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Psicología Personajes Bíblicos

de los

Titulo: Psicología de los Personajes Bíblicos Autor: Mario R. Pereyra

Revisión Editorial: Javier Hidalgo Vásquez Diagramación: Eliseo Vergara Mtz. Portada: Eliseo Vergara Martínez Fotografía: www.dreamstime.com

Copyright by © Publicaciones Universidad de Montemorelos AC Ave. Libertad 1300 Pte., Apdo. 16 Montemorelos, Nuevo León, México, 67530 Tel.: 826 263 0900, Fax 826 263 0901 www.um.edu.mx

Marzo de 2012

ISBN: 978-607-8001-03-3

Queda hecho el depósito legal

PUBLICACIONES UNIVERSIDAD DE MONTEMORELOS

IMPRESO EN MÉXICO

No esta permitida la reproducción toral o parcial de este libro en ningún idioma, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin

el permiso previo y por escrito de los titulares del Copyright.

Contenido

Presentación

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Introducción

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Capítulo I – Vidas Contrastantes

El contraste cómo método

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Destinos divergentes: Saúl y David

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La unidad de los opuestos: Nicodemo y la mujer samaritana

21

Impostura y legitimidad: Judas Iscariote y Pedro

34

Capítulo II – Cuando las Crisis Construye el Camino del Éxito

El significado de las crisis

51

La preparación para gobernar: José

54

La preparación para cumplir la misión: Sansón

62

La preparación para ser ministro: Pablo

70

Capítulo III – Cualidades Femeninas

El carácter femenino en la Biblia

Rut la moabita

81

Las virtudes de la abeja: Débora

83

Una decisión que se convierte en destino:

90

Hacia un porvenir heroico: La reina Ester

96

Capítulo IV – Cualidades Masculinas

El carácter masculino en la Biblia

105

El soldado de la fe: Josué

108

Un profeta rebelde: Jonás

117

El oficio de ser hombre: Timoteo de Listra

132

Capítulo V – Vidas Frustradas

La perdición como destino

143

La traición sigilosa: Dan

146

El rey pusilánime: Acab

156

Elogio a la crueldad: Herodes Antipas

165

Capítulo VI – Vidas Excelentes

El completo desarrollo humano

173

El padre de la fe: Abraham

177

Los valores del entendimiento: Daniel

193

Las virtudes del amor: Juan

208

Capítulo VII - El Desarrollo Humano Según La Biblia

Teorías psicológicas de la personalidad

217

La concepción bíblica

222

Bibliografía

233

Presentación

La metodología para la trasmisión de valores incluye los siguien- tes aspectos: el modelaje, la imaginación para cautivar el corazón, el refuerzo psicológico y la reiteración. Estos cuatro aspectos se pueden aprovechar nítidamente en esta obra del autor. El modelaje tiene que ver con los ejemplos de vida que dejan su im- pronta en nuestra experiencia personal. Las biografías bíblicas, en este sentido, son únicas. Nos permiten contemplar modelos y antimodelos de la vida real. Seres de carne y hueso que alcanzan las grandes alturas de la virtud o descienden a las peores profundidades del mal. Vidas conflictivas, llenas de luces y de sombras, pero siempre guiadas por el hilo invisible de la fe, la gracia y la misericordia de Dios. Mario Pereyra presenta a los personajes bíblicos desde la perspec- tiva psicológica. Sus agudas y penetrantes observaciones nos conducen a un escenario inadvertido por el lector común. Es un escenario que descorre el velo hacia la vida interior con sus grandes crisis y triunfos. Las biografías bíblicas estimulan la imaginación y cautivan el cora- zón. La selecta galería de personajes bíblicos que desfilan en esta obra ejercen un gran poder sugestivo y despiertan admiración o compasión, asombro, o perplejidad. Lo notable es que dejan huellas profundas en el espíritu y ayudan a desarrollar la capacidad de observación y de re- flexión. Todos necesitamos cultivar la sabiduría de evitar los errores y

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afirmarnos en las virtudes. Para lograrlo, nos resulta muy útil vernos en el espejo que nos ofrece la vida de los distinguidos personajes de las historias bíblicas. En este marco, el aporte de un especialista en este campo resulta de mucho valor. Los rasgos psicológicos forman caracteres deseables o indeseables. No pocos análisis psicológicos que presenta el autor nos van a dar sorpresas. La madre de la sabiduría es la reiteración. Las biografías presenta- das son, para muchos lectores, historias conocidas. Pero la repetición, fija mejor los modelos de vida. La trasmisión de valores es una necesidad primaria, tanto en la edu- cación familiar como en la vida escolar. Esperamos que padres, maestros y alumnos se beneficien por igual con la lectura cuidadosa de la presente obra.

Luis Alberto del Pozo Moras Departamento de Publicaciones Universitarias Universidad de Montemorelos, 2005

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Introducción

“El relato bíblico de la vida de hombres y mujeres de la antigüedad presenta una gama tan variada de situaciones diversas que cada uno puede identificarse con algún personaje allí descrito. Será sabio quien saque del estudio de ese relato aquello que guiará, enriquecerá y salvaguardará su propia vida. Tomará valor de aquellos que triunfaron, y es de esperar que evitará los sinsabores de aquellos que hicieron decisiones erróneas”.

Fideicomisarios de los escritos de Elena de White

¿Cómo concibe la Biblia el desarrollo humano? ¿Cuál es la teoría bíblica que da cuenta de las ideas de la persona humana y su desenvol- vimiento? ¿Existe tal teoría? ¿Es posible construir una teoría psicoló- gica a partir del texto bíblico? Si bien la Biblia no es un libro de Psi- cología de la Personalidad o de la Psicología del Ciclo Vital, propone conceptos, enseñanzas y ejemplos de vida que permiten construir una cosmovisión que fundamente una concepción del desarrollo humano. Asimismo, abunda en orientaciones específicas con respecto a las di- ferentes etapas de la vida que tienen como propósito conducirnos al cumplimiento de nuestro destino. En este libro, indagamos el desarrollo humano a partir del estudio de los personajes bíblicos. Cabe destacar que las historias biográficas de la Biblia no son puras abstracciones sin personalidad como ocurre con los protagonistas de otras producciones literarias o fílmicas, que constituyen entelequias promovidas por el brillo de la propaganda y la luminosidad de sus títulos (la rubia espectacular, la top model, el galán

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seductor, etc.). Por el contrario, los héroes bíblicos son personajes de carne y hueso, reales, con sus afanes y conflictos, necesidades y sufri- mientos, que se convierten en escalera para llegar a Dios, en quienes siguen los dictados del Todopoderoso. El hecho de haber vivido miles de años atrás no los convierte en seres extemporáneos o extraños a no- sotros, que habitamos la cultura hipermoderna. Los personajes bíblicos han superado exitosamente la erosión del tiempo, poseen las cualida- des de la psicología humana de todos los tiempos. Cada biografía de las personalidades bíblicas es una invitación a la privacidad, a transitar los espacios y tiempos propios de la experiencia humana, aunque provenientes de culturas lejanas son protagonistas de las luchas y vicisitudes de los hombres y mujeres de todos los tiempos. Por un lado, es un camino hacia aquellas lejanías que resplandecen ro- jas y violetas en el cielo de un antiguo atardecer, pero por otro, es un ámbito que descubre los secretos de la intimidad, donde las palabras alcanzan la esencia de la existencia, más allá del polvo de los gestos y actos, escribiendo los signos de un destino y la naturaleza de una perso- na. Así, encontramos a un Abraham, entregándolo todo para construir el camino de la fe; a una mujer como Rut, que decidió echar su suerte con su suegra para registrar su nombre en las páginas imperecederas de la genealogía de Dios; o un adolescente como Daniel, quien despojado de todo lo que tenía fue arrastrado a Babilonia para, gracias a su fideli- dad y consagración al Dios de los Cielos, escribir la más impresionante historia del porvenir. “Si una personalidad no se orienta a valores más elevados que su propio ser, inevitablemente tomarán el mando la corrupción y la deca- dencia”, decía Nikolai Lossky. Esa es una de las grandes lecciones de los personajes bíblicos. Es la exploración del yo y de la naturaleza hu- mana en relación al ser divino, desde la perspectiva de la trascendencia, lo que podríamos llamar con toda propiedad el horizonte terrestre de los intereses divinos. Es cierto que la personalidad está enraizada en una historia, en un mundo de valores, en una narración que encuentra sentido, en un trasfondo del cual no se puede saltar y que da respaldo a lo que denominamos espiritualidad, pero desde allí se descubre a Dios y se alcanzan los valores decisivos que perfilan el destino personal. En esta obra estudiamos veintiuna biografías bíblicas. No se preten-

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Introducción

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de que sean historias completas. El método bíblico no es exhaustivo ni acabado a la hora de relatar la historia de una persona. La descripción plena del desarrollo de una vida a lo largo del ciclo vital es la excepción, no la regla. Allí se presentan algunas pinceladas, o un único episodio de vida o breves referencias directas o indirectas, pero llamativamente tales trazos suelen registrar los aspectos esenciales de la personalidad o los hechos más destacados del desarrollo de ese individuo. A través de esos episodios percibimos la naturaleza humana en su belleza y dra- matismo, en su carácter vibrante y concluyente, la vida misma como materia de celebración. Esperamos que el lector también, al leer estas páginas, lo celebre, y como dicen los fideicomisarios de los escritos de Elena de White, pueda sacar de estos relatos “aquello que guiará, enri- quecerá y salvaguardará su propia vida”.

Dr. Mario Pereyra Desde Andrews University, Michigan, EE.UU. 30 de junio de 2004

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Capítulo 1

Vidas Contrastantes

1.EL CONTRASTE COMO MÉTODO

“El tardo de ira tiene gran prudencia, el de genio pronto pone de manifiesto su necedad”.

Proverbio 14:29 (BJ)

E l texto bíblico está saturado de contrastes y juegos de oposi-

ciones. Por ejemplo, el libro de los Salmos se inicia contras-

tando a “los justos” ―que son como “el árbol plantado junto

a corrientes de agua”―, con “los malos” ―“que son como

el tamo que arrebata el viento”. Asimismo, Salomón en los Proverbios, continuamente contrapone al sabio con el necio, el que está “atento a la inteligencia” y “presta oído al consejo” (5:1,2), de quien desecha la enseñanza y “menosprecia la reprensión” (5:12). Jesús también utilizó el mismo recurso al comparar al “hombre prudente” ―aquel que oye la Palabra y la aplica a su vida― con el “hombre insensato” ―quien rechaza la enseñanza de Cristo (Mat.7:24-27). Es en la articulación de los contrastes donde aflora el saber y aparece la verdad con respecto

a la realidad de la persona humana. La totalidad de los autores bíbli-

cos utilizan esta metodología en el tratamiento de los diversos temas

y, particularmente, en la indagación de los personajes y las biografías.

Esa habilidad para contrastar actitudes, decisiones y caracteres intenta recuperar el momento de verdad contenido en ellos.

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¿Por qué los protagonistas bíblicos aparecen articulados por sus di- sidencias y diferencias? Seguramente porque el pensamiento bíblico quiere enseñarnos los valores de la heterogeneidad y de lo múltiple, en sus diferencias, oposiciones y complementaciones, para advertirnos que no caigamos en simplificaciones homogeneizantes, ya que el pai- saje de la vida demanda permanentemente información y reflexión. La pretensión de minimizar los hechos y las ideas, recurriendo a fórmulas y esquemas rígidos es extraña a la cosmovisión bíblica. Se trata de un universo de formas complejas, en un grado de expansión infinita. Este fenómeno obliga, en lo tocante a comprender y analizar las subjetivida- des, a la elección de prácticas e instrumentos múltiples y de pensar en nuevos diseños y cartografías para abordar las múltiples dimensiones de la realidad humana. Nótese que la lectura de las biografías, tal como las describe el texto bíblico, está dotada de una fascinación poderosa porque descubre las estrategias de la vida y cómo se construye la arquitectura de la existen- cia. Explora lo que podría llamarse, siguiendo a Miguel de Unamuno, “el horizonte terrestre de la historia íntima”. Precisamente esa es la propuesta de este libro, recorrer esos territorios personales en busca de la ciencia que exhibe el movimiento del destino, dibujado bajo los contornos de casos antagónicos o con trazos específicos, como veremos en los capítulos siguientes. En este capítulo seleccionamos historias de vidas contrastantes, una del Antiguo Testamento (AT) y dos pertenecientes al Nuevo Tes- tamento (NT). El primer caso comprende las biografías del primero y segundo de los reyes de Israel, Saúl y su sucesor David. Las vidas con- trastantes del NT son dos personajes que aparecen en el Evangelio de Juan, en dos capítulos sucesivos, Nicodemo (cap.3) y la mujer samari- tana (cap.4). El tercer grupo de contrastes lo conforman los discípulos de Jesucristo, Judas Iscariote y Pedro. En los tres tipos pueden leerse diferentes aspectos del desarrollo humano, como planteamientos ex- plícitos o implícitos de las condiciones, actitudes o decisiones que cons- truyen el destino, como asimismo, la definición del paradigma de vida consumada, en contraste con aquellas otras modalidades que fracasan en alcanzar el ideal de vida esperado.

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2. DESTINOS DIVERGENTES: SAÚL Y DAVID

La crisis de la desconfianza

“La noche solemne se había instalado se separaron, y cada cual se fue,

sin saberlo

a madurar su destino

a gravitar hacia la gloria o hacia el deshonor”.

Charles Baudelaire

El tema central del primer libro de Samuel es la transición del sis- tema teocrático que imperaba en Israel desde hacía varios siglos ―que se ejerció mediante los patriarcas, los profetas y los jueces― a la orga- nización monárquica. Se presentan las dificultades de la instauración del nuevo régimen político a través de las diferentes vicisitudes y con- tingencias que comprendió el reinado de Saúl. El libro concluye trá- gicamente con la muerte del rey y sus hijos y la derrota del pueblo de Israel en la batalla de Gilboa. Ese fracaso manifiesta el error del nuevo sistema, ya que significó la renuncia al programa de protección divino que habían sostenido hasta ese momento. El centro de la narración aborda un problema de fe. Durante siglos los israelitas habían sido seminómadas conducidos por líderes religio- sos carismáticos que privilegiaban la dirección divina. Sin embargo, ha- cía un siglo y medio que el pueblo había empezado a establecerse en ciudades en la antigua Canaán. Esa circunstancia los llevó a consolidar sus posiciones y fortificarse para enfrentar la hostilidad de los pueblos vecinos. Los israelitas no tenían ejércitos entrenados para la guerra que salvaguardasen sus tierras y moradas. Tenían una confederación tribal, pero no un gobierno centralizado fuerte como el sistema reinante en el mundo de esos días. Era una or- ganización con amplias libertades individuales que gozaba de exención de impuestos y otras cargas económicas por la falta de una burocracia política, administrativa y militar que sustentar; eran los privilegios de carecer de un sistema centralizado. Dios era el que los protegía gratui- tamente sin someterlos a servidumbre y sin la necesidad de expoliarlos económicamente. Claro que eso implicaba mantener una fe sólida en

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el poder de Dios, una fuerte convicción aseguradora en el cuidado pro- tector del Todopoderoso, que compensara la inferioridad militar que tenían en comparación con los otros pueblos. A la larga, resultó que esa medida requerida de fe fue superior a la exteriorizada por el pueblo y se impuso el ejemplo del contexto. La historia cuenta que los representantes de la nación, los ancianos, abordaron a Samuel, el gobernante en ejercicio de la Teocracia, para reclamarle la constitución de una monarquía, a la usanza de los pueblos vecinos (cap.8:4,5). Ese pedido implicaba, no sólo grandes cambios en la vida social, económica y política del pueblo, sobre todas las cosas sig- nificaba rechazar la conducción de Dios en los destinos de la nación. “Porque no te han desechado a ti ―le respondió Dios a Samuel― sino a mí me han desechado, para que no reine sobre ellos” (8:7). Dios le pide a Samuel que acepte la voluntad de los “ancianos” pero que les advierta claramente los resultados nefastos de tal decisión. La historia de Saúl se inicia a partir de este momento, como una vívida ilustración de esa actitud de desconfianza en el poder de Dios. ¿Por qué donde unos triunfan otros fracasan? ¿Cuáles son las razo- nes que determinan que personas con iguales oportunidades, recursos y situaciones favorables alcancen la celebridad y el éxito, mientras otros terminan trágicamente? ¿Dónde está la encrucijada a partir de la cual algunos avanzan hacia el bien y otros a la desgracia? Hay quienes “ma- duran su destino” ―como dice Baudelaire―, “sin saberlo”, en direc- ción a la “gloria”; en cambio otros lo hacen “hacia el deshonor”. ¿A qué se debe tal hecho? ¿Cuál es el punto donde confluyen la de- cepción y la buenaventura? Quizás la respuesta pueda surgir en el con- traste entre los dos personajes principales del primer libro de Samuel. Junto a la figura de Saúl va apareciendo David, quien paulatinamente va ganando espacio en la historia hasta llegar a predominar, consti- tuyéndose, al final, en el personaje central, en el actor principal de la obra. La clave que los diferenció y separó emerge del estudio compara- tivo del desarrollo de ambas personalidades.

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Coyunturas históricas

“Pero sólo le es dado descubrir la clave de la historia a aquel que tiene ante sus ojos todo el pasado”.

Novalis

Fueron dos hombres promisorios que ostentaron destinos diver- gentes. Una misma aurora pero diferente crepúsculo. Es la historia de dos personas de origen humilde, que ingresaron a la escena pública con augurios prometedores, llegando a ocupar el centro del poder al convertirse en reyes, pero en determinado punto de sus respectivas ex- periencias personales se produjo un quiebre en ambos, que para uno

fue el inicio de la decadencia y para el otro la consumación de su gloria. Finalmente, la parábola de la vida de cada uno concluye en desenlaces antagónicos, uno en la fatalidad y la ignominia, el otro, en la exaltación

y la honra por todos los siglos venideros. Una historia que, a pesar de

su antigüedad, cobra vigencia insólita y arrolladora. Un día al señor Cis se le perdieron sus asnas. Le dijo, pues, a su hijo Saúl que fuera a buscarlas. El joven campesino recorrió montañas

y valles infructuosamente durante varios días. Pero en el viaje aconte-

ció algo inesperado y trascendente que cambió la vida del muchacho. No encontró las asnas pero halló un reino. Cuando decepcionado se disponía a regresar a su hogar, su siervo le sugirió consultar al profeta Samuel. Saúl accedió y en el encuentro con el líder que gobernaba a Israel en ese momento histórico fue consagrado rey de la nación (10:1). Así, sorpresivamente, un joven desconocido e insignificante, pertene- ciente a la menor de las tribus de Israel y a la más pequeña de las fami- lias de la tribu (9:21), fue catapultado a la primera magistratura, la cual ejerció entre los años 1050 al 1011 a.C. En esa oportunidad, Saúl reconoció con humildad su incompetencia

y se sintió inhabilitado para ejercer el cargo; aun se escondió en ocasión de la ceremonia oficial de nombramiento (10:17-22). Pero el pueblo reconoció su prestancia y encanto físico privilegiado, pues sobresalía su cabeza por encima de todos (vers.23). Con acento admirativo se lo con- sideró “incomparable” (24). Entonces, en la primera ocasión en que Israel fue agredido, reaccionó con violencia ante la opresión (11:6,7) y

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asumió el liderazgo con valentía y espíritu aguerrido, derrotando a los enemigos. Incluso tuvo la grandeza de ser tolerante (10:27) e indulgen- te con quienes lo menospreciaban (11:12,13). Así inició su gobierno Saúl, con todo éxito, recibiendo el apoyo decisivo del profeta Samuel y el respeto entusiasta de todo el pueblo (cap.12). Durante algunos años su trayectoria fue ascendente y rutilante (13:1-3), hasta que cometió un error fatal (6-14). Esa equivocación fue seguida de otras (14:24,34), cada vez más graves (cap.15), a partir de lo cual fue deslizándose por la pendiente del fracaso hasta caer en las profundidades de un abis- mo trágico. En su decadencia incurrió en celos (18:7-9), conspiraciones (18:17-28), deseos homicidas (19:1-9), persecuciones crueles (22:7-9), crímenes horrendos (22:16-19), hasta finalmente sucumbir en brujerías (cap.28), locura (16:14; 19:9) y muerte suicida (cap.31). Por su parte, la vida de David presenta un llamativo paralelismo ini- cial con Saúl. Fue también un campesino que en su adolescencia cuida- ba los rebaños de su padre mientras contemplaba la naturaleza, y entre sus sueños idealizados, escribía poesías. Su espíritu fresco y sensible descubría las maravillas del poder de Dios en los “cielos estrellados” (Sal.8), así como en el cuidado providente del divino “Pastor” (Sal.23). En el fervor entusiasta de su fe juvenil se creía invencible. Quizás por esas virtudes de su carácter lozano y cristalino, también en forma sor- presiva e inesperada, Dios lo escogió como futuro rey utilizando a la misma persona que consagró al rey Saúl, el profeta Samuel (16:1-13). El episodio clave, que lanza a David al escenario del liderazgo, tam- bién tiene cierto paralelismo con la historia de Saúl. También es el pa- dre quien interviene, en este caso, pidiéndole a su joven hijo que llevara alimento a sus hermanos. Éstos, que eran mayores, estaban en el frente de batalla y al padre le preocupaba su bienestar. Entonces le pide a David que les lleve provisiones y se informe de su situación (16:17-19). Al llegar al lugar, David se encontró con una situación avergonzante que lo enardeció. Un enemigo, Goliat, se burlaba de los israelitas, bur- lándose de sus creencias y desafiándolos a combatir. Nadie se atrevía a enfrentarlo. David no pudo soportar el insulto humillante que se hacía a Dios y rogó que le permitieran responder al reto. Entonces, enfren- tó al gigante Goliat y lo mató, facilitando la victoria sobre los filisteos (17:23-54). A partir de ese momento, se convirtió en héroe nacional,

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teniendo que dejar los quehaceres de pastor para integrarse al ejército, erigiéndose en un aguerrido militar valiente y muy popular (18:6,7). Fue un momento de gloria y triunfo. Sin embargo, sobrevinieron dificultades. Avisado Saúl que David lo sustituiría y celoso por sus logros desata contra él una persecución des- piadada que le impone una vida azarosa y tremendamente agobiante (caps.18-30). Su estrella se eclipsa pero se conserva fiel, leal y generoso. Finalmente, Saúl muere y accede al trono (2 Sam.2,5). David es corona- do rey a los 30 años de edad y gobierna hasta los 70. Durante su reina- do alcanzó los más altos niveles de prestigio y celebridad, pero también cayó en los abismos de espanto producido por el adulterio y el crimen (2 Sam.11,12), el incesto entre sus hijos (13), sublevaciones protagoni- zadas por propios (15-19) y extraños (20), guerras (21) y graves errores que costaron la vida a setenta mil personas (24). No obstante, David ter- minó sus días rodeado del reconocimiento y la admiración de su pueblo, recibiendo el homenaje y la veneración de los siglos posteriores, consti- tuyéndose hasta hoy en la figura emblemática del pueblo judío. Así que Saúl y David eran hombres de pasiones semejantes, con fla- quezas y errores similares, que alternaron entre la euforia y la derrota, los aciertos y las contradicciones, las virtudes y los grandes defectos; ¿por qué uno terminó en la desgracia y el otro en el pináculo de la fama? ¿Cuál fue el error de Saúl? ¿Dónde estuvo el punto de fractura qué cambió su destino? ¿En qué se diferenció de David? ¿Por qué Da- vid habiendo cometido pecados gravísimos no sucumbió ni terminó en el desastre? ¿Cuál fue la clave de esos destinos opuestos? ¿Dónde se bifurcaron sus caminos?

Caminos que se bifurcan

“El que encubre sus pecados no prosperará; Mas el que los confiesa y se aparta, alcanzará misericordia”.

Salomón (Prov.28:13)

Según el filósofo francés Baudrillard (1996, 194), “el destino sólo existe en la intersección de uno mismo con los demás”. Habría que rec- tificar la declaración afirmando que no sólo se juega el destino en el

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plano de las interrelaciones con los demás, sino también en las coor- denadas verticales de la relación con Dios. Fue precisamente en esa faceta esencial donde se protagonizó la historia de nuestros héroes y se estableció la diferencia. Mientras Saúl intentó usar a Dios y ponerlo a su servicio (1 Sam.14:37), y aun intentó manipular los poderes sagrados (13:8-14), David, por su parte, siempre se sometió al Ser divino y acep- tó dócilmente sus designios (2 Sam.24:15-25). Pero quizás la disparidad más contundente fue la forma en cómo ambos reaccionaron cuando fueron confrontados con sus propios erro- res. Seguramente ese fue el punto decisivo que marcó el cambio de derroteros y destinos. Saúl siempre buscó atenuar o subestimar sus errores, justificándolos, aunque tuviera que forzar los hechos o echarle la culpa a otros (15:15,20,21). Sólo reconocía sus equivocaciones ante las evidencias palmarias de la realidad. Jamás manifestó un genuino arrepentimiento. Le dolían las consecuencias de sus pecados, mas no el hecho de haberlos causado. Le preocupaban los efectos del mal y no sus causas (15:24-31). Por eso no fue capaz de cambiar y sufrió los efectos perturbadores de la culpa, que lo atormentaron hasta hacerle perder la razón y termi- nar suicidándose como un enfermo mental. En cambio David, que co- metió pecados más graves y destructivos, cada vez que era confrontado con su error, su alma se quebrantaba y deshizo por el arrepentimiento, reconociendo genuinamente su culpabilidad, llorando con profundo sentido y pesar. El Salmo 51, que expresa la agonía del sufrimiento atroz de un alma arrepentida, muestra de modo excelso del espíritu contricto que busca desesperadamente el perdón divino. Es un lirismo que purifica la cul- pa y ennoblece la desdicha. La poética del cambio y la superación. El triunfo de la esperanza sobre los desvaríos del pecado. Acaso el sabio rey Salomón, que fuera el tercero en ocupar el trono después de ambos, pensara en sus antecesores cuando una vez escribió aquello de quien “encubre sus pecados, no prosperará”, sino aquel que los confiesa y se aparta de ellos. Fue David el modelo más notable de esa actitud sublime.

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3. LA UNIDAD DE LOS OPUESTOS:

NICODEMO Y LA MUJER SAMARITANA

“Busca a tu complementario, que marcha siempre contigo, y suele ser tu contrario”.

Antonio Machado

El Evangelio de Juan presenta dos relatos sucesivos que tienen como protagonistas sendos personajes, que aparecen dialogando con Jesús. En esos encuentros afloran sus respectivas historias, aunque contrapuestas parecen unidas por esa calidad de opuestos. Nada hace pensar que el autor haya tenido la intención de compararlos, pero la descripción que se hace de ellos resulta tan llamativamente diferente, que forzosamente tendemos a relacionarlos. Quizás intentan exhibirse como polos opuestos, entre los cuales se abre un abanico tan amplio de posibilidades que podría incluir toda la especie humana, trasmitiendo el mensaje de que si el Maestro platicó y dio soluciones a ellos, también puede hacerlo con cada uno de nostros, ya que de alguna manera todos estamos allí representados. ¿Quiénes fueron esas personas? ¿Cuáles son los contrastes? ¿Qué enseñanzas subyacen en la experiencia que vivieron en aquellos memo- rables encuentros con Jesús? El primero es un hombre (cap.3:1-21); el segundo, una mujer (4:1-30). El hombre es un noble, de gran prestigio y muy reconocido, de la clase alta, que ejercía un cargo elevado en la dirección del gobierno de la capital judía; la mujer, por el contrario, fue una desconocida pueblerina de Samaria, marginada y de mala fama, una paria de la sociedad. El hombre es identificado con su nombre propio:

Nicodemo; la mujer, queda perdida en el anonimato, siendo identifica- da simplemente por su lugar de origen como “la samaritana”. También son contrapuestas las circunstancias y la geografía en que ambos per- sonajes aparecen en escena. La entrevista con Nicodemo ocurrió entre las sombras de la noche, bajo las luces de las estrellas, cuando el viento susurraba entre los árboles del Monte de los Olivo, en las afueras de Jerusalén. En cambio, el encuentro con la mujer samaritana aconte- ció bajo los rayos calcinantes y resplandecientes del sol del mediodía,

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junto al pozo de Jacob, en la ladera silenciosa del monte Ebal, cerca de la ciudad de Sicar, en Samaria, al norte de Israel. Las diferencias son más contundentes cuando se consideran las condiciones y trayectorias de sus respectivas vidas, la educación recibida por cada uno de ellos, y especialmente las características de la personalidad de ambos. Es un choque de culturas, sociedad, formación y estilos de vida. Desde la perspectiva humana, estos personajes se ubican en su eta- pa adulta, cuando aparentemente ya han alcanzado su nivel de máxi- mo desarrollo. Sin embargo, las inquietudes que manifiestan y aquellas otras que Jesús pone en evidencia, revelan que ambos necesitaban cre- cer, especialmente en espiritualidad. Por lo tanto, se trata de historias que encierran el mensaje de que el desenvolvimiento de la vida huma- na no concluye nunca y que el cultivo de los valores espirituales es una necesidad de todo hombre y mujer, descubriendo en ellos sus máximas posibilidades de realización. De hecho, las entrevistas en cuestión se convierten en modelos de respuestas al llamado de Jesús, que constitu- yen caminos que se abren al crecimiento y la realización de sí mismos.

La luz que resplandeció en la noche

“Y la noche era la matriz de ese saber, el lugar, el tiempo en el que se abren los ojos y se puede, finalmente, ver de qué lado está la apariencia y de qué lado la verdad”.

