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HILDA SÁBATO

La política en las calles. Entre el voto y la movilización.


Buenos Aires, 1862-1880
Buenos Aires, Sudamericana, 1998

CAPÍTULO IV: LAS MÁQUINAS ELECTORALES


El régimen de Rosas logró imponer unanimidad. Después de 1852, el control del Estado
siguió siendo muy importante para ganar elecciones, pero no era suficiente. Fue entonces
cuando comenzaron a tomar forma los clubes políticos que –en sus diversas modalidades- se
constituyeron en redes de vinculación y movilización políticas por fuera del aparato oficial,
aunque encontraron en él soportes materiales para su funcionamiento.
Para alcanzar el poder, los partidos políticos debían actuar en el terreno electoral.
Pero la figura de la disputa partidaria resultaba inadecuada, en el sentido en que las elecciones
no eran vistas como un mecanismo para asegurar la representación de diversos sectores, sino
que se consideraban un método de selección de los mejores representantes del interés
colectivo, no de intereses particulares. Los partidos de las décadas del ’60 y del ’70 se decían
“partidos de principios”, alejados del personalismo. Así, mientras que los partidos se
desenvolvían en ese plano en el que teóricamente se hallaban por encima de las candidaturas,
en su interior operaba una institución destinada a participar en ese terreno: EL CLUB
POLÍTICO.
El club como forma de sociabilidad política existía desde antes, al resurgir a mediados
del siglo XIX en la Francia de la Restauración. Vinculado a la tradición anglosajona del siglo
XVIII, adquirió repercusión universal con la Revolución Francesa. En las nuevas repúblicas de
la América independiente, hacia mediados del siglo XIX el club se convirtió en un tipo de
asociación política muy difundido, que se legitimaba en esos antecedentes.
En principio, el club aparecía como una organización operativa que dirigía los “trabajos
electorales” a favor de ciertos candidatos y para “formar opinión”. En 1860, La Tribuna explicaba
así la función del Club Libertad: “El Club Libertad ha finalizado sus tareas... No volverá a tener
asamblea hasta el año venidero cuando la ley abra a los ciudadanos el período electoral... He
aquí sus únicos fines, fines puramente electorales... Todos lo saben: cerrada la época electoral,
el club se disuelve”. Claro que no era tan así, y la propia insistencia del texto hace dudar de su
veracidad. En Buenos Aires, como vimos, los clubes se proponían en principio como
organizaciones electorales. Sin embargo, constituían formas de agregación más permanentes
que traducían alineamientos diversos dentro de los propios partidos. Por ejemplo, el problema
de la capitalización de Buenos Aires, tuvo su expresión institucional en los clubes electorales.
Entonces, todos estos clubes eran instituciones que operaban materialmente en el
terreno electoral bajo la advocación de los partidos, y a la vez, agrupaciones políticas laxas no
permanentes, que funcionaban dentro de cada partido. Estos nucleamientos centrales daban
lugar, a su vez, a otros menores, que funcionaban tanto como ramas de los anteriores como
sucursales en las parroquias. Con el tiempo, comenzaron a aparecer también nucleamientos
que utilizaban la denominación “comité”, “centro” y aún “asociación” en lugar de las más clásica
de “club”, aunque generalmente se los seguía llamando con ese nombre
Un aspecto importante del funcionamiento de los clubes electorales: aunque las
negociaciones políticas se desarrollaran en ámbitos y planos diversos, era frecuente que los
conflictos tuvieran una instancia de manifestación pública. Este patrón de reuniones
tumultuosas, en las que participaba todo tipo de gente, aparece reiteradamente a lo largo de
todo el período.
Una vez producidas las listas de candidatos, desde los clubes se las promovía
públicamente y luego se supervisaban los trabajos electorales. En el centro de toda esa
actividad era difícil encontrar a las cabezas partidarias más importantes, que se mantenían por
encima de las tareas operativas y guardaban distancia de las rivalidades internas. En cambio,
eran los dirigentes de segunda línea –los más numerosos- los que se involucraban
directamente en la acción.
Los clubes desarrollaron parte de esa acción de manera centralizada. Existía una
comisión directiva que se reunía y tomaba decisiones, y es probable que los temas más
importantes se acordaran en el seno de un pequeño círculo de dirigentes. Pero, a la vez, con
frecuencia se convocaba a asambleas que eran muy concurridas, hasta tumultuosas, en las que
tenía lugar el debate abierto, con votaciones, disidencias, e incluso rupturas. Pero no es fácil
evaluar el alcance de la deliberación y la participación. Existía un elenco estable de figuras que
formaban parte de las comisiones directivas y que a su vez integraban parcialmente las listas
de candidatos a diputados y senadores nacionales, aunque no todos éstos eran hombres de
club. Pero además de los nombres repetidos circulaban una variedad de otros de permanencia
más efímera y que tal vez integraban las clientelas de los más conocidos. Estas clientelas
formaban el grueso de la militancia que asistía a las reuniones y asambleas donde los
dirigentes llevaban a “su gente”, reclutada de diversas maneras.

