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La seducción en la virtualidad como

práctica comunicativa de intercambio de signos:


Caso Tinder1

Francisco Fernando Morales Topahueso2

RESUMEN

El artículo presenta el concepto de la seducción como práctica comunicativa de intercambio


de signos que busca transcribir el deseo en el otro y que tiene lugar en diversos entornos
virtuales. Explora las transformaciones en los rituales y estrategias asumidas por los
estudiantes universitarios heterosexuales a partir del uso de la plataforma virtual Tinder en su
ánimo por seducir y ser seducidos. Los resultados arrojaron que a pesar del aparente auge de
las redes sociales virtuales para conseguir pareja, los universitarios siguen prefiriendo
espacios tradicionales para seducir, aunque se han ido desprendiendo del imaginario del amor
romántico.

Palabras clave: Tinder, seducción, práctica comunicativa, ritual, estrategia, redes sociales
virtuales.

1
Este artículo es producto de la investigación “Seducción en Tinder: una nueva práctica
comunicativa”, que fue desarrollada en el marco del Proyecto Integrado en Línea (PIL) de la carrera
de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad Central.
2
Estudiante de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad Central, Bogotá (Colombia). E-
mail: fmoralest1@ucentral.edu.co

1
Introducción

No existe otra época en la historia tan propicia para el desarrollo de las artes de la seducción
y el cortejo como esta que nos acontece. Quizá, ni la España que sirvió de telón para las
aventuras amorosas de Don Juan Tenorio, ni la Francia que es cómplice de las peripecias
románticas del ambicioso Julien Sorel podrían compararse con la multiplicidad de opciones
virtuales que tienen a su disposición los sujetos en su empeño por encontrar una pareja que
les permita conciliar sus utopías emocionales o, simplemente, para dar desahogo a sus
placeres. Sin embargo, no son equiparables las estrategias de seducción de personajes como
Giacomo Casanova, Tenorio o Sorel con las usadas por jóvenes en la actualidad. Los
primeros acostumbrados al juego de las miradas, las cartas y a los encuentros fugaces e
intensos; mientras que los otros optan por seducir mediante una serie de elementos provistos
por las herramientas del chat.

Las transformaciones en la seducción ocasionadas por el uso de la tecnología plantean varios


interrogantes que se instalan en el campo de la comunicación. En su último libro 3, Philip
Zimbardo y Nikita Coulombe ponen en evidencia estas cuestiones al afirmar que los
videojuegos, la pornografía y la falta de interacción cara a cara representaban un riesgo para
las habilidades sociales de los hombres, que estaban viendo afectadas sus capacidades para
relacionarse con otros, entablar amistades duraderas y, en últimas, conquistar mujeres (Philip
Zimbardo & Nikita Coulombe, 2015). Aunque las posturas de Zimbardo se instalan en la
misma línea de las investigaciones que han asumido el rol transformador de la tecnología de
manera trágica (Feenberg citado en Fraser, 2005; Winner, 1979), sus posiciones ponen en
relieve las posibles transformaciones que han tenido lugar en la práctica comunicativa de la
seducción.

Es por lo anterior que se hace necesario indagar en torno a las transformaciones en la práctica
comunicativa de la seducción a partir de los usos que le dan a Tinder los jóvenes
universitarios heterosexuales. Y al considerarse una de las redes sociales virtuales que se ha
ganado un lugar privilegiado dentro de las prácticas culturales de los nativos digitales
(Prensky, 2010). Además, los nuevos espacios comunicativos virtuales han venido
3
Zimbardo, P., & Coulombe, N. (2015). Man Disconnected: How technology has sabotaged
what it means to be male. Part 1, chapter 3 ‘Excessive Maleness: Social Intensity
Syndrome (SIS) Random House.

2
configurando y creando nuevos escenarios para la socialización y la creación de sentido, sin
dejar de lado sus logros en relación con la descomplejización de las relaciones sociales
(Espinoza, 2015). Ha sido tanta su incidencia en las sociedades actuales que las redes sociales
virtuales se han erigido como los ecosistemas de interacción propios de los jóvenes—y los no
tan jóvenes— para conseguir pareja. De esto da cuenta la investigación adelantada por
Michel Rosenfeld y Reuben Thomas (2012) donde la internet ha configurado la manera en la
que los norteamericanos encuentran pareja. Su estudio señala que los encuentros online
tuvieron un crecimiento del 22% entre 1995 y 2005, mientras que otras formas y espacios
tradicionales para conseguir pareja como lo eran la oficina o el vecindario han venido
perdiendo vigencia social con el correr de los años a causa del auge y la creciente recurrencia
a las páginas web de citas (Michael Rosenfeld & Reuben Thomas, 2012).

