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GOBERNABILIDAD Y EDUCACION,

¿UN DILEMA?

Buenos Aires, Noviembre 2008.

Marcos.Fregosi@Vaneduc.edu.ar

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Introducción:
La mayoría de los pensadores antiguos implementaban las palabras como expresión clara
de su pensamiento. En Grecia se debatía si el “logos” era lo adecuado para la denominación
de las cosas y de la vida social, ya que era algo creativo del sujeto hablante; o una expresión
de lo que se develaba – “aletheia” - a partir de lo observado.

El panorama actual, si lo queremos ver desde lo social, económico y cultural, no es el


mismo de esa época; ni tampoco parecido a los cambios revolucionarios del Renacimiento.
Vivimos procesos más complejos y de globalización.

Por eso mismo, me parece importante aclarar antes de entrar en tema, ciertas premisas que
pueden estar como base en esta reflexión que me propongo hacer.

Recién decía que las palabras fueron y siguen siendo la muestra más acabada de los
cambios profundos que vive cada sociedad. Hay términos que se constituyen en la cultura de
los pueblos como sintetizadores de una dinámica compleja, ya que uno de los aspectos más
significativos de la vigencia de ellos es el concepto que lo sustenta y que le da sentido a su
uso.

En la actualidad se ha instalado el término gobernabilidad, como referente de algo que


socialmente se aprecia para rectificar o ajustar situaciones sociales, culturales y económicas.
Pero también, se puede usar de una manera más compleja incluyendo una multiplicidad de
variables para el análisis de la realidad. Estas diferentes miradas nos llevan a pensar que los
términos, como es en este caso, que de acuerdo al contexto que uno quiere marcar o demarcar,
restringen el sentido o pueden profundizar conceptualmente, poniendo de manifiesto a la
gobernabilidad como un término cerrado o abierto, de acuerdo a la intencionalidad del sujeto.

Otra premisa que me parece importante considerar, es la existencia del concepto como
referente o ámbito de lucidez para interpretar la realidad; o sino su aparición como tal,
emergiendo del análisis de una realidad compleja. Cada una de ellas muestra una postura
epistemológica. La primera se presenta como instrumental o “razón instrumental”
(Horkheimer, 2001), ya que el uso del concepto permite clarificar la realidad. En cambio, la
otra se da desde una mirada más hermenéutica (Gadamer, 2005), donde el concepto aparece
en la búsqueda de sentido a partir de la diversidad de situaciones.

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Sobre la base de estas dos premisas entraré ahora a reflexionar sobre el tema enunciado,
con la intención de realizar un análisis crítico teniendo presente la realidad compleja que
estamos viviendo, tanto a nivel general como Institucional viendo el funcionamiento del
Proyecto Educativo.

Gobernabilidad y educación: ¿se necesitan mutuamente?


¿La gobernabilidad es un fenómeno económico o es un problema más profundo?
Después de haber vivenciado y experimentado tantas situaciones de cambio en el Siglo
XX, ya no impacta tanto en el Siglo XXI, la globalización como realidad emergente. La
economía y la tecnología avanzaron en forma conjunta, siendo esta última generadora de los
procesos reales y/o virtuales entre países y entre continentes.

Muchos escribimos (Fregosi, 2005) sobre la realidad actual; sabemos de las dificultades y
repercusiones que la economía mundial nos tiene en permanente inestabilidad. Los diarios y
los medios de comunicación, nos ponen en permanente situación de “alarma” y de “vigilia”
en relación a los sobresaltos que podemos apreciar, no solamente en nuestro país, sino en el
mundo.

Ya en la década del 70, pudimos sentir, percibir y vivir momentos de cambio. La crisis
económica de esa época repercutió bastante en el mundo, llevando a replantear la vida no
solamente a nivel social y cultural, sino también económica. Frente a las convulsiones
sentidas, aparece en el lenguaje político el término gobernabilidad que se desprende o mejor
dicho se instala desde un análisis confeccionado para la Comisión Trilateral en un informe
publicado en 1975, cuyo título era: “La Crisis de la Democracia: informe sobre la
gobernabilidad de las democracias para la Comisión Trilateral”. Se quiebra una mirada
social y política, donde el Estado Benefactor no puede estar funcionando más; el sistema
financiero debe respetarse y cuidarse y para eso, se debe mirar con más atención la
“gobernabilidad” frente a los reclamos sociales.

