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SOFI272 La Divina Liturgia

TERCERA CLASE
EL MISTERIO DE LA ENTRADA

Prólogo

En la clase actual vamos a presentar un bosquejo aproximado de lo que los estudios de la historia
litúrgica han estimado sobre la forma de la celebración de la primera parte de la liturgia durante los
tiempos del imperio romano cristiano, alrededor de lo que el día de hoy llamamos Entrada Menor o
Entrada con el Evangelio. Lo haremos no necesariamente con el afán de regresar a la práctica
antigua, que podría ser algo absurdo por las circunstancias distintas, sino para comprender de un
modo auténtico el sentido del misterio de Entrada.

Considero que los estudiantes conocen la forma actual de la Liturgia y tienen acceso al texto de la
Divina Liturgia usado en sus parroquias. Sin embargo adjuntamos en esta clase el texto de la Divina
Liturgia (libro del Sacerdote) con el texto y el formato usado en la Arquidiócesis de México y sus
dependientes, para que lo tengan durante el curso, lo que nos facilita citarles los textos.

Bosquejo histórico teológico

1. Las antífonas

Las antífonas constituyen una forma de canto coral en la que el pueblo repite una estrofa intercalada
con versos de salmos en dos coros; es una forma muy común en el rito bizantino que podemos
observar también en los diversos oficios como Maitines, Vísperas, Completas ... generalmente se
aplican en las fiestas y memorias de un modo que la estrofa y los versos tienen que ver con la vida
del santo venerado o de la fiesta a conmemorar.

Hemos visto en la clase pasada que la primera acción


en atención a la Liturgia es la reunión; esta reunión no
necesariamente era celebrada en el mismo lugar de la
celebración eucarística. La civilización romano
cristiana —empapada su vida cotidiana por la
expresión y los gestos de la fe— gustaba de la
procesión; así que los fieles de Constantinopla se


La definición más atenida de lo que se califica erróneamente como "bizantino"

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reunían p.e. en la Catedral de la Santa Sabiduría para trasladarse en procesión y cantaban
solemnemente antífonas propias hasta llegar a las puertas de la iglesia del santo celebrado. Entonces
Las antífonas formaban un rito específico que se celebraba fuera del templo antes de la Eucaristía al
estilo de procesión. A partir de esta costumbre y conforme a la lógica de la evolución ritual que
establece un estilo concreto como una regla, este conjunto antifonal se transformó en una parte
introductoria inseparable de la Divina Liturgia.

La práctica actual define tres antífonas:

 1era. Antífona: "Por la Intercesión de la Madre de Dios, oh Salvador, sálvanos."


 2a. Antífona: "Sálvanos, oh Hijo de Dios (se inserta la frase de la fiesta p.e. "que resucitaste de
los muertos").
 3a. Antífona: tropario del santo o de la fiesta; el domingo, tropario de la Resurrección.

El contenido común de las antífonas es la petición de salvación: "Sálvanos", acompañada con una
confesión dogmática sobre la intercesión de la Theotokos (Madre de Dios) y la divinidad de Cristo. Es
probable que este esquema se atribuye en su definición al himno que se cantaba desde el siglo VI en
la Divina Liturgia "Oh Verbo de Dios", himno que en su totalidad es invocación al "Hijo unigénito" con
varias frases calificativas dogmáticas que se cumplan con la petición : "Sálvanos".

Oh Verbo de Dios, Hijo de Dios, Tú que eres inmortal


Tú que te dignaste encarnar para nuestra salvación
de la Santa Madre de Dios y Siempre Virgen María,
Tú que te hiciste hombre inmutablemente
Tú que te crucificaste, oh Cristo Dios, pisoteando la muerte con tu muerte
Tú que sigues siendo Uno de la Santa Trinidad, glorificado con el Padre y el Espíritu:
SÁLVANOS.

En esta definición de las antífonas, la Iglesia resalta el objeto de la salvación y lo conecta


fuertemente con la confesión dogmática. La salvación no es un asunto estático sentimental e
individual sino que es una purificación constante con base en la recta fe.

