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La civilización del espectáculo, entrevista a Vargas Llosa

El País Por Prodavinci | 17 de Abril, 2012

Entrevista realizada por Jan Martínes


Ahrens, publicada en El País (España). A continuación un extracto:

P. Mantiene usted que la cultura se ha banalizado, que triunfa la frivolidad en su peor


sentido, que el erotismo pierde en favor de la pornografía, que la posmodernidad es,
en parte, un experimento fallido y pedante, que el periodismo amarillea, que la
política se degrada, que en la civilización del espectáculo el cómico es el rey… ¿Hay
escapatoria?

R. Sí, hay escapatoria. La historia no está escrita, no es fatídica, cambia. Justamente nos ha
tocado vivir una época en que hemos visto las transformaciones históricas más
extraordinarias e inesperadas. Si alguien me hubiera dicho cuando yo era joven que iba a
ver la desaparición de la Unión Soviética, la transformación de China en un país capitalista;
si alguien me hubiera dicho que América Latina iba a estar en pleno proceso de
crecimiento, mientras Europa vivía su peor crisis financiera en un siglo, no me lo hubiera
creído y, sin embargo, todas esas cosas han pasado. Desde luego que se puede esperar una
renovación de la vida cultural, de las artes, de las humanidades, y que abandone ese sesgo
cada vez más frívolo, superficial, que yo creo que es una de sus características principales
hoy en día; no la única, porque hay excepciones a la regla, afortunadamente. Pero esa
banalización tiene consecuencias no solamente en el campo de la cultura, sino en todos los
otros. Por eso en el libro me refiero a la política, incluso a la vida sexual, a la relación
humana. Todo eso se puede ver muy afectado si la cultura vive en la banalización, la
frivolización permanente.

P. Y eso le produce un cierto enfado, sensación de tomadura de pelo. ¿Desde cuándo?

R. Es un proceso, no llega de una vez, pero sí recuerdo, por ejemplo, el shock que supuso
para mí hace algunos años visitar la Bienal de Venecia, que era una vitrina del prestigio y la
modernidad, de la novedad, del experimento, y de pronto, después de un recorrido de un
par de horas, llegar a la conclusión de que allí había mucho más fraude, embuste, que
seriedad, que profundidad. Fue para mí una experiencia bastante importante, que me llevó a
reflexionar sobre este tema. Al final del libro, en un texto que es bastante personal, cuento
cómo enriqueció mi vida leer buenos libros, conocer la gran tradición pictórica, el mundo
de la música, cómo eso dio un sentido, un orden, una organización al mundo que lo hizo
para mí muchísimo más interesante, más rico, más estimulante. Yo creo que sería una
tragedia que justamente en una época en que hay un progreso tecnológico, científico,
material extraordinario, al mismo tiempo, la cultura vaya a convertirse en un puro
entretenimiento, en algo superficial, dejando un vacío que nada puede llenar, porque nada
puede reemplazar a la cultura en dar un sentido más profundo, trascendente, espiritual a la
vida.

P. Hay un momento, cuando habla usted de la añoranza, en el que dice: “Lo peor es
que probablemente este fenómeno [la banalización de la cultura] no tenga arreglo y lo
que yo añoro sea polvo y cenizas sin reconstitución posible”.

R. Espero equivocarme.

P. Ese pesimismo resulta llamativo en alguien de su éxito.

R. …nostalgia de viejo. A ratos siento, sí, cierta angustia porque… Mire, yo viví en
Inglaterra y me acuerdo el deslumbramiento que me produjo ver la televisión; la que había
conocido antes era muy pobre, muy mediocre, y de pronto descubrí que sí había
posibilidades de utilizar la televisión en un sentido creativo y no solo porque los mejores
escritores y dramaturgos escribían para la televisión… Había un programa que veía con
pasión, se llamaba Panorama, periodismo de investigación. Me acuerdo, por ejemplo, de
una entrega de dos horas sobre los disidentes en la Unión Soviética filmado en Moscú
clandestinamente. Y de pronto, al cabo de los años, vi que la televisión de Inglaterra había
caído también en la frivolidad total. Los mejores países, los que uno supondría que están
más defendidos contra eso, han ido también sucumbiendo a esa especie de mandato
generacional hacia el facilismo, la superficialidad, la frivolidad. Hay excepciones, desde
luego…

P. …su propia obra es una excepción. ¿No es un ejemplo de que la capacidad de


autocrítica sobrevive? ¿Qué no todo es autocomplacencia y frivolidad?

