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El escritor Günter Grass y la utopía nazi

Por Nicolás González Varela

I. "Ein globaler Schock". "Ende einer moralischen


Instanz". Tales los epítetos de biógrafos y columnistas
culturales en Alemania. ¿De qué se trata? El escritor
premionobel Günter Grass, cabeza visible del Gruppe
47 y de la literatura engagée, ha confesado en el
Frankfurter Algemeine Zeitung en 2006 que
perteneció a las Waffen SS, el cuerpo de combate de
élite del Tercer Reich. "Ich war Mitglied der Waffen-
SS". Grass, militante de la izquierda socialdemócrata y pacifista realizó esta
confesión como una preliminar a la aparición de sus memorias: “Beim Haeuten
der Zwiebel” (“Con la piel de cebolla”), que saldrán a la venta en septiembre en
Europa. Las declaraciones han sorprendido más por lo que callan que por lo que
descubren. Hasta ahora en sus biografías aparecía que había servido en la
Segunda Guerra Mundial como ayudante de artillería antiaérea, Flakhelfer, en
1944 (casualidad o no: el papa Benedicto VI parece que también). En las
repercusiones en los medios en español, cualquiera de ellas, el tema se banaliza,
oscurece y pierde toda dimensión. Según sus declaraciones en alemán, fue
miembro de la Hitler-Jugend y realizaba trabajos en el “ReichsArbeitsDienst”
(RAD), el servicio de trabajo público, y por voluntad propia, trató de ingresar en
la Kriegsmarine primero (en submarinos), y luego en la Waffen SS, en concreto
en la 10. SS-Panzer-Division “Frundsberg”. Fue una de las mejores unidades de
combate de las SS. Su nombre es en honor a Georg von Frundsberg, un
comandante alemán creador en el siglo XV de un formidable cuerpo de
infantería mercenario, los Landsknechts.
El comienzo del último llamamiento a filas tuvo lugar en octubre de 1944: en
plena noche se colgaron carteles en postes, árboles, ruinas de edificios y vallas
en lo que quedaba del Reich. Se convocaba a todos los hombres entre 16 y 60
años que pudieran portar un arma. En 1944-1945 la tasa de muertes diarias de
la Wehrmacht era de 5000 hombres. Más de dos millones de jóvenes entre 17 y
25 años fueron alistados en lo que se denominó “el sacrificio de los niños”. Para
completar las unidades se alistaron miles de chicos entre 15 y 16 años. Grass
ingresó en las Waffen SS durante este llamado. Cosa difícil por las estrictas
condiciones de admisión. Seguramente tuvo entrenamiento en ¿Bad Töldz?,
luego fue enviado a combatir en la malograda operación “Sonnewende”
(“Solsticio Radiante”) en Pomerania que se inició el 16 de febrero de 1945. La
“Frundsberg” formaba parte del IIIº SS Panzerkorps. Hubo una pelea por el
nombre de la contraofensiva: los oficiales prusianos del Estado mayor querían
llamarla “Husarenritt” (Cabalgata de Húsares), lo que en sí mismo parecía
reconocer que la pomposa maniobra no pasaba de una incursión à lá Balaklava.
Los de las Waffen SS insistieron con el nombre más enfático y nacionalsocialista
de Sonnewende. No es una discusión sin sentido como parece: en el lenguaje del
IIIº Reich, la Lingua Tertii Imperii (LTI), todo era radiante, sonnig (de sonne:
Sol) y era un término muy extendido desde la guerra. Todo alemán auténtico en
la jerga oficial era radiante: designaba una característica germana común, un
atributo racial. El Solsticio era uno de los ritos de los antiguos germanos
recuperado en el calendario nacionalsocialista (tenemos un bonito discurso de
Heidegger sobre esta fiesta de la “Sangre y Tierra”).
La idea era del brillante estratega general Guderian: resuelto a mantener un
corredor abierto al borde de Prusia Oriental, quería realizar un movimiento de
tenaza desde el río Oder (sur de Berlín), y un ataque desde Pomerania que
aislaría a los ejércitos rusos de Zhukov. El inicio comenzó bajo la dirección de
Wenck, conocida como la batalla de tanques de Stargard (donde pelearon
¡voluntarios españoles fascistas!), y no fue un solsticio, ya que no cambió nada
de la situación estratégica. Lo único fue darle a Berlín dos semanas más de
respiro. En la mitad de abril parte de la división de Grass fue rodeada en
Spremberg. Hace poco se impidió, justamente, una reunión de veteranos de la
“SS-Frundsberg”… Seguramente allí fue herido el 20 de abril y trasladado a la
retaguardia. En el reportaje aún recuerda sus terribles experiencias en tras las
líneas rusas… Tuvo mucha suerte: de los muchachos y chicos nacidos entre 1919
y 1928, casi dos millones perdieron la vida durante la entrada en acción en la
guerra.
