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Dossier

Procesos de domesticación y dispersión


de la agricultura en el sur de Sudamérica
Coordinado por

Sebastián Pastor Adolfo F. Gil


CEH-CONICET IANIGLA-CONICET,
pastorvcp@yahoo.com.ar Universidad Nacional de Cuyo
agil@mendoza-conicet.gob.ar

Variabilidad en las trayectorias de adopción de la


agricultura en el sur de Sudamérica
Sebastián Pastor y Adolfo F. Gil

Reunimos en este dossier cinco artículos que señalan algunas formas en las que ac-
tualmente se estudia la incorporación de plantas domesticadas y sus distintos roles a
la historia humana del sur americano (aproximadamente entre los 22° y 40° S; Figura
1). Estos trabajos no intentan ser una síntesis representativa del conocimiento actual
del tema, sino ejemplos de formas sólidas de integrar información arqueológica re-
gional en la relación humano/ambiente focalizada sobre las plantas domesticadas. En
los últimos años se han producido avances considerables en la investigación acerca
de los procesos de domesticación vegetal y dispersión de los cultivos en esta re-
gión (Piperno 2011; Yacobaccio y Korstanje 2007). El análisis de casos específicos
y trayectorias locales permite la integración de diversas problemáticas concurrentes
a una mayor escala geográfica, subcontinental o macrorregional, así como establecer
particularidades, contrastes, conexiones y semejanzas en diferentes niveles de com-
paración. Este crecimiento se ha basado en la aplicación y consolidación de nuevas
metodologías, acompañadas de desarrollos teóricos y de la propia dinámica de discu-
sión en la Arqueología.
Un aspecto sobresaliente es el esfuerzo dirigido hacia la recuperación y análisis
de restos arqueobotánicos. A partir de ahí, los avances en torno a diversas escalas
espaciales y cronológicas tienden a definir escenarios de gran riqueza y complejidad
que desafían los modelos vigentes (Archila et al. 2008; Babot et al. 2012; Korstan-
je y Babot 2008; Marconetto et al. 2007 y contribuciones allí incorporadas). Una
situación similar ocurre con el desarrollo de los estudios de isótopos estables y la
discusión sobre la dispersión del maíz y la trayectoria posterior a su adopción entre
diferentes grupos (Falabella et al. 2007; Gil et al. 2010; Killian Galván et al. 2012;
Laguens et al. 2009).

Revista Española de Antropología Americana 453 ISSN: 0556-6533


2014, vol. 44, núm. 2, 453-464
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Figura 1: A) Noroeste Argentino (Lema en este volumen); B) Chile Central (Planella et al. en este vo-
lumen; C) Centro-Occidente Argentino (Gil et al. en este volumen); D) Sierras Centrales de Argentina
(Pastor y Berberián en este volumen); E) Patagonia Noroccidental Argentina (en esta presentación); F)
Pampa Occidental Argentina (en esta presentación); G) Paraná inferior y delta del Paraná (en esta pre-
sentación); H) área septentrional del Río de la Plata (Beovide y Campos en este volumen); I) Litoral
Atlántico de Uruguay (en esta presentación).

Una tercera línea se refiere a la arqueología de los espacios productivos, los cuales
comprendieron una multiplicidad de modalidades tecnológicas y organizativas, así
como diversos grados de intervención sobre el paisaje. En la escala macrorregional,
esta aproximación permite contrastar, por ejemplo, las formas de agricultura andina
basadas en sistemas de regadío y estructuras de retención de suelos (ejemplos en
Korstanje y Quesada 2010), con los microrrelieves artificiales en tierra para el cultivo
de maíz en las tierras bajas uruguayas (Gianotti et al. 2013), pasando por la horticul-
tura de secano, con mínimas intervenciones sobre el terreno, practicada en las Sierras
Centrales de Argentina (Pastor y Berberián en este volumen; Pastor y López 2010).
Pero asimismo, si se modifica la escala y se enfoca particularmente una región como
el Noroeste Argentino en un período acotado como el primer milenio de nuestra era,

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el concepto de agricultura andina se fragmenta en una diversidad de paisajes produc-


tivos, prácticas, tecnologías, escalas de producción y formas organizativas, tal como
manifiesta la investigación contemporánea (Figueroa 2013; Franco y Berberián 2011;
Korstanje 2010; Ortiz y Heit 2013; Quesada 2006) y como expone Verónica Lema en
su contribución en este dossier.
En concordancia con estos avances, las investigaciones han flexibilizado sus uni-
dades de análisis apartándose de dicotomías extendidas que dominaron las primeras
aproximaciones al problema (cazador-recolector/agricultor, silvestre/ domesticado,
recolección/cultivo). En su lugar, se reconocen formas complejas y dinámicas de
relación con el entorno vegetal a través de variadas prácticas de manejo que pudieron
implicar el fomento o tolerancia de determinadas malezas, cosechadas y consumidas
posteriormente, así como el cultivo de taxones no domesticados. Más allá del estatus
silvestre o domesticado de una determinada especie vegetal, se reconocen formas
híbridas, intermedias y transicionales, como producto de una sostenida interacción,
manipulación y selección por parte de las poblaciones humanas. Acompañando a
estos ajustes conceptuales, se tiende también a definir un énfasis alrededor de la hor-
ticultura y de los huertos como espacios productivos, aun cuando no constituyeran la
base económica de las múltiples sociedades que la practicaron. En síntesis, el incre-
mento del ritmo de las investigaciones, el mayor conocimiento de numerosos casos y
trayectorias locales, así como la constante renovación teórico-metodológica, estable-
cen un nuevo marco para el tratamiento del problema en el ámbito sur sudamericano
que justifica la presente compilación.
Desde el poblamiento inicial del subcontinente por cazadores-recolectores en el
Pleistoceno final, estas sociedades desarrollaron complejos vínculos con el entorno
vegetal, los cuales llevaron en algunos casos a la domesticación y el cultivo. En
ocasiones estos cambios fueron la base de ulteriores transformaciones, a partir de
la instauración de economías agrícolas (o agro-ganaderas en determinadas regiones
andinas) y de formas de organización sociopolítica complejas e internamente jerar-
quizadas. En otras trayectorias, la incorporación de cultígenos no implicó la profun-
dización de la producción, llegando incluso a escenarios donde los mismos pudieron
tener un valor más simbólico que alimenticio.
Durante años se aceptó que la domesticación y posterior dispersión continental
del maíz (Zea mays) fueron claves para comprender estos cambios, concebidos como
un proceso general de transición de la caza-recolección a la agricultura, con el maíz
como cultivo principal. En cualquier caso los estudios señalan al maíz como un recur-
so exótico o introducido en el sur de Sudamérica, a partir de centros de domesticación
externos localizados entre Mesoamérica y el norte sudamericano (Staller et al. 2006).
Más allá de las trayectorias y cronologías propuestas por diferentes autores, ya
sean inclinadas a una mayor antigüedad de su presencia en Sudamérica (ca. 8000-
7000 años AP; Pearsall 2002), o a una antigüedad menor (ca. 4000 años AP; Staller
2003), en algunas regiones del sur del subcontinente se han obtenido dataciones re-
lativamente tempranas, aunque apoyadas en identificaciones de microrrestos y con
fechas numéricas no directas. Así por ejemplo en la Puna de Argentina (Babot 2011)
y en el litoral atlántico de Uruguay (Del Puerto y Campos 1999; Iriarte 2006) se iden-
tificaron restos de maíz con cronologías propuestas en ca. 4500-3500 años AP. En el

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primer caso, no existe información acerca de su cultivo local o de su probable vía de


ingreso, aunque sabemos que su incorporación se produjo en un contexto de transfor-
mación de las sociedades cazadoras-recolectoras, las cuales incluyeron procesos de
domesticación animal y vegetal. Con el correr del tiempo estos procesos condujeron
a la constitución de modos de vida agropastoriles y a cambios en las estructuras so-
ciopolíticas (Aschero 2006; Yacobaccio y Korstanje 2007). En el caso de Uruguay, el
maíz fue relacionado con prácticas locales de cultivo, además de la ocupación estable
de aldeas construidas con montículos de tierra, la producción de alfarería y tempranos
procesos de jerarquización social (Iriarte 2006).
También se propone una presencia temprana del maíz en las Sierras Centrales de
Argentina, aunque con fechas algo más recientes, ca. 3000-2500 años AP (Pastor y
Berberián en este volumen; Pastor et al. 2012). Esta región se ubica a aproximada-
mente 700 km al sudeste de la Puna y a 1.200 km al occidente del litoral marítimo
uruguayo. Asimismo se encuentra a 700 km al occidente de la margen uruguaya del
Río de la Plata, donde también se asignan fechas de ca. 3000 años AP a los contextos
más tempranos con evidencias de manipulación del maíz (Beovide y Campos en este
volumen).
Otras regiones involucradas en el proceso de dispersión de este cultígeno son Chile
Central (Planella et al. en este volumen) y el Centro-Occidente de Argentina (Gil et
al. en este volumen). Las primeras dataciones para Chile Central (a unos 600 km al
sudoeste de la Puna Argentina y a 600 km al oeste de las Sierras Centrales) son de ca.
1800 años AP (Planella et al. en este volumen), mientras que en el Centro-Occidente
Argentino (a unos 500-900 km al sur de la Puna y a 400-600 km al oeste de las Sierras
Centrales), los contextos más tempranos arrojaron fechados de ca. 2200-2000 años
AP (Gil et al. 2006). Aún a mayor distancia, en el norte de la Patagonia, se identifi-
caron microvestigios de maíz asociados a una piedra de moler en un contexto datado
en ca. 1900 años AP (Lema et al. 2012).
Durante el período comprendido entre 2000 y 1000 años AP se produjo una verda-
dera eclosión de las plantas domesticadas en numerosas regiones del sur de Sudamé-
rica, tanto en diversidad taxonómica como en abundancia. Asimismo se presentan las
primeras evidencias sólidas sobre una importancia significativa del maíz en la subsis-
tencia, el cual comenzó a pesar en la dieta de diferentes poblaciones. En el Noroeste
Argentino se implantaron paisajes productivos en una diversidad de medios ecológi-
cos, desde las selvas y bosques pedemontanos hasta el altiplano andino, pasando por
los valles y quebradas intermedios. En algunos casos se desarrollaron infraestructuras
productivas de considerable escala y sofisticación técnica. En cuanto al maíz, a lo lar-
go del período se adoptaron nuevas variedades, comenzando con subespecies duras
de maduración rápida para incorporar luego variedades semiduras, harinosas y por
último dulces. Finalmente en el período tardío (Desarrollos Regionales e Inka), ca.
1000-400 años AP, se produjo un incremento en la escala de la producción agrícola y
asimismo un aumento de la importancia del maíz en la dieta de las antiguas poblacio-
nes (Lema en este volumen; Oliszewski 2012).
En Chile Central, el cultivo y consumo de maíz se mantuvo en una escala limitada
durante el período 1800-800 años AP, excepto al final del mismo cuando se verifica
un incremento de su importancia en la dieta, así como en el número de variedades

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manipuladas. Al igual que en el Noroeste Argentino, la escala de la producción agrí-


cola y del cultivo del maíz se incrementó durante el período tardío (Intermedio Tardío
y Tardío de la secuencia local, ca. 1000-400 años AP), con un particular énfasis en su
consumo en forma de chicha en contextos rituales (Falabella et al. 2007; Planella et
al. en este volumen).
En el caso del Centro-Occidente Argentino, entre los 31° y 35° S, el maíz man-
tuvo una escasa importancia en la dieta excepto en los siglos finales del período
prehispánico, ca. 1500-400 años AP, y específicamente entre las poblaciones más
septentrionales (Gil et al. 2010; Gil et al. en este volumen). Un panorama similar se
observa en las Sierras Centrales de Argentina, donde a pesar de su temprana presen-
cia en la región, sólo comenzó a ser cultivado y a tener importancia económica con
posterioridad a ca. 1100-1000 años AP (Laguens et al. 2009; Pastor y Berberián en
este volumen; Pastor y López 2010).
En las tierras bajas del sudeste sudamericano también se reconoce un incremento
en la producción y consumo de maíz ca. 2000-1000 años AP, incluso en áreas sin an-
tecedentes previos de su presencia, como el Delta del Paraná (Bonomo et al. 2011).
En esta región los procesos que acompañaron a la dispersión de la horticultura, así
como al incremento de la producción y consumo de maíz en particular, especialmente
en el Holoceno Tardío final (ca. 2000-400 años AP), pudieron estar vinculados con
sucesivas migraciones de poblaciones septentrionales hablantes de lenguas arawak y
guaraní (Politis y Bonomo 2012; Loponte y Acosta 2013).
En estos siglos finales del período prehispánico, en los que el maíz comenzó a ser
cultivado y consumido de forma generalizada en numerosas regiones del sur de Suda-
mérica, se propone finalmente una probable manipulación y procesamiento culinario
por parte de grupos cazadores-recolectores que habitaban en territorios más allá de la
frontera agrícola, en las regiones pampeana y norpatagónica de Argentina. Esta idea
se apoya en información de fuentes escritas así como en la identificación de micro-
rrestos vegetales (Illescas et al. 2012; Musaubach y Berón 2012; Pérez y Erra 2011).
Además del maíz, una variedad de especies vegetales fueron domesticadas en di-
ferentes regiones sudamericanas para luego experimentar procesos particulares de
dispersión y, asimismo, de diferenciación a lo largo de cada recorrido. Algunas de
ellas fueron objeto de una larga manipulación por parte de las poblaciones humanas
y formaron complejos maleza-cultivo-domesticado, con la explotación simultánea de
variedades silvestres, domesticadas y transicionales a través de prácticas de cultivo,
fomento y tolerancia. Un ejemplo destacado en las montañas andinas y regiones ad-
yacentes corresponde a especies de los géneros Chenopodium y Amaranthus. En el
caso de la Puna Argentina se ha definido un probable proceso local de domesticación
de Chenopodium quinoa (quínoa), ca. 4500-3500 años AP, un período de transforma-
ción de las sociedades cazadoras-recolectoras que incluyó cambios en la relación con
poblaciones de camélidos silvestres que, a la postre, condujeron a la domesticación
de la llama (Lama glama). Desde ca. 3000 años AP también hay registro del consumo
de otra especie domesticada, el amaranto (Amaranthus caudatus). Durante el período
2000-1000 años AP se incrementó el cultivo de estas especies, sin dejar de lado el
aprovechamiento de variedades silvestres y malezoides de los mismos géneros (Ya-
cobaccio y Korstanje 2007; Lema en este volumen).

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En paisajes altoandinos de Chile Central, ca. 3500-3000 años AP, se identifica una
variedad domesticada de quínoa que correspondería a una diferenciación local de la
especie del Centro-Sur Andino (Planella et al. en este volumen). El cultivo extendido
de la quínoa en esta región, ca. 2300-1800 años AP, se habría desarrollado en huertos
con escasos requerimientos, ajustados a los sistemas de movilidad de los cazadores-
recolectores locales. Como tendencia general, con posterioridad a estas fechas se ha-
bría producido un incremento en el cultivo y consumo de la quínoa en Chile Central,
en un marco de desarrollo de la horticultura entre grupos con identidades sociales
diferenciadas.
En las Sierras Centrales de Argentina, en fechas asimismo tempranas (ca. 3000
años AP), se registra un aprovechamiento de este tipo de recursos. Probablemente se
trata de especies silvestres como Chenopodium hircinum o Ch. ambrosioides, quienes
encuentran un hábitat favorable para la colonización en terrenos abiertos y perturba-
dos por la actividad antrópica, como campamentos base abandonados. De este modo,
la actividad cotidiana y los hábitos alimenticios de los grupos cazadores-recolectores
de este período pudieron favorecer una dispersión no intencional de este tipo de plan-
tas, a través de la cosecha selectiva y el fomento, como prácticas antecedentes de la
domesticación y el cultivo (López et al. 2015).
Otros vegetales también resultaron clave en los procesos de domesticación y dis-
persión temprana de los cultivos en el sur de Sudamérica. Tal es el caso de las es-
pecies silvestres, intermedias y domesticadas del género Cucurbita (zapallos). La
coexistencia de diferentes morfotipos en contextos arqueológicos del Noroeste Ar-
gentino da cuenta de una diversidad de prácticas de manejo y cultivo, de la tolerancia
hacia formas silvestres o malezoides y de procesos de selección orientados a fines
alimenticios y/o tecnológicos (los frutos como contenedores), los cuales condujeron
a la domesticación de C. maxima ssp. maxima (Lema 2011 y en este volumen).
Los testimonios más tempranos sobre el aprovechamiento de Cucurbita sp. provie-
nen del territorio uruguayo. Los contextos arqueológicos con evidencias del procesa-
miento y consumo de Cucurbita sp. se remontan al Holoceno Medio, ca. 4800-4200
años AP, más allá de que su utilización continuara durante el Holoceno Tardío y hasta
fines del período prehispánico (Beovide y Campos en este volumen).
En el Centro-Occidente Argentino la información del sitio Gruta del Indio permi-
tió sostener una probable presencia temprana de Cucurbita sp. (ca. 3800 años AP) a
partir de la asociación de semillas con un contexto funerario (Lagiglia 1980). Esta es-
timación debe ser mantenida con reservas, en tanto que el registro arqueobotánico del
sitio, que comprende una variedad de cultígenos, se ubica en torno a los 2200-1900
años AP (Lagiglia 2001). Una reciente datación directa sobre el envoltorio que conte-
nía estos macrorrestos, arrojó fechas más tempranas a las postuladas previamente por
asociación contextual (Gil 2006). Este resultado es una invitación más para apoyar
las inferencias cronológicas sobre la base de fechas directas sobre los macrorrestos
identificados (Long et al. 1989). La manipulación y consumo de especies de zapallo
continuó en la región hasta recientemente, como muestran los depósitos de diferentes
sitios arqueológicos incluyendo a Agua Amarga (ca. 600-450 años AP), donde se
recuperaron macrorrestos de Cucurbita probablemente pertenecientes a la especie
domesticada C. maxima (Ots et al. 2011).

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Los vestigios de Cucurbita sp., así como de Lagenaria sp. (calabaza), se identifi-
can en contextos de Chile Central con fechas posteriores a ca. 1600 años AP, en un
marco de plena horticultura (Planella et al. en este volumen). También en las Sierras
Centrales de Argentina se registraron microfósiles de Cucurbita sp. en contextos ar-
queológicos de consumo y descarte, con dataciones posteriores a ca. 1000 años AP
(Pastor y Berberián en este volumen; Pastor y López 2010). Durante este mismo
período, más allá de la frontera agrícola prehispánica, en el sector occidental de la
región pampeana de Argentina, se registraron microvestigios de Cucurbita sp. aso-
ciados con el contenido de recipientes cerámicos (Illescas et al. 2012).
No pretendemos desarrollar aquí un panorama exhaustivo, el cual puede encon-
trarse en otras publicaciones recientes (Yacobaccio y Korstanje 2007). Solo men-
cionamos que otras plantas también tuvieron un rol fundamental en los procesos de
domesticación vegetal en Sudamérica, en la dispersión inicial de los cultivos y en las
trayectorias hacia la integración de modos de vida agrícolas o agropastoriles. Tal es el
caso de las especies silvestres y domesticadas del género Phaseolus (porotos, frijoles
o alubias), que fueron incorporadas a la dieta de numerosas poblaciones a través de
prácticas de recolección, fomento y cultivo, como muestran las contribuciones inclui-
das en el dossier. Lo mismo puede decirse de diferentes especies con raíces, tubércu-
los y rizomas comestibles, especialmente de los géneros Solanum (papa), Ipomoea
(batata) y Canna (achira).
El curso de la investigación contemporánea ha debilitado nociones arraigadas
como un reemplazo relativamente rápido del modo de vida cazador-recolector por
la expansión de la agricultura, o la centralidad del cultivo del maíz. También ha de-
bilitado la idea de que la presencia de plantas domesticadas implica necesariamente
la existencia de prácticas agrícolas entre las poblaciones que las manipularon. La
consolidación de la estrategia agrícola, por su parte, ha dejado de ser vista como un
proceso unilineal y necesario, abriéndose paso a la posibilidad de reversión en la im-
portancia de estos recursos. La domesticación vegetal, la dispersión de los cultivos y
la constitución de modos de vida agrícolas (o parcialmente fundados en la producción
hortícola/agrícola) se muestran como procesos complejos, dinámicos y no lineales en
el sur de Sudamérica. Por ejemplo, en el Centro-Occidente Argentino, la idea de una
adopción progresiva del maíz, de acuerdo con un vector norte-sur, contrasta con un
escenario donde destaca la importancia relativamente acotada de este recurso en la
dieta y la marcada variabilidad interindividual en la intensidad de su consumo, que
no se relaciona con tendencias espaciales o temporales definidas. Únicamente las po-
blaciones más tardías (posteriores a ca. 1500 años AP) y septentrionales (31°-32° S)
muestran una mayor incorporación de este recurso en la dieta (Gil et al. 2010). Aun
así, se ha notado una disminución en su importancia desde el comienzo de la Pequeña
Edad del Hielo (ca. 500-400 años AP) como consecuencia de condiciones climáticas
adversas para el cultivo, en un escenario de transformación social sucesivamente
promovido por la conquista inka y española (Gil et al. 2014).
Los estudios muestran un amplio espectro de plantas, además del maíz, jugando
un rol protagónico en los procesos de domesticación y cultivo inicial. Como se puede
observar en el dossier, algunas especies tuvieron una amplia dispersión continental o
subcontinental a partir de sus centros de domesticación, mientras que otras permane-

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cieron limitadas a regiones particulares. Más allá de estas alternativas, se ha produci-


do una significativa dinamización en el conocimiento de las interrelaciones entre las
sociedades humanas y el entorno vegetal que sin duda será enriquecido con el avance
de la investigación. La aplicación de técnicas de recuperación como la flotación, la
identificación de microvestigios arqueobotánicos, los análisis genéticos, los fechados
radicarbónicos directos por AMS y los análisis de isótopos estables, entre otros, están
mejorando el conocimiento de estructuras arqueológicas que necesitan ser explicadas
en términos de procesos. Se están requiriendo nuevos estándares para la evaluación
de estas evidencias y sus significados (Blake 2006).
El sur sudamericano, lejos de mostrar un panorama homogéneo, presenta un mo-
saico de prácticas culturales relativas al manejo del entorno vegetal, con una diver-
sidad de trayectorias de domesticación, tolerancia, selección, fomento, recolección y
cultivo de especies comestibles o dotadas de otros tipos de propiedades (v.g. tecno-
lógicas, medicinales), así como de organización de la subsistencia y de las relaciones
sociopolíticas. Explicar este mosaico en términos de estrategias humanas es un desa-
fío poco enfrentado y entre los que destacamos el intento de Muscio (2007).
Antes de finalizar esta presentación queremos dejar constancia de nuestro reco-
nocimiento a los autores que aceptaron participar de esta propuesta a través de sus
valiosas contribuciones así como a los evaluadores externos por su predisposición y
compromiso. El agradecimiento se extiende especialmente a la Revista Española de
Antropología Americana y a sus editores, quienes tuvieron la gentileza de brindar un
espacio para la difusión de estas investigaciones en su prestigioso medio.

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Boceto para un esquema: domesticación
y agricultura temprana en el Noroeste argentino
Verónica S. Lema
Laboratorio de Etnobotánica y Botánica Aplicada, División Arqueología
Universidad Nacional de La Plata – CONICET
vslema@hotmail.com

Recibido: 19 de septiembre de 2013


Aceptado: 15 de abril de 2014

RESUMEN
El objetivo de este trabajo es brindar una puesta al día en torno a la problemática de la domesticación vegetal,
agricultura temprana y primeras sociedades productivas en el Noroeste Argentino. Mediante una revisión
crítica de los avances recientes en la temática, las categorías de análisis, los indicadores considerados y la me-
todología empleada, se presenta un panorama de la historia temprana del cultivo en la región (ca. 4000-1500
AP), junto a un ejercicio reflexivo de la manera en la cual abordamos procesos del pasado.
Palabras clave: Cultivo, domesticación, agricultura, Noroeste argentino.

Sketch for a Scheme: Domestication and Early Agriculture


at the Argentinean Northwest
ABSTRACT
The aim of this paper is to present an update of issues regarding to plant domestication, early agriculture and
the first productive societies of the Argentinean Northwest. Through a critical review of recent advances in
these issues, the analytical categories, the kind of register employed and the methodology applied, an outlook
of the early history of cultivation at this region (ca. 4000-1500 BP) is presented, together with a reflection of
the pathways that we take to address processes of the past.
Key words: Cultivation, domestication, agriculture, Argentinean Northwest.

Sumario: 1. Boceto/bosquejo; esquema/andamio: retórica de una perspectiva. 2. Bosquejo para un andamio.


3. Distintos conceptos, distintos indicadores, nuevas metodologías. 4. ¿Qué sabemos sobre los inicios de la
domesticación vegetal en el NOA? 5. Primeros paisajes agrícolas: la «explosión» del 1er milenio d.C. 6. Mati-
ces taxonómicos, un andamiaje de la sistemática alterna 7. Alertas temporales: lo que está al inicio puede estar
también hacia el final. 8. ¿Dónde quedó la transición y el «paso a»?: la trampa de la linealidad. 9. Y al final…
volver a pensar ¿por qué se dio el cambio? 10. Referencias bibliográficas.

1. Boceto/bosquejo; esquema/andamio: retórica de una perspectiva

Matices de un instante
Matices por un instante
Oye como canta el árbol sus colores, su diferencia
y los matiza, matiza, por un tiempo
Tan solo blanco y negro pretendan que veamos
¿Qué fue de los colores? ¿Qué fue de los matices?
(Extracto de «Arco Iris», Amina Alaoui)
Existen varios modos de entender la palabra «esquema», por lo que quisiera aquí
aclarar que la utilizo como artilugio semántico que me es útil para resumir un fe-
nómeno tomando en consideración aspectos del mismo que creo importantes o re-

Revista Española de Antropología Americana 465 ISSN: 0556-6533


2014, vol. 44, núm. 2, 465-494 http://dx.doi.org/10.5209/rev_REAA.2014.v44.n2.50726
Verónica S. Lema Boceto para un esquema: domesticación y agricultura temprana...

presentativos en su caracterización y análisis. Lejos de un esquema que se entienda


como, o se convierta en, una estructura inamovible, es decir, el esquema como «base
estructural, fija y firme, de», la consideración que me propongo es fluida. Fluida,
dado que discurre entre las posiciones relativas que adoptan los aspectos a considerar,
los cuales pueden actuar también como relaciones, esto es, no solo estar «vinculados
a», sino también ser «el vínculo entre». Es por ello que, además de ser pensado, el
esquema puede ser también una representación gráfica de un tema o tópico; elijo a
los andamios y su combinación en un andamiaje, como referente visual, ya que si
bien parece una estructura fija, está en realidad en constante reformulación cuando
se emplea en una única obra, una obra que, en la temática que abordo en este trabajo,
es un boceto.
La idea de boceto puede también llevar a una idea imprecisa acerca de mi aprecia-
ción del fenómeno de la domesticación y agricultura temprana. El boceto se entiende
como un bosquejo de algo que luego se busca concretar, definir, delimitar y dar por
cerrado. Del boceto a la obra. Creo que en nuestro discurrir como investigadores
siempre estaremos ante un boceto, agregando líneas aquí, quitando otras allá, creando
sombras o énfasis según nuestra presión sobre el lápiz que empleemos. Trabajamos
un andamiaje que es dúctil y nos permite un dinamismo de ideas y metodologías; de
esta manera, incluso usando las mismas vigas y uniones, podemos generar estructuras
nuevas, nuevas relaciones, nuevos vínculos, nuevas direcciones hacia donde se erige
el andamio que nos permite crear y recrear nuestro boceto. Es por ello que el andamio
se constituye también en un bosquejo.
Este bosquejo de un andamio no es algo que se considera así por ser inicial, imper-
fecto, a superar; creo que esta es la figura retórica más valida cuando reconocemos
que como humanos (nosotros que investigamos, aquellos pretéritos que son investi-
gados) somos –a decir de M. Kundera– un boceto, un borrador, sin cuadro.

2. Bosquejo para un andamio

Hacer un racconto del «estado del arte» en lo que refiere a la problemática de los
inicios de la domesticación vegetal y su vínculo con la agricultura en el área del
Noroeste Argentino (NOA) 1 no es una tarea fácil en un espacio de escritura acotado.
No lo es, porque considero que para entender el devenir de esta problemática se hace
necesario explayarse respecto a tres aspectos clave que guardan una estrecha relación
entre sí: las categorías bajo las cuales se está definiendo, delimitando e investigando
este fenómeno, los indicadores que –consecuentemente– se asumen como clave para
la comprensión del mismo y aspectos metodológicos en el tratamiento de estos últi-
mos que pueden redefinir sus potenciales aportes. Sucintamente, procuraré desarro-
llar estos tres tópicos a lo largo del texto a fin de lograr el objetivo de este trabajo, esto
es, dar cuenta de lo que hoy podemos decir sobre domesticación vegetal, agricultura
temprana y primeras sociedades productivas en el NOA.

1  Al mencionar «región» o «regional» a lo largo del texto refiero al NOA.

466 Revista Española de Antropología Americana


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Verónica S. Lema Boceto para un esquema: domesticación y agricultura temprana...

Mi propuesta es también redactar un texto no lineal para subvertir un pensamiento


de esta índole e ir más allá de ciertas clásicas dicotomías que resultan ser, usualmen-
te, los extremos entre los cuales se desliza la flecha de la linealidad. Por motivos de
espacio necesariamente tuve que hacer una selección de sitios, tomando aquellos
que me resultaron más representativos de los ítems que trato a lo largo del trabajo,
pero también procurando cubrir la mayor cantidad de áreas intra-NOA 2. Por iguales
motivos, la bibliografía se acota a trabajos relevantes, fundamentalmente recientes o
de síntesis 3 y también, para dejarle más lugar al escrito, no se suman tablas ni figuras.

3. Distintos conceptos, distintos indicadores, nuevas metodologías

Plantas domesticadas, plantas cultivadas, cultígenos, agricultura, horticultura, reco-


lección, manejo, producción de alimentos, suelen ser –entre otros– términos emplea-
dos en las investigaciones sin una clara, o explícita, problematización de los mismos.
Problematizar estos términos –o al menos definirlos, sea empleando conceptos pro-
pios o ajenos– permite ser claros en cuanto a lo que se está pretendiendo investigar
y a los indicadores que serán tomados en cuenta, algo importante para el lector de
nuestros trabajos pero crucial para quienes estamos llevando a cabo la investigación.
Al comenzar mis trabajos en torno a la domesticación vegetal en el NOA, sugerí
la necesidad de procurar herramientas analíticas que nos permitieran ir más allá de
identificar formas silvestres y domesticadas en el registro arqueobotánico, como una
vía de indagación que nos conduciría –junto a otras– a poder matizar o redefinir la di-
cotomía recolector-agricultor, la cual estaba intentando ser superada en otras regiones
de Argentina (Gil 2005). De esta manera, considerar otras prácticas de manejo sobre
el entorno vegetal (fomento, tolerancia, cultivo sin domesticación) y su reflejo mate-
rial en restos de plantas consideradas como artefactos (formas intermedias, transicio-
nales, malezas, híbridos) resultó ser una vía superadora inspirada fundamentalmente
en estudios etnobotánicos propios y ajenos (Lema 2009a, 2009b, 2010a y bibliografía
allí citada).
Los principales resultados fueron situar la recolección y domesticación en el con-
texto de variadas prácticas de manejo y sus formas vegetales asociadas, desanclar la
domesticación de la problemática de los «orígenes de la agricultura» para abordarla
como un proceso en sí mismo, poner mayor énfasis en la detección arqueológica del
cultivo (sensu lato o sensu stricto, Lema 2009a, 2010a) que en la domesticación y
considerar a la horticultura como una forma productiva para ser indagada con ma-
yor énfasis. De ello surgió un panorama arqueológico nuevo, con alta diversidad y
flexibilidad en las prácticas de manejo, las cuales dieron lugar a formas silvestres,
domesticadas y cultivadas no domesticadas (híbridos, malezas, formas intermedias)

2  Por motivos de extensión no incluí información de sitios chilenos, no por eso dejo de reconocer la rele-
vancia de los mismos –cuyos vínculos con las sociedades del NOA es innegable– para el tema abordado en
este trabajo
3  Dado que las categorías son un tema que se problematiza en este trabajo, a partir de la sección 3 coloco
entre comillas aquellas que se toman de los textos citados a continuación. Las comillas simples las empleo
para mis propias expresiones.

Revista Española de Antropología Americana 467


2014, vol. 44, núm. 2, 465-494
Verónica S. Lema Boceto para un esquema: domesticación y agricultura temprana...

a lo largo de la historia de la región, posiblemente en espacios similares a los huertos


actuales de numerosas partes del mundo. Así, la idea de una horticultura inicial para
momentos tempranos del Formativo, e incluso durante la `transición´ hacia el mismo,
que había sido ya propuesta por otros investigadores (Haber 2006; Muscio 2001), fue
nutriendo mis investigaciones. Esto llevaba también a repensar la idea de `produc-
ción de alimentos´ y su asociación directa con las grandes y contundentes estructuras
productivas en piedra, pensando en los huertos como espacios que pueden conside-
rarse productivos, pero no sustento de la economía de un grupo.
Indagar en la horticultura como reflejo del inicio de la producción de especies
vegetales es distinto a procurar indicadores de agricultura, ya que se asume que esta
última posee una mayor envergadura e inversión tecnológica y de trabajo, dado que
–y este carácter resulta fundamental– aporta considerablemente a la economía y die-
ta del grupo. La agricultura influiría también de manera particular en el modo de
emplazamiento en el paisaje, en la movilidad y las relaciones sociales intra y extra
comunitarias, aspectos que iré bosquejando –matizando– en las páginas siguientes.

4. ¿Qué sabemos sobre los inicios de la domesticación vegetal en el NOA?

Qué sabemos implica considerar cómo lo sabemos. Comienzo diciendo esto puesto
que en este punto hay que tomar en cuenta dos factores clave que permitirán entender
el panorama general que presentaré a continuación (qué sabemos) en tanto inciden
(cómo lo sabemos) en la construcción del mismo. El primero de estos factores es el
desequilibrio y la fragmentación que existen a nivel regional en cuanto a la recupe-
ración y estudio de evidencias vinculadas a los inicios de la domesticación vegetal,
sea por haber áreas con distinta concentración de investigadores, por preservación
diferencial de restos arqueobotánicos, o por un escaso énfasis, respecto al tema que
aquí trato, en los proyectos de investigación. El segundo es el tipo de evidencia re-
cuperada y su consideración. En este último punto me explayo brevemente sobre un
caso paradigmático e ilustrativo: Lagenaria siceraria. Sus restos arqueológicos son
los más tempranos para una especie cultivada en América, incluso en momentos muy
cercanos al poblamiento de este continente, y sus formas silvestres se hallan actual-
mente sólo en África (Fuller et al. 2010). También en el NOA L. siceraria tiene un
registro temprano (ca 7000-6100 AP, Babot 2011) que procede fundamentalmente de
sitios puneños con buena preservación. La historia de manejo de este taxa en América
es compleja, surcada probablemente por sucesivos asilvestramientos y controles bajo
cultivo. En el NOA se usó a lo largo del tiempo fundamentalmente como contenedor
y no como alimento (Lema 2011b). El caso de L. siceraria es icónico dado que es
una planta sin antecesor silvestre conocido en América, está presente muy temprana-
mente como una planta cultivada en sociedades cazadoras recolectoras de inicios del
Holoceno, posee una historia no lineal de manejo y es representativa de prácticas de
cultivo, protección, asilvestramiento y domesticación que no generaron un cambio
hacia la producción vegetal en las sociedades que las manejaron. Cultivo no es igual
a domesticación y domesticación no es igual a agricultura, en tanto pueden cultivarse
(involucrando prácticas de siembra, riego y protección) plantas silvestres y manejar

468 Revista Española de Antropología Americana


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Verónica S. Lema Boceto para un esquema: domesticación y agricultura temprana...

plantas domesticadas bajo un sistema que no es agrícola (para más detalles sobre esta
diferencia y los antecedentes de su estudio, ver Lema 2009a, 2010a).
Volviendo ahora al primer punto mencionado al inicio de este apartado, el caso
de Antofagasta de la Sierra (ANS, puna de Catamarca) destaca a nivel regional por
poseer un registro de cuenta larga, presente en numerosos sitios que abarca prácti-
camente todo el Holoceno, y por contar con un estudio sumamente rico del registro
arqueobotánico como parte de un trabajo intensivo, diverso y de muchos años en la
región. La secuencia ocupacional indica sociedades cazadoras recolectoras entre el
10 000 y 3000 AP quienes, en torno a los 7000-6100 años AP, consumían tubérculos o
raíces (quizá Adesmia horrida o Hoffmanseggia eremophila, considerando su explo-
tación contemporánea como combustible en los sitios del área) (Babot 2011) y granos
de la especie silvestre Amaranthus hybridus L. var. hybridus (Arreguez et al. 2015).
Entre ca. 5000-4500 AP aumenta el espectro de plantas consumidas al incorporar-
se frutos y semillas (silvestres no locales como Opuntia sp. y «domesticadas» como
Chenopodium quinoa y/o Ch. pallidicaule 4 y Zea mays de endosperma córneo 5, sus-
ceptibles de ser cultivadas en el área) al igual que se suman prácticas de almacena-
miento de estos recursos, todo lo cual se desprende del análisis de microrrestos en
artefactos de molienda (Babot 2011). A este último perfil de consumo vegetal entre
«cazadores recolectores transicionales» 6 (Aschero y Hocsman 2011), se le adicio-
na posteriormente, ca. 4500-3200 AP, una diversificación en el conjunto de plantas
alimenticias, incorporándose principalmente taxones de ambientes mesotérmicos
(microrrestos afines a Amaranthus caudatus/A. mantegazzianus, rizomas de Canna
edulis, vainas de Prosopis sp./algarroba y frutos de Juglans australis) y partes subte-
rráneas obtenidas de especies microtérmicas domesticadas o tal vez «transicionales»
(granos de almidón afines a Oxalis tuberosa y Solanum tuberosum, con señales de
deshidratación previa al molido) (Babot 2011). A la diversidad taxonómica se suma
diversidad en modos de cocción que son incorporados también en esos momentos
(Babot et al. 2012). En cuanto a la producción en el área, la presencia de tallos de

4  A lo largo del texto se transcriben las identificaciones botánicas tal como figuran en la bibliografía citada.
La imprecisión en la asociación directa entre un nivel de resolución taxonómica y el nombre común de una
planta domesticada suele ser recurrente en la literatura arqueológica del NOA. Atender a la taxonomía de los
restos arqueobotánicos, lejos de ser un preciosismo formal, resulta clave ya que habilita discusiones de interés
sobre prácticas de manejo (ver más adelante análisis en relación a Chenopodim quinoa var quinoa y var me-
lanospermum). La imprecisión antes mencionada genera además la duda de si no se logró mayor definición
taxonómica o si se escribió el nombre científico con una acepción en desuso, resultando el nombre vulgar
asignado certero. Una de las funciones de la taxonomía linneana es la de establecer un lenguaje común que
apunta, precisamente, a no generar equívocos o confusiones al momento de comunicar información referida a
ciertas especies. Esto no inhabilita intervenir después estas identificaciones taxonómicas linneanas en función
de particularidades que las prácticas de manejo pueden generar. Incluso se puede luego optar por otro ordena-
miento de unidades discretas diferentes que consideren dichas prácticas (Harlan 1992), o bien, sugerir nuevos
órdenes considerando la manera en que las sociedades del pasado dieron sentido a su relación con lo que hoy
delimitamos como reino vegetal (Marconetto 2008).
5  En opinión de Oliszewski (2012) y Oliszewski y Olivera (2009), el cultivo local de maíz habría sido más
tardío en la zona.
6  Cazadores recolectores transicionales se expresa entre comillas puesto que es el término que usan los
autores citados que trabajan en la región. Las implicaciones conceptuales de esta expresión obedecen a linea-
mientos teóricos que los mismos emplean en sus investigaciones y que son debatidas y matizadas a lo largo
de este trabajo.

Revista Española de Antropología Americana 469


2014, vol. 44, núm. 2, 465-494
Verónica S. Lema Boceto para un esquema: domesticación y agricultura temprana...

Chenopodium aff. quinoa es interpretada como evidencia de la siega de panojas y el


cultivo local de esta planta ca. 3670-3490 AP (Aguirre 2012).
Se debe considerar también que entre los 4500 y 4000 AP se registra un marcado
aumento de humedad en ANS –después de la gran aridez del Holoceno medio (ca.
6500-5000 AP)– y un incremento en las evidencias de ocupación humana, con más
sitios –bases residenciales en aleros, casi exclusivamente– ocupados al mismo tiem-
po (Aschero y Hocsman 2011; Oliszewski y Olivera 2009).
Por lo tanto, considerando las propuestas de los autores antes citados, hacia ca. 4500
AP los «cazadores recolectores transicionales» de ANS incorporaron el cultivo sensu
lato de especies con adaptaciones a la altura, como quenopodiáceas y posiblemente ra-
zas de maíces de endosperma duro y tubérculos microtérmicos, «sin que se sepa si esta
producción a pequeña escala (…) refiere a procesos de experimentación y domestica-
ción o bien a un ingreso como práctica consolidada» (Aschero y Hocsman 2011: 404).
En el esquema general de ANS, estos cambios en la explotación y manejo de las
plantas acaecido ca. 4500-3000 AP, concuerdan con evidencias de una reducción de
la movilidad residencial en el área –sin reducción de la macromovilidad hacia ambas
vertientes de los Andes– con la activación de distintos dispositivos que habrían fun-
cionado como demarcadores espaciales en una situación de circunscripción social,
probable presencia de camélidos domesticados y ausencia de pastoralismo pleno (As-
chero y Hocsman 2011) 7. En opinión de estos dos últimos investigadores, entre los
4700 y 4500 años AP, habría una economía productiva de bajo nivel, con prácticas de
manejo y protección de camélidos silvestres, sin poder asegurar manejo de recursos
vegetales, incorporándose a dicho tipo de economía, en el lapso 4000-3500 AP, tanto
camélidos como especies vegetales domesticadas. Para Oliszewski y Olivera (2009)
en cambio, a partir de ca. 5000-4500 años AP se habrían incorporado los primeros
camélidos domesticados al igual que se incorporaron plantas domesticadas a la dieta
(maíz); el pastoreo habría estado bien establecido hacia ca. 3000 AP, momento en el
que también aumenta la presencia de maíz por intercambio con valles mesotérmicos
(restos del mismo en artefactos de molienda de PP4 entre ca. 4500 y 3200 AP, Babot
2011), incorporándose luego (ca. 2500-2000 AP) al pastoreo –como principal sus-
tento– la agricultura, la cual se incrementara junto con la demografía a partir de ca.
2000 AP.
¿Qué información tenemos para este mismo lapso cronológico en cuanto a la ex-
plotación de especies vegetales comestibles en otras áreas del NOA? Para momentos
previos al 3000 AP, los frutos de cactáceas de los géneros Trichocereus, Tephrocactus
y Lobivia, junto a diversas especies del género Prosopis (P. alba, P. nigra, P. ferox y
P. torquata) están presentes en las ocupaciones de cazadores recolectores de los sitios
Puente del Diablo (cabecera norte de los Valles Calchaquíes, Salta), Huachichoca-
na III 8 e Inca Cueva (quebradas de acceso a la puna, Jujuy), sumándose el registro
de juncáceas y raíces tuberosas de Hypseocharis pimpinellifolia (soldaque) en ICc4

7  Situaciones similares (circunscripción ambiental, aumento de la densidad, intensificación y manejo de


camélidos domesticados sin pastoralismo pleno) desde el Holoceno Medio a inicios del Holoceno tardío se han
planteado para sectores de la puna de Jujuy (Yacobaccio 2001) y Salta (López 2009).
8  En todos los casos se trata de macrorrestos recuperados en excavaciones realizadas en abrigos rocosos
décadas atrás que requieren de nuevos reestudios y fechados para confirmar cronología y tafonomía de los res-

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(Babot 2009, 2011; Lema 2009a). En el caso de Puente del Diablo, los ejemplares do-
mesticados –con rasgos intermedios– de C. máxima ssp. maxima se hacen presentes
en ocupaciones formativas (ca. 2000 AP) del alero. En la sección siguiente comento
las particularidades de estos, y otros, ejemplares arqueobotánicos del sitio.
El caso de Huachichocana III sigue siendo uno de los que aún genera mayores
contradicciones en la literatura sobre el tema, debido a la riqueza en especies ve-
getales domesticadas en contextos del Holoceno temprano que le asignara original-
mente A. Fernández Distel. En el estado actual del reestudio de la colección, nuevos
fechados y reconstrucción de contextos, los únicos ejemplares que son relevantes al
tema para momentos anteriores a la Era 9 son los de Capsicum aff. chacoense. Dichos
ejemplares fueron recuperados en el interior de una cesta cuyo fechado reciente es
de 3345-3173 cal. AP (2 sigmas) y, si bien parecen corresponder a la forma silvestre
C. chacoense (aji quitucho), sus caracteres no se correspondes totalmente con los
ejemplares modernos de esta especie, pudiendo tener algún grado de manejo (Lema
2012). Con esto último no estoy proponiendo la posibilidad de un cultivo local de la
especie –si bien el ají y pimiento se dan actualmente en la zona próxima a este abrigo
rocoso– sino a variaciones poblacionales de este taxa en el pasado, cuyo vínculo con
acciones humanas aún me encuentro investigando (Lema 2012; Lema 2013a). Una
nueva consideración del contexto donde se recuperó esta cesta –la cual poseía tam-
bién un complejo artefacto confeccionado con plumas de psitácidos, fibras vegetales
y fibras de camélido– la vincula a un entierro (Nº 3 con un fechado ca. 3400 AP,
Fernández Distel 1986) que posee un profuso ajuar del cual formó parte el cráneo y
las dos primeras vértebras de un camélido con un morfotipo que podría asimilarse
al de una llama moderna (Muscio 2001; Yacobaccio y Madero 1992). El estudio de
isótopos estables sobre este individuo y el esqueleto 2 de este sitio (ca. 10 000 AP),
señalan una fuente de energía C4 y proteínas C3 que podría corresponder al consumo
de herbívoros y plantas CAM (Olivera y Yacobaccio 1999), sin que se note un cambio
sustancial en la dieta que habría tenido uno y otro.
Cueva El Cristóbal, también en la puna jujeña, representa un caso interesante ya
que sugiere la presencia de «grupos agropastoriles» ca. 3000-2500 AP (Babot et al
2012). Fernández y colaboradores (1992) realizaron análisis isotópicos en tiestos ce-
rámicos de esta cueva obteniendo evidencias que sugieren la cocción de tubérculos o
quínoa. Recientemente el reestudio del sitio por S. Hocsman y el análisis de microfó-
siles realizados por P. Babot y equipo (2012) en manos de moler y tiestos recuperados
en estas nuevas excavaciones, sugieren una cantidad definida de combinaciones culi-
narias que involucraron quenopodiáceas (hojas frescas y granos pelados), tubérculos
(«papas» –aff. Solanum sp.– y «oca») y maíz, los cuales se vieron involucrados en
una gran variedad de técnicas culinarias (harinas, hervido, asado, con o sin descasca-
rillado, con o sin piel, tostado).

tos. Actualmente sigo con el re estudio de la colección de Puente del Diablo y Huachichocana, con resultados
inéditos, algunos de los cuales presento en este trabajo.
9  Hasta el momento, los estudios que me encuentro realizando señalan la ausencia de ejemplares de maíz
previos a ca. 1500 AP (Fernández Distel 1986), los ejemplares de Oxalis tuberosa y Arachis hypogaea de las
capas E1 y E2, respectivamente, no se encuentran aún para su reestudio, al igual que los restos de maíz de la
Cueva León Huasi I, próxima a la de Huachichocana.

