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EL ESPIRITU

DEL S A C R A M E N T O DEL O R D E N
DR. RAFAEL MOLITOR, O. S. B.

EL E S P I R I T U
DEL SACRAMENTO DEL ORDEN

EDICIONES DESCLÉE DE BROUWER


BI LBAO
19 6 0
Título de la edición original: VOM SAKRAMENT DER WEIHE,
publicado por VERLAG FRIEDRICH PUSTET, RÊGENSBURG

NIHIL OBSTAT:
FR. BERNARDINUS MARINA, O. P.
Soc. Theol. Lmctor.

FR. 80 N IF A C IU S LLAMERA, O. P.
Soc. Théo/- lector

IMPRIMI POTEST:
FR. ANICETU5 FERNANDEZ, O. P.
Prior Prov.

IMPRIMATUR:
FR. FRANCISCOS, O. P.
Ephcopus Salmanticus
Salm antîco, 3 de ¡ulïo de 1960

TRADUCIDO DEL ALEM AN

POR

FR. A L F R E D O SOLLA, O. P.

Depósito Legal: 61 1785 - I9 6 0

Num ero de Registro • n # o - © «


ABREVIATURAS

A: San Ambrosio.
Ag: San Agustín.
Agm: S. Agustini Sermones post Maurinos reperti. Ed. Morin.
Romae 1930.
Al: S. Alberti Magni ©pera omnia, Parisiis 1890 ss.
C: S. Cesarii Arelatensis Sermones. Ed. Morin. Maretioli 1937.
t¡t: Catalanus Pontificale Romanum. Paris 1850.
Hg: Hugo de San Víctor,
P: Puniet, Le pontifical Romain. 2 tomos, París 1930 ss.
Th: Santo Tomás de Aquino, Summa Theologica.
PROLOGO

Estas meditaciones están hechas siguiendo las ora­


ciones y ceremonias que el Pontifical de San Pfo V
prescribe para la colación de la tonsura, Ordenes Me­
nores y Mayores. Su finalidad no es otra que la de
sugerir, de un modo sencillo, los grandes pensamien­
tos contenidos en el Pontifical y, de este modo, apo­
yados en la doctrina de los Padres y escolásticos más
esclarecidos, hacer de él un libro provechoso para
la vida entera del ordenado. No ha sido nuestro in­
tento estudiar la formación histórica de estos ritos y
mucho menos aún tratar de descubrir lo que corres­
ponde a la antigüedad y a los tiempos más modernos.
Después de la biblia y el misal, no hay libro más
adecuado que el Pontifical para mostrarnos la gran­
deza que supone la elección de un ministro consa­
grado. En él, como en la fuente de más auténtica y
elevada autoridad, encontramos la respuesta adecuada
a cuestiones de gran importancia tanto para la vida
del clérigo como para la vida de toda la Iglesia. So­
bre todo a cuestiones como el significado y la fina­
lidad de la vocación; e! origen, la dignidad y el valor
de nuestro estado. El testimonio solemne y auténtico
de los siglos y de la liturgia nos enseña cuán santas
son las Ordenes sagradas, cuán misteriosa y profunda
es su eficacia, cuán íntimamente nos unen a la obra
salvadora de Dios y a la nueva creación de que ha
sido objeto el mundo, cuán grandes cosas piensa y
espera la Iglesia de sus ministros. Por ello el Ponti­
fical debe ser con todo derecho no solamente el libro
de ordenaciones del obispo, sino también un libro
de máxima utilidad para la formación espiritual del
clérigo. Tanto el candidato que se prepara para la
recepción de las Ordenes como el clérigo y el sacer­
dote que quieran revivir el feliz momento en que las
recibieron de manos del obispo y se vieron elevados
a la categoría de hijos espirituales y cooperadores
suyos, lean en las hojas de este libro los cuidados
solícitos y prudentes con que la sancta mater Ecclesia
rodeó su entrada en el estado clerical. Escuchen las
apremiantes súplicas y oraciones con que el obispo
y la Iglesia invocaron sobre el ordenado aquella ilu­
minación y aquella fuerza sobrenaturales que han'de
necesitar para corresponder diariamente a la gracia
de la vocación. Esfuércense, impulsados por una ale­
gría llena de agradecimiento para con Dios, por re­
vivir de nuevo el don inestimable que les trajo la
imposición de manos. Un San Ambrosio confesaba (1)
cómo toda la riqueza de su alma — gracia, alegría y
fuerza— se rejuvenecía quasi de íntegro todos los
años al recordar el día de su ordenación. Esta misma
vivencia y este mismo feliz renacer a los momentos
en que Dios nos hizo objeto del milagro de la orde­
nación ha de tener todo el que se sumerja de nuevo
en estas oraciones, exhortaciones y ceremonias llenas
de significado y de profundidad.
Sería una cosa muy pequeña reducir todo el sig­
nificado del sacerdocio a una paternidad espiritual,
como lo hacen algunos teólogos de nuestros tiempos.
Ciertamente que éste es uno de sus aspectos. Pero
su destino es mucho más elevado. El sacerdote es el
dispensador de los misterios de Dios y la ordenación
no sólo le llama y le da los poderes, sino que le
capacita para ello. Donde más se manifiesta su voca­
ción es en la celebración del Santo Sacrificio, que es
también donde alcanza su ápice el sacerdocio de Cris­
to y donde prolonga su eficacia hasta nuestros días
de una manera más perfecta.
En el Derecho actual, el diaconado y el subdiaco-
nado, así como las Ordenes Menores, son como pel­
daños para alcanzar el sacerdocio. Esto no excluye
que cada una de ellas exija una especial vocación, si
bien ésta hay que entenderla siempre como una ayu-

(1) A.: In he. 8, 73.


da que se ha de prestar al sacerdote, principalmente
en los ministerios relacionados con la Eucaristía.
Lo que dice San Pablo en I Cor. 3, 5 a propósito
del sentido de su ministerio y como defensa del mis­
mo, puede muy bien aplicarse a nuestro sacerdocio
y, en un sentido más amplio, a las restantes Ordenes.
Todo lo que pueden representar de dignidad, tanto
interior como exterior, solamente viene de Dios. El
ha sido quien nos ha capacitado para ser ministros
de la Nueva Alianza. Esto mismo es lo que dice el Bau­
tista : No debe el hombre tomarse nada si no le fuere
dado del cielo (2). Así como el Señor bautiza con el
Espíritu Santo en el sacramento del renacer cristiano,
así también actúa en unión con el Espíritu Santo en
la ordenación. Lo que allí se nos da, solamente puede
ser utilizado por nosotros si estamos unidos al Espí­
ritu Santo y solamente con el Espíritu Santo puede
fructificar. Solamente en El y para El. Esta es real­
mente la función del Espíritu Santo (3). Ministerio
no de condenación, sino de justificación. No para lo
pasajero, sino para lo eterno. No para muerte, sino
para vida. Ministerio lleno de esplendor. Un ministerio
que no es otra cosa que una ayuda desinteresada,
humilde y sencilla a la obra de Dios, que va mode­
lando a los creyentes mediante el Espíritu del Señor
conforme a la imagen de Cristo (4). Y este Espíritu
no es otro que el Espíritu del Señor; el Espíritu del
cual concibió en el seno de la Virgen, en el cual fue
ungido Pontífice, en virtud del cual predicó y obró
milagros, por el cual ofreció al Padre celestial la Li­
turgia salvadora del Sacrificio de la Cruz. El Espíritu
por el cual el Señor está presente a la Iglesia ayer,
hoy y hasta el fin de los siglos.
Este es el motivo por el cual el ordenado puede
pronunciar estas palabras del Apóstol: Investidos de
este ministerio de misericordia, no desfallecemos (5).

(2) Jn . 3, 27.
(3) Jn . 1, 33.
(4) II Cor. 3, 7 ss.
<5) 1. e. 4, 1.
Tanto el apóstol como el sacerdote son para el mismo
San Pablo ministros de la Iglesia. Elegidos por Dios
para la salud del pueblo creyente (6). Todo le per­
tenece al creyente: Pablo, Apolo y Celas; el mundo,
la vida y la muerte (7).
El ideal que propone el Pontifical al clérigo y al
sacerdote es el de estar unidos del modo más íntimo
a Cristo, el Pontífice eterno, como instrumentos esco­
gidos y dispuestos del Espíritu Santo, siendo minis­
tros suyos rezando y sacrificando, enseñando y diri­
giendo, ayudando, salvando y gobernando.
Así entendido, el sacerdocio no puede ser motivo
de molestas oposiciones en la Iglesia ni podrá entor­
pecer y detener su vida y su espíritu. Es más; el
sacerdocio así entendido es una fuente de unión vital;
el instrumento, el guardián y el estímulo de la fuerza
vivificadora que ha de venir de Dios (8).
Señala San Agustín (9) como características de
los sacramentos cristianos el ser pocos en número,
fáciles de observar y ricos en significación. Esto se
cumple también en el sacramento del orden. De aquí
que llame tanto la atención el gran espacio dedicado
a las instrucciones del obispo sobre las virtudes del
estado que se abraza y las exhortaciones a su cum­
plimiento. No es difícil adivinar el motivo. La eficacia
del sacramento, que obra ex opere operato, exige por
su naturaleza y por su dignidad, la correspondiente
cooperación del opus operantis como aspiración sin­
cera, auténtica y constante a la perfección moral del
ordenado. El significado y cometido de la ordenación,
así como el puesto social que ocupa el ordenado en
la vida de la Iglesia, son una constante llamada al
perfectos homo Dei ad omne opus bonum instrue-
tus (10), hacia el hombre que no es un ángel por
naturaleza, sino un hombre en el auténtico y más

(6) Col. 1, 25.


(7) X Cor. 3, 22.
(8) Cfr. Sim ón: Das Friestertum ais S tand und der
Laie. Salzburg 1938.
(9) Ep. 54, 1.
(10) I I Tim. 3, 17.
elevado sentido de la palabra; pero un hombre de
Dios, poseído por Dios, informado por Dios, unido a
Dios, lleno de Dios, síntesis perfecta de lo humano y
lo divino, imagen del Dios hecho hombre. En esta
síntesis entran a formar parte, con la naturaleza in­
nata de cada cual, la gracia, que actúa desde arriba,
y el esfuerzo humano; esfuerzo que ha de extenderse
al cuerpo y al alma. Este esfuerzo es el que, según
las posibilidades de cada uno, debe desarrollar lo que
ha dado al ordenado la naturaleza y la gracia, enno­
blecerlo, hacerlo fructificar, ir preparando al hombre
entero para convertirlo en el homo De¡; algo parecido
a lo que dice San Benito en el Prólogo de su Regla:
Praeparanda sunt corda et corpora. Quien carezca de
las disposiciones naturales para un esfuerzo de este
género, quien esté inclinado a la melancolía, quien
no posea las fuerzas necesarias para llevar con alegría
el peso del estado clerical, quien considere difícil el
vivir en armonía con los hombres, con los hermanos
y con los que trabajan a nuestro lado, quien no se
sienta inclinado a una vida religiosa elevada, quien
carezca de amor o de fuerzas para la tarea penosa
de ofrecerse para el servicio de Dios y del prójimo,
quien se considere llamado a una vida sin ilusiones,
ése que no se acerque al sacramento del Orden. No
es apto para este ministerio, como ha declarado siem­
pre la Iglesia y lo han declarado los últimos Papas
de una manera tajante en sus encíclicas sobre el sacer­
docio cristiano (11). La vocación sacerdotal, como
cualquier otra vocación y más aún que cualquier otra,
es para el que se entrega a ella un problema que ha
de resolver cada uno de una manera completamente
nueva y mediante su propia personalidad. El sacer­
dote ha de levantar su vida, como un arco casi infi­
nito, sobre dos pilares: Dios y el hombre en cuanto
ministro de Dios, de su Iglesia y de las almas. El sen­
tido de su vida no puede por consiguiente buscarse
sola y exclusivamente en la síntesis de hombre y sacer­
dote, o de Dios y sacerdote; ni su misión puede cum-

(11) Ad catholici sacerdotii. 20 Dic. 1935. Menti Nostrae.


23 Sept. 1950.
plirse solamente mediante la eficacia de! sacramento
con exclusión de toda preparación moral, ni con sola
su personalidad, haciendo caso omiso del sacramento.
Más bien se exigen, a ser posible, todos estos elemen­
tos juntos: Dios y sacerdote, Dios en el sacerdote y
éste en Dios. Dios, en cuanto creador, salvador, y per­
fección del hombre, no ha de empequeñecerle al
unirse a él de esta manera, ni ha de cambiar su na­
turaleza, ni ha de anular su personalidad, ni ha de
coartar su libertad. La dignidad y el mérito de Mel-
quisedec descansan en su semejanza con el Hijo de
Dios (12). Y también, como hace notar San Ambro­
sio (13), en su conducta grata a Dios, en su compor­
tamiento humano (morum gratia), en sus magníficas
y sobresalientes virtudes (virtutum praerrogativa).
El sacerdocio, que en el orden de Aarón estaba a
punto de hacerse completamente estéril y se había
convertido en una rama marchita carente de fruto,
apareció en Cristo en perfecta floración, con nuevas
flores y nuevas ramas.
Que Cristo infunda su bendición y su Espíritu
Santo en la naturaleza y en la gracia de todos los or­
denados, para que lleguen al perfectus homo Dei ad
omne opus bonum inslructus, y que ambas lleguen a
la plena madurez, trayendo las flores más puras y
bellas y los más opulentos y sazonados frutos.

(12) Heb. 7, 3.
(13) A.: Ep. 43, 49.
LIBRO PRIMERO

cuestiones previas
de teología
CAPITULO PRIMERO

LAS ORDENES SAGRADAS Y EL


SACERDOCIO DE CRISTO

Las Ordenes Sagradas, instituidas para ejercer su minis­


terio sobre el Cuerpo de Cristo, están vinculadas de muchas
maneras, y de un modo muy profundo al sacerdocio de Cristo,
sin el cual de hecho, es decir, en el actual orden de cosas
querido por Dios, son sencillamente incomprensibles. Todas
las cosas fueron hechas por Cristo. El es antes que todo y todo
subsiste en El. El es la Cabeza del Cuerpo de la Iglesia; El es
el principio, el primogénito de los muertos, para que tenga la
primacía sobre todas las cosas. Y plugo al Padre que en El
habitase toda la plenitud (1). Nuestras Ordenes Sagradas no
están fuera de esta posición de Cristo, que lo fundamenta,
lo domina y lo llena todo. En Cristo, en su sacerdocio, tienen
su más profundo fundamento, su más elevado modelo y esta­
tuto, su más plena realización. De El proceden y a El condu­
cen. Toda su fuerza vivificadora y santificadora fluye de la
plenitud de Cristo. De su gracia. De su espfritu. De su vida.
Su finalidad no es otra que la de continuar y aumentar la
gracia, el espíritu y la vida de Cristo en su Iglesia. Por eso

(i) col. l, 16 ss.


Cristo es no sólo jefe y príncipe de los sacerdotes (2), sino
también, en cuanto fuente de todas las gracias (3), fuente' del
sacerdocio en su plena extensión (4). Si aquel dicho antiguo:
"todo cristiano es otro Cristo" es verdadero, en el clérigo y
en el sacerdote consagrados alcanza su máxima realización.
O lo que es más maravilloso, más sagrado y más grande:
serán una cosa con Cristo; deben ser, "hallados en Cristo" (5),
el Cristo total. La ordenación nos lleva además a la más pro­
funda unión con la Cabeza de la Iglesia, que es Cristo. La
ordenación asigna al ordenado un lugar sumamente cercano
a El (6).
No todas nuestras Ordenes fueron instituidas inmediata­
mente por Cristo. No obstante, todas continúan su misión di-
vino-humana sobre la tierra y están por eso contenidas en
aquel mandato que El dio a sus Apóstoles: Como me envió
mi Padre, así os envío yo (7). Todas intentan, en diversa gra­
dación y con límites diversos, cumplir el mandato dado por
Cristo de proveer a la Iglesia de dispensadores de los miste­
rios de Dios (8). En modo alguno estas Ordenes obran algo
independiente de la unción de Cristo y de su Sumo Sacerdo­
cio, algo completamente nuevo, algo que pudiera eliminar la
acción de Cristo. El clérigo y el sacerdote no están nunca en
un orden de gracia y de vida especial y exclusivo para ellos.
Ante todo, son miembros del Cuerpo Místico. Sarmientos en
Cristo, la verdadera vid. Sometidos a la cabeza y a la vid co­
mún. Llamados para servirle y servir a sus miembros y sar­
mientos. La única finalidad de su acción ha de ser, según esto,
la de continuar la obra sacerdotal del Salvador y aplicar sus
frutos. Por eso el sacerdote — y de modo parecido todo clé­
rigo— no es nunca dueño de sí mismo, sino, enviado como
Cristo y por El instituido, lugarteniente de Cristo. No obra en

(3) A.: D e fuga saecuil 3, 15 ss.; A.: De fide 5, 8, 110.


(3) Th. III; 22, 1 ad 3.
(4) Th. III, 22, 4. N uestra ordenación se nos confiere por el obis­
po únicam ente sub Deo summo consecratore, m ientras que Cristo es
el prim us ordinis nostrae collator. Escogido El mismo por el Padre
p ara ser sacerdote, consagra m ediante el E spíritu Santo. Psedo-Dion.
Areop., Eccl. hierach. cap. 5 Contem platio 5.
(5) Flp. 3, 9.
(6> Al* In IV sent. d. 24, A, a. 1, U
(7) Jn . 20, 21.
(8) I Cor. 4, 1.
nombre propio, sino en nombre de Cristo. Aún más. Como
sacerdote de la nueva ley, mediante los sacramentos, obra
en la misma persona de Cristo (9). Al celebrar el santo sa­
crificio, la unión entre Cristo y el ordenado es tan profunda
que en el momento de la consagración éste se pierde total­
mente en Cristo. Olvidado completamente de sí, ejecuta este
acto sacratísimo con las palabras de Cristo: Esto es mi Cuer­
po, esto es mi Sangre.
Aquí habla en persona el divino-humano Sumo Sacerdote
por boca de su sacerdote, convierte el pan y el vino en su
Carne y en su Sangre, y se ofrece a sí mismo como Víctima
por medio de su ministro. Por tanto, el que ofrece lo hace
con el sacerdocio de Cristo. En ese momento, los ojos del Pa­
dre celestial están posados, no tanto sobre nuestras manos,
cuanto sobre las "santas y venerables manos" ,de su divino
Hijo. Por este motivo el Padre celestial no puede rehusar nues­
tro sacrificio, pues no puede desairarse a sí mismo (10). Lo
que se dice de todo sacramento puede también aplicarse a la
ordenación: sea Pedro, sea Pablo o Judas quien bautiza o
quien te administra un sacramento, Cristo es el verdadero
administrador del bautismo y de los demás sacramentos, Cris­
to es el minister principalis, tanto en la ordenación como en
todo lo que el clérigo y el sacerdote hacen en virtud de ella.
El ordenado está por consiguiente en una íntima relación
con Cristo, el eterno Sumo Sacerdote, ya que El es quien le
ha elegido y llamado. En los días de su vida terrena el Señor
dirigía su predicación la mayoría de las veces al pueblo, tan
pronto como éste le rodeaba. Pero a sus Apóstoles los llamó
en particular a su seguimiento y los escogió, después de una
larga prueba, después de una íntima oración y de una manera
solemne, para ser sus mensajeros y confidentes. Yo os he bus­
cado, elegido y apartado. Y o os he puesto como ministros en
medio de mi Iglesia (11). Os he señalado el puesto que os
conviene. Para mostrar cuán fuerte y significativa fue esta

(9) Th. III, 22, 4.


(10) Al. In Ev. Jn . 6, 64.
(11) Jn. 15, 16. Me. 3, 13: vocavit ad se quos voluit ipse... E t fecit
u t essent duodecim cum illo. Segün el Pseudo-Dionisio Areop., Eccl.
hierach. cap. 5 C ontem platio 5, el obispo consagrante hace n otar
que obra solam ente como intérprete y ejecutor de u na elección di­
vina, y no se deja llevar por u n a preferencia personal, sino sólo por
la inspiración de Dios.
gracia, dice San Pablo por su parte: Yo mismo fui alcanzado
por Cristo (12). San Pablo, en su vocación apostólica y sacer­
dotal, se reconoce alcanzado, apresado, sometido, incorporado
a Cristo, elevado por El, encerrado en su vida y en su acción.
Ni de hombres ni por hombres ha recibido él la gracia, sino
"p o r Jesucristo y por Dios Padre" (13). Apóstol de Cristo:
éste es su distintivo y su timbre de gloria. Pero Apóstol por
vocación de Dios, vocatus Apostolus (14), por el mandato de
Dios, nuestro Señor, y de Cristo Jesús, nuestro Sumo Sacerdo­
te (15). Cristo es para San Pablo la vida. La única vida que
para él tiene valor y la única que en él obra; y siente tan
profundamente la dependencia de su sacerdocio y de su apos­
tolado con respecto a Cristo y su unión con El, que se llama
a sí mismo, no sólo Apóstol de Cristo, sino hasta siervo de
Jesucristo (16). Cuando se dirige a su comunidad y la habla,
obra en él siempre Dios Padre y Cristo Jesús (17). Lo que ha
dado a su comunidad no es otra cosa que la promesa de vida,
que está en Cristo Jesús (18).
Esta unidad del sacerdocio en Cristo y este ser una cosa
con Cristo es tanto más necesario desde que, con la ruina de
Jerusalén, ha sido abolida la unidad del templo visible, la
unidad y la particularidad local de su liturgia y de la ciudad
visible de Dios. El culto de verdadera adoración debido al Pa­
dre no está limitado ya ni a la montaña de Samaría, ni a sola
Jerusalén (19). Los mensajeros sacerdotales de Cristo se di­
rigen a todos los países y anuncien su mensaje a toda crea-
tura (20). Sin embargo, debe nacer una sola Iglesia, un solo
Cuerpo Místico, una sola vid. Por eso la Iglesia no tiene más
que un solo sacrificio, un solo sacerdocio, una sola Liturgia,
en todos los lugares, en todos los tiempos, para siempre y
para todos. Sólo de esta unidad entre Cristo y su ministro,
entre Cristo y nuestro sacrificio, le viene a la Iglesia su uni­
dad orgánica y vital. Sólo por esta unidad se convierten todos

(12) Plp. 3, 12.


(13!) Gal. 1, 1.
(14) Rom. 1, 1; I Cor. 1, 1.
(15) I Tim . 1, 1.
(16) Flp. 1, 1; T it. 1, 1; Rom. 1, 1.
(17) I Tes, 1, 1; II Tes. 1, 1,
(18) II Tim . 1, 1.
(19) Jn . 4, 21.
(20) Me. 6, 15.
los pueblos de la tierra en una única y universal ofrenda y
sucede que ya no ofrezcamos muchos y variados sacrificios,
sino uno solo, prefigurado en todos los anteriores, por quien
todo sacrificio es agradable y acepto a Dios (21), en quien
han sido santificados y perfeccionados todos los otros sacri­
ficios (22). Según esto, el clérigo y el sacerdote aparecen como
ministros capacitados por Dios de la única y nueva alianza,
eternamente sellada en el sacerdocio y en el sacrificio de Cris­
to, cuyo mediador es sólo Cristo (23). Esta unidad la ve ya
San Agustín en las palabras de Cristo: Yo soy el buen Pastor.
Todos los buenos pastores son solamente miembros del único
buen Pastor. Yo soy el Pastor de los pastores y ellos son so­
lamente pastores al servicio de este único Pastor. Yo lo soy.
Yo, únicamente. Todos son una cosa conmigo en esta unidad.
Quien fuera de esta unidad (extra me) conduce a los pasti­
zales, lleva el rebaño contra mí (24). De modo parecido, todo
cuanto el sacerdote hace es como una ayuda sumisa, mientras
que el Señor mismo edifica su Iglesia; todo aquel que quiera
dar fruto debe cumplir una condición indispensable: perma­
necer en Cristo (25). No salir de El en todos sus trabajos. No
perderle. No separarse de El. No vivir y trabajar junto a Cris­
to sin Cristo. Porque sólo por El podemos obrar.

No han sido la propia elección de Cristo, ni su propio


poder, ni sus propios derechos heredados, ni siquiera sus in­
finitos méritos o su dignidad elevadísima quienes han creado
el sacerdocio, sino sólo la llamada del Padre. En esto se pa­
rece algo al Sacerdocio de Aarón (26). El Padre, que reco­
noce en Cristo a su Hijo, le ha prometido con juramento el
sacerdocio eterno (27) de igual modo que le ha enviado tam­
bién al mundo y le ha prometido todos los pueblos de la
tierra (28). Por este motivo todas sus obras no conocen otro
fin — ni pueden conocerlo— que el de hacer la voluntad del
Padre. El de glorificar el nombre del Padre. El de cumplir la

(21) Al. In Ev. J n . 6, 64.


(22) T h. III, 22, 3 ad 3.
(23) II Cor. 3, 6; Heb. 9, 15; 12, 24.
(24) Ag,: Sermo 138, 5.
(25) M t. 16, 18, Jn . 15, 5.
(26) Heb. 5, 4 ss.
(27) Heb. 5, 5.
(28) Sal. 2, 8.
obra que el Padre le ha encomendado (29). Como Hijo ver­
dadero del Padre eterno, Cristo, nuestro eterno Sumo Sacer­
dote, no puede hacer nada por sí mismo (30). Todo esto tie­
ne ahora un profundo significado para el ministro ungido de
Cristo. Ninguno se toma por sí este honor (31). Ninguno, ni
siquiera el Hijo de Dios. Mucho menos un hombre pobre y
pecador. Cristo, nuestro Sumo Sacerdote, que procede de arri­
ba, no busca su propio honor, sino que honra a su Padre. Y
nosotros, que bajo numerosos aspectos "som os de abajo y
del mundo", ¿vamos a buscar nuestro propio honor? Si el
Señor intentara glorificarse a sí mismo, su gloria no sería
nada (32). ¿Quién de nosotros creería que hace o consigue
algo, si se busca a sí mismo y su honor? Podemos recoger
en San Alberto Magno (33) la historia de cualquier vocación
al estado clerical en las circunstancias exteriores en que el
Señor llamó a sus Apóstoles. Los condujo a la cima de una
montaña y llamó a sí a los que quiso. Los llamó por consi­
guiente a un estado tan elevado con plena libertad, sin mirar
al dinero, a las recomendaciones, a la violencia o a su ori­
gen. Llamó a los que quiso. Con el corazón lleno de alegría
siguieron los discípulos su invitación y con ello nos enseñaron
a seguir magnánimamente esta llamada.

¿Cuándo y cómo fue Cristo instituido sacerdote? ¿Cuán­


do y de qué modo lo hemos sido nosotros? Esta pregunta no
es tampoco indiferente para su ministro ungido. Cristo no es
ya sacerdote antes de todos los siglos por su divinidad, sino
desde su encarnación. Por su naturaleza humana. Y es en una
sola persona Dios y sacerdote (34). Así lo dice ya el Concilio
de Efeso: El Verbo Eterno nacido del Padre es sacerdote des­
de que se hizo carne y hombre (35). De igual modo San
Agustín: Cristo es sacerdote no ya como Dios, en cuanto que
nacido del Padre y junto al Padre es igual al Padre eterno,
sino por la carne que tomó en su encarnación y por el sacri-

(29) Jn . 5, 36; 10, 32. 37; 14, 31; 17, 4 ss,


(30) Jn . 5, 30.
(31) Heb. 5, 4.
(32) Jn . 8, 23. 49 ss. 54.
(33) Al. In, Ev. Me. 3, 13.
(34) T h. III, 22, 3 ad 1.
(36) D enzinger n.» 122.
ficio que quiso ofrecer por nosotros (36). Recibió su sacer­
docio en el momento de la encarnación, en el mismo instante
en que, con la naturaleza humana, recibió su alma humana
con sus potencias, su carne y sangre humana, su vida huma­
na, y se ofreció como víctima al Padre celestial desde el co­
mienzo de su nueva vida creada. Esta verdadera ordenación
sagrada — era después de todo la primera ordenación sacer­
dotal verdadera y valedera— se le dio por voluntad del Pa­
dre, por el juramento del Padre, que le había confirmado,
hecho ya hombre, como Hijo suyo. Luego por la unción que
le convirtió en Cristo, al mismo tiempo que le constituyó
Angel de la alianza y le confirió la plenitud de todas las gra­
cias. "Dios ungido por Dios..., ungido por nosotros y envia­
do para nosotros, y este Dios para ser ungido, era hombre;
hombre de tal manera que al mismo tiempo era Dios; Dios
de tal manera que no creyó indigno el hacerse al mismo
tiempo hombre" (37). Por consiguiente Cristo se hizo sacer­
dote cuando se hizo Hombre-Dios. En el instante de la unión
hipostática. Cuando la voluntad del Padre, con la plenitud de
gracia del Espíritu Santo, ejecutó su unción y consagración
y le dio en la más alta medida las correspondientes obliga­
ciones, poderes y dignidades. El Padre le ha santificado y le
ha enviado al mundo (38). Desde este instante, comenzó como
hombre su eterna adoración y su oblación al Padre.
De modo distinto que Cristo, su ministro recibe la capa­
citación para servir litúrgicamente al Cuerpo de Cristo por
una consagración sacramental unida a un signo determinado,
exteriormente visible. Para el sacerdocio común, en el instan­
te de su nacimiento a la filiación divina, en el bautismo. Para
el sacerdocio consecratorio y para los ministerios inferiores,
mediante un acto litúrgico especial instituido por Cristo o por
la Iglesia, acto que da una consagración y un poder que no
da el bautismo. El origen del sacerdocio de Cristo pone su­
ficientemente de manifiesto cómo todo el ser y el ejercicio de
nuestras Ordenes estriban necesariamente en una estrecha
unión con Dios, en su misión, en la plenitud de ser del Espí­
ritu Santo. Es cierto que Cristo, como Dios-Hombre, entró en

(36) Ag. In Ps. (109, 17.


(37) Ag. In Ps. 44, 19.
(38) Jn. 10, 36.
la gloria del cielo el día de su ascensión (39). Pero en lo ín­
timo de la divinidad ya había sido recibido por su concep­
ción y unión hipostática y, durante toda su vida y su obra
sacerdotales, no sólo tenía siempre al Padre consigo y junto
a sí, sino que El mismo estaba en el Padre, de modo que
quien a El veía, veía al Padre (40). Este es el sacerdocio en
su realización divino-humana. El modelo inmutable, si bien
imposible de alcanzar en toda su perfección, para todo mi­
nistro consagrado de Cristo.

El valor extraordinario de nuestra ordenación para la


Iglesia y para el pueblo está ya garantizado suficientemente
por esta relación con el sacerdocio y el sacrificio de Cristo.
Nosotros, al menos mediatamente, debemos a las Ordenes je­
rárquicas el que ambas cosas continúen en medio de nos­
otros y el que nos lleguen ininterrumpidamente y de una ma­
nera pródiga las gracias de la redención. Igualmente, el que
el Espíritu de Cristo siga vivificando y haciendo fructífera a
la Iglesia. No en balde los primeros cristianos eran conscien­
tes del honor y de la gracia incomparables que se les comu­
nicaba por el sacerdocio de Cristo y por esta consagración.
Toda su vida estaba completamente bajo la iluminación de
este glorioso misterio. En medio de los tiempos tormentosos
en que la joven Iglesia se separó de la sinagoga, en que debió
renunciar a la magnificencia legendaria del viejo templo y a
la fama milenaria de la digna ciudad real, en que parecía que
un mundo iba a hundirse a sus pies y estaba rodeada por
todas partes por la incredulidad y la superstición del paga­
nismo, la Iglesia estaba orgullosa y confiada: Habemus Pon­
tificem I Abandonamos mucho, indeciblemente mucho, pero
solamente nosotros tenemos un Sumo Sacerdote. Tenemos en
Cristo una Víctima y un sacerdocio que no perecen. Que nos
acompañan a todas partes. Que hacen para nosotros de cual­
quier lugar un templo y una patria. Tenemos el único eterno
Sumo Sacerdote instituido por Dios para el mundo entero. El
eterno Sumo Sacerdote que se ha sentado en el cielo a la
diestra del trono de la divina majestad. El divino-humano y
eterno sacerdote del santuario y del tabernáculo verdadero

(39) Heb. 4, 14; 9, 12.


(40) Jn. 8, 16. 29; 10, 38; 14, 9.
hecho por el Señor, no por el hombre (41), Este Sumo Sacer­
dote, su eterno Sacrificio y su celestial liturgia se hacen pre­
sentes en nuestra peregrinación terrena por sus ministros con­
sagrados y por su sacrificio. Este hecho es con razón uno de
los principales capítulos de la revelación cristiana. Forma uno
de los fundamentos esenciales sobre los que descansan el
significado de nuestra ordenación, y, no menos todavía, el
estado, las tareas y la dignidad del ministro del Cuerpo de
Cristo. Nos hallamos ante la fuente más profunda de donde
brota todo el éxito y todo el resultado de las obras del sacer­
dote. Cristo, por voluntad del Padre, es en una sola persona
el Sumo Sacerdote, la Víctima más perfecta y la Liturgia más
elevada. Todo lo que de estas tres cosas sigue viviendo en la
Iglesia, vive y obra solamente por su incorporación al sacer­
docio de Cristo. Obra en su servicio. Trabaja, reza y obra por
su honor y hoy nos acoge ya en la Liturgia universal, eter­
namente celestial y pontifical de Cristo.

Por la ordenación, recibimos nosotros, sus ministros, y


recibe también nuestro ministerio, algo de la dignidad y de
la elevación del sacerdocio real. Con Cristo, nuestra Cabeza,
atravesamos los cielos y nos colocamos en la morada de Dios.
Por el sacerdocio de Cristo nos capacitamos para compade­
cernos de las debilidades de los hombres. El ministro de
Cristo debe ejecutar las obligaciones de su ministerio igual a
como las ejecutó el mismo Cristo, quien, como Hijo obedien­
te y perfecto, ejerció al final de sus días el ministerio sacer­
dotal bajo la oración y las lágrimas, y con su obediencia he­
roica y sus padecimientos alcanzó su plena realización y con
ello se hizo causa de nuestra salvación. El ministro terreno,
como consecuencia de su unión con el sacerdocio de Cristo,
participa, proporcional mente, de todo aquello que la Sagrada
Escritura dice de este sacerdocio. En dignidad y en cometido
su ministerio sobrepasa a Abraham, el Padre de los creyen­
tes. Sobrepasa a Melquisedec, el príncipe de la paz y el rey
de la vieja ciudad de Dios. Es mediador en virtud de un prin­
cipio de vida indestructible. Prenda y fiador de una alianza
mejor y eterna (42). Lo esencial que nos da la ordenación
permanece eternamente en nosotros, ya que Cristo permane­

c í ) Heb, 8, 2.
(42) Heb. 5, 9 ss.; 7, 18. 22.
cerá siempre. Por eso el ordenado, con su divino Maestro,
puede salvar para siempre a aquellos que por El han llegado
a Dios. Como la ley mosaica lo dejó todo sin acabar, ahora
la alianza y el sacerdocio, la redención y la santificación han
alcanzado, en Cristo y por Cristo, su última realización, pues
El, en cuanto Hijo perfecto, es eterno y sin mancha bajo to­
dos los aspectos (43). En nuestro sacerdocio late un poco de
esta fuerza y de esta dignidad. Todo lo que pertenece a su
ministerio no envejece ni puede perecer, y esto por voluntad
de Cristo, ya que El es la nueva y eterna alianza. Cristo, como
Sumo Sacerdote, entró por su propia Sangre en el tabernáculo
de una vez para siempre; en el tabernáculo en que sólo uno
puede entrar, el eterno Redentor (44). Después de ofrecer el
sacrificio único por todos los pecados, se sentó para siempre
a la diestra de Dios, pues con una sola oblación perfeccionó
para siempre a todos los santificados (45). Por la participa­
ción en este sacerdocio puede su ministro consagrado comu­
nicar a las almas la eterna salvación, el derecho a la gloria
eterna, la perfección y santidad verdaderas.
Según esto, la salvación del mundo depende del sacer­
docio de Cristo. Igualmente la glorificación del Padre, así
como nuestra santificación y perfección. El es la medula de
la religión cristiana. En él descansa, de una manera profun­
da, el significado y la habilitación de la creación entera. En
él ha sido purificado, santificado y consagrado el mundo caí­
do. De él espera el mundo la resurrección, la renovación, el
nuevo renacer. Por el sacerdocio de Cristo se llena de vida
divina. Por el sacerdocio de Cristo es inundado y vivificado
por el Espíritu de Dios. Ante Dios es un sacrificio de alaban­
za sin medida y sin fin, como corresponde a la infinita ma­
jestad de la Trinidad. Por la participación gratuita en este
elevado sacerdocio, el clérigo se convierte en el sacerdote cris­
tiano. Y aun las Ordenes Menores y Mayores, hasta el diaco-
nado, que no nos dan una participación, sino solamente nos
capacitan para una colaboración y un ministerio en las tareas
sacerdotales ¡ qué destino más estupendo dan al que las reci­
be por la colaboración más o menos próxima en el sacrificio,

(43) Heb. 7, 25. 28.


(44) Heb. 8, 6; 13, 9. 12.
(45) Heb. 10, 14.
que es la obra más elevada del Hijo eterno de Dios! ¡Qué
superioridad, elevación y dignidad, qué poder le vienen por
ellas al ordenado! ¡Qué profundamente enraizado aparece el
sacerdote en el sacerdocio de Cristo, sacerdocio que no puede
imaginársele separado por un instante del cristianismo, sa­
cerdocio que es más bien su centro y punto culminante. De
donde salen todas las arterias de la vida. Por esta estrecha
unidad con el sacerdocio de Cristo, nuestro sacerdocio condu­
ce a lo más elevado y a lo más profundo, a las vastedades sin
fronteras, a lo más íntimo del mundo visible e invisible, en
cuanto que este mundo adora a Dios, le sirve, le busca y le
posee. Nos conduce hasta el trono de Dios. Hasta Dios mismo.
A la última y más elevada síntesis, hasta una vida que está
totalmente en el Dios eterno y de El procede.
CAPITULO SEGUNDO

LAS ORDENES Y EL
CUERPO MISTICO DE CRISTO

Ninguno de los siete sacramentos ha sido instituido ex­


clusivamente para el que lo recibe como persona particular.
Todos están en una conexión esencial con toda la Iglesia como
Corpus mysticum Chrísti. Todos deben comunicar la vida de
Cristo a este Cuerpo Místico suyo o mantenerla y aumentar­
la. No hay ningún sacramento que, en mayor o menor grado,
no se administre con el sentido y el mandato de la Iglesia uni­
versal, y todos ellos se reciben o para ser miembros de la
Iglesia o, si ya lo somos, para recibir una fuerza vital nueva
y fortificadora o para administrarla a los demás. Por consi­
guiente no hay ningún sacramento que tenga por objeto sólo
y exclusivamente el bien de un particular. Así entendido, los
sacramentos no se dividen en personales y sociales. Por este
motivo hay muchos miembros y muchos sarmientos en todos
los países y en todos los tiempos, pero hay un solo Cuerpo de
Cristo. Una sola y única vida.
Sin embargo han podido hablar los antiguos teólogos en
cierto sentido de sacramenta personalia y contraponer a ellos
otros como sacramenta ecclesiae sive corporis in commu-
ni (1), Los primeros se dirigen contra las faltas personales y
capacitan próxima o remotamente para la recepción de los
segundos; estos últimos — como son el sacramento del Or­
den y el del matrimonio— ponen a los que lo reciben inme­
diatamente al servicio de la comunidad. El matrimonio tiene
por fin la prolongación de la existencia y su santificación. El
sacerdote predica para el pueblo y santifica, procurando imitar
en esto al Sumo Sacerdote lo más posible, no para provecho
propio en primer lugar o para el de una persona particular, sino
para provecho de la Iglesia y del pueblo (2), lo cual está
suficientemente expreso en las oraciones de la misa. El sacer­
dote reza por todos. Por eso las oraciones litúrgicas prefe­
rentemente están en plural. El sacerdote trabaja y sufre por
todos. Vive por todos, como dice San Ambrosio de San Aco-
lio: Su vida no le pertenecía a él, sino a todos. Era para el
pueblo el ministro y el mediador de la vida eterna, para con­
seguir fruto y provecho para los demás más bien que reco­
nocimiento y perdón del Juez para sí mismo (3). Por la or­
denación y por vocación, el sacerdote no ha recibido como
ministerio principal el de ser guía de los destinos terrenos de
la comunidad, sino más bien el de ser pastor para proporcio­
narle el pasto de la palabra de Dios y el Pan celestial de Dios.
Por eso la ordenación no se le da en primer lugar como me­
dio de salud para la debilidad personal, como remedlum unius
personae, sino para salud de la Iglesia universal, como reme-
dium totius Ecclesiae (4). En los demás sacramentos el que
los recibe se comporta de una manera más pasiva, porque se
le dan para el perfeccionamiento de su vida personal. En el
Orden, por el contrario, se comporta preferentemente de una
manera activa. Lo recibe con el fin de ejercer funciones jerár­
quicas por la Iglesia de Cristo (5). Su Ordo por consiguiente
no significa nunca un daño ni un menosprecio para los que
no han sido llamados o no han sido admitidos a él. Nadie
— y menos todavía la comunidad— está excluido de antemano
de las bendiciones y de los frutos que intenta y tiene por fin
el ministerio por el bien común de la Iglesia. Todo miembro

(1) Al.: In IV sent. d. 24, A, a. 1.


(2) A.: In Ps. 38, 25.
(3) A.: Ep. 15, 3.
(4) Th. Suppl. 35, 1.
(5) Th. Suppl. 34, 1.
vivo del Cuerpo de Cristo tiene derecho y debe sacar prove­
cho de los numerosos bienes que el sacerdocio produce y ad­
ministra continuamente, así como la Iglesia saca también pro­
vecho de la lucha contra el pecado y sus consecuencias, que
lleva a cabo el sacerdote mediante su palabra y los santos sa­
cramentos contra defectum communem (6). Nadie por con­
siguiente sale perjudicado por la gracia superior del ordenado.
Antes bien, el no ordenado aparece como usufructuario de los
frutos que brotan de la ordenación y de los trabajos de los
ordenados. El ordenado ha sido ungido para el provecho y
prosperidad espirituales de los no ordenados.

Que la Iglesia necesita también en la nueva Alianza de


un sacerdocio ministerial lo concluye Santo Tomás de la per­
fección objetiva que debe tener como obra de Dios. Todo lo
que Dios crea y obra es semejante a El y debe mostrar por
consiguiente un cierto grado de perfección. Es un espejo de
Dios en el que se refleja su perfección. En sus obras Dios
quiere reflejarse a sí mismo o algo propio de El; precisa­
mente no sólo su esencia, sino también el modo que tiene de
obrar y de influir en los demás. En esto descansa la ley — co­
nocida ya por el orden natural— de que los seres inferiores
se mueven por los intermedios y éstos por los más superiores
y elevados, de que son gobernados por ellos y por ellos al­
canzan su perfección. Para que la Iglesia no carezca de esta
hermosura, Dios la ha ordenado (posuit ordlnem !n ea) de
tal manera que unos cuantos escogidos por ella administran
a los demás los sacramentos. Estos, y lo mismo sus colabo­
radores, se hacen semejantes a Dios, exactamente igual a como
en el cuerpo natural ciertos miembros particulares dirigen a
los otros e influyen en ellos. Con ello ni la libertad ni la dig­
nidad del hombre sufren menoscabo, pues los fieles quedan
sometidos, como ya hemos dicho, no para provecho de los
sacerdotes, sino para el propio provecho. Además, por encima
de todo, hay una jerarquía de gracia y de amor que no de­
pende ni de la jerarquía ni de la jurisdicción eclesiástica (7).

Llevando más adelante estos pensamientos, vemos que ni


nuestra ordenación ni nuestro sacerdocio son capaces de os-

(6) Al.: In. IV sent. d. 1, A, a. 4.


(7) Th. Suppl. 34, I.
curecer y limitar el Pontificado de Cristo ni impedir que cada
fiel pueda estar cerca de Dios y que Dios obre inmediatamente
sobre nosotros. Al contrario. Su única finalidad es favorecer
la obra de Dios en la Iglesia y en las almas y hacer que ésta
aparezca más claramente. Para el ordenado significan un po­
deroso estímulo. No es solamente de su elevado rango, ni de
su cargo, de donde debe brotar en todo tiempo un poco de la
sabiduría y de la santidad de Dios, sipo de toda su persona
y de todo su obrar. Los clérigos y los sacerdotes han sido
llamados, sobre todo, para ser la representación viviente de
Cristo en la Iglesia, sus verdaderos representantes. De aquí se
sigue que en todo lo que hacen se reconocen sumamente res­
ponsables para con Dios mismo y se esfuerzan, como colabo­
radores de Dios por hacerse cada vez más semejantes al Santo
de los Santos. ¿Puede imaginarse una norma de vida y una
tarea más elevada? Semejante a su modo a Dios, colabora­
dor de Dios; esto es el sacerdote (8). Cuanto más logre ha­
cer realidad en sí mismo este ideal sobrehumano, tanto más
útil será su vida para la Iglesia de Dios.

No menos interesantes son estas otras palabras de Santo


Tomás. El estado clerical sirve esencialmente para la belleza
de la Iglesia. Según la intención de Dios, está determinado ya
por su existencia a ser un verdadero adorno, honor y corona
de la Iglesia. Mediante él debe garantizarse nada menos que
una elevada glorificación sobrenatural de la Iglesia universal.
¡Que no falte nunca a la Iglesia esta belleza! La obra de Dios
debe adquirir su pleno resplandor y su inmaculada belleza
por la colaboración de los ministros consagrados. ¡Si medi­
tásemos siempre en esta intención de Dios! ¡Si comprendié­
semos rectamente el alcance maravilloso de este divino pen­
samiento! ¡Si nos esforzásemos por corresponder a esta in­
tención de Dios, sinceramente y con todas nuestras fuerzas!
¡De nosotros depende en gran manera la belleza de la Esposa
de Cristo, por quien el Señor derramó su Sangre para que
fuese sin mancilla! (9).
De todo lo dicho, para el clérigo y el sacerdote se deduce
la obligación de comportarse en toda su vida y en todas sus

(8) 1 c.
(9) 1 c.
obras, en su pensar, en su hablar y en su obrar, de tal ma­
nera que, lejos de acusar lo humano y lo demasiado humano
que existe en la Iglesia de Dios, con la gracia de Dios, den
testimonio ante el cielo y la tierra de lo divino que hay en ella
y sean prueba elocuente de su belleza y perfección.

Son también dignas de tenerse en cuenta las demás in­


sinuaciones que hace Santo Tomás en este lugar. El influjo del
clérigo y del sacerdote no puede nunca disminuir la libertad
de un alma, entendida la libertad del alma en su verdadero
sentido. Más bien lo que tiene que hacer es hacer libres a las
almas, elevarlas, fortalecerlas, desarrollarlas, santificarlas.
Igualmente significativas y verdaderas son estas otras pala­
bras del Santo: Hay servidumbre cuando uno domina usando
a los que le están sometidos para propia utilidad. Ciertamen­
te, la labor sacerdotal busca, en vez del provecho propio, el
de los subordinados y el del todo (10).
En el sacerdocio de Cristo y en su sacrificio se realiza
de una manera perfecta la síntesis que abarca todas las cosas.
Todo lo que vive y obra siempre por Dios, se convierte aquí
en la Liturgia del Dios-Hombre. Toma la forma de una infinita
adoración, de una infinita alabanza y acción de gracias. Se
convierte en una oblación y en un cántico sacrificial divino-
humanos. En una participación elevada, eternamente realizada
e irrevocable de la naturaleza de Dios. En un intercambio vi­
tal con Dios. Si bien en menor grado, y siempre bajo la de­
pendencia de Cristo y sólo por su participación en El, en nues­
tro sacerdocio se realiza algo parecido o igual. Toda acción
sacerdotal finaliza y ejerce su eficiencia sobre la Iglesia en­
tera. Es un ministerio sobre el Cuerpo Eucarístico y Místico
de Cristo. Por eso no hay profesión alguna que tenga un pa­
norama tan amplio, que esté más unida y más cercana a lo
infinito, a lo eterno, a lo divino que la del sacerdocio cristia­
no. Ninguna que esté más llamada a confundirse, de la ma­
nera más honda, con lo divino en pensamientos, palabras y
obras. A obrar partiendo de lo divino. A vivir de lo divino y
para lo divino. A ofrecerse por lo divino.

El sacerdocio cristiano está además llamado a conservar


en la Iglesia de Cristo, y por ella, la llama divina de la verdad

(10) i c.
revelada y del amor infinito del sacrificio, asi como la vida y
la obra de Cristo y la presencia del Espíritu Santo. Siglo tras
siglo, el sacerdote, con la palabra y el ejemplo, con la oración
y la predicación, si bien en distinta manera, realiza aquello que
se hizo por medio de María el día del nacimiento de Cristo
para todo el mundo: la luz del Dios eterno, inunda por él el
mundo (11). Por sus manos consagradas se repite en miles
de altares lo que el Señor hizo en la noche de la cena como
prueba de su ilimitado amor: Toma el pan y el vino, da gra­
cias, lo bendice, lo convierte en el holocausto divino-humano
y lo ofrece a la Iglesia como fundamento y testimonio de la
íntima comunión con Dios y entre nosotros. Para la vida del
mundo (12). Como garantía de una nueva y eterna alian­
za (13). Como sacrificio de alianza que es derramado por
todo el mundo (14). En el santo sacrificio cumple el sacer­
dote día tras día su propísima obligación de estado para con
la Iglesia católica. Su sacrificium servitutis (15). Ejerce su
elevado ministerio como ministro de la Iglesia delante de
Dios y por nosotros (16). Este santo sacrificio es quien hace
crecer el Cuerpo Místico de Cristo. Aquí se realiza este mara­
villoso misterio, que es, como ningún otro, nuestro misterio.
Aquí está, sobre el altar. Sobre esta mesa el Señor lo ha ben­
decido, consagrado, y ejecutado como el misterio de la paz
y de la unidad (17). Es entonces cuando se hacen patentes la
verdad y el vigor de este misterio: lo que recibes de la mesa
del Señor eres tú mismo en cuanto miembro del Cuerpo de
Cristo, que se hace presente por la consagración del sacer­
dote (18).

(11) Missale, Praefatio de BMV.


(12) Jn . 6, 51.
(13) M t. 25, 28; Le. 22, 20.
(14) M t. 26, 28; Me. 14, 25.
(15) Missale, Canon.
(16) Col. 1, 25.
(17) Ag. Sermo 272.
(18) Ag. Sermo 229.
CAPITULO TERCERO

LAS ORDENES Y LA
SANTIFICACION PERSONAL

Un acto litúrgico es válido cuando el que lo realiza ha


sido capacitado para ello, se conforma en su obrar a la In­
tención de Cristo y se somete a la forma exterior esencial­
mente exigida. Esta validez no está condicionada por la digni­
dad moral del que realiza el acto litúrgico. La liturgia ecle­
siástica comprende un sistema de actos exteriormente recono­
cibles sometidos en todo su desenvolvimiento a la dirección y
a la vigilancia de la Iglesia, de tal modo que la comunidad,
respecto de la validez de los actos, goza al menos de aquella
seguridad que en los asuntos privados o públicos se juzga
como común, necesaria y suficiente. Nunca jamás en el ám­
bito civil se considera la intención personal sana de un socio
o de un encargado como condición necesaria para la validez
y efectividad de un cargo civil, de una disposición ministe­
rial, de un indulto' o de un acto parecido. No juzguéis, dice el
Señor (1). ¿Cóm o podría procurarse el que recibe un sacra­
mento la seguridad absoluta del valor moral del sacerdote que
se lo administra? ¿Dónde encontraría la medida segura que

(1) Mt. 7, 1.
le mostrase qué sacerdote es el más santo y el que más cerca
está de Dios? La Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo. Y sabe
con toda seguridad que toda gracia y toda vida que se le in­
yecta proviene de la fuente divinamente pura y eternamente
serena. Y con no menos razón sabe que todo miembro activo
de este organismo es movido por su divina Cabeza y es uti­
lizado por ella como instrumento visible, pero que el ministro
primero y principal es Cristo mismo. Por eso las palabras de
la consagración — para poner un ejemplo— han podido per­
manecer exactamente las mismas a través de siglos y de mi­
lenios y producir innumerables veces los mismos efectos sa­
cramentales, aunque los cientos de millares de sacerdotes que
las Han pronunciado en el altar del Señor hayan sido distin­
tos de nombre y en méritos. Quien te santifica y salva no es
en último término un hombre, aunque haya sido instituido
por Cristo ministro y mediador de tu santificación. Quien a
ti y al mundo santifica y salva es Cristo. Ni San Dámaso, ni
San Pedro, ni San Ambrosio ni San Gregorio han purificado
el mundo de sus pecados. Nuestras tareas son solamente mi­
nisteriales; de Cristo es de quien vienen los sacramentos y
las gracias. Y ningún hombre tiene poder para donar lo di­
vino. Esta es prerrogativa exclusiva de Cristo y del Padre. Es
un don suyo (2). Con ello no se niega en manera alguna la
necesidad de la cooperación humana en las obras de Dios.
Con todo, cuando se trata de la verdadera vida y de la verda­
dera fuente de vida, no hay nadie que pueda sustituirle, pues
el Señor es el único de quien procede la vida; aquél cuya
vida se hace vida tuya. El Señor nos exige expresamente que
vivamos de El y que nuestra vida permanezca en El. Por éso
en el bautismo te dio su Espíritu Santo y en la Eucaristía su
propia Carne y su propia Sangre. Yo soy el pan de vida. Yo
soy quien da la vida al mundo. El que come mi Carne y bebe
mi Sangre está en mí y yo en él. Quien me come vivirá por
mí. Permanecerá en mí (3). Aunque las llaves que abren las
puertas de la vida sean de oro, de plata o de hierro, aunque
estén brillantes u oxidadas, no hacen la entrada ni más es­
trecha ni más ancha. Ni más profunda, ni más rica, ni más
maravillosa. Aplicado esto a las Ordenes Sagradas se deduce

(2) A. De Spiritu Sancto 1, Prol. 18.


(3) J n , 6, 35 ss. 54. 56 ss.; 15, 4 ss.
que se ejercen válida y eficazmente por el que las ha recibi­
do, aunque el ordenado tenga poca o ninguna virtud.

Exigencia de la propia santificación. ¿Estamos por tan­


to, en virtud de la ordenación, libres respecto de toda obli­
gación moral elevada? Evidentemente que no. Estas obliga­
ciones no descansan en que el mayor o menor grado de vir­
tud haga que el Orden se ejerza más o menos fructíferamente.
Descansa en algo más profundo. No sólo en los intereses de
la Iglesia universal y de los que reciben los sacramentos, sino
más aún en las relaciones que, por voluntad de Dios, unen al
sacerdote y al clérigo con Dios, con Cristo y con su santo
sacrificio.
El sacerdote — puede aplicarse proporcionalmente al clé­
rigo todo lo que vamos a decir— ha sido instituido para las
cosas de Dios, para todo lo que tiene alguna relación con Dios.
Para lo que lleva a Dios y para lo que viene de Dios (4). Pero
Dios es tres veces santo. Su ministro escogido necesita labios
puros, que le son purificados por medio de fuego sagrado to­
mado del altar (5 ); que presuponen un corazón santo y puro
como el de un ángel.
Ser sacerdote significa ser mediador. Pero Dios es un
Dios santo. Es un fuego devorador (6) que quiere consumir
toda escoria y que no sufre nada impuro junto a sí.
Ser sacerdote significa servir a Dios sobre el monte santo
y en lo íntimo del santo tabernáculo. ¿Quién subirá a la cima
de este monte? ¿Quién entrará en el tabernáculo de Dios?
Sólo aquél cuyas manos están limpias y cuya conducta es
virtuosa (7).
Ser sacerdote significa ser padre. Ser imagen del Padre
celestial, mediador de una santa, de una verdadera filiación
divina. Pero este Dios eterno es el Padre santo. El Padre ce­
lestial en quien no se halla ni una falta, ni una sombra, ni
una huella de imperfección (8).
Ser sacerdote significa ser mensajero. A aquel a quien
ha confiado una misión, el Padre santo le santifica. Como ha

(4) Heb. 5, 1.
(5) Is. '6, 6 ss.
(6) Heb. 12, 29.
(7) Sal. 23 3.
(8) Jn . 3, 3; M t. 7, II; Sant. 1, 17.
santificado a su Hijo. Quiere verlo santo ante sí. Uno con el
Padre y el Hijo perfecto en esta unión. En posesión del amor
y de la alegría divinas (9). La sola ordenación no hace esto.
Es indispensable la virtud personal.
Ser sacerdote significa ser profeta de Dios. Después de
varios siglos de preparación, que se deslizaron pesadamente
como una débil sombra del que había de venir, envió por fin
el Padre a su Hijo, su instrumento más poderoso y más san­
to, a quien constituyó heredero de todo, por quien también
hizo el mundo, y que era el esplendor de su gloria y la ima­
gen de su substancia (10). Constituido mediador, el Hijo hubo
de asemejarse en todo a sus hermanos para poder tener con
nosotros y nuestras flaquezas una gran misericordia (11). No
obstante, fue incomparablemente más importante que este "ser
semejante a los hombres" su "ser semejante a Dios". Sola­
mente porque este Hijo era perfecto (12) pudo verificarse en
El el sacerdocio perfecto. Sólo porque el Padre tenía en El
sus complacencias (13) le fue permitido presentarse ante la
presencia del Padre como mediador de un mundo cuyos pe­
cados había cargado El sobre sus hombros. Porque en el Fi-
lius perfectus, su sacerdocio, su sacrificio, la redención por
El realizada y la Iglesia por El fundada y santificada son per­
fectas (14). Sólo porque Cristo, la Verdad, estaba lleno de
verdad y de gracia (15), lleno del Espíritu Santo, pudo cum­
plir la última voluntad del Padre, que abarcaba todas las de­
más, mediante una perfecta adoración en espíritu y en ver­
dad (16). Nuestro sacerdocio no puede desconocer esta ínti­
ma conexión. La primitiva Iglesia miraba a Cristo, su Sumo
Sacerdote, como al Santo y al Justo (17). Cristo, el sacerdote
de la nueva alianza, es — sin más— el Santo, como hombre
engendrado por la virtud del Altísimo y del Espíritu Santo (18).
Y porque es el Santo, el infierno le teme a causa de su poder
infinito y de su fuerza invencible y en cuanto que es el signo

(9) Jn. 15, 13; 17, 19. 22 s, 26.


(10) Heb. 1, 3.
(11) Heb. 2, 17.
(12) Heb. 7, 28.
(13) M t. 3, 17.
(14) Ef. 5, 27.
(15) Jn . 1, 14.
(16) Jn . 4, 23.
(17) Act. 3, 14.
(18) Le. 1, 35.
del cumplimiento de todas las esperanzas y de la victoria fi­
nal (19). Es evidente que él sabe que este Jesús, por su vida,
por su gracia y su virtud, es el Santo de Dios (20). Nada
hay en El que no sea santo, absolutamente santo, infinitamen­
te santo. Nacido de lo alto (21), Cristo es también como el
comienzo de nuestro sacerdocio, como nuestro modelo e ideal,
a quien todo sacerdote y todo clérigo está obligado a imitar
cuanto le sea posible.
La impresión que produce la persona de Cristo, tanto
para ios que le aman como para los que le odian, es de una
absoluta santidad: ¿Quién de vosotros me argüirá de peca­
do? (22). Ni una sola vez el sagaz príncipe de este mundo,
lleno de odio, puede hallar nada en El (23). El Señor ha sido
glorificado en sus discípulos (24), pero sólo en la medida
en que ellos son santos.
Ser sacerdote significa además ser colaborador y sobre
todo templo del Espíritu Santo (25). El Espíritu Santo está en
vosotros y permanece en vosotros (26). De modo distinto a
como está en el mundo, pues vuestras almas son afines en
espíritu, puras y santas. El Señor se da como Espíritu Santo a
los discípulos (27). El Espíritu arguye al modo de pecado, de
justicia y de juicio (28). ¿N o nos acusará y argüirá en pri­
mer lugar a nosotros, sacerdotes y clérigos, ministros de Cris­
to, si nuestro corazón y nuestros sentimientos llevaran algo
del espíritu del mundo y carecieran de la verdadera virtud
cristiana?
Ser sacerdote significa además ser un astro en el cielo
de la Iglesia, una luminaria en su Tabernáculo, un ángel de
la comunidad, un ministro de Cristo lleno de un amor verda­
dero y de un ardor santo. Al sacerdote tibio, que no es ni frío
ni caliente, el Señor le vomita de su boca (29). Su cargo no
le protege contra la vaciedad de espíritu, ni contra la mise-

(19) Me. 1, a*.


(20) Le. 4, 34.
(21) Le. 1, 78.
(22) Jn . 8, 46.
(23) Jn< 14, 30.
(24) Jn . 17, 10.
(25) I Cor. 6, 19.
(28) Jn . 14, 17.
(27) Jn . 20, 22.
(28) Jn . 16, 8.
ría, la cobardía, o la ceguera. Su ordenación no se pierde, pero
su portador necesita el oro acrisolado por el fuego para ser
rico, vestiduras blancas para vestirse y cubrir su desnudez,
colirio para recobrar su vista (30).
En cuanto ángel de la Iglesia, el sacerdote debe poner
atención a la voz del Espíritu Santo, que habla a su Iglesia.
Sin la virtud, sus oídos permanecerán sordos, como recuerda el
espíritu de Dios a sus sacerdotes no menos de siete veces (31).
En cuanto sacerdote, sirve a su Iglesia, que no es sola­
mente la Iglesia una, católica y apostólica, sino también la
Iglesia santa, una comunión de santos unida esencialmente y
de una manera efectiva con la Iglesia triunfante. El bautismo
le ha abierto el camino nuevo y vivo y le ha puesto sobre
él (32). Todos los bautizados sin excepción se han allegado
a la ciudad del Dios vivo, a la Jerusalén celestial y a las mi­
ríadas de ángeles, a la congregación de los primogénitos, a
Dios, Juez de todos, a los espíritus de los justos perfectos (33).
Ningún bautizado puede, después de este arribo a lo divino y
a lo santo, rehusar la obligación de servir a Dios compla­
ciente y con reverencia. Y mucho menos puede sustraerse a
esta obligación un sacerdote, cuyo acercamiento e ingreso en
el mundo sagrado de Dios y de sus misterios se repite día
tras día en su ministerio sacerdotal. Ni su vestido ni su estado
le relevan de su responsabilidad para con Dios y para con la
Iglesia. Ni le protegen ante el juicio, que, después de las gra­
cias innumerables e inestimables que se han dado al sacerdote
y al clérigo, será riguroso en extremo, pues Dios es un fuego
devorador e infinito (34). Al clérigo y al laico puede permi­
tírseles el acceso al trono del Santo solamente si lo hacen con
sincero corazón, con fe perfecta, purificados los corazones de
toda conciencia mala (35).

Ya el ministerio sacrificial del Antiguo Testamento exigía


una pureza inmaculada tanto por parte del oferente como por

(29) Ap. 3, 16.


(30) Ap. 3, 17 s.
(31) Ap. 2, 7. 11. 17. •29; 3, 6, 12. 22.
(32) Heb. 10, 20.
(33) Heb. 12, 22 ss.
(34) Heb. 12, 29.
(35) Heb. 10, 22.
parte del ministro del sacrificio. Este había de considerarse
para toda la vida como consagrado a Dios (36). Era quien
ofrecía las combustiones y el pan a Dios y estaba por eso
obligado a ser santo (37). "Serán santos, porque santo soy
yo, Yavé, que los santifico" (38). Las solas deformidades cor­
porales excluían del sagrado ministerio. Ni siquiera la estirpe
de Aarón pudo quedar excluida de esta ley. Ninguno que ten­
ga una deformidad corporal se acercará a ofrecer el pan a
su Dios ni a ejercer el ministerio (39).
Estas disposiciones morales se exigen con mucha más
razón en la Nueva Alianza, ya que ésta ha alcanzado su con­
sumación en Cristo. Y no, como ya dijimos, para asegurar
la validez del acto litúrgico, sino en virtud de la dignidad in­
finita del sacrificio que ofrecemos y del sacerdote Hombre-
Dios que obra en nosotros. Así como fue conveniente que
Cristo, nuestro Sumo Sacerdote, fuera santo, ¡nocente, inmacu­
lado, apartado de los pecadores y más alto que los cielos, así
lo es ahora para nosotros, ministros escogidos de su Taber­
náculo, el ser lo más semejantes a El que sea posible. Y si
la prerrogativa de su sacrificio es el hacer perfectos a los
hombres y en este sacrificio poseemos mucho más de lo que
los de la antigua alianza poseían en el suyo, se sigue que ios
frutos tienen que ser mayores y más perfectos en nosotros.
Que deben llevarnos a la perfección (40). La ley mosaica
solamente pudo hacer pontífices a hombres débiles, pero la
palabra del juramento que sucedió a la ley instituyó al Hijo
¡aara siempre perfecto (41). Por consiguiente la vocación al
ministerio del altar y del sacrificio del Dios-Hombre hace del
deseo sincero y constante de tender a la perfección una obli­
gación de estado completamente esencial.
Por eso, ¡ojalá fuese verdadero, dicho sobre todo de
cada sacerdote, lo que la Sagrada Escritura dice de Melqui-
sedec: Era una imagen del Hijo de Dios! (42).

(36) Lev. 21, 7.


(37) Lev. 21, 6.
(38) Lev. 21, 8.
(39) Lev. 21, 17.
(40) Heb. 7, 26; 9, 9; 11, 40; 6, 1.
(41) Heb. 7, 28.
(42) Heb. 7, 3.
Algo parecido exige San Pablo, en sus cartas pastorales,
del obispo y del clero. ¡Cómo alaba la misericordia de Dios
que le llamó a él, pecador, para su santo servicio I Realmente
en esta elección hizo patente el Todopoderoso una longanimi­
dad que engendra esperanza en todo hombre cargado de pe­
cados (43). En la ordenación se posaron sobre el elegido las
palabras de los profetas. Estas palabras dan al elegido una
fuerza sacramental, pero exigen también una fe firme y una
conciencia pura (44). Es preciso que el obispo sea irrepren­
sible, sabio, prudente, morigerado, hospitalario, capaz de en­
señar, no pendenciero, sino ecuánime, pacífico, no codicioso,
que sepa gobernar bien su propia casa (45). Pero no basta
con esto, es necesario que goce de buena fama (46). Convie­
ne que los diáconos sean asimismo honorables, exentos de
doblez, no dados al vino ni a torpes ganancias; que guar­
den el misterio de la fe en una conciencia pura. Sean pro­
bados primero, y luego ejerzan su ministerio, si fueren irre­
prensibles (47). El buen ministro de Cristo nutre su alma
con las palabras de la fe y de la buena doctrina, desecha las
fábulas impías y se ejercita en la piedad (48). Su esperanza
descansa en el Dios vivo, que es el Salvador de todos los
hombres (49). Guarda puros e inmaculados su alma y su
cuerpo (50). Su aprovechamiento es manifiesto a todos. Vela
sobre sí mismo, atiende a la enseñanza, insiste en ella (51).
Sirve de ejemplo a los fieles en la caridad, en la fe, en la
castidad (52). Todos sus pensamientos se dirigen a la vida
eterna, siguen sus -más íntimos anhelos. Huye del amor del
mundo y sigue la justicia, la piedad, la fe, la caridad, la pa­
ciencia, la mansedumbre. Combate los buenos combates de
la fe (53). Se conserva sin tacha ni culpa en el mandato
hasta la manifestación de Cristo,, su eterno Sum o Sacer-

(43) I Tim . l, 12 s. le.


(44) I Tim . 1, 12.
(45) I Tim . 3, 1 ss.
(46) I Tim. 3, 7.
(47) I Tim . 3, 8 ss.
(48) I Tim . 4, 6 ss.
(49) I Tim . 4, 10.
(50) I Tim . 5, 22.
(51) I Tim . 4, 15 ss.
(52) I Tim . 4, 12.
(53) I Tim. 6, 11.
dote (54). Evita las vanidades impías y las contradicciones
de la falsa ciencia. Para ello guarda, celoso y fiel, el depósito
a él confiado de la verdad y de la gracia (55).
De modo parecido describe San Pablo al ministro de
Cristo en las restantes epístolas pastorales: No ha sido po­
seído por el espíritu de un temor esclavizador y opresor, sino
por el espíritu de fortaleza, de amor y de templanza. Fre­
cuentemente o diariamente hace revivir en sí la gracia de
Dios que hay en él por la imposición de las manos del Após­
tol (56). Como otro Pablo, permanece fiel a la vocación en
su vida y en su conducta. En sus aspiraciones a la virtud y a
la perfección. En la fe y en la longanimidad, en el amor y en
la paciencia. En los padecimientos y en las persecuciones (57).
El obispo ejerce el ministerio de la predicación con fidelidad
y con celo, de modo conveniente y ajustado a la sana doctri­
na (58). Se muestra, en todo, ejemplo de buenas obras, de
integridad en la doctrina, de gravedad, de palabra sana e irre­
prensible, para que los adversarios se confundan (59). La
gracia y la vida de Cristo, esa escuela suprema de los cre­
yentes, son y lo serán para siempre la escuela del clérigo y
del sacerdote (60). Comparte con el divino Salvador del mun­
do la tarea de formar un pueblo puro celador de obras bue­
nas (61). Una vocación que por naturaleza obliga, ante todo,
a la propia santificación.
El clérigo tiene puestos sus ojos incesantemente en Cris­
to, el autor de nuestra fe y el que nos hace perfectos (62).
(Qué importante es esta reflexión de la Epístola a los Hebreos
para el sacerdote. El origen y la realización de nuestra sal­
vación la poseemos y la divisamos en Cristo, y sólo en El. A
El se dirige toda nuestra atención, a El se vuelve nuestra alma,
a El tienden nuestros íntimos deseos. Christus Pontifex (63)
es la imagen que está siempre ante nosotros. Que nos arrastra

(54) I Tim. 6, 14.


(55) I Tim. 6, 20.
(56) II Tim . 1, 6 ss.
(57) II Tim. 1, 3, 30; T it. 1, 5 ss.
(58> T it. 2, 1.
(59) T it. 2, 7 s.
(60) T it. 2, 11.
(61) T it. 2, 14.
(62) Heb. 12, 2.
(63) Heb. 9, 11.
hacia la cumbre. Que nos estimula. Que nos eleva sobre el
mundo y sobre nuestras flaquezas personales.
Recogitate eum (64). Otra exhortación que afecta al sacer­
dote de una manera especial. A El vuelven nuestros pensa­
mientos después de la distracción y el olvido. Después de las
dificultades y necesidades. Después del desaliento y la duda.
Pensando en El continuamente encontramos la recta medida
de las cosas. El valor, la alegría, lá confianza, la perseveran­
cia. En Cristo, nuestro Sumo Sacerdote, encontramos hoy,
como ayer y como siempre, el camino, la verdad y la vida.
Recogitate eum. De modo parecido a la Madre Santísima
del Señor, que guardaba y meditaba en su corazón fiel y vir­
ginal toda palabra salida de labios de su divino Hijo.
No en vano dice la Escritura: talem habemus Pontificem:
Tenemos un Pontífice de tal grandeza que está sentado a la
diestra del trono de la majestad de los cielos (65). Por con­
siguiente un Pontífice de una índole incomparable. Que está
sobre toda grandeza creada. Igual a Dios en dignidad. Que
ha sido recibido en la gloria y en la majestad de Dios. Esco­
gido de los hombres, separado de los hombres, en virtud de
su santidad y de sus méritos, no sólo ha entrado sin obstácu­
los por la puerta del cielo y ha recorrido los cielos luminosos
en toda su extensión y excelsitud, sino que ha entrado en la
majestad y en la substancia de Dios y se sienta con el Padre
en el único trono divino de la grada y de la gloria. ¡ Así es,
y tal dignidad tiene nuestro Pontífice*.
Como cristianos, hemos recibido por Cristo en los sa­
cramentos, accesibles a todo miembro de Cristo, una gran­
deza inconcebible. Estamos realmente iluminados por la luz
de Dios y hemos saboreado los dones del cielo en la gracia
santificante, en el Espíritu Santo, en la sagrada comunión.
Más aún. Participamos del Espíritu Santo. Hemos experimen­
tado en nosotros la sabiduría y la fuerza de la palabra de
Dios y hemos recibido y sentido en nosotros las fuerzas del
siglo venidero (66). Todo esto, sin embargo, no abarca aún
en sí la gracia y la vocación de nuestro ministerio eclesiás­
tico y litúrgico, ni la de nuestro sacerdocio cristiano, y apenas
si es algo más que el comienzo de una nueva creación (67)
(64) Heb. 12, 3.
(65) Heb. 8, 1.
(66) Heb. 6, 4 &.
(67) Sant. 1, 18.
muy prometedora, aunque lleve consigo una verdadera filia­
ción divina.

Los santos no dejan lugar a duda sobre este punto. Para


San Jerónimo es algo evidente que el sacerdote debe estar
acorde con Cristo en sus palabras, en sus pensamientos y en
sus acciones (68).
Conocidas son aquellas palabras de San Ambrosio: Quien
se consagra al servicio de Cristo debe ante todo estar desli­
gado de los atractivos de las pasiones, debe estar libre de las
flaquezas interiores del cuerpo y del alma, para poder ofre­
cer la Carne y la Sangre de Cristo. Es completamente impo­
sible que quien está dominado por el pecado y no está com­
pletamente sano alcance para los demás los medios de salva­
ción para la salud eterna. Medita por tanto profundamente, si
eres sacerdote, qué es lo que haces, no toques el Cuerpo de
Cristo con las manos calientes por la fiebre. Cúrate primero a
ti mismo, para poder ser ministro de Cristo (69). Cristo mis­
mo es el verdadero levita que hace que nosotros, levitas, este­
mos unidos a Dios. Roguemos a Dios insistentemente. Espe­
remos de El nuestra salvación. Huyamos de los negocios del
mundo. Para que seamos hechos heredad y posesión de Dios,
como lo expresa la Escritura por boca de Moisés: Señor, tó­
manos por heredad tuya (70).
¿Cómo va a lograr lavar las faltas de los demás quien
está ennegrecido por ellas? Si el maestro vive de modo dis­
tinto a lo que enseña, hace despreciable la verdad. La ense­
ñanza sin la vida es presuntuosa; la vida sin la enseñanza
inútil. Tu lengua debe ser el libro donde han de aprender la
doctrina y la ley ios fieles sencillos a quienes falta tiempo y
oportunidad para leer y estudiar. El pueblo mira tus obras
como un espejo conforme al que tiene que obrar (71). Para
ejercer de un modo digno un ministerio tan elevado, como
es el que lleva consigo la ordenación, no bastan unas dotes
morales de cualquier género. Se exigen más bien dotes san-

(68) Epístola 62, 7.


(69) A, De viduis 10, 65.
(70) A. De C ain et Abel 2, 3, 11; Ex. 34, 9.
(71) Al. In IV sent. d. 24, B, a. 8 (según San Gregorio Magno
y S an Isidoro).
tas elevadas. Los ordenados tienen que destacar sobre los fie­
les no sólo por su ministerio y su vocación, sino sobre todo
por sus méritos y su conducta. Superiores sint mérito sancti-
tatis. Para ello les da la ordenación en un grado más elevado
la gracia santificante, por la que se les capacita interiormen­
te para cosas más altas y elevadas (72).
Puesto que la ordenación le constituye mediador entre
Dios y los hombres, al clérigo se le exige una cierta proxi­
midad a Dios y se espera de él pureza de corazón ante Dios
y que goce de buena fama entre los hombres (73). Sus tra­
bajos deben estar respaldados por una buena fama, de la que
debe gozar no sólo entre los fieles, sino también entre los
que están fuera de la Iglesia, pues es sumamente conveniente
que la opinión pública sea testigo de nuestra buena conducta
y de nuestra vida santa. Si no, sufriría el honor de nuestro
estado y de nuestra dignidad, mientras que del otro modo, el
pueblo alaba al Dios omnipotente cuando ve a su ministro ador­
nado de una excelsa virtud (74). Todo esto explica por qué
se escoge el ministro de la Iglesia. El no puede equivocarse
en su juicio. No puede abandonar la fe y la fidelidad. No
puede temer la muerte. No pude hacer lo que va contra la
santa pureza o la santa seriedad (75). Colocado en el Santo
de los Santos, debe imitar a Dios lo más posible en todas las
virtudes (De¡ formissimus). Debe hacerse lo más semejante
a El (Dei simillimus) (76).

(72) T h. Suppl. 35, 1.


(73) T h. Suppl. 36, 1.
(74) A.: De officiis m inistr. 1, 50, 246.
(75) 1. c. 1, 50, 255.
(76) T h. Suppl. 36, 1, citando al Pseudo-Dion. Areop., Eccl. hie-
rarch. cap. 3, 14. La en trada solemne en el a lta r y la genuflexión
usual le invitan al ordenando a entregar su vida com pletam ente a
Dios como au tor de su consagración y a ofrecer en sacrificio su
espíritu inm aculado, puro, limpio, con el fin de hacerse digno para
el tem plo y a lta r de Dios, que de un modo sagrado le consagra su
espíritu haciéndole sem ejante al suyo. El Pseudo-Dion. Areop. 1. c.
cap. 5 Contem platio 2. El santiguarse con la señal d e la Cruz sim­
boliza la renuncia a todo placer cam al, la im itación de Dios (divinae
vitae) con la m irada puesta continuam ente en la vida del Hijo de
Dios, en su Cruz y su m uerte; en su vida, que h a vivido con u n a
inocencia sum a y divina, y que signa con la señal de la C ruz a todos
aquellos que viven piadosam ente como im itadores suyos (sibi confor­
m es) p ara hacerlos sem ejantes a su inocencia. 1. c. 4. La deiformis
pulchritudo y deiformis venustas del ordenado, 1. c, 6.
Conscientes de la santidad maravillosa, muy por encima
de nuestra comprensión, de los misterios divinos para cuyo
ministerio nos ha instituido nuestra ordenación, oremos con
la santa Iglesia: Haz, Señor, que consagremos todas nuestras
fuerzas a tus misterios y nos adhiramos a lo divino, para
que podamos servirte con el cuerpo y con el alma (77). Y
comprenderemos así la oración íntima y humilde que hace el
sacerdote siempre que se reviste de los ornamentos litúrgicos
para el ministerio del altar. Comprenderemos su oración por
la pureza, para que su alma sea lavada en la Sangre del Cor­
dero. Sus deseos de ser revestido de la vestidura de la inmor­
talidad. Sus ruegos por la medicina salutífera que le haga
digno de la eterna alegría. Comprenderemos también la pene­
trante exhortación que el obispo dirige a sus clérigos en to­
das las ordenaciones. La santidad del clérigo y del sacer­
dote no sólo honra su estado y a la Iglesia entera. Es además
una fuente de bendición que derrama sus riquezas sobre todo
el Cuerpo Místico de Cristo. Por el contrario los clérigos y
sacerdotes no santos son ciertamente canales seguros por los
que Dios derrama sus gracias sacramentales, pero se parecen
a fuentes secas, llenas de inmundicia, poco acogedoras y da­
ñinas. Entenderemos también la oración que el obispo añade,
los días que ordena, a la oración de sacrificio y acción de
gracias de la santa misa. La oración pidiendo la protección y
asistencia divinas para el ordenado. La oración en que Ies
exhorta a un libera servitus para con su Dios. A servirle li­
bremente, sin estar oprimidos ni manchados por ningún pe­
cado, alegremente dispuestos y con fidelidad.
La Iglesia canta en la misa de un santo Pontífice: Revis­
te, Señor a tu sacerdote de santidad y salten de júbilo tus
santos... no apartes de él el rostro de tu Ungido (78). Y es
que es posible lo que se teme, es decir que Cristo, el Sumo
Sacerdote, aparte de él su rostro. Que oculte ante él su luz
vivificadora. Que se aparte definitivamente de él. Pero tam­
bién es completamente posible lo grande, lo sagrado, lo fruc­
tífero — que ya en sí significa un milagro— de que el clérigo
y el sacerdote sean totalmente de Dios. De que estén resueltos

(77) Postcom m unlo pro Ecclesia.


(78) Sal. 131, 9 s.
solamente a servirle. De que se revistan de santidad como de
un vestido de distinción. De que ejerzan su ministerio con
un agradecimiento santo, alegre y constante y con una santa
alegría. Con estos sentimientos, el sacerdote vivirá dignamen­
te y hará verdaderamente fructífera su elección y su vocación
y cumplirá por sí mismo aquella exhortación que el evange­
lista le dirige en la misma misa: Estad prontos. Pronto con
una conducta santa y un celo santo para el ministerio sacer­
dotal. Pronto para aparecer como mediador en el altar de
Dios. Pronto para rendir cuentas ante el eterno Juez. Y en­
tonces se cumplirán las dichosas palabras del Señor: ¡Di­
choso ese siervo! (79). Dichoso por haber sido instituido
sacerdote y ministro del Tabernáculo. Dichoso por haber sido
hallado sacerdote fiel, verdaderamente preparado, santo, en
el ministerio del Altísimo.
CAPITULO CUARTO

NUMERO DE LAS ORDENES

La diferencia mutua y el número de las Ordenes se ex­


plica por la relación que dicen con el sacrificio eucaris­
tía) (1), y en último término por las múltiples exigencias
que lleva consigo el ministerio del altar.
Esencialmente el Santo Sacrificio exige sólo misión y po­
der, pan y vino para consagrarlos en el santísimo Cuerpo y
en la santísima Sangre de Cristo y ofrecerlos como sacrificio
en nombre de Cristo y en nombre de la Iglesia universal. Por
medio de las Ordenes, el sacerdote ha sido capacitado y en­
cargado para hacer esto de un modo válido.
Sin embargo, la digna y ordenada ejecución de este sa­
crificio y su proyección hacia los creyentes exigen los más
diversos ministerios, que, por su parte, parecen motivar
— cuando no hacer necesaria— la colaboración múltiple de
ministros subordinados.
Esta colaboración es de dos maneras. O bien se necesita
para los menesteres inmediatos del sacrificio mismo — y así
se explican ya el diácono y el subdiácono— o bien para el

(1) Th. Suppi. 37, 2: Secundum relationem ad Eucharistiam .


Ad 1: relatione ad m axim um sacram entum . Ad 3: ordinatur princi­
paliter ad sacram entum Eucharistiae.
cuidado de! pueblo creyente, que asiste activamente al santo
sacrificio y participa del banquete eucarístico — y entonces
estas obligaciones recaen sobre el ostiario, el lector, el exor-
cista y el acólito. Por cierto que la Iglesia Oriental, de nues­
tras Ordenes Menores, posee solamente la del lector o cantor.
Con ello se cierra el círculo de nuestras Ordenes en tor­
no al altar y al sacrificio y que, ordinariamente, basta para
llenar las exigencias de nuestra liturgia, tal como lo exige su
ordenada e impresionante solemnidad.
Así, entre las Ordenes de la Iglesia latina, se levanta
una serie de siete peldaños, que nos trae a consideración,
por una parte, la riqueza y variedad del ministerio litúrgico
y, por otra, la sabiduría con que han sido ordenadas por la
Iglesia cada una de sus actividades y destinadas a diver­
sos ministros.
Reconocemos, además, cuán llenos de significado y cuán
santos deben ser estos ministerios, cuando el llamado a ellos
debe ser santificado e introducido solemnemente en cada
uno por medio de una ordenación propia o capacitado total­
mente por un sacramento (el sacramento del Orden).

