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BOLETÍN DEL

MUSEO
ARQUEOLÓGICO
NACIONAL
34 / 2016
Boletín del Museo
Arqueológico Nacional

34 / 2016
Catálogo de publicaciones del Ministerio: www.mecd.gob.es
Catálogo general de publicaciones oficiales: publicacionesoficiales.boe.es

Edición 2016

MINISTERIO DE EDUCACIÓN, CULTURA


Y DEPORTE

Edita:
©SECRETARÍA GENERAL TÉCNICA
Subdirección General
de Documentación y Publicaciones
©Del texto y las imágenes: sus autores
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ISSN: 2341-3409
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Paloma Cabrera Bonet


Carmen Cacho Quesada
Teresa Gómez Espinosa
M.ª Ángeles Granados Ortega
Carmen Marcos Alonso
Paloma Otero Morán
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Virginia Salve Quejido
Sergio Vidal Álvarez

Consejo asesor

María Paz Aguiló Alonso Ángela Franco Mata


Centro de Ciencias Humanas y Sociales (CSIC) Museo Arqueológico Nacional (Jubilada)
José M.ª Álvarez Martínez Sonia Gutiérrez Lloret
Museo Nacional de Arte Romano Universidad de Alicante
Gonzalo Aranda Jiménez Antonio Malpica Cuello
Universidad de Granada Universidad de Granada
Achim Arbeiter Isabel Martínez Navarrete
Universität de Göttingen (Alemania) Centro de Ciencias Humanas y Sociales (CSIC)
Isabel Argerich Fernández Carlos Martínez Shaw
Instituto del Patrimonio Cultural de España Universidad Nacional de Educación a Distancia
Joaquín Barrio Juan Pereira Sieso
Universidad Autónoma de Madrid Universidad de Castilla-La Mancha
María Belén Deamos Eloísa Pérez Sánchez
Universidad de Sevilla Universidad Complutense de Madrid
Federico Bernaldo de Quirós Domingo Plácido Suárez
Universidad de León Universidad Complutense de Madrid (Jubilado)
Marta Campo Juan Antonio Quirós Castillo
Sociedad Iberoamericana de Estudios Numismáticos Universidad del País Vasco
Concha Cirujano Gutiérrez José Luis de los Reyes Leoz
Instituto del Patrimonio Cultural de España Universidad Autónoma de Madrid
Joaquín Córdoba Zoilo Gonzalo Ruiz Zapatero
Universidad Autónoma de Madrid Universidad Complutense de Madrid
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Universidad Complutense de Madrid Universidad Complutense de Madrid
Andrés Diego Espinel Manuel Santonja Gómez
Instituto de Lenguas y Culturas del Mediterráneo y Oriente Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana
Próximo (CSIC) Mario Torelli
Adolfo Domínguez Monedero Universidad de Perugia (Italia)
Universidad Autónoma de Madrid Julio Torres
Antonio Espinosa Ruiz Museo Casa de la Moneda
Vilamuseu (Red de Museos y Monumentos de Villajoyosa,
Alicante)
ÍNDICE

ARTÍCULOS
Pasados releídos: el dolmen del Portillo de las Cortes. Guadalajara / MAN.......................................................9
P. Bueno Ramírez, R. Barroso Bermejo, R. de Balbín Behrmann, A. González Martín, O. Cambra-Moo,
O. García Gil, C. Odriozola-Lloret, O. López, S. Escalante, M.ª A. Lancharro-Gutiérrez y José M.ª López-Fraile

La colección Sande del Museo Arqueológico Nacional. Novedades en la biografía


de los monumentos megalíticos de la necrópolis de Guadancil......................................................................29
Enrique Cerrillo Cuenca

Cuestión de procedencia. Breve historia de un conjunto áureo procedente de Extremadura......................47


Eduardo Galán

Armas de Huelva en la historia del Museo Arqueológico Nacional.......................................................................63


María Belén

Objetos o materia prima: problemas en la interpretación de procedencias con análisis


de isotopos de plomo............................................................................................................................................................81
Ignacio Montero-Ruiz, Eduardo Galán y M.ª Isabel Martínez Navarrete

Orfebrería castreña en Piloña (Asturias), según la documentación del archivo


del Museo Arqueológico Nacional..................................................................................................................................99
Óscar García-Vuelta

El marqués de Cerralbo y la arqueología soriana......................................................................................................121


Magdalena Barril Vicente

Nuevas aportaciones sobre la figurilla de Tyche de Antioquía sobre el Orontes


hallada en Antequera y su relación con el entorno...................................................................................................139
Alessia Facchin Díaz

Noticias e intervenciones en la villa romana de Hellín (Albacete).......................................................................155


Rubí Sanz Gamo

Las pinturas murales del espacio convivial de la villa tardorromana de El Saucedo


(Talavera la Nueva, Toledo). Estudios arqueométricos..........................................................................................167
Raquel Castelo Ruano, Inmaculada Donate Carretero, Ana M.ª López Pérez, Ana I. Pardo Naranjo
y M.ª Cruz Medina

Hallazgos arqueológicos de la necrópolis visigoda de El Barranco, Hinojar


del Rey (Burgos) ..................................................................................................................................................................183
M.ª Jesús Aguilera Romojaro

Análisis arqueométricos del sarcófago de Pueblanueva (Toledo) y estudio de cinco


fragmentos procedentes de Pueblanueva en las colecciones del Museo Arqueológico Nacional..............195
Sergio Vidal Álvarez

Ecos en piedra de las imágenes miniadas del siglo XII: el paralelismo de tipos iconográficos
entre los capiteles de Santa María la Real (Aguilar de Campoo) y la Biblia de Ávila (Biblioteca
Nacional, Madrid, Vit 15-1)................................................................................................................................................211
María Rodríguez Velasco

La sillería de Santa Clara de Astudillo en América: nuevas noticias y apreciaciones.....................................231


María Paz Aguiló-Alonso
Anillos musulmanes y judíos en el Museo Arqueológico Nacional.....................................................................251
Ana Labarta

Epitafio árabe en la colección Monsalud......................................................................................................................269


Carmen Barceló

Isidro de las Cagigas López y las antigüedades iranias de la colección Martínez Santa-Olalla
del Museo Arqueológico Nacional .................................................................................................................................287
Gaspar Aranda Pastor

Madera para la eternidad. Una estela tebana del Museo Arqueológico Nacional ..........................................305
Miguel Jaramago

Los tejidos coptos del MAN: nuevos datos y aportaciones para el estudio de los tejidos
egipcios de la Antigüedad tardía y Edad Media.........................................................................................................327
Ana Cabrera Lafuente y Laura Rodríguez Peinado

Las monedas de los collares de la colección Vives del MAN. La moneda en el ámbito
funerario púnico ibicenco..................................................................................................................................................347
Santiago Padrino Fernández

Medallas de Pisanello en el Museo Arqueológico Nacional....................................................................................365


Ignacio Asenjo Fernández

Ampurias y los orígenes del turismo arqueológico en Cataluña..........................................................................383


Gloria Munilla y Francisco Gracia Alonso

Estudio etnoarqueológico de la evolución de un hábitat estacional de alta montaña


en Lugo (Galicia, España)..................................................................................................................................................405
José Manuel Vázquez Varela, Alexandre Luis Vázquez-Rodríguez y Marcos Valcárcel Díaz

VARIA
Vasija con aplicación en relieve representando a una diosa procedente del yacimiento
iberorromano de Torre d’Onda (Burriana, Castellón).............................................................................................423
Arturo Oliver Foix, José Manuel Melchor Montserrat y Josep Benedito Nuez

Las termas de Arcóbriga. Intervención 2006............................................................................................................431


Luis Alberto Gonzalo Monge

EL MUSEO DESDE DENTRO

Arqueología canaria en el Museo Arqueológico Nacional.......................................................................................441


Ruth Maicas y Alfredo Mederos Martín

Jornada «La red digital de colecciones de museos de España. Cinco años de colaboración
en línea»...................................................................................................................................................................................453
Virginia Salve Quejido

Jornada «El pecio Bou Ferrer de Villajoyosa: un yacimiento romano extraordinario»...................................457


Carlos de Juan, Franca Cibecchini, Consuelo Matamoros, José Antonio Moya, Jaime Molina,
Antoine Ferrer, José Bou y Antonio Espinosa

Crónica de la jornada de clausura de la exposición «El último viaje de la fragata Mercedes».....................475


Carmen Marcos Alonso
Artículos
9

Pasados releídos: el dolmen del Portillo


de las Cortes. Guadalajara / MAN
Re-reading past: the megalithic monument of Portillo
de las Cortes. Guadalajara / MAN

P. Bueno Ramírez (p.bueno@uah.es)


R. Barroso Bermejo (rosa.barroso@uah.es)
R. de Balbín Behrmann (rodrigo.balbin@uah.es)
A. González Martín (armando.gonzalez@uam.es)
O. Cambra-Moo (oscar.cambra@uam.es)
O. García Gil (orosia.garcia@predoc.uam.es)
C. Odriozola-Lloret (codriozola@us.es)
O. López (oscarlj@gipsia.com )
S. Escalante (sescalanteg@gmail.com)
M.ª A. Lancharro-Gutiérrez (marigel58@hotmail.com)
José M.ª López-Fraile (kikocetina@yahoo.es)
Universidad de Alcalá de Henares

Resumen: La oportunidad de retomar el estudio del dolmen del Portillo de las Cortes, Gua-
dalajara, a partir de los materiales conservados en el MAN y de recientes trabajos de campo,
ofrece un resultado positivo. Podemos aportar el conocimiento de fuentes de aprovisiona-
miento, una fecha C14 obtenida de un cráneo recientemente documentado en la reestructu-
ración del MAN, y una nueva lectura de posibles refacturas del monumento.

Palabras clave: Megalitismo. Neolítico. Calcolítico. Materias primas. C14.

Abstract: Positive results have been obtained from resuming the study of the dolmen of El
Portillo de las Cortes (Guadalajara, Spain) taking into account materials that are nowadays
kept in the MAN (Museo Arqueológico Nacional) as well as recent fieldwork. We hereby
present a new C14 date obtained from a recently found and documented skull from the
MAN, and new perspectives about possible ancient interventions to rebuild the monument
and about supply sources for the community that erected it.

Keywords: Megalithism. Neolithic. Chalcolithic. Raw materials. Supply. C14.

La especialización de nuestro equipo en la Arqueología de la muerte de la cuenca interior


del Tajo (grupo PRECYT-UAH) nos llevó ya a finales de los años 80 del pasado siglo, a iniciar
una revisión de los datos conocidos del dolmen del Portillo de las Cortes (Bueno, 1991: 125).
Ésta se concretó en nuevos dibujos de sus materiales y de los recogidos en el entorno por

Boletín del Museo Arqueológico Nacional 34/2016 | ISSN: 2341 - 3409 | Págs. 9-28
Recibido: 22-12-2015 | Aceptado: 04-03-2016
10 P. Bueno Ramírez, R. Barroso Bermejo, R. de Balbín Behrmann, A. González Martín, O. Cambra-Moo, O.…

el marqués de Cerralbo, interpretándolos como evidencias contemporáneas a la construcción


del dolmen (Bueno Ramírez, Jiménez y Barroso, 1995). En ese momento, presentamos un
proyecto de limpieza y documentación del túmulo de este singular megalito, que no pudimos
llevar a cabo.

A lo largo del 2013 y del 2014 hemos retomado esta investigación de un modo poco
frecuente. Por un lado tuvimos el apoyo del Departamento de Prehistoria del Museo Arqueo-
lógico Nacional para revisar la totalidad de los materiales del área de Anguita obtenidos y
depositados por Cerralbo. Algunas piezas inéditas han aparecido en la reciente reorganización
del Museo. De hecho, parte de los materiales óseos del dolmen del Portillo, al igual que
cerámica e industria lítica, se conservaban en el Departamento de Protohistoria, en
relación con la necrópolis del Altillo, adjunta al dolmen. Una muestra de un cráneo procedente
del dolmen, ha ofrecido una fecha C14 de enorme interés (Bueno, Barroso y Balbín, 2016).

Por otro, el proyecto LRU (D.O.C.M. 67-/7 abril 2014) nos ha permitido revisar el
estado del conocimiento del megalitismo en Guadalajara y afrontar una limpieza con algunos
análisis novedosos en el propio dolmen.

Ambos factores, investigación en el campo e investigación en el Museo, se han


mostrado positivos para aportar más conocimiento a un monumento megalítico emblemático
del conjunto del Alto Tajo (figs. 1 y 2).

Fig. 1. Situación de algunos de los más importantes monumentos del megalitismo interior, destacando la posición del dolmen
del Portillo de las Cortes, Guadalajara, a partir de Bueno et alli, 2016, fig. 15. 3.

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Pasados releídos: el dolmen del Portillo de las Cortes. Guadalajara / MAN
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Fig. 2. Actuaciones arqueológicas en el dolmen del Portillo de las Cortes, Guadalajara. Campaña 2014 : A. El monumento tras
una primera limpieza; B, D y E. Distintas vistas de la estructura de cámara y corredor; C. Detalle del ortostato con cazoletas
de la zona delantera de la cámara.

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12 P. Bueno Ramírez, R. Barroso Bermejo, R. de Balbín Behrmann, A. González Martín, O. Cambra-Moo, O.…

Breve historia del dolmen del Portillo de las Cortes, Aguilar de Anguita.
Guadalajara

La temprana documentación del dolmen del Portillo de las Cortes es una de las más antiguas
referencias científicas para el megalitismo ibérico. Pero el hecho de que su investigador
estaba más interesado por las tumbas de la Edad del Hierro de la cercana necrópolis del
Altillo, que por este tipo de hallazgos, condicionó la prelación del segundo yacimiento sobre
el primero. Eso explica el relegamiento no sólo del dolmen y sus hallazgos, sino de todo un
interesante conjunto de materiales asociados a los trabajos de campo del Marqués. De éstos
comenzamos a dar noticia en nuestras primeras valoraciones del sitio, señalando la presencia
de materiales cerámicos y líticos de Neolítico Antiguo y Medio, además de la probable
contemporaneidad entre hallazgos de superficie en zonas inmediatas a la posición del
dolmen (Bueno, Jiménez y Barroso, op. cit.). Otros datos como menhires decorados asociados
al mismo entorno, insistían en el interés del sitio (Bueno et alii, 1994).

La implicación de Enrique de Aguilera y Gamboa, en el incremento de los registros


arqueológicos del Guadalajara, es una referencia obligatoria para el inicio de cualquier
perspectiva de la Prehistoria de la zona ( Jiménez Sanz, 2002: 125). Destaca lo ejemplar de
su documentación fotográfica que ha permitido su organización, escaneo y manejo en
ficheros multimedia (Fototeca del Instituto del Patrimonio Cultural de España). En ese sentido,
el trabajo de Juan Cabré y otros fotógrafos de la época ha de ser valorado en sentido muy
positivo. Las fotos incluyen tomas anteriores y posteriores a la documentación arqueológica,
son de enorme interés informativo y conceptualmente modernas, en comparación con
documentaciones de sitios arqueológicos de la mitad del siglo XX en España. Igualmente, la
fotografía de conjuntos arqueológicos es la que ha permitido reconstruir hipótesis asociativas
en los ajuares del dolmen del Portillo. Estas fotografías en ocasiones se adjuntaban a las
propias fichas de registro del material, añadiendo un plus a la documentación aportada que
aún hoy resulta de gran utilidad.

Otro aspecto a señalar es el papel que ejercía Cerralbo como aristócrata ilustrado en
la organización intelectual de un territorio marginado culturalmente en la España del XIX.
Tanto sus escritos inéditos, como la transcripción de los mismos en el Catálogo monumental
de Cabré (también inédito: Catálogo monumental de la provincia de Soria, Madrid, 1917),
son las bases sobre las que se ha construido nuestro conocimiento en este ámbito. La inves-
tigación de muchos e importantes yacimientos de Soria y de Guadalajara, tienen sus inicios
en el conjunto de trabajos liderados por Cerralbo, uno de ellos, el dolmen del Portillo de las
Cortes. Su intervención en el dolmen de Aguilar de Anguita debió realizarse en 1912, lo que
explicaría que no esté recogida en sus Páginas de la Historia Patria por mis excavaciones
arqueológicas, escrito que aún inédito, sirvió para que se le concediese el premio Martorell
en 1911. Esta concreción es aportada por Osuna (Osuna, 1975: 239), el auténtico revaloriza-
dor de las excavaciones de Cerralbo en el dolmen, al haber organizado y publicado todos
los materiales obtenidos.

El depósito de sus materiales en el Museo Arqueológico Nacional, permitió a Osuna


proponer una hipótesis sobre los ajuares documentados en el monumento. Para ello contó
con las detalladas fichas de Cerralbo, que –manuscritas por él– explicaban la procedencia
de los objetos, con la información fotográfica a la que ya hemos hecho alusión. Osuna señala
que los materiales son inéditos, cuestión totalmente real, pues pese a la fecha de su excava-

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Pasados releídos: el dolmen del Portillo de las Cortes. Guadalajara / MAN
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ción sólo se habían hecho algunas menciones a su existencia en diversas obras generales
que recoge en una cita a pie de página (Osuna, op. cit.: 239). Él establece la descripción de
sepulturas y ajuares que va a utilizarse desde entonces (Antona, 1984; Bueno, op. cit.; Bueno,
Jiménez y Barroso, op. cit., y 2002; Delibes, 2004; Delibes et alii, 2012; Villalobos, 2015). A
ello suma los materiales, especialmente líticos, que no aparecen como parte expresa de nin-
guna de las sepulturas singularizadas por Cerralbo, y que describe en sus aspectos tipológi-
cos, añadiendo dibujos a la descripción. Por último recoge los datos obtenidos en su
excavación que aporta un interesante conjunto de microlitos. Este material encaja con tipo-
logías de aspecto antiguo, ya documentadas por Cerralbo y en las que insistiremos más
abajo.

En la idea de la época, el autor asocia todos los materiales descritos, así como el
propio monumento a cronologías de la Edad del Bronce, asumiendo la perspectiva orienta-
lista del origen del megalitismo, según la cual las arquitecturas interiores debían ser necesa-
riamente tardías y dependientes de la cultura de Los Millares (Osuna, op. cit.: 282).

Los materiales del Museo: desde Cerralbo a la actualidad

Como decíamos, Osuna ordena, describe y valora un material rico cuantitativa y cualitativa-
mente. Pero en aquel momento algunas piezas resultaban poco comunes, por no decir
desconocidas. Es el caso de las espátulas tipo San Martín-El Miradero que (Delibes, Alonso
y Rojo, 1987) se proponían como exclusivas de los ajuares megalíticos de la Meseta Norte y
Sur del Ebro. Esta hipótesis encajaba con la que valoraba los monumentos en el área del
Duero y del Tajo como producto de tradiciones diferenciadas.

Nuestros trabajos en la Meseta Sur, comenzaron a consolidar lecturas más amplias en


las que ambas Mesetas materializan arquitecturas y productos culturales muy semejantes,
con cronologías reculadas, polimorfismo desde sus momento más antiguos, especialización
constructiva, y con una convincente inserción en las redes del megalitismo atlántico (Bueno,
op. cit.; Bueno, Balbín y Barroso, 2005; Bueno, Barroso y Balbín, 2006, 2012, 2013 y 2016).
En esta lectura, el papel del Portillo de las Cortes se erigía en yacimiento de necesario estudio
y relectura. Se trataba de una cámara con corredor en un territorio francamente cercano al
Ebro, evidentemente conectado con la Meseta Norte, y con una arquitectura muy relacionada
con dólmenes bien documentados tanto en Soria, como en La Rioja alavesa, por un lado, y
en Ávila, o Toledo, por otro.

La revisión de Delibes y su equipo del material del Portillo (Delibes op. cit.; Delibes
et alii, 2012) añadió una espátula más San Martín-El Miradero, que engrosaba el capítulo de
evidencias similares en ambas Mesetas, reforzando nuestra hipótesis de relación. En este
contexto, la documentación de la cámara sin ortostatos del Castillejo, en Huecas (Toledo),
consolidaba esta hipótesis demostrando la presencia de arquitecturas idénticas a uno y otro
lado de la Meseta (Bueno et alii, 1999), e incluso cronologías antiguas que concuerdan con
las recientemente obtenidas para estas piezas (Fernández-Eraso et alii, 2015)

Otras piezas de su ajuar se presentaban como muy relevantes. Es el caso de los pec-
torales en pizarra descritos por Cerralbo y que relacionamos (Bueno, op. cit., 1991; Bueno,
2000: 46) con los detectados en depósitos funerarios del Tajo como el de Garrovillas o, más

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14 P. Bueno Ramírez, R. Barroso Bermejo, R. de Balbín Behrmann, A. González Martín, O. Cambra-Moo, O.…

Fig. 3. Arriba: pectorales en esquisto del dolmen del Portillo de las Cortes y del dolmen de La Mina (según Rojo et alli, 2015,
fig. 5, n.º 22). Abajo: pulimentados de fibrolita, fragmento de placa decorada, prismas de cuarzo y mango tipo San Martín-el
Miradero del dolmen del Portillo de las Cortes, Guadalajara.

al occidente, el de Paimogo realizada en caliza marmórea (Veiga Ferreira y Leitâo, 1985: foto
Instituto Arqueológico Alemán). Los pectorales del Portillo, como los muy similares del dol-
men de la Mina, son más sencillos y no presentan el engrosamiento superior que tiene la
pieza del tholos. La documentación del sepulcro de la Mina, en Soria y muy próximo al Por-
tillo (Rojo et alii, 2015), ofrece una cronología del IV milenio cal BC. Las fechas obtenidas
por Cerrillo-Cuenca (com. personal) en el reestudio de los sepulcros de Garrovillas presentan
cronologías similares, señalando que la relación con la zona occidental del Tajo debió ser
de profundidad cronológica, más allá de las aceptadas interacciones en el marco de la
intensificación asociada al Calcolítico (Villalobos, op. cit.) (fig. 3).

En el mismo sentido podemos valorar el fragmento de placa decorada, que reproduce


algunos ejemplares asociados a megalitos del suroccidente. En este caso, hay que señalar

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sus alargadas proporciones que lo remiten a casos más específicos del área del Guadiana, lo
que coincide con su decoración en damero, en el sentido que ya propusimos de decoracio-
nes relacionables con áreas geográficas concretas, y, probablemente, con talleres (Bueno,
1992 y 2010). Otras piezas que se han relacionado con la sepultura 24, también en esquisto,
son originales. Así la pieza semicurvada que podría interpretarse como un alisador de cerá-
mica, y parte de otra pieza semejante que aparece fotografiada en la esquina superior derecha
del conjunto (http://www.mcu.es/fototeca_patrimonio/Visor?usarVisorMCU=true&archivo-
=CABRE/preview/CABRE-3959_P.jpg).

Con mucho el material más citado del Portillo ha sido su conjunto microlítico
compuesto por las clásicas formas de trapecios, además de microlaminitas. Hay también
claras evidencia de talla. Los primeros sirvieron para definir una fase antigua de ocupación
del sepulcro y, los segundos, se han incrementado notablemente en la revisión que hemos
realizado recientemente. A las piezas de este tipo documentadas por Osuna y fotografiadas
por Cerralbo, podemos añadir los materiales detectados en la reciente reestructuración del
Museo, que se alojaban en los depósitos del Departamento de Protohistoria. Nos referimos
a los agrupados con etiqueta manuscrita por Cerralbo: «99 útiles sin sigla. Dolmen del Portillo
de las Cortes», hojitas, núcleos, lascas y restos de talla. Podrían corresponderse con los restos
de sílex que se citan en casi todas las sepulturas y raramente aparecen reflejados en la
documentación gráfica existente. Bolsas con idénticos contenidos incrementan este tipo de
material y permiten sospechar evidencias bajo o en torno al túmulo, quizás de carácter
epipaleolítico o neolítico antiguo. Algunas referencias sobre este tipo de conjuntos líticos se
han señalado en el próximo Sorbe (Alcolea, 2002: 46). Yacimientos interiores del Guadiana,
como Barca do Xerez de Baixo, son buen ejemplo del tipo de poblamiento al aire libre al
que podrían asimilarse (Almeida et alii, 1999). Nos gustaría destacar que estas instalaciones
y reinstalaciones en topografías idénticas desde el epipaleolítico no son únicas de la PI;
lugares tan emblemáticos como Stonehenge, ofrecen materiales de la misma cronología (Cas-
tleden, 2002). La idea de que los territorios de los constructores de megalitos forman parte
de áreas de antigua ocupación, toma cuerpo en la medida que los análisis se proponen el
estudio de secuencias diacrónicas (Bueno, Balbín y Barroso, 2007, Bueno et alii, 2009).

Como novedad podemos señalar la presencia de cristal de roca entre las bolsas recu-
peradas de materiales (vid. fig. 3). Destacan dos prismas que recuerdan los recuperados
en excavaciones de monumentos del área occidental, especialmente de los de Toledo
(Bueno, Balbín y Barroso, 2005; Costa et alii, 2011), incorporando un tipo de material inédito
al conjunto del dolmen de Anguita.

Útiles de trabajo como perforadores o raspadores circulares, al estilo de los que están
empezando a documentarse en algunos yacimientos calcolíticos son también de interés
(Barroso et alii, 2015).

Otras piezas protagonistas del conjunto del material lítico son los pulimentados. Parte
de ellos se realizaron en materias volcánicas, muy clásicas en el espectro material de los
megalitos occidentales. Destaca su cantidad y su repartición entre las distintas sepulturas,
situación no especialmente común en el conjunto de los megalitos suroccidentales, además
de su asociación con pulimentados de fibrolita. Un buen ejemplo es el conjunto de piezas
que incluye el ajuar de la sepultura 24 de Cerralbo, en el que hay un hacha de este tipo,
además de otra de fibrolita. El papel de la fibrolita en los ajuares del dolmen del Portillo se

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ratificó con la excavación de Osuna del nivel inferior del monumento, fijando un tipo de
piezas bien documentadas en megalitos de Extremadura y Portugal, normalmente situadas
entre el IV y el III milenio cal BC (Gonçalves, 2001; Bueno et alii, 2000).

La revisión de materiales en el MAN permite añadir un número mayor de estas piezas


con el interés de su pequeño tamaño, de la presencia de ejemplares a medio preparar y,
sobre todo, de su identificación mineralógica y del estudio de su área de origen. El conjunto
al que nos referimos aparece en el MAN con ficha que lo asocia al dolmen del Portillo. Se
presenta prácticamente como evidencia de un posible taller de transformación de piezas y
acabados, que no podemos confirmar de modo absoluto por la evidente selección del
material. De hecho algunas de estas piezas presentan cortes y tipos de trabajo que recuerdan
algunas de las publicadas en Francia en relación con explotaciones de fibrolita (Pailler, 2012).
Las piezas mayores, especialmente una de las inéditas, responden sin problema a las grandes
hachas que reproducen formatos de las hachas alpinas.

Algunos de los ejemplares de fibrolita han sido analizados con un equipo de difracción
de rayos X θ/θ Panalytical X’Pert Pro con radiación Cu Kα (1.5406 Å) operado a 45 kV y 40
mA equipado con un detector PixCel y espejos parabólicos de haz incidente. Los diagramas
se adquieren con un paso de 0.026º 2q entre 10º y 70º 2q con un tiempo de adquisición de
247s por paso a temperatura ambiente (25º C). El área barrida es de c. 2 × 0,5 cm, área más
que representativa de la mineralogía presente en la muestra. Estos datos han sido comple-
tados utilizando un espectrómetro dispersivo m-Raman con focal (DCµRS) HORIBA Jobin
Yvon LabRAM HR system. El diodo laser operado a una longitud de onda 532.06 nm produce
una potencia de hasta 15 mW en la fuente. No se utilizaron filtros para reducir la potencia
del láser. El tiempo de adquisición fue de 32 s por adquisición hasta un máximo de 20. El
rango espectral de medida elegido fue entre 100 y 1800 cm-1 utilizando un objetivo 100x con
detector CCD multicanal. La precisión de la medida seleccionada es de 1 cm-1. El área de
medida seleccionada fue de 1000 mm de diámetro.

La composición es idéntica, 97 % de sillimanita y 3 % de cuarzo. Sólo un ejemplar


está compuesto por tremolita. Ambos minerales suelen aparecer de modo conjunto, siendo
varias las áreas en la zona central en las que se encuentran este tipo de afloramientos. La
documentación geológica realizada sobre el terreno ha permitido situar afloramientos de
este tipo a 70 km en línea recta desde el Portillo. Por tanto, francamente accesibles desde el
valle en el que se ubica el dolmen.

El papel de las fibrolitas en los sistemas de intercambio y exhibición de pulimentados


en la fachada atlántica ha de aplicarse a este sector. Las opciones de que estas fibrolitas
constituyan la base de materiales de intercambio son muy positivas. Sobre todo de tener en
cuenta la presencia de este tipo de ítems en monumentos destacados del occidente. Si nos
ceñimos a las formas más repetidas en el Portillo, hachitas, azuelitas, posibles elementos activos
de útiles especializados (Bueno, 1991 y 2000), hay que señalar su relevancia cuantitativa en
poblados y monumentos del norte de Europa, además de los ya comentados megalitos ibéricos.

La bola pulimentada, procedente de la sepultura 24, podría responder a una mano de


pequeño molino como algunos de los documentados en dólmenes de la Extremadura espa-
ñola, caso de Lagunita I, en Cáceres (Bueno, Barroso y Balbín, 2008).

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Pasados releídos: el dolmen del Portillo de las Cortes. Guadalajara / MAN
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Fig. 4. Resultados de los análisis ERX de las cuentas de variscita de la Mestilla-Abadón, según Odriozola et alii, e. p. fig. 2.
Foto de los ejemplares analizados.

La única cuenta verde pertenece al conjunto de la sepultura 24, en asociación con los
pectorales y otros materiales destacados, ha sido identificada como moscovita (Odriozola et
alii, e. p.). Inédito es el conjunto de piedras verdes, 10, que proceden del Portillo. Pese a
que están en la misma caja que el campaniforme de la Mestillal/Abadón no existe ningún
dato que vincule ambos descubrimientos Estas han sido analizadas para su identificación
mineralógica. Son todas de variscita, proponiéndose una adscripción calcolítica (Odriozola
et alli, e. p.) (fig. 4).

Otra bolsa de esta misma caja ofreció varios fragmentos de campaniforme y un vaso
parcialmente conservado, cuya etiqueta los relaciona con las excavaciones del Marqués en
la Mestilla/Abadón, lugar del que nuestras excavaciones aportaron también materiales
campaniformes ( Jiménez, 1997). Pero ninguno tan completo como este vaso. Se trata de un
paquete inédito de piezas detectadas en la ya citada reorganización de los almacenes del
Museo. El vaso es de enorme interés, tanto por su conservación, como por asociarse a ejem-
plares de tipo marítimo como los detectados en algunos monumentos megalíticos del interior:
Entretérminos y Azután son los casos más emblemáticos. En la actualidad trabajamos en su
estudio y en la posibilidad de su identificación mineralógica y el análisis de su contenido.

Con mucho el hallazgo más interesante es el de huesos humanos procedentes del


dolmen, concretamente de la sepultura 19. En la etiqueta consta «en fragmentos que apareció
al lado derecho de la sepultura 19 y a la profundidad de 1,18 m. Los restantes huesos del
esqueleto estaban mezclados con la tierra y como eran tan diminutos no se cogieron (día 19
de junio 1912, tarde)». Se trata de un fragmento de cráneo, frontal casi completo con arco
supraciliar prominente y parietal izquierdo con sutura correspondiente a un individuo adulto

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Fig. 5. A la izquierda: fragmento de calota (MC 2295) analizada con la etiqueta manuscrita que la asocia a la sepultura 19 del
dolmen del Portillo de las Cortes, Guadalajara. A la derecha, lámina delgada de MC 2295. Escala bar 1 mm.

masculino. Obtuvimos de un pequeño fragmento del mismo una fecha C14: 5000±30BP
(Beta-334952) (Bueno et alii, 2016)

Se aprovechó además para ensayar un estudio de carácter histológico, aproximación


que el grupo de investigación del LAPAZ está desarrollando. El método consiste en revestir
el fragmento de huesos en resina epoxy (EpoFix Resin y EpoFix hardener) para usar la
bomba de vacío con el fin de extraer el gas que tenga la muestra. El fragmento se corta y se
pule hasta obtener una lámina de 100 μm para ser estudiada y fotografiada con un micros-
copio de luz polarizada equipado con una cámara . Las imágenes de alta resolución obtenidas
se juntan con Photoshop CS5. El fotomontaje final se referencia con GIS (ArGIS 9.3, Esri,
Redlands, USA) (Cambra-Moo et alii, 2012 y 2014; García et alii, e. p.). De este modo las
microestructuras que componen la sección del hueso son totalmente visibles. Podemos
mapear las zonas mineralizadas y no mineralizadas , recuperando canales vasculares, espacios
de reabsorción, etc. (fig. 5).

El tejido interno está mal conservado y no se observan detalles de la microestructura


ósea a través del microscopio de luz polarizada. Pero sí podemos distinguir zonas minerali-
zadas de zonas no mineralizadas. El córtex está muy poco vascularizado en general (12 %),
pero la zona más vascularizada está en la parte central del mismo. Todo ello coincide con
un individuo adolescente, completando de este modo el análisis antropológico previo.

Si atendemos al número de sepulturas referenciado por Osuna, a partir de las etiquetas


de Cerralbo, el dolmen del Portillo habría acogido 35 esqueletos. Como bien señala Osuna,

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cada uno de los números mantiene estricta relación con el número que se otorga a los
ortostatos, lo que incluso le permite situar algunos individuos en el corredor. Asumiendo
esta lectura, es más coherente utilizar la numeración de sepulturas de Cerralbo, como agru-
paciones de materiales en zonas determinadas, pues los restos óseos más claros que él refleja
son los relacionados con la cámara. Aún estamos trabajando en una posible reconstrucción
de los datos que permita fijar o precisar algo más.

Por otro lado, la reiteración de profundidades entre 1,15 m y 1,18 m, en las que se
ubican la mayor parte de los hallazgos de Cerralbo, unida a la diversidad formal de algunos
de los conjuntos, nos hace sospechar una posible mezcla con piezas procedentes del uso
más antiguo del monumento. En este sentido, la mayor concreción la aporta la excavación
de Osuna bajo una piedra caída. Microlitos, laminitas y hachas pulimentadas de fibrolita,
conforman el grueso de los hallazgos.

Limpieza y recuperación de la imagen del megalito. Estrategia


de la documentación arqueológica

La posibilidad de aunar todas estas novedades con una limpieza del dolmen y una valoración
de sus posibilidades de documentación, pasaba por una estrategia que justificase una inter-
vención muy dirigida hacia sectores específicos de un monumento intervenido al menos en
dos ocasiones. De ahí que a una prospección intensiva que nos ha permitido georreferenciar
yacimientos y lugares extractivos del entorno más inmediato (incluido explotación de sal
vid. Barroso et alii, e. p.), añadiésemos la Geofísica de un área que superaba ampliamente
el propio monumento.

Los resultados obtenidos se resumen en tres aspectos, todos ellos a desarrollar en inves-
tigaciones futuras:

– Respecto a la arquitectura del monumento, los datos permiten sospechar estructuras


ovales y circulares especialmente concentradas en el área sur bajo túmulo, además
de estructuras en la zona externa del atrio del monumento de las que se detectan
indicios de materias quemadas. A ello se suma la evidencia de que ninguna de las
piezas del corredor está donde se ubican sus fosas sino totalmente fuera de las mis-
mas.

– Respecto a su ubicación. El monumento se asienta sobre un potente caudal de agua,


reiterando posiciones documentadas en algunos megalitos de la Meseta Norte como
el de Sargentos de Lora. La relación de esta manga de agua con alguna surgencia
próxima al monumento, además de la tendencia a encharcarse de esta zona del
valle, permite describir el sector como una auténtica reserva de agua de las que la
terminología popular denomina «navas». Lugares de interés económico tanto para
pastos en momentos de calor, como para determinados cultivos.

Concretando los datos obtenidos acerca de posibles estructuras bajo túmulo y en


torno al mismo, las lecturas realizadas por la empresa Gipsia, ofrecen evidencias para plantear
la presencia de dos túmulos superpuestos, uno más ceñido al monumento y otro más amplio.
Esta hipótesis ha sido confirmada con nuestra limpieza y por la documentación fotográfica

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Fig. 6. Arriba: Vista aérea obtenida con GoPro sobre barra de la excavación del dolmen del Portillo. Abajo: Geofísica en la
que se destacan las anomalías tras la cámara. Se observan además las fosas del corredor.

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realizada con dron y con una cámara GoPro montada sobre un vástago de 8 m que permite
dirigirla y ganar altura para perspectivas más aéreas (fig. 6).

Tras la cámara se perciben indicios de una estructura semicircular y de otra más


completa en su sector sureste, justo bajo la escombrera acumulada en las excavaciones de
Cerralbo, en las de Osuna y en la nuestra. El terreno circundante es privado y no había otro
lugar donde retirar este depósito. Creemos que un cribado y detenido análisis de las piedras
que forman parte de la escombrera es necesario.

En la zona sur, bajo el túmulo, aparecen al menos dos estructuras ovales cuya
consistencia y cronología hay que documentar. En cualquier caso, el hecho de que la cons-
trucción tumular es un sello de un nivel arqueológico anterior, resulta un argumento de peso
para esperar cronologías más antiguas o inmediatamente anteriores a la construcción del
monumento (Bueno et alii, 2002). Al este, dos pequeñas estructuras con indicios de materia
quemada. Su tamaño y los indicios de fuego resultan positivos argumentos para sospechar
reocupaciones tardías como las recientemente detectadas en el curso más occidental del Tajo
(Barroso et alii, 2012), aquí con la ventaja de la proximidad de la necrópolis de El Altillo.
Ciertamente sólo la intervención arqueológica permitirá valorar su realidad.

Otro argumento aportado por la geofísica resulta del mayor interés. Nos referimos a
la detección de las fosas de los ortostatos del corredor, todos ellos fuera de las mismas en la
actualidad. Sería fácil atribuir esta distorsión a las excavaciones realizadas, pero lo cierto es
que ya en las fotos de Cerralbo estas piezas se ven totalmente exentas, prácticamente como
se encuentran en la actualidad. Ello nos hace sospechar un proceso como el recientemente
documentado en el cercano dolmen de la Mina, en Soria, donde el corredor se desmontó
para transformar una antigua cámara con corredor en una cámara circular que acabó por
cubrirse con un enorme túmulo (Rojo et alii, 2015). Por el momento no hemos podido
desplazar las piezas y excavar las fosas de los ortostatos. Sólo así estaremos en condiciones
de verificar nuestra sospecha de que se trata de un desmantelamiento antiguo. Lo que sí
podemos afirmar es que el hecho de haber utilizado la geofísica, nos da perspectivas dife-
rentes para analizar el monumento, que de otro modo, difícilmente podríamos mantener.

No cabe duda de que este corredor estuvo cubierto, al menos en la parte más próxima
a la cámara, donde aún se conservan losas de cobertura. Esta zona reviste un interés añadido,
pues a ambos lados del acceso a la cámara se ubicaban dos piezas de menor altura, a modo
de pequeñas jambas, en una situación muy similar a la que documentamos en el dolmen de
La Estrella, Toledo (Bueno, 1991). En ese caso aludíamos al posible papel de estelas de estas
piezas. En las fotos de Cerralbo hay una pieza, en el lateral norte, que con seguridad lo es.
Recortada mediante talla abrupta, una laja de una materia prima más lisa que la que compone
los ortostatos, presenta cabeza destacada y hombros marcados. Nos cabe la esperanza de
relocalizarla cuando se muevan las piedras que componen la escombrera con el fin de ade-
centar el túmulo del monumento.

La limpieza de la cámara aporta evidencias relacionables con una refactura de este


espacio: dirección de la planta, paramentos diferenciados y gran piedra tras el ortostato de
cabecera.

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La planta muestra una acusada diferencia entre el lateral norte y el sur de la cámara.
El primero es sensiblemente recto, casi siguiendo la misma línea del corredor, mientras que
el segundo se presenta como un medio círculo. Por otro lado los ortostatos del lateral sur,
están bien clavados en el suelo de la cámara y disponen de un cinturón posterior, a modo
de contrafuerte, que dibuja una doble línea de ortostatos. Conocemos bien estos refuerzos
en monumentos como Azután, la Estrella, o algunos de Ávila. En el lateral norte, la zona
central presenta varias piezas remontadas, que no están hincadas en el suelo, sino alzadas a
modo de pared. Otro argumento que asociamos a esta posible reestructuración es la presen-
cia de una potente pieza tumbada tras el ortostato de cabecera, que podría entenderse como
parte de una primera construcción retirada o reaprovechada para la nueva cámara.

Distinta planta, sumada a distinto sistema de levantamiento de paredes, son argumen-


tos sustanciosos para proponer que la cámara se reestructuró en algún momento de su uso.
Una explicación podría ser el derrumbe de alguna de las piezas. Quizás la que Osuna detectó
en su interior. No nos cabe duda del papel de piezas de mediano y gran tamaño en el
remontaje último, pues éstas aparecen en las fotos de Cerralbo y son recuperables en la
escombrera. Junto con ello tampoco parece difícil valorar la idea de una cubierta plana a
partir de varias piezas alargadas, estilo travesaño, pues en algunas fotos de Cerralbo se apre-
cian piedras del porte suficiente sobre la cámara.

Los indicios de la Geofísica apoyan esta hipótesis al apuntar una estructura semicir-
cular tras la cámara y prácticamente bajo la posición de la escombrera. Además de la evi-
dencia, corroborada en la excavación de un doble túmulo: uno marcadamente oval ceñido
al alargamiento del corredor y, otro que se le superpone, más circular y grande. La diferencia
en composición de estos túmulos habrá de precisarse mejor en una próxima excavación,
pero el que se asocia a las piedras de tamaño mediano e incluso grande de la escombrera,
parece coincidir con el segundo túmulo y relacionarse con la refactura de la cámara arriba
descrita (fig. 7).

La identificación geológica de los ortostatos de mayor tamaño como dolomías, con


su clásica estructura fibrosa, nos ha permitido fijar una fuente de extracción en la zona alta
del valle. Podemos concretar por primera vez que las piezas que sirvieron para construir el
monumento se obtuvieron de su entono cercano.

Megalitos en Guadalajara

Desde los trabajos de Cerralbo, los megalitos en el Alto Tajo / Jalón han ido incrementándose,
tanto en la zona soriana, como en la parte correspondiente a Guadalajara. Pero, ciertamente,
con ritmos muy diferentes. En Soria, el proyecto Ambrona ha contribuido al nivel de cono-
cimientos que hoy tenemos de este rico sector (Rojo et alii, 2005), mientras que en Guada-
lajara no se ha emprendido ningún proyecto de este tipo desde las prospecciones que
afrontamos a principios de los 90 que no tuvieron apoyo institucional para su continuidad.

A las arquitecturas mencionadas por Cerralbo en Anguita, la Pinilla o Garbajosa –éstas


últimas nunca comprobadas (Bueno, Jiménez y Barroso, 1995)–, hay que sumar las localiza-
das en los alrededores de Sigüenza y Alcolea de las Peñas, verificadas por nuestro equipo a
partir de la información de la Técnica Teresa Sagardoy de la JCCM y de los Forestales de

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Fig. 7. Planta y alzado del estado actual del monumento. A la derecha propuesta de restitución en 3D, elaboradas a partir de
la información arqueológica obtenida.

Guadalajara. Se trata, como el Portillo, de monumentos ortostáticos, el de Sigüenza con evi-


dente peligro de desaparición. Permiten enriquecer la pobre lectura del megalitismo del sec-
tor, a la que hay que añadir algunos menhires.

Por otra parte, el trabajo desarrollado desde la propia administración con las cartas
arqueológicas ha aportado significativas novedades. Uniendo todos estos indicios a propues-
tas de análisis integrales del territorio en las que este equipo lleva trabajando desde hace
algún tiempo (Bueno, Balbín y Barroso, 2004), la imagen que podemos obtener es más
optimista. La relación de estos pobladores con constructores de megalitos, marcadores grá-
ficos de arte esquemático y ocupaciones funerarias y habitacionales de cuevas, es un hecho
indiscutible (Bueno, Jiménez y Barroso, 2002; Jiménez y Barroso, 1995) que necesita de
referencias actualizadas.

Como ya observaron Cerralbo y Cabré, no se puede interpretar este sector sin aunar
los datos procedentes de Soria y de Guadalajara, todos ellos relacionados con las importantes
vías de paso desde la Meseta al Ebro, donde el Portillo tiene referencias de interés.

Tanto su arquitectura, como la variedad y cantidad de los materiales confirma un


sepulcro singular, del que aún esperamos obtener datos que contribuyan a enriquecer el
panorama del megalitismo interior. Los pectorales descritos, y la presencia de la espátula
San Martín-El Miradero dibujan complejas redes de interacción entre el occidente y el norte

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Fig. 8. A. MDT de Guadalajara con recuadro de la zona en estudio reflejada en los mapas de detalle. Mapa peninsular de
referencia: MDT del centro de descargas del CNIG, N.º DE HOJA 042. Red fluvial del Tajo de CHT y servicio de descargas
de capas en formato shape: http://www.chtajo.es/Servicios/Paginas/DescargaDCapas.aspx. B. Sector del Portillo con las loca-
lizaciones más destacadas. C. Análisis de CVA (cuenca visual acumulada) del sector del Portillo. D. Mapa de aguas subterráneas
con el sector del Portillo. CHT y servicio de descarga de capas en formato shape: http://www.chtajo.es/Servicios/Paginas/Des-
cargaDCapas.aspx.

de la Meseta, en las que estas zonas debieron ejercer como privilegiadas plataformas de
intercambio. No olvidemos que sólo en la Meseta Sur y en el País Vasco, las espátulas se
asocian a distinto tipo de arquitecturas megalíticas, constituyendo el Portillo el dolmen más
nororiental con ese tipo de artefactos.

La extracción y trabajo de la fibrolita, hasta el momento nunca referenciada en relación


con este monumento, dispone de evidencias novedosas en las que habremos de seguir
profundizando. Igualmente las posibilidades de utilización de las salinas conocidas en el
valle del Portillo han de estudiarse (Barroso et alii, e. p). Si sumamos estas potencialidades
extractivas a la riqueza del acuífero subterráneo del sector, disponemos de bases convincen-
tes para sustentar las interacciones que parecen conformar el conjunto de objetos que
caracterizan el dolmen del Portillo y los cercanos monumentos del Valle de Ambrona.

La posición de los yacimientos detectados y su conexión visual presenta facetas de


interés. La más destacada, la compartimentación de las visibilidades del dolmen del Portillo
y el área funeraria de la Mestilla-Abadón de cronología posterior, definiendo probables
territorios funerarios diferenciados (fig. 8).

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La cronología AMS obtenida de un cráneo de adulto joven, insiste en la antigüedad de


los megalitos del interior, aportando una fecha más, que consolida su amplia presencia a finales
del V milenio cal. BC y su fuerte implantación a principios del IV milenio cal BC. En ese
momento, y muy cerca del Portillo, el túmulo de la Peña de la Abuela estaba construido, al
igual que el de la Sima I (Rojo et alii, 2005). Muy poco después el dolmen de la Mina, y el
resto de las ocupaciones megalíticas de Ambrona, se suman al polimorfismo característico de
los megalitos interiores que durante el III milenio cal BC muestran una fase álgida en la que
habría que incluir la necrópolis de la Mestilla-Abadón (Bueno, Barroso y Balbín, 2006, 2010 y
2016).

Agradecimientos

El trabajo en el MAN se llevó a cabo con los correspondientes permisos de la Dirección y con
la ayuda inestimable de Carmen Cacho, conservadora jefe del Departamento de Prehistoria
de esta Institución. El trabajo de campo contó con el apoyo de la Junta de Castilla-La Mancha,
y el de los vecinos de Anguita, en especial la familia Díez Rotea. Las excavaciones se desarro-
llaron con la colaboración del alumnado del Máster de Arqueología y Gestión del Patrimonio
en el Interior Península de la UAH: Irene Álvarez, Adara López, Estíbaliz Polo, Irene Salinero,
Juan Vizcaíno, Juan Ramón Coroba, Cristina de Juana y Ricardo de Balbín. En la prospección
colaboró además José M.ª Barco y Tomás Castro. Agradecemos, igualmente, los comentarios
de los evaluadores.

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La Colección Sande del Museo


Arqueológico Nacional. Novedades en la
biografía de los monumentos megalíticos
de la necrópolis de Guadancil
The Sande collection from the Museo Arqueológico
Nacional. Novelties in the biography of Guadancil’s
megalithic monuments

Enrique Cerrillo Cuenca (enrique.cerrillocuenca@gmail.com)


Doctor en Prehistoria

Resumen: En 1874 Jerónimo de Sande, un erudito local, excavó una serie de monumentos
megalíticos localizados cerca del cauce del río Tajo, que constituían la necrópolis de Gua-
dancil. En este trabajo realizamos un recorrido por la documentación histórica disponible
para desentrañar una nueva lectura de la necrópolis, así como un análisis arqueológico de
los materiales que se conservan hoy en día en el Museo Arqueológico Nacional en la
Colección Sande. El análisis conjunto de materiales e información histórica nos sirve para
comprender mejor la inserción de los monumentos en el paisaje, pero también comporta-
mientos sociales y culturales de las comunidades del III milenio cal BC en el interior
peninsular.

Palabras clave: Megalitismo. Calcolítico. Historiografía. Cuenca del Tajo.

Abstract: In 1874 Jerónimo de Sande, an antiquarian, excavated a series of megalithic mon-


uments near the Tagus River, which formed the Guadancil necropolis. In this paper we gather
all the available historical documentation to untangle a new interpretation of this necropolis
as well as an archaeological analysis of the archaeological artefacts preserved in the Sande
collection at the Museo Arqueológico Nacional. The combined analysis of artefacts and his-
torical information allows us to understand the insertion of monuments in their landscape,
but also social and cultural behaviour of human communities from the 3rd millennium cal
BC in inland Spain.

Keywords: Megalithic sites. Copper Age. Historiography. Tagus basin.

Boletín del Museo Arqueológico Nacional 34/2016 | ISSN: 2341 - 3409 | Págs. 29-46
Recibido: 31-12-2015 | Aceptado: 25-02-2016
30 Enrique Cerrillo Cuenca

Introducción

El conocido como ídolo del dolmen de Garrovillas es una de las piezas icónicas de la
Prehistoria reciente del MAN. Publicada tempranamente por autores extranjeros como
J. Leite de Vasconcelos (1906a), L. Siret (1913), E. Frankowski (1920), M. Ebert (1927-1928)
o P. París (1936) pero también españoles como A. Castillo Yurrita (1928) o P. Bosch Gimpera
(1932), ha venido ilustrando periódicamente algunos trabajos sobre la iconografía calcolítica
peninsular (Bueno, 1992; Lillios, 2008). Sería de justicia desmitificar en parte la singularidad
de esta pieza, teniendo en cuenta que ejemplares, posiblemente producidos por el mismo
taller, no han parado de registrarse en el Tajo portugués (Oliveira, 2006) e incluso al norte
del Guadiana, y de una forma más esporádica y puntual en Extremadura (Bueno et alii,
1999). Sin embargo, el ídolo de Guadancil ha venido formando parte de las distintas expo-
siciones del Museo Arqueológico Nacional desde su incorporación a la colección en 1879,
lo que lo convierte, como ya avanzábamos, en una suerte de referencia ineludible. El con-
texto de aparición era sin embargo poco claro, y con este trabajo pretendemos una doble
labor, por un lado contextualizar las condiciones historiográficas del hallazgo de esta colec-
ción y por otra ofrecer una visión actualizada de sus materiales. Las referencias a unos dól-
menes en las márgenes del Tajo se han repetido en la bibliografía, sin más referencias precisas
hasta nuestros trabajos que las del matrimonio Leisner
(Leisner y Leisner, 1959) y las reinterpretaciones que la
Universidad de Alcalá ha ido publicando sobre el arte me-
galítico de uno de los monumentos (Bueno y Balbín, 1992
y 2000) (fig. 1).

Debemos comenzar por aclarar una cuestión


básica como es la de la denominación del sitio. Catalo-
gado en el MAN como «Dolmen de Garrovillas», en reali-
dad los materiales depositados en este Museo, como
demostraremos, corresponden a un conjunto de monu-
mentos conocidos como Eras del Garrote, Vegas del
Guadancil (Leisner y Leisner, op. cit.) o simplemente Gua-
dancil (Cerrillo et alii, 2015), que hoy sabemos que estaba
formado por casi una veintena de monumentos (Cerrillo,
2011) y que conformarían una de las necrópolis megalí-
ticas con mayor número de monumentos del área interior
de la península. La ubicación de la necrópolis responde
a un punto de vado (Galán y Martín, 1991-1992; Martín y
Galán, 2000) del Tajo, el de Alconétar, una de las escasas
zonas de la provincia de Cáceres donde el caudal del río
era vadeable en el pasado.

La información sobre estos sepulcros podría haber


pasado desapercibida si no fuera por dos cuestiones de
distinta naturaleza. La primera de ellas es que los mate-
riales recuperados por Jerónimo de Sande, nombre del
anticuario que da nombre a la colección del MAN, fueron
Fig. 1. Placa de arenisca de la colección expuestos en la Exposición Universal de París de 1878, y
Sande en el MAN (N.º Inv.: 358). aún una vez más en la Exposición Universal de Barcelona

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de 1929 en la muestra monográfica de «El Arte en España» (Berwick y Alba, 1929-1930: 16),
organizada bajo el criterio de Serrá-Rafols y Bosch Gimpera. Ello les confirió una cierta fama
en un momento en el que se estaban formalizando cuestiones sobre el origen del megalitismo
europeo e ibérico, con una repercusión destacable en cuanto a la iconografía de las placas.
La segunda es que los monumentos a los que pertenecían desaparecieron literalmente du-
rante unos años bajo las aguas de uno de los embalses inaugurados durante la década de
1970 y sólo en la última década han podido ser nuevamente localizados y documentados
(Cerrillo, 2011; Cerrillo et alii, 2015) (fig. 2).

El planteamiento de nuestro trabajo1 es integral por cuanto aborda temas muy dispares
como la aplicación de tecnologías de análisis espacial, la revisión de documentación histo-
riográfica (Cerrillo y Velaz, 2015), la revisión de materiales de colecciones (Cerrillo, 2011) y
además trabajos de prospección y excavación (Cerrillo et alii, 2015). Entendemos que úni-
camente un enfoque múltiple puede ayudar a comprender la dimensión cronológica y social
de la formación de un paisaje megalítico como el de Guadancil. El análisis y los métodos de
trabajo ganan en complejidad si tenemos en cuenta la inundación del entorno por el embalse
de Alcántara (Matamoros et alii, 2014) que nos aboca a un diseño de estrategias de investi-
gación que consideren el uso de material de naturaleza histórica e historiográfica, lo que
comprende tanto fuentes documentales escritas como cartográficas y fotográficas.

Parte de la documentación inédita que hemos compilado para este trabajo contribuye
a aclarar algunas de las dudas sobre la identificación de los sepulcros mediante el análisis de
información textual como material que procede en su mayor parte de los fondos archivísticos
y museísticos del MAN. En conjunto nos servirán para aclarar en parte las vicisitudes que
sufrieron los monumentos hasta mediados del siglo XX cuando los Leisner (op. cit.) publican
una catalogación integral de la colección, pero también para apuntar aspectos relativos a su
interpretación cultural que hasta la fecha se habían planteado bajo algunos interrogantes.

La necrópolis de Guadancil en el contexto del estudio del megalitismo


durante el siglo XIX

La historiografía del megalitismo extremeño ha sido objeto de recopilaciones (Enríquez, 2000;


Bueno et alii, 2000; Sánchez, 2010 y 2012), que coinciden en dibujar el siglo XIX como la
etapa en la que se inicia la documentación de los dólmenes extremeños. Figuras como las
de José de Viu (1846), Antonio Machado, Vilanova o Piera se encargarán de ir añadiendo
ejemplares a una lista de monumentos, sin que pueda encontrarse la formalización de un
discurso más científico quizás hasta el siglo XX con los trabajos de síntesis de José Ramón
Mélida (1920) que más tarde se incorporarán «tal cual» a las respectivas versiones provinciales
del Catálogo Monumental (Mélida, 1924). Entre las figuras más opacas está la de Jerónimo
de Sande, un eclesiástico de la localidad de Garrovillas de Alconétar que reúne una colección
de materiales hoy repartida entre al menos dos museos arqueológicos, el MAN y el Museo

1
Nuestros trabajos fueron financiados dentro del Proyecto «La formación de un paisaje de paso: el vado de Alconétar»
(PRI09C058) que se ejecutó desde 2010 a 2012 y subvencionó por fondos del III Plan Regional de Investigación de la Junta
de Extremadura. El proyecto se dirigió por el firmante desde el Instituto de Arqueología - Mérida (CSIC-Junta de Extrema-
dura).

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32 Enrique Cerrillo Cuenca

Fig. 2. Localización de la necrópolis de Guadancil y señalización de Guadancil 1. La base cartográfica corresponde a una
restitución realizada a partir del vuelo americano de 1956.

de Cáceres (MCC), aunque algunos de estos materiales se depositaran además en el Museu


Nacional de Arqueologia (MNA) en Lisboa y hoy ya no se localizan en la colección. La in-
formación que presentamos relativa a este anticuario y a su actividad como coleccionista era
prácticamente inédita, siendo su aportación más relevante el descubrimiento de los sepulcros
megalíticos en la vega del arroyo Guadancil, conocidos por la reproducción de la historia
del hallazgo a través de V. Paredes Guillén (1899), quien hace referencia al hallazgo en el
Boletín de la Real Academia de la Historia citando a su vez a la obra de otro erudito local
como es F. L. Guerra (1883).

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De Jerónimo de Sande, nuestro personaje, no conocemos más que breves apuntes


biográficos (Cerrillo y Velaz, op. cit.) que describen su vida como eclesiástico y su faceta como
anticuario, esta última reflejada sobre todo en la información generada a partir de la corres-
pondencia con el MAN y la Real Academia de la Historia (RAH). El profundo conocimiento de
la Numismática y las temáticas con ella relacionadas nos sitúan ante un erudito de probable
formación autodidacta y desconectado de las instituciones que el siglo XIX desarrollaron la
investigación de los estudios clásicos. No será hasta 1840 cuando se encuentre ante un primer
monumento megalítico, denominado Holanda, en las inmediaciones de su localidad de resi-
dencia, Garrovillas de Alconétar (Guerra, 1883). El manejo de la terminología que realiza en
sus escritos nos habla de alguien con una mínima noción de ideas contemporáneas en prehis-
toria, al menos en cuanto al manejo de términos como «dolmen», que no es habitual en las
denominaciones que otros autores coetáneos y próximos emplean (Sánchez, 2010).

Los primeros ingresos de la Colección Sande en el MAN se llevan a cabo poco después
del momento de su fundación, probablemente siguiendo la Real Orden para la conservación
de objetos arqueológicos y aumento del Museo Central establecido en Madrid (Franco, 1993 y
2011-2013: 79-89). No quedan claros los mecanismos que se emplean para contactar con
coleccionistas locales como Sande. Si bien A. Franco Mata (2011-2013: 79-89) sugiere que las
Comisiones Provinciales debieron jugar un papel fundamental, en la provincia de Cáceres su
comisión no parecen estar activa en esas fechas o al menos desempeñar un papel relevante.

Una de las piezas donadas por Sande parece ser un fósil sin valor arqueológico
(Franco, 1993: 125; Archivo MAN, exp. 1868/1-A-13), pero el resto coincide con materiales
procedentes de un sepulcro megalítico (Archivo MAN, exp. 1868/46, f. 2), que se conservan
en la colección de prehistoria del MAN. Como hemos apuntado en otro sitio (Cerrillo y Velaz,
op. cit.), parece tentador pensar que procederían del dolmen de Holanda, circunstancia que
es muy difícil aseverar en la actualidad. Las entregas de material de 1868, entre los que se
incluyen además materiales romanos, especialmente numismáticos (Archivo MAN, exp.
1868/83), le valdrán a Sande la obtención de la Cruz de Carlos III, de cuyo acto administrativo
se conserva documentación en el archivo del MAN (Archivo MAN, exp. 1868/46, f. 4), distin-
ciones que además estaban contemplados en la Real Orden de 1868 (Franco, 1993). Este
hecho fue quizás el que le valió a Sande la consecución del cargo de correspondiente de la
RAH en Cáceres, ya que en aquel momento Amador de los Ríos actuaba como académico
de la Institución Real además de como Director del MAN.

Posiblemente esa circunstancia abre una relación entre Sande y la RAH, que permite
vehicular la información de sus hallazgos, y de alguna forma institucionalizarlos. En febrero
1874 se produce el hallazgo de los dólmenes de Guadancil de una forma fortuita, como se
encargaría de narrar Guerra (1883). En diciembre de ese mismo año Sande comunicará el
hallazgo a la la RAH (Archivo RAH, exp. 9-7390-35, doc. 1) con el objeto de participar en el
Programa de premios por descubrimiento de antigüedades de la misma institución, que pa-
rece una práctica muy extendida en la actividad de la institución durante el siglo XIX. De la
documentación aportada se desprende que el conjunto de materiales procede únicamente
de un dolmen (Archivo RAH, exp. 9-7390-35, doc. 1):

«En el mismo Dolmen encontré y conservo dos piedrecitas rotas, en la una se vé


un fragmento de cara cuyos ojos son dos bujeros, y no llego á presentar completa
la nariz: la otra presenta una cabeza oscura que semeja la de Vulcano con gorro,

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34 Enrique Cerrillo Cuenca

y tiene las manos bueltas y apoyadas en sus hombros; en el reverso de esta piedra
se ve formando renglones una linea continuada descriviendo angulos como de una
corriente; tal vez será geroglífico del regato á cuya margen se halla este Dolmen:
esta línea tiene trozos como impregnados de bermellon».

Este dolmen, muy posiblemente el denominado Guadancil 1, es el mejor conservado


de los dos que se citan en la descripción de Guerra (1888). La descripción anterior es una
descripción del ídolo antropomorfo con el que abríamos este trabajo (N.º Inv. 358). La pieza,
por entonces partida en dos, fue interpretada de forma algo extravangante por Sande, intu-
yendo que el triángulo púbico que presenta es en realidad el gorro cónico con el que se
representa a Vulcano en las monedas romanas. Destaca también el hecho de que la pieza
presente restos de pigmento rojo, como comentaremos más adelante. De dos de estas placas
presenta en la misiva una esquematización dibujada en tinta y recortada en papel. Descono-
cemos en cambio la valoración final que realiza del hallazgo la RAH.

Las piezas recuperadas en este dolmen, cuya descripción coincide en los diversos
autores con Guadancil 1, no volverán a ser mencionadas hasta 1878 con motivo de la cele-
bración de la Exposición Universal de París. Como antecedente podemos utilizar el envío de
piezas procedentes de ajuares dolménicos de la provincia de Cáceres por parte del ingeniero
de minas Amalio Maestre (Comisión Regia de España, 1867: 370; Barrantes, 1875), que pro-
cederían de un conjunto de dólmenes de la provincia de Cáceres. La exposición de 1878
sirve además para plantear la relación de los ídolos placa ibéricos con manifestaciones mor-
fológicamente semejantes de la Prehistoria argentina, gracias al contacto que se establece
entre Carlos Ribeiro y Ameghino (Lillios, op. cit.). 1878 es también el año en el que se publica
en Portugal el primer ídolo placa de pizarra (Simoes, 1878), un territorio donde los ejemplares
son más prolijos y se cuenta con una mayor tradición de estudios megalíticos.

Los cauces para el envío de piezas a París sin embargo no son los oficiales, y eluden de
forma no premeditada la exposición que Rada y Tubino preparan minuciosamente desde las
salas del MAN. Tras el desmonte de la exposición, sin embargo, la oportunidad es aprovechada
para que la colección sea incorporada a su retorno, con el permiso de su propietario, a la
colección del Museo. Esta donación genera una nueva y extensa documentación epistolar entre
Sande y el MAN, donde se pueden entresacar algunos datos sobre la procedencia de los mate-
riales y de las formas de actuación de este coleccionista local (Archivo MAN, exp. 1878/1, f. 1):

«Muy sor mio: cuando se inauguró este nuevo establecimiento tuve el gusto de
regalarle algunos monumentos [palabra escrita con mayor tamaño] prehistóricos.
Al principio del año 1874 hice otros descubrimientos del mismo genero, y he man-
dado a la Exposicion universal de Paris una coleccion que se compone de lo
siguiente —— 4 hachas = 1 gúvia = 1 escoplo = 1 lanza 2 fracmentos de escultura
humana = 2 láminas de pizarra con carateres desconocidos = 6 cuchillos = 2 vasos
= 2 fragmentos de vaso = 6 flechas = 2 saetas = 6 pendientes de diferentes formas
y piedras = 15 cuentas de diferentes tamaños y piedras = y 1 afiladera = total 51 =
todos estos objetos se han hallado en tres Dólmenes Celtas».

En este momento, considerando que han pasado cuatro años desde la primera
comunicación con la RAH, Sande habla ya de que los materiales proceden de tres dólmenes
(Archivo MAN, exp. 1878/1, f. 1), circunstancia que recalcan García Gutiérrez y Rada y Delgado

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La Colección Sande del Museo Arqueológico Nacional. Novedades en la biografía de los monumentos…
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en el propio catálogo del Museo (1883: 44). Dos de estos dólmenes se habrían «explorado»
entre 1875 y 1877, entre la primera noticia a la RAH y la celebración de la exposición parisina.
Los materiales depositados en el MAN proceden por tanto de una mezcla procedente de tres
sepulcros, de los cuáles únicamente los ídolos placa con número de inventario 358, 360 y
361, referidos en los documentos de la RAH, pueden asegurarse que pertenecen tal vez al
conocido como Guadancil 1. El catálogo del Museo reflejará desde entonces las entradas de
materiales de Guadancil en sus distintas secciones (Gutiérrez y Rada, 1883).

La colección de Guadancil quedaría fragmentada en dos a partir de este momento: la


parte depositada en el MAN y la que queda en poder de Sande hasta que antes de 1888 la
cede a F. L. Guerra, y de éste a su vez a V. Paredes Guillén en un momento indeterminado
entre 1888 y 1897. Paredes mantendrá su parte de la colección intacta hasta 1907, cuando
dona al entonces MNA de Lisboa (Leite de Vasconcelos, op. cit.) tres fragmentos de ídolos
placa, algunos de los cuales ya habían sido referidos en las primeras comunicaciones de Sande
con la RAH (Archivo RAH, exp. 9-7390-35, doc. 1). Es difícil saber si a lo largo de los años la
colección continuó ampliándose, puesto que tanto Guerra (op. cit.) como Paredes (1909)
llegaron a visitar el lugar varias veces, y éste último incluso practicó «excavaciones» bastante
infructuosas. De esta expedición se conservan fotografías en el Archivo Histórico Provincial
de Cáceres (Archivo AHPCC, Legado Paredes, leg. 22). La Colección Paredes despertará ade-
más el interés de L. Siret, con quien Paredes mantiene correspondencia en 1911 que se en-
cuentra en curso de análisis. Pese a ello el ingeniero belga nunca llega a poner en relación
los datos proporcionados con los publicados por él mismo en 1913 en Questions de chrono-
logie et d’ethnographie ibériques, donde incluye por primera vez los ídolos placa del MAN
(fig. 3).

Fig. 3. Fotografía del dolmen de Guadancil 1 desde el inicio del corredor ( junio de 1909) (AHPCC/14 /1388).

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36 Enrique Cerrillo Cuenca

El resto de la Colección Paredes pasará en 1919 al Museo de Cáceres tras la muerte


de éste. Una visión de conjunto de las colecciones Sande y Paredes fue publicada por Leisner
y Leisner (op. cit.) en su monografía sobre el megalitismo en el occidente peninsular, pero
sin embargo no incluye la totalidad de las piezas de la colección del MAN y se limita por
otra parte a una somera relación de los materiales sin un análisis adecuado que pretendemos
completar en este trabajo. La recopilación del matrimonio alemán se llevó a cabo en 1934
en el Museo de Cáceres, y en 1955 en el MAN (Archivo BA, Arquivo Leisner, Cx. 5/25/38),
según es posible colegir de las notas del Arquivo Leisner en Lisboa.

Los trabajos de Sande y Paredes no fueron los únicos desempeñados en los monu-
mentos megalíticos de Guadancil, pues era desconocida una intervención, más bien una
rebusca, realizada por Emilio Rotondo Nicolau, y que hemos conocido a partir de los mate-
riales de la Colección Rotondo del MAN, que si bien son poco significativos añaden un
capítulo más a la dilatada historia del megalitismo del valle de Guadancil.

Los ajuares de los monumentos de Guadancil en la Colección Sande (MAN)


y su correspondencia con la Colección Paredes (Museo de Cáceres)

El material del MAN y el Museo de Cáceres ha sido revisado teniendo en cuenta los manus-
critos referidos en el apartado anterior, y se han seguido las referencias a través de los catá-
logos elaborados con posterioridad al ingreso en los respectivos Museos. Sólo de esta forma
hemos podido desentrañar la proveniencia de algunos materiales que se habían mezclado
en las colecciones, por ejemplo en el caso de la atribución errónea de materiales del Bronce
Final al sepulcro de Guadancil 1 (Almagro, 1977: 70), cuestión que en este caso concreto se
justifica por una asignación incorrecta de materiales en el Museo de Cáceres. En el caso de
la Colección Sande una referencia imprescindible es el catálogo de Gutiérrez y Rada (op.
cit.), y en el caso de la Colección Paredes las descripciones de Mélida (op. cit.), pero también
los libros de registro del MCC, y en especial los registros elaborados por Juan Sanguino
(1919) desde 1919. Ello se ha completado con la información de los Leisner (Leisner, y Leis-
ner, op. cit.), que como sabemos es incompleta en algunos puntos. No podemos detallar por
falta de espacio las equivalencias encontradas entre la información de Sande y el inventario
actual de la colección de Cáceres, aunque incluimos la del MAN (tabla 1). Por el mismo
motivo tampoco presentamos un estudio exhaustivo de los materiales. La correspondencia
entre ambos se ha solventado en un buen número de piezas, sin embargo no ha resultado
posible el estudio de un conjunto de puntas de flecha del MAN que ya presentaron algunos
problemas de asignación en el estudio de los Leisner, además de algunos otros materiales
como se advierte desde el MAN a H. Schlunk del Instituto Arqueológico Alemán (Archivo
BA, Arquivo Leisner, Cx. 5/25/38).

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Sande 1878 García Gutiérrez y Leisner y Leisner 1959 Siglas actuales (entre paréntesis
(Archivo MAN, exp. De la Rada 1883 sigla antigua de García Guitérrez
1878/1, doc. 1) y de De la Rada 1883)

«4 hachas» 9, 111, 112, 113 Señalan que 9, 111 y 112 355 (112), 386 (111), 387 (113), 12 (9)
pertenecen a la colección,
pero no las localizan
«1 gúvia» 405 Referenciada y dibujada, 57 (405)
sin sigla
«1 escoplo» 375 No mencionado 356 (375)
«1 lanza» 13 13 13
«2 fracmentos de 491, 492 491, 492 358 y 359 (491 y 492)
escultura humana»
«2 láminas de pizarra 493, 494 493, 494 360 (493), 361 (494)
con carateres
desconocidos»
«6 cuchillos» 28, 29, 30, 32, 33, 34 28, 32, 33, 34. (29 y 30 24 (28), 25 (29), 26 (30), 27 (32)
sin publicar) 23 (33), 26 (34)
«2 vasos» 562 Citado el 562 383 (562)
«2 fragmentos de vaso» 564 No localizados, citado 384 (564)
«6 flechas, 2 saetas» 13, 14, 15, 16, 17, 18, 19, Estudian piezas coincidentes No localizadas
20, 21. (La sigla 18 incluía de la vitrina de Salamanca,
dos piezas). que atribuyen a Guadancil
«6 pendientes de 495, 496, 497, 498, 499, Afirman encontrar las cuentas 362 (495), 363 (496), 364 (497),
diferentes formas y 500 en otras vitrinas 365 (498), 366 (499), 367 (500)
piedras»
«15 cuentas de diferentes 501, 502, 503, 504, 505, Afirman encontrar las cuentas 368 (501), 369 (502), 370 (503),
diferentes tamaños y 506, 507, 508, 509. en otras vitrinas. El dibujo de 371 (504), 372 (505), 373 (506),
piedras» (La sigla 506 comprende la sigla antigua 509 (dibujo 374 (506), 375 (506), 376 (506),
6 piezas). 41) no corresponde con la 378 (506), 380 (507), 381 (507),
descripción de 1883 ni con 382 (509). Falta 377
la sigla 382.
«1 afiladera» 534 No mencionada 385 (534)

Tabla 1. Correlación entre los materiales entregados por Sande y los catálogos del MAN.

Las diferencias entre las dos colecciones establecerían las preferencias de Sande a la
hora de seleccionar las piezas de la colección para ser expuestas en París. Las placas más
completas fueron enviadas a la exposición junto con la práctica totalidad de la colección de
puntas de flecha, mientras que el resto de los materiales aparecen en proporciones similares
como láminas de sílex o cuentas de collar. Otros, que debieron parecer más corrientes a
Sande, están sobrerrepresentados en la Colección Paredes como son todo el grupo de puli-
mentados (azuelas, hachas, gubias, etc).

Los ídolos son quizás el material más emblemático de la colección del MAN. Las placas
de pizarra pueden ser quizás las más estandarizadas de la colección en relación a las que se
han publicado para la cuenca del Tajo (Bueno, op. cit.). La característica común de la colec-
ción del MAN y la depositadas en Lisboa es que se trata de placas realizadas en pizarra, a

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Fig. 4. Repertorio de placas de la Colección Sande (fila superior) y las que fueron entregadas en el Museu Nacional de
Arqueologia de Lisboa (éstas en la fila inferior). Dibujos realizados a partir de fotografías y calcos originales.

excepción de la pieza 360. Las entregadas en Lisboa, de las que conservamos calcos (Archivo
MNA, Doc. 17317), podrían considerarse tipológicamente similares a las de la colección del
MAN. Una peculiaridad observada es que tanto las placas 360 y 361 muestran restos de
colorante rojizo en ambas caras, lo que no había sido observado con anterioridad. En la
placa 361 la distribución del colorante parece localizarse rellenar los triángulos de la zona
inferior de la pieza, aunque manchas desiguales parecen sugerir además el contacto ininten-
cionado con la fuente de colorante. En la pieza 360 el colorante se distingue en las incisiones
que dibujan el collar de la pieza (fig. 4).

Restos del mismo colorante rojizo se debían conservar en la placa 358, a juzgar por
la descripción ofrecida por Sande (Archivo RAH, exp. 9-7390-35, doc. 1): «tiene trozos como
impregnados de bermellon». Restos de pigmento rojo también se preservaban en una placa
de Alcántara, también realizada en bajorrelieve y arenisca (Bueno et alii, 1998), que alientan
la hipótesis de la pertenencia a un mismo taller (Bueno y Balbín, 2003: 413). Nada ha sido
anotado para las placas portuguesas, como las dos del Anta da Horta (Oliveira, op. cit.: 117)
de factura análoga a las comentadas. Los restos de colorante rojizo se preservaban también
en los grabados de los ortostatos, circunstancia que hacen notar los Leisner (Leisner y Leisner,
op. cit.), también en sus apuntes (BA/Arquivo Leisner/Cx. 29/6), y que no ha podido ser
documentada tras nuestros trabajos de campo. Es posible además que algunos elementos

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Fig. 5. Placa 361. Los colores han sido manipulados ligeramente para resaltar el pigmento. Foto: Enrique Cerrillo Cuenca.