Es innegable que las tecnologías de la información y la comunicación y sus desarrollos en lo


virtual han pasado a convertirse en una experiencia que caracteriza las dinámicas sociales y
culturales del sujeto moderno en el marco del mundo globalizado (Samour, 2005). Incluso
han transformado lo que concierne a la producción de información, participación política y
mecanismos de enseñanza. Constituyendo formas culturales de desrealización (Jorge Sánchez
& Leticia Oviedo, 2005) que desdibujan los preceptos del espacio y tiempo para dar origen a
nuevas formas de socialización. Es el caso de la seducción que también se ha visto
transformada por las dinámicas que imponen el funcionamiento de estas redes sociales
virtuales; basta con preguntar a diferentes miembros de la familia para vislumbrar las
diferencias en los rituales, estrategias y reglas seguidas por abuelos, padres o hijos en sus
contextos históricos y geográficos específicos para canjearse el cariño y amor de la mujer que
desean.

En vista de lo anterior, el presente artículo se propone hacer una revisión sobre el concepto de
seducción para así dar cuenta de cómo se ha transformado la manera en la que seducen y son
seducidos los sujetos en medio de la interacción virtual que se produce a través de Tinder.
También se hará referencia al lugar que ocupa la seducción en la construcción de vínculos
emocionales y su influencia en la proyección de la identidad virtual de los usuarios de dicha
aplicación.

En cuanto al enfoque metodológico utilizado para la obtención de datos se implementó un


método de datos no experimental (encuesta) aplicado mediante un muestreo aleatorio simple.

3
Se trató de un método de recolección de datos de corte cualitativo y de naturaleza descriptiva,
que permitió lograr un estudio representativo sobre las percepciones de los jóvenes
universitarios frente a la seducción. Del universo compuesto por los jóvenes universitarios
fueron escogidos 80 estudiantes que resultaron de la selección de un muestreo por
conglomerados en las Universidades Jorge Tadeo Lozano, Central, Nacional y Pedagógica.

La seducción ha sido estudiada en “regímenes de discurso diversos y variados” (Cifre


Wibrow & González de Ávila, 2014, p.11). Por lo tanto, el presente artículo de revisión
realizará un análisis al concepto de seducción desde los diversos campos epistemológicos que
se han propuesto su estudio, pero antes será explicada la estrecha relación que mantiene la
seducción con el ideal del amor romántico.

1. Antecedentes: sobre el amor romántico

“El ciberespacio proveedor de un nuevo espacio psicosocial brinda elementos


para repensar los conceptos de sexualidad, las comunidades, el amor y sus significados.”
Sherry Turkle. La vida en la pantalla: La identidad en la era de internet.

Un ramo de flores, una caja de chocolates, una extensa carta de amor o un poema confeso
sobre los dolores que atormentan el alma ante la ausencia del ser amado; dos amantes que
llevan su querer y cariño hasta el paroxismo en una utopía que resultaría envidiable ante la
mirada de cualquiera que contemple un romance de tan intensas emociones. Los anteriores
elementos están presentes tanto en novelas, películas, telenovelas, relatos populares y
diversos productos de la industria cultural que han aportado a la construcción del imaginario
cultural del «amor romántico», en donde el hombre asume un papel activo frente a la
seducción y se ve forzado a realizar ciertas acciones para llamar la atención de la mujer,
quien está destinada a dejarse conquistar por las palabras y detalles que recibe (Rincón,
2014).
No es el propósito de este apartado ahondar en las raíces históricas que marcaron el inicio del
amor romántico. En su lugar, se hará un breve acercamiento a la conceptualización del amor
romántico y su influencia en los imaginarios que determinan la práctica de la seducción, que
como práctica comunicativa de intercambio de signos se ve definida por unos marcos
culturales que “nombran y definen las emociones, señalan los límites de su intensidad,
especifican las normas y los valores asignados a ellas, y ofrecen símbolos y escenarios
culturales para que adquieran un carácter de comunicatividad social” (Illouz, 2009, p.16). Es

4
dentro de estos marcos culturales que se gestan los “símbolos, artefactos, historias e
imágenes” (Ibídem, p.17) que sirven para expresar y dar sentido a los sentimientos
románticos o a las intenciones seductivas.

Según Palomino el amor romántico “es una construcción cultural que ha dado pie a la
consolidación de un conjunto de formas simbólicas” (Palomino, 2012, p. 214) , y es a partir
de esta que los sujetos constituyen prácticas y ritos que se van naturalizando hasta convertirse
en formas socialmente válidas de comportamiento (Ibídem, p.215). Al respecto, Natalia
Tenorio dice que el amor romántico implica una “vinculación sentimental recíproca de un
joven soltero y una joven soltera, que sólo podía realizarse completamente en el matrimonio”
(Tenorio, 2012, p.11). En este mismo sentido, Norbert Elias expresa que se trata del “deseo
de un hombre por una mujer y por ninguna otra y viceversa” (Elias, 1996, p.338). Pareciera
que el amor romántico, como construcción cultural, se compone de unos elementos que
determinan su naturaleza en el plano privado de la relación afectiva. Palomino identifica la
confianza y la fidelidad como elementos constitutivos de cualquier relación que sea
determinada dentro de esta categoría romántica (Palomino, 2012). Sternberg, por su parte,
encuentra en la intimidad, la pasión y el compromiso, los elementos sin los cuales las
dinámicas del amor romántico no podrían perdurar a lo largo del tiempo (Serrano Martínez &
Carreño Fernández, 1993).