Cada una de estas Ordenes es un signo exterior que da


al ordenado una potestad espiritual (2), y con ella un ver­
dadero poder (potestas activa) juntamente con una c o n s i­
guiente superioridad sobre los no ordenados (3).
El poder recibido sirve, mediata o inmediatamente, para
la celebración de la liturgia, es decir, de los sacramentos y
del santo sacrificio (4).
El obispo entrega al sacerdote, como facultad principalí­
sima, el poder de consagrar y ofrecer el Santo Sacrificio, sig­
nificado por los signos exteriores que le son entregados en
la ordenación: el cáliz con vino, la patena con la hostia. Al
sacerdote le sirven las seis Ordenes restantes, y sus poseedo­
res son sus ministri.
El cooperador más próximo al sacerdote es el diácono,
que le ayuda en el santo sacrificio mismo y en la distribución
de la sagrada Eucaristía.

(2) T h. Suppl. 34, 2.


(3) T h. Suppl. 34, 2 ad 3. Recepción del O rden propter functiones
in Ecclesia exercendas. T h. Suppl. 34, 4 ad 4.
(4) Th. Suppl. 34, 3 ad 2.
Más alejada está la tarea del subdiácono. No interviene
en la propia celebración del sacrificio, sino que su inter­
vención queda reducida a su próxima preparación; él es
quien lleva la ofrenda y el cáliz vacío al altar. Las atribucio­
nes de los restantes ministri quedan reducidas a la prepara­
ción remota de la ofrenda y de los que participarán en el
banquete eucarístico.
El acólito lleva el vino y el agua y cuida de la luz. El
trabajo de los demás tiene por objeto preservar la casa de
Dios, y los santos oficios, de cualquier molestia y profana­
ción. Así, el ostiario expulsa del templo a los no creyentes y
les impide la vista de los santos misterios y la compañía de
los fieles. Mediante su lectura, el lector disipa la ignorancia
y explica a los catecúmenos los primeros fundamentos de la
fe. El exorcista los libera de las ataduras del demonio. In­
cluidos primitivamente todos estos ministerios inferiores en
el diaconado, fueron luego desdoblándose a causa del pro­
gresivo desarrollo de la liturgia y del crecido número de fie­
les. Las tres Ordenes que ejercen su ministerio inmediata­
mente sobre una cosa consagrada — presbiterado, diaconado
y subdiaconado— se llaman, en sentido estricto, ordünes sa-
cri o majores (5).
De modo parecido expone San Alberto Magno el funda­
mento íntimo para establecer la diferencia y número de las
siete Ordenes (ó). Cada Ordo da un poder sagrado relacio­
nado o con el verdadero Cuerpo de Cristo o con su Cuerpo
Místico. Si lo primero, se verifica esto en el propio acto sa­
crifica! o en algún ministerio a él ligado. Lo uno es oficio
exclusivo del sacerdote. Lo otro, es decir, la preparación de
la ofrenda para la consagración, tiene un doble aspecto.
Uno mira al pueblo fiel, que ha dado la ofrenda: esto perte­
nece al subdiácono, que, así entendido, parece más bien minis­
tro del pueblo que del sacerdote. El otro pertenece al diá­
cono, que toma la ofrenda de manos del subdiácono y la
ofrece al sacerdote.
Si el poder dado se extiende al Cuerpo Místico, entonces
el sacerdote es también su portador, cuando se trata de la

(5) Th. Suppl. 37, 3.


(6) AI. In IV sent. d. 24, A, a. 5.
(7) I Cor. 12, 7 ss.
actividad principal: la preparación del pueblo para la re­
cepción de la Eucaristía. Si, por el contrario, se trata sola­
mente de una ayuda ministerial, entonces tiene por fin, o ale­
jar el mal u operar el bien. Si el mal viene de fuera, el os­
tiario le prohíbe la entrada. Si de dentro, lo expulsa el exor-
cista, para que no impida a nadie disfrutar de los sacramen­
tos. El bien que los ministros ordenados obran y fomentan,
o concierne a la comprensión de los santos misterios — y esto
pertenece al cuidado del lector— o al corazón y al alma — y
esto está al cuidado del acólito, como portador de la luz, ya
que, mediante una ardiente palabra, destierra la noche oscu­
ra del pecado, enciende el espíritu y hace nacer la luz.
Antiguos teólogos opinaban que el número de las Orde­
nes correspondía al número de los siete dones del Espíritu
Santo o a los carísimas que cita San Pablo (7), o a la ordena­
ción de la jerarquía celestial. San Alberto (8) y Santo To­
más (9) rechazan esta interpretación.

Las siete Ordenes, como hemos visto, tienen su punto


de unión en el Sacrificio Eucarístico y en el sacerdocio de
Cristo. Están plenamente bajo su luz. Sólo unidas a él son
verdaderas e inteligibles. Están bajo su iluminación y bajo su
dominio. De aquí procede toda su fuerza y dignidad santifi-
cadoras. Significan una continua glorificación del eterno Sumo
Sacerdote y, con su existencia y su virtud, nos muestran cons­
tantemente a Cristo, su sacerdocio y su Sacrificio. El ostiario
cuida las puertas, no precisamente por ser puertas, sino por­
que abren o cierran la entrada al santo altar del Sacrificio.
El exorcista conjura los espíritus del mal, no sencillamente
por ser demonios, sino — como último motivo— porque in­
tentan apartar las almas de la recepción de los sacramentos
y de la participación en el Santo Sacrificio. De modo pareci­
do se refiere al disfrute del banquete eucarístico lo que el lec­
tor y el acólito hacen en la casa de Dios en virtud de su
ordenación (10). Esto se aplica aún con mayor propiedad a
las Ordenes Mayores. Todas ellas ¡lustran la primacía y el

(8) Al. In IV sent. d. 24, A, a. 3.


(9) Th. Suppl. 37, 2.
(10) Al. In IV sent. d. 24, A, a. 3.
puesto central del santo sacrificio, y hacen a los ordenados,
ante todo, ministros del altar.
De lo dicho se sigue que las siete Ordenes no están senci­
llamente una al lado de la otra y mucho menos en contrapo­
sición. Están íntimamente unidas unas con otras. Son una
imagen de la unidad de Cristo, de su sacerdocio y de su Sa­
crificio. Se puede decir que se condicionan mutuamente, si
bien en grados muy diversos. Si no hubiera ningún sacerdo­
cio, las seis ordínes restantes carecerían de sentido.
El sacerdocio las necesita como sus auxiliares. Su tarea
y su sentido no descansa en ellas mismas, sino en la glorifi­
cación de Dios, ya que actualizan en nuestro interior — de un
modo digno a través de las solemnidades de la liturgia— la
persona y la vida de Cristo; nos inundan de su vida y su
gracia y nos afianzan en El. En esta jerarquía resaltan un
maravilloso conjunto y un humilde servicio mutuo. ¡Un mag­
nífico espectáculo y ejemplo para el clero y para la comuni­
dad ! ¡ Oh, si esto fuese rectamente entendido, valorado e
imitado por todos! ¡Qué imitación más profunda de la ar­
monía celestial, donde los coros de los ángeles y de los santos
rodean el altar de Cristo ejerciendo su ministerio! Cuando
los inferiores muestran a los más elevados su respeto y éstos
muestran a aquéllos atención y amor, de la multitud nace la
unidad en un perfectísimo acorde, y todos los ministerios se
ejecutarán de un modo ordenado. ¿Cóm o podrían, de otro
modo, conservarse los intereses, tan dispares, de la comuni­
dad, sin este estricto orden? Y es que es casi imposible que
una criatura sea gobernada por otra de igual jerarquía o se
mantenga y viva con ella en completa paz. Pero aquí, en esta
articulación, se estrechan íntimamente el amor y la paz, y en
este amor mutuo y grato a Dios florece y se desarrolla una
verdadera e inquebrantable comunidad de corazones (11). De
estas Ordenes, múltiples y diversas, nace una elevada y acen­
tuada unidad. De esta elevada unidad, una vida y acción or­
gánicas, a fin de que todas sean una misma cosa en Cristo
y entre sí.

Esta prolongada gradación impide, con sumo acierto, la


ascensión precipitada a la cumbre del sacerdocio. Los muros

(11) S an Greg. M ag.: Ep. 5, 53.


recién construidos no soportan un peso excesivo mientras no
se sequen convenientemente y se consoliden: el edificio en­
tero se derrumbaría necesariamente. Ningún albañil razonable
usa maderos recién cortados para un dintel. Sabe que pronto
se arquearán bajo el peso, pues les falta fuerza interna y
preparación. Ex ipsa novitate curvantur. Rápidamente caerán
por el suelo, pues fueron utilizados prematuramente (12).
¿Cóm o va a ser maestro quien apenas toca el umbral de la
juventud? Aunque su vida anterior haya sido pura y sin man­
cha, debe sin embargo recorrer primero los distintos grados
de las Ordenes y ver — por decirlo así— con los propios
ojos, en los diversos ministerios y oficios, lo que debe imitar;
aprender lo que debe enseñar, adiestrarse y formarse profun­
damente en lo que debe transmitir y sostener. Solamente por
este camino estará más tarde libre de error; él, que ha sido
llamado para mostrar el recto camino a los extraviados. Para
ello necesita tiempo prolongado, estudio concienzudo y pia­
dosa contemplación, que afinen y pulimenten su alma. Si se
consigue esto, su luz puede colocarse sobre el candelabro y
lucir. Entonces su llama no la apagará el primer soplo del
viento. Al contrario, la inflamará más.
El clérigo, por consiguiente, asciende ordenadamente me­
diante las diversas Ordenes (ordinate ad ordines). Esto no
hay que entenderlo, sin embargo, como si estas Ordenes no
fueran más que unas gradas de tránsito para el sacerdocio
que hay que recorrer rápidamente. No son — y esto vale aún
para hoy— meras condiciones previas para la debida recep­
ción del presbiterado, ni le dan al ordenado el derecho a
poder ser sacerdote. Al contrario, en las leyes de la antigua
Iglesia, se entendían y se tomaban como algo duradero, cuan­
do no como un modo de vida. Las seis primeras Ordenes no
confieren un sacerdocio parcial, sino que han sido estable­
cidas únicamente para poner en manos del sacerdote auxilia­
res y ministros consagrados. Una ascensión sucesiva debe
ciertamente preservar a los clérigos de Ordenes Mayores de
una caída en el precipicio (13).
Las Ordenes inferiores prestan al que las recibe — de la
fuerza activa y gracia santa dadas en el sacerdocio y conte-

(12) Id. Ep. 5, 53.


(13) Id. Ep. 9, 75.
nidas en él plenamente según un modo y medida— fuerzas
parciales correspondientes a determinadas tareas. No es como
un sacerdocio dado por etapas, sino como una potestad es­
piritual que capacita para algunas funciones: aún más, para
funciones exclusivas del sacerdote.
Si el padre de familia da al criado o a su hijo una parte
de su poder, aunque legítimamente capacitados para ciertos
menesteres, no son un semipadre. Evidentemente reciben algo
que procede de su potestad paterna y actúan como comisio­
nados de este poder, pero no poseen, sin embargo, una po­
testad paterna. De modo parecido, todas estas Ordenes cons­
tituyen un solo sacramento. Toda la plenitud del sacramento
está en una sola Ordo: el sacerdocio, de quien las demás
Ordenes son grados previos, pero sin constituir entre tanto
sacerdotes parciales (14). El número de siete gradas nos
recuerda cuán numerosas y sublimes son las exigencias que
abarca el sagrado ministerio, y cuán conveniente es introdu­
cirse más y más en el sentido de la liturgia y en el espíritu
del sacerdocio de Cristo, y penetrar en los misterios del Ta­
bernáculo. Las Ordenes constituyen así un gráfico y sensacio­
nal introibo ad altare Dei, que nos va acercando paso a paso
al altar.

San Alberto Magno (15) vio una imagen de estas siete


Ordenes, juntamente con la octava — el Episcopado— en las
gradas que, según una visión de Ezequiel (16), conducían al
Templo. Nos pintan sensiblemente la ascensión a la cumbre.
El clérigo debe estar elevado sobre la comunidad — así lo
dicen estas gradas— no sólo por su estado y por su minis­
terio, sino sobre todo por su elevada virtud, como hombre
de fe, de esperanza y de caridad, por una profunda unión
con Dios. Más remotamente recuerdan las gradas el difícil
paso del mundo profano a la atmósfera del templo. El clérigo
pertenece solamente a Dios. Ya no pertenece al mundo. Ni a
sus ocupaciones y ruidos. Ni a su espíritu. Ni a sus concu­
piscencias y engaños. Significan, finalmente, las gradas la

(14) Th. Suppl. 37, 1 ad 2.


(15) Al. In Ev. Le. 10, 1.
(16) Ez. 40, 31.
directa y clara dirección hacia lo alto que la vida del orde­
nado debe tomar hacia Dios, hasta adentrarse en el interior
y en lo íntimo del Tabernáculo. El clérigo viva con Cristo.
Ocúpese en las cosas del Padre celestial (17). Viva en los
grandes, santos y eternos pensamientos e intenciones de Dios.
Haga siempre lo que agrada al Padre (18).

(17) Le. 2, 49.


(18) Cfr. Jn . 8, 29.
CAPITULO QUINTO

SACERDOCIO COMUN
Y SACERDOCIO MINISTERIAL

Un destino común. Todo sacerdocio, tanto general como


especial, nos constituye en servidores. El Señor dice de Sí
mismo: Yo no he venido a ser servido, sino a servir (1).
Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, porque
de verdad lo soy. En verdad, en verdad os digo: No es el
siervo mayor que su Señor, ni el enviado mayor que quien
le envía. Si esto aprendéis, seréis dichosos si lo practicáis (2).

Una ley fundamental común. Si aprendéis esto y lo prac­


ticáis. Con estas palabras asevera el evangelista cuán cons­
ciente era el Señor de su dignidad divino-humana y sacer­
dotal. No hay lugar a dudas. El Padre había puesto en sus
manos todas las cosas. El había salido de Dios y a El se
volvía (3). Y ahora, después de haber reconocido claramente
su plena posesión, sin límite alguno, de todo poder y de toda
dignidad, ¡da este ejemplo de humildad divina! El lavatorio

(1) M t. 20, 28.


(2) Jn . 13, 13 ss.
(3) Jn. 13, 3.
de pies como preparación para el primer Sacrificio Eucarís-
tico. Como preparación para la institución del sacerdocio.
Para la ordenación de los primeros sacerdotes. Para el pon­
tifical consummatum est! Como introducción a su más gran­
de milagro y proeza. Como significación primera de su labor
sacerdotal. Como caracterización inequívoca y solemne de su
actitud sacerdotal. Como preparación inmediata para la pri­
mera comunión de sus discípulos, así como de su propia
Pasión. Los apóstoles y los sacerdotes han sido por consi­
guiente escogidos, instituidos y consagrados para ser servido­
res, y toda la dignidad, todo el poder, toda la gracia y toda
la iluminación que se les da en la ordenación, la reciben para
poder servir y ayudar con los sentimientos de Cristo, en pri­
mer lugar a Dios y luego también a los hombres. No son por
consiguiente los hombres quienes están para él, sino él para
los hombres. Esto quiere decir que el sacerdote ministerial
está también al servicio del sacerdocio común y que ha sido
instituido para su perfeccionamiento. Esto no excluye en modo
alguno el que al sacerdote ministerial se le reserven el go­
bierno de la comunidad, la administración de ciertos sacra­
mentos, la celebración del Sacrificio Eucarístico y una seña­
lada dignidad. Por eso se comprende que San Benito exija al
sacerdote consagrado el aventajar a los demás hombres en
humildad y el acercarse cada vez más al Señor (4). Los reyes
de las naciones se hacen llamar bienhechores. Pero no así
vosotros, dice el Señor, sino que el mayor entre vosotros será
como el menor, y el que manda como el que sirve. Pues Yo
estoy en medio de vosotros como quien sirve (5). Esta exhor­
tación del primer Pastor y Obispo de nuestra alma (6) vale
exactamente igual para el sacerdocio común como para el
ministerial. Bajo este aspecto ambos son ¡guales.

Una segunda ley, no menos importante, que concierne a


ambos sacerdocios, y que fue igualmente promulgada por el
Señor en el momento de la institución del sacerdocio y de la
Eucaristía, es la del nuevo precepto. Que os améis los unos a
los otros, como yo os he amado, que os améis mutuamente.

(4) Regula S. Benedicti cap. 60, 62.


(5) Le. 22, 25 s.
(6) I Pe. 2, 25.
En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tenéis ca­
ridad unos para con otros (7). El sacerdocio se autentiza me­
diante la consagración, el ser discípulos de Cristo mediante el
amor. Pedro, ¿me amas? ¿M e amas más que éstos? Ninguna
otra pregunta hace el Señor cuando devuelve su honor a! dis­
cípulo que le había negado y le entrega el supremo cargo de
apacentar el rebaño. ¿Por qué sólo el amor? Porque el amor
es la medida de la vida y del esfuerzo, la medida del mérito y
de la recompensa (8). No es por tanto una casualidad que el
Señor haya unido al cumplimiento de este precepto la prome­
sa de que rogará por nosotros, el Padre nos enviará su Pará­
clito y seremos amados por el Padre (9). El que seamos dis­
cípulos o no de Cristo, el que Cristo ruegue por nosotros y el
Padre nos ame, depende por consiguiente de nuestro amor al
prójimo. ¿Qué más necesario para un sacerdote que estas tres
cosas? ¿De qué nos serviría llevar visiblemente en el alma el
carácter sacerdotal de Dios y ser honrados ante todo el mundo
como sacerdotes de Cristo, si nos faltase la señal del verda­
dero discípulo? ¿De qué nos serviría a nosotros y al mundo
el orar por la Iglesia y por el mundo como mediadores depu-
tados y consagrados, si fuéramos excluidos nosotros mismos
de la oración de Cristo, el eterno Sumo Sacerdote? Y ¿cómo
podríamos gloriarnos de hacer cosas grandes y de repartir la
vida de Dios a las almas si nos faltase el Paráclito, el Espíritu
Santo? Tengamos el sacerdocio común, tengamos el sacerdo­
cio ministerial, nuestros pensamientos y nuestras obras deben
estar dominados por este amor. También bajo este aspecto
ambos sacerdocios son iguales, si bien el sacerdote ministe­
rial, en virtud de nuevas obligaciones, está más obligado a
este amor que el que sólo posee el sacerdocio común. Reco­
nocemos la íntima necesidad con que la hora solemne de la
última Cena — cuando el mundo abandonado y perdido de­
bía ser resucitado en Cristo a una vida nueva y semejante a
la divina— debía darnos un nuevo Sacrificio y sacerdocio, una
nueva alianza y una nueva ley. Las dos tablas de esta ley pre­
gonan el doble mandamiento, eminentemente sacerdotal, de
la humildad y del amor cristianos, que son como una especie
de carácter no sacramental de todo sacerdocio cristiano.

(7) Jn . 13¡, 34 s.; 15, 12. 17.


(8) Jn. 21, 15 ss.
(9) Jn . 14, 15 s.; 21.
¿Cóm o se relacionan entonces la consagración para el sa­
cerdocio ministerial y la consagración para el sacerdocio
común?
Ambas se reciben sólo mediante un sacramento. La pri­
mera por el del Orden. La segunda por el del bautismo.
Ambas nos dan un verdadero sacerdocio, si bien esen­
cialmente distinto. Las palabras de San Pedro no dejan lugar
a duda. El Príncipe de los Apóstoles no dice de los fieles que
sean algo así como sacerdotes y algo así como reyes. Dice
bien clara y distintamente: vosotros sois sacerdotes, vosotros
sois reyes. Y es que no tenemos que olvidar que por el bau­
tismo somos miembros de Cristo, miembros por consiguiente
de nuestro Sumo Sacerdote, y con ello hemos pasado a ser
miembros de su sacerdocio. Por la consagración para el sa­
cerdocio común recibido en el bautismo, hemos sido además
llamados y capacitados, o — con términos de Santo Tomás—
instituidos y deputados para concelebrar y recibir todo aque­
llo que pertenece en sentido estricto a la liturgia, al culto cris­
tiano, al ministerio divino, y que compete a nuestro estado,
con el fin de edificar la comunidad de Cristo y edificarnos a
nosotros mismos. Pero la liturgia cristiana es esencialmente
liturgia de Cristo, una obra del divino-humano eterno sacer­
dote. Por eso la participación en ella lleva consigo una parti­
cipación en la obra sacerdotal y en el Sacrificio de Cristo. Y
como a consecuencia de esto resulta que en el bautismo se
imprime en nuestra alma un carácter propio (el carácter bau­
tismal), este carácter es una verdadera participación del sa­
cerdocio y del carácter sacerdotal de Cristo (10).
Este carácter se imprime en nuestra alma según una cier­
ta proporción análoga como efecto del sacramento y como’ca­
rácter sacramental : character sacraméntala specialiter est cha-
racter Christi. Por aquí podemos ver ya cuán profundamente
unido está todo bautizado con Cristo Sumo Sacerdote y con
su Sacrificio, y cuán profundamente participa de ambos. Su

(10) C risto tiene el sacerdocio, no participado, sino en toda su


plenitud y realización (plenum et perfectum ). Por eso Santo Tomás
en, III, 63, 5, de modo m uy distinto a como habló arriba, puede decir:
A Cristo (como plenitud y prototipo) no le compete ten er el caráctér
sacerdotal (como participación y sem ejanza). De su plenitud y no
de su carácter, estrictam ente hablando) se deriva nuestro carácter
como cierta fuerza instrum ental. Th. III, 63, 5 ad 1.
imagen le es impresa en el alma eterna e indeleblemente y le
son dadas una especial fuerza, dignidad y semejanza con Cris­
to. Podemos ver también que todo cristiano, por el bautismo,
lleva en sí algo del sacerdocio de Cristo. Incluso es un sacer­
dote en el verdadero sentido de la palabra, si bien no disfruta
del sacerdocio ministerial. Su alma, en una medida proporcio­
nada, recibe por el sacramento el carácter de Cristo como ca­
rácter propio y la imagen de Cristo como propia imagen. F¡-
guranter fideles secundum sacramentales characteres. Nace en
ella una verdadera participación, si bien limitada, del sacer­
docio de Cristo (11). Cuando el Padre celestial posa sus ojos
en esta alma, descubre en ella los rasgos sacerdotales de su
Hijo. Más aún. Por su carácter bautismal, está continuamente
dentro del ámbito sacrificial del eterno Sumo Sacerdote, es
ofrecida continuamente por El al Padre como víctima — -y esto
en el único Sacrificio de valor infinito, que es El mismo— y
ella misma coofrece en este Sacrificio por su participación en
el sacerdocio de Cristo. El fundamento efectivo e indispensa­
ble para ello es aquella semejanza obrada por Dios y el ser una
cosa con Cristo, el eterno Sumo Sacerdote.

Así como todos nosotros por la unción mística (el bau­


tismo) somos llamados cristianos, así — como notó ya San
Agustín— , en cuanto miembros de Cristo, somos sacerdotes.
Del mismo modo se expresa San Máximo de Turin (12). Los
fieles no carecen de Sacrificio. No sólo en el sentido de que
participen sólo en cierto modo de los frutos del Sacrificio Eu-
carístico o del Sacrificio de la Cruz, sino también en el sentido
de que ellos mismos ofrecen un Sacrificio. Sacrificio de mise­
ricordia, de humildad, de oración, de amor. Más aún, coofre­
cen cuando el sacerdote ministerial está en el altar. No sólo
mediante la oración. Como el sacerdote lo exige, tienen que
pedir que el Sacrificio de él y de ellos sea agradable a Dios.

(11) T h. III, 6, 3; 2 ad 4; 5. Todo carácter sacram ental es un


signo de un poder espiritual p a ra ejercer determ inadas funciones sa­
gradas. Al bautizado le capacita para hacer todo lo necesario para
su propia salvación. El confirm ado tiene ante sí tareas m ás difíciles
y experim enta por eso como un refuerzo p ara luchar qnasi officio
contra los enemigos visibles, m ediante la confesión pública de la fe.
Th. III, 72, 1 y 2. El carácter que im plica la confirm ación es conve­
niente, el bautism al esencial p a ra recibir la ordenación. Th. suppl. 35, 4.
(12) Tixeront, L’ordre et les ordinations. París 1925, 48 ss.
Y en el canon oímos estas palabras: Hatic oblationem serví-
tutls nostrae sed et cunctae familiae tuae. Y más tarde: Pro
quibus tibí offerimus vel qui tibí offerunt. Y después de la
consagración: Nos servi tui et plebs tua sancta offerimus. ¿A
qué Sacrificio se refiere esto? Sobre esto no hay duda alguna,
pues añade: Hoc sacrificium laudis. Por consiguiente, el mis­
mo Sacrificio ofrecido ahora en el altar por el sacerdote, cuya
materia la han suministrado las ofrendas del sacerdote o del
pueblo, que en último término proceden de Dios — de tuis
donis ac datis— , y que es puesto de común acuerdo por el
sacerdote y el pueblo en las manos del misterioso ángel de
Dios, es llevado por El desde nuestro altar a la divina majes­
tad. El fundamento profundo de esto lo toca San Agustín y
con él el Concilio de Trento (13). Cristo ha confiado de modo
inmediato su sacerdocio a su Iglesia, que lo ejerce por medio
de personas particulares instituidas y consagradas para ello.
Estamos en el mismo caso respecto del bautismo y de los
demás sacramentos. La Iglesia universal, que vive en los san­
tos, engendra como Iglesia universal a todos y a cada uno en
particular: tota omnes, tota singulos parit. O mejor dicho, ei
Espíritu Santo ejecuta esto mediante la Iglesia y ésta a su ve2
mediante sus ministros. Lo mismo sucede en el sacramento
de la penitencia: El Espíritu Santo es quien perdona y quien
retiene. Cristo es la piedra; Pedro, por el contrario, como
portador del poder de atar y desatar, es el pueblo cristiano.
En último término quien santifica es únicamente Dios. Pero
para ello utiliza sus instrumentos: la Iglesia y sus ministros
consagrados, con tal de que su ministro no ejerza las funcio­
nes saliéndose de! sentido de la Iglesia o de la cooperación
esencial de Dios y de la Iglesia universa!. Por último, confor­
me a esto, no debemos imaginarnos una comunidad puramen­
te pasiva, inepta, impotente, sin una verdadera vida y una
verdadera actividad. Esta comunidad es más bien el órgano

(13) C risto legó su Sacrificio a su am ada Esposa, la Iglesia, y


ésta ofrece bajo signos visibles m ediante sus sacerdotes. Trid. sess.
X X II cap. 1 (Dz. 938). P ara las cosas que siguen, cfr. Z ahringer:
Das kirch. Priestertum nach dem hl. Augustinus. P aderbom 1931,
201 ss.; F ofm ann: Der K irchenbegriff des hl., A ugustinus. M ünchen
1933, 158, 263, 266 ss., 271, 274.
(14) De la Taille: M ysterium fidei. Paris 1924. Pág. 327 ss. la
opinión de Guillerm o de París, Remigio de Auxerre, Pedro D am ián,
Inocencio III y otros.
activo del Espíritu Santo. No es por consiguiente una comu­
nidad inactiva de redimidos ya perfectos, sino una comunidad
interesada en su redención y que coopera activamente en ella.
Lleva a sus hijos en su seno maternal, los da a luz, los ali­
menta y los lleva a! la plenitud de la edad de Cristo. Así como
fueron dos padres quienes nos dieron la vida natural, ocurre
lo mismo con la vida de Dios: Cristo y la Iglesia. Para reci­
bir esta gracia y esta vida, somos ofrecidos por la comunidad
universal de los santos y de los fieles. Y de este modo, todos
los fieles, no sólo como miembros de nuestro Sumo Sacerdote,
sino también como miembros de la Iglesia, colaboran activa­
mente en la mediación de la gracia y de la vida de Dios. Por
todo esto podemos ver fácilmente que el sacerdocio común,
tal como vive en la Iglesia universal de los fieles, colabora
activamente en todos los actos del sacerdocio ministerial y
hasta le da su fundamento. Ni más ni menos quiere decir el
dicho antiguo: No todo sacerdote es un santo, pero todo santo
es un sacerdote. Lo que se ejecuta en la santa Misa es necesa­
riamente un acontecimiento que atañe a toda la Iglesia (causa
totius Ecclesiae). La Iglesia universal ofrece. El sacerdote vi­
sible no es más que un representante, gestor alieni negotii, vi-
delicet negotii ipsius Ecclesiae. Este Sacrificio lo ofrecen todos
los fieles, hombres y mujeres. Lo que el sacerdote hace bajar
sobre el altar, lo ofrece toda la familia de Dios (14). El que
el pueblo cristiano corresponda siempre ante Dios a su dig­
nidad sacerdotal, es un ruego que normalmente dirigía a Dios
el obispo celebrante, como nos lo muestra el capítulo octavo
de las Constituciones Apostólicas.

A este sacerdocio común se añade ahora, como una es­


pecie de perfeccionamiento y de capacitación para determi­
nadas tareas, el sacerdocio especial, el sacerdocio ministerial.
El sacerdocio común es siempre una condición previa indis­
pensable para el sacerdocio ministerial, de tal modo que el
sacerdote ministerial une necesariamente en su persona am­
bos sacerdocios, el común y el especial. Pero no son como dos
potencias completamente independientes la una de la otra (15),

(15) El portador Inm ediato y capital de todo carácter no es la


sustancia del alm a, sino el entendim iento, afectando a la voluntad
en segundo lugar. T h. III, 63, 4 ad 3; 5. No es necesario tra ta r de
investigar aquí si el carácter del sacerdocio general (carácter bau-
sino como una única participación en el sacerdocio de Cristo,
fortalecida y ampliada por un influjo sacramental nuevo y es­
pecial; influjo que no sólo efectúa un aumento de gracia san­
tificante, sino que nos dota de gracias esencialmente nuevas
correspondientes a las tareas especiales para las que somos
deputados. ¿Para qué tareas somos deputados? Ante todo para
actualizar el Sacrificio de la Cruz y el Sacrificio ceelstial de
Cristo sobre los altares de la Iglesia visible, para hacernos po­
sible hoy día la participación en él. Luego para comunicar a
los miembros del sacerdocio común — la comunidad de los
fieles— las innumerables gracias de la liturgia mediante la ce­
lebración del Santo Sacrificio, mediante la administración de
ciertos sacramentos, cosa para la que no tienen poder los bau­
tizados. El sacerdocio especial ejerce además el anuncio ordi*
nario de la palabra de Dios mediante la predicación y la en­
señanza, por misión especial de Jesucristo, a veces también
en estrecha conexión con la liturgia, por misión y bajo la di­
rección de la Iglesia, cosa para la que no tienen misión ni
gracia de estado los bautizados. ¿Qué es, entonces, lo especial
que da la ordenación, que no lo haya dado el bautismo como
consagración para el sacerdocio común? Junto con las gracias
esencialmente nuevas, especiales y elevadas a que acabamos de
referirnos, una grandísima responsabilidad. Junto con tareas
y poderes esencialmente nuevos, la obligación de servir por
oficio, y en la forma prescrita por Cristo y la Iglesia, al Cuer­
po verdadero y místico de Cristo mediante la liturgia, la en­
señanza y la predicación. Se abre por consiguiente un amplí­
simo campo de trabajo. No solamente posibilidades y necesi­
dades nuevas para el trabajo y la entrega personal; no sola­
mente un nuevo estímulo para seguir a Cristo de un modo
más ferviente y más fiel que hasta ahora. Lo esencialmente
nuevo son la misión y el poder de administrar los sacramen­
tos y, en cuanto sacerdotes ministeriales, hacerlos descender
sobre el sacerdocio común. Es cierto que es el mismo y único
original creado en Cristo, el mismo y único carácter de Cristo
el que los bautizados participan en el sacerdocio común y los
ordenados en el ministerial, y por el que son capacitados para
las tareas propias de cada uno de estos sacerdocios. Pero en

tism al) y el del especial subsisten; en el almai como dos signos diver­
sos en tre sí, o m ás bien aquél se desarrolla convirtiéndose en éste,
subsistiendo en él de u n modo em inente como u n único carácter.
este último caso, como se ha dicho ya, este carácter es parti­
cipado de una manera esencialmente nueva, más elevada, más
amplia, más honda, por medio de un sacramento propio, y
dota de una semejanza esencialmente más elevada con el ca­
rácter de Cristo y con ello capacita para producir efectos esen­
cialmente más elevados, efectos que en modo alguno nos da el
bautismo. Es cierto que el renacer a la vida de Cristo por el
agua y el Espíritu Santo, por la filiación divina, nos da el sa­
cerdocio común como derecho real y como capacidad real para
la recepción de ciertas gracias por medio del Santo Sacrificio
y de determinados sacramentos, en la cual recepción va ya in­
cluida una colaboración más o menos necesaria. Pero la or­
denación nos constituye ya por oficio, dotándonos de poderes
especiales, en celebrantes del Sacrificio Eucarístico y de toda
la liturgia, así como en los predicadores, encargados por la
Iglesia, de la palabra de Dios, con lo cual se continúa en la
Iglesia, de una manera eminente y especial, el oficio media­
dor de Jesucristo. Por consiguiente, así como el cristiano, por
lo que se refiere a su carácter sacerdotal, se hace por el bau­
tismo homo receptivos aliorum sacramentorum, así el que ha
sido deputado y facultado por medio de la ordenación, se
convierte, por medio de este carácter esencialmente más ele­
vado, en dispensator mysteriorum Dei ( l ó) reconocido y ca­
pacitado de hecho por Dios. Y el señalado por este carácter
queda así elevado por encima de la comunidad de los fieles
a una jerarquía especial, con facultades y poderes especiales
para celebrar la liturgia solemne, su Sacrificio y sus sacra­
mentos (17).
El sacerdocio común y el ministerial convienen en que
ambos están capacitados y comisionados para celebrar y ofre­
cer a Dios, siempre bajo la cooperación de la Iglesia univer­
sal, el culto de Cristo y su liturgia completa. Ambos por con­
siguiente cooperan, si bien de modo distinto, en la realización
de este culto. Aquel, como ministro y sujeto del matrimonio
como ministro en el bautismo de socorro, como sujeto en la
penitencia y en la extremaunción, por la incorporación y co­
munión en el Sacrificio Eucarístico. El sacerdocio ministerial
como ministro de todos los sacramentos, exceptuados el ma-

(16) Th. Suppl. 35, 3; I Cor. 4, I.


(17) Th. Suppl. 35, 1.
trimonio y el Orden, s¡ prescindimos en este último, del obis­
po consagrante. Excepto en el matrimonio y en el bautismo de
socorro, la efectividad del sacerdocio común aparece siempre
como opus operantis y es por consiguiente, a diferencia del
sacerdocio ministerial, algo que depende en gran parte de la
santidad subjetiva del portador.

El conocer esto es de gran valor para el ordenado. Le


ayuda a percibir las verdaderas relaciones que le unen al sa­
cerdocio común de los fieles. El debe gobernar a sus fieles.
Pero como ministro suyo. Se le han dado una dignidad y
unos poderes extraordinarios. Pero sólo para glorificar con
ellos el nombre de Dios y para ayudar a las almas lo mejor
posible en sus más importantes y santas necesidades. Más aún
que el bautismo, la ordenación le ha acercado a Cristo, le ha
unido a Cristo y le ha confirmado con Cristo. Pero sólo para
llevar a los fieles de una manera más eficaz al mismo Cristo.
Para formar en ellos al mismo Cristo. Para hacerles imágenes
de Cristo lo más perfectas posibles. Para llevarlos a la per­
fecta unidad con Cristo. También los fieles que él gobierna
llevan en sus almas la marca sacerdotal de Cristo y su marca
real. Ser ministros de Cristo y ministros de esta raza santa,
de esta comunidad sacerdotal de reyes, es el significado del
sacerdocio ministerial. El significado y la prenda de su ex­
traordinaria dignidad. El sacerdote ministerial es consagrado
para el servicio del Altísimo. Para utilidad y aprovechamiento
de la gens sacerdotalis. Para honra y libertad de la comuni­
dad sacerotal de fieles consagrada y unida por el bautismo en
Cristo.

De esto se deduce, además, que la recepción del sacer­


docio ministerial no desliga a nadie de las funciones y obli­
gaciones fundamentales del sacerdocio común. El sacerdote
ministerial está obligado, no menos que el simple fiel — y
esto en virtud del sacerdocio común— a ser una piedra viva,
esto es, a tener que cooperar dócilmente, según la voluntad
de Dios y de sus superiores, en la edificación del templo es­
piritual. Ambos están obligados a llevar y vivir una vida san­
ta, es decir, a estar en estado de gracia, a cultivar las virtu­
des sobrenaturales, a aspirar a la más perfecta semejanza con
Cristo. Ambos tienen el derecho y la obligación de ofrecer a
Dios sacrificios espirituales y agradables por medio de Cristo
con sus oraciones y trabajos, con su servicio, con su volun­
tad, con su ser (18). Por este motivo, tanto el sacerdote mi­
nisterial como los fieles tienen la estrecha obligación de alle­
garse cada vez más a Cristo, la piedra viva, por medio de una
búsqueda y un anhelo personales, con fe, esperanza y ca­
ridad (19).
Igualmente el sacerdote ministerial tiene la obligación
— y esto en virtud del sacerdocio común— de agradecer a
Dios continuamente el haberle escogido para ser hijo suyo, y
de tener muy presente que pertenece a una raza y a un pueblo
santos, de que es un miembro de un pueblo de Dios rico y
santo y de que ha sido adquirido por Dios en propiedad para
anunciar las virtudes y las hazañas de Aquel que nos ha lla­
mado a todos de las tinieblas a su verdadera luz. No sólo el
sacerdote ministerial; todos están llamados a esa luz. No sólo
el pueblo; también el sacerdote, sin la misericordiosa lla­
mada a la gracia de Dios, pertenecía a las tinieblas. No sólo
los fieles, sus subordinados; él mismo es también por natu­
raleza un ser desprovisto de gracia (20).
Reflexiones parecidas a éstas son las que hacen pensar
las palabras del primer Papa: Apacentad el rebaño, no como
dominadores sobre la heredad, sino sirviendo de ejemplo (21).
Trate el sacerdote a los fieles con una entrañable atención y
respeto, sean jóvenes o ancianos: y los fieles estimen en gran
manera a su sacerdote, no sólo por ser hijo de Dios y par­
tícipe de su santo sacerdocio, sino sobre todo por ser el mi­
nistro de los sacramentos enviado a ellos y consagrado por
el Padre, por ser el sacerdote que consagra el Cuerpo y la
Sangre de Cristo. De esto se concluye que, en el fondo, am­
bos honran el único sacerdocio de Cristo, de quien procede
toda su dignidad. El sacerdocio ministerial sirviendo a Dios y
a los fieles. Los fieles sometiéndose al sacerdote y rodeándole
de un respeto filial. Por el contrario, despreciarían el modelo
divino-humano de todo sacerdocio, si ambos no se mostrasen
mutuamente el debido amor y honor.
De hecho el sacerdote ministerial solamente puede recibir
válidamente la ordenación sobre el fundamento del sacerdo-

(18) I Pe. 2, 5 ss.


(19) I Pe. 2, 4.
(20) I Pe. 2, 10.
(21) I Pe. 5, 3.
ció común y con un acto del sacerdocio común. Esto lo dice
la teología con otras palabras al afirmar que el character or­
dinis presupone el character baptismatis (22). Además, el
sacerdote ministerial, exactamente igual que todo fiel, está
obligado a dar pruebas de su sacerdocio común en la recep­
ción del sacramento de la penitencia y de la extremaunción.

Partiendo de estos presupuestos, queridos de hecho por


Dios, quedan completamente resueltas todas las dudas y os­
curidades que podrían presentarse. No hay más que ver lo
que dice San Pablo: Vosotros sois el Cuerpo de Cristo y cada
un© en parte (23). Pero así como siendo el cuerpo uno tiene
muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, con ser
muchos, son un cuerpo único, así es también Cristo. Porque
también nosotros hemos sido bautizados en un mismo Espí­
ritu, para constituir un solo cuerpo... y hemos bebido del
mismo Espíritu (24). Hay diversidad de clones, pero uno mis­
mo es el Espíritu. Hay diversidad de ministerios, pero uno mis­
mo es el Señor. Hay diversidad de operaciones, pero uno mis­
mo es Dios, que obra todas las cosas en todos (25). Esto
atañe tanto al sacerdocio común como al ministerial. Ambos
han sido creados por el mismo Dios y el mismo Espíritu y
ambos obran en él. Ambos sirven al mismo Cuerpo de Cris­
to, con funciones ciertamente distintas, pero nunca dispersas,
sino unidas. Ninguna función del sacerdote ministerial exclu­
ye la participación receptora y tai vez activa de los fieles y
con ello un acto de su sacerdocio común, sino que más bien
la incluye, ya que se realiza siempre en nombre de toda la
Iglesia y con su cooperación. El Santo Sacrificio en modo al­
guno es una excepción. Siempre va acompañado por las ora­
ciones y las ofrendas del sacerdocio común de toda la Iglesia.
Y muchas veces hasta de especiales intenciones, oraciones y
ofrendas de fieles particulares. Prescindiendo de esto, ya por
propia naturaleza y destino abarca todos los miembros de
Cristo y éstos, sin más, están siempre incorporados a Cristo,
el minister principalis, y a Cristo, la Víctima del sacerdote

(22) T h. Suppl. 35, 3. 4.


(23) I Cor. 12, 27.
(24) I Cor. 12, 12 ss.
(25) I Cor. 13, 4 ss.
ministerial. Por consiguiente, mientras dure la Iglesia visible
sobre la tierra, un sacerdocio condiciona y completa el otro.

Está todavía sin resolver si las Ordenes, hasta el subdia-


conado inclusive, son solamente un perfeccionamiento del sa­
cerdocio común o dan algo completamente nuevo entre éste
y el sacerdocio ministerial. A nosotros nos basta saber que el
sacerdocio ministerial ni anula el común ni le sustituye, más
bien necesita de él en muchos aspectos y de modo absoluto,
le ratifica y le sirve, mientras que el sacerdocio común, por
voluntad de Cristo, recibe de aquél los sacramentos y coofre­
ce el Sacrificio que el sacerdote ministerial consagra. Ambas
formas de sacerdocio hacen patente, cada una a su modo,
igual que las siete Ordenes, y del modo más bello, la riqueza
increada e inmensa del sacerdocio de Cristo, que se repro­
duce en los hombres y por medio de ellos ejerce sus efectos
sobre la tierra. De su plenitud recibimos todos: gracia sobre
gracia (26). Por su destino exterior, así como por sus carac­
terísticas especiales, ambas formas del sacerdocio resultan en
realidad para el Cuerpo Místico de Cristo como un lazo, en
extremo valioso, de unidad y de amor, y por consiguiente de
perfección.

El pensamiento con. que ¡ncidentatmente San Alberto Mag­


no cierra la enumeración de las Ordenes, nos vale estupen­
damente, si queremos decirlo en breves palabras, para exponer
lo que hay de común y lo que hay de diferente entre el sa­
cerdocio común y el ministerial: Todos estos grados están
en las manos de Dios (27), que los utiliza, según su volun­
tad, para su honra, así como para el servicio del verdadero
y del místico Cuerpo de su divino Hijo.
San León Magno, en el conocido lugar de su cuarto ser­
món de Nochebuena, ha expuesto qué diferencias y qué pun­
tos de unión hay entre el sacerdocio común y el ministerial.
A todos los que han renacido en Cristo — así lo dice el Santo—
la Cruz les hace reyes y la unión del Espíritu Santo los con­
sagra sacerdotes, de tal modo que, excepto en las tareas (ser­
vitus) especiales de nuestro ministerio, todos los cristianos

(26) Jn . l, 16.
(27) Al. In Ev. Le. 10, 1.
espiritual y racionalmente vivos deben ser conscientes de su
origen real y de su participación en el ministerio sacerdotal.
En efecto, ¿qué más real que un alma (animus) sometida a
Dios rija el cuerpo? Y ¿qué más sacerdotal que nosotros
ofrezcamos a Dios con conciencia pura y con sentido de sa­
crificio inmolado sobre el altar de nuestro corazón? Y puesto
que con la gracia de Dios esto ha sucedido en todos, es reli­
gioso y laudable, dice el mismo Papa, que todos se alegren
de su elevación al pontificado (el sermón está pronunciado en
el aniversario de su elección para Papa) como si se tratara
de un honor tributado a cada uno de ellos, de modo que en
todo el cuerpo de la Iglesia se celebre el único sacramento
del ministerio pontifical que, derramado el óleo de bendición,
se infundió más copiosamente en los miembros superiores,
pero que se infunde también — y no en pequeña medida— ■
en los inferiores (28).
El sacerdocio común, y no menos que el ministerial, es
un fruto de Cristo, el Salvador, y un regalo de Cristo a toda
la Iglesia. Ambos proceden de la misma voluntad de Dios y
ambos pertenecen a la esencia de la Iglesia, tal como fue
ideada por la sabiduría de Dios. Et unirlos de un modo tan
estrecho que desapareciesen todas sus diferencias sería tan
absurdo como separarlos tanto que desaparecieran todas sus
relaciones mutuas o hacer que uno lo fuera todo y el otro
nada.

(28) S. León Mag. Serm e 3, X.


CAPITULO SEXTO

LAS ORDENES Y EL SACRIFICIO EUCARISTICO

El conferir las Ordenes Mayores en el Sacrificio Eucarís-


tico fue establecido ya desde hace siglos por la tradición ecle­
siástica (el Pontifical) y modernamente por el Código de De­
recho Canónico.
Con ello, claro está, na se ha expresado la necesidad ab­
soluta de que una Orden conferida fuera de la Misa sea, sin
más, inválida. No obstante, el incumplimiento de esta disposi­
ción hace ilícita la concesión de las Ordenes Mayores (subdia-
conado, diaconado y presbiterado) (1). El que confiere las
Ordenes debe ofrecer el sacrificio (2), y el ordenado recibe
en él la sagrada comunión (3). De este modo se guarda tam­
bién exteriormente la unidad entre el acto de la ordenación y
el acto del Sacrificio. Estas normas son por cierto para ob­
servarlas (4). De aquí proceden, ai menos mediatamente, las
disposiciones de que las Ordenes solamente puedan ser confe­
ridas en lugares de Sacrificio, es decir, en la catedral, o si así
lo exige un motivo serio, en otra iglesia, en el oratorio del
obispo, del seminario o de un convento. La primera tonsura

(1) C íe. can. 1006.


(2) Id. 1003.
(3) Id. 1005.
y las cuatro Ordenes Menores pueden también conferirse en
un oratorio privado y fuera de la Misa (5). Preguntémonos
ahora por los motivos en que se apoyan estas disposiciones.

Motivos de orden más externo. En primer lugar hay que


hacer hincapié en la extraordinaria dignidad que, sin duda
alguna, llevan consigo las Ordenes. Un acto tan santo exige
también para su ejecución un lugar santo y una hora santa.
Más significativo que esta consideración, ciertamente im­
portante, es el ejemplo de Cristo, que ordenó sacerdotes a sus
Apóstoles en el altar del primer Sacrificio Eucarfstico y en
conexión con él (6). Y no le detuvo a hacer esto ni la proxi­
midad de su muerte ni la poca inteligencia que los discípulos
manifestaban. Este irresistible deseo con que esperaba la Cena,
así como el amor sin medida que demostró, se expresó no so­
lamente en el sacramento de la Eucaristía, sino también en la
ordenación de los Apóstoles y en la institución del sacerdocio.
No faltan señales de la antigüedad cristiana de que las
Ordenes se conferían dentro del Santo Sacrificio. Según las
Constituciones Apostólicas, la consagración del obispo se ha­
cía en el altar. El que ordenaba daba al ordenado la hostia
en la mano. Seguía luego el sermón al pueblo, después del
cual continuaba el Sacrificio (7). El Concilio de Laodicea pro­
hibió recibir las Ordenes en presencia de los penitentes. El
Sacramentarium Leonianum tiene un Hanc igitur propio.

Un nuevo motivo. La ordenación concierne demasiado al


bien espiritual de la comunidad para que pueda celebrarse en
privado sin la participación del pueblo. Esta circunstancia mo­
tivó por sí misma la celebración en la iglesia, y dentro del
Santo Sacrificio, de esta ceremonia de tan alto significado para
todos. Aquí se ofrece al pueblo la mejor ocasión, si no la úni­
ca, de asistir a tan importante acto, y de manifestar o repetir
abiertamente su adhesión a él. Aquí, desde el principio, se crea
la unión que existe entre el sacerdote y el pueblo. Y es que

(4) Id. 1002.


(5) Id. 1009.
(6) Trid. sess. X X II cap. 1 can. 1 (Dz. 938, 948).
(7) Const. Apost. V III, 4, 6; 5, 9.
(8) Eisenhofer, H andbuch der katta. Liturgik, Freiburg 1932.
II, 361.
las ordenaciones no sólo interesan al obispo, que recibe de
ellos sus auxiliares imprescindibles; también la Iglesia espera
guías y mediadores, y por eso suplica por boca del arcediano.
¿Cóm o y dónde puede hacerse esto más sencilla y dignamente
que en la celebración del Sacramentum unitatis, en la Euca­
ristía? Mira a tu Iglesia, ruega el obispo en la ordenación
sacerdotal, y multiplícala (9).
La misma Iglesia, por tanto, crece y se renueva en cada
ordenación y, como Iglesia, debe estar presente visiblemente.
¿Cuándo y cómo, empero, es más Iglesia la comunidad que
cuando se reúne alrededor del altar para la solemnidad del
Sacrificio? Igualmente, nunca y en ningún lugar podrá el or­
denado entregarse de modo más impresionante a su Iglesia,
condescendiendo a sus exigencias, que en el momento del San­
to Sacrificio, del eucarístico comercium divinum renovado. Y
en ningún sitio de modo más natural que aquí colmará el
obispo los ruegos expresados por la Iglesia respecto a los nue*
vos sacerdotes y clérigos.

Motivos internos. No menos enérgicamente aboga por la


celebración de las ordenaciones en el Santo Sacrificio la rela­
ción tan profundamente fundada que existe entre ambos. Si la
Eucaristía, en sentido pleno, como Sacrificio y manjar, es el
último fin y el punto culminante de todo el orden sacramen­
tal (10) , es también algo necesario para las Ordenes. Inme­
diatamente, si tienen carácter sacramental. Mediatamente, si
son solamente una preparación previa y un auxilio no sacra­
mentales. La ordenación debe encontrar en el Sacrificio Euca­
rístico su último fin y, por consiguiente, su último comple­
mento, por estar clarísimamente ordenada a la consagración
de la Eucaristía (11). Para ella precisamente se confiere. De
aquí fluyen sus gracias. A la Eucaristía sirve el ordenado con
todas sus fuerzas en todas sus tareas sacerdotales: en la ad­
ministración de los demás sacramentos y en la predicación y
cuidado de las almas. Porque ¿qué más natural que la orde­
nación se una lo más íntimamente posible a la celebración de
la Eucaristía, para reportarle su más elevado destino, y para
representar esa unión de un modo significativo?

(9) Const. Apost. V III, 16. 5.


(10) Th. III, 65, 3.
(11) Id.
Como el Santo Sacrificio es imposible sin consagración,
son necesarios un poder para consagrar y un ministro que
ejerza este poder por encargo de la Iglesia. La ordenación ins­
tituye este ministro y le da los cooperadores necesarios para
la digna celebración de la liturgia. Solamente ella hace posible,
por tanto, la celebración del Santo Sacrificio y con ello la par­
ticipación en el sagrado banquete eucarístico. Además, ella es
quien da a la Iglesia los distribuidores de los demás sacra­
mentos (exceptuando el matrimonio) y es por ello completa­
mente imprescindible para la celebración de la Eucaristía y
para la estabilidad del orden sacramental en la Iglesia. Así
como la voluntad de Dios, de hecho, ha ordenado la economía
de nuestra salvación sobre la base de la Encarnación, por el
mismo motivo la Eucaristía ha quedado ligada para siempre al
sacerdote ministerial y a sus Ordenes. Por eso la ordenación
no solamente está ordenada a la Eucaristía, sino que a su vez
también su celebración y, en gran parte, la estabilidad y la
realización de todo el orden sacramental, depende de ella. Un
nuevo motivo para expresar, por esta unión de ordenación y
sacrificio, esta recíproca exigencia y esta íntima conexión.

Motivos personales por parte del ordenado. En la recep­


ción de cada Orden — y ya antes en la tonsura— existe la in­
tención de consagrarse a Dios; es decir, de hacerse holocausto
de Dios. Esta intención no puede hacerse y realizarse más ex­
presa, más natural, más activa, más efectivamente que en la
simultánea y verdadera incorporación al Santo Sacrificio, de
donde recibe su más alta realización y su único valor.
Ya la tonsura incorpora al clérigo al culto. El clérigo de
Ordenes Mayores está destinado al ministerio y al cuidado del
altar, (regimen altaris) y, en último término, a la celebración
de los divinos misterios.
El Santo Sacrificio es el culto más elevado que podemos
dar a Dios en espíritu y en verdad. La ordenación en el Sacri­
ficio conduce inmediatamente al ordenado al acto de cuito más
elevado. Aquí como en ningún otro lugar, renueva y ejecuta
con la Iglesia el misterio de los misterios, que ofrece como Sa­
crificio a Dios y da como manjar a los fieles. Por esta unión de
su ordenación con el Sacrificio, el clérigo queda enviscerado
en la celebración de ios misterios de Dios y unido a ella. Se
cumplen así aquellas palabras: Yo estoy en ellos (12). Sola­
mente quien permanece en M í podrá dar fruto (13).
Nuestro Señor y mediador está presente como camino,
verdad y vida. Encerrado en el Santo Sacrificio, el futuro pas­
tor y director, halla en y por Cristo el camino que a él y a los
que le han sido confiados conducirá al Padre. En el Santo Sa­
crificio se abre para el futuro maestro la plenitud de la verdad;
para el pastor de almas, la plenitud de vida para sí mismo y
para los demás. Por él puede vivir él mismo y dar la vida
a los demás.
En el Santo Sacrificio se consuma la única y eterna
Alianza; Alianza que se realiza por este Sacrificio y que no
es otra cosa que el Sacrificio mismo. ¿Qué más natural que
el sacerdote, que debe ser mediador con Cristo, ya en su or­
denación, y por ella, se introduzca en el Tabernáculo y en el
Sacrificio como símbolo y prenda de esta Alianza?
El sacerdote debe renovar el mundo. ¿Cómo sería posible
esto a un hombre mortal, sin la Víctima que en su entrega
al Padre, eternamente muere y eternamente vive? Esta víctima,
infinitamente consumada, se ofreció para la consumación de
todas las cosas. Toda la creación busca en ella su renovación
y su glorificación. Confiriendo la ordenación en el Santo Sa­
crificio, la Iglesia confiesa que toda la prosperidad y nueva
vida que vienen por el sacerdote sólo de este Sacrificio fluyen
y de esta manera une al mismo sacerdote de modo solemne
con esta fuente primera de la gracia y de la vida.
El sacerdote debe traer al pecador perdón y salvación.
En el Sacrificio, Cristo es nuestra justificación, nuestra paz.
Aquí se da siempre de nuevo para el perdón de todos los pe­
cadores. De El le viene al sacerdote el poder de perdonar los
pecados. Hacia aquí, ad fontes Salvatoris, está dirigido su pri­
mer paso, y por él la ordenación le lleva al Sacrificio.
La íntima esencia de la ordenación y de su ministerio,
todo lo que el sacerdote es y tiene le une — su persona, sus
esfuerzos, sus ministerios y su dignidad, su pensar y su sen­
tir, su vivir y su morir— a este Sacrificio; y, como este Sa­
crificio mismo, debe ser — para él y para el mundo— como
una memoria de Cristo. Naturalmente que ya la ordenación
le une con la memoria Domini.

(12) Jn. 17, 23.


(13) Jn. 15, 4 s s .
De todos estos motivos se deduce ya que esta conexión
entre la ordenación y el Sacrificio no es algo establecido so­
lamente por disposiciones eclesiásticas. Al contrario. Estas no
son más que la natural consecuencia de esta íntima compe­
netración mutua, y no hacen otra cosa que confirmarla y re­
conocerla. No necesitamos por consiguiente recurrir a la ini­
ciación del ordenado, propuesta por el obispo inmediatamen­
te después de cada Orden, para aclarar la concesión de las
Ordenes en el Santo Sacrificio, si bien éste de ningún modo
es posible sin celebración sacrificial. Se deduce además que
el ordenado no ha sido colocado en su puesto para una sine
cura, ni para un otium cum dignitate, sino, ante todo, para
el Santo Sacrificio y para los ministerios litúrgicos, y que
debe comenzar estos ministerios sin dilación.

Motivo más íntimo. Sin el Sacrificio Eucarístico no hay


ningún sacramento. El motivo más íntimo de celebrarse ri­
tualmente nuestras ordenaciones por la concelebración y la
comunión en el Santo Sacrifico está en que el Sacrificio Eu­
carístico es, de suyo, el punto de unión y el remate de todos
los sacramentos, y este hecho debe llevarse a cabo y exponer­
se claramente siempre que sea posible. Por consiguiente, siem­
pre que sea posible, no debe haber ni bautismo ni confirma­
ción, ni confesión, ni extremaunción, ni matrimonio sin unión
visible con el Sacrificio Eucarístico o con la sagrada comu­
nión. En la misma proporción, no debe haber ordenación sin
Misa, pues todos estos sacramentos están ordenados a la Eu­
caristía, sólo por la eucaristía existen y no tienen otra fina­
lidad que la de conducirnos a ella, es decir, a la íntima unión
con Cristo en el Santo Sacrificio. Por otra parte, toda la fuer­
za santificadora y vivificadora de estos sacramentos les viene
únicamente del Santo Sacrificio. Juntamente con él forman no
sólo un orden sacramental homogéneo, sino también un úni­
co misterio universal: nuestra vida por Cristo y en Cristo, el
sacramento único que lo abarca todo. Cada sacramento no es
más que un fragmento sacado de esta unidad. Su completo
desarrollo y eficacia lo consigue solamente en unión con la
Eucaristía, para la cual ha sido designado como una parte
para el todo, como una rama para el tronco, como un medio
para el fin, y — lo que es más importante aquí— todos ellos
han sido sacados de este todo, de este tronco, de este fin. Por
consiguiente, si la ordenación debe representarse y realizarse
de una manera perfecta, es decir, según su origen y su fin,
según su conexión ideal y efectiva, esto solamente puede ha­
cerse si se confiere en el Santo Sacrificio.

Como último fundamento, la Iglesia no posee más que


un Sacrificio, un sacerdote, un altar, que son una misma cosa
en el Cristo único. O más rectamente, que son el Cristo único.
El Cristo presente en el Sacrificio es, según San Agustín, el
maximus et verissimus sacerdos (14). Solamente por la par­
ticipación en él, nuestra ordenación y nuestro sacerdocio se
hacen verdaderos y efectivos, y por ello establecen una nueva
relación de absoluta unidad y dependencia. Más aún que an­
tes, Cristo es para el ordenado cabeza, origen y raíz (15).
¿N o exigen esta objetiva unidad y dependencia que se
les pongan de manifiesto y no que se las oscurezca el día de
nuestra ordenación? Nadie, fuera de Cristo, puede ser pas­
tor, predicador y sacerdote. Con razón, por tanto, el desen­
volvimiento sacramental del sacerdote y de la ordenación
desemboca inmediatamente en el Cristo presente como sacer­
dote, pastor y víctima. Esta es la razón de que las Ordenes se
confieran en el Santo Sacrificio de Cristo.
Por consiguiente — en un sentido más elevado— existe
un solo sacramento universal, que obra en todos los sacra­
mentos, y por ello debe ponerse de relieve de un modo con­
veniente: Cristo, que resume todo en la Eucaristía, que utiliza
los demás sacramentos como instrumentos suyos, movidos por
su poder, fructificados con su Pasión, y llenos con su Espíritu.
Un sacramento no obrará, por tanto, plenamente más que en
su unidad orgánica con la Eucaristía. No será visible plena­
mente más que en la unidad visible con la Eucaristía. Así
considerado, tanto en el Orden como en todos los demás sa­
cramentos, no se trata de una instalación en la Eucaristía,
sino de una mirada de conjunto en la que nosotros vemos el
sacramento particular, no como inserto en la Eucaristía, sino
como brotado de ella, existiendo y obrando en ella. De aquí
aquellos pensamientos de los antiguos: Sin la Eucaristía, es
imposible recibir ningún otro sacramento. Sin la Eucaristía,
los demás sacramentos no tienen eficacia. El fin de todos los

(14) Ag.: C ontra Epist. Parm eniani 2, 8, 16.


(15) Ag.: C ontra litteras Petiliani 1, 7, 8.
sacramentos es la Eucaristía, que es el sacramento de los sa­
cramentos. Ella les presta su ayuda cuando nos introducen en
la vida de la gracia, en un nuevo estado, que de otro modo
no sería posible. Adjuvat ea dum initiant, utpote quae ne-
queunt seorsum ab illa initiare!
Si el banquete eucarístico no se asocia a ellos, ningún sa­
cramento produce su efecto especial. Además, todo sacra­
mento lleva incluido un anhelo (votum) hacia la Eucaristía,
cuyo único efecto es unirnos con Cristo, y que obra en todos
los demás sacramentos por este único fin. Y es que, aunque
la unidad íntima de los sacramentos se conserve esencialmen­
te y de modo efectivo sin una unión ritual visible, es natural
que — siempre que sea posible— esta unidad llegue también
a realizarse de un modo visible y externo; y ella es la que
hace, sin más, comprensible la ordenación dentro del Sacri­
ficio. Como consecuencia, no sólo la celebración exterior de
esta ordenación resulta más impresionante, sino que la inte­
rior entrega a la consagración se realiza también más plena­
mente, más repleta de gracia, y en el ordenado se forma — vi­
sible exteriormente— la perfecta imagen de Cristo, que es al
mismo tiempo sacerdote y víctima. Tan pronto como el or­
denado ha entrado en la concelebración, se pierde todo su ser
— en presencia de toda la Iglesia— en la corriente del divino-
humano amor sacrificial, en la plena realidad del divino-hu­
mano acto sacrificial y es cogido y transportado por ella. Con­
sagrado por el Padre, Cristo se consagró a Sí mismo. Una cosa
parecida vemos hacer nosotros al neosacerdote en el remate
simultáneo de la ordenación y del Sacrificio. El Padre le ha
consagrado. El, por su parte, sin vacilar, se consagra por su
incorporación al mismo Sacrificio de Cristo y por él experi­
menta la más alta consagración. También el Espíritu Santo,
infundido en él por la imposición de manos, le remite a este
Sacrificio y éste, a su vez, al Espíritu Santo. ¿ O es que fue
una casualidad que, en la institución de este Sacrificio, anun­
ciara el Señor, por primera vez y tan enérgicamente, a los
Apóstoles recién ordenados la venida del Espíritu Santo que
sería enviado por El? La promesa del Espíritu Santo, del Es­
píritu de Verdad y del Consolador, la promesa de la spiritua-
lis unctio y de la consagración tiene que estar en una íntima
conexión con el Sacrificio de Cristo. No ha sido por casuali­
dad por lo que Cristo ha ofrecido su propio Sacrificio en el
Espíritu Santo. Y así la ordenación, como obra del Espíritu
Santo, encuentra también su natural remate en la concelebra­
ción, ya que en el Santo Sacrificio se halla el motivo más
profundo tanto para la venida del Espíritu Santo sobre la
Iglesia, como para su actuación en ella.

La liturgia oriental muestra gráficamente de modo sobre­


cogedor cuán íntimamente unidos están entre sí la ordena­
ción y el Sacrificio. Primero, dando tres vueltas seguidas al­
rededor del altar al principio de la ordenación. Luego, cuando
el obispo inclina sobre el altar la cabeza del ordenado. Y
sobre todo, cuando le pone sobre sus manos la hostia consa­
grada, que luego devuelve antes de la comunión del obispo,
para recibirla de nuevo de sus manos y comulgar con ella.

La ordenación se celebra en el Santo Sacrificio y no éste


en la ordenación. Así se guarda un orden real profundamente
fundado. Mientras haya una celebración del Sacrificio euca-
rístico, la Iglesia necesitará un sacerdocio capaz de consagrar;
y éste carecerá de su más esencial destino tan pronto como le
falte el Sacrificio a quien poder servir y que poder ofrecer.
Por consiguiente, según este sentido profundo, el sacerdocio,
por la unión de su ordenación con el Sacrificio, se une visi­
blemente, indeleblemente, desde un principio, y se instala so­
lemnemente en la más íntima estructura de la Iglesia, que
vive solamente de este Sacrificio. Este hecho nos manifiesta la
esencia de la ordenación y del sacerdocio más que la misma
entrega del cáliz y la vestición con las vestiduras litúrgicas,
ya que éstas — por sí solas— no exigen aún, ni representan
en igual medida su esencial e inmediata realización sobre
Cristo y su Iglesia.
Debido a su ordenación, el sacerdote posee un ambiente
vital correspondiente a su estado: la atmósfera santa del Sa­
crificio de Cristo. La ordenación — por su instalación en el
Sacrificio, por quien el sacerdote, como en un centro natural,
alcanza y posee la infinita profundidad, amplitud y fructifi­
cación de ¡a nueva vocación— le coloca verdadera y visible­
mente en esta atmósfera, pues en él se hace una cosa con
Cristo, que es a la vez Víctima, sacerdote, y fuente de todas

(16) Cfr. de la Taille, M ysterium fidei. París 1924, 573 ss.


(17) Jn. 14, 16. 26; 15, 7 ss.
las gracias. Por él se abre al mediador sacerdotal el acceso
al Padre y el acceso a la comunidad.
Así, la comunidad, desde el momento de la ordenación, ve
a su sacerdote completamente en la luz de Cristo y de su
Sacrificio.
Y así, el ordenado, desde esta hora inolvidable, debe ver
y encontrar a su comunidad, a sí mismo y a su vocación, so­
lamente en esta única luz.
Introducido el sacerdote en este Sacrificio por la orde­
nación, diariamente debe rejuvenecerse y rejuvenecr su or­
denación mientras renueva el Sacrificio.

Por la celebración de la ordenación en el Sacrificio, se


revela por consiguiente la perfecta realidad del ministerio
sacerdotal. El recién ordenado no representa ante la comu­
nidad solamente un nombre venerable, ni un hábito digno de
honor, ni una dignidad exterior, ni un portador de la direc­
ción jurisdiccional de la Iglesia, sino un poder vital-real sobre
el vital-real Cuerpo de Cristo. Y la comunidad experimenta
de nuevo cuán realmente el sacerdote es una cosa con Cristo,
cómo hace las veces de Cristo y ejerce la misión de Cristo en
medio de ellos, cómo realmente todos los sacramentos son un
solo sacramento en Cristo. Comprende el secreto de la orde­
nación en toda su verdad y realidad, en toda su gracia y es­
plendor. Ve a su sacerdote de modo parecido a como los
Apóstoles tuvieron la suerte de ver al Señor: lleno de gracia
y de verdad (18).

(18) Jn . 1. 14.
LIBRO SESUNDO

primera tonsura
y
órdenes menores
CAPITULO PRIMERO

LA PRIMERA TONSURA. EL ESTADO CLERICAL

N a tu ra le z a d e l acto

Por derecho divino, las tareas principales del ministerio


eclesiástico y litúrgico están confiadas a un estado que es
completamente distinto del de los laicos (1).
La tonsura es el ingreso solemne en este estado. Eleva al
que la recibe a la categoría de clérigo, le da prerrogativas es­
peciales, le impone al mismo tiempo un gran número de
nuevas obligaciones y le incardina a una diócesis (2).
La tonsura no es una Orden en sentido propio. No lleva
consigo un ministerio especial ni unas ocupaciones determi­
nadas. Es más bien una llamada por parte de la Iglesia, una
Orden a la que responde el ordenado con una preparación
libremente aceptada para el ministerio eclesiástico, al mismo
tiempo que experimenta una especial distinción ante la co­
munidad y un rango dentro de la Iglesia. Por este motivo exi­
ge la tonsura renovación y preparación interiores, una aber­
tura del alma para con Dios, una entrega profunda a la igle-

(1) CIO. can. 107.


(2) Id. Can. 108, 111 & 2.
sia y a sus intereses. Una verdadera revelatio mentís ad d¡*
vina (3).
En algunos aspectos es parecida a la profesión del mon­
je. Puede, sin embargo, ponerse en duda la opinión de algu­
nos teólogos modernos que le atribuyen, al igual que a la
profesión monacal, una plena renovación de la gracia del bau­
tismo. Aunque la tonsura no es una Orden, es, según las an­
tiguas instrucciones eclesiásticas, una condición exterior para
la verdadera ordenación. Un aditus ad ordinis sacramentum.
Una preparación (4) y un preámbulo para su recepción (5).
Al bautismo solemne precede un exorcismo y al sacramento
del matrimonio unos esponsales. La tonsura es algo parecido
respecto a las restantes Ordenes, aunque no lleva consigo la
obligación de recibirlas (6). Según palabras de Tertuliano,
nadie se hace cristiano ni clérigo por el nacimiento natural,
sino que lo primero nos viene por el bautismo, lo segundo por
la tonsura solemne. La tonsura se nos presenta como un toque
de atención que hace la Iglesia para que nos hagamos cons­
cientes de este paso tan significativo para todos los fieles. Como
un momento que recordará al clérigo para siempre el paso
dado. Difícilmente la Iglesia y el clérigo, tendrán una estima
demasiado elevada de este acto sagrado y de sus consecuen­
cias. El tonsurado nunca lo recordará ni meditará su sentido
sin sacar provecho de ello. El estado y el ministerio del clérigo,
por su naturaleza, son tan elevados que nadie puede tomarlos
sobre sus hombros sin la llamada y la gracia de Dios, sin la
palabra y la oración de ia Iglesia, sin una sincera disposición
a servirla, y -— por mandato de la Iglesia— -, sin el signo exte­
rior de la tonsura. Ambos afectan de modo muy inmediato a
las cosas de Dios y su gloria, e influyen también de una ma­
nera poderosa en la salud de la Iglesia y de las almas en
particular.
El estado clerical no es algo que esté al alcance de todos.
Así como los levitas de la Antigua Alianza eran tomados sola­
mente de la tribu escogida por Dios, quedando excluidos del
ministerio del Santuario todos los que tuvieran algún defec-

(3) A l: Iis IV sent. d. 24, B, a. 13.


(4) Id.
(5) Th. Suppl. 40, 2.
(6) Catechismiis Rom anus, Pars II, cap. 7, q. 3.
to, así impide el acceso a la tonsura y a cualquier Orden tan­
to la falta de vocación como la falta de fama pública, sea cul­
pable o no lo sea { irregularitates ex defectu et ex delieto),
sea por nacimiento o por otra circunstancia cualquiera (7). De
aquí aquella exhortación antes de comenzar la ordenación, y
en presencia de los fieles reunidos, de no acercarse nadie
a recibir Ordenes con alguno de estos impedimentos, sin per­
miso del obispo propio o sin haber sufrido el examen prescrito.

La tonsura no es un sacramento ni ha sido instituida por


Cristo, pero es un acto sagrado. Un acto litúrgico público que
la Iglesia acompaña con sus oraciones y con sus bendicio­
nes, y por el que da al que lo recibe, con tal que sea digno,
gracias del cielo. Es, por consiguiente, algo más que un rito
vacío y solamente externo, algo más que un acto jurídico sim­
bólico. Esto puede deducirse del hecho de que no puede
recibir la tonsura nadie que no haya recibido la confirmación
con sus gracias especiales (8). La tonsura confiere, por con­
siguiente, derechos y obligaciones, honores y misiones, dones
y gracias que no se han dado ni en el bautismo ni en la con­
firmación. Una prueba más evidente la tenemos en el modo
solemne con que empieza la ceremonia, glorificando el nombre
de Dios, bendiciendo su nombre desde ahora y para siempre.
Esto indica algo grande y sagrado. En efecto, la tonsura y las
vestiduras eclesiásticas, el clérigo tonsurado con todos sus
pensamientos y aspiraciones, con todas sus palabras y sus
hechos, con todas sus oraciones y trabajos, quieren ser un
Gloria Patri ininterrumpido y manifiesto. Están en una per­
manente conexión con la obra creadora y redentora del Dios
Todopoderoso y Santísimo. La bendición y la oración que pro­
nuncia el obispo al principio del acto, envuelven durante toda
la vida al clérigo como una luz venida de arriba y una fuerza
poderosa. Abren un torrente de santa alegría que no envejece
y que nos llena de una impeturbable seguridad. Quien no llega
a conocer el sentido profundo de la tonsura corre el peligro de
no comprender tampoco de modo conveniente el carácter y el
valor de su estado clerical. Y quien presta poca atención a la
tonsura, no ha llegado a penetrar en el cuidado y en el amor

(7) QIC. can. 983-991.


(8) Id. 993, n.» 1.
con que la Iglesia rodea la entrada al estado clerical. No ha
comprendido la reverencia sagrada que rinde la Iglesia a
este estado, y — lo que es más lamentable— no tiene idea
de la dignidad y de la santidad del ministerio que se le ha
confiado o que se espera de él. Además, pone obstáculo a las
bendiciones del cielo que la tonsura iba a atraer sobre él
y que necesita para su santificación y para la vida que ha de
llevar conforme a su estado. Demos gracias a Dios y a la
Iglesia por los auxilios y las gracias que nos reporta la ton­
sura. Trabajemos por revivirlos de nuevo todos los días, por
respeto profundo, serio y agradecido para con nuestro estadc
y las tareas que lleva consigo. Esforcémonos por vivir diaria­
mente como io exige su dignidad. Uno de los principales in­
tentos de la tonsura, como acto externo, es el hacer patente
ante todo el mundo esta reverencia y el formar al clérigo en
esta misma reverencia para consigo mismo y para con su
hábito y estado. Sancta Sanctis. Este es también el sentido
de los ejercicios espirituales que el que va a recibir la ton­
sura debe hacer, durante tres días (9).
Cuán sagrada sea la tonsura lo muestra, además, del
hecho de que la Iglesia la cuente en el número de las ordines
en sentido amplio y de la sacra ordinatio (10), es la íntima
conexión que tiene con el sacerdocio, para el que — como he­
mos visto— representa el primer paso (11). Igualmente la
circunstancia de que, al igual que las restantes Ordenes, dis­
ponga al que la recibe para el régimen de los fieles y del culto
litúrgico, dos ministerios de suma importancia para el bien
de la Iglesia y la vida y prosperidad del Cuerpo Místico de
Cristo (12). Nos muestra también el valor que la tonsura po­
see a los ojos de la Iglesia la conocida prescripción de que,
si ha desaparecido antes de recibir las Ordenes, hay que re­
petirla.

(9) Id. 1.0001 & i,


(10) Id. 950.
(11) Id. 973 & 1.
(12) Id. 948.
S a n ta intención de la ig le sia
y del que recibe la to n su ra

Es realmente lamentable lo que se hacía con demasiada


frecuencia en los siglos X V II y X V III y aun en otras épocas:
el dar y el recibir la tonsura, no como preparación para las
Ordenes, sino únicamente como capacitación para la herencia
y el disfrute de beneficios eclesiásticos. Se buscaba no el
beneficium propter officium, sino el officium propter benefi-
cium, con la sola aspiración de dotar a los segundones u
otros que lo necesitaran, lo más pronto posible, con rentas
fabulosas. Gracias a Dios, hoy día no hay lugar para lamen­
tarnos de esto. Preguntémonos, no obstante, seriamente, si te­
nemos siempre un pleno conocimiento del significado y de
las obligaciones de la tonsura.

Actualmente la tonsura no es una entrada perpetua e irre­


vocable en el estado clerical. Y muchos menos en el celibato.
No obstante, cuando hay razones para suponer que el que
la va a recibir lo hace por miras humanas o para librarse
de alguna obligación, debe negársele. Lo que el Derecho ecle­
siástico exige expresamente del que va a recibirla es una doble
condición. Primera, tener el propósito de ascender hasta el
presbiterado. Luego, la esperanza fundada de que el tonsurado
ha de ser un sacerdote digno (13).
El pontifical supone que se ha elegido el estado clerical
para servir a Dios y para darle un culto fiel (fidelem cultum).
De aquí se desprende que la virtud de la religión debe dominar
todo el vivir y todo el pensar del futuro clérigo, que debe
animarle el celo por la casa de Dios, que debe llenarle el
amor a la liturgia. El clérigo debe ser, ante todo, un hombre
religioso, sinceramente preocupado por la verdadera religión
y la verdadera liturgia; que dirige a Dios toda su vida, como
hombre entregado a su búsqueda y a su servicio. Algo pare­
cido a lo expresado por Santo Tomás con estas palabras:
religio proprie ¡mportat ordinem ad Deum. La religión sig­
nifica nuestras relaciones para con Dios, nuestra constante
atención para con El, algo así como una constante y afanosa

(13) CIC. can. 973 & 1.


búsqueda de Dios. Dios es para el clérigo — mucho más toda*
vía que para el seglar— la estrella que señala el camino, la
flecha indicadora, la fe, la esperanza, la caridad. Hacia El es
hacia quien el clérigo debe ordenar toda su vida y todos sus
esfuerzos. A El es a quien debe atarse como a su principio
indefectible. Ipse enim esí, eui principaliter alligari debemus
tamquam irtdeflcienti principio (14). Muchos piensan cons­
cientemente en el fin, pero apenas si meditan que su vida no
sólo debe consumirse por Dios, sino también, de modo nece­
sario e incesante, debe recibir de Dios su renovación. Se pa­
recen así a la semilla que no echa apenas raíces y por ello
fracasa y se seca (15), La fuente de su espíritu lleva escasas
aguas y está próxima a secarse.

Fidelis cultus. ¿Qué significa esto? En primer lugar fide­


lidad por el culto eclesiástico de Dios, entusiasmo y celo ac­
tivo por la liturgia. Todo su interés por el apostolado carita­
tivo y social, científico y pastoral, debe recibir su primer y
más fuerte impulso, su luz iluminadora, su alma, de este fiel
ministerio cultural. Debe, con la liturgia, convertirse en un
único y solemne Opus Del, como un ininterrumpido trabajo
al que hemos consagrado toda nuestra vida.
Fidelis cultus. Es decir, sentimiento de sincera venera­
ción a Dios. Amor al ministerio divino. Tanto en los momen­
tos alegres como en los difíciles, y aun en medio de la noche
de los más amargos padecimientos y de los más aparentes
fracasos, le quedan al clérigo las palabras del Salvador como
leitmotiv de su vida: Padre, glorifica tu nombre. Su oración
es oída. La respuesta del Padre lo confirma y aumenta nues­
tra confianza: Le glorifiqué y de nuevo le glorificaré (16).
Fidelis cultus. Este propósito y esta tarea suponen una
íntegra fidelidad en las cosas grandes y en las pequeñas, he­
chas todas por Dios, para su gloria y en su servicio. Tal fi­
delidad hace necesario un vivo interés por las formas del cul­
to eclesiástico y un profundo estudio de sus ritos y prescrip­
ciones, que a su vez supone una gran estimación de todo lo
que se relacione con el culto de Dios, así como una obediencia

(14) Til. II-II, 81, i.


(15) Le. 8, 13.
(16) Jn. 12, 28.
basada en la fe, que se acomoda desinteresadamente al orden
ya prescrito.
Fidelis cultus. Aquí se manifiesta la fidelidad, fundamen­
tal e imperiosamente, como una de las más importantes obli­
gaciones del estado clerical. Y esto en todos sus grados. Sin
excluir el más elevado: el del apostolado. San Pablo ha dicho
solemnemente en su carta a los Corintios: Siempre que se tra­
te del culto divino, del apostolado de Cristo, de la solemne
celebración y dispensación de los divinos misterios, "lo que
en los dispensadores se busca es que sean fieles" (17).

Naturalmente el móvil del clérigo, tanto en la recepción


de la tonsura como en todo el resto de su vida, es un ardiente
amor de Dios. Este amor es el que hace latir gozoso su cora­
zón, el que le hace avanzar con valentía hacia las gradas del
altar y tomar sobre sus hombros con presteza las obligaciones
de su estado: pro eius (De¡) amore festinantes. El obispo, por
su parte, corresponde a estas aspiraciones, igualmente por
amor a Dios, y le da, amore divino, en nombre de Dios y
en representación de Dios, el hábito clerical (18). Ahora le que­
da al clérigo, como obligación de estado y de honradez, el no
seguir ya sus caprichos, sus pensamientos y sus intereses par­
ticulares, sino el hacer las veces de la Iglesia en sus oraciones
ante Dios y el serle útil en todo aquello en que le sea posible.
No es pura casualidad, sino profundamente significativa, la cir­
cunstancia de que la tonsura, como manda el Pontifical,
se haga en el altar, aunque las rúbricas dicen expresamente
que puede hacerse cualquier día, a cualquier hora y en cual­
quier lugar. Y es que el altar es el principal lugar del culto,
el lugar más distinguido de la liturgia. Quien a él se acerca es
que lo busca y se consagra a su ministerio.

Disposiciones, interiores y exteriores. Al comienzo de la


ceremonia el notario te llama por tu nombre y tú respondes
lleno de gozo y sin vacilar: Presente. Adsum. ¡Que esta dis­
posición alegre a seguir la llamada del divino Maestro, la lla­
mada del obispo y de la Iglesia, no se disipe en ti jamás!
¡Que te acompañe más bien para toda la vida con este mis-

(17) I Cor. 4, 2.
(18) Fontif icale.
mo vigor! ¡ Que te lleve a su debido tiempo, paso a paso, has­
ta el sacerdocio y no permita que te canses en el ejercicio de
su ministerio, hasta que la última llamada del Señor te abra
las puertas del cielo y te conduzca "ante el elevado altar de
la divina Majestad"!
Por eso, antes de que el obispo comience la ceremonia
sagrada, el futuro clérigo se arrodilla; según una antigua tra­
dición, como signo de lo indigno que se cree de esta llamada
y de que la acepta humildemente como una gracia venida de
arriba, de las manos generosas y misericordiosas de Dios, y
de que, confiado en esta gracia, se pone a disposición de la
Iglesia. Esta ceremonia se repite en todas las demás Ordenes.
San Ambrosio alude a esta costumbre en su Hexameron. Do­
blemos nuestras rodillas ante todo para pedir perdón al Señor,
para aplacar su indignación, para hacer descender sobre nos­
otros su benevolencia. Y doblan sus rodillas el obispo que
ordena y el clérigo que recibe la ordenación porque ambos, a
su modo, prestan su colaboración a la gracia de Dios: el uno
dispensándola, el otro recibiéndola (19).

