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Final de análisis, una operación a producir

Por Héctor López

“De esto se trata al fin de un análisis;


de un crepúsculo, de un ocaso imaginario del mundo,
incluso de una experiencia que limita con la despersonalización.
Es entonces cuando lo contingente cae
-el accidente, el traumatismo, las dificultades de la historia-.
Y es entonces el ser el que llega a constituirse”.
Jacques Lacan, Los escritos técnicos de Freud, clase 18.
1.
El lugar que Freud otorga al “noble juego del ajedrez” en varios de sus artículos2, y que también Lacan emplea para repensar
la lógica del análisis3, nos reasegura en la convicción de estar frente a algo diferente a una simple analogía literaria. Se trata de
una verdadera equivalencia de estructura: el desarrollo de un análisis es una partida de ajedrez; la operación a producir en el
primero es la misma a producir en la segunda. La “estrategia del ajedrez” (Schachstrategie) que menciona Freud es también la
estrategia del análisis, y el fin que se persigue, es el mismo.

Introducir aquí la partida (de ajedrez o analítica) como una “operación a producir” comporta que el final está implicado desde
el principio; la partida tiende, por sus propias reglas, a la producción de dicha operación. No existe partida infinita, existen sí
demoras, vacilaciones, desvíos, “resistencias”, pero cada movimiento está tensionado desde el “momento de concluir” que insiste
y es la razón de cada instancia del desarrollo4.

Ese momento está signado por la emergencia abrupta y decisiva de un nuevo significante: en el ajedrez el “jaque mate”, en el
análisis la “liberación” de la transferencia, que si bien recorre elidido toda la cadena de movimientos de la partida, sólo aparece al
final metaforizando, es decir sustituyendo y dándole un sentido après coup a todo el desarrollo.

Este nuevo significante que simboliza la puesta fuera de juego del rey, es decir su caída (en lengua árabe “jaque mate”
significa “el rey ha muerto”), equivale en todo a la operación mediante la cual el analizante se liberaría del imperio de la
transferencia por la creación de un significante nuevo que no dependería ya totalmente de los significantes del Otro que lo
constituyeron como sujeto alienado. Y su efecto será un nuevo nombre, el “propio” del sujeto, una parición del ser en el acto de
separación (se-parere, Lacan, El Seminario 11. Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis). La paradoja, como
veremos, es que será en el ámbito de “lo impropio” donde el sujeto deba conquistar su nombre propio.

Para ello es necesario el atravesamiento de una fantasía fundamental que se alimenta del análisis mismo en su faz de
resistencia: la de “ser un eterno analizante”, que Freud descubrió bajo la forma de “reacción terapéutica negativa” en tanto
satisfacción neurótica de vivir bajo la protección del Otro (del padre, dice Freud). Es una fantasía que se complace en gozar del
análisis y de la transferencia, de que la partida no tenga fin, de que el amor del padre sea un amor ilusoriamente eterno, de todo
aquello en fin que Freud reunió bajo el nombre de “resistencia de transferencia”. La caída del Sujeto supuesto al saber promueve
que al mismo tiempo la asociación libre se detenga por haber caducado su causa, como se detiene la partida de ajedrez por
haberse agotado sus movidas posibles. De tal modo que el análisis no finaliza en el campo de lo inconsciente (lo simbólico) pues
allí “resta el Otro”5, y esto quiere decir que el inconsciente no se agota, que el análisis podría extenderse al infinito si no fuera por
la operación a producir: el agotamiento de la asociación libre por la extinción de la transferencia, como en el ajedrez la
imposibilidad de seguir desplazando piezas porque el rey ha sido extinto.

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Por lo tanto, el problema que se le plantea al sujeto (“desde que depende tan enteramente de los significantes del Otro”)
cuando llega al borde de ese salto llamado final de análisis es el siguiente: una vez liberado6 del “imperialismo” de los
significantes paternos, es decir, una vez “arrojado”7 por el análisis “más allá (de la protección) del padre”, lo cual no significa en
absoluto según el mismo Freud, “superar al padre”8, (salvedad presente también en el agregado de Lacan: “pero sirviéndose de
él”, a la divisa freudiana), ¿de qué andamiaje podrá sostener su ser de sujeto? ¿A qué Otro podrá invocar como ley de su deseo?

La respuesta no puede ser dada sin un previo recorrido, pero puede ser anticipada en su dirección: sostenerse ahora en el
andamiaje de un significante nuevo creado en el análisis como metáfora, (es decir sustitución) de la carencia de ser (manque à
être). Un significante más próximo a lo real que a lo simbólico por no formar parte de una cadena previa, sino por inaugurar una
nueva cadena. A la temática del “significante nuevo” Lacan dedica las cuatro últimas clases del Seminario 24. Lo insabido que
sabe… y hacia allí sería conveniente que dirija sus pasos el lector.

2.
Como acabo de insinuar, la deriva de la transferencia es la que organiza y determina tanto la iniciación, como el desarrollo,
como el final del análisis. A tal punto que todo el análisis podría ser ordenado en función de ella, aunque, salvedad señalada por
Freud en “Sobre la iniciación del tratamiento”, sólo el principio y final podrían ser eventualmente formalizados:

“Si intentamos aprender en los libros el noble juego del ajedrez, no tardaremos en advertir que sólo las aperturas y los finales
pueden ser objeto de una exposición sistemática exhaustiva, a la que se sustrae, en cambio, totalmente la infinita variedad de las
jugadas siguientes a la apertura”.

Y esto es así, sin duda, porque en la estrategia tanto de la apertura como del final hay un predominio muy fuerte de la
estructura (o sea, de las reglas) por sobre la libertad de movimientos que caracteriza al desarrollo de la partida.

Sabemos que Lacan intentó con éxito “matematizar” la apertura del análisis con su fórmula del significante de la transferencia
expuesta en la “Proposición del 9 de Octubre de 1967”. Habiendo una homología de estructura entre el principio y el final, bien
podría intentarse ensayar una formalización del final de análisis que ni Freud ni Lacan propusieron, aunque sí marcaron un camino
posible.