La Waffen SS era el Corps del Führer, que intentaba suplantar y eliminar al
viejo ejército aristócrata alemán. Pero no sólo eso. S. S. es el acrónimo de
Schutzstaffel (Cuerpo de Protección), una organización que iba más allá de lo
que su nombre indica: para Himmler, su alma mater, no era una simple y
temporal institución político-militar, sino que constituiría la base de los futuros
clanes o tribus germanas renacidas (“Sippe”) del Imperio. Las mismas
cualidades raciales (genealogía aria, fertilidad, etc.) del voluntario se le exigían a
su mujer o esposa. Los casamientos cristianos se anulaban y se realizaban ritos
neopaganos. El espíritu general era antiliberal y ateo. Como decía Degrelle, un
nazi belga fervoroso: “Los jóvenes sentían que la SS era la única Fuerza Armada
que representaba a sus ideales. Las nuevas formaciones de la joven SS
capturaron la imaginación pública. Vestidos con elegantes uniformes negros, los
SS atraían más y más jóvenes”. ¿Motivos?: según Grass la enorme atracción del
nacionalsocialismo como movimiento anticapitalista y jacobino (“Das
Antibürgerliche am Nationalsozialismus sei entscheidend für die Mobilisierung
seiner Generation gewesen”). Sí, han leído bien. La utopía nazi. En pleno año
catástrofe de 1944 Grass no sólo seguía creyendo en el Führer, en la ideología
del nacionalsocialismo sino que ofrecía su vida en la Totale Krieg declarada por
Goebbels. Y, para agravar la situación, se ofrecía como voluntario en las Waffen
SS, la élite fanática de combate, las tropas de la calavera, que para el otoño del
’44 manejaba toda la estructura político-económica alemana. Pero no era algo
raro entre intelectuales, literatos y científicos en formación. Es parte de la
fascinación populista del “Volkstaat” nazi.

II. “Amaba a Hitler”, confesaba el director de cine Ingmar Bergman en sus


memorias; “El único rostro entre gentes sin rostro” afirmaba el filósofo
Heidegger. “Hitler hizo más por los trabajadores que Stalin” sostenía Céline. “Es
un fenómeno; qué lástima que yo sea judío y él antisemita”, dijo Joseph von
Sternberg, el gran director de cine. Y siguen las firmas notables. “Esta
juventud”, afirmaba Hitler en 1938 con un matiz sarcástico, “no aprende otra
cosa que pensar como alemán, actuar como alemán”. Grass siguió el camino
habitual de un niño de la generación de 1927: con 10 años formar parte como
Pimpfe de la organización “JungVolk” DJ (Pueblo Joven); con 14 de las “Hitler
Jugend” (Juventudes Hitlerianas”); después, del partido NSDAP y del “Reichs
Arbeits Dienst” RAD (Servicio de Trabajo del Tercer Reich); luego, en palabras
del propio Hitler: “…los incorporamos a las SS o a las SA y así sucesivamente, y
ya no volverán a ser libres durante toda su vida”. En el “JungVolk” se tenían que
soportar pruebas de ingreso muy duras (un triatlón y determinadas
características raciales); después de haberlas aprobado, los nuevos miembros
recibían un anhelado cuchillo de excursionista con la inscripción: “Mi honor
significa fidelidad”. Solamente entonces era un miembro auténtico de la nueva
Alemania. En 1936 el 90% de los niños de esa edad ya estaban encuadrados. La
“HJ” estaba compuesta por muchachos de 14 a 18 años; se ponía énfasis en la
preparación militar, tiro con armas, mitos nórdicos, la comunidad racial, la
preservación de la pureza de la sangre alemana, la biografía de Hitler y sus
compañeros de lucha, el espacio vital. No sólo: realizaban patrullas de control
del alcoholismo, de la prohibición de fumar y verificaban documentación en las
calles. También denunciaban a la GeStaPo actitudes anti régimen o de la
oposición. En “Mein Kampf” ya habían quedado claros los objetivos del
Volkstaat: “Toda la labor educativa del Estado Popular debe hallar su
coronación en la inculcación instintiva e intelectual del sentido y el sentimiento
de la Raza en el corazón y el cerebro de la juventud que está a su cargo…”. Las
condiciones de servicio en las Waffen SS iluminaban su carácter de formación
de élite. De cada 100 aspirantes voluntarios solo entre 10 y 15 eran admitidos.
Además existían las famosas y populares “NaPoLas” (“Nationalpolitische
Lehranstalt”, por cierto existe una gran película sobre el tema), las Escuelas
Adolf Hitler que educarían a la crema de los líderes juveniles. No es de extrañar
la fascinación de muchas generaciones de jóvenes por Hitler. El NDSAP se
basaba en la desigualdad de las razas y la igualdad social dentro de la raza. Les
prometió a los alemanes mayor igualdad de oportunidades de la que habían
tenido en el podrido liberalismo de Weimar. En la práctica esto se llevó a cabo
mediante la guerra de exterminio, el neocolonialismo, el saqueo y la
expropiación. Vista desde adentro, la lucha de razas y su dinámica superaba y
clausuraba tanto el individualismo del liberalismo anglosajón, como el
materialismo limitado del judeo-bolchevismo. Hitler aufheben la lucha de clases
(como lo reconocía Heidegger) y con ello propagaba una de las contra-utopías
socialrevolucionarias y nacionalrevolucionarias que lo hizo inmensamente
popular y de la que extrajo las energías de la política criminal estatal. Hablaba
continuamente del Volkstaat, de construir un “Estado Social del Pueblo”, que en
el futuro existiría, y que quebraría todas las barreras sociales. Como todos los
revolucionarios, los seguidores del movimiento nacionalsocialista, muy jóvenes
en su inmensa mayoría, sentían la urgencia del “ahora-o-nunca”. En el
momento de la toma del poder (enero de 1933) Goebbels tenía treinta y cinco
años; Heydrich veintiocho; Speer veintisiete; Eichmann veintiséis; Mengele
veintiuno; Himmler treinta y dos; Göring, el más viejo, cuarenta. La edad media
de los cuadros dirigentes del NDSAP era de treinta y cuatro años, la mayoría de
clase media baja y del proletariado, entre los que abundaban hijos rebeldes con
una utopía comunitaria romántica, altamente tecnicista, modernista y
reaccionaria. En el programa nacionalsocialista muchos jóvenes no veían una
dictadura, una represión del estado de derecho, sino libertad, aventura, anti-
individualismo. El socialismo nacional no era un chiste: Eichmann reconocía en