Anónimo

Después que el sol se hundió en el ocaso y las sombras cubrieron la noche con su manto aterciopelado, sumiendo en el sueño a la ciudad de Jerusalén, Nicodemo salió en busca de Jesús. Para conocer su personali- dad tenemos que penetrar en las sombras de aquella entrevista memora- ble (véase Juan 3:1-21), captando sus vislumbres e iluminándola con las inferencias y suposiciones que podamos extraer. En contraste con la mujer que aparecerá posteriormente, Nicodemo era un hombre culto, reflexivo e investigador, una persona muy educa- da, aunque excesivamente convencional, con actitudes estudiadas y un lenguaje rebuscado, sugestivo y no carente de ironía (vers. 4). Era mo- derado, cauto, formal, respetuoso, calculador y firmemente conservador

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en sus firmes y rigurosas creencias religiosas. “Era un fariseo estricto, y se enorgullecía de sus buenas obras”, comenta Elena de White (1975, 142). “Era muy estimado por su benevolencia y generosidad en sostener el culto del templo, y se sentía seguro del favor de Dios”. Sus primeras palabras de saludo y presentación son muy expresivas:

“Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él” (vers.2). Sus palabras introductorias revelan una actitud serena y digna, sobria y segura, quizá un tanto solemne y apergaminada, supeditando todo senti- miento a los imperativos de la razón. Aparenta ser perfeccionista, escru- puloso, preocupado por los detalles y las normas. Parece más bien intro-

vertido, reticente, un tanto frío, poco expresivo, escuchando con interés e inteligencia el discurso de Jesús, que luego de algunas preguntas iniciales no se atrevió a interrumpir. La conversación fue profunda, conceptual, transitando por temas teológicos, descubriendo verdades trascendentes

y esclareciendo dudas. Nicodemo escuchó en silencio, conservando su

postura inmutable. ¿Cuál era la preocupación principal de este hombre, el problema central y decisivo de su vida? ¿Qué lo condujo a Jesús? Aquí también

nos cubren las sombras de la noche. A diferencia de los extrovertidos que son expresivos y exhibicionistas, que nada ocultan, como es el caso de la mujer samaritana, personalidades como la de Nicodemo son opacas, nada dejan entrever, construyen muros para encerrar su intimidad; todo queda detrás de esa fachada de orden, educación y refinamiento. ¿Cómo saber qué problemas aquejan a estas personas? Recordemos que Nico- demo fue a hablar con Jesús en la noche, para ocultarse de los demás y, quizá, de sí mismo. La Psicología enseña que esas tendencias reservadas

y retraídas, como las conductas de orden y perfeccionismo, por lo ge-

neral, constituyen mecanismos de defensa, una suerte de encubrimien- to de los problemas de conciencia o sentimientos de culpa que puedan albergar en su interior. ¿Será que Nicodemo, detrás de esa apariencia honorable, ocultaba pecados inconfesados? Si es así, esa actitud no pasa- ría desapercibida para el Maestro, pudiendo encontrarse en las palabras de Jesucristo la clave del develamiento de su alma como la solución de sus conflictos personales. La búsqueda de la sustancia divina convierte el

universo personal en un espacio de revelaciones.

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Llama la atención que Jesús, desde el principio, un tanto abrup- tamente le habla del nuevo nacimiento (vers.3-8), de su necesidad de comenzar una vida nueva. Le hace entender, que su encumbrada situa- ción, tanto intelectual, social, política (era un teólogo y miembro del Sanedrín, órgano principal legislativo y judicial), como económica, de nada servía si no experimentaba un cambio de vida; la única forma de “ver” como de “entrar en el reino de Dios” (vers.3,5) es nacer otra vez. Le propuso que aprendiera a confiar en Dios, que fuera auténtico, que abandonara la postura de los “maestro de Israel”, la hipocresía, para creer de verdad en el Hijo del Hombre y en su Padre Celestial. Le dio una señal de su divinidad basada en un episodio del AT que lo convirtió en profecía: “como Moisés levantó la serpiente en el desierto (símbolo de la salvación de las mordeduras de las serpientes; ver Núm.21:6-9)”. Le explicó en forma magistral y sintética el plan de la salvación: creer verdaderamente en el amor de Dios manifestado en la entrega de “su Hijo unigénito” (vers.15,16). Pero, evidentemente, las últimas palabras fueron las más significativas e impactantes para Nicodemo (vers.17-21), donde recibe mensajes en clave, en su mismo estilo o igual “frecuencia de onda” con la cual operaba, donde el divino maestro penetra en las sombras que velaban su interioridad para iluminarlo con las luces de un nuevo amanecer. Le dice: “No envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él” (17). En otros términos: “No te sientas culpable ni sigas defendiéndote, no estoy aquí para condenarte sino para salvarte”. La insistencia en el tema de la condenación hace pensar que el motivo que impulsó a Nicodemo a en- contrarse con Cristo fueron sus sentimientos de culpa o la sensación interior de perdición. Por eso Jesús le reitera, la salvación es posible para quien cree en el Hijo. “El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado” (18). Entonces, con una cortesía inusual descubre el meo- llo del problema: “Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas” (19). Estas palabras, dichas en forma impersonal y un tanto elípticamente, -¡qué portentosa es la delicadeza divina!-, aclara que los sentimientos de cul- pa que lo torturaban no provenían de la luz (símbolo de Cristo) sino de las “malas obras” que estaba practicando. Todavía refuerza el conflicto básico, introduciendo una apelación personal a salir de las sombras: “Porque todo

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aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas. Mas el que practica la verdad viene a la luz, para que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios” (20,21). Nicodemo estaba acudiendo a Cristo entre las sombras, siendo renuente a mostrarse a la luz. Jesús percibe que su conducta esquiva no era para no dañar su reputación social, sino por estar “haciendo lo malo”. Su invitación a ser transparente, y adoptar la verdadera creencia que libera la conciencia de culpa, consistía en aborrecer esas “malas obras” y practicar la verdad. ¿Cuáles eran esas prácticas pecaminosas que torturaban su concien- cia y lo hacían sentirse perdido? Jesús no lo denuncia en forma explícita, pero a semejanza de la mujer samaritana (ver Juan 4:18) le hace enten- der que conocía su problema. Cuando Jesucristo le dice: “Pues todo el que obra el mal aborrece la luz y no va a la luz, para que no sean censu- radas sus obras” (20), estaba citando un texto del Antiguo Testamento, el libro de Job, capítulo 24, los versos del 13 al 17. Era muy común entre los conocedores de la Biblia hacer alusiones breves o parciales a párrafos bíblicos, sin necesidad de repetir textualmente toda la referencia, ya que ese conocimiento previo les hacía entender el resto del pasaje. Así que, cuando Jesús citó algunos fragmentos de Job 24:13-17, seguramente Ni- codemo recordó la totalidad de los versículos:

“Ellos son los que, rebeldes a la luz, nunca conocieron sus caminos, ni estuvieron en sus veredas. A la luz se levanta el matador; mata al pobre y al necesitado. Y de noche es como ladrón. El ojo del adúltero está aguardando la noche, diciendo: No me verá nadie. Y esconde su rostro. En las tinieblas minan las casas que de día para sí señalaron. No conocen la luz. Porque la mañana es para todos ellos como sombra de muerte. Si son conocidos, terrores de sombra de muerte los toman”. Las palabras de Job aluden a dos tipos de personas que se esconden en las sombras y, por lo tanto, evitan la luz, si bien sufren los terrores de su conciencia culpable: los ladrones y los adúlteros. ¿Cuál de ellos se aplicaría al interlocutor de Jesús? ¿Acaso se trataría de ambos proble- mas? ¿Cómo se sintió el fariseo ante esta revelación? Probablemente el impacto de esa declaración lo dejó estupefacto y paralizado por al- gunos momentos. La narración no registra ninguna respuesta, dando la impresión que allí finalizó la entrevista. Quizás con el rostro tenso y desencajado, no pudiendo soportar más, Nicodemo se paró súbita-

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mente, retirándose sin despedirse, confundido y aturdido por la confi- dencia. Durante tres años más estuvo Nicodemo actuando entre las tinie- blas, aunque gradualmente fue abandonando su vida sombría. En una ocasión, cuando el Sanedrín debatía las medidas para contrarrestar la popularidad de Jesucristo, Nicodemo, con su estilo indirecto, defendió a Jesús, diciendo: “¿Juzga acaso nuestra ley a un hombre si primero no le oye, y sabe lo que ha hecho?” (Juan 7:51). Sus colegas inmedia- tamente notaron su adhesión al cristianismo (probablemente no era la primera vez que mostraba sus simpatías por Jesús), cuestionándole con hostilidad: “¿Eres tú también galileo?” (v.52). Allí volvió a callar, pero finalmente, cuando vio a Cristo suspendido entre el cielo y la tierra, en la cruz del Calvario, recordó la señal que le anunciara aquella noche, y entonces salió definitivamente a la luz. Se hizo cargo del cuerpo del crucificado, rindiéndole su homenaje póstumo (cap.19:39-42). Fue, en- tonces, cuando aceptó la “doctrina de la salvación por la fe”, creyendo verdaderamente en el Hijo y uniéndose a la iglesia apostólica naciente, para practicar la verdad y vivir en la luz. Fue un cristiano fiel hasta el final, constituyéndose en un pilar “firme como una roca” de la nueva comunidad, según declara Elena de White (1975, 148).

Entre las luces y las sombras del mediodía

“La interlocutora de Jesús tembló. Una mano misteriosa estaba hojeando las páginas de la historia de su vida, sacando a luz lo que ella había esperado mantener para siempre oculto En su luz, su conciencia despertó”.

Elena de White (1975, 159)

¿Cuáles fueron las características distintivas de la personalidad de la mujer de Sicar, de la cual nos habla el texto de San Juan 4:4-42? A diferencia del capítulo anterior, donde el personaje y el mensaje apa- recen entre sombras, aquí todo ocurre a plena luz, en “la hora sexta” (vers.6), es decir, al mediodía. En aquel diáfano y resplandeciente me- diodía oriental aconteció el extraordinario encuentro. La narración, en forma clara y sencilla, registra que Jesús y sus discípulos debían pasar

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por Samaria, y acercarse a la ciudad de Sicar de esa región, el Maestro cansado de tanto caminar, se quedó en las afueras, junto al “pozo de Ja- cob”, mientras sus acompañantes ascendían a la ciudad para conseguir comestibles. En esas circunstancias, llega una mujer a recoger agua y se produce el célebre diálogo. Fue evidente que se trató de un encuentro indeseado y embarazoso. La mujer realizaba en esa hora inapropiada la dura rutina cotidiana de llevar el vital elemento a la casa, porque buscaba eludir a la gente. Era, pues, una marginada social. Pero ahora encuentra a un hombre solo y, para colmo, “judío”. Cargaba pesados caudales de prejuicios sociales y raciales. Entonces la mujer intentó eludir el trato, realizando su tarea rápidamente para huir del lugar y volver a la tranquilidad de su hogar. Entonces Jesús le dijo: “Dame de beber” (vers.7). Ese era un pedido imposible de rehusar según las costumbres orientales. Pero, inmediata- mente emergieron el recelo y los escrúpulos: “¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana?” (v.9). El hielo del silenció instantáneamente se derritió. Jesús le respondió: “Si conocie- ras el don de Dios, y quién es el que te dice: ‘Dame de beber’, tú le pe- dirías, y él te daría agua viva” (v.10). Entonces el diálogo se hace fluido como el agua y comienza a deslizarse con facilidad entre las palabras que circulan a torrentes. La mujer experimenta un cambio sorpren- dente. El “judío” despreciable de su primera reacción, se convierte en un respetuoso “Señor” (v.11), para luego reconocerlo como “profeta” (v.19) y, finalmente, descubrir que era “el Mesías, el llamado Cristo” (v.25). El gesto de repulsión que exhibió al principio ante el extranjero que tuvo el atrevimiento de hablarle, derivó en curiosidad, luego en interés y, por último, en ansia insaciable de conocer. Tan absorta y fas- cinada quedó con las palabras de Jesús que, al final, olvidó el cántaro y la razón que la condujo al pozo, para correr a la ciudad a comunicarle a la gente el hallazgo portentoso que había realizado (v.29). ¿Cómo podríamos describir el perfil de esta mujer? Es todo lo con- trario a Nicodemo, clara y transparente. Se trata de una mujer expre- siva y emotiva, un tanto prejuiciosa, pero impresionable, curiosa y sim- pática. Manifiesta sensibilidad hacia los temas espirituales, inquietudes por conocer y sinceridad en sus sentimientos. Es franca, muy activa, de respuestas rápidas y prácticas. A pesar de ser una marginada social, es

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comunicativa, accesible y muy sociable. Sus reacciones son rápidas y cambiantes, pasando de la curiosidad, a la sorpresa, planteando dudas e insatisfacciones, como vergüenza, temor, esperanza, alegría, hasta lle- gar a la euforia. Es evidente que despliega un carácter variable, como el agua que adopta la forma del cubo que lo contiene. No es difícil ima- ginarla en sus múltiples gestos faciales, alejándose con desconfianza al principio, luego dilatándose los ojos de sorpresa, frunciendo el ceño con dudas, mirando embelesada al descubrir su historia, para después experimentar un arrebato incontenible, moviendo sus brazos y manos, para salir corriendo con locuacidad torrencial y desaforada. Así son las personalidades demostrativas, extrovertidas, abiertas, francas, espon- táneas y reactivas. ¿Cuál es el sentido profundo de su alma, la clave que explica su existir? En ese mundo de cielo límpido y traslúcido nada queda oculto, aun las cosas íntimas salen a la luz. La imagen de la mujer acudiendo al pozo en la hora ardiente del mediodía, buscando ansiosamente saciar su sed con el agua fresca y cristalina de las profundidades, más que un cuadro dibujado por tantos artistas cristianos parece un símbolo de su vida, un retrato de insatisfacciones y frustraciones. El momento clave de la entrevista fue cuando Jesús le dijo: “Ve, llama a tu marido, y ven acá” (vers.16). La mujer quedó paralizada por el pedido y apenas si pudo balbucear, en forma dubitativa: “No tengo marido” (17). Enton- ces fue sorprendida por una confidencia inesperada: “Bien has dicho:

No tengo marido. Porque cinco maridos has tenido, y el que ahora tie- nes no es tu marido” (17,18). Un escalofrío le recorrió el cuerpo y en ese estado de conmoción interior, su mente se iluminó con la convic- ción que estaba ante un ser excepcional, si se quiere, divino. “Señor, me parece que tú eres profeta” (19). Fue lo único que se le ocurrió decir, con el deseo irresistible de esquivar ese tema tan penoso. Así que, rápidamente, pregunta: “Nuestros padres adoraron en este mon- te, y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar” (20). Jesús responde su inquietud espiritual sin evitar su problemática personal: “Dios es Espíritu, y los que le adoran, en espíritu y en ver- dad es necesario que le adoren” (23). Fue como decirle: “Es necesario que enfrentes tu realidad espiritual con la verdad, no sigas huyendo en busca del monte sagrado, tu problema es interior, allí es donde debes

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encontrar a Dios y adorarlo con sinceridad para experimentar la plena satisfacción de tu vida”. Durante cinco veces había corrido tras la quimera de la felicidad para descubrir, el mismo número de veces, que todo era una cruel pesa- dilla. Sin embargo, no había claudicado, persistía en una sexta relación de pareja ilegítima. Una historia de pasiones y decepciones. Todavía se- guía esperando al “príncipe encantado”, que la varita mágica del Hada la alcanzara con el toque de la felicidad, el golpe de suerte proveniente del cielo, sin darse cuenta que la solución no estaba en la ilusión sino en una nueva visión. Se sentía víctima inocente de su propia soledad e insatisfacción, equivocando el camino de la búsqueda y sufriendo sus consecuencias. ¿Cuál fue el mensaje de Jesucristo para aquella mujer y para todas las mujeres y hombres defraudados? Es la palabra de la fe en Dios, en hacer brotar la fuente interior del alma para que el “agua viva” sacie toda necesidad en forma definitiva. Si se produce el milagro de la fe ya no habrá más soledad y desengaños, porque siempre estará la Presen- cia de Dios consolando y enseñando el camino correcto de la vida. Bien lo expresó San Agustín, cuando confesó: “Nuestros corazones están inquietos hasta que descansan en ti, oh Dios” (1941). Aquel mediodía en tierra de Samaria el Hijo de Dios descubrió a aquella mujer defrau- dada y ansiosa, y le hizo entender que la plenitud interior se alcanza cuando abandonamos las fantasías ilusorias y se confía de corazón en Dios en “espíritu y verdad”.

¿Caracteres opuestos o complementarios?

“Hasta qué punto los contrarios son intercambiables y hasta qué punto no hay más que un paso desde un polo de la existencia humana hasta el otro”.

Milán Kundera

Las historias de vidas narradas por el Evangelio de Juan en los ca- pítulos 3 y 4 aparentan ser opuestas y contrastantes, aunque un análisis más profundo descubre una multitud de convergencias y similitudes admirables. Las diferencias son evidentes, y ya fueron mencionadas

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anteriormente. Quizás las más importantes sean las divergencias de personalidad. Según el Manual de la Asociación Americana de Psi- quiatría, el DSM-IV, Nicodemo corresponde al tipo de personalidad obsesivo. ¿Cuáles son sus características principales? El rasgo esencial es la preocupación por el orden, el perfeccionismo y el control propio y ajeno, a costas de la flexibilidad y espontaneidad. Para mantener el control se requiere una atención cuidadosa a las reglas, los detalles, protocolos, horarios y otras formalidades. El per- feccionismo y la autoimposición de alto rendimiento eficaz es otra de las características. Quienes adoptan este patrón de personalidad mues- tran una dedicación excesiva al trabajo y a la productividad, con exclu- sión de las actividades de ocio y las amistades. Son excesivamente res- ponsables y posponen las actividades placenteras, como las vacaciones, sintiendo que están “perdiendo el tiempo”. Los obsesivos suelen ser demasiado obstinados, escrupulosos e in- flexibles en temas de moral, ética o valores. Pueden forzarse a sí mis- mos y a los demás a seguir sus principios morales rígidos y estrictas normas de comportamiento. También son críticos despiadados de sus propios errores. Además, son sumamente respetuosos de la autoridad y las normas, e insisten en cumplirlas al pie de la letra. Piensan que tirar cosas es un despilfarro, porque “nunca se sabe cuándo va a necesitarse alguna cosa”, y les molesta mucho que alguien trate de desprenderse de algo que han guardado. Insisten obstinadamente que todo se haga a su manera y que los demás se adapten a su forma de hacer las cosas. Suelen rechazar toda ayuda, porque piensan que nadie más puede hacer tan bien las cosas como ellos. Pueden ser tacaños y avaros, y llevar un nivel de vida in- ferior al que podrían debido a que los gastos deben controlarse para prevenir futuras catástrofes. Estas personas planifican meticulosamente cualquier detalle y son reacios a considerar la posibilidad de cambio. Tienen mucha dificultad para aceptar los puntos de vista de los demás, aunque reconozcan que transigir puede ser beneficioso, pero se negarán argumentando que lo hacen “por principio”.

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Cuadro 1

Características de personalidad del obsesivo

Un patrón general de preocupación por el orden, el perfeccionismo

y el control mental e interpersonal, que se da en diversos contextos, como lo indican cuatro (o más) de los siguientes criterios:

1. preocupación por los detalles, las normas, las listas, el orden, la organización o los horarios;

2. perfeccionismo que interfiere con la finalización de las tareas;

3. dedicación excesiva al trabajo y a la productividad con exclusión de actividades de ocio y amistades;

4. excesiva terquedad, escrupulosidad e inflexibilidad en temas de moral, ética o valores;

5. incapacidad para tirar los objetos usados o inservibles, incluso cuando carecen de un valor sentimental;

6. es reacio a delegar tareas o responsabilidades en otros;

7. adopta la avaricia en sus gastos y en el de los demás;

8. muestra rigidez y obstinación.

Por otro lado, ¿cuál es el tipo de personalidad de la mujer samari- tana? De acuerdo con la misma fuente mencionada, corresponde a la histeria o personalidad histriónica. Se caracteriza por su emotividad generalizada y excesiva y el comportamiento de llamar la atención. Es- tas personas no están cómodas o se sienten menospreciadas cuando no son el centro de atención. En general, son vivaces y dramáticas, muy en- tusiastas, aparentemente muy abiertas o seductoras. Suelen ser “el alma de la fiesta”. La expresión emocional puede ser superficial y rápidamen- te cambiante. Llaman la atención por su aspecto físico, impresionando a los demás por su energía, vestimenta y apariencia atractiva. Su forma de hablar es muy subjetiva, sus opiniones son contundentes, dramáticas, sin mayores evidencias o explicaciones racionales. Se caracterizan por la teatralidad y una expresión exagerada, por ejemplo, cuando abrazan con demasiado ardor o sollozan descontroladamente por cuestiones sentimentales menores o tienen arrebatos de mal genio. No obstante, esas emociones son pasajeras y desaparecen rápidamente.

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Cuadro 2

Características de la personalidad histérica

Un patrón general de excesiva emotividad y búsqueda de atención, que se da en diversos contextos, como lo indican cinco (o más) de los siguientes criterios:

1. no se siente cómoda en situaciones en las que no es el centro de atención;

2. la interacción con los demás se caracteriza por un comportamiento sexualmente seductor o provocativo;

3. muestra una expresión emocional superficial y rápidamente cambiante;

4. utiliza generalmente el aspecto físico para llamar la atención sobre sí misma;

5. su forma de hablar es excesivamente subjetiva y carente de matices;

6. muestra autodramatización, teatralidad y exagerada expresión emocional;

7. es sugestionable, se deja influenciar fácilmente por los demás o por las circunstancias;

8. considera sus relaciones con exagerada intimidad, más de lo que son en realidad.

Los sujetos con características histriónicas de personalidad son al- tamente sugestionables. Sus opiniones y sentimientos son fácilmente influenciados por los demás y por las modas del momento. Pueden lle- gar a ser demasiado confiados y tienden a pensar que sus problemas se resolverán como por arte de magia. Son propensos a tener corazonadas y a adoptar convicciones con rapidez. Con frecuencia eluden la realidad con fantasías románticas. A pesar de estas diferencias de personalidad, no todas son divergen- cias y oposiciones, hay también importantes puntos de convergencia. Los dos aparecen ligados a través de Jesucristo, quien los entrevistó indivi-

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dualmente, en forma sucesiva. Ambos tenían sus luces y sombras íntimas, conflictos ocultos que evitaban reconocer pero que el Maestro descubrió para darles un nuevo sentido de comprensión. Uno y otro encontraron en Cristo una respuesta a sus problemas. También es semejante la invita- ción a “nacer de agua y del Espíritu” y recibir el “agua viva” para poder adorar a Dios en “espíritu y verdad”. Es a partir de esa experiencia trans- formadora cuando la vida se convierte en un manantial, del cual fluyen sus aguas permanentemente, “brotando para vida eterna” (cap.4:14). Es cierto, como dice el apóstol Pablo, que “Ahora vemos en un espejo, en enigma. Entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de un modo parcial, pero entonces conoceré como soy conocido” (1 Cor 13: 12; BJ). Ambos personajes no se conocían plenamente, pero en su encuentro con Jesús reconocieron realidades acerca de sí mismos que debían cambiar. Es el mensaje que hay que madurar en el autoconoci- miento recurriendo a la ayuda de la fe, buscando los signos de la exis- tencia personal, en la experiencia inefable de la presencia divina. Cabe notar, por otra parte, que aquí no hay tormentas ni tormentos, son episodios apacibles y serenos, marcados por apelaciones y reflexio- nes. En este sentido, la vida no es siempre zozobra y padecimientos, están también los tiempos de evaluación y de convocatoria al cambio. Hay momentos para la batalla y momentos para la planificación, cuan- do hay que definir el derrotero y precisar el destino. Tiempo para cons- truir el mapa y evitar perderse en el mar agitado de las múltiples contin- gencias. Es así como, los encuentros de Cristo con el noble Nicodemo y aquella inquieta dama de Samaria, despliegan luces orientadoras para dirigir los procesos del desarrollo humano a lo largo del ciclo vital. Finalmente, hay otro fenómeno curioso de concomitancia entre estos personajes, aparentemente tan disímiles. Es muy frecuente en- contrar matrimonios o parejas de obsesivos e histéricas. Suelen apare- cer en el consultorio demandando ayuda para resolver sus diferencias. ¿Qué los une y por qué se casan? Quizás por aquello que decía Platón, que los polos opuestos se atraen o como recitaba poéticamente Anto- nio Machado, el “complementario”, “marcha siempre contigo, y suele ser tu contrario”. Son comprensibles esas uniones. Hombres rígidos, perfeccionistas y fríos, necesitan la pasión de las mujeres sensibles y sentimentales, aunque sean desordenadas y dramaticen los problemas,

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para poder experimentar el calor y la emoción. Asimismo, esas damas tan explosivas y expansivas, necesitan de hombres que le pongan lími- tes y las organicen, para conservar el equilibrio. Cuando el amor reina entre ellos estos caracteres antagónicos se complementan muy bien en su intimidad. El problema estalla cuando se pierde el amor y las dife- rencias se agudizan. Es posible que el apóstol Juan haya querido ver en ambos persona- jes símbolos del ser del hombre y de la esencia de la naturaleza femeni- na. ¿Acaso todos los hombres no tenemos algo de esa fría racionalidad y perfeccionismo de Nicodemo? ¿Las mujeres, por ventura, no tienen rasgos parecidos a la locuaz y ansiosa dama de Sicar, que aquel medio- día se encontró con Jesús junto al pozo de Jacob? ¿No es cierto que todos tenemos luces y sombras que guardamos celosamente en nuestra interioridad? Es verdad que estos paradigmas del hombre y la mujer tienen características que pueden resultarnos exageradas, pero ellas in- tentan mostrar que entre esos polos opuestos todos, de alguna manera, nos encontramos y, por lo tanto, todos necesitamos de un encuentro personal con el Maestro de Galilea, para que el agua viva del Espíritu pueda saciar también nuestras necesidades más profundas.

4. IMPOSTURA Y LEGITIMIDAD: JUDAS Y PEDRO

“Por eso os digo: Todo pecado y blasfemia se perdonará a los hombres, pero la blasfemia contra el Espíritu no será perdonada. Y al que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonará; pero al que la diga contra el Espíritu Santo, no se le perdonará ni en este mundo ni en el otro”.

SAN MATEO 12: 31,32

La psicología del impostor

Es la persona que asume una identidad falsa con el propósito de en- gañar a los demás. Esta conducta persigue ocultar ante sí mismo y ante los otros, las deficiencias de su verdadero ser. Sabe que no es la persona que finge ser, pero siente que debe ser alguien más importante y magní- fico que el hombre común. Por lo general, los impostores consumados

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son más frecuentes entre los varones. En esos casos, el deterioro de la identidad se debe a un inadecuado desarrollo que los mantiene en un estado de inmadurez. Según la elaboración psicoanalítica, el carácter del impostor pro- viene de dos posibles situaciones infantiles, que coinciden en el logro

de deterioros de la identidad y la conciencia. Uno de los casos es cuan- do se nace con algún defecto físico o mental y/o son despreciados, re- chazados o tratados injustamente por uno de los padres o por ambos. Entonces razonan: “La naturaleza me ha hecho un gran daño. La vida me debe una compensación. Puedo hacer daño porque me han hecho daño”. Estos insultos tempranos y prolongados a la integridad como

a la omnipotencia del niño, pueden motivarlo a intentar resarcirse, a

“cobrar sus derechos de indemnización” (Freud, 1954, 117) y superar el escarnio intentando convertirse en una persona distinta del desdi- chado ser que es. En el segundo caso, que probablemente sea el de nuestro ejemplo, el carácter del varón es modelado, desde el comienzo, por un excesivo apego a la madre. Se trata de un cariño seductor y posesivo hacia su bebé que impide establecer un sentido definido de separación entre

ambos. Esa dificultad del varón para separarse de la madre se ve incre- mentada, generalmente, por la ausencia o la ineficacia emocional del padre. Algunos impostores son hijos póstumos, es decir, nacieron des- pués de haber muerto el padre. En otros casos, el padre murió durante

la primera infancia del niño o abandonó el hogar, o estaba siempre au-

sente en viajes de negocios, o prefería a los hijos mayores o era despre- ciado por su esposa. Por las razones que sean, el niño pasa la primera infancia en un hogar emocionalmente carente de padre. Entonces la madre, a veces también los abuelos, hermanos o niñeras, alientan al varoncito a creer que es la criatura más encantadora del mundo, que está maravillosamente dotado de habilidades extraordinarias. Este niño “prodigio” recibe constantes alabanzas, especialmente por su talento para la mímica y la imitación, cosa que en realidad es natural en la mayoría de los niños de dos y tres años de edad. Así, el pequeño seductor deleita con sus graciosas caricaturas y payasadas a un auditorio predispuesto al aplauso.

