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1.

BASES CONCEPTUALES

1.1. DROGAS Y PERSONALIDAD

Las drogas es un problema de salud que impacta en la sociedad actual. Según


el Informe Mundial de las Drogas de la Oficina de Naciones Unidas contra la
Droga y el Delito, se calcula que 250 millones de personas de 15 a 64 años de
edad, consumieron por lo menos una droga en 2014. Se calcula que casi el
12% del número total de personas que consumen drogas, es decir, más de 29
millones, sufren trastornos relacionados con el consumo de drogas (UNODC
2017, p. 9).

A nivel mundial, en los últimos tres años se ha observado una tendencia


general a la estabilización del consumo de cannabis. Sin embargo, en
algunas subregiones, especialmente de América del Norte y Europa
occidental y central, ese consumo ha aumentado. Tras un período de
estabilidad, desde 2010 también ha ido aumentando el consumo de
cocaína, debido principalmente al aumento del consumo de esa
sustancia en América del Sur. Por otra parte, el consumo de anfetaminas
parece mantenerse estable, pero tal vez esto no sea un fiel reflejo de la
situación de algunas de las subregiones, concretamente Asia oriental y
sudoriental, donde no se dispone de información reciente sobre el
alcance del consumo de drogas, UNODC (2017, p. 11).

La Organización Mundial de la Salud, presentó un informe sobre la dimensión


de la salud pública del problema mundial de las drogas, en el que menciona
que “El consumo de drogas, los trastornos que provoca y las afecciones
sanitarias conexas son importantes problemas de salud pública”. Según los
cálculos más recientes de la OMS correspondientes a 2015, se pueden atribuir
al consumo de drogas psicoactivas más de 450 000 muertes al año. La carga
de morbilidad atribuible a las drogas corresponde al 1,5% del total de la carga
de morbilidad, y se calcula que el uso de drogas inyectables es responsable de
un 30% de las nuevas infecciones por el VIH fuera del África subsahariana y
contribuye significativamente a las epidemias de hepatitis B y hepatitis C en
todas las regiones. Los problemas de salud pública causados por el consumo
de sustancias psicoactivas han alcanzado proporciones alarmantes y
constituyen a escala mundial una carga sanitaria y social importante y en gran
medida prevenible (OMS, 2017, p. 2).

“América del Sur es la segunda subregión de mayor peso demográfico en el


continente, representando el 43%, con algo más de 409 millones de personas
en 12 países”. (CICAD, 2015, p. 23). En Sudamérica, un estudio reveló factores
asociados al consumo de sustancias ilícitas estableciendo relación entre
variables demográficas, familiares y sociales en adolescentes peruanos
(Saravia et. al., 2014). Los factores asociados fueron antecedentes de
consumo, violencia intrafamiliar, vulnerabilidad y fácil acceso a las sustancias.
Esto muestra la complejidad del tema del consumo de sustancias psicoactivas
y cómo intervienen diversas causalidades.

Según el Informe de las Américas (CICAD, 2015, p. 10), el consumo de drogas


“se encuentra asociado a la percepción de riesgo y la percepción de
accesibilidad donde existen porcentajes de consumo relacionados a los niveles
de estas variables”. Tal es el caso de Ecuador desde el IV Estudio Nacional
sobre uso de drogas en población de 12 a 65 años (CONSEP, 2014) señala
que el consumo de cocaína y heroína generan una mayor percepción de
riesgo, existiendo un 10% de desconocimiento del riesgo de drogas,
considerando que a mayor percepción de una droga su uso es menor.

La Secretaría Técnica de Drogas (2016), en encuesta realizada a 500.000


jóvenes de colegios en todo Ecuador, evidencia que 1 de cada 10 entrevistados
aseguró haber consumido algún tipo de droga en el último año, siendo la
marihuana la droga de carácter ilícito más utilizada, mientras que en Guayaquil
existe un problema de consumo de heroína degradada, más conocida como H.
(Diario El Telégrafo, 2017, p. 7).