Es cierto que desde la perspectiva clínica-diacrónica el final tendrá infinitas variantes particulares, pero siguiendo a Freud y a
Lacan, la operación sincrónica a producir admite ciertas reglas formalizadas del mismo modo que la iniciación.9

En la “Proposición del 9 de Octubre de 1967” recién nombrada, Lacan dice que el inicio y el final del análisis, al igual que en
el ajedrez, son nuestros puntos de empalme y que, por suerte, son los más ejemplares por su estructura. Por suerte, agrego, pues
allí (tanto en la conceptualización como en la clínica), es posible practicar una “reducción simbólica” que opere como el álgebra de
la operación al producir. No se ha hecho aún, pero se hará.

3.
La fuente de estas ideas es la clínica freudiana, sobre todo la presentada en los Escritos técnicos y en las lecciones 27 y 28 de
sus Lecciones Introductorias al Psicoanálisis: “La transferencia” y “La terapia analítica”.

No encontraremos allí una formalización, pero sí un ordenamiento que la hace posible.

En dichos textos, Freud pone todo el análisis bajo lo que podríamos llamar la “operación transferencia”:

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Apertura del análisis ------> Instalación de la transf. ------> Significante de la transf.

Desarrollo del análisis ------> Neurosis de transf. ------> Actualización en la transf.

Final del análisis ------> Liberación de la transf. ------> Caída del S.S.S.

El análisis comienza con la emergencia de una “transferencia aprovechable” (Freud S., “Sobre la iniciación del tratamiento”),
no antes de que ella se haga escuchar como “significante de la transferencia”.

Luego, el desarrollo del análisis consistirá en el despliegue de la neurosis de transferencia, es decir, en la delimitación de ese
campo actual donde se repiten, de otro modo y en otro lugar, los conflictos inconscientes del analizante.

El final del análisis está signado por la “liberación” de la transferencia. Es muy propicio este término, presente en algunas
traducciones de la lección 28 “La terapia analítica”, ya que entendido como “separación” permite correlacionarlo con su opuesto: la
alineación. Si el sujeto entra al análisis en una posición alienada en una triple dependencia: a los significantes, al discurso y al
deseo del Otro, es propio de la “operación a producir” una particular “separación” de aquello que podemos llamar “el imperialismo
del nombre del padre”, que es, siempre siguiendo a Freud, “la condición del éxito en la vida” (en “Un trastorno de la memoria en la
Acrópolis”).

En la lección recién mencionada Freud lo plantea así: por la transferencia, el empuje libidinal en tanto esa energía que se
nutre en el mapa pulsional de cada uno, encuentra en el analista un objeto en el cual satisfacerse; se trata de las “satisfacciones
sustitutivas de la neurosis” que en el análisis Freud localiza en la transferencia. Es función del análisis “liberar” esa energía de las
fijaciones al objeto transferencial -objeto privilegiado “acumulador” de una libido de objeto propia que ha capturado la pulsión del
analizante- para dejarla “a disposición del sujeto”10. La resolución se alcanzaría cuando el analizado puede experimentar sus
relaciones de objeto con un grado mayor de libertad y de mediación simbólica.

Hablamos, por supuesto, de la liberación con respecto a la fijación transferencial, no de la liberación con respecto a la pulsión.
Plantear esta última como meta del análisis sería una propuesta no sólo idealizante sino además imposible debido a la
irreductibilidad de la energía pulsional y de su correlato clínico, el síntoma. Neutralizada la pulsión, cosa que a veces puede verse
en una clínica de la represión extrema del deseo y de la exaltación del narcisismo yoico, excluiría al sujeto del circuito del deseo y
del obrar en consecuencia “según su deseo”.

4.
Por lo tanto, tenemos que ver ahora cómo Freud y Lacan resuelven esta imposibilidad y qué hacer con ella, ya que es tan
imposible vivir sin la energía de la pulsión que da empuje al deseo, como lo es vivir arrasado por la pulsión sin lugar para el deseo.

El texto clásico de Freud sobre el final de análisis es sin duda “Análisis terminable e interminable” a partir del cual Lacan
repiensa el final de análisis, proponiendo un abrupto giro que desanuda el obstáculo ante el cual Freud se había detenido.

Pero además de este artículo, en Freud encontramos otros momentos apenas tenidos en cuenta, que a mi entender son de
gran valor. Tomaré sólo dos, situados casi en los extremos de su obra, uno de 1925 y el otro de 1900 donde resulta sorprendente
comprobar cómo Freud, desde tan temprano, anticipa los problemas hoy fundamentales del final de análisis.

a. Uno de ellos se encuentra en los últimos párrafos de “El yo y el ello”. Freud viene hablando del superyó en su alianza con la
pulsión de muerte y “subrogado” del ello, a partir de la cual queda investido de “una dureza y severidad extraordinarias”, y es allí
justamente donde concluye que, por el contrario, vivir, soportar la vida, equivale a ser amado por el superyó. La propuesta que se
deduce de semejante cambio de función es que el análisis debería lograr una pacificación en las relaciones con el superyó, una

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relación donde el sujeto pueda establecer una cierta alianza de amor con el superyó para poder entendérselas con la pulsión.

Resulta obvio que esta transformación sólo es posible en la transferencia analítica y que aquella implica por lo tanto un
reconocimiento12 del analista con respecto al modo particular de cada analizante para tramitar su goce y al mismo tiempo la
encarnación in situ de este extraño superyó benigno en una función transformadora de la pulsión y protectora del deseo.

