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Claudio Lomnitz Modernidad indiana Nueve ensayos sobre nacién y mediacién en México joteca Dantel Costo Villega Bibliotece Powel sito, Ne. PLANETA (Coleecién: Bary be MEXICO Disefio de portada: Carlos Gayou Foto de autor: lena Climent © 1998, Claudio Walter Lomnitz-Adler ‘Derechos Reservados © 1999, Editorial Planeta Mexicana, S.A. de CY. Avenida Insurgentes Sur nim. 1162 ‘Colonia del Valle, 03100 México, DF. Primera edicin: febrero de 1999 ISBN 968-406-8239 [Ninguna parte de eta publicaibn, includ el dseio dela cubiera, puede ser reproducid, almacenada o transmitida en manera alguna [Bi por ningiin medio, sin permiso previ del editor. Inpresoen los talleres de Avelar Editors e Impresores, S.A. de GY. Bismark nim, 18, colonia Moderna, México, DF. Tmpreso y hecho en México - Printed and made in Mexico fypice Introduccién ......6.ceeseeeseeeeeees 7 PrimeRa paRre: Transformaciones del nacionalismo mexicano 19 1. Fisuras en el nacionalismo mexicano 21 IL Ideologfas comunitarias en el nacionalismo .......... 35 IIL. Decadencia en tiempos de globalizacién 65 ‘Szunpa rare: Espejas y espefismos ........ sease 77 LV, Descubrimiento y desilusion en la antropologia mexicana 79 V. El censo y la transformaci6n de Ia esfera piblica ..... 99 VI. Dos propuestas para los museos del futuro . ut ‘Tencena raxte: Sociologfa de lo pablico y geografia del silencio 119 VIL Intelectuales de provincia y la sociologia del lamado “México peofundo”, .s.ssscecersertsereesrserere 121 VIII. EI centro, la periferia y la dialéctica de las istinciones sociales en una provincia mexicana 151 IX. Ritual, rumor y corrupeién en la conformacién de tos ‘sentimientos de la nacién” .......... aescasse: 1ST Epflogo ...... teeaeeaeet sate Bibliografia InrropuccioNn Hay libros que, como Atenea, nacen enteros de las mentes de su autor. Otros nacen con una imagen persistente y esquiva que el creador trata de asir con sus palabras hasta que el libro queda escrito: Darwin perse- ‘guia la imagen de un &rbol en las labores que condujeron a El origen de las especies. También hay libros como éste, que se le revelan a su autor cuando ya estén terminados, sorprendiéndolo desprevenido. Este libro nacié en laestela de otro anterior, Las salidas del labe- rinto, como una serie de ideas aparentemente discretas acerca de la dimensin espacial de la esfera piblica y de las implicaciones de la llamada globalizacion para el nacionalismo mexicano y la cultura nacional. Consta de nueve capitulos que escribf entre 1993 y 1996 y «que fui publicando en avenidas tan diversas que sélo un detective acucioso podria reunirios, pues unos aparecieron en México, otros en Estados Unidos y en Europa y hay dos capitulos inéditos, Para compli- car las cosas més, mis labores en estos pasados tres affos fueron un vaivén constante entre el ensayo crftico y el articulo de investigacién profunda, por lo cual algunos escrtos aparecieron en periédicos en tan- {o que otros, incluyendo un artfculo en alemén que ni yo puedo leer, aparecieron en los més enrarecidos foros de la academia, Esta forma de difundir —o difuminar— Ios trabajos reflej6e1 modo cen que los escribf: cada uno tuvo su pretexto. Sin embargo, de pronto esta serie de escritos se me revel6 como un caso de Nueve capitulos en ‘busca de un libro; todos forman parte de un proyecto: demostrar que es necesario reformular Ia cuestién nacional en México a partir de una comprensién cabal del vinculo entre nacién y modernidad en nuestra historia En los primeros ensayos de este libro pondero la necesidad y la dificultad de reconstruir el nacionalismo en México. La necesidad se impone por la ausencia de un verdadero proyecto de unién norteameri- cana, y la dificultad estriba en que ninguno de los dos modelos princi- pales para la nacién mexicana, el nacionalismo revolucionario y el li- beralismo clisico, se adecua a la situacién actual del pats en la econo- mia mundial. Asi, dedico algunos esfuerzos a demostrar que la férmula nacional en México esté en una crisis severa y critico algunas de las soluciones mas socorridas a esta crisis, como es la idea esencialista del México profundo”. Critico también la solucién —tan atractiva como fécil— que imagina la historia del pats como una trayectoria que va inexorablemente hacia la democracia y que representa al régimen posrevolucionario como un mero paréntesis autoritario en la teleologia de la demoeraci En vez de estas posturas, los ensayos de investigacién incluidos en este libro construyen periodos y ofrecen precisiones sociolégicas € histéricas a una serie de puntos: la sociedad civil no nacié ayer, tiene tuna existencia larga y compleja que puede apreciarse investigando la historia de lo pablico y de las esferas piblicas. Por otra parte, siguiendo el tipo de andlisis que desarrollé en Las salidas del laberinto, dediqué esfuerzos para desarrolar elementos espectficos de una geografiahist6- rica de la modemnidad. Uno de los problemas principales de las utopias ‘modernas en este pais —incluyendo aquellas que actualmente animan el discurso politico del poder—es que parten del diseurso universalista y uniformador que es premisa de todo liberalismo. Sin embargo, nunca hha habido uniformidad en la aplicacién de la ley ni en la extension de las insttuciones estatales, y esto no por una serie de excepciones par- ticulares, sino debido a las irregularidades sistémicas que han persis do en el espacio politico y social desde siempre. Por ejemplo, en el siglo pasado la categoria de lo “indio” adquiris Ja connotacién de aquello 0 aquellos que estén apartados de las insttu- Ciones del gobierno y de la vida civil. Asimismo, en este siglo catego- ras como las de “"marginalidad social” 0 “sector informal” denotan amplios espacios de reproduccién social que estin al margen de la rela- cién entre 10 paiblico y lo privado, 1a cual rige al estado liberal. Ast ‘como los indios tenfan y tienen tierras comunales y una economfa que se escapaba de la contabilidad oficial, tenemos hoy “paracaidistas” cuya produccién econémica y reproduccién social se da al margen del orden legal y requiete permanentemente de “coyotes”, “caciques”, “conee- tes”, “palancas”, “padrinos”, “madrinas”, “chayotes”, “embutes”, “con- fianzas”, etcétera Por ello, las grandes ideas que pretenden caracterizar lo puiblico fen toda una época, como la idea de hacer mas sobre la esfera publica bburguesa, o las ideas Foucault acerca del poder y del conocimiento ‘modemos, se presentan de manera sistemiticamente irregular en el es- pacio nacional. Esta irregularidad no es una simple “imperfeccién” que 8 se resuelva diciendo “México es un pas autoritario, no tiene ni tuvo nunca una esfera piblica burguesa’ ni “México se modernizé de mane~ ra tan imperfecta que aqut el pandptico del poder modemo nunca se desatroll6 plenamente: por eso no hay una cultura cfvica liberal”. No se resuelve porque, aunque ambas afirmaciones son verdaderas a un nivel de abstraccién muy alto, esconden tanto como lo que revelan. En México ha habido esferas pit proletarias, ha habido formas de publicidad mondrquicas y republica- nas, liberales y autoritarias. Ha habido también mucha modernidad, modemidad como proyecto ut6pico, como préctica institucional y como ‘método para construir sujetos sociales. El problema no es la existencia © inexistencia de la esfera ptblica 0 de insttuciones disciplinatias mo- demas (como la escuela o la cdrcel), sino comprendet os modos en que Jas précticas e instituciones de Ia esfera pablica y de la modemnidad cultural se articulan con otra serie de précticas e instituciones dentro de ‘un espacio nacional que ha estado siempre fragmentado, tanto desde un ppunto de vista econémico como cultural, Por es0, este libro trata sobre las mediaciones culturales de la modemidad, 1. Modernidad y modernizacién {A qué nos referimos cuando hablamos de modemidad? En este libro estaré hablando de varios fenémenos. Primero, esté lo que llamaremos “modernidad cultural” y que, siguiendo a Max Weber y a Jurgen Habermas, entenderemos como un régimen social en que la ciencia y el arte no estén subsumidos a una moralidad politicamente reinante, es deci, a un régimen en el que existe cierta libertad y autonomfa tanto para el desarrollo del pensamiento como para su expresién pablica. Es obvio que la tal modernidad cultural tiene una historia compleja en México: no la tuvimos durante Ja 6poca colonial, ya