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Se trata, de un niño reverenciado, mimado y sobreprotegido, cui- dado como un juguete maravilloso. Se le satisface en todo aun antes de que el niño haya sentido cualquier molestia o deseos. El infante no tiene que mover ni un músculo, ni ejercer ninguna iniciativa o autono- mía. Se crea una atmósfera de devoción servil, en la que todo se le da incondicionalmente sin esperar nada a cambio. Así, pues, es inevitable que afloren el narcisismo y la pasividad. Ante la ausencia o ineficiencia del padre, el niño pasa a ser el reflejo del exaltado ideal masculino de la madre (que de este modo sublima su carencia viril). El niño es inducido a creer que es mucho más encantador, poderoso, interesante, adora- ble y admirado. “Mi hijo es mi todo. Es un chico admirable”, decía la madre de uno de nuestros pacientes, demostrando así una disposición excesivamente complaciente hacia su hijo, al extremo de ignorar inmo- ralidades y conductas graves de crueldad. En ese contexto familiar no hay contienda ni rivalidad que contrarresten las fantasías de omnipo- tencia e idealización. La voz del padre se ha silenciado y con ella se han acallado los imperativos de la ley y la realidad. Este niño, probablemente, ya en la escuela primaria se convierta en un mentiroso y en la adolescencia en un eximio de la intriga. Es en la pubertad cuando surge la perspectiva de tener que probarse a sí mismo como hombre. En la mayoría de los varones adolescentes las señales de su próxima hombría les brinda cierta confianza que los estimulan a avanzar hacia la madurez, pero en el impostor potencial le produce an- gustia, resistiéndose a abandonar las fantasías y ensoñaciones infanti- les, que tan bien han sostenido hasta ahora su narcisismo y su inseguro sentido de identidad. “La persistencia de la fantasía de la novela fami- liar, dice L.Kaplan (1991), y su profunda infiltración en las soluciones de la adolescencia constituyen la marca distintiva del impostor”. La manera de abrirse paso en el mundo consiste en engañar a los demás, en burlar al público. El impostor tiene dotes especiales para la mímica y un interés apasionado por la simulación. Tras una infancia dedicada a la falsificación y a la ilusión, apenas comprende las reglas que rigen la realidad. El sentido de la realidad del impostor es tan de- fectuoso como su identidad. El adolescente experto en el arte de enga- ñar termina siendo desconcertante, debido a lo difícil que es probar sus mentiras. El muchacho se ufana de ser sumamente hábil, declara lisa y

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llanamente su inocencia, protesta con indignación por la injusticia de que es objeto, ofrece explicaciones perfectamente razonables. Si es ab- solutamente necesario, admitirá su culpa, pedirá perdón y prometerá no volver hacerlo nunca más. Como todos los que lo rodean quieren creerle, terminarán engañados. Sucede muchas veces que los adultos llegan a admirar a este niño o joven por su “carisma” y sus astutas ex- travagancias y, a veces, aunque sospechen que los están embaucando, siguen dispuestos a aceptar el juego de la inocencia. Hasta se sienten arrastrados a una especie de complicidad como premio a la fascinación de su arte. Así es que la omnipotencia infantil del impostor no tiene ninguna posibilidad de ser atenuada por las expectativas de la dura realidad. Persiste la fantasía infantil de cuando era el héroe, el ganador indis- putado y la extensión especular de los exaltados ideales de su madre. “Será un rival clandestino, que nunca enfrentará los verdaderos desa- fíos de la hombría; podrá jugar eternamente a la vida sin verse jamás obligado a vivir de veras”. Volverá a los gestos mágicos de la mímica y la imitación. La discrepancia entre la persona que se espera que sea y la que en realidad es, se vuelve demasiado grande como para esperar cualquier conciliación. El impostor sólo busca la exaltación propia que le provoca el he- cho de engañar. Queda perpetuado en el rol del niño consentido. Nun- ca puede domesticar su ideal del yo, puesto que su misma existencia depende del alimentar las exigencias de ese ideal. A veces idealiza a otros, pero su ambición compulsiva es la de probarse más listo que ellos y engañarlos con sus tretas y talento para fingir. Los engaños tienen por finalidad reforzar la ilusión de que él es una persona poderosa. En conclusión, podemos definir al impostor como un estilo defectuoso de desarrollo humano, un enfermo de la ambición, como la inmadurez en- cubierta por los velos del orgullo y la codicia. Es la falsa pretensión de supremacía, la hipocresía avara movida por los orgullos infantiles. Un trastorno de la identidad con repercusiones sociales lamentables.

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Hacia un destino imperdonable

“El Salvador leyó el corazón de Judas; conoció los abismos de iniquidad en los cuales éste se hundiría, a menos que fuese librado por la gracia de Dios”.

Elena G. de White (1975, 262)

El Evangelio narra el caso de un hombre que se lanzó como candi- dato a discípulo de Jesús, Judas Iscariote. Fue el único que el Maestro no llamó. Este hombre percibió que junto a Jesús podría alcanzar un lugar privilegiado en el consenso social y en la política. Creía que el maestro de Galilea era el Mesías y sería promovido al trono real. Así que, “con gran fervor y aparente sinceridad”, promocionado por sus colegas, presentó su solicitud de ingreso en estos términos: “Maestro, te seguiré a donde quiera que fueres”. Dice Elena de White (1975, 261) que “Jesús no le rechazó ni le dio la bienvenida, sino que pronunció tan sólo estas palabras tristes: ‘Las zorras tienen cavernas, y las aves del cie- lo nidos; mas el Hijo del hombre no tiene donde recueste su cabeza’.” Los discípulos quedaron decepcionados por esa fría recepción. Veían en Judas a una persona de talento superior, inteligente y sumamente hábil. Impresionaba su estatura, el porte digno y la mirada perspicaz. Tenía respuestas agudas y lúcidas. Pero Jesús no se engañó. Su ojo clí- nico diagnosticó el síndrome del impostor. Descubrió, detrás de la fa- chada simuladora, su afán desmedido de supremacía y reconocimiento, la falsedad de su identidad, aferrada a las fantasías de omnipotencia infantil. Captó el encubrimiento de un espíritu ambicioso, egoísta y avaro, como la disposición al fraude y la mentira, pero también descu- brió que se hundiría irremediablemente en los abismos del mal si no lo ayudaba. Entonces lo aceptó. Se propuso llegar al origen defectuoso de su alma para intentar lograr un cambio reestructurador de su carácter. Los escritores bíblicos prefieren no hablar de este discípulo. Lo mencionan como “el que le entregó” (Mt.10:4; 26:25) y con más dureza lo califican, “el traidor” (Mt.26:48; Lc.6:16). Casi no hay registros de los tres años de convivencia con el grupo de apóstoles hasta los últimos episodios de la vida de Jesús. Ese pesado manto de silencio es la retri- bución por el afán de notoriedad. La historia no escrita seguramente tiene numerosos episodios donde Judas buscó imponer sus deseos de

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superioridad, acompañados de otros tantos esfuerzos del Maestro por enseñarle la verdadera grandeza de una vida íntegra. Es probable que muchas declaraciones, parábolas y milagros realizados por Jesús, hayan tenido como destinatario a Judas, como la enseñanza de amar al enemi- go, de edificar sobre el fundamento sólido de la palabra de Dios, de imi- tar al “buen samaritano” en su generosidad y desinterés, la necesidad de cultivar la fe para que crezca como el grano de mostaza que se convierte en árbol gigantesco para habitación de los pájaros y tantas otras ense- ñanzas. Sin embargo, ese esfuerzo no logró resultados perdurables. La dureza de carácter de Judas fue resistente a los mensajes de cambio. Elena de White define la personalidad de Judas concisamente dicien- do que era “pulido, capaz y de espíritu ruin” (1970, 289). Asegura que “tenía alta opinión de sus propias cualidades y consideraba a sus herma- nos muy inferiores a él en juicio y capacidad”, por lo que “cultivó una disposición a criticar y acusar”, estando “cegado por sus propios deseos egoístas” de avaricia, codicia y “fuerte apego al dinero” (Ídem, 318). Pre- cisamente, poco antes de la crucifixión, en la casa de Simón, Judas cen- suró el derroche de María al derramar un costoso perfume en los pies de Jesús. Lo decía para apropiarse del dinero, ya que administraba las finan- zas del grupo en forma fraudulenta. Jesús esta vez fue más directo que en otras ocasiones, reprochó su hipocresía mirándolo de forma que denun- ciaba sus intenciones malévolas. La reprensión hirió su ego, lo llenó de resentimiento y deseos de venganza. Al terminar la reunión, se dirigió al palacio del sumo sacerdote para concretar el pacto de la traición.

El precio de la ambición

“El amor infinito no podía hacer más para que Judas se arrepintiera y para salvarlo de que diera ese paso fatal. Si ese acto de su Maestro, que se humilló para lavar los pies al peor de los pecadores, no le quebrantó el corazón, ¿qué más podía hacerse?”

Elena G. de White (5CBA, 1113)

Hay distintas formas y diversos grados de impostura. Se puede fraguar, plagiar, falsificar, estafar o mentir como los mitómanos. En Judas se da todo esto al servicio de un afán desmedido de poder. Otra característica

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de los simuladores es que, por lo general, actúan solos, al margen de toda lealtad grupal. En Judas, la felonía también fue un acto de terrorismo per- sonal. El impostor, de niño, “siente resentimiento hacia su padre por no haberlo rescatado de su dependencia infantil”, dice Kaplan (1991). Du- rante la adolescencia ese resentimiento se desplaza hacia la sociedad en forma de desvalorización y rechazo por los demás. De ahí la propensión al engaño y al fraude. Judas, además, fue un resentido. Ese sentimiento, finalmente, lo llevó al remordimiento y a la autodestrucción. ¿Cuál es, en definitiva, el pecado imperdonable que habla el Evan- gelio? ¿Es que Dios no puede perdonar toda clase de pecados? “El es quien perdona todas tus iniquidades”, dice el Salmo 103:3 y Pablo también consigna que “ahora Dios les ha dado vida juntamente con Cristo, en quien nos ha perdonado todos los pecados”. ¿Cómo es que hay un pecado imperdonable? Sí, hay un pecado que Dios no perdona, es el pecado contra el Espíritu Santo. ¿En qué consiste ese pecado? ¿Por qué Dios no lo puede perdonar? No es porque el Todopoderoso sea incapaz de hacerlo, sino porque el pecador se pone en un lugar donde se inhabilita para recibir el perdón. Cuando el Espíritu Santo llama vez tras vez al corazón impenitente buscando el cambio de vida que produzca la renovación y el desarrollo, pero se rechaza insistente- mente esa propuesta divina, se cauteriza la conciencia y las tendencias autodestructivas aumentan. Se refuerzan las tendencias inmaduras y dependientes. Así ocurrió con Judas. Durante la última cena, Jesús lavó los pies de Judas, haciendo un último esfuerzo por tocar su alma orgullosa en busca de un arrepen- timiento genuino. Luego hizo un señalamiento directo al denunciar abiertamente su intención traidora. Sin embargo, sus disposiciones cul- tivadas de impostor consumado mantuvieron obstinadamente el recha- zo y abandonó aquel lugar para penetrar en las sombras de la noche sin retorno (Juan 13:30). Cuando el juicio de Jesucristo se acercaba a su fin y Judas se dio cuen- ta que la pena de muerte que pesaba sobre el Maestro era irreversible, lo torturó la conciencia culpable. Intentó cambiar el veredicto, pero todo fue en vano. Un terrible y desgarrador sentimiento de condenación se posesionó de su mente al darse cuenta que estaba entregando sangre ino- cente y siendo el victimario del Hijo de Dios, el Santo de Israel. Fue ante

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los principales sacerdotes y ancianos para cancelar el pacto de la traición, devolviendo las treinta monedas que había recibido como pago. Con un gesto repulsivo y cínico, le contestaron: “¿Qué nos importa a nosotros? Eso es cosa tuya” (Mt.27:4). Al no soportar ver a Cristo crucificado, des- esperado salió del tribunal y se ahorcó. Cuando al otro día la procesión que acompañaba a Jesucristo “pasaban por un lugar retirado, vieron al pie de un árbol seco, el cuerpo de Judas. Era un espectáculo repugnante. Su peso había roto la soga con la cual se había colgado del árbol. Al caer, su cuerpo había quedado horriblemente mutilado, y los perros lo estaban devorando” (White, 1975, 671).

Fidelidad e integridad

“Dios, por su poder, nos ha concedido todo lo que necesitamos para la vida y la devoción, al hacernos conocer a Aquel que nos llamó por su propia grandeza y sus obras maravillosas”.

2 Pedro 1:3

Desde la alta y monolítica plataforma, la figura monumental e impo- nente del apóstol, parece mirar con dulce y paternal disposición, mien- tras sostiene en su brazo izquierdo el manto de la túnica y oprime en la mano derecha las llaves del Reino. Esa gigantesca mole de granito y már- mol, con la prestancia señorial de San Pedro, domina soberanamente ese lugar único en el mundo por sus dimensiones fabulosas, la plaza central del estado Vaticano en Roma. Delante del monumento, se extiende una plataforma de varios centenares de metros abrazada por un artístico co- rredor de columnas, donde domingo a domingo decenas de miles de per- sonas se congregan, con devoción, ávidos de escuchar las palabras del supuesto sucesor de Pedro. Detrás del monumento del apóstol se levanta la basílica más grande del mundo, la que reúne los mayores tesoros artís- ticos y religiosos de toda la tierra. El nombre que identifica esa maravilla arquitectónica única y portentosa que constituye la sede de más de 1000 millones de cristianos y, además, explica su significado y naturaleza, es el nombre de un sencillo y tosco pescador de Galilea, Simón Pedro. ¿Cómo un hombre simple y casi insignificante como Pedro pudo al- canzar esas alturas descomunales de reconocimiento y prestigio? ¿Qué virtudes tuvo para ganar esa trascendencia privilegiada a lo largo de 2000

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años de historia? Pedro no es solamente la figura más prominente de la Iglesia Católica y el sostén del sistema pontificio, es también uno de los personajes más admirado, estudiado e investigado a lo largo de toda la era cristiana. Ha sido, además, motivo de controversias y debates teoló- gicos sobre el origen y el fundamento de la iglesia. Mucha tinta ha co- rrido en las imprentas al publicar abundantes libros sobre Pedro (v.gr., el controversial libro del teólogo Cullmann, 1962), monografías y tesis (v.gr., Steger, 1993). También se derramó mucha sangre durante siglos, en conflictos religiosos, cuya figura era el centro de las confrontaciones. Ciertamente, el prestigio del carismático apóstol constituye un fenóme- no histórico excepcional, que justifican el esfuerzo de toda investigación, reflexión y estudio de su vida. Muchos pensadores cristianos no han podido ceder al impulso de comparar al impostor Judas con el fogoso e impulsivo Pedro (v.gr., Whi- te, 1970; 1975). Los escritores bíblicos no hacen estudios comparativos, simplemente narran la historia de ambos, pero el contraste es evidente, igual que la historia de Saúl y David. La biografía de Pedro, sin embargo, es más rica y completa, conocemos mucho más que de Judas, de quien nos vimos obligados a recurrir a la hipótesis de su personalidad, por considerarla más adecuada dados los escasos registros que se conservan acerca de él. De Pedro tenemos abundante información para describir su carácter, el desarrollo de su vida e indagar el diseño de su existencia para encontrar el legado que nos dejó. Para ello, nos interesan los datos históricos reconocidos como válidos, para lo cual recurriremos a la fuen- te de los textos de las Sagradas Escrituras, prescindiendo de la profusa bibliografía extra bíblica de novelas (v.gr., ¿Quo vadis? de Sienkiewicz, 1999), tradiciones y leyendas. Al abordar la vida de Pedro, en armonía con el registro bíblico, po- demos afirmar que existen tres momentos diferentes en la historia del apóstol, tres etapas sucesivas de vida que presentan niveles progresivos de crecimiento. Cada una de ellas coincide con diferentes libros del Nuevo Testamento. Tenemos al Pedro de los Evangelios, al Pedro de los Hechos de los Apóstoles, y al Pedro de las epístolas. Estas tres fuentes, con alguna excepción, corresponden a tres momentos básicos del ciclo vital humano:

la juventud, la madurez y la senectud. Basta una lectura de su biografía para observar cómo alcanzó la madurez y desplegó su existencia ejemplar.

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El joven Pedro

“Simón el celote, enemigo inflexible de la autoridad imperial; el impulsivo, arrogante y afectuoso Pedro”.

Elena de White (1970, 289)

Los Evangelios proporcionan un conjunto de información acerca de nuestro héroe. Sabemos que era oriundo de una ciudad que estaba situada a orillas del mar de Galilea (Mr.1:21-29; Jn.1:44), que su pa- dre era Jonás (Mt.16:17; Jn.1:42) y su hermano Andrés (Jn.1:40). Ade- más, se casó (Mt.8:14; Mr.1:30; Lc.4:38), tenía el oficio de pescador (Mr.1:29; Lc.5:10) y carecía de estudios formales (Hch.4:13), aunque, probablemente, sabía leer y escribir (Nelson, 1978, 493). Conoció a Jesús por medio de su hermano (Jn.1:41), siendo pos- teriormente llamado en forma personal (Mt.4:18,19) a integrarse al conjunto de los doce discípulos (Mr.3:14-16), en cuya lista ocupó siem- pre el primer lugar (Mt.10:2; Mr.3:16; Lc.6:14). Ese espacio destacado entre sus colegas se evidenció también en que formaba parte del grupo íntimo de Jesús (Mr.5:37; 9:2; 14:33). Por otra parte, el Maestro le puso el pseudónimo de “Cefas” (Pedro o piedra) cuando lo conoció, perci- biendo su “naturaleza impulsiva” (White, 1975, 113, 752) y la necesidad de ayudarlo a cambiar su carácter (Jn.1:42). En esta primera etapa, los Evangelios registran múltiples intervencio- nes de Pedro, que dan pautas acerca de su personalidad. Un rasgo pro- minente es la extroversión. Evidencia una actitud simpática y sociable, siendo compasivo y afectuoso (Jn.13:9; 21:15-17), generoso y hospitalario (Mt.8:14). Se caracteriza por ser expresivo, comunicativo, transparente, dice lo que piensa sin ambages, sin reflexionar mucho en sus palabras. “Tenía el hábito de hablar de sopetón, declara Robertson (1937, 2), que es tan natural en todos nosotros”. Era de carácter abierto, emotivo, acti- vo, exhibiendo un pobre autocontrol, siendo espontáneo, franco, audaz (White, 1975, 752), capaz de decir cosas sublimes (Mt.16:16,17) y come- ter desatinos incalificables (Mt.16:22,23). Dijo estar dispuesto a jugarse la vida por su Maestro (Mt.16:33), aunque poco después actuó cobarde- mente, negando a Jesucristo en forma vergonzosa (Mt.26:69-74). Thompson (1991, 1367,1368) lo caracteriza como contradictorio, ya que era presuntuoso (Jn.13:8,9) o altanero (Mt.26:33), y a veces

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excesivamente generoso y abnegado (Mr.1:18), pero también egoísta (Mt.19:27). Resulta por momentos temerario (Jn.18:10,11), sin embar- go, en situaciones cruciales fue cobarde (Mt.26:69-74), dotado de gran visión espiritual (Jn.6:68), aunque no siempre comprende nada de las verdades divinas (Mt.15:15,16). Una descripción sintética del joven Pedro, según los Evangelios, un rasgo relevante era la inconsistencia, típico de la adolescencia. Su comportamiento responde al influjo de las impresiones que le afectan, en forma de reacciones pasajeras e impulsivas. Se caracteriza por sus permanentes fluctuaciones e inestabilidad. Jamás llega a desarrollar un discurso elaborado y continuo. Sus actuaciones son breves, rápidas y cortantes, producto de las circunstancias. Vive en un presente inme- diato. No revela una estructura sólida, ni consistencia de carácter, que permitan construir una trayectoria envidiable de vida. Sin embargo, la evaluación no es totalmente negativa, el informe de los evangelistas también presenta indicadores de cambio, ciertas experiencias notables que esbozan las posibilidades de un desarrollo exitoso. Quizás un suceso clave fue el incidente de la pesca milagrosa (Lc.5:4-11). Después de una noche de pesca infructuosa, Jesús les orde- na dirigirse mar adentro y echar la red. Pedro sabía que era imposible pescar a esa hora, pero se produjo el milagro. Entonces, un destello de comprensión fulguró en su mente con la idea de estar ante un ser divi- no, y cayó a los pies del Salvador exclamando: “Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador”. Otro episodio significativo, sin duda, fue cuando Pedro se animó a caminar sobre el mar (Mt.14:28-33), gracias al poder de Cristo; pero cuando la suficiencia propia lo hizo mirar hacia atrás en dirección a sus compañeros, empezó a hundirse. Jesús lo salva y le da una lección inolvidable de fe: “¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?” (Mt.14:31) Seguramente una experiencia conmovedora y aleccionadora para el apóstol fue la noche de la negación (Mt.26:69-75) y aquella mirada de Jesús durante el juicio que le hizo llorar amargamente su arrepenti- miento. “Se consideraba superior a la tentación, pero la mirada de Jesús hizo pedazos el corazón de Pedro” (Robertson, 1937, 2), y le conquistó atrayéndolo nuevamente después de su agonía espiritual. Pero, quizás el momento decisivo de cambio que transformó su carácter y futuro fue

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cuando recibió el perdón de Cristo en aquel memorable amanecer que narra el Evangelio de Juan (Jn.21:15-19), cuando Jesús le preguntó tres veces en forma consecutiva: “¿Me amas, Pedro?” “Sí, Señor, tú sabes que te quiero” (21:15; BJ), fue la respuesta repetida. En las tres oca- siones, el Señor le dijo: “Apacienta mis corderos” (15), “Apacienta mis ovejas” (16 , 17). Esas palabras impactaron profundamente el corazón del apóstol porque descubrió que la misma cantidad de veces que lo ha- bía negado le pedía que hiciera profesión de adhesión, recibiendo una triple investidura de compromiso con el encargo pastoral. Allí tomó conciencia de su misión. A partir de entonces, emerge un nuevo Pedro, un hombre que ha superado las ambivalencias e inestabilidades de la adolescencia para asumir su destino de dirigente espiritual con respon- sabilidad, devoción y eficacia.

El Pedro maduro

“Procurad hacer firme vuestra vocación y elección; porque haciendo estas cosas, no caeréis jamás. Porque de esta manera os será otorgada amplia y generosa entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo”.

San Pedro (2 carta l: 10,11)

El Pedro del libro de los Hechos está en otra dimensión, pertenece claramente a otra etapa del ciclo vital. Aunque el tiempo que trans-

currió entre la muerte, la resurrección de Jesús y el Pentecostés fue de apenas dos meses, constituyó un proceso acelerado de maduración

y crecimiento espiritual que, evidentemente, pertenece a otro tiempo

psicológico, a una nueva fase. ¿Cuáles fueron los cambios? ¿Cómo es el nuevo apóstol? El Pedro que describe los Hechos, desde los primeros capítulos, se caracteriza por un pensamiento organizado de ideas y reflexiones, con interven-

ciones en forma de discursos elaborados, conteniendo propuestas y conclusiones. Ya no habla de “sopetón” como antes, diciendo lo pri- mero que se le viene a la boca, sino expone sus ideas, fundamentando

sus palabras con textos bíblicos y articulando argumentos explicativos

y demostrativos. Así aparece en el “aposento alto” de Jerusalén, en los

inicios de la naciente iglesia, en ocasión de la elección del que reempla-

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zaría a Judas. Pedro toma la palabra para describir la infamia de Judas en ciertos textos de los Salmos y proponer la conveniencia de elegir un sustituto (Hech.1:15-21). Como antes, es el primero en hablar y tomar la iniciativa, pero nunca se expresó con esa amplitud, solvencia y capa- cidad argumentativa. Posteriormente, lo vemos actuando en otro evento trascendente, el Pentecostés. El Espíritu Santo descendió sobre el grupo en forma estruendosa por medio de “lenguas como de fuego” (Hech.2:2,3), ha- ciendo que los discípulos pudieran ser escuchados en diferentes idiomas, hecho que causó estupor y perplejidad en la multitud que visitaba Jeru- salén (vers.12). “Entonces Pedro, presentándose con los once, levantó su ’”

voz y les dijo: ‘Judíos y habitantes todos de Jerusalén

disertación, como la mejor pieza oratoria de todos los tiempos, trajo un resultado extraordinario e inesperado, ya que ese día se unieron “unas tres mil almas” (41) al cuerpo de creyentes. Esas mismas aptitudes retó- ricas las pone de manifiesto en otra conferencia multitudinaria junto al pórtico de Salomón (3:12-26) y al ser detenido y llevado ante el Sanedrín (4:8-12). No era fácil enfrentar a tan altos dignatarios y fundamentar teo- lógicamente el cristianismo. La solvencia, seguridad, agudeza de pensa- miento y de razonamiento causó admiración entre los eruditos, quienes enseguida reconocieron que empleaba el mismo modelo discursivo de Jesús (13). Particularmente, resulta admirable la notable capacidad que exhibe en el manejo del Antiguo Testamento, especialmente del libro de los Salmos. Aunque la exégesis que desarrolla puede ser cuestionable (Hch.1:20), es evidente que conoce concienzudamente el texto bíblico y, por lo tanto, es un estudioso competente. Es notable el contraste con el Pedro de los Evangelios que jamás hace una mención bíblica; el Pedro de los Hechos, es un experto en el manejo de las Escrituras. ¿Cómo se produjo ese cambio tan extraordinario? ¿Qué ocurrió en esos 50 días que produjeron una transformación portentosa de su persona? Como dijimos más arriba, la muerte de Cristo, los sucesos de la negación y la rehabilitación al ministerio fueron decisivos. Asi- mismo, esos días posteriores a la resurrección que el mismo Jesús los estuvo instruyendo en el conocimiento de las profecías, despertaron un afán de investigación y una avidez inusual de conocimiento. Particu-

larmente, escudriñaron los escritos de los profetas “que inquirieron y

(14); su notable

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diligentemente indagaron acerca de esta salvación”, para descubrir las profecías que “anunciaban de antemano los sufrimientos de Cristo, y las glorias que vendrían tras ellos” (1 Ped.1:10,11). En esta etapa es cuando se consolida y afianza la personalidad de Pedro. Cuando sabe definidamente lo que cree y cuáles son los fines que persigue (Hch.4:8-12). Tiene muy claro el sentido de su vida y el compromiso con la predicación del evangelio. En algunos aspectos, si- gue siendo el mismo Pedro del Evangelio, referente a la fuerza emo- cional que imprime a sus mensajes, su actitud osada y hasta atrevida para enfrentar a quien sea (Hch.4:18-20). Pero la diferencia consiste en que esas manifestaciones temperamentales están ahora al servicio de una causa, no son meras emociones desajustadas o impulsivas, sino coraje y desafío empeñados en el movimiento de la salvación humana. Ese carácter intrépido y combativo, lo lleva a sufrir la persecución y la tortura, no como una desgracia, sino como una oportunidad para dar testimonio de su fe.

La edad de la sabiduría

“Y por esto deben esforzarse en añadir a su fe la buena conducta; a la buena conducta, el entendimiento; al entendimiento, el dominio propio; al dominio propio, la paciencia; a la paciencia, la devoción; a la devoción, el afecto fraternal; y al afecto fraternal, el amor”.

2 Pedro 1:5-7 (DHH).

El Pedro de las Epístolas, dice Meinertz (1963, 511), “ha evolucio- nado mucho desde la época de su actividad apostólica en la comunidad primitiva”. Han transcurrido alrededor de 30 años desde los inicios de la iglesia apostólica que lo tuvo como principal líder. Durante ese tiempo, realizó un extenso y fecundo ministerio. Junto con Juan fue a Samaria para ayudar a Felipe en la predicación (Hch. 8:14). Luego se embarcó en un largo período de evangelización entre los samaritanos (v.25). Más tarde, en Lida, sanó a Eneas, un paralítico (9:32-35). Lla- mado a Jope, resucitó a Dorcas de los muertos (vs.36-43). Fue apresa- do una vez más, pero nuevamente un ángel lo liberó milagrosamente (12:1-11). Posteriormente, dejó Jerusalén para quedarse por un tiem-

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po en Cesarea (v.19). Algunos creen que Pedro visitó Corinto (ver 1 Co.1:12) y que trabajó extensamente en diversas partes de Asia Menor (1 Ped.1:1). Finalmente, se radicó en Roma (“Babilonia”, 1 Ped.5:13), junto con Juan Marcos, quien le sirvió de traductor. Todos esos años de luchas, persecuciones, viajes, predicación y trabajo en la obra de la iglesia le dieron una rica experiencia y un conocimiento profundo de la vida y de los valores superiores, que ahora los trasmite a toda la comu- nidad cristiana por medio de dos cartas. Una lectura cuidadosa de las cartas petrinas permite descubrir con- tinuas referencias a episodios de su vida. Es evidente que Pedro no fue Pablo, un intelectual que adoctrina y hace teología; el pescador de Ga- lilea fue un hombre práctico y concreto, que hizo su aprendizaje en la universidad de la vida y aplica las lecciones impartidas por su Maestro Jesucristo. Fueron la adversidad, los apremios, las dificultades y persecu- ciones, o el “fuego de la prueba” como él lo llama, las condiciones que lo hicieron madurar, crecer y alcanzar la plenitud de su realización personal y espiritual. Así aprendió los peligros de la autosuficiencia, a dominar sus impulsos y fervor desmedido, a sublimar su naturaleza violenta y áspera, a adquirir la cortesía y el buen trato, a desarrollar la paciencia y la bon- dad. Precisamente sus cartas nos trasmiten esa experiencia vital. La mejor síntesis de la evolución de su vida la condensa en una fór- mula que describe las etapas del desarrollo del cristiano en ocho fases o pasos: 1) fe; 2) virtud o buena conducta; 3) entendimiento o conocimien- to; 4) dominio propio o templanza; 5) paciencia o “tenacidad” (BJ); 6) devoción o piedad; 7) afecto fraternal; y 8) amor (2 Ped.1:5-7). El apóstol insiste en “poner el mayor empeño” (vers.5,10) en practicar este modelo de vida cristiana exitosa, que podría definir el concepto bíblico del desa- rrollo humano. Consiste en “añadir” o avanzar paso tras paso en la pro- secución de nuevos niveles de crecimiento hasta llegar al pináculo que es el amor (gr. ágape), la mayor de todas las virtudes (1 Cor.13:13). La fórmula petrina del desarrollo humano es una síntesis de su bio- grafía. Pedro inició su trayectoria dando el paso de la fe, dejando todo por seguir al Maestro (Mt.4:18-20; Jn.6:67-69). Después tuvo que apren- der a comportarse como Jesús quería; quizás una de las enseñanzas más sublimes que recibió directamente del Maestro fue cuando, dominado por la aprensión, sacó la espada e hirió al siervo del Sumo Sacerdote,

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cortándole la oreja. Jesús le reprendió, instruyéndole: “Vuelve tu espada

a su sitio, porque todos los que empuñen espada, a espada perecerán”

(Mt.26:51-53; Jn.18:10,11). Posteriormente, después de la ascensión, se pusieron a estudiar las profecías y Pedro fue creciendo en conocimiento. Pero, seguramente, la lección más importante que tuvo que aprender fue

a dominar sus impulsos y canalizar las energías de manera conveniente.

