

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le decía que el Tío Camuñas vivía en una cabaña del bosque. Aunque, pensándolo mejor, lo que menos le gustaba era lo de:

-¿La cena? –Preguntó Tobías.

Pero el anciano no le escuchó. Éste iba caminando por un sendero de maderas que discurría entre un gran número de plantas de hortalizas. Cerca de la casa, junto al riachuelo, había un viejo molino de agua. Como cabía imaginar la noria del molino giraba al revés debido al movimiento invertido del agua. El viejo enano empujó la puerta, entró, y salió llevando consigo un palo largo que acababa en una red. Una cesta como las que usan los pecadores.

-¿Para qué es eso? –Preguntó Tobías.

-Ahora verás –dijo el viejo mientras se acercaba con la cesta al riachuelo.

Puso la red en la base de unas rocas donde el río daba un pequeño salto -claro que el agua subía en lugar de bajar- y miró hacia la parte alta del río, que era hacía donde iba el agua. A Tobías le hizo gracia la postura en que se encontraba el anciano, parecía que en cualquier momento fuese a caer al agua. Pero él sabía muy bien lo que hacía.

-Ahí viene uno.

A través de las transparentes aguas podía verse un enorme pez que, nadando hacia atrás, se acercaba al pequeño salto de agua. Justo antes de llegar, un chapoteo salió del agua, todas las gotas se unieron en un punto y desde ese punto saltó el pez -aunque con la cola por delante- para caer directamente en la red que había tendido el anciano.

-Ya tenemos cena.

Tobías creyó entender lo que acababa de ocurrir. Aunque si lo pensaba mejor, lo cierto es que no entendía nada. Y además aquel viejo estaba empeñado en cenar. Miró al Sol, no se veía más que un

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poco por encima de los árboles que rodeaban el claro, no serían ni las diez de la mañana.

-Querrá decir que tenemos comida, no cena. No sé que hora es, pero mire –dijo Tobías señalando con el dedo- el Sol “aún” está muy bajo.

-Querrás decir que el Sol “ya” está muy bajo –le contestó el viejo mientras se dirigía a la puerta del molino-. Y yo tampoco sé qué hora es.

Tobías se le quedó mirando extrañado, pero tenía razón. No podía saber qué hora del día era. Bajo las copas de los árboles casi no había visto el Sol en todo el tiempo. Aunque esto era lo peor: el tiempo. “¿Cuánto tiempo llevo perdido?” Se preguntó. Pero esta pregunta carecía de sentido en aquel bosque en el que el tiempo no tenía ni pies ni cabeza.

-Me está diciendo que va a anochecer y todavía no he regresado a casa.

El viejo se paró en el umbral de la puerta y volvió a mirar a los ojos de Tobías con esa mirada que le atemorizaba. El pez no dejaba de agitarse en la red.

-En efecto, va a anochecer –dijo el viejo-. Al menos es lo que ocurrirá si te quedas aquí, dentro del claro. Si vuelves a adentrarte en el bosque supongo que ocurrirá lo que Kronos quiera que ocurra. Aunque si lo que te preocupa es el tiempo, imagino que ya sabes que dentro de este bosque no tienes de qué preocuparte. Creo que deberías de comer algo y descansar. Mañana será otro día.

Tobías siguió al viejo hacia el interior de la caseta de la noria. Se escuchaba el ruido que hacían las piedras del molino al rozar entre sí. Todo estaba cubierto de un polvillo blanco. Era harina. Se dio cuenta al ver como de un aguajerito caía la harina a un saco que había…

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Pero no. La harina no caía. Al igual que el agua del riachuelo, que movía la noria y que movía las piedras giratorias del molino; iba al revés. Del saco, la harina subía hasta introducirse por un agujero de la piedra madre. Sobre ésta, dos ruedas de piedra giraban, pero no molían la harina, también iban al revés y del centro de las dos piedras constantemente saltaban hacia arriba diminutos granos de trigo que se introducían en una tolva de madera que había encima.

El viejo le había dicho algo, pero estaba tan ensimismado observando aquel molino que no le escuchó.

-¿Qué? No le he escuchado.

-Pues muy mal chico, hay que escuchar a las personas cuando te hablan –le reprochó el viejo-. Te decía que fuera de la cabaña todo está igual día tras día. Observa.

Se acercó a uno de los sacos que había en el suelo, lo abrió, saco de su interior un puñado de garbanzos.

-Todos los días, al amanecer, estos sacos están llenos –decía mientras dejaba caer de nuevo los garbanzos en el saco-. Éste tiene garbanzos, éste arroz y éste judías –y los iba señalando-. Igual pasa con todo lo que hay sobre la mesa.

Después fue a una mesa de madera que estaba junto a los sacos, en la esquina. Una parte de ella estaba blanca de harina y junto a la pared había algunos frascos, un par de cuchillos y otras cosas que no supo bien que eran.

-Coge ese cubo y llénalo de agua en el río –le ordeno el viejo mientras sacaba un cubo de madera de debajo de la mesa.

Tobías fue al río y lleno el cubo. De regreso pensaba si se podría beber aquella agua que corría al revés, sin que ocurriese nada extraño. Cuando volvió le preguntó al viejo:

-Esta agua… ¿No rejuvenece uno cuando la bebe o algo así?

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-Esta muy rica. Ten, echa un trago –dijo mientras cogía una jarra y le ofrecía un trago al chico-. No ocurre nada raro con esta agua. Yo llevo toda mi vida bebiéndola y estoy igual que siempre.

Pero Tobías pensó entonces en el tiempo que debía de llevar allí aquel hombre si afirmaba haberse leído todos los libros que tenía. Seguro que había algo mágico en aquella agua, aunque tenía tanta sed que no le importó. Cogió la jarra y echo un buen trago.

El viejo, por su parte, había echado agua en un gran cuenco de barro, después se fue hasta el saco de la harina y echo varios puñados, un pellizco de sal que sacó de un bote y un pedazo de levadura que sacó de otro. Amasó bien toda la mezcla en la cazuela, cuando tuvo la suficiente consistencia cogió un puñado de masa, lo lanzó sobre la mesa y siguió amasando el pan sobre ella. La espachurraba, apretaba y lanzaba por los aires. Tobías no prestaba atención, seguía embobado mirando el molino y la harina que salía del saco. De todas maneras él ya sabía hacer pan. Aprendieron a hacerlo en una excursión a una panadería que hicieron en el colegio, en la que todos se llevaron un pan a sus casas hecho por ellos mismos. La única pregunta que se le ocurrió fue:

-¿Y qué ocurre si se acaba toda la harina del saco? Es decir, si todo el saco se convierte en trigo.

-Pues que ese día no podrás hacer pan –contestó sencillamente el viejo.

La masa ya estaba lista, el viejo cogió una cesta de una estantería, de donde también colgaban una ristra de chorizos y otra de morcillas. Cogió un chorizo y una morcilla y los echo en la cesta junto con la masa de pan. Sobre la mesa también había un jamón bien colocado sobre una tabla de cortar. Cortó varias lonchas gruesas con un cuchillo y las puso también en la cesta, así como una buena porción de queso.

-Coge esa azada que hay ahí –dijo el viejo señalando detrás de la puerta.

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Salieron del molino y se dirigieron hacia la cabaña. El sendero atravesaba la pequeña huerta. El viejo dejo la cesta en el suelo, cogió la azada de las manos de Tobías y la enterró tres o cuatro veces en la tierra en los lugares justos para sacar dos patatas, una zanahoria y una cebolla. También arrancó un puerro, una cabeza de ajos y un par de hojas de berza. Una vez hecho esto regresaron a la cabaña con la cesta rebosante de alimentos.

Una vez dentro Tobías sintió curiosidad sobre casi todas las cosas que el viejo había dicho y quiso hacerle muchas preguntas, pero el anciano no se quedó quieto hasta que hubo puesto al fuego la comida.

En primer lugar abrió una trampilla que estaba sobre el fuego, empotrada en la chimenea, y colocó ahí la masa de pan. Cogió un puchero que había sobre la mesa y lo puso al fuego.

-Estos garbanzos los puse ayer en esta agua –le explicó-. Si los dejas fuera de esta habitación, en el molino por ejemplo, al día siguiente no estarán como los dejaste.

–Tobías

comenzaba a comprender-. Pues que aburrido ¿no?

El anciano no le contestó. Siguió con sus quehaceres: pelando patatas y zanahorias, cortando el chorizo y la morcilla y echándolos al puchero, limpiando la trucha.

Lo cierto es que el estómago de Tobías comenzó a dar retortijones nada más calentarse el guiso. Si era cierto lo que había dicho el viejo llevaba todo el día sin probar bocado, incluso puede que más, o tal vez menos.

Viendo que el viejo no le prestaba atención y queriendo distraer el hambre que tenía se puso a ojear las estanterías y observar algunos de los miles de libros que allí había. Las estanterías estaban llenas de telarañas y algunos libros tenían tanto polvo que no se podía leer el título. Fue pasando el dedo por algunos para limpiarlos, ahí estaban: El conde de Montecristo, Parque Jurásico,

-De

modo

que…

todos

los

días

son

el

mismo

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La historia interminable, El rey Lear, Rimas y Leyendas, El traje nuevo del emperador, La celestina, Los hijos del capitán Grant, Las mil y una noches…

Vio uno que era muy gordo, pero estaba tan sucio y gastado que su nombre no se leía ni por mucho limpiarlo. Intentó sacarlo, pero estaba encajado con fuerza entre los otros. Al final salió de una; el libro que estaba a su lado también se deslizó entre los demás y se cayó al suelo.