R. Sí, pero es siempre preocupante que el mayor vigor, la mayor riqueza, esté ahora en el
pasado más que en el presente; que no sea algo de actualidad, sino que hay que volver la
vista atrás… Y hay otro aspecto. Junto a la frivolización, hay un oscurantismo embustero
que identifica la profundidad con la oscuridad y que ha llevado, por ejemplo, a la crítica a
unos extremos de especialización que la pone totalmente al margen del ciudadano común y
corriente, del hombre medianamente culto al que antes la crítica servía para orientarse en la
oferta tan enorme.

P. Pero lo que plantea es volver a los patrones culturales. ¿Es eso posible? ¿Existe
legitimidad para hacerlo? ¿No hay un cierto aristocratismo en todo ello?

R. Aristocratismo es una palabra que provoca mucho rechazo, pero por otra parte el rechazo
de la élite en bloque es una gran ingenuidad. No todos pueden ser cultos de la misma
manera, no todos quieren ser cultos de la misma manera y no todos tendrían que ser cultos
de la misma manera, ni muchísimo menos. Hay niveles de especialización que son
perfectamente explicables, a condición de que la especialización no termine por dar la
espalda al resto de la sociedad, porque entonces la cultura deja ya de impregnar al conjunto
de la sociedad, desaparecen esos consensos, esos denominadores comunes que te permiten
discriminar entre lo que es auténtico y lo que es postizo, entre lo que es bueno y lo que es
malo, entre lo que es bello y lo que es feo. Parece mentira que se haya llegado a un mundo
donde ya no se pueden hacer este tipo de discriminaciones. Porque eso sí, si desaparecen
esas categorías es el reino del embuste, de la picardía… La publicidad reemplaza al talento,
lo fabrica, lo inventa.

P. Usted extiende su crítica a la cocina o la moda que están pasando a formar parte de
la alta cultura.

R. Justamente esa es una de las manifestaciones de esa banalización y de esa frivolidad. No


tengo nada contra la moda, me parece magnífico que haya una preocupación por la moda,
pero desde luego no creo que la moda pueda reemplazar a la filosofía, a la literatura, a la
música culta como un referente cultural. Y eso es lo que está pasando. Hoy en día hablar de
cocina y hablar de la moda, es mucho más importante que hablar de filosofía o hablar de
música. Eso es una deformación peligrosa y una manifestación de frivolidad terrible. ¿Qué
cosa es la frivolidad? La frivolidad es tener una tabla de valores completamente
confundida, es el sacrificio de la visión del largo plazo por el corto plazo, por lo inmediato.
Justamente eso es el espectáculo.

P. Pero no encierra esa perspectiva una excesiva idealización del pasado, como esa
edad dorada platónica que tanto criticaba Popper, y que tiene como consecuencia
fosilizar la sociedad, cerrarla al cambio…

R. No, yo no estoy por la fosilización. No soy un conservador en ese sentido, desde luego
que no, y sé que en el pasado, al mismo tiempo que Cervantes y que Shakespeare, existía la
esclavitud, el racismo más espantoso, el dogmatismo religioso, la Inquisición, las hogueras
para el disidente… Yo sé muy bien que el pasado venía con todo eso, pero al mismo tiempo
no se puede negar que en ese pasado había cosas muy admirables, que han marcado
profundamente el presente, que enriquecieron la vida de las gentes, la sensibilidad, la
imaginación. Y esa era una función que tenía la alta cultura, y hoy día no se puede ni
siquiera hablar de alta cultura porque eso es incorrecto, políticamente incorrecto.

P. Hay una defensa muy interesante del erotismo en el libro, como obra de arte frente
al “sexo descarnado”.

R. El erotismo fue en el mundo de la experiencia la conversión de un instinto en algo


creativo, en una verdadera obra de arte y eso fue posible gracias a la cultura. Yo no creo
que el erotismo nazca simplemente de una experiencia pragmática del sexo, ni muchísimo
menos. Creo que es la cultura, que son las artes, el refinamiento de la sensibilidad que
produce la alta cultura, la que crea el erotismo. El erotismo es una manifestación de
civilizaciones, se da en sociedades que han alcanzado un cierto nivel de civilización. Y al
mismo tiempo significa el respeto de las formas, la importancia de las formas en la relación
sexual. Y ahí yo cito mucho a Georges Bataille, él defendió siempre el erotismo justamente
como una manifestación de civilización, y fue muy reticente a la permisividad total porque
creía que la permisividad total iba a matar las formas y al final se iba a llegar, otra vez, a
una especie de sexo primitivo, salvaje. Y algo de eso ha pasado en nuestro tiempo.