Aun Pablo tuvo que reprenderlo por algunas conductas incorrectas (Gál. 2:11-14). Así fue cultivando el dominio propio y la paciencia. Debido a su carácter impulsivo e impaciente, fue una gran lucha sujetar su tem- peramento y fogosidad. Una gran ayuda fue el recuerdo de la paciencia de Cristo al perdonarlo y pedirle que pastoreara a los corderitos y las ovejas con humildad y espíritu apacible. Practicando la bondad al otro fue aprendiendo a expresar ternura y cariño al débil; por eso aconseja a los esposos que sean comprensivos con sus esposas (1 Ped.3:7), y a todos los cristianos a ser compasivos y misericordiosos con los demás (vers.8,9). En ese proceso llegó a comprender el amor de Dios y alcanzar la madu-

rez de su propio desarrollo personal. Pedro maduró, descubrió el sentido de su vida (2 Ped.1:10) bajo el influjo y la fortaleza del Espíritu Santo. Sus enseñanzas epistolares rezu- man una sabiduría de vida y devoción, forjadas en la experiencia, que fija la convicción de que es posible llegar a la plenitud y trasmitir un modelo para que cada cristiano pueda consumar su propia existencia. El Pedro que se revela en sus cartas es el hombre sabio, sereno, profundo, con una densidad notable de existencia, acumulada y sedimentada en la experien- cia. Una personalidad sobria, digna, ejemplar, con un sentido de autori- dad e influencia poderosa que emana de su sabiduría. En definitiva, una persona realizada, que ha logrado lo máximo que se puede llegar a ser. ¿Es todo lo que podemos decir acerca del aprendizaje realizado por el apóstol a lo largo de su ciclo vital? Hemos hablado de lo “exter- no”, del comportamiento manifiesto, pero hay dos secretos específicos

y únicos en la vida de Pedro que explican los resortes internos que lo

movieron en el proceso de su desarrollo. El primero lo revela la inspi- ración de Elena de White cuando afirma que Pedro nunca se perdonó

a sí mismo el haber negado a su Maestro. “Pedro se había arrepenti-

do sinceramente de su pecado, dice White (1977,430), y Cristo le ha-

bía perdonado, según lo comprueba el altísimo encargo de apacentar

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a las ovejas y corderos del rebaño. Pero Pedro no podía perdonarse

a sí mismo”. Probablemente a Pablo le ocurrió lo mismo (1 Cor.15:9;

Gál.1:13,14; Ef.3:8). ¿Cómo es vivir con sentimientos de culpa? ¿Es sentirse en deuda, que todo lo que se haga es insuficiente para cubrir la falta, que es necesario seguir pagando, sabiendo que nada será sufi- ciente? ¿Así habrá sido la experiencia del apóstol? El segundo secreto íntimo fue que Pedro vivió sabiendo que iba a morir como mártir, ya que Jesús se lo había anunciado (Juan 21:18,19). Durante 30 años estuvo esperando ser sacrificado. Cada vez que era apresado o amenazado por sus enemigos se preguntaría si había llega- do el fin, si ese sería el último día de su existencia. Seguramente dece- nas de veces pensó en su muerte, en si soportaría la tortura, de qué ma- nera sería inmolado, imaginándose los distintos tipos de ejecución que existían en esos tiempos, llegando a la conclusión que el mejor sería la crucifixión igual que su Señor. Pero no se atrevía a morir de esa mane-

ra, se sentía indigno de sufrir la misma muerte que Jesucristo, así que lo haría cabeza abajo, porque él era un hijo de esta tierra, a diferencia del Hijo de Dios, que murió mirando a su Padre celestial. Quizás, de tanto pensar, ya esperaba con ansiedad ese momento, la prueba final de su vida, cuando al fin pagaría la culpa de su traición. La Providencia permitió que Pedro acabase su ministerio en Roma, donde el emperador Nerón lo capturó y colocó en prisión. En dos ocasiones los ángeles lo habían sacado de la cárcel milagrosamente (Hech.5:19; 12:7-10), pero esta vez no vinieron los mensajeros divinos

a liberarlo, porque ahora sí estaba preparado. Allí, en la metrópoli del

mundo, daría su postrer testimonio por Cristo. Cuando fue llevado a la ejecución, se sintió feliz de dar su vida por su Maestro, ya que esa muer-

te la había experimentado decenas de veces antes. Así que, de acuerdo a lo planificado, pidió un último favor, suplicó a sus verdugos que lo crucificaran cabeza abajo. Se le concedió su deseo, y así fue sacrificado el gran apóstol, derramando su sangre sobre la tierra, para fecundar una copiosa cosecha de santos y mártires que seguirían su ejemplo; mientras languidecía y quedaba inerte, progresivamente la figura de Pedro adquiría la forma de un gigantesco monumento que, a lo largo de los siglos, se ha constituido en guía y paradigma de una existencia cristiana consumada.

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Capítulo 2

Cuando las crisis construyen el camino del éxito

1. EL SIGNIFICADO DE LAS CRISIS

Una crisis es el resto de un atravesamiento, un testimonio de una travesía. El testimonio de una crisis es la definición de una etapa de la vida.

H ay crisis previsibles y otras imprevisibles. Las primeras son inherentes a la vida, propias del proceso del desarrollo o de la maduración, mientras que las otras son resultados de conflictos o situaciones inesperadas que ponen a prueba la

capacidad para enfrentarlas, por ejemplo, la pérdida de un ser amado o la pérdida del empleo. Las crisis imprevisibles o accidentales hay que afrontarlas cuando aparecen, sufriendo la incertidumbre de sus vicisi- tudes; en cambio, las previsibles o evolutivas pueden anticiparse, pre- parándose para resolverlas con éxito. De allí la importancia de conocer estas últimas, para saber cuándo y cómo aparecen, a fin de planificar las estrategias que permitan abordarlas de la mejor manera posible. Las crisis, aunque siempre vienen acompañadas de angustias y sen- saciones de catástrofe, no son necesariamente negativas sino constitu- yen ocasiones de cambio que requieren algún tipo de solución. Enfren- tar en forma adecuada una crisis tiene efectos benéficos para el que la experimenta, y proporciona recursos que preparan para resolver mejor las situaciones críticas futuras; es decir, enriquecen y hacen madurar.

( 51 )

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Psicología de los Personajes Bíblicos

Por el contrario, no enfrentar eficazmente esas situaciones incapacitan al individuo y lo vuelven cada vez más vulnerable, es decir, lo hacen más débil o frágil. Este hecho, refuerza la importancia de tomar con tiempo las medidas del caso. Con respecto a las crisis vitales, aquellas que se despliegan a lo lar- go del ciclo vital, revela que cada etapa de la vida, desde el nacimiento hasta la muerte, tiene sus desafíos o tareas críticas que enfrentar para progresar en el desarrollo. Cada persona posee un potencial de ma- duración que se evidencia en la medida que asume sus compromisos y responsabilidades, superando las crisis propias de cada etapa. Tal tarea involucra cambios, transacciones, continuos acomodamientos y adapta- ciones, que permiten extender el abanico de las respuestas posibles, de- finiendo el propio destino. Erikson (1959) ha identificado ocho etapas del ciclo vital humano (ver cuadro 3), en cada una de las cuales hay que encarar una tarea crítica, expresada en términos de bipolaridades, en el ámbito de ciertas relaciones significativas que exigen determinadas responsabilidades (“modalidades psicosociales”) y virtudes. En cada estadio del desarrollo ocurre una crisis que debe resolverse, logrando un equilibrio satisfactorio entre las alternativas antagónicas específicas de cada edad. Los personajes bíblicos no están exentos de las crisis, por el contra- rio, son una constante en sus respectivas trayectorias vitales, cumplien- do un rol decisivo en la conciencia de su misión y en el desarrollo de la existencia. Experimentan crisis previsibles y principalmente aquellas imprevisibles. Hay que destacar que la palabra griega “krisis”, de don- de surge el término “crisis”, es frecuentemente utilizada en el Nuevo Testamento como “juicio”. Proviene del verbo “kríno”, “juzgar”, como se aplica en Mateo 7: 1-5 y Romanos 2:l. Tiene varias acepciones, como “‘separar’, ‘distinguir’, ‘elegir’, ‘mostrar preferencia por’, ‘determinar’, ‘aprobar’, ‘pronunciar un juicio’”. También puede significar, de acuer- do con el contexto, ʻcondenarʼ” (6CBA, 481). Es muy significativo que cuando Jesús anunció la venida del “Consolador” (Jn.16:7,8), declaró que las funciones del Espíritu Santo serían “convencer al mundo de pecado, de justicia y de juicio (krisis)”. ¿A qué tipo de “juicio” o “crisis” se refería el Señor Jesucristo? ¿Aludía únicamente a la crisis final, en ocasión del juicio escatológico, o también podría aplicarse a los juicios

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del presente, cuando somos sacudidos por situaciones críticas? Inter- pretamos que también puede aplicarse al zarandeo mediante aconte- cimientos cruciales que el Espíritu Santo utiliza para trasmitirnos sus mensajes de cambio y la visión de nuevos horizontes de oportunidades y realización. Por lo menos, así aparece en la experiencia de los perso- najes bíblicos.

Cuadro 2

Sinopsis del desarrollo psicosocial, según Erik Erikson (1959; 1964; 1968)

Etapas y

Tareas

Relaciones

Modalidades

Eventos

Virtud

edades

críticas

significativas

relacionales

importantes

Bebé (has- ta los 18 meses)

1.

Confianza

       

básica contra

desconfianza

madre

recibir y

dar

comida

esperanza

2.

“Deambu-

         

lador” (18 meses a los

2 años)

Autonomía

contra ver-

güenza

madre y

padre

retener y

soltar

control de

los esfínte-

res

voluntad

Infancia (3 a 5 años)

3.

Iniciativa

familia

hacer y

indepen-

propósito

contra culpa

básica

como sí

dencia

4.

Edad esco-

Laboriosidad

 

hacer cosas

   

lar (6 a 12 años)

contra infe-

rioridad

escuela y

vecindario

junto con

otros

escuela

destreza

5.Adolescen-

Identidad

grupo de

ser uno

relaciones

con iguales

 

cia (13 a los

contra dis-

pares y

mismo

fidelidad

20

años)

persión

líderes

6.

Adulto jo-

ven (20 a los

Intimidad

contra aisla-

amistad y

pareja

encon-

trarse a sí mismo en otro

relaciones

de amor

amor

35

años)

miento

 

Generativi-

       

7.

Adulto me-

preocupa-

dio (35 a los

65

años)

dad contra

estanca-

miento

trabajo

procrear y

cuidar

paternidad

ción por

otros

8.

Tercera

Integridad

 

enfrentar el no ser

aceptación de la pro- pia vida

 

edad (65 en adelante)

contra deses-

humanidad

sabiduría

peración

Mario Pereyra

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Psicología de los Personajes Bíblicos

En este capítulo, consideraremos tres ejemplos; José, Sansón y Pablo, que ilustran cómo la conciencia de la crisis impactó sobre ellos y cómo, a través de ellas, lograron cimentarse en la nueva realidad, para descubrir las disposiciones y componentes del éxito. Se ha dicho que “Las crisis, cuando no matan, enseñan”. Ahora, bien, ¿qué enseñan las crisis de los personajes bíblicos? El primer caso, trata de una crisis de adolescencia, que múltiples autores la califican como el paradigma de las crisis, el pro- totipo del crecimiento o del desarrollo humano. “La palabra ‘adolescen- cia’, en el origen latino, no se relaciona con ‘adolecer’ sino con ‘crecer’. Crecer es superar lo anterior para ir hacia lo que aún no ha sido, lo que se proyecta y, por tanto, implica conflicto, crisis, constituidos por la con- fluencia contradictoria de factores distintos que coexisten y que, por otra parte, pretenden excluirse” (Barylko, 2001,146). Veremos cómo este fe- nómeno ocurrió en la vida del hijo de Jacob y Raquel, José. El segundo caso, la historia del juez Sansón, se trata de una crisis ac- cidental, aunque de alguna manera previsible, ya que fue gestándose pro- gresivamente a través de un estilo de vida destinado al fracaso. La crisis aparece aquí como un tribunal que examina e interpela la existencia, para abrir los ojos del alma a nuevas alternativas que redescubran el sentido y la misión de la vida. El último ejemplo de crisis, la experiencia de San Pa- blo, no es el resultado del desarrollo vital, ni de accidentes autogenerados sino del surgimiento de una nueva visión, la adopción de un nuevo arque- tipo vital, que se presenta a través de un llamado de la divinidad. Cuando una perspectiva se vuelve minusválida, por su parcelamiento y repliegue, es hora de forjarse un nuevo destino. La crisis denuncia y anuncia; en este caso, cómo un estilo de vida “esclerotizado” sucumbe para convertirse en el centro de convergencia de las irradiaciones del cambio.

2. La preparación para gobernar: José

“La crisis vital es un momento dentro de la búsqueda de identidad y la creación humana en el devenir histórico”.

O. Fernández Mouján

Mientras todos anhelaban la alegre noticia, fueron sobrecogidos por el hecho penoso y cruel. El niño nació sano y feliz pero la madre falleció. La bendición de la vida se quebró con la tragedia de la muerte. El dolor

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enlutó los corazones de la numerosa familia. El más afectado por la des- gracia fue Josecito, el hijo menor. El padre comprendió que el niño había recibido un golpe demasiado duro para su tierno corazón y se esforzó por consolarlo con la vigorosa fe religiosa que lo animaba. Le proporcionó todo su cariño y ayuda posible. Desde ese triste hecho, padre e hijo unieron sus vidas por lazos indi- solubles de afecto, relación y comprensión. En la mente sensible y dúctil del niño José, un pensamiento se imprimió en las profundidades de su ser, dejando una huella que marcaría para siempre su destino. Al ob- servar en el rostro de su hermanito la sonrisa dichosa y los balbuceos inocentes, a la vez que experimentaba la calidez reconfortante del amor paterno, sintió que aún las peores tragedias deparaban algo bueno; que Dios permite los males, pero aún éstos pueden traer bendiciones inima- ginables. Así, pues, en aquel lugar lúgubre, una cruz quedó plantada bajo un árbol, junto al recuerdo amargo, acompañado de la curiosa sensación agridulce de que aún las desdichas pueden traer esperanza.

Los sueños de un adolescente

José creció. Se transformó en un joven inteligente, de hermosa apa- riencia, activo, alegre, sobre todo de la mejor casta moral y gran firme- za de carácter. Esa belleza interior lo diferenciaba nítidamente de los muchachos del pueblo y, especialmente, de sus hermanos mayores, que eran terriblemente afectados por la mala influencia del lugar. El padre se sentía orgulloso de José, a la vez que preocupado por la conducta nada juiciosa de sus otros hijos. Cuando reunía a la familia para hacer el culto y contar las historias de sus antepasados y de su propia juventud, era José quien mostraba verdadero interés y entusiasmo. Los muchachos mayo- res se aburrían y manifestaban claras resistencias a aceptar esos “cuentos del viejo”, como decían ellos, con sus ideas religiosas y extraños milagros. El padre aseguraba haber recibido revelaciones sobrenaturales que tam- bién auguraban a sus descendientes un futuro prodigioso. Al oír estas historias, José se emocionaba y llenaba de admiración. Su rica imaginación reproducía vívidamente las escenas de las hazañas religiosas de sus antepasados. Estaba convencido que el bisabuelo Abra- ham, el abuelo Isaac y el mismo padre Jacob, eran seres excepcionales,

Mario Pereyra

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elegidos por Dios para construir un pueblo especial, portador de las grandes verdades de la divinidad. Se sentía parte de una estirpe gloriosa, ungida por las solemnes demostraciones de la Providencia, para conser- var y trasmitir las enseñanzas del Creador. Los relatos hablaban de reve- laciones y profecías, que se proyectaban en el tiempo y los alcanzaba aun a ellos. José se preguntaba si no sería el hombre de la profecía. Su mente de adolescente soñaba con ser el escogido, el distinguido, el personaje célebre. El padre estimulaba la imaginación prodigiosa del adolescente enriqueciendo los relatos y estimulando su entusiasmo religioso.

El “complejo de Caín”

La preferencia del padre hacia el devoto José era clara y reconocida por todos, especialmente por los hermanos mayores. El más pequeño, el hijo de la desgracia, el “benjamín”, estaba al margen de esas preferen-

cias, en cambio los mayores experimentaban un creciente descontento, que fue manifestándose con críticas hacia el progenitor y hostilidad hacia el hermano.

― Josecito ―decían remedando el tono y las palabras del padre― es

“el nene de papá”, el privilegiado, el que la pasa de maravilla, y se queda en casa con el pretexto de cuidar al viejo, mientras nosotros nos matamos trabajando.

― Además ―agregó otro hermano―, como cree todas las locuras

del viejo, éste vive haciéndole los gustos: paseos, comidas, ropas. ¡Todo es para él! Pero lo que más los indignaba era que José les viniese a “sermo- near”.

― Ya tenemos suficiente con el viejo, para que ahora este “piojo”

venga a dictarnos normas, a decirnos que nos portemos bien, que no ha-

blemos malas palabras, que tengamos cuidado con las chicas con las que salimos. ¡Me tiene harto!

― A mí lo que más rabia me da es que sea tan chismoso y le cuente

todo lo que hacemos a papá. Vamos a tener que frenarlo de alguna ma- nera. ¡Esto no puede seguir así! Un oculto rencor visceral fue impregnando el ánimo de los herma- nos. La situación llegó a lo insoportable cuando un día José empezó a

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contarles que también él había recibido revelaciones sobrenaturales. La indignación y el enojo fueron extremos cuando escucharon que José de-

cía que había soñado que sus hermanos se arrodillaban ante su presencia, mientras él ocupaba un lugar superior, incluso hasta sus mismos padres se doblegaban ante su figura enaltecida.

― ¡Éste se ha vuelto loco! De tanto escuchar las historias del viejo se le pasó la misma manía y ahora empezó a delirar.

― ¡Cuidado! ―dijo maliciosamente Simeón―, aquí huelo otra cosa. Me parece que éste se trae algo.

― ¿Qué quieres decir? ―preguntaron los demás hermanos con cu-

riosidad.

― A qué José será crédulo, pero no tonto, menos loco. Para mí éste

es demasiado “vivo”, y con esta historia del sueño planea conquistar del todo al viejo.

― ¿Cómo?

― ¡Claro! ¿No se dan cuenta? El viejo cree en todas esas supersticio-

nes, en la profecía de la descendencia y toda esa basura. El muchacho es sagaz. Quiere hacerle pensar que él es el personaje de la profecía, enton- ces todo lo que diga y haga estará bien.

― ¿Será posible?

― Sí, pienso que con todo esto alguna cosa le va a sacar a nuestro

padre.

― No estoy de acuerdo ―protestó Rubén―. A mí me parece que el

muchacho es sincero e íntegro, mucho mejor que nosotros. ¿Acaso no puede ser un profeta?

― No te confundas. Es un oportunista.

A los pocos días, las sospechas maliciosas de Simeón parecieron con-

firmarse. El padre gastó mucho dinero en un soberbio traje que le regaló a José. La envidia y los celos de los hermanos sobrepasaron el límite.

¡Esto es intolerable! ¡No puede ser! ¡Fíjense cuánto dinero gastó

en él!

¿Vieron? ¿Qué les dije? ―agregó Simeón. Era como yo les decía,

¿o no? Los sueños están dando resultado. Aun me temo que den mucho más

― ¿Qué quieres decir, Simeón? ―preguntaron intrigados los otros.

― Sospecho que esto no va a terminar aquí. El muchacho va a con-

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tinuar sacando tajadas cada vez mayores. Hoy es el traje, mañana serán animales, después vendrá el campo y probablemente consiga quedarse con todos los bienes del viejo.

― ¡No, eso no es justo! Nosotros somos los mayores y, además, los que trabajamos. El campo y los animales nos pertenecen.

― No le permitiremos que nos robe ―respondió enfadado Dan.

― Esperen. No piensen locuras ―trató de calmarlos Rubén―, son

simples suposiciones mal intencionadas de Simeón. José es un buen mu- chacho, no creo que le interese en lo más mínimo el dinero.

― ¿Suposiciones? ¿Lo del traje es una suposición? ¿También te en- gañó a ti? ¡Cuídate de José que es un artista!

― Es que papá lo quiere mucho porque es hijo de su amada Raquel,

además quiso recompensarlo por su lealtad y fidelidad a Dios, cosa que a nosotros nos falta bastante. La discusión acaloró los ánimos y dividió a los hermanos. La mayor parte del grupo se inclinó por la idea de Simeón y Dan. El enojo y resen- timiento hacia José se había tornado en odio. En la familia, se vivía un clima de enorme tensión, cuando ocurrió el trágico desenlace.

Cuando sobreviene la crisis

Un día, los hermanos mayores tuvieron que ausentarse por razones de trabajo. Al transcurrir los días sin tener noticias de ellos, el padre em- pezó a inquietarse. Finalmente, decidió enviar a José a buscarlos. El mu- chacho recorrió caminos, villas y campos, preguntando por sus herma- nos. De pronto, divisó a lo lejos los rebaños de la familia que pastaban en una pradera y distinguió al familiar grupo debajo de un árbol. Contento por el hallazgo después de tan larga búsqueda, corrió feliz por los cam- pos gritando de alegría para anunciar su llegada. Cuando los hermanos lo vieron, toda la hostilidad reprimida delante del padre estalló con bru- tal violencia.

― ¡Miren quien viene, el “nene de papá”, luciendo su traje nuevo!

― ¡Es el “profeta”, el “soñador”! ¡Muchachos inclínense ante su emi-

nencia! ¡Aquí tienen al futuro heredero de nuestro trabajo! Las burlas tomaron forma de insultos y agresiones. El odio se convir- tió en furia y violencia. Estaban dispuestos a todo. Un espíritu asesino los

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dominaba. Rubén intentó contenerlos y hacerles entrar en razón, pero no podía impedir los golpes y todo tipo de agresiones. Por fortuna, logró un momento de tregua, al permitir que encerrasen al muchacho en un pozo hasta decidir lo que harían con él. Rubén esperaba que esa medida de espera enfriase los ánimos para luego tratar de reparar la armonía familiar. El relato bíblico (Gn.37) narra que en esa antigua comarca apareció en el camino una caravana de traficantes de esclavos. Entonces aquellos pérfidos hermanos, aprovechando que Rubén y Judá habían ido a aten- der a los animales, tuvieron la siniestra idea de vender a José. No sería necesario matarlo, simplemente lo quitarían de en medio y, de paso, ob- tendrían cierto beneficio. Abruptamente cambió la suerte de José. Todavía aturdido por los golpes y las fuertes emociones vividas no alcanzó a comprender todo lo que estaba pasando. La cruel realidad lo sorprendió casi desnudo, los hermanos le habían despojado de sus ropas, encadenado a una fila de hombres harapientos, bajo la mirada severa de un vigilante armado de un látigo pronto a castigarlo sin piedad. En un instante, lo había perdido todo: su padre, el cariño de su hermano menor, su familia, su casa. Se veía encaminándose hacia un lugar desconocido, teniendo como única pers- pectiva un futuro ominoso, ser un esclavo. Todos sus sueños se desmo- ronaron de pronto. Abrumado por la angustia lloró desconsoladamente. Con los ojos velados por las lágrimas, levantó su cabeza y mirando a lo lejos reconoció las colinas donde estaba su casa, donde su amado padre estaría esperándolo, a quien no vería nunca más. ¡Cómo sufriría enton-

ces!, pensó, ese intenso dolor podría ocasionarle la muerte. Una nueva

descarga de lágrimas oscureció su visión.

Hacia el encuentro del destino

Pero en la densa negrura de su terrible dolor, empezó a encenderse una tenue luz. Se acordó de su bisabuelo Abrahán, que un día tuvo que dejar su casa para ir a un mundo desconocido. Así empezó la historia sagrada de su familia escogida por Dios. Su memoria se iluminó con otro recuerdo, el de su padre Jacob, que también un día tuvo que huir de su hogar. Pensó en aquella noche, cuando en la fría soledad de Betel, el

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cielo se abrió y los ángeles del cielo subían y bajaban por la áurea esca- lera que unía la tierra con el trono del Altísimo, y los oídos de su padre escucharon hermosas promesas de bendición y cuidado. Las escenas de la historia de su padre desfilaron por su mente descubriendo como Dios lo había conducido y protegido aun en circunstancias adversas, más te- rribles que las que estaba sufriendo él, como cuando tuvo que enfrentar al hermano que venía con 600 hombres armados para destruirlo a él y a su familia. Se dio cuenta que en la hora de necesidad, los ángeles aparecen para confortar y proteger. Al recordar estas experiencias, José creyó que el Dios de sus antepasados sería también su Dios. Entendió que no tenía por qué temer, puesto que la Providencia lo ayudaría como lo había he- cho en el pasado. Y comenzó a pensar que quizás su desgracia podría ser la forma en que Dios cumpliría las profecías recibidas por sus antepa- sados. Entonces, en ese momento de suprema angustia, se entregó por completo al Señor, oró para pedir que lo protegiese en el camino que estaba iniciando e hizo una decisión trascendente, la más importante de su vida, una decisión que lo transformó y marcó su destino. “Su alma se conmovió y tomó la alta resolución de mostrarse fiel a Dios, dice Elena de White (1985, 216), y de obrar en cualquier circuns-

tancia como convenía a un súbdito del Rey de los cielos. Serviría al Señor con corazón íntegro; afrontaría con toda fortaleza las pruebas que le de- pararán su suerte, y cumpliría todo deber con fidelidad. La experiencia de ese día fue el punto decisivo en la vida de José. Su terrible calamidad le transformó de un niño mimado que era en un hombre reflexivo, valien- te y sereno”. En aquel momento, mientras avanzaba con la lenta caravana de escla- vos entre las arenas del desierto que lo conducía a Egipto, José aprendió

a no quedar empantanado en el camino, a no ser un esclavo resentido,

a vencer las ataduras del odio y el rencor, a no ser víctima del pasado, a

experimentar el alivio del perdón y mirar hacia las luces del porvenir. En

aquella hilera de esclavos encadenados que marchaban por las colinas sinuosas de Palestina, hacia el imperio más poderoso de la tierra, ya no iba un niño mimado llorando, sino caminaba un hombre inspirado por la revelación hacia su glorioso destino, ocupar la más alta magistratura de la nación más importante del mundo de entonces. Fue un camino duro,

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tortuoso, penoso, pero la capacidad de José para perdonar, la rectitud de su carácter, su fidelidad inquebrantable a Dios, lo condujeron, final- mente, al éxito. En aquella histórica decisión hecha en la desesperación

y la angustia, en medio de la crisis, inició el camino rumbo al trono de

Faraón. Así, la figura prodigiosa de José se alza esplendorosamente en las páginas de la historia bíblica como un símbolo imperecedero de la acción

valiente de avanzar por fe más allá de los tristes sucesos, celos y rencores, de renunciar a la cálida dependencia de la infancia, como a los recuerdos de repudio y agravios, para afirmarse con toda convicción en su fidelidad absoluta a Dios. Es la historia que puede leerse en forma completa en el libro de Génesis de los capítulos 39 al 50, la historia de una crisis de ado- lescencia resuelta eficazmente, gracias a los valores de lealtad, confianza

y esperanza en la Providencia.

El salto del trapecista

“Los valores que se hayan vuelto significativos para él deben ahora concordar con alguna significación universal”.

