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FRANCISCO VEGA MÉNDEZ 171

Revista de Derecho de la
Universidad Católica de Valparaíso
XXII (Valparaíso, Chile, 2001)

LOS PRINCIPIOS REPUBLICANOS Y LA CONSTITUCIÓN


POLÍTICA DE LA REPÚBLICA DE CHILE DE 19801

FRANCISCO VEGA MÉNDEZ


Universidad La República

I. INTRODUCCIÓN

Con cierta frecuencia se detiene el estudio del republicanismo en Roma.


Aparentemente hay razones para ello. En primer lugar, el origen latino de la
palabra “república”; en segundo lugar, los principios que van a caracterizar
al republicanismo hasta nuestros días se establecen con precisión y son desa-
rrollados por autores romanos como Cicerón, Tito Livio y Salustio. No
obstante, un estudio más acucioso permite vislumbrar una concepción re-
publicana en Grecia. En suma, podemos concluir que aunque en Grecia la
voz politeía no equivale exactamente a la república establecida por los roma-
nos; ello no significa que los griegos no hubieren desarrollado ciertos prin-
cipios que sustentan la concepción republicana hasta nuestros días2 . Hay, al

1
Francisco Vega Méndez. Profesor de Derecho Constitucional y de Introducción
a los Estudios Políticos. Universidad La República. Profesor de Derecho Comparado.
Academia Diplomática de Chile Andrés Bello. Profesor Derecho Constitucional. Uni-
versidad Central.
2
En efecto, la característica fundamental que los pensadores griegos atribuyen a la
politeia, consiste en la participación del pueblo en las decisiones de la polis. De este
modo, la concepción republicana se opone desde sus orígenes al gobierno de uno solo.
Cfr. Heródoto, Los nueve libros de la historia (Edit. Euroliber S.A., Madrid, 1990),
Libro III, párr. 80 - 82, pp. 178 - 180. En el párrafo 80 Heródoto hace decir a Otanes
que “el gobierno del pueblo, ante todo tiene el nombre más hermoso de todos isonomía
(igualdad de la ley); en segundo lugar, no hace nada de lo que hace el monarca, desem-
peña las magistraturas por sorteo, rinde cuentas de su autoridad, somete al público
todas las deliberaciones”. Por su parte, Nicola Matteucci indica que república “es una
nueva palabra para expresar un concepto que, en la cultura griega, corresponde a una
de las múltiples acepciones del término politeia, la cual emerge por completo de la
antigua y tradicional tipología de las formas de gobierno”. MATTEUCCI, Nicola, en
BOBBIO, Norberto, MATTEUCCI, Nicola y otros, Diccionario de Política (Ed. Fondo de
Cultura Económica, México, 1981, trad. Raúl Crisafio, Alfonso García, Mariano Martín
y Jorge Tula), p. 1434.
172 LOS PRINCIPIOS REPUBLICANOS Y LA CONSTITUCIÓN DE 1980

menos, tres concepciones republicanas importantes: la griega, la romana, y


la moderna. Todas ellas contribuyen con principios que configuran la tradi-
ción republicana.
El artículo 4º de la Constitución Política de 1980 prescribe lacónicamente:
“Chile es una república democrática”. La disposición citada recoge la distin-
ción tradicional entre república y democracia, que en tiempos modernos ya
encontramos nítidamente en el pensamiento de Maquiavelo, que inicia El
Príncipe modificando la tripartición clásica de las formas de gobierno, al
presentar una clasificación dual3 , en la que “cada una de las formas –repú-
blica y principado– (...) tiene su propia “lógica”, que debe ser respetada4 , y
que en el pensador florentino nos remite al principio de igualdad ciudadana
propio de la forma republicana; y al principio de desigualdad característico
de la monarquía5 . En la concepción clásica que continúa Maquiavelo la
república puede ser aristocrática o democrática. De este modo, se puede ser
republicano y no ser demócrata6 .
La tradición que renueva Maquiavelo, y continúa Montesquieu, es toda-
vía marginal en los siglos XVI y XVII, pero terminará imponiéndose. En
efecto, la concepción que se difunde a partir de la revolución francesa no
sólo retoma su carácter de oposición al gobierno de uno solo, sino que,

3
MAQUIAVELO, N., El Príncipe (Ed. Espasa - Calpe, Madrid, 1996, trad. Eli Leonetti
Jungl), Cap. I, p. 35. La originalidad de Maquiavelo en la presentación de la república
como forma de gobierno ha sido reconocida ampliamente por la doctrina. En este
sentido, G. Jellinek indica que la oposición entre (...) imperium y res publica (...) ha
conducido a la expresión república, usada por vez primera por Machiavelli para indi-
car exclusivamente los Estados no monárquicos, y posteriormente ha conservado en
los demás idiomas este sentido estricto”: JELLINEK, Georg, Teoría General del Estado
(Edit. Albatros, Buenos Aires, 1970, trad. Fernando de los Ríos), pp. 504 - 505.
4
BOBBIO, Norberto, La teoría de las formas de gobierno en la historia del pensamien-
to político (Ed. Fondo de Cultura Económica, México, 1989, trad. José F. Fernández
Santillán), p. 66.
5
En reiteradas ocasiones Maquiavelo expresa esta idea. Cfr., v. gr. MAQUIAVELO,
N., Discursos sobre la Primera Década de Tito Livio, en Obras Políticas (Ed. El Ateneo,
Buenos Aires, 1952), Libro I, Cap. LV, pp. 191 - 192; MAQUIAVELO, N., Discurso sobre
los asuntos de Florencia después de la muerte de Lorenzo de Médicis el joven, en Escritos
Políticos Breves (Ed. Tecnos, Madrid, 1991, trad. M. T. Navarro), p. 148.
6
En este sentido, Alain Touraine indica que “los Whigs británicos, los artífices de
la república americana y los pensadores franceses post - revolucionarios, como
Tocqueville o Guizot, han sido republicanos en el sentido francés o americano del
término, pero no demócratas ya que desconfiaban de la plebe y procuraban que la
gestión de la sociedad permaneciese en manos de la sanior pars, compuesta por ciuda-
danos respetables”. TOURAINE, Alain, Igualdad y Diversidad. Las Nuevas Tareas de la
Democracia (Ed. Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 1998, trad. Ricardo
González), p. 10.
FRANCISCO VEGA MÉNDEZ 173

además, identifica progresivamente los términos “república” y “democra-


cia”. Desde entonces se entiende en la doctrina que toda república es demo-
crática, pasando a segundo plano la variante aristocrática.
En el presente estudio intentaré mostrar los principios que consagra la
Constitución de 1980, estableciendo el grado de correspondencia con aque-
llos que caracterizan a la tradición republicana.