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Con todo lo antes dicho, se puede considerar que el lapso en torno a los 4000-3000
AP resultó crucial en el inicio del cultivo y manejo de especies vegetales, al menos,
en algunos sectores de puna del NOA. Las investigaciones llevadas a cabo en otros
sitios de la puna jujeña y salteña (López 2009; Yacobaccio 2001) para este período,
evidencian que en estos sectores el énfasis estuvo en la caza y manejo de camélidos,
con escasos hallazgos de restos vegetales.

5. Primeros paisajes agrícolas: la «explosión» del 1er milenio d.C.

A partir de los inicios del primer milenio de la Era, se reporta un gran número de
sitios con infraestructura agrícola en diversos sectores del NOA. Su presencia ha
sido interpretada tanto como resultado de influencias provenientes de otras regiones,
como producto de desarrollos endógenos. En el primer caso estarían aquellas locali-
dades que carecen de ocupaciones previas al 2000 AP y poseen indicadores de rela-
ciones con otras regiones, siendo la cerámica, para este momento, un indicador por
excelencia. Tal es el caso de la propuesta de Muscio (2011) para Matancillas (puna de
Salta), Las Cuevas (Quebrada del Toro, Salta), instalaciones del río Las Burras (Co-
chinoca, Jujuy) y el sur de los valles orientales jujeños, estableciendo una relación de
filiación con la tradición San Francisco –cuyos contactos con estas áreas se evidencia
en diseños cerámicos– que explicaría el desarrollo agrícola en la zona. Propuestas
similares se han desarrollado para ocupaciones agrícolas en los sectores medio y sur
de la Quebrada de Humahuaca (González 2011; Tarragó y Albeck 1997).
En lo que refiere a sitios San Francisco, el perfil polínico de Moralito (Departa-
mento de San Pedro, faldeos más bajos de serranía de Zapla, Jujuy) estaría indicando
disturbios antrópicos ca. 2000 AP lo cual, junto a la presencia de implementos de
molienda y vasijas para almacenamiento, podría estar indicando «prácticas agrícolas
extensivas» (Echenique y Kulemeyer 2003; Lupo y Echenique 2001). Los estudios
desarrollados de manera sostenida por G. Ortiz indican lo difícil que es aún constatar
la presencia de especies domesticadas en sitios San Francisco. Los estudios de micro-
rrestos en muestras de sedimento y tiestos de inicios de la Era, indican la presencia
de almidones afines a Phaseolus sp., Amarantáceas, Quenopodiáceas, Maideas, So-
lanáceas y Prosopis sp (Ortiz y Heit 2012). Si bien la autora advierte la necesidad de
seguir profundizando en las investigaciones para constatar el carácter domesticado de
estas especies, considerando sobre todo la alta biodiversidad del ambiente de Yungas,
no descarta la presencia de maíz (Zea mays), batata (Ipomoea batatas), poroto (Pha-
seolus vulgaris) y papa (Solanum tuberosum) como parte de una horticultura a baja
escala (Ortiz y Heit 2012; Ortiz et al. 2014).
En cuanto a la posibilidad de detectar desarrollos endógenos de prácticas de cul-
tivo, esto es, sin recurrir al `préstamo´ desde otras áreas, la secuencia de ANS es
la que, nuevamente, destaca. En este sector la instalación de grupos agropastoriles
plenos en el 1er milenio, es interpretado como resultado del paulatino incremento en
las prácticas agrícolas intensivas y extensivas que dieron lugar a sitios residenciales
de planta subcircular asociados a campos de cultivo (Oliszewski y Olivera 2009;
Pérez 2010). Los estudios desarrollados sobre restos de Chenopodium para el Ho-

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loceno medio e inicios del Holoceno tardío en la microrregión, poseen continuidad


en las evidencias de microrrestos recuperados en los cuchillos/ raederas de módulo
grandísimo empleadas en la siega y procesamiento post cosecha de ejemplares afines
a Ch.quinoa/Ch. pallidicaule –y quizá tubérculos microtérmicos– en el período ca.
1500-1100 AP (Escola et al. 2013). Estos taxa podrían haber prosperado en espacios
con rasgos materiales poco contundentes, semejantes a los actuales huertos puneños,
contrastando con los paisajes agrarios con extensos campos de cultivo, antes mencio-
nados, que están presentes en ANS en momentos posteriores al 1000 AP (Escola et
al. 2013). Esta falta de rasgos arquitectónicos es compensada por las investigaciones
de los autores, mediante evidencias artefactuales (cuchillos/raederas de modulo gran-
dísimo y palas) y de microrrestos asociados, los cuales señalan el predominio de las
chenopodiáceas y la ausencia de maíz. Hasta el presente, la secuencia de ANS es la
única que logra trazar una trayectoria de manejo a lo largo del tiempo de un mismo
taxa (Chenopodium), que habría devenido en su cultivo –y quizá domesticación– a
nivel local, si bien aún restan algunas precisiones señaladas por los investigadores
abocados a su estudio.
Principalmente, las instalaciones agropastoriles de este milenio en puna, valles
y quebradas siguen siendo caracterizadas como «aldeas» (en el sentido propuesto
por Raffino, ver De Feo 2014; Korstanje et al. 2014) con una relación variable entre
estructuras productivas y habitacionales, pudiendo haber asociación espacial entre
espacios residenciales y campos de cultivo o una separación de ambos. Dentro del
primer caso, podemos mencionar Casa Chavez Montículos (ANS, ca. 2000-1500 AP,
Pérez 2010), Tebenquiche Chico y Antofalla (puna de Catamarca, Quesada 2010),
El Tolar y La Bolsa 1 (Tafí del Valle: Franco y Berberián 2011; Roldán et al. 2008),
Las Cuevas (De Feo 2014), Antumpa, El Alfarcito, Pueblo Viejo de la cueva, Sa-
rahuaico, Estancia Grande (Q. de Huamahuaca: Leoni et al. 2012; Olivera y Palma
1997), Yutopian (Valle del Cajón, Catamarca: Calo 2010) y sitios de las serranías
del Alto Ancasti en el oriente catamarqueño hacia la segunda mitad del 1er milenio
(Quesada et al. 2012). En el segundo caso se encontrarían los ya mencionados sitios
de Matancillas, Quebrada de los Corrales (El Infiernillo, Tucumán: Caria et al. 2010;
Oliszewski 2012), La Mesada/ Morro Relincho (Korstanje et al. 2014) y las insta-
laciones Aguada del Valle de Ambato en Catamarca (Figueroa 2013; Figueroa et al
2010; Zucol y Colobig 2012). También hay casos, como el de las aldeas de Laguna
Blanca y Piedra Negra (Área de Laguna Blanca, Puna de Catamarca: Delfino et al.
2014) y sitios de la falda occidental del Aconquija (Tesoro I, Potrero Antigal, Loma
Alta) (Pochettino y Scattolin 1991), donde se combinarían ambos patrones. A esto
se suma la identificación de otros espacios articulados con los ámbitos residenciales,
corrales e instalaciones agrícolas, como puestos y áreas de pastoreo, ocupaciones en
cuevas, talleres y zonas de aprovisionamiento de materia prima lítica, explotación
de salares y estaciones con arte rupestre (De Feo 2014; Delfino et al. 2014), lo cual
enriquece y complejiza la idea tradicional de «aldeas» como unidades autocontenidas
y autosuficientes, aportando un carácter menos estático al patrón de movilidad para
este momento. Incluso el mismo paisaje agrícola se amplía al tomar en cuenta áreas
de cultivo próximas y más alejadas de las unidades residenciales, en el marco de un
calendario agrícola móvil en el tiempo y el espacio, que habría propiciado la segmen-

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tación tecnológica del territorio productivo a partir de la articulación de sub-ciclos


productivos agrícolas (Delfino et al. 2014; Quesada 2010).
El caso de Antigüito en la Cuenca del río San Andrés (bosque montano), con es-
tructuras circulares y rectangulares junto a praderas de origen antrópico, producto de
antiguas tareas de cultivo hacia el 2000 AP (Ventura 2001, 2007), indica la presencia
de otros paisajes agrícolas más orientales, los cuales comparten algunas materiali-
dades y patrones con los sitios más occidentales de inicios del milenio, a la vez que
peculiaridades que les son propias y características. En este sentido, Ortiz y equipo
(2014) consideran que la propuesta de agrupamientos aldeanos para San Francisco
requiere de mayor indagación ya que no parece ser el caso particular para todos los
asentamientos. En realidad, la idea de un paisaje aldeano agro pastoril con articu-
lación de espacios agrícolas y residenciales a través de la presencia de viviendas
dispersas asociadas a espacios productivos, parece quedar restringido cada vez más
a ciertas áreas del NOA (Korstanje et al. 2014; Quesada et al. 2013). Dos casos que
ilustran los matices de estas primeras aldeas lo constituyen los sitios del valle de
Ambato, con una clara separación entre un área residencial concentrada y el sector
de producción agroganadero con numerosas estructuras en piedra (Figueroa 2013) y
algunos sitios de la primera mitad del 1er milenio en ANS, donde no solo los espacios
de cultivo carecen de una materialidad contundente, sino que no parecen haberse
articulado en aldeas o concentraciones residenciales (Escola et al. 2013).
En cuanto a la escala espacial de las instalaciones agrícolas en valles, quebradas y
puna, hoy se sabe que la misma puede ser destacable en todas estas áreas, por ejem-
plo: Quebrada de los Corrales con 500 ha (Oliszewski 2012); Valle de Ambato con
800 ha (Figueroa et al. 2010); Piedra Negra y Laguna Blanca con 450 ha y 250 ha res-
pectivamente (Delfino et al. 2014) y Tebenquiche Chico con 186 ha (Quesada 2010).
Aproximaciones recientes al estudio de los paisajes agrícolas han intervenido esta
escala cargándola de historicidad y dinamismo, es decir, han sumado la escala tem-
poral en el interior de las instalaciones productivas en lo que se refiere a su historia
constructiva y gestión durante el ciclo agrícola anual. Mediante la reconstrucción de
secuencias constructivas según relaciones de superposición, Quesada (2010) constata
la ausencia de un único proceso constructivo planificado y coordinado centralmente
en Antofalla y Tebenquiche Chico proponiendo, en cambio, una segmentación del
paisaje agrícola en unidades técnicamente independientes con expansión modular
del espacio de cultivo. El espacio agrario se amplió a lo largo del tiempo mediante
el crecimiento (que favorece la centralización técnica) y agregación (que favorece la
descentralización, ya que habilita la segmentación del espacio en unidades producti-
vas funcionalmente autónomas) de redes de riego que delimitaron módulos funciona-
les mínimos disponibles para cultivo (Quesada y Maloberti 2013). El entendimiento
de la dinámica implicada en estos espacios conlleva necesariamente entender los
modos de gestión de los mismos en el pasado, al igual que la estructuración espacio-
temporal del ciclo agrícola (Delfino et al. 2014; Quesada 2010). En este sentido Que-
sada afirma que «aun cuando es posible que existieran formas de trabajo corporativo
que hayan involucrado a grandes grupos de trabajadores coordinados a nivel supra-
doméstico, no es necesario postular su existencia para explicar el paisaje agrícola
temprano de Tebenquiche Chico y Antofalla» (Quesada 2010: 93). La autonomía de

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las familias como unidades de producción en la gestión de los espacios de cultivo, se


explicaría en la estructuración espacio temporal de los cultivos y su cuidado, ya que
habría existido un régimen agrícola intensivo y extensivo, con huertas próximas a las
casas y cultivo bajo un sistema de barbecho sectorial en lugares más alejados, dentro
o no de las mismas redes de riego, activándose a lo largo del ciclo anual pequeñas
secciones de los complejos hidráulicos, permaneciendo inactiva, a la vez, gran parte
de los mismos (Quesada 2010). Las redes de riego también fueron cruciales en la
configuración de los asentamientos aldeanos de Laguna Blanca, cuya construcción
y gestión pudo haber estado en manos de las unidades domésticas, aunque Delfino
y equipo (2014) consideran que, a un nivel mayor, el control del agua requirió de
articulaciones supra domésticas. Caso distinto es el del Valle de Ambato, donde el
sector productivo habría estado separado de las áreas residenciales y donde el pri-
mero refleja un sistema integral único agropastoril, integrado en un calendario anual
(Figueroa et al. 2010). La particular modalidad productiva se habría basado en ciclos
de siembra de maíz, el cual fue usado tanto como alimento de las familias como de las
llamas forrajeadas con bagazo en los corrales integrados con los campos de cultivo
(abonados con guano de los camélidos) en una misma infraestructura que unifica los
espacios del área de producción (Figueroa 2013). El área productiva ubicada en el
piedemonte y faldeo de las serranías del valle, habría incluido estructuras agrícolas,
de almacenamiento, canales, represas, corrales y viviendas. Las represas no se usaron
para riego (la producción agrícola habría dependido de aportes pluviales y manejo de
aguas de escorrentías), sino para abastecer de agua a la concentración de unidades
residenciales («aldeas») situada en el fondo de valle (Figueroa 2013). En opinión de
este último autor, la explotación agro-ganadera habría sido de tipo intensivo, con un
sector de la población habitando de manera permanente o semipermanente en la zona
de producción para dedicarse a las tareas agrícolas y ganaderas. El modelo propuesto
sugiere a su vez que distintos subsistemas agrícolas (inferidos a partir de la sectori-
zación del espacio productivo) habrían estado articulados con las áreas residenciales
de fondo de valle, no solo para proveer de recursos a sus habitantes, sino también por
haber sido parte de la diferenciación de distintos grupos.
El sitio La Bolsa 1 en el Valle de Tafí, muestra un sistema agrícola sofisticado con-
formado por cuadros de cultivo, terrazas, andenes, muros para la contención del suelo
y el agua, junto a montículos de despedre de gran envergadura que actuaron como
reguladores térmicos de los cultivos (Franco y Berberián 2011). Las excavaciones
llevadas a cabo en el área, permitieron identificar diversos eventos constructivos y
sus particularidades, como la conformación de los montículos por agregación gradual
y no por un único evento. Esto llevo a ver que una estructura para el manejo del agua
y un sector de andenes fueron los elementos constructivos más tempranos registrados
en el sitio, unos siglos antes de comienzos de la Era. A partir de allí, los autores plan-
tean que el crecimiento del sitio fue paulatino y gestionado en sucesivas temporadas
mediante trabajo familiar y comunal a lo largo de once siglos. El hallazgo de restos
de una llama adulta, junto a tiestos correspondientes a piezas vinculadas al consumo
de bebidas y alimentos, depositados en una estructura semicircular al inicio de la
construcción del andén más temprano del sitio, indican la relevancia fundacional en
la esfera, no solo económica sino social, que tuvo la agricultura. Estos estudios llevan

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a ampliar el modo de concebir la agricultura más allá de un carácter meramente pro-


ductivo o como generadora de recursos, dando lugar a entender el modo en el cual las
actividades económicas no constituyen –a nivel práctico, ideacional y material– una
esfera separada de la vida social de los grupos humanos, algo que los estudios en co-
munidades andinas actuales ponen en evidencia (ver por ejemplo Grillo Fernández et
al. 1994 y el análisis de ésta y otra bibliografía de referencia en Lema 2013b, 2013c,
2014).
Una línea de trabajo que ha demostrado ser por demás interesante, es el análisis de
los suelos de estructuras arqueológicas productivas, si bien en algunos casos su apli-
cación no ha sido fructífera hasta el momento (Franco y Berberián 2011). No obstan-
te, este tipo de estudios no sólo ha complementado las interpretaciones surgidas del
estudio de macro y microrrestos botánicos a partir de estructuras domésticas o fune-
rarias, sino que también ha permitido considerar las actividades agrícolas junto a las
ganaderas, ya que ambas prácticas suelen interceptar los mismos espacios y los pro-
ductos derivados de una permiten el desarrollo de la otra, en lo que Korstanje (2010)
destaca como «producción mixta de alimentos». El trabajo de esta investigadora y
equipo ha permitido, mediante el análisis de indicadores múltiples (sedimentológi-
cos, químicos y de microfósiles), constatar para distintos sitios del Valle del Bolsón
la presencia de rotación de cultivos (maíz y probablemente Solanum tuberosum, Che-
nopodium quinoa y Ullucus tuberosus), quema de rastrojos y fertilización mediante
abonado con guano, tanto en terrazas de cultivo como en canchones semicirculares
sin riego, a lo cual se suma la identificación del cultivo de maíz en estructuras expe-
ditivas y otras usadas alternativamente como corrales y campos de cultivo (Korstanje
et al. 2015). El uso de fertilizantes en campos agrícolas también se ha reportado para
el sitio El Tolar, Tafí del Valle (Roldán et al. 2008) y Ambato, donde el maíz aparece
también de manera exclusiva en las áreas agrícolas (Figueroa 2013). Esto nos lleva
a considerar la medida en la cual la agricultura del primer milenio se interconectaba
con las actividades pastoriles y poseía un control técnico sobre la producción de es-
pecies vegetales, el agua, el suelo y su fertilidad, con una sofisticada interdigitación
de sus requerimientos (Figueroa 2013, Korstanje et al. 2015).
Como corolario de esta sección se puede ver que la agricultura del 1er milenio d.C.
ya no puede ser pensada como de baja extensión espacial, escaso desarrollo tecno-
lógico y poca inversión de trabajo para su desarrollo (Korstanje et al. 2014). Por el
contrario, es una agricultura que en algunos casos abarcó grandes extensiones de
terreno, implicó sofisticación tecnológica (lo cual no es igual a grandes estructuras,
pudiendo tener una materialidad simple, pero no por ello poco sofisticada, Quesada
et al. 2012), con un grado elevado y particular –en su escala doméstica y/o comu-
nitaria– de conocimiento y gestión de una amplia diversidad de cultivos (domesti-
cados o no), manejo del suelo, del agua (sea a temporal o por regadío), erosión y
fertilización. A nivel regional estos paisajes productivos son heterogéneos, poseen
distinta materialidad y asociación con unidades residenciales, objetivándose en ellos
el tornasol de particulares ciclos espacio-temporales intervenidos por un calendario
agropastoril manifestado espacial y temporalmente, con regímenes agrícolas tanto
intensivos como extensivos. Estamos también ante paisajes agrarios que superan su
entendimiento solo en el plano de aporte de recursos económicos o calóricos, puesto

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que fueron esenciales en la conformación social, política y cosmogónica de las socie-


dades de este período.
A pesar de no desarrollarlo en este trabajo por falta de espacio, quisiera dejar en
claro que no desestimo la influencia que las redes de interacción/ intercambio/ com-
plementariedad/ reciprocidad/ movilidad/ contacto entre distintos grupos humanos
del NOA –y regiones aledañas– pudieron ejercer en las trayectorias de cambio antes
delineadas. El lugar que ocuparon las plantas en estas redes desde muy temprano es
una característica destacable de la región (ver por ejemplo Rodríguez 2005 y otros
trabajos de esta misma autora), sin que esto signifique que su carácter, intensidad y
tejido no fueran cambiando con el tiempo. Sin explayarme más al respecto, quisiera
tan solo señalar que analizar en qué medida una planta que, a primera vista o a `pri-
mera determinación´, se presenta como silvestre pudo haber sido generada bajo cul-
tivo, constituye también un aporte al trazado de redes de interacción. Es usual tomar
una lista de plantas silvestres y un mapa fitogeográfico para establecer vínculos entre
áreas, al incorporar la detección de cultivo en las determinaciones arqueobotánicas,
se introducen matices en dicho mapa, comenzando a bosquejarse una fitogeografía
socialmente intervenida (Lema 2013a).

6. Matices taxonómicos, un andamiaje de la sistemática alterna

En cuanto a la diversidad de cultivos registrados a partir del 1er milenio, el maíz se


hace presente de forma mucho más recurrente y abundante que en momentos pre-
vios, tanto en macro como en micro restos. De acuerdo con Oliszewski (2012) los
macrorrestos (únicos que permiten hasta el momento identificar razas o variedades 10)
indican que en el período ca. 2100-1800 AP solo hay presencia de maíces de tipo
duro (reventadores de maduración rápida) y semiduros en valles y quebradas de altu-
ra y mesotermales; luego se suman tipos harinosos y otras variedades de maíces semi
duros hacia fines del 1er milenio, en estos sectores y en ámbitos puneños, haciendo
su aparición las variedades dulces recién durante el 2º milenio. Este no es un proceso
de reemplazo, sino de agregación, aumentando con el tiempo la variedad racial de
maíces en el NOA en general, con una tendencia a incorporar primero razas semi-
duras (en los primeros siglos del 1er milenio aparecen maíces semiduros en valles,
como el tipo Amarillo identificado por Calo (2010) en el sitio Cardonal con fechado
ca. 1930-1800AP) y harinosas (hacia fines del 1er milenio –ca. 1300 AP– se registran
los maíces tipo Capia en la puna y valles mesotermales) (Oliszewski 2012). En zonas
más orientales el maíz se hace presente en sitios San Francisco, como Ojo de Agua
(Valle de Siancas, Depto. General Güemes, Salta: Flores Montalvetti 1990 en Ortiz
2003) y Parque El Rey (Crowder y D´Antony 1974).
Si bien estamos lejos de poder establecer las vías por las cuales el maíz ingresa
al NOA (descartando su domesticación local) éste sigue siendo un caso interesante
también en lo referente al estudio de procesos de selección y domesticación, desde

10  Aunque se están desarrollando vías para su reconocimiento en granos de almidón, siendo el tipo Capia
el que ofrece mayor seguridad en su distinción (Giovannetti et al. 2012).

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una perspectiva a largo plazo, habilitando la indagación de trayectorias locales en la


generación de nuevos cultivos, incluso propios y distintivos de un área, como se ha
planteado para el caso de las diversas especies y morfotipos de Cucurbita sp. (Lema
2011b). El trabajo de Oliszewski (2012) señala cómo el manejo, generación y presen-
cia diferencial de variedades de una misma especie, puede ser un indicador arqueoló-
gico a tener en cuenta en temas relevantes como la caracterización de la organización
sociopolítica de un grupo, tal como ha sido empleado en otros casos (Rossen 2015), si
bien este sigue siendo un tema que genera controversias y requiere de investigaciones
mayores que profundicen en torno a su aplicabilidad
Para este momento aumenta también el registro de las chenopodiáceas, cuya ta-
xonomía resulta clave para el estudio de diversas prácticas de manejo. En Matanci-
llas se recuperaron granos de Chenopodium sp. que, posiblemente, correspondan a
formas domesticadas por el tamaño de los mismos de acuerdo con las apreciaciones
de Muscio (2011) 11. Las semillas de C. quinoa recuperadas como macrorrestos, son
posteriores a los ca. 2000 AP en ANS si bien, como vimos, su cultivo sería bastante
anterior en el área. En Cueva Cacao 1A se reportan restos de «quínoa» –C. quinoa–
en capas con un rango cronológico ca. 1300-1000 AP (Oliszewski y Olivera 2009) y
tallos de Chenopodium aff quinoa en el sitio El Aprendiz (1550 AP) (Aguirre 2012).
También en Puente del Diablo se identificó un grano de C. quinoa var quinoa que
probablemente se asocie a las ocupaciones del 2000AP, aunque su adscripción cro-
nológica no es segura. En ámbitos extra puneños se encuentran granos de C. quinoa
y Amaranthus caudatus en Los Viscos (Valle del Bolsón, Catamarca, Korstanje et al.
2015) y Cueva de Los Corrales 1 (Quebrada del río de Los Corrales, Tucumán, 2100-
630 AP), habiendo en esta última también ejemplares de quenopodiáceas silvestres y
semillas perteneciente al grupo de las amarantáceas (Arreguez et al. 2015). A estos,
se suma el registro del sitio Cardonal (Valle del Cajón, Catamarca, 1800 AP) donde
Calo (2010) establece una discusión interesante a partir de los mismos. En opinión
de dicha investigadora los ejemplares arqueológicos de Cardonal resultan próximos a
los granos de C. pallidicaule y un ejemplar remite a la especie malezoide C. murale
o a alguna de las variedades de C. quinoa bolivianas actuales. Ante esto, sostiene la
posibilidad de que los ejemplares de Cardonal pueden corresponder a formas male-
zoides y/o domesticadas, teniendo tanto unas como otras señales de haber sido proce-
sadas para su consumo. Calo (2010) considera la posibilidad de la existencia pretérita
de complejos maleza-cultivo-domesticado para las chenopodiaceas en Cardonal, al
igual que se ha sugerido en otros casos como la asociación entre C. quinoa var quinoa
y C. quinoa var melanospermum en Pampa Grande, para una cronología presunta-
mente temprana (Lema 2010b) y también para ANS (Aguirre 2012) y, quizás, Cueva
de los Corrales 1 (Arreguez et al. 2015).
Las investigaciones de Calo en Cardonal nos llevan a otra asociación de especies
también identificada por ella: poroto domesticado (P. vulgaris var vulgaris) y silves-

11  El tamaño por si mismo no es un indicador confiable de domesticación en los granos de C. quinoa var.
quinoa, por lo cual se debe evaluar la presencia de otros rasgos micro morfológicos en los mismos (para mas
detalle ver López 2011).

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tre (P. vulgaris var aborigineus). Esta misma asociación junto a formas intermedias 12
fue también señalada para Pampa Grande, sugiriéndose nuevamente la presencia de
complejos maleza-cultivo-domesticado y haciendo extensiva la propuesta –a modo de
hipótesis– a los hallazgos de ambas variedades reportadas para otros sitios del Acon-
quija (Tesoro I, Potrero Antigal y Loma Alta), Casas Viejas-El Mollar y para Campo del
Pucará (Lema 2009a). Ciertamente, la identificación de ambas variedades de porotos
puede llevar a considerar la división recolección-agricultura, la primera práctica infe-
rida a partir de la recuperación de restos de la var aborigineus y, la segunda, de la var
vulgaris, sobre todo considerando que los sitios donde se recuperaron restos de la var.
aborigineus se ubican en valles de altura donde no prosperan hoy día las poblaciones
de dicha variedad, si bien están próximos a las tierras bajas orientales (Calo 2010; Lema
2013a). Esto último, puede llevar a considerar la adquisición de ejemplares de porotos
silvestres por intercambio o por partidas de recolección, pero también por control de
áreas de cultivo en pisos más bajos respecto a los sitios, o bien por su cultivo en sectores
protegidos (huertos) próximos a las áreas residenciales (Calo 2010; Lema 2009a), por
lo cual la presencia de una variedad `silvestre´ no excluye su reproducción bajo cultivo.
Esto último se ha registrado en comunidades actuales del NOA donde las mismas son
sembradas junto a formas domesticadas, cruzándose entre sí y generando poblacio-
nes con caracteres intermedios que combinan rasgos de ambas variedades (Menéndez
Sevillano 2002). La detección de ejemplares arqueológicos que indiquen hibridación
entre estas últimas formas, resulta por lo tanto una vía para contrastar si los restos de P.
vulgaris var aborigineus y var vulgaris proceden de un espacio compartido de cultivo o
no. Ejemplares arqueológicos con rasgos intermedios se han detectado incluso en casos
donde se cuenta con un único ejemplar, como la semilla de P. vulgaris con caracteres
macroscópicos intermedios de Puente del Diablo (Lema 2009a). Si bien la detección de
formas intermedias y transicionales resulta difícil al trabajar con microrrestos (Babot
2011), el desarrollo de nuevas vías en su obtención para el caso de Phaseolus, se avizora
como muy prometedora (Oliszewski y Babot 2015).
La presencia exclusiva de formas domesticadas de porotos se registra, también
durante el 1er milenio, en Los Viscos (Korstanje et al. 2015), Ambato (Figueroa et al
2010), Ojo de Agua (Flores Montalvetti 1990 en Ortiz 2003), Cueva de los Corrales I
(Arreguez et al. 2015) y posiblemente a esas fechas corresponda también uno de los
ejemplares domesticados de Huachichocana III.
Siguiendo con los complejos silvestre-cultivado-domesticado, éstos también se
han planteado para C. máxima ssp máxima (zapallo criollo), su contraparte espontá-
nea (ssp. andreana) y formas intermedias entre ambas en Pampa Grande (restos de C.
maxima ssp. andreana de cueva Los Aparejos fechados por AMS en 1720 ± 50 AP),
estando estas últimas formas también en Puente del Diablo (ca. 2000 AP), Puente La
Viña I (Valle de Lerma, Salta, ca. 1500 AP) y Salvatierra (Cachi, Salta, ca. 2600 AP)
(Lema 2009a, 2012). A esta tradición de manejo para este complejo en la actual pro-
vincia de Salta, se suma el registro de la forma espontánea en Cueva de los Corrales

12  «Forma intermedia» refiere a un morfotipo que reúne caracteres (biométricos, anatómicos y/o morfoló-
gicos) de las formas silvestre y domesticada modernas y que puede presentar, además, caracteres novedosos
respecto a dichas formas. Un morfotipo intermedio no se refiere, necesariamente, a una forma transicional
entre silvestre y domesticado (Lema 2009a).

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I en el Infiernillo, Tucumán, sin asociación con su contrapartida domesticada (Lema


2011c), microrrestos en sitos del Valle del Bolsón y ejemplares domesticados en Los
Viscos (Lema 2009a, Korstanje et al. 2015).
En cuanto a los tubérculos, se encuentran presentes para este lapso cronológico
también en Los Viscos («epidermis de papa») y en otros sitios del Valle del Bolsón
como microrrestos (Korstanje et al. 2015). Asimismo, el análisis de artefactos de
molienda para el lapso ca. 2000-1000 AP indica la presencia de Oxalis tuberosa,
Canna edulis, Solanum tuberosum e Hypseocharis pimpinellifolia para Punta de la
Peña 9 (ANS), Ipomea sp. para Loma Alta (falda occidental del Aconquija) y Canna
edulis para El Rincón en la zona Valliserrana de Tucumán y Catamarca, junto a restos
indeterminados que pueden llegar a corresponder a formas no domesticadas, lo cual
concuerda con el registro de «papa silvestre» en Inca Cueva 5 –ca 1200 AP– (Babot
2009). Es de destacar también referencias al hallazgo de yacón –Smallanthus son-
chifolius– en Pampa Grande (Zardini 1991 en Lema 2009a). Una comprensión más
acabada de la evidencia que pueden aportar formas no domesticadas de tubérculos
silvestres (esto es, la medida en la cual macro y microrrestos botánicos de taxa sil-
vestres de plantas tuberosas de los géneros Oxalis y Solanum, se puedan diferenciar
de sus contrapartes domesticadas) permitirá entender en el futuro las trayectorias de
manejo y cultivo de plantas tuberosas.
En todos los casos citados, la identificación taxonómica a nivel subespecífico de
variedades o subespecies –sea que representen antecesores silvestres, o razas dentro
de una especie domesticada– al igual que morfotipos de rasgos peculiares, como los
intermedios que carecen de status taxonómico definido, resulta esencial para aportar
evidencias en torno a prácticas de manejo que logran matizar la división recolección-
agricultura. En muchos casos, esto no fue resultado de hallazgos nuevos, sino de una
nueva mirada sobre restos recuperados tiempo atrás, un cambio en la posición relati-
va de los componentes del andamio que se va bosquejando.
El panorama de asociaciones de cultivos que hasta aquí brevemente he reseñado,
no debe opacar la relevancia que tuvo la recolección de frutos silvestres (sobre todo
de especies arbóreas de Prosopis sp. –algarrobos– y chañares: Geoffroea decorti-
cans) en ese momento histórico (y a lo largo de prácticamente todo el desarrollo
social del NOA, con una relevancia social, religiosa y política destacada en la región;
ver al respecto trabajos editados en Aschero et al. 1999), los cuales no solo fueron
recolectados con asiduidad, sino que también fueron almacenados en grandes canti-
dades (como en sitios del Valle de Ambato, Marconetto et al. 2009) y formaron parte
de diversas preparaciones culinarias (Lema et al. 2012).
Para ir completando el panorama sobre el manejo de cultivos en el primer milenio
de la Era, me gustaría destacar la presencia de restos publicados como solanáceas.
Esta familia botánica abarca infinidad de especies, entre aquellas útiles podemos des-
tacar desde las psicoactivas como el tabaco, hasta las alimenticias como la papa o
el ají. Restos de Capsicum aff chacoense, con caracteres posiblemente intermedios,
están presentes en este momento en Pampa Grande como parte del entierro de un in-
fante (Chiou 2013; Lema 2010b, 2012). También restos de Capsicum sp y microrres-
tos de solanáceas se recuperaron en Matancillas (Muscio 2011). Para Calo (2010), las
semillas identificadas como Solanoides de Cardonal son semejantes a las del genero

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Solanum o Capsicum. Asimismo, varias especies de esta familia botánica son cono-
cidas malezas de cultivo. Restos de S. eleagnifolium en Campo del Pucará (Lema
2009a) podrían estar señalando la presencia de malezas agrícolas. De igual modo,
las malváceas reportadas para Cardonal (Calo 2010) podrían representar este tipo de
plantas, ya que varios miembros de esta familia son reconocidas malezas –mucha con
usos medicinales– en los campos actuales de cultivo del NOA (Lema 2013b).
Las malezas resultan de interés por varios factores. Por una parte suelen ser indi-
cadoras de áreas disturbadas, lo cual se ha explorado en el NOA a través de perfiles
polínicos como el caso del registro de polen de Malvaceae en el sitio Moralito ya men-
cionado (Echenique y Kulemeyer 2003; Lupo y Echenique 2001) o de Plantago sp. en
heces de camélidos en Pampa Grande (Lema 2009a) junto a proporciones elevadas de
polen de Amaranthaceae y Chenopodiacea en ambos casos. La detección de malezas
puede emplearse para reconocer disturbio antrópico (lo cual no es igual a agricultura),
siendo el estudio de las mismas a partir de macrorrestos una herramienta usual en la
arqueobotánica del Viejo Mundo como vía para identificar la presencia de sistemas
agrícolas (por ejemplo Jones 2009). Sin embargo, más allá de un indicador de agricul-
tura, resulta interesante y enriquecedor considerar también a las malezas como parte de
preparaciones culinarias, (siendo los estudios sobre restos de Chenopodium de Cardo-
nal antes descriptos relevantes a este respecto) o explorar otro tipo de usos potenciales
(vg. medicinales, forrajeros), e incluso considerar su rol como antecesores de formas
domesticadas (Lema 2010a). El interés de tener en cuenta estos aspectos a través de la
evidencia arqueológica radica en que lleva a reconsiderar la categoría de «maleza» 13 y
las implicaciones que las plantas que se colocan en esta categoría pudieron tener para
las sociedades del pasado. En este sentido, en comunidades actuales del NOA muchas
de las plantas que nosotros consideramos malezas, al igual que otras formas silvestres,
suelen ser toleradas en espacios de cultivo o sembradas en los mismos; siendo muchas
de estas malezas miembros de los géneros Chenopodium y Solanum (Lema 2006, Lema
2013b). En este sentido una precisión taxonómica subespecífica nos puede llevar a ver
una mayor diversidad de prácticas más allá de la recolección o el cultivo de plantas
domesticadas en el pasado, enriqueciendo la historia del cultivo (sensu lato) en la re-
gión. Como vimos para el caso de los complejos donde están involucrados la quínoa, el
poroto y el zapallo, un estudio pormenorizado de sus restos puede habilitar la detección
de prácticas de tolerancia, fomento y/o cultivo de plantas no domesticadas: malezas,
híbridos, formas silvestres e intermedias. La domesticación no es una trayectoria lineal
y en el caso de los tres complejos antes mencionados la ausencia de barreras reproduc-
tivas (que refleja procesos de domesticación posiblemente alopátrica) pudo haber sido
empleada en la generación de diversidad en el pasado. La consecuencia de ello es que
procurar distinguir la forma silvestre, de la híbrida, de la escapada de cultivo y las posi-
bles líneas de domesticación derivadas de cada una, no constituye una tarea fácil, pero
sí prometedora en vista de la evidencia con la que contamos para los primeros sistemas
de cultivo en el NOA. El boceto toma nuevos matices y el andamio argumentativo fluye
en relación a la medida en la cual logramos estas identificaciones de prácticas diversas.

13  Para la acepción ecológica y agronómica de este término y una discusión en torno al mismo ver Lema
2009a y bibliografía allí citada.

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7. Alertas temporales: lo que está al inicio puede estar también hacia el final

La posibilidad de que ciertos aspectos considerados propios de los desarrollos pre-


vios al primer milenio de la Era estén presentes también en momentos posteriores se
encuentra aún bajo indagación, fundamentalmente en lo que refiere a su ubicuidad re-
gional. Esto resulta particularmente interesante ya que quiebra razonamientos lineales
en cuanto al devenir de la domesticación de especies vegetales y el manejo de espacios
productivos a lo largo de la historia prehispánica del NOA. En este sentido, se sugiere
la presencia de restos de C. maxima con caracteres intermedios en sitios tardíos, al igual
que el consumo de plantas consideradas malezas como C. quinoa var melanospermum
(Lema 2012; Ratto et al. 2014). También se ha propuesto la presencia, durante el 2º mi-
lenio de la Era, de estrategias de manejo de espacios agrícolas semejantes a las del mile-
nio previo (Quesada 2010). En este sentido, la vinculación entre unidades residenciales
y productivas de inicios de la Era sería la materialización espacial de la gestión a escala
doméstica del trabajo y tecnología agrícolas, al igual que la presencia de introgresiones
en los cultivos, llevando esto a levar un ancla cronológica que pesa hasta el momento
en sendos aspectos (ver discusión en Korstanje et al. 2014).

8. ¿Dónde quedó «la» transición y el «paso a»?: la trampa de la linealidad

A lo largo de este texto he procurado delinear una diversidad de situaciones en las


distintas áreas del NOA que muestran que esta región no debe asumirse como una
unidad y que el análisis de la domesticación y cultivo tempranos, al igual que la
conformación de los primeros paisajes agrícolas, no puede obedecer a una única ca-
racterización. Los devenires históricos son diversos y, por lo tanto, más que hablar
de una transición o momento de cambio, debemos considerar escenarios múltiples y
localmente situados de transformación.
Teniendo en cuenta que habría que matizar las particularidades de los desarrollos que
se ubican dentro del 1er milenio de la Era y que existen diferencias entre los primeros
y últimos siglos del mismo, quizá, antes que un indicador calendárico del tiempo ten-
dríamos que tomar uno climático. En este sentido, tomo como ejemplo el período de
alta humedad ubicado ca. 3200-1650 años AP en ANS (Oliszewski y Olivera 2009) que
coincide con el aumento creciente de las evidencias de manejo y cultivo de especies
vegetales en el área. Tomar en consideración este lapso climático permite analizar me-
jor los procesos de cambio en la relación humanos-plantas a nivel local, que la división
pre / post 1er milenio. Lo mismo puede decirse respecto a las divisiones del Holoceno
en relación al período ca. 4500-4000 AP en dicha micro región, el cual también des-
taca por su humedad y se asocia con un mayor número de ocupaciones y evidencias
de ampliación de la dieta. No es que esté proponiendo con esto una relación causal –a
estas alturas es evidente que el fenómeno de la domesticación y agricultura temprana
es multicausal y multiescalar 14, al igual que se sabe que correlación entre fenómenos no
es igual a explicación de uno en base al otro– sino destacar que los períodos climáticos
14  Esto no quita que otros fenómenos de cambio también sean considerados multicausales y multiescalares.