-Ten más cuidado jovencito –le gruño el viejo mientras seguía preparando la cena-. Debes de tener cuidado con los libros, son algo demasiado valioso como para que andes tirándolos por los suelos.

-Disculpe, ha sido sin querer, enseguida lo recojo.

Tobías no supo si había escuchado su disculpa ya que seguía removiendo el guiso como si nada. Se giró y agachó para recoger el libro que había tirado. No debía de ser muy largo, pensó al ver su pequeño tamaño. Sopló el polvo de la portada, que hizo una nube ante él y leyó: El principito.

Había oído hablar de ese libro en alguna ocasión pero no lo había leído. Lo cierto es que no era demasiado aficionado a la lectura. Pero cuando lo abrió vio que tenía unos dibujos muy divertidos y sin apenas darse cuanta comenzó a leer:

El narrador contaba como, tras haberse averiado su avioneta en

el desierto, se encontraba con El principito, quien le pedía que le dibujase un cordero. Resulta que había llegado a la Tierra desde un pequeño asteroide en el que cuidaba de tres volcanes y una flor.

Y durante un buen rato siguió leyendo las aventuras que le

sucedían a este entrañable personaje a lo largo del universo. Para

Tobías era como si él mismo estuviese atravesando el cosmos de planeta en planeta. Como si él mismo charlara con los extraños personajes que aparecían en aquel libro. Y era muy divertido.

-La cena esta lista.

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No supo muy bien Tobías si había sido el viejo o uno de los protagonistas del libro quien le había hablado. Levantó la cabeza de las páginas y de las palabras que ellas contenían y volvió a la cabaña en la que se encontraba. De un sólo vistazo comprobó que estaban servidos a la mesa un gran número de deliciosos manjares:

dos platos hondos con lo que parecía el guiso que el viejo había empezado a preparar cuando comenzó a leer, un pequeño cestillo lleno de crujiente pan recién horneado, otro con diversas frutas como peras, manzanas o melocotones y una bandeja con una enorme trucha asada en el centro de la mesa. El anciano se encontraba sentado en una de las bancas a la espera de que Tobías tomara asiento.

Había también colocados sobre la mesa unos cubiertos, un par de servilletas de paño y algunas velas encendidas. Había más velas encendidas por la habitación, ya que había anochecido. Pero Tobías no se había percatado del cambio, ni de cómo el viejo preparaba la cena, ni tan siquiera le había distraído de su lectura el delicioso olor del que ahora era consciente.

-Veo que este lugar ya no te resulta tan aburrido –dijo el viejo-.

-¡Guau! ¡Acabo de vivir una historia increíble! –Dijo el chico entusiasmado, aunque pronto se disculpó con el viejo-. Y… lo siento, pero no me he dado cuenta de que la cena estaba lista.

-Tranquilo, no te preocupes –el viejo ya conocía los misterios que guardaban todos aquellos libros-. Es un placer para mí verte descubrir la magia que habita en el interior de los libros. Ahora cenemos antes de que esto se enfríe.

El guiso de garbanzos con verduras, chorizo y morcilla no duró mucho en el plato de Tobías y lo dejó limpio rebañándolo con sopas de aquel crujiente pan. Aunque la trucha era deliciosa, con una piel crujiente y una carne que se deshacía en la boca, no pudo comer todo lo que el viejo le había servido. Prefirió dejar un hueco en su estómago para un dulcísimo melocotón. Durante la cena de lo único de lo que se preocupó Tobías fue en aplacar a su hambriento

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estomago -puede que fuera cierto que llevaba un día entero sin comer-, pero después del postre fue el viejo quien inició la conversación.

-¿Es muy guapa verdad?

-¿Cómo?

-Me refiero a tu princesa, debe de serlo si has llegado hasta aquí en su búsqueda.

-Ahhh… -Tobías no sabía muy bien que decir-. Supongo que sí –dijo al final sin mirar directamente al viejo.

El viejo rió al ver la cara que había puesto.

-Vamos chico no te avergüences, si es lo más normal del mundo –procuró calmarle el viejo.

Tobías se levantó de la mesa y comenzó a recoger como si no le hiciera caso, pero escuchó muy bien toda su explicación.

-Un joven y aventurero caballero se adentra en un bosque lleno de misterios y peligros para rescatar a una princesa perdida. Tras vivir docenas de aventuras acompañado por los más pintorescos personajes por fin encuentra a su amada –Tobías se puso colorado al escuchar lo de “su amada”-, después de salir victorioso tras la batalla final contra un gigantesco y monstruoso guardián.

Pero el color de la cara de Tobías se convirtió en pálido al escuchar lo de “gigantesco y monstruoso guardián”.

-Un gigantesco ¿Qué? –Gritó asustado Tobías-.

-Claro chico –el viejo parecía sorprendido-, la batalla final en donde medirás tus fuerzas con las de algún dragón de tres cabezas, algún ogro demoníaco o algún centauro o minotauro mitad hombre y mitad bestia. Y así el bien vencerá definitivamente al mal.

-Pero yo no puedo luchar contra un… un “centavo” de esos, sólo soy un niño.

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-Bueno, bueno, tranquilo. Por eso te adentraste en el bosque, poco a poco iras midiendo tu valor ante las adversidades con las que te encuentres y de ese modo dejaras de ser un niño, para convertirte en un hombre. Además, seguro que cuentas con alguna poción mágica con la que desaparecer o alguna espada que triplica tu fuerza como la del Rey Arturo o cuentas con la ayuda de un gran mago amigo tuyo como Frodo tenía a su gran amigo, el mago Gandalf.

Tobías no sabía que decir. No estaba seguro de que aquel viejo, que todo sea dicho parecía estar un poco mal de la mollera, tuviera razón. Pero si acaso la tenía y debía de luchar contra un dragón, él no tenía ningún amigo mago que le ayudara. Pensó que tenía que pedirle ayuda al viejo. Lo cierto es que él si que tenía pinta de mago con aquellas barbas tan largas.

Pero el viejo ya había advertido la preocupación en el rostro de Tobías. Se levantó, abrió un viejo baúl que se encontraba a los pies de la cama y de su interior saco algo. Era una especie de piedra.

-Tranquilo chico, tranquilo –le explicó el viejo sonriente-. Ya sabía yo que el destino te había traído aquí por alguna razón. Supongo que era para que yo te advirtiese de lo que te espera y te ayudara a afrontar los peligros que te aguardan. Ten, imagino que yo ya no la voy a necesitar.

Se volvió hacia Tobías y dejó caer una piedra sobre sus manos. Era verde, lisa y brillante.

-Esta piedra que te entrego es una piedra mágica, o al menos eso fue lo que me dijo la persona que me la dio. Me dijo que al lanzarla contra el enemigo, golpea siempre en el punto débil de éste. De la misma forma que la flecha lanzada por Paris encontró el talón de Aquiles.

-¿En serio? –Dijo Tobías incrédulo. Le parecía que aquel viejo decía mayores tonterías conforme pasaba el tiempo-. Entonces la guardaré bien para no perderla.

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Fue a guardarla en el bolsillo de su pantalón, pero se dio cuenta de que en él tenía guardada la diadema y como no quería que se rompiese prefirió dejar la piedra sobre la mesa.

El viejo comenzó a recoger y Tobías quiso ayudarle pero se sorprendió al ver que lo único que hacía era abrir la ventana y lanzar fuera todos los platos con los restos de comida, así como la perola en la que habían guisado, los cubiertos y las servilletas. El chico no salía de su asombro.

-Pero… ¿Qué hace?

-Así es más fácil –dijo el viejo-, ya te he dicho que todo volverá a la normalidad mañana, fuera de esta cabaña cada día se repite de forma idéntica.

Tobías se convenció de que el viejo hacía cosas más raras y mayores tonterías conforme pasaba el tiempo. Decidió no hacerle demasiado caso y volvió a abrir su libro dispuesto a averiguar qué nuevas aventuras le aguardaban al Principito.

Y siguió leyendo hasta que aquellas aventuras que transcurrían a lo largo y ancho del universo se convirtieron en sus propios sueños. Y durante toda la noche soñó con planetas lejanos habitados por gentes extrañas, hasta que por la mañana le despertó el canto del gallo.

Había estado feliz en sus sueños, pero al despertarle el quiquiriquí del gallo se sintió desorientado y con miedo. Tardó un tiempo en darse cuenta de donde estaba y al descubrirse de nuevo en el interior de aquella extraña cabaña, sobre el viejo camastro, en aquel extraño bosque, se preguntó si acaso no seguiría soñando. Miraba hacia todos lados con nerviosismo y al ver todos los libros fue recordado las cosas tan extrañas que le habían sucedido el día anterior.

Bajó del camastro en el que se había quedado dormido con el disfraz de pirata puesto y se calzó sus botas. Al ponerse de pie se dio cuenta de que allí faltaba algo.

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-¿Hola? –Preguntó en voz alta-. ¿Señor? Eh… abuelo ¿Hola? ¿Dónde está?

