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Traducción: Laura Zapata (Julio de 2017) Documento de uso interno y exclusivo de la materia Antropología Social y Cultural, carrera de Licenciatura en Trabajo Social, Universidad Nacional de José C. Paz (UNPAZ)

Oliveira da Silva, Gláucia: ¿O que é Sociobiología?, Sao Paulo: Editora Brasiliense, 1993 Traducción: Laura Zapata

Introducción (pp. 9-10)

Sociobiología es el estudio del comportamiento social encontrado en varias especies del mundo animal, incluyendo invertebrados -por ejemplo, las hormigas y abejas- y vertebrados – como ciertos monos y los hombres. Los sociobiólogos parten del principio de que el modo de vida gregario es ventajoso para la adaptación de los seres al medio ambiente. De esta manera, creen que cada individuo actúa dentro de su sociedad de tal forma que aumenta sus propia chances de sobrevivencia y reproducción así como la de sus parientes próximos.

Creada por el biólogo Edward O. Wilson, esta disciplina nació en Estados Unidos, entre el fin de la década de 1960 y los inicios de 1970. Inspirado en Konrad Lorenz, un científico famoso de la década de 1930 por sus investigaciones en el campo de la etología -estudió el comportamiento animal-, Wilson publicó en 1975 el libro “Sociobiología: una nueva síntesis”, en el cual explicó por primera vez los principios generales de lo que creía era una nueva ciencia. Profesor de Harvard, Edward O. Wilson tuvo adeptos que, a lo largo de estas décadas, incrementaron las ideas iniciales de la sociobiología; entre ellos es importante recordar a Richard D. Alexander, Robert T. Trivers, Willliam D. Hamilton, Wynne-Edward y Richard Dawkins.

La sociobiología surgió como una propuesta de síntesis. ¿Cuál sería esa síntesis? Precisamente la de unir dos objetos que eran estudiados de manera separa. La sociología y la antropología social trataban las sociedades humanas, y la biología, en sus varias especialidades, estudiaba a los animales irracionales, entre otras cuestiones. Los sociobiólogos comenzaron a percibir que las sociedades humanas presentan muchos aspectos en común con los agrupamientos estudiados por los zoólogos, como las colmenas y los hormigueros. En resumen, se puede decir que la perspectiva básica de esta ciencia es que existen leyes comunes orientando el comportamiento de los hombres y de otros animales.

En Brasil, la ausencia de investigación en esta área no se debe solamente a los problemas de orden social y política con que se enfrentan los cientistas brasileños. Hay una cuestión de tradición académica que, tanto aquí como en los países europeos, mantiene alejados los dominios de las ciencias sociales y biológicas. En Estados Unidos existe el intercambio entre biólogos, de un lado, y sociólogos y antropólogos, de otro lado; lo que debe haber contribuido para el surgimiento y el desarrollo de la sociobiología, inicialmente de forma tan focalizada en la academia norteamericana. El intercambio por sí solo, sin embargo, no garantiza resultados positivos. Todo va a depender de cómo los investigadores se apropian de conocimiento producido en otras áreas y también del modo en que ellos adoptaron las ideas específicas de su disciplina a asuntos estudiados tradicionalmente por los diversos especialistas. En el caso de los sociobiólogos, ellos intentan comprender los hábitos culturales a la luz de las leyes de la genética y de la ecología.

La sociobiología no es un cuerpo teóricamente uniforme, pues sus participantes difieren algunas veces en la forma de explicar ciertos comportamientos, como por ejemplo, la homosexualidad y la dominación de los hombres sobre las mujeres. Richard Dawkins, eminente sociobiólogo, va a ser una especie de abogado del diablo, siempre cuestionando a sus colegas más experimentados. Por eso, a lo largo de este libro, presentaré su opinión como una especie de contrapunto a aquella de la mayoría de los sociobiólogos.