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pueden ser potencialmente usados como delimitadores cronológicos más interesantes


a explorar que las divisiones usuales del Holoceno, o bien de milenios o siglos, permi-
tiendo además abordar las situaciones propias de cada área considerando las peculiari-
dades ambientales que poseen y sus cambios a lo largo del tiempo.
Ahora bien, sobre estos soportes climáticos antes que calendáricos ¿hemos podido
detectar formas de manejo de especies vegetales antes de los primeros paisajes agrí-
colas? La respuesta es positiva tanto para antes de estos como para después, lo cual
daría una idea de continuidad en el manejo de ciertos taxa como los del género Che-
nopodium y quizá Amaranthus y Capsicum. También en los primeros paisajes agríco-
las del inicio de la Era se ha podido identificar una mayor diversidad de prácticas que
no se habrían restringido al cultivo de especies domesticadas, sino que también im-
plicaron la mantención bajo cultivo (sensu lato) de formas silvestres y malezas en un
enjambre de híbridos para, al menos, Chenopodium, Phaseolus vulgaris y Cucurbita
maxima. Ciertamente el lenguaje se ha matizado en los últimos tiempos, considerán-
dose cada vez más la presencia de prácticas de protección, manejo, fomento, cultivo
de taxones no domesticados, producción sin domesticación, especies transicionales,
intermedias, semidomesticadas, en proceso de domesticación y malezoides, todo ello
tanto en contextos cazadores recolectores como agropastoriles entre el 3500-1500 AP
(Aschero y Hocsman 2011; Babot 2011; Calo 2010; Lema 2009a, 2010a).
También el empleo de los términos huerto, huerto doméstico, producción hortíco-
la/agrícola y horticultura (Aguirre 2012; Aschero y Hocsman 2011; Babot 2011; Calo
2010; Haber 2006; Lema 2009a; Muscio 2001; Ortiz y Heit 2012; Quesada 2010)
comenzaron a ser de uso más frecuente en la literatura arqueológica. Su investigación
es aun hipotética ya que sus indicadores arqueológicos no son fáciles de precisar.
Hasta el presente esta posibilidad se sugiere principalmente a partir del estudio de
los conjuntos arqueobotánicos y artefactuales que por elementos constructivos, cuya
carencia, justamente, se considera muchas veces como un indicador de estos modos
de producción de pequeña o baja escala (Lema 2011a).
Considerando entonces estos escenarios múltiples hasta aquí bosquejados, hablar
de `transición´ puede generar cierta incomodidad en, al menos, dos sentidos 15. El
primero tiene que ver con el término en sí, dado su tono teleológico, que resta iden-
tidad propia al colectivo social que es así clasificado, por estar su relevancia dada en
tanto es el futuro del grupo que lo antecedió y el pasado del grupo que lo sucederá.
Este `orden transicional´ genera tensión, no solo porque da la idea de transformación
inminente o anticipada, sino también porque se vacía de contenido al considerar que
el cambio es propio de toda sociedad humana. Lo que amerita entonces una reflexión
más profunda son los puntos de apoyo entre los cuales nos proponemos colocar la
viga por la que discurrirá el cambio en nuestro andamio argumentativo. Si ya no es
el famoso `paso de un modo de vida cazador recolectora a uno agricultor´ ¿Cuál es?,
o mejor dicho ¿Cuáles son los cambios que nos resultan significativos en el pano-
rama actual reseñado en este trabajo?; es aquí donde surge el segundo sentido por
el cual pensar `la´ transición genera incomodidad. Este segundo sentido tiene que

15  Agradezco a uno de los evaluadores de este trabajo el haberme sugerido herramientas para considerar
un análisis más preciso de `lo transicional´.

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ver, no solo con el hecho de que los momentos tempranos de adopción de modos de
vida productivos difieren en numerosos aspectos entre las áreas del NOA (de hecho,
ningún autor de los citados pretende un modelo aplicable a nivel regional), sino tam-
bién en que hay más de un `paso a´ cuando hablamos de producción, domesticación
y agricultura. Así, podemos pensar en las transiciones hacia distintas modalidades
de explotación de recursos, o bien hacia el consumo de un número mayor de taxa
(locales o no), hacia la diversificación culinaria, o de procesamientos post cosecha,
incluyendo o no almacenamiento; todos los cuales son aspectos productivos. Pode-
mos pensar en la transición hacia el consumo de la primer planta domesticada, o del
cultivo de la misma, o del manejo desde su forma silvestre hacia su forma cultivada y
luego domesticada (con numerosas posibilidades entre medio de la pequeña secuen-
cia antes reseñada, ver a este respecto Lema 2010a). Podemos pensar el tránsito hacia
la primera parcela de cultivo, hacia las primeras modificaciones del suelo, o bien el
establecimiento de un calendario agrícola anual. También se pueden considerar las
manifestaciones más tempranas de diversas modalidades de manejo del agua, o la
presencia de mecanismos supradomésticos para gestionar espacios productivos, o
bien los inicios de dietas basadas en plantas cultivadas domesticadas o no. Transfor-
maciones hay tantas como posibilidades de cambio registrados a nivel regional y que
he listado en los párrafos previos; por lo tanto no existe `la´ transición ni `el´ paso,
el boceto se amplía y enriquece al difuminarse el anclaje de ciertos conceptos sobre
un solo sector del andamio que nos permite recrearlo. No manejamos ya un único
engranaje de una maquinaria de cambio lineal.
A fin de aportar a este «boceto para un esquema» delineo algunos datos y reflexio-
nes sobre los múltiples componentes del cambio, destacando aquellos que el panora-
ma actual de la región nos sugiere como una arena prometedora a investigar, y cuyo
tono peculiar matiza otros componentes clásicos que se consideran esenciales res-
pecto al tema y que se asumen a priori como potencialmente esperables en cualquier
región que devino en algún punto agrícola. Desarrollo a continuación estas ideas.
Para el lapso 4500-3000 AP contamos con las evidencias más tempranas de plantas
domesticadas, a partir de la presencia de maíz en la puna catamarqueña, el cual habría
ingresado al área por vías que aún se desconocen. En este lapso, y a nivel regional,
se suman otros taxa como Chenopodium, Capsicum y posiblemente tubérculos mi-
crotérmicos cuyo status taxonómico aún no está plenamente definido. Las evidencias
son principalmente de consumo (en sentido amplio) pero no de producción local,
salvo quizá en el caso de Chenopodium. La economía productiva de este momento
a baja escala se basa, a nivel regional, principalmente –o exclusivamente– en camé-
lidos manejados y/o domesticados. Después de este lapso y transitando hacia el 1er
milenio de la Era, se cuenta con complejos silvestre-cultivado-domesticado en Che-
nopodium, C. maxima, P. vulgaris y posiblemente Amaranthus, por lo cual no hay un
corte sino una coexistencia entre prácticas de cultivo de formas domesticadas y no
domesticadas. Estos complejos fueron identificados, de momento, en valles altos y
mesotermales próximos a la vertiente oriental andina, por lo que quizá los inicios de
prácticas de cultivo pudieron implicar el manejo de pisos altitudinales.
Entre 3500 y 1500 AP se suceden una serie de cambios en las relaciones humanos-
plantas en el NOA, con pulsos e intensidad disímiles a lo largo de la región. Sin em-

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bargo estas `transiciones del pasado´ se condicen con (o condicionan) `transiciones


del presente´, refiriéndome con este último término a nuestras aproximaciones analí-
ticas. A lo largo del período antes mencionado pasamos de contar principalmente con
microrrestos a macrorrestos y de ocupaciones en aleros a estructuras agrícolas y resi-
denciales definidas en piedra (siendo este un proceso de agregación, y no de reempla-
zo, de un tipo de evidencia por otra), lo cual ha posibilitado el desarrollo de distintas
aproximaciones al tema de la domesticación vegetal y los primeros paisajes agrícolas
(vg. reconocimiento de formas intermedias y variedades subespecíficas, historicidad
y dinámica de instalaciones agrícolas) que se han desarrollado en las últimas décadas
y que brevemente he reseñado en este escrito.
Hasta el presente, es escaso en el NOA un componente clásico en los estudios
arqueológicos del establecimiento de modos de vida productivos (agrícolas o no) en
una región, esto es, evidencias de manejo de una forma silvestre hasta su contraparti-
da domesticada. Sin embargo, la presencia y mantenimiento, posiblemente bajo cul-
tivo, de estas formas silvestres acompañando a las domesticadas en los complejos ya
citados, enriquece la interpretación de las mismas, puesto que les otorga un rol que va
más allá de ser formas antecesoras, haciendo que se deslice el punto de apoyo de un
sector del andamio por fuera de la recta de un cambio asumido a priori como lineal,
ya que se suele asumir que la forma domesticada reemplaza a la silvestre. Otro com-
ponente clásico que suele usarse en otras regiones como indicador del afianzamiento
de un modo de vida agrícola, es el abandono de malezas y el establecimiento de una
agricultura especializada en pocas especies domesticadas, tendiente a maximizar la
productividad del terreno. Hasta el momento, la identificación de cultivos exclusivos
de una o pocas especies domesticadas en sitios Formativos es muy escasa, existiendo
por lo general identificación de múltiples taxa, rotación de cultivos, asociaciones con
formas no domesticadas e incluso consumo de estas llamadas `malezas´. Finalmente,
otro componente que suele emplearse, es el cambio en la escala de gestión de los
espacios productivos: de domestica a supradoméstica. Si bien no es unívoco en la
región, el paisaje aldeano agro pastoril del 1er milenio, a la vez que no es exclusivo
de este período, se ha caracterizado en algunos sectores de modo tal que las escalas
de gestión antes mencionadas no entran en contradicción. Como procuré señalar en
secciones precedentes a partir de los trabajos de investigación de otros autores, la
escala doméstica no niega a la supradoméstica, ni parece que esta última implique
necesariamente hablar de procesos de complejidad creciente o centralización.
Los estudios llevados a cabo hasta el presente matizan, desdibujan y generan un
boceto de tinte local, para entender distintas trayectorias de cambio hacia la domesti-
cación, el cultivo o la agricultura.

9. Y al final… volver a pensar ¿por qué se dio el cambio?

¿Dieta? ¿Aumento demográfico? ¿Reducción de la movilidad? ¿Cambio climático?


Sabemos que algo cambió, que se generaron nuevas trayectorias a partir de transfor-
maciones sociales y socio ambientales y que las variables mencionadas probable-
mente incidieron en esta maquinaria de engranajes múltiples y trayectorias fluidas.

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Si bien los estudios actuales parecen haberse desprendido de la `obsesión´ por los
orígenes, debido mayormente a una perspectiva de investigación más enfocada en
el entendimiento acabado de los fenómenos bajo estudio que en el rastreo de zonas
de influencia o generatrices, sigue aun gravitando en el imaginario arqueológico la
relevancia de contar con el `registro más temprano de´ o bien, la consideración de las
zonas de tierras bajas orientales como un `verde horizonte de esperanzas´ para el en-
tendimiento de la agricultura temprana. El peso que se pone actualmente en entender
más acabadamente el carácter del cultivo temprano de especies vegetales en el NOA,
ha llevado a una caracterización enriquecida de este fenómeno, esta maquinaria fluida
de transformaciones múltiples. La recuperación y estudio de restos arqueobotánicos
ha crecido en los últimos años, cubriendo espacios y cronologías diversas, lo cual nos
permite bosquejar escenarios enriquecidos que superan la otrora mirada arqueológica
volcada solo hacia el oriente. La presencia de complejos de formas domesticadas y
aquellas que no lo son bajo cultivo a lo largo del tiempo, desenraíza la idea de `lo
silvestre primero, lo domesticado después, la transición en el medio´ reubicando los
elementos del andamio argumentativo.
La reducción de la movilidad en el caso de ANS junto a un clima más húmedo, son
factores que se imbricaron –y quizá incidieron– en los primeros ensayos de cultivo
local. El rol de la demografía y los movimientos poblacionales se considera también
otro factor de importancia (Oliszewski y Olivera 2009; Muscio 2011). Los cambios
en la dieta son sugeridos por el registro arqueobotánico, y su impacto a nivel nutricio-
nal –diferenciando consumo ocasional de habitual– está siendo mejor entendido des-
de estudios de isótopos estables (Samec y Killian Galván 2009). Todos estos factores
se mencionan para las sucesivas `transiciones´ (hacia las primeras prácticas de mane-
jo, hacia el consumo de formas domesticadas, hacia el establecimiento de parcelas de
cultivo, hacia un paisaje agrícola, aldeano o no) con particularidades según la región
y fechas. Como hemos visto a lo largo del texto, parecería que los elementos produc-
tivos que se manejaban en el lapso 5000-3000 AP en base al manejo de camélidos y
con consumo de algunas especies cultivadas, fueron respuesta a la circunscripción
ambiental y el consecuente cambio en la relación con el entorno, en sectores diversos
del área puneña. El establecimiento de sistemas de pastoreo, hortícolas y/o agrícolas
de baja escala entre el 3000 y 1500 AP en algunas de las áreas antes mencionadas, se
vinculó también a cambios en estos aspectos, si bien, la ausencia en muchos casos de
estudios paleoclimáticos locales, o bien la falta de una secuencia cronológica com-
pleta, dificultan ver los factores que incidieron en el cambio.
La movilidad que permiten los andamios habilita hoy reconsiderar la forma en que
investigamos y nos preguntamos sobre la domesticación y agricultura temprana. Le-
jos de considerar hoy «grados mayores de dependencia» (Lema 2009a) vemos que el
proceso es multicausal, complejo, multiescalar, con particularidades locales y cone-
xiones a nivel regional. Incluso un modo de relaciones socio productivas que se creía
propio del primer milenio de la Era, se entiende como una lógica relacional que está
presente durante momentos más tardíos (Korstanje et al. 2014; Lema 2012). Por otra
parte, no sabemos aún en qué medida el paisaje agrario o aldeano del 1er milenio d.C.
es antecedido por un paisaje con otro tipo de domesticidad (Haber 2006), sobre todo
a partir de ca. 4500-3500 AP. La domicultura y creación de asociaciones vegetales

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Verónica S. Lema Boceto para un esquema: domesticación y agricultura temprana...

antropogénicas se ha reportado para distintas sociedades de cazadores recolectores y


los nuevos desarrollos conceptuales y metodológicos que están presentes en su estu-
dio para el NOA pueden también referirnos a la construcción de un particular paisaje.
En este sentido, repensar categorías como doméstico y domesticado, tomando en
cuenta marcos de entendimiento locales andinos (Lema 2013b, 2013c, 2014), se está
presentando como una vía interesante para cambiar andamios.
Las últimas décadas de investigación han dado nuevos matices al boceto que pro-
cura representar los desarrollos iniciales del cultivo de especies vegetales en el NOA;
lo promisorio del desarrollo de las mismas nos lleva a una constante reflexión y con-
sideración de nuevos conceptos, indicadores y metodologías. Los heterogéneos pai-
sajes agrícolas, la diversidad de prácticas de manejo y las variadas lógicas de interdi-
gitación productiva que caracterizan a la domesticación y agricultura temprana en el
NOA quizá nos lleven, en algún momento, a considerar oportuno subvertir el intento
de hacer un boceto para un esquema y a sentir más apropiado procurar la investiga-
ción de matices, un borrador que no procure ser un cuadro acabado.

Agradecimientos: A Sebastián Pastor y Fito Gil por haberme invitado a escribir este artícu-
lo, lo cual me resultó sumamente enriquecedor. A los evaluadores del trabajo, quienes hicieron
atinadas observaciones respecto a una primera versión del mismo y me orientaron de manera
muy certera. A Javier N. Gelfo, quien me presentó a Amina y me enseñó a pensar en matices
y tornasoles. En este trabajo procuré reflejar mis reflexiones, dudas y tensiones respecto al
tema de investigación que me encuentro desarrollando, por lo cual mi agradecimiento se
hace extensivo a todos aquellos que me alcanzaron pinceles para este boceto y me ayudaron
a corregir andamios.

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Huertos, chacras y sementeras.
Plantas cultivadas y su participación en los
desarrollos culturales de Chile central
María Teresa Planella
Sociedad Chilena de Arqueología
mtplanella@gmail.com
Fernanda Falabella
Departamento de Antropología, Universidad de Chile
ffalabella@vtr.net
Carolina Belmar
Departamento de Antropología, Universidad de Chile
carolina_belmar@hotmail.com
Luciana Quiroz
Investigadora independiente
lucianaquiroz@hotmail.com

Recibido: 9 de septiembre de 2013


Aceptado: 15 de abril de 2014

RESUMEN
En Chile central las evidencias arqueobotánicas aún no avalan lo suficiente una descripción de los procesos
de domesticación de plantas. No obstante, la presencia de cultivos en los contextos arqueológicos desde hace
unos 3.500 años desvela la incorporación paulatina y el manejo de especies cultivadas americanas de origen
no local, como el Zea mays L. (maíz), y otras de probable sustrato local como Madia sativa Mol. (madi). En
este artículo se presentan los datos disponibles sobre la presencia y utilización de estas especies en los distintos
momentos del desarrollo prehispánico, sobre la base de macrorrestos y microrrestos recuperados en sedimen-
tos y artefactos arqueológicos y de isótopos estables. Esta información, si bien aún escasa y fragmentaria,
permite señalar que las plantas fueron parte del universo ideacional y cultural, participando activamente en la
configuración de los modos de vida e identidades sociales. De esta forma, las distintas especies tuvieron roles
particulares en los diversos grupos humanos que poblaron esta zona en tiempos prehispánicos.
Palabras clave: Chile central prehispánico, plantas domesticadas, Zea mays, Chenopodium quinoa.

Gardens, Chacras, and Sementeras. Cultivated Plants and their Participation in


Cultural Developments in Central Chile
ABSTRACT
Archaeobotanical data from Central Chile do not yet provide solid evidence to back a description of local plant
domestication processes; nevertheless, domesticated plants where progressively incorporated and manipulated
by local groups at least since 3500 BP in this region. Some were non local cultivated American species, as Zea
mays L. (maize), and others probably developed locally, as Madia sativa Mol. (madi). This paper describes
the data available for these plants during different prehispanic periods, based on macro and micro remains re-
covered from sediments and archaeological artefacts, and on stable isotopes information. We argue that, even
if data are still scarce and fragmentary, cultivated plants were part of the ideational and cultural environment
and actively participated in defining life styles and social identities. Plants played different roles for specific
human groups inhabiting Central Chile during prehispanic times.
Key words: Prehispanic Central Chile, domesticated plants, Zea mays, Chenopodium quinoa.

Sumario: 1. Introducción. 2. Características de la región. 3. Los primeros cultígenos entre cazadores reco-
lectores de fines del período Arcaico. 4. Las primeras comunidades alfareras. 5. Los grupos Bato del período

Revista Española de Antropología Americana 495 ISSN: 0556-6533


2014, vol. 44, núm. 2, 495-522 http://dx.doi.org/10.5209/rev_REAA.2014.v44.n2.50727
María Teresa Planella et al. Huertos, chacras y sementeras...

Alfarero Temprano. 6. Los grupos Llolleo del período Alfarero Temprano y la incorporación de nuevos cultí-
genos. 7. Los grupos Aconcagua del período Intermedio Tardío. 8. Contacto con el Tawantinsuyu durante el
período Tardío. 9. Conclusiones. 10. Referencias bibliográficas.

1. Introducción

Cuando llegan los españoles a la región central de Chile advirtieron extensos campos
cultivados o «sementeras» que proveían de alimento a la población indígena local.
La experiencia previa con pueblos de Mesoamérica y Los Andes les hizo reconocer el
maíz, papa, quinoa, zapallo, porotos, un conjunto de productos que a lo largo de mile-
nios fueron manipulados y utilizados, entre otras plantas cultivadas, por los indígenas
en distintos rincones de América. Ningún relato oral transmitió información sobre
cómo estos productos llegaron a ser parte de la cultura alimentaria indígena. Sería la
arqueología el medio que paulatinamente y con grandes dificultades, empezó a arro-
jar luz sobre una historia de la cual aún queda mucho por contar y ofrecer el contexto
dentro del cual se desarrolló. Estas y otras plantas fueron domesticadas a partir de
ancestros silvestres en uno o más lugares del continente, se dispersaron por él y en
ese proceso se fueron modificando (Lavallée 2000). La reconstrucción de la historia
y etapas de la domesticación de plantas ha tenido amplia investigación especialmente
en Mesoamérica y los Andes Centrales, focos importantes de procesos originarios de
domesticación y lugares desde donde probablemente se dispersaron la mayoría de las
plantas utilizadas por la población amerindia.
En Chile central la línea de investigación arqueobotánica es comparativamente
muy reciente. Las características de suelo y clima en esta zona facilitan la descom-
posición de la materia orgánica dificultando la recuperación de vestigios a menos
que éstos hayan estado sometidos a carbonización. El hallazgo de órganos vegetales
desecados es excepcional. Esta ha sido una limitante para conseguir series de restos
vegetales cualitativa y cuantitativamente significativas con el fin de obtener mayores
indicadores de los hábitos y productos de consumo de las poblaciones pretéritas de
esta región y otras al sur. Pese a ello, la técnica de flotación, en uso solo desde hace
unos 15 años en nuestro país, ha contribuido notablemente a ampliar el espectro del
registro arqueológico y el estudio de macrorrestos, lo que ha permitido la identifica-
ción de especies de los depósitos culturales y del entorno natural de los sitios. Por otra
parte, los análisis de microrrestos en los últimos años, han maximizado el potencial
de recuperación de la información contenida en sedimentos, en residuos adheridos en
artefactos y otras expresiones de la cultura material, como por ejemplo las piedras
tacitas. No obstante, el volumen de sedimentos y la irregularidad de los protocolos
atentan contra una comparación regional cuantitativa sólida. La información sobre
las características de las especies y sus transformaciones a través del tiempo o entre
localidades es muy escasa y proviene en muchos casos de sitios puntuales. En este
trabajo entregamos esta información y ofrecemos algunas posibilidades interpretati-
vas sobre las plantas cultivadas y su desarrollo basados en este cuerpo de datos algo
desequilibrado, que deberá ser complementado, verificado y/o corregido en futuras
investigaciones (Cuadro 1).

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Cuadro 1: Plantas cultivadas presentes en depósitos arqueológicos de los distintos


grupos culturales en los períodos prehispánicos discutidos en el texto
Grupo
Período Fechas Cultígenos asociados
Cultural
Arcaico IV 3000 a 300 a.C. Quinoa de nivel de mar (Chenopodium quinoa Willd.)
Comunidades
300 a.C. a 200 d.C. Alfareras Quinoa de nivel de mar (Chenopodium quinoa Willd.)
Iniciales
Quinoa de nivel de mar(Chenopodium quinoa Willd.)
Complejo
Maíz variedad curagua (Zea mays L.)
200 a 1200 d.C. Cultural
Madi (Madia sativa Mol.)
Bato
Alfarero Calabaza (Lagenaria spp. Ser.)
Temprano Quinoa de nivel de mar (Chenopodium quinoa Willd.)
Maíz variedad curagua (Zea mays L.)
Complejo Poroto (Phaseolus spp., Phaseolus vulgaris L.)
400 a 1200 d.C. Cultural Zapallo (Curcurbita spp.)
Llolleo Calabaza (Lagenaria spp. Ser.)
Teca (Bromus berteroanus Colla)
Magu (Bromus mango É.Desv.)
Quinoa de nivel de mar (Chenopodium quinoa Willd.)
Quinoa altiplánica ¿? (Chenopodium quinoa Willd.)
Complejo Maíz (Zea mays L.)
Intermedio 1000/1200 a
Cultural Poroto (Phaseolus spp., Phaseolus vulgaris L.)
Tardío 1450 d.C.
Aconcagua Poroto pallar (Phaseolus lunatus L.)
Zapallo (Curcurbita spp.)
Madi (Madia sativa Mol.)
Quinoa de nivel de mar (Chenopodium quinoa Willd.)
Quinoa altiplánica (Chenopodium quinoa Willd.)
Maíz (Zea mays L.)
Poroto (Phaseolus spp., Phaseolus vulgaris L.)
Poroto pallar (Phaseolus lunatus L.)
Aconcagua
Zapallo (Curcurbita spp.)
Tardío 1450 a 1540 d.C.
Calabaza (Lagenaria spp. Ser.)
Diaguita Inka
Ají (Capsicum spp.)
Papa (Solanum spp.)
Madi (Madia sativa Mol.)
Madi (Madia chilensis (Nutt) Reiche)
Maravilla (Helianthus cf. tuberosus L.)

2. Características de la región

La región central de Chile abarca desde el río Choapa por el norte (31º 50’ S) has-
ta el río Maule por el sur (35º 40’ S) coincidente con el primitivo núcleo histórico
de actividades agrícolas extensivas (Santana 1966). En este artículo, no obstante, la
información que se entrega comprende el espacio entre los ríos Aconcagua y Cacha-
poal por ser la zona donde se han desarrollado las investigaciones arqueológicas que
aportan datos sobre la dispersión de plantas cultivadas (Figura 1).
En su caracterización geomorfológica se conoce como región central de las cuen-
cas y del llano fluvio-glacio-volcánico, con cuatro definidas macroformas del relieve
que se desarrollan en sentido norte-sur en un ancho máximo de 190 km: Planicies

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Figura 1: Mapa de Chile central con los sitios arqueológicos mencionados en el texto

litorales, Cordillera de la Costa con alturas promedio de 2.000 msnm, Depresión


intermedia y Cordillera de los Andes con alturas de hasta 6.000 msnm que van de-
creciendo hacia latitudes mayores. Las formaciones orográficas de la Cordillera de la
Costa permiten la existencia de valles de fondo plano, originados por aluviones ricos
en limos fluviales con gran aporte de fertilizantes naturales, y en donde se producen
notables condiciones de microclimas. Estos distintos ecosistemas tienen un enorme
potencial en variados recursos naturales y una gran biodiversidad de su fauna y de
su flora silvestre, que incluye especies endémicas y exclusivas que ofrecen una fa-
vorable disponibilidad estacional de productos comestibles. Esas condiciones han
sustentado la movilidad y economía desde los antiguos habitantes de la región, enrai-
zando un sentido de predictibilidad según estos ciclos para la oportuna actividad de
recolección en determinadas épocas del año (Planella et al. 2010b).
La zona central de Chile presenta un clima templado de tipo mediterráneo, con
oscilaciones térmicas moderadas, y con un ciclo anual dividido en cuatro estaciones
que presentan temperaturas medias de entre 8,8° y 18,2°C, con una amplitud térmica
anual de 10,1°C entre los meses de invierno y verano (Fuenzalida 1966). Las lluvias
se concentran entre otoño y primavera, con precipitaciones que alcanzan los 360 a
450 mm anuales en las cuencas interiores y algo más en la costa favoreciendo, junto
con las abundantes cuotas de aguas de deshielo, las actividades de siembra y cosecha
de productos en las estaciones siguientes. Estas favorables condiciones climáticas
fueron advertidas y realzadas tempranamente, entre otros, por los testimonios de Val-

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divia (1960 [1545]) y Vivar (1979[1558]).Si bien en las cuencas interiores y valles la
abundancia de recursos hídricos puede suplir la ausencia de lluvias para el regadío, en
las zonas de secano costero o de «rulo» 1 las lluvias son determinantes y condicionan
las actividades hortícolas o agrícolas, incluyendo los cultivos que se adaptan a esta
condición. Una fuente de agua importante fueron las paleolagunas que revelan evi-
dencias de actividad humana desde el pleistoceno (Núñez et al. 1994).
Las características de los suelos de la zona central han posibilitado desarrollar hasta
épocas recientes, tanto en las amplias cuencas interiores con extensos y fértiles terrenos
planos de origen aluvial y fluvial ricos en potasio, fósforo y nitrógeno, como en peque-
ños valles y terrazas de la cordillera andina y de la costa, una horticultura tradicional
que no requiere de gran tecnología. La gran fertilidad del suelo descrita y el potencial
de terrenos aptos para el cultivo, se extienden a latitudes mayores hacia el sur de la
región central, lo que ha ampliado territorial y económicamente las posibilidades de
actividades de subsistencia relacionadas con la horticultura o agricultura 2 desde tiem-
pos pretéritos, apoyando luego y enraizando los tempranos asentamientos hispánicos.

3. Los primeros cultígenos entre cazadores recolectores de fines del período


Arcaico

La proximidad al mundo vegetal que vivenciaron los cazadores recolectores del Ho-
loceno, necesariamente debió traducirse en un conocimiento profundo de los ciclos
de vida de la vegetación, sus bondades y su utilización en distintas necesidades y
aspectos de la vida cotidiana, como también el contenido en sustancias peligrosas por
su toxicidad. La gran disponibilidad de especies vegetales en el entorno de los grupos
cazadores recolectores que habitaron Chile central, proveyó de recursos alimenticios
anexos al acceso a la carne de guanaco u otra fauna silvestre; por otra parte, condi-
ciones de orden social, ritual o simbólico pueden haber estimulado el conocimiento,
la adquisición y/o manejo de otras especies con mayor valor nutricional. Es el caso
de una variedad temprana domesticada de quinoa (Chenopodium cf Chenopodium
quinoa) (López et al. 2015), el primer recurso vegetal con rasgos de intervención
humana encontrado en la zona central de Chile, cuyos antiguos vestigios han sido
registrados en el sector altoandino de la cordillera de los Andes en las basuras y fo-
gones de sitios de grupos cazadores recolectores de fines del Arcaico IV (3000 a 300
a.C.) (Cornejo et al. 1998).
Tres aspectos son especialmente relevantes de estos grupos cordilleranos. Por una
parte, el período Arcaico IV es un momento de cambio desde estrategias de movili-
dad residencial a movilidad logística, con campamentos base de más larga duración y

1  Lenz (1905-1910: 688) lo define como tierra de labor que no tiene riego de acequias y solo recibe agua
de la lluvia.
2  La horticultura se caracteriza por el uso de áreas de producción reducidas, cerca de la unidad doméstica,
donde se cultivan un conjunto diverso de taxa. Por lo general su finalidad es el autoconsumo e implica el uso
de un equipo tecnológico simple. La agricultura en cambio, implica mayor extensión de cultivos, intensidad
y rendimiento de los mismos y en consecuencia la necesidad de incrementar la mano de obra y/o tecnología
(Harris y Hillman 1989).

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con un incremento de la importancia de los vegetales en la dieta (Cornejo y Sanhueza


2011a). Por otra, las evidencias provienen de sitios localizados en el alto Maipo,
cercano a un paso cordillerano bajo, que facilitaría la integración de las vertientes
oriental y occidental de los Andes dentro de circuitos de movilidad de cazadores
recolectores, en los que incluso podrían participar grupos familiares completos (Cor-
nejo y Sanhueza 2011b). Por último, Cornejo y Sanhueza (2011a y b) han planteado
la coexistencia de dos comunidades de cazadores-recolectores en este sector de la
vertiente occidental de la cordillera, con diferentes formas de ocupar el espacio y
de organizar las relaciones sociales y las redes de acceso a bienes, y ambos reflejan
el conocimiento y eventual consumo de Chenopodium. Las evidencias se han recu-
perado de dos sitios: Las Morrenas 1 y El Plomo, localizados frente a la ciudad de
Santiago a 2070 y 2500 msnm, que fueron ocupados temporalmente aprovechando
las estaciones de deshielo y ausencia de nieves, entre los meses de agosto/septiembre
hasta marzo/abril. El sitio El Plomo (1460 a 1340 a.C.) evidencia Chenopodium cf. C.
quinoa, con cantidades similares entre ejemplares carbonizados y otros en condición
desecada. Estos últimos no presentan radícula, no alcanzan tamaños mayores a 0,8 a
1 mm de diámetro y conservan una coloración natural blanco-marfil del perisperma,
margen truncado/redondeado, ausencia de testa y prominencia del embrión (beak)
(Planella et al. 2011). Por su parte, en el alero Las Morrenas 1 (1250 a 980 a.C. fe-
chado AMS directo en semillas) se recuperó Chenopodium cf. C. quinoa. En este sitio
todos los ejemplares están carbonizados, lo que impide su adscripción taxonómica a
nivel de variedad o de especie. La mayoría presenta la radícula desprendida del resto
de la semilla o el extremo de la misma está hinchado o levantado supuestamente por
la carbonización (Planella et al. 2005).
Esta zona continuó siendo ocupada por cazadores-recolectores hasta tiempos de la
Colonia, los que deben haber sido agentes permanentes de contactos, comunicación
e intercambio con la vertiente oriental de Los Andes. Muchos sitios del Arcaico IV
fueron ocupados durante el período Alfarero Temprano, con el mismo énfasis de la
tecnología lítica arcaica y utilizando contenedores cerámicos probablemente obteni-
dos de los horticultores del valle (Cornejo y Sanhueza 2003).
Se ha discutido acerca de la existencia de ancestros y manipulación local de Ama-
ranthaceae en la región central, o si el género Chenopodium llegó por vía de difusión
natural seminal o por contactos entre grupos humanos. Sobre este tema existen al
menos tres líneas de investigación que requieren aún de mayor atención, de datos
arqueológicos y estudios de ecosistemas. Una de ellas la conforman los estudios de
polen (Villa Martínez et al. 2003, entre otros) que indican la presencia/disponibilidad
de Amaranthaceae en las columnas analizadas en esta región, durante el Holoceno.
Otra línea son las evidencias arqueológicas en la alta cordillera 3 recién mencionadas.
Una tercera línea es la existencia hasta la actualidad, en los valles de la Cordillera de
la Costa de las provincias de O´Higgins y Maule (34º a 35º S) y hasta una cota de 300
msnm, de cultivos de una particular subespecie de quinoa llamada «de nivel de mar»,
quinoa costera, quinwa o dahue (etnónimo mapuche) (Bertero 2007; Tapia 1979;

3  Las excavaciones en sitios del período Arcaico tardío en valles y costa son muy escasas, por lo que no se
puede determinar si existen estos mismos contextos arqueobotánicos fuera de la cordillera.

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Wilson 1988) que presenta atributos relictuales, como la inflorescencia glomerulada


de sus panojas y el perisperma siempre traslúcido de sus semillas que la distinguen
de la quinoa altoandina. Su reducido tamaño es común con los vestigios recuperados
en distintos sitios arqueológicos de la región central de Chile y que se modifica en el
período Intermedio Tardío con especímenes de diámetro mayor (Planella et al. 2005).
El común estado de carbonización no permite visualizar si el perisperma es cristalino,
como el del ecotipo «de nivel de mar» (Tapia 1979), o si es opaco como en la quinoa
altiplánica (Tagle y Planella 2002).
Wilson (1988) señala que la presencia de un perisperma traslúcido y la inflorescen-
cia glomerulada, ambos rasgos arcaicos asociados a variedades silvestres, sugieren
que los grupos costeros existentes se derivaron de la quinoa andina en forma previa
al desarrollo del perisperma harinoso y la inflorescencia amarantiforme en las tierras
altoandinas. Para este autor la quinwa o dahue también estudiada en la isla de Chiloé,
constituye una forma arcaica de quinoa derivada en épocas pretéritas de ancestros
que experimentaron diferenciaciones significativas en las tierras altoandinas. Según
Bertero (2007), la evidencia basada en el análisis de los patrones de interacción ge-
notipo por ambiente, datos morfométricos, de comparación de isoenzimas, de carac-
terización molecular de germoplasma usando diferentes marcadores y su particular
adaptación a baja altitud, coinciden en señalar a estos materiales de nivel de mar
como un grupo separado de aquellos andinos.

4. Las primeras comunidades alfareras

Las Comunidades Alfareras Iniciales (300 a.C. a 200 d.C.) representan los primeros
grupos que usan tecnología alfarera en la región. Presentan similitudes con los caza-
dores-recolectores del período Arcaico anterior, en especial en las tradiciones líticas
orientadas a la caza, lo que sugiere continuidad en algunos aspectos de los modos de
vida (Sanhueza y Falabella 1999-2000). La quinoa domesticada aparece, en la mayoría
de ellos, asociada siempre a una gran variedad de productos silvestres, leguminosas y
gramíneas. Si bien los sitios investigados son escasos, se ha registrado Chenopodium
quinoa en el sitio Lenka Franulic, en la capa inferior del sitio Lonquén (85 ± 200 a.C.,
105 ± 200 a.C.) (Sanhueza et al. 2003), en enterramientos del sitio El Mercurio desde
la Fase I (120 ± 180 d.C., 150 ± 150 d.C.) (Falabella 2000a), desde los niveles más
antiguos en el sitio La Granja (110 a 550 cal d.C) y, con fechas algo más tardías, en el
sitio Estación Quinta Normal (Belmar et al. 2010). La incorporación de cultivos debió
modificar los modos de vida, por los requerimientos del ciclo de siembra-cosecha y de
la preparación y cuidado de los suelos y las plantas durante su desarrollo. No obstante,
los huertos de quinoa no presentan mucha demanda durante su crecimiento y pudieron
integrarse bastante bien a la movilidad que tradicionalmente tuvieron los cazadores-
recolectores para obtener las fuentes naturales de alimento.
La quinoa puede haber contribuido a una readecuación de los equilibrios nutritivos
en una población que está cambiando sus hábitos alimentarios. El valor promedio de
δ15N (4,5‰) obtenido de 7 individuos señala un bajo consumo de carne, importante
fuente de proteínas de los cazadores recolectores del período Arcaico. Esta alimenta-

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ción más «vegetariana» de dichas comunidades pudo ser propiciada por el alto aporte
proteico y la diversidad de aminoácidos esenciales de alta calidad que aporta la qui-
noa como alimento. Los valores de isótopos estables de carbono (promedio δ13Ccol
-20,1‰ y δ13Cap -12,2‰) son coherentes con una alimentación basada en recursos
C3, entre los que se cuenta la quinoa y los frutos silvestres (Falabella et al. 2007).
Otro factor relevante en estos procesos de cambio es la fabricación de piezas de alfa-
rería que se inicia en esta época. El uso de ollas de cerámica beneficia la preparación
de la quinoa y también otros productos silvestres, facilitando una adecuada cocción
y posterior proceso de digestión. En efecto, una de las hipótesis sobre los orígenes
de la tecnología alfarera en el centro de Chile, es que fue un fenómeno local fruto
de un largo proceso de observación y experimentación asociado a las actividades
de preparación de alimentos realizadas en torno a los fogones (Falabella y Planella
1988-89). No obstante, dado que no existen evidencias arqueológicas de las etapas
de experimentación alfarera, también se ha planteado que los conocimientos técnicos
sobre su manufactura, así como la introducción de los primeros cultivos, derivarían
de contactos con vecinos. Sus expresiones particulares son de características neta-
mente locales; ambos aspectos pueden estar más relacionados con la preparación y
consumo de recursos durante prácticas ceremoniales y de orden social que con la ali-
mentación cotidiana (Sanhueza y Falabella 1999-2000, Sanhueza et al. 2003). Estos
son temas que siguen abiertos en la arqueología de la región.

5. Los grupos Bato del período Alfarero Temprano

En Chile central, desde ca 200 d.C. se evidencia una nueva realidad cultural, mar-
cada por la coexistencia de una variedad de contextos reflejo de grupos humanos
con identidades sociales diferenciadas. Algunos de ellos, como Bato, Llolleo y los
cazadores-recolectores en la cordillera, han sido estudiados y descritos con cierto
nivel de resolución y otros, representados a veces por un sitio solamente, aún son
parte de una variabilidad que se sigue investigando (Sanhueza et al. 2003, Cornejo y
Sanhueza 2011a).
Los grupos Bato tienen las fechas más tempranas y se traslapan con las Comuni-
dades Alfareras Iniciales, con las cuales comparten bastantes similitudes culturales
(p.ej. el uso de tembetá, asas mamelonares) y se proyectan temporalmente hasta fines
del período Alfarero Temprano (1200 d.C.). Muestran cambios en sus prácticas fune-
rarias y en ciertas características de las vasijas, pero mantienen una «fuerte tradición
cazadora recolectora» (Sanhueza et al. 2003:44), con tradiciones líticas del Arcaico y
movilidad dentro de sus territorios, tanto a lo largo de la costa como en los valles del
interior. En general, los asentamientos son de corta duración, emplazados en torno
a quebradas y lagunas o zonas con napas freáticas altas. Se organizan en unidades
sociales pequeñas, con escasas evidencias de formas de integración social a nivel
regional. Los registros arqueobotánicos de sitios estudiados muestran que ellos tam-
bién mantuvieron una dieta en gran parte basada en recursos silvestres, siendo los
productos cultivados sólo un ingrediente más de los alimentos. Entre éstos sin duda
la quinoa es el más ubicuo y aparece por primera vez el maíz (Zea mays), aunque con
una representación escasa.

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Cuadro 2: Rango de tamaños de Chenopodium quinoa en distintos sitios analizados

Adscripción Sitio Descripción Rango de tamaños


cultural (diámetros en mm)
Mínimo Máximo
Las Morrenas 1 Chenopodium cf. C. quinoa 1,4 1,5
Período Arcaico IV
El Plomo Chenopodium cf. C. quinoa 0,8 1
Lonquén Sin radícula 0,8 1
Comunidades Lonquén Entero - 1
Alfareras
Iniciales Estación Quinta Normal Sin radícula 0,5 1,7
Estación Quinta Normal Entero - 1,5
Las Brisas 3 Entero 1,2 1,5
Las Brisas 3 Sin radícula 0,8 1
Grupos Bato El Membrillar 2 Sin radícula 1 1,5
ENAP 3 Sin radícula 0,8 1,2
ENAP 3 Entero - 1,4
La Granja 1 Chenopodium sp. 1 1,3
La Granja 1 Entero 1 1,5
Grupos Llolleo
La Granja 3 Entero - 1,8
Tejas Verdes 4 Entero 1,2 1,5
Las Brisas 10-14 Entero 1,7 1,8
Las Brisas 10-14 Sin radícula 1,2 1,3
Tejas Verdes 1 Entero 1,5 2
Periodo Popeta Sin radícula 0.8 1,6
Intermedio
Tardío Popeta Entero 0,8 1,5
Puangue Sin radícula 0,9 1,5
Laguna de Matanzas Entero 1,5 2
Puangue Entero 0,9 1,3
Cerro Mercachas Sin radícula 0,7 1,2
Cerro Mercachas Entero 1,1 1,5
Periodo Tardío
Cerro La Cruz Sin radícula 0,6 1,3
Cerro La Cruz Entero 0,8 1,8
Momentos históricos Las Tejas 3 Entero - 2

La quinoa se registra en sitios costeros desde la ribera sur del río Aconcagua, como El
Membrillar 2 y ENAP 3 (140 a 540 d.C.) hasta el sur del río Maipo, como Las Brisas 3.
En general los tamaños no van más allá de 1,5 mm y algunos presentan daños tafonómi-
cos que pueden deberse a actividades de procesamiento o a las condiciones de depósito
(Cuadro 2). En Las Brisas 3, además de quinoa se encontró un fragmento de cariopses de

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Zea mays en el estrato fechado (38 a.C. a 224 cal d.C.) y un fragmento de coronta o marlo
de maíz, en la capa fechada 443 a 989 cal d.C. (Rivas y González 2008).
Si bien restos de maíz están presentes desde fechas tempranas en contextos Bato, no
parece haber tenido importancia en la dieta. Los valores isotópicos obtenidos de indivi-
duos Bato, tanto de la costa como del interior, sugieren un consumo escaso e irregular
de esta planta. En la costa (9 individuos), considerando que parte de la alimentación
proviene de recursos del mar, los valores δ13Ccol -18,0‰ ± 1,0 y δ13Cap -10,9‰ ± 1,5
reflejan un aporte prácticamente nulo de plantas C4. En el interior (9 individuos) en
cambio, donde no hay aporte marino, tienen un promedio de δ13Ccol -16,7 ± 2,1‰ y
δ13Cap -9,3 ± 2,0‰. La variabilidad entre individuos es significativa, con máximos y
mínimos de δ13Ccol entre -20,6 y -13,6‰. Esta variabilidad es común en situaciones
iniciales de consumo/uso de este recurso. No obstante las fechas directas de los indi-
viduos analizados, a excepción de la muestra que presentó el valor más empobrecido
(δ13Ccol -20,6‰), son todas posteriores al 500 d.C. Esto deja abierta la posibilidad que
no sean los grupos Bato propiamente tales quienes introdujeron el consumo de este
cultígeno en la región sino, como se describe más abajo, los grupos Llolleo que a partir
de esas fechas muestran formas de vida basadas en la horticultura de maíz.
Es probable que sean algunas comunidades Bato las que experimentan con otras
especies, como el madi (Madia sativa Mol.), que es una planta nativa americana
sembrada por sus propiedades oleaginosas (Ovalle 1969 [1646], Zardini 1992).Con
este antecedente, la presencia de la especie cultivada y la silvestre (Madia chilensis
Nutt.) en los sitios arqueológicos evidencia su explotación y cultivo por grupos lo-
cales. Además, como parecen señalar algunas de sus vasijas cerámicas, que replican
la forma de calabazas Lagenaria sp. que facilitan el transporte de líquidos, semillas
u otros productos, podrían estar cultivando productos no alimenticios, ampliando el
espectro de usos que aportan a los grupos tempranos las plantas cultivadas.
La presencia de especies cultivadas en los registros arqueobotánicos indica que se
adquirió de algún modo esta práctica. Las alternativas son múltiples, desde la obten-
ción por intercambio o el surgimiento de plantaciones domésticas a pequeña escala.
Restos de vasijas con golletes cribados, a modo de «regaderas» que pueden haber
servido o representado una forma de riego inicial, rasgo que se pierde posteriormente
en los contextos Llolleo, puede sugerir que estas poblaciones Bato sustentaban una
incipiente y restringida horticultura (Planella y Tagle 2004). Los datos disponibles
hacen difícil dilucidarlo por ahora.