Pero nadie le contestó, lo único que se escuchó fue de nuevo el canto del gallo. Hacía algo de frío. Tobías vio que en la chimenea solo quedaban algunas brasas y le echo al fuego un tarugo de madera que había junto a la chimenea. Pero seguía teniendo frío. Se fijó en que el abrigo del viejo se encontraba sobre la mecedora. Se lo puso y salió fuera de la cabaña. El suelo estaba mojado, como si hubiese llovido.

-Que raro –dijo Tobías-. ¿Se habrá ido sin su abrigo y con este frío?

El claro estaba precioso. Los rayos del Sol mañanero destellaban en las pequeñas gotas que lo bañaban todo. Todo el suelo brillaba de verde hierba hasta los frutales de al lado del río, cuyos frutos parecían piedras preciosas. Volvió a escucharse el canto del gallo tras la casa. No había visto el gallinero del que le había hablado el anciano ni tampoco a la vaca. Seguro que el viejo había madrugado para ordeñarla y para recoger los huevos.

Rodeó la cabaña por entre la huerta. En la parte de atrás había un pequeño tejado que cubría unas tablas de madera en las que había unos montones de paja. Cinco gallinas estaban allí acurrucadas junto al calor que desprendía la pared, ya que estaban tras la chimenea. La vaca pacía no muy lejos de allí. No había ni rastro del viejo.

El gallo volvió a cacarear. A la vaca parecían no agradarle los chillidos del pájaro, de modo que se acercó hasta él y cuando estuvo al lado mugió con tal fuerza que no sólo asustó al gallo sino también a todas las gallinas, las cuales hicieron tal revuelo con sus saltos y cacareos que asustaron también a Tobías, quien volvió dentro de la cabaña.

Tobías pensó que el anciano habría salido para algo importante. Se le ocurrió que lo esperaría tranquilamente leyendo en la

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mecedora. Cogió el libro, que se encontraba sobre la repisa de la chimenea. Se fijó en que junto al libro se encontraba la piedra mágica que le habían regalado. Como si fuese un pisapapeles, sujetaba una nota que estaba escrita. Tobías la cogió y la leyó:

<< Mi cabaña y mi biblioteca ahora son tuyas. Disfruta de las maravillas que esconden los libros. Y recuerda, si quieres encontrar a tu amor antes tendrás que encontrarte a ti mismo. >>

Tobías sintió pánico. El anciano lo había dejado solo. Confiaba en que le dijese por donde debía volver pero ahora volvía a estar completamente perdido. Estuvo a punto de salir corriendo de allí, pero no sabía hacia donde dirigirse y tampoco quería ponerse a buscar al viejo por el bosque. Lo mejor que podía hacer era tranquilizarse y pensar con calma.

Llegó a la conclusión de que lo más prudente sería quedarse ahí. Al menos la cabaña le proporcionaba un refugio acogedor, sabía que había comida para pasar al menos unos cuantos días y con tanto libro podría estar entretenido. Sabía que sus padres estarían tan preocupados que removerían cielo y tierra tratando de encontrarle y aunque aquel bosque era grande y frondoso, el claro podía verse bien desde el cielo. Seguro que tarde temprano llegaría algún helicóptero de salvamento como los de los guardacostas que había visto en televisión. Además quería saber como terminaba El Principito.

Sopló el fuego hasta que comenzó a arder, se recostó en la mecedora y continuó leyendo los sucesos que le ocurrían a este curioso y entrañable personaje. Casi sin darse cuenta leyó hasta la última página.

La verdad es que le gustó mucho, muchísimo, aquel libro. Pensó que si toda la gente fuese como El principito se solucionarían muchos problemas del mundo. Miró alrededor y se dio cuenta de la cantidad de historias increíbles de las que debía de estar rodeado. Pero entonces un rugido que provenía de su estomago le hizo recordar que debía de comer algo.

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Salió de la cabaña y se dirigió hacia el molino, que parecía también ser el almacén de alimentos. Conforme se acercaba iba escuchando el sonido que hacían las piedras moliendo trigo. Cuando entró volvió a quedarse asombrado por el mecanismo de aquel molino. En realidad “des-molía” el trigo. Pasó la mano por la harina, la cual subía por entre sus dedos hacía el molino. Era algo muy extraño. Recordó lo que el viejo le había dicho: “Si se acaba la harina ese día no podrás hacer pan”.

-Pero… ¿por que no se ha acabado la harina? –pensó-.

Echó un vistazo al interior del molino y le llamó la atención ver que sobre las estanterías estaban colocados todos los cacharros y platos que habían usado la noche anterior, completamente limpios. ¿Los habría limpiado el viejo antes de marcharse? No podía ser. Todo lo que había sobre la mesa el día anterior seguía estando ahí, solo que todo estaba intacto. El queso, por ejemplo, de que habían cortado un buen pedazo volvía a estar entero. Lo mismo ocurría con el jamón y las ristras de chorizos y morcillas.

Le pareció buena idea hacerse un buen pan que le durase varios días. Cogió el saco de la harina y lo empujó para quitarlo de debajo del molino, pero pesaba demasiado y se le cayó al suelo, formando una gran nube de harina que bañó de polvo blanco todo lo que había en el interior de la cabaña, incluyéndole a él. El molino seguía girando, pero dejaron de subir granos de trigo hacia la tolva. Igual que hizo el día anterior y con el mismo cubo salió a coger agua del río.

Volvió con el cubo lleno de agua e hizo la masa junto con la harina y la levadura que había visto coger al viejo la tarde de antes. Una vez tuvo la masa lista la colocó en un cesta junto con dos buenos trozos de jamón y de queso. Cogió también un cuchillo y un par de tomates de la huerta. Los hoyos que la tarde de antes había hecho el viejo para sacar patatas y cebollas tampoco estaban.

Regresó a la cabaña y colocó la masa en el horno. Para que la espera se le hiciera más corta decidió buscar un nuevo libro con el

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que vivir alguna aventura. Había cientos, miles de libros todos completamente desordenados, apilados en montones en los estantes, unos tras otros o formando enormes columnas en el suelo. Leyó algunos títulos que le interesaron bastante como Charlie y la fábrica de chocolate o Viaje al centro de la tierra, pero yendo como iba, vestido de pirata, no pudo resistir coger nada más leer el título La isla del tesoro de Robert Luis Stevenson.

La vieja fonda Almirante Benbow le recordaba de aluna forma a la cabaña en la que se encontraba, con maderas desencajadas y que crujían al pisar sobre ellas. Un viejo marinero había llegado a la fonda y le había pedido al joven Jim Hopkins que vigilara en busca de un pirata de una sola pierna. Pero al final aparecieron los piratas que lo estaban buscando y lo mataron. El joven Jim Hopkins había encontrado, en el interior del cofre del marinero el mapa que mostraba la isla del tesoro. Ahora el chico estaba a punto de embarcarse en un viaje a través del océano para buscar el tesoro del capitán Flint, el tesoro más grande que se conoce y que les volvería ricos a todos.

Pero algo no marchaba bien, de pronto Tobías se fijó en que algo olía a chamusquina. Cuando volvió a la realidad descubrió horrorizado que su pan se había quemado. Se había olvidado por completo. Cuando lo sacó del horno parecía un gran trozo de carbón y se quemo las manos al cogerlo.

-Maldita sea –se reprochó-.

Y sacudió una patada al negro pan, que salió por la puerta que había dejado abierta. Se dio cuenta de que ya no tenía tanta hambre. Dejaría lo del pan para más tarde. Salió fuera de la cabaña y se fue hacia los árboles frutales que estaban junto al arroyo. Cogió un par de manzanas y de melocotones y volvió al interior. Siguió leyendo mientras comía las frutas y no volvió a dejar de leer hasta que al joven Jim le ocurrió algo tan impredecible que hasta el mismo Tobías se sobresaltó en la mecedora.

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Se fijó entonces que comenzaba ya a oscurecer. No podía creer que hubiese pasado todo el día leyendo sin darse cuenta de nada. Pero lo cierto era que no había pasado el día leyendo, todo el día lo había pasado navegando junto a piratas a bordo de La Hispaniola.

Comió entonces el trozo de queso que había cogido en el molino y unas cerezas que salió a coger a un cerezo cercano. Ya había anochecido, de modo que antes de acostarse salió a buscar leña para echar al fuego. Se acostó sobre el camastro y regresó a La isla del tesoro hasta que se quedo dormido.

El día siguiente amaneció como el anterior, el gallo volvió a despertarle. Pero aquella mañana decidió comenzar bien el día y hacer todo lo que no había echo el día anterior. En primer lugar fue al río para lavarse y llenar un cubo de agua. Cuando entró en el molino se sorprendió al observar que todo estaba exactamente igual de cómo lo había encontrado el día anterior.

El saco de harina, que el día anterior se había caído y esparcido la harina por todas partes, volvía a estar debajo del molino con su harina subiendo para arriba como de costumbre. Todos los platos, cuencos, botes y frascos que había en las estanterías volvían a estar limpios. Bueno, al menos no estaban blancos, que era como habían quedado el día anterior.

Incluso bajo la mesa había otro cubo, exactamente igual que el que llevaba con agua. El queso y el jamón volvían a estar completos. El cuchillo con el que había cortado el queso y que lo había dejado en la mesa de la cabaña de los libros estaba de nuevo ahí, en el mismo sitio en donde lo cogió ayer.

Fue corriendo a la cabaña y cogió todo lo que se había llevado el día anterior, el cuchillo, la cesta de mimbre y un trozo de jamón. No se había comido el jamón la noche anterior así que ahora tenía más que antes. También tenía dos cuchillos y dos cestas idénticas.