Eric Erikson

El psicólogo Eric Erikson ha dicho que la adolescencia es clave en el desarrollo de la vida humana, constituyendo su problemática principal la resolución de la identidad. Es en la adolescencia cuando se transita de la infancia a la vida adulta, el momento de definir la persona que uno quie- re ser y será en el futuro. El logro de la identidad es, sin lugar a dudas, el momento más significativo del desarrollo, ya que comporta cambios estructurales de gran envergadura, como son el tránsito a la heterosexua- lidad, la independencia de la familia, la madurez emocional, la realiza- ción vocacional, la independencia económica y el logro de una filosofía unificadora de la vida (González, 2001, 15-18). Ahora bien, ¿cómo se alcanzan tales logros? El mismo Erikson (1967, 70,71) ha expresado con una metáfora muy gráfica la naturaleza de la crisis del adolescente, por medio de la siguien- te comparación: “Al igual que un trapecista, el joven, en medio de un

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vigoroso movimiento, debe soltar la seguridad de la barra que significa la infancia y tratar de afirmarse en la adultez, y depende durante un expec- tante intervalo de una relación entre el pasado y el futuro, y de la confia- bilidad de aquellos de quienes debe desprenderse y de quienes ‘lo reci- birán’”. Es, pues, un salto de fe, un momento donde se debe renunciar a las conductas, emociones y relaciones infantiles, para adquirir los com- portamientos y valores que lo definan como persona adulta. No es tarea fácil y, de hecho, muchos no lo logran. Hay quienes quedan adheridos a la “barra” de la infancia, siendo perpetuos adolescentes. Otros, intentan dejar la infancia, pero no logran asirse convenientemente del futuro, su- cumbiendo en el intento. Son los llamados “vuelos fatales” (F.Pittman III, 1991), aquellos que fracasan en el proceso de autonomía, volviendo a la dependencia del hogar paterno, al volverse drogadictos o alcohólicos, quedar embarazadas o disolverse el matrimonio o caer en la locura. En el caso del José bíblico encontramos un logro satisfactorio de la identidad realizada en una situación violenta e inesperada, que lo obligó a salir prematuramente del hogar y enfrentar un mundo hostil, para in- troducirlo en las vicisitudes y compromisos de la vida adulta. José pudo hacer ese salto poco usual de fe, gracias al buen soporte que tuvo en su infancia y su aceptación de los valores trascendentes. Se trata, pues, de un ejemplo de maduración y desarrollo integrales exitoso, basado en la fidelidad y firme convicción en una Providencia aseguradora, que conce- de una misión a la vida y un sentido unificador propicio.

3. LA PREPARACIÓN PARA CUMPLIR LA MISIÓN: SANSÓN

El sentimiento de identidad es tan complejo como el de la existencia misma; y sin duda, sólo puede experimentarse en aquellos momentos en que se lo pierde, en la condensación de la crisis.

La cultura del narcisismo

Parece ser que el antiguo mito de Narciso ha retornado a la consi- deración de un importante número de pensadores actuales que lo han propuesto como emblema de nuestro tiempo. Christopher Lasch, en su

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libro “La cultura del narcisismo” (1989), declaraba: “El narcisismo se ha convertido en uno de los temas centrales de la cultura americana”. Asi- mismo, Lipovetsky (1993), sociólogo francés de reconocida valía en el mundo intelectual, ha denominado la época actual como la “era de Nar- ciso”. Es una realidad que participamos de una importante metamorfo- sis de las costumbres y de los valores que estuvieron vigentes hasta hace poco. Ahora bien, ¿qué tienen que ver esos cambios con Narciso? ¿Por qué ese mítico personaje ha sido consagrado como el símbolo del hom- bre contemporáneo? Según la leyenda, Narciso era un joven muy hermoso y vanidoso que desdeñó los amores de la ninfa Eco y de Aminías. Esta última, herida en su orgullo, lo maldijo deseándole que nunca pudiera poseer el objeto de su amor. Ese ruego se cumplió. Un día, cuando Narciso se inclinó en una cisterna para beber, vio su rostro reflejado en el agua y se enamoró de él. Quedó prendado de sí mismo y de continuo retornaba a la fuente para contemplarse. Así fue languideciendo hasta morir. Otra versión afirma que, al contemplarse en el agua, quiso abrazar su propia imagen, ahogán- dose en el intento. En ese sitio, narra la leyenda, brotó una nueva flor que lleva el nombre de su desdichado creador, Narciso. Desde Freud (1967), el narcisismo se incorporó al vocabulario de la psicología para designar el amor a la imagen de sí mismo y la etapa del desarrollo cuando el niño hace de su propio yo el objeto primordial del amor. A partir de esas ideas, se han producido un sinfín de estudios so- bre el tema que describen el perfil distintivo de la personalidad narcisis- ta. Según el manual de diagnósticos de los trastornos mentales DSM-IV (1994; ver cuadro), los narcisistas son arrogantes, engreídos, fantasiosos, amadores de sí mismos, sobrevaloran sus logros, sienten una profunda necesidad de ser admirados constantemente y esperan un trato prefe- rencial permanente. Están convencidos de merecer mucho más de lo que reciben. Se preocupan por su apariencia y se esfuerzan por mantenerse jóvenes. Son insensibles a las necesidades y problemas de los demás. Ma- nifiestan poca tolerancia a las críticas, ya que responden a ellas con furia, encono y humillación. En resumen, son agrandados, envidiosos, orgullo- sos, hipersensibles y viven obsesionados por las fantasías de éxito, poder y belleza. Otro hecho que llama la atención es que este tipo de personas se encuentra con más frecuencia en el sexo masculino. Según E.Rojas

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(1992), el narcisista de nuestros días es el “ser humano centrado en sí mismo, en su personalidad y en su cuerpo, con un individualismo atroz, desprovisto de valores morales y sociales y, además, desinteresado por cualquier cuestión trascendente”.

Cuadro 4

Características de la personalidad narcisista

Un patrón general de grandiosidad, una necesidad de admiración y una falta de empatía, como lo indican cinco (o más) de los siguientes apartados:

1. tiene un desmedido sentido de autoimportancia;

2. está preocupado por fantasías de éxito ilimitado, poder, brillantez, belleza o amor imaginarios;

3. cree que es «especial» y único, y que sólo puede ser comprendido por quienes son especiales;

4. exige admiración excesiva;

5. es muy pretencioso, manifiesta expectativas irrazonables de recibir un trato especial;

6. es explotador, saca provecho de los demás para alcanzar sus propios fines;

7. carece de empatía, es reacio a identificarse con los sentimientos y necesidades de los demás;

8. frecuentemente envidia a los demás o cree que los demás le envidian a él ;

9. presenta comportamientos o actitudes arrogantes, pedantes y soberbias;

Los narcisos de ambos sexos se exhiben en la TV y el cine, donde muestran orgullosamente las bondades de una silueta perfecta o su no- table musculatura, ostentando la pretensión de una figura imponente o haciendo alarde de proezas fantásticas sin perder jamás la prestancia y su condición impecable. También los vemos vistiendo a la moda, en forma

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seductora, provocando admiración y envidia, mostrando en las playas sus cuerpos bronceados y simétricos. Se trata de un perfil de individuo exce- sivamente preocupado y centrado en sí mismo y, específicamente, en su cuerpo, no ahorra en perfumes y cosméticos muy costosos y se somete a dietas y terapias para parecer cada vez más encantador y atractivo. En última instancia, su único fin es que el espejo o la apreciación de los otros le devuelvan esa imagen espléndida y excepcional de sí mismo que tanto ama y cuida. Ciertamente, en nuestros días, presenciamos a este tipo exacerbado de individualismo egoísta que solo busca su propia satisfacción y el enfer- mizo placer de ser admirado. Predomina la filosofía de “haz lo tuyo”, “no te preocupes” o “pásala bien”. Importa sólo el deseo de bienestar propio. Con respecto al resto del mundo y los intereses ajenos le importan nada, le domina una total insensibilidad o indiferencia. Las grandes cuestiones filosóficas, religiosas, económicas o políticas apenas despiertan alguna curiosidad superficial en él. Dios es un desconocido y ha perdido el sen- tido de lo trascendente. Todas las “alturas” se hunden. Únicamente su persona parece importante. Le interesa solo la comodidad, estar bien económicamente, cuidar la salud, desprenderse de los “complejos” y es- perar las vacaciones. Es el ideal del hombre “light”. Se trata de vivir sólo en el presente y no en función del pasado ni del futuro. Vivir para sí, al margen de las tradiciones, la posteridad, sin preocuparse de la eternidad y el juicio final. La cultura narcisista es la celebración de la apariencia, del triunfo del espejo, del culto a la imagen, de la moral al servicio de la estética. A pesar del éxito, hay un componente trágico en Narciso que no pue- de soslayarse, la maldición de Aminías: la incapacidad de amar a otra persona. Narciso es un enamorado del espejo, un buscador de la imagen de sí mismo en otros. Está condenado a la eterna insatisfacción. Lo ab- surdo de su vida sólo deja un sentimiento de vacío interior, sufrimiento e imposibilidad de sentir. Decía Lipovetsky (1993), que “el proceso nar- cisista es la estrategia del vacío”. El drama de Narciso es la ausencia de sentido y trascendencia que lo condena inexorablemente a la soledad y autodestrucción. El mito es implacable y nefasto; no tiene salida posible. Su destino es fatal, como el de todos los narcisos condenados a la sole- dad. Entonces, ¿no hay esperanza para el narcisista? Sí la hay. La Biblia

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narra una conocida historia de un personaje insólito que exhibe un con- junto de características muy parecidas a la leyenda griega, pero con un sentido diferente, que propone un mensaje de esperanza para la tragedia de Narciso y la cultura hipermoderna.

El “Narciso” bíblico

Hay un relato en el Antiguo Testamento cuyo protagonista es un per- sonaje que perfila los rasgos del narcisismo. Fue llamado a cumplir una misión libertadora aun antes de su nacimiento y convertirse en un líder para rescatar a su pueblo de la sumisión del poder enemigo. Fue dotado por Dios de capacidades y recursos extraordinarios, entre ellos, una fuer- za descomunal jamás igualada. Sin embargo, la mayor parte de su vida la dedicó al exhibicionismo, a jactarse de su ingenio y potencia muscular, a buscar la complacencia propia y a la sensualidad con mujeres de dudosa moral y fastidiarse terriblemente cuando no era satisfecho, es decir, a ejercer el rol de Narciso. Nos referimos a Sansón, el juez que gobernó Israel entre los años 1101-1081 a.C. La historia bíblica (Juec., capítulos 14 al 16) apenas contiene cinco episodios de la vida de Sansón, pero suficientes para descubrir el patrón de comportamiento narcisista y el tratamiento bíblico del mismo. El libro de Jueces se refiere a los acontecimientos anunciadores de su nacimiento y las circunstancias relacionadas con el matrimonio (Jue.14:1-20), el en- frentamiento con los filisteos (15:1-20), la visita a una prostituta en Gaza (16:1-3), la traición de Dalila (16:4-21) y los hechos de su cautiverio y muerte (16:22-30). El relato es pintoresco, lleno de acción y sucesos prodigiosos. Un án- gel le comunica a los padres el nacimiento milagroso del futuro héroe, seguido de una serie de recomendaciones dietéticas, educativas y de con- sagración a Dios por medio del voto del nazareato. El primer suceso que protagonizó fue su deseo de casarse con una mujer filistea, del pueblo enemigo, porque “cayó bien a mis ojos” (14:3). Probablemente las muje- res filisteas eran menos recatadas en su forma de vestir que las hebreas, exhibiendo sin pudor sus cualidades físicas. Es cuando aparece el interés narcisista por el cuerpo. La actitud indulgente de los padres, que no pu- dieron contrariarlo, facilitó el casamiento. Durante la fiesta de bodas se

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ocupó más en llamar la atención de los invitados con un enigma, que en cortejar a la novia. Al ser revelado el misterio se airó de tal manera que mató a treinta filisteos para pagar la apuesta, volviendo enojadísimo a su casa, solo. ¡Abandonó a su mujer recién casada! Su orgullo de Narciso herido fue más fuerte que el amor a su flamante esposa. Tiempo después, se acordó de ella y decidió buscarla, pero llegó demasiado tarde, ya que se había casado con otro. Nuevamente, el síndrome narcisista sufrió otra estocada, reaccionando con violencia, quemando los campos de los filis- teos. Esa agresión puso en pie de guerra al enemigo, quienes reacciona- ron atacando a los israelitas. Éstos convencieron a Sansón de entregarse para no sufrir la devastación, siendo llevado atado ante los filisteos. Pero Sansón rompió las cuerdas, tomó una quijada de asno y mató a mil hom- bres, y escapó. En otra ocasión, Sansón visitó a una ramera en Gaza. Los filisteos rodearon la ciudad para capturarlo. Pero, a la medianoche se levantó, arrancó la puerta de la ciudad con sus dos pilares, cargándolo sobre sus hombros hasta la cumbre de un monte. Otra manera de impresionar y llamar la atención. Después Sansón se enamoró de otra mujer llamada Dalila, que lo traicionó revelando el secreto de su poder. Dalila le cortó el cabello y el Espíritu de Dios se apartó de Sansón. Indefenso, fue cap- turado, le sacaron los ojos y arrojaron en la cárcel, forzándolo a realizar trabajos pesados. En esas circunstancias adversas y críticas, Sansón hizo a un lado su narcisismo y experimentó un cambio radical. Reflexionó, oró intensamente a Dios, se arrepintió, cambió su vida. De un hombre hedonista, preocupado solo por su propia satisfacción, se convirtió en un héroe de la fe. Precisamente, el último acto de su existencia lo muestra sacrificando su vida por la libertad de su pueblo, cumpliendo así la mi- sión para la cual había nacido. En una fiesta realizada en el templo del dios Dagón, Sansón fue llevado para entretener a la gente y hacer alar- de del triunfo logrado. El cabello le había crecido otra vez, y clamando a Dios recibió nuevamente su fuerza descomunal, entonces, asiendo las dos columnas principales del edificio, presionó hasta tumbarlo. Aunque Sansón murió, en ese acto heroico logró matar a tres mil enemigos, y logró la liberación de su pueblo. ¿Cuál fue el significado de la vida de ese hombre extraordinario? Ciertamente toda su historia se reduce a la descripción de un carácter

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enigmático, de las adivinanzas y el secreto de su fuerza. Aun su nombre es un misterio. Etimológicamente significa “sol”, aunque otros lo asocian con “servir” o “fuerte”, como dice Josefo (2CBA, 384). El hecho desta- cado fue su fuerza prodigiosa, concedida para cumplir una misión libe- radora del dominio filisteo. Pero, lamentablemente, lo comprendió en el último momento de su vida. Su fortaleza, en lugar de usarla para “servir”, la empleó para ser “sol”, para constituirse en el centro deslumbrante del espectáculo. Es incuestionable que Sansón no fue un psicópata bravu- cón, pura fuerza y falto de cerebro. Todo lo contrario, fue ingenioso, sensible, con dotes poéticos (Jue.14:14,18; 15:16) y con astucia suficiente para eludir las trampas de los enemigos (Jue.16:2,3). Su debilidad fueron las mujeres. Pero tampoco parece ser un sexópata, pura pasión, movido únicamente por sus impulsos eróticos. Parecería que buscaba satisfacer más una necesidad de reconocimiento que una debilidad lujuriosa. Le in- teresaba más la admiración y el halago que el placer. Así se explica la fa- cilidad con que entraba en el juego del “gato y el ratón”, en la estrategia del desafío, en ese “estira y afloja”, que es una lucha de poder, más que fogosidad sexual. Sansón no fue vencido por las mujeres, sino derrotado por su propia arrogancia y narcisismo. Hay un punto clave en el relato: el tema de la mirada. Desde el prin- cipio hasta el fin la vista juega un rol gravitante. Se enamora de la filistea porque “ella está bien a mis ojos”, según registra literalmente el texto (2CBA, 387); hecho que, probablemente, también ocurrió con la pros- tituta de Gaza y con Dalila. Toda la historia parece una telenovela, algo para ver más que para oír. Pero el acontecimiento central fue la pérdida de la vista, cuando fue castigado con la ceguera, la prueba más doloro- sa que experimentó (Jue.16:28). Ese fue el momento decisivo. Recién allí Sansón pudo mirar hacia adentro, conocerse a sí mismo, descubrir el sentido de su vida y asumir su misión. Allí derrotó al narcisismo, se arrepintió y cambió su destino. Es significativo que el mensaje bíblico permanentemente insista en esa paradoja existencial, el castigo convertido en bendición. El ejemplo de Cristo constituye el modelo por excelencia: la cruz, símbolo del opro- bio y la humillación, se transformó en expiación y redención del mundo. Aquí es donde se separa la historia bíblica de la mitología. Mientras esta última sucumbe a la tragedia de la lógica humana, las Escrituras pre-

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sentan a la Providencia, que destruye las cadenas del fatalismo y abre la puerta de la esperanza, con su apuesta al cambio.

Sansón fue el Schwarzenegger o el Stallone del pasado. Si hubiera vivido hoy, sería un Hércules de la pantalla. Más que un heroísmo épico, protagonizó un rol estético. Es una historia que se inicia con los mejores augurios y termina en una catástrofe, como el mito de Narciso. Aparen- temente tiene un sentido decadente, sin embargo, el último acto de la vida de Sansón fue el verdaderamente válido, el que exhibió su fe, el más heroico de su accidentada existencia, cuando logró cambiar el destino fatal de su naturaleza hedonista. Así lo certifica Elena de White (1913, 527) al afirmar que: “En el sufrimiento y la humillación, como juguete de los filisteos, Sansón aprendió a conocer mejor su propia debilidad que nunca antes, y sus padecimientos lo llevaron al arrepentimiento”. Recién allí descubrió a Dios. Hasta ese momento vivió al margen de la grandeza

o utilizando a Dios a su servicio (Jue.15:18), pero en la crisis percibió su misión y descubrió la dimensión trascendente de su existencia sustentada por la fe.

La crisis como visión

Narciso era, en la mitología griega, el dios del amor a sí mismo, el que se preocupaba solo en satisfacer su propio ego, despreocupado de Dios y de las necesidades de los demás. Es el símbolo del orgullo, de la vanidad y el hedonismo. Representa a los devotos del espejo y de la cosmética. Los que rinden culto a la belleza física y se rigen por la moda. Constituye la figura de nuestra cultura porque es dominada por los valores de Narciso, que ensalzan el atractivo corporal, la vida cómoda y la autocomplacencia egoísta. La sociedad narcisista pretende congelar la adolescencia, exor-

cizar la vejez, idolatrar el placer, amar la efervescencia del encanto y la seducción (Baudrillard, 1993). Pero ese tipo de vida es denunciado por el mito, y lo que lo espera es tragedia y autodestrucción. Contra el fatalismo de la mitología se alzan las Escrituras proclamando una alternativa de fe

y esperanza. San Pablo ubica a Sansón en la galería de los héroes de la fe (Heb.11:32). ¿Por qué? ¿Qué tuvo de heroico la vida de ese colosal juez de Israel? No fueron las proezas que realizó combatiendo a los filisteos,

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ni los aciertos de un gobierno perdido en el anonimato (Jue.15:20), sino el coraje de sacrificarse por la salvación de su pueblo. A diferencia de Narciso, que sucumbió al hechizo de la contemplación, Sansón forzado

a dejar de mirarse, descubrió su vocación. Las horas oscuras de la crisis

abatieron su orgullo y lo llevaron a asumir su destino de libertador en un acto final de reivindicación. Fue el primero de los mártires. Entregó su vida en el altar del sacrificio como Jesús, para salvar al pueblo de la opresión del enemigo. En un planeta saturado de imágenes, cuando todo ha quedado eclip- sado por lo visual, que glorifica la fama y aplausos efímeros de la apa- riencia, la historia de Sansón enseña que nada queda de la vida cuando

se pierde la misión; esa es la única verdad, la verdadera visión. Proclama un mensaje de advertencia contra las estrategias de la ilusión y los espe- jismos de la seducción. Descubre que el sentido de la existencia se devela en la crisis y en el encuentro con Dios. Que la fe es capaz de transformar

la fatalidad del destino, y abrir una perspectiva de libertad, trascendencia

y triunfo.

4. LA PREPARACIÓN PARA SER MINISTRO: PABLO

“Mas, cuando Aquel que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su Hijo,

para que le anunciase entre los gentiles

San Pablo (Gál. 1:15,16)

El afán de progreso

Es la historia de un hombre excepcional. Nació en un barrio judío de una ciudad provincial. Posiblemente era hijo único. Su padre, un hombre de alta reputación, fue reconocido y valorado no sólo entre la gente de su raza, sino por todos los habitantes de la ciudad. No es difícil imaginarlo como un comerciante poderoso con fuertes influencias en el gobierno, ya que había conseguido algunas prebendas políticas muy importantes. Asimismo, era un hombre muy religioso: podía probar su pureza de estirpe hebrea, como perteneciente a la tribu de Benjamín, que ocupaba un elevado cargo de dirigente religioso en la comunidad.

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Su madre, seguramente, era una mujer dinámica, hacendosa, inteligen- te, temperamental, dedicada a su casa y a la educación de su hijo. El niño fue creciendo en ese ambiente distinguido, de familia aco- modada, gozando de una atención privilegiada. Los psicólogos diríamos que fue mimado en exceso, sobreestimado o sobreprotegido. Lamen- tablemente, la etapa de la infancia de nuestro héroe se pierde entre las nieblas del tiempo. Los biógrafos guardan silencio. Estamos instalados en la encrucijada de obviar el período decisivo del desarrollo o aceptar el desafío de intentar descubrir las leyes ocultas de su vida. ¿Acaso su infancia fue muy diferente de las que encontramos cada día en la vida cotidiana? ¿Varían tanto con los siglos las profundidades, sinuosida- des, los altibajos y repliegues de la geografía de la existencia? Quizás sea presumir demasiado decir, como aquel antiguo poeta, “nada de lo humano me es ajeno”; pero es cierto que todo lo humano tiene ese calor de intimidad, esas reverberaciones de las cosas personales, ese sentido familiar que inmediatamente intuimos como perteneciente a nuestra naturaleza. La verdad es que nos esforzamos en imaginar las escenas familiares de la infancia del personaje de nuestra historia. Decíamos que vivió en un ambiente rodeado de afecto y atenciones, al amparo de los mejores cuidados de sus progenitores. Por supuesto,

los primeros problemas los encontró cuando tuvo que salir del claustro familiar y entrar en la escuela. Si bien fue a una especie de escuela pri- vada, donde el dinero promueve privilegios, sabemos que los niños de todos los tiempos y lugares son traviesos por naturaleza, y aun pueden llegar a ser crueles a la hora de “gastar una broma” a un compañero. Es posible que una escena propia del colegio de aquellos días pudo haber sido como la siguiente.

― ¡Judío enano! ―le gritó un chico.

― ¿Cómo te atreves a hablarme de esa forma, insolente? ―respon-

dió furioso lanzándose contra su agresor verbal. Los otros chicos del colegio observaron la escena y enseguida se

agruparon en torno a los combatientes.

― ¿Qué pasa enanito?

― ¡Atrevido! ¡No sabes quién soy yo! ¿Acaso no sabes quién es mi

padre? ¡Te voy hacer tragar esas palabras! ―vocifera lleno de rabia.

― ¿Tu viejo? Es un enano igual que tú.

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Eso sí que no lo soportó y se abalanzó furiosamente sobre el ofen- sor. Algunos de los compañeros lo estimularon a pelear y otros se agru- paron del lado de los burladores. “¡Arriba el enano! ¡Qué bravo es! ¡Dale duro! ¡Rómpele la cara!”. Entonces llegaron las autoridades de la escuela. Los dos chicos fue- ron llevados a la dirección y sancionados. Ese día, nuestro pequeño hé- roe llegó temprano a casa. La madre, luego de enterarse de lo sucedi-

do, le habló con cariño y firmeza. Pero las palabras que más le llegaron al chico fueron las del padre.

― Saúl, hijo mío, no hagas caso de los insultos. ¡Mírame a mí!

Por primera vez en su corta vida, el niño se dio cuenta de que, efec-

tivamente, su padre era un hombre pequeño de estatura. Siempre lo

había tenido en tan alta estima, que jamás había observado ese detalle. También comprendió que su compañero tenía razón con respecto a su persona. Era más bajo que los demás chicos de su edad. Pero el padre le estaba hablando en otro sentido.

― Observa cómo me respeta la gente y cuán importe soy en la ciu-

dad. ¿Sabes cómo llegué a conseguir tal popularidad? Fue porque nun- ca tomé en cuenta los insultos. Siempre seguí adelante, con la ayuda de Dios, a la meta que me había propuesto. Una persona no vale por su estatura sino por lo que lleva dentro. Vale por su fe en Dios, por su in- teligencia, su dedicación al estudio, por su constancia en seguir la voca- ción a la cual Dios le llama. Siempre habrá gente malvada, cruel, impía, hereje, despiadada, tendremos que lidiar con ellos. Pero tú tienes cosas más importantes que hacer. Llegar a ser una persona correcta, cumplir con lo que Dios manda, estudiar y triunfar. Un hijo de la tribu de Ben- jamín debe ser una persona íntegra, perfecta, sin ningún reproche. Desde entonces, Saúl se dedicó con ahínco al estudio. Puso todo su empeño e inteligencia en los libros y en actuar correctamente. Cuando llegó a la adolescencia, dos fuertes motivaciones agitaban su corazón. Tenía una persistente preocupación secreta por su estatura y una fuerte vocación religiosa. En algún lugar, a escondidas, se pa- raba contra la pared y trazaba una línea a la altura de su cabeza, para comprobar asiduamente su crecimiento. Los resultados eran desalen- tadores. Por otro lado, cada vez más estudiaba la Biblia y los escritos

sagrados de la tradición religiosa judía, la Torá, la Mishná y los otros

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libros. A medida que su mente fresca, receptiva y aguda captaba las ense- ñanzas, se esforzaba en ponerlas en práctica. En este aspecto, los resulta- dos fueron altamente satisfactorios. Toda la comunidad judía lo elogiaba y los dirigentes de la sinagoga le manifestaban palabras de estímulo y encomio. Veían en el joven Saúl un valor especial. Ponderaban su faci- lidad de palabra, el conocimiento que demostraba de las Escrituras, su prodigiosa memoria, la agilidad mental y su capacidad de razonamien- to para encontrar argumentos. Se sabía los 613 mandamientos judíos de memoria. Recitaba sin dificultad parte de la Torá y la Mishná. Además, era un lector obsesionado de los filósofos y poetas griegos y romanos. Su aguda inteligencia captaba con facilidad los razonamientos y aun descu- bría las falacias de los escritores paganos. Evocaba rápidamente las ideas y argumentos leídos, y su verbosidad fluida y elocuente desarrollaba con destreza y lucidez las ideas en las exposiciones o debates. Muy pronto se convirtió en el apologeta de la sinagoga. Frecuen- temente, los judíos eran atacados por sus ideas y creencias religiosas. Saúl o Saulo, como lo llamaban en latín la gente del pueblo (los que no eran judíos), con toda facilidad encontraba argumentos para rebatir- los, e incluso ponerlos en ridículo. Además, el muchacho era impetuo- so, resuelto y de espíritu combativo. Le encantaba discutir, impugnar a los herejes, rebatir a los gentiles y amonestar a los irreligiosos. En estas confrontaciones Saúl salía airoso. Los judíos, especialmente el grupo de dirigentes de la sinagoga, los fariseos, estaban encantados de tener un defensor tan lúcido y agudo. Estos éxitos gratificaban el orgullo de nuestro joven héroe, reforzaban su dedicación al estudio y estimulaban un cierto aire de importancia en el cumplimiento y defensa de la orto- doxia. Cada vez fue convirtiéndose en fanático y dogmático en la ob- servancia de las normas religiosas. Fue un celoso guardián de la pureza del judaísmo. Reprendía a quienes se acomodaban a la impostura, no hacía concesiones a los débiles, era de disciplina férrea y extremada- mente duro con el transgresor.

El camino del éxito

Ya fuese porque su actitud intolerante empezó a molestar a la gen- te de influencia, ya porque su pequeña figura soberbia y arrogante caía

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mal a otros, o porque realmente reconocían su brillante talento, el he- cho fue que le aconsejaron que continuase los estudios en la capital. ― En Jerusalén vas a poder lograr una capacitación más completa y excelente ―le dijeron, alabando sus capacidades para hacer una exi- tosa carrera. En esos días, la escuela que dirigía Gamaliel era el centro más im- portante de estudios teológicos del judaísmo. Así que le propusieron que ingresara en esa prestigiosa universidad. El proyecto entusiasmó a Saúl. Sus padres lo apoyaron y proporcionaron los recursos para el viaje y la manutención. Fue así como nuestro joven héroe llegó a la ciudad sagrada cargado de ilusiones y afanoso de perfección. Recorrió emocionado las estrechas callejuelas repasando la historia y descu- briendo las huellas de sus antepasados. Con reverente unción entró en el templo y presenció absorto el sacrificio de la tarde, por primera vez vivió una de las experiencias más impactantes de su vida. Se inscribió en la escuela de Gamaliel y se consagró a la tarea de estudiar con todo fervor. Rápidamente sobresalió, no sólo por su baja estatura, sino por su notable capacidad para el aprendizaje. El mismo Gamaliel se intere- só en él y llegó a ser su maestro privado. Continuó en la ruta del éxito cosechando aplausos y expresiones de encomio. La vida le sonreía. Pro- gresivamente fue distinguido con posiciones de privilegio y autoridad. Todo ese estímulo e innumerables gratificaciones lo motivaban más al estudio, a ser más estricto en el cumplimiento de la ley, y a buscar con ansias renovadas la cúspide del poder. Es lamentable que también en este punto los biógrafos de nuestro personaje sean tan reticentes en proporcionar información. Práctica- mente nos dejan en las sombras y obligados a descubrir por nosotros mis- mos, datos que nos permitan reconstruir la historia de esta etapa de su vida tan significativa. ¿Qué ocurrió entre los 25 y los primeros años de la década de los 30? Si bien, reiteramos, no existe información confirmada, tenemos algunas razones para pensar que la historia podría ser como la vamos a contar. Es un intento de llenar los vacíos de las crónicas con las hebras que la lógica de la vida teje en todos los tiempos y lugares. Quizás fue el mismo Gamaliel, o uno de los ancianos venerables del templo o del Sanedrín o alguno de sus condiscípulos, que un día le dijo:

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― Saulo, tienes casi todo para llegar a ser uno de nuestros gober-

nantes, para ocupar un lugar en el Sanedrín: inteligencia, conocimien-

to, moral intachable, elocuencia extraordinaria, sólo te falta una cosa para ser un gran líder.