6. Los grupos Llolleo del período Alfarero Temprano y la incorporación de


nuevos cultígenos

Los grupos Llolleo, parcialmente contemporáneos con los grupos Bato (400 d.C. a
1200 d.C.) e interdigitados en los mismos espacios, presentan características cul-
turales diferentes en diversos aspectos: en sus adornos corporales, en las prácticas
funerarias, en las estrategias expeditivas del instrumental lítico y en las formas y
decoraciones de la alfarería (Falabella y Sanhueza 2005-2006). Los Llolleo son cla-
ramente horticultores. Manejaron un complejo que incluye Zea mays, Phaseolus sp.,

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Lagenaria sp. y Cucurbita sp., además de Chenopodium quinoa. Los atributos mor-
fológicos de la quinoa son similares a los anteriores pero sí se nota mayor ubicuidad
y representatividad en los sitios. Los cambios se advierten en el maíz y en la presen-
cia de nuevas especies. Entre éstas cabe destacar ciertas Poaceae con características
morfológicas de sus cariopses que las aproximan a las del género Bromus L. (prof.
Luis Faúndez, com. pers.) que los pueblos originarios de Chile cultivaban para su
alimentación, entre ellas el Bromus mango o magu y Bromus berteroanus o teca. Lo
reflejan la evidencia arqueobotánica, los análisis de isótopos estables y se aprecia
indirectamente en la disminución de instrumentos líticos de caza, cambios en la mor-
fología de los instrumentos de molienda y en su patrón de asentamiento (Falabella
et al. 2008; Planella y Tagle 2004; Sanhueza et al. 2003; Sanhueza et al. 2007). No
se conoce bien si primero los grupos familiares se establecen en forma dispersa en
terrenos que reconocen como favorables para este tipo de actividades, o si la incorpo-
ración de productos que no tienen ancestros de origen local, como lo es Zea mays o
Phaseolus sp., promueven dicha situación. En definitiva, hay nuevas exigencias que
hacen necesaria la permanencia en los lugares en que se desarrollan las faenas hortí-
colas, por la dedicación y cuidado de las siembras para lograr buenas cosechas. Los
conjuntos residenciales se encuentran en lugares con suelos fértiles cercanos a cursos
de agua, muchos de los cuales se anegan con sus crecidas, aportando humedad para
el cultivo y fertilizándolos. Esto ocurre principalmente en terrenos del secano costero
y que se conocen como «rebaños». La organización y el manejo del territorio son
distintos al de sus contemporáneos de la región, siendo de carácter más permanente
en consonancia con un modo de vida de base hortícola y con formas de organización
supra comunal. Al parecer se efectuaban rituales, probablemente en relación con las
actividades y productividad hortícolas, posiblemente a modo de rogativas y reunio-
nes para consolidar lazos de amistad, parentesco y cooperación. En estos lugares de
«juntas» la comida y la bebida, así como prácticas tales como fumar, fueron actores
fundamentales (Falabella et al. 2001) y en ellos se incorporaron tanto recursos silves-
tres como cultivados.
Las características de los maíces, hua o uhua en mapudungun, se han estudiado
en el valle central a través de mazorcas y granos carbonizados como en el sitio La
Granja en la cuenca de Rancagua (500 d.C. a 1000 d.C.). Las mazorcas o corontas
son pequeñas, de entre 3 y 5 cm de largo y las hileras de cariopses, pequeños y re-
dondeados en el ápice, se ordenan en grupos de a dos conformando en total ocho
hileras o «corridas». La carbonización, si bien excluye la posibilidad de conocer el
color de los granos de este maíz, permite verificar que el grano más frecuente es de
tipo «reventador», como es característico del maíz «curahua», maíz duro o de piedra
en mapudungun (Falabella et al. 2008; Planella y Tagle 1998). También se podrían
adscribir estos ejemplares al maíz de raza Araucano de la zona sur de Chile que pre-
senta ocho corridas y un tamaño que no alcanza los 10 cm de longitud (Paratori et al.
1990; Timothy et al. 1961).
En la cordillera, en capas del sitio Las Morrenas1 del período Alfarero Temprano,
se recuperaron cariopses carbonizados enteros y fragmentados de tipo «reventador»
junto a otros cariopses de maíz que presentan una hojuela fina que los cubre desde
su parte basal hasta cerca del ápice, atributo que no se ha visto en otros sitios. Son

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de forma alargada con superficie distal ligeramente redondeada; de costado presenta


un perfil plano-convexo pero no tienen elementos diagnósticos para adscribirlos a
una variedad específica de maíz (Planella et al. 2005). La localización cercana a
pasos cordilleranos hacia la vertiente oriental de la cordillera andina, al igual que en
el caso de Chenopodium quinoa del período Arcaico IV, facilita las posibilidades de
intercambio de conocimientos y cultígenos con grupos transandinos donde se ha re-
portado una fecha temprana directa sobre Zea mays de 2065 ± 40 a.p. en el sitio Gruta
del Indio (Rincón del río Atuel, Centro Oeste de Argentina) (Gil et al. 2006: 205).
En la costa, cercano a la desembocadura del río Maipo, en un enterramiento en
urna cerámica y su correspondiente galería de sepultación, en un momento ya tardío
del período Alfarero Temprano (890 a 1.020 cal. d.C.) del sitio Tejas Verdes 4, Zea
mays tiene una representatividad de 11,22% y Chenopodium quinoa 4,59% de un
total de 196 macrorrestos carbonizados que incluyen Lagenaria sp. y flora nativa.
En estos especímenes de maíz el endosperma es bastante parejo y fino, lo que podría
indicar otra variedad que la descrita para el sitio La Granja (Planella y Tagle 1998;
Planella 2005).
La incorporación de nuevas variedades de maíz en un momento tardío de los desa-
rrollos Llolleo (1048 a 1266 cal d.C) se constata también en corontas de maíz no car-
bonizadas en la Cueva Cerrillos de la precordillera de Rancagua, almacenadas junto a
variedades de porotos, semilla de Lagenaria sp. y frutos de Retanilla ephedra, en una
vasija de gran tamaño decorada con bandas rojas formando una estrella (Falabella et
al. 2010). Estas corontas son de forma cilíndrica y apuntada hacia su extremo distal,
con 16 hileras de cariopses dispuestas de manera levemente desordenada en relación
al eje longitudinal. Las cúpulas presentan forma cuadrangular en la superficie exterior
de la coronta, con un buen espacio de inserción, y rectangulares en la cara interior.
La presencia de Zea mays en los contextos Llolleo y su utilización para el consumo
con fines de prestigio, rituales y/ o económicos, ha sido también detectada por otras
líneas de evidencia. Por una parte, a través del estudio de microfósiles recuperados
en los contenidos de los ceramios de ofrenda de los enterramientos de la fase II del
sitio El Mercurio, en la cuenca de Santiago (300 ± 140 d.C. a 1080 ± 90 d.C.), tanto
en el material raspado de las paredes interiores de las vasijas, como en los sedimentos
de color amarillo contenidos en jarros en los que se reportó 83.3% de silicofitolitos
Panicoideae en los primeros y 89% de silicofitolitos Panicoideae en los segundos.
Es posible atribuir el sedimento de color amarillo a un brebaje como «muday» por
la presencia de fitolitos de una poácea de la misma familia botánica que el maíz
(Planella et al. 2010a). Se han analizado igualmente los residuos adheridos a las pie-
dras tacitas del sector Tiltil-Rungue-Montenegro, al norte de la ciudad de Santiago.
Allí se han obtenido algunos almidones que corresponden a Zea mays con señales
tafonómicas de procesamiento, los que pese a la dificultad de asignación temporal
de estos residuos en los bloques con tacitas, se pueden asociar apropiadamente a la
intervención de grupos alfareros y horticultores. En los sitios domésticos aledaños,
los análisis de carporrestos y microfósiles permitieron confirmar el uso de maíz y una
visibilidad mayor de otros recursos vegetales (Planella et al. 2013). Por otra parte, a
través de análisis de isótopos estables, se obtuvo en poblaciones de la costa los valo-
res promedio δ13Ccol -15,0‰ ± 0,9 y δ13Cap -9,6‰ ± 0,9 para ocho individuos que,

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con alimentación marina parcial, reflejan un aporte reducido de plantas C4. En el in-
terior, en cambio, 14 individuos de 10 sitios, sin dieta marina tienen valores promedio
δ13Ccol -13,7‰ ± 0,6 y δ13Cap -8,0‰ ± 0,7 que señalan un aporte importante de Zea
mays. El enriquecimiento del carbono y la regularidad de los valores de los indivi-
duos estudiados en esos diez sitios contrasta con otros dos sitios Llolleo, El Mercurio
y Mateluna Ruz 1, donde los cuatro individuos analizados muestran una diferencia
significativa en sus valores promedio: δ13Ccol -16,8‰ ± 0,4 y δ13Cap -9,6‰ ± 2,7.
Esta diferencia no se justifica por una incorporación incipiente, ya que tienen fechas
posteriores al 900 d.C. ni por diferencias de género. Existen una variedad de factores
que pueden incidir además de posibles variaciones en los hábitos alimenticios entre
individuos y/o comunidades Llolleo. El mayor enriquecimiento del carbono en la
niñez de los mismos individuos, estudiada a través de la apatita del esmalte dental,
sugiere que los niños fueron alimentados preferentemente con algún preparado a base
de maíz, como el ulpo, tal como se mantiene en la actualidad en la zona rural de la
región (Falabella et al. 2008).
En el caso de los Phaseolus, las evidencias en los sitios arqueológicos Llolleo son
en general más escasas que Chenopodium quinoa y Zea mays. No obstante en el sitio
La Granja, que tiene sectores diferenciados con áreas de actividad doméstica y áreas
de connotación ritual, se obtuvieron cantidades muy distintas de granos carboniza-
dos de porotos, aparentemente Phaseolus vulgaris, entre ellos. En la parte doméstica
presentan una densidad de 1,73 y en la ritual 0,007 granos por litro (Planella y Tagle
1998).
Los mejores datos sobre los atributos físicos de los porotos provienen de los espe-
címenes almacenados en la vasija Llolleo de la Cueva Cerrillos previamente mencio-
nada, donde hay evidencias de una diversidad de Phaseolus que pudieron resultar de
la facilidad para hibridar de esta especie (Singh et al. 1991) o de la introducción de
distintas variedades. Se encontraron 16 semillas de porotos junto a maíz y calabaza
en estado único de conservación porque los restos no estaban carbonizados, lo que
permitió utilizar criterios morfológicos y de color para reconocer sus variedades.
Algunos se identificaron como Phaseolus vulgaris que probablemente pertenecen
a la raza Chile, una de las tres razas del grupo de germoplasma derivado del acervo
genético Andino y que actualmente está adaptado desde el Extremo Norte (18°28’
lat. Sur) hasta Chiloé (42°29’ lat. Sur), pero relegado a áreas marginales (Bascur y
Tay 2005). Chile es considerado un subcentro de diversidad genética cuyos ecotipos
poseen ciertas características que no se encuentran en el germoplasma de otras razas
(Singh 1989). Dado que en los reconocimientos realizados en Chile se confirmó la
ausencia de poroto silvestre, los especialistas descartan la posibilidad de una domes-
ticación local de la planta. Asignan la diferenciación de la raza Chile a la variación
que sufrió el poroto común, después de su introducción desde algún centro de domes-
ticación, como consecuencia de los procesos evolutivos y adaptativos locales (Bascur
y Tay 2005). Los porotos de la Cueva Cerrillos presentan granos de tamaño medio,
color beige moteado; granos de tamaño pequeño, redondeados color café oscuro;
granos de tamaño pequeño, redondeado a ovalado, color negro moteado y granos de
tamaño grande, ovalado y aplanado, color negro que podrían pertenecer a un tipo ra-
cial diferente (Gabriel Bascur, com. pers. 2005). La fecha AMS 1048 a 1266 cal d.C.

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de uno de estos porotos sitúa el contexto en el momento tardío del período Alfarero
Temprano (Falabella et al. 2010).
Creemos que la diferencia en el uso de los recursos silvestres y cultivados, como
los señalados más arriba, así como de la caza, formaron parte de la definición de las
identidades de los grupos del período Alfarero Temprano. Sugerimos que las preferen-
cias no estaban determinadas tanto por el conocimiento y la disponibilidad de las espe-
cies, cuanto por las tradiciones que generación tras generación debieron ir conforman-
do una idea de los productos apropiados para cada cual, en cada lugar y cada ocasión.

7. Los grupos Aconcagua del período Intermedio Tardío

A fines del primer milenio, se consolidan profundos cambios en las poblaciones de


la región central que configuran un nuevo escenario cultural y social conocido como
cultura Aconcagua, entre los ríos Aconcagua y Cachapoal (1000/1200 a 1450 d.C.).
Estos afectan prácticamente todas las prácticas sociales y manifestaciones cultura-
les. Los factores que desencadenan los cambios no están claros, pero se piensa que
son las mismas poblaciones del período Alfarero Temprano quienes provocan estos
cambios y son agentes de los mismos (Cornejo 2010). Cambia la tecnología alfarera,
las materias primas utilizadas, formas y decoraciones de las vasijas; las formas y uso
de los instrumentos líticos; los ritos mortuorios se desplazan fuera de los lugares de
residencia y conforman verdaderos cementerios donde las formas de entierro y la
posición en que se disponen los individuos es radicalmente diferente. Se advierte una
nueva relación con la fauna, en particular los guanacos, aparentemente «aguacha-
dos», es decir, mantenidos intencionalmente cerca de los hogares (Becker 1993). La
población Aconcagua mantiene un patrón de asentamiento disperso, con ausencia de
jefaturas a un nivel mayor que jefes de linajes, con unidades domésticas localizadas
en lugares con buenas fuentes de agua (quebradas, vertientes, ríos, esteros) y de poca
pendiente, aptos para los cultivos.
La inmediata sucesión estratigráfica de los contextos Aconcagua sobre las ocu-
paciones tempranas en diversos sitios del valle del Maipo y la cuenca de Santiago,
ha fundamentado la idea de que estas poblaciones usaron los mismos espacios y
ambientes, continuando una tradición recolectora de plantas silvestres y productora
de recursos cultivados, pero imprimiendo cambios en la escala de la producción,
en la selección de los especímenes y en el abanico de las especies consumidas; ello
probablemente por razones de diferencias de tamaño de la población y vivienda, así
como de las modalidades de residencia. Un mayor énfasis en la presencia de especies
consumibles y procesables bajo la forma de chicha es un aspecto del registro ar-
queobotánico en estos sitios, que sin duda encuentra su correlato con la presencia de
vasijas aptas para hervir, macerar, conservar y finalmente para distribuir alimentos en
un contexto de comensalidad dentro de las unidades familiares o en agasajos en casos
de relaciones sociales (Falabella 2000b; Planella et al. 2010b).
Otras particularidades se advierten en la oposición silvestre/domesticado de los
recursos vegetales, los primeros preferentemente recuperados en contextos cordi-
lleranos y de cordones montañosos, como Escobarinos 1 y Huechún 3, donde se

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destacan los taxones silvestres arbóreos y arbustivos, o el Manzano 2 y El Carrizo,


caracterizados por la presencia de especies silvestres arbustivas, herbáceas suculentas
y por la especie cultivada Madia sativa (madi). En el valle, en cambio, los contextos
domésticos de varios sitios (Talagante, Peñaflor, Popeta, Puangue y Las Pataguas)
denotan la presencia de una variedad de recursos vegetales, entre los cuales las espe-
cies cultivadas adquieren relevancia y son representadas por Zea mays, Chenopodium
quinoa y Fabaceae (Quiroz 2000). Algo similar ocurre cerca de la costa al sur del río
Maipo en el sitio Laguna de Matanzas. La gama de actividades desempeñadas en
estos sitios, concuerda con este registro diverso de taxones, en especial las ollas de
cocina que presentan mucho hollín en las superficies exteriores, señal de exposición
reiterada al fuego y paredes con altos índices de conductividad, lo que las hace al-
tamente eficientes para cocer (Falabella 2000b). Creemos que estos son indicadores
indirectos del incremento o mayor énfasis en las comidas preparadas sobre el fuego
y eventualmente en ingredientes con necesidad de tiempos de cocción prolongados
para eliminar sustancias tóxicas, como las legumbres.
El estudio de microfósiles complementa la información sobre los cultivos, en par-
ticular sobre los contextos de uso. Es el caso del contenido interior de la base de un
puco del sitio Fundo Esmeralda, Quillota, al interior de Valparaíso (Venegas et al.
2011), depositado como ofrenda en un entierro, en el que se detectó la presencia de
silicofitolitos de Zea mays, Phaseolus sp. y Cucurbita sp. (Planella et al. 2008). Aun-
que la evidencia etnohistórica señale la existencia de platos indígenas que combinan
estos alimentos y que estos taxones aparezcan asociados en la vasija, estos anteceden-
tes no son suficiente aval para proponer que su consumo, en este contexto, fue simul-
táneo. La evidencia residual rescatada desde las paredes de una vasija corresponde
a un promedio de los usos que se le dio durante su vida útil. Una vía para unir estos
taxones a modo de ingredientes de una sola preparación culinaria puede lograrse a
través del análisis de los daños que presentan los microfósiles, de tal manera que un
patrón de daño similar en cada uno de ellos indicaría que fueron procesados según
las mismas técnicas de preparación. Aun así, es posible obtener la misma asociación
preparando sucesivamente y separadamente cada uno de estos alimentos.
Por otra parte, en asentamientos del valle central, hay una cantidad importante
de restos de vasijas para almacenaje, como es el caso del sitio Ruinas de Chada, en
Angostura de Paine (Planella y Stehberg 1997) que sugiere la conservación de los
productos cultivados y utensilios de molienda de gran capacidad que suponen una in-
tensificación de su procesamiento. En sitios habitacionales como Huechún 3, al norte
de la ciudad de Santiago, Puangue en el curso medio del río Maipo, Villa Cardenal
Silva Henríquez al este de Catemu, se han reportado grandes cantidades de molinos
de canal amplio y manos subrectangulares biconvexas apropiadas para la molienda y
la producción a mayor escala de harina de maíz (Stehberg 1981). Los materiales para
molienda, en este último, han mostrado microfósiles que avalan la molienda de maíz
y quinoa en ellos, además de frutos silvestres como el molle y la palma (Giglio 2012).
En este escenario, se observan mejoras de las semillas de acuerdo con las modifi-
caciones experimentadas en los frutos. Las evidencias, tanto de la quinoa como del
maíz, reflejan un aumento de tamaño, mayor variedad inter específica y ubicuidad,
lo que supone un uso más constante y generalizado en la población (Cuadro 2). En el

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caso de Zea mays, las mazorcas son de forma alargada con perfil cilíndrico, presentan
entre 8 y posiblemente 16 hileras muy regulares y apretadas entre sí. En un fogón del
sitio costero Tejas Verdes 1, por ejemplo, los 372 restos entre mazorcas, fragmentos
de cúpulas y cariopses carbonizados, representan el 66,7% del total de macrorrestos
analizados, lo que es un porcentaje significativo (Planella 2005).
Los análisis de isótopos estables confirman este aumento en el consumo de plantas
C4 (como Zea mays) en las poblaciones del período Intermedio Tardío, en relación
a las del período Alfarero Temprano (Falabella et al. 2008). Los valores del carbono
aumentan a un promedio δ13Ccol de -11.6 ‰ ± 0.8 y δ13Cap -6.6 ‰ ± 0.8 en los 19
individuos estudiados en valles del interior. En la costa los valores aparecen también
enriquecidos, lo que indica que el maíz es parte de la dieta en forma generalizada en
todos los ambientes de la región. El mismo estudio muestra valores isotópicos pro-
medio del carbono más positivos en los individuos masculinos que en los femeninos,
diferencia que creemos señala un consumo diferencial que se podría atribuir al acceso
y consumo preferencial por parte de los hombres, a la chicha o muday de maíz en el
marco de las relaciones interpersonales.
Los porotos, al igual que el maíz demuestran cambios en su manejo, aunque éste
se registre con menor frecuencia. Los 34 ejemplares en el sitio Tejas Verde 1, poseen
rangos de tamaños asimilables a los que se encontraron en La Granja, sugiriendo que
el aumento tamaño no es la variable evolutiva relevante de un período a otro y que
probablemente lo sea el cambio en las variedades utilizadas. El registro de carporres-
tos recuperado en el sitio Las Pataguas en la localidad de Valdivia de Paine, al sur
de Santiago, a través de un amplio universo de especímenes y especies de la familia
Fabaceae, a saber 553 de Fabaceae, dos de Vicia sp., 43 ejemplares de Phaseolus sp.
y dos de Phaseolus lunatus (Belmar y Quiroz 2003), dan fe de un proceso de expe-
rimentación horticultora que tiende hacia la multiplicación de variedades o por lo
menos a la voluntad de hibridar especies, porque las modalidades reproductoras de
la familia lo permiten (Ospina et al. 1980). Otro elemento a destacar en el sitio Las
Pataguas se relaciona con la magnitud de las dimensiones, el potencial estratigráfi-
co y el carácter ceniciento del rasgo basural desde donde provinieron las muestras.
Esas características serían propias de modos de ocupación del espacio doméstico/
habitacional y de los recursos del período siguiente de contacto inca de Chile central
y del norte semiárido, de acuerdo con la hipótesis de la intensificación de la pro-
ducción de recursos y del aumento de la carga de población en los sitios (Belmar y
Quiroz 2006a). Asimismo la evidencia disponible de P. lunatus en la región central
se circunscribe a los ejemplares de Las Pataguas; en la zona del norte semiárido sus
registros tampoco son frecuentes y sólo están asociados a la presencia inca. El con-
texto Aconcagua del sitio Las Pataguas, al sur de Santiago, fechado en 1440 d.C., se
ve entonces permeado por especies distintivas del período Tardío, lo que se vuelve
coherente con una interpretación dinámica de los procesos sociales y culturales de
la región y del uso y/o préstamos de ciertos hábitos alimenticios por influencia de
poblaciones políticamente dominantes. Un caso similar se manifiesta en Casa Blan-
ca 10, sitio con fechas desde 1045 ± 90 d.C. y fragmentería cerámica incaica en las
etapas finales de su depósito, que presenta quinoa y maíz en rasgos carbonosos ceni-
cientos, y que a la luz de análisis de residuos en vasijas se complementan con taxones

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tales como el ají de connotación incaica, ausente en los contextos de la región central
hasta ese momento (Belmar y Quiroz 2008). Nuevamente se observa, entre la pobla-
ción local Aconcagua tardía, modos locales de producción y de ocupación del espacio
pero penetrados diferencialmente, de acuerdo con la importancia estratégica del sitio,
por elementos que denotan la presencia inca.
Las evidencias expuestas dejan claro que con las poblaciones Aconcagua se ex-
pande y consolida la horticultura (Massone et al. 1998), provocando efectos y modi-
ficaciones en las actividades económicas, producción alfarera, costumbres y hábitos
sociales relacionados al consumo de alimentos.

8. Contacto con el Tawantinsuyu durante el período Tardío

Las instalaciones incas, tanto centros provinciales como secundarios, fueron posi-
bles de administrar eficientemente por el Estado gracias a su conexión a través de
un sistema de caminos o red vial que se adaptó a distintas situaciones orográficas,
altitudinales y focos de atracción económica y social (Alconini y Malpass 2010).
La expansión e incorporación de territorios al Tawantinsuyu, significó el estableci-
miento de procesos de interdigitación cultural entre grupos locales y el Inca como
táctica para la integración de territorios periféricos y como un modo de acceder a la
producción local (Sánchez 2004). Hacia ca 1440-1450 d.C. los territorios de Chile
central comienzan a ser ocupados en forma discontinua y administrados por contin-
gentes foráneos que traen consigo una serie de innovaciones en lo cultural, social,
ritual, organización económica y arquitectura. Por sobre los avances que la arqueo-
logía y arqueobotánica han podido reconocer en los grupos Aconcagua, previos a la
incursión inca, interesa destacar innovaciones como la ampliación de los terrenos
de cultivo y extensión de acequias de regadío, la obtención de tributos a través del
trabajo o mita, los trabajos comunitarios o minga y las relaciones sociales con grupos
locales, normadas con énfasis en la reciprocidad. Todo ello contribuyó a reorientar
y acrecentar los cuidados agrícolas y el almacenaje de productos en respuesta a las
nuevas necesidades de administración y alimentación (Rossen et al. 2010), a susten-
tar los esfuerzos de la población con trabajos organizados bajo otros términos a los
acostumbrados y a aceptar los mecanismos de sincretismo en las creencias y rituales,
posiblemente en aquellos relacionados con los ciclos anuales de siembra y cosecha.
Uno de estos mecanismos, es el uso del estatus cultural del maíz, expresado a través
de su capacidad para revivir/recrear el mito de emergencia de la sociedad inca y por
extensión, de legitimar el dominio del Tawantinsuyu (Bauer 1996). En la misma línea
de interpretación, Harstof y Johannessen (1993) atribuyen al maíz cualidades simbó-
licas relacionadas con la transformación, relevantes en el entendimiento del proceso
de expansión del incanato. Al participar como chicha, la carga simbólica del maíz
le otorga un papel fundamental en los ritos y festejos religiosos, ejecutados con los
propósitos de trasmitir y legitimar los valores y poder incas.
En este nuevo escenario, también interviene la introducción de términos lingüísti-
cos quechua que se van incorporando a la nomenclatura etno-taxonómica local y que
también se refieren a productos vegetales, instrumentos y espacios para la agricultura.

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Ejemplos de ello son chocllo, ch´alla, zara, muti, purutu, kinwa, zapallu, huminta,
ch´arki, lampa, chacara (Planella et al. 2010b).
Ciertamente, una estrategia de penetración cultural del imperio, se trasparenta en
el riguroso manejo y consumo de recursos vegetales locales versus incas en los sitios
ceremoniales y de congregación social, demarcados por la arquitectura y los espacios
que ella genera. El Cerro la Cruz, en valle del Aconcagua, ejemplifica emblemáti-
camente esta disposición distintiva de la evidencia en su plaza intramuro y canchas,
estando los espacios de congregación amplia, asociados al consumo de maíz y los
más restringidos a las especies silvestres como el quisco y el quilo (Quiroz y Belmar
2013). No ocurre lo mismo en otros sitios rituales, cuando los espacios permanecen
indiferenciados, como en Cerro Mercachas (situado en la cima de un cerro con muro
perimetral), Villa Cardenal Silva Henríquez y Génesis 1 (sitios con elementos de fu-
nebria), donde éstos aparecen asociados. El cementerio Inca-local de Quinta Normal,
en la ciudad de Santiago, nos muestra otra arista de estas diferenciaciones, esta vez
en relación al tipo de vasija y la combinación de productos revelados por los análisis
de microfósiles de los residuos en los enterratorios muestreados (Belmar y Quiroz
2007a). Dos vasijas contienen silicofitolitos de Zea mays (tipo «rondel») y Cucurbita-
ceae; un puco contiene solo Cucurbitaceae; un aríbalo evidenció Zea mays y Cheno-
podium quinoa y un cuenco tricromo engobado presentó Zea mays y un tricoma que
posiblemente podría corresponder a Phaseolus spp.
El Tambo Ojos de Agua, emplazado en el río Juncal, en la trayectoria hacia el paso
cordillerano que comunica con el valle de Uspallata en Argentina, es en cambio un
sitio vinculado a la red vial inca. Se trata de una estación de descanso destinada a la
dotación de suministros para el tránsito por este camino con una serie de estructuras,
entre ellas collcas de almacenaje y acequias (Garceau et al. 2010). En las estructuras
se rescató un conjunto abundante de evidencias arqueobotánicas, tanto de plantas
cultivadas (quinoa, maíz, ají, poroto, papa y calabaza) así como especies locales sil-
vestres. Los investigadores asocian estos hallazgos con la provisión de alimentos a
las caravanas, contribuyendo a descubrir preferencias culturales en la elección de qué
plantas serían suministradas y la red de sitios que estarían aportando estos recursos,
principalmente cultivados en el valle. No todos los sitios asociados a la red vial pre-
sentan estas características. Por ejemplo, en los sitios Pucara del Tártaro y El Tigre,
al norte de San Felipe (Pavlovic et al. 2012), no se encontraron plantas cultivadas, lo
que puede deberse a la funcionalidad de estos sitios con actividades más efímeras, o
a problemas de erosión y conservación (Belmar y Quiroz 2006a, 2007b).
Más al sur, en la cuenca del río Cachapoal el complejo defensivo de Cerro Gran-
de de la Compañía, emplazado en un cerro isla, está compuesto por una plaza en la
cima, tres muros perimetrales y numerosas collcas (Planella y Stehberg 1994). El
contexto cuenta con análisis arqueobotánicos realizados en recintos y collcas que
revelaron la presencia de las especies cultivadas Chenopodium quinoa, Zea mays,
Madia chilensis, Helianthus cf. tuberosus y Lagenaria spp. (Rossen et al. 2010), que
se relacionaron con almacenaje destinado al intercambio o para el aprovisionamiento
ante una situación hostil.
Ha de notarse entonces, que la presencia de macrorrestos de maíz ha sido recurren-
te en sitios administrativos-económicos, defensivos, como también en sitios habita-

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cionales de la población local, tanto en áreas de fogones dentro de recintos, como en


collcas, lo que sugiere su uso como alimento, bebida y también como producto de
guarda como excedente de cosechas (Garceau et al. 2010; Planella et al. 1993; Ros-
sen et al. 2010). Ha sido interesante refutar, a través de análisis de isótopos estables,
que el consumo de maíz se intensificara entre toda la población, pese a la extensión de
las plantaciones (Falabella et al. 2008). Los valores isotópicos de carbono de indivi-
duos que con toda probabilidad son indígenas locales, se empobrecen en relación con
el período anterior (promedio δ13Ccol -13.1 ‰ ± 1.2 y δ13Cap -7.2 ‰ ± 0.9); su uso
selectivo puede atribuirse a lo que se ha señalado para otras provincias del Tawan-
tinsuyu (Hastorf y Johannessen 1993). De este modo, el sustento de la población en
general habría continuado afianzándose en la caza y los cultivos tradicionales prein-
caicos, como el madi, la quinoa, porotos, zapallo y flora silvestre de fructificación
estacional, junto a productos introducidos como el ají, algunos tubérculos y chuño,
además del maíz. Es decir, también en materia de productos de alimentación se apre-
cia un sincretismo que refleja flexibilidad en los mecanismos de dominio formulados
y ejercidos por el Inca en situaciones de frontera (Rossen et al. 2010).
En la mayoría de los sitios estudiados, ciertas similitudes del registro arqueobotánico,
como la abundancia, diversidad y aparición de especies o variedades específicas de plan-
tas domesticadas, sugiere un modo de acceder, explotar y procesar los recursos vegetales
según patrones definidos por las pautas culturales del Tawantinsuyu, que al parecer im-
plican incremento de la escala y en la intensidad de la explotación, abarcando un amplio
espectro de las labores domésticas y de subsistencia e involucrando tanto a las especies de
plantas domesticadas como a las especies silvestres locales. En síntesis, estos contextos
y la intensidad del depósito ilustran una forma de operar, una organización del trabajo y
una presión sobre el ambiente que serían propios de la expansión inca. Sin duda la im-
plantación del sistema económico y social tuvo que causar un cierto impacto en el paisaje
vegetal, como resultado de la intensificación de la producción agrícola, lo cual se logra
a través de la implementación de nuevas tecnologías, como los sistemas de regadío y la
infraestructura de almacenamiento del excedente de producción.
Algo análogo pero más radical ocurrió con la llegada de los españoles, quienes in-
trodujeron nuevas especies y modificaron los hábitos alimenticios locales como parte
consustancial de las estrategias para imponer su concepción del mundo y afianzar su
dominio. Algunas gramíneas usadas por los indígenas, como el magu, se extinguieron
reemplazadas por el trigo, y otras como la quinoa cayeron en desuso por ser conside-
radas «comidas de indios» y quedaron relegadas a sectores rurales donde se ha man-
tenido la costumbre de elaborar el pan de quinoa o «covquedahue» y la elaboración
de «pihuelo», bebida en base a quinoa y harina tostada (Tagle y Planella 2002).

9. Conclusiones

El recorrido de la presencia de recursos domesticados a través de los períodos de


la historia prehispánica de Chile central trae a la superficie temáticas de discusión
muy distintas según el momento tratado. Estas diferencias descansan principalmente
en la distancia temporal que nos separa de cada uno de los períodos y del grado de

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resolución y precisión de la información extraída en cada contexto. Así es que las


poblaciones observadas por los conquistadores españoles son retratables con mayor
fidelidad, dado que el escenario donde desplegaron sus relaciones socioculturales y
sus matices de complejidad son potencialmente perceptibles en los relatos de las cró-
nicas. La posibilidad de centrar la atención en problemáticas de diferente naturaleza
de acuerdo con la disponibilidad de información, se considera la fortaleza de nuestra
labor, en tanto obliga a profundizar aspectos que pasan desapercibidos en escenarios
compuestos o de mayor complejidad.
En el período Arcaico la evidencia dirige la atención hacia los inicios de los proce-
sos de domesticación de la quinoa, dejando al descubierto la aparición de variedades
de quinoa entre la zona de Cuyo-Mendoza y la zona central, que se diferencian del fe-
notipo de los especímenes procedentes de un centro de origen en los Andes Sur-Cen-
trales (Bruno 2006). La presencia temprana de quinoa en estos contextos está ligada
con los probables focos de ensayo en esa región del continente y el establecimiento
del tipo de «quinoa de nivel de mar», dando a entender que los procesos de domes-
ticación y la manipulación de plantas, a través de probables cruces de especies inter
e intra genéricas, están profundamente arraigados en el tiempo y en las poblaciones
arcaicas que debieron mantener relaciones más intensas con el entorno vegetal. La
permanencia y ubicuidad de la quinoa en los períodos siguientes, se relaciona con
el modo de vida móvil, cazador recolector de las Comunidades Alfareras Iniciales
y Tempranas, pese a los énfasis diferentes según la tradición de uso de recursos y
ocupación del territorio de cada uno. Finalmente en los períodos Intermedio Tardío y
Tardío, el cultivo de «quinoa de nivel de mar» perdura junto con la introducción de
quinoa altiplánica, notándose incremento en el tamaño de los especímenes, en con-
cordancia con procesos avanzados de manipulación de cultígenos. Culturalmente, su
consumo acumula carga simbólica, que ha sido insistentemente capitalizada por el
estado inca en sitios de connotaciones rituales y a través de la probable implantación
de modos de preparación culinarios.
Otra figura se advierte en la mayor complejidad de la población Llolleo que se
consolida de manera reveladora con el afianzamiento del maíz entre los recursos cul-
tivados por estos grupos. Aunque la aparición más antigua de maíz esté consignada
en un sitio Bato, los estudios isotópicos entre sus miembros muestran un consumo
escaso y variable de este alimento. Es en el seno de los Llolleo donde se manifiesta
un consumo regular, que se refrenda a través de la presencia de diferentes variedades/
razas en los sitios de diferente cronología o de su presencia a manera de posible mu-
day en las vasijas. El maíz curahua «reventador», cuyo ordenamiento de los granos
en cuatro dobles hileras es similar a la que se conoce hoy por raza araucana, ostenta la
mayor frecuencia en los sitios, sin embargo es posible registrar cambios morfológicos
en algunos de ellos, como al comparar los especímenes más antiguos, por ejemplo en
el Alero Las Morrenas 1, con los más tardíos, de la cueva Cerrillos. En el período In-
termedio Tardío las corontas de maíz experimentan cambios morfológicos y aumento
de las hileras de cariopses, con evidencias de un amplio consumo por parte de estas
poblaciones. En cambio, en el Período Tardío, en el que tal vez el maíz será objeto de
instrumentalización económica/cultural y de producción intensificada, las poblacio-
nes locales propenderán a un consumo menor de este cereal; esta información se de-

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duce de los estudios de isótopos estables, sentando la idea que parte de la producción
de Zea mays fue orientada hacia el sostén del sistema de tributación y redistribución
de recursos del Tawantinsuyu.
La incorporación del maíz entre los hábitos de consumo de las comunidades Llo-
lleo, dado los cuidados de cultivo que requiere, se ha considerado como el rasgo
que les confiere la calidad de horticultores, pero la presencia de Phaseolus en esos
contextos le otorga aún más profundidad a esta premisa. La difícilmente explicable
escasez de la evidencia del poroto en los sitios arqueológicos, ya sea por razones de
conservación o por insuficiente investigación, contrasta con el antecedente de la exis-
tencia de una raza Chile, una de las tres reconocidas en el grupo de germoplasma de-
rivado del acervo genético Andino. Cabe aclarar que en ausencia de ancestro silvestre
en Chile, el advenimiento de esta raza se debe a la modificación temprana del poroto
común, introducido desde algún centro de domesticación, desencadenada a modo de
respuesta adaptativa a las condiciones locales. A pesar de disponer de pocos ejem-
plares, la riqueza contextual de algunos sitios, como La Granja en Rancagua, per-
mitieron apreciar la densidad diferencial de porotos según la funcionalidad; mayor
en los espacios domésticos y casi nula en el ritual. En otro registro de información,
los excepcionalmente bien conservados porotos de la Cueva Cerrillos han permitido
abordar la temática racial o de la variedad de la leguminosa, por cierto emparen-
tada con la raza Chile. Ambos sitios, de fechas tardías dentro del período Alfarero
Temprano, entregan las pautas de la discusión sobre la presencia de Phaseolus en el
período Intermedio Tardío, durante el cual, los sitios de carácter doméstico como Las
Pataguas, que con un amplio y diverso universo de ejemplares carbonizados, remite a
un probable manejo de variedades e hibridación inter e intra específica, así como a la
incorporación de especies de la Familia Fabaceae, Phaseolus lunatus, por influencia
de los Andes Centrales.
La intensidad de la relación con otras especies cultivadas a lo largo de la historia
cultural de Chile central puede ser más difícil de definir, dada las reducidas pruebas
de su presencia en los contextos. Este es el caso de las Cucurbitaceae, cuyo conoci-
miento se reafirma con las vasijas cerámicas fitomorfas del período Alfarero Tempra-
no, Lagenaria entre los Bato y Cucurbita entre los Llolleo. La familia Cucurbitaceae
se hace notar más durante los períodos Intermedio Tardío y Tardío, en los que se da
el consumo variado y enriquecido de recursos, integrando parte de contextos domés-
ticos, rituales funerarios, sitios defensivos o de la red vial incaica.
La escasez de representación no hace concesiones con especies de utilidad muy
destacada por los cronistas, como lo es el madi, el magu y la teca. La profundidad
temporal de su uso se remonta a los grupos del período Alfarero Temprano. El rastro
de estos taxones puede ser seguido en el período Intermedio Tardío y Tardío, en sitios
de cordillera y valle indicando que su consumo se acantona en torno a las preferen-
cias de grupos reducidos, pero cuyo cultivo o uso tiende a generalizarse después del
período Intermedio Tardío.
Finalmente, la presencia de especies americanas foráneas al contexto local, como
el ají (Capsicum spp.), la maravilla (Helianthus spp.) o el poroto pallar (P. lunatus),
mantiene estrecha relación con el arribo de especies promovidas por el Tawantinsuyu
y participan de toda la gama de sitios funcionales de su esfera de acción. Es intere-

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sante que la presencia de ají, no sólo se ha consignado a partir de semillas dentro de


recintos de almacenaje, sino también en residuos adheridos a las paredes de vasijas
en el sitio Casablanca 10, lo que sugiere que la vía de incorporación de estos recursos
alóctonos podía realizarse mediante la trasmisión y ofrecimiento de saberes culina-
rios.
En suma, seguir la senda dejada por las plantas cultivadas en la zona central de
Chile, es la oportunidad para mirar en perspectiva las formas de apropiación progre-
siva del ambiente vegetal y territorial y su relación con las disposiciones culturales
de los diferentes grupos que habitaron esta región. En el estado de la investigación
actual, la información no reúne las condiciones necesarias para dirimir cuestiones
atingentes al proceso de domesticación en sí, pero lo cierto es que se aprecia que el
proceso suscita acumulación de conocimiento, manejo y una tendencia hacia la inclu-
sión cada vez más amplia de especies domesticadas.

Agradecimientos: Agradecemos los comentarios y sugerencias de dos evaluadores anóni-


mos que han contribuido a mejorar este texto.

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522 Revista Española de Antropología Americana


2014, vol. 44, núm. 2, 495-522
Demografía humana e incorporación de cultígenos
en el centro occidente argentino: explorando
tendencias en las fechas radiocarbónicas
Adolfo F. Gil
CONICET/IANIGLA Grupo Vinculado San Rafael – Universidad Nacional de Cuyo
agil@mendoza-conicet.gob.ar

Miguel A. Giardina
CONICET/IANIGLA Grupo Vinculado San Rafael
mgiardina@mendoza-conicet.gob.ar

Gustavo A. Neme
CONICET/IANIGLA Grupo Vinculado San Rafael
gneme@mendoza-conicet.gob.ar

Andrew Ugan
Far Western ARG (Davis, California) – University of Utah – Museo de
Historia Natural de San Rafael (Mendoza, Argentina)
andrew.ugan@gmail.com

Recibido: 25 de marzo de 2014


Aceptado: 23 de junio de 2014

RESUMEN
Clásicamente el origen y la dispersión de la agricultura se han explicado al menos parcialmente por variables
demográficas. Este estudio, de carácter preliminar, explora el uso de la frecuencia de fechas radiocarbónicas
como un proxy demográfico y con tales tendencias se compara la dispersión de cultígenos en el centro oc-
cidente argentino. Se acepta la región como el límite sur de la expansión agrícola prehispánica y sobre esa
base se comparan las tendencias radiocarbónicas de tres sectores definidos heurísticamente: Norte, Centro y
Sur. El trabajo analiza 344 fechas para los últimos 5000 años 14C provenientes de 166 sitios arqueológicos.
La suma de probabilidades muestra patrones similares entre los tres sectores pero registra menos variaciones
temporales en el Norte, luego en el Centro y finalmente en el Sur, lo que podría entenderse como una corre-
lación con la estabilidad demográfica donde el sector Norte muestra un patrón más estable que en el Centro
y estos que el Sur.
Palabras clave: Centro occidente argentino, Mendoza, Holoceno tardío, agricultura, demografía.

Human Demography and Domestic Plants in Central Western Argentina:


Exploring Trends in Radiocarbon Dates
ABSTRACT
Classically, the origin and spread of the farmers at least have been explained by demographics variable. This
paper preliminarily explores the use of the frequency of radiocarbon dates as a demographic proxy and com-
pares such trends to cultigens scattering in central western Argentina. The region is accepted as the southern
boundary of Prehispanic agricultural expansion and on that basis the radiocarbon trends compare three sectors:
North, Central and South. The paper analyzes 344 radiocarbon dates from the last 5000 14C years and 176
archaeological site recorded between 30° and 37° S. The sum of probabilities shows similar patterns among
the three sectors but less variation recorded in the North than in Center and the South. This could indicate a
correlation with demographic stability where the North shows a more stable than those in the Center and the
South pattern.
Key words: Central Western Argentina, Mendoza, Late Holocene, Agriculture, Demography.

Revista Española de Antropología Americana 523 ISSN: 0556-6533


2014, vol. 44, núm. 2, 523-553 http://dx.doi.org/10.5209/rev_REAA.2014.v44.n2.50728
Adolfo F. Gil et al. Demografía humana e incorporación de cultígenos...

Sumario: 1. Introducción. 2. Centro occidente argentino, registro arqueológico y estrategias humanas en el


Holoceno Tardío. 3. Metodología. 4. Cultígenos en el centro occidente de Argentina. 5. Tendencias en las
fechas radiocarbónicas. 6. Discusión. 7. Conclusión. 8. Referencias bibliográficas.