MÁS ALLÁ DE LA INFLUENCIA QUE SOBRE ELLOS PUDIERAN EJERCER LAS GRANDES FIGURAS,
LOS CLUBES ESTABAN EN MANOS DE UNA DIRIGENCIA GESTADA A PARTIR DE LA PROPIA ACTIVIDAD POLÍTICA; NO ERAN
NÚCLEOS CERRADOS NI SECRETOS, PUES TENÍAN UNA GRAN VISIBILIDAD PÚBLICA. SIN EMBARGO, EXISTÍAN JERARQUÍAS:
ENTRE LAS CAPAS DIRIGENTES, RELATIVAMENTE AMPLIAS PERO LIMITADAS, EXISTÍA UN NIVEL APRECIABLE DE
DELIBERACIÓN Y DEBATE EN LAS ASAMBLEAS.
La movilización para esas jornadas se asemejaba a la de las jornadas electorales, pues
también participaban grupos organizados que respondían a los caudillos de diferente nivel
encuadrados en la maquinaria de los clubes.
POR LO TANTO, LOS CLUBES NO ERAN NI CÍRCULOS CERRADOS (ACUSACIÓN QUE LOS GRUPOS
RIVALES SE HACÍAN ENTRE SÍ), NI ÁMBITOS DEMOCRÁTICOS DE EXPRESIÓN POPULAR; EN CAMBIO, CONSTITUÍAN REDES
POLÍTICAS QUE ARTICULABAN DIFERENTES NIVELES DE DIRIGENCIA Y BASES, RECLUTADAS EN FUNCIÓN DE LA
CONSTRUCCIÓN DE FUERZAS ELECTORALES, Y, POR LO TANTO, CONSTITUÍA UN ESLABÓN CENTRAL DE LA CADENA DE
INSTITUCIONES QUE ANIMABA LA COMPETENCIA POLÍTICA EN BUENOS AIRES.
MIENTRAS QUE EN EL CLUB LAS DECISIONES SE TOMABAN MAYORITARIAMENTE EN FORMA
CENTRALIZADA, LA ACCIÓN POR EL CONTRARIO ERA DESCENTRALIZADA, Y TENÍA COMO ESCENARIO PRINCIPAL LAS
PARROQUIAS, TERRITORIO DE OTRA INSTITUCIÓN MUY IMPORTANTE DE LA VIDA PORTEÑA: EL CLUB PARROQUIAL.