Fig. 6. Paleta de colorante de la Colección Sande (N.º Inv. 385).

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de adorno personal y algunas azuelas de la Colección Sande también presenten restos de


colorante rojizo, posiblemente por contacto con un suelo espolvoreado con colorante, como
es común en otros ambientes funerarios peninsulares. Un nuevo hallazgo dentro de la Co-
lección Sande es una paleta con restos de colorante rojizo, de la que una vez más se conocen
ejemplares en el dolmen de Trincones I (Bueno et alii, 1999: 140) justo a la entrada de la cá-
mara. El color, y especialmente el rojo, debió formar parte de una puesta en escena del in-
terior del enterramiento, lo que indicaría de forma indirecta unas ciertas condiciones de
preservación del dolmen cuando de Sande lo vacía de ajuares (figs. 5 y 6).

El hallazgo de un vaso calizo en la Colección Sande, no descrito anteriormente por


los Leisner, nos sitúa ante un nuevo elemento importado, posiblemente del sur peninsular.
Se trata de un ejemplar fragmentado ya en origen de forma hemisférica que no presenta
ningún tipo de decoración, como sí suele suceder con los ejemplares conocidos en la zona
meridional de la península ibérica. El hallazgo de un ejemplar en la Meseta vendría marcando
(Villalobos, 2013) una vía de distribución de este tipo de objetos desde el occidente andaluz
hacia ámbitos meridionales. El único contexto hasta ahora conocido en el Tajo procedía
del poblado del Cerro de la Horca (González, 1993), no muy lejano de la necrópolis de
Guadancil, siendo el que aquí presentamos el único ejemplo entre el conjunto de contextos
funerarios conocidos (fig. 7).

El material lítico en sílex también merece un análisis profundo que dejamos para otra
ocasión. La pieza de inventario 13, expuesta en las vitrinas del MAN, parece haber sido
tomada por una alabarda por los Leisner2 (Leisner y Leisner, op. cit.: 321), cuando en realidad
encaja mejor dentro de un prototipo de puñal con sendas escotaduras en los márgenes en
el extremo distal. El origen de este tipo de piezas está aún por determinar, aunque se les ha
atribuido en algunas ocasiones un origen del sur peninsular (Arias y Ontañón, 2012: 112) y
que parece factible a tenor de su distribución en la península ibérica (fig. 8).

Estos datos nos estarían hablando de la afluencia de materiales procesados de distintos


orígenes peninsulares, sobre todo si tenemos en cuenta que el conjunto de láminas de Gua-
dancil posee un origen externo a Extremadura. Al menos una de las láminas de sílex de la
Colección Paredes se ha realizado sobre diatomita, material que sería muy característico del
valle interior del Tajo, por ejemplo en Aranjuez (Rubio et alii, 2010: 23). Los estudios de
aprovisionamiento realizados hasta la fecha por nosotros en la zona sólo han permitido
documentar nódulos de sílex centimétricos que se hallan en posición secundaria posible-
mente en el antiguo cauce del Tajo.

En cuanto a los elementos de adorno personal3, juegan una parte importante de la


colección. Especialmente interesante es la presencia de algunas piezas que podrían estar
realizadas en variscita, que se conservan en ambas colecciones. La aparición de metal en la
Colección Paredes estaba atestiguada por cuatro piezas distintas. Una lámina de cobre y una
punta de cobre fueron referidas en la correspondencia entre Paredes y Siret. De ellas, tal y
como apuntaron los Leisner (op. cit.) la punta es asimilable a un puñal de cobre (Cerrillo,
op. cit.), de los que existen algunos ejemplos en las necrópolis cacereñas.

2
Emplean el término alemán Dolchstab para referirse a esta pieza.
3
El Dr. Odriozola ha realizado análisis aún inéditos de la Colección Paredes, que podrán completar las conclusiones aquí
reflejadas.

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Fig. 7. Vaso calizo de la Colección Sande (inventario 383). Foto: Enrique Cerrillo Cuenca.

Fig. 9. Vista aérea del dolmen de Guadancil 1 antes de los


trabajos de limpieza realizados, en época de bajada del
Fig. 8. Puñal de sílex de la Colección Sande (inventario 13). embalse. Foto: Enrique Cerrillo Cuenca.

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Recapitulación final

En este artículo hemos ofrecido una reconstrucción de la actividad arqueológica en torno a


Guadancil desde el momento de su descubrimiento a la formalización de las colecciones en
el MAN y en el Museo de Cáceres, ello contribuye a aclarar algunas de las dudas que se cer-
nían sobre uno de los conjuntos de materiales más importantes del megalitismo extremeño.
Gracias a la documentación de archivo sabemos que las placas procedían posiblemente de
Guadancil 1, mientras que el resto de la colección del MAN y del Museo de Cáceres son en
realidad representativas de un conjunto de sepulcros funerarios de las inmediaciones. Todos
estos aspectos contribuyen a formar una imagen muy distinta de la que teníamos para el
conjunto de la necrópolis de Guadancil, que colaboran junto a nuestros trabajos de campo
en una nueva lectura de conjunto que no podemos obviar en este trabajo.

El dolmen de Guadancil 1, de donde presumiblemente procede una parte significativa


del ajuar, fue descrito por Guerra (1883), fotografiado por Paredes (Archivo AHPCC, Legado
Paredes, doc. 26), documentado con bastantes errores por Mélida (1920 y 1924) y finalmente
revisado por los Leisner (op. cit.). Poca información podía aportarse tras estas revisiones, a
excepción de algunas aclaraciones puntuales,
como puede ser su pertenencia a una tipología
de sepulcros adintelados (Cerrillo, 2011) y no
de la falsa cúpula como apuntara Mélida
(1920), cuestión que se ha repetido en la bi-
bliografía posterior. Es matizable además el
material constructivo del que habla Mélida,
que no es granito, sino pizarra (figs. 9 y 10).

Los Leisner, además, advirtieron la pre-


sencia de grabados y pintura en los principales
ortotatos de la cámara, elementos que se han
tratado posteriormente (Bueno y Balbín, 1992).
Los trabajos en el sitio en 2012 realizados por
Fig. 10. Croquis idealizado del dolmen de Guadancil 1, nosotros (Cerrillo et alii, 2015) permitieron
realizada por Paredes en fecha indeterminada, donde se realizar una documentación actualizada del
observa la cubierta plana, que corresponde con otras
descripciones como la de Guerra (AHPCC/Legado Pare- sitio, sin embargo los ortostatos decorados
des/Lg. 22). habían desaparecido de la cámara, impidiendo
realizar el tipo de documentación exhaustiva
que pretendíamos desarrollar. Únicamente algunas piezas de pizarra fragmentadas diseminadas
por las inmediaciones parecían sugerir algún tipo de decoración que poco tiene que ver con
lo que documentaran en su día los Leisner. La limpieza de la estructura sirvió además para do-
cumentar la presencia de fragmentos esporádicos de campaniforme puntillado, lo que vendría
a confirmar la sospecha de una cronología campaniforme del sitio (Bueno et alii, 2008; Leisner
y Leisner, op. cit.), que hasta ahora no había sido atestiguada definitivamente.

Un uso cronológicamente avanzado de dólmenes del Tajo extremeño no resulta


extraño, está atestiguado con cerámicas campaniformes en Guadalperal (Leisner y Leisner,
1960) posiblemente como consecuencia de una reutilización del sepulcro en un momento
avanzado de la Prehistoria Reciente. Una situación distinta describe el dolmen de Trincones I,
que parece haberse construido de forma completa en momentos campaniformes, lo que

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atestiguaría una datación absoluta realizada a partir del suelo orgánico de la cámara (Bueno
et alii, 2008) que dio como resultado (Beta-197160, 3600 ± 60 BP) un uso tardío de la estruc-
tura hacia el tránsito entre el III y II milenios: 2136-1774 cal BC (intervalo calibrado a 2
sigma). El hallazgo de dos placas pertenecientes al mismo taller en sendos sepulcros (Bueno,
op. cit.), Guadancil 1 y Trincones 1, podría ser un argumento que tomado con la debida
cautela establecería cierta contemporaneidad entre ambos contextos, como previamente han
señalado Bueno y Balbín (2003: 413). No obstante, para un contexto semejante como el de
Anta da Horta (Oliveira, 2011) las dos dataciones obtenidas sobre enterramientos son algo
anteriores, concretamente de finales del IV milenio y de inicios del III milenio cal BC, si bien
en este caso parece ser que las placas formaron parte de una deposición ritual posterior
(Oliveira, op. cit.: 50). En cualquier caso es de interés señalar la coincidencia entre ocupa-
ciones de finales del Neolítico y estos contextos funerarios más recientes.

Para Guadancil 1 es imposible estimar cuál fue el momento de construcción de la


estructura, sin embargo puede admitirse que se realizó dentro de un valle que contaba con
algunos monumentos ya construidos en el IV milenio cal BC como es el caso de la cámara
simple de Guadancil 3 (Cerrillo et alii, 2015), lo que supone una novedad en la comprensión
de las dinámicas de formación de las necrópolis del Tajo extremeño, falto de referencias
cronológicas para grandes necrópolis como estas. Por otra parte, las prospecciones realizadas
en el entorno hablan de una distribución de sitios de pequeño tamaño en las zonas no
inundadas por el embalse (Cerrillo, op. cit.), con un amplio desarrollo cronológico, que sería
coherente con la dinámica cronológica observada en la necrópolis.

La necrópolis de Guadancil, desde esta perspectiva, debe considerarse como una


suerte de espacio ancestral sobre la que se producirá, de forma más o menos palpable, una
agregación recurrente de tumbas desde al menos el IV milenio cal BC. La imagen final de la
necrópolis, posiblemente la que alcanza el final del III milenio cal BC, obedece por tanto a
un proceso dinámico que debió estar ligado, como es lógico a la reformulación de las rela-
ciones sociales de los constructores de la necrópolis y que hoy resulta difícil de desentrañar
por su estado de preservación.

No parece por tanto que los materiales de las Colecciones Sande y Paredes reflejen
ese uso cronológico tan dilatado, pues tan sólo representan mayoritariamente un momento
de uso de los sepulcros durante el III milenio cal BC. La afluencia de materiales de distintas
procedencias que hoy sabemos que estarían ligados a orígenes tan dispares como el valle
del Guadalquivir, el interior del valle del Tajo o el Alentejo portugués, por citar únicamente
puntos concretos. La inclusión de estos materiales en un conjunto de sepulcros megalíticos,
que hoy sabemos que son al menos tres, del Tajo interior nos sitúa ante comunidades
inmersas dentro de un panorama de relaciones político-territoriales del que participan espa-
cios como los del sur peninsular con estructuras sociales en un incipiente proceso de jerar-
quización. Dar forma y título a estas estructuras sociales en el Tajo extremeño es sin embargo
complejo debido al escaso registro arqueológico funerario preservado que poseemos en el
área. El acceso a bienes de intercambio como los aludidos es palpable también en sepulcros
colectivos en cuevas naturales (Cerrillo y González, 2014), lo que da una idea del conserva-
durismo de las prácticas funerarias durante el III milenio cal BC y posiblemente del escaso
grado de individualización social, al menos en la forma en que podemos documentarlo en
el registro disponible. La asociación de los materiales de Guadancil a monumentos concretos
es hoy en día imposible, pero también lo fue en su momento su asignación a restos osteo-

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lógicos individualizables, lo que redunda en las dificultades existentes a la hora de realizar


una interpretación más adecuada de esta importante necrópolis.

Agradecimientos

Quisiera agradecer a Aurora Ladero, Carmen Cacho y Ruth Maicas las facilidades que nos
han ofrecido a la hora de estudiar tanto la documentación de archivo como los materiales
de la Colección Sande. Alicia Prada colaboró en el trabajo de documentación realizado en
el MAN, y ella misma, al igual que Raquel Liceras, colaboraron en el estudio del material de
archivo. Del mismo modo agradezco las facilidades de Fernanda Torquato en la Biblioteca
de Arqueologia de Lisboa, y a Juan Valadés y José Miguel Bornay en el Museo de Cáceres.
Finalmente quisiera agradecer los comentarios realizados por los dos evaluadores anónimos
que han revisado el texto.

Archivos consultados

AHPCC, Archivo Histórico Provincial (Cáceres).


BA, Biblioteca de Arqueologia (Lisboa).
MAN, Museo Arqueológico Nacional (Madrid).
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MNA, Museu Nacional de Arqueologia (Lisboa).
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Boletín del Museo Arqueológico Nacional 34/2016 | ISSN: 2341 - 3409 | Págs. 29-46
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Cuestión de procedencia. Breve historia


de un conjunto áureo procedente
de Extremadura
A question of origin. Brief history of a golden set
from Extremadura

Eduardo Galán (eduardo.galan@mecd.es)


Departamento de Prehistoria. Museo Arqueológico Nacional

Resumen: El conjunto de orfebrería conocido como ajorca o brazalete con espirales


colgantes, ha sido a lo largo del tiempo objeto de diversas interpretaciones, tanto funcionales,
como respecto a su procedencia. Este trabajo reúne la documentación de ingreso de la pieza,
junto a algunos datos nuevos, para situarla correctamente en el contexto que le corresponde.

Palabras clave: Orfebrería. Edad del Bronce. Hornachos. Badajoz. Museo Arqueológico Nacional.
Análisis elemental.

Abstract: The set of goldwork defined as bangle or bracelet with hanging spirals, has been
throughout the time object of diverse interpretations, so much functional, as with regard to
its origin. This work brings together the documentation of the arrival of the piece to the
Museum, close to some new information, to place it correctly in a more correct context.

Keywords: Goldwork. Bronze Age. Hornachos. Badajoz. Museo Arqueológico Nacional. Elemen-
tary analysis.

Introducción

Una de las piezas más antiguas y reconocibles de la colección de orfebrería prehistórica del
Museo Arqueológico Nacional (en adelante MAN) es un brazalete o ajorca de la que penden
once espirales de oro (N.º Inv. 16 843). Esta pieza ha sido sujeto de diversas interpretaciones
sobre su origen durante más de un siglo. A ello ha contribuido el que los primeros inventarios
del Museo no le atribuyesen procedencia alguna, lo cual es extensible a muchas joyas
reunidas durante la primera fase de atesoramiento de piezas por el Museo, y al criterio con
el que comenzaron a redactarse los inventarios del mismo, y en concreto los de la Sección
Primera, correspondiente a la colecciones de Prehistoria y Edad Antigua.

Boletín del Museo Arqueológico Nacional 34/2016 | ISSN: 2341 - 3409 | Págs. 47-62
Recibido: 31-12-2015 | Aceptado: 04-04-2016
48 Eduardo Galán

En la ficha original de inventario del Museo, de la que se conserva al menos un


borrador, el dato de procedencia está en blanco. En cualquier caso sabemos que ese inven-
tario se realizó no antes de inicios de la década de 1890, y que para entonces, los propios
responsables de la Sección ya manifestaban lo difícil que les resultaba identificar muchas de
las piezas de la colección en los expedientes y libros de ingreso.

Estas páginas están dedicadas fundamentalmente a dar a conocer la documentación,


publicada y de archivo, que permite poner fin a la discusión, demostrando la procedencia
extremeña de esta pieza o conjunto de orfebrería.

Viejos y nuevos datos sobre su procedencia

La primera referencia en la que se atribuye una procedencia a esta pieza es la obra de los
hermanos Siret. Así, en el texto de Las Primeras Edades del Metal en el Sudeste de España,
podemos leer:

«Existe en el Museo de Madrid un anillo de oro de forma semejante al de Fuente


Álamo […] A este anillo de oro se hallan engarzadas once espirales formadas de
hilos de oro, de diversas magnitudes, y unas con otras entrelazadas. Este magnífico
objeto fue comprado á un buhonero, creyéndose que procede de Mengíbar ( Jaén).
Pero la falta de datos precisos sobre su origen le quita gran parte de su valor».
(Siret y Siret, 1890: 264, nota 1 y 313-314, lám. XXVI, 2).

Esta atribución, por más que los propios Siret la señalasen como dudosa, ha tenido
éxito, y hoy es sin duda la más citada (Severo, 1905-1908: 68, fig. 12; Hernando, 1983: 108,
fig, 81; Lull, 1983: 208; Perea, 1991: 66, notas 6, 71, 294 y 296; Armbruster, 2000: 205, n.º 55,
lám. 63, 4-6; Celestino y Blanco, 2006: 158-159).

No obstante, diversos autores han realizado otras atribuciones, sin que, como en el
caso de Mengíbar, tengamos constancia segura en qué fuente se han basado para su afirma-
ción. Así, en el catálogo de la exposición de orfebrería civil española, en el que se exhibía
esta pieza, figuraba como procedente de Galicia, sin más detalles (Artiñano, 1925: 106, n.º
229). Sin embargo, en los datos que el Museo envió para la formación de dicho catálogo, la
procedencia que se menciona es la de Extremadura.

Es Álvarez-Ossorio (1925: 189-190, lám. CXL y 1954: 28-29, lám. XIV) el primero que
cita su procedencia en Extremadura, sin precisión ni explicación alguna. La misma atribución
encontramos en Carriazo (1947: 818, fig. 641), Almagro-Gorbea (1977: 40, lám. VI, 2), Hart-
mann (1982) y Pingel (1992: 278, n.º 194 c, lám. 43, 3), quien explícitamente menciona como
un error la procedencia de Mengíbar. Igualmente las fichas de inventario del Museo poste-
riores, correspondientes al modelo de las «Instrucciones» de 1942, están realizadas por
Augusto Fernández de Avilés en 1958, y recogen la procedencia en Extremadura, en algún
caso con una interrogación añadida al final, advirtiendo que tal procedencia se atribuye
siguiendo a Álvarez-Ossorio, pues en el inventario no consta.

No hemos podido encontrar ninguna documentación interna del Museo que justifique
la atribución de procedencia a Mengíbar. Por ello sólo podemos plantear la conjetura de que

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Cuestión de procedencia. Breve historia de un conjunto áureo procedente de Extremadura
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se trate de una confusión relacionada con el tesoro ibérico de plata de Mengíbar, adquirido
por el Museo a José Ignacio Miró en fechas cercanas a las de la pieza que nos ocupa (Barril,
2002: 116-117).

Hechas estas aclaraciones sobre la suerte historiográfica del hallazgo, pasemos a


la «nueva» documentación, que permitirá arrojar luz sobre la procedencia concreta de este
conjunto.

En el número del 5 de enero de 1877 de la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos


(Año VII, n.º 1.º), una nota breve y sin firma en la sección de Noticias constituye la primera
información sobre el hallazgo que conocemos. Por su importancia y la información que
aporta se transcribe íntegramente a continuación:

«Según escribe a un periódico su corresponsal de Villafranca de los Barros, se ha


encontrado un precioso aro de oro en el cauce de un río, a las inmediaciones de
Hornachos, cuyo peso es de catorce onzas y media, que sin duda el agua torrencial
de estos días ha sacado de algún sepulcro romano. De dicho aro penden otros
nueve, más pequeños, de alambre del mismo metal. Los inteligentes dan a esta
joya un gran valor por su antigüedad. La persona que lo ha encontrado es un pobre
trabajador, y parece que piensa dedicarlo a S.A.R. la princesa de Asturias» (RABM,
1877: 14).

En estas breves líneas se condensan dos informaciones que merece la pena resaltar.
En primer lugar, fundamentalmente, la documentación del lugar del hallazgo, en los alrede-
dores de Hornachos, provincia de Badajoz. En segundo lugar que el hallazgo se produjo en
relación con un curso de agua, vecindad que ya ha sido anotada para otros hallazgos de
piezas o conjuntos de bronce y de oro, principalmente durante la Edad del Bronce (Ruiz-
Gálvez, 1995), y cuyo mejor exponente es el tesoro de Villena, encontrado en el propio curso
de una rambla (Soler, 1965).

A partir de los datos de la publicación citada, no fue difícil localizar en el Archivo del
MAN el expediente 1877/6, cuyo asunto es la adquisición, por compra a don Manuel Pérez
Giménez, de una «pulsera de oro céltica». Se trata de un expediente bastante detallado en lo
referente a la secuencia de la adquisición, inusitadamente rápida si tenemos en cuenta casos
paralelos, pues en menos de un mes, entre el 2 y el 27 de abril de 1877, se concluyeron
todos los trámites necesarios para la incorporación definitiva de la pieza a las colecciones
del MAN. Sin embargo, carece prácticamente de descripción alguna del objeto de la compra,
lo que sin duda explica que haya pasado desapercibido hasta ahora.

Veamos la secuencia detallada de los acontecimientos de acuerdo con el expediente


de adquisición. El 2 de abril de 1877 el Director del Museo comunica al Ministro de Fomento
la oferta de venta al Museo de «una pulsera de oro macizo, perteneciente a remota época,
probablemente céltica, de peso más de catorce onzas, y de extremada rareza, hasta el punto
de poder considerarse como objeto tan peregrino que no conoce este Museo tenga compa-
ñero […]». El documento continúa con la consabida petición de fondos, de los que siempre
estaba carente el establecimiento, para evitar la pérdida de «tan notable objeto». La pieza
había sido tasada en 9500 reales, es decir, 2375 pesetas. En el margen del documento
conservado en el Archivo, que es la minuta del oficio propiamente dicho, se ha escrito el

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50 Eduardo Galán

nombre del ofertante, Manuel Pérez y Giménez, y el número de su cédula personal, expedida
el 30 de noviembre de 1876 por el Alcalde de Hornachos (Badajoz).

Una semana después, el 9 de abril, la Dirección General de Instrucción Pública, trans-


mite al Director del Museo la Real Orden autorizando la compra y ordenando librar el importe
de la misma a favor del habilitado del Museo, una vez que la joya hubiera sido entregada en
el mismo. Este trámite queda documentado el día 13 de abril, a la vez que se comunica al
Ministro su ingreso en la Sección Primera del Museo.

El día 26 de abril el vendedor, el ya citado Manuel Pérez Giménez, con el visto bueno
del director del Museo, Antonio García Gutiérrez, y la rúbrica del habilitado del mismo,
Sergio Salas, firma el recibo oficial del importe de 2375 pesetas por la venta de «una pulsera
de oro maciza» de su propiedad. Al día siguiente, copia del recibo anterior es remitida al
ordenador de pagos por obligaciones del Ministerio de Fomento, cerrando la tramitación
administrativa de la adquisición.

Sin embargo, el expediente no concluye aquí, sino con un documento judicial, en el


que el Juzgado de Primera Instancia del distrito del Hospicio, en Madrid, requiere al Director
del Museo información sobre la venta por Manuel Pérez Giménez a la institución de «una
alhaja antigua de oro de figura como brazalete o pulsera de gran tamaño y por qué cantidad».
Este requerimiento no tiene fecha, pero si la minuta de la respuesta del Director al Juez,
datada el 11 de julio de 1877.

Como decíamos, el expediente nunca describe detalladamente la joya que se está


adquiriendo, lo que explica en parte los problemas de documentación posteriores de la
misma. Sin embargo, a partir de la noticia publicada en la Revista de Archivos, Bibliotecas y
Museos, el paralelismo es evidente. En primer lugar la coincidencia de fechas entre el hallazgo
y la adquisición. En segundo lugar la procedencia del vendedor en Hornachos, si bien no
podemos asegurar si éste es la misma persona a la que se refiere la publicación como autor
del hallazgo, o si entre tanto, la pieza había cambiado de manos. En tercer lugar la referencia
tanto en la noticia como en el expediente al peso de la pieza en torno a las 14 onzas, que
equivaldrían a unos 400 gramos. Finalmente, aunque sea un aspecto más subjetivo, la consi-
deración de la joya o alhaja como un hallazgo extraordinario, se halla, bien que con diferentes
palabras, en las dos fuentes con las que contamos.

¿Por qué entonces se perdió el rastro de esta compra, por demás tan bien documen-
tada? La respuesta está posiblemente en el complejo modelo de catálogo-inventario universal
patrocinado por Rada y Delgado, a la sazón jefe de la Sección Primera (Rada, 1883), en el
que las colecciones se dividían en función de su material y de su cronología supuesta, otor-
gando un papel secundario a los datos de procedencia. Desde finales de la década de 1880,
un nuevo equipo, formado esencialmente por José Ramón Mélida y Francisco Álvarez-Ossorio,
inició un nuevo inventario desde un planteamiento diferente, que privilegia los datos de
ingreso y la procedencia de los objetos y colecciones. Sin embargo en esta nueva etapa los
problemas documentales no tardaron en surgir, y muchas piezas habían perdido ya referencias
básicas para su correcta identificación.

Además la compra, realizada como hemos visto a través de la Dirección General de


Instrucción Pública, dependiente del Ministerio de Fomento, no figura asentada en el Libro

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de Adquisiciones por el Estado del Museo, donde le correspondería, ni en su defecto en el de


Compras del propio Museo. Estos libros fueron la fuente esencial de recuperación de datos
para el nuevo inventario, lo que explica que la ficha realizada en este momento no identifi-
case la procedencia del objeto que ahora nos interesa. Entre tanto los hermanos Siret ya
habían publicado su obra en francés (Siret y Siret, 1887: 250, lám. XXVI, 2) y poco después
en español (Siret y Siret, 1890: 264, nota 1 y 313-314, lám. XXVI, 2) y la nueva atribución de
origen en Mengíbar había comenzado a rodar.

En resumen, parece que se puede establecer con claridad que la pieza a cuya adqui-
sición hace referencia el expediente 1877/6 es la misma cuya noticia de hallazgo se había
publicado poco antes en la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, y la misma que figura
en el inventario del MAN con el número 16843 (fig. 1).

Fig. 1. Brazalete o ajorca con espirales colgantes. MAN (N.º Inv. 16843). (Foto: Ángel Martínez Levas. Archivo Fotográfico MAN).

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Fig. 2. Dibujo de Luis Siret correspondiente a la lámina 77 de la España Prehistórica (1891).

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Sobre el conjunto de Hornachos y sus paralelos

El aro, abierto y macizo, lleva insertadas un total de once espirales, distribuidas en cuatro
pequeñas cadenas, tres de ellas con tres espirales, y la cuarta solo con dos. La noticia publi-
cada en la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos hablaba únicamente de nueve espirales.
Sin embargo, contamos con una temprana documentación gráfica realizada por Luis Siret.
En el Archivo del MAN se conserva el boceto realizado por este autor directamente del ori-
ginal. Este boceto es la base de su representación en la obra de 1887, y de la lámina que el
propio Siret preparó para su proyecto de la España Prehistórica, de 1891 (Siret, 2001: 239,
lám. 77) (fig. 2). En el dibujo se aprecia la misma cantidad y distribución de espirales
que se conserva en la actualidad, e igualmente se indica el número de once espirales en el
inventario manuscrito original del Museo.

Actualmente el conjunto pesa 380,08 g. Este peso es ligeramente inferior a las catorce
onzas, que pesaría según las fuentes originales consultadas. Sin embargo la diferencia no es
excesiva, en torno al 5 %, y hemos podido comprobar que existen a menudo divergencias
significativas entre los pesos reflejados en la documentación y lo que realmente pesan las
piezas. El total se distribuye entre el brazalete, que pesa 118,12 g y los 261,96 g el conjunto
de espirales.

Técnicamente las piezas parecen haber sido fabricadas a partir de una barra o alambre
de oro, según se trate del brazalete o de las espirales, que ha sido posteriormente conformada
por martillado hasta alcanzar la forma deseada (Armbruster, op. cit.: 205). Actualmente ese
trabajo de martillado puede apreciarse claramente en los extremos del brazalete. Otro aspecto
a destacar es la convivencia de diez espirales de sección circular con una de sección
romboidal, y el hecho de que hasta cuatro de las espirales se encuentren incompletas,
faltando al menos uno de sus extremos apuntados (tabla 1).

Elemento Estado Sección Vueltas Diámetro Grosor Peso


Máx./mín. máx.

Brazalete Completo Circular - 8,65/8,15 cm 0,6 cm 118,12 g


Espiral 1 Completa Circular 6 3,4/3,2 cm 0,2 cm
Espiral 2 Incompleta Circular +4 2,8 cm 0,15 cm
Espiral 3 Incompleta Circular +6 4,1/4,0 cm 0,2 cm
Espiral 4 Completa Circular 5 1/2 4,1/3,95 cm 0,2 cm
Espiral 5 Incompleta Circular +5 4,3/4,2 cm 0,2 cm
Espiral 6 Completa Circular 5 3,85/3,7 cm 0,2 cm 261,96 g
Espiral 7 Completa Circular 6 4,3/3,9 cm 0,15 cm
Espiral 8 Incompleta Circular +4 2,4/2,2 cm 0,15 cm
Espiral 9 Completa Circular 5 4,14/4,0 cm 0,2 cm
Espiral 10 Completa Circular 5 4,0/3,9 cm 0,2 cm
Espiral 11 Completa Romboidal 5 3,5 cm 0,2 cm
Conjunto 380,08 g

Tabla 1. Descripción detallada del conjunto áureo de Hornachos (Badajoz).

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Fig. 3. Cadenas de espirales de Navalvillar de Pela. MAN (N.º Inv. 33697-32706bis). (Foto: Ángel Martínez Levas. Archivo
Fotográfico MAN ).

Respecto a sus paralelos, las espirales son frecuentes tanto en Portugal (Armbruster, y
Parreira, 1993: 180-203), como en la cuenca media del Guadiana, donde además del conjunto
de Hornachos debemos citar los de Navalvillar de Pela (Álvarez-Ossorio, 1954), constituido
solo por espirales (fig. 3), y los de Mérida (Almagro-Gorbea, op. cit.: 35-38, fig. 9 y láms. 7 y
8; Harrison, 1977) y Olivar del Melcón, en el término municipal de Badajoz (Enríquez, 1995),
que incluyen así mismo brazaletes, aunque bastante diferentes entre sí y del que
aparece en el conjunto de Hornachos, y otras piezas de chapa consideradas ajorcas o tobi-
lleras. Por otro lado esta asociación entre hallazgos de cadenas de espirales y ajorcas o
brazaletes es un hecho reiterado. Además de los ya citados, podemos incluir otros tres
conjuntos: el de Bonabal (Trindade y Veiga, 1964), con un brazalete similar al de Hornachos,
el de Chaves (Cardozo, 1944), con un brazalete vinculado con la orfebrería Villena / Estremoz,
y el de Gondeiro (Martins, 1929: 229; Cardozo, 1930: 31 y 36), con dos brazaletes de sección
romboidal y extremos expandidos.

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Fig. 4. Mapa de los hallazgos de cadenas de espirales áureas y materiales asociados en la península ibérica. 1. Mengíbar
(Jaén); 2. Hornachos (Badajoz); 3. Villanueva del Río y Minas (Sevilla); 4. Navalvillar de Pela (Badajoz); 5. Alrededores de Mérida
(Badajoz); 6. Olivar del Melcón, Badajoz (Badajoz); 7. Solosancho (Ávila); 8. Vale de Viegas, Serpa (Beja); 9. S. Martinho, Alcácer
do Sal (Setúbal); 10. Dos conjuntos diferentes procedentes de los alrededores de Évora (Évora); 11. Montes Claros de Baixo,
Arraiolos (Évora); 12. Conjuntos de Herdade do Castelo y Herdade de S. Martinho, Avis (Portalegre); 13. Bonabal, Torres Vedras
(Lisboa); 14. Forno dos Mouros, Pampilhosa da Serra (Coimbra); 15. Gondeiro, Amarante (Porto); 16. Conjuntos de Sequeade y
de Gozos, Barcelos (Braga); 17. Chaves (Vila Real). (Reelaborado a partir de Perea, 2005: fig. 1)

En la península ibérica los hallazgos de cadenas de espirales realizadas en oro tienen


una dispersión claramente occidental (fig. 4). Su cartografía nos permite apreciar igualmente
como el hallazgo en Hornachos queda mucho más integrado con el resto de ejemplos
documentados que en Mengíbar, donde se encontraba notablemente aislado. Es cierto que
se conocen algunas espirales áureas en el sureste peninsular, vinculadas al ámbito de la cultura
argárica, pero se trata de hallazgos muy minoritarios respecto a los ejemplos similares realizados
en cobre o en plata y normalmente no se encuentran engarzados formando cadenas como en
el área atlántica (para un resumen de estos hallazgos véase Perea, 1991: 63-65).

El aro, brazalete o ajorca, resulta una pieza más significativa, a pesar de su simplicidad.
En la península ibérica tenemos al menos dos paralelos muy cercanos. El primero es un
hallazgo aislado, procedente de Solosancho (Ávila), con 9,4 cm de diámetro mayor y un peso
de 142 g (Delibes et alii, 1991: 210-211, fig. 1,4). El segundo es el brazalete del presunto

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56 Eduardo Galán

Fig. 5. El llamado «Tesoro» de Bonabal (Bordinheira, Torres Vedras, Portugal) Museu Municipal Leonel Trindade, Torres Vedras
(Foto: D-DAI-MAD-MLA-DG-23-2015-007. Archivo del Instituto Arqueológico Alemán de Madrid, fotógrafa: María Latova. Cortesía
del Dr. Michel Kunst).

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conjunto de Bonabal (Torres Vedras, Portugal), con un diámetro máximo de 9,3 cm –aunque
se encuentra algo deformado– y un peso de 127,9 g, y al que se asocia también una cadena
de espirales (Trindade y Veiga, op. cit.; Luna, 2004). Como se puede ver las medidas y pesos
son muy similares a los de la pieza de Hornachos. Es especialmente interesante el paralelo
con el conjunto de Bonabal, pero hay que tener en cuenta que en este caso el brazalete y
la cadena de ocho espirales fueron halladas en momentos diferentes, y aparentemente en
puntos diferentes de una misma finca, por lo que su carácter como conjunto debe ser puesto
entre interrogantes (fig. 5).

Los paralelos extrapeninsulares son relativamente abundantes para las espirales,


especialmente en Europa occidental (Eluère, 1982: 32; Eogan, 1994), aunque son igualmente
conocidas en contextos centroeuropeos. En el caso de los brazaletes se concentran en las
islas británicas y el área atlántica francesa, y son comunes en un horizonte que se puede
datar en la transición entre el Bronce Medio y el Bronce Final, hacia los siglos XIII-XII a. C.
Siguiendo a Eogan (1967 y 1994: 50-51), estos brazaletes abiertos, frecuentemente lisos y
con los extremos no expandidos, son frecuentes en este momento. Además encontramos
también en este ámbito conjuntos similares al de Hornachos, en forma de aros o torques de
los que penden anillas de distinto tipo, como en los ejemplos de Grunty –o Granta– Fen
(Stretham, Cambridgeshire), del que penden seis anillas abiertas, o el de Haxey (Lincolnshire),
en el que se encuentran insertas otras dos anillas y una pequeña espiral (fig. 6).

Estos paralelos apuntan a una cronología similar a la del tesoro de Bodonal de la Sierra,
también en Badajoz (Almagro-Gorbea, 1973) compuesto por fragmentos de torques de
tampones, tipológicamente extraños al ámbito peninsular, pero característicos del mundo atlán-
tico británico e irlandés, y de la costa atlántica francesa. Este paralelismo pierde sin embargo
algo de su valor, en tanto su rareza en el contexto en que aparece y su estado reducido a
material de refundición, hace que resulte muy difícil datar el momento real de su deposición.

Análisis elemental

Finalmente queremos dar a conocer brevemente, por la influencia que puedan tener para la
caracterización y datación relativa de éste y otros conjuntos, los resultados de los análisis
compositivos XRF realizados por el Dr. Salvador Rovira, en el espectrómetro METOREX del
Museo Arqueológico Nacional. Hay que decir que prácticamente todas estas piezas se
encontraban ya analizadas en el marco del proyecto SAM, llevado a cabo por el equipo de
Stuttgart, y bajo la responsabilidad en lo referente al oro del Dr. Hartmann. Los nuevos análisis
tenían el interés de explotar el avance en los métodos de detección e incorporar los resul-
tados al Proyecto de Arqueometalurgia de la Península Ibérica. Los diferentes rangos de
detección entre los equipos utilizados en ambos proyectos, podrían permitirnos hoy una
lectura que nos facilite distinguir entre los resultados de este período y el inmediatamente
posterior (tabla 2).

Incluimos por su coherencia geográfica los resultados de los análisis realizados sobre
el conjunto de Hornachos, en concreto sobre el brazalete y tres de las espirales, y sobre
todas las espirales constitutivas de la serie de Navalvillar de Pela. Se trata de dos conjuntos
muy coherentes entre sí. El contenido en oro se sitúa en una horquilla entre el 88,7 % y el
94,7 %, que se reduce a solo el 90,0-92,3 % si consideramos únicamente los análisis del con-

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58 Eduardo Galán

Fig. 6. 1. Aro con anillas colgantes de Grunty Fen (Cambridgeshire). 2. Torques con anillas colgantes de Haxey (Lincolnshire).
Según Eogan, 1967.

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Cuestión de procedencia. Breve historia de un conjunto áureo procedente de Extremadura
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Análisis Conjunto Nº Inv. Objeto Au Ag Cu Sn Sb

PA13295 Hornachos 16843 Brazalete 90,8 9,14 nd 0,05 nd


PA13295-01 Hornachos 16843 Espiral 92,3 7,71 nd 0,02 nd
PA13295-03 Hornachos 16843 Espiral 90,5 9,46 nd 0,02 nd
PA13295-04 Hornachos 16843 Espiral 90,4 9,61 nd 0,02 nd
PA13295-11 Hornachos 16843 Espiral 90,0 9,96 nd 0,01 nd
PA13414 Navalvillar 32697 Espiral 93,7 6,27 nd 0,04 nd
PA13415 Navalvillar 32698 Espiral 94,3 5,71 nd 0,03 nd
PA13416 Navalvillar 32699 Espiral 91,4 8,58 nd 0,05 nd
PA13413 Navalvillar 32700 Espiral 94,7 5,25 nd 0,02 nd
PA13419 Navalvillar 32701 Espiral 90,3 9,67 nd 0,02 nd
PA13411 Navalvillar 32702 Espiral 90,8 9,20 nd nd nd
PA13421 Navalvillar 32703 Espiral 89,1 10,9 nd nd nd
PA13412 Navalvillar 32704 Espiral 91,4 8,55 nd 0,03 nd
PA13420 Navalvillar 32705 Espiral 88,7 11,3 nd nd nd
PA13422 Navalvillar 32706 Espiral 93,8 6,11 nd 0,11 nd
PA13417 Navalvillar 32706bis Espiral 89,3 10,2 nd 0,44 nd
PA13418 Navalvillar s/n.º Alambre 91,7 8,14 nd 0,11 nd

Tabla. 2. Análisis elemental XRF realizado con el espectrómetro METOREX de los conjuntos de Hornachos y Navalvillar de
Pela (Badajoz). Proyecto Arqueometalurgia de la Península Ibérica.

junto de Hornachos. El contenido en plata se sitúa entre el 5,25-11,3 % (Hornachos entre el


7,71-9,96 %) y el contenido en estaño entre situarse por debajo del límite de detección en
tres casos y el 0,44 %, quedando tan sólo entre el 0,01-0,05 % en Hornachos. En todos los
casos, sin excepción, el cobre se sitúa por debajo del límite de detección.

Si comparamos estos datos con los publicados por Hartmann (op. cit.) –los análisis
Au1863-Au1874 corresponden al conjunto de Hornachos, y los análisis Au1886-Au1896 al de
Navalvillar de Pela– los márgenes se ensanchan: La plata muestra un intervalo entre ca. 6 % y
ca. 20 %, y el estaño entre 0,007-0,80 %. La diferencia es mayor en lo referente al contenido en
cobre, que se sitúa entre ca. 0,01 % y un 1,8 %, correspondiendo éste a una de las espirales
del conjunto de Hornachos. Los análisis del conjunto portugués de Bonabal (Au2907-Au2915)
se sitúan igualmente dentro de los márgenes citados. No obstante, es cierto que la comparación
de resultados entre métodos de análisis diferentes resulta siempre difícil, y que su lectura es a
menudo susceptible de interpretaciones diversas. En cualquier caso, y desde un punto de vista
muy general, estos datos podrían avalar que nos encontramos ante producciones realizadas
con oro nativo, sin aleaciones intencionales (Montero y Rovira, 1991: 9-11).

Conclusiones

Recapitulando, podemos destacar algunos datos que parecen evidentes. En primer lugar
respecto a la procedencia, queda razonablemente aclarado el origen de la pieza en Extre-
madura, y más concretamente su relación con el entorno del actual término municipal de
Hornachos, en la provincia de Badajoz. Así pues debe considerarse la referencia a Mengíbar,

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60 Eduardo Galán

en Jaén, como un error historiográfico que debe ser corregido y, en consecuencia, tal atri-
bución desechada.

En segundo lugar, la suma de paralelos formales nos lleva a plantear una posible
cronología en el tránsito entre el Bronce Medio y el Bronce Final, al menos en lo que respecta
a la ajorca o brazalete, si bien desde una perspectiva analítica es resaltable la homogeneidad
de todos los elementos que constituyen el conjunto.

Finalmente, y de forma deliberada, pues no es ésta la finalidad de este trabajo, hemos


preferido no manifestar opinión en los apartados precedentes acerca de la funcionalidad de
esos materiales. Si en un principio se relacionó a las espirales con adornos de pelo, y por tanto
con joyas, en el sentido estricto de elementos de adorno, no han faltado tampoco quienes han
mantenido la opinión de que nos encontramos ante formas primitivas de dinero o elementos
premonetales (Quiggin, 1949: 280-281), al estilo del mitako africano (Ibidem: 76; Opitz, 2000:
224). Lo mismo podría decirse de los aros macizos de oro, sin decoración, y de un tamaño
poco habitual como adornos, ya que se encuentran a medio camino entre el brazalete y el
torques. En cualquier caso, nos encontramos ya ante importantes acumulaciones de oro que
comienzan a prefigurar los pesados conjuntos del Bronce Final, correspondientes a la orfebrería
Sagrajas-Berzocana, en la misma área geográfica en el que ésta se desarrollará en un momento
algo posterior al de la pieza que nos ocupa. En este sentido, al menos, hay que plantear un
cambio paulatino en el valor otorgado al oro en la región, que va más allá del mero elemento
de adorno, por muy de élite que lo queramos considerar.

Agradecimientos

El autor está en deuda con Dr. Michael Kunst, del Instituto Arqueológico Alemán de Madrid,
por su amabilidad al facilitarle la fotografía inédita del conjunto de Bonabal (Torres Vedras)
que ilustra estas páginas. Así mismo quiere agradecer su ayuda tanto al Archivo como al Ser-
vicio Fotográfico del Museo Arqueológico Nacional.

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Boletín del Museo Arqueológico Nacional 34/2016 | ISSN: 2341 - 3409 | Págs. 47-62
63

Armas de Huelva en la historia del Museo


Arqueológico Nacional
Weapons from Huelva in the history of Museo Arqueológico
Nacional

María Belén (belendeamos@us.es)


Universidad de Sevilla1

Resumen: En este trabajo se comenta el hallazgo de armas y otros objetos de bronce en los
dragados del puerto de Huelva durante la primavera de 1923, los hechos que retrasaron el
ingreso en el Museo Arqueológico Nacional de las 397 piezas que se recuperaron y la actua-
ción de J. R. Mélida en defensa de los intereses de la institución que dirigía. Finalmente, se
analiza la aportación de los conservadores del Museo a la difusión y estudio de esta colección
tras su adquisición por el Estado español en 1924.

Palabras clave: Historiografía. Bronce Final. Río Odiel. Armamento. Colección arqueológica.
Objetos de bronce.

Abstract: In this paper the discovery of weapons and other bronze items when dredging of
the port of Huelva in the spring of 1923 is discussed, as well as the events that caused the
delay of the registration of these 397 items in the Museo Arqueológico Nacional and J. R.
Mélida’s defense of the interests of the institution he was leading. Finally, the curators’ con-
tribution to the cultural dissemination and study of the collection after its acquisition in 1924
by the Spanish State is analyzed.

Keywords: Historiography. Late Bronze Age. Odiel river. Archaeological collection. Arma-
ment. Bronze objects.

Introducción

Según se hace constar en una acta suscrita por el capitán y toda la tripulación de la draga
«Cinta» de la Junta de Obras del Puerto de Huelva, las primeras armas de la espléndida
colección que a principios de 1924 adquirió el Museo Arqueológico Nacional se extraían el
16 de marzo de 1923 del fondo de la ría del Odiel (fig. 1), aunque fue dos días después
cuando en presencia del ingeniero Albelda, que así lo había ordenado, se procedía a vaciar

1
Grupo de investigación HUM-650 (PAIDI) y Proyecto HAR2011-27257.

Boletín del Museo Arqueológico Nacional 34/2016 | ISSN: 2341 - 3409 | Págs. 63-80
Recibido: 31-12-2015 | Aceptado: 28-03-2016
64 María Belén

Fig. 1. Plano de la ría y puerto de Huelva con anotación manuscrita del lugar de hallazgo del depósito (Archivo MAN,
exp. 1923/16, f. 13, imagen 1923-16-013r).

los gánguiles a los que se habían vertido los fangos del dragado y se recuperaban «cuatro
espadas de bronce con un nervio central sin empuñadura, dos puñales, una lanza y un trozo
de espada todo de bronce»2 (Belén, 2015: 289). El 21 de marzo, el diario local La Provincia
daba la noticia de «un interesante hallazgo arqueológico» realizado el día 18 anterior cerca
del muelle de la compañía minera de Tharsis. La nota corrobora que eran en total ocho
piezas y añade que en opinión del ingeniero Albelda, subdirector de las Obras del Puerto,
podrían haber pertenecido a guerreros bizantinos vencidos por tropas visigodas, «yéndose a
pique alguna de las embarcaciones en donde irían los soldados»3.

José Albelda y Albert (1868-1935), nacido en Cartagena (Murcia), desarrolló toda su


carrera profesional como ingeniero de Caminos, Canales y Puertos en el puerto de Huelva.
Era Subdirector de la Junta de Obras desde 1918 y en 1930 accedería a la Dirección, perma-
neciendo en el cargo hasta su jubilación en mayo de 1933. A su profesión unía su interés
por la historia y las antigüedades, lo cual le valió la fama de hombre culto que le reconocie-
ron las Reales Academias de Bellas Artes de San Fernando y de la Historia al nombrarlo aca-
démico correspondiente por Huelva en 1913 y 1916, respectivamente. Desde 1919 era,
además, Secretario de la Comisión de Monumentos Históricos y Artísticos de la provincia de
Huelva. La afortunada conjunción de profesión y proximidad a los órganos representativos
de la cultura oficial, explican el papel que desempeñó en la historia que se inició con la
recuperación de las armas4.

2
En los textos que reproducimos literalmente a lo largo del trabajo, hemos respetado la ortografía del documento transcrito.
En los de mayor extensión, utilizamos el signo / para indicar el cambio de página en el original.
3
«Interesante hallazgo arqueológico en Huelva», LA PROVINCIA, Diario de la noche, miércoles 21-03-1923 (http://www.huelva.es/-
wps/portal/elayuntamiento/archivomunicipal/hemeroteca/laprovincia).
4
El proceso se expone con detalle en BELÉN, op. cit..

Boletín del Museo Arqueológico Nacional 34/2016 | ISSN: 2341 - 3409 | Págs. 63-80
Armas de Huelva en la historia del Museo Arqueológico Nacional
65

A ese primer hallazgo seguirían otros en el mismo mes de marzo y durante la primera
quincena de abril, pero no ha sido posible averiguar ni las circunstancias ni las fechas exactas
en las que se recuperaron el resto de los 397 objetos que componían la colección que recibió
el Museo Arqueológico Nacional. No he encontrado actas de los dragados posteriores al 16
de marzo en los archivos de Madrid y los intentos que he hecho para consultar la documen-
tación sobre dragados del Archivo del Puerto de Huelva, donde suponía que podría encontrar
alguna información al respecto, han resultado fallidos. Los únicos datos sobre nuevos
descubrimientos se ofrecen por primera vez en dos comunicaciones que J. Albelda remitió
a la Real Academia de la Historia, con fechas de 9 y 22 de abril del mismo año5. En la primera
de ellas, daba cuenta de que la draga del puerto había recuperado «durante los ultimos dias
del mes de Marzo y los del mes actual una serie de armas de bronce que constituyen un
verdadero tesoro por su número y variedad», añadiendo que «los hallazgos siguen en estos
días en que la draga de rosario ha atravesado la estrecha zona en donde están enterradas
estas armas». En la segunda, se refiere a extracciones de objetos –«muy bien conservados»–
a mayor profundidad y añade en tono reivindicativo que «estos objetos por el Reglamento
del Cuerpo de Caminos pertenecen al Estado y están bajo mi custodia». Sin embargo, la pro-
piedad de las armas no estaba tan clara para todos y no tardaría en enfrentar legalmente a
las autoridades militares y civiles del puerto de Huelva.

Un tesoro muy disputado

La noticia del hallazgo de las primeras armas trascendió el ámbito local y llegó a oídos de
José Ramón Mélida (1856-1933), director del Museo Arqueológico Nacional6 y uno de los
arqueólogos españoles con mayor prestigio en su tiempo (entre otros, Díaz-Andreu, 2004;
Casado, 2006). Desempeñó gran parte de su actividad profesional en la Institución, primero
como aspirante sin retribución económica y desde 1881 como funcionario del Cuerpo Fa-
cultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Anticuarios7. Durante esos años y hasta 1901 estuvo
adscrito a la Sección Primera que entonces se llamaba de Protohistoria e Historia Antigua.
Tras su paso por la dirección del Museo de Reproducciones Artísticas (1901-1916), volvió al
Arqueológico como Director en 1916, desempeñando el cargo hasta su jubilación en 1930.
Desde 1912 (cf. Díaz-Andreu, op. cit.: XCI) compatibilizó su dedicación a los museos con la
actividad docente en la cátedra de Arqueología de la Universidad Central.

Siempre atento a aumentar las colecciones del centro que dirigía con adquisiciones
importantes, Mélida se apresuró a solicitar información por vía oficial y el 26 de marzo se
dirigía por carta a Leopoldo Soler, ingeniero jefe del Negociado de Puertos del Ministerio de
Fomento, interesándose por el hallazgo. En su respuesta8, este último le adjuntaba copia de
una carta remitida por Francisco Montenegro, director facultativo de la Junta de Obras del
Puerto de Huelva, confirmándole la extracción por la draga de «espadas, puñales y hierros
de lanza, todos de bronce, y por su aspecto y forma de gran antigüedad» y una fotografía

5
RAH, Secretaría, expediente personal de don José Albelda y Albert.
6
En adelante MAN.
7
En adelante CFABA.
8
No he localizado la carta de Mélida pero sí la respuesta de Soler en la que se cita la fecha de remisión de aquella (Archivo
MAN, exp. 1923/16, f. 2).

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66 María Belén

con las ocho piezas halladas hasta entonces, las mismas que se mencionan en el acta del
dragado y en la nota de prensa citadas. Entraban ahora en escena otros dos personajes claves
en la gestión del complejo proceso que acabó con el ingreso de las armas en el MAN, ambos
ajenos al mundo de la cultura oficial. Don Francisco Montenegro y Calle, nacido en Jerez de
la Frontera en 18619, dirigió el puerto de Huelva desde 1902 hasta su jubilación en julio de
1930 (Mojarro, 2007: 268-269 y 297-299). Por su parte, Leopoldo Soler y Galí inició su carrera
profesional como ingeniero aspirante en 1896. Tras pasar por múltiples destinos, en enero
de 1920 fue nombrado jefe del Negociado de Puertos del Ministerio de Fomento donde cesó
por decisión propia en octubre de 1923, para trasladarse por permuta a otro destino. Diez
años después se jubilaría en Madrid, donde había nacido en 186610.

El 10 de abril siguiente, Mélida escribía al director general de Bellas Artes, entonces


Fernando Weyler Santacana:

«Habiendo tenido por conducto particular puntuales noticias del hallazgo de unas
antiguas espadas y otros objetos de bronce al practicar el dragado del puerto de
Huelva y considerando el interés arqueológico de ese hallazgo, propiedad del
Estado, me creo en el deber de significar a V.S.I. la conveniencia de que dichas
espadas y objetos encontrados, más las que pueden encontrarse en el curso de los
mencionados trabajos, sean enviados a este Museo de mi cargo donde serán
incorporados a nuestras colecciones, en beneficio de la cultura pública»11.

La defensa de la cultura pública es uno de los muchos signos de la ideología progre-


sista de Mélida, al que sus biógrafos definen como liberal y «regeneracionista de cátedra»
(Pasamar y Peiró, 2002: 400; cf. Idem, 1987: 9-10). El regeneracionismo fue el movimiento
intelectual que impulsó la profesionalización de la Arqueología en España y con ella cambios
importantes en las estructuras educativas y culturales. La relación con la Institución Libre de
Enseñanza y con Joaquín Costa marcó sin duda la trayectoria profesional y científica de
Mélida (Casado, op. cit.: 51-58).

La carta, cursada cuando ya se habían producido nuevos hallazgos, tuvo efecto


inmediato. Una R. O. de Instrucción Pública de 13 de abril declaraba la disposición del
Ministerio a secundar la petición del Director del MAN. A su vez, el 24 de mayo siguiente,
el Ministerio de Fomento dictaba otra R. O. en la que disponía que «por la Junta de Obras
del Puerto sean remitidos los mencionados objetos al director del Museo Arqueológico
Nacional». Esta disposición desencadenó una dura disputa legal entre autoridades civiles y
militares del puerto de Huelva por la propiedad de las armas, pero sospecho que el enfren-
tamiento, latente hasta entonces, debió iniciarse con la difusión a través de la prensa local
del hallazgo de las primeras armas. Es significativo que a partir de entonces no haya más
notas de prensa, ni en la comunicación de los nuevos descubrimientos a los órganos admi-
nistrativos y académicos se vuelvan a dar detalles sobre cuándo se produjeron exactamente
los hallazgos, mientras se alude reiteradamente a los derechos del Estado sobre su propiedad
y se insiste en demostrar que fueron el resultado de búsquedas intencionadas y metódicas,

9
Ministerio de Fomento, Archivo General, expediente personal, leg. 6451.
10
Ministerio de Fomento, Archivo General, expediente personal, legs. 5198 y 6620.
11
Archivo MAN, exp. 1923/16, f. 4.

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Armas de Huelva en la historia del Museo Arqueológico Nacional
67

acordes con la Ley de Excavaciones y Antigüedades de 1911 y su Reglamento de 1912 (Belén,


op. cit.: 293 y 295-296).

En sesión de la Comisión Permanente de la Junta de Obras del Puerto celebrada el 18


de junio de 1923 el director facultativo informó sobre la R. O. de 24 de mayo y fue entonces
cuando el Comandante de Marina de Huelva, Armando Pontes, manifestó su malestar con la
autoridad portuaria por incumplir la obligación legal de comunicar a la Comandancia de
Marina cualquier hallazgo «en el mar o en su fondo», según el artículo 206 de la Instrucción
de 4 de junio de 1873. A continuación daba cuenta de la infracción al Capitán General del
Departamento Marítimo de Cádiz, de la incoación de expediente y del nombramiento como
juez instructor del caso del Capitán de Corbeta don Juan B. Bover, que el día 21 siguiente
procedía a incautar e inventariar la colección.

Un viaje con demora

El 30 de junio, Leopoldo Soler comunicaba a Mélida la incautación de las armas, quitándole


importancia al retraso que ello supondría para su entrega al Museo. Sin embargo el conten-
cioso fue complicado y las dos partes en litigio se aplicaron para fundamentar sus derechos
sobre la propiedad de las armas (Belén, op. cit.: 293-299). Mélida se mantuvo atento al
desarrollo del proceso legal, cooperando activamente con la parte que defendía la jurisdic-
ción civil y los intereses de la institución a la que representaba. En la negociación por la
resolución positiva del caso, contó con la colaboración de los facultativos F. Álvarez-Ossorio
y Ricardo de Aguirre. El primero (1868-1953), tras una larga carrera profesional en el MAN
y una experiencia de muchos años como Secretario, le sucedería en la Dirección a fines de
julio de 1930 (Marcos, 1993: 82 y 84; Maier, 2010: 621-622). Por su parte, R. de Aguirre y
Martínez Valdivieso (1876-1936) había llegado al Museo a mediados de 1916 (Marcos, op.
cit.: 86). En octubre de 1930 fue nombrado secretario, cargo que seguía desempeñando
cuando fue detenido por la Guardia Nacional Republicana el 26 de septiembre de 1936 (Gra-
cia y Munilla, 2013: 158-159, nota 21, y 167), al comienzo de la que ha sido la etapa más
dura en la vida del Museo (Gracia, 2009: 147-164).

En una carta manuscrita fechada a 1 de agosto de 1923, en la que se hace constar su


carácter particular, R. de Aguirre informaba a Mélida de lo que había averiguado en el
Ministerio de Fomento sobre el problema de las armas, que en ese momento parecía estar
en punto muerto12:

«Mi distinguido Jefe/. Como quedé con V. en no perder de vista el asunto de las
armas lo hago hoy para que conozca su estado./ Estuve esta mañana en el Minis-
terio de Fomento a ver al Señor Soler y este puso ante mi vista 2 expedientes y la
comunicación del Ingeniero Director facultativo de las Obras del Puerto dando
cuenta/ de la ocupación de las armas por el Juzgado de Marina y me autorizó a
que tomase notas para comunicarle el resultado a V., aunque con caracter confi-
dencial y sin que hagamos referencia a la procedencia de las noticias».

12
Idem, f. 21.

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Sigue una relación por orden cronológico de documentos de interés sobre el tema,
con indicación de su contenido, y continúa: «El Señor Soler no ve inconveniente en que se
dicte una R. O. por Instrucción Pública reclamando a Marina las armas con fines culturales,
sino más bien conveniente. Yo pienso lo mismo para evitar que corran los plazos legales,
que son breves». Sobre este tema vuelve al final de la carta tras hacer un extenso resumen
de las actuaciones de Albelda y Montenegro a favor de la causa común:

«Por todo ello considero que debe remitirse por Instrucción Pública a Marina una
R. O. en que aparezcan/ 1.º La importancia arqueológica de las armas halladas en
la ria de Huelva/ 2.º Los objetos hallados pertenecen al Estado (Ley y Reglamento
de Excavaciones)/ 3.º No es aplicable la legislación de Marina por referirse esta a
hallazgos correspondientes a naufragios de carácter contemporáneo/ 4.º El Minis-
terio de Instrucción Pública confía en la cooperación a los fines culturales del
Ministerio de Marina como lo demostró en diferentes ocasiones con donativos al
Museo Arqueológico Nacional y cooperando con sus buques al traslado de anti-
güedades destinadas a dicho Museo, como lo practicó recientemente con las des-
cubiertas en Bolonia (Cádiz)». Después de firmar todavía añade una nota: «La R. O.
proyectada creo conveniente que se tramite pronto, pues la Ordenanza de matrí-
culas de 1802, art. 178, título IV, dice que si en el término de un mes de publicarse
los edictos no apareciese quien justifique ser dueño de los efectos se entregará a
los que los extrajeron./ La comunicación que envie el Museo creo conveniente
consultarla con el Señor Soler».

El 16 de agosto, F. Álvarez-Ossorio, director interino en ausencia de Mélida, dirigía


un oficio al Director General de Bellas Artes exponiendo el problema de acuerdo con las
indicaciones de Aguirre y sugiriendo la conveniencia de que «por ese Ministerio se llame la
atención al de Marina con el objeto de que se dé cumplimiento a las citadas Reales Ordenes»,
con referencia a las de Instrucción Pública y Fomento de 13 de abril y 24 de mayo del mismo
año, respectivamente13. El oficio surtió el efecto que se pretendía y el 4 de septiembre el
Ministerio de Instrucción Pública lo trasladaba al Ministro de Marina, indicando que «S. M. el
rey (q. D. g.) se ha servido disponer de conformidad con lo propuesto en el mencionado
oficio, que se interese de V. E. se sirva dar las ordenes oportunas al efecto de que, desde
luego, tengan debido cumplimiento las mencionadas Reales Ordenes». Pero Marina no
respondió y el 13 de octubre, a petición de Montenegro, Mélida escribía a Gabriel Antón,
almirante jefe del Estado Mayor Central de la Armada:

«Muy distinguido Sr. mio: Mirando por los intereses de la Arqueología, que son los
de este Museo, me permito dirigirme a Vd. para que los favorezca con una sencilla
resolución que está en su mano. Se trata de que en las obras de dragado del Puerto
de Huelva practicadas por el Estado se descubrieron numerosas armas y otros
objetos de la Edad del bronce, que constituyen el hallazgo arqueológico más
valioso para el estudio de ésa época; y por una Real Órden del Ministerio de
Fomento y dos del de Instrucción Pública se ha dispuesto sean enviados y destinados
a este Museo, por ser dichos bronces de propiedad del Estado, conforme a lo dispuesto

13
Borrador manuscrito en el Archivo MAN, exp. 1923/16, f. 25.

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Armas de Huelva en la historia del Museo Arqueológico Nacional
69

por la Ley de Excavaciones y Antigüedades de 1912 y ser el caso bien claro, tanto más
que el hallazgo se ha realizado a 9 metros por bajo del nivel natural del mar.
Pero no ha podido realizarse el envio al Museo de tales bronces por haberse
incautado de ellas la Comandancia de Marina de Huelva, fundándose en que según
una disposición de 1873 esos objetos pertenecen a los obreros de la draga. Yo
debo llamar la atención de Vd. acerca del gran peligro que hay en que prospere
tal propósito, pues supone la pérdida para la ciencia de esa preciosa colección y
la pérdida para España, pues los obreros lo que querrán es vender esos bronces,
los cuales irian de cierto a enriquecer Museos extranjeros. Motivos hay de inquie-
tarse. Arqueólogos extranjeros han acudido a ver esos bronces, se han hecho
fotografías, se han publicado artículos. La atención de los especialistas está fija en
el asunto. Este Museo va a ser el último en ver, estudiar y clasificar esos objetos.
Ruego a Vd. pues que mirando por los intereses que invoco resuelva favorable-
mente a ellos la contestación a las citadas Reales Ordenes para que dicha Coman-
dancia de Marina devuelva la colección de armas y demás objetos de bronce a la
Direccion de las Obras del Puerto, a fin de que esta, en cumplimiento de la Real
Órden del Ministerio de Fomento, pueda hacer el envio a este Museo.
Mucho agradeceré a Vd. y agradeceran todos los que se interesan por la riqueza
arqueológica de España, el valioso auxilio que de Vd. solicito».

Una semana después, el Almirante respondía que se estudiaría el caso y se resolvería


en justicia, teniendo muy en cuenta las razones expuestas por la dirección del Museo14. La
preocupación de Mélida ante la posibilidad de que las armas fueran a parar a manos de los
dragadores que las habían encontrado, riesgo del que le advertía en su carta R. de Aguirre,
estaba justificada. El jueves 25 de octubre se publicaba en el Boletín Oficial de la Provincia de
Huelva un edicto del juez instructor de Marina con el inventario de «los objetos artísticos y
arqueológicos» extraídos por la draga «Cinta» del fondo de la ría, «para que los que se consi-
deren dueños de los efectos hallados, se presenten a deducir sus derechos en el plazo de
treinta dias (30), a contar desde la fecha de la publicación del presente edicto»15. F. Montenegro
remitió un ejemplar del Boletín al MAN, según consta en una carta dirigida a Mélida16. El
mismo día que cumplía el plazo, desde la Dirección General de Instrucción Pública y Bellas
Artes se trasladaba al director del MAN el comunicado del almirante Antón informando de
que por R. O. de 15 de noviembre se decía al capitán general del departamento de Cádiz que
debía cerrar el expediente de las armas, acatar la R. O. de 24 de mayo dictada por Fomento y
devolver la colección a la Junta de Obras del Puerto para que desde allí, a su vez, se remitiera
al MAN, «a fin de que adopte las medidas y disposiciones necesarias para que preste a la
cultura pública el servicio que a su importancia corresponde»17. El 26 de diciembre Francisco
Montenegro notificaba a Mélida que la Comandancia de Marina le había hecho entrega del
depósito y, finalmente, el 31 de enero de 1924, F. Álvarez-Ossorio firmaba como secretario
del Museo la recepción de dos cajas con las «Armas de bronce de Huelva», abonando las 25
pesetas de su viaje a Madrid18. Luego se comprobaría que estaban las 397 piezas registradas
en el inventario del juez de Marina.

14
Archivo MAN, exp. 1923/16, f. 32.
15
Boletín Oficial de la Provincia de Huelva, n.º 193. El edicto tiene fecha de 22 de octubre y n.º 2849.
16
Archivo MAN, exp. 1923/16, f. 34.
17
Idem, f. 38.
18
Idem, f. 41.

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Objeto N.º Inventario Catálogos bibliográficos

Marina MAN MH Ruiz-Gálvez 1995 Brandherm 2007

Espada 13 32272 - - 62, n.º 59, lám. 11,59


Espada 28 32287 3564 188, la. 23, lám. 4,5 67, n.º 100, lám. 19,100
Espada 34 32293 - - 64, n.º 80, lám. 15,80
Espada frg. 39 32298 - - 71, n.º 134, lám. 23,134
Espada frg. 47 32306 3569 190-1, la. 41 y 48, láms. 7,7 y 8,3 63, n.os 71-73, lám. 14,71-73
Espada frg. 50 32309 2761 191, la. 47, lám. 8,2 67, n.º 98, lám. 19,98
Espada frg. 250 32223 3570 194, la. 68, lám. 8,18 71, n.º 136, lám. 23,136
Puñal 68 32347 3586 198, ib. 106, lám. 10,7
Punta lanza 178 32399 3573 202, Ic. 139, lám. 12,10
Punta lanza 179 32400 - -
Punta lanza 187 32408 3572 204, Ic. 159, lám. 13,10
Punta lanza 208 32431 - -
Regatón 147 32478 - -
Regatón 148 32479 3580 211, Id. 227, lám. 16,12
Regatón 160 32491 3581 215, Id. 277, lám. 17,30
Regatón 239 32547 3583 214, Id. 267, lám. 17,20

Tabla 1. Relación de las armas remitidas por el Museo Arqueológico Nacional en 1927 a la Junta de Obras del Puerto de
Huelva.

A propuesta de Mélida, el 30 de noviembre del mismo año se dictaba una R. O.


autorizando a la dirección del MAN para que remitiera «algunos ejemplares duplicados con
destino al Museo Provincial de Huelva y el depósito de modelos de la Junta de Obras de
aquel Puerto»19. La devolución de parte de las piezas, que estaba contemplada en el artículo
12 de la Ley de 7 de julio de 1911 y había sido solicitada insistentemente por F. Montenegro
desde que comunicara oficialmente el hallazgo de las primeras armas (Belén, op. cit.: 299-
300), no se hizo efectiva hasta mucho después. El 14 de julio de 1927 el MAN remitía a
Huelva un lote de 16 armas a repartir entre la Junta de Obras del Puerto y el Museo provincial
(tabla 1). En este último se conservan las 7 piezas que le correspondieron en el reparto y 3
de las 9 que se quedaron en el puerto; las seis restantes están en paradero desconocido
(Belén y Martín, e. p). Posteriormente, y en vísperas de la inauguración de la sede actual el
12 de octubre de 1973, el MAN cedió en depósito otras 38 piezas al Museo de Huelva.

Los bronces de Huelva en el MAN (1924-1960)

Los primeros estudios sobre las armas se publicaban poco después de su extracción del
estuario del Odiel. A fines de abril de 1923 fecha J. Albelda el artículo que recogía la Revue
Archéologique en el último número de ese año (Albelda, 1923). En el trabajo del ingeniero
podemos reconocer la asesoría científica que el autor había solicitado de J. Bonsor, ya por

19
Comunicado a Mélida en oficio manuscrito por Alfonso Pérez, jefe encargado de la Dirección General de Bellas Artes
(Archivo MAN, exp. 1923/16, f. 43).

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Armas de Huelva en la historia del Museo Arqueológico Nacional
71

Fig. 2. Lanzas y otros objetos de la ría de Huelva. Acuarela de Jorge Bonsor (Archivo General de Andalucía. Fondo Jorge
Bonsor, 1. 2, n.º 37. 3).

entonces arqueólogo de renombre internacional, que dibujó y fotografió parte de la colección


antes de que saliera de Huelva (fig. 2), aunque no parece que publicara nada sobre el tema
(Maier,, 1999: 270). El mismo año salían impresos otros artículos de E. Díaz (1923), miembro
de la Comisión de Monumentos Históricos y Artísticos de la provincia de Huelva, y del
académico de la Historia M. Gómez Moreno (1923). Desde entonces el depósito subacuático
de Huelva ha generado una respetable bibliografía (v.g., Terrero, 1944; Ruiz-Gálvez, op. cit.;
Brandherm, 2007), en la que, sin embargo, está poco representada la investigación interna
de la institución que lo adquirió. Recogemos a continuación las aportaciones de los faculta-
tivos del MAN a la difusión y estudio del depósito de la ría de Huelva desde el ingreso de
la colección hasta los años cincuenta, comentando en primer lugar la producción científica
y después los catálogos del Museo.

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72 María Belén

Por extraño que resulte, dado el interés que como historiador demostró por el hallazgo
y el esfuerzo que le costó su adquisición para el Museo, no parece que Mélida publicara
siquiera una simple nota sobre las armas, pues no se recoge trabajo alguno al respecto en
las compilaciones más completas de su extensa obra (Díaz-Andreu, op. cit.: CLXIX-CXCIX;
Casado, op. cit.: 421-439). Posiblemente, eso explique también que la colección de la ría de
Huelva no se mencione entre las adquisiciones importantes realizadas durante su etapa como
Director del MAN (Marcos, 1993: 78-79; Casado, op. cit.: 441- 444). A falta de obra impresa
conocida, consideramos relevante la existencia de dos borradores manuscritos, que pueden
atribuirse con seguridad a J. R. Mélida, aunque no están firmados. Uno de ellos es un texto
breve que escribió a petición de Leopoldo Soler, quien lo dio a conocer, sin indicar la autoría,
en la Revista de Obras Públicas de 1 de junio de 1923, con alguna corrección ortográfica,
pequeños cambios en la redacción y suprimiendo los dos últimos párrafos:

«El hallazgo de armas y otros objetos de bronce, casualmente ocurrido en el


dragado del puerto de Huelva es interesante para la Arqueología porque se trata
de productos de la industria indígena de la segunda Edad del Bronce y de los cua-
les hay escasez.- No estando precisada por ésta y otras causas la cronologia de
esos tiempos prehistóricos, lo cual constituye hoy punto de controversia científica,
la fecha que puede asignarse según la opinión más admitida, puede calcularse
entre el siglo XII o el VIII antes de J. C.
La presencia de tantas armas juntas caidas al mar en la costa podría conjeturarse
que su causa fuese la defensa, infortunada, de los indígenas contra la penetración
fenicia, que desde Cádiz buscaba expansión por el litoral hácia el occeano (sic).
Aunque a tales supuestos no se puede dar apenas valor en la ciencia, es verosímil
que ese armamento perdido sea testimonio de alguna escaramuza mantenida por
dicha causa.
Pero el dato esencial falta y es el topográfico. ¿Es muy moderno ese puerto? Si es
así ¿caerían esas armas en alta mar?»20.

El segundo documento tiene cinco páginas y es un texto inacabado o incompleto, ya


que se reduce a lo que podría ser la introducción a un estudio de las piezas. Con todo, tiene
el interés de ser inédito, aunque no se puede descartar que fuera parte de uno de los muchos
informes o artículos de Mélida no localizados hasta ahora por estar dispersos en publicacio-
nes poco asequibles (Díaz-Andreu, op. cit.: CLXIX-CLXXI). Con el título «Los bronces de
Huelva» dice así:

«A principios del pasado año de 1923 las operaciones de dragado del puerto de
Huelva sacaron a luz inesperadamente un tesoro arqueológico de la mayor impor-
tancia. Del fondo del mar, que las conservó durante siglos fueron saliendo nume-
rosas armas, espadas, puñales, y otros objetos, de bronce, que por su antigüedad
y rareza llamaron desde un principio la atención de las personas cultas y de los
inteligentes.
Noticioso de tan singular hallazgo, que por sus circunstancias pertenece al estado,
solicité desde luego que tan preciosa colección viniese a enriquecer las del Museo

20
Archivo MAN, exp. 1923/16, f. 6.

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Armas de Huelva en la historia del Museo Arqueológico Nacional
73

Arqueológico Nacional/, donde tras laboriosa negociación y no sin vencer dificul-


tades, ingresó en 1924; y justo es consignar que a tan feliz resultado coadyuvaron
desde un principio, decidida y eficazmente el Sr. Director de las Obras del Puerto
de Huelva D. Francisco Montenegro, el Sub Director de las mismas D. José Albelda
y el Sr. Ingeniero Jefe del Negociado de Puertos en el Ministerio de Fomento D.
Leopoldo Soler.
Por las fotografías que de estos señores recibí a raíz del hallazgo, comprendí desde
luego que lo constituían notables piezas correspondientes a la segunda Edad del
bronce, de la que tanta escasez/ había de ejemplares en España, lo cual daba al
caso singular importancia en los anales de nuestra Arqueología.
Pocas veces un descubrimiento de éste género ha despertado más pronto la aten-
ción de los arqueólogos. El primero de ellos que acudió a examinar y dibujar esos
interesantes bronces fue D. Jorge Bonsor; y apreciaron también su mérito los pro-
fesores Leite de Vasconcelos y Schulten, segun se consigna en una nota impresa al
frente de un pequeño album de 14 tarjetas postales, publicado por la misma
Dirección del Puerto.- La Revista de Obras Publicas (1) insertó una sencilla nota
con fotograbados de algunas de las armas. Al propio tiempo D. Manuel Gómez
Moreno informó a la Academia de la Historia del hallazgo, haciendo a propósito/
del mísmo doctas observaciones (1). Más tarde dedicó al mismo asunto un artículo
el citado Ingeniero, Secretario de la Comisión provincial de Monumentos de Huelva
D. José Albelda (2).
Los descubridores, que han sido los mencionados Ingenieros-Directores de las
obras de aquel puerto, me han dado precisas indicaciones del sitio y circunstancias
del hallazgo, que voy a consignar».

En cuanto al sitio informó el Sr. Montenegro que «el puerto está constituido por el
estuario que es de origen aluvial en la faja central y diluvial en las marismas laterales, se
halla encauzado por terrenos mas elevados de origen plioceno formando los contrafuertes
de La Rabida, Huelva y Corrales. El lugar donde se han encontrado las armas está próximo
al extremo de una lengua de marísmas altas que se une al contrafuerte de Corrales».

El Sr. Albelda por su parte lo determina diciendo que los bronces de que se trata
«fueron extraidos por la draga de rosario «Cinta» de una profundidad de 9,50 ms, debajo de
la bajamar viva, en donde fueron encontrados al hacer un reconocimiento del terreno por
bajo del plan de dragados y se encontraban a unos 23 m. al S. del nuevo muelle de Tharsis
en las proximidades de la margen derecha del Odiel, frente a Huelva, entre una capa de
arena gruesa y conchas, de 0,5 m de espesor, cubierta por acarreos muy modernos»21.

El manuscrito es posterior al ingreso de las armas en el Arqueológico a principios de


1924 pero no está fechado. Cinco años después publicaba el manual de Arqueología española
con un apartado dedicado a la Edad del Bronce. Al tratar de las armas y otros objetos metá-
licos, dedica algunos comentarios a los hallazgos de Huelva, ilustrándolos con la foto de un
conjunto representativo de su variedad tipológica y funcional (fig. 3).

