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A la soledad

John Keats

Oh, Soledad! Si contigo debo vivir,


Que no sea en el desordenado sufrir Alegora
De turbias y sombras moradas, Charles Baudelaire
Subamos juntos la escalera empinada; Es una mujer bella y de esplndido porte,
Observatorio de la naturaleza, Que en el vino arrastrar deja su cabellera.
Contemplando del valle su delicadeza, Las garras del amor, los venenos del antro,
Sus floridas laderas, Resbalan sin calar en su piel de granito.
Su ro cristalino corriendo; Se chancea de la muerte y del Libertinaje:
Permitid que vigile, sooliento, Los monstruos, cuya mano desgarradora y spera,
Bajo el tejado de verdes ramas, Ha respetado siempre, en sus juegos fatales,
Donde los ciervos pasan como rfajas, La ruda majestad de ese cuerpo arrogante.
Agitando a las abejas en sus campanas. Camina como diosa, posa como sultana;
Pero, aunque con placer imagino Una fe mahometana deposita en el goce
Estas dulces escenas contigo, y con abiertos brazos que los senos resaltan,
El suave conversar de una mente, Con la mirada invita a la raza mortal.
Cuyas palabras son imgenes inocentes, Cree o, mejor an, sabe, esta infecunda virgen,
Es el placer de mi alma; y sin duda debe ser Necesaria, no obstante, en la marcha del mundo,
El mayor gozo de la humanidad, Que la hermosura fsica es un sublime don
Soar que tu raza pueda sufrir Que de toda ignominia sabe obtener clemencia.
Por dos espritus que juntos deciden huir. Tanto como el Infierno, el Purgatorio ignora,
Y cuando llegue la hora de internarse en la Noche,
Contemplar de frente el rostro de la Muerte,
Como un recin nacido -sin odio ni pesar.