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“Activo/Pasivo”.

Estilos homoeróticos y formas de clasificación social en Argentina

Autor: Gustavo Blázquez (Conicet/UNC)


gustavoblazquez3@hotmail.com

“Harto trillado el tema de los roles. Se busca asociar siempre lo pasivo con debilidad, sumisión,
humillación, amaneramiento, feminización, y todos los peyorativos que se les ocurran. Es triste y terrible
seguir calificando de esa forma, como si se tratase de niveles en la escala social. ¿O acaso el activo es el
todopoderoso penetrador, el que derrocha y emana olor a hombre? No señores, dejemos de lado esas
asociaciones pavotas, pues siempre vamos a estar buscando algo inalcanzable” Penesoltero

Viejas historias
Un determinado relato acerca del devenir de los estilos homoeróticos forma parte de
cierto sentido común en la Argentina contemporánea. A ese sentido se lo puede
encontrar en obras de difusión como “La Historia de la Homosexualidad en la
Argentina” de Oscar Bazán o en piezas que forman parte del discurso literario como la
reciente colección de crónicas “Rosa Prepucio” de Alejandro Mondarelli.
Según esa story, el viejo paradigma “loca-chongo” no dejó de desaparecer desde la
transición democrática de 1983 bajo la hegemonía del nuevo paradigma “gay”, asociado
con el desarrollo del capitalismo cultural, la formación de públicos consumidores -al
mismo tiempo- diferenciados y globales, las políticas de derechos sexuales y activismo
“rosa”. Como muestra la obra sociológica de Meccia (2006; 2011) para Buenos Aires,
nuestra propia investigación para Córdoba (Blázquez y Lugones, 2012), y la obra
pionera de Sívori (2005) para Rosario en los ‘90, la realidad sería mucho más compleja.
Ese proceso de reemplazo de un estilo homoerótico por otro no tendría el mismo ritmo
en diferentes regiones geográficas y grupos sociales. Ambos estilos convivirían,
superponiéndose, afirmándose tanto como negándose, en las prácticas y discursos de
diferentes varones homosexuales en Argentina.
Como parte de la misma story, en el modelo “loca-chongo” las posiciones en el coito se
distribuirían de acuerdo a dos categorías fijas, opuestas y complementarias: “pasivo” y
“activo”. Las mismas describirían una acción (recepción/inserción) durante el coito pero
también prescribirían una subjetividad y en último término, una identidad fundada en el,
al menos idealmente, carácter invariable y unidireccional de la práctica genital y el
deseo según el discurso heternormativo.
Mientras la lengua inglesa utiliza una metáfora espacial (top/botton) para describir las
posiciones de la sodomía, el castellano utiliza una metáfora relacionada con la agencia.
La capacidad de actuar se reserva para una de las posiciones (activo) asociada con una
identidad masculina. Lo propio de los varones sería la conservación de la agencia y
perpetrar la penetración. Convertirse en receptor, anularía la agencia (pasivo), acabaría
con la honra masculina y feminizaría al sujeto. La sodomía activa entre varones
aparecería como una forma de sometimiento del otro al cual se lo degradaría y
contaminaría.
La estructura de significación que articularía esa story opone penetración/activo/varón a
recepción/pasivo/mujer. En base a ese paradigma se organizaban una serie de relatos
donde los personajes principales serían la “loca pasiva” y el “chongo activo”.
A partir de observaciones, entrevistas, interacciones virtuales, mensajes y comentarios
en el sitio web “Foro-Escort”, la ponencia busca complejizar esa story y contribuir a una
genealogía de los estilos homoeróticos en la Argentina contemporánea, a partir de la
descripción y análisis de los significados atribuidos a los guiones sexuales (Gagnon
&Simon, 1973) que organizarían la sodomía entre varones y al ano como órgano
político. “Activo” y “pasivo” dirían un tipo de acción erótica al mismo tiempo que
realizarían subjetividades en términos de clase- raza y etarios.1

Activos
En encuentros interpersonales, páginas de contactos, chats, era posible encontrar
algunos sujetos que se definían como “activos 100%” en tanto desempeñaban
exclusivamente ese rol en el intercambio genital con otros varones. Esa definición
absoluta se extremaba o atenuaba cuando, por ejemplo, afirmaban o negaban un gusto
por acariciar el pene del compañero, practicar sexo oral o besar en la boca. Quienes
aceptaban ese tipo de intercambios homoeróricos y los incorporaban al repertorio de
gestos posibles, se definían como “activos participativos”. Muchos de ellos decían haber

