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El arte de escuchar

La importancia de hacer silencio para encontrarnos con el otro.

En distintas oportunidades me encontré con este texto de Carl Rogers y, cada


vez que lo leo, me genera nuevas sensaciones.

El primer sentimiento que deseo compartir con ustedes es mi alegría cuando


realmente oigo a alguien. Creo que esta ha sido quizás, y desde hace mucho
tiempo, una de mis características… Creo que sé por qué me satisface oír a
alguien. Cuando realmente logro escuchar a alguien, eso me pone en
comunicación con él, enriquece mi vida…

Cuando digo que me gusta oír a alguien, me refiero, por supuesto, a oírlo con
profundidad. Me refiero a oír las palabras, los pensamientos, los tonos
sensoriales, el significado personal, incluso el significado oculto tras la
intención consciente del comunicante…

Por consiguiente, he aprendido a preguntarme: ¿logro oír los sonidos y sentir la


forma del mundo interno de mi interlocutor? ¿Soy capaz de vibrar ante lo que
me dice con tal profundidad que siento el significado de lo que lo atemoriza y
que, sin embargo, querría comunicar, además de lo que le es conocido?

He descubierto que, tanto en las sesiones terapéuticas como en las


experiencias de grupo intensivas, que tanto han significado para mí, oír trae
consecuencias. Cuando escucho realmente a una persona, incluido el
significado importante para ella en aquel momento, oyendo no solo palabras,
sino a la persona en sí y cuando le hago saber que he captado su propio
significado privado, ocurren muchas cosas. Lo primero es una mirada de
agradecimiento. Se siente exonerada. Quiere hablarme de su mundo. Se lanza
con una nueva sensación de libertad. Se abre al proceso de cambio.

A menudo he comprobado que cuanto más profundamente oigo el significado


de la persona, mayor cantidad de cosas ocurren. Casi siempre, cuando se da
cuenta de que se le ha oído con profundidad, se le humedecen los ojos. Creo
que, en realidad llora de alegría. Es como si dijera: “Gracias a Dios que alguien
me ha oído. Alguien sabe cómo es ser como soy”.

Escuchar es algo tan humano que parece muy sencillo de realizar y, sin
embargo, no lo es. No se trata de permitir que nuestra capacidad de oír se abra
a los sonidos y palabras que alguien expresa; hablamos de una escucha que
se realiza con todo el ser, no solo con el oído. Me animaría a decir que se trata
de un acto que consiste en detenerse y vaciarse para que otro sea cada vez
más persona.
Es necesaria una escucha receptiva, disponible para entrar en el mundo del
otro, comprender su realidad y comunicarle de algún modo esta comprensión.

¿Qué se interpone para que se dé una verdadera experiencia de escucha?


Jean-Marc Randin nos acerca algunas pistas al decir que “el primer obstáculo
somos nosotros mismos”. 2 Cada vez que estamos preocupados por escuchar y
por comprender, nos centramos en nosotros mismos y perdemos
disponibilidad. Porque escuchar no es el objetivo, sino que, a partir de la
escucha, se produzca esa maravillosa y potencial experiencia de comunicar la
importancia que tiene el otro, darle a conocer que él ha sido tenido en cuenta y
ha sido considerado; en definitiva, que el otro es persona, que existe y es digno
de ser.

Escuchar implica salir de nosotros mismos sin dejar de ser y sin dejar de estar.
Jean-Marc Randin explica que “escuchar pide esa rara mezcla donde es
necesario poder ponerse suficientemente de lado uno mismo, aun estando
decididamente presente. Estar libre de una voluntad de resultado
manteniéndonos despiertos y en ‘atención’, en tensión hacia [el otro]”.

El peligro para una verdadera escucha es no darle el valor que realmente tiene,
como también aferrarse a la expectativa de querer ayudar como única meta y
preocupación.

Podemos decir que supone conquistar nuevos hábitos, salir de pretender que la
escucha dé resultados rápidos, actitud promovida por nuestra cultura que
tiende a la eficiencia de todas nuestras acciones. Es como buscar desaprender
lo aprendido de la escucha, para poder escuchar de un modo nuevo.

Reconquistar el valor del proceso, confiar en la capacidad sanadora que tiene


la escucha profunda, empática, aceptante, congruente y sostenida en el
tiempo. No somos dueños del proceso que desata la escucha profunda. No
conocemos el camino. No lo controlamos. No hay plazos para ese proceso.
Solo sabemos el valor que tiene la escucha a partir de nuestra propia
experiencia de ser escuchados. Y sabemos que ese poder es de potencia y
que está dentro del mundo interno de la persona que es escuchada.

AMIGOS DEL SILENCIO

Más de una vez me pregunto: ¿seremos capaces los hombres de hoy de


desarrollar una actitud contemplativa que favorezca una escucha profunda, que
amplíe nuestro ángulo de percepciones? ¿Cómo podrá ser esta experiencia en
medio del ritmo de vida que imponen las grandes ciudades? ¿Cómo
favorecerla cuando vivimos inmersos en un mundo donde la tecnología nos
vincula con una comunicación inmediata, invasiva y casi sin límites?