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Recordó lo que había dicho el viejo cuando fue a recoger la mesa la otra noche: “Tranquilo lo único que hay que hacer es sacar fuera todo y mañana al amanecer todo volverá a estar igual.”

-Un momento, entonces esto quiere decir –Tobías se había puesto a razonar en voz alta- que ocurra lo que ocurra o haga lo que haga, todos los días todo volverá al principio. Cada mañana todo seguirá igual.

Pero de todas formas no estaba demasiado convencido de eso. De modo que se fijó bien en todo lo que hizo aquel día para ver que ocurriría al día siguiente.

Lo primero fue volver a lanzar al suelo el saco de la harina. De nuevo una nube de blanca harina lo embadurnó todo. Continuó por amasar pan, que esta vez no se quemo, ya que mientras se horneaba intentó preparar un guiso como el que había visto preparar al viejo. Para ello utilizó verduras de la huerta, dos de los seis chorizos que había en el interior del molino y arroz que encontró en el interior de un saco.

Al final pudo comer un guiso bastante bueno aunque había olvidado añadirle sal. No volvería a ocurrirle, ya que tras echar un vistazo en el molino había encontrado de todo. Había botellas de aceite, vinagre, incluso de vino; sal, azúcar y muchos frascos con extrañas especias en su interior. Había un bote con mermelada de ciruela riquísima y otro lleno de mantequilla, ambos tapados con un paño.

Después de comer tuvo tiempo de acabar La isla del tesoro y como un naufrago que aparecía le había caído muy bien, comenzó con Robinson Crusoe de Daniel Defoe.

El barco en el que Robinson viajaba había naufragado en una isla desierta y él era el único superviviente, debía ingeniárselas por sí mismo para poder sobrevivir. Leyó como aquel hombre, armado tan solo con su inteligencia y el baúl del carpintero, fue capaz de construir cabañas por toda la isla, procurarse alimentos e incluso

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defender su isla contra quien quisiera conquistarla. Era el rey de su isla.

Le recordaba mucho a su misma situación, solo que él lo tenía todo más fácil. Hizo una prueba: cuando volvió a sentir hambre, ya a la hora de cenar, salió a por algunas frutas y llenó la cesta con todas las peras que había en el peral, diecinueve en total. Después siguió leyendo hasta que se quedó dormido.

En efecto, a la mañana siguiente comprobó que todo volvía a estar exactamente igual a como lo había estado la mañana anterior. El peral volvía a tener diecinueve peras, las mismas que la tarde anterior había cogido y aún seguían en la cesta, dentro de la cabaña.

Al día siguiente arrancó todas las zanahorias de la huerta. Aunque solo utilizó una que cocinó a la brasa junto con otras muchas verduras que cogió y un filete de la octava trucha que intentó capturar, igual que había visto de hacer al viejo. Al día siguiente todas las zanahorias volvían a estar plantadas en su sitio.

Ese mismo día también terminó de leer Robinsón Crusoe y comenzó con Las aventuras de Hucleberry Finn, siguió con Las aventuras de Oliver Twist y después con las de Tom Sawyer. Y para aquel entonces había probado a dejar que la cesta de mimbre se fuera río abajo –es decir río arriba-, calcinar por completo el cubo de madera e incluso estrellar contra una roca el frasco con la deliciosa mermelada. Todo seguía siempre igual al día siguiente.

Los clásicos de la literatura juvenil como Los hijos del capitán Grant y Miguel Strogoff de Julio Verne o El conde de Montecristo y Los tres mosqueteros de Alejandro Dumas, dieron paso a historias más serias como Guerra y Paz, El amor en los tiempos del Cólera y Hamlet; o de terror como Dracula de Bram Stoker y los cuentos de Edgar Alan Poe.

Nunca había leído demasiado, solo algunos tebeos. No sabía que tan solo leyendo pudiera adentrarse en mundos tan maravillosos, conocer a tantos personajes o vivir tantas aventuras.

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Poder aprender tanto sin tan siquiera salir de los márgenes de una página. Era capaz de sentir el frío mar polar en su piel o el calor de los desiertos de Arabia, pues su piel era el papel. Surcar los océanos o morir de sed en un inmenso mar de arena. Recorrer Asia menor a lomos de un elefante o cazar un mamut. Perderse en una fábrica de chocolate o en un planeta olvidado de alguna lejana galaxia.

Libros de ciencia ficción de autores como Isaac Asimov o Aldous Huxley, históricos como El nombre de la rosa, No digas que fue un sueño o El arca de Schindler, y también de misterio como Asesinato en el Orient Express de Agatha Cristie o El sabueso de los Baskerville de Arthur Conan Doyle. Ivanhoe, Las mil y una noches, El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, La divina comedia, El fantasma de la Opera, Cuentos de Canterbury, El camino, Mujercitas, El mundo de Sofía, El coronel no tiene quien le escriba, El padrino

Lo cierto es que las historias de los libros se convirtieron en su propia vida, de tal modo que comenzó a olvidarse de la hora de comer o del momento de irse a dormir. Solía sacarle del libro en que se encontraba algún rugido de su estomago o despertarse por la mañanaza con el canto del gallo tras pasar toda la noche soñando con la historia que estaba leyendo.

Pero no importaba. Nunca pasó hambre. Ni tuvo sueño o se sintió cansado en ningún momento. Aquel mágico claro del bosque de Kronos hacía que la vida fuese la mar de placentera. Solo tenía que preocuparse de soñar despierto. Sus dificultades sólo eran hacer pan cada dos o tres días, salir a recolectar algunas verduras o frutas, ordeñar a la vaca para beber una taza de leche o coger un par de huevos de los tres que todas las mañanas se encontraban en el gallinero.

El resto del tiempo lo pasaba intentando averiguar quién era el asesino, luchando contra hordas de orcos y trolls, siendo perseguido por algún fantasma de la noche, intentando averiguar el misterio que se esconde tras las pirámides de Egipto o encontrar la ciudad

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perdida de La Atlántida, divirtiéndose en Costa Rica, muriendo en Tierra Santa o enamorándose en Verona.

Leyó escritos de todas las culturas, tiempos y lugares: La Odisea de Homero, La vida es sueño de Calderón de la Barca, La metamorfosis de Kafka, El libro del buen amor del Arcipreste de Hita, El curioso incidente del perro a medianoche de Mark Haddon; Memorias de una vaca, Las minas del rey Salomón, El diario de Anna Frank, El clavo, Lo que el viento se llevó, El ocho, El abuelo, Sueño de una noche de verano, Fausto, La conjura de los necios, El lobo estepario, La sonrisa etrusca, Moby Dick, Los siete pecados capitales, La Eneida, La pasión turca, It, Historia de dos ciudades, La cruz de bronce; también ensayos filosóficos, periodísticos o divulgativos como El origen de las especies de Charles Darwin o El contrato social de Rousseau, Cartas de Tolstoi, Sobre la libertad, Así hablo Zaratustra; y las más bellas y emotivas poesías de poetas como Juan Ramón Jiménez, Pablo Neruda, Miguel Hernández o Federico García Lorca. Incluso libros como el Tao Te King, la Biblia o el Corán.

Y siguió leyendo y leyendo durante más tiempo del que ninguna persona podría dedicarse a leer en toda la vida. En ningún momento ocurrió nada, ni nadie vino jamás a rescatarlo. No hasta aquel día. Había sido un día como cualquier otro, se le había acabado el pan pero al menos el día anterior había recordado dejar legumbres en remojo dentro de la cabaña. Se encontraba tranquilamente sobre su mecedora, junto al fuego, leyendo la historia de una familia cuyo destino era vivir Cien años de Soledad, cuando escuchó que alguien le hablaba desde la puerta.

Nunca antes le habían interrumpido, de modo que chistó al desconocido, ya que prefería acabar el párrafo antes de abandonar la lectura. Lo primero en que se fijó al regresar de Macondo, lugar donde vivía la familia de su libro, fue que hacía algo de frío en la habitación, de modo que se incorporó y echo un tarugo de leña al fuego.

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-Verá, me preguntaba –dijo el extraño- si no habrá visto de pasar por aquí a alguien hoy.

Se trataba tan sólo de un niño. Un niño de corto pelo negro, ojos curiosos y por extraño que parezca, un niño pirata. Al menos vestía como tal. Al ver a aquel niño supo al instante que era lo que lo había llevado hasta allí.

-De modo que… -dijo Tobías- la buscas a ella.

-¿Cómo lo sabe? –Dijo el joven sorprendido- ¿Acaso la ha visto pasar?

-No -respondió Tobías-, nunca había visto de pasar a nadie por aquí. Lo sé por que hace mucho tiempo yo también la estuve buscando. Al igual que tú llegué hasta aquí cansado de buscar y aquí me quedé.

El joven miró a Tobías no muy convencido de lo que éste decía.

-Creo que no le entiendo –respondió contrariado el chico-. O tal vez nos equivocamos de persona. Yo busco a una chica que…

A Tobías le cayó bien aquel chico nada más verlo, aunque saltaba a la vista que estaba más perdido que Alicia en el país de las maravillas. Tobías le explico que, como todos los aventureros de los libros, lo que aquel joven buscaba era vivir una aventura. El joven se sorprendió mucho cuando le dijo que había olvidado su nombre y también le resultaba muy extraño que viviera allí solo, nada más que leyendo libros.

