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SERGE LATOUCHE

LA APUESTA

POR EL DECRECIMIENTO

¿CÓMO SALIR DEL IMAGINARIO DOMINANTE?

Icaria :'.!: Antrazyt

ECOLOGÍA

Este libro ha sido impreso en papel 100°/oAmlgo de los bosques, pmver.if''¡te de bosques sostenibles y con un proceso de producción de TCF (Total Clorin Free), para colaborar en una

gestión de los bosques respetuosa con el medio ambiente y eco;¡ón!carnente sostenible.

Título original: Le pari de la décroiss,znce

© Librairie Arth<:me Fayard, 2006

'fraducción del francés: Patricia Astorga Diseño de la cubierta: Josep Baga Fotografía de la cubierta: Adriana F3-bregas

© De esta edición Icaria editorial, s. a.

Are de Sant CristOfol, 11-23

08003 Barcelona

www. icariaeditorial. com

Primera edición: abril de 2008 Segunda edición: mayo de 2009

ISBN, 978-84-7426-984-0

Depósitot legal: B-22.670-2009

Fotocomposición: Text Grafic

Impreso a Romanya/Valls, s. a. Verdaguer, l, (~apellades (Barcelona)

Printed in Spain - Impreso en España_ Prohibida /,a reproducción total oparcial.

ÍNDICE

Introducción

¿Qué es el decrecimiento?

9

Decrecimiento y bioeconomía

20

Detrecüniento y posdesarrollo

22

PR!MERA PARTE

¿POR QUÉ EL DECRECIMIENTO?

I. }] infierno del crecimiento

37

35

La sociedad de crecimiento no es sostenible 38

La sociedad de crecimiento no es deseable 49

II. ¿Se puede poner vino nuevo en odres viejos? Descrecimiento, ,,Jisvalor» y medida del bienestar Felicidad, riqueza, «disvalor»: la impostura

del P!B/PNB

61

Los indicadores alternativos

Salir de la economía y entrar en la sociedad

de decrecimiento

69

78

61

lll.

Decrecer o retroceder

85

Decrecilniento y regresión

87

Decrecimiento, austeridad, simplicidad.

Reencontrar el sentido del límite 91

IV.

Decrecitniento y sostenibilidad. La resiliencia del desarrollo 103

El desarrollo sostenible como oxímoron

104

El desarrollo sostenible como pleonasmo

113

V ¿El decrecimiento tiene que ser demográfico?

El optimismo demográfico beato

124

123

Cuál es la población mundial sostenible

(¿Posible o deseable')

127

Conclusión: ¿Es el decrecimiento una alternativa?

135

SEGUNDA PARTE

¿CÓMO LLEVARA CABO EL DECRECIMIENTO?

ORGANIZAR UNA SOCIEDAD DE «DECRECIMIENTO,, SERENA Y CONVIVENC!AL EN EL NORTE

Y EN EL SUR

139

VI.

Reevaluar, reconceptua1izar. ¿Cómo salir

 

del imaginario dominante?

143

¿Cómo ha sido colonizada nuestra mentalidad?

147

¿Cómo liberarse?

153

VIL

Reestructurar) redistribuir. Decrecimiento y capitalismo 167

 

Ileestructurar/reconvertir

168

Redistribuir 176

 

VIII.

Relocalizar. Por un renacimiento de lo local

183

 

La apuesta local

184

La relocalización económica en el decrecimiento

187

La utopía política local

189

IX.

Reducir, reutilizar, reciclar

197

Reducir

198

Reutilizar, reciclar y otras «R»: rehabilitar, reinventar, ralentizar, restituir, reponer, recomprar, reembolsar,

renunciar

217

X.

¿Tendrá el Sur derecho al decrecimiento?

223

223

 

Rerrono al etnocenrrismo del desarrollo

La espiral virtuosa

228

XL Ecofascismo o ecodemocracia. Esbozo

de un programa <<político1> para la construcción de una sociedad de decrecimiento 233

¿Quiénes son los enemigos del pueblo?

¿Qué hacer'

240

¿Dictadura global o democracia local?

La utopía o la muerte

245

237

Conclusión: La pedagogía de las catástrofes y volver

a la magia del mundo

Glosario del decrecimiento

Bibliografía

265

261

25 5

INTRODUCCIÓN

¿QUÉ, ES EL DECRECIMIENTO?

La ecología es subversiva porque pone en duda el imaginario capitalista que do1nina el planeta. (~ues­

tiona el motivo central) según el cual nuestro des-

tino es el aun1ento imparable de la producción y

el consumo. ,Muestra el iinpacto catastrófico de la

lógica capitalista sobre el n1edio an1biente y sobre la vida de los seres humanos.

CüRNEL!US CASTORlAD!S 1

Es probable que estemos viviendo la sexta extinción de las espe- cies.2 Éstas (vegetales y anin1ales), efectivamente, desaparecen a una

velocidad de cincuenta a doscientas al día, 3 es decir, a un ritmo comparable de 1.000 a 30.000 veces superior al de las hecatombes

de los tiempos geológicos pasados. 4 Como muy bien señala Jean-

Paul Besset: «En la me1noria de los hielos polares una cadencia

parecida no tiene equivalencÍa». 5

La quinta extinción, que se pro-

dujo en el Cretácico hace 65 millones de años, vio el fin de los

dinosaurios y otras grandes bestias, probablemente tras el choque

de un asteroide, pero se prolongó por un período mucho más lar-

go. Pero, a diferencia de las precedentes, el ser humano es directa-

mente responsable de la «disminución» actual de los seres vivos y

1. C.:ornelius Castordiaris, \(Cécologie conrre les n1archands1>, en Une société

a la dérive, Senil, París, 2005, p. 237.

2. Richard Leakey y Roger Levin, La sixihne .Extinrtion: lvf!!ution et

rat,1strop!~rs, Flan1n1arion, París, 1997.

3. Edward (). \1Vilson considera que somos responsables cada año de la

dcsap;irición de 27.000 a 63.000 especies. The diversity of life, Bleknap Press,

Harvard, 1992.

4. Frano;:ois Ramade, Le (:r'rand Massarre. L'avcnir des espCces vivantes,

}{achette Littératures, París, 1999.

5. Jcan-Paul Bcsset, Co11r'1n1t ne plus étre progressiste

réartionnaire, Fayard, Par(s, 2005, p. 83.

sans devenir

9

podría muy bíen ser su víctima

fesor Belpomme sobre el cáncer y en los análisis realizados por el

profesor Narbonne, célebre toxicólogo, el fin de la humanidad ten-

dría incluso que llegar antes de lo previsto, hacia 2060, a causa de

la esterílídad generalizada del esperma masculíno bajo los efectos

de los pesticidas y otros Pt1P o CMR (para los toxicólogos, los POP

son los contaminantes orgánicos persistentes, de los que los CMR

-proquctos carcinogénicos, mutagénicos o tóxicos para la repro-

ducción- constituyen la especíe más simpátíca). 6

Tras algunos decenios de frenético despilfarro, hemos entrado

en la zona de tempestades, en el sentido literal y figurado leración de las catástrofes naturales -sequías, inundaciones, ci-

_El tr;istorno climático irá acompañado

clones- va está en marcha.

I~aace-

Sí creemos en el ínforme del pro-

de guerra~del petróleo, a las que seguirán las guerras por el agua,7

así como posibles pandemias, sin mencionar las previsibles catás- trofes biogenéticas. ''fodos sabemos que en lo sucesivo vamos direc-

tos al precipicio. Lo que queda es determinar a qué velocidad nos precipitaremos y cuándo se producirá ia caída. Según Peter Barrett, director del Centro de Investigación para el Antártico, de la Uni-

versidad de Victoria, Nueva Zelanda, «seguir con la dinámica de crecimiento actual nos enfrenta a la perspectiva de la desaparición

de la civilización tal como la conocemos, no en millones de años, ni tan sólo en milenios, sino desde ahora y hasta el fin de este si-

glo». 8 Cuando nuestros hijos tengan sesenta años, si todavía existe,

el mundo será muy diferente

Sabemos también que la causa de todo esto es nuestro modo

de vida basado en un crecimiento económico ilimitado. Y sin em-

bargo, el término «decrecimiento» suena como un reto o una pro-

vocación. La ünposición en nuestro imaginario de la religión del

6. El 5910 de las enfermedades respiratorias agudas, el 85(Yo de las enfenncdades

diarréicas v el 22º/o de los cánceres son atribuibles, scgün d profesor Belpo1nme, a factores a~bientaies. Cf:s m,-;!,--rdif's créécs par J'j_y;711n;t, Albin J'vfichd, París, 2004. 7. Vandana Shiva, La Guerre de l'eau, Parangon París, 2003 La lJNESCO considera que entre 2 (hipótesis baja) y 7 (hipotesis alta) nül millones de perso- nas sufrirán la falta de agua en 2050. El informe Camdessus, elaborado por el antiguo director del Fi'vil y un grupo de expertos a solicitud del Consejo n1undial del agua, avanza la cifra a 4.000 niillones. 8. 1\usnalian 1\ssociated Press, 18 de noviembre de 2004.

10

crecimiento y de la economía es tal, que hablar de decrecimiento

necesario es literalmente blasfemo, y aquel que se arriesga es tratado como r11ínin10 de iconoclasta. ¿Por qué? Sencillamente porque vivi- mos en plena esquizofrenia. Oímos al Presidente Chirac declarar en

Johannesburgo: «La casa se quema y mientras tanto nosotros mira-

». Añadió que nuestro 1nodo de vida era insosteni-

ble y que nosotros, europeos, consumíamos el equivalente a tres pla- netas, lo que es rigurosamente exacto. Pero en el inismo mo1nento

de su díscurso, [os representantes de Francia en Bruselas, siguiendo

sus instrucciones, conseguían que el Gaucho y el Paraquat, pestici- das terroríficos gue matan a las abejas, provocan cáncer y vuelven estériles a los hombres, no fueran inscritos en la lista de productos

prohibidos. Paralelamente, con sus colegas Blair y Schroeder, Chirac se dedicaba,a vacíar de todo contenido la directíva REACH (Regis-

tration, Evaluation and Au.rhorisation of Chemicals). 9 La lista de las catástrofes ecológicas presentes y anunciadas ya

está hecha. La conocemos bien, pero no la asu1nitnos. No podemos

imaginar la magnitud del choque hasta que no se haya producido.

Sabemos asimismo muy bíen lo que se tendría que hacer, es decir, cambiar de orientación, pero no hace1nos prácticamente nada más.

mos a otro lado

«Miramos para otro lado

>) mientras la

casa se acaba de quemar.

