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SOFI272 La Divina Liturgia

OCTAVA CLASE
EL MISTERIO DE LA CONMEMORACIÓN

1. Prólogo

En la clase pasada hemos visto el texto de la Anáfora como una unidad inseparable que lleva a la
comunidad Eucarística a la suma de la ascensión celestial, y en la que la gratitud ante la intervención
y la providencia divinas es la reacción ante dicha ascensión. "¡Santo, Santo, Santo, Señor de Sabaóth!
El cielo y la tierra están llenos de tu Gloria. ¡Hosanna en las alturas! ¡Bendito el que viene en el
nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!", cantamos este himno que funde la oración de la
creación visible junto con la de la creación invisible, un himno que anuncia la Iglesia como el cielo en
la tierra. Desde esta altura que ha alcanzado en la plenitud de la alegría y del conocimiento divino, la
oración eucarística hace un giro para conmemorar un evento específico que es la Cena mística que
Jesús realizó con sus discípulos antes de acceder en su camino al Cáliz del sufrimiento y de la muerte.
Los litúrgicos llaman a esta parte de la Anáfora "la conmemoración", y en nuestra clase presente
comentaremos el significado y la postura de la conmemoración en la oración eucarística y en toda la
divina Liturgia.

2. Texto de la conmemoración
El sacerdote continúa la oración:

Sacerdote: Con estas bienaventuradas potestades, Soberano que amas a la humanidad, nosotros
también exclamamos y decimos: Santo eres y Todo Santidad, Tú y tu Hijo unigénito y tu
Espíritu Santo. Santo eres y Todo Santidad, y magnífica es tu gloria. De tal manera amaste al
mundo, que diste a tu Hijo unigénito para que todo el que crea en Él no perezca, sino que
tenga vida eterna; el cual, después de haber venido y cumplido toda la Providencia salvífica
para con nosotros, en la noche en que fue entregado –o más bien, se entregó a Sí mismo
por la vida del mundo– tomó pan en sus santas, puras e inmaculadas manos, y dando
gracias lo bendijo, lo santificó y partió, y lo dio a sus santos discípulos y apóstoles diciendo:

(Exclamación): Tomad y comed: éste es mi Cuerpo, que por vosotros es partido para la remisión de los
pecados.

Pueblo: Amén.

Sacerdote: Del mismo modo, después de cenar, tomó el cáliz diciendo:

(Exclamación): Bebed todos de él (del cáliz); ésta es mi Sangre, la de la Nueva Alianza, que por vosotros
y por muchos es derramada para la remisión de los pecados.

Pueblo: Amén. Amén.

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El sacerdote, inclinando la cabeza, continúa la oración:

Sacerdote: Conmemorando, por lo tanto, este precepto salvífico, y todo cuanto por nosotros se ha
cumplido: La Cruz, la Sepultura, la Resurrección al tercer día, la Ascensión a los cielos, la
Entronización a la diestra y el segundo y glorioso Advenimiento...

El diácono toma la Patena con su mano derecha y el Cáliz con la izquierda (formando con sus manos la
señal de la cruz), y los levanta haciendo la señal de la cruz sobre el Antimensio, mientras el sacerdote
exclama:

(Exclamación): ...lo tuyo de lo tuyo, te ofrecemos por todo y para todo.

Pueblo: Te alabamos, te bendecimos, te damos gracias, oh Señor, y a Ti suplicamos, oh Dios


nuestro.

3. La "conmemoración" en la teología litúrgica

El padre Alexander Schmemann enfatiza que la problemática en entender el papel de la


conmemoración en el contexto de la oración eucarística se atribuye a reducciones en la comprensión
teológica, efectuadas por la apología escolástica y adoptadas sus categorías —directa o
indirectamente— aun por la expresión teológica en el Oriente cristiano contemporáneo.

3.1. Primera reducción: la Cena mística y la institución del sacramento

Esta perspectiva define la última Cena como el fundamento bíblico de la institución del
sacramento por Cristo", es decir, la transformación del pan y vino en Cuerpo y Sangre de
Cristo. Según esta comprensión, Las palabras prenunciadas por Jesús en la Cena mística
instituyeron la Eucaristía; y la "conmemoración" de ellas en la Liturgia realiza la consumación
"válida" del sacramento. De esta forma la teología y el dogma latino-escolásticos consideran
que las palabras de la institución pronunciadas por Jesús y que el sacerdote en la Liturgia
recita en voz alta ("Tomad y comed ...", "Bebed todos de él...") tienen en sí el vigor
consagrante necesario y suficiente, y la conmemoración de la "última" Cena forma el contexto
natural para pronunciarlas.