Así como Freud dice que “vivir equivale para el sujeto a ser amado por el superyó”, es justamente esta condición para la vida
la que se da en el marco de la transferencia, diluyendo el sometimiento del sujeto al sadismo del superyó y logrando establecer
con él una relación más tolerante hacia sus fallas. Sería éste un modo de la “liberación de la transferencia” por la vía de la
transformación de la figura del superyó al final del análisis; una via regia para la aceptación por parte del superyó de ese “artificio”
de goce que debe construir el analizado como sinthome13.

b. La segunda referencia freudiana, sorprendente por ser anticipatoria sin duda, se encuentra en la Carta a Fliess 133 del 16
de abril de 1900. La cita completa de Freud vale aquí lo que mil palabras pues toma las coordenadas esenciales de lo que el
psicoanálisis entiende hoy, con Lacan, por final de análisis. Es como si todo el recorrido concluyera retroactivamente en el lugar
de donde Freud partió, al que retornamos, pero de otra manera.

“E. concluyó, por fin, su carrera como paciente mío con una invitación a cenar en mi casa. Su enigma está casi resuelto
totalmente; se siente perfectamente bien y su modo de ser ha cambiado por completo; de los síntomas subsiste todavía un resto.
Comienzo a comprender que el carácter aparentemente interminable de la cura es algo acorde a ley y depende de la transferencia.
Espero que ese resto no menoscabe el éxito práctico. En mis manos estaba continuar la cura pero vislumbré que ese era un
compromiso entre salud y enfermedad, compromiso que los propios enfermos desean, y por eso mismo el médico no debe entrar en
él. La conclusión asintótica de la cura a mí me resulta en esencia indiferente; decepciona más bien a los profanos”.

En principio, Freud nos dice que la neurosis es un “enigma a resolver” que el análisis resuelve “casi totalmente” (pero no
totalmente). Tal enigma es el síntoma por supuesto, pero más allá, y a través de él, en el análisis se juega el enigma del ser.
Luego veremos que no existe otro “ser” que el que se hace metáfora en el síntoma; ese es su modo de ser.

Lo que el analizante “es” en el núcleo de su ser, (el kern unseres wesen freudiano), debe ser tocado y transformado, no de
una manera enunciativa sino de un modo práctico (en acto): “su modo de ser ha cambiado por completo”.

Lacan ha enunciado una clarificadora sentencia sobre el ser en su seminario 21 Los no incautos yerran donde dice que “no
hay otro ser que un modo de ser”. Si el ser como tal es inaccesible, ya que es “tan frágil en el plano óntico” (Lacan, El Seminario 11
. Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis), no lo es en sentido práctico; el sujeto tiene un “modo de ser” y a la
modificación de ese modo es a donde el análisis apunta.

Freud ahora avanza retrocediendo: del cambio completo en el modo de ser, pasa a “de los síntomas subsiste todavía un
resto”.

Advierte justamente que no hay cura completa y que lo que la hace aparentemente interminable es ese “resto”, exterior en lo
interior y por lo tanto incurable14.

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Luego Lacan, retomando desde otro lugar ese “aparentemente” de Freud, se preguntará si quizá sea posible hacer algo con
ese resto, poniendo toda la cuestión del final de análisis en el terreno de lo práctico (el faire de sujeto), tal como lo hace aquí
Freud y lo reafirma en “Análisis terminable e interminable” diciendo que finalmente el fin del análisis “es una cuestión práctica”.
Claro que si nos referimos a ese resto que es “acorde a ley” -esto es, estructural e irreductible-, lo práctico no se refiere a los
logros alcanzados, sino a la tarea (acto) del sujeto para poner en obra ese resto sintomático que siéndole aún extraño, le
pertenece como núcleo de su ser. Finalmente, lo veremos, el análisis se definirá por una particular identificación a ese resto: “ser
el síntoma”.

Cuando Freud habla de “lo práctico” no parece referirse a una teoría de la cura en términos de representación de valores
ajenos al psicoanálisis; lo práctico aquí no representa los criterios imperantes de salud o de bienestar sino que es el representante
de lo que el análisis mismo produce como resto, sin un sentido previo que pudiera darle una orientación al análisis en su
“apertura”. Lo práctico por lo tanto, se refiere a un “saber hacer” con el resto sintomático, y eso tiempo ya no es el de la palabra
sino el del acto.

Lo interminable de la cura entonces, depende de ese resto que es también un resto de la transferencia, pues es sólo a través
de su extinción como ese resto puede devenir en acción transformadora en el “más amplio círculo” de los lazos sociales que Freud
llamaba las relaciones con la realidad.

Lo cual compromete tanto al analizante en su confortable fantasma de “ser un eterno analizante” como al analista en su
resistencia y retroceso frente al momento de concluir.

Es eso precisamente lo que Freud no actúa en este caso: “en mis manos estaba continuar la cura” reconoce. ¿Por qué no
haberla continuado cuando él mismo dice que quedaba aún un resto sintomático? La respuesta está muy clara en el texto;
continuar hubiera sido aliarse al deseo del yo del paciente, “y por eso mismo el analista no debe entrar en ella”. La ética del
analista lo obliga a dejarse caer y dar lugar al “éxito práctico”.

Finalmente, dice que lo asintótico de la cura es un límite, pero no un defecto del análisis; es el límite que impone la estructura
misma del saber en su relación imposible con la verdad, obligando a un nuevo trabajo que quedará a cargo del analizado:
construir algo nuevo con esos restos de los cuales nada se puede saber. Por eso Freud puede decir que lo asintótico del análisis
le es indiferente al analista, no así a los profanos que exigen un éxito en términos de saber y de objetivos alcanzados.

Al analista le corresponde no aceptar ese compromiso, que es lo mismo a decir: sostener el deseo de analista desde el
principio hasta el final, hasta el momento en que aparece en toda su crudeza la verdad de lo imposible, el final “asintótico” de la
cura.

Al finalizar “El estadío del Espejo como formador de función del yo”, Lacan lo expresa de este modo:

“el psicoanálisis puede acompañar al paciente hasta el límite extático del tu eres eso donde se le revela la cifra de su destino
mortal, pero no está en nuestro solo poder de practicantes, el conducirlo hasta ese momento en que empieza el verdadero viaje”.