II. LA REPÚBLICA EN LA HISTORIA CONSTITUCIONAL DE CHILE

La Constitución de 1823 es la primera que explícitamente se reconoce re-


publicana. Desde entonces la declaración de que Chile posee un forma re-
publicana se constituye en una tradición en la historia constitucional chile-
na. En efecto, la Constitución de 1823 en su artículo 1° indicaba que “El
Estado de Chile es uno e indivisible; la representación nacional es solidaria-
mente por toda la República”7 . Los ensayos constitucionales anteriores –
1811, 1812, 1814, 1818, y 1822–, son de carácter confuso, o bien, predo-
minantemente autoritario8 .
La Constitución de 1828 en su artículo 21 expresaba que “La Nación
chilena adopta para su gobierno la forma de República representativa popu-
lar, en el modo que señala esta Constitución”. La Constitución pelucona de
1833 prescribía en su artículo 2° que “El Gobierno de Chile es popular y
representativo”, y en el artículo 3° que “La República de Chile es una e
indivisible”. La Constitución de 1925 declaraba en su artículo 1° que “El
Estado de Chile es unitario. Su Gobierno es republicano y democrático
representativo”. Finalmente, la Carta Fundamental de 1980 preceptúa en
su artículo 4° que “Chile es una república democrática”.
7
No obstante, el Poder Ejecutivo comienza a designarse con la expresión “Presi-
dente de la República”, sólo desde el texto constitucional de 1828, que en su artículo
60 prescribía: “El Supremo Poder Ejecutivo será ejercido por un ciudadano chileno de
nacimiento, de edad de más de treinta años, con la denominación de Presidente de la
República de Chile”.
8
Con respecto al Ensayo Constitucional de 1811, los autores lo consideran confu-
so, o carente de ideas precisas en materia de derecho político o sobre gobierno. Cfr.
CAMPOS HARRIET, Fernando, Historia Constitucional de Chile (Ed. Jurídica de Chile,
Santiago, 1956), p. 421; ROLDÁN, Alcibíades, Elementos de Derecho Constitucional de
Chile (Soc. Imprenta Litografía Barcelona, Santiago, 1917), p. 75. En cuanto al carác-
ter ambiguo del Reglamento Constitucional de 1812 reconoce por una parte la sobe-
ranía del rey Fernando VII, y, por otra parte, establece “por primera vez una doctrina
emancipadora al prohibir en forma expresa que se obedezcan órdenes (...) de cualquier
autoridad radicada fuera del territorio de Chile”. Cfr. CAMPOS HARRIET, F., ob. cit., p.
426. Los ensayos Constitucionales de 1814, 1818 y 1822 son de carácter autoritario
y/o conservador. Cfr., v. gr., CAMPOS HARRIET, F., ob. cit., p. 429; HEISE GONZÁLEZ,
Julio, Historia constitucional de Chile (Ed. Jurídica de Chile, Santiago, 1959), p. 37.
174 LOS PRINCIPIOS REPUBLICANOS Y LA CONSTITUCIÓN DE 1980

III. LA CONCEPCIÓN REPUBLICANA

Desde sus orígenes el concepto de república suscita algunas dificultades


debido a una amplitud que le confiere una inevitable vaguedad9 . En primer
lugar, porque la politeía griega, y luego la res publica romana, designaban a
toda forma de gobierno de modo genérico10 . En segundo lugar, porque la
palabra república también designa una forma específica de gobierno que,
en su variante aristocrática o democrática, se opone al mando de uno solo11 .
En ambos casos el concepto carece de una rigurosa precisión. En efecto,
incluso en su definición específica, la república como régimen opuesto al
mando de uno solo, ya manifiesta una ambigüedad, pues, por una parte, se
presenta como contraria a la monarquía; pero por otra, también implica un
rechazo a la tiranía, esto es, al injusto gobierno de uno solo, particularmente
si consideramos que los griegos12 , ya habían advertido la precariedad de la
distinción entre monarquía y tiranía que, en definitiva depende del grado

9
Cfr. v. gr., PADUA, Marsilio de, El Defensor de la Paz (Ed. Tecnos, Madrid, 1989,
trad. Luis Martínez Gómez), Parte 1ª, Cap. VIII, párr. 2 y 3, pp. 32 - 33, donde dice:
“La república, aunque en una acepción del vocablo designa algo común a todos los
géneros o formas de gobierno o régimen, contraída a una especial significación impor-
ta un modo de gobierno templado en el que todo ciudadano participa de algún modo
en el gobierno o en el poder consultivo, según el grado, haberes, y condición del
mismo, mirando al común bien y de acuerdo con la voluntad y consenso de los ciuda-
danos”.
10
En esta perspectiva, Jaeger indica que “el influjo de la polis, como espíritu uni-
versal, penetra profundamente en la orientación entera de la vida humana (...) De ahí
que la imagen de Pericles de la politeia ateniense comprenda el contenido entero de la
vida privada y pública, economía, moralidad, cultura, educación”. Jaeger, Werner,
Paideia (Ed. Fondo de Cultura Económica, México, 1996, trad. Joaquín Xirau y
Wenceslao Roces), p. 368. El sentido genérico del término “república” alcanza hasta la
Edad Moderna. Cfr., v. gr. BODIN, Jean, Los Seis Libros de la República (Ed. Tecnos,
Madrid, 1992, trad. Pedro Bravo Gala).
11
Esta definición elemental de “república”, como oposición al gobierno de uno
solo, ha servido a los partidarios del gobierno monárquico para criticarla, pues consi-
deran que el republicanismo es esencialmente una concepción negativa “no es más que
la mera falta de monarquía. Sabe muy bien lo que no quiere; pero no está cierta de lo
que quiere”. VON STEIN, Lorenz, Movimientos Sociales y Monarquía (Ed. Centro de
Estudios Constitucionales, Madrid, 1981, trad. Enrique Tierno Galván), p. 167.
12
En este sentido Aristóteles define la tiranía como “una monarquía orientada al
interés del monarca”, y precisa al distinguir sus especies que “una tercera forma de
tiranía es la que más tiranía parece, por corresponder a la realeza absoluta. Tal tiranía
será, por fuerza, la monarquía que irresponsablemente gobierna a todos, iguales y
superiores, mirando al propio interés, y no al de sus súbditos”. Aristóteles, La Política,
ob. cit., Libro III, Cap. VII, 1279b, p. 120, y Libro IV, Cap. X, 1295ª, p. 140, respec-
tivamente.
FRANCISCO VEGA MÉNDEZ 175

de prudencia del hombre que encarne el poder como único gobernante. En


este sentido, para Cicerón “óptimo género de vida es la monarquía (...) pero
inclinado por su naturaleza a degenerar en un Estado muy pernicioso. En
cuanto el rey se desliza hacia un dominio injusto, inmediatamente se con-
vierte en tirano”13 . Esta es la razón de que la república sea considerada, al
mismo tiempo, opuesta al gobierno de uno solo, y al gobierno injusto14 .
Por otra parte, Hanna Arendt ha destacado la oposición consenso-vio-
lencia para caracterizar entre los griegos lo específico del poder político al
señalar que “para el modo de pensar griego, obligar a las personas por medio
de la violencia, mandar en vez de persuadir, eran formas prepolíticas para
tratar con la gente cuya existencia estaba al margen de la polis, del hogar y de
la vida familiar, con ese tipo de gente en que el cabeza de familia gobernaba
con poderes despóticos e indisputados, o bien, con los bárbaros de Asia,
cuyo despotismo era a menudo señalado como semejante a la organización
de la familia”15 . De este modo, Hanna Arendt parece desterrar del ámbito
político el gobierno de uno solo que excluye el consenso, y lo remite a la
esfera del poder patriarcal o despótico que sirven para caracterizar lúcida-
mente a las dos variantes del poder de uno solo, esto es, la monarquía y la
tiranía, respectivamente. En este sentido, sólo el gobierno plural, –en sus
variantes democráticas o aristocráticas– constituye en propiedad el poder
político.
En suma, la república en su significación específica aparece como la for-
ma de gobierno opuesta al mando de uno solo, a un régimen injusto, y a
uno en el que predomina la violencia por sobre el consenso de los ciudada-
nos.
En segundo término, la amplitud que presenta la definición de la repú-
blica en su acepción específica se advierte desde el punto de vista de la legi-
timidad del poder, pues, desde esta perspectiva la república aparece como
un concepto contradictorio. En efecto, hay dos principios fundamentales
de legitimidad del poder, “aquel por el cual es legítimo el poder que descan-
sa en última instancia en el consenso de quienes son sus destinatarios, y
aquél por el cual es legítimo el poder que deriva de la superioridad (...) de

13
CICERÓN, Marco Tulio, Sobre la República, en Sobre la República. Sobre las Leyes
(Ed. Tecnos, Madrid, 1992, trad. José Guillén), Libro II, p. 70.
14
El énfasis se advierte ya en la caracterización clásica de Cicerón, para quien la
república “no puede existir en forma alguna sin la justicia”. Cfr. CICERÓN, Marco Tulio,
Sobre la República, en Sobre la República. Sobre las Leyes, Ob. cit., Libro II, p. 83.
15
ARENDT, Hanna, La Condición Humana (Edit. Paidós, Barcelona, 1998, trad.
Ramón Gil Novales), p. 40. La reflexión de la autora se relaciona con la célebre distin-
ción aristotélica entre poder político, poder paternal y poder despótico. Cfr.
ARISTÓTELES. La Política, Ob. cit., Libro I, 1252ª - 1260b, pp. 41 - 66.
176 LOS PRINCIPIOS REPUBLICANOS Y LA CONSTITUCIÓN DE 1980

quien lo detenta”16 . En suma, hay un principio ascendente y otro descen-


dente, según destaca Norberto Bobbio, quien precisa que “tanto la demo-
cracia directa [antigua] como la indirecta [moderna] reconocen su princi-
pio de legitimidad en la forma de poder ascendente”17 . Pues bien, si la de-
mocracia corresponde a un tipo de legitimidad política ascendente; la aris-
tocracia se rige por el principio opuesto, esto es, por el principio de legitimi-
dad descendente. Sin embargo, una república es aristocrática (principio des-
cendente de legitimidad); o democrática (principio ascendente de legitimi-
dad), es decir, la república no tiene un principio único de legitimidad, sino
que contiene dos principios opuestos, según la variante en que se exprese.