Para el Observatorio Social del Ecuador (2016), el inicio de consumo de


sustancias psicoactivas se da a partir de los 14 años y la edad de mayor
consumo es entre 15 a 18 años. Se menciona, además, que una de las causas
para la disminución del consumo radica en los consensos tanto con las familias
como de las personas dedicadas al expendio. De acuerdo con los datos del
informe Niñez y Adolescencia desde la intergeneracionalidad el consumo de
drogas se encuentra en un 34% en las zonas urbanas frente a un 18%
correspondiente a las zonas rurales. Asimismo, se indica a la marihuana como
la sustancia de mayor acceso con un 15%, en segundo lugar, la 'H' en un 8%,
seguido por la cocaína con un 6% y pasta base en 3%.

La adolescencia se erige como una etapa del desarrollo humano que presenta
mayor vulnerabilidad al consumo de drogas. Para la Organización Mundial de
la
Salud (2014), la adolescencia comprende “...el rango de entre 10 y 19 años,
determinando que las características biológicas son universales. Sin embargo,
aparecen particularidades debido a las diferentes experiencias del desarrollo,
las presiones para asumir conductas de riesgo y la importancia del apoyo de la
familia y de la comunidad”.

Para Laura Domínguez (2006), la adolescencia es “una transición entre la


niñez y adultez, considerada un momento clave de la socialización del individuo
donde cumple con determinados roles sociales como las relaciones con
miembros de su familia, pareja y amigos”. Asimismo, se encuentran obligados a
la regulación de su comportamiento de modo que logren obtener competencias
adecuadas para el desarrollo dentro de la sociedad ante las exigencias de la
misma. Ser adolescente es encontrarse en una posición entre el niño y el
adulto, por un lado se sigue siendo alguien dependiente de los padres y por
otro se poseen las potencialidades de una persona adulta.

Para el entendimiento de estos cambios en la adolescencia es necesario


comprender la categoría Situación Social de Desarrollo. Laura Domínguez
(2006) destaca algunos aspectos esenciales sobre la Situación Social de
Desarrollo, al indicar que:

En cada edad psicológica, se produce una relación particular del sujeto


con el medio y, a su vez, se producen reestructuraciones en su mundo
psicológico interno, que dan lugar al surgimiento, a finales del período,
de nuevas las particularidades psicológicas que resultan típicas de esa
etapa (Domínguez, 2006, p. 55).
La formación de la personalidad en la adolescencia va determinando las
particularidades de la personalidad del adulto que será, es importante en
edades adolescentes y juveniles se logre la articulación armoniosa de la cultura
y de las relaciones sociales para el desarrollo adecuado de recursos
personológicos que permitirán tener un desarrollo psíquico saludable.

El hombre que ha alcanzado tal nivel de desarrollo psíquico es capaz de


actuar no sólo por impulsos espontáneos, sino también conforme a
objetivos conscientemente planteados y a propósitos adoptados que lo
liberan de la subordinación directa a las influencias del medio y permiten
al hombre no sólo adaptarse al mismo, sino transformar
conscientemente al propio medio y a sí mismo. (Bozhovich, 1976, p.92).

Para favorecer el desarrollo humano es necesario promover relaciones


interpersonales promotoras de bienestar. Por esta razón, la familia es uno de
los principales grupos sociales que influyen en la formación de la personalidad.
Según Patricia Arés (1990), “la familia es la intermediaria entre el individuo y la
sociedad, es por esto que hablar de familia, es hablar de individuo y sociedad,
la dinámica que se de en este sistema a través de las normas, reglas, roles,
comunicación, límites, modelos de crianza, podrán ser potenciadores o
limitantes en el desarrollo de cada integrante”. Por este motivo, la familia
constituye un eje principal para entender no sólo el desarrollo de la
personalidad del ser humano, sino también el proceso de individuación a partir
de sus primeras relaciones.

La personalidad se forma y desarrolla como un reflejo individual del conjunto de


las relaciones y condiciones históricas sociales de vida, está determinada
simultáneamente por factores biológicos y sociales que coexisten en el ser
humano actuando de forma equilibrada sobre éstas, manifestándose de
manera indirecta mediante las formaciones psicológicas. (Quevedo, 2010). En
esta personalidad es imprescindible reconocer el papel activo de la
personalidad en la cotidianidad, pues como cita González Rey (1992):

Las decisiones asumidas ante las situaciones de la vida, las estrategias


ante ellas y la dirección general que se le dan al comportamiento,
asumiendo unas alternativas y desechando otras, son funciones del
sujeto, para los cuales dispone de una personalidad, cuyo desarrollo
facilita o dificulta estas funciones, pero que, por mucho desarrollo que
ella tenga, jamás sustituye el momento activo y permanente presente
que implica el sujeto.