Por su parte Eva Illouz agrega a esta discusión la idea de entender el amor romántico como
una creación determinada por las dinámicas de intercambio que impone el sistema capitalista
(Illouz, 2009) que existe dentro de las esferas de la política y la economía. Aunque no se
puede desconocer un vínculo entre la conformación del imaginario del amor romántico y la
influencia de las industrias culturales por incorporarlo en las costumbres de los sujetos, esto
excede el terreno de indagación conceptual que ha sido delimitado para el desarrollo del
presente artículo. Sin embargo, cabe aclarar que las transformaciones en la seducción no han
sido causadas en su totalidad por los cambios que suscitaron el uso masivo de las redes
sociales virtuales, las dinámicas del mercado, la publicidad y los movimientos sociales de
corte feminista, por nombrar algunos, también han influido la manera en la que el sujeto se
concibe a sí mismo, construye su identidad y se relaciona con los otros y con el mundo.

Sobre el origen del amor romántico, Rincón lo asocia con el amor cortés que se gestó en el
marco de la época medieval (Rincón, 2014). Mientras que Anthony Giddens le atribuye sus

5
orígenes a las últimas décadas del siglo XVIII en las que hubo un cambio de relaciones entre
padres e hijos y se asumió la maternidad como un rol social en la que la mujer permanecía
subordinada a las tareas del hogar y aislada del mundo exterior (Giddens, 1992, p.29). Lo
anterior permitiría la conformación del hogar como una institución basada en un “modelo de
dos sexos con actividades y sentimientos diversos” (Ibídem, p.18) en el que sería consagrada
la unión en el amor que se profesa una pareja y no en el beneficio económico que podrían
representar la consumación de sus intereses:

“Durante el siglo XIX, la formación de los lazos matrimoniales, para la mayor parte
de población, llegó a basarse sobre consideraciones diferentes de los juicios de valor
económico. Las nociones de amor romántico, que tenían su arraigo principalmente en
grupos burgueses, se difundieron por todo el orden social” (Giddens, 1992, p.19).

En su obra, Giddens hace una distinción entre el amor confluente y amor romántico. El
primero lo identifica con ese amor activo que asume la forma de relación para “conocer los
rasgos del otro” (Giddens, 1992, p.40) y que presupone la igualdad en el dar y recibir
emocional. Mientras que el segundo lo define como:

(...) el vínculo sentimental que une a una pareja heterosexual, que implica
necesariamente cierto grado de reflexión acerca de los sentimientos que se tienen
hacia la pareja, sobre la intensidad del afecto y sobre si éste es suficiente para
mantener una relación a largo plazo. (Tenorio, 2012, p.11).

De esta forma el amor romántico puede asociarse con un ejercicio de poder en el que se priva
a las mujeres de seducir para que el hombre pueda desempeñar un papel más activo en el
“mecanismo de la conquista sexual” (Giddens, 1992, p.54). Aunque al día de hoy siguen sin
ser reemplazados los anhelos utópicos que perviven en el núcleo del amor romántico (Illouz,
2009) y la seducción sigue siendo entendida como el medio ideal para alcanzar el amor
soñado junto a la persona ideal. Pero, en definitiva, el amor romántico ha perdido su razón de
ser (Balaguer, 2005; Espinoza, 2015) dentro de las dinámicas de interacción virtuales.

En últimas, el amor romántico es una de las muchas codificaciones que ha sido atribuida al
amor como sentimiento universal, como el amor materno, amor erótico, amor a sí mismo y
amor a Dios, clasificaciones hechas por Erich Fromm (Fromm, 2004). Mientras que Ellen

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Berscheid define los siguientes tipos de amor: compañero, compasivo, adulto y romántico
(Como se cita en Lasa, 2010, p.55). Se trata de una tipología que nace en la modernidad para
referirse a esa construcción cultural donde se manifiesta el sentir a través de unos ritos y
objetos específicos y que se han visto legitimados y explotados por el sistema capitalista
(Illouz, 2009).

Según la información brindada por los jóvenes, puede afirmarse que el amor romántico no
sigue predominando cuando se trata de seducir. Como se puede observar en la siguiente
gráfica, el amor romántico resulta visible dentro de las percepciones de buena parte de los
jóvenes encuestados como una construcción sobrevaluada, en la medida que creen que existe
una nostalgia por esas formas de seducción tradicionales que asocian a las utilizadas por sus
padres.

(Gráfica 1)
2. La seducción como práctica comunicativa: Tinder

“Si antes se profundizaba el conocimiento recíproco y se abría un espacio de


intimidad que ‘culminaba’ en la sexualidad, hoy la propuesta con frecuencia se
invierte y se espera, de hecho, que las relaciones sexuales sean uno de los pilares
fundamentales y primarios del vínculo amoroso (tierno), así como que sean plenas,
frecuentes y satisfactorias, implicando la expectativa de un placer mutuo y un grado
de sexualidad polimorfa y pasional que antes se adscribía a las relaciones
extramatrimoniales”.
Juan Vives, Psicoanálisis y Posmodernidad.