1. Introducción

La estructura demográfica poblacional es una variable crucial para explicar procesos


ecológicos y, entre ellos, los de la evolución humana (Lahr y Foley 1998; Muscio
2012). La explicación del origen y dispersión agrícola ha sido uno de los temas que
más se ha apoyado en la variable demográfica (Cohen 1977; Binford 1968; Binford
y Chasko 1976). Este trabajo se propone revisar las discusiones sobre el significado
del registro asociado a las plantas domésticas prehispánicas en el centro occidente
argentino e intenta indagar la relación entre tendencias demográficas y la dispersión
agrícola en ese sector. Se ha postulado el centro occidente argentino como límite
meridional de la dispersión agrícola (Gil y Neme 2013; Gil et al. 2010, 2011; Gil,
Neme et al. 2014; Johnson et al. 2009; Lagiglia 1977, 1982). Esta situación ha que-
dado definida principalmente sobre la base de la dispersión espacial y temporal del
registro de macro-restos de plantas domesticas entre las que se destaca el maíz, pero
también incluye el registro de especímenes como poroto, zapallo, y quinoa (Lagiglia
2001). Dicho límite habría quedado establecido hace unos 2.000 años, generándose
una frontera con cazadores recolectores hacia el sur del río Atuel que persistió hasta
el establecimiento de poblaciones europeas.
Recientemente se han planteado una serie de cuestionamientos a este modelo de la
agriculturización en el centro occidente. Por un lado, se ha cuestionado que el registro
de cultígenos implique necesariamente su asociación directa con estrategias agríco-
las, las que en esta región se vincularon con grupos sedentarios (Gil 1997-1998).
Como alternativa a esta idea se ha sugerido considerar situaciones de intercambio
inter-poblacionales, entre otras (Gil 1997-98), en las que grupos de cazadores reco-
lectores obtendrían plantas domésticas sin haberlas producido. Por otro, lado se ha
debilitado también la idea de una agricultura significativamente importante y estable
durante los últimos 2.000 años (Gil et al. 2010, 2011; Gil, Neme et al. 2014). Por el
contrario, también se ha planteado que dicha importancia como base económica ha-
bría variado en el tiempo (Chiavazza y Mafferra 2010; Gil et al. 2009; Gil, Villalba et
al. 2014). Los datos de dieta humana generados con base en isótopos estables de car-
bono, han señalado que esa no sería la tendencia al menos con el consumo del maíz
(Gil et al. 2011; Gil, Neme et al. 2014). Finalmente, se ha desafiado la baja movilidad
al punto de sedentarismo, que se ha asociado también con el establecimiento agrícola,
y trabajos recientes, principalmente apoyados en resultados de isótopos estables en
18
O, han invitado a explorar la posibilidad de grupos humanos con una movilidad re-
sidencial mayor a la clásicamente asumida (Gil, Neme et al. 2014; Ugan et al. 2012).
Más allá de estos intentos para caracterizar el significado de los cultígenos, hay
pocos esfuerzos explícitos para abordar la forma y las causas de su incorporación
(Johnson et al. 2009). Clásicamente el debate se ha focalizado, como en otras regio-
nes del mundo, sobre el origen de los primeros agricultores; es decir si se trató de po-
blaciones autóctonas que cambiaron su subsistencia de cazadores a productores, o de

524 Revista Española de Antropología Americana


2014, vol. 44, núm. 2, 523-553
Adolfo F. Gil et al. Demografía humana e incorporación de cultígenos...

la migración de agricultores hacia tierras de cazadores-recolectores y su consecuente


remplazo poblacional (Getz et al. 2012; Muscio 2007). Implícita o explícitamente, la
mayor parte de los trabajos asocian el registro de los cultígenos con un incremento
en la demografía humana (García 2010) y en algunos casos asocian su incorporación
a la subsistencia como respuesta a un desequilibrio previo entre demografía humana
y recursos. En la región ese desequilibrio se ha definido en la última década como
«intensificación regional» (Neme 2007, 2009). El desequilibrio entre demografía hu-
mana y recursos, cuando se desarrolla entre cazadores recolectores, podría generar
respuestas alternativas que no necesariamente conllevan la adopción de la agricultura
(Binford 2001; Bettinger y Baumhoff 1982; Winterhalder y Lu 1997). En la región,
los estudios que apuntaron a discutir este proceso de intensificación se focalizaron
en el cambio temporal del registro zooarqueológico (Giardina 2012; Neme 2007;
Neme et al. 2012, 2013; Otaola et al. 2012), arqueobotánico (Llano y Neme 2012) y
antracológico (Andreoni 2015), así como en la cronología en la ocupación de los am-
bientes (Neme et al. 2006), entre otros. Algunos indicadores fueron más contunden-
tes al señalar un cambio en el registro como el esperado en el mencionado proceso,
mientras otros no permitieron corroborar las expectativas planteadas.
A pesar de que todos estos modelos implican la estabilidad o el cambio demográ-
fico, no hay en la arqueología regional del centro occidente un análisis explícito de
esta variable. Es en este marco en el que el presente trabajo busca aportar preliminar-
mente resultados sobre los patrones demográficos del centro occidente argentino. Por
un lado, se busca definir si hay una asociación temporal y espacial entre el registro
y el consumo de cultígenos con un cambio en el patrón demográfico. Por el otro, se
discute si la demografía en regiones en las que tradicionalmente se asumió el esta-
blecimiento de agricultura fue diferente a la de regiones vecinas donde esta práctica
no se registró. La variación demográfica se estudia aquí mediante el análisis de la
frecuencia de fechados radiocarbónicos y asumiendo los mismos como un proxy de la
intensidad de ocupación y la demografía (Kelly et al. 2013; Rick 1987; Steele 2010).

2. Centro occidente argentino, registro arqueológico y estrategias humanas en


el Holoceno Tardío

Para el conocimiento arqueológico tradicional los ríos Diamante y Atuel (aprox.


34°30’ S; Figura 1) habrían funcionado durante los últimos 2.000 años como la fron-
tera sur de la agricultura prehispánica, conformando la subárea cultural del Centro
Oeste Argentino (Lagiglia 1977; Gil y Neme 2013); hacia el sur de dichos ríos la
caza y recolección continuó como única forma de vida, incluso hasta el siglo XIX,
definiéndose espacialmente como la subárea cultural Norpartagonia Mendocina Neu-
quina (Lagiglia 1977). El centro occidente argentino incluye ambas subáreas y se
propone como una escala espacial no definida a priori por distribuciones de ítems
arqueológicos; más bien es una unidad espacial heurística donde inter-juegan la va-
riabilidad ambiental y arqueológica (Gil y Neme 2013).
El presente análisis se basa principalmente en el registro arqueológico localizado
entre 32° y 37° S (Figura 1). Los estudios previos se han centrado en tres aspectos.

Revista Española de Antropología Americana 525


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Adolfo F. Gil et al. Demografía humana e incorporación de cultígenos...

Figura 1: Sitios arqueológicos mencionados en el texto con cronología


radiocarbónica de los últimos 5.000 años AP (ver referencias en el Cuadro 2).

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Adolfo F. Gil et al. Demografía humana e incorporación de cultígenos...

Por un lado, la cronología de los primeros cultígenos, interpretada como la de los


primeros agricultores (Bárcena 2001a; Lagiglia 2001); por otro, y como extensión del
primer interés, la definición y segregación de agricultores precerámicos y agriculto-
res alfareros (García 1992). Este interés supuso que la incorporación de la cerámica
implicó un cambio cultural sobre las poblaciones preexistentes. El tercer interés de
los investigadores ha sido intentar definir unidades culturales internas o facies, sobre
el proceso de estos agricultores (García 1992; Lagiglia 2001). Salvo algunas ideas
poco profundizadas, los trabajos no enfocaron las causas de esta transformación, ta-
rea que se propuso como una etapa posterior al ordenamiento inicial (García 1992).
Lagiglia (1982) planteó que los primeros agricultores se establecieron sobre la
base de grupos demográficamente pequeños de familias que arribaron trayendo el
conocimiento y los elementos para esta nueva forma de vida (Lagiglia 1982). Pos-
teriormente (Lagiglia 2001) denominó ese proceso como «exploradores y coloniza-
dores agrícolas iniciales». Esta instancia inicial fue entendida en un contexto de baja
densidad demográfica (Lagiglia 2001). Para Lagiglia (2001) el posterior desarrollo
aldeano y la incorporación de la tecnología cerámica se asociarían a incrementos
demográficos.

3. Metodología

Es reconocida la complejidad que implica la evaluación arqueológica de la demogra-


fía humana (Chamberlain 2006), más aún entender los procesos demográficos y sus
causas (Muscio 2012; Belovsky 1988). Sin embargo, existen distintos proxies que,
enmarcados junto con otra información ambiental y arqueológica, brindan un acer-
camiento al tema, al menos a gran escala. Entre estos proxies, el uso de frecuencias
de fechas radiocarbónicas ha confirmado ser una línea de análisis sólida que genera
nuevas hipótesis e implicaciones arqueológicas, ayudando a ajustar la explicación
de procesos a largo plazo (Gamble et al. 2003; Rick 1987; Williams 2012). En este
trabajo se analiza la frecuencia de fechas radiocarbónicas usando, por una parte, la
frecuencia de eventos cada 500 años y, por otra, las tendencias en la suma de proba-
bilidades. Para esto último se emplea el software OxCal. Las calibraciones generadas
para estos análisis se basan en la curva de calibración IntCal13 (Reimer et al. 2013).
Hemos preferido no utilizar la curva del hemisferio sur debido a que la misma no está
aún construida con una sólida base empírica y es más bien una extrapolación contro-
lada respecto a la del hemisferio norte.
La distribución de densidad de probabilidades para las distintas fechas es un buen
proxy de la demografía y/o intensidad de uso humano en una región (Williams 2012).
La base para este proxy demográfico es el supuesto sobre la existencia de una re-
lación entre el número de sitios arqueológicos fechados que caen en un intervalo
determinado en una región determinada (o su suma de probabilidades) y la densidad
poblacional. Como Shennan et al. (2013) destacan, hay una variedad de factores que
pueden potencialmente alterar esta relación. Entre las debilidades de este tipo de aná-
lisis, se destacan los distintos intereses de investigación que influyen en la intensidad
diferencial de los muestreos para análisis radiocarbónicos y los procesos tafonómicos

Revista Española de Antropología Americana 527


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Adolfo F. Gil et al. Demografía humana e incorporación de cultígenos...

(Surovell et al. 2009; Williams 2012). También los distintos criterios para aceptar o
no una fecha radiocarbónica (Gamble et al. 2003). Para interpretar la suma de proba-
bilidades, Williams (2012) sugiere comparar los resultados con otros proxies. Entre
estos proxies, aunque no explorados en este trabajo, tenemos la densidad de materia-
les líticos o la estructura del registro bioarqueológico humano, entre otros.
La base de datos que aquí se emplea se ha generado desde la década de los 60 con los
primeros fechados que se obtuvieron en la región. A pesar de ellos, la amplia mayoría
de datos se procesaron desde la década de los 80 y principalmente durante los últimos
20 años. Los proyectos que generaron estos resultados apuntaron a distintos objetivos:
por una parte la cronología de los primeros cultígenos y/o de las ocupaciones asociadas
a ellos; otros buscaron fechas para caracterizar cambios en la historia cultural. Pero,
en general, en una región con estudios iniciales como ésta, el énfasis se ha puesto en
obtener cronologías generales de los procesos regionales, sin énfasis en algún momento
particular de los mismos. Si bien se han fechado una diversidad de materiales, el claro
predominio es de fechas obtenidas sobre carbón. Todas estas situaciones podrían gene-
rar algún sesgo sobre la intensidad de fechados diferenciales a lo largo del Holoceno
tardío. Si bien esta situación es probable, el hecho de que la mayoría de los sitios aquí
considerados tenga fechas nos permite controlar en parte esa situación. Por otra parte,
el presente análisis es útil en el sentido de que mostrará la estructura temporal y las
hipótesis son fácilmente refutables con la continuidad de los estudios.

4. Cultígenos en el centro occidente de Argentina

Desde los inicios de las investigaciones arqueológicas en el centro occidente se regis-


traron plantas domésticas que en ese entonces fueron atribuidas a agricultores muy
recientes (Rusconi 1942). Los trabajos de Lagiglia en Gruta del Indio, generaron
un fuerte cambio en esa idea al obtener las primeras cronologías radiocarbónicas
sobre esas plantas y demostrar su mayor antigüedad, estimativamente 2000 años AP,
respecto a las ideas predominantes en la época que le daban una fecha cercana a la
llegada de los europeos (Gonzalez 1985; Lagiglia 1962-68, 1980). Sobre esta base
se interpretaron dichos restos como el registro de las primeras familias agricultoras
en la región, definiendo así la cultura Atuel II (Lagiglia 1980). Trabajos en otros sec-
tores del área confirmaron esta cronología y aceptaron dichos restos como producto
de agricultores locales (Gambier 1977; Bárcena et al. 1985). El Cuadro 1 detalla los
sitios con registro de cultígenos americanos para el sector en estudio. Allí se encuen-
tran 32 sitios arqueológicos que incluyen algún cultígeno pre-europeo con nueve
taxones identificados: Lagenaria sp., Zea mays, Cucurbitacea, Cucurbita ssp., Cu-
curbita máxima, Cucurbita moschata, Phaseolus ssp., Phaseolus vulgaris, Chenopo-
dium quinoa y Capsicum sp. Aproximadamente el 80% de estos sitios registran maíz,
destacándose sobre los otros grupos que incluyen alguna de las mencionadas cucur-
bitáceas (36% de los sitios), Phaseolus ssp. (9% de los sitios) y Chenopodium quinoa
(6% de los sitios). La mayor frecuencia de estos sitios se da en el sector Central (entre
33° y 35° S) con un 60%, mientras que el sector Norte incluye un 36%(32°a 34° S)
y un 4% el Sur (aprox. entre 35° y 37° S). Dentro de cada región, si se comparan la

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Figura 2: Localización de sitios arqueológicos con registro de


plantas domésticas (ver referencias en el Cuadro 1)

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Adolfo F. Gil et al. Demografía humana e incorporación de cultígenos...

Cuadro 1: Taxa de plantas domésticas autóctonas registradas entre 31° y 37° Sur
en el centro occidente argentino

Chenopodium quinoa
Cucurbita moschata
Cucurbita maxima

Phaseolus vulgaris
Cucurbitacea
Lagenaria sp.

Phaseolus sp.
Cucurbita sp.

Capsicum sp.
Zea mays
Referencia
1-El Mallín • Gambier 1977
2-Alero Montiel • Gambier 1977
3-El Carrizalito • Gambier 1977
4-Agua de Los Caballos-1 • • Hernández et al. 1999-2000
5-Puesto Ortubia-1 • Gil 2006
6-Puesto Carrasco • Durán 2000
7-El Indígeno • • Neme 2007
8-Gruta del Indio • • • • Lagiglia 1977
9-Las Tinajas • • Lagiglia 2003
10-Zanjón del Buitre • Gil 2006
11-Los Leones 5 • Gil 2006
12-Rincón del Atuel 1 • Gil et al. 2008
13-Cueva Ponontrehue • • Lagiglia 2001
14-Agua de la Mula • • Lagiglia 2001
15-Cueva Pata de Puma • Rusconi 1942
16-Cueva Km 15 • Rusconi 1942
17-Reparos del Rincón • Rusconi 1942
18-Cueva del Cerro Negro • Rusconi 1942
19-Reparo de las Pinturas Rojas • Lagiglia 1977
20-Zanjón del Morado • Lagiglia 1977
21-Jaguel III • • • Bárcena y Roig 1981-82
22-Agrelo Patronato • Canals Frau y Semper 1956
23-Agua Amarga • • • Ots et al. 2011
24-Agua de la Tinaja I • • • • Bárcena et al. 1985
25-El Jagüelito • • Sacchero y García 1988
26-Agua de la Cueva • • • • Durán y García 1989
27-Cueva del Toro • • • Sacchero 1988; García 1988
28-Cerro Aconcagua • • Schobinger 2001
29-Los Conitos 1 • Cortegoso 2006
31-San Ignacio • • Gasco et al. 2011
32-Arboleda Norte • Canals Frau y Semper 1956

cantidad de sitios fechados respecto a los sitios con cultígenos registrados (estén es-
tos sitios fechados o no), se obtiene una mayor proporción para el sector Norte (31%),
seguida por el sector Central (22%) y finalmente el Sur (3%).

5. Tendencias en las fechas radiocarbónicas

El análisis se basa en 344 fechas de radiocarbono registradas durante los últimos


5.000 años 14C (Cuadro 2). El Cuadro 2 detalla todas las fechas publicadas para los

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sitios del sector en estudio y aceptadas por los investigadores que las generaron como
asociadas a la ocupación humana. También se emplean fechas que, si bien no es-
tán publicadas, sí se pudo acceder a informes de su contexto. Así mismo se inclu-
yeron aquellas fechas cuyas desviaciones estándar no superaron los 150 años. Para
disminuir la sobrerrepresentación de ciertos contextos arqueológicos, se procedió a
promediar las fechas cuando, proviniendo de un mismo sitio, no mostraron diferen-
cias significativas al nivel del 95%. Este procedimiento se calculó con Calib 7.0. El
conjunto de fechas utilizadas para los análisis proviene de sitios arqueológicos em-
plazados entre 31° y 37° S y 70° y 67° O, en el actual territorio de Mendoza (Figura
1). Las fechas se generaron principalmente sobre carbón (62,8%), pero también in-
cluyen hueso humano (28,2%), macro-restos vegetales (5%), hueso de fauna (1,5%),
leños (1,2%), cuero y excrementos de Abracoma sp. (0,6% respectivamente) y pelo
(0,3%). El estudio compara tres sectores latitudinales: Norte (134 fechas en 61 sitios
arqueológicos), Centro (108 fechas, 50 sitios arqueológicos) y Sur (102 fechas, 55
sitios arqueológicos). La Figura 1 señala los tres sectores y los sitios cuyas fechas se
analizan en este trabajo.

Cuadro 2: Base de datos radiocarbónica utilizada para los análisis presentados en este trabajo

Nº Sitio Unidad Muestra Código 14


C ± Referencias
arqueológico lab. años
A.P.
1 Aconcagua Momia Óseo GX-19991 370 70 Schobinger 2001
humano
1 Aconcagua Momia Pelo BETA-88785 480 40 Bárcena 1998
2 Agrelo-Patronato Carbón AC-0327 960 80 Bárcena 1989; 1998
3 Agua Amarga Carbón Beta-261727 450 50 Otz et al. 2011
4 Agua de la Cueva Carbón AC-1563 470 90 Durán et al. 2014
4 Agua de la Cueva 2a-G33a Carbón BETA-44530 1090 60 García et al. 1999
4 Agua de la Cueva 0,78 cm Carbón LP-1627 1220 70 Durán et al. 2014
4 Agua de la Cueva Ext 34, 1,30m Carbón LP-1621 1330 60 Durán et al. 2014
4 Agua de la Cueva Ext.37 1,44 m Carbón LP-1586 1390 50 Durán et al. 2014
4 Agua de la Cueva fogón nivel 14 Carbón BETA- 1450 40 Durán y García 1989
26248/1
4 Agua de la Cueva Carbón BETA-26249 1650 50 García y Sachero 1989
4 Agua de la Cueva extr. 29 Carbón AC-1562 1700 150 Durán et al. 2013
4 Agua de la Cueva Óseo UGA-8660 2480 50 Gil et al. 2009
humano
4 Agua de la Cueva 2a-C51 Carbón I-16773 3460 100 García et al. 1999
4 Agua de la Cueva 2a-B49 Carbón I-16772 4090 110 García et al. 1999
4 Agua de la Cueva Carbón LP-324 4720 80 García 1997
5 Agua de la Tinaja I Nivel I Carbón AC-0732 930 80 Bárcena et al. 1985
5 Agua de la Tinaja I Nivel II Carbón BETA-6589 1360 70 Bárcena et al. 1985
5 Agua de la Tinaja I Nivel III Carbón BETA-8580 2340 80 Bárcena et al. 1985
5 Agua de la Tinaja I Nivel IV Carbón GaK-10733 4510 130 Bárcena et al. 1985
6 Agua de los Pajaritos 1 Sondeo 1. Carbón LP-2277 1900 70 Chiavazza et al. 2010
35-45 cm
7 Alberdi e Ituzaingó Carbón LP-2073 230 60 Chiavazza y Mafferra
2007
7 Alberdi e Ituzaingó Carbón AC-1610 470 70 Chiavazza y Mafferra
2007
8 Alero 1 Tambillos C2 Madera AC-0699 830 80 Bárcena 1998
8 Alero 1 Tambillos Nivel 1 Carbón AC-0440 1070 160 Bárcena 1998
8 Alero 1 Tambillos Nivel 1 Carbón AC-0439 1110 110 Bárcena 1998
8 Alero 1 Tambillos Nivel 2 Carbón AC-0438 1300 95 Bárcena 1998
8 Alero 1 Tambillos Nivel 2 Carbón GaK-9666 1430 110 Bárcena 1998

Revista Española de Antropología Americana 531


2014, vol. 44, núm. 2, 523-553
Adolfo F. Gil et al. Demografía humana e incorporación de cultígenos...

8 Alero 1 Tambillos Nivel 3 Carbón AC-0441 1770 100 Bárcena 1998


9 Alero 2 Aº El Tigre Nivel I Carbón GaK-8272 1060 90 Bárcena 1998
9 Alero 2 Aº El Tigre Nivel II Carbón GaK-7483 2750 120 Bárcena 1998
9 Alero 2 Aº El Tigre Nivel III Carbón GIF-4492 4170 110 Bárcena 1998
10 Alero Los Hornillos Carbón I-17045 920 80 García 1992
10 Alero Los Hornillos Carbón I-17046 1240 80 García 1992
11 Alto Verde MMy-1471 Óseo AA-66563 1736 49 Gil et al. 2009
humano
12 Altos de Melién Carbón Beta-132914 100 50 García Llorca y Cahiza
2007
13 Barranca 6 B6. Maipú. Óseo 2260 80 Novellino et al. 2013
Mendoza. humano
14 Barranca yac 2 MMy-1263 Óseo AA-66560 2084 40 Gil et al. 2009
humano
15 Barrio Ramos I Enterratorio Carbón I-16636 470 80 Bárcena 1998
16 Cabildo de Mendoza Carbón I-16683 220 80 Bárcena 1998
17 Ciénaga de Yalguaráz Montículo 2 Carbón GIF-4607 180 80 Bárcena 1998
17 Ciénaga de Yalguaráz Montículo 2 N1 Carbón GaK-7312 390 90 Bárcena 1998
17 Ciénaga de Yalguaráz Montículo 1 N1 Carbón UZ-2527/ 420 60 Bárcena 1998
ETH-5320
17 Ciénaga de Yalguaráz Montículo 1 N2 Carbón UZ-2525/ 485 60 Bárcena 1998
ETH-5318
17 Ciénaga de Yalguaráz Montículo 1 N2 Carbón UZ-2526/ 540 55 Bárcena 1998
ETH-5319
17 Ciénaga de Yalguaráz Montículo 1 N3 Carbón UZ-2524/ 605 60 Bárcena 1998
ETH-5317
18 Cueva del Toro Carbón LP-1272 1230 70 García 2002
18 Cueva del Toro Carbón Hv-10328 1890 50 García 1992
19 Cueva El Jaguelito Carbón LP-309 980 50 García 2002
19 Cueva El Jaguelito Carbón I-14291 1050 80 Sacchero et al. 1988
20 El Jaguelito 2 Carbón I-16774 1020 80 García 1992
21 El Manzano 0,20m Carbón LP-1637 1090 60 Durán com. pers.
22 El Piedrón Carbón BETA-63174 4560 120 Durán 1997
23 El Telégrafo Carbón I-17047 750 80 García 2002
24 EPH Carbón LP-2082 240 70 Chiavazza et al. 2012
24 EPH Carbón LP-2052 300 60 Chiavazza et al. 2012
25 Terraza de Carbón LP-2435 1150 50 Durán et al. 2014
Gendarmería
25 Terraza de Carbón LP-2425 1230 50 Durán et al. 2014
Gendarmería
25 Terraza de Gendar- Carbón LP-2432 1230 40 Durán et al. 2014
mería
25 Terraza de Carbón LP-2661 1270 60 Durán et al. 2014
Gendarmería
26 Jaguel VI 0,25M Óseo UZ-2668/ 1070 50 Bárcena 1998
camelidae ETH-7372
26 Jaguel II 0,10M Carbón GaK-9957 1890 110 Bárcena y Roig 1982;
1998
27 Jaguel III Nivel I Maíz BETA-4195 270 50 Bárcena y Roig 1982;
1998
27 Jaguel III 0.6.1.60-III Excremento GaK-10016 830 110 Bárcena 1998
abrocoma
27 Jaguel III Nivel II Carbón UZ-1383 1860 80 Bárcena 1998
27 Jaguel III Nivel II Carbón AC-0413 2300 100 Bárcena 1998
27 Jaguel III Nivel II Carbón AC-0414 2360 100 Bárcena 1998
27 Jaguel III Nivel III Carbón GaK-9958 3550 100 Bárcena 1998
27 Jaguel III Nivel IV Carbón AC-0412 4200 180 Bárcena 1998
28 La Crucesita Carbón LP-1039 1240 90 García 2002
28 La Crucesita Carbón LP-1046 1280 90 García 2002
29 La Manga LMR-E4 Carbón URU 0150 1000 50 Cortegoso 2004
29 La Manga LMR-E4 Carbón URU-0152 1110 70 Cortegoso 2004
30 Los Conitos-Alero 1 A1-E7 Carbón URU-0250 1050 40 Cortegoso 2004
31 Los Conitos-Alero 2 Maíz AA-94014 1128 49 Durán et al. 2014
31 Los Conitos-Alero 2 Cucurbita AA-94013 1247 34 Durán et al. 2014
31 Los Conitos-Alero 2 A2-CB. E- 7 Carbón LP-1819 1350 60 Cortegoso 2008
31 Los Conitos-Alero 2 A2-E5 Carbón URU 0251 1560 40 Cortegoso 2004

532 Revista Española de Antropología Americana


2014, vol. 44, núm. 2, 523-553
Adolfo F. Gil et al. Demografía humana e incorporación de cultígenos...

31 Los Conitos-Alero 2 A2-B-E11 Carbón LP-1820 1690 60 Cortegoso 2004


31 Los Conitos-Alero 2 A2-E14 Carbón URU 0249 2320 40 Cortegoso 2004
31 Los Conitos-Alero 2 A 2 –E15 – Carbón LP-1799 3300 80 Cortegoso 2008
32 MB Carbón LP-2644 1230 60 Chiavazza 2013
33 PA13 Carbón URU-0281 1330 70 Chiavazza 2002
34 Paso de Las Piedritas Madera BETA- 1390 80 Bárcena 2001b
carboni- 119339
zada
35 Paso de los Parami- 0,35 M Carbón BETA-21719 550 60 Bárcena 1998
llos I
36 Piedrón de la Cuadrícula I-15 Carbón URU 0094 2230 70 Chiavazza 2008/9
Quebrada Seca SO nivel 4
37 Plaza de Mendoza 2.6 Carbón BETA-60657 1280 200 Bárcena 1998
37 Plaza de Mendoza HORNILLO Carbón I-17185 1620 80 Bárcena 1998
37 Plaza de Mendoza 3,1/3,15 Carbón BETA-60658 2150 160 Bárcena 1998
38 Potrero Las Colonias MMy-284 Óseo AA-66564 568 38 Gil et al. 2009
humano
39 Pozo Verde Carbón URU-0240 760 120 Chiavazza 2001
40 Puesto Eguino Carbón 1470 70 Bárcena 2001b
41 Puesto Lima SONDEO 1 Carbón URU-0473 3220 70 Chiavazza et al.
extr. 10 2006/2007
42 Ranchillos 2 Excremento BETA-89291 270 60 Bárcena 1998
abrocoma
43 Rincón de los Helados Carbón LP-642 610 80 Chiavazza 1995
43 Rincón de los Helados C III Carbón LP-443 790 50 Chiavazza 1995
43 Rincón de los Helados Componente IV Carbón tttt 1580 80 Chiavazza 1995
44 Río Blanco Carbón BETA-44924 1220 80 Cortegoso 2004
45 Ruinas de San Carbón URU-0279 440 40 Chiavazza y Mafferra
Francisco 2007
45 Ruinas de San Carbón AC-1645 490 45 Chiavazza 2005
Francisco
45 Ruinas de San Carbón AC-1971 530 50 Chiavazza 2005
Francisco
46 San Francisco Hornillo 1 Carbón URU-0280 2100 90 Chiavazza 2005
47 San Francisco H2 Carbón AC-1608 1770 120 Chiavazza 2005
48 San Ignacio estrctura habita- Carbón URU-0301 1310 40 Durán et al. 2013
cional
48 San Ignacio Carbón BETA_- 1360 40 García 2002
156229
48 San Ignacio Carbón LP-1803 1510 70 Cortegoso 2008
48 San Ignacio hornillo N1 Carbón URU-0302 1630 40 Durán et al. 2013
48 San Ignacio hornillo N1 Carbón URU-0305 1690 40 Durán et al. 2013
49 Santo Domingo Carbón BETA- 1200 40 Bárcena 2001a
119340
50 Tambo de Ranchillo SII/UA/R5/SIII Carbón I-17003 220 80 Bárcena 1998
50 Tambo de Ranchillo SII/UA/R4/CB4 Carbón I-17002 290 80 Bárcena 1998
50 Tambo de Ranchillo SII/UA/R5/SIII Carbón I-17004 300 80 Bárcena 1998
50 Tambo de Ranchillo SII/UA/R7 Carbón BETA-69933 430 50 Bárcena 1998
50 Tambo de Ranchillo SII/UB/R2/CA31 Carbón BETA-69934 640 50 Bárcena 1998
50 Tambo de Ranchillo SII/UB/R2/CA1 Carbón BETA-62946 890 80 Bárcena 1998
50 Tambo de Tambillos SIII/UA/R1 Y 2 Carbón I-16637 290 130 Bárcena 1998
50 Tambo de Tambillos SII/UD/R4 Carbón I-16908 300 80 Bárcena 1998
50 Tambo de Tambillos SI/UB/S3 Carbón I-16907 310 80 Bárcena 1998
50 Tambo de Tambillos SIII/UA/R1 Y 2 Carbón BETA-26283 410 70 Bárcena 1998
50 Tambo de Tambillos SIII/UA/R1 Y 2 Madera BETA-25221 770 50 Bárcena 1998
carboni-
zada
50 Tambo Tambillitos G.9H1 Carbón BETA-88787 460 80 Bárcena 1998
50 Tambo Tambillitos G.9H1 Carbón BETA-88786 540 100 Bárcena 1998
51 Tulumaya PA70 Sondeo 12/15cm Carbón LP1839 310 40 Gil et al. 2009
52 Uspallata MMy-259 Óseo AA-66558 1922 52 Gil et al. 2009
humano
53 Uspallata Túmulo I MMy-229 Óseo AA-66568 977 35 Gil et al. 2009
humano
54 Uspallata Túmulo II MMy-243 Óseo AA-66565 1178 41 Gil et al. 2009
humano

Revista Española de Antropología Americana 533


2014, vol. 44, núm. 2, 523-553
Adolfo F. Gil et al. Demografía humana e incorporación de cultígenos...

54 Uspallata Túmulo II MMy-239 Óseo AA-66561 1269 35 Gil et al. 2009


humano
55 Uspallata Túmulo III MMy-1097 Óseo AA-66566 671 40 Gil et al. 2009
humano
56 Uspallata Usina Sur Óseo AC-1050 580 97 Bárcena 1998
humano
57 Vaquería Gruta 1 UA 7 Carbón URU-0093 380 65 Chiavazza 2006
57 Vaquería Gruta 1 UA 11 Carbón URU-0153 1290 60 Chiavazza 2006
57 Vaquería Gruta 1 UA 14 Carbón URU-0443 3100 80 Chiavazza 2006
58 Vaquería Gruta 2 Componente V Carbón URU-0061 1010 50 García 2002
58 Vaquería Gruta 2 Carbón URU-0080 1180 50 García 2002
59 Agua de la Mula Carbón LP-973 1000 50 Gil 2006
59 Agua de la Mula B1(10) Carbón LP-620 1260 60 Gil 2006
59 Agua de la Mula Carbón LP-563 1610 60 Gil 2006
60 Agua de los Caballos A1(7) Carbón LP-962 250 60 Gil 2006
60 Agua de los Caballos A1(10) Maíz AA-26196 365 40 Gil 2006
60 Agua de los Caballos A1(12) Carbón LP-1037 640 60 Gil 2006
60 Agua de los Caballos A1(14) Maíz AA-26194 740 40 Gil 2006
60 Agua de los Caballos A1(16) Carbón LP-794 1240 70 Gil 2006
61 Agua del Médano 2176 Óseo AA-90973 1202 36 Gil et al. 2011
humano
62 Alero Montiel 9 (AMON-1) Carbón AA73206 407 35 en este trabajo
62 Alero Montiel (AMON-1) Maíz AA73210 1081 60 en este trabajo
62 Alero Montiel 11 (AMON-1) Carbón AA73208 1840 34 en este trabajo
62 Alero Montiel 10 (AMON-2) Carbón AA-73207 2239 34 en este trabajo
63 Arbolito 6 AF-1083 Óseo AA-58284 97 36 Gil et al. 2011
humano
64 Arbolito-El Nihuil ACRF 2158 Óseo AA-93796 1621 45 Gil et al. 2011
humano
65 Arroyo del Tigre 2178 Óseo AA-90975 2308 41 en este trabajo
humano
66 Campos las Julias 2171 Óseo AA-90972 1043 37 en este trabajo
humano
67 Cañada Seca CS-10001 Óseo LP-1374 1420 60 Gil y Neme 2010
humano
67 Cañada Seca ACRF 2137 Óseo AA-93794 1538 45 en este trabajo
humano
67 Cañada Seca ACRF 2130 Óseo AA-93793 1566 45 en este trabajo
humano
67 Cañada Seca ACRF 2140 Óseo AA-93795 1592 45 en este trabajo
humano
67 Cañada Seca AF-2020 Óseo LP-1184 1790 50 Gil y Neme 2010
humano
68 Casa de Piedra MRM-20 Óseo AA-62937 2936 60 Gil et al. 2011
“El Perdido” humano
69 Casa de Piedra MRM-22 Óseo AA-62939 174 48 Gil et al. 2011
El Chequenco humano
70 Cerro Negro AF-2000 Óseo AA-58279 580 35 Gil et al. 2011
humano
71 Cueva Zanjón del Bolsa de AA-26195 645 40 Gil 2006
Buitre cuero
72 Cupertino 25-Cu (1) Carbón AA-66582 1299 39 en este trabajo
73 Dique 25 del Mayo 2170 Hueso AA-90971 150 37 en este trabajo
humano
74 El Bosquecillo 3 45(EB-3) Carbón AA-73242 197 32 Gil y Neme 2010
75 El Bosquecillo 5 43(EB-5) Carbón AA-73241 903 32 Gil y Neme 2010
76 El Durazno ACRF 2162 Óseo AA-93798 695 42 en este trabajo
humano
77 El Indígeno Carbón LP-611 840 60 Neme 2007
77 El Indígeno Carbón LP-430 980 90 Neme 2007
77 El Indígeno H96-B2/Extrac- Maíz AA-26192 1045 50 Neme 2007
ción 9
77 El Indígeno Carbón LP-573 1170 60 Neme 2007
77 El Indígeno Carbón LP-562 1470 60 Neme 2007
78 El Nihuil 2165 Óseo AA-90969 254 37 en este trabajo
humano

534 Revista Española de Antropología Americana


2014, vol. 44, núm. 2, 523-553
Adolfo F. Gil et al. Demografía humana e incorporación de cultígenos...

78 El Nihuil MRM-21 Óseo AA-62938 274 45 Gil et al. 2011


humano
79 El Nihuil 1 16 (NH-1) Óseo AA-85705 686 43 en este trabajo
humano
80 Gruta de los Carbón GaK-6492 3680 100 Gambier 1979
Potrerillos
81 Gruta del Durazno B1. Capa 6 Carbón LP-585 880 60 Neme et al. 2004
81 Gruta del Durazno B1. Capa 3 Carbón LP-491 1010 65 Neme et al. 2004
82 Gruta del Indio AF-2021 Óseo AA-58278 510 50 Gil et al. 2006
humano
82 Gruta del Indio AF-828 Óseo AA-58281 580 40 Gil et al. 2006
humano
82 Gruta del Indio Atuel II Piel/ GrN-5397 1910 60 Semper y Lagiglia
cubierta 1962-1968
funeraria
momia 1
82 Gruta del Indio Atuel II Maíz GrN-5396 2065 40 Semper y Lagiglia
1962-1968
82 Gruta del Indio Atuel II Semilla GrN-5398 2095 95 Semper y Lagiglia
poroto 1962-1968
82 Gruta del Indio Atuel II Quinoa LP-823 2200 70 Lagiglia 1999
82 Gruta del Indio Atuel II Semillas GrN-5493 2210 90 Semper y Lagiglia
porotos 1962-1968
82 Gruta del Indio Atuel III Gramíneas LP-761 2300 60 Lagiglia 1999
y carrizo
82 Gruta del Indio Gira-70 Hueso AA-54670 2879 77 Gil et al. 2006
humano
82 Gruta del Indio Atuel III Madera de GrN-5395 3830 40 Semper y Lagiglia
chañar 1962-1968
82 Gruta del Indio AF-830 Hueso AA-58280 3860 60 Gil et al. 2006
humano
82 Gruta del Indio AF-831 Hueso AA-59588 3944 46 Gil et al. 2006
humano
83 Gruta el Carrizalito 25-50 Maíz AA-73212 650 32 en este trabajo
83 Gruta el Carrizalito Carri-1 Carbón AA-73209 530 32 en este trabajo
83 Gruta el Carrizalito Carri-1 Carbón AA-73211 2332 35 en este trabajo
80 El Mallín 60-80 Lagenaria AA-85700 1563 37 en este trabajo
sp.
80 El Mallín Indet. Chusquea AA-85701 1438 37 en este trabajo
culeu
84 Gruta Puesto las Atuel II Carbón LP-927 1360 50 Lagiglia 2003
Tinajas
85 Jaime Prats Atuel III Óseo AC-1396 1755 80 Gil et al. 2006
humano
85 Jaime Prats ACRF 2108 Óseo AA-93791 1832 46 en este trabajo
humano
85 Jaime Prats JP-1352 Óseo AA-59589 1880 49 Gil et al. 2006
humano
85 Jaime Prats JP/J4 Óseo AA-59590 1887 42 Gil et al. 2006
humano
85 Jaime Prats Atuel III Óseo LP-404 2040 120 Gil et al. 2006
humano
86 La Hedionda 2177 Óseo AA-90974 610 35 en este trabajo
humano
87 La Olla 21 (LO/3) Carbón AA-85710 402 25 Gil y Neme 2010
87 La Olla AF-008 Óseo AA-58293 645 42 Gil et al. 2006
humano
87 La Olla 23 (LO/12) Carbón AA-85712 660 26 Gil y Neme 2010
88 Laguna El Diamante Carbón AA-58290 782 35 Durán et al. 2013
88 Laguna El Diamante Carbón LP-1563 190 70 Durán et al. 2006
88 Laguna El Diamante Carbón LP-1043 1100 40 Durán et al. 2006
88 Laguna El Diamante Carbón LP-1400 1410 40 Durán et al. 2006
88 Laguna El Diamante Carbón LP-1598 2100 70 Durán et al. 2006
89 Las Ramadas AF-2072 Óseo AA-58282 965 35 Gil et al. 2011
humano
90 Loma del Eje 2144 Óseo AA-90964 532 37 en este trabajo
humano

Revista Española de Antropología Americana 535


2014, vol. 44, núm. 2, 523-553
Adolfo F. Gil et al. Demografía humana e incorporación de cultígenos...

91 Los Coroneles 2157 Óseo AA-90968 416 37 en este trabajo


humano
92 Los Gallegos 1 LG1 Carbón AA-66581 1159 38 Gil y Neme 2010
92 Los Gallegos 1 LG1 Carbón AA--66580 1217 37 Gil y Neme 2010
93 Los Leones-5 Fogón? LP-579 870 70 Gil 2006
94 Los Reyunos 2150 Óseo AA-90966 1174 43 en este trabajo
humano
95 MDA 114-116 Carbón AA-58286 398 34 Gil y Neme 2010
96 MDA 72-75 Carbón AA-58289 1969 36 Gil y Neme 2010
97 Médano Puesto Díaz AF-681 Óseo AA-59587 2865 52 Gil et al. 2006
humano
98 Pájaro Bobo Carbón LP-953 2010 70 Gil 2006
99 Potrerillos 6 Óseo AA90282 2181 47 en este trabajo
humano
100 Puesto Agua del ACRF 2159 Óseo AA-93797 636 42 en este trabajo
Zapallo humano
101 Puesto La Huertita 2152 Óseo AA-90967 2259 40 en este trabajo
humano
102 Puesto Ortubia Carbón LP-1145 410 80 Gil 2006
102 Puesto Ortubia A2 (15) Carbón LP-1103 600 80 Gil 2006
102 Puesto Ortubia A3 (10) Carbón LP-928 650 50 Gil 2006
102 Puesto Ortubia A3 (8) Maíz AA-26197 910 40 Gil 2006
103 Real del Padre 1 24 (RP 1/4) Carbón AA-85713 172 25 Neme y Gil 2009
104 Real del Padre 2 25 (RP 2/4) Carbón AA-85714 1629 37 Neme y Gil 2009
105 Rincón del Atuel-1 Carbón LP-1338 330 60 Gil et al. 2008
105 Rincón del Atuel-1 32 (RA1) Maíz AA-73229 491 33 Gil et al. 2008
105 Rincón del Atuel-1 33 (RA1) Maíz AA-73230 506 32 Gil et al. 2008
105 Rincón del Atuel-1 Carbón LP-1349 780 70 Gil et al. 2008
105 Rincón del Atuel-1 Carbón LP-1355 1030 70 Gil et al. 2008
105 Rincón del Atuel-1 Carbón LP-1351 1040 60 Gil et al. 2008
105 Rincón del Atuel-1 hornillo 1 Carbón LP-1489 1430 70 Gil et al. 2008
105 Rincón del Atuel-1 Carbón LP-1341 1480 70 Gil et al. 2008
105 Rincón del Atuel-1 Carbón LP-1354 1520 70 Gil et al. 2008
105 Rincón del Atuel-1 AF-500 Óseo LP-1370 1760 70 Gil 2003
humano
106 San Carlos MMy-1221 Óseo AA-66567 142 41 Gil et al. 2009
humano
106 San Carlos MMy-1223 Óseo AA-66562 177 34 Gil et al. 2009
humano
107 Viluco MMy-1197 Óseo AA-66559 208 38 Gil et al. 2009
humano
108 Zanjón El Morado RZM Maíz AA-66579 1365 37 Gil 2006
109 A Negro de Pincheira MRM-24 Óseo AA-62941 358 45 Gil et al. 2006
humano
110 Agua Buena ACRF 2183 Óseo AA-93800 407 41 en este trabajo
humano
111 Agua de Pérez 1 17 (APE 1/3) Óseo AA-85706 685 31 en este trabajo
camélido
111 Agua de Pérez 1 18 (APE 1/3bis) Óseo AA-85707 685 31 en este trabajo
camélido
111 Agua de Pérez 1 19 (APE 1/4) Carbón AA-85708 1010 32 en este trabajo
111 Agua de Pérez 1 20 (APE 1/2) Turba AA-85709 1504 37 en este trabajo
112 Agua del Toro AF-1082 Óseo LP-1368 210 60 Gil et al. 2006
humano
113 Alero Puesto Carrasco Componente 3 Carbón LP-424 470 90 Durán et al. 1999
113 Alero Puesto Carrasco Componente 6 Carbón I-16638 2090 80 Durán et al. 1999
114 Aº Mechenquil MRM-8 Óseo AA-62931 148 31 Gil et al. 2011
humano
115 Arroyo Malo 1 Extracciones Carbón LP-837 560 65 Neme 2007
5,6 y 7
137 Arroyo Malo 3 Extracción 12 Carbón LP-958 2200 50 Neme 2007
137 Arroyo Malo 3 Carbón NSRL-11721 3570 40 Neme 2007
137 Arroyo Malo 3 Extraccion 24 Carbón LP-946 3810 105 Neme 2007
137 Arroyo Malo 3 Carbón NSRL-11719 4540 40 Neme 2007
157 Arroyo Panchino AP-1/4 Carbón AA85694 1048 36 en este trabajo
157 Arroyo Panchino 4 (AP-2/5) Carbón AA-85693 1234 42 en este trabajo

536 Revista Española de Antropología Americana


2014, vol. 44, núm. 2, 523-553
Adolfo F. Gil et al. Demografía humana e incorporación de cultígenos...