― ¿Qué cosa me falta? ―preguntó Saulo con inusitado interés.

― Una mujer.

― ¿Cómo? ―dijo con asombro y desconcierto.

― ¿No sabes, acaso, que si no eres casado no puedes entrar en el

Sanedrín? Saulo necesitas una mujer. Tienes que casarte, muchacho. Es probable que Saulo jamás se había detenido a pensar en la idea de casarse ni en mirar a las chicas con intereses serios. Desde la ado- lescencia todas sus energías fueron canalizadas al estudio y el cumpli- miento estricto de las normas religiosas. Así que, no fue raro que el consejo lo sorprendiera y produjera cierto molestar. No sabemos exac- tamente qué sucedió, pero quizás la hija de un fariseo importante fue propuesta como candidata para el matrimonio y, de alguna manera, se hicieron los arreglos para que se celebrase la boda. Así, pues, nuestro héroe, un tanto obligado por las circunstancias y su poderosa voluntad de poder, ingresó al gremio feliz de los casados.

Cuando la calamidad golpea a la puerta

Siempre es difícil la adaptación matrimonial, especialmente para quien está acostumbrado a vivir solo y no tener que rendir cuentas a nadie, pudiendo dedicar, despreocupadamente, todas las horas que se desea al estudio o al debate con los amigos. Saulo hacía varios años que vivía sólo en Jerusalén. Seguro que fue muy difícil para él, y principal- mente para ella, la convivencia. Saulo era estricto y minucioso en el cumplimiento de los deberes, al asistir a los sacrificios, los horarios de oración, etc. Era un obsesionado de la limpieza y el orden, perfeccionis- ta en extremo. La esposa de Saulo, como buena hija de fariseo, estaba acostumbrada a ser cuidadosa, limpia, ordenada, a respetar las leyes de pureza en la comida y las costumbres, pero su esposo la superaba gran- demente en todo lo que conocía. La agobiaba con sus exigencias de ser exacta, disciplinada, estricta con todas las reglas. Contaba los pasos que daba el sábado para no transgredir la norma. La obligaba a no prender

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fuego ni hacer ningún esfuerzo mayor que el autorizado. Vigilaba sus palabras para que no pronunciara ninguna expresión inconveniente. Le exigía que recitase de memoria las Escrituras. Permanentemente le reclamaba perfección y prontitud en las tareas del hogar, en su compor- tamiento personal y en su devoción religiosa. Por suerte, Saulo estaba poco tiempo en casa. La mayor parte del día lo ocupaba en el templo o en el estudio. Finalmente, había ingresado al Sanedrín, dedicando más

tiempo a la política y a las tareas del gobierno. Su esposa languidecía en

la soledad bajo el peso agobiante del deber ineludible.

¿Qué fue lo que ocurrió? ¿Cómo se produjo el cruel desenlace? No lo sabemos con exactitud. Quizás fue el cansancio de esa vida dura,

rígida, sin espacios para las luces del amor y la comprensión. Quizás

una siniestra enfermedad empezó a consumir sus energías juveniles. Es posible que un accidente, provocado o imprevisto, cercenó su vida. Lo cierto fue que un hecho triste y dramático precipitó a Saulo en la viudez prematura. Muchas veces se lo habían advertido. Hasta algún amigo había sido severo con él amonestándolo a que prestase más atención

a su esposa y la tratase con más consideración. Ocupado, más bien,

absorto en sus tareas no había llegado a captar que había alguien en

casa esperándolo. Además, había entendido que Dios le pidió, como un nuevo Moisés, que guiase a su esposa por el camino de la obedien-

cia. El rigor en su trato siempre lo había entendido como benéfico para

la

educación de ella. Tarde descubrió que había estado equivocado. Se daba cuenta que

le

había hecho la vida insoportable. Se sentía un tirano, un déspota, una

criatura abominable. Pero era demasiado tarde. Comprendió que ella había sido bondadosa, servicial, siempre dispuesta y atenta a sus nece- sidades. Jamás había reaccionado con aspereza. Cuando él le gritaba sus errores, bajaba la cabeza y sollozando le decía que la próxima vez lo haría mejor. Rasgó sus ropas de dolor, se tiró de los cabellos, lloró de rabia consigo mismo. Estaba desesperado. La tragedia se desplomó so- bre él como un rayo fulminante. Hasta ahora la vida le había sonreído. Siempre había estado absolutamente convencido de que estaba hacien- do lo mejor. Que era el mejor en todo, el más justo, el más perfecto, el más santo. Ahora se veía como un gusano vil y despreciable. Se sentía

un criminal. ¿Cómo pudo suceder esto? Su mente era un torbellino.

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Perdió el apetito. No podía dormir. Vivía pensando. Empezó a dudar de todo. Tenía arranques de llanto y angustia. Por momentos le invadía una crisis de ira y rabia y rompía todo lo que encontraba a su paso. Los miembros del Sanedrín vinieron compungidos, con aire solem- ne y respetuoso, a presentarle sus condolencias. Todos los fariseos de Jerusalén desfilaron por su casa. La mayoría actuaba con formalidad y sobriedad en sus palabras. Por primera vez, Saulo descubrió la hipo- cresía que había en todos esos gestos y palabras vacías. Se veía como Job en las profundidades del dolor ante los amigos insensibles y conde- nadores. Aunque nadie se lo dijo, Saulo pudo leer en los rostros de los sacerdotes que se preguntaban qué pecado habría cometido para que Dios lo castigase con la muerte de su esposa. Se encerró en su casa y

durante semanas no salió. Los amigos más íntimos procuraban conso- larlo y tranquilizarlo. Quizás alguno de ellos le traía las noticias de los sucesos de la ciudad, más para entretenerlo que para involucrarlo. Se trataba de la secta de los seguidores de Jesús, de cómo aumentaban sus adeptos a pesar de los esfuerzos de los sacerdotes por detenerlos. Aun los saduceos, sus enemigos, cuestionaban esa doctrina. Un extraño in- terés se despertó en Saulo sobre el tema, olvidando por momentos la muerte de su esposa. Entonces los amigos fueron más explícitos, y le contaron que dos de ellos, Pedro y Juan, habían sido detenidos e in- terrogados, quienes respondieron en forma insolente a los ancianos y continuado con su campaña proselitista. Saulo se indignó. Se comenta- ba que ellos eran los culpables de la extraña muerte de un matrimonio (Ananías y Safira) ocurrida en el lugar donde se reunía el grupo. El Sanedrín estaba dividido en relación a las medidas que debían adoptar. Pero, como tantas otras veces, había prevalecido la palabra de Gama- liel, de dejar que el tiempo se encargase de mostrar quién tenía razón. También hablaron de otro seguidor, Felipe, que fue necesario echarlo de la ciudad para que no molestase.

― Pero el problema más grande lo tenemos con otro de sus líderes, llamado Esteban.

― ¿Qué ha hecho? ―preguntó Saulo.

― No sabemos muy bien, pero es un hereje que insiste en predicar

esas doctrinas falsas y perniciosas de Jesús de Nazaret. Aun ha tenido

la osadía de enfrentar a nuestros ancianos y acusarlos de la muerte de

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su maestro, Jesús de Galilea. Tiene mucha facilidad de palabra y ha puesto en aprieto a los miembros del Sanedrín. Tus colegas han pedido que, por favor, vayas a defender la causa del judaísmo que está siendo atacando por esta gente. El Sanedrín ha convocado a varios eruditos de Jerusalén y de otras localidades para una confrontación. Saulo se olvi- dó de su dolor, movido por el orgullo farisaico ofendido y por su pasión por la polémica. No dudó un minuto en acudir. La historia dice que Saulo participó activamente en el juicio, pero nadie pudo rebatir “la clara y serena sabiduría de Esteban”. La voz del diácono, inspirada por el Espíritu Santo, resonaba en la sala del con- cilio. “Con palabras que cautivaron al auditorio, procedió a repasar la historia del pueblo escogido de Dios, demostrando gran conocimiento

de la dispensación judaica y de su interpretación espiritual manifestada

Evidenció su lealtad para con Dios y la fe judaica, aunque

demostrando que la ley en que confiaban los judíos para su salvación no había podido salvar a Israel de la idolatría”. El conceptuoso y sereno discurso de Esteban de pronto se interrumpió para dirigir a los jueces un violento reproche de amonestación: “Duros de cerviz, e incircunci- sos de corazón y de oídos, vosotros resistís siempre al Espíritu Santo:

como vuestros padres, así también vosotros

ta no se hizo esperar. Furiosos arremetieron contra él, lo sacaron fuera del recinto, lo arrastraron por las calles hasta los extremos de la ciudad y allí lo apedrearon. Saulo también fue arrastrado por la ira colectiva, y si bien no se atrevió a tirar piedras, apoyó el acto justiciero. Sin embargo, cuando volvió a su casa, surgieron las dudas. Las esce- nas impresionantes que había vivido no se iban de su mente. Recorda- ba las palabras de Esteban, la falta de argumentos de los sacerdotes, el gesto sereno del mártir durante el juicio y aun durante su apedreamien- to. Por momentos, la conciencia culpable le recordaba a su esposa, aso- ciándola de alguna manera con Esteban. Le molestaba estos recuerdos. Luchó contra ellos. Se impuso la idea de que Esteban era un impostor y que fue necesario su ajusticiamiento. Toda la rabia que sentía hacia sí mismo, empezó a dirigirla hacia esos seres perversos que destruyen la paz del pueblo y esparcen ideas herejes.

(Hech.7:51) La respues-

por Cristo

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Cuando las Crisis Construyen el Camino del Éxito

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La voz de la crisis

Su participación en el juicio de Esteban fue reconocida y premiada por el Sanedrín. Esa distinción estimuló más la furia perseguidora de Saulo hacia los miembros de la secta. Mientras perseguía violentamen-

te a los cristianos, olvidaba sus culpas y conflictos, descargaba sus ener- gías y se esforzaba en creer que estaba haciendo una obra de justicia

y de bien a la comunidad. Sin embargo, no podía olvidar el rostro de

Esteban; en cada cristiano que arrastraba al tribunal o a la cárcel volvía

a ver a Esteban. Entonces reaparecían las dudas y releía las profecías y

evocaba las enseñanzas expuestas por el mártir. Por momentos, le asal-

taba la idea de que los cristianos podían tener razón, pero rápidamente reaccionaba ante la locura de esa idea.

― ¿Cómo nuestros amados padres, herederos de los patriarcas,

pueden estar equivocados? ¡Estos cristianos me van a enloquecer! Tengo que acabar con ellos. Son gente perversa, despreciable, una ver-

dadera lacra para la sociedad. Y “enfurecido sobremanera” (Hech.26:11) se lanzaba a las calles en busca de “esos malditos destructores de la felicidad y la religión”. Le informaron que muchos habían huido a Siria, a la ciudad de Damasco.

― ¿Por qué no vas a buscarlos allí y los capturas? ―le sugirió un

sacerdote. Hacía días que vivía en un martirio constante, sin poder dormir, comer y con la cabeza afiebrada por las dudas, culpas y enojos. Fre- cuentemente se retraía en sus permanentes cavilaciones. Sufría el martilleo incesante de los recuerdos implacables y pun- zantes.

― ¡Buena idea! Voy a ir a Damasco a terminar con esa basura. Además,

el viaje me va a hacer bien. Salir un poco me va a distraer y tranquilizar.

Pero en camino a Damasco, su alma desgarrada y asediada por la culpa, encontró una voz que lo liberó. Después de un viaje agotador, muy cera de la ciudad, súbitamente una luz resplandeciente como un relámpago lo encegueció y tumbó de su cabalgadura. Atontado por el golpe, mientras procuraba levantarse del polvo de la tierra, bajo la irra- diación refulgente de aquella luz, escuchó una voz que lo llamó como

en su infancia lo hacía su padre:

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Psicología de los Personajes Bíblicos

― Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues?

― ¿Quién eres, Señor? ―contestó tímidamente.

― Yo soy, quien tú persigues para acallar tu propia persecución.

¿No crees que es demasiado doloroso estar dando puntapié a un clavo? Ahora la luz penetró en su mente, iluminando su conciencia con la

convicción de quien le hablaba conocía perfectamente su condición y sus conflictos. Esas palabras le impactaron profundamente, con la cer- teza de estar frente al mismo Dios. Desaparecieron instantáneamente todas las dudas y confusiones.

― ¡Jesús es Dios! ¡Es el Mesías prometido! ¡Esteban tenía razón!

He andado en el camino equivocado. Señor, perdóname y hazme tu discípulo ―comenzó a balbucear una débil oración que siguió pro- nunciando durante semanas en el desierto de Arabia, donde se refugió para estudiar las Escrituras y aprender de Dios. En camino a Damasco, Saulo encontró a Jesús, el odio se topó con el amor, la angustia con la paz, la ley se reconcilió con la fe y la con- ciencia culpable descubrió el perdón. En camino a Damasco, la oscura realidad interior del perseguidor perseguido se iluminó súbitamente, ante la sabia intervención del psicoterapeuta divino, descubriendo grá- ficamente el mal de su espíritu torturado. En camino a Damasco, “el que había sido un orgulloso fariseo, dice Elena de White (1977, 98,99), confiado en que lo justificaban sus buenas obras, se postró ahora de- lante de Dios con la humildad y la sencillez de un niñito, confesando su propia indignidad”. En camino a Damasco, el terapeuta divino liberó la conciencia desdichada del legalismo neurótico judío, inaugurando un nuevo proyecto de vida, auspiciado por Cristo mismo y orientado al servicio ministrador de los bienes salvíficos emanados del perdón, la gracia y la justicia divina. “En consecuencia, ya no pesa ahora condenación alguna sobre los incorporados a Cristo Jesús, va a decir más adelante Pablo al explicar la experiencia del camino a Damasco, el poder vivificador del Espíritu, poder que reciben a través de Jesucristo, los libera del círculo vicioso del pecado y de la muerte” (Rom.8:1; DHH).

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Capítulo 3

Cualidades femeninas

1. EL CARÁCTER FEMENINO EN LA BIBLIA

“Mujer virtuosa, ¿quién la hallará? Porque su estima sobrepasa largamente a la de las piedras preciosas”.

Proverbios 31:10

E l texto bíblico fue escrito aproximadamente durante unos mil seiscientos años, y comprende diferentes etapas históricas, distintas culturas y organizaciones sociales. Por lo tanto, sus personajes proceden de diversos contextos socioculturales.

No obstante esta heterogeneidad, hay una constante que se observa en los tiempos bíblicos, el “androcentrismo” (Núñez, 2003), el varón como centro, responsable de una ideología misógena, que ha menoscabado la posición de la mujer y enaltecido las virtudes masculinas. Así, por ejem- plo, durante el patriarcado, “la supremacía económica, el poder político y el control religioso fueron todos definidos en relación con el padre, que era al mismo tiempo la cabeza de la casa, cuyos miembros le eran depen- dientes en su posición superior en todas las esferas” (Gittins, 38). En el Israel posterior al período patriarcal, “la posición de la mujer estuvo regida por el mismo código de leyes sociales y religiosas” (DBA, 814), es decir, de subordinación y dependencia. En la Biblia hay 37 libros con nombres de hombres y sólo dos con nombres de mujer. Por eso, el Antiguo Testamento contiene muchas referencias a la mujer pendenciera, malvada o inmoral (Pr. 6:24; 21:9,19; 26:7), aun- que también hay muchas otras referidas a mujeres de buen juicio, sa-

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bias, bondadosas y con otras buenas cualidades (1 S. 25:3; 2 S. 20:16; Pr. 11:16). En este contexto, la definición del carácter femenino está con- taminada por las distorsiones originadas en los prejuicios sociales y las opiniones personales. Por ejemplo, el ideal de mujer que presenta el li- bro de Proverbios, específicamente el capítulo 31, frecuentemente citado como modelo a imitar, perfila las características de una esposa laborio- sa, quien trabaja todo el día con esmero y aun se levanta de madrugada (vers.13-15) a preparar la comida para los hijos y los criados (¿no deben ser ellos quienes deberían levantarse a preparar el desayuno en lugar de la señora de la casa?), experta en transacciones comerciales (16,18, 24), agricultora, artesana (19), magnánima (20), modista (21), tapicera (22), habilidosa, sabia (26), honrada (28) y piadosa (31), aunque parece que no era muy bonita (30). Es, pues, una super mujer o “mujer maravilla”, casi imposible de encontrar en la realidad, como es reconocido (10), por lo que hay que concluir que se trata más bien de una fina ironía que de un genuino elogio. Al leer el contexto, descubrimos las razones que explican el porqué de esta imagen desmedidamente ponderada. Quien describe el cuadro es una mujer, una madre que está aconsejando a su hijo, llamado Le- muel, rey de Massá. Ella empieza con estas palabras tan significativas:

“Hijo mío, hijo de mis entrañas, hijo de mis votos. No gastes tu fuerza con mujeres, ni tus caminos con la que destruyen a los reyes” (Prov.31:2,3). Aquí vemos a una madre claramente sobreprotectora, que teme perder

a su hijo querido, el hijo de sus “entrañas”, que había sido pedido (era el hijo de sus “votos”), seguramente, porque no podía tener hijos. Así que, probablemente, se trate de un hijo único, que la madre no quiere perder, para no sentirse abandonada, algo muy frecuente entre las madres viu-

das. De manera que el consejo sutil que le está dando es: “hijo mío, no te cases, quédate conmigo”. Entonces le dibuja un panorama pesimista de la realidad femenina, ya que la mayoría de las mujeres son destructivas

y perjudiciales y, si bien hay algunas buenas, son muy difíciles de hallar, pues constituyen un dechado tan grande de virtudes que es más una uto- pía, una quimera, que una realidad. Es decir, son consejos orientados

a desalentar la búsqueda del hijo, que ha de enaltecer a la mujer. Hay

que concluir, entonces, que ese texto habla del egoísmo materno y no del

ideal femenino.

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Al carecer de modelos paradigmáticos, sólo nos quedan las mujeres de carne y hueso, los casos concretos de personajes históricos. ¿Qué ejemplos podemos considerar? Veamos tres personajes del Antiguo Testamento, las dos protagonistas de los únicos libros bíblicos que tie- nen nombres de mujer, Rut y Ester, y la historia de la jueza Débora. Se- guiremos el orden cronológico, comenzando por esta última. Creemos que estos casos pueden ayudarnos a dar cuenta de algunas cualidades femeninas relevantes y proporcionar ideas sobre la concepción bíblica acerca de la mujer.

2. LAS VIRTUDES DE LA ABEJA: DÉBORA

¿Por dónde se empieza a contar la vida de una mujer, por el nombre o por la mirada? Esta duda histórica que anticipa lo femenino en toda su complejidad, se acota y aclara cuando la pregunta tiene mujeres bíblicas por sujeto, donde el nombre se convierte en misión y destino.

La defensa de la colmena

La abeja es un insecto valioso, generoso y sumamente útil. Se ca- racteriza por su laboriosidad en producir su alimento, construir una vivienda ejemplar y por su gran capacidad para trabajar en equipo. Es un animal social con una compleja y sofisticada organización. Otro ras- go importante es su carácter temible y valiente cuando se enoja o a la hora de defender la colmena. Posee un poderoso aguijón que utiliza con eficacia y coraje contra sus enemigos, aunque la acometida le cues- te la vida. Pero, seguramente, su reputación más importante proviene de su notable aptitud para producir una de las sustancias más exquisi- tas y nutritivas de la naturaleza, la miel. Los especialistas encuentran todavía otra función destacable de este noble insecto, su papel en la fertilización de los cultivos de árboles frutales, nueces, hortalizas y ve- getales forrajeros, así como de plantas no cultivables que impiden la erosión del suelo, al fijarse en él y detener que sean arrastradas hacia los mares.

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Todas estas virtudes ilustrativas están presentes en la vida de un per- sonaje excepcional de los tiempos del Antiguo Testamento, que precisa- mente recibió el nombre de “abeja” o “avispa” (DBA, 310). Se trata de la profetisa “Débora”, vocablo hebreo que traduce el nombre del insecto productor de la miel. Cabe destacar que el nombre de una persona en el pensamiento bíblico no es una mera expresión que adjudican los pa- dres para distinguir o identificar al hijo, sino tiene un sentido literal. Los nombres “eran símbolos del carácter y la personalidad de la persona”, significa también “autoridad” y “reputación” (Ídem, 847). En la historia de Débora, su nombre reproduce admirablemente las peculiaridades de la abeja. Otro dato adicional sugestivo es que el texto que la introduce, señala: “En ese tiempo una mujer gobernaba a Israel, Débora, profetisa, esposa de Lapidot” (Jue.4:4). Lapidot significa “antorcha”, “destello” o “relámpago”. “Algunos han pensado que la frase ‘mujer de Lapidot’ de- bería traducirse ‘mujer de espíritu fogoso’ o ‘ardiente’, título bien aplica- do a Débora por lo que se ve del relato que sigue” (2CBA, 330). Débora fue una dirigente del pueblo de Israel durante el perío- do de los Jueces, cuya actuación tuvo lugar “probablemente a media- dos del siglo XII a.C.” (BJ, 271). Es la única de los jueces que poseía el don profético. Durante el período de su gobierno, las tribus de Israel vivían esparcidos en Canaán en amplios territorios, principalmente de las zonas montañosas. Estaban separados por llanuras dominadas por los cananeos, que no habían podido expulsarlos del país, cuyas fortalezas controlaban las principales rutas de comunicación. El rey de Canaán, en la época que estamos considerando, era Jabín, quien tenía un temible y poderoso ejército, constituido por un cuerpo de 900 carros de hierro, dirigido por un célebre militar llamado Sísara; hombre tirano y depreda- dor (Jue.5:30). Durante veinte años el gobierno cananeo había oprimido despiadadamente a los hijos de Israel. Fue entonces cuando Débora, la “abeja”, aparece para defender su colmena y liberar al pueblo del despo- tismo y la injusticia. Elena de White, hace una gráfica descripción de aquellos tiempos penosos: “Los israelitas, habiéndose separado de Dios por la idolatría, fueron cruelmente oprimidos por los enemigos. La propiedad y aun las vidas de la gente estaban en constante peligro. Por ello las aldeas y las vi- viendas solitarias habían sido abandonadas, y la población se concentra-

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ba en las ciudades amuralladas. Los caminos principales estaban vacíos, y la gente iba de un lugar a otro por solitarios caminos secundarios. En los lugares de donde sacaban agua, muchos eran asaltados y aun asesinados y, para mayor angustia, los israelitas estaban desarmados. Entre cuarenta mil hombres no había una espada ni una lanza” (White, 1995, 261). En su tarea de jueza y consejera, Débora ejercía sus funciones polí- ticas y psicológicas al aire libre, bajo una palmera conocida con su pro- pio su nombre (4:5), quizás debido a otra homónima del pasado (ver Gén.35:8). Allí atendía todo tipo de consultas que traían para su sabio criterio y decisión. Una de las demandas más frecuentes, prácticamente un clamor generalizado, era la condición de opresión y sumisión a la que estaba sometida el pueblo. Sufrían todo tipo de atropello y carencias bajo el dominio enemigo. Fue cuando Débora entendió que la situación era insostenible y que se requería una acción inmediata y enérgica. Pronto recibe de Dios la seguridad del triunfo y la estrategia para alcanzarlo. Convoca al hombre con mejores aptitudes para organizar un ejército y enfrentar al enemigo. Barac, el “relámpago” (DBA, 142), fue el desig- nado. Le da las instrucciones de cómo proceder (4:6) y la convicción que Dios le daría el triunfo, más allá de la supuesta superioridad bélica del enemigo. “Barac le respondió: Si tú fueres conmigo, yo iré; pero si no fueres conmigo, no iré” (4:8). En tiempos donde la superioridad mascu- lina era incuestionable y la mujer desempeñaba roles secundarios, esas palabras de quien ejercía la comandancia general de las fuerzas armadas, constituyó un reconocimiento de un valor excepcional. “Debe de haber sido extraordinario para que en su tiempo, y rompiendo todas las atadu- ras de la cultura, Barac fuera a suplicarle que le acompañara a la guerra”, dice Núñez (2003, 159). “Señal que Dios no discrimina a la hora de utili- zar a las personas”. Seguramente Barac conocía lo mal preparado que estaba el pueblo para la guerra, la actitud tímida y desertora de mucha gente, además de la gran reputación y popularidad que tenía Débora, producto de varios años de trabajo efectivo y exitoso ayudando a resolver los difíciles pro- blemas de la gente. Todo el mundo sabía que la palabra de la jueza era confiable y segura; lo que ella decía, era incuestionable e infalible, como un cheque al portador, una profecía que jamás fallaba. Su personalidad

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imponente y respetable era el alma del pueblo de Israel, la única perso- na capaz de sostener el ánimo de los hebreos y la portavoz reconocida de la voluntad de Dios; un poder superior a los 900 carros de guerra de Sísara.

El despertar de la abeja

“¡Despierta, Débora, despierta! ¡Despierta, despierta, entona un cantar! ¡Ánimo! ¡Arriba, Barac! ¡Apresa a los que te apresaron, hijo de Abinoam!”

Jueces 5:12 (BJ)

Un país agobiado por el dolor y el oprobio es empujado a la represa- lia y al cambio, desplazando los espacios anhelados de paz y seguridad, y poniéndolos al servicio de las acciones beligerantes. Entonces empiezan a soplar los vientos de guerra, agitando los corazones. Ante la confla- gración que se avecina, algunos se enardecen y caldean los ánimos para enfrentar al enemigo y la injusticia; otros sienten la brisa helada del te- mor recorriéndoles el cuerpo, experimentando el dejo agrio de la muerte amenazadora. De este modo, muchos quedan amarrados a las ligadu- ras del pavor, utilizando estrategias evasivas, de espera o directamente negándose a combatir; mientras otros, templan el espíritu para afrontar el desafío. Así ocurrió cuando Barac, el “relámpago”, emplazó a los is- raelitas a unirse contra la tiranía y luchar por la libertad. Varias tribus y familias claudicaron, como las de Rubén, Gad, Dan y Aser (5:16,17). Sin embargo, otros tuvieron “grandes propósitos del corazón” (5:15,16), jugándose la vida en una aventura sumamente riesgosa, considerando las diferencias entre ambos contendientes. Humanamente hablando, era una misión imposible, sólo la fe en el Todopoderoso podía hacer creer en el éxito. Como mencionamos anteriormente, el cuerpo más poderoso del ejército de Sísara era la caballería, integrada por una unidad de 900 ca- rros herrados (Jue.4:3), especie de brigada motorizada acorazada. Era un cuerpo invencible y decisivo en las batallas de aquellos tiempos, ya que los combates eran cuerpo a cuerpo, siendo decididos por la infante- ría. Esos carros estaban armados con cuchillas semejantes a guadañas,

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fijadas en los ejes, para que al pasar entre la formación enemiga los sega- ra como a trigo. Por otra parte, los israelitas, bajo la hegemonía cananea, estaban desarmados. Combatían con utensilios de madera, herramientas recicladas o armas fabricadas a última hora. Por su parte, Sísara tenía bajo su mando soldados profesionales, de experiencia en el combate, a diferencia de los israelitas, que en su mayoría eran agricultores, que sólo poseían el entusiasmo y la fuerza natural. Prácticamente era un suicidio declararle la guerra a los cananeos. Sin embargo, diez mil hombres se alistaron y salieron a combatir al ejército de Sísara. ¿Cómo se atrevieron a tanto? ¿Qué los animó a realizar esa acción descabellada? Fue Débora, la profetisa, esa mujer temperamental y osada, cuya influencia y carisma irresistibles, animada por su profunda convicción de triunfo y de la inter- vención divina, envió a esos hombres a la batalla. Las amenazas de la confrontación oscurecían el horizonte como una tormenta violenta que se aproximaba. Barac juntó a sus diez mil hombres y se dirigió al monte Tabor. Sísara, inmediatamente reunió su poderoso ejército, con el cual esperaba rodear a los hebreos para destruirlos con facilidad. Los israelitas miraron asombrados a las numerosas legiones que se extendían en la planicie, fuertemente pertrechadas con todos los instrumentos bélicos. “Los israelitas se habían ubicado en una posición ventajosa en las montañas, esperando la oportunidad favorable para el ataque. Alentado por la seguridad que le dio Débora de que en ese día obtendrían una victoria significativa, Barac condujo a su ejército hacia la abierta planicie y atacó audazmente al enemigo. El Dios de los ejércitos luchó a favor de Israel, y ni la capacidad bélica, ni la superioridad numé- rica, ni el equipo que poseían pudieron resistir el ataque. Las huestes de Sísara fueron presas del pánico. Sólo Dios pudo haber derrotado al ene- migo, y la victoria sólo podía adjudicarse a El” (White, 1985, 321). Parece que sobrevino una fuerte tormenta, con truenos y relámpa- gos, que llenaron de temor a los cananeos; y aún mas, ante el avance del otro “relámpago” que los atacaba. La lluvia intensa y persistente inun- dó los campos y desbordó el arroyo Cisón (5:20,21), que lanzó sus aguas sobre la planicie, empantanando e inmovilizando los carros de guerra. En esas condiciones, los soldados cananeos atemorizados, fueron fácil presa del ataque violento de los israelitas. Al observar el desastre y la derrota, Sísara escapó corriendo entre los cerros en dirección a tierras

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seguras, hacia el norte, alrededor de 50 kilométros, donde vivía Héber ceneo, quien había firmado un tratado de paz con el rey Jabín (4:17). Al llegar a la casa, encontró a la esposa de Héber, Jael, quien le brindó albergue y le dio a beber leche. Agotado por el esfuerzo y sintiéndose seguro, Sísara se durmió profundamente. Al darse cuenta Jael de quién se trataba, al verlo dormido, “venció su repugnancia natural ante un acto tal y lo mató atravesándole un clavo por las sienes y clavándolo en tierra. Cuando Barac pasó por allí persiguiendo a sus enemigos, Jael lo invitó a entrar y viera a sus pies al vanaglorioso capitán muerto por la mano de una mujer” (2CBA, 998).