Tenemos que decir en nuestra defensa que ios «responsables», tan-

to políticos como económicos, nos invitan a ello -Chirac o el Medef!º y, por supuesto, el World Business Council for Sustainable

Development (WSCSD), ese grupo de industriales preocupados a la vez por mantener sus ganancias y por el planeta, entre los cuales,

sin embargo, se encuentran los principales contaminadores, a los que un antiguo primer ministro del Medio Ambiente no dudó en

calificarlos de «club de criminales de cuello blanco». 11 Y, durante ese tiempo, esos bomberos-pírómanos ponen más gasolina (los úl-

9. Al principio se trataba de catalogar, evaluar y autorizar las 100.000 1no- léculas químicas de base utilizadas en la industria. Sabemos que al final esta medida de precaución ele1nental fue retrocediendo hasta su más míniina expre- sión. Reducido en principio a 30.000, el número de sustancias relacionadas tan sólo serían unas 12.000, con posibles derogaciones. 1O. Mouvement des Entreprises de France (Movimiento de las Empresas francesas), equivalente en España a la CEOE. [Nota de la Traductora.] 11. Yves Cochet y Agnes Sina'i, Sauver la Terre, Fayard, París, 2003, p. 132.

11

timos bidones de petróleo) en el fuego, a la vez que claman a voz en cuello que es la única manera de apagarlo. En un libro premonito-

rio poco conocido, el sociólogo de Québec Jacques Godbout plan-

teaba en

1987 la pregunta: <~¿Es el crecimiento la única salida a la

crisis del crecimiento?)> 12

¡Afirmativo!, responde el director general de nuestra aldea glo- bal, el jefe de los bo1nberos-piró1nanos, George W Bush. Declara- ba, en efecto, el 14 de febrero de 2002 en Silver Spring, ante la administración norteamericana de Meteorología, que «Por ser la clave del progreso ambiental, por ser el proveedor de los recursos

que permiten invertir en tecnologías limpias, el crecin1iento es la solución, no el problema>:>. 13 Al invocar de manera hipnótica «¡Cre- cimiento, crecimiento, crecim_i_ento!') durante sus deseos para el año 2006, el presidente Chirac no se quedó atrás. Es verdad que esra posición se encuentra conforme a la más estricta ortodoxia econó- mica. «Es evidente, seglln el economista Wilfred Beckerrnan, que, aunque el crecimiento económico conduzca habitualmente a dete- rioros ambientales durante los primeros tiempos, al final, la mejor -y probablemente la única- manera para la mayoría de los paí-

ses de tener un medio

Esta posición «procrecirniento» es, en el fondo, largamente

compartida. El anuncio de aceleración económica americana o china en los diarios siempre reviste un aire triunfalista. Y los planes de

recuperación (francoalemán, italiano o europeo) se basan invaria-

blemente en grandes obras (infi·aestrucruras de transporte), que no

hacen más que deteriorar la situación, especialmente la climática.

Frente a ello, nos encontrarnos con el silencio, de la izquierda, de los socialistas, de los comunistas, de los verdes, de la extrema iz-

ambiente decente es enriqueciéndose>). 14

Éstos, además, consi-

deran que el crecimiento, al crear empleos y favorecer un reparto 1nás equitativo, es también la solución al problema social. Jean Gadrey resume muy bien esa posición. «Aunque es cierto, escribe, que el crecimiento no lo arregla todo, éste representa para muchos,

quierda

incluso de los <,a!termundialistas»

y con justicia, la posibilidad de poseer más margen de maniobra y de mejorar cierras dimensiones de la vida cotidiana, del empleo,

esquivando el tema sobre su contenido cualitativo (¿qué

es lo que se mejora?), o sobre su reparto (el «reparto del valor aña-

dido»), por no hablar de ciertos problemas de medida que son, sin embargo, peligrosos y que debilitarían a la «religión» del índice de

crecimiento si se conocieran>J. 15 S6lo algunas pequeñas voces discordantes (Jean Marie Harribey, Alain I,ipietz y los responsa-

bles de Attac) proponen una «desaceleración del crecimiento». Pro-

posición desafortunada ya que, aunque parte de un buen senti- miento, nos priva a la vez de las ventajas relativas del crecimiento y

Michel Serres compara la ecología

reformista «a la figura de una embarcación que navega a 20 nudos hacia una b_arrera rocosa contra la cual, invariablemente, colisionará,

y sobre cuya pasarela el oficial de guardia recomienda reducir la

velocidad en una décima sin cambiar de dirección». 16 Esto es, de

manera muy exacta, en lo que consiste la desaceleración. En 2004, el comentarista político de la revista Politis, tras haber cargado las timas contra la débil oposición política, fue forzado a

dimitir. El debate que siguió es revelador del malestar de la izquier- da. La verdadera razón del conflicto, escríbe un lector de la revista, es

sin duda, «atreverse a ir contra una especie de pensamiento único, común a casi toda la dase política francesa, que afirma que nuestra felicidad debe pasar imperativamente por el aumento del crecimien- to, aumenro de productividad, aumento del poder de compra y en consecuencia, aumento del consumo». Como subraya Hervé Kempf, que relata el incidente: «¿Es posible que esta izquierda acepte procla- mar la necesidad de reducir el consumo material, un imperativo que

se encuentra en el centro del enfoque ecologista?)1. 17 Hay que reconocer que desde hace poco el tema del decreci- miento se ha convertido en sujeto de debate para los Verdes, 18 evi-

etc.

[

],

de las ventajas del decrecimiento

15. Jean Gadreyy Florence Jany-Catrice, Les nourH:11ux índiratnrrs de richesse,

 

La

Découverte, París, 2005, p. 7.

16. Michel Serres, Le C'ontrat naturel, Flammarion, París, 1992, p. 56. 17. Le Monde, 19 de junio de 2003. 18. Tras la publicación en Monde Dip!omatique, en noviembre de 2003, de

12. Jacques Go<lbout, La Di111ocratie des usagers, Boréal, Monttcal, 1987.

13. Le Monde, 16 de febrero.

14. Wilfred Beckennan ((Econo1nic growth and rhe environment: \Vhose environment?)) World f)cvf'!u¡rnr11t, vol. 20, n. 4, 1992, p. 482.

mi

artículo «Pour une société de décroissance». Véase {(La Décroissance

pourquoi?1); Ven- contact, n. 709, abril de 2004.

12

13

dentemente, en el seno de la Confédération Paysanne 19 / 2 º -lo que no es muy sorprendente-, en el del movimiento llamado

«altermun(,lialista» 21 y también entre

lanzamiento por la asociación Casseurs de pub2 2 de la revista l.a

Décroissance también contribuyó en gran medida. 23 Muchas per-

sonas se 1nanifestaron a favor o en contra, sin informarse antes y deformando los escasos análisis disponibles. Al haber sido puesto

en duda bastante a menudo en tanto que «teórico del decrecimien-

to» (incluso en el

Monde Diplomatique), 24 es mi deber hacer las

un pú.blico más amplio. El

puntualizaciones necesarias para disipar un cierto número de

malentendidos y poner los puntos sobres las «Í». Se trata de demos-

trar que si un cambio radical es una necesidad absoluta, la elección

voluntaria de una sociedad de decrecimiento es una apuesta que

vale la pena intentar para evitar un retroceso brutal y dramático. .Éste es el objetivo de esta obra.

Así pues, el término «decrecimiento» es usado n1uy reciente- mente en el debate económico, político y social, aunque las ideas

sobre las que se apoya tengan una historia bastante antigua. Efec-

tivamente, el proyecto de una sociedad autónoma y ahorrativa no nació ayer. Sin remontarnos a algunas utopías del primer socialis- mo, ni a la tradición anarquista renovada por el situacionismo, éste

fue formulado en términos parecidos a los nuestros desde finales de los años sesenta por l,y."1.iJl!is:)1, André Gorz, faarn;ois Par.tant y (;_o.~n.ehl!s.Castoriadis. El fracaso del desarrollo en el Sur y la pérdi-

19. Segundo sindicato agrícola francés, de donde procede José Bové, en el que se milita por una agricultura agraria, respetuosa con el medio ambiente, por el empleo agrícola y por la soberanía alimentaria. Participante en los diferentes foros sociales, el sindicato es un importante actor en el seno de los movimientos antiglobalización. [Nota de la trad.]

20. {iObjecrifDécroissance: la croissance en question», Campagnes solidaires

(revista mensual de la Confédération Paysanne), n. i82, febrero de 2004. Véase

Politis, 11 de diciembre de 2003, informe sobre el decreci.miento.

21. Véase Pohtís, 11 de diciembre de 2003, informe sobre el decrecimiento.

22. Asociación francesa que tiene como objetivo promover la creación ar-

tística basada en una crítica a la sociedad de consun10. [Nota de la trad.]

23. La Décroiss1v1;;e, Le jou-rnrrl de la joie de vivrc. (Dirección

de Casseurs de

pub: 11 place Croix-Páquet, 6900i, Lyon).

24. Véase jean Marie Harribey, «Développement ne rime pas forcément

avec croissance» Le Monde Diplomatíqu.e, julio 2004.

da de referencias en el Norte han llevado a muchos pensadores a

replantearse la sociedad de consu1no y sus bases imaginarias, el progreso, la ciencia y la técnica. A su vez, la concienciación sobre la crisis ambiental C¡_ue vivimos aporta una nueva dimensión. La idea

de decrecimiento tiene también una doble afiliación, ya que se ha

formado por una parte en la concienciación sobre la crisis ecológica y por otra, al hilo de la crítica a la técnica y el desarrollo. 25 Sin en1bargo, hasta estos últimos años, la propia palabra ((de-

crecimiento)) no figuraba en ningún diccionario económico o so-

cial, mientras que encontramos algunas entradas sobre sus correlatos «Crecimiento cero», ((desarrollo sostenible» y por supues-

to «estado estacíonario». 26 El término, no obstante,

ya posee una

historia relativamente compleja y una indudable trascendencia analítica y política en economía. Sin embargo, aún hay dudas so-

bre su significado. Los comentadores y críticos más o rnenos malintencionados subrayan la antigüedad del <<concepto)) para li- quidar más fácilmente la dimensión subversiva de las proposicio-

nes avanzadas por los actuales «objetores del crecimiento». 27 Así

pues, para Franyois Vatin, en Adam Smith ya existiría una teoría

Cita el primer libro, capítulos VIII y IX, de su

obra La riqueza de las naciones, en el cual Smith evoca el ciclo de

vida de las sociedades «que pasan del crecimiento acelerado (caso de las colonias de América del Norte) al decrecimiento (caso del

Golfo de Bengala) pasando por un estado estacionario (caso de China)». 28 Esto es confundir regresión con decrecimiento. En efecto, para nosotros, no se trata ni del estado estacionario de los viejos clásicos, ni de una forma de regresión, de recesión ni de «creci- miento negativo», ni incluso del crecimiento cero -aunque en- contremos en él una parte de la problemática.

del decrecitniento

25. Véase el recuadro de las páginas 22 a la 32.

26. Véase por ejemplo Alain Beitone et al Lexique de sociologie, Dalloz,

París, 2005. 27. Llamo así a los miembros del ROCAD (Réseau des objecteurs de croissance pour un aprCs-développemenr - Red de objetores de crecimiento para un posdesarrollo), www.apres-developpement.org.

28. Frans;ois Vatio, Trois essais sur lagenese de la pensée sociologi-que:po!itique,

épistémiologie, cosmologie, La Découvene, París, 2005, p. 101.