que la ciencia y el arte de esa época estaban sometidas a la vigilancia de la iglesia; des- pués de la independencia, el ezago cientifico y la dependencia cultural de nuestras élites hicieron que el desarrollo de las ciencias y de las artes dependiera en alto grado de la accién positiva del estado, lo que tam- bin le dio formas particulares a las instituciones culturales del pats El segundo sentido de modernidad cultural que me importa desta- cares el de un régimen en que existe una divisi6n clara entre lo piblico yy lo privado y en el que idealmente se da una esfera pablica que se oncibe como un espacio de discusién y erftica al estado desde una serie de derechos y espacios individuales en los que éste no debe tener 9 -as burguesas, campesinas y ) injerencia, Este ideal, que Habermas llama la “esfera pablica burgue- sa”, supone una oposicién entre estado y sociedad civil en que la soci dad civil tiene un espacio de autonomia frente al estado y cuenta con ‘mecanismos para supervisar y modificar sus acciones. Evidentemente, este tipo de organizacién cultural esté muy acotada histéricamente, aun en Europa y Estados Unidos, donde un aspecto clave de la llamada “posmodemidad” corresponde al hecho de que la invencién de nuevos ‘medios de publicidad (en el sentido de “hacer paiblico”), especialmente la televisin, ha transformado el tipo de comunicacién caracteristica de la esfera piblica burguesa, levando, para unos, a una sociedad de masas ‘que ha perdido aspectos claves de la promesa liberadora de la modemi- dad y, para otros, a una sociedad mediatizada en que la critica se da en ‘otros planos y dimensiones, Un tercer aspecto clave de la modemidad que no tiene que ver con Ja organizaci6n social del régimen es la modemizacién. Este aspecto, ue tiene mas resonancia con el uso coloquial de Ia palabra “modemo se refiere al proceso continuo de generar y asimilar formas de produe- ccién y de consumo que estén a la vanguardia de la tecnologia y del gusto, tal y como estos se construyen en el sistema mundial Es importante recalear que, tanto a nivel de los actores individua- les como a nivel de regimenes enteros, la modernizacién puede ‘onseguirse sin modeiidad cultural. Por ejemplo, un sirviente que no tiene una esfera de vida privada propia —puesto que forma parte de uuna casa donde su patrén puede mandar las 24 horas y donde su trabajo no tiene tna descripcién formal— puede, sin embargo, comprarse unos zapatos tenis tltimo modelo y cortar el césped con una podadora Black and Decker. Este sujeto no forma parte de una modernidad cultural, pero sf participa de la modemnizacién, Por otra parte, sabemos que exis- ten regimenes enteros que han conseguido industralizar e introducit formas de consumo modemas sin que exista una esfera publica burgue- sa. Asf, por ejemplo, una espafiola franquista alguna vez dijo: “Antes de Franco, no tenfamos frigorificos.” En Rusia y en China la industria- lizacién la hicieron los comunistas y, en Chile, el “neoliberalismo” eco- rnémico fue impulsado por un régimen militar que simpatizaba bien poco con la modernidad cultural. Es también indispensable reconocer que la modemizacién no es tan s6lo un fenémeno econdmico. A diferencia de lo que ereyeron mu- cchos liberales latinoamericanos desde el siglo pasado, Ia moderniza- cin trae siempre consecuencias culturales. Esta dimensién cultural de a. modernizacién tiene dos aspectos principales, uno ligado a la pro- duccién y el otro al consumo. Los cambios tecnolégicos requieren y generan transformaciones culturales. Un ejemplo muy socorrido de esto 10 lo ofrece Charles Chaplin en su pelfeula Tiempos modernos, donde ‘muestra cémo la produccién en masa y la propiedad privada de los ‘medios de producién convierten al reloj (un elemento de a moderniza- i6n)enel peor capataz, el cual reduce al individuo a ser parte de una ma~ sa uniforme regida por una méquina. La pelicula comienza con na sigantesca toma de un relojcon su segundero corriendo en tiempo real, yy luego sigue con un rebafio de ovejas al que se superpone la imagen de los obreros entrando a la fabrica. También la computadora, el teléfono ‘yen realidad, todo gran cambio tecnol6gico modemizador genera cam bios culturales importantes, incluso a nivel de la conformacién cultural de la persona, Un segundo aspecto cultural de la modernizacién se relaciona con ‘el consumo. Consumir un artefacto modemno es un acto que se inserta) ‘en un sistema de distinciones culturales complejo y cambiante, ya que 1no todos tienen los recursos para adquitir los productos mas avanzados. 6 que estén de moda. Por ello, consumir una hamburguesa en McDo- nald’s no significa lo mismo en Chicago que en México o la Plaza Roja dde Moses No se puede pretender que la modemnizacisn deje cultoral- ‘mente intacta a una sociedad, as{ como tampoco puede suponerse una homogeneizacién simple del mundo a través de la diseminacién de ar- tefactos muertos. : Resumiendo, hay tres aspectos principales que nos coneiemen en cl andlisis cultural de la modemidad. Los primeros dos tienen que ver con la arquitectura de los regimenes nacionales y son, a saber, la rela ‘cin que guarda el régimen politico con la produceién cientifica, tecno- logica y artstica y la forma en que se construye lo piblico y su relacién ‘con la esfera privada. El tercer aspecto es la cultura de la moderni- zaci6n, cultura cuyos ritmos de innovacién son intrfnsecamente transnacionales y cuya forma se relaciona, por un lado, con el impacto cultural que tienen los cambios en las técnicas y relaciones sociales de producci6n y, por el otro, con la relacién que guarda la modemizacién con la creacién de distinciones sociales a través del consumo. 2. La mediacién cultural de la modernidad Entendida de esta forma tan compleja, es evidente que “la moderni- dad” no es simplemente algo que se alcanza 0 no se aleanza. Hay as- ppectos del concepto que se relacionan con un régimen cultural muy especffico y otros aspectos que son parte intrinseca del dinamismo innovador del capitalismo en el mundo. En este sentido, la modernidad puede ser simulténeamente una meta que estd siempre a nuestro alcance n y un pasado que simplemente no fue el nuestro. No obstante, la com- Plejidad de los fenémenos en cuestién no termina ahi de modo alguno, pues est en la naturaleza de la modernidad el hecho que, desde los inicios de la era modema en el mundo, durante el siglo xv1, México haya tenido aspectos, momentos y situaciones modernas mezclados con ‘otros que no lo eran. Por ejemplo, la cerrazén politica e ideol6gica de la contrarreforma espafiola no impedia que el estado espatiol intentara mantener la tecno- logia de navegaciGn, de impresin o de fabricacién de textiles a la par con las que se usaban en Inglaterra, Flandes o Francia, Por lo contratio, cada uno de ls principales regimenes ideol6gicos que se han implanta- do en la historia de México, desde el de los Austrias y el de los Borbones hasta los de conservadores y liberales en el siglo pasado, desde el régi- ‘men porfiriano al de los sonotenses y al del Partido revolucionario institucional (ex), todos han buscado modernizar selectivamente, pro- curando modernidad en unos ramos y no en otros, transformando algu- nas instituciones piiblicas y no otras. Estas actitudes selectivas hacia la modemidad responden no s6lo ‘los intereses de los grupos dominantes en cada uno de estos regime- nes, sino también alas diversas limitaciones econémicas que tuvieron para implementar la modernidad en el espacio politico que pretendian conlolut, limitaciones que frecuentemente se traduefan en estrategias ‘modernizadoras diferenciadas por regiones. Ast, por ejemplo, Yucatin, que fue una periferia econémica durante el periodo colonial, mantuvo el sistema de encomiiendas (que es un sistema de produccién feudal) hasta fines del siglo xvm, en tanto que en el Bajfo se dio una agricultura capitalista basada en una clase de peones asalariados desde el siglo xv, Otro ejemplo: la educaci6n publica rural durante el porfiriato ten- dié a ser controlada por élites locales, por lo cual las eseuelas —que ‘eran concebidas como agentes clave para modernizar a los sujetos so- ciales— se establecieron predominantemente en las cabeceras munici- pales, por lo cual los nifios de ranchos y rancherfas quedaban sistemé- ticamente fuera de aquel proyecto modemizador. ‘Considerando todo esto, ,a qué rango de fenémenos nos referi mos al hablar de mediaciones