Esta situación, que no plantea un tema menor, aparece enunciado como problema unos
años antes en un libro muy emblemático, titulado “La era tecnotrónica” de Brzezinski
(1970). Este autor estuvo muy relacionado con los integrantes de la Comisión Trilateral,
donde su punto central giraba alrededor de la gobernabilidad y de los cambios de “era”.
Algunos párrafos marcan de una manera clara y tajante la orientación y la adecuada
fundamentación que el término gobernabilidad conmueve a los diferentes estados

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intervinientes: “Aunque Estados Unidos busca la estabilidad global y utiliza sus inmensos
recursos para impedir cataclismos revolucionarios, su impacto social sobre el mundo es
perturbador, innovador y creativo” (Brzezinski, 1970: 99). La realidad reclama un “nuevo
nacionalismo”, donde “La nación-estado, en cuanto unidad fundamental de la vida organizada
del hombre, ha dejado de ser la principal fuerza creativa” (...); “a medida que” ella, “cede
gradualmente su soberanía, aumenta la importancia psicológica de la comunidad nacional y la
tentativa de fundar un equilibrio entre los imperativos del nuevo internacionalismo, por un
lado, y la necesidad de contar con una comunidad nacional más íntima, por otro, es la fuente
de fricciones y conflictos” (Brzezinski, 1970:102).

Estas profundas convulsiones que venían apareciendo tanto en el centro del poder como en
la periferia, surgieron como colofón de sucesos políticos, económicos y militares que
mostraban la verdadera esencia de los cambios que vivían los países que estaban en ese
momento protagonizando la economía del mundo.

Gobernabilidad aparece en la literatura con el trilateralismo para dar cuerpo conceptual al


proyecto político del neoliberalismo. Comienza a desplazarse el “Estado de Bienestar”, ya que
se considera fracasado. Esta categoría nace para poner en práctica una concepción neoliberal
en la política y en la economía. Los autores del informe de la Comisión parten del
presupuesto teórico de que la división de poderes y la concepción de los contrapesos y
balances siguen marcando la esencia de la gobernabilidad: “la expansión democrática de la
participación y el involucramiento político ha creado una sobrecarga en el gobierno y una
expansión desequilibrada de las actividades gobernamentales, exacerbando las tendencias
inflacionarias en la economía” (Prats I Catalá, 2001: 105)

La gobernabilidad que es un término tan polisémico como lo expresan distintos autores


(Filmus, 1996; Prats I Catalá, 2001; Dror,1987), da pie a variadas interpretaciones. La
Comisión Trilateral acepta una mirada “conservadora”, donde las demandas sociales reclaman
a un Estado respuestas distintas, poniéndolo en una situación incómoda y por ende, con falta
de eficacia, enfrentando a la democracia con la gobernabilidad. El eje del conflicto está en las
respuestas que deben dar las elites gobernantes a dichos reclamos planteando una reingeniería
social para lograr niveles de estabilidad, y por ende de legitimidad.

En América Latina, en la década del noventa, al vivir la transición a la democracia aparece


el concepto de “gobernabilidad” de la mano de los organismos internacionales que pretenden

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ayudar financieramente frente a las deficiencias del Estado y del sistema político, obligando a
una mejor “rendición de cuentas” con responsabilidad, predictibilidad y honestidad. Aunque
se haya recuperado el concepto antes mencionado, no deja de plantear una visión restringida y
elitista poniendo las decisiones solamente en el estado como un factor dinámico y casi
excluyente para la legitimidad y la eficacia, dejando de lado otros factores importantes como
los sociales y el contexto internacional que se va viviendo.

Frente a esta mirada tan unilateral, surgen otras perspectivas como alternativas donde las
interacciones de los poderes públicos, la economía, el mercado y los actores de la sociedad
civil organizada pueden llegar a formar “consensos o mayorías estabilizadoras” (Filmus,
1996). No es casual que en el Informe de la Comisión Trilateral se ignore la “relación
interclases sociales”, ya que parten del presupuesto teórico de que la división de poderes y la
concepción de los contrapesos y balances siguen marcando la esencia de la gobernabilidad.

Las alternativas que se presentan para el análisis de la gobernabilidad, la ubican como un


proceso más complejo donde deben interactuar un conjunto de actores: “Un sistema social es
gobernable cuando está estructurado sociopolíticamente de modo tal que todos los actores
estratégicos se interrelacionan para tomar decisiones colectivas y resolver sus conflictos
conforme a un sistema de reglas y de procedimientos formales o informales – que pueden
registrar diversos niveles de institucionalización – dentro del cual formulan sus expectativas y
estrategias” (Prats I Catalá, 2001:120). El eje de su constitución está dado en la
“participación” obligando a pensar en el conjunto de “todos los actores” y no solamente en el
Estado con su proceso de reforma racionalizando sus “políticas” que pueden llegar a debilitar
la gobernabilidad de la democracia. Es un planteo que va más allá de las preocupaciones de
legitimidad y eficiencia; la “gobernabilidad es equivalente al desarrollo de un marco
democrático que suponga amplia participación de sectores populares en la resolución de los
problemas que plantea la crisis y la reestructuración productiva y social” (Filmus, 1996 : 15)