IV. LOS PRINCIPIOS REPUBLICANOS CLÁSICOS Y MODERNOS

La amplitud y vaguedad del concepto de república no impide, sin embargo,


reconocer ciertos principios y características que dibujan con cierta nitidez
una tradición republicana, en la que es posible advertir al menos tres gran-
des etapas: la concepción griega de la politeía, la res publica romana y el
republicanismo moderno. Por tanto, esta tradición se configura desde di-
versas concepciones republicanas a través de la profundización, extensión y,
en ocasiones, mediante la incorporación de determinados principios que la
singularizan.
El desarrollo de principios republicanos se inicia en Grecia, a pesar de que
existe una cierta tendencia a comenzar los estudios sobre la república en
Roma18 . Desconocemos, sin embargo, los orígenes exactos de tal concepción.
El antecedente más remoto parece ser aquel recogido por Heródoto19 . A par-
tir de entonces, desde la concepción republicana clásica de la antigüedad greco-
romana aparecen ciertos rasgos característicos, v. gr., la república es el gobier-

16
BOBBIO, Norberto, Norberto Bobbio. El Filósofo y la Política. Antología (Ed. Fon-
do de Cultura Económica, México, 1996, trad. José Fernández Santillán (Compilador)
y Ariella Aureli), p. 230.
17
BOBBIO, Norberto, El Filósofo y la Política. Antología, ob. cit., p. 230.
18
Cfr., v. gr., DEMIRDJIAN, Liliana - GONZÁLEZ, Sabrina, La República entre lo Anti-
guo y lo Moderno, en La Filosofía Política Moderna. De Hobbes a Marx (Borón, Atilio
(Compilador), Ed. Eudeba, Buenos Aires, 2000), p. 339. Las autoras, sin embargo,
presentan un interesante enfoque explicativo a partir de la unicidad griega y la diversi-
dad romana. En torno a la politeia griega surgen ciertos principios republicanos, tales
como la participación del pueblo en las decisiones de la polis, la oposición al gobierno
de uno solo y a la arbitrariedad que eventualmente conlleva. Cfr. v. gr. Heródoto, ob.
cit., Libro III, párr. 80, pp. 178 - 179; ARISTÓTELES, La Política (Ed. Altaya, Barcelona,
1997, trad. Carlos García Gual y Aurelio Pérez J.), Libro IV, Capít. VII, 1293a, p. 161.
19
HERÓDOTO, Los Nueve Libros de la Historia, ob. cit., Libro III, párr. 80 - 82, pp.
178 - 180.
FRANCISCO VEGA MÉNDEZ 177

no que se opone a la monarquía –pero también a la tiranía–; la isonomía grie-


ga es el antecedente de la igualdad republicana; la libertad republicana; el
gobierno sujeto a leyes que representan intereses comunes; el desarrollo de
virtudes cívicas; la primacía del interés colectivo por sobre el interés indivi-
dual; el sentimiento de amor a la patria; la noción de milicias republicanas
como base de la libertad; la publicidad de los actos de gobierno; y la rotación
de cargos en la república20 . Existen otros principios que han sido agregados
por la concepción republicana moderna. Por una parte, por la tradición repu-
blicana inglesa, que incorpora la consideración de la propiedad como un re-
quisito del autogobierno21 ; o la exigencia de una determinada forma de orga-
nización económica que propicie el desarrollo de virtudes cívicas22 . Por otra
parte, se incorporan aquellos principios desarrollados por los fundadores de la
república norteamericana, tales como régimen de representación política23 ,
sistemas de frenos y contrapesos, bicameralismo, y sistema federal24 .

V. LOS PRINCIPIOS REPUBLICANOS Y LA CONSTITUCIÓN DE 1980

La Carta Fundamental de 1980 continúa la tradición política iniciada ex-


plícitamente por la Constitución de 1823 al declarar en su artículo 4° que
“Chile es una república democrática”. Los apartados siguientes presentan
un examen de la relación existente entre los principios consagrados en la
Constitución de 1980 y su correspondencia con los principios establecidos
por la tradición republicana.

20
A estas características republicanas señaladas como principales, es posible agre-
gar otras aún, v. gr., régimen de gobierno justo; gobierno para Estados pequeños;
limitación del poder; forma de gobierno recta, pura o buena; participación cívica;
rendición de cuentas al pueblo por parte de los gobernantes; forma de gobierno mixto.
21
Cfr. v. gr., HARRINGTON, James, La República de Océana (Ed. Fondo de Cultura
Económica, México, 1996, trad. Enrique Diez - Canedo), p. 140.
22
En Harrington y en Thomas Jefferson esta función la cumple la distribución de
la propiedad agrícola. Cfr. HARRINGTON, James, La República de Océana, ob. cit., p.
140; Con respecto a Thomas Jefferson, cfr. DEWEY, John, El Pensamiento Vivo de Jefferson
(Ed. Losada, Buenos Aires, 1944, trad. Luis Echávarri), pp. 102 - 117; también,
GETTELL, Raymond, Historia de las Ideas Políticas (Ed. Labor, Barcelona, 1950, trad.
Teodoro González García), p. 201.
23
Esta es la base de la distinción entre república y democracia pura. En el Décimo
Ensayo de El Federalista, se indica que una república “difiere de una democracia pura”,
sólo en que es “un gobierno en el que se da el esquema de representación”. Cit. por
DIAMOND, Martín, “El Federalista”, en STRAUSS, Leo y CROPSEY, Joseph (Compiladores),
Historia de la Filosofía Política (Ed. Fondo de Cultura Económica, México, 1996,
trad. Leticia García U., Diana Luz Sánchez y Juan José Utrilla), p. 625.
24
D IAMOND , Martín, “El Federalista”, en S TRAUSS, Leo y C ROPSEY , Joseph
(Compiladores), Historia de la Filosofía Política, ob. cit., p. 634.
178 LOS PRINCIPIOS REPUBLICANOS Y LA CONSTITUCIÓN DE 1980

1. La igualdad republicana
La igualdad ante la ley es un rasgo que aparece tempranamente en la con-
cepción republicana griega. El antecedente más remoto parece ser aquél
recogido en Los Nueve Libros de la Historia25 . Entre las características que
Otanes –el personaje persa cuyo discurso refiere Heródoto– atribuye al go-
bierno del pueblo comprende en primer lugar la isonomía, etimológicamente
igualdad de la ley. Del mismo modo, Aristóteles, al distinguir las clases de
democracia, precisa que “la primera democracia es la que se funda sobre
todo en la igualdad”26 . En la concepción romana, Cicerón atribuye a la
república como rasgo capital la libertad. Pero, indica que se trata de una
libertad íntimamente vinculada a una cierta igualdad en el preciso sentido
de que “la libertad (...) si no es igual para todos, no es libertad”27 . El princi-
pio se reitera en los autores modernos que ponderan la igualdad como un
rasgo típicamente republicano. La república es un régimen que exige un
mínimo de igualdad. En Maquiavelo aparece explícitamente señalado esta
nota igualitaria28 . En Montesquieu encontramos la interrelación de tres ras-
gos republicanos básicos al declarar que lo que llama “virtud en la república
es el amor a la patria, es decir, el amor a la igualdad”29 . Por su parte, James