21
Notas citadas en el documento a pie de página: pág. 3, nota 1: «Numero de junio de 1923; pág. 4, nota 1: Boletin de la Real
Academia de la Historia, n.º de agosto-octubre, tomo LXXXIII – 1924 (sic), pág. 89; pág. 4, nota 2: Revue Archéologique, t.
XVIII – nov.-dic. 1923, pág. 222». (Archivo MAN, exp. 1923/16, f. 6).

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Fig. 3. «Armas y fíbulas de bronce, halladas en la ría de Huelva» (Mélida, 1929: fig. 46).

Por lo que sé, el primer trabajo sobre las armas publicado por personal del Museo
apareció en el número del 12 de abril de 1924 en La Esfera, una revista gráfica de periodi-
cidad semanal que se editaba en Madrid. Su autor, Ignacio Calvo y Sánchez (1864-1930),
había ingresado en el Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos en
1897, tras cursar la carrera eclesiástica y ejercer como sacerdote en diferentes destinos. En
octubre de 1901 accedía a la jefatura de la Sección de Numismática del MAN a cuyas colec-
ciones dedicó la mayor parte de su producción científica, sin renunciar por ello a la arqueo-
logía de campo y a la investigación en otras áreas temáticas (Marcos, op. cit.: 79). Con el
título «La Edad del Bronce en España» y en tono resueltamente nacionalista, presentaba la
colección de la Ría de Huelva y tres imágenes ilustrativas de la variedad de objetos que la
componían. Aunque hace una valoración histórica del hallazgo y comentarios sobre su apor-
tación al conocimiento de la metalurgia del bronce en occidente, o sobre su más probable
datación en la Edad del Hierro, el principal objetivo del artículo no era el estudio de las
piezas, que sólo describe de modo sucinto en el párrafo final, sino la rápida y adecuada
difusión del descubrimiento «para saturar al pueblo de lo que en nuestros días es una especie
de termómetro de cultura que marca los grados de la civilización contemporánea», la única
forma de que las señas de identidad de los españoles, de cara al exterior, dejaran de ser
«cuestiones de toros, de castañuelas, panderetas y otras sonajas por el estilo».

La divulgación del hallazgo de Huelva brindaba también ocasión para reivindicar la


historia primitiva de la Nación, «harto descuidada» y la necesidad de potenciar los estudios
prehistóricos en España hasta alcanzar el nivel que tenían en otros países europeos: «Día

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Armas de Huelva en la historia del Museo Arqueológico Nacional
75

vendrá en que se haga el estudio técnico de


estos objetos y se deduzcan conclusiones
oportunas; mas antes precisa dar este toque
de atención á fin de que vayan despertando
los que duermen para ciertos estudios de
poco lustre para el individuo, pero de mucho
para la patria, y á fin de que no haya pretexto
para una indolencia más, se prepara en el
Museo Arqueológico Nacional una instalación
decorosa en la que se expongan estos objetos
que por su calidad merecen atención prefe-
rente».

Un año después se publicaba una nota


firmada por R. de A. sobre las últimas adqui-
siciones del Museo y entre ellas las «Armas de
bronce de Huelva», consideradas como «uno
de los ingresos de mayor importancia que ha
tenido últimamente el Museo Arqueológico
Nacional». Las iniciales del nombre y apellido
permiten identificar como autor a Ricardo de
Aguirre (1925: 232), que, como hemos visto,
había colaborado puntualmente durante el
largo proceso de negociación previo al ingreso
de la colección en el centro. Siguiendo la
tradición de las Notas descriptivas de las
adquisiciones del Museo Arqueológico que
iniciara Mélida en 1916, la noticia se publicó
en la Revista de Archivos, Bibliotecas y Fig. 4. Tarjeta postal del álbum editado por la dirección
Museos. La primera parte del texto es una del Puerto de Huelva en 1923 (Foto propia sobre original
propiedad de C. Albelda).
copia casi literal de la breve introducción que
acompaña al álbum de 14 tarjetas postales
que la autoridad portuaria onubense tuvo el acierto de editar, impresas en fototipia, como
«inventario gráfico» de la colección de «Armas y otros Objetos de la Edad del Bronce, extrai-
dos en los dragados del Puerto de Huelva» (Belén, op. cit.: 297) (fig. 4). A dicha edición
alude el autor sólo final de su nota, después de haber citado el estudio de Gómez Moreno
(1923) publicado en el Boletín de la Real Academia de la Historia y de destacar la mediación
de Montenegro, Albelda y «especialmente» Leopoldo Soler a favor de la adquisición por el
MAN de «tan preciado muestrario de objetos de la Edad del Bronce» (Aguirre, op. cit.: 232).

Habían pasado más de treinta años de la impresión de las notas de Calvo y Aguirre
cuando Martín Almagro Basch (1911-1984) publicaba los primeros estudios de un facultativo
del MAN sobre el depósito de Huelva, aunque el autor tenía ya una reconocida producción
científica sobre el tema (Almagro, 1940 y 1940-1943). Había llegado por traslado en 1956 y
hasta su jubilación en 1981 compatibilizó la docencia en la Universidad con su dedicación
al Museo (Marcos, op. cit.: 93-95; Almagro-Gorbea, 2010). Poco después publicaba dos
trabajos sobre las fíbulas de codo (Almagro, 1957 y 1957-1958) y el primer inventario del
depósito de la Ría, comentado e ilustrado. Con esta obra, se iniciaba la participación española

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en los Inventaria Archaeologica, una serie de proyección internacional auspiciada por la


Unión Internacional de Ciencias Prehistóricas y Protohistóricas. El inventario recoge una
amplia selección de piezas en 39 láminas que reproducen su dibujo en el anverso y la
descripción en el reverso (fig. 5). En la primera lámina, además de la «descripción de los ob-
jetos» correspondientes, se recogen con carácter general la bibliografía sobre los hallazgos y
breves comentarios sobre el lugar y circunstancia del descubrimiento, sobre los grupos que
componen la colección, sus paralelos y su cronología. En 1975 presentaría una síntesis de
sus investigaciones sobre «Los bronces de la Ría de Huelva», ratificándose en su cronología
de mediados del siglo VIII a. C., fechas que poco después obligaría a elevar la datación por
C-14 de muestras de la madera que conservaban los tubos de algunos regatones (Almagro-
Gorbea, 1978: 102, 107 y 173), sin que eso haya zanjado el debate sobre el tiempo de las
armas.

En cuanto a los catálogos o guías del Museo editadas a partir de 1924, la 2.ª edición
de la Visita al Museo Arqueológico Nacional, revisada y actualizada respecto a la original de
1910, incluía por primera vez las armas y otros objetos de la Ría de Huelva en una guía de
pequeño formato destinada a visitantes con prisas. Su autor, F. Álvarez-Ossorio y Farfán de
los Godos (1925), era «el mejor conocedor del Museo» (Marcos, op. cit.: 82) y desde su ingreso
en la institución había colaborado en la redacción de sus catálogos (Marcos, op. cit.: 84;
Maier, 2010: 621).

La colección, cuya adquisición por el Estado se relaciona con la aplicación de la Ley


de 1911 sobre Excavaciones y Antigüedades (Álvarez-Ossorio, 1925: 11), se adscribió a la
Sección Primera, que ya entonces había pasado a llamarse de «Antigüedades Prehistóricas
y de la Edad Antigua», en consonancia con los postulados científicos que se estaban intro-
duciendo en el ámbito universitario español. Los fondos de prehistoria se exponían en la
sala I de la planta baja del edificio del Museo, pero, una vez más, fueron imperativos ajenos
a la ciencia los responsables de que alterando el orden diacrónico y espacial del discurso
expositivo, las armas se expusieran en la sala XX, situada en la planta principal y dedicada
a «Industrias ibéricas». Cuatro vitrinas planas mostraban una generosa selección de los
hallazgos de Huelva, «de los más importantes para la arqueología patria», en la que el facul-
tativo destaca el lote de 75 espadas con sus correspondientes números de registro (32260-
32335). Según las características de la empuñadura las clasifica en varios tipos, con un
detalle que choca con la finalidad divulgadora de la obra y con las descripciones sucintas
del resto de las piezas que se exhibían. El comentario termina aludiendo al lugar y circuns-
tancias del hallazgo y a su cronología comprendida entre los siglos XI y VIII a. C. (Álvarez-
Ossorio, op. cit.: 139-140).

Para la crítica externa, esta forma erudita de transmitir el conocimiento de la Historia,


con referencias innecesarias para el gran público y textos escuetos que nada contaban sobre
la vida en el pasado, explicaba que el MAN resultara tan poco atractivo para los visitantes,
pese a las valiosas antigüedades que albergaba. Responsables de ello eran, en palabras de
P. Paris (1936: 11), tanto los arqueólogos como los conservadores de museos, «qui ne craig-
nent pas assez qu’on les compare à des conservateurs de nécropoles, ne font rien pour mettre
quelque illusion de vie autor des pierres, des marbres ou des bronzes; et coupables surtout
les catalogues, secs, quasi télégraphiques, mornes assemblages de quelques mesures, quel-
ques dates, quelques notes útiles aux spécialistes, illisibles auc profanes». El comentario se
recoge en el prefacio de un estudio sobre el Museo Arqueológico «de Madrid» que el hispa-

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77

Fig. 5. Espadas del depósito de la ría de Huelva (Almagro, 1958: lám. 39, 2).

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nista había escrito antes de morir en 1931. Es un libro con el que quiere demostrar que se
puede sustituir el «numéro de catalogue morose, à l’étiquette plus breve encore et plus
lúgubre qu’un épitafhe», por «l’évocation d’un pays, d’une ville, d’un monument, d’une épo-
que, d’un homme», pero no es un catálogo, sino un recorrido docto, a la vez que ameno,
por los temas que interesaban al propio autor. Su análisis de la prehistoria, que considera
poco valorada y representada en la exposición, se limita a los contenidos de la estrecha sala
I de la planta baja del edificio, sin reparar en que la colección de armas de Huelva se había
instalado años atrás en el piso superior, precisamente junto a los exvotos de bronce de los
santuarios de Despeñaperros a los que el sabio francés dedica un extenso capítulo de su
obra. Tampoco cita entre la bibliografía sobre el Museo una Guía de la Sección Primera que
Álvarez-Ossorio publicó con ocasión de celebrarse en Barcelona el IV Congreso Internacional
de Arqueología en el marco de la Exposición Internacional de 1929. En ella se comentaban
las «Armas de la Edad del Bronce» de la sala XX de forma más sintética y comprensible para
no especialistas (Álvarez-Ossorio, 1929: 23, fig. 20).

Al intentar reanudar la vida del Museo tras la guerra civil, y dada la situación del país,
se montó una exposición provisional «con piezas selectas y representativas» que se conoce
como «Museo breve» o «Museo resumido» (Marcos, op. cit.: 87). En ese montaje, instalado en
la planta superior del edificio, los bronces de Huelva se exponían en las vitrinas 14 y 15 de
la sala I. En la guía, publicada en 1940, se destacaba su excepcionalidad por proceder de un
yacimiento representativo del final de la Edad del Bronce, un barco hundido entre los siglos
IX-VIII a. C., que permitía explicar los hallazgos aislados de armas que se habían producido
en otros sitios de la península ibérica (Museo Arqueológico Nacional, 1940: 15). La guía se
publicó sin autoría pero se atribuye al director del centro, Blas Taracena Aguirre (1895-1951),
en colaboración con los facultativos Emilio Camps y Luis Vázquez de Parga (Pasamar y Peiró,
2002b: 610).

Como suele pasar, la provisionalidad duró más de lo que se esperaba y el proyecto


de reinstalación del Museo no culminó hasta 1954. El entonces director, Joaquín M.ª de
Navascués (Marcos, op. cit.: 91 y 94), y todos los conservadores del Museo, colaboraron en
la guía que recogía la nueva ordenación de los fondos en el recorrido museístico. El «Hallazgo
de la Ría de Huelva» se instaló en las vitrinas 10 a 12 de la sala XXVI, situada en la planta
principal. Para entonces, las 75 espadas de la guía de 1925 se habían quedado en 40 y en la
información que se daba al visitante se decía que era el cargamento de un barco hundido
(Museo Arqueológico Nacional, 1954: 183). Con otros criterios museológicos y asumiendo
otras hipótesis interpretativas, actualmente se expone sólo una pequeña muestra de las armas
y otros objetos del puerto de Huelva como testimonio de «la costumbre de ofrendar bronces
a las aguas» (Museo Arqueológico Nacional, 2013: 301-331).

Agradecimientos

Archivo General del Ministerio de Fomento (C. Pintado).


Archivo General de Andalucía (C. A. Font).
Museo Arqueológico Nacional (E. Galán, A. Ladero, C. Papí).
Real Academia de la Historia (M.ª P. Cuesta y A. Millares de Imperial).
Amigos y colegas: C. Albelda, P. Albuquerque, M.ª C. Alonso, E. Ferrer y J. Maier.
Evaluadores.

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79

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Boletín del Museo Arqueológico Nacional 34/2016 | ISSN: 2341 - 3409 | Págs. 63-80
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Objetos o materia prima: problemas


en la interpretación de procedencias
con análisis de isótopos de plomo
Objects or raw material: problems on the interpretation
of provenance with lead isotope analysis

Ignacio Montero-Ruiz (ignacio.montero@cchs.csic.es)


Departamento de Arqueología y procesos sociales. Instituto de Historia. CSIC
Eduardo Galán (eduardo.galan@mecd.es)
Departamento de Prehistoria. Museo Arqueológico Nacional
M.ª Isabel Martínez Navarrete (isabel.martinez@cchs.csic.es)
Departamento de Arqueología y procesos sociales. Instituto de Historia. CSIC

Resumen: Se aborda un caso complejo de estudio de procedencia de materias primas: los


circuitos de circulación de lingotes y de objetos elaborados durante la Edad del Bronce. Para
ello se han seleccionado una punta de lanza de San Esteban de Río Sil (Ourense) y la espada
de Santa Ana (Herrerías, Almería), depositadas en el Museo Arqueológico Nacional, cuya
tipología sugiere que fueron importadas. La metodología combina los análisis de isótopos
de plomo con la caracterización elemental y el estudio crono-tipológico de piezas análogas
de la península ibérica, las Islas Británicas y la costa atlántica francesa. Se concluye que los
resultados geoquímicos pueden identificar el área de origen del mineral utilizado en un
metal, pero no su desplazamiento como mineral, lingote u objeto elaborado. Ahí el recurso
alternativo a las hipótesis históricas y los conocimientos arqueológicos se enfrenta, a su vez,
con las limitaciones del registro arqueológico para fundamentar el debate.

Palabras clave: Edad del Bronce. Arqueometalurgia. Análisis elemental. Armas. Espada tipo
Ballintober. Punta de lanza con orificios basales.

Abstract: A complex case study of provenance of raw materials is addressed: trade networks
of ingots or metal objects developed during the Bronze Age. We have selected two case stud-
ies: the spearhead of San Esteban Río Sil (Ourense) and the sword of Santa Ana (Herrerías,
Almería), deposited in the Museo Arqueológico Nacional, whose typology suggests that were
imported. The methodology combines lead isotope and elemental analysis with chrono-ty-
pological study of similar items from the iberian peninsula, the British Isles and the French
Atlantic coast. It is concluded that the geochemical results may identify the area of origin of
the mineral used in a metal, but not its movement as a mineral, raw material ingot or finished
object. The historical hypothesis and archaeological knowledge as alternative to the archaeo-
metric data faces, in turn, with the limitations of the archaeological record to inform the
debate.

Boletín del Museo Arqueológico Nacional 34/2016 | ISSN: 2341 - 3409 | Págs. 81-98
Recibido: 31-12-2015 | Aceptado: 06-04-2016
82 Ignacio Montero-Ruiz, Eduardo Galán y M.ª Isabel Martínez Navarrete

Keywords: Provenance. Bronze Age. Archaeometallurgy. Chemical analysis. Weapons.


Ballintober type sword. Basal-loop spearhead.

Introducción

Uno de los temas centrales en la investigación de la Prehistoria Reciente europea es la pro-


cedencia de las materias primas. Las opciones que se proponen oscilan entre el consumo
autosuficiente y los intercambios bien esporádicos bien basados en un comercio regular de
productos. En general, los argumentos para optar entre esas opciones pasan por identificar
el origen geográfico del material con el que están manufacturados los objetos que, si es
inorgánico, se establece a partir de sus rasgos geoquímicos.

Los materiales (principalmente líticos, cerámicos y metálicos) se caracterizan mediante


técnicas de análisis arqueométrico. Destacan las técnicas de caracterización elemental usadas
desde etapas tempranas en Arqueología (Montero et alii, 2007) y cada vez más habituales
en la investigación. En el caso de las piezas metálicas, el proceso tecnológico de transforma-
ción de la materia prima (de mineral a metal) altera los rasgos de composición por lo que
actualmente el procedimiento más fiable para determinar la procedencia es el análisis de
isótopos de plomo (Pernicka, 2014) que, sin embargo, debe manejarse junto al análisis ele-
mental para su correcta interpretación.

El metal mantiene inalterada la signatura isotópica del mineral de procedencia. Esa sig-
natura únicamente cambia o se modifica al mezclar metales de procedencia distinta y por tanto
con signaturas isotópicas también distintas. También se ve afectado por la aleación con plomo
en los bronces ternarios, pero no así por la aleación con estaño debido al muy bajo contenido
en plomo que puede aportar al metal este elemento aleado. Stos-Gale y Gale (2009) y Pernicka
(2014) explican los principios que rigen estos análisis y la historia de la investigación.

Los resultados de los análisis de isótopos de plomo, como los de cualquier otro análisis
arqueométrico, pueden responder ciertas preguntas pero no siempre logran interpretaciones
concluyentes o definitivas. La óptica geoquímica (con ayuda de la caracterización elemental)
es una base indispensable para abordar la procedencia de los objetos de metal pero no
puede ser la única información manejada en la interpretación (Baron et alii, 2014).

Este artículo discute un caso complejo de esta problemática: los circuitos de circula-
ción del metal y del objeto elaborado. Los resultados de los análisis de isótopos de plomo
pueden identificar el área de origen del mineral utilizado en un metal, pero no concretan
bajo qué forma (mineral, materia prima en lingote o el propio objeto elaborado) se desplazó.
Llegado este punto entran en juego las hipótesis sobre nuestro pasado y los conocimientos
arqueológicos correspondientes.

Lo que sabemos de la Edad del Bronce, y especialmente del Bronce Final, nos muestra
que la circulación de metal es una realidad muy compleja. Ya hace más de treinta años Nor-
thover (1982) con los datos de composición de los objetos proponía cambios en el abaste-
cimiento de metal de las Islas Británicas desde el Calcolítico al Bronce Final. Los análisis de
isotopos de plomo confirmaron que, en los diferentes periodos, cambió el metal dominante
(Rohl y Needham, 1996) que incluía alguno de procedencia continental. La llegada de cobre

Boletín del Museo Arqueológico Nacional 34/2016 | ISSN: 2341 - 3409 | Págs. 81-98
Objetos o materia prima: problemas en la interpretación de procedencias con análisis de isótopos de…
83

chipriota en forma de lingotes piel de buey hasta Cerdeña durante el periodo nurágico es
también una realidad constatada y aceptada (Lo Schiavo et alii, 2009). Recientemente se ha
propuesto basar la producción metalúrgica de la Edad del Bronce nórdica en metales de
procedencias diversas, incluida el área alpina y mediterráneas de la península ibérica y
Cerdeña (Ling et alii, 2014), lo que de confirmarse aumentaría la complejidad del movimiento
del cobre como materia prima.

Este panorama donde la materia prima circula en forma de lingotes complica determi-
nar si cierto objeto se intercambió o comercializó en su forma definitiva. Es evidente que, si
los lingotes de cobre circularon, independientemente del grado de regularidad que queramos
atribuir a sus desplazamientos, también pudieron moverse objetos acabados. El caso de la
pieza hallada en Salcombe e identificada como fragmento de un arado con paralelos tipoló-
gicos en Sicilia (Needham y Giardino, 2008) podría ser también el de otra serie de
objetos con singularidades tipológicas claras en los contextos geográficos de aparición que
sugieren una procedencia externa.

Los ejemplos que hemos seleccionado para tratar la problemática de los circuitos de
circulación del metal y del objeto elaborado son dos piezas del Museo Arqueológico Nacional
cuya tipología sugiere que fueran importadas: una punta de lanza de San Esteban de Río Sil
(Ourense) y la espada de Santa Ana (Herrerías, Almería). Los análisis de isótopos de plomo
obtenidos gracias al proyecto «II milenio a.n.e.: investigación de sus interacciones a partir de
métodos científico-naturales», cofinanciado en 2011-12 por el CSIC y la Russian Foundation
For Basic Research (n.º referencia 2010RU0086), nos permiten reflexionar sobre cuestiones
que deben tenerse en cuenta en futuras investigaciones como el valor asignable a los datos
arqueológicos y tipológicos, o el grado de discriminación que los propios datos de isótopos
de plomo pueden alcanzar al tratar espacios geográficos de gran amplitud.

La estrategia predominante hasta la fecha ha sido centrar las discusiones y valoraciones


de esos análisis en comparación directa con la evidencia geológica. Ahora, gracias a la
ampliación de la base de datos de material arqueológico, podemos analizar sus tendencias
y pautas e incorporar esta perspectiva a la argumentación sobre procedencias. Este enfoque
no garantiza la identificación precisa de los orígenes de cada pieza analizada pero sí concreta
y enriquece los debates sobre circulación de objetos y materiales en el pasado. Además el
estudio del material arqueológico permite observar y deducir tendencias generadas por el
empleo de metal reciclado, principal problema al que se enfrenta la identificación de la
procedencia a través del análisis de isótopos de plomo. En la resolución del mismo, de
momento, la información histórica es la mejor alternativa.

Los materiales

La espada de Santa Ana de Herrerías (N.º Inv. 1984/159/SA/1)

Esta espada, conocida en la bibliografía como espada de Herrerías, estaba acompañada de


una etiqueta manuscrita donde el propio Luis Siret, precisa el lugar y el débil contexto
inmediato del hallazgo: «Herrerías / (Sta Ana, barranco de / los depósitos de mineral, / nivel
de la via - 12 / Marzo 1913) / una espada; a 2 m. S. / 2 tiestos». Los «tiestos» son cerámicas a
torno, de cronología bastante posterior a la de la espada (fig. 1).

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84 Ignacio Montero-Ruiz, Eduardo Galán y M.ª Isabel Martínez Navarrete

Fig. 1. Espada de Santa Ana de Herrerías (Cuevas del Almanzora, Almería). Vista general y detalle de la lengüeta (Foto: Ángel
Martínez Levas. Archivo Fotográfico MAN). Dibujo de la pieza (según Brandherm, 2007).

Su conservación incompleta no ha impedido vincularla con las espadas con lengüeta


de tipo Ballintober, datables entre las de tipo Rosnöen (característico del Bronce Final I) y
las pistiliformes (típicas del Bronce Final II) (Brandherm, op. cit.). Más en concreto se han
fechado o en un momento avanzado del Bronce Final I en la fase Penard/Rosnöen (1275-
1140/1125 AC) (Colquhoun y Burgess, 1988: 22) o al inicio del Bronce Final II, en el horizonte
Rédéné de la fase Wilburton/Saint-Brieuc-des-Iffs (1140/1125-1050 AC) (Milcent, 2012: 99),
según se interprete su presencia en el depósito bretón de Rédéné/Kerguérou (Finistère). Ello
las sitúa en su zona de origen en un intervalo máximo entre el último cuarto del siglo XIII y
mediados del siglo XI a. C.

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Objetos o materia prima: problemas en la interpretación de procedencias con análisis de isótopos de…
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El nombre del tipo, Ballintober, acuñado por Hodges (1956) corresponde a uno de
los hallazgos más occidentales del tipo, en el Condado de Mayo, en Irlanda. Son espadas de
longitud variable, pero en general cortas (30-56 cm), existiendo también dagas o puñales
(de 23 a 28 cm). La hoja es de tendencia pistiliforme y de sección romboidal (salvo la variante
Chelsea definida por Colquhoun y Burgess con sección aplanada en el centro) y una lengüeta
ancha y corta para el enmangue. Está dotada de dos –y excepcionalmente tres– pares de
orificios para remaches, a veces marcados solo como escotaduras, caso de Herrerías. Según
diferentes autores son espadas de influencia mixta entre los tipos de inicios de Campos de
Urnas centroeuropeos y los estoques de tipo Rosnöen. Para unos el tipo se habría gestado
en la costa atlántica francesa y para otros en el sureste de Inglaterra, lo que podría estar
avalado por el mayor número de hallazgos (un resumen de las diversas interpretaciones en
Colquhoun y Burgess, op. cit.: 21-24).

El único ejemplar cercano asimilable a este tipo de espada procede del río Loukkos
a la altura de Lixus/Larache (Marruecos) (Ruiz-Gálvez, 1983; Brandherm, op. cit.: 34), pero
tanto este caso como el de Herrerías son excepciones a la distribución general, que abarca
las Islas Británicas, sobre todo Gran Bretaña con una marcada concentración en el valle del
Támesis y en menor medida Irlanda, y la costa atlántica francesa. Brandherm (op. cit.: 34-35)
sitúa el origen más razonable para la espada de Herrerías en el continente por los paralelos
de las acanaladuras decorativas de la hoja en una espada dragada en el río Loira a la altura
de Nantes y otra procedente del río Charente a su paso por Cognac. A ellas se podría añadir
otra publicada posteriormente y más similar al ejemplar de Herrerías, localizada en Rigny-
Ussé, en el valle medio del Loira (Cordier, 2009: 592, fig. 322, 4). Se interpreta como la hoja
de una espada de lengüeta tripartita con la empuñadura retallada copiando el modelo de
lengüeta del tipo Ballintober, apuntalando así la opción cronológica más tardía (Milcent, op.
cit.: 99, lám. 41, 1).

Algunos rasgos propios de la pieza almeriense desentonan de los ejemplares Ballin-


tober más clásicos. Su acusada estrechez, con poco más de 3,3 cm en los hombros marcados
en el ensanchamiento de la hoja en su unión a la lengüeta, contrasta con los 4 y 5 cm de
media de la mayoría de los ejemplares catalogados en Irlanda por Eogan (1965) y en Gran
Bretaña por Colquhoun y Burgess (op. cit.). Lo mismo podría decirse de la anchura máxima
de la hoja, si bien está peor conservada para aseverarlo por completo. Por último, el escaso
desarrollo de la lengüeta, tanto en longitud como en anchura, la aproxima más, por ejemplo,
a algunos ejemplares de puñal sobre hoja de espada reaprovechada del depósito de la Ría
de Huelva, donde la opción de enmangue elegida también ha sido una lengüeta corta con
escotaduras (Ruiz-Gálvez, 1995: láms. 10, 5 y 10).

Los hallazgos metálicos de momentos tempranos del Bronce Final no son demasiado
frecuentes en el sur de la península ibérica y zonas aledañas, pero tampoco resultan extraor-
dinarios. Acompañan a la citada espada del Loukkos, otra espada de espiga procedente de
Carcabuey (Córdoba), conservada en el British Museum (Brandherm, op. cit.: 31, n.º 9, lám.
2), y las hachas de talón de Osuna, en Sevilla (Almagro-Gorbea, 1996) y Arroyomolinos, en
Granada (Siret, 1913: 358-359, fig. 131, 1-3), esta última acompañada de dos hachas de
alerones mesiales. Todos estos tipos apenas están representados en la península ibérica.

La espada de Herrerías cuenta con varios análisis compositivos (tabla 1). Siret (1913:
lám. XV) identificó un bronce con baja proporción de estaño (7,9 %), pero con una alta tasa

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86 Ignacio Montero-Ruiz, Eduardo Galán y M.ª Isabel Martínez Navarrete

Análisis Zona Fe Ni Cu Zn As Ag Sn Sb Pb

AA1183 Espada 0,16 0,08 86,8 nd nd nd 13,0 nd nd

PA10474C Mango (metal limpio) 0,11 nd 91,3 nd nd 0,002 8,51 0,035 tr

PA10475C Hoja (metal limpio) 0,54 nd 91,87 nd nd 0,007 7,52 0,025 tr

PA10474B Mango (pátina marrón) 0,52 nd 89,0 nd nd nd 10,5 0,015 tr

PA10475B Hoja (pátina marrón) 0,37 nd 82,9 nd nd nd 16,7 0,021 tr

PA10474 Mango (pátina verde) 2,24 nd 96,8 nd nd 0,008 0,99 0,023 tr

PA10475 Hoja (pátina verde) 1,11 nd 98,4 nd nd 0,004 0,42 0,027 tr

SIRET Espada - - 89,6 - - - 7,87 1,96 -

Tabla 1. Análisis de composición realizados a la espada de Santa Ana (Herrerías). valores expresados en % en peso (tr=trazas;
nd= no detectado).

de antimonio (1,96 %). Ésta convertía su composición en algo singular ya que tales propor-
ciones escasean en los metales peninsulares desde el Calcolítico al Bronce Final. En cambio,
sí aparecen en espadas y otros tipos de piezas de las fases Penard y Wilburton (Rohl, y
Needham, op. cit.), mayoritariamente asociadas con altos contenidos de arsénico.

Según el primer análisis realizado por el «Proyecto de arqueometalurgia de la Península


Ibérica» con el espectrómetro KEVEX (Rovira, 1995), se trata de un bronce con una propor-
ción más elevada de estaño (13 %) pero sin antimonio. Ante esta discrepancia, y dado que
la pieza está fragmentada en dos, decidimos comprobar si la diferencia de resultados se
debía a que cada parte procedía de un objeto distinto (PA10474Cy PA10475C).

Este segundo estudio, más detallado y realizado con el espectrómetro METOREX, ha


verificado que los dos fragmentos tienen una baja proporción de estaño que las asemeja
entre sí y con la ofrecida inicialmente por L. Siret (7,5-8,5 %). En cambio sigue sin identificar
la presencia de antimonio (apenas un 0,03 %). Destaca la fuerte corrosión de la pátina y su
conformación en dos capas. La más superficial de tono verdoso, en contra de lo habitual en
los metales peninsulares, presenta proporciones mucho menores de estaño hasta casi
desaparecer dando como resultado un cobre. En la capa inferior de color marrón se ha con-
centrado el estaño que en un caso alcanza el 16,7 %.

Los resultados evidencian la influencia determinante de la pátina y los restos de corro-


sión en la composición del análisis con técnicas superficiales y, consiguientemente, la necesidad
de disponer de superficies de metal limpio y sano para obtener buenos resultados analíticos.

Las metalografías publicadas por Rovira (2007a: 160 y fig. 9) permiten entender el
bajo contenido medio de estaño de los análisis de L. Siret y del METOREX. Estructuralmente
es un bronce en estado bruto de colada, pero el dato más relevante es la presencia de bolas
de cobre sin alear. Esto sugiere que la aleación debió prepararse probablemente cementando
granalla de cobre con casiterita. Según Rovira (2007b) esta forma de alear bronce es conocida
a partir del horizonte Soto de Medinilla (I Edad del Hierro) en el yacimiento de El Castro de
Gusendos de los Oteros (León), por tanto bastante posterior a la cronología de la espada y
podría apoyar un origen foráneo de la pieza. La distribución irregular de cobre sin alear es

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Objetos o materia prima: problemas en la interpretación de procedencias con análisis de isótopos de…
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el responsable del resultado obtenido, ya que


aunque el bronce propiamente dicho debe
tener una concentración de estaño del orden
12-13 % Sn, el valor medio bajará en función
de una mayor o menor presencia del cobre sin
alear en el área de análisis.

Las espadas del Bronce Final de la pe-


nínsula ibérica suelen tener un contenido de
estaño más elevado, así en la Ría de Huelva el
valor es de 10,8 % Sn (Rovira, 1995) mientras
que en el depósito de Puertollano es de 13,3 %
Sn (Montero et alii, 2002). Por el contrario
valores bajos de estaño son más frecuentes en
las espadas inglesas. Si observamos la compo-
sición de las espadas del periodo Penard (Rohl
y Needham, op. cit.: 225-226) el valor de la
media es 8,4 % Sn y solo 5 ejemplares de los
35 considerados supera el 10 % Sn.

Punta de lanza de San Esteban de Río Sil (N.º


Inv. 38244)

Es una larga y esbelta punta de lanza de hoja


flameada con orificios u orejetas basales, tubo
corto y decoración puntillada en y alrededor
del nervio central de la hoja y rodeando los
orificios en la base de la misma. Procede de
una poza u hoyo creado por la misma co-
rriente del río Sil y se halló durante la cons-
trucción de la presa de San Esteban. Junto a
ella se descubrieron otra punta de lanza, una
espada pistiliforme y un colgante amorcillado
macizo (López, 1955; Almagro, 1958 y 1960).
Sin embargo, la dispar cronología de los ha-
llazgos permite plantear que probablemente
su deposición no tuviera lugar en un mismo Fig. 2. Punta de lanza de orificios basales de San Esteban
momento (fig. 2). de Río Sil (Ourense). A. Vista general (Foto: Verónica
Schulmeister Guillén. Archivo Fotográfico MAN). B. Dibujo
(según Almagro, 1960).
Las puntas de lanza de orificios basales
(basal-loop spearheads) son características de
las Islas Británicas, con marcadas concentraciones en Gran Bretaña (el 54 % de las más de
550 piezas catalogadas en todas sus variantes) e Irlanda (32 %). De la Europa continental
solo procede un 14 %, distribuido sobre todo en el área atlántica francesa. En la península
ibérica el ejemplar de San Esteban del Río Sil es caso único. Sus mejores paralelos se
encuentran en Irlanda, área donde parece tener su origen estilístico la decoración puntillada
que porta la pieza y de donde procede la práctica totalidad de las piezas conocidas con esta
ornamentación (Davis, 2006: 204).

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NUM_ANALIS TIPO Fe Ni Cu Zn As Ag Sn Sb Pb

AA1282 Punta lanza 0,66 0,61 77,3 0,34 0,21 nd 20,3 nd nd

SAM Punta lanza - 0,074 - - 0,35 - 0,12 - -

Tabla 2. Análisis de composición realizados a la punta de lanza de San Esteban de Río Sil. Valores expresados en % en peso
(nd= no detectado).

En su estudio monográfico, Davis incluye nuestra pieza en su tipo 3 (lanzas de


hoja flameada), que considera originario de la Fase Acton Park/Killymaddy (1500/1450-1300
a. C.), pero cuyo desarrollo y apogeo tendrá lugar en la siguiente fase, Taunton/Bishopland
(1300-1150 a. C.). Serían por tanto contemporáneas de la última fase de nuestro Bronce Pleno
y de los inicios del Bronce Final. La cronología propuesta viene avalada por las dataciones
de sendas puntas de lanza de la misma tipología procedentes de Lanesborough (Irlanda):
3150 ± 40 BP (GrN-12347) con un intervalo entre 1520-1320 cal AC (Brindley, 2001: 154) y
de Datchet (Buckinghamshire, Inglaterra): 3035 ± 40 BP (OxA 5196), que calibrada a 2 sigma
proporciona un intervalo de 1405-1131 cal AC (Needham et alii, 1997: 72).

Por su parte, la punta de lanza de San Esteban cuenta también con una fecha, ya
antigua: 2880 ± 70 BP (CSIC-215) (Almagro Gorbea, 1977: 522), que calibrada a 2 sigma da
un amplio intervalo entre 1264 y 857 cal AC, con el rango de mayor probabilidad centrado
en el Bronce Final II (1130-973 cal AC), por tanto genéricamente más tardío que el de estas
piezas en su zona de origen. Ello la acercaría a la cronología de la espada pistiliforme con
la que se halló, correspondiente al tipo Cordeiro, un modelo avanzado dentro de la serie de
espadas pistiliformes, cercano ya a las espadas en lengua de carpa (Brandherm, op. cit.:
50-51, n.º 39, lám. 7). Davis (op. cit.: 204) sugiere como explicación a esta perduración, que
por su origen exótico pudiera haber sido considerada un objeto de prestigio y conservada
durante un largo período previo a su amortización definitiva. En consecuencia la datación
correspondería a un momento de uso, pero no al de su manufactura.

Objetos de supuesta procedencia foránea correspondientes a este momento en la


península ibérica se concentran en el noroeste peninsular, destacando los estoques atlánticos
dragados en la desembocadura del río Ulla, en Pontevedra (Peña, 1985; Brandherm, op. cit.:
26-29, n.os 2-3, lám. 1) o el fragmentado procedente de la Croa de Zoñán, en Lugo (Villaamil,
1875), así como las primeras hachas de talón peninsulares (Suárez, 2000).

Hay dos análisis compositivos contradictorios (tabla 2). Según el realizado en el


proyecto Studien zu den Anfängen der Metallurgie (SAM) el metal es cobre sin alear.
En cambio, el análisis del Proyecto de Arqueometalurgia de la península ibérica identificó
una proporción muy elevada de estaño (20 %).

Esta contradicción no puede explicarse por las técnicas de análisis empleadas.


Tampoco parece factible que el resultado del SAM corresponda a una pátina, con un efecto
similar al comentado en la espada de Santa Ana, ya que lo habitual era extraer la muestra
del núcleo metálico mediante perforación. Por el contrario el análisis en superficie del
Proyecto de Arqueometalurgia puede estar sobrevalorado en su proporción de estaño (como
sugiere el alto contenido de hierro) por una limpieza incompleta. El núcleo metálico
contendría menos estaño, pero hasta la fecha no hemos observado nunca que el metal sea

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un cobre sin alear cuando la pátina registra un bronce. La explicación pudiera encontrarse
en un error de identificación de muestra en el SAM, ya que en su primera publicación Alma-
gro (1958: 25) señala que «no ha podido aún ser analizado su metal» aunque sí se presentan
los datos de los análisis de las otras tres piezas aparecidas conjuntamente.

En el texto de la ficha del Inventaria Archaeologica correspondiente al conjunto de


San Esteban del Río Sil se incorpora ese resultado anómalo, que el propio autor, consciente
de su peculiaridad, califica como de «especial interés» (Almagro, 1960). A partir de esta
publicación lo reproducen igualmente autores como Coffyn (1985: 202 y 401) y Davis (op.
cit.: 204), ambos resaltando la excepcionalidad de que se trate de un cobre sin alear, y apor-
tando en algún caso posibles explicaciones. El análisis se publicará por el equipo del SAM
en 1968, años después de la publicación de Almagro, pero entonces se identifica como un
fragmento de espada procedente del Salto de San Esteban, perteneciente a la colección del
Museo Municipal de Madrid ( Junghans et alii, 1968: n.º 1038). Todos estos datos hacen pensar
en un posible error en la identificación de ese análisis dentro de la base de datos del proyecto
SAM, compuesta no lo olvidemos por millares de piezas procedentes de múltiples países e
instituciones, como la mejor explicación de esta composición tan anómala, que en conse-
cuencia creemos no debiera ser tomada en cuenta de aquí en adelante.

Procedencia del metal

Las dos piezas seleccionadas presentan una composición de bronce binario, sin apenas otros
elementos como impurezas. De manera general responden al tipo de metal predominante
durante el Bronce Final en la península ibérica. Si bien la composición no permite discriminar
su procedencia, sus tipologías, como hemos visto, sugieren áreas geográficas lejanas, donde
estos tipos son más frecuentes.

Para interpretar los resultados (tabla 3), vamos a ir presentándolos como respuesta a
las preguntas que nos interesan acompañados de los gráficos donde se visibilice mejor la
respuesta más probable:

1. El metal de la espada y la punta de lanza, ¿puede ser peninsular? Al ser piezas


encontradas en la península ibérica es la primera cuestión a considerar.
Podemos abordarla comparando los resultados con una doble información geoló-
gica de referencia, en primer lugar con los minerales de las zonas más próximas al
hallazgo, y luego con los de las restantes. Esta comparación la realizamos a partir
de la base de datos de isotopos de plomo actual (diciembre de 2015) que cuenta
con 1 036 registros.

Yacimiento Objeto 208Pb/206Pb 207Pb/206Pb 206Pb/204Pb 207Pb/204Pb 208Pb/204Pb

San Esteban de Río Sil Punta lanza 2,08265 0,84648 18,4633 15,6288 38,4527

Santa Ana (Herrerias) Espada 2,09938 0,8556 18,2923 15,6509 38,4026

Tabla 3. Análisis de isótopos de plomo realizados mediante MC-ICP-MS en el laboratorio de Geocronología de la Universidad
del País Vasco.

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Fig. 3. Comparación de análisis de isótopos de plomo de la espada de Santa Ana y la punta de lanza de San Esteban de Río
Sil con los minerales del sureste (SE) y de la región asturleonesa.

Fig. 4. Comparación de análisis de isótopos de plomo de la espada de Santa Ana y la punta de lanza de San Esteban de Río
Sil con todos los minerales de la península ibérica disponibles.

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Objetos o materia prima: problemas en la interpretación de procedencias con análisis de isótopos de…
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La figura 3 muestra la falta de coincidencia entre los minerales de la zona asturle-


onesa (principalmente de la provincia de Lugo) y la punta de lanza. En relación a
la espada unos pocos minerales del sureste (minas de plomo de Gador) presentan
algunas similitudes en las ratios 207Pb/204Pb, pero en la figura 3 que utiliza la
ratio 208Pb/204Pb se distancian y quedan fuera de ese campo isotópico. La primera
respuesta a la cuestión que podemos responder es que ninguna de las dos piezas
se manufacturó con metal obtenido en su entorno regional más próximo.
La siguiente comparación incluye los minerales del resto de la península en las que
algunos resultados se acercan a los valores de las piezas arqueológicas (fig. 4). Una
perspectiva más en detalle nos permite identificar la región de procedencia de esas
muestras similares y confirmar que no existe plena coincidencia. Los minerales de
Linares son los más próximos a la espada de Santa Ana (fig. 5), pero en la parte
inferior del gráfico se aprecia que se aparta ligeramente de ese campo isotópico. Por
el contrario la punta de lanza tiene próximos minerales de los Pedroches, pero siem-
pre queda fuera de su campo isotópico en la representación con diversas ratios.
2. ¿Puede ser metal de las Islas Británicas? Para confirmar si el metal tiene un origen en
las zonas que sugiere la tipología comparamos los datos disponibles en OXALID1.
La figura 6 muestra que hay minerales próximos a la espada, especialmente de
minas de plomo de Gales, pero no se integra claramente en ninguno de sus campos
isotópicos. La lanza de San Esteban de Río Sil sí coincide con minerales de Ingla-
terra (principalmente minas de plomo) pero también con los del campo isotópico
de Great Orme2 (Gales), mina de cobre cuya cronología de explotación se centra
en el periodo de producción de este tipo de lanza (Bronce Medio y Final) (O’Brien,
2015). La composición del metal obtenido de esta mina suele ser de gran pureza
pero con pequeñas proporciones de arsénico y níquel (Williams, 2016),
elementos presentes en la punta de lanza.
3. ¿Existen en Inglaterra y Gales objetos de la Edad del Bronce con signaturas isotó-
picas similares? La comparación por periodos a partir de los datos de OXALID
muestra (fig. 7) que la punta de lanza coincide más con los metales de la fase LBII
o Ewart Park (1000-800 cal AC), una cronología ligeramente más tardía o en el
límite inferior de la proporcionada por el radiocarbono. También los metales de la
fase Taunton (MBA II) son compatibles, especialmente los del grupo isotópico 12
de Rohl y Needham (op. cit.).
Por tanto, según los isótopos de plomo, la lanza de San Esteban de Río Sil encaja
en la distribución de los materiales ingleses. A su vez, la cronología tipológica asig-
nada a parte de los mismos puede encajar con la de la lanza, pero esa cronología
no se corresponde con la fecha radiocarbónica de la lanza.
La situación para el metal de la espada es compatible con la de los de la fase Penard
(MBA III) donde esta tipología de espada se desarrolla (fig. 7). Si nos centramos
únicamente en los datos disponibles de espadas tipo Ballintober (fig. 8), vemos
que la de Santa Ana se localiza en el entorno del grupo principal de distribución,

1
OXALID es la base de datos publicada on line (http://oxalid.arch.ox.ac.uk/) que recoge los análisis realizados por el Isotrace
Laboratory de Oxford entre 1978 y 2001. Este listado incluye los publicados por ROHL y NEEDHAM (op. cit.).
2
No hemos podido incluir otros resultados de minerales de Great Orme representados en las gráficas del trabajo de Williams
(2016) por no contar con los valores precisos. Esos datos delimitan mejor su campo isotópico, pero no modifican la pers-
pectiva inicial de los datos recopilados en OXALID.

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Fig. 5. Comparación de análisis de isótopos de plomo de la espada de Santa Ana y la punta de lanza de San Esteban de Río
Sil con los minerales de Linares y de Los Pedroches.

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Fig. 6. Comparación de análisis de isótopos de plomo de la espada de Santa Ana y la punta de lanza de San Esteban de Río
Sil con minerales de Gales e Inglaterra, diferenciándose los datos de la mina de Great Orme.

Fig. 7. Comparación de análisis de isótopos de plomo de la espada de Santa Ana y la punta de lanza de San Esteban de Río
Sil con los metales ingleses y galeses de la base de datos OXALID ordenados por periodos cronológicos.

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Fig. 8. Comparación de análisis de isótopos de plomo de la espada de Santa Ana y la punta de lanza de San Esteban de Río
Sil con las espadas de la Edad del Bronce de Inglaterra y Gales, y las del tipo Ballintober.

Fig. 9. Comparación de análisis de isótopos de plomo de la espada de Santa Ana y la punta de lanza de San Esteban de Río
Sil con los metales del Bronce Final de la península ibérica.

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aunque también las ratios isotópicas son similares a algunas de las espadas tipo
Rosnöen o Mortlake.
4. ¿Hay objetos del Bronce Final de la península ibérica con signaturas isotópicas
similares a las de la espada y la punta de lanza? En estos momentos el número de
objetos del Bronce Final con datos de isótopos de plomo es reducido. Los princi-
pales conjuntos estudiados (Montero et alii, 2015) como la Ría de Huelva, Muricecs
o Las Lunas muestran distribuciones diferentes, correspondiendo a la Ría de Huelva
la mayor variabilidad en las posibles procedencias. Si añadimos los metales recu-
perados en las cuevas sepulcrales menorquinas (Stos-Gale et alii, op. cit.) detecta-
mos algunas piezas con valores similares a la espada. Sin embargo, al ser bronces
plomados, reflejan la procedencia del plomo y no la del cobre. La punta de lanza
siempre queda alejada de los metales peninsulares analizados y publicados hasta
la fecha (fig. 9).

Conclusiones

Los comentarios previos permiten apuntar con bastantes probabilidades que la punta de
lanza de San Esteban de Río Sil pueda ser un objeto importado ya manufacturado. La tipo-
logía apunta a modelos irlandeses, pero en este periodo, entre el 1500-1000 cal BC, según
O’Brien (op. cit.: 299) en Irlanda dejan de explotarse las minas tipo Mount Gabriel y empieza
a importarse metal de otras zonas. Esto justificaría que no exista relación isotópica con los
minerales irlandeses, pero sí con los de Gales. Las principales minas en explotación en este
periodo son las citadas de Great Orme. Además bastantes metales de los periodos crono-
tipológicos contemporáneos pueden relacionarse con el mineral de Great Orme y algunos
de ellos (especialmente los de la fase Ewart Park y en menor medida con la fase Taunton)
coinciden con la punta de lanza. La composición también es compatible ya que el cobre
con algunas impurezas de arsénico y níquel parece ser característico del metal obtenido a
partir de los minerales de Great Orme.

Aunque el desarrollo del tipo de lanza con decoración puntillada y orificios basales
corresponde a las fases Acton y Taunton, la datación obtenida en la lanza de San Esteban de
Río Sil podría estar condicionada por una amplia perduración de la pieza, con reemplazo de
su astil de madera original. Los análisis de isotopos de plomo pueden justificar un metal similar
al de otras piezas de la fase Taunton. Finalmente cabe considerar que ningún mineral u objeto
arqueológico peninsular de los analizados hasta la fecha tiene una signatura isotópica similar.

El metal de la espada de Santa Ana, tampoco encaja con minerales de la península


ibérica (muy próximo queda el campo de Linares), pero no es totalmente descartable su
origen peninsular ya que hay objetos con valores similares. Si bien no hemos identificado
minerales compatibles en Gales, Irlanda o Inglaterra, las similitudes con metales ingleses y
galeses de la fase Penard (grupo isótopico 14 de Rohl y Needham), y especialmente con las
espadas tipo Ballintober, permite argumentar su probable procedencia foránea. Pero no
debemos olvidar que tipológicamente se la vincula más con piezas francesas con las que
no hemos podido establecer comparación isotópica. Precisamente Rohl y Needham (op. cit.:
99-101) atribuyen una aportación de metal continental significativa en su grupo isotópico
14, que incluye la mayoría de las variantes de espadas sin asociación y que presentan bajos
porcentajes de impurezas.

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Otros argumentos que apoyarían su origen extrapeninsular son el bajo contenido en


estaño y sobre todo la tecnología de aleación de bronce mediante la mezcla de cobre metá-
lico y casiterita. De momento sólo está documentada en la península ibérica en momentos
más tardíos, ya en la transición con la I Edad del Hierro.

Como hemos expuesto, los análisis de isótopos de plomo son un elemento básico
para valorar la procedencia del metal, pero no son concluyentes por sí mismos en determi-
nados casos. La punta de lanza de San Esteban de Río Sil muestra inequívocamente que el
metal es foráneo y el cobre probablemente procedente de las minas galesas de Great Orme.
El panorama de la espada de Santa Ana es más complejo. No es totalmente descartable que
el metal se obtuviera en la península, pero los datos tipológicos y tecnológicos sugieren que
pudiera ser importado. Su origen no puede concretarse, pero es similar al de otras produc-
ciones de la fase Penard en Inglaterra que usaron metal procedente del área continental.
Llegara de Inglaterra o Francia la espada acabo depositada en Herrerías (Almería).

La circulación de objetos manufacturados de manera paralela o complementaria a la


de los lingotes se produjo en la península ibérica durante la Edad del Bronce, al menos antes
del cambio al I milenio cal A. C. Parecen confirmarlo las dos piezas estudiadas en este artí-
culo, combinando el análisis de isótopos de plomo con datos crono-tipológicos y dataciones
absolutas, correspondientes a otras de similares características tipológicas.

Quedaría pendiente confirmar si objetos o metal peninsular llegaron a circular y con


qué intensidad fuera de nuestras fronteras como algunos trabajos sugieren (Ling et alii, op.
cit.) con cierta controversia. Al margen de propuestas más o menos polémicas lo necesario
es incrementar el número de materiales arqueológicos adecuados y correctamente contex-
tualizados para debatir con fundamento esta cuestión.

Agradecimientos

Este trabajo se enmarca en el proyecto de investigación financiado por el Ministerio de Eco-


nomía y Competitividad «Circulación de cobre en el final del la Edad del Bronce del Medi-
terráneo occidental: Península Ibérica y Cerdeña» (HAR2014-52981-R).

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99

Orfebrería castreña en Piloña (Asturias),


según la documentación del archivo del
Museo Arqueológico Nacional
Castro culture jewellery findings at Piloña (Asturias, Spain)
according to the Museo Arqueológico Nacional records

Óscar García-Vuelta (oscar.gvuelta@cchs.csic.es)


Laboratorios de Arqueología. Instituto de Historia (CCHS, CSIC)

Resumen: A partir de la correspondencia mantenida a principios del siglo XX entre el inves-


tigador José Ramón Mélida y el coleccionista asturiano Sebastián de Soto Cortés se añaden
nuevos datos sobre hallazgos de orfebrería de la II.ª Edad del Hierro en Asturias entre
mediados del siglo XIX y principios del XX. Destaca la información aportada sobre los produ-
cidos en Villamayor (Piloña), que ha permitido documentar un conjunto hasta la fecha
inédito, y conocer mejor los primeros avatares y procedencia de las «diademas-cinturón» de
Moñes, uno de los hallazgos más controvertidos de la orfebrería castreña.

Palabras clave: Remigio Salomón. Sebastián de Soto Cortés. José Ramón Mélida. Colgantes /
amuletos. Diademas-cinturón de Moñes. Historiografía.

Abstract: The correspondence between the researcher José Ramón Mélida and the Asturian
collector Sebastián de Soto Cortés during the early 20th century provides valuable insights on
the findings of jewellery from the Later Iron Age in Asturias during the later 19th and early
20th centuries. Testimonies regarding the findings at Villamayor (Piloña) have allowed the
documentation of a previously unknown collection. Also, the earliest testimonies regarding
the location of origin and early vicissitudes of the «belt-diadems» of Moñes are fundamental
in interpreting their existence, on of the most controversial themes in castro culture jewellery.

Keywords: Remigio Salomón. Sebastián de Soto Cortés. José Ramón Mélida. Pendants /
amulets. Moñes belts-diadems. Historiography.

1. Introducción

La investigación de la orfebrería de la II Edad del Hierro en Asturias se ha visto limitada por


la falta de datos contextuales sobre los materiales, superando las piezas procedentes de
hallazgos antiguos poco documentados a las recuperadas en excavaciones arqueológicas
(p. ej. Villa, 2010). Muchos de los objetos hoy conservados en los museos pertenecieron a

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Recibido: 16-12-2015 | Aceptado: 15-03-2016
100 Óscar García-Vuelta

Fig. 1. Mapa de localización de Piloña y del entorno de Villamayor-Moñes, con indicación de los lugares mencionados en el
texto. Elaboración: B. Currás.

colecciones privadas, iniciadas en la 2.ª mitad del siglo XIX. Tras el fallecimiento de sus fun-
dadores las piezas, dispersas, pasaron al mercado de antigüedades sin referencias sobre sus
circunstancias previas o su procedencia. La desaparición de mucha de la documentación
relativa a esas colecciones, o su carácter inédito, han contribuido tanto a la descontextuali-
zación de los materiales como a la publicación de datos erróneos.

El caso más ilustrativo son los fragmentos de diademas-cinturón con decoración figurada
de Moñes (Villamayor, Piloña) (fig. 1), que tras una compleja historia se reparten hoy entre el
Musée des Antiquités Nationales de Saint Germain-en-Laye (MSG), el Instituto Valencia de Don
Juan (IVDJ) y el MAN (fig. 2). La discusión sobre estas piezas ha afectado a aspectos como
la interpretación de su excepcional iconografía (p. ej. Marco, 1994, o Schatner, 2012), la

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Orfebrería castreña en Piloña (Asturias) según la documentación del archivo del Museo Arqueológico…
101

Fig. 2. Diademas-cinturón de Moñes: a. fragmentos ingresados en el Louvre en 1884 (Según Schlumberger, 1885); b. Según
Cartailhac (1886); c. Fragmentos actualmente conservados en el MAN; d. Fragmento del IVDJ. Fotos: OGV.

identificación del número de objetos que componen el conjunto, o su procedencia (p. ej.
García-Vuelta, 2007: 205 y ss.). Contamos también con otros ejemplos en el grupo de los
colgantes castreños «en reloj de arena» o de tipo «keftiu» (Blanco, 1957: 22 y ss.; Maya, 1988:
125-126; Prieto, 2003). Estos objetos, interpretados como amuletos, están poco representados
en la orfebrería castreña, afectando su dispersión a la Meseta Norte (Palencia) y Asturias.
Los atribuidos a ese territorio se conservan en el IVDJ, sin datos precisos sobre su hallazgo
o historia previa (fig. 3).

El estudio de un lote de documentación gráfica conservado en el Archivo del MAN, que


perteneció al investigador José Ramón Mélida y Alinari (1856-1933), aporta nuevos datos sobre
los primeros avatares de los fragmentos del hallazgo de Moñes, así como sobre la «biografía»
de un excepcional colgante del IVDJ (fig. 3, 1), cuya historia se relaciona con la de estas piezas.
Esta revisión ha documentado también otro conjunto inédito procedente de Villamayor (figs.
7-8), con el que relacionamos algunos ejemplares del MAN y del IVDJ (fig. 3, 2)1.

1
Este estudio continúa otros previos sobre las colecciones de orfebrería castreña del MAN (p. ej. GARCÍA-VUELTA, 2001 y 2007,
entre otros). Agradezco al Dpto. de Protohistoria y Colonizaciones del MAN y al Instituto Valencia de Don Juan las facilidades
prestadas para acceder a sus respectivas colecciones, y la Dras. Alicia Perea y María Isabel Martínez Navarrete (IH, CSIC),
sus valiosos comentarios y aportaciones sobre el manuscrito original.

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102 Óscar García-Vuelta

Fig. 3. Colgantes castreños conservados en el IVDJ: 1. Ejemplar de la antigua colección de R. Salomón; 2. Fragmento recom-
puesto, correspondiente al borde inferior del ejemplar de Villamayor. Foto: OGV.

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Orfebrería castreña en Piloña (Asturias) según la documentación del archivo del Museo Arqueológico…
103

La primera información disponible sobre estos materiales nos remite a dos colecciones
privadas. Una es la del juez vallisoletano Remigio Salomón y Fraile (1814-1878), primer
propietario conocido de los fragmentos de Moñes ingresados en el Museo del Louvre en
1884 (Schlumberger, op. cit.), y del colgante del IVDJ (Blanco, op. cit.: 24 y ss; Maya, op. cit.:
125). Poco se sabe de la composición exacta de la colección de este personaje, que compa-
ginó sus diferentes destinos laborales con una intensa actividad literaria y cultural (p. ej.
Alonso, 1955: 776 y ss.). El juez fue trasladado desde la Audiencia de Santander a la de
Oviedo en agosto de 1865, y permaneció en ese puesto hasta marzo de 1868, cuando fue
destinado a la de Granada2. Durante su estancia en Oviedo, fue Vicepresidente de la Comi-
sión Provincial de Monumentos Históricos y Artísticos (CPMO) establecida en esa ciudad
(Adán, 1999), sin desatender su actividad como coleccionista. De sus adquisiciones en Astu-
rias dan cuenta las donaciones que realizó al MAN a principios de 18683, y especialmente
algunos testimonios de la CPMO. En enero de 1868, su secretario Julián García San Miguel,
lamentó la falta de apoyo de las corporaciones municipales a la Comisión. Como ejemplo
mencionó las ventas de fragmentos de joyas antiguas que unos campesinos venían realizando
en Oviedo, informando de que algunos de estos restos habían sido comprados por Salomón
(García, 1868: 6-7). La CPMO no pudo recabar información sobre la procedencia de estos
objetos, cuya pista se perdió posteriormente4.

Muchos años después, cuatro fotografías cedidas por Salomón a la CPMO antes de su
traslado a Granada permitieron relacionar estas compras con los fragmentos de las piezas
de Moñes y el colgante del IVDJ. Estas imágenes pasaron al Museo Arqueológico de Oviedo,
anotándose junto a ellas la procedencia asturiana de los ejemplares, que se hicieron corres-
ponder con épocas diferentes (fig. 4)5. Maya González (op. cit.: 135) recuperó para el debate
esta información, largo tiempo ignorada, relacionando las noticias de la CPMO con los frag-
mentos de «la diadema».

La segunda colección es la de Sebastián de Soto Cortés (1833-1915), hacendado astu-


riano que amplió la colección heredada de su padre, Felipe de Soto Posada, llegando a
integrar en su palacio familiar de Labra (Cangas de Onís) numerosos materiales arqueológicos
de Asturias (Canella, 1915; Rodríguez, 2002; Diego, 1960-61). Soto fue propietario de otro de
los fragmentos de Moñes y de parte de los objetos del conjunto de Villamayor. Tras su falle-
cimiento, heredó su colección su sobrino Francisco Pendás Cortés, muerto en 1937, aunque
las piezas de oro identificadas hasta hoy como pertenecientes a Soto, fueron vendidas entre
finales de los años 20 y principios de los 30.

2
Expediente personal de R. Salomón Fraile. Archivo Histórico Nacional, F. C. Ministerio de Justicia. Exp. 5191-5193. Legajo 4596.
3
En concreto, tres hachas de la Edad del Bronce procedentes de Cangas de Tineo, Avilés y Mieres (Archivo MAN, exp.
1868/45).
4
«[…] llevando su incuria y abandono hasta el extremo de que, por falta de vigilancia ó buen deseo, se estén destruyendo ó
fundiendo inconsideradamente en el malhadado crisol del platero, preciosas alhajas de oro de riquísimo valor é inapreciable
mérito artístico, que á juzgar por los pequeños trozos adquiridos por nuestro Vice-Presidente, don Remigio Salomón, para
su museo particular, puede asegurarse datan de una antigüedad remotísima; indudablemente de los Romanos. La Comisión
no ha podido averiguar aún el punto donde tales descubrimientos se han hecho, á fin de hacer las excavaciones é inves-
tigaciones que juzgue convenientes, por las muchas precauciones que para no ser vistos ni observados toman los campe-
sinos que de tiempo en tiempo las vienen á enagenar á esta ciudad, divididas en pequeñas porciones, muy deterioradas,
por las que no se puede calcular la forma de la alhaja primitiva y uso á que se destinaba. Es de creer, sin embargo, conserven
en su poder abundantes restos del hallazgo, y se han tomado las medidas necesarias á fin de conocer a sus poseedores,
y descubrir el punto donde las encontraron» (GARCÍA, op. cit.: 6-7).
5
En el soporte de los originales se anota: «Fragmentos de objetos romanos y latino-bizantinos, de oro, hallados en la Provª
de Oviedo. Donación de don Remigio Salomón».

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104 Óscar García-Vuelta

Fig. 4. Fotografías originales donadas por R. Salomón a la CPMO. Archivo del Museo Arqueológico de Asturias. Foto original:
A. Paredes (Según García-Vuelta, 2007: 220).

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Orfebrería castreña en Piloña (Asturias) según la documentación del archivo del Museo Arqueológico…
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Fig. 5. Piezas atribuidas a la colección Soto Cortés, actualmente en el IVDJ y el MAN: a. Torques de Langreo (IVDJ); b. Dia-
dema-cinturón y restos de torques (MAN); c. Lote ingresado en 1931 en el IVDJ, que incluyó un fragmento de diadema-cinturón
de Moñes y un resto de colgante de Villamayor; d. Fíbula o hebilla (IVDJ). Fotos: OGV / Archivo IVDJ.

Estos materiales fueron comprados por el IVDJ y el MAN. La primera venta se docu-
menta en junio de 1928, adquiriendo el IVDJ un torques ofertado por el joyero ovetense
Pedro Álvarez (fig. 5, a)6, que López Cuevillas (1951: 36) referencia en la colección Soto, y
cuya procedencia se ha situado en Langreo (Blanco, op. cit.: 149 y ss.; Maya, op. cit.: 140).
En diciembre de 1930 el anticuario Manuel Ruiz Balaguer ofreció al MAN tres torques
incompletos y una diadema-cinturón (fig. 5, b), ingresados en el Museo a principios de 1931
como procedentes de Cangas de Onís7 (Álvarez-Ossorio, 1931 y 1954: 271-73; García-Vuelta,
2001 y 2007: 113 y ss.). En febrero de 1931, el marqués de Valverde de la Sierra ofertó al
IVDJ un lote (fig. 5, c) con un fragmento del conjunto de Moñes, dos colgantes asturianos y
dos pendientes zoomorfos de Mallorca (Maya, op. cit.: 125 y ss.; Prieto, op. cit.). En junio de
ese año, el marqués vendió a la misma institución una hebilla o fíbula de procedencia
asturiana (fig. 5, d), que también se ha ubicado en esta colección (Maya, op. cit.: 141-142)8.

6
Archivo IVDJ. Libros de adquisiciones, tomo III, n.º 116.
7
Archivo MAN, exps. 1930/11 y 1931/11.
8
Archivo IVDJ. Libros de adquisiciones, tomo V, n.os. 206 y 219 c.

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106 Óscar García-Vuelta

Documentos sobre orfebrería

N.º Id. Original Tipo/Soporte/Medidas Tema Contenido Anotaciones

1 2001/101/FF00013 Foto-papel albúmina - Piezas R. Salomón Frags. «Diademas» Anverso- reverso


cartón / 16,5 × 11 cm (conjunto de Moñes)
2 2001/101/FF00014 Foto-papel albúmina- Piezas R. Salomón Frags. «Diademas» Anverso- reverso
cartón / 16,5 × 11 cm (conjunto de Moñes)
3 2001/101/FF00006 Foto-papel albúmina- Piezas R. Salomón Frags. Colgante Reverso
cartón / 16,5 × 11 cm
4 2001/101/FF00007 Foto-papel albúmina- Piezas R. Salomón Frags. Colgante Reverso
cartón/
5 2001/101/FF00023 Foto/Papel / 14,8 × 9,7 Piezas R. Salomón Frags. Colgante –
6 2001/101/FD00017 Acuarela-papel / Piezas Soto Cortés Hallazgo de Villamayor Anverso- reverso
17 × 11,6 cm.
7 2001/101/FF00008 Foto-papel albúmina / Piezas Soto Cortés Hallazgo de Villamayor Anverso- reverso
14,9 × 9,7 cm
8 2001/101/FF00009 Foto-papel albúmina / Piezas Soto Cortés Hallazgo de Villamayor Reverso
14,7 × 9,7 cm.

Tabla 1. Detalle de los documentos gráficos sobre orfebrería castreña conservados en el expediente 2001/101.

Soto reunió además un importante fondo documental, que incluyó numerosos libros-
diario, cuadernos de campo, correspondencia e imágenes, con abundante información, a
menudo encriptada, sobre sus materiales y otros hallazgos (Diego, 1960-1961). Aunque una
parte se conserva en el Archivo Histórico de Asturias, todavía está pendiente su publicación
pormenorizada, y otra permanece dispersa o en paradero desconocido.

2. La documentación de J. R. Mélida

La documentación estudiada corresponde a archivos particulares de J. R. Mélida, incorporados


al expediente 2001/101 del Archivo del MAN9. Se trata concretamente de 13 fotografías y 3
acuarelas que formaron parte de su correspondencia con Sebastián de Soto Cortés a princi-
pios del siglo XX.

Nuestro estudio se ha centrado exclusivamente en dos grupos de documentos del


expediente sobre hallazgos de orfebrería castreña10. El primero (tabla 1, n.os 1 a 5) está
dedicado a las piezas de R. Salomón. El segundo documenta algunos restos del conjunto de
Villamayor, adquiridos por Soto Cortés en febrero de 1882 (tabla 1, n.os 6 a 8). Casi todos los
originales fueron enviados por Soto Cortés, autor de los dibujos y responsable de las anota-
ciones textuales añadidas a las imágenes.

9
El MECD los adquirió a Archivos Hispánicos para el MAN en 2001. Agradezco a Daniel Casado, su primer estudioso (CASADO,
2006: 43; 2013: 241), sus informaciones sobre parte de los contenidos del expediente, al que accedimos en 2013, tras con-
cluir la remodelación del Museo. Agradezco al Archivo del MAN y a su actual responsable Aurora Ladero, las facilidades
prestadas para la revisión de esta documentación.
10
El expediente incluye también imágenes sobre otros materiales que no serán objeto de una revisión detallada (CASADO, op.
cit.: 76; 2013: 246).

Boletín del Museo Arqueológico Nacional 34/2016 | ISSN: 2341 - 3409 | Págs. 99-120
Orfebrería castreña en Piloña (Asturias) según la documentación del archivo del Museo Arqueológico…
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La correspondencia entre Mélida y Soto Cortés había permanecido prácticamente


inédita. Hasta la fecha, únicamente se había identificado un borrador redactado por el
coleccionista el 16 abril de 1906, en respuesta a una carta previa del investigador (García-Vuelta
y Perea, 2001: 12; García-Vuelta, 2001: 116 y 2007: 99 y 114)11. Allí, entre otras cuestiones, Soto
amplió comentarios previos sobre hallazgos de orfebrería castreña en Asturias, en parte relativos
a las piezas de R. Salomón, y mencionó el envío de dibujos y fotografías sobre estos y otros
materiales, que en buena parte coinciden con las imágenes del archivo del MAN.

«Reconstitución de la “Diadema” – Es muy difícil o mejor dicho imposible, pues


hace cerca de ½ siglo sin duda que el Sr. Salomón mandó sacar en Oviedo las 2
fotografías que se conservan en el Museo Arqueológico. De ellas encargué otras
en tamaño muy aumentado, las que tiene V. en su poder, posteriormente adquirí
los trozos de que le remití fotografías y dibujos y al mismo tiempo el torques des-
trozado del que hoy envío un apunte; he visto después que yo hice esas adquisi-
ciones un broche muy bello perteneciente al mismo objeto y que no pude adquirir
por más esfuerzos que hice. Después de tantos años es seguro que no existirán
los clichés. Si V. quiere que mande sacar otras dos fotografías de las que dejó en
el Museo de Oviedo el Sr. Salomón lo haré con mucho gusto en mi primer viaje a
dicha ciudad. El apunte del torques es bastante malo por efecto de mi vista y puesto
que no se encuentra bien, pero así y todo tiene el mérito de estar exacto en la
medida y ciertos detalles, se encuentra roto en cuatro trozos formando dos los
remates, otro el lado completo que consta de 33 vueltas en espiral, y el último las
17 restantes [y ochenta y una más de la otra mitad]: lo que he señalado con tinta
es lo que hay – lo de lápiz me figuro que falta, pero de esto no puedo responder
por que hice el apunte imitando el lado completo y solo Dios puede saber en que
forma estaría adornado el centro. Pesan entre los cuatro trozos […] gramos».

Las referencias sobre estas imágenes se incluyen en el texto anterior. Soto alude a las
posibilidades de reconstruir de la «diadema» de R. Salomón, y menciona el envío previo de
copias ampliadas de las fotografías conservadas en el Museo de Oviedo (fig. 4), identificables
con los originales FF00013 y FF00014 del expediente (fig. 6, a-b). Soto se ofreció también a
mandar copias de las fotos de los restos del colgante de Salomón, coincidentes con las imá-
genes FF00006 y FF00007 (fig. 6, c-d). Según sus comentarios, Mélida, que ya había mostrado
atención por la «diadema» del Louvre (Mélida, 1900 a, b) estaba informado sobre estos
hallazgos. El interés de Soto por las piezas de Salomón estaba también justificado, pues
poseía ya por estos momentos otro fragmento del conjunto de Moñes (fig. 2, d) y un colgante
de Villamayor, similar al del magistrado (Vid. infra). A este conjunto se referirían sus alusiones
a los «trozos» de los que habría enviado dibujos y fotografías, correspondientes a los originales
FD00017; FF00008; FF00009 (figs. 7 y 8). Soto menciona que «al mismo tiempo» adquirió los
restos de un torques que describe, y del que planeaba enviar un apunte a Mélida, no
incluido en el expediente (Vid. infra).

11
Conservado en el archivo familiar de doña María Teresa Pendás, que permitió el acceso a ésta y otra documentación gráfica
sobre la Colección Soto Cortés (Vid. infra). Agradezco al Dpto. de Protohistoria y Colonizaciones del MAN, y a su entonces
conservadora doña. Magdalena Barril, su colaboración para el estudio inicial de esos documentos.

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108 Óscar García-Vuelta

Fig. 6. A-C: copias anotadas de las imágenes de R. Salomón enviadas a J. R. Mélida por Soto Cortés. D. Foto del colgante de
R. Salomón conservada en los archivos particulares de Mélida. Archivo MAN, exp. 2001/101.

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Orfebrería castreña en Piloña (Asturias) según la documentación del archivo del Museo Arqueológico…
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2.1. Sobre las piezas de Remigio Salomón

Estos objetos se reproducen en cinco fotografías. Cuatro de ellas (fig. 6, a-c) son copias
ampliadas de las imágenes cedidas por el magistrado a la CPMO, e incorporan créditos del
establecimiento fotográfico de F. del Fresno, de Oviedo. Como indican sus notas, fechables
en algún caso hacia 1891 (FF000006), pertenecieron al archivo personal de Soto. En las
fotografías FF00013 y FF00014 (fig. 6, a-b) se numeran cuatro de los cinco fragmentos de la
«diadema» ingresados en el Louvre. En la FF00014 solo se anotó la frase «Del Sr. D. Remigio
Salomón». En el original FF00013 se alude al estudio de E. Cartailhac (op. cit.) (fig. 2, b), y
se da cuenta de parte de los avatares y procedencia de las piezas, confirmándose que Soto
era propietario de un sexto fragmento.

«Del Sr. D. Remigio Salomón - cuyos herederos vendieron estas curiosísimas placas
à un tendero del Rastro en Madrid -. Posteriormente fueron à parar en el Museo
del Louvre de Paris - Las que adquirió dicho museo son 5 que pueden verse en la
obra de Cartailhac - “Ages prehistoriques de l’Espagne et du Portugal” pag.ª 344 -
Falta, la que tiene allí el nº 3 y no se encuentra fotografiada en el original de donde
estas se tomaron que está en el museo arqueológico de Oviedo.
Regaló estas fotografías el Sr. Salomón cuando estuvo de Magistrado en la Audien-
cia de Oviedo en cuya ciudad adquirió las 5 placas procedentes sin duda del con-
cejo de Piloña halladas por aldeanos igualm.te que el trozo de la misma alhaja que
yo poseo y hace el nº 6 de este curiosísimo é interesante obgeto».

Las fotografías FF00006 y FF00007 muestran restos del colgante compuesto (fig. 6, c-d).
La segunda incorpora únicamente una referencia a su identificación:

«Aumentada proximam.te el doble de su tamaño. Tomada de la fotografía que regaló


el Magistrado Sr. D. Remigio Salomón al Museo Arqueológico de Oviedo donde se
conserva».

Sin embargo, el original FF00006, posiblemente fechado hacia 1891, amplía la infor-
mación sobre las circunstancias experimentadas por los objetos.

«El Magistrado de la Audiencia de Oviedo D. Remigio Salomón compró en dicha


ciudad hacia el año del 860 este adorno de filigrana de oro y lo conservó hasta su
fallecim.to. Fué vendido en Madrid por uno de sus herederos à un tratante en an-
tiguedades del Rastro —– Chaves —– Esta fotografía es de mayor tamaño que el
obgeto que representa – Se tomó de otra que el Sr. Salomón regaló ó dejó en
Oviedo y hoy (1891) se conserva en el Museo de antiguedades de Oviedo»

El colgante también aparece en la fotografía FF00023 (fig. 6, e), no anotada. Como el


ejemplar permanecía inédito por aquellas fechas, estimamos que Soto Cortés no envió esta
imagen, que pertenecería al archivo personal de J. R. Mélida (Vid. infra).

Los documentos del expediente ilustran parte de la historia de estos materiales y


explican algunas cuestiones controvertidas planteadas posteriormente en su investigación.
Soto confirma los testimonios de la CPMO sobre la compra de los objetos por parte de R.
Salomón, pero no precisa si los restos de la «diadema» y el colgante se adquirieron a la vez.

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110 Óscar García-Vuelta

Aunque apuntó que éste se compró hacia 1860 (Img. FF00006), no descartamos que las
adquisiciones ocurrieran algo después, pues el magistrado se estableció en Oviedo en 1865.
La información sobre lo ocurrido a las piezas es más precisa. Se confirma que Salomón las
retuvo en su poder, lo que descarta definitivamente la hipótesis de su posible donación
inicial a la CPMO (Maya, op. cit.: 135, nota 16)12. Fallecido el magistrado, sus herederos las
vendieron a un tratante de la zona de El Rastro de Madrid, probablemente apellidado «Chaves»
(FF00006). Las anotaciones sugieren que todos los fragmentos corrieron esta suerte, aunque
su historia posterior no puede determinarse con exactitud.