Conferentey sujetoquelo recibe

No es el futuro clérigo en persona, sino el mismo obispo


quien, como conferente, realiza la tonsura, y por cierto de mo­
do solemne. Con oraciones y ritos de la Iglesia. Bajo la invo­
cación de las tres divinas Personas, que viven y reinan por
los siglos de los siglos. Por mediación de nuestro divino Sal­
vador y Maestro, Jesucristo, y del Espíritu Santo. Ya en la
tonsura se hacen plenamente verdaderas aquellas palabras:
Ninguno se toma por sí este honor (20). Igual que en las
restantes Ordenes, el ingreso en el estado clerical es, sobre
todo, un don de arriba.
Como el futuro clérigo está destinado al ministerio ecle­
siástico, principalmente para el culto en la Iglesia, el culto
litúrgico — deputatur homo ad divinum cultum— , este acto
debe ser realizado por aquel que tiene capacidad para recibir

(19) A.: Hexaém eron VI, cap. IX , 74.


(20) Heb. 5, 4.
al candidato en el clero de su diócesis o de un monasterio
exento, que hace las veces de Padre en la diócesis o en el mo­
nasterio y es el Esposo de la Iglesia y su más elevado ministro:
el obispo o el abad, que son los que consagran también todo
lo que pertenece al culto, como el altar, los cálices y las ves­
tiduras litúrgicas (21).

Para recibir la tonsura exige el Pontifical estar confirma­


do, conocer las verdades fundamentales de la fe, saber leer
y escribir y sentir una sincera inclinación al servicio de Dios,
mientras que el Código de Derecho Canónico, como vimos,
exige además el propósito de ascender hasta el presbiterado
(2 2 ) . Se presupone además, junto con la decisión libre, el
haber acabado ya la filosofía y haber empezado la teología
(2 3 ) . Para la validez de la ordenación se requiere el ser va­
rón y estar bautizado. Además, el que va a ser hecho clérigo
debe, a juicio del obispo o del abad, ser necesario o útil para
ejercer algún ministerio en su Iglesia (24).
Estas son las cualidades que la Iglesia espera de todo el
que va a recibir la tonsura. Ahora vamos a ver cuáles son los
dones que pide a Dios para él y las obligaciones que le impone.

La s a g r a d a cerem on ia

Según todos los testimonios conocidos, las ordenaciones


comenzaban siempre con una oración solemne. Los motivos
para ello son evidentes. El mismo Cristo hizo preceder una
noche de oración a la elección de los Apóstoles (25). Después
de una oración en común, los Apóstoles echaron a suertes
para completar el número del Colegio, que había quedado in­
completo. Orando impusieron las manos a los primeros diá­
conos. Orando enviaron a Pablo y a Bernabé a la misión apos-

(21) Th. Suppl. 40, 2 ad 2; CIC. can. 964, n.” 1.


(22) CIC. can. 973 & 1; sobre la intención m ás necesaria, véase
m ás arriba.
(23) CIC. can. 971; 976 & ).
(24) CIC. can. 969 & 1.
(25) Le. 6, 12.
tólica (26). Ya las Constituciones Apostólicas nos transmiten
oraciones litúrgicas para la ordenación.

La sagrada ceremonia puede tener lugar fuera de la Misa.


Cuando se hace en la Misa se hace a continuación del Introito
o del Kyrie. Comprende dos partes. Primeramente la verda­
dera tonsura, a la que actualmente sigue la vestición. Primi­
tivamente fa vestición ocupaba el primer lugar.
Después de la llamada del candidato y de las encareci­
das oraciones deprecatorias de la Iglesia a Cristo, nuestro Se­
ñor, el obispo hace la tonsura mientras el coro canta el sal­
mo 15, Conserva me Domine, y el tonsurado pronuncia estas
palabras: El Señor es la porción de mi herencia y de mi
cáliz. Tu eres, Señor, el que me restituirás mi herencia. Una
corta oración deprecatoria del obispo encomienda al tonsu-
rado a la custodia del Altísimo y finaliza esta primera parte.

Reverendissim us in Christo P a­ El Rdmo. en Cristo, Padre y


ter, et Dominus, Dominus N., Dei, Señor N. N., por la gracia de
et Apostolieae Sedis gratia Epis­ Dios y de la S an ta Sede Apostó­
copus Ns. Sub excomm unicationis lica, obispo N., bajo pena de ex­
poena praecipit, et m andat om­ comunión m anda y ordena a to­
nibus, et singulis, pro suscipien­ dos y a cada uno de los aquí
dis Ordinibus hic praesentibus, presentes y que in ten tan recibir
ne quis forsan eorum irregu­ las Sagradas Ordenes, que de nin­
laris, aut alias a jure, vel ab guna, m anera presum an acercarse
hom ine excom m unicatus, inter­ a recibir las m ism as si son irre-
dictus, suspensus, spurius, infa­ gualares o excomulgados «a jure»
mis, aut alias a jure prohibitus, o «ato homine», si están en en­
sive ex aliena dioecesi oriundus, tredicho, suspensos, si son ilegí­
sine licentia sui Episcopi, aut timos, infam es o de cualquier
non descriptus, exam inatus, ap­ otra m anera im pedidos por dere­
probatus et nom inatus, ullo pacto cho, o, procedentes de otra dió­
audeat ad suscipiendos Ordines cesis, no tengan licencias de su
accedere. E t quod nullus ex or­ obispo, o no estén inscritos, apro­
dinatis discedat, nisi M issa fini­ bados y designados nom inalm en­
ta, et benedictione Pontificis ac­ te. Y que ninguno de ios orde­
cepta. nados se retire sino acabada la
M isa y recibida la bendición del
Pontífice.
El obispo da comienzo a la ceremonia después de que el
notario ha prohibido, bajo pena de excomunión, el acercarse
al altar a todo el que tenga alguna irregularidad, esté exco­
mulgado, suspendido, en entredicho o tenga algo prohibido
por el Derecho, no tenga permiso de su obispo o no haya su­
frido los exámenes prescritos. Ninguno de los ordenados po­
drá salir de la iglesia antes de haberse acabado la Santa Misa
y de haber recibido la bendición del obispo.

y . Sit nom en Domini benedic­ y. Sea bendito el nom bre del


tum . Señor.
Ex hoc nunc et usque in Ijt. Desde ahora y p ara siem­
saeculum. pre.
y. A djutorium nostrum in no­ y. Nuestro auxilio en el nom­
m ine Domini. bre del Señor.
IJ. Qui fecit coelum et terram . IJ. Que hizo el cielo y la tierra.
Oremus, fratres, charissim i, Do­ Oremos, am adísimos herm anos,
m inum Nostrum Jesum Christum a nuestro Señor Jesucristo por
pro his fam ulis suis, qui ad de­ éstos sus siervos que movidos por
ponendum comas capitum suo­ su am or se apresuran a dejar la
rum pro ejus am ore festinant, ut cabellera de sus cabezas, para
donet eis Spiritum Sanctum , qui que les conceda el Espíritu San­
habitum religionis in eis in pei> to que m antenga siempre en ellos
petuum conservet, et a m undi el hábito de la religión, y aparte
im pedim ento ac saeculari deside­ de sus corazones los obstáculos
rio corda eorum defendat; ut, si­ m undanos y los deseos del siglo;
cut im m utantur in vultibus, ita para que así como m udan el sem­
dextera m anus ejus virtutis tri­ blante, asi su diestra poderosa
buat eis increm enta, et ab omni les conceda, aum entos de virtud,
caecitate spirituali et hum ana y librando sus ojos de toda ce­
oculos eorum aperiat, et lumen guera espiritual y hum ana, les
eis aeternae gratiae concedat: conceda la luz de la eterna gra­
Qui vivit et regnat cum Deo P a­ cia. El, que vive y reina con Dios
tre in unitate ejusdem Spiritus Padre, en unión del mismo Es­
sancti Deus, per om nia saecula píritu . Santo, Dios por todos los
saeculorum , Arnen. siglos de los siglos. Amén.
P rim a ra oración d e p re ca to ria (antes de la cerem onia)

Invita a los circunstantes a la oración. La admisión de un


clérigo es un suceso que afecta a toda la comunidad. Todos
deben orar al Señor para que la tonsura no sea solamente un
acto externo, sino que vaya acompañada de gracias interiores.

Ante todo, el Señor les da su Espíritu Santo. El Espíritu


que ha legado a sus Apóstoles y a su Iglesia. Que no es otra
cosa que el Espíritu de Cristo, nuestro Sumo Sacerdote. Aquel
Espíritu de quien el Señor fue concebido, por quien entró en
la vida humana y que llevó su vida a su consumación en el
propio Sacrificio de la Cruz. Como Espíritu de Amor es El la
más preciosa recompensa a la entrega que hoy hace el clérigo
al doblar la cabeza y ofrecerse con todas sus fuerzas al ser­
vicio de Dios. El Espíritu Santo es lo más importante en el
estado clerical. Es la característica más íntima y más pro­
funda que separa y distingue a éste dei mundo. De El le
vienen su incomparable riqueza, su áms noble preeminencia,
su maravillosa fuerza, su inagotable fecundidad, su inexpre­
sable felicidad.
Sin El, este estado sería una continua contradicción con­
sigo mismo. Una vacía mentira, cuando no un engaño com­
pleto ante Dios, ante la Iglesia y ante el mundo. Los que per­
tenecen ai estado clerical deben ser portadores del Espíritu
Santo, lenguas del Espíritu Santo, vasos e instrumentos del
Espíritu Santo. Que este Espíritu — así lo pide el obispo— sea
para el tonsurado un verdadero Espíritu protector que le cu­
bra con sus poderosas alas. Bajo su protección coloca la Igle­
sia el hábito y el corazón del tonsurado.
Su hábito, para que lo conserve para siempre (ín perpe-
tuum), como lo ha recibido en estos momentos. La incons­
tancia humana puede fácilmente instigarnos a deponerlo. La
debilidad humana a perderlo. Las faltas humanas a manchar­
lo. Peligros interiores y exteriores lo rodean. El pecado y las
faltas lo profanan y lo deshonran. Que nos libre de ellos e!
Espíritu Santo, providente y protector, en todo tiempo y en
todo lugar. Conservemos, con su asistencia, puro e inmacula­
do, el hábito que se nos ha dado. Conservémoslo con venera­
ción y fidelidad, hasta volver a ponerlo en manos de Dios el
día de nuestra muerte. Llene el Espíritu Santo nuestro corazón
de una verdadera estima para con esta vestidura y nos la con­
vierta en una continua exigencia para vivir y trabajar más y
más cada vez por Dios y por la Iglesia, para dedicarnos y
consagrarnos completamente a las cosas de Dios, para ser
hombres de la Iglesia e imágenes de Cristo. Este hábito es
una señal de que no somos de este mundo (27), de que no so­
mos hijos y servidores de este mundo, sino de que somos de
arriba, de que el cielo es nuestra última patria y el lugar pro­
pio del culto litúrgico.
Por este motivo el Espíritu Santo protege y defiende la
inteligencia y el corazón del clérigo contra el espíritu del
mundo. Contra los ataques y los obstáculos que vienen del
mundo. Contra los deseos mundanales. Con demasiada fre­
cuencia nos vemos precisados a defender nuestra fe, nues­
tra conciencia, nuestros trabajos y nuestra Iglesia en favor de
Cristo. Entonces nos acordamos de que se nos ha dado el Es­
píritu Santo y de que El quiere ser nuestro guía y nuestro
auxilio y de que, apoyados en su fuerza, pero también en su
verdad, bondad y suavidad, llevamos la lucha dónde, cuándo
y siempre que sea necesario.
Que nuestro corazón pertenezca completa e indivisible­
mente a Dios y a su Iglesia. ¡Que nada del mundo, ni halagos
ni amenazas, nos separen de ellos I
¡ Cuántos obstáculos al Espíritu de Cristo y a nosotros
mismos se nos ponen en el camino! ¡Cuántos sentimientos y
tendencias humanas intentan desalojarlo de nuestro corazón!
Obstáculos por parte del mundo, que nos distrae día tras día
con innumerables naderías. Que nos cansa y nos malhumora
con cuidados de todo género. Que dificulta nuestros trabajos.
Que deshace nuestros planes. Que nos aparta de nuestros de­
seos de perfección. Que quiere hacernos interior y exterior-
mente semejantes a El, que quiere modernizarnos.
¡Qué fácilmente se apoderan de nuestro corazón los sen­
timientos y las tendencias del mundo! Estorban y paralizan
los efectos de la gracia. Apagan la voz de Cristo. Extinguen en
nosotros su Espíritu Santo. Dígnese, por eso, el divino Espíritu
protector, el Espíritu Santo de Cristo, llenarnos con su luz y
con su fuego, con su invicta verdad, con su feliz consolación,
y guardarnos como un sagrado refugio de Dios.

(27) Jn. 17, 16.


A esta petición siguen otras dos:
Así como la tonsura muda el aspecto del hombre, dígnese
la mano de Dios conceder al alma del clérigo aumento de vir­
tudes. Preservar los ojos de toda ceguera espiritual y humana.
Otorgarles la luz de la eterna gracia.
La tonsura lleva consigo una mutación corporal. Que sea
también un signo de la transformación del alma. Más aún, un
estímulo y una garantía de los progresos del alma en el cami­
no de la virtud. El interior del que se consagra a Dios debe
transformarse. Su alma debe recibir unos rasgos sagrados, im­
presos por el Espíritu Santo, y hacerse cada vez más seme­
jante a Dios. La virtud, mediante un proceso constante de
desarrollo espiritual, debe crecer y madurar. No puede per­
manecer siendo el hombre viejo. Debe hacerse otro, un hom­
bre santo de espíritu.
Especialmente, que se digne Dios abrir a la luz de arriba
los ojos del alma de! clérigo. Por el pecado original, y mu­
chas veces también por nuestras faltas personales, la fuerza
visual de éstos se ha nublado, quizá los mismos ojos han que­
dado lesionados, impuros e incapaces de adquirir o retener
una imagen clara y verdadera de Dios y del mundo. Al ministro
del Dios eterno y vivo no le bastan las opiniones humanas. Ne­
cesita la luz de la fe para poder ver y juzgar las cosas, a ser
posible, a la luz de la eternidad, a la luz de las últimas conse­
cuencias, a la luz de Dios. El ministro de Cristo y de la Iglesia
vive de la fe. Todo' lo que hace debe ayudarle a lograr la luz
eterna, a encontrar su más pleno desarrollo en la eterna luz
de la gloria.
Con esto se comprende ya por qué el ingreso en el estado
clerical lleva consigo la renuncia al adorno natural del cabello.
Es un menoscabo que sólo a la luz de la fe, y considerado
como sacrificio, es inteligible. Se hace este sacrificio por amor
a Dios y con el deseo de imitar la humildad del Dios-Hombre.
El cabello cortado simboliza igualmente, como pronto veremos,
la disposición y la obligación de servir. La tonsura hace sier­
vos de Dios y quita la corona de hombre libre. Por eso la ora­
ción del obispo le promete la corona de la luz de la gloria
eterna, la magnificencia de la eterna y verdadera libertad,
cuando posea el amor y la vida divinas. Entregamos una cosa
pequeña e insignificante y por ella esperamos una cosa gran­
ee v eterna. Sacrificamos una gloria perecedera y engañosa
y la transformamos en la libertad, la hermosura y la gloria
de la luz eterna. Todo lo que en adelante hagamos, sea grande
o pequeño, está dentro de la luz de esta eterna gloria y se
transformará un día en la luz de la bienaventuranza eterna.
Que el Espíritu Santo le conceda al clérigo una firme perse­
verancia en la vocación. Una verdadera victoria sobre el mun­
do. Un corazón invencible ante sus halagos. El crecimiento en
todas las virtudes. Una inteligencia abierta a las cosas de Dios.
Y luego, como recompensa, la eterna luz y la eterna gloria.

P rofesión del to n su rad o

A continuación el obispo le corta un poco el pelo de cua­


tro lugares de la cabeza y pronuncia, al mismo tiempo que
el clérigo, la breve fórmula de la profesión. Entretanto el
coro canta el Salmo 15, de donde se ha tomado esta fórmula.

Dominus pars haereditatis meae El Señor es parte de mi heren­


et ealiels m ei: tu es qui restitues cia y m i cáliz. Tú eres quien me
haereditatem m eam m ihi. restituirás mi herencia.
ANT. Tu es, Domine, qui resti­ Antífona. Tú eres, Señor, quien
tues haereditatem m eam m ihi. me restituirás mi herencia.
PSALMUS 15 SALMO 15
Conserva me Domine, quoniam Protégeme, Señor, que en Ti
speravi in te. Dixi Dom ino: Deus confío. Yo dije al Señor: Tú eres
meus es tu, quoniam bonorum mi Dios, que no tienes necesidad
m eorum non eges. de mis bienes.
Sanetis, qui sunt in terra ejus, E n los santos que m oran su tie­
m irificavit omnes voluntates meas rra me h a dado el Señor prodi­
in eis. gar mis liberalidades.
M ultiplicatae sunt infirm itates M ultiplican sus dolores quienes
eorum : postea acceleraverunt. ajeno dios a precio adquieren.
Non congregabo conventicula No quiero yo convocar sus
eorum de sanguinibus: nec me­ reuniones sanguinarias ni siquie­
m or ero nom inum eorum per la­ ra pondré sus nombres en mis
bia mea. labios.
ANT, Tu es, Domine, qui resti­ Antífona. Tú eres, Señor, quien
tues haereditatem m eam m ihi. me restituirás mi herencia.
Antífona. Habla de la seguridad de la herencia que el
tonsurado deja al juicio de Dios y sabe que en adelante está
en sus manos divinas, que a su tiempo se la devolverán de
nuevo. En modo alguno se dice que el clérigo entregue al obis­
po en la tonsura los bienes que posee o que renuncie a ellos
mediante un voto. La herencia de que habla la antífona es algo
más elevado que un bien terreno. Se trata nada menos que
del mismo Dios, como ya lo expresa ia fórmula de la confe­
sión, casi se podría decir de la profesión del clérigo: El Señor
es la porción de mi herencia y de mi cáliz: Tú eres, Señor,
quien me restituirá mi herencia. Perdida por el primer Adán,
se nos promete en el segundo Adán. Mientras peregrinamos
por la tierra, lejos de Dios, está aún, al menos en gran parte,
oculta para nosotros. Se nos dará cuando acabe nuestro tiem­
po de merecer aquí en la tierra. El salmista no quiere dar
a Dios bienes terrenos. Dios, que llena cielos y tierra, no los
necesita. El salmista quiere algo más. Desea construir su vida
sobre Dios, fundar su vida en Dios, mediante una viva y fuerte
esperanza; y esto con un reconocimiento claro y consciente
de Dios y de su ¡limitado poder: Tú eres mi Dios. Apoyado en
esta esperanza y con este conocimiento ruega: Señor, guár­
dame. Tú eres mi única seguridad y mi única esperanza. Tú
eres el único fin e ideal de mi vida. Tú eres mi todo. Mi Dios.
Este salmo salió por primera vez del corazón de David,
el rey salmista. El sacrificio del adorno de tu cabello va por
consiguiente acompañado por una canción real. Una canción
que se eleva rápidamente a la visión profética en la que se
unen un verdadero sentimiento real y una alegría sacerdotal.
Todo lo que puede desear un corazón lleno de ardiente
celo por las almas lo ve cumplido el salmista en el país de
Dios, en la Iglesia militante y aún más en la triunfante, bajo los
coros de los santos. Afluyen las almas, probadas y purificadas
por el dolor. Brota una familia totaimente nacida de Dios, cuya
herencia y cuyo señorío es Dios mismo. ¡ Dichosos los cléri­
gos que son admitidos en esta familia, que no está fundada
según módulos humanos, y cuyo ministerio sacrificial perte­
nece a un orden sagrado, espiritual, incruento! Su suerte y
su herencia son inapreciables. Entonces, alaba a Dios en ac­
ción de gracias. Pone en El toda su confianza. Lo más pro­
fundo de su ser se inunda de la más desbordante alegría. Ja­
más el Señor le permitirá a él ni a su alma venir a caer en
una bajeza. El le ha mostrado el camino de vida. Del rostro
de Dios brota una insospechada felicidad y la diestra del Om­
nipotente tiene el goce exquisito preparado para él. Desde en­
tonces el clérigo pertenece en verdad a un mundo que abarca
el cielo y ¡a tierra. Un mundo que vive exclusivamente para
Dios y que sólo en Dios encuentra su definitiva felicidad.

Si el Evangelio exhorta indistintamente a no atesorar in­


debidamente tesoros terrenos, ¡ con cuánta más razón debe el
clérigo librarse de las ataduras y anhelos opresores del mun­
do, ya que Dios es de un modo especial su porción y su es­
peranza! Ya en la Antigua Alianza Dios era la única heredad
de los levitas (28). Quien ha tomado sobre sus hombros car­
gos y ministerios eclesiásticos no puede dar un valor dema­
siado elevado ni decisivo a las cosas que son puramente hu­
manas y naturales. Más aún que el simple fiel debe buscar las
cosas que son de arriba, no las de la tierra (29). A él le in­
cumbe estimar en poco el bienestar terreno, desechar las fá­
bulas del mundo y los cuentos de viejas, permitir solamente
lo que de alguna manera fomente su piedad (30). El Apóstol
añade estas palabras alentadoras: Ejercítate en la piedad, en
la sobriedad y en la suavidad. Huye de los negocios juveniles
(juvenilia opera). Afirmado y enraizado en la gracia de Dios
prepárate para la lucha de la fe, desembarázate de los nego­
cios temporales (31). Feliz verdaderamente el hombre que
puede decir: El Señor es mi heredad (32). ¡Cuán rara vez se
encuentra sobre la tierra uno que pueda pronunciar estas pa­
labras! ¡Qué alejado tiene que estar de todo vicio! ¡Cuán
libre de toda mancha y de todo pecado, no teniendo nada de
común con este mundo! ¡No aspirando a ninguna cosa que
sea del mundo, conservándose libre de todo gusto sensual!
Un hombre a quien no excita ningún impulso impuro, a quien
no aguijonea la codicia, a quien no desacredita ¡a lujuria. Un
hombre a quien la codicia no le postra miserablemente en el
suelo, a quien no atormenta ni mortifica ningún movimiento
de envidia, a quien no desasosiega ningún cuidado por los ne-

(28) Niim. 18, 23; A.: De officiis m inistrorum 1, 50, 245.


(29) Coi. 3, 1.
(30) A.: De officiis m inistrorum 1, 36, 183.
(31) A.: 1. c. 1, 36, 184.
(32) Sal. 15, 5.
gocios temporales. Este hombre es un verdadero ministro del
altar. Nacido para Dios, no para sí mismo: verus minister al-
taris, Deo, non sibi natus (33).
Por cierto que la profesión que hace el tonsurado en este
momento solemne no significa un cumplimiento de la palabra
dada. Es sin embargo un valioso programa. Un ideal de per­
fección cristiana. ¡ Esforcémonos por acercarnos cada vez más
a él!
¡Felices de nosotros si el Señor nos promete y nos afir­
ma: Yo soy tu parte y tu herencia (34). A ti te he hecho mi
don para que sirvas a mi tabernáculo (35).

OREMUS OREMOS
Praesta quaesumus, omnipotens Te rogamos, Dios omnipotente,
Deus, ut hi famuli tui, quorum hagas que tus siervos, que por tu
hodie comas capitum pro amore am or hemos tonsurado, se m an­
divino deposuimus, in tua dilec­ tengan constantes en tu am or y
tione perpetuo maneant; et eos les guardes p ara siempre de toda
sine macula in sempiternum cus­ m ancha. Por Cristo Señor nuestro.
todias. Per Christum D. N. Arnen. Amén.
Lo que el amor ha comenzado llegue por el amor a su
más perfecto desarrollo. Como el obispo ha quitado al clérigo
el ornato del cabello por amor a Dios, que éste permanezca
perseverante eternamente en el amor de Dios y custodiado sin
mancha por Cristo. En adelante su vida debe ser una vida do
amor y de pureza. Esto no se consigue ni con las fuerzas ni
con el querer humanos. Cristo, nuestro Señor y Sumo Sacer­
dote, ayuda a cumplir todo lo que está sobre nuestras fuerzas.
El Señor llama a quien halla gracia delante de sus ojos y con­
vierte en un hombre temeroso de Dios a quien quiere (36).
Pidamos con la iglesia y con la liturgia que ei Dios eterno y
todopoderoso aumente en nosotros, sus siervos, el spiritus re­
ligionis, para conservar siempre esta gracia en nosotros (37).

(33) A.: In Ps. 118, serm o 8 , 3.


(34) Núm. 18, 20.
(35) Núm. 18, 6 .
(36) A.: In Ev. Le. 7, 27.
(37) Oración del Domingo VI después de Pentecostés.
S e g u n d a p a rte d e la cerem on ia s a g r a d a :
La vestición

Empieza con la Antífona Hi accipient y el Salmo 23. Des­


pués de bendecirles mediante una oración, el obispo da al
tonsurado el hábito eclesiástico. Concluye el acto una segun­
da oración y la exhortación del obispo.

ANTIPHO. Hi accipient bene­ A ntífona. Estos obtendrán la


dictionem a Domino, et miseri­ bendición del Señor y la miseri­
cordiam a Deo salutari suo: quia cordia de Dios, salvador suyo;
haec est generatio quaerentium porque éste es el linaje de los
Dominum. que buscan al Señor.
PSALMUS 23 SALMO 23
Dom ini est terra, e t plenitudo Del Señor es la tierra y cuanto
ejus; orbis terrarum , et universi ella contiene, el orbe entero y to­
qui b ab itan t in eo. dos sus habitantes.
Q uia ipse super m aria funda­ Porque El la h a fundado sobre
vit eum : et super flum ina prae­ los m ares y sobre las corrientes
paravit eum. de los ríos la h a afianzado.
Quis ascendet in m ontem Do­ ¿Quién podrá subir al monte
mini? aut quis stabit in loco sanc­ del Señor o quién perm anecerá
to ejus? en su lugar santo?
Innocens m anibus, et m undo El que tiene puras las m anos y
corde: qui non accepit in vano limpio el corazón, el que no con­
anim am suam , nec juravit in dolo serva su alm a en vanidad y no
proximo suo. ju ra con engaño a su prójimo.
Hic accipiet benedictionem a Este obtendrá la bendición del
Dom ino: et m isericordiam a Deo Señor y la m isericordia de Dios,
salutari suo. Salvador suyo.
Haec est generatio quaerentium Este es el linaje de los que le
eum, quaerentium faciem Dei buscan, de los que buscan el ros­
Jacob. tro del Dios de Jacob.
Attollite portas, principes, ves­ Levantad, príncipes, vuestras
tras, et elevamini, portae aeter- puertas; abrios, puertas eternas,
nalcs: et introibit Rex gloriae. y en trará el Rey de la gloria.
Quis est iste Rex gloriae? Do­ ¿Quién es ese Rey de la gloria?
m inus fortis et potens: Dominus El Señor, el fuerte y poderoso;
potens in proelio. el Señor, el héroe en la guerra.
Attollite portas, prinelpes, ves­ Levantad, príncipes, vuestras
tras, et elevamini, portae aeter- puertas; abrios, puertas eternas,
nales: et introibit Rex gloriae. y en trará el Rey de la gloria.
Qui est iste Rex gloriae? Do­ ¿Quién es ese Rey de la glo­
minus virtutum ipse est Rex ria? El Señor de los ejércitos. El
gloriae. es el Rey de la gloria.
ANTIPHO. HI accipient bene­ A ntífona. Estos obtendrán la
dictionem a Domino, et miseri­ bendición del Señor y la miseri­
cordiam a Deo salutari suo: quia cordia de Dios, Salvador suyo;
haec est generatio quaerentium porque éste es el linaje de los
Dominum. que buscan al Señor.

En la antífona aparece ante nuestra vista Dios el Señor


y Dios el Salvador. Dios el Señor reparte su bendición a los
elegidos. Sus ministros, entre los que se cuenta ya el joven
clérigo, forman un linaje escogido. Un linaje de verdaderos
buscadores de Dios en medio del ruido del mundo y del flujo
del tiempo.

El salmo que sigue a continuación da una imagen atra­


yente del reino de Dios, al que se ha consagrado el tonsurado,
y que es su porción y su herencia. "De Yavé es la tierrá y
cuanto la llena, el orbe de la tierra y cuantos la habitan".
Nada le falta. No hay nada que pueda comparársele. ¡ Cuán
rico y poderoso será su ministro! ¿Qué no tendrá cuando po­
sea a Dios? (38). No temamos, a pesar de nuestras flaquezas
y miserias. Quien ha fundado ei mundo sobre las profundi­
dades y las olas del mar y le ha edificado sobre las corrientes
de las aguas fugaces tiene suficiente poder para erigir el tem­
plo de nuestra vida y de nuestro trabcjo sobre un seguro fun­
damento; y para levantarlo sobre los remolinos del tiempo,
sin que los fundamentos se conmuevan y se vengan abajo.
Empleemos por consiguiente todos nuestros cuidados en
cosas más elevadas. A nosotros, los ministros de un Dios que
está por encima de cielos y tierra, debe movernos ante todo
una pregunta mucho más importante, la pregunta sobre la
eternidad, que todo lo decide: ¿Quién podrá subir al monte
de Dios? ¿Quién logrará y quién se atreverá a poner los pies
en el santuario de Dios?

(38) Agm. 715, a ss.


El estar unido a Dios de la manera más profunda es una
grada que no conviene a nadie que tenga un espíritu peque­
ño. Tampoco se da como recompensa a los que en sus obras
no pasan de una mediocridad. ¡No! Una gracia tan elevada se
consigue solamente por una lucha dura y difícil. ¿Por qué
camino y con qué medios? Piénsalo bien. Tu camino tiene a
Dios como fin. Se dirige a la divina cumbre. Dios ama las
montañas. Su tabernáculo está sobre sus más puras cumbres.
Desdeña los valles bajos y oscuros. Sólo en la eternidad de
Dios hallas tu descanso. Piensa en lo que se te exige. Consér­
valo en tu memoria de día y de noche, en casa y en la calle,
cuando estés solo y cuando estés con otros (39).
¿Dónde está este monte de los bienaventurados y este lu­
gar tan cercano a Dios? No hay que buscarlo en la tierra.
Como aclara San Hilario, es Cristo mismo. El monte de la
eternidad visto proféticamente por Isaías. El centro del uni­
verso sobre el que se eleva la ciudad de Dios (40). La ciudad
que consigue solamente aquel cuya vida está por encima de
lo terreno. Aquel que, muerto con Cristo, lleva una vida nue­
va. El monte de Dios no es solamente la Iglesia de este mun­
do. Abarca también la Iglesia triunfante. Es el Cristo total:
Cristo, la Cabeza, juntamente con su Cuerpo Místico glorifi­
cado en una celestial consumación.
¿Quién subirá a él?
El de limpias manos y puro corazón. El que no lleva su
alma al fraude y no jura con mentira. Ese alcanza de Yavé
bendición y justicia de Dios, su Salvador. Esa es la raza de
los que le buscan, de los que buscan el rostro del Dios de
Jacob. De los que desean ver la hermosura de Dios, su cle­
mencia y la majestad de su rostro sin velar. Otra condición,
no obstante, hay que cumplir. Quien quiera pisar el monte
santo sólo puede hacerlo siguiendo a Cristo, unido al cortejo
de los que Cristo conduce a la patria eterna como servidores
y miembros suyos, como cosecha y fruto de su redención.
Con El, su divino modelo y Maestro, debe atravesar las puer­
tas del Santo de los Santos de los cielos. No basta ni la virtud

(39) S. Hilario: In Ps. 14, 2. San Ambrosio en De bono m ortis,


cap. 12, 55, dice herm osam ente: Te seguimos, Señor Jesús. Pero para
que seamos capaces de seguirte, ven Tú a buscam os, a traernos a
Ti, pues sin Ti nadie puede alcanzar esta cumbre.
(40) H ilarius: 1. c. 5.
ni la pureza personales. Puro en sus acciones y en su conduc­
ta, puro de corazón, libre de toda apariencia y engaño, des­
ligado de toda falsedad, el feliz clérigo se ve enrolado en el
feliz séquito real de Cristo, y en el séquito triunfal de su di­
vino Maestro y Sumo Sacerdote, que entra en el eterno Ta­
bernáculo lleno de gloria y de poder. La vida santa de un le­
vita es por consiguiente como un peregrinar de Cristo por el
tiempo; de Cristo, de quien el levita es una creatura y un
miembro. Como una glorificación del divino Rey sacerdotal.
Su entrada en el Tabernáculo de Dios.
De ello habla la nueva vestidura, como imagen y prenda
de la vestidura real de la gloria con que Cristo mismo, como
Cabeza de todos los sacerdotes y levitas, como Cabeza de la
Iglesia universal, tomó posesión de una vez para siempre del
celestial Tabernáculo y entró en el descanso eterno a la dies­
tra del Padre. Grábalo profundamente en tu corazón. Una
vez clérigo, te haces, de modo especial, miembro del Rey sacer­
dotal que sobrepuja cielos y tierra. En El eres glorificado,
honrado y enriquecido. Tu Rey es un Señor fuerte y poderoso.
Un héroe, vencedor en mil batallas, es no sólo tu jefe, sino tu
Cabeza. Y tú eres un miembro de su Cuerpo. Por eso ¡ que
cubran tu camino hacia el templo de Dios los arcos de triunfo
de una justicia, de una magnificencia y de una pureza celes­
tiales! ¡Que sean éstos indicadores seguros que te señalen el
camino y te conduzcan a las puertas eternas del Santo de los
Santos! ¡Que los felices servidores de la eterna liturgia te
reciban en sus coros, y contigo, vestidos con las vestiduras
de la gloria, tributen al Señor de los ejércitos el culto de los
cielos I
El salmo se extingue con un Gloria Patri sumiso y em­
belesador. A continuación el obispo invoca la bendición del
Altísimo sobre el clérigo, que va a recibir ahora la vestidura
clerical. Que con espíritu piadoso y con perfecta entrega per­
severe en la Iglesia de Dios y en su servicio y, como premio,
reciba la vida eterna.

Oremus. Oremos.
(Diacono). Flectam us genua. Doblemos la rodilla.
]}. Levate. 1$. Levantaos.
Adesto, Domine, supplicationi­ Atiende, Señor, a nuestras sú­
bus nostris, et hos fam ulos tuos plicas y dígnate bendecir a éstos
bene »J. dicere dignare, quibus in tus siervos, a los cuales impone-
tuo sancto nom ine habitum sa­ mos en tu santo nom bre el hábito
crae regionis im ponim us; u t te de la san ta religión, p ara que
largiente et devoti in Ecclesia tu a por tu gracia m erezcan perm a­
persistere, et vitam percipere me­ necer devotos en tu Iglesia y re­
rean tu r aeternam . Per C hristum cibir la vida eterna. Por Cristo
Dom inum nostrum . R. Arnen. Señor nuestro. R. Amén.
In d u at te Dominus novum ho­ V ístate el Señor el nuevo hom­
m inem , qui secundum Deum crea­ bre que h a sido creado según
tus est, in ju stitia et sanctitate Dios en justicia y santidad ver­
veritatis. dadera.
OREMUS OREMOS
O m nipotens, sem piterne Deus, Dios om nipotente y sempiterno,
propitiare peccatis nostris, et ab perdona nuestros pecados y pu­
om ni servitute saecularis habitus rifica a éstos tus siervos de toda
hos fam ulos tuos em unda; u t dum servidum bre del hábito secular, a
ignom iniam saecularis habitus fin de que despojándose de ia
deponunt, tu a sem per in aevum ignom inia del mismo, gocen p ara
gratia perfruantu r; ut, sicut si­ siempre de tu gracia; y así como
m ilitudinem coronae tuae eos les hacem os llevar en sus cabe­
gestare facim us in capitibus, sic zas una sem ejanza de tu corona,
tu a virtute haereditaem subsequi así merezcan por tu gracia obte­
m ereantur aeternam in cordibus. ner Ja eterna herencia en sus co­
Qui cum Patre, et Spiritu sancto razones. T ú que vives y reinas
vivis et regnas Deus, per om nia con el Padre y el Espíritu Santo,
saecula saeculorum, Dios, por los siglos de los siglos.
9 . Arnen. R. Amén.

El hombre nuevo. El Señor — esto quiere decir la ora­


ción— dé a tu alma una nueva defensa y un nuevo ornato es­
pirituales. Convierta en una nueva imagen tu exterior y tu in­
terior. En una copia limpia y fiel del Dios-Hombre. Te revista
y te penetre de Cristo, el hombre nuevo. Te llene con una
nueva vida. Te convierta en otro Cristo.
Lo que tienes por naturaleza y lo que has conseguido me­
diante las fuerzas naturales no te basta. Todo lo que has ad­
quirido por diligencia humana, por la virtud humana, por la
ciencia y el poder humanos, estímalo muy poco. En ti debe
brotar algo nuevo. Algo que sólo Dios con su poder y su mi­
sericordia es capaz de crear. Un hombre nuevo formado por
Dios, creado por Dios en verdadera justicia y santidad; uri
hombre que es capaz, que está resuelto y que tiene el propó­
sito de vivir una vida nueva, santa, divina.
Las palabras no expresan un efecto sacramental (opus
operatum). Contienen un deseo ardiente, una implorante ora­
ción de la Iglesia, que con seguridad será oída si nosotros,
por nuestra parte, no ponemos obstáculos en el camino.

Hombre nuevo. Esto significa algo incomparablemente


más que un nuevo estado. Supone una nueva vida, un nuevo
nacimiento, una nueva creación. En concreto: supone un nue­
vo Cristo.
El nuevo hombre, conforme a los sentimientos de Dios,
es una nueva imagen que Dios imprime en tu alma. Un retra­
to del alma (anima a Deo pingetur), en el que brillan la
pobreza y la virtud, y que irradia el más limpio resplandor
de una íntima piedad para con Dios. Un espejo de la obra de
Dios. Un resplandor de la gloria divina. Una imagen del mis­
mo Padre de los cielos. Una pintura de gran valor (pictura
pretiosa) (41). Tú eres por consiguiente formado por Dios.
La mano de Dios está haciendo en tu interior una pintura. Es
un artista y un pintor quien la lleva a cabo. ¡Guárdate de bo­
rrarla! (42). El desfigurarla o falsearla sería un grave sacri­
legio. Sería un grave error si tú creyeras que un hombre pue­
de formar la imagen de tu alma mejor que Dios. ¡Qué triste
para ti si Dios tuviera que decirte: No veo los colores que yo
había puesto ni conozco la imagen que yo había pintado. Este
no es el rostro que yo había hecho. Rechazo todo lo que no
hice yo. Ve con quien te hizo y conserva con él tu amistad.
Busca el favor de aquel a quien tú diste su recompensa por
su trabajo. ¡Ay de ti! ¿Qué responderás tú? (43). Y peor to­
davía aquel que no sólo falsea la obra de Dios, sino que hasta
la destruye. Por eso, reconócete a ti mismo alma adornada
por Dios. Reconoce que eres imagen de Dios. Que eres gloria
de Dios. Reconoce cuán grande eres y cuídate de no caer en
los mortales lazos del demonio, el cazador de las almas, ni
en las fauces del león infernal (44). Cuida la vestidura lim-

(41) A.: Hexaem eron 6 , 7, 42.


(42) A.: 1. c. 6 , 8 , 46.
(43) A.: 1. c. 6 , 8 , 47.
(44) A.: 1. c. 6 , 8 , 50.
pia que te ha confiado la Iglesia, para que no se te convierta
én un acusador y un bochorno cuando aparezcas ante la pre­
sencia de tu Maestro y Sumo Sacerdote. Cuida el hombre nue­
vo en los diversos trabajos y esfuerzos de cada día. Cuídate
cuando trabajas y cuando descansas. Cuando estás acompa­
ñado y cuando estás solo. Cuando ejerces tu ministerio en la
iglesia y cuando estás fuera de ella. Novus homo — creatus—
secundum Deum I Sea esto la ley de tu vida, el compás de tu
camino. Entonces tu vida, sin ningún lugar a duda, será una
vida espiritual, una vida de verdadera justicia y santidad.
La magnífica expresión "hombre nuevo" la debemos a
San Pablo (45). El Apóstol exige de los Efesios el despojarse
del hombre viejo y de su antigua conducta, pues está viciado
por la corrupción del error. Para ello deben rejuvenecer su
espíritu y su inteligencia, renovarse y hacerse hombres nue­
vos. Esto se hace revistiéndose del hombre nuevo, que no es
obra de la naturaleza, ni fruto de la raza humana, que no se
forma por voluntad del hombre, sino que es formado y crea­
do nuevamente por Dios en justicia y santidad verdaderas.
Con este revestimiento diario del hombre nuevo está fuerte­
mente unido el despojarse del viejo, lo cual solamente pode­
mos hacerlo con la ayuda de la gracia. Despójate del hombre
viejo. Por tanto, desde ahora, no más mentira, sino verdad.
No más voluntad de pecado. No más condescendencia con el in­
flujo del maligno. No más hurtos, sino trabajar para poder
dar a los demás. No más palabras ásperas, sino palabras de
edificación para ser grato a los oyentes. Guárdate de contris­
tar al Espíritu Santo. Aleja de ti toda amargura, arrebato, có­
lera, indignación o blasfemia. Hay que arrancar d^ cuajo y
desechar toda malicia. Más bien hay que ser compasivos, per­
donándonos los unos a los otros, como Cristo nos perdona. El
hombre nuevo copia a Dios, camina en caridad, como Cristo,
que nos ama y se ofrece en Sacrificio. El hombre nuevo es
santo. Libre de toda torpeza. Libre de toda palabra inconve­
niente o necia. Lleno de agradecimiento. El hombre nuevo es
luz en el Señor. Un hijo de la luz. Su fruto es todo bondad,
justicia y verdad (46).
Del hombre viejo debemos despojarnos, quitándole sin
compasión todo cuanto hasta ahora, por error, poseía como

(45) Ef. 4, 24.


(46) Ef. 4, 22; 5, 9.
suyo propio. Despojarnos de él con todas sus acciones. Sobre
todo con el modo de sus acciones, con el modo de ver, de
hablar, de obrar, de pensar, de juzgar. Una inmensa tarea.
Revistámonos del nuevo, que no sabe nada de goces indignos,
de suaves atractivos, de coqueterías y juegos prohibidos. En
quien más bien se encuentran un esforzado trabajo y escru­
pulosidad. Jamás el cielo acojerá en su seno a hombres ener­
vados por un culto exagerado a su cuerpo, por la molicie y
la lascivia. No, el cielo se alcanza solamente por el camino de
una virtud verdadera alcanzada mediante el esfuerzo. Quien
viviendo licenciosamente perdió su dignidad y su hacienda,
queda arrojado de las puertas del reino celeste para envejecer
miserablemente en las moradas de este mundo (47).
Con Cristo comenzó la era de la nueva nativitas, en la
que respira el mundo creado de nuevo. Que desvanece todo
lo viejo y anticuado en los hombres. Que a nosotros, los hom­
bres, nos santifica y nos lleva a la libertad; nosotros que hace
tiempo esperábamos esclavizados bajo el viejo yugo del pe­
cado. Desde entonces. Cristo, el hombre nuevo, Padre de una
nueva generación venida de Dios, es para sus miembros el da­
dor de una feliz inmortalidad (48). Comienza un nuevo modo
de vida. Un mundo espiritual con nuevos fines y nuevas fuer­
zas, con nuevas leyes y nuevas obligaciones. El hombre nuevo
nacido de Dios, que como miembro del Hombre-Dios vive en
El y de El, cuya vida es Cristo mismo. Todo cristiano está
instalado en este nuevo mundo, en este nuevo orden de vida.
¿Podría conciliarse que el clérigo prescindiera de él o creyera
poder escapar a él? Para ello no sólo hemos nacido en Cristo
para una nueva vida, sino también hemos resucitado en El
y en su vida. De este misterio, de esta alegría, de esta victoria
de la Pascua brota espontáneamente todo cuanto San Pablo
nos anuncia como programa de la nueva vida: Buscad las co­
sas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios;
pensad en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Estáis
muertos y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios.
Cuando se manifieste Cristo, vuestra vida, entonces también
os manifestaréis gloriosos con El. Mortificad vuestros miem­
bros terrenos, la fornicación, la impureza, la liviandad, la
concupiscencia y la avaricia, que es una especie de idolatría...

(47) A.: In Ev. Le. 5, 108.


(48) Texto de la M isa de Nochebuena.
Deponed también todas estas cosas: ira, indignación, maldad,
maledicencia y torpe lenguaje. No os engañéis unos a otros;
despojaos del hombre viejo con todas sus obras y vestios del
nuevo, que sin cesar se renueva para alcanzar el perfecto co­
nocimiento según la imagen de su Creador... Como elegidos
de Dios, santos y amados, revestios de entrañas de misericor­
dia, bondad, humildad, mansedumbre, longanimidad (49). Un
camino así nos trae el recuerdo de la muerte y del sepulcro.
Pero su fin es vida. La imagen que tú depones en el hombre
viejo está destinada al pecado y a la muerte; la nueva está
limpia y consagrada a la vida.
Esencialmente, este hombre nuevo es una participación
de la vida de Cristo, que nos fue dada por primera vez sacra­
mentalmente en el bautismo, y que el clérigo, fortalecido por
la oración de la Iglesia, y movido por motivos nuevos, se sabe
obligado por su estado a aumentar y a profundizar más que
hasta ahora y más que puede hacerlo un seglar.
El estado clerical. De la nueva actitud espiritual del ton­
surado, así como de su nueva relación permanente para con
el ministerio de Dios y de la Iglesia, nace su nuevo estado:
el estado clerical. Se ha inscrito libremente y por untiempo
ilimitado a este ministerio y quiere llevar una vida conforme
a sus exigencias. Por consiguiente en adelante, por lo que a
esto respecta, ya no es totalmente dueño de sí mismo o, como
dice expresamente Santo Tomás, sui juris. Las obligaciones
recibidas, juntamente con el reconocimiento por parte de la
Iglesia, le instalan en el estado clerical (50).
La tonsura es la que hace a uno clérigo. Esto lo dice ya
el título del Pontifical: De clérigo faciendo. Esta palabra re­
vela que en este momento se echa una suerte, se da y se re­
cibe una suerte. Esta suerte no es otra que el Señor. Los clé­
rigos son porciones de Cristo y participan de su suerte: de
sorte sunt Domini. Cristo mismo es quien les cae en suerte,
como una excelente suerte: Procure por consiguiente el clé­
rigo responder al significado de su nombre y tomarla en con­
sideración : nitatur esse quod dicitur. Ordena por eso tu vida
de modo que poseas verdaderamente al Señor y el Señor te
posea a ti (51). La tradición eclesiástica ha interpretado siem-
(49) Col. 3, 1-12.
(50) Cfr. Th. II-II, 183, 1.
(51) Hieronym us: Ep. 52, 5.
pre esto diciendo que el clérigo no debe abarcar nada con el
mismo amor y con la misma estimación con que debe adherirse
a su Señor. San Pablo tiene aún otra exhortación: Que quien
se ha consagrado al ministerio del Señor no se embarace con
los negocios de la vida (52) ni busque en el estado clerical
una ganancia temporal. No son los bienes temporales vitupe­
rables, sino el deseo desordenado de ellos. Non cursus in cri­
mine, sed affeetus (53).
El estado clerical es un estado de libertad espiritual. Un
estado de libertad servicial. Servir a Cristo es reinar. Servir a
Cristo en nuestros prójimos supone que estamos libres de nos­
otros mismos y del mundo, de sus halagos y gustos. La Igle­
sia sabe que nosotros, los hombres, somos débiles, frágiles,
inclinados al pecado, inconstantes, instrumentos de los ideales
divinos, que fácilmente nos desgastamos. Reconociendo esto
humildemente, dirige su mirada a Cristo, el Dios omnipotente
y eterno, cuya voluntad no conoce obstáculos, cuyo poder no
conoce contradicciones, cuya fuerza no conoce la debilidad y
que, inmutable en sí mismo* y en sus obras, tiene en sus ma­
nos el tiempo y la eternidad. Para siempre y por los siglos de
los siglos, El es el Santísimo, de quien procede toda virtud y
toda pureza; el Misericordiosísimo que indulgentemente per­
dona nuestros pecados. Que este Cristo eterno y bondadoso se
digne con su favor y con su gracia, purificar y conservar puro
a su ministro de todo lo innoble, de todo lo indigno, de todo
lo servil que pueda ir ligado al vestido del mundo por su co­
nexión con el pecado original. No en vano se ha desprendido
hoy de él el clérigo. Su exterior, por consiguiente, no recuerda
ya nada de lo afrentoso que tal vez pudiera significar un ves­
tido del mundo desprovisto de toda dignidad y significación
espiritual. El vestido del hombre nuevo es un don del nuevo
Adán y una prenda de salvación. Habitus ignominiae. Esta
expresión nos trae a la memoria las palabras de San Pablo:
¿N o os enseña la misma naturaleza que el varón se afrenta si
deja crecer su cabellera? (54). Sobre todo si está orando
ante Dios.

(52) II Tim . 2, 4.
(53) Th. Suppi. 40, 3. Cfr. AL: In IV sent. d. 24, B, a 15: bene
possunt cogitare terrena in ordine ad coelestia, quia hoc m eritorium
est... non retrahendo cogitatum a coelestibus, sed terrena ut terrena
non debent cogitare.
(54) I Cor. 11, 14.
La Iglesia preceptúa al clérigo llevar la tonsura en su ca­
beza, imagen de la divina corona. Que con la fuerza de Dios
consiga para su corazón y para su inteligencia la fuerza eter­
na. En medio de los trabajos y padecimientos, cuando seamos
atendidos y cuando seamos despreciados por los hombres, en
los éxitos y en los fracasos, este signo nos trae a la memoria
diariamente y aun cada hora la corona espléndida, gloriosa,
esclarecida con que Cristo, el Rex gloriae, entró en el Taber­
náculo como vencedor del tiempo y de la muerte, del mundo
y del pecado, cubierto de gloria, entre los cánticos de los biena­
venturados. No olvidemos que por la tonsura hemos sido ads­
critos de nuevo a este Rey, hemos sido tomados en su cortejo
de honor, entre sus ministros, para tomar parte ahora en su
humillación, en sus padecimientos, en su luz, en sus trabajos
y luego en su gloria y en su alegría.
Así aparece el joven clérigo con el ornato real de su há­
bito clerical. Una imagen de la divina corona en la cabeza y
la magnificencia de una celestial vestidura de gracia. Libre de
toda esclavitud terrena y pecaminosa. En presencia de la Igle­
sia y del pueblo, habilitado ante los ojos de Dios para la he­
rencia de los más elevados bienes de la eternidad. Un porten­
to del Espíritu Santo, bajo la protección de Cristo, que con el
Padre y el Espíritu Santo, vive y reina, Dios, por los siglos de
los siglos.

U ltim a exh ortació n

Filii charissim i, anim advertere Hijos m uy amados, debéis te­


debetis, quod hodie de foro Ec­ ner m uy presente que hoy habéis
clesiae facti estis, ct privilegia entrado en el gremio de la Igle­
clericalia sortiti estis. Cavete igi­ sia y disfrutáis de los privilegios
tur, ne propter culpas vestras illa clericaels. Procurad, pues, no per­
perdatis; et habitu honesto, bo­ derlos por vuestra culpa, y cuidad
nisque moribus, atque operibus de agradar a Dios con vuestro
Deo placere studeatis. Quod ipse porte honesto, buenas costum bres
vobis concedat per Spiritum sanc­ y buenas obras. Lo cual El m is­
tum suum. mo os lo conceda por su Espíritu
]J. Arnen. Santo. 9 . Amén.
Prerrogativas de estado. Para el clérigo, el privilegio de
estado más importante es el privilegium fori (55). Este privi­
legio no intenta favorecer a los transgresores de la ley librán­
doles del castigo de la justicia, sino guardar el honor de la
Iglesia, del estado clerical y de las personas eclesiásticas. El
clérigo es juzgado por el obispo y por el tribunal eclesiástico,
para evitar el escándalo que podría causar el ver a un ministro
de Dios extraviado y sometido al castigo. El que violentamente
pone las manos en el clérigo comete un sacrilegio y cae en
excomunión reservada al ordinario y a los castigos que éste
juzgue prudente infligirle (56). Solamente los clérigos pueden
obtener la potestad, ya de orden, ya de jurisdlcaión eclesiás­
tica y beneficios o pensiones eclesiásticas (57). El clérigo me­
rece la estima correspondiente por parte de los fieles. Por de­
recho eclesiástico está exento del servicio militar y de los car­
gos y oficios públicos civiles ajenos al estado clerical (58).
Ningún clérigo, mientras lo sea, puede renunciar a estos
privilegios, pues se trata de privilegios de estado y no perso­
nales (59). Por el contrario los pierde si vuelve al estado lai­
cal o se le priva para siempre del derecho de usar el traje
eclesiástico (60).
I Qué seriedad hay en estas palabras: guárdate de perder
por culpa tuya estos privilegios! Sería una injusticia para con
Dios, para con la Iglesia y para con el estado clerical, que en
el día de hoy te recibe con esta confianza y te rodea de tal
honor. Esfuérzate más bien en agradar a Dios con tu vestido,
con tus costumbres y con tus obras.

A los privilegios se unen las obligaciones. La Iglesia exi­


ge que el clérigo lleve el traje eclesiástico y no use otro nin­
guno, a no ser por un motivo grave, teniendo en cuenta las
costumbres de los distintos países y las prescripciones del
obispo. El traje sea decente. Un espejo de la pureza y del
cuidado del alma; limpio, aunque sea pobre. Los vestidos de-
(55) P ontificale; OIO. can. 120 & 1, can. 2.341.
(56) CIC. can. 119; can. 2.343 & 4.
(57) Id. 118.
(58) Id. 121.
(59) Id. 123; id. 2.348.
(60) Id. 123; Id. 2.304; id. 2.305.
(N. del T.) Artículo XVI, núm eros 2-7, m odifica esta concepción del
privielgío. (Concordato con España).
masiado cuidados hacen al sacerdote afeminado y llevan ya
consigo algo femenino. El vestir femenino, el aspecto dema­
siado acicalado y las costumbres amaneradas son algo que
repugnan al hombre nuevo creado por Dios en nosotros (61).
El clérigo debe mantenerse alejado de todo aquello que
desdice de su estado, como son las profesiones indecorosas,
los juegos de azar, las especulaciones monetarias, la caza cla­
morosa, la entrada en las tabernas (62). Igualmente le está
prohibido el ejercicio de profesiones y cargos prohibidos por
el derecho eclesiástico (63). Todo esto para que pueda dedi­
carse más seriamente al ejercicio de las virtudes cristianas.
¿Por qué, pregunta San Ambrosio, no dedicar el tiempo libre
al estudio? ¿Por qué no buscar a Cristo? ¿Hablar con El, es­
cuchar su voz? Con Cristo hablamos cuando oramos. Escu­
chamos su voz cuando leemos la palabra de Dios. ¿Para qué
esas visitas sin finalidad ninguna a las casas de los extraños?
Hay una casa, la iglesia, que es suficiente en extremo para
abarcar todas las demás. Deja más bien que los demás ven­
gan a nosotros antes que ir nosotros a ellos. ¿Qué pretende­
mos hacer con nuestras inútiles conversaciones? Nuestra obli­
gación de estado es el ministerio del altar, no el ser cortesa­
nos de los hombres. Nuestro deber es la humildad, la suavi­
dad, la mansedumbre, la seriedad, la paciencia, la modera­
ción en todas las cosas (modum tenere in ómnibus), de modo
que tanto nuestro silencio como nuestras palabras no tengan
falta alguna (64). Expresamente el santo pone en guardia al
clérigo contra la ira no dominada (65) y le recomienda el
cuidado del decorum, el arte de la palabra sociable, bien pen­
sada, suave y amistosa, que gana el corazón por la dulzura y
la bondad, que sabe evitar toda ofensa, que está libre de toda
terquedad pendenciera que sólo plantea temas sin sentido y
nunca saca nada de provecho. Disputar, pero sin acalorarse;
comportarse de modo agradable y grato, pero sin un dejo
amargo; alentar, pero sin dureza; exhortar, pero sin soltar
denuestos. Así debe ser y en esto debe distinguirse la manera

(61) Id. 136 & 1; A.: In Ev. Le. 5, 107 s.


(62) CIC. can. 138.
(63) Id. 139-142.
(64) A.: De officiis m inistrorum 1, 20, 68 s.
(6-5) A.: 1. c. 1, 21, 96 s.
de hablar del clérigo (óó). Habla solamente de aquellas cosas
sobre las que es necesario hablar o cuando hay motivos para
ello. He aquí una regla de oro, si bien difícil de guardar:
Cuando hables, comienza cuando haya motivo para ello y aca­
ba a su debido tiempo. Habeat caput eius rafionem et finís
modum. El mucho hablar de una manera pesada irrita y exas­
pera. Tu manera de hablar debe ser correcta y limpia, senci­
lla, clara, abierta, seria y llena de contenido, sin afectación,
sin olvidar una forma bella y cuidada (non intermissa gratia).
El santo, como lo hace también San Juan Crisóstomo, se mues­
tra duro para con las bufonadas que no tiene nada de fino ( 6 7 ).
Tu voz debe ser clara y sin afectación. Tu pronunciación dis­
tinta. Tu tono varonil, sin ser áspero o palurdo, sin una afec­
tación teatral, lleno de vida y de santa unción (68).
Conocido es de todos cuán apremiantemente aconseja y
exhorta la Iglesia a sus clérigos a consagrarse a la vida inte­
rior y al estudio (69). El pueblo cristiano espera del sacerdote
no sólo la correcta ejecución del ministerio eclesiástico, sino
también la exterior manifestación de una verdadera virtud (70).
Por su estado están obligados a llevar una vida interior más
santa que la de los seglares, y deben ser para éstos modelo
de virtud y de buenas obras (71).

S ign o s s a g r a d o s: La tonsura

La costumbre de cortar la cabellera en ciertas circunstan­


cias y por ciertos motivos la encontramos ya antes del cristia­
nismo entre los paganos y los judíos (72). Aunque no siem­
pre, frecuentemente va unido a ella el pensamiento de la en­
trega y el sacrificio de sí mismo. Ver la cabeza es ver al hom­
bre y reconocerle. Por eso se rodean de honor los bustos de

( 66 ) A.: 1. e. 1, 22, 99.


(67) A.: I. c. 1, 22, 100-101; 23, 102-104.
( 68 ) A.: 1. c. 1, 23, 104.
(69) CIO. can. 125 s .; can. 128 s.
(70) In Ev. Le. 7, 29.
(71) CIC. can. 124.
(72) Cfr. Act. 18, 18; 21, 24.
los príncipes y de los emperadores. Un cuerpo sin cabeza no
sería un hombre. A ia cabeza obedecen los demás miembros
como a su consejero y guía. La cabeza posee un ornato seña­
lado que consiste en ei ornato del cabello. ¡Qué bella es la
cabeza del hombre! ¡Qué atractivo su cabello! ¡Qué'digno
en los ancianos, qué encantador en los jóvenes, qué gracioso
en los n iños! El adorno del cabello se parece a la frondosa
copa de los árboles. De ella cuelga el fruto y en ella está la
belleza del árbol. Su espeso follaje proteje de la lluvia y del
calor. Corta al árbol su follaje y le has dejado feo y sin gracia.
Según esto, mucho más significativo tiene que ser el ornato de
la cabeza del hombre, ya que aquél, con su cabello, rodea y
cubre el lugar y el emplazamiento de nuestra sensibilidad para
que no sufra detrimento ni por el frío ni por los ardores del
sol. Según una opinión muy extendida en la antigüedad, en
la cabeza está la fuente de toda nuestra vida. La cabeza es la
que percibe y experimenta todo cuanto a ti se te hace, bien
para agraviarte, bien para honrarte (73). Por consiguiente, el
renunciar al ornato del cabello no es un sacrificio pequeño.

Según las rúbricas, el obispo corta el extremo de la ca­


bellera en la frente, en la parte posterior de la cabeza, a am­
bos lados de las orejas y por fin en la coronilla de la cabeza.
Esto como señal de la entrega y del sacrificio que el clé­
rig o 1hace con el adorno de su cabeza a Dios por amor a El.
Aquí se expresa de modo sensible una renuncia verdadera y
duradera, que encierra una entrega — si bien limitada— de la
persona, y es como una especie de consagración a Dios y a su
Iglesia, que en nombre de éstos recibe el obispo.
Otro significado tiene la tonsura. El clérigo se ha hecho
ministro de la Iglesia. ¡La tonsura es la señal exterior! Es
cierto que es una corona real, pero es también al mismo tiem­
po una señal para reconocer al ministerio y al ministro. Sig-
naculum quo signatur ¡n partem sortis ministerii (74). Los
clérigos están sometidos al obispo de un modo especial y se
disponen a recibir la ordenación. Necesitan por consiguiente
que el obispo los vigile. La tonsura expresa esta relación. Per
coronam ad manum et agnitionem Episcopi instituti sunt (75).

(73) A.: Hexaemeron 6 , 9, 56.


(74) Lombardus : Sentent. IV, d. 14.
(75) Al.: In IV sent. d. 24, B, a. 13.
Esto no quiere decir que la tonsura, al igual que el carác*
ter, lleve consigo una corona de príncipe. Deo serviré regnare
est. Los ministros de la Iglesia son reyes y soberanos que se
guían a sí mismos y guían a otros (76). Todos nosotros somos,
por consiguiente, un linaje escogido, un sacerdocio real. Coro­
na est signum regni. Por consiguiente un signo de la grandeza
del reino de Cristo, a cuyo servicio está el clérigo. Igualmen­
te un signo de la grandeza de la dignidad propia, que le com­
pete en cuanto ministro de Cristo elegido y públicamente depu-
tado para ello (77).

Una figura muy remota de la tonsura eclesiástica era la


de los nazarenos, que se pelaban al rape la cabeza, porque "no
había llegado todavía el tiempo del sacerdocio real y perfec­
to" (78). De todos modos, el nazareno daba a entender que
practicaba la continencia y que ofrecía a Dios un sacrificio. El
pelo que entregaba a la entrada del tabernáculo como símbolo
de su consagración (caesaries conversationis suae) era echa­
do al fuego por el sacerdote y ardía bajo el sacrificio pací­
fico (79).
Por su forma circular, la tonsura es también como el
símbolo de la perfección moral que compete al clérigo. Quien
se consagra al servicio de Dios recibe una dignidad real, pero
con ella, al mismo tiempo, la obligación de tender a la perfec­
ción : perfecti in virtute esse debent. La figura del círculo es
la más perfecta y la más cerrada de todas. Bajo este respecto,
simboliza la vida y el carácter del tonsurado (80).
Frecuentemente se vio también en la tonsura una imagen
de la corona de espinas de Cristo. Lo que los enemigos inven­
taron maliciosa y burlescamente, lo lleva ahora el ministro de
Cristo, por amor, como un honor especial. Para ornato y glo­
rificación de su Maestro y para gloria de su propia perso­
na (81). Así, pues, se te señala con el signo del Salvador pa­
ciente. No reniegues de El, si le ves padecer en tu prójimo o
en la Iglesia. No reniegues de El si te llama a tomar parte en

(76) Lom bardus: Sentent. IV, d. 14.


(77) Th. Suppl. 40, 1.
(78) Id. ad 2.
(79) Núm. 6 , 18.
(80) Th. Suppl. 40, 1.
(81) Catecbism us R om anus; P ars II, cap. 7, 14.
su Cruz. No reniegues de El con tus palabras. Predica al Cru­
cificado. Predica el crucis mysterium. Es lo único que lleva a
la resurrección y a la gloria.
El Pontifical no excluye esta significación, puesto que dice
en la oración final: similitudinem coronae eos gestare fecimus
¡n capitibus, aunque estas palabras pueden entenderse también
de la corona celeste de nuestro Rey de la gloria que canta el
Salmo 23v

En otro sentido la tonsura es como un desprecio del ca­


bello basada en la poca estima por los bienes sensibles, terre­
nos, perecederos, y en la vacuidad de los cuidados huma­
nos (82). El corazón y la inteligencia del clérigo deben estar
dedicados a la contemplación y no oprimidos y aprisionados
por las tareas terrenas y temporales. El cabello es un adorno
y un velo (83): adorna y cubre. Ahora bien, el espíritu del
clérigo debe estar en todo tiempo abierto a lo divino. Por este
motivo depone el velo del cabello de su cabeza, que era un
obstáculo. Su espíritu no debe estar impedido, sino libre para
dirigirse a Dios y su mirada debe en todo tiempo estar diri­
gida, sin obstáculos de ninguna clase, a la gloria de Dios (84).
Pedro Lombardo en su Comentario procede aún más de­
talladamente. La tonsura se hace en la coronilla y en el lugar
que está sobre los ojos y las orejas. Lo primero se hace mi­
rando a la inteligencia, que de este modo queda abierta a
Dios, a su gracia y a sus impresiones. Y es que los misterios
divinos no deben ser extraños y desconocidos para el clérigo.
Por el contrario, la tonsura sobre los ojos y oídos nos recuer­
da que deben ser arrancadas las pasiones que dominan el co­
razón por los sentidos, para que el clérigo disponga de la
prudencia de un corazón puro (85) y su espíritu oiga y en­
tienda sin trabas la palabra de Dios. La coronilla rapada sig­
nifica la abertura de los sentidos (86),
En un sentido amplio puede también decirse: La cabeza
es la sede de la fantasía, del entendimiento, de la memoria y

(82) id.
(83) Cfr. I Cor. 11, 1 s.
(84) Th. Suppl. 40, 1.
(85) Lom bardus: Sentent. IV, d. 24.
( 86 ) Ct. 1, 141.
de la voluntad. La tonsura por consiguiente exhorta a una san­
ta autodisciplina, a una santa vigilancia, a una guarda de nues­
tros pensamientos, representaciones, recuerdos, deseos y pro­
pósitos.

La Iglesia griega confiere la tonsura sencillamente con es­


tas palabras: In nomini Patris et Filii et Spiritus Sancti. Per­
petuo nunc et semper et in saecuia saecuiorum. A lo que res­
ponden los circunstantes: Amen. Ve en la entrega del cabello
un don consecratorial. Brotan del cuerpo como capullos, y
como primicias son donados al Señor (87). La tonsura se
hace en forma de cruz, porque con la Cruz nos santificó el
Hijo de Dios. En nombre de la Santísima Trinidad, porque
ella es quien ha creado y ha llevado a su perfección el uni­
verso. Sobre la cabeza, porque Cristo es Cabeza y Corona,
Sello y Signo para todo lo que se hace en su nombre (88).

Una antigua tradición, que duró hasta después del Conci­


lio tridentino, veía en la tonsura una evocación de San Pedro,
que la había llevado para honrar la Pasión de Cristo. Su fin
sería movernos a la imitación del Apóstol. Con ella se hacía
uno "otro Pedro" (89).

Conforme a su significado, la tonsura debe renovarse fre­


cuentemente, puesto que es una prenda y un signo de la en­
trega a Dios. El no hacérsela sin motivo suficiente es señal de
una ideología mundanal y terrena. Quien ama sinceramente
su estado, no dará nunca poca importancia a su signo exte­
rior, a su corona real; al contrario renovará con todo cuidado
esta señal de que pertenece al clero.
El clérigo de Ordenes Menores que por propia iniciativa
dejase el traje eclesiástico y la tonsura, y amonestado por el
obispo, no se enmendare en el espacio de un mes, deja sin más
de pertenecr al estado clerical. No así si una costumbre con­
forme con el Derecho, el permiso del obispo u otro motivo
legal permita una excepción (90).

(87) id.
( 88 ) Id.
(89) Id.
(90) CIC. can. 136 & 1, & 3.
El h á b ito clerical

El hombre nuevo de que nos hemos revestido con la re­


cepción de la tonsura es el hombre puro, libre de pasiones,
levantado para lucir y ser contemplado por los demás. Quien
ha sido llamado para el ministerio del Santo de los Santos en
su tabernáculo, depone el polvo del camino y los sentimientos
del mundo y avanza hacia el umbral del tabernáculo, como
hombre nuevo y santo, con un vestido santo; como hombre
de la Iglesia, con un vestido eclesiástico, y de este modo se
acerca al altar.
En comparación con este vestido santo, las vestiduras pu­
ramente naturales y mundanas — como se hizo notar arriba—
por su conexión con la primera caída, llevan consigo el ca­
rácter de lo profano y lo innoble, de la vergüenza y de la es­
clavitud. En este sentido habla el Pontifical de una ignominia
saecularis hábitos. Libre de éste, el clérigo participa del glo­
rioso vestido sacerdotal del Rex gloriae.
Algo parecido sucedía — para recordar un suceso sólo re­
motamente semejante— en la liberación de un encarcelado o
de un esclavo y en su elevación al estado de libre (91).
En la recepción de un hábito nuevo determinado se ve
frecuentemente también una especie de entrega de sí mismo
al nuevo estado, a una vocación, a Dios (92). Se lleva el há­
bito en honor y en servicio de una persona más elevada, que
es quien nos lo confía. Que nos viste como un padre viste a su
hijo. Como un señor señala a su más fiel servidor.

La vestidura que da el obispo es blanca y simboliza, de


modo parecido a la vestidura bautismal, el nuevo nacimiento
espiritual del tonsurado. La pureza de su corazón. La inocen­
cia inmaculada que distingue al ministro de Cristo y que él
debe guardar fielmente.
La vestidura, a diferencia del hábito talar o sotana, es una
vestidura litúrgica y como tal la considera la Iglesia. El minis­
terio para el que el clérigo se entrega es ante todo el ministerio

(91) Dt. 21, 10 s. O ppenheim : Symbolik und religiose W ertung


des M oncheskleides, M ünster 1932, 12 s.
(92) O ppenheim : 1. c. 120.
en el Santuario. Una preparación para la celebración de la li­
turgia. En ésta cumple el clérigo una de sus principales ta­
reas, si no la principal. Sería por tanto injusto separarlo de
ella. Sería defectuoso e ¡legal igualmente hacer de su vida dos
partes, paralelas la una a la otra o desligadas entre sí: una
litúrgica y otra dedicada a la caridad o al apostolado. Como
si ambas cosas fueran ajenas y contrapuestas la una a la otra
y todos nuestros trabajos no fuesen alimentados y santificados
más rectamente y mejor por la liturgia, como fuente primera
de la luz y de la fuerza.
Con razón dice el Quinto Sínodo provincial de M ilá n :
Todo el que lleva el superpelliceum piense qué es lo que re­
presenta. No otra cosa que el ministro de Dios. El hombre del
Espíritu. La imagen de Cristo. Un hombre por consiguiente
que está libre de toda impureza y de toda mancha, como lo
da a entender su vestidura blanca (93).
Si la tonsura tiene lugar dentro de la Misa, el clérigo en­
trega una vela al Ofertorio y recibe, como los demás ordenan­
dos, la Santa Comunión.
Con la recepción de la tonsura ha sucedido algo grande.
La Iglesia, en nombre de Cristo, te ha sacado del estado de los
laicos y te ha elevado al estado del clérigo. En adelante, formas
parte de los miembros escogidos del Cuerpo de Cristo y eres
contado entre el círculo reducido de los ministros de este
Cuerpo Místico, como lo fue Matías en el colegio de los doce
y como lo ordenó hacer el Señor a sus discípulos: Segregad-
me a Bernabé y a Saulo para la obra a que los tengo llama­
dos (94). Segregate mihi. Segregados para Cristo y para sus
cosas, debemos hacernos diariamente hombres nuevos median­
te su gracia y su vida. Libres de toda atadura terrena, estemos
preparados a servirle con libertad y con alegría. En el sentido
de aquel magnánimo: mitte me (95) pronunciado con toda
humildad. En el sentido de aquella completa entrega: loquere,
Domine, quia audit servus tuus (96). En el sentido del: Do­
mine, quid me vis facere? (97) de San Pablo.
(93) Ct. I, 149.
(94) Act. 13, 2.
(95) Is. 6 , 8 .
(96) I Sam. 3, 9; 10.
(97) Act. 9, 6 .
EL O S T I A R I A D O

Las cuatro Ordenes Menores tienen en su rito un mismo


esquema: Llamada, instrucción, exhortación, ordenación y en­
trega de los instrumentos.

La lla m a d a de Dios

El arcediano dice al comienzo de la ordenación:

Accedant qui ordinandi sunt ad Acérquense los que h an de ser


ofíicum ostiariorum . ordenados p ara el oficio de os­
tiarios.
A continuación se nombra uno por uno a los ordenan­
dos, que van respondiendo:

Adsum. Presente.

¿Quién llama? Es Dios quien llama por boca de la Iglesia


o del arcediano que pronuncia tu nombre. Con su adsum el
clérigo manifiesta que recibe el cargo sinceramente, bien pre-
parado, con, el corazón agradecido y dispuesto a servir. Este
oficio le une aún más con la Iglesia y el altar. Con el obispo
y con los fieles. Con Cristo y con su seguidor. Es por consi­
guiente un momento solemne y honroso. ¡Ojalá se le grabase
profundamente en la memoria !
Ya en el bautismo nos allegamos al monte de Sión, a la
ciudad del Dios vivo, a la Jerusalén celestial, a las miríadas de
ángeles, a la asamblea, a la congregación de los primogénitos
y a Jesús, el mediador de la Nueva Alianza (1 ). Toda nuestra
vida en gracia no es más que una búsqueda de Dios, una pe­
regrinación hacia El, un acercamiento a Cristo. Siempre que
recibimos un sacramento, siempre que oramos, siempre que
damos gracias a Dios, siempre que nos viene una nueva gra­
cia, nos acercamos a Dios, a su presencia. Nos acercamos a
su amor, la fuente de toda vida y de toda misericordia. Cre­
cemos en luz y en fuerza, con sólo tener nuestros corazones
abiertos y dispuestos.
Accedant. Una nueva gracia nos está preparada. Feliz quien
oye esta llamada. Feliz quien puede decir con franqueza su
adsum. Feliz quien cumple su ministerio con alegría y con fi­
delidad. Dios va delante de él. Cada día, a cada hora, el siervo
diligente encontrará a su Señor. Antes de llamarle, Dios pro­
nunciará su adsum (2).

Permanezcamos en todo tiempo cerca de Dios y busque­


mos día y noche esta proximidad. Evita todo aquello que pue­
da apartar tus pensamientos, tu amor y tu obrar de Dios y
de su servicio, todo aquello que abierta o solapadamente le
contradiga. Sírvante de ejemplo los siete espíritus que sin des­
canso están ante Dios. O los ángeles que ven continuamente
el rostro de Dios (3). Para que no tenga que buscarte el
Omnisciente, como tuvo que hacerlo con nuestro primer pa­
dre Adán después de haber pecado: Adán, ¿dónde estás? (4).
¿Dónde te has marchado? ¿Por qué te has alejado de Mí
con tus pensamientos, con tus deseos, con tus acciones? ¿Dón­
de está tu anterior felicidad, tu seguridad interior? No te

(1) Heb. 12, 22 ss.


(2) Is. 58, 9.
(3) M t. 18, 20.
(4) Gen. 3, 9.
pregunto en qué lugar estás, sino en qué situación te encuen­
tras. ¿Dónde te han llevado tus pecados e infidelidades, de
modo que estés ahora lejos de Dios, habiéndole buscado no
hace mucho? (5).
Te has acercado al altar. La Iglesia te ha recibido con
los brazos abiertos. Sé fiel. El que perseverare hasta el fin,
ése será salvo (6). De los millares de personas que siguieron
al Señor con un impetuoso entusiasmo hasta el desierto, aun
a costa de casi perecer por la sed, muchos se volvieron atrás
porque su fe y su amor no habían echado raíces profundas.
La fidelidad es una gran virtud que abarca todo lo que más
tarde se ha de esperar del dispensador de los misterios de
Dios (7). La fidelidad es una virtud poco frecuente. Muchos
son los que a porfía se dan por amigos, pero ¿quién hallará
el amigo fiel? (8). No comiences ningún día, ningún trabajo,
sin un adsum decidido, reconocido, alegre.

Instrucción

Suscepturi, filii carissim i, offi­ Al haber de recibir, hijos am a­


cium ostiariorum videte quae in dísimos, el oficio de ostiarios,
domo Dei agere debeatis. O stia­ considerad qué es lo que debéis
rium oportet percutere cymbalum, hacer en la casa de Dios. Al os­
et cam panam , aperire ecclesiam tiario corresponde tocar la cam­
et sacrarium , et librum aperire panilla y la cam pana, ab rir la
ei qui praedicat. iglesia y la sacristía, y preparar
el libro a aquel que predica.

Tres menesteres tiene el oficio de ostiario:


Tocar las campanas (cymbalum et campanam), abrir la
iglesia y la sacristía (ecclesiam et sacrarium) y sostener el
libro al que predica.
Pedro Lombardo describe así estas tareas: Al ostiario le
compete la vigilancia de las puertas de la casa de Dios y,

(5) A.: De Paradiso, 14.


(6 ) M t. 10 , 22 .
(7) X Cor. 4, 1.
(8) Prov. 20, 6.
puesto que tiene las llaves, custodiar interior y exteriormente
todo lo que pertenece al sagrado recinto. El es quien debe
juzgar si una persona es buena o mala, para dejar pasar a la
casa de Dios a los dignos y alejar a los indignos (9).
Sus precursores son los porteros del templo del Antiguo
Testamento, que cuidaban de que ningún impuro traspasara
los umbrales de! tabernáculo (10).
Según una piadosa opinión de la escolástica medieval,
Cristo ejerció dos veces por sí mismo este ministerio con celo
santo, vindicando el honor de la casa de Dios: cuando puri­
ficó el templo y arrojó a los comerciantes, a los cambistas, a
los cameros y a los bueyes (11).

El mayor estímulo para que el ostiario cumpla con fide­


lidad y con alegría su ministerio deben ser estas palabras del
Señor: Yo soy la puerta; el que por Mí entrare se salvará (12).
Así considerado, el ostiariado aparece como un ministerio que
se ejerce sobre el mismo Cristo. Como una colaboración en
su obra redentora.
Lo que compete al ostiario en virtud de su ministerio no
es por su naturaleza algo espiritual. No es una cosa que no
pueda hacer un seglar; el tener las llaves, sostener el libro y
tocar las campanas puede hacerlo cualquiera. No obstante es
algo íntimamente ordenado a algo espiritual — la celebración
de los divinos misterios— e íntimamente relacionado con
ello (13). Estos ministerios no pueden quedar a merced del
primero que se presente, sin más ni más. Hay que evitar todo
desorden y por eso deben ser confiados de modo permanente
a hombres de confianza y con instrucción, como un oficio,
como* un derecho y una obligación que tienen que cumplir.
Santo Tomás (14) lo explica diciendo que, de modo seme­
jante, la Misa puede celebrarse válidamente en una Iglesia no

(9) Lom bardas: Sentent, d. 24.


(10) II Par. 23, 19.
(11) Jn. 2, 15 SS.; Me. 11, 15; Le. 19, 45.
(12) Jn . 10, 9; San Alberto aplica lo del portero del rebaño (in
Ev. Jn . 10, 3) a Cristo (ostiarius exemplo), a las Sagradas Escrituras
(ostiarius doctrina) y al Espíritu Santo (ostiarius inspiratione).
(13) Al.: In IV sent. d. 24, C, al. 16. ;
(14) Til. Suppl. 37, 4 ad 9.
consagrada o aun en cualquier lugar, en una casa privada o
al aire libre, pero esto no hace que la consagración de las
iglesias sea algo vacío de significado y sin finalidad alguna.
Al contrario, se hace para que el Santo Sacrificio tenga lugar
en un sitio escogido, bien acondicionado y conocido para to­
dos. La regla de San Benito nos da dos ejemplos, aunque bas­
tante distintos, que confirman lo dicho. En el refectorio no
debe leer a la comunidad el primero que coja el libro, ni leer
lo que quiera y como quiera, sino que debe ser destinado
para este ministerio un monje que lo desempeñe durante toda
la semana y que debe ser introducido en este cargo mediante
la oración de todos (15). ¿Para qué todo esto? Para que el
cargo que está ordenado a toda la comunidad sea ejercido de
una manera conveniente; es decir, puntual, regularmente y
por un hombre bien instruido y de espíritu recto. Tampoco
puede encargarse cualquiera del oficio de portero del monas­
terio. Para ejercer convenientemente este cargo, lleno de res­
ponsabilidad, se necesita un carácter escogido y maduro, un
espíritu prudente, una fidelidad probada y una especial desig­
nación del Abad (16).

Un fundamento más profundo para el oficio y la orde­


nación del ostiario es la relación que tiene el recinto sagrado,
las campanas, y los libros sagrados con el Sacrificio Euca-
rístico y la comunidad litúrgica, de quienes reciben ese carác­
ter sagrado. Puesto que tienen un fin santo y aun la iglesia y
la campana se santifican y consagran, sólo deben estar encar­
gados de ellos personas consagradas.

Tocar la s ca m p an a s

El toque de campanas en la Iglesia tiene un triple signi­


ficado: Señala la hora del. comienzo del culto divino y mu­
chas veces con qué solemnidad va a celebrarse.
Invita al clero y al pueblo a participar en él.
Eleva los corazones con su sonido festivo, armonioso, casi
supraterreno, y los llena de alegría y entusiasmo santos.

(15) Regula S. Benedicti, cap. 38.


(16) 1. c. cap. 66.
Usado primitivamente, sólo como signo del comienzo del
culto divino, como ocurre por1ejemplo en la Regla de San Be­
nito, en su capítulo De significancia hora Operis Dei (17), el
toque de las campanas exige un hombre experimentado, pun­
tual, un sollicitus frater, como dice expresamente San Benito,
para que observe siempre la hora fijada. Esto supone, como
hace notar Hildemar (18) en su comentario a la Regla, tres
cualidades en el sujeto: sentido, fortaleza y diligencia. Sen­
tido para que, sobre todo por la noche, sepa calcular la hora.
Fortaleza para que pueda ejercer su oficio en todo tiempo sin
que lo impida ninguna enfermedad. Diligencia para que ni la
pereza ni el sueño le hagan faltar a su obligación. Bien con­
siderado, no es un cargo fácil o poco importante. En todo
caso es un ministerio en que la dejadez o el descuido causan
grandes molestias. Un cargo honorífico. Antes sólo se permi­
tía ejercerlo a quien, junto con una salud a toda prueba, te­
nía conocimientos litúrgicos y un celo incansable y auténtico
por el culto divino. Exigencias que explican por qué la Iglesia
confía este cargo mediante la ordenación y la oración. Exi­
gencias que aun hoy tienen valor para todo clérigo, aunque
casi por lo general el oficio de tocar las campanas lo ejerzan
seglares.

El sonido de las campanas no es solamente la señal de


la hora y el anuncio del culto divino. Es también una invita­
ción para el clero y para el pueblo. Un invitatorium solemne.
Un atrayente venite exultemus Domino, jubilemus Deo salutari
nostro (19). Gústate et videte (20). Así suena desde la torre
a las distintas horas para nosotros, los hombres, en todas
nuestras numerosas necesidades y trabajos, en la dispersión
de nuestros días y de nuestras semanas. Veni et noli tardare,
grita al trono de las gracias, a Cristo, que ha de venir. Veni et
relaxa facinora piebi tuae (21). El Espíritu y la Esposa pro­
nuncian su anhelante veni en la voz misteriosa de la campa­
na. Y todo el que la oye, se une a este voz y dice: veni. Y el

(17) Regula S. Benedicti, cap. 47.


