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Red Voltaire

NOTAS DE LECTURA

La estrategia militar de
Donald Trump
por Thierry Meyssan

Rompiendo con las de sus predecesores, la Estrategia de Seguridad


Nacional del presidente Donald Trump renuncia a gobernar el
mundo y traza el camino hacia la reconstrucción económica y social
de Estados Unidos. Este proyecto, enteramente coherente, implica
un cambio radical que su gabinete tendrá que imponer al resto de
su administración.

RED VOLTAIRE | DAMASCO (SIRIA) | 26 DE DICIEMBRE DE 2017

‫ ﻋرﺑﻲ‬ENGLISH FRANÇAIS РУССКИЙ PORTUGUÊS ITALIANO

B
ajo los mandatos de George Bush hijo y de Barack Obama,
los documentos que describían la Estrategia de Seguridad
Nacional partían del principio que Estados Unidos era
la única superpotencia del mundo. Así que podía emprender la
«guerra sin fin» del almirante Arthur Cebrowski, o sea destruir
sistemáticamente toda forma de organización política en las zonas
ya inestables del planeta, empezando por el «Medio Oriente
ampliado» o «Gran Medio Oriente». Esos dos presidentes
enunciaban en esos documentos sus proyectos para cada región
del mundo. Los Mandos Combatientes Unificados [1] no tenían
más que aplicar aquellas instrucciones.

La Estrategia de Seguridad Nacional de Donald Trump rompe


casi por completo con aquella literatura. Aunque conserva algunos
de sus elementos mitológicos, trata sobre todo de reposicionar a
Estados Unidos como la República que ese país fue en 1791 –
o sea, en el momento del compromiso interestadounidense
representado por la adopción de la Carta de Derechos o
Bill of Rights)–, en contraposición con el Imperio que pretendió ser
a través de la política abiertamente imperial impuesta a partir de
los hechos del 11 de septiembre de 2001.

El papel de la Casa Blanca, de su diplomacia y de sus fuerzas


armadas ya no sería poner orden en el mundo sino proteger «los
intereses del pueblo estadounidense».

Desde la introducción misma, Donald Trump se separa de sus


predecesores denunciando las políticas de «cambio de régimen» y
de «revolución democrática mundial» que adoptó Ronald Reagan y
que altos funcionarios trostkistas mantuvieron con sus acciones
en el seno de las posteriores administraciones estadounidenses.
Trump reafirma la «realpolitik» clásica, la de Henry Kissinger,
basada, por ejemplo, en la existencia de «naciones soberanas».

El lector recordará sin embargo que ciertas agencias


intergubernamentales de los países denominados como los
«Cinco Ojos» (Australia, Canadá, Estados Unidos, Nueva Zelanda y
Reino Unido), siguen bajo el control de los trotskistas, como en el
caso de la National Endowment for Democracy (NED).

Donald Trump distingue 3 tipos de problemas que su país


tendrá que enfrentar:
En primer lugar, la rivalidad con Rusia y China;
la oposición de los «Estados renegados» (Corea del Norte e Irán)
en sus respectivas regiones;
y, finalmente, el cuestionamiento del derecho internacional que
representan simultáneamente los movimientos yihadistas y las
organizaciones criminales transnacionales.

Aunque Trump también considera a Estados Unidos como


la encarnación del Bien, contrariamente a sus predecesores
el actual presidente no demoniza a sus rivales, adversarios o
enemigos sino que trata de entenderlos.

Retoma entonces su eslogan de «America First» para convertirlo


en su base filosófica. Históricamente, esa fórmula sigue estando
asociada al respaldo al nazismo, pero ese no era su sentido
original. Inicialmente se trataba más bien de romper con la política
atlantista de Roosevelt: la alianza con el Imperio Británico
destinada a que Washington y Londres gobernaran el mundo
juntos.

El lector informado probablemente recuerda que el primer


gabinete de la administración Obama incluía una desmesurada
representación de la Sociedad de los Peregrinos (Pilgrims Society),
que nada tiene que ver con la Sociedad Mont Pelerin. La Pilgrims
Society es un club muy cerrado presidido por la reina de
Inglaterra. Ese grupo de individuos se encargó de manejar
el periodo posterior a la crisis financiera de 2008.