A causa de la publicidad, los medíos de comunícacíón llaman «concepto» a los proyectos que son las bases para el lanzamiento de

cualquier cosa nueva, incluso las culturales. Así pues, no es extra-

ño que 1ne hayan preguntado sobre el contenido de ese <{nuevo

concepto» de decrecimiento. A riesgo de decepcionarles, precise- mos en seguida que el decrecimiento no es un concepto, en el sen- tido tradicional del término, en todo caso, y que no se puede ha-

blar exactamente de <<teoría del decrecimiento;> tal como han hecho

los economistas de las teorías del crecimiento, y todavía menos, de modelos «listos para servir». No se trata de la <<simétrica)) del creci- miento. E_~ un eslogan político con implicaciones teóricas, una «palabra-obús>>, dice Paul _l\riesj que tiene como ohjetiv)?. romper el lenguaje estereotipado de los adícros al productívismo,· Así pues, la

consigna de decrecimiento tíelle como meta, sobre tO~do, insistir

fuertemente en abandonar el objetivo del crecimiento por ei creci- miento, objetivo cuyo motor no es otro que la búsqueda de bene- ficio por los poseedores del capital y cuyas consecuencias son de- sastrosas para el medio ambiente. Con todo rigor, convendría más hablar de «acreQ.miento», tal como hablamos de «ateísmo», que de «dccrecimiento:»:,:.·Es, por otro lado, precisamente, de abandono de una fe o de una teligión de lo.que se trata: de la religión de la eco- nomía, del crecimiento, del progreso y del desarrollo. El decrecimiento es simplemente un estandarte tras el cual se agrupan aquellos que han procedido a una crítica radical del desa- rrollo29 y que quieren diseñar los contornos de un proyecto alter- nativo para una política del posdesarrollo. 30 Es, en consecuencia, una proposición necesaria para reabrir el espacio de la inventiva y de la creatividad del imaginario, bloqueado por el totalitarismo economicista, desarrollista y progresista. Los límites del crecimiento son definidos a la vez por el volumen de las existencias disponibles de recursos naturales no renovables y por la velocidad de regeneración de la biosfera para los recursos renovables. Durante mucho tiempo, en la mayoría de las sociedades, estos recur-

29. Véase mi artículo «En finir une fo is pour toutes avec le développement»,

Le Monde Dip!onurri1!fe, mayo 2001.

30. Véase Christian Comeliau (dir.), Brouillons pour !'a1:<'11-ir: contributions

au débat sur les alternati!ws, IUED/PU.F, Ginebra/Parls, 2003.

16

sos se mantenían fundamentalmente como bienes comunes (los conunons). Esos bienes, o al menos la mayoría de ellos, no eran propie-

dad de nadie. Cada persona podía aprovecharlos según los límites de

las reglas de uso de la comunidad. Esto era así para los recursos reno- vables: el aire, el agua, la fauna y la flora salvajes, los peces de los océa- nos y los ríos, y, con ciertas restricciones, los pastizales, la madera muerta

y las talas de árboles. Los recursos no renovables, los 1ninerales del

suelo (entre los cuales el aceite de piedra, el petróleo), para ser someti- dos a un régimen más reglamentado, eran puestos bajo el control del príncipe o del estado para extraer de ellos una renta sobre la escasez. Con mayor frecuencia, la ausencia de comercialización siste1nática de los bienes «naturales» y las «costumbres)) limitaban las extracciones a un nivel que no comprometía su reproducción. La rapacidad de la economía moderna y la desaparición de las obligaciones comunitarias, lo que Orwcll llama «la decencia común>), han transformado las ex- tracciones en depredación sistemática. 31 El ejemplo de las ballenas es, desde ese punto de vista, muy reve- lador de la dificultad que representa la conservación del medio am- biente. La invención del Cañón-Harpón explosivo en 1870 por Sven Foyn pernlite la industrialización de la caza de ballenas. Los barcos- f.ibrica se multiplican en los años veinte. En 1938, se alcanza la cifra récord de 54.835 capturas. I~as«existencias>) se encuentran en vías de extinción. Todo el mundo lo sabe. En consecuencia, la industria se dedica a nuevas especies de talla más pequeña: la ballena azul, el rorcual, y, por último, el cachalote. La puesta a punto de materias grasas de sustitución llega demasiado tarde. Según la Comisión ba- llenera internacional, quedaban, antes de las recientes prohibiciones de pesca, menos de 1.000 ballenas azules, 2.000 rorcuales comunes y 3.000 cachalotes en la Antártida. Muchas especies de ballenas se extinguieron, cuando a principios del siglo XX existían centenares de miles de representantes de cada una de ellas. Esencialmente, el medio ambiente se sitúa fuera de la esfera de los intercambios comerciales. Ningún mecanismo se opone a su des-

31. Entre 1700 y 1845, no n1enos de 4.000 leyes fueron pron1ulgadas en Inglaterra para permitir la clausura de tierras y así impedir cualquier uso colec- tivo de éstas. Véase Silvia Pérez-Vitoria, Les paysans sont de retour, Actes Sud,

Ades, 2005, p. 22.

17

rrucc1on. La competencia y el mercado, que nos proporcionan la comida en las mejores condiciones, tienen efectos desastrosos sobre

la biosfera Nada puede limitar el pillaje de las riquezas naturales,

cuya gratuidad permite bajar los costes. El orden natural no ha sal-

vado ni a los <lodo de las Islas Mauricio, ni a las ballenas azules, como tampoco lo hiw con los indios fueguinos de Tierra del Fuego.

Sólo la incieíble fecundidad natural de los bacalaos podrá tal vez

ahorrarles el destino de las ballenas. ¡Y ya veremos! Ya que es posible

que la contaminación de los océanos afecte a esta legendaria fecun- didad. El pillaje de los fondos marinos y de los recursos pesqueros

parece irreversible. El despilfurro de los minerales continúa de mane-

ra irresponsable. Los buscadores de oro individuales, como los Jarilntciros del Amazonas, o las grandes sociedades australianas en

o

¡

Nueva Guinea no retroceden .ante nada para procurarse el objeto de su codicia. Y, en nuestro sistema, cualquier capítalista, e incluso cual- quier Homo a:conomicuS, es u.na especie de buscador de oro. A la inversa, los indios de la C:olumbia británica, en la costa

oeste del Canadá (los Kwakiutl, Baída, Tsimshian, Tlingit, etc.),

nos ofrecen un buen eje1nplo de relación armoniosa entre el hombre y la biosfera. Pensaban que los salmones eran seres humanos como ellos, que vivían en el fondo del mar donde tenían sus tipis, que, decidiendo en invierno sacrificarse por sus hermanos terrestres, se vestÍaI1 con sus trajes de salmón y partían hacia las desembocaduras de los ríos. En la estación de subida de los ríos, los indios acogían al primer salmón con10 un visitante destacado. Lo comían con cere-

monia. Su sacrificio era sólo un préstamo provisional. Devolvían al mar la espina central y los restos, que permitirían el renacimiento del invitado devorado. Así, la coexistencia y la simbiosis entre los saln10- nes y los hombres se perpetuaba de manera satisfactoria. Con la lle-

gada de los blancos y la instalación de una conservería en cada estua-

rio, la búsqueda de un mayor beneficio provocó la substracción

abusiva. Los indios dedujeron que los salmones habían desaparecido

¿Quién les dirá

que estaban equivocados? 32 Ese comportamiento relacionado con la

porque los blancos no habían respetado el ritual

32. Hyde Lewis, The Gifi, Imagination and the Erotic Life o/Property, Vintage

books, Nueva York, 1983, p. 26.

18

naturaleza, que encontramos en la mayoría de sociedades, se basa en la inclusión del ser humano en el cosmos. En Slberia se va a morir ai

bosque para devolver a los animales lo que se ha recibido de ellos.

Esta actitud implica relaciones de reciprocidad entre los seres

humanos y el resto del universo. Los hombres están dispuestos a ofre- cerse a Gaia (personificación mitológica de la Tierra) tal como Caía se ofrece a ellos. Al negar la capacidad de regeneración de la natura- leza, al reducir los recursos naturales a una materia prima a explotar en lugar de considerada como una posibilidad de vuelta a los oríge- nes, la modernidad ha eliminado esta relación de reciprocidad. Volver a esta disposición de espíritu prearistotélico es sin duda la condición de nuestra supervivencia. Mac Millan 1 ecologista americano del siglo XIX que quería salvar a los cóndores, decía:

«Hay que ,salvar a los cóndores, no tanto porque les necesitemos, sino, sobre todo 1 porgue para salvarlos tenemos que desarrollar 1as cualidades humanas que necesitaremos para salvarnos a nosotros

mismos». Gratuidad y belleza, precisa Jean-Marie

Pelt. 03 Sin em-

bargo, tenemos que constatar que, a pesar del gran despliegue rea- lizado en torno a la ecología y las importantes medidas de protec- ción adoptadas, no acabamos de decidirnos a emprender la marcha. Pese al optimismo del filósofo Míchel Serre en su libro Le Contrat naturel, los árboles dotados de la capacidad de promover acciones judiciales no deben esconder el bosque amenazado. 34 La jurispru- dencia americana más reciente va dirigida a reforzar una apropia- ción jurídica mucho más acentuada de los procesos naturales por parte del hombre. 35 A esto se añade el hecho de que, por rutina o por inconsciencia, las instituciones tienden a fomentar toda clase de contaminación (pesticidas, abonos químicos) por medio de exoneraciones fiscales y a financiar proyectos destructores del me- dio ambiente en los países del sur bajo la cobertura de la lucha contra la pobreza. Hemos llegado, incluso, a pensar que el único remedio a la _tragedia de la desaparición de numerosos conunons era su erradica-

33. Jean-Marie Pelt, Alliance, enero de 2006, p. 7. 34. Michel Serres, Le Contrat naturef, Fran<yois Bourin/Julliard, París, 1990.

35. Véase Norbert Rouland, Aux confins du droit. Anthropofogic Juridir¡uc de la mnrlcrnité, Odile Jacob, París, 1991, p. 253.

19

cíón totaL ¡Sólo el ínterés privado y la rapacidad de los individuos, piensan los libertarianos, podrá limitar su desmesura! Se tendría que privatizar el agua y el aire (y también los peces de los océanos

y las bacteiias de los bosques tropicales) para salvarlos de un uso

depredador. Es lo que hacen las firmas multinacionales, con el apoyo de los estados y de organizaciones internacionales, y contra lo que se rebela la gente un poco en todos lados. La ges~iónde los límit~s

del crecimiento se ha convertido en una apuesta Intelectual Ypoh-

tica. La investigación teórica sobre el decrecimiento se inscribe, pues, en un movimiento más amplio de reflexión sobre la bioeconomía, el postdesarrollo y el acrecimiento.

Decrecimiento y bioeconomfa

La Conferencia de Estocolmo, en 1972, marcó por primera vez el

interés «oficiah> de los gobiernos del planeta por el medio ambiente.