(18) Expositio Regulae ab H ildem aro tradita. Regensburg 1880:
In cap. 47.
(19) Sal. 94, 1.
(20) Sal. 33, 9.
(21) L iturgia de Adviento.
que tenga sed, venga, y el que quiera tome gratis el agua de
la vida (22). La voz de la campana resuena por encima del
ruido de las calles y del estrépito de millones de voces que
nos rodea interior y exteriormente. Es un jubiloso sursum
corda cuando las necesidades y los cuidados aprisionan el
alma y la mantienen pegada al suelo. Un veni ad nuptias (23)
solemnemente aelgre, cuando los trabajos pesan sobre nos­
otros. Un aleluya victorioso. Un Deo gradas profundamente
sentido. En la Antigua Alianza eran unas trompetas de plata
las que con su poderoso sonido llamaban al culto de Dios. El
sonido de nuestras campanas es más suave y más delicado.
Nos hablan como si vinieran de otro mundo. Como la voz de
Cristo en el día de la fiesta. Con voz fuerte y sonora les dijo:
Si alguno tiene sed, venga a M í y beba (24).
Este sentimiento debe llenar continuamente el corazón del
clérigo. Y a la llamada de la campana, a cada toque, responda
con un profundo adsum, ecce venio (25), dispuesto a servir.
Paratum cor meum, paratum cor meum (26). Quam dilecta
tabernacula tua, Domine, Concupiscit et déficit anima mea ¡n
atria Domini (27).

En la campana consagrada, cuyo servicio y cuidado es­


tán encomendados al ostiario, ve la Iglesia aun algo más que
una señal y una invitación. Su sonido potente, casi suprate-
rreno, resuena como la voz del Todopoderoso, como el sonido
de las trompetas, al que se derrumbaron las murallas de Je-
ricó. El tañido de la campaña es como una oración, como una
bendición, que anula las insidias del demonio y aleja todos
sus males. Que el Señor, por la virtud de la Cruz con que
está adornada la campana, y para gloria del nombre de Dios,
libre de las insidias del diablo a los fieles que, siguiendo la
voz de la campana, se congregan en la casa de Dios. El sonido
de la campana nos exhorta además a mantenernos fieles en
¡a fe y a seguir sin extravíos sus enseñanzas (28). Bajo el

(22) Ap. 22, 17 ss.


(23) M t. 22, 4.
(24) Jn . 7, 37.
(25) Sal. 39, 8 .
(26) Sal. 107, 2.
(27) Sal. 83, 2 S.
(28) Pontificale R om anum : De benedictione cam panae.
sonido y las armonías de las campanas, los ángeles de Dios
extienden sus alas protectoras y sus benditas manos sobre la
comunidad reunida. Bendiciones cargadas de frutos se derra­
man sobre las mieses de los campos y sembrados. Que curen
de cuerpo y alma a todos los fieles. ¿Quién no ha experimen­
tado ya por sí mismo cómo conmueve el corazón su tono lleno
de dulzura y gravedad? En esos momentos se despiertan y
crecen la fe y la piedad. El corazón y el espíritu se elevan a
Dios como si tuviesen alas y los fieles cantan a Dios un cán­
tico nuevo que mueve al júbilo a los mismos coros de los
ángeles (29). ¿Qué corazón debería elevarse, sobrecogerse y
conmoverse más que el del ostiario? A él ante todo ha sido a
quien la Iglesia ha entregado y confiado solemnemente las
campanas y su misterioso sonido. Y las campanas, antes que
a nadie, le hablan a él mismo y quieren que él entienda su
voz. Su canción debe resonar, pura e ininterrumpidamente,
antes que en los demás, en su alma. La vieja y eternamente
nueva canción. Ya suave y apagada, ya fuerte y sonora. Como
despertadora y mensajera en todo el mundo. Como confesión
de fe. Como adoración y acción de gracias.

Portaro

En la consagración de la iglesia, el obispo golpeó por


tres veces con el báculo las puertas cerradas y por tres veces
procesionó solemnemente con el clero alrededor de ella, des­
pués de haber invocado a los invisibles custodios de las puer­
tas, los ángeles del cielo: Abrid vuestras puertas. Abrid vues­
tras puertas a lo largo y a lo ancho, que va a entrar el Rey
de la gloria. Finalmente, el obispo y los clérigos imploran:
Abrid, abrid las puertas, abridlas. A continuación el obispo
traza una cruz con el báculo sobre los umbrales y atraviesa
con su asistencia las puertas que se le abren, con deseos de
paz en los labios. La entrada en el templo cristiano — éste es
el sentido de este rito— es una gracia especial. No es algo
que se comprende por sí mismo. Es más bien un favor del
Dios-Salvador misericordioso, que nos ha llamado a estar cer-

(29) 1. c.
ca de El y que oye nuestras súplicas. Un fruto de la Sangre
de Cristo, por quien se nos ha dado el ingreso en el Santuario
en virtud de su Sangre (30). Una garantía de que las biena­
venturadas puertas del cielo nos llaman y nos esperan. Nuestra
iglesia es una imagen del Santo de los Santos de los cielos. De
él es de quien deben acordarse los fieles cuando el ostiario
consagrado abre y cierra las puertas y admite o rechaza a los
que van a entrar en la iglesia. El que se cumpla la oración del
obispo consagrante de que en el interior de la iglesia reinen
un puro servicio (purum servitium), un recogimiento sin obs­
táculos, un trato sereno con Dios (devota libertas), depende
en gran parte de la vigilancia que el ostiario muestre para con
los que entran, así como del orden devoto que, bajo su vigi­
lancia, guarden los fieles durante el culto divino (31).
Las puertas tienen un gran significado, no sólo en la es­
tructura artística de la fábrica de la iglesia, sino también por
su profundo simbolismo. Las catedrales medievales nos mues­
tran sus puertas profusamente adornadas, con adornos car­
gados de sentido, con el fin de dar a los fieles una idea muy
elevada de la casa de Dios y de su santidad. El ostiario sirve
y vela sobre estas puertas y de este modo obra sobre los fie­
les. El ostiario protege el santuario de una mediata o inme­
diata profanación, una tarea que vuelve a tener tanto más sig­
nificado cuanto que la disciplina y el respeto cristianos están
a punto de perderse en muchos de los que visitan nuestras
iglesias. El sirve al Señor, que es la puerta por la que tenemos
que entrar y salir nosotros. La tarea del ostiario consistía so­
bre todo en cuidar de que nadie sin autorización se acercase
al altar y molestase al sacerdote en sus actos de culto (32).
No menor es su cuidado por todos los enseres y utensilios
que se guardan en la iglesia y en la sacristía. El obispo expre­
sa así esta responsabilidad al entregarle las llaves: Sic agite
quasi reddituri Deo rationem pro iis rebus quae bis clavibus
recluduntur. ¡Cuántas cosas hay que preservar del polvo y la
humedad! ¡ Cuántas cosas hay que proteger para que no se
vendan o se traten desconsideradamente! ¡Cuántas hay que
limpiar, restaurar, renovar, completar! Esto necesita un guar­
dián experto, tomado para el servicio de Dios, que aun hoy

(30) Heb. 10, 19 s.


(31) Pontificale R om anum : De Ecclesiae dedicatione.
(32) Catechism us R om anus: Pars II, cap. 15.
día necesita, por lo menos, la vigilancia de un clérigo o de
un sacerdote.

San Benito exige en su Regla del portero de su monaste­


rio prudencia y madurez de carácter. Que cumpla su ministe­
rio con toda la mansedumbre que inspira el temor de Dios.
Sin tardanza. Con celo y con caridad. Salude a los que entran
y salen con un Deo gratias o pidiéndoles la bendición (33).
San Ambrosio elogia en el clérigo el trato afable para con el
pueblo. Esto trae consigo gran provecho, ya que gana los co­
razones, así como por el contrario la brusquedad y el orgullo
aparta a las almas y causa grandes daños. Moisés nos ofrece
un magnífico ejemplo de suavidad inquebrantable, i Cómo
encontraba siempre la palabra exacta cuando hablaba a su
pueblo; cuando le consolaba en sus tribulaciones, asistiéndole
con consejos y con hechos! Mientras que su lenguaje es in­
flexible para con Dios, para el pueblo está lleno de humildad
y de halagos. El resultado era que su pueblo le honraba más
por su mansedumbre que le admiraba por sus hazañas (34).
Así era también David. ¡Qué manso y suave se mostró siem­
pre! ¡Qué humilde! ¡Cómo abría su corazón a todos! Un
héroe en las batallas, la mansedumbre personificada cuando
mandaba. ¡Qué paciencia para soportar ofensas! No es por
tanto de maravillarse que fuera el preferido de todos. Con su
amor servicial (gratiis officis) se ganó a todo el pueblo (35).

El cu id ad o d e los libros s a g r a d o s

Los libros sagrados, que se guardaban en la sacristía,


estaban bajo el cuidado del ostiario. Cuidaba de que a su de­
bido tiempo estuviese a mano el libro necesario para cada
momento y estuviese convenientemente preparado para el pre­
dicador. En la casa de Dios, y sobre todo durante el culto di­
vino, debe hacerse todo con orden y con dignidad y todo debe

(33) Regula S. Benedicti, cap. 66.


(34) A.: De officiis m inistrorum 2, 7, 30.
(35) A.: 1. c. 2, 7, 33.
servir de edificación (36). Quien no tiene orden trastorna I*
marcha de su negocio y entorpece o disminuye el éxito de sur.
trabajos. También el orden excesivo lleva consigo muchas va
ces un estorbo doloroso (37). Si esta regla es universal, valt-
de una manera especial para la liturgia. Al predicador sobro
todo hay que facilitarle su trabajo y rendirle honor por mo
dio de nuestra preparación solícita de todo cuanto necesito.
Tenemos un ejemplo en San Lucas. Como estuviese el Señor,
según su costumbre, en la sinagoga de Nazaret, se levantó
para leer. El escoger o tomar los rollos por sí mismo contra­
decía la costumbre y su dignidad. Se le dieron en la mano.
Después de desenvolver las hojas y leer el texto, devolvió
el libro al servidor, se sentó y comenzó a hablar al pueblo reu­
nido (38). Este pasaje ha recibido diversas interpretaciones.
San Alberto Magno (39) hace constar respecto de él que no
es conveniente que el predicador tome y abra el libro por sí
mismo, pues ni en el cielo ni en la tierra se encontró a nadie
lo suficientemente santo para abrir el libro sagrado. Sólo el
león de la tribu de Judá, el Cordero, fue digno de recibir el
libro y por tanto a El únicamente fue entregado (40). El Se­
ñor, recibiendo y devolviendo el libro, honró y santificó e!
rango y el oficio del ostiario, que tiene por oficio el guardar
bajo llave los instrumentos de la iglesia (41). Otra interpre­
tación nos dice que el recibir y el devolver el libro significa
que lo que el predicador anuncia no es algo que proceda de
sus propios sentimientos, sino del tesoro de la Iglesia, del lu­
gar donde la Iglesia guarda sus más preciados tesoros ■— los
libros sagrados— y que es la Iglesia quien nos lo comunica y
pone a nuestra disposición. La Iglesia es quien administra la
palabra de Dios. El predicador recibe de sus manos la misión
y el derecho a predicarla. Ella es quien le da los misteriosos
rollos de las Escrituras. Lo que él predica no es más que una
pequeña corriente vivificante del ininterrumpido manantial de
la verdad divina, que recibe de la Iglesia para derramarla sin

(36) I Cor. 14, 26. 33.


(37) A.: In Ps. 118, sermo IV, 12.
(38) Le. 4, 17, a).
(39) Al.: In Ev. Le. 4, 17.
(40) Ap. 5, 9.
(41) AI.: In Ev. LC. 4, 20.
falsificaciones de ningún género, por mandato suyo, sobre to-
dos los fieles. No nos predicamos a nosotros mismos, sino a
Cristo (42). En el Santo Sacrificio no puede anunciarse otro
mensaje distinto de éste. Y así como tomamos de los dones y
beneficios de Dios — de tuis donis et datis— la ofrenda santa,
la Sagrada Eucaristía, del mismo modo de él debe recibir el
predicador la palabra que predica a la familia de Dios. El
subdiácono lleva al altar el pan y el vino. El ostiario saca de
la sacristía el libro de la palabra de Dios y lo lleva al ambón
o a la cátedra del obispo. Sólo los falsos doctores o los falsos
profetas predican cosas propias en vez de la palabra de
Dios (43). Puras visiones suyas, que no proceden de la boca
de Yavé (44). Muchas veces y en muchas maneras habló Dios
en otro tiempo a nuestros padres por ministerio de los pro­
fetas. Pero era siempre el mismo y único Dios quien hablaba.
Ultimamente, en nuestros días, nos habló por su Hijo (45).
En nuestra liturgia quiere Dios también hablarnos, por boca
del predicador, por medio de su Hijo unigénito. Por eso el
predicador, antes de hablar, recibe de manos de la Iglesia,
por medio del ostiario, la palabra de Dios. Ceremonia hermo­
sa y de un profundo significado, que es — se podría decir—
una especie de genealogía espiritual para el anuncio del Evan­
gelio; genealogía que nos representa y nos garantiza la unidad
y la sucesión espirituales. Al mismo tiempo, es una imagen
de la aseveración de Cristo: Mi doctrina no es mía, sino del
que me ha enviado ( 4 6 ). De este modo, este ministerio del
ostiario, en sí aparentemente sin importancia, se convierte en
una prueba de que la Iglesia y su ministro permanecen en la
palabra de Cristo y son en verdad sus discípulos (47) y de
que sólo anuncian la verdad que han recibido de Dios (48).
Para abrir por su debido sitio el libro en el culto divino,
el ostiario ha tenido que verlo y prepararlo con anterioridad.
Una pequeña advertencia para que esté preparado a su debido
tiempo todo lo que se necesite en el culto divino, sobre todo
el libro de los Evangelios y el misal.
(42) II Cor. 4, 5.
(43) S. Greg. M a.: In Ez. 1, 10. 14.
(44) Jer. 23, 16.
(45) Heb. 1, 2.
(46) Jn. 7, 16.
(47) Jn. 8 , 31.
(48) Clr. Jn . 8 , 26.
Exhortación d e l O b isp o

Providete igitur, ne per negli- Cuidad, pues, que no se pierda


gentiam vestram, illarum rerum, nada de lo que hay en la iglesia,
quae intra ecclesiam sunt, aliquid por vuestra negligencia; abrid, a
depereat; certisque horis domum sus horas, la casa de Dios a los
Dei aperiatis fidelibus, et semper fieles, y cerradla siempre a los
claudatis infidelibus. S t u d e t e infieles. Procurad también que
etiam, ut sicut materialibus cla­ así como abrís y cerréis la iglesia
vibus ecclesiam visibilem aperitis visible con las llaves materiales,
et clauditis, sic et invisibilem Dei así cerréis al diablo y abréis al
domum, corda scilicet fidelium, Señor la casa invisible de Dios,
dictis et exemplis vestris clauda­ esto es, el corazón de los fieles,
tis diabolo, et aperiatis Deo; ut con vuestras palabras y ejemplos,
divina verba, quae audierint, cor­ para que conserven en su cora­
de retineant, et opere compleant: zón y cumplan con sus obras la
Quod in vobis Dominus perficiat divina palabra que oyeron, lo que
per misericordiam suam. el Señor realice en vosotros por
su misericordia.

Lo primero que el obispo espera del ostiario es precau­


ción y prudencia.
Providete! ¡Tened cuidado!
Todo ministerio eclesiástico es un tesoro escondido cuyo
valor interior debemos reconocer y comprender. Todo minis­
terio eclesiástico es un talento. Trabaja y negocia con él mien­
tras vuelve el Señor (49). Todo cargo es un mensaje, una mi­
sión que exige un continuo trabajo. No es ningún descanso.
Ninguna sine cura. La historia de la Iglesia conoció épocas en
las que un ministerio eclesiástico no era más que un derecho
a un beneficio. El título del poseedor no era más que un do­
cumento inatacable para asegurarse una manutención sin cui­
dados ni preocupaciones. Muchos no recibían absolutamente
ninguna Orden. O si recibían alguna, no hacían caso de sus
exhortaciones. Se olvidaba su significado y las obligaciones
inseparables a ella. Este abuso es el que hace a! obispo pro­
nunciar la palabra: Providete!

(49) Le. 19, 13.


Todo ministerio exige que se ejerza con escrupulosidad
y con prudencia. Mucho más un ministerio espiritual. No es
poca cosa lo que se le encomienda al ostiario: el cuidado de
la casa de Dios y de los sagrados instrumentos (50). Esto
supone conocimientos especiales, sobre todo en lo tocante a
los libros y a los instrumentos. Conocimientos sobre la mate­
ria y la forma de lo necesario para el culto divino, para dis­
tinguir lo auténtico de lo de pacotilla, lo valioso' de lo que no
tiene valor, lo bello de lo feo, lo verdadero de lo no verdadero,
lo noble y lo santo de la caricatura y cuidar así lo bueno
convenientemente.
Providete. Cuando una persona tiene prudencia y sabi­
duría, el trabajo está en buenas manos, pues allí hay un alma
sana y fuerte. Allí, en vez de capricho, cansancio y desorden,
hay una santa calma llena de estabilidad y de fuerza. Allí no
"hay un hacer y deshacer propios de niños. No se está siempre
murmurando, ni de lo demasiado poco ni de lo demasiado
mucho. Allí hay un hombre imperturbable hasta sus más pro­
fundos fundamentos, pues está acabado en Cristo, está pro­
fundamente fundamentado en el amor, está profundamente en­
raizado en la fe. Al sabio no le inmuta ni el fracaso ni la
ruina. No conoce las disposiciones de carácter indomables. No
conoce el temperamento del alma que no puede dominar­
se (51 ).
Providete. Es decir: Guardaos del obrar irreflexivo y ato­
londrado. Tened presente cuál es el significado de vuestro mi­
nisterio y de vuestro estado y de lo que ponemos encima de
vuestros hombros. Prestad atención a las grandes y las peque­
ñas obligaciones diarias de vuestra vocación. A su sentido pro­
fundo y eterno. Poned no menos atención a todo aquello que
cada día y cada hora exige de vosotros. Poned atención a las
numerosas cosas que se os pueden presentar en cualquier mo­
mento (contingentia operabiiia). A la multitud de cosas que
hay que hacer cada día (52), y que tan fácilmente nos roban
los horizontes y la tranquilidad. In quibus multa concurrunt,
en las que se juntan tantas cosas (53). Cuidad de que todo

(50) R egula S. Benedicti, cap. 53.


(51) A.: Ep. 37, 5.
(52) T h, II-II, 49, 6 .
(53) 1. c. 7.
vaya con el debido orden y la debida medida, y no seáis como
Marta aue, sumamente ocupada, por atender a muchas cosas,
•je desconcertaba. Intentad entretejer, en el pequeño mundo d®
fas horas fugaces, pensamientos y fines elevados; vencer y
conformar las cosas particulares e inciertas — particularia, va­
ria et incerta— (54) que impresionan nuestros sentimientos
y maravillan nuestro espíritu, con los pensamientos grandes y
eternos de Dios; eslabonar nuestros trabajos oíanos en la
creación eterna de D ios: attexere aeternis.
Providete! Es decir: Cumplid vuestro ministerio con san­
to cuidado y santo celo. Todo lo contrario es el esclavo necio,
perezoso y malo, que mete sus manos en el seno. Su corazón
está lleno de malhumor y de amargura, su boca no hace más
que proferir quejas y críticas. Que tiene el atrevimiento de
quejarse de su señor en su misma presencia. Esconde, sin pro­
vecho ninguno, el talento de su señor en el suelo de una vida
inactiva, de un trato puramente terreno •— sub terrena con­
versatione (55).

¿ A qué se extiende el cuidado y la vigilancia del ostiario?


El Pontifical destaca dos aspectos:
Que por su negligencia no se echen a perder ni los en­
seres de la iglesia ni los instrumentos del culto. Y que abra
a los fieles la casa de Dios a su debido tiempo y la tenga
siempre cerrada para los infieles.

Primera exhortación: no obrar con negligencia.


El hombre pone siempre más cuidado en aquellas cosas
y negocios que ama (56). Por eso, ante todo, un amor ardien­
te a tu ministerio, al ornato de la casa de Dios, a la comunidad
de Cristo, a la sagrada liturgia. No hay arte ni virtud sin un
cuidadoso esmero. Los bienes muebles de la Iglesia no tienen
un poseedor personal. De aquí el gran peligro de que muchos
de ellos fácilmente se deterioren, se estropeen, se traten mal
y se echen a perder. La negligencia origina la abulia, la indi­
ferencia, una especie de falta de conciencia. Brota de una fal­
ta de valoración de las cosas que están a nuestro cuidado, así

(54) 1. c. 5 ad 2.
(55) AL: In Ev, Mt. 25, 18.
(56) Th. II-II, 54, 1 ad 1.
como de una falta de sentimiento de responsabilidad. El ne­
gligente es superficial, irreflexivo. Apenas si nota cuántas co­
sas van echándose a perder, cuántos daños va haciendo con
sus manos, cómo él mismo va decayendo espiritualmente poco
a poco — paulatim decidit. Cristo está dormido en los negli­
gentes y sólo en los santos está despierto (57). Cristo se mar­
cha de los negligentes — cito enim deserit negligentes— (57).
La negligencia hace que los trabajos, que en sí son buenos y
virtuosos, se hagan pecaminosos (59).
El descuido exterior supone por tanto un menosprecio
de una cosa o de un ministerio. Piensa que lo que se te con­
fía son los bienes de Dios, los bienes de la Iglesia, los bienes
de los pobres. Son por consiguiente bienes santos, que exigen
se les considere y trate como tales. Los ornamentos, los libros,
los utensilios y demás cosas parecidas sirven mediata o inme­
diatamente a la Eucaristía. Muchos de ellos están bendecidos
por una consagración propia. Los instrumentos sagrados hay
que guardarlos previsoramente en un lugar digno. Hay obli­
gación de guardarlos y conservarlos en buen estado y de ma­
nera digna (60). No a todos está permitido el tocar los cáli­
ces y paños sagrados. Su purificación debe hacerla un clérigo
de Ordenes Mayores (61). Si no hay limpieza y cuidado, ne­
cesariamente sufre también la dignidad y el respeto a! altar,
a los sagrados instrumentos y a las ceremonias sagradas. Y
con ello sufre también no menos el alma del clérigo, que dia­
riamente ve y soporta tales cosas, así como el alma de los fie­
les que se escandalizan de ello, y que poco a poco, pero de
modo seguro, pierden el respeto a la iglesia y a su ministro.
Por el contrario, el cuidado por el ornato y la limpieza del
templo y de los sagrados instrumentos ejerce por sí mismo
un efecto beneficioso, edificante y sublime sobre el clérigo y
el pueblo, que es tanto más eficaz cuanto que es callado,
objetivo y duradero. Los sagrados instrumentos, sobre todo,
están, como ya dijimos, íntimamente relacionados con la Eu­
caristía. Sirven para ofrecer el Santo Sacrificio. Se usan ad

(57) A.: In Ps. 118, sermo 5, 20.


(58) A.: De virginitate, 12.
(59) Cfr. S. Greg. Mag.: I Mor. 3, 13, 23.
(60) CIO. can. 1.296 & 1; can. 1.302.
(61) Id. 1.306 & 1. 2.
reverentiam huíus sacramenti. En parte simbolizan a Cristo
mismo. O el efecto de un sacramento. Mediatamente, la san­
tidad de la Iglesia y del alma cristiana (62). El Cuerpo de
Cristo fue envuelto en paños de lino limpios. Los paños del
altar nos lo recuerdan, a condición de que sean de lino y
estén limpios. Por su pureza simbolizan la pureza de concien­
cia de los fieles, y por el trabajo que supone su preparación,
simbolizan la pasión de Cristo (63).

La segunda exhortación del obispo se refiere al oficio de


portero del ostiario. Hay que suponer aquí que, como en
tiempos antiguos, la casa de Dios estaba siempre cerrada y la
entrada en ella era imposible sin el ostiario. Pero aun hoy en
día, en que las iglesias permanecen abiertas la mayor parte
del día, hay que prohibir la entrada a todo el que puede
molestar o importunar, y esto no sólo durante los divinos ofi­
cios. Oratorium hoc sit, quod dicitur. En la iglesia no debe
tenerse, ni puede ni debe hacerse nada que no tenga relación
con la adoración de Dios (64). En Bélgica se lee en la portada
de una conocida iglesia: Si quieres orar, entra; si no, quéda­
te fuera. Nuestras iglesias no deben rebajarse a la categoría
de museos o de salones de exposición. No deben ser tampoco
un pasillo para acortar el camino a los que tienen prisa o a
los cómodos. Quien busque allí obras de arte, hágalo de tal
modo que no sufra perjuicio la dignidad del lugar ni se es­
candalice a los fieles. De lo contrario, lo que en el templo se
había puesto para gloria de Dios se convertiría en deshonor.
Aquí, como en otras cosas, mucho depende de como se com­
porte el mismo clérigo dentro del templo.

Una última exhortación.


Por la palabra y el ejemplo, el ostiario abre la casa invi­
sible de Dios, abre los corazones de los fieles a la gracia de
Dios y los cierra al influjo del demonio.
Sería demasiado poca cosa si el ostiario guardase pura e
inmaculada la casa de Dios construida de piedra y dejase des­
atendido y hasta infamado con sus palabras y sus acciones

(62) Th. III, 83, 3, 5 ad 2.


(63) 1. c. 3 adl 7.
(64) Regula S. Benedicti, cap. 52.
— cuando no lo echase completamente por tierra— el templo
espiritual de Dios que el Espíritu Santo ha erigido en nuestros
corazones y ha establecido para toda la eternidad.
El Señor está ante la puerta de muchas almas y llora.
Apresurémonos a abrirle en nosotros mismos y en otros. ¡A
tantas almas acosa el demonio para robarles la inocencia
y la paz, para profanar en ellos el templo de Dios, para des­
truir en su alma la presencia del Altísimo, para apagar en ellos
la luz eterna! Siempre que pueda, ei ostiario tiene que im­
pedir con la palabra y con el ejemplo estos ataques. La pala­
bra y el ejemplo del clérigo contribuyen a que los corazones
se abran convenientemente a la palabra de Dios, y a que
guarden agradecidos lo que han oído y lo practiquen con sus
acciones. He aquí otro hermoso campo callado para el ostiario.

¿E s necesaria alguna otra advertencia para que tome­


mos en serio el oficio de porteros del propio corazón?
¡Infeliz el hombre cuyo corazón se abre al demonio! Si
él, que debía vigilar, descuida echar el cerrojo, no hay lugar,
ni vestido, ni bendición que le proteja contra él. Piensa en Ju­
das, que estando junto al Señor le entró el demonio en el co­
razón. Si alguno me ama, vendremos a él y en él haremos
morada (65). ¡Feliz el siervo que abre inmediatamente y con
alegría la puerta a su Señor! ¡Feliz el corazón cuyas puertas
están cerradas porque ha entrado por ellas el Rey de la Glo­
ria ! (óó).
En tiempos de la dominación amana, el emperador dio
a San Ambrosio la siguiente orden: Trade basilicam. Trade
altare Del. El Santo no cometió esta traición. Antes hubiera
entregado todos sus bienes, incluso su propia sangre. No po­
día abrir las puertas a los enemigos de Cristo. En los momen­
tos más difíciles, fue él mismo el ángel protector del templo
y de su comunidad.

Cuando el ostiario ejerce su cargo, debe tener ante sus


ojos — como devoto fiel de María— que ella es la pervia porta
coeli y que su ministerio está bajo su protección y, en cierto
sentido, Ella es quien tiene la prerrogativa de abrir la entrada
en la alegría del Señor y de separar lo santo de lo que no lo es.

(65) Jn . 14, 23.


(66) Ez. 44, 2.
Entrega de las llaves

Aquí es donde comienza el momento de ia ordenación.


Con las llaves, el obispo le entrega la capacidad para ejercer
el ministerio. El poder de hacer cosas santas (actus divinos)
y de tratar cosas santas (et circa divina) ( 6 7 ).

Sic agite, quasi reddituri Deo Portaos como quien h a de dar


rationem pro iis rebus, quae his cuenta al Señor de cosas que es-
clavibus recluduntur. tas llaves encierran.
El clérigo, durante estas palabras, toca las llaves que el
obispo le ofrece. A continuación, el arcediano o un sacerdote
le lleva a las puertas de la iglesia y las cierra y abre. Luego
hace un breve toque de campana, antes de regresar al altar.

Te han sido dadas una misión y un poder divinos. Ejerce


ahora tu ministerio con los sentimientos divinos de Cristo, con
los sentimientos de la Iglesia y de tu obispo. Ama Dios las puer­
tas de Sión más que todas las tiendas de Jacob (68). Piensa en
la responsabilidad de que te hacen deudor para con el Se­
ñor todopoderoso de la Iglesia. No te canses. A quien se mues­
tra fiel en lo poco, el Señor le pondrá al frente de cosas gran­
des (69). No olvides que tu Redentor es la llave de David. Lo
que El abre con su poder soberano, no puede cerrarlo nadie;
y lo que El cierra, nadie puede abrirlo. Tu modesto ministe­
rio está consagrado a su Majestad. Y no olvides que la voz del
Señor es ia gran llamada que ha ido resonando a través de los
siglos. Infinitamente más sonora y penetrante que el sonido
de la más grande y pesada campana. Infinitamente más atra­
yente y sublime que el sonido de la campana más solemne.
Venite ad me omnes, quí laborati et onerati estis, anuncia esta
voz (70). Unete a esta voz, cuando llama a los fieles al culto
divino. Unete con este sonido pesado, broncíneo y sin embargo
jubiloso de la campana: ego sum vía, ventas et vita (71).

(67) Al.: In IV sent. d. 24, C, a. 18.


( 68 ) Sal. 86 , 2.
(69) Le. 19, 17.
(70) Mt. 11, 28.
(71) Jn. 14, 6 .
O ra cio n e s fin a le s

Deum Patrem omnipotentem, Roguemos hum ildem ente a Dios


fratres charissimi, suppliciter de- Padre om nipotente, amadísimos
precemur, ut hos famulos suos herm anos, que se digne bendecir
bene»f«dieere dignetur, quos in of­ a estos sus siervos, a quienes se
ficium ostiariorum eligere digna­ h a dignado elegir p ara el oficio
tus est: ut sit eis fidelissima cura de ostiarios, p a ra que en la casa
in domo Dei diebus ac noctibus, del Señor, de día y de noche,
ad distinctionem certarum hora­ cuiden con gran esmero en se­
rum, ad invocandum nomen Do­ ñ alar las distintas horas p ara in­
mini, adjuvante Domino nostro vocar el nom bre del Señor, con
Jesu Christo: qui cum eo vivit, el auxilio de nuestro Señor Je­
et regnat in unitate Spiritus sucristo, que con El vive y reina
Ssmcti Deus, per omnia saecula en unión del E spíritu Santo,
sacculorum. Dios, por los siglos de los siglos.
9 . Arnen. Amén.
Oremus. Oremos.
Diácono. Flectamus genua. Doblemos la rodilla.
5 . Levate. I). Levantaos.
Domine sancte, Pater omnipo­ Señor santo, Padre om nipoten­
tens, aeterne Deus, benetdicere te, Dios eterno, dígnate bendecir
dignare hos famulos tuos in of­ a estos tus siervos en el oficio de
ficium ostiariorum; ut inter ja­ ostiarios, a fin de que entre los
nitores Ecclesiae tuo pareant ob­ porteros de la Iglesia te sirvan
sequio, et inter electos tuos par­ fielm ente y entre tus elegidos me­
tem tuae mereantur habere mer­ rezcan participar de tu recom­
cedis. Per Dominum nostrum Je- pensa. Por nuestro Señor Jesu­
sum Christum Filium tuum: Qui cristo, tu Hijo, que contigo vive
tecum vivit, et regnat in unitate y reina en unión del Espíritu
Spiritus Sancti Deus, per omnia Santo, Dios, por todos los siglos
saecula saeculorum. de los siglos.
5 . Arnen. Amén.

Dos oraciones, en las que el obispo da su bendición, cie­


rran el acto. No es sólo el obispo; es también Dios mismo
quien te ha elegido ostiario y te ha dado un santo ministerio.
Ten un cuidado escrupulosísimo en la casa del Señor — fide-
lissima cura in domo Dei. Día y noche para tocar a su debido
tiempo a la hora de la oración, para invocar el nombre del
Señor. Es nada menos que Cristo mismo quien está a tu lado.
Al ostiario servicial y obediente le espera el premio eterno en
medio de los que, como elegidos, han atravesado las puertas
eternas de la bienaventuranza y se han acercado al trono de
Dios.
Como prenda de esta recompensa prometida, y para dar­
las gracias del cielo, el obispo reparte la bendición al ostiario
dos veces.

Antiguos teólogos, entre ellos San Alberto Magno y San


Buenaventura, sostienen que esta Orden, así como las tres Or­
denes Menores siguientes, imprimen en el alma del que las re­
cibe un carácter especial. Aunque esta opinión generalmente
no la sostiene nadie hoy día, conviene sin embargo conocer
sus fundamentos. La actividad ministerial de los minoristas
se limita preferentemente a algo material. Pero esto material
está ordenado siempre a algo espiritual. La actividad por con­
siguiente del ordenado, es un actus super corporale ad spiri­
tuale ordinatum. EI ostiario, por ejemplo, proteje el lugar en
que se administran los sacramentos y donde el pueblo los re­
cibe y asiste al Santo Sacrificio. El fin de su ministerio es algo
por tanto totalmente espiritual: tota custodia fit, ne spiritualia
violentur. Cuando Cristo arrojó del templo a los mercaderes,
despedía un resplandor celestial que ahuyentó a los intrusos.
De modo parecido, en estas ordenaciones, sobre el alma del
clérigo, a modo de carácter, se imprime algo divino, una par­
ticipación de la luz y de la fortaleza divinas, algo de la ima­
gen de Cristo. De aquí que el poder a El concedido sea indele­
ble, aunque se le excluya de su ocupación por alguna falta (72).
Si la ordenación ha sido válida, no se puede repetir. Esto per­
mite suponer que en la ordenación se imprime para siempre
algo en el alma, algo que la Iglesia admite como existente cuan­
do vuelve a tomar en el estado de clérigo al que antes
se había secularizado. El carácter que recibe el ostiario le
hace semejante a Cristo, que no duerme ni descansa cuidando
y velando sobre su pueblo (73), como ya lo había predicho
Isaías (7 4 ): no duerme n¡ descansa. No se quita de sus lomos

(72) Al.: In. IV sent. d. 24, C, a. 17.


(73) Sal. 120, 4.
(74) Is. 5, 27.
el cinturón, ni desata la correa de sus zapatos. Además sólo un
carácter interior puede colocar al ostiario permanentemente en
un estado nuevo (in statu praelationis et in statu fldei) (75).

En la disciplina eclesiástica actual, el ostiario tiene con­


tadas ocasiones para ejercer su ministerio como portero y
campanero. Su oficio lo ejerce la mayoría de las veces un mo­
naguillo o el sacristán. No por eso se nos administra en balde
esta ordenación. Tanto esta Orden como las restantes, han de
darse aún después de haber recibido las Ordenes Mayores, en
el caso de que se hubieran omitido. Y si es verdad que actual­
mente el oficio del ostiario lo ejercen otros la mayoría de las
veces, en cuanto sacerdote tendrá ocasión, en los años de su
ministerio, de vigilarlo y de cuidar que se cumpla fielmente,
sobre todo a su debido tiempo. La ordenación es además para
el alma del ostiario una fuente de gracias y una escuela para el
carácter, cuyos principios fundamentales no pierden jamás su
validez. Aquí aprende que en el culto divino la cosa más in­
significante es algo grande, que aquí todo es santo y debe es­
tar vivificado por algo santo. Esta Orden enseña, sobre todo
al clérigo y aún al mismo sacerdote, la pureza personal. El
cuidado, el orden, la atención. Le exhorta a la vigilancia cons­
tante y escrupulosa, a la ayuda servicial. Y sobre todo a la
cooperación armónica, tan necesaria y tan fructífera. Tanto en
el ministerio pastoral como en el litúrgico, nadie está solo.
Todos forman un todo más elevado. Todos trabajan al servicio
de una idea común, con vistas a una comunidad ulterior y
perfecta. No en una uniforme igualdad, sino completando y
ejerciendo cada uno su ministerio en una subordinación vital
y en una mutua comprensión. De aquí la tarea de abrir las
puertas que llevan a Cristo a los que buscan a Dios, a los des­
caminados, a los convertidos. De hablar al corazón a los tris-

(75) AL: In IV sent. d. 24, C, a. 17. Cfr. CIO. can. 211 & 1: Sacra
ordinatio, sentel valide recepta, rmmquam irrita. Conforme al Dere­
cho y sin más, el m inorista que sale de u na O rden religiosa vuelve
al estado laical. CIC. can. 648; can. 669 & 2, o ta n pronto como ha
sido declarada nula su profesión por haber obrado con dolo, can. 2.387.
El O rdinario puede decretar la secularización cuando hay motivos
justos, por ejemplo cuando se ve que el m inorista no es apto para
recibir las Ordenes Mayores. Puede decretarla tam bién a petición del
ordenado, can. 211 & 2. Sobre la readm isión al estado clerical, can. 212.
tes, a los abandonados, a los demasiado hundidos en el polvo
de la tierra, como una voz que desde arriba, exhorta, consue­
la, ilumina. ¡Ojalá el ordenado utilizase después, durante su
vida apostólica, de palabra y de obra, tanto para su provecho
espiritual como para el de las almas de los fieles, los elevados
pensamientos que se ofrecen a nuestra consideración en las
oraciones y en los símbolos de esta ordenación y de las si­
guientes !
CAPITULO TERCERO

EL LECTORADO

Después de la ordenación del ostiario el coro canta el


Gradual y el primer Aleluya de la Misa. A continuación, des­
pués de la llamada acostumbrada, sigue la ordenación del lector.

Instrucción

Electi, filii charissimi, ut sitis Escogidos, hijos am adísim os,


lectoris in domo Dei nostri, offi­ para que seáis lectores en la casa
cium vestrum agnoscite et imple­ de Dios, m irad como vuestro ese
te. Potens est enim Deus, ut au­ oficio y cumplidlo. El Señor es
geat vobis gratiam perfectionis poderoso p ara aum entar en vos­
aeternae. Lectorem siquidem opor­ otros la gracia de la perfección
tet legere ea, quae (vel ei qui) eterna. Pertenece al lector leer
praedicat, et lectiones cantare, et aquello (para aquel) que predica,
benedicere panem, et omnes fru­ can tar las lecciones y bendecir el
tus novos. pan y todos los frutos nuevos.

Agnoscite. El ordenado debe conocer, meditar, compren­


der, el cargo que se le entrega. Es un ministerio santo que le
hace semejante al precursor del Señor, a la vox clamantis, a la
vox verbi aeterni, por quien la Palabra invisible y eterna habla
a los fieles. El lector se parece a los ángeles y profetas, en cuya
boca puso Dios su palabra. Se parece al sembrador que arroja
la semilla de la palabra y de la vida divinas, y está por eso
como incorporado a la misteriosa y maravillosa economía de
la mediación de la gracia y de la vida divinas.
Agnoscite. Quien recibe un ministerio en la casa de Dios
carga con la obligación de conocerlo profundamente y de ejer­
cerlo con fidelidad. Los olvidos, las equivocaciones, las infrac­
ciones y otras cosas parecidas son la mayoría de las veces
consecuencias de una instrucción y de un conocimiento defec­
tuosos. Las obligaciones de las que solamente se tiene una idea
imperfecta y oscura sólo imperfectamente pueden cumplirse.
Nadie las aprecia ni les ama. Si nuestro ministerio tiene por
objeto al Altísimo y su gloria y se realiza en su presencia, cual­
quier ignorancia culpable es intolerable. Es motivo y causa de
molestias constantes. '

Agnoscite et implete. Una magnífica y breve instrucción


para el ¡oven lector. Señor ¿qué quieres que haga? — pregunta
San Pablo— (1), y con estas palabras breves, sencillas y humil­
des, delata la grandeza extraordinaria de su alma apostólica.
Su disposición. Su celo. Un amor sin límites e incondicional.
Una obediencia absoluta. No en vano el salmista pide repetidas
veces al Señor: Dame entendimiento para que guarde tu ley y
la cumpla con todo el corazón. Da mihi intellectum et scrutabor
legem tuam et custodiam iilam in tote corde meo (2). Dame
entendimiento para saber tus mandamientos: et discam man-
data tua (3). Dame entendimiento para conocer tus manda­
mientos, para que los tenga siempre ante mis ojos, y en mi
memoria: ut sciam testimonia tua (4). Así debe pedir también
el ordenado la gracia iluminadora que le haga conocer las obli­
gaciones de su estado, que le haga cumplirlas, entenderlas pro­
fundamente y estimularlas en gran manera. San Pablo desea
una y otra vez que su comunidad se fortalezca y se perfeccio­
ne en la ciencia de las cosas de Dios (5).

(1) Act. 9, 6.
(2) Sal. 118, 34.
(3) Sal. 118, 73.
(4) Sal. 118, 12S.
(5) Ef. 3, 19; Col. 1, 9.
Et ¡mplete. Si Dios, a quien por naturaleza es ajeno todo
esfuerzo, ha trabajado en ti y por ti con tantos esfuerzos ¿por
qué quieres tú apartar de ti tan fácilmente todo esfuerzo y todo
trabajo? (6).
Nuestros talentos y nuestras fuerzas son limitadas, pero
Dios es lo suficientemente poderoso para aumentar en ti la
gracia de la eterna perfección. Otra vez en boca del obispo es­
tas palabras tan maravillosas: gratia perfectionis aeternae. ¿A
quién se la da? A ti, un hombre perecedero, débil, imperfecto,
a quien le es tan difícil conocer lo perfecto y desearlo, y a quien
es imposible alcanzar la perfección, estando sin embargo obli­
gado a ser perfecto. Nadie espera que ya desde un principio
seamos perfectos. Pero sí que desde un principio, progresando,
aspiremos a la perfección (7). Tenemos que pedirla, pues sin
una gracia especial es imposible llegar a ser perfecto (8).
Nuestra aspiración debe ser la perfección — en gracia— para
toda la eternidad. Exitos rápidos, demasiado fáciles y pasaje­
ros, no bastan ni para las aspiraciones íntimas del corazón ni
para la dignidad y el significado de nuestra vocación. Ambas
cosas — el corazón y la vocación— encuentran su descanso y
su sosiego solamente en lo eterno, en la verdadera y duradera
perfección. Y esta perfección es posible para ti, con la ayuda
de Dios. No se quede atrás nadie voluntariamente. También
nosotros podemos y debemos ser perfectos y alcanzar la corona
de la victoria de los perfectos. También hay para nosotros, si
cooperamos fielmente con la gracia de Dios, una eterna corona.
Agnoscite et implete. Pidamos por consiguiente constante­
mente este conocimiento pleno e interior. El rey salmista tenía
conciencia de que era un espiritual, un hombre de espíritu
— spiritualem se esse cognoscens— . De aquí sus ruegos por el
Espíritu Santo y por su gracia. Nos son indispensables un cono­
cimiento claro y una inteligencia profunda. Sin ellos, nadie
puede ni aprender ni enseñar. Aquel a quien falta el conoci­
miento no puede enseñar. Nunca será un maestro ni un hombre
de ciencia. Las dotes pedagógicas no dependen de la memoria,
sino de la inteligencia. Nada conseguirás leyendo mucho, apren­
diéndotelo y guardándolo en la memoria, si no lo has entendi-

( 6 ) A.: In Ps. 118, serm o 10, 8 .


(7) A.: In Ev. Le. 6 , 22.
( 8 ) A.: De poenitentia II, 3, 11.
do (9). Para ello son necesarias la humildad y la oración hu­
milde. No nos engriamos si comprendemos algo de la Sagrada
Escritura o leemos algo fácilmente inteligible y entendemos su
sentido literal. No seremos entonces por mucho tiempo ni sa­
bios ni maestros (10). En cuanto ministros consagrados de
Dios, debemos pedir siempre esta profunda inteligencia y espe­
rar que nuestros ruegos serán oídos. El salmo nos exhorta
otra vez: Siervo tuyo soy, dame entendimiento (11). Y cierta­
mente nosotros, en cuanto ministros de Dios! en las almas, ne­
cesitamos tales gracias. El entendimiento y la bondad nos al­
canzan su favor y su atención (12). Ni hacer sin oír, ni oír
sin hacer te hacen sabio. Sólo quien oyendo obedece y obra,
quien sabe oír y hacer es un hombre sabio a los ojos de Dios.
La síntesis perfecta abarca por consiguiente oír, entender y
hacer. Escuchemos por tanto para poder entender. Oír, pres­
tar atención y aprender con entendimiento interior y verdadero
no es en manera alguna un arte muy frecuente (13). De modo
parecido, cuando hayamos cumplido lo que se nos mandó, no
nos engriamos. Hemos hecho algo, pero no todo lo que de­
bíamos. ¿Quién pensará que con su trabajo va a compensar
los beneficios que Dios nos hace conservándonos la vida y pro­
curando nuestra salvación? (14). Y añadamos esto: ¿Tomán­
donos en el número de sus ministros?

Leer, cantar, bendecir

Leer. El lector lee previamente en la liturgia los textos de


la Escritura sobre los que el predicador quiere hablar.
Antiguamente, en una proporción mucho mayor que hoy
día, la lectura era algo sustancial para la liturgia y para la
Misa. Los libros de las Sagradas Escrituras eran leídos todos a

(9) A.: In Ps. 118, serm o 10. 19.


(10) A.: In Ps. 118, sexmo 10, 20.
(11) Sal. 118, 125. Según Th. Suppl. 32, 2 ad 3, no pertenece al
Lector explicar el sentida de las Escrituras. Esto es obligación y pre­
rrogativa del diácono y del sacerdote. A él le basta el saber leerlas
lo cual no es ta n fácil p a ra todos, como cree el Santo.
(12) Prov. 13, 15.
(13) A.: In Ps. 118, serm o 10, 21.
(14) A,: 1. c. 16, 33,
través de los días y de las semanas: solemni muñere... et tem-
pore (15). Esto era una obligación santa y se seguía con un
orden riguroso. Ordinariamente la lectura y la predicación se
hacían sobre el mismo tema y ambas estaban íntimamente uni­
das con la liturgia. Cuando San Ambrosio estaba con su pueblo
en su iglesia, se llenaba también al mismo tiempo la basílica
nova. Mientras estaba allí acabando la lectura, vino de aquí
un mensajero pidiendo un lector (16). La lectura ya comenza­
da no podía interrumpirse. Como el Santo temiese en su hu­
mildad no encontrar entre la multitud presente una voz digna,
sintió cómo el Espíritu Santo se apoderaba de él mientras el
lector leía las Sagradas Escrituras y cómo un salmo de sobra
conocido se le presentaba envuelto en una nueva luz (17). En
la voz del lector se oía la voz del Espíritu Santo, aun cuando
el lector era un niño — lector parvulus (18). Hasta ahora era
yo vuestro lector, dice San Agustín en una homilía. Si como tal
he sido entendido por vosotros, ¿para qué se necesita un ex­
positor? Había empezado su predicación con una larga cita de
San Pablo (19).
El lectorado es, por consiguiente, no sólo un cargo hono­
rífico, sino un ministerio muy importante para la instrucción
y para el culto divino. Un ministerio que no desdeñó ejercer
Cristo con una humildad divino-humana (20). Per lectionem
docet non contemnere ordinem ecclesiasticum. Cuando leyó en
la sinagoga de Nazaret, tomó sobre sí este ministerio y lo con­
sagró (21).

Cantar. En la regla de San Benito legere y cantare signifi­


can a veces lo mismo. Exactamente igual en otros escritos. Y es
que frecuentemente la lectio, en ocasiones solemnes especiales,
era realmente un canto más o menos elaborado. Por eso el lec­
tor era también en aquellas ocasiones cantor. Mas no lo con­
trario, es decir, el cantor lector. Este último recibía una consa-

(15) A.: Ep. 20, 14.


(16) A.: Ep. 20, 13.
(17) A.: Ep. 22, 3 S.
(18) A.: De excessu 1, 61.
(19) Agm.: 213 SS.
(20) A.: In Ev. Le. 4, 45.
(21) Al,: In Ev. Le. 4, 16; Lom bardus: Sentent. 4, d. 24,
gracíón propia; no así el salmista, pues éste representaba a!
pueblo y por consiguiente no tenía un cargo especial, sino que
ejercía un ministerio que pertenecía a la comunidad eclesiásti­
ca. Esto sorprende a primera vista, pues los textos que el sal­
mista canta son tan santos como las lecciones de los profetas.
Por otra parte los cantos son preferentemente oraciones y como
tales competen a todos. La ejecución por lo mismo no exige el
ministerio especial de un ministro escogido, segregado del res­
to del pueblo, comisionado y consagrado por la Iglesia (22).
Con otras palabras: Estos ministros colaboran no sólo como los
cantores en los actos litúrgicos, sino que ayudan, si bien en di­
verso grado, al mismo obispo celebrante en su oficio magiste­
rial y sacrificial, mientras que los cantores ayudan y repre­
sentan al pueblo en su participación en el Sacrificio. Por cierto
que el cantor colabora también en la ceremonia total. Primero
elevando y enfervorizando religiosamente los corazones de los
fieles con los sentimientos propios del día. Luego procurando
y ofreciendo a Dios una parte considerable del sacrificium lau-
dis, en cuanto que es un sacrificio de oraciones. Todos los cris­
tianos pueden ofrecer este sacrificio y han sido ya capacitados
para ello por el bautismo. Y todos tienen la obligación vocacio-
nal de ofrecer a Dios sacrificios espirituales. El ministerio del
lector, por el contrario, está, como ya hemos visto, en estrecha
relación con el Sacrificio Eucarístico y con el sacerdote consa­
grante (23).
San Isidoro (24) muestra así la diferencia entre el lector
y el cantor: Aquél, con sus lecciones, enseña al pueblo el ca­
mino que ha de seguir; éste, con su canto, excita a la compun­
ción del ánimo. Sin embargo no siempre ambos cargos estu­
vieron separados. Del siglo IX al X II hubo una especie de ins­
titución ritual del cantor usada en diversos lugares y aún en
Roma. El Pontifical Romano (25) tiene todavía hoy ;una
fórmula para hacer esto y hace notar en breves palabras que
sólo por orden del sacerdote puede un cantor tomar sobre sí
este cargo, que se le da con estas sencillas palabras: "Procura
creer con el corazón lo que cantas con la boca y practicar con

(32) Al. : In IV sent. d. 24, D, a. 20.


(23) T h. Suppl. 37, 2 ad 5.
(24) S. Isidoro: Etymologiae 7, 12, 24.
(25) Pontificale Rom. P, III: De officio Psalm istatus.
tus obras lo que crees con el corazón". Si esto no sucede así, el
obispo quita el cargo al que se ha hecho indigno de él. Por el
contrario el oficio de los salmistas en la liturgia griega es de
suma importancia (26).

Bendecir. Bendecir es, según San Ambrosio, invocar sobre


una persona, mediante la oración, la santificación y las gracias
sobrenaturales: benedictio sanctificationis et gratiarum votiva
collatio (27). Después de que todos los pueblos han sido ben­
decidos en Cristo y ha sido desterrada la maldición de este
mundo, la Iglesia y el sacerdote tienen poder para conservar y
repetir esta bendición. En las manos del lector se ha puesto
una partecita de este poder santificador y de esta maravillosa
tarea. En cuanto ministro consagrado de Cristo y de la Iglesia,
puede ser mediador de su bendición y puede hacerla descen­
der sobre nuestros alimentos corporales. Nosotros, hijos de
Dios, recibimos el pan y los frutos de la bondad paternal de
Dios, y en la bendición que reciben de una mano consagrada,
aparecen una prenda de la sabiduría y del amor de Dios, un
signo de que nosotros pertenecemos a un orden nuevo, a una
nueva alianza, a un mundo de gracia y de bendición, y de que
todo lo que hacemos — excepto el pecado— está incluido en
esta bendición, y de que todo lo que hacemos o tenemos está
consagrado al Nombre de nuestro Señor y Salvador, Jesucristo,
en el cual y por el cual damos gracias a Dios Padre (28).
El pan, en cuanto que es el principal sustento, es el sím­
bolo de todo nuestro alimento. El pan es el que sustenta la vida
del hombre (29), el que fortalece el corazón del hombre, es de­
cir, el que hace fuerte al hombre entero y capaz para trabajar.
Le sustenta, le hace crecer y llegar a la edad adulta. El pan es
un alimento humilde. Libre de toda exuberancia, sencillo, es el
alimento de los hombres sanos y sencillos. Es al mismo tiempo
un alimento misterioso. Es un recuerdo que nos habla del Pan
Eucarístico de vida.
Los nuevos frutos son las primicias de la cosecha. Son lo
primero, lo más agradable, lo más puro que la tierra, resucitada

(26) Ct. 1 , 166.


(27) A.: De benedictionibus P atriarcharum 2.
(28) Col. 3, 17.
(29) Sal. 103, 15.
de nuevo a la vida, da al hombre. Son mensajeros y prendas
de la exuberante cosecha que va a venir. Hijos de la naturaleza,
nos ayudan a nosotros, los hombres, a llevar la vida sobrenatu­
ral. No debemos probarlos sin la bendición del cielo. Como
todo lo que viene de Dios y sirve a su voluntad, son algo que
está dentro del mundo de Cristo, dentro del mundo de lo so­
brenatural y de la gracia. Sirven a los santos y deban por eso
ser bendecidos. La Iglesia, nuestra madre, bendice, mediante el
lector, el alimento de sus hijos.
Otras bendiciones de este género, si se ejecutan con la fór­
mula solemne del ritual, están reservadas al sacerdote. Sin em­
bargo el lector puede bendecir pan y frutos siempre que se le
presenten para bendecirlos.

Exhortación del O b isp o

Studete igitur, verba Dei, vide­ Cuidad, pues, de pronunciar las


licet lectiones sacras distincte et palabras de Dios, a saber, las lec­
aperte ad intelligentiam et aedi­ ciones sagradas, con distinción y
ficationem fidelium absque omni claridad p ara inteligencia y edi­
mendacio falsitatis proferre; ne ficación de los fieles, sin ningu­
veritas divinarum lectionum in­ n a m entira o falsedad, p a ra que
curia vestra ad instructionem au­ la verdad de las divinas lecciones
dientium corrumpatur. Quod au­ no se corrom pa por negligencia
tem ore legitis, corde credatis et vuestra en la instrucción de los
opere compleatis; quatenus au­ fieles. Lo que leéis por vuestra
ditores vestros verbo pariter, et boca, creedlo de corazón y cum­
exemplo vestro docere possitis. plidlo con vuestras obras, a fin
Ideoque dum legitis, in alto loco de que podáis enseñar a vuestro
ecclesiae stetis, ut ab omnibus auditorio con la palabra y asi­
audiamini et videamini, figuran­ mismo con el ejemplo. Por tan ­
tes positione corporali vos in alto to, cuando leáis, colocaos en si­
virtutum gradu debere conversa­ tio elevado de la iglesia, p ara ser
ri; quatenus cunctis, a quibus vistos y oídos de todos, figuran­
audimini, et videmini, coelestis do por la posición de vuestro
vitae formam praebeatis; quod in cuerpo que debéis hallaros en alto
vobis Deus impleat per gratiam grado de virtud a fin de que deis
suam. a cuantos os ven y oyen la nor­
m a de vida celestial; lo que el
Señor cum pla en vosotros por su
gracia.
Studetef Es una tarea para toda la vida, aun para cuando
el sacerdote sea anciano. Quien deja de leer, deje de enseñar.
Sólo la lectura continuada mantiene el espíritu fresco y joven.
Le mantiene lo suficientemente ilustrado para poder comunicar
a los demás la propia vida. Es siempre conveniente no cometer
faltas y leer cosas nuevas y buenas. La naturaleza ayuda a quien
quiere aprender. Sólo los duros de corazón no aprenden nada.
La naturaleza, mediante la gracia de Dios, da los primeros pa­
sos. Dios es quien da el incremento (30).
El trabajar sin descanso es algo que honra al clérigo y es
digno de un espíritu elevado. Veamos lo que dice San Ambro­
sio : Naturam nobis formare non possumus, possumus diligen-
tiam. Nadie puede darse una nueva naturaleza, pero todos po­
demos ser celosos y diligentes. Mediante el estudio se consigue
suprimir muchas faltas y debilidades congénitas y de este modo
completamos aquello que la naturaleza nos había negado. De
aquí aquella regla de oro de la antigüedad: vince naturam di-
I¡genti a. Domina tu naturaleza con el esfuerzo. No a todos
se nos ha dado buenas cualidades, pero todos podemos es­
forzarnos de una manera solícita y duradera. Potest esse et
in pluribus diligentia (31). San Ambrosio estaba muy lejos
de identificar la virtud con la belleza corporal. Confiesa, sin
embargo: no excluimos ni la gracia natural ni la belleza (32).
Su ideal e ra: que no falte nada de lo conveniente y necesario,
pero que no se añada nada a la belleza (natural) (33). Un
ejercicio ( exercitatio) continuado puede llevar hasta la per­
fección en aquello en que la naturaleza falla. Por el contrario,
la naturaleza pierde su gracia natural cuando no se la ejercita.
Aun para los de mucho talento el celo es una valiosa añadi­
dura y sostén (34). Y por cierto que tanto para el lector
como para los miembros de las restantes Ordenes, existe una
conducta a seguir en la lectura y en el canto, en el modo y
manera de conducirse en las sagradas ceremonias, y de so­
meter a ellas su voz, su postura y sus movimientos a leyes
determinadas.
Studete. San Ambrosio desea que el tono y el timbre de
la voz sean sencillos y naturales: simplicem et puram esse ar-

(30) A.: Ep. 8, 15.


(31) In Ps. 36, 66 .
(32) A.: De officiis m inistrorum 1, 19, 83.
,(33) A.: 1. c. 1, 19, 84.
(34) A.: De A braham 2, 3, 8 .
bitror. El que su sonido sea lleno depende quizá más de la
naturaleza que de nuestra voluntad y de nuestra diligencia. Tu
pronunciación no obstante debe ser clara y llena de una fuerza
varonil. Igualmente libre de toda apariencia de aspereza o
rusticidad como de teatralidad. Digna de los misterios sagra­
dos a los que sirve (35). Ciertamente en el ministerio sagra­
do del lector se cumple en verdad lo que el santo (36) consi­
dera como la más preciosa ventaja del lenguaje humano: se
convierte en órgano del Espíritu Santo y presta con los labios
a la palabra de Dios el sonido y la expresión.
Isaías (37) dice del prometido Salvador del mundo que
tiene una lengua de discípulo para saber sostener con su pa­
labra a los abatidos. Jeremías refiere de sí mismo cómo al co­
mienzo de la llamada de Dios se resistía y aducía su falta de
conocimiento y su poca facilidad para hablar. Entonces Dios
tendió su mano, y tocando con ella mi boca me dijo: Mira
que pongo en tu boca mis palabras (38). ¿Por qué no vamos
a esperar nosotros en nuestro ministerio una ayuda parecida
y pedirla, y entonces Dios nos pondrá también sus palabras
en nuestra boca?
La Sagrada Escritura nos refiere un magnífico modelo de
lector. Cuando Esdras leyó la ley ante la asamblea del pueblo,
lo hizo claramente y en voz alta — aperte. Abrió el libro vién­
dolo todos, por estar él más alto que todo el pueblo, pues es­
taba sentado sobre el estrado de madera para poder hablar
desde allí a la multitud. Leía distincte, clara y distintamente,
entendiendo el pueblo lo que se le leía (39). ¿Tendremos hoy
menos obligación de anunciar la palabra de Dios digna y dis­
tintamente? ¿Para qué entonces ese tono y esos movimientos
femeninos, rebuscados y artificiales? Esto no lo aplaude la
Iglesia. Tampoco lo descuidado, lo ineducado y lo rústico.
Tomemos como modelo la naturaleza pura. Ella es quien nos
da el modo y la medida exactas para la educación y la com­
postura (40). El hecho de que la gente del mundo dé un va-

(35) A.: De officiis m inistrorum I, 23, 104,


(36) A.: Hexaemeron 6 , 9, 66 .
(37) Is, 50, 4.
(38) Jer. 1, 9.
(39) Neh. 8 , 2, 4 s. 8 .
(40) A.: De officiis m inistrorum 1, 19, 84.
lor muy grande a la forma exterior del trato y del lenguaje,
no es fundamento para que el clérigo no le preste atención,
Al contrario. Debemos adherirnos a las palabras de San Am­
brosio, aunque escritas por otros motivos: Cuanto más ele­
vada sea una tarea, tanto más atención y cuidado exige (41).
Esto corresponde perfectamente al studete de la exhortación
del obispo. El hablar y el leer son un arte. Al servicio de la
liturgia, un arte sagrado. Esforcémonos por tanto por apren­
derlo. Por hacernos instruir por peritos. Por perfeccionar y
mantener, mediante un cuidado recto y saludable, lo que la
naturaleza nos ha dado.
Studete. En primer lugar, totalmente en armonía con es­
tos pensamientos, resalta el cuidado por una lectura sin fal­
tas, clara y edificante, como lo exigen el lugar, el objeto de la
lectio divina y la dignidad de la palabra de Dios. La lectura
litúrgica debe ser distinta y clara, inteligible y edificante, sin
faltas ni errores. La verdad y la claridad de la palabra divina
no debe corromperse por la falta de atención del lector, ya
que está destinada a instruir a los oyentes en la verdad.
Pedro Lombardo (42) parafrasea magníficamente esta
primera exigencia. Quien tiene este ministerio necesita la cien­
cia de las letras litterarum scientia) de modo que comprenda
el sentido de las palabras, les dé el tono debido y las lea dis­
tintamente, para no hacer imposible a los oyentes la com­
prensión del sentido de las palabras. Tiene que diferenciar bien
las afirmaciones de las interrogaciones. Debe saber cómo hay
que unir o separar las palabras conforme al sentido. Quien
falla en esto dificulta la comprensión y excita la risa de los
oyentes. La obligación del lector es satisfacer el oído y el co­
razón de los fieles.

Es también tarea del lector procurar creer con toda el


alma y llevar a la práctica lo que anuncia como heraldo de
Dios. Por consiguiente, una plena verdad y unidad entre el
pensamiento y las obras, entre la fe y las palabras. Sólo de
este modo será posible instruir a los oyentes con la palabra
y el ejemplo. El lector está en la iglesia en un lugar elevado
bajo la mirada escudriñadora de Dios, visible a toda la co-

(41) A.: 1. c. 1, 44, 217.


(42) Lom bardus: Sentent, IV, d. 24.
munidad, de modo que puede ser oído y visto por todos. Una
prueba de que no debe contentarse con una virtud pequeña e
imperfecta, sino que debe ser un ejemplo de vida celestial
para todos los que dirigen a él sus miradas. Los hombres ha­
cen más caso del ejemplo que de la palabra. El enfermo cree
más fácilmente que una planta es salutífera o venenosa si ve
con los propios ojos que el médico prueba la una y arroja la
otra (43). Progresa más y más fácilmente aquel a quien mue­
ve el ejemplo de una vida. Si uno ve que una cosa puede ha­
cerse y otro la ha conseguido ya, le parece que hacer lo mis­
mo no tiene dificultad alguna. Lo que en otros da resultado se
considera, sin más, útil y hasta se cree uno con la obligación
de hacer aquellas costumbres paternas que recibimos como
una herencia (44).
¡ Qué tarea más grande — casi sobrehumana— la que se
le confía al lector: ser para los fieles un ejemplo de vida ce­
lestial I ¿Cóm o será posible esto? Solamente con la grada de
Dios. Para Dios no hay nada imposible. Su gracia y su mise­
ricordia son lo suficientemente poderosas aun para hacer en
ti un milagro de la gracia. ¿N o refleja la más pequeña gota
de rocío, si está limpia, la luz del sol y un trozo del cielo?
I Hazte ejemplo de vida celestial! Pues tu vida se ha conver­
tido en un libro vivo, en un Evangelio vivo.

En trega del libro s a g r a d o

Ha llegado el momento de la ordenación. El lector se


arrodilla ante el obispo y toca con su mano derecha el libro
de las lecturas santas.

Accipite, et estote verbi Dei re­ Recibid y sed promulgadores de


latores, babituri, si fideliter et la palabra de Dios, a fin de que,
utiliter impleveretis officium ves­ si cumplís vuestro oficio fielmen­
trum, partem cum iis, qui ver­ te y con provecho, tengáis parte
bum Dei bene administraverunt con aquellos que desde el prin­
ab initio. cipio administraron bien la pala­
bra divina.

(43) Cfr. Agm. 699, 6 .


( 44 ) A.: De virginibus 2 , 1, 2.
Recíbelo, dice el obispo. Sé un promulgador de esta pa­
labra. Si cumples bien y provechosamente tu ministerio, ten­
drás parte con aquellos que administraron bien la palabra de
Dios desde un principio. Tendrás parte por tanto con los men­
sajeros de Dios, con los profetas, con los Apóstoles, por quie­
nes habló Dios y su Espíritu Santo.
En este instante tienes un precioso tesoro en las manos.
Se te ha entregado la palabra de Dios. Sé un heraldo de esta
palabra con todos tus deseos y con todas tus acciones. Sé fiel
y provechoso en tu ministerio.

Fideliter et utilíter. Ambas cosas dependen, en primer lu­


gar, de Dios, pero también — en gran parte— de nuestra
colaboración.
Desde el principio han trabajado los patriarcas y los pro­
fetas fiel y provechosamente, en medio de las difíciles prue­
bas de la antigüedad, por la palabra de Dios. Después de ellos,
instruidos y enviados por Cristo, los Apóstoles y discípulos del
Señor. A ellos hay que añadir los numerosos misioneros, sacer­
dotes, obispos y Papas que ejercieron su ministerio laudable­
mente, poniendo en él todas sus fuerzas y toda su ciencia, y
y aun hasta entregando por él su vida. El lector tendrá parte
en la recompensa celestial e incomparable de estos mensaje­
ros de Cristo, si ha trabajado con los mismos sentimientos,
con el mismo celo, con el mismo fin que ellos.
t

Como hemos visto, el mismo Señor se ha dignado ejercer


este ministerio en la sinagoga de Nazaret (45). Algunos ex­
positores recuerdan cómo el Cordero fue el único en el
cielo digno de recibir el libro (46). Se quejan de que algu­
nos indignos, sin el debido conocimiento, tomen este oficio,
y de que en su tiempo el libro sagrado era cerrado por más
que abierto. Hugo de San Caro (47) destaca el único acto que
conocemos de Cristo durante su lectura: Se levantó, abrió el
libro de pie, leyó el texto, cerró el libro, lo devolvió al sir­
viente y se sentó. De modo parecido el lector y el predicador
se levantan dispuestos a seguir la voz de Dios, dispuestos a

(45) LC. 4, 17.


(46) Ap. 5, 5. 7; 6 , 1.
(47) Hugo de S. Caro: In Le, 4, 18.
servir a Dios, dispuestos a ser iluminados desde lo alto para el
anuncio de la palabra de Dios. Así como Dios abrió la boca
del profeta, así abre el lector el libro santo. La palabra que
Dios habló hace siglos por boca de su siervo se hace viva en
su boca. Cierra con cuidado el libro porque el siervo fiel y
prudente da el trigo* del Señor con cierta medida y a su tiem­
po oportuno. Lee de pie como señal de que sirve al obispo,
que está sentado en el trono. O como signo de que está pre­
parado a difundir la palabra de Dios, y — sí fuera preciso—
hasta a luchar por ella. No debe descansar hasta haber cum­
plido totalmente su oficio. Con reverencia y con el debido cui­
dado devuelve el libro al ostiario.

Otros expositores ven en el lectorado una especie de mi­


nisterio profético y aplican a la lectura las palabras que se
le dirigieron a Isaías: Clama a voz en cuello sin cesar, alza tu
voz como trompeta (48).

Oraciones finales

O r e m u s , fratres charissimi, Roguemos, am adísim os herm a­


I)eum Patrem omnipotenetm, ut nos, a Dios Padre todopoderoso,
super hos famulos suos, quos in que derram e clem ente su bendi­
ordinem lectorum dignatur assu­ ción sobre estos sus siervos a
mere, benedictionem suam cle­ quienes se h a dignado escoger
menter effundat: quatenus dis­ para la O rden de lectores, a fin
tincte legant, quae in Ecclesia de que lean con claridad 'o que
Dei legenda sunt, et eadem ope­ debe ser leído en la casa del Se­
ribus impleant. Per Dominum ñor y lo cum plan con sus obras.
nostrum Jesum Christum Filium Por nuestro Señor Jesucristo su
suum: Qui cum eo vivit, et reg­ Hijo, que con El vive y reina
nat in unitate Spiritus Sancti en unidad del E spíritu Santo,
Deus, per omnia saecula saecu­ Dios, por los siglos de los siglos.
lorum. I}. Arnen. J). Amén.

(48) Lom bardus: Sentent. IV, d. 24, a. 19; Is. 58, 1.


Oremus. Oremos.
(Diacono). Flectam us genua. Doblemos las rodillas.
Levate. ((. Levantaos.
Domine sancte, P ater omnipo­ Señor santo, Padre om nipoten­
tens, aeterne Deus, benedicere te, Dios eterno, dígnate bendecir
dignare hos fam ulos tuos in of­ a estos tus siervos en el oficio de
ficium lectorum : ut assiduitate lectores, a fin de que sean ins­
lectionum instructi sint, atque or­ truidos y ordenados por la lectu­
dinati, et agenda dicant, et dicta ra asidua y digan lo que se ha
opere im pleant, u t in utroque de obrar, y lo que digan cum plan
sanctae Ecclesiae exemplo sancti­ con sus obras; y así con am bas
tatis suae consulant. Per Domi­ cosas por el ejem plo de su san­
num nostrum Jesum C hristum tidad sirvan a la santa Iglesia.
Filium tuum , qui tecum vivit, et Por nuestro Señor Jesucristo, tu
regnat in unitate Spiritus Sancti Hijo, que contigo vive y reina en
Deus, per om nia saecula saecu­ unidad del E spíritu Santo, Dios,
lorum. por los siglos de los siglos.
!$. Amen. 5 . Amén.

Dios se ha dignado contarte entre el número de los lec­


tores. A El, el Todopoderoso, ruega el obispo que derrama so­
bre ti con suavidad y bondad su bendición, para que cumplas
rectamente su ministerio en la Iglesia de Dios y para que con­
firmes con tu conducta lo que allí has leído. Una vez más
oímos en la oración del obispo la exhortación: ¡Leed con cla­
ridad lo que ha de ser leído en la iglesia I Con esto no basta.
El obispo vuelve de nuevo al Señor, el Padre celestial y el
eterno Dios, para que se digne bendecirte, con el fin de que
en tu ministerio tengas perseverancia, inteligencia y orden. O,
como podría entenderse también; ¡Acredítate, con la bendi­
ción de Dios, como fiel ejecutor de tu vocación, de tu oficio
de instruir y de bendecir!
Anuncia a los fieles lo que deben hacer y haz con tus
obras lo que tu palabra anuncia. Santifica a la Iglesia con la
verdad y con tus acciones mediante tu ejemplo. Por Cristo,
nuestro Señor, que con el Padre y el Espíritu Santo vive y rei­
na por los siglos de los siglos.
Si bien hoy día rara vez tiene que actuar el lector, no
obstante, en aquel que tiene que leer y anunciar la palabra de
Dios en la liturgia debe seguir viviendo el Espíritu que se nos
anuncia en la ordenación con sus oraciones y exhortaciones.
Ante todo, como Espíritu de temor de Dios y de sabiduría,
que anime y ennoblezca nuestro ministerio y contribuya a
que se convierta, en todos los aspectos, en un sacrificium ra­
tum, rationabile, et acceptabile.
CAPITULO CUARTO

EL EXORCISTADO

Im tr cci6 n

Ordinandi, filii charissimi, in Amadísimos hijos, los que vais


officium exorcistarum, debetis nos­a ser ordenados p ara el oficio de
cere, quid suscipitis. Exorcistam exorcistas, debéis conocer lo que
etenim oportet abjicere daemo­ recibís. Al exorcista corresponde
nes, et dicere populo, ut, qui non echar los demonios y advertir al
communicat, det locum: et aquam pueblo que, el que no comulga
in ministerio fundere. Accipitis ceda el puesto; él debe tam bién
itaque potestatem imponendi ma­ dar aguam anos en los oficios di­
num super energumenos; et per vinos. Recibís, pues, el poder de
impositionem manuum vestrarum im poner las m anos sobre los ener­
gratia Spiritus sancti et verbis gúmenos y con la imposición de
exorcismi pelluntur spiritus im­ vuestras m anos por gracia del
mundi a corporibus obsessis. Espíritu Santo y las palabras del
exorcismo son echados los espíri-
tus Inm undos de los cuerpos de los posesos.

El obispo propone a los exorcistas una triple tarea.


Al exorcista pertenece:
Expulsar los demonios.
Despedir a todos aquellos que no van a participar en el
banquete eucarístico.
Presentar el agua para el lavado de manos cuando Hay
que hacerlo en la liturgia.

Primitivamente su tarea principal consistía en imponer


las manos y no sólo sobre los posesos, sino más frecuente­
mente aún sobre los catecúmenos. Más tarde este acto se dio
y se reservó a los acólitos y sacerdotes.
En nuestros días, y ya desde hace mucho tiempo, no se
ejerce la segunda obligación del exorcista. En la antigüedad,
quien no comulgaba debía abandonar la iglesia al comenzar
el banquete eucarístico. San Gregorio nos narra en la vida de
San Benito ■( 1) un ejemplo de esta costumbre: Según era cos­
tumbre, dijo el diácono: Si alguno no va a comulgar, aban­
done el lugar santo. El efecto de estas palabras era general­
mente que unas monjas enterradas en la iglesia dejaban la
casa de Dios, hasta que la intervención de San Benito las de­
volvió el descanso. El sentido de estas palabras era por con­
siguiente no sólo que se dejara libre el paso a la mesa euca-
rística a los que iban a comulgar, sino que los que no iban a
comulgar dejasen la iglesia: ut non communicantes ab eccle-
sia exirent. Los que no comulgaban eran aquellos que, estan­
do en la iglesia, no estaban autorizados a participar en el Sa­
crificio verdadero y en el banquete eucarístico o aquellos a
quienes se les había prohibido la participación. Eran por tan­
to los catecúmenos, que no habían recibido todavía el bautis­
mo, y los excomulgados: communione privati, como presu­
pone y da a entender San Gregorio en su relato. La voz del
diácono tenía como fin, por consiguiente, el poner a salvo el
banquete eucarístico de toda profanación. Nadie que no es­
tuviera bautizado ni ningún excomulgado debía recibir la Sa­
grada Eucaristía, ni siquiera asistir al banquete eucarístico.
Ahora que, según San Gregorio, era el diácono y no el exor­
cista quien tenia a su cargo esta defensa. En la antigua litur­
gia alejandrina es también el diácono quien ejerce este minis­
terio con estas palabras: Aléjese quien no va a comulgar (2).
En las palabras que siguen en el rito de la ordenación
vuelve a aparecer el verdadero oficio del exorcista : su poder
(1) S. Greg. M ag.: Dial. 2, 23.
(2) Puniet I, 148.
para imponer las manos sobre los posesos y arrojar el demo­
nio. El obispo le entrega este poder con la aseveración de que
la imposición de manos, con la gracia del Espíritu Santo y
con las palabras de lexorcismo, arroja a los espíritus inmun­
dos de los cuerpos de los posesos.

Exhortación del O b isp o

Studete igitur, u t sicut a cor­ Procurad, pues, que así como


poribus aliorum daem ones expe­ ahuyentáis los demonios de los
llitis, ita a m entibus et corpori­ cuerpos de otros, así echéis de
bus vestris omnem inm unditiam vuestras alm as y cuerpos toda
et nequitiam ejiciatis; ne illis inm undicia y m aldad; no sea
succum batis, quos ab aliis, vestro que sucum báis a aquellos que
m inisterio, effugatis. Discite per expelis de los demás por vuestro
officium vestrum vitiis im perare, m inisterio. Aprended por vuestro
ne in m oribus vestris aliquid sui oficio a dom inar los vicios, para
juris inim icus valeat vindicare. que no pueda el enemigo vindicar
Tunc etenim recte in aliis dae­ n ad a como suyo en vuestras cos­
m onibus im perabitis, cum prius tum bres. Entonces tendréis ver­
vobis eorum m ultim odam nequi­ dadero poder sobre los demonios
tiam superatis; Quod vobis Do­ de los demás, si prim ero superáis
m inus agere concedat per Spiri­ en vosotros su m últiple m aldad.
tum suum sanctum . Lo que el Señor os conceda rea­
lizar por su Espíritu Santo.

El poder que recibe el exorcista trae consigo algunas obli­


gaciones. Quien debe librar a los demás del demonio debe,
ante todo, procurar estar libre de toda impureza de cuerpo y
de alma, para no caer bajo el dominio de aquel a quien arro­
ja de los demás.
Este oficio es por consiguiente una exhortación a ser due­
ños cada vez más sobre nuestras propias faltas y pasiones,
para que el demonio no encuentre en nosotros o en nuestra
conducta nada que pueda reclamar para sí.
De aquí la exhortación: Studete — discite!

Studete! La Iglesia ha dotado de un poder sagrado al or­


denado y éste tiene un dominio real sobre él. Pero para que
nosotros mismos, nuestro pensar y nuestro querer, nuestras
acciones y nuestra conducta estén siempre en armonía con
nuestro ministerio y con su poder, es necesario nuestro es­
fuerzo continuo.
Studete! Que este esfuerzo sea sincero, celoso, incansa­
ble. Nos es imposible servir a dos señores. Sería una contra­
dicción odiosa y por consiguiente peligrosa perseguir y vencer
por una parte al demonio y por otra someterse a él volunta­
riamente y servirle. Romper las cadenas de los demás y lle­
var, por las faltas propias, afrentosos grillos y ponerse cade­
nas de esclavos.
¡Que el enemigo maligno e irreconciliable no descubra
en nosotros con su aguda mirada nada que le pertenezca como
fruto de su sementera, que le pertenezca a causa de nuestra
cobarde transigencia y de nuestra debilidad, nada sobre lo
que pueda tener derechos o pretensiones, nada que por de­
recho pueda reclamar!

Discite! La ordenación nos da realmente un poder sagra­


do. A él va unida, como siempre, una tarea sagrada: el apren­
der todo lo necesario para ejercer el oficio y el dejarse ins­
truir sobre él. ¿Qué es lo que el ordenado tiene que aprender
con un ejercicio constante, con un celo incansable y con una
verdadera humildad? Discite vitiis imperare. Aprende primero
a conocer al enemigo. A conocerle en su naturaleza aun cuan­
do finja. En su guarida, aun cuando se esconda en ti mismo.
En los halagos y engaños con que se embauca a sí mismo y
embauca a los demás. Con que pretende engañarte a ti y a los
demás y hacernos caer. Disce imperare. Primero a ser dueño
de ti mismo. Quien subyuga los apetitos de su cuerpo y so­
mete a su cuerpo al espíritu domina sobre sí mismo como un
rey (3). Sed sub te erit appetitus eius (4). Pisa tus apetitos y
los dominarás. ¡Si Caín hubiera entendido esto y hubiera creí­
do en la palabra de Dios! Hay que aprender este arte. Bajo
la dirección de Dios. Con su gracia. Con su Espíritu Santo.
Este arte es completamente necesario al ordenado. Discite im­
perare! Que nadie se llame a engaño. Las mañas y la malig­
nidad de este enemigo disponen de innumerables medios y
caminos, de innumerables formas y modos y no es una pe-

(3) A.: De Isaac et anima 4, 16.


(4) Gen. 4, 7.
quena tarea la que nos espera. En rechazar o vencer esta mul­
timoda nequitia consiste la lucha constante que hemos de sos­
tener no sólo hoy o mañana, sino toda la vida. Salir vence­
dores en nuestro corazón contra este enemigo resentido es
solamente posible por medio del poder de Cristo y de su Es­
píritu Santo. Pidámoslo constantemente. No olvidemos que el
enemigo, como león rugiente, anda rondando constantemente
y busca a quien devorar (5). Sólo quien tiene puro su espí­
ritu puede arrojar los espíritus impuros de los demás. Sólo
quien tiene su corazón libre de todo mal puede alejar al ma­
ligno del corazón de los demás. De lo contrario, te perjudica­
ría a ti mismo la medicina que das a los demás; hallarían
cumplimiento en ti aquellas palabras: médico, cúrate a ti
mismo (ó).

El significado y el efecto del exorcismo podemos verlos


pintados, quizá de la manera más clara, en la curación del
sordomudo hecha por Jesucristo. Lleno de amor, libera al des­
graciado de sus padecimientos y le devuelve el oído y el ha­
bla. Libertad y salud son los dones inestimables que el exor­
cista debe dar al cuerpo y alma. Por ellas, el que ha consegui­
do la salud posee el uso normal de los bienes naturales y so­
brenaturales tal como corresponde al hijo de Dios. Al mismo
tiempo el Espíritu Santo, después de que el maligno se ha
marchado del cuerpo, vuelve a poseer al hombre entero como
dominio y posesión propias. El corazón del que ha recobrado
la salud se abre al conocimiento de la verdad eterna y su
boca prorrumpe en una alabanza a Dios (7). El poder del
maligno se exterioriza principalmente por la obcecación del
corazón. El alma se hace incapaz de recibir la palabra de Dios,
y más aún de entenderla. Es todavía más incapaz para levan­
tar a Dios su voz y sus pensamientos. Está sorda y muda ante
Dios y sufre no raras veces numerosas e indignas tentaciones
y tormentos. Contra estas insidias y poderes de este enemigo
casi inagotable — es el padre de la mentira, que odia al hom­
bre— entabla batalla constante el exorcista en virtud de su or­
denación, es decir, en virtud de la oración de la Iglesia y del

(5) i Pe. 5, 8.
(6) Le. 4, 23.
(7) Lom bardus: Sentent. IV, d. 24,
Espíritu de verdad, de santidad, de vida y de amor que mora
en él, con una confianza humilde, lleno de una fe robusta y
con el corazón puro. Como un servidor de Cristo invencible,
victorioso, salvador y liberador. Orando y bendiciendo. Y, no
en último lugar, con su conducta.

La ordenación

El obispo entrega al clérigo el libro de los exorcismos


— un misal o un pontifical— con estas palabras:
Accipite, et com m endate memo­ Tomad y aprended de memoria
riae, et habete potestatem impo­ y recibid la potestad de imponer
nendi m anus super energumenos, las manos sobre los energúmenos,
sive baptizatos, sive catechumenos. ya sean bautizados o catecúmenos.