Durante la lectura, tal vez usted dude de la seriedad de las propuestas de estos científicos; créalo, usted no está solo. La sociobiología está basada en muchas suposiciones que no poseen otro soporte sino la convicción personal del investigador; y, además, está el problema de los razonamientos fáciles y simplificadores. Estos, aunque muy combatidos y hasta menospreciados por los medios académicos, ejercen una fascinación especial sobre el gran público norteamericano. Tanto es que los sociobiólogos, en Estados Unidos, son repetidamente convidados a participar en programas de televisión

Considero personalmente prejuicioso y arriesgado tratar la sociobiología como un delirio, porque, aunque desprovista de bases consistentes y científicas, ella acaba hablando al corazón de aquellos que quieren re-encontrar “su porción de naturaleza” dentro de esta vida urbana y furiosa que gran parte de la humanidad acabó adoptando. No es que los sociobiólogos sean necesariamente admiradores de la onda ecológica, que en buena hora llega; pero, el énfasis en la valorización del hombre como ser regido por leyes naturales crea condiciones para que se entienda las dos cosas (sociobiología y ecología) como semejantes. Al intentar mostrar cómo el hombre es un ser mucho más próximo de los otros seres vivos de lo que suponen las ciencias, acaban (…) encontrando eco en medio de esta alarma ecológica de la cual yo misma participo.

La sociobiología tiene una inquietud digna de los mayores elogios, pero hace un camino desaconsejable para quien quiere llegar a una respuesta. Con todo, para contestar esa pregunta, debemos recorrer ese camino. Y como los sociobiólogos son graciosos y tienen mucho coraje expresando libremente sus prejuicios, usted puede confiar que el viaje es agradable.

La Sociobiología: aspectos generales (pp. 16 -25)

La Sociobiología para dar cuenta de una explicación biologizante de las sociedades humanas, esto es, para explicar las instituciones sociales (casamiento, guerra, religión, etc.) como se fuesen producto de un condicionamiento genético o del proceso adaptativo de cierta población, precisa de lo que enseña la Biología y la Antropología Social. La predilección de los sociobiólogos por la Antropología, dentro de todas las Ciencias Sociales, se debe al hecho de que esta ciencia se ha dedicado al estudio de los pueblos tribales que pueblan varios continentes como África, América y Australia.

Tales pueblos, entre los cuales encuadramos las naciones indígenas del Brasil, son aún considerados “primitivos” incluso por personas lúcidas, incluyendo ciertos antropólogos. Pero la mayoría de estas persona se convencieron de que evaluar las sociedades de acuerdo a su grado de evolución tecnológica es una manera tendenciosa de interpretar a los grupos humanos. Es, en verdad, más un juicio que un intento de entender las diferentes maneras que crearon los hombres para vivir en sociedad.

Los sociobiólogos creen que los pueblos a los que se denominan “primitivos” pueden ayudar mucho en la comprensión de las sociedades que prevalecieron en la pre-historia. Para ellos las sociedades tribales son una “sobrevivencia” inalterada -o casi- de los grupos cazadores-recolectores que existieron en los primeros tiempos de la humanidad. Sin embargo, la mayoría de los antropólogos afirma que cualquier sociedad tribal está tan apartada de la Pre-historia como lo está la sociedad industrial y que el factor diferenciador es su valor cultural; no el cúmulo de tecnología en sí, ya que este constituye un valor cultural específico y no universal u obligatorio (ver en esta colección “Qué es el etnocentrismo”). Por lo tanto, queda claro que, en relación a la comparación entre sociedades tribales y pre-históricas, son pocos los antropólogos que están de acuerdo con los sociobiólogos.

Los análisis de la sociobiología no hablan sólo de las sociedades tribales; se extienden también a las sociedades complejas. La extensión es una consecuencia de la visión sociobiológica que considera éstas como productos hipertrofiados de aquéllas. Así, las características más simples de la “naturaleza humana” estarían escondidas bajo las complicadas instituciones de las sociedades industrializadas.

El concepto de naturaleza humana es visto con desconfianza por los cientistas sociales. ¿Qué sería la naturaleza humana? ¿Un conjunto de instintos? ¿Algunas tendencias psicológicas universales? ¿Hábitos culturales presentes en todas las sociedades? Usted, lector, puede tener su opinión y cada científico también, pero lo cierto es que actualmente nada puede ser dicho al respecto que no sea una opinión. Atribuir al término naturaleza humana un estatuto científico es, por lo tanto, arriesgado. Esta es otra de las cuestiones discutibles dentro de la sociobiología que entiende que existe una naturaleza humana visible en el comportamiento social del hombre, y esta naturaleza lo aproxima de otros animales también sociales.