Al hablar del carácter activo del sujeto se concibe al hombre como portador de
una subjetividad que se expresa en una actividad psíquica que transforma al
mundo en dependencia de sus necesidades. Siendo capaz de apropiarse de
los motivos y metas de su actividad diaria, en dependencia de los contenidos
en el nivel de desarrollo alcanzado hasta ese momento histórico.

De esta forma el primer paso en la representación del hombre como


sujeto y como personalidad activa es el análisis de su esfera de sentido
la que constituirá una forma activa interna en la regulación de su
actividad y en su propia transformación. (Febles, 1999).

1.2. ENFOQUE PSICOSOCIAL Y CONSUMO DE DROGAS

Dentro de los diversos enfoques para enfrentar los problemas de consumo de


drogas, para Helen Nowlis (1975) existen cuatro puntos de vista fundamentales
sobre el uso de drogas y sus elementos interactuantes (la sustancia, la persona
que la usa y el contexto):

 Modelo ético-jurídico tradicional


 Modelo médico o sanitario
 Modelo psicosocial
 Modelo sociocultural
Cada uno de estos modelos tiene consecuencias para la acción social, la
educación, la prevención, el tratamiento, la legislación y la formulación de una
política.

El presente protocolo se desarrolla en relación al modelo psicosocial, pues


tiende a asignar mayor importancia al papel activo del individuo como agente
de relación del trío droga-individuo-contexto. Todo sujeto pertenece a una
determinada sociedad. Por lo cual, para comprender la dinámica de su
conducta debe considerarse las particularidades de su vida cotidiana y las
vivencias inmediatas que se suscitan en la interacción.

Una persona adicta no es un sujeto aislado, es alguien que vive en


sociedad y que deviene de una familia con determinadas referencias,
es alguien que tiene todo un sistema de criterios, aptitudes y prácticas
y que bien merece ser atendido no solo desde el punto de vista más
elemental, por todos los cambios neurobiológicos que en estos sujetos
se producen, sino tener una visión integradora que abarque lo social y
su complejo mundo interior. (Calderón Rodríguez, 2003).

En nuestra sociedad ecuatoriana, aunque las drogadicciones se consideran un


problema de salud pública, el consumidor de drogas sigue siendo un sujeto
“fuera de la norma social”. En esta medida, comprender los dinamismos de su
conducta y su relación estrecha con el desarrollo de su personalidad permite
tener una mejor mirada de la problemática. Norma Vasallo en relación a la
personalidad sostiene que:

El desarrollo de la personalidad es el resultado de la determinación de


múltiples factores psicosociales, los cuales a su vez dependen del nivel
de desarrollo socioeconómico y la relación que se produce entre estos
tres niveles es compleja y contradictoria y sus efectos permanecen fuera
de la capacidad intencional y anticipatoria de las personas que participan
en este proceso. (Vasallo Barrueta, 1994).
La acción de los grupos de la sociedad sobre sus miembros constituye un
sistema complejo que influye en la conducta de todo sujeto, se erige como un
espacio de construcción y desarrollo de la subjetividad y por lo tanto un espacio
importante en la individuación del sujeto. Comprender este proceso exige
estudiar la fuerza y potencialidad del individuo, el grupo y la sociedad que
interactúa permanentemente.

Desde esta concepción, la subjetividad se entiende como una construcción


particular de la interacción individuo, grupo y sociedad, pues:

Lo que acontece en el nivel social influye sobre cada individuo, pero no


de forma directa; sino refracta por la multiplicidad de pertenencias y
relaciones grupales y por las particularidades socio psicológicas de
cada grupo humano al que los individuos se integran a lo largo de sus
vidas y a los cuales pertenecen en cada momento particular. (Vasallo
Barrueta, 1994).

Todo esto, permite comprender la complejidad de la formación y desarrollo de


la personalidad y la forma particular que se expresa en el comportamiento,
donde:

…el hombre portador de una subjetividad que expresa su historia


anterior, actúa en el presente, no como un receptor pasivo de esa
influencia, sino como un sujeto activo que la mediatiza lo que le permite
o no trascender el presente de forma desarrollada y creadora. (Vasallo
Barrueta, 1994).