P. Es decir, le falta erotismo a nuestra cultura.

R. Por eso el sexo significa tan poco para las nuevas generaciones. Significa un
entretenimiento que es casi una gimnasia. Es como segar una fuente riquísima no solo de
placer sino de enriquecimiento de la sensibilidad.

P. ¿Qué pensaría el Vargas Llosa de 25 años del libro que ha escrito el Vargas Llosa
de ahora?

R. No me lo puedo imaginar. A nosotros nos ha tocado vivir una diferencia generacional


sin precedentes en la historia. Precisamente por la extraordinaria revolución tecnológica,
audiovisual, el mundo es tan absolutamente diferente que es muy, muy difícil ponerse hoy
en día en la piel de un joven. Hay muchas cosas en el pasado que hay que suprimir, que hay
que reformar sin ninguna duda. Pero hay una que yo creo que no, que hay que conservarla
renovándola, actualizándola, que es la cultura. Una civilización que ha producido Goya,
Rembrandt, Mahler, Goethe no es despreciable, no puede ser despreciable. Eso fijó unos
ciertos patrones que deben ser, si se quiere, criticados pero mantenidos, continuados. Y esa
continuación es la que yo creo que se pierde si la cultura pasa a ser una actividad
secundaria y relegada al puro campo del entretenimiento.

P. Habla del pesimismo, del catastrofismo, incluso como un peligro mayor que la
corrupción y cita una juventud apática, recluida en la hostilidad sistemática,
aburrida. Fenómenos como el del 15-M, el de Occupy Wall Street, ¿no le generan
cierta esperanza?

R. Sí, cierta esperanza sí. Siempre y cuando no se orienten en el sentido equivocado.


Porque hay un cierto conformismo en la inconformidad. En eso Foucault escribió cosas
muy interesantes. Pero sí, creo que hay estallidos entre los jóvenes que son bastante
interesantes. No soy pesimista, sino más bien optimista, las cosas pueden cambiar para
mejor. Pero hay algunos aspectos en los que es muy importante una crítica muy radical de
un fenómeno representa una decadencia.

P. Una decadencia en la que incluye la corrupción política. Para ilustrarla cita usted
una anécdota vivida por el escritor Jorge Eduardo Benavides, en Lima, cuando un
taxista le dijo que votaba a Fujimori porque “solo robó lo justo”.

R. A mí me pareció maravillosa la historia. Hay una mentalidad ahí detrás ¿no? Un político
puede robar; es más, no puede no robar, pero lo importante es que robe no más de lo
debido.

P. Y ese tipo de conductas se están extendiendo…


R. …es por el desplome de los valores, no solamente estéticos, sino otros que antes, por lo
menos de la boca para fuera, todos respetábamos. El político ya no debe ser honrado, debe
ser eficaz. El ser honrado parece una imposibilidad connatural al oficio. Bueno, si se llega a
un pesimismo de esa naturaleza entonces estamos perdidos. Y creo que no es verdad y yo lo
digo, eso no es verdad. Pero hay una mentalidad que identifica la política con la picardía,
con la deshonestidad. Es peligrosísimo sobre todo para el futuro de la cultura democrática.
Si vamos a pensar eso entonces la cultura democrática no tiene sentido y a la corta o la
larga va a desplomarse también.

P. Pero hay países donde hay mayor protección frente a la corrupción.

R. Por supuesto. La gran diferencia está en el mundo de la democracia y en el mundo del


autoritarismo. En democracia hay corrupción, desde luego, lo estamos viendo todos los
días. Pero precisamente lo vemos, sale a flote, existe una justicia más o menos
independiente que puede todavía sancionar a los culpables. España es un ejemplo. Se puede
decir que hay mucha corrupción pero estamos viendo casos de políticos importantísimos
que son sentados en el banquillo de los acusados y que son condenados por pícaros, por
ladrones, por traficantes. Bueno, esa es la gran diferencia. Eso no se ve en Cuba o China,
donde de repente te enteras de que le cortan la cabeza a un señor porque dicen que
delinquió y tenía cargos políticos. Hay diferencias. Y dentro de las democracias también.
Las más avanzadas son menos corruptas que las más primitivas, las que son mucho más
ineficientes. Recuerdo que en los años en que viví en Inglaterra, el escándalo más grande de
corrupción fue el de un ministro de Margaret Thatcher, que no solamente perdió su
ministerio sino que fue preso y perdió prácticamente todo su patrimonio por haber pasado
un fin de semana en el Hotel Ritz de París, pagado por un jeque árabe. O sea, una
corrupción de unos cuantos cientos o unos cuantos miles de libras esterlinas. Como
comprenderá, eso en la época de Fujimori en el Perú era lo que robaba normalmente un
pequeño alcalde. Ya no le digo los millones de millones de millones que consiguieron
Fujimori y Montesinos. La sanción social fue muy escasa, puesto que en las últimas
elecciones estuvo a punto de subir otra vez al poder con el voto popular. Esas diferencias sí
son muy importantes. Y creo que es fundamental ser muy exigente y riguroso en ese
campo, y no pensar que por ser político se tiene derecho a robar hasta cierto límite.

