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Raphael Minder El referéndum no es la

única solución para la cuestión catalana”


 El corresponsal de ‘The New York Times’ en Madrid cree que “para el
separatismo Barcelona es un problema”
 Sigue la Diada Barcelona 2017 en directo

Raphael Minder, corresponsal del diario ‘The New York Times’ en España (Cristina
Gallego)
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Iñaki Ellakuría, Madrid
11/09/2017 00:05 | Actualizado a 11/09/2017 16:16

Desde su llegada a la corresponsalía de ‘The New York Times’ en Madrid en el 2010,


Raphael Minder se interesó por Catalunya y desde el 2012 especialmente por el
proceso independentista. Un análisis que toma forma ahora con un libro The Struggle
for Catalonia. Rebel politics in Spain (Hurst) en el que ha estado trabajando los últimos
dos años, con más de 300 entrevistas a dirigentes políticos (Pujol, Aznar, Junqueras,
Rivera, Roca, Piqué...) y representantes de la sociedad civil, cultural y económica
catalana. Su conclusión es que el fenómeno independentista tiene mucho que ver con
otras revueltas identitarias frente a la globalización como el Brexit o la victoria de
Trump, pero también como la crisis del Estatut y la incapacidad del Gobierno central de
entender y dar respuesta a muchas de las demandas catalanas.

El proceso independentista ha generado una cantidad ingente de literatura, ¿qué


aporta este ensayo?

He querido hacer una radiografía muy amplia de Catalunya, más allá del proceso, con la
mirada limpia de la persona que llega de fuera.

¿Por qué su interés por Catalunya?

En todas las partes del mundo que he visitado o vivido siempre me ha llamado la
atención lo “glocal”, la búsqueda de la identidad propia en un mundo global. Respecto a
Catalunya concretamente saber el por qué una sociedad democrática en tiempo de paz
existe este deseo de cambiar su situación, de ser un estado pese a los grandes avances
que ha vivido España en los últimos 30 años.

“Con Artur Mas pensé que la reivindicación era sobre todo económica, pero hoy nadie
habla de si una Catalunya independiente va a ser económicamente mejor”

Entonces…

Hay mucho de sentimental. El sentimiento ahí es más fuerte que la razón. Yo lo apunto
en la introducción del libro, puedo explicar ciertas cosas pero no la parte emocional,
porque eso depende de cada individuo y Catalunya es muy plural y diversa. Esta semana
en el Parlament lo hemos visto, no sólo es un debate de Catalunya con Madrid, también
de catalanes contra catalanes. Cuando llegué a España en el 2010 entendí que había una
frustración enorme por la sentencia del Estatut, una desilusión con el proceso
democrático español. En el 2012, pensé que con Artur Mas la reivindicación era sobre
todo económica, el pacto fiscal, pero hoy nadie habla de si una Catalunya independiente
va a ser económicamente mejor, más limpia de corrupción. Todos hablan como juristas
que no entienden de lo que hablan porque usan una jurisprudencia distinta. Es muy
llamativo también que el Gobierno de Rajoy haya dejado desde hace mucho tiempo de
intentar vender lo bueno que es para Catalunya estar en España, y lo ha dejado de decir
curiosamente cuando España pasa por un buen momento económico. Al mismo tiempo
la Generalitat ya no está hablando de que tipo de estado se pretendería construir.

¿Por qué cree que sucede eso?

Hay un problema de ignorancia y de desinterés en ambos lados. Muchos jóvenes


catalanes pasan de lo que ocurre en Madrid, excepto quizá cuando juega España el
mundial, y eso también tiene que ver con la globalización. Luego existen también unas
élites en que en una época se necesitaban, ahí tenemos el pacto del Majestic entre el PP
y Convergència, y ya no se necesitan para conservar en el poder o ganar votantes. Si
antes su pacto era win-win, ahora sería lose-lose.

Ante esto, ¿es de los que creen que un referéndum es la mejor solución?
No es la única solución, hay otras. Tenga en cuenta que la base de cualquier referéndum
es que todas las partes implicadas acepten la legitimidad de su proceso y resultado, de lo
contrario no tiene ninguna fuerza. Y aquí no pasa.

¿Una reforma constitucional en clave federal?

El problema es que no veo mucha gente trabajando en serio sobre esa reforma. Mire
Pedro Sánchez cuando dice que no sabe si habrían 3 más nacionalidades.
Lamentablemente no existe un dirigente en España y en Catalunya que, como hizo
Nelson Mandela, esté dispuesto a irritar a parte de sus votantes para lograr algo para el
futuro de su país. Veo otros problemas.

“No existe un dirigente en España y en Catalunya que esté dispuesto a irritar a parte de
sus votantes para lograr algo para el futuro de su país”

¿Por ejemplo?

España ya tiene un modelo federal, incluso en materia fiscal, sin que sea vendido por el
Gobierno y entendido como un modelo federal por la población. La macroeconomía y
las buenas cifras no llegan a la gente. También que cualquier trabajo de reconstrucción,
de cambio constitucional necesita empezar con base de confianza, lealtad institucional y
mutua, pensar que el otro no promete aquello que jamás va a cumplir. Pero el
separatismo, por ejemplo, dice que ya pueden prometer desde Madrid pintar de oro la
Diagonal que no se lo van a creer. Es urgente acabar con el nivel de desconfianza tan
alto que existe. La transición se hizo con voluntad compartida de evitar un caos
completo o volver a la guerra civil. Está claro que por mucha reforma que se haga nunca
se va a apagar del todo el independentismo, pero eso no importa, porque muchas
sociedades conviven perfectamente con corrientes contrarias dentro.

¿Ves vínculos del proceso independentismo con otras expresiones políticas


internacionales?

El deseo de cambio y la capacidad de arriesgarse en el cambio ha crecido en muchas


partes. El Brexit ganó porque muchos británicos estaban hartos de muchas cosas
(Bruselas, etc) sin entender realmente qué cambio iban a conseguir saliendo de la UE.
Algo que sucede en Catalunya ya que el nuevo país sería muy diferente si se impone la
visión del PDECat o la CUP. Esa voluntad de cambio la veo también en la elección de
Trump, como veo semejanzas con la lucha por las banderas y los símbolos que existe en
EE.UU. Son apuestas del cambio sin tener garantías de que las cosas vayan a mejor.

¿Cómo ves el papel de Barcelona en este proceso?

El relato de Barcelona es muy distinto al del resto de Catalunya. En el libro señalo como
para un extranjero cuando visita Berga puede concluir que Catalunya se ha separado ya
de España, pero ese mismo visitante en Barcelona, o ciudades como l’Hospitalet o Sabta
Coloma ve como la independencia es algo más remoto y menos importante en su día a
día. Ese es uno de los grandes problemas del separatismo, que no ha conquistado
Barcelona. Es muy complicado crear un Estado sin tener controlado el área
metropolitana y que supone más del 50% de tu población. En eso tiene un papel
determinante la alcaldesa Ada Colau, que ha entendido la importancia de potenciar la
idea de Barcelona como una gran ciudad del mundo que se relaciona bilateralmente con
otras grandes ciudades del mundo.

¿Contemplas la posible la independencia de Catalunya?

Yo acabo el libro diciendo que muchas cosas que pensé que nunca pasarían han acabado
ocurriendo. Viajé en el 1989 a Alemania del Este, tres meses después no existía este
país ni el bloque del pacto de Varsovia; no me imaginé el ataque a los Torres Gemelas,
ni el Brexit… Es factible, pero sería un cambio brutal con muchas consecuencias en
muchos niveles.