Así, el verdadero viaje es el que se realiza después del análisis, pero no sin el análisis.15

Me ha impresionado siempre una frase de Nietzsche pues no dejo de tomarla, de quien nunca pudo analizarse, como la
expresión que se espera de quien ha llegado a un fin de análisis: “No quiero ser feliz, sólo quiero realizar mi obra”. Nietzsche se
presenta como indiferente a la felicidad, que de todos modos es improbable, a cambio de realizar una obra, la particularmente
suya signada por su deseo (“sólo quiero”…), sabiendo, obviamente que allí si juega, si no la felicidad, un modo sublimado de
satisfacción.

Si la felicidad tiene que ver con la imaginería de la satisfacción directa de la pulsión, el deseo tiene que ver con su
transformación, que es el verdadero destino humano para la pulsión.

El desarrollo de un análisis como neurosis de transferencia, es en verdad el despliegue de una neurosis obsesiva al modo de

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cada uno, signada por la duda y por la espera que librada a su propia inercia tendería a la infinitud. Si la función de corte que
implica la operación fin de análisis se produce, ese rasgo obsesivo del análisis dejará lugar a la certeza y a la acción. A la certeza
sobre el ser y sobre el deseo propios que, como veremos, tiene como condición la creación de un significante nuevo cuya función
es la de dar un nuevo nombre al sujeto.

c. Luego de estas dos inusuales pero imprescindibles referencias, el pasaje a “Análisis terminable e interminable” resulta
ineludible. Texto organizado por el examen de los obstáculos que dificultan un final de análisis “terminable” o “a fondo” como
quería Ferenczi, concluye con el reconocimiento del obstáculo obstinado y rocoso que oponen al fin de análisis el complejo de
castración en el varón y la envidia del pene en la mujer. Esto significa que el varón quedará, de algún modo, aún analizado, bajo
el temor a la castración, y la mujer a un sentimiento de inferioridad por carecer del órgano que simboliza el falo.

Lacan, sin decir que el complejo de castración pueda ser erradicado de la estructura inconsciente, produce un cambio de
perspectiva tan absoluta, que se parece casi a un acto de prestidigitación. Todo el cambio consiste en situar la castración en el
campo del Otro y no en el del sujeto. De ahí en más, cuando decimos castración, hablamos de la castración en el Otro y no en el
sujeto en quien es sólo un temor en la fantasía, y la cuestión será cómo producir ese resultado, la castración en el Otro.

Lacan ha sobrepasado la dialéctica imaginaria falo-castración por la dialéctica estructural de la relación entre lo Universal y lo
particular.

Es la tarea de un análisis; llegar a que el sujeto pueda situar la falta como rasgo esencial de “imposibilidad” en el Otro
universal y no como factor de la “impotencia” propia con la que llegó al análisis.

Y con este salto de Lacan reencontramos lo planteado al principio: se trata del “jaque mate” a la completud y la consistencia
del Otro, único medio por el cual el sujeto, con la tachadura del universal-imposible, pueda darse un “espacio para respirar durante
todo el tiempo que le queda por vivir, y que es lo que llamamos el deseo” (Lacan, Seminario 6. “El deseo y su interpretación”,
clase 16). Es decir un lugar como “particular”, ya que no como “singular” y por ende posible.

Digamos que sostener la completud del Otro no le permite al sujeto sino existir a la sombra de quien tiene todos los
significantes y las respuestas “en un puño”.

Es así como el neurótico cultiva su impotencia echando sobre sus hombros la falta. La defensa contra la castración se apoya
aquí en la fantasía de que la completud, el todo, la felicidad, existen, sólo que mi propia impotencia me impide alcanzarla. La
maniobra es sostener al Otro de lo universal, lo cual tiene efectos paradójicos. Por un lado pone al sujeto en una posición
masoquista con respecto al Otro, en un estado de culto a la religión del “Padre eterno”, que lo sumerge en la tarea devota de
asegurar su condición de Universal. Así el sujeto vive bajo el imperio de un superyó que tiene todo previsto para el destino del
sujeto y ante el cual sólo cabe responder “oigo”. (“Escuchar es ya obedecer”, había dicho Lacan). Lo contrario a la pregunta que
Freud toma de Napoleón I en la ceremonia de su coronación como emperador: “¿Qué diría de esto monsieur notre père si ahora
pudiera estar aquí?” para ilustrar lo que implica ir más lejos que el padre.

Pero al mismo tiempo, localizar el todo del saber y del poder en el Otro le permite desentenderse de los riesgos del deseo. En
la clínica lacaniana el prototipo de esta posición es la del “hombre de los sesos frescos” presente en “La dirección de la cura y los
principios de su poder” y otros lugares, que mediante la coartada de acusarse de ser plagiario sin serlo, se privaba de ser dueño
de su propia voluntad. Siempre en esta maniobra está en juego un escabullirse del deseo y de sus consecuencias. “Yo no fui”
puede responder siempre el plagiario involuntario, lo dijo el otro.

Es una posición de alienación que al mismo tiempo no deja de proveer, como toda alienación, una confortable seguridad y
falta de responsabilidad. El sujeto puede sufrir de su impotencia por no asumir el deseo, pero de este modo deja a salvo su
narcisismo; en otras palabras, evita la castración. Lacan le sale al cruce a esta ingeniosa coartada diciendo: “de nuestra posición
de sujeto somos siempre responsables, llamen a esto terrorismo donde quieran”16.

Este es el punto de detención, lo que hace “interminable” un análisis, lo que favorece, en definitiva, que se detenga ante la
“roca viva” del complejo de castración. Su no resolución es sin duda también una “solución”17, pero solución negativa donde la
“propia voluntad” como decía Lacan para referirse al deseo vacilante de Hamlet, se sacrifica en el altar del Otro que en el mejor de

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los casos puede premiar esa entrega con un confortable “ronroneo” narcisista en el principio del placer. Es la situación de quien se
estaciona en el primer piso del grafo del deseo, a la sombra de los significados del Otro y sin los riesgos de lo abierto a la
pregunta por el deseo.

Cuando Freud, tan crudamente muestra su decepción frente a la “roca viva” del complejo de castración, plantea la idea,
insistimos en ello, de que el análisis se resuelve como un “asunto práctico”.