Desde este lugar, podemos apreciar que intentamos alejarnos de un planteo instrumental
pretendiendo ahondar con mayor profundidad el análisis, abriendo las miradas con el fin de
develar mejor los reclamos y las deficiencias de todos para que sean contempladas y resueltas
con la “participación ciudadana”. Este supuesto clave pone en evidencia que el concepto de
gobernabilidad no puede quedar en una simple formalidad institucional, aún respetando las
normas y las leyes. Si la desintegración social, la pobreza y la economía de supervivencia
conviven con una cierta “ilusión de gobernabilidad” ponen en peligro la vida social de todos

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sus integrantes. Por eso mismo, es importante entender que la gobernabilidad no puede ser
entendida sin integrar en el debate el desarrollo humano: “En todo el mundo hay muchas
personas que sufren muchos tipos de privación de libertad. En algunas regiones continúa
habiendo hambrunas que niegan a millones de personas la libertad básica de sobrevivir (...) Es
importante, pues, no sólo tener en cuenta el hecho de que en la escala de utilidades las
privaciones de las personas persistentemente desvalidas pueden parecer ahogadas y
silenciadas, sino también favorecer la creación de las condiciones necesarias para que los
individuos tengan verdaderas oportunidades de juzgar el tipo de vida que les gustaría vivir.
Los factores sociales y económicos, como la educación básica, la asistencia sanitaria
elemental y la seguridad de empleo son importantes no sólo por derecho propio, sino también
por el papel que pueden desempeñar a la hora de brindar a las individuos la oportunidad de
abordar el mundo con coraje y libertad. Estas consideraciones requieren una base de
información más amplia, que centre especialmente la atención en la capacidad de los
individuos para elegir la vida que tienen razones para valorar” (Sen, 2000: 31; 86)

Sin lugar a dudas, se presenta como un planteo complejo, donde la realidad está
constituida por todos los integrantes de la comunidad. Pero lamentablemente no es tan así;
algunos afirman que “la economía solo puede funcionar si el Estado protege a los inversores
(responsabilidad limitada de los accionistas), a las empresas (ley de quiebras) y a los
depositantes (sistema bancario con dos tipos de bancos, uno de los asegurar los depósitos)”
(Przeworski,1994: 21). Cuando las reglas de juego se implementan unilateralmente, provocan
un gran desajuste con un fuerte riesgo de desestructuración social, no poniendo de manifiesto
a la gobernabilidad como un atributo del desarrollo humano: “las reglas y procedimientos
amparan “coaliciones distributivas” renuentes a incorporar nuevos actores, intereses y
valoraciones, si se dan las condiciones para que éstos emerjan en la arena política, el conflicto
se hace inevitable y la estabilidad política padece” (Prats I Catalá, 2001:130).

La realidad nos supera y nos reclama. En América Latina nos encontramos con “El 58% de
los niños menores de cinco años de edad son pobres y lo mismo sucede con el 5% de los de 6
a 12 años” (Kliksberg, 2004:69). Por lo tanto, “la gobernabilidad democrática se dará sólo
cuando la toma de decisiones de autoridad y la resolución de conflictos entre los actores
estratégicos se produzca conforme a un sistema de reglas y fórmulas que podamos calificar
como democracia” (Prats I Catalá, 2001:133). Para eso, hay que poner a la libertad personal
como campo de análisis en una teoría de la gobernabilidad fundada en el desarrollo humano
más que en un simple crecimiento económico.

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¿La educación es un instrumento o un espacio de creatividad?
Si la democracia se presenta como un valor constitutivo y como un valor universal para el
desarrollo humano, podemos entrar a analizar la educación como un fenómeno que restringe
o que abre posibilidades para concretar la gobernabilidad.

Cada perspectiva presentada encierra en sí misma una concepción de educación. En la


línea conservadora, sin lugar a dudas, se tiende a la “reproducción y legitimación de un orden
social preestablecido con el objetivo de limitar la capacidad de la ciudadanía para desarrollar
demandas que desborden la posibilidad del Estado de satisfacerlas” (Filmus,1996: 16). En
América Latina todavía las democracias no están aún totalmente consolidadas. En algunos
casos han aumentado las desigualdades y se han creado nuevas formas de exclusión social, “la
gobernabilidad democrática está directamente relacionada con la capacidad de las
instituciones políticas y sociales para, por un lado, agregar y articular intereses y, por el otro,
regular y resolver los conflictos entre ellos” (Puelles Benítez, 1996:4). Para eso, nos debemos
una formación cívica y de participación en el bien público, evitando atomización de los
individuos como así también pérdida de interés y de sentido por uno y por los demás.