de la modernidad? En términos genera- les, cualquier apropiacién de ta ideologia de la modernidad por un régimen o por actores sociales especificas que piensan aplicarla selec- tiva y pareialmente se considerard una mediacién de la modernidad, ya que el actor social en cuestién utiliza la utopta abstracta de la mo- dernidad para implementar politicas htbridas que modernizan y desmodernizan a la vez. En lo que sigue detallaré algunas de las formas principales de mediacién que se tratan en este libro. R 3. El nacionalismo como instrumento de mediacién, En los itimos quince afios ha habido, en las ciencias sociales, un resur- ‘gimiento del tema del nacionalismo, Como siempre, resulta dificil des- ‘enmaratiar las causas de este resurgimiento, pues en el mundo se han dado casi simultdéneamente una revitalizaciOn de los nacionalismos y una serie de innovaciones en las teorfas, métodos y conacimientos empi- ricos de las ciencias sociales. Sin embargo, independientemente de sila causa del interés viene por la creciente importancia del “etnicismo” como ideologia politica o si viene por los frutos que para la compren- si6n del nacionalismo han prometido los andlisis de los mitos, del ri- tual, de la narrativa, de Ia economia politica y de la geografia, lo cierto es que la temstica del nacionalismo se ha desarrollado con velocidad y diversidad asombrosas en los itimos afios. Para efectos de este libro, quiero sefialar s6lo algunos aspectos de este desarrollo. Primero, en el plano de la economia politica, Wallerstein argument6 convincentemente que el dinamismo inicial del capitalismo en Europa dependié de manera crucial de la competencia entre estados, tos cuales fueron desarrollando ideologias nacionales poco a poco. Es decir, parece que la existencia de varios estados en competencia fue ‘una condicién para el desarrollo del capitalismo desde el siglo xv, sin duda, lo sigue siendo hasta Ia fecha. La tesis es que el dinamismo del ‘capitalismo depende de que los factores de la economia no sean controla~ {dos por ninguna comunidad politica. Es la competencia entre estados la ‘que obliga a los gobiernos a otorgar movilidad a los capitales. En este ~ sentido, los intereses colectivos en torno aun estado, que son un aspec- to fundamental del nacionalismo, son también parte esencial del capitalismo como sistema (aun cuando reconozcamos que el capitalismo no es el tinico sistema capaz de generar nacionalismos) ‘Segundo, desde que Benedict Anderson escribié su ya cldsico li- bro Imagined Communities, se acepta el hecho de que el nacionalismo una ideologia comunitaria que funciona dentro de un imaginatio en {que el mundo es visto como un conjunto de naciones que funciona den- tro de un mismo marco hist6rico y que a su manera cada nacién busca Jo mismo, a saber, “el progreso”, entendido éste, segtin la tradici6n utilitaria de Bentham, como Ia maximizacién progresiva del bienestar del individuo promedio. Es por ello que diversos autores han insistido en que existe un tipo de historia que caracteriza al nacionalismo mo- demo: una historia que traza los orfgenes miticos de una nacién y apun- ta siempre a la coincidencia entre soberania y progreso, es decir, a una armonia teérica entre nacionalidad y modernidad.' "Ver, por ejemplo, Duara (1995). En tercer lugar, tenemos a los criticos literarios que, como Homi Bhabha, se han abocado a investiga las formas en que se narra la idea de lo nacional en diferentes contextos. Este aspecto del problema es im portante pues, al reconocer que la nacionalidad implica la construccién social de una comunidad en busca del progreso, la cuestién de cOmo se cuenta esa comunidad, de cémo es figurada en el lenguaje, de cémo se utiliza retoricamente, adguiere suma importancia En Las salidas del laberinto pretendi abrir una cuarta linea de investigacién en tomo a lo nacional, dedicada a explorar Ia relacién que guarda el nacionalismo con la produccién cultural en el esp: nacional. Esta veta de investigacién se ha volcado hacia el estudio de la eogratia cultural de lo nacional, y busca describir c6mo la heteroge- neidad cultural que es caracteristica de todo pais se articula con los discursos nacionalistas, La geografia cultural de lo nacional que inicié en Las salidas del laberinto, 1a cual prosigo en la tercera parte de este libro, propone una forma de aproximarse a los modos en que la repro- dduceién social en el espacio nacional se relaciona con el nacionalismo, Esta aproximaci6n busca mostrar la “polifonta” del nacionalismo como ‘deologia, es decir, busca descifrar sus miltiples sentidos y “sinsentidos’ en un espacio culturalmente diverso. De estas cuatro lineas de investigacién sobre el nacionalismo y lo nacional se desprenden claramente ts hechos: primero, que, deste el punto de vista del sistema mundial, existe una relacién de interdepen- dencia entre Ia modemizacién y un mundo dividido en estados nacio- nales; segundo, que los estados nacionales han inventado historias en las que existe una relacién de identidad perfecta entre la soberania na- ional y la procuracién del progreso colectivo;tercero, que estas narra- tivas nacionales se utilizan de maneras sistemsticamente distntas den- {to del espacio nacional, ya que este espacio es social y culturalmente hheterogéneo y mantiene relaciones diferenciales con “el progreso” Dada esta imterdependencia conflictiva entre modernizacién y estado nacional, no debe sorprender el relieve en que pongo a la nacio- nalidad en este libro, La nacin es un filtro ideol6gico que sirve princi- < palmente para mediar la modernidad, para aplicarla selectivamente o para defenderse selectivamente de ella. La supuesta identidad perfecta entre soberanfa y progreso colectivo no ha sido nunca més que tn ideal: los diversos proyectos nacionales siempre abogan por modernidades selectivas, escondiendo sus preferencias particulares tras las faldas de quel universalismo utilitario llamado “el bien piblico”. Este libro retine varios ensayos dedicados a las formas en que diversos nacionalismos han buscado mediar a la modemnidad en Méxi- 0, De estos ensayos se desprenden elementos empiricos y teéricos para 4 cl estudio del nacionalismo como forma de mediacién, pero también espero que dejen en claro una posicién politica, a saber, que la valora- cin que se le da al nacionalismo no debe concebirse en abstracto (“el nacionalismo es bueno o es malo”): el reto politico estriba en realizar valoraciones de nacionalismos que correspondan a las posibilidades reales que tienen colectividades espectficas en momentos histéticos concretos. 4, Mediaci6n, institucién y conocimiento I primer lugar en que buscaremos mediaciones selectivas y mafiosas de la modemidad ser4, entonces, en el nacionalismo mismo. Sin em- ‘argo, esta tarea es mucho més compleja de lo que parece, ya que el imaginario nacional no se encuentra tan s6lo en enunciados explicitos ‘on manifiestos ideol6gicos, sino que se desarrolla también de manera implicita pero importantisima en las disciptinas que buscan ampliar 0 ‘modificar la estructura institucional del estado, Estas disciplinas,Iléme se historia, antropologfa, estadistica social, sicologfa social, economi ingenierfa o geografia, son interesantes no s6lo desde el panto de vista ‘cultural, sino también porque iluminan la evolucién de las téenicas rmismas del poder del estado y de las instituciones modemnas. La segunda parte de esta Modemidad indiana explora parcial- mente algunos de estos puntos a través de juicios muy parciales a la historia de los censos, la historia de la antropologfa y la de los museos. Ninguno de los tres ensayos que forman esta seccién pretende ser una verdadera historia, sino que cada una trata de presentar una éptica novedosa para desarrollar esas historias. Cada uno de estos tres ensa- ‘yos se aboca a un aspecto distinto del problema de la modernidad mexi- ‘cana, pero los tres comparten una mirada de larga duracién, la cual parte del periodo colonial. El ensayo sobre los censos muestra qué hay de estado en la histo- ria de la estadistica sociale introduce uno de los temas centrales de este libro, la evolucién de lo piblico, ya que en México las estadfsticas fue~ ron secretos de estado, base critica para imaginar a la nacién, carta de presentacién ante aquellos a quienes Juan Alvarez llamé los “pueblos civilizados del mundo”, e instrumento de instituciones no gubernamen- tales para controlar a los gobiernos. A través