Tal “asunto práctico” puede entenderse, (es lo que se hizo en la literatura psicoanalítica), en términos de asimilación al
bienestar y a una mejor adaptación, pero también puede concebirse, como Freud mismo lo hace al terminar el apartado VII de
“Análisis terminable e interminable” como “la creación de las condiciones más favorables para las funciones del Yo” (debe leerse
sin mayor desvío: “para las funciones del sujeto”). Y estas funciones ya no tienen que ver con la palabra, sino con lo “práctico” del
acto. Acto de un saber hacer, es decir de un articular al deseo el resto pulsional mediante la realización de un producto, particular
sin duda, pero nunca ajeno a la dimensión simbólica y al lazo social. Los ejemplos son demasiado grandilocuentes y aplastantes
como para cargarlos superyoicamente sobre esos “pobres diablos” que son tanto el analizante como el analista. Las obras de
Freud, de Joyce, de Marx, de Nietzsche, no es lo que se espera de los analizados. Pero el humilde final de análisis de cada uno,
sabe de su obra. Cada “pase” realizado en el dispositivo es mejor que sea un testimonio humilde de ese producto y no la
exaltación maníaca del acceso a una escala superior de la humanidad.

El camino que propone el análisis es la castración del Otro completo y consistente de tal modo que el sujeto pueda
encontrarse con la imposibilidad, que es paradójicamente condición de toda posibilidad. Lo imposible permanecerá siempre como
resto del producto.

Reconocer la inexistencia del Otro absoluto, reconocimiento doloroso sin duda por lo que implica de pérdida de todo sostén
ortopédico, es al mismo tiempo el camino para salir de la impotencia “haciéndose un lugar” en lo simbólico.

Por eso no se trata de alcanzar ninguna gloriosa “singularidad” que haría del analizado un ser único, sino del hallazgo de un
significante nuevo en el campo incompleto del Otro. Ya no se trata de fálico-castrado sino de una operación que tacha el universal
del otro para hacer lugar en la incompletud de lo simbólico y a lo particular de cada uno.

Lo que al principio habíamos llamado con Freud “liberación de la transferencia”, implica la tachadura de este Otro,
identificado clínicamente como “sujeto supuesto al saber”, para que el analizante pueda finalmente darle un campo de “extensión”
a los pseudópodos de su libido, que la transferencia había capturado para la fijación y repetición compulsivas de satisfacciones
off date, desactualizadas, traduce Lacan.

Esta extensión que está más allá del “imperialismo del nombre del padre”, es decir de la condena del sujeto a la repetición de
los significantes, no sólo recibidos “por donación” sino también impuestos por el superyó, que es paterno, implica un salto “sin
puente” a la realización de una obra propia que ponga en juego lo singular del goce.

Esto conlleva un duelo por supuesto, que es el duelo por el falo, ya que todo duelo es una ectopía del duelo por el falo.
Asumir el analizante que el analista no desea nada de él, (no ser el falo del Otro) termina con la eterna posición neurótica que se
obliga a “todo para el Otro”, todo por el amor del Otro, tal como lo hacían las histéricas de Freud que “rememoraban hasta la hez”
porque eso era lo que él quería de ellas18. Por otra parte, es una idea freudiana capital que la renuncia del sujeto a la pulsión es
una moneda de cambio por el amor, no tanto al padre, como del padre.

5.
Así como Lacan formalizó el significante del inicio bajo la forma del significante de la transferencia, también podemos pensar
en un significante del final del análisis que sea el significante de la liberación de la trasferencia.

Este significante fue nombrado por Lacan, aunque no formalizado, con características más reales que simbólicas: es un
significante que se caracteriza por el “efecto” y no por el “sentido”, que quedan así en veredas opuestas. El significante del
desarrollo del análisis (que es igual a decir la neurosis de transferencia como desarrollo) gira en torno al sentido, es más, a la
avidez del sentido. Cuando decimos que el analizante no soporta la falta en el Otro, estamos diciendo que lo que no soporta es la

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falta de sentido.

Pero el análisis, para llegar a su fin, requiere ir más lejos que el sentido del significante, lo cual implica una apertura en
dirección a lo real, al efecto. Tal como lo ha expresado el poeta, se trata de asumir un riesgo, un soplo más, y hacer de esa
desprotección en el más amplio círculo de una nueva ley, nuestra fortaleza.19

Porque ese sitio de lo abierto es también el territorio donde el sujeto se encuentra con los efectos de lo que él es.

Por eso, casi al final de su enseñanza, en el Seminario de 1977 “Lo insabido que sabe…” encontramos en Lacan unas últimas
palabras que implícitamente hablan del fin de análisis:

“El análisis tiene tendencia a alcanzar lo real. Es su asunto, siendo lo real en mi notación lo que es imposible de alcanzar”. Y
más adelante: “Un significante nuevo que no tendría ninguna especie de sentido, eso quizá sería lo que nos abriría a lo que yo llamo
la ex-istencia de lo real. ¿Por qué uno no intentaría formular un significante que contrariamente al uso que se hace de él actualmente,
tuviera un efecto?” (Lacan, clases del 19 de abril y del diecisiete de mayo de 1977).

Ese significante nuevo se opone por lo tanto al sentido del significante y mediante esa tachadura produce sólo un efecto que
conecta con lo real. A este singular y extraño significante Lacan dedica las últimas cuatro clases del seminario 24 con el sugerente
título que las abarca: “Hacia un significante nuevo”, es al que con gusto llamaría “ hacia el significante del final de análisis”.

Y así llegamos a la última formulación de Lacan donde dice que el final del análisis se define por la identificación del sujeto
con el síntoma. Ironía lacaniana para oponerse con fuerza a la idea imperante de un final por la identificación con el analista.

¿Cómo entender esta fórmula? ¿Simplemente como una adaptación egosintónica a la egodistonía del síntoma? ¿Como un
aprender a sacar ventajas de él? ¿Cómo una resignación al “resto sintomático” del que hablaba Freud en la carta 133 a Fliess?