25
HERÓDOTO, Los Nueve Libros de la Historia, ob. cit., Libro III, párr. 80 - 82, pp.
178 - 180.
26
A continuación agrega que “igualdad según la ley de dicha democracia consiste
en no sobresalir más los pobres que los ricos, ni tener la autoridad unos u otros, sino
ser iguales ambos. Pues si la libertad se encuentra principalmente en la democracia
como piensan algunos y también la igualdad, esto se puede lograr en especial, si en
especial todos participan por igual en el gobierno. Y puesto que el pueblo es mayoría,
y prevalece la opinión de la mayoría, necesariamente ésta es una democracia”.
ARISTÓTELES, La Política, Ob. cit., Libro IV, Cap. IV, 1291b, p. 156.
27
CICERÓN, Marco Tulio, Sobre la República, en Sobre la República. Sobre las Leyes.
Ob. cit., Libro I, pp. 32 - 33, donde Cicerón define la libertad diciendo “que no
consiste en tener un dueño justo, sino en no tener ninguno”.
28
En reiteradas ocasiones Maquiavelo expresa esta idea, v. gr. en los Discursos seña-
la, “Fundad, pues, una república donde exista grande igualdad o donde se establezca,
y, al contrario, fundad un reino donde la desigualdad sea también grande. De otro
modo haréis un edificio desproporcionado y de corta vida”. MAQUIAVELO, N., Discur-
sos sobre la Primera Década de Tito Livio, en Ob. cit., Libro I, Cap. LV, pp. 191 - 192.
Asimismo, en un escrito posterior expresa que, “en todas las ciudades en las que se da
gran igualdad entre los ciudadanos, no se puede instituir un principado a no ser con
las máximas dificultades y, en las que existe una gran desigualdad entre los ciudada-
nos, no se puede instituir una república”. MAQUIAVELO, N., Discurso sobre los asuntos de
Florencia después de la muerte de Lorenzo de Médicis el joven, en Escritos Políticos Breves.
Ob. cit., p. 148.
29
MONTESQUIEU, Charles Louis de Secondat, El Espíritu de las Leyes (Ed. Altaya,
Barcelona, 1997, trad. Mercedes Blázquez y Pedro de Vega, Advertencia del autor), p. 13.
FRANCISCO VEGA MÉNDEZ 179

Harrington encuentra mayor estabilidad en la república –frente a la monar-


quía– “puesto que la igualdad que es la necesaria disolución de la monar-
quía, es la generación de la vida y el alma verdadera de la república”30 . En
Rousseau, la igualdad se concibe inseparable de la libertad31 .
La Constitución de 1980 comienza declarando que “todas las personas
nacen libres e iguales en derechos”32 . Asimismo, reitera el principio de igual-
dad ante la ley33 ; establece el principio de igualdad de oportunidades34 , y
como expresión de esta última la Carta Fundamental reconoce, entre otras
concreciones del principio, la igualdad ante los cargos y las cargas públicas 35 .
En suma, la Constitución de 1980 consagra explícitamente la igualdad
ante la ley, y su necesario complemento, la igualdad de oportunidades. Sin
embargo, la protección que confiere a ambas igualdades es disímil. En efec-
to, si bien la antigua igualdad ante la ley aparece tutelada por el recurso de
protección, no ocurre lo mismo con la igualdad de oportunidades, que se

30
HARRINGTON, James, La República de Océana, Ob. cit., Preliminares, v. gr. pp.
100 - 101, donde reiterando el rol central que ha dado a la igualdad en su concepto de
república, dice, “Océana, u otra nación cualquiera que no la supere en extensión,
necesita de una nobleza competente o es del todo incapaz de monarquía, porque don-
de hay igualdad de posesiones ha de haber igualdad de poder, y donde hay igualdad de
poder no puede haber monarquía”.
31
“El objetivo de la legislación debe ser la conservación de la libertad y de la
igualdad, sin que ésta implique identidad de riqueza o de poder, pues de lo que se trata
es “que ningún ciudadano sea suficientemente opulento como para comprar a otro, ni
ninguno tan pobre como para sentirse obligado a venderse”. ROUSSEAU, Jean Jacques,
El Contrato Social (Ed. Altaya, Barcelona, 1997, trad. María José Villaverde), Libro II,
Cap. XI, p. 51.
32
Artículo 1°, inciso 1° de la Constitución de 1980, modificado en la forma seña-
lada por la Ley de Reforma Constitucional N° 19.611, de 16 de junio de 1999.
33
Artículo 1°, inciso 1° de la Constitución de 1980, modificado en la forma seña-
lada por la Ley de Reforma Constitucional N° 19.611, de 16 de junio de 1999.
34
Inciso final del Artículo 1° de la Constitución de 1980.
35
Artículo 19 N° 17, y N° 20 de la Constitución de 1980, respectivamente. Con
relación a otras expresiones del principio de igualdad de oportunidades, cfr., v. gr., el
artículo 19 Nº 3, inciso 3º, que establece la asistencia judicial a quienes carecen de
recursos, a través de una remisión al legislador: “La ley arbitrará los medios para otorgar
asesoramiento y defensa jurídica a quienes no puedan procurárselos por sí mismos”. El
artículo 19 Nº 10, referido al derecho a la educación. El artículo 19 Nº 16, referido a
la libertad de trabajo y su protección. El artículo 19 Nº 18, referido al derecho a la
seguridad social. El artículo 19 Nº 24, inciso 2º, en cuanto vincula la propiedad a su
función social, permitiendo la expropiación por causa de utilidad pública o de interés
nacional. El artículo 19 Nº 20, según el cual el sistema tributario habrá de informarse
por criterios de progresividad, o en proporción a las rentas. El artículo 19 Nº 22, en
cuanto prescribe la no discriminación arbitraria en el trato que deben dar el Estado y
sus organismos en materia económica.
180 LOS PRINCIPIOS REPUBLICANOS Y LA CONSTITUCIÓN DE 1980

configura en el texto constitucional como un deber del Estado, y no –for-


malmente al menos– como un derecho de las personas. Por otra parte, en la
Constitución de 1980 es notoriamente insuficiente la protección otorgada
al ejercicio de los derechos sociales o colectivos en comparación con la supe-
rior tutela reconocida al ejercicio de los derechos individuales. En efecto, el
denominado recurso de protección fundamentalmente se instituyó como
una forma de cautelar el ejercicio de los derechos individuales, dejando al
margen la tutela del ejercicio de los derechos sociales o colectivos, como,
por ejemplo, el derecho a la educación, de seguridad social, o el derecho a la
salud. En este último caso sólo procede en relación al aspecto “más indivi-
dual” de este derecho, esto es, al derecho a elegir el sistema de salud. Tratán-
dose del derecho a la seguridad social, ni siquiera existe similar protección,
pues dicha elección no se encuentra consagrada explícitamente en el artícu-
lo 19 N° 18, y, desde luego, tampoco en el artículo 20 de la Carta Política36 .
En consecuencia, es posible afirmar que con respecto al ejercicio de los
derechos sociales o colectivos, dada la inferior protección que ofrece la Cons-
titución Política de 1980, en comparación con la tutela que otorga a los dere-
chos individuales, y en particular tratándose del derecho a la seguridad social,
o a la salud, o a la educación, resulta particularmente importante la aplicación
efectiva de las normas contenidas en tratados internacionales en los términos
establecidos en el artículo 5°, inciso 2° de la Constitución Política de 1980.
Otro de los aspectos en que se resiente gravemente la igualdad en la
Constitución de 1980 se refiere a la participación política, tema en el cual
adquiere relevancia el sistema electoral establecido para la elección del po-
der legislativo, así como la integración no democrática de una parte impor-
tante del Senado37 . En efecto, la igualdad de los ciudadanos se relaciona
con el principio republicano de la participación política. La existencia de
senadores no elegidos democráticamente –senadores designados y senado-
res por “derecho propio y con carácter vitalicio”– atenta gravemente contra
los principios republicanos de igualdad y de participación política.