En el oriente ortodoxo, a pesar de la insistencia de los teólogos de que no es a través de las


palabras de la institución sino de la invocación del Espíritu Santo (Epíclesis) que los dones son
transformados —tema del cual nos ocuparemos en la siguiente clase—, sin embargo, desde
hace mucho tiempo atrás, la práctica ha subrayado un papel principal de las palabras de la
institución en la consagración: p.e. solamente estas palabras, y no la Epíclesis, se rezan en voz
alta mientras el sacerdote lee la oración eucarística "en su corazón", es decir, a solas.

En la misma naturaleza y experiencia de la Eucaristía encontraremos la respuesta y la


autocorrección de este concepto menguo y legalista sobre la "conmemoración", y
penetraremos por lo menos en una dirección recta a lo que es el misterio de la
"conmemoración". La unidad del texto de la Anáfora no permite sacar la memoria de la Cena
mística del mismo contexto eucarístico (de acción de gracias) no solamente de la Anáfora sino
de toda la Liturgia. La acción de gracias realiza la Eucaristía como el misterio del Reino, y la
"conmemoración" no aceptaría quedarse fuera de este acorde armónico.

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Hemos visto que la divina Liturgia en su totalidad es la presencia de Cristo: presencia del Hijo
de Dios que "nos reúne en Iglesia", "hace de nuestra reunión entrada y ascensión", "nos abre
los ojos del entendimiento a escuchar su palabra vivificadora", "nos une a su sacrificio", "nos
incorpora a la unidad de su amor", en camino ascendido al cielo donde mora la Trinidad. La
conmemoración de la Cena mística en la Anáfora no
podría significar elemento "institucional" lejos de la
misma realidad del Reino expresada y anhelada a lo
largo de la divina Liturgia. "A tu Cena mística,
admíteme hoy, oh Señor, como participante",
rezamos al aproximarnos al santo Cáliz. Esta
conformidad de lo que sucede "hoy" (la Liturgia) con
lo que sucedió en aquella noche no es una alegoría o
expresión poética, sino una realidad ya que "hoy
estamos reunidos en el mismo Reino y en la misma Cena que Cristo consumió las vísperas de
la fiesta de Pascua con aquellos que "amó hasta el fin".

Entonces la conmemoración de la Cena mística es participación en lo que ésta ha mostrado.


Todo lo sucedido en ella, desde las primeras palabras de Jesús "con ansia he deseado comer
esta pascua con ustedes antes de padecer" (Lc 22:15), " yo, por mi parte, dispongo un Reino
para ustedes, como mi Padre lo dispuso para mí, para que coman y beban a mi mesa en mi
Reino" (Lc 22: 29-30), luego el lavatorio de los pies, y hasta el compartir del pan y el vino y la
salida al huerto del olivo, todo ello no nada más surgió del amor, sino que ES el amor
manifiesto en su plenitud, ES el anuncio del Reino del amor, por el cual el mundo fue creado.
La Cena mística y su conmemoración revela la luz divina sobrenatural del Reino de los cielos.

Lo que Cristo ha instituido en la Cena mística no es el "vigor" o la "validez" de la


transformación del pan y el vino, sino la Iglesia. Instituyó la Iglesia al otorgar a sus discípulos y
"a todos los que creen en su palabra" su Reino para que se afirmen en su amor. Si bien la
eucaristía se ha instituido en la Cena mística, no lo ha sido separadamente de la institución de
la Iglesia. La Eucaristía se ha instituido como el misterio de la Iglesia y de su ascensión al cielo.

3.2. La segunda reducción: la Cena mística y el sacrificio de la Cruz

Esta reducción conforma la conmemoración de la última Cena y la memoria de la Pasión


salvífica de Cristo, lo que concluye que la Eucaristía es el misterio del sacrificio del Gólgota;
entonces es un instrumento para consumar el sacrificio de la cruz, y la Cena mística era un
evento con el cual Cristo, antes de la Pasión, quiso prefigurarnos su sacrificio y instituir su
forma sacramental para que los fieles pudieran gustar sus frutos salvíficos a través del
sacramento.