Accipite! Aquí se da al clérigo una parte del rico tesoro


de gracias y de poderes que administra la Iglesia. El ministe­
rio y el poder no son cosas que brotan de la dignidad per­
sonal de su portador. No son fruto de sus oraciones ni ema­
nación de un don carismático especial. Son un don venido de
arriba y se le otorgan en virtud del acto de consagración que
el obispo realiza aquí. El ordenado posee este poder en nom­
bre de Aquel ante quien se dobla toda rodilla en el cielo, en
la tierra y en los abismos.
Commendate memoriae! Bien se refiera esto al hecho y a
la gracia de la ordenación, a su significado o a las obligacio­
nes morales brotadas de ellas, o bien a la fórmula de los exor­
cismos, tanto lo uno como lo otro debe imprimirlo el orde­
nado en su memoria. Cuando te rodeen los pecados y las ten­
taciones, no olvides que has sido consagrado para luchar con­
tra ellos y que has sido equipado con poderes sagrados. No
puedes traicionar las armas de tu Señor ni dejar abandona­
das las cosas de Dios.
La Iglesia misma ha recibido este poder de su Fundador,
que lo usó personalmente con bastante frecuencia. El poder
contra el reino de las tinieblas es una prueba segura de que
ha llegado el reino de Dios (8).
Ejercicio del p od er recibido

Cómo influye la virtud personal del exorcista para el éxi­


to de su actividad, lo vemos en el suceso acaecido con el niño
lunático. ¿Por qué no pudieron los discípulos, a pesar de to­
dos sus esfuerzos, arrojar al espíritu maligno? El Señor da la
respuesta: Porque tenéis poca fe. Esta especie no puede ser
lanzada sino por la oración y el ayuno (9). San Alberto' Mag­
no, comentando este pasaje, enumera cuatro obstáculos: la
fe débil de los discípulos y el desconocimiento del procedi­
miento que había que emplear en ese caso determinado, la in­
credulidad de los padres y la indignidad del enfermo (10).
No en vano dijo el Señor al padre del muchacho: Todo es po­
sible al que cree (11). No menos instructivo es lo que nos
cuentan los Hechos de los Apóstoles (12 ): Algunos exorcis­
tas judíos, ambulantes, llegaron a invocar sobre los que tenían
espíritus malignos el nombre del Señor Jesús, diciendo: Os
conjuro por Jesús, a quien Pablo predica. Eran los que esto
hacían siete hijos del Sumo Sacerdote. Seguramente no era una
recomendación trivial para aquellos tiempos. Sin embargo para
el espíritu maligno no significaba nada, y les hizo frente cons­
ciente de su superioridad: Conozco a Jesús y sé quién es Pa­
blo; pero vosotros ¿quiénes sois? Y arrojándose sobre ellos
aquel en quien estaba el espíritu maligno, se apoderó de los
dos y los sujetó, de modo que desnudos y heridos tuvieron
que huir de aquella casa.
Puede emplearse un exorcismo no sólo sobre fieles y ca­
tecúmenos, sino también sobre acatólicos y excomulgados (13).
Los exorcismos previstos en el rito del bautismo, en la
consagración del altar o de 1a. Iglesia y en otras funciones los
ejercen actualmente los ministros que las ejecutan (14). Hoy
día no puede nadie emplear los exorcismos sobre un poseso
sin especial permiso escrito de su ordinario, que no necesita

(9) Mt. 17, 19. 21.


(10) Al. : In Ev. Mt. 17, 15.
(11) Me. 9, 23.
(12) Act. 19, 13 ss.
(13) CIC can. 1.152.
(14) 1. c. can. 1.153.
ser obispo. Este permiso sólo se da a un sacerdote piadoso,
prudente y de pureza de vida. Debe además confirmarse me­
diante un examen cuidadoso y prudente, de que se trata de
verdadera posesión (15).

Mediante esta continua batalla contra el maligno, el exor-


cista obra siempre según el sentido de la Iglesia y de la litur­
gia. Según el sentido del bautismo y de las promesas bautis­
males. Fundado en su ordenación, colabora en la celebración
de los sagrados misterios cuando exige a los catecúmenos
abandonar la iglesia al comenzar el Santo Sacrificio y cuan­
do presenta el agua para las abluciones litúrgicas de las manos.
Su mandato a los que no van a comulgar es un recono­
cimiento de la comunidad eucarística. El Santo Sacrificio es
esta comunidad. Quien asiste a él debe participar en el ban­
quete eucarístico. y quien participa en el banquete eucarístico
está en una íntima, verdadera y vital comunión con Dios y
con la Iglesia. Nadie recibe la Eucaristía sin ser miembro de
Cristo y de la Iglesia universal. Nadie la recibe para él solo.
Todos la reciben para unirse más y más, en la unidad del
Cuerpo Místico, con Cristo y con su Iglesia, y para vivir de
esta unidad. Esta es la más elevada prerrogativa del cristiano.
Esta es su mayor obligación. Quien permanece ajeno a esta
unidad no participa, o al menos no lo hace plenamente, en el
Sacrificio. En la ceremonia del Sacrificio y de la sagrada co­
munión se efectúa en el sacerdote y en el pueblo el milagro
de los milagros; Cristo está en nosotros y en el Padre, para
que todos seamos uno, como son uno el Hijo y el Padre (16).
Colaborar en esta obra milagrosa de unión y de unidad — de
un modo remoto mediante la lucha contra todo lo anticristia­
no, y de un modo más próximo mediante el servicio en la
liturgia— he aquí el gran ministerio y la gran obligación del
exorcista. Aquí es donde se cumple el sentido primordial de
su ordenación.

(15) l. c. can. 1.151 & 1, 2.


(16) Jn . 17, 21.
Oraciones finales

Deum P atrem om nipotentem , Roguemos hum ildem ente a Dios


iratres charissim i, supplices de- Padre todopoderoso, am adísimos
precem ur, u t hos fam ulos suos herm anos, que se digne bende­
bene-J-dicere dignetur in officium cir a estos sus siervos en el oficio
exorcistarum : u t sint spirituales de exorcistas, a fin de que sean
im peratores, ad abjiciendos dae­ espiritualm ente poderosos para
mones de corporibus obsessis; lanzar los demonios de los cuer­
cum om ni nequitia eorum m ulti­ pos posesos con toda su múltiple
form i, P er unigenitum Filium m aldad. Por su unigénito H ijo y
suum Dominum nostrum Jesum Señor nuestro Jesucristo, que con
C hristum : qui cum eo vivit et El vive y reina en unión del Es­
regnat in u nitate Spiritus sancti píritu Santo, Dios, por los siglos
Deus, per om nia saecula saecu­ de los siglos.
lorum . jj . Amen. $ . Amén.
Orem us. Oremos.
(Diacono). Flectam us genua. Doblemos las rodillas.
9 . Levate. 5 . Levantaos.
Domine sancte, P ater omnipo­ Señor santo, Padre om nipoten­
tens, aeterne Deus, benedicere te, Dios eterno, dignate bendecir
dignare hos fam ulos tuos in of­ a estos tus siervos en el oficio de
ficium exorcistarum : u t per im ­ exorcistas, de suerte que por la
positionem m anuum , et oris of­ imposición de sus m anos y el
ficium, potestatem et im perium m andato de su boca tengan po­
habean t spiritus inm undos coer­ der y fuerza para dom inar los
cendi, u t probabiles sint medici espíritus inm undos; y fortaleci­
Ecclesiae tuae, gratia curationum , dos por la gracia de las curacio
virtuteque coelesti confirm ati. Per nes y celestial virtud, sean expe­
Dominum nostrum Jesum C hris­ rim entados médicos de tu Iglesia.
tum Filium tuum : Qui tecum vi­ Por nuestro Señor Jesucristo, tu
vit, et regnat in u nitate Spiritus Hijo, que contigo vive y reina en
sancti Deus, per om nia saecula unión del E spíritu Santo, Dios,
saeculorum . 5 . Amen. por los siglos de los siglos.
9 . Amén.

Las gracias que el obispo pide son de gran valor para el


ordenado, personalmente y para toda la vida, aun en el caso
de que no llegue a ejercer el ministerio que se le entrega.
El Padre Todopoderoso se digne consagrar y bendecir a
su clérigo en el oficio de exorcista. He aquí la razón: Para
que sea un generalísimo del espíritu, un soberano y un dueño
espiritual, un emperador en el reino del espíritu. Fuerte, inven­
cible, sin miedo, generoso, llamado a cosas grandes. Un tesoro
de libertad y dignidad santas.
Ha sido instituido para expulsar los demonios con sus
innumerables astucias y maldades. El exorcista, y más todavía
el sacerdote, es consciente de este poder y esta conciencia va
acompañada de una profunda humildad, ya que este poder no
procede de él mismo, sino del Dios santísimo y omnipotente,
y le impone santas obligaciones. A ello va necesariamente uni­
do un santo temor, pensando en las consecuencias del pecado
original y de las faltas personales, que ponen al hijo de Dios
bajo el poder terrible del espíritu de la mentira y de la im­
pureza, de la seducción y de la obcecación. Por otra parte tie­
ne el clérigo motivos para una gran confianza. Cristo ha ven­
cido' y rechazado al espíritu de las tinieblas. Este ya no puede
seducir al servidor de Cristo, a no ser por propia culpa. Como
un perro encadenado, el maligno intenta intimidar a los teme­
rosos con sus aullidos y con sus ladridos, pero sólo puede
morder a los imprudentes que libremente se acercan a él.
Nunca hace daño por violencia, sino por persuasión. No arran­
ca nunca por la fuerza el libre consentimiento, lo mendiga (17).
Sin duda ninguna, la ordenación del exorcista y los nume­
rosos exorcismos empleados por la Iglesia nos traen a la me­
moria la existencia real del espíritu maligno. Por otra parte
nos liberan y preservan contra el pusilánime y enfermizo mie­
do al espíritu maligno, ya que restauran a los fieles en la ex­
traordinaria fuerza de Cristo y de su Iglesia y nos fortalecen
a nosotros mismos.

Spiritualis imperator. Estas palabras son una llamada a


aspirar a cosas altas. La Iglesia ve en sus sacerdotes elegidos
y consagrados soberanos de la gracia de Dios. Soberanos de
la más elevada dignidad, si bien el poder que se les ha otor­
gado está limitado bajo algunos aspectos. Recuerda por con­
siguiente que eres un señor y un rey, no un esclavo. Cuando

(17) Caesarius Arel, ed M orin, pág. 121, 6. Cfr. Ag.: pág. 197
de tem p.
el reino de las tinieblas con sus terribles celos y su envidia
roedora desplegó sus alas sobre el alma de Caín, la voz de
Dios se levantó diciendo: Sé señor y rey de ti mismo (18).
Así y aún más debe el clérigo, y más aún el exorcista, vigilar
sobre los impulsos vitales, sobre los deseos sensuales brota­
dos en él, sobre los movimientos del cuerpo y del alma, y
dominarlos conforme a las leyes de la razón y de la fe. O
como hizo notar San Ambrosio: Peccasti, quiesce. ¿Has pe­
cado? Busca de nuevo el descanso. Tu pecado ha desencade­
nado una tempestad de pasiones. Pon en silencio los gritos de
los celos y de las acusaciones que brotan de ti contra Dios.
Fuérzate a una vuelta interior, a volver de nuevo a la paz.
Sé dueño de tus pecados y de tus pasiones. Tú has sido cons­
tituido rey y soberano sobre el maligno. Tu ergo princeps ope­
ris tui. Tú eres dueño de tu voluntad y de tu obrar. Tu dux
criminis. Te tienes en tus mismas manos. Si pecas, tú eres el
que te llevas a ti mismo como jefe y como guía. Te ha arras­
trado el error y te ha llevado, pero no contra tu voluntad o
sin tu voluntad, como tampoco por haberte faltado el conoci­
miento (19). Sé dueño de ti mismo. Un jefe que no abandona
sin luchar las cosas de su señor, como un cobarde o un trai­
dor. Que no pierde nunca la batalla y se deja coger como
esclavo.
Imperatores spirituales. Emperadores espirituales coloca­
dos por la Iglesia en medio de una comunidad que tiene a su
vez un sacerdocio real: esto es el exorcista y, en máximo
grado, el sacerdote. O como llama en cierta ocasión San Am­
brosio a los levitas: Primogeniti et redemptores ceterorum.
Primogénitos y redentores de los demás (20). En ellos tie­
nen fija su mirada todos los demás y, con razón, esperan de
ellos dirección y ayuda. ¡Qué tarea! ¡Que seamos siempre
dignos de ella!
Imperatores spirituales. ¿E s tal nuestra conducta que me­
rezcamos este nombre? O ¿vacila mi alma buscando y ten­
tando entre el bien y el mal, entre el reino de las tinieblas y
el reino de la luz? ¿Sin consistencia interior? ¿Sin camino
seguro? ¿Sin valentía y decisión?

(18) Gen. 4, 7.
(19) A.: De Caín et Abel 2, 7, 24 s.
(20) A.: 1. c. 2, 4, 13.
No crea nadie que en virtud de su ordenación y de su
estado está seguro ante cualquier tentación. Antes del comien­
zo de la actividad apostólica de Cristo, el diablo se acercó a El
personalmente y en el momento solemne del Sacrificio pontifi­
cal criba a los que acaban de ser consagrados sacerdotes y
Apóstoles, a los discípulos fortalecidos con la Eucarista y las
promesas. Junto al mismo Cristo, de en medio del circulo de los
discípulos, toma posesión del alma de Judas. Entra en decisi­
va y singular batalla con el enviado del Padre, el Hijo de Dios,
y nuestro Sumo Sacerdote. Viene el príncipe de este mundo.
Pero ¿quién, excepto Cristo y su santísima Madre, puede de­
cir: en mí no tiene nada? (21 ).
El ayuno meritorio de cuarenta días del Señor en el de­
sierto despoblado de hombres acaba con una triple tentación.
¿Cuándo y cómo puedes estar seguro de estar ya eximido de
la prueba? Sin recelo ninguno, extiende el diablo sus lazos:
lazos que son la gula, la vanagloria, la avaricia y la codicia,
la ambición (22). ¿Qué es lo que pide el maligno? Al princi­
pio un poco nada más. Casi nada. Una pequeña condescen­
dencia inocente para con la naturaleza. El hambre apremia.
Aquí hay piedras. Conviértelas, no en un manjar escogido y
apetitoso, sino en un sencillo, frugal y alimenticio pedazo de
pan. Esto es lo que exige la razón. Lo que exige la naturaleza
tal como Dios la ha creado. ¡ Lo que exige una simple con­
sideración sobre tu salud! Salud que no te pertenece a ti, sino
que debes conservar para el servicio de Dios y de los hombres.
Se ve a primera vista cómo el diablo pretende revestir sus pen­
samientos con los pensamientos de Dios, cómo pretende re­
medar con sus palabras y con su tono la voz de Dios.
El asceta invencible, aparentemente libre de toda debili­
dad humana, que ha desoído la necesidad de la naturaleza,
quizá — por vanagloria— se permita una pequeña otsentación.
Un espectáculo. Muestra al mundo que tu espíritu está libre del
peso y de las cadenas de tu corporeidad. Hazlo como yo, el
espíritu de alas ligeras. Prueba que los ángeles son tus servi­
dores. ¿Se degradará el Señor con esta burda adulación hasta
convertirse en comediante del diablo? Lo que éste propone
como prueba evidente de su poder, a los ojos de Dios es una
tentación pecaminosa contra el Dios santísimo y sapientísimo.

(21) Jn. 14, 30.


(22) A.: De Caín et Abel 1, 5, 16.
Después de este fracaso, por último, la plena verdad de­
moníaca. Sin máscara. Con un cínico atrevimiento. Con una
altivez sin medida. Póstrate y adórame. Tranquilo y seguro,
con incomparable humildad, y al mismo tiempo con dignidad,
rechaza el Señor al tentador y le aleja de su presencia. Una
incomparable imagen del imperator spiritualis en su realiza­
ción divino-humana.

Spiritualis. Ya como cristiano eres un hombre dedicado


al espíritu. Un templo del Espíritu Santo. La ordenación lo ra­
tifica. Sin embargo sigues siendo un hombre de carne y hue­
so, cargado con las consecuencias del pecado original. Some­
tido diariamente a las tentaciones de la carne y del espíritu.
Ten precaución. La serpiente está al acecho en todos los ca­
minos. La enemiga del espíritu, que se come de envidia. El
mundo está lleno de lazos. Lazos que te acechan dentro de ti
mismo. El demonio los urde con la ley, con las palabras de
Dios. Los pone tanto en el pináculo del templo como entre
fuertes muros. Lazos en la filosofía, lazos en tus propios de­
seos, lazos en el dinero, aun en la vida religiosa, en el ejerci­
cio de la castidad. Si el demonio se encuentra con un hombre
temeroso de Dios, que honra a Dios y que está lleno de reve­
rencia para todo lo santo, intenta quitarle la fe (23). Guár­
date de este lazo. No olvides cuán afrentosas y dolorosas son
las cadenas del pecado. Su placer encanta los ojos, halaga los
oídos, pero amarga tu espíritu. Te encubre las cosas. Te hace
imaginar genialidades propias. Substrae la verdad. Promete
reinos y poderes. Pero roba o destruye la santa honradez.
Guárdate de venir a caer en estos torbellinos y de ser arras­
trado por estas imágenes mentirosas, que no son más que
sueños y espumas. Por estas imágenes que embaucan, pero
que no tienen existencia. En todo ello existen grandes tenta­
ciones, aun para ti (24). Permanece fiel e invencible. Perma­
nece como un verdadero imperator spiritualis. Como un ¡efe
espiritual. Como un hombre del espíritu. El espíritu maligno
acecha de día y de noche tu alma, tu comunidad, la Iglesia.
Su envidia no le deja descansar (25). Sepulta y entierra el

(23) A.: In Ev. Le. 4, 10.


(24) A.: De Caín et Abel 1, 5, 15.
(25) A.: Ep. 12, 4.
corazón de Judas como en un hundimiento de un monte. Es­
cudriña su espíritu hasta lo más profundo. Azota su alma con
una arrasadora tempestad de fuertes pasiones (26). Con se­
guridad, el demonio no retiene en sus lazos a quien antes no
se ha vendido espontáneamente por la recompensa de su pe­
cado. Cristo hace servidor suyo sólo a aquel que quiere. El
demonio hace esclavo suyo sólo a aquel que libremente se
vende (27). Ninguna trampa te cogerá si antes no te ha cau­
tivado el cebo (28).
Ya ruja como un león, ya se deslice como una serpiente
sin ser notado, el demonio te persigue continuamente. Haya
paz o haya lucha, su sorda persecución no acaba nunca. No
siempre se enfurece. No siempre está atrayendo con embos­
cadas. Pero siempre persigue. A veces su furia es abierta y sin
disfraz y persigue sus proyectos a la luz del día. A veces lo
hace todo ocultamente. Sus aullidos y su rechinar de dientes
enmudecen; ten entonces cuidado con sus ardides. Cuando lo
hace a pleno día, procura evitarle (29). Con su astucia, el
príncipe de las tinieblas sabe siempre vomitar un poco de su
sabiduría venenosa en el mundo. Quaedam venena sapientia.
Veneno en forma de sabiduría. Una imagen de sí mismo. El
es el diablo, pero al mismo tiempo una naturaleza angélica.
Lucha contra el Espíritu Santo y blasfema contra El. No por
ser carne, sino por ser un espíritu caído. Es el anticristo. Imi­
ta lo que odia y lo que persigue. Por eso tantos pusilánimes
toman lo falso por verdadero y sus corazones quedan aprisio­
nados por apariencias engañosas. Ciertos espíritus y potesta­
des simulan amor hacia nosotros. Otros tratan de fascinarnos
con su simpatía y su educación. Poco a poco van introducien­
do en nuestro pensamiento el veneno de su maldad, y de es­
tos pensamientos nacen aquellos pecados que nosotros come­
temos por el deleite sensual sin poner resistencia interior (30).
Sería por otra parte injusto atribuir al arte de engañar
del demonio todos los pecados. Muchas veces el hombre es su

(26) A.: In Ps. 45, 9.


(27) A.: De Jacob et vita beata 1, 3, 10.
(28) A.: In Ps. 118, 14, 37.
(29) Agm. 57, 5 ss.
(30) A.: De Paradiso 12, 52.
propio demonio. ¿N o lo eres tú, cuando te seduces a ti mis­
m o? (31).

Una última oración dei obispo implora una vez más la


bendición del cielo para el exorcista y para su ministerio. Que
por la gracia del Señor reciba la fuerza y el poder para suje­
tar a los espíritus impuros. Que sea un médico experto de la
Iglesia de Dios. Acreditado con la gracia de la curación. Ador­
nado de virtudes y poderes celestiales.
Probabilis medicus Ecclesiae. El exorcista debe no sólo
dominar y vencer como imperator, sino, lo que es más im­
portante, curar y sanar.
Probabilis medicus. Un médico acreditado, probado y ex­
perimentado por la Iglesia. De una sabiduría y un poder so­
brenaturales. Dotado de una verdadera ciencia espiritual. Una
vieja experiencia demuestra que hay muy pocos que sepan
medicina, pero muchos que creen conocer muchos reme­
dios (32). ¿N o pasa esto también en la vida espiritual? Al
exorcista se le exige mucho más. Debe tener conocimientos pro­
fundos para saber conocer las enfermedades propias y las de
los demás y aplicar los remedios debidos. El buen médico debe
ante todo conocer y descubrir las causas del mal. De lo con­
trario, por no haber intervenido a tiempo, corre el peligro de
prolongar y acrecentar los padecimientos y angustias del pa­
ciente. Si una cosa se mueve en el organismo y no procede de
la misma naturaleza, ese movimiento es en consecuencia in­
mundo e insano. Quidquid praeter naturam movetur, immun-
dum est (33). El exorcista cumple este primer presupuesto de
toda curación en la esfera espiritual cuando, ante todo, supri­
me el influjo mortal del maligno y cierra la puerta del veneno.
El Señor ha curado de este modo muchísimos enfermos. La
muchedumbre le buscaba tan frecuentemente porque imponía
las manos sobre los enfermos y más de una vez con ello1arro­
jaba a los demonios (34). En todas partes se esforzaba por
cuidar y curar a los enfermos, en sus andanzas, en casa, en

(31) Agm. 216, 5 s.


(32) A.: In Ps. 36. 3.
(33) A.: De Noe et arca 17. 59.
(34) LC. 4, 10.
el desierto (35). Según una imagen preferida de San Agustín,
Cristo es el gran médico que va curando por el mundo (36).
Si bien actualmente el joven clérigo no tiene muchas oca­
siones para ejercer esta virtud curativa, debe no obstante tra­
bajar más y más en la curación y salvación de su propia alma,
entregarse en brazos de Dios con una oración constante y con­
fiada, por la conversión de los pecadores, y contra las argu­
cias y los asaltos de Satanás, y ocuparse de este modo en la
salvación de los hombres. Su ordenación es un importantísi­
mo aviso para su futura actividad como sacerdote. Su misión
no le lleva a un mundo ideal. No le lleva a hombres que viven
en el cielo. Ni a hombres que rebosan salud. Su ordenación
le constituye médico. Y el médico no lo necesita precisamen­
te eí que está sano, sino el que no está tan bien, o el que sen­
cillamente está mal. Ayúdele a ponerse sano y alegre. Cúrele
mediante la doctrina. Mediante la piedad. Con una vida espi­
ritual. Cura de almas significa, según unas palabras de San
Benito, no un hacer lo que uno quiera, sin misericordia al­
guna, con los sanos, sino un cuidado lleno de suavidad y de
atención para con los enfermos. Frecuentemente, casi diaria­
mente, hablaba el Señor al pueblo como maestro y guía. Pero
con igual frecuencia estaba en medio de aquella multitudo lan-
guentium como médico acreditado ante aquellos corazones la­
cerados, ante aquellos hombres miserables, con sus almas car­
gadas de pecados. La ordenación te coloca en medio de este
mundo. En cuanto clérigo y sacerdote debes ser un valiente
capitán. Pero también un médico fiel, compasivo y caritativo.

(35) A.: De virginitate 8, 42.


(36) Agm. 208, 270; 302 ; 310; 314, 495 ; 567 ; 695.
CAPITULO QUINTO

EL A C O L I T A D O

Esta Orden destaca clarísimamente sobre las tres anterio­


res. La instrucción del obispo se amplía considerablemente. La
entrega de los instrumentos es doble. Las oraciones finales
son varias.
El obispo invoca sobre el que va a recibir el nuevo mi­
nisterio (officium et ordo) la bendición del cielo y le consa­
gra. In officium Acolytorum consecramus, dice la oración fi­
nal; palabra que encontramos aquí por primera vez. El acó­
lito colabora personalmente en el verdadero ministerio del al­
tar, y no sólo en su preparación remota, como el ostiario, el
lectpr y el exorcista. Bajo su cuidado están tres cosas que no
pueden faltar en el Santo Sacrificio: luz, agua y vino. El es
quien lleva el cirial, enciende las velas y las lámparas de la
iglesia y ofrece al subdiácono en el Santo Sacrificio el agua y
el vino. Por eso en el rito de esta ordenación se oyen por pri­
mera vez las palabras: ad Eucharistiam ministrare.
Instrucción
Susceptari, filii charissim i, of­ H abiendo de recibir, am adísi­
ficium acolythorum , pensate, quod mos hijos, el oficio de acólitos,
suscipitis. A colythum etenim opor- pensad lo que recibís. Al acólito
te ceroferarium ferre; lum inaria le corresponde llevar el cirial,
ecclesiae accendere; vinum , et encender las luces de la iglesia,
aquam ad Eucharistiam m inis­ servir el vino y el agua p ara la
trare. Eucaristía.

Acólito, como lo indica su nombre, es un hombre perte­


neciente al séquito, una persona que acompaña y que ha sido
agregado a un personaje importante para su servicio. Anti­
guamente sus atribuciones eran más amplias que hoy día. En
cuanto portadores de la luz, siete de ellos abrían la procesión
cuando el Papa entraba en la iglesia. Generalmente dos de
ellos acompañaban al diácono cuando anunciaba el evangelio
desde el pulpito. Ellos eran quienes desdoblaban los paños del
altar y quienes ayudaban al diácono y subdiácono en sus fun­
ciones. Un acólito era quien tenja la patena tapada durante el
Sacrificio — cosa que hace hoy día el subdiácono-— ; quien lle­
vaba, al entrar el Pontífice, la hostia consagrada el día ante­
rior; entregaba una partícula de la nueva hostia consagrada
a las diferentes iglesias de Roma; llevaba el santo óleo cuando
el obispo se trasladaba a algún sitio y ayudaba al sacerdote en
el bautismo. En Roma, cada uno de los siete departamentos
contaba con seis acólitos.

Exhortación del Obispo

Studete igitur susceptum offi­ Procurad, pues, cum plir dig­


cium digne im plere. Non enim nam ente el oficio que habéis re­
Deo placere poteritis, si lucem cibido. Porque no podréis ag ra­
Deo m anibus praeferentes, ope­ dar a Dios, si llevando en vues­
ribus tenebrarum inserviatis, et tras m anos la luz destinada al
per hoc aliis exem pla perfidiae Señor, servís a las obras de las
praebeatis. Sed sicut Veritas di­ tinieblas y dais por eso a los
cit: Luceat lux vestra coram ho­ demás ejemplo de perfidia. An­
m inibus, u t videant opera vestra tes bien, como dice la V erdad:
bona, et glorificent P atrem ves­ Brille vuestra luz ante los hom­
trum qui in coelis est. E t sicut bres, a fin de que vean vuestras
Apostolus Paulus ait: in medio obras y glorifiquen a vuestro
nationis pravae et perversae, lu­ Padre, que está en los cielos. Y
cete sicut lum inaria in mundo, como dice el Apóstol San Pablo:
verbum vitae continentes. Sint En medio de una nación co-
ergo lum bi vestri, u t filii lucis i rompida y perversa resplande­
sitis. Abjiciatis opera tenebra­ ced como antorchas en el mun­
rum , et induam ini arm a lucis. do, pues tenéis la palabra de
E ratis enim aliquando tenebrae, vida en vosotros. Tened, pues,
nunc autem lux In Domino. XJt vuestros lomos ceñidos y llevad
filii lucis am bulate. Quae sit veroantorchas encendidas en vues­
ista lux, quam tam topere inculcat tras manos, para que seáis hijos
Apostolus, ipse dem onstrat, sub­ de luz. Abandonad las obras de
dens: Fructus enim lucis est in las tinieblas y revestios de las
om ni ju stitia, bonitate e t verita-
armas de la luz. En otro tiem­
te, ut et vos et alios et Dei Ec­ po erais tinieblas; ahora sois luz
clesiam illum inetis. T unc etenim en el Señor. Obrad como hijos
in Dei sacrificio digne vinum de la luz. Cuál sea esta luz que
suggeretis et aquam , si vos ipsi tanto inculca el Apóstol, él mis­
Deo sacrificium , per castam vi­ mo lo indica, añadiendo: El fru­
tam et bona opera oblati fueri­ to de la luz está en obrar con
tis. Quod vobis Dominus conce­ toda bondad, justicia y verdad.
dat per m isericordiam suam. Sed, pues, solícitos en practicar
toda justicia, bondad y verdad,
para que os iluminéis a vosotros mismas, a los demás y a la Iglesia
de Dios. Entonces serviréis dignamente el vino y el agua en el Sa­
crificio divino si vosotros mismos os habéis ofrecido antes como
sacrificio a Dios por vuestra vida pura y por buenas obras. Lo que
Lo que el Señor os conceda por su misericordia.

Dos consideraciones hace el obispo al ordenado:


Pensate quod suscipitis.
Studete susceptum officium digne implere.
Exige por tanto fidelidad a la vocación. Por una parte re­
flexiva y sensata. Por otra efectiva y digna.
Pensate. Esta palabra la dice antes de la verdadera ins­
trucción. Significa ponderar, reflexionar, ponerse ante algo
realmente serio, conocer cuán importante es meditarlo y lie-
gar a comprender su profundo significado. Significa no mirar
con superficialidad su significado o menospreciarlo. El servir
a la iglesia, a la comunidad, al altar, al Santo Sacrificio dice
siempre algo grande, algo santo, algo sumamente grave y que
impone graves responsabilidades. El que va a ordenarse tiene
que ser consciente de ello. Debe pensarlo durante toda su vida
y no tomar nunca a la ligera su ministerio; aún más, debe pro­
curar con la palabra y con el ejemplo que todos sepan consi­
derarlo con la dignidad que se merece.
Pensate. Procuremos guardar la santidad de la iglesia,
del altar, del Santo Sacrificio, mediante una seria reflexión so­
bre el origen y el significado de nuestro ministerio, mediante
un examen y una seria consideración sobre cómo ol compren­
demos y cómo lo ejercemos. Guardémonos de la dejadez y
de toda falta, para no ser ocasión de escándalo para los fieles.

Studete susceptum officium digne implere.


Hemos tomado libremente sobre nuestros hombros nues­
tro ministerio como una seria y santa obligación que Dios nos
ha confiado. Se nos ha dado solemnemente en presencia de
la Iglesia, por el obispo. Lo decisivo no es que uno se acredite
en este ministerio y en este estado. Esto más bien depende de
que tú hagas honor con tu conducta al estado al que Dios te
ha destinado, ya que es al mismo tiempo más justo y más
importante el que el estado gane fama por el buen comporta­
miento, que el comportamiento por el estado santo en el que
uno vive (1).
¿Cóm o podremos cumplir dignamente este ministerio?
Sólo agradando a Dios. Si buscase agradar a los hombres
no sería siervo de Cristo (2). Agradar a Dios solamente pue­
de hacerlo un corazón limpio, verdadero, sincero.

Lucem in manibus. ¿Qué nos aprovecharía a nosotros


mismos, o qué aprovecharía a la Iglesia de Dios que llevásemos
luz en las manos en el culto divino y que luego en nuestras

Cl) A.: Ep. 2, 19.


(2) Gal. 1, 10.
obras y en nuestra conducta fuésemos esclavos de las tinie­
blas? ¿Para qué te serviría la luz en las manos si tus ojos es­
tán nublados por las tinieblas? En este caso no eres un por­
tador de la luz. Ni para ti mismo ni para la comunidad. Eres
más bien una turbia fuente de tinieblas. Una sombra oscura y
lúgubre en el templo. Un obstáculo para la luz. Un ejemplo de
infidelidad. Exempum perfidiae. Un modelo de pecadora incre­
dulidad. En medio de la comunidad. Junto al mismo altar.
Una contradición a gritos frente al Santo Sacrificio, el myste-
rium fidei. En este caso, de tu alma misma cae una terrible
oscuridad sobre la luz que encienden tus manos. Y se hace de
noche, aunque no sea una noche tan profunda como aquella
en que Judas abandonó el primer banquete eucarístico, ya que
entre la luz y las tinieblas, entre el día y la noche no puede
haber consorcio, sino irreconciliable oposición y enemistad in­
superable. Erat autem nox (3). Con él, en la misma mesa, co­
mía el Señor, la luz del mundo. En la misma mesa comían los
Apóstoles, que el Señor había constituido portadores de la luz.
Una prueba palpable de que ni la cercanía exterior a Cristo ni
la santidad de un ministerio nos libran necesariamente de caer
en el pecado. En esta reunión no había lugar para una lámpa­
ra apagada. En este corazón se había apagado ya para siempre
la verdadera luz. El desgraciado se había hecho un hijo de la
noche, y ésta le impulsaba ahora a cometer las obras de las
tinieblas. Podrían aplicarse estas palabras al estado de su
alma: Ninguna fuerza de fuego era capaz de darle luz, ni la
llama brillante de los astros podía iluminar aquella horrenda
noche (4). La luz y la vida se apartaron poco a poco, pero
definitivamente. El diablo entró en esta alma y produjo en
ella tan impenetrable oscuridad que no reconoció al Autor de
la luz. Y así aquel miserable pereció en el mismo banquete en
que otros hallaron su salvación (5). Exempla perfidiae.
Y es que el modo de ser falso, insincero, oscuro y opaco
de la incredulidad está en contraposición con la naturaleza de
la luz, que se da a conocer sencillamente y de un modo claro,
tal y como es. La luz es siempre manifestación de sí misma.
Se manifiesta de una manera esencial y como por una necesi-

(3) Jn . 13, 30.


(4) Sab. 17, 5.
(5) A.. De Tobia 14, 47.
dad interior, sin simulación de ninguna clase. Tal como es (6).
Muy de otra manera sucede con la infidelidad y la hipocresía.
Intentan parecer lo que no son. Ocultan una cosa en los plie­
gues del corazón y aparentan otra en sus palabras. Un lúgu­
bre pseudoarte: ocultar y reservarse sus verdaderos sentimien­
tos y al mismo tiempo disimular en sus palabras y en su
voz (7). Este vicio es tan repugnante en sí como envenenado
en sus raíces. Estas son la crecida maldad o la angustia del
momento, inolita malitia o accidens mef.us (8). Sus armas son
más peligrosas y más mortíferas que las de un enemigo de­
clarado. Es el enemigo más terrible de todos, pues con su
mentira se opone a la verdad y con ello ataca al Creador de
todas las cosas (9). Donde hay simulación hay ceguera, dice
con razón el mismo San Ambrosio (10). No contentos con su
propia desgracia, las almas falsas, con ciego celo, predican con
la palabra y el ejemplo, en vez de la verdad, la mentira; en vez
de la sinceridad, la hipocresía. Hombres insinceros se con­
vierten en predicadores de la mentira y en maestros de la si­
mulación (11).
¿Quién soportaría una cosa semejante en un ministro de
la Iglesia a quien se ha confiado el cuidado de la luz? Y ¿quién
lamentaría lo suficiente la triste suerte de los seducidos, cuan­
do caigan irremisiblemente en los brazos de la serpiente falaz
y embustera precisamente cuando estaban persuadidos de que
encontrarían la fe y la verdad? (12).
Muy distintas son las acciones del acólito que se esfuerza
por cumplir su oficio con los sentimientos de la Iglesia. Para
él no hay otra vida y otro modelo que Cristo mismo, la luz
del mundo, la verdad eterna. Así ha de lucir vuestra luz ante
los hombres, para que viendo vuestras buenas obras glorifi­
quen a vuestro Padre, que está en los cielos (13). La persona
y la vida del acólito están por tanto en estrecha unión con la

(6) Al.: In Ev. Jn. 1, 7.


(7) A.: In Ev. Le. 7, 12, 109.
(8) A.: 1. c. 7, 12, 110.
(9) A.: In Ps. 118, sermo 18, 18.
(10) A.: De obitu Theodosii oratio 10.
(11) A.: De Incam . Dominio. sacr. 4, 30
(12) A.: De fide 3, 16, 129,
(13) M t. 5, i§,
luz, con Cristo, la luz verdadera y eterna. Cristo es quien úni­
camente domina sobre ellas. Están completamente inundados
por esta luz. Por eso no va contra la humildad el que el siervo
fiel y prudente haga irradiar ante los hombres, no como pro­
pia, sino como luz dé Cristo, la luz que se le ha dado por la
grada. La luz que se le ha dado para la salvación de las al­
mas y para servicio de las almas, no para su propia gloria. La
luz que Dios ha encendido en ti no tiene otro fin. No la colo­
ques bajo el celemín, sino sobre el candelabro. Protégela de
las tormentas de la tentación. Haz que luzca en el mundo que
te rodea, serena y vigorosa. La humildad auténtica y verdade­
ra nunca niega ni olvida los verdaderos dones y efectos de
Dios. Ni siquiera cuando se trata de efectos de Dios en su pro­
pia alma. La verdadera humildad denota una modesta, pero al
mismo tiempo, valiente abertura de carácter denota verdad y
veracidad. El ir encorvado por la humildad (14) o el agraviar
la verdad sería una falsa virtud. Una mentira que ofende a Dios
y que envenena el alma. Deja que la luz de Dios sea en ti y en
otros una llama clara y ardiente. Clara por la fe y la ciencia.
Ardiente por el amor y el celo. Parecido a como hacía el Bau­
tista (15). Una cosa sin la otra significa muy poco. Ambas
juntas significan edificar a los demás. El ser solamente luz es
vano y frío. El ser solamente llama no basta y es peligroso.
Sólo la luz y la llama juntas pueden edificar y ser provecho­
sas. Deja por tanto lucir tu luz todo el tiempo que se te con­
ceda, para que los hombres con el brillo de tu lámoara. alcan­
cen a Cristo, el Hijo de Dios (16).
La luz encendida por Dios tiene su lugar verdadero en el
candelabro en que el el Señor la ha colocado. No puede ocul­
társela bajo el celemín, bajo la pusilanimidad humana, bajo
la humana pereza, bajo la timidez o el odio o la luz de los
hombres. El celemín la sepulta y la encierra en una oscuridad
que pugna con la naturaleza misma de la luz. La hace ineficaz
y simboliza el instrumento con que se miden los frutos ex­
puestos a la venta, el espíritu avaro y simoníaco. Peor es to­
davía quien pone la luz de Dios debajo de su lecho y la oculta,
inutilizándola así, con su perezosa comodidad y con sus pla-

(14) Eclo. 19, 23.


(15) Jn. 5, 35.
(16) Al.: In Ev. Jn. 5, 35.
ceres sensuales. Se hace entonces de noche y hasta la misma
existencia de su luz se desvanece de la conciencia del ser­
vidor de Cristo y de los hombres (17). El destino y el deber
del candelabro es por el contrario esparcir la luz abierta y
libremente. Luz en la conducta y en las palabras. Sin ella nin­
gún servidor de Cristo sería más valorado que un simio sin
espíritu, que vaga de aquí para allá por los tejados (18). Sólo
para que la luz se difunda abundantemente por todo el mun­
do, lo ha adornado Dios con el sol y con las estrellas; y del
mismo modo ha adornado el cielo de su Iglesia con la gracia.

Opera vestra bona. En efecto, no bastan ni la consagra­


ción que recibes, ni el estado a que perteneces, ni la luz en
tus manos, ni el ministerio en el altar. Dios exige buenas
obras, y, puesto que estás unido a la luz, obras de luz, obras
visibles, buenas y puras (19). Debemos por eso hacer el bien,
no sólo en lo oculto y ante los ojos de Dios, sino también a
la luz del día, ante los hombres (20).

A las palabras del Maestro añade el obispo la llamada


del Apóstol: En medio de una nación depravada y pervertida,
brillad cual antorchas en el mundo, manifestando la palabra
de vida. Antes puso este pensamiento: Dios es el que obra
en vosotros el querer y el obrar según su beneplácito. Hacedlo
todo sin murmuraciones ni discusiones, a fin de que seáis
irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha (21). De
aquí esta sagrada obligación: Credíte in lucem , ut filií lucís
sítís (22). Creed en la luz, confiad en la luz, para ser hijos
de la luz. El clérigo y el sacerdote, en virtud de su vocación,
están junto al mundo, rodeados de una generación descreída,
errada, enemiga de la fe. No están todavía apartados de la
eternidad, ni encerrados en un paraíso seguro de santos y de
bienaventurados, sino sometidos al influjo del maligno y de
los enemigos de Dios. Designados por Dios para estar en con-

(17) Me. 4, 21.


(18) Al.: In Ev. Mt. 5, 15.
(19) I Pe. 2, 9. 12.
(20) Rom. 12, 17.
(21) Flp. 2, 15 s.
22) Jn . 12, 36.
tacto con ellos y enviados como su divino Maestro como luz
en las tinieblas (23). Sin miedo, incansables, generosos, como
guías para la vida eterna. Como maestros de la ignorancia y
del error. Como consoladores de los que padecen y de los
afligidos. Como testigos de la verdad y de la luz. Como puntos
luminosos, como señales luminosas que levantan los corazo­
nes. Como soles del espíritu en las tempestades de su tiempo,
que no se ponen ni se apagan nunca. Sin los cuales vendría
inmediatamente la noche oscura. Sin los cuales la vida del es­
píritu se marchitaría y moriría, la luz y los colores se apaga­
rían, las cosas se cubrirían de una cenicienta ceguera — pa-
llens caecitas— y se convertirían en un enigma indescifrable.
Por tanto nada de lamentarse, nada de encolerizarse, ¡sed luz!
Lúcete sicut luminaria in mundo. Lucid como antorchas
en el mundo. ¿Puede imaginarse una vocación más maravi­
llosa y más importante? El ministerio del acólito en la cele­
bración del Santo Sacrificio — llevar y encender la luz— pue­
de ser, considerado en sí mismo, un ministerio modesto. Pero
sin embargo ¡qué horizontes más maravillosos se le abren!
¡Ser luz del mundo con su fe y sus obras! Por eso la luz
verdadera y valiosa no es aquella que el clérigo y el sacerdote
llevan en candelabros sencillos o preciosos, de madera o de
metal, sino aquella que tiene en su fe y en su amor, en sus
pensamientos y en sus obras y que, calentando y luciendo
por medio de su vida, se difunde — ardiente y luminosa—
más allá de las naves de la iglesia y de las fronteras de su
parroquia hasta el mundo donde reinan el frío y las tinieblas.
Una misión constante. Una misión continuada por los minis­
tros consagrados de la Iglesia. Una misión para cada alma
que encuentres en tu camino. Para todos los tiempos. Para
todas las parroquias. Para toda la Iglesia. Para el mundo en­
tero. ¡ Qué estupenda, qué maravillosa y qué llena de respon­
sabilidad es tu vocación!

Sint ergo. El obispo saca una importante consecuencia de


las palabras del Apóstol. La luz es imagen de lo espiritual y
de lo inmaterial. En la tierra brota bajo duros golpes de las
piedras muertas o fluye de los ardores de los cuerpos ce­
lestes. Por eso la luz es símbolo de la espiritualización y de

(23) Jn. 1, 5.
la glorificación mediante la desviación de lo material, de lo
terreno, de lo unido a la materia. La luz es postulado de la
ascesis, del vencimiento de lo pecaminoso, de la conversión
en lo espiritual. Sería imprudente e injusto llevar la luz ra­
diante en lámparas oscuras, la luz pura en lámparas impuras.
De aquí el mandato para el portador de la luz no sólo de lu­
cir con el brillo de la luz, sino de ser luz. De hacerse luz. Sint
ergo! Para ello se necesita en esta vida la mortificación. Te­
ned vuestros lomos ceñidos. Si no se hace caso o no se cum­
ple este mandato, entonces el portador de la luz corre el pe­
ligro de precipitarse o de ser removido para siempre junta­
mente con su candelabro, sea éste de madera, de plata o de
oro (24).

Les lomos ceñidos

La luz es además símbolo de la vigilancia y de la dispo­


sición prudente y previsora. Semejante al caminante que se
dispone para el viaje, ceñidos los lomos y con las lámparas o
las teas encendidas en las manos, el ministro de Cristo está,
como un verdadero hijo de la luz, preparado, y espera sin in­
quietarse, con verdaderos deseos, la llamada de su Señor a
cualquier hora de la noche (25). Ninguna otra cosa le apre­
mia tanto a estar dispuesto con los lomos ceñidos que la luz
que tiene en las manos. Esta luz ha de ser su guía. Esta luz le
obliga a estar preparado tanto para seguir a Cristo como para
la peregrinación que hay que hacer hacia la eterna patria.

Según San Alberto Magno, quien quiere alcanzar feliz­


mente su fin necesita seis ceñidores (26).

La fortaleza para no afeminarse. Para no perderse en


gustos y placeres. Se dice de la mujer fuerte que se ciñe de
fortaleza y es fuerte su brazo ( 2 7 ). Al siervo de Cristo se

(24) Ap. 2, 5.
(25) Le. 12, 35.
(26) Al. In Ev. Le. 12, 35.
(27) Prov. 31, 17.
dirigen las siguientes palabras: Sé fuerte, sé hombre. Ciñe
tu cintura cual varón. Atrévete a cosas altas. Practica la vir­
tud. Rechaza todo lo injusto (28). Es fuerte quien sabe so­
portar los padecimientos. Quien se vence a sí mismo, quien
domina su ira, quien no se apura por ninguna desgracia, quien
no se deja arrastrar por ningún placer, quien no se exalta
por ningún éxito y no es arrastrado inconscientemente por la
rueda de la fortuna de su tiempo. ¿Qué cosa más grande y
más honrosa que educar el espíritu, domar la carne y, en fin,
llevar a cabo nuestros proyectos y nuestros deseos cuando
nosotros nos empeñamos en un trabajo? (29). Esta fortaleza
te enseña a tener en menos la forma exterior y los bienes te­
rrenos, a despreciarlos más que a buscarlos. Te enseña lo que
realmente es lo más grande: a ir tras de la virtud con la in­
cansable fuerza del espíritu, con toda el alma, con todo el
amor. Te enseña a soportar impertérrito por la justicia to­
dos los peligros, aun jugándote la propia vida. Un atleta de
este género se convierte, como San Pablo, por la virtud de
Cristo, a pesar de sus debilidades, en un héroe (30). Piensa
por tanto a qué poco precio debe valorar las cosas puramente
humanas quien recibe un ministerio eclesiástico (31). En
efecto, nadie puede ser un buen portador de la luz y amar
la luz de todo corazón si no es un hombre fuerte y esforzado.

Segundo ceñidor: la santa justicia contra los gustos des­


honestos y el desenfreno. La justicia y la santidad son el
ceñidor del Mesías, y la fidelidad el cinturón de su cintu­
ra (32). Tú debes vencer, mediante la justicia y el rigor, las
pompas, la voluptuosidad, la disipación, la malicia y el siba­
ritismo de! mundo. Para eso te ciñen las vestiduras, con el fin
de que, no arrastrando por el suelo con un adorno excesivo
y con una exuberante profusión de pliegues de tela valiosa,
no te impidan la marcha ni se te estropeen al andar.

Tercer ceñidor: la meditación de las cosas divinas, para


ahogar el tumulto de las tentaciones interiores y evitar aquel

(28) Job. 40, 2.


(29) A.: De officiis ministrorum 1, 26, 180.
(30) A.: 1. c. 1, 36, 181 s.
(31) A.: 1. c. 1, 36, 183.
(32) Is. 11, 5.
triste estado de que habla el Himno de vísperas del Domin­
go: Quien no medita en nada eterno viene a caer en numero­
sos pecados (33). Quien no sube hacia arriba, cae en lo más
baj'o. A quien la meditación no le lleva al mundo de Dios,
la tierra y sus placeres pasajeros le tiran hacía abajo.

Cuarto ceñidor: la mortificación de los sentidos. Este ce­


ñidor va contra la raíz misma de muchas imperfecciones y
pecados. El Señor practicó y santificó el mismo ayuno. Tomó
sobre sí los más grandes sufrimientos: ¿Podéis beber el cáliz
que yo he de beber? (34). San Pablo castiga su cuerpo y lo
esclaviza, no sea que, siendo heraldo para los otros, resulte
descalificado (35), aun cuando su carrera apostólica es ya
para él una cadena ininterrumpida de grandes padecimien­
tos (36).

Quinto ceñidor: la continencia. Ella es quien nos señala


los límites de la razón y de lo razonable, para que nuestras
fuerzas no sean violentadas o absorbidas por pasiones indig­
nas y el hombre no se aparte del camino de la razón. La
belleza y el valor de este ceñidor deben ser tanto más valo­
radas cuanto más sea nuestra renuncia consecuencia de la
libre voluntad que de la debilidad. La castidad es un mandato,
la virginidad un consejo (37). No mutilarse, sino más bien
vencerse y dominarse es tarea de hombres. La Iglesia quiere
vencedores, no vencidos (38).

Sexto ceñidor: la hombría. Esto se contrapone a todo


lo que sea afectación o amaneramiento. A toda ficción o sueño
sin intención alguna. A todo deseo o aspiración carente de
utilidad. Se opone a toda vanidad y deseo de agradar. A toda
debilidad y dejadez. A toda queja y gemido lastimeros. A todo
pensamiento vacío de finalidad y de sentido. A toda suscepti­
bilidad femenina. A toda inconstancia. A toda falta de valor

(33) Himno de vísperas de domingo.


(34) Me. 10, 38.
(35) I Cor. 9, 27.
(38) II Cor. 11, 19 ss.
(37) A.: De viduis 13, 75.
(38) A.: I. c. 13, 77.
y de decisión. Por eso una verdadera y auténtica virilitas. La
ascesis no la mata, sino que la fortalece. Significa una conduc­
ta sencilla, recta, clara, abierta, vigorosa, sincera, alegre, sana.
Sin reserva de ninguna clase. Sin segundas intenciones. Sin
simulaciones y adornos. Sus móviles no son ni el placer ni
el desagrado, sino la conciencia de la obligación y el senti­
miento de responsabilidad. Los pensamientos en la eternidad,
en el amor de Dios, en el amor al prójimo. Un hombre que
no domine los estímulos de la tentación y del placer es Im­
posible que pueda agradar a Dios, imposible que pueda co­
rresponder a las intenciones y a las gracias de Dios. Deo
respondere non potest (39). No estará nunca en condiciones
de responder con las obras a la llamada que le viene de
arriba. Ciñe, por eso, como varón, tus lomos (40). Desecha
todo lo que significa poca madurez y todo lo que significa
puerilidad. Deja de tus manos todos los juguetes. Abandona'
toda comodidad excesiva. Estáte preparado para viajar, para
luchar, para trabajar. Estas mismas palabras eran las que Dios
dirigía a su profeta: Ciñe tus lomos, yérguete y di les todo
cuanto yo te mandaré (41). Este es el camino que debe seguir
el que va a ser predicador, profeta, juez. Este es también tu
camino, el camino que debes seguir como siervo de Cristo y
de la Iglesia. Vencer los gustos y los placeres del mundo.
Dirigir nuestros sentidos hacia todo lo alto y todo lo santo,
elevarse hacia ello y así, bien equipado nuestro espíritu, ha­
blar de las cosas divinas (42).

Las lám p a ra s encendidas en las manos

Et lucernae ardentes in manibus vestris. Las palabras que


el obispo añade son profundas y ricas en contenido.
Primero como exhortación. Estad preparados. No conoces
ni la hora ni el día en que el Señor — sea para nuevos traba­
jos, sea para el descanso eterno— te llamará. Caminad mien-

(39) Al.: In Ev. Le. 12, 35.


(40) Job. 38, 3.
(41) Jer. 1, 17.
(42) Al.: In Ev. Le. 12, 35.
tras tenéis luz, para que no os sorprendan las tinieblas y se
os venga encima la noche (43).
La luz en tus manos, como símbolo de Cristo, te muestra
el camino para la eterna luz. Eres discípulo y seguidor de la
verdadera luz. Cree en ella. Permanece fiel a ella. No te des­
víes de ella. Pon todos tus trabajos bajo su claridad, bajo su
alegría, bajo su resplandor. Haz que tu luz se ilumine y se
caliente con esta luz. Cuida de que la luz de esta lámpara que
tienes en tus manos no disminuya o se extinga. Que ninguna
noche te falte su suave y consolador resplandor.
La antorcha te dice de nuevo que la luz que sale de ti
irradia por el mundo sombrío. Pero que lo primero que hay
que hacer es recibir la luz. Dejarse llevar de la luz. Ser luz.
Luego, con la gracia de Dios, se deriva espontáneamente el
irradiarla. El profeta, por mandato de Dios, tuvo primero que
comerse el libro y después hablar al pueblo. Sólo mediante la
fuerza que recibió con este alimento pudo saciar a los demás
y apagar su sed. Así lo requerían su vocación y más todavía
su innata impotencia. San Gregorio Magno pone así de relieve
el verdadero orden entre los principios y la consecuencia, entre
las causas y el efecto: Comed© et pasee! ¿Cóm o podría ilumi­
nar a los demás un hombre a quien falta la luz? Primero,
por consiguiente, recibir la luz, reunir en sí la luz, ser luz.
Luego expansionaría. Saturare et eructa. ¿Cóm o podía alimen­
tar a los demás el hambriento? Accipe et sparge ¿Cóm o podría
de otro modo enriquecer a los pobres el mendigo? Confortare
et labora. Hazte fuerte como un hombre y trabaja (44).
Por consiguiente, ante todo, madurar y fortalecerse inte­
riormente en Cristo, en su luz, en su palabra. Enriquecerse
con ellas y luego obrar en los demás. Renovarse y perfeccio­
narse interiormente más y más. Dice el Evangelista que de su
plenitud recibimos todos (45). Si otros tienen que recibir
de nosotros todo lo necesario para su salvación, esto debe
hacerse de la plenitud de Cristo y en el grado en que nosotros
participemos de ella. ¿Qué es lo que quieres dar a los hom­
bres? Luz ardiente de la lumbre de Cristo. Tu amor a Cristo.
Tu amor ardiente a tus prójimos.

(43) Jn. 12, 35.


(44) S. Greg. Mag.: In Ez. 1, 10, 4.
(45) Jn. 1, 16.
Hijos de la luz

Ut filü lucís sltis. Como quienes están completamente bajo


el imperio de la luz. Que se parecen a ella en todo. Que pro­
ceden de la luz y vienen de la luz. Que han nacido de ella.
Que sólo sirven a la luz. Para quienes la luz es el único ele­
mento de vida. Como aquellos cuyo ser está formado y escla­
recido por la luz. Que son la imagen y el resplandor de la
luz del cielo. Cuyo modelo, infinitamente por encima de todos,
es el Hijo de Dios: Luz de luz.
Filii lucís. Como hombres que no sólo suspiran por la
luz, sino que son portadores de la luz, que poseen la luz. Que
no sólo la buscan, sino que viven en ella. Que no sólo dan
testimonio de la luz, sino que ellos mismos están rodeados
por el resplandor de la luz, que son hermosos y puros, sin­
ceros y verdaderos, auténticos y no falsificados, limpios e
inflexibles, serenos y alegres, amistosos y consoladores; como
solamente puede serlo la luz, la luz que viene de arriba. Una
maravillosa visión la tenemos en la mujer envuelta en el sol
(4 6 ) . Nosotros tenemos algo en cierto sentido más maravillo­
so. No sólo es el sol quien te sirve de vestido, sino el mismo
Cristo. La luz es para ti el padre y la madre, el origen de la
vida.
Ut filii lucís sitis. Nadie puede hacerse a sí mismo seme­
jante a la luz. Pero, resucitados y engendrados por Dios para
la luz y después de haberse hecho Cristo nuestra luz, está en
nuestras manos, contando con la gracia de Dios, el seguir sien­
do luz. No somos nosotros, ni el mundo, ni ningún hombre
quien nos ha hecho luz. No somos más que luz que tiene que
recibir la iluminación. Somos por tanto hijos de la luz divina.
Luz que necesita iluminación. Sólo a Dios debemos esta gra­
cia. No siempre la poseimos. Hubo un tiempo en que fuimos
tinieblas. Sin luz, alejados de la luz, desterrados del reino de
la luz, sometidos al influjo de las tinieblas, si bien no perte­
necíamos a los enemigos terribles, a los conscientemente rebe-
lies lumini que aborrecieron la luz y no vieron sus caminos
(4 7 ) . Muchos cuerpos solamente hacen visibles a la luz su

(46) Ap. 12, i.


(47) Job, 24, 13
informe figura, sus repugnantes colores. La negrura, las tinie­
blas, la lobreguez de que están revestidos. A estos cuerpos se
parecen algunos hombres, a quienes roza y descubre la luz
sólo para descubrir su infamia, su deformidad, su ser y sus
movimientos repugnantes (48). Su luz no hace más que des­
cubrir sus tinieblas.
La triste suerte de muchos paganos consistía de este modo
en una peregrinación bajo la luz engañosa de los impulsos
naturales, en la.vaciedad más absoluta de la sensualidad terre­
na, en un estado somnoliento que embota todo sentimiento.
Su corazón estaba rodeado de tinieblas, su inteligencia ciega, y
de este modo su camino Ies llevaba a un completo desconoci­
miento de la vida de Dios (49).
No nacidos, sino renacidos en la luz, somos ahora luz en
el Señor. Este hecho tan sumamente consolador nos lleva a
la más profunda humildad y a la más elevada confianza. A la
humildad, porque somos luz, no en nosotros mismos, sino en
Cristo. A la confianza, porque en Cristo somos verdadera luz,
aun cuando nuestros ojos corporales no puedan darse cuen­
ta da ello y los que nos rodean no lo perciban o no nos ten­
gan por tales. Conozcan nuestro nombre o traten de echar tie­
rra sobre él, presten atención o aprobación a nuestras obras,
o nos desprecien y persigan; nos cuenten entre los que huyen
de la luz o entre los alejados de ella, todo importa muy poco si
sólo estamos en la luz de Dios.
Y ahora una última observación. Es algo que se deduce
por sí mismo.
Ut filii lucís ambulate. Quien es luz, que camine en la
luz. Que camine como hijo de la luz. Con la pureza y la jo­
vialidad del sol. La luz y las tinieblas no se soportan la una
a la otra. Luz en las obras y tinieblas en los principios, como
luz en los principios y tinieblas en las obras, son cosas que se
contradicen. Tiene que ser luz el hombre entero. Esto es lo que
espera Cristo cuando comunica su luz. ¡Cristo, la luz plena!
¿Cuándo sucede esto? Cuando tu ojo es puro (50). Cuando
caminas con la sencillez, con la claridad, con la pureza
de la luz.

(48) AI.: In Ev. Jn . 1, 5.


(49) Ef. 4, 17 SS.
(50) Le. 11, 34.
Las estrellas giran tranquilas, claras y puras en el cielo de
la noche. Lucen con su hermosura pura, casi de otro mundo.
Cada una de ellas es un mundo y todas están formando un sis­
tema casi infinito. Esté con luz o esté en completa oscuridad
el universo que las rodea, ellas conservan su propia luz. No
cesan de emitir luz. Describen su camino de luz. Son muchas
y no obstante al mismo tiempo dan testimonio elocuente de
la luz.
Más misteriosa aún y más elevada es la misión del cris­
tiano, del clérigo, del sacerdote. Están por encima de las som­
bras del tiempo. Por medio de la fe, que el mundo ni conoce
ni entiende, se elevan por encima de las oscuridades de sus
días. Penetran, tranquilos y audaces, en los misterios del fu­
turo. Están colocados en un radiante camino de luz. Cami­
nan como hijos de la luz en la noche oscura, terrible y sinies­
tra. Con su propia existencia, con la vida y las obras de todos
los días, dan testimonio de la luz. Son bienhechores y guías de
la humanidad, que glorifican al Padre de la luz con su tran­
quilo fulgor. Ya San Agustín se revolvía contra los hombres
que creían poder vivir con su propia luz. Dios nos ha traído
a la existencia sin contar con nuestra voluntad, pero quiere
que nosotros mismos seamos los que nos justifiquemos. Esto,
dice el Santo, es una blasfemia acatólica y sacrilega. Muy de
otro modo pensaba San Pablo cuando se reconocía indigno
de llevar el nombre y el oficio de Apóstol, por haber perse­
guido a la Iglesia de Dios. Contempla la noche y contempla las
tinieblas. Cuando perseguía a la Iglesia de Dios, cayó como
una tiniebla siniestra cae sobre el abismo. Rápidamente se
oyó la voz de Dios: "Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?".
Y se rasgaron las tinieblas. Brotó la luz. Comenzaba un nue­
vo día, pero un día que había hecho aparecer el Señor (51).

El clérigo que hoy recibe de manos del obispo la orde­


nación, se parece — como hijo de la luz— al coro de neófitos
en los que vio San Agustín el día único que sólo podía haber
sido creado por el espíritu y el poder de Dios. No olvidéis
nunca que sois día. No olvidéis nunca que Dios os ha creado.
El ha sido quien ha ahuyentado las tinieblas del pecado de
nuestro corazón y quien nos ha resucitado de nuevo al amor.

(51) Agm. 500, 1 ss.


Hoy mismo vais a volver a meteros en la masa de los hom­
bres. Elegid a quién es a quien vais a imitar. No os decidáis
por los que están ya perdidos, pues os perderíais con ellos
(52). No escojáis ya nunca las tinieblas. Decidios por esco­
ger cada día, cada hora, a Cristo, que es luz.

Fruto* d e la luz

Quizá parezca la luz algo muy elevado y muy apartado


para el mundo de los pensamientos de algunos, algo que para
ellos es poco menos que inalcanzable. ¿Qué es esta luz de que
aquí hablamos? El obispo en su instrucción no deja en la os­
curidad esta importante pregunta.
¡Qué es esta luz? Te lo dicen sus frutos. El fruto de la
luz es todo bondad, justicia y verdad (53). Procura conser­
varlo.
Todo lo virtuoso tiene un triple fin, en relación del hom­
bre para consigo mismo, para con el prójimo y para con Dios.
Para consigo mismo, pues el hombre debe ser bueno en sí mis­
mo. Esto engendra la bondad. Para con el prójimo, pues deja
y da a cada uno lo que le corresponde. Esto engendra la justi­
cia. Para con Dios, pues el hombre debe conocer y confesar a
Dios. Esto engendra la verdad (54).
¿Qué es esta luz? Ante todo, no es algo muerto, algo inac­
tivo o algo infructuoso. La luz no sólo ilumina, resucita a la
vida. Invita al crecimiento, a dar fruto, a madurar. La luz
no se pertenece a sí misma; lo que ha recibido de Dios debe
irradiarlo y comunicarlo. Despierta en otros la luz y la vida.
Los frutos de la luz son las obras fructíferas y visibles (55).
La luz, por naturaleza, exige expansionarse — como dice
un dicho antiguo— , en todos los rostros del mundo. Su de­
seo sería irradiar de todos los ojos, de todos los corazones,
de todas las flores, de todas las fuentes.
La luz que nosotros utilizamos es participación de la luz
de Cristo. De igual modo, los frutos de nuestra luz son partici-

(52) Agm. 500, 10.


(53) Ef. 5. 9.
(54) Th.: la Ef. 5, 9.
(55) Th.: In Ef. 5, 1.
pación de los frutos de la luz divina. Todo bien creado es
bueno solamente en cuanto participa de la bondad de Dios
(56). Esta participación en la luz de Dios y en sus frutos debe
hacernos cada vez mejores. Con ello pone en lo más profundo
de nuestra alma el fundamento de todas nuestras buenas
obras, que como toda obra buena, proceden de la bondad di­
vina (57),

Por consiguiente, en primer lugar, bondad, porque Dios


es bueno. Los hombres se dejan deslumbrar por el número y
el resplandor. La bondad, por el contrario, exige en primer
lugar el contenido interior y el valor interior, el ser verda­
dero y fecundo. Bondad es aquello que es fecundo, duradero,
de valor permanente, sin falta de ninguna clase. Como opo­
sición a la bondad intenta expansionarse lo hueco, lo vacío, lo
engañoso, lo falto de contenido, todo aquello que no tiene
consistencia ni valor.
Bondad significa ser bueno, ser bondadoso. Bondad es
benevolencia, es interés, es alegrarse con los que se alegran,
entristecerse con los que están tristes, es sentir con los sen­
timientos de los demás. Bondad significa comprender a los
hombres, perdonar a los hombres.
La bondad no sabe de dureza y de severidad injustifica­
das. Prefiere cargar con el peso de los demás a echar sobre los
demás su propio peso. La bondad consuela, anima, da valor,
crea en torno suyo un ambiente de amistad.
Bondad es hacer el bien, derramar el bien, fomentar el
bien, alegrarse del bien.
San Ambrosio ha descrito magníficamente sus caracterís­
ticas. Nada hay más útil para ti que ser amado, nada tan per­
judicial como no serlo. El ser odiado lleva a la destrucción
y a la muerte. Por tanto debemos esforzarnos por alcanzar con
todo cuidado la propia estimación y reputación, para poder
influir en el afecto de los hombres, sobre todo con la placi­
dez de nuestro corazón y la benignidad de nuestro ánimo. Y
es que la bondad es popular y grata para todos y no hay nada
en el mundo que influya tan fácilmente en el ánimo de los
hombres. Si va unida con la mansedumbre de costumbres, la

(56) T h. I, 6, 4.
(57) Th. I, 105, 2 ad 2.
facilidad de ánimo, la moderación en el mandar, la afabilidad
en el hablar, la paciencia para escuchar y para expresar nues­
tros pensamientos, la modestia, apenas si puede creerse a qué
grado de caridad puede elevarnos (58). No queremos con
ello vituperar la habilidad y el talento; sencillamente alaba­
mos la bondad (59). De esta bondad es de la que padecen
hambre los corazones de los buenos y de los mejores.

La justicia presupone el conocimiento de lo que es bueno


y recto, de lo que es virtuoso y santo. Juzga a la luz de Cristo,
no con medidas puramente humanas, ni con solas leyes na­
turales. La justicia está sobre una alta atalaya para investigar
y ponderar todas las cosas. La justicia lleva tu espíritu a un
plano sumamente espiritual. Te enseña a pensar, con solici­
tud y con espíritu de ayuda, casi más en los demás que en ti
mismo. Más aún. Te hace conservar tu espíritu juvenil. Propio
de ella es el espíritu elevado y la verdadera magnanimidad en
la guerra y en la paz. Exceisi animi magnitudo (60).
El campo de la justicia es el consorcio, guiados ambos
por la caridad. Ser caritativo significa ser generoso y bonda­
doso. Comparando ambas cosas, San Ambrosio alaba la jus­
ticia por su dignidad, la liberalidad por su aceptación. Justi­
na excelsior, liberalitas gratior. La justicia está sometida a un
cierto orden y medida; la liberalidad, por el contrario, se fun­
da en la bondad (61). La justicia piensa poco en sí misma y
tiene poco tiempo y espacio para dedicarse a sus propias ne­
cesidades. Sibi parcior. Vive y trabaja totalmente para los de­
más: Foris tota est. Se trata a sí misma con una cierta dure­
za (inclementia). No tiene miramientos. El interés de la co­
munidad la encadena y la lleva a todas partes, se vuelca en los
demás mientras se deshace y se prodiga por otros (62). ¡Qué
virtud más estupenda, más olvidada de sí misma! Abarca to­
dos los estados, todas las edades, todas las necesidades, a
cada uno según su medida. Sin preferir o desatender a uno
o a otro sin motivo. Como se dan la luz y la ciencia en igual

(58) A.: De officiis m inistrorum 2. 7. 29.


(59) A.: 1. e, 3, 10, 68.
(60) A.: 1. C. 1, 24, 115.
(61) A.: 1. c. 1, 28, 130.
(62) A.: De excessu fratris sui Satyri 1, 57,
medida para servir a todos, para abarcarlo todo, para ilumi-
narlo todo.

Fruto de esta luz es también ia verdad. A ella va unida


la sencillez, que no sabe de falsedad o de dobleces. Que sabe
decir sí 01 no a su debido tiempo y ama la sinceridad ante su
propia conciencia exactamente igual que ante el mundo y ante
Dios. Ni conoce apariencias ni pretextos, odia Ja mentira.
Teme tanto la exageración como la parquedad, ¡tlué profun*
das son estas palabras de San Ambrosio: La mentira deja se­
dienta el alma, la verdad, por el contrario, la sacia! Otra ca­
racterística suya es que la verdad permanece siempre, es eter­
na (63). Del adversario de Cristo y de Dios, de aquel infeliz,
origen de la muerte, condenado a los eternos tormentos, de
Lucifer, dice el Señor: in veritate non stetit. Separado de la
verdad, perdió la paz y la consistencia al perder la verdad.
Está condenado a no poseer ya nunca la verdad (64). Por eso
Dios ha cesado de comunicarle la hermosura, la caridad, la
verdad; ha cesado de reflejarse en él. Ha perdido para siem­
pre la immobilis rectitudo (65) y se ha convertido en el eter­
namente inquieto, en el eternamente mudable. Se ha conver­
tido en un ser sin un fin determinado, arrojado del camino
recto. De su boca salen espíritus inmundos. Seres deformes,
repugnantes. Las mentiras más dañinas. San Alberto Magno,
siguiendo a San Agustín, las califica como la doctrina contra
la fe, la doctrina contra la virtud y la verdad, y la doctrina
contra la vida. Cuando el diablo habla, habla de lo suyo pro­
pio, porque él es mentiroso y padre de la mentira (66). Sus
pensamientos y sus palabras no fluyen de la luz divina. En
modo alguno son frutos de la luz. Nacen de ’a oscuridad. Da
!a luz fría y extinguida. De la noche cubierta de tinieblas, no
de Dios. Sus secuaces tienen en la mentira puesta su esperan­
za y en la mentira buscan su refugio y su protección (67). No
hacen otra cosa que multiplicar la mentira y la falsía, como
fraguas de la mentira y amadores de las falsas doctrinas (68)

(63) A.: In Ps. 61, 14.


(64) Jn. 8 , 44.
(65) Al.: In Ev. Jn . 7, 44.
(6 6 ) Jn. 8 , 44.
(67) IS. 28, 15.
( 68 ) Os. 12, 1.
Como falsos hermanos, la llevan sobre sus hombros y vacilan
entre Cristo y el anticristo, para coartar la libertad de los
hijos de Dios (69). El apóstol del Señor está rodeado de peti
gros constantes, que se le presentan, ya abierta, ya solapada­
mente (70).
De otro modo muy distinto los hijos de la luz que cami­
nan en la verdad. Saben, y diariamente se hace visible en
ellos, que no hay nada más diáfano, nada más sencillo que la
verdad. Naaa más difícil para los malos que ser sencillo. Por
eso el discípulo amado del Señor se alegra tanto cuando oye
que sus discípulos andan en la verdad (71).
Por eso la conducta y las obras del ministro de Cristo y
de la Iglesia se distinguen por ser fruto magnífico de la luz.
Por la bondad, la justicia y la verdad se libra del fermento de
los fariseos, contra el que con tanta insistencia previene el Se­
ñor a sus discípulos. Como cofundadores de la Iglesia, los
Apóstoles deben distinguirse por su esclarecida sabiduría y su
extraordinaria verdad (72). El fermento de los fariseos era la
dureza insensible, en lugar de la bondad, para con los hom­
bres. La injusticia, en lugar de la justicia. La mentira, en lugar
de la verdad. La mentira había corrompido hasta lo más ín­
timo a estos adversarios de la verdad y toda su vida se había
convertido en una bondad engañosa, en una justicia engañosa,
en una sencillez engañosa. El fermento de los saduceos y de
Herodes era completamente distinto (73). Negaban la resurrec­
ción del espíritu y por eso este rey sombrío y miserable era
un enemigo mortal de Cristo, por temor de su propio trono.
También a él le faltaban la bondad, la justicia y la verdad.
Peor aún, si cabe, era el estado de postración del pueblo de
Dios en tiempos de Jeremías: los profetas profetizaban men­
tiras, los sacerdotes iban con ellos del brazo y el pueblo gus­
taba de esto (74). Ha desaparecido completamente todo fruto
de la luz en los profetas, en los sacerdotes y en el pueblo. Reina
solamente el amor por las tinieblas.

(69) Gal. 2, 4.
(70) I I Cor. 11, 26.
(71) III Jn . 4.
(72) Al.: In Ev. Le. 12, 1.
(73) Mt. 16, 6.
(74) Jer, 5, 31,
Ventas. La verdad pura y vigorosa, tanto en nuestra vida
espiritual como en el alimento de la misma. Desde hace siglos
las leyendas piadosas han sido producto de la poesía, de la
piedad y del alma popular. Llenan visibles lagunas, doran y
cubren faltas reales o irreales. Exageran y disminuyen. Acla­
ran e interpretan. Cambian las cosas más o menos libre y há­
bilmente. Acercan más las cosas a la vida y les dan una for­
ma más vital. Se apoderan de las fuentes y frecuentemente
van más allá de lo que éstas permiten, o las adornan tan ex­
cesivamente que casi no se las puede reconocer. Frecuente­
mente se prestan a excitar de un modo religioso la fantasía y el
sentimiento. Las más de las veces contienen una base históri­
ca y aclaran los fundamentos profundos de un hecho. La ver­
dad, sin embargo, exige que distingamos siempre y en todo
lugar entre los hechos y las leyendas; exige guardarse dentro
de los debidos límites en la explicación alegórica y moral de
las Escrituras. No en vano los santos ponen en guardia contra
toda falsedad en materia de religión. No hace más que ofen­
der a Dios, dañar a las almas, rebajar el honor y la fama de
la Iglesia, injuriar la figura de los santos y hasta deshonrarlos.
Me parece carente de sentido — dice San Alberto Magno (75 )—
desviar el espíritu de fe y la piedad. Por eso omitimos toda
explicación irreal de las Sagradas Escrituras, pues fácilmente
degenera en bagatelas y en puras apariencias sin fuerza de
ninguna clase y llenas de ocurrencias ingeniosas. Si otros para
ello dicen falsedades o simplezas, al Santo le importa poco
— de quibus non curamus— . Y con razón. Dios jamás hace
uso de una falsedad o de una mentira, ya que nunca jamás
necesita aducir cosas falsas ni para la propia honra ni para el
propio triunfo ( 7 6 ). Todos los fieles exigen que se les diga la
verdad. Aun los jóvenes. Cristo fue enviado por el Padre para
todos, para dar testimonio de la verdad. Para nadie es Cristo
camino de tinieblas. Ni viene de las tinieblas ni lleva a las ti­
nieblas. Es camino y verdad. Como verdad, y mediante su ver­
dad, nos hace conocer lo verdadero para que la verdad nos
haga libres (77). ¿Quién se atrevería a dudar aquí angustiosa­
mente o a poner límites demasiado estrechos? ¿O hemos de ver

(75) Al.: In Ev. Me. 14, 72.


(76) Al.: In Ev. Le. 22, 60.
(77) Jn . 8 , 32.
con mal ojo que sea bueno? (78). Pero no todo aprovecha a
todos ni todo aprovecha en cualquier tiempo. He aquí una regla
de oro para los discípulos y para los maestros: sapere ad so-
brietatem et non plus sapere (79). No todo afán de saber vie­
ne de Dios, ni puede satisfacerse todo deseo bajo pretexto de
la gloria de Dios y del provecho de las almas.

Después de todo esto exhorta el obispo a los ordenados:


Sed, pues, solícitos en toda bondad, justicia y verdad. Aquí se
abre un campo principalísimo para toda nuestra actividad cle­
rical y sacerdotal. En esto, sobre todo, debemos distinguirnos.
Ciertamente los trabajos que aguardan al clérigo y al sacerdo­
te son muchos y diversos. Pero no olvidemos nunca esto: el
cuidado por la bondad, la justicia y la verdad personales

Ut vos et olio s et Del Ecdesiom illum inetis

Para que nos iluminemos a nosotros mismos y a los de­


más, a los fieles y a la Iglesia universal de modo suficiente
con la luz de la fe, de la esperanza y de la caridad. Que no
se apaguen nuestras lámparas aunque las horas y las noches
se prolonguen. La parábola de las diez vírgenes nos enseña
que aun las almas escogidas y probadas por ciertos sacrificios
penetran impertérritas en las tinieblas de la noche y sin em­
bargo no llegan a su destino por no haber llevado óleo en sus
lámparas encendidas. Las fatuas confían en las alabanzas de
los hombres hasta que ven con estupor que se extingue la
luz de sus manos. Empiezan a ver cómo parpadea la llama.
Cómo va haciéndose cada vez más pequeña. Cómo se va ex­
tinguiendo. Cómo se ha quemado completamente su lámpara.
¿Para qué vale ahora su ornato exterior? Los adornos artís­
ticos y las coronas de flores con que va adornado el pequeño
recipiente se han convertido en el testimonio de su insensatez,
que miró solamente el honor y el brillo exterior. Que miró
solamente aquello que sirve unos momentos y que luego se
disipa como el humo.

(78) M t. 20, 15.


(79) Rom. 12, 3.
El obispo quiere librar al clérigo de una suerte parecida.
Las obras exteriores son buenas y necesarias. Pero no pueden
nunca sustituir la vida interior. La ciencia, el apostolado, la
predicación, la dirección de asociaciones, traen copiosos fru­
tos si se hacen con el recto espíritu de Cristo, con bondad, con
justicia, con verdad interiores. El clérigo que ejecuta todas es­
tas cosas de este modo y las llena con este espíritu, lleva en sf
un inagotable tesoro de luz y de vida, del que puede repartir a
los demás y del que puede vivir él mismo.

Ut vos et alios et De¡ Ecclesiam ¡lluminetis. ¿Quiere decir


esto que debemos buscarnos a nosotros mismos, que debe­
mos buscar nuestra gloria personal y el brillo de nuestro nom­
bre? ¿Quiere decir esto que debemos esforzarnos por batir el
record en todos los campos? ¿Que debemos atraer hacia nos-
sotros los ojos de todo el mundo? Ciertamente que no. Quiere
decir que procuremos con todas nuestras fuerzas surtirnos
a nosotros mismos y surtir a los demás de la luz de Cristo.
Que seamos, tanto para nosotros mismos como para el mun­
do que nos rodea — sobre todo para los fieles que nos han sido
confiados— mediadores y portadores de la luz. Mediante nues­
tra conducta más que con la palabra o con los escritos. Sobre
todo, siendo para Dios y para todos los demás bondadosos,
justos y verdaderos. La Iglesia te ha confiado una misión ma­
ravillosa. Parecida a la del Bautista: llluminare hts qu¡ ¡n tene-
bris (80). De modo parecido al Precursor, somos enviados para
disipar las tinieblas de la noche. Para deshacer el hielo de los
corazones. Para hacer germinar la semilla dormida. Para reves^
tir todo de luz y de belleza. Ministros de la Nueva Alianza, nos
rodea el resplandor de la luz de Dios de manera más patente
que a Moisés, y en cierto sentido más aún que a Juan, el Pre­
cursor del Señor. Realmente nuestra vocación es una vocación
divina: Ser luz en la Iglesia de Dios.
Cuando el Apóstol señaló juntos los tres frutos de la luz
no lo hizo por azar. En efecto, estos tres frutos están tan
profundamente unidos entre sí que cualquiera de ellos sin los
otros dos carece de valor y hasta se hace peligroso. La bondad
sin la justicia y sin la verdad se convierte en una débil indul­
gencia y en una transigencia vacía de sentido, que a unos Ies

(80) Le. i, ra.


abruma con sus beneficios y a otros les da por debajo de sus
justas exigencias, que no hace caso de los derechos de Dios,
que obra por motivos egoístas, insinceros, a veces hasta hi­
pócritas, Otras veces toma formas seniles. Se hace ciega. Si­
gue solamente los impulsos naturales. No hace más que come­
ter insensateces. En fin, que daña más que aprovecha. No es
mejor la justicia sin la bondad y la verdad. Se hace inflexible,
dura; contradiciéndose a sí misma, corrige tal vez lo acciden­
tal y deja pasar las cosas sustanciales. En todo caso, mientras
la creatura está en estado de prueba, vemos que en Dios la
justicia nunca está sin la bondad, y juntamente con ellas está
su verdad. Los fariseos se cegaron por su culto a la justicia.
Dice la Iglesia que la mejor manera de manifestar Dios su
omnipotencia no es por medio de su justicia — como pudiéra­
mos creer nosotros— sino por su bondadosa misericordia
(81). Finalmente la verdad sin bondad y sin justicia es como
un conocimiento sin amor. Como un conocimiento sin buenas
obras. Sin virtud, como el que tiene a su modo el demonio.
Esforcémonos por conseguir estos tres frutos. Pidámoslos al
Señor.

V in o y a g u a

Una última consideración. El acólito es el que proporcio­


na el vino y el agua en el Santo Sacrificio. Un ministerio mo­
desto, pero que no obstante, como la luz y el candelabro, le
une más profundamente al Sacrificio de Cristo, ya que el vino
y el agua son su materia y se transforman en el Cuerpo y en
la Sangre de Cristo.
El Sacrificio Eucarístico es el Sacrificio de Cristo, ya que
El es su materia y su realizador. Pero Cristo, por su infinita
misericordia, ha querido no sólo que participemos en este Sa­
crificio y que nos unamos a su entrega al Padre, sino también
que sus ministros colaboren en su realización. En este sentido
es ya significativo el primer milagro del Señor. No> hizo senci­
llamente que las tinajas que estaban vacías se llenasen de vino,
sino que primero hizo que los hombres las llenasen de agua
y que luego lo llevasen al maestresala. Cosa parecida sucede

(81) O ración del Domingo X después de Pentecostés.


en el Santo Sacrificio. Podría el Señor, sin necesidad de un
altar visible, sin la cooperación de los hombres, aplicarnos el
Sacrificio perfecto que hizo de una vez para siempre, hacer­
nos partícipes de él de cualquier manera, e incorporarnos a
él. Pero no bastaba esto. ¿Por qué? Porque esto no estaba muy
acorde con su amor y su misericordia, así como la naturaleza
y la constitución social de la Iglesia. Por eso escogió el Señor
la forma de la liturgia eucarística. Por eso llamó a sacerdotes
y a levitas. Por eso les hizo colaborar y coofrecer con El. Y
precisamente porque así Dios lo ha querido, necesitamos en el
Santo Sacrificio vino y agua. El acólito por consiguiente no
hace más que seguir una llamada de Dios cuando ejerce este
ministerio. Se convierte en colaborador dsl divino Sumo
Sacerdote en la edificación del mundo nuevo y eterno.

El vino que lleva a! altar es puro y auténtico, Una imagen


de la sencillez y de la pureza del alma. Está lleno de vida y de
fuerza. Se le ofrece para perder su naturaleza por las palabras
del sacerdote. Para convertirse en la Sangre real, verdadera
y auténtica de Cristo. Como expresión de la entrega absoluta
y de la voluntad de sacrificio. Como prenda de la omnipo­
tencia y de la bondad infinitas de Dios, que premian infinita­
mente todo sacrificio ofrecido. Que convierten cada muerte
en plenitud infinita de vida. Que transforman, dan vida y lle­
nan de bendiciones todo aquello que se pone en contacto con
Dios, todo lo que se ordena al Sacrificio. Una imagen de cómo
los hombres y la humanidad entera se unen en Cristo, en un
único Cáliz sacrificial de eterna salvación, en un único Sacrifi­
cio de adoración, de expiación, de acción de gracias y de ala­
banza. En El y por El alcanzamos al Padre. Nos hacemos una
cosa con el Padre. El vino, formado de granos de uva, nos ex­
presa ya esta unidad formada por la multiplicidad.
El acólito, no en el cáliz, sino en las vinajeras, lleva las
inmensas necesidades y alegrías, las numerosas peticiones y
oraciones, los ardientes deseos de redención, los humildes tri­
butos de adoración a la mesa del Sacrificio tal y como viven
en los corazones de los circunstantes y de la Iglesia universal,
esperando en el Sacrificio de Cristo su redención y su cumpli­
miento. Es por tanto una carga preciosa, pesada, dulce.