36
La única excepción –relativa– la constituye el inciso 2° del artículo 20 que con-
sagra en términos más restrictivos el denominado recurso de protección ambiental
que cautela el ejercicio del derecho consagrado en el artículo 19 N° 8 de la Carta
Política. Esta insuficiente tutela de los derechos sociales en la Constitución de 1980 ha
llevado, en algunos casos, a la jurisprudencia, a resguardar –a través del recurso de
protección– en forma indirecta el ejercicio del derecho de seguridad social, por la vía
del reconocimiento del derecho de propiedad del recurrente sobre algún beneficio
previsional. Cfr., VERDUGO, Mario - NOGUEIRA, Humberto - PFEFFER, Emilio, Derecho
Constitucional (Ed. Jurídica de Chile, Santiago, 1997), Tomo I, p. 211.
37
Cfr. el artículo 15 de la Carta Política de 1980, en relación con las ley orgánica
constitucional N° 18.700, de 6 de mayo de 1988, y artículo 45 de la Constitución
Política de 1980, respectivamente.
FRANCISCO VEGA MÉNDEZ 181

En suma, la igualdad republicana se desdibuja en la Constitución de


1980 al no configurar a través de sus preceptos aquella mínima igualdad
exigida por la tradición republicana para sustentar el amor republicano a la
patria.

2. La libertad republicana
La libertad republicana también tiene antecedentes en la Grecia clásica. En
Aristóteles encontramos el reconocimiento de la vinculación entre el gobierno
popular –en este caso, la democracia– con la libertad38 . Lo hallamos también
en la célebre Oración fúnebre de Pericles, expuesta por Tucídides39 . Para Cicerón
la libertad es el rasgo que distingue a la república de los demás regímenes
políticos. “Así pues, los reyes nos cautivan por su benevolencia, los próceres
por su consejo, los pueblos por la libertad”40 . Más adelante, en el Libro II,
refiriéndose a la monarquía, concede que puede adoptar algunas de las caracte-
rísticas de la república, mas no la libertad. En efecto, dice que la monarquía “es
la forma de gobierno en que se garantiza la integridad, la igualdad y la tranqui-
lidad de todos los ciudadanos mediante el poder vitalicio, la justicia y la suma
prudencia de uno solo. Pero a ese pueblo le faltan muchas cosas, y en primer
lugar la libertad”41 . En Maquiavelo, la libertad republicana se expresa en el
vivere libero, que se opone al vivere corroto que propicia la tiranía42 .
a) La libertad olvidada. Cicerón define la libertad diciendo “que no con-
siste en tener un dueño justo, sino en no tener ninguno”43 . Cabe destacar la
coincidencia de este concepto de libertad con aquel expuesto recientemente
por Philip Pettit como una tercera alternativa a los conceptos de libertad
positiva y negativa sintetizados por Isaiah Berlin como característicos de la
modernidad44 . Pettit sostiene el concepto de libertad como no dominación
o como ausencia de servidumbre45 .

38
ARISTÓTELES, La Política. Ob. cit., Libro IV, Cap. IV, 1291b, p. 156.
39
TUCÍDIDES, Historia de la Guerra del Peloponeso (Ed. Juventud, Barcelona, 1975,
trad. Vicente López Soto), Libro II, Cap. XXXVII, p. 143, donde dice, “Nosotros
practicamos la libertad no sólo en la norma de gobierno en la vida pública, sino tam-
bién en lo que viene a constituir recíproca sospecha en la vida cotidiana”. El tema de la
libertad está presente constantemente en el discurso fúnebre citado.
40
CICERÓN, Sobre la República, Ob. cit., Libro I, pp. 36 - 37.
41
CICERÓN, ob. cit., Libro II, pp. 68 - 69.
42
MAQUIAVELO, N., Discursos sobre la Primera Década de Tito Livio, Ob. cit., Libro
III, Cap. IX, pp. 354 - 355.
43
CICERÓN, ob. cit., Libro II, p. 69.
44
BERLIN, Isaiah, Dos Conceptos de Libertad”, en Cuatro Ensayos sobre la Libertad
(Ed. Alianza, Madrid, 1993, trad. Julio Bayón), pp. 187 - 243.
45
PETTIT, Philip, Republicanismo. Una Teoría sobre la Libertad y el Gobierno (Ed.
Paidós, Barcelona, trad. Toni Doménech, v. gr.), p. 41.
182 LOS PRINCIPIOS REPUBLICANOS Y LA CONSTITUCIÓN DE 1980

En relación con la libertad republicana, Isaiah Berlin ha puesto de relieve


dos conceptos de libertad que imperan en los tiempos modernos. En primer
lugar, la libertad positiva que encuentra en la tradición de Herder, Rousseau,
Kant, Fichte, Hegel, Marx, en corrientes budistas, cristianas, estoicas, y de la
contra-ilustración. Esta libertad es concebida como autorrealización, como
autodominio46 . Corresponde a la libertad de los antiguos. Es valorada negati-
vamente por Berlin y los liberales, como una libertad arcaica. En segundo
lugar, Berlin expone la libertad negativa que encuentra en la tradición de
Hobbes, Bentham, Mill, Montesquieu, Constant, Tocqueville, Jefferson y Paine.
Es concebida como ausencia de interferencia, restricción o coacción humana
de cualquier clase. Es la libertad de los modernos. Valorada positivamente por
Berlin47 . Frente a estos dos tipos de libertad, Philip Pettit rescata un tercer tipo
que, en su tesis, se encontraría en el origen de la libertad moderna, la libertad
republicana. Es una tercera corriente, omitida por Berlin y olvidada por la
filosofía política, que concibe a la libertad como ausencia de servidumbre o
dominación arbitraria. Es la libertad expuesta por Cicerón, Tito Livio, Salustio,
Maquiavelo, Harrington. Se trata de una libertad comunitaria, pero pluralista,
que concibe la relación del Estado con los ciudadanos, no como de amo-sier-
vo, sino como una relación fideicomisaria, mediante la representación48 .
b) La libertad en la Constitución Política de 1980. La Carta Fundamen-
tal no sólo se refiere a la libertad en el pórtico de su texto, al indicar que los
hombres nacen iguales, libres e independientes49 , sino que en numerosas
disposiciones expresa el principio de libertad50 . La concepción de libertad
asumida por la Carta Política de 1980 corresponde, en la terminología de
Isaiah Berlin, a la libertad positiva, que correspondería a la libertad de los
antiguos, es decir, la libertad como autorrealización o autodominio; pero, a
la vez, también es posible percibir una concepción de la denominada liber-
tad negativa, esto es, la libertad como ausencia de restricciones. En el pri-
mer sentido, existen diversas disposiciones de la Constitución de 198051 .
Además, las actas de la comisión de estudios de la nueva Constitución parecen

46
Esta concepción de la libertad como autorrealización parece ser característica
del liberalismo alemán. Cfr. VON HUMBOLDT, Wilhelm, Los Límites del Estado (Ed.
Tecnos, Madrid, 1988, trad. Joaquín Avellán).
47
BERLIN, Isaiah, Dos Conceptos de Libertad, ob. cit., pp. 187 - 243.
48
PETTIT, Philip, Republicanismo. Una Teoría sobre la Libertad y el Gobierno, ob.
cit., p. 41.
49
Inciso 1° del artículo 1° de la Constitución de 1980.
50
Cfr., v. gr., artículo 5°, inciso 2°; artículo 19 N° 5, N° 6, N° 7, N° 9, N° 11, N°
12, N° 16, N° 19, N° 21, y N° 23; artículo 20, artículo 21 de la Constitución de
1980.
51
Cfr., v. gr., artículos 1°; 19 N° 11 en relación con el artículo 19 N° 10 de la
Constitución de 1980.
FRANCISCO VEGA MÉNDEZ 183

confirmar la concepción de la libertad como autorrealización de las personas52 .