Como indicó Schlumberger (op. cit.: 4), el Louvre inició la adquisición de los restos
de la «diadema» en la primavera de 1884. Según la documentación conservada, las piezas
fueron ofertadas por Emile Mayer (Rouillard, 1997: 128) –que probablemente actuó como
intermediario en la gestión– aceptándose su adquisición en julio de este año13. Nada sabemos
por estas fechas del colgante, que pasó años después a la colección del IVDJ, fundado en
1916 por el político y coleccionista Guillermo de Osma y Scull (1853-1922) y su esposa Ade-
laida Crooke y Guzmán (1893-1918), hija del investigador y coleccionista Juan Crooke y
Navarrot (1839-1904), conde de Valencia de Don Juan (De Andrés, 1984; Barrio, 1998;
Partearroyo, 2009). Hasta la fecha, no se ha localizado en esta institución documentación
sobre el ingreso del ejemplar, por lo que consideramos que formó parte de sus fondos
fundacionales, constituidos por las colecciones privadas de sus fundadores. Su pertenencia
previa a Osma o J. Crooke explicaría la inclusión en el expediente de la fotografía FF00023
(fig. 6 e), que Mélida pudo conseguir a través de su relación personal con ambos personajes.

Los documentos estudiados aclaran parte de las informaciones aportadas sobre la


procedencia de «las diademas», una cuestión abordada desde diferentes propuestas poco
explicadas. Según la primera, publicada tras el ingreso de los fragmentos de Salomón en el
Louvre, procederían de Cáceres (Schlumberger, op. cit.: 4). Esta opción, surgida de los datos
obtenidos durante su adquisición, estuvo vigente hasta la década del 1900 (Cartailhac, op.
cit.: 334 y ss., o Paris, 1904: 248 y ss.) y parece relacionarse con la biografía de Salomón. En
abril de 1875 el magistrado fue trasladado a petición propia desde la Audiencia de Granada
a la de Cáceres. Salomón, que arrastraba problemas de salud, alegó tener allí a sus familiares.
El juez permaneció en Cáceres hasta julio de 1877, cuando se trasladó a Barcelona, donde
falleció el 5 febrero de 187814. Aunque no podemos descartar que su colección se encontrase
aún en Extremadura, es más probable que la procedencia de Cáceres de sus herederos,
desconocedores de los avatares de las piezas, originase esta primera propuesta.

Los datos de Soto explican también que Mélida, que a principios del siglo no cuestionó
la procedencia extremeña de la «diadema» (p. ej. Mélida, 1900a: 164 o 1900b: 179-180), defen-
diese poco después su origen asturiano (Mélida, 1905: 373)15. Lamentablemente el investigador

12
Esta hipótesis, recogida en algunos estudios (p. ej. ADÁN, 1999: 190 o GARCÍA-VUELTA y PEREA, op. cit.: 11), fue posteriormente
cuestionada a la luz de nuevas revisiones documentales (ADÁN, 2000: 102; GARCÍA-VUELTA, 2007: 221).
13
Archives des Musées Nationaux (AMN) 1BB26. Agradezco a Marianne Cotty, Responsable documentación del Département
des Antiquités orientales del Museo del Louvre, su información en este sentido.
14
Expediente personal de R. Salomón Fraile. AHN. Op. Cit.
15
Al ocuparse de la diadema de Jávea (Alicante), explica que «[…] sus términos de comparación no están en oriente más que
como tipos originarios […] y si lo están en la Península, en las esculturas levantinas y en otra diadema de oro de igual forma,
á modo de ancha cinta, decorada con figuras de hombres y caballos, existente en el Museo del Louvre como procedente
de la provincia de Cáceres, pero que, según nuestras noticias, procede de Asturias» (MÉLIDA, 1905: 373).

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Orfebrería castreña en Piloña (Asturias) según la documentación del archivo del Museo Arqueológico…
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no precisó sus fuentes de información, y aunque mencionó ese dato en varias ocasiones (p.
ej. Casado, op. cit.: 150), no dedicó un estudio específico al hallazgo. En paralelo, Julio Somoza
(1908: VII) también aludió a su procedencia asturiana, situándola en el lugar de Moñes (Villa-
mayor, Piloña)16. Aunque el autor conoció personalmente a Soto Cortés, del que pudo obtener
esa información, no aportó argumentos en defensa de esta opción, prácticamente ignorada
durante largo tiempo (p. ej. Martínez Hombre, 1964: 274, o Maya, op. cit.: 135).

La falta de información contribuyó a la aparición de nuevas asignaciones. A principios


de los años 20 Bosch Gimpera situó el hallazgo en Ribadeo, localidad que ubicó sucesiva-
mente en Asturias (Bosch, 1920: 190)17 y Lugo (Bosch, 1921: 272), sin mayores precisiones.
A pesar de su origen confuso (García-Vuelta, 2007: 187 y ss., y 225) este dato, que fue pronto
recogido por otros autores (López y Bouza, 1929: 113-114) no fue rebatido por Mélida, que
continuó refiriéndose a la procedencia de Asturias del conjunto sin dar nuevos detalles (p.
ej. Mélida, 1921: 112, o 1929 [2004]: 160). Tras su fallecimiento en 1933, la información de
Soto quedó inédita18.

La hipótesis de Ribadeo se asentó tras el ingreso en el MAN de tres de los fragmentos


del Louvre (fig. 2, c) en 1941 (García y Bellido, 1941: 562; 1943: 189 y ss., o Taracena, 1947:
56), y se consolidó en los años 50 (p. ej. López Cuevillas, 1951: 53 y ss.; Blanco, op. cit.: 139 y
ss.), llegando a considerarse errónea la información de Mélida (García y Bellido, 1943: 189).

Con el tiempo, la imprecisión de las hipótesis previas continuó dando pie a otras
propuestas. A principios de los años 70, Joaquín Manzanares (1971: 240) situó el hallazgo
en San Martín de Oscos (Asturias), afirmando que el fragmento del IVDJ (fig. 2, d) se
descubrió hacia 1924 en la finca Valdeirexe, donde se habrían recuperado otras piezas. Las
notas de Soto Cortés (FF00013) permiten descartar definitivamente esta información, recogida
inicialmente por algunos autores (López Monteagudo, 1977), y más tarde cuestionada (p. ej.
Maya, op. cit.: 136, o García-Vuelta, 2007: 225-226).

El debate comenzó a aclararse a finales de los años 80, cuando J. L. Maya recupera
los testimonios de J. Somoza y los primeros datos de la CPMO, y propone su origen de la
«provincia de Oviedo» (Maya, op. cit.: 135 y ss.). Gracias a sus aportaciones, las referencias
sobre hallazgos antiguos en Moñes (Somoza, op. cit.: VII; Martínez Hombre, op. cit.: 274)
fueron reconsideradas (Marco, op. cit.; Perea, y Sánchez-Palencia, 1995: 45; Belenos, 1996).
Aunque algunos autores continuaron valorando las hipótesis previas (p. ej. Rouillard, op. cit.:
128, o Balseiro, 2000), la opción de Moñes pasó a ser predominante desde principios de la
pasada década (García-Vuelta y Perea, op. cit.; García-Vuelta, op. cit.; Villa, 2010, o Schatner,
op. cit.). En nuestra opinión, las referencias de Soto Cortés no contradicen la información de
J. Somoza, añadiendo por primera vez un testimonio en principio más sólido en apoyo de
la procedencia de Piloña de estas piezas.

16
«Aún en nuestros días, rarísimos obgetos de áurea indumentaria encontrados en el lugarcito de Mónes (7 Km. al E. de
Infiesto) han llamado la atención de los arqueólogos extrangeros (entre ellos Mr. Cartailhac), llegando, por singulares peri-
pecias, á ocupar un puesto de honor en el Museo de Louvre» (SOMOZA, op. cit.: VII).
17
«Es posible que las diademas llamadas de Cáceres y en realidad de Rivadeo (Asturias) […] deban colocarse aquí, pues la técnica
de su decoración es parecida de la de los cinturones de las necrópolis célticas del centro de España» (BOSCH, op. cit.: 190).
18
Su información sobre el hallazgo permaneció también ignorada de forma previa a la venta de las piezas de Labra. Así lo
indica la procedencia de Cáceres asignada a su fragmento en una imagen del archivo de M.ª T. Pendás, que previamente
atribuimos al coleccionista, y que probablemente fue añadida por F. Pendás (GARCÍA-VUELTA, op. cit.: 223, lám. CXXXIII).

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Fig. 7. Acuarela de Soto Cortés (FD00017) representando varios fragmentos del colgante compuesto de Villamayor y anota-
ciones incorporadas al documento. Archivo MAN, exp. 2001/101.

2.2. Soto Cortés y el conjunto de Villamayor (Piloña)

Los materiales de este hallazgo figuran en la acuarela FD00017 y en las fotografías FF00008
y FF00009 del expediente. En la primera (fig. 7) Soto reproduce siete fragmentos correspon-
dientes a un único colgante compuesto. El apunte incluye referencia de escala y un comen-
tario sobre sus circunstancias de hallazgo y adquisición.

«Siete trozos de una alhaja ò adorno de oro que parecieron àl cabar [sic] los
cimientos para una casa en el pueblo de Villamayor del Concejo de Piloña á prin-
cipios de 1882 - Los compré en 2 de Febo de dicho año- El apunte está exacto en
su tamaño pues se tomó dibujando alrrededor [sic] de las piezas su contorno. Pesan
los siete pedazos 20 adarmes»19.

Las fotografías FF00008 y FF00009, se ordenaron como «1ª» y «2ª», incluyendo la


anotación «Para el Sr. D. José Ramón Mélida». La primera es una reproducción del documento
FD00017, añadiéndose el mismo texto. En la imagen FF00009 (fig. 8), los fragmentos del
colgante aparecen ya reconstruidos (fig. 8, a-b), junto a otros restos que atribuimos a este

19
Ca. 36 gr.

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Fig. 8. Restos del conjunto de Villamayor (Piloña): A-C. Fragmentos de un colgante compuesto; D-E: restos de otros colgantes
o elementos de suspensión. Archivo MAN, exp. 2001/101.

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114 Óscar García-Vuelta

conjunto. Correspondería a la pieza anterior un fragmento de colgante «en reloj de arena»


con doble gancho, único de los representados que puede referenciarse hoy (figs. 8 c y 3, 2),
pues formó parte del lote adquirido en 1931 por el IVDJ, donde ingresó fragmentado y con
una recomposición errónea (fig. 5 c)20, que se mantuvo posteriormente (p. ej. Maya op. cit.:
126 y 130, lám. VII b).

La imagen FF00009 representa otros dos objetos interpretables como elementos de


suspensión o colgantes, cuya asociación funcional con la pieza anterior no puede confir-
marse, y que hasta donde sabemos no cuentan con paralelos formales en la orfebrería
castreña. El primero (fig. 8 d) integra un vástago que forma una anilla en un extremo y un
gancho en el opuesto, cuya punta se orienta a un lateral. Sobre su parte central se dispone
un elemento cónico, aparentemente elaborado con filigrana. Su vértice se remató con un
glóbulo, y su base se rodea con un hilo moldurado. El segundo objeto, incompleto y
deformado (fig. 8 e), incluye un cuerpo central anular, formado por bandas de filigrana que
forman ondas entrelazadas. Otro tabique de filigrana se une a sus paredes laterales y cubre
parcialmente su parte superior, en la que se observa una anilla de suspensión. Este elemento
se prolongaba aparentemente hacia la parte inferior del objeto, no conservada.

El colgante compuesto de Villamayor es el paralelo más inmediato del ejemplar de R.


Salomón, aunque sus dimensiones son algo inferiores. Ambos incorporaron al menos tres
cuerpos laminares decorados, conectados mediante cadenillas de tipo loop in loop enlazadas
a bastidores con anillas. Un primer cuerpo semicircular forma uno de los extremos de los
colgantes. El de Villamayor (fig. 8 a) incluyó una anilla de suspensión decorada con hilos o
láminas molduradas, similar a la que el de Salomón conservaba en las imágenes de la CPMO
(fig. 4). Un segundo cuerpo rectangular, con dos bastidores de anillas, integraría la parte
central, solo conservada en la pieza de Villamayor (fig. 8 b). El tercer cuerpo, con forma de
«reloj de arena», constituiría otro extremo de los colgantes. El de Villamayor, parcialmente
conservado (fig. 8, c) se remató, al igual que el de Salomón, con un doble gancho decorado
soldado al reverso de la lámina. Posiblemente perteneció a este cuerpo el segundo bastidor
que en la imagen FF00009 aparece asociado con el colgante semicircular (fig. 8 a).

La composición decorativa de estas piezas es muy similar, y está próxima a la apreciable


en otros colgantes con estructura más sencilla, igualmente interpretados como amuletos
(Blanco, op. cit.: 22 y ss.). Se compone de bandas de filigrana que repiten el contorno de la
lámina de base y delimitan un espacio central con una ornamentación diferenciada. Esas bandas
pueden combinarse con glóbulos soldados, que también se añaden sobre las zonas de contacto
entre los tramos de hilo que las conforman. En estos casos, los glóbulos empleados disminuyen
progresivamente de diámetro hacia la zona central de los colgantes (fig. 9 d).

Tanto el cuerpo semicircular como el rectangular del ejemplar de Villamayor alternan


bandas de hilos torsionados y de ondas entrelazadas de hilos lisos. Como sucede en el
colgante de Salomón, la composición de las bandas varía en el cuerpo en «reloj de arena» de
Villamayor, que conserva una de hilos torsionados y otra elaborada con un hilo liso formando

20
Realizada de forma previa a la venta de los materiales de Labra, como evidencia otra foto antigua del fotógrafo Merás, en
la que el ejemplar se describe además como un «broche ibérico» (GARCÍA-VUELTA, op. cit.: 224, lám. CXXXV).

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Fig. 9. Colgante compuesto de Villamayor: A. Anverso; B. Reverso. C-D: detalles del colgante «en reloj de arena» del ejemplar
de R. Salomón (anverso): c. Decoración de filigrana y glóbulos en los ganchos; d. Detalle de la decoración de filigrana y
glóbulos del cuerpo laminar. IVDJ. Fotos: OGV-Archivo Au.

bucles, que se remataron con glóbulos (fig 9 a). El espacio central del colgante semicircular
incluye tres tabiques perpendiculares de hilos torsionados rematados con glóbulos en sus
extremos, separados por series de glóbulos con la misma disposición. A los lados, el espacio
se recubrió con chapas estampadas con puntos en resalte (fig, 8 a), elementos no empleados
en la ornamentación de la pieza de R. Salomón. El colgante rectangular incluye una banda
horizontal de triángulos de chapa estampada que alternan sus bases y sus vértices, añadién-
dose sobre estos últimos glóbulos soldados (fig. 8 b).

Los ganchos de la pieza de Villamayor se consiguieron por deformación plástica de un


alambre grueso de sección circular, que se soldó al reverso del cuerpo (fig. 9 b). A diferencia
del incorporado al ejemplar de Salomón, decorado con filigrana (fig. 9 c), se ornamentó con
chapas laminares estampadas, añadiéndose en la zona próxima al cuerpo sendas anillas de
hilo moldurado, y glóbulos soldados en los extremos (fig. 9 b).

Las cadenillas de ambos colgantes incorporaron terminales ornamentales, elaborados


con láminas estriadas. Parte de las del ejemplar de Villamayor no los conservan, mostrando
una longitud mayor que el resto (fig. 8 b), aunque no podemos descartar que esto obedeciese
a la manipulación de los materiales.

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Fig. 10. Torques de la Colección Soto Cortés en el MAN (N.os Inv. MAN 33.133-37-38). Foto: OGV.

Las referencias aportadas por Soto en 1906 permiten establecer que las piezas de
Villamayor pertenecieron a un conjunto cuya composición exacta no puede precisarse.
Relacionamos también con el hallazgo otros dos objetos mencionados en el texto del borra-
dor de 1906 (Vid. Supra). Soto no pudo adquirir el primero, no identificado, que describió
como «un broche muy bello». Del segundo serían los restos –dos terminales y dos fragmentos
de aro– de un torques, adquiridos al mismo tiempo que los fragmentos de colgantes repre-
sentados en estas imágenes. Como ya señalamos (García-Vuelta, 2007: 99), su descripción
permite relacionarlos con uno de los tres ejemplares de «Cangas de Onís» ingresados en
el MAN en 1931. En concreto, con tres fragmentos (f.os inv. 33.133-37-38) de un torques
(fig. 10) muy semejante al supuestamente procedente de Langreo, adquirido por el IVDJ
(fig. 5, a). Un cuarto fragmento de este objeto permanece en paradero desconocido 21. La
relación con el hallazgo de Villamayor de la pieza del MAN, vinculada por sus características
tecnológicas con una fase avanzada de la orfebrería castreña (Perea, 2003: 147), nos aporta
también algunos indicios sobre la posible cronología de este conjunto22.

21
Tanto la identificación del torques como la pertenencia de estas piezas al hallazgo de Villamayor quedan en principio
confirmadas en otros documentos de Soto Cortés, referenciados muy recientemente en un archivo particular. Agradecemos
a sus propietarios y especialmente a don Juan González-Quirós el acceso a esta información, aún en fase de estudio, así
como su importante colaboración para la localización de estos documentos.
22
Esta asociación también aporta nuevos argumentos sobre la posible relación del resto de los torques ingresados en el
MAN en 1931 (N.os Inv. 33132 y 33134-35-36) con un hallazgo producido en el concejo de Laviana, al que Soto también aludió
en el borrador de 1906 (GARCÍA-VUELTA, op. cit.: 14).

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Orfebrería castreña en Piloña (Asturias) según la documentación del archivo del Museo Arqueológico…
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Conclusiones

Las semejanzas formales, ornamentales y técnicas entre los colgantes de Villamayor y del
IVDJ indican al menos una relación en cuanto a taller de producción. Destaca también la
coincidencia de las procedencias asignadas a los materiales adquiridos por Salomón y Soto
Cortés, un dato que unido al de la excepcionalidad de las piezas, podría sugerir la existencia
de una relación entre estos hallazgos. Sin embargo, esta hipótesis no puede confirmarse con
los datos actuales. Soto Cortés no informó sobre la procedencia del colgante de Salomón.
Tampoco los testimonios aportados por la CPMO confirman que fuese adquirido junto a los
fragmentos de la «diadema», ni a los mismos campesinos, circunstancias que podrían indicar
su pertenencia a un único conjunto. Por otro lado, Soto Cortés no aporta comentarios sobre
la adquisición de su fragmento de la «diadema», y fechó el hallazgo de Villamayor en 1882,
unos veinte años después de las compras de Salomón.

A la espera de datos más detallados que permitan proponer nuevas hipótesis, el


estudio realizado confirma la relevancia de los hallazgos de orfebrería producidos en el
entorno de Villamayor-Moñes (fig. 1) entre mediados y finales del siglo XIX, ya comentada
por diversos autores (p. ej. Martínez Vega, 2003: 64-65). Aunque por el momento no puede
aportarse información contextual concluyente, hay que señalar que además de la referencia
de Somoza (op. cit.: VII) contamos con tradición oral sobre hallazgos de piezas de oro en
Moñes, que también podrían relacionarse con los objetos estudiados. Destacan las recogidas
por Martínez Hombre (op. cit.: 274) que, comentando a Somoza, menciona la posible apari-
ción «hacia 1915» de una diadema decorada, ya destruida, en un dolmen próximo a la ermita
de Moñes23. Da cuenta también de otra noticia relativa al descubrimiento «hacia la misma
época» de objetos de oro en una cantera localizada en el lugar próximo del Prado de la Mag-
dalena, del que pudo formar parte un torques, así como de otro hallazgo de «monedas de
oro»24. Las fechas atribuidas a estos supuestos hallazgos parecen imprecisas. Sin embargo,
las concordancias se han ampliado posteriormente, relacionándose con el descubrimiento
de las «diademas» otro testimonio –coincidente con el de Martínez Hombre– relativo al ha-
llazgo hacia 1860 de piezas de oro por parte de dos campesinos en la finca La Foyaca, al
extraer piedras para una construcción (Belenos, op. cit.: 9; Álvarez, 2010: 29).

A pesar de su interés, ninguna de estas informaciones ha podido contrastarse. Aunque


hasta donde sabemos no se han dado a conocer asentamientos castreños en Moñes (p. ej.
Caso, 2007), se han documentado, sin embargo, otros hallazgos arqueológicos en el entorno
que se suman a las referencias antiguas (Belenos, op. cit.: 9). Entre los más recientes, el pro-

23
«No sabemos como [sic] fueron halladas estas alhajas, por lo visto prehistóricas, que las relacionamos, como parece en
principio lógico, con la existencia, ya desaparecida de un dolmen (5º, 17’ 17’’W. y 43º, 21’ y 44’’ N.), que se descubrió en la
primera cuarta parte del siglo XX, allá por el año 1915, en un prado que hace pareja con la colina donde está la capilla de
Mones. El propietario de la finca quiso allanarla y colocó una carga de dinamita en la cúspide. Apareció un dolmen que
contenía una tira alargada de oro, como de diadema, con dibujos, que menos afortunada que los otros objetos artísticos
del museo del Louvre, pereció en manos del platero de Infiesto, no sin antes lamentarse Don Luis Argüelles y Argüelles, de
la determinación del propietario, cuando pasó la tira de oro, casualmente, por sus manos, ya enrollada en forma de bola
para facilitar su fundición» […] «Este inédito dolmen de Mones, estaba a 7 km. al este del quizá dólmen de Migoya, y siempre
al margen sur del río Piloña, pero no lejos de el [sic]» (MARTÍNEZ HOMBRE, op. cit.: 274).
24
«al desprender con dinamita piedras de la citada cantera, apareció una abertura, a cuyo final existía una cueva, donde se
hallaron objetos de oro, entre los que figuraba una soberbia espada con mango de oro, que tenía como varias campanillas
que sonaban al agitar el puño, ya que la hoja había desaparecido por oxidación […] en otra cueva del mismo lugar apare-
cieron monedas de oro, que fueron a parar a poder de un tal Don Roque, vecino de Villamayor» (MARTÍNEZ HOMBRE, op. cit.:

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ducido hace varias décadas de una terracota romana, interpretada como una cabeza de fauno
en el caserío de El Xierru, muy próximo a los lugares antes mencionados (Álvarez, op. cit.).

En resumen, los documentos del Archivo del MAN añaden nuevos datos para el
estudio de los materiales de las colecciones de R. Salomón y de Soto Cortés, y contribuyen
a explicar parte de la problemática suscitada en torno a la procedencia de las «diademas»
de Moñes. La documentación del conjunto de Villamayor, amplía el inventario conocido de
la orfebrería castreña en Asturias, y hace posible referenciar más adecuadamente algunos
destacados materiales del MAN y el IVDJ.

Estas aportaciones suponen buenos ejemplos de la utilidad de las revisiones docu-


mentales como alternativa frente a la falta de información arqueológica sobre las piezas de
orfebrería castreña, y muestran la conveniencia de su integración en el proceso de estudio
de este tipo de hallazgos.

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El marqués de Cerralbo y la arqueología


soriana
The marquis of Cerralbo and the Soria province
archaeological sites

Magdalena Barril Vicente (mbarril@jccm.es)


Museo de Cuenca

Resumen: El marqués de Cerralbo fue un político carlista ilustrado que participó activamente
en las instituciones nacionales relacionadas con la arqueología y en el conocimiento de los
lugares arqueológicos cuya excavación el mismo patrocinó y estudió desde su centro de
operaciones en el palacio de la marquesa de Villahuerta en Santa María de Huerta, en la
provincia de Soria. Los yacimientos de esta provincia están por ello entre los primeros en
ser investigados y podemos decir que realizó una carta arqueológica de los mismos. Yaci-
mientos que nuevas investigaciones han valorado adecuadamente en los últimos años.

Palabras clave: Yacimientos. Soria. Arte rupestre. Paleolítico. Celtibérico. Romano. Medieval.

Abstract: The marquis of Cerralbo was an illustrated Carlist politician that participated on
national institutions related with the archaeological science, also with some archaeological
sites knowledge as he paid and studied them. He did this since his work centre in marquise
Villahuerta palace in Santa Maria de Huerta village (Soria province). For these reasons the
sites of this province were between the first on been investigated and we could assure he
realize a first archaeological letter. Some of these sites had been again be objet of news in-
vestigations in the last years.

Keywords: Archaeological sites. Soria. Rupestrian art. Palaeolithic. Celtiberian. Roman. Medieval.

Presentación

En 2014 el Museo Numantino celebró el centenario del comienzo de las excavaciones de


marqués de Cerralbo en Ambrona1 un yacimiento paleolítico soriano similar y cercano al de
Torralba del Moral que el propio marqués había dado a conocer en el Congreso Internacional
de Antropología y Arqueología Prehistórica celebrado en Ginebra en septiembre de 1912, a

1
Este trabajo es parte de la conferencia «El marqués de Cerralbo, pionero de la arqueología soriana» que me invitaron a dar
para esa conmemoración D. Elías Terés y Dña. M.ª Ángeles Arlegui, director y conservadora del Museo Numantino, razón
por la que les estoy muy agradecida.

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Recibido: 31-12-2015 | Aceptado: 31-03-2016
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Fig. 1. Mapa de las estaciones arqueológicas visitadas por el marqués de Cerralbo en 1909 (Aguilera, 1909a: 3).

partir del cual el español fue idioma oficial, gracias precisamente a la presencia del marqués
con Torralba, la plus ancienne station humine de l’Europe y otra dos comunicaciones Nécro-
polis ibériques y Monuments néolitiques dans le centre de l’Espagne, aunque esta última no
llegó a publicarse (Recio, 2012: 4). Las dos publicadas (Aguilera, 1913a y 1913b), causaron sen-
sación entre los estudiosos de la Arqueología por lo novedoso de su presentación y los mate-
riales proporcionados, ambas las repetiría y actualizaría en España algún año después y fueron
publicadas por la Asociación para el progreso de las Ciencias (Aguilera, 1915a y 1916).

Enrique de Aguilera y Gamboa, XVII marqués de Cerralbo, marqués de Almarza y


Campofuerte, conde de Villalobos y de Alcudia (Madrid 1845-1922), en la presentación de
la obra con la que en 1911 obtuvo el premio de Historia Martorell se definía y justificaba su
trabajo como:

«Yo soy un español amantísimo de su patria; siento por ella la mas grande admira-
ción; ansio que se conozca toda su antigua historia al detalle […] y buscando mas
pruebas para la demostración de todo esto, me he lanzado con todas mis energías,
todos mis recursos y todos mis entusiasmos a las excavaciones arqueológicas […]
Y de mi Patria escojo el territorio menos conocido por ser el central, y en él he
explorado de la manera científica que se me alcanza […] Y así ayudar algo á la
Ciencia y servir a mi Patria» (Aguilera, 1911: I. 11-12)2

2
La ortografía es la del original.

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El marqués de Cerralbo y la arqueología soriana
123

Fig. 2. Detalle del inventario de la colección Cerralbo, exp. MAN 2008/75 (Cabré, 1922-1940?) relativo a Ambrona e imagen del
bifaz achelense, N.º Inv. MAN 26/60/AMB/1, n.º 2948 de la colección. Foto: M. Á. Camón Cisneros. Archivo fotográfico MAN.

Obra que salvo el último tomo de sus cinco tomos (Beltrán, 1987) permanece aún
inédita, pudiéndose consultar su original mecanografiado en el Museo Cerralbo y las copias
que se realizaron en la década de 1970 en los museos Arqueológico Nacional y Numantino
(Soria), aunque un resumen de su contenido son las mencionadas comunicaciones presen-
tadas en Ginebra. Un personaje que puede ser estudiado desde su perspectiva del político
carlista que estuvo al servicio entre 1890 y 1899 de don Carlos y entre 1913 y 1919 de don
Jaime de Borbón (Cabré, 1922b; Fernández Escudero, 2012) o desde el punto de vista ligado
a la arqueología, actividad por la que parece que fue más reconocido en su momento
(Navascués y Jiménez, 1997: 510; Fernández Escudero, op. cit.: 25).

No vamos a repetir en este trabajo su biografía ni su participación en las variadas


actividades literarias, periodísticas o relacionadas con la cría caballar, ni mencionar las insti-
tuciones académicas en las que participó, puesto que ya lo han sido ampliamente en otros
lugares (Cabré, op. cit.; Barril y Cerdeño, 1997; Barril, 2004a y 2009) y nos centraremos en
el hecho de que sirvió de motor para el estudio de la arqueología de la Meseta y en especial
de la provincia de Soria, donde el espectro temporal y cultural de su estudio es más amplio
que en las provincias limítrofes de Guadalajara o Zaragoza, y sin ánimo de ser exhaustiva,
mostrar los lugares que estudió a la luz de las últimas investigaciones.

Sí recordar que su apoyo a algunas actividades de la Real Academia de la Historia, a


petición de su amigo Juan Catalina, y su posterior ingreso en 1908 en la misma, unido a
otras ocupaciones, animó al ministro de Fomento don Amalio Gimeno a encargarle que,
desde su puesto como senador, tomase participación política y documentada en la redacción
de la Ley de Excavaciones Arqueológicas de 7 de julio de 1911 y su nombramiento como
vicepresidente de la Junta de Excavaciones y Antigüedades. También recordar que ya en

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1912 mostró oficialmente su voluntad de donar los materiales arqueológicos que había
hallado al Museo Arqueológico Nacional y los paleontológicos al Museo de Ciencias Natu-
rales, del que él era protector, pero pese a que la donación fue aceptada en 1914, por razones
administrativas y económicas los materiales no llegaron hasta después de su fallecimiento,
unos en 1926 y otros en 1940 (Barril y Cerdeño, op. cit.: 526-5273; Barril, 2007: 69).

El entorno

Durante su época de estudiante en la Universidad Central de Madrid compartió aula y


tendencias tradicionalistas con Francisco Martín Melgar, futuro conde de Melgar y secretario
de D. Carlos (Carlos VII para los carlistas) y con Juan Catalina García, futuro director del
Museo Arqueológico Nacional, con el cual cofunda las Juventudes Católicas (Fernández
Escudero, op. cit.: 25). Su relación con ambos personajes fue sin duda fundamental para su
trayectoria, aunque las actividades relacionadas con la arqueología le proporcionaron más
gratificaciones que las políticas, de las que cada vez se sintió más desencantado (vid. Casado
2006: 79-80) y le obligaron a períodos de exilio que aprovechó para viajar por Europa. Los
tres también compartieron estudios con Antonio del Valle Serrano, con cuya madre viuda,
doña Inocencia Serrano, se casaría el marqués en 1871. Los viajes a los que nos hemos
referido los realizó con ella y con sus hijastros Antonio y Amelia del Valle.

Este casamiento nos lleva al palacio de la marquesa de Villahuerta, del que era
propietaria su mujer y había sido adquirido durante la desamortización de los bienes del
monasterio de Santa María de Huerta. Esta información aparentemente intrascendente y de
orden doméstico, fue crucial para el desarrollo de las actividades del Marqués pues lo con-
virtió en su centro de operaciones, y sus largas estancias veraniegas allí le permitían organizar
fiestas de sociedad, pero también encuentros culturales a los que acudieron destacados per-
sonajes estudiosos de la paleontología y distintos períodos de la arqueología europea, como
Édouard Harlé, Émile Cartailhac, el abate Henri Breuil, Adolf Schulten, Joseph Dechelette,
Eugène Albertini o Pierre Paris; algunos de los cuales es bien sabido realizaron en España
su principal labor de investigación, como Breuil y Paris y otros vinieron expresamente de
visita interesados por las noticias que habían recibido y cartas que se intercambiaban con el
Marqués referentes a sus hallazgos, como Cartailhac o Dechelette.

Enrique de Aguilera y Gamboa pudo desarrollar su actividad arqueológica y sus


estudios artísticos en la provincia soriana gracias a su buena relación con el obispo de
Sigüenza, fray Toribio Minguella y Arnedo, del que dependía la zona, a que los párrocos
locales le mantenían informado de los hallazgos casuales que se producían con motivo
de trabajos agrícolas y obras públicas y, a que se había ocupado de que en el monasterio de
Santa María de Huerta volviesen a habitar monjes. Y, sobre todo, porque procuró rodearse
de buenos profesionales que colaborasen en sus trabajos, entre ellos contó con Francisco
Álvarez-Ossorio (otro futuro director del Museo Arqueológico Nacional) como arqueólogo y
dibujante, fue frecuente la ayuda de Juan Cabré Aguiló, quien por su mediación realizó el
Catálogo Monumental de provincia de Soria y también de Zaragoza y Teruel; contó con

3
Se relacionan los expedientes del Archivo del Museo Arqueológico Nacional relativos a la donación de la colección
arqueológica del marqués de Cerralbo existentes en 1995.

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Fig. 3. Tinaja de Torrevicente. N.º Inv. MAN 1940/27/TV/37. Foto MAN. Departamento de Protohistoria y Colonizaciones.

Pedro de Palacios, se apoyó especialmente en los yacimientos de Torralba y Ambrona y al


padre Fidel Fita de la Real Academia de la Historia le consultó como historiador y epigrafista.
Al ingeniero Eugenio Muro le encargó la realización de planos y mapas y a Marcelin Boule
le consultó y siguió sus indicaciones sobre la adscripción de los restos paleontológicos que
halló (Aguilera, 1909a: 19). Como fotógrafos de campo y gabinete trabajaron con él Aurelio
Pérez Rioja de Pablo (fue fotógrafo de los museos Numantino y Arqueológico Nacional),
Ricardo Oñate y Juan Cabré. Finalmente como supervisores de los yacimientos sorianos contó
con la ayuda de Justo Juberías (párroco de Torrevicente), Ángel Pérez Carretero (jefe de la
estación de Torralba) y Guillermo Fernández en Ambrona.

Las fuentes para este estudio de los yacimientos sorianos que excavó, comienzan con
su discurso de ingreso en la Real Academia de la Historia en 1908 sobre el arzobispo don
Rodrigo Ximénez de Rada (fallecido en 1247) y el monasterio de Huerta donde estaba ente-

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rrado (Aguilera, 1908); otro discurso leído en la RAH que había anticipado en el anterior tra-
bajo y que describía y clasificaba los lugares del Alto Jalón que había visitado por su interés
arqueológico (Aguilera, 1909a); los volúmenes I, II y IV de su obra Páginas de la Historia
patria4 (Aguilera, 1911) y que trataban, el primero sobre Torralba, el segundo sobre los
yacimientos neolíticos y el cuarto sobre las necrópolis ibéricas, ya que los volúmenes III y
V eran monográficos, uno sobre Aguilar de Anguita (Guadalajara), y en especial su necrópolis
celtibérica, y el otro sobre la ciudad de Arcobriga (Monreal de Ariza, Zaragoza). Trabajos
monográficos fueron las publicaciones primero en francés en el congreso de Ginebra y luego
en castellano tras presentarlos en España, sobre Torralba (Aguilera, 1913a y 1915) y las que
llamaba necrópolis ibéricas (Aguilera, 1913b y 1916).

Otras fuentes documentales basadas en parte directamente en su trabajo fue el Catá-


logo Monumental de la provincia de Soria5 redactado por su colaborador Juan Cabré Aguiló
(1916-1917), obra manuscrita que tampoco llegó a publicarse nunca y que actualmente puede
examinarse en el Instituto de Patrimonio Cultural y que, durante muchos años, pudo con-
sultarse gracias a que su familia permitía el acceso a los volúmenes que conservaba. Otra
obra en la que el Marqués participó directamente es la del Catálogo de la exposición de
Hierros antiguos, publicada por Artiñano (1919), pues seleccionó personalmente las piezas
de su colección que se exhibieron y también las de algún otro coleccionista.

Finalmente, es de gran relevancia el inventario redactado por Cabré (1922-1940?), de


las piezas que debía haber acompañado a las primeras piezas de la colección Cerralbo que
ingresaron en el Museo Arqueológico Nacional. Lamentablemente la copia de este inventario
no fue entregado al MAN hasta 2008, donde figura en el expediente 2008/756, y aunque se
haya justificado esta tardanza ( Jiménez y García-Soto, 2008) su ausencia ha causado graves
perjuicios a la integridad y comprensión de la colección Cerralbo y la pérdida de numerosas
referencias sobre el contexto de las piezas (Barril, 2014: 387-388). También ahora se está
revisando en el Museo Cerralbo la correspondencia del marqués con sus colaboradores y
con los estudiosos españoles y europeos con quienes se relacionaba y consultaba las posibles
interpretaciones de los materiales, pero esa correspondencia no ha sido consultada para este
trabajo. Igualmente, han proporcionado información las etiquetas que acompañaban a
muchos de los materiales de la colección Cerralbo, aunque en ocasiones éstas no se corres-
pondían con los materiales junto a ellos, debido a los trasiegos sufridos por la colección. No
obstante, sí sigue siendo válida la información documental que proporcionan (Barril y Salve,
1998: 47-49).

Se ha elaborado la tabla 1, que se adjunta, con los sitios y términos municipales que
exploró a partir de esas fuentes documentales sumadas a la relación que realizó José Luis
Argente (1977) de los yacimientos para los que había obtenido permiso para excavar según
las Memorias de la Junta Superior de Excavaciones y Antigüedades.

4
Desde ahora PPHP.
5
Desde ahora CMPS.
6
Desde ahora ICC.

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Yacimientos provincia SORIA Término Municipal


Cuevas de Viana Aguaviva de la Vega
Caverna de Valdeherreros Aguaviva de la Vega
Caverna de Arriba Alenco
La Matilla Almaluez
Valdevacas Almaluez
Necrópolis del Val Alpanseque
Campamento romano Alpanseque
Prado Jimeu Ambrona
La Sortijera Ambrona
Monte de Uciel Arcos de Jalón
Los Castillejos Arcos de Jalón
Aguilar de Montuenga Arcos de Jalón
Beltejar -
Cabrerizos -
Cerrada de la Solana Carrascosa de Arriba
Valle de Pedro Carrascosa de Arriba
Cerrada de Saturnino Medina (entre Castro y Valvenedizo) -
Covacha del Tambor (entre Castro y Valvenedizo) -
Los Poyadillos (entre Castro y Valvenedizo) -
Cueva Somera -
Cuevas Mojadas -
Cuevas de Ayllón -
Necrópolis olerdolana de Cuevas de Ayllón -
Torralba del Moral Fuencaliente
Yacimiento visigodo Fuencaliente
Granja de Huerta -
Cueva La Rada (Labrada) de las inscripciones árabes Juber
Laina -
Ligos -
Benamira Medinaceli
Miño Medinaceli
Necrópolis de El Sabinar Montuenga de Soria
Peñón de Mirabueno Montuenga de Soria
Aguilar Montuenga de Soria
Necrópolis del Vado de la Lámpara (Molino de Benjamín) Montuenga de Soria
Atalayo Montuenga de Soria
Uciel Montuenga de Soria
Torrevicente Retortillo de Soria
Banca Retortillo de Soria
Valle de la Cañada Retortillo de Soria
Castro Ciclópeo Santa María de Huerta
Necrópolis de Castro Ciclópeo Santa María de Huerta
Cromlech de Castro Ciclópeo Santa María de Huerta
Sima de Bías Sauquillo de Paredes
Cueva de la Mora Sauquillo de Paredes
Necrópolis de Galiana Somaén
Necrópolis de El Valladar Somaén
Cueva de la Reina Mora Somaén
Valle de Caracena Tarancueña
Cavernas de Antonio Antón, Miguel Varas, Felipe Arribas, Trascarrillo Torrevicente
El Villar Valdevenizo
Castro Valdevenizo
Sernilla Velilla de Medinaceli
Cueva de Valdelacasa Velilla de Medinaceli

Tabla 1. Yacimientos de la provincia de Soria.

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128 Magdalena Barril Vicente

Estudios paleolíticos

Los trabajos que realizó el marqués de Cerralbo primero en la estación paleolítica de Torralba
desde 1909 a 1911 (se había descubierto en 1888 al hacer el ferrocarril) y luego en la de
Ambrona de 1914 a 1916, fueron absolutamente novedosos en el momento, dado que apenas
había yacimientos de esa época excavados, pese a que de la segunda apenas dio noticias. Sí se
conocían algunos yacimientos antiguos del entorno de Madrid gracias a geólogos y paleontó-
logos como Casiano de Prado y sobre todo Juan de Vilanova y Piera (Vilanova y Rada, 1894;
Ayarzagüena, 1993: 402), pero se habían visto inmersos en discusiones ideológicas entre
evolucionistas y creacionistas que afectaban a la interpretación de los vestigios arqueológicos,
pues la antigüedad del hombre y su capacidad para fabricar objetos y arte estaba en discusión.

El marqués de Cerralbo no dudó de que el hombre antiguo había fabricado útiles en


piedra para cazar a los grandes mamíferos que se hallaron muertos en las excavaciones, a
los que habría empujado hacia la trampa natural que conformaba el terreno lacustre del
periodo, pues entre los restos fósiles de los elefantes y rinocerontes encontró bifaces y útiles
tallados en cuarcitas, calizas y sílex.

La fauna que halló en Torralba del Moral en las PPHP la clasificó según las noticias
que de primera mano le proporcionó E. Harlé entre 1910 y 1911, quien dijo eran sobre todo
Elephas meridionalis, Rhinocerus etruscus y Equus y la consideró del Pleistoceno Inferior, la
fauna más antigua de Europa. Cabré en 1916 y Obermaier en 1924 catalogaban al elefante
como Elephas antiquus, más moderno, y en 1961 K. Adam hablaba también de Elephas
antiquus y Dicerorhinus hemitoechus (Aguirre, 2005).

Entre 1961 y 1963 F. Clark Howell, con la colaboración de L. Freeman, interesados por
ambos yacimientos excavaron en ellos y en la década de 1980 sólo en Ambrona. Más recien-
temente, entre 1993 y 2000, un equipo interdisciplinar encabezado por Manuel Santonja ha
excavado y está reestudiando ambos yacimientos, obteniendo y publicando interesantes
resultados sobre la procedencia y transporte de las materias primas halladas en ambos lugares
y la certeza de que el Homo Heidelbergensis, establecido en campamentos ocasionales al aire,
libre actuó como carroñero para surtirse de carne en cementerios naturales de grandes mamí-
feros. Parece demostrado que si bien ambos yacimientos pertenecerían al Pleistoceno Medio,
y se encuadraría en el Achelense, la industria de Torralba es más reciente que las de Ambrona
(vid. Santonja et alii: 2005; Santonja y Pérez-González, 2007; Sanchéz-Cervera et alii, 2015).

Había otros yacimientos, como el de la Cerrada de la Solana en Carrascosa de Arriba,


clasificados entre el Achelense y el Musteriense que recoge Cabré en el tomo I del CMPS
(Cabré, 1912-1917: lám. XXXVIII; Sentenach, 1914: 26), pero que sin embargo en el ICC los
clasifica como «neolíticos» y cercanos a abrigos con arte rupestre y da a entender que los cantos
de cuarcita aparecieron acompañados de cerámica lisa (Cabré, 1922-1940?: n.os 5310 a 5333).

Yacimientos «neolíticos»

Enrique de Aguilera inició el tomo II de sus PPHP indicando que busca vestigios del hombre
que continuó a los paleolíticos, es decir buscaba al hombre neolítico, y recoge una serie de
sitios que considera neolíticos: yacimientos al aire libre, cuevas, cuevas artificiales, abrigos

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con pinturas rupestres, «sepulturas oledurlitanas», Cabré los recogió con matices en el tomo
II de su CMPS dedicado a «Neolíticos y Edad del Cobre». En realidad muchos de ellos eran
yacimientos medievales.

En su mayoría los yacimientos donde recogió materiales de cerámica a mano perte-


necen en realidad a la Edad del Bronce. Unos a la etapa que actualmente se considera Edad
del Bronce Antiguo dentro del Horizonte Parpantique estudiado por J. J. Fernández Moreno
(2010 y 2013) y, aunque ni los materiales procedentes de El Sabinar o Uciel, ni los de las
cuevas de Torrevicente (destacan las Caverna de Larribas, y de Miguel Varas), decorados con
cordones y botones o mamelones aplicados han sido estudiados detalladamente, sí creemos
que pueden incluirse en esa etapa. Algunas de estas piezas fueron tan reconstituidas que ha
costado identificarlas con las fotografiadas en las publicaciones del Marqués, como la tinaja
de la Cueva de Miguel Varas, cuya imagen actual puede verse en la figura 3 y que Aguilera
(1911: II, 100) describía como «curioso pedazo de gran tinaja con ornamentación cual otra
no he visto».

El segundo grupo es el de las cerámicas campaniformes. El yacimiento sobre el que


más trabajó y sobre el que más se ha estudiado es de la Cueva de la Mora de Somaén7. Excavó
en él antes de 1909 en una sala lateral al inicio del desarrollo de la cueva, no habiéndose
documentado posteriormente materiales en otras zonas (salvo en las terreras de Cerralbo en
la zona de la entrada, removidas posteriormente por Barandiarán). Cerralbo describe una
estratigrafía para comprender la evolución del fenómeno campaniforme en su conjunto con
tres niveles sucesivos, y clasifica a la cueva como «íbera, neolítica, desarrollada en tres épocas
largas porque solo así puede decaer un arte que creo elevaron allí a su apogeo artístico» (Agui-
lera, 1911: II, 20), refiriéndose a los vasos que más valora, por su similitud con los que conocía
de Ciempozuelos por haber financiado su excavación en 1885 a la RAH, y los data a inicios
de la Edad del Cobre. A este mismo momento de la Cueva Mora se paralelizan los materiales
de El Atalayo de Montuenga, hallados en un pequeño montículo (Aguilera, 1909a: 21-24).

Alberto del Castillo, el gran especialista del campaniforme antes de la Guerra Civil,
critica en 1943 la interpretación de Cerralbo sobre el de Somaén, pues opina que las cerá-
micas campaniformes del nivel inferior no tienen relación directa con las de Ciempozuelos,
y que las del nivel medio y superior son hallstátticas y aún posteriores.

En los años de 1970, Barandiarán (1975) excava en la cueva buscando resolver la


estratigrafía de Cerralbo. Observó que el nivel superior era una mezcla de materiales desde
prehistóricos a medievales, el «bárbaro enlosado» del que hablaba Cerralbo una capa de
derrumbe y que en los estratos inferiores aparecían mezclados materiales cerámicos campa-
niformes tipo Ciempozuelos, de tipo Silos o de tipo Molino junto a cerámicas lisas a mano.

Nieves Cajal (1981) revisó luego los materiales conservados en el MAN, documentando
fragmentos de vasos que casaban entre sí procedentes de dos o de los tres niveles en los
que aparecía separado el material de la cueva, e incluso con los excavados por Barandiarán.
Aunque, según se desprende del trabajo de Castillo, la división de los materiales entre los
niveles fue posterior a Cerralbo y actualmente tampoco están divididos.

7
Agradezco a don Eduardo Galán su amplia información sobre la situación de estos materiales en el Departamento de Pre-
historia del Museo Arqueológico Nacional.

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Fig. 4. Lámina y su descripción con dibujos de la Cueva de la Cañada en Retortillo (Cabré 1912-1917: II, lám. IX).

Finalmente Rafael Garrido (1999) recoge la totalidad de los materiales en su tesis


doctoral, y actualmente en la nueva exposición del MAN la cueva se interpreta como el espacio
para la celebración de algún tipo de banquete, en cualquier caso de naturaleza especial. Ello
es debido a la ausencia total de restos óseos humanos, la abundancia de vasos de mesa (cuen-
cos y cazuelas) y de cerámica de cocina o almacenamiento en el mismo contexto.

Un apartado interesante es el dedicado al arte rupestre, a los abrigos con grabados y


pinturas rupestres. Los dibujos que Cabré había realizado del abrigo de Calapatá en Teruel,
fueron la carta de presentación del primer encuentro entre el Marqués y el que sería presti-
gioso arqueólogo, y al que animó a continuar en la investigación del arte rupestre junto con
Breuil. En 1915 Cabré publicó El Arte Rupestre, libro que el Marqués prologó, pero que
provocó un distanciamiento con el abate Breuil y el que Cabré abandonase el estudio del
arte, que en cambio continuó por sí mismo el Marqués. El libro recogía las estaciones citadas
en el libro El Alto Jalón y en las PPHP y Cabré (1915: 88-89) explicaba que se debían al
trabajo del marqués de Cerralbo y sus prospectores, pero de algunas descripciones en el
CMPS se deduce que él también participó en esas prospecciones (Cabré, 1912-1917: II,
8-66), que cubrieron conjuntos de abrigos entre los que destacan los de Retortillo, Castro y
Carrascosa de Arriba.

Se trata mayoritariamente de grabados de arte postpaleolítico, como los que se mues-


tran en la figura 4, de La Cañada de Retortillo, localidad con un interesante conjunto de
grabados (Corchón et alii: 1988, fig. 1 n.º 25) y algunas pinturas, como la del Peñón de

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Mirabueno de Montuenga, donde cree ver «un hombre y una mujer en un barco cruzando el
Jalón» (Aguilera, 1909a: 96) y otros con cazoletas, como la Cueva de las Cazoletas. En muchas
ocasiones no se puede determinar exactamente la cronología de estos conjuntos por falta
de materiales relacionados, pero Gómez Barrera (1991 y 2009) considera que deben valorarse
y apreciarse más su paralelismo con el arte rupestre atlántico que con el levantino.

«Necrópolis Ibéricas»

Con esta denominación identifica en el volumen IV de sus PPHP y en su trabajo de 1916 a


las que actualmente se conocen como necrópolis celtibéricas. Curiosamente en el tomo III
del CMPS, escrito en 1917, en la hoja portada se ha corregido «necrópolis ibéricas» por
«necrópolis celtibéricas» y la terminología usada por Cabré en el ICC en su página de inicio
para objetos que se adscriben a este momento es «Serie ibera celta y celtíbera» (fig. 5). La
razón de estos cambios terminológicos se deben a que aún se estaban definiendo la secuen-
cia cronocultural de la península ibérica y si en época prerromana existía una cultura propia
o no, pues hasta finales del siglo XIX y el hallazgo de la Dama de Elche, se consideraba que
no había civilización autóctona y lo conocido era visto como «bárbaro» desde el punto de
vista de las civilizaciones griega y romana. De hecho se empezó a considerar que todo era
ibérico y así se denominaba a casi toda la cerámica pintada, y que sobre ese sustrato se ins-
talaron los celtas, dando lugar a los celtíberos. Esta nueva visión partió de Bosch Gimpera
(1921) quien a partir de 1915 abordó el estudio de los celtas en la península ibérica partiendo
de las tesis invasionistas de Schulten y de Kossina (vid. Lorrio, 1997: 22; Barril, 2007: 68).

Las necrópolis celtibéricas sorianas a las que dedicó mayor empeño fueron las de
Montuenga, también conocida como del Vado de la Lámpara o Molino de Benjamín y la del
Val, en Alpanseque. Ambas necrópolis fueron recogidas por Cabré en el tomo III del CMPS,
pero el marqués de Cerralbo las había dado a conocer en momentos distintos. Ninguna de
ellas fue objeto de un estudio global en la década de 1970, cuando se desembaló la colección
y se realizaron varias memorias de licenciatura dirigidas por Almagro Basch sobre necrópolis
de la provincia de Guadalajara (vid. Barril y Salve, op. cit.: 47).

La de Vado de la Lámpara la dio a conocer en El Alto Jalón (Aguilera, 1909a: 92-97)


y en el volumen IV de las PPHP. La describe como una necrópolis con urnas colocadas en
hileras, de una cerámica que se deshacía, con trocitos de huesos quemados en su interior;
dos de esas urnas, sendas fusayolas y sólo una era de cerámica de tipo celtibero con restos
de pintura roja ondulada; armas de hierro y fíbulas de bronce muy corroídas, todo lo cual
le hacía pensar que correspondía a la «edad hallstattiana». Los materiales de esta necrópolis
que se conservan en el Museo Arqueológico Nacional son muy escasos.

La excavación de la segunda necrópolis, la de Alpanseque, se inició en 1915 y la dio a


conocer en el Congreso de Valladolid (Aguilera, 1916), pero se conoce principalmente por los
estudios parciales sobre distintos tipos de armas y bocados de caballo que hizo el propio
marqués en conferencias no publicadas (fig. 5) y en la exposición de Hierros Antiguos
(Artiñano, op. cit.), los de Cabré (1940) en la «Caetra y el scutum…» y los de Schüle (1969) en
el catálogo de materiales de tipo céltico de la península ibérica. Más recientemente la síntesis
de Lorrio (op. cit.) sobre los celtíberos revisó los conjuntos que Cabré recogió en el tomo III
del CMPS, pues sólo se conocían los de dos tumbas que habían publicado su hija y su nieto

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Fig. 5. Inicio del Inventario de la colección Cerralbo realizado por Cabré. Archivo MAN, exp. 2008/75.

(Cabré y Morán, 1975), una con adornos y otra con armas y bocado de caballo. En esta
publicación recogían del CMPS el croquis de la necrópolis con tres calles que se había
realizado durante la excavación (fig. 6); al parecer había 300 tumbas, pero sólo se inventariaron
28, con unos materiales de gran interés, la mayoría de las fases antiguas de los celtíberos, como
las espadas de frontón (Cabré Herreros, 1990) o los cascos de tipo capacete (Barril, 2003: 26-
40). Hay más estudios tipológicos realizados por Argente sobre las fíbulas o por Cerdeño sobre
los broches de cinturón que pueden consultarse resumidos en la obra de Lorrio de 1997.

Nos parece más relevante la referencia al hecho de que ambas necrópolis tenían sus
tumbas distribuidas en hileras, lo que nos recuerda que cuando Almagro Basch excavó la
necrópolis turolense de Griegos opinó que el Marqués se había inventado las calles que
decía hallar y rehacer para las fotos en sus excavaciones, lo que provocó la réplica de Cabré
Aguiló (1930), y nos parece reseñable ya que la excavación de la necrópolis del Inchidero
en Aguilar de Montuenga (Arlegui, 2014) ofrece una estratigrafía en horizontal y en vertical,
con un nivel inferior con calles alineadas sin estelas, datadas de fines del siglo VI a mediados
del IV a. C. y otro superior de calles más estrechas con estelas de mediados del siglo IV a. C.,
así como una zona con túmulos, destacando que no en todas las necrópolis conocidas y
excavadas en las últimas décadas coinciden esa organización y fechas, pero sí se refiere
expresamente a la necrópolis de Montuenga excavada por Cerralbo, considerando que ten-
dría paralelos con los de su fase antigua.

Con respecto a los yacimientos de habitación de este período destacaremos el castro


ciclópeo de Santa María de Huerta (Aguilera, 1909a: 61-70) que aunque lo incluía entre los

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yacimientos «neolíticos» también se refería a él


como «castro ibérico». Se trata de un yaci-
miento con ocupación celtibérica de los siglos
III y II a. C. con castillo, recinto fortificado con
foso y
muralla. Taracena (1941: 148-149) interpretó
la torre como ibérica, anterior al siglo III a. C.,
y el recinto adosado de época celtibérico, de
los siglos III-II a. C. por los motivos ya explica-
dos anteriormente. En 2011 el proyecto de
ampliación de la autovía A-2 para eliminar una
curva en el límite entre las provincias de Soria
y Zaragoza, ha llevado a excavar parcialmente
este castro celtíbero, el primero conocido de
los más de treinta que se saben actualmente
en el entorno.

El marqués de Cerralbo fue miembro


de la comisión de Numancia, primero como
académico, tras el fallecimiento en 1912 de
Juan Catalina, y luego en la ejecutiva ya que
aportaba fondos para los trabajos que desarro-
llaba José Ramón Mélida, desde su puesto
como director del Museo de Reproducciones
Artísticas y más tarde del Museo Arqueológico
Nacional, del que, pese a las diferencias que
tuvieron en un principio, terminó siendo Fig. 6. Croquis de la necrópolis del Val en Alpanseque
amigo (Casado, op. cit.: 256-257) y ello, como (Cabré, 1912-1917: III, lám. I).

veremos, tendrá su repercusión.

Romano

El Marqués no concede en sus trabajos demasiada información sobre los restos romanos de
la provincia, quizás por considerarlos más conocidos y porque a él le importaba demostrar
una base más antigua. Sí dedicó un poema al Arco romano de Medinaceli (Polak, 2013: 277)
y su interés por el lugar influyó en que cuando él ya había fallecido, José Ramón Mélida
excavase en Ocilis (Medinaceli) entre 1924 y 1925, lugar en el que ya no volvería a trabajarse
hasta que lo hizo María Mariné en 1980 (Casado, op. cit.: 370).

En El Alto Jalón investiga sobre las vías que los romanos siguieron por el territorio
hasta llegar a Numancia y para esa búsqueda se basa en el itinerario de Antonino, y sobre
la que iba de Segontia a Arcobriga. El calcular las distancias le lleva a suponer que Medinaceli
es Ocilis y que la Arcobriga que muchos situaban en Arcos, estaba en realidad en Monreal
de Ariza (Zaragoza) (Aguilera, 1909a: 107) lo que parece haberse confirmado, mientras en
Arcos de Jalón, uno de los lugares en los que se decía estaba Arcobriga se ha documentado
como el castro celtibérico de Castilmontán - El Valladar (Arlegui, 1992).

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Menciona la existencia de un alfar en


el km 174 de la N-II, en el término de
Montuenga, en Mirabueno, que piensa que
pertenecía a finales del Imperio romano
(Aguilera, 1908: 96) y debemos señalar que la
que él denomina necrópolis neolítica de
Galiana, puede considerarse tardorromana ya
que las cerámicas que se ven en las fotogra-
fías de El Alto Jalón (Aguilera, 1909a: 157-163)
y de las PPHP (1911, II) son recipientes de
terra sigillata tardía y cerámicas comunes.

Edad Media

La búsqueda de yacimientos medievales no


interesaba demasiado a comienzos del siglo
XX, la Edad Media se estudiaba desde el punto
de vista artístico, pese a que el preámbulo de
fundación del Museo Arqueológico Nacional
Fig. 7. Casco de bronce de la tumba A, escudo de bronce contemplaba su estudio desde el punto de
de la tumba 12 y espada de frontón de hierro de la tumba 10, vista del método arqueológico (Barril, 2007:
de la necrópolis de Alpanseque en su actual exposición en
os
el MAN. N. Inv: MAN 1940/27/ALP/51, 1940/27/ALP/12 y 67). Cerralbo, sin embargo, en su discurso de
1940/27/ALP/47-48. ingreso en la RAH (Aguilera, 1908) había
mostrado que intentaba participar en ambos
métodos de trabajo desde el conocimiento del
momento y su carácter de coleccionista culto, y así lo deja entrever cuando habla de la
obtención de datos en el sepulcro de Ximénez de Rada, de reconstitución del monasterio de
Santa María de Huerta y de recogida de restos arquitectónicos en ruinas que luego exhibía
en su palacio.

No buscó prospectar ni excavar yacimientos que se considerasen medievales, y algu-


nos los identificó como «neolíticos» como las sepulturas olerdolitanas de Somaén. No obs-
tante, cuando identificó alguna sí las recogió, como las sepulturas rupestres de Miño de
Medinaceli que encuadra en la Edad Media, de poco tiempo después de «asegurarse cristiano,
contra los moros, aquel país» (Aguilera, 1909a: 165).Tanto los de Somaén como éstos se tratan
de enterramientos de forma antropomorfa en roca característicos de comunidades cristianas
entre los siglos IX y X (Castillo, 1970: 835-845) o la Cueva Labrada de Jubera (Aguilera, 1909a:
166-170) con inscripciones árabes, que recogió, por tener detrás una historia que supone y
donde también se halló algún objeto metálico medieval.

Como conclusión, sólo añadir que si bien en muchas ocasiones se han criticado las
actuaciones arqueológicas del marqués de Cerralbo por poco científicas desde el punto de
vista actual, debemos situarnos en el contexto del momento que vivió, y agradecer que uti-
lizase los medios que tenía a su disposición para documentar mediante fotografías o notas
los yacimientos que prospectaba y/o excavaba con ayuda de colaboradores, y que los
materiales (seleccionados) que obtuvo y están depositados en el Museo Arqueológico
Nacional siguen siendo útiles, ya que pueden revisarse gracias al trabajo de sus profesionales,

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empeñados en reordenar unos materiales que había ordenado el Marqués, pero que llegaron
al MAN sin la documentación que hubiese sido pertinente para poder honrar mejor su
memoria y, ahora que parte de ella está disponible, está ayudando a que el trabajo de un
pionero de la arqueología se esté valorando de nuevo en los últimos años, y revisando gracias
a nuevas excavaciones en los mismos lugares en los que él las hizo o cercanos a ellos.

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Nuevas aportaciones sobre la figurilla


de Tyche de Antioquía sobre el Orontes
hallada en Antequera y su relación
con el entorno
New contributions on the figurine of Tyche of Antioch on
the Orontes found in Antequera and its relationship with
the environment

Alessia Facchin Díaz (alessiafacchin08@gmail.com)


Universidad Autónoma de Madrid

Resumen: En el presente artículo trataremos de abordar la relación existente entre la escul-


turilla de Tyche de Antioquía sobre el Orontes, hallada en Antequera (Málaga), con las
poblaciones orientales y la importancia de éstas en el comercio con el Mediterráneo en época
imperial. Así mismo analizaremos la presencia que tienen los cultos orientales en el entorno
malacitano y su vínculo con las actividades comerciales.

Palabras clave: Fortuna. Antoninos. Sirios. Málaga. Comercio.

Abstract: In this article we will try to address the relationship between the sculpture of
Tyche of Antioch on the Orontes, found in Antequera (Málaga), with the eastern populations
and their importance in trade relations with the Mediterranean in imperial times. Also we
will try to explain the importance of the oriental cults in this geographical area and its close
relationship with the commerce.

Keywords: Fortune. Nerva–Antonine dynasty. Syrians. Málaga. Trade.

Actualmente el Museo de Antequera exhibe una figurilla de Tyche de unos 6,7 cm de altura
que resulta ser el único trasunto conocido en Hispania de la famosa escultura ideada por
Eutíquides en el siglo IV a. C. para la ciudad de Antioquía. Está realizada en bronce hueco,
revestido con una pátina dorada e imita casi a la perfección el modelo de la Tyche de
Antioquía sobre el Orontes del Vaticano1. Aunque la pieza se encuentra algo desgastada, es
fácil distinguir la figura de la diosa, con el brazo derecho apoyado sobre la rodilla derecha.

1
Se trata de una copia romana datada en el siglo I a. C. de la escultura que debió de encontrarse en Antioquía. La mayoría
de los autores sostienen que se trata de una de las copias más fieles del original de Eutíquides (POLLIT, 1989: 106).

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Recibido: 29-12-2015 | Aceptado: 30-03-2016
140 Alessia Facchin Díaz

Fig. 1. Esculturilla de bronce hallada en Antequera imitando el modelo de la Tyche de Antioquía sobre el Orontes (Museo de
Antequera).

A los pies de la divinidad torreada, la figura infantil del río Orontes se alza simulando la
acción de nadar. Las circunstancias del hallazgo aún un tanto inciertas, como ya evidenciaron
las primeras investigaciones sobre dicha figurilla de García y Bellido en su obra de Antigüe-
dades Romanas de Antequera (1948), Esculturas romanas de España y Portugal (1949) y
«Dioses Syrios en el Pantheon hispano-romano» (1962). Aseguraba que esta pieza se hallaba
desde 1947 en posesión del notario D. Rafael García Reparaz y se pensaba que había sido

Boletín del Museo Arqueológico Nacional 34/2016 | ISSN: 2341 - 3409 | Págs. 139-154
Nuevas aportaciones sobre la figurilla de Tyche de Antioquía sobre el Orontes hallada en Antequera y…
141

encontrada en el Hoyo de Alimanes, en el término de Antequera, pero lindando con Villa-


nueva del Rosario, a 20 km de la actual ciudad de Antequera (García y Bellido y Giménez,
1948: 54, fig. 12) (fig. 1).

Tyche es ya bautizada por Píndaro como pherepolis (Fr. 39), haciendo alusión a la
relación de la divinidad con el cuidado de la polis, de donde además deviene su atributo, el
polos. Este vínculo tan estrecho se explica desde la vertiente más frecuente, por la que la
diosa es reconocida como Agathe-Tyche, espíritu de la fortuna, tanto del individuo como, en
este caso, del conjunto de ciudadanos de la polis. Bajo esta advocación era conocida la diosa
en Antioquía, cuyo culto se encuentra atestiguado en la ciudad que precedió a ésta, Antigo-
nia, tal y como nos transmite Estrabón (XVI, 24). Por ello, cuando Seleuco I fundó sobre la
ciudad de Antigonia una nueva, Antioquía, mandó erigir a Eutíquides la famosa estatua que
debía ser el reflejo de «la fortuna de la ciudad». Gnoli (2013: 89-129) propone que realmente
esta escultura debía recordar a la joven Aimathe que había sido la víctima del sacrificio
propiciado por Seleuco I en favor a Zeus, en el momento fundacional, tal y como narra
Malalas (VIII. 201, 1-3).

Sin embargo, tal y como afirma Ridgway (2001: 223), no es éste el modelo que pervive
en el Imperio romano, sino la nueva escultura realizada por Trajano tras el terremoto del
115 d. C. que dejó la ciudad en ruinas. En esta nueva escultura hemos de suponer que algu-
nos elementos como las espigas que sostiene la diosa en la mano derecha son incorporacio-
nes romanas2. Para esta refundación de la ciudad, Trajano también realizó un sacrificio, en
este caso la joven virgen se llamó Calíope, haciendo además referencia a la musa con el
mismo nombre, que tenía atestiguado un culto en esta ciudad3. Esta información ha permitido
que autores como Balty (1981: 841) dieran un significado mucho más profundo a la escultura
de la diosa. Según este autor, la realidad de la proposición de Seleuco I de realizar una
escultura que reflejara la fortuna de la ciudad no podía tener más sentido. La imagen reco-
gería todo aquello con lo que la ciudad se identificaba: el monte Silpus sobre el cual estaba
sentada la divinidad y el río Orontes personificado bajo sus pies, ambos elementos relacio-
nados con la abundancia y la riqueza de la ciudad. La propia pose de la divinidad sería ade-
más fácilmente identificable por los habitantes de Antioquía, pues se asimilaba a la de las
musas, que tenían devotos en la zona, como el caso de Calíope mencionado. Su iconografía
era semejante a la de la diosa Cibeles y a otras divinidades femeninas estrechamente rela-
cionadas con la regeneración, la abundancia y la protección, típicas del ámbito oriental y
levantino, como el caso de Astarté (Belayche, 2003: 111-138). Por lo tanto, esta escultura par-
tiría de una realidad ecléctica con la que se identificaba la propia ciudad de Antioquía y sus
habitantes, reafirmando la impresión que nos transmite Pausanias al expresar la admiración
que los autóctonos tenían por la escultura de Eutíquides (VI. 2, 6). Quizás esto favoreció a
que rápidamente aparecieran modelos similares, frecuentemente asociados al intento de
reafirmar la autonomía de dichas ciudades, como ocurre en Damasco, en Dura-Europos y
en Palmira (Broucke, 1994: 34-49) (fig. 2).

2
Algunos autores como STANSBUTY-O´DONNELL (1994: 50-65) argumentan que la escultura que realizó Eutíquides sostenía
una palma, ya que era el símbolo de la victoria griego y así es como la vemos en las amonedaciones de Tigranes en el
siglo I a. C. (SEAR, 1975: 675), mientras que en amonedaciones posteriores este atributo es sustituido por las espigas.
3
MALALAS (XI, 276) nos dice que Trajano irguió un hieron a Calíope, cercano al de Tyche.

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142 Alessia Facchin Díaz

Fig. 2. Copia romana de la Tyche de Antioquía sobre el Orontes (Museos Vaticanos).

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En época romana la imagen de la escultura se convertiría en un icono de la paz del


Imperio, ya que Trajano, refundador de la ciudad, comenzó a colocar en sus amonedaciones
a la nueva Tyche de Antioquía. Más tarde, su sucesor Adriano mantuvo esta iconografía y
algunos otros emperadores posteriores como Heliogábalo la repitieron en sus amonedacio-
nes4. El impulso de esta figura en el panorama oriental reavivó el culto de la divinidad y
pronto comenzaron a surgir tipos que seguían esta nueva representación escultórica. Esta
diosa, bien conocida en el mundo greco-oriental, ya formaba parte de la cultura romana en
sus múltiples vertientes, como afirma el propio Plutarco:

«[…] así la Fortuna, tras abandonar a persas y a asirios, sobrevoló ligera Macedonia,
derribó rápidamente a Alejandro, atravesó después Egipto y Siria recorriendo sus
reinos, y volviéndose hacia los cartagineses, los exaltaba muchas veces. Pero
cuando se aproximaba al Palatino, y cruzaba el Tíber, se quitó, según parece, las
alas, se descalzó las sandalias y abandonó su increíble e inestable globo. Así entró
en Roma, como para permanecer y así está presente, dispuesta para el juicio»5.

Era ésta la afirmación de que la suerte ahora sonreía al Imperio, que había asimilado
esta característica positiva de la diosa con Fortuna, una divinidad ya conocida en el mundo
etrusco (Gallardo, 2003: 54-55). Tyche era una diosa relacionada efectivamente con la fortuna,
y a través de ella también con la abundancia, la regeneración, el destino, la vida y la muerte,
las mareas o la tutela de las ciudades. Esta última advocación que sería la griega de pherepolis,
fue asumida por el imaginario romano por otra divinidad, la de Tutela, de la que encontramos
referencias en todo el Imperio (Pintado, 2006: 59-138). En Hispania tuvo un especial interés en
numerosas ciudades, hasta el punto que algunas de ellas llegaron a incluir en su topónimo el
nombre de dicha divinidad protectora, como ocurre con la actual Tudela (Pena, 1981: 73-75).

En lo que respecta a Hispania tenemos muy pocos datos sobre el culto a la diosa
Tyche oriental, siendo estos más frecuentes si nos referimos a la fortuna romana como tal.
En el caso de la diosa oriental, en la epigrafía constan algunos testimonios de su posible
culto, el más destacado es el del Iulius Silvanus Melanio Proc (urator) Augg(ustrorum) Pro-
vinc(iae) Hisp(aniae) Citer(ioris). Este personaje aparece hasta en tres inscripciones dedi-
cando a divinidades en su mayoría orientales: Isis Myrionyma, Serapis, Core Invicta y a otras
divinidades como Apolo, Minerva o Júpiter Óptimo Máximo (Mañanes, 2000: n.os 11 y 16).
La que más nos interesa es una que se encuentra en griego dirigida a la diosa Agathe-Tyche
y Némesis de Esmirnia, catalogadas ambas como «augustas» (Santos, 1968: 96-99, lám. 7).
Se halló esta lápida votiva en Asturica Augusta, junto a otras que también estaban dedicadas
a divinidades orientales, tres de ellas por el mismo dedicante que ya hemos mencionado
y que también pudo haber consagrado inscripciones a divinidades orientales en Dalmacia y
Lyon (CIL III, 12732; CIL XIII, 1729). Esta lápida se data entre el reinado de Marco Aurelio
y la crisis del siglo III d. C., un momento en el cual los cultos mistéricos y las divinidades
orientales como Isis o Serapis se habían instalado definitivamente en el Imperio6. Además,

4
En el caso de las amonedaciones de Trajano y Adriano consultar TOYNBEE, 1967, plantilla VI y el ejemplar en el British Museum
(G3, RUnc. 8). Para Heliogábalo ver RIDGWAY, op. cit.: p. 223.
5
PLUTARCO, Mor. IV. Fot. Rom. 4, Trad. Mercedes López Salvá, Gredos, 1989: 9.
6
Ya en época del emperador Otón tenemos atestiguados cultos públicos isíacos por parte del emperador y el propio Marco
Aurelio se representaba con atributos orientales (TRAN TAM TINH, 1964: 80-150) Mucho antes, Julio César, en el 47 a. C., tras
la guerra de las Galias llega a Antioquía, se maravilla de la estatua de Eutíquides y coloca así en el macellum, cercano al
templo de Ares, una estatua de bronce de lo que sería la Tyche de Roma (GNOLI, op. cit., 89-129).

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tal y como recoge F. Diego Santos, el cognomen Melanio podría hacer referencia a una
procedencia oriental, lo que explicaría el conocimiento de todas estas deidades (Santos, op.
cit.: 104).

Por otro lado, en el ámbito de la península ibérica, tenemos numerosos ejemplos de


esculturas de piedra y figurillas de bronce que siguen el modelo iconográfico de Tyche-
Fortuna, Isis-Tyche o Némesis. Es el caso de algunas figuras torreadas que aparecen durante
la ocupación romana como las Tyche-Fortuna de Itálica (León, 1995: 146-149, n.º 48) y
Tarragona (Balil, 1989: 214-228). Tenemos otros ejemplos más numerosos que hacen refe-
rencia a un culto doméstico de Tyche-Fortuna, como el caso de algunas esculturillas de
bronce estudiadas por García y Bellido (1949: 188, lám. 158) o los ejemplares analizados por
Rodríguez Oliva (1990: 91-102, y 2004: 35-66). En la mayoría de las ocasiones se tratan de
modelos que parecen acercarse más a la Fortuna romana que a la Tyche griega, por lo que
no siempre se encuentran en relación con la inclusión de cultos orientales.

Es evidente la conexión que esta divinidad posee con las religiones orientales, lo que
nos permite así vincular la escultura de Tyche sobre el Orontes de Antequera con la impor-
tancia de estos cultos en la península ibérica. En su mayoría mistéricos, suelen percibirse en
las áreas donde la presencia romana tenía una cierta antigüedad y un peso importante, como
ocurría en la provincia de la Bética. Esto ha permitido que autores como J. Alvar desmientan
la idea de relacionar automáticamente estos cultos con la población esclava oriental y
ponerlos en consonancia con la élite fuertemente romanizada que controlaba dichos espacios
religiosos (Alvar, 1994: 275-293). Se trata de ciudades como Tarraco, Emerita Augusta, Gadir
o Malaca, focos importantes de población con una élite muy romanizada, pero también
zonas de una gran importancia comercial por su condición de puertos fluviales o lugares de
paso destacados. En el caso de la Tyche hallada en Antequera, sabemos que fue encontrada
a unos 20 km al este de la actual ciudad de Antequera, lindando con Villanueva del Rosario
como ya hemos apuntado (García y Bellido, 1949: 171-172, lám. 14), coincidiendo con algún
punto del camino que unía Anticaria y Malaca, vía Aratispi (Corzo y Toscano, 1992: 58-61).
Por la importancia de esta ruta sabemos que muy probablemente fuera ya explotada en
época prerromana, bien por las poblaciones indígenas o por los fenicios, ya que constituía
un paso que unía directamente la costa con el hinterland. Es posible que aquella que
comunicaba Anticaria y Malaca por Nescania fuera aún más antigua, quizás activa desde el
siglo VI a. C., ya que aprovechaba el curso del Guadalhorce y sería de más fácil acceso
(Corrales, 2007: 253). A través de esta ruta conectaban con Obulco, Cástulo y la zona de
Sierra Morena, territorios fundamentales para tener acceso a los beneficios de la explotación
minera (Melchor, 1999: 253-269) (fig. 3).

Si seguimos la ruta comercial descrita hasta llegar a Corduba o Cástulo, encontramos


que en el camino de la misma aparecen importantes testimonios de cultos orientales. Es el
caso de Igabrum, entre Anticaria y Cástulo. Aquí se han hallado algunos ejemplos intere-
santes de devotos a divinidades orientales femeninas, como es el caso del colegio de los
Illychinarii, que se han relacionado con el culto isiaco gracias a la dedicación de una escul-
tura que autores como García y Bellido identificaron como una Isis-Tyche, similar a la hallada
en la Cruz de los Santos Burgos (García y Bellido, 1967: 109). Lo curioso es que este colegio
se ha asociado bien con la explotación de las minas (Camacho, 1997: 119-120) o bien con
la praefectura de la annona y el transporte marítimo (Blanco, 1971: 251-256).