El misrn.o año, Sicco Mansholt, en ese entolices vicepresidente de la Comisión Europea escribió una carta pública a su presidente, Fran· co Maria Malfatti, en la que le recomeodaba reflexionar en un esce· nario de «Crecimiento negativo». Al convertirse en presidente de la Comisión, Sicco Mansholt retomó su alegato e intentó traducir sus

convicciones en actos, e incluso encontró una cierta comprensión. Así, fue sin agresividad que Valéry Giscard d'Estaing, en ese mo- mento ministro de economía, replicó que, en cuanto a él, no sería un «objetor de crecimientOH. En una entrevista publicada en el Nouvel Observateur, a la pregunta «Se ha dicho incluso que usted estaba por el crecimiento cero», Mansholt respondió: «He sido muy mal inter-

pretado en ese punto. [

miento sin modificar profundamente la sociedad? Al estudiar luci-

damente el problema, vemos bien que la respuesta es no. Entonces vemos que no se trata ya de crecimiento cero, sino de cr:cimiento

incluso bajo cero. Digámosio francamente: hay que reducir nuestro crecimiento económico y sustituirlo por la noción de otra cultura, de la felicidad, del bienestar,,. 36 Y vuelve a la carga en una obra pos·

.] ¿Es posible manr_ener el índice ~e cr;c~­

36. «Le chemin du bonheun>, entrevista de JosetteAlia con Sicco Mansholt, Le Ilfouve! Observateur, 12-18 de junio de 1972, pp. 71-88. Véase también L'Écologiste, n. 8, octubre de 2002.

20

-----~~~~-·"="·"·------·-S

terior para estar seguro de haber sido bien entendido: «Para noso-

tros, en el mundo industrializado, disminuir el nivel material de nues-

tra vida es una necesidad. Lo que no significa crecimiento cero, sino

un crecimiento negativo. El crecimiento es sólo un objetivo político inmediato que sirve a los intereses de las minorías dominantes». 37

La intuición de los límites del crecimiento económico re1nonra sin duda a Malthus, aunque encuentra su base científica con Sadi

Carnot y su segunda ley de la termodinámica. En efecto, si las trans· formaciones de la energía y sus diferentes formas (calor, movimien·

to, etc.) no son totalmente reversibles, si tropezamos con el fenóme-

posible que esto no tenga consecuencias sobre

Ia economía, que se basa en estas transformaciones. Entre los pione- ros de la aplicación de las leyes de la termodinámica en la economía, es conveniente situar en un lugar destacado a S~rguei Podolinsky, autor de una econornía energética que busca conciliar el socialis1no y

la ecología. 38 Sin embargo, hasta los años setenta no se desarrolló e1

tema ecológico en el seno de la economía, sobre todo gracias al gran sabio y economista rumano, Nicbolas Geoxgescu·Roegen. Al adop· tar el 1nodelo de la 1necánica clásica newtoniana, subr;:iya éL la <'.'CO- n_omía excluye L:~irreversihi!idad del tiempo. Ignora, pues, la entropía, e.s decir, la no reversibilidad de las transformaciones de la energía y de la materia. Así pues, los residuos y la contaminación, que son, sin embargo, productos de la actividad. económica, no entran en las fun- ciones de producción estándar. Hacia 1880, la tierra es eliminada de las funcis111es de producción y el último lazo con la naturaleza se rompe. /Al desaparecer cualquier referencia a cualquier sustrato biofísicO'; la producción económica, tal como la conciben la mayoría de los teóricos neoclásicos, parece no enfrentarse a ningún límite

ecológico. La consecuencia es un derroche inconsciente de los recur- sos escasos 4isponibles y una subutilización del abundante flujo de

como lo dice Yves Cochet, «la teoría económica

no de la entropía, no e

<>

energía solar.- Tal

neoclásica cohremporánea esconde bajo una elegancia 1natemáti-

ca su indiferencia por las leyes fundamentales de la biología, de la

37. Sicco Mansholt, La Crise.

París, 1974, pp. 166-167.

C:1nversi:;tions avec }anínf! Df/,aunr1J', Stock,

38. Serguei Podo!insky (l 850-1891), aristócrata ucraniano exiliado en Fran-

cia, que intentó sin éxito sensibilizar a Marx en la crítica ecológica.

21

química y de la física, especialmente la de la termodinámica>,. 19 Es

un sinsentido ecológico. «Una pepita de oro puro contiene más energía

libre que el mis1no número de átomos de oro diluidos uno a uno en

el agua del man>. 4 º 1:;:,n resumen, el proceso económico real, a dife-

rencia del modelo teórico, no es un proceso puramente mecánico y reversible; es pues de naturaleza entrópica. Se desarrolla al amparo de

una biosfera que funciona en un tiempo delimitado. De ahí se des-

prende, según Nichola.'> Georgescu-Roegen, la imposibilidad de un

crecimiento infinito en un mundo con límites y la necesidad de ha-

cer una bío~t:,C(tt1Q_lJ1frJ_,_ es decir, de pensar la economía en el seno

biosfera. l~a palabra ~<decrecimiento» ha sido us<lda en estos térn1i- nos para definir una recopilación de esos ensayos. 41

Decrecimiento y posdesarrollo

Por otro lado, desde hace más de cuarenta años, una pequeña «In-

ternacional» anti o posdesarrollista, en filiación con !van lllich, Jacques Ellul y Frarn;ois Partant, analiza y denuncia los perjuicios del desarrollo en los países del Sur." Dicha crítica desembocó, al

principio, en la alternativa histórica, es decir la autoorganización de las sociedades/economías vernáculas. También se interesaban,

desde luego, por las iniciativas alternativas del Norte (las micro-

experiencias de la economía social y solidaria, el tercer sector, etc.), pero no por una alternativa relacionada con la sociedad, que no

estaba al orden del día. El repentino (y muy relativo) éxito de esta

39. Yves Cochet, Pétrole 11por116pse, Fayard, París, p. 147.

40. Ibí<l. p. 153.

41. «No podemos, escribe Nicholas Georgescu-Roegen, producir neveras,

automóviles o aviones a reacción «mejores y más grandes)) sin producir residuos ((mejores y más grandes)>. Nicholas Georgescu~Roegen Demain la Décroissanr:f,

Sang.P.~la 'ferre, Fontenay-Le-Fleury, 1995, p. 63. & A parte de los tres «líderes>; citados, podernos mencionar: Wolfgang

SachS, Helen Norberg-Hodge, Frédérique i\ppfel-Marglin, Marie~Dominique Perrot, Gustavo Esreva, Arturo Escobar, Ashis Nandy, Vandana Shiva, Claude Alvares, Majid Rahnema, Emmanuel Ndione, Gilbert Rist. La mayoría de esos autores han contribuido a Th,_e f),evr:!opnu:nt Dictionnary A Guíde to KnDll'lrdgc as Power, Zed Books, Londres, 1992. Véase también mi libro Sobrcvívír al De- sarrollo, Traducción al español, Icaria, 2007.

22

crítica, sobre todo a causa de la crisis ambiental, pero también del surgimiento de la globalización, ha llevado a profundizar en sus

ilnplicaciones para la economía y para Ia sociedad de los países

desarrollados. En efecto, el desarrollo, una vez que ha sido recali-

ficado de «sosteniblei>, concierne tanto al norte como al sur y el peligro del crecimiento se vuelve global a partir de ese momento.

Con10 <~eslogan>1,el término decrecimiento es un feliz hallazvo re-

tórico en las lenguas latinas. Su connotación no es totalmen~e ne-

gativa; así pues, el decrecimiento de un río devastador es una bue-

na cosa.

.E,n cambio, la traducción de dicho término en las lenguas

germánicas plantea un espinoso problema. 4 3

43. La imposibilidad que encontramos para traducir 1<decrecimiento» al in-

glés es rnuy reveladora de esta dominación menral del economicismo y es simétri-

ca, de alguna manera, al problema de traducir «crecimiento>) o «desarrollo» a len-

) El término lL'>ado por

N.icholas Georgesc.u-~oegen,declining no describe verdaderamente lo que enten- demos por ((dec~ec1m1entOJ>,no menos que decrease, propuesto por algunas perso- na~.Los r:eolog1smos 1n1grm;_:th, dcgro:cth, drd<:c!opnH:nt, no son tampoco muy sansfactonos. Podemos proponer sin embargo equivalentes hon1eoinórficos de vd.ecrecimi~nto»,.tales c~mo Schrun1pf111g en ale1nán o dou:nshifiing («desplaza- 1n1~nto ?~c1aabaJo))) e.r:- u:glés. Este último es elegido por aquellos que prefieren la simplicidad voluntana. fraduce bien el lado subjetivo. Counrer-growth, pro- pue~to.por otros, traduciría el lado objetivo. Es verdad que la traducción de (<de- crecr:n.iento» no :ólo es proble1nática sino que dice mucho sobre una profunda duplic1da~parad1g1nática. «Í"Íc nlirado mi Roget's T'hesaurus, n1e escribe mi amigo MKhad S1ngleton, pero faltan nombres para expresar aquel cool down, take ít easy, slackrn off, relax nian que van incluidos en el precio del decrecimiento. Dccrrment existe pero es.d~masiadoexótico y csencialista (producto más que proceso) para cumplir su objetivo. Me pregunto a veces si [érminos como descreen-vio, din1i1n1n1do, modcrato no podrían servir. «"fo gro\v or not ro grow -- that is thc quesrion])) .~.fodenltr!111odcri:1tinggrowth? Podríamos sin1plc1nente dejar ((décroissance>) en el t~~to, con una.n~taexplicativa a pie de página. Me pregunto si la mejor rraduc- c1on de.l decrec1n:1ento no sería dccrClL•i.:rggrm;'th -~estotiene la ventaja de ser a la v~zpasivo (una s1mple constatación) y activo: es necesario decrecer, pero decrecer bien (aquí respondería a un proyecto de sociedad o, mejor, a un verda- dero proyecto de sociedad). Si se quiere se puede hacer de forma nonlinal: the decrc,:tsí~1g.ºÍgrowth es sin duda un poco más largo y un poco 111ás pesado que ((dccreun11ento» pero expresa bastante bien lo que se quiere decir.» Sin insistir demasiado en la semántica, el holandés \YiHem Floogendijk ha realizado una ver- da~era teoría de,l decrc.cimiento econó.mico al utilizar los términos shrinking y

guas africanas (y también naturalmente «decrecüniento)>

shrznk11gc (The fr(inmn1c Rf'voll!tion. 7(n1'111dc: a Su

-tainahlf'

-Futur(' hy

the

Ecom'ii1Y fr·om .~1onry-iVl1king, Intern;:itional Books, Utecht, 1991).

23

El decrecimiento provoca dos grandes preguntas: por qué y cómo. Ciertamente, la razón principal, ya esbozada, es que el cre-

cimiento engendra problemas sin solución (primer capítuh:). Sin

embargo, se puede objetar que es suficiente c?n camb1_ar los

indicadores y contar de otra manera u otra cosa, sin renunciar, no obstante, a la idea de crecimiento (capítulo 2).