Ejemplificando el razonamiento de los sociobiólogos podemos mencionar los fenómenos sociales conocidos como nacionalismo y racismo. Son hechos complejos, que trajeron resultados nefastos para el mundo y que la sociobiología considera como los descendientes modernos del tribalismo ancestral. Explicando mejor, habría un origen común entre los movimientos de defensa de la tribu y su territorio y los contemporáneos fenómenos nacionalistas y racistas. Esas manifestaciones sociales son comparadas a aquellas exhibidas por grupos de mamíferos que viven en bandas y demarcan sus territorios, agrediendo instintivamente a los invasores. La “naturaleza humana”, este concepto por demás complejo, porque se ignora cómo y dónde se realiza, acaba siendo una naturaleza no humana, nada específica a los hombres, pasible de ser encontrada en el comportamiento animal gregario que, para los sociobiólogos, está constituido por cuatro componentes básicos: el altruismo, el egoísmo, la agresión y la conducta sexual.

Los sociobiólogos, mientras tanto, no concuerdan en cuánto al peso que tiene cada uno de estos componentes en la suma general que es el comportamiento. ¿Los seres sociales son más altruistas o más egoístas? La sociobiólogía se divide para responder a esta pregunta, porque esta cuestión depende de la definición dada por el científico sobre cómo actúa la selección natural. Hay sociobiólogos que consideran la selección natural como un agente que opera sobre el grupo (especie, población, parentela): entiende, por tanto, que el altruismo es un componente motivador de las conductas sociales. Si la selección natural actúa en el sentido de preservar o extinguir un agrupamiento social, entonces los individuos, al ayudarse de manera altruista, aumentan las oportunidades de sobrevivencia y crecimiento de todo el grupo.

Los sociobiólogos que consideran que la única forma de selección posible es una individual pasan a ver en el egoísmo el móvil básico de los comportamientos sociales. Los adeptos de la selección del individuo parten del principio de que la unidad concreta es el organismo individual. Por ejemplo:

para que se produzca una disminución o aumento de la tasa de natalidad de una población, es necesario que cada animal individualmente se reproduzca con mayor o menor velocidad. Por eso, sociobiólogos como Dawkins creen imposible que el medio ambiente oriente las presiones selectivas en el grupo, que sería un conjunto virtual de individuos reales. Entienden incluso que los miembros de una sociedad buscan su propia sobrevivencia aunque para esto perjudiquen a los compañeros de su especie. En otros términos, piensan que, si la selección opera sólo en el sentido de preservar o eliminar a los individuos, entonces, cada uno de ellos estará mejor adaptado a medida que sea más egoísta.

Finalmente, están los sociobiólogos que conciben la selección natural como una fuerza orientada hacia el individuo, pero aceptan variaciones en esta regla y admiten ciertas formas de selección de grupo; aunque enfatizan el egoísmo, crean fórmulas que engloban también el altruismo como

motivador del comportamiento en sociedad. Piensan que, si la selección natural actúa principalmente sobre los individuos, éstos deben tener una conducta marcada mayoritariamente por el egoísmo, esto es, por el auto-beneficio, aunque esto acarree el perjuicio de los otros compañeros; sin embargo, si la selección puede actuar también, en casos especiales sobre grupos, entonces, los individuos deben comportarse en ciertos momentos de forma altruista, ayudando a otros miembros, aunque esto redunde en un drástico perjuicio para el autor del hecho benefactor.

Los sociobiólogos conciben a los genes como controladores del comportamiento social y, por eso, de la organización y del funcionamiento de las sociedades. Es común considerar las conductas y los hábitos de las sociedades como fenotipos. Pero, una característica genética no es algo inmutable. La sociobiólogía acepta que el comportamiento sea influenciado por los estadios de la vida del individuo, por la densidad poblacional y por el medio ambiente. Por ejemplo, una sociedad puede tener un índice de agresividad entre sus miembros aumentado en momentos de escasez de alimentos, provocadas tanto por factores ambientales cuanto por la explosión demográfica; como también un individuo es capaz de tornarse bastante agresivo en una fase especial de su vida que es la adolescencia. Luego, concluye la sociobiólogía, la organización oscila, así como el comportamiento; entonces, ambos [organización y comportamiento] son pasibles de ser tratados como “órganos” de alto valor adaptativo.

Admitiendo que los genes están en la base de las conductas, la mayoría de los sociobiólogos neutraliza la oposición entre lo innato y lo adquirido. La idea, común entre los genetistas, de que todo el carácter genéticamente determinado trae en su expresión una dimensión del medio ambiente, está en la base de la definición de fenotipo. La altura de un individuo, por ejemplo, es el resultado de la expresión de su genotipo, bajo la influencia de un cierto ambiente (que incluye alimentación, ejercicios físicos, agentes patógenos, etc.). Los sociobiólogos aprovechan este sesgo y niegan la dicotomía entre comportamientos innatos y adquiridos, postulando una interacción: toda conducta refleja determinación genética e influencia ambiental.