La escuela, desde sus orígenes, se presentó como un ámbito para la “formación”. En el


transcurrir de la historia tuvo diferentes objetivos como lo señala Durhieim (Dubet, 2004:2):
“la escuela fue inventada por las sociedades dotadas de una historicidad, es decir, las
sociedades capaces de producirse y de transformarse a sí misma desarrollando un modelo
cultural ideal susceptible de sustraer a los niños de la evidencia exclusiva de las cosas, las
tradiciones y las costumbres. En este sentido, la escuela siempre está ubicada bajo la empresa
de un modelo cultural “fuera del mundo” como una sociedad ideal”.

Actualmente, la escuela se encuentra en competencia con las culturas existentes, donde los
docentes se preguntan “cómo domesticar esta cultura que se basa en la rapidez, el zapping y la
seducción, principios que contradicen el rigor de los ejercicios escolares” (Dubet, 2004:5).
Varias problemáticas como la pobreza y el desempleo entran a jugar en la vida de las aulas y
en los establecimientos escolares. Nos merecemos pensar una escuela “más justa, más eficaz y
más respetuosa de los individuos”(Dubet, 2004: 11). Una cultura común para dar a todos los
alumnos una integración social con competencias y conocimientos con el fin de lograr
ciudadanos activos con capacidad de autonomía, y una igualdad escolar con una igualdad de
derechos y de capacidades.

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Tenti Fanfani en relación con esta línea de pensamiento precisa mejor la situación diciendo
que no es un “debate neutro”. Para lograr una adecuada gobernabilidad se necesita incluir en
el planteo educativo la dimensión ética y valorativa, porque sino queda en un simple
“instrumento”, apelando a una solución simplemente técnica, o sea, a una simple búsqueda de
la eficiencia. “Por lo tanto, se trata de discutir los márgenes de posibilidad y los dispositivos
más adecuados para gobernar a la educación hacia fines socialmente valorados” (Tenti
Fanfani, 2004: 46)

¿Cómo se presenta la escuela en América Latina?. Filmus (1996:17) intenta resaltar mejor
la pregunta focalizando a la educación en un rol activo en torno a la construcción de una
gobernabilidad democrática. No es viable una función social universal y predeterminada de la
educación en relación con el sistema político y económico. Su función es más específica
teniendo en cuenta los momentos históricos respondiendo al conjunto de los actores
involucrados y no solamente atendiendo a la voluntad del Estado. Al involucrar a todos los
actores (maestros, alumnos, agentes burocráticos, padres, gremios, grupos de presión, etc.) se
pone en marcha un proceso más complejo contemplando sus diferentes intereses. Desde este
enfoque, como dice Filmus nos apartamos de la “reproducción social” (...); “el afianzamiento
de la democracia exige poner el énfasis en el rol de la educación para fortalecer la capacidad
de los actores de la sociedad civil en su articulación con el Estado (Filmus 1996: 19).

Pero Tenti Fanfani (2004:55) no deja de advertir que la escuela no solamente enseña y
construye subjetividades, sino que también “alimenta, cura, contiene afectivamente, orienta y
motiva a muchos niños y jóvenes que la frecuentan”. Estas realidades ponen en crisis la
propia identidad de las escuelas. Para eso, hay que evitar esquematismos predeterminados e
incluir en el proyecto educativo valores socialmente deseables y orientar a calibrar mejor las
estrategias de intervención por parte de todos los protagonistas. Debe existir un Estado
“competente y dotado de recursos humanos de alta calidad y debidamente recompensados en
función de sus calificaciones y desempeños” de los que deben llevar adelante las políticas
públicas. Por eso mismo, el autor ratifica dos ejes expresados por Dubet: “Articular la
autonomía de los actores educativos con un control central de la educación, para que la
educación siga siendo un sistema nacional integrado”. Y en segundo lugar, “el centro del
sistema tiene que ser un “instrumento de integración social” para darle a todos los niños de
una sociedad las competencias y los conocimientos a los cuales tienen derecho para
convertirse en ciudadanos activos e individuos autónomos” (Tenti Fanfani, 2004:62)

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Sin lugar a dudas es un reto que nos debemos proponer para producir el cambio y lograr el
despeje de las desigualdades existentes, porque es “la región más inequitativa del mundo en
términos de distribución del conocimiento” (Puelles Benítez, 1996). Para eso, los sistemas
educativos deben incluir con las categorías de legitimidad y eficiencia, el de la concertación
donde el proceso se debe dar por medio de una construcción compartida con “la participación
y el compromiso del conjunto de los actores de la sociedad en el desarrollo de las políticas de
democratización y mejoramiento de la calidad educativa” (Filmus, 1996:22)

Esta concertación - necesaria e imprescindible -, necesita el retorno a la institucionalidad


democrática posibilitando políticas educativas que impulsen procesos de crecimiento
socioeconómico con el fin de propiciar mejores niveles de integración y equidad social. Para
eso, habrá que analizar y ajustar los sistemas educativos para que alivien o resuelvan serios
condicionamientos en el crecimiento de la sociedad.