También podemos preguntarnos si el decreci1niento no nos hace

volver atrás y nos condena a restricciones .insoportables (capítulo

3). El «irrompible» desarrolio sostenible ¿sería una buena solución o por lo menos no sería otro calificativo más simpático para desig-

nar el mismo objetivo? (capítulo 4). Y, por último, se plantea la pregunta sobre si no será el crecimiento geo1nétrico, d.e la pobla-

ción la verdadera fuente de todos los problemas (capitulo 5). Tras refutar todas estas ()Djeciones y admitir la necesidad del decrecimiento, queda lo más- difícil: cómo construir una sociedad

sostenible, tan1bién en el Sur. Hay que explicitar las diferentes eta-

pas: cambiar de valores y de conceptos (capítulo 6), cambiar de estructuras, es decir de sistema (capítulo 7), relocalizar la econo-

mía y la vida (capítulo 8), revisar

nuestros mo~os de uso de ,los

productos (capítulo 9), responder al reto especifico de los ~a~s,es

del Sur (capítulo 10). Y, por último, hay que asegurar la tr~ns1c1on de nuestra sociedad de crecimiento a la sociedad de decrecimiento por medio de medidas apropiadas (capítulo 11).

REPRODUCCIÓN SOSTENIBLE, ESTADO ESTACIONARIO Y CRECIMIENTO CERO

S1 (0fflO io VE.'rf'rnos rrltJS adelante con detaii-e, el desan-olic sos,

;e,n1f;!e o duradero es una nristilicación, el estado estacionario y

ei cr0c\rr11ento cero

aparecer cor-no íespuestas sensata~•

oara (e:-ned1ar la S!tLElción y poner u:i ténr1ino a la destrucción

de La biosfera y de nuestro medio arnbiente. Se trata, en efecto, mcim:so ya ant1quas que intentan ccn·

trata, en efecto, mcim:so ya ant1quas que intentan ccn· de ia don>ti ac\ón -t'conón1ica. El hecho

de ia don>ti ac\ón -t'conón1ica. El hecho de que tod,::;s \as socieda·

24

des hurnanas qUP duraron hasta el

XVIII

funcionado

24 des hurnanas qUP duraron hasta el XVIII funcionado sostenible pa:·ece reafirrnar ese punto de vista

sostenible pa:·ece reafirrnar ese punto de vista

Es pues necesario precisar en qué se distfngue una sociedad de decrecirr.iento de esas diferentes posiciones para captar la espe-

cíficidad y la relativa novedad,

El carácter duradero o sostenib\e que la expresión (<desarrollo

sostenible>> (sustainab!e devefoprnenf) ha puesto de rnoda no re- rnite al desa1To\lo <:<:realn1ente ex\stente;; sino a la reproducción. La

reproducdón sostenible ha regldo en t:I planeta hasta aproxirr1a-

damente el

XVIII; todavía es posible encontrar en ancianos

del tercer niundo «expertos)> en reproducóón sostenible. Los ar··

tesanos y ios

que han conservado una

parte

de !a herencia de las forn1as ancestrales de hace1· y de pensar viven

r·nuy a menudo en arrnonía con su entorno; no son depredadores

xvm, al redactar los edictos

sobre los

constitución de los

de \a naturaleza.

10davfa en el

a! regiarnentar las taias para asegurar \a re-

al

que aun adn1'ira~

111os, para provt::erse de rr1ásti!es y nav0:s trescientos años rnás tar-

Colbert se rnmriortari;i corno un é<expe1·to)> en su5tamr;bt/1ty

Estas n·1edidas iban en contra de la lógica n1ercantiiista. Se trataba

ele 1-r1antener un patrirYionio, no de sacarle nrcwPnhn

ele 1-r1antener un patrirYionio, no de sacarle nrcwPnhn habrá que decirlo tarnbién de todos los carnpesinos

habrá que decirlo tarnbién de todos los carnpesinos que, corno

e\ abuelo de Corneiius Castoriadis, plantaban olívares y higueras

verían, pero lo hacfan pensando en las gene-

cuyos -frutos

r·acion(:.S futuras, _y eso sin estar

ob!igados por

req!an1e11

futuras, _y eso sin estar ob!igados por req!an1e11 habían hecho lo rr\isn-10. Esta obsE. 1 rvación

habían hecho lo rr\isn-10. Esta obsE. 1 rvación

del filósofo reúne la sabiduría n-1i!enaria evocada en Cicerón en

De senectutt\ rnodelo dt~ «desarrollo sostentble» al poner en

y?J se cita en un verso de

nnwc<rhn de otra edad-.,_ Cicerón

ry¡archa el

les habían

de

de otra edad-.,_ Cicerón ry¡archa el les habían de ·14. \1ás ,~¡\!;\ :ld csn,1cro con el

·14.

\1ás ,~¡\!;\ :ld csn,1cro con el que se discute );¡ sabidurfo d~· los

,

"nlitll{h >alv·,11cs ', es1J se nas:t no han

"nlitll{h >alv·,11cs ', es1J se nas:t no han

en fa

su ''cosisrcnF1 han

 

Los !dJUC·

;1

!o

desde Lts dvJ\l¡,;icionc.s de f-Lurapa

y

l)aro

h;:isrn los pascucn~cs,

por los n1ayas.

,

,

25

lo con1enta así: «De

ai

por rnuy

que sea,

cuando ie pre-guntarr,os para quién planta, no duda en respon-

der: «Para !os dioses lnrnortales, que desean que no sólo esté

de reobir esos bienes de mis ¿mcestros, sino que los

transmita. también a ffiis descendientes»,1.'.; Esta reproducción sosteníble no es necesariamente un inrnovilisrno conservador. La evolución y e! <.reclmlento lentos de las sociedades antiguas se

integraban en una reproducción prolongada bren atemperada,

siernpre adaptada a las imposiciones naturales. «La razón por la cua! !a sociedad vernácu!a es duradera es porque ha adaptado su tnodo de vida a su entorno, concluye Edward Gofds1nith, y, al

contrario, la razón por la et)al !a sociedad industria! no puede

entor-

no a su modo de vida>) . 4 ¡:; Esta sabiduría de los ancianos ya no nos e.stá permitida_ Ya no es posib\e una reproducción ldénf1ca a

nuestro siste1na productivo, un estado estacionario, en cierto

modo. La situación actual implica un verdadero cambio de civiii·

zación p.::ira volver a encontrar un -fundonamiento sostenible y

esperar sobrevivir es porque :rt:- ha esforzado en adaptar el

Estado estacionario y rendímíentos decrecientes

¿Es verdaderarnente necesario sa!ir de la econo1T!Ía para volver a

encontrar una vla sostenible?

nórnico de

qrferen'1os p !os_ econoinlstas clásicos. penscibtm que- un

infinito del sisten1a

.eco-

si con~

no

penscibtm que- un infinito del sisten1a .eco- si con~ no y 01Ciqcieo ineJuctable.de ia acu~ Qe
y
y

01Ciqcieo ineJuctable.de ia acu~

Qe un estado estacjonario, Esto

David Ricardo

5. (~)cerón, (f¡f{!n !'rnrrio1. l)e

!tt vieillesse f[)t 5-'o1f'tt11te ),

1,cs Bel !es

Lenrcs, París, 1)96, \nl«2/i, p. 96.

A6. E(hvard C!odsinith, Lt l)é/i tlu X>):tne sitcle. {]nt uision lw.io)iqur du inonde, Editions du Rocbct, P;ti:;, 1994, p. 350.

26

du inonde, Editions du Rocbct, P;ti:;, 1994, p. 350. 26 el dt~sarrol!o de !os capi~ tales

el dt~sarrol!o de !os capi~

tales l\eva a un crecirniento su competencia lo que hace baja1' el índice de ganancia hasta el cese de toda acun1ulaclón neta.

Para

y

\os rendimientos decrecientes en la

cultura comportan un aumento de la renta territorial y un des- censo ineludible del indíct-'. de ganancia, lo que también desem" boca en un estado estacionario, Ambos autores lo consideran

un período sombrío, en el cual la masa de trabajadores está con,

den21da a la estricta supervivencia, aunque extendiendo la tesis de los rendimien-

aunque extendiendo la tesis de los rendimien- tos decrecientes a !a industria, presenta este estado

tos decrecientes a !a industria, presenta este estado 1;:stacionario

de manera un poco más amable, Al estar asegurada la supervi-

vencia, material, e! cese de la acurnulación neta pondría fin a la

obsesión .Por un carnbio radical, al estrés y a las desgradas que engendra. La sociedad podria consagrarse a la educación de las

masas y el ocio permitiría a los ciudadanos cultivarse. «No hace

fa\ta recalcar qut' e\ estado estacionario de la pob!adón y de la

íiqueza no irrrplica in1novilidad de! producto huinano. Habria más espacio que nunca para todo tipo de cultura rnoral y de pro9resos

rnorales y sociales; rnás espacio para mejorar el arte de vivir y rr1ás

probabilidad de verlo me¡orado desde el momento en que los se~

res hutnanos cesarían de estar ocupados en adquírir rnás rlquezct

con

las. artes---industriales podrían ser. también. cultivadas

seriedµd y éxito, .con ia úqica diferencia de qr¡e en vev;le. tener

corrro único ob¡etivo aumentar la riqueza, los perfeccionamientos

a/i:anzqrí_an su meta, que- _E¡s Ja dis_m_in_u<;Í.ÓJ1-.dfÜ trabajo)>, Y añade:

«Es incierto que cualquiera de las invenciones rnecanicas realiza-

das hasta ahora hayan disminuido la fatiga cotidiana de un solo

ser humano [,

dias; pero todavía no han en1pezado a operar hacia los grandes cambios en el destíno de la hurnan!dad que por su naturaleza ten~