de una breve inspeccién de esta historia de la estadistica social, el ensayo presenta algunos de Jos aspectos centrales de Ia evolucién de la modernidad en nuestro pats: laconstruccién de un imaginario nacional, la transformacién de la idea de lo pblico y de su relacién con el estado, la construccién de un poder 1s central efectivo, y algunos de los cambios que se han efectuado en las téenicas para representar la opinién pablica El ensayo sobre antropologia es un intento de mostrar eémo la propia disciplina en que yo fui formado ha tenido un lugar interesante cen las formas en que se media y mediatiza la modemidad. La vieja idea de {que la América es un mundo maravilloso que, para ser comprendido, ‘demanda la suspensién de todo juicio racional y de todo prejuicio ad- {uirido encontré en la antropologia, con su método de observacién par- ticipante, una ciencia humana que la representara, Por ello se pueden cexaminar algunos aspectos de la trayectoria de esa disciplina mirando la forma en que antropélogos hemos mediado entre un mundo experi- ‘mentado y otro de ideas recibidas. De paso, este ejercicio sugiere algu- rnos cambios en la relaciones entre los intelectuales y lo puiblico a lo largo de nuestra historia. Por tiltimo, el brevisimo ensayo sobre los museos del futuro pro- pone una salida préctica a uno de los conflictos basicos de la actividad Cientifica, que es cémo presentar las visiones de la realidad que tienen ‘mayor crédito sin hacerlas aparecer como verdades trascendentes ¢ in- dependientes de los intereses histricos que conforman la curiosidad cientfica. La solucién que propongo es que el miseo —0 el conjunto de ‘museos de una ciudad— busque convertirse en un artefacto parecido a Ja llamada “méquina brechtiana”. es decir. que presente a las verdacles cientificas con sus temiendos visibles. Asi evitarfamos tanto la banali- zacién como la deificacién del conocimiento cientifico, y lograrfamos tal vez generar una conciencia de las formas en que el conocimiento ha sido en sf mismo una forma de mediar nuestra modernidad. 5. Geografia histérica de lo piblico LLaterceray titima parte de este libro esté compuesta por tres capitulos largos de investigacién que buscan aumentar nuestra comprensi6n de Ja mecéinica de la mediacién cultural en el espacio nacional. Los tres articulos versan sobre temas tratados en los ensayos anteriores, pero presentan datos hist6ricos y sociolégicos detallados y proponen enfo- ques concretos para tratar estas problematicas. Son, en términos gene- tales, trabajos que buscan cimentar propuestas conceptuales en terre- nos explorados con todo el instrumental académico. Tal vez deba aclarar en este punto que no comparto la hostilidad que muchos intelectuales de hoy tienen hacia el trabajo académico acucioso, asf como evidentemente tampoco comulgo con quienes me- nosprecian al ensayo. Lo malo es cuando no se hace una cosa ni la otra. 16 (Cuando se tiene una propuesta interpretativa seria, no queda més que ponerla a prueba haciendo intentos francos por investigar en detalle los asuntos, aclarando siempre las fuentes y limitaciones del estudio. EI primer ensayo de esta tercera parte presenta elementos para ‘una geografia histérica de los intelectuales através de un estudio deta- lado de intelectuales en un municipio. Este estudio propone elementos para realizar una geograffa del silencio en México. Pienso que una geo- grafia de esta clase sustituye la idea esencialista del “México profun- {do que tanta resonancia ha tenido en fechas recientes. Una geograti de los intelectuales es una tarea importante para comprender la socio- logfa y la historia de ia opinién pablica pues, como queda demostrado en la segunda parte de este libro, ésta siempre ha estado mediada por portavoces, sean estos intelectuales 0 sean intermediatios politicos. En ese capitulo traté de especificar las bases cambiantes del poder de re- presentacién de diversas clases de intelectuales de provincia y muestro que no siempre ni en todas partes ha habido individuos que puedan clasificarse socialmente como intelectuales, lo cual nos permite fundar tuna geografiahistérica del silencio. EI segundo capitulo estd dedicado a los modos en que las relacio- nes centro/periferia se construyen, cambian y se wtilizan para crear dis- tinciones en sociedades locales. El pueblo de Teportlén ofrece un cam- po ideal para explorar esta ematiea porque ha sido estudindo en detalle alo largo de este siglo. Existe ademas un archivo bastante rico que se cextiende desde el siglo xv1 hasta el presente. En su conjunto, estos da- tos arrojan luz no s6lo sobre la historia de la distincién social al interior del pueblo, sino que también aclaran la relaci6n reefproca que guardan a antropologia, los aparatos estatales de produccién de conocimiento y las formas en que se construyen identidades en la sociedad local. Mas an, el capitulo es itil para nuestro estudio de las mediaciones de la ‘modernidad porque los discursos que organizan al mundo con metéfo- ras de centro y periferia, de modernidad y atraso, no son simplemente imposiciones desde “el centro” sino que tienen wn alto grado de utili- dad en las sociedades locales, de manera que nociones tan grandilo- cuentes como “modernidad”, “tradicién” o “atraso” se adhieren a nos de uso cotidiano para construir mundos sociales que tienen cierta vida propia. El iltimo capitulo del libro propone una teoria acerca de la rela- cin que guardan el ritual politico y los espacios de discusiGn piblica, x desarrolla elementos para una geografia de la esferas piblicas y del ritual politico en México. Este trabajo avanza sobre las ideas propues- tus en el capitulo que propone una geografia del silencio, mostrando cconcretamente las maneras en que se articula culturaimente la opinién 7 pblica nacional através de rumores,rituales y discusiones abiertas en espacios discretos. Al igual que los otros dos artfculos de esta tercera parte, este trabajo sigue desarrollando el tipo de geografia cultural que propuse en Las salidas del laberinto, y muestra que la modernidad cul- tural no s6lo es un sistema polifénico y heterogéneo, sino que su falta 4d uniformidad ha sido resueta a nivel sistémico mezclando formas de representacién de lo piblico propios de la modernidad burguesa con ‘otras que pertenecen a una tradicién vital y cambiante cuyas raices se remontan al barroco colonial 18 PRIMERA PARTE, Transformaciones del nacionalismo mexicano Tupt or not Tupt, ‘that is the question. Manifesto antropofigico I. FisuRAS EN EL NACIONALISMO MEXICANO! Desde la independencia, los mexicanos nos hemos atormentado con fantasfas y aspiraciones de modernidad y moderaizaci6n. Han ocurrido episodios especialmente agudos de estos tormentos cada ver. que en frentamos aigén proceso de cambio social profundo, por To cual no sorprende que hoy haya un debate féril e imaginativo en tomo a aues- (ra modemnidad ‘Los primeros sintomas de un verdadero cambio de época a nivel de nuestra realidad social y cultural salieron a la luz. piblica hace unos diez aios. En ese tiempo, muchos doctores pensaron que tal vez habs- ‘mos contrafdo la “posmodernidad” y que nuestra torcida trayectoria ros habfa levado finalmente a esa vanguardia que terminarfa con todas fas vanguardias (aunque generalmente se reconociers que se tratara de ‘una vanguardia anti-ut6pica), Sin embargo, esta idea fue oportunamen- te corregida por Roger Bartra, quien, habiendo analizado cuidadosa- mente los sintomas de México y habiéndolos comparado con los que ‘caracterizan al posmodernismo, lleg6 a la conclusién un tanto més s0- bria de que, aunque en verdad se estd desarrollando una transformacién social y cultural profunda en México, la situacién puede describirse mis claramente como una especie de “dismothernism”, o sea, la mez cla de un desmadre y una prolongada aspiracin a una modernidad que no acaba de lograrse. La insatisfaccién colectiva con esta situaci6n llev6 a que nuestra ‘modernidad répidamente se convirtiera en un tema central tanto de la prensa como de los partidos politicos. En el campo de Ia politica, Ia democracia comenz6 a recibir una atenci6n obsesiva en el discurso de los partidos, incluso entre actores sociales que tradicionalmente han sido tan poco democréticos como son elvety la antigua izquierda mexi- "La verién ingles apareci6 publiada orginalmente en Public Culture, octubre de 1996, 2 cana, En la esfera de la produccin cientifica y