Los clubes parroquiales


Según su reglamente, su objetivo consistía en conocer la opinión de los ciudadanos; en cada
parroquia de la ciudad, se convocaba anualmente a los vecinos a una asamblea para designar
a una comisión directiva facultada para elegir a las personas que deben componer el Club
Central. Para proponer candidaturas, se convocaba a reunión a todos los clubes parroquiales, y
cada uno armaba una lista de los candidatos elegidos. Este sistema peculiar pretendía recoger
los nombres que surgieran desde la ciudadanía; en el marco de la Buenos Aires que había
experimentado la experiencia rosista, los que pretendían ponerse a la cabeza del nuevo
proceso introdujeron este sistema, porque les permitía aparecer encarnado las libertades
conquistadas, al confiar en la ciudadanía y promover su participación.
Pero como desde 1850 (al poco tiempo de haber sido creados) los clubes parroquiales
aparecían como instrumentos del oficialismo, por lo que los sectores de la oposición se
asociaron con otro tipo de nucleamiento, los “clubes de opinión”, ubicados por fuera del
marco comunitario de la parroquia, y desde allí buscaban incidir en la lucha electoral armando
sus propias listas; se trataba de fuerzas nuevas en la arena política, compuestas por jóvenes
que aspiraban al liderazgo y se oponían a las dirigencias tradicionales (ej. Mitre, Adolfo
Alsina). Aunque esta intervención tuvo escasos resultados desde el punto de vista electoral,
contribuyó sin embargo a generar nuevas redes de articulación política, y un clima de debate y
competencia electoral en la ciudad.

A partir de 1857 se produjo un cambio cuando se evidenció la separación de los


porteños entre dos partidos con posturas opuestas respecto de la relación con Urquiza y la
integración a la Confederación (mitristas vs. alsinistas).

La actividad en las parroquias


SEGÚN LAS NORMATIVAS, ENTONCES, LA PRINCIPAL FUNCIÓN DE LOS CLUBES PARROQUIALES ERA LA DEFINICIÓN DE LAS
CANDIDATURAS; SIN EMBARGO SU INTERVENCIÓN DECISIVA SE DABA EN EL TERRENO DE LOS “TRABAJOS ELECTORALES”,
QUE COMENZABAN CON EL EMPADRONAMIENTO.
Al parecer, los participantes conformaban un elenco relativamente estable aunque no
excluyente de verdaderos militantes en las actividades de los clubes. Se trataba además de
grupos formados piramidalmente, con dirigencias, caudillos intermedios (que organizaban la
agitación el día de los comicios) y bases relativamente amplias; aunque es difícil saber que
llevaba a los hombres a seguir a uno u otro caudillo (intercambios materiales o simbólicos, etc.)
Vías de reclutamiento
Si la parroquia era el lugar clave de la acción electoral, entonces las redes de sociabilidad
barrial habrían constituido una pieza central en la captación de bases políticas para los clubes;
así, los líderes “naturales” del club habrían sido los notables de cada vecindad (el cura, el juez
de paz, etc.). Sin embargo, este cuadro se modificaría rápidamente porque las propias
parroquias se convirtieron en un campo de competencia política que permitió la transformación
de las formas tradicionales de liderazgo y la generación de otras nuevas, cambios que
comenzaron tempranamente, desde los ‘50s, y se afianzaron después de Pavón, cuando la
ciudad se convirtió en un escenario político con proyección nacional. Desde entonces, los
aparatos administrativos de la Nación, la provincia y el municipio confluyeron en Buenos Aires, y
todos cumplieron un importante papel en la organización de la maquinaria electoral, pues se
constituyeron en lugares privilegiados para el reclutamiento de clientelas políticas:

 EL EMPLEO  El Estado, que se encargaba de contratar y otorgar permisos a


contratistas para la construcción de obras públicas, utilizaba este empleo para construir sus
redes clientelares, y así se privilegiaba a los amigos políticos para los puestos públicos y las
licitaciones, para así asegurarse el control hacia abajo de los empleados.
 LA POLICÍA  además de su función como custodia del orden el día de los comicios,
la policía representaba una doble fuente de votantes, porque en principio sus empleados
votaban, y por otro lado se trataba con una organización con un control indiscutible sobre los
habitantes de Buenos Aires.
 EL EJÉRCITO, y sobre todo LA GUARDIA NACIONAL, instituciones vinculadas entre sí
constituyendo a las fuerzas armadas, ejercían una notable influencia en el reclutamiento
electoral.
La historia de la Guardia Nacional se remonta a las jornadas que siguieron a la batalla de Caseros en
1852, cuando Vicente López y Planes, gobernador designado disolvió las milicias bonaerenses, que
durante el rosismo habían funcionado como uno de los baluartes de su organización militar y política, y
decretó la organización de la Guardia sobre los mismos principios. En ella debían enrolarse todos los
varones adultos nativos, que recibirían entrenamiento militar periódico y podían ser convocados por el
gobierno en cualquier momento para cumplir funciones de defensa. Aunque Urquiza frenó esa creación,
la Guardia se reorganizó con la Revolución de Septiembre, bajo la comandancia de Mitre. Desde
entonces, la Guardia gozó en Buenos Aires de un honor y un gloria vinculados a la autonomía de la
provincia. En la década de 1860, los jóvenes de las familias patricias (y también los que aspiraban a
ocupar cargos dirigentes) participaban activamente de la institución.
Después de Pavón, en 1862, Mitre, a cargo ya del Poder Ejecutivo nacional, organizó el flamante
Ejército, en base a los cuadros de la Guardia Nacional Bonaerense y lo puso bajo el mando del nuevo
Ministerio de Guerra. En Enero del ’64 decretó la creación de un ejército permanente de 6 mil hombres y
el licenciamiento de los efectivos de la Guardia Nacional.

Hasta 1877, el enrolamiento en la Guardia Nacional era un requisito para los ciudadanos
que, a la hora de empadronarse para poder votar, debían presentar la papeleta firmada por el
comandante, lo que dejaba la capacidad de votar sujeta al arbitrio del comandante, y la
posibilidad de fabricar papeletas falsas. También desde el ejército regular se actuaba en el
terreno electoral, pues todos los partidos tenían sus propios militares.

 LOS JUECES DE PAZ además del lugar formal que le asignaba la ley, los jueces
intervenían en el terreno electoral tanto en la confección del registro cívico como en la
formación de las mesas, el acto electoral y el posterior escrutinio. En tanto que hombres
influyentes, poseían además poder de reclutamiento.
RECAPITULANDO:
LOS GOBIERNOS TENÍAN EN SUS MANOS PODEROSAS HERRAMIENTAS ELECTORALES, EN LA MEDIDA EN QUE CONTROLABAN
IMPORTANTES INSTITUCIONES Y MECANISMOS PARA EL RECLUTAMIENTO DE PARTIDARIOS Y CLIENTELAS; SIN EMBARGO, LA
RELACIÓN NO ERA AUTOMÁTICA NI SENCILLA: NO BASTABA CON QUE UN PARTIDO ACCEDIESE AL APARATO OFICIAL PARA
QUE TUVIERA DE INMEDIATO EL CONTROL SOBRE TODAS LAS ACTIVIDADES BAJO SU ESFERA DE INFLUENCIA.

CAPÍTULO V: LAS ELECCIONES


La competencia electoral
Desde mediados de la década de 1850, las elecciones en Buenos Aires revelan la existencia de
un grado de competencia electoral desconocido en los años de la unanimidad rosista; y aunque
hubo elecciones en las que no hubo oposición y otras en las que podían inferirse los resultados,
en general existía la suficiente cuota de incertidumbre para convertir a la compulsa electoral en
un importante elemento de la vida política.

