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Sherzer, William. “La plaza del Diamante: discurso histórico vs. discurso sexual”. Revista Hispánica Moderna, 53, 1, 2000.

Traducción de Marisol Chalian y Maria Florencia Saracino.

Desde inicios de los ochenta, cuando Mercè Rodoreda fue conocida fuera de Cataluña

y su obra entró en el canon tanto para los españoles como para los no españoles, se ha escrito

mucha bibliografía crítica sobre sus novelas y cuentos. Un testimonio de esto es, por ejemplo, el volumen especial dedicado a ella en el CatalanReview y la compilación de ensayos de Kathleen MacNerney, The Garden Across the Border. Aunque se ha estudiado toda su producción de manera sostenida, no hay duda de que su mejor novela, La plaza del

Diamante, ha provocado un mayor interés y diversas opiniones. A través de la discusión que ha suscitado, hay un aspecto que se destaca sobre los otros: cómo resolver, si fuera posible, los enfoques feministas e históricos sobre esta obra. En su desafiante artículo, “The Angel of History and the Truth of Love”, Josep­Anton Fernández señala que el problema principal de

la novela es “la relación entre la experiencia de Natalia y el contexto histórico, y la relevancia de esta relación en términos de género y subjetividad” (104). Asimismo en un artículo anterior, “The Link in Consciousness: Time and Community in Rodoreda’s La plaça del

Diamant”, Joan Ramon Resina también ubica este conflicto en el corpus crítico que ha feminizado su lectura universalizando su interpretación, mientras se ignora lo que él ve como aspectos esenciales sociohistóricos, vinculados específicamente con la conexión de la novela con la comunidad catalana. Este artículo revisará en parte los problemas mencionados por Fernández y Resina, así como considerará a otros críticos que han contribuido de una manera

u otra a continuar el debate. También presentaremos otro aspecto vinculado con lo anterior,

que resulta tal vez irresoluble y que no ha sido abordado de manera exhaustiva por la crítica hasta el momento:este se relaciona específicamente con la biografía de la autora.

El problema principal enLa plaza del Diamante no es simplemente que existan dos lecturas, una histórica y la otra feminista, sino que estas pueden ser consideradas como mutuamente excluyentes, tal como advierte Resina:

El interés en las obras de Rodoreda proviene casi exclusivamente de la crítica feminista, por razones que poco tienen que ver con un interés genuino por la posición de su obra en la cultura que la hizo posible. Para apropiársela como un ejemplo de los principios feministas, tales críticos han sustituido de hecho unos supuestos hermenéuticos por otros, desplazando la obra de su coordenada geopolítica e histórica para injertarla en un movimiento cultural y social heterogéneo que se hace pasar por universal. (226)

Sin rechazar la existencia definida de un discurso sexual, se debe también estudiar con mayor cercanía el discurso histórico presente a lo largo del texto. Además de la conexión con la comunidad catalana evocada por Resina, la novela está escrita a lo largo de claras líneas

cronológicas que representan no solo años sino también verdaderos cambios de época. 1 Primero Natalia aparece trabajando en una pastelería alrededor de los años ‘20, durante la dictadura de Primo de Rivera (seguido por Berenguer, una vez muerto Primo en 1930); su matrimonio con Quimet es rápidamente seguido por la llegada de la Segunda República. Luego, los años de guerra: el hambre y la muerte de Quimet. La dictadura de posguerra la lleva en un primer momento a una hambruna mayor pero termina resolviendo sus problemas al casarse con Antoni, cuya tendencia política nunca se menciona directamente. 2 Estas secuencias cronológicas brindan un aporte importante para la comprensión del texto, que debe hallarse en la confluencia de los cambios históricos con aquellos de la protagonista, pues la voz narrativa es siempre la de Natalia y el movimiento básico del texto depende de sus diversos estados psicológicos en el desarrollo histórico de sus dos matrimonios. En el primer capítulo de la novela, Natalia está bastante contenta con su rol pasivo en la pastelería. Ella no tiene otra aspiración, tal como más tarde se lo confiesa a la madre de Quimet cuando este las presenta:

Y me preguntó si me gustaba vender dulce, y le dije que mucho, sí

señora, sobre todo rizar las puntas del cordel con el filo de las tijeras, y que estaba deseando que llegasen las fiestas para poder hacer muchos paquetes y sentir el ric­rac de la máquina registradora y la campanilla de la puerta.