Por otra parte, la concepción de la libertad como ausencia de restricción o coac-
ción se encuentra en la regulación constitucional de la libertad individual53 . No
se observa, en cambio, una suficiente preocupación de la Carta Fundamental de
1980 por la libertad republicana concebida como ausencia de servidumbre o
dominación arbitraria. En efecto, la libertad como no interferencia o restricción
no impide la existencia de dominación arbitraria sobre las personas54 .

3. La noción de patria
En la Constitución de 1980 la patria es una palabra que se utiliza en algunas
ocasiones aparentemente con una función retórica, que designa, sin embar-
go, el concepto muy diferente de nación55 . Una de las fuentes ideológicas
reconocidas de la Constitución de 1980 es el nacionalismo expresado en la
doctrina de la seguridad nacional. Son numerosas las disposiciones que se
refieren explícitamente a la nación y a la seguridad nacional56 .

52
Cfr., v. gr., Sesión N° 106 de la Comisión de Estudios de la Nueva Constitu-
ción, donde el Sr. Silva Bascuñan expresa que se debe considerar un concepto básico
de libertad que consiste en “la facultad de poder actuar libremente para el pleno desa-
rrollo de la personalidad, sin más limitaciones que las que provienen de las prohibicio-
nes establecidas por la ley y de todo aquello que vaya en perjuicio de terceros”. Cit. en
EVANS DE LA CUADRA, Enrique, Los Derechos Constitucionales (Ed. Jurídica de Chile,
Santiago, 1986), Tomo II, p. 65.
53
Cfr. artículo 19 N° 7 que concibe la libertad individual según la perspectiva
tradicional que inicia Thomas Hobbes, para quien “libertad significa propiamente
ausencia de oposición; por oposición quiero decir impedimentos externos del movi-
miento”: HOBBES, Thomas, Leviatán (Ed. Altaya, Barcelona, 1997, trad. Carlos Melli-
zo, Tomo I), Cap. XVII, p. 173.
54
Pettit concluye en este punto señalando que “podemos tener dominación sin
interferencia, e interferencia sin dominación. La primera posibilidad queda ejemplificada
en el amo que no interfiere; la segunda, en quien interfiere sin ser amo”: PETTIT, Philip,
Republicanismo. Una Teoría sobre la Libertad y el Gobierno, Ob. cit., p. 42.
55
Cfr., v. gr., el artículo 11 N° 3 de la Constitución de 1980 señala, en lo pertinen-
te, que la nacionalidad chilena se pierde “por sentencia judicial condenatoria por delitos
contra la dignidad de la patria”; a su vez, el artículo 22 inciso 2° de la Carta Política de
1980 indica que “los chilenos tienen el deber fundamental de honrar a la patria”.
56
Cfr., en la Constitución de 1980, las siguientes disposiciones que se refieren
explícitamente a la seguridad nacional, artículos 1°, 19 N° 11; 19 N° 16; 19 N° 24;
22; 32 N° 19; 32 N° 21; 32 N° 22; 40 N° 1; 40 N° 2; 40 N° 3; 40 N° 4; 45 letra c);
48 N° 2 letra b) y d); 57; 80 letra A); 81 letra c); 95; 96; 98; y las disposiciones
transitorias 9ª; 17ª, 25ª, 27ª. Por otra parte, la utilización formal y expresa de las voces
nación o nacionalismo se encuentra, v. gr., en los artículos 2, 5, 10, 11, 12, 17, 19 N°
10, N° 16, N° 20, N° 23, N° 24; artículos 22; 24; 25; 33; 40 N° 2; 42; 48 N° 2, letras
a), b), y d); 49 N° 9; 54 N° 9; 60 N° 13; 61; 62; 64; 80 letras C), D), F), G), H), e I);
87; 95; 96; 102; 104; 116; disposiciones transitorias 3ª, 21ª, 24ª, 28ª, de la Carta
184 LOS PRINCIPIOS REPUBLICANOS Y LA CONSTITUCIÓN DE 1980

La república es un régimen que exige amor a la patria como virtud polí-


tica. En el discurso republicano aparecen entrelazados los conceptos de vir-
tud, patria e igualdad. Por ejemplo, para Cicerón la virtud es valiosa porque
hace más grande y mejor a la patria57 .
Del mismo modo, Montesquieu vincula la virtud con el amor a la patria
y a éste con la igualdad58 , en la glosa que hace Viroli, “Amor a la patria (...)
es, [el] amor a la igualdad (...) que se posee en una república libre, donde los
ciudadanos son iguales (...) ante la ley y poseen (...) los mismos derechos
políticos. Ese es el amor a la patria, esa es la virtud política. Es el amor por
un tipo particular de vida que se da en una república libre”59 .
La noción republicana de patria es muy diferente del concepto de na-
ción. Según destaca Viroli, en Cicerón ya es posible advertir la diferencia.
“Por patria ellos [los antiguos republicanos] querían decir instituciones (...)
políticas: la constitución de la república, las leyes, y la forma de vida basada
en esas instituciones y esas leyes. Natio simplemente indica lo que resulta
del hecho de que nacemos en un lugar específico. Es el lenguaje, la religión,
las costumbres, lo que se obtiene porque se nace en un lugar en particu-
lar”60 . Lo relevante, concluye Viroli, es que “los valores políticos de la repú-
blica son, como Cicerón lo plantea, interiores, más íntimos y más impor-
tantes que los lazos de la nación”61 . La patria se configura a partir de catego-

Fundamental de 1980. Este aspecto ha sido ya advertido como un rasgo nefasto expre-
sándose que “el nacionalismo concluye por desmembrar la democracia ya que ataca las
exigencias mínimas de la dignidad humana que se materializan en los derechos huma-
nos”. QUINZIO FIGUEIREDO, Jorge Mario, El Poder Constituyente como Fundamento Real
de la Democracia, en Anuario de Derecho Público, Año II, N° 2 (1998, Ed. Universidad
La República, Santiago, 1999), p. 73.
57
La República de Cicerón, en el texto que ha llegado hasta nosotros, comienza
expresando que “así, puesto que la patria nos cubre de beneficios y es una madre más
antigua que la que nos dio a luz, le debemos a ella más gratitud que a nuestros padres”;
y la obra se cierra con el célebre sueño de Escipión, donde éste recibe el siguiente
consejo de su ancestro republicano, “Pero tú, Escipión (...) cultiva la justicia y obra
con piedad, virtud que siendo grande hacia los padres, y los parientes, lo es más con
respecto a la patria”, y refiriéndose a su alma se le aconseja aplicarla “a las más bellas
empresas. Ahora bien, la más bella ocupación es la que busca la salvación de la patria”:
CICERÓN, Marco Tulio, Sobre la República, ob. cit., Libro I, p. 3; Libro VI, p. 130;
Libro VI, p. 136, respectivamente.
58
Montesquieu, El Espíritu de las Leyes, ob. cit., p. 13.
59
VIROLI, Mauricio, El Significado Histórico del Patriotismo, en Revista de Ciencia
Política, Vol. XX, N° 1 (Instituto de Ciencia Política, U. Católica de Chile, Santiago,
1999), p. 169.
60
VIROLI, Mauricio, El Significado Histórico del Patriotismo, ob. cit., p. 169.
61
Ídem. Este significado que corresponde a la tradición del discurso republicano
del vivere libero de Maquiavelo, aparece expresado de modo elocuente por Rousseau,
citado por Viroli, “si no se es libre, si no se vive en una república libre, no se puede
FRANCISCO VEGA MÉNDEZ 185

rías políticas; y no geográficas o físicas. Patria y nación expresan dos realida-


des muy diversas. El concepto de nación es ajeno a la tradición republicana
que se configura, en cambio, en base a la noción de patria. La Constitución
de 1980 asume una perspectiva nacionalista y no republicana, una concep-
ción de nación y no de patria.