sus memorias que sus sentimientos políticos más intuitivos siempre estuvieron
a la izquierda y que lo socialista era tan poderoso como lo nacional; y que en la
época de Weimar el comunismo y el nacionalsocialismo eran considerados como
“hermanos enfrentados”. Ni Kamerad, el término comunista de camaradería, ni
Genosse, la palabra para el compañero utilizado por el movimiento socialista
desde el siglo XIX, sino Volksgenosse: camarada racial. Era una dictadura de los
jóvenes, como la califica el historiador Aly: “La juventud debe ser dirigida por la
Juventud” (Hitler). El Volkstaat de Hitler no fue una quimera sino una
seducción real y objetiva: introdujo el entonces casi desconocido concepto de
vacaciones pagadas a los trabajadores, la paga de Navidad, pagas por invalidez,
duplicó el número de días festivos, educación superior totalmente gratuita,
comenzó a desarrollar el turismo de masas y la motorización generalizada (con
el Volkswagen), promovió la familia con el subsidio familiar (tratando
fiscalmente peor a los solteros o adultos sin hijos), protegió al campesino frente
a los caprichos del mercado mundial y la meteorología, reguló la circulación de
carreteras, seguro obligatorio para automóviles, declaración tributaria en
conjunto para matrimonios, se limitó la “depauperación del pueblo” mediante
embargos y desalojos, leyes de protección de la naturaleza e incluso el concepto
de pensión de vejez moderno (vital y móvil) según el cual “el nivel de vida de los
veteranos del trabajo no puede diferir mucho de los Volksgenossen en activo”.
Decía Hitler que “Alemania será tanto más grande cuanto más fieles le sean sus
ciudadanos más pobres”.
También ideológicamente el nacionalsocialismo aparecía como un gran
integrador en su aufheben. A título de ejemplo, en 1938 se cambió en el barrio
de Berlín-Spandau el nombre de la “Calle de los Judíos” por el de Carl Schurz y
otra de Bonn por el de Gottfried Kinkel, dos grandes revolucionarios de 1848-
1849, conocidos y aliados de Marx y Engels en esas jornadas. Hitler se asumía
no como un presidente o canciller, sino como Caudillo de todo el Pueblo Alemán
y de toda su tradición anti burguesa. El NS-Staat era el realizador y legítimo
heredero de las aspiraciones truncas de las revoluciones alemanas de 1848: “La
obra por la que lucharon y dieron su vida hace noventa años nuestros
antepasados, puede darse ahora por consumada”, señaló en un discurso en 1938
en Frankfurt, la ciudad revolucionaria en el Parlamento de la Paulskirche. Hitler
hablaba del “cadáver estatal de los Habsburgo” que había sido enviado al fondo
de la historia junto con el liberalismo materialista de Weimar en 1933. El
comunismo era la otra cara del liberalismo, su contraparte necesaria. Era una
nueva era, la joven Gran Alemania nacionalrevolucionaria despertaba por fin.
Era la Comunidad Nacional Racial, la “Volksgemeinschaft” después de años de
politiquería, burocracia, partidocracia, corrupción y despotismo empresarial.
“¡Dentro de la Nación Alemana la mayor comunidad y posibilidad de formación
para cualquiera, y hacia el exterior una actitud absolutamente señorial!”…era el
“socialismo de la sangre pura”, como lo sintetizó en una fórmula feliz Himmler.

III. Estaban los Volksgenossen activos, como el voluntario Grass. Pero para el
régimen y su legitimidad de masas existía otro escalón de lealtad política
esencial: los jóvenes pasivos y los neutrales. “En aquella época consideré la
posibilidad de incorporarme a las SS. ¿Por qué? Porque un hombre de las SS
tenía un aspecto mejor y hablaba mejor y caminaba mejor que los mortales
corrientes. La razón era la estética, no la ideología”. Las declaraciones son del
filósofo anarquista de las ciencias, autor de un famoso libro “Against Method:
Outline of an Anarchistic Theory of Knowledge” de 1975, obra heterodoxa
plagada de citas de Marx, Engels y Mao, el vienés Paul Karl Feyerabend. La
confesión se encuentra en sus minimalistas memorias, Zeitverschwendung
(“Matando el Tiempo”) editadas póstumamente en 1995. Feyerabend era de la
generación de 1924, y como Hitler, era austriaco y un voraz lector de las novelas
de aventuras románticas de Karl May. Vivió el Anchluss, la unificación de
Austria en la Gross Deutschland en 1938, con entusiasmo. “’Pronto
trabajaremos de nuevo’, decían los desempleados; ‘Van a ocuparse de nosotros’,
decían los indigentes; ‘Por fin somos libres’, decían destacados socialistas”,
señala en su entrada de marzo de 1938. La anexión de Hitler sería el comienzo
de una era comunitaria y la liberación “de la Tiranía del Totalitarismo católico
que gobernaba Austria desde hacia años”. Sólo una despreciable minoría se
oponía al nacionalsocialismo. Su padre leía “Mein Kampf” en voz alta a toda la
familia. Feyerabend también entró en las “HJ”. En sus lecturas estaba
impresionado e influido por el antirracionalismo de Nietzsche en “Also sprach
Zarathustra” y por “Der Mythus des zwanzigsten Jahrhunderts”, de Alfred
Rosenberg, teórico de la teoría racial nazi y de la estética völkisch: “casi sentía el
flujo de la sangre nacional y el poder del Todo del que procedía…”. Rosenberg
en las primeras páginas afirmaba: “Alma significa Raza vista desde adentro. A la
inversa, la Raza es la externalización del Alma”. Pensemos hasta dónde habrá
llegado la influencia anti-racionalista del modernismo reaccionario en sus
perspectivas metodológicas… Con estas afinidades electivas, Feyerabend pasó
por el “RAD”, se presentó como voluntario para ser oficial, terminó su
instrucción en la Yugoslavia ocupada y fue enviado en 1943 a combatir en el
Ostfront, en la zona del Lago Peipus, en Staraia Russa, cerca de Pskov. Por su
valor y arrojo se ganó la Ritter Kreuz de Segunda Clase, la deseada “Cruz de
Hierro”, a comienzos de 1944, además de tres orificios de bala en la cara, la
mano y la columna vertebral. Terminó combatiendo en 1945 en Polonia, muy
cerca de Grass, donde recibió heridas gravísimas. Anduvo con muletas hasta su
muerte. La seducción que ejercía el nacionalsocialismo era para Feyerabend por
su irradiación estética y su avanzado populismo ateo. “A menudo sueño que he
cometido traición o asesinato”.