] han aumentado el desahogo de las clases me-

drlan qué cumplir»."' Eucontr9.[!JQ.s

en

i9,bO

~tufüLMilJ,ªJraygs

de

ese.escrito•.uoa,r;J'.;.ti.ca.deJ

estado estaciaoado.n

qoeha P!Id.i.d.o

47. John Stuart lv1il!, Principes d'éconornltpoíitiquc (1848), en Sttuut Mil!, Dalloz, París, 1953, pp, 300·30!.

27

part1ciarJos q,ug_ $,U <;Qncept,()_ sigue siendo el de un pe_ro sin «:Esto no pasará has,t,:i

part1ciarJos

part1ciarJos q,ug_ $,U <;Qncept,()_ sigue siendo el de un pe_ro sin «:Esto no pasará has,t,:i qu,e,

q,ug_ $,U <;Qncept,()_ sigue siendo el de un

pe_ro

sin

«:Esto no pasará

has,t,:i

qu,e,

añade éL Ja,burna~

mdad, con buenas instituciones, sea guiada con juicioso preví·

irrt_e_ligencia y_Ja,,ener9ía de. propiedad co1nlJn de la,' "·'Y' ·:.•c ,
irrt_e_ligencia y_Ja,,ener9ía de.
propiedad co1nlJn de la,' "·'Y' ·:.•c ,

una

la suerte_ de todos)',

, en esta teoria

una postura que no se a!eja n1ucho de la <cfeliz austeridad>) pro-

puesta por autores corno lvan lliich o André Gorzm, es d&ci:, un

modelo de sociedad en el cual las necesidades v el tlernpo de

son reducidos, pero en
son reducidos, pero
en

el que la vida social c:s inas

«Sea corno sea 1 esta teoría del

estado estacionario

poco, el

la idea de qu0: al

poco a

por su propia dinárnica, dará paso a un

tipo de sociedad cuyos valores serán 1nás respetuosos con el

hombre y la natura!eza)> 5 º,

En todos los casos, el carácter indefinidan1ente progres'1vo

del mecanisrno econón1ico no parece sostenerse, La m''º""" está condenada, si no a pararse, sí a funcionar a un régirnen de crucero, lNO es ese punto una visión entrópica de la eco~ nomia, es decir, lo que hact: de ésta un sistema irreversible

marcado pot !a degradación de la energía? No es seguro. J:lpy

pot !a degradación de la energía? No es seguro. J:lpy punto. devistªde Ja e.ntrnPíiL Jn. efocto,

punto. devistªde Ja

e.ntrnPíiL

Jn. efocto,

elestado

estaciona-

rio rio es !a consec:-ue-ncJa,directa,,_de,la--!ógic:a-,econórníca,,,,qu.e

~_i,g_u,e,?,\end9 _f LJJl,da tn_e n_~,9}_1]1~(1t~,,t!1~s9_o,Lc_?l,.Y,,,5',PX9.9f~?J?Ja)L0Q

que hemos llamado en otro lado «autodinámíca»l," .:i.iQQ.Ja

48. 1búl, p. 297'

49. Lahsen Abddn'.lalki y Patrick Mundler, citados por Franck~

[)n1üinique Vlvlen, <iJalons pour une h!stoire de la notion de dévelop~

pement durab!t>, /vlmufes en

n. 12L 2003/1, p. 3.

)0. lbíd.

5 !

.

Latouchc, F~tut~i!refúsrr le dévcloppnncnt? t:,_frJi sur L'r1nti~

ticrs--1nm-1t:!t:, ruF, P:irís, 1986.

cie ~n.oríncipio

J(;iy_qn_s,J_

,g_~ls_g.rb.ón.

exó.ge.no:Ja.es(ilsez

52

c;lgJaJJeriil

Q,pa.ra.ll!i.S

Para los clásícos, excepto para Malthus, el organismo econó·

mico cesa de crecer en un momento dado, pero sígue funcionan·

do y viviendo sin problemas, bajo el juego de sus fuerzas internas.

Al alcanzar la madurez, su corazón continúa latiendo. La compe~

tenda asegura siempre el buen funcionamiento de sus fuerzas vi~

tales, sín necesidad de intervención. El bloqueo del crecírniento, de cíerta manera, le viene impuesto desde el exterior, pero la diná·

mica de! funcionamiento es automática, Para nosotros, !a repro-

ducción de forma idéntica al sistema ya es problemática, ya que la economía no es ni un organismo ni un mecanismo. Sólo puede sobrellev.ar su entropía huyendo hacía delante. Es la fuente de

nuestra adicción al crecirniento. Las intervenciones «exógenas)),

particularmente las pollticas, son requeridas periódicamente para evitar crisis o remediarlas y volver a poner en marcha la máquina que, como un cíclístil que sólo se mantiene en equilibrio peda·

leando continuarnente, se mantiene en marcha quemando car~

burantE:> no renovable, reserva del patrímonio natural.

naturaleza.ei1.óQ.ena.es el.

E11los.1=l~sjg¡.:¡,,~ocambio,lo.quees.de

gjogu,eo deLcre.cirniento c!<ll.organisrno .ec0né>rníco,, ¡¡¡:¡. efe.eta". el

dinarni~rn9 sle.1.a

Yida

e.rnnórnícaJropieza con eLpriocíp.io.deJos

r.el1<:lirnienl9,s,Qfüierienle$,,que

no.son.atracosa 0 uelalinítud.deJa

natuco Ie.Zil.: .lo

ínsufíciencia.

d.<¡.suelos.lértiles,

Los

Ja:;

neGdásicos,·akontrario;"insisten

eL

agotarnie11to d¡¡¡

del.capítai.natural,

minas,,19,¡,.l(mites .delplaneta

en Ja ;<susfüul:lílidil(Ü> del .capital artiíidal.y

Al

apoyarse, por otro lado, en la evidencia histórica de la invalidez de

la ley de los rendimientos decrecientes, al menos en la industria y

durante largo tiempo (dos o tres siglos), harán saltar esa cerradura

contraría al PE29E~?ÍSfílQ(v,i¡,¡Jisrnf/ c:l~.9a de la economía profesa·

s.e

da ya entonces por los clásicos. Según la hipótesis de la "sustitu-

52. Williatn Stanley Jevons, The Coa! Question. An lnquiry

Nation and the Probable Exhausu"on ofour

conterning the progress o fthe

Coal~Mines, M'acmillan and Co. Londres, 1865,

billdad» de los factrn,es, una cantidad creciente de equipamíentos, de conod1nientos y d0 competencias debe poc:lc::-1 tornar el relevo de

cant!dades menores de capital natural para asegurar el rnanteni-

miento, en el tiempo, de las capaodades de

y de satis"

facción del bienestar de l,os individuos< De pronto, la econornfa no reconoce iírnítes a su crecirniento ni a su desarrolío,

El estancacionísmo

fras la crisis de 1929, se vieron resurgir teorfas co1nparab1es a las

de"! los

clásicos; !as calificaron de e_stancacionistas. E1 princi··

pa! répresentante de esta corriente fue el profesor A!vin H.

Hansen, que desarrolló la

Hegado a la madurez.s 3

la cual el capitalismo había

tesis la plantean tarnbién Paui

Swee;rv'' y Benjarnin .Higgins. El propío Keynes fue considerado en un cíerto sentido corno €:5"tancacianista, En ef conjunto de sus obras, evoca efectivamente séQOn Schumpeter «la respuesta de~

creciente de la natura!eza cil esfuefzo hurnanox·."' 5

Para todos esos autores, las ocasiones de invertir irán disrni~ nuyendo en et futuro. Asistiremos, o bien a una desaceleración progres!va de! crecimiento (stagnanting economics, según

Higgins), o bien a un cese rotundo de cualquier dinámica (stagnant

'econo1nícs/ El orlgen de este estancarniento no es el agotan1íento de !a naturafeza, sino la disminución de! crecimiento demográfi~

coy el envejecimiento de la población, la desaparición de las «!ron" teras de ínversiómr (Hansen), es decir, de las zonas vírgenes en el

p!ane;ta, o más a(1n, la insuficiencia de innovaciones tecnológi- cas/Áunque hostil a los estancacionístas, el propio S<;ll~.'1!.8~!!''.

en Capitalisme, socialísme et démocratie, 56 sostiene una tesis que

53. Alvin l·L l:lansen, Full recovery or

Nueva York, 1938.

\'\(\\!, Nonon.

54. Paul Swcezy, «Secular srn.gnatio:n;' en Seyni.our E. 1-Iarrís, .Postu;ar

~Economú-.1Problnns, Mc(;ra\v :¡,;¡_¡¡¡ (:01npany, Nueva York, 1943,

55. Joseph Schtunpeter, !:listoire de l'ant1~yseéconomir¡ue, 'T.III:

de /¡¡ science: de 1870 af M. KeJ'nt:s, , (;aUirn:nd, París, 1983, p.

56, Joseph Schurnpeter, Cftpitalúnte, H,cifdisnie et dhnocratit, Payot:,

París, I 990.

30

se podría ¡nterpretar como una fonna de estancacionismo. Sin

embargo, para él, si el capitalismo tiende al estancarniento E>$

porque el estado moderno aplasta y paraliza sus fuerzas motrices,

en cambio para l:;g\'.'.QgíJa intervención del estado es el ciníco

rnedio de volver a dinamizar un sisten1a que tiende naturalmen- te hacia el estancamiento_ En la concepción keynesiana, éste es, por consiguíente, sólo una amenaza a corto plazo~····}

Si todos los espíritus superficiales y «cornucopi<Í~os>J (literal-

mente: quien cree en el cuerno de !a abundancia) pudieran poner

en ei misrno saco a todos !os «pesimistas>), es decir, aquellos que

han analizado íos <dímiteS>l del creci1niento, se vería claro que los

partidarios del deci·ecimiento tienen una visión profundan1ente

diferente, ya que, pard eHos, sl los lirnites del creciffliento se

drcunscribc~n tarnbién a !a finitud dei

crecin1iento sólo puede ser benéfico para la hurnanidad.

poner en duda el

El crecimiento cero

Ei éxito di:: ¡Alto al crecirnientor, el prirner inforrne del Club de

Rorna, fundado por iniciativa de r='\ure\io Peccei,

por

un

ble

la idea de un cese del crecirniento a causa del

de los recursos. Jnciuso se denorninó <\Zt:gistr.is>)

(dt: zero growth) a los partidarios del crecirniento cero.''/

Hennan Daiy, antiguo responsable dimisionario del Banco

Mundial y discípulo rebelde de Nicholas Georgescu-Roegen, in-

tentó rr1odeiar una econornía sin credmíento pero aun Inscrita en el paradigrna de un desarroi!o visto y correg!do. <<El desarrollo sostenible, escdbe, una expresión que tiene connotaciones casi

mágicas, es, de hecho, contradictoria, La expres·1ón es utilizada

en nuestros días corno sinón!mo de 'crecirniento sostenible', un

concepto que, cuando se aplica a nuestra vida económica, pue~ de llevar a los responsables políticos en materia de medio am-

57. Se puede encontrar una extensa bibliografía de los trabajos y libros aparecidos sohre e$e terna tras el famoso informe del Club de Roma

en Andrea MasuHo, .lf pti1n.eta di tutti. Viven' nei limiti ptrch<) la terra abbia un futuro, EM!, Bolonia, 1998.

31

biente y de desarrollo a una via sin sa.lida, En dos paianras, no

podernos corrtinuar- cn::ciendo indefinidarnente; ei crecirniento

sosten!bie es una

y las

que se basan en

ese

son írreales, rnciuso pelígrosas.

Por

se basan en ese son írreales, rnciuso pelígrosas. Por la exr¡rerrión 'desarroUo sostenible' es C O

la exr¡rerrión 'desarroUo sostenible' es

COITE'Cta SI se a !a econotnia, pero (¡nica111ente si se la inter- preta corno 'desarroHo sin crecirnlento', es decir, corno una rne~

cuaHtatlva de una base econórnica

que es mantenída

en un estado estable definido por los lfrnites físícos del ecosisterna. Es dedr, crecimiento cero? Cada dia tornarnos coriscien- cia del irnpacto negativo de !a econon1la sobre eí ecosisten1a, que prueba que incluso el ,;i,t1no actual no pueds durar. El actual aumento del uso de !os recursos naturales parece aurnentar ios

que ias ventajas de Ja pro-

costes

rn,~s

ducción, lo que nos hace rnas pobres en lugar de más ricos, El

desarrollo sostenible debe ser un desarrollo sin crecirniento~>.'<s

Esta

casufstica subestin1a la desn1esura propia dt~

nuestro sistema, No renunciamos ni a! n1odo de producción, ni

al de consun10, ni al estilo de vida engendrado por el crecirn':en~

to ante1'ior. Nos resignarnos 1·azonabiernente a un inrnovi\isrno

conservador, pero sin

los valores y las lógicas del

desarrol!istno y el t.)conotYlicisrno. En consecuencia, nos 01ivamcJs de los aportes positivos de un decrecin1iento convivencia] en tér" rninos de fe!icidad colectiva.