157 Arroyo Panchino 6 (AP-1/10) Carbón AA-85695 2793 39 en este trabajo


132 Bajada de las Tropas BT IND 2 Óseo AA-94017 307 41 Salgán et al. 2012
humano
132 Bajada de las Tropas 7-BT1/C1-9 Óseo AA-90283 523 42 Salgán et al. 2012
humano
116 Buta Mallín MRM-16 Óseo AA-62933 2530 36 Gil et al. 2011
humano
117 Cañada de Cachi 01 Componente 3 Carbón LP-410 2260 120 Durán 2000
117 Cañada de Cachi 01 Componente 1ª Carbón LP-405 3200 120 Durán 2000
118 Cañada de las MRM-4 Hueso AA-62922 573 33 Gil et al. 2011
Vizcachas humano
119 Caverna de las Brujas Carbón AC-1604 2725 160 Durán 2002
119 Caverna de las Brujas Carbón AC-1601 2900 170 Durán 2002
119 Caverna de las Brujas Carbón UZ-1893 3695 65 Durán 2002
119 Caverna de las Brujas 12 Óseo AA-58283 3847 45 Durán 2002
humano
120 Cerro Mesa 2166 Óseo AA-90970 341 37 Gil et al. 2006
humano
121 Cerro Trapal AF-2081 Óseo AA-66572 2626 61 Gil et al. 2007
humano
121 Cerro Trapal AF-2077 Óseo AA-95509 2662 49 Giardina et al. 2013
humano
122 Ciénaga de Borbarán MRM-12 Óseo AA-62921 274 48 Gil et al. 2011
humano
123 Cochicó-1 Rescate Óseo AA-90285 454 42 en este trabajo
humano
124 Cueva Aº Colorado Carbón LP-447 770 80 Neme 2007
124 Cueva Aº Colorado Carbón LP-457 1380 70 Neme 2007
124 Cueva Aº Colorado Carbón LP-472 3190 80 Neme 2007
125 Cueva de la India AF-2036 Óseo AA-54672 2576 61 Gil et al. 2011
Embarazada humano
126 Cueva de Luna Componente 4 Carbón LP-321 1490 60 Neme et al. 1995
126 Cueva de Luna Componente 5 Carbón LP-341 3830 160 Neme et al. 1995
127 Cueva Palulo 1 CP1/3 Carbón AA-93999 130 33 en este trabajo
127 Cueva Palulo 2 CP1/11 Carbón AA-94000 2030 36 en este trabajo
127 Cueva Palulo (CP1/16 Carbón AA85698 2042 37 en este trabajo
127 Cueva Palulo (CP1/6) Carbón AA85699 2228 37 en este trabajo
127 Cueva Palulo 8 (CP-1/20) Carbón AA-85697 3970 40 en este trabajo
128 Cueva Salamanca 7 (CS-1/A-E) Carbón AA-94005 1055 35 en este trabajo
128 Cueva Salamanca 6 (CS-1/A-N) Carbón AA-94004 1516 38 en este trabajo
128 Cueva Salamanca 4 (CS-1/C-E) Carbón AA-94002 1561 38 en este trabajo
128 Cueva Salamanca 9 (CS-1/BAS-N) Carbón AA-94007 1621 36 en este trabajo
128 Cueva Salamanca CSA-1-2 Carbón UGAMS- 1870 20 en este trabajo
7005
128 Cueva Salamanca CSA-1-4 Carbón UGAMS- 1920 20 en este trabajo
7007
128 Cueva Salamanca CSA-1-3 Carbón UGAMS- 2200 20 en este trabajo
7006
129 Ea. Las Chacras MRM-13 Óseo AA-62924 881 33 Gil et al. 2007
humano
130 El Alambrado MRM-19 Óseo AA-62936 282 45 Gil et al. 2007
humano
130 El Alambrado MRM-15 Óseo AA-62932 1821 35 Gil et al. 2007
humano
131 El Chacay ENT 3 Óseo AA-59591 2321 66 Gil et al. 2007
humano
145 El Chacay-Pto. Adobe MRM-10 Óseo AA-62923 1472 34 Gil et al. 2007
humano
133 El Desecho AD-4/39 Carbón AA85691 4326 42 en este trabajo
134 El Manzano 2147 Óseo AA-90965 189 37 en este trabajo
humano
135 El Payén MRM-11 Óseo AA-62929 443 36 Gil et al. 2011
humano
136 El Sosneado ACRF 2175 Óseo AA-93799 197 41 en este trabajo
humano
138 Gendarmería Nacional 5 GN5 (1) S1, N6 Carbón AA-66571 557 38 en este trabajo

Revista Española de Antropología Americana 537


2014, vol. 44, núm. 2, 523-553
Adolfo F. Gil et al. Demografía humana e incorporación de cultígenos...

138 Gendarmería Nacional 5 GN5 (2) S1, N22 Carbón AA-66570 871 38 en este trabajo
139 Gruta del Manzano 7GM Óseo AA73204 1629 33 Neme et al. 2011
humano
140 Jagüel del Medio MRM-9 Óseo AA-62930 3222 46 Gil et al. 2011
humano
141 La Cabeza AF2080 Óseo AA-73199 1423 42 en este trabajo
humano
142 La Carmonina 19-CAR Carbón AA-66576 1398 39 en este trabajo
143 La Corredera A1(7) Carbón LP-1012 1930 50 Gil 2006
144 La Peligrosa-2 A1-SO-N 3 Carbón LP-1474 400 70 en este trabajo
144 La Peligrosa-2 A1-SO-N 7 Carbón LP-1513 640 70 en este trabajo
146 Laguna El Sosneado 3 10 Óseo AA-90286 659 51 Otaola et al. 2014
camélido
146 Laguna El Sosneado 3 11 LS3 Carbón AA-90287 1806 51 Otaola et al. 2014
146 Laguna El Sosneado 3 LSE (14) Carbón AA-58291 2145 41 Otaola et al. 2014
147 Llancanelo MRM-5 Óseo AA-62919 850 33 Gil et al. 2007
humano
147 Llancanelo MRM-7 Óseo AA-62927 855 80 Gil et al. 2007
humano
147 Llancanelo MRM-6 Óseo AA-62925 862 33 Gil et al. 2007
humano
147 Llancanelo MRM-23 Óseo AA-62940 896 47 Gil et al. 2007
humano
147 Llancanelo MRM-? Óseo AA-62926 900 36 Gil et al. 2007
humano
147 Llancanelo MRM-17 Óseo AA-62934 1008 47 Gil et al. 2007
humano
148 Llancanelo (W) MRM-18 Óseo AA-62935 863 47 Gil et al. 2007
Los Menucos humano
149 Llancanelo 17 28 (LLAN 17) Carbón AA-85717 679 34 Gil et al. 2007
149 Llancanelo 17 17 (Llan 17) Carbón AA73214 990 34 Gil et al. 2007
150 LLancanelo 22 27 (LLAN 22/3) Carbón AA-85716 798 36 Gil et al. 2007
151 Llancanelo 29 26 (LLAN 29/4) Carbón AA-85715 3039 28 Giardina et al. 2013
152 Llancanelo 50 LLAN 50 (1) Carbón AA-94015 553 34 Giardina et al. 2013
152 Llancanelo 50 LLAN 50 (2) Carbón AA-94016 3199 38 Giardina et al. 2013
153 Los Peuquenes A1(4) Carbón LP-1024 360 50 Neme 2007
153 Los Peuquenes A1(5) Carbón LP-1018 280 50 Neme 2007
154 Manqui Malal PV.CRIDC-29/2 Óseo AA-90227 392 42 en este trabajo
Equus
caballus
155 Mercedes 1 30 (MER1) Carbón AA73227 1040 33 en este trabajo
156 Mercedes 2 31 (MER2) Carbón AA-73228 3362 35 en este trabajo
158 Norte de Llancanelo MRM-1 Óseo AA-62920 688 36 Gil et al. 2008
humano
159 Ojo de Agua Óseo LP-890 200 10 Neme 2007
humano
159 Ojo de Agua AF-2022 Óseo LP-921 1200 40 Neme 2007
humano
160 Pozos de Carapacho MRM-14 Óseo AA-62928 797 30 Gil et al. 2008
humano
161 Puesto el Alto ACRF 2197 Óseo AA-93801 2870 49 en este trabajo
humano
161 Puesto el Alto AF2079 Óseo AA-73198 3476 54 en este trabajo
humano
162 Puesto Jaque 2 PJ2 (3) Carbón AA-66575 357 35 Llano y Neme 2012
162 Puesto Jaque 2 PJ2 (1) Carbón AA-66573 395 37 Llano y Neme 2012
162 Puesto Jaque 2 PJ-2 Carbón AA-73232 399 31 Llano y Neme 2012
162 Puesto Jaque 2 PJ2 (2) Carbón AA-66574 646 42 Llano y Neme 2012
163 Tierras Blancas AF-2025 Óseo LP-890 200 10 Neme 2007
humano

538 Revista Española de Antropología Americana


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Adolfo F. Gil et al. Demografía humana e incorporación de cultígenos...

El Cuadro 3 detalla la cantidad de eventos definidos por unidades temporales (tam-


bién llamados en el texto «bloques temporales») de 500 años cal. AP. Los valores
indican la frecuencia de eventos en un bloque temporal respecto al total de eventos
en el mismo sector (Norte, Centro, Sur). El Cuadro 3 señala también la diferencia
entre estas frecuencias y la esperada, calculando esta última según el valor promedio
de eventos por bloque, asumiendo una distribución constante y uniforme. Los valo-
res negativos señalan menos eventos que los esperados, mientras que los positivos
señalan mayor frecuencia que la esperada. Las tendencias son similares entre los tres
sectores espaciales y las frecuencias temporales en los eventos calibrados muestran
diferencias estadísticamente no significativas entre los sectores; es decir las varia-
ciones en la frecuencia de eventos por cada 500 años no variaron significativamente
entre el Norte, Centro y Sur. El incremento en la frecuencia de eventos se nota a partir
del bloque 1-499 d.C. (1500-2000 años AP) principalmente en el Norte y Centro, y en
500/999 d.C. (1500 a 1000 años AP) en el Sur (Cuadro 3).
La Figura 3 muestra las tendencias acumulativas de estas frecuencias agregando
a los tres sectores espaciales los valores correspondientes para cultígenos fechados
directamente en toda la región (Cuadro 2). El registro de cultígenos se inicia en 1-500
a.C. La tendencia de los cultígenos, y sus cambios de frecuencia, sigue un patrón
similar al de los eventos ocupacionales de los sectores (Figura 3).
Las Figuras 4, 5 y 6 señalan la suma de densidades de probabilidad para las distri-
buciones en las fechas de los sectores Norte, Centro y Sur. Estas figuras se generaron
con OxCal y su aplicación MCMC basado en la curva IntCal13 (ver en Metodología).
En el sector Norte se notan valores cercanos a cero desde 4000 a.C. (Figura 4). Des-
pués de esta fecha, la probabilidad es mayor a las previas pero aún baja, hasta apro-
ximadamente 600/700 años d.C., donde se nota un incremento abrupto y significativo
en su valor. Luego desciende la densidad de probabilidad, aunque con picos menores,
hasta el 1200 d.C. para remontar alrededor de 1400/1500 d.C. hacia los valores más

Cuadro 3: Frecuencia de eventos por cada 500 años considerando medianas de muestras calibradas.
El cuadro también indica la diferencia entre los valores esperados y los observados destacando en
fondo oscuro las situaciones con menores eventos de los esperados
Bloques temporales en años calibrados
1950 a 1500 d.C.

1499 a 1000 d.C.

1001 a 1500 a.C.

1501 a 2000 a.C.

2001 a 2500 a.C.

2501 a 3000 a.C.

3001 a 3500 a.C.


501 a 1000 a.C.
999 a 500 d.C.

499 a 1 d.C.

1 a 500 a.C.

Norte 10,3% 29,0% 28,0% 13,1% 7,5% 1,9% 1,9% 3,7% 2,8% 1,9% 0,0%
Proporción
Centro 14,6% 35,3% 20,7% 12,2% 11,0% 0,0% 3,6% 0,0% 2,4% 0,0% 0,0%
eventos
Sur 16,9% 29,2% 13,5% 7,9% 10,1% 5,6% 6,7% 3,4% 4,5% 1,1% 1,1%
Norte 1,2% 19,9% 18,9% 4,0% -1,6% -7,2% -7,2% -5,4% -6,3% -7,2% -9,1%
Variación
Centro 5,5% 26,3% 11,6% 3,1% 1,9% -9,1% -5,4% -9,1% -6,7% -9,1% -9,1%
promedio
Sur 7,8% 20,1% 4,4% -1,2% 1,0% -3,5% -2,4% -5,7% -4,6% -8,0% -8,0%

Revista Española de Antropología Americana 539


2014, vol. 44, núm. 2, 523-553
Adolfo F. Gil et al. Demografía humana e incorporación de cultígenos...

altos de densidad de probabilidad. Luego desciende hacia los valores previos e inclu-
so más bajos en torno a 1700 d.C.
En el sector Centro las densidades de probabilidad son extremadamente bajas, cer-
canas a cero, desde 3000 hasta ca. 400 a.C. (Figura 5). Desde esa fecha se nota un

Bloques temporales en años calibrados d.C./a.C.

Figura 3: Frecuencia acumulativa de la proporción de eventos por sector y de los cultígenos


registrados en la región (no segregados por sector) y con fechados directos.
Densidad de Probabilidad

Años calibrados a.C./d.C.

Figura 4: Suma de probabilidades generada con OxCal 4.2.3 sobre la base de


las fechas radiocarbónicas del sector Norte (ver explicación en el texto).

540 Revista Española de Antropología Americana


2014, vol. 44, núm. 2, 523-553
Adolfo F. Gil et al. Demografía humana e incorporación de cultígenos...

incremento con valores bajos de probabilidad hasta aproximadamente 900 y 1200 d.C.
para luego registrar los valores más altos entre 1300 y 1400 d.C. Después de esa fecha
se nota una caída (Figura 5). Finalmente el sector Sur señala una tendencia con baja
densidad entre 3500 a.C. y 400 d.C., luego los valores aumentan significativamente en
torno a 700 d.C., cayendo para retomar valores altos de densidad a partir de ca. 1000
d.C. y finalmente los mayores valores de densidad entre ca. 1300 y 1600 d.C.; el tramo
final se caracteriza por notorios incrementos y caídas abruptas (Figura 6).
Densidad de Probabilidad

Años calibrados a.C./d.C.

Figura 5: Suma de probabilidades generada con OxCal 4.2.3 sobre la base de


las fechas radiocarbónicas del Sector Central (ver explicación en el texto).
Densidad de Probabilidad

Años calibrados a.C./d.C.

Figura 6: Suma de probabilidades generada con OxCal 4.2.3 sobre la base de


las fechas radiocarbónicas del sector Sur (ver explicación en el texto).

Revista Española de Antropología Americana 541


2014, vol. 44, núm. 2, 523-553
Adolfo F. Gil et al. Demografía humana e incorporación de cultígenos...

6. Discusión

La Figura 7 muestra la tendencia en las fechas directas sobre cultígenos en Mendoza con
el fin de comparar si su introducción y posterior historia de uso generó cambios en la
demografía humana y si tales cambios fueron diferentes entre los sectores latitudinales.
La delimitación de los sectores espaciales (Norte, Centro y Sur) se realizó asumiendo el
sector Centro como el límite de la dispersión de cultígenos. La Figura 7 señala el registro
de cultígenos desde el 400 a.C. generando el inicio de la primera agrupación cronológica
de cultígenos que finaliza aproximadamente en el inicio de nuestra era. Estos cultígenos
fechados y asignados a la primera agrupación están registrados arqueológicamente úni-
camente en Gruta del Indio (Figura 1) y estudios recientes los asocian más a los aspectos
simbólicos que a la subsistencia humana (Gil 2003). El resto de los cultígenos se ubican
en una segunda agrupación temporal, entre 400 y 1800 d.C.; este segundo grupo muestra
densidad significativamente baja entre ca. 1700 y 1850 d.C.; también se destaca un pico
muy estrecho pero con las mayores densidades entre ca. 1400 y 1450 d.C. Esta segunda
agrupación incluye cultígenos fechados que se registraron en los sitios Jaguel III, Los
Conitos alero 2, Alero Montiel, Zanjón El Morado, Rincón del Atuel 1, Agua de Los Ca-
ballos 1 y Puesto Ortubia 1 (Cuadros 1 y 2; Figura 1).
En base a los estudios previos que proponen migración de agricultores en el vector
Norte-Sur (Lagiglia 1982), se espera un incremento demográfico previo en el sector
Norte y luego en el sector Centro. Al sostenerse para el sector Sur la continuidad
de cazadores recolectores se esperan demografías similares a lo largo del Holoceno
tardío. Es decir, para el sector Sur se esperan las variaciones propias de poblaciones
cazadoras recolectoras (Kelly et al. 2013) pero no variaciones en grado tal que podría
pasarse a un patrón demográfico distinto, tal como podría haber ocurrido primero en
el sector Norte, unos 2000 años AP, y algo después en el sector Centro y vinculadas a
Densidad de Probabilidad

Años calibrados a.C./d.C.

Figura 7: Suma de probabilidades en fechas obtenidas


sobre cultígenos en la región de estudio.

542 Revista Española de Antropología Americana


2014, vol. 44, núm. 2, 523-553
Adolfo F. Gil et al. Demografía humana e incorporación de cultígenos...

los modelos demográficos de productores. Las frecuencias de eventos rechazan esta


expectativa (Figura 2). La prueba Kolmorov Smirnov señala diferencias estadística-
mente no significativas entre los valores de estos sectores. A pesar de ello, se destaca
el inicio de frecuencias superiores a la media en aproximadamente 2000 años, prin-
cipalmente para el sector Sur y sector Centro, con valores muy altos de eventos entre
500 d.C. y 1500 d.C. en el sector Norte y entre 1000 y 1500 d.C. en el sector Centro
y también, aunque más débil, para el sector Sur (Figura 8).
En los tres sectores se notan incrementos en los valores de densidad de probabili-
dad durante algunos momentos de los últimos 2000 años. En el Norte este aumento es
anterior a los otros dos sectores, luego continúa el Centro y finalmente, se incorpora
el sector Sur. Comparativamente, el sector Norte registra menos «valles» (2) que el
sector Centro (4) y el sector Sur (6) durante los últimos 2000 años. Estos valles seña-
lan caídas en las densidad de probabilidad. También la figura muestra tres picos (que
señalan incrementos) entre los tres sectores que muestran coincidencias cronológicas
entre los mencionados sectores; el primero alrededor de 600 d.C., el segundo de 1000
d.C. y el último entre 1300 y 1500 d.C.
La suma de densidad de probabilidad de los tres sectores muestra valores muy
bajos desde aproximadamente 4000/3000 a.C. hasta 600 a.C. en el sector Norte, 400
a.C. en el sector Centro y alrededor de 400 d.C. para el sector Sur; el cambio a esta
tendencia en los dos primeros sectores, incrementando las densidades de probabili-
dad, son contemporáneos al registro de la primera indicación de cultígenos; para estas
fechas no se nota un incremento en el sector Sur. Es interesante que el primer pico en
la densidad de probabilidad posterior al año 1 d.C. se registre similarmente en los tres
sectores y en coincidencia con la fecha inicial para el segundo conjunto de cultígenos
(Figura 7). También el registro del «pico» de densidad de probabilidad entre 1300 y
1500 d.C. es coincidente con el registrado para la densidad de probabilidades obteni-
das en las fechas de los cultígenos. Esto genera la necesidad de explorar si la propia
curva de calibración puede en algún grado explicar estas similitudes o son principal-
mente los procesos humanos entre las tres áreas los que explican el patrón, señalando
así que fueron demográficamente más similares que lo previamente asumido.
Trabajos previos en la macro-región indican que los datos de isótopos estables de 13C
también son coincidentes en gran medida con la demografía inferida por las tendencias
en los fechados y los macro-restos recuperados, pero principalmente para los sectores
Norte y Centro (Gil, Villalba et al. 2014; Gil et al. 2011; Gil, Neme et al. 2014). Estos
muestran un incremento en el uso de recursos C4 (asumiendo maíz) para los mismos lap-
sos en los que se incrementa la señal radiocarbónica, aunque con una fuerte variabilidad
intrarregional (Gil et al. 2010, 2011). Tal incremento en los valores isotópicos de 13C es
notorio en los sectores Norte y Centro pero no en el Sur. Esto también es coincidente
con la mayor frecuencia de cultígenos para los Sectores Norte y Centro mientras que
existe una notable baja abundancia y diversidad para el sector Sur. La menor frecuencia
de «valles» (caída de probabilidades de fechados) en el sector Norte durante los últimos
1.500 años AP, podría tentativamente indicar una mayor estabilidad de las poblaciones
locales, probablemente vinculada a una mayor dependencia en el uso de plantas domés-
ticas. Sin embargo, como se mencionó anteriormente, la ausencia de diferencias estadís-
ticamente significativas entre los sectores estudiados condiciona estas interpretaciones.

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Densidad de Probabilidad

Años calibrados a.C./d.C.

Figura 8: Figura comparativa de las sumas de probabilidades


entre los tres sectores y los cultígenos.

8. Conclusión

Sobre la base de estudios previos, se esperaba en la región un patrón demográfico


contrastante principalmente entre las tendencias 14C del sector Norte y sector Centro
respecto al sector Sur. Analizado como frecuencia de evento, si bien las diferencias
existen, las mismas no son significativas estadísticamente; los dos primeros sectores

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registran un incremento en el número de eventos, como proxy demográfico, desde ca.


1 d.C. pero principalmente entre 500 y 1500 d.C.; esto por una parte es concordante
con las propuestas previas, aunque este segundo incremento en torno al 500 d.C. para
el sector Norte y 1000 d.C. para el sector Centro, no ha sido mostrado ni explicado
previamente. Por otra parte, el sector Sur, en lugar de mantener un patrón demográ-
fico similar al de cazadores recolectores y sin variaciones diferenciables a lo largo
del Holoceno tardío, mostró cambios, aunque retardados temporalmente, a los regis-
trados en los sectores recién mencionados. El aumento en los picos de probabilidad
de fechados coinciden con los picos de probabilidad de la aparición de cultígenos, lo
que podría indicar que los cambios en la subsistencia en términos de un aumento en
la proporción de plantas domésticas dentro de la dieta pudo estar controlado por el
factor demográfico; este patrón es distinto en las muestras del sector Sur y aun nece-
sita profundizarse en su significado.
Este trabajo es un primer intento de abordar el tema; serán necesarios ahora nuevos
análisis entre los que se incluye el análisis tafonómico de los conjuntos y la amplia-
ción, con el avance de los estudios, de las muestras fechadas. Pero creemos que el
trabajo aporta un marco de referencia donde se marcan tendencias previamente no
observadas y que permiten una nueva interpretación en la escala espacial amplia del
centro occidente argentino.
Nuestras expectativas previas apuntaban a encontrar patrones distintos entre caza-
dores y agricultores en una frontera que se generó y mantuvo, probablemente fluc-
tuante, en los últimos 2.000 años. En ese marco, el sector Norte y el sector Centro
muestran mayor registro de cultígenos y señales isotópicas más fuertes que indican
mediano y alto consumo de, al menos, maíz. En el sector Sur, si bien el registro de
cultígenos es significativamente menor, destacado por Lagenaria sp. y la señal isotó-
pica muestra valores coincidentes con dietas que no incluyeron al menos maíz, si tie-
ne incremento en las demografías. En este sector los incrementos se habrían iniciado
con posterioridad a los otros sectores y muestran mayores variaciones en sus valores
de densidad que en Norte y Centro.

Agradecimientos: Este trabajo se desarrolló como parte de los proyectos PICT 2012-1015 y
2013– 0881. También se enmarca en el Programa de la UNCuyo «Perspectivas Paleoecológi-
cas para el Estudio de las relaciones Humano ambientales en el Centro Occidente Argentino».
Una versión previa fue presentado en Cuyania 2013 (Los Reyunos, San Rafael). Agradece-
mos a Victor Durán por facilitar el uso de datos aún no publicados. Valeria Cortegoso, Pa-
blo Cahiza y Horacio Chiavazza ayudaron respondiendo a nuestras consultas principalmente
sobre asociaciones de las muestras fechadas. Dos evaluadores realizaron útiles sugerencias
y correcciones que en la medida de lo posible fueron incorporadas y también generaron la
necesidad de ampliar algunos temas poco considerado en esta versión.

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Revista Española de Antropología Americana 553


2014, vol. 44, núm. 2, 523-553
Cambios y permanencias en torno al proceso de
dispersión agrícola en las Sierras Centrales
de Argentina
Sebastián Pastor y Eduardo Berberián
CONICET/Centro de Estudios Históricos «Prof. Carlos S. A. Segreti»
pastorvcp@yahoo.com.ar; eduardoberberian@hotmail.com

Recibido: 19 de marzo de 2014


Aceptado: 28 de mayo de 2014

RESUMEN
En esta contribución se realiza una síntesis e integración de los datos arqueológicos disponibles sobre el
proceso de dispersión agrícola en la región central de Argentina durante el Holoceno Tardío. En oposición
a las visiones más extendidas, que pusieron énfasis en los cambios presuntamente asociados a la adopción
de la agricultura, se sostiene el carácter limitado de la producción agrícola y sus consecuencias, así como las
fuertes continuidades con el pasado. Se observa una introducción lenta y gradual de vegetales domesticados
como el maíz (ca. 3000-2500 AP), probablemente obtenidos por los cazadores-recolectores locales a través de
intercambios con vecinos agricultores. También se registra una incorporación paulatina de tecnologías como
la cerámica. La introducción de cultivos de pequeña escala y otras innovaciones en un momento tardío del
período prehispánico, ca. 1000-900 AP, fueron integradas a lógicas culturales y modos de vida tradicionales,
en la búsqueda de su conservación, a pesar de que a largo plazo se produjeran transformaciones más o menos
profundas por la acumulación de cambios interrelacionados.
Palabras clave: Transición agrícola, maíz, cambio social, caza-recolección.

Changes and Stays Around the Agricultural Dispersion Process


in the Central Hills of Argentina
ABSTRACT
A synthesis and integration of archaeological data on the process of agricultural dispersal in the central region
of Argentina during the Late Holocene is performed. In contrast to the more widespread visions that emphasi-
zed changes allegedly associated with the adoption of agriculture, the limited nature of agricultural production
and its consequences is affirmed, as well as strong continuities with the past. Slow and gradual introduction
of domesticated plants like maize (c. 3000-2500 BP), probably obtained by local foragers through exchanges
with neighboring farmers is observed. Gradual incorporation of technologies like ceramic is also registered.
The introduction of small-scale crops and other innovations in a late stage of the Pre-hispanic Period, c.
1000-900 BP, were integrated into cultural logic and way of life in the pursuit of its conservation. However
long-term more or less profound transformations were produced by the accumulation of interrelated changes.
Key words: Agricultural transition, maize, social change, hunting and gathering.

Sumario: 1. Introducción. 2. Etapas iniciales del proceso. 3. La adopción de los cultivos. 4. Producción agrí-
cola, procesos económicos y cambio social. 5. Consideraciones finales. 6. Referencias bibliográficas.

1. Introducción

Ubicadas en el centro del actual territorio argentino, las Sierras de Córdoba y San
Luis comenzaron a ser exploradas y colonizadas desde la transición Pleistoceno-
Holoceno, ca. 11 000-9000 AP (Figura 1). Desde esos comienzos hasta el Holoceno
Tardío final, a lo largo de varios milenios, se produjo un extenso proceso de desarro-
llo y transformación de las sociedades de cazadores-recolectores (Rivero y Berberián

Revista Española de Antropología Americana 555 ISSN: 0556-6533


2014, vol. 44, núm. 2, 555-573 http://dx.doi.org/10.5209/rev_REAA.2014.v44.n2.50729
Sebastián Pastor y Eduardo Berberián Cambios y permanencias en torno al proceso de dispersión...

Figura 1: La región de estudio en el sector central de las Sierras de Córdoba (Argentina) y localiza-
ción de los sitios mencionados en el texto. (1: C.Pun.39; 2: Agua de Oro; 3: Puesto La Esquina 1;
4: Cruz Chiquita 3; 5: Arroyo Tala Cañada 1; 6: Quebrada del Real 1; 7: Guasmara).

2008). Uno de los hitos más significativos habría sido la transición hacia una eco-
nomía de base agrícola, adoptada en algún momento del Holoceno Tardío. De este
modo, el proceso de dispersión de la agricultura andina habría alcanzado uno de sus
límites, específicamente el sudoriental (González y Pérez 1972).

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Sebastián Pastor y Eduardo Berberián Cambios y permanencias en torno al proceso de dispersión...

Más allá de los matices entre diferentes investigadores, existió un cierto consenso
en definir a esta innovación como un quiebre en la trayectoria histórica local. La
adopción de cultivos debió promover o acompañar a una serie de cambios en el modo
de vida, la tecnología, la economía (con un énfasis productivo agrícola e incluso po-
siblemente el pastoreo de camélidos), en las pautas de asentamiento y movilidad (con
un mayor sedentarismo), así como en la organización social (Berberián 1984, 1999;
González y Pérez 1972; Laguens y Bonnín 2009). En efecto, con el advenimiento de
una «etapa agroalfarera» o «productora de alimentos» se habría superado una prolon-
gada «etapa precerámica», de plena caza y recolección.
La reconstrucción de estos procesos estuvo apoyada en una información arqueoló-
gica escasa e indirecta, así como en diversos supuestos a priori sin una contrastación
empírica posterior (por ejemplo la asociación cultivos-alfarería-sedentarismo). La
escasa conservación de restos vegetales, el limitado desarrollo de la arqueobotánica,
así como la inexistencia de una infraestructura productiva prehispánica de alta visi-
bilidad (andenes, terrazas, cuadros de cultivo), revirtieron en un escaso tratamiento
del problema con metodologías arqueológicas y en su lugar, el empleo de los datos
contenidos en las fuentes históricas del siglo XVI. Estos documentos aluden a las
«sementeras» y «chacaras» donde los indígenas del tiempo de la conquista sembra-
ban maíz (Zea mays), zapallos (Cucurbita sp.), «frijoles» (Phaseolus spp.), «camote»
(posiblemente Ipomoea batatas) y quínoa (Chenopodium quinoa) (Berberián 1987).
Desde esta postura, a partir de un foco colocado en el supuesto peso de las transfor-
maciones, las numerosas permanencias con el pasado cazador-recolector se vieron
marginadas. Se aceptó el mantenimiento de las prácticas extractivas tras la introduc-
ción de los cultivos, pero éstas se habrían redefinido como un complemento de la
producción agrícola.
Además de los puntos de acuerdo, existieron matices y contrastes en la concep-
tualización de diferentes aspectos del proceso. Para algunos autores la expansión
de la agricultura acompañó el desplazamiento, presumiblemente desde Santiago del
Estero, de grupos agricultores que comenzaron a asentarse en la región (González
y Pérez 1972; Montes 2008). En otros casos se puso el acento en el proceso local
de transformación de los grupos cazadores-recolectores (Berberián 1999; Laguens y
Bonnín 2009).
Se plantearon nociones disímiles acerca de las características intrínsecas del siste-
ma productivo. Para Laguens (1999) debió tratarse de una producción «máxima y óp-
tima», con aprovechamiento de la totalidad de terrenos cultivables, en tanto que para
González y Pérez (1972), así como para Montes (2008), habría sido común el empleo
de regadíos. Por nuestra parte nos aproximamos a la definición de una producción de
pequeña escala, de tipo horticultura, complementaria de la caza-recolección, mínima-
mente tecnificada, de secano y en base al cultivo de distintas especies y variedades
(policultivo) (Medina et al. 2014; Pastor y López 2010).
Muchos de estos problemas e interrogantes son aun escasamente conocidos, dadas
las limitaciones de la información. A pesar de ello, en los últimos años se han logra-
do avances a partir de la investigación sobre diferentes líneas convergentes. Estas
comprenden desde arqueobotánica e isótopos estables, hasta arqueología de variados
paisajes y tipos de asentamientos (residenciales, agrícolas, ceremoniales, refugios

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Sebastián Pastor y Eduardo Berberián Cambios y permanencias en torno al proceso de dispersión...

transitorios, etc.) (Laguens et al. 2009; Medina et al. 2009; Medina et al. 2014; Pastor
y Berberián 2007; Pastor y López 2010; Pastor et al. 2012; Recalde 2014; Rivero et
al. 2008-09).
Más allá de sus límites los resultados permiten plantear, cuanto menos, la nece-
sidad de continuar con un calendario de investigación que sitúe el problema en otro
punto de partida, uno que intente aprehender la complejidad y singularidad del pro-
ceso, tanto como sus conexiones externas, logrando una mayor contextualización y
eventualmente, la proyección de las tendencias y patrones identificados.
El planteamiento de este trabajo se asienta sobre dos nociones básicas. Primero, que
la transición agrícola en la región, o dicho en otros términos, el proceso que condujo a
una creciente interacción entre personas y vegetales domesticados, incluyendo prácti-
cas de cultivo, no se produjo en forma rápida y por una adquisición «automática» por
parte de las diferentes comunidades. Por el contrario, habría sido un proceso lento, no
unidireccional, que permitió a lo largo de un extenso período el acceso a este tipo de re-
cursos por parte de los cazadores-recolectores, a través de mecanismos de intercambio
y sin la implementación efectiva de cultivos. La segunda noción reconoce la adopción
de cultivos a nivel local en un momento relativamente tardío, y que dicha innovación
fue acompañada por una serie de cambios interrelacionados, por ejemplo la incorpora-
ción de nuevas tecnologías. Pero al mismo tiempo, quita centralidad a estas transforma-
ciones y sus presuntas consecuencias, al reconocer el carácter limitado de la producción
agrícola y su rol complementario de una economía mixta basada en la profundización
de la estrategia cazadora-recolectora. Esto lleva a una revalorización de las continui-
dades con el pasado, a través del reconocimiento de formas estructurales, largamente
reproducidas del modo de vida serrano, que se mostraron relativamente imperturbables
más allá de los cambios crecientes del Holoceno Tardío.

2. Etapas iniciales del proceso

Los principales interrogantes acerca del proceso de dispersión agrícola en la región han
hecho referencia a su origen local o externo, a la forma concreta que adoptaron los sis-
temas productivos, así como a las etapas de incorporación y su cronología. Para algunos
autores, la «etapa agroalfarera» habría comenzado hacia 1000-900 AP, de acuerdo con
los primeros fechados de contextos arqueológicos que incluían una asociación distinti-
va de objetos y rasgos materiales, presumiblemente vinculados con la práctica de cul-
tivos (Berberián 1984; Marcellino et al. 1967). Esta estimación se mantuvo en aporta-
ciones posteriores, esta vez en relación con vestigios arqueológicos directos de cultivos
y evidencias del consumo de vegetales domesticados (Pastor y Berberián 2007). Otros
autores sostuvieron la posibilidad de un origen más antiguo, ca. 1500 AP, sin descartar
una etapa aún anterior de «agricultura incipiente» (González y Pérez 1972).
Las propuestas de Laguens et al. (2009) se apoyaron en los resultados de análisis
de isótopos estables (δ13C y δ15N) sobre muestras de nueve individuos con un rango
cronológico entre 4500 y 350 AP. Según esta información, la incorporación plena de
la agricultura del maíz habría sido posterior a 1000 AP, con una posible fase de tran-
sición entre 1300 y 1000 AP.

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Sebastián Pastor y Eduardo Berberián Cambios y permanencias en torno al proceso de dispersión...

La importancia de los estudios de isótopos estables para la determinación de diver-


sos parámetros paleodietarios ha sido ampliamente reconocida, por ejemplo, en casos
de este tipo para estimar la proporción de consumo de vegetales de patrón fotosintéti-
co C3 y C4. El supuesto fundamental es que la mayoría de los vegetales alimenticios
locales (Prosopis spp., Geoffroea decorticans, determinadas gramíneas), tanto por
parte de los humanos como de los animales que formaban parte de su alimentación
(Lama guanicoe, Ozotoceros bezoarticus), tuvieron patrones fotosintéticos predomi-
nantes C3. En consecuencia, la eventual identificación de un cierto aporte de recursos
C4 podría indicar la incorporación de vegetales como Zea mays a la dieta.
Laguens et al. (2009) utilizan estos datos para tratar problemas como la temporali-
dad del proceso de adopción de la agricultura, sus posibles fases y patrones espaciales.
Estos datos isotópicos son valiosos por tratarse del primer conjunto disponible para
la región pero, a pesar de ello, desde un punto de vista cuantitativo (n=9 individuos),
resultan desequilibrados en relación con los interrogantes planteados. Por ejemplo,
un individuo del sitio Guasmara (valle de Traslasierra) arrojó un fechado de 920 ± 20
AP y un valor de δ13C de -17.7 ‰, que indica un nulo o muy escaso consumo de maíz.
Desde una perspectiva diacrónica, este individuo fue vinculado con otro procedente
de La Granja (Sierras Chicas) y fechado en 1280 ± 20 AP, con un consumo asimismo
limitado de recursos C4, para sugerir una fase de transición ca. 1300-1000 AP previa
a la adopción plena de los cultivos. Pero desde una perspectiva espacial, en la com-
paración entre las diferentes áreas, este mismo individuo de Guasmara se considera
representativo del valle de Traslasierra, que pasa a ser definido como un espacio con
un desarrollo menor o ralentizado de la agricultura.
Sin embargo, si estos datos son analizados en relación con otros conjuntos macro-
rregionales más numerosos (ca. 100 individuos), por ejemplo aquellos procedentes
del Centro-Oeste Argentino (Gil et al. 2010) o Chile Central (Falabella et al. 2007),
se tiende a definir un panorama semejante de heterogeneidad, con acentuadas varia-
ciones entre individuos, una tendencia a una mayor incorporación de recursos C4
durante el Holoceno Tardío, pero en forma paulatina. Los resultados contravienen
la idea más extendida de una incorporación progresiva, relativamente rápida y de
acuerdo con un vector norte-sur, de una agricultura basada en el cultivo del maíz.
Por el contrario, se verifica que la importancia dietaria de esta especie fue limitada
y su adopción lenta. Dicho proceso pudo comenzar tempranamente, ca. 4000-3000
AP, pero sólo en forma tardía, con posterioridad a 1000 AP, se llegó a consolidar una
tendencia irreversible hacia una mayor implementación de la estrategia agrícola y
un mayor consumo de este recurso en particular (Gil et al. 2010). Los datos de las
Sierras Centrales de Argentina parecen congruentes con este contexto macrorregional
surandino, entre 30° y 35° S, más allá de la necesidad de profundizar sobre esta línea,
de incrementar las muestras y alcanzar un mayor conocimiento de la ecología iso-
tópica local (por ejemplo, para calibrar la incidencia de otros posibles recursos C4).
A partir de este panorama y de las expectativas derivadas de otras líneas de infor-
mación arqueológica, sobre las que incidiremos, se patentiza la necesidad de flexibi-
lizar los modelos de aproximación al problema. La arqueobotánica ha podido confir-
mar, por ejemplo, la presencia de maíz en contextos tempranos, donde no se verifican
las transformaciones materiales y tecnológicas comúnmente asociadas a la práctica

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de cultivos (v.g. alfarería, azadas). Probablemente este maíz era un bien exótico que
pudo ser obtenido durante siglos por los cazadores-recolectores a través de intercam-
bios con vecinos agricultores y sin implementar prácticas efectivas de cultivo, lo cual
contradice la idea de una incorporación rápida de la agricultura.
El sitio Quebrada del Real 1 comprende una cueva localizada en la Pampa de
Achala, en un paisaje de pastizales de altura en las cumbres de las Sierras Grandes
(ca. 1900 msnm), con buen acceso a recursos de caza pero con escasas condiciones
para la práctica de cultivos (Rivero et al. 2008-09). El sitio presenta una prolongada
secuencia de ocupación que comienza hacia 7400 AP y se extiende hasta el Holoceno
Tardío final (ca. 1000-500 AP). El componente 2, datado en 2950 ± 90 AP, presen-
ta similitudes con otros contextos contemporáneos de la misma microrregión. Éstas
consisten, por ejemplo, en las características de la tecnología que incluyó el uso de
puntas de proyectil triangulares con un diseño distintivo, así como la completa au-
sencia de cerámica (Rivero 2009). Durante esta época la cueva fue utilizada en forma
repetida para una intensa actividad de procesamiento y consumo alimenticio, en base
a los artiodáctilos gregarios locales (Lama guanicoe, Ozotoceros bezoarticus) y la
fauna menor, en particular roedores (Microcavia australis, Galea musteloides, Cte-
nomys sp.) (Medina et al. 2012). La alta densidad de restos sugiere un uso repetido
por parte de grupos relativamente numerosos, en el marco de una intensificación de la
estrategia cazadora-recolectora. En la entrada de la cueva se localizan 17 morteros fi-
jos, probablemente empleados para el procesamiento de alimentos de origen vegetal.
La información sobre el uso de recursos vegetales se complementa con siete manos
de molino recuperadas en estratigrafía. Se trata de piezas elaboradas en rocas graní-
ticas, con una presencia característica de pequeñas oquedades en la matriz rocosa
donde se alojaron microvestigios botánicos (silico-fitolitos, calci-fitolitos y granos
de almidón) que fueron analizados. Se identificaron silico-fitolitos pertenecientes a la
parte comestible de la planta de maíz (Zea mays) y calci-fitolitos asignados a chañar
(Geoffroea decorticans), un fruto de maduración estival en el monte chaqueño que
cubre el sur del valle de Traslasierra, entre 10 y 25 km del sitio. También se regis-
traron granos de almidón de Chenopodium sp. A diferencia de la fauna, del chañar
y las Chenopodium, el maíz no pudo ser recolectado en el paisaje local ni en áreas
adyacentes. Tampoco existen indicios de su cultivo a nivel local en este momento
temprano. Por el contrario, el maíz pudo ser un bien exótico, obtenido a través de la
integración de los cazadores-recolectores en redes de interacción de las que también
participaban sociedades agricultoras ya asentadas en regiones vecinas como el No-
roeste Argentino. El desarrollo de estas redes fue un proceso distintivo durante este
período, como se ha observado en este y otros contextos a través de la presencia de
bienes exóticos como rocas silíceas y valvas de caracoles (González 1960; Menghin
y González 1954). Una de estas valvas, recuperada en este mismo componente de
Quebrada del Real 1, fue modificada para la confección de un adorno colgante (Ri-
vero et al. 2008-09).
El segundo contexto con evidencias arquebotánicas tempranas de maíz proviene
del sitio Cruz Chiquita 3, un asentamiento a cielo abierto localizado en un entorno
ambiental diferente, en el fondo del Valle de Traslasierra (ca. 900 msnm) (Pastor
2008). El monte chaqueño circundante ofreció oportunidades para la recolección de

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frutos alimenticios (Prosopis spp., Geoffroea decorticans, Lithraea molleoides, Cel-


tis tala, Condalia spp.) y quizás por ello, así como por el abundante acceso hídrico
junto al colector principal (río Jaime), el lugar fue ocupado repetidamente como cam-
pamento residencial a lo largo del Holoceno. En este caso, la presencia de maíz en
un contexto funerario confirma y amplía la evidencia sobre el acceso temprano a este
recurso en la región central de Argentina.
Las excavaciones permitieron registrar una tumba simple en una fosa sin delimita-
ciones laterales y con una tapa de piedras. En su interior se encontraron los restos de
un individuo masculino adulto en posición flexionada, sin objetos de ajuar ni ningún
otro acompañamiento. Una datación por AMS sobre una muestra de colágeno óseo
sitúa a este contexto en 2466 ± 51 AP. En este caso se analizaron los microvestigios
botánicos presentes en el tártaro dental, entre los que se identificaron silico-fitolitos
pertenecientes al marlo y fruto del maíz. Los datos isotópicos (δ13C = -16.1 ‰) in-
dican para este individuo una dieta de tipo mixto, que pudo incluir el consumo de
vegetales C4 pero en baja proporción.