Al vino se le añade agua, recordando piadosamente el


ejemplo de Cristo, que en la última Cena, siguiendo la eos-
tumbre judía, utilizó vino mezclado con agua. Como testimo­
nio también de que los impulsos de la naturaleza deben ser so­
metidos y moderados cuando se sirve a la Eucaristía, de que
el Señor incluye a todas las creaturas en la santa bendición
de su Sacrificio y las glorifica, no excluyendo nada, excepto
el pecado.
Finalmente el vino del Sacrificio puede recordar que de­
bemos consagrar al Señor, ante todo, las fuerzas de nuestro
cuerpo y de nuestra alma, y luego todo lo que es capaz de
producirnos alegría y placer. De que esperamos, por los mé­
ritos de su Pasión y por la comunión en su banquete eucaris­
tía), poder participar un día con El de todo esto en el reino
del Padre.

Lo que el acólito hace en su oficio es algo puramente na­


tural, no es ningún acto extraordinario. No hace más de lo que
puede hacer un niño cualquiera. ¿N o es, sin embargo, la Hos­
tia consagrada algo más invisible y no obstante sus accidentes
contienen al Señor de cielos y tierra? ¿N o contiene la plenitudo
Dei, la vida del mundo? Una prueba más de cuán significativos
y cuán ricos en contenidos son los más mínimos símbolos, las
más mínimas acciones en el mundo de la liturgia y de cómo
algo muy grande obra aquí en las cosas más pequeñas. Y esto
es exactamente igual hagámoslo como acólitos, como diáconos
o como sacerdotes o dejémoslo hacer por los seglares.

¿Cuándo ejercerá dignamente este ministerio el ordena­


do? Solamente cuando sea consciente de su sagrado significa­
do. El obispo nos señala otras condiciones.
Ofrecerá de modo agradable al Dios omnipotente el vino
y el agua, cuando antes se ofrezca a sí mismo en sacrificio.
¿Cóm o se hace esto? Entregándose a Dios mediante una vida
pura y con buenas obras.
Sacrificium per castam vitam I El acólito no hace todavía
voto de castidad. No está obligado al celibato. No obstante su
vida debe ser pura y casta. Digna de un hombre que se acerca
al altar del Sacrificio y que colabora en el Sacrificio Eucaris­
tía). De lo contrario ¿cómo podría ser hijo de la luz? La vida
casta no sólo evita los pecados mortales, sino también los in­
dicios y los principios de una virginidad llamada a desapare­
cer. Moriturae virginatis principia! (82). Evita todo aquello
que afemina, que es motivo de tentación o que puede alimen­
tarla. Evita las ocasiones, los primeros pasos, los motivos pró­
ximos y remotos. Mantengámonos alejados de la insana inquie­
tud y de la inmodesta despreocupación.
Et bona opera. No bastan las palabras y los deseos. Son
imprescindibles las buenas obras. De aquí esta advertencia
tantas veces repetida.

La ordenación

Después de esta exhortación, el obispo procede a la or­


denación. Entrega primero el cirial con una vela apagada. Lue­
go las vinajeras vacías. El clérigo toca sucesivamente ambas
cosas con la mano derecha mientras el obispo pronuncia es­
tas palabras:

Accipite ceroferarium cum ce- Recibid el cirial con la vela y


reo, et sciatis vos ad accendenda sabed que estáis destinados a en­
ecclesiae luminaria mancipan, in cender las luces de la iglesia en
nomine Domini. el nom bre del Señor.
R. Amen. 1J. Amén.
Accipite urceolum, ad suggeren­ Recibid la vinajera p ara servir
dum vinum et aquam in Eucha­ el agua y el vino p ara la consa­
ristiam Sanguinis Christi, in no­ gración de la Sangre de Cristo,
mine Domini. en el nom bre del Señor.
Arnen. R. Amén.
Los objetos aquí entregados, así como el oficio que se da
mediante su entrega, no son, como hemos dicho ya, algo
extraordinario. Su verdadero valor descansa, sin embargo, en
su conexión necesaria con el Santo Sacrificio. Este es un nue­
vo motivo para que el clérigo haga del Sacrificio Eucarístico,
a ser posible, el punto central de sus pensamientos y deseos,
y viva, en las cosas grandes y en las pequeñas, en este Sacri­
ficio. La unidad, el contenido sublime y el valor imperecedero
de su vida están, pues, garantizados y su oficio será servir del

(82) Al.: In Ev. Mat. 25, 1 (según San Jerónimo).


modo más perfecto a su Iglesia y a la Eucaristía. La consa­
gración y la bendición de un ministerio sagrado se posan so­
bre su persona iy sobre sus obras. Ya no existe en él el sen­
timiento del vacío y de pesadilla terrible de trabajar para nada.
Se sabe incorporado a las filas de los ángeles que sirven al
Cristo glorificado.

Oraciones finales

Al final, el obispo invoca cuatro veces sobre el clérigo la


bendición consecratoria del Altísimo. Las oraciones están lle­
nas de un fervor que va creciendo cada vez más. El obispo
se dirige en la primera al Dios, al Señor, al Padre omnipoten­
te; en la segunda y en la tercera al Señor, al Padre celestial,
al Dios todopoderoso y eterno, y en la cuarta al todopoderoso
y eterno Dios, fuente da la luz y origen de toda bondad.

Deum P atrem om nipotentem , Roguemos hum ildem ente a Dios


fratres ehrissim i, supplices de- Padre todopoderoso, am adísimos
precemur, n t hos fam ulos suos herm anos, se digne bendecir a
bene-J-dicere dignetur in ordinem estos sus siervos en la orden de
acolythorum ; quatenus lum en vi­ acólitos, a fin de que, llevando
sibile m anibus praeferentes, lu­ en sus m anos la luz visible, con
men quoque spirituale m oribus sus costum bres difundan tam bién
praebeant: adjuvante D o m i n o la luz espiritual, con el auxilio
nostro Jesu C hristo: Qui cum eo, de nuestro Señor Jesucristo, que
et Spiritu sancto vivit et regnat con El y el E spíritu Santo vive
Deus, per om nia saecula saecu­ y reina, Dios, por los siglos de
lorum. los siglos.
9 . Amen. R. Amén.
Orem us. Oremos,
(Diácono). Flectam us genua. Doblemos las rodillas.
R. Levate. R. Levantaos.
Domine sancte, P ater om nipo­ Señor santo, Padre om nipoten­
tens, aeterne Deus, qui per Jc- te, Dios eterno, que por Jesucris­
sum C hristum Filium tuum Do­ to H ijo tuyo y Señor nuestro y
m inum nostrum et Apostolos ejus por sus Apóstoles enviaste a este
in hunc m undum lum en clarita­ m undo la luz de tu resplandor y
tis tuae m isisti, quique, u t m or­ quisiste, p ara abolir el antiguo
tis nostrae antiquum aboleres chi- decreto de nuestra m uerte, cía-
rographum, gloriosissimae illum vario en el árbol de la gloriosí­
Crucis vexilio offigi, ac sanguis sim a Cruz y que brotara agua de
nem et aquam ex latere illius pro su costado p a ra la salvación del
salute generis humani efflueret hum ano ilnaje; dígnate bendecir
voluisti: bene-J-dicere dignare hos a estos tus siervos en el oficio
famulos tuos in officium acoly­ de acólitos p ara que sirvan fiel­
thorum; ut, ad accendendum lu­ m ente en tus santos altares, en­
men Ecclesiae tuae, et ad sugge­ cendiendo la luz de tu Iglesia y
rendum vinum et aquam ad con­ adm inistrando el vino y el agua
ficiendum sanguinem Christi Fi­ que debe convertirse en la San­
lii tui in offerenda Eucharistia, gre del Señor al ofrecer la Euca­
sanctis altaribus tuis fideliter sub­ ristía. Inflam a, Señor, sus enten­
ministrent. Accende, D o m i n e , dim ientos y sus corazones en el
mentes eorum et corda ad amo­ am or de tu gracia, a fin de que,
rem gratiae tuae, ut illuminati ilum inados con el resplandor de
vultu splendoris tui, fideliter tibi tu faz, te sirvan fielm ente en la
in sancta Ecclesia deserviant. Per san ta Iglesia. Por el mismo Cris­
eumdem Christum Dominum nos- to Señor nuestro.
trum. . Arnen.
5 5- Amén.
Oremus. Domine sancte, P ater Oremos. Señor santo, Padre om­
omnipotens, aeterne Deus, qui nipotente, Dios eterno, que enco­
ad Moysen et Aaron locutus es, m endaste a Moisés y Aarón se
ut accenderentur lucernae in ta­ encendieran lám paras en el ta ­
bernaculo testimonii, bene«f.dicere bernáculo del testim onio, dignate
dignare hos famulos tuos, ut sint bendecir a estos tu siervos para
acolythi in Ecclesia tua. Per que sean acólitos en tu Iglesia.
Christum Dominum nostrum. Por Cristo nuestro Señor.
R. Arnen. Amén.
Oremus. Omnipotens, sempiter­ Oremos. Todopoderoso y sempi­
ne Deus, fons lucis et origo bo­ terno Dios, fuente de luz y origen
nitatis, qui per Jesum Christum de toda bondad, que por Jesu­
Filium tuum, lumen verum, mun­ cristo, tu Hijo, luz verdadera, ilu­
dum illuminasti ejusque passionis m inaste el m undo y lo redim iste
con el m isterio de tu Pasión, dig­
mysterio redimisti, bene -f- dicere nate bendecir a estos tus siervos
dignare hos famulos tuos, quos que consagram os en el oficio de
in officium acolythorum conse- acólitos, im plorando tu clemen­
e r a m u s , poscentes clementiam cia, p a ra que ilustres sus enten­
tuam, ut eorum mentes et lumi­ dim ientos con la luz de la cien­
ne scientiae illustres, et pietatis cia y los fecundes con el roclo
tuae rore irriges; ut ita acceptum de tu piedad, a fin de que con
ministerium, te auxiliante, pera­ tu auxilio, cum plan el m inisterio
gant, qualiter ad aeternam remu- que h an recibido, de m anera que
nerationem pervenire mereantur. m erezcan obtener la eterna re­
Per eumdem Christum Dominum compensa. P or el mismo Cristo
nostrum . Señor nuestro.
1}. Amen. 5 . Amén.

La primera oración implora la bendición pidiendo que el


ordenado, llevando en sus manos la luz visible, difunda la luz
espiritual mediante su conducta. El hombre es demasiado po­
bre y demasiado débil para esto. El Dios Trino que vive y
reina por los siglos de los siglos le ayudará.

La segunda oración une dos hechos que aquí tienen un


profundo significado: que el Padre celestial ha enviado a su
Unigénito y a sus Apóstoles como luces llenas de claridad a
este mundo y ha clavado e! antiguo decreto de nuestra muerte
en el árbol de victoria de la Santa Cruz y al mismo tiempo,
para la salvación del género humano, ha hecho manar sangre
y agua del costado de Cristo. Esta triple prueba de su gracia
nos hace esperar la bendición de Dios sobre el clérigo, para
que en adelante sirva con fidelidad a la Iglesia y al altar.
Aquí, como hemos hecho notar más arriba, el ministerio del
acólito está unido expresamente a la misión personal de Cristo
como la luz del mundo, así como a su Sacrificio en la Cruz,
al perdón de los pecados de la humanidad y al ofrecimiento
del Sacrificio Eucarístico sobre los altares.

La tercera oración se refiere al mandato de Dios a W ó n


de poner luces en el tabernáculo (83). Por tanto, siempre que
el acólito ejerza su ministerio, cumple una misión divina.

La cuarta oración se dirige señaladamente a la fuente de


toda luz y al origen de toda bondad. Es el todopoderoso, e!
Dios eterno. La luz y la bondad divinas han sido comunica­
das al mundo por Cristo. El Hijo de Dios es la verdadera luz
que ilumina al mundo. Los ciriales en la iglesia y en las ma­
nos del acólito no hacen otra cosa que hablarnos de El y son
un resplandor y una imagen de su luz. La bondad divina se

<33) II Par. 13, 11.


manifestó de ia manera más maravillosa y abundante en los
misterios de la Pasión, por la que el Señor salvó al mundo.
Dígnese por tanto el Crucificado y el Glorificado bendecir y
consagrar al acólito. Que, suave y bondadoso, le ilumine el
corazón y la inteligencia con la luz de su santa ciencia y de­
rrame sobre él el rocío vivo y refrescante de su paternal pie­
dad. Que estos dones celestiales no pierdan nunca su plenitud
y su fuerza ni fracasen jamás. Entonces a este siervo pruden­
te, que obra con la gracia y con la ayuda de Dios, se le dará
la eterna recompensa que ha merecido.

Después de que el obispo impone al ordenando rezar, a


modo de acción de gracias por la orden recibida, los siete sal­
mos penitenciales y las letanías de los santos y se encomienda
a sus oraciones, Ies exhorta: Considérate — Studete! ¡ Medi­
tad la Orden que os he dado! ¡Considerad la carga que se os
ha impuesto! Esforzaos por vivir santa, consciente y piadosa­
mente (religiose) y agradar al Dios todopoderoso con vuestro
ministerio y con vuestra conducta, para conseguir de este modo
la gracia que Dios mismo en su misericordia se digne otorgaros.
LIBRO TERCERO

órdenes mayores
CAPITULO PRIMERO

EL SUBDIACONADO

Introducción

Después de llamar por su nombre a cada uno de los or­


denandos y hacer mención del título para el que son ordena­
dos, el obispo dirige esta exhortación a los clérigos arrodilla­
dos ante é l:

Filii dilectissimi, ad sacrum Hijos muy amados, los que vais


subdiaconatus ordinem promoven­ a ser promovidos a la sagrada
di, iterum atque iterum conside­ Orden del subdiaconado, u n a y
rare debetis attente, quod onus otra vez debéis considerar aten­
hodie ultro appetitis. H actenus tam ente cuál es la carga que hoy
enim liberi estis, licetque vobis librerrtente apetecéis. H asta aho­
pro arbitrio ad saecularia vota ra sois libres y os es lícito
tran sire; quod si hunc Ordinem volver librem ente al estado secu­
susceperitis, am plius non licebit lar. Pero si recibís esta Orden,
a proposito resilire, sed Deo, cui en m anera alguna podréis ya
servire regnare est, perpetuo fa­ abandonar vuestro propósito, an­
m ulari; et castitatem , illo adju­ tes bien, deberéis perpetuam ente
vante, servare oportebit; atque servir a Dios, servir al cual es
in Ecclesiae m inisterio sem per reinar, y con su gracia guardar
esse m ancipatos. Proinde, dum castidad y estar siempre dedica-
tempus est, cogitate, et si in sanc­ dos al servicio de la Iglesia. Por
to proposito perseverare placet, tanto, m ientras hay tiem po pen­
in nomine Domini huc accedite. sadlo bien y si os place perseve­
rar en este santo propósito, acer­
caos acá en el nom bre de Dios.

Antiguamente se confería el subdiaconado de una manera


sencillísima, a veces por el solo nombramiento. El obispo en­
tregaba el cáliz vacío y el arcediano las vinajeras, vacías tam­
bién. Hubo un tiempo en que se le confería después de la co­
munión, como las Ordenes Menores, de las que tan cerca es­
taba. Nuestro Pontifical, como es ya común desde el siglo X II,
le cuenta entre las Ordenes Mayores. Estas llevan a los minis­
tros del altar a una cooperación inmediata en el Sacrificio Eu-
carístico hasta su verdadera realización. En la Iglesia latina se
confieren solamente dentro del Santo Sacrificio.

En la Iglesia oriental, el ordenando es conducido desde la


nave al obispo, quien, después de revestirle, le signa tres ve­
ces la frente con la señal de la Cruz. En la imposición de ma­
nos pide el obispo la gracia de la vocación. El subdiácono
debe tener celo por el ornato de la casa de Dios, guardar sus
puertas y cuidar las lámparas del templo. El obispo le entrega
una jofaina y un jarro y le pone una toalla sobre el hombro
izquierdo. El nuevo subdiácono le lava las manos, permanece
fuera de la iconostasis durante la Santa Misa y al final de la
anáfora recibe la bendición.

Para recibir lícitamente el subdiaconado necesita el clé­


rigo un título que le asegure todo lo necesario conforme a las
exigencias de su estado. Para este título so le ordena. Lo exige
su dignidad. El ordenando no puede quedar en la calle sin ayu­
da de ningún género. Su sustento, sea de la forma que sea,
debe quedar asegurado, de modo que el estado eclesiástico no
corra jamás el peligro de exponerse al desprecio, y su porta­
dor no se vea jamás obligado a ganar el pan de una manera
impropia. De aquí este principio: Nunca deben ser ordenados
más clérigos de los necesarios.
Para el digno sustento del clérigo secular está el titulus
beneficii. Cuando éste falta, e! titulus patrimomi y pensiu-
nis (1). En caso de necesidad, también el titulus servitii dioe­
cesis o missionis (2). Los religiosos de votos solemnes tienen
el titulus paupertatis. Los demás el titulus mensae communis
o Congregationis (3). La Orden o Congregación cuida de su
sustento.

En la Iglesia latina el subdiácono se obliga al celibato.


Aunque volviera al estado laical, queda con la obligación de
guardarlo. Un pecado contra la castidad tiene en él carácter
de sacrilegio (4). El celibato es por consiguiente una obliga­
ción de estado en los clérigos mayores. Para evitar todo error
o engaño, el obispo se lo recuerda una vez más al candidato
al principio de la ordenación. No ha sido esta la primera vez.
El clérigo ha sido repetidas veces y ampliamente instruido so­
bre esta obligación en su preparación para el subdiaconado.
Ahora — en el instante último y decisivo— se le vuelve a dar
ocasión y se le exhorta exprofeso a reflexionar profundamente
sobre esta atadura que ha de durar toda la vida. Esta atadura
significa la constante renuncia al uso de un derecho natural,
renuncia que no siempre es fácil a nuestra naturaleza y a ve­
ces hasta muy difícil. Nadie que no haya sido llamado por
Dios y que na se sienta, con la ayuda de su gracia, y después
de una madura reflexión, lo suficientemente fuerte para lle­
varla con alegría y con fidelidad, debe tomarla sobre sí. Las
palabras del obispo lo indican con energía. Sólo quien con ple­
no conocimiento y con plena espontaneidad desee este sacri­
ficio puede tomarlo sobre sus hombros. El clérigo es aún li­
bre. En cuanto acólito, puede sin obstáculo ninguno dejar el
servicio de Dios y volverse al mundo. Nada le retiene. Des­
pués de la recepción del subdiaconado es ya otra cosa. Desde
ese instante el clérigo ha quedado ligado para toda su vida a
la decisión abrazada. Con motivo de la promesa (propositum)
que hace al recibir el subdiaconado, después de una larga
prueba y con toda libertad, y con arreglo a las disposiciones
de la Iglesia, a las que se somete libremente, el matrimonio le

(1) CIC. can. 979; Ct. 1, 185 ss.


(2) CIO. can. 981.
(3) CIC. can. 982.
(4) CIC. can. 132. Sobre el celibato cír. Pio X I: Ad catholici
sacerdoti (20 Dic. 1935) II.
es imposible e ilícito. Está consagrado a Dios hasta la muerte.
Para siempre, con la ayuda de Dios, debe conservar su virgi­
nidad. Para siempre debe donar a la Iglesia su vida y todas
sus fuerzas. El obispo se lo recuerda una vez más. No le ex­
horta a elegir esta profesión. Quizá no pueda tomar el candi­
dato sobre sus hombros este llamamiento. Por eso, ahora que
hay tiempo todavía, examínese sinceramente, examine sus fuer­
zas, así como el estado que le espera, sus exigencias persona­
les y sus motivos. Si así y todo permanece en su decisión,
acérquese — concluye el obispo— en nombre de Dios al altar.

In nomine Domini. Es la palabra exacta para este mo­


mento. Seria, invitadora, alentadora.
In nomine Domini, es decir, siguiendo exclusivamente y
con la más pura intención la llamada de Dios. Con una ar­
diente caridad cristiana. Porque Dios me ha elegido. Porque
su sequere me ha caído también sobre mí, pues nadie carga
este honor sobre sus hombros. Sólo quien ha sido llamado
por Dios, como Aarón; sólo quien ha sido enviado por Dios,
como el Bautista; sólo quien ha sido elegido por Dios, lleno
y fortalecido por el Espíritu Santo, como los Apóstoles, puede
recibir la ordenación.
In nomine Domini. Para ser sellado con el sello divino,
para ser santificado por la divina gracia, para ser amado con
el divino poder.
In nomine Domini. Es decir: sólo con la confianza en su
gracia. Sólo con la fe en su poder. Apoyado en su voluntad,
que es la que me da derecho a este Sacrificio y a la entrada
en este estado, que me incorpora a la muchedumbre de los
servidores del Tabernáculo.
In nomine Domini. Es decir: con el corazón lleno de
agradecimiento y de alegría. Con espíritu alegre, inflamado,
lleno de una humilde confianza. Completamente dispuesto a
servir. Con un abandono total. En lo más profundo del alma
viven, como un eco de las del Dios-Hombre, estas palabras:
Al comienzo del libro se escribió de mí que hiciese tu volun­
tad. Una misteriosa repetición de las palabras del Dios-Hom­
bre: He aquí. Señor, que vengo (5).

(5) Sal. 39, 7 ss.; Heb. 10, 7.


In nomine Domini. Es decir: en el mismo nombre santí­
simo, todopoderoso, bondadosísimo del Padre celestial, que
hizo a su Hijo Sumo Sacerdote y Salvador para que le sirviera
y se le ofreciera en holocausto. En esta voluntad y en este
nombre he sido yo también llamado. En este nombre me acer­
co yo también a la atmósfera santa de este Eterno Sacrificio.
!n nomine Domini. Por consiguiente no por propia arro­
gancia, frívola y llena de soberbia, ni por un desprecio salva­
je de la naturaleza, vacío de sentido. Más bien por una con­
fianza inmensa en la sabiduría, la bondad y el poder del Dios
Salvador, que es el Creador y el Señor de mi naturaleza. Que
ha llamado a esta naturaleza perecedera a la participación en
su eterna naturaleza divina. Que la ha ordenado, con pleno
derecho, a su honor, así como a mi salvación y a la de toda
la humanidad. Que me ha dado la fuerza sobrehumana para
vivir en la carne y no según la carne. Que quiere no sólo su­
bordinar mi persona al servicio de las necesidades naturales,
sino utilizar mis menguadas fuerzas para colaborar en la obra
salvadora de su divino Hijo.
In nomine Domini: Es decir: no por mandato expreso de
Dios, sino según el espíritu de Dios. Según el espíritu del Sa­
crificio Eucarístico, a quien sirvo, conforme a su naturaleza
y determinación.

Lo que en los comienzos de la Iglesia fue casi imposible


imponer como ley común de estado para sus clérigos — pero
que no obstante fue siempre recomendado por el Señor y los
Apóstoles, con la palabra y con el ejemplo, como el ideal su­
premo— no tardó en convertirse en costumbre preferida y,
con el tiempo, en ley con fundamentos realmente profundos.
Según el conocido testimonio de San Epifanio ( t 403) el
sacerdocio de su tiempo estaba integrado por célibes y, donde
éstos faltaban, por monjes. Si alguien debe permanecer virgen
por el reino de los cielos, deben serlo los sacerdotes y los
clérigos. Y los últimos tanto más cuanto su ministerio litúr­
gico más les une al Sacrificio y al altar. Todo su amor perte­
nece exclusivamente a Dios y a la Iglesia. Mucho más que a
Melquisedec, le conviene al sacerdote y al clérigo asemejarse
al Hijo de Dios (ó). El Sacrificio del que son ministros sóbre­

te) Heb. 7, 3.
puja infinitamente al de Melquisedec. No sólo porque es ver­
dad y disipa las tinieblas, sino más aún: Porque es espíritu
y verdad. El Cuerpo del Señor es un cuerpo espiritual. El
Cuerpo de Cristo es del Espíritu Santo (7), es decir, formado
por el Espíritu de Dios, informado y animado por la ley del
Espíritu, glorificado por el Espíritu de Dios, igual a El en pu­
reza, claridad y santidad. El mismo argumento con que San
Ambrosio explica el mandato del Apóstol de que el candidato
al cargo episcopal haya tenido unas solas nupcias, lleva nece­
sariamente al celibato. ¿Qué diferencia habría entre el modo
de vivir del seglar y del sacerdote, si ambos tuvieran las mis­
mas leyes? El modo de vida de un sacerdote debe ser más
elevado que el del no sacerdote, como son más elevados el
modo y la medida de la gracia de la vocación (8).
La caridad de Cristo nos constriñe (9). Nos aguijonea
hacia la cumbre y hacia lo más alto, hacia lo último de todo.
La Encarnación de Cristo y su vida en la tierra nos han traído
una vida nueva y una nueva ley de vida. Nos han edificado
un mundo nuevo. Desde entonces, sacerdotes santos enseña­
rán la castidad y ejemplos numerosos de pureza virginal res­
plandecerán como en una luz sobrenatural (10). De la nueva
alianza creada en Cristo se destaca luminosa una última con­
secuencia. Ahora conocemos nuevas obligaciones y virtudes.
Hemos trabado conocimiento con nuevas costumbres y las ha­
cemos propias (11). El relato de la Encarnación confirma el
incomparable valor moral de la virginidad. No sólo en el Ver­
bo de Dios, que tomó nuestra carne. También en su madre
virginal. En San José, el esposo virgen. En San Juan, el Pre­
cursor del Señor. Y como enseña la liturgia y los Santos Pa­
dres, no es ninguna casualidad que el Evangelista virgen sea
quien anuncia la profundísima diferencia entre el nacimiento
eterno de Cristo y su encarnación, así como que fuera quien
en el primer Sacrificio Eucarístico descansó sobre el Corazón
de Cristo y asistió al pie de la Cruz al Sacrificio cruento con
la virginal Madre del Señor.

(7) A.: De m ysteriis 9, 58.


(8 ) A.: Ep. 63, 64.
(9) II Cor. 5, 14.
(10) A.: De benedict. P atriarch. 3, 12.
(11) A.: In Ps. 39, 3.
Otro motivo del celibato sacerdotal descansa en que la
Iglesia, según la idea de los teólogos, griegos y latinos, es al
mismo tiempo virgen y madre (12). Está revestida de una
hermosura virginal, por ser virgen sin arruga y sin mancha,
para distinguirse de la sinagoga (13). Virgen por su pureza.
Madre por su innumerable descendencia, Ella es quien nos ha
engendrado. En espíritu. No con gemidos de dolor, sino con
angélico gozo. Nos alienta como virgen. No con leche corpo­
ral, sino con el alimento que da el Apóstol de las gentes.
¿Quién hay que tenga más hijos que nuestra Iglesia? Es virgen
en los sacramentos (es decir, en la donación de la vida por
los sacramentos), es madre por los pueblos que ha engendra­
do para el Señor. Nuestra madre no tiene esposo. Tiene un
prometido: El Verbo eterno del Padre. A El está desposada.
Confiada al eterno Prometido sin la menor renuncia a su de­
licado pudor. Sin pecado alguno. Llena de espíritu y de dis­
cernimiento (14). Por el bautismo nos hacemos hijos de una
madre casta y virgen (15).
A esta fecundidad maternal debe unirse el trabajo del
ministro de Cristo. Sobre todo el sacerdote. Por eso deben es­
tar completamente unido en espíritu a esta virginal Iglesia y pa­
recerse a ella, en cuanto sea posible, en todas sus cosas. Cuan­
do Cristo apareció en la tierra, como contrapeso a tedas las
infidelidades que se habían cometido contra Dios, creó a la
Virgen, creando a la Iglesia como virgen. La Iglesia de Cristo
es por tanto virgen y virgen debe permanecer. Virgen y Espo­
sa, emulando a María y, como ella, engendrando en nosotros
a Cristo. Pues todos los que han renacido por las aguas del
santo bautismo son miembros de Cristo (16). El celibato, como
idea y como realización, es por consiguiente algo venido del
cielo. Un maravilloso fruto de la Redención. Una obra de Cris­
to, un pensamiento que resalta extraordinariamente la liturgia
en el prefacio solemne de la consagración de las vírgenes.

(12) A.: Ep. 63, 37.


(13) A.: Exhortatio virginitatis 10, 67.
(14) A.: De virginibus 1, 6 , 31.
(15) Ag.: Sermo 223. 1.
(16) Agm. 447, 8 .
Las vestidu ras litúrgicas del Sub d iácono

El momento de la ordenación comienza después de que


el coro ha cantado el cuarto Gradual o Aleluya.
El futuro subdiácono está en pie ante el altar revestido
de amito, alba, cíngulo y manípulo, con la vela en la mano
derecha y la tunicela en el brazo izquierdo.
La vela es la ofrenda que entrega al obispo después de
su ordenación.
Todo lo demás son los ornamentos que tiene que llevar
en el ministerio litúrgico.
La naturaleza de su sagrado ministerio hace conveniente,
y hasta necesario, que el clérigo que lo ejerce en nombre de
Dios y de la Iglesia aparezca con dignas vestiduras. El vestido
de los hombres tiene con frecuencia una significación simbó­
lica. Por naturaleza o por costumbre es un signo del estado
a que pertenece quien lo lleva. Con frecuencia delata un pro­
pósito determinado o sirve para ciertos trabajos y ministerios.
Sirve para reconocer este o aquel estado de ánimo: humildad,
sencillez, sentido del orden, seriedad, penitencia, fufo, festivi­
dad. Delata los defectos del carácter: dejadez, sensualidad,
vana presunción, coquetería. En este sentido dice la Sagrada
Escritura que el vestido del hombre denuncia lo que hay en
él (17). En sí mismo considerado, un vestido lujoso, en cuan­
to pasa la medida correspondiente al estado social, es absurdo
y por consiguiente pecaminoso.
El uso de vestiduras en la liturgia que hoy en día no se
acostumbra a usar en la vida civil y que por la materia de
que están hechas son a veces más costosas que las de uso
corriente, no debe fomentar la vanidad del hombre — como
ya hace notar Santo Tomás (18)— sino que.no hace más que
recordar al clérigo y al pueblo la singular dignidad del minis­
terio litúrgico y del que lo realiza. Además, tanto las vestidu­
ras como las ceremonias, han sido sancionadas y prescritas
por la más alta autoridad eclesiástica, se han hecho una cosa
connatural a través de largos siglos y hace ya mucho tiempo
que el pueblo se ha hecho a ellas. La autoridad eclesiástica y

(17) Eclo. 19, 27.


(18) T h. II-II, 169, 1 ad 2.
la tradición les libran de las novedades y de los eternos vai­
venes de la moda. Las vestiduras litúrgicas se asemejan al
idioma latino, en el que celebramos casi toda la liturgia, que
es una lengua muerta, y por consiguiente inmutable y sublime
por su majestad. En lugar de una cosa arbitrariamente subje­
tiva — que es algo que separa— lo que interviene en la forma
y en el modelo de las vestiduras, es un algo suprapersonal,
que es lo que da unidad; y en esto reconocemos inmediata­
mente al ministro de los santos misterios cuando está ejer­
ciendo su ministerio. Así como estos sagrados misterios están
ligados en muchos aspectos a lo material y destinados a hom­
bres que constan de cuerpo y alma, pero que en modo alguno
son de este mundo, sino del mundo del espíritu y de la gra­
cia informado por Cristo, así los ornamentos litúrgicos están
hechos de materia real, pero por otra parte configurados con­
forme a la forma y al sentido de un lenguaje y de un ambiente
suprátemporales, ajenos al mundo, sagrados. Fácilmente se
comprende lo simbólico de estas vestiduras. Las oraciones que
el clérigo reza cuando se reviste se lo recuerdan.

El amito, originariamente un paño para el cuello o para


los hombros, cubre más tarde también la cabeza — desde el
siglo X u X I— y simboliza el yelmo de salvación para defen­
derse de las asechanzas del demonio. Según Ruperto de Deutz
recuerda la nube blanca y luminosa de la humanidad de Cris­
to con la que el Señor se viste y bajo la que oculta su divini­
dad (19). No se sabe de fijo si tiene alguna relación con el
velo que se ponía sobre la cabeza en las antiguos sacrificios
para protegerse de los ruidos molestos. Sírvanos de adverten­
cia significativa que en el ministerio litúrgico nos armamos a
nosotros mismos con el yelmo de la fe y de la salvación. Ni
siquiera ejerciendo el sagrado ministerio, ni aun celebrando el
Sacrificio Eucarístico estamos libres de las asechanzas del ene­
migo. Nunca más que en este santísimo instante, en que ejer­
cemos el ministerio salvador de mediadores de Cristo, debe­
mos defendernos interior y exteriormente del influjo del ma­
ligno. Según San Pablo (20), el yelmo de la salud es parte
integrante de la armadura de todo cristiano. Por eso nunca

(19) Ruperto de Deutz: De divinis officiis 1, 19.


(20) Ef. 6 , 17.
jamás debe faltar al ministro del altar cuando ofrece el Sa­
crificio común. En esta hora de gracia debe estar completa­
mente bajo la bendición del Salvador. Al amparo de la salva­
ción. Poseído y rodeado completamente por la gracia.
La otra significación del amito como castigado vocis la
examinaremos más tarde al hablar de su entrega.

Símbolo de la pureza que conviene al cristiano, y sobre


todo al ministro del altar, es el alba. Señor, hazme puro, rue­
ga el subdiácono cuando se reviste de ella. Tus ojos son más
penetrantes que los de los hombres y los de los ángeles. Tú
conoces las faltas más ocultas y los más secretos deseos. Tú
eres el único que puede medir la infinita santidad del Sacrifi­
cio Eucarístico. Tú eres el único que puede darme la pureza
que tu voluntad y la dignidad del Santo Sacrificio exigen. Por
eso, lávame y purifícame. Hazme inmaculado y puro como el
vestido que llevo, de modo que éste sea un símbolo de la ino­
cencia de mi alma y de la pureza de mi corazón. Revísteme
con el luminoso resplandor de la gracia supraterrena. Vísteme
y adórname como vistes a los ángeles y adornas los cielos,
para que mi alma, como un espejo sereno, lleve reflejada tu
imagen y se parezca al ángel del día de Resurrección; para
que sea digna de ser, ejerciendo los sagrados misterios, un
mensajero de salvación, de alegría y de paz. Los esfuerzos hu­
manos son insuficientes para dar tal claridad al alma. La ora­
ción del hombre es demasiado débil y aun demasiado impura
para suplicarlo. Pero hay una cosa suficientemente poderosa:
lávame en tu Sangre, la Sangre con que has borrado los peca­
dos del mundo. Lávame en tu Sangre, que es más fuerte que
el ardor del fuego que ha de consumir el mundo impenitente;
más, fuerte que los ardores del infierno, en los que ha de ex­
piar sus pecados. Antes de que celebre los sagrados misterios
y tome parte de nuevo en tu santísima Carne y Sangre, lávame.
Lávame, no sólo como lavaste con tus santas manos en la no­
che de la Cena los pies polvorientos de tus discípulos. Lávame
todo; el hombre entero. Lávalo en tu Sangre santísima. Y haz­
me digno de que, purificado y fortalecido por tu Sangre sagra­
da, goce de la eterna alegría, participe eternamente de tu divina
pureza, de tu divina vida, de tu divina gloria y beatitud.
Cuando el Señor lavó los pies de los discípulos, se ciñó
con un paño limpio de lino, símbolo de la pureza divina:
praecingi candore coinpetebat, dice San Alberto Magno. Pedro
no presentía aún que quedaba sucio si no le lavaba el Señor
y que sólo aparecerá puro ante Dios aquel a quien el divino
Hijo haya lavado los pies del alma, esto es entendimiento y
voluntad, inteligencia y corazón. El entendimiento debe ser pu­
rificado de los errores lo mismo que el corazón de los amores
impuros y de las faltas. Esto sólo lo puede el Señor (21).
Aunque yo quisiera lavarme con nieve y fregar mis manos con
lejías, Tú tendrías que sumergirme en el agua, es decir, Tú
mostrarías la suciedad de que estoy cubierto y mis vestidos
sentirán asco de mí mismo (22). Pero quien ha rociado y pu­
rificado el interior de su conciencia y ha lavado su cuerpo en
agua clara y aparece así ante Dios, puede acercarse confiado
al altar con el corazón rebosante y la plenitud de la fe (23).
El fondo de su alma está limpio. Esto es lo que significa el
alba.

Al alba la sujeta el cíngulo. Tu vestido no puede caer


suelto y con amplios pliegues sobre el suelo. Una cuerda ti­
rante io mantiene sujeto. Así quedan libres los pies. El alba
se proteje de la inmundicia y del polvo. No se trata ni de un
hilo débil, fácilmente rompible, ni de un cinturón fino y su­
mamente adornado. Lo que esencialmente se necesita y lo que
el cíngulo debe ser lo dice ya suficientemente la misma pala­
bra. Debe ser un verdadero cinturón que recoja el vestido, lo
dé una forma fija y sujete al cuerpo los amplios pliegues.
Como conviene a un luchador de Cristo, a un peregrino para
un largo viaje, a un diligente servidor (24). El cíngulo es in­
dispensable para nuestro equipo de luchadores, peregrinos y
ministros.
Cingulum puritatis et continentiae. El cinturón del clérigo
no es un vulgar cordón. Es un cordón que simboliza la pureza
y la continencia. Ambas convienen al alma como imagen de
Dios y al subdiácono por haber sido llamado a su servicio y a
la cooperación en el Sacrificio que por su misma esencia re­
presenta una oblación expiatoria por los pecados. La imagen
de Dios en tu interior significa un tesoro incomparable y una

(21) Al.: In Ev. Jn. 13, 8 .


(22) Ib. 9, 30 s.
(23) Heb. 10, 22 s.
(24) AI.: In Apoc, 10, (i,
verdadera fuente de vida. Es una copia de la claridad y de la
pureza divina. No te la imprime la mano del hombre. Es Dios
mismo quien la irradia en el alma. ¡Si hubiéramos guardado
en nosotros serena, inmaculada, inmarcesible, con toda pure­
za y con toda solicitud, esta luminosa imagen de la gracia! El
cingulo nos exhorta a ello siempre que nos lo ponemos
Cingulum continentiae. No significa abstinencia, sino fuer­
za de! alma, consistencia espiritual, firmeza de carácter que
nos impide entregarnos a todas y a cada una de las cosas,
darnos a las criaturas y perdernos. La riqueza interior de un
hombre nunca puede ser tan grande que sea infinita y pueda
fácilmente ser expuesta al peligro. El peregrino que lleva el
tesoro públicamente en el camino es como si deseara que se
lo robasen. San Gregorio Magno no piensa con estas palabras
en poderosas columnas de ejércitos (25) sino en compañeros
de viaje aparentemente inofensivos, en ladronzuelos (latrun­
culi) disfrazados, hasta ricamente vestidos, con maneras agra­
dables, que te roban primero no tu vida, sino tu tesoro. Y
esto no de una vez, sino poco a poco. Con numerosas acome­
tidas. En continuas guerrillas. Con persuasiones y engaños, con
mentiras y fraudes.
Cingulum continentiae. Sólo quien lo toma libremente lo
recibe como signo de especial confianza y de honor de manos
y con la bendición de Cristo. AI continente — en sentido cris­
tiano— no le hace la impotencia de la naturaleza, sino sólo
la libre voluntad, la libre elección, la libre decisión (26). No
todos entienden, no todos quieren o pueden. Pero el que pue­
de entender, entienda (27).
Cingulum continentiae. Se refieren a una fuerza interior,
no a una debilidad de alma, o de cuerpo. A una fuerza que
viene de Dios, que distingue bien qué es lo que en la natura­
leza es obra y voluntad de Dios, qué es consecuencia del pe­
cado original, qué es peligro y motivo de pecado y qué es
pecado libremente querido.

Cuando el ordenado se pone el manípulo, pide la gracia


de poder llevarlo como símbolo y prenda de llanto y de dolor.

(25) S. Greg, M ag.: In Ev. Hom. 1, II, 1.


(26) A.: De viduis 13, 75.
(27) Mt. 19, 12.
Esta cinta, adornada con una Cruz, llevada primitivamente como
paño para limpiarse el sudor o como adorno honorífico, ex­
horta hoy al trabajo constante lleno de sacrificio, de dolor y
de lágrimas. El ministro del Señor y de la Iglesia no lo teme.
Lo estima como una gracia. Lo desea con el convencimiento
de que se trata de los padecimientos y tribulaciones del ca­
mino real de Cristo. Con la seguridad de que ellos fueron quie­
nes ayudaron a nuestro Sumo Sacerdote a disponer el Sacrifi­
cio salvador del mundo, los que le abrieron las puertas eter-
nales del cielo, los que le merecieron el trono de gloria a la
diestra del Padre. En medio de las gracias y de los encantos
del primer Sacrificio Eucarístico, en el momento por consi­
guiente de la primera ordenación sacerdotal, el Señor aseguró
a sus dicípulos: En verdad, en verdad os digo que lloraréis y
os lamentaréis, y el mundo se alegrará. Vosotros os entriste­
ceréis, pero vuestra tristeza se volverá en gozo (28). Desde
entonces el tema del padecimiento pertenece al canon de la
Misa como pertenece al canon de la vida sacerdotal. No como
un padecimiento sin sentido y sin finalidad, sin fin y sin con­
secuencias, sino como un padecimiento que se convierte en
alegría, como un padecimiento en este momento huidizo de
nuestra vida terrena, que dura tanto como el Señor está lejos
de nosotros.
In sentimiento de este género domina el curso de la vida
de los santos, como la de un San Benito de Nursia. Deseaba
padecimientos. Pero no como si fueran el único bien posible o
el único bien digno de pedirse. Veía en ellos un bien preferido.
Ansiaba más consumirse por los trabajos y padecimientos por
Dios que gozar de la felicidad temporal (29). Aunque nos falte
esta grandeza de alma, pidamos sin embargo diariamente,
cuando pisamos el umbral del altar y nos ponemos el maní­
pulo, que seamos* hechos dignos de llevar la parte que Dios
quiera darnos de padecimientos y de lágrimas, para recibir
luego en el goce y en la alegría, extraordinariamente aumen­
tados, los réditos de nuestros trabajos. Trabajo remunerados
Al ministro le conviene un trabajo serio y lleno de sacrificio.
No olvide las palabras de su Maestro: Mi Padre sigue obrando
todavía, y por eso obro yo también (30). Ni siquiera en el más

(28) Jn . 16, 20.


(29) S. Greg. M ag.: Dial. 2, 1.
(30) Jn. 5, 17.
profundo recogimiento interior y contemplación debemos ol­
vidar esta obligación que compete a todo cristiano y a todo
clérigo. Tendremos una magnífica recompensa.
Si el manípulo dirige nuestros pensamientos al Sacrificio
y a los trabajos del ministerio sacerdotal, la tunicela irradia
una exultante alegría. Este ornamento, que con el siglo X I se
convierte en el signo distintivo del subdiácono y que desde el
siglo X III es llevado también por el obispo debajo de otros or­
namentos, es a los ojos de la Iglesia la tunica jucunditatis, el
indumentum laetitiae, el vestido festivo de alegría. Por eso es
muy semejante a los ornamentos celestiales del Sumo Sacer­
dote. Para el clérigo es una constante exhortación a no perder
esta alegría. A cultivarla. A pedir con ardiente oración esta
virtud de estado con que Dios, la fuente primera y el resumen
de la más pura y elevada alegría, adorna y viste su alma. La
alegría que Dios nos da es una alegría santa, noble, eterna,
pura; una participación y goce de la infinita alegría que en
Cristo habita y que debe llenarnos también a nosotros (31).
Garantía de esta alegría es nuestro llamamiento al ministerio
de Cristo, nuestra consagración así como el ornamento con
que el obispo nos reviste y con el que nosotros ejercemos el
sagrado ministerio.
Cuando el obispo te recibió entre el número de los cléri­
gos, lo hizo con las palabras paulinas: El Señor te vista del
hombre nuevo (32). El Señor, tal es el sentido de esta ora­
ción, te vista el hombre nuevo, haga aparecer en ti el hombre
nuevo, que no es otro que Cristo. Entonces recibiste el sencillo
roquete. Con las Ordenes Mayores el vestido litúrgico fue ha­
ciéndose más rico y más simbólico. Cada vez más iba for­
mándose en ti el nuevo Cristo. Se cumplía cada vez de manera
más perfecta el que Cristo mismo se te daba como vestido
para que el hombre nuevo se desarrollara en ti y llegase a su
plena madurez. Permanece fiel a esta gracia. Conságrate a ella
siempre que te pones estas santas vestiduras. Haz que sea, como
el blanco vestido de un neófito, imagen y sello de la ordena­
ción. Haz que sea un verdadero sacramentorum signacu­
lum (33).
(31) Jn. 15, 11.
(32) Ef. 4, 24.
(33) Agm, 338, 7.
La vela que el clérigo lleva en la mano es la ofrenda que
con el corazón agradecido debe entregar al obispo después
de la ordenación. Una imagen de que su vida pertenece sola­
mente a Cristo, a la Iglesia santa y al obispo, y de que, como
vivamente desea, debe consumirse silenciosa y continuamente
en servicio de Cristo.

Las letanías mayores

Kyrie, eleison. Señor, ten compasión de


nosotros.
Christe, eleison. Cristo, ten compasión de
nosotros.
Kyrie, eleison. Señor, ten compasión de
noostros.
C hriste, audi nos. Cristo, óyenos.
Christe, exaudi nos. Cristo, escúchanos.
P ater de coelis Deus, mi­ Dios, Padre del cielo, ten
serere nobis. compasión de nosotros.
Fili R e d e m p t o r m undi Dios, Hijo, Redentor del
Deus, miserere nobis. mundo, ten compasión de
nosotros.
Spiritus Sancte Deus, mi­ Dios, Espíritu Santo, ten
serere nobis. compasión de nosotros.
Sancta T rinitas unus Deus, S an ta T rinidad, un solo
miserere nobis. Dios, ten compasión de nos­
otros.
S ancta M aria, S an ta M aría,
Sancta Dei G enitrix, J9 S an ta M adre de Dios,
S ancta Virgo virginum , ! TJ S an ta Virgen de vírgenes,
Sancte Michaël, ' o
S an Miguel,
Sancte Gabriel, San Gabriel,
i 3

g
Sancte Raphaël, !“ San Rafael,
Om nes sancti Angeli et Todos los santos Angeles
Archangeli, orate pro nobis. y Arcángeles, rogad por nos­
otros.
O m n e s sancti beatorum Todos los Santos Coros de
spirituum ordines, orate pro los bienaventurados espíri­
nobis. tus, rogad por nosotros.
Sancte Joannes B aptista, San J u a n B autista, ruega
ora pro nobis. por nosotros.
Sancte J o s e p h, ora pro San José, ruega por nos­
nobis. otros.
Omnes sancti Patriarchae Todos los santos P atriar­
et Prophetae, orate pro nobis. cas y Profetas, rogad por
nosotros.
Sancte Petre, , S an Pedro,
Sancte Paule, I San Pablo,
Sancte Andrea, San Andrés,
Sancte Jacobe, 1 Santiago.
Sancte Joannes, 1 San Juan,
Sancte Thom a, 1f O Santo Tomás,
Sancte Jaeobe, ! o Santiago,
Sancte Philippe, \TJ San Felipe,
Sancte B artholom aee, /) o San Bartolomé,
Sancte M athaee, | O
3
S an Mateo,
Sancte Sim on, 1 cr S an Simón,
Sancte Thaddaee, 1l M San Tadeo
Sancte M athla, | S an M atías.
Sancte B arnaba, 1 San Bernabé,
Sancte Lnca, , San Lucas,
Sancte M arce, / San Marcos
Om nes sancti Apostoli et Todos los santos Apóstoles
Evangelistae, o r a t e pro y Evangelistas, rogad por
nobis. nosotros.
Om nes s a n c t i Discipuli Todos los santos Discipu­
Domini, orate pro nobis. le» del Señor, rogad por nos­
otros.
Omnes sancti Innocentes, Todos los santos Inocen
orate pro nobis. tes, rogad por nosotros
Sancte Stephane, ora pro San E steban, ruega por
nobis. nosotros.
Sancte ¡Laurenti, ora pro San Lorenzo, ruega por
nobis. nosotros.
Sancte V incenti, ora pro San Vicente, ruega por
nobis. nosotros.
Sancti Fabiane et Sebas- Santos F abián y Sebas­
tiane, orate pro nobis. tián, rogad por nosotros.
Sancti Joannes et Paule, Santos Ju a n y Pablo, ro­
orate pro nobis. gad por nosotros.
Sancti Cosma et Dam iane, Santos Cosme y Dam ián,
orate pro nobis. rogad por nosotros.
Sancti Gervasi et Protasi, Santos Gervasio y Prota-
orate pro nobis. sio, rogad por nosotros.
O m n e s sancti M artyres, Todos los santos M árti­
orate pro nobis. res, rogad por nosotros.
Sancte Silvester, \ San Silvestre,
San Gregorio,

Ruega por nosotros


Sancte Gregori, J9
Sancte Ambrosi, [
1 ° San Ambrosio,
Sancte Augustine, >o San Agustín,
Sancte Hieronyme, San Jerónim o,
Sancte M artine, 11 San M artín,
Sancte Nicolae, 1 S an Nicolás,
Om nes sancti Pontifices et Todos los santos Obispos y
Confessores, orate pro nobis. Confesores, rogad por nos­
otros.
O m n e s sancti Doctores, Todos los santos Doctores,
orate pro nobis. rogad por nosotros.
Sancte Antoni, \o San Antonio,

Ruega por nosotros


Sancte Benedicte, r tj^
1 San Benito,
Sancte B ernarde, San Bernardo,
Sancte Dominice, 11) ooz» Santo Domingo
Sancte Francisce, 1/ M
££ San Francisco,
Om nes sancti Sacerdotes Todos los santos Sacer­
et Levitae, orate pro nobis. dotes y Levitas, rogad por
nosotros.
Omnes sancti M onachi et Todos los santos M onjes y
Erem itae, orate pro nobis. Erm itaños, rogad por nos­
otros.
S ancta M aria M agdalena, S an ta M aría M agdalena,
S ancta Agatha,
Ruega por nosotros

i 9 S an ta Agueda,
S ancta Lucia, f °
1VTJ“S S an ta Lucía,
S ancta Agnes, i °
S an ta Inés,
S ancta Caecilia, 11 °’
° S an ta Cecilia,
S ancta C atharina, 1M S an ta C atalina
S ancta A nastasia, S an ta Anastasia,
Om nes sanctae Virgines et Todas las santas Vírgenes
Viduae, orate pro nobis. y Viudas, rogad por nosotros.
Omnes santi et sanctae Todos los santos y santas
Dei, intercedite pro nobis. de Dios, interceded por nos­
otros.
Propitias esto, parce no­ Sénos propicio, perdónanos,
bis Dómine. Señor.
Propitius esto, exaudi nos Sénos propicio, ó y e n o s ,
Dómine. Señor.

Ab omni malo, De todo mal.


Ab om ni peccato, De todo pecado,
Ab ira tua, De tu ira,
A subitanea et improvisa De una muerte repentina
morte, e imprevista,
Ab insidiis diaboli, De insidias diabólicas,
Ab ira, et odio, et omni De la ira, del odio, y de
m ala voluntate, toda mala voluntad,
A spiritu fornicationis, Del espíritu de fornicación,
A fulgure et tem pestate, Del rayo y de la tem­
pestad,
A m orte perpetua, De la muerte perpetua,
A flagello terrem otus, De! lazo del terremoto,
A peste, fam e et bello, ~ De la peste, del hambre y
3
Líbranos, S eñ or
de la guerra,
Per m ysterium sanctae, in- =
o Por el misterio de tu san-
carnations tuae, ta Encarnación,
Per Adventum tuum , o Por tu Adviento,
Per N ativitatem tuam , =
<D Por tu Natividad,
Per Baptism um et sanc­ Por tu Bautismo y santo
tum Jejunium tuum , Ayuno,
Per Crucem et Passionem Por tu Pasión y Cruz,
tuam ,
Per M ortem et Sepulturam Por tu Muerte y Sepultura,
tuam ,
P er sanctam Resurrectio­ Por tu santa Resurrección,
nem tuam ,
Per adm irabilem Ascensio­ Por tu admirable Ascen­
nem tuam , sión,
Per adventum S p i r i t u s Por el advenimiento del
Sancti Paracliti, Espíritu Santo Paráclito,
In die Judicii, En el día del Juicio,
Peccatores, Los pecadores,
U t nobis parcas, Que nos perdones,
U t nobis indulgeas, Que nos seas indulgente,
Ut ad veram poenitentiam Que te dignes conducirnos
nos perducere digneris, a u n a penitencia verdadera,
U t Ecclesiam tuam sanc­ Que te dignes regir y con­
tam regere et! conservare servar tu s a n ta Iglesia.
digneris,
Ut Donum Apostolicum et Que te dignes conservar
omnes ecclesiasticos ordines en la san ta religión al Se­
in sancta religione conserva­ ñor Apostólico y a toda la
re digneris, Jerarquía eclesiástica,
U t inim icos sanctae Ec­ Que te dignes ab atir a los
clesiae hum iliare digneris, enemigos de la san ta Iglesia,
U t regibus et principibus Que te dignes conceder la
Christianis pacem et veram paz y u n a verdadear concor-
concordiam donare digneris, * dia a los reyes y príncipes
o cristianos. O
Ut cuncto populo Christia­ o Que te dignes dar a todo co
Q
no pacem et unitatem largi­ | el pueblo cristiano paz y 3
O
ri digneris, “ unión,
U t om nes errantes ad uni­ ° Que te dignes volver a la
tatem Ecclesiae revocare, et o. unidad de la Iglesia a todos
infideles universos ad Evan- 3 los que viven en el error y O
gelii lum en perducere dig-i ° traer a la ley del Evangelio M

neris, a todos los infieles,


U t nosm etipsos in t u o Que a nosotros mismos te
sancto servitio confortare et dignes fortalecem os y con­
conservare digneris, servarnos en tu santo ser­
vicio,
U t m entes nostras ad coe­ Que levantes n u e s t r a s
lestia desideria erigas, m entes a las cosas celes­
tiales,
U t om nibus benefactoribus Que a todos nuestros bien­
nostris sem piterna bona re­ hechores les pague con los
tribuas, bienes eternos.
U t anim as nostras, fra­ Que libres nuestras almas
trum , propinquorum , et be­ y las de nuestros herm anos,
nefactorum nostrorum ab parientes y bienhechores, de
aeterna dam natione eripias, la eterna condenación,
Ut fructus terrae dare et \ j Que te dignes dam os y
conservare digneris, ii conservam os los írutos de la

Te rogamos, óyenos
I rI 3
c tierra,
Ut omnibus fidelibus de- ) Que te dignes conceder el
functis requiera aeternam I 1 eterno descanso a los fieles
donare digneris, ]| difuntos,
Aquí el obispo se levanta y bendice a los ordenandos.
y. Ut hos Electos bene>|« y. Que te dignes bende­
dicere digneris, cir a estos Electos presentes,
1$, Te rogamus, audi nos. 9 . Te rogamos, óyenos,
y. Ut hos Electos bene*J* y. Que te dignes bende­
dicere, et sanctificare dig­ cir y santificar a estos Elec­
neris, tos presentes,
R. Te rogamus, audi nos. 5 . Te rogamos, óyenos,
y . Ut hos Electos bene»J« y. Que te dignes bende­
dicere, et sanctificare, et cir, santificar y consagrar a
consecrare digneris, estos Electos presentes,
5 . Te rogamus, audi nos. R. Te rogamos, óyenos.
El obispo vuelve a arrodillarse y prosigen las letanías.
Ut nos exaudire digneris, Que te dignes escuchar­
te rogamus, audi nos. nos, te rogamos, óyenos.
Fili Dei, te rogamus, audi H ijo de Dios, te rogamos,
nos, óyenos.
Agnus Dei, qui tollis pec­ Cordero de Dios que qui­
cata mundi, parce nobis Do­ tas los pecados del mundo,
mine. Señor, perdónanos,
Agnus Dei, qui tollis pec­ Cordero de Dios que qui­
cata mundi, exaudi nos Do­ tas los pecados del mundo,
mine. Señor, escúchanos.
Agnus Dei, qui tollis pec­ Cordero de Dios que qui­
cata mundi, miserere nobis. tas los pecados del mundo,
ten compasión de nosotros.
Christe, audi nos. Cristo, óyenos,
Christe, exaudi nos. Cristo, escúchanos.
Kyrie, eleison. Señor, ten com pasión de
nosotros.
Christe, eleison, Cristo, ten com pasión de
nosotros.
Kyrie, eleison. Señor, ten compasión de
nosotros.
En todas las Ordenes Mayores, y por consiguiente tam­
bién en el subdiaconado, las letanías mayores preceden al ver­
dadero acto de la ordenación.

Una oración soberanísima en la que el obispo, el clero y


el pueblo se unen para suplicar a la majestad del Dios Uno y
Trino, y en particular a la majestad de Cristo, nuestro Salva­
dor. Para poner ante sus ojos los méritos de los ángeles y de
los santos y sobre todo la virtud protectora y conciliadora que
vive eficaz en los misterios de la vida y pasión de Cristo.
La letanía es por tanto, en primer lugar, una oración de­
precatoria y por cierto solemnísima. Pero de tal modo que es
una magnífica enseñanza para el joven clérigo, así como para
todo el pueblo reunido, al mismo tiempo que les muestra cuán
profunda conexión tiene nuestro sacerdocio con la creación
de Dios. Con los grandes hechos de Cristo en la obra de la
salvación del mundo. Con los efectos del Espíritu Santo. Con
la Iglesia que abarca los ángeles y los santos. Con los efectos
purificadores y constructores de la gracia divina en todos los
siglos. Y no en último lugar, con los misterios de la vida y de
la muerte de Cristo y de su glorificación.
La letanía muestra además cuán necesarios son al clérigo
y al sacerdote la oración, el ejemplo de los santos y la miseri­
cordia de Dios si, conforme a su vocación, quieren santificarse
y ser mediadores entre Dios y el mundo. De Dios ha de venir­
nos no sólo la llamada que lleva al santuario, sino también la
fuerza para seguirla. Y no sólo los miembros de la Iglesia vi­
sible, sino los de la invisible, los de la Iglesia militante pur­
gante y triunfante forman — junto con la vida y los misterios
de Cristo— el mundo espiritual en que el clérigo es recibido
en virtud de las Ordenes Mayores y para el que en adelante
ha de vivir y trabajar.
La larga serie de invocaciones puede dividirse en dos par­
tes, aproximadamente de la misma extensión, que alcanzan
su punto culminante y su final en el triple Agnus De¡.
Primera parte

Comienza con el Kyrie y la invocación a la Santísima Tri­


nidad; Dios Padre celestial; Dios Hijo Redentor del mundo;
Dios Espíritu Santo, para abarcarlo todo en una corta invoca­
ción: Santa Trinidad, un solo Dios.
La oración implora misericordia y atención. Antes de que
el obispo levante su mano consagradora y antes de que pro­
nuncie la forma de la ordenación, se vuelve con toda la Igle­
sia al fundamento primero de todo ser y de toda vida, al ori­
gen de la naturaleza y de la gracia. Y con razón, pues la orde­
nación va a abrir nuevas fuentes de vida, va a repartir fuer­
zas sobrehumanas, sobrenaturales. El clérigo, conforme a su
gracia, debe cooperar en la obra del Padre — el sacerdocio
es la más elevada paternidad y donación de vida. En la obra
del Hijo — el sacerdocio es propagación de la verdad y del
Sacrificio. En la obra del Espíritu Santo — el sacerdocio es
santificación y unión realizadas por el Sacrificio de Cristo,
para cuyo servicio ha sido consagrado el clérigo. Con la co­
operación del clérigo consagrado por el Dios Uno y Trino ha
de reconstruirse un mundo nuevo. Una nueva creación. Una
redención preñada de gracia. La feliz comunión de los santos.
Del Sacrificio Eucarístico debe brotar el Cuerpo Místico de
Cristo, cuya Encarnación hay que agradecer a la cooperación
de las tres divinas Personas. De aquí que el primer ruego se
dirija a Cristo y a la Santísima Trinidad. A la vez es un reco­
nocimiento de fe inconmovible en este misterio, el más divino
de todos. Un acto de entrega humilde y de adoración. La ex­
presión de nuestra impotencia, que sin la ayuda de arriba es
incapaz de hacer algo bueno y menos aún el milagro de la
sagrada ordenación. El reconocimiento agradecido de que la
ordenación es pura gracia, una dádiva inmerecida de la mise­
ricordia de Dios. Por eso el obispo, el pueblo y los clérigos
que van a ser ordenados encomiendan abiertamente, ante todo
e! mundo, su impotencia, sus necesidades y trabajos, todo lo
que son y tienen, a esta Trinidad infinita, rica y creadora. Con­
sagran todas sus actividades al Dios uno y único. Reconocen
que son simples órganos receptores y ejecutores que colabo­
ran humildemente para honor de este Dios Trino con fe ver­
dadera y con amor sereno. Aquí, en este inconmensurable mar
de la Santísima Trinidad, están las fuentes de todo ser, de toda
vida, de todo apostolado y de toda liturgia. Nos santifica el
Padre, nos santifica y nos consagra el Hijo y el Espíritu Santo,
y sin embargo es una única la santificación y la consagra­
ción (34). De aquí le vienen al alma todas las gracias, por
medio del Santo Sacrificio y del ministerio del clérigo. De aquí
procede la doxología sin fin en que desemboca nuestra litur­
gia terrena, nuestro apostolado, nuestro ministerio sacrificial
eucarístico; en fin, todos ios trabajos del clérigo. El Espíritu
glorifica al Hijo como Este glorifica al Padre. Pero también el
Hijo glorifica al Espíritu (35). El clérigo puede y debe explo­
tar diariamente esta riqueza sin fondo de ser, de verdad, de
vida, de luz y de amor, sobre todo cuando realiza el Santo
Sacrificio. Las fuentes de amor de Cristo jamás se agotarán.
Ni la claridad y la gloria de Dios. Ni el torrente de vida del
Espíritu Santo. Este es el misterio de la Trinidad que contem­
pla la Iglesia: Padre, Cristo y Espíritu (36).

A continuación comienza la invocación de los santos. Para


recompensa y felicidad suya, y a tenor de su vida así terrena
como celestial, les pertenece ser guías y auxiliares de los pe­
regrinos de la tierra que buscan a Dios caminando hacia su
eterno fin. Su corona y su vida es el salvar también a otros
hombres (37).
Antes que todos ellos, y a una altura incomparable, está
María, ia llena de gracia. Madre dél Salvador;. Hija del Padre
celestial. Esposa del Espíritu Santo. No hay gracia que no ven­
ga a las almas por sus manos virginales desde el Corazón de
su divino Hijo. En su corazón comenzó la liturgia de la Nueva
Alianza. Aquí estuvo el primer altar cristiano. Aquí ejerció por
primera vez en la tierra su ministerio sacerdotal el Sumo Sacer­
dote. Aquí se ofreció El por primera vez en infinita pureza y
amor al Padre celestial como expiación y alabanza. Aquí sentó
en tierra sus raíces el árbol de vida del nuevo paraíso. Desde
aquí fueron ahuyentados todos los pecados y todas las maldi­
ciones. Aquí se pusieron los primeros fundamentos para la
edificación de la Iglesia.

(34) De Spiritu Sancto 3, 4, 28,


(35) A.: 1. c. 2, 11, 121.
(36) A.: De virginibus 15, 22.
(37) A.: De Joseph P atriarcha 12, 71.
Sancta María, ora pro nobis. Dígnese ser hoy y siempre
Madre y auxiliadora de los futuros clérigos y sacerdotes así
como de toda ia Iglesia. |Qué consuelo para ei ordenado si,
contemplando su propia flaqueza, levanta su mirada a la Vir­
gen Madre! Milagros sin igual envuelven la vida del sacerdote.
¿Puede soportarlo una creatura? ¡Mira a María 1 Ciertamente
su gracia es única en modo y medida. Y sin embargo .tiene
razón San Agustín cuando dice: La Virgen María es como nos­
otros (38). De nuestra raza. Formada de la naturaleza huma­
na. Si bien su alma quedó libre de todo hábito de pecado, no
obstante procede de la misma raza de hombres de que proce­
demos nosotros. Su origen es el mismo que el de mi carne y
el de mi sangre. Es virgen, pero no obstante pertenece a la
naturaleza humana. Es santa, pero pertenece a la naturaleza
humana (39). Para ti está Unida a la tierra. A ti te pertenece.
Y no de lejos, sino muy de cerca. No procede de otro mundo
o de un mundo ideal, sino del mismo mundo de que procedes
tú y del que procede Cristo. Sin duda que ella ha sido la única
distinguida con la vocación y la dignidad de ser Madre de
Dios y Reina del cielo, pero no obstante hay merecimientos y
suertes, que adquirió como discípuia de Cristo, más grandes
y más espléndidos que los que le vinieron por ser Madre de
Cristo (40). Busquemos por eso en su séquito, y bajo su pro­
tección, ser fieles ministros de Cristo, fieles dispensadores de
sus misterios, y dejémonos conducir por su oración y su ejem­
plo al Espíritu de Cristo, a sus sentimientos sacerdotales. Sane-
ta María, ora pro nobis.
Siguen aún dos invocaciones sencillas y llenas de sentido:
Santa Madre de Dios, Santa Virgen de las vírgenes, ruega por
nosotros. María, Madre sin igual, en cuanto madre virgen.
Como ninguna otra creatura, recibe al Hijo de Dios y se hace
fuente de vida de Aquel que antes de todos los siglos salió del
seno del eterno Padre. Como ninguna otra criatura, se abaja
ante El y se entrega y consagra a Ei en virginal pureza. El fu­
turo clérigo y sacerdote debe reproducir, si bien en una me­
dida más modesta, esta doble realidad. Diariamente abre él su
corazón y su alma al Hijo de Dios, que baja desde el trono

(38) Agm. 27, 5.


(39) Agm. 6S4, 7.
(40) Agm. 162, 7.
del Padre celestial al altar de su corazón. Diariamente debe
donarse a su Dios con un afecto sereno, purísimo, virginal.
Desatarse interiormente del mundo, volverse hacia Dios, per­
manecer uno con su divino Señor y Maestro. Ni más ni me­
nos, una tarea tan elevada y urgente como, verdaderamente
sacerdotal. Dígnese la llena de gracia, Madre de Dios y Virgen,
prestar su asistencia a su ministro para cumplirla.

A la Reina del cielo y de la tierra siguen en las apretadas


procesiones de intercesores los coros de los ángeles. Primero
Sí«i Miguel, el luchador, el victorioso, el acreditado. El inex­
pugnable testigo de la omnipotencia divina. A su lado San
Gabriel, el mensajero de la redención y de la paz. San Rafael,
el amigo ayudador en las necesidades de los cuidados huma­
nos. El guía fiel y prudente en los encrucijados caminos de
esta vida. El consolador de los enfermos, de los pobres y de
los afligidos. El consejero celestial en los encrucijados terre­
nos. Luego todos los ángeles y arcángeles, las jerarquías y ór­
denes de los espíritus bienaventurados. Todos ellos se unen a
nosotros en un inmenso coro de oraciones. El solo pensamien­
to en ellos despierta una alegre confianza y nos hace exultar
con el Profeta: Los que están con nosotros son más que los
que están con ellos (41).
Día y noche estos espíritus bienaventurados están ante
Dios y celebran la liturgia celestial con una perfecta adoración
y una solemne alegría. Día y noche esta socia exultatio, se une
con la Iglesia y con los sacerdotes. Y así como un día se acer­
caron al Señor y Salvador en el desierto para servirle, así se
acercan diariamente al sacerdote para acompañarle en su ora­
ción, en* su predicación, en su Santo Sacrificio. Cada uno de
ellos es un ejemplo para su vida y para sus trabajos, tanto
como ministros del Altísimo como en su quietud celestial y en
su unión a Dios, pues el verdadero servicio de Dios es siem­
pre al mismo tiempo descanso en Dios (42). Así como el
sacerdote os realizador de los divinos misterios, ellos son tam­
bién obreros de Dios (43). Siempre están delante de El donde

(41) II Re. 6, 16.


(42) Al.: In Ev. Jn. 22, 12.
(43) Heb. 1, 14.
21ñ

quiera los lleve su ministerio. Sumidos y cautivos en la más


profunda contemplación de su ser (44). Sus ojos ven ininte­
rrumpidamente el rostro de Dios, aun cuando, como Rafael,
recorran los caminos de la tierra (45). Ni las preocupaciones,
ni los pecados, ni los trabajos, ni las luchas, ni la tranquilidad
de los hombres puede disminuirles, y menos aún quitarles, esta
felicidad, esta paz, esta unión con Dios. Fundamentados así on
la eternidad de Dios, están por encima del fluctuante engra­
naje de nuestra naturaleza (46). Y más todavía que a los sim­
ples fieles, en cuanto ángeles protectores de los sacerdotes,
están unidos a su propia persona y a las almas que les están
confiados. Dirigen todos sus sentidos y pensamientos hacia
arriba, donde sin descanso gozan de la feliz visión de Dios. Y
puede confiar el ordenado en su ayuda, sobre todo cuando en
el diario Sacrificio se le da el Pan de los ángeles, que es el
Pan de Dios común a él y a ellos (47).

Después de los millares y millones de estos bienaventura­


dos espíritus sigue un coro de hombres caídos en el polvo
desde hace siglos. Su número es mucho menor que el de los
ángeles. Su autoridad digna y poderosa. Es el coro de los pa­
triarcas y profetas. Los padres corporales y espirituales del
mundo primitivo. Valerosos mensajeros de Dios a la humani­
dad infiel y descarriada.
Nominalmente no aparecen los jefes del pueblo — Abra-
hán, Isaac y Jacob— sino sólo sus últimos sucesores: Juan el
Bautista y José, el virginal esposo de la Santísima Virgen.
Ambos brillan con una radiante santidad. El Bautista como
preparador de los caminos, José como jefe y protector de la
joven familia de Dios. Como padre protector de la Iglesia. Am­
bos viven sólo para Cristo y las almas. Viven una vida de es­
trecha renunciación y de inmaculada pureza. San Juan camina
ante el rostro del Señor. El último de los profetas e inmediato
precursor. La voz de la palabra de Dios, que recorre ya la
tierra, San José va al lado del divino Niño, cuando ensaya sus
primeros pasos, en la huida a Egipto, en la vuelta a Nazaret,

(44) Al.: In Ev. Mt. 18, 11.


(45) M t. 18, 10.
(46) Al.: In Ev. Mt. 18, 11.
(47) Jn. 6, 51.
en las penosas peregrinaciones a Jerusalén. Juan, el amigo del
Esposo; José, el esposo y protector de la purísima Virgen Ma­
dre del Señor. A ambos, como a sus predecesores, no les es
permitido ver completa la Redención. Juan, sin embargo, vio al
Espíritu Santo bajar sobre el Mesías y pudo señalar con su
dedo al Cordero de Dios que quita los pecados del mundo.
José, por el contrario, consagra al Señor su inmediato ministe­
rio en humildad y silencio. En fe y obediencia heroicas. Am­
bos soportaron por amor de Dios una gran dosis de padeci­
mientos y persecuciones.
A ellos se asocia, con su fe y esperanza gigantes, con sus
méritos y sacrificios, el coro de los padres antiguos, sin que
se pronuncie en particular su nombre. Noé, que con el arca
creó el símbolo de la Iglesia, que salva el mundo en esa Igle­
sia labrada por sus manos y guarda el mundo sobrenatural
de la revelación y de la gracia. Abrahán, el "padre de nuestra
fe", que lanzó gritos de júbilo1cuando vio el día de Cristo. El
padre del sacrificio, el portador de las grandes promesas. Isaac,
que oyó aquellas palabras proféticas: El Señor cuidará de su
víctima. Jacob, tan probado, que bendijo las generaciones ve­
nideras. Antes que todos ellos Abel, cuyo sacrificio agradó al
Señor. Esta poderosa nube de testigos (48) de la antigüedad,
estas magníficas e inquebrantables columnas de la revelación
y de la fe, estos dignísimos bisabuelos de la Iglesia, los pri­
meros cantores y rezadores de la liturgia, estos hombres en­
tusiasmados por el opus Dei que abarca todos los siglos, to­
dos ellos esta'n en torno a nuestro altar. Oyen la voz de la san­
ta Iglesia. Llevan al trono de Dios su oración y la nuestra; la
oración que hacemos por los clérigos que dentro de unos ins­
tantes recibirán las Ordenes. Nos rodean voces de eternidad,
voces de los primeros tiempos del mundo.
A los patriarcas, con su hercúlea fuerza de naturaleza y
de gracia, se agrega el luminoso coro de los profetas, en cuya
alma confluyen la miseria humana y la divina grandeza, el in­
conmensurable mar de culpa y el inconmensurable mar de
gracia. En su espíritu celestial y radiante se unen las figuras
del pasado y del futuro. Se reflejan la vida y la pasión de
Cristo, su misericordia y su gloria divinas. En su alma arde
una sola hambre y una sola sed (49). ¡Cómo se consumía­

i s ) Heb. 12, 1.
(49) A.: De Isaac e t anim a 1, 2.
ron estos elegidos con una ardiente ansiedad por !a Reden­
ción, llenos de celo por la salvación de los hombres y del pue­
blo de Dios, así como por la extensión del reino de los cielos I
Ellos, que debieron experimentar, soportar y sufrir los pade­
cimientos y la glorificación del mundo venidero, se hallan pre­
sentes a esta ordenación rogando y dando gracias con nos­
otros. Saben que sobre estos clérigos se ha de posar y en ellos
ha de continuarse un poco de aquel espíritu y misión que vi­
vió en ellos. Reunidos alrededor del altar del cumplimiento,
hacen descender, con sus cantos y oraciones, la felicidad y la
ansiedad que ellos han experimentado y gustado en su interior.

A continuación aparece el glorioso coro de los Apóstoles,


que el Señor mismo escogió y consagró primeros sacerdotes
suyos.
Así como acompañaron al Salvador en su vida pública y,
como primeros sacerdotes, tomaron parte en el primer ban­
quete eucarístico, así rodean ahora la mesa del altar, en cuyas
gradas va a ser ordenado un nuevo ministro de Cristo. Cuando
el Salvador, al partir, les dio el mandato y el poder de conti­
nuar en su nombre el Santo Sacrificio, les encomendó tam­
bién instituir sucesores en su ministerio. Los Apóstoles son por
tanto Padres del clérigo que va a recibir la ordenación. Con
ellos ha de pertenecer él a los miembros principales y activos
de Cristo (50). Como ellos, el ordenado será enviado para
ejercer su ministerio junto al altar, para predicar, para espar­
cir la fe. No para coaccionar a las almas, sino para instruir­
las. No para gobernar por la fuerza, sino para predicar el
valor de la humildad cristiana y glorificar esta virtud. Por eso
estos Apóstoles no llevan bastón de mando. Humildes discípu­
los del Señor humilde, cumplen su mandato con desinteresado
servicio. Lo cumplen con paciencia. Cuando dice San Pablo:
Sed mis imitadores, quiere decir: No deseéis recompensa. Re­
compensad el orgullo del que os golpea con grandeza de áni­
mo y con paciencia (51). Para elegirlos, el Señor no miró
cualidades humanas como sabiduría, nobleza de cuna o ri­
quezas. En el momento en que les elevó la gracia eran simples
pescadores y poco conocidos. Había que evitar toda sospecha

(50) A.: In Ps. 48, 10.


(51) A.: In Ev, Le. 7, 59.
de que la elección había sido guiada por la prudencia huma­
na, de que las riquezas habían exigido el cargo o de que el
influjo o el elevado nacimiento habían allanado el camino a la
elección de la gracia. No fue su agradable elocuencia, sino el
peso de la verdad la que garantizó el éxito de sus trabajos (52).
Como primero de los Apóstoles sale a nuestro encuentro
Pedro. El hombre lleno de fuego y de espíritu. El hombre lleno
de fe divina. El que vio al Señor vestido de gloria en la trans­
figuración y cubierto con la túnica sangrienta de las angustias
de muerte. Pedro, el que reconoció solemnemente al Señor y
que temerosamente le negó. El que fue instituido por el Señor
roca de la Iglesia; el que de El recibió las llaves de la Iglesia
y la dirección suprema del rebaño.
Después de este galileo, sencillo, pero grande, Pablo, el
que primero odió al Señor y luego le sgiuió. Ahora, por la
superabundante gracia del Señor, ambos jefes de la jerarquía
eclesiástica, testigos tanto de la impotencia y debilidad huma­
nas como de la omnipotencia y misericordia divinas. Al igual
que los restantes Apóstoles, testigos intrépidos de Cristo que
no pudieron dejar de hablar hasta su muerte de lo que habían
visto. Mensajeros de la divina verdad, de la divina paz, de la
divina libertad, de la vida divina que se ha cumplido en aque­
llas palabras de Cristo: Yo vivo y vosotros viviréis (53).
Junto a Pedro y Pablo, el virginal Juan, el discípulo a
quien tan profundamente amó el Señor. El Apóstol con ojos
de visionario que penetró hasta las profundidades de la divi­
nidad. El águila que en un vuelo majestuoso divisó las más
grandes y altas cosas (54). El que descansó en el pecho del
Señor en el primer banquete eucarístico. El que en la cumbre
del Calvario siguió fielmente al Señor a la primera Misa so­
lemne. El que subió con El las gradas del altar. El que perma­
neció a su lado hasta que las llamas del sacrificio del amor
divino consumieron el cuerpo y la sangre del Maestro y se
pronunció el consummatum est. En santa comunión de sacrifi­
cio, recibió el último testamento del agonizante Redentor del
mundo: la Madre de Cristo como Madre suya y nuestra. Es el
único Apóstol que no ha huido en esta hora tan dolorosa del

(52) A.: i. c. 5, 44.


(53) Jn . 14, 19.
(54) A.: In Ev, Le. 10, 171.
nacimiento de la Iglesia. Hora para ia que el resto del mundo
está como muerto. Es su mirada la única que se dirige al Cor­
dero de Dios. El fue quien, como único entre todos los sacer­
dotes llamados por Cristo, asiste al tremendum mysterium en
su primera realización. E! úni c o que se sumerge en las pro­
fundidades de amor, de vida, de gracia y de misericordia. El
que con María y las santas mujeres representa a la Iglesia.
I Con cuánto amor saludará y abrazará él al joven clérigo a
quien ve hoy subir las gradas del altar! Pedro y Pablo repre­
sentan más bien la verdad del Evangelio, su fuerza victoriosa,
su voluntad de conquista. San Juan el amor como el gran man­
damiento, como nuestra primera- y principal tarea, como la
vida misteriosa, y sin embargo verdadera, en la que Dios y
hombre se unen, se abrazan y llegan a formar una maravillo­
sa unidad.
El coro de los Apóstoles da además al joven clérigo una
imagen de la unidad y pluralidad de la Iglesia. Sean o no sean
de la misma aldea o de las playas del mismo mar; sea igual
o desigual su procedencia o su ciudad natal, todos reconocen
un único Señor, una única verdad, un único camino, una úni­
ca Iglesia, un único Salvador: Cristo. Y si bien en la fe y
en el amor están tan unidos y son una misma cosa, en su
lenguaje, en su obrar y en su manera de ser son totalmente
hombres, hombres con características personales propias, de
una manera de ser profundamente diversa.
Este coro, con una inquebrantable fidelidad, con una ple­
na verdad y realidad, se sabe una misma cosa en la oración,
en el trabajo y en el sacrificio con los que hoy extienden con
especial amor sus manos sacerdotales sobre los clérigos. Una
misma cosa como miembros de la una y única Iglesia santa,
católica y apostólica. Como portadores del eterno sacerdocio
de Cristo. Como servidores del único Evangelio y del único
eterno Sacrificio que se realiza en el tiempo y en la eternidad
sobre cielos y tierra.
El número de doce encierra de manera múltiple el pia­
doso sentido que se le atribuía en la Edad Media. El número
completo delata la unidad formada por estos hombres. El nú­
mero cuatro dentro del doce significa las virtudes cardinales,
que nos son necesarias para domar nuestras pasiones, para
santificar nuestra propia alma y la de la comunidad. Dividido
en dos partes este número, expresa la perfección en la oración
y en la acción. Los doce elegidos se nos presentan como un
contraste de los hijos de Jacob. Como Padres de una nueva
generación y del pueblo de promisión del futuro. Como otras
tantas fuentes dadas al pueblo de Dios en este caminar por el
desierto infinito. Como otras tantas fuentes que le salvaron
de la perdición e hicieron brotar del desierto seco e inmenso
la sabiduría y la verdad. Su ejemplo brilla como las doce pie­
dras de los ornamentos del Sumo Sacerdote del Antiguo Tes­
tamento. Reporta al vestido sacerdotal de Cristo un adorno
luminoso e inextinguible. Llenos de afecto paternal, nos re­
parten el Pan de vida que se multiplica en sus manos. Son
como la garantía de que la Iglesia de la Nueva Alianza jamás
carecerá de este Pan, como poseía de continuo el tabernáculo
de la alianza los doce panes de la propiciación (55). Por su
firmeza se asemejan a las doce piedras que los judíos alzaron
en medio del Jordán y que enarbolaron en medio del lecho
del río como signo de salvación, de paz y de victoria seguras.
Como signo de que las puertas de la tierra deseada habrían
de abrírseles definitivamente (56).
Una nueva imagen que nos descubre el puesto de los
Apóstoles nos la ofrecen los doce toros del templo que mira­
ban a los cuatro puntos cardinales (57). Así están ellos en el
reino de Dios, como incansables portadores y mediadores da
los méritos infinitos de Cristo. Como doce estrellas de admi­
rable resplandor rodean la cabeza de la Esposa de Dios y en­
vían su luz por todo lo ancho del cielo y de la tierra (58). Dos
últimas imágenes: las doce puertas que adornan y defienden
la nueva Jerusalén, la ciudad de los bienaventurados y del
Cordero. Cada puerta está guardada por un ángel y sellada
con el nombre de una de las doce tribus. Y por último los
doce fundamentos que llevaban los nombres de los Apóstoles
del Cordero y sobre los que se elevan los muros de la ciudad
del Rey (59). Todas estas significaciones que da San Alberto
Magno (60) del número doce pueden no contentarnos hoy
día, pero nos permiten sin embargo reconocer el puesto pre-

(55) Lev. 24, 5.