IV. Los neutrales pueden ser identificados con Heinrich Böll, el escritor
igualmente premionobelado. Lejos de ser un asesino voluntario, ni siquiera un
simpatizante difuso del nacionalsocialismo, Böll ejemplifica el hombre medio
alemán que simpatiza con el demonio mejor que Grass o Feyerabend. Fue
reclutado en la Wehrmacht en 1939 después de pasar por el obligatorio “RAD”;
era de la generación nacida en 1917 y estudiaba filología, como soldado participó
en Países Bajos, Francia, Rumania y Rusia. Pacifista y cristiano, su fuerte texto
“Carta a un joven cristiano” (1958) recuerda sus experiencias en Francia y cómo
miembros de su unidad robaban sábanas, mantas o juguetes en las casas
abandonadas, dividiendo los objetos más voluminosos para poder hacer
paquetes y encomiendas que se enviaban a casa. Allí nos relata que él, mientras
tanto, se dedicaba a visitar catedrales y debatir la práctica del catolicismo en un
mundo atroz. En el año 2001 se editaron en Alemania sus cartas de la época de
guerra en dos volúmenes, Briefe aus dem Krieg 1939-1945. La compiladora,
Annemarie Böll, realizó cortes que se indican en el texto, pero es un documento
de primer orden para entender la hegemonía del nacionalsocialismo incluso en
personas como Böll. Uno de los proyectos del Volkstaat, una vez ganada la
guerra contra la URSS, era la colonización brutal con limpieza étnica (“Rusia
será nuestra India” comentaba Hitler en sus charlas de sobremesa), un plan
general de asentamiento en el Ost que debía ofrecerles a los alemanes más
espacio, más materias primas y posibilidades de desarrollo personal. En su
forma más difundida, fijada en 1942, antes de Stalingrado, el plan preveía
desplazar hacia Siberia a cincuenta millones de eslavos. Ese plan era concebido
como parte fundamental del “socialismo nacional” y estímulo de un ascenso de
clase en Alemania. Hitler se entusiasmaba: “Podemos sacar a nuestras familias
pobres de Turingia… para darles grandes espacios”. En sus charlas de café
Hitler se ensoñaba en cómo se comportaría con esos aborígenes eslavos y
asiáticos: “a los ucranianos les haremos llegar pañuelos de la cabeza, cuentas de
cristal y todas esas fruslerías que tanto le gustan a los pueblos coloniales…
durante el período de cosecha se establecerá en cada pueblo grande un mercado,
al que nosotros llevaremos nuestros cacharros… el percal más barato y más
multicolor es para ellos maravilloso”. El plan se proponía eliminar al ejército
industrial de reserva en sentido marxista, incluso los campesinos pequeños e
improductivos, y apuntaba formar colonos con aquellas capas sociales que
treinta o sesenta años atrás habían debido emigrar a América. El 31 de
diciembre de 1943, desde un hospital de campaña en Ucrania, Böll escribía a
sus padres: “Echo mucho de menos el Rhin, Alemania, y sin embargo pienso a
menudo en la posibilidad de una vida colonial aquí en el Este después de haber
ganado la guerra”. Las promesas era que uno se podía en convertir en rico en
Ucrania de la noche a la mañana. Existe un cuento de Böll, “Aquellos días en
Odessa”, donde varios soldados alemanas, mientras esperan que los trasladen al
frente en Crimea, intentan matar el tiempo comprando comida y
emborrachándose con su pobre paga, incluso malvendiendo objetos personales
en el puerto de Odessa. Gracias a sus Briefe podemos saber que desde el mismo
hospital le escribía a sus padres “en el bazar podíamos comprar lo que
quisiéramos”. Lo que el cuento oculta e invierte es el perverso mecanismo de
“botín de guerra” que el NS-Staat aplicaba durante la ocupación: se imponía un
tipo de cambio forzoso altísimo favoreciendo el poder del Reichsmark, las
tropas alemanas vaciaron literalmente las tiendas de Europa, África y el Este,
enviando a casa millones de paquetes desde los frentes. Zapatos, terciopelo,
seda, licores, café, tabaco de Grecia, miel, tocino y cueros de Rusia, arenques y
bacalao de Noruega, etc., etc. Producían no sólo inflación, sino
desabastecimiento y mercado negro: hambre para la población local. Böll estaba
fascinado por lo que podía comprar con su paga de soldado, y ya en 1939
empezó a enviar café desde Rótterdam y a pedir que la familia le enviara todo el
dinero posible. Escribía: “quiero empaquetar rápidamente la mantequilla y
también jabón (cuatro grandes pastillas) para que salgan hoy al mediodía… me
siento feliz cuando tengo para enviaros algo…”. Böll remitía un hermoso
grabado desde París, cosméticos, cebollas, un par de zapatos, tijeras de uñas,
huevos, chocolate…El efecto corruptor de las nuevas posibilidades de pillaje
ampliadas se deducen de sus cartas inocentes: “parece como si estuviésemos
despojando a un cadáver”. Así surgieron millones de lealtades basadas no sólo
en las promesas del programa político de Hitler sino de este calculado
enriquecimiento ilícito individual, lealtades pasivas. Pero la dictadura de Hitler
no necesitaba más para funcionar políticamente ni para continuar una guerra de
conquista ad eternum. La familia de Böll, muy católica y políticamente alejada
de la Weltanschauung nazi, se encontraba plenamente satisfecha.