3. La adopción de los cultivos

Como hemos apuntado, los contextos arqueológicos del período 1000-300 AP com-
prenden una asociación distintiva de objetos y rasgos materiales que dan cuenta de
innovaciones tecnológicas, en alguna medida relacionadas con cambios económicos
que incluyeron la práctica de cultivos. Desde ca. 2000-1500 AP, por ejemplo, se
verifican cambios en el diseño de las puntas de proyectil, con una disminución de su
tamaño y peso que ha sido vinculada con la introducción del arco (Pastor et al. 2005).
Sin embargo, en el período posterior a ca. 1000 AP se incorporaron nuevos materiales
y diseños, por ejemplo, puntas talladas en rocas silíceas, triangulares, pequeñas con
pedúnculo y aletas, junto con puntas óseas de mayor tamaño y asimismo provistas de
un pedúnculo para su fijación en el astil o intermediario. Estos cambios estarían rela-
cionados con una intensificación de la estrategia cazadora, identificable por diversas
líneas de información arqueológica, así como un incremento de la conflictividad so-
cial con manifestaciones de violencia interpersonal, a través de esqueletos con puntas
óseas incrustadas (González 1943; Pastor et al. 2012).
En cuanto a las herramientas para el cultivo, no aparecen palas líticas como las
del Noroeste Argentino. Sin embargo, son relativamente comunes los instrumentos
conocidos como «hachas» o «azuelas» (Berberián 1984; Serrano 1945), que pudieron
ser empleados en tareas agrícolas como el desmonte o para la roturación de los terre-
nos. Se trata de piezas cilíndricas confeccionadas en rocas duras, con un lado afilado
y el otro provisto de un surco profundo para su enmangue. Su costosa elaboración
se tradujo en un uso prolongado, con acciones de re-afilado y una baja frecuencia de
reemplazo.
En algunos contextos del sur de las Sierras de Córdoba, datados entre 2000 y 1500
AP, aparecen también escasos fragmentos de recipientes cerámicos (Austral y Roc-
chietti 1995). La frecuencia de estos materiales se incrementa en contextos más re-
cientes, como en los sitios Río Yuspe 11 (pampa de Achala) y Yaco Pampa 1 (valle

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de Guasapampa), datados entre 1500 y 1200 AP (Pastor 2007; Recalde 2014). Sin
embargo, la mayor generalización en el uso de esta tecnología es posterior a 1000
AP, cuando se diversificaron las formas y tamaños de los recipientes, las técnicas de
decoración e incluso se elaboraron otros tipos de artefactos como figurillas, torteros,
cucharas y silbatos (Berberián 1984; Serrano 1945).
Probablemente, la adopción generalizada de la alfarería estuvo asociada a las ne-
cesidades de almacenamiento pero, sobre todo, de procesamiento a través del hervido
de vegetales domesticados como el maíz y el poroto que empezaban a gravitar en la
dieta. De este modo, el ritmo de dispersión de la alfarería y de los cultivos pudo estar
estrechamente conectado en este caso particular.
Este panorama resulta consistente con la información isotópica y asimismo con la
arqueobotánica. En los depósitos excavados en asentamientos residenciales de este
período se identifican restos de vegetales domesticados. En el sitio C.Pun.39 (valle de
Punilla) se recuperaron macro y microvestigios (granos de almidón, silico-fitolitos)
de maíz, de dos especies domesticadas de poroto (Phaseolus vulgaris y P. lunatus),
zapallo y/o cayote (Cucurbita sp.) y Chenopodium sp. (probablemente quínoa). Es-
tos restos aparecieron en contextos de descarte así como en las paredes internas de
fragmentos cerámicos o sobre las superficies activas de útiles de molienda (Medina
et al. 2009). En el sitio Puesto La Esquina 1 (pampa de Olaen). se registraron restos
de maíz y las mismas dos especies domesticadas de poroto, en contextos de descarte
o en las paredes internas de fragmentos cerámicos (Medina y López 2005-06). Por su
parte en Arroyo Tala Cañada 1 (valle de Traslasierra) se identificaron restos de maíz,
zapallo y las dos especies de poroto en contextos de descarte (Pastor 2007-08).
Durante los años de la conquista (siglo XVI) los españoles produjeron una serie
de documentos escritos que se han conservado y permiten una aproximación a las
características de los sistemas productivos de ese período y su variabilidad. Como he-
mos apuntado, son frecuentes las referencias a las «chacaras» y «sementeras» donde
los indígenas cultivaban maíz, «frijoles» (Phaseolus spp.), zapallo, quinoa, «maní»
(Arachis hypogaea) y «camote» (Ipomoea batatas). Algunas de estas especies han
sido registradas en los contextos arqueológicos y posiblemente otras lo sean en el
futuro, con la profundización de los estudios arqueobotánicos. Estos datos sugieren
la existencia de policultivos y que más allá de la importancia relativa de cada especie
o variedad, así como las posibles variaciones espacio-temporales, se habría desa-
rrollado una estrategia tendiente a la diversificación, a través de una lógica de tipo
campesino que apuntaba menos a la maximización de beneficios que a asegurar un
cierto nivel de producción.
Aunque existen algunas menciones puntuales sobre el uso de regadíos (acequias),
la forma productiva predominante sería de secano. Esta forma basada en el aporte del
agua de lluvia implicó una escasa inversión tecnológica y una cierta cuota de movili-
dad, por la necesidad de barbechos prolongados para la recuperación de la fertilidad
del suelo, en un contexto de cierta disponibilidad de terrenos por parte de numerosos
grupos locales. Este tipo de producción explicaría la ausencia de una infraestructura
productiva que pueda ser reconocida a través de vestigios arquitectónicos, como mu-
ros de contención, canales o represas. El trabajo simultáneo sobre varias parcelas de
secano, distribuidas en diferentes paisajes serranos con variadas condiciones para la

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agricultura, tanto como el policultivo, habrían formado parte de estrategias de diver-


sificación productiva, por medio del aprovechamiento de la variabilidad microam-
biental (tipos de suelos, climas) y limitando el efecto perjudicial de factores y agentes
de acción localizada (granizo, plagas, desigual distribución de las precipitaciones)
(Medina y Pastor 2006).
Este tipo de agricultura se define como una producción a pequeña escala, comple-
mentaria de una economía desarrollada en torno a la intensificación de tendencias
iniciadas en períodos anteriores, a través de una mayor explotación de los recursos
silvestres y la ocupación efectiva de paisajes marginales (Pastor et al. 2012). Las
menciones sobre regadíos parecen representar situaciones muy puntuales, con una
mayor tecnificación orientada hacia una profundización del cambio económico, con
un incremento de la producción que pudo acarrear consecuencias sociales y políticas
poco conocidas. En el propio título de la encomienda que se auto-asignó Jerónimo
Luis de Cabrera, gobernador del Tucumán y fundador de Córdoba, en la zona de
Quilino (Sierras del Norte), se menciona, entre otros, a un conjunto de cinco pueblos:
Quilinon (cacique Anime), Sanchinta (caciques Osile y Nico), Ibra Sacat (cacique
Ibra), Catlan Sacat (cacique Tacto) y Pitanga (cacique Conys). Estos pueblos con
sus caciques fueron considerados una «parcialidad» que estaba poblada junto a una
acequia llamada Ybram Mampa (Montes 2008), lo cual sugiere un cierto nivel de
pertenencia y coordinación política, posiblemente en torno a la gestión colectiva de
esa infraestructura de riego.
Otras fuentes advierten sobre la variabilidad local de los sistemas productivos, en
parte determinada por diferencias microambientales. Así tenemos el caso de los sem-
brados en tierras inundables, que difieren de los cultivos de secano o por riego artificial.
De un modo general son mencionados por el jesuita Alonso de Barzana en su conocida
carta de 1594, al referirse a la forma de sustento de los indígenas del Tucumán:
«El modo de vivir de todas estas naciones es el ser labradores. Sus ordinarias comidas
son maíz, lo cual siembran en mucha abundancia; también se sustentan de grandísima
suma de algarroba, la cual cogen por los campos todos los años al tiempo que madura
y hacen della grandes depósitos; y cuando no llueve para coger maíz ó el río no sale de
madre para poder regar la tierra, pasan sus necesidades con esta algarroba...» (Berbe-
rián 1987: 254; la cursiva es nuestra).
Este sistema habría sido aplicado por los indígenas del pueblo de Tulián, quienes
habitaban en la cuenca baja del río Pichanas, en la planicie al sur de las Salinas Gran-
des. En períodos de crecientes este curso se derramaba por la planicie hasta alcanzar
la depresión de las salinas. Según testimonios judiciales, Tulián era el último pueblo
y sus indios sembraban «sus chacaras en el arena donde se consume dicho río» (Mon-
tes 2008: 370).
El calendario de investigación futuro debe apuntar a identificar y describir esta va-
riabilidad. La información disponible es aún escasa y fragmentaria, pero no obstante
permite vislumbrar diversos paisajes productivos. La información polínica del sitio
C.Pun.39 (valle de Punilla) indica que en los alrededores de los espacios habitacio-
nales crecían con abundancia las quenopodáceas-amarantáceas (Medina et al. 2008).
Este patrón admite dos interpretaciones no excluyentes, de hecho, ambos escenarios
son considerados como plausibles. Por un lado, podría revelar la presencia de cultivos

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andinos como la quínoa (Chenopodium quinoa). Hemos visto que este tipo de plantas
fueron consumidas en el sitio, tal como indican los granos de almidón adheridos a
las paredes internas de fragmentos cerámicos. La segunda interpretación se relaciona
con las evidencias de períodos alternativos de ocupación y abandono del lugar, ca.
850-500 AP (Pastor et al. 2013). En esta época el sitio habría constituido un hábitat
perturbado por una actividad antrópica recurrente, con fines residenciales y agrícolas,
lo cual pudo acelerar el avance, especialmente en fases de desocupación, de plantas
de este tipo que encuentran condiciones favorables en esta clase de terrenos.
Estos datos devuelven la imagen de C.Pun.39 como un paisaje relativamente abier-
to en el monte chaqueño, con algunas viviendas agrupadas y posiblemente cultivos
de quínoa creciendo en los alrededores. Estas viviendas, de tipo casa-pozo (Berbe-
rián 1984), estaban construidas con materiales livianos y no eran ocupadas de forma
permanente aunque sí reutilizadas tras períodos variables de desocupación. Durante
estos últimos, avanzarían las plantas herbáceas incluyendo Chenopodium silvestre
así como leñosas de porte arbustivo como Acacia caven y Condalia spp.
La información de Arroyo Tala Cañada 1 (valle de Traslasierra) ayuda a com-
prender las características del espacio productivo, al nivel de los pequeños huertos
ubicados entre las viviendas (Pastor y López 2010). La excavación sobre dos sec-
tores contiguos, distanciados apenas ocho metros, permitió reconocer vestigios de
una estructura habitacional y de un espacio destinado al cultivo. En el primer caso,
se identificó un piso de sedimento consolidado al que se asociaban dos agujeros de
poste y diversos restos en posición primaria, entre ellos fragmentos de dos recipientes
cerámicos que habrían colapsado in situ. A partir de una muestra de carbón se obtuvo
un fechado para este contexto de 900 ± 70 AP.
En el segundo sector, sobre una superficie excavada de 3 x 2 m, se identificaron
surcos paralelos de unos 30 cm de ancho que aparentemente se extendían más allá
del área intervenida. En todo el sedimento se encontraron abundantes residuos do-
mésticos, entre ellos cotiledones carbonizados de poroto común cultivado (Phaseolus
vulgaris var. vulgaris), uno de los cuales fue datado por AMS en 1028 ± 40 AP. Esta
fecha indica una cierta concomitancia con la ocupación de la vivienda cercana, apro-
ximadamente entre los siglos X y XIII de nuestra era.
El análisis de los micro-vestigios vegetales asociados a los surcos arrojó resultados
significativos en relación al tipo de agricultura practicada en el lugar. En primer tér-
mino, se identificaron silico-fitolitos atribuidos específicamente a las hojas de maíz y
poroto, es decir a las partes no comestibles de las plantas, lo cual confirma el cultivo
in situ de ambas especies. Por otra parte, la observación de las uniones celulares
(espodogramas) de las gramíneas silvestres que crecieron conjuntamente, con predo-
minio de las uniones de dos y tres células, indica que estos vegetales se desarrollaron
con el único aporte del agua de lluvias. Estudios experimentales señalan la ocurrencia
de un mayor número de uniones en el caso de las parcelas regadas artificialmente, en-
tre 10 hasta más de 100 células unidas, debido a un mayor aporte de sílice al sustrato
(Rosen y Weiner 1994). El corto número de uniones en esta parcela arqueológica es
consistente con cultivos de secano.
El cultivo combinado de maíz y poroto en una misma parcela es una práctica fre-
cuente en numerosos sistemas productivos basados en técnicas tradicionales, dado

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que ambas especies se complementan beneficiosamente. El poroto favorece el cre-


cimiento del maíz al tomar nitrógeno de la atmósfera y fijarlo como nutriente en el
suelo, mientras que las cañas de maíz le sirven de apoyo, puesto que el poroto es
una planta de tipo trepador. Los cultivos llevados a cabo en este sitio consistieron en
huertos pequeños próximos a las viviendas, donde podían obtenerse diversos produc-
tos entre los que se destaca el maíz. La función de los surcos habría sido limitar la
erosión y facilitar la retención del agua precipitada. Esta forma de producción habría
estado generalizada en la época y de este modo se habría definido, en sus rasgos fun-
damentales, el aspecto que llegó a alcanzar el paisaje agrícola en las sierras. Es por
ello que en el siglo XVI el cronista Diego Fernández, en el momento de describir el
carácter semi-subterráneo de las habitaciones construidas por los indígenas, señaló
que los poblados no parecían tales a la distancia, «a no ser por los maizales» que los
sobrepasaban en altura (Berberián 1987: 53).

4. Producción agrícola, procesos económicos y cambio social

Los documentos del siglo XVI dan cuenta de una producción agrícola indígena de
cierto volumen, pero también advierten sobre el carácter inseguro de dicho aporte. En
su informe de servicios, el capitán Hernán Mejía Mirabal declaró haber obtenido sus-
tento para el asiento español en sus primeros años, saliendo en muchas ocasiones por
orden del gobernador con gente de guerra y retornando al fuerte con «tres mil fanegas
de maíz, frijoles y zapallos» (Piana de Cuestas 1992: 72). Sin embargo, eran comu-
nes las crisis agrícolas desencadenadas por factores diversos actuando aislados o en
combinación, como las sequías, tormentas de granizo, plagas de langostas, gusanos
o, como acabamos de ver, conflictos y saqueos tanto a nivel intra como interétnico.
Estas crisis eran capaces de afectar a grupos locales particulares o bien a comarcas
y valles enteros. En tales casos era fundamental el acceso a los recursos silvestres.
Como señalaba el Padre Barzana en su carta referida supra, si las lluvias eran insufi-
cientes y no permitían recoger maíz, o si los ríos no salían de su cauce para fertilizar
la tierra, entonces los indígenas pasaban sus necesidades con la algarroba (Prosopis
spp.) que recogían en grandes cantidades y de la que hacían importantes depósitos
(Berberián 1987: 254).
Los patrones isotópicos parecen avalar la idea de un mayor consumo de maíz con
posterioridad a ca. 1000 AP, pero también destacan la variabilidad inter-individuos
que entendemos consistente con una fase de transición agrícola, con un aporte relati-
vamente limitado de este recurso y una dieta de tipo mixto. Los procesos económicos
de este período se definen, de hecho, por las estrategias orientadas a sostener un modo
de vida tradicional cazador-recolector, en un contexto de crecimiento demográfico y
restricciones territoriales. En este marco el cultivo de diferentes especies permitió
incrementar la productividad y brindar un aporte complementario, consistentemente
con una lógica de diversificación de las actividades y recursos aprovechados.
La información da cuenta de una mayor explotación de los recursos silvestres.
Los conjuntos arqueofaunísticos provenientes de contextos residenciales indican la
captura de una amplia gama de especies, principalmente artiodáctilos gregarios como

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guanacos (Lama guanicoe) y venados de las pampas (Ozotoceros bezoarticus), pero


también animales de hábitos solitarios y/o menor porte como las corzuelas (Mazama
guazoupira), armadillos (Chaetophractus sp., Dasypus sp.), roedores (Galea sp., Mi-
crocavia sp., Ctenomys sp.), lagartos (Tupinambis sp.) y aves (Nothura sp., Eudromia
sp.). Las innovaciones tecnológicas como el arco y la cerámica, introducidas en un
período anterior pero generalizadas en éste, dan cuenta de diseños especializados
para la cacería de presas diversas, así como nuevas formas de procesar los alimentos,
como el hervido en ollas, que en parte se refleja en el intenso trozamiento de las car-
casas (Medina y Pastor 2012; Pastor et al. 2005). Los datos arqueobotánicos indican
la recolección de diversos vegetales (Prosopis sp., Geoffroea decorticans, Zizyphus
mistol, Phaseolus silvestres, posiblemente algunas gramíneas), en tanto que los frag-
mentos de cáscaras muestran el acceso regular a los huevos de dos especies de ñandú
(Rhea americana y R. pennata) (Medina et al. 2009; Medina et al. 2011).
Un proceso notable, cuyos antecedentes se remontan hasta ca. 1400 AP, fue la
ocupación efectiva de microambientes marginales como las sierras noroccidentales
de Córdoba (Guasapampa, Pocho, Serrezuela), en el límite con las Salinas Grandes y
los Llanos de La Rioja. Se trata de entornos dotados de los típicos recursos silvestres
del monte chaqueño, pero con agua escasa o muy escasa en algunas áreas. La ocupa-
ción más intensa aunque estacional de estos paisajes, hasta entonces poco tenidos en
cuenta, apuntó en el sentido de la reproducción de una lógica cazadora-recolectora
en un contexto de expansión demográfica y territorial (Pastor 2012; Recalde 2014).
Las consecuencias acumulativas e interconectadas de estas innovaciones desenca-
denaron cambios en las estructuras sociales y políticas, a pesar de que las estrategias
se orientaran hacia la conservación de los antiguos modos de vida. Las demandas
asociadas al cuidado de los cultivos implicaban la protección de las parcelas durante
el crecimiento de las plantas, así como de las cosechas y reservas almacenadas, más
allá de que la organización de estas prácticas permitiera el sostenimiento de una for-
ma de vida móvil o semi-sedentaria (Medina et al. 2014; Pastor et al. 2013). Esto
llevó a la instauración de una territorialidad de tipo restrictivo, aplicada a terrenos
con potencial agrícola así como a espacios destinados a la caza y recolección («al-
garrobales», «cazaderos»), revirtiendo en un incremento de la conflictividad social
(Pastor 2012; Pastor et al. 2012).
Las condiciones de reproducción social se afianzaron progresivamente en el aporte
de los cultivos y en un acceso fluido a espacios variados de explotación de recursos
silvestres. Este contexto particular habría favorecido la definición de los grupos loca-
les como unidades sociales relativamente «cerradas», con relaciones de reciprocidad
interna positiva y externa negativa. Las numerosísimas unidades políticas mencio-
nadas en las fuentes del siglo XVI no eran más que pequeñas comunidades cuyos
integrantes estaban unidos por lazos de parentesco, en una estructura de linajes fa-
miliares interrelacionados. Esta modalidad supone la transformación de una forma
de organización previa, extendida entre los cazadores-recolectores, en base a grupos
locales «abiertos» con una reciprocidad externa positiva.
La integración de estas formaciones políticas comunitarias supuso un juego de
acuerdos y tensiones: la negociación en un frente interno para contravenir tendencias
autonómicas de unidades domésticas y linajes familiares, así como en un frente ex-

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terno con otras formaciones locales o extrarregionales, implicando alternativas varia-


bles y cambiantes entre la alianza y el conflicto abierto. Entre las prácticas orientadas
a desarrollar las redes de alianza, a contener o afrontar la conflictividad social, las
fuentes escritas del tiempo de la conquista destacan los intercambios matrimoniales y
la celebración de rituales colectivos («juntas y borracheras») (Montes 2008; Piana de
Cuestas 1992). Las fuentes relacionan a estos rituales con el consumo de alimentos y
bebidas, llevado a cabo en coincidencia con actividades extractivas como las cacerías
y en particular la recolección de la algarroba. La arqueología del período posterior a
ca. 1000 AP (con algunos antecedentes más tempranos) muestra el desarrollo de un
ámbito de participación colectiva, separado de los espacios residenciales, en sitios
de propósitos especiales donde se conservaron, entre otros materiales, vestigios de la
preparación y consumo de grandes volúmenes de alimentos (Pastor 2007). La con-
solidación de esta esfera de participación comunitaria, en forma concomitante con
la introducción de los cultivos, manifiesta la irreversible transformación de los anti-
guos modos de vida, a través del afianzamiento de las formaciones políticas supra-
familiares, en tanto estructuras segmentarias con una cierta cohesión y jerarquización
interna. Lo que nos interesa destacar es que los paisajes, prácticas y sentidos en torno
a los cuales se desarrollaron estas celebraciones estaban vinculados con la caza y re-
colección, y no así con los cultivos, lo cual advierte sobre la importancia económica
de los recursos silvestres y sobre las estrategias orientadas hacia la conservación del
modo de vida tradicional, irreversiblemente modificado por la agudización de sus
contradicciones.

5. Consideraciones finales

En el caso de la región y período que nos ocupa, las transformaciones ligadas a la in-
troducción de vegetales domesticados a la dieta y prácticas de cultivo se relacionaron
tradicionalmente con un concepto de «revolución», en el sentido de un cambio histó-
rico con consecuencias profundas y de largo plazo. A pesar de ello, hemos sugerido
que la manipulación, consumo e incluso el cultivo de estos vegetales no condujeron
en forma directa a cambios radicales. Las transformaciones fueron graduales, paula-
tinas, sin provocar modificaciones estructurales inmediatas.
Lo que se observa es que las innovaciones no se impusieron en forma rápida y
asociada, como un «paquete neolítico» o «formativo», incluso relacionado con un
posible reemplazo poblacional (la «inmigración de pueblos agricultores»). Por el
contrario, son notorias las continuidades con el pasado y la orientación de las estrate-
gias económicas y sociales hacia la conservación de los modos de vida tradicionales.
A lo largo de siglos, vegetales como el maíz o tecnologías como la cerámica, sólo
fueron adoptados en cuotas muy limitadas y probablemente en contextos particulares,
distintos de los más cotidianos (v.g. rituales). Aunque no contamos con información
precisa, otro tanto podría suponerse con respecto a la incorporación de otras plantas
como Phaseolus spp. o Chenopodium quinoa. Por su parte, la forma predominante
de agricultura de secano no llegó a requerir un sedentarismo pleno, lo cual permitió
la vigencia (así como la ampliación) de los circuitos de movilidad propios de los

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cazadores-recolectores. Esto no quita que, a largo plazo, llegaran a producirse trans-


formaciones profundas, como también hemos apuntado.
Aunque estas ideas aparecen como contrapuestas a los modelos sobre la disper-
sión agrícola en las Sierras Centrales de Argentina, se aproximan por otro lado a los
escenarios reconocidos en regiones conectadas del sur andino, como Cuyo y Chile
Central (Falabella et al. 2007; García 2010; Gil et al. 2010). En todos estos casos se
ha observado la manipulación temprana de vegetales domesticados como el maíz o la
quínoa por parte de cazadores-recolectores que no cultivaban ni producían cerámica,
una adopción no inmediata de la agricultura del maíz, la incorporación gradual de
otras especies y variedades domesticadas y al mismo tiempo, claras continuidades
con el pasado que se expresan en la importancia económica de los recursos silves-
tres y en formas sostenidas de movilidad residencial. Los procesos centrados en la
intensificación de la estrategia agrícola, así como los cambios sociales relacionados,
aparecen limitados a áreas puntuales y a momentos muy tardíos de la secuencia pre-
hispánica.
Más allá de este escenario macrorregional, vigente en el sur andino entre los 30°
y 35° S, algunos de estos elementos aparecen en diversas combinaciones en una va-
riedad de trayectorias globales de transición a la agricultura, sin conexiones directas
o indirectas. De este modo, si bien nuestro objetivo de investigación se relaciona
con un caso específico en el sur de Sudamérica, las tendencias identificadas se vin-
culan con una discusión más amplia que indaga acerca de la variabilidad y aspectos
singulares, así como los patrones más profundos y compartidos que incidieron en la
dirección del cambio histórico.
Tomemos en cuenta por ejemplo, algunos de los ejes del debate en el Viejo Mun-
do. Tradicionalmente los modelos dominantes de expansión de la agricultura en Eu-
ropa veían el proceso de «neolitización» como un paquete integrado, que incluía
la inmigración desde centros del Cercano Oriente de pueblos que portaban consigo
sus culturas, tecnologías, plantas, animales domesticados y formas de organización.
Estas transformaciones de tipo «revolucionario», con la imposición de un nuevo «pa-
quete» de rasgos asociado al desplazamiento y reemplazo de poblaciones, parecen
haber ocurrido efectivamente en muchas ocasiones (Bogaard et al. 2013; Cramp et
al. 2014; Gamba et al. 2011). Pero ésta no sería más que una alternativa en un esce-
nario global diverso. Se tiende a imponer la idea de la neolitización como un proceso
«en mosaico», con una marcada variabilidad cultural, un impacto diferencial de los
cambios en las distintas regiones, en ocasiones cambios rápidos y «en paquete» y en
otros casos lo contrario, permanencias con el pasado e incorporación gradual de los
elementos novedosos (Amkreutz et al. 2008; Cubas y Fano 2011; Cramp et al. 2014;
Hervella et al. 2012). Se ha definido un «paradigma de continuidad», especialmente
en Europa Atlántica, que implica una valorización del Mesolítico, una evaluación de-
tenida de sus formas locales, como instancia previa para comprender la implantación
del Neolítico y las transformaciones que pudo acarrear en cada caso, a partir de un rol
activo de las poblaciones indígenas (Silva y Frank 2013). Esto incluye la diversidad
de vínculos de co-existencia, segregación, intercambio, conflicto, etc., entre grupos
cazadores-recolectores y agricultores-ganaderos (Amkreutz et al. 2008; Marchand
2009; Perrin 2003).

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De este modo se ha desestimado la inmediatez o la existencia de relaciones estruc-


turales entre agricultura (o ganadería) y cambio social (Hernando 1999). Los pueblos
europeos occidentales del Neolítico deberían ser considerados a lo sumo como horti-
cultores, con un pequeño porcentaje de la subsistencia cubierto por los productos de
la agricultura y el pastoreo, y no como agricultores plenos. Incluso su modo de vida
pudo ser más móvil que algunos de sus antepasados, que habían desarrollado formas
sedentarias o semi-sedentarias a finales del Mesolítico (Silva y Frank 2013). En este
sentido, además de la gradualidad, se ha advertido acerca del carácter reversible y no
unidireccional de las trayectorias de adopción de las economías productoras (Layton
et al. 1991). Por ejemplo, para las islas británicas, se ha sugerido un retroceso de la
agricultura tras una limitada adopción a comienzos del Neolítico hasta su imposición
definitiva recién en la Edad del Bronce (Stevens y Fuller 2012).
Como sostuvimos al comienzo, el cuerpo de información con el que contamos
para analizar el proceso de dispersión agrícola en las Sierras Centrales de Argentina
en el Holoceno Tardío es aún muy fragmentario y requiere el desarrollo de nuevas
investigaciones. No obstante, permite trazar un cuadro general así como definir al-
gunas tendencias. Se aprecian claras semejanzas y conexiones con el escenario ma-
crorregional surandino, así como patrones comunes con una extensa serie de casos a
nivel global, lo cual permite vincular algunas de las conclusiones con una discusión
más amplia que sobrepasa los límites del contexto local. También se vislumbran los
ejes que deben regir la agenda futura, abierta a diferentes líneas de indagación. En
cuanto a los estudios de isótopos estables, es imprescindible incrementar el tamaño
de las muestras e introducirse en el conocimiento de la ecología isotópica regional,
como instancia previa para calibrar la estimación del aporte del maíz a la dieta. Los
estudios arqueobotánicos, por su parte, deben apuntar a una mayor comprensión de
la interacción entre las sociedades humanas y el entorno vegetal, incluyendo especies
y variedades tanto silvestres como domesticadas, sus modos de empleo y ritmos de
adopción. También será fundamental incorporar nuevos estudios sobre parcelas de
cultivo arqueológicas, como aproximación a los antiguos sistemas productivos, a sus
formas más extendidas en la región y asimismo a su variabilidad espacio-temporal.

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2014, vol. 44, núm. 2, 555-573
Interacciones entre las sociedades y las plantas
durante el Holoceno medio-tardío en el área
septentrional del Río de la Plata (Uruguay)
Laura Beovide y Sara Campos
Programa de investigación antropo-arqueológica,
Dirección de Innovación, Ciencia y Tecnología para el Desarrollo, MEC, Uruguay.
beovide@mec.gub.uy

Recibido: 10 de marzo de 2014


Aceptado: 23 de mayo de 2014

RESUMEN
En las últimas dos décadas se han dado a conocer distintos hallazgos de plantas silvestres en relación con
cultígenos, que dan cuenta del amplio manejo que tuvieron de ellas las sociedades del Holoceno medio-tardío,
vinculadas al litoral del Río de la Plata y áreas adyacentes sobre los ríos Paraná, Uruguay y costa Atlántica
(W53-63º y S30-35º). Se expone un panorama de los modelos arqueológicos desarrollados en la región rela-
cionados con el rol de la recolección y domesticación de plantas, fundamentalmente desde el Holoceno medio.
Se analiza la presencia y trayectoria temprana de cultígenos en la cuenca baja del río Santa Lucía en el marco
general de un manejo holístico del entorno vegetal. Se propone que el conocimiento de la domesticación de
plantas estuvo presente y extendido en la región platense, como parte de un conjunto vasto de interacciones
humanas con las plantas, mucho más tempranamente de lo supuesto con anterioridad.
Palabras clave: Arqueobotánica, domesticación, arqueología de la cuenca del Plata, micro y macro restos
vegetales.

Interactions between Societies and Plants during the Mid-Late Holocene


in the Northern Area of Rio de la Plata (Uruguay)
ABSTRACT
In the last two decades a number findings of wild plants together with cultigens account for the wide usage of
plants in the Mid-late Holocene societies who lived on the coast of the Rio de la Plata and adjacent areas of
the Parana and Uruguay rivers and the Atlantic coast (W53–63 and S30–35). We present an overview of those
archaeological models developed in the region in connection to the role of gathering and domestication from
the Mid– Holocene on. We also explore the presence and trajectory of early cultigens in the general framework
of a holistic management of the plant environment by analyzing a case in the Archaeology of the Lower Basin
of the Santa Lucia River. It is suggested that the knowledge about plant domestication was present and wides-
pread in the Río de la Plata region much earlier than what was being handled by researchers decades ago, as
part of a broad set of interactions of those societies with plants.
Key words: Archaeobotany, Domestication, Río de la Plata Basin Archaeology, Micro and macro plant re-
mains.

Sumario: 1. Introducción. 2. Visibilidad del registro vegetal en el siglo XIX y XX. 3. El registro arqueobotáni-
co regional asociado a la subsistencia. 4. La trayectoria de las plantas en la cuenca inferior del río Santa Lucía.
5. Discusión. 6. Conclusiones. 7. Referencias bibliográficas.

1. Introducción

La región terminal de la cuenca del Plata (Figura 1) ha sido poblada desde fines del
Pleistoceno. Lo atestiguan sitios superficiales y estratificados de cazadores-recolec-
tores fechados entre ca. 13 000 y 12 000 años AP (López 2013; Miller 1987; Politis

Revista Española de Antropología Americana 575 ISSN: 0556-6533


2014, vol. 44, núm. 2, 575-601 http://dx.doi.org/10.5209/rev_REAA.2014.v44.n2.50730
Laura Beovide y Sara Campos Interacciones entre las sociedades y las plantas...

Figura 1: Ubicación del área septentrional del Río de la Plata en el contexto regional. En detalle:
algunos de los sitios de la cuenca inferior del río Santa Lucía. Reportes arqueobotánicos de restos de
plantas silvestres/cultivadas referidos al Pleistoceno final (en gris), al Holoceno medio (en gris rayado)
y al Holoceno final (en rayado).

et al. 2004; Suárez 2011). Hacia el Holoceno medio-tardío se postula la existencia de


pueblos asociados a un modo de vida aldeano con mayor grado de integración y di-
ferenciación social que las definidas para los momentos más tempranos de ocupación
del área (Iriarte et al. 2004, 2008; López 2001). Su localización en la región se obser-
va principalmente en las tierras bajas (Andrade y López 2000; Beovide 2009, 2011a
y 2011b; Bonomo et al. 2011b; Bracco 2006; Gianotti 2000; Iriarte et al. 2004, 2008;
López 2001; Loponte et al. 2004). Las estructuras en forma de montículos –túmulos,
«cerritos», cierto tipo de concheros– comprendidas en dicho lapso temporal, han sido
consideradas manifestaciones, entre otras cosas, de la emergencia de arquitectura
monumental y asentamientos complejos (Beovide 2011a; Gianotti 2000; Iriarte et al.
2004, Iriarte 2006a; López 2001).
Hace solo tres décadas se había explorado poco sobre las interacciones de dichas
sociedades con el entorno vegetal (Beovide 2011b; Iriarte 2006a). En ese corto lapso
se desarrolló la investigación sistemática bajo la influencia de la arqueología proce-
sual y el avance de nuevas técnicas de estudio: silicofitolitos, almidones, polen y an-
tracológicos (Beovide 2011; Bonomo et al. 2011b; Campos et al. 1993, 2001; Iriarte
et al. 2004). La recuperación del registro arqueobotánico que se viene desarrollando,
apoya la reconstrucción paleoambiental (Beovide 2007, 2011b; Bracco et al. 2005;

576 Revista Española de Antropología Americana


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Laura Beovide y Sara Campos Interacciones entre las sociedades y las plantas...

Del Puerto et al. 2013; Iriarte 2006b) y brinda a su vez nuevas aproximaciones a la
dieta de las sociedades pasadas (Bracco et al. 2000; Loponte y Acosta 2007). La evi-
dencia vegetal recuperada revela el uso de plantas silvestres desde hace unos 10.000
años, y de plantas cultivadas desde hace unos 5.000 años (Beovide 2011b; Iriarte
2006a; Iriarte et al. 2004).
El objetivo de este trabajo es resumir, a partir de la información disponible y discu-
tir con base en una consideración integral del uso de las plantas, tanto silvestres como
cultivadas, las interacciones entre las sociedades prehispánicas y el entorno vegetal,
en el área septentrional del Río de la Plata, particularmente en la cuenca baja del río
Santa Lucía (Figura 1).

2. Visibilidad del registro vegetal en el siglo XIX y XX

La naturaleza en general de la matriz sedimentaria, así como el clima templado y


húmedo de la región (W53-63º y S30-35, ver Figura 1) resulta en un limitado número
de sitios arqueológicos prehispánicos, en los que se pueden identificar macro restos
vegetales. Ello limitó durante mucho tiempo el conocimiento del entorno vegetal pa-
sado y el desarrollo de la Arquebotánica (Beovide 2011b; Campos et al. 1993, 2001;
Del Puerto e Inda 2005; Iriarte 2007a; Iriarte y Behling 2007).
La investigación arqueológica de buena parte del siglo XX, de forma acrítica, ha dado
al maíz (Zea mays L.) la mayor representatividad vegetal en el registro arqueológico
(Beovide 2011b; Iriarte 2007a), infiriéndose a partir de la identificación en los sitios de
instrumentos que se asocian tradicionalmente con el procesamiento de vegetales: morte-
ros, manos o metates (Beovide et al. 2007; Capdepont et al. 2005; Tenorio 1999).
En asociación con las escuelas evolucionistas de finales del siglo XIX y principios del
siglo XX, se pueden rastrear referencias tempranas de dichas asociaciones conceptuales
(Beovide 2011b). En la «Clasificación de los Tiempos Prehistóricos del Plata» (Ame-
ghino 1918), por ejemplo, la presencia en el registro de instrumentos líticos de molienda
suponía la existencia de cultivos y un período Neolítico, del mismo modo que en Europa.
Durante la segunda mitad del siglo XX, las escuelas histórico-culturales contem-
plan asimismo la posibilidad de sociedades prehispánicas hortícolas en el Plata (tam-
bién a partir de los instrumentos de molienda presentes en el registro), así como
contextualizan esa propuesta discutiendo posibles orígenes y la difusión de los culti-
vos en América (Imbelloni 1939; Bórmida 1964, entre otros). Particularmente hacia
1970, se adoptó un nuevo esquema cronológico-cultural elaborado por Antonio Se-
rrano (1972) para el área del nordeste argentino, pero con una amplia aceptación en la
cuenca baja del Plata. En dicho esquema se propuso la existencia de pueblos ceramis-
tas plantadores (Ribereños Plásticos) para el último milenio (Díaz y Fornaro 1977).
Por otra parte, se han desarrollado otras posturas interpretativas que asumen que
determinados tipos de cerámica asociados a los instrumentos de molienda y a restos
de cultígenos (Zea mays L.) son «marcadores» arqueológicos de la presencia, en el
último milenio, de poblaciones guaraníes, chaná-timbúes, entre otras (Bonomo et al.
2011a; Loponte y Acosta 2007; Misión de Rescate Arqueológico 1989; Rodríguez
1992, 2008, 2010; Schmitz 1991).

Revista Española de Antropología Americana 577


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Entre 1980 y 1995, en el registro arqueológico de las sociedades constructoras de


cerritos del este del Uruguay, se han recuperado macro-restos de butiá (Butia capita-
ta), algo especialmente ponderado como un recurso de importancia en la dieta de di-
chas sociedades durante el Holoceno medio-tardío (Bracco et al. 2000; Lopez 2001;
López y Bracco 1992; Sans 1988). Los estudios de las dos últimas décadas en dicha
región, desarrollados desde un marco procesual y acompañados de nuevas técnicas
de recuperación de macro y micro-restos vegetales –silicofitolitos y almidones–, han
hecho más visible el registro arqueobotánico en la región, con un soporte empírico
mayor. En este sentido, hacia fines de la década de 1990 en el área de la cuenca de la
Laguna Merín, Uruguay, se identificaron micro-restos de maíz (Zea mays), calabaza
(Cucurbita spp.) y porotos (Phaseolus spp.) (Campos et al. 1993, 2001; Olivero y
Campos 1997) además de la presencia de silicofitolitos de arecáceas, achira (Canna
glauca) y totora (Typha dominguensis).
Estos primeros hallazgos se ampliaron en investigaciones posteriores (Iriarte et al.
2004) especialmente por las implicaciones de la identificación de Zea mays L. cerca
de los 4000 años AP. Como consecuencia, se otorgó una nueva jerarquía a la presen-
cia de cultígenos en el área, modificando el paradigma interpretativo de la economía
de dichas sociedades. En este sentido el modelo predominante, desarrollado desde
la década de 1980, propone que las sociedades constructoras de montículos fueron
el fruto de sociedades de cazadores recolectores de alta eficiencia que desarrollaron
estrategias de amplio espectro. En principio, dado los abundantes recursos naturales
de la región, la demanda del esfuerzo necesario para el cultivo intensivo originaría
una relación costo beneficio negativa, por lo que la contribución de los cultivos a la
economía de estos grupos sería limitada (Bracco et al. 2000).
En contraposición con esa idea, a partir de la identificación reciente de plantas cul-
tivadas, se ha propuesto que «aproximadamente a los 4 190 (14C) años AP, los Ajos
se convirtieron en una aldea de plaza circular permanente, y sus habitantes adoptaron
los cultivos más tempranos que actualmente se registran en Sudamérica meridional»
(Iriarte et al. 2004: 614).
En esta última década, con el aumento de la investigación arqueológica sistemática
en la región, han surgido otras perspectivas sobre la profundidad temporal del uso de
las plantas y las trayectorias de las interacciones entre estas y las sociedades a las que
estuvieron ligadas. Tales aspectos serán analizados en los siguientes apartados.

3. El registro arqueobotánico regional asociado a la subsistencia

Desde una mirada diacrónica, el estudio de los vegetales relacionados con la subsis-
tencia se encuentra en una fase temprana de desarrollo en la región (Iriarte y Behling
2007). En el marco de esta fase inicial se puede delinear un panorama de los recursos
reportados por distintos investigadores, fundamentalmente para el Holoceno medio y
tardío. En la Figura 1 se ubican las áreas en las que se reportan restos vegetales desde
el Pleistoceno final - Holoceno tardío, en el contexto arqueológico regional.
Si bien se han realizado estudios de reconstrucción paleoclimática que contemplan
el Pleistoceno final-Holoceno, apoyados por el registro vegetal (Bracco et al. 2005;

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Iriarte 2006b), son pocos los estudios que reportan la presencia de plantas hacia el
Pleistoceno final-Holoceno temprano. Ello a pesar de que la presencia humana en el
área se registra desde hace ca. 13000 años AP (López 2013; Miller 1987; Politis et
al. 2004; Suárez 2011).
Rafael Suárez (2011) menciona que con base en el estudio del registro de polen
del sitio Pay Paso (ubicado en las márgenes del Rio Cuareim, en el norte del Uru-
guay), hacia ca. 10 200 años C14 AP, se reconocieron «dos frutos comestibles, tala
(Celtis sp.) y arazá (Psidium sp.)» (Suárez 2011: 78). Estas especies habrían estado
disponibles y potencialmente pudieron ser recolectadas, para consumo humano, en la
floresta ribereña que iniciaba su desarrollo (Suárez 2011). También se recuperó polen
de «plantas adaptadas a suelos húmedos como Ciperáceas y Typha sp.» (Suárez 2011:
77) para el mismo período de tiempo.
Posteriormente se ha señalado el surgimiento en la región de sociedades construc-
toras de montículos y de aldeas-plaza planificadas, hacia el Holoceno medio (desde
ca. 5000-4000 años AP), asociadas a grupos que practicaban una economía mixta
(Iriarte et al. 2004, 2008). Para ese período de tiempo se reportan plantas cultivadas o
manejadas (Cuadro 1) entre ellas: maíz (Zea mays L.), zapallo (Curubita sp.), achira
(Canna sp.), poroto (Phaseolus spp.) (Iriarte et al. 2004), así como ñame (Discorea
sp.) y batata (Ipomoea batatas) (Boyadjian 2007; Scheel-Ybert 2001; Scheel-Ybert
et al. 2003; Tenorio 1999; Wesolowski 2000, 2007).
Iriarte y Behling (2007), con base en el estudio de polen vinculado a la arauca-
ria (Araucaria angustifolia), han propuesto la práctica de una agricultura de tala y
quema ca. 4320 años AP. Cabe mencionar que para el Holoceno tardío esta práctica
es reconocida más ampliamente por otros investigadores en relación con la arauca-
ria (Araucaria angustifolia) (Bitencourt y Krauspenhar 2006; Beber 2005; De Masi
2005; Kern et al. 1989; Ribeiro 1999/2000; Schmitz 2001/2002).
Las semillas o conos de Araucaria angustifolia, y distintas partes de las palmeras
como el fruto, tallo y hojas de la butiá (Butia capitata) y de pindó (Syagrus ro-
manzoffiana) se han identificado en sitios arqueológicos de la región tanto en forma
de macro-restos como micro-restos vegetales (De Blasis et al. 2007; Del Puerto y
Campos 1999; Iriarte 2007a y 2007b; Iriarte et al. 2004; Scheel-Ybert 2001). La
identificación hacia momentos tempranos, así como la ubicuidad de las arecáceas en
el registro arqueológico regional (Bracco et al. 2000; Del Puerto y Campos 1999; Del
Puerto et al. 2000; Iriarte et al. 2004; Iriarte 2006a y 2007a; López 2001; Loponte
2008; Tenorio 1999) son motivo de interés como indicador de un manejo prehispáni-
co de plantas (Loponte 2008). En este sentido, el análisis realizado en la cuenca baja
del Paraná para el Holoceno tardío a partir de datos etnográficos y arqueológicos,
define dicho recurso como un marcador territorial y grupal, predecible, abundante y
de bajo riesgo (Loponte 2008).
En el litoral sur de Brasil (Santa Catarina) se identificó, sobre la base de estudios
antracológicos, una especie de mangle (Avicennia sp.) y guaraniná o coronilla, una
especie de árbol (Sideroxylon obtusifolium), en sitios arqueológicos desde ca. 5000
años AP. Se ha intepretado como un caso de cultivo o manejo de plantas con el pro-
pósito del uso de sus maderas y sus frutos (De Blasis et al. 2007; Scheel-Ybert 2001;
Scheel-Ybert et al. 2003).