A partir de ahí, debemos entender que la política tiene que ser la actividad organizadora de
las relaciones sociales en un clima de no confrontación sino de concertación como “su
principio estructurador”. Ella cumple la función de llevar a sus integrantes a resolver los
problemas por medio de mecanismos de resolución de conflictos “previstos
institucionalmente, al mismo tiempo que se avanza en los aspectos en que sí existen
coincidencias” (Filmus, 1996: 22, 23)

Para eso, es importante crear un buen clima para que se amplíe el campo de acción de los
actores intervinientes en la construcción de las políticas; como así también, tender a crear o a
recrear mecanismos de gestión que posibiliten la participación cada vez mayor de los
ciudadanos en la elaboración, desarrollo y evaluación de las estrategias educativas. Al
fomentarse, se apreciará eficiencia en los diferentes niveles de conducción del sistema
llegando así a las mismas instituciones educativas, dando protagonismo a todos sus miembros,
pero en especial al docente, ya que él, es el agente central de las transformaciones dentro del
aula.

Una experiencia – una concepción educativa:


Convencidos estamos de la necesidad imperiosa de dar espacio al docente, pero también
consideramos que los alumnos son los protagonistas en la formación ciudadana.

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Muchas veces entendemos que estos propósitos que están fijados en las políticas públicas
y/o en los marcos teóricos de la Ley Nacional de Educación, no son correspondidos por el
trabajo del docente en el aula. Lamentablemente quedan en palabras; y continuamos viviendo
y sufriendo los desajustes sociales, culturales y económicos en el país por no tener a los
protagonistas - tanto el docente como el alumno -, convencidos de estos propósitos. Sin lugar
a dudas, la realidad que se vive en las escuelas es otra. No es necesario repetir lo expresado ya
anteriormente en las palabras de Tenti Fanfani (2004).

¡Algo hay que hacer!, decimos seguramente frente a esto. Por eso, me parecía importante
poner a consideración en este análisis de la gobernabilidad, una experiencia que apunta a
englobar esta línea que se viene planteando. Intentamos acercar a la reflexión que la
gobernabilidad tiene una interpretación más compleja y no tan unidireccional, ya que los
actores del cambio y de la convivencia son todos y no “unos pocos elegidos”. Esos sujetos de
la sociedad, que son el objeto de análisis, merecen su respeto por “sus expresiones culturales”.
Sin lugar a dudas, no se dan espontáneamente, sino que se logra en un proceso educativo que
posibilita un mejor ajuste a estas manifestaciones que se dan de diferente manera, en relación
a contextos y a problemáticas individuales y grupales.

Para que se pueda concretar, destacamos a la educación como un espacio en donde


crecemos todos - docentes y alumnos -. A partir de ahí, me parece oportuno acercar la
propuesta que vengo compartiendo en las diferentes instituciones privadas tanto de Capital
Federal como en el Gran Buenos Aires, desde mi función de Asesor Pedagógico.

Dichos colegios cuentan con una Educación Inicial, Primaria, Secundaria, Carreras
Terciarias y Universidad. Pero en relación a este tema, me gustaría detenerme en el nivel
medio ya que presenta características interesantes para su análisis tanto en la dinámica de
todos los días, como en la comprensión teórica de su accionar.

La propuesta que intentaré relatar viene orientada desde un Proyecto Pedagógico que se
fue elaborando hace ya varios años. Existe un basamento pedagógico en donde se perfila al
alumno como sujeto que debe construir sus aprendizajes, planteando desde ahí la actividad del
docente como tutor y creador de estrategias para el adecuado proceso educativo.