No, identificarse con “el síntoma” no implica una identificación a “los síntomas” neuróticos.

Tiene una referencia directa con ese irreductible “resto sintomático” de Freud que es, por cierto, el verdadero kern unseres
wesen (núcleo de nuestro ser).20

Se trata entonces de la identificación a un objeto, pero no a un objeto mundano o a otro semejante cualquiera sea, sino a
aquel objeto que requiere de un espacio topológico que pueda situar las relaciones de no exclusión exterior-interior. (Exterior al
yo, interior al ello). Se trata entonces de la “oscura” dimensión del objeto pulsional que encarna la causa del modo de goce más
propio del ser. El ser es a no dudarlo un registro inasible del sujeto, pero contamos con este objeto “resto sintomático” que es lo
más próximo a la “materia” o “matriz” del ser.

¿Cómo sería posible una identificación a un objeto tan singular y tan recóndito?

A mi entender, tal identificación no puede pensarse como un proceso psicológico al modo de la internalización; sólo es
concebible como una identificación en el “hacer”, en aquello que Lacan llamó el faire del sujeto y que aquí he llamado “poner el
goce en obra”. Es el modo en que lo particular y lo recóndito se incorpora a lo simbólico.

En la lección 28 “La terapia psicoanalítica” Freud afirma que, finalmente: “la diferencia entre la salud y la neurosis no es sino
una diferencia relativa a la vida práctica”. ¿No escuchamos acaso en las palabras de Freud que el final de análisis implica “pasar a
la acción”, liberar la energía pulsional detenida por la fijación para poner el goce de “amar y trabajar” en la experiencia de nuestra
“vida práctica” como él mismo dice?

Es al final del análisis cuando el analizado se encuentra con ese “resto sintomático”, momento en que “sobran las palabras”
en el sentido que siendo ese resto un puro efecto sin sentido, no puede ser disuelto por la dialéctica asociación – interpretación.

Es entonces el momento en que ese resto de goce se transforma en una exigencia, pero ahora no de satisfacción directa sino
de transformación ética en un efecto que finalmente devendrá nombre propio al sujeto, más allá del nombre del padre. Pero

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“sirviéndose de él” en el sentido que ese nombre será la metáfora (el título) de una obra que ha sabido llevar al extremo de lo real
las posibilidades del significante. Hasta ese más amplio círculo del poeta donde la ley del lenguaje vuelve a tocarnos. Cuando en
El Seminario 23. Sinthome, Lacan despliega su construcción del “sinthome” no está diciendo otra cosa. Está diciendo que al
margen de los síntomas neuróticos que implican fijación y repetición del objeto de goce, y por lo tanto atadura, el “sinthome”,
siendo también un límite, es lo que realiza lo que el sujeto ha podido transformar del resto pulsional.

En la identificación con el síntoma prevalece fuertemente la función del objeto en cuanto material a transformar en “moterial”21
, es decir obra que pueda hablar de lo que el sujeto es. Y creo que esta es la operación a producir al final del análisis como
camino al ser, ya que, como nos propuso Lacan, “el objeto (a) es nuestro único Dasein”.

No habiendo “ser” humano natural, el ser es retroactivo a partir del hacer. Una vez destituido subjetivamente, es por lo que ha
logrado hacer con “lo incurable” que el sujeto se entera de lo que es.

El “límite asintótico” de Freud se refiere también a que no hay producción humana que pueda completar la unidad del sujeto.
La falta existe, pero es gracias a ella que el sujeto podrá hacer de su nombre propio un nombre común, es decir inscribir su
particularidad en una nueva cadena simbólica. En palabras de Lacan: “hacer de su nombre propio un nombre común”, es decir,
darse un nombre que sea reconocible y reconocido como tal en el campo del Otro y no la suplencia de un nombre imposible.

Finalmente, la operación a producir, el jaque mate analítico, es el lugar que se da el sujeto (S) a partir de la tachadura del
Universal, o en otro términos, de la castración en el Otro (A).

6.
Cae por fuera de este artículo el lugar que podríamos darle al “pase” en este modo de concebir el fin de análisis. Pero en
principio podemos plantear el pasaje de analizante a analista no como una continuidad sino como un salto.

Haciendo una crítica al modo institucional de “consagración” de los analistas profesionales, encontramos en Lacan esta
aguda observación: “Muchas cosas se han hecho, se podría decir que en suma todo está hecho en la ordenación del
psicoanálisis, para disimular qué es un salto”. (Lacan, Seminario 15. El acto psicoanalítico, clase del 21-2-1968).

Ponerlo en estos términos nos diferencia del modo clásico de concebir el pasaje de analizante a analista como una accesis
donde la institución tiende una cómoda pasarela mediante una operación absolutamente contraria al análisis que consiste en una
“consagración oficial”, que como lo insinúa la palabra, implica casi un culto religioso, donde lo que queda evitado es el “salto”,
nombre que Lacan da al “pase” en el Seminario “El acto psicoanalítico”.

El pase es el acto que culmina la operación a producir en todo análisis, en cambio el dispositivo institucional del pase, es el
procedimiento donde el analista ofrece su testimonio de ese pase producido (o no) en el corte de su análisis.

Volveremos en otro lugar a estas ideas, cuyo desarrollo puede ser consultado en la clase del 21-02-1968 del Seminario 15,
“El acto psicoanalítico” de Lacan.

Héctor López
hectorlopezvd@gmail.com

Bibliografía
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Freud, S. (1900), La interpretación de los sueños. En Obras Completas, Amorrortu, Vol. V, Buenos Aires, 1991.
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Amorrortu, Vol.XIV, Buenos Aires, 1976.
Freud, S. (1916-917), "Conferencia 28ª. La terapia analítica". En Obras Completas, Amorrortu, Vol. XVI, Buenos Aires, 1991.
Freud, S. (1927), “El humor”. En Obras Completas, Amorrortu, Vol.XXI, Buenos Aires, 1976.
Freud, S. (1936), “Una perturbación del recuerdo en la Acrópolis”. En Obras Completas, Amorrortu, Vol. XXII, Buenos Aires, 1991.