Nacionalsocialismo: una utopía siniestra pero casera y concreta para todos los
alemanes. La máxima aspiración demagógica del nacionalsocialismo, mantener
el buen ánimo y la lealtad de la mayoría de los alemanes con una combinación
de populismo, progresismo fiscal, asistencia social, welfarismo, junto al terror
puntual en los pliegues sociales, se logró con demasía. Así pudieron destruirse la
felicidad, el futuro y la vida de millares de miles de personas.
Otra vuelta de tuerca: El compromiso militante de Grass con las Waffen-SS
de Hitler fue una excusa. La discusión da una vuelta de tuerca. Han defendido la
tardía y táctica confesión John Berger, Salman Rushdie y Vargas Llosa. El
"Centro Simon Wiesenthal", fundado por el famoso caza-nazis, ha reclamado
que Grass aclare en profundidad su participación en la 10º SS-Panzerdivision
"Frundsberg", específicamente en el 10.SS-Panzerjäger-Abteilung (Regimiento
de Cazatanques, donde Grass era artillero de un Jagdpanther como lo recuerda
en sus memorias). En una carta de su director, Dr. Efraim Zuroff, se le reclama
más luz sobre su compromiso político, así como datos de en qué batallas
participó, nombre de sus oficiales superiores y subalternos y de sus actividades
durante 1945. El Centro pregunta además por los lugares en los que sirvió, los
horarios que cumplió y los documentos, y critica la escasa y paupérrima
memoria de Grass al recordar tan poco. ¿Una amnesia à lá Oskar Matzerath?
En Alemania las encuestas demuestran que la credibilidad de Grass no ha sido
mermada sino aumentada por su confesión. Y no fue una travesura, él mismo
descarta esa hipótesis salvadora: “Lo que hice no puede minimizarse como
tontería juvenil. No sentía ninguna opresión en la nuca, y ningún sentimiento de
culpa autoinducido, por ejemplo por haber dudado de la infalibilidad del
Führer, exigía ser compensado por un celo voluntario.” Ahora podría leerse toda
la obra de Grass como un largo y tortuoso mea culpa. La izquierda más
esclerótica y paranoica ha visto un intento de linchamiento de Grass por ser un
icono de izquierdas y la derecha elegante ha jugado con la ironía al reclamar el
mismo tipo de "confesión penitente" para intelectuales que defendieron el
stalinismo, el maoísmo o incluso a Fidel Castro. Las especulaciones giran en el
vacío: que operación de marketing, que lo confesó en lugar y tiempo
equivocado, que lo ocultó para acceder al Nobel, etc. El caso Grass no trata tanto
de la calidad de su obra literaria (reconocida universalmente casi sin
discrepancias), no pone en juego su historia personal (la individualidad
histórica es siempre opaca y única) como de explicarnos el "Why?" de una
decisión. Y mediatamente volver al tapete la tradicional incomprensión de qué
fue y que es el fascismo en su versión nacionalsocialista. Como Schwob
recordara, la ciencia de la historia nos sumerge en la incertidumbre acerca de
los individuos. Nos los muestra sólo en los momentos en que se entrecruzan con
las acciones generales. Pascal especula con la nariz de Cleopatra o con la arenilla
en la uretra de un irascible Cromwell, o con la bisexualidad de Julio César, pero
todos esos hechos individuales no tienen valor (o lo tienen muy devaluado) sino
y en cuanto modifican los acontecimientos o porque hubieran podido cambiar
su concatenación. No se trata de perdón intelectual, ni de remisión de pecados.
Tampoco un esquema de filosofía de la historia indulgente. Lo que Grass
permite (o el testimonio de Böll, Heidegger, Feyerabend, Jaspers, Gadamer,
Wagner, Jünger, Hamsun, Céline, Bergman, Michels…) apunta a poder
comprender lo incomprensible, lo políticamente incorrecto: que el estado
populista racial de Hitler, el "Volkstaat" nazi, era inmensamente popular hasta
horas antes de su derrumbe. Y que la seducción no sólo hacía mella en el
candoroso suelo mental de la masa amorfa y plebeya, sino en los cerebros de su
clase más refinada y culta: la Intelligentzsia.