2. La entrada menor

El sentido cultual de la entrada menor lo podemos asimilar mejor si observamos su triple acción:

2.1. Acción inicial

Lo mencionado arriba sobre la introducción del


conjunto antifonal hubiera formado un lujo
histórico innecesario si no había mostrado que
el origen de la entrada menor es realmente un
movimiento dinámico que penetra el templo
anunciando el inicio de la Liturgia. El pueblo en
procesión llegaba a las puertas del Templo y el
presbítero rezaba la oración que hoy también
recita en voz baja durante la entrada menor:

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"Oh Soberano Señor y Dios nuestro,
que has establecido en los cielos legiones y ejércitos de ángeles y arcángeles al
servicio de tu gloria: haz que con nuestra entrada
se realice la entrada de los santos Ángeles
que concelebran y glorifican juntamente con nosotros tu bondad,
porque a Ti se debe toda gloria, honor y adoración: oh Padre, Hijo, y Espíritu Santo,
ahora y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén."

No encontramos en el texto de esta oración ninguna alusión a una interpretación alegórica o


representativa como para decir que es "símbolo" de la salida de Cristo a predicar, más bien, la
oración indica el carácter celestial de la entrada acompañada con los huestes angelicales.
Enfatizamos aquí lo que dijimos en la clase pasada: el símbolo no es catequético (pasado) sino
revelador (presente). Se relata de san Espiridión de que cada vez que celebraba la Liturgia se
presentaban los ángeles y concelebraban con él. Cuando decía: "La paz sea con ustedes", le
respondían: "y con tu espíritu".

Entonces en la Iglesia primitiva, la primera acción de la Divina Liturgia después de la reunión de


los fieles y del revestir del Padre era la entrada con la cual se emprendía el Oficio. La Iglesia en su
procesión desde el mundo en el que está lo lleva y lo introduce con ella hacia el Altar, hacia el
cielo.

Ya no vivimos más en una cultura cristianizada ni en un mundo cristiano para que pudiéramos con
gestos litúrgicos como lo es la procesión expresar su direccionamiento hacia la Iglesia. Sin
embargo, "La Entrada menor" con todo lo que ha padecido de cambios, ha conservado siempre
su peculiaridad como "entrada", inicio y acercamiento. Da testimonio de ello el oficio pontifical.
Cuando el obispo está celebrando, él se sienta en el trono afuera del santuario y no se ingresa
ante el altar hasta la entrada menor. Así que durante el canto del Tropario (3a. antífona), recita la
oración arriba mencionada, bendice el acceso: "¡Bendita sea la entrada de tus santos!", luego
entona con el pueblo el canto de la entrada "Venid, adoremos y postrémonos delante de Cristo,
nuestro Rey y Dios". subimos fija la vista en nuestro Rey ante quien nos postramos. En la acción
de la Entrada, nos separamos del mundo para elevarlo y introducirlo al Reino, y para devolverlo
como el ambiente divino, una porción del Reino eterno.

2.2. Entrada con el Evangelio

En el tiempo de la persecución el santo Evangelio no se dejaba a la vista ya que la expropiación de


los libros sagrados constituyó un aspecto común de la persecución. Así que cada vez el Evangelio
se traía de afuera a la asamblea litúrgica en una
procesión para luego leer los fragmentos propios.
Con la conclusión de esta etapa de la vida de la
Iglesia y con la edificación de grandes catedrales, el
mismo templo y, sobre todo, su corazón (el Altar)
volvió el lugar natural para guardar el Evangelio. Así
que mientras antiguamente se traía el santo
Evangelio durante la Entrada de afuera, ahora el
diácono sale de la puerta lateral norte del santuario

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cargando el Evangelio con devoción encima de su cabeza, para luego introducirlo de nuevo por las
Puertas Santas y colocarlo en el santo Altar. Tomando en cuenta lo que comentamos en el párrafo
anterior sobre el significado de la entrada como acción inicial, le vamos a concebir otro sentido
con relación al Evangelio que es llevado en la misma entrada.

El santo Evangelio en la Tradición ortodoxa no es parte de la liturgia solamente como material


para leer sino que también como libro en sí. Nosotros lo veneramos tal como hacemos con un
icono o con el mismo Altar, porque es un icono parlante que anuncia la manifestación de Cristo y
su morada entre nosotros; antes que nada el Evangelio es el icono de su Resurrección. De esta
manera la entrada con el Evangelio es el anuncio de Cristo el resucitado de entre los muertos,
nuestro encuentro jubiloso con Él. He aquí el Libro de los libros se acerca a nosotros y brilla
poder, vida y santificación.

2.3. Ascensión hacia el Altar

La entrada es también ascensión porque nos acerca al Altar; el sacerdote comparece ante el Altar
y lo venera y coloca el Evangelio sobre Él. Si es la Liturgia pontifical, el obispo como hemos visto
es hasta este momento que entra al santuario, inciensa el Altar y todo el templo.