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Nuevas aportaciones sobre la figurilla de Tyche de Antioquía sobre el Orontes hallada en Antequera y…
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Fig. 3. Mapa de la actual provincia de Málaga y alrededores en la antigüedad. Elaboración propia en base al Open Street
Map del Proyecto Pelagios: http://pelagios.github.io/pelagios-heatmap/.

Hemos de destacar que el sincretismo entre Isis y Tyche tiene explicaciones muy
diversas, siendo una de ellas la relación de ambas diosas con el ámbito acuático. Se trata de
una advocación de la diosa Tyche que aparece en la primera mención que se hace de ella en
la historiografía griega, así Hesíodo se dirige a ella como una oceánide compañera de Persé-
fone (Th. 360). Por ello desde época arcaica esta divinidad se va a asociar a manantiales, ríos
y al mar, vínculo atestiguado a través de santuarios como el de Delos7. Sabemos que nunca
perdió este carácter, siendo por ello protectora de los navegantes y marineros y, por extensión,
de los comerciantes. Estas mismas cualidades eran también las habituales en Isis, cuyo culto
fue muy popular entre los siglos I y III de nuestra era en toda la Bética, especialmente poten-
ciado por la élite, como observamos en el templo de Isis en Baelo Claudia o Itálica (Beltrán
y Rodríguez, 2004: 122-139) o en el propio municipium ignotum de Urgapa, donde hallamos
un ara consagrada a Isis Bulsae por un tal Caius Licinius Flavius, que dedica a la diosa una
fuente y un templo (CIL II, 2/5, 912). Muchos de estos dedicantes poseían cogomina orientales
o griegos, como ocurre en el caso de Anticaria, donde apareció una dedicación del siglo II d. C.
a Isis y Serapis por Sextus Peducaeius Herophilus (CIL II, 180b). También en Corduba, una de
las ciudades que debió ser destino de esta ruta que partía desde Malaca, encontramos un ara

7
En Delos hallamos un templo dedicado a la diosa Agathe-Tyche que en época helenística tuvo una gran importancia,
especialmente para la dinastía ptolemaica. En él apareció un inventario en el cual se muestran exvotos marinos, caracolas,
conchas de ostras y otros elementos marinos que hacen pensar en la divinidad como un ente protector de marineros y
navegantes (OGDEN, 2014: 129-150).

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votiva muy interesante, datada a principios del siglo III d. C. que se consagra a la triada de
Emesa donde se mencionan a Elagabal, Allath, Phren, Kypris, Athena, Nazaía y Yari, todas
ellas divinidades plenamente orientales (Rodríguez Ramos, 1995: 125).

Gracias a testimonios epigráficos como éstos podemos apreciar la gran importancia


de la presencia de griegos orientales en el sur peninsular. Beltrán Fortes llega a contar en el
corpus cordubense hasta 102 nombres griegos y de éstos al menos 45 son libertos y unos 26
tendrían origen esclavo (2013: 185-204). Es conocido el gran auge de esclavos procedentes
de Oriente que alimentaron al Imperio romano, especialmente a través de la isla de Delos,
que se convertiría en un foco comercial destacado desde el cual la cultura oriental llegaría
con gran fuerza a todo el Mediterráneo. A pesar de esta realidad, observamos la existencia de
otros personajes de origen oriental que parecen formar parte de la élite, como es el caso de
Cornelius Diphilus con origo castulonenesis, cuyo nombre aparece en una placa relacionado
con el personaje de M. Foluius Garos (CIL II 2/7, p. 237). Se ha pensado que este individuo
con cognomen griego y dedicado a la explotación de las minas podría ser efectivamente orien-
tal y de origen servil. Su importancia en la comunidad habría sido tal que fue acogido por la
gens Cornelia a lo largo del siglo I d. C. (Beltrán, op. cit.: 189).

Las zonas mencionadas destacaban por su gran riqueza en materias primas, factor de
atracción de los comerciantes del Mediterráneo. Por ello, habrían sido los territorios de los
valles del Guadiana, Guadalquivir y Guadalhorce, conocidos y explotados por los fenicios y
más tarde por los griegos. A partir del siglo I a. C. es la presencia romana la que se constata
de forma evidente en estos lugares, de los cuales va a obtener el futuro Imperio grandes
beneficios (Corrales, 2006: 89-107). Sin embargo, parece ser que aún en época imperial, las
comunidades orientales ejercieron un cierto monopolio en el intercambio comercial. Ejemplo
de ello lo encontramos en Málaga, donde conocemos un colegio de negotiatores en el que
al menos uno de sus integrantes procedía de Siria y otro de Asia. La existencia de este colegio
está atestiguada por una inscripción escrita en griego que fue hallada en una media columna
que estuvo en el hospital de San Tomé, según Alderete Bernardo narró en 1674. Este colegio,
que se denomina así mismo como koinon, dedica esta inscripción a su patrono Clodio, por
mediación del curator Cornelio Silano (CIL II, p. 251). Éste pudo ser el mismo que se ocupó
de pagar la estatua por los ciues malacitani a la mujer del Praefectus Aegyptus y de la
Annona, L. Valerius Proculus en el año 147 d. C. (CIL II 1971). Este Clodio se ha relacionado
directamente con P. Clodius Athenio negotiants salsarius q(uin) q(uenalis) corporis nego-
tiantium Malacitanorum, conocido en Roma por el epitafio recogido en el CIL VI, 9677
datado en el 150 d. C. Este último epígrafe permite poner en relación a este personaje con
el comercio desde las costas de Málaga hasta los puertos de Ostia y Puteoli de productos
béticos, como el aceite y los salazones. Para Blázquez este colegio podría estar también
relacionado con la explotación de metales en Sierra Morena y con la producción del garum
(Blázquez, 1985: 456). Lo que sí podemos dilucidar de la información que nos proporciona
este epígrafe es que la presencia de comunidades orientales, de procedencia asiática y siria,
en la zona de Málaga, era más que evidente. Este sustrato oriental permitía que en un terri-
torio como el de Málaga, fuertemente romanizado ya en el siglo II d. C., se siguieran reali-
zando inscripciones honorarias como éstas en lengua griega. Algo similar se observa en otros
contextos anteriormente analizados como el religioso, bien influenciados por poblaciones
orientales asentadas en la zona o por comerciantes e intermediarios, como parece ser el
caso. Esta inscripción, hoy perdida, se ha utilizado a menudo para evidenciar la fuerte
presencia siria en Málaga, asociándose así con la esculturilla encontrada en Antequera, ya

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Nuevas aportaciones sobre la figurilla de Tyche de Antioquía sobre el Orontes hallada en Antequera y…
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Fig. 4. Vista trasera de la escultura de la Tyche de Antioquía sobre el Orontes del Museo de Antequera.

que el modelo y origen de esta iconografía es sin duda siria (García y Bellido, 1946: 171-
170; Rodríguez Oliva, 1990: 91-102). Como ya hemos destacado anteriormente, no era un
tipo iconográfico conocido en la península, al menos desde lo que el registro arqueológico
nos muestra.

En base a la singularidad de esta escultura, debió de ser un elemento traído por


comunidades de procedencia siria o al menos oriental, ya que, como hemos dicho, sí existían
tipos escultóricos de Tyche-Fortuna, pero es único el caso de la Tyche de Antioquía sobre
el Orontes. Dicha pieza parece ser que no fue exenta, puesto que posee dos abrazaderas
cuadrangulares en la parte superior e inferior, características que insinúan su presencia en
un elemento mayor. De hecho García y Bellido, uno de los primeros en estudiar la pieza, ya
planteó la posibilidad de que formara parte de un estandarte (1949: 171-170). Rápidamente
se produjo la asociación de esta escultura con la inscripción ya mencionada de los negotia-

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Fig. 5. Estandarte de Pollentia. Museo Arqueológico Nacional. Foto: Museo Arqueológico Nacional.

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Nuevas aportaciones sobre la figurilla de Tyche de Antioquía sobre el Orontes hallada en Antequera y…
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tores orientales de Malaca, pudiendo así la escultura formar parte de un estandarte de este
colegio. Sería muy probable que en todo caso se tratara de un estandarte de tipo propagan-
dístico donde debería de hallarse inserta la imagen de algún emperador. Lo más probable es
que su propósito fuera ceremonial o religiosa y no tuviera una función militar como solía
ocurrir en el caso de la mayoría de los estandartes (fig. 4).

No en la propia península, pero sí en el ámbito balear, en Pollentia (Mallorca), tenemos


constancia de un estandarte no militar que podría servirnos como referencia para
explicar este caso. Esta pieza de 76 cm de altura se data entre el siglo II y III d. C. y se piensa
que pudo pertenecer a un collegium iuvenum. En él encontramos dos grandes huecos
circulares que seguramente debieron de albergar la imagen del emperador y su hijo. Sobre estas
imágenes se colocó en primer lugar a un genius iuvenum, que sostiene una pátera y una cor-
nucopia, tocado con una corona mural. En el lateral superior izquierdo aparece la
figura de Isis-Tyche/Fortuna, con el disco solar, y a la derecha Fortuna con los atributos de la
cornucopia, el timón y la corona mural. Finalmente, en la esquina inferior hallamos a una Diana
cazadora con un carcaj. Esta última es un aplique de bronce fundido a la cera perdida y los
otros tres elementos son también apliques de bronce fundido. Junto a estas divinidades, debieron
de aparecer según Veny (2003: 51-70) al menos tres más que hoy se han perdido (fig. 5).

Existen ejemplos de estandartes no militares de cronología similar, como es el de Flobec


(Bélgica), algo más pequeño que el de Pollentia y en el cual se ha identificado la figura de
Serapis acompañada de medallones con figuras de leones y delfines. Otro caso parecido es
el de Atenas, conservado en el Museo de l’Armé, el cual debió estar compuesto por siete
estatuillas, conservándose seis de ellas. En éste la divinidad principal es Dioniso, seguido en
la parte superior de Minerva, Marte, Apolo acompañado de un posible Asclepios y Diana
(Vega, 2007: 78-79). Todos ellos pudieron ser estandartes religiosos, como el de Mallorca,
relacionados con el culto al emperador y debemos deducir que el caso de la Tyche de Málaga
no debió de ser diferente. Más aún si tenemos en cuenta las divinidades orientales que se
asocian en estos objetos a los emperadores. Esto se debía a la integración de estas deidades
en Roma, algo que se evidencia ya en época de Calígula (Alvar, 1991: 71-90). Tampoco era
extraña su presencia en el contexto del culto imperial, ya que se asociaban muchas de ellas,
como Serapis, Fortuna, Tyche o Némesis al destino, al devenir humano y la fortuna.

En cuanto a los emperadores que podrían relacionarse con el supuesto estandarte del
que formaría parte la figurilla de Antequera, tanto la escultura de la Tyche de Antioquía sobre
el Orontes como las inscripciones en las que se hace referencia a Clodio Athenio, están
fechadas a mediados del siglo II d. C. coincidiendo con la época de Adriano o de Antonino
Pio. No se trata de una cuestión casual, puesto que la política de los Antoninos fue especial-
mente interesante en Oriente. No debemos olvidar que, como ya mencionamos, Marco Ulpio
Trajano, de origen bético, fue quien mandó reconstruir la ciudad de Antioquía y quien además
se propuso volver a realizar la escultura de la Tyche sobre el Orontes, entendida como un
símbolo identitario de la ciudad. Quizás sería también de bronce dorado como la de Eutíqui-
des, situada en medio de una exedra, sobre un proscaenium con cuatro columnas, tal y como
aparece en las amonedaciones de Heliogábalo (Ridgway, op. cit.: 223). Su sucesor Adriano
también iba a mantener en las amonedaciones de Antioquía la imagen de la diosa como ele-
mento distintivo e identitario. De hecho, sabemos que Adriano potenció el culto de esta
divinidad en aquellos lugares en los que ya se hallaba arraigado, como ocurrió en Esmirna,
donde prometió elevar un templo a Tyche, que pudo ser el que Pausanias nos describe (IV,

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30, 6). Igualmente tenemos constancia de que durante su mandato el culto a Tyche iba a ser
importante en Esparta, donde tenemos algunos testimonios interesantes del culto de la diosa
en el templo que posiblemente se encontraba en el sur de la acrópolis (Palagia, 1994: 65-75).
No sería entonces extraño pensar que este estandarte en el que estaría ubicada la Tyche
estuviera dedicado a alguno de los Antoninos. Además la figura de la diosa se convertiría en
la imagen propagandística de estos emperadores en Siria y a su vez ilustraría la armonía entre
el Oriente y Occidente romano. Esta propaganda parece ser que llegó a la península ibérica,
donde observamos como en ciertas comunidades de la Bética se rendía culto a estos empe-
radores, como es el caso de Nescania (CIL II 2/5 846) o Aratispi, donde se ha hallado un
epígrafe en el que el emperador Trajano es llamado «salvador» (CIL II 2/5, 730). En el caso
de su sucesor Adriano también tenemos señales de culto en Aratispi (CIL II 2/5 731) y Singilia
Barba (CIL II 275, 775), a través del registro epigráfico. Es evidente, que aunque sólo tenemos
como muestra la epigrafía, debieron existir otros elementos vinculados con estos emperadores
de carácter votivo o ceremonial, como podría ser el caso de la Tyche de Antequera.

Probablemente esta figura no fuera únicamente un elemento propagandístico, sino


que sería un icono, un símbolo identitario con el cual la comunidad oriental de negotiatores
se identificara, por las connotaciones geográficas que la propia escultura presentaba en el
territorio de Antioquía. Debemos pensar que no debió de ser azarosa la elección de la
representación de esta divinidad en el modelo de Antioquía en concreto, si tenemos en
cuenta la importancia de algunas características iconográficas. Los dos atributos principales
son el monte Silpus, donde se halla la diosa sentada, y la personificación del río Orontes
que nada bajo sus pies. Ambos eran elementos con los cuales los propios habitantes de la
ciudad de Antioquía se identificaban y a los cuales atribuían su fortuna, protegidos por
la diosa Tyche. La gran importancia que para el entorno malacitano y bético van a tener las
montañas y el agua, el río o el mar, permitirían que el significado de esta divinidad no
les fuera totalmente ajeno. Como sabemos, la extracción del mineral y la gran cantidad de
minas fueron una de las riquezas que en primer lugar llamó la atención de Roma, que se
propuso enseguida obtener el máximo beneficio de ellas, como el mencionado caso de
Igabrum o el de otros emplazamientos mineros de Sierra Morena, conectada a través
de Anticaria con Malaca (Corzo y Toscano, op. cit.: 58-61). Es indudable que también aquí
las cadenas montañosas suponían un beneficio para la población y debido a su importancia
se llegaron a formar colegios relacionados con ellas, como pudieron ser los Illychinarii o
los mencionados negotiatores sirios. Muchos de ellos, como los de Cástulo, de origen oriental,
llegarán a formar parte de una élite enriquecida por este tipo de comercio. Al igual que
parece evidente la importancia de la minería en el alto Guadalhorce y en el Guadalquivir,
no debemos olvidar el papel que para esta zona poseían los cursos fluviales y el mar. Según
sabemos el río Guadalhorce debió de ser navegable al menos hasta Cártama (Parodi, 2008:
115), por lo que hasta este punto podría realizarse el transporte fluvial en la antigüedad. En
esta zona se ubicaría la antigua ciudad de Cartima, donde de hecho se encontró un grupo
de tres figuras femeninas de época imperial que se han identificado como Ceres acompañada
por dos emperatrices, o bien por Juno y una Tyche local (Martínez y Alvar, 2007: 363). El
culto a divinidades femeninas relacionadas con la fortuna lo tenemos además atestiguado
en otras zonas, curiosamente asociados a enclaves geográficamente determinantes como son
las zonas montañosas. Hallamos así dos casos en los que se hacen dedicaciones a la Fortuna
Augusta, nuevamente relacionándose estrechamente a esta divinidad con el emperador, como
es el caso de Sabora (CIL2/5, 872) y Lacipo (CIL II 1934).

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El mar constituyó la principal vía de comunicación con el Mediterráneo de la zona


malacitana y mantuvo desde su época más temprana un estrecho lazo con las comunidades
orientales y con el norte de África, pues ya afirmaba Estrabón (III, 4, 2) que tanto Baelo Clau-
dia como Malaca parecían ser un emporion de los númidas. En ambos casos se constatan
comunidades sirias y orientales en la zona, lo que explicaría la existencia de uno de los pocos
templos de Isis en la península ibérica en Baelo y la pervivencia del santuario a Hércules-
Melkart de fundación fenicia en Gadir (Bricault, 2010: 682-688). Estos orientales debieron de
tener un conocimiento exhaustivo de estas rutas y de su forma de explotación, pues aparecen
comúnmente en la Bética relacionados con algunos productos que interesaban especialmente
a Roma, como es el caso del aceite. Vinculados con esta producción encontramos a una familia
cuya presencia se aprecia en Hispalis (CIL II 2/5 1180) y Astigi (CIL II 1481). Entendemos que
sería un negocio familiar ya que encontramos a un personaje con cognomen oriental como
es M. Iulius Hermesianus, asociado a la producción y el comercio del aceite, y más tarde su
hijo costea una estatua al corpus oleariorum de Hispalis y dedica una inscripción honorífica
a su padre en Hispalis (Beltrán, op. cit.: 199).

Sin embargo, sería más fácil relacionar a estos negotiatores sirios con la industria de
salazones, tal y como plantea Pilar Corrales Aguilar, ya que hallamos a lo largo de toda la
costa malagueña multitud de zonas dedicadas a esta industria (1993: 254). Ejemplo de ello
tenemos en el Cerro del Mar, junto a Vélez-Málaga, donde se han hallado ánforas, anzuelos
y terra sigilata. Bastante alejado de éste tenemos otro emplazamiento en Torremolinos, la
Huerta del Rincón, donde se han hallado rastros de una industria en época alto imperial de
ánforas Dr.20 y en lugares como Torre del Mar o Colmenares (Parodi, op. cit.: 117-120). Junto
a estos yacimientos destaca la importante presencia de piletas para salazones en la propia
Malaca, que nos indica la relevancia que tendría para la provincia, cuya producción fue
esencial para Roma.

La realidad que se nos muestra en la actual provincia de Málaga es variada y ecléctica,


pues para ser un municipio plenamente romanizado, la presencia de orientales resulta muy
clara, quizás a causa del sustrato púnico. Malaca era una ciudad abierta al Mediterráneo y
también entonces fue esta la razón por la que se convirtió en un puerto fundamental en la
antigüedad. A través de inscripciones como la analizada del colegio de negotiatores podemos
dilucidar la relevancia que estas poblaciones orientales tenían en el comercio, cuya presencia
podría ser esporádica o bien podrían haberse afincado en el municipio malacitano o en sus
alrededores. Parece ser que funcionarios romanos como este tal Clodio Athenio tuvieron que
acudir a estos intermediarios orientales que controlaban de alguna forma parte de las
exportaciones del entorno malacitano. A cambio de este voto de confianza otorgado por
las autoridades romanas, es muy posible que este koinon evidenciara de forma pública su
congratulación con el Imperio a través de elementos como el estandarte en el que se incluiría
la esculturilla de la Tyche de Antioquía sobre el Orontes de Antequera. Con ello no renun-
ciaban a su origen ni a su identidad oriental, que podrían perfectamente haberse visibilizado
en la iconografía que habría tenido dicho estandarte, donde posiblemente la figura anteque-
rana no fuera la única presente. Esta podría estar acompañada de otras divinidades orientales
o romanas, ya que encontramos esta mezcla en el propio estandarte de Pollentia, todas ellas
siempre en relación con la figura del emperador. Como hemos mencionado, este podría ser
Adriano, un emperador que ya se hallaba en Oriente identificado de alguna forma con Tyche,
al menos iconográficamente en las amonedaciones orientales. Su vínculo con la población
de la Bética también se atestigua a través de algunos ejemplos de la zona de la propia Málaga

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como el caso señalado de Aratispi y Singilia Barba. Por la cronología que se baraja de la
esculturilla y de los epígrafes analizados, que evidencian la existencia de una importante
población oriental vinculada con Malaca y su entorno, es muy probable que fuera la imagen
de este emperador la que se encontrara inserta en el posible estandarte de culto imperial
del que la esculturilla de Tyche de Antioquía sobre el Orontes formaría también parte.

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Noticias e intervenciones en la villa


romana de Hellín (Albacete)

News and interventions in the roman villa Hellin (Albacete)

Rubí Sanz Gamo (resanz@jccm.es)


Museo de Albacete

Resumen: Las nuevas instalaciones del Museo Arqueológico Nacional, inauguradas en 2014,
permiten una estupenda visión del mosaico romano denominado de «las estaciones y los
meses» o del «calendario», como se nombra al pavimento musivo hallado en 1935. El lugar
de donde procede es una villa situada dentro del plano urbano de la ciudad de Hellín
(Albacete), los hallazgos habidos desde 1925 evidencian los retazos de una hacienda esplen-
dorosa, y un itinerario algo tortuoso en relación con la protección y la gestión del patrimonio
arqueológico en época contemporánea.

Palabras clave: Arqueología romana. Villa. Mosaico. Gestión del patrimonio histórico.

Abstract: The new facilities of the Museo Arqueológico Nacional opened in 2014 allow a
wonderful view of the Roman mosaic called «stations and months» or «the calendar» which
was found in 1935. The origin site is a «villa» located in the urban centre of the city of Hellín
(Albacete). The findings since 1925 show the remnants of a splendid estate and a tortuous
path in the protection and management of archaeological heritage in contemporary times.

Keywords: Roman archaeology. Villa. Mosaic. Heritage management.

El primer pavimento hallado

Fue en noviembre de 1925 cuando la extracción de arcillas en la fábrica de ladrillos de la


familia Garaulet, en la periferia de la ciudad, motivó la aparición de teselas de mosaico,
dando comienzo los descubrimientos en torno a la villa, nunca excavada en su totalidad sino
parcialmente y al socaire de otras circunstancias. La primera, la que el paso del tiempo le
había destinado dentro del casco urbano bajo un establecimiento industrial en plena activi-
dad, al margen de que la legislación en materia de patrimonio estaba más bien coja. Además
en ese año de 1925 la única institución provincial competente en el tema, la Comisión

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Recibido: 31-12-2015 | Aceptado: 11-03-2016
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Provincial de Monumentos de Albacete, iniciaba una nueva andadura después de muchos


años de inactividad; entre sus componentes Pedro Casciaro Parody, catedrático de historia
del instituto de segunda enseñanza, y Joaquín Sánchez Jiménez, una figura clave para la
arqueología albacetense y el Museo.

El Museo teóricamente creado en 1867 e inicialmente instalado en una habitación


de la Diputación provincial, hacía más de 30 años que había sido cerrado, de manera que
en 1925 la provincia de Albacete tampoco contaba con un lugar que se hiciera cargo del
mosaico, y Sánchez Jiménez, que no se incorporaría plenamente a la actividad arqueológica
hasta 1926, no contaba con los medios ni la autoridad que seguramente hubiera deseado
aquel invierno, de haberla tenido hubiera anotado todas las circunstancias del hallazgo
como fue luego habitual en sus trabajos. En El Diario de Albacete de 23 de junio de 1926
dio cuenta del descubrimiento del mosaico, y el 4 de febrero de 1927 informó a la Comisión
Provincial de Monumentos de Albacete del estudio realizado por él mismo y Pedro Casciaro.
Ambos publicaron la noticia señalando que por la profundidad a la que se encontraba el
pavimento les hacía presumir que no había sido cortado por los muros de la fábrica, por lo
que debía conservarse casi intacto, precisando que en una extensión de 20 m2 el mosaico
se hallaba en parte bajo un cobertizo y en parte bajo un espacio exterior dentro del recinto
de la fábrica.

Sánchez Jiménez y Casciaro indicaron que la parte mejor conservada se hallaba


limitada por dos muros que originariamente tuvieron revestimiento de placas de mármol
«según se observa por la huella que dejaron en el mortero y por sus fragmentos, que aún se
hallan adheridos a la argamasa». Lo describieron como un mosaico con aparente forma de U
formada por franjas sucesivas: círculos secantes configurando rosetas estilizadas, triángulos
(«semirombos» en la publicación), orla con 18 medallones formados por una «curva serpen-
teante» con diversos animales de cuerpo entero, una faja de lacería trenzada, otra con círculos
tangentes y secantes, y una última limitándolo o encuadrándolo (fig. 1). Por la disposición
de la ornamentación pensaron que rodeaba el impluvium de una villa, que a decir de los
autores, estuvo «levantada en aquellos fértiles campos esmaltados por el verde esmeralda de
sus ricas huertas, en las inmediaciones de los tres hilos de agua potable, por uno de los
cuales se abastece actualmente Hellín, al abrigo de los vientos del Norte por una pequeña
eminencia, y no lejos de una antigua vereda». Señalan haber hallado abundantes fragmentos
de cerámica pintada y «saguntina» (terra sigillata), concluyendo que por «la finura de las
teselas y la delicada perfección del estilo en el dibujo y composición, parece que deberán
llevarnos a las postrimerías del siglo II después de J. C.» (Sánchez y Casciaro, 1927).

El mosaico muestra rosetas cuadripétalas, con paralelos en mosaicos del siglo III,
particularmente en Complutum (Blázquez et alii, 1989: 47-48). Forman la decoración una
estrecha franja blanca enmarcada por teselas negras, una orla trenzada, y nuevamente una
franja estrecha blanca enmarcada por teselas negras; sigue la orla figurada con finos tallos
formando roleos con círculos, en el interior de cada uno de ellos fauna africana alternando
carnívoros y herbívoros muy naturalistas, construidos a base de pequeñas teselas, tema con
paralelos norteafricanos (Blázquez, op. cit.: 48). A continuación sendas franjas blancas
enmarcadas por teselas negras que, a su vez, realzan otra franja con triángulos. Finalmente
el campo central prácticamente perdido del que se aprecia una cenefa perimetral con temas
vegetales entre óvalos formados por la intersección de tallos ondulados.

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Fig. 1. Descubrimiento del mosaico según fotografía de Sánchez Jiménez, y detalle de la orla (Foto: Archivo Museo de Albacete).

El mosaico permaneció en poder de los propietarios de la fábrica pues el Museo de


Albacete, inaugurado en 1927 en la planta alta de su Diputación, carecía de espacio y segu-
ramente de resistencia portante. Años después en 1942, tras el paréntesis de la guerra civil,
fue reabierto al público en la planta baja del palacio provincial (en 1942), y entonces Sánchez
Jiménez intentó recuperarlo. Con fecha de 5 de marzo de 1946 escribe a Vicente Garaulet
exponiendo que debido a la celebración en Albacete del II Congreso Arqueológico del
Sureste Español sería de interés depositarlo en el Museo, para poder ser apreciado por los
asistentes al mismo. Nuevamente había problemas para hacer acopio del pavimento, pues
tres días después le contestó Carmen Sequero señalando que su esposo había fallecido hacía
3 años y que los bienes se encontraban en testamentaría. El mosaico permanecía pues en
Hellín en poder de la familia Garaulet, y hubo que esperar veinticuatro años más (45 desde
su hallazgo), al 13 de abril de 1970, cuando fue depositado en el Museo por Vicente Garaulet
Sequero haciendo entrega del mismo a Samuel de los Santos, su director, quien hizo constar

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en el acta que se encontraba agrupado en 7 fragmentos, y que posiblemente perteneciera al


atrium de la villa.

El mosaico de las estaciones y los meses

Seguramente Sánchez Jiménez añoró toda su vida profesional la tenencia del mosaico, y esa
querencia debió aumentar cuando en 1935 fue descubierto un nuevo pavimento que fue
ofrecido por V. Garaulet, con fecha de 26 de diciembre de 1940, al Museo Arqueológico
Nacional (en adelante MAN). La documentación sobre el mismo se encuentra en el Museo
de Albacete y en el MAN. La albacetense tiene fecha de 1941 (Expediente ARQ./90): el 27
de enero Carlos Alonso del Real como secretario general de la Comisaría General de Exca-
vaciones Arqueológicas comunica a Sánchez Jiménez, comisario provincial, el arranque del
mosaico por personal del MAN bajo la dirección del director del Museo Provincial de Murcia,
Augusto Fernández Avilés, y la orden de intervenir dando todas las facilidades; una carta de
Fernández Avilés de 2 de marzo insiste en la donación del mosaico al MAN; y con fecha
de 15 de julio el director de éste último, Blas Taracena, comunica a Sánchez Jiménez estar
autorizado por O. M. para arrancar y transportar el mosaico a Madrid, para lo que funciona-
rios del Museo se desplazarán con fecha de 19 de julio bajo las órdenes de Fernández Avilés.

Más amplia es la documentación del Archivo del MAN recogida en el exp. 1941/8,
además de algunas noticias sueltas en el relativo al mosaico de los trabajos de Hércules pro-
cedente de Liria (exp. 1941/50)1. Las gestiones dieron comienzo cuando el 3 de diciembre
de 1940, Augusto Fernández Avilés remite a Blas Taracena una primera descripción del pa-
vimento: 4 octógonos centrales con alegorías de las estaciones, y octógonos exteriores con
alegorías de los meses; en los círculos escenas pastoriles o mitológicas, y en los óvalos mo-
tivos decorativos estilizados (figs. 1 y 2). Precisa que el ángulo noroeste fue destruido al ha-
cerse una instalación de motores, y que los octógonos relativos a las representaciones de la
primavera y el central están casi destruidos por acción de la humedad, concluyendo que «He
obtenido la cesión del mosaico al Estado por el propietario, con la condición de que se les
entregue una cualquiera de las figuras que lo constituyen […]». Seis días después comenta a
Taracena que «me pareció absurda la caprichosa mutilación solicitada por el propietario»,
que procuraría excavar para extraer la totalidad del mosaico y «explorar el secadero inmediato
y tratar de rescatar lo que se pueda del antiguo mosaico», añadiendo que debería contarse
con Santa-Olalla «pero con prudencia, pues aunque ya sabemos que según la ley los mosaicos
son del Estado por el hecho de aparecer en el subsuelo, me desagradaría, mediando yo,
cualquier medida violenta». Y remite factura de sus viajes a Hellín.

Para el destinado al MAN, ignoramos cómo contactó Fernández Avilés con la familia
Garaulet, tal vez a través de Mergelina muy vinculado a Yecla y con el que tenía una gran
amistad, o de cualquier informante hellinero relacionado con Murcia o que realizaba gestio-
nes en Murcia (por entonces Albacete y Murcia formaban una sola región). No deja de
sorprender que obviase dar información al Museo de Albacete, que ya existía, y optara por
el MAN ante el que hacía méritos para su traslado como conservador, que se produjo en

1
Una copia de los archivos del MAN fue facilitada por el Archivo del Museo a Blanca Gamo, quien a su vez me la mostró. A
Blanca y a todas mis compañeras del Departamento de Documentación del MAN mi agradecimiento.

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Fig. 2. Mosaico del calendario (Fotos: Fernández-Avilés 1941 y Archivo Fotográfico MAN).

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1941 (Blánquez y Jiménez, 2004: 122). Taracena, Fernández Avilés y Sánchez Jiménez
debieron iniciar una relación no exenta de tensiones, pues a éste último como Comisario
provincial le sobrevino el anuncio del inicio de unos trabajos gestados desde fuera. Años
después fueron compañeros de Sánchez Jiménez en la dirección de dos excavaciones,
Taracena en El Tolmo de Minateda junto con García y Bellido que sin duda hizo de mediador,
y Fernández Avilés en el Cerro de los Santos pues la presencia del Director albaceteño era
condición obligada para que los dueños del yacimiento –la familia Zuazo– autorizaran los
trabajos en el antiguo santuario.

Todo parece indicar que las gestiones de Fernández Avilés para no desmembrar el
pavimento dieron fruto inmediato, pues el 26 de diciembre de 1940 el dueño de la fábrica,
Vicente Garaulet escribe «nos ha parecido muy bien para que el mosaico no se mutile». En
enero de 1941 Taracena le da las gracias a Garaulet, pero fue el 15 de marzo cuando desde
la Dirección General de Bellas Artes se comunica al Presidente del Patronato del MAN que
se traslade a Garaulet el agradecimiento por su donación, lo que se hace dos días después.
Aun así, todavía el 22 de septiembre de ese 1941 el Director General escribe a Taracena
aceptando el donativo de Garaulet.

La extracción del mosaico fue objeto de una copiosa correspondencia iniciada en la


carta que Taracena escribe a Santa-Olalla el 11 de enero de 1941 especificando que inter-
vendrán él mismo, el Director del Museo de Murcia y personal del MAN. Días después dio
comienzo la correspondencia entre el Director del MAN y la Dirección General, que ostentaba
el marqués de Lozoya, para lograr sufragar los gastos de arranque del pavimento: sucesiva-
mente desde su gabinete iban requiriendo nuevas informaciones a Taracena sobre detalles
de quienes eran los interesados en desplazarse a Hellín, tal vez por ello el 12 de marzo de
1941 Taracena apostilla en un escrito que irá él mismo «Director del Museo y Consejero
Nacional de Educación […]». Es posible que el Director General tuviera algún tipo de presión
política en un tiempo en que Santa-Olalla, amigo de Sánchez Jiménez, tenía un gran poder
por su relación con altísimos responsables de la Alemania nazi (Díaz y Ramírez, 2001). Aun
así, todavía el 27 de marzo se solicita a Taracena que especifique el nombre de los técnicos
que realizarán la extracción, que fueron Luis Pérez Fortea y Fermín Martínez.

Finalmente, por escrito del día 30 de mayo de la Dirección General de Bellas Artes
fue autorizada la intervención, comunicada a Fernández Avilés y con fecha de 15 de julio al
comisario provincial que recordemos era Sánchez Jiménez: «Autorizado por Orden Ministerial
para arrancar y transportar a este Museo el mosaico romano […] tengo el honor de manifes-
tarle a los efectos de posibilidad de alguna calicata exploratoria en sus inmediaciones para
el total descubrimiento del mismo, que el próximo día 19 marcharán a Hellín funcionarios
de este Museo, los cuales trabajarán a las órdenes de D. Augusto Fernández de Avilés […]».

Los documentos que siguen son comunicaciones no transcendentes excepto que el 6


de agosto, Taracena pide a Fernández Avilés que Sánchez Jiménez realice la «certificación
de la estancia en Hellín». Taracena se carteó con los restauradores pidiendo que no dilataran
su estancia más allá el 10 de septiembre y que prepararan un embalaje en jaulas. En agosto
de 1942 Taracena escribe a Garaulet diciendo que ha comisionado a Cernuda, restaurador
del Museo, para recoger el mosaico y trasladarlo al MAN. Sin embargo, una parte quedó
pendiente, pues a finales de ese mismo año Taracena acredita a Adolfo Maragliano y a
Francisco Cruzado para hacer el arranque «y traslado a Madrid del resto del mosaico».

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A partir de ahí la documentación se encuentra repartida entre los dos expedientes del
MAN. Adolfo Maragliano Pagés y Francisco Cruzado Moro habían trabajado ya en el MAN
como restauradores (Dávila y Moreno, 1993: 159). El primero era hijo de un mosaísta italiano,
Mario Maragliano, llegado a Barcelona para trabajar en la casa Batlló y en el Palau. La corres-
pondencia entre Taracena y Maragliano está fechada entre el 2 de noviembre de 1942 y el 16
de julio de 1943 refierida a la preparación de los materiales (colas y criolinas) y los problemas
de arranque del pavimento en función del estado del tiempo, que dilató el trabajo hasta julio
de 1943. El día 8 de ese mes Taracena escribe a Garaulet informándole que «el lunes próximo
estarán en Hellín los Sres. Maragliano y Cruzado […]». Maragliano en sendas cartas informa a
Taracena lo siguiente: «Por la presente le entero de que el Sr. Garaulet antes de dejarnos
empezar […] nos ha hecho la siguiente observación. Para dejarnos arrancar y llevarnos el
trozo de mosaico que nos interesa a nosotros pone como condición que arranquemos al
mismo tiempo otro trozo de mosaico que existe en el mismo terreno de la fábrica el cual
quiere quedarse para él […]», y que «el trozo que quiere el Sr. Garaulet para él aun están ha-
ciendo excavación pero creo que no va a salir gran cosa […] el Sr. Garaulet se conforma con
que arranquemos unos pequeños motivos en figura que han aparecido para conservarlo como
motivo decorativo […]». El 14 de julio Taracena contestaba al restaurador «puede Vd. desde
luego arrancar por cuenta nuestra el trozo de mosaico que los Sres. Garaulet desean […]».

Además de las primeras noticias dadas por Fernández de Avilés (1940-1947), fue
estudiado posteriormente de Stern (1963, 1965, y 1981), al que hicieron referencia Blázquez
y otros quienes señalaron paralelos en pavimentos de Volubilis, Palermo, Ostia y otros luga-
res, y fechándolo en la primera mitad del siglo III (Blázquez, op. cit., 49 y ss.); siguieron los
estudios y referencias de Sogorb (1987), Durán (1993), Cabrera (2001) y Blázquez (2008). Se
trata de una alfombra cuyas decoraciones y motivos alegóricos están ordenados en una
composición geométrica de círculos, octógonos de lados incurvados y óvalos, rodeados todos
por orlas con decoración de cable (Sogorb, op. cit., 25 y ss), cuyo paralelo más cercano,
señalado por Stern (1981) estaba en un mosaico perdido de Carthago, pero también está re-
lacionado con un mosaico de Tréveris donde la representación de cada mes está acompañada
de su respectiva deidad (Blázquez, op. cit.: 112-113). La excepcionalidad del pavimento ha
motivado otras muchas referencias como una de las fuentes para el estudio iconográfico del
calendario romano. El pavimento utiliza motivos geométricos para encuadrar y resaltar las
imágenes, y el tema del cable para enmarcar círculos y octógonos. Esta decoración comple-
mentaria no tuvo más objeto que rellenar espacios, evitar vacios. Los motivos figurados giran
en torno a un emblema central ocupado por la figura de un bóvido de pequeñas dimensio-
nes, un toro que camina de frente hacia el espectador; los cuatro octógonos que lo rodean
muestran alegorías de las estaciones, oponiéndose el verano al invierno y el otoño a la
primavera; le siguen escenas campestres en nueve círculos, de las cuales sólo se han
conservado cinco; a continuación octógonos de lados incurvados con las representaciones
de los meses siguiendo un orden contrario al sentido de las agujas del reloj. Las imágenes
de los meses y las estaciones están identificadas por letreros y por signos del zodiaco. Todos
los motivos están rodeados por líneas con cables y, el conjunto, por cables, filetes y una
ancha orla exterior con medios círculos con motivos vegetales estilizados y cable perimetral.

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El contexto de la villa

Como se desprende de la correspondencia, Fernández Avilés excavó, y de sus trabajos el


Archivo del Museo de Albacete conserva una fotografía de dos ánforas completas «recogidas
por Fernández Avilés», además de un pondera trapezoidal, fragmentos de cerámica pintada,
sigillata, un borde de dolium y mármoles. Este investigador dio una primera noticia (Fernán-
dez de Avilés, 1941) adscribiendo el lugar a la «antigua Illunum de Ptolomeo», publicando
fotos del hallazgo, y una descripción sumaria del mosaico: círculo o medallones unidos entre
sí mediante óvalos «a manera de cuadrifolias» determinando octógonos curvos, el círculo
central «muy destruido, ocupado por una cabeza de toro» y círculos con escenas pastoriles.
Concluye que es una representación de la evolución periódica de la naturaleza, fechado en
la primera mitad del siglo III, y lo nombra como mosaico de los meses y las estaciones.

Después hubo un largo silencio hasta la década de los años 1980, cuando J. F. Jordán
Montes denunció en el Museo de Albacete el desfonde del bancal oeste a la fábrica de
ladrillos. Pocos años después él mismo y S. Ramallo publicaron un compendio de las inter-
venciones habidas y un estudio del material recogido en superficie (Ramallo y Jordán, 1985).
Subrayaron su cercanía a manantiales –especialmente al arroyuelo del Escutanar–, la situación
elevada de la villa respecto a las tierras colindantes, y la dificultad para delimitar su extensión
debido a la expansión y construcciones de la ciudad de Hellín. Constataron la presencia de
cerámicas romanas en otros lugares del casco urbano que relacionaron con el territorio de
la villa. Además del estudio del mosaico hallado en 1925, y referencias al del calendario,
señalaron cómo el análisis tipológico de los materiales ofrece un variado elenco de manu-
facturas de terra sigillata sudgálica e hispánica como preferentes, también de clara A y C,
con un volumen de material centrado en los siglos I-II pero llegando hasta el siglo III con la
producción clara D (Ramallo, y Jordán, op. cit.: 23 y ss). Como conclusión inciden en la
riqueza de la villa, el carácter agrícola favorecido por tierras fértiles y abundante agua, y
quizás la recogida del esparto, y las actividades ganaderas.

A pesar del desfonde del bancal citado, quedaba una franja de tierra entre la fábrica
y la carretera que a priori podía aportar nuevos datos. Bajo esta premisa en 1986 y 1987 L.
A. García Blánquez (Sanz, 1997: 38) realizó dos campañas de excavación abriendo un total
de 15 cuadrículas circunscritas a los terrenos que estaban liberados de la fábrica, del desfonde
y del vial anejo. El resultado fue la documentación de distintos sectores: uno residencial, un
segundo de trabajo y almacenaje, y un tercero funerario tardoantiguo. En el área de trabajo
y almacenaje documentó por una parte un espacio cerrado, con suelo de cal, y por otra
parte dos hornos (fig. 3). El primero con caldera en forma de U a la que se añade el canal
del praefurnium. El hallazgo en el mismo de dolia, ánforas, tégulas e ímbrices y cerámica
común (tipos Vegas 1.ª y 17.ª) resultan ser, según Coll, usuales en este tipo de instalaciones
(Coll, 2008) como las registradas en El Saladillo (Málaga) de la segunda mitad de la primera
centuria (Suárez et alii, 2003), o en Villaseca del siglo II (Sáenz, 2001-2002). El de Hellín,
García Blánquez lo fechó entre comienzos y mediados del siglo I en que fue amortizado
según se desprende de un fragmento de terra sigillata sudgálica, posteriormente fue utilizado
como espacio de almacenaje. El segundo horno, de planta circular de 55 cm de diámetro,
tenía las paredes enlucidas, fragmentos de tegulas ennegrecidas por el fuego como suelo, y
canal del praefurnium de 30 cm, dedicado a la producción de piezas muy pequeñas, posi-
blemente de vidrio.

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Fig. 3. Hornos según García Blánquez (Archivo del Museo de Albacete).

En esa zona de trabajo y almacenaje de la villa, García Blánquez registró dos fases,
una antigua de inicios de la primera centuria de la era –asociada a sigillata itálica y cerámicas
pintadas (fig. 4)– que termina en un proceso de destrucción en la segunda mitad del siglo,
dando inmediatamente inicio un proceso de reconstrucción a partir de esa fecha hasta
mediados del siglo II, con sigillata de talleres sudgálicos (Graufesenque) e hispánicos
(Bezares). Finalmente registró inhumaciones tardoantiguas en fosa, con o sin ajuares y con
uno o más individuos.

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Fig. 4. Cerámica pintada de la villa de Hellín (Museo Comarcal de Hellín, depósito del Museo de Albacete) (Foto: F. J. López
Precioso).

En los albores del siglo XX la fábrica desapareció, construyéndose en su lugar una


urbanización. Esta nueva circunstancia motivó dos intervenciones arqueológicas entre 2007
y 2008 con F. J. López Precioso y R. Noval Clemente al frente de las mismas, realizadas tanto
en el solar donde se ubicó la fábrica de ladrillos como en el frontero denominado Lavadero
del Panadero. Todavía no publicados los resultados, volvieron a constatar una fase antigua
en torno al cambio de era con manufacturas de cerámica ibérica junto a otras romanas como
piezas de paredes finas, marmorata, etc., pero también una zona termal posterior y tumbas
de inhumación. Quedaba así documentado nuevamente un espacio temporal en el que
encuadrar materiales como mármoles, estucos, etc., y los mosaicos (Blázquez et alii, op. cit.).

Algunos apuntes sobre la intención del mosaico

Las decoraciones de las villas romanas responden a los deseos estéticos de sus propietarios,
así los mosaicos de Hellín fueron alfombras encargadas por un rico propietario al que para
la decoración de su casa, rodeada de un campo fértil, le irían bien las pequeñas escenas
bucólicas, y nada mejor para representar el carácter agrícola de su dominio que imágenes
alusivas a los ciclos del tiempo que presidían su hacienda. Quienes han estudiado el pavi-
mento del calendario han señalado que su iconografía resulta extraña al resto de los mosaicos
hispanos y, junto a algunos escasos ejemplos, excepcional por cuanto es rara la simbiosis de
las estaciones y de los meses. Habremos de pensar que el dominus que lo encargó tenía
una idea completa e intelectualizada de los ciclos del tiempo, y de los tratados que sobre
éstos existían, particularmente Ovidio, y seguramente conocía los relativos a los tratados de
agricultura como el de Varrón (Rerum rusticarum).

La elección de la composición iconográfica final, que representa el proceso de orga-


nización y normativización de conducta en torno a valores compartidos por el grupo social
(Musco y Santos, 2008), no fue pues aleatoria, sino que conscientemente buscó conjugar
cartones en los que estaban presentes las representaciones de los ciclos del año, de sus

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Noticias e intervenciones en la villa romana de Hellín (Albacete)
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signos astrales, y de las bondades de la vida del campo, obteniendo, finalmente, un pavi-
mento con un alto contenido simbólico. Era el calendario realizado para un dominus cuya
riqueza estaba en la explotación de la agricultura, sujetas a los periodos estacionales, y a la
cría de caprinos, que son los representados en el mosaico. Recordemos que el tiempo es
esencial para la vida campestre, su transcurrir y los elementos que propician su desarrollo
están estrechamente ligados a los comportamientos de la naturaleza a través de la interven-
ción de seres sobrenaturales.

Fue para un hombre piadoso que recordaba, cada día, a los dioses tutelares de cada
mes y, con ellos, las fiestas que debía celebrar incluso en un rincón apartado del imperio.
Era también para un hombre supersticioso al que los astros podían ser favorables o desfa-
vorables, podían incidir en la bondad de sus cosechas, o en los comportamientos, es pues,
imagen, de quien seguramente estaba interesado en la observación de los signos del zodiaco,
en el mundo misterioso de la astrología y su interpretación, en el simbolismo religioso que
acompaña a los astros, pues detrás de ellos se hallan explicaciones irracionales para tratar
de entender o de dar respuesta a los fenómenos de la naturaleza a través del mito.

Es también un testigo de la medición simbólica del tiempo a través de signos que


responden a cómputos temporales de la repetición y repartición cíclica en torno a la vida y
la muerte, que poéticamente transmiten mitos como el de Perséfone-Démeter o el de Isis y
Osiris. Y es un icono didáctico en muchos aspectos, un recorrido circular sobre el mismo
nos aproxima a las bondades de la vida en el campo, es decir a las escenas campestres; nos
lleva también a reconocer los meses, sus advocaciones y fiestas, y sus símbolos más carac-
terísticos a través de la vegetación, de la naturaleza, y de su relación con los símbolos astrales;
y nos lleva, finalmente, a reconocer las cuatro grandes divisiones del año a través de las
estaciones. Las asociaciones de imágenes permiten, en algunos casos, una lectura simbólica,
una aproximación cautelar al pensamiento de quien encargó el mosaico, y si el segundo
pavimento (Museo de Albacete) muestra la clara predilección por la naturaleza animal a
través de herbívoros y carnívoros, el primero (Museo Arqueológico Nacional) se inclina por
los ciclos que rigen la vida de los animales y las plantas. En resumen, el pavimento muestra
el orden civilizador a través de los ciclos de la naturaleza, marcados por el discurrir anual
del tiempo, y el calendario, en sí mismo, es jerarquía civilizadora que ordena espacios
temporales y comportamientos para los humanos a través de una estructura en la que se
concatenan el orden social y la religión.

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Boletín del Museo Arqueológico Nacional 34/2016 | ISSN: 2341 - 3409 | Págs. 155-166
167

Las pinturas murales del espacio convivial


de la villa tardorromana de El Saucedo
(Talavera la Nueva, Toledo). Estudios
arqueométricos1
Mural painting from the convivial space of the late roman
villa El Saucedo (Talavera la Nueva, Toledo). Archaeometric
study

R. Castelo Ruano (raquel.castelo@uam.es)


I. Donate Carretero (inmaculada.donate@uam.es)
A. M.ª López Pérez (ana.lopezp@uam.es)
A. I. Pardo Naranjo (anaisabel.pardo@uam.es)
M.ª C. Medina (maricruz.medina@uam.es)
Universidad Autónoma de Madrid

Resumen: En este artículo presentamos los estudios arqueométricos realizados a una serie
de fragmentos de pintura mural procedentes del espacio convivial de la villa tardorromana
de El Saucedo (Talavera la Nueva, Toledo). El examen bajo microscopio y las técnicas analíticas
instrumentales: Espectroscopia de plasma inducida por láser, Microscopía electrónica de ba-
rrido con Espectroscopía de Energía Dispersiva de Rayos X y Difracción de rayos X por poli-
cristal, ha estado dirigido a la identificación de pigmentos y de la técnica pictórica empleada
(número de capas de preparación, composición de las mismas, granulometrías, etc.).

Palabras clave: Bajoimperial. Pintura mural. Técnicas analíticas instrumentales. LIBS,


SEM/EDX, DRX-P. Caracterización de materiales, técnicas y pigmentos.

Abstract: The aim of this paper is presenting the archaeometric study of a series of mural
painting fragments from the convivial space of the late Roman Villa «El Saucedo» (Talavera
la Nueva, Toledo). The microscopic examination and the different analytical techniques, such
as Laser Induced Breakdown Spectroscopy, Scanning Electron Microscopy with Energy-dis-

1
Este artículo ha sido realizado en el marco del Proyecto: Las villae bajoimperiales. Nuevos escenarios de la aristocracia
(Fase I) financiado por la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha a través de la convocatoria Proyectos de investiga-
ción del patrimonio arqueológico y paleontológico. Orden 1 de abril de 2014. Se inscribe en el marco del proyecto: El Láser
como instrumento de innovación para la restauración y conservación del Patrimonio Arqueológico CEMU-2012-003 y se
enmarca en la línea de investigación: arqueología de la Arquitectura y de la construcción en Hispania romana (Bética y Lu-
sitania) englobado en la Unidad Asociada ANTA /CSIC-UAM.

Boletín del Museo Arqueológico Nacional 34/2016 | ISSN: 2341 - 3409 | Págs. 167-182
Recibido: 23-11-2015 | Aceptado: 11-03-2016
168 R. Castelo Ruano, I. Donate Carretero, A. M.ª López Pérez, A. I. Pardo Naranjo y M.ª C. Medina

persive X-ray Spectroscopy and X-ray Diffraction Polycristal, have been used to identify the
pigments and the pictorial techniques (number of ground layers, their composition, grain
size, etc.).

Keywords: Late Roman. Mural painting. Analytical instrumental techniques. LIBS, SEM/EDX,
XRD-P. Material characterization, techniques, pigments.

La villa de El Saucedo, ubicada en los confines de la provincia romana de la Lusitania es un


claro exponente del tipo de villa residencial ubicada en un punto estratégico, próxima a la
vía 25 Alio ab Emerita Caesaraugustam que pasaba a poco más de cuatro kilómetros y a la
vía que se dirigía hacia Augustobriga, a una distancia de un kilómetro. Presenta una evidente
relación histórica con la ciudad de Caesarobriga situada a unos 5 kilómetros de distancia.
Su esquema constructivo corresponde a una villa monumental simple alrededor de peristilo
con una distribución de sus estancias en torno a un gran patio porticado (perystilum), un
lugar concebido como espacio de ambulación mientras el patrono se dignaba a recibir. En
él destaca una gran fuente ornamental, eje escenográfico de la construcción. La disposición
de la villa de El Saucedo, patio-ninfeo-oecus invita a los asistentes a mirar en una sola direc-
ción y permite establecer una posición de dominio del personaje que ocupa el oecus, en
relación con los espectadores o visitantes. Destacan en ella los dos conjuntos termales y el
recientemente identificado como espacio convivial, ámbito este último de donde proceden
las pinturas murales analizadas arqueométricamente (fig. 1).

El espacio convivial de la villa de El Saucedo. Unos apuntes sobre su


programa arquitectónico y decorativo2

Los triclinia, como espacios adaptados al recibimiento de los invitados fueron un gran esce-
nario teatral, el ámbito de la vivienda donde el dominus elaboró y pregonó la calidad de su
imagen (Thébert, 1988: 358-360). Fueron, pues, ambientes que por su dimensión, decoración
y posición debían reflejar aquella imagen que el dominus ofrecía de sí mismo (Uribe Agudo,
2009: 153-189). Recibieron una ubicación privilegiada en peristilos o patios, beneficiándose de
diseños arquitectónicos axiales u ortogonales, alineándose con los estanques, fuentes decora-
tivas y grupos escultóricos, sin embargo, al parecer no tuvieron un punto fijo de colocación.
Fuentes monumentales, ricos cortinajes, decoraciones pictóricas, techos abovedados o arteso-
nados, suelos de mármol o mosaicos, además de una vegetación cuidada, completaban estos
suntuosos espacios destinados al placer de la mesa, a la conversación y al espectáculo.

El espacio convivial de El Saucedo se encuentra ubicado en el noreste del peristilo;


esta posición en relación al acceso de la casa dibuja un ángulo de 90 º e introduce un eje
de circulación acodado para llegar a él. Se compone de cuatro estancias que pasamos a
describir, someramente, a continuación (fig. 2)3.

2
Un estudio detallado de este ámbito de representación ha sido presentado en la Reunión Científica: La Meseta sur entre la
Antigüedad Tardía y la Alta Edad Media (Almadén 4, 5 y 6 de marzo de 2015): CASTELO ET ALII : e. p..
3
Hay que advertir que el grado de conservación de las salas no es la misma, ni lo son los datos que de estas estancias se
tienen, lo que sin duda, condiciona el estudio de su programa decorativo.

Boletín del Museo Arqueológico Nacional 34/2016 | ISSN: 2341 - 3409 | Págs. 167-182
Las pinturas murales del espacio convivial de la villa tardorromana de El Saucedo (Talavera la Nueva…
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Fig. 1. Planimetría de la villa tardorromana de El Saucedo (Talavera la Nueva, Toledo) ©Equipo investigación El Saucedo.

Fig. 2. Planimetría de la villa tardorromana de El Saucedo (Talavera la Nueva, Toledo). Se resalta la ubicación del espacio
convivial, indicándose los números de las habitaciones que lo integran. ©Equipo investigación El Saucedo.

Desde el corredor del peristilo se accedería a la estancia n.º 14, una estancia de planta
rectangular4. Podría tratarse de una antesala del comedor principal que ennoblecería su
acceso desde el perystilum, introduciéndose así un elemento de transición que regulase la

4
Actualmente está sin excavar en su totalidad. De ella conocemos, tan sólo, su muro este y aún se encuentra bajo tierra más
de la mitad de la estancia.

Boletín del Museo Arqueológico Nacional 34/2016 | ISSN: 2341 - 3409 | Págs. 167-182
170 R. Castelo Ruano, I. Donate Carretero, A. M.ª López Pérez, A. I. Pardo Naranjo y M.ª C. Medina

convivencia de los espacios públicos y privados (Zarzalejos et alii, 2011: 123). El muro de
cierre oeste conserva restos de pintura mural en el zócalo (2,4 m de longitud y 2,7 cm de
alto), pinturas en las que se ha figurado imitación de placas de mármol de diversos tamaños
y colores: paneles blancos e interpaneles rojos, ambos delimitados por líneas negras verti-
cales5. Es importante recordar aquí que la imitación en pintura de verdaderos mármoles a lo
largo de la historia de la pintura romana ha sido un hecho frecuente; su parecido con la
realidad dependía de la habilidad del pintor (Fernández Díaz, 2001) y se recurrió a ella con
el fin de paliar el elevado coste de los auténticos revestimientos marmóreos. Conocemos
que la zona media de esta estancia estuvo decorada con paneles e interpaneles de diversos
colores; además en esta habitación se documentaron fragmentos con decoración figurada
que representan elementos vegetales y zoomorfos, destacando entre ellos una cabeza de
ave, quizá una paloma. El pájaro aparece representado con frecuencia en los frescos del III
y IV Estilo Pompeyano, en medio de perspectivas que decoran, a menudo, los interpaneles,
quizá como ocurriría en nuestro caso. La presencia del pájaro en la pintura mural contribuiría
a acentuar la ilusión de relieve y de profundidad, buscando crear un efecto real. Los frescos
con pájaros revelan alrededor del dominus o propietario del edificio un halo de prestigio en
el que posiblemente exalta su humanitas y gracias a su representación, el propietario
demuestra su conocimiento de los opera nobilia y de las leyendas que se habían ido reco-
giendo de antaño. Son un elemento constante en las pinturas murales del Conventus
Carthaginensis, tal y como se puede constatar en la villa de la Quintilla, en la domus puerta
oriental de Lucentum y villa de Los Trofeos (Yecla). La representación de aves fue muy
frecuente en la decoración de los triclinia y así se han documentado en la Casa dell’Ara
Massina (Pompeya) o en la Casa del Mobiliario Carbonizzato (Herculano).

A continuación se accedía a la siguiente estancia, la n.º 21, una habitación de poco más
de 89 m2, de planta rectangular, con ábside semicircular peraltado, que interpretamos como
un triclinium con stibadium, sala que se inscribe dentro del evidente gusto por el espacio
absidado, patente en el diseño general de la villa (fig. 2)6. Las salas absidadas de los triclinia
están en conexión con la aparición de un nuevo tipo de lecho en forma semircircular (sigma,
stibadium o circumrotondum) que tiene su antecedente en la arquitectura del siglo I d. C.,
concretamente en la villa de Tiberio en Sperlonga. A mediados del siglo II, la forma curva del
stibadium está perfectamente determinada y en el siglo III los stibadia ya se encuentran pre-
sentes en todas las provincias del imperio (Mar, y Verde, 2008: 8). Es posible que esta sala
dispusiera de ventanales que pudieron abrirse a patios simétricos, siguiéndose la disposición
del Palacio de Diocleciano (siglo III d. C.) en el Palatino, donde la Cenatio Iovis se abría a dos
patios simétricos decorados con sendas fuentes (Mar y Verde, op. cit.: 76). Para Hispania
podríamos citar: la Casa de los Pájaros y en la Casa del Planetario de la ciudad de Itálica
(Sevilla), en las que sus respectivos triclinia estaban flanqueados por sendos jardines.

Al igual que se ha constatado para los triclinia altoimperiales (domus de Ampurias y


de Colonia Celsa) (Guiral y Mostalac, 1993: 384), en este de El Saucedo (de época bajoimperial)
se eligió un esquema grandioso, una decoración arquitectónica con el fin de ampliar el espacio

5
Para un completo conocimiento de las características de la pintura mural documentada en El Saucedo consultar: CASTELO;
BANGO, y LÓPEZ, 2008: 561-574.
6
Esta estancia no ha sido excavada en su totalidad. Se han exhumado los muros este y oeste, así como el ábside que la
cierra en su parte norte, faltando por excavar un tercio de la mismas en su parte central.

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Las pinturas murales del espacio convivial de la villa tardorromana de El Saucedo (Talavera la Nueva…
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Fig. 3. Planimetría del espacio convivial de El Saucedo. Se indica la distribución de los lecti. ©Equipo investigación El Saucedo.

y dar sensación de profundidad (fig. 4). El programa decorativo parietal de la habitación n.º 21
estaría dividido en un esquema tripartito, al igual que el resto de las habitaciones que
componen el espacio convivial. Hemos documentado dos decoraciones diferentes en los
zócalos de esta estancia: en el ábside donde se situaría el stibadium, el zócalo es de color
negro salpicado por un moteado rojo irregular por toda su superficie, realizado mediante
pequeñas pinceladas sobre fondo liso. Si bien este tipo de decoración se ha interpretado como
imitaciones de un determinado tipo de mármoles, los denominados «mármoles moteados»,
algunos autores consideran que lo que se trata de imitar son granitos, pues los moteados no
son muy frecuentes en el mármol auténtico. Su uso lo encontramos en la villa de El Ruedo y
concretamente en el stibadium de la estancia XVII, en este caso sobre el fondo blanco
proporcionado por el enlucido de cal se han dispersado pinceladas en rojo claro (Hidalgo,
1990: 113-114). En el espacio cuadrangular de la habitación, el zócalo se decora a base de
casetones de color blanco trazados con una línea negra, sobre un fondo rojo. La zona media
presenta pinturas murales integradas por paneles anchos de diversos colores, predominando
el color granate, e interpaneles estrechos, éstos últimos posiblemente decorados con motivos
florales realizados en blanco sobre fondo granate, quizá en sucesión vertical.

La decoración pictórica se alternó con pilastras en estuco moldurado rematadas por


capiteles de orden corintio, pilastras que pudieron estar dispuestas tan sólo en las esquinas
o a lo largo de toda la pared. Dichas pilastras se han podido restituir a partir del hallazgo
de diferentes partes de hojas de acanto realizadas en estuco que sin duda formaron parte de

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Fig. 4. Reconstrucción virtual de la estancia n.º 21 (triclinium con stibadium). Realizada desde el ábside, se observa el stibadium,
el programa decorativo, la puerta de acceso a la estancia n.º 14 y la puerta de acceso lateral a la estancia n.º 13. Dibujo
realizado por Gonzalo García Vegas ©Equipo investigación El Saucedo.

capiteles de orden corintio. Proponemos que estos capiteles hubieran tenido una sola corona
de hojas, pues, a partir del siglo IV d. C. (momento en el que se realiza el programa decorativo
de esta sala triclinar) las dos coronas de hojas se reducen, con frecuencia, a una sola. Se
trataría de un capitel muy simplificado, de elaboración tosca y descuidada, siguiendo las
características que estos capiteles tendrán a partir de los siglos III, IV y V d. C. Esta decoración
es un trasunto de los esquemas arquitectónicos puestos de moda por el Segundo Estilo
Pompeyano (Castelo et alii, 2008: 566). En la zona superior se dispuso una sucesión de
estucos moldurados que nos han permitido restituir un entablamento de orden jónico inte-
grado por: baquetón liso, moldura con carretes o cuentas en forma de rombo, unidos entre
sí, moldura con decoración de ovas enmarcadas por cascarón y moldura con sucesión de
dentículos y banda retraída sobre dientes de sierra, un entablamento característico del III y
IV Estilo Pompeyano (Fernández Díaz, 2008: 441). Los fragmentos recuperados en el tricli-
nium con stibadium de El Saucedo son muestra evidente de una elaborada zona superior
de la decoración parietal con formas arquitectónicas o pseudo arquitectónicas. La mayoría
de las molduras recuperadas son de color blanco con el fin de crear un contraste con la rica
policromía de la pared, aunque se han documentado algunos fragmentos pintados con color
rojo, lo que corroboraría la búsqueda de diferentes efectos decorativos (Fernández Díaz, op.
cit.: 75 y 31). Es posible que la estancia hubiera estado solada con opus tesellatum pues en
ella se han recuperado numerosas teselas tanto de piedra como de vidrio. En esta estancia,
el ábside que, al igual que los salones tetrárquicos de Split, Piazza Armerina o Cercadilla
cerraría visualmente la composición, alojaría el stibadium correspondiente a la posición del
dominus y de los huéspedes más selectos, pues esta ubicación les ofrecía la oportunidad de
tener una excelente visión. En él pudieron llegar a reunirse hasta nueve comensales, aunque
por lo general el número quedaba limitado a siete u ocho (figs. 3 y 4).

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Las pinturas murales del espacio convivial de la villa tardorromana de El Saucedo (Talavera la Nueva…
173

En el zócalo de la fachada exterior de esta habitación se pudo documentar una


excepcional muestra de pintura. Aunque sólo se conserva una parte en la zona suroeste del
ábside, hemos podido determinar que la decoración se desarrolló sobre un enlucido que
cubre las junturas de las piedras de mampostería, en el que se aplica una capa de pintura
de color blanco y una línea negra reproduce la forma de los mampuestos utilizados en su
aparejo, si bien se ha perdido la parte superior, todavía se conservan in situ pequeños
fragmentos de color rojo por encima de la secuencia anteriormente descrita.

Estos revestimientos exteriores sin duda contribuyeron a dignificar y realzar el edificio,


además del efecto plástico que sería muy destacado pudieron tener el papel de epidermis
protectora, aislándolo e impermeabilizándolo, en cierta medida, de las inclemencias meteo-
rológicas. Los vestigios conservados en El Saucedo, sin duda, contribuyen al conocimiento
del aspecto exterior que pudieron tener algunos edificios de la Antigüedad, pues esto es
uno de los aspectos más desconocidos para los investigadores ya que la mayor parte de las
obras más importantes de nuestro patrimonio histórico presentan muros o paramentos
externos limpios de los revocos y revestimientos que debieron poseer en origen, cuando en
realidad, los constructores clásicos o medievales no los concibieron para mostrar su fábrica
vista (Fernández y Galván, 2008: 51-60).

Desde la estancia n.º 21 se accedería a dos habitaciones dispuestas de manera simé-


trica, de igual planta aunque algo diferentes en tamaño, las denominadas con los números
13 y 15 (fig. 2). La estancia n.º 13, de planta cuadrada con ámbitos de ábsides contrapuestos
en sus cuatro lados, se ubica al lado oeste del triclinium con stibadium7. Desconocemos el
tipo de pavimentación que ésta presentó, pues tan sólo se han documentado suelos de
argamasa bastante deteriorados. Si bien la documentación de numerosas teselas sueltas
podrían sugerir una pavimentación musivaria, no es descabellado pensar, siguiendo la opi-
nión de Vaquerizo y Noguera (1997: 77), que hubieran existido estancias cuyo suelo se
cubriera de alfombras o esteras. El zócalo del muro de cierre norte conserva restos de la
decoración pictórica (2,93 m de longitud y 25 cm de alto) que debió extenderse por el resto
de las paredes de la habitación. Sobre un rodapié de argamasa se realizan paneles sucesivos
con imitación de mármoles veteados a base de filetes y bandas anchas con motivo de relleno
en zig-zag cuya orientación cambia de uno a otro panel. Como paralelo a esta decoración
podemos citar la documentada en Mérida, en una casa hallada en la calle Vespasiano, fechada
en la segunda mitad del siglo IV (Abad, 1977-1978: 189). Esta cronología encajaría perfecta-
mente con la decoración de nuestra habitación; da la impresión que el artista o el taller que
realizó ambas decoraciones, fuera el mismo. Abad Casal señaló en su estudio sobre las imi-
taciones de mármol, que este tipo veteado, junto al brocatel, se empleó en las decoraciones
de dependencias principales (Abad, op. cit.: 189) tal y como sería nuestro caso.

La estancia n.º 15 de planta cuadrada con ámbitos de ábsides contrapuestos en sus


cuatro lados se sitúa en el lado este del triclinium con stibadium. El vano que comunicaría
ambas estancias debió estar decorado con una moldura con representación de ovas a tenor
de los fragmentos documentados durante el proceso de excavación. La habitación se
encuentra muy arrasada, apenas conserva el alzado de sus muros que, sin duda, debieron

7
Es la única de las cuatro habitaciones del complejo convivial que se encuentra excavada en su totalidad.

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presentar pinturas murales ya que si bien no se conservan in situ, sí se han recogido nume-
rosos fragmentos que están siendo objeto de un estudio detallado. Como en el resto de las
habitaciones se emplearon gran variedad de colores pero por el reducido tamaño de los
fragmentos recuperados es difícil identificar los motivos, salvo en uno de ellos en el que se
representa un motivo de tipo crustae que formaría parte del zócalo. Sí conocemos que la
sala estuvo pavimentada con opus tesellatum. La composición está concebida a manera de
alfombra. El espacio cuadrangular central se decora con un mosaico compuesto por una
estrella de ocho puntas obtenida a través de la unión de dos cuadrados en lacería de trenzas
acantonada con rombos8. Los ámbitos con ábsides contrapuestos dispuestos en torno al
citado espacio cuadrangular se pavimentaron con tapices diferentes. En el primer espacio se
conjugó la decoración geométrica y la figurada. Se articuló en tres alfombras: en la primera
y coincidiendo con el umbral de entrada desde la estancia n.º 21 se figuró una banda con
pequeñas cruces de color negro, a continuación una cenefa con motivos ondulados y una
trenza de dos cabos que rodea toda composición geométrica realizada a base de círculos,
cuadrados y rectángulos rectilíneos o carretes. Los dos ábsides contrapuestos presentan un
enmarque de trenza de dos cabos y pavos reales de frente con las colas explayadas, una
figuración muy apropiada para superficies absidadas. Para la realización de sus colas se
emplearon teselas de vidrio de colores azul y verde, una técnica muy costosa.

El ámbito situado a la derecha de la puerta de entrada (desde la habitación n.º 21) se


pavimentó con un tapiz integrado por hexágonos escutiformes cruzados dejando entrever
octógonos, cuadrados y rombos. Los ábsides contrapuestos presentan composiciones orto-
gonales diferentes. En uno de ellos se han representado peltas dispuestas dos a dos y en
sentido horizontal y vertical alternadas. En el otro una composición ortogonal de círculos
secantes que forman cuadripétalas. En ambas estancias (n.os 13 y 15) interpretadas como
triclinia se podrían haber dispuesto lechos rectangulares en cada uno de los espacios biab-
sidados, a excepción, lógicamente, del espacio en que se sitúa la puerta de entrada (fig. 3).
Con esta disposición se aseguraba la disposición en «U» y el espacio central podría ser usado
por los sirvientes, además de proporcionar un espacio adecuado para amenizar los banquetes
mediante actuaciones de actores, músicos y danzarines. En cada uno de estos espacios
triclinares pudieron llegar a reunirse nueve comensales, tres por cada lecho. El total de
comensales reunidos en la cenatio de El Saucedo pudo haber llegado hasta 27, dicha capa-
cidad está en consonancia con la que tendrían la mayoría de los comedores romanos que
oscilaban entre las veintisiete y treinta y seis personas, aunque a veces se podrían dar cita
un mayor número de comensales. En el caso de El Saucedo y al igual que en otras muchas
villas romanas, el espacio convivial formó un verdadero cuerpo escenográfico al servicio del
fasto y la intimidad del dominus y su familia, pero, también adaptado a la representación y
proyección de su prestigio social (Vaquerizo y Noguera, 1997: 61). Se crea, así, un microcos-
mos organizado para acentuar la importancia jerárquica del ábside que cierra la composición
y que alojaría el stibadium presidido por el dominus, queriéndose, de esta manera, repro-
ducir el fasto y el lujo de los convivia celebrados por el emperador (Mar y Verde, op. cit.:
581).

8
Los mosaicos fueron objeto de un estudio monográfico publicado en las Actas del XXIV Congreso Nacional de Arqueología
(Cartagena, 1997).

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Fig. 5. Imagen de una de las fichas de la Base de Datos: pintura mural.

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Fig. 6. Fragmentos de pintura mural divididos en dos grupos: SECYR 501 (izquierda) y SECYR 502 (derecha).

Fig. 7. Fotomicrografías de la superficie de los fragmentos de los lotes SECYR 501 y SECYR 502.

Los estudios arqueométricos

Antes de desarrollar los trabajos arqueométricos propiamente dichos es necesario indicar


que en el marco del proyecto financiado por la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha:
«Las villae bajoimperiales. Nuevos escenarios de la aristocracia (Fase I)» se llevó a cabo, entre
otros trabajos: el siglado, descripción, escaneado, dibujo mediante programas de dibujo
vectorial, así como la creación de una base de datos de los fragmentos recuperados en las
estancias del complejo convivial, las denominadas con los números 14 y 21 (fig. 5).

Los fragmentos de pintura mural provenientes del yacimiento El Saucedo (divididos


en dos lotes)9 destacan por su riqueza cromática, pues en un grupo reducido se aprecian
hasta 7 coloraciones diferentes que incluyen rojos, amarillos o anaranjados, azul, verde y

9
Lote 501_1 (fragmentos procedentes de la estancia n.º 14) y Lote 501_2 (fragmentos procedentes de la estancia n.º 21).

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Las pinturas murales del espacio convivial de la villa tardorromana de El Saucedo (Talavera la Nueva…
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blanco (fig. 6). A través del examen microscópico efectuado con una cámara digital fotográ-
fica de alta resolución (fig. 7), se observa cómo dentro del grupo SECYR 501 las pinturas
rojas (muestras 501_1 y 501_2) y verde (501_4) exhiben una apariencia más homogénea y
compacta, mientras que las muestras azul y amarilla (501_3 y 501_5 respectivamente)
presentan más zonas sin capa pictórica debido a su pérdida. Asimismo, las muestras del
grupo SECYR 502 parecen haber sufrido un mayor deterioro, visible en el mayor cuarteado
de las capas de pintura. Para el estudio de los fragmentos de pintura mural se han utilizado
tres técnicas instrumentales de análisis: espectroscopia de plasma inducida por láser, micros-
copía electrónica de barrido con análisis por energía dispersiva de rayos X y difracción de
rayos X-policristal. La primera técnica, espectroscopía de plasma inducida por láser conocida
por sus siglas en inglés LIBS es una técnica micro-destructiva que emplea como fuente
de excitación un láser. Éste arranca una cantidad minúscula del material (del orden de 10-9
o 10-12 gramos), generándose instantáneamente una pluma de plasma donde, debido a las
altas temperaturas, el material se disocia en iones y átomos excitados, los cuales emiten
características de la composición elemental de la muestra. Para este caso se empleó un láser
Nd:YAG Litron NANO S 130-10, Q-switched, que emite en el segundo armónico (λ=532 nm,
«luz verde») pulsos de varios nanosegundos (~7ns). Y para la detección y análisis de las
señales de emisión se utilizó un espectrógrafo Andor SR.-163 de alta resolución (de rendija
ajustable y con una red holográfica de 2400 líneas por milímetro) acoplado a una cámara
ICCD, Andor iStar DH720 (con una matriz de 1024 × 256 pixeles de tamaño 26 × 26 µm).

De este modo, los análisis llevados a cabo muestran que tanto en las capas de pintura
como en los morteros o capas de preparación de la mayoría de los fragmentos están presen-
tes el hierro (Fe), el calcio (Ca) y el silicio (Si). No obstante, la intensidad de las señales del
hierro es más intensa en las capas de pintura de tonalidades rojas, verdes, naranjas y amarillas
lo que señala la probable utilización de tierras a base de óxidos del hierro (fig. 8). Del mismo
modo, en el caso de los fragmentos blancos la intensidad de las líneas de calcio es muy
superior en la capa de pintura, lo que hace pensar en el uso de un blanco de calcita. Destaca
la identificación del cobre en el caso de los fragmentos de color azul (SECYR 501_3) sugi-
riendo la utilización de un pigmento a base de este elemento (tabla 1).

Muestra Elementos identificados

501_1 (c y b) Fe, Ca, Si


501_2 (a y b) Fe, Ca, Si
501_3 (c) Ca, Cu, Fe, Si
501_4 Fe, Ca , Si
501_5 (b) Fe, Ca, Si
502_1 Fe, Ca, Si
502_2 (b) Fe, Ca, Si

Tabla 1. Elementos identificados mediante LIBS en las capas pictóricas de los fragmentos.