La prc,pc1s1c1ón de desaceferación del crecimiento lanzada por

Jean~1\~a1T Harribey y reto1,r1ada por /\ttac

Sin einbargo, ésta es rrids bien

rnenos pertinente ya que su (<rea!lsmo>i aparente oculta en el fondo una incoherencia. Así. una poiftica de decrecimiento se traducida en un mon1ento, indudablen1ente, por una sen ciHa disrnlnución de! crecilniento de! PlB y no necesarian1errte en un retroceso, es decir, una tasa porque se tratn. de un Indice purarnente cuantitativo y macroeconórníco. Ese resulta-

tra el decrecirniento se lü

su auspicio con~

5fL t-lerW.<10 L)a!y.

The E~co1u1n1!ts

lJrucú>pn>mt, Hostot1, BcJcon Press, !996, pp< 10-l L

32

que podría pasar por una desaceier.::ición, esconde, de he-

cho, en el plano rnicroeconón1lco, re9resione<s rnás o rnenos fuer--

tes de actividades nocivas

e incluso autornovi

un mantenimiento

cero), de la

de ias acti-

vidades nlateria!es «útiles>> (al!'rnentacíón, vivienda, textil) y un aurnen to de !a producción de biE>nes relacionales rYH':.'rcantiles y

sobre todo no mercantiles.

el peso de la parte corner~

clal de los bienes ínmateria¡es, el PIB podrfa contínuar creciendo

durante dr·rto t\en1po, paralcr!arnerntc a la reducción dE! la hueild

ecológica. Estdrian1os en una fase transitoria excepdonal de ca·

pita!isrno ecoco1npatible, pero fuera de una lógica y de un in1a~

de crecimlento,

Algunos consideran que, de este n1odo, la tesis del estado

estacionario pasa por una segunda juventud. los autores del pri-

mer in·fonne del Club de Rorna (rvieadO\NS et aL) seña!¿:in que,

corno lo hacia John Stuart l\~i!I: {<La población y el caplta! son los únicos incrernentos que deben ser constantes en un rnundo en

Todas las actividades hu111anas que no comportan un las actividades hu111anas que no comportan un

consur-no irracional de rnateriales irren1plazables ni degradan ei rned\o arnbiente de 1nanera írreversible podrían desarrollarse in~ definidamente. En particular, esas actividades que rnuchos con~ sideran corno las n1ás deseables y n1ás satisfactorias: se podrían desarrollar la educación, el arte, la religión, Ja investigación fun~

darnentaL los deportes y las relaciones humanas'> ,'i 0 Para Frank-

la diferencia con ei análisis de f'v1iH reside en ellas relaciones humanas'> ,'i 0 Para Frank- carácter voluntarista de !a po!ftlca que se tendrla que

carácter voluntarista de !a po!ftlca que se tendrla que desarrollar

Porque la intención de !os autores de ese in"forrne --~ese <dibro de los lírnites11, según \a expreslón de Armand Petitjean- va rnás allá del crecin1iento cero y ya anticipa. un poco las propuestas del decrecin1iento, como lo confi'nna Ja correspondencia entre Dennos Meadovvs y Nicholas Georgescu-Roegen, Su análisis pretendía crear alarma «Tenemos la conv\cción, escriben, que tornar consclencia

59. I:»L. Jdcado\YS, J',Randcrs, \\!. Bchcrens, 77Jt: Litnits to (;rowth.

Jankind,

A Rr:port.fár the Club oj·'.Ro1nf''s Projr;,,-t pn t/;e Predícttrtli:tlt oj'/1

Univcrsc I!.ooks, Nueva Y(1rk, 1972,

33

sobre íos límites materiales de! medio ambiente mundial y sobre

las trágicas consecuencias de una explotaclón irracional de los re~

cursos terrestres, es indispensable en el resurgír de nuevos tT1odos

de pensamíenío que conducírán a una revisión fundamental del

cornportarniento humano y, en consecuencia, de la estructura de

la sociedad actual en su conjuntan, u) En esa época !as reacdones de rechazo fueron casí uncinlmes. En Francia, el representante de

ia CNPF" declaró que un crecimiento sólído era indispensable. Por

su

el secretario general dei Partldo Comunista francés de-

nunció e! ,<programa monstruoso)) de los dirigentes de la CEE.u

Rav1T1or1d Barre, entonces miembro de la Comisión Europea¡ ex~

púbncamente su des?cverdo con el presidente de ésta, SJcco

que avalaba dich0s tesis, Af fina! se convino en que era

necesario hacer e1 crecirniento <nr1<:1s humano y equi!íbradOll. Ya

sabernos en qué

ese proyecto

la concepción de una sociedad de decrecí~

rniento recuerda tarnbién a la del estado estacionario de iv1ill o a

las

de ciertos partidarios de! desart"oilo sostenible.

Sin m1b;iroo. para ~,.~il!, !a teoría dei estado estacionario traduce

la idea de que ai enve1eo'r.

rno poco a poco dará

dinámíca, el rv'""'"'" de sociedad cuyos valores

serf1n rnás 1·espetuosos con ei ser hurnano y la naturaieza, Por

nuestro lado, pensarnos que eso no ocurrir<:'i y que llnicarnente ia

a un
a un
que eso no ocurrir<:'i y que llnicarnente ia a un e! sisterna con su consurnisrno y

e! sisterna

con su consurnisrno y su

evitar la catéstrofe.

60. !bid. pp. 273-274"

GL Conseil Nacional du Patronat Frani;ais: Consejo Nacional de

los En1pres~:irios Franc~:scs, (1'/ de

ÚJ TJ

62, V-éase Franck-l)on1¡nigue Vivien, Le L)évelopperncntSoutenab!e, La [)écrouverte, París, 2005, p. 10,

PRIMERA PARTE

¿POR QUÉ EL DECRECIMIENTO?

tiabía algo siniestramente grotesco en esa carrera desenfrenada hacia el lucro en el mismo momen-

to en que el mundo se moría.

RICHARD MATHESON 1

Para entender lo que podría ser una sociedad de decrecimiento, es conveniente, primero, definir lo que es la sociedad de crecimiento. «l~a idea moderna de crecimiento, escribe Henry ~reune, fue for- mulada hace aproximadamente cuatro siglos en Europa, cuando la economía y la sociedad comenzaban a separarse)). 2 Pero, añade jus- tamente Takis Fotopulos, «la economía de crecimiento propiamente (definida como el sistema de organización económica orientado, sea objetivamente, sea deliberadamente, hacia la maximización del crecimiento económico) apareció bastante después del nacimiento

de la economía de mercado de principios del siglo XIX y no se desa- rrolló basta después de la Segunda Guerra Mundiah. 1 Es decir, en

el momento en que Occidente (a través del presidente Truman lanzaba la consigna y emprendía el desarrollo. La sociedad de crecimiento puede ser definida como una socie- dad dominada por una economía de crecirniento y que tiende a dejarse absorber por ella. El crecímiento por el crecimiento se con- vierte así en el objetivo primordial, y en tal vez el único, de la vida. Recordemos por otro lado que, según la definición de Joseph

Schumacher, '<el crecimiento es producir más, sin tener en cuenta la naturaleza de las producciones)).

)

l. Richard Matheson, je suis une légende (1954), Galliinard, París, 2001,

p. 151.

2. tienry Teune, Growth, Sage Publications, Londres, 1988, p. 13.

3. Takis Fotopoulos, Vers une dln1ont1iic générale. Une dé?nocratie directe écon01niqur, écologique et sociafe, Seuil, París, 2002, p. 31.

Podemos decir que la «globalízación», que marca el pasaje de una economía n1undíal con 1nercado a una economía y a una so-

I.

EL INFIERt~O DEL CRECIMIENTO

ciedad de rr,erc;;i_do sin fronteras, constituye el triunfo absoluto de

la religión del crecimiento. Una sociedad así no es sosteni ble: p~r­ qne supera la capacidad de carga del planeta, porque se esueha contra los límites de la finitud de la biosfera y porque todos los argun1en-

tos y artificios para remediarlo son insuficientes o falaces.

1

36

Sólo tenemos una cantidad limitada de bosques,

de agua, de tierra. Si los transfOrman todos en ai·-

res acondicionados, en Datatas fritas, en coches,

llegará el mo1nento en q'ue no tendrán nada.

ARUND.ATHY RoY 1

1'{µ5~s,_tr.ª_$O_ciedad. ha unido su destino a una organización basada

en la acumulación iEmitada, sistema está condenado al creci- rp_iento. Cuando el crecimiento disminuye o se para, hay crisis, incluso pánico. Esta necesidad hace del creci1niento un círculo vi- cios.o. El empleo, eJ pago de las jubilaciones, la renovación del gas- to público (educación, seguridad, justicia, cultura, transportes, sa- lud, etc.) suponen el aumento constante del producto interior. Por otro lado, el uso de la moneda y sobre rodo del crédito, que per1ni- te consumir a aquellos cuyos ingresos no son suficientes e invertir sin disponer del capital requerido, son poderosos «dictadores)) de crecimiento, en particular para el Sur. «La relación de crédiro, se- ñala pertinentemente RolfSreppacher, crea la obligación de devol- ver la deuda con interés, y así producir más de lo que se ha recibi- do. La devolución con interés introduce la necesidad del crecimiento así como toda una serie de obligaciones correspondientes. Es con- veniente primero ser solvente para devolver el crédito según una temporalidad definida; es necesario luego producir, en principio de manera exponencial, para pagar los intereses de la deuda y así evaluar necesariamenre todas las actividades correspondientes ha-

ciendo un análisis del tipo coste-beneficios [

]. Lo que «obliga)) a

crecer indefinidamente es esta combinación de exigen cías. 2 Willem

Hoogendijk, no sin fundamento, ve en ese mecanismo el origen de

1. Arundathy Roy, «Défoire le développcment, sauver !e din1at», L'Écologiste, n. 6, invíerno de 2001, p. 7.

2. Rolf Stcppacher, in Christian Con1diau (dir.) Brouillons pour !'avenir:

contributions au d!bat sur les alternativrs, op. cit., pp. 184-185.