Consideramos como reducción equívoca esta comprensión porque arrebata la Cena mística
del contexto de la revelación que la presencia del Hijo de Dios venía efectuando, y la muestra
como un evento aislado bajado del cielo, prototipo a utilizar. La Cena mística es revelación y
no instrumento; es la culminación de la misión de Cristo en la tierra, Él mismo da testimonio
de ello en su discurso de despedida y oración sacerdotal: "Ahora se ha glorificado el Hijo del
hombre y se ha glorificado Dios en Él" (Jn 13: 31). "Yo te he glorificado en la tierra, llevando a

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cabo la obra que me encomendaste realizar" (Jn 17:4). Entonces todo lo que Cristo realizaría
posteriormente y todo lo que la oración eucarística a partir de la Cena mística formaría
resultado del anuncio de la gloria de Reino que ya (en presente consumado) se ha revelado.

Sin embargo, es indiscutible la relación entre la Cena mística y la Cruz; pero lo que
procedemos a pulir es que esta relación no es alegórica con respecto al sacrificio como
sufrimiento, sino una relación verdadera, parecida a la que se encuentra entre un cónclave a
puertas cerradas y la declaración del mismo.

La traición de Judas, la envidia de los fariseos, la


ingratitud de la muchedumbre y la crueldad de los
soldados, todo ello forma la oscuridad y la sombra del
sufrimiento y de la muerte. Judas abandonó la luz de la
Cena mística y penetró en esta escena oscura para
preparar la cruz de la vergüenza. No es sin intención que
san Juan Evangelista describa así la salida de Judas: "En
cuanto tomó Judas el bocado, salió. Era de noche" (Jn
13: 30). La salida de Judas trazó este movimiento de
Adán lejos del amor de Dios, el hombre apresura el paso
para sofocar la Luz, para matar a Dios. Las oraciones del
Jueves Santo comparan entre la salida de Judas a la
oscuridad y la otra salida, la de Jesús. La Cena mística fue
llena de luz, fue prolongada como la eternidad y mostró una densidad inmedible del amor.
Esta luz, amor y eternidad se vertieron en la oscuridad cuando se abrieron las puertas de la
"estancia superior" y Cristo salió de la Cena mística; precisamente se vertió sobre la Cruz,
transformando su sentido ya que en ella la gloria sometió la vergüenza; la vida venció la
muerte; el amor esparció la oscuridad. La Cruz, conforme al ejemplo arriba mencionado, ha
sido el ambón de la declaración del cónclave.

Cristo después de haber revelado su Reino y su gloria, sale de la Cena mística y con Él sale el
Reino a la noche de este mundo. En la Cruz, el Reino de los cielos que se he revelado en la
Cena pascual se introduce en este mundo, y su entrada provoca combate y triunfo.

La fluencia de la misma oración eucarística coloca la conmemoración en su contexto natural:


"Conmemorando, por lo tanto, este precepto salvífico (se refiere a las palabras de la
institución), y todo cuanto por nosotros se ha cumplido: La Cruz, la Sepultura, la Resurrección
al tercer día, la Ascensión a los cielos, la Entronización a la diestra y el segundo y glorioso
Advenimiento". Nótense dos puntos: primero, no relaciona el mandamiento de la cena con la
Cruz nada más, sino con toda la obra salvífica que mostró el triunfo de Cristo. Y segundo, la
conmemoración termina con "conmemorando ... el segundo y glorioso advenimiento".
Entonces, la memoria no trata de recordar eventos del pasado, sino de comparecer ante la
verdad revelada, en el Reino otorgado, y el gesto que corresponde al gerundio
"conmemorando" es "te ofrecemos". El sacerdote eleva el cáliz y la patena con los dones y
exclama: "Lo tuyo de lo tuyo te ofrecemos por todo y para todo."

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4. Conclusión

Considerar la conmemoración como condición institucional de validez, o como presentación del


sacrificio de la Cruz o como recordatorio de eventos del pasado privaría la Liturgia de su carácter
sobre mundano que supera los siete días de la Semana y la hace pertenecer al "Día Octavo", y
concluiría con que "la Liturgia es repetición válida del sacrificio de la Cruz". La Liturgia es el misterio
del Reino, del mismo Reino que ha iluminado la estancia superior de la última Cena, del mismo Reino
que se ha manifestado en la Cruz, del mismo Reino que devolvió al sacrificio su sentido original: no
símbolo del sufrimiento sino del amor perfecto. La Liturgia no es ninguna repetición, sino
participación en el mismo sacrificio del amor ofrecido en Jesucristo "una vez y para siempre".

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