(20­21).

Esta pasividad coincide con las dictaduras de Primo de Rivera y Berenguer. Su matrimonio con Quimet implica el final tanto de la pasividad personal como de la política. Así se configura un preludio para la Segunda República, en 1931, para gran alegría de Quimet y sus amigos, Cintet y Mateu, pero no para Natalia, cuyo momento de mayor alegría, totalmente cimentado en su vida cotidiana como ama de casa (una prolongación de su condición en la pastelería), se destruye por el advenimiento de la Segunda República. El capítulo 14 comienza con un largo párrafo de una página y media que describe la relación idílica de Natalia con el mercado, sólo para verla destruida inmediatamente por la participación de su marido en la política de la República:

Y todo iba así, con pequeños quebraderos de cabeza, hasta que vino

la república y el Quimet se entusiasmó y andaba por las calles gritando y haciendo ondear una bandera que nunca pude saber de dónde había sacado. Todavía me acuerdo de aquel aire fresco, un aire, cada vez que me acuerdo, que no lo he podido sentir nunca más. Mezclado con olor de hoja tierna y con olor de capullo, un aire que se marchó y todos los que después

1 La falta total de fechas específicas garantiza un mayor significado a estos cambios de época. Al mismo tiempo, invita al lector a comprometerse con el desciframiento de estos datos, utilizando la referencia a sucesos históricos. 2 Uno podría suponer, sin embargo, que Antoni luchó contra la República. Él es, por lo menos, un sobreviviente

de la guerra, pero su cómoda existencia podría ser vista como la de un vencedor.

vinieron no fueron como el aire aquel de aquel día que hizo un corte en mi vida, porque fue en abril y con flores cerradas cuando mis quebraderos de cabeza pequeños se volvieron quebraderos de cabeza grades. (78).

Los intereses políticos de Quimet traerán problemas para Natàlia, como lo hacen sus políticas maritales desde el inicio de la relación. La mayor participación de Quimet en las escamots (guerrillas) sólo agrava la situación para su esposa, lo que finalmente provoca la pérdida de su trabajo (Natalia trabajaba para una familia del bando político contrario). La guerra para defender la República de otra dictadura la conduce hacia la viudez y la consiguiente posguerra es, en un principio, el peor período de su vida: un hambre sin fin que la habría llevado hacia la muerte, si no hubiera sido rescatada por Antoni. En otras palabras, un retorno hacia un período dictatorial finalmente la lleva otra vez hacia la pasividad que ella disfruta cuando la conocemos por primera vez en la pastelería. Irónicamente Natalia vuelve a un negocio pero, también irónicamente, ella no trabaja allí y este aspecto aparecerá de nuevo más adelante cuando discutamos la lectura feminista de la novela. Por lo tanto, a pesar de que se espera que el lector se identifique con las ideas políticas de Quimet, Cintet y Mateu, pese a la desagradable naturaleza de los empleadores de Natalia, la estructura de la novela parece sugerir que la protagonista es más feliz viviendo pasivamente en los dos períodos dictatoriales. Fernández también se acerca a esta conclusión cuando afirma “(M)ás aún, ella parece bastante indiferente a los ideales de progreso por los cuales se libró la Guerra Civil…” (104). Pero el crítico reconoce la importancia de la guerra para la estructura de la novela y por esto mantiene para el lector el problema básico que tratamos aquí, esto es, una definición de los respectivos roles de los aspectos políticos y no políticos de este texto:

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Hablar de la guerra de los sexos en una novela que da un rol prominente a la Guerra Civil, sin embargo, nos lleva nuevamente a la comparación, que he discutido antes, entre el contexto sociopolítico y los conflictos personales de Colometa, entre progreso y cambio social, y el ámbito del cuerpo (femenino). (105)

Dada la vida de Rodoreda durante los años de la Guerra Civil y la posguerra –fue miembro de la vanguardia catalana y luego entró en un exilio voluntario de 33 años desde

3 Fernández señala también: “La guerra personal de Natàlia (una guerra de los sexos, una guerra contra la reproducción que tiene lugar fuera de la historia) es el preludio de la Guerra Civil, cuyo estallido ciertamente la afectará. Ella no comparte con Quimet el punto de vista optimista sobre el progreso…” (107).