No hay duda que para Juan Vives la construcción de vínculos amorosos se ha alterado de tal
manera que ha sido privilegiado el encuentro sexual por encima del cortejo, la seducción y
los rituales que precedían a la sexualidad. Su posición brinda un escenario acerca de las
transformaciones en la práctica comunicativa de la seducción que da paso a las

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transformaciones que implica seducir a través de Tinder y que serán explicadas a lo largo de
este capítulo.

Si se hace una revisión etimológica de las palabras se puede brindar un acercamiento mejor
logrado al significado de los conceptos. Aunque dichos significados no pueden ser juzgados
con criterios de hoy, estos pueden arrojar luces sobre su comprensión diacrónica a lo largo
del tiempo. Es el caso de la seducción que proviene del latín seducere que significa separar
del buen camino o empujar al error (Barrera, 2012, p.15). Sin embargo, la traducción más
asumida es la hecha por San Jerónimo en La Vulgata 4 en la que, influido por el encuentro
entre Eva y la serpiente, termina por asociar la seducción con el significado griego apatáo
que traduce engañar, defraudar o traicionar (Ídem, 2012).

Eva siendo seducida por la serpiente. Aparentemente engañada para que coma de los frutos
del árbol de la ciencia del bien y el mal, lo que le permitiría ‘abrir los ojos y ser como dioses’,
según lo dicho por la serpiente. Esta referencia temprana en el Génesis dio a la seducción una
concepción negativa de la que todavía no se ha podido desligar. Aún hoy muchas personas
asumen, consciente o inconscientemente, que seducir significa engañar, tergiversar o mentir
para lograr sus cometidos afectivos. Sin embargo, a pesar del carácter negativo que le ha sido
atribuido a la seducción, esta se convirtió en un arte admirado y buscado por los hombres en
su ánimo por imitar a los hombres que se ven personificados en los mitos de Giacomo
Casanova o Don Juan Tenorio.

Es la seducción una práctica comunicativa que busca transcribir el deseo en el otro por medio
del intercambio de signos. Aunque esta sea la concepción asumida en el presente artículo, no
pueden ser ignoradas otras interpretaciones. Keytel García (2008), por ejemplo, cree que la
seducción “constituyen procesos de interacción atravesados por una asignación genética y,
por lo tanto, determinado social, histórica y culturalmente” (Citado en Rincón, 2014, p.79).
Sebastià Serrano (2004), por su parte, afirma que se trata de una función biológica redirigida
por el despliegue de habilidades comunicativas (Serrano, 2004). Jean Baudrillard asocia la
seducción con el orden del mal y la obscenidad, “una circularidad que saca algo del orden del
sentido y lo coloca en el universo de lo indeterminado” (Como se cita en Perliani, 2013,
p.231). En su libro Culturas de la seducción, Patricia Cifre Wibrow y Manuel González
explican que la seducción es un esquema básico con cierta universalidad que determina un
4
Traducción de la Biblia del hebreo y el griego al latín.

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cierto tipo de relaciones sociales mediadas por lo simbólico en un espacio histórico y social
específico (Cifre Wibrow & González de Ávila, 2014). Y, por último, Sebastián Montero
quien define la seducción como una “articulación simbólica” (Montero, 2008, párrafo 11).

A pesar de lo disímiles que puedan parecer las anteriores definiciones, cada una de ellas pone
de manifiesto la importancia de la seducción, que como práctica comunicativa, cuenta con
unas dinámicas simbólicas que son determinadas por la intensidad del deseo y el placer de los
sujetos y su contexto. Siendo este último el que definirá las condiciones culturales (Carmen
Maté & Nolasc Acarín, 2011) que darán sentido a los rituales y estrategias que implementa el
hombre para proyectar su yo por medio de signos que buscarán mostrarlo como un ser activo,
audaz y decidido (Hernández, 2005); mientras que la mujer asumirá un rol pasivo que
denotara misterio y dificultad para ser conquistada (Hernández, 2005; Rincón, 2014). En el
caso de Tinder, el deseo y el placer son los dos conceptos fundamentales que dan vida al
signo. El deseo como “el reconocimiento de la incompletud humana, de la falta, de la
ausencia, de que carecemos de algo que nos resulta importante por algún motivo”
(Hernández, 2002, p.2) y el placer, por su parte, como toda aquella experiencia que resulta
agradable en la “satisfacción de necesidades o deseos” (Yela, 2007). Dice Montero que “el
deseo se constituye en nuestros gustos, afectos y percepciones cuyo resultado conduce a
regímenes semióticos mixtos y heterogéneos” (Montero, 2008, párrafo 8) que circularán por
medio de múltiples signos que se instalan, en este caso, en el terreno lingüístico. Mientras que
la seducción, en términos presenciales, ofrece diversas posibilidades de actuación. Dentro de
Tinder los usuarios, tanto hombres como mujeres, dependen de la construcción de un
discurso que será reflejo de su identidad. Si bien será la imagen de perfil la que abre las
puertas para la interacción, el encontrar cosas en común será lo que facilitará el proceso de
seducción con base en intereses y sentimientos compartidos. Sin embargo, el placer no tendrá
lugar hasta no ser superada la barrera de la desconfianza, como queda en evidencia en la
siguiente gráfica sobre las prioridades de los usuarios en las relaciones afectivas que tienen
lugar dentro de Tinder. Dentro de los motivos que llevan a los sujetos a no utilizar Tinder se
encuentra el miedo que les generan las personas desconocidas de la aplicación. Por lo tanto,
en una primera instancia la seducción será determinada por la construcción de confianza que
luego será validada al ocurrir el traslado hacia otra aplicación como Whatsapp o Facebook.