(56) Jos. 4, 8 s.
(57) I Be. 7, 25.
(58) Ap. 12, 1.
(59) Ap. 21, 12 s.
(60) Al.: In Ev, Mt. 10, 2,
ponderantemente universal y poderoso de los Apóstoles. No
es de extrañar por eso que la Iglesia, con los jóvenes clérigos,
dirija su mirada en el momento de la ordenación, a ellos, los
primeros sacerdotes de Cristo, los Padres de la sucesión apos­
tólica, los pilares de la Iglesia apostólica, e invoque su in­
tercesión.
El número doce de los Apóstoles y su misión hasta los
confines de la tierra es de este modo para el candidato al
sacerdocio un recuerdo de significación profunda y perma­
nente de que el sacerdocio cristiano lleva en sí algo universal
y de que, por su íntima esencia, es siempre deudor para con
todo el mundo y para con toda la Iglesia. Su campo de visión,
su acción por la oración y el ejemplo, por la palabra y el
sacrificio, acaba donde acaba el mundo. Id por todo el mundo
y predicad el Evangelio a toda criatura (61). Con eso no basta.
Los Evangelistas, que son mencionados en las letanías
solemnes y otra vez en la invocación común con los Apósto­
les, le dicen que la personalidad sacerdotal debe ser formada,
modelada y agrandada por el espíritu que les animó a ellos.
La liturgia y los Santos Padres los comparan a los cua­
tro vivientes que están ante el trono de Dios. Cada uno de
ellos, con sus cuatro rostros, están vueltos al mismo tiempo
hacia los cuatro puntos cardinales. Queda excluida por tanto
toda estrechez y parcialidad. Cada uno de estos vivientes es­
taba de pie y era llevado por alas. En su sentido práctico, en
un alto vuelo de contemplación y de cercanía a Dios, les ve­
mos dispuestos no menos a una rápida obediencia que a la
contemplación o a la acción. Llevados siempre por sus pode­
rosas alas, guiados por sus ojos penetrantes y luminosos, sin
perder contacto con la realidlad. Un ejemplo atrayente para
el clérigo y el sacerdote que lleva una vida de profunda con­
templación en Dios y de acción poderosa.
Un par de alas cubren con timidez humilde lo que en
ellos hay de creado. ¿N o debía ser esto una imagen de la hu­
mildad, de la modestia, de la discreción sacerdotales, en una
palabra una Imagen del decorum clericale? Quien lee el Evan­
gelio queda cautivado y fascinado por la imagen de Cristo irra­
diando fulgor desde cada línea y revelándose a cada página
cada vez más perfecta, más luminosa, más cautivadora y arro-
liadora. De la persona de los evangelistas por el contrario co­
nocemos tan poco que, si faltase la breve inscripción, apenas
si podríamos adivinar sus nombres y, como sucede en el
cuarto Evangelio, hasta ha podido dudarse de quién es el
autor. ¿Hubiese sido su palabra más sólida, más aclaratoria,
más persuasiva o más arrebatadora si hubieran obrado de
otro modo o se hubieran puesto a sí mismos en primer plano,
aun delante o al lado de la imagen de Cristo? ¿N o se verifica
aquí, con intención o sin ella, el dicho: la humildad aumenta
la gracia, dobla la dulzura, y logra la impresión y el éxi­
to? (62). Ellos, que entendieron a Cristo, que bebieron en El
todas sus enseñanzas, que son capaces de transmitirlas sin
disminuirlas y sin enturbiarlas, lucen como ejemplos atrayen­
tes para el clérigo y para el sacerdote cuya modestia está
muy lejos de la ignorancia. La humildad a que aquí se refiere
San Ambrosio no es una humildad inculta, indocumentada,
pueril. La humildad digna de ser alabada es aquella que está
adornada de modestia y sabiduría. Aquella humildad de que
se gloría San Pablo cuando escribe: He aprendido ya a so­
portar la abundancia y la escasez (63). Las palabras con que
San Ambrosio explica lo que sigue son razonables y dignas
de tomarse en consideración: El Apóstol ha enseñado eso y
sabe suficientemente dónde y cuándo, en qué medida y en
qué grado, con qué fin, en qué ministerio y en qué cargo debe
humillarse. AI fariseo le faltó esta destreza y le fue negada la
gracia. Muy de otra manera le ocurrió al publicano. La com­
prendió y fue justificado (ó4). Sin duda con Pablo supieron
también los demás discípulos del Señor encontrar su postura
cuando los rodeó la abundancia. Su alma estaba lo suficien­
temente madura y su espíritu era lo suficientemente rico para
conservar la ecuanimidad interior, les faltaran o no los bienes
terrenos. Lo que San Pablo buscaba no era ganancia ni dinero,
sino gracia. El fruto sagrado de la gracia divina. Lo que an­
helaba era el fruto imperecedero y divino de la eterna simien­
te divina. Así estaba iniciado y experto en todo, en la sacie­
dad y en el hambre. Feliz quien encuentra un contentarse en
Cristo y sacia su alma en El. Su riqueza y su saber, su sacie-

(62) A.: De officiis m inistrorum 2, 13, 67.


(63) Plp. 4, 12.
(64) A.: De officiis m inistrorum 2, 17, 90.
dad y su hambre, como los del Apóstol, serían: aspirar siem­
pre cada vez más alto, tener hambre de Dios, tener sed del
Señor (65).

Sigue a continuación el innumerable grupo de los discí­


pulos del Señor. Pertenecieran o no a la jerarquía eclesiásti­
ca, lo dejaron todo sólo por amor al Maestro, le siguieron y
le fueron muy valiosos. Todos ellos interceden hoy por el jo­
ven clérigo que se ha decidido a seguir al Señor entregándose
a El fielmente, a hacerse semejante al Maestro como discípu­
lo ansioso de aprender sus doctrinas, a llegar a ser su discí­
pulo, su mensajero y sacerdote, el instrumento escogido que
reparte entre muchos el espíritu y la vida del divino Maestro.
Los verdaderos discípulos del Señor empiezan su carre­
ra cuando llegan a serlo en tal grado que se hacen como ni­
ños; que escuchan y aprenden, creen y obedecen, confían cie­
gamente en su Maestro, le siguen. Sólo confiando en su pala­
bra y en su misión darán fruto. No se Ies envía para abrir
un camino propio, ni para predicarse a sí mismos, sino para
prepararle a El el camino. Para devolver lo que de El recibie­
ron. Para enseñar lo que El Ies ha enseñado. Por este motivo
y en este sentido el discípulo de Cristo es, en el terreno de la
cura de almas y del apostolado, el padre del director espiri­
tual y del apóstol. Nadie que no ha sido antes discípulo de
Cristo y que siga siéndolo por siempre puede ser maestro y
apóstol de las almas.

Ahora invocamos al coro de los mártires. Ninguno de los


que se invoca expresamente perteneció al estado sacerdotal,
si bien tres de ellos fueron clérigos. Todos no obstante están
muy cerca del sacerdocio, ya que bebieron el cáliz del Señor
y, como grano de trigo enterrado con su Maestro en las en­
trañas de la tierra de los amargos padecimientos, muertos con
Cristo y con El resucitados, dieron mucho fruto. Como discí­
pulos fieles, inquebrantables e invencibles, soportaron con su
Maestro persecuciones, padecimientos, cruz y muerte. Han
puesto incondicionalmente al servicio de Dios, como armas
sagradas, sus miembros y su cuerpo. Se han revelado héroes
en la batalla. Han unido el sacrificio de sus padecimientos y
de su vida al Sacrificio vivo de Cristo. Han lavado sus vesti­
dos en al Sangre del Cordero y han sido ensalzados a la dig­
nidad de reyes y de sacerdotes por Cristo., el testigo veraz, el
primogénito de los muertos, el príncipe de los reyes de la
tierra (66). Diariamente el sacerdote oferente, y con él toda
la Iglesia, pide en el canon de la Misa la gracia de participar
en sus merecimientos, en sus virtudes y en su esplendor, y
de gozar de su compañía. Su sangre es la más fructífera se­
milla de Cristo. Por eso estos mártires son los más fieles ami­
gos del sacerdote y forman la guardia de honor permanente
del Santo Sacrificio. Traen a la memoria del ministro de Cris­
to que él, como siervo, no puede esperar otra cosa distinta
de la de su Maestro, y que debe padecer en este mundo tri­
bulaciones, pero tener al mismo tiempo valor. En el más ele­
vado sentido, Cristo ha manifestado y realizado su sacerdocio
no con palabras, ni con solos hechos o milagros, sino con su
propio Sacrificio. En un solo Sacrificio ha unido en sí, en la
más alta medida, la palabra y el amor. Los mártires serán
para el sacerdote maestros de un sagrado y magnánimo sen­
timiento de sacrificio.
Abre camino el coro de los Santos Inocentes. ¡ Dichosos
ellos! La primera áspera tempestad que se desencadenó poco
después de la venida del Señor sobre la tierra los arrebató
como arrebata el invierno los niños delicados a la primavera
que se acerca. Puros e intactos, semejantes a la Hostia bri­
llante del altar, derramaron su sangre ¡nocente para conver­
tirse en el primer holocausto que en nombre del Salvador re­
cién nacido sube a los cielos. Para estos seres inocentes la
vida de aquí abajo no fue más que un paso fugaz hacia un
magnífico más allá. En unas horas, pero derramando su san­
gre, perdieron la tierra y ganaron el cielo. Sus ojos se cerra­
ron al mundo visible que no habían llegado aún a conocer y
los ojos de su alma se abrieron a la hermosura del cielo.
Hombres de entusiasmo juvenil son los tres diáconos.
Ciertamente en estas almas grandes ardía el fuego con que el
Señor inflamó la tierra. Con sus corazones ardientes de amor
y, despreciando los bienes terrenos, murieron en la flor de la
edad como héroes de la fe, que se entregaron a su Maestro
como a su único amor con toda su alma y con todas sus
fuerzas.
A continuación cuatro parejas de mártires, ricos testigos
de sangre principalmente caros a la Iglesia romana, nos ha­
blan de Roma, la ciudad santa, la columna inquebrantable de
la fe y, como ninguna otra, la ciudad de los mártires. El nú­
mero de sus hermanos es legión. No hay país ni lengua que
no haya enviado su representante a esta famosa guardia de
corps del rey celestial. Todos ellos, conozcamos o no su nom­
bre o su sepulcro, todos sin excepción salen con sus palmas
al encuentro del nuevo clérigo ordenado y cantan con sus
himnos el eterno Sacrificio del que les vino la vida y las fuer­
zas para la victoria.

Graves y solemnes, suaves y bondadosos hacen su acto


de presencia los Papas santos, los Padres de la Iglesia, los
obispos, los confesores y los doctores.
San Silvestre, el que vio alborear la paz de la Iglesia des­
pués de siglos de persecución sangrienta. San Gregorio, el pa­
dre de la cristiandad en una época de caos político, cuando
se hundía el esplendor de la antigüedad. San Ambrosio, el
hombre de espíritu elevado e interior y de grandes obras ex­
teriores, el baluarte de la fe como defensa contra el arrianis-
mo y contra la desesperación creciente ante el caos de la vida
y de la invasión de los pueblos. San Agustín, el que del camino
descarriado volvió al hogar, el que fue dado a la Iglesia uni­
versal como Doctor gratiae y Doctor corporis Christi, la co­
lumna del verdadero idealismo cristiano en medio de necesi­
dades sin fin, el que con su escrutadora mirada vio levantarse
en los siglos, de innumerables ruinas y de ininterrumpidas
tempestades, la eterna ciudad de Dios. El obispo lleno de celo
abrasador, el maestro lleno de caridad que se consumía da
amor después de haber encontrado a Cristo.
A continuación todos los obispos, confesores y doctores,
como portadores del ministerio pastoral y doctrinal, rodean
nuestro altar y ruegan por el clérigo, para que su alma se
llene de la sabiduría y del amor del verdadero pastor de Cris­
to. Para que se encienda su alma del valor verdadero y des­
interesado de los confesores. Para que sea iluminada por la
prudencia y la ciencia sagradas.
Como hombres llamados por Dios, sin ser miembros de
la jerarquía, pero en armonía con ella y puestos completa­
mente a su servicio, aparecen los primeros monjes. Los fun­
dadores de las grandes Ordenes antiguas. Como tipos de la
perfecta imitación de Cristo. Como patriarcas y padres de
santas generaciones. Como maestros y conductores de pueblos.
San Antonio, el solitario, en el silencio cercano a Dios y lleno
de Dios del desierto vacío de ruidos y de hombres. San Be­
nito, el trabajador orante en la viña de su monasterio fami­
liar. El legislador y la imagen del monacato occidental. El
padre de santos misioneros. El santo bondadoso y al mismo
tiempo rígido, para quien la oración continua y litúrgica era
un trabajo, una obra de Dios, y el trabajo continuo y consa­
grado a Dios una oración. San Bernardo, el predicador infla­
mado de amor. Santo Domingo, el Maestro General de los
Hermanos Predicadores. San Francisco, el Ministro General
de los Menores. Sus hijos han peregrinado por todos los con­
fines del mundo. No como luz, sino para dar testimonio de la
luz con la antorcha de la verdad, con el vestido humilde de
la pobreza y del desprecio del mundo. Lo que une y anima
a todos estos hombres grandes es el amor al Cristo total. El
deseo por la perfección sin compromisos, según el sentir de
Cristo. El ansia de vivir el espíritu del Evangelio en este mun­
do, muchas veces hasta en medio de las ciudades, sin perte­
necer a él. Indiferentes al amor o al odio de los hombres,
buscan y saborean las cosas de arriba. Donde Cristo reina a
la diestra del Padre, siendo su tarea abrazarse a El con todas
las fuerzas de su corazón, poseerle y anunciarle al mundo.
Todos los santos sacerdotes y levitas, todos los santos
monjes y ermitaños, rogad por nosotros, reza la Iglesia. Vos­
otros todos, llamados por la voz de Dios; vosotros que, como
estos clérigos, os arrojasteis ante las gradas del altar pidiendo
la gracia de la sagrada ordenación o de la santa profesión.
Acompañad y haced fructíferos estos momentos con vuestras
oraciones, para que este clérigo de Cristo sea hallado fiel.
Para que lleno de piedad, diligente y con plena entrega, siga
la voz de Cristo y se haga partícipe más tarde, con vosotros,
de la eterna recompensa.
Una muchedumbre innumerable de santos eleva en estos
momentos su oración al trono del Padre. Dando gracias, pi­
diendo, alabando, dirigiendo sus miradas a la plenitud de
gracia que desciende sobre el ordenando y que a través de él
desciende de nuevo sobre la Iglesia de Cristo.
A sus cantos y oraciones se une el coro de las vírgenes y
de las santas mujeres. Magdalena, la penitenta y amiga del
Señor. Agueda, Lucía, Inés, Cecilia, que sellaron su fidelidad
de esposas con su sangre. Mártires, vírgenes y viudas que ofre­
cieron al Señor el sacrificio de su vida, sus padecimientos y
su amor y que ahora hacen acto de presencia en la ordena­
ción y en el Sacrificio Eucarístico, para ser testigos, interce­
sores y mediadores de la gracia santa.
Una última invocación de súplica dirigida a la turba mag­
na : Omnes sancti et sanctae Dei, intercedite pro nobis. Todos
forman una familia, un cuerpo, la casa de Dios. Y lo que en
este clérigo se está realizando ha de producir sus frutos no
sólo para la Iglesia universal del cielo y de la tierra, sino me­
diante ella y mediante su Cabeza, para honor suyo, para per­
fección de los esforzados y de los santos.

Segunda parte

Como la primera, esta segunda parte de nuestra letanía


comienza con una múltiple invocación, pero dirigida ahora
exclusivamente a Cristo, el Señor. La oración vuelve por tanto
a dirigirse a Cristo después de haber importunado a los coros
de los santos para pedirles su intercesión. Le pide otra ve2
indulgencia, misericordia y redención. Nos obliga a ello la
conciencia de nuestros grandes pecados. Nos empujan los pe­
ligros que rodean nuestro cuerpo y nuestra alma. Lo hace ne­
cesario la lucha que tenemos que librar contra nuestros
enemigos.
Propitius esto, parce nobis, Domine 1
Propitius esto, exaudí nos, Dómine!
De todo mal, de todo pecado, de tu ira, de la muerte re­
pentina, de las asechanzas del demonio, de las necesidades de
nuestro espíritu y de nuestra carne, líbranos. Señor. Del rayo,
del terremoto, de la peste, del hambre, de la guerra y sobre
todo del mal de todos los males: de la muerte eterna, líbra­
nos, Señor.
Metidos en medio de los cuidados y las necesidades de
cada día, en los constantes desasosiegos de su tiempo, el clé­
rigo y el sacerdote tienen que llevar su parte en sus peligros
y soportar su peso, no sólo por sí mismos, sino también por
la parroquia, por la Iglesia, por el mundo entero. Un ministro
de Cristo nunca se pertenece a sí mismo, sino a los demás, y
en último término, como su Maestro, a todos por igual. No
obstante tiene derecho a esperar siempre la ayuda y la pro­
tección de Dios. Los misterios de Cristo, salvadores y perfec-
cionadores de todo el mundo, hablan y obran tanto para él
como para todo el mundo. Primero, en la cumbre, el misterio
de la Encarnación. Esta obra de Dios, sin fin y sin medida,
rebosante de méritos y de gracias, de bondad y sabiduría:
esta manifestación del Hijo de Dios, Creador y Redentor; esta
su infinita condescendencia y todo lo que está contenido en
ella para la salvación de las almas y para la glorificación del
Padre; todo lo que abraza en sí de misericordia y de amor
por parte del Padre el grande mysterium de Cristo; todo esto
es lo que la Ecdesia orans pone ahora en su solemne oración
ante el Hijo de Dios. Con razón la Encarnación del Hijo y su
misión por el Padre son el punto de partida y la fuente del
sacerdocio que continúa viviendo en la Iglesia de Cristo y al
que es llevado hoy el clérigo por la mano de la Esposa de
Cristo. Este misterio se levanta sobre él como un escudo de
gracia poderoso y radiante. Cobijado y protejido por sus po­
derosas alas, se acerca al altar y comienza su misión para
continuar en ella, según sus fuerzas, la misión de Cristo, el
divino Pontífice, y soportar la lucha entre dos mundos, el de
la gracia y el del pecado. Del misterio de la Encarnación brota
la fuerza celestial que le fluye de la ordenación. Una gracia
que nunca se niega. Una gracia con la que, bendiciendo, pa­
deciendo, sanando y santificando, continúa entre la humanidad
caída la obra salvadora de Cristo. *
Para abarcar mejor el misterio completo de Cristo y va­
lorarlo mejor ante Dios, nuestra deprecación nos recuerda la
venida de Cristo, su nacimiento, su bautismo, su ayuno. Su
Cruz y su pasión. Su muerte y sepultura. Su glorificación en
la resurrección, ascensión y venida del Espíritu Santo.
Finalmente las letanías aventuran, con sometimiento ple­
no y con humildad, una petición final corta, pero de un pro­
fundo sentimiento: en el día del juicio líbranos, Señor. En ese
día lleno de grandeza y de espanto, que decide sobre el tiempo
y la eternidad; en ese día lleno de ira y de amargura al final
de los tiempos, sé Tú nuestro salvador. No por nuestros mé­
ritos, Señor, sino solamente por el santo misterio de tu En­
carnación. Estos misterios tienen también un lenguaje espe­
cial para el ministro del altar que coopera, a lo largo del ciclo
litúrgico, en la celebración de su memoria de una manera so­
lemne mediante e! Santo Sacrificio y el Oficio divino. El año
eclesiástico, con las fiestas del Señor y de los santos unidas
entre sí, con los tiempos sagrados de Navidad, Pascua y Pen­
tecostés, es también el camino del Señor por el tiempo nuevo.
¿N o son estos misterios emanaciones de la vida sacerdotal de
Cristo? ¿N o participan todos ellos en el origen del Santísimo
Sacrificio y con ello en el origen de nuestra liturgia? En la
Encamación, el Hijo del eterno Padre recibe la naturaleza crea­
da y por tanto con ella la ofrenda e instrumento del Sacrifi­
cio. En aquel feliz instante en que se hizo Dios-Hombre co­
menzó el eterno sacrificio del Dios-Hombre. Desde aquel ins­
tante el Hijo eterno está ante la presencia del Padre como Víc­
tima y sacerdote y los distintos misterios de su vida terrena
han permitido resaltar a los ojos de los hombres y llevar a su
plena realización este ininterrumpido Sacrificio, este ministe­
rio de cuito que ha existido siempre.
El pensamiento en el último juicio ha despertado otra vez
en nosotros la conciencia de nuestra culpa. Somos conscientes
de cuánto dependemos de la gracia inmerecida de nuestro di­
vino Juez. De aquí la intimidad ascendente de los ruegos a
Cristo, pidiéndole misericordia e indulgencia. Ut nobis parcas,
ut nobis ¡ndulgeas. Que su gracia nos haga interiormente con­
tritos y dignos de un seguro perdón; que nos haga una Igle­
sia dispuesta a hacer penitencia y alegre ante la Redención
Que lleno de misericordia te dignes dirigirnos a verdadera pe­
nitencia. Este es el primero de los ruegos especiales que si­
guen a centinuación. Siguen a éste otros no menos insistentes.
Que el Todopoderoso rija y conserve la Iglesia. Que conserve
al Papa y a la jerarquía eclesiástica en la religión católica, en
la verdadera fe, en el santo temor de Dios y adoración, en un
celoso y santo servicio de Dios. Que el Todopoderoso humille
a los enemigos de la Iglesia, dé a los príncipes cristianos y a
toda la Iglesia la paz y la concordia y a nosotros mismos nos
fortalezca en su santo servicio. Peticiones y ruegos que media­
ta o inmediatamente afectan al clérigo y que el ordenado debe
hacer por razón de su cargo. Lo mismo que cuando la Iglesia
ruega que eleve nuestros corazones a desear las cosas de arri­
ba y los llene de bienes celestiales. O que Dios recompense li­
beralmente con la vida eterna a nuestros bienhechores. Que
los libre de la eterna condenación. Que bendiga los frutos de
la tierra. Que dé el descanso eterno a los difuntos.
Llegado aquí, el obispo interrumpe la oración. Se levanta
y con una triple gradación pronuncia su bendición sobre el
clérigo que yace en el suelo: Cristo, el Señor, le bendiga.
Cristo le santifique. Cristo, el Señor, le consagre. Palabras de
profundísimo significado. El clérigo, y sobre todo el sacerdote,
debe bendecir, santificar y consagrar. Por eso debe recibir
primero esta triple gracia, debe ser investido solemnemente de
ella, debe ser capacitado sacramentalmente para hacerlo y
debe recibir el poder de la Iglesia para ejecutarlo. Debe par­
ticipar de esta triple función sacerdotal de Cristo por las pa­
labras del obispo y por la ordenación. Debe ser un hombre
santificado, bendecido y consagrado. Un hombre de las com­
placencias de Dios. Un hombre que, hecho semejante a Cris­
to, viva en unión con Dios. Un hombre por quien el Señor, en
virtud de esta ordenación, renueva el milagro de su gracia,
santifica al mundo y a los hombres, los consagra y los dirija
hacia El. El obispo acompaña su triple invocación haciendo
cada vez la señal de la Cruz. Esto puede recordarnos aquellas
palabras: El sacerdote y el levita son promovidos a la orde­
nación por la señal de la Cruz (67).

Al final se abre ante los ojos de la Iglesia orante la gloria


del cielo infinito. Se abre ante nosotros su eterna liturgia. En
medio del trono y de los cuatro vivientes está el Cordero de
Dios (68). Degollado antes del comienzo del mundo. El que
cargó sobre sí los pecados del mundo para borrarlos. Cristo,
el Hijo del Dios eterno, que se hizo hombre para ser Víctima
y sacerdote. Que se hizo a Sí mismo sacerdote-víctima para la
expiación del mundo. Cristo, el Sumo Sacerdote, que ha ele­
gido a nuestro clérigo y le ha asignado un puesto a su lado.
Cristo mismo está como corona de los santos y como Cordero
de Dios sobre la Iglesia y sobre el altar en el momento de la
ordenación. A El se dirige la última plegaria de la Iglesia:
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, perdóna­
nos, escúchanos, ten misericordia de nosotros. Cristo, óyenos,
Señor, compadécete de nosotros.

(67) Ag.: Sermo 247 , 7 (Apenáix).


(68) Ap. 5, 6.
Instrucción y exhortación del O bispo

Amadísimos hijos, estando para


Adepturi, filii dilectissimi, offi­
cium Subdiaconatus, sedulo at­ recibir el oficio del subdiacona-
tendite, quale ministerium vobisdo, considerad atentamente qué
traditur, Subdiaconum e n i m ministerio se os encomienda. Al
oportet aquam ad ministerium subdiácono pertenece preparar el
altaris praeparare; Diacono mi­ agua para el Sacrificio del altar,
servir al diácono, lavar las pa­
nistrare: pallas altaris, et corpo­
lias y corporales, presentar al
ralia abluere; calicem et patenam
mismo diácono el cáliz y la pa­
in usum sacrificii eidem offerre.
Oblationes, quae veniunt in al­ tena para la celebración del San­
tare, panes propositionis vocan­to Sacrificio. De las ofrendas
destinadas al altar, que se lla­
tur; de ipsis oblationibus tantum
debet in altare poni, quantum man panes de proposición, sólo
debe poner en el altar Ja canti­
populo possit sufficere, ne aliquid
putridum in sacrario remaneat. dad que sea necesaria para el
pueblo, a fin de que no quede
Pallae, quae sunt in substractorio
altaris, in alio vase debent la­nada que pueda corromperse en
el sagrario. Los manteles que cu­
vari, et in alio corporales pallae.
Ubi autem, corporales pallae lo­bren el altar deben ser lavados
en otro recipiente diferente de
tae fuerint, nullum aliud lintea­
aquel en que se lavan los corpo­
men debet lavari ipsaque lotionis
rales. Allí donde se han lavado
aqua in baptisterium debet vergi.
los corporales no se debe lavar
ningún otro lienzo, y la misma agua debe verterse en la piscina
del baptisterio.

La instrucción y la exhortación del obispo, como en las


Ordenes anteriores, se divide en dos puntos fundamentales:
sedulo aítendite y sfudete.
El subdiaconado es officium y ministerium. Esto es lo
primero que enseña el consagrante. Un oficio. Subdiaconum
oportet. Le esperan verdaderas y santas obligaciones. La Igle­
sia no confía esto a un cualquiera. Sólo los elegidos, los con­
sagrados, los acreditados pueden cumplirlo. Espera por tanto
de estos elegidos comprensión, madurez y fidelidad.

Con el correr de los tiempos las funciones del subdiácono


han sufrido diversas modificaciones. Actualmente el Pontifical
señala como la primera la de preparar el agua necesaria para
el servicio del altar. El subdiácono se hace responsable del
agua, que ha de ser mezclada con el vino en el cáliz de la
consagración. Le incumbe el cuidado de que esté a mano y
limpia a su debido tiempo. La toma de manos del acólito y
echa una gotas en el cáliz después de haber pedido al cele-
brante la bendiga. Mirado humanamente, es un ministerio su­
mamente modesto. Pero en su verdadero sentido tiene un pro­
fundo significado. Sin ser esencia! para la validez del Sacrifi­
cio, recuerda esta sencilla ceremonia que el mismo Cristo en
la noche de ia Cena consagró vino mezclado. Aunque pres­
cindiéramos de esta reminiscencia histórica, la costumbre pri­
mitiva contribuye mucho a esclarecer simbólicamente lo que
se realiza en el santo Sacrificio. San Ambrosio recuerda en
primer lugar la piedra misteriosa que, golpeada por Moisés,
dejó manar agua en el desierto. En la santa Misa vemos la
última realización de esta milagrosa prefiguración. La pala­
bra del sacerdote consagrante golpea en la roca de Cristo, de
la que sale agua y en la que el pueblo apaga su sed. Esta
fuente se desborda en el cáliz. Salta a la vida eterna (69).
Santo Tomás recurre a esté lugar y ve simbolizado en este he­
cho no solamente el cumplimiento de una imagen ya pasada
hace mucho tiempo, sino el postrer efecto del Sacrificio; nues­
tra incorporación, y nuestro ingreso en la vida eterna (70).
Es también sumamente significativa otra interpretación de San
Ambrosio. En el cruento Sacrificio de Cristo en la Cruz brotó
sangre y agua de su costado abierto. Agua, que purifica; san­
gre, que redime (71). O como se expresa Santo Tomás: por
el agua se significaba la ablución de los pecados, que se hacía
por la pasión de Cristo (72). Esta ablución se hace también
para refrigerarnos contra el ardor de la concupiscencia (73).
El motivo más profundo lo señala Santo Tomás diciendo que
en la imagen del agua hay que entender al pueblo cristiano
que se une con Cristo en la Sangre del Sacrificio (74).

(09) A.: De sacramentis 5, 1, 3. Jn. 4, 14,


(70) Th. III, 74, 6.
(71) A.: De sacramentis 5, 1, 4.
(72) Th. III, 74, 7.
(73) Id. ad 2.
(74) Th. III, 74, 6 y 7.
Estos pensamientos los expresa además la liturgia de San
Juan Crisóstomo cuando el sacerdote bendice el agua en la
santa Misa con estas palabras: Sea ensalzada la unión de los
santos. Cosa parecida dice San Alberto con estas palabras: El
agua hace las veces del pueblo, que debe unirse con el Sal­
vador en la obra de la Redención. Las pocas gotas se cambian
en vino y se pierden en él. Incoloras, inodoras, y sin gusto
por naturaleza, lo toman todo del vino. De este modo se su­
merge el pueblo en el Sacrificio de Cristo. Toma sus propie­
dades cuando es absorbido y animado por él (75). Este hecho,
aparentemente insignificante, simboliza un grandioso aconteci­
miento. Uno de los más profundos y estupendos misterios que
se desarrollan en el Sacrificio. La transformación y recepción
en Cristo ( 7 6 ) . Ya en el Apocalipsis de San Juan los pueblos
y tribus, las masas y lenguas aparecen bajo el símbolo del
agua (77). Mientras más se pierda el pueblo en Cristo tanto
más parte toma en su Redención. Y es que es en esta unión
donde se realiza. Por este motivo debe echarse sólo muy po­
quita agua, para que se pierda totalmente en el vino. Hasta
perderse en él hasta la última partícula. El valor del agua no
depende de su cantidad, sino de su sentido. La gota más pe­
queña ejerce aquí el mismo servicio que el mar entero (78).
El oficio del subdiácono, apenas percibido por los fieles
y quizá no siempre lo suficientemente apreciado por el minis­
tro, contiene por consiguiente una profundísima enseñanza so­
bre ia naturaleza y frutos del Santo Sacrificio. Una nueva
prueba de cuán ricas son las ceremonias de la santa Iglesia y
de cuán significativa y honrosa es toda cooperación en el san­
to Sacrificio.

Otra obligación del subdiácono, que señala el Pontifical


es: Diácono ministrare. Esto se realiza mientras sostiene el
libro al diácono cuando éste canta el Evangelio. Más tarde,
cuando el subdiácono lleva el cáliz con la hostia al altar y lo
entrega al diácono. Primitivamente el subdiácono estaba en
el altar dispuesto a cualquier ministerio que fuera necesario.

(75) AL: In IV sent, d. 12, C, a. 9 ad 1.


(76) Al.: In Ev. Mt. 26, 27.
(77) Ap. 17, 15.
(78) Al.: In Ev. Mt. 26, 28.
Se señalan otros dos oficios: lavar los paños del altar y
los corporales. Ya desde muy antiguo está prohibido al laico,
y aun al clérigo de Ordenes Menores, el lavar los paños usa­
dos en el santo Sacrificio. El nombre de corporale hace re­
saltar ya su íntima pertenencia al Cuerpo de Cristo. El paño
del altar, ya desde los tiempos de San Silvestre, es de lino puro,
pues representa el sudario de Cristo o el paño en que José
de Arimatea envolvió el cuerpo del Señor, y sobre todo, con
su pureza, honra el altar y debe exhortarnos a recibir los fru­
tos del Santo Sacrificio con un corazón pura (79). Los paños
del altar deben ser bendecidos por el obispo. Por los muchos
trabajos y esfuerzos empleados en su preparación son al mis­
mo tiempo un recuerdo simbólico de la pasión de Cristo. De­
licado pensamiento que ofrece al minister altaris, así como a
las desinteresadas y frecuentemente desconocidas siervas del
Señor, cuyas manos hábiles preparan los paños, un magnífico
incentivo (80). Los corporales en los que ha descansado la
hostia consagrada hay que lavarlos por separado, nunca en
unión con otros o con los paños del altar. El agua empleada
hay que echarla, como señala el Pontifical, o en el baptisterio
o en el pozo sagrado.
Era también tarea del subdiácono llevar al altar las ofren­
das del pueblo y en una medida tal que alcanzasen sin que
sobrase nada.

Studete itaque, ut ista visibilia Procurad, pues, cum plir con


ministeria, quae diximus, nitide toda pulcritud y esmero los mi­
et diligentissime complentes, in­ nisterios de que hemos hablado,
visibilia horum exemplo perficia­ de m anera que realicéis en vues­
tis. Altare quidem sanctae Eccle­ tra conducta su significado es­
siae ipse est Christus, teste .Toan- piritual. Porque el a lta r de la
ne, qui in Apocalypsi sua altare santa Iglesia es el mismo Cris­
aureum se vidisse perhibet, stans to. Testigo de ello es San Juan,
ante thronum, in quo, et per que en el Apocalipsis n a rra ha­
quem oblationes fidelium Deo Pa­ ber visto, estando de pie ante el
tri consecrantur. Cujus altaris trono, un a lta r de oro, en el cual
pallae et corporalia sunt membra y por el cual se consagran a Dios
Christi, scilicet fideles Dei, qui- Padre las ofrendas de las fieles.

(79) Th. III, 51, 2 ad 3.


(80) Th. III, 83, 3 ad 7.
bns Dominus, quasi vestimentis De cuyo altar las palias y corpo­
pretiosis circumdatur, ut ait Psal­ rales son los miembros de Cristo,
mista: Dominus regnavit, deco­ es a saber, los fieles de Dios, con
rem indutus est. Beatus quoque los cuales el Señor se adorna
Joannes in Apocalypsi vidit Fi­ como con vestidos preciosos, se­
lium hominis praecinctum zona gún aquello del Salmista: El Se­
aurea, id est, sanctorum caterva. ñor reinó y se cubrió de gloria.
Si itaque humana fragilitate con­ El bienaventurado San Juan vio
tingat in aliquo fideles macula­ también en el Apocalipsis al Hijo
ri, praebenda est a vobis aqua del hombre ceñido con una faja
coelestis doctrinae qua purificati, de oro, esto es, la multitud de
ad ornamentum altaris, et cul­ los santos. Así, pues, si sucede
tum divini sacrificii redeant. Es­ que los fieles, por fragilidad hu­
tote ergo tales, qui sacrificiis di­ mana, se manchan, en alguna
vinis, et Ecclcsiac Dei, hoc est culpa, vosotros debéis proporcio­
corpori Christi digne servire va­ narles el agua de la doctrina ce­
leatis, in vera et catholica fide lestial, purificados con la cual
fundati; quoniam, ut ait Aposto­ vuelven a ser ornamento del al­
lus: Omne quod non est ex fide, tar y culto del divino Sacrificio.
peeeatnm est, et extra unitatem Sed, pues, tales que podáis ser­
Ecclesiae est. Et ideo, si usque vir dignamente a los sacrificios
nunc fuistis tardi ad Ecclesiam, divinos y a la Iglesia de Dios,
amodo debetis esse assidui. Si esto es, al Cuerpo de Cristo, fun­
usque nunc somnolenti, amodo dados en la verdadera y católica
vigiles. Si usque nunc ebriosi, fe. Porque, como dice el Apóstol,
amodo sobrii. Si usque nunc in­ todo lo que no procede de la fe,
honesti, amodo casti. Quod ipse es pecado, es cisma, está fuera
vobis praestare dignetur, qui vi­ de la unidad de la Iglesia. Por
vit et regnat Deus in saecula tanto, si hasta ahora fuisteis pe­
saeculorum. rezosos en asistir a la iglesia, en
R. Amen. adelante debéis ser asiduos: si
hasta ahora soñolientos, en ade­
lante despiertos; si hasta aquí dados al vino, en adelante sobrios;
si deshonestos, en adelante castos. Lo cual se digne concederos Aquel
qua vive y reina, Dios, por los siglos de los siglos. R. Amén,

El discurso del obispo, después de la instrucción pasa a


la exhortación.

Studete. La primera, referente a su celo, es la ejecución


pura y diligente de las funciones litúrgicas a ellos confiadas.
Nitide et diligentissime. Tanto lo uno como lo otro es im­
prescindible, pues de lo contrario, el altar y el Sacrificio no
estarían preparados y el Santo de los Santos sería deshonrado
por culpa de sus ministros.
Nitide. Puro e inmaculado en el cuerpo y en el alma, en
los vestidos y en los instrumentos. ¿Por qué el cuidado del
altar y de sus instrumentos se ha de dejar despreocupadamen­
te a un laico a quien en la mayoría de los casos falta la for­
mación conveniente? ¿Por qué no se les instruye profunda­
mente y se les vigila de un modo discreto? ¿Por qué no se les
ayuda cuando es necesario?
Diligentissime. Esto exige estudio, ciencia, preparación,
atención, celo escrupuloso, reverencia santa. En nuestro mi­
nisterio estamos ante los ojos de Dios. En compañía de los
angeles y de los santos. Todas nuestras acciones tienen un
profundo significado.

El altar que adornamos y que cuidamos, el altar sobre el


que ejercemos nuestro ministerio representa al Señor mismo.
Atlare sanctae Ecclesiae ipse est Christus. No es por la materia
de que esté hecho ni por la forma más o menos artística que
tenga por lo que representa a Cristo. Es por su consagración.
Y más todavía por su significado, por su finalidad y por su
función. Representé a Cristo como Salvador, como fundamen­
to imprescindible e inquebrantable sobre el que se ofrece al
Padre celestial y se realiza sobre la tierra el Santo Sacrificio,
es una prefiguración del altar celeste que se levanta ante el
trono eterno del Padre. Sobre el que se juntan todas las ofren­
das de los fieles. Sobre el que Cristo glorificado se ofrece a sí
mismo al Padre todopoderoso. Como tratemos y cuidemos
este altar, así cuidamos y tratamos a Cristo mismo. Aquel a
quien el altar no dice nada ¿cómo puede oir la voz de Cristo?
Quien descuida el altar, quien pasa indiferente por delante de
él, quien se comporta en él de una manera irrespetuosa, tiene
poco amor, poca delicadeza, poco respeto, poco espíritu de
adoración para con Cristo. Apenas si tiene más que una ¡dea
superficial de Cristo y de su Santísimo Sacrificio.
Apenas si experimenta en sí un poco de aquella fuerza
espiritual que sale de la iglesia y del altar consagrados. Ape­
nas si experimenta un poco de estímulo interior. Lo impide su
culpable descuido (81). Tengamos por consiguiente una viva
preocupación por hacer brotar y despertar en nosotros mis­
mos y en los demás esta comprensión reverente por lo santo.
Altare significat Christum, De igual modo su sepulcro, de quien
se ha dicho que será glorioso (82).

El altar es Cristo. Sus vestiduras, los paños del altar, re­


presentan a los miembros de Cristo — los creyentes— de los
cuales está revestido Cristo como de un precioso ornamento.
Simbolizan el manto real, el ornato de la coronación que como
Rex gloriae se ha colocado Cristo. Un magnífico ornamento,
multicolor y al mismo tiempo sencillo, labrado con las piedras
preciosas de las más escogidas virtudes. Imagen y resplandor
de la purísima belleza del Salvador glorificado. Este es el
manto flotante que rodea al Dios-Hombre en su glorifica­
ción (83). Su vestido de Sumo Sacerdote, que tenía grabado
todo el pueblo y los nombres gloriosos de los padres sobre
piedras preciosas (84). El vestido de la Ecclesia generalis que
reviste a Dios (85). El cumplimiento de las palabras de Dios
a su Hi|o: Por mi vida, dice Yavé, que te revestirás de ellos
como de ornamentos y te ceñirás de ellos como novia (86).
Estos paños representan por tanto la sanctorum caterva tal
como vive en el cielo definitivamente perfecta, libre de toda
mancha, inaccesible a todo mal. A él pertenecen también mi­
llones de almas que, lejos de este estado, en medio de la lu­
cha contra el enemigo, pueden ser alcanzadas fácilmente por
el pecado y por su veneno. No es por la Iglesia triunfante por
la que tenemos que temer, sino por la que peregrina todavía
sobre la tierra. ¿Qué hay que hacer si su vestidura no está
todavía completamente limpia o si se mancha y estropea otra
vez durante la peregrinación? Ni lamentarnos demasiado ni
desanimarnos, sino iluminar a los descarriados con palabras
instructivas y lavar a los impuros con el agua clara, pura y
fresca de una instrucción espiritual, para que vuelvan a ador-

(81) Id. ad 3.
(82) Is. 11, 10.
(83) Ap. 1, 13.
(84) Sab. 18, 24.
(85) Al.: In Apoc. 1, 1, 14,
(86) Is. 49, 18.
nar otra vez a Cristo, el divino-humano altar, y tengan plena
participación en el Santo Sacrificio. Este es, pues, el precioso
ornato con que rodeamos el altar. El adorno personal de al­
mas semejantes a Cristo y glorificadas por la gracia. Este or­
nato, el más semejante a El, que brota de la belleza y santidad
de Cristo, es digno de El. También para este ornato del altar
es imprescindible el subdiácono. El ministerio de la enseñanza
y de la predicación le está todavía prohibido, pero su ejemplo
es una continua enseñanza.

Stote ergo tales. El ministro de Cristo no es un sonido


vacío, ni una sombra sin vida, ni una página sin escribir; es
el portador vivo de principios determinados, de tareas espe­
ciales y elevadas, que aparece equipado con determinadas gra­
cias. El ministro de Cristo, brevemente dicho, debe ser un ca­
rácter. Un hombre que busca su gloria en consumirse en su
ministerio y en cumplir con todas sus fuerzas las elevadas as­
piraciones de la Iglesia. Que encarna en sí, lleno de alegría y
de celo, el ideal de su estado. Que hace realidad la idea de
su ministerio. Que bajo todos los aspectos es el perfecto mi­
nistro de Cristo y de la Iglesia, y como tal se comporta. Ante
todo, un hombre digno de servir al mismo Cuerpo de Cristo.
Es también, ante todo, un ministro lejano, pero no obstante
sirve al Cuerpo Místico y al verdadero Cuerpo Eucarístico del
Señor. Toca la Víctima santísima consagrada a Dios. Toca la
Iglesia de Dios. Lo único que se necesita es una fe profunda y
viva. La fe de quien ha sido llamado a construir la Iglesia de
Dios debe ser batalladora, fuerte, indomable e inquebrantable.
El mismo debe mantenerse tranquilo en la seguridad de Dios,
aunque surjan fuertes y terribles tempestades sobre la Iglesia,
aunque contrariedades dolorosas molesten su marcha y su paz
interiores. Todo lo que se haga sin esta fe no puede ayudar
a Dios ni servir al alma. Le falta la consagración de la gracia
y la fructificación de la bendición de Dios. Su resultado no
sería el aumento de la unidad, más bien traería peligro de
desasosiego y desunión. Peligro de deserción. Peligro de so­
borno, de robo, del modo más tremendo, a Dios mismo, por
hacerlo a las almas redimidas.

Una última observación. El subdiaconado, por llevar con­


sigo el celibato, es ya un momento crítico en la vida del clé­
rigo. Fundamenta una dedicación a Dios seria, escrupulosa,
querida y consumada. Si hasta ahora el interés por la Iglesia
y por todas sus cosas era débil, y pequeño el celo por el mi­
nisterio divino, o si fueron perezosos en asistir a la Iglesia de
modo que sólo tarde y hasta con repugnancia interior seguían
la liturgia, desde ahora deben hacerlo con toda su alma, ale­
gres, tomando parte activa. Si hasta ahora se mostraron poco
atentos al ministerio divino, de modo que tenían que luchar
contra el sueño, de ahora en adelante sus almas, tocadas por
el dedo de Dios, deben estar dispuestas y despejadas. Si hasta
ahora su conducta fue motivo de queja, de ahora en adelante
su vida debe ser pura, separándola del mundo y de sus gus­
tos, llenándola de Dios y entregándola a El. Este feliz retorno
debe hacerse patente en toda su vida. Sobre todo en el estu­
dio. La ordenación no nos exime de él, más bien aumenta la
obligación de dedicarnos a él con mayor celo. Nos obliga a
utilizar el tiempo de una manera más escrupulosa. A tener
cuando estudiamos puesta nuestra mirada en Dios y en su glo­
ria de una manera más exclusiva. El subdiácono, como en un
grado más elevado el diácono y el sacerdote, nunca debe dedi­
carse a la ciencia sagrada como un simple estudiante, sino
como un ministro consagrado y comisionado de Cristo y de
la Iglesia.

En trega del cáliz vacío

Videte, cujus m inisterium vo­ Considerad qué ministerio se


bis trad itu r; ideo vos admoneo, os entrega; por esto os amonesto
u t ita vos exhibeatis, ut Deo pla­ para que os comportéis de modo
cere possitis. que podáis agradar a Dios.
Orem us Deum ac Dominum no­ Oremos a Dios nuestro Señor,
strum , fratres charissim i, ut su­ amadísimos hermanos, que de­
per hos servos suos, quos ad Sub- rrame su bendición y gracia so­
diaconatus officium vocare digna­ bre estos sus siervos a quienes
tus est, infu n d at benedictionem se ha dignado llamar al oficio
suam et gratiam : u t in conspectu del subdiaconado, a fin de que
ejus fideliter servientes, praedes­ sirviendo fielmente en su presen­
tinata sanctis praem ia conse­ cia, consigan los premios prepar­
quantur: adjuvante Domino no­ rados para los santos, con el au­
stro Jesu Christo, qui cum eo vi­ xilio de nuestro Señor Jesucris­
vit et regnat in unitate Spiritus to, que vive y reina con El en
sancti Deus, per om nia saecula unión del E spíritu Santo, Dios,
saeculorum . por todos los siglos de los siglos.
R, Amen. R. Amén.
Orem us. Oremos.
(Diácono). Flectam us genua. Doblemos las rodillas.
R. Levate. R. Levantaos.
Domine sancte, P ater omnipo­ Señor Santo, Padre todopode­
tens, aeterne Deus, bene-J-dicere roso, Dios eterno, dígnate bende­
dignare hos fam ulos tuos, quos cir a estos tus siervos a quienes
ad Subdiaconatus officium elige­ has querido elegir p ara el oficio
re dignatus es: u t eos in sacrario del subdiaconado a fin de que
tuo sancto strenuos, sollicitosque sean esforzados y solícitos cus­
coelestis m ilitiae instituas excu­ todios de la celestial m ilicia en
bitores, santisque altaribus tuis tu Santuario, y fielm ente sirvan
fideliter subm inistrent; et re­ en tus santos alta re s; descanse
quiescat super eos Spiritus sa­ sobre ellos el Espíritu de sabidu­
pientiae, et intellectus, Spiritus ría y entendim iento, el E spirita
consilii, et fortitudinis, Spiritus de consejo y fortaleza, el Espíri­
scientiae, et pieatis: et repleas tu de ciencia y piedad y lléna­
eos Spiritu tim oris tu i; e t eos in los del E spíritu de tu tem or, y
m inisterio divino confirmes, ut confírm alos en el servicio divi­
obedientes facto ac /dicto paren­ no p a ra que, sumisos y obedien­
tes tuam gratiam consequantur. tes en palabras y obras, consigan
Per Dom inum nostrum Jesum tu gracia. P or nuestro Señor Je ­
C hristum Filium tuum ; Qui te- sucristo, que contigo vive y reina
cum vivit et regnat in unitate en unidad del mism o E spíritu
ejusdem Spiritus sancti Deus, per Santo, Dios, por los siglos de los
om nia saecula saeculorum. siglos.
R. Arnen. R. Amén.
El obispo alarga el cáliz vacío con la patena encima y el
ordenando lo toca con la mano derecha. Luego toca las vina­
jeras llenas de agua y de vino, con el platillo que la sostiene y
el paño, todo lo cual se lo ofrece al arcediano. Al tocar el cá­
liz dice el obispo: Mira qué ministerio se te confía. Se trata
del ministerio del altar. Un ministerio que tiene por objeto la
preparación del cáliz del Señor. De Cristo mismo. El ministe­
rio sobre el cáliz de salvación. El subdiácono io lleva al altar
al comienzo del Sacrificio y después de acabado éste purifica
la copa usada por el sacerdote, en la que se recogió la Sangre
santísima de Cristo y subió al cielo, como alabanza de reden­
ción por los pecados del mundo, como perfecto Sacrificio,
agradable y de buen olor, para hacer descender sobre la Igle­
sia las complacencias de Dios. Conviene que no cuide sola­
mente de la pureza de este vaso material, sino que atienda
también a su propia persona, para agradar a Dios cuando su
mirada se pose sobre el altar y sobre sus ministros.
Las dos oraciones del obispo aquí incluidas tienen por
objeto esta petición. Que el ministro consagrado sea un ver­
dadero ministro santo. Esto sólo es posible con la gracia y la
bendición de Dios. Y ambas cosas pide. Pídalas también el or­
denando sin descanso y con especial devoción. Su ministerio
se ejerce bajo los ojos de Dios, que todo lo ven. Debe por tan­
to cumplirlo consciente de la presencia de Dios y con gran fi­
delidad. Su recompensa es el premio que el Señor ha prome­
tido a sus santos. La segunda oración, más apremiante aún,
se dirige a Dios, al Padre santo, el Dios todopoderoso y eterno.
Nombres que para la ordenación, para sus efectos y futuras
consecuencias son tan significativos, y que tienen un lugar tan
exacto en una consagración que está totalmente instalada en !a
atmósfera de lo santo y que en último término sirve ai Santo
de los Santos. Si necesitamos tan señaladas gracias, volvámo­
nos en la hora propicia a Dios, nuestro Santo Padre. Ningún
otro nombre sería más precioso o de más rico contenido para
alabar a Dios que éste que le llama el "Santo" (87).
Esta oración dél obispo pide algo verdaderamente gran­
de. Un día los ordenados, con energía indomable y llenos de
santo celo, tendrán que ejercer sus obligaciones como centi­
nelas de la milicia celestial. La casa de Dios y el ministerio
divino deben experimentar su protección y ayuda, y deben
además poder confiarse a su fidelidad y vigilancia. Toda in­
fidelidad sería una traición afrentosa, indigna de un hombre
y de un soldado. Persevera por tanto en tu puesto, incansable
y preparado para el ataque, con los ojos abiertos, valiente y
decidido. Pero al mismo tiempo entrégate piadosa y humilde­
mente al altar. Esta es, en grandes rasgos, la imagen de un
buen subdiácono.

Para todo ello necesita los dones del Espíritu Santo. Del
Espíritu de Dios que no descansa nunca y que es un Espíritu
de santidad. Como luchadores de Cristo, obligados también

(87) A.: De Spiritu Sancto 3, 16, 111.


muchas veces por nuestro ministerio litúrgico a labores azaro­
sas, nuestro interior queda apaciguado por este Espíritu de
Dios que siempre descansa sobre nosotros. A quien asiste la
gracia del Espíritu, no le falta nada. Y quien ha recibido el
Espíritu Santo dispone, de una manera plena, de grandes vir­
tudes (88).
El Espíritu Santo nos da sus siete dones para que toda
nuestra vida y todo nuestro obrar se sometan lo rhás posible a
su dirección y así no sigamos tanto las decisiones humanas,
sino que estemos preparados a su dirección divina y de este
modo nos movamos fácilmente por su divina inspiración (89).
En otras palabras, que sigamos sin dilación y sin repugnancia
la dirección del Espíritu Santo (90). Puesto que la ordenación
da al alma del elegido una especial participación en la santi­
dad y en la fuerza santa de Dios, el Espíritu Santo, con sus
dones, somete sus pensamientos y sus obras — en un grado
más elevado a como ocurre en los fieles después del bautism o-
ai influjo inmediato, iluminador y director del Espíritu de
Dios, que se muestra más pródigo y más pleno en resultados
cuando nos hemos preparado por el deseo y la oración hu­
milde y hemos removido todos ios obstáculos.
El Espíritu de sabiduría, noslleva a ver las cosas en sus
últimas causas y a fundar de una manera profunda todos
nuestros juicios y decisiones. A sumergir nuestros pensamien­
tos en los pensamientos de Dios. A medir las cosas con la
medida de Dios, a verlas con los ojos de Dios, a amarlas con
el corazón de Dios (91).
El Espíritu de entendimiento. Da al alma una especial pe­
netración, aguda y clara, para las cosas de Dios. Su naturaleza
causa algo profundamente fundado. Una acuta perspectio y una
íntima cognitio. Con este don se nos da una comprensión y un
conocimiento profundo de las cosas (92). Es por tanto un
conocimiento que supera las fuerzas del entendimiento na­
tural (93).

(88) A.: In Ev. Le. 1, 34.


(89) Th. M I, 68, 1,
(90) Th. I-II, 68, 4.
(91) Th. IM I, 45, 1.
(92) Th. II-II, 8, 6.
(93) Th. II-II, 8, 1.
El espíritu de consejo. Con él se nos da la luz para hallar
en las diversas cuestiones y consideraciones cuál es lo que más
agrada a Dios y lo que más conviene para la salvación de las
almas. El Espíritu Santo ilumina con su luz nuestra prudencia
natural humana en las decisiones y elecciones (94).
El Espíritu de fortaleza. Por él la fuerza de Dios afirma y
eleva nuestra fortaleza natural cuando tenemos que hacer el
bien o soportar el mal. Sobre todo cuando a ello van unidas
especiales dificultades. El principal efecto de este don es una
perseverancia incondicional hasta que se ha alcanzado el fin.
Ante todo, hasta que hayamos luchado la última batalla y ha­
yamos conseguido la eterna corona de la victoria. Propia de
este don es una cierta confianza que excluye el temor que se
le opone (95).
El Espíritu de ciencia. Con él nos viene la capacidad para
conocer rectamente qué es lo que de las cosas creadas me­
rece ser amado o rechazado por nosotros (96). Sin una larga
investigación, sino más bien dirigidos e iluminados por Dios,
distinguimos lo que debemos y lo que no debemos creer (97).
El Espíritu de piedad. Inspira una devoción y un amor
filiales hacia Dios Padre. Por eso con razón es el Espíritu de
los hijos de Dios, de la filiación divina (98). AI mismo tiem­
po nos inclina a honrar todo aquello que está íntimamente
unido con Dios Padre. De él procede nuestra veneración a los
santos y a las Sagradas Escrituras, veneración ¡lustrada por
Dios y animada por su gracia. Igualmente la compasión pro­
ducida por Dios en nosotros para con los desgraciados (99).
El Espíritu de temor. Quien lo posee se somete y se arroja
con filial respeto al Espíritu de Dios para más fácilmente y
de modo más seguro ser lleno y dirigido por El. Se opone a
todo lo que nos aleja de Dios y nos sustrae a su dirección (100).
Con este Espíritu septiforme, el ordenado se eleva por
encima de los estrechos límites de las fuerzas naturales. No
para librarse de Dios, sino más bien para unirse a El de la

(94) T h. II-II, 52, 1 y 2.


(95) T h. II-II, 139, 1.
(96) T h. II-II, 8 , 6 .
(97) T h. II-II, 9, 1.
(98) T h. II-II, 121, 1.
(99) Id. ad 3.
(100) Th. II-II, 19, 9.
manera más profunda, como un instrumento perfecto, para
ser conducido y utilizado por El. Con ello se acrecienta en él
la gracia de la filiación divina (101). El ordenando es ahora
en verdad ministro de Cristo, pues es un portador del Espíritu,
un hombre del Espíritu, lleno y glorificado por el Espíritu de
Cristo. Su entendimiento conoce qué es lo que necesita la
Iglesia de Cristo y cómo hay que fomentar sus intereses. Su
corazón adivina las necesidades de los hombres. Su alma va­
liente está pronta para defender las cosas de Dios./Pidamos
con la Iglesia que este Espíritu more en nosotros para siempre
y procuremos evitar todo aquello que pudiera extinguirle en
nosotros, todo aquello que pudiera apartarle de nosotros, todo
aquello que pudiera contristarle.

Vestición. E n trega del libro d e la s Epístolas

Accipe am ictum , per quem de­ Recibe el am ito por el cual se


signatur castigatio vocis. In no­ significa la discreción en el har
m ine P a 4 trig, et Fi 4 lii, et blar. En el nom bre del Padre y
Spiritus 4 « Sancti. del H ijo y del Espíritu Santo.
R. Arnen. I). Amén.
Accipe m anipulum , per quem Recibe el m anípulo, por el que
designantur fructus bonorum se designan los frutos de las bue­
operum : In nom ine P a 4 . tris, et
nas obras. En el nom bre del Pa­
Fi 4 Ui, et Spiritus 4 * Sancti. dre y del H ijo y del Espíritu
1). Arnen. Santo.
5 . Amén.
T unica jucunditatis, et indu­ El Señor te vista la túnica de
m ento laetitiae indu at te Domi­ regocijo y la vestidura de la ale­
nus: In nom ine P a 4 tris, et gría. E n el nom bre del Padre y
Fi 4 Ui, et Spiritus 4 Sancti. del H ijo y del E spíritu Santo.
5 . Amen. Amén.
Accipite librum E pistolarum , Recibid el libro de las Epísto­
et habete potestatem legendi eas las y tened potestad de leerlas
in Ecclesia sancta Dei, tam pro en la san ta Iglesia de Dios, así
vivis, quam pro defunctis: In no­ por los vivos como por los di­
m ine P a 4 tris, et Fi 4 lii, et funtos. En el nom bre del Padre
Spiritus 4 Sancti. y del H ijo y del Espíritu Santo.
5 . Amen. R. Amén.
(101) Rom. 8 . 14.
El obispo toma el amito de los hombros del ordenando y
cubre con él su cabeza. Recibe esta vestidura. En nombre del
Dios Trino. Sirva para recordarte que debes ser discreto al
hablar, tanto en el tono como en las palabras.
Elevado sobre los animales irracionales, el hombre no
sólo produce sonidos, sino palabras llenas de sentido, que no
son algo informe, sino algo cuidado en el tono, en la pronun­
ciación, en la conexión. El lenguaje es una emanación de tu
espíritu. Si el Espíritu Santo mora en ti, tu lenguaje dará tes­
timonio de ello.
Castigatio vocis. El subdiácono debe aprender el arte de
formar su voz, de aumentarla y de educarla. Debe dominar y
usar este arte siempre que pisa las gradas del altar. El amito
rodea el cuello. Significa la discreción de la lengua. Por cón-
siguiente el amor al silencio y la maestría en el hablar. ¿A
qué debemos aprender primero, sino a callar? Este arte es por
cierto más difícil que el de hablar. Conozco muchos que sa­
ben hablar y no saben sin embargo callar. Con razón se dice
que el hombre sabio es aquel que ha recibido de Dios la gra­
cia de hablar a su debido tiempo (102). ¿Significa esto que
no se debe hablar y que hay que estar siempre callado? En
modo alguno. Lo que sucede es que hay un tiempo para ca­
llar y un tiempo para hablar (103). Se impone por tanto la
consecuencia de que cada uno guarde su corazón y su boca en
una estrecha discreción (104). Debemos por tanto acomodar­
nos a esta discreción. Guarda por tanto con cadenas tus pa­
labras y tu boca, de modo que no divague de una manera
desenfrenada y sobre todo que no olvide las buenas costum­
bres y la discreción, y acumule pecados con sus muchos dis­
cursos. ¡Qué hermosa esta regla de San Ambrosio: Tus pa­
labras sean comedidas y tu discurso quede cerrado por diques
a derecha e izquierda en su debido límite! ¡Cuán rápidamen­
te se llena de inmundicias y de suciedad un río cuando se
desborda! Y no menos razonable es este otro consejo: Pon
freno a tus sentidos. Que no se desparramen de una manera
precipitada y sin fin ninguno. Refrenen tus palabras la humil­
dad y la mesura, de modo que tu lengua permanezca siempre

(102) A.: De oíílclis m inistrorum 1, 2, 5; cír. Casel in Liturgiewis-


sensch. Anuario 1928, 139 s.
(103) A.: 1. c. 1, 3, 9.
(104) A.: 1. c. 1, 3, 10.
a disposición del entendimiento. Hasta debemos decir: Deja
que tu lenguaje se someta al Espíritu Santo. Por tanto, madu­
rez y seriedad en los sentimientos, aplomo y gravedad en el
hablar, peso y medida en las palabras (105).
Respecto de la voz da el santo una regla de oro a sus clé­
rigo s: Ni indolencia ni blandenguería. Nada que sea femenino,
como han acostumbrado a hacer no pocos, creyendo que con
ello dan a su palabra más penetración y dignidad. Consérvese
siempre más bien una actitud varonil. Ahora que tanto como
desapruebo todo lo blandengue y apocado (infractum) en la
voz y en las actitudes, desapruebo todo lo populachero e inade­
cuado. Por consiguiente ni lo femenino, artificial o innatural,
ni lo grosero, rústico o tosco. Más bien lo que vale aquí como
fórmula disciplinae y forma honestatis, como ideal y prueba de
un adiestramiento profundo y de un noble decoro (106), es un
temperamento natural, formado, incorrupto, bien dispuesto,
purificado y ennoblecido por el Espíritu Santo. En este senti­
do, por consiguiente, castigado vocis en el trato con los hom­
bres y aún más cuando cantamos o leemos en el ministerio
litúrgico. Por eso el ordenado lleva el amito.
El amito tiene otra significación en la oración que pro­
nuncia al revestirse de él para el ministerio litúrgico. El amito
es como un yelmo que protege al ordenado contra los asaltos
del enemigo.

Como segunda pieza de su vestidura, recibe el subdiáco­


no el manípulo, que simboliza las buenas obras. Su radio de
acción, comparado con el del sacerdote, es todavía reducido
y modesto. Sin embargo se abre ante él como un vasto campo
de trabajo que debe sembrar de una semilla buena y escogida
para luego cosechar gavillas repletas. Las doradas gavillas de
los frutos del Espíritu Santo, de la entrega al altar y al Sacri­
ficio, del servicio humilde al prójimo. La oración con que se
reviste luego el ordenado el manípulo le designa — como ya
vimos— como manipulum fletus et doloris.

La tercera vestidura es la tunicela. Un vestido de honor,


de alegría santa, con que Cristo adorna al ordenado. El mi­
nisterio a que se refiere el manípulo no carece de alegrías. El

(105) A.: 1. c. 1, 3, 12 s.
(106) A.: 1. c. 1, 19, 84.
ministerio litúrgico es siempre un punto culminante de ale­
gría santa.
Por último el obispo confía al ordenado el libro de las
Epístolas (107). Se le entrega con la potestad de leer las Epís­
tolas en la santa Iglesia de Dios tanto si ejerce el ministerio
de Dios por los vivos como si lo ejerce por los difuntos. Tan­
to si la palabra libertadora de Dios se da para bendecir a los
vivos como si se da para bendecir a los muertos. ¡Qué pa­
labras más ricas de contenido! La Iglesia no se limita en modo
alguno a una parte de su rebaño. Lejos ella misma todavía de
la patria celestial, anuncia la palabra que bajó a los hombres
desde arriba a la tierra, llena de gracia y de verdad. Pero piensa
también constantemente en los miembros que padecen en el
purgatorio y les envía las mismas palabras, como mensaje
consolador en sus ardores y tormentos. Se lo envía como una
prenda de su amor maternal. Como garantía de la pacífica
unidad en Cristo. Como mensaje de vida y paz eternas.
Antiguamente en Roma la dirección del canto litúrgico
estaba también confiada a un subdiácono. Actualmente un
subdiácono es quien entona la Antífona de Vísperas y de Lau­
des del Pontifical y da el Aleluya al obispo el Sábado Santo
como la gran alegría del día.
In nomine Patris et Fiiii et Spiritus Sancti. El obispo pro­
nuncia estas palabras siempre que entrega al ordenado las
vestiduras o el libro. Porque todo se hace con la autoridad
de la Trinidad santísima. Porque de ella procede de modo es­
pecial la gracia de la ordenación y las tareas santas que ella
encierra. Porque ella es quien da y mantiene la gracia de la
vocación. Porque todo se hace para gloria suya. Porque la
Trinidad misma es y permanece en todo como la primera cau­
sa eficiente y santificadora. Porque sólo en Dios Trino puede
vivir y obrar el ordenado. Así sea. Amén.
Según la opinión que ya vimos de Pedro Lombardo, Cris­
to el Señor ejerció este ministerio cuando en la noche de la
Cena lavó los pies a los Apóstoles y se los secó con la toalla.
Con este servicio dio un signo de humildad servicial, preparó
a los suyos para la recepción de la Eucaristía, elevó la alegría
y el honor de la Iglesia (108).
(107) ct. I, 197.
(108) Al.: In Ev. Jn. 13, 13.
CAPITULO SEGUNDO

EL DIA C O N A D O

Introducción

Una ligera mirada al Pontifical muestra que a la ordena­


ción del diácono se le da una gran importancia por un gran
número de detalles. A la colecta de la Misa añade el obispo
una oración que, aunque se reza pro ordinatis et ordinandis
— sin excluir a minoristas y subdiáconos ya ordenados, pre­
sentes en la Misa— se reza al comenzar la ordenación de los
diáconos. Oímos por primera vez que la católica y, como lue­
go se dice, tota Ecclesia se presenta ante el obispo y pide la
ordenación (postulat). Mientras al subdiaconado se le llama
un officium, el diaconado, como más tarde el sacerdocio y el
episcopado, aparece como una dignidad, como un onus, como
un gradus. Después de que el arcediano ha dado su testimo­
nio sobre los ordenandos, se pide solemnemente al pueblo su
parecer y se le ordena rezar juntamente con el obispo y el
clero. Mucho más importantes que estas particularidades son,
además del Prefacio — que aparece por primera vez en esta
Orden— la imposición de manos y la donación sacramental
del Espíritu Santo.
ORATIO ORACION
Exaudi, quaesum us D o m i n e Atiende, S e ñ o r , te rogamos,
supplicum preces, et devote tibi nuestras súplicas, y protege con
pectore fam ulantes perpetua de­ tu continua defensa a los que
fensione custodi: u t nullis per­ con rendido deseo te servimos;
turbationibus im pediti, liberam a fin de que, exentos de toda
servitutem tuis semper exhibea­ turbación, con libre voluntad obe­
m us officiis. P er Dominum nos­ dezcamos tu s m a n d a t o s . Por
trum Jesum C hristum F i l i u m nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
tuum : qui tccum vivit et regnat que vive y reina contigo, en uni­
in unitate Spiritus sancti Deus, dad con el E spíritu Santo, Dios,
per om nia saecula saeculorum. por los siglos de los siglos.
Amen. Amén.
Reverendissime Paer, postulat Reverendísimo P a d r e : La
sancta m ater Ecclesia Catholica, S an ta M adre Iglesia Católica pide
ut hos praesentes subdiaconos ad que ordenéis a estos presentes
onus diaconii ordinetis. subdiáconos al cargo de diáconos.
Obispo. Scis illos dignos esse? ¿Sabéis si son dignos?
Arcediano. Q uantum hum ana En cuanto lo perm ite la fragi­
fragilitas nosse sinit, et scio, et lidad hum ana, sé y certifico que
testificor, ipsos dignos esse ad son dignos de tal cargo.
hujus onus officii.
Obispo. Deo gratias. Demos gracias a Dios.

La oratio pro ordinaria et ordinandis encomienda a los


clérigos a la eterna protección del Altísimo para que sirvan a
Dios con completa entrega. NI desasosiegos ni Inquietudes pue­
den impedirles ejercer en todo tiempo su cargo con tranqui­
lidad. Con un bonito juego de palabras, se le llama una libera
servitus, un servir con libertad, o una libertad de servicio. La
llamada del arcediano en el subdlaconado todavía es simple­
mente: Acérquense los que han de ser ordenados; pero aquí
es la Santa Madre Iglesia quien desea que estos subdiáconos
sean ordenados de diáconos.
Sancta Mater Ecclesia! ¡Qué sentimientos más profundos
y más santos despiertan estas sencillas palabras en el corazón
de! joven clérigo! La Madre llama a sus hijos más nobles. Una
Iglesia santa espera ministros santos. Una Iglesia naturalmente
solícita espera hijos fieles, con filial sometimiento, de corazón
generoso. De ella dice San Ambrosio: Nadie puede amar tanto
y tan profundamente como la Iglesia, puesto que ama con un
corazón tan grande. Ama más que Pedro, ya que contiene tam­
bién su amor. Más que Pablo, pues éste no es más que un
fragmento suyo (1). Ama con el amor de todos los santos;
viva y suspira por sus ministros animada de un amor infinito
e increado. Su ministro es consagrado para servir en aquel in­
comparable Sacrificio que la Santa Madre Iglesia ofrece con
el amor puro de Dios para la redención y santificación del
mundo entero. De una manera grandiosa se incorpora a aque­
lla actividad sobrenatural que con la Sangre de Cristo hace de
nuestras almas inmortales hijos de Dios, las nutre y las lleva
a la perfección y las congrega para formar la inmensa fami­
lia de Dios. El futuro diácono tiene derecho a esperar esto si
se entrega sin reservas a la Iglesia y al obispo, su padre espi­
ritual y pastor. Por eso el arcediano le ofrece y le entrega (of-
ferens ¡líos) al obispo al empezar la ordenación cuando le lleva
a las gradas del altar. Da testimonio en presencia de la Igle­
sia, ante el altar, de que el subdiácono presente es digno de
recibir el peso de este nuevo ministerio. No habla de honores
y de recompensas. Lo que se exige es ser digno y capaz de
tomar sobre sí una cosa difícil por amor de Dios; ser santo y
fuerte para soportar para toda la vida y por la Iglesia esta pe­
sada dignidad. El obispo, ante el clero y el pueblo, anuncia
que él es quien ha elegido a los subdiáconos aquí presentes y
que desea ordenarles de diáconos. No por afectos humanos o
por intereses terrenos. Su decisión la motiva más bien la ayu­
da de Cristo, que es nuestro Señor, nuestro Dios, nuestro Sal­
vador. La ordenación afecta a lo más íntimo de nuestra vida
y de nuestra persona. La santifica y la transforma. Hace de
ella una cosa nueva. Esto sobrepuja todo poder humano y está
sólo en manos de Dios, que es el soberano dueño de la crea­
ción y de toda persona. En esta ordenación ejercen su poder
la realeza, la divinidad y la función redentora de Cristo. En
tu alma, en la que se hace patente la gloria de Cristo, la jus­
ticia de su divina majestad, su omnipotencia, su amor de re­
dención, se realiza un milagro. El Altísimo te elige y te hace
su instrumento, que en adelante debe colaborar con la Iglesia
en la adoración al Padre, en la dispensación de la vida divina,
en la salvación del mundo.

(1) A.: In Ev. Le. 6 , 22.


La p re g u n ta a l p ue blo

Auxiliante Domino Deo, et Sal­ Con el auxilio del Señor Dios


vatore nostro Jesu Christo, eligi­ y Salvador nuestro Jesucristo ele­
mus hos praesentes subdiaconos gimos estos presentes subdiáco­
in ordinem diaconii. Si quis ha­ nos p ara la orden de diáconos. Si
bet aliquid eontra illos, pro Deo, alguno tuviere algo co ntra ellos,
et propter Deum, cum fiducia por Dios y por su gloria se ade­
exeat, et dicat; verumtamen me­ lante con confianza y dígalo;
mor sit conditionis suae. acuérdese, con todo, de su pro­
pia condición.
Como instrumento y ministro de Dios y de la Iglesia, el
diácono está con el pueblo, vive y trabaja bajo su mirada,
ofrece todas sus fuerzas para su provecho. Esta vocación su­
pone que el que la realiza goza de la atención y de la confian­
za del pueblo. Por este motivo ya los Apóstoles en la elección
de los primeros diáconos convocaron al pueblo creyente y le
encargaron la elección de hombres adecuados. Elegid de entre
vosotros a siete varones, estimados de todos, llenos de espíri­
tu y sabiduría. La muchedumbre eligió a los futuros ministros
y se los presentó a los Apóstoles, quienes, orando, les impu­
sieron las manos (2). Del mismo modo el obispo interroga al
pueblo. Aquí, por boca del pueblo, habla la Ecclesia catholica.
Quien tenga algún reparo contra la ordenación de ios subdiá-
conos, lo manifieste ahora, que es el último momento. Abier­
tamente, ante el altar y la comunidad. Ante el obispo, el clero
y el pueblo. No lo haga por envidia personal, o por motivos
interesados, ni de un modo indiscreto o perverso, sino única­
mente por Dios, por servir al honor de Dios, a las cosas de
Dios. Por tanto pro Deo et propter Deum.
Aquí se realiza una imagen interesante de la vida litúr­
gica familar de la primitiva Iglesia. Los fieles pueden y deben
elevar su protesta con sinceridad y con confianza, si tienen
reparos contra un candidato a quien se le va a dedicar al mi­
nisterio sagrado. De este modo toman parte en la protección
y en el ministerio de los santos misterios y hacen uso de un
santo derecho y de una santa obligación. Lo hacen abierta-

(2) Act. 6, a S. 5 s.
tríente, a los ojos de todos, en presencia de todos los intere­
sados, únicamente con la mirada puesta en Dios, santísimo y
omnisciente, sin pasar los límites impuestos por la justicia y
la verdad, el amor, el respeto y la humildad, sin dejarse lle­
var por la pasión humana (3). Una oración del obispo, que
posteriormente se une a la instrucción sobre el diaconado,
exalta de nuevo esta colaboración de la comunidad y la de­
signa con el nombre de commune votum, de deseo y ruego,
juicio y recomendación del pueblo de la Iglesia, que, natural­
mente, se convierte en la communis oratio, en la oración co­
mún, en las preces totius Ecclesiae.
¡Qué hermoso cuando aún hoy asiste a la ordenación, no
sólo la familia del ordenando, sino todo el pueblo creyente
con ella y está alrededor del altar con santa reverencia y
orando humildemente en sus corazones, pues un hijo suyo ha
sido llamado a la dignidad de diácono! ¡Qué hermoso cuando
en todas las parroquias de la diócesis se hacen oraciones es­
peciales con el deseo de obtener dignos clérigos y sacerdotes
y, de modo especial, se hacen oraciones públicas en todos los
lugares el día de la ordenación. No en vano nos ha exhortado
el Señor. Rogad al dueño de la mies que envíe obreros a su
mies (4).

G r a d o ierárquico

Mucho más significativa para la esencia y la dignidad


del diaconado es la circunstancia de que pertenece a la jerar­
quía de la Iglesia transmitida por los Apóstoles (5). San Pablo
lo menciona expresamente en su Epístola a los Filipenses (6)
y en I a Timoteo (7). En las cartas de San Clemente y de
San Ignacio, los diáconos ocupan el primero de los tres gra­
dos de la jerarquía. Donde no existen estos tres grados, no

(3) Algunos textos antiguos traen memor communionis (en vez


de conditionis); sobre la pregunta al pueblo en el nom bram iento de
los cargos estatales en R om a cfr. Puniet I, 193.
(4) M t. 9, 38.
(5) Tridentinum sess. 23, c. 6.
( 6 ) Flp. 4, 1.
(7) X Tim, 3, 8 .
hay Iglesia (8). Sin diáconos, no hay obispos, enseña San
Epifanio (9). Un eco de este pensamiento se ha conservado
en ias palabras: Sin diáconos puede uno llevar el nombre de
sacerdote, pero no tendrá la función sacerdotal (10), ya que
sin diáconos no puede ejercerla en el modo solemne con que
solía hacerse antes. Aunque en los Hechos de los Apóstoles
sólo se habla de los siete y no se emplea la palabra diácono,
no cabe duda de que estos hombres llamados para el ministe­
rio eran verdaderos diáconos. Es cierto que el texto sagrado
menciona solamente el cuidado de ios pobres y las viudas
como ministerio para el que han sido llamados, pero no obs­
tante encontramos a Esteban y a Felipe como predicadores. Y
aunque ambos no habían sido capacitados para ello sacramen­
talmente por medio de una consagración, sino sólo carismá-
ticamente — pues antes de su elección estaban ya considerados
como llenos del Espíritu Santo— sabemos ya por boca de San
Clemente que los Apóstoles les habían constituido en este mi­
nisterio por mandato de Cristo y en el Espíritu Santo, lo cual
sería incomprensible si se hubiera tratado únicamente de un
vulgar servicio de mesa y no de tareas que esencialmente tie­
nen un fin espiritual y que, ante todo, están íntimamente uni­
das a la celebración de la Eucaristía. Hecha ia elección para
el diaconado por el pueblo y la ordenación por los Apóstoles,
su ministerio, al menos mediatamente, procede de Cristo. San
Justino testifica que los diáconos distribuyen la comunión y
se la llevan a los ausentes. Su posición fue tan destacada que
su influjo parece haber superado a veces el de los sacerdotes.
San Ignacio hasta se atrevió a decir que los sacerdotes se pa­
recían a los Apóstoles, mientras que ios diáconos por el con­
trario al mismo Cristo, que quiso ser en el más alto grado
Sumo Sacerdote diácono, esto es, servidor del Padre celes­
tial (11). En el transcurso de los siglos se extendió su influjo
de tai manera que fueron necesarias terribles luchas para de­
fender contra ellos o recuperar ios derechos de ios obispos.

(8) Ignatius: Traii. 3, 1.


(9) S. Epifanio: Adv. haer. 74, 4.
(10) Hg.: De sacramentis 2, 3, 11; cfr. Ct. I, 205 ss. Podía también
en ausencia del sacerdote imponer ciertas penitencias exteriores y
asistir al juicio del obispo. Pág. 207 s., 209 s. Puniet I, 198 ss, Tixeront,
L ’ordre et los ordinations, París 1930, 84 ss.
(11) San Ignacio; Magn, 6, I,
Instrucción y e xh ortación del O b isp o

Provehendi, filii dilectissimi, ad Hijos am adísimos, los que ha­


leviticum Ordinem , cogitate m ag­ béis de ser promovidos al Orden
nopere quantum gradum Eccle­ levítico considerad con grande
siae ascenditis. Diaconum enim atención, a cuán alto grado de
oportet m inistrare ad altare, bap­ la Iglesia subís. Porque pertene­
tizare, et praedicare. Sane in ve­ ce al diácono servir al altar, bau­
teri lege ex duodecim im a tribus tizar y predicar. Y a en el Anti­
Levi electa est, quae speciali de­ guo Testam ento, de las doce tri­
votione tabernaculo Dei, eiusque bus, sólo la de Leví fue escogida
sacrificiis, ritu perpetuo deservi­ p ara que sirviera con especial
ret. T an ta que dignitas ipsi con­ devoción y perpetuam ente al Ta­
cessa est quod nullus, nisi ex bernáculo de Dios y a sus sacri­
ejus stirpe, ad divinum illum ficios. Y ta n ta fue la dignidad
cultum atque officium m inistra­ que se le concedió, que nadie
turus assurgeret; adeo, u t grandi sino los de aquel linaje se arro­
quodam privilegio haereditatis, et gaban el servir a aquel culto
tribus Domini esse m ereretur et divino y m inisterio, de m anera
dici: quorum hodie, filii dilectis­ que por u n gran privilegio de
simi, et nom en et officium tene­ herencia m erecía ser y llam arse
tis, quia in m inisterium taberna­ la tribu del Señor. De los cuales
culi testim onii, id est Ecclesiae hoy, hijos am adísim os, heredáis
Dei, eligimini in levitico officio, el nom bre y oficio, porque sois
quae sem per in procinctu posita, elegidos para el oficio levitico al
incessabili pugna contra inim i­ servicio del Tabernáculo del tes­
cos dim icat: unde ait Apostolus: timonio, esto es, la Iglesia de
Non est nobis colluctatio adver­ Dios, que puesta siempre a la
sus carnem et sanguinem , sed m ira, lucha incesantem ente con
adversus principes et potestates, tra los enemigos, según lo que
adversus m undi rectores tenebra­ dice el Apóstol: No es nuestra
rum harum , contra spiritualia lucha contra la carne y la san­
nequitiae in coelestibus. Quam gre, sino co ntra los principados
Ecclesiam Dei, veluti tabernacu­ y potestades, contra lo.s señores
lum , portare et m unire debetis de este m undo de tinieblas, con­
ornatu sancto, praedicatu divino, tra los espíritus malignos espar­
exemplo perfecto. Levi quippe in­ cidos en los aires. La cual Igle­
terpretatur additus, sive assump­ sia de Dios, debéis sostener y de­
tus. E t vos, filii dilectissimi, qui fender como tabernáculo, con san­
ab haereditate paterna nom en grados ornam entos, perdicación
accipitis, estote assum pti a car- divina y perfecto ejemplo. Y p o r
natibus desideriis, a terrenis con­ que Leví quiere decir añadido o
cupiscentiis, quae militant adver­ separado, vosotros, hijos amadí­
sus animan; estote nitidi, mun­ simos, que recibís el nombre de
di, puri, casti, sicut decet minis­ la herencia paterna, debéis estar
tros Christi et dispensatores mys­ separados de los deseos de la car­
teriorum Dei: ut digne addamini ne, de las concupiscencias terre­
ad numerum Ecclesiastici gradus, nas que luchan contra el alma;
ut haereditas, et tribus amabilis sed resplandecientes, limpios, pu­
Domini esse mereamini. Et quia ros, castos, como corresponde a
comministri, et cooperatores es­ los ministros de Cristo y a dis­
tis Corporis, et Sanguinis Domi­ pensadores de los misterios de
ni, estote ab omni illecebra car­ Dios, para que podáis ser digna­
nis alieni, sicut ait Scriptura: mente añadidos al número de los
Mundamini, qui fertis vasa Do­ que componen el grado eclesiás­
mini, Cogitate beatum Stepha- tico y merezcáis ser la herencia
num, merito praecipuae castita­ y tribu querida del Señor. Y,
tis ab Apostolis ad officium istud pues, sois conministros y coope­
electum. Curate, ut quibus Evan- radores en el misterio del Cuer­
gelium ore annuntiatis, vivis ope­ po y Sangre del Señor, perma­
ribus exponatis, ut de vobis di­ neced ajenos a todo incentivo de
catur: Beati pedes evangelizan- la carne, como dice la Escritura:
tium p a c e m , evangelizantium Purificaos los que lleváis los va­
bona. Habete pedes vestros cal­ sos del Señor. Tened presente al
ceatos Sanctorum exemplis, in bienaventurado Esteban, que por
praeparatione Evangelii p a c i s : su perfecta castidad fue escogi­
Quod vobis Dominus concedat do por los Apóstoles para este
per gratiam suam. oficio. Cuidad de que, a quienes
R. Arnen. anunciéis el Evangelio con la
palabra, se lo enseñéis con las
obras vivas, para que se pueda decir de vosotros: Bienaventurados
los pasos de los que anuncian la paz, de los que anuncian bienes.
Calzad vuestros pies con los ejemplos de los Santos para la prepara­
ción del Evangelio de la paz; lo que el Señor os conceda por su
gracia. J$. Amén.

Después de que el obispo ha interrogado a ios asistentes


por la reputación de los ordenandos, hace una pequeña pausa
para dar tiempo a los presentes a poner algún reparo. Inme­
diatamente después comienza la instrucción y la exhortación
del obispo.
Resalta en primer lugar io elevada que es la dignidad que
van a escalar. Es una cosa que deben pensar con toda serie­
dad y entereza (magnopere). Con la ordenación cargan so­
bre sus hombros una triple tarea y reciben una triple prerro­
gativa : e! diácono sirve al altar, bautiza y predica.