En su "Diario de Trabajo", el Arbeitsjournal 1938-1955, Bertolt Brecht anota
inocentemente en la entrada del día 12 de septiembre de 1944: "la impaciencia
de la izquierda ante la actitud de los trabajadores alemanes [con respecto a
Hitler] es comprensible… los ejemplos históricos… han demostrado lo que
puede lograr una gavilla de delincuentes equipados con las armas y los vehículos
más modernos y apoyados por un bien organizado sistema policial…". Brecht
intentaba entender, con las lentes de la teoría stalinista del fascismo, cómo era
tan baja la resistencia interna del pueblo alemán y cómo, pese a los terribles
bombarderos diurnos y nocturnos sobre casi todas las ciudades alemanas más
las derrotas catastróficas en Francia y la destrucción de todo el Grupo Centro en
la URSS (Operación Bagration), Alemania seguía combatiendo y no se notaba
resquebradura alguna en la legitimidad interna del NS-Staat. Brecht entendía al
nacionalsocialismo como una mezcla de paramilitares aventureros, policía,
técnica armamentística y financiación del gran capital. Su esquema
interpretativo es una exhibición del extravío general de la izquierda de la época
con respecto al ascenso del fascismo. El intento de interpretar el nacimiento, la
vida activa y la caída del fascismo en términos de "intrusión" de elementos
extraños en una masa proletaria ingenua (ya atomizada; ya sin experiencia; ya
forzada) se arrastra desde la Marcha a Roma de Mussolini. Uno de los primeros
libros de interpretación, "Die Faschistengefahr"(1923) de Julius Deutsch,
dirigente de la socialdemocracia austriaca y del cuerpo armado "Schutzbundes",
sostenía que el fascismo era un movimiento político que demagógicamente
fanatizaba a elementos pequeños-burgueses y juveniles de la población al
servicio, obviamente, de la "reacción capitalista". No obstante los años pasados,
las variaciones en la información y la base documental, los dramatis personae
en su interpretación no han variado nada. El primer intento marxista-leninista
ortodoxo de interpretar al fascismo fue divulgado en el IVº Congreso Mundial
de la Tercera Internacional, reunido inmediatamente en que Mussolini accedía
al poder. Los comunistas italianos definieron al fascismo como un arma en
manos de los grandes propietarios terratenientes, una suerte de "fascismo
agrario", instrumento consciente usado por el capital agrario para derrotar a la
revolución de la clase trabajadora. Ni los propios militantes italianos habían
podido deducir teóricamente la enorme novedad del fascismo como una cultura
política alternativa y de masas.
El fascismo y su variante nacionalsocialista (racista) no fue un "paréntesis" en la
historia occidental; no mantuvo prisioneras a sus poblaciones a punta de
pistola; no fue una "infección" inyectada por la personalidad de sus líderes;
tampoco un síntoma de una "Sonderweg" especial de Italia y Alemania; tampoco
de renacimiento maquiavélico; ni una reacción antiproletaria a un capitalismo
al borde del derrumbe. Por el contrario: el nacionalsocialismo es parte integral y
medular de la historia europea. Y es una ideología compleja, un proyecto no
conformista, vanguardista y revolucionario. El nacionalsocialismo, y es lo que
esconde el verdadero motivo de la discusión sobre Grass, ha sido una fuerza
rupturista, anti-burguesa, capaz de arremeter contra el orden burgués
establecido después de 1918, con utopías populistas y programas completos, y lo
más importante (que enloquecía a Brecht): capaz de competir eficazmente con
el marxismo "tercerointernacionalista" de los años 20' y '30 en la mente,
voluntad y preferencia tanto de intelectuales maduros o en formación, así como
en las masas de trabajadores y empleados. El nacionalsocialismo es una
ideología disruptiva, síntesis del nacionalismo orgánico y de la revisión
antimaterialsta burda del marxismo vulgar (es más: muchos definen al fascismo
como una variante del marxismo del siglo XIX). Expresa, como lo recordó Grass
(y Feyerabend, y Heidegger…) una aspiración revolucionaria fundada en el
rechazo del individualismo liberal e intenta crear una cultura política
comunitaria, antiindividualista y antinacionalista, basada en el repudio de la
Aufklärung y de la Revolución Francesa. En una segunda fase se proponía la
construcción de una solución de recambio total, de un marco intelectual, moral
y político, único capaz de garantizar la perennidad de una colectividad humana,
la "Gemeinschaft" racial opuesta a la "Gesellschaft" formal del liberalismo, en la
que se integrarían perfectamente todas las capas y clases sociales. El
nacionalsocialismo pretendía hacer desaparecer los efectos más desastrosos del
capitalismo salvaje de los años '20, la atomización de la sociedad, la
disgregación del alma comunitaria, la alienación del hombre convertido en mera
mercancía lanzada al mercado. El nacionalismo también se rebeló contra la
deshumanización introducida por la secularización y la modernización,
intentando hacer una revolución que cambie las relaciones entre el individuo y
la colectividad sin romper el Deus absconditus de la burguesía: la propiedad
privada y el mercado. La revolución nacionalsocialista se sustenta en formas
controladas, planificadas y altamente reguladas de una economía regida por los
automatismos de mercado, por la vieja Ley de Say. Su comunidad se basa, ya no
en la clase o en el consumo, sino en la sangre, es una "Blutgemeinschaft". El
nacionalismo antes de convertirse en una fuerza política fue un fenómeno
cultural y que no debemos menospreciar, subestimar, que en la hegemonía y
lealtad de masas su marco conceptual cumplió un rol de especial importancia.
Grass es su prueba viviente.
Al año de la rendición incondicional de Alemania, en plena desnazificación, el
conservador historiador Friedrich Meinecke (luego nombrado rector de la
Universidad de Berlín) con 85 años escribe lo que será su opera postuma: "Die
Deutsche Katastrophe" (1946). Poco sospechoso de afinidades electivas con los
nazis, testigo de primera línea, empezaba su librito de comentarios y recuerdos
con la siguiente pregunta: "¿Será posible llegar un días a comprender
totalmente las tremendas experiencias que nos deparó el destino en los doce
años del Tercer Reich?". Su pesimista conclusión era que la experiencia
nacionalsocialista la habían "vivido" pero "sin exceptuar a ninguno de nosotros,
sólo incompletamente la hemos entendido". Con valentía descubría esa
opacidad y quizá fuera el primero en reconocer el lado "bueno" del NSDAP.