académia, el gobierno hha puesto en marcha un proyecto draconiano de modemizacién que promueve requisitos de produccién y de productividad que idealmente pondsfan ala ciencia mexicana a la par con el “estandar internacional”. Finalmente, en el campo econémico, la meta de competi en mereados globales ha logrado una autoridad sorprendente, que ha servido para justificar la transformaciGn de lo que hasta hace poco fueron empresas Paraestatales, que se legitimaban porque supuestamente eran “de inte- r¥és nacional” y contribufan a "la justicia social”, en empresas privadas, supuestamente competitivas y, desde luego, “moderns” La confluencia de estos temas de discusi6n piiblica se debe, sin dduda, al hecho de que México entré auna nueva fase de desmodernidad en las tltimas dos décadas. La crisis de 1982 le dio un golpe terrible a toda la estrategia de desarrollo promovida por el estado revolucionario, Jo que ha provocado una lucha intensa por la supremacfa entre varias formulas modemizadoras, En esta lucha, se apela constantemente a varios pblicos nacionales imaginarios, pero dichos piiblicos también se han transformado. En este capitulo pienso explorar un aspecto de esta transformacién, la relacién que guardan Ia cultura nacional y la modemidad. Concretamente, discutiré los modos en que la identidad nacional ha pasado, de ser una herramienta al servicio de Ia moderni- dad, a una marca de desmodemidad. Un resultado de esta transforma- ciién es que los contenidos y las implicaciones del nacionalismo mexi- ccano han cambiado profundamente. 1, El naco como indicador ‘Siempre resulta dificil ponerle una fecha exacta a los procesos de trans- formacién cultura, pero aproximadamente desde prineipios de los afios setenta se transformé el sentido del término “naco”. Anteriormente, el término se usaba principalmente en contra de lo “indo”, 0 sea, en con- tra de lo campesino y de cualquier persona o actitud asociada con el traso” que tanto avergonzaba a “México”. El naco de aquella época erael indio inculto y patén que s6lo podria ser redimido con una cultura ‘modemna ¢ internacional ‘Sin embargo, hace unos veinte afos, las connotaciones de lo naco rompieron ese molde ristico a tal grado que el naquismo en los setenta y.8 principios de los ochenta se reconform6 y se consider6 una estética tipicamente urbana. Procesos similares han ocurrido también en otras zonas de América Latina, con categorias culturales como lo “cholo” en Perd y Bolivia, y lo“mono” en el Ecuador. Resonante con la imaginerta 2 de las castas coloniales, la estética de 1o naco denota impureza, hibridez y bricolaje pero, ante todo, el uso més contempordneo de lo naco desig nna un tipo muy particular de kitsch EL kitsch de lo naco es considerado vulgar porque incorpora aspi- raciones al progreso y a la cultura material de lo moderno de manera ‘imperfecta y parcial. Reconocemos una forma de kitsch en todo esto porque se supone que el naco est profundamente conmovido con st propia imagen de moderno. Asi, por ejemplo, la naca se conmueve con la imagen de modernidad generada por los sofs de su sala nueva, y por ello busca preservar el impacto moderno forrindolos de plistico, El plistico aqutes el signo de lo naco, pues delata al “nouveau moderne” Por otra part, vale la pena hacer notar que, al definira to naco de eta nueva manera, la categoria cultural de lo naco ya no cabe ni se reduce a una clase 0 sector social como lo habfa sido antes: el kitsch de Ja modernizaci6n afecta a nuestras clases altas de manera notable —y ‘me refiero no s6lo a ejemplos sobresalientes de “naquez” monumental como puede ser el Partensn de Durazo—, pero el kitsch moderno de grandes sectores de nuestra burguesfa esté a la vista en la arquitectura doméstica de cualquier colonia residencial construida después de 1960. La categoria de lo naco como nuestro kitsch moderno es, de he~ cho, parte de un sistema de distincién que yano tiene su punto més bajo cen el mundo eampesino: ahora nuestro sisiema de distineién diserimina 2 todo aquél a quien se le lenen los ojos de lagrimas cada vez que se ve cen el reflejo de su propia imagen modernizada. ¥ es precisamente este ‘grado de autoconciencia, esta falta de naturalidad en fo moderno (esta “inautenticidad”, dirfan los “antinacos”), lo que explica la persistencia del signo de lo indio en esta forma de distincién pues, al igual que los Indios de la 6poca colonial, los nacos de hoy no aleanzan a asimilar su redencién, Se puede confiar poco en su verdadera modernidad, de! mis- :mo modo en que se podia confiar poco en lacristiandad de los indios, y “asf todo el pais se ha teiido de indio. ‘Ademds de todo esto, el término “naco” también denota cierta falta de discriminacién o, cuando menos, cierta falta de jerarquizacién, entre la alta cultura y sus imitaciones populares. Especificamente, la ceategorfa “naco” puede usarse para designar una sobreasimilacién al ‘mundo de la televisin y de lo comercial. Fl problema para el antinaco estriba en que el naco se asimila a la imitacién (comercializada) sin ‘miramiento alguno con el original. Asf, por ejemplo, nombres extranje~ 10s tales como Velvet, Christianson y Yuri han profiferado en las dt ‘mas décadas. Un ejemplo extremo pero indicativo de este fenémeno proviene, nada casualmente, de Panam, donde existe mas de una sefio- rita que se llama Madeinusa, nombre que proviene de Made in USA 2B Por lo general estos nuevos nombres provienen de los comic, las revis- tas y las telenovelas, y son rechazados por sectores antinacos que tien- den a usar nombres de Ia literatura del siglo de oro (Rodrigo, Marfa Femanda), 0 bien del panteén azteca o maya (Cuauhtémoc, ltzamnah, Xicoténcatl, etcétera), Asi pues podemos diferenciar entre dos clases de naco, reconoci das jocosamente por algunos con una distincién sutil entre el “art- rnaqueau”, que es un naco con pretensiones mas elitistas y europeizante, y el “nac-art”, que se inspira en la cultura comercial estadunidense. Este tipo de distincin es significativa porque marca un proceso de “elitizacién” de la historia: el naco popular rompe con el peso de Ia tra- dici6n (la madre se llama Petra, la hija se llama Velvet), mientras que Jos tradicionalistasintentan apropiarse de la Historia, con sus Rodrigos yy sus Cuauhtémoc. Asf podemos distinguir entre quienes intentan afi- liarse a lo modemo a través de las grandes narrativas nacionales 0 de ‘occidente, y quienes se afilian a lo modemo borrando su propia histo- regocijéndose en una inmersi6n total en lo moderno. Los primeros ven a los segundos como nacos, pero también podriamos argumentar ue la distincién principal es la que divide a los nacos encubiertos (modemizadores que, sin embargo, no quieren que desaparezcan las diferencias hist6ricas entre lo cultoy lo inculto, entre lo extranjero y lo nacional), y Ios nacos asumidos 0 populares, @ quienes les importan poco estas distinciones. Latendencia del naco popular hacia la fantasfahist6rica, su tenden- cia a disminuir el peso de la narrativa histérica nacional y mundial pre~ senta algunos problemas a aquellos nacos encubiertos 6 no nacos que Aafen el siglo pasado John Stuart Mill definié a ln naclonalidad de la siguiente forma: “{Pluede decirse que una parte de la humanidad constituye una nacionalidad st ‘us membros estin unidos entre sf por simpatfas comunes, que no exsten entre ellos 1 los dems, lo que los leva a coopera entre sf de mejor manera que con cualquier ‘otro pueblo, a desear estar bajo el mismo gobierno y a desear que haya un gobierno ‘ntegrado exclusivamente por ellos o una parte de ellos.” 