Los sociobiólogos critican, entonces, tanto a los genetistas de renombre, que niegan la acción de los genes sobre los hábitos culturales, cuanto a ciertas corrientes de la psicología que reducen el comportamiento humano (incluyendo las prácticas sociales) a respuestas condicionadas al medio ambiente y desprecian el acervo genético. Para la sociobiólogía, las semejanzas de comportamiento entre el hombre y otros mamíferos, especialmente los primates, - la agresividad, el control de las hembras por los machos, los cuidados parentales prolongados, la territorialidad, entre otras-, sirven como evidencia de que hay un componente genético en las conductas sociales de las especies.

Los sociobiólogos no creen que la gran diversidad de las formas sociales humanas pueda invalidar su presuposición de que los genes están en la base de los padrones culturales del comportamiento. Apenas una minoría entre los sociobiólogos desconfía de la posibilidad de una sociobiólogía aplicada al hombre. Ellos explican que la alta variabilidad de las costumbres muestra una función adaptativa de la cultura en relación al medio ambiente. Atribuyen la posibilidad de la variedad presentada por las culturas a las conductas individuales. Los genes que promueven tal maleabilidad del comportamiento social sufren los efectos de la selección natural, actuante sobre el organismo individual, garantizando a la especie humana suficiente potencial de sobrevivencia.

Ilustrando, la sociobiología cree que, si el cerebro creció bajo la presión de la selección natural, entonces, opiniones estéticas y morales pueden tener su origen en este mecanismo adaptativo. En otros términos, partiendo de la hipótesis ampliamente aceptada por los biólogos según la cual el ambiente favoreció la sobrevivencia de los hombres primitivos dotados de cerebros más complejos y, luego, mas hábiles e inventivos, entonces algunas normas morales y estéticas pueden haber sido mantenidas por ser útiles a la preservación de la humanidad como especie. Pese a ello, aunque la

sociobiología tuviese cómo demostrar la existencia de este mecanismo, no hay ninguna evidencia de que existan ideas o costumbres determinadas por los genes.

Los sociobiólogos critican la práctica común de las ciencias sociales de crear una ruptura entre las sociedades humanas y las de otros animales. Tal corte sería nada más que un vicio antropocéntrico que impediría la asunción de la existencia de dispositivos naturales determinantes de las más diversas costumbres culturales. Ellos recuerdan que no sólo los hombres sino también los chimpancés tienen capacidad de simbolización, ya que éstos poseen una “cultura rudimentaria” que incluye el uso de herramientas e invención -transmisión- de técnicas. Comparan las sociedades humanas con las sociedades de las hormigas, insistiendo que entre éstas hay presencia del lenguaje, la ética, del canibalismo, de la cosmología, de los cuidados dados a la prole, de las guarderías comunes y de la utilización de calendarios.

Los sociobiólogos comparan también costumbres de la India pre-colonial y algunas especies de aves y mamíferos. Observan que la hipergamia, esto es, la práctica femenina del casamiento con hombres de los grupos más ricos de la sociedad, así como la práctica del infanticidio femenino en las castas más altas, eran tan comunes en India cuanto, entre las aves y los mamíferos, era común que los machos grandes y saludables se casaran con mayor frecuencia que los machos más pequeños y delgados. Consideran dos formas de ascenso social, basados en la selección natural, o sea, vencen y se reproducen los más aptos.

La sociobiología tiene motivos para acusar a los cientistas sociales de antropocentrismo, pues ellos realmente no tienen en cuenta que el hombre es regido también por leyes biológicas. Los sociobiólogos, en su ansia de superación del antropocentrismo, acaban descuidando el uso riguroso de los conceptos. Y no se puede dejar de considerar que entre un organismo biológico y una sociedad, tal como la humana, existe una gran diferencia. Ocurre que se atribuye el término canibalismo, tanto al acto en que una hormiga se come a otra cuanto el acto, en ciertas sociedades tribales, de la ingestión ritualizada de seres humanos. Sin embargo los dos procedimientos, englobados bajo el mismo título, no poseen las mismas razones: explicando el canibalismo entre hormigas se piensa que se puede extender esa explicación a los hombres.