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Freud, S. (1939), “Moisés y la religión monoteista”. En Obras Completas, Amorrortu, Vol. XXIII, Buenos Aires, 1976.
Lacan, J. (1953-1954), El Seminario 1. Los Escritos Técnicos de Freud, Paidós Buenos Aires, 1992.
Lacan, J. (1954-1955), El Seminario 2. El yo en la Teoría de Freud y en la Técnica psicoanalítica , Paidós, Buenos Aires, 1992.
Lacan, J. (1957), “La instancia de la letra en el inconciente o la razón desde Freud”. En Escritos 1, Siglo XXI, Buenos Aires, 1991.
Lacan, J. (1958- 1959), “El Seminario 6. El deseo y su interpretación”. Inédito.
Lacan, J. (1960-1961), El Seminario 8. La Transferencia, Paidós, Buenos Aires, 2004.
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Lacan, J. (1967), “Proposición del 9 de octubre de 1967". En Momentos cruciales de la experiencia analítica , Manantial, Buenos Aires, 1987.
Lacan, J. (1969-1970), El Seminario 17. El reverso del psicoanálisis, Paidós, Buenos Aires, 1999.
Lacan, J. (1976), “El Seminario 24. Lo no sabido que sabe de la una-equivocación se ampara en la morra”. Inédito.
Lacan, J. (1967), “Proposición del 9 de octubre de 1967". En Momentos cruciales de la experiencia analítica , Manantial, Buenos Aires, 1987.
Lombardi, G. (1999), Hojas Clínicas, vol. 4, JVE, Buenos Aires, 1999.
Mazzuca, M. (2012), La histérica y su síntoma, Letra Viva, Buenos Aires, 2012.

1Héctor López ejerce el psicoanálisis, y detenta o detentó los siguientes cargos académicos: Profesor titular regular en la Facultad de

Psicología, Universidad Nacional de Mar del Plata, Argentina. Profesor y Director de la Maestría en Psicoanálisis, y miembro del Comité
Académico del Doctorado en Psicología, en ídem ant. Profesor invitado en las Maestrías en Psicoanálisis y Doctorados de las Universidades
Nacionales de Buenos Aires, Rosario y Tucumán. Docente Investigador categoría II en la UNMDP. Es Autor de los siguientes libros y múltiples
artículos en revistas especializadas

Psicoanálisis, un discurso en movimiento, Ed. Biblos, Bs. As., 1994.Las adicciones, sus fundamentos clínicos , Ed. Lazos, Bs. As. 2004.
Lo fundamental de Heidegger en Lacan , Biblioteca Int. Martin Heidegger, Bs. As.

2005. La instancia de Lacan, Ed. EUDEM, Mar del Plata, 2010. Lo fundamental de Heidegger en Lacan, (segunda edición corregida y
aumentada), Ed. Letra Viva, Bs. As. 2011. Fue miembro de Foro Analítico del Río de la Plata de Buenos Aires y de Lazos Institución
Psicoanalítica de La Plata, Argentina.

2 La comparación entre una partida de ajedrez y el desarrollo de un análisis encabeza el artículo freudiano “La iniciación del tratamiento”

(notemos, además, que Freud emplea el término Einleitung, iniciación, que refiere no sólo a un comienzo o apertura comunes, sino, y
principalmente, a una admisión y a un pasaje transformador del sujeto).

3Hay varias referencias en Lacan, las más relevantes se encuentra en las clases del 4 y 11 de febrero y 4 de marzo de 1959 del Seminario 6

El deseo y su interpretación. El 4 de febrero dice taxativamente: “Se debería comparar todo el desarrollo de un análisis al juego de ajedrez”.
En ninguna de estas referencias, incluso en otra que hace en la “Proposición del 9 de octubre” alude a que sea esta una idea de Freud.
(¿Creería Lacan que se trataba de una idea propia por no conocer o no recordarla de Freud?) Si así fuera nos reaseguraría aún más de su
importancia por haber llegado ambos, cada uno por su cuenta, a destacarla.

4Una idea muy similar ha sido expuesta desde su propia perspectiva por Gabriel Lombardi en “Hacia una nueva clínica: el análisis desde el

final”. En G. Lombardiet al (1999).Hojas Clínicas, vol. 4, JVE, Bs. As., 1999, pp. 13-16.

5¿A qué se identifica uno, pues, al fin del análisis? ¿Se identificaría a su inconsciente? Eso es lo que yo no creo, porque el inconsciente resta

— no digo eternamente porque no hay ninguna eternidad — resta el Otro. No veo que se pueda dar un sentido al inconsciente, si no es el de
situarlo en este Otro portador de los significantes que tira los hilos de lo que se llama imprudentemente el sujeto — imprudentemente porque
ahí se plantea la cuestión de lo que es este sujeto desde que depende tan enteramente del Otro. (Lacan, Seminario 24L´insu que sait…”,
clase 1, 16/XI/1976. Inédito).

6Muy pronto seguiremos a Freud en esta identidad entre la liberación como “acontecimiento” transferencial y el fin del análisis.

7Empleo intencionadamente el término “arrojado” por el parentesco que entraña con la caracterización del ser humano que Heidegger hace

comoDasein, “ser-ahí”. sin otra patria que de existir fuera de sí.

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8Esta diferencia está claramente planteada en “Un trastorno de la memoria en la Acrópolis”. “Superar al padre” –a diferencia de “ir más lejos

que el padre” que es condición del éxito en la vida (y en el análisis)- sigue siendo algo prohibido dice Freud en tanto supone una rivalidad
edípica sin salida que arruina todo sueño de éxito y que es la explicación de los amargos fracasos en la vida. Este desenlace había sido ya
planteado claramente diez años antes en “Los que fracasan al triunfar” a través de un trabajo sobre preciosas referencias literarias y clínicas.
Son dos artículos para leer de seguido y en una dirección retroactiva.