1
En la realización de esta tarea resultó de suma importancia las consideraciones elaboradas por David
Halperin (2000) en relación a la “homosexualidad” como un efecto de procesos históricos acumulativos
de superposición e interrelación de al menos cuatro modelos de desviación sexual y de género masculina
“premodernos” que privilegiaban el género por sobre la sexualidad con un nuevo modelo homosexual
“moderno” que invierte ese privilegio.
intentado “funcionar” como pasivos pero o no lo habían logrado, en general a causa del
dolor físico ocasionado por la penetración, o en caso de haber sido penetrados
afirmaban no haber sentido placer.
Otros activos decían poder también ocupar placenteramente un rol pasivo en ciertas
oportunidades aunque por lo general prefirieran guiar las interacciones eróticas en una
dirección que les permitiera penetra analmente a su compañero. Algunos colocaban
condiciones para que se diera la inversión de roles como el tamaño del pene, ciertas
formas corporales, o “profesiones” (camioneros, albañiles, uniformados,) y
(re)construían fetiches que la industria del porno diseminaba. Otros condicionaban la
versatilidad de su posición a las condiciones del encuentro y el tipo de interacción que
se diera con los compañeros sexuales.
Los roles, o la onda, eran materia de negociación, y, según los sujetos, su definición
previa al encuentro sexual permitía optimizar la performance erótica. Páginas como
Manhunt o ContactosSex solicitaban al usuario definir una “posición” o “rol sexual”
escogiendo entre las opciones ofrecidas.2 “Ir al grano”, “No dar vueltas”, “Cero
histeriqueo” formaba parte del ethos que animaba las prácticas eróticas en sitios
virtuales o no de encuentros sexuales, aunque como varios sujetos reclamaban la
mayoría eran unos vuelteros o chamuyeros.
La figura paradigmática del activo era el chongo, cuyo desarrollo muscular y de otros
caracteres sexuales secundarios masculinos, lo hacían un sujeto viril, joven, apetecible y
potente. De acuerdo con un forista:

“Altos, grandotes, buenas gambas y peludos (si tienen barba suman punto). Además que sean franeleros y
bien varoniles. Personalmente me gustan que sean morochos y mas grandes que yo. Obviamente esto es
una idealización. En la vida real, cuando hay química y calentura, me van petisos, rubios, flacos,
lampiños, etc. Pero sí o sí me gustan los activos bien varoniles, cero pluma”.

Como puede leerse, un elemento importante en el esquema de atracción erótica


homosexual era la poética de las performances de género. Además de las formas
corporales, el carácter atractivo se relacionaría con atributos que repetirían lo que la
cultura definía como masculino.
La figura del chongo difundida por la pornografía, el discurso publicitario y los medios
de comunicación masiva podía resultar también atractiva para mujeres heterosexuales.
2
Manhunt ofrecía las siguientes opciones: Pasivo, versátil/pasivo, sólo oral, sólo masturbar, Activo,
versátil/activo, versátil, pregúntame. Contactos sex ofrecía: No contestó, activo, pasivo, versátil.
El chongo estaba presente tanto en el boliche gay como en los clubs de mujeres, y
muchas veces los mismos strippers circulaban por esas dos escenas.
La imaginería del chongo, construida en relación con la masculinidad hegemónica y el
mercado farmacopornográfico, “inevitablemente creaba un sistema dual donde sólo
unos pocos serían clasificados como vencederos y la mayoría sería marginalizada como
perdedores” (Lanzieri & Hildebrandt, 2011:279). Su figura afectaba y confirmaba las
idealizaciones de las formas corporales masculinas legítimas y deseables, al mismo
tiempo que orientaba la acción de ciertos sujetos que, a través de dietas, gimnasia y
cirugías, buscaban devenir chongos. Sin embargo, el cultivo hiperbólico de esas
características podía colocar en duda el rol activo enunciado por el sujeto. Cuando se
acompañaba de ropas demasiado ajustadas y movimientos amanerados el sujeto podía
ser considerado una musculoca y por tanto pasivo.
Según aparecía en textos literarios, perfiles en páginas de encuentro, conversaciones
informales, historias de vida, imágenes pornográficas, el activo podía ser más joven y
frecuentemente ocupaba una posición de clase subalterna en relación a su compañero
pasivo. Esa narrativa erotizaba a ciertos varones jóvenes de los sectores populares de
modo tal que la relación activo/pasivo además de describir un tipo de interacción erótica
realizaba diferencias de clase y etarias que coagulaba en un fetiche erótico: el
chonguito.
Muchas veces se sospechaba que ese tipo de relación estaba animada por el interés
económico del joven activo: garpe, ser mantenido, pesos. Quienes más denunciaban ese
interés y excluían la posibilidad del afecto y la atracción mutua como parte de una
relación sexual, realizaban un cálculo según el cual, era más económico contratar los
servicios de un trabajador sexual que adentrarse en la conquista en espacios de
encuentro homoerótico. De acuerdo con un forista:

“por la XP propia de mas de Medio Siglo.... Largos...!! y de mis amigos...!! Si no garpas no te dan ni la
Hora los pendejos. Haciendo un analisis Costo/Beneficio, poder gastar fortunas en Nafta, entradas a
Boliches, Tragos, Zoom. etc. para conseguir una Pija, de onda, en 6 meses....! En cambio con una
llamada telfonica de 1 Peso, tenes el Nirvana en tu cama por $250 mangos....!! no hay que ser
economista....!! Hay que ser Realista”.