Ahora y antes un escándalo teórico. Su capítulo XI se titulaba
irrespetuosamente "Del contenido positivo del Hitlerismo". ¿El IIIº Reich
poseía cosas valiosas, progresistas, vitales para el 95 sobre 100 de los alemanes
arios? Sí. La gran idea, dice Meinecke, "que se agitaba en el ambiente" era
fundir el movimiento ideológico nacional con el pensamiento socialista. Hitler
fue "su ardiente profeta y su más decidido ejecutor". Y esta participación del
nacionalsocialismo en la gran idea objetiva de su época es lo que debe
reconocérsele categóricamente. Y no sólo. Meinecke reconoce los aportes en la
ideología fascista del "romanticismo técnico" que se sumo a los dos elementos
anteriores: un "pasaporte ancestral" que servía para re-componer lazos
comunitarios, conservar pura y renovada la raza nórdica y modernizar
reaccionariamente la Nación. También reconoce el papel fascinante de su
radical ateísmo, casi "comparable al Bolchevismo", ascenso de un nuevo
paganismo y una secularización de sesgo nuevo, paralela a la del stalinismo y del
liberalismo. Incluso Meinecke reconoce en el nacionalsocialismo una crítica al
imperialismo y una concepción de nación proletaria que desafiaba el status quo
mundial del Tratado de Versailles y de la inútil Sociedad de las Naciones. Pero el
contenido positivo, epocal del nacionalsocialismo había sido la intención
deliberada de unir "en una sola corriente la dos grandes olas ideológicas". Las
dos grandes "olas" de Meinecke formaron un coherente sistema ideológico,
creído por millones y seguido hasta la muerte. Aunque el "socialismo nacional"
había sido registrado por Barrès en Francia (el verdadero laboratorio ideológico
del fascismo) alrededor de 1898, la idea se extiende rápidamente por toda
Europa. El segundo elemento esencial que en simbiosis con un nacionalismo
antiliberal y antiburgués, conforma la identidad fascista, es la revisión
antimaterialista vulgar del marxismo. Es esta rebelión, que enfervoriza tanto a
la izquierda contestataria más radical y a franjas anarquistas, como a la nueva
derecha nacionalista, la que permite la asociación de una nueva variedad inédita
de socialismo con nacionalismo tribal y radical. Palabras más, palabras menos
del propio Alfred Rosenberg: “El socialismo depurado del marxismo, aparece
como un medio político al servicio del individuo y de la Gemeinschaft para
proteger la unidad del Pueblo de los apetitos de los particulares desenfrenados”.
Es lo que sedujo a Grass y que todavía como influjo no ha podido censurar, ni
olvidar: un movimiento anticapitalista y jacobino que movilizó a su generación
("Das Antibürgerliche am Nationalsozialismus sei entscheidend für die
Mobilisierung seiner Generation gewesen").
Y tenemos un dato más: las figuras de la mediación de la ideología
nacionalsocialista. Las propias elecciones autónomas de Grass, primero ser
miembro de los U-Boot, luego un SS, no hacen sino reconducirlo al corazón
mismo de la ideología nacionalsocialista. Recordemos que los arquetipos nazis
fueron variando a medida que Alemania entró en guerra. Antes de 1939, ya en
"Mein Kampf", Hitler exaltaba la educación física en primer plano. La formación
de carácter era por añadidura. El arquetipo antes de la toma del poder era el
Stürmer de las paramilitares S.A., por ejemplo Horst Wessel , a quién se le
dedicó un himno oficial, films, novelas, obras de teatro, una división de las
Waffen-SS, estación de metro (hoy "Rosa Luxemburg"), etc.; un segundo
arquetipo de la propaganda fue el corredor de autos de carrera, por ejemplo
Bernd Rosemeyer (muerto en un accidente en 1938 y el más grande piloto
alemán antes de Schumacher; por cierto miembro de las SS), enterrado con
honores militares y con un discurso del Führer. En ambos casos es el heroísmo,
el movimiento, el romanticismo, voluntad de conquista. A partir de 1939 la
Gestalt del trabajador-soldado empieza a predominar. El soldado era el símbolo
del trabajador y el luchador moderno, que combinaba un mínimo de ideología
con un máximo de actuación y cuya misión era "modelar lo alemán en una
nueva figura" (Jünger). En lugar del bólido de carreras lo ocupa el Panzer, el
tanque; el lugar del conductor romántico, el conductor de blindados con su
mono negro y sus calaveras (el soldado raso llamaba conductor, Führer, no sólo
al que manejaba el vehículo, sino a todos sus integrantes). A éste se le sumo el
comandante de submarinos, también tropa de élite, que combinaba en la
ideología el dominio intelectual de la tecnología con las cualidades militares
primordiales, una hazaña creativa que ligaba "la inmediatez primordial a la
racionalidad más avanzada" (Gunther). Ni hablar del hombre perfecto de las SS.
Grass cumplió metódicamente los pasos previstos del nuevo hombre alemán:
primero intentó ser un marino de submarinos; luego un Führer de las Panzer
División. Y lo logró.