4. La concepción republicana de las Fuerzas Armadas


En cuarto lugar, en lo que atañe a la fuerza militar, hay una manera republi-
cana de abordar el tema que está presente ya en Aristóteles62 . Maquiavelo,
se opone a la creación de ejércitos permanentes en la república, propone la
subordinación de las milicias al poder civil, y vincula la capacidad militar al
desarrollo de virtudes cívicas63 . Propone, en cambio, evitar desarmar al pue-
blo, y que la república debe ser defendida por milicias constituidas con los
ciudadanos, que no deben ejercer como exclusivo oficio el de las armas64 .

decir que se es miembro de una patrie. Sólo se puede decir que se es parte de un pays
(...) No son los muros de la ciudad, ni los hombres los que hacen la patria (...) Son las
leyes”: VIROLI, Mauricio, El Significado Histórico del Patriotismo, ob. cit., p. 170.
62
Aristóteles expresa, a propósito de la monarquía, reflexiones que con mayor
razón cabe aplicar al gobierno del pueblo, pues explica que el rey requiere de una
fuerza coercitiva con la cual guardar las leyes, y agrega que “debe entonces disponer de
una fuerza y que sea tanta esa fuerza que se encuentre en superioridad a cada uno,
individuo o grupo, pero en inferioridad al pueblo en conjunto”. Esta misma idea, con
distintos matices, será recogida por la mejor tradición republicana desde Roma hasta
nuestros días. ARISTÓTELES, La Política, ob. cit., Libro III, Cap. XV, 1286b, p. 141.
Antes, en el Libro III, Cap. XIV, 1285ª, p. 137, al tratar de las especies de monarquía,
contrastándola con la tiranía, Aristóteles indica que “los ciudadanos protegen con sus
armas a los reyes; mientras que los tiranos recurren a mercenarios extranjeros, Los
primeros gobiernan de acuerdo con la ley y con el consentimiento de sus súbditos, y
los segundos sin tal apoyo, de forma que aquellos tienen una escolta de ciudadanos y
éstos una contra los ciudadanos”.
63
Maquiavelo considera que el origen de los desórdenes en una república “es con-
vertir el ejercicio de las armas en una profesión a sueldo”; por otra parte, señala que
“mientras en la república fueron puras las costumbres, ningún ciudadano, por podero-
so que fuera, se valió del ejercicio de las armas para violar las leyes, expoliar las provin-
cias, ejecutar actos de usurpación y tiranía contra la patria y someterlo todo a su vo-
luntad”: MAQUIAVELO, N., El Arte de la Guerra, en Obras Políticas (Ed. El Ateneo,
Buenos Aires, 1952, trad. Luis Navarro), Libro I, pp. 554 - 555.
64
Cfr., MAQUIAVELO, N., El Arte de la Guerra, en Obras Políticas, ob. cit., Libro I,
p. 557, donde dice, “Los romanos (...) mientras fueron buenos y sabios nunca consin-
tieron que los ciudadanos tuvieran por única ocupación el ejercicio de las armas (...)
por evitar el daño que causara el oficio de soldado (...) Octavio Augusto primero, y
después Tiberio, atendiendo más a su poder personal que al bien público, empezaron
a desarmar al pueblo romano para dominarlo más fácilmente, y a mantener de conti-
nuo los ejércitos”.
186 LOS PRINCIPIOS REPUBLICANOS Y LA CONSTITUCIÓN DE 1980

La tradición republicana anglosajona también asume una posición contra-


ria a la creación y conservación de ejércitos permanentes. En Estados Uni-
dos, Jefferson “se declara enemigo de un gran ejército permanente, por aso-
ciar su existencia a la entronización de la opresión y la tiranía desde el go-
bierno, y exige la subordinación de la fuerza militar al poder civil”65 . Hay
un punto relevante destacado por Mauricio Viroli, en que se expresa la dife-
rencia entre la concepción de un ejército nacionalista y la de un ejército
republicano, pues aunque en ambos casos se parte de la “defensa de la idea
de un espacio político delimitado (...) No obstante (...) para la tradición
nacionalista lo que realmente cuenta, lo que es realmente importante no
son las fronteras políticas sino las fronteras culturales (...) Según la tradición
republicana, [en cambio] esto tiene menor relevancia, pues las fronteras
culturales y religiosas no son tan importantes. Las fronteras son necesarias
mientras sean fronteras que sirvan para proteger la libertad común”66 .
La Constitución de 1980 tampoco es republicana en la concepción de
las fuerzas armadas en su relación con el Estado. En efecto, los principios
que rigen en su texto configuran una concepción nacionalista de las Fuerzas
Armadas basada en la existencia de un ejército permanente –en tiempos de
paz–, remunerado, cuya subordinación al poder civil no se encuentra níti-
damente establecida. La ampliación de las funciones clásicas de las Fuerzas
Armadas en la Carta Política de 1980 también se opone a los principios
republicanos en esta materia67 , en particular la tendencia a constituirlas en
garantes del orden constitucional, por sobre la función que corresponde a
los detentadores de la soberanía y a los órganos constitucionales estableci-
dos específicamente para tal efecto68 . El mismo sentido tiene la incorpora-

65
GETTELL, Raymond, ob. cit., pp. 200 - 201. Thomas Jefferson declara, “soy
partidario de que para nuestra defensa interna contemos solamente con nuestra mili-
cia mientras no se produzca realmente una invasión, y para hacer frente a ésta sola-
mente con una fuerza naval que pueda proteger nuestras costas y nuestros puertos
contra depredaciones (...) y no de un ejército permanente en tiempo de paz que puede
intimidar al sentimiento público”: DEWEY, John, ob. cit., pp. 61 - 62.
66
VIROLI, Mauricio, Nacionalismo y Democracia, en Revista de Ciencia Política.
Vol. XX, N° 1 (Instituto de Ciencia Política, U. Católica de Chile, Santiago, 1999), p.
193.
67
La ampliación de las funciones de las fuerzas armadas, y en particular la asigna-
ción de la función de garantizar el orden constitucional corresponde a una tendencia
que surge en las últimas décadas del siglo XX en los países hispanoamericanos, v. gr.,
en la Constitución de Venezuela de 1961; Constitución de Brasil de 1967; Constitu-
ción de Ecuador de 1977; Constitución de El Salvador de 1983; Constitución de
España de 1978; y Constitución de Chile de 1980. Cfr. CUMPLIDO C., Francisco y
NOGUEIRA A., Humberto, Las Fuerzas Políticas en los Hechos y en el Derecho (Ed. Jurí-
dica Ediar ConoSur Ltda., Santiago, 1992), pp. 163 - 185.
68
“Normalmente la defensa de la Constitución adquiere el carácter de defensa
FRANCISCO VEGA MÉNDEZ 187

ción al texto constitucional del Consejo de Seguridad Nacional, como asi-


mismo sus facultades para proveer cargos en otros órganos constituciona-
les69 .

5. Rotación de los cargos públicos


Aunque la rotación de cargos aparece expresada en la Constitución de 1980
en relación con el Presidente de la República, y, parcialmente, con respecto
a los integrantes del Congreso Nacional y a otras autoridades; la Constitu-
ción de 1980 manifiesta, a su vez, una tendencia no republicana hacia la
acumulación de cargos en instituciones fundamentales, tales como el Sena-
do, el Tribunal Constitucional, el Tribunal Calificador de Elecciones, y el
Consejo de Seguridad Nacional70 .
Tal tendencia se opone al principio republicano de rotación de cargos,
que es un rasgo que aparece en Heródoto para el gobierno del pueblo que, a
diferencia de la monarquía, “desempeña las magistraturas por sorteo”71 ; tam-
bién en Aristóteles aparece esta preocupación en La política72 ; y en Isócrates
para la politeía73 ; asimismo, Maquiavelo se opone a la prolongación de man-
dos en la república74 ; pero en la tradición republicana este rasgo se encuen-