9Recientemente Marcelo Mazzuca ha publicado el libro La histérica y su síntoma (Letra Viva, Bs. As., 2012, donde realiza una lectura del

historial de Elizabeth Von R. organizado y recorrido con las fórmulas de “los cuatro discursos” del seminario 17 El revés del psicoanálisis.
A mi entender, este recurso metodológico puede ser tomado como una rigurosa al mismo tiempo que creativa formalización del final del
análisis, que tiene como desarrollo las cambiantes relaciones entre el saber y la verdad hasta el alojamiento del saber en el lugar de la verdad.
Se trata de un verdadero planteo estructural que excede el caso particular al que en este caso Mazzuca lo aplica.

10Entiendo por libido “de” objeto la carga de atracción que el mismo objeto posee, no por sus condiciones sino por el lugar que ocupa, y que

como una “letosa” aspira y fija la pulsión. No es por lo tanto una libido “del” sujeto sino que ella es capturada por lo libidinal propio de ciertos
objetos como el transferencial. Es por otra parte, la teoría de Lacan sobre los gadgets, objetos que la tecnología “carga” de condiciones
libidinales para atraer a la pulsión a una fijación y a un tipo de satisfacción que por eso mismo suele volverse compulsiva.

11La lectura del libroEl porvenir del inconsciente, Grama, Bs. As., 2006, de Jorge Alemán, es la que me condujo al lugar inesperado de estos

señalamientos freudianos (Cf. pp. 80 a 82). Me parece además digno de ser tenido en cuenta el párrafo final del autor: Hay que meditar por
qué Freud puso en el eje de la cura la relación con el superyó. Lo que pasa es que estas observaciones de Freud sobre que la vida es más
soportable organizando este pacto de amor con el superyó, no han sido todavía entendidas en todas sus consecuencias (p. 82).

12La noción de “reconocimiento” tan desprestigiada por su referencia directa al vínculo dual-interpersonal, debería ser recuperada pues es

necesaria para referirse al reconocimiento simbólico, es decir reconocimiento del lugar del sujeto en su estatuto de responsable de su goce y
de sus elecciones, cuya matriz simbólica es el asentimiento materno al reconocimiento del niño en el espejo.

13La importancia que tiene en el análisis la recuperación del humor (como componente de esa construcción llamada sinthome) es un indicador

de la transformación del superyó de instancia punitiva y paralizante en protectora y posibilitadora. Incluso el humor sobrio del analista cuando
es espontáneo y no meramente “técnico” coadyuva a esa transformación. Sobre esta cuestión he tenido oportunidad de publicar el artículo
“Humor y fin de análisis” enCuadernos Sigmund Freud 20, EFBA, 2000, que reconoce su origen en “El humor” de S. Freud.

14Esta sería la puerta de salida del análisis, pero también la de entrada a la consideración del lugar y la función del “pase”.

15“La ciencia y la verdad”, parágrafo 6, y El Seminario 13 “El objeto del psicoanálisis”, clase 1, 1º de diciembre de 1965.

16Fue Freud quien se refirió a esta maniobra neurótica como “solución”, y la situó muy directamente en esa ventaja del análisis de producir

“satisfacciones en la transferencia” advirtiendo contra el estancamiento que producen, por ejemplo, en la siguiente cita de la lección 28 “El
tratamiento psicoanalítico” En éstas, (las transferencias) tenderá el enfermo a conducirse de igual manera que en el conflicto primitivo; pero
nosotros, haciendo actuar en él todas sus fuerzas psíquicas disponibles le haremos llegar a una diferente solución. Acotemos de paso que en
el análisis las fuerzas a emplear son las del analizante y no las del analista y que la solución que ya de por sí es la neurosis, encuentra en el
análisis una diferente solución.

17Consultar Seminario 11 de Lacan “Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis”, clase 4, del 5 de febrero de 1964.

18Se trata de un breve poema de Rainer M. Rilke llamado “Versos improvisados” (1924): Como la naturaleza abandona a los seres/ al riesgo

de su oscuro deseo/ sin proteger a ninguno en particular en el surco y el ramaje,/ así, en lo más profundo de nuestro ser, tampoco nosotros,/
somos más queridos; nos arriesga. /Sólo que nosotros/ más aún que la planta o el animal,/ marchamos con ese riesgo, lo queremos, a veces/
(y no por interés) hasta nos arriesgamos más/ que la propia vida, al menos un soplo más…/ Eso nos crea, fuera de toda protección,/ una
seguridad, allí, donde actúa la gravedad de las/ fuerzas puras; lo que finalmente nos resguarda/ es nuestra desprotección y el que así la
volviéramos/ hacia lo abierto cuando la vimos amenazar,/ para, en algún lugar del más amplio círculo,/ allí donde nos toca la ley, afirmarla.

19 Freud emplea esta locución en “La interpretación de los sueños” y en “Moisés y la religión monoteísta” y es retomado y repensado por
Lacan en los Seminarios 2 y 8 y en “La instancia de la letra…”. La primera referencia freudiana al comienzo de “La interpretación de los
sueños”, dice:La oscuridad en que el núcleo de nuestro ser, el «moi splanchnique» {«yo esplácnico»}, como lo llama Tissié [1898, p. 23], se
oculta a nuestra inteligencia y la oscuridad de la génesis del sueño se corresponden tan bien una a la otra que no se puede menos que
relacionarlas.

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20Freud emplea esta locución en “La interpretación de los sueños” y en “Moisés y la religión monoteísta” y es retomado y repensado por

Lacan en los Seminarios 2 y 8 y en “La instancia de la letra…”. La primera referencia freudiana al comienzo de “La interpretación de los
sueños”, dice:La oscuridad en que el núcleo de nuestro ser, el «moi splanchnique» {«yo esplácnico»}, como lo llama Tissié [1898, p. 23], se
oculta a nuestra inteligencia y la oscuridad de la génesis del sueño se corresponden tan bien una a la otra que no se puede menos que
relacionarlas.

21Moterialismo, neologismo translingüístico que condensa los vocablos mot, “palabra” (francés) y materialismo. De Lacan, motérialisme.

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