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Cuadro 1: Restos vegetales relacionados con la subsistencia,


recuperados en el registro arqueológico del Holoceno medio en la región

Taxón Nombre Edad 14C Sitio Locali- País Referencia


común años AP dad
Zea mays maíz 4190 Los Ajos Rocha Uruguay Iriarte 2007a y b;
Iriarte et al. 2004
Cucurbita spp. zapallo 4190 Los Ajos Rocha Uruguay Iriarte 2007a y b;
Iriarte et al. 2004
Butia capitata butíá ca. 4000- Los Ajos, Isla Lar- Rocha Uruguay Del Puerto y Campos 1999;
3000 ga y Mal Abrigo Iriarte et al. 2004
Syagrus pindó ca. 4000- Los Ajos, Isla Lar- Rocha Uruguay Del Puerto y Campos 1999;
romanzoffiana 3000 ga y Mal Abrigo Iriarte et al. 2004
Canna sp. achira 3660 Isla Larga Rocha Uruguay Iriarte 2007a y b;
Iriarte et al. 2004
Zea mays maíz 3600 Isla Larga Rocha Uruguay Iriarte 2007a y b;
Iriarte et al. 2004
Zea mays maíz ca- 3700 CG14E01 Rocha Uruguay Del Puerto y Campos 1999
Phaseolus spp. poroto ca- 3700 CG14E01 Rocha Uruguay Del Puerto y Campos 1999
Cucurbita spp. zapallo ca- 3700 CG14E01 Rocha Uruguay Del Puerto y Campos 1999
Cucurbita spp. zapallo 3900 Gruta do Gentio Minas Brasil Tenorio 1999
Gerais*
Arachis hypogaea maní 3901 Gruta do Gentio Minas Brasil Tenorio 1999
Gerais*
Zea mays maíz 3902 Gruta do Gentio Minas Brasil Tenorio 1999
Gerais*
Discorea sp. ñame 2890±55- Jabuticabeira II Santa Brasil Wesolowski 2000, 2007;
1805±65; e Moraes Catarina Scheel-Ybert 2001;
5895±45- Scheel-Ybert et al. 2003;
4511±32 Boyadjian 2007
Arecácea palmera 5895±45- Jabuticabeira II Santa Brasil Wesolowski 2000, 2007;
4511±32 e Moraes Catarina Scheel-Ybert 2001;
Scheel-Ybert et al. 2003;
Boyadjian 2007
Ipomoea batatas batata 5895±45- Jabuticabeira II Santa Brasil Wesolwski 2000, 2007;
4511±32 e Moraes Catarina Scheel-Ybert 2001;
Scheel-Ybert et al. 2003;
Boyadjian 2007
Araucaria curý o ca. 4300- Serra Campos Rio Brasil Iriarte y Behling 2007
angustifolia «pino 200 Gerais; Serra da Grande do
paraná» Boa Vista; Sul, Santa
Morro da Igreja; Catarina, y
Serra do Rio Ras- Paraná
tro; Aparados da
Serra; Cambara´ do
Sul; Sao Francisco
de Paula; Terra de
Areia; Lagoa dos
Patos; Sao Francis-
co de Assis
* Adyacente a la región de estudio.

Entre el tercer y segundo milenio antes del presente se observa un fenómeno de


mayor expansión: construcción de montículos, desarrollo de concheros, ocupación
de las tierras bajas como producto del gradual y fluctuante descenso del nivel del mar
desde el óptimo climático, presencia de alfarería y cultígenos en sociedades con me-

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Cuadro 2: Restos vegetales relacionados con la subsistencia,


recuperados en el registro arqueológico regional, entre ca. 3000 y 1000 años AP

Taxón Nombre Edad 14C Sitio Locali- País Referencia


común años AP dad
Phaseolus spp. poroto 3050 Isla Larga Rocha Uruguay Iriarte et al. 2001
Zea mays maíz 2800 Los Indios Rocha Uruguay Iriarte et al. 2004
Zea mays maíz ca. 3000-500 Yale 27 Tacuar- Uruguay Gianotti 2000, 2005;
embó Del Puerto e Inda 2005
Canna sp. achira ca. 3000-500 Yale 27 Tacuar- Uruguay Gianotti 2000, 2005;
embó Del Puerto e Inda 2005
Zea mays maíz ca. 3700 CG14E01 Rocha Uruguay Del Puerto y Campos 1999
Phaseolus spp. poroto ca. 3700 CG14E01 Rocha Uruguay Del Puerto y Campos 1999
Cucurbita spp. zapallo ca. 3700 CG14E01 Rocha Uruguay Del Puerto y Campos 1999
Zea mays maíz ca. 3000 y 500 Cráneo Marcado / Rocha Uruguay Del Puerto y Campos 1999
Guardia del Monte
Phaseolus spp. poroto ca. 3000 y 500 Cráneo Marcado Rocha Uruguay Del Puerto y Campos 1999
Cucurbita spp. zapallo ca. 3000 y 500 Cráneo Marcado Rocha Uruguay Del Puerto y Campos 1999
Discorea sp. ñame 2890 ± 55- Jabuticabeira II e Santa Brasil Wesolowski 2000, 2007;
1805 ± 65 Moraes Catarina Scheel-Ybert 2001;
Scheel-Ybert et al. 2003;
Boyadjian 2007
Aracae sp. 2890 ± 55- Jabuticabeira II e Santa Brasil Wesolowski 2000, 2007;
1805 ± 65 Moraes Catarina Scheel-Ybert 2001;
Scheel-Ybert et al. 2003;
Boyadjian 2007
Ipomoea batatas batata 2890 ± 55- Jabuticabeira II e Santa Brasil Wesolowski 2000, 2007;
1805 ± 65 Moraes Catarina Scheel-Ybert 2001;
Scheel-Ybert et al. 2003;
Boyadjian 2007
Ciperáceas, juncos, ca. 3000 y 500 Guardia del Rocha Uruguay Capdepont et al. 2005
arecaceas, Butia totora, Monte /
capitata, Bro- palmeras, Cráneo Marcado
melia sp., Celtis butiá,
spinosa, Celtis brome-
tala, Cyperus sp. lias, tala
Typha domin- palmeras ca. 3000 y 500 Yale 27 Tacuar- Uruguay Gianotti 2000, 2005;
guensis, y totora embó Del Puerto e Inda 2005
Arecáceas,
Ilex yerba ca. 3000 y 500 Cráneo Marcado Rocha Uruguay Capdepont et al. 2005
Canna sp. achira ca. 3000 y 500 Guardia del Monte / Rocha Uruguay Capdepont et al. 2005
Cráneo Marcado

nos movilidad residencial (Beovide 2009, 2011b; Bracco 2006; Bracco et al. 2005;
Gianotti 2000; Iriarte 2006a, 2007a; Iriarte et al. 2004; Iriarte y Behling 2007; López
2001; Schmitz 2001/2002). En el registro arqueobotánico asociado a la subsistencia
para dicho período, los registros se refieren a la presencia de cultígenos como: maíz
(Zea mays), achira (Canna sp.), porotos (Phaseolus spp.), zapallo (Cucurbita spp.),
así como ñame (Discorea sp.) y batatas (Ipomoea batatas) (Boyadjian 2007; Del
Puerto y Campos 1999; Gianotti 2000; Iriarte 2006a, 2007a; Iriarte et al. 2001; López
2001; Scheel-Ybert et al. 2003; Wesolowski 2000, 2007).
Además de las especies ya mencionadas se reportan distintas palmeras (Butia ca-
pitata y Syagrus romanzoffiana), tala (Celtis tala) y bromelia (Bromelia sp.), (Typha
dominguensis) que presentan un potencial uso alimenticio (harinas, frutos, entre

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otros) y tecnológico (Boyadjian 2007; Capdepont et al. 2005; Del Puerto y Campos
1999; Iriarte 2006a, 2006b, 2007a, 2007b; Scheel-Ybert 2001; Scheel-Ybert et al.
2003; Wesolowski 2000, 2007).
Para el último milenio antes del presente, se ha propuesto la existencia en la re-
gión de centros ceremoniales asociados a monumentos funerarios, festejos rituales y
complejos de recintos (túmulos, casas pozo). Ello reflejaría la jerarquización social
incipiente, la territorialidad y la ideología vinculada a la presencia de cacicazgos o
jefaturas (Bonomo et al. 2011a, 2011b, 2011c; Gianotti 2000; Iriarte 2006a; Iriarte et
al. 2008; 2010; López 2001; Loponte y Acosta 2007). Para dicho período y el previo
a la conquista europea, se percibe a la cuenca del Río de la Plata como un espacio
donde las sociedades provenientes de distintos ambientes convergieron e interactua-
ron (Iriarte et al. 2008).

Cuadro 3: Restos vegetales relacionados con la subsistencia (fundamentalmente plantas manejadas


y cultígenos) recuperadas en el registro arqueológico ca. 1000 años AP en la región

Taxón Nombre Edad 14C Sitio/localidad Locali- País Referencia


común años AP arqueológica dad
Calathea spp., lerén, 1190 Isla Larga y Los Rocha Uruguay Iriarte et al. 2001
Phaseolus spp. poroto Indios
Zea mays, maíz, ca.700-500 Cerro Tapera Váz- Entre Ríos Argentina Bonomo et al. 2010a, b y c
Phaseolus poroto quez, Brazo Largo
vulgaris y del Río Paraná
Miní.
Zea mays, maíz, 1810 Abrigo do Mate- Río Brasil Miller 1971
Cucurbita spp. zapallo matico Grande do
Soul
Zea mays maíz 1950 San Francisco de Río Brasil Behling et al. 2005
Assis Grande do
Soul
Zea mays, maíz, 870±100 El Puente Rio Negro Uruguay Castillos 2004
Cucurbita spp. zapallo
Zea mays, maíz, ca. 2400-500 CH2D01 Rocha Uruguay Del Puerto y Campos 1999
Phaseolus spp., poroto,
Cucurbita spp. zapallo
Zea mays maíz ca. 3000 y 500 Guardia del Monte Rocha Uruguay Capdepont y Pintos 2007;
Capdepont et al. 2005
Zea mays maíz 885 ± 35 Cañada de los Tacuar- Uruguay Gianotti et al. 2013
Caponcitos embó
Canna sp. achira 885 ± 35 Cañada de los Tacuar- Uruguay Gianotti et al. 2013
Caponcitos embó
Zea mays maíz 700-400 Guayacas Paysandú Uruguay Capdepont 2013
Ilex, yerba, ca. 3000 y 500 Guardia del Monte Rocha Uruguay Capdepont et al. 2005
Canna sp. achira /
Craneo Marcado
Cucurbitas, zapallo ca. 1200 a 360 Distintos sitios en La Pampa Argentina Illescas et al. 2012;
Phaseolus sp. el área pampeana Berón 2013
Zea mays L
Zea mays maíz 800-900 Sitios del Delta Delta del Argentina Loponte 2008;
inferior del Paraná Paraná Loponte y Acosta 2007
Zea mays maíz 2500-500 Colonia Concordia/ Suroeste Uruguay Bracco et al. 2000
d13C. del Uru-
guay

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En este sentido, algunos investigadores reelaboraron, con base en ideas que se


remontan a los siglos XIX y XX, distintos esquemas que vinculan el registro arqueo-
lógico con el etnohistórico. Así han resaltado las posibles continuidades culturales e
históricas del pasado prehispánico en relación con ciertos grupos: Tupí-Guaraní, de
filiación Arawak, Jê meridionales, Kaingang y Minuanes, entre otros (Bonomo et al.
2011a, 2011c; Iriarte et al. 2008; López y Bracco 2010; Loponte y Acosta 2007). Se
han desarrollado visiones críticas de estas posturas cuestionándose, entre otras cosas,
la construcción arqueológica sobre las etnias y «lo guaraní» en el área, exponiendo
una vía alternativa para discutir las inferencias al respecto (Beovide 2003; Farías
2005).
En el Cuadro 3 se mencionan algunas de las plantas manejadas o cultivadas (ca.
1500-400 años AP) reportadas para la región como: maíz (Zea mays), porotos (Pha-
seolus vulgaris), lerén (Calathea spp.), achira (Canna sp.) y zapallo (Cucurbita spp.)
(Behling et al. 2005; Berón 2013; Bonomo et al. 2011a, 2011b, 2011c; Bracco et al.
2000; Capdepont 2013; Capdepont y Pintos 2007; Capdepont et al. 2005; Castillos
2004; Del Puerto y Campos 1999; Gianotti et al. 2013; Illescas et al. 2012; Iriarte et
al. 2001; Loponte 2008; Loponte y Acosta 2007; Miller 1971). Cabe mencionar la
identificación de oryzoideas en algunos sitios de la región de las que se postula una
eventual explotación (Sánchez et al. 2013).
Se han identificado plantas con potencial de uso para la subsistencia tales como:
tala (Celtis tala) (Babot et al. 2007, Capdepont et al. 2005, González 2005, González
y Frere 2009, Meroni et al. 2010), molle (Schinus sp.), sauce (Salix sp.) (González
2005, González y Frere 2009), sombra de toro (Jodinia rhombifolia) y papa del aire
(Sechium edule) (Meroni et al. 2010). También laurel (Ocotea sp.), pasionaria (Passi-
flora), timbo colorado (Enterolobium sp.), algarrobo (Prosopis sp.), espinillo (Acacia
caven), ceibo (Erythrina sp.), curupí (Sapium sp.), petiribi o peterebi (Cordia sp.)
y papiro criollo (Cyperus) (Brea et al. 2013). Por último, palmeras como Syagrus
romanzoffiana, Butia capitata y Butia yatay se han identificado en diversos sitios de
la región (Bracco et al. 2000; Capdepont 2013; Capdepont et al. 2005; Del Puerto y
Campos 1999; Del Puerto e Inda 2005; Farías 2005; Iriarte et al. 2001; López 2001;
Loponte 2008; Zucol et al. 2008).

4. La trayectoria de las plantas en la cuenca inferior del río Santa Lucía

En el siguiente apartado se explora el registro arqueobotánico de la cuenca inferior


del Río Santa Lucía, tributario del Río de la Plata (Figura 1). Se reconocen, por un
lado, muchas de las plantas reportadas en los sitios de la región desde el Holoceno
medio, y por otro, las particularidades locales, ambientales y culturales de dicho re-
gistro.
Hacia el Holoceno medio, la costa del Río de la Plata experimentó el efecto del
máximo ingresivo (óptimo climático), provocando el aumento del nivel del mar la
inundación de las tierras bajas circundantes (Bracco et al. 2005; Cavallotto et al.
2004; Martínez et al. 2006). El actual río Santa Lucía, entre los ca. 6000 y 5000 años
AP, se presenta como un estuario, ya que el nivel del mar alcanza cotas entre ca. +5

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y +10 m (dependiendo de las singularidades del paisaje) y se extiende casi 40 km


desde su actual desembocadura (Beovide 2007, 2009; Beovide et al. 2010a; Coronel
et al. 1980). Se propone que las sociedades humanas más tempranas se ubicaron en
las márgenes de dicho estuario y se fueron extendiendo hacia las tierras bajas de la
cuenca, a medida que iba descendiendo el nivel del mar (Beovide 2009).
La ocupación más temprana, ubicada hacia ca. 4800 años AP, se considera aso-
ciada a pueblos que presentan alfarería así como cultígenos y que hacen uso de los
recursos naturales en radios de 10 a 200 km desde los asentamientos (Beovide 2009,
2011a, 2011b). El uso de rocas, flora y fauna en esos radios de 10 km sugiere un co-
nocimiento significativo del registro geológico y una adaptación a dichos ambientes
(Beovide et al. 2010a, 2010b).
Puerto La Tuna (Figura 1) es el sitio arqueológico mejor estudiado de este perío-
do (Beovide 2007, 2009, 2011a, 2011b; Beovide et al. 2010a y 2011b). Se ubica en
una punta arenosa, de ca. 500 m2 y en cotas de ca. 2,5 a 10 msnm, limitada por los
humedales que bordean al actual río Santa Lucía. La punta arenosa se fue confor-
mando posteriormente al máximo ingresivo holocénico, a medida que se producía
el descenso del mar. Los espacios ganados al mismo fueron ocupados gradualmente
entre los ca. 5000 y 400 años AP (Beovide 2009; Beovide et al. 2009, 2010a, 2010b).
Las evidencias arqueológicas del momento de ocupación más temprano de Puerto La
Tuna se ubican en un paleosuelo por encima de los 5 msnm, a casi 1000 metros de
distancia del actual río y a 10 km de su desembocadura en el Río de la Plata.
En el contexto arqueológico regional, la cerámica temprana se asocia al cuarto y
tercer milenio AP (Politis et al. 2001). Sin embargo, la cerámica identificada en el si-
tio Puerto La Tuna extiende el piso temporal de la misma al quinto milenio antes del
presente (Beovide 2009, 2011a; Beovide et al. 2009, 2010b). Del contexto cerámico de
ca. 4800 años AP (acotado por fechados radiocarbónicos) se infiere: a) que el abasteci-
miento de arcillas para la alfarería comprendió un radio de menos de 1 km desde el sitio
(Beovide et al. 2010b); y b) que en el mismo se habrían realizado todas las etapas de
producción cerámica (Beovide 2011a; Beovide et al. 2009, 2010b). No queda claro en
los estudios tecnológicos que la arena fuera el principal antiplástico introducido, ya que
puede no haber sido un agregado intencional a la pasta cerámica (Beovide et al. 2009).
Se identificaron también pigmentos minerales (fundamentalmente hematita) de menor
abundancia que los correspondientes a los momentos más tardíos de ocupación del sitio
(ca. 700 a 400 años AP) (Beovide 2011a; Beovide et al. 2009).
Debido al pH ácido del suelo, la fauna recuperada es escasa y remite fundamen-
talmente a peces. La corvina negra (Pogonias cromis) es la mejor representada en
el registro, lo que pudo haber implicado un recurso de buen porte (20 a 30 kg) en la
subsistencia del grupo (Beovide 2011a; Beovide et al. 2009, 2010b).
En cuanto a los vegetales (Cuadro 4, Figura 2), se recuperaron macro restos quemados
de tuna (Opuntia sp.) y palmera pindó (Syagrus romanzofiana) (Beovide 2011a, 2011b;
Beovide et al. 2009, 2010b; Campos 2013). En los sedimentos del contexto de ca. 4800
años AP se identificaron silicofitolitos de achira (Canna sp.), pindó y Ciperáceas. En un
fragmento de mano de moler se reconocieron silicofitolitos de zapallo (Cucurbita sp.) y
tala (Celtis tala), almidones de batata (Ipomea batatas) y microcarbones. En la parte pun-
zante de un perforador de cuarzo se identificaron granos de almidones (Campos 2013).

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Cuadro 4: Vegetales identificados en el contexto de ca. 4800 años AP del sitio Puerto La Tuna,
con importancia para la subsistencia

Taxón Nombre Micro-restos Edad 14C Sitio Exca- Muestra Referencia


común botánicos años AP vación
granos almidones ca. 4800 La Tuna I artefacto Campos 2013
punzante
Celtis tala tala silicofitolitos ca. 4800 La Tuna III mano de Campos 2013
moler
Cucurbita sp. zapallo, cás- silicofitolitos ca. 4800 La Tuna III mano de Beovide 2011a y b;
cara y pelo moler Beovide et al. 2009
segmentado
Ipomoea boniato almidón ca. 4800 La Tuna III mano de Campos 2013
batatas moler
Canna sp. achira silicofitolitos ca. 4800 La Tuna III sedimentos Beovide 2011a y b;
Beovide et al. 2009
Ciperáceas silicofitolitos ca. 4800 La Tuna III sedimentos Beovide 2011a y b;
Beovide et al. 2009
Canna sp. silicofitolitos ca. 4800 La Tuna III sedimentos Beovide 2011a y b;
Beovide et al. 2009
Syagrus pindó silicofitolitos ca. 4800 La Tuna I sedimentos Beovide 2011a y b;
romanzoffiana (fruto y hoja) Beovide et al. 2009
Ciperáceas silicofitolitos ca. 4800 La Tuna I sedimentos Beovide 2011a y b;
Beovide et al. 2009

a b c d

e f g h
Figura 2: Algunas muestras de micro-restos e instrumentos asociados al procesamiento y uso de plan-
tas (cuenca inferior del río Santa Lucía, ca. 5000 y 400 años AP). Escala 5µm, 400 X para figuras a-e,
y escala en cm para figuras de f a h. En a) de izquierda a derecha micro-carbón, silicofitolito de Canna
sp. y estructura asociada al proceso de molienda (sedimentos, sitio Puerto La Tuna, ca. 4800 años AP),
b) almidón gelatinizado en mano de moler (sitio Puerto La Tuna, ca. 4800 añosAP), c) silicofitolito de
Ciperácea (sedimentos, sitio Puerto La Tuna, ca. 4800 años AP), d) silicofitolito de Syagrus roman-
zoffiana en mano de moler (sitio Colonización ca. 3000 años AP), e) almidón de Zea mays en mano de
moler (sitio Gambé ca. 3000 años AP), f) tortero de cerámica (Sitio Puerto La Tuna, ca. 700-400 años
AP), g) artefacto compuesto (mortero/piedra con hoyuelo, sitio Colonización, ca. 3000-200 años AP)
de granito, h) mano de moler de cuarzo (sitio Gambé, ca. 3000 años AP).

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Es significativa la presencia de batata (Ipomoea batatas) y achira (Canna sp.), ya


que de sus rizomas (gruesos y de buen porte) se obtienen harinas. Los procedimientos
tradicionales utilizados en la actualidad en distintos puntos de América para la prepa-
ración de harinas, involucran la separación de las cáscaras de los rizomas por hervido
o pelado, mientras que la pulpa es machacada y dejada secar.
Silicofitolitos de Canna sp. y estructuras asociadas a la acción de moler (Figura
2a), identificados en las muestras de sedimento extraídas de espacios de procesa-
miento dentro del sitio, sugieren el uso de este recurso en la elaboración de harinas
y del almidón de batata (Ipomoea batatas), recuperado en el fragmento de mano de
moler. Silicofitolitos de zapallo (Cucúrbita sp.) y microcarbones, reconocidos en la
mano de moler, pueden indicar el molido de sus semillas (machacadas o tostadas). Tal
práctica es acorde con el uso tradicional de ese recurso, junto con su pulpa y cáscara
con fines tecnológicos y alimenticios.
A partir de la identificación de fitolitos de tala (Celtis tala) en una mano de moler,
y de frutos quemados y silicofitolitos de la palmera pindó (Syagrus romanzoffiana)
en sedimentos, se podría proponer un uso alimenticio, además del uso medicinal, tec-
nológico o de abrigo que tienen ambos recursos. Especialmente en algunas etnias se
registra la fabricación de harinas con las fibras y la médula del tronco de las palmeras,
mediante el machacado y el tamizado (Métraux y Baldus 1946).
De la tuna (Opuntia sp.) son utilizados sus frutos y cladodios como alimento o por
sus propiedades medicinales. Además hay un uso tradicional de la tuna en la elabo-
ración de pigmentos, como ligante o porque acoge a un parásito que brinda un tinte
rojo: la cochinilla (Dactylopius coccus).
Plantas de tipo graminiformes, como las ciperáceas, identificadas en forma de sili-
cofitolitos, pueden utilizarse con distintos usos tecnológicos, como la cestería, esteras o
canoas, entre otros. También como alimento y medicinas. Particularmente en el área se
reconoce una especie de importancia económica como el junco Schoenoplectus califor-
nicus (Scirpus californicus), que actualmente se explota para hacer esteras y canastos.
La situación cambia hacia los 3000 años AP, con el gradual descenso del nivel del
mar, intercalado por pulsos transgresivos marinos que afectan la región (Bracco et al.
2005). La fisonomía del estuario entonces existente se transforma en un sistema de la-
gunas con amplias planicies de inundación (Beovide 2007, 2009, 2011a, 2011b). Los
asentamientos se ubican en albardones arenosos, en las márgenes de dichas lagunas,
protegidos de los vientos fríos del sur-oeste (Beovide 2007, 2009, 2011a).
Dos de los sitios identificados para ese momento de ocupación, Colonización y
Gambe, presentan en sus espacios concheros en montículos y basureros conformados
entre los 3000 y 2000 años AP, que han sido estudiados en profundidad (Beovide
2011a). Sin embargo no son los únicos, ya que se reconocen una serie de siete con-
cheros en las márgenes de las paleolagunas, para ese período de tiempo (Beovide
2011a). Los sitios Puerto La Tuna hacia ca. 2000 años AP y Ordeig (ca. 1600 años
AP), no presentan concheros, pero si comparten con los sitios de Gambé y Coloniza-
ción el registro arqueobotánico (Beovide 2011a, 2011b; Campos 2013).
Se ha propuesto que las sociedades ubicadas entre ca. 3000 y 1500 años AP, vin-
culadas con la presencia de concheros en algunos sitios, manejaron un territorio cir-
cunscrito fundamentalmente a la cuenca inferior del paleo-río Santa Lucía (Beovide

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Cuadro 5: Zea mays y otros restos vegetales identificados entre ca. 3000 y 1500 años AP
Taxón Nombre Micro-restos Edad 14C Sitio Exca- Muestra Referencias
común botánicos años AP vación
Canna sp. achira silicofitolitos ca. 2000 La Tuna III mano de Beovide 2011a y b;
moler Campos 2013
Zea mays maíz almidón ca. 2000 La Tuna III mano de Beovide 2011a y b;
moler Campos 2013
Opuntia sp. tuna silicofitolitos ca. 2000 La Tuna III mano de Beovide 2011a y b;
moler Campos 2013
Ciperáceas silicofitolitos 2700-2300 Gambé III mano de Beovide 2007; Beovide
moler et al. 2007, 2011a y b
Ciperáceas silicofitolitos 2700-2301 Gambé III mano de Beovide 2007; Beovide
moler et al. 2007, 2011a y b
Ciperáceas silicofitolitos 2700-2300 Gambé III mano de Beovide 2007; Beovide
moler et al. 2007, 2011a y b
Zea mays maíz almidón 2700-2300 Gambé III mano de Beovide 2007; Beovide
moler et al. 2007, 2011a y b
Ciperáceas silicofitolitos 2700-2300 Gambé III mano de Beovide 2007; Beovide
moler et al. 2007, 2011a y b
Zea mays maíz almidón 2700-2300 Gambé III mano de Beovide 2007; Beovide
moler et al. 2007, 2011a y b
Ciperáceas silicofitolitos 2700-2300 Gambé III mano de Beovide 2007; Beovide
moler et al. 2007, 2011a y b
Zea mays maíz almidón 2700-2300 Gambé III mano de Beovide 2007; Beovide
moler et al. 2007, 2011a y b
Ciperáceas silicofitolitos 2700-2300 Gambé III mano de Beovide 2007; Beovide
moler et al. 2007, 2011a y b
Cucurbita zapallo almidón 2700-2300 Gambé III mano de Beovide 2007; Beovide
maxima moler et al. 2007, 2011a y b
Zea mays maíz almidón 2700-2300 Gambé III mano de Beovide 2007; Beovide
moler et al. 2007, 2011a y b
Zea mays maíz almidón 2700-2300 Colonización III mortero Beovide 2007;
doble Beovide et al. 2011a y b;
Beovide y Campos 2011
Cucurbita zapallo almidón 2700-2300 Colonización III mortero Beovide 2007;
maxima doble Beovide et al. 2011a y b;
Beovide y Campos 2011
Ciperáceas silicofitolitos 2700-2300 Colonización III mortero Beovide 2007;
doble Beovide et al. 2011a y b;
Beovide y Campos 2011
tubérculo silicofitolitos 1600 años dC Ordeig I sedimento Beovide y Campos 2009
domestico
Cannanáceas silicofitolitos 2700-2300 Gambé III sedimentos Beovide 2007; Beovide
et al. 2007, 2011a y b
Celtis tala tala silicofitolitos 2700-2300 Gambé III sedimentos Beovide 2007; Beovide
et al. 2007, 2011a y b
Zea mays maíz almidón 2700-2300 Gambé III sedimentos Beovide 2007; Beovide
et al. 2007, 2011a y b
Cucurbita zapallo silicofitolitos 1600 años dC Ordeig I sedimentos Beovide 2007; Beovide
maxima et al. 2007, 2011a y b
Zea mays maíz almidón 1600 años dC Ordeig I sedimentos Beovide 2007; Beovide
et al. 2007, 2011a y b

2011a). Desarrollaron una serie de características más complejas de organización


social que requieren articulación comunal y estrategias compartidas en torno a la
formación de los concheros (Beovide 2011a). En general los concheros pueden ser
considerados como marcadores del espacio y la memoria social que transforman de
alguna manera el paisaje natural (De Blasis et al. 2007). Las especie de moluscos

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más abundante en los concheros es Erodona mactroides seguida de Ostrea equestris,


Tagelus plebeius, Anomalocardia brasiliana y Mactra sp. (Beovide 2011a). Erodona
mactroides es una especie (ca. 3 cm) que vive en sustratos arenosos. Su recolección
pudo ser propiciada por las amplias planicies de inundación, asociadas a las lagunas
formadas en dicho período (Beovide 2011a).
Además de los moluscos se identificó venado de campo (Ozotoceros bezoarticus),
apereá (Cavia aperea) y tucu-tucu (Ctenomys sp.) entre otros (Beovide 2011a). Tibu-
rón (Carcharhinus sp.), así como corvina negra (Pogonias cromis) y chucho (Mylio-
batis sp) son otros recursos marinos recuperados (Beovide 2011a).
Los espacios geográficos vinculados al abastecimiento de los recursos líticos se
fueron acotando a la cuenca inferior del río Santa Lucía (Beovide 2009, 2011a). Se
observa una mayor frecuencia de artefactos asociados con la molienda (Beovide et
al. 2007), vinculados en primera instancia a la intensificación de las actividades de
procesamiento de plantas (Beovide 2009). También se identifican objetos de adorno
en concha (Erodona mactroides) y materias primas consideradas de «prestigio» como
las «materias primas verdes» (malaquita, por ejemplo, cuya extracción está asociada
a yacimientos de cobre) (Beovide 2009, 2011a).
Al conjunto de plantas presentes entre ca. 5000 y 4000 años AP se incorpora el
maíz (Zea mays) (Beovide 2009). Este se ubica en los concheros de Gambé y Coloni-
zación, cuya presencia más temprana es acotada por fechados radiocarbonicos hacia
ca. 3000 años AP (Beovide 2011a, 2013). El maíz (Zea mays) se identifica en forma
de almidones, en artefactos de molienda (manos y morteros), así como en algunos
sedimentos asociados a dichas actividades, en los sitios estudiados de ese período
(Beovide et al. 2007).
Además de este cultígeno, se agrega la identificación de almidones de una especie
de leguminosa, lupín (Lupinus albescens) (Campos 2013) en el conchero de Punta
Espinillo (de fines del Holoceno medio). Este fue valorado por Jorge Baeza (2011),
mediante estudios actualísticos, como un recurso de potencial importancia para la
alimentación prehispánica.
El humedal mixohalino –que bordea el actual curso inferior de la cuenca del río
Santa Lucía– se considera conformado entre ca. 2500 y 2000 años AP, posterior al
último pulso ingresivo marino que llega a cotas de ca. 2,5 msnm (Beovide 2007, Beo-
vide et al. 2010a). Ese momento de ocupación de la cuenca se caracteriza por la con-
tinuidad de aspectos ya observados en lapsos anteriores, entre ellos la disminución
de la movilidad residencial y un uso más intenso de los recursos en radios inferiores
a 10 km de los sitios (Beovide 2011a, Beovide et al. 2009). También se observa la
consolidación de otros aspectos: la señalización de ciertos espacios como centros de
actividad ritual; el desarrollo de un liderazgo posiblemente tribal hacia el Holoceno
tardío y la existencia de redes de interacción regionales, las cuales son parte vinculan-
te (en el plano del parentesco e intercambio) (Beovide 2009, 2011a).
Se han recuperado restos de corvina negra (Poogonias cromis), ciervo de los pan-
tanos (Blastocerus dichotomus), coipo o nutria (Myocastor coypus), venado de cam-
po (Ozotoceros bezoarticus), carpincho (Hydrocoerus hydrochaeris), tucu-tucu (Cte-
nomys sp.), armado (Doradidae), pecarí (Tayasuciedae), roedor (Rodentia), tortuga
(Testudines) y aves (Beovide 2011a).

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Cuadro 6: Algunas de las plantas identificadas entre ca. 1500 y 400 años AP
Taxón Nombre Micro-restos Edad 14C Sitio Exca- Muestra Referencias
común botánicos años AP vación
Ciperáceas silicofitolitos ca. 700 Mainumby I cerámica Beovide 2011b; Campos 2013
cara interna
y externa

Celtis tala silicofitolitos ca. 700 Mainumby I cerámica Campos 2013; Malán et al. 2013
cara interna
y externa
Opuntia sp. tuna silicofitolitos ca. 700 Mainumby I cerámica Campos 2013; Malán et al. 2013
cara interna
Zea mays maíz almidón ca. 700 La Tuna III mano de Beovide 2011b; Campos 2013
moler
Opuntia sp. tuna silicofitolitos ca. 700 La Tuna III mano de Beovide 2011b; Campos 2013
moler
Cucurbita zapallo silicofitolitos ca. 700 La Tuna III mano de Beovide 2011b; Campos 2013
maxima moler
Zea mays maíz almidón ca. 700 La Tuna III mano de Beovide 2011b; Campos 2013
moler
Zea mays maíz almidón ca. 700 La Tuna III mano de Beovide 2011b; Campos 2013
moler
Cucurbita zapallo silicofitolitos ca. 700 Mainumby I mano de Beovide 2011b; Campos 2013
maxima moler
Cucurbita zapallo silicofitolitos ca. 700 Mainumby I mortero Beovide 2011b; Campos 2013
maxima
Zea mays maíz almidón ca. 700 Mainumby I mortero Beovide 2011b; Campos 2013
Ciperáceas ca. 700
silicofitolitos Mainumby I mortero Beovide 2011b; Campos 2013
Celtis tala ca. 700
silicofitolitos Mainumby I mortero Beovide 2011b; Campos 2013
Opuntia sp. tuna ca. 700
silicofitolitos Mainumby I mortero Beovide 2011b; Campos 2013
Canna sp. achira ca. 700
silicofitolitos La Tuna III sedimentos Beovide 2011b; Campos 2013
Ciperáceas ca. 700
silicofitolitos La Tuna III sedimentos Beovide 2011b; Campos 2013
Canna sp. ca. 700
silicofitolitos La Tuna III sedimentos Beovide 2011b; Campos 2013
Zea mays maíz silicofitolitos
1540 ± 65 La Tuna VII sedimentos Campos 2013
años dC
Phaseolus sp. porotos silicofitolitos 1540 ± 65 La Tuna VII sedimentos Campos 2013
años dC
Baccharis sp. carqueja polen 1540 ± 65 La Tuna VII sedimentos Campos 2013
años dC
Cucurbita zapallo almidón 1540 ± 65 La Tuna VII sedimentos, Malán et al. 2013
maxima años dC asociado a
cerámica
Canna sp. achira almidón 1540 ± 65 La Tuna VII sedimentos, Malán et al. 2013
años dC asociado a
cerámica

La producción alfarera se caracteriza por presentar cerámica decorada, asociada a


sitios con funebria (Beovide 2009; Malán et al. 2013; Vallvé y Malán 2011; Vallvé et
al. 2010). Más de 200 tipos distintos de diseños en la decoración cerámica se reportan
en el sitio Puerto La Tuna, correspondientes a ese momento de ocupación del área.
Eso tiene posibles implicaciones en la definición de lugares centrales vinculados con
las redes de interacción entre las sociedades en torno al Río de la Plata (Beovide
2009, 2011a). También se reconocen torteros cerámicos, posiblemente usados para
hilar, asociados a ese momento de ocupación (Beovide 2011a, 2011b).
En estudios funcionales sobre los contenedores cerámicos, se analizaron las ca-
ras internas/externas de los mismos, con distintos tipos de decoración (Malán et al.

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2013). En la cara interna de la cerámica se recuperó: a) achira (Canna sp.), en una


muestra de cerámica pintada, b) tuna (Opuntia sp.), que junto con la especie antes
mencionada se identifica para la muestra de cerámica corrugada, c) Ciperáceas, en
una muestra de cerámica con decoración incisa, d) y tala (Celtis tala), en una muestra
de cerámica sin decoración (Malán et al. 2013). A ello se suma la presencia de al-
midones gelatinizados en algunas de las muestras. En consecuencia, se ha postulado
que se trata de vasijas utilizadas para procesar alimentos y posiblemente usadas en
el hervido de farináceas (Malán et al. 2013). En esa línea de trabajo se han realizado
también estudios de residuos de ácidos grasos sobre los contendores cerámicos que
indican el posible consumo de grandes herbívoros, pescado y maíz (Malán et al.
2013). En sedimentos asociados a las muestras cerámicas se recupera zapallo (Cucur-
bita maxima) y achira (Canna sp.) (Campos 2013; Malán et al. 2013).
En instrumentos y sedimentos asociados a la molienda (manos y morteros) de los
sitios Puerto La Tuna y Mainumby, se estudian silicofitolitos y almidones de las mis-
mas especies reportadas para momentos anteriores de ocupación como: maíz (Zea
mays), zapallo (Curubita maxima) y poroto (Phaseolus sp.). Estos se pueden con-
sumir en distintas formas, a través del hervido y molido. Además se identificó tala
(Celtis tala), tuna (Opuntia sp.) y Ciperáceas (Cuadro 6) (Beovide 2011a y 2011b;
Campos 2013; Malán et al. 2013) y también se recuperó carqueja (Baccharis sp.)
(Campos 2013) de potencial uso medicinal.
De las primeras crónicas de los viajeros y colonizadores del siglo XVI y XVII, en
contacto con las poblaciones de la cuenca del río Santa Lucía y costa del Río de la
Plata adyacente, se destacan dos: la de Pero Lope de Souza 1530-1532 y la de Her-
nando Arias de Saavedra –Hernandarias– 1608. Ambas relatan el ambiente específico
del siglo XVI y principios de XVII del área mencionada y mencionan algunas de las
plantas usadas por dichas poblaciones. Cabe destacar que el sitio Puerto La Tuna pre-
senta una ocupación que se remonta al siglo XVI (345-475 cal a.P, 1540 d.C, Beovide
2013), lo que permite desarrollar diversos acercamientos a su estudio que contemplen
distintas hipótesis generadas desde la etnohistoria y la arqueología (Beovide 2003).
Sobre el medio ambiente, ambas crónicas describen el río Santa Lucía como «un
río grande, todo arbolado a lo largo de él» (Lope de Souza 1958:125 [1530-1532]),
«además de lo dicho tiene mucha leña» (Arias de Saavedra [1608] en Salaverry
1926:109) y mencionan que aprovechan una especie de «cebolletas/cardos» (Lope
de Souza 1958:125 [1530-1532]). La presencia de embarcaciones reflejan (más allá
de las inexactitudes) el uso del bosque y humedal: «salieron seis almadías (…) y en
cuanto les di fueron a unos juncales y sacaron dos almadía (…) hechas de madera
de cedro muy bien trabajada: remaban con unas palas muy largas que en su extremo
tenían penachos y borlas de plumas; en cada almadía remaban 40 hombres de pie»
(Lope de Souza 1958: 126, 132 [1530-1532]). Hernandarias también describe una
situación similar «alle alli algunas canoas de los naturales de aquella costa» (Arias de
Saavedra [1608] en Salaverry 1926:109). Pero Lópe de Sousa menciona en relación a
la vivienda que «la gente era mucha; que le parecía que eran unos 600 hombres; que
lo que parecían tiendas o carpas eran 4 esteras que formaban una casa cuadrada, des-
cubiertas por arriba; tenían redes iguales a las nuestras». (Lope de Souza 1958:132
[1530-1532]). Se desprende de lo anterior que la vivienda y las redes de pesca po-

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drían haber sido fabricadas con los recursos del humedal como juncos, totora y Ci-
peráceas, entre otros.

5. Discusión

En lo expuesto hasta el momento se ha dejado deliberadamente de lado la interpre-


tación del registro vegetal asociado a grupos lingüísticos/etnias, cuya delimitación
arqueológica en la región presenta una serie de debilidades (Farías 2005). Sin dejar
de pensar en la construcción histórica que define a los distintos grupos humanos, se
trató de evitar en este análisis el uso de paradigmas que generen compartimientos
estancos entre culturas basados en listas de rasgos distintivos (Arnold 2009; Beovide
2013). Para ello se exploraron ejes alternativos de interpretación del registro vegetal
arqueológico, en su trayectoria temporal en la región. Los aspectos de trasmisión,
comunicación e interrelación se han considerado dentro de amplios sistemas de rela-
ciones ambiente/ cultura. De ellos emergen distintos tipos de asociaciones a lo largo
del tiempo (Arnold 2009; Babot et al. 2012; Beovide 2013).
Del análisis del registro arqueobotánico regional realizado y en particular de la ex-
ploración de la trayectoria de las interacciones sociedades-plantas desde el Pleistoce-
no final, se puede destacar el reporte de aquellas especies vegetales con una presencia
constante en el registro arqueológico. Por ejemplo: tala (Celtis tala), identificado en
sitios arqueológicos de las llanuras pampeanas de Uruguay y Argentina. Su impor-
tancia en la alimentación, tecnología y medicina ya se ha reconocido en contextos
más tardíos (González y Frere 2009). Se observa a su vez, desde el Holoceno medio
al tardío, la continuidad temporo-espacial de ciertas «asociaciones» de plantas como:
zapallo (Cucurbita maxima), achira (Canna sp.), poroto (Phaseolus sp.) y batata
(Ipomoea batatas). A estas asociaciones se incorporan, de forma variable en tiempo
y espacio, maíz (Zea mays) y ñame (Discorea sp.). Por otra parte, los diferentes tipos
de palmeras se presentan como recursos ubicuos en la región, como lo es la araucaria
(Araucaria angustifolia) para el sur de Brasil. Lo anterior se acompaña con el reco-
nocimiento de la presencia extendida de instrumentos líticos (morteros, manos, entre
otros) y de contenedores cerámicos que, en algunos sectores del área, se remontan al
quinto milenio. Se infieren algunas técnicas de procesamiento comunes a la región,
como el machacado para la producción de harinas, así como el hervido y el tostado de
distintas partes de las plantas identificadas. Una de las implicaciones de lo expuesto
radica en que la producción de alimentos parece ser un fenómeno social extendido en
distintos hábitats de la región, lo que puede estar apoyando la idea de una amplia inte-
racción entre las sociedades del pasado. Dejando de lado otros usos, se puede pensar
que fundamentalmente las asociaciones, continuidades e incorporaciones vegetales
observadas y extendidas en la región, pudieron obedecer a las preferencias alimenta-
rias derivadas de la preparación de determinadas «recetas». Estas se podrían incluir
dentro de tradiciones culinarias, pensadas como expresiones dinámicas, cuyo abor-
daje contribuye al entendimiento del rol del recurso botánico utilizado para el grupo
humano (Babot et al. 2012). Estas preferencias alimentarias se pueden leer también
en la extensión temporo-espacial de los saberes comunes en relación con el manejo o
cultivo de determinadas plantas en sistemas socio-económicos similares o diversos.

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Las Ciperáceas, juncos y totora son recursos asociados a las tierras bajas y con
una marcada presencia a lo largo del tiempo, lo que denota un marcado y extendido
conocimiento de dichos ambientes en la región.
Por último, se desprende de lo expuesto que aún hay mucho por avanzar en el
estudio de las trayectorias e interrelaciones entre las plantas y las sociedades en la
región. La conjunción de distintas líneas de evidencias –con base en estudios bioan-
tropológicos, isotópicos, de residuos, de silicofitolitos y almidones, etnohistóricos,
antracológicos, entre otros– permitirá en un futuro mejores definiciones de aspectos
vinculados a la dieta, así como tecnológicos e identitarios de las sociedades a partir
del Pleistoceno final.

6. Conclusiones

El conocimiento sobre la domesticación de plantas estuvo presente y extendido en la


región rioplatense mucho más temprano de lo que se venía manejado por los inves-
tigadores hasta hace unas décadas, como parte de un conjunto vasto de interacciones
de dichas sociedades con el mundo vegetal.
Se puede reconocer un conjunto de plantas, tanto manejadas como cultivadas, re-
lativamente ubicuas en la región, a partir del Pleistoceno final al Holoceno tardío. La
trayectoria de las plantas presenta similitudes y continuidades que, entre otras cosas,
se pueden explicar a partir de los gustos, saberes y tradiciones alimenticias.
Las interacciones entre las sociedades, en un sentido lato, han sido un vector de
trasmisión de dicho conocimiento, contemplando las variaciones que se dan a nivel
local en el uso de las plantas, asociadas a la particularidad histórica y dinámica del
sistema natural.

Agradecimientos: Al apoyo recibido del Fondo Clemente Estable (ANII-


FCE-2007-186/2011-5818) y de los integrantes del PIASL, DICYT-MEC. A la Lic. Elena
Vallvé, Luis Vignolo y los evaluadores por los comentarios a este artículo.

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