Las candidaturas
La creación de los clubes parroquiales invirtió el procedimiento de definición de candidaturas
vigente durante el período anterior, pues en lugar de proceder de arriba hacia abajo se trataba
de convocar a los vecinos para que éstos decidieran respecto de los candidatos a senadores,
representantes y municipales.
Los clubes parroquiales experimentaron un doble proceso: por un lado, se trataba
de un mecanismo destinado a reforzar la influencia de las autoridades y de los notables locales,
lo que se vió reflejado en algunas elecciones durante la primera mitad de la década de 1850,
pero por el otro implicó la ampliación del espacio de deliberación de los barrios, abriendo un
terreno fértil para quienes aspiraban a construir una dirigencia política renovada, la cual
procedió a disputar el control de los clubes parroquiales.
Las reuniones de los clubes parroquiales y las asambleas de club donde se votaba por
los candidatos eran, muchas veces, pacíficas sesiones donde se confirmaban nombres
propuestos desde arriba, pero no faltaban las discusiones y hasta los disturbios. Los jóvenes,
estudiantes o profesionales y periodistas que estaban en carrera en el mundo de la política,
eran los que apelaban a las formas más agresivas.

Los resultados electorales


En los comicios de Buenos Aires no siempre reinó la competencia; a veces no había oposición,
o ésta se abstenía de intervenir; otras veces, los resultados estaban asegurados de antemano.
Pero en algunas elecciones la competencia fue importante para definir a los ganadores.
Por lo general, en las elecciones se enfrentaban dos listas de candidatos; pero en
realidad se votaba por nombres y no por listas, cada votante debía elegir nombres para cubrir el
total de los cargos, sin embargo los clubes distribuían las listas del conjunto de sus candidatos,
esperando que fueran respetadas por los votantes. Sin embargo, éstos no siempre seguían las
instrucciones de su club.
No obstante, lo que pasaba el día del comicio no garantizaba las cifras finales, porque a
la hora de confirmar, impugnar o anular un acto electoral, la última palabra era de las
autoridades legislativas. Por lo tanto, una vez realizadas las elecciones y cuando el
enfrentamiento había sido muy duro, los perdedores cuestionaban en seguida los resultados. A
veces, la discusión no se limitaba a las negociaciones, y la violencia invadía las calles. Así
ocurrió en las jornadas de abril del ’64, cuando mitristas y alsinistas (las dos grandes
constelaciones políticas del período) se enfrentaron en elecciones para representantes y
senadores. En Febrero ya se habían enfrentado para diputados nacionales, y los mitristas, que
contaban con el apoyo del gobierno nacional, habían triunfado. En cambio, en marzo se
impusieron los mitristas. Ambos se acusaron mutuamente de fraude. Poco después de las
elecciones, desde La Nación Argentina los mitristas convocaron a sus partidarios a reunirse en
las parroquias para firmar petitorios de anulación del comicio, alegando que se había votado
irregularmente en unas pocas parroquias, mientras que El Nacional, alsinista, los acusaba de
incitar a la revolución. Mientras tanto, en las calles escalaba la violencia y se multiplicaban los
enfrentamientos entre las fuerzas de ambos clubes; el conflicto político no terminó allí; a las
denuncias de fraude y manipulación se sumaban ahora las de violencia y crimen. Las
elecciones de senadores finalmente fueron anuladas y se llamó a una nueva elección para el 15
de mayo, pero el clima seguía siendo de gran tensión, aunque luego la situación política se
tranquilizó, y La Tribuna anunciaba que se había conjurado la amenaza de la revolución,
amenaza que se materializó 10 años después, cuando los resultados electorales dieron lugar a
una verdadera revolución. En septiembre de 1874 el mitrismo se lanzó a las armas como
consecuencia del fraude cometido en las elecciones para diputados nacionales de ese año. Y si
bien hasta ese momento la manipulación había sido aceptada como parte del juego electoral
entre las facciones porteñas, ese año la situación había cambiado. Se desató una verdadera
guerra con movilización de tropas, batallas cruentas, generales vencedores y vencidos,
soldados muertos. Las batallas se libraron en Buenos Aires. En 9 semanas, el gobierno
nacional venció a los sublevados y les impuso castigos, que luego fueron mitigados por el
perdón presidencial; el fracaso mitrista sirvió así para fortalecer la imagen de un poder central
fuerte. Desde el punto de vista político, sirvió también para debilitar a Mitre, cada vez más
desdibujado como figura nacional. Sin embargo, fue claro para Avellaneda que aquél seguía
contando con importantes apoyos entre las bases políticas y la opinión pública porteñas. Y
luego de una temporada de destierro para algunos dirigentes, de clausura para los diarios
partidarios y de ausencia del escenario electoral de Buenos Aires, el mitrismo volvió al ruedo y
fue convocado por el presidente al gobierno y a formar listas conjuntas de candidatos a los
cargos electivos. Con ello se buscaba evitar los enfrentamientos electorales cuya cuota de
violencia había alcanzado un punto peligroso para la consolidación del orden político; para ello
se trataba de negociar las candidaturas entre las dirigencias y así evitar la incertidumbre de la
competencia en el terreno.