jurídica, que es desarrollada por los Tribunales de Justicia o por un Tribunal Constitu-
cional, y la defensa de carácter político o material, corresponde, en primer lugar, al
pueblo, en cuanto único detentador legítimo del poder soberano, y luego, al Jefe de
Estado”: CUMPLIDO C., Francisco y NOGUEIRA A., Humberto, Las Fuerzas Políticas en
los Hechos y en el Derecho, ob. cit., p. 169.
69
Cfr., v. gr., el artículo 81 letra c) de la Constitución de 1980 que indica que dos
de los siete miembros del Tribunal Constitucional son elegidos por el Consejo de
Seguridad Nacional; el artículo 45, letra d) prescribe que el Senado estará integrado
también por “Un ex Comandante en Jefe del Ejército, uno de la Armada, otro de la
Fuerza Aérea, y un ex General Director de Carabineros que hayan desempeñado el cargo a
lo menos por dos años, elegidos por el Consejo de Seguridad Nacional”.
70
Cfr. los artículos 45, 81, 84 y 95 de la Constitución de 1980, respectivamente.
71
HERÓDOTO, Los Nueve Libros de la Historia, ob cit., Libro III, párr. 80 - 82, pp.
178 - 180.
72
ARISTÓTELES, La Política, ob. cit., Libro IV, Cap. XV, 1299ª, 1299b, 1300ª,
1300b, pp. 177 - 182.
73
Isócrates, Aeropagítica, en Discursos Histórico - Políticos (Ed. Espasa - Calpe,
Buenos Aires, 1944, trad. Antonio Ranz Romanillos), p. 97.
74
Cfr., v. gr., MAQUIAVELO, Nicolás, Discursos sobre la Primera Década de Tito Livio,
en ob. cit., Libro III, Cap. XXIV, pp. 394 - 395, donde dice, “Aunque la prolongación
de los mandos no produjo en dicha ciudad [Roma] ningún tumulto, los hechos prue-
ban cuán perjudicial es a la igualdad civil la supremacía de los ciudadanos que por
largo tiempo ejercen autoridad (...) Si esta bondad y prudencia la hubieran tenido
todos los ciudadanos romanos, no habrían dejado introducir la costumbre de prorro-
gar primero los mandos civiles y después los militares, cosa que, andando el tiempo,
188 LOS PRINCIPIOS REPUBLICANOS Y LA CONSTITUCIÓN DE 1980

tra especialmente destacado por James Harrington como esencial, pues “si
no se permite la rotación de una república, en que consiste su igualdad, se
reduce a un partido”75 . Antes, un autor no republicano, Jean Bodin, había
relacionado también la virtud de la república con la rotación de cargos76 . La
rotación de cargos a través del sufragio por sorteo aparece también como un
rasgo republicano democrático en Montesquieu77 .

VI. CONCLUSIONES:
LA CARTA POLÍTICA DE 1980 ESTABLECE UN CONCEPTO MÍNIMO DE REPÚBLICA

Aunque la Constitución de 1980 recoge, en mayor o menor medida, algu-


nos de los principios que integran la tradición republicana, tales como el
reconocimiento del predominio del interés general por sobre el interés par-
ticular en ciertos casos78 , la idea de la república caracterizada como un go-
bierno regido por leyes comunes79 , una forma de gobierno no monárqui-

causó la ruina de la república”. En particular, Maquiavelo ve en la prolongación de


mandos militares, dos inconvenientes, “uno, disminuir el número de hombres ejerci-
tados en el mando, y reducir a pocos los que adquieren celebridad, otro, que ejercien-
do por largo tiempo un ciudadano el mando de un ejército, ganaba para sí el afecto de
los soldados, quienes poco a poco olvidaban la autoridad [civil] del Senado, y sólo
obedecían la de su jefe”.
75
HARRINGTON, James, La República de Océana, ob. cit., p. 169. Antes había seña-
lado que “las leyes fundamentales de Océana, o el centro de esta república, son la ley
agraria y el voto, la ley agraria, por la balanza de dominio que observa igualdad en la
raíz; y el voto por rotación equitativa que lo lleva a la rama, o ejercicio del poder
soberano”. Ob. cit., p. 140. Cfr. asimismo, ob. cit., pp. 136 - 137.
76
Cfr. BODIN, Jean, Los Seis Libros de la República, ob. cit., Libro IV, Cap. IV, pp.
188 - 194, donde dice, v. gr., “La razón de más peso para instituir oficiales anuales, es
que el primero y principal fin de toda república debe ser la virtud, y el objetivo del
verdadero legislador hacer a los súbditos buenos y virtuosos”.
77
MONTESQUIEU, El Espíritu de las Leyes, ob. cit., 1ª Parte, Libro II, Cap. II, p. 21,
donde dice, “La elección por sorteo es propia de la democracia; la designación por
elección corresponde a la aristocracia”. El sorteo de los cargos públicos como máxima
expresión de igualdad es una característica olvidada del régimen democrático que se
asocia más bien con la elección propia de la aristocracia.
78
Esta característica clásica atribuida a los regímenes republicanos aparece expresa-
da en la Constitución de 1980 en aquellas instituciones que tienen por objetivo último
la utilidad pública o los intereses generales de la Nación, según se aprecia, v. gr., en el
artículo 190 N° 24, inciso 2°, que establece entre las limitaciones y obligaciones que
deriven de la función social de la propiedad, los “intereses generales de la Nación, la
seguridad nacional, la utilidad y salubridad públicas y la conservación del patrimonio
ambiental”. En el mismo sentido, cfr., v. gr., los artículos 19 N° 16, inciso 4°; 19 N°
24, incisos 2°, 3°, 7°; 19 N° 25, inciso 4° de la Constitución Política de 1980.
79
Este rasgo se encuentra ya en Heródoto y en Aristóteles y se transmite a toda la
FRANCISCO VEGA MÉNDEZ 189

co80 ; sin embargo, la disposición contenida en su artículo 4° al declarar que


“Chile es una república democrática” no presenta la debida corresponden-
cia con los principios efectivamente establecidos por la misma Carta Fun-
damental en materia de igualdad, de libertad, rotación de cargos, noción de
patria, y concepción de la fuerza armada.
Finalmente, la disposición citada de la Constitución de 1980 explícita-
mente señala que el régimen de gobierno de Chile corresponde a la variante
democrática del republicanismo; sin embargo, la tradición democrática se
ha conformado, en parte, incorporando algunos principios provenientes del
republicanismo81 . La evaluación crítica de los principios democráticos con-
tenidos en la Constitución de 1980 queda insinuada en la ausencia de prin-
cipios republicanos.

tradición republicana en el preciso sentido de que es preferible el gobierno sujeto a


leyes y no al capricho de los hombres. Cfr. HERÓDOTO, Los Nueve Libros de la Historia,
ob. cit., Libro III, párr. 80, p. 179; ARISTÓTELES, La Política, ob. cit., Libro IV, Cap.
VI, 1292ª, Libro III, Cap. XV, 1286ª, p. 139, Libro III, Cap. XVI, 1287ª, 1287b, pp.
141 - 143.
80
Para un sector de la doctrina estos rasgos configuran una concepción formal de
la república, v. gr., para Böckenförde, “como concepto formal, la república se define
por su oposición a la Monarquía”: BÖCKENFÖRDE, Ernst Wolfang, Estudios sobre el
Estado de Derecho y la Democracia (Ed. Trotta, Madrid, 2000, trad. Rafael de Agapito
Serrano), p. 126.
81
La doctrina considera entre los principios democráticos modernos el principio
de representación política, la soberanía radicada en el pueblo, la publicidad de los
actos de gobierno, participación política, división, control y responsabilidad del poder
político, gobierno sujeto a leyes que constituyen expresión de la voluntad del pueblo.
Cfr., v. gr., KELSEN, Hans, Esencia y Valor de la Democracia (Ed. Colofón, México,
1992, trad. Rafael Luengo Tapia y Luis Legaz y Lacambra); SARTORI, Giovanni, Ele-
mentos de Teoría Política (Ed. Alianza, Madrid, 1992, trad. M. Luz Morán), Cap. II,
pp. 27 - 62; TORRES DEL MORAL, Antonio, Introducción al Derecho Constitucional (Ed.
Servicio de Publicaciones Fac. de Derecho Universidad Complutense de Madrid, 1996),
pp 177 - 180.