Para aplicar su política de regreso a los principios republicanos


estadounidenses de 1791 y de independencia ante los intereses
financieros británicos, Donald Trump plantea 4 pilares:
La protección del pueblo estadounidense, de su patria y de
su modo de vida;
la prosperidad de Estados Unidos;
el poderío de sus ejércitos
y el desarrollo de su influencia.

Trump no traza por tanto su estrategia contra sus rivales, sus


adversarios y sus enemigos sino en función de su ideal
republicano e independentista.

Para evitar malentendidos, Trump precisa que, aunque él ve a


Estados Unidos como un ejemplo para el mundo, no es posible
ni conveniente imponer a los demas el modo de vida
estadounidense, sobre todo teniendo en cuenta que ese modo
de vida no puede considerarse como «la inevitable culminación del
progreso». Trump no concibe las relaciones internacionales como
el reinado de Estados Unidos sobre el mundo sino como la
búsqueda de una «cooperación recíproca» con sus socios.

Los 4 pilares de la doctrina de Seguridad


Nacional America First

La protección del pueblo estadounidense supone ante todo el


restablecimiento de las fronteras (terrestres, aéreas, marítimas,
espaciales y ciberespaciales) que los partidarios de
la globalización han venido destruyendo hasta ahora.

Las fronteras deben permitir tanto luchar contra las armas de


destrucción masiva de los grupos terroristas y criminales como
contener la entrada de pandemias y drogas, así como permitir
la lucha contra la inmigración ilegal. Sobre las fronteras
ciberespaciales, Trump observa la necesidad de imponer la
seguridad de internet, priorizando en ese aspecto sectores como
la seguridad nacional, la energía, los bancos, la salud, las
comunicaciones y los transportes. Pero todo eso está expresado
de manera bastante teórica.

Desde los tiempos del presidente Nixon, la lucha contra la droga


era selectiva y su objetivo no era secar los flujos sino orientarlos
hacia determinadas minorías étnicas. Pero Trump responde a una
nueva necesidad. Consciente de que bajo la administración Obama
hubo un derrumbe de la esperanza de vida sólo entre los hombres
blancos, del estado de desesperación que eso provocó y de la
subsiguiente pandemia del uso de opioides, Trump considera
la lucha contra los cárteles de la droga como una cuestión de
supervivencia nacional para Estados Unidos.

Al abordar la lucha contra el terrorismo, no está claro si, luego


de la destrucción del Emirato Islámico (Daesh), Trump se refiere
sólo a «lobos solitarios» que aún prosiguen el combate después de
la derrota final, como los grupos Waffen SS después de la caída del
Reich, o al mantenimiento del dispositivo británico del yihadismo.
De referirse a esto último, se trataría de un importante retroceso
en relación con las declaraciones de intención que emitió durante
su campaña presidencial y los primeros meses de su mandato.
Convendría entonces aclarar cómo han evolucionado las relaciones
entre Washington y Londres y las consecuencias de ese cambio en
la gestión de la OTAN.

En todo caso, es de notar la presencia en el texto de una extraña


frase según la cual: «Estados Unidos trabajará con sus aliados y
socios para disuadir y perturbar otros grupos que amenazan
la patria –incluyendo grupos apadrinados por Irán, como el
Hezbollah libanés».

Para todas las acciones antiterroristas, Trump se plantea la


necesidad de establecer alianzas provisionales con otras
potencias, incluyendo a Rusia y China.

Finalmente, sobre la capacidad de Estados Unidos para seguir


existiendo, Trump avala el programa de «Continuidad del
Gobierno», a pesar de que fue precisamente ese sistema
el beneficiario del golpe de Estado invisible que tuvo lugar en
Estados Unidos el 11 de septiembre de 2001. Pero plantea que
una ciudadanía comprometida e informada es la razón de ser de
ese sistema, con lo cual parece excluir la repetición de ese tipo de
hechos.