37 todo aquél que es considerado “ciudadano” (esto se llama democracia). En este marco general, la pertenencia al pueblo francés era determina~ dda por el nacimiento y la residencia en un territorio, “Francia”, y por la pertenencia a una “cultura francesa” comin, Esta cultura francesa comiin se medfa por factores tales como el manejo del francés, pero hay que subrayar que se dedicaron enormes esfuerzos para ctear esa cultura compartida. Asf, por ejemplo, en los festivales y ritos politicos de la revolucién francesa se programaba la realizaci6n simulténea de las mismas danzas (que eran populares ¢ inclusivas) alo largo de todo el territorio de la repablica, Esta simulta- neidad servia pata imaginar lo que era el pueblo francés: un conjunto, de personas que participaban de una serie de experiencias comunes, Esta misma forma de concebir Ia pertenencia a la comunidad nacional se repitis en el enorme empefio que hubo en torno a la educacién pabli- ‘ca; en el esquema francés la educaci6n publica es un instramento de la nacionalidad no s6lo porque en ella se imparten una serie de conoci- ‘mientos sobre la patria sino —de manera mas sutil y también mas im- pportante— porque representa una experiencia comtin para todos los franceses. Es también por esto que buena parte de los organismos cul- turales y burocraticos franceses funcionan de manera centralizada y perfectamente racionalizada (es decir, estandarizada), a través de siste- ‘mas de exiimenes y de acreditaciones: pertenecer a la cultura frances significa tener acceso a los mismos mecanismos de evaluacién que to- dos los demés franceses, ‘Tomando esto en cuenta, una discusidn de la nacionalidad mexi- ‘cana bien podria partir de la influencia de la ilustracién en la formacién del estado-nacién que hoy dia es México. Sin embargo, esta opcién seria empobrecedora pues, para comprender cabalmente el desarrollo de las ideas y de los sentimientos nacionales mexicanos, es indispensa- ble comenzar con una revisiGn de ideas de nacionalidad que no corres- ponden plenamente al “estado-nacién” y que tuvieron un papel impor- ante en el desarrollo de Ja mexicanidad atin durante y después de la independencia, cuando oficialmente ya se habia optado por una ideolo- gia de nacionalidad que correspondia, en sus trazas generales, al republicanismo francés y estadunidense Me refiero, sobre todo, a la importancia de comprender la natura- leza de las ideas sobre “nacionalidad” (0 sus equivalentes) tanto en la cera prehispénica como en la época colonial, La revisién de las ideas espatiolas es crucial porque la nacionatidad mexicana se funda sobre la base institucional del estado espafiol. Sin embargo, también es impor- tante resefiar ciertos aspectos de la relacién entre gobierno y pertenen- ‘cia a, por lo menos, un grupo cultural en la era prehispénica, pues algu- 38 nos ide6logos de la nacionalidad han pretendido retomar aspectos de ‘esta historia truncada yaplicarlos en Ia era moderna. Adem, las reaccio nes del mundo indigena hacia el estado colonial espafoly, posteriormen- te, el estado nacional mexicano fueron y siguen siendo importantes en el desarrollo institucional, ideol6gico y sentimental de la nacionatidad. ‘Atendiendo a estas consideraciones, resulta indispensable describir no s6lo la formacién de la nacionalidad mexicana propiamente dicha (cosa due implica comenzar con la ideologia de la independencia), sino tam- bign, de manera mis general ls diversos tipos de ideologtas comu tarias que sirvieron o que obstaculizaron a la formacién del sentimien- to de nacionalidad mexicana. 1. Los mexicas Empecemos por los mexicas pero no sin antes reiterar que éste no es el punto de partida obligado de andlisis, y que quiza serfa mejor empezar ‘con los olmecas 6 con los mayas, 0 con la invasién espafiola. Comenza- ré con los mexicas por cuatro razones: primero, porque el conocer las formas en que se daba (0 no se daba) la “nacionalidad” en esa época nos ayuda a concebir la diversidad de formas posibles de nacionalidad ain en Ia historia relativamente reciente de México (los siltimas 500 aiios); segundo, porque algunos aspectos de estas ideologias comunita- rias han persistido, aunque sea de manera muy transformada; tercero, porque muchos movimientos nacionalistas mexicanos han pretendido retomar las formas politicas del México antiguo; y, cuarto, porque las nociones de los antiguos nahuas corresponden en muchos puntos con las de otros grupos mesoamericanos. ‘Al hablar de nociones de nacionalidad y de comunidad entre los rmexieas es importante fijarse en los siguientes rubros: el parentesco, el {erritorio, as formas culturales en que se planteaba la subordinacién y Iadominacién, la relacin entre parentesco y terrtorio y as ideas sobre civilizacién y barbarie. Lo primero que hay que tomar en cuenta es que en la época mexica los dominios de los estados indigenas no correspondifan con los Hfmites de una sola comunidad lingifstica ni territorial. Las grandes ciudades, ‘como Tenochtitlan, Texcoco o Azcapotzalco albergaban emigrantes de muchas zonas, incluyendo a hablantes de varias lenguas diferentes, es deci, eran ciudades cosmopolitas. Bl gran tlatoani de Tenochtitlan era sefiorno s6lo de los nahuatlatos de su ciudad, sino tambign de Tos otomfes, mazahuas, etcétera, aparte de los esclavos que vivian en la ciudad sin ser originarios de ella 39 Af, los estados en la era precolombina no estaban atados de mane- ra estricta a una comunidad cultural. Sin embargo, sf existian importan- {fsimas nociones de comunidad. Estas nociones se desarollaban en torno aun discurso de parentesco (es decir, de alianza y descendencia) tanto entre personas vivas y muertas, como entre personas y tierras, entre pa- renielas y dioses y entre dioses y tierras. Lanocién de comunidad se desarrollé en tomo a la insttucién del calpulli: el calpulli era en realidad la piecra angular del sentimiento de comunidad en la era mexica. La ideologfa comunitaria del calpulli se raterializaba en la siguiente serie de bienes y derechos inalienables: (1) Ia tierra del calpulli pertenecia a un linaje, no a un individuo, ast que, aunque los individuos podtan incluso venderse a sf mismos como esclavos, no podfan disponer libremente de las tierras del calpulli; (2) cl lina y a tierra estaban patrocinados por una deidad (Calpultéot!,y el lazo con esa deidad tampoco podia ser quebrantado por votuntad in- dividual; (3) los lazos del calpulli con otros calpultin se materializa- ‘ban y se simbolizaban en lazos de parentesco entre los jefes del calpulli ¥ entre los dioses en tumo dentro del ciclo de los soles.* Esta serie de relaciones de parentesco también determinaba la filiacin con la Iinea tolteca, es decir, con la linea primordial de civilizacién y de nobleza ue también era vista como un legado no alienable. En este sentido, Ia cuestién “nacional” en la era precolombina no dependita de lo “éinico” tal y como nosotros lo entendemos (es decir, no dependfa estrictamente de la membresfa a un mismo grupo lingtifs- tico, racial o cultural). Lo que importaba era la pertenencia a un con- junto de comunidades que ocupaban lugares tanto en la tierra como en las esferas divinas. La pertenencia aestas comunidades se determinaba ‘mediante la relacidn con una serie de bienes inalienables, resumidos en las diversas vertientes del calpuli: la tierra, el parentesco comin inter- no al calpulli a relaci6n de filiacién con un calpultéotly las relaciones de alianza entre calpultin (expresadas en forma geneal6gica tanto entre familias de jefes como entre dioses tutelares). Estas relaciones se expresan con gran fuerza en las palabras que (egdin Sahagiin) los sacerdotes mexicas ditigieron a los franciscanos «que fueron a convertrlos: Ellos [nuestros progenitores] nos ensefiaron, todas sus formas de culto, sus modos de reverenciar [a los dioses). ‘Lopez Austin (1982) explora algunas de ls tensiones que se daban ene comunitaria el calpul Ia deologia imperial de los azteca, 40 ‘Asf, ante ellos acercamos tierra ala boca [hacemos juramento], asi nos sangramos, ‘agamos nuestras deudas, ‘quemamos copal, ofrecemos sactificios. Deefan {nuestros progenitores]: que ellos, los dioses, son por quien se vive, que ellos nos nierecieron {1Cémo, dénde? Cuando atin era de noche. Y decfan fouestros ancestros]: que ellos nos dan nuestro sustento, nuestro alimento, todo cuanto se bebe, se come, Jo que es nuestra carne, el maf, el fijol, Jos bledos, la chia Ellos son a quienes pedimos el agua, la uvia, por las que se producen las cosas de la tierra* Esta visi6n de la comunidad también nos ayuda a comprender ciertos aspectos del sentido de la vida humana caracterfstico de los rmeaicas, que quedan claramente expresados en las particularidades de laideologia del sacrificio y la esclavitud. Cuando un individuo era cap- turado en la guerra, era tomado por los cabellos de ta coronilla. Este ‘acto representaba Ia apropiacién del tonalli del individuo, es decir, de su fuerza vital, y la separacién de esa fuerza vital de la comunidad original del eautivo.