4 Para Mona Fayed, el cambio de Quimet por Antoni representa una liberación del patriarcado y del orden simbólico:

ambas mujeres [Natàlia y la Sra. Dalloway] la única esperanza

en el proceso del devenir se encuentra de cara al orden semiótico, y en

Rodoreda, la entrada en

lo semiótico es casi accidental. Digo casi porque es la ruptura del mismo orden patriarcal a través de la guerra que provee el sentido para la salida de Natalia del orden simbólico, siendo el mismo caos la consecuencia lógica

del mecanismo patriarcal. (124)

experimentarlo, rompiendo el orden simbólico

para

En

comienzos de la Guerra Civil–, la interpretación anterior sobre las ideas políticas de Natalia parece sorprendente, si no insostenible, pero una cosa es el autor del texto y otra el texto mismo, como la crítica contemporánea nos ha enseñado repetidamente. Además, en un intento de resolver esta aparente contradicción entre el autor y su producción, debemos volver

al

problema enunciado al comienzo del artículo. ¿Este es un texto sobre fenómenos históricos

y

políticos, un texto sobre políticas de género, o ambos? Las propias declaraciones de

Rodoreda sobre esta cuestión en el prólogo de la novela son contundentes: “Vull afirmar, perquè algù ho ha negat, que La Plaça del Diamant és un novella d’ amor” (Rodoreda, 1993) [Quiero afirmar, porque alguien lo ha negado, que la Plaza del Diamante es una novela de amor] . En la página siguiente, ella se explaya sobre este punto:

Vull tornar­hi a insistir, perquè em dolgué que algú ho negués: vull afirmar ben alt que La Plaça del Diamant és per damunt de tot una novel∙la d’amor, per més que sense ni un gra de sentimentalisme. El moment en què la Colometa, de tornada de la mort del seu passat, entra a casa seva mentre va naixent el dia i abraça el seu marit, l´home que l’ha salvada de totes les misèries de la vida, és una escena d’amor profund. (12) [Quiero volver a insistir, porque me dolió que alguien lo negara: quiero afirmar bien alto que La Plaza del Diamante es ante todo una novela de amor, aunque sin un grano de sentimentalismo. El momento en que Colometa, de vuelta de la muerte de su pasado, entra en su casa mientras va naciendo el día y abraza a su marido, el hombre que la ha salvado de todas las miserias de la vida, es una escena de amor profundo].

El hecho de que Rodoreda visualice su obra como una historia de amor puede explicar, o justificar, las contradicciones históricas/biográficas a las que hemos referido, pero si este es el caso, nos corresponde hacer referencia a otro aspecto del problema, al que también se refiere Fernández: ¿cómo funciona la historia de amor dentro de la batalla de los sexos? Es nuestra opinión, y la idea central de este artículo, que el cuadro final de esta batalla no tendrá un sentido acabado sin la incorporación de la afirmación política que también existe en la novela. Como señala Resina, el argumento feminista básicamente ignora el rol de la Guerra Civil y lee la novela como una batalla de los sexos. El rol de Quimet en esta batalla es bastante claro. Noes solo un marido dominante e irracional sino también un novio igualmente dominante e irracional. Quimet prácticamente obliga a la sumisa Natalia a casarse con él y gradualmente hace su vida intolerable con su comportamiento como esposo y con la destrucción de aquello que ella intenta crear con ahínco: un lugar, un hogar para ella misma, espacio que le fue negado en la casa paterna desde la muerte de su madre y las segundas nupcias de su padre. La invasión de las palomas constituye la invasión de su espacio hasta que finalmente ella queda fuera de lugar en su propia casa, muy similar a Nucha en la novela

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5 La irracionalidad de Quimet no ha sido bastante analizada en estudios los críticos sobre la novela. En la medida en que consideremos irracional a Quimet, o loco, atenúa su rol como el prototipo del marido en esta batalla de los sexos.