9
(Gráfica 2)

En Tinder prima el deseo sobre el placer. Pues el sujeto se ve enfrentado a una infinidad de
opciones en su ánimo por conseguir algo, ya sea una pareja o alguien con quien mantener
relaciones que le brinden placer sexual. Las motivaciones del sujeto pueden ser clasificadas
dentro de las siguientes categorías señaladas por Dryden: sexual, relacional, diversión, amor,
instrumental o exploración (Como se cita en Rincón, 2014, p.80). El sujeto que seduce en
Tinder no tiene que estar motivado por el amor o el sexo, sino que se puede tratar quizá de
una experiencia de exploración o diversión. Pero, sin importar la motivación, existir en
Tinder es el resultado de privilegiar el deseo sobre el placer, ya que el sujeto tiene a su
disposición otros caminos que desembocan con mayor facilidad en el placer y que exigen
menos esfuerzo en términos de tiempo, dedicación y producción simbólica. Lo expuesto
anteriormente respecto a las motivaciones de los usuarios se ve reflejado en la siguiente
gráfica:

(Gráfica 3)

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La posibilidad de conseguir sexo es la principal motivación que lleva a los sujetos a utilizar
Tinder. Por lo tanto, es válido considerar que la construcción de identidad y la interacción
entre los usuarios se pueden ver determinadas por esta motivación. En ese mismo sentido, la
producción de símbolos se verá transformada por el influjo de pasiones del usuario que está
detrás de la pantalla en busca de ‘matches’. En cuanto a la producción simbólica, Martin
Cuccorese (2007) la explica de la siguiente manera:

“Lo simbólico no es ni un concepto, ni una instancia, o una categoría, ni tampoco una


estructura, sino un acto de intercambio y una relación social que pone fin a lo real,
que disuelve lo real y al mismo tiempo disuelve la oposición entre lo real y lo
imaginario”. (p.43)

Pero, ¿qué naturaleza tienen los signos que representan el deseo y que son intercambiados en
la seducción? Baudrillard define su naturaleza como valor-signo, una forma universal que
adquieren los objetos en la sociedad de consumo (Como se cita en Perliani, 2013, p.224 ). Por
otro lado, será en esta dinámica de seducción que los sujetos asuman roles de género,
(Rincón, 2014) que terminarán por moldear su comportamiento. Es decir que los signos
intercambiados durante la puesta en marcha de estrategias para seducir son elementos de
consumo cuya naturaleza es determinada por los roles de género: hombres premeditados a
entregar ramos de flores o cajas de chocolates y mujeres que tienden a mostrarse interesadas
a través de signos que resultan más sutiles o, que por el contrario, muestran a la mujer
seducida como incapaz de ceder ni en seguida ni con facilidad a los ruegos y pedidos
masculinos. Los signos pueden ser de interés, de atención y de compromiso (Serrano, 2004).

(Gráfica 4)

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Al respecto de los signos propuestos por Serrano, los jóvenes universitarios encuestados
asocian los signos de interés y compromiso como aquellos propios de las formas de
seducción implementadas por sus padres. Los encuestados respondieron que ‘No se dan
cierto tipo de detalles (flores, chocolates, etcétera)’ y ‘La interacción presencial es cada vez
menos necesaria’ como los dos aspectos que consideraban han cambiado al comparar las
prácticas de seducción suyas con las de sus padres.

En Tinder los signos asumirán la forma de una imagen, un chiste, un emoticón o un gif en el
marco de un chat o una llamada. En la “comunicación tecleada” (Balaguer, 2005, párrafo 2)
las relaciones van más allá de la palabra y el diálogo y un mensaje diario de “Buenos días” se
puede convertir en el detonante de un sinfín de emociones. Si comparamos las formas de
seducción asociadas al amor romántico, en Tinder la dificultad de ganar atención se
complejiza al depender del discurso que tomará forma dentro de las estrategias discursivas y
corporales utilizadas para seducir.
Llegado este punto es válido afirmar que la arquitectura de funcionamiento de Tinder es una
apuesta por “hacer caer al otro, y a sí mismo, en un flujo de signos” (Montero, 2008, p.) en el
marco de un entorno de interacción digital en la que prima la “economía del deseo”
(Montero, 2008, párrafo 52) y que se encuentran en constante tensión las fuerzas atractivas y
repulsivas (Barrera, 2012). A diferencia de otros medios sociales virtuales que dan acceso
para hablar con todos los usuarios, en Tinder tienen acceso a la interacción los usuarios que
hayan expresado el gusto el uno por el otro a través de un ‘Like’. Lo anterior se traduce en
saber mostrarse como alguien deseable para el otro quien hará manifiesto su interés al
deslizar hacia la derecha la foto del usuario que tiene enfrente.