® ‘sf, el sacrificio ola esclavitud eran formas de utilizar a energfa y vitalidad humana que ya habja sido separada de una comunidad por al- sin miembro de otra comunidad, El sacrificio de un cautivo era una for- rma de fortalecer la alianza enire una nacién y los diversos dioses que ‘compontan su campo politico a través de la liberacién (por via del sac ficio) de energfa humana que le fue robada de otra nacién o comunidad, El sactficioy laesclavitud eran entonces formas de afirmar lacosmovisin ‘0 cosmologia mayor —Ia época o sol en Ia que estaban viviendo— a través de la expansién de unas comunidades a expensas de otras, En este sentido, aunque el calpulli era la unidad comunitaria pri- rmordial, existia también un nivel de identificacién social que se rela- cionaba con la estructura politica propiamente imperial de los mexicas. * Sahagin (1991): 151, * Ver Lépet Austin (1982) 41 Los sentimientos de pertenencia a esta unidad politica mayor se cons- {ruian de manera compleja. Por una parte, ya mencionamos la impor- tancia del sistema de alianzas a través del parentesco entre nobles. El ‘matrimonio entre nobles era tan importante en la construccién ideol6- zgica del imperio que es casi imposible imaginar este sistema sin la po- Tigamia, pues gracias a ese régimen un gran sefior mexica podta cimen- tar alianzas con pueblos subordinados, aceptando en matrimonio a sus mujeres nobles.” Por otra parte, estas redes de parentesco entre comu- nidades subordinadas (aliadas) y los centros imperiales tenfan también una contrapartida ideolégica en la religién, donde el dios tutelar de los mexicas, Huitzilopochtli, era quien regfa la época como un todo (era el dios que regia el “quinto sol”). Asi, los cultos comunitarios de los calpultin podian encontrar un lugar subordinado en una cosmologia religiosa que inclufa y favorecia al imperio. Por tiltimo, la sociedad imperial también tenia mecanismos para atraet individuos que no vi- nieran como esclavos ni victimas, La expansién de los mexicas depen- da del dominio militar y comercial de las ciudades de la Triple Alian- za, este dominio requeria de ejércitos potentes y los mexicas permitian ue individuos que no fuesen mexicas combatieran en sus ejércitos yy que lograran ascender por méritos en el combate, De este modo, el imperio mexica desarroll6 también algunos mecanismos para absorber ¥ atimilar individuos aunque no pertenecieran a la comunidad primor ial de origen* En conclusién, se puede decir que en la sociedad prehispnica ha- ‘fauna visién del individuo humano como una energfa que era un valor en s{ misma, Esta energia (cifrada en el tonalli) debia de estar ligada a tuna serie de posesiones inalienables que todo individuo digno heredaba: debia de estar ligada a una parentela, a una tierra, a unos dioses, y al estado politico de unas alianzas. Las politicas imperiales de los mexicas se orientaban en alguna medida a canalizar estas lealtades comunales hacia ellos, a través de un sistema complejo de alianzas y de amenazas. ‘También tenfan la capacidad de absorber algunos individuos a su grupo fin este sentido es interesante natar que el ahinco con que los misioneros combatic- ron la poligamia en México tuvo también un efecto poli: sin la poligamia quedaba ‘mermada Ia posibilidad de constui lianzas suprecomunitris enol mundo indige- ‘na, Tal verno sea casual, etonces, que la primera obra de teatro que se presents en el ‘nuevo mundo, que tataba sobre el juicio final, uviera como ejemplo del pecador aun poligamo. Bn este aspecto el imperio mexica contrast tanto con Ios eines mayas del periodo clisico, donde la guerra era un quehacerexclusivo de la arstoracia, como eon el ‘modelo teotihuseano, donde eas todo el sistema proce haber sido meritocrtio, Para tun trata exhaustivo de la guerra en la era precolombing, ver Hassig (1992), 2 por méritos en la guerra. Sin embargo, en lo fundamental se puede decir que en Ia era mexica la “nacionalidad” era la nica forma verdaderamen- te arménica y honrosa de vivir y, al ser separado de ese estado de comu- nidad, el nafua antiguo estaba destinado a moriro a servit. 2. La colonia Las nociones de nacionatidad en la época colonial también pueden ser explorados a través de un andlisis de los bienes inalienables de las di- versas comunidades que componfan a esa sociedad.” Aqut el campo es ‘ms complejo que en Ia era precolombina, pues se trata de una sociedad de castas que reconocfa la existencia de diversos tipos de comunidades ue mantenian retaciones jerdrquicas entre sf. Revisemos primero lo que pas6 con la idea comunitaria entre los indfgenas. La comunidad indgena pudo mantener (parcialmente) varios de Jos atributos comunales del calpuli: por una parte, la comunidad queda- ba enraizada legal y oficialmente a través de los llamados “titulos pri- rmordiales”. Estos documentos eran mercedes de alguno de los monarcas espafioles en los que se dotaba a un pueblo de una serie de tierras y de bienes, a veces en reconocimiento de tributos pagados, o en confirma- cin de terras que aban pertenecid a esos pueblos en Ia antigitedad sf, queda claro que uno de los bienes inalienables de la comuni- dad indfgena colonial era la tierra, pero es importante notar que este bien, aunque inalienable, s{ podia ser rentado por periodos largos (0 incluso “vendido” en los llamados “censos enfitéuticos” a cambio de ‘una renta anual fija por un plazo predeterminado de afios). Aun asf, los tftulos primordiales se convirtieron en documentos casi sagrados, cus- {odiados por los ancianos mas venerables. Eran una posesién inalienable ‘yel conocimiento del contenido de esos titulos era (y, en algunos casos, sigue siendo) un tema central de las tradiciones oraies de esos pueblos. Esta relaci6n colectiva con la tierra podia, como en tiempos pre- colombinos, reflejarse a nivel ritual, eligioso y politico. Asf, las comu- nidades indigenas tenian sus propias autoridades —alcaldes, jueces y ‘gobernadores, mandones y alguaciles—, escogidos de preferencia en- tre “los principales” del pueblo, es decir, entre los descendientes de la antigua nobleza indfgena. Esta organizacin politica de la comunidad {ndigena tenfa el doble propésito de cuidar los intereses del pueblo, sobre * Para tatados que discuten el problema dela “nacionalidaa”y de las ideologis co ‘munitarias dominantes en a colonasiven siendo tiles los trabajos de Lafaye (1977), Brading (1972), Liss (1975), y Machlachlan y Rodriguez (1980) todo la justicia, y de respondera las demandas de los espatioles sobre la comunidad, como eran el tributo, Ia organizacién de cuadrillas de tra- bajadores y 1a vigilancia del cuto cristiano. Buena parte de la organizacin territorial, politica y religiosa de las comunidades indigenas tendfa a coincidir también, al modo del calpulli, con unidades de parentesco; sin embargo, en general los ba- rrios y comunidades indigenas de la colonia no eran continuacién di- recta de los calpultin, En las primeras décadas posteriores a la conquis- ta, muchos de los barrios indigenas que se organizaron eran de hecho calpultin, pero esta coincidencia entre el barrio indfgena y el calpulli se fue quebrantando con la enorme mortandad que hubo entre los indige- nas a lo largo del siglo xvt y con los movimientos de poblacién que respondieron a las nuevas demandas econdmicas de los espafioles. Ade- més, para resolver las dificultades que resultaban de controlar a los poblaciones indfgenas dispersas, los espafioles las “concentraban” en poblados més grandes (sobre todo a fines del siglo xvty principios del xvn). Sin embargo, aunque en general la continuidad fisica entre barrio indfgena y calpulli es imperfecta, s{ se reprodujo la tendencia a organi- zar relaciones de parentesco a nivel del barrio y de la comunidad, y los barrios indigenas de la colonia estaban compuestos, a menudo, por dos o tres grandes linajes por linea paterna. En el plano ritual, cada pueblo adopts uno o varios santos, y la tradicién cristiana de Ia revelacién se conjunt6 con el chamanismo de los pueblos precolombinos, permitiendo relaciones en extremo perso- nalizadas entre santos ¢ individuos (y, por asociaci6n, entre los santos y Jos grupos a Jos que pertenecfan los individuos), Ast, el espfritu comu- nitario indjgena mantuvo, aunque de manera transformada, vinculos inalienables con tierra, familia y dioses. ‘Ademis de todo esto, se puede decir que las comunidades indige- nas coloniales eran naciones por un concepto racial, lo cual diferencia radicalmente a la nacionalidad indigena colonial de las de I era preco- Jombina, Aungue cada comunidad reconocfa su unidad comunitaria a par- tir de la relaciGn con una serie de objetos inalienables parecida a In del calpulli — relacién con la tierra, con una tradicién oral en tomo a esta tierra, con tna serie de lazos politicos al interior de las comunidades y ‘con tna serie de nexos entre las comunidades y las deidades—, también «era cierto que en la 6poca colonial esta forma de consttuirse en comuni- dad era exclusiva de los indios, y que la categorfa “indio” era ante todo ‘una categorfa racial que, a su vez, también tenfa implicaciones nacion les: Los indios (definidos por su “sangre”) eran aquellos que podian aspi- rar a pertenecer a estas comunidades, indios eran aquellos que tenfan la obligacién de rendirtributo, trabajo y obediencia a los espatioles. 