Sobre la prosperidad de Estados Unidos, condición para el


desarrollo de sus capacidades en materia de defensa, Trump es un
ferviente defensor del «American Dream» o “sueño americano”),
del «Estado mínimo» (minarquismo) y de la teoría del «trickle-
down» de arriba hacia abajo [2]. Trump concibe por tanto una
economía que no se basa en la financiarización sino en el libre
intercambio. Echando abajo la idea comúnmente admitida de que
el libre intercambio fue un instrumento del imperialismo
anglosajón, Trump afirma que este sólo acaba resultando
equitativo para los primeros actores si los nuevos actores aceptan
sus reglas y plantea que varios Estados –entre ellos China–
se benefician con ese sistema sin haber tenido nunca intenciones
de adoptar sus valores.

Es en base a esa premisa –no al análisis que plantea la aparición


de una clase transnacional de súper-ricos– que Donald Trump
denuncia los acuerdos comerciales multilaterales.

Trump anuncia después la desregulación de todos los sectores


donde la intervención del Estado no es necesaria y planifica
paralelamente la lucha contra todas las intervenciones de los
Estados extranjeros y de sus empresas nacionalizadas que puedan
falsear los intercambios equitativos con Estados Unidos.

Donald Trump pretende desarrollar la investigación teórica y sus


aplicaciones técnicas, así como respaldar la invención y
la innovación. Prevé para ello la creación de condiciones
particulares y ventajosas para la inmigración, condiciones
destinadas a organizar la «fuga de cerebros» hacia
Estados Unidos. Considera además el know how adquirido
no como un medio de cobrar una especie de “peaje” a la economía
mundial a través de las patentes sino como el motor de la
economía estadounidense y planea la creación de un sistema de
seguridad nacional destinado a censar y proteger esas técnicas
para conservar la ventaja que estas puedan representar para
Estados Unidos.

Al abordar el acceso a las fuentes de energía, Trump observa


que Estados Unidos es, por primera vez, autosuficiente y emite
una advertencia en contra de las políticas emprendidas en nombre
de la lucha contra el cambio climático y que implican limitar el uso
de energía. Trump no aborda en este documento la
financiarización de la ecología pero claramente deposita una
piedra en el jardín de Francia, promotora de la «finanza verde».
Replanteando ese tema en un marco más general, afirma que
Estados Unidos apoyará a los Estados víctimas de chantajes
vinculados al aprovisionamiento energético.

Afirmando que Estados Unidos ha dejado de ser la única


superpotencia pero que sigue siendo la potencia dominante,
Trump plantea como objetivo central de seguridad mantener esa
preeminencia militar, según el principio romano que aconseja
Si vis pacem, para bellum, o sea “Si quieres paz, prepárate para
la guerra”.

Observa primeramente que «China trata de excluir a


Estados Unidos de la región indo-pacífica, de extender el alcance
de su modelo económico dirigido por el Estado y de reorganizar
la región de manera ventajosa para ella». Según Trump, Pekín está
tratando de dotarse de las segundas capacidades militares a nivel
mundial –bajo la autoridad del general Xi Jinping– basándose en el
conocimiento y la experiencia acumulados por Estados Unidos.

Por su parte, «Rusia trata de recuperar su estatus de gran


potencia y de establecer esferas de influencia en sus fronteras».
Para ello, «trata de debilitar la influencia de Estados Unidos en
el mundo y de separarlo [a Estados Unidos] de sus aliados y
socios. [Rusia] percibe a la OTAN y la Unión Europea como
amenazas».

Es este el primer análisis de los objetivos y medios de los rivales


de Estados Unidos. Diferenciándose en ello de la «doctrina
Wolfowitz», la Casa Blanca ya no considera a la Unión Europea
como un competidor sino como la rama civil de la OTAN.
Rompiendo con la estrategia de George Bush padre y Bill Clinton
de sabotaje económico contra la Unión Europea, Donald Trump
plantea la posibilidad de cooperar con los rivales –que ahora
son Rusia y China– pero únicamente «en posición de fuerza».