La dulzura de la victoria

“¡Bendita entre las mujeres, Jael (la mujer de Héber ceneo), entre las mujeres que habitan en tiendas, bendita sea!”

Jueces 5:24 (BJ)

De la misma manera como la faena abnegada de la abeja tiene ese gusto exquisito y único que constituye la miel, la historia de Débora acaba en una dulzura deliciosa. El relato concluye con la celebración del triunfo, que Débora expresa en un cántico sublime, un himno de victoria. Se trata de una composición lírica de alta calidad literaria y de gran fuerza expresiva. Se la conoce como el “Canto de Débora” o el “Canto de Débora y Barac”. Aparece registrado en el capítulo 5 del libro de los Jueces. Ha sido calificado de “un magnífico poema hebreo” (DBA, 309), “una de las piezas poéticas más antiguas de la Biblia” (BJ,

273).

En el cántico se atribuye toda la gloria de la liberación a Dios, y pide a la gente que lo alabe por sus maravillosas obras. El texto cele- bra y enaltece a quienes respondieron al llamado de Débora y Barac, y censura a los que rehusaron combatir, definiéndolos con una figura que ironiza su actitud cobarde, “¿Por qué te has quedado en los co- rrales, escuchando silbidos entre los rebaños?” (5:16, BJ). Otro hecho destacable del cántico es el protagonismo de tres mujeres. En primer lugar, Débora, llamada “madre de Israel” (5:7), la heroína que con su despertar (vers.7,12) levantó a las huestes hebreas a realizar esa gesta

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gloriosa de triunfo y libertad. La segunda mujer, fue Jael, de origen ceneo, quien con gran entereza de ánimo, calmó las aprensiones del comandante cananeo, lo alimentó con leche como una madre y luego lo hizo dormir. Ya indefenso el temible militar, le clava una estaca en la cabeza, produciéndole la muerte. Ese hombre triunfador en múltiples batallas, que tomaba las mujeres como trofeos de guerra (5:30), ahora cae con su cien atravesada por la mano de una simple mujer de campo, que lo derrota con su astucia e inteligencia. La tercera mujer mencionada en el cántico es la madre de Sísara. Al final, se le representa en una escena de gran intensidad dramáti- ca y atrozmente cáustica. Aparece afligida observando por la celosía, preocupada por la tardanza del hijo, preguntándose ansiosa cuál será la causa del retraso: “¿Por qué tarda en llegar su carro? ¿Por qué se retrasa el galopar de su carroza?” (vers.28, BJ), exclama presintiendo la tragedia. Se tranquiliza pensando, junto a sus siervas que la animan, “¿No han hallado botín, y lo están repartiendo? A cada uno una donce- lla, o dos; las vestiduras de colores para Sísara, las vestiduras bordadas de colores; la ropa de color bordada de ambos lados, para los jefes de los que tomaron el botín” (30). La ironía es sumamente cruel, porque Sísara yacía muerto ignominiosamente por una de esas mujeres que la madre imaginaba traería para su harén. El cántico remata con términos lapidarios, ensalzando la omnipotencia divina y el deseo de los fieles:

“Así perezcan todos tus enemigos, oh Jehová” (31). La historia de Débora contiene una serie de mensajes y enseñanzas que es necesario rescatar. En primer lugar, el valor y dignidad de la fi- gura femenina con sus aptitudes y habilidades para intervenir en el mo- mento adecuado con determinación y eficacia. Dios siempre escucha a sus hijos cuando se arrepienten y se comprometen a cambiar. También trasmite los valores del rechazo a toda forma de tiranía y despotismo; lucha por la justicia, más allá de las consecuencias e impedimentos; la importancia de la decisión valiente para enfrentar la opresión; los pe- cados de la cobardía, y mantener la esperanza, aun en las situaciones más sombrías y nefastas, porque Dios siempre está dispuesto a conce- der la victoria a la noble causa del bien.

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3. UNA DECISIÓN QUE SE CONVIERTE EN DESTINO:

RUT, LA MOABITA

“Y Rut oyó, en las lejanías de sí misma, la voz que llamaba a los gentiles. E hizo su voto perpetuo de maternidad predestinada. Y abrió el claustro de su vida en flor, el de todas sus potencias y sentidos, al Esperado, al Santo de Israel”.

Juan Zorrilla de San Martín

Decisión y compromiso

“El Libro de Rut, gruta de divino azul, dice Zorrilla (200-201), está cubierta de plantas a la entrada; se penetra en él entre árboles atentos, separando con las manos las ramas que nos tocan la cara; oyendo voces

de vidas ignotas que vienen de las lejanías; sintiendo palpitaciones de sangre melodiosa, que circula en las arterias de los follajes; se siente en seguida la dilatada frescura del otro lado, del otro viento. Es un libro

, respirado”. Ciertamente, Rut es un libro único y peculiar. Respira los aires de los campos grávidos, cubiertos de espigas, llenos de sol y gra- titud, pero además, tiene el calor de una intimidad doméstica, suave y tierna. Es un libro fresco, luminoso y encantador. No cuenta la historia ostentosa de los poderosos y reyes, sino de dramas y alegrías propias de la gente de pueblo y sencilla. Los expertos distinguen este libro como una de las joyas más valiosas de la literatura hebrea; los historiado- res lo prefieren porque describe, como ninguno, las costumbres de esa sociedad de la antigüedad, todos lo admiramos por la vida de aquella notable mujer, humilde y grande, cuyos gestos sublimes le dieron un lugar singular en la posteridad. Podríamos glosar la historia en estos términos. Aconteció que una devastadora sequía azotó aquella tierra. Los tri- gos y cebadas desfallecían y el campo estaba exhausto. Un vecino de Belén de Judá, llamado Elimelec, perdió su cosecha y en su indigencia decidió emigrar a otro lugar. Hombre educado con fuertes conviccio- nes religiosas, ya que su nombre significa “mi Dios es rey” (2CBA, 430), seguramente entendió que Dios tenía algún destino mejor en otro país.

reclama el recogimiento y la paz del alma pura para ser

de encanto

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Así que, se dirigió a la tierra de los moabitas con su mujer, Noemí, y sus dos hijos endebles, Quelión, que significa “languidez”, y Mahlón, “enfermizo”. Pero he aquí que murió Elimelec y Noemí, su viuda, con sus dos hijos, quedaron en aquella tierra de gentiles. Ambos se casaron con mujeres moabitas; la esposa de Quelión se llamaba Orfa, una joven atractiva por su bella cabellera (su nombre significa “ricamente ador- nado con cabello”; 2CBA, 430), y Rut, esposa de Mahlón, simpática y sociable. Pero también murieron los dos hijos de Elimelec. Y Noemí, ya anciana, quedó sin marido y sin hijos, junto a sus nueras jóvenes viu- das que no llegaron a ser madres. Pasó el tiempo, y un día Noemí, después de diez años de exilio, oyó decir que el Señor había visitado a su pueblo para darles de comer. Entonces, decidió volver. Habiéndose levantado, tomó el camino de Belén por el vado del Jordán, en compañía de sus dos nueras. “Las tres viudas pasaban por las colinas, como tres blancos misterios cami- nantes” (Zorrilla, 207). Poco después, la anciana se detuvo, y dijo a sus nueras: “Idos a casa de vuestra madre, hijas mías. Que Jehová haga misericordia con vosotras, como la hicisteis vosotras con los difuntos y conmigo. Y las besó”. Ellas se pusieron a llorar y dijeron: “No, contigo iremos a tu pueblo”. Noemí insistió que regresaran con los suyos, tra- tando de explicarles la realidad. Nada tenía que ofrecerles. “Volveos, hijas mías, e idos”, les repitió. Finalmente, Orfa besó a su suegra y se volvió a su casa en Moab. Pero Rut quedó abrazada del cuello de su suegra. “Mira, dijo la anciana, tu cuñada se ha vuelto a su pueblo y a sus dioses. Vete con ella”. Entonces Rut dio el paso decisivo, aquel que marcó su destino y la proyectó en la historia de la salvación; un acto supremo de lealtad que exhibe la esencia de su personalidad. Dijo:

“No me ruegues que te deje, y me aparte de ti; porque a dondequiera que tú fueres, iré yo, y dondequiera que vivieres, viviré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios. Donde tú murieres, moriré yo, y allí seré sepulta- da; así me haga Jehová, y aun me añada, que sólo la muerte hará separa- ción entre nosotras dos¨. (Rut 1:16,17).

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La simiente del amor

“Revivir aquel primer deslumbramiento, ese temblor con el que empieza la pasión”.

Octavio Paz

La historia narra que Noemí viendo la resolución de su nuera, no in- sistió. Ambas siguieron su camino. Llegaron a Belén cuando comenzaba la cosecha de la cebada (v.22), quizás a comienzos de la primavera. Rut salió a espigar en los campos; “fue por el alimento de los pájaros que ambulan en el aire” (Zorrilla, 212). Providencialmente, fue a un campo que pertenecía a Booz, un pariente de Elimelec, quien se sintió atraído por la joven viuda. Era hijo de Rahab de Jericó, una mujer que había ejercido misericordia con los espías enviados para obtener información de Canaan, la tierra prometida (Jos.2), quien también selló un pacto de fidelidad con el pueblo de Dios, después de la conquista de Jericó. Booz colmó de favores especiales a Rut, al saber que era nuera de Noemí y enterarse acerca de su fidelidad a la familia. Se acercó a la joven moabita y le dijo: “Oye, hija mía, no vayas a espigar a otro campo, ni te apartes de este sitio; incorpórate a mis muchachas” (2:8). Esas palabras, dichas con afecto y acompañadas de una mirada tierna, hizo que Rut bajara su rostro, en un gesto de pudor y recogimiento, movida por una emoción que intentó ocultar (v. 10). Ese diálogo fecundó el germen del amor. “¿De dónde vino a mí esta dicha, oh mi señor, de haber hallado gracia a tus ojos, y que te dignes saber de mí, siendo, como soy, una mujer extranjera?” El sol bañaba los campos fértiles en aquel día espléndido, y el rostro tostado de la joven res- pondía a través del cristal diáfano de su mirada. “Se me ha informado de todo cuanto has hecho por tu suegra”, dijo el bondadoso Booz, felicitán- dola por su amor y lealtad. Al parecer, la figura grácil y frágil de la joven, cargada de la desoladora belleza del desamparo, despertó un sentimiento de protección y cariño especial en Booz, que sintió el impulso de abrazar- la y rodearla de calor: “Que tu recompensa sea plena de parte de Jehová, Dios de Israel, bajo cuyas alas has venido a refugiarte” (v.12). El diálogo de las palabras y miradas continuó durante el almuerzo, conservando la dama su humilde recato y candor. Booz ordenó dejar caer algunas espigas adicionales entre las gavillas para que ella pudiera recogerlas y hacer más

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fructífero su trabajo. Y cuando la tarde cayó aquel día, Rut volvió al senci- llo hogar de Noemí, cargada con una cosecha abundante de alimentos. Noemí intuyó rápidamente que la simpatía del hombre podía con- vertirse en amor y llegar al matrimonio. Quizás oyendo la voz de Dios que anunciaba profecías, trazó un plan para apremiar a Booz a tomar una decisión y concretar el casamiento. Le explicó a su nuera su idea, mostrando un notable conocimiento de la psicología masculina. Rut lo ejecutó con gran habilidad. Luego que “Booz hubo comido y bebido, y

su corazón estuvo contento, se retiró a dormir

lladamente, y le descubrió los pies y se acostó” (3:7). A la medianoche, Booz se sobresaltó al descubrir la íntima calidez de una dama acostada a sus pies. Probablemente una súbita turbulencia interior lo sacudió, pro- duciéndole un estremecimiento que le recorrió toda la espalda, desper- tando un deseo que iba dispersándose por la sangre, al ritmo acelerado de su corazón, para dar lugar a vagos apetitos carnales, que caldearon la imaginación y enternecieron la voluntad. “Dijo: ‘¿Quién eres tú?’, y ella respondió: ‘Soy tu sierva. Extiende so- bre tu sierva el borde de tu manto, porque tienes derecho de rescate’” (9; BJ). Con ese gesto le estaba pidiendo que fuera su “goel” o “redentor”. Dos normas disponían los deberes del “goel”, una de tipo económico y otra social. La primera era el deber de rescatar los bienes de un pariente evitando la venta o el traspaso de sus tierras (Lv.25:23-25, 47-49). La segunda, era la costumbre del levirato, a través de la cual una viuda de- bía casarse con el hermano o el pariente más cercano del marido para darle descendencia al difunto. Cuando el cuñado se negaba a casarse con la viuda, en un acto público, le quitaba la sandalia y le escupía la cara pronunciando palabras infamantes (Dt.25:5-10). En consecuencia, la actitud de Rut, de acostarse junto a los pies descalzos de Booz, no pa- rece responder a un simbolismo sexual (si se interpreta “los pies” como el sexo), sino a los rituales del levirato. Es como decirle, “vas a ponerte la sandalia, casándote conmigo o yo tomaré tu sandalia en señal de repu- dio”. Fue un acto osado e intrépido de la moabita (Booz podría haberla acusado de acoso sexual), que impresionó vivamente al hombre, quien admirado, exclamó: “Bendita seas de Jehová, hija mía; has hecho mejor tu postrera bondad que la primera, no yendo en busca de los jóvenes,

sean pobres o ricos” (3:10).

Entonces ella vino ca-

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La historia narra que había un pariente más cercano a Rut, que al ser confrontado con sus deberes del levirato, dejó el camino libre para que Booz asumiera formalmente los privilegios y deberes que correspondían al heredero legal de Elimelec, casándose con Rut (4:6-10). La premura

y el entusiasmo con los cuales realizó estos trámites revelan cuánto ha-

bía quedado prendado de ese acto nocturno de sutil eroticidad, vivido en el secreto compartido de una cierta clandestinidad. Así, la extranjera se unió al pueblo de Dios, adquiriendo la ciudadanía judía. Pero su ad- hesión tuvo una proyección impensada y grandiosa. De esa unión nació Obed, el abuelo de David y uno de los progenitores de Cristo (13,21,22). De esta manera, Rut se transformó en madre del gran rey y fue honrada con la más grande bendición que podía aspirar una mujer de Israel, inte- grar la genealogía de Jesucristo, el Salvador del mundo (Mt.1:5).

Cuando las espigas enseñan

“La pasión, del modo en que aquí se la propone, es la energía que decide el rumbo de una vida, el soplo poderoso que la impulsa a cumplir su parábola temporal”.

El libro de Rut está hecho de espigas que producen el pan para

el alimento de los pobres. Empieza entre las sombras de la tragedia

y concluye en el alumbramiento de la vida, que augura la esperanza

de los hombres. Es un libro que ilumina y brilla, que nos transporta a los campos de cebada y trigo, acariciados por un aire apacible que es- tremece las parvas, llenando de alegría a los trabajadores que recogen su cosecha. Sus enseñanzas no se pueden contar, se dan sencillamente para que cada uno realice su propia siega y recolección. Hay tan sólo dos libros en el canon bíblico que tienen nombres de mujer, Ester y Rut, en contraste con otros 37 que llevan nombres mascu- linos. Ester fue una reina que gobernó en el más grande de los imperios antiguos, fuera del imperio romano, y realizó la proeza de salvar a su pueblo de la destrucción. Ester fue una prócer única. Legítimamente, ocupó el lugar más alto del podio histórico femenino. Pero, en segundo lugar está Rut. ¿Por qué una humilde extranjera viuda, tuvo un privile- gio semejante? ¿Qué tuvo de particular su vida para componer el otro

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libro bíblico femenino? Es cierto, escribió una hermosa historia de amor, de un lirismo idílico único, que parece tener la magia de los cuentos de hadas. ¿Es eso suficiente? Probablemente no; hay muchos relatos sen- timentales que apenas trascienden. Entonces, ¿la intención es mostrar que Dios no hace acepción de personas? Ciertamente, esa es una lección notable que encierra el libro. Si el pueblo de Israel, y todos en general, hubiese tenido en cuenta ese principio, cuán distinta hubiera sido la his- toria de la humanidad. ¿Hay algo más? Sí, por cierto. Los nombres propios hebreos tienen mucho significado. Éstos pasan inadvertidos para el lector común, toda vez que los traductores transliteran los nombres sin expresar su sentido original. Si bien Rut era moabita, no hebrea, su nombre parece haber te- nido un significado especial. No se sabe con certeza su etimología, aunque algunos creen que está relacionado con el verbo ra’ah, “asociarse con”, y significaría, “amiga”, o “amistad”. Esa es una de las notas del libro, y probablemente, la característica relevante de su personalidad. Es posible

que el lánguido Mahlón se haya sentido atraído por la simpatía cálida y jovial de Rut. Las personas sociables y comunicativas tienen la capacidad de sonreír y atraer a otros por su trato agradable y fino. Hacen sentir bien

a quienes se les acercan, porque tienen esa actitud acogedora, compren-

siva y afable. Por eso, todos buscan a los simpáticos. Así parece haber acontecido con Rut, que tuvo la virtud de hacerse querer y ser aceptada por todos, incluso por nosotros que vivimos 3.300 años después. Dice el Comentario Bíblico Adventista: “El libro de Rut no nos da

la historia de un amor romántico, sino del amor reverente de una viuda joven por la madre de su esposo difunto. El amor que se revela en el ca- rácter de Rut es del tipo más puro, abnegado y extraordinario” (2CBA, 423). No parece ser sólo el amor de Rut hacia su suegra lo que la hizo quedarse con ella, sino la fe de Noemí, según se desprende de sus pro- pias palabras: “Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios”. “En nin- guna literatura puede encontrarse una afirmación más sublime de amor

y consagración” (2CBA, 432). Ni los ruegos de Noemí, ni el ejemplo de

Orfa, alteraron la determinación de Rut de echar su suerte con Noemí

y con el Dios de Israel. Esa decisión tuvo un carácter más acentuado y

terminante, en contraste con la de su concuñada, Orfa. Según los comen- tarios de la Biblia de Jerusalén (pág.297), Orfa significa “la que vuelve la

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espalda”. Precisamente, en la encrucijada, la decisión de retorno de Orfa es un símbolo de marcha atrás y temor al futuro, de la incapacidad para enfrentar la aventura del porvenir. Pero la decisión de Rut, de avanzar hacia adelante, es un signo de audacia y coraje, de fe en el mañana y de compromiso, el paso resuelto de alguien que se atreve a lanzarse hacia los horizontes del futuro movida por la fuerza de la esperanza. La otra decisión clave en la vida de Rut, que definió su destino, fue cuando jugó su prestigio y buen nombre en la intrépida propuesta de ma- trimonio que le hizo a Booz. Su conducta, aunque correcta y honorable, corría el riesgo de ser mal interpretada, lo cual hubiera sido fatal. Sin em- bargo, Booz comprendió la verdadera motivación y bondad de la dama, al sentirse tocado por su piel encantadora. ¡Con qué facilidad un simple toque de mujer puede anonadar y deslumbrar a un hombre, haciendo de la supuesta voz del deber el llamamiento de la pasión! La pasión, del modo en que aquí se la propone, es la energía que decide el rumbo de una vida, el soplo poderoso que la impulsa a cumplir su parábola tempo- ral. Emocionado Booz, reconoció ese gesto de afecto femenino y se sin- tió honrado de ser objeto del amor de Rut. El encanto sorprendente de la primavera brilló en la intimidad de aquel suave rostro juvenil, y Booz descifró la profecía de nuevas cosechas en aquella espiga en flor. A pesar de las ráfagas de los siglos, que han asolado la faz de la tierra, todavía no se ha perdido la virtud femenina de estremecer a los hombres con los arrebatos del encanto erótico.

4. HACIA UN DESTINO HEROICO: LA REINA ESTER

Es la historia prodigiosa de la mujer más hermosa del pasado, que tuvo el singular privilegio de unir la belleza física con la moral y espiritual. Un relato verídico de un lirismo peculiar, que conserva la magia legendaria de los cuentos de hadas.

La coronación de mis universo

En la historia bíblica hay muchos hombres destacados, pero entre las mujeres no hay ninguna duda de quién fue la más sobresaliente, especialmente en los tiempos del Antiguo Testamento. Se trata de la reina Ester. Fue considerada la mujer más hermosa del mundo de sus

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días, coronada como la primera dama del imperio persa, uno de los más grandes y poderosos del pasado, quien en última instancia realizó una proeza extraordinaria, la de salvar providencialmente a su pueblo de un complot malvado preparado para exterminarlo. Ester fue el ideal de belleza y paladín de la libertad. El monumento de su recuerdo se conserva en un libro de la Biblia que lleva su nombre, un privilegio excepcional, ya que sólo dos libros del canon tienen nombres de mujer. Por eso, Ester ocupa el primer lugar en el panteón de las heroínas na- cionales que todavía son recordadas, después de 2.500 años. Legítima- mente se eleva en el lugar más alto del podio femenino histórico. Pero más allá de estas connotaciones fabulosas, la historia de Ester conserva una notable vigencia y enseñanza en los actuales días hipermodernos, cuando los certámenes de belleza, las modelos de la moda y la industria de los cosméticos ensalzan los valores estéticos sobre los éticos. Si hubo un mundo donde la fastuosidad, la opulencia y la pompa reinaron en todo su esplendor fue durante el Imperio Persa, en la pri- mera parte del siglo V a.C. En el gobierno de Jerjes, hijo de Darío I el Grande, fue cuando el imperio alcanzó la cúspide de su poder. Se extendió desde la India hasta Etiopía, a lo largo de 4.800 kms de ex- tensión, dominando una superficie de más de 5 millones de kilóme- tros cuadrados (3CBA, 459). La preponderancia política se manifestó, como registra el texto bíblico, en “las riquezas de la gloria de su reino”, y en “el brillo y la magnificencia de su poder” (Ester 1:4). Especialmen- te los palacios del imperio ostentaron una suntuosidad extravagante, con paredes tapizadas de oro, columnas de mármol fino y “colgantes de lino y púrpura con anillos de plata” (1:6). En esos lugares fastuosos era donde vivía el emperador y su corte. Constituían frecuentes escenarios de agasajos fabulosos, donde se bebía en vasos de oro y se paladeaban banquetes imponentes, durante varias semanas. También se exhibían las mujeres más bellas y encantadoras de la tierra, que resaltaban sus virtudes físicas, gracias a la moda y a las bondades de un sofisticado cui- dado cosmético. Eran, pues, espacios lujosos consagrados a la satisfac- ción de los placeres de la carne y la ostentación de los valores estéticos, no muy diferentes del actual mundo del espectáculo. Narra la historia que en el majestuoso palacio de Susa, capital del imperio, hizo su aparición una bella joven judía llamada Hadasa, que

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significa “mirto”. Para ocultar su identidad, ya que provenía de un pue- blo derrotado, cambió su nombre por otro de origen persa, Ester, que significa “estrella”. Precisamente, gracias a su buena estrella, brilló es- plendorosamente en el firmamento de sus días con un fulgor excepcio- nal. Tal hecho aconteció en ocasión de presentarse a un certamen de belleza organizado por el mismo emperador, para ocupar el puesto va- cante de reina, al ser destituida la anterior (cap.2:1-16). Luego de una preparación muy exigente, de modelaje corporal y de aplicación de un tratamiento cosmético de un año de duración, Ester se presentó ante el rey para la prueba final. Los encantos de su belleza extraordinaria y las virtudes de su carácter impactaron al rey, que le concedió el título supremo, una suerte de Mis Universo actual. El relato lo expresa en estos términos: “Y el rey amó a Ester más que a todas las otras mujeres, y halló ella gracia y benevolencia delante de él más que todas las demás vírgenes; y puso la corona real en su cabeza, y la hizo reina en lugar de Vasti” (2:17).

¿Estética o ética?

“Ya que lo que seduce no tiene que ver con la belleza o la fealdad en sí,

o sea con un discurso de valores y de moral, sino con aquello que deja al sujeto per-

no apunta a un sentido sino que rescata

plejo, sin palabras, fuera del

el efecto fascinante de lo que está más allá del sentido”.

Adriana Zambrini

Afirman Odina y Halevi (1998, 91): “Toda fama tiene que transitar por el territorio de la apariencia y de la moda, permitiendo que dicho territorio, y toda su exquisita creación y recreación de aparentes distin- ciones superficiales, se convierta en el necesario vehículo de lujo para transportar toda la fascinante y vacua estética, vacía de ética que define el mundo de la actual notoriedad”. En otros términos, los autores su- gieren que existe una oposición entre los valores estéticos y los éticos. Es la idea que una dama que se dedica a cultivar su figura, a enaltecer sus cualidades físicas y a transitar por las pasarelas profudamente ilu- minadas del exhibicionismo y la fama, muy probablemente, en algún lugar de ese recorrido, tendrá que claudicar a los valores morales supe-

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riores, suponiéndose que haya tenido la oportunidad para desarrollar una moralidad sana y digna. Sabido es que el mundo del espectáculo se caracteriza por el des- pliegue de frivolidad y banalidad. Se vive bajo el destello efímero de las luces de la popularidad, de la fiesta, de la ostentación, el histrionismo seductor y la apariencia cautivante. Ese estilo de vida, dedicado exclu- sivamente a rendir culto al cuerpo, entre perfumes, cosméticos y dietas, por lo general, lleva al abandono del espíritu y de los valores. Muchas mujeres se corrompen bajo las presiones de la pasión o las tentaciones del dinero, pero es probable que la mayoría sucumba a las fantasías del exhibicionismo, víctima de la trivialidad, de la vida fácil y hedonista. Por eso es frecuente observar en las revistas del mundo del espectáculo o en los medios televisivos, esos rostros bonitos, de mejillas arrebola- das, sonrisas un tanto bobaliconas, que reflejan una singular pobreza de espíritu y una personalidad notoriamente vacía y decadente. Es que “la importancia del talento o del mérito tiende a ser la mínima allí don- de la estrategia de la industria de la imagen es lo esencial”, aseveran los expertos (Odina et al., 1998, 96). Ese no fue el caso de Ester. La historia bíblica describe que tuvo una educación fuertemente religiosa y desarrolló valores morales pro- fundos, que supo conservar cuando tuvo que entrar al mundo del lujo, la fastuosidad y el acentuado cuidado de la imagen corporal. Ester transitó por las pasarelas perfumadas del exhibicionismo sin perder la belleza interior; no permitió que su imaginación se perdiera en las va- nidades fugaces de la gloria. No sedujo al rey, sino lo conquistó. Qui- zás fue la seriedad de su carácter, su mirada inteligente o esa belleza humilde de “mirto”, lo que atrajo al rey y despertó su admiración y amor. El rey estaba acostumbrado a los efectos de la fascinación y po- día distinguir entre lo que era pura apariencia y los valores auténticos que embellecen a una persona. Cabe destacar que, aun después de ser galardonada con el máximo título, Ester continuó practicando con de- voción su fe en Dios, la lealtad filial y los elevados principios morales que la caracterizaron. Por eso, cuando llegó la hora de afrontar la crisis, supo lo que debía hacer, con inteligencia, valor y eficacia.

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La hora de la heroína

“¿Y quién sabe si para esta hora has llegado al reino?”