Otros, por su parte, daban testimonio del afecto como fundamento del encuentro. Según
relataba apasionadamente Proust, de 62 años y pasivo, en un foro gay:
“Me encontré con un hombre irresistiblemente atractivo, no sólo en lo físico sino también como persona.
Morocho, como son mi debilidad, de enormes ojazos negros, pelo renegrido, hermosa nariz aguileña, un
vozarrón resonante y melodioso que me hace cosquillas en el estómago cada vez que lo escucho. De
personalidad muy viril (dominante y posesivo, pero son "defectos" que me gustan); para quien no lo
conoce mucho puede parecer áspero, especialmente porque es muy frontal y sincero, pero yo sé de la
profundidad y nobleza de sus sentimientos... En fin, hace ya casi 3 años que somos pareja, casi
conviviente (salvo un par de días a la semana). Nos amamos y somos fieles”

Según se asombraban algunos sujetos, esas relaciones tendrían cierto tono hipergámico
para los jóvenes activos:

“es sorprendente la cantidad de flacos que me toca conocer, que disimulada o indisimuladamente buscan
en su pareja gay la via de ascenso o mejora socio-económica. Ni bien ni mal, pasa exactamente lo mismo
en lo hétero asumo yo con el ya demodé "casarse bien"... A precio de quedar como naif es que me
sorprende tanto la cantidad como el "indisimule"....Me dan muchas ganas de mandar a laburar a mas de
uno....”.

De acuerdo con los jóvenes, su preferencia por varones “maduros” y pasivos estaba
relacionada con la “mayor experiencia” que poseían, “una conversación más
interesante”, “personalidad, cultura y Poder”, aunque también se valora el cuidado de
las formas físicas (lomo). Más allá de diferentes capitales corporales, en particular el
tamaño del pene, el rasgo más destacado y deseable de los activos era su actitud. “Lo
fundamental es la actitud relajada y segura que se expresa en una miradita que te dice
‘te voy a romper el orto como nadie te lo rompió antes y no hay forma de que puedas
escaparte de esta’ ” aseguraba un forista.
Actitud era el símbolo que reunía un conjunto de propiedades corporales y sociales, pero
que suponía fundamentalmente una buena performance. La excelencia y gracia en la
actuación delataban y eran formas de poseer actitud. El estilo de esa performance
suponía la mímesis de la masculinidad heterosexual, de los modos varoniles, asertivos,
de actuar sobre el mundo. La poética de las performances eróticas del activo debía
tomar una fuerte distancia de los comportamientos “feminoides” como se los describe en
un chat, asociados con los homosexuales varones. “El vago es puto como yo, no le gusta
que se la pongan, pero le encanta la pija, sin embargo no tiene actitudes de putarraco,
eso me gusta mucho de él...” de acuerdo a un forista.
Sin embargo, según se encargaban de enfatizar ciertos sujetos, los límites entre las
diferentes masculinidades no eran tan fijos y estables, ni existía una correspondencia
exacta entre performance de género y eróticas. Según escribía un forista:

“Relajen chicas, a todas se nos caen plumas. Y hasta esos límites que me parecían de macho alfa
(ejemplo: Que cosa mas putilina hay que los roller?) ya se corrieron (me canso de ver chongos en roller).
(…)
Hasta hace poco me estuvo garchando un chabón que era fantástico: Con ropa, una maricota hecha y
derecha. Sin ropa, macho alfa cogedor tremebundo. Addendum, yo doy re macho (ponele), sin embargo
soy re-pasivo.”