Al ingresar a la aplicación, como lo llamaría Perliani, existe un flujo de signos silencioso,


solitario. “Un juego extático, solitario y narcisista de las imágenes” (Perliani, 2013, p.229)
donde conviven el usuario, sus gustos, su deseo, sus fantasías y su imaginación que provee
“modos de constitución de la realidad” (Barrera, 2012, p.16) que terminan influyendo en su
estructura afectiva. Es en la imaginación donde cobran vida las fantasías: casarse y formar
una familia relativamente feliz o tener una aventura sexual con alguien conocido
esporádicamente en Tinder. Estos elementos serán confrontados con las fotos de hombres o
mujeres filtradas por razón de edad y distancia. Así, el sujeto se verá expuesto frente a cientos
de fotos en un tránsito frenético en busca de “matches”, mientras siente cómo se activa la
“maquinaria química de la seducción”, término acuñado por Serrano (2004, p.105) para

12
referirse a las reacciones físico químicas que ocurren en el cuerpo cuando se dispone a
seducir. Si bien los “cerebros fueron diseñados para ser seducidos por la voz, la palabra, el
cuerpo y sus movimientos” (Ibídem, p.120), este no será el tema del artículo que no es otro
que el de ahondar en el campo de la comunicación de la seducción.

Anteriormente se hizo mención a la economía del deseo, y es importante volver a este punto
ya que es en este terreno donde se instalan los afectos y se alimentan las emociones, que son
entendidas por Max Weber como la “forma comunicativa con sentido social, que depende de
categorías y escenarios culturales colectivos” (Citado en Illouz, 2009, p.20). Pero, serán las
competencias comunicativas las que marcarán el éxito de la seducción. Pues estas exhibirán
la inteligencia social del sujeto y podrá reflejar su habilidad para escuchar, construir un
discurso, sostener una conversación y hacer reír.
Sin embargo, ¿qué implica Tinder para el campo de la comunicación? Hasta el momento se
ha dicho que utilizar Tinder exige contar con unas competencias comunicativas (Serrano,
2004) que le permitan al sujeto construir e interpretar signos que serán mediados por la
belleza, que como hecho cultural y subjetivo forma la “base ritual de la seducción”
(Hernández, 2005, p.252). Somos atraídos por lo bello, lo único y por todo aquello que nos
produce agrado y cercanía emocional y afectiva. En el caso de las redes sociales virtuales nos
seduce el anhelo, embelesados por el afán, de ser aceptados por un otro desconocido. Tinder
pone en relieve cómo las redes sociales virtuales representan la posibilidad de conocer gente
y enamorarse de formas más simples (Espinoza, 2015). Dando lugar a los “vínculos light de
pareja” (Jorge Sánchez & Leticia Oviedo, 2005, p.45) de fácil disolución y exhibiendo una
despreocupación por el futuro, cuando en los esquemas de relacionamiento de hace unas
décadas eran orientados hacia el matrimonio y la formación de una familia.

En la cultura posmoderna, la seducción es un escenario donde opera sistemáticamente un


proceso de personalización de los signos (Hernández, 2005). De ahí radica el éxito del
seductor5. Posición que será complementada por Grijelmo, quien afirma que la seducción está
dotada de dos valores: uno personal, que el individuo construye, y un valor colectivo que se
va conformando a través del tiempo (Como se cita en Hernández, 2005, p.243). En Tinder
presenciamos un esquema de seducción emergente que intercambia signos y que privilegia la

5
No se habla de seductora, pues según los resultados arrojados por las encuestas realizadas en la
investigación ‘La seducción en la virtualidad como práctica comunicativa’ en Tinder, los hombres
siguen asumiendo el rol activo de la seducción.

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fugacidad y el zapping como el mecanismo preferido para encontrar pareja, en el que la
abundancia de opciones no conlleva a la consumación de ningún deseo sino a la reproducción
de la nada. Zygmunt Bauman define esto como “amor líquido” (Bauman, 2012), una forma
de amar donde parece primar el signo de la impaciencia sobre el de la espera y la
imposibilidad de profundizar en algo por la inconsistencia del otro (Battista, 2015).

Una definición un tanto certera para la práctica comunicativa de la seducción en Tinder, si no


fuera por la superficialidad en la que caen los usuarios tras la repetición del mismo proceso
una y otra vez. Cayendo incesantemente en una dinámica que se asemeja a la reproducción
del ideal de amor a primera vista como se puede apreciar en la siguiente gráfica, donde los
encuestados le dieron un valor superior a la foto de perfil sobre la descripción o los gustos en
común.

