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El Papa teme que pase aquí lo que pasó en Chile

No consiguió las multitudes que esperaba para pasar su mensaje aquí. La grieta de allí y nuestra grieta.

Pocos fieles. La misma en Iquique del Para Francisco, con mucha menos gente de ka que se esperaba. Foto: AFP

La foto raleada de gente de la misa en Lobito, a 25 minutos de Iquique, es la imagen de la visita. El Papa aspiraba a que
fuera una multitud. No lo consiguió. Se dirá que es una zona desértica. El la eligió: allí viven inmigrantes pobres y se
hunden las fuertes raíces de la evangelización católica. Encima, próxima a Bolivia y a la Argentina.

Francisco apostó a mostrar en Chile cientos de miles detrás de él para, de paso, mandar un mensaje eclesial y político
hacia aquí. Se equivocó. Al destrato de no visitar su país, visitando vecinos, sumó otro: el de enviarnos un saludo de
computadora y en inglés sin siquiera un párrafo dedicado a nosotros. Cosas que se notan mucho. Como en esas
películas en que el actor hace dos papeles, el siempre peronista Bergoglio busca como Papa ser la brújula que le falta al
peronismo.

Y no solamente esa: también la de una izquierda regional confundida y confusa. De una izquierda viuda del chavismo,
que es una viudez del marxismo y un refugio para parte del izquierdismo cultural y elitista. La luz para los pobres y los
no instruidos que cree que su voz es la voz del pueblo, siempre y cuando la pongan ellos, los conductores elegidos por
ellos mismos.

El Papa humilló a Piñera, recién elegido presidente, que lo buscó y no lo encontró. Piñera es un espejo de Macri. Otro
capitalista neoliberal. Bergoglio tiene un prejuicio con los empresarios. Y más con los empresarios políticos. Todos
tenemos prejuicios aunque el prejuicio sea una de las formas de la ignorancia. El Papa es el representante de Cristo en la
tierra, según los creyentes. Pero es un hombre y como todos prejuzga.

No recibió al embajador argentino en Santiago, José Octavio Bordón pero recibió al dirigente piquetero Grabois y al
dirigente peronista Valdés, ex embajador de Cristina y lobbysta de Aeropuertos 2000. Francisco contó que Valdés al
llegar al Vaticano le pidió audiencia para Eduardo Eurnekian. Le dijo que no.

Si en Chile los chilenos no le dieron el calor buscado, los argentinos que peregrinaron allá tampoco. Se esperaba un
millón. Viajaron menos que en enero del 2017.

Bergoglio oficia de Perón. Recibe a macristas como Michetti, Stanley, Bullrich o Triaca. En noviembre atendió hora y
media a Rodríguez Larreta. Y a todos les dice lo mismo: no tengo nada contra Macri. Cuando recibe a kirchneristas, a
todos les dice lo mismo pero al revés: Macri es un rico que gobierna para los ricos. En los gestos públicos valida la
versión kirchnerista. Se comprobó con Piñera y con Grabois.

¿Es Grabois el que habla o es el Papa?

Juan Grabois no es sólo el hijo de un conocido dirigente del grupo peronista con el que simpatizaba en los 70 el padre
Bergoglio. Es el jefe piquetero al que el Papa eligió para encuadrar a los más pobres .

Francisco apuesta a una Iglesia que crezca entre los pobres. El viejo compañero de ruta de Guardia de Hierro que miraba
a los sindicatos como la columna vertebral del movimiento católico ha vuelto su mirada hacia los que están fuera del
sistema y hacia las agrupaciones que intentan organizarlos.

El tema sería sólo religioso y terminaría ahí si los militantes de Francisco no disputaran el poder político. Poder político
quiere decir presionar al Gobierno en la calle para sacarle más dinero. Y quiere decir algo mucho más peligroso:
despreciar el pluralismo y actuar en los bordes del sistema democrático.

El Papa no da votos pero da micrófonos. Agresivo como un adolescente, Grabois acaba de declarar que Macri tiene un
vicio: la violencia. Si el presidente propicia la violencia, toda violencia contra él podría estar justificada. Casi como
repetir la consigna de guerra de los 70: la violencia de arriba engendra la violencia de abajo.

En esa entrevista de Página 12, Grabois dice que Macri tiene “una necesidad constante de reafirmarse degradando a
otros”. Y a renglón seguido degrada al Presidente: “No es un self made man sino el heredero de la fortuna de su padre...
que fue un beneficiario de la corrupción del Estado”. Macri es un corrupto por herencia.

En ese plan de psicólogo presidencial señala la debilidad de Macri por la represión y lo compara con De la Rúa. Una de
dos: o lo ve de ese modo o espera para Macri el mismo final del ex presidente.
Y como si todo esto fuera poco, Grabois denuncia “la persecución a Cristina Kirchner y a su familia, que además de una
inmoralidad es un factor de desestabilización política”. ¿No será que en lugar de persecución son los jueces ahora
investigando y que la inmoralidad era no investigar? ¿Y qué tiene de moral la corrupción de la que no hay un día sin una
noticia sorprendente?

No habría que darle entidad a Grabois si no fuera porque Bergoglio privilegia a Grabois por sobre el Episcopado para dar
su versión de la sociedad. Grabois es un iluminado de otro sector social que devino en lider piquetero. ¿Lo que dice es lo
que piensa el Papa? Si el Papa piensa así es grave. Hay una actuación, hay una escenografía conocida que terminó muy
mal en el pasado.

El Papa cree que el problema central es el embate del neoliberalismo. Más allá de las etiquetas, puede que estemos en
esta disyuntiva: democracia con regla de mayoría y minoría (una invención liberal, ni católica ni marxista, pero
comprensiva de los derechos sociales) o violencia de minorías.

La herencia kirchnerista no sólo dejó un agujero gigante por la corrupción. Transformó en estructural la pobreza de un
tercio de la población y la manipuló con desfachatadas estrategias clientelares. Pero al menos para Grabois y tal vez
para el Papa eso no fue ninguna degradación de nadie.

El Papa siempre es el Papa, se trate de quien se trate. Oficio dificilísimo pero no indiscutible. Francisco no es indiscutido.
Si creyó que a los mapuches los podía manejar, los atentados mostraron que fue otro error. Y al final quedó pegado a la
defensa de los curas pedófilos. Es una grieta chilena con la Iglesia que Bergoglio en vez de cerrar, profundizó.

Otra vez Francisco anduvo cerca y decidió no venir. Mantiene una disputa de poder con Macri y tiene un conflicto
ideológico con Macri. Y un temor: que aquí le pase lo mismo que le pasó con la grieta chilena.