de Pardo Bazán, Los pazos de Ulloa, una novela decimonónica que representa otra versión de una tragedia matrimonial. 6 Los críticos son menos unánimes en su discusión sobre el rol de Antoni o, mejor dicho, la combinación de roles de Antoni y Natalia, en el segundo matrimonio. Esto es confuso porque existe una estructura definida en la novela que gira alrededor de Quimet y Antoni. Si Quimet fue un marido dominante, Antoni es su opuesto, y se debe estudiar la relación entre Natalia y su segundo marido desde este punto de partida. La afirmación de Rodoreda señalando que estamos leyendo una novela de amor es primordial, pero la tarea de la crítica ha sido descubrir las bases para ese amor. Desafortunadamente, el segundo matrimonio ha recibido mucha atención de la crítica, que se ha basado en lo que ese matrimonio debe representar antes que en un claro análisis textual. Esto nos conduce a declaraciones como las de Carbonell, quien afirma que “la liberación [de Natalia] abre una esperanza para un nuevo discurso y un nuevo amor libre de la guerra de los sexos” (28), que a su vez es capitalizado por Fernández, pero con un añadido, utilizando las teorías de Deleuze y Proust. Siguiendo a este último crítico, el verdadero amor representado aquí es homosexual, aquello que Natalia busca en Antoni es una mujer, mientras Antoni busca en ella a un hombre. Pero Antoni no es un personaje que conscientemente renuncia al rol masculino en la batalla de los sexos; él ha sido forzado a abandonar esa batalla, para la cual no tiene voluntad, pero conserva el deseo de tener esposa y familia. Natalia, por otra parte, no ve en él a la mujer homosexual sugerida por Fernández, ella está buscando una pareja como esposa heterosexual, dispuesta a tomar un rol pasivo que casi inmediatamente descarta, una vez que acepta casarse con él. Su exigencia de que se renueve completamente la vivienda de Antoni no es solo representativa del deseo femenino de feminizar el entorno masculino; se trata del método de Natalia para invertir el tablero, de ganar la batalla de los sexos, que ella ha perdido previamente, asumiendo un rol dominante en este, su segundo matrimonio. Este punto resulta problemático para una lectura feminista de la novela, pues se sugiere que el deseo femenino es hacerse cargo del rol dominante masculino –una posición, tal como podemos apreciar en Carbonell, que es extraña para la teoría feminista moderna . En el caso de Natàlia y Antoni, el lector encuentra una inversión de roles, en la cual Antoni se hace cargo de las tareas domésticas básicas (podría argumentarse que su almacén es

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6 El conflicto de Nucha como el problema de una existencia dividida entre la casa y el mundo externo está bien estudiado por Mary Lou Bretz, que basa su concepto de lugar en el concepto bajtiniano de cronotopo.

7 En un desarrollo más amplio de su posición, Carbonell escribe:

En la novela el falo es el significante de la agresión; por lo tanto, la falta de Antoni empodera a la protagonista para expresarse ella misma, para amar y desear, para aceptar la maternidad, y lograr pasar del orden imaginario a un orden simbólico diferente. La historia de Natàlia introduce un nuevo amor por el otro que, liberado de la imposición del falo, no implica subyugación y marginalidad. Por lo tanto, la novela termina con esperanza para el lenguaje y felicidad; de hecho, la última palabra en la novela es “contentos” [256]. (25)

8 Resina nos brinda una interpretación histórica de este pasaje: “Nada puede separar las dos épocas de su vida;para preservar los restos del naufragio de su pasado debería equilibrar su nueva personalidad con la antigua y las identificaciones incapacitantes” (238).

una proyección simbólica de la cocina), mientras Natàlia asume el papel del señorito de la casa. La clave de esta interpretación, por supuesto, es el desarrollo de un simbolismo fálico en la persona de Natalia, un simbolismo que es abiertamente reconocido por el conjunto de la crítica, pero que en general es minimizado y redefinido como un sentimiento maternal. Nadie cuestiona el rol del cuchillo de cocina en la catarsis nocturna de Natalia al volver a su pasado con Quimet: grabar su nombre en la puerta, usando el cuchillo/falo para establecer finalmente su identidad en la casa. Igualmente la escena fálica de amor que sigue cuando Natàlia entrelaza sus piernas y pies con los de Antoni, frota su vientre y finalmente coloca el dedo en su ombligo –una escena a la que Rodoreda se refiere como de “amor profundo”– a menudo es considerada inconsistente, tanto un gesto materno como uno sexual. De acuerdo con Resina,

Esta acción sustituye simbólicamente una relación marital; pero también es un gesto maternal, como si ella tratara de conectar el objeto distante de su afecto recién descubierto con el solitario océano de su conciencia. (244)