(Gráfica 5)

3. Rituales y estrategias en Tinder

“Pero, ¿cómo sorprender a Cordelia? Podría provocar la tempestad erótica y arrancar los
árboles con las raíces. Podría arrancarla del terreno donde se ahonda, y al mismo tiempo, con
medios secretos, hacer aparecer su pasión a la luz del día. Nada de esto me sería imposible,
que a todos nos puede llevar una muchacha sirviéndonos de su pasión...Pero eso sería,
estéticamente, un error, y tratándose de Cordelia no alcanzaría el ideal al que aspiro. Yo no
amo el “engaño”; además, ése es un medio que sólo da buen resultado cuando tenemos que
habérnoslas con muchachas a las que sólo la falsedad puede dar un relámpago de poesía”.
Sören Kierkegaard. Diario de un seductor.

Toda práctica comunicativa que tenga lugar dentro de un espacio social específico y que
involucre la interacción de dos o más sujetos se ve atravesada por unos rituales y estrategias.
En la Sociología de Anthony Giddens aparecen definidos los rituales como los “modos

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formalizados de comportamiento en los que participan regularmente los miembros de un
grupo o comunidad” (Giddens, 2000, p.342). En tanto que Víctor Turner los define como una
expresión cultural compuesta por una “secuencia estereotipada de actos que comprende
gestos, palabras, objetos, etc.” (Turner, 1988). Si bien la seducción no obedece a una sucesión
de pasos, estos rituales pueden ser identificados dentro de las “fases iniciales de atracción”
(Illouz, 2009, p.22) que se expresan en salidas románticas o citas: dos rostros ruborizados e
iluminados por el luz tenue que produce una vela, bebiendo una copa de vino tinto y
compartiendo anécdotas de su infancia. Aunque este no es el caso de los usuarios de Tinder
quienes sólo ven alumbrados sus rostros por la pantalla del celular, tanto en el ámbito
presencial como virtual, los sujetos ponen en marcha unos rituales para hacer circular el
intercambio de signos que pueden ser de gran intensidad para las emociones.

La Universidad de Pompeu Fabra publicó en 2011 los resultados de la Encuesta sobre la


seducción y el cortejo a los estudiantes de la Universitat Pompeu Fabra e identificó las fases
de aproximación, contacto visual, intercambio verbal y contacto corporal como aquellas
seguidas por los estudiantes universitarios durante el proceso de conquista (Maté, C., &
Acarín, N., 2011). Sin embargo, ¿cuáles son las fases en la seducción que tiene lugar en las
redes sociales virtuales? Si bien los rituales señalados anteriormente corresponden más a la
seducción presencial que a la virtual, pueden ser identificados algunos rituales y estrategias
en Tinder que serán del interés de los sujetos por autopromocionarse para sobresalir sobre el
resto. Por esto, la seducción recaerá sobre la capacidad de sorprender e improvisar (Montero,
2008). Es decir, que el sujeto tendrá que empeñarse en lograr mensajes ingeniosos, graciosos
y originales. El éxito de su estrategia será medido por la reversibilidad, entendida como la
reciprocidad, el hecho de que su interlocutor participe en la conversación de manera activa,
atenta y propositiva (Montero, 2008). Sin embargo, tampoco se trata de seducir mediante una
“superproducción de signos” (Ibídem, 2008, p.48). A nadie le gusta ser abrumado hasta el
agobio por mensajes preguntando por su estado de ánimo o el clima, ni mucho menos ser
ignorado. El ‘Don Juan’ de Tinder es capaz de llegar a un equilibrio. Sus estrategias oscilan
entre la ignorancia y la atención que es capaz de recibir.

Existen otros rituales que preceden a la práctica comunicativa de la seducción: “rituales de


acoplamiento, de limpieza, de aprendizaje, de narrar historias, de poesía” (Serrano, 2004,
p.12): rociar loción sobre el cuerpo, preparar una cena o aprender algunos chistes o piropos
podrían ser algunos ejemplos que entrarían en esta clasificación.

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Las estrategias, por su parte, son entendidas como movimientos retóricos y técnicas
conversacionales (Orlandini, 2007) que permiten a los sujetos encontrar gustos en común y
similitudes en cuanto a su personalidad e intereses para establecer lazos de confianza y
afecto. Ritos y estrategias son procesos culturales, individuales o colectivos, que tienen lugar
en el flujo de intercambio de signos con el objetivo de persuadir para provocar atracción. “El
primer golpe de vista” es un gesto comunicativo, un impacto intuitivo de las cualidades del
otro” (Giddens, 1992, p. 27 ). De ahí la importancia de las fotografías que son exhibidas en
Tinder.