(…)

Sociobiología y Moral (pp. 51-63)

El fundador de la sociobiología, Edward O. Wilson, nota una gran diferencia entre los papeles existentes en las sociedades de insectos , como trabajadoras y reinas, y los papeles vividos por los hombres en sociedad; mientras que los insectos sólo cooperan y desempeñan una sola función durante sus vidas, los seres humanos tanto cooperan cuanto compiten y poseen la posibilidad de alcanzar niveles sociales más altos, cambiando de papeles. Para Wilson, una de las cuestión clave de la biología humana es verificar si hay alguna predisposición genética para conquistar ciertas posiciones dentro de la sociedad o desempeñar determinados papeles; él personalmente cree que hay una pequeña evidencia de solidificación hereditaria del status, o sea, concentraciones de genes específicos en determinadas clases sociales.

Wilson entiende que la función social de cada individuo, así como sus aspiraciones pueden ser explicadas por su bagaje genético. Los casamientos al interior de una determinada clase social acabarían por consolidar un cierto conjunto de genes que serían los responsables de las especificidades de aquella clase, o mejor, por las conductas de los individuos que la componen. Ahora bien, ¿hay realmente evidencias sobre la fijación del status a través de la herencia como él afirma? No, por lo menos hasta ahora no existe trabajo de genistas en este camino. Lo que Wilson

llama evidencia de solidificación hereditaria del status es la frecuencia con que los hijos continúan lo que los padres inician.

Utilizando un lenguaje nada ortodoxo, podemos admitir que los hijos de los padres ricos encuentren confortable su situación financiera y se esfuercen para mantenerla; hijos de padres pobres ambicioso pueden realizar el sueño de riqueza de los padres; e hijos de padres pobres no ambiciosos pueden convivir bien con su condición social sin mayores esfuerzos para modificarla. Eso puede darse tan frecuentemente al punto de ser algo evidente, pero no es una evidencia de que haya una configuración genética que llevaría a los hijos a tener un cierto comportamiento. Otras explicaciones posibles para el mismo fenómeno puede ser dada por la psicología, sociología y por la antropología.

Wilson encuentra poco probable que exista un código genético, moral y ético funcionando para todos los grupos de sexo y de edad, siendo más plausible la existencia de un conjunto de genes que aseguren prescripciones éticas y morales adecuadas a los papeles y estadios de la edad de los individuos. Considera que hay ventaja selectiva para un niño en ser egoísta y auto-centrado porque, de este modo, atrae mayor atención de los padres. Es igualmente ventajoso que los adolescentes sean carentes de afecto y tengan un comportamiento sexual moralmente diferente de los adultos. La necesidad de aprobación, que los vuelve preocupados por agradar al sexo opuesto, y la disposición sexual favorece las alianzas.

Wilson, por lo tanto, reconociendo el simplismo de separar las conductas en dos tipos -egoístas y altruistas-, piensa en la posibilidad de que lo seres humanos sean más o menos egoístas conforme la época de su vida. Pero esto no resuelve la fragilidad de su razonamiento. Él trabaja con nociones típicamente occidentales y que no son aplicables a toda la humanidad. Vamos a suponer que, como quiere Wilson, sea productivo, para entender el comportamiento humano, resaltar el egoísmo y el altruismo dentro de todo un conjunto de valores que usualmente es denominado ética o moral. ¿Serán esos conceptos -altruismo y egoísmo- percibidos de la misma manera en todas las sociedades humanas? Claro que no, dicen los antropólogos.

Los actos clasificados de egoístas en una sociedad de tradición cristiana, como la nuestra, pueden no ser encarados de esta manera en otra. Entre nosotros, los egoístas son considerados personas nefastas, y los sociobiólogos hasta presentan una contribución importante en la “humanización” del egoísmo al considerarlo indispensable a la sobrevivencia. Dicho de otra forma, el egoísmo haría parte de la “naturaleza humana”. Pero esos investigadores olvidan que conceptos como egoísmo y altruismo no son científicos, son morales; por lo tanto, cada sociedad va a dar una connotación específica a esos conceptos; además de ello, va a deliberar a su manera si lo mejor es ser egoísta o no, en el sentido occidental del término. ¿Ser altruista en Brasil es la misma cosa que ser altruista en Japón?