Debemos comprender que cuando entramos al santuario y veneramos el Altar, no lo hacemos


porque el Altar es santo en sí o porque se ha vuelto "un artículo santo" por haberle hecho alguna
oración o ritual, sino porque su misma santidad se atribuye al hecho de que se ha vuelto un
símbolo del Reino. Jamás veneramos una materia sino que veneramos lo que nos descubre,
porque esta materia ha vuelto la revelación de lo que descubre. El Altar ya es símbolo del Reino
entonces ya no es de este mundo sino que pertenece al Reino y nosotros al subir el escalón hacia
el Altar, nos ceñimos en atención por el camino a subir; la Iglesia asciende a donde su vida
verdadera "se oculta en Cristo con Dios", al Cielo donde la ofrenda eucarística es erigida.

Quizás lo que mejor expresa el sentido escatológico de la Entrada como acercamiento y ascensión
hacia el Altar es el Trisagio que se canta solemnemente al realizar la Entrada.

3. Trisagio

La palabra viene del griego "Τρις Άγιος" y significa "tres veces Santo". Es el himno que, según la
visión del Profeta Isaías, los ángeles cantan constantemente alabando a Dios "Santo, Santo, Santo:
Señor del Sabaoth" (Is 6:3).

San Juan Crisóstomo observa que cuando en la Divina Liturgia cantamos el himno Trisagio,
"formamos con los ángeles un solo coro, participamos con los arcángeles, y alabamos junto con los
serafines [...] Piensa con quién estás formando un solo coro y eso será suficiente para guiarte a la
abstinencia, ya que recordarás que, mientras te revistes con cuerpo (con carne), te haces digno de
alabar junto con los poderes celestiales al único Señor de todos."

"Santo" es el contenido eterno de la alabanza de los ángeles, según el Profeta Isaías. Ninguna
definición racional es capaz de explicar esta palabra (de hecho, es de las pocas palabras del idioma
hebreo con sentido abstracto); sin embargo, la percepción de la santidad de Dios es la base y el
origen de toda religión. De esta manera, la Divina Liturgia nos descubre el sentido de la santidad de

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Dios sin que nos lo explique. El culto es el fruto de la necesidad del hombre y de su sed hacia la unión
con Aquél que es "Santo", con Aquél a quien percibe aunque es incapaz de comprender.

Entramos, pues, y aquí que comparecemos ante el "Santo", santificados con su presencia y inmersos
en su Luz: Viene el himno Trisagio "tres veces santo" para expresar estas éxtasis y dulzura, estas
alegría y paz: un sentimiento inigualable en la tierra.

4. Letanía de paz

Hasta el Siglo XII la letanía de paz –realmente de origen antioqueno– se entonaba después del
Trisagio (de hecho en algunos manuscritos es llamada "Letanía del Trisagio"), dado que el proceso de
la Liturgia iniciaba a partir de la entrada fluía naturalmente hasta el cante del Himno Trisagio. Más
tarde cuando las antífonas formaron ya una parte inicial, la letanía de paz se adelantó para ocupar el
lugar actual en la Divina Liturgia, es decir, directamente después de la exclamación inicial "Bendito
sea el Reino".

Las letanías son muy antiguas en la Iglesia y corresponden a la recomendación de san Pablo en su
carta a Timoteo: "Que se hagan plegarias, oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos los
hombres" (1Tim 2: 1). Cuando entramos la Casa del Señor para participar de la Liturgia, aprendemos
a vivir siempre la forma de la oración eclesiástica y ampliar nuestra mente a que alcance la estatura
de la Iglesia. El diácono entona la letanía en medio de la Iglesia y los fieles responden: ¡Señor, ten
piedad!

En paz roguemos al Señor.

El camino que nos ha de llevar a la participación en la Divina Liturgia es la paz del alma. "Procura la
paz –dice san Basilio–, obtén una mente pura y un alma liberada de la confusión y del desconcierto y
de olas de pasiones que andan zarandeándola [...], obtén la paz de Dios que supera toda mente y
que protege tu corazón." La Divina Liturgia es el misterio de la paz, ya que no es sino nuestro
encuentro con Cristo, "la Paz del hombre."

Por la paz que de lo alto viene y la salvación de nuestras almas.