Ahora bien, serán las propiedades formales del rito: repetición, actuación, estilización y orden
(Turner, 1988; Alejandra Urbiola & Angel Wilhelm, 2010) las que permitirán contrastar las
modificaciones identificadas por la utilización de Tinder para seducir. Al ser comparadas las
estrategias y ritos adoptados por nuestros antecesores con los actuales para seducir,
encontramos diferencias en cuanto al lugar (sitios físicos) y estrategias de acercamiento y
relacionamiento. A pesar de la multiplicidad de opciones que tienen a su disposición los
universitarios para seducir, flirtear o hacer amistades en internet, estos siguen prefiriendo el
bar como el espacio social más propicio para seducir:

(Gráfica 6)

Pero es en el terreno simbólico donde se observan más cambios en la seducción. Al comparar


las formas de seducción de sus padres con las suyas, los jóvenes encuestados respondieron
mayoritariamente que ahora ‘no se dan cierto tipo de detalles’ y que ‘la interacción es cada
vez menos necesaria’. Demostrando esto último que si bien Tinder no es recurrente dentro del
imaginario de los jóvenes universitarios, otras redes sociales virtuales de mensajería
instantánea como WhatsApp o Facebook resultan fundamentales para las finalidades
seductivas de los universitarios.

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Lo cierto es que a pesar de la revolución sexual y los movimientos a favor de los derechos de
la mujer, seducir a una mujer todavía “se basa en una feminidad pensada y asumida a partir
del aspecto y las valoraciones estéticas para darle fuerza a lo estético, a pesar de su declarada
autonomía, ellas utilizan la estrategia de mostrarse inaccesibles”. (Hernández, 2005, p. 254).
Aunque las mujeres de occidente se encuentran más empoderadas que en otras épocas
históricas, siguen heredando y legitimando algunas formas de seducción basadas en el amor
romántico (Rincón, 2014) a pesar de la autonomía para seducir que ofrecen aplicaciones
como Tinder.

4. Usuarios de Tinder: entre la naturaleza y la voluntad

“La belleza seduce a la carne con el fin de obtener permiso para pasar al alma”.
Simone Weil. La gravedad y la gracia.

¿Qué motiva a los jóvenes a usar Tinder? Acaso son “prisioneros posmodernos del
imperativo superyoico”, como se refiere Gerardo Battista (Battista, 2015, p.2) a los sujetos
que prefieren las redes sociales virtuales porque anulan el caos y la incertidumbre que rodea a
las interacciones presenciales para versen refugiados detrás de una pantalla. O ¿acaso acuden
a Tinder porque representa el paradigma de flexibilización de las relaciones amorosas y
sexuales? “Edipo y Don Juan han muerto, sólo sobrevive Narciso” (Jorge Sánchez & Leticia
Oviedo, 2005, p.45). El yo, único sobreviviente de las cambiantes dinámicas de interacción
virtuales: principio y fin de la identidad proyectada en las redes sociales virtuales que busca
ser estimulada afectivamente por signos de otros que le resultan desconocidos. El sexo se
convierte en la culminación final de la práctica comunicativa de la seducción en las redes
sociales virtuales. En este orden de ideas, la conformación de una relación afectiva es una
posibilidad y no una obligación, ni un mandato dogmático de las sociedades actuales.

Como lo muestra la gráfica, puede verse que los sujetos usan Tinder. Llama la atención las
pocas intenciones de conseguir una pareja estable. Esto se puede analizar con, quien cree que
se trata de una especie de mercado donde se concretan transacciones que pueden terminar con
un encuentro sexual que no amerite compromiso alguno. Las razones del sujeto para usar
Tinder oscilan entre la voluntad del deseo y la naturaleza del placer, ambas motivaciones
cobijadas bajo la universalidad de las pasiones como máxime condición de la igualdad

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humana (Montero, 2008). Se piensa en los estudiantes universitarios como sujetos propicios
que dan gran acogida a redes sociales virtuales como Tinder. Sin embargo, aún hay personas
que optan por no utilizar Tinder, puesto que se ven motivados por el miedo que les genera
interactuar con un desconocido en un espacio virtual:

(Gráfica 7)

5. Seducción en la virtualidad: ¿ante un nuevo paradigma comunicativo?

Es una realidad que los jóvenes universitarios heterosexuales tienen conocimiento de Tinder
y en contadas ocasiones la han usado, ya sea por curiosidad, presión social o porque de
verdad piensan que allí puede estar esperándolos el amor de su vida. Lo cierto es que la
seducción como práctica comunicativa se adapta a nuevos espacios. Y esta parece no ser la
excepción. Sin embargo, el interés epistemológico de la presente investigación reside en
brindar elementos para la discusión en torno a los cambios que está produciendo la tecnología
sobre los sujetos y las sociedades.

Tal parece que el intercambio simbólico que fue explicado en el desarrollo del presente texto
es adaptable y se ve influido por el contexto cultural. De ahí que en determinados países la
app sea más popular que en otros. Ahí es donde parece estar la clave para comprender la
manera en la que se construye el sujeto en la virtualidad. La existencia de Tinder, y otras apps
similares, es una prueba del constante movimiento al que nos someten las siempre cambiantes
formas de interacción en lo virtual. Contrario a lo que se creía, somos herederos, en parte, de
las formas de seducción de nuestros antepasados.

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