ENTONCES, LO QUE OCURRÍA EN TORNO A LAS ELECCIONES TENÍA CONSECUENCIAS Y REPERCUSIONES QUE TRASCENDÍAN
EL ÁMBITO DE QUIENES PROTAGONIZABAN LA LUCHA ELECTORAL
Y LA MAYORÍA DE LA POBLACIÓN NO ERA INDIFERENTE A SUS RESULTADOS.

La repercusión pública
Entonces, aunque limitadas en cuanto al número y al origen social de los participantes,
organizadas por las dirigencias y parcialmente controladas en sus resultados, las elecciones
tenían no obstante una gran repercusión pública; el acto electoral mismo puede pensarse como
una puesta en escena con más espectadores que actores, pero donde unos y otros cumplían
sus respectivos papeles.
La prensa hacía un verdadero despliegue del tema electoral; en Buenos Aires circulaban
cada vez más diarios y periódicos desvinculados de la actividad estrictamente facciosa. Los
mas numerosos e importantes eran los producidos por sectores de las colectividades de
inmigrantes. Los diarios ponían a las elecciones en primera plana, servían de canal de
convocatoria y de propaganda partidaria, informaban, opinaban e interpretaban la actividad
electoral para sus lectores y para esa opinión pública más general que se fue convirtiendo en un
presupuesto de la prensa escrita.

SOBRE TODO, CONTRIBUÍAN A POLITIZAR EL CLIMA DE UNA CIUDAD DONDE SI BIEN VOTABA MUY POCA GENTE, LA POLÍTICA
ESTABA EN EL AIRE Y MUCHAS VECES TEÑÍA LA VIDA DE UNA PARTE DE SUS
HABITANTES.

Esa politización alcanzaba su mayor expresión en momentos previos a las elecciones,


sobre todo cuando estas prometían estar reñidas. Los diarios, pieza fundamental de la
convocatoria, lo eran también del relato posterior.