La ideología nacionalsocialista es una contradoctrina, como lo fue en su
nacimiento el liberalismo y el marxismo. Es una ideología crítica-racista que
diagnostica el derrumbe y la decadencia de Occidente, anti capitalista (Marcuse
hablaba de su "progresividad"): "derrotar los síntomas de decadencia… esa es la
gran tarea del movimiento nacionalsocialista. De ese esfuerzo a de surgir un
nuevo Cuerpo Popular, que borre las más negras sombras del presente, la
escisión de clases de la que por igual son responsables la burguesía y el
marxismo" (Hitler), antiparlamentaria (a los políticos profesionales se los trata
de parásitos, traficantes parlamentarios, proxenetas de la política, cleptómanos
de partido, maleantes antinacionales). Su programa político se basaba en la
lucha contra el capital usurero, exigía la nacionalización de la banca y las
industrias estratégicas, el cierre de la Bolsa de Comercio, abolir la “esclavitud
del interés” (art. 11), incluso se reclama la estatización de “todas las empresas
constituidas en sociedades anónimas (Trusts)” (art.13). Se exige la participación
en las ganancias de las empresas, prohibir el trabajo infantil, municipalización
de los grandes centros comerciales, reforma agraria (expropiación sin
indemnización), eliminación del derecho romano por ser base del orden
materialista liberal, acabar con el trabajo como mercancía, prohibición del
trabajo infantil, educación secundaria y superior gratuita, laica y sin
restricciones… ¡Hasta la disolución del “viejo ejército de mercenarios y la
constitución de un ejército popular”! Los controles y regulaciones al capital, por
ejemplo, en 1938 no los tenía ninguna nación del mundo a excepción de la
URSS. La composición socioprofesional del NSDAP nos dice mucho: el 53% de
sus afiliados al 30 de enero de 1933 eran trabajadores y empleados
dependientes; los proletarios puros eran un 31,5%. En cuanto a su composición
generacional: el 41% de sus miembros eran jóvenes con edades comprendidas
entre los 20 y los 29 años, duplicando la proporción en la población total. Un
auténtico “Volkspartei”, un partido populista. Daniel Guerin, el anarco-
comunista francés, recorrió Alemania durante 1934 en bicicleta recabando
información para un libro contra el fascismo. Su objetivo era reunir
“investigaciones eruditas” para poder combatir eficazmente al fascismo
europeo. Editado en julio de 1936 con el título de “Fascisme et grand capital”.
Como el título lo indica, estaba influenciado por las teorías simplistas de la IIIº
Internacional y los escritos de Trotsky del fascismo como mero instrumento,
agente de intereses empresariales o pelele de la burguesía más concentrada.
Pero Guerin que palpó la realidad, no podía engañarse y se preguntaba “la
extraordinaria capacidad de mantenerse que tiene el fascismo”, y concluía que
“sería erróneo creer que el fascismo es un régimen totalmente impopular,
basado exclusivamente en el terror… consiguió de las masas una cierta
adhesión. Si no, hubiera sido más frágil”. Un inobjetable observador
socialdemócrata alemán, Harry Bark, observaba en el año 1940: “La clase obrera
alemana aprecia que los ‘privilegiados’ de siempre hayan dejado en la práctica
de serlo”. Hitler lo repetía a quién quisiera oírle: “En esta Nueva Alemania todo
hijo de obrero o de campesino debe de poder llegar…, gracias a la ayuda de
nuestra organización y a una selección consciente de la elite, hasta las cumbres
más altas de la nación”. Fue de esta constelación ideológica y material (no solo
demagógica) de donde extrajo su energía criminal y racista el “Volkstaat”
hitleriano.

Nada ha cambiado desde ese año. Un gran historiador del fascismo,


especialmente del español, Stanley Payne, se preguntaba en 1995 que “a fines
del siglo XX el fascismo todavía se mantiene como uno de los términos políticos
principales más vagos” y Walter Laqueur, otro importante teórico e historiador
creía que estamos recién en el inicio de poder formular una teoría científica
sobre el fascismo en cuanto fenómeno político. Hay una anécdota trágica pero
significativa de esta enorme atracción del nacionalsocialismo incluso en
personas vacunadas contra la mística del socialismo “Blut und Boden”. La
cuenta Margarete Buber-Neumann, la deportada “doble”, en su libro
autobiográfico “Als Gefangene bei Stalin und Hitler” (1958), traducido al
español como “Prisionera de Stalin y Hitler”. Margaret, militante del KPD, el
Partido Comunista Alemán, vivía con su compañero en la URSS, trabajando en
el Komitern de la IIIº Internacional. Cae en la purga de 1937 y es envíada a un
campo en Siberia, En virud de los protocolos secretos del pacto entre Stalin y
Hitler de 1939 (por la cual se intercambiban los dos regímenes los presos
políticos de sus nacionalidades), Margaret junto con centenas de militantes
antistalinistas de procedencia alemana, son devueltos a Hitler. En el transcurso
del terrible viaje dantesco hacía las fauces de la GESTAPO, mientras esperan en
un vagón de mercancías su nuevo destino, se desata una discusión entre los
veintiocho hombres y mujeres que había con ella. Escuchemos sus palabras: “La
mayoría había pertenecido al Partido Comunista alemán o al austríaco. Todos se
habían convertido en enemigos encarnizados del régimen stalinista. Yo les
comprendía demasiado bien, pero cuando la discusión se orientó hacia el
nacionalsocialismo no podía dar crédito a lo que oía. Muchos de ellos
empezaron a descubrir los lados positivos del régimen hitleriano, como el
carácter progresivo de su política, su economía abiertamente socialista, así
como la legislación sobre el trabajo… Estaban desesperados, habían sufrido
mucho y habían sido engañados, pero ¿es que todo eso justificaba aquella
actitud?”. Estamos igual que Margarete, sin comprender la seducción real del
nacionalsocialismo. Lo que no podía sospechar era que eso precisamente era la
causa de la derrota. La derrota de ayer y la derrota futura.