Por su parte, la Microscopía electrónica de barrido (MEB) nos proporciona imágenes


de la superficie de la muestra a través de la interacción de un haz de electrones focalizados
con dicha superficie. Para este trabajo se usó el equipo S-3000N, acoplado con un analizador
de Energía Dispersiva de Rayos X (EDS) de Oxford Instruments, modelo INCAx-sight, de la

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Unidad de Microscopia del Servicio Interdepartamental de Investigación (SIdI-UAM). Los exá-


menes se efectuaron en condiciones de alto vacío, con un voltaje de 20kV y distancias de
trabajo dentro del rango 10-17mm. Además, ya que esta técnica de análisis requiere que la
muestra sea conductora de la electricidad, las muestras de las pinturas murales, previamente
embutidas en una resina epoxídica, fueron metalizadas con un recubrimiento de oro de unas
10 micras usando un equipo sputter Quórum, Q 150 T-S. Así, las imágenes obtenidas de las
secciones transversales de los fragmentos (fig. 9) han permitido distinguir cómo en ellas una
fina capa pictórica reposa sobre un mortero de cal de textura grosera donde el árido está
formado principalmente por granos de silicatos de diversos tamaños (desde unas decenas
de micra hasta de, incluso, un milímetro) se distribuyen junto con los carbonatos de granu-
lometría más fina por toda la superficie de la sección. Por tanto, no se aprecia en la prepa-
ración de esta pintura una estratigrafía de capas común en las pinturas al fresco, en la cual
las sucesivas capas a medida que se acercan a la capa de pintura presentan un espesor
menor y una granulometría decreciente hasta alcanzar una superficie lo suficientemente lisa
(los conocidos como: arricio, intonaco e intonachino). De hecho, parece una preparación
bastante tosca sobre la que al final se ha aplicado una capa de mortero más fina y muy rica
en cal con el objetivo de homogeneizar la superficie donde aplicar el pigmento.

A través de la espectroscopia por energía dispersiva de Rayos X (EDS) se han realizado


análisis semicuantitativos que demuestran la mayor proporción de elementos característicos
de los pigmentos naturales, ya apuntados mediante la técnica LIBS, en las capas pictóricas.
En la figura n.º 10 se muestran los exámenes realizados en varias zonas de la estratigrafía de
un fragmento de la muestra SECYR 501_1c. A través de ellos se puede apreciar que la mayor
cantidad de hierro en la capa pintura (zona de análisis 2), lo que es compatible con el uso de
un ocre rojo como pigmento. A su vez, la cantidad relativa de calcio aumenta notablemente
en las capas más internas (zonas 3 y 4), mientras que la de silicio y aluminio es superior en
las capas más externas (zonas 1 y 2) que en las internas. Esto último puede deberse a la
presencia en el exterior de depósitos provenientes del suelo en forma de aluminosilicatos
(especialmente en la zona 1) y a la propia composición de la tierra roja utilizada como
pigmento (zona 2). El aumento de calcio con la profundidad vendría dado por la presencia
de carbonato cálcico en las capas más externas de la preparación. De este modo, los datos
arrojados por el conjunto de los análisis llevados a cabo sobre las capas de pintura (tabla 2)
permiten corroborar y completar la identificación de los elementos característicos de cada

Composición Mg K Al K Si K KK Ca K Fe K Cu K
en % atómico

501_1-6 0,00 4,35 6,37 0,00 71,97 17,31 0,00


501_2-3 2,54 13,14 21,31 1,94 55,02 6,05 0,00
501_3-3 3,16 4,46 42,66 0,00 44,05 1,39 4,28
501_4-2 2,86 3,46 18,59 2,26 67,64 5,18 0,00
501_5-2 0,71 14,58 30,41 1,80 49,14 3,37 0,00
502_1-3 2,07 21,95 25,88 4,35 41,89 3,86 0,00
502_2-2 3,26 3,72 6,98 0,00 86,04 0,00 0,00

Tabla 2. Valores de los análisis elementales semicuantitativos (en % atómico) por SEM/EDS efectuados sobre las capas pictó-
ricas de las diferentes muestras.

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Las pinturas murales del espacio convivial de la villa tardorromana de El Saucedo (Talavera la Nueva…
179

Composición Na K Mg K Al K Si K PK KK Ca K Fe K
en % atómico

501_1-7 0,00 2,29 0,00 2,03 0,00 0,00 95,09 0,59


501_2-4 5,63 0,00 18,33 37,09 0,00 0,78 38,16 0,00
501_3-4 0,00 2,60 6,71 71,37 0,00 0,70 16,92 1,70
501_4-3 5,95 5,95 2,38 8,76 0,00 0,00 82,91 0,00
501_5-3 2,79 0,00 18,73 49,30 0,70 7,87 20,62 0,00
502_1-2 2,73 3,52 10,66 54,98 0,00 2,38 23,44 2,29
502_2-4 0,00 5,48 4,35 10,53 0,00 0,00 79,63 0,00

Tabla 3. Elementos identificados mediante LIBS en las capas pictóricas de los fragmentos.

pigmento: el Fe en el caso pigmentos rojos (SECYR 501_1 y SECYR 501_2), el Cu y el Si en


el caso de la muestra azul (501_3), el Si, Ca, Fe en el caso de la pintura mural verde (SECYR
501_3), el Ca y el Fe en el caso de las muestras de color naranja (SECYR 501_5) y amarilla
(SECYR 502_1) y el Ca en el caso del pigmento blanco (SECYR 502_2). Asimismo, la presencia
del aluminio y el silicio en todos los pigmentos es lógica al tratarse estos de pigmentos inor-
gánicos naturales extraídos de la minería o de suelos arcillosos. La aparición del calcio en las
capas de pintura prueba la utilización de cargas de compuestos de calcio en todos los
pigmentos. La detección de magnesio y potasio en bajas cantidades es debida, probablemente,
a la presencia de sales también comunes en pigmentos inorgánicos de este tipo.

Por otra parte, los análisis efectuados en los morteros de las siete muestras (tabla 3),
dejan claro que los elementos principales de su composción son el calcio, el silicio y el aluminio,
mientras que los minoritarios son el sodio, el magnesio, el potasio, el hierro y el fosforo en uno
de los casos. Por tanto, es correcto hablar de la naturaleza mixta siliceo-carbonatada del mortero.

Por último, la difracción de rayos X-policristal (DRX-P), basada en las interferencias


constructivas que se producen cuando un haz de rayos X incide sobre una muestra, hace
posible la identificación de las fases cristalinas presentes en las muestras. El equipo utilizado
en este estudio fue el disponible en el Laboratorio de Difracción de Rayos X Policristal del
SIdI de la UAM, un difractómetro X’Pert PRO de Panalytical, con geometría θ/2θ, posee un
conjunto de rendijas motorizadas para trabajar en modo de rendijas fijas o rendijas variables,
un monocromador Johansson para longitud de onda K-alfa, cambiador de muestras automá-
tico de 15 posiciones, un detector X’Celerator y monocromador secundario para el mismo y
dispositivos para trabajar en geometría de transmisión con capilares. Y para evitar la toma
de muestra se realizaron en todos los casos medidas a través de la incidencia rasante sobre
las superficies con pigmento con un ángulo fijado de 5º. En todos los test el rango angular
barrido fue de 10º-80º, con incrementos de Δθ=0.04º cada 2 segundos. Así los difractogramas
obtenidos junto con el apoyo de las bases de datos cristalográficas10 permitieron la caracte-
rización mineralógica de los morteros y de los pigmentos utilizados.

10
PDF-4+, base de datos de la International Centre for Diffracton Data (ICDD). 2013. Downs, R. T. The RRUFF Project: an in-
tegrated study of the chemistry, crystallography, Raman and infrared spectroscopy of minerals., in Program and Abstracts
of the 19th General Meeting of the International Mineralogical Association in Kobe, Japan, 2006, pp. 3-13.

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180 R. Castelo Ruano, I. Donate Carretero, A. M.ª López Pérez, A. I. Pardo Naranjo y M.ª C. Medina

Fig. 8. Espectros de análisis LIBS realizados sobre las capas de pintura de las muestras SECYR 501_1c, 501_2a, y 501_5b y sobre
la capa de preparación de la muestra SECYR 501_5b; por acumulación de tres pulsos y en el rango espectral 254 a 290 nm.

En primer lugar y gracias a la profundidad del análisis, en todos se señala la presencia


de calcita o carbonato cálcico y cuarzo u óxido de silicio (SiO2) como compuestos mayoritarios
de las capas de preparación. En el caso de las capas de pintura rojas (muestras SECYR 501_1
y SECYR 501_2) se determinó la presencia de hematita (Fe2O3), mineral común de color rojo
o rojo parduzco, que certifica el empleo de un ocre rojo natural como pigmento. En el caso
del azul (SECYR 501_3) se atestiguó el uso del azul egipcio, siendo visibles en el difractograma
las líneas correspondientes al mineral cuprorivaite CaCuSi4O10, un silicato de cobre y calcio.
Este mineral se halla de forma natural en la naturaleza pero normalmente era obtenido a través
del calentamiento (a temperaturas superiores a los 800º C) de una mezcla de arena silícea
(SiO2), calcita (CaCO3), mineral de cobre (como la malaquita o la azurita) y un fundente alca-
lino, como el natrón (Na2CO3·H2O), considerándose por tanto el primer pigmento sintético de
la historia. Dicho proceso fue importado por los romanos desde Alejandría. Ellos lo conocían
por el nombre caeruleum. Y Vitrubio en su trabajo De Architectura ya describía como se
obtenía11. En el caso del verde (SECYR 501_4) aparecen líneas propias de minerales caracte-
rísticos de las tierras verdes naturales: la celadonita (KMgFe3+Si4O10 (OH)2) o la glauconita
[(K,Na) (Fe3+,Al, Mg)2(Si,Al)4O10(OH)2]. En el caso del blanco (SECYR 502_2) se determina el
uso de la calcita o carbonato cálcico (CaCO3). Y en los tonos amarillos o anaranjados (SECYR
501_5 y SECYR 502_1) los difractogramas indican la presencia de oxihidróxido de hierro (III)
o goethita (α-FeO(OH)), un óxido de hierro que puede presentar un color que va del amari-
llento a rojizo. De este modo, esta identificación junto con la verificación de la alta proporción
de calcita respalda la hipótesis del uso de una mezcla de un ocre amarillo con blanco de calcita.

Por todo lo expuesto anteriormente, el estudio llevado a cabo de los fragmentos de


pintura mural del yacimiento de El Saucedo mediante la aplicación de técnicas instrumentales

11
VITRUVIO, M. L., Los diez libros de arquitectura. Linkgua digital, 2010, Libro VII, Capítulo XI.

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Las pinturas murales del espacio convivial de la villa tardorromana de El Saucedo (Talavera la Nueva…
181

Fig. 9. Fotomicrografía (izquierda) e imagen de electrones retrodispersados (derecha) de la sección transversal de un frag-
mento tomado de la muestras SECYR 501_1c.

Fig. 10. Imagen de electrones retrodispersados (izquierda) de una zona de la muestra SECYR 501_1c, con magnificación X600,
donde se ha llevado a cabo varios análisis por energía dispersiva de rayos X e histograma y tabla de valores de la composición
elemental semicuantitativa en % atómico obtenida en cada caso (derecha).

analíticas: LIBS, SEM/EDX y DRX-P; ha proporcionado la caracterización de los materiales y


técnicas empleados en los pigmentos y capa de preparación. De este modo, la capa de
preparación es un mortero de cal (ahora carbonatada y por tanto en forma de carbonato
cálcico) con una carga formada fundamentalmente por materiales arcillosos (aluminosilica-
tos). Respecto a la técnica, en este conjunto de muestras destaca la ausencia de una estrati-
grafía de capas en las que la granulometría de la carga varía con la profundidad. Así, se
observa una preparación más tosca, donde granos de todos los tamaños (desde unas decenas
de micra hasta de incluso un milímetro) se distribuyen por toda la sección transversal del
mortero, siendo además notable la abundante presencia de granos de cuarzo de gran tamaño,
incluso inmediatamente debajo de la fina capa de pintura. Los pigmentos hallados en este
lote responden a una paleta habitual de época romana de pigmentos inorgánicos y naturales.
De este modo, los análisis revelan la utilización de ocres rojos a base de hematita (un óxido
del hierro), de blanco de calcita, de tierras verdes caracterizadas por micas tipo celadonita
o glauconita, de cuprorivaite o azul egipcio para el azul, y de mezclas de tierras amarillas a
base de goethita y carbonato cálcico para conseguir tonalidades anaranjadas o amarillas.
Además, en todas las capas de pintura se detectan aluminosilicatos y compuestos del calcio
(seguramente carbonatos) presentes como cargas de los pigmentos. No obstante, no se ha

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182 R. Castelo Ruano, I. Donate Carretero, A. M.ª López Pérez, A. I. Pardo Naranjo y M.ª C. Medina

podido constatar la carbonatación de la capa pictórica típica de la pintura al fresco por lo


que pudiera tratarse de pinturas murales de falso fresco.

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Boletín del Museo Arqueológico Nacional 34/2016 | ISSN: 2341 - 3409 | Págs. 167-182
183

Hallazgos arqueológicos de la necrópolis


visigoda de El Barranco, Hinojar del Rey
(Burgos)
Archaeological finds at the visigothic necropolis of
El Barranco, Hinojar del Rey (Burgos)

M.ª Jesús Aguilera Romojaro (aguileramaria46@gmail.com)

Resumen: Hinojar del Rey es un pequeño pueblo de la provincia de Burgos, en cuyo término
municipal, en el lugar llamado El Barranco, se encontró una necrópolis visigoda. En la exca-
vación de 28 de sus tumbas se hallaron algunos ajuares funerarios de los que la mayor parte
se llevó al Museo Arqueológico Nacional. De ellos destacan tres broches de cinturón de bronce
del tipo liriforme, dos pequeños y uno grande. La pieza de más interés es este último, que
además de una cuidada decoración de roleos y grifos en relieve, tiene un epígrafe, probable-
mente alusivo al dueño del broche. Esta pieza se exhibe en la sala de arqueología visigoda
del MAN.

Palabras clave: Toréutica. Broche de cinturón liriforme. Acetre. Edad Media.

Abstract: Hinojar del Rey is a small village in the province of Burgos, in whose municipal
area, in the place called El Barranco, a visigothic necropolis was found. During the excavation
of 28 of its tombs some funerary offerings were found, most of which were taken to the Museo
Arqueológico Nacional of Madrid. Prominent among them are three bronze lyre-shape bucles,
two small ones and a big one. The most interesting of them is the big plaque, which has, as
well as a careful decoration of vegetal motifs and griffins in relief, an inscription, probably
related to the owner of the plaque. This buckle is on display in the section of Visigothic
Archaeology of the MAN.

Keywords: Toreutics. Lyre-shape bucle. Small pail. Middle Ages.

Introducción

Los visigodos, que a partir del siglo V se fueron instalando en la península ibérica, trajeron
consigo una cultura y tradiciones propias que con el tiempo se extendieron y se fueron
modificando al entrar en contacto con las de la población hispanorromana local. Esto dio lugar
a una mutua asimilación de la que son testigos las necrópolis, y en especial, los restos de ador-
nos personales que aparecen en muchas de sus tumbas: broces de cinturón, fíbulas, etc.,

Boletín del Museo Arqueológico Nacional 34/2016 | ISSN: 2341 - 3409 | Págs. 183-194
Recibido: 27-10-2015 | Aceptado: 18-04-2016
184 M.ª Jesús Aguilera Romojaro

en los que se aprecia, por un lado, un claro componente visigodo, y por otro una
influencia mediterránea bizantinizante, que se irá haciendo más fuerte, con el paso del
tiempo, dando lugar a la cultura material altomedieval que se suele llamar hispanovisigoda.

La necrópolis de Hinojar del Rey

Hinojar del Rey es un pequeño pueblo del sureste de la provincia de Burgos, a 91 km de la


capital, enclavado en la comarca de la sierra de la Demanda, a una altitud de unos 940 m, y a
la orilla meridional del río Espeja. Pertenece al partido judicial de Salas de los Infantes, y es una
pedanía del municipio Huerta del Rey. En su término municipal, a pocos kilómetros al oeste de
la localidad, en el lugar llamado El Barranco, se encontró una necrópolis visigoda.

Excavaciones

Hacia el año 19301, Martínez Santa-Olalla excavó algunas de las tumbas de la necrópolis,
que clasificó, atendiendo a los objetos encontrados en ellas, como bizantina, y dató en los
siglos VI y VII. Este autor la describe como pequeña y pobre, e informa de que en ella había
aproximadamente 80 tumbas, de las cuales él excavó 28, ya que el resto habían sido destro-
zadas por el dueño de la finca2. De lo excavado se apreciaba que los cadáveres se habían
colocado en decúbito supino, orientados al este y guardando una cierta disposición en calles,
tal vez por ser inhumaciones coetáneas. Algunos cadáveres estaban orientados en dirección
transversal, pero sus cabezas continuaban mirando al levante3. Muchos de los cuerpos se
enterraron en cajas de madera de enebro hechas por ensamblaje, sin clavazón alguna. Entre
las sepulturas se encontró una mixta, que contenía los cuerpos de un hombre y una mujer,
con restos de madera de enebro (Martínez, 1931: 57-60).

Entre los ajuares de las tumbas se encontraban un vaso de barro, un calderillo de


hierro y los herrajes de otro de madera, que se habían puesto junto a la cabeza de uno
de los cadáveres y al lado derecho. También aparecieron algunas piezas metálicas o restos de
ellas: tres broches de cinturón y la mitad de otro, restos de una pobrísima fíbula de hierro y
bronce, y dos cuchillitos de hierro. La mayoría de estos objetos pertenecen al Museo
Arqueológico Nacional, al que fueron vendidos por José Luis Monteverde4, dueño de una
excelente colección de antigüedades.

En 1948 Saturnino González Salas, entonces delegado provincial para Excavaciones


de Burgos, hizo nuevas excavaciones en un lugar cercano, denominado Ribota (Osaba, 1962:

1
Martínez Santa-Olalla publicó sus hallazgos en esta necrópolis en 1931, pero el periódico ABC había publicado fotos de los
tres broches de cinturón que se presentan en este artículo, en su número extraordinario del 28 de diciembre de 1930. Es
posible que uno de los broches de cinturón fuera encontrado por un lugareño, el tío Marcos, al menos así lo relataban en
1986 algunos habitantes de Hinojar.
2
Según ARIAS, y BALMASEDA, 2015: 24, es posible que este yacimiento sufriera un expolio antes de ser excavado y los ajuares
de las tumbas destruidas fueran a parar a Barcelona.
3
Los restos humanos de esta necrópolis fueron entregados por Martínez Santa-Olalla a la Sociedad Española de Antropología,
donde se realizó el estudio pertinente, BARRAS DE ARAGÓN, 1932: 20 y 149.
4
Según consta en el exp. n.º 1930/55 se compró a Luis Monteverde un lote de objetos provenientes de la necrópolis de
Hinojar del Rey, por 1300 pts., que constaba de una gran placa de cinturón (61787), dos pequeñas placas (61786 y 61788),
un acetre sin asa (61 789), dos jarras de barro y un fragmento de jarro. MUSEO ARQUEOLÓGICO NACIONAL, 1930-1931: 9.

Boletín del Museo Arqueológico Nacional 34/2016 | ISSN: 2341 - 3409 | Págs. 183-194
Hallazgos arqueológicos de la necrópolis visigoda de El Barranco, Hinojar del Rey (Burgos)
185

274), que en algunas publicaciones se confunde con la necrópolis del Barranco (Abásolo y
García, 1980: 105). Tras esta excavación, quedaron al descubierto dos sepulturas visigodas
con materiales cerámicos. Los ajuares se reducían a dos ampollas de cristal, puntas de lanza,
puñales y una espada. González Salas llevó estos objetos al monasterio de Silos, en cuyo
Museo se encuentran5.

La necrópolis

Por el número de tumbas de que estaba compuesta, unas 80, y por la disposición de las
mismas en calles, la homogeneidad de la colocación de los cuerpos y de su orientación,
habría que considerarla como una necrópolis comunitaria (Vigil-Escalera, 2013b: 276).

No se conoce el enclave del poblado o lugar de habitación al que se asocian los


enterramientos, sin embargo, teniendo en cuenta que la necrópolis se encuentra cerca de
un río, es posible que el poblado se situara a orillas del mismo (Quirós, 2013: 368), no lejos
de la necrópolis, y que su población se dedicase al cultivo de los campos cercanos. A no
mucha distancia, en el término denominado Ribota, se encuentran otras dos tumbas, quizás
asociadas a otro lugar de habitación más o menos contemporáneo6. También puede que se
tratara de sepulturas extracementeriales, quizás asociadas a una granja, o que acogieron los
cadáveres de personas excluidas de la aldea de la necrópolis del Barranco (Vigil-Escalera,
op. cit.: 279). Esta posible cercanía entre dos lugares de habitación altomedievales podría
entenderse en el contexto de una red de aldeas y granjas promovidas por poderes locales,
como la propuestas por Quirós Castillo (2007: 78-79 y 2009: 20-21) que ya existiría en la
zona en el siglo VII, y que podría haber tenido como centro la cercana ciudad de Clunia.

El emplazamiento de estos posibles lugares de habitación, a poca distancia de asen-


tamientos tardorromanos, como la cercana villa romana de la Serna7 o Clunia, que se
encuentra a poco más de 4 km, podría responder a la supuesta tradición visigoda de esta-
blecerse sobre o cerca de asentamientos tardorromanos8, lo que habría mantenido cierta
continuidad de habitación en dichos asentamientos en la época altomedieval (Abásolo y
García, op. cit.: 29), algo que, sin embargo, no significa que hubieran conservado su impor-
tancia y funciones anteriores (Pastor, 1996: 41). También discurrían muy cerca las dos vías
romanas que pasaban por Hinojar del Rey (Abásolo y García, op. cit.: 149).

La presencia de ajuares en algunas tumbas, y la calidad de los mismos, sobre todo de


elementos de adorno personal masculino, como los broches de cinturón liriformes, y en
especial del que lleva una inscripción, podría estar hablando de la existencia de cierta dife-
renciación social o estatus entre los difuntos, debida, quizás, al enriquecimiento o bien al
ejercicio de funciones mediadoras, en la red de aldeas, entre los aldeanos y los poderes
locales o sus agentes (Quirós y Vigil-Escalera, 2006).

5
Así lo recogen las guías arqueológicas de la provincia de Burgos, OSABA, 1962: 274. ABÁSOLO, y GARCÍA, op. cit.: 105.
6
PASTOR, 1996: 55-56, en el mapa 7, y en el anexo 2, parece considerar Ribota como un asentamiento que perduraba en el
año 1000, mientras que el del Barranco no habría superado el siglo VIII, pp. 38-39.
7
Esta villa se encontraba en la confluencia de los ríos Arandilla y Espeja. Sobre ella vid. OSABA, 1962: 258. ABÁSOLO, y GARCÍA,
op. cit.: 47. Villa romana de Hinojar del Rey, disponible en: < http://usuarios.multimania.es/arqaerea/libro/3_hinojar.html#hi-
nojar>. [Consulta: 2014].
8
Sobre esto vid. AZKÁRATE, 2002: 132.

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Objetos del MAN procedentes de la necrópolis de Hinojar del Rey

De las piezas de la necrópolis de Hinojar del Rey que Martínez Santa-Olalla (op. cit.: 58)
afirmaba estaban en el Museo Arqueológico Nacional, sólo se han podido localizar cinco:
una jarra de cerámica con asa, un acetre de cobre y tres de los broches de cinturón de
bronce, que durante un tiempo estuvieron juntos en una vitrina de la sala dedicada al mundo
visigodo, con una cartela que indicaba que se encontraron en dicha necrópolis. En la actua-
lidad sólo se expone el broche más grande, formando parte de una selección de broches de
cinturón y fíbulas visigodas.

Jarra (fig. 1)

N.º Inv. 62268. Cerámica a torno y asa a mano, cocida.


Alt. 13 × anch. 9,4 cm.

Es una jarra de cerámica común, de color ama-


rillento-anaranjado cocida por oxidación. Le falta parte
de la panza, la base y la boca. Tiene panza ancha, a la
que dos molduras separan del cuello, que se va estre-
chando hacia la boca, antes de la que hay una pequeña
carena. Está dotada de un asa que va desde la panza al
borde del cuello. Este tipo de jarras, como la cerámica
visigoda en general, continuaba con la tradición cerá-
mica tardorromana (Olager-Feliu, 1998: 142).

Los paralelos de esta jarra son otras jarras visigo-


das encontradas en enterramientos: las de la necrópolis
de Las Huertas, Sevilla (Ripoll, 1986: 613, form. 1), las
del ajuar funerario de varias tumbas de La Orden-Semi-
nario, Huelva9, y algunas jarras del periodo II del yaci-
Fig. 1. Jarra de la necrópolis de Hinojar del Rey. miento de Gózquez, Madrid (Vigil-Escalera, 2008: 26).

Acetre (fig. 2)

Nº Inv. 61789. Cobre. Alt. 11,10 × anch. 9,2 cm.

El acetre o pequeño caldero de cobre, está bastante deteriorado, tiene varias perfora-
ciones en el cuerpo, y le falta el asa que permitía colgarlo. Fue reparado con varias lañas de
cobre, una especie de grapas que se clavaban al recipiente, para evitar que se partiera en
dos, y para que se pudiera seguir utilizando10. Se trata de un recipiente derivado de los
calderos romanos, que se usaba para extraer agua de pozos o como instrumento litúrgico
para el agua bendita11.

9
En http://museo3d.faico.org/Coleccion/Details/15?lang=es, julio 2014.
10
Sobre la reparación de este caldero vid. FERNÁNDEZ, 1982: 71-73.
11
Un acetre similar tardorromano se encontró en el enterramiento de Aldea de San Esteban (Soria), actualmente en el Museo
Arqueológico de Soria, vid. PALOL, 1970: 186, fig. 2, lám. IV.

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Fig. 2. Acetre de la necrópolis de Hinojar del Rey.

Esta pieza tiene algunos paralelos: un acetre visigodo de hierro de similares caracte-
rísticas y dimensiones (10 × 9 cm) que se encontró en Vadillo12, Soria (Taracena, 1935: lám.
14); otro, algo más grande (18,20 × 10,50 cm), procedente de la Pesquera del Molino de
Alvarado, Cuéllar (Segovia) se conserva en el MAN (1970/6/5).

Broches de cinturón

Se trata de tres placas de perfil liriforme13, características del siglo VII, que entran a formar
parte del cuarto grupo de clasificación de hebillas de cinturón visigodas de Supiot (1934-35:
357-372), y del nivel 5 de la clasificación de Ripoll (1998: 60-66).

Son piezas de charnela dentada, formadas por una placa a la que se articula un aro
por medio de pequeños vástagos o dientes, dos en el aro y dos en la placa, por ellos pasa
una varilla de metal que al atravesarlos mantiene y permite el juego hebilla-aro (fig. 3). Esta
varilla atraviesa también el clavo. Del reverso de las hebillas, que suele estar rebajado en el
centro, arrancan unos pequeños vástagos distribuidos de forma simétrica, tres (fig. 4) o cinco
(fig. 5), según el tamaño de la pieza, con un taladro en el centro para sujetarlos al cuero del
cinturón (Casañas, 1961: 101). Los vástagos debían de atravesar unos orificios practicados
en el cuero, era entonces cuando para sujetar éste último a la placa se introducían en el
taladro del vástago unos botones de sujeción o bien unas varillas.

La decoración incisa vegetal, de zarcillos o pámpanos, es de tipo clásico, es decir,


bizantino, mientras que la aparición de cabecitas de ave con picos curvados y ojos redondos

12
En este caso formaba parte del ajuar de un posible herrero.
13
En estas placas liriformes se aprecian tres partes: una flor o bulbo redondeado, dos hojas que se curvan y caen sobre él
(Fig. 5), seguido de un cuerpo rectangular al que se sujeta el aro por medio de una charnela (SUPIOT, op. cit.: 359).

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podría suponer la supervivencia de una tradición bárbara derivada de las fíbulas aquiliformes
(Supiot, op. cit.: 363), algo que Zeiss (1933-35: 153) rechazaba. En la actualidad se sigue
discutiendo el origen bizantino o germano de esta decoración.

Según Palol Salellas (1968: 119), el uso de este tipo de placas de cinturón llegó a la
población hispanorromana con la expansión de una moda bizantina que influyó en las artes
menores de Italia, Sicilia y Baleares, especialmente Ibiza, pasando de allí a la Península,
donde se habrían comenzado a producir en talleres indígenas (Zeiss, op. cit.: 153; Palol,
1956: 119-120). Los precedentes de estos broches serían unas piezas repujadas en oro, de
fabricación bizantina, halladas en Italia, o bien una pieza de Trebisonda14 (Palol, 1956: 119;
Ripoll, 1998: 130).

Broche a (fig. 3)

N.º Inv. 61786. Bronce fundido. Alt. 2,15 × anch.


4,85 cm.

Este broche, que pertenece al grupo D del


nivel 5 de Ripoll (1998: 136, 153, 155), conserva aún
la varilla que lo unía al aro de la hebilla. El perfil
liriforme ha degenerado perdiendo la parte inter-
media, las hojas, con lo que el broche pasa a tener
sólo dos partes, una redondeada seguida de otra
rectangular a la que se sujeta el aro.

La decoración del anverso consiste en inci-


siones que intentan remarcar el perfil del broche.
En la parte rectangular aparecen tres líneas parale-
las apenas curvadas y en la redondeada, como
principal decoración, un rosetón de rayos ondulan-
tes, motivo similar al encontrado en monumentos
funerarios ibero-romanos del valle del Duero y alto
Ebro (Martínez, op. cit.: 60), lo que vendría a
apoyar su fabricación en talleres indígenas.

Fig. 3. Broche de cinturón a de la necrópolis de En el reverso aparecen tres vástagos, para


Hinojar del Rey. sujeción del cuero, dispuestos en forma triangular,
dos en la parte rectangular y uno en la redonda.

En cuanto a los paralelos de esta pieza, un broche similar, por lo que a la forma del
perfil y la decoración de su parte rectangular se refiere, se encuentra en la colección Chicote
de Valladolid (Supiot, op. cit.: lám. III, 4), de procedencia desconocida. Otros dos similares
proceden de la zona de Sevilla (Ripoll, 1998: fig. 26, 106-107). Por último, el fragmento

14
Por eso estas piezas se suelen llamar de estilo Trebisonda. Los modelos originales parecen haber tenido una decoración
de una serpiente de dos cabezas rodeando a un cocodrilo. Al parecer esta escena representaba una fábula de Fisiólogo
en la que se contaba la lucha entre un cocodrilo y una serpiente de varias cabezas. Vid. WERNER, 1948: 109.

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rectangular de una cuarta placa, procedente de Termes, que hoy se encuentra en el MAN,
es también muy parecido (Gutiérrez, 1998: 153, n.º Inv. 21450).

Broche b (fig. 4)

N.º Inv. 61788. Bronce fundido. Alt. 3,46 ×


anch. 8,5 cm.

Pertenece también al nivel 5 y


grupo D de Ripoll (1998: 136, 153 y 155).
En este caso su perfil liriforme ha perdido
la parte rectangular adyacente al aro (Su-
piot, op. cit.: 359), y las dos hojas se han
convertido en un rectángulo alargado.
También es posible que el proceso haya
sido similar al descrito en el broche a,
aumentando el tamaño de la parte rectan-
gular.

Todo el anverso del broche está


adornado con motivos florales de volutas
y palmetas que rodean círculos, una deco-
ración de origen mediterráneo (Zeiss, op.
cit.: 152-154). También puede tratarse de
la esquematización de prótomos de grifo
de los que se distinguiría el ojo circular, el
pico e incluso el pelaje (Ripoll, 1998: 132).
Fig. 4. Broche de cinturón b de la necrópolis de Hinojar del Rey.
En el reverso tiene tres vástagos
para la unión con el cinturón, distribuidos
de la misma forma que en el broche ante-
rior.

Entre los paralelos de esta pieza se encuentran numerosos broches liriformes, reco-
gidos por Ripoll (1998: 149, 151, figs. 23-24), que presentan decoración de palmetas y volutas.
Una pieza de la necrópolis de Carpio de Tajo tiene la misma forma (Ripoll, 1993-94: 222, fig.
17, sep. 196), y otra procedente de Granada, es similar tanto en la decoración como en la
forma (Supiot, op. cit.: lám. III, 1).

Broche c (fig. 5)

N.º Inv. 61787. Bronce fundido. Alt. 5,4 × anch. 16,1 cm.

Esta es la mejor pieza de la necrópolis de Hinojar del Rey, y según Navascués (1947-
1948: 125) de las más espléndidas de época visigoda que se conservan en el Museo Arqueo-
lógico Nacional. Pertenece al tipo C del nivel 5 de broches de cinturón liriforme de Ripoll
(1998: 144). Reproduce perfectamente la organización del esquema liriforme: una parte
piriforme en el extremo, otra intermedia de bordes ligeramente cóncavos, dividida en su

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centro, longitudinalmente, por un nervio (Su-


piot, op. cit.: 360) que le da forma de dos hojas
simétricas, y finalmente una parte rectangular de
la que, como en los anteriores broches de cin-
turón, salen los dientes de la charnela que se
unirán al aro15 (Navascués, op. cit.: 125).

En el anverso, las tres partes del broche


están adornadas con los relieves de 10 cabezas
de aves o grifos de perfil, que nacen de tallos
vegetales. Todas las cabezas tienen picos curva-
dos y grandes ojos redondos. En ocho de ellas
se representa también una oreja y una especie
de collar que Ripoll interpreta como el pelaje
(1998; 146). Lo más probable es que se trate de
motivos decorativos de influencia bizantina
(Ripoll, 1998: 148, 154, 156), aunque para algu-
nos autores es una concesión al gusto germano
Fig. 5. Broche de cinturón c de la necrópolis de Hinojar
del Rey. (Barroso; López, Morín, 2006: 228-229), e incluso
una mezcla de ambos influjos (Brown, 1993: 67).
En cada uno de los cuatro compartimentos del
broche se distingue un grupo decorativo enmarcado por una cuerda. En las dos partes extremas
los grupos son muy similares, con dos o cuatro cabezas afrontadas, unidas a un cuerpo común
o tallo vegetal, que sigue la forma del compartimento. Son grupos de una casi perfecta simetría.
Las dos hojas intermedias llevan el mismo grupo decorativo, con dos cabezas que se unen en
un mismo cuerpo, una con oreja y la otra sin ella, pero las cabezas ya no están afrontadas,
sino que ambas miran al mismo lado, y los grupos no denotan ninguna simetría, sin embargo,
la pieza da la impresión de una simetría casi perfecta. Esta simetría y las cabezas de ave, que
no son de tipo germánico, hacía pensar en su fabricación en talleres hispanorromanos (Zeiss,
op. cit.: 153).

En la base de la parte rectangular del broche, junto a la charnela, entre dos cruces,
hay una inscripción que fue originalmente transcrita como EVΔENCIVA o EUΔENCIVA
(Martínez, op. cit.: 60; Zeiss, 1934: 44). Navascués (op. cit.: 125-126), sin embargo, la leía de
otra forma:

EUDERICIVA = Euderici v(it)a = por vida de Eurico16

Euderici correspondería al genitivo de Eudericus, y V A sería, vita, como en otros


epígrafes de época visigoda.

Las letras y las cruces, de 4 mm de altura, están grabadas con un punzón muy fino y
algunas de ellas presentan algunas peculiaridades:

15
RIPOLL, 1998: 144, habla de cuatro partes añadiendo el espacio de la inscripción.
16
Le siguen: BROWN, op. cit.: 67, n.º 26. RIPOLL, 1998: 144.

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• La A tiene el brazo transversal en ángulo.


• La D, que tiene forma triangular, según Navascués (op. cit.: 125-126) era típica de
las letras latinas en inscripciones visigodas, mientras que para Zeiss (1934: 44) y
Martínez (op. cit.: 60) era una delta griega.
• La letra que Navascués (op. cit.: 125-126) lee como una R, había sido leída por
Martínez Santa-Olalla (1931: 60) y Zeiss (1934: 44), uniéndola con el trazo vertical
que hay a continuación, como una N. Navascués, sin embargo, no tiene duda de
que es una R, pero cree que su forma incompleta se debería a un posible desgaste
de la parte superior de las letras por el uso del cinturón, que también afectaría a la
E. Debería, en su opinión, ser una R procedente del tipo cursivo número 2 de la
tabla III de Zangemeister, que corresponde a la escritura parietaria pompeyana
trazada con almagre, carbón o creta, y que consiste en un trazo vertical y otro obli-
cuo desde lo alto del anterior hacia abajo y a la derecha. También podría ser una
R del tipo del lado A de la lápida Emeritense de Fortuna. Navascués se inclina por
la segunda opción, ya que ve entre la R y la I un punto triangular con vértice hacia
lo alto de la R y prolongado débilmente hacia ella. Es muy probable que este punto,
sin valor alguno dentro del epígrafe, grabado de igual forma que el resto de las
letras, sea la terminación del segundo trazo de la R, perdido por el desgaste del
bronce al rozar con la articulación de la charnela. Apoyaría esta conclusión el uso,
por parte de los mozárabes, de letras R de este tipo, en las que el trazo segundo u
oblicuo de la letra ni se cierra sobre el vertical ni toca al tercer trazo, quedando
libre su extremidad. Este tipo de R es similar a la del epígrafe emeritense del año
601 y a la que aparece en los epígrafes visigodos de Fortuna y en el de Utrera
según el facsímil 82 de Hubner (1900: 23, epígrafe 82).
• Las últimas letras son una V y una A enlazadas, sobre las que se ha colocado un
guión indicando una abreviatura.

La inscripción se interpretaba, por lo tanto, como una aclamación al propietario del


objeto en el que estaba escrita (Navascués, op. cit.: 125-126), y habría que pensar, por la
excepcional calidad del broche, que éste podría haber tenido una posición socioeconómica
destacada en la aldea. De ser correcta la lectura de Navascués, representaría, por un lado, la
incorporación de un nombre nuevo a la onomástica visigoda, por otro, la posible vulgariza-
ción de una aclamación, y en tercer lugar, una prueba de la existencia, en época visigoda,
de un tipo corriente de R (Navascués, op. cit.: 125-126).

En el reverso del broche aparecen cinco vástagos perforados, situados de forma


simétrica, para sujetar la placa al cinturón (fig. 5).

En cuanto a los paralelos de este broche, hay que mencionar que se han encontrado
pocas hebillas de cinturón de este periodo con inscripciones. La más cercana a la de Hinojar
del Rey es una placa cruciforme conservada en el Museo de Vich, procedente de Tárrega
(Gerona) en la que se lee TRASEMUNDUS, nombre godo que probablemente designa al
dueño de la hebilla (Zeiss, 1933-35: 152).

Con respecto al tipo de perfil liriforme y la decoración, se conocen otras placas simi-
lares. Una del MAN, de procedencia desconocida, es similar tanto en la forma como en
la decoración, aunque en ésta sea muy esquemática (Ripoll, 1998: 159, fig. 28, 2). Lo son
en la forma cinco hebillas que proceden de las cercanías de Sevilla, aunque sólo una de

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ellas parece representar algo parecido pero muy esquematizado (Ripoll, 1998: 139, figs. 19,
45-46, 48-50). Un fragmento de placa de la colección sevillana es casi idéntico a la parte
piriforme de la placa de Hinojar de Rey (Ripoll, 1998: 161, fig. 29,128). Lo mismo otro de
Portugal encontrado en Bensafrim (Malgalhaes, 2010: estampa II, figs. 4, 5 y 6).

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195

Análisis arqueométricos del sarcófago


de Pueblanueva (Toledo) y estudio de cinco
fragmentos de sarcófago procedentes
de Pueblanueva en las colecciones del
Museo Arqueológico Nacional
Archaeometric analysis of the Pueblanueva sarcophagus
(Toledo) and study of five sarcophagi fragments from
Pueblanueva in the collections of the Museo
Arqueológico Nacional
Sergio Vidal Álvarez (sergio.vidal@mecd.es)
Departamento de Antigüedades Medievales. Museo Arqueológico Nacional

Resumen: En el presente estudio se dan a conocer los resultados de los análisis arqueomé-
tricos realizados en 2011-2012 al sarcófago de Pueblanueva (Toledo) del Museo Arqueológico
Nacional, confirmándose la procedencia de su mármol en las canteras del anticlinal de
Estremoz (Évora, Portugal). Por otra parte se estudian los cinco fragmentos de sarcófago
hallados por el Instituto Arqueológico Alemán en los años 60 del siglo XX en el mismo
Mausoleo de Pueblanueva, hasta el momento únicamente tratados de forma muy sumaria
por los estudiosos.

Palabras clave: Escultura tardoantigua. Sarcófagos cristianos. Análisis arqueométricos. Mármol


de Estremoz.

Abstract: The present study publishes the results of the archaeometric analyses carried out
in 2011-2012 to the Pueblanueva sarcophagus (Toledo) from the Museo Arqueológico
Nacional. They confirm the provenance of its marble in the quarries of the Estremoz Anticline
(Évora, Portugal). Furthermore the study focuses on the five sarcophagi fragments found by
the Deutsches Archäologisches Institut in the 60s of the 20th century in the same mausoleum
of Pueblanueva, so far treated only very summarily by the scholars.

Keywords: Late Antique sculpture. Early Christian sarcophagi. Archaeometric analyses.


Estremoz marble.

Boletín del Museo Arqueológico Nacional 34/2016 | ISSN: 2341 - 3409 | Págs. 195-210
Recibido: 09-12-2015 | Aceptado: 29-02-2016
196 Sergio Vidal Álvarez

El sarcófago de Pueblanueva a la luz de los análisis arqueométricos

Hacia 1870-1871, en la dehesa de Santa María de las Albueras, situada a las afueras de la
actual población toledana de Las Vegas de San Antonio (pedanía de La Pueblanueva), fue
hallado in situ un excepcional sarcófago de mármol adosado a una de las paredes de la
cámara subterránea o «cripta» de un mausoleo tardorromano de planta octogonal1. La pieza
presenta decoración en relieve únicamente en su cara frontal en la que se muestra la escena
de la Traditio Legis, con Cristo en el centro y dos grupos de seis apóstoles a cada lado, todos
ellos bajo arcos de medio punto, conservándose parte de sus inscripciones identificativas en
la parte superior de la pieza. Desde 1881 el sarcófago se conserva el Museo Arqueológico
Nacional (exp. 1881/15)2, con el n.º de inventario 50311 (fig. 1). Desde su descubrimiento
ha sido estudiado y publicado por diversos estudiosos3 habiendo sido también tratado por
nosotros mismos en otras ocasiones4.

Hasta el momento los estudios han centrado su atención especialmente en los aspec-
tos formales e iconográficos del sarcófago, así como los relativos a su plástica escultórica,
habiéndose alcanzado una serie de conclusiones aceptadas por la comunidad científica como
son: el tema representado, la Traditio Legis Paulo es decir, la entrega de la Ley por parte de
Cristo a San Pablo y no a San Pedro como es habitual; su manufactura por talleres hispánicos,
inspirados o influenciados por modelos orientales (constantinopolitanos); y su datación en
época teodosiana, a caballo entre los siglos IV y V d. C., en consonancia con la propia
cronología del mausoleo en que fue hallado.

No obstante, hasta el momento no ha recibido la misma atención el aspecto del


material empleado para su elaboración, habiendo sido propuesto –únicamente a partir de
análisis macroscópicos–, la posibilidad de que se trate de mármol de las canteras de Estremoz
(distrito de Évora, Portugal), debido al tipo de grano medio del mármol y a su coloración
que va del blanco a un blanco ligeramente rosáceo / anaranjado. En todo caso, ha sido siem-
pre señalada la necesidad de realizar análisis arqueométricos de la pieza, con el fin de poder
determinar con certeza las características y origen de su material5.

1
La actual población de Las Vegas de San Antonio fue inaugurada en 1957 (su construcción se inicia a partir de 1948), como
pedanía dependiente del municipio de La Pueblanueva. Antes de esa fecha en la zona existen únicamente campos de cul-
tivo, siendo La Pueblanueva el núcleo poblacional. Se sitúa a 7 km al noroeste de la Pueblanueva y 15 km al este de Talavera
de la Reina. El mausoleo se halla a unos 1,25 km al oeste de Las Vegas de San Antonio, a 1,5 km de distancia del curso del
Tajo, siendo declarado en 2008 Bien de Interés Cultural, con categoría de Zona Arqueológica (DOCM n.º 195, de 22 sep-
tiembre de 2008).
2
MAN exp. 1881/15, de 6 de julio de 1881, que recoge la oferta de venta de la pieza al Museo por D. Ramón Sánchez Sacristán,
por el importe de «ocho mil duros», 40 000 pesetas (240,40 €). Desconocemos la relación entre el mencionado personaje
(domiciliado en Madrid según indica en el mismo escrito) y la primera propietaria documentada de la pieza, D.ª Mercedes
Delgado y Santander. Tal y como recogen L. JIMÉNEZ DE LA LLAVE (1871, transcrito en: FITA, 1883: 287-289), A. FERNÁNDEZ GUERRA
(1875, transcrito en: FITA, op. cit.: 289-290) y el propio F. Fita (op. cit.), Mercedes Delgado era la propietaria de la pieza, siendo
ella quien la trasladó desde el lugar del hallazgo a su domicilio en Talavera de la Reina, manifestando su voluntad de ven-
derla. En tal caso, el mencionado Ramón Sánchez pudo ser el intermediario en la operación de compraventa. La oferta de
venta de Ramón Sánchez viene acompañada de la trascripción de un informe (inédito) de D. Tomás Sánchez Gómez, pro-
fesor de arquitectura-maestro de obras de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, de 20 de noviembre de
1874. En el mismo se incluyen algunas noticias del hallazgo y una descripción de la pieza, poniendo de manifiesto su calidad
artística y datándola (a partir de la opinión de Amador de los Ríos) hacia los siglos V-VII.
3
Entre otros, especialmente, BOVINI, 1954: 140-143, n.º 23; SCHLUNK, 1966 y 1972: 204-208; SCHLUNK-HAUSCHILD, 1978: 21-22, 129
y lám. 212 a; SCHLUNK, 1982: 56-57.
4
VIDAL, 2005: 52-58, n.º B8 (recopilando la bibliografía anterior) y 2008: 273-278.
5
Así, SCHLUNK, 1966: 223-224; VIDAL, 2008: 275 y nota 67.

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Análisis arqueométricos del sarcófago de Pueblanueva (Tledo) y estudio de cinco fragmentos de …
197

Fig. 1. Sarcófago de Pueblanueva, MAN. N.º Inv. 50311 (Foto: A. Martínez Levas. Archivo Fotográfico del MAN).

Gracias al renovado interés mostrado por la Dirección del Museo Arqueológico


Nacional y el Departamento de Antigüedades Medievales6, en mayo de 2011 se presenta la
posibilidad de realizar la toma de una muestra de la pieza para su posterior análisis. La mues-
tra objeto de análisis fue tomada en dicha fecha en la cara externa de la base del sarcófago
(zona central, cercana a la pared trasera), siendo la Unidad de Estudios Arqueométricos del
Institut Català d’Arqueologia Clàssica (ICAC) la encargada de la realización de los mismos,
que fueron llevados a cabo entre los meses de julio y octubre del mismo 2011. En junio de
2012, el ICAC da traslado de su informe con los resultados de los análisis7, cuyos resultados
presentamos.

A partir de la muestra entregada, la metodología empleada parte de la preparación


de una lámina delgada, de un grosor de 30 micrómetros (μm) –0,03 mm–, en el Laboratorio
de preparación de láminas delgadas del Departamento de Geología de la Universidad Autó-
noma de Barcelona (UAB). Las láminas son parcialmente teñidas con rojo de alizarina, siendo
posteriormente analizadas con lupa binocular y microscopio óptico de polarización en níco-
les paralelos y nícoles cruzados, y cátodoluminiscencia, realizándose las correspondientes
fotografías y microfotografías de cada uno de estos pasos de los análisis arqueométricos. Los
resultados obtenidos son posteriormente comparados con las muestras de referencia
conservadas en la Unidad de Estudios Arqueométricos del ICAC y del Laboratorio para el
Estudio de Materiales Lapídeos en la Antigüedad (LEMLA) de la UAB8.

Tal y como se detalla en el mencionado informe, desde un punto de vista macroscó-


pico, el mármol analizado es blanco, de grano fino-medio, con buena cristalinidad y cierto
grado de translucidez, presentando una pátina superficial de alteración. Desde un punto de
vista microscópico (fig. 2) su composición es calcítica, constituido por agregados monofásicos

6
Agradecemos desde aquí el apoyo recibido por parte de Andrés Carretero Pérez, director del Museo y la entonces con-
servadora jefe del Departamento de Antigüedades Medievales, Ángela Franco Mata.
7
RODÀ, I.; ÁLVAREZ, A.; GUTIÉRREZ, A.; DOMÈNECH, A., y ROYO, H., 2012 (informe inédito), donde la muestra de la pieza es identificada
con el código PBN-740.
8
Ibid.: 2-3.

Boletín del Museo Arqueológico Nacional 34/2016 | ISSN: 2341 - 3409 | Págs. 195-210
198 Sergio Vidal Álvarez

Fig. 2. Microfotografías de la muestra con nícoles paralelos y nícoles cruzados (Foto: ICAC).

Fig. 3. Microfotografía con nícoles cruzados, Fig. 4. Microfotografía de la muestra, cátodoluminiscencia (Foto: ICAC).
detalle micas blancas (Foto: ICAC).

de calcita (cristales de tonalidad rojiza en el área sometida a la tinción con rojo de alizarina).
Su textura isótropa se define como granoblástica inequigranular. Muestra cristales de grano
fino-medio con un tamaño máximo del grano de 1,8 mm predominando los cristales con un
tamaño medio de 0,6 mm. Mantiene un perfil subidiomorfo, al presentar sus cristales orien-
tados (principalmente los de mayor tamaño) y sus contactos mayoritariamente suturados,
observándose también cóncavo-convexos y curvos. Sin deformación intracristalina, sí presenta
pequeñas fracturas en su interior. Aparecen también pequeños cristales redondeados de
cuarzo, aislados entre los contactos, y minerales opacos relativamente idiomorfos de forma
testimonial. Como característica destacable presenta micas blancas subidiomorfas, poco des-
arrolladas, agrupadas en torno a zonas de recristalización, donde también se pueden observar
pequeños cristales de dolomita subidiomorfa. Ambos minerales accesorios, en
especial la micra, son fácilmente identificables al no reaccionar a la tinción efectuada con
rojo de alizarina (fig. 3).

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Análisis arqueométricos del sarcófago de Pueblanueva (Tledo) y estudio de cinco fragmentos de …
199

En cuanto a la cátodoluminiscencia (fig. 4), la muestra presenta una luminiscencia


homogénea de intensidad media-alta y tono anaranjado. En los contactos de los cristales,
sin llegar a circundarlos, se observa una mayor intensidad con tonos amarillentos. Los mine-
rales accesorios –más abundantes en las áreas donde se produce una mayor recristalización–
presentan luminiscencias características: dolomita de intensidad media-alta de tono rojo
determinante, micas y cuarzos de intensidad muy baja, y por último minerales opacos no
luminiscentes9.

En resumen, según los resultados de los análisis, se trata de un mármol blanco, de


grano fino-medio, textura granoblástica inequigranular. Los límites de los cristales de calcita
están interpenetrados y se observan microfisuras que los atraviesan pero no presentan
deformación intracristalina. Cabe destacar la presencia de pequeños cristales de micas blan-
cas. Su luminiscencia es media-alta y homogénea. Comparando las características de la mues-
tra con las recopiladas en las colecciones de referencia (depositadas en el ICAC y en el
LEMLA), se ha observado que comparte características con varios tipos de mármoles clásicos
e hispanos presentes en dichas bases de datos de referencias. Entre ellas, las que presentan
las similitudes más determinantes son las del mármol procedente del anticlinal de Estremoz,
quedando en todo caso descartada la posible procedencia no hispánica del material10.

A partir de estos resultados, los análisis indican que el sarcófago de Pueblanueva está
realizado en mármol blanco de grano fino-medio con características petrográficas que, junto
con su luminiscencia, apuntan a que se trata de un mármol procedente de los afloramientos
situados en el anticlinal de Estremoz, sin poder precisar un lugar concreto dentro de los mis-
mos11. Esta conclusión se ha visto confirmada gracias a los posteriores análisis de isótopos
estables realizados a la pieza12.

El uso del mármol de Estremoz como materia prima para la elaboración de este tipo
de sarcófagos en el centro de la península ibérica no es extraordinario, constando su uso en
piezas afines de la propia provincia de Toledo como la cubierta de sarcófago «de Jonás»,
hallada en el yacimiento de Carranque (Toledo)13. Del mismo modo, gracias a los resultados
de los análisis realizados en los últimos años a otros sarcófagos hispánicos tardoantiguos de
otras regiones peninsulares, tales como la cubierta de sarcófago de Ithacius de la catedral
de Oviedo y los fragmentos del Palacio de Revillagigedo de Gijón, elaborados también en
mármol de Estremoz, se confirma la importancia de dicho mármol en la elaboración de sar-
cófagos de la Hispania de los siglos IV-V14. Este campo de investigación está todavía abierto,
siendo necesario llevar a cabo análisis arqueométricos a un número mucho mayor de piezas,
para así poder alcanzar conclusiones de carácter más general relativas al empleo de mate-

9
Ibid.: 4-5.
10
Ibid.: 6.
11
Ibid.: 7. En relación a esta conclusión, queremos agradecer los valiosos comentarios al respecto formulados por P. Lapuente,
quien se ha ocupado de esta problemática en diversas ocasiones, así: LAPUENTE, 1995; LAPUENTE y TURI, 1995 y 2000;
LAPUENTE y BLANCH, 2002.
12
Realizados a mediados de 2015 y todavía en fase de estudio, los resultados obtenidos a partir de los análisis de isótopos
estables serán publicados próximamente con mayor detalle, habiendo sido presentados en el XI Congreso Ibérico de
Arqueometría (Évora, Portugal, octubre de 2015).
13
FERNÁNDEZ; BENDALA; GARCÍA y VIDAL, 2011.
14
VIDAL, y GARCÍA, 2014.
15
HAUSCHILD, 1969; posteriormente traducido al castellano en HAUSCHILD, 1971.

Boletín del Museo Arqueológico Nacional 34/2016 | ISSN: 2341 - 3409 | Págs. 195-210
200 Sergio Vidal Álvarez

riales lapídeos en el conjunto peninsular de época tardoantigua. Entre otras, las conclusiones
que afectan a los mecanismos de extracción y/o distribución del mármol, la mayor o menor
multiplicidad de talleres escultóricos activos y su posible movilidad, así como la posible exis-
tencia o no de un comercio interregional (a escala hispánica) de piezas ya acabadas.

Cinco fragmentos de sarcófago de Pueblanueva en las colecciones


del Museo Arqueológico Nacional

En 1967 la delegación de Madrid del Deutsches Archäologisches Institut (DAIM) llevó a cabo
una serie de trabajos arqueológicos en el mausoleo tardorromano de Las Vegas de San
Antonio (La Pueblanueva), lugar de hallazgo en el siglo XIX del sarcófago de los apóstoles
del Museo Arqueológico Nacional (N.º Inv. 50311), siendo los resultados de los mismos
publicados por Th. Hauschild, responsable de los trabajos. En ellos se proporciona una nueva
planimetría y estudio de los restos conservados del mausoleo, confirmándose su planta
octogonal con deambulatorio, sus monumentales dimensiones, así como diversos aspectos
relacionados con su técnica constructiva15. En el transcurso de estos trabajos, fueron hallados
en el subterráneo o cripta del mausoleo varios fragmentos marmóreos de sarcófago, propor-
cionándose la breve descripción de un total de siete piezas. Los fragmentos son acertadamente
puestos en relación –tanto por el tipo de talla, como por su material y, en consecuencia,
cronología–, con el sarcófago de los apóstoles hallado en el mismo lugar en el siglo XIX,
indicándose que, inclusive, dos de ellos pertenecen al propio frente de esa misma pieza16.

Años más tarde, entre 1971 y 1974, el mismo Instituto emprenderá nuevas campañas
de excavación en el lugar, igualmente dirigidas y publicadas por Th. Hauschild, en las que,
sin embargo, no se hallaron nuevos fragmentos de sarcófago17.

Tras la campaña de 1967, en junio de 1970 el Instituto Arqueológico Alemán hace


entrega al Museo Arqueológico Nacional de los siete fragmentos de sarcófago hallados en
las excavaciones, pasando desde ese momento a formar parte de la colección permanente
del Museo18. Tal y como ya indicara Th. Hauschild en sus publicaciones, se confirma que
dos de ellos corresponden al frente del sarcófago de los apóstoles, procediéndose a su unión
con el mismo. Se trata de los fragmentos numerados como 1 y 2 en la relación de piezas
que recoge el expediente de ingreso en el Museo, correspondiendo en el primer caso a un
fragmento de 7,2 cm de ancho, con restos de inscripción […HOL…]19. Su módulo y caracte-
rísticas paleográficas son idénticos a los de las inscripciones ya conocidas que aparecen en
la zona superior del frente del sarcófago que identifican a las figuras representadas con los
doce apóstoles (se desconoce si para Cristo se empleó también una inscripción o un cris-
món). En este caso, la inscripción de este primer fragmento se identifica como parte del

16
HAUSCHILD, 1969: 306-308; id., 1971: 341.
17
HAUSCHILD, 1978, donde vuelve a tratar las piezas halladas en 1967, publicando por vez primera imágenes de las mismas
(HAUSCHILD, 1978: 310-311 y láms. 70-71). Además del mausoleo tardorromano se excavan las sepulturas de la necrópolis de
época visigoda que posteriormente ocupa el lugar. En este contexto, destaca el hallazgo en la sepultura n.º 6 de un frag-
mento de ara de altar reutilizado con decoración moldurada y una hoja acorazonada en el único vértice conservado (ibid.:
325-326, 337-339 y lám. 80).
18
Archivo MAN, exp. 1970/75, de 9 de junio de 1970.
19
HAUSCHILD, 1969: 306, 1971: 341 y 1978: 310 y lám. 71 b (donde el fragmento ya aparece reintegrado en el frente del
sarcófago de los apóstoles).

Boletín del Museo Arqueológico Nacional 34/2016 | ISSN: 2341 - 3409 | Págs. 195-210
Análisis arqueométricos del sarcófago de Pueblanueva (Tledo) y estudio de cinco fragmentos de …
201

nombre del apóstol Bartolomé (BartHOLomeus), completando así una de las lagunas exis-
tentes para la serie de personajes representados en la mitad derecha de la pieza20.

El segundo de los fragmentos pertenecientes a la decoración frontal de la caja del


sarcófago (n.º 2 en la relación del mencionado expediente), de 7 cm de alto por 14,5 cm de
ancho, muestra decoración en relieve correspondiente a parte de dos de las arcadas susten-
tadas por columnas que enmarcan a las figuras de los apóstoles21.

En cuanto a los otros cinco fragmentos entregados al MAN en 1970, quedan inventa-
riados con los números 63653 a 63657, habiendo sido hasta el momento tratados únicamente
de forma muy sumaria en las citadas publicaciones de Th. Hauschild22.

Entre ellos, el fragmento que podemos


considerar como principal, está inventariado
con el número 63657 (sigla de las excavacio-
nes MI, B4), mide 13 cm de alto, por 12 cm de
ancho y 5,5 cm de grosor23 (fig. 5). Representa
la parte inferior de una figura humana
vistiendo pallium (suponemos, sobre túnica),
conservándose desde la zona superior de las
piernas, bajo la cintura, hasta la zona anterior
a los tobillos. Muestra una rodilla flexionada,
sobresaliendo su volumen de la serie de plie-
gues verticales paralelos que ocupan la prác-
tica totalidad del relieve. Las zonas del relieve
no ocupadas por la figura, correspondientes a
la superficie del fondo de la pieza, son lisas.
La cara posterior del fragmento es también
lisa, presentando la superficie pulimentada.

La posición de la figura y el modo en


que se configuran los pliegues, de tendencia
marcadamente vertical, practicándose surcos
paralelos, con un suave modelado final de las Fig. 5. Fragmento de sarcófago de Pueblanueva, MAN. N.º Inv. 63657
(Foto: F. Velasco. Archivo fotográfico del MAN).
superficies y, en general, la factura formal del
fragmento, nos remiten de modo directo a las
figuras de los apóstoles representadas en el frente del sarcófago de los apóstoles. El módulo
de la figura, asimismo, coincide con el de las del sarcófago, dato revelador en cuanto a la

20
En efecto, se han conservado en buen estado las inscripciones correspondientes a las cuatro figuras del extremo izquierdo
de la pieza que, de izquierda a derecha, se identifican como: SIMON CHANANEUS, IACOBUS ALFEI, THOMAS y PHILIPPUS.
Para el sector derecho en cambio contamos con el fragmento HEUS de MattHEUS correspondiente a la segunda figura por
la derecha, además de los dos fragmentos publicados en su momento por Fita (FITA, op. cit., figura de la página 293), en
paradero desconocido. El primero de ellos mostraba una A y restos de una posible N (de ANdreas) y el segundo las letras
OMEUS, caracteres que están en relación directa con el fragmento hallado en 1967 con las letras HOL, correspondiendo a
BartHOLOMEUS.
21
HAUSCHILD, 1969: 306, 1971: 341 y 1978: 310 y lám. 71 b.
22
HAUSCHILD, 1969: 306-308, 1971: 341 y 1978: 310-311 y láms. 70 a-d, 71 b-c.
23
HAUSCHILD, 1969: 307, 1971: 341 y 1978: 311 y lám. 71 c.

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202 Sergio Vidal Álvarez

naturaleza de la pieza a la que perteneció el


presente fragmento. En efecto, las dimensiones
de la figura, coincidentes con las de los após-
toles, hacen muy difícil aceptar la propuesta
hasta el momento planteada de que esta pieza
pudiera pertenecer a una cubierta de sarcó-
fago24.

El segundo de los fragmentos, inventa-


riado con el número 63654 (sigla de excava-
ción MI, B5), mide 3,5 cm de alto, por 10,5 cm
de ancho y 6 cm de grosor25 (fig. 6). En esta
ocasión aparece representada la zona superior
del pie de una figura, a la altura del tobillo,
junto al que aparece el arranque del relieve
perteneciente al segundo pie de la misma
figura. Se aprecia la parte superior del calzado,
correspondiendo a las tiras de una sandalia,
en relieve muy tenue.

Tanto en tipo de talla como las dimen-


siones de la figura del fragmento se correspon-
den de nuevo con las de las figuras del
sarcófago de los apóstoles y de la figura del
relieve anterior, cabiendo la posibilidad de que
Fig. 6. Fragmento de sarcófago de Pueblanueva, ambos pudieran pertenecer a un mismo
MAN N.º Inv. 63654, vista frontal y vista cenital (Foto: personaje26. Por otra parte, cabe señalar que la
F. Velasco. Archivo fotográfico del MAN).
cara posterior del fragmento posee su superfi-
cie lisa, pulimentada, a excepción de la zona
inferior, donde el mármol presenta una protuberancia separada de la zona principal por una
ranura o pequeño canal que la recorre de lado a lado. Podemos hallarnos, pues, ante una
parte del ángulo recto que se formaría en la zona inferior del interior de la pieza, entre la
base y la cara frontal decorada en relieve.

El tercer fragmento, inventariado con el número 63655 (sigla de excavación MI, B5),
mide 5,5 cm de alto, por 7,5 cm de ancho y 5 cm de grosor27 (fig. 7). Se trata del fragmento
más singular del conjunto al mostrar una posible figura animal, tal y como parece delatar el
relieve de su superficie, decorado a base de series de pequeñas incisiones onduladas, a
modo de pelaje (fig. 7 a). Dicha decoración se acompaña de lo que parece una pareja de

24
Así, HAUSCHILD, 1969: 308 y 1971: 341, información que es posteriormente recogida en el expediente de ingreso en el Museo
Arqueológico Nacional 1970/75, al identificar éste y los cuatro fragmentos que analizamos a continuación como «de tapa
de sarcófago».
25
HAUSCHILD, 1969: 307,, 1971: 341 y 1978: 311 y lám. b.
26
No podemos, lógicamente, confirmar tal extremo puesto que este fragmento (N.º Inv. 63654) no encaja físicamente con el
anterior (N.º Inv. 63657). El módulo de las figuras y las respectivas zonas del cuerpo que muestran, sin embargo, tampoco
permiten descartarlo.
27
HAUSCHILD, 1969: 307-308, 1971: 341 y 1978: 311 y lám. 70 c.

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Análisis arqueométricos del sarcófago de Pueblanueva (Tledo) y estudio de cinco fragmentos de …
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Fig. 7. Fragmento de sarcófago de Pueblanueva, MAN. N.º Inv. 63655, vista de los cuatro frentes (Foto: F. Velasco. Archivo
fotográfico del MAN).

molduras que discurren en sentido ligeramente diagonal. La superficie opuesta a la anterior


(fig. 7 b) muestra igualmente restos de decoración incisa, en parte con ondulaciones y en
parte moldurada. La decoración de las dos caras descritas parece converger en una tercera
cara (fig. 7 c), tal y como denota la serie de molduras, quedando la superficie truncada por
una severa rotura de cuya antigua decoración únicamente han perdurado dos orificios prac-
ticados con el trépano.

La última cara del fragmento (fig. 7 d) consiste simplemente en una rotura que ha de-
jado el mármol visto. A modo de hipótesis podemos sugerir que ésta pudo ser la zona de
unión del fragmento con el resto del relieve al que perteneció y, en todo caso, sea cual sea
la naturaleza del motivo representado, sin duda, debió poseer un relieve considerablemente
pronunciado, tal y como se desprende de la decoración existente en otras tres caras.

Tanto en las publicaciones de Th. Hauschild como en el expediente de ingreso del


MAN, la pieza es identificada como un relieve con cabeza de león28. Sin poder confirmar tal
extremo por faltar elementos suficientemente reveladores, sí podemos considerar que el
fragmento puede representar parte del pelaje de un animal –que, tal vez, pudiera corres-
ponder a un león–, sin que puedan descartarse otras posibles interpretaciones.

28
Ibid.

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Fig. 8. Fragmento de sarcófago de Pueblanueva, MAN. N.º Inv. 63653, vista frontal y posterior (Foto: F. Velasco. Archivo
fotográfico del MAN).

Como sabemos, en el sarcófago de los apóstoles no aparece elemento animal alguno,


sin embargo, contamos con el testimonio inmediatamente posterior al hallazgo de L. Jiménez
de la Llave (que trascribe y publica F. Fita), donde se indica que, además de la caja de
sarcófago, fueron encontrados en el mismo lugar otros materiales escultóricos hoy perdidos,
«garras y otros fragmentos» obrados en mármol blanco, pero sin conexión alguna con los
personajes del frente del sarcófago marmóreo29. Al respecto, F. Fita añade que, además de
las garras, que identifica como de león, fue hallado el pie izquierdo de una figura calzado
con sandalia, del mismo tamaño y material que los de las figuras representadas en el sarcó-
fago, por lo que, concluye, debieron «pertenecer a otro monumento», sugiriendo el tema
representado pudo ser la escena de Daniel en el foso de los leones30.

El cuarto fragmento, inventariado con el número 63653 (sigla de excavación MI, B5),
mide 12 de alto, por 10,5 de ancho, por 5,5 cm de grosor31 (fig. 8). La cara principal muestra
un motivo en relieve muy tenue, de difícil identificación. Concretamente, aparece un
elemento en ángulo recto al que se añade un segmento que lo atraviesa en sentido diagonal.

No tratándose de una figura humana o animal como en los fragmentos anteriores, el


relieve podría representar el extremo o parte de una pieza de mobiliario o de algún objeto
por determinar. De nuevo, el referente del sarcófago de los apóstoles no es revelador, puesto
que el único elemento afín lo constituye el pedestal sobre el que se dispone la cátedra de
Cristo. Este elemento se decora con molduras formando una especie de T, en un relieve
mucho más profundo que el del presente fragmento.

29
JIMÉNEZ DE LA LLAVE, 1871 (transcrito en FITA, op. cit.: 288-289).
30
FITA, op. cit.: 296-297.
31
HAUSCHILD, 1969: 306, 1971: 341 y 1978: 310-311 y lám. 70 d.

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205

Fig. 9. Fragmento de sarcófago de Pueblanueva, MAN. N.º Inv. 63656 (Foto: F. Velasco. Archivo fotográfico del MAN).

La cara posterior del fragmento aparece pulimentada y muestra en un extremo una


moldura horizontal plana, de sección rectangular. Este elemento podría sugerirnos que nos
encontramos ante parte del remate del relieve que, en tal caso, poseería en su cara posterior
una moldura lisa corrida.

El quinto y último fragmento, inventariado con el número 63656 (sigla de excavación


MI, B5), mide 6,5 cm de alto, por 18,5 cm de ancho, por 5 cm de grosor32 (fig. 9). En este
caso se trata de un fragmento sin decoración alguna, con ambas superficies lisas, una de
ellas pulimentada y la otra simplemente desbastada.

Como hemos podido comprobar, los cinco fragmentos tratados poseen un carácter
heterogéneo que impide, a excepción de los dos fragmentos con figuración humana, poder
establecer una relación iconográfica directa con el sarcófago de los apóstoles. En todo caso,
ninguno de los fragmentos encaja en la decoración frontal del sarcófago de los apóstoles,
siendo lógico afirmar que pudieron pertenecer bien a su cubierta, o bien a otro/s sarcófago/s.

Gracias a los resultados de las excavaciones de Th. Hauschild, además de las infor-
maciones que nos proporcionan los testimonios escritos inmediatamente posteriores al
hallazgo del sarcófago de los apóstoles33, se deduce que la cripta del mausoleo albergó un
total de tres sarcófagos. Todos ellos estaban dispuestos contra la pared oriental, conserván-
dose el testigo arqueológico de los tres marcos rectangulares de mortero de cal sobre el
muro con los que, tras la colocación de las piezas contra el mismo, se fijarían a él34 (fig. 10).

32
HAUSCHILD, 1969: 306, 1971: 341 y 1978: 310 y lám. 70 d.
33
FITA, op. cit., donde se recogen los testimonios anteriores de L. JIMÉNEZ DE LA LLAVE (1871) y A. FERNÁNDEZ GUERRA (1875); HAUS-
CHILD, 1969, 1971 y 1978.
34
Vid. HAUSCHILD, 1969: 303-304, fig. 9 b y, 1971: 338-339 y fig. 11.

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206 Sergio Vidal Álvarez

Fig. 10. Vestigios de la impronta de tres sarcófagos, muro oeste de la cripta del Mausoleo de Pueblanueva (Hauschild, 1969,
fig. 9 b).

Gracias a las dimensiones de estos marcos, se confirma la información proporcionada por


los testimonios del siglo XIX de que el sarcófago de los apóstoles estaba situado en la zona
meridional de dicha pared de la cripta, es decir, la más alejada con respecto a la escalera de
acceso. El marco rectangular de mortero hallado en esta zona del muro es, según constató
Th. Hauschild, de 75/80 cm por unos 225 cm, medidas sensiblemente superiores a los 70
cm. de alto por 220 cm de longitud de la caja de sarcófago conservada en el MAN.

De los otros dos sarcófagos sabemos, gracias a los restantes marcos de mortero del
mismo muro, que eran de menores dimensiones que el de los apóstoles, siendo el marco
situado más al norte de 68 cm por 210 cm, y el situado en el espacio intermedio entre los
dos anteriores, de 58 cm por 200/210 cm. A uno de estos dos últimos debió corresponder el
sarcófago hallado en la misma cripta «algunos años» antes de 1871, siendo de «piedra berro-
queña» (granito), conteniendo restos humanos, cerámica y un anillo de oro35. Esta misma
pieza, según F. Fita, es trasladada poco después a la cercana labranza de los Carbajales,
donde es reutilizada como pila, siendo este el último dato disponible sobre la misma, hoy
en paradero desconocido36.

Respecto al tercer sarcófago del mausoleo, la información disponible es todavía menor,


siendo en todo caso lógico suponer que nada tendría que ver con la pequeña «sepultura
romana» que aparece en el dibujo realizado por L. Jiménez de la Llave de la cripta del mau-
soleo que copió y publicó Schlunk37. Podemos únicamente conjeturar que, por tratarse de la
primera de las piezas en desaparecer por completo, pudo tratarse del sarcófago situado en
la zona más cercana a la escalinata de acceso a la cripta.

35
JIMÉNEZ DE LA LLAVE, op. cit., en FITA, op. cit.: 287-288.
36
FITA, op. cit: 297. El sarcófago es décadas más tarde buscado por H. Schlunk (primavera de 1966), sin que pudiera localizarlo
(SCHLUNK, 1966: 266, nota 55).
37
Dibujo que no es recogido por Fita (FITA, op. cit.), pero que es posteriormente analizado y copiado por H. Schlunk, hacia
1946. Al no poder ser localizado posteriormente, es la interpretación de H. Schlunk la que aparecerá finalmente publicada
en su estudio del sarcófago de los apóstoles (SCHLUNK, 1966: 227, fig. 4).

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Análisis arqueométricos del sarcófago de Pueblanueva (Tledo) y estudio de cinco fragmentos de …
207

Por otra parte, el que las dimensiones de los dos marcos de mortero situados en el
centro y norte de la pared oriental de la cripta –que, sabemos, no corresponden al sarcófago
de los apóstoles– sean semejantes, no permite aventurar que ambos sarcófagos fueran
también similares, es decir, que ambos fueran de granito como la pieza documentada en el
siglo XIX. Por el contrario, hemos de tener en cuenta que las dimensiones de los tres marcos
de mortero no son muy diferentes entre sí, lo que significa que las dimensiones de los
dos sarcófagos hoy perdidos no hubieron de ser muy inferiores a las del sarcófago de
los apóstoles. En todo caso sabemos que de las tres piezas una es de mármol y otra, al
parecer ser, de granito, desconociendo por completo el material correspondiente a la tercera
pieza.

Podemos plantear que los cinco fragmentos del MAN, más los dos fragmentos hoy
perdidos de los que dan noticia L. Jiménez de la Llave y F. Fita, uno con «garras de león» y
el otro con el pie izquierdo de una figura calzado con sandalia, pudieron corresponder al
tercer sarcófago de la cripta o bien (al menos una parte de ellos), a la cubierta de este último
o a la del sarcófago de los apóstoles38.

En este sentido, ya hemos indicado que tradicionalmente los cinco fragmentos marmó-
reos hallados por Th. Hauschild han sido identificados como pertenecientes a una cubierta de
sarcófago (vid. supra). Llama la atención, sin embargo, que al menos los dos fragmentos con
figuración humana, poseen un módulo equivalente al de las figuras del sarcófago de los após-
toles. Es decir, si restituimos el tamaño completo que pudo alcanzar el personaje representado
en el primero de los fragmentos analizados (N.º Inv. 63657), descubriremos que sus propor-
ciones se acercan en gran medida a las de las figuras de los apóstoles y que, por tanto la figura
representada (al igual que sucede con la figura del fragmento con pie, n.º Inv. 63654) sería
excesivamente grande para las dimensiones propias de una cubierta de sarcófago.

Esta misma conclusión, creemos, debe ser también aplicada al fragmento hoy perdido
correspondiente al pie izquierdo de una figura calzado con sandalia puesto que, según
noticia de F. Fita, era «del mismo tamaño y material que los del sarcófago», lo que como
hemos indicado le lleva a suponer que «hubo de pertenecer a otro monumento»39.