En otras narrativas que también circulaban en el espacio de la etnografía, el activo era


un maduro, de mayor edad que el pasivo. Esta relación se ponía en juego a través de
diversas figuras, también explotadas por la pornografía, que iban desde el efebo griego
y el pederasta al libertino que disfrutaba de penetrar a jóvenes delgados, lampiños, con
sus cejas depiladas, con ropas y poses un tanto afeminadas. “En mi caso soy activo
100%, lo que vulgarmente se llama un bufarrón en la Argentina, o un bugarrón en el
resto de América”, sostenía el forista con el nick de guajiro.
En algunas oportunidades esos activos maduros preferían “machos bien machos”, pero
en otras, se inclinaban por varones afeminados, con escasos caracteres sexuales
secundarios masculinos, a quienes buscaba “bien putitos”, “bien nenas”, y en
oportunidades les solicitaban el uso de lencería femenina.
A diferencia de las relaciones donde el activo era más joven, cuando la penetración era
realizada por un maduro, la diferencia etaria y de rol sexual, no necesariamente suponía
una diferencia de clase. Aunque ésta no dejaba de hacerse, como lo denunciaba el uso
de la categoría loquita aplicada para jóvenes afeminados, pasivos, muchas veces de los
sectores populares o con gustos poco distinguidos (negros).
Más allá de diferencias etarias, de clase, o de las performances de género, para ciertos
sujetos, el encuentro y el placer sexual suponía una relación (más o menos fantasmática)
de dominación simbólica del activo sobre el pasivo. Según un forista autodefinido como
activo:

“Sin lugar a dudas, busco la dominación a través del sexo. Claro está que se entiende que es una
dominación momentánea, que dura lo que dura el acto sexual. Y no me refiero a una dominación por la
fuerza, si no justamente a través del deseo y de la fuerza que emana la actitud de quien es activo. Mi
morbo es cojerme un macho, cuanto más macho mejor, y hacerlo gozar hasta que no dé más,
especialmente si es la primera vez que hace de pasivo. Para esos casos soy paciente pero firme, suave, y
jamás se me ocurre practicar un sexo que pueda producir dolor o malestar” (guajiro)

El intercambio de comentarios que generó ese posteo permite observar la relación entre
dominación, sodomía y la construcción de masculinidades entre algunos varones
homosexuales.

El dominar a un macho cabrio masculino y someterlo a tus deseos y tu sexo te da mas satisfaccion sexual
(lease, mas poder) que el dominar a un pasivo asumido o una minita.... es eso? El macho de los machos (y
no el macho de un putito/a, que es lo normal). Reylagarto

Exactamente; pero no es una cuestión de sentirse más macho que los otros machos, o El macho, con
mayúscula. Es sentir que mi masculinidad, sexualmente hablando, inhibe la masculinidad de la otra parte,
y lo incita a sentir la necesidad de someterse y gozar en otro roll que el habitual que practica. ¡Suena algo
retorcido? Puede ser que lo sea. Guajiro

(…)También me sirve para expresar lo que siento yo: no es que me vaya a sentir más masculino,
realmente me siento masculino y bien al intercambiar virilidad. (mmmmm...solo espero que se entienda).
(Pixo-tero)

“Por eso.... como te sentis masculino al intercambiar virilidad, te sentirias mas masculino al tener sexo
con un tipo que con una mina, porque con la mina no estarias intercambiando virilidad...
O sea se sentian mas masculinos y conservaban su virilidad al tener sexo con otros hombres masculinos y
viriles. Y eso me pasa tambien. Reylagarto

La capacidad para someter a otro varón, cuanto más masculino mejor, parecería permitir
la reproducción de manera ampliada la masculinidad del sujeto. Junto con el
intercambio de fluidos, esos varones intercambiaban virilidad con otros que debían ser
sus iguales. La virilidad propia se (re)produciría a partir de su extracción del cuerpo del
otro, capaz de almacenarla y perderla al ceder la musculatura del esfínter anal. A
diferencia de la homosexualidad ritual melanesia donde el adulto alimentaba y dotaba
de virilidad al joven que le practicaba sexo oral (Herdt, 1982), en el caso local, quien
ocupaba la posición activa tomaba virilidad. Antes que dar, quitaba.
En esas fantasías y construcción fantasmática de subjetividades masculinas
homosexuales se conjugaban dos de las tradiciones señaladas por Halperin (2000). Por
una parte podía reconocerse la tradición de la sodomía activa, con su denigración del rol
pasivo, el sometimiento y el acento en las relaciones jerárquicas (etarias, clase-raza,
sexo-género). Por otra parte se cultivaba el paradigma de los camaradas o las “amistades
particulares” creadoras de un lazo social donde el diferencial de poder tendía a
desaparecer y los sujetos representarse como iguales.
En otras oportunidades, cuando los pasivos preferidos eran jóvenes, “sin barba, muy
muy afeminadito, superdepilado y flacucho pero con buen orto”, “sumisitos tirando a
lampiños, medio ‘nenitas’”, “flaquitos, amanerados culito firme, pijudos (todos los
pasivos lo son, es lindo verles el ganso bambolear mientras los cojes)”, “Veinteañeros,
Sin panza, ni pelos molestos”, “Bien, pero bien comilones y fiesteros”, la posición
receptiva era equiparada con la de la mujer y el intercambio genital aparecía guionado
bajo un régimen discursivo heteronormativo. Como reflexionaba un forista: “Me parece
bastante difícil, por ahora, desvincular la imagen del pasivo, de la imagen de la mujer
ya que ambos coincidimos en ser penetrados; mientras que los gays activos coinciden
con los varones heterosexuales en ponerla”
Cuando se perdía la semejanza de las performances de género entre los compañeros
sexuales, el ano aparecía como (casi) una alternativa de la vagina. Ese modelo
minoritario en términos numéricos, (re)inscribía el binarismo sexo-genérico en las
formas corporales deseables (activos varoniles y pasivos afeminados). A través de sus
prácticas y discursos, ciertos sujetos actualizaban la tradición del varón afeminado como
objeto de deseo homoerótico y, en algunos casos, el modelo de la inversión sexual
(Halperin, 2000)
Algunos contestaban ese discurso cuando sostenían:

“Bajo ningún punto de vista para mi, ser pasivo es sinónimo de querer ser mujer o ser menos hombre (ni
tampoco, el coger un pasivo). Es como cuando un hétero le pregunta a una pareja gay: "Y ente
ustedes..quien hace del hombre y quien de la mujer" y es una pregunta que me saca y a la que respondo: y
vos cuando cojés con tu señora, quien hace de hombre y quien de mujer??. JaviAlmagro.

Otros sujetos parecían estar menos preocupados con la masculinidad y rescataban la


dimensión sensorial de la experiencia sexual a la cual no buscaba significar más allá del
placer. “En mi caso particular, que soy 100% activo y de pirata, por que tengo una vida
con una mujer pero de ves en cuando busco un hombre (…). Yo busco sexo, no me
interesa su parte femenina ni nada de eso, solo pasarla bien ambos y a otra cosa”
comentaba un forista.
De maneras diferentes, recurriendo a la tradición de la sodomía, a la fuerza del vínculo
entre iguales o utilizando el binarismo sexo-genérico, el rol activo se construía como
una posición dominante y quienes lo ejercían eran identificados como más poderosos y
dotados de una mayor masculinidad que los pasivos, condenados a una posición
subalterna, más o menos, femenina.
La definición del sujeto como activo siempre podía aparecer bajo sospecha. En
conversaciones jocosas entre varones homosexuales de camadas medias que mantenían
relaciones de amistad, era frecuente que quien buscara colocarse como activo acabara
siendo degradado como pasiva. Decirse activo podía no ser sino una fachada detrás de
la cual se escondía una “verdadera naturaleza” pasiva o según el habla de los sujetos:
“toda una mujer”.
Los sujetos se quejaban de la “manía de calificar al pasivo como afeminado-nenita y al
activo como hipermachote delivery de pija” y de “la manía de denigrar al pasivo,
tratarlo con inferioridad. Cuántas veces, inclusive dentro del ambiente escucharon
utilizar la palabra "pasiva" con connotación negativa?”
La posición destacada del activo también era jaqueada por aquellos que sostenían un
discurso basado en el placer y al cual desenganchaban de sus significaciones sexo-
genéricas. “Me parece banal la idea de heterosexualizar una relación homosexual
asignando roles de "hombre" y "mujer", a algo tan potente, exitante e incomparable
como una relación homosexual, no? Por mas que uno sea pasivo y otro activo” sostenía
enfáticamente, en negrita, un forista.
Opiniones como la anterior, frecuentes entre los varones más jóvenes, con mayores
capitales culturales y generalmente autoidentificados como gays, ponían en escena la
tradición moderna de la homosexualidad en su diferencia con la heterosexualidad a la
vez que rechazaban las tradiciones “premodernas” fundadas en el género. (Halperin,
2000)