Nuestra sociedad tiende a considerar altruista a aquella persona que se dedica a los otros y que es capaz de dar su vida por un ideal o por alguien. En Japón, por ejemplo, esas actitudes son encaradas de un punto de vista totalmente distinto de la dicotomía altruismo/egoísmo. Un trabajo escrito por Ruth Benedict, antropóloga norteamericana, en la década de 1940, busca mostrar las grandes diferencias que existen entre la cultura japonesa y la de los Estados Unidos. En este libro, titulado “El crisantemo y la espada”, ella afirma que morir por el emperador, por la patria o por el nombre la familia no significa en la sociedad japonesa ser altruista; se trata de mantener la propia honra, idea básica que orienta el sentido de la vida en la cultura japonesa. Luego, dar la vida a cambio de la vida de otro entre los japoneses no puede ser explicado por las premisas de la sociobiología que admite dos categorías clasificatorias para estas conductas.

Wilson afirma que los comportamientos egoístas y altruistas son formalizados entre los hombres en códigos morales y éticos que sólo pueden ser comprendidos cuando son vistos como un producto del proceso de adaptación biológica. Para entender esta cuestión es necesario que tengamos en mente que moral y ética, o sea, los valores de una sociedad, están íntimamente ligados a la biología humana, según la sociobiología. Entienden que tales valores precisan de un efecto adaptativo; deben colaborar para la manutención de la población en un medio ambiente. Según esta línea de pensamiento, habría genes determinadores del egoísmo y del altruismo, sustentáculos de la ética humana, y Wilson crea un modelo para la existencia de los dos tipos de genes. Él calcula que los genes para el altruismo se esparcieron en la población gracias a la selección de grupo, y sus alelos [parte de un gen] para el egoísmo se fijaron por la selección individual; las acciones antagónicas de las dos formas de selección en un dado momento se equilibraron, provocando una población en la cual hay individuos egoístas y altruistas.

El fundador de la sociobiología creía inicialmente en una equivalencia entre el peso del egoísmo y del altruismo en las sociedades humanas. Argumentaba que los miembros individualistas y los egoístas terminaron por conseguir ascender socialmente, esparciendo sus genes; pero, cuando el número de egoístas aumenta demasiado, la sociedad tiende a la extinción. Pero, con el tiempo, pasó a concordar con Dawkins, y concluyó que la solidaridad es una apariencia de egoísmo. Así, Wilson cree que tanto la conducta individual como las acciones volcadas hacia la comunidad, en beneficio de la tribu o de la nación, buscan el bienestar individual. Considera el altruismo humano muy relativo porque, aún cuando orientado a los parientes, no llega a ser comparable al de ciertos invertebrados que se unen en colonias.

El egoísmo sería entonces natural en el hombre, ya que todos los actos altruistas pueden ser interpretados como egoístas, en última instancia. Yo no quiero simplemente el bien de mi prójimo; quiero el bien de otro en la medida que mi propio bienestar depende de eso. Y, diría aún Wilson, en la especie humanas las actitudes egoístas pueden ser tomadas por altruistas porque los hombres son animales sociales y se precisan unos a los otros. Pero esta idea de que la sociedad es el producto de unión contra el riesgo de sucumbir a la naturaleza es tan antigua cuanto es poco probable.

Parece obvio que las culturas humanas se encuentren adaptadas a los ambientes adonde se encuentran; en esto, la humanidad en nada se distingue de los otros seres vivos. Lo que vive, sea un árbol, una ameba o un chimpancé, sólo lo puede hacer porque tuvo la capacidad de adaptarse y sobrevivir, individualmente o en grupo. Pero, explicar los hábitos culturales como si fuesen creados por una necesidad de sobrevivencia es lo que parece errado, y hay una extensa producción en la antropología para demostrarlo.

Para Wilson y otros sociobiólogos, la sociedad humana es el resultado de una naturaleza básicamente egoísta, pero que tiene una apariencia altruista. El problema de explicar la existencia de la vida social a través de una tendencia humana, sea ella egoísta o no, es que esas tendencias nunca son las mismas, variando conforme la cultura. Medir las expresiones de esas tendencias a través de comportamientos torna la tarea aún más ardua porque las conductas individuales y colectivas, en cualquier sociedad, constituyen una suma de factores que son sociales, psicológicos y físicos.

Es verdad que los socobiólogos no están interesados sólo en algo tan fijo e inmutable como la naturaleza de los hombres. Ellos frecuentemente están refiriéndose a la evolución de la humanidad.