María A. Rocca Mussons no considera como un acto sexual el dedo de Natalia en el ombligo de Antoni, aunque ella concede que representa un gesto de dominación: “ará és ella que s’imposa respecte a si mateixa i també als altres” (260)[ahora es ella quien se impone respecto a sí misma y también a los demás]. Fernández lo interpreta como un acto de amor, pero, como mencionamos antes, un amor homosexual, que no solo es una interpretación difícil de sostener sino que él mismo la contradice cuando afirma que Natalia “finalmente se apropia del falo, accediendo así al lenguaje y la historia” (109). En sus propias palabras, Fernández deja claro al lector que en la segunda parte de la novela, Natalia ha hecho un largo viaje hacia la masculinidad. Pero esta no se orienta hacia la homosexualidad, dado que su marido no tiene, ni puede tener, una función sexual de ninguna clase. Es un eunuco, precisamente el tipo de hombre que la nueva Natalia dominadora requiere en su falocentrismo adquirido; ella ha recorrido un largo camino desde la joven mujer que vio las estrellas cuando Quimet le hizo el amor y se sintió avergonzada cuando este orgullosamente anunció en público “Ya la tengo llenita” (61). En este punto, el lector debe comprender la conexión entre el discurso sexual y el discurso histórico que hemos analizado en la primera parte de este artículo. Paradójicamente, Natalia sobrevive y, en palabras de Rodoreda, es rescatada sexualmente por un hombre sexualmente inactivo, y políticamente por una dictadura de Franco que puso fin a la actividad política que hizo su vida tan difícil como la actividad sexual (vivida con Quimet) que corre en paralelo con aquella. Una vez que el argumento feminista es reescrito, aceptando la conclusión lógica de la masculinización de Natalia, puede ser historizado y conectado con el argumento histórico, tras reescribirse ese argumento para incorporar, tan desagradable como pueda resultar, un punto de vista de la historia española contemporánea en el cual la paz y tranquilidad de Franco funcionó para aquellos que, como nuestra protagonista, estaban desconectados de la política y siempre en la búsqueda de la supervivencia individual. Si

existe una figura clave a través de la cual podemos hacer esta conexión entre supervivencia sexual e histórica en la novela, es el hombre hacia el que en verdad Natàlia se siente emocionalmente atraída, Mateu. Este personaje, que mantiene un comportamiento sumiso con su esposa, es un precursor de Antoni, mientras que en su reacia aceptación de la necesidad de defender la República (Mateu no se enlista con los escamots junto a Quimet y Cintet), representa el escepticismo con el cual Natalia mira su conexión personal (a través de Quimet) con esa defensa. 9

La Plaza del Diamante es un deleite para las feministas: una historia narrada por una joven mujer que se apropió del falo, del pene, del lápiz, siguiendo la metáfora de Gilbert y Gubar. Ella escribe sobre dos hombres: un loco en el ático y un eunuco. Pero si tomamos la perspectiva feminista, esto debe hacerse en conjunción con un acercamiento histórico. Parte de la locura de Quimet, en cuanto a lo que concierne a Natalia, se encuentra en sus ideas políticas revolucionarias. Un aspecto de la castración de Antoni es su sumisión pasiva, no solo ante la nueva Natalia dominante, sino también ante el estado fascista que ha llegado para gobernar España. Esta es una interpretación curiosa para una novela escrita en un doble exilio (como republicana y catalana) de la España franquista, pero puede ser la única forma de darle un sentido, si dejamos de lado las dos lecturas supuestamente contradictorias que han predominado hasta hoy.

9 La actitud de Mateu es muy clara en el capítulo 27, cuando los tres hombres van a ver a Natàlia. Primero Quimet y Cintet aparecen juntos e inmediatamente después, en un pasaje muy sentimental y poético, Mateu solo:

Aquel mismo día vino Mateu, también con mono y fusil. Muy amohinado. Le dije que el Quimet había estado en casa hacía pocas horas con el Cintet, y dijo que le hubiese gustado mucho verles…, el sol se encendía y se apagaba y el comedor tan pronto era amarillo como blanco. El Mateu puso el fusil encima de la mesa, y muy triste, dijo, ya ve cómo nos tenemos que ver los hombres de paz…(145)

Bibliografía

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Bretz , Mary Lou. “Masculine and Feminine Chronotypes in ​Los Pazos de Ulloa”
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Rodoreda, Mercè. ​La plaza del Diamante. Barcelona: Edhasa, 1962.
­­­­­­­­­­­. ​La plaça del Diamant. Barcelona: Club Editor, 1993.