En efecto, hemos de tener en cuenta que la cubierta del sarcófago de los apóstoles
pudo ser probablemente de tipo «occidental», consistente en una losa plana con pestaña en
ángulo recto en la cara frontal, en la que se situaría la decoración en relieve, es decir, seme-
jante a la cubierta de sarcófago tardoantiguo recientemente hallada en el también toledano
yacimiento de Carranque, representando tres escenas del ciclo de Jonás40. No parece lógico
suponer, por tanto, que por muy alta que fuera la pestaña frontal de la cubierta, las figuras
en ella representadas fueran de tamaño prácticamente igual a las que aparecen en la caja,
debiendo ser de tamaño considerablemente menor e, inclusive, obedeciendo a un tipo de
composición apaisada, adaptada al formato de la tapa, tal y como se observa en la citada
cubierta de Jonás de Carranque.

38
Dudamos que estos fragmentos correspondan a la cubierta del sarcófago perdido de granito, a pesar de que no es extraño
el uso, o mejor reutilización, de cubiertas de sarcófago en cajas para las que no fueron diseñados en origen.
39
FITA, op. cit.: 296-297.
40
FERNÁNDEZ; BENDALA; GARCÍA y VIDAL, op. cit.

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208 Sergio Vidal Álvarez

Todo ello, en efecto, hace que podamos plantear que al menos parte de los fragmen-
tos del MAN –además del fragmento con pie que menciona F. Fita– hubieron de pertenecer
no a la cubierta del sarcófago de los apóstoles, sino a otra caja de sarcófago. A dicha pieza
le tuvo que corresponder, como cabe suponer, uno de los tres marcos de mortero del muro
oeste de la cripta del mausoleo documentados por Th. Hauschild.

Respecto al resto de fragmentos conocidos, podemos plantear que el fragmento


conservado con posibles restos de decoración correspondiente a un animal (N.º Inv. 63655)
y el fragmento con «garras de león» pudieron pertenecer a un mismo tipo de figura o, en
todo caso, situarse en un mismo contexto iconográfico en el que interviniera algún felino.
La propuesta de la escena de Daniel en el foso de los leones es sin duda sugerente pero,
lamentablemente, las evidencias existentes no permiten aventurar conclusión sólida alguna.
A pesar de la existencia en la plástica funeraria tardoantigua de otras escenas bíblicas en las
que intervienen figuras de leones, ciertamente la casuística se inclina de un modo innegable
a favor de la conocida escena véterotestamentaria de Daniel el foso de los leones41. Por otra
parte, las reducidas dimensiones del fragmento del MAN bien podrían corresponderse
con las de una cubierta de sarcófago, sin embargo, como se ha indicado su relieve es
muy profundo, lo que nos lleva a pensar que sería más lógica su ubicación en un frente
de sarcófago, cuyo relieve es siempre más acentuado que el de las cubiertas, más planas. De
nuevo la cubierta de sarcófago de Jonás de Carranque es en este sentido reveladora.

El cuarto fragmento, último con restos de decoración en relieve, no permite concluir


su pertenencia a una cubierta o a una caja de sarcófago, sin embargo, el carácter tenue de
su relieve, así como el ángulo recto que forma el mármol en la cara posterior que, además,
está pulimentada, parecen remitirnos a las características propias de las cubiertas de sarcó-
fago. En todo caso, lo que sí parece oportuno plantear es su ubicación en el extremo inferior
derecho de la pieza a la que perteneció.

El quinto y último fragmento muestra, como hemos indicado, uno de sus lados puli-
mentado y el otro simplemente desbastado. Ello que nos podría sugerir que se trate de un
fragmento de caja de sarcófago, considerando que las cubiertas presentan normalmente
ambas superficies pulimentadas, tanto en la zona de la pestaña decorativa, como en la losa
o cubierta propiamente dicha.

Consideraciones finales

En resumen, podemos concluir que gracias a los recientes análisis arqueométricos, se


confirma que el mármol en que está elaborado el sarcófago de Pueblanueva procede de las
canteras del anticlinal de Estremoz, afianzándose así la importancia de este material para los
talleres locales de escultura funeraria de la Hispania de los siglos IV-V. Se corrobora asimismo,
que los fragmentos de sarcófago hallados en los años 60 del siglo XX por el Instituto Arqueo-
lógico Alemán, pertenecen en parte a una caja de sarcófago, tal vez correspondiente al tercer
sarcófago que hubo de poseer el mausoleo. Parte de ellos, en cambio, pudieron pertenecer

41
Para la iconografía del Libro de Daniel en la escultura hispánica de los siglos IV-VII vid. ARBEITER, 1994; VIDAL, 2002.

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Análisis arqueométricos del sarcófago de Pueblanueva (Tledo) y estudio de cinco fragmentos de …
209

a una cubierta de sarcófago por determinar, bien la de la anterior caja de sarcófago perdida,
o bien la cubierta del propio sarcófago de los apóstoles del MAN.

Por último, cabe señalar que el presente trabajo pretende ser el inicio de una serie de
estudios centrados en los resultados de los análisis arqueométricos de la totalidad de los
sarcófagos de época tardoantigua conservados en el Departamento de Antigüedades Medie-
vales del MAN. Se estima que en algunos casos se pueda confirmar el origen romano de las
piezas, precisándose el tipo de mármol empleado, como en los casos de los sarcófagos de
Astorga (N.º Inv. 50310) y de Berja (N.º Inv. 1929/71/1). En otros casos, en cambio, como en
los fragmentos de Recópolis (N.os Inv. 57846 y 57849) y de Alcaudete (N.º Inv. 50309), los
análisis proporcionarán por primera vez información científica acerca de sus materiales de
elaboración, con las oportunas conclusiones histórico-artísticas que puedan resultar. Será
igualmente de sumo interés identificar la naturaleza del mármol de piezas como el fragmento
de Erustes (N.º Inv. 1913/51/1), cuya tradicional adscripción a los talleres de Roma ha sido
puesta en tela de juicio, a favor de su posible origen hispánico42.

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42
Adscripción a los talleres de Roma defendida tradicionalmente, entre otros, por BOVINI, 1954, n.º 22: 138-140; SOTOMAYOR,
1975, n.º 26: 143-145. Esta postura es puesta en tela de juicio en fecha más reciente por G. Koch, quien la considera de
posible factura hispánica, vid. KOCH, 2000: 524.

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210 Sergio Vidal Álvarez

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211

Ecos en piedra de las imágenes miniadas


del siglo XII: el paralelismo de tipos
iconográficos entre los capiteles de Santa
María la Real (Aguilar de Campoo) y la
Biblia de Ávila (Biblioteca Nacional,
Madrid, Vit. 15-1)
Echoes in Stone of the images in the miniature of the 12th
century: the parallelism of iconographic types between the
capitals of Santa María la Real (Aguilar de Campoo) and
the Bible of Avila (National Library, Madrid, Vit. 15-1)

María Rodríguez Velasco (mrodriguez.fhm@ceu.es)


Universidad CEU San Pablo

Resumen: En el último cuarto del siglo XII asistimos a la plenitud del románico en España, lo
que se manifiesta en la riqueza de programas iconográficos, entre los que observamos nume-
rosas coincidencias en cuanto a la selección de escenas y sus fórmulas de representación. Este
artículo presenta el paralelismo, y a su vez las divergencias, entre ciertas escenas del Nuevo
Testamento en la Biblia de Ávila (Biblioteca Nacional, Madrid) y los capiteles que en su origen
estarían más próximos al ábside de la iglesia del monasterio de Santa María la Real (Aguilar
de Campoo, Palencia), actualmente conservados en el Museo Arqueológico Nacional.

Palabras clave: Escultura románica. Miniatura románica. Iconografía cristiana. Maestro Fruchel.
Museo Arqueológico Nacional.

Abstract: In the last quarter of the twelfth century we attended the fullness of Romanesque
in Spain, which it’s manifested in the wealth of iconographic programs, among which we
note many similarities in the selection of scenes and representation formulas. This article
presents the parallelism, while differences, between certain scenes from the New Testament
in the Bible of Ávila (National Library, Madrid) and the capitals which originally would be
closer to the apse of the monastery church of Santa María la Real (Aguilar de Campoo,
Palencia), currently preserved in the Museo Arqueológico Nacional.

Keywords: Romanesque sculpture. Romanesque miniature. Christian Iconography. Master


Fruchel. Museo Arqueológico Nacional.

Boletín del Museo Arqueológico Nacional 34/2016 | ISSN: 2341 - 3409 | Págs. 211-230
Recibido: 30-12-2015 | Aceptado: 30-03-2016
212 María Rodríguez Velasco

Los capiteles de Santa María la Real y la Biblia de Ávila: filiación y función


original de las piezas

El presente artículo no pretende un análisis de todos los capiteles que, procedentes del
monasterio de Santa María la Real (Aguilar de Campoo), se conservan actualmente en el
Museo Arqueológico Nacional, sino que propone un paralelismo iconográfico con ciertas
miniaturas del ciclo del Nuevo Testamento de la Biblia de Ávila a la luz del simbolismo de
las imágenes románicas y del valor litúrgico de muchas de las piezas elaboradas en el siglo
XII. El estudio comparativo, que implica concordancias y divergencias en la representación
de las escenas, parte de una doble perspectiva. Por una parte, se plantea la relevancia que
tuvo la miniatura como modelo e inspiración para conjuntos de pintura y escultura monu-
mental, aspecto que fue planteado de forma pionera por Schlunk en el contexto de la cultura
visigoda (Schlunk, 1954). En segundo lugar, abordamos el parangón entre la miniatura abu-
lense y la escultura palentina de Aguilar, teniendo en cuenta la riquísima labor escultórica
que se lleva a cabo en el siglo XII en ambos centros y que, tras exhaustivas investigaciones,
ha derivado en mutuas influencias que parecen converger en la iglesia de San Vicente de
Ávila. Actualmente se considera que las huellas del cantero que trabaja en dicha iglesia, iden-
tificado en algunos casos con el maestro Fruchel (García, 1961), se advierten también
de forma clara en Palencia, especialmente en la portada de la iglesia de Santiago, en Carrión
de los Condes, y en la iglesia monástica de Santa María.

Aunque hoy en día tanto los capiteles palentinos como la Biblia de Ávila están en
Madrid, a escasos metros, éste no fue el lugar para el que fueron creadas estas obras, origen
que creemos pertinente recordar para una mejor comprensión de su función en el siglo XII.
Tanto los capiteles como la Biblia fueron traídos a Madrid en la segunda mitad del siglo XIX,
primero el manuscrito, en 1869 (Navascúes, 2001: 103), y dos años más tarde los capiteles1.

Lo cierto es que respecto a la Biblia, no conocemos exactamente dónde fue realizada,


si bien el estudio comparativo con manuscritos italianos, nos permite concluir que se trata
de un códice italiano completado casi en su totalidad en un scriptorium umbro romano,
siendo uno de los exponentes más tardíos de lo que Garrison y Berg han denominado «estilo
geométrico» (Garrison, 1960; Berg, 1968). La falta de colofón no permite una datación precisa,
pero consideramos que su parte inicial sería trabajada en Italia, entre 1160 y 1170, como eco
de la reforma gregoriana en lo que se refiere a la producción de manuscritos (Capitani, 2000).
Posteriormente, fruto del intercambio de códices entre los centros monásticos y catedralicios,
la Biblia llegaría a Castilla, probablemente coincidiendo con las dádivas concedidas por
Alfonso VIII a la catedral de Ávila, rey que también hizo importantes donaciones a favor del
monasterio de Santa María la Real (Aguilar de Campoo)2. Es entonces cuando se completan
su texto y su decoración, añadiéndose un ciclo de escenas del Nuevo Testamento, entre las

1
La Biblia de Ávila estuvo en el Archivo Histórico Nacional antes de su ingreso, en 1869, en la Biblioteca Nacional, donde
permanece en la actualidad. Navascúes refiere que «en 1869 se trasladaron a Madrid los fondos más importantes del archivo
y biblioteca de la Catedral de Ávila, entre los que se encuentra la célebre Biblia de Ávila» (NAVASCÚES, op. cit.: 103).
Los capiteles de Santa María la Real llegaron al Museo Arqueológico Nacional en 1871, tomados de la sala capitular, claustro
e iglesia del Monasterio, como ya señalara Lampérez (1908: 218). Los estudios posteriores se han hecho eco también de
este traslado (BRAVO y MATESANZ, 1986: 21; HERNANDO, 1992: 235; HERRERA, 1994: 200; HERNANDO, 1995: 199).
2
La propuesta temporal respecto a la llegada a Castilla de la Biblia de Ávila es recogida en la tesis doctoral dedicada a este
manuscrito (RODRÍGUEZ, 2005).

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que comentaremos Descendimiento, Santas Mujeres ante el sepulcro vacío, Noli me tangere,
Duda de Santo Tomás y Ascensión, comprendidas entre los folios CCCXXIIIIr y CCXXVv del
manuscrito (Rodríguez, 1999).

Respecto a los capiteles de Aguilar (Bravo y Matesanz, 1986), en los que incidiremos
en los citados episodios, proceden de la iglesia del monasterio de Santa María la Real, cuyos
orígenes se remontarían al siglo IX, si bien sólo podemos atestiguar documentalmente su his-
toria desde mediados del siglo X, cuando se habla de una construcción en honor a San Martín.
Es en 1020 cuando ya se constatan donaciones fundacionales en favor de la colegiata de
Santa María, si bien es la orden premonstratense la que lo impulsa definitivamente a partir
de 11693, convirtiéndose en un notable centro espiritual y cultural, que contó con importantes
concesiones y donaciones por parte de Alfonso VIII (1158-1214), propiciándose así un mayor
enriquecimiento decorativo. El monasterio era ya entonces parada obligada para muchos de
los peregrinos que dirigían sus pasos a Compostela y se detenían a orar ante el Santísimo
Cristo de Aguilar (González de Fauve, 1989).

En lo que a este estudio se refiere, el crecimiento del monasterio conllevó la inter-


vención de, al menos, tres talleres escultóricos que completaron un variado repertorio de
capiteles en la iglesia, el claustro y la sala capitular. En concreto en la iglesia, en la zona más
próxima al presbiterio, se tallan capiteles historiados con temas de pasión y resurrección de
Cristo. A nuestro juicio, la selección de los temas obedece en gran medida a la unidad entre
arte y liturgia, teniendo en cuenta que son los capiteles más próximos al altar donde se
celebra la Eucaristía, conmemoración del sacrificio de Cristo. A su vez, la orientación del
ábside hacia el este, continuando con una tradición que se remonta al siglo IV, recuerda el
punto de nacimiento del sol, parangonado por los escritos de los padres de la iglesia con la
resurrección. Las investigaciones que se han realizado sobre la estrecha relación entre las
miniaturas bíblicas y la liturgia desde finales del siglo XII (Boynton, 2011), nos invitan a pensar
en un criterio de selección de escenas afín en la Biblia de Ávila y los capiteles aquilarenses.

Junto a la liturgia, otro aspecto a tener en cuenta para considerar la convergencia de


temas y de fórmulas iconográficas sería la configuración de los talleres medievales, de los
que siempre se ha señalado su itinerancia para justificar la unidad de modelos o las influen-
cias mutuas entre escuelas. Sin negar este carácter itinerante, que en lo que nos atañe se
concretaría en la presencia de los mismos canteros, o de maestros formados en una tradición
común, en Ávila y Aguilar, recientes investigaciones apuntan que hablar sólo de itinerancia
resulta reductivo respecto a un fenómeno más complejo, que supondría la presencia de
«talleres abiertos» al frente de un artista que coordinaría las trazas generales y daría cabida a
sucesivos colaboradores (Moralejo, 1987: 95; Rico, 2010: 127-128). Esta visión supone que
no necesariamente debamos hablar de una secuencia cronológica sistematizada en el estudio
de las obras, sino en ciertos casos de una simultaneidad en el tiempo, como señala Rico
Camps respecto a la riqueza escultórica de Ávila y Aguilar en el último cuarto de siglo XII
(Rico, op. cit.: 133-134).

3
La presencia de la orden premonstratense en Aguilar de Campoo y su importante papel en la consolidación de este
monasterio es tratada en profundidad por la profesora López de Guereño (LÓPEZ DE GUEREÑO, 1992: 84-85).

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Fig. 1. Prendimiento, Crucifixión y Descendimiento de Cristo, Biblia de Ávila (BNE, Vit. 15-1, fol. CCCXXIIIIr). Foto: Biblioteca
Nacional de España.

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Fuentes de inspiración y personajes en la configuración de la iconografía


románica del Descendimiento de Cristo

La escena del Descendimiento la encontramos culminando el ciclo de la Pasión tanto en un


capitel palentino (N.º Inv. 50197), atribuido al llamado «segundo maestro de la iglesia» (Bravo,
y Matesanz, op. cit.: 35), como entre las miniaturas de la Biblia abulense, en el último registro
del folio CCCXXIIIIr (fig. 1), acompañada por la inscripción «hic deponunt ihm de cruce».
Tanto en la talla, trabajada en piedra caliza (fig. 2), como en la pintura, se sigue la misma
fórmula iconográfica en cuanto a composición, número de figuras, e incluso en lo que se
refiere a los gestos más representativos del episodio. Esta homogeneidad viene dada por las
fuentes primarias, los evangelios de san Lucas y san Juan (Lc 23, 53; Jn 19, 38-41). En ambas
imágenes la lectura parte del eje central, con la figura de Cristo, quien determina la disposi-
ción simétrica del resto de personajes, con gestos coincidentes en escultura y miniatura. A
la derecha de la cruz, la Virgen, jerarquizada en la Biblia de Ávila por sus mayores dimen-
siones, hasta el punto de desbordar el marco de la pintura. En su gesto advertimos la asimi-
lación de fuentes de inspiración ya presentes en la tradición bizantina. Por un lado, la
incidencia de la liturgia oriental se manifiesta en la velación de sus manos al recoger el brazo
inerte de su hijo, revelando así de modo indirecto la naturaleza divina de éste. Por otro, Réau
(1996: 533) advierte la incidencia del sermonario místico de Jorge de Nicomedia, muy divul-
gado desde mediados del siglo IX, pues desde las primeras representaciones del Descendi-
miento en el siglo X es habitual que se repita este mismo gesto de acoger el brazo del Hijo
y besarlo con gran reverencia4.

En paralelo a la Virgen, en el lado contrapuesto de la cruz, se dispone san Juan, como


eco de la escena de la Crucifixión, donde el discípulo amado permanece a los pies de la
cruz. De hecho, al observar la iconografía del Descendimiento en su evolución, ni esta figura,
ni la de la Virgen, aparecen en ejemplos iniciales (Rodríguez Peinado, 2011: 29). La presen-
tación pareja de ambos personajes obedece al simbolismo desarrollado siguiendo los escritos
patrísticos y las Etimologías de san Isidoro, que nos presentaban a la Virgen como personi-
ficación de la Iglesia a los pies de la cruz, en su lado derecho, frente a san Juan (Mâle, 2001:
223-224). Hasta aquí la identificación de las figuras es coincidente con la crucifixión, convir-
tiéndose el gesto de la Virgen en clave para la identificación iconográfica del Descendimiento,
si bien no es habitual que carezca de nimbo, detalle que Yarza asocia en la Biblia de Ávila
al carácter cristológico dominante en la miniatura románica (Yarza, 1972: 25), y que podría-
mos hacer extensivo al capitel aquilarense.

El repertorio se completa en miniatura y capitel con dos figuras esenciales desde las
primeras representaciones de esta escena, José de Arimatea, quien rodea con sus brazos el
cuerpo de Cristo, en una actitud a menudo repetida, y Nicodemo, con enormes tenazas,
convertidas en el principal atributo iconográfico del Descendimiento. Si bien el número de
personajes y su identificación se repiten en la Biblia de Ávila y Aguilar, encontramos peque-
ñas variantes en lo que se refiere a la disposición y gesto de san Juan, quien cierra la

4
Camón Aznar advierte este gesto en el arte hispano en un códice de Vich datado en el siglo X (CAMÓN, 1949: 85). Sáenz
Pascual describe otras fórmulas iconográficas para este episodio, si bien estas parecen más tardías (SAÉNZ, 1994: 100). El
gesto de la Virgen es recogido también en la Portada del Perdón (h. 1115), en San Isidoro de León, donde también el Des-
cendimiento se funde con las Santas Mujeres ante el sepulcro vacío y la Ascensión.

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Fig. 2. Descendimiento, capitel procedente de la iglesia de Santa María la Real (Aguilar de Campoo), MAN. N.º Inv. 50197.
Foto: Archivo fotográfico del MAN.

composición en el capitel, pero se antepone a Nicodemo en la miniatura, quizá para subrayar


su lectura simbólica y simétrica respecto a la Virgen. También varía el gesto, que parece más
teatral en la miniatura, pero que introduce un hondo significado en el capitel, donde la mano
apoyada en la mejilla se muestra como gesto arquetípico del dolor en el medievo, generali-
zado sobre todo a partir del siglo XIII con el florecimiento de la escultura funeraria (Miguélez,
2009: 3). Por tanto, podríamos considerar este rasgo como clave iconográfica para la datación
del capitel en torno al último cuarto del siglo XII. En la Biblia de Ávila esta misma figura de
san Juan parece añadida a posteriori, por su postura inestable, como si el miniaturista hubiera
de llenar el vacío inferior al travesaño de la cruz. Esto desvirtúa a su vez el diseño de las
tenazas, más realistas en el tratamiento del relieve.

En cuanto a la escenografía, ni miniaturista ni escultor recrean marco espacial,


concentrando toda la atención en los personajes, trabajados con mayor clasicismo en la
escultura, en lo que se refiere a proporción, volumen y equilibrio compositivo. Además, en
esta se advierte un último aspecto de profundo significado en la interpretación de la imagen,
las ramas cortadas sugeridas en el travesaño de la cruz, remitiéndonos al parangón entre el
«árbol del paraíso» y el «árbol de la cruz», herencia patrística a menudo recogida en el románico5.
Son muchas las citas patrísticas que podrían recordarse al respecto, entre ellas la de san Cirilo

5
Este rasgo se observa de nuevo en el machón noreste del claustro de Silos, cuya escultura se ha considerado en relación
con los talleres abulenses del último cuarto del siglo XII.

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de Jerusalén, en sus Catequesis (13, 2), al afirmar que «la cruz es el árbol de Jesús», o la de san
Ambrosio de Milán (Sobre el Salmo, 35, 3), al señalar que «la cruz de Cristo es el árbol que el
Señor ha mostrado a Adán […]» (Cfr. Dulaey, 2003: 264). En la miniatura de la Biblia de Ávila
el simbolismo únicamente llega mediante la policromía de la cruz, realzada en azul y rojo,
colores que recuerdan la doble naturaleza divina y humana de Cristo (Portal, 2005: 57-81).

Anacronismos en la iconografía de la Resurrección: las Santas Mujeres ante


el sepulcro vacío

Otra de las escenas recreada, tanto en la Biblia de Ávila (fol. CCCXXIIIIv; fig. 3) como en
uno de los capiteles de Aguilar (N.º Inv. 50201; fig. 4), es la presencia de las Santas Mujeres
ante el sepulcro vacío, representación utilizada en el siglo XII para referir la resurrección de
Cristo. Las fuentes primarias para ilustrar este episodio son las narraciones de los cuatro
evangelios (Mt 28, 1-10; Mc 16, 1-8; Lc 24, 1-11; Jn 20, 1-18), si bien únicamente san Marcos
cita con precisión el nombre de las tres protagonistas: María Magdalena, María la de Santiago
y Salomé, sorprendidas ante la buena nueva transmitida por el ángel6. Sin embargo, el titulus
que acompaña la miniatura de la Biblia de Ávila no recoge literalmente el versículo que
identifica a las figuras («hic tres marie veniunt videre sepulcrum») y, en consonancia con éste,
las mujeres se trabajan de forma genérica, con rostros repetitivos, coincidiendo en esta falta
de individualización con el capitel, atribuido al llamado «primer maestro de la iglesia» (Bravo
y Matesanz, op. cit.: 21). Otro elemento que encontramos en ambas imágenes es el
sepulcro, presentado de forma anacrónica, a modo de sarcófago y no excavado ni sellado
en la roca, como recoge la narración bíblica. Sobre éste, en el caso del relieve, sobresale el
sudario, dispuesto a modo de guirnalda, como un signo más de la resurrección. Frente a su
disposición central en Aguilar, en la miniatura el sarcófago se desplaza hacia un lateral para
favorecer la representación del cortejo de mujeres que llegan portando el pomo de los
ungüentos, convertido en otro símbolo parlante propio de esta escena.

En ambas composiciones la mímica traba la unión entre los personajes, más concreta-
mente entre las mujeres y los ángeles, cuyo diálogo es verbalizado por el movimiento de las
manos, que conduce al significado último de la escena (Garnier, 1989). Siguiendo un criterio
habitual en la plástica románica, en la Biblia de Ávila se desproporcionan las manos, agran-
dándolas para acentuar el gesto indicativo, propio de la retórica, y que encuentra respuesta
en los ángeles, a la vez que dirige la mirada del espectador hasta el sepulcro vacío7. Frente al
capitel, con un solo ángel, probablemente por la necesidad de adecuar las figuras a la ley del
marco, en la miniatura se presentan dos ángeles flanqueando el sepulcro, siguiendo la
inscripción dejada por los escribas («angls ad capud, angls ad pedes»), tomada del evangelio
de san Lucas, el único que cita a «dos hombres con vestidos resplandecientes» (Lc 24, 4). Como
vemos, las imágenes sintetizan y unifican en sus detalles las distintas narraciones bíblicas. En

6
Mateo sólo cita a María Magdalena y María de Cleofás; Lucas no determina el número de mujeres y Juan únicamente
destaca la presencia de María Magdalena.
7
Respecto a los gestos de las manos, además de los estudios de Garnier (1989), propios del arte medieval, y que recogen
formas convencionales en relación a ideas concretas, Campo y González Reglero señalan que desde la antigüedad las
manos son esenciales para transmitir conceptos, remontándose para ello a la oratoria de Quintiliano (CAMPO y GONZÁLEZ,
1991: 224). También Gombrich insiste en el valor de la mímica para reforzar la transmisión de ideas (GOMBRICH, 1987: 66) y
más recientemente Miguélez Cavero (MIGUÉLEZ, 2010a: 127).

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Fig. 3. Resurrección, Anastasis, Noli me tangere y Cristo con los discípulos de Emaús, Biblia de Ávila (BNE, Vit. 15-1, fol.
CCCXXIIIIv). Foto: Biblioteca Nacional de España.

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Fig. 4. Santas Mujeres ante el sepulcro vacío, capitel procedente de la iglesia de Santa María la Real (Aguilar de Campoo),
MAN. N.º Inv. 50201. Foto: Archivo fotográfico del MAN.

la Biblia de Ávila los ángeles siguen el arquetipo propio de la miniatura castellano-leonesa


de los siglos XI y XII, alados, vestidos con túnica y manto, nimbados y descalzos en señal de
bienaventuranza (Yarza, 1973). Además en este caso se añaden, casi como si se tratara de
cetros imperceptibles, cruces triunfales que insisten en el argumento representado.

Los personajes que completan esta escena en la miniatura y en el capitel son los
soldados dormidos, cuya tradición iconográfica se remonta a mediados del siglo IV, cuando
en el eje central del Sarcófago de Domitila (h. 340), ya refieren la idea de resurrección bajo
el crismón, como testigos de que el cadáver de Cristo no pudo ser robado, tal como se recoge
en el texto de san Mateo (Mt 28, 4) y en el apócrifo Actas de Pilato (XII-1; Santos, 1996: 418).
La imagen de los soldados en la Biblia de Ávila y en el capitel palentino ofrece nuevos
anacronismos en sus vestimentas y en sus armas, más propias de cruzados medievales
que de la guardia pretoriana. Así lo apreciamos en los cascos cónicos, las espadas con
empuñadura de bola, los escudos o las cotas de malla del capitel, donde, determinado por
la imposición del marco arquitectónico, el escultor sitúa estas figuras bajo el sarcófago,
logrando una composición más armónica y unitaria.

En la miniatura los anacronismos persisten en la recreación de una escenografía de


carácter más conceptual que real, pues se trazan tres arquerías sin punto de apoyo ni inten-
ción de integrar las figuras. El miniaturista podría evocar el Santo Sepulcro de Jerusalén, edi-
ficio con gran presencia en la inspiración de la arquitectura medieval. Asimismo la
representación de arquerías y torreones se generaliza en las artes figurativas del románico
para simbolizar la Jerusalén Celestial, hipótesis consecuente con una escena de resurrección,

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si tenemos en cuenta que la ciudad celestial es cumplimiento de toda creación (Champeaux


y Sterckx, 1984: 264). La triple arquería parece rematar también el capitel de Aguilar, aunque
su estado de conservación no permite verificar este extremo8.

En la Biblia de Ávila los arcos de herradura, que evidencian y afirman la tradición


hispana frente a la decoración de raigambre italiana de gran parte del manuscrito, se enga-
lanan con lámparas de aceite, un nuevo anacronismo inspirado en las coronas de luces
presentes desde el prerrománico hispano para incidir en el simbolismo de la Jerusalén
Celeste. Así lo refiere Honorio de Autum en el capítulo CXLI de su libro Gemma Animae:
«La corona de luces se cuelga en el templo por tres motivos: en primer lugar, porque
la iglesia queda embellecida cuando se ilumina con sus luces; en segundo lugar, porque al
contemplarla somos advertidos de que quienes sirven devotamente aquí a Dios reciben
la corona de la vida y la luz de la alegría; en tercer lugar, para evocarnos la Jerusalén Celeste,
a cuya imagen parece que ha sido hecha […]» (Cfr. Sureda, 1998: 34).

Esta escena es de particular importancia para nuestra comparativa, pues se ha esta-


blecido un estrecho paralelismo con la escultura de San Vicente de Ávila, hasta el punto de
que Lacoste afirma que el maestro que interviene en Ávila previamente habría trabajado en
Aguilar (Lacoste, 1986: 387). De hecho caben similitudes entre los soldados de la resurrección
y los tallados en las escenas de Suplicio de los santos Vicente, Sabina y Cristeta, en el ceno-
tafio de la basílica abulense, donde también se advierten arquerías y torreones enmarcando
los distintos episodios. Sin embargo, por lo que atañe a la relación entre la empresa aquila-
rense y la Biblia de Ávila, pensamos que el manuscrito pudiera ser anterior, teniendo en
cuenta el lenguaje formal de los capiteles, mucho más refinados y clasicistas, con mayor
mesura en el canon de las figuras, destacando el equilibrio compositivo, la volumetría y la
variedad en el juego lineal de los pliegues, que denotan una filiación borgoñona (Rico, 2000:
119)9. A esto se suma el carácter arcaizante de ciertos pormenores, como los arcos de herra-
dura y las lámparas de aceite, que nos hacen pensar en una cronología anterior para la Biblia
de Ávila, conscientes de que un pintor poco experimentado, o la diferente naturaleza del
soporte, podrían determinan las variantes entre la pintura y el relieve.

Simplicidad compositiva y paisaje conceptual: Noli me tangere

Otra de las escenas a menudo asociadas en las imágenes medievales a la resurrección es el


Noli me tangere, o aparición de Cristo a María Magdalena (Mc 16, 9-11; Jn 20, 11-18), que
contemplamos en ambos conjuntos. Este episodio, pintado en el registro inferior del folio
CCCXXIIIIv de la Biblia de Ávila (fig. 3), completa el capitel de la resurrección en Aguilar
(fig. 5), disponiéndose en uno de sus laterales (N.º Inv. 50201)10. Quizá sea la simplicidad
compositiva de la representación, limitada a dos personajes, la que determina que a menudo

8
La importancia de las referencias arquitectónicas a la hora de representar esta escena es tratada por Carrero Santamaría en
su estudio sobre la capilla del Cristo de los Gascones, en la iglesia de San Justo (Segovia) (CARRERO, 1997: 468).
9
La influencia borgoñona en la escultura de los monasterios hispánicos castellano-leoneses queda también constatada por
las investigaciones del profesor Senra Gabriel y Galán (SENRA, 1992).
10
Bravo y Matesanz en su clasificación de la pieza lo citan como «cara B» del capitel dedicado a la resurrección (BRAVO y MA-
TESANZ, op. cit.: 26).

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se acompañe de otros episodios paralelos,


como el Encuentro de Cristo con los discí-
pulos de Emaús, en el mismo registro del
códice abulense.

La disposición de las figuras se


repite en relieve y miniatura, pero no así
sus gestos, más contenidos en el capitel, si
bien en ambas imágenes el significado es
el mismo. En realidad contemplamos
fórmulas expresivas diferentes para
concretar el diálogo que mantienen Cristo
y María Magdalena, figura que personifica
la conversión en sus representaciones
románicas. La reacción de los personajes
comienza con la posición de la mujer,
quien reconoce a su maestro y se posterna
para adorarlo, tal como reza el titulus de
la Biblia de Ávila («tunc maria putabat
eum ortolanum ee conversa illa adoravit
eum»)11. Esta inclinación, que llega hasta la
proskynesis en la miniatura (Miguélez,
2010b: 9), evidencia de nuevo la influencia
bizantina y se completa en el capitel con
el gesto orante. La representación de éste,
con las manos unidas, nos llevaría a una
datación más tardía del capitel respecto de
la miniatura, atendiendo a la consideración Fig. 5. Noli me tangere, capitel procedente de la iglesia de
de Gombrich respecto a la generalización Santa María la Real (Aguilar de Campoo), MAN. N.º Inv. 50201.
Foto: Archivo fotográfico del MAN.
de este gesto orante a partir del siglo XIII
(Gombrich, op. cit.: 69)12. En ambos casos,
pero de forma más evidente en la minia-
tura, la inclinación de María Magdalena implica una notable geometrización, que en el capitel
favorece su adaptación al marco de la pieza. Como respuesta a su adoración, el gesto de
Cristo, quien con su palma extendida en ambos casos verbaliza el versículo que da nombre
a esta escena: «No me toques que todavía no he subido al Padre» ( Jn 20, 17). En Aguilar esta
advertencia se acentúa mediante el gesto de la mano izquierda de Cristo, recogiendo su
túnica para evitar que sea tocada por la mujer. En la Biblia de Ávila este diálogo se enfatiza
mediante el gesto exclamativo de Cristo, quien a su vez porta un apero de labranza para
referir gráficamente su aparición a modo de hortelano.

11
La postración de María Magdalena podría ponerse en relación con una de las hermanas de san Vicente, en el cenotafio de
la iglesia homónima, en el episodio que recrea cómo el santo es visitado por sus hermanas en prisión.
12
Hasta entonces el gesto orante habitual es el repetido en las catacumbas, con los brazos alzados como signo de súplica y
acción de gracias. Gombrich señala que el gesto de las manos unidas se generaliza desde el siglo XIII, si bien ya desde
principios del XI hay ejemplos aislados relacionados con el juramento de lealtad de los vasallos en el ritual feudal (GOMBRICH,
op. cit.: 69).

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Fig. 6. Cena de Emaús, Duda de Santo Tomás y Ascensión, Biblia de Ávila (BNE, Vit. 15-1, fol. CCCXXVr). Foto: Biblioteca
Nacional de España.

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Habitualmente la representación de esta escena implica la introducción de referencias


paisajísticas para recrear de modo sucinto y conceptual el huerto donde tuvo lugar el
encuentro entre los dos personajes, tal como recoge la inscripción de la Biblia de Ávila que
acompaña esta miniatura: «hic dns apparuit pmo marie magdalene in orto». Este carácter
esquemático se advierte por igual en la pintura abulense y en el relieve palentino, con citas
aisladas, de carácter decorativo, que no integran a las figuras ni sugieren perspectiva, sino
que únicamente tratan de responder a la narración bíblica.

Jerarquización y desproporción en pos de la claridad expositiva: la Duda


de Santo Tomás

El ciclo de la pasión y resurrección de Cristo se cierra tanto en la Biblia de Ávila, como en


el conjunto de capiteles de la iglesia monástica de Aguilar, con la Duda de Santo Tomás ( Jn
20, 26-31), sintetizada en el manuscrito abulense en el siguiente titulus: «hic ostendit dns
thome manus et latus». Pese a la coincidencia del tema, la representación en ambas piezas
es muy diferente, si bien pensamos que en esta ocasión las divergencias obedecen a la
distinta naturaleza del soporte, ya que se trata de un episodio que, dada la multiplicación de
sus personajes, requiere un amplio espacio compositivo. En este sentido, mientras que en la
Biblia de Ávila se desarrolla en el registro intermedio del folio CCCXXVr (fig. 6), en el capitel
únicamente ocupa un lateral de la pieza dedicada a la resurrección (N.º Inv. 50201)13, adop-
tando para su representación el recurso de «la parte por el todo» y ciñéndose por ello a lo
esencial (fig. 7).

La escena de la Duda de santo Tomás es repetida en la iconografía cristiana desde el


siglo V como referencia a la resurrección de Cristo, si bien en el románico alcanza su máxima
expresividad, ya que el apóstol introduce con mayor profundidad su mano en la llaga del
costado de Cristo, llegando a ejemplos de gran teatralidad, como se observa en la Biblia de
Ávila, donde se exageran las proporciones de Cristo y santo Tomás, dispuestos en actitud
inverosímil para acentuar la carga conceptual de la imagen. A este respecto, podemos decir
que el miniaturista subraya el principio de jerarquización, al realizar a Cristo con un canon
significativamente mayor, desmesura que incide en el dramatismo del instante elegido para
la representación14. A la tensión del gesto corresponde el encuentro de las miradas de los
protagonistas, si bien en el románico todavía no encontramos la tensión dramática que
los rostros expresan en los siglos posteriores. Yarza advierte que las variantes en cuanto a
los gestos que muestran los artistas al trabajar esta escena obedecen en gran medida a la
incidencia del teatro de los misterios, celebrado inicialmente en los monasterios, más
concretamente al drama litúrgico conservado en Saint Benoît-sur-Loire (h. 1200). Este paran-
gón con manifestaciones francesas lo hace extensivo también a uno de los relieves del claus-
tro de San Trófimo de Arlés (Yarza, 1996: 33).

13
Bravo y Matesanz clasifican este episodio como «cara C» del capitel protagonizado por las Tres Mujeres ante el sepulcro
vacío (BRAVO y MATESANZ, op. cit.: 29).
14
Este instante también es recogido en el machón noroccidental del claustro de Silos, donde son patentes la jerarquización
y desproporción.

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224 María Rodríguez Velasco

Volviendo a nuestro estudio, es


significativa la contraposición entre el
mayor dinamismo de la miniatura de la
Biblia de Ávila y la mayor serenidad del
capitel, donde se plasma el instante inme-
diatamente anterior, el diálogo entre Cristo
y el apóstol, tal como se aprecia en otras
manifestaciones románicas, como las ilus-
tración de la Biblia de Ripoll (Biblioteca
Apostólica Vaticana, Vat. Lat. 5729), datada
en el segundo tercio del siglo XI, donde
santo Tomás todavía no toca la llaga de
Cristo15. Los recursos expuestos hasta el
momento implican que la composición de
este episodio en la Biblia de Ávila esté
dominada por la diagonal inestable de
Cristo, que determina la disposición del
resto de los apóstoles, repetitivos en sus
gestos y sin individualizar en el tratamiento
de sus rostros, con una marcada isocefalia
que a su vez sirve para diferenciar a santo
Tomás del conjunto. Las proporciones
desmesuradas de Cristo podrían ejemplifi-
car o responder al concepto bernardino de
«deformis formositas» o belleza deformada,
que propone el valor de lo estético única-
mente en función de la transmisión de
conceptos (Tatarkiewicz, 1989: 157). En
esta línea se manifestaron también otros
autores, como Hugo de San Víctor (1096-
Fig. 7. Duda de Santo Tomás, capitel procedente de la iglesia 1141), recordando que las obras de arte
de Santa María la Real (Aguilar de Campoo), MAN. N.º Inv. también pueden ser admiradas por su
50201. Foto: Archivo fotográfico del MAN.
fealdad, avalando la estética del «feísmo»
cuando ésta sea conveniente al significado
de la imagen16.

El capitel de Aguilar, sin embargo, podríamos decir que se adecúa en mayor medida a
una «estética de idealización», pues al reducir la imagen a sus dos protagonistas y escoger un
instante narrativo previo al del manuscrito, no utiliza recursos arcaizantes, como la isocefalia
o la marcada jerarquización. El escultor traduce en piedra el diálogo sereno entre las figuras,
con rostros semejantes en su tratamiento y con un cuidado diseño de los pliegues entre los

15
Respecto a este códice, partiendo de las investigaciones de Pijoan, se han realizado numerosos estudios que abordan la
incidencia de sus miniaturas en la escultura de la portada del Monasterio de Ripoll (PIJOAN, 1912).
16
Hugo de San Víctor en su Didascalion señala: «Las formas de las cosas causan admiración de distintas maneras: por su
magnitud o su parvedad; a veces por ser poco corrientes, a veces por ser bellas, y en otras ocasiones por ser convenien-
temente feas; a veces por formar unidad en la multiplicidad, o, en ocasiones, por su diversidad en la unidad» (Cfr. TATARKIEWICZ,
op. cit.: 209).

Boletín del Museo Arqueológico Nacional 34/2016 | ISSN: 2341 - 3409 | Págs. 211-230
Ecos en piedra de las imágenes miniadas del siglo XII: el paralelismo de tipos iconográficos entre los…
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Fig. 8. Ascensión de Cristo, capitel procedente de la iglesia de Santa María la Real (Aguilar de Campoo), MAN. N.º Inv. 50204.
Foto: Archivo fotográfico del MAN.

que asoman los gestos expresivos de las manos. En el trazo de las vestimentas, que ha servido
para establecer un parangón con modelos borgoñones y con la escultura de San Vicente de
Ávila, no anula la anatomía y aporta gran plasticidad al altorrelieve. El diseño de los pliegues
mediante líneas curvas y concéntricas constituye un criterio más para avalar la realización
posterior del capitel respecto a la miniatura, donde túnicas y mantos parecen más bien un
pretexto para el contraste cromático, sin atender al modelado de las figuras.

Dos fórmulas iconográficas para una misma escena: la Ascensión del Señor
a los cielos

El ciclo de la vida gloriosa de Cristo inicia en los programas decorativos de la Biblia de Ávila
y la iglesia de Aguilar de Campoo con la Ascensión de Cristo a los cielos en presencia de
sus discípulos (Mc 16, 19; Lc 24, 50-53). Este tema, que se difundió en la tradición iconográ-
fica occidental especialmente a partir de miniaturas y marfiles carolingios y otonianos,
adquirió ya desde entonces una significativa variedad en cuanto a sus esquemas compositi-
vos, como señalara Meyer Shapiro (Shapiro, 1943). En este sentido, aunque en las represen-
taciones precedentes la figura de Cristo podía quedar ya semioculta por las nubes o el arcoíris
(Deshman, 1997), en el románico se generalizan dos fórmulas iconográficas, expuestas en la
Biblia de Ávila (fig. 6) y en Aguilar. Mientras en el manuscrito (fol. CCCXXVr) el formato ho-
rizontal favorece la disposición lateral de Cristo y un amplio espacio para el cortejo de los
apóstoles, en el capitel (N.º Inv. 50204; fig. 8), la forma de la pieza obliga a dividir la com-
posición en tres partes, situándose Cristo en su cara frontal, para distribuir los discípulos en
los dos laterales de la pieza, en registros superpuestos, rasgo afín a la miniatura.

Boletín del Museo Arqueológico Nacional 34/2016 | ISSN: 2341 - 3409 | Págs. 211-230
226 María Rodríguez Velasco

Otra diferencia entre ambos estriba en la forma de representar a Cristo, pues mientras
en Aguilar se acentúa su majestad, enmarcándolo con una mandorla que nos remite al tipo
iconográfico del Pantocrátor, entronizado y portando el libro de la Vida, en la miniatura se
muestra propiamente en el instante de ascender a los cielos, con la parte inferior de su ana-
tomía ya eclipsada por las nubes y con un gesto orante dirigido al Padre, en paralelo a la
inscripción: «hic vedentibus ómnibus discipulis dns ascendit in celum». En la Biblia de Ávila
la figura de Dios Padre se representa de modo eminentemente simbólico, mediante la dextera
Dei bendiciendo, enmarcada por un nimbo crucífero. En el capitel no se advierte la imagen
de Dios Padre, a lo que se deben sumar otros dos rasgos diferenciadores. Primero, el hecho
de que Cristo sea subido a los cielos por dos ángeles simétricamente dispuestos flanqueando
la mandorla y, en segundo lugar, la individualización de san Pedro mediante las llaves, único
atributo iconográfico que apreciamos en el grupo de los apóstoles y que se advierte también
en representaciones francesas de este tema, como el tímpano de la Portada de Miègeville (h.
1100), en Saint Sernin de Toulouse.

El preludio de la iconografía gótica: Cristo triunfante entre los portadores


de las armas de la Pasión

Si bien aquí no podemos hablar de un paralelismo, pues se trata de una temática únicamente
representada en uno de los capiteles de Aguilar (N.º Inv. 50188; fig. 9), queremos referir
brevemente la imagen de Cristo triunfante pues supone un precedente al tipo iconográfico
que se repetirá con frecuencia en los tímpanos de las catedrales góticas, donde el Panto-
crátor deja paso al Cristo Juez, quien eleva sus manos para mostrar las llagas de la Pasión.
A ésta remiten también los símbolos parlantes portados por los ángeles y conocidos como
«armas de Cristo», motivos que refieren los distintos suplicios de la pasión, como la corona
de espinas, los clavos, los flagelos o la propia cruz. De esta forma, a partir de una imagen
de carácter netamente simbólico, se recuerda la sucesión narrativa de episodios de la pasión.
Los ángeles, genéricos en sus rasgos, nimbados y con un rico juego de pliegues en sus
vestiduras, llevan las manos veladas por influencia de rituales orientales, acentuando así la
solemnidad de la representación. A este respecto no podemos trazar una comparativa con
la Biblia de Ávila, pero consideramos de gran relevancia este capitel pues la fórmula
iconográfica que desarrolla es propia de una iconografía más tardía que la del manuscrito,
ya de transición al gótico y en consonancia con la que centraliza el tímpano principal del
Pórtico de la Gloria, dado que el maestro Mateo también se ha puesto en conexión con la
portada occidental de San Vicente de Ávila.

Conclusiones

Por todo lo anteriormente expuesto, se puede afirmar que la Biblia de Ávila y los capiteles
historiados de la iglesia monástica de Aguilar de Campoo son exponente de la riqueza artística
desarrollada en Castilla durante el reinado de Alfonso VIII, concretamente en las provincias
de Ávila y de Palencia. La vinculación entre ambos centros queda particularmente reforzada
en el último cuarto del siglo XII, cuando el maestro Fruchel coordina las obras de la catedral
abulense, a la vez que deja su huella escultórica en la vecina iglesia de San Vicente, en la
portada occidental y en el cenotafio de los santos Vicente, Sabina y Cristeta, obras que han
sido relacionadas con la escultura trabajada en Carrión de los Condes, Moarves y Aguilar de

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Ecos en piedra de las imágenes miniadas del siglo XII: el paralelismo de tipos iconográficos entre los…
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Fig. 9. Cristo triunfante, capitel procedente de la iglesia de Santa María la Real (Aguilar de Campoo), MAN. N.º Inv. 50188.
Foto: Archivo fotográfico del MAN.

Campoo. Incluso, García Guinea sitúa al propio Fruchel en Aguilar, tallando directamente los
capiteles de la Resurrección y de Cristo triunfante anteriormente comentados (García, op. cit.).

Este cantero se convertiría así en canalizador de la influencia borgoñona para quienes


trabajaron en las miniaturas hispanas de la Biblia de Ávila y en los capiteles del monasterio
aquilarense, especialmente para los conocidos como «primer y segundo maestro de Aguilar»,
quienes revelan en el tratamiento de sus figuras y de los pliegues de los ropajes un fuerte
acento francés, frente a la más acusada raigambre hispana de las miniaturas.

El contexto en el que se realizan, y sus paralelismos iconográficos, nos llevan a plan-


tear una cronología pareja para las miniaturas añadidas en la Biblia de Ávila tras su llegada
a España y los capiteles anteriormente expuestos, entre 1170 y 1192, año de muerte del
maestro Fruchel. La introducción de ciertos detalles iconográficos, como la representación
de Cristo juez rodeada de los signos de su pasión, nos llevarían incluso a apuntar una reali-
zación anterior del manuscrito respecto a los capiteles.

El estudio iconográfico de las escenas comunes entre la Biblia y los capiteles revelan
coincidencias que permiten proponer la presencia de modelos comunes, convirtiéndose en
exponente de cómo miniatura y escultura se retroalimentan durante el siglo XII en lo que se

Boletín del Museo Arqueológico Nacional 34/2016 | ISSN: 2341 - 3409 | Págs. 211-230
228 María Rodríguez Velasco

refiere a tipos y composiciones iconográficas, si bien la diferente naturaleza de los soportes,


o la distinta pericia de los artistas, pueden evidenciar también ciertas divergencias a la hora
de abordar un mismo tema, como se advierte en el tratamiento del Noli me tangere o de la
Ascensión. Entre las variantes que enriquecen las distintas representaciones, cobran un papel
esencial los gestos para transmitir el significado último de estas obras y su carácter concep-
tual. En este sentido, los episodios analizados, así como su pertenencia al conjunto mayor
del códice y del monasterio, remiten también a la consideración litúrgica del arte medieval,
refiriendo esencialmente el triduo pascual y recordando cómo pinturas y esculturas recuerdan
el simbolismo de la iglesia como Jerusalén Celeste propio del románico. Creemos pertinente
recordar esto último, pues el significado íntegro y original de estas obras se pierde en gran
medida al alejarlas de su emplazamiento original.

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La sillería de Santa Clara de Astudillo en


América: nuevas noticias y apreciaciones
The choir stall of Santa Clara de Astudillo in America:
new findings and insights.
María Paz Aguiló-Alonso (paz.aguilo@cchs.csic.es)
Instituto de Historia. Consejo Superior de Investigaciones Científicas

Resumen: Gracias a una serie de afortunadas coincidencias y a la inestimable ayuda del


encargado de la Biblioteca de la Misión de San Diego de Alcalá de California, hemos podido
reconstruir, si no completamente, sí al menos en gran medida la historia de un viaje, el que
llevó a América una sillería de coro completa, posiblemente la más completa y espectacular
de las construidas en el siglo XIV en España. Sobre ella se conocían algunos datos, algunas
fotografías y algunas conjeturas en un mosaico que la doctora Ángela Franco del Museo
Arqueológico Nacional, intentó ensamblar durante años. A ella y a su loabilísimo empeño
durante largos años, va dedicado este artículo que intenta continuar desentramando y com-
pletando la historia de una de las mejores piezas del arte mobiliar hispano.

Palabras clave: Sillerías de coro. Enajenación. Donohue. Museo Arqueológico Nacional.


Mudéjar. Siglo XV. Misión de San Diego de Alcalá.

Abstract: In this paper, we update and compile previous researches of the Choir stall of
Santa Clara de Astudillo. We also provide new documentary and photographic data of the
choir stall obtained at its current placement, San Diego de Alcala Mission (California). Thanks
to a series of lucky coincidences and the invaluable help of the Library Manager of the Mis-
sion, we have been able to reconstruct, if not completely, at least largely, the story of a jour-
ney, in which a full Choir stall, possibly the most complete and spectacular of those built in
the fourteenth century in Spain, arrived to America. Some data, some pictures and many
guesses of this journey were compiled by Dr. Angela Franco from the Museo Arqueológico
Nacional (Madrid, Spain). We want to dedicate this paper to Dr. Franco’s effort and her
invaluable willingness, with the aim that this work will, hopefully, help to unveil and
complete some gaps in the story of one of the best parts of Hispanic portable art.

Keywords: Choir stalls. Transfer of title. Donohue. Museo Arqueológico Nacional. Mudejar
style. 5th century. San Diego de Alcala Mission (CA). Church assets disposal.

Boletín del Museo Arqueológico Nacional 34/2016 | ISSN: 2341 - 3409 | Págs. 231-250
Recibido: 14-12-2015 | Aceptado: 15-02-2016
232 María Paz Aguiló-Alonso

La enajenación

Sobre la adquisición de la sillería del monasterio de Santa Clara de Astudillo (Palencia) por
el comerciante Apolinar Sánchez Villalba solamente se han dado a conocer los escuetos
documentos conservados en el MAN, en los que consta la donación de las cuatro sillas el 30
de marzo de 1931 y el agradecimiento de Álvarez-Ossorio como director de la institución,
redactado el 1 de agosto de 1932, en el que ya le indica el envío del estudio realizado por
Camps Cazorla1.

En general, del comprador Sánchez Villalba sólo se conoce una mínima documenta-
ción de su actividad en esos años en los informes de la Real Academia de San Fernando
referidos al año 1932, en los que ofrece en venta a Estado varios objetos, entre los que se
encuentran también algunos procedentes del monasterio de Espeja2. De lo realizado, vendido
u ofrecido el año 1931 no se conserva informe alguno, pero su nombre y su comercio de la
calle Santa Catalina, n.º 3 en Madrid eran muy conocidos en el mundo del anticuariado de
la primera mitad del siglo XX.

No está clara la actuación de Apolinar Sánchez Villalba en relación con la enajenación


de la sillería de Astudillo. ¿Le fue ofertada al anticuario? o por el contrario, fue su insistencia
la que convenció a las monjas? Martínez Ruiz (2011: 151-191) destaca la importancia que
revistió desde las primeras décadas del siglo XX la enajenación de las sillerías de coro, en
muchos casos por la moda imperante de retirar el coro el centro de los templos, tema que
se trató con asiduidad en la sesiones de la Academia de San Fernando, especialmente desde
la celebrada el 14 octubre de 1929, con casos como el de la catedral de Palencia o el de la
sillería de San Rosendo de Celanova, en sesiones en las que intervinieron Sánchez Cantón,
Orueta y López Otero, «el mal sigue sobre la base de la abundancia de dinero en América y
es muy posible que haya intereses ocultos detrás de la idea de supresión de los coros […]»
en palabras de Orueta3.

Martínez Ruiz explica bien las reticencias del Obispado a quedar fuera del concierto
entre una comunidad y un anticuario, ya que la Iglesia aparecía como responsable y propie-
taria de sus bienes histórico-artísticos, si bien precisamente en el año a que nos referimos,
1931, «la segunda República dirigió buena parte de sus esfuerzos a subrayar el carácter
nacional de los bienes conservados en instituciones religiosas» (Martínez, op. cit.: 164-165).

Un antecedente a la venta de la sillería de Astudillo puede encontrarse en el intento


de venta al anticuario de Vitoria, Luis Ruiz, de la sillería del convento del convento de reli-
giosas Brígidas de Paredes de Nava. Para conseguir el permiso para que aquél entrara en la
clausura, se dijo que la sillería era inútil a la comunidad. El obispado contestó que «bajasen
una silla al locutorio para que allí la vea el Sr. que tiene interés en comprarla»4.

1
Archivo MAN. Exps. 1931/129 y 1932/36 publicado por Á. Franco en 1995.
2
Informes RASF 2.º trimestre 1932, n.º 102, objeto n.º 1340, dos arcones, informado por Mélida y n.º 1374, una caja bizantina
de plata; 4.º trimestre 1932, n.º 104, pp. 78-90, n.º 1379, una arqueta tallada y policromada y un brasero románico.
3
RASF sesión ordinaria de la Academia de 14 octubre 1929.
4
Libro de Decretos del Obispado 1909-1910, n.º 772 en MARTÍNEZ, op. cit., 173, nota 52.

Boletín del Museo Arqueológico Nacional 34/2016 | ISSN: 2341 - 3409 | Págs. 231-250
La sillería de Santa Clara de Astudillo en América: nuevas noticias y apreciaciones
233

Esta situación se intentó atajar inmediatamente. La primera norma de importancia


dictada por Orueta como director general de Bellas Artes, nombrado por el ministro Marcelino
Domingo y que culminó en la Ley de Defensa del Tesoro Artístico publicada en el Diario de
Sesiones del Congreso en abril de 1932 (Tusell, 1999: 222-227), fue el Decreto de 22 de mayo
de 1931 por el que se reguló la enajenación de inmuebles y objetos artísticos, arqueológicos
o históricos (Gaceta de Madrid, n.º 143, de 23 mayo de 1931, y nueva impresión en el n.º
146, de 26 de mayo de 1931), de modo que quedaba sometida a autorización del Ministerio
de Instrucción Pública y Bellas Artes en el caso de los bienes muebles, y a informe preceptivo
de la Dirección General de Bellas Artes en el caso de los inmuebles. La finalidad de esta
norma pretendía evitar que la aristocracia y la burguesía más vinculadas a la monarquía
intentaran exportar o entregar a testaferros sus bienes culturales, exportación que se prohibía
también de manera muy rotunda a la Iglesia Católica. El régimen de enajenación quedaba
así totalmente controlado por la Administración, que se atribuía el derecho de tanteo y la
facultad de investigar los objetos desaparecidos. En desarrollo de este Decreto, el de 27 de
mayo de 1931 dictando reglas relativas a evitar la pérdida o deterioro de obras artísticas
(Gaceta de Madrid, n.º 148, de 28 de mayo de 1931), se estableció un procedimiento para
depositar en los museos provinciales o en algún museo nacional las obras artísticas que
estuvieran en peligro. Y tras estas dos normas, el Decreto de 3 de julio de 1931 (Gaceta de
Madrid, n.º 185, de 4 de julio de 1931) vino a confirmar este temor a una exportación
masiva de bienes culturales. Su preámbulo señalaba: «De reciente se ha exacerbado el prurito
de exportar obras de arte; contribuyen a ello: la baja circunstancial de nuestra moneda, los
temores injustificados de índole política, y hasta se usa como subterfugio para burlar la
prohibición de salida de capitales. Su consecuencia es la pérdida para España de tesoros no
recuperables. La exportación de un Goya y de un Tiepolo valiosísimo, realizada cumpliendo
estrictamente los preceptos vigentes, prueba la necesidad de una disposición que impida
puedan repetirse casos similares. En tanto el Gobierno presente y las Cortes aprueben un pro-
yecto de Ley que ponga á salvo de codicias y desidias el patrimonio artístico nacional, se hace
preciso adoptar medidas que limiten temporalmente la venta al extranjero de objetos de mérito
artístico o histórico». Con esta justificación, el Decreto de 3 de julio de 1931 prohibió tempo-
ralmente la exportación de todo objeto artístico, arqueológico o histórico y permitió la enaje-
nación de los mismos entre particulares y dentro de España, pero sometiéndola a
comunicación administrativa. La Orden del Ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes de
11 de julio de 1931, resolviendo las dudas y reclamaciones relativas a la exportación
de objetos artísticos (Gaceta de Madrid, n.º 195, de 14 de julio de 1931), aclaró el alcance del
Decreto anterior en el sentido de que los bienes a los que se refería habrían de tener un
precio de venta superior a 50 000 pesetas. Las Cortes Constituyentes asumieron el Decreto de
3 de julio en forma de Ley, la del 10 de diciembre de 1931, relativa a la enajenación de inmue-
bles, objetos artísticos, arqueológicos e históricos de una antigüedad que, entre los peritos en
la materia, se considere mayor de cien años (Gaceta de Madrid, n.º 346, de 12 de diciembre
de 1931) (García, 2007: 4; Cabañas, 2009 y 2014: 36-37)5.

No arrancó Orueta de la nada cuando en 1931 accedió a la Dirección General de


Bellas Artes. En realidad desde 1924, fecha de su ingreso en la RASF, ya actuaba al tanto de
los expolios y las ventas. En el recorrido por las Actas de las sesiones de la RASF, se puede

5
Al negociado 5.2 (Tesoro Artístico Nacional / Excavaciones y Antigüedades, Valoraciones, Adquisición y Exportación de
Obras de Arte) correspondían los asuntos relacionados con el asunto que aquí tratamos.

Boletín del Museo Arqueológico Nacional 34/2016 | ISSN: 2341 - 3409 | Págs. 231-250
234 María Paz Aguiló-Alonso

ir advirtiendo la animadversión de la Iglesia en lo que en realidad sólo indicaba, como bien


decía Orueta, una simple denuncia de la Academia ante el Ministerio de Instrucción Pública.
Al paso, refería nuevas enajenaciones y las correspondientes denuncias a las ya publicadas
en anteriores trabajos, constatándose las intervenciones de Orueta sobre los «intereses ocultos
en la idea de supresión de los coros» manifestada en la sesión de la Academia de 14 de
octubre de 1929, referida arriba (Martínez, 2014: 144), a lo que se sumó Elias Tormo haciendo
pública su carta al arzobispo de Granada. Orueta continuó haciéndolo desde su titularidad
ministerial, para desespero de los marchantes. Es pues, a raíz de la llegada de Orueta a la
DGBA, cuando esas medidas se ordenan y racionalizan, pudiéndose llevar a cabo con más
rapidez y efectividad, hasta verse incluida la protección en el artículo 45 de la Constitución
de 1931 y en la Ley del Tesoro Artístico de 1933.

El último dato respecto a la sillería de Astudillo, publicado por Ángela Franco y reco-
gido por Martínez Ruiz (2014: 158) es que la negociación con Sánchez Villalba estuvo en
manos de don Manuel Gómez-Moreno, quien en un corto espacio de tiempo, de febrero de
1930 a abril de 1931 estuvo al frente de la DGBA, nombrado por el ministro Elías Tormo.
Fue él quien consiguió la donación de las cuatro sillas a cambio del permiso de enajenación
y venta. En el informe a la RASF, Sánchez Cantón explicó el desconocimiento de la sillería y
el interés de la operación: «segregando cuatro sillas de las mejor conservadas y una vez
separadas se han armado en la sala de los platos árabes del Museo Arqueológico». Son piezas
capitales que se habrían destruido donde estaban almacenadas y que permiten formar idea
de lo que era la sillería, habiéndose elegido cuatro y no tres para que no parezca que fuesen
las centrales». En la sesión de la Academia se alabó la gestión del Sr. Gómez-Moreno6.

De las actuaciones de Gómez-Moreno y de la Academia de San Fernando en esos


primeros años treinta da cuenta Martínez Ruiz (2008: 192) y son recogidas concienzudamente
por Ángela Franco en estudios posteriores comentando las actuaciones referidas al Museo
Arqueológico Nacional (2013: 141-142) .

Según todo lo referido no hay constancia documental alguna de que Apolinar Sánchez
Villalba vendiera la sillería de Astudillo en América.

Los estudios sobre la sillería. Estado de la cuestión


La referencia más antigua a la sillería de Santa Clara de Astudillo es la de Simón y Nieto en
1896 quien advierte del gusto mudéjar en la ornamentación de la «sillería sencilla, ruda y
primitiva «[…] y donde se señala el lugar que ocupó algunos años el sepulcro de aquella
desventurada dama» advirtiendo que las yeserías tan exóticas en esa región denotaban a la
legua la mano de artistas traídos desde Sevilla» (Simón y Nieto, 1896: 118).

Quintero Atauri, no la vió personalmente al redactar su obra Sillas de coro, pues sólo
hace una breve referencia «Análogas a estas [la de Gradefes] deben ser las que se guardan
[…] la del convento de monjas de Astudillo, fundación de D.ª María de Padilla», añadiendo

6
Acta de la sesión de la RASF año 1931. 13 de abril 1931, pp. 491-493.

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La sillería de Santa Clara de Astudillo en América: nuevas noticias y apreciaciones
235

que «el hecho de que se conservasen se debía a la pobreza de los conventos [femeninos],
mientras que en los de frailes y catedrales se quemaban para dejar paso a otras más ricas»,
pero sí inserta una fotografía (1908: 30-31) que no aparece en la edición de 1928, donde
repite el comentario sobre las causas de su conservación (1928: 39-40).

El coro del monasterio no aparece reseñado en el incompleto Catálogo Monumental


de Palencia redactado en 1907 por Bernardino Martín Mínguez entregado el año de 1909,
por lo que se encargó un nuevo catálogo a Rafael Navarro García, esta vez a cargo de la
Diputación Provincial de Palencia, quien lo publicó en 1932: «en el coro hay una sillería
hasta ahora desconocida y rápidamente enajenada a estas fechas» (1932: 126 y 129)7. El
párrafo que la describe fue transcrito por Ángela Franco, asumiendo la pérdida de algunas
sillas de las cincuenta que debía tener en origen. Navarro publicó la misma fotografía que
Quintero en la que sólo se pueden ver tres sitiales, en su ubicación primitiva, advirtiéndose
en la fotografía un trozo de un respaldo de la sillería baja.

La primera publicación amplia sobre la sillería fue la realizada por Emilio Camps
Cazorla, posiblemente por encargo de Tormo o del propio Gómez-Moreno en 1931, aparecida
entre las Adquisiciones del Museo al año siguiente. En ella hace una exhaustiva descripción
de las cuatro sillas que entraron al MAN sobre dos dibujos realizados por él y dos láminas,
una de ellas con tres fotografías de detalles. Sus dibujos fueron utilizados con frecuencia en
las publicaciones subsiguientes, especialmente la de Torres Balbás en 1954, quien hizo un
estudio conjunto de la de Gradefes, la de Moguer y ésta de Astudillo. El estudio de Torres
Balbás ha sido considerado básico y sin réplica desde su publicación. Todas las investiga-
ciones posteriores parten de él y repiten sin discusión sus casi siempre acertadas conclusio-
nes8, (Feduchi, 1969: 74), (Aguiló, 1979: 94-96), teniendo como referencia exclusivamente
las cuatro sillas conservadas en el MAN. Al tiempo de la publicación de Torres Balbás, en la
década de los cincuenta, pertenece la fotografía del archivo Ruiz Vernacci, conservada una
copia en el archivo del CSIC a cuyo dorso figura su adscripción al MAN9 (fig. 1).

Fue Ángela Franco quien con más ahínco se dedicó a buscar el resto de la sillería. En
diversas publicaciones aparecidas desde 1992, especialmente en aquellas que tuvieron que
ver con la clasificación y ordenación de las piezas de arte medieval en Castilla y León a partir
de las existentes en el propio Museo (Franco, 1992, 1995 y 1997).

Por la última década del siglo XX, comenzaron a aparecer serios estudios sobre el
comercio del arte, los expolios, la dispersión y las exportaciones, constatándose la abundan-
cia de objetos artísticos en colecciones americanas. Siguiendo atentamente las publicaciones
sobre la dispersión, el expolio y el destino final, la doctora Franco continuó tras la pista de
la sillería de Astudillo recalando en el Museo de Detroit a donde habían ido a parar en 1947
diez sillas, que ya habían sido objeto de una publicación en 1948 (Robinson, 1948: 8-12). En
contacto con este Museo, donde recientemente ha sido reubicada (N.º Inv. 47.91), la doctora

7
Fascículo Segundo. Adiciones al fascículo primero pp. 124-131, n.º 1156. Incluye una fotografía lám. 285.
8
Los dibujos de cada una de ellas fueron realizados por González Simancas, Eleuterio Población y Camps Cazorla respec-
tivamente.
9
ACCHS Caja 170. «Serie B. 58.622. Museo Arqueológico (Madrid). Fragmento de sillería de coro s. XIII. Madera de pino
pintada al temple. Decoración con escudo, etc., arte español».

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Fig. 1. Fotografía de la sillería de Astudillo en el MAN. Archivo Ruiz Vernacci. Hacia 1950. Archivo Fotográfico CCHS. CSIC.

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La sillería de Santa Clara de Astudillo en América: nuevas noticias y apreciaciones
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Franco pudo constatar que había sido comprada al comerciante Adolph Loewi de Venecia-
Nueva York-Los Ángeles, y recibió noticias y fotografías de que la sillería de Astudillo se
encontraba en la misión de San Diego en California, publicando estos datos ese mismo año
(1995) y el nombre del supuesto comprador y donante a la misión californiana, el millonario
americano Daniel J. Donohue. Entre las fotografías publicó una antigua de la sillería en su
emplazamiento original en el monasterio de Santa Clara en Astudillo con la fecha de su
enajenación añadida, publicando un amplio artículo en 2010.

Desde entonces se han venido repitiendo sus descubrimientos en todas las publica-
ciones referentes a los conventos palentinos. Andrés González en 1997 reproduce la foto-
grafía antigua y toma las opiniones de Camps y de Torres Balbás, pero sobre todo sigue
puntualmente en sus apreciaciones las noticias publicadas por Ángela Franco. El profesor
Yzquierdo Perrín en un amplio artículo sobre todas las sillerías mudéjares conservadas, toma
las noticias de Ángela Franco, pero otorgando una mayor antigüedad a la del convento de
Santa Clara de Toro, al parecer treinta o cuarenta años anterior a la de Astudillo (2008-2009:
113-114). También Merino de Cáceres y Martínez Ruiz en su última publicación sobre Hearst,
reproducen la fotografía publicada por Ángela Franco en 1995 y las noticias ofrecidas por
ésta, añadiendo la sesión de la RASF en la que Sánchez Cantón da cuenta de la gestión de
Gómez-Moreno referente a la sillería de Astudillo (Merino, y Martínez, 2012: 165) como queda
recogido arriba y que supone uno de los pocos casos en los que fueron efectivas las dispo-
siciones de la Dirección General de Bellas Artes ante la dispersión de las obras de arte en el
primer tercio del siglo XX.

La sillería en la Misión de San Diego

Hemos podido reconstruir hoy gracias a las noticias y documentos proporcionados amable-
mente por Tony Falcón, de la Misión americana10, el itinerario aproximado que siguió la
sillería desde su salida de Astudillo hasta su situación actual, no en la iglesia de la Misión
como se creía, sino en una capilla aneja, que fue expresamente construida para albergarla
en 1977 y donde luce en todo su esplendor. No se conservan ocho asientos como se creía,
sino venticinco, doce a cada lado de la capilla y una nueva silla, a modo de «prioral».

El comprador americano: Daniel Joseph Donohue (1919-2014)


Como figura en la página de Angelus The Tidings Online11, Daniel Joseph Donohue fue un
filántropo católico que a lo largo de su vida dedicó millones de dólares a la financiación de
departamentos universitarios, hospitales y programas sociales. Llegó a la costa oeste hacia
1940 y trabajó durante corto tiempo para la United States Steel Corporation. Tras un tiempo
en el que pretendió ordenarse sacerdote en el seminario de San Diego, de donde procede
su cariño por esta ciudad, se asentó en Los Ángeles, donde mantuvo gran amistad con el

10
A quien agradecemos infinitamente su ayuda, agradecimiento que hacemos extensivo al párroco de la misión de San Diego
Rvdo. Peter Escalante, a Pablo Martínez-Legazpi y a Diana Bóveda quienes le contactaron y realizaron varias series de
fotografías que aquí se muestran.
11
http://www.angelusnews.com/news/local/sir-daniel-7049/#.VkTNM0uvv8s

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238 María Paz Aguiló-Alonso

cardenal McIntyre (1948-1970). Se casó con Bernardine Murphy, hija de un importante


industrial, creando la Dan Murphy Foundation en 1957. Donohue fue presidente de esta
Fundación durante cuarenta años. Por ésta y el sostenimiento de otros centros relacionados
con la Iglesia, mantuvo estrechas relaciones con el Vaticano, en los que se incluye su activi-
dad en relación con el patronazgo artístico de los Museos Vaticanos. Bernardine, su esposa,
fue reconocida por el papa Juan XXIII con el título de «Papal Countess» por su fundación en
servicio a la Iglesia. La incesante labor de Donohue en beneficio de la Iglesia Católica fue
reconocida con los títulos pontificios de Caballero de san Gregorio, gran cruz de la Orden
del Santo Sepulcro y además recibió la distinción de Caballero de la Orden de Malta. Pablo
VI le concedió el título de «Caballero de Su Santidad» a propuesta del arzobispo Manning
(1970-1995) al ser uno de los principales contribuyentes de la Papal Foundation de Filadelfia
creada en 199012. De sus propiedades en Los Ángeles hay noticias contradictorias en la
información online atribuyéndosele al menos dos mansiones, una en el distrito de Los Feliz13
y otra la «Villa St. Giuseppe», a la que se hace referencia entre la documentación aportada,
aunque a la postre parece ser que sólo hubo una residencia, la de Los Feliz y que Donahue
la llamó «Villa St. Giuseppe» mientras la habitó.

La adquisición de la sillería

No hay por ahora constancia de la fecha de llegada de la sillería a Los Ángeles, ni su ubica-
ción en esta ciudad. Cuando en 1971 fue trasladada a San Diego se redactaron unos docu-
mentos que se conservan hoy en el archivo de la Misión. En uno de ellos se aclara que los
Donohues adquirieron la sillería en la «Morandotti Gallery» en el Palazzo Massimo en Roma,
construyendo al mismo tiempo un altar. Se trata de un documento de dos páginas con fecha
de 3 de mayo de 1971, a modo de informe, en el que explica lo que su autor creía era el
origen, trayectoria y descripción de la sillería y el altar. En la primera parte describe la calidad
y la rusticidad de las maderas opinando «In our times they would have been built in a more
mathematical and measured way». En el documento se aclara que el altar fue hecho en Roma
a solicitud de los Donohues, parte con madera nueva y parte con la madera que se conservó
de las sillas del coro que «no pudieron ser restauradas», excepto el frontal que se hizo a partir
de una parte del techillo del alero. La nota explicativa aclara que en un extremo del altar se
contiene el escudo del Papa Pío XII, quien era el Pontífice en el momento, y que el escudo
del cardenal McIntire que adorna el otro extremo del altar fue puesto allí porque el cardenal
James Francis McIntire había sido el Arzobispo de Los Ángeles (CA) y gran amigo de los
Donohue en el momento de la adquisición de las sillas y del altar, y continúa la aclaración
de que la cara posterior del altar se adorna con el escudo de S. Bernardino de Siena, santo
patrón franciscano de la sra. Bernardine Donohue, y otro en honor a san José, el santo cuyo
nombre y devoción tomó Daniel J. Donohue al recibir el sacramento de Confirmación, según
la costumbre de los Estados Unidos, y que fue patrón de su residencia en Los Ángeles «Villa
San Giuseppe» construida en 1966-1967.

12
Otorgados por los Pontífices hasta Pablo VI, siempre a título personal «a hombres y mujeres destacados en el servicio a la
Iglesia a la fe católica o al Papa».
13
La primera adquirida por Donohue en 1961 la había comprado al magnate de la radio y los coches Earle C. Anthony que
vivió allí hasta su muerte. En una de las biografías de Donohue figura que, al morir su mujer en 1968, donó o vendió, según
las diferentes versiones, su mansión al California Institute of the Sisters of the Most Holy and Immaculate Heart of the
Blessed Virgin Mary, siendo más creíble la primera versión dado el perfil filantrópico de los Donohue.

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Asimismo la citada nota alude a la construcción del «trono», de los dos taburetes situados
a ambos lados, comprados también en Italia, mandado hacer por Donohue en consonancia
con las necesidades litúrgicas, consignando que fueron hechos también en Roma en los pri-
meros años cincuenta a juego con el conjunto. Sobre la decoración del trono, que erróneamente
ha sido considerado silla prioral, aclara la nota que simboliza la misión pastoral de un obispo.

Un último párrafo aclara que la sillería fue valorada en el momento de su donación


por competentes anticuarios (sin dar su nombre) entre los 30 000 y los 50 000 dólares,
añadiendo la opinión de los mismos de tratarse de una pieza «irreplacable because of their
early period and decoration»14.