El debate
Las elecciones no sólo tenían repercusión pública sino que además incitaban al debate. La
prensa era la principal protagonista en este sentido, pero también las legislaturas (nacional y
provincial) fueron foro de discusión del tema. Entonces se desplegaban diferentes tópicos y
argumentos no sólo en torno a las prácticas electorales, sino al sufragio como mecanismo de
representación.
1860 la preocupación central radicaba en lo que se daba en llamar “la libertad de
sufragio”; se trataba de asegurar el derecho constitucional de cada ciudadano a votar si así lo
deseaba, es decir, se trataba de garantizar que cualquiera pudiera votar. En ese marco, el
carácter público o secreto del debate se convirtió en un tema central de debate.
1863 el carácter del sufragio fue uno de los tópicos que se discutieron en la Cámara
de Diputados, y primó la postura a favor del voto público.
1864 el voto secreto tenía dictamen favorable por parte de los diputados de Buenos
Aires, que lo consideraban como “el único medio que ofrece garantías al ciudadano en el
ejercicio del más alto de sus derechos”, pero ya desde su presentación el diputado Varela
reconocía que los defensores del voto secreto entraban al debate con gran desventaja, y de
hecho entre los diputados triunfó la posición a favor del voto público.
Pero a pesar de estas derrotas legislativas, el voto secreto siguió presente en los
debates de la década siguiente. En 1873, debido al tratamiento de una nueva ley electoral
nacional, la Cámara de diputados lo incluyó en su proyecto de mayoría, desatando así la
discusión pública dentro y fuera del Congreso. Los mitristas se encontraban a favor del voto
secreto, debido no sólo por cuestiones “democráticas”, sino sobre todo por los problemas
concretos que acarreaba el voto público: fraude, violencia... Los autonomistas (alsinistas?) se
manifestaron en contra de la propuesta.
Las intervenciones de los diputados eran acompañadas por gritos, aplausos y tumultos.
También, por el debate en la prensa política, que repetía las posiciones de sus partidarios: La
Nación y La Prensa en favor del voto secreto, El Nacional, del público. La Tribuna, en cambio,
mostraba mayor fidelidad a sus ideas que a su partido, y continuaba favoreciendo el secreto del
sufragio.
El diputado Leguizamón propuso una fórmula de transacción: “el voto secreto pero no
anónimo”; propuso que el voto se hiciera en cédulas cerradas con el nombre del votante, que se
depositarían en la urna en el momento de la emisión del sufragio. La medida no convencía a
nadie, pero finalmente se adoptó una variante que aseguraba la publicidad del voto al momento
de emitirlo: la boleta sería entregada al presidente de mesa que debía manifestar su contenido.
La Ley 1873 sancionaba que “el voto de cada ciudadano se dará en boletas de papel blanco
que expresen el nombre y apellido del sufragante, el número de inscripción y el nombre de las
personas por quienes se de”.

Pero durante toda la década de 1870 existió también otra preocupación: “la falta de
espíritu público” para algunos, la distinción alberdiana entre derechos civiles y políticos
había producido un distanciamiento peligroso en la sociedad civil y la sociedad política,
quedando ésta en manos de una “oligarquía” ajena los reclamos y necesidades de la sociedad
que decía representar. Esta oligarquía política apelaba al voto de clientelas populares para
dirimir sus controversias internas, mientras que quienes deberían ser los primeros interesados
en los asuntos públicos, es decir, los propietarios, se abstenían de toda participación electoral
y se encerraban en sus negocios. Estas cuestiones estuvieron en el centro de los debates
respecto del sufragio en la Convención Constituyente de la provincia de Buenos Aires en 1871 y
1872 ya no se discutía sólo cómo garantizar que cualquiera pudiera votar, sino también
acerca de quiénes debían hacerlo.
Se presentaron dos propuestas diferentes:
1- El proyecto de la Comisión sobre Poder Legislativo integrada por Luis Sáenz Peña,
Emilio de Alvear, Eduardo Costa y Eugenio Cambaceres proponía el voto OBLIGATORIO
para todos los ciudadanos mayores de 18 años
2- El proyecto de la Comisión Central, integrada por Vicente Fidel López, Bartolomé
Mitre, Osvaldo Garrigós, M. Languenheim, S. Villegas y Dardo Rocha

EL SUFRAGIO COMO DEBER, COMO FUNCIÓN PÚBLICA O COMO DERECHO DEL PUEBLO: ESOS FUERON LOS TÉRMINOS EN
LOS QUE SE EXPUSO LA CUESTIÓN.