Pero Tobías estaba encantado de tener compañía, al menos así el día tendría algo de diferente. Pensó que debía de convencer al chico para que esa noche se quedara dentro de la cabaña. Si se quedaba fuera seguro que desaparecía o algo así, igual que ocurría con todo lo que dejaba fuera por las noches. Además había algo en aquel chico que le gustaba, algo, tal vez algún lejano recuerdo, le decía que debía de ayudarle.

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Aquella tarde el joven ayudó a Tobías a preparar la cena. Era un chico simpático y muy curioso. No hacía más que hacer preguntas:

“¿Para qué es eso?”, “¿No rejuvenece uno cuando bebe esta agua?”, “¿Y qué es lo que ocurre cuando se acaba la harina?”. La verdad es que muchas cosas en aquel claro necesitaban de una explicación. Tobías procuraba explicarle todo cuanto le era posible, pero al final el chico prefirió ponerse a leer un libro que había encontrado. De entre los miles de libros había escogido: El Principito, y pareció gustarle mucho, puesto que permaneció absorto en su lectura hasta que Tobías le avisó de que la cena estaba lista.

Fue agradable cenar acompañado, tras comer el chico se asustó al contarle Tobías que, según ocurre siempre en los libros, tendría que luchar contra algún monstruo antes de encontrar a su amada. Se le ocurrió la forma de ayudarle. No sabía muy bien por qué, pero tenía guardada por alguna parte una piedra mágica que le habían regalado hacía muchísimo tiempo. Él se la regaló a aquel joven.

Tras recoger la cena, ambos volvieron de nuevo a su lectura. Tobías como siempre recostado en su mecedora y el joven sentado sobre el camastro. Ya no dejó de leer hasta que terminó el libro y descubrió por fin el secreto que se escondía tras la familia Buendía.

Al cerrar aquel libro pensó que tal vez fuese el mejor libro de entre todos los que allí había. Se preguntó si los habría leído todos. Sabía que muchos los había leído varias veces, ya que no recordaba haberlos leído antes. Pero… ¿Cuántos le quedarían por leer?

-Dichosa memoria –pensó-.

El extraño jovencito se había quedado dormido sobre el camastro. Tobías se le quedó mirando con parsimonia, su rostro le resultaba muy familiar. No recordaba bien como había dicho que se llamaba: ¿Jeremías, quizás?

Se dio cuenta de que tenía algo en la mano, una hoja doblada por la mitad y que utilizaba para marcar la página por la que iba leyendo. Debía de encontrar un nuevo libro para marcar. Observó el

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libro de El principito que el joven tenía abierto sobre el regazo. Puso la marca en el libro del chico y lo dejó sobre la mesa.

El principito; había leído aquel libro muchas veces pero…

-¡Claro! Fue el primer libro que leí –recordó-. Que coincidencia que Tobías halla escogido el mismo.

¿Tobías? ¡Ese era el nombre del chico! Pero… ¡También era el suyo! Leyó El principito el primer día que llegó allí. Recordó que hasta entonces vivía en aquella cabaña un viejo que… que no tenía nombre… por que lo había olvidado. Tobías poco a poco lo fue recordando todo y cuando se dio cuenta de lo que ocurría sintió tal mareo que tuvo que recostarse de nuevo sobre la mecedora.

No podía ser, sencillamente no podía ser. Pero conforme observaba con más detenimiento aquel rostro más se convencía de la verdad. Aquel viejo le había dicho que debía de cuidar de la cabaña, pero no le había dicho hasta cuando.

¡Aquel viejo era él! Rápidamente cogió el libro que acababa de dejar sobre la mesa, había recordado algo. Volvió a sacar el papel que había usado de marca, lo desdoblo y como temía, había algo escrito:

<< Mi cabaña y mi biblioteca ahora son tuyas. Disfruta de las maravillas que esconden los libros. Y recuerda, si quieres encontrar a tu amor antes tendrás que encontrarte a ti mismo. >>

-Encontrarme a mi mismo… -susurraba Tobías mientras volvía

a leer la nota que le dejó el viejo al marcharse-. Encontrar a su amor. ¡Silvia!

Poco a poco volvió a recordarlo todo, había olvidado por

completo que tenía que encontrar a su amiga y regresar a casa. No era consciente del tiempo que había pasado allí. Ahora que recordaba toda su vida anterior le parecieron años, incluso siglos, los que había permanecido oculto en aquel bosque dedicado tan sólo

al placer de la lectura.

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Pero mientras observaba a ese muchacho, que no era otro que él mismo de joven, sabía que había llegado el momento de continuar su camino. Miró a su alrededor, ahora estaba convencido, los había leído todos.

Con pasos pesados salió de la cabaña y fue hasta el arroyo, de donde sacó un cubo de agua. Faltaba poco para el amanecer y había la suficiente luz como para que Tobías pudiera ver su rostro reflejado en el agua. Tenía la cara llena de arrugas, una gran calva y barba blanca. Había envejecido hasta convertirse en un anciano. Regresó dentro y volvió a verse a si mismo cuando era joven.

El pequeño Tobías dormía plácidamente sobre el camastro en el que dormiría cada día hasta hacerse tan viejo como él. Soñaba con planetas lejanos, inconsciente del número de sueños de que estaba rodeado.

La claridad de la mañana asomaba ya por la ventana y el viejo Tobías debía irse antes de que cantara el gallo. Se quitó el abrigo y lo dejó sobre la mecedora, aún llevaba debajo el disfraz de pirata. Se fijó en la roca verde que le había regalado al chico, el viejo se la había dado para que la usara cuando tuviese que enfrentarse con algún monstruo. Pero ahora no era más que un viejo, ¿a qué monstruo esperaba vencer?

Tenía en la mano aún el trozo de papel con la nota escrita. Lo dejó sobre la repisa de la chimenea y colocó la piedra encima. El joven Tobías se removió sobre la cama, pero no se despertó. Tobías sonrió al despedirse:

-Volveré algún día –dijo el viejo al niño-. Puedes leer algo, si ves que te aburres –rió mientras cruzaba entre las columnas de libros y abandonaba la habitación.

Cerró la puerta y caminó alejándose entre las hortalizas y los frutales. Nunca había madrugado lo suficiente como para ver el amanecer, siempre leía hasta muy tarde. El aire era muy húmedo,

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hacía algo de frío y bajo los árboles se cernía la oscuridad. Pero no le importaba, ya no le daba miedo el bosque.

No sabía muy bien cómo volvería, pero no importaba. Se había encontrado a si mismo, y sabía que podría volver. Su ánimo era distinto a como lo había sido durante todo el tiempo que había estado en la cabaña. Se sentía como más joven, y dispuesto a proseguir con su aventura. Pensó que no sabía muy bien como había aguantado tanto tiempo ahí encerrado.

Tobías se giró para contemplar por última vez la cabaña en la que tanto tiempo había estado viviendo. Se iba alejando poco a poco sin dejar de mirarla. Pensó que era su casa, que lo había sido desde el día en que llegó siguiendo a una gallina y que siempre lo sería. Como se alejaba marcha atrás, se recordó a si mismo como la gallina a la que había seguido para llegar. Y entonces entendió que era lo que tenía que hacer.

Siguió andando al revés mientras se adentraba en el bosque. Paso a paso, caminando marcha atrás de la misma forma que lo hizo la gallina. Tenía que ir con el cuello girado para no tropezarse, pero no importaba por que pronto comenzó a suceder lo que quería que ocurriera.

Su cuerpo comenzó lentamente a cambiar de forma. Dejó de caminar encorvado para ir irguiéndose. Los blancos pelos de su barba y sus cabellos fueron acortándose y cambiando de color hasta volver a su corto castaño original. Todas las arrugas de su cara fueron poco a poco desapareciendo y su vista volvió a aclararse. Fue lentamente rejuveneciendo y en poco tiempo había pasado de ser un viejo a volver a ser el mismo Tobías niño que fue la primera vez que se adentró en el bosque.

Dejó de caminar al tiempo que llegaba al río del que hacía tanto tiempo había salido empapado. Todo estaba igual que cuando se había puesto a seguir a la gallina, sólo que ahora las aguas del río circulaban en el sentido correcto, de arriba hacia abajo.

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Recordaba haberse caído al río por el lado contrario, así que lo cruzó con cuidado de no caerse y volver a ser arrastrado por la corriente. Cuando estuvo en el otro lado comenzó a caminar río abajo. Éste iba volviéndose cada vez más caudaloso, con pequeños saltos y cascadas. A veces tenía que descender por alguna cuesta, llevando mucho cuidado para no caerse con las resbaladizas rocas y un par de veces tuvo que saltar algún arroyo que desembocaba en el río.

Durante todo el recorrido iba esperando que volviese a ocurrirle alguna cosa extraña. Pero no ocurrió nada. El río seguía su curso de forma normal, sólo que cada vez se volvía más ancho. Se escuchaba el canto de los pájaros, el viento movía las copas de los árboles. Parecía el bosque más normal y tranquilo del mundo.

Hasta que llegó a un lugar por el que discurría un pequeño arroyo. Hubiera podido saltarlo de no ser por que la parte contraria estaba mucho más elevada que en la que se encontraba y si saltaba seguro que se escurriría hasta caer al agua.