37

Ja compul<ió;1 por el crecimiento. Colonizada por la lógica finan- ciera, la economía es como un gigante desequilibrado que sólo si-

gue en pie gracias a una carrera perpetua que lo arrasa rodo a su

paso. 3 ((La única solución para un grupo corno el nuestro, declaran los responsables de Procter and Gamble, es lanzar nuevos produc- tos cada año». Los gobiernos y los estados tienen también necesi-

dad del crecimiento para realizar la cuadratura del círculo fiscal:

cubrir los gastos necesarios sin hacer uso de impuestos ilnpopula-

res. Este imperativo es todavía 1nás categórico con el «delirio»

neoliberal que con la regulación keynesiano-fordista. Como el cre-

cimiento beneficia sobre todo a los ricos, las recaídas «positivas»

) con índices cada vez más

elevados. Respecto al empleo, .sabemos ahora que hace falta un cre- cimiento anual de más del, 2. 0 /o para que se traduzca, no en un crecimiento, sino en un descenso del paro. Esta dictadura del índi- ce deI crecimiento fuerza a las sociedades desarrolladas a vivir en régimen de «sobrecrecimiento», es decir, a producir y a consumir fuera de toda necesidad «razonable>>. Las contradicciones sociales que engendra el crecirrtiento y los límites del planeta hacen nuestro modo de vida insostenible, tanto ecológica co1110 socialmente. Sin embargo, incluso si pudiera perdurar indefinidamente, éste no se- ría menos insoportable y seguiría siendo deseable un cambio.

sólo se producen (cuando se producen

La sociedad de crecimiento no es sostenible

(Ñuestro sobrecrecilniento económico se estrella contra la finitud de la biosfera. Sobrepasa largamente la capacidad de carga de la tierra. Un crecimiento infinito es incompatible con un planeta finit~s verdad que la primera ley de la termodinárnica nos enseña que n{da se pierde, nada se crea. Sin embargo, el extraordinario proceso de regeneración espontáneo de la biosfera, incluso asistido por el hom- bre, no puede funci_onar a un ritmo forzado. De ninguna manera puede restituir idénticamente la totalidad de los productos degra- dados por Ia actividad industrial. Los procesos de transformación

3. Willem Hoogendjik, The economic Revolution, op. cit., y Let's Stop Tsunamis, Earth Foundation, Utrecht, 2005.

38

de la energía no son reversibles (segunda ley de la termodinámica)

y, en la práctica, pasa lo misn10 con la materia; a diferencia de la energía, ésta es reciclable, pero nunca integralmente: «Podernos re- ciclar las monedas metálicas usadas, escribe Nicholas Georgescu- Roegen, pero no las moléculas de cobre disipadas por el uso». 4 Este fenómeno que él ha bautizado como «la cuarta ley de la termodi- námica)), puede ser discutible en teoría, pero no desde el punto de vista de la economía concreta. No sabemos coagular los flujos de átomos dispersos en el cosmos pata hacer nuevos yacimientos mi- neros explotables, trabajo que se ha realizado en la naturaleza en el espacio de miles de millones de años de evolución. La consecuen- cia, según éL de la imposibilidad de un crecimiento ilimitado no es un programa de crecimiento cero, sino de decrecimiento necesa- rio. El desarrollo económico, lejos de ser el remedio a los proble- n1as sociales y ecológicos que desgarran el planeta, es el origen del mal. Debe ser analizado y denunciado como tal. Incluso la repro- ducción duradera de nuestro sistema depredador no es ya posible. Si todos los ciudadanos del mundo consumieran como los norte- americanos, o los europeos medios, los lúnites físicos del planeta se habrían sobrepasado ampliamente.

Los hechos

Si tomamos como indicador del «peso» a1nbiental de nuestro modo de vida la «huella» ecológica de éste en superficie terrestre, o en espacio bioproductivo necesario, obtenemos resultados insostenibles tanto desde el punto de vista de la equidad en los derechos de emi- sión sobre la naturaleza como desde el punto de vista de la capaci- dad de regeneración de la biosfera. El espacio disponible sobre el planera Tierra es limitado: 51.000 millones de hectáreas. Sin em-

bargo, el espacio «bioproductivo», es decir, útil para nuestra repro- ducción, sólo representa una fracción de aproximadamente 12.000

millones

la población mundial actual,

da como resultado unas 1,8 hectáreas por persona. Teniendo en

de hectáreas. 5 Dividido por

4. Citado en Mauro Bonaiuti, La teoría binrc0110111ira. La «nuova f'r011on1la"

di Nicholas Gcorgescu-Rotgcn, Carocci, Roma, 2001, p. 140.

5. Mathis Wackernagel, <dl nostro pianeta si sta esaurendo¡;, in .Andrea Masullo

(dir.), E""ro11on;i,1 e Ambiente. la sfida del terzo millenio, Ei\11, Bolonia, 2005.

39

l

1

1

¡

j

cuenta las necesidades en materiales y energía, lo necesario para absorber residuos y vertidos de los productos y del consumo (¡cada

vez que quemarnos un litro de gasolina, necesitamos 5 m 2 de bos-

que para absorber el CC) 2 !) y añadiendo el impacto del hábitat y de

las infraestructuras, los investigadores que trabajan para el institu- to californiano Redefining Progress y para el World Wild Fund

(WWF) han calculado que el espacio bioproductivo que consume

Ja humanidad por habitante es de 2,2 hectáreas de media. Los seres

humanos, por consiguiente, han abandonado el camino hacia un

modo de civilización sostenible que exigiría limitarse a 1,8 hectá-

reas, admitiendo que la población actual pern1aneciera estable. Por otro lado, esta huella media esconde grandes disparidades. Un ciu-

dadano de Estados Unidos consume 9,6 hectáreas, un canadiense, 7,2; un europeo, 4,5; un francés, 5,26; un italiano, 3,8. Aunque

existan importantes diferencias en el espacio bioproductivo dispo- nible en cada país, estamos muy lejos de la igualdad planetaria. 6

Se pueden discutir las cifras, pero son desgraciadamente con- firmadas por un número considerable de indicadores (que tam- bién han servido para establecerios). 7 Así pues, para que la gana-

dería intensiva funcione en Europa, hace falta que una superficie equivalente a 7 veces el continente sea empleada en otros países

para producir la alimentaci6n que reclaman los animales criados

de este modo industrial; es lo que se llama «c¿ultivo e12<:;

Según Will.iam Rees, los Países Bajos utilizan o importan un te-

rritorio de aproximadamente 100.000 km 2 en

el mundo, princi-

palmente procedente del Sur, es decir de 5 a 7 veces la superficie

de las tierras productivas del país, y eso sólo para la alimenta-

ubit:t:E-Q»

8

6. Gianfranco Bologna (die), Italia rapare di futuro, WWF-EJ\llI, Bolonia, 2000, pp. 86-88.

7. Para Yves Cachet y Agnés SinaY, "el 1nétodo de la huella ecológica subesti-

tna el impacto ecológico de la humanidad sobre la biosfera, exduyendo de sus cálculos, por ejernplo, la toxicidad de los residuos (sólo toma en cuenta el volu- 1nen), el agotamiento de los recursos no renovables, los riesgos de la energía nu- clear y de los organistnos n1odificados genéricamente (Sauvcr la Iérre, op. ciL, p. 35). Para Franck-Don1inique Vivicn, al contrario, la huella ecológica sobrestima

este in1pacro al privilegiar el reciclaje del CO 1 en ei cálculo de las superficies.

8. Vandana Shiva, Le Terrori_c111c alimentaire. Crnnnrnt les multinationales

ajfament le tiers-múnrif, Fayard, París, 2001, p. 97.

40

ción. 9 En 1992, el ciudadano del

Norte consumía de media 3

veces más cereales y agua potable, 5 veces más abono, 1O veces

más madera y energía, 14 veces más papel, 19 veces rnás a!un1i-

nio que el ciudadano del Sur. Las comparaciones sobre consumo de energía y residuos de gas de efecto invernadero son todavía

más flagrantes. 10 El planeta ya no es suficiente para nosotros, harían falta de 3 a 6 más para generalizar nuesrro n1odo de vida occidental. «Si hacemos los cálculos, señala Fran~ois Schneider,

esto significa que nos harían falta doce planetas sí los queremos

viables a largo plazO>l 11 y ¡más de treinta en el horizonte de 2050 si continuamos con un índice de crecüniento del 2o/o teniendo en cuenta el previsible crecimiento de la población! «La mítad de los

recursos del planeta han sido necesarios a Gran Bretaña para ser

lo que es actualmente. ¿Cuántos planetas serían necesarios para la India?» se interrogaba Ghandi con su gran sabiduría. Nosotros tenemos la respuesta.

¿Qué ha pasado? Al abrazar la raz6n geométrica que preside el crecimiento económico, el hombre occidental ha renunciado a roda

mesura. Con un alza del 3,5 o/o anual (progresión medía para Francia

entre l 949 y 1959), el PIB por cabeza se multiplica por 31 en un siglo y por 961 en dos siglos. Con un índice de crecimiento del 10% -el de China hoy-, ¡se multiplica por 736 en un siglo!1 2

¿Cree1nos verdaderamente que un crecimiento infinito es posible sobre un planeta finito? El hubris, la desmedida del dueño y señor

de la naturaleza, ha substituid.o a la antigua sabiduría que consistía en establecerse en un entorno explotado de manera racional. FJ

9. Citado por Jean Gadreyy Floren ce Jany-Catrice, Les ,,-¡r;ui-·c,::;;x inrlia!tcurs

de richcsse, op. cit., p. 72. l O. La cantidad media de C0 1 e1nirida por cada habitante de! planeta es

actualmente de 4 toneladas por año, pero es de 1 L5 rondadas para

parre de la población 1nundial que vive en los países industrializados (con una punta de 20,5 para los Estados Unidos), contra 2 toneladas para las cuatro quin- tas partes (con justo una décima de tonelada para once estados, en su mayoría africanos). Véase Hervé-René Martin, La Mondia/;.ration nu:ont!c a ceux qui la subissent, vol. 2, La Fabrique du diable, (]in1ats, París, 2003, p. 131. l l. Frans:ois Schncider, citado en ibíd., p. 225. 12. Bertrand de Jouvenel, Arcadie. Essaí sur le micux vi;)rc, Futuribles, Pa- rís, 1968.

la quinta

41

delirio cuantitativo ha hecho bascular de golpe la situación, con- forme a lo que yo llamo el teorema del alga verde, variante de la

paradoja del-nenúfar de Albert Jacquard. 1 ·~

Un día, una pequeña alga se implanta en un estanque muy grande. Aunque su crecimiento anual es rápido, siguiendo la pro- gresión geométrica a razón de dos, nadie se preocupa, hasta que no

ha colonizado la mitad de la superficie, provocando desde ese mo-

mento la a1nenaza de eutrofización, es decir, de asfixia de la vida subacuática. Además, si el alga ha tardado muchas décadas en ile-

gar a ese punto, tan sólo hará falta un año para provocar la muerte irremediable del ecosistema lacustre. «Predomina, sin embargo, la

idea de continuar en el mismo camino, señala Jean-Paul Besset.

Para asegurar el bienestar del conjunto de la población, el Banco mundial ha calculado que la producción de riquezas sea cuatro veces

más importante en 2050. Con un crecimiento medio de 3o/o anual, es posible, afirma. Sería suficiente reunir las condiciones políticas

-buen gobierno, ayuda al desarrollo, cooperación técnica, inter-