El periodo actual es testigo de un retorno de la competencia en


el terreno militar, competencia que ahora cuenta 3 contrincantes.
Conociendo la tendencia de los militares a prepararse para la
guerra anterior, en vez de tratar de imaginar cómo será la
próxima, es conveniente replantear a fondo la organización y el
equipamiento de los ejércitos, teniendo en mente que los rivales
van a posicionarse en los sectores que ellos mismos han de
seleccionar. Es interesante observar que no es en ese capítulo
donde Donald Trump menciona el talón de Aquiles del Pentágono
sino mucho antes. Lo hace en la introducción, en un momento en
que el lector se encuentra absorto en consideraciones filosóficas,
espacio donde Trump menciona nuevas armas rusas, refiriéndose
específicamente a la capacidad de ese armamento para inhabilitar
los sistemas de mando y controles de la OTAN.

El Pentágono tiene que renovar su arsenal, tanto en cantidad


como en el plano cualitativo. Tiene que renunciar a la ilusión
de que su superioridad tecnológica (que en realidad Rusia ha
sobrepasado) podría servirle para compensar su inferioridad
en cantidad de efectivos. Sigue entonces un largo estudio de los
diferentes tipos de armamento, incluido el nuclear, que habría que
modernizar.
Donald Trump pretender invertir el funcionamiento actual de la
industria militar estadounidense. Esa industria se dedica
actualmente a vender sus productos al Estado federal, pero Trump
quiere que sea el Estado federal quien haga sus pedidos y que los
industriales respondan a sus nuevas necesidades. Se sabe que la
industria militar carece hoy de los ingenieros que necesita para
realizar nuevos proyectos. El fracaso del avión de guerra F-35 es
el ejemplo más flagrante de esa carencia. El cambio que el actual
presidente desea supone por tanto la organización previa de la
«fuga de cerebros» hacia Estados Unidos que el propio Trump
menciona en otra parte del documento.

En el sector de la inteligencia, Trump adopta las teorías de su


ex consejero de seguridad nacional, el general Michael Flynn.
Trump quiere reposicionar no sólo la Defense Intelligence Agency
(DIA) [3] sino toda la «comunidad de inteligencia». El objetivo ya
no es localizar en cualquier momento a tal o más cuál jefe
terrorista sino ser capaz de prever la evolución estratégica de cada
rival, adversario y enemigo. Se trata de renunciar a la obsesión del
GPS y de complicados artefactos high tech para volver al trabajo
de análisis.

Trump considera además el Departamento de Estado como una


herramienta que debe permitir crear un entorno positivo para
su país, incluso al tratar con sus rivales. La diplomacia
estadounidense dejaría de servir de agente al servicio de los
intereses de las transnacionales –como lo fue bajo las
administraciones de Bush padre y de Bill Clinton– o de ejercer el
papel de “administrador” a nombre del Imperio que había
adoptado bajo las administraciones de Bush hijo y de Barack
Obama. Y los diplomáticos estadounidenses tendrían que adquirir
nuevamente la sutileza política que exige la verdadera labor
diplomática.

El capítulo dedicado a la influencia de Estados Unidos refleja


de forma explícita el fin de la «globalización» del «American Way
of Life». Estados Unidos ya no buscaría imponer sus propios
valores a los demás sino que trataría a todos los pueblos según el
principio de igualdad y reconocería la actitud de los que respetan
el estado de derecho.

Para estimular a los países que quieren convertirse en socios


pero que tienen inversiones bajo dirección estatal, Trump prevé
ofrecerles alternativas que les faciliten la realización de reformas
en sus economías.

En cuanto a las organizaciones intergubernamentales, Trump


anuncia que rechazará la cesión del menor espacio de soberanía
si este debe compartirse con países que cuestionan los principios
constitucionales estadounidenses, lo cual es una alusión directa a
la Corte Penal Internacional. Pero no menciona la
extraterritorialidad de la justicia estadounidense, que viola
los principios constitucionales de otros países.

Para terminar, retomando la larga tradición derivada del


compromiso de 1791, Trump afirma que Estados Unidos seguirá
prestando ayuda a quienes luchan por la dignidad humana o por la
libertad religiosa –que no debe confundirse con la libertad de
conciencia.

La aplicación está por definir

Sólo después de esa larga exposición, Donald Trump aborda


la aplicación regional de su doctrina. En este aspecto no se
anuncia ninguna novedad, sólo una alianza con Australia, la India
y Japón para contener a China y luchar contra Corea del Norte.