Fue entonces cuando se le ocurrió otro truco: pensó que no sería tan difícil saltar si se encontrase en el lado contrario. De modo que se puso en cuclillas en el suelo, de espaldas a arroyo y saltó hacia atrás. Dio un salto tan alto que era imposible incluso darlo hacia delante, aunque podría decirse que lo único que había hecho era dejarse caer, al revés, desde el lado más alto; donde acabó de pie como si nada, mirando al arroyo desde el otro lado.

De pronto escuchó un ruido que venía de detrás de él. El sonido de algo que pisaba sobre la hojarasca. Al principio se asustó al creer que sería algún animal. Pero cuando miró con más detenimiento le sorprendió ver algo que se escondía tras unos arbustos y algo brillante que sobresalía por encima de ellos.

Comenzó entonces a correr convencido de que por fin la había encontrado. Pero cuando llegó a los arbustos tras los que creía que estaba, no la encontró. Aunque al poco volvió a escuchar el sonido de sus pisadas alejándose y siguió corriendo por el margen del río

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con la intención de alcanzarla. Durante todo el tiempo creía ir viéndola, veía arbustos y ramas moviéndose por delante de él, o algún destello que sin duda era producido por su dorada cabellera. Pero cuando llegaba al lugar donde creía haber visto algo no había nada.

Ya estaba harto. Si había sido capaz de detener a un jabalí, seguro que podría hacer detenerse a su amiga. Escuchó un ruido más adelante y unas ramas se movieron.

-¡Detente! –Gritó extendiendo los brazos como si fuese un mago.

En efecto las ramas dejaron de agitarse, pero no había nada cuando miró detrás de ellas. Un ruido volvió a escucharse, esta vez desde más lejos, y vio algo que brillaba junto al tronco de un árbol.

-¡Detente! –Volvió a gritar-.

Cuando llegó junto al tronco del árbol descubrió qué era lo que brillaba. No era más que la cola de una ardilla de cola blanca. Tenía una bellota entre los dientes y también se había paralizado en su ascenso a la copa del árbol.

-Pues vaya –dijo frustrado Tobías-, era solo una ardilla. Ah… puedes continuar.

Y nada más decir esto la ardilla dio un salto hacia arriba y continuó subiendo el tronco hasta perderse entre las copas de los árboles.

Tobías miró alrededor suyo muy atentamente para ver si veía o escuchaba algo. Pero sólo el viento llegaba a sus oídos y movía las hojas. También se oía a lo lejos el sonido del río junto al que había comenzado a caminar, fue hasta él y siguió caminando junto a la orilla.

Poco a poco se dio cuenta de que la luz se volvía más oscura, pero podía seguir viendo igual de bien. Era como si se estuviesen perdiendo poco a poco los colores de las cosas: los troncos y las

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hojas del suelo eran cada vez más grises, las verdes copas de los árboles también se volvieron grisáceas, el río e incluso él mismo. Bordeó una zona de grises matorrales y se encontró con un nuevo claro.

Le recordó al claro con que se encontró la primera vez que se adentró en el bosque, sólo que éste era mucho más extraño. Recordó que el primer claro era tan bonito que sintió una gran alegría. Al contemplar éste, en cambio, lo inundaba una profunda tristeza. Incluso le dio cierto miedo adentrarse en él.

Ninguna flor brotaba de la tierra, ni ningún arbusto, ni tan siquiera había hierba. Todo el suelo estaba cubierto de una capa de diminutas hojas grises de la misma forma que si pareciese ceniza. Apenas si había luz, era como si estuviese nublado. Tan sólo, en el centro del claro, se alzaba un enorme tronco de color grisáceo. Tobías fue alzando lentamente la mirada al cielo, hasta que lo comprendió todo.

Aquel árbol de tronco gris era gigantesco. Tan alto como un rascacielos. Y la copa de aquel gigante ocupaba todo el espacio que limitaba el claro. Era por ello que todo el claro pareciese estar a la sombra y por eso ninguna planta crecía ahí. Pero la sombra que arrojaba aquel inmenso árbol habría sido mucho más oscura de no ser por que sus hojas no eran verdes. Sus hojas, incluso las ramas más pequeñas, todo era de color blanco.

-Ahora entiendo –se dijo a si mismo-, fue aquí donde debió de caérseme la bolsa de las nueces. Y éste árbol gigante es el resultado.

Siguió mirando al majestuoso árbol mientras se adentraba bajo su sombra. Era bonito contemplar toda aquella blancura, pero al mirar al suelo sentía una enorme pena ante aquel desértico páramo. El río pasaba justo al lado de la base del tronco, cuyas raíces se sumergían en el agua cristalina. Pero ni tan siquiera en su ribera crecía junco alguno.

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Se adentró en aquel extraño claro. Había perdido el rastro de su amiga, de manera que comenzó a observar con detenimiento los lindes por donde volvía a extenderse el bosque, pero no la vio. Aunque se dio cuenta de que aquel claro tenía una forma extraña. Trazaba un gran círculo perfecto alrededor del tronco del árbol, pero continuaba por el lado más alejado del río.

Fue andando hacia allí y pronto vio otro gran árbol, aunque mucho más pequeño que el anterior y cuya copa llegaba a juntarse con éste. Y mucho más lejos había un tercer árbol y más lejos otro, todos de tronco gris con ramas y hojas blancas.

-Parece que la urraca tenía razón –pensó Tobías- cuando me dijo que gracias a las nueces podría encontrar el camino de vuelta. Aunque no podré devolvérselas tal y como prometí.

Así fue como Tobías comenzó a caminar por aquel desértico camino de hojarasca gris, siempre bajo la traslúcida luz de los árboles que él mismo había plantado. Continuamente caían de los nogales diminutas y brillantes hojillas blancas. Parecía como si nevara. Pero al llegar al suelo las hojas dejaban de brillar par convertirse en parte de aquel camino gris, en el que solo había también algunas rocas dispersas.

Siguió caminando por aquel “desierto autopista”, mirando siempre hacia los lados del bosque por si veía a su amiga. Todo se veía como si estuviese ocurriendo un eclipse de Sol. A Tobías le parecía encontrarse en medio de una película en blanco y negro.

Llegó a una zona en donde los troncos de los árboles estaban más lejos unos de otros. Y aunque eran tan grandes que sus copas seguían entrecruzándose en el cielo, el camino de hojarasca se volvió mucho más estrecho. Fue entonces cuando a lo lejos observó un destello de luz mucho más brillante que el de las pequeñas hojas que caían de los árboles.

Estaba seguro de que volvía a tratarse del rubio cabello de su amiga así que corrió veloz bajo los blancos nogales. Conforme

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avanzaba el bosque de alrededor iba ganándole terreno a la

hojarasca gris. Apenas si se fijó en que atravesaba zonas con hierba

y matorrales entre árbol y árbol. Y siguió corriendo hasta que, como le había pasado antes, acabó cansado y sin encontrarla.

Y así fue como llegó jadeando al final del camino de nogales. Al incorporarse tras tomar aire se encontró de frente con un enorme precipicio. Era tan alto que no se sabía donde acababa, ya que lo tapaba la copa del último árbol.

Se encontraba en el mismo lugar en el que hacia tanto tiempo se

había despedido de la urraca parlante con sombrero de copa. Recordó que ésta le había prometido llevarle hasta el fin del bosque

a cambio de que él le devolviese las nueces blancas. Resultaba un poco difícil que Tobías pudiese devolverle las nueces, pero no importaba ya que por ninguna parte había rastro de urracas con sombrero.

Lo que si se encontraban eran aquellas tres piedras con forma de dolmen desde donde la urraca le había hablado. Sólo que ahora se encontraban pegadas al enorme precipicio y el hueco que formaban en el centro era la entrada a una oscura cueva.

Se acercó con mucho sigilo, con miedo de que algún animal, tal vez un jabalí enorme, pudiese salir del interior. Por dentro la caverna era como una especie de pasillo de paredes lisas y techo alto, que parecía no tener fin. El ambiente que se respiraba en su interior era húmedo y maloliente.

-¿Hola? –Gritó- ¿Hay alguien?

Se preguntaba si su amiga podría haberse adentrado en ese lugar. Tal vez fuese un pasadizo por el que atravesar la montaña y salir del bosque. O puede que no tuviese salida. Se adentró mucho más en la caverna. El pasillo era completamente recto, de modo que agudizó la vista para observar si veía alguna luz al final. Pero conforme avanzaba la oscuridad era mayor. De pronto le pareció ver un destello a lo lejos. Una tenue luz que creyó que podría ser la

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salida. Así que prosiguió caminando despacio por el interior del pasadizo.

-Ecooo… -Pero no había eco.

Iba tocando las paredes para no desorientarse y aunque había algunas telarañas los muros y el suelo eran tan lisos que parecía que estuviesen pulidos. Al mirar hacia atrás veía cada vez más lejos la entrada, que se fue haciendo más y más pequeña hasta que apenas se vio sólo un punto de luz. Y lo peor era que tampoco podía ver la luz de la salida.

-Juraría que había visto una luz al final –se dijo a si mismo extrañado-.

Pero no había ninguna luz. Se encontraba en la más absoluta oscuridad. Al girar la cabeza ya ni siquiera podía ver la luz de la entrada. Estaba a punto de darse por vencido y dar media vuelta cuando se fijó en que podía verse las manos. Había algo más de luz ahí, auque seguía sin ver el final.

-Que raro –pensó- ¿de dónde provendrá esta luz?