Ester 4:14

Ocurrió algo terrible. El antisemitismo no es algo nuevo, data de miles de años. En la época del imperio persa apareció un personaje llamado Amán, que ocupaba el cargo de primer ministro en el reino de Asuero o Jerjes. Sucedió que este magistrado se enfureció muchísimo con un judío de nombre Mardoqueo, porque no le tributaba el home- naje humillante que reclamaba de todos los súbditos. Así que decidió vengarse. Pero su odio fue más allá de la sola persona de Mardoqueo,

busco eliminar con él a todos los judíos. Así que tramó un plan siniestro por medio del cual persuadió al Rey a que promulgase un edicto orde- nando “matar y exterminar a todos los judíos, jóvenes y ancianos, niños

y mujeres, en un mismo día, en el día trece del mes duodécimo, que es

el mes de Adar, y de apoderarse de sus bienes” (Ester 3:13). Como las leyes de Persia eran irrevocables una vez que eran selladas, no había ninguna posibilidad de salvación para el pueblo, hasta que Ester inter- vino en forma heroica, revirtiendo providencialmente la amenaza que pendía sobre el pueblo. Mardoqueo, el padre adoptivo de Ester, fue quien le comunicó a la reina la sentencia que pesaba sobre toda la raza judía, incluso sobre ella misma por pertenecer al pueblo. Para impedir semejante genoci- dio le recomendó que hablase personalmente con el rey, y le suplicase

la gracia de la liberación. Nadie podía acercarse al rey sin ser convoca- do previamente, ni la misma reina. Tal transgresión se pagaba con la vida, a menos que el rey concediese la autorización. De todos modos, Mardoqueo pidió a Ester que corriese ese riesgo, confiando en la ac- ción providente de Dios, al reflexionar proféticamente: “¡A lo mejor tú has llegado a ser reina precisamente para ayudarnos en esta situación!” (4:14, DHH). Ester podía haber rehusado el pedido y conservarse den- tro del anonimato de sus orígenes, sin embargo, asumió el dramático desafío adoptando con valor la decisión de jugarse la vida para salvar

a su pueblo. Pidió que todos los judíos de la ciudad ayunaran y oraran

por ella durante tres días, a fin de que Dios interviniera milagrosamen- te. El dramático episodio, registrado en el libro de Ester, los capítulos 5

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al 10, cuentan que la reina fue recibida por el monarca, tras el desplie- gue temerario de una estrategia inteligente y astuta. Afortunadamente, consiguió el beneplácito del emperador y desbarató el complot asesino. En todos esos tensos momentos, Ester manifestó una habilidad admi- rable, un conocimiento profundo de la psicología masculina, actuan- do con diplomacia y el toque encantador de su dulce belleza y pureza. Mostró una disposición segura y digna, resaltando la belleza interior de su carácter. Hace milenios que el poderoso imperio persa desapareció bajo las arenas del tiempo. Hoy tan solo quedan las ruinas que exhuman los arqueólogos y el testimonio de la historia. Sin embargo, la vida pro- tagónica de Ester permanece en la memoria de su pueblo y de toda la humanidad. Cinco veces al año los judíos leen la historia de Ester desde los tiempos antiguos, particularmente en la fiesta de fin de año, cuando se conmemora el Purim, la festividad que evoca aquel episodio insólito de liberación. También los cristianos y todo los lectores de la Biblia releen su apasionante historia. Es el homenaje de la posteridad hacia aquella insigne mujer, que realizó un acto de heroísmo excepcional, no con las fuerza de las armas sino con el encanto subyugante de su perso- na anclada en Dios. Un testimonio que hoy nos dice que es posible cul- tivar armoniosamente las virtudes del cuerpo, del alma y del espíritu.

El rostro de afrodita

“Detrás de cada mujer se erguía, austero, sagrado, lleno de misterio, el rostro de Afrodita”.

Nikos Kazantzakis

¿Cuál es el rostro de Afrodita? Afrodita, en la mitología griega, era la diosa del amor y la belleza, equivalente a la Venus romana. En la Ilíada de Homero aparece como la hija de Zeus y Diana. Se la describe brotando del burbujeo del mar de acuerdo a su etimología, ya que su nombre puede traducirse como “nacida de la espuma”. De esa manera, el pensamiento griego ha trasmitido la idea del carácter misterioso, su- til y versátil de la mujer, asociado indisolublemente con las virtudes de la belleza y del amor. También la cultura grecorromana ha contribuido

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a ubicar a la mujer en una posición de sumisión, relegada a las tareas domésticas de procreación, favoreciendo que durante siglos haya sido desestimada y aun despreciada. Con pocas excepciones, siempre fue- ron los hombres quienes ocuparon los lugares de liderazgo y protago- nismo hegemónico en las actividades políticas, económicas, sociales, deportivas, artísticas y culturales. ¿Cuál es la posición bíblica al respecto? Mucho se ha discutido el asunto. Los tiempos bíblicos también estuvieron dominados por el

machismo, el patriarcado y las tendencias androcéntricas. Sin embargo, cuando se estudian las historias concretas de las mujeres bíblicas se en- cuentra el signo de su individualidad y su protagonismo, que en algunos casos fue trascendente, como sucedió con Débora y Ester. Dijimos que no hay un paradigma de la mujer en la Biblia, pero nos preguntamos, ¿cuáles son las cualidades femeninas relevantes? ¿Hay atributos espe- cíficos que caracterizan al género? ¿Existe el elogio a la mujer fuerte y resignada, que acumula penas y soporta humillaciones y los afanes de la maternidad sin quejarse, aunque llegue al límite de la zozobra? Afirma Miguel Ángel Núñez (2003, 157): “Sostener que la ternura, la bondad, el servicio, la preocupación por los demás, la laboriosidad, la delicadeza, son características propias de la mujer es no sólo absurdo sino que condena a los varones a un estereotipo que termina dañando a

Asociar lo varonil con la rudeza y lo femenino con la delicadeza

Leer la Biblia con los lentes del estereoti-

es estereotipar lo humano

todos

po es simplemente no entender el mensaje que la Biblia presenta”. Las mujeres bíblicas aparecen instaladas en su tiempo y circunstan- cias concretas, por lo general, relacionadas con hombres, en el eterno juego de la dialéctica de los géneros, ora moviéndolos a la acción, como el caso de Débora, ora estremeciéndolos como Rut, ora adoptando una decisión trascendente como Ester, con el patrocinio del padre adopti- vo. La condición femenina se perfila en contraste y en complementa- riedad con el hombre. Esa es la idea que parece trasmitir el concepto de “ayuda idónea” (Gn.2:18) o “adecuada” (BJ). Es en la diversidad de los géneros donde se define, completa y perfecciona cada uno. Sin la mujer, el hombre no podría ser hombre, y viceversa. Gilles Lipovetsky, un filósofo francés que analiza con agudeza

las problemáticas de la hipermodernidad, ha estudiado el nuevo rol de

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la mujer, en su obra: “La tercera mujer. Permanencia y revolución de lo femenino” (1999). El autor explica que los cambios que se producen actualmente están resquebrajando los modelos tradicionales y los pa- rámetros sobre los cuales construimos la idea de la mujer y del hombre. Se ha derrumbado el ideal de la mujer de su casa y la estructura organi- zadora de los sexos construida sobre la disimilitud. Las mujeres reivin- dican las mismas actividades y responsabilidades de los hombres. Cada vez son más las que van a la universidad, se transforman en profesiona- les, acceden a la política, asumen puestos de conducción en la econo- mía, las ciencias y aun en deportes, que eran de exclusividad masculina como el fútbol y el boxeo. Hay intercambio de roles, espacios y tareas. Se han borrado la disimetría y las diferencias. Si hay equiparación en todas las cosas, ¿cómo nos diferenciaremos? A parte de las distinciones anatómicas y fisiológicas, ¿somos iguales? Si se llega a esa conclusión, ¿no caeremos en una crisis de identidad sexual? ¿Cómo nos distingui- remos y afirmaremos nuestra personalidad? Este problema no se observa en los registros bíblicos. Ambos gé- neros tienen bien definidos sus perfiles y roles. Aunque ocurre en el interior de un sistema social masculiniforme, por lo general, no se favo- rece la supremacía, más bien se destacan las virtudes y defectos de cada uno, sin importar si se trata de un hombre o de una mujer, como es el ejemplo de Nabal y Abigail (l Sam.25). Cada uno vale según sus propias bondades y cualidades. Suele señalarse que la mujer siempre sobresale en los detalles, en lo sutil, que define las cosas casi silenciosamente, gracias a su intuición y “sexto sentido”; que tiene una aguda percep- ción para los aromas y más desarrollada su capacidad de comunicación verbal. La lista de las diferencias podría no tener fin, pero son acaso las mismas manifestaciones de una identidad femenina. En cada uno de esas particularidades, es posible encontrar tanto damas como varones que las tienen muy desarrolladas o descuidadas. Entonces, ¿dónde es- tán las diferencias? En el libre juego del intercambio de géneros, que cada generación debe procurar En el siglo XII, el filósofo árabe Ibn Rushed afirmó que “una so- ciedad que esclaviza a sus mujeres es una sociedad destinada a la de- cadencia”. Kofi Annan ha replicado: “Novecientos años después, tene- mos la oportunidad de demostrar que una sociedad que da poder a sus

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mujeres es una sociedad que asegura su progreso”. Es la concepción del juego del “sube y baja”, cuando uno está arriba y el otro debe es- tar abajo. A la supremacía masculina hay que anteponer la femenina. Así cambian los protagonistas, pero se conservan los mismos roles. El feminismo peca del mismo pecado del machismo. Nos parece que la idea bíblica no recorre el camino de las hegemonías, sino favorece la complementariedad y la mutualidad, en la aventura gozosa y creativa de confrontar las disimilitudes para alcanzar la armonía. La identidad nace de las diferencias, donde “la sexualidad sigue siendo la caja de caudales en la que está oculto el secreto del yo de la mujer” (Kundera, 1993, 201) junto con la procreación.

Capítulo 4

Cualidades masculinas

1. EL CARÁCTER MASCULINO EN LA BIBLIA

“Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño. Pero cuando llegué a ser hombre, dejé lo que era de niño”.

San Pablo (1 Cor.13:11)

¿ Hay un paradigma de la masculinidad en la Biblia, o sólo indi- viduos únicos? Igual que con la condición de la mujer acontece con el hombre. La verdad mora en el interior de cada hombre y en diálogo interpersonal. Es cierto que existen indicaciones

claras con respecto a las “desviaciones” de la virilidad, impugnándo- se fuertemente la homosexualidad (1 Co. 6:9, NBE). Incluso la Biblia acuñó el término “Sodomía”, derivado de la práctica homosexual que caracterizaba a muchos habitantes de la ciudad de Sodoma (Gn. 13:13; 19:1-11). Las Escrituras prohibían está práctica aberrante (Lv. 18:22- 26; 1 Ti. 1:10) y los culpables eran castigados con la pena de muerte (Lv. 20:13). Las declaraciones del apóstol Pablo al respecto son termi- nantes: “Por esto Dios los entregó a pasiones vergonzosas; pues aun sus mujeres cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza, y de igual modo también los hombres, dejando el uso natural de la mujer, se encendieron en su lascivia unos con otros, cometiendo hechos vergon- zosos hombres con hombres, y recibiendo en sí mismos la retribución debida a su extravío” (Rm.1:26,27). Según el texto paulino, hay una naturaleza humana que define los aspectos esenciales de la masculinidad como los de la feminidad. El

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apartarse de las leyes de la naturaleza es “pecado”, ya que va contra el orden establecido por Dios. Aunque el plan original del Creador para el hombre y la mujer fue desvirtuado con la introducción del mal, igual- mente queda un esbozo implícito en la conciencia humana que debe respetarse. Un elemento esencial de ese diseño original es la aventura de la libertad como acto vital y afirmación de la autonomía de la volun- tad. Por eso la Biblia se caracteriza por describir un universo humano enormemente variado, múltiple e individual, donde se puede apreciar la riqueza de la singularidad y la condición irrepetible del ser. Así, el registro personal se va dibujando, a través de las transformaciones que opera el tiempo y dentro del contexto de la sociedad y la cultura que le sirve de marco histórico. Hay otro concepto bíblico básico relacionado con el desarrollo hu- mano, que se denomina el “estado del hombre perfecto” (Ef.4:13). Lo expresa claramente el apóstol Pablo: “Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño. Pero cuando lle- gué a ser hombre, dejé lo que era de niño” (1 Cor.13:11). Es la noción del crecimiento y la maduración. Cada uno debe desarrollarse hasta alcanzar “la medida de toda la plenitud de Dios” (Ef.3:19), esto es, lo máximo que se puede ser. Esa exigencia de excelencia y perfección es reiterada, especialmente en los escritos paulinos. Comenta Elena de White, que el apóstol “Les pedía que lucharan lealmente, día tras día, en busca de piedad y excelencia moral. Les rogaba que pusieran a un lado todo peso y se esforzaran hacia el blanco de la perfección en Cris- to” (1977, 253). El ideal del hombre es un blanco a conseguir en la experiencia indi- vidual, al desarrollar las cualidades y aptitudes personales, de acuerdo al plan que Dios tiene para cada uno y con la asistencia que propor- ciona el Todopoderoso. Ésta es la gran diferencia entre el concepto humanista de “autorrealización”, como proponen, por ejemplo, Carl Rogers o Abraham Maslow (1994), y el pensamiento bíblico. En este último, la singularidad se va dibujando, en el contexto de la trascenden- cia, en el vínculo de la relación con los otros seres humanos que pueden responder al plan divino o al objetivo del enemigo, que es desviar y destruir (como veremos en el próximo capítulo). En el humanismo, el desarrollo se logra por sí mismo, gracias a las propias fuerzas, movido

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por consignas como “tú puedes”, pero solo, sin necesidad de nadie más. En la Biblia, el hombre alcanza la cumbre de sus logros gracias a Dios, por la intervención del Omnipotente. El humanismo proclama: “No digas cuán grande es tu problema, di a tu problema cuán grande eres tú”; en cambio, el cristianismo predica: “Sabemos que a los que aman a Dios todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados” (Rom. 8: 28). El énfasis está puesto en Dios, en contraste con el humanismo, que hace del hombre el centro exclusi- vo de toda realización. La imagen tradicional del hombre se ha construido sobre el ideal heroico de la virilidad, del hombre fuerte, aguerrido y valiente. El hé- roe clásico, por ejemplo, Aquiles, Agamenón, Patroclo y Ulises, exalta los valores del arrojo y la bravura, protagonizando episodios legenda- rios. Son la cristalización de los sueños de gloria y poder, que parece liberarnos de la condición humana. Por eso los héroes son semidioses, están más allá de la realidad del ser normal. Muy diferentes son los héroes bíblicos, jamás escapan a la naturaleza de nuestra especie, son seres sujetos a las mismas pasiones y debilidades que cualquier mortal (Sant.5:17); si se destacan, es por su confianza en Dios, no por competir con los dioses. El héroe clásico llega a crecer tanto que excita el celo de los dioses, como Prometeo o Sísifo, entonces son alcanzados por la tragedia, padeciendo en forma fulminante el abatimiento. El Dios bíblico jamás se siente celoso por los logros humanos, sino por su des- obediencia, por la perversidad del corazón y el pecado que desea que abandonen. También en el texto bíblico aparece el espíritu guerrero, como en el ejemplo de Josué, pero no para exaltar el poder de la masculinidad, sino para destacar la importancia de la fidelidad y la obediencia. La capacidad para vencer al rival es más un atributo de Dios que de las ap- titudes humanas. El héroe bíblico es quien se vence a sí mismo, alguien que derrota al enemigo que todos llevamos dentro; es quien vence la adversidad con la ayuda de Dios, quien triunfa en la guerra. Además, en la Biblia no sólo los héroes son especiales, también lo son aquellos que se apartan del modelo, los antihéroes, como el caso del profeta rebelde, Jonás. Un hombre insólito y un tanto exótico, que a pesar de su carácter malhumorado y esquivo, conquista el interés de Dios, rea-

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lizando proezas. La óptica del asombro no es ajena a las Escrituras en materia de personas y circunstancias inéditas. En el desarrollo humano la presencia de un mentor puede cumplir un rol decisivo. La personalidad está enraizada en una historia, en un mundo de valores, en una narración en que muchas veces el sentido está en el contexto del mundo personal, en la encrucijada de las trayec- torias argumentales o la imbricación de los destinos. Así es el caso de la conmovedora historia de Timoteo y su consejero, Pablo, que trata- mos más adelante. En definitiva, lo que sobresale en los relatos que nos proponemos estudiar en este capítulo es la importancia del “otro”, el “alter”, la dimensión distintiva de la alteridad. Para ser uno mismo se necesita de los otros, ya sea por medio de la oposición (cuando el otro asume el rol de enemigo) o del diálogo. El otro es cuestionamiento o complemento, guía o conducente o muchas cosas más, pero siempre al- guien indispensable para definirme como persona y lograr el pleno de- sarrollo propio. Por eso, el pensamiento bíblico no es un individualis-

mo intransigente, sino un personalismo social, que privilegia el diálogo

y la reciprocidad, además de la solidaridad y el compromiso genuino.

2. EL SOLDADO DE LA FE: JOSUÉ

“El verdadero porvenir del soldado es abonar los surcos del anónimo sembrador del futuro”.

Louis-Ferdinan Céline

La vocación marcial

La historia bíblica describe diferentes tipos de personalidades y ca- racteres. Como muchas de sus páginas transitan por tiempos de gue- rras, abundan los héroes de las gestas militares. Quizá uno de los más encumbrados y célebres sea Josué. Fue un modelo de soldado, la figura emblemática del guerrero. Ejerció la jefatura del ejército israelita en época de la conquista de la tierra de Palestina, la antigua Canaán. Se destacó por su liderazgo excepcional, no sólo por comandar las huestes

israelíes, sino también por su integridad, coherencia, lealtad a la causa

y nobleza de carácter. Se constituyó en el protagonista principal de una

etapa crucial y única, estampando el sello de su personalidad aguerrida

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en la historia sagrada. El propósito de esta sección es valorizar algunos de los rasgos de su carácter y vocación. Es sugestivo que la primera mención de Josué en el relato bíblico ocurra en ocasión del primer episodio bélico que tuvieron que afrontar los israelitas (Éx. 17: 8-16). “Vinieron los amalecitas y atacaron a Israel en Refidim” (vers. 8). En la emergencia, Moisés no dudó, recurrió a la persona más capaz para asumir el liderazgo militar. No fue necesario hacer una convocatoria pública ni tomar exámenes de evaluación de habilidades para ocupar ese cargo. Josué era la figura reconocida por sus atributos guerreros. Así, en el mismo acto, se hizo la designación y el mandato. “Moisés dijo a Josué: Elígete algunos hombres, y sal ma- ñana a combatir contra Amalec” (vers. 9). Esa primera guerra, no sólo puso a prueba las destrezas militares de Josué y le dio experiencia en el combate, lo más importante fue que le enseñó un principio que aplicó a lo largo de toda su carrera castrense: el orden y las atribuciones de los mandos. El relato describe que mientras nuestro héroe combatía en el cam- po de batalla, Moisés y sus asesores inmediatos, desde un monte cerca- no, intercedían ante Dios con las manos en alto. Mientras Moisés tenía sus manos alzadas, el ejército de Israel prevalecía; en cambio, cuando cansado las bajaba, el enemigo triunfaba. Fue necesario sostener los brazos de Moisés durante horas para alcanzar la victoria definitiva. Allí, Josué comprendió cuál era su posición y cuál su función. Debía combatir en el frente, pero el resultado dependía de las estrategias del general Moisés, su jefe, y especialmente de la voluntad soberana del mando supremo, que ejercía el mismo Dios, “Jehová de los ejércitos”, el comandante supremo de las tropas. Desde esa ocasión, Josué fue designado para ejercer el cargo, que hoy llamaríamos, de ministro de guerra (Éx. 24:13; 33:11) y comandan- te de las fuerzas armadas, además de encargado de la seguridad per- sonal de Moisés (Núm. 11: 28, 29). Su vocación marcial y sus aptitudes guerreras fueron los rasgos característicos y forjadores de su personali- dad, que lo distinguieron en su singularidad. Hay varios episodios que lo describen con claridad pero, probablemente, el más gráfico sea aquél cuando descendía del monte con Moisés, después de una prolongada permanencia en la cima, donde el gran líder estuvo dialogando exten-

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samente con Dios. Durante el descenso, escucharon los estruendos de un gran alboroto y gritos del pueblo. Josué interpretó inmediatamente esos ruidos, exclamando excitado: “Alarido de pelea hay en el cam- pamento” (Éx. 32:17). Moisés le corrigió en seguida, diciendo: no son gritos de pelea, “voz de cantar oigo yo” (vers. 18). Efectivamente, el pueblo cantaba y bailaba en torno al becerro de oro que habían erigido como nuevo dios. Fue la mente militar de Josué lo que le hizo pensar en guerra.

Debido a su carácter valiente y resuelto, Josué fue elegido para cum- plir la misión de explorar la tierra donde se establecería el pueblo, junto con otros once príncipes, representantes de las otras tribus (Núm.13). La orden fue: “observad la tierra cómo es, y el pueblo que la habita, si es fuerte o débil, si poco o numeroso; cómo es la tierra habitada, si es buena o mala; y cómo son las ciudades habitadas, si son campamentos

o plazas fortificadas; y cómo es el terreno, si es fértil o estéril, si en él hay árboles o no; y esforzaos, y tomad del fruto del país” (vs.18-20). Cuando regresaron, diez de los espías informaron: “Nosotros llegamos

a la tierra a la cual nos enviaste, la que ciertamente fluye leche y miel; y

este es el fruto de ella. Mas el pueblo que habita aquella tierra es fuerte,

y las ciudades muy grandes y fortificadas

(vs.27,28). Se espaciaron

en destacar el poderío de los pueblos que habitaban la tierra, su raza de gigantes ante los cuales ellos parecían como “langostas” (33). Sólo Caleb y Josué contradijeron el informe pesimista y temeroso. Imbuidos de coraje y confianza en el éxito prometido de la conquista, fueron los únicos capaces de apoyar la empresa de la conquista (Núm. 13: 30; 14:

6-9), ya que los otros diez espías sugirieron abortar la expedición (13:

27-33). El comportamiento temeroso y cohibido de esos hombres fue castigado severamente. Ninguno de ellos tuvieron el privilegio de en- trar en la tierra prometida, sólo lo hicieron los dos valientes (14: 38; 26:

65), que enfrentaron la adversidad y la oposición. La historia bíblica los honra diciendo: “fueron perfectos en pos del Eterno” (32: 12, VVR). Otro elemento importante es el nombre de nuestro héroe. Origi- nariamente se llamaba Oseas (Núm. 13:8), pero Moisés le cambió el nombre (vers. 16), quizás con el propósito de afianzar sus conviccio- nes religiosas, pero en esa alteración le dio una proyección profética

insospechada. Esto se aclara al comprender el significado de ambos

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nombres. Hoshea u Oseas significa “salvador” o “salvación”; en cam- bio, Yehoshua o Josué, quiere decir, “salvación de (o por) Jehová”. Es como si Moisés le hubiera dicho “Tú te llamas “Salvación”, pero de ahora en adelante te llamarás “Salvación de Jehová”, ya que de Él proviene la salvación”. Es posible que Moisés haya visto necesaria esa modificación para prepararlo para el liderazgo, a fin de que el futuro conquistador no se atribuyera las victorias de sus éxitos militares, sino que reconociese que ellos provienen de Dios. En los tiempos del NT, el nombre Yeshúa, al transliterarse al griego, se convirtió en “Jesús”, haciendo del líder castrense israelita un antecesor de Jesús Cristo, el gran “Salvador” de la humanidad.

La conquista de la promesa

“Animados por ese sentimiento, entrad, pues, a la Vida, que os abre sus hondos horizontes, con la noble ambición de hacer sentir vuestra presencia en ella desde el momento en que la afrontéis con la altiva mirada del conquistador”.

José Enrique Rodó

Josué fue designado como sucesor de Moisés (Núm. 27: 18-23; Deut.31: 1-8), con el objetivo específico de conquistar la tierra de Pa- lestina, donde habitaría el pueblo de Israel por siglos y aun milenios. Cuando falleció el gran patriarca, asumió el poder. Elena de White hace una notable semblanza del carácter de nuestro héroe, cuando asu- mió la conducción del pueblo: “Josué era ahora el jefe reconocido de Israel. Se había distinguido principalmente como guerrero, y sus dones y virtudes resultaban de un valor especial en esta etapa de la historia de su pueblo. Valeroso, resuelto y perseverante, pronto para actuar, incorruptible, despreocupado de los intereses egoístas en su solicitud por aquellos encomendados a su protección, y sobre todo, inspirado por una viva fe en Dios, tal era el carácter del hombre escogido divi- namente para dirigir los ejércitos de Israel en su entrada triunfal en la tierra prometida. Durante la estada en el desierto, había actuado como primer ministro de Moisés, y por su fidelidad serena y humilde, su perseverancia cuando otros flaqueaban, su firmeza para sostener la

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verdad en medio del peligro, había dado evidencias de su capacidad para suceder a Moisés aun antes de ser llamado a ese puesto por la voz de Dios” (1985ª, 516). La historia de Josué continúa en el libro que lleva su nombre. Allí se ratifica y amplía la información contenida en el Pentateuco acerca de su personalidad. El libro se inicia con expresiones muy significati- vas: “Después de la muerte de Moisés, siervo del Eterno, el Señor dijo a Josué hijo de Nun, ayudante de Moisés” (Jos.1:1). Es la definición de la cadena de mando, la designación de las autoridades con sus co- rrespondientes jerarquías. En primer lugar está el Eterno o el Señor, sigue Moisés, el “siervo” de Dios y en el tercer nivel, está el mismo Josué, llamado el “ayudante”. Luego continúa narrando el libro acer- ca del mandato recibido directamente del Comandante General de las fuerzas: entrar en la tierra que debían conquistar (vers. 2-5). Esa orden viene acompañada de consignas de ánimo y estímulo, para promover el coraje y la valentía (6-9). Cuatro veces se repite, en forma imperativa, la fórmula: “Sé valiente y firme” (1:6, 7, 9, 18). Parece el estribillo de un canto épico, como esas tonadas marciales que cantan los guerreros para estimularse a la lucha, con la música rítmica de los tamboriles y trompetas. El primer capítulo del libro de Josué se complementa con una serie de órdenes (1: 10, 11, 13, 14, 18), donde se enfatiza la im- portancia de la obediencia (17,18), cualidades características de la vida militar. El libro de Josué es muy diferente de los libros de Moisés, es de género épico, es el elogio de las gloriosas hazañas del Conquistador bajo la bandera de “Jehová de los ejércitos”. Contiene las crónicas de las guerras de la conquista (caps. 1-12), el reporte de las batallas (caps. 6, 8, 10, 11), el reparto de la tierra (caps. 13-21), el inventario de los triunfos (cap. 12) y el fin de la jefatura de su autor (caps. 22-24). Se caracteriza por la acción y la descripción de las estrategias de las bata- llas, el festejo de las victorias (caps. 6, 8, 10, 11) y aun las causas de los fracasos (7). Describe cuadros emocionantes de las proezas realizadas en la lucha por hacer realidad la promesa de Dios, como el milagroso cruce del río Jordán (3:1-4:24) y la portentosa toma de la amurallada ciudad de Jericó (6:1-21). Hasta la naturaleza aparece combatiendo a favor de las huestes que comanda nuestro héroe (10:12-14), en medio

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de los alaridos de guerra, las resonancias intensas de los regimientos en acción, con las banderas desplegadas al viento y las espadas que abren surcos de sangre. Una historia de heroísmo que se extiende a lo largo y ancho de la tierra que van poseyendo a filo de espada, sobre ciudades y pueblos que sucumben ante el avance de las huestes israelitas lideradas por Josué. Luego viene la paz y la distribución de las tierras entre las tribus (13:1-19:51). Ni la narración de los libros de Moisés ni el del propio Josué descri- ben las características físicas del héroe. Lo vemos en acción pero no re- tratado. Lo imaginamos de complexión fuerte y recia, corpulento, alto de estatura. Lo que se deduce de su libro son aspectos de su carácter y personalidad. Ciertamente no fue un dechado de intelectualidad, un teórico de las ciencias y el arte, legislador y jurista como Moisés. Sus virtudes son pragmáticas, como estratega militar. Puntual en cumplir y hacer cumplir las órdenes, administrador ordenado y estricto, como se puede apreciar en su inventario de las conquistas y la repartición equi- tativa de las tierras entre las tribus. No tomaba las cosas con negligen- cia o favoritismo. Fue justo. Quizá no fue compasivo y benévolo, pero tampoco cruel y autoritario, aunque tuvo que actuar con dureza y aun con fiereza, porque así lo demandaban las reglas castrenses y los tiem- pos azotados por confrontaciones bélicas. Lo relevante de su carácter fue que jamás se doblegó o cedió a la cobardía, siempre manifestó una indomable fuerza de voluntad y un gran espíritu de lucha. Otro rasgo señalado de Josué fue su nobleza y altruismo. Un gesto que lo retrata con exactitud lo vemos en ocasión de la distribución de las tierras entre las tribus de Israel. Cuando todos hubieron recibido su parte, recién entonces Josué planteó su derecho. De acuerdo a lo convenido mientras aún vivía Moisés, él debía recibir una herencia es- pecial; sin embargo, no reclamó una provincia grande, sino una sola ciudad. Entonces, le dieron la ciudad que pidió. La crónica informa:

“y él reedificó la ciudad, y habitó en ella” (19:49,50). El nombre que llevó esa ciudad es altamente significativo, Tim-nath sera, “la parte que sobra”. Ese hecho atestiguó para siempre el “espíritu desinteresado del vencedor que, en vez de ser el primero en apropiarse del botín de la victoria, postergó su derecho hasta que los más humildes de su pueblo habían recibido su parte” (White, 1985ª, 551).

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Modelo de lealtad

“La vida es un combate, que a los débiles abate, que a los fuertes y a los bravos sólo quiere exaltar”.

Si bien Josué fue un modelo de soldado, disciplinado, obediente y noble, la esencia de su personalidad, el rasgo más sobresaliente, fue su lealtad, el acatamiento a la autoridad divina, que es otra forma de fidelidad a Dios. Hay varios hechos significativos que aparecen en la historia de su vida que lo califican como un soldado de la fe. Conside- raremos sintéticamente algunos de ellos. Un hecho notable es la presentación de una teofanía, escena donde Dios se manifiesta y revela su gloria. Hay un solo ejemplo de este tipo de evento extraordinario en el libro (5:13 - 6:5). El punto significativo y úni- co en todo el testimonio bíblico es que Dios se presentó vestido como un soldado a la usanza de esos tiempos, mostrándose como “Jefe del ejérci- to de Yahvéh” (5: 14). Tan semejante a un militar era, que Josué, en un primer momento, lo confunde con algún integrante de su ejército o del enemigo. Cuando descubre su carácter divino, cae rostro en tierra, en actitud de adoración (5:14). Entonces, Dios le da instruc