Para esto, es necesario reconquistar el silencio, hacernos amigos de él. No


temer estar en contacto con nosotros mismos y con aquello que sabemos
nuestra fuente de vida. Solo de este modo podremos también encontrarnos con
los otros.
Se me hace presente la expresión de un monje cisterciense, de la Abadía de
San José de Spencer (Massachusetts), tratando de describir el modo de
vinculación, de comunicación, entre Dios y el hombre: “El primer lenguaje de
Dios es el silencio. En la Trinidad no hay más palabra que la Palabra eterna y
esta única Palabra lo contiene todo. Como escribe San Juan de la Cruz: ‘Fue
pronunciada una vez, en absoluto silencio. Y solo en silencio podemos oírla’”. 3

Estar en contacto con uno mismo, con nuestra fuente de vida y con los demás
abre la posibilidad a experimentarnos amados, valorados y a sentirnos sanos
con capacidad de resolución de dificultades.

Si no nos animamos a silenciarnos a nosotros mismos, difícilmente podremos


ver y escuchar; decir y sentir; pedir y arriesgarnos. El silencio del que hablamos
no es un silencio impuesto, sino un silencio elegido, que permite salir de la
única lógica del pensamiento para entrar en un lugar donde podemos
conocernos a un nivel más profundo. Es un silencio que nos permite despedir
distracciones para poder estar presente, en contacto con uno, con nuestra
esencia y en contacto con los otros. En el presente, en el “aquí y ahora”, de
presencia a presencia.

Es un silencio que nos permite transformarnos en escuchantes receptivos y


disponibles para que el otro pueda desplegarse, pueda experimentarse en
libertad.

Mencionamos más arriba la necesidad de generar nuevos hábitos.


Desaprender lo mal aprendido. Poder darle a la escucha un lugar nuevo. Nos
dice Jean-Marc Randin: “La escucha exige dejarse guiar por el otro. No
conducimos una escucha, a lo sumo la ponemos en práctica. Es más bien la
escucha la que nos conduce, y por lo tanto es importante no perderse (…). Si
podemos, porque tenemos disponibilidad, permitirnos entrar en el mundo
desconocido del otro, descubriremos un universo que contiene su coherencia
interna, que en relación con sus propios componentes se sostiene”.

¡Qué importante es darnos cuenta de que la escucha es la observación de las


cosas como están! Esto lleva a un encuentro con la realidad de un modo
distinto. Es imprescindible aceptar que sabemos poco, más bien nada de la
realidad del otro. Silenciarnos supone salir de nuestros juicios preestablecidos,
de nuestras construcciones racionales y también de nuestras experiencias
anteriores.

Algo más sobre este camino de silenciarnos. Cuando tratamos de cambiar la


marcha, cuando buscamos salir de lo que nos aturde, cuando entramos en
mayor contacto con nosotros mismos, algo de nosotros, lo que estaba en un
lugar no escuchado, empieza a emerger. Aparecen los temores, los miedos, los
anhelos más profundos… ¡qué importante es identificarlos y dejarlos ir! Hacer
el ejercicio de soltarlos, para que, a la hora de entrar en contacto con el otro, lo
conozcamos y no dejemos que interfieran en nuestra escucha. Posiblemente
esto permita construir un verdadero camino de diálogo. Un tejido común que se
realice a partir de la comunicación que sucede en el presente, entre el que
escucha y el que es escuchado. Por eso silenciarnos no significa
enmudecernos, significa más bien estar en esa condición que nos abre las
puertas a una comunicación plena.

SER INSTRUMENTOS

La escucha supone un compromiso de trabajo sobre nosotros mismos. Crecer


en la autoaceptación, en congruencia y en nuestra escucha empática nos
ayudará a llegar a una profundidad relacional. Es la oportunidad para que
constatemos, una vez más, que no se trata de poner empeño en la acción de
escuchar, sino en ser un instrumento, una herramienta para una escucha que
personaliza. Quien nos encuentre en esta actitud podrá aprovechar nuestra
disponibilidad y emprender también este hermoso camino.

Contamos con nosotros, con el presente, como nuestros únicos tesoros para la
escucha. Este es el camino de una escucha que ama, que está disponible para
que el otro sea.

María Cristina Zanotto

Comunidad de Nazaret femenino

Buenos Aires

1. Fragmentos de Carl Rogers, El camino del ser. Experiencias en


comunicación, Buenos Aires, Impresiones Sud América, 2014.

2. Jean-Marc Randin, “¿Qué es la escucha? Las exigencias de una pequeña


cosa tan poderosa”; artículo original: “Qu’est-ce que l’écoute? Des exigences
d’une si puissante petite chose”, en: revista Approche Centrée sur la Personne,
2008, n°7, p. 71-78.

3. Thomas Keating, Intimidad con Dios, Bilbao, Desclée de Brouwer, 1997.