Siguió un poco más adelante hasta que llegó a la fuente de aquella extraña luz. Se trataba de un agujero en el techo de la cueva. Un pozo redondo que ascendía hasta la superficie y por el que entraba suficiente luz como para poder tener cierta visión en medio de aquella oscuridad.

El túnel seguía hacia delante. Se preguntó si habría sido aquella la luz que había visto desde la entrada. De ser así, podría ser que aquel pasadizo no tuviese fin. Pero no podía ser, por que no había vuelto a ver luz desde el principio.

Entonces fue cuando Tobías lo entendió: ¡Había sido ella!

-¡Por supuesto! –Pensó algo alterado- El destello que he visto no era más que el reflejo de su pelo cuando ha pasado bajo éste agujero. ¡Ella ha pasado por aquí!

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Así que convencido de que se encontraría con su amiga cuando llegara la final del túnel, siguió caminando con decisión hacia delante. Seguía palpando con la mano la pared, pero caminaba mucho más deprisa, alegre por encontrarse cada vez más cerca de ella.

Pronto volvió a sumergirse en una completa oscuridad. Y cuando de nuevo llevaba un rato sin poder verse las manos le asustó un grito procedente de delante.

–dijo una voz en la lejanía del pasadizo-. ¿Hay

alguien?

Se sorprendió mucho al comprobar que la voz de aquel grito, aunque muy débil, era la suya. Eran las mismas palabras que él había gritado en la entrada. Se trataba de su propio…

¿Hola?

-Ecooo –le contestó a si mismo la lejana voz-.

Aunque estaba convencido de que se trataba de su propio eco tardó un tiempo en quitarse el susto de encima y seguir con su camino. Cada vez iba más y más deprisa. Ya nada podía asustarle.

Pasó de caminar deprisa a correr y más tarde a correr deprisa. Y más deprisa aún cuando apareció a lo lejos el destello de una luz que indicaba el final del pasadizo. Corría y corría veloz al tiempo que la luz aumentaba. Cada vez había más claridad. Más luz. Poco a poco la luz fue inundándolo todo, deslumbrándole. Hasta que acabó completamente rodeado de luz.

Cerraba y abría los ojos para acostumbrarse a aquel brillo cegador. Antes de poder ver con claridad notó como el aire era más fresco. Escuchaba de fondo el sonido de agua salpicando y el canto de los pájaros.

Poco a poco su vista fue volviendo a la normalidad. El oscuro túnel acababa en un lugar fantástico. Se encontraba en el fondo de un gran cañón circular de piedra. Frente a la salida del pasadizo un gran salto de agua se precipitaba desde lo alto, auque el agua

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también se filtraba por todas las paredes de alrededor, que estaban completamente cubiertas de un musgo verde y brillante, del que surgían flores de todos los colores. Cientos de colibríes destellaban de un lado para otro en busca de néctar. El agua de la cascada, así como la que se escurría por las paredes llegaba hasta una profunda poza que se encontraba a los pies de Tobías. Por último, un gran sauce se alzaba desde un lado de la charca hasta más allá de lo alto del cañón. La belleza del lugar hizo que a Tobías se le saltaran las lágrimas.

Pero le preocupó bastante el hecho de que no hubiese salida. Miró bien por todas partes: era imposible trepar por aquellas paredes de musgo, no había ninguna otra cueva por la que continuar, tampoco por detrás de la cascada y aunque el agua de la charca no se iba por ninguna parte, podía ver todas las rocas del fondo. Solo podía salir de ahí por el mismo lugar por el que había entrado, pero lo que más le disgustó fue que no había ni rastro de su amiga Silvia.

Disgustado se sentó bajo el sauce y se recostó sobre su tronco. Permaneció durante un buen rato embobado con aquel mágico lugar. Observaba como el agua caía por las paredes de musgo, como los colibríes se quedaban inmóviles ante una flor y al instante siguiente ya se habían ido a otra o como se esparcía en el aire el agua de la cascada, como si lloviese.

esperanza,

Y fue entonces, cuando había perdido ya toda cuando la vio.

Estaba en lo alto, sobre la cornisa de roca justo al lado de donde nacía la cascada. Con su piel clara y suave, con su largo vestido azul y sus largos cabellos cayendo sobre él. Ahí estaba, después de tanto tiempo, de tanto buscar. Era ella. Su amiga Silvia, por fin. Pero Tobías se sorprendió al comprobar que no se trataba de la misma niña pequeña a la que le sacaba una cabeza. Era una chica mayor, una joven; como diría su madre, en la flor de la vida.

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Sus azules ojos eran más brillantes que la luz de las estrellas. Tanto como lo era su dorada, casi blanca, cabellera. Ésta caía delicadamente sobre su vestido azul, así como éste caía sobre su fina y blanca piel. Se trataba del ser más hermoso que jamás hubiese visto, aunque seguía reconociendo en aquel rostro a su antigua amiga. Sobretodo en sus ojos.

Una suave brisa le volaba débilmente el vestido y el cabello. Lentamente fue acercándose al borde del precipicio. Durante un instante ambos se miraron a los ojos y ella le sonrió. Tobías estaba como hipnotizado, tan hechizado que no se percató del peligro hasta que fue demasiado tarde.

La chica se lanzó al vacío desde lo alto del acantilado. Cayó del

mismo modo que caía a su lado el agua de la cascada.

-¡Se va a matar! –pensó atemorizado-.

Pero no fue así. El aire hizo que la falda de su vestido se diese la vuelta, pero no fueron sus piernas lo que apareció debajo, sino un largo cuello azul terminado en una delgada cabeza con pico corto y brillantes plumas. Al volverse sobre ella, el vestido se convirtió en el cuerpo y la cola de un ave multicolor. De dos de sus pliegues surgieron unas enormes alas purpúreas.

Se convirtió en la misma ave cuyo grito había seguido hacía ya

tanto tiempo. Con el mismo plumaje brillante y multicolor. Emitía el mismo silbido que la primera vez que la vio, parecido a una melodía de flauta. Y su vuelo era majestuoso.

Descendía planeando en grandes círculos junto a las paredes del cañón o rodeando el tronco del gran árbol del centro. Lentamente fue descendiendo hasta llegar abajo y pasó rozando sobre la superficie de la charca en dirección hacia Tobías. Volaba directamente hacia él, como si fuesen a chocar.

Y por un momento el tiempo pareció como si volviera a

detenerse o fuese más despacio. Por un instante pudo volver a ver los ojos de ella en los de aquella ave del paraíso. Y supo entonces

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que su larga búsqueda a través del mágico bosque del Dios Kronos había llegado a su fin.

Entonces, justo antes de que ella chocase con él comenzó a descomponerse. Sus plumas fueron convirtiéndose, desde la cabeza hasta la larga cola, en un sinfín de mariposas de todos los colores, formas y tamaños. Tobías se vio envuelto en un instante por una nube de mariposas. Podría haber parecido agobiante, pero no era así.

Las mariposas volaban a su alrededor, posándose sobre su piel, deslizándose por ella y acariciándolo con sus alas. Era como si cientos de soplidos movieran cada vello de su piel.

Tobías sonrió alegre, extendiendo sus brazos para poder sentir mejor aquel gracioso y mágico masaje. Sentía una paz que nunca antes había sentido, un gran bienestar en lo más profundo de su interior.

Se olvidó de todo. No quería volver, ni saber nada, quería quedarse ahí para siempre bailando con las mariposas. Quería quedarse para siempre con ella, atrapado por aquella tranquilidad que le parecía como si estuviese soñando. Como si fuese un sueño se tumbó sobre la hierba y se recostó en el árbol. Como si fuese un sueño se quedó completamente inmóvil y cerró sus ojos igual que si fuese un sueño.

Y sí, estaba soñando. Tobías no quería despertar, pero el sueño había llegado a su fin.

Abrió lentamente los ojos y se desperezó. No sabía donde estaba. Seguía escuchando el piar de los pájaros y lo primero que vio fue que también estaba tumbado bajo un gran ciprés. Pero no estaba en el mismo lugar que hacía un momento.

Se sentía extraño, desorientado, confuso. Como si alguien le hubiera gastado una broma pesada. ¿Qué había pasado?

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Seguía en el primer claro con que se encontró nada más adentrarse en el bosque. Al incorporarse pudo ver aquel rió cuyas aguas iban hacia arriba y hacia abajo. Sólo que ahora el río fluía normal. Se había quedado dormido, todo había sido un sueño.

De repente algo lo sobresaltó, algo que se movía en el centro del claro. Cuando miró vio como un grupo de ciervos corría por el claro alejándose de él, hasta perderse en el bosque. Debía de haberlos asustado al despertar. Le hubiera encantado poder contemplar a los ciervos sin que se enteraran, pero tenía cosas más importantes por las que preocuparse.

-¡Madre mía! ¡Me he quedado dormido! –Gritó- Tengo que volver antes de que todos se pegunten por qué llego tan tarde o dónde me he metido.

Rápidamente se puso de pie y caminó con paso ligero hacia el lado contrario al río, lugar por el que había entrado en el bosque. Al despertar le había invadido el pánico. No sabía bien cuanto tiempo llevaba desaparecido, pero seguro que llegaría tarde a la escuela. Puede incluso que la función ya hubiese empezado y no le diese tiempo de llegar y disparar el cañón. Todos se reirían, la profesora se enfadaría con él y su madre le reñiría.