PASIVOS

Así cómo encontrábamos sujetos que decían ser exclusivamente activos, otros se
presentaban como pasivos 100% y afirmaban no ejercer otro rol. Algunos aceptaban que
les acariciaran el pene y los masturbaran mientras eran penetrados, en tanto otros
rechazan esas prácticas y aseguraban no tener erecciones. Hablando de los pasivos, un
varón activo sostenía “hay algunos que no quieren que les toques la pija, no se la dejan
tocar mucho…ni siquiera quieren que los beses. Se pajean solos o a veces ni se tocan.
ni se les para… o no acaban… podés creer?!”
Unos asociaban su rol con una posición femenina, les gustaba ser tratados como
mujeres, podían usar lencería femenina y muchas veces pedían ser denigrados e
insultados. Otros negaban esta asociación y por el contario, para ellos ser penetrados era
una forma a través de la cual construían una identidad masculina.
En un foro, uno de los participantes proponía toda una ontología de los pasivos. Para
Juancho-mil:
“Cada cual puede vivenciar ser penetrado de diferentes maneras:
1) Hay quienes se sienten en el rol femenino y es eso lo que les excita. (y no hablo de ser femenino, en mi
experiencia me ha pasado con tipos casados bien machos, te lo coges y te dicen "soy tu puta").
2) Hay quienes los vivencian como un rol de sometimiento, les encanta que quien los "posee" haga lo que
quiera con ellos. En este sentido a mi me gusta mucho dominar a quien se la pongo.
3) Quienes lo sienten como un acto de estimulación de una zona erogena y parte normal de una relación
sexual. Este es mi caso, me gusta que me la pongan por que realmente si me coge alguien que me calienta
la paso de maravillas.
4) Quienes no le queda otra, son malos siendo los que cogen.
5) Hay algunos en quienes el rol de ser penetrados me genera una incognita: es quienes se dejan garchar
por cualquiera, por ejemplo en saunas y demas, que ves que se lo cogen un sinumero de personas, sin que
se inmute, hasta me atrevería a decir que ni los ve uno gozar.

La fantasía de sumisión que reconocía el forista, aparecía directamente en el habla de


algunos sujetos, a través de imágenes como “ser poseído” o el deseo de ser “roto”,
“reventado”, “partido”. “Me calienta la idea de un tipo poseyéndome, que me rompa
bien el culo, me parta al medio… cuando veo una pija entrar en un culo … uff.. me
pone al palo!!! Es la escena que más me gusta del porno” según un entrevistado. “Me
gusta sentir que un hombre me posee, que me agarra y me mete su pija en el ojete, esa
sensacion de estar sometido de que me agarre con sus brazos fuertes y sentirme a la
vez, protegido y no se... es como.. animal!” escribía un forista.
La capacidad para “aguantar” la penetración era valorada y considerada como parte de
la masculinidad del sujeto. Según diversos sujetos “hay que ser macho para bancarse
una pija”. Esa masculinidad se sostenía en la competencia del varón para, una vez
sometido, ser capaz de disfrutar de la posición subalterna. “Lo asocio con la lucha libre,
que a mi modo de ver tiene un alto contenido erótico, y en donde dos masculinos luchan
por mostrar una supremacía” según un forista.
Esa capacidad para disfrutar o entrega aparecía como una de las virtudes de los buenos
pasivos semejante a la actitud que hacía deseables a los activos. “Me gusta bien macho,
bien chongo, si tiene vos ronca mejor, pero que pida pija como loco, que le guste la
poronga y la disfrute. Y que me diga....acabame adentroooooo!” destacaba un forista.
La entrega suponía la participación plena en la acción erótica a partir del ejercicio de
una posición receptiva, y la manifestación explícita de un deseo de ser penetrado
fundado en la admiración del activo. En un comentario sobre los varones pasivos
deseable, un forista escribía “(me gusta) bien machito, patas y cola peluda un plus, no
my grande para manejarlo bien y darle bomba mientras pide pija con voz de macho
despues de habersela hecho desear un buen toque”.
La fuerza de las palabras del pasivo, su pedido, movía al activo a cumplir con una
demanda que él mismo había generado. Esa lógica podía tener tonos más o menos
BDSM, leather, o realizarse bajo otras figuras como la relación padre/hijo o
varón/mujer. Ser tu esclavo, tu bb, buscar un daddy, pedir la mamadera, ser tu putita,
tu nenita, sentirme toda una mujer eran enunciados que daban cuentan de diferentes
poéticas de la sumisión del pasivo. “Buen culo y entregados” era el enunciado con el
cual un entrevistado resumía el tipo de varones pasivos que prefería como compañeros
eróticos.
La entrega que se buscaba en el pasivo era diferente a ser un regalado. Como parte del
ethos que guiaba diversas interacciones eróticas se destacaba la obligación del pasivo de
“no regalarse”, es decir no entregarse de manera rápida, indiferenciada, sin que mediara
una atención a la figura del activo (“cualquier pija les viene bien”), sin oponer
resistencia, tal como lo hacía el tipo 5 de pasivos que generaban una incógnita en
Juancho-mil.
La entrega formaba parte de una escena de sumisión donde la agencia se reservaba al
activo quien satisfacía porque hacía desear. Era su actitud la que generaba la entrega. El
regalado escapaba a esa lógica y reclamaba para sí la fuerza de donarse.
Otras fantasía podían animar también las relaciones activo/pasivo. Ciertos sujetos
buscaban recrear una escena erótica caracterizada por la intensa intimidad e intercambio
igualitario de afectos. Según indicamos más arriba, cuando la sodomía se daba entre
iguales, entre camaradas, se excluía la identificación del pasivo con la mujer y ser
penetrado era un modo de hacerse hombre. Según algunos foristas:
“Pocas veces entrego. El tema es que soy bien masculino y tampoco me gusta considerarme como el
"femenino" durante la relación. Mas vale tiendo a pensar que estamos los dos en lo mismo; es decir, que
ambos disfrutamos mutuamente nuestra masculinidad”

“En mi caso no me da que me humillen ni que se me hagan los machongos, en todo caso si me dejo coger
tb tomo el control yo”.