Siendo la primera, esta petición manifiesta la prioridad de la paz "que de lo alto viene" a
comparación de todo lo demás en la vida del cristiano: "Buscad primero el Reino de Dios y su
justicia." Entonces la paz por la que roguemos no es la ausencia de ruido, escenas, preocupaciones y
pruebas, sino la presencia del Reino de Dios, presencia que transforma todo lo demás en paz que de
lo alto viene.

Por la paz del mundo entero, por la estabilidad de las santas iglesias de Dios.

Rogamos para que la levadura de este mundo fermente toda la masa. Dijo el Señor a sus discípulos:
"Ustedes son la sal de la tierra [...], la luz del mundo" (Mt 5: 13-14). La Iglesia ha sido establecida en
este mundo para dar testimonio de Cristo y del Reino. Si nosotros los cristianos descuidamos esta
tarea, ¿quién anunciará al mundo la Buena Nueva del Reino?, y ¿quién conducirá al mundo hacia la
nueva Vida? Por eso, al pedir por la "estabilidad de las iglesias", oramos por la firmeza de los fieles
en su testimonio y para que la Iglesia, extendida en todo el mundo, sea fiel a su identidad y misión
auténticas: sal de la tierra y luz del mundo.

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y por la unión de todo.

Cristo ha venido para "reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos" (Jn 11:52). Ante las
rupturas y diferencias, ante las desviaciones de fe, la Iglesia eleva las súplicas para que la Gracia de
Dios socorra nuestra debilidad humana a fin de discernir lo que "viene de Dios" y así, cumplir la
oración de Cristo: "para que sean perfeccionados en uno" (Jn 17:23).

Por esta santa morada y por los que en ella entran con fe, devoción y temor de Dios.

Con esta petición el fiel, cada vez que entra en el templo, examina su conciencia: ¿Acaso hay en su
corazón fe y devoción encendidas en la Presencia de Dios? ¿Se encuentra en su alma el temor de
Dios que a menudo se pierde al entrar en una rutina que trata con los ritos y oraciones como unas
obligaciones y no como un espacio donde el hombre comparece ante el Señor?

Por esta ciudad, por toda ciudad y país.

A finales del Siglo IV, un gran sismo sacudió la ciudad de Antioquía, y los fieles levantaron vigilias con
oraciones y ayunos, por la salvación de su ciudad. Cuando Dios respondió sus ruegos, san Juan
Crisóstomo, como el pastor de la grey, les dirigió estas palabras: "Sus alabanzas se han vuelto bases
de nuestra ciudad. La ira explotada en el cielo fue retenida por la voz vigorosa que ha surgido de la
tierra. No equivocaría el que dijera que ustedes son quienes salvaron la ciudad y la auxiliaron.
¿Dónde están los ilustres? ¿Dónde están los grandes liberadores? Son ustedes las torres de la ciudad,
su muralla y garantía. Aquellos llevaron la ciudad hacia la corrupción y la perdición, y ustedes la
confirmaron con la virtud." Con tal fervor el cristiano ama a su ciudad y país, y ora para que Dios los
provea en su ternura paternal.

Por la templanza de los aires, la abundancia de los frutos de la tierra y por climas benévolos.

Por los que viajan por tierra, mar o aire, por los enfermos, los afligidos y los cautivos...

La oración funde el universo, la naturaleza, la humanidad y la vida entera en un solo crisol. Se le ha


dado a la Iglesia el poder y la fuerza para elevar estas súplicas por todo el universo y en
representación de toda la creación. A menudo, nosotros restringimos nuestra fe y religiosidad a
nuestras necesidades y preocupaciones cotidianas, y olvidamos la tarea principal de la Iglesia: elevar
toda la creación hacia Dios y verificar el amor fraternal a todo prójimo, en cualquier situación que
esté: enfermo, cautivo, afligido... Cuando venimos a la Casa de Dios para participar en la Divina
Liturgia, la Iglesia amplía el horizonte de nuestra plegaria a que abarque el profundo contenido
universal y asimile la plenitud de la oración cristiana.

5. Conclusión

Reunión, procesión con antífonas, acceso al Reino con el Evangelio (icono del Resucitado),
acercamiento al Altar, canto del Trisagio y letanía de súplicas y peticiones. La exposición del orden de
esta manera poco conocida y nada practicada, lejos de especulaciones insignificantes, procura
colocarnos en el sentido dinámico del misterio de la Entrada. Un movimiento siempre ascendente
que nos introduce con nuestro mundo en la nube de la presencia de Dios junto con todos los ángeles
y los santos, los vivos y los difuntos, donde comulgamos la Palabra divina y la asimilamos como luz.

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