Todos conocemos la realidad social que nos toca vivir. Sabemos que es compleja y
cambiante a la vez. Desde ahí, concebimos el trabajo educativo como un Proyecto donde

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todos partimos del diagnóstico de la realidad teniendo en cuenta las características de las
familias, el contexto que rodea a la institución, y las necesidades sociales y culturales que se
perfilan en los requerimientos individuales y/o sociales de los integrantes de la comunidad.
Para ajustar mejor la experiencia y su correspondiente análisis, me quiero detener en el
Colegio Esteban Echeverría, institución que se ubica en la zona de San Telmo, en la Av. San
Juan 983. La propuesta se inició en la década del 40 y fue creciendo en población estudiantil
con la zona. Comenzó con un Jardín de Infantes, luego se proyectó la Primaria; en la década
del 80, se creó la secundaria a la noche y a la mañana; y casi a fines de esa década, se fueron
abriendo los Terciarios de Formación docente y tecnicaturas, dando pie y base para que en la
década del noventa se abriera la Universidad, siendo su primer año en 1996 con diferentes
carreras de grado.

En esta dinámica de crecimiento, el nivel medio, que fue absorbiendo alumnos del nivel
primario del colegio, como así también matrícula de otras instituciones, pensó estrategias
pedagógicas acordes al Proyecto madre donde perfilaba un egresado como alumno autónomo
con habilidades para desenvolverse en la vida y que tuviera la posibilidad para adaptarse al
medio social y cultural, siendo él un protagonista en la sociedad democrática.

Seguramente que esto no se da simplemente. Tampoco se puede lograr imponiendo a los


alumnos una propuesta, ya que exige una postura actitudinal más acorde a un comportamiento
político donde su personalidad debe reflejar una perspectiva ética en su accionar.(Cullen,
2004)

Contamos con alumnos en los turnos de la mañana y de la tarde, cursando a elección de los
padres, alguna de las modalidades que ofrece la institución. Acompañan la propuesta
educativa una planta funcional que posee docentes de años, y otros que se van incorporando
últimamente. Lo interesante a destacar, es que los mismos colegas facilitan un proceso de
adaptación ayudando a comprender la cultura institucional por medio de reuniones informales
y formales desde las diferentes funciones que ya están constituidas como las Jefaturas de
Departamento y Tutorías de curso.

A partir de la formación integral del educando, como centro del planteo educativo, me
parece oportuno detenerme en algunos núcleos estratégicos donde se podrá apreciar la
interrelación entre los conceptos de gobernabilidad y educación que venimos presentando
en este ensayo.

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En primer lugar, la institución pone como centro en su propuesta educativa, a la
comunidad y a todos sus actores educativos: directivos, docentes y alumnos. La propuesta
centra su dinámica en “reglas de juego” (Filmus, 1996:14) que ya están explicitadas desde el
Proyecto Institucional. Pero esta definición de pautas no quita la constitución de otras que
dependen de los proyectos que académicamente van surgiendo con el protagonismo de todos
los actores de la comunidad.

También en esta dinámica en donde se articulan las reglas de juego, podemos señalar que
no existe un único criterio, que es el del consenso. Vale la pena aclararlo ya que nos valemos
de la concertación en donde algunos actores, como los alumnos, no siempre están de acuerdo
con lo determinado. Se los hace intervenir en la propuesta, aunque la diferencia existe y sus
propuestas son escuchadas, quedando aclarado que no todas las veces predominan sus
opiniones. La propuesta que sale con la intervención de ellos, algunas veces no favorece a
todos.

Los actores existentes se cualifican de acuerdo a los intereses personales como también en
relación a la diversidad del grupo. La dinámica educativa no prohíbe la manifestación de la
individualidades; al contrario, las favorece logrando canales de expresión, como así también
de comunicación. Creemos que el interés personal que puede ser que algunas veces no
coincida con el grupo, permite contemplar las individualidades, como singulares en si misma,
buscando alternativas y espacios de creación de sus potencialidades. Esta mirada que es
dinámica en el Proyecto Pedagógico, se aleja bastante de una propuesta burocrática y
reproductora de la educación, ya que estamos obligando al individuo a desarrollarse con un
sentido crítico. Por lo tanto, el interés es el que prima, siendo éste evaluado en forma
permanente por los integrantes de la comunidad, y canalizado por los docentes durante el
transcurso del año con propuestas áulicas y extra áulicas.

Estas actividades que se dan en espacios diversos, ponen a los alumnos en un


protagonismo permanente logrando fomentar la sensibilidad por las problemáticas del
medio y acordar en la construcción del proyecto, estrategias de solución. Esto se pueda dar,
porque el docente propicia un proceso interdisciplinario presentado como un proyecto que
contemple un contexto de complejidad (Morin, 2003). Los ajustes de esta dinámica se dan por
medio de una propuesta reflexiva donde los alumnos, con el acompañamiento de los docentes,
reflexionan sus conductas y sus responsabilidades por medio del Proyecto de Filosofía; y en el

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caso de los docentes, se evalúan sus prácticas áulicas en un proceso de autoevaluación, dos
veces al año con la intervención del Directivo del nivel.