4 sf, aunque el mundo interno de la comunidad indigena colonial tiene algunas semejanzas y continuidades con los criterios y caracteris- ticas del calpulli, también tiene amplias divergencias con los criterios de nacionalidad de aquella época, debido a que, en vez de pertenecer a ‘un mundo compuesto de pueblos dominantes aiados y dominados, todas las comunidades indigenas estaban subordinadas a una nacionalidad con la que no podian fécilmente fundirse, es decir, sus comunidades cuasinacionales formaban, como conjunto, una casta, una nacionalidad subordinada, en una jerarqufa social que pretendia mantener distincio- nes estables entre nacionalidades. Por otta part, la relaci6n entre el individuo indfgena y su comu- nidad también cambi6. La idea cristiana de lo humano significaba que ahora los indios eran sujetos con libre albedrio y, por Io tanto, sujetos que vivian para optar por diversas alternativas morales, Debi- do en parte a esto, el individuo indigena que se separaba de su comu- nidad ya no era simplemente una masa de energia apropiable por otro ‘grupo sea através del sacrificio, sea en la servidumbre. Al contratio, el indigena separado de sus titulos primordiales, de sus caciques y del santo patron de su pueblo podfa seguir teniendo una relacién individualizada con los santos y perseguir una existencia en el inci- piente mundo de las clases sociales. En ese mundo, la energfa del individuo se liberaba en busca del sulario, de la formacién de una familia propia, y en busca de los ocios, vicios, gozos y ceremonias de los grupos sociales que no tenfan ningdin bien inalienable aparte de sus almas y del color de su piel Enestos conjuntos de indfgenas dislocados los tinicos factores de nacionalidad vigentes eran aquellos creados por la organizaciGn racial (0 racista) del régimen, y aquellos conformados por la experiencia de vida comin en un barrio urbano, en un pueblo minero, en el caserfo de una hacienda o cerca de un obraje o de un puerto. Por otra parte, el don del alma y del libre albedrio, permitia que, sin una estricta determinacién racial, todos estos individuos recibieran los sacramentos de la iglesia y «que escogicran a sus cOnyuges. La libre decisién matrimonial fue espe- cialmente respetada por el clero en la primera mitad de la era colonial (ver Seed 1988) pero, ain a finales de Ia colonia, el tnico obstéculo serio al matrimonio interracial era 1a oposicién de los padres, por lo cual se dieron frecuentemente los matrimonios entre miembros de una clase (aunque no fueran del mismo linaje o color) o bien entre prietos prosperos y giieros empobrecidos."® "Ver, po ejemplo, los datos de Love (1971) sobre matrimonios entre negros y otras casts en la ciudad de México, 45 Entre estos grupos de mestizos comenzaron a pesar dos factores :uevos en el proceso de identificacién social: el dinero y laaculturacién hacia lo hispano, Estos dos factores estin interrelacionados en lo que se refiere a su papel en la construccién de ideas de comunidad y, por ello, Jos trataré como conjunto: Los espatioles de la €poca colonial tenfan un concepto geneal6gico de naci6n. Los miembros de una nacién descendian de una misma san- gre. El papel ideol6gico de la “sangre” en Espafia es sutl y, ala ver, crucial para comprender el proceso mediante el cual se conforms la nacionalidad mexicana, La importancia de la “sangre” en el régimen espafiol data de la reconquista, el periodo inmediatamente anterior al descubrimiento de América. En esa época hubo movimientos para separary distinguir alos “cristianos viejos” de lo judios y los moros converses. Este movimiento es parte de una tendencia mas amplia que se regstr6 en Espaia, naciona- lizar ala iglesia catlica y hacer de las ites de los reinos de Castilla y ‘Aragén caballeros defensores de la fe (y beneficiarios principales de su cexpansin). Asf, en la Espafia medieval se comenzaron a expedir cert cados de limpieza de sangre, sin los cuales un individuo no podfa ingre- sar al lero, recibir un titulo nobiliario ni pertenecer a ciertos gremios. Estos certificados de limpieza de sangre tenfan el propésito de mostrar ue un individuo descendia de mumerosas generaciones de cristianos. El concept tiene especial interés antropolégico porque liga dos aspectos importantes del “honor”, por una parte la confiabilidad del individuo (Gobre todo confiabilidad ante Ia fe, pero esta lealtad supuestamente se extendia a otras esferas:lealtad al amigo, valentfaen la defensa del gru- po, de Ia familia y del propio honor), y, por otra parte, la castidad de las mujeres del grupo. Como la honra se media a través dela sangre, impor- taban mucho en esta ideologia la paternidad y la maternidad biol6gicas, reforzando ast los lazos entre el honor y el control sobre a virginidad y, ‘después del matrimonio, sobre la fidelidad sexual de tas mujeres. ‘Todo esto es importante porque la nocién espafiola de “sangre”, algo que predice y que refleja el honor y la confiabilidad del individuo, se convierte en la base dela idea espafiola de “nacin”, que se entendia ‘como un grupo que mana de la misma sangre. Asf, los espafioles reco- noofan la existencia de tres naciones en el nuevo mundo, la nacién es- pafiola de cristianos viejos, ta india y 1a africana. Sin embargo, el concepto de nacién no era el tinico que operaba en la organizacién cul- tural del mundo de los espaiioles en América. También importaban otras dos nociones: una es la “patria” y la otra es la aculturacién. La idea de “patria” reconocfa la importancia del lugar donde uno naci6 y donde se cri. Esto se refleja en el sentido original de Ia palabra 46 ‘Cuando un esclavo negro habfa nacido en Veracruz se decia que era “eriollo de Veracruz”. Por eso la gente de la naci6n espafiola que nacia en México era conocida como “ctiolla” (de México) La importancia que se le daba ala tierra es interesante porque com- plica el esquema de sangre puro. El nacer y crecer en cierta localidad influia en el desarrollo del individu. Asf, por ejemplo, habia espatioles {que comentaban los procesos de “degeneracién” de la herencia que se daban en tierra americana: un pimentén después de dos generaciones se convertiaen chile, y un espafiol trabajador tenia hijos criollos que se convertfan en holgazanes."" Esta influencia de la tierra no siempre se concebia en términos de aculturacién (es decir, asimilacién a través del aprendizaje), se pensaba sobre todo en términos de las influencias fisicas de Ins caracteristicas climéticas y quimicas de los diversos luga- res; la humedaad, el calor, el fri, la calidad del agua y del aite, todo in- flufaen el desarrollo de las cualidades humanas de una manera tan cierta y verdadera como que Ia herencia de uno influfa en quién uno egarfa a ser “hijo de tigre, pintito”, pero también “arbol que crece torcido, jams surama endereza”. Por otra parte, lo que si variaba eran las apreciacione’s sobre la naturaleza o los efectos de tal o cual tierra en particular: uno de los puntos importantes en la contienda entre criollos y peninsulares era sobre 1a nobleza o infamia relativa de las tierras americanas e ibéricas. En resumen, para la ideologfa espatiola la tierra y la sangre eran compo- nentes centrales de la persona y, por extensin, de la nacién. Estas ideas siguieron rigiendo la estética espafioa atin siglos después, El tercer factor importante en la concepcién del grupo social era Ja aculturacin a través del aprendizaje. Aqui la palabra “Iadino” es clave. Esta palabra se usaba para hacer notar que una persona de una nacionalidad era diestra en los asuntos de otra. Asi, por ejemplo, se decfa que tal o cual indio era “ladino” cuando tenfa buen manejo del espaiiol. El mismo uso se daba respecto a los esclavos: los africanos recign llegados eran “bozales” y los que ya hablaban espafiol y cono-