Mientras aceleraba el paso notó algo en el bolsillo de su pantalón. Al menos podría encontrar por fin a Silvia y devolverle su diadema. Aunque su actuación era antes que la de Tobías. Debía de correr. Pero no obstante se detuvo antes de salir del claro y adentrarse en el bosque, miró de nuevo hacia atrás y por un momento le pareció que todo lo que le había ocurrido había sido más que un sueño.

Era muy extraño. ¿Cuánto tiempo había dormido? Le parecía no haber echado más que una cabezada, sin embargo tenía la sensación de que hubiese transcurrido una eternidad. Y aun así no era capaz de recordar todo lo que había soñado. Recordaba haber pasado mucho miedo al caerse a un río ¡Ah! Y todo iba al revés, incluso llovía al

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revés. También recordaba algo así como un desierto de ceniza, un túnel y… ¿había encontrado al final a su amiga?

Continuó caminando hacía fuera del bosque, no quería correr por miedo a volver a perderse, pero desde ahí recordaba perfectamente el camino de regreso. Al fin y al cabo no hacía tanto tiempo que había pasado por allí. Pero Tobías seguía recordando el extraño sueño, mientras ascendía la colina detrás de la cual estaba la calle del colegio. Recordaba también haber hablado con una extraña cacatúa, o algo así, y hacer que un jabalí se detuviese antes de embestirle. Era como si todo acabara de suceder, como si todas esas aventuras hubiesen terminado en ese momento. Se sintió frustrado. Habría sido tan divertido.

Llegó hasta lo alto de la colina y comenzó a descender, entre los árboles podía ver ya la calle del colegio. No le apetecía lo más mínimo volver. ¿Qué dirían todos cuando dijera que se había

quedado dormido debajo de un árbol? Seguramente se reirían de él.

Y así fue como, muy preocupado, salió por fin del bosque. Pero aún

no había pisado el asfalto de la calle cuando escuchó un grito de socorro:

-Déjame en paz estúpido –se trataba de una chica-. ¡Estate quieto!

Tobías no daba crédito a lo que estaba viendo. Sencillamente no podía ser: eso ya había ocurrido. Por el centro de la calle y en dirección hacia donde él se encontraba corría angustiada su querida amiga Silvia, perseguida por el gamberro de Fredo y sus esbirros. Se trataba de la misma escena que ya había visto, antes de adentrarse en el bosque. Era exactamente lo mismo, sólo que ahora

lo observaba todo desde un lugar en el que podía intervenir.

Pero algo era diferente, bueno no, lo cierto es que todo era igual sólo que algo no había pasado aún. De hecho muchas cosas no

habían pasado aún. Entre otras, Fredo aún no había hecho que Silvia

se desviara hacia el bosque. En lugar de eso corría hacia el lugar en donde se encontraba Tobías mientras le pedía ayuda.

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-Tobías ayúdame por favor –le decía angustiada-.

Fredo dejó de perseguirla al darse cuenta del lugar en el que Tobías se encontraba, no podía creer que hubiese sido tan rápido. Para él Tobías aún debería de estar mucho detrás, calle abajo. Subido sobre su bici y llevando aún la de Tobías al lado miró hacia atrás sin comprender muy bien como podía haber llegado hasta allí en tan poco tiempo.

-Eh, tú. ¿Se puede saber qué demonios haces ahí? No puedes haber corrido tanto.

-Déjala en paz –le amenazó Tobías, en su cara podía observarse el enfado.

Y no tenía miedo. No sabía muy bien por qué, pero ahora

Fredo, a quien siempre había temido, ya no le asustaba.

Silvia se acercó a él. De alguna forma confiaba en que la ayudaría. Había algo en su amiga que no le encajaba. No podía ser:

¡Silvia aún llevaba la diadema puesta en el pelo! Su pelo seguía recogido, cayéndole sólo una linda coleta sobre la espalda.

Pero si Silvia aún llevaba la diadema:

-¿Qué tengo en el bolsillo?

Deslizó la mano hacia el interior y palpó algo mucho más grande que una diadema. Algo duro y redondo. Al sacarlo del bolsillo comprobó que se trataba también de algo verde y brillante. En su mano tenía una dura, redonda, verde y brillante piedra. ¿Dónde la había visto antes?

Y como si de un shock se tratara, un aluvión de recuerdos

llenaron su cabeza en un instante: jabalíes y ardillas petrificados, gallinas que se convertían en huevos y pájaros en mariposas, viejos locos en extrañas cabañas de piedra y urracas locas con sombreros de copa, lluvias invertidas, enormes nogales blancos y largos y

oscuros pasadizos. Y recordaba historias, miles y miles le cuentos. Recordaba El Principito y viajar por extraños planetas, la isla del

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tesoro y surcar los mares, las islas desiertas, los misterios en casas encantadas, los desiertos de Arabia, la edad media, el lejano oeste, el corazón de la selva africana… Recordaba miles de aventuras.

Y recordaba perfectamente lo que debía de hacer, por que

recordaba haber aprendido más de lo que nadie pudiese aprender jamás. Recordaba haberse encontrado a si mismo y recordaba que toda bonita historia, en la que un audaz y aventuro príncipe que se

adentraba en un bosque encantado en busca de amor, tras vivir innumerables peripecias acompañado de los más variopintos personajes acababa siempre encontrando a su princesa tras vencer en una legendaria batalla a un monstruoso y gigantesco…

-Ahora sí que te vas a enterar –le amenazó Fredo mientras comenzó a pedalear en su dirección llevando al lado su propia bici.

Silvia se había resguardado tras Tobías y éste llevó su mano hacia atrás para coger impulso ya que ahora sabía perfectamente que lo que tenía entre sus manos era una piedra mágica.

La piedra salió con fuerza de su mano y describió una parábola

perfecta hasta impactar de lleno en la frente de aquel gigante a quienes todos temían. Fredo dejó de pedalear, soltó la bicicleta de Tobías e inmediatamente después se cayó de bruces contra el suelo y su bici cayó encima de él.

Sus propios amigos no pudieron evitar reírse, así como el resto de niños que estaban en la calle, incluso Silvia soltó una gran carcajada. Tobías sencillamente avanzó hacia el centro de la calle, en donde su bicicleta avanzaba sin control, y la recuperó con la mayor tranquilidad. La piedra mágica también estaba a sus pies, la cogió y se volvió de nuevo amenazante hacia Fredo, que ya se incorporaba del suelo con la mano en la cabeza.

-Será mejor que te largues de aquí si no quieres recibir otra pedrada.

Y observó sorprendido como aquel gigante a quienes todos

temían comenzaba a llorar, se daba la vuelta y se alejaba entre

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sollozos empujando su bici. Sólo hizo falta una mirada de Tobías para que sus amigotes huyeran tras él.

se

apresuraron a felicitarle.

El

resto

de

los

niños

que

habían

visto

lo

sucedido

-Bien hecho –le decía uno-.

-Ya era hora de que le diesen una lección.

-Eso sí que es puntería.

Pero él no les daba importancia. “Bah, no ha sido nada”, decía. Lo único que él quería era que todos se fueran. Bueno, todos no.

Silvia se le acercó cuando el resto de los niños volvían a caminar hacia el colegio. Por fin había encontrado a su princesa. Con su precioso vestido azul, igual que sus ojos, su piel clara y su larga y dorada melena.

Se encontraba tan contenta que parecía como si sus ojos brillasen y llevada por esta alegría y sin saber muy bien por qué se lanzó hacia Tobías y de dio un sonoro beso en la mejilla. Después se sintió algo avergonzada y miró hacia al suelo mientras le daba las gracias.

-Muchas gracias Tobías, si no hubiese sido por ti ese estúpido me habría pillado con la bici –le dijo ella sin dejar de mirar al suelo.

-No te habría hecho nada, créeme –contestó él-. Eres demasiado lista.

Ella sonrió, pero seguía mirando hacia el suelo. Tobías en cambio no dejaba de observarla. Sobretodo aquella bonita diadema con la que recogía su cabello y que tantos quebraderos de cabeza le había dado. Al fin Silvia alzó la cabeza y le miró. Fue entonces cuando él miró al suelo.

-¿Por qué me miras así?

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-Creo que estas guapísima con ese vestido y con esa diadema tan bonita.

Silvia le sonrió y entonces ella también se fijó en el traje de pirata que llevaba puesto.

-Tu también estás… -pero no pudo evitar reír, aquel traje estaba tan gastado y sucio que parecía un autentico pirata-. Estas graciosísimo.

-Buah –fue toda la contestación que obtuvo por parte de Tobías.

Y ambos rieron a grandes carcajadas mientras comenzaban a caminar juntos hacia la escuela. Aquel día comenzaba el verano y no podía comenzar mejor. No habían dado ni veinte pasos cuando se cogieron de la mano.

-¿Dónde has aprendido a lanzar así las piedras?

Tobías palpó la piedra que había guardado en el bolsillo, pero prefirió no desvelarle la verdad. Y la respuesta apareció de repente ante sus ojos. Sobre una rama se encontraba plantada una urraca corriente y moliente.

-A veces practico con las urracas.

Ella no le creyó, pero ambos se rieron. Y al girarse para volver a ver al pájaro observó como éste se adentraba en el interior del Bosque de Kronos. No pudo evitar hacerse una última pregunta:

-¿De dónde demonios sacaría ese sombrero?

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