P. En las dictaduras hay evidentemente más corrupción. Pero también se da un


fenómeno inverso. Ahí es donde la lucha de los intelectuales cobra mayor sentido. Es
el caso de China con un premio Nobel de la Paz encarcelado.

R. Absolutamente. Cuando la libertad desaparece es cuando la libertad de pronto resulta


importante. Y cuando la lucha por la libertad se convierte en una prioridad, el intelectual, el
escritor, el poeta, el novelista, el pintor, de pronto empiezan a tener una importancia central
en esa lucha. Ese es un fenómeno que lo estamos viendo en China, es interesantísimo, el
caso de Ai Weiwei. Es una figura que representa hoy en día el espíritu de resistencia, la
voluntad de apertura, de modernización, de democratización.

P. Al tratar de la degradación de los valores, incluye también el sensacionalismo en la


prensa. ¿Cree usted en la autorregulación como una vía para atajar estas prácticas?
R. Creo que es la única. Que la propia prensa asuma una responsabilidad. Eso no se
resuelve con sistemas de censura, ni muchísimo menos. Pero además yo creo que el
sensacionalismo es la expresión de una cultura. La prensa forma parte de la vida cultural de
un país. Y si la cultura empuja a la prensa a la chismografía, y hace de la chismografía un
elemento central, al final el mercado se lo va a imponer a los periódicos, por más
responsables y serios que quieran ser. Y eso lo estamos viendo en todas partes. Los
periódicos más serios tratan de resistir, pero en un momento dado, si la supervivencia está
en juego, tienen que hacer concesiones. El origen no está en los periódicos, el origen está
en la cultura reinante, que impone la frivolidad y el amarillismo.

P. Usted ha sufrido el sensacionalismo.

R. Lo he padecido. Toda persona que es conocida hoy en día es irremediablemente víctima


de la chismografía. Pasas a ser un objeto que ya no puede controlar su propia imagen. La
imagen se puede distorsionar hasta unos extremos indescriptibles. Mucho más si haces
política en un mundo subdesarrollado. Allí ya todo puede ocurrir

P. Y hay un efecto multiplicador con las nuevas tecnologías.

R. Frente a las cuales te puedes defender muy mal. A mí me pasó una experiencia hace un
tiempo en Argentina. Una señora me felicitó por un texto que me dijo le había conmovido
mucho de homenaje a la mujer. Y yo le dije que muchas gracias, pero que no había escrito
ningún homenaje a la mujer. Pensé que era una cosa que se había inventado ella o que se
había confundido. Un tiempo después me mandan mi elogio a la mujer, que había aparecido
en Internet. Un texto de una cursilería que da vergüenza ajena, firmado por mí y lanzado al
espacio con motivo de no sé qué. ¿Cómo te defiendes contra eso? Es absolutamente
terrible. De pronto pierdes tu identidad, porque hoy en día hay esos mecanismos que
permiten falsificaciones de esa índole. A mí me parece bastante aterrador. Tampoco puedes
dedicar tu vida a rectificar. Al final dejas de escribir, dejas de leer, para tratar de rectificar
todas las falsedades, invenciones que te atribuyen. Eso es uno de los aspectos justamente de
la irresponsabilidad que ha traído la gran revolución audiovisual.

P. Pero también hay que reconocer que el universo de Internet y las redes sociales
permiten la exposición universal de un artista o de un pensador al instante.

R. Y burlar todos los sistemas de censura; eso es un progreso. Pero al mismo tiempo
también es otra forma de confusión que tiene efectos muy negativos en la cultura, en la
información. El exceso de información en última instancia también significa la desaparición
de la discriminación, de las jerarquías, de las prioridades. Todo alcanza un mismo nivel de
importancia por el simple hecho de estar en la pantalla. (…)