Un segundo núcleo de análisis, es el espacio institucional como flexible posibilitando


programas acordes a los intereses de los alumnos (Dubet, 2004; Tenti Fanfani, 2004). La
currícula no se presenta como algo estático; al contrario, se acomoda a la propuesta anual,
donde se incorporan para la investigación de los alumnos, problemas que son significativos en
su formación integral. Concebimos desde lo académico, una presentación holística e
integradora siendo coherente con el criterio epistemológico de la complejidad (Puelles
Benítez, 1996; Morin, 2003)

La mirada social está presente, no como propuesta teórica, sino como algo vivencial y de
necesidad para lograr en el alumno una fuerte experiencia. Propuestas de salidas didácticas,
como trabajos de campo ayudan en los cursos superiores a lograr un buen conocimiento para
la investigación. Sin lugar a dudas, esta dinámica de confrontación, de verificación y de
constatación posibilita la construcción de un esquema argumentativo que lo venimos
acompañando como un objetivo institucional. Los alumnos desde los grados inferiores tienden
a construir por escrito y luego en forma oral, un discurso lógico por medio de ensayos y de
trabajos monográficos, adquiriendo así las herramientas para el logro de una mirada
investigadora. Estos objetivos académicos, se socializan con sus compañeros; y en la
presentación monográfica, el alumno del último curso del nivel medio, se enfrenta a un
tribunal universitario, ya que allí presenta una propuesta que está acorde a su orientación
vocacional. Él debe argumentar con bibliografía orientada por un tutor, la fundamentación de
sus planteos. Esta experiencia de aprendizaje habilita a los alumnos a ingresar a la universidad
con estrategias de resolución enfrentando los conflictos académicos como así también los
diarios.

Esta flexibilidad institucional permite la participación de sus actores. Es una dinámica


donde la acción del alumno, como así también del docente que acompaña, es permanente con
el fin de competir y ajustar aquellas desigualdades que se pueden dar por medio de la
incomprensión o por insensibilidad: “la educación desempeña un rol fundamental en la
posibilidad de integración individual de los ciudadanos, también realiza un aporte a otros
dos elementos centrales del concepto de gobernabilidad democrática: la competitividad y la
justicia social” (Filmus, 1996: 21)

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Esta participación que señalamos, se da en el ámbito interno como externo de la
institución escolar por medio de las pasantías. Es un proyecto muy bien pautado y
supervisado por un grupo de docentes que contemplan los intereses individuales de los
alumnos teniendo en cuenta sus aptitudes y su futura orientación universitaria. Esta
sensibilidad que se adquiere, le va abriendo al alumno un campo de observación y de
confrontación construyendo una estructura crítica de análisis. También ubicamos aquí la
existencia de la “Escuela de Líderes” como una excelente oportunidad de crecimiento. Todos
los alumnos tienen oportunidad de intervenir ya que existe una variedad de comisiones en
relación a las necesidades de la comunidad educativa. Participan los alumnos votando a sus
representantes. Los elegidos intervienen en diferentes comisiones que tienen actividades
internas, que pueden darse en otros niveles educativos del colegio, o en acciones externas
ayudando con un “alto sentido solidario”. La construcción de las reglas se da con la
intervención de todos, participando los alumnos activamente, como así también los docentes.
Es interesante apreciar que en este espacio de aprendizaje, se encuentran los preceptores que
muestran la otra cara de su función, y que se abren con el fin de que vean a un adulto que va
más allá de sus cuidados por el cumplimiento de los marcos disciplinarios.

En tercer lugar, me parece importante señalar que desde la propuesta abierta y compleja
que venimos presentando, la institución tiende a crear un criterio de concertación y no tanto
de consenso en su proceso educativo. Anteriormente pude aclarar su diferenciación; pero vale
la pena retomarlo nuevamente con el fin de valorar su real significado. Bien señala Filmus
(1996) que toda concertación pone como eje a la realidad conflictiva; por ser tal, no podemos
omitirla que es inherente a la misma dinámica de la especie humana. Por eso mismo, creemos
que es importante remarcar esta diferenciación, ya que posibilita en la concertación, la
búsqueda de medios para dilucidar los enfrentamientos porque los intereses priman en la
disputa.

Esto se da en la dinámica de nuestra institución, ya que tenemos la oportunidad de brindar


al alumno una variedad de ofertas o espacios creativos que permiten desenvolver todas sus
capacidades. Pero, para que eso se dé, ya que él es el protagonista de su acción, debe
intervenir en las reglas y en los acuerdos que son necesarios para su funcionamiento.