“No creo que el pasivo, que goza cuando lo penetran, sea por una feminización. Es un rol, en el que
entran fantasias que hace que les quepa más ser penetrado que penetrar”.

Sin embargo, la serie de masculinidades que se construían en torno al rol pasivo siempre
aparecían sospechadas de ser un poco menos varoniles que las de los activos y
caracterizadas por la presencia de plumas. Con ese término se designaban performance
de género masculinas que incluían comportamientos amanerados o gestualidades
femeninas propias de las divas del cine y la TV.
De maneras diferentes, la posición pasiva era denigrada y a veces, como el pasivo tipo 4
del forista, era asociada con la incapacidad para ejercer el rol activo. “Cuando se
empieza a caer la pija no quieren pasar papelones y todos terminan entregando el
culito... definitivamente...” sostenía otro forista.
Esas degradadas masculinidades “plumíferas” exigían encarnarse en un cuerpo
cultivado, juvenil, firme y de formas definidas. Algunas veces se privilegiaba el
desarrollo de la masa muscular, el lomo, y otros caracteres sexuales secundarios
masculinos de manera que asemejaran el pasivo al chongo activo. Un forista
autodefinido como activo sostenía que le gustaban los varones pasivos con “Cara de
macho nada que ver, gambas firmes mas bien grandes; culo grande, firme y lampiño
con poco uso dispuesto a ser solo mío; que bese bien abriendo la boca y usando la
lengua. Un plus si chupa bien”.
Para muchos activos, la ausencia de plumas y por ello una mímesis de la masculinidad
heterosexual era un requisito muy importante a la hora de atribuir un valor erótico a sus
compañeros. De acuerdo con un forista:

“Mientras sean masculinos... despues ya me di cuenta que me gustan como sean: altos, bajos, grandote de
cuerpos, chiquitos, culo lampiño, culo peludo, flaco, con un poquito de panza... mientras sea masculino y
me atraiga fisicamente no hay nada "especial" en sí... le doy a todo lo que me guste y listo.”
Mientras tanto, otros sujetos decían preferir jóvenes lampiños y afeminados:

“Flaquito, sin vellos, buena cola, no importa la edad, pero que aparente pendex, y que se haga la nena sin
exageraciones cuando lo cojo. Y fundamental: Que esté bieeeeen abierto. Cuando son estrechos me hacen
doler la pija”.

“linda colita, linda piernitas, tímido, sumiso y un poquito nena, menor de 25 años”

“Me gustan los bombones estilo góticos, visual keis, que sean muy femeninos, son hermosos!!”

Las masculinidades, más o menos afeminadas, con más o menos plumas, asociadas con
el rol pasivo, oscilaban entre el modelo del “chongo 100% masculino”, “cero plumas”,
“onda nada que ver” y la “loca pasiva” que, en algunos casos, disfrutaba de la práctica
del crossdressing.

Relaciones íntimas
No todos decían ser pasivos o activos 100% y muchos declaraban ejercer uno u otro rol
y se decían versátiles. La versatilidad aparecía como distintivo de una masculinidad gay
asociada con los sectores medios y jóvenes en tanto la díada “pasivo-loca”/“activo-
chongo”, era considerada propia de sujetos de mayor edad pero también más pobres.
En el modelo gay, las posiciones eróticas congeladas tenderían idealmente a desaparecer
para dar lugar a categorías como “versátil” o “amplio”. El igualitarismo que
caracterizaría el ethos de ese modelo se realizaba eróticamente en la doble acción de
penetrar/ser penetrado. La acción erótico-genital de la penetración se desprendería de su
conexión con categorías de género y del binarismo sexo/genérico para relacionarse con
el erotismo.
Como parte de ese proceso se construía una homonormatividad y se montaba una
“masculinidad gay” asociada con los más jóvenes y los más distinguidos en términos de
clase/raza. Ser gay, y en consecuencia versátil, sería, por formas de presentación
personal, (buen) gusto y posición de clase, un modo de ser joven y de no ser negro3.
Más allá de las diferencias en cuanto a las performances de género y erótico-genitales,
las masculinidades gay se caracterizarían por gustos refinados, consumos elegantes, una
gestualidad civilizada y maneras cuidadas muchas veces considerados propios de las