Menciona, cuando más, dos nuevos enfoques sobre el Medio


Oriente. La cuestión del Emirato Islámico (Daesh) ha mostrado que
el principal problema no es la cuestión israelí
sino la ideología yihadista. Y lo que
Washington reprocha a Irán es perpetuar el
ciclo de violencia al rechazar la negociación.

El lector de la Estrategia de Seguridad de


Nacional de Trump entenderá por defecto que
el Pentágono tiene que abandonar el proyecto

La Estrategia de del almirante Arthur Cebrowski, proyecto que


Seguridad Nacional de Donald Rumsfeld impuso el 11 de septiembre
Donald Trump plantea
principios totalmente de 2001. Se acabó la «guerra sin fin».
nuevos para restaurar
la economía y defender La tensión ya no debería extenderse por todo
el país.
National Security
el mundo sino que debería disminuir incluso
Strategy of the United
States, White House, 18
en el Medio Oriente ampliado.
de diciembre de 2017.
2Mo, 68 p. La doctrina de seguridad nacional de Donald
Trump es un cuerpo de una construcción bien cuidada, tanto en el
plano histórico –se percibe la influencia del general James Mattis–
como en el plano filosófico –siguiendo al ex consejero especial
Steve Bannon. Esta doctrina se basa en un riguroso análisis de los
desafíos que se presentan al poderío estadounidense –conforme a
los trabajos del general H. R. McMaster. Avala los cortes
presupuestarios en el Departamento de Estado –realizados por
Rex Tillerson. Contrariamente al karma que los medios
estadounidenses se empeñan en repetir incansablemente,
la administración Trump ha logrado hacer un trabajo de síntesis
coherente separándose por completo de los enfoques anteriores.

Pero la ausencia de estrategia regional explícita es muestra de la


gran envergadura de los cambios ya iniciados. Nada dice que los
jefes militares aplicarán en sus respectivos ámbitos esta nueva
filosofía. Sobre todo cuando aún puede observarse, como sucedió
hace sólo días atrás, que se mantiene la complicidad entre las
fuerzas militares de Estados Unidos y los yihadistas en Siria.

Thierry Meyssan
[1] Los “Mandos Combatientes Unificados” (Unified Combatant Command) son los mandos
interarmas de las fuerzas armadas estadounidenses. Seis de ellos, los más conocidos, son los
mandos regionales a cargo de las tropas estadounidenses desplegadas en las diferentes zonas
geográficas y de las operaciones militares que Estados Unidos allí realiza: CentCom (Medio
Oriente, Asia Central y sur de Asia), EuCom (Europa), PaCom (Océano Pacífico), NorthCom
(conocido en Latinoamérica como “Comando Norte”, abarca Estados Unidos y Norteamérica,
incluyendo Alaska, Canadá, México y Cuba), SouthCom (conocido en Latinoamérica como
“Comando Sur”, abarca Centroamérica, Sudamérica y el Caribe, exceptuando Cuba) y AfriCom
(África). Los otros 3 “Mandos Combatientes Unificados –SoCom (Operaciones Especiales),
StratCom (Armamento Estratégico y Nuclear) y TransCom (Transporte)– se encargan de
garantizar el funcionamiento operacional y logístico de las tropas que Estados Unidos mantiene
en todas las áreas geográficas. Nota de la Red Voltaire.

[2] Según la teoría del «trickle-down», los ingresos de los individuos más adinerados acaban
reinyectándose por diferentes vías en la economía de la sociedad, lo cual implicaría que las
clases más desfavorecidas también acaban beneficiándose con los enormes ingresos de los más
acaudalados. O sea, como el agua que pudiera acumularse en lo alto de una montaña,
la riqueza siempre acabaría corriendo hacia abajo. Nota de la Red Voltaire.

[3] La DIA es la agencia de inteligencia del Departamento de Defensa. Nota de la Red Voltaire.

Fuente : «La estrategia militar de Donald Trump», por Thierry Meyssan, Red Voltaire ,
26 de diciembre de 2017, www.voltairenet.org/article199176.html