Y por último, existe la oportunidad de que el alumno pueda elegir a sus abanderados y
escoltas. Es una propuesta democrática donde él acuerda valores que se deben visualizar en la
conducta de sus compañeros. También tiene la oportunidad de elegir al mejor compañero,

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siendo el elegido el referente de la amistad y de la comprensión. Y en esta línea de la
participación, los alumnos intervienen en la elección de definir el objetivo de trabajo anual,
que luego se plasma en el Proyecto Institucional.

Volviendo al punto de partida…gobernabilidad y


educación…
El tema que nos propusimos es amplio y profundo a la vez; pero entiendo que es de suma
importancia su aclaración terminológica, como bien se señalaba al principio ya que el término
gobernabilidad se presenta de una manera polisémica, permitiendo una variedad de
interpretaciones.

Sin lugar a dudas, dicha palabra la hemos ubicado como el eje de la convivencia
democrática. Por aceptar una mirada más amplia y completa entendemos que la participación
democrática es de una necesidad imperiosa. También comprobamos que esta realidad social,
no se da en forma natural, sino que debe existir un proceso educativo.

Tanto del análisis como de la descripción de la experiencia educativa, apreciamos que una
concepción abierta y compleja de la gobernabilidad permite a sus protagonistas ser
participativos, creativos, críticos y sensibles. Por lo tanto, no podemos dejar de reiterar lo
adelantado en el análisis de dicho término: “Un sistema social es gobernable cuando está
estructurado sociopolíticamente de modo tal que todos los actores estratégicos se
interrelacionan para tomar decisiones colectivas y resolver sus conflictos conforme a un
sistema de reglas y de procedimientos formales o informales – que pueden registrar diversos
niveles de institucionalización – dentro del cual formulan sus expectativas y estrategias”
(Prats I Catalá, 2001:120). Y más adelante, ampliábamos el tema, diciendo que “intentamos
alejarnos de un planteo instrumental pretendiendo ahondar con mayor profundidad el
análisis, abriendo las miradas con el fin de develar mejor los reclamos y las deficiencias de
todos para que sean contempladas y resueltas con la ´participación ciudadana´”.

Por eso mismo, en la descripción de la actividad como Asesor Pedagógico, relataba la


existencia de núcleos estratégicos que giraban sobre “la participación” y “la existencia de
espacios institucionales flexibles”, donde lo “reglado” facilita la convivencia o la
“construcción de reglas” entre los actores, agilizando mejor la concreción de los objetivos
propuestos. Ratificábamos el buen resultado, acordando con Filmus (1996:22) que “la
participación y el compromiso del conjunto de los actores de la sociedad en el desarrollo de

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las políticas de democratización y mejoramiento de la calidad educativa” facilitan la mejor
canalización de los intereses de cada uno.

Otro núcleo significativo en la descripción de la experiencia educativa, es la existencia de


las concertaciones, como eje para destrabar los conflictos o la manera de canalizarlos con el
criterio de mediar mejores soluciones para el conjunto. Decíamos más arriba que: “A partir
de ahí, debemos entender que la política tiene que ser la actividad organizadora de las
relaciones sociales en un clima de no confrontación sino de concertación como “su principio
estructurador”. Ella cumple la función de llevar a sus integrantes a resolver los problemas
por medio de mecanismos de resolución de conflictos “previstos institucionalmente, al mismo
tiempo que se avanza en los aspectos en que sí existen coincidencias” (Filmus, 1996: 22, 23)

Y por último, otro dato significativo y remarcado en la descripción de la actividad


educativa, es la existencia de un clima adecuado para facilitar los logros esperados. Desde
el análisis teórico, se indicaba que era importante crear un clima adecuado para facilitar la
acción de todos los actores en la vida política por medio de canales de participación.

Por eso mismo, vale la pena subrayar en el final del trabajo que la gobernabilidad como
concepto puede ser rico en matices cuando lo relacionamos de una manera directa con la
democracia y la educación. De acuerdo a eso, podemos ver las conexiones causales que
llevarían a la afirmación posterior y a las políticas que se generen. Cuando la gobernabilidad
se toma como un dispositivo de manejo y la elite gobernante disciplina por medio de una
ingeniería social a sus habitantes, podemos apreciar en esta construcción argumentativa la
unidireccional de la concepción donde priman las categorías de disciplina y subordinación. En
cambio, en el caso que se piensan los tres términos entrelazados dándose vida mutuamente
desde el protagonismo de todos los actores sociales, se constituye una dimensión más plena y
más compleja ya que ellos se comprometen por medio de la concertación a sostener el espacio
natural de crecimiento que es la sociedad.

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