3
A esas masculinidades gay se oponía la masculinidad de los osos. (Cf. Liarte, 2013)
mujeres. En relación a las masculinidades heterosexuales, el carácter distinguido de los
gays, subalternos en términos de sexo/género/deseo, los hacía superiores en términos de
clase/raza. De modo tal que, el gay nunca sería un negro y, aunque fuera muy chongo,
siempre se le caería alguna pluma. La mimesis era siempre imperfecta, fallada.
Sin embargo, las “viejas” categorías activo/pasivo y chongo/loca reaparecían y se
actualizaban en enunciados del tipo “más pas que act”, “más act que pas”, en páginas
web de encuentros (homo)eróticos, salas de chat gay, en la pornografía, etc. En las
conversaciones entre amigos se degradaba y feminizaba la posición receptiva y se
desconfiaba de la fachada de activo que cualquier sujeto buscara afirmar. A través de
esas prácticas, se discutían la masculinidad, la versatilidad y la posición de clase
asociada a la identidad gay de los sujetos a partir de la puesta en juego de jerarquías
sexo-genéricas, erótico-genitales y de clase-raza.
Esos modos de hacer género, tener sexo y devenir varones a partir de intercambio
erótico-genitales con otros varones, era también un modo de hacer edad. Los sujetos
deseables, especialmente en el caso de los pasivos, solían ser jóvenes, “cuanto más
pendex, mejor” resaltaban varios entrevistados.
En este sistema, los varones pasivos, de mayor edad y formas corporales menos
definidas y firmes, quedaban excluidos como objetos de deseo y condenados a contratar
trabajadores sexuales. La “loca vieja” no era activo, ni masculino, y mucho menos
joven. Subalterno en términos de sexo/género/deseo y etarios, reclamaba para sí una
posición dominante en términos de clase/raza basada en sus capitales culturales, gustos
distinguidos y consumos elegantes. La pérdida de masculinidad se contrabalanceaba con
la construcción de una posición de clase hegemónica dando lugar al personaje de “la
loca fina” o “la loca culta”. La atracción por el chongo, subalterno en términos de clase,
no haría sino (re)afirmar el carácter distinguido de “la loca” que se (re)confirmaba
cuando compraba los servicios sexuales y, mediante el flujo del dinero que invertía el
seminal, revertía su posición erótica subalterna.
Como parte de esas dinámicas, el último peldaño de las jerarquías sociales correspondía
a las loquitas: jóvenes afeminados generalmente de escasos recursos económicos, y
formas corporales poco agraciadas. Fea, ridícula, de mal gusto, muy mujer, dada a
regalarse, la loquita era demasiado pobre, femenina, pasiva, negra y joven para merecer
algún tipo de estima.
Esta primera aproximación a una temática poco discutida en los estudios sobre
(homo)sexualidades, como el par activo/pasivo, nos permite hipotetizar que los guiones
que organizaban los diferentes estilos de intercambios sexuales entre varones montarían,
a través de un tipo de acción erótica (inserción/recepción) en torno al ano, distintas
subjetividades y cuerpos masculinos, más o menos afeminados, más o menos deseables
según su edad, clase, raza, formas corporales.
La pluralidad de masculinidades resultante, el chongo, la loca y todas las formas
restantes, eran también modos de hacer sujetos diferenciados en términos de clase-raza
y etarios. En las performances erótico-genitales, esos cuerpos ponían en escena y
realizaban los conflictos entre las distintas tradiciones, “moderna” y “premodernas”, que
darían forma a las homosexualidades masculinas “contemporáneas”. (Halperin, 2000).
Al mismo tiempo, al reunir todas esas masculinidades bajo una misma categoría (gay),
como lo hacían las páginas de encuentro, foros, boliches, saunas, imágenes
pornográficas, discursos identitarios, prácticas de seducción, etc., las diferencias
(raciales, de clase, etarias, sexo-genéricas, etc.) eran reconstituidas y nuevamente
articuladas en las fronteras entre activo y pasivo, homo y heterosexualidad.

Bibliografía
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territorios del deseo homosexual entre varones”. CD. Tepoztlán Institute. México.
Halperin, David. 2000. “How to do the History of Male Homosexuality”. GLQ: A
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Lanzieri, Nicholas & Hildebrandt, Tom. 2011. “Using Hegemonic Masculinity to
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Liarte, Agustín. 2013. “De osos y cazadores… (y otros animales). Tensión entre
categorías teóricas y nativas de homosexualidad masculina”. Paper inédito.
Meccia, Ernesto. 2006. La cuestión gay. Un enfoque sociológico. Buenos Aires: Gran
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