Para Sáenz Peña, todo esfuerzo sería vano si no se imponía la obligatoriedad del
sufragio, porque limitar el voto no garantizaba que aquellos que debían cumplir con esa función
pública efectivamente lo hiciesen.
Según Mitre, “para hacer prevalecer esa teoría del deber contra el derecho es preciso
borrar este último, y entonces se convierte en una simple función inherente a cada ciudadano
argentino”.
La discusión de la Ley nacional de 1877 no trajo demasiadas novedades respecto de los
temas centrales del debate. Se volvió sobre el sufragio como derecho o como deber y sobre el
“indiferentismo público”, pero se mantuvo el sistema de votación establecido en 1873. en
cambio, se retomó una propuesta que entonces no había tenido éxito, la de eliminar el requisito
de enrolamiento en la Guardia Nacional para ejercer el derecho a voto.
Entonces:
EL TEMA ELECTORAL OCUPABA UN LUGAR DESTACADO EN AL AGENDA PÚBLICA. SI ESA PRESENCIA PUEDE TOMARSE COMO
UN SÍNTOMA DE UN CONJUNTO DE PREOCUPACIONES Y DE UN CLIMA DE IDEAS QUE TRASCENDÍAN A LA CLASE POLÍTICA,
¿CÓMO ENTENDER LA ALTA ABSTENCIÓN A LA HORA DEL COMICIO?
De eso trata el capítulo siguiente.
CAPITULO VI: SUFRAGIO Y CIUDADANÍA: UNA INTERPRETACIÓN
Las elecciones, que pueden ser enfocadas desde diferentes perspectivas, son
abordadas aquí por la autora como un MECANISMO DE RELACIÓN ENTRE GOBERNANTES
Y GOBERNADOS

Objetivo → Problematizar la asimilación del caso argentino al modelo de república restrictiva,


debido a la escasa participación electoral de la población, por lo que se la interpreta como una
ciudadanía política limitada

Hipótesis → por definición, la ciudadanía política implica el ejercicio del derecho a voto; pero la
vigencia de ese derecho no define automáticamente una ciudadanía, entendida como una
comunidad de iguales que participa (directa o indirectamente) en el ejercicio del poder político.
Sábato afirma que EN LA BUENOS AIRES DE LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XIX EL SISTEMA POLÍTICO FUNCIONÓ
SOBRE OTRAS BASES.

Argumento → a diferencia de la concepción actual, en este período LA PARTICIPACIÓN POLÍTICA NO SE


IDENTIFICABA CON EL VOTO, lo que no significa que la población fuese indiferente a la política; por el
contrario, en época de elecciones un clima de politización general invadía la ciudad y se
realizaban actos y manifestaciones callejeras. Esta población no votaba ni reclamaba votar,
sencillamente porque EL VOTO NO ERA CONSIDERADO UNA FORMA DE INTERVENCIÓN POLÍTICA SIGNIFICATIVA: se
confiaba en que el candidato preferido sabría cómo ganar las elecciones sin necesidad de su
colaboración.

Por lo tanto, las elecciones, en tanto que instancia clave para ocupar los cargos del
gobierno, pueden ser entendidas como un acto interno al juego político de las facciones en
pugna, que se resolvía con reglas estipuladas por ellas mismas, y que involucraba a un cuerpo
relativamente estable de participantes que no crecía con el tiempo.
En efecto, los dirigentes no estaban interesados en ampliar las bases del electorado,
puesto que si bien ganaba el que tenía más votos, estos no se obtenían reclutando un mayor
número de votantes, sino BLOQUEANDO LOS VOTOS CONTRARIOS. El voto no era un acto de los
individuos privados, sino que se trataba de un gesto colectivo; los que asistían al comicio lo
hacían formando parte de grupos que tenían una organización interna

Según Sábato, para ganar las elecciones era indispensable montar un aparato organizativo, las
“máquinas electorales”, encargadas de desplegar una serie de estrategias tendientes a
obtener el triunfo en las urnas, y ganaba el que tenía mejor organizada su maquinaria.

❃ Este sistema político entró en crisis a partir de 1870, cuando la retórica liberal de la
representación chocó cada vez más con las prácticas electorales; en un momento en que se
trataba de consolidar el orden alcanzado luego de la derrota de los caudillos, preocupaba la
violencia del juego electoral.
El ascenso de Roca a la presidencia inaugura un nuevo régimen político. las bases de
su poder se asentarán sobre bases diferentes, y las elecciones cumplirán desde entonces un
nuevo papel.