Un segundo documento en el archivo de la Misión15 aclara que la sillería fue desar-


mada y empacada en Los Ángeles por Ninteman Construction Co, San Diego. La factura de
Beverly Delivery Service de Los Ángeles, fechada el 22 de julio 1971, refleja el embalaje de la
sillería desarmada consistente en 52 cajones y la entrega a nombre de Rvdo. Monsignor
Donald Doxie, de la iglesia de Santa Brígida16. Las cajas se mantuvieron en el almacén a que
fueron enviadas17, hasta que la misión de San Diego de Alcalá terminó la construcción de
una capilla para albergarla.  Sólo desde el 1 de abril de 1977 en adelante la MSDA comenzó
a pagar las mensualidades por el almacenamiento de la sillería. Posiblemente fue la iglesia
de Santa Brígida o el propio donante quien durante esos años, desde julio de 1971 hasta el
uno de abril de 1977 corrió con el cargo del almacenamiento y del transporte a San Diego.

Unas fotografías también conservadas en el Archivo de la Misión con un texto explica-


tivo, ofrecen documentación complementaria. En ellas aparece la sillería en dos diferentes
ubicaciones. La primera, numerada con el n.º 2, es una vista parcial, levantada sobre una tarima
en una capilla abovedada (fig. 2), en ella que se aprecian claramente los deterioros de muchas
de las sillas así como la falta de asientos. La segunda fotografía con el n.º 1 (fig. 3) está tomada
en otro lugar, un almacén con suelo de madera, claramente húmedo, en el que cuidadosamente
se han calzado parte de las sillas para alcanzar el nivel adecuado, y de donde ha desaparecido
la tarima. La fotografía muestra las sillas casi completas, en número superior a 35, dispuestas
en tres lados formando dos ángulos, siete sillas en el lado corto y quince a cada lado. Uno de
los ángulos se reproduce en la fotografía marcada con el n.º 3 (fig. 4) que es la que posible-
mente ofrece la imagen más cercana a su estado primitivo. En ella se observan perfectamente
los canes con las sonrientes cabezas de animales que adornan su cornisa, la moldura convexa
sobre ellos y el remate con el saetino con círculos muy juntos pintados de blanco.

En el documento que acompaña a las fotografías fechado el 3 de mayo de 1971 SPA-


NISH CHOIR STALLS, se consigna en tres notas numeradas:

– 1. «The picture of the ChoirStalls shows the total number as they were seen in the
Convent Chapel in Placentia, Spain», [nota que claramente se refiere a la fotografía
con el número 2];

14
Archivo de la misión de San Diego de Alcalá. Documento n.º 1.
15
Archivo misión de San Diego. Documento n.º 2.
16
St. Bridges Catholic Church 4735 Cass S. San Diego 92109.
17
Según el albarán fechado el 22-7-1971, de entrega en BekinsVn&Stage en 2949 Garnet Ave. S. D. para su fumigación, el
coste total del transporte fue de 486 dólares.

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Fig. 2. La sillería en una primitiva localización. Fotografía antigua. Archivo misión de San Diego de Alcalá.

Fig. 3. La sillería en un segundo almacén. Fotografía antigua. Archivo Misión de San Diego de Alcalá.

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Fig. 4. Ángulo superior de la sillería. Fotografía antigua. Archivo Misión de San Diego de Alcalá.

– 2. «24 Choir Stalls which are in the possession of Daniel J. Donohue, and which are
to be given to the Diocese of San Diego, and Parish of St. Brigid’s in Pacific Beach».
– 3. [refiriéndose a la fotografía n.º 3 que ofrece la siguiente descripción]: «Detail of
the canopies as they are held up by the columns above the Choir Stalls. They are
in rich coloring of red, blue and off-white tones and black. The bullock heads
are reminiscent of the Old Testament times. The arches in each Choir Stall are in-
dicative of the Moorish occupation for many hundred years in Spain, the color as
well would significant of those used at that time. The crest adorning the Choir
Stalls is that of the mistress of Charles the Cruel, who was a member of the “Padilla
family”. The Padilla family used the frying pan in its crest. This can be traced his-
torically»18.

La tradición oral indica que Donohue la envió a Msgr. I Brent Eagen párroco de la
Misión, amigo suyo de tiempo atrás. El hecho es que la sillería permaneció desmontada y
almacenada durante seis años, pues por su volumen no tenía cabida en ningún otro recinto.
El 1 de mayo de 1978 una compañía constructora de San Diego se comprometió a construir
en 150 días una capilla para albergarla, designando la construcción como «a new exhibit
building».

18
Archivo Misión de San Diego. Documento n.º 3.

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Fig. 5. La sillería en su localización actual en la «Capilla». Foto: D. Bóveda.

La «Capilla», denominada así siempre en español, claramente destinada a contener la


sillería y el altar19, se colocó fuera de la iglesia de la Misión en el ángulo NW, aunándose el
concepto de «exhibit building» con el de culto20 y se terminó cerca del mes de octubre de
1978 procediéndose a la instalación de la sillería (fig. 5), inaugurándose al año siguiente,
según lo confirma la placa allí existente:

The Glory of God /And /In Loving Memory /of/ Countess Bernadine Murphy Dono-
hue /The Chapel Choir Stalls and Altar / Are Dedicated / Sir Daniel J Donohue /
Anno Domine / MCMLXXIX

Sir Daniel J. Donohue durante toda su vida siguió aficionado a las antigüedades, no
para su propia casa sino para sus fundaciones. Posteriormente a su estancia romana mantuvo
estrecha relación con el Thomas Aquinas College de California, construyendo la Bernardine
of Siena Library, en recuerdo de su mujer y la capilla de Ntra. Señora de la Santísima Trinidad.
La nave central de esta gran biblioteca, construida en el Spanish Missions Revival Style, aun-
que ya fundada en 1995, se cubrió según se indica en su página web con un artesonado de

19
Sus dimensiones son 36’ de largo × 22,5’ de ancho (casi 11 m × 7 m).
20
En «La Capilla» se celebran bautizos casi todos los Domingos, parejas renuevan sus votos matrimoniales o contraen matri-
monio ocasionalmente, se adora al Santísimo Sacramento el primer viernes de cada mes, y durante la Semana Santa, al
terminar la misa del Jueves Santo, se lleva el Santísimo Sacramento desde la Iglesia (St. Francis Chapel) a «La Capilla», en
procesión, cantando el Tantum Ergo por «el Coro» (Mission de San Diego de Alcalá Choir). 

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1620, procedente de un convento de mercedarios descalzos de Granada, que había pertene-


cido a William Randolph Hearst y que fue donado a la Biblioteca por su último propietario,
el californiano William P. Clark21. Consultando el inventario de techumbres españolas en
poder de Hearst, publicado por Merino de Cáceres (op. cit.: 670-671) no aparece ninguno
con esta procedencia específica, aunque podría referirse al n.º 72 «Longceil II. Granada»
adquirido en 1933 o a alguno de los que figuran con heráldica en dicho inventario22.

Los documentos conservados en la Misión aclaran una serie de detalles. En primer


lugar que Apolinar Sánchez Villalba, el comerciante madrileño de la calle Santa Catalina y
que tanto vendió al Estado, especialmente al Museo Arqueológico Nacional en los primeros
años treinta23, no vendió la sillería directamente al Sr. Donohue. A la vista de los demás
documentos, la sillería fue comprada en Italia. Si fue al anticuario Morandotti de Roma o a
otro, es algo que no hemos podido aclarar todavía. Morandotti, quien tuvo su negocio en el
palacio Massimo, figura como hábil fabricante de la silla prioral o trono y del altar, pero no
conocemos su actividad como comerciante de antigüedades24. Lo cierto es que debió tener
en su poder toda la sillería para «igualar» el altar y el trono con el resto, tanto en estilo como
en colorido, algo que no podría hacerse en diferido en aquellos momentos, y que fue
contratado por Donohue para que pintase los escudos precisos que consignaban su relación
con la Santa Sede y con el arzobispado de Los Ángeles. Es muy posible que la fotografía
conservada en la MSDA (fig. 2) corresponda a este periodo romano. También es posible que
Adolph Loewi comprase allí las diez sillas que envió a Detroit, o quizás compró toda la
sillería y dividió el total entre Donohue y Detroit. Este punto se podrá aclarar seguramente
al conocerse con mayor detalle la actividad del marchante americano.

Referente al estado de conservación actual, Ángela Franco ya consignaba que en las


del MAN la policromía, con colores rosa, rojo oscuro fuerte, negro verdoso, blanco, verde
amarillo estaba muy perdida y que habían desaparecido los asientos. A través del estudio de
las fotografías de San Diego que pudo obtener, opinaba que parecía que habían sido
reaprovechadas y sometidas a un repinte y a un barnizado. En realidad la documentación
conservada en la Misión no contiene datos de actividad restauradora alguna. Si la hubo tuvo
que ser realizada en la etapa anterior, posiblemente en Italia o ya en Los Ángeles. Por las
fotografías enviadas y por las observaciones del Sr. Falcón se puede advertir la consolidación
de la parte inferior, añadiéndose zócalos a modo de rodapié en todos los soportes para
nivelar todas las sillas, adición de asientos y de listones para soportarlos (fig. 6). Los apoya-
brazos parecen estar en relativo buen estado, añadiéndose piezas escuadradas, si bien no
descartamos el que hayan sido consolidados y, como se ve en la zona de los asientos, utili-
zado clavos metálicos para la sujeción (Fig. 7). Dado el tipo de construcción de la sillería no
nos ha sido posible advertir la existencia de las «curroneras» apuntadas por Camps (Camps,

21
Al parecer amigo del magnate de la prensa, Clark fue secretario de Estado con R. Reagan. La capilla de la Santísima Trinidad,
la más recientemente construida en el complejo del Thomas Aquina College tiene un baldaquino tipo San Pedro cuyas
columnas salomónicas en bronce fueron construidas por los Talleres Arte Granda. http://www.traditional-building.com/Pre-
vious-Issues-09/DecemberProject09Stroik.html
22
«Apéndice. Inventario de techos» pp. 649 y ss., del que Byne decía «era el mayor construido en España, por sus dimensiones
(39,62 × 5,64 m) con 30 vigas maestras de 28 × 38 con sus tabicas decoradas y doradas» o referirse al procedente del con-
vento desamortizado de San Francisco en Almagro, id p. 165, n.º 21, o bien por los escudos y las dimensiones al n.º 14.
23
Informes RABASF , 2.º trimestre 1932, n.º 102. Item n.º 1374, 4.º trimestre 1932 n.º 104, (item n.º 1379).
24
Información amablemente comunicada por el actual príncipe Fabrizio Massimo, aunque lamentablemente no hemos podido
seguir la pista de este anticuario.

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244 María Paz Aguiló-Alonso

Fig. 6. Estado actual de la parte baja de la sillería. Foto: MSDA.

1932: 5), pareciéndonos más bien que se trata de simples rebajes en los fondos de los alte-
rados asientos25. En la sillería sólo se advierten restos de ranuras, al igual que en la inserción
de los canes en este caso, si son oblicuas, como apuntaba Torres Balbás.

En alguna de las fotografías se puede observar que los soportes de la parte baja eran
escuadrados hasta media altura y ochavados hasta su conexión con los brazales. Asimismo,
ochavadas son las columnas que soportan el dosel, rebajadas en sus dos extremos insertán-
dose en las bolas que sirven de basas y capiteles pintadas de amarillo oro. Lo que sí se
observa es que las caras de estas columnas van pintadas alternando el rojo y el negro (fig. 7),
manteniéndose la tablazón de los fondos sin pintar. El tercio superior se apoya en piezas
cuadradas con los escudos pintados al frente, alternando los del Rey con los de doña María
de Padilla que son los que soportan la arquería trilobulada. Entre los arcos se despliegan
contrapuestos los mismos escudos con unas dimensiones un poco mayores dispuestos en
losange al ser los de la Padilla escudos femeninos (Navarro, 1932: 126).

25
Las gorroneras nazaríes y mudéjares en sus varias modalidades son utilizadas esencialmente para las puertas (LÓPEZ PERTÍÑEZ,
2011).

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La sillería de Santa Clara de Astudillo en América: nuevas noticias y apreciaciones
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Fig. 7. Estado actual. Lado izquierdo y placa conmemorativa. Foto: MSDA.

Tres elementos nos han parecido destacables al contemplar la sillería en conjunto:

Tanto los arcos como el alicer que corre por encima bajo el alero, refuerzan su
impronta visual mediante saetinos de puntos blancos sobre fondo negro, al estilo, como ya
fue advertido por la doctora Franco, de los procedentes del palacio de Curiel de los Ajos
también en el MAN, pero igualmente presentes en otros elementos pintados del mudéjar
castellano, como el alfarje del claustro del monasterio de Sto. Domingo de Silos, y más cer-
cano aún a los arquillos que cobijan bustos y escudos en el coro alto de la iglesia de San
Juan en Santoyo (Lavado, 1982: 192) y en el artesonado de la propia iglesia del convento de
Astudillo. Este motivo se repite en las tabicas del interior de la cornisa en los que se alterna
la estrella de ocho puntas sobre fondo verde con la flor de ocho pétalos inscrita en un círculo

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246 María Paz Aguiló-Alonso

Fig. 8. Interior del alero. Zona izquierda. Foto: MSDA.

Fig. 8 b. Alero y canes. Estado actual. Foto: D. Bóveda.

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La sillería de Santa Clara de Astudillo en América: nuevas noticias y apreciaciones
247

negro sobre bermellón (fig. 8 b)26. El resto del


espacio lo completan las tablillas con atauri-
que, siguiendo únicamente dos diseños, que
se repiten alternados a ambos lados de las
ménsulas que los separan (fig. 9). Actualmente
las tablillas del frente entre los canes no van
todas alternadas sino que se repiten en
algunos casos, suponemos que por el montaje
actual. Los escudos situados sobre ellas sí son
todos iguales.

Los canes, que llamaron la atención de


Camps Cazorla por sus caritas sonrientes, son
todos iguales y en realidad representan cabe-
zas de carneros entre sus pezuñas blancas a
los lados, como se advierte en la fotografía
antigua (figs. 4 y 8 b), lo cual ratifica la teoría
de Lavado Paradinas (1977: 68), frente a la
denominación de «canes de proa» o aquillados
de Torres Balbás27. Al final del documento
citado más arriba el anónimo autor del mismo Fig. 9. Tabicas del interior del alero. Foto: MSDA.
(¿el propio Donohue?) ofrece una interpreta-
ción de la presencia de las cabezas de carne-
ros como reminiscencia de los sacrificios descritos en el Antiguo Testamento, al referir que
nueve canes y las correspondientes tablillas fueron utilizados por Morandotti en Roma para
el frente del altar y otros tres se emplearon en el frente de la «silla prioral» (fig. 10).

Las columnas, consideradas casi como pilares ochavados, presentes en las sillerías de
Toro y de Villafrechós (Yzquierdo, op. cit.: 136), aquí van rematadas en bolas no torneadas
y no en capiteles como en aquéllas. Sólo están presentes en el cuerpo alto y son de un tipo
que fue también utilizado por carpinteros toledanos, como en el patio del palacio de Inés
de Ayala, o en el Patio de los Naranjos sevillano (López Guzmán, 2000: 316) en el que se
incluye además, la decoración heráldica, las pinturas con motivos vegetales y los blasones
en las tabicas, lo que no hace sino ahondar en la relación existente entre Astudillo, Tordesi-
llas, el Alcázar sevillano, puestas de relieve por la mayoría de los investigadores (López Guz-
mán, op. cit.: 295) quienes incluso hacen alusión a la Alhambra, elementos todos ellos que
contribuyen a la ratificación de que en la segunda mitad de siglo XIV, las relaciones del
Rey castellano con su homónimo nazarí debieron ser posiblemente más importantes que
los intercambios meramente decorativos (López Guzmán, op. cit.: 301). Son varios de los
elementos existentes tanto en la sillería de Astudillo, como en la posterior de Santa Clara de
Moguer, en la que además de los leones de los soportes de esta última, presumiblemente

26
Ya advertida por Lavado su similitud con la tablazón de un alfarje de la iglesia junto al coro, con las estrellas de ocho puntas
y los círculos de formas agallonadas ocre sobre fondo negro (LAVADO: 1977: 83).
27
Martínez Caviró remonta éstos hasta la época taifa y los considera toledanos por excelencia en el siglo XIV utilizándose en
Castilla y Aragón hasta bien entrado el siglo XVI. Toledo, convento de Santa Clara, monasterio de santa Clara en Salamanca
y parroquial de Sinovas en Aranda de Duero.

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248 María Paz Aguiló-Alonso

Fig. 10. Elementos de la sillería aprovechados en el frontal del altar. Capilla. Foto: MSDA.

realizados por carpinteros nazaríes, hay frisos epigráficos, no existentes en las sillerías cas-
tellanas, siendo un elemento habitual en la arquitectura civil y sólo utilizado en aquella.

Pavón Maldonado constataba en sus obras Techumbres árabes y mudéjares en España


la indudable itinerancia de los artistas andaluces y toledanos por Castilla, que se advierte
también en la sillería palentina. Igualmente quizá podría establecerse una cierta relación
simbólica entre el tejaroz, como elemento esencial del palacio de Tordesillas y los «doseles»
de las sillas corales.

Las explicaciones aclaratorias que aparecen en los documentos en poder de la misión


de San Diego, son una buena muestra de la interpretación de la historia que se realizaba aún
en la segunda mitad del siglo XX, incluso por muy bienintencionados propietarios, sobre todo
en su empeño de buscar la continuidad bíblica de muchos de los elementos y sobre todo de
su localización primitiva, lo que les confería, a su entender, un mayor grado de verosimilitud.
Puesta al habla con sor M.ª Asunción Fombellida, actual abadesa del monasterio de Santa Clara
de Astudillo, me confirma que la estancia en la que aparece la sillería en la foto antigua
(fig. 2) de la que se asegura en el texto su procedencia palentina, no se corresponde con
ninguna del monasterio, debiendo pertenecer a otro lugar en España o en Roma28. Si bien es
cierto que la sillería de Astudillo viajó hasta el continente americano, también lo es que su
destino y la reverencia con que se trató y continúa haciéndose, poco tiene que ver con los
afanes acaparadores o museísticos de otros coleccionistas. Ya se ha comentado que «La Capilla»,
como se llamó desde el principio, tiene connotaciones especiales de museo y de lugar de
oración.

Podría considerarse, por último, a estas alturas del siglo XXI que, aunque no fuera
completamente consciente de ello, sir Daniel J. Donahue envió una obra maestra del arte
español a la Misión más española de toda la costa oeste de Estados Unidos, la de San Diego
de Alcalá, la que, repetidamente incendiada y repetidamente reconstruida, fue refundada en
1769 por el hoy san Junípero Serra, el franciscano mallorquín canonizado en Washington
precisamente este año de 2015, siendo la primera de las ventiuna misiones que fue elevada
al rango de basílica menor en el bicentenario de los EstadosUnidos como misión basílica
San Diego de Alcalá.

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La sillería de Santa Clara de Astudillo en América: nuevas noticias y apreciaciones
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Anillos musulmanes y judíos en el Museo


Arqueológico Nacional
Medieval finger rings belonging to Muslim and Jewish
Museo Arqueológico Nacional

Ana Labarta (ana.labarta@uv.es)


Universitat de València

Dedicado a Ángela Franco, con motivo de su jubilación

Resumen: Estudio de algunos anillos del MAN, andalusíes y foráneos, la mayor parte de los
cuales llevan inscripción en árabe o hebreo: cómo llegaron al Museo, procedencia, tipología
y características, lectura de sus inscripciones, contexto cultural y datación.

El trabajo sigue un orden cronológico, pero conserva la unidad de las colecciones de


Fernández-Guerra, Antonio Vives y Eulogio Saavedra a las que pertenecían algunas de las
piezas; los apartados siguientes presentan una sortija dada como granadina, una de origen
persa y un anillo mágico norteafricano. Figuran al final el único anillo con inscripción en
hebreo y uno que fue objeto de robo.

Palabras clave: Epigrafía. Árabe. Hebreo. Edad Media. Platería. Joyería.

Abstract: Study of some andalusi and foreign finger rings kept at the MAN, most of which
bear an inscription in Arabic or Hebrew: how they came to the Museum, their origin, typology
and characteristics, reading and translation of their inscriptions, comment about their cultural
context and date.

The article follows a chronological order, but retains the unity of the collections of
Fernandez-Guerra, Antonio Vives and Eulogio Saavedra to whom belonged some of the rings;
the following sections present a ring given as Nasrid, one of Persian origin, and a North
African magical ring. The only ring with an inscription in Hebrew and one that was stolen
are at the end.

Keywords: Epigraphy. Arabic. Hebrew. Middle Ages. Silverwork. Jewelry.

Introducción

En las líneas que siguen detendremos la mirada sobre algunos anillos que están o han estado
expuestos en las vitrinas del Museo Arqueológico Nacional (MAN) o guardados en sus

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Recibido: 15-10-2015 | Aceptado: 28-03-2016
252 Ana Labarta

almacenes y repasaremos la escasa bibliografía que existe sobre ellos. Preguntarnos de qué
época son y de dónde proceden estos pequeños objetos nos transporta a épocas pasadas;
intentar averiguar cómo y cuándo llegaron al Museo supone también evocar la historia de la
propia Institución y recordar a una serie de personajes pioneros de la arqueología clásica,
muchos de ellos ligados al coleccionismo, que vivieron un siglo antes de que naciera la
arqueología medieval científica.

El MAN ha pasado desde sus comienzos por muchos avatares, venturosos a veces,
desafortunados otras, al igual que los anillos a los que me referiré en este trabajo. Sus fondos
son la suma de materiales de distintas procedencias: al núcleo primitivo, integrado funda-
mentalmente por las antigüedades que se conservaban en la Biblioteca Nacional y en el
Museo de Ciencias Naturales, se fueron sumando por donación o por compra colecciones
de particulares y objetos sueltos. Pero también, desde su fundación en 1867, el Museo ha
sufrido cierres, reformas y reestructuraciones, traslados, cambios de criterio, inconvenientes
de guerra, penurias económicas, robos, etc. (Marcos, 1993).

Las joyas cedidas por particulares al Estado tenían orígenes diversos, pues en general
respondían a los gustos, aficiones o viajes de sus dueños. Algunas piezas procedentes de
hallazgos arqueológicos o casuales son medievales y andalusíes. En otros casos y en plena
época orientalista o romántica, se trajo del norte de África (casi siempre de Marruecos)
material con valor etnológico, adquirido en los zocos, que parecía evocar el pasado andalusí.
Pero se consideraron «árabes» también los objetos que llevaban inscripción en alfabeto árabe,
aunque la lengua del texto fuera persa o turco y el país de origen Turquía, Irán, Afganistán
o la India.

No siempre sus dueños guardaban memoria escrita de las circunstancias que acom-
pañaban a cada una de las piezas de esas colecciones que se incorporaron al Museo (lugar
y fecha del hallazgo o adquisición, características externas, etc.). Por eso es difícil hoy conocer
el origen primero de muchas de ellas. Además, la brevedad de los datos de los registros
internos, que no consignan el texto de las inscripciones en lenguas orientales, hace casi
imposible poder asociar con seguridad noticias con objetos.

Los anillos medievales de musulmanes y judíos de nuestra península no han merecido


ningún estudio específico; o se incluyen en los trabajos sobre joyería, al ser considerados
objetos de valor (en especial cuando son de oro), o se estudian sus leyendas árabes (cuando
las llevan), como sucede en dos artículos de finales del siglo XIX, debidos a la pluma de
Eduardo Saavedra y de Florencio Janer que tocan tangencialmente el tema que nos ocupa
(Saavedra, 1872; Janer, 1875).

No pretendo aquí adentrarme en campo tan extenso que excede con mucho los
modestos límites de un artículo, sino responder a la amable invitación de Ángela Franco a
ocuparme de algunos anillos considerados árabes y judíos que guarda actualmente el MAN
en Madrid1. En los apartados que siguen intentaré situar algunas de esas piezas de distintos

1
Dejo constancia de mi más profunda gratitud por la colaboración y todas las atenciones recibidas en mis visitas al MAN por
parte de todo su personal y de forma muy especial a Ángela Franco e Isabel Arias, del Departamento de Antigüedades Me-
dievales, a Paloma Otero y Paula Grañeda, del Departamento de Numismática y Medallística, y a Aurora Ladero, Archivera del
Departamento de Documentación del Museo que me prestaron su ayuda desinteresada e hicieron de la búsqueda una fiesta.

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Anillos de musulmanes y judíos en el Museo Arqueológico Nacional
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orígenes en su contexto cronológico y geográfico e interpretar sus letreros. Pero con este
estudio no se agota el tema, ya que en los almacenes se guarda más material que espero
poder estudiar y dar a conocer en las páginas de este mismo medio.

I. Cuatro anillos emirales procedentes de Granada

El grabado que acompaña el artículo de Saavedra dedicado a las joyas «arábigas» con
inscripciones muestra los dibujos de las 38 piezas que comenta en él, especificando el
material de que están hechas y su propietario. Son en su mayor parte piedras sueltas, de las
que muchas pertenecían entonces a Pascual de Gayangos, al igual que los cuatro anillos de
oro incluidos en el estudio; las joyas de la colección Gayangos (1809-1897) fueron donadas
por sus hijos en 1898 a la RAH, donde se conservan actualmente (Martínez, 2007).

El grabado muestra tres anillos de plata (n.os 5, 8 y 25) e indica que son «Del Sr. Fer-
nández-Guerra». Se trataba de Aureliano Fernández-Guerra y Orbe (Granada 1816-Madrid
1894), miembro numerario de la Real Academia de la Historia (RAH) desde 1856 y sucesor
de Antonio Delgado como director del Gabinete de Antigüedades de esta institución, cargo
que ocuparía desde 1867 hasta su muerte. Desde 1856 fue también miembro numerario de
la Real Academia Española, en la que desempeñó la función de bibliotecario. De tendencia
conservadora, ocupó algunos cargos en la política, lo que le supuso también destituciones
y épocas de marginación. Se interesó por la epigrafía latina, paleocristiana y visigoda, y
reunió una colección de antigüedades de cierta entidad, que se halla actualmente en el MAN
(Miranda, 2005; Miranda et alii, 2011).

Dice Saavedra (op. cit.: 472) al referirse al anillo n.º 5: «Este anillo y los otros tres que
posee el Sr. Fernández-Guerra, todos de plata y sin piedra alguna, se hallaron el pasado año
en Granada». Más adelante añade que «el Sr. Fernández-Guerra posee un anillo de plata, pro-
cedente de Granada, donde la fórmula de la unicidad de Dios […] ha quedado reducida á
unas cuantas rayas, que figuran como tres peines colocados horizontalmente» (Saavedra, op.
cit.: 478). Este anillo no se muestra en el grabado ni fue objeto de estudio más detallado en
el artículo, tal vez porque su autor no pensó que pudiera considerarse como «inscripción» lo
que estaba grabado en él. ¿Cómo y dónde aparecieron los anillos? Según los datos que da
Saavedra (op. cit.), habrían aparecido en Granada el año anterior, es decir en 1871 o poco
antes. La fecha aludida corresponde a la época de la construcción de la carretera entre
Granada y Pinos Puente, que sacó a la luz multitud de tumbas y restos arqueológicos roma-
nos, visigodos e islámicos, pero las publicaciones de la época no mencionan ningún anillo
con letreros en árabe (Gómez-Moreno, 1888: 6-11; Miranda, op. cit.: 207). ¿Dónde se habían
encontrado exactamente? ¿Y cómo llegaron los anillos a poder de Fernández-Guerra? Tal vez
dieran respuesta a estas preguntas los legajos que contienen los informes de la Comisión de
Antigüedades y los fondos personales de Fernández-Guerra con documentación sobre anti-
güedades, que se conservan en la RAH (Alberola, 1995: 34), ya que como integrante de dicha
Comisión estuvo vinculado con las excavaciones que tenían lugar en su ciudad natal. A su
muerte, la familia ofreció al Estado las colecciones de don Aureliano; en 1900 se adquirió la
de numismática (AMAN, exp. 1900/14) y en 1933, tras una nueva oferta, algunas piezas
arqueológicas, entre las que se contaban «veintisiete objetos árabes, sortijas, aretes y frag-
mentos de arquitectura» (AMAN, exp. 1933/186). Aunque no se detalle más, ésas pueden ser
las sortijas granadinas a las que se refería Saavedra. Lo que me interesa destacar aquí es que

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254 Ana Labarta

estos anillos están actualmente en el MAN, sin que hasta la fecha se hayan puesto en relación
con la colección Fernández-Guerra y sin que se conociera su procedencia. Los cuatro anillos
presentan una tipología básica similar: están hechos totalmente de plata imitando un anillo
signatorio con piedra engastada. Podrían ser de una misma época, que se situaría hacia el
año 850, pues también la letra de sus inscripciones responde a un mismo tipo de cúfico
(Ocaña, 1970: 24 y fig. 2; Barceló, 2004: 78, fig. 2 b).

1. Anillo-sello de plata (N.º Inv.: 1997/86/1), que consta de un aro macizo de sección
circular de 1,3 mm de diámetro en forma de herradura, soldado a la parte inferior de una
caja troncocónica, de base plana elíptica y perfil abombado, maciza o rellena de alguna
sustancia. Uno de los lados del aro se ha soltado de la caja. El diámetro interior del anillo es
de 19 mm. La caja mide 5 mm de altura máxima y su base 15 mm de longitud × 11 mm de
anchura. A 3 mm de la base presenta una incisión en derredor.

Lleva una inscripción en caracteres cúficos incisos en negativo, repartida en cuatro


renglones (fig. 1)2. Las letras parten de una línea de base incisa, que les sirve de guía; están
muy desgastadas en los bordes.
- / Ahmad b[n] / ‘Abd al-‘Aziz
La inscripción dice: li-llah - / wa-bi-hi. «Por y para Dios.
- ·
Ahmad b. ‘Abd al-‘Aziz».

La fórmula que utiliza el firmante para vincularse y someterse a Dios (li-llah- wa-bi-
hi) es la misma que se encuentra en la piedra del anillo signatorio hallado en 2010 en Manilva
(Tomassetti et alli, 2010)3. También está en un anillo que fue de la colección Gayangos (Mar-
- wa-la-hu), en otro
tínez, 2007: 336, n.º 189) y, con las preposiciones intercambiadas (bi-llah
de la misma procedencia (Martínez, op. cit.: 335, n.º 185); aparece en monedas de cobre atri-
buidas al emir Muhammad - wa-la-hu (Vives, 1893:
I (852-886), en las que se ha leído li-llah
·
31, n.º 320; Medina, 1992: 103, n.º 35; Frochoso, 2006: 386).

Saavedra (op. cit.: 473) denomina esta pieza «sello granadino número 8»; dice que
pone «en letras algo borrosas al-hamdu - wahda-hu / ‘Abd al-‘Aziz»,
li-llah - que traduce «Ala-
· ·
banza á Dios único / Abdelaziz», y comenta que «para dejar el nombre de Dios arriba, y el
del propietario en el centro, han echado á la parte inferior el adjetivo».

2. Anillo-sello de plata (N.º Inv. 1985/54/1) formado por un aro de sección circular
algo aplanada de 2,1 mm de grosor en forma de herradura. Los extremos del aro se han
soldado superpuestos a los lados cortos de una caja maciza troncopiramidal de base rectan-
gular. Muestra dos líneas incisas paralelas que corren a lo largo de las cuatro caras laterales,
a 1 mm y 0,5 mm de su parte alta. Diámetro interior del anillo: 18 mm. La caja mide en la
base 18 mm × 10,5 mm y en la cara superior: 11 × 7 mm; su altura es de 9 mm en los extre-
mos y 4,5 mm en el centro.

2
Para ilustrar el presente artículo se han elegido de preferencia figuras que muestran las inscripciones; pueden verse más
imágenes de cada anillo, desde otros ángulos, en el portal http://ceres.mcu.es.
3
Agradezco a José María Tomassetti, miembro de Arqueotectura S. L. Manilva (Málaga) las fotos de la pieza y copia de su
trabajo aún inédito. Mi gratitud también a Carmen Pérez Hinojosa, del Museo Municipal de Estepona, que me proporcionó
fotografías que ayudaron a la lectura de la inscripción.

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Anillos de musulmanes y judíos en el Museo Arqueológico Nacional
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La base es curva, para adaptarse


mejor al dedo; la cara superior es plana.
Presenta en ella una breve inscripción en
escritura cúfica incisa en negativo, para ser
usada como sello, repartida en tres líneas,
que, sorprendentemente, están torcidas
(fig. 2).

Mi lectura del texto presente en el


anillo es: -tiqat / Yahyà - «La con-
/ bi-llah
·
fianza de Yahyà· está en Dios». Esta expre-
sión, con distintas formulaciones, es una de Fig. 1. Anillo de plata a nombre de Ahmad
. b. ‘Abd al-‘Azīz. Pro-
las que se encuentra con más frecuencia cede de Granada. Colección Fernández-Guerra. MAN. N.º Inv.
1997/86/1. Foto: Archivo fotográfico del MAN.
en los anillos escritos en árabe, de cual-
quier procedencia.

Saavedra (op. cit.: 477, n.º 25) hace


notar que: «en vez de [una] larga leyenda,
el anillo granadino número 25 no contiene
más que esta elocuente palabra: ‘ibada -
Obediencia, entendiéndose en el sentido
de culto y adoración á Dios». El problema
es que la leyó sin darle la vuelta.

3. Anillo-sello de plata (N.º Inv. 1985/


54/2). Consta de un aro de sección semi-
circular de diámetro 1,8 mm, aplanado por
su cara interna, formando un círculo Fig. 2. Anillo de plata a nombre de Yahyà.
. Procede de Granada.
incompleto. Diámetro interior del anillo: 19 Colección Fernández-Guerra. MAN. N.º Inv. 1985/54/1. Foto:
Archivo fotográfico del MAN.
mm. Va soldado a la parte inferior de una
caja de forma troncopiramidal, de base
rectangular plana. La caja mide 14 × 9 mm
en la base y 10 × 7,5 mm en la cara supe-
rior; la altura de la cara lateral es de 4,5
mm. Al estar algo deteriorado en uno de
sus ángulos se puede comprobar que no
es maciza sino hueca, tal vez rellena de
algún material. Lleva en la parte superior
dos líneas de escritura cúfica incisa en
negativo (fig. 3).
- / yaškuru.
Mi lectura es: Mu’nis li-llah
«Mu’nis da gracias a Dios». Fig. 3. Anillo de plata a nombre de Mu’nis. Procede de Gra-
nada. Colección Fernández-Guerra. MAN. N.º Inv. 1985/54/2.
Foto: Archivo fotográfico del MAN.
Saavedra (op. cit.: 472, n.º 5) lee en
el anillo «Musa albacetí ó de Albacete» y
comenta que «la población á que el presente se refiere es una que cita el Edrisi en la juris-
dicción de Vélez-Málaga y que ya no existe».

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256 Ana Labarta

4. Anillo-sello de plata (N.º Inv.


1985/54/3). Consta de un aro de sección
circular (diámetro: 2 mm) que forma un
círculo incompleto, con los extremos algo
aplanados soldados a la parte inferior de
una caja de forma troncocónica, de base
ovalada. El diámetro interior del anillo es
de 17 mm. La caja mide 11 × 16 mm en la
base y 10 × 10 mm en la cara superior. La
pared lateral mide 5 mm de altura;
presenta señales de soldadura de la cara
Fig. 4. Anillo de plata a nombre de Afrā’ Procede de Granada. superior y una línea continua a 1 mm de
Colección Fernández-Guerra. MAN. N.º Inv. 1985/54/3. Foto: ella. En ésta lleva una inscripción en escri-
Archivo fotográfico del MAN.
tura cúfica incisa en negativo repartida en
tres líneas (fig. 4).

- / bi-llah.
Dice: -tiqat / ‘Afra’ - «‘Afra’
- confía en Dios» (lit. «La confianza de ‘Afra’
- está en
Dios»). Este nombre propio de mujer, documentado también en al-Andalus, es popular por
ser el de la protagonista de una de las muchas historias de amor casto y trágico famosas en
-
la literatura árabe desde los inicios: ‘Urwa y ‘Afra’.

Ignoro por qué motivo este anillo no figuraba en el artículo de Saavedra; tal vez
Fernández-Guerra lo adquiriera en fecha posterior; su aspecto me hace descartar que se trate
de aquel cuyas letras parecían tres peines y del que probablemente se desprendió.

II. Los anillos de la Colección Vives

Interesado por la arqueología y especialmente por la numismática ibérica, romana y árabe,


Antonio Vives Escudero (Madrid 1859-1925) fue coleccionista de bronces ibero-romanos y
de monedas, sobre todo árabes. Amigo de Francisco Codera y de Eduardo Saavedra, dedicó
un estudio aún hoy clásico a las Monedas de las dinastías arábigo-españolas (Vives, 1893) y
otro a La moneda hispánica (Vives, 1926). Académico de la RAH (1901), arabista del Museo
Arqueológico (1904), catedrático de Epigrafía y Numismática de la Universidad Central (1905),
asesoraba a los condes de Valencia de Don Juan en la compra de material arqueológico y
monedas para lo que sería luego el Instituto, del que fue director desde 1922 hasta su falle-
cimiento (García y Bellido y García y Bellido, 1993: 14-20).

En 1910, Antonio Vives hizo una propuesta de venta al Estado español, con destino
al MAN, de su colección de objetos arqueológicos, para lo cual se hicieron siete grupos. De
ellos, el grupo 7 estaba dedicado a la orfebrería y se tasó desglosado en dos lotes. El A,
compuesto por 15 piezas de oro, por las que pedía 6 100 pesetas, que posteriormente Vives
retiró, y el B, que incluía 20 objetos de plata, valorados en 5 550 pesetas. Éste fue el primero
que se compró. «En el año 1910 se publica una R. O. disponiendo la adquisición del grupo
séptimo, compuesto por veinte piezas de plata, por un valor de cinco mil quinientas pesetas»
(Martín Nieto, 1993: 73). La cifra era astronómica, sobre todo cuando se comprueba el precio
que había pagado Vives por alguno de los anillos. Al no ser de bronce, sino de plata, y no
datar de la Antigüedad, sino de época medieval, Mélida no se ocupó de ellos al comentar la

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Anillos de musulmanes y judíos en el Museo Arqueológico Nacional
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colección de bronces antiguos de Vives (Mélida, 1900). Pero se pueden ver dibujados en las
láminas 132 y 133 del Album de dibujos de la colección de bronces antiguos de Antonio Vives
(García y Bellido y García y Bellido, op. cit.: 126-127) donde se comprueba que se trataba
de dieciséis sortijas y cuatro colgantes o cuentas de collar.

¿De dónde procedían los anillos? No consta, al parecer, en ningún sitio. Se señala, de
manera general, que los objetos de la colección Vives procedían de Andalucía, Extremadura
y la Meseta Norte, y también de Teruel, Ibiza y Menorca, pero todos los anillos figuran entre
los «Objetos sin procedencia» (García y Bellido y García y Bellido, op. cit.: 17, 293).

La consulta de las cartas que el médico y coleccionista Tomás Román Pulido escribía
a Vives desde Villacarrillo ( Jaén) entre 1901 y 1908, remitiéndole objetos que adquiría en la
comarca (AMAN, exp. 1913/59), deja entrever que alguno de los anillos pudo venir de allí.
El 4-05-1901 le mandaba, entre otras cosas, una sortija de plata [f. 7]. El 9-9-1901 dos anillos
[f. 14]. Entre las escuetas noticias, el 6-9-1904 le habla de «una sortija árabe que me han dado
para ver si la compro y que se la mando para que la vea y me diga lo que pueda valer
[f. 51]»; el día 14 le indicaba que «la sortija piden como último precio 19,10 pesetas [f. 52]»;
finalmente el 24 «la sortija la han cedido en 10 pesetas (la árabe que le mandé) [f. 53]».

Cuando se publicó el Álbum, todos estos anillos se hallaban en paradero desconocido:


«estas piezas no están recogidas en el Álbum de Siluetas, ni se han hallado en el MAN» y
figuraban entre los «Objetos no localizados» ni en el MAN, ni en la Hispanic Society de Nueva
York ni en el Instituto Valencia de Don Juan, centros de destino de la colección de bronces
(García y Bellido y García y Bellido, op. cit.: 253, nota 37, 299). Y sin embargo cuatro de las
fichas actuales del Museo remiten acertadamente a la obra de García Bellido. Esto quiere decir
que los cuatro anillos de la lámina 132 ya han sido localizados en él. Teniendo en cuenta que el
conjunto de los anillos formaba un mismo lote
en el momento en que se adquirió la colección
Vives, parece posible que los doce anillos res-
tantes, dibujados en la lámina 133, se encuen-
tren también en los almacenes del MAN.

1. Anillo-sello de plata (N.º Inv. 57357)


de la colección Vives (García y Bellido y Gar-
cía y Bellido, op. cit.: 253, n.º 7 [773] y lám.
132). El aro es de sección semicircular, de 2,5
mm de grosor; el diámetro interior del anillo
mide 18 mm. Forma un círculo incompleto
que va soldado a una caja troncocónica de
base elíptica cuyos diámetros máximos miden
12 × 17 mm en la base y 11 × 14 mm en la
cara superior; la altura del lateral es de 4 mm.
Está adornada con dos líneas incisas que la
rodean a 0,7 mm y 1,5 mm del borde superior.

La caja es hueca y en su interior


Fig. 5. Anillo de plata con la profesión de fe islámica.
queda algo que suena, tal vez restos del Colección Vives. MAN. N.º Inv. 57357. Foto: Archivo fotográ-
relleno o tal vez un fragmento del propio fico del MAN.

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metal, que está algo roto en la base (fig. 5). En la cara superior puede leerse en dos líneas
de caracteres cúficos incisos en negativo la profesión de fe islámica: la- ilaha
- illa- -llah
- / Mu-
hammad - -
rasulu -llah. «No hay más dios que Dios. Mahoma es el enviado de Dios».
·

Tanto tipológicamente como por la leyenda que lleva y por la letra, es muy similar al
anillo DJ033342/6 del Museo Arqueológico y Etnológico de Córdoba, hallado en 2008 en las
excavaciones de un cementerio islámico4. Se le podría suponer procedencia cordobesa y
cronología de finales del califato.

2. Anillo-sello de plata (N.º Inv.


57358) de la colección Vives (García y
Bellido, y García y Bellido, op. cit.: 253, n.º
5 [774] y lám. 132). Aro de sección circular
de 1,5 mm de grosor que forma un círculo
incompleto, soldado a las caras laterales de
una caja prismática de base rectangular,
algo desgastada en los ángulos, que mide
8 × 9 mm; la altura del lateral es de 3 mm.
La soldadura parece haber sido reparada
en fecha moderna. El diámetro interior del
-
Fig. 6. Anillo de plata a nombre de Nasih. anillo es de 18 mm. En la cara superior
. . Colección Vives.
MAN. N.º Inv. 57358. Foto: Archivo fotográfico del MAN. figuran tres líneas de escritura cúfica en
negativo (fig. 6) en las que dice:

-
- amin
Nasih/ - / wa-bi-kaffi-hi.
bi-llah
- · ·
«Nasih
· · / confía en Dios / y en Su mano».
El tipo de letra lleva a datarlo en la
segunda mitad del siglo IX.

3. Anillo-sello de plata (N.º Inv.


57359) de la colección Vives (García y Be-
llido y García y Bellido, op. cit.: 253, n.º 6
[772] y lám. 132). Aro de sección semicir-
cular, de 3 mm de grosor, que forma un cír-
Fig. 7. Anillo de plata a nombre de Qāsim. Colección Vives. culo incompleto soldado a la base de una
MAN. N.º Inv. 57359. Foto: Archivo fotográfico del MAN. caja de forma tronco-cónica de base elíp-
tica, hueca con relleno. El diámetro interior
del aro es de 19 mm. Las dimensiones de
la caja son: en la base 12 × 19 mm y en la cara superior, 10 x 13 mm. La altura del lateral es
de 4 mm. Lleva dos líneas de escritura cúfica, incisa en negativo para su uso como sello (fig.
7), en las que leo: Qasim - bi–llah- / yatiq. «Qasim
- confía en Dios». La leyenda se complementa
-

4
En otro trabajo me he ocupado de éste y otros anillos aparecidos recientemente en Córdoba (LABARTA; LÓPEZ y LÓPEZ, 2014-
2015). Agradezco de corazón las facilidades para el estudio de las piezas conservadas en el Museo Arqueológico de
Córdoba que generosamente me brindan siempre su directora, M.ª Dolores Baena, y su conservadora, M.ª Jesús Moreno.

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con tres adornos incisos, formados por un ángulo con su bisectriz. Por el tipo de anillo y el
tipo de letra se podría proponer fecharlo entre finales del siglo IX y principios del X.

4. Anillo de plata (N.º Inv. 57360) de


la colección Vives (García y Bellido y Gar-
cía y Bellido, op. cit.: 253, n.º 4 [775] y lám.
132). El aro es de sección semicircular, de
5 mm de ancho y 1,5 mm de grosor, con
un resalte lenticular de 6 mm en el exterior
de la parte inferior; forma un círculo com-
pleto de 22 mm de diámetro. La parte
superior es un disco plano de 20 mm de
diámetro y entre 1 y 2 mm de grosor.

Notaremos varias anomalías: el diá-


metro interior del aro es muy grande en
comparación con los 18 mm habituales
(oscilan entre 17 y 19 mm); el aro forma
un círculo completo y no está soldado del
modo acostumbrado a la plataforma supe- Fig. 8. Anillo de plata posiblemente falso. Colección Vives.
rior (en vez de caja). La protuberancia MAN. N.º Inv. 57360. Foto: Archivo fotográfico del MAN.
lenticular de la parte inferior del aro tam-
poco se ve en anillos andalusíes.

En el sello figura una leyenda en escritura árabe incisa en positivo (fig. 8), lo cual in-
valida su función signatoria. Va repartida en tres líneas torcidas, de trazado irregular. La letra
es cursiva, con puntos y alguna vocal y signo auxiliar; la puntuación de fa’- y qaf - es de tipo
oriental, y esto indica que no es andalusí ni procede de los países del Magreb. En el texto
se puede leer: Allah- ya- Muhammad / salli- al-fiqir [o sallà, si los dos puntos pertenecen a la
· · ·
^ (?). No acierto a entender qué se ha pretendido escribir en la tercera
línea siguiente] / -tyl
línea, que parece trazada por alguien que no domina la grafía árabe. En conjunto, creo que
es una falsificación o imitación moderna, es decir de finales del siglo XIX o principios del XX.

III. Donación de Eulogio Saavedra


Aunque natural de Mula, Eulogio Saavedra y Pérez de Meca (1827-1896) pasó casi toda su vida
en Lorca, donde fue decano del Ilustre Colegio de Abogados (1878) y ciudad de la que fue
Alcalde en más de una ocasión, la primera en 1876. Apasionado por la historia y la arqueología,
sobre las que daba conferencias, estuvo vinculado a la Comisión de Monumentos desde 1864
(Vilar, 1998: 48-50 y nota 9). Fue autor de diversos trabajos relacionados con estos temas, sobre
el castillo de Lorca (1890), la Lorca romana (1997), Mastia y Tarteso (1929). Gustaba de pros-
pectar ruinas y yacimientos y refiriéndose al cerro de la Almagra, en Mula, él mismo les narraba
por carta a sus padres en 1857: «he recorrido todo el muro del que se conservan unos grandes
trozos en buena conservación y recogido muchos tiestos» (González, y Fernández, 2002: 332).

Afirma Mélida (1897: 519) que, «llevado el Sr. Saavedra de sus aficiones arqueológicas,
reunió en Lorca una curiosa colección de antigüedades, en su mayoría regionales». Coleccio-

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naba los objetos hallados de manera fortuita, aunque parece haber adquirido también alguno
en el mercado anticuario: Mélida sugiere que «compraría de segunda o tercera mano» los ídolos
sardos presentes en la colección; se sabe que no tenía inconveniente en intercambiar sus
monedas con las de otros coleccionistas, como Antonio Delgado (Martín Escudero, 2011: 873).

Donó en vida un número considerable de objetos al Museo de Murcia (Gómez, 2008:


37) y dispuso en su testamento que a su muerte «los objetos de bronce, cobre y plomo de
su colección fuesen regalados al MAN» (Mélida, op. cit.: 519). Así ingresó en 1897 un signi-
ficativo lote, con las piezas consideradas de mayor calidad. El ejecutor del testamento «D.
Julio Mellado hizo la entrega de dichas piezas, manifestando que muchas de ellas proceden
de diversos puntos de las provincias de Murcia, Albacete y, sobre todo, de Jaén» (Mélida,
op. cit.: 519). Mélida publicó inmediatamente una lista del material recién incorporado, pero
prestó poco interés al que no pertenecía a la Antigüedad, que despachó con la frase: «Además
de estos objetos hay otros menos importantes, árabes y modernos, también de bronce, que
han entrado en la Sección II» (Mélida, op. cit.: 522). Entre ellos se encontraría el anillo que
nos ocupa. Si bien la colección procede de Lorca (Murcia), no hay indicación sobre las
circunstancias ni el lugar concreto en que fue hallado.

Anillo de plata (N.º Inv. 56724). El


aro es de sección romboidal curva de 4,5
mm de diámetro; a ambos lados, junto a su
unión con la cazoleta, lleva unas incisiones
a modo de espigas y aspas (fig. 9). Forma
un círculo incompleto, soldado a la base de
la caja. El diámetro interior del anillo es de
18 mm. La caja es de forma troncocónica,
de base elíptica; mide 18 × 14 mm en la
base y 14 × 10 mm en la boca. La altura de
la pared es de 14 mm. El borde superior
Fig. 9. Anillo de plata que ha perdido la piedra. Colección de está muy deteriorado y roto, pero en algún
Eulogio Saavedra. MAN. N.º Inv: 56724. Foto: Archivo fotográ- punto conserva restos de una cenefa deco-
fico del MAN.
rativa incisa formada por dos líneas parale-
las y entre ellas pequeños segmentos
oblicuos. La cápsula hueca, hoy vacía, debió llevar engastado un fragmento de pasta vítrea
o de piedra. El relleno o sedimento que se halló en su interior se conserva en una bolsita
aparte.

Este anillo tiene semejanza con los que se hallaron en el Cortijo de la Mora (Lucena,
conservados en el Museo Arqueológico de Córdoba), en particular con la decoración del
aro de CE024194 y las cajas altas para engaste de CE024197 y CE024198. Podría fecharse
como ellos hacia los años 950-1000 (Haro, 2005).

IV. Anillo de oro con amatista (N.º Inv. 1934/48/1)

En el expediente que se guarda en el archivo del MAN consta que en 1934 ingresó un anillo
comprado por 300 pesetas a don José Sánchez Honrubia, vendedor cuya identidad desconozco.

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Anillos de musulmanes y judíos en el Museo Arqueológico Nacional
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Allí se describe como: «Sortija de oro. Las letras árabes grabadas en la amatista son de tipo
granadino que pueden alcanzar el siglo XIV; y forman una palabra ornamental que dice al-
-
‘afiya significando para unos la salud y para otros gracia o perdón. Se trata de la alafia muy
repetida a veces» (AMAN, exp. 1934/48). La Guía del Museo parece aludir a esta pieza cuando
menciona «un anillo de oro con esmeralda en la cual está tallada la palabra «al-acimatu (la
fama)» (Zozaya, 1991-1992, II: 50).

Anillo de oro. Aro de sección circular, de 1 mm de diámetro abajo, donde está roto,
que se engrosa hasta 1,8 mm arriba, soldado a una cápsula casi semiesférica, de boca octo-
gonal, que mide 8 mm de anchura × 6 de altura. Está decorado con esmalte negro en el
exterior y también en la parte superior del aro. Diámetro interior del anillo: 17 mm.

Lleva engastada una amatista de color lila claro, con la corona de talla plana en forma
octogonal y corte a bisel formando una galería (fig. 10.1). Está decorada con una inscripción
en letra árabe cursiva con puntos diacríticos, grabada del derecho, que dice: al-‘azama
· «la
majestad». Aunque oculto en el engaste, el pabellón de la piedra parece estar tallado también
con ocho facetas.

La tipología de este anillo, com-


puesto de un aro fino y un alvéolo con pie-
dra engastada, recuerda vagamente la de
algunas piezas orientales, que se sitúan de
manera muy imprecisa en Egipto, Grecia o
Anatolia y se fechan en los siglos XIV o XV
(Wenzel, 1993: n.os 331, 391 a 397, 404 y
414). Pero con los que tiene mayor analo-
gía y similitud es con varios anillos de oro
y esmalte negro, de cápsula semiesférica
gallonada y boca hexagonal, hechos en
Europa occidental y datados hacia 1600
(1575-1630), como los que se conservan en
el British Museum (Dalton, 1912, n.º 1902, Fig. 10. 1. Anillo de oro con amatista. MAN n.º Inv. 1934/48/1.
Foto: Archivo fotográfico del MAN.
lám. 27), en el Museo Victoria & Albert de
Londres (M.553-1910, 731-1902, M.556-
1910) y en colecciones particulares.

Por lo que se refiere a la inscripción de nuestro anillo, la letra es de tipo cursivo con
pretensiones caligráficas, pero presenta pequeños detalles que inducen a desconfiar de ella:
carece de línea base de escritura y la palabra se ha escrito en dos niveles; el punto diacrítico
de la consonante central y más alta parece una raya mientras que los dos puntos de la última
letra no están al mismo nivel; el alif inicial tiene un apéndice - hacia la derecha típico de la
·
escritura cúfica e impropio de la caligrafía cursiva; la letra za’ no acaba de estar cerrada…

Engaste y piedra no tienen por qué ser contemporáneos. Al engaste del siglo XVII se
le pudo incorporar la amatista en fecha más moderna; pero también se le pudo grabar el
escrito árabe con posterioridad y en otro lugar al anillo con piedra original.

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262 Ana Labarta

V. Anillo de plata con sello de cornalina

En sus Apuntes para un catálogo de los objetos que comprende la colección del Museo de
Antigüedades de la Biblioteca Nacional de Madrid… Castellanos de Losada (1847: 134) men-
ciona «un anillo árabe de plata con una cornelina encarnada oval engastada, bastante grande,
en la cual está en inciso entre adornos árabes una inscripción». También en el inventario de
los fondos fundacionales del MAN, redactado al parecer por Castellanos, figura entre los
ingresos procedentes de la Biblioteca Nacional un «Anillo árabe. Plata y piedra. / Tiene
engastada una cornelina oval de regular tamaño en la que se ve grabada en hueco una
inscripción árabe entre adornos» (AMAN, sign. 31, f. 20r, as. 318).

Se vuelve a tener datos, al parecer de este mismo anillo, en la Noticia histórico-


descriptiva del Museo Arqueológico Nacional… (1876: 178-180) que habla de una cornalina
con forma elíptica de 20 × 14 mm, «sello persa grabado con muy buen arte; parece leerse en
él Serargi Samad Mohammad. Sortija-sello engastada en plata». Ignoro por qué motivo no lo
estudió Eduardo Saavedra y a quién se debe la lectura. Este anillo no se encuentra hoy en
la colección de glíptica, ni entre los materiales medievales del Museo a los que he tenido
acceso; tampoco está en el Departamento de Edad Moderna5.

VI. Anillo con inscripción de carácter mágico (N.º Inv. 51030)

Anillo de cobre o bronce de una sola pieza. Es un aro de cinta de 1 mm de grosor, que mide
8 mm de ancho en la parte inferior y se ensancha progresivamente hasta formar un cuadrado
casi plano de 22 mm de lado. El diámetro interior del anillo es de 26 mm, un tamaño que
resulta excesivo incluso para ser usado en el dedo pulgar.

Dentro del recuadro lleva cinco líneas de escritura árabe cursiva en hueco (fig. 10. 2). Se
han marcado algunos puntos diacríticos, pero no todos, siguiendo la puntuación de tipo
magrebí. La ha’- que comienza la línea 2 se ha trazado de un modo extraño; también al final
del cuarto renglón se aprecia un punto situado en un lugar anómalo. La ortografía es algo
deficiente y el texto refleja una pronunciación dialectal que no distingue entre vocales largas
y breves.

El escrito está en positivo y por tanto no se puede usar como sello. Su contenido es
de carácter mágico. Dice lo siguiente:

wa-huwa -l- qahir -


- fawqa ‘ibadi-hi / wa-huwa -l-hak[i]m - -l-jab[i]r.- ayib
^- [sic por ayib]
^
- - - - ^ - - ^ - -^ - - ^ -· - -
/ ya Sarsayayil fa‘uy fi /‘uy da‘uy di‘uy / -l-waha · bi-‘izzati-llah [pone li-llah].
«“Y Él es Quien domina a sus siervos. / Y Él es el Sabio, el Bien Informado” [Corán
- fa‘uy
VI,18]. Responde, /oh Sarsayayl, - - ^ fi- /‘uy - - ^ di‘uy
- ^ da‘uy - - ^ / ¡Rápido! por la gloria de
Dios».

5
Agradezco a la conservadora jefe del Departamento, María Ángeles Granados, que comprobara su existencia en las bases
documentales.

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Tras referirse al poder y la sabiduría


de Dios mediante una cita coránica, el ani-
llo invoca al ángel llamado Sarsayayl - y le
pide que responda rápidamente por la glo-
ria de Dios y con ayuda de la fórmula má-
- - ^ di‘uy.
- ^ da‘uy
- - ^ fi- ‘uy
gica fa‘uy - - ^ En distintas
obras árabes de magia se encuentran men-
cionadas (con variantes) y empleadas estas
cuatro palabras mágicas que riman en -uy: -^
para hacer volver al esclavo huido, en la
enciclopedia de magia del famoso autor
argelino al-Buni - - (m. 1225) (Doutté, 1908:
245); escritas sobre una camisa como pro-
tección en la lucha (Demonsablon, 1986: Fig. 10. 2. Anillo de bronce con inscripción de carácter mágico.
234); para curar enfermedades, en el Mis- MAN. N.º Inv. 51030. Foto: Archivo fotográfico del MAN.
celáneo de Salomón (Albarracín y Martínez,
1987: 152, 182; ff. 12r, 26r). La recopilación
morisca de textos mágicos titulada Libro de dichos maravillosos las usa para sanar dolores,
para hacer un talismán que domine a los genios (asociado a la expresión responded, en el
nombre de Dios) y en otro lugar urge a los genios a auxiliar al dueño del escrito que las
lleve, darle éxito, protegerle y ayudarle en lo que necesite por el poder de esta fórmula, que
figuraba en el sello de Salomón, hijo de David (Labarta, 1993: 0.40, 0.24, ff. 62v, 157r, 208v).

Se desconoce la procedencia de este anillo y por qué caminos llegó al Museo, pero
sus características y el tipo de letra usado me inclinan a pensar que podría tratarse de una
pieza del siglo XIX traída de Marruecos.

VII. Anillo con inscripción en letras hebreas (N.º Inv. 63600)

Frente a la relativa abundancia de anillos con epígrafes en árabe es notable que se conserve
uno solo con inscripción en hebreo. Ha sido ya objeto de comentario por Ángela Franco
(1995: 112, n.º 15; 2007: 219).

Anillo de oro. Está formado por un aro de cinta de 0,5 mm de grosor y 1 mm de


ancho y una placa plana octogonal; el diámetro interior del anillo es de 19 mm. En la parte
superior, antes de unirse a la placa, el aro se engrosa y ensancha hasta 3 mm y tiene luego
unos estrechamientos decorativos. La placa superior, de 11 mm de diámetro, presenta una
banda central con inscripción en bellos caracteres hebreos, entre franjas paralelas con deco-
ración vegetal, todo ello inciso. La caja de escritura mide 10 × 3 mm. Sólo lleva grabado un
nombre de mujer: Bunah dunah Bonadona (fig. 10. 3).

Desde el punto de vista lingüístico, el nombre tiene una forma catalana, lo que apunta
a una procedencia del levante peninsular. Una rápida consulta a los trabajos sobre las aljamas
judías de la zona me ha permitido constatar que este nombre está documentado en abun-
dancia durante los siglos XIII, XIV y XV en las juderías de Puigcerdà, Gerona, Barcelona,
Baleares, Valencia y Zaragoza, junto a otros nombres de mujer, como Astruga, Dolça o Goig
que también figuran en anillos judíos conservados y publicados.

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264 Ana Labarta

La inscripción está en positivo, de


manera que no puede considerarse un
anillo-sello. El interior de las letras y de la
decoración está inciso de una manera algo
burda, y esto hace pensar que los surcos no
quedarían a la vista, como están ahora, sino
que irían rellenos para que las letras desta-
casen en oscuro sobre el oro. Así estaba
hecho un anillo similar, hoy en paradero
desconocido, que apareció en la tumba 2
al excavar en 1926 la necrópolis judía de
Teruel: «3º. Anillo con chatón octogonal, en
Fig. 10. 3. Anillo de oro con inscripción en hebreo a nombre el que se dibujan tres zonas; en la parte
de Bonadona. MAN. N.º Inv. 63600. Foto: Archivo fotográfico superior e inferior se destacan sobre fondo
del MAN.
negro dos motivos florales doblemente
incurvados, y ambos ciñen la central, en la
que, en negro, se destacan sobre el oro las letras de la inscripción hebraica. Material: Oro y
nielado. Peso: 5,50 gramos. Conservación: Buena. Fig. II, B.» (Floriano, 1923: 847). Cantera
y Millás (1956: 374-375, n.º 260) leyeron en él el nombre femenino «Yokebed».

Nuestra pieza tiene un claro paralelo en el anillo de oro que se halló en Lérida hacia
1870 y que adquirió el Institut d’Estudis Ilerdencs de la Diputació de Lleida y conserva el
Museu Diocesà (N.º Inv. L-2718). La placa superior, de forma octogonal con los lados ligera-
mente ondulados, presenta una banda central con inscripción en caracteres hebreos en
positivo, enmarcada por dos cenefas. En este caso las letras en oro destacarían sobre el fondo
oscuro. La inscripción del anillo de Lérida lleva el nombre de mujer «Goig» (Romano, 1960:
62-65).

Placas de forma octogonal o circular con un nombre propio inciso en positivo en una
cartela central enmarcada por dos bandas de decoración pueden verse en anillos de plata y
bronce (que tal vez hubieran estado sobredorados) que se conservan en el Museo Numantino
de Soria, procedentes de la necrópolis del Cerro de los Judíos de Deza (Soria). Junto con
ellos se hallaron dos monedas de vellón de Enrique II de Trastámara (1369-1379), que
confirman la datación de todos estos anillos en el siglo XIV (Casanovas, y Ripoll, 1983; Terés,
2002: 117-119).

Un anillo de plata de similares características se encontró en las excavaciones del


cementerio judío de Teruel, en la tumba 6. Hoy perdido, quedan de él la descripción de
Floriano y el dibujo que la acompaña (Floriano, op. cit.: 849 y fig. IV, D) por el que sabemos
que texto y decoración iban incisos. La inscripción hebrea llevaba el nombre de mujer «Dulce»
en su forma catalana Dolça (Cantera, y Millás, op. cit.: 375).

VIII. Anillo de oro que fue robado del Museo

Cuando Janer dedicó su atención a las joyas árabes de oro conservadas en el MAN, sólo des-
tacó entre ellas un anillo. Acompaña al artículo una cromolitografía en la que se ilustran las
joyas; en ella el anillo está señalado con el n.º 3. Nada se indica en el texto respecto a la

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procedencia de las joyas, sus medidas, peso ni cronología. Janer daba de él la siguiente des-
cripción: «Un anillo ó sortija, con cuatro piedras verdes y un granate en medio, de escaso
valor, presentando en su dibujo un cuadrado, con puntos, redondeles y líneas afiligranadas,
pero sin afectar la forma curva (núm. 3 de la lámina)» ( Janer, op. cit.: 529).

Llama la atención que la Noticia histórico-descriptiva al mencionar las joyas árabes


del MAN no aluda a ningún anillo o sortija y se limite a relacionar los «diez y siete objetos
árabes de oro y perlas que consisten en collares, pendientes y brazaletes, la mayor parte de
ellos encontrados en excavaciones hechas en Mondújar (Provincia de Granada)» (Noticia,
op. cit.: 106). Parece desprenderse de ello que nuestro anillo no formaba parte del hallazgo
granadino. Consultado el inventario del fondo fundacional del Museo, redactado por Caste-
llanos, compruebo que entre las joyas halladas en Mondújar, que llegaron procedentes del
Gabinete de Antigüedades del Museo de Ciencias Naturales, no había ningún anillo (AMAN,
sign. 31, ff. 45-46).

¿De dónde provenía éste? A pesar de existir en el registro de compras referencias del
siglo XIX a anillos de oro «árabes», faltan detalles precisos que permitan realizar una identifi-
cación. Mis sospechas recaen en un «anillo de oro árabe, estilo granadino» que ingresó en el
Museo en 1872, junto al gran lote de antigüedades que se adquirieron a José Ignacio Miró
(AMAN, exp. 1870/10 f. 45v); lo que sorprende es que nunca se menciona tal pieza en los
detallados catálogos, informes y tasaciones que se compilaron durante las largas negociacio-
nes entre el coleccionista y el Museo. Parece tratarse del que se compró en esa misma fecha
a Vicente Juan Amat, el malfamado relojero de Yecla, que se describía como «anillo de oro
árabe, estilo granadino» (AMAN, Compras, f. 21; AMAN, exp. 1872/12).

El Archivo conserva un expediente (AMAN, exp. 1894/22) que da cuenta del robo
de joyas árabes de oro, que se exponían en una de las vitrinas de la sala Árabe, sufrido el
15 de mayo de 1894 siendo director del Museo Juan de Dios de la Rada. Con la denuncia
se entregó a la policía «una lámina en que están copiados los objetos sustraídos, publicada
en el Museo Español de Antigüedades» y
el detalle de las joyas robadas, cuyas
fichas se incluyen en los ff. 2 a 12. Entre
ellas estaba el anillo que nos ocupa, que
se describe así (f. 11): «No. 165. Anillo de
oro y piedras. El chatón es un cuadrado
de 0,20 de lado con labores y cordones
de espigas. En el centro tiene una cápsula
cuadrada donde se halla engastado un
cristal con una materia rojiza dentro. En
cada uno de los ángulos hay una piedra
verde, acaso una esmeralda. Alto 0,05;
siglo XIV à XV».

A tenor de las descripciones y de la


ilustración (fig. 10. 4), el anillo constaba
de una placa plana, a la que estaba sujeto
Fig. 10. 4. Anillo de oro que fue robado del Museo en 1894.
por debajo un aro de cinta, que se bifur- Detalle de la lámina que acompañaba el artículo de Janer en
caba antes de soldarse a ella; en ese punto Museo Español de Antigüedades, 1875.

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llevaba cuatro bolitas en relieve. La parte superior estaba adornada con tres marcos paralelos
de gráfilas a base de granos de igual tamaño. La interior parece bordeada por sendos hilos
torsos. En el centro tenía engastada una piedra roja de forma cuadrangular y en las esquinas
cuatro piedras verdes de forma circular o redondeada; ninguna se consideraba realmente
valiosa. Las cartelas entre las piedras verdes llevaban algún tipo de decoración en bajorre-
lieve.

Ignoro a qué se debía la supuesta adscripción cronológica de este anillo a los siglos
XIV o XV y su vinculación con los árabes. Desde el punto de vista tipológico, resulta bastante
atípico: se aparta formalmente de los anillos de segura adscripción musulmana que se han
conservado en nuestra península, tanto de los escasos de oro como de los más numerosos
de plata. Recuerda en cambio orfebrería de época anterior: el anillo procedente de Huete
datado en época visigoda (MAN. N.º Inv. 62176) o anillos hallados en otros países, como el
del alijo anglosajón aparecido en 2007 en Leeds (West Yorkshire, Gran Bretaña) que se data
en el siglo XI (Hoard). Que un manual de platería americano de principios de siglo XX expli-
que la manera de confeccionar una pieza análoga (Wilson, 1912: 107) refuerza la sospecha
de que sea una pieza de gusto occidental.

Abreviaturas

AMAN = Archivo del Museo Arqueológico Nacional.


AMAN, Signatura 31. «Inventario de los objetos ingresados en el Museo Arqueológico procedentes del de
Ciencias Naturales y de la Biblioteca Nacional».
AMAN, Compras = Libro Registro de Compras del Museo.

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Epitafio árabe en la Colección Monsalud


Arabic inscription in the Monsalud collection

Carmen Barceló (carme.barcelo@uv.es)


Universitat de València

Resumen: Este artículo repasa la vida y obra del marqués de Monsalud y su colección de
epigrafía romana y objetos arqueológicos. Analiza las inscripciones árabes de la colección y
estudia un ara romana de mármol hallada en Mérida (Extremadura) y usada en el siglo XII
para grabar el epitafio de una mujer musulmana con una elegía dedicada a su muerte. Tiene
ocho líneas de escritura árabe en relieve y el epitafio se conserva completo. El ara forma
parte del lapidario árabe del MAN (N.º Inv. 65007).

Palabras clave: Epigrafía. Edad Media. Al-Andalus. Imperio almohade. Inscripción (578/1182).

Abstract: This article reviews the life and work of the Marqués de Monsalud and his collec-
tion of Roman Epigraphic and Archaeological objects and analyzes the Arab inscriptions in
the collection. It studies in detail a Roman marble altar found in Mérida (Extremadura, Spain)
which was part of the Monsalud collection. In the 12th century the stone was reused to en-
grave on it the epitaph of a Muslim woman with an elegy dedicated to her death. The text
of the epitaph is preserved complete and consists of eight lines of Arabic script in relief. The
ara is part of the Arabic lapidary of the MAN (No. Inv. 65007).

Keywords: Epigraphy. Middle Ages. Al-Andalus. Almohad Empire. Tombstone (578/1182).

1. El marqués de Monsalud
Cuantos se interesan por el pasado extremeño, en especial por la epigrafía del Imperio
romano en la Lusitana y la Bética, mencionan la «colección» del marqués de Monsalud y la
relacionan casi en exclusiva con inscripciones en latín de su propiedad, de cuyos
epígrafes –junto a otras que conoció– dio cuenta en revistas de la época publicando unos
tres centenares.

Pero tuvo otros intereses, y los especialistas reconocen sus informes sobre obras de
arte y arquitectura. Se han dedicado varios trabajos a la vida, obra y colección de objetos ar-
tísticos y arqueológicos de Mariano Carlos Solano y Gálvez (1860-1910), marqués de Mon-
salud. Tomás Marín le dedicó un denso artículo, muy citado (Marín, 1951), que
publicó –según él mismo confiesa– con objeto de compensar las duras críticas que él había
vertido en su libro sobre los estudios de epigrafía latina publicados por el Marqués entre

Boletín del Museo Arqueológico Nacional 34/2016 | ISSN: 2341 - 3409 | Págs. 269-286
Recibido: 21-12-2015 | Aceptado: 16-03-2016
270 Carmen Barceló

1897 y 1908 (Mallon, y Marín, 1951). Lo recogido en ese estudio sobre la persona y trabajos
de Monsalud ha ayudado a los estudiosos posteriores interesados por el perfil biográfico, la
trayectoria intelectual y los méritos de aquel ilustre coleccionista. Lo seguiremos también en
el presente apartado.

Quinto miembro en ostentar el título de marqués, de joven se educó con los jesuitas
en la universidad de Lovaina (Bélgica) y se licenció allí en Ciencias, aunque una reciente
biografía le hace doctor en Filosofía y Letras por la misma institución académica (García,
1997). Ya en España, sus intereses se centraron en la arqueología, la epigrafía latina y el arte.
Su amistad con el jesuita Fidel Fita y Colomer (1835-1918) contribuyó a que en 1898 la Real
Academia de la Historia [RAH] le nombrara académico de número. En la Academia formó
parte de la Comisión de Antigüedades (Madrid), actuando como vocal desde 1902 hasta la
fecha de su muerte, y de la Comisión Provincial de Monumentos (Badajoz), en cuyas actas
consta su nombre en el legajo de 1868-1911 (Navarrete, 2009: 55, n.º 23).

Por su condición de miembro de la nobleza y clase palaciega de la Corona de España,


gozó de otros títulos y perteneció a reales órdenes y agrupaciones (Callejo, 1970: 423). El
Marqués también participó de forma activa en la vida política de principios del siglo XX. Jefe
del partido regionalista extremeño en Almendralejo (Badajoz), hizo campaña electoral para
ser elegido diputado en Cortes pero al final retiró su candidatura.

Atraído por la arqueología y la epigrafía, pudo reunir una colección de objetos de la


prehistoria, romanos y visigodos adquiridos en el mercado de antigüedades y en excavacio-
nes en Extremadura. Visitó sus localidades en repetidas ocasiones para buscar piezas
arqueológicas o tras la compra de alguna obra. A su costa excavó en Alange, Almendralejo,
Feria, Malpartida de la Serena, Medina de las Torres, Mérida, Nogales, Salvatierra de los
Barros, Torremegía y Villafranca de los Barros; nombres que cita en los trabajos que publicó.

Por sus estudios de inscripciones romanas de la Lusitana fue reconocido en Portugal


con la Gran Cruz de la Ordem de Cristo y la Gran Cruz de la Ordem de Nossa Senhora da
Conceição de Vila Viçosa. Su amistad con el epigrafista, arqueólogo e historiador germano
Emil Hübner (1834-1901) pudo contribuir a que el Kaiserlich-Deutschen Archäologischen Ins-
titut, antecedente del Deutsche Archäologische Institut, le nombrara correspondiente.

1.1. Coleccionismo

El palacio del marquesado de Monsalud en Almendralejo es un edificio del siglo XVII que a
finales del XIX estaba provisto de lo necesario para ser usado como vivienda. La mansión,
donde residía Solano con su madre, fue el lugar elegido para acomodar en sus dependencias
lo que iba adquiriendo. Además de exponerlo en patios y jardines, dispuso algunas piezas
arrimadas a los muros, dejando otras apiladas o amontonadas por las habitaciones.

Esta residencia del Marqués conservaba escudos, porcelanas, relojes, esculturas,


retratos de miembros del linaje, muebles nobles y obras pictóricas de valor que pertenecían
a la hacienda familiar, además de objetos arqueológicos, monedas y cerámicas acopiados
por su afán coleccionista. Para éstos albergaba la intención de organizar un museo e hizo
construir junto al palacio una nave aneja, sin llegar a verlo concluido según se deduce del
testamento de su madre, fallecida en 1911.

Boletín del Museo Arqueológico Nacional 34/2016 | ISSN: 2341 - 3409 | Págs. 269-286
Epitafio árabe en la Colección Monsalud
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Afirma Marín que a través de la bibliografía de Monsalud se puede intuir o constatar


que además de epígrafes de la etapa romana guardaba en su palacio alhajas de Alange (bra-
zaletes, conos, sortijas); doscientas hachas prehistóricas de ofita, halladas en la vega del
arroyo Harnina (Almendralejo); y tenía cuchillos y flechas de pedernal, punzones de hueso,
rodajas de barro y piedra, molinos, hachas y martillos encontrados o adquiridos en las parajes
extremeños de Feria, Nogales y La Parra (Marín, op. cit.: 367).

Con la muerte de sus amos, la mansión extremeña sufrió un lento y agónico abandono
que le hizo sufrir el heredero, un sobrino de la Marquesa que vendió o regaló parte de
lo allí almacenado; sus posesiones de Extremadura quedaron en manos de un gerente; se
segmentaron las colecciones arqueológica y epigráfica; otras piezas se perdieron o se
consideran ahora en paradero desconocido, sin que se tenga constancia de cuándo, cómo
ni quién las adquirió (Mallon, y Marín, 1951: XIII-XV).

En 1929 compró el palacio y todo su contenido el abogado pacense Mariano Larios


Rodríguez, diputado en Cortes por el distrito de Mérida desde 1923. Esto sobresaltó al alcalde
de Almendralejo: pidió al Gobernador que actuara