Ministrare ad altare. Cómo hay que entender aquí este


ministerio del altar, lo dicen magníficamente las palabras del
obispo: comministri et cooperatores estis Corporis et Sangui­
nis Domini. Apenas si se puede hacer resaltar mejor Ia pro­
funda unión del diácono con el Santo Sacrificio. El ministerio
del diácono en el altar es un ministerio sacrificial, una Iverda-
dera cooperación. No como el del subdiácono, que ofrece el
vino y el agua, sino un ministerio sobre el Cuerpo y la Sangre
de Cristo ya consagrados. Su cooperación no se limita por
consiguiente a la preparación para la recepción de la Eucaris­
tía, sino que se extiende de modo inmediato al sacramento y
al Sacrificio. No, claro está, a su consagración, pero sí al Sa­
crificio e incidentalmente también a la distribución de la sa­
grada comunión entre los fieles (12). Una cosa tiene el diá­
cono común con el sacerdote: que su actividad se ejerce no
sólo sobre los vasos consagrados, sino sobre el verdadero
Cuerpo de Cristo.
Realmente el diaconado está cerca del sacerdocio y con
él comparte algunas funciones, ya que bautiza solemnemente,
predica y distribuye la Sangre de Cristo a los fieles que co­
mulgan. Pero no está autorizado, sin más, para distribuir el
Cuerpo de Cristo. Sólo en caso de necesidad y con permiso
del obispo o de un sacerdote competente le está permitido.
Esta limitación se funda en que para dar la comunión con el
Cuerpo de Cristo debe tocar el sacramento, mientras que esto
no sucede en la distribución de la Sangre (14). El derecho
común eclesiástico considera hoy al diácono como minister
extraordinarius de la sagrada Eucaristía (15). Si da la comu­
nión sin las condiciones prescritas, es decir, sin motivo sufi­
ciente y sin permiso, comete una falta grave, pero no incurre
por ello en ninguna irregularidad (16).

(12) Th. Suppl. 37, 2.


(13) 1. c. a. 3.
(14) Th. III, 82, 3.
(15) CIC can, 845 & 1.
(16) Vermeersch-Creusen, Epítome Ju r. Can. II, n.° 112.
Una fórmula muy venerada de los antiguos expresa así el
ministerio del diácono: Asistir al sacerdote y servir en todo lo
que se refiere a los sacramentos de Cristo. Por tanto, en el
bautismo y en la confirmación, en el ofertorio de la patena y
del cáliz; él es quien lleva las ofrendas al altar y las pre­
para (17). Su oficio consiste por tanto en asistir y servir.
Una prerrogativa que hasta hoy ha permanecido como propia
del diácono en el canto del Praeconium Paschale (Exultet) del
Sábado Santo, que recuerda por su forma el Prefacio. Quien
es digno de cantar el Evangelio puede ser tenido también por
digno para anunciar el mensaje de la Pascua. Más sorpren­
dente es por el contrario la circunstancia de que el diácono,
en presencia del obispo y de todo el clero, invita a los herma­
nos presentes a dar gracias por la divina misericordia. Más
aún que, en medio del Presbiterio — si bien con la bendición
del celebrante— ofrezca el vespertino sacrificio de incienso de
la Iglesia: suscipe, sánete Pater, incensi huius sacrificium ves*
pertinum, quod tibí in hac cerei oblatione solemni per minis*
trorum manus... sacrosanta reddit Ecclesia.

Baptizare. Como el mismo nombre lo indica, el diácono


no administra ningún sacramento como tarea especial de su
oficio. Más bien es un ministro de un dispensador más eleva­
do. La misma administración del bautismo no es exclusiva­
mente prerrogativa suya o de su ministerio. En éste, como en
los demás sacramentos, lo que le compete por su ordenación
es solamente una ayuda servicial que debe prestar a una per­
sona más elevada (18). El bautismo tiene un doble efecto:
purifica e ilumina. Ordinariamente lo propio del diácono era
sólo la purificación, la expulsión del demonio y de todo su in­
flujo. Por consiguiente la preparación para el bautismo, los
exorcismos, no la iluminación del alma. Sólo en caso de ne­
cesidad compete por tanto al diácono la administración de
este sacramento (19).
Según el Derecho hoy en día vigente, el ministro del bau­
tismo solemne es ordinariamente y de oficio (minister ordi-
narius) el sacerdote. En casos extraordinarios el diácono, quien

(17) Lombardus: Sentent. IV, d. 24.


(18) Th. III, 67, 1.
(19) Th. 1. c. ad 2. 3.
por consiguiente no puede usar de su poder sin permiso del
obispo o del párroco; permiso que sólo se da con motivos
fundados o que, en caso de necesidad, se supone tácito. Igual­
mente, el bautismo de socorro no solemne puede ser adminis­
trado por cualquier laico, pero sin embargo se prefiere el sacer­
dote al diácono, el diácono al subdiácono, el clérigo al lai­
co (20).

Praedicare. Santo Tomás, conforme a la situación de su


tiempo, distingue una cuádruple enseñanza religiosa. En .pri­
mer lugar la instrucción para convertir a la fe. Esta comp'ete,
además de al obispo, a todo sacerdote y aun a todo creyente.
Luego la instrucción acerca de los rudimentos de la fe y para
preparar a la recepción de los sacramentos. Esta pertenece de
modo principal al sacerdote y secundariamente a los ministros.
La tercera es la instrucción acerca de la manera de vivir la
vida cristiana. Esta pertenece a los padrinos. La cuarta es la
instrucción acerca de los misterios profundos de la fe y de la
perfección de la vida cristiana, y ésta, por oficio, pertenece a
los obispos (21). •

Hoy en día el Código de Derecho Canónico (canon 1.342


§ 1 ) permite a los sacerdotes y diáconos la predicación de la
palabra de Dios. El diácono sin embargo no toma sobre sí
este ministerio como ministro independiente o supremo (mi­
nister supremus) sino más bien como auxiliar e instrumen­
to (22). Su actividad es, como la del exorcista y lector, una
operatio ministerialis et quasi ¡nstrumentalis (23). De todos
modos el ejemplo de un San Esteban prueba cuál es el pode­
roso efecto que puede tener la palabra de un diácono santo
cuando anuncia la palabra de Dios lleno de fe y lleno del Es­
píritu Santo y da testimonio de Cristo. Ninguno de sus sabios
adversarios pudo resistir la sabiduría del Espíritu Santo, que
les hablaba por boca del joven diácono. Ante el Sanedrín su
rostro brillaba como el de un ángel. A la vista de la majestad

(20) CIC can. 738 & 1; can. 742 & 1. 2.


(21) T h. III, 71, 4 ad 3.
(22) T h. 1. c.
(23) Th. 1. c. ad 1. 2.
de Dios, vio los cielos abiertos y al Hijo del Hombre a la
diestra de Dios (24).

Ministrare ad altare, baptizare et praedicare. Tres activi­


dades santas por naturaleza y sumamente importantes para el
pueblo cristiano. El obispo explica su dignidad haciendo refe­
rencia a su arquetipo en la Antigua Alianza y a la situación y
necesidades de la Iglesia en todos los tiempos. De entre las
doce tribus, escogió Dios una, la de Leví, a quien confió la
tarea especial de servir al tabernáculo y de llevar la liturgia
sacrificial. La honrosa obligación del levita era una perfecta
entrega mucho más grave que la de todos los demás deberes
cotidianos y para siempre, una specialis devotio ritu perpetuo.
Esta le unía con el ministerio litúrgico. La dignidad que le
cayó en suerte a esta tribu escogida era tan singular y elevada,
que nadie que no fuera levita por nacimiento podía arrogarse
este ministerio cultual. De este modo, en virtud de su grave
prerrogativa, la tribu de Leví se convirtió propiamente en la
tribu de Dios. En la Nueva Alianza los diáconos han heredado
el nombre y el ministerio de esta tribu del Señor. Forman al
mismo tiempo la guardia de honor de la Iglesia que, prepara­
da en todo tiempo, hace una guerra santa contra los princi­
pados, contra las potestades, contra los dominadores de este
mundo tenebroso, contra los espíritus malos de los aires (25).
Los diáconos sostienen y protegen la Iglesia de Dios como
un tabernáculo sagrado. La fortalecen y la decoran con sagra­
dos ornamentos mediante la predicación de la palabra de Dios.
No menos con los magníficos ejemplos que su conducta pro­
porciona al pueblo. El nombre de Leví les indica el camino.
Significa añadido o separado. Por eso el diácono se esfuerza
por mantenerse libre de los deseos de la carne y de las con­
cupiscencias terrenas, por aspirar a las alturas del espíritu y
de su gracia, y ante todo por ser, en su cuerpo y en su alma,
educado, nítido (nitidus) y limpio (mundus); en su conducta
recto, puro (purus), y casto (castus), como compete al mi­
nistro y dispensador de los misterios divinos. En esto se acre­
dita la assumplio del diácono, su promoción, su ascenso a tal

(24) Act. 6, 15; 7, 55 ss.


(25) Ef. 6, 12.
dignidad. Igualmente exigente es !a otra significación del nom­
bre de Leví: añadido. Por su ordenación, el diácono se ha
hecho miembro del colegio de los clérigos mayores. Debe ser
heredero y preferido de Dios, componente de la tribu espe­
cialmente amada por Dios. Un hombre y un ministro a quien
Dios ha conquistado totalmente para sí, que únicamente vive
para Dios y con Dios.

El diácono cumple su más honrosa tarea cuando sirve


inmediatamente a la Eucaristía, conministrand& y cooperando
al lado del sacerdote como comminister y cooperator del mis­
terio del Cuerpo y la Sangre de Cristo. En un grado más ale­
jado, también el subdiácono puede gloriarse de ejercer un
ministerio1en el altar, pero, en el fondo, lo que hace es servir
al diácono. El ministerio del diácono, por el contrario, es in­
mediato, está íntimamente unido al verdadero acto sacrifi­
cial del sacerdote, alcanzando de una manera más inmediata
a la Eucaristía. Se hace cooferente. El diácono es quien pone
inmediatamente en manos del celebrante la patena y el cáliz.
Igualmente el cáliz lleno de vino. Quien auxilia al sacerdote
manteniendo por la peana el cáliz con sus manos o ponién­
dolas bajos los brazos del sacerdote en el ofertorio de sí mis­
mo y pronunciando en él las palabras del ofrecimiento. En este
ofertorio previo del sacerdote toma él tanta parte como el sacer­
dote mismo. Por consiguiente es verdadero cooferente. Coope­
ra además en la distribución de la Eucaristía. Primitivamente,
durante la commixtio et consecrado corporis et sanguinís, te­
nía en sus manos el cáliz (26).
Al diácono le competía en gran parte el cuidado de la
tranquilidad y del orden en el servicio divino (27). Su voz
imponía silencio y atención y favorecía la unión vital entre el
pueblo y el altar. Levantaos, catecúmenos; orad los que vais
a recibir los exorcismos; orad, neófitos; orad, penitentes; no
se acerque a comulgar aquel a quien no está permitido. Estas
y parecidas amonestaciones nos transmiten las Constituciones
Apostólicas (28). El diácono despedía a la asamblea con el
¡te ¡n pace y debía también dirigir después de vísperas las ora-

(26) Puniet I, 20S.


(27) C.: Sermo 20, 2.
(28) Cf.t Sermo 77, 1; 76, 1.
dones señaladas (29). El era quien ordenaba a los fieles, como
hace aun hoy día, arrodillarse a ciertas oraciones e inclinarse
para recibir la bendición (30). Reza con el sacerdote sobre
los enfermos (31). De modo parecido describe Pedro Lombar­
do sus funciones (32). El diácono prepara el altar (33). Lle­
va la cruz delante del obispo. Canta el Evangelio y la Epístola,
reza las preces litúrgicas. Lee los nombres de los catecúmenos.
Exhorta a atender a la palabra del sacerdote. Anuncia y da el
ósculo de paz. Hugo de San Víctor ve por su parte en los siete
diáconos de los Hechos de los Apóstoles una imagen de los
siete ángeles que tenían siete trompetas, de los siete candela­
bros de oro, de las siete amonestaciones y de los siete estalli­
dos de trueno del Apocalipsis. Según él, los diáconos son los
auxiliares Imprescindibles del sacerdote. Al sacerdote no le
está permitido llevar el cáliz al altar. Esto es prerrogativa del
diácono (34). En la baja Edad Media hasta se llegó a celebrar
la Misa solemne con la asistencia de un diácono, pero sin ayu­
da de subdiácono, como puede verse, a manera de ejemplo, en
los usos de los cistercienses (35). Algunas de las funciones
que antes ejercía el diácono en la Misa solemne han pasado al
Presbyter assistens.
De la relación íntima con la Carne y Sangre de Cristo le
nacen al diácono elevadas exigencias morales, que en parta
han sido ya nombradas. En primer lugar apartamiento de todo
placer pecaminoso. Esto lo exige la Escritura de todos aque­
llos a quienes está permitido tocar los vasos sagrados (36). El
obispo pone ante los ojos como ejemplo de pureza inmaculada
al primer diácono, San Esteban, a quien los Apóstoles eligie­
ron para este cargo por su destacada pureza.

(29) O.: Serm o 77, 1; 77, 7.


(30) C.: Serm o 76, 2; 77, 5; 77, 7.
(31) C.: Serm o 19, 5.
(32) Lom bardus: Sentent. IV d. 24.
(32) Es decir, extiende los corporales. Al.: In IV Sentent. d. 24,
a. 29 ad 4.
(34) Hg.: De sacram entas 2, 3, 11.
(35) Nom asticon Cistenciense, Solesmes 1892, p. 132; en conformi­
dad con la Regla de S. Benito, cap, 62, donde adem ás de la ordena­
ción sacerdotal sólo se prevé la de u n diácono. Sobre la colaboración
del diácono en la M isa Papal cfr. Puniet I, 202 s.
(36) I Tim, 3, 8 .
Otro motivo para una seria santificación es ia llamada al
ministerio de la predicación. Las palabras que salen de la boca
deben ir apoyadas en el ejemplo de las obras, para que se
cumplan aquellas honrosas palabras: beati pedes evangelizan-
tium. Los predicadores santos llevan la paz de Dios a todo el
mundo. Son en verdad bienhechores de los hQmbres, y como
tales serán recompensados. Cuando uno se esfuerza por imi­
tar a los santos, su vida se ve adornada de virtudes. No camina
con pies desnudos. Sigue las sendas de la luz. Los esfuerzos
que hace con las palabras y las obras tienen un solo fin: la
dilatación del Evangelio de paz, la praeparatio Evangelii pacis,
tan llena de espinas, pero que causa tantas alegrías.

Dionisio Aeropaglta relata mucho sobre la actividad del


diácono en la Iglesia primitiva (37). Según él, al diácono le
compete limpiar y escoger todo lo que se ha traído para el
Santo Sacrificio y purificar primero y hacer así dignos para
los santos misterios y para la comunión a todos los que van a
tomar parte en el sacrificio. Al neófito le ayuda a quitarse sus
vestidos y sus zapatos, le pone mirando hacia oriente y hacia
occidente durante la abjuración y le exhorta a mantenerse ale­
jado del demonio y a volverse hacia la luz. El diácono tiene
por tanto un ministerio purificatorio. El es quien conduce al
Sacrificio del Sacerdote a los que han sido purificados por él
e iluminados por su palabra. Además, aleja del sacerdote que
ejerce sus funciones a los profanos y vigila las puertas de la
iglesia.

Como resumen de todo lo que el Pontifical dice sobre las


tareas y disposiciones del diácono, están las palabras con que
San Ambrosio (Nm 1, 49 ss.) describe los ministerios y pre­
rrogativas ya señaladas del levita. Escogido de entre todos los
hijos de promisión, exaltado como el primogénito de una ge­
neración santa, destinado al santo tabernáculo para custodiar­
lo como un centinela en el campamento de los santos y de los
creyentes — del cual debe ser alejado todo extraño bajo pena
de muerte— ha sido instituido para velar el Arca de la Alian­
za. No a todos está permitido contemplar la profundidad de
los misterios (alta mystei-ioi-um). Más bien son velados por los

(37) Pseudo-Dion. Areop.: De Eccl. hierarch. 5, 6.


levitas para que no pose sobre ellos ningún ojo a quien no
esté permitido verlos, para que no los manosee ninguna mano
que no deba protegerlos. Moisés previo su cumplimiento, pero
mientras tanto los cubrió de símbolos sagrados y sus fieles le­
vitas custodiaban el misterio bajos los velos de la fe. ¿ Y te
parece insignificante lo que a ti se te ha confiado? Ante todo,
contemplar la infinita profundidad de Dios en sus misterios
(alta Dei), que es un privilegio de la sabiduría. Luego consa­
grar al pueblo tus servidos como vigía, lo cual significa un
acto de debida justicia. Además defender su campamento y
guardar el santo tabernáculo, en lo que se demuestra la forta­
leza y la valentía. Finalmente, conservarte hombre sobrio y
serio y, de este modo, ejercitar la virtud de la templanza (38),

Letanías d e todos lo s san to s y oración

Com m ane v o t u m communis La oración en común acompa­


oratio prosequatur, u t hi totius ñe al común deseo, p a ra que es­
Ecclesiae prece, qui ad diacona­ tos que se preparan p a ra el mi­
tus m inisterium praeparantur, le- nisterio del diaconado, por la
viticae bene dictionis ordine, oración de toda la Iglesia, res­
clarescant, et spiritualia conversa­ plandezcan en la dignidad de la
tione praefulgentes, gratia santi- bendición levítica y brillando por
ficationis eluceant, p raestan te su conducta espiritual luzcan por
Domino nostro Jesu Christo, qui la gracia de la santificación; lo
cum Patre, et Spiritu sancto vi­ cual les conceda nuestro Señor
vit, et regnat Deus in saecula Jesucristo, que con el Padre y el
saeculorum. Espíritu Santo vive y reina, Dios,
5 . Amen. por... Amén.
Oremus, f r a t r e s charissim i, Pidamos, am adísim os herm anos,
Deum P atrem om nipotentem , u t a Dios P ad re todoperoso, que,
super hos fam ulos suos, quos ad sobre estos sus siervos a quienes
officium diaconatus dignatur as­ se h a dignado escoger p ara el
sumere, benedictionis suae gra­ oficio del diaconado, derram e cle­
tiam clem enter effundat, eiusque m ente la gracia de su bendición
consecrationis indultae propitius y conserve propicio en ellos los
dona conservet, et preces nostras dones de la consagración otor-

(38) A.: De officiis ministrorum 1, 250.


clem enter exaudiat; nt, quae nos» gada, y atienda bondadoso nues­
tro gerenda sunt m inisterio, suo tras plegarias p ara que m an to
benignus prosequatur auxilio; et se h a de realizar por nuestro
quos sacris m ysteriis exequendis m inisterio lo corrobore benigno
pro nostra inteligentia credimus con su auxilio y con su bendi­
offerendos, sua benedictione sanc­ ción santifique, y confirm e a es­
tificet et confirm et. P er unigeni­ tos que según níiestra inteligen­
tum Filium suum Dom inum nos­ cia creemos dignos de ser ofreci­
trum Jesum C hristum , qui cum dos para el cum plim iento de los
eo, et E piritu sancto vivit et reg­ sagrados m inisterios. Por nuestro
n a t Deus, Señor Jesucristo, su Hijo, que
con El y el Espíritu S anto vive y reina, Dios.

Después de que el obispo ha instruido a ios ordenados


sobre su futuro ministerio, y les ha exhortado a conformar su
vida con el significado de su vocación, se postra de rodillas
con el clero y el pueblo. Comienzan las letanías de todos los
santos. Al final el obispo bendice a los que están postrados
ante él, como en la ordenación de subdiáconos.
Cuando han acabado las letanías, el obispo ordena a los
presentes unires a él en común oración por los ordenados.
Es que, como diáconos, deben ser para la comunidad un lu­
minoso ejemplo. Clarescant, es decir brillen por su celo, por
su virtud y por los dones del espíritu, e irradien luz. Praeful­
gentes, es decir iluminen a ios demás el camino con su vida,
sean indicadores de! camino y guías. Eluceant, es decir desta­
quen por la gracia y !a santidad. El Señor no quiere que una
luz encendida por El permanezca inútil bajo el celemín. Mu­
cho menos que se extinga por nuestra culpa. La comunidad
debe darse cuenta de que en el ministro del altar mora algo
de la luz de Cristo. Así ha de lucir vuestra luz ante los hom­
bres, para que viendo vuestras buenas obras glorifiquen a
vuestro Padre, que está en los cielos (39).

(39) Mt. 5, 16.


El Prefacio

Per om nia saecula saeculorum. Por todos los siglos de los siglos.
R. Amen. R. Amén.
y. Dominus vobiscum. y. El Señor sea con vosotros.
R. E t cum Spiritu tuo. R. Y con tu Espíritu.
y. Sursum corda. y. Levantad vuestros cora­
R. Habemus ad Dominum. zones.
y. G ratias agam us Domino R. Los tenemos en el Señor.
Deo nostro. V. Demos gracias al Señor
R. Dignum et justum est. Dios nuestro.
Vere dignum et jusum est, R. Es cosa digna y justa.
aequum et salutare, nos tibi sem- En verdad es digno y justo,
per et ubique gratias agere, Do* equitativo y saludable el que te
mine sancte, P ater omnipotens, demos gracias en todo tiem po y
aeterne Deus, bonorum dator, or­ lugar, oh Señor santo, Padre to­
dinumque distributor, atque of­ dopoderoso, Dios eterno, dador
ficiorum dispositor, qui in te m a­ de todos los honores, distribuidor
nens innovas om nia et cuncta de los órdenes y adm inistrador
disponis, per verbum, virtutem , de los m inisterios, que perm ane­
sapientiam que tuam Jesum C hris­ ciendo inm utable renuevas todas
tum Filium tuum Dominum nos- las cosas y las dispones con tu
t r u m, sem piterna providentia verbo, virtud y sabiduría, Jesu­
praeparas, et singulis quibusque cristo, H ijo tuyo, Señor nuestro,
tem poribus ap tanda dispensas. las preparas con eterna provi­
Cujus corpus, Ecclesiam videlicet dencia y las otorgas ajustándolas
tuam , coelestium gratiarum va­ según los tiem pos. A cuyo cuer­
r i e t a t e distinctam , suorumque po, a saber, tu Iglesia, distingui­
connexam distinctione membro­ da por la variedad de gracias
rum , per legem m irabilem totius celestiales y trabada en sus dis­
compaginis initam , in augm en­ tintos miembros, una por la ley
tum tem pli tui crescere, dilatari- adm irable que rige todo el con­
que largiris; sacri m uneris servi­ junto, le concedes que crezca y
tutem trinis gradibus m inistro­ se dilate p a ra decoro de su tem ­
rum . Nomini tuo m ilitare cons­ plo. Y así dispusiste que el ser­
tituent, electis ab initio Levi fi­ vicio de las sagradas funciones
liis, qui in m ysticis operationibus se ejecutase en tu nom bre por
d o m u s tuae fidelibus excubiis tres órdenes de m instros, a se­
perm anentes, haereditatem bene­ m ejanza de los en u n principio
dictionis aeternae sorte perpetua escogidos hijos de Leví, que ve­
possiderent. Super hos quoque lando fiel y constantem ente en
famulos tuos, quasemus Domine, el desempeño de las místicas
placatus intende, quos tuis sacris funciones de tu casa lograsen
altaribus servituros in officium poseer en herencia perpetua eter-
diaconatus supliciter dedicamus. - Señe:-, mires propicio a estos tus
Et nos quidem tamquam homi­ - na bendición. Rogárnoste, pues,
nes divini sensus et summae ra­ siervos que humildemente dedi­
tionis Ignar horum vitam, quan­ camos al servicio de tus altares
tum possumus, aestimamus. Te en el oficio de diáconos. Nos­
autem, Domine quae nobis sunt otros, en verdad, como hombres
ignota, non transeunt, te occulta ignorantes de la mente y juicio
non fallunt. Tu cognitor es se- irreformable de Dios, juzgamos
rcetorum, tu scrutator es cor- de la vida de éstas en la medida
dium. Tu horum vitam coelesti que se nos alcanza. Pero a Ti,
poteris examinare indicio, quo Señor, no se te pasa lo que a
semper praevales, et admissa pur­ nosotros nos es desconocido, las
gare, et ea quae sunt agenda, apariencias no te engañan. Tú
concedere. eres conocedor de los secretos y
e s c u d r i ñ a s los corazones. Tú,
pues, podrás aquilatar la vida de éstos con tu juicio celestial, en el
que siempre prevaleces, purificar los defectos cometidos hasta aquí
y darles lo que han de obrar en adelante.

La oración introductoria que precede al Prefacio suplica


nuevamente la bendición de Dios y que el Todopoderoso con­
serve en los elegidos la gracia de la ordenación, que apoye y
complete la obra del obispo con la ayuda divina y que santi­
fique con las bendiciones del cielo, confirme y reciba a los
clérigos que el obispo entrega y ofrece para el servicio de los
santos misterios.

Como todo Prefacio, éste comienza con la mirada puesta


en la cadena de siglos sin fin en que se ha manifestado el se­
ñorío1y la bondad de Dios: Per omnia saecula saeculorum. El
sacramento que va a conferirse está en conexión vital con una
ilimitada cadena de siglos pasados y venideros y unido a una
inestimable cadena de gracias que nos une al plan divino de la
salvación, pertenezca al pasado, al presente o al futuro.
Dominus vobiscum! Nada menos que el mismo Señor es
quien está con nosotros. Estará también con el futuro diácono
con la fuerza y los méritos de su Hijo y del amor del Espíritu
Santo. Por eso siempre y en todo lugar le damos gracias con
los corazones levantados. De Dios eterno y omnipotente y de
El, el Hijo eterno unigénito del Padre, viene toda grada. Tam­
bién la de la ordenación. Por voluntad suya existen en la Igle­
sia los diversos grados de Ordenes y ministerios. Por Cristo,
el Verbo y sabiduría del Padre Santo, vemos todo preparado
desde la eternidad para las diversas épocas y para las necesi­
dades de los tiempos. Así la Iglesia, como Cuerpo de Cristo,
revela múltiples gracias. Separadas unas de otras, y sin embar­
go unidas entre sí, en unidad y pluralidad, en sus miembros.
Sirven para acrecentar la Iglesia como templo de Dios, para
configurarla y extenderla. La pluralidad tiene por tanto por
fin la más elevada y rica unidad y en modo alguno puede opo­
nérsele o hacerse su antagónica. Ninguna de las dos se apoya
en inventos humanos, sino en la sabia ordenación de Dios.
Ambas sirven para su honor y para la salvación de las almas.
El cuidar y cultivar, con palabras y con hechos al mismo tiem­
po, la múltiple unidad y la pluralidad una, es signo de sabidu­
ría auténticamente cristiana y sacerdotal.

La voluntad divina ha dispuesto el ejercicio del más alto


ministerio en un triple grado. El diácono sube hoy el primer
peldaño. El obispo, consciente de la grave responsabilidad que
como consagrante recae sobre él, le inicia en medio de una
humilde oración. Como hombre que es, le faltan conocimiento
inmediato y la seguridad de cómo piensa Dios en sus altos de­
signios sobre sus elegidos. El obispo más santo nunca podrá
juzgar de un modo absoluto su conducta y sobre todo su ca­
rácter. Quantum possumus — qué fácilmente se engaña el más
experto— aestimamus. Lo que hay en el hombre sólo lo cono­
ce el espíritu del hombre que en él está (40). Un hombre tan
santo, tan psicológico y tan sensible como San Agustín tiene
que confesar: ¿Cóm o voy a penetrar a un hombre si ni si­
quiera él mismo se conoce? (41 ). ¿ Y qué mirada sería lo su­
ficientemente aguda para escudriñar el futuro y predecir en
un hombre todas sus evoluciones? Solamente de Cristo pudo
decir el Evangelio: Sabía desde el principio quiénes eran los
que no creían (42). Y sin embargo la divina sabiduría permi­
tió que, entre los que el Señor escogió personalmente, se en-

(40) I Cor. 2, 11.


(41) Ag.: In Ps. 99, 11.
(42) Jn. 6, 64.
contrara el fillos perditionis. Cuando recibió la vocación, su
alma estaría llena de buenas Intenciones. Ofrecía también su­
ficientes perspectivas y esperanzas para poder esperar un feliz
desenvolvimiento. Su admisión a la altísima dignidad de Após­
tol quedará siempre como un ejemplo inquietante y rico en
enseñanza para todas las vocaciones posteriores, en quienes
sólo podemos tomar en cuenta de una manera segura lo que en
aquel momento hay en el hombre (43).
M uy por encima del quantum possumus del obispo, el
ojo escudriñador de Dios ve los más misteriosos movimientos
del corazón, así como las oscuridades más ocultas del futuro.
Lo que queda oculto para el hombre no escapa a su ojo avizor.
Conoce todo pensamiento y escruta todo sentimiento. El es
por tanto el único que puede juzgar con seguridad y claridad
celestiales la vida de estos ordenados y que posee el poder
de allanar todas sus faltas. Su gracia debe concedernos todo
lo que nosotros debemos hacer.

Imposición d e manos

Después de que el obispo y con él los ordenandos han


dejado una vez más en manos de Dios la ordenación — con
sus gracias y sus peligros— con estas palabras, interrumpe el
prefacio. Se vuelve a los ordenandos, impone su mano dere­
cha sobre su cabeza e invoca sobre ellos al Espíritu Santo.
Este acto da esencialmente el diaconado.
De distinto modo que en la ordenación sacerdotal, es sólo
el obispo— al menos desde el IV Concilio de Cartago— quien
ejecuta esta imposición de manos, sin que tomen parte en
ella los sacerdotes asistentes. Además el obispo no impone
ambas manos, sino únicamente la derecha. Esto lo explican
las rúbricas — siguiendo al Sacramentarium Gregoriano— di­
ciendo que esta ordenación no tiene por fin el sacerdocio, sino
solamente una diaconía, el cargo subordinado de un ministro
o auxiliar (44). En efecto, entre el sacerdote y el diácono

(43) Al.: In Ev. Jn . 6 , 71.


(44) Puniet I, 212 ss.; Ct. I, 211 ss. Según Puniet I, 218, la im­
posición. de m anos se extiende a todo el Prefacio.
existe una diferencia considerable, no sólo exterior, sino in­
terior, profundamente fundada y esencial. Puede quedar duda
de si este hecho fue siempre reconocido abiertamente por
parte de los diáconos y en qué grado hay que reconocer en
la forma limitada de la imposición de manos una especie de
repulsa de prestaciones ilegítimas y un amparo de los dere­
chos sacerdotales. En todo caso se expresa que el diácono
no pertenece al Presbyterium, sino que ha sido instituido úni­
camente para servirle. Non in sacerdotio ordinatur. No se le
da ni el carácter ni siquiera la dignidad sacerdotal. El diácono
es consagrado única y exclusivamente para ayuda del obispo
y en cierto sentido también para la del sacerdote, "para hacer
lo que se le ordene". Las sacri ordines no brotan por tanto
una de otra ni fluye de una a otra. Están claramente limitadas
en sí mismas y suficientemente diferenciadas unas de otras.
Ciertamente el diaconado es una Orden Mayor que se remon­
ta hasta los Apóstoles. Pero no es ni el comienzo de una parte
del presbiterado. El diácono, más que el sacerdote, está bajo
la vigilancia y dirección del obispo. No se le ha dado todavía
el communis spiritus presbyterii. No es hermano, sino minis­
tro del sacerdote. Nunca jamás, ni siquiera en la ordenación,
concelebra. Nunca le es permitido sentarse en presencia del
obispo o del sacerdote. Lo que le compete es estar siempre
dispuesto para servir (45). Pudo suceder que en la adminis­
tración exterior de la Iglesia se le diera un dominio conside­
rable, pero no obstante ocupó siempre el grado inferior de la
jerarquía de derecho divino ( 4 6 ) . El diácono sirve al sacer­
dote y al obispo como le sirve a él el subdiácono.
La imposición de manos es aquí no solamente un signo
muy impresionante, sino también un signo que da gracia. Da
al ordenando un nuevo estado y una nueva fuerza, garantiza
la protección paternal que el obispo ha proporcionado al or­
denando, pretende alejar el influjo de los poderes malignos

(45) S. Jerónim o: Ep. 145, 2: Romae Praesbyteri sedent et stant


diaconi: lieet paulatim , increbrescentibus vitiis, inter presbyteros,
absente Episcopo, sedere diaconum viderim.
(46) P uniet I, 217 s. L a imposición de m anos por el obispo: y los
saeredotes la defiende ya, por ejemplo, A m alar como tradición anti­
gua. Cfr. M arténe: De antiq. Eccl. rit. I, cap. 8 , a. 9. D urandus:
De Eccles. et o rd .: De diácono. E ntre otros T ixeront; L’ordre et les
ordinatioris, P arís 1925, 150 s.
y recordar que el sagrado ministerio sólo se ha de ejercer
bajo la dirección de Dios (47).
Durante la imposición de manos, el obispo — sin cantar—
invoca al Espíritu Santo sobre el ordenando con esta fór­
mula (48):

Accipe Spiritum Sanctum ad Recibe el E spíritu Santo, para


robur et ad resistendum diabolo tu fuerza y p a ra resistir al dia­
et tentationibus ejus: In nom ine blo y a sus tentaciones, en el
Domini. nom bre del Señor.
Esta fórmula, que durante mucho tiempo se creyó era la
forma de la ordenación, apenas si se remonta al siglo X III.
No contiene esencialmente nada que no se diga en las pala­
bras del Prefacio que siguen inmediatamente. Su origen, por
cierto, es debido al deseo de destacar la forma sacramental
de manera precisa con un pensamiento breve y claro. Según
estas palabras, el diaconado da al ordenando las dos gracias
personales de la santificación y de la fortaleza.

Accipe Spiritum Sanctum. Esto es lo más esencial y lo


más importante que la ordenación da al diácono. Lo que su­
cede en la ordenación es una verdadera y personal misión
del Espíritu Santo al alma del ordenando. Baja el Espíritu de
Cristo con sus dones y gracias. Y El mismo es y permanece
como el mejor don, la fuente de una altísima vida y de un
altísimo obrar espirituales en el alma del ordenando. Descan­
sa sobre él y en él.
Accipe Spiritum Sanctum. El Espíritu de Cristo, el Espí­
ritu que obra en la Iglesia de Dios y en las almas de los hijos
de Dios, es siempre el Espíritu Santo. Igualmente la ordena­
ción jerárquica necesariamente brota siempre, no sólo de la
omnipotencia y bondad de Dios, sino también de su santidad.
Este Espíritu es esencialmente distinto del del mundo. El mun­
do ni le conoce ni le ve. Ni le comprende ni le ama. Ni le
desea. Al contrario, le maldice y le persigue, sobre todo en
sus ministros consagrados. Tanto más debe el ordenando ca­
minar en este Espíritu Santo. Matar con El las obras de la

(47) Pseud.-Dlon. Areop.: De Eccl. hierarch. 5, 3.


(48) Puniet I, 218 ss.
carne (49). Dejarse llevar por este Espíritu. Con ello da tes­
timonio ante el mundo de su filiación divina (50). De El es­
pera también el ordenando los frutos del Espíritu Santo: ca­
ridad, paz, gozo, longanimidad, afabilidad, bondad, fe, man­
sedumbre, templanza (51). Frutos y dones tan necesarios
para su vocación. Sólo con la fuerza y el amor del Espíritu
Santo puede el diácono llevar a cabo la tarea de su vida como
una preciosa sementera, si él y los fieles desean cosechar la
vida eterna.
Accipe Spiritum Sanctum. Para recibirle tu corazón debe
estar puro, humilde, entregado, dispuesto a servir, agradecido,
fiel. El alma del ordenando es el asilo del Espíritu Santo sobre
la tierra: In vobis erit (52). El vaso que mejor puede llevar­
le, contenerle y guardarle. El jardín cerrado donde El vierte
el bálsamo de su presencia, donde desea manifestar la fecun­
didad de su intima aspersio. Aquí coloca su trono y su cáte­
dra. Aquí quiere ser oído y adorado.
Accipe Spiritum Sanctum. El mismo Espíritu de quien la
naturaleza humana recibió el Verbo hecho carne para santi­
ficarla y consagrarla definitivamente a Dios quiere continuar
su obra creadora mediante esta consagración. Primero en los
ministros consagrados del Cuerpo Místico de Cristo mismo.
Luego, por medio de ellos, en toda la Iglesia.
Accipe Spiritum Sanctum. El diácono, por consiguiente,
debe ser portador no sólo de ésta o de aquella gracia o de
un carisma particular, sino del Espíritu indiviso, personal y
divino. Lo posee no sólo por unos momentos de estática po­
sesión, sino de modo duradero. No sólo como premio de sus
méritos morales, sino por efecto de la ordenación. Como cau­
sa eficiente de las gracias santas. Como fuente de un poder
eficiente y santificador.

Ad robur. El diácono es la imagen del hombre fuerte, de


la fuerza activa, inquebrantable, letificadora de la juventud.
En él vive algo heroico, pues en su alma se ha introducido un
Espíritu fuerte, sumamente poderoso, si bien también bonda-

(49) Gal. 5, 16; Rom. 8 , 13.


(50) Rom. 8 , 19.
(51) Gal. 5, 22.
(52) Jn. 14, 17,
doso y santo. El que infundió en su naturaleza humana el
heroísmo, la constancia y paciencia invencibles, la disposición
para el sacrificio, la fortaleza vencedora en los padecimientos
y en la muerte. El Espíritu que moraba en San Esteban, a
quien ningún adversario pudo resistir. El espíritu que viene
en ayuda de nuestra flaqueza (53). Este Espíritu no sólo re*
side en nosotros, sino que vive en nosotros. Nos empuja con­
tinuamente a la acción (54).
Ad robur et ad resistendum diabolo et tentationibus eius.
La fuerza del Espíritu Santo se manifiesta principalmente de
dos maneras. Como fuerza constructiva y como enérgica re­
sistencia. Constructiva con respecto al bien, y por otra parte
enfrentándose contra todo mal que se le opone. Como el Se­
ñor, que vino para destruir las obras del diablo (55). Agradez­
camos a su Espíritu que el enemigo malo haya sido vencido
y expulsado (56). En Cristo, al comienzo de su actividad pú­
blica, resistió poderoso y lleno de majestad la triple tenta­
ción. Pasó inquebrantable la hora de las tinieblas con amargos
padecimientos y venció al enemigo declarado cuando éste, en
la última batalla, trató de medir sus fuerzas con el Mesías.
El discípulo se robustece también con el Espíritu del Maestro.
Guarda su fidelidad contra los asaltos del enemigo en el inte­
rior de su corazón y en la defensa contra el exterior. El Es­
píritu vela en su ministro y le da perseverancia. Lo mismo si
este Espíritu fuerte se manifiesta como sabiduría y luz que
si se manifiesta como amor y bondad; si muestra su superio­
ridad en una discusión o con el martirio sangriento; si se alza
la persecución rápidamente con un poderoso arranque y se
arroja sobre la Iglesia o viene — y quizá para ser más dura­
dera— poco a poco y casi imperceptible, con manejos clan­
destinos, El es quien ayuda al diácono, como ya dijimos, para
la más hermosa victoria sobre sí mismo. No es una pequeña
valentía dominar el malhumor y la ira. Su fortaleza ennoblece
alma y cuerpo. El Espíritu no permite que perdamos la ente­
reza de ánimo y la seguridad por la alegría o el dolor, que
de otro modo embaucan frecuentemente nuestro juicio, pintan

(53) Rom. 8 , 26; P uniet I, 225.


(54) Rom. 8 , 7 s.
(55) I Jn . 3, 8 .
(56) Me. 1, 34.
el futuro con negros nubarrones, atribuyen a personas y su­
cesos un significado adverso y, con ello, traen confusión a la
cosa más sencilla (57).
Este Espíritu fuerte de Dios enseña por el contrario a en­
vainar la espada, enseña a vencer más con el sacrificio que
con la fuerza, a ejemplo de Cristo, que tomó en silencio su
cautividad y, aunque pudo vengarse, prefirió ofrecerse como
Víctima. Esta espada del Espíritu separa también de todo ape­
go a lo terrenal para gozar lo espiritual. Finalmente San Am­
brosio nombra aún la espada del padecer por Cristo. Despo­
jarse de los vestidos del cuerpo, para comprar con los resi­
duos de la carne, ofrecida en sacrificio, la corona de un santo
martirio. El sermón de la montaña llama bienaventurados a
los fuertes de espíritu que padecen persecución por la justicia,
y les pone en perspectiva el reino de Dios (58).

In nomine Domini. Estas sencillas palabras finales se ex­


tienden a toda la consagración. En nombre del Señor confiere
el obispo el Espíritu Santo de Dios. Sólo en su nombre lo
recibe el ordenando. En nombre de Dios se convierte para él
el Espíritu en la fuerza que debe utilizar, no según los propios
dictámenes y gustos, ni para su utilidad personal o para ven­
garse y hacer daño a los demás, sino única y exclusivamente
para honra de este adorable nombre.
En el Espíritu Santo posee la Iglesia el principio de su
ser, de su actividad y de su vida íntima. El es su alma y su
corazón.
Por El la muchedumbre de los creyentes tiene la unidad
en Dios, se convierte en la Iglesia, en la Ciudad de Dios que
viene de arriba, en el Cuerpo Místico de Cristo, nacido, no de
este mundo, sino de Dios, del Espíritu de Dios. De este prin­
cipio esencial de la Iglesia deben brotar también las consa­
graciones de sus ministros, de los dispensadores de las gra­
cias sacramentales. Los ordenados deben ser poseídos e infor­
mados por El, para no quedar fuera de lo íntimo de la Iglesia,
sino para poder obrar algo análogo en su ministerio. Por el
Espíritu Santo se mueve la Iglesia entera y por El deben ser
movidos también sus ministros consagrados, para no vivir fue­
ra del verdadero vivir y obrar de la Iglesia o aun contrariarle.

(57) A.: In Ev. Le. 5, 67.


(58) A.: 1. C. 10, 54.
El Espíritu Santo es el alma, el corazón por quien la in­
numerable muchedumbre de inteligencias y de voluntades se
configuran con una única fe, un único amor y una única es­
peranza; por quien se supera todo lo puramente externo, me­
cánico y egoísta; por quien se consigue y se mantiene la unión
íntima con Dios y la alegría santa.
El Espíritu Santo es la última y más grande perfección
de la Iglesia. En El deben por eso perfeccionarse las almas
de sus ministros y sus diáconos (59).

Continuación del Prefacio. Form a de la ordenación

E m itte in eos, quaesum us, Do­ Te rogamos, Señor, envíes so­


mine, Spiritum Sanctum , quo in bre ellos el Espíritu Santo, con
opus m inisterii tui fideliter exe- el cual por el don de tu gracia
quendi septiform is gratiae tuae septiform e sean robustecidos para
m unere roborentur. A bundet in ejercer fielm ente el cargo de tu
eis totius form a virtutis, aucto­ m inisterio. Abunde en ellos toda
ritas m odesta, pudor constans suerte de v irtu d : la autoridad
innocentiae puritas, et spiritualis m odesta, el pudor constante, el
observantia disciplinae. In m ori­ candor de la inocencia y la más
bus eorum praecepta tu a fulgeant, exacta observancia de la disci­
ut suae castitatis exemplo im ita­ plina. Resplandezcan en sus cos­
tionem sanctam plebs acquirat; tum bres tus preceptos para que
et bonum conscientiae testim o­ el pueblo, en el ejem plo de su
nium praeferentes, in Christo fir­ castidad, adquiera modelo santo
mi et stabiles perseverent, dignis- que im itar y llevando por delante
que successibus de inferiori gradu el buen testim onio de su concien­
per gratiam tuam capere potiora cia, perseveren firm es y estables
m ereantur. en Cristo y merezcan por tu gra­
P er eum dem Dom inum nostrum cia y con feliz suceso pasar de
Jesum C hristum Filium tuum : este grado inferior h asta los m ás
Qui tecum vivit et regnat in uni­ sublimes.
tate Spiritus sancti Deus, per Por el mismo Señor nuestro Je­
om nia saecula saeculorum, sucristo, tu Hijo, que contigo vive
5 . Amen. y reina... 5 . Amén.

(59) Cfr. G rabm ann: Die Lehre des hl. Thom as von der K irche
ais Gottesvolk. Regensburg 1903, pág. 180 ss.
Según la Constitución Apostólica "Sacramentum Ordinis"
de Pío X II (30 nov. 1947), la forma del diaconado está cons­
tituida por las palabras del Prefacio, de las que son esencia­
les, y por tanto, requeridas para la validez, las que acabamos
de destacar. El obispo las pronuncia teniendo la mano dere­
cha extendida sobre el ordenando.
Envía, Señor — así ruega— el Espíritu Santo. Envía del
seno de la Santísima Trinidad este Espíritu que procede del
Padre y del Hijo. Envíala con el mismo amor y con la misma
fuerza con que le derramaste sobre el Hijo de Dios y le hiciste
aparecer visiblemente el día de su bautismo ante los ojos del
mundo. Envíale con el mismo propósito con que tu Hijo lo
prometió y lo dio a sus discípulos antes de su Ascensión. En­
víale como llama de fuego, tal como brilló el día de Pentecos­
tés sobre las cabezas de los Apóstoles. Envíale para que estos
diáconos se fortalezcan y se decidan, enriquecidos por los
siete dones, a cumplir dignamente su ministerio. Envíale para
que se entreguen con desprendimiento y empleen todas sus
fuerzas para el bien de las almas y honor de tu nombre. Para
que el Espíritu Santo les lleve hasta el fin del mundo. Para
que acompañe sus pasos. Para que les ilumine el camino.
Haz que sus almas rebosen (abundet). Perfecto por todas
las virtudes. Lleno de gracia y de virtud — dice la Sagrada
Escritura de San Esteban— . Lleno del Espíritu Santo (60).
Realmente este santo diácono y protomártir no era una per­
sona endeble. Ni una caña vacilante que se inclina al menor
soplo del viento. Su espíritu estaba poseído, penetrado y en­
cendido por la gracia. Su alma no sentía temor. Este espíritu
joven lleno de fuego era un héroe. A él se parece el ordenado
que no soporta en sí mismo una fe cobarde, una virtud medio
marchita, un amor casi apagado; que más bien es lo sufi­
cientemente rico en gracia y en virtud, en fortaleza y hermo­
sura, para comunicarlo a los demás de su vida, para ser guía
suyo hacia la fuente divina de la vida, para consolarles cari­
tativamente en las horas amargas de abandono y necesidad.

Ahora trataremos en particular de cada una de las vir­


tudes de que debe estar adornado el diácono.

(60) Act. 6 , 8 ; 7, 55.


Auctoritas modesta. Mandar con modestia. Ambas cosas
son necesarias al diácono. Autoridad y modestia, ambas en
perfecta armonía. Autoridad, porque pertenece a la jerarquía
y ejerce un ministerio sagrado. Modestia, porque obra sobre
las almas más por la virtud que por el poder. Porque desem­
peña el cargo de ministro, porque es ministro de Cristo, hu­
milde y suave. Porque la ordenación le ha llamado para auxi­
liar de un acto en el que el Hijo de Dios se ha entregado a
nosotros, los hombres, con sin igual desprendimiento como
hostia y como manjar. Esta conducta modesta y al mismo
tiempo llena de dignidad debe ennoblecer todo lo que haga.
No la abandone nunca. Sobre todo cuando sirve al altar.
Cuando canta el Evangelio o anuncia la palabra de Dios. Ni
cuando, fraternalmente, trata con sacerdotes o con su obispo.
Donde vive y reina el Espíritu Santo no hallamos nada que
signifique altivez, inmoderación; nada que signifique poder
desconsiderado o jactancia. Más bien un sabio equilibrio y
un sabio temor ante la propia debilidad, unidos a una gran
firmeza. Aun donde hay que decir palabras fuertes o hay que
castigar faltas, vale este principio: Más hace una corrección
fraternal que un airado o turbulento reproche. Más fácilmente
se sigue un buen consejo que se somete uno a un poder in­
juriante (61).

Pudor constans. Honestidad y constancia. La gracia del


cielo clarifica y santifica en nosotros cuerpo y alma, pero por
disposición de Dios no quita de raíz todas las consecuencias
del pecado original. Hechos templos y vasos del Espíritu Santo
por el bautismo, la confirmación y la ordenación, necesitamos
la defensa natural con que el pudor natural y espontáneo ro­
dea la virtud. El pudor pone en guardia nuestra conciencia
ante los peligros. Nos preserva ante las caídas. Mantiene y
educa aquellos delicados sentimientos, aquel tono espontáneo,
distinguido, seguro, imprescindible para el clérigo y el orde­
nado. Más importante aún que esta honestidad exterior, que
guarda nuestro cuerpo del envilecimiento, es la del alma. Esta
impide que descubramos nuestro interior a los intrusos; que
fácilmente o por propio gusto expongamos a las miradas de
todos lo más íntimo de nosotros mismos. Mantiene los ojos

(61) In Ev. Le. 8 , 21.


del corazón despejados y puros. El pudor es más noble y más
fuerte que el temor. Este entorpece y desaparece pronto. El
pudor, por el contrario, se muestra como el maestro bueno
y de confianza de nuestras obligaciones. Te enseña el camino
recto. La recta medida, el buen tacto. El miedo aparta y sólo
a veces conduce a la corrección. Mucho más eficaz es el in­
flujo del pudor. Quien le sigue obra por una voz interior (62).
Lo que hace concuerda con una ley profundamente interior
de la naturaleza. No puede por menos de hacerlo. Su nobleza
natural lo exige. Un pudor sano y santo ocupa en la vida del
alma el puesto de un regulador automático. Donde, por el
contrario, rige el pecado convertido ya en hábito, este centi­
nela es expulsado o ahogada su voz. Entonces las conciencias
se endurecen, se obstinan, se enfrían, se hacen sordas y pier­
den la vergüenza. Para los hombres sin pudor no queda ya
firme ninguna virtud. No les importa nada la inocencia o se
ríen de ella. Y se llega ya hasta el abismo cuando lo impúdico
se considera como prueba de una belleza no marchita y de
una libertad sin trabas, como prerrogativa de una naturaleza
sana, de una verdadera hombría, y hasta se lo glorifica (63).
¡Qué exactas son estas palabras: La vergüenza nos separa de
los animales irracionales y nos asocia a los ángeles (64). Una
vez perdidos estos delicados sentimientos, aquella pureza de­
bida a cada estado queda inmediatamente en peligro, pues
éstos son sencillamente los compañeros que de modo natural
la defienden (65).
San Ambrosio alaba de su hermano carnal Sátiro la per­
fecta armonía entre la pureza de alma y la pureza de espíritu.
No es de extrañar que en un alma de este género permanezca
incólume la inocencia bautismal y la pureza irradie todo su
ser. Mundus cerpore, purior corde. La verdadera devoción a
esta virtud se manifiesta en las palabras y en la conducta.
No sólo porque lo exige el voto que hemos hecho, la condi­
ción de nuestro estado o nuestras obligaciones, sino porque
nos obliga a ello nuestro' propio convencimiento (66). La ver-

(62) A.: 1. c,
(63) A.: 1. c.
(64) A.: In Rs. 61, 21.
(65) Cfr. A.: De ofíiclis m inistrorum 1, 50, 255.
( 66 ) A .: De excessu fratris sui Satyri I, 52.
dadera virtud llega hasta el extremo de dominar la vista para
que en caso de necesidad veamos y al mismo tiempo no vea­
mos. El corazón queda intacto aun cuando la vista haya tenido
que ver algo inconveniente. El sólo ver no es pecado. Guar­
démonos sin embargo de dejarnos llevar al borde del pecado.
Así hace todo hombre sensato que ve el fuego. Nadie lo coge
en la mano para guardarlo bajo sus vestidos (67).
Pudor constans. Esta virtud necesita como ninguna otra
un gran dominio de sí mismo. La pureza exige un cuidado
vigilante. Un alma pudorosa ama la soledad igual que la im­
púdica el libre trato (convenlum) (68). Necesita también un
prudente dominio de sí misma y una gran circunspección en
el hablar. El pudor verdadero y virtuoso es aquel que hace
su propia alabanza mediante el silencio (68). No hay edad
ni estado libre de peligros, ¿N o era David en sus salmos el
órgano del Espíritu Santo? ¿No era un hombre verdaderamen­
te espiritual?, un magnus mortalium magister? (70). Sin em­
bargo, ya de edad avanzada, tuvo una caída. Lo mismo los
ancianos en el jardín de Susana. Quizás a causa de su edad,
pues a sus años se daba una más grande reverencia y respeto,
una mayor confianza y libertad. Porque a su edad se habían
olvidado de desconfiar de sí mismos. No sin fundamento pide
el Prefacio una virtud perseverante, firme, constante. Pudor
constans! En lo oculto y a la luz del día. En nuestra habita­
ción particular y en la calle pública. Cuando estamos solos y
cuando estamos con los demás. En la juventud pueden ser las
tentaciones más frecuentes e impetuosas, pero ¿quién puede
garantizar que en la vejez no aparezcan de modo sorprendente
y violento o de modo más violento todavía que en la juventud?
Por eso, tanto para \ o ^ jóvenes como para los ancianos, el
mismo mandato: Sabia prudencia y oración humilde.
Con prevención habla el Pontifical de la honestidad con
perseverancia. La virtud se acredita resistiendo la tentación y
permaneciendo inflexible a la seducción. Y no sin fundamento
habla San Ambrosio con preferencia del pudor bueno y noble
— pudor bonus— para distinguirlo de la falsa actitud del alma

(67) A.: De poenitentia 1, 14, 70 s.


( 68 ) A.: De viduis 9, 57.
(69) A.: E xhortatio virginitatis 13, 86 .
(70) A.: In Ps. 118, Prol. i.
que disimula o niega las faltas cometidas o se irrita ante las
cosas que Dios ha querido u ordenado. La regla que vamos a
dar es doblemente valiosa por haber salido de labios de un
santo: Está bien que seamos puros, pero no maliciosos y me­
ticulosos; pudorosos, pero no tengamos ojos enfermizos y
sensibleros (71 ).

Innocentiae puritas. Pureza inmaculada. A nadie se nos


ha dado el estar sin pecado y por eso todos tenemos la obli­
gación de mantenernos alejados y librarnos de él más y más
en la medida de nuestras fuerzas. De purificarnos. De utilizar
solícitamente los medios que para ello nos ha dado Dios. Estos
medios son la confesión frecuente, el sincero examen de si
mismo, la compunetio cordis, en el sentido de espíritu humil­
de de penitencia y de añoranza del cielo. Luego, la palabra
de Dios. Per evangélica dicta deleantur nostra delicta. El Con­
fíteor que rezamos todos los días. Y no en último lugar el
dimitte nobis debita nostra, que según San Cesáreo de Arlés
es nuestra medicina diaria, la única medicina que nos permite
vivir (72). San Agustín alaba más frecuentemente y de modo
más impresionante la fuerza salvadora de estas breves pala­
bras. Si te vino a la imaginación algo indecoroso, si de tu len­
gua se escapó una palabra inconveniente, si tus ojos vieron
algo que no convenía, o tus oídos percibieron algo que no
era decente, si permitiste que algo de esto entrara en tu inte­
rior, el Padrenuestro lo borra de modo que podamos acercar­
nos tranquilos a la mesa del Señor y no tengamos que temer
su juicio. Tenemos en primer lugar el Santo Sacrificio como
medio de salvación inagotable y que nunca puede fracasar,
donado por Dios, instituido por Cristo para perdón de los
pecados, como remedíum aeternum. Como intercessio salutaris
ad veniam. Como ablutio scelerum, fortitudo fragilium, contra
omnia mundi pericula firmamentum. Como remissio omnium
peccatorum. Pidamos en el Santo Sacrificio con aquellas pala­
bras llenas de confianza: Señor, una sola palabra de tu boca
y mi alma quedará sana.

Spiritualis observantia disciplniae. Disciplina espiritual se­


riamente ejercitada. Experiencia en la vida espiritual. El diá-

(71) A.: D e viduis 12, 76.


(72) C.: Sermo 185, 1.
cono no debe ser en la vida espiritual un novicio, sino diestro
y experimentado. Tan fiel a las observaciones eclesiásticas
como escrupuloso en los mandamientos de Dios. In m oribus
eorum praecepta tua refulgeant. Su conducta debe ser un es­
pejo de los mandamientos divinos. Entonces arrastra espon­
táneamente a los fieles a imitarle, el ordenado permanecerá
firme en Cristo en medio de la imperturbable paz de su con­
ciencia, y por medio de un trabajo próspero y lleno de las
bendiciones de Dios — a pesar de su rango inferior— será
juzgado un día digno de subir a la altura: la santidad y el
sacerdocio.

Vestición del Diácono.


Facultad p a r a le er solem nem en te el Evangelio

Accipe stolam candidam de Recibe la blanca estola de m a­


manu Dei: adimple ministerium nos de Dios: cumple con tu m i­
tuum: potens enim est Deus, ut nisterio; que poderoso es el Señor
augeat tibi gratiam suam: Qui p ara acrecentar en ti su gracia.
vivit et regnat in saecula saecu­ El, que vive y reina por todos los
lorum. siglos de los siglos.
f$. Amen. 5 . Amén.
Induat te Dominus indumento El Señor te vista la ropa de sa­
salutis, et vestimento laetitiae, et lud y la vestidura de alegría, y
dalmática jusit^ae circumdet tc la dalm ática de justicia te cubra
semper: In nomine Domini. siempre. E n el nom bre del Señor.
]J. Arnen. TI. Amén.
Accipite potestatem l e g e n d i Recibe la potestad de leer el
Evangelium in Ecclesia Dei, tam Evangelio en la Iglesia de Dios,
pro vivis, quam pro defunctis: In así por los vivos como por los di­
nomine Domini. funtos. E 11 el nom bre del Señor,
1$. Arnen. T{. Amén.

La vestidura litúrgica del diácono la forman la estola y la


dalmática.

La estola era una vestidura conocida ya en la antigüedad,


llevada por las mujeres y más tarde también por los hombres,
era al mismo tiempo una vestidura distinguida de las altas
esferas de la sociedad. Cuándo adquirió la forma estrecha que
hoy tiene no se sabe con seguridad. Prohibido su uso al sub-
diácono, quedó reservada al diácono, al sacerdote y al obispo.
El diácono la lleva sobre el hombro izquierdo, por ser minis­
tro. La recibe inmediatamente de manos del obispo, pero en
último término — como lo hace notar la fórmula de la en­
trega— de manos de Dios, pues de ellas proceden también *
el diaconado junto con las facultades que le son propias y la
vocación que supone en los que lo reciben. ¡Ojalá siga dán­
dose cuenta de ello! Siempre que se vista esta vestidura de
honor, es para aparecer en presencia de Dios. Lleva el signo
de su servicio a Dios. Se adorna con la garantía de la gracia
y la presencia divinas. En la ordenación toma libremente es­
tas vestiduras. Libremente se coloca bajo el yugo de este mi­
nisterio y de todas las obligaciones a él unidas.
El Sacramentarium Gregorianum ve en la estola una
constante exhortación al diácono a ser como una columna
para sostener el altar (m ensa divina) y un heraldo del Rey
de los cielos (73).
Stola candida. Nos viene de la benevolencia de Dios. Como
tejida en el cielo por manos de ángeles. Como un reflejo de
virginidad intacta y de pureza. La ilumina el resplandor de la
majestad divina. El diácono guarda cuidadosamente esta ves­
tidura y en ella conserva el símbolo de un ardiente y santo
celo por Dios.
Adimple ministerium tuum. Tus vestiduras son signo de
servicio y de obligaciones ministeriales. Recuerdan que el
ordenado lleva sobre sus hombros el peso de su Dios y Señor
y que debe permanecer inflexible en su vocación (74). A ello
te invita el eiemplo de Cristo, sobre todo el comienzo de su
primer Sacrificio sacramental. Estoy en medio de vosotros
como uno que sirve (75). Con razón San Ambrosio ve este
acto del Maestro fundado en el diaconado ministerial que en
Sí mismo encarnó el Señor y que se acreditó sobre todo en
el Sacrificio de su Pasión (76). Sobre la tierra no se dan ni
prerrogativas ni gracias a no ser como un mandato y un per­
trecho para obrar y servir de modo más intenso en favor de

(73) Ct. I, 215; cfr. P uniet I, 187 s.


(74) Ct. I. c. Pontificale Gemmeticense.
(75) Le. 22, 27.
(76) A.: In. Ps. 118, seim o 3, 26.
Dios. Sobre la tierra, lugar de trabajos y de luchas. El cielo
es lugar de descanso. Cumple por tanto tu ministerio, que es
honroso, santo, fructífero. Conságrate a él un día y otro día.
La hora de la recompensa no tarda en llegar. Doblemente con­
soladora y prometedora suena aquí la alusión al poder mise­
ricordioso de Dios: potens est Deus. De El depende que nos
venga la gracia. Un año y otro año. Para todos nuestras tareas.
Desde el alegre comienzo hasta el fin victorioso. Tú eres un
hombre débil, Dios es fuerte. Sin mí no podéis hacer nada (77).
Palabras ilimitadas y absolutas, que sin embargo encuentran
un complemento que anima nuestra confianza en la confesión
del Apóstol de las Gentes: Todo lo puedo en Aquel que me
conforta (78).

Ahora el obispo reviste al ordenando con la dalmática.


O mejor dicho, ruega al Señor que lo haga. Al Señor que
adorna las almas con la vestidura de la gracia. Que rodeó
a la que fue elegida Madre de Dios con el vestido de honor
de la perfecta integridad y al Hijo de Dios hecho hombre
con la plenitud del Espíritu Santo. Según su origen, una túnica
provista de amplias mangas, usada sin ceñir por hombres y
mujeres distinguidas, significa como vestidura litúrgica garan­
tía y vestido de salvación, de alegría y de santidad. Protege,
despierta un alegre valor y excita el deseo de la gracia. Guarda
tu espíritu contra las astucias del demonio, contra la tristeza
que abate, contra la falta de celo- por las almas. El ministerio
para el que ésta capacita al diácono es por consiguiente una
lucha varonil, una solemne fiesta y una santificación preñada
de gracias. Lucha contra el poder de las tinieblas, fiesta so­
lemne en el tabernáculo divino de la alianza, santificación que
procede del manantial del divino-humano Sacrificio por medio
de la adoración, la expiación, la acción de gracias y la unión
íntima. Como vestido, la dalmática cubre la desnudez y la
pobreza de tu alma. Impide todo influjo nocivo que pueda
venir del exterior. Defiende del frío y del calor. En cuanto
vestidura litúrgica, simboliza nuestra fe en la santidad de Dios,
ante cuva presencia no nos es lícito aparecer sin llevar el alma
adornada y menos aún ejercer un ministerio litúrgico. Es al
mismo tiempo una prueba de su amor paternal, que ha querido

(77) Jn. 15, 5.


(78) Flp. 4, 13.
revestir a su siervo fiel de este modo tan generoso. Cireumdet
te semper, dice el obispo. Dígnese Dios conservar intacta en
ti esta vestidura y todas las gracias que de ella dimanan, y
renovarla todos los días.
’m nomine Domini. En su honor. Según su voluntad. Para
tu salvación.

Revestido ya, el ordenando se arrodilla ante el obispo,


que en este momento le presenta el Evangelio; el ordenando
lo toca con la mano derecha, pero no se le entrega el libro.
Con unas breves palabras del obispo, recibe el instrumento
más precioso de su ministerio sobre el Cuerpo Místico. Es
cierto que ya el lector estaba capacitado para leer el Evan-
gelio, pero sólo para leerlo antes de que el predicador lo
comentase, Al diácono, por el contrario, le compete esto como
una honorífica prerrogativa, in plena claritate. La potestas
legendi evangelii lleva consigo, como se desprende de lo dicho
más arriba, la plena potestad para predicar o es algo que
va unido a ella — si bien en una medida muy limitada— aun­
que las diversas épocas la concibieron de diversa manera y
primitivamente estaba reducida a la enseñanza del catecismo
fuera de la iglesia (79). Según San Cesáreo de Arlés, al diá­
cono le estaba permitido — al menos en ausencia del sacer­
dote— leer las homilías de los Santos Padres o predicarlas
libremente. Si el diácono es digno de leer la palabra de Dios,
¿por qué no va a serlo también para leer la palabra de un
San Hilario, de un San Ambrosio o de un San Agustín? (80).
Según Durando, le estaba permitido predicar hasta estando
presente un sacerdote (81). En todo caso, el canto del Evan­
gelio en la Misa mayor es un ministerio honorífico extraordi­
nario que el diácono cumple con reverencia santa, con hu­
mildad profunda, con modesta dignidad, teniendo presentes
las reglas que el obispo da al lector sobre la lectura y la
recitación. Teniendo no menos presente que anuncia el Evan-
qeiium Christi pro vivís et mortuis, para que, juntamente con
los vivos, oigan la voz del Hijo del Hombre cuantos están en
los sepulcros (82) y en ella la garantía de la vida eterna y de
la resurrección.
(79) P uniet I, 185 s., 208 s.
(80) O.: Serm o 1, 15; 1, 12.
(81) D urandus: De Eccl. et o rd .: De diacono.
(82) Jn . 5, 29.
Según la opinión transmitida por Pedro Lombardo y por
Durando, Cristo ejerció personalmente el diaconado cuando
en la noche de la Cena dio a los Apóstoles las especies sacra­
mentales y cuando en el huerto de los olivos despertó para
la oración a los discípulos dormidos.

Oraciones finales

Oremus. Oremos.
(Diacono). Flectam us genua. Doblemos las rodillas.
Levate. 9- Levantaos.
Exaudi, Domine, preces nostras, Escucha, Señor, nuestros rue­
et super hos fam ulos tuos Spiri­ gos y envía sobre estos tus sier­
tum tuae bene-J-dictionis em itte; vos el Espíritu de tu bendición;
ut coelesti m unere ditati, et tuae a fin de que, enriquecidos con el
m ajestatis gratiam possint acqui­ don del cielo, puedan ellos obte­
rere, et bene vivendi aliis exem­ ner la gracia de tu majestad y
plum praebere. Per Dominum nos­ dar a los demás ejemplo de bue­
trum Jesum C hristum Filium na vida. Por nuestro Señor Jesu­
tuum : Qui tecum vivit et regnat cristo, tu Hijo que contigo vive y
in u nitate ejusdem Spiritus sanc­ reina en unión del Espíritu San­
ti Deus, per om nia saecula sae­ to, Dios, por los siglos de los
culorum. siglos.
5 . Amen. —^ 5 . Amén.

OREMUS OREMOS
Domine sancte P ater fidei, spei, Señor Santo, Padre de la fe, de
et gratiae, et profectuum rem u­ la esperanza y de la gracia, re-
nerator qui in coelestibus et te­ munerador de las perfecciones,
rrenis Angelorum m inisteriis ubi­ que derramas los efectos de tu
que dispositis, per om nia elemen­ bondad sobre todos los elementos
ta voluntatis tuae diffundis ef­ del cielo y de la tierra por mi­
fectum , hos quoque fam ulos tuos nisterio de los ángeles distribui­
spirituali dignare illustrare affec­ dos por todas partes en los cielos
tu ; u t tuis obsequiis expediti, y en la tierra, dígnate ilustrar
sanctis altaribus tuis m inistri puri con amor espiritual también a
accrescant; et indulgentia tua estos tus siervos, a fin de que,
puriores, eorum gradu, quos Apos­ siempre prontos para tu servicio,
toli tui in septenarium num erum , sean admitidos en tus santos al­
beato Stephano duce ac praevio, tares como ministros incorruptos;
Spiritu sancto auctore, elegerunt,
y purificados m ás y m ás por tu
digni existant, et virtutibus uni­
misericordia, sean dignos de aque­
versis, quibus tibi servire oportet,
lla promoción p a ra la cual tus
instructi, tibi complaceant. Per
Apóstoles, con inspiración del Es­
Dominum nostrum Jesum Chris­ píritu Santo, eligieron a los siete
tum Filium tuum; Qui tecum vi­cuyo guía y jefe fue el bienaven­
vit et regnat in unitate ejusdem
turado E steban, de m anera que,
Spiritus sancti Deus, per omnia
arm ados de todas las virtudes que
saecula saeculorum. tu servicio exige, consigan agra­
5 . Arnen. darte; por nuestro Señor Jesu­
cristo, tu Hijo, que contigo vive
y reina en unión del mismo E íritu Santo, Dios, por todos los
siglos) dd los siglos. Amén.
El obispo, después de invitar a orar, pronuncia dos ora­
ciones. La primera implora sobre los ordenandos, no sencilla­
mente la bendición divina, sino el Espíritu de bendición. El es
el autor de todo lo que la ordenación realiza de modo mila­
groso en el alma. El puede por consiguiente custodiar y per­
feccionar su obra. Por su misericordia y por su presencia en
el alma del ordenando, ésta se hace fuente de copiosas ben­
diciones para los demás. Bendiciones que son a su vez signo
de la gracia conseguida, y que el ordenando hace propia con­
virtiéndose en un hombre realmente rico y feliz. De este modo
le será concedido hacer descender sobre sí las misericordias
de Dios, conformarse a sus santas intenciones, cumplir su san­
ta voluntad y ser al mismo tiempo, por medio de una vida
santa, un ejemplo para los demás.
En la última oración el obispo y el ordenando se arrodi­
llan ante Dios, el Padre Santo de la fe, de la esperanza, de la
gracia y del progreso. Ante Dios, que recompensa todo progre­
so y todo buen comportamiento. A El es a quien servimos, con
sus dones y con sus auxilios. A El, el Señor, como servidores
y esclavos. Al Padre Santo, como hijos santificados y consagra­
dos. Precisamente en la oración sacerdotal se vuelve Cristo al
Padre Santo, cuya voluntad es que todos nosotros le sirvamos
en santidad y que, por la Iglesia y sus ministros, sea santifica­
do el mundo. El Padre celestial despierta en nosotros ia vida
de la fe, sin la cual la ordenación es incomprensible e imposi­
ble. Despierta y nutre en nosotros la vida de la esperanza, sin
la cual nos falta el valor y la fuerza necesarias para comenzar
nuestros trabajos y llevarlos a su plena realización. Como Padre
Santo, nos da la gracia santificadora, conservándola viva y efi­
caz. Como Padre, recompensa de modo superabundante todos
nuestros esfuerzos y todos nuestros éxitos. Dios es el Señor y
el Padre de este mundo espiritual de fe, de esperanza y de gra­
cia en que, ya por el bautismo, y ahora por la ordenación,
estamos instalados, cuyo punto central y culminante es el Sa­
crificio Eucarístico, cuyo fin último y cuya última perfección
es nuestra unión con Dios ¡Que nuestros pensamientos y nues­
tras obras sean siempre de este mundo de arriba! ¡Que se
nutran con su luz! ¡Que se muevan en sus cumbres! Volvá­
monos diariamente a nuestro Dios, el Padre de la fe, de la es­
peranza y de la gracia, buscando su ayuda, dándole gracias y
cantándole alabanzas por nacer, ser rejuvenecidos y fortaleci­
dos en El de una manera nueva todos los días.
Así como este Dios se sirve de sus ángeles para gobernar
el mundo visible y hacer que en él se cumpla su voluntad, díg­
nese también ahora distinguir e iluminar al diácono recién or­
denado con el fuego espiritual del amor, para que, entregado
sin reservas al ministerio divino como levita sin mancha y sin
pecado, unido espiritualmente cada vez más al altar, signifique
para el ministerio del altar una ganancia y una adquisición.
Que por la indulgencia y la misericordia de Dios permanezca
siempre como digno miembro del colegio escogido, cuyo guía
y jefe, San Esteban, fue elegido por el Espíritu Santo, para que,
adornado de todas Jas virtudes que exige el ministerio divino,
alcance la complacencia de la divina majestad.
Una vez más vemos en esta oración fina! lo esencial del
diácono y todo su mundo resumidos en una magnífica imagen,
sumamente significativa también para el sacerdote, sobre todo
hoy, que tantas veces tiene que ejercer el ministerio de! diáco­
no. Este mundo es e! mundo de Dios. Su Dios y Señor el Padre
de la virtud y de la gracia, de todos los resultados y de los
éxitos eternos. Su profesión el servicio de Dios, aue le hace
semejante a los ánoeles. Su acción !e une con el altar y e! Sa­
crificio de Cristo. Con ellos está sincronizado su desarrollo es­
piritual. Su diaconado es obra del Espíritu Santo. Un ministe­
rio honroso, santo, que se ejerce en el Espíritu de Dios, supone
muchas y maduras virtudes y tiene por objeto la gloria de
Dios. Un ministerio cuyo cumplimiento es sólo posible median­
te !a más profunda y duradera unión con Cristo, que, como
Hijo del eterno Padre, ejerce en todo tiempo en el Santo Sa­
crificio el más elevado ministerio litúrgico y al mismo tiempo
sirve al Padre, y con el Padre reina en unión con el Espíritu
Santo por los siglos de los siglos.

En el rito de la Iglesia oriental, dos diáconos llevan al or­


denando y le hacen dar con ellos tres vueltas alrededor del
altar, mientras cantan un himno. El obispo les signa tres veces
con la, cruz. El ordenando depone el cinturón y la capa, incli­
na la cabeza sobre el altar y dobla la rodilla derecha. El obispo
le impone la mano derecha y pronuncia la fórmula de la or­
denación. A continuación le pone la estola sobre el hombro
derecho y entrega el flabellum(una especie de ramo o hisopo
para espantar las moscas). Luego el obispo, y detrás de él los
diáconos presentes, le dan el ósculo de paz. Durante toda la
Misa el diácono, está en la parte derecha del altar moviendo el
ramo sobre las sagradas especies. No hay en la ordenación
entrega del cáliz.
CAPITULO TERCERO

EL PRESBITERADO

P R I M E R A PARTE

Introducción, instrucción y am onestación del O bispo

Reverendissime Pater, postulat Reverendísim o Padre: La san


saneta m ater Eeelesia Catholiea, ta m adre Iglesia Católica os pide
u t hos presentes diaconos ad que a estos presentes diáconos los
onus presbyterii ordinetis. ordenéis p ara el cargo de pres­
bíteros.
Obispo. Scis illos esse dignos? ¿Sabéis si son dignos?
Arcediano. Q uantum hum ana En cuanto a la hum ana fragi­
fragilitas nosse sinit, et scio, et lidad le es dado conocerlo, sé y
testificor ipsos dignos ese ad hu­ certifico que son dignos del car­
ju s onus officii. go de este oficio.
Obispo. Deo gratias. Demos gracias a Dios.
P ostulat Sa n cta M a fe r Ecelesia

Otra vez la humilde y encarecida petición de la Santa Ma­


dre Iglesia, que pide sacerdotes para sus hijos. Pide operarios
para la mies abundante. Predicadores que anuncien al pueblo
la palabra de Dios con celo apostólico. Dignos ministros de
los santos misterios, para abrir a las almas inmortales, en los
santos sacramentos, las fuentes de la vida divina. Padres, que
la ayuden a engendrar hijos de Dios y que estén a su lado para
consolarles en las numerosas necesidades de la vida. Sacerdotes
que conserven en el Santo Sacrificio, de manera viva, la me­
moria de Cristo; que lleven a su pleno desarrollo su Cuerpo
Místico, y que ofrezcan ante Dios el tributo de expiación, de
adoración y de alabanza.
Estos diáconos aquí presentes quieren seguir la llamada
que se les ha hecho. Confiados en la ayuda de Dios, están pre­
parados para tomar sobre sus hombros la carga y la dignidad
del sacerdocio — agobiante aun para los ángeles— con los pe­
ligros a él unidos y con su inmensa responsabilidad (1).
Lo que les trae al altar y a esta hora de gracia no es el
pensamiento en el padre, en la madre o en otros allegados.
Mucho menos la solicitud por su propio bienestar. Menos aún
el deseo de honor o superioridad. En el más profundo sentido,
ni siquiera la voluntad de su obispo. En esta ordenación les
sucede lo que a los hijos de Dios el día de su renacer. De ellos
dice San Juan: no de la sangre, ni de la voluntad de la carne,
ni de la voluntad de varón, sino de Dios son nacidos (2).
Todo cuanto precede a su ordenación viene de Dios y por eso
debe corresponder a su decisión y avivarse por medio de su
gracia y de su espíritu. La ordenación eleva a los elegidos de
Dios por encima de la familia natural. Como sacerdotes, no
pertenecen ya más a la propia familia, sino a la gran familia
de Dios. Como sacerdotes, no viven ya deseos personales, sino
que son ministros de la Iglesia. Como sacerdotes, además de
auxiliares del obispo, han sido instituidos — juntamente con
él— siervos del Altísimo, para realizar en el Santo Sacrificio
el acto más elevado y más poderoso de que es capaz el hombre.

(1) C.: Serm o 1, 4.


(2) Jn. 1, 13.
El obispo pregunta si estos diáconos son dignos de tal
gracia. Lo hace en presencia de la comunidad reunida. Una
pregunta seria. ¿Quién podría asegurarlo ante el altar y ante
los ojos de Dios? Sin embargo, esta pregunta nos pone de ma­
nifiesto otra cosa muy distinta. En esta Orden, en compara­
ción con lo que nos espera, tenemos muy poco que dar. ¡ No
somos más que destinatarios I Nos viene del Señor, gracia so­
bre gracia.
Lo que responde el arcediano sirve para ser meditado en
cualquier circunstancia de la vida. En cuanto lo puede conocer
la humana fragilidad, sé y certifico que son dignos de tal ofi­
cio. Digní ad hujus onus officii. No se trata por tanto de ho­
nores y glorias, sino de un oficio y de una carga. Se trata de
la toma de posesión de un servicio que hay que prestar a la
comunidad. Se trata de cuidados y obligaciones que día y no­
che debemos soportar por los demás. Y ahora, ante el altar
de Dios, ante el clero y el pueblo, se testifica que eres hallado
digno. Digno, es decir, con fuerzas suficientes, sensato, pre­
parado para el sacrificio, vacío de ti mismo y fiel para enten­
der esta obligación como tal y soportarla, con todo su peso,
por toda la vida. Sin vacilaciones ni quejas. Dichoso de tomar
parte en los trabajos del Señor. Piénsalo bien. La Iglesia te
cree llamado para cosas muy altas. Cree que podrá confiarte
los más altos y santos misterios y los más importantes me­
nesteres. Por tanto, nobleza obliga, no podemos decepcionar
esta confianza, sino esforzarnos en cumplirla mejor año tras
año con la gracia de Dios.
Mater Ecclesia! Palabra nacida de lo más íntimo de nues­
tro corazón (3), que da a entender nuestro más cariñoso y
ardiente amor, que conmueve profundamente nuestra alma.
Postulat Mater Ecclesia. Como un eco nunca enmudecido, des­
de el altar de tu ordenación, continúan sonando en tu interior
estas palabras. Ora suaves, ora más fuertes. Como un ruego y
una exhortación. Como un impulso irresistible a trabajar dó­
cilmente, magnánimamente, a ordenar toda tu persona. Hasta
la muerte. Sé un completo sacerdote. Digno de tu ordenación.
Así lo desea, así lo espera la Iglesia.

(3) S. León M agno: Ep. 14, 5.


La p re g u n ta a l pueblo

Quoniam, fratres carissimi, rec­ Porque conviene, herm anos ca-


tori navis, et navigio deferendis,rísimos, p a ra el bien com ún que
eadem est vel securitatis ratio, concuerden los pareceres de los
vel communis timoris; par eorum que tienen u n a com ún suerte,
debet esse sententia, quorum cau­ como acaece en u n a nave, donde
sa communis existit. Neque enim es igual la seguridad o el peligro
fuit frustra a Patribus institutumdel piloto y de los que en ella
ut de electione eorum, qui ad re­ son conducidos; por esa razón no
gimen altaris adbibendi sunt, en vano fue ordenado por los P a
consulatur etiam populus, quia de dres que se pidiese el parecer del
vita et conversatione praesentan­ pueblo acerca de aquellos que h a
di, quod nonnumquam ignoratur bían de ser escogidos p ara el
a pluribus, scitur a paucis; et servicio del a lta r; porque sucede
necesse est, ut facilius ei quis a veces que unos pocos saben lo
obedentium exhibeat ordinato, cui que ignora la m ultitud acerca de
assensum praebuerit ordinando. la vida y conducta de los orde­
Horum siquidem diaconorum in nandos y porque es natural que
presbyteros, auxiliante Domino, cada uno preste obediencia con
ordinandorum conversatio (quan­ m ás facilidad al ordenado, a quien
tum mihi videtur) probata, et dio su consentim iento p ara que
Deo placita existit digna (ut ar­ lo fuese. La conducta de estos
bitror) ecclesiastici honoris aug­diáconos que con el auxilio divi­
mento. Sed ne unum fortasse, vel no van a ser ordenados presbíte­
paucos, aut decipiat assensio, velros, por lo que a m í toca, creo
fallat affectio, sententia est ex­estar bien probada y ser ag rad a
petenda multorum. Itaque, quid ble a Dios y digna, a lo que pien­
de ejus actibus, aut moribus no­ so, de la promoción a m ayor dig­
veritis, qufd de merito sentiatis,nidad eclesiástica. Mas, p ara que
libera voce pandatis; ac his tes­ no suceda que a alguno o a al­
timonium sacerdotii magis pro gunos engañe el parecer de otros
merito quam affectione aliqua o les ciegue la pasión, debe p e
tribuatis. Si quis igitur habet ali­
dirse el parecer del pueblo. Asi
quid contra illos, pro Deo, et pues, lo que sepáis de sus actos
propter Deum, cum fiducia exeat, y costum bres, y lo que sintáis de
et dicat, Veruntamen memor sit su mérito, m anifestadlo con toda
conditionis suae. libertad, dando así el testimonio
que pide p a ra el sacerdocio, aten-
diendo m ás al m érito que a la afección. Si alguno, pues, tuviese
algo que decir contra ellos, en nom bre de Dios y por su gloria,
salga y dígalo sin respeto hum ano, recuerde con todo su propia
condición.

Con un cordial Deo gratias recibe el obispo la aseveración


del arcediano. Pero ésta no le basta. Los sacerdotes a quienes
debe consagrar las manos para el Altísimo serán guías del
pueblo. Directores a quienes se ha entregado la salvación del
pueblo. Sacerdote y pueblo, recorriendo el mismo camino,
comparten la misma suerte, como el piloto y el barco, el ca­
pitán y los pasajeros. La misma seguridad y los mismos peli­
gros. El mismo interés común. Por eso la comunidad debe
hablar también antes de la ordenación. Si uno es escogido
para el servicio del altar (regimen altaris), el pueblo debe
exponer su opinión sobre el candidato. Quizá hay algo, oculto
para el obispo, que entre el pueblo corre de boca en boca
como un secreto revelado. Quizá alguno sabe algo que estaba
oculto para el público. De todos modos, la comunidad presta
un amor y una obediencia más espontáneos al ordenando si
ella misma da su consentimiento a su ordenación. Una señal
elocuente de cuán importantes son para el sacerdote una buena
reputación y una profunda confianza por parte de la comu­
nidad.
La prudente discreción del obispo está de acuerdo con la
conocida disposición paulina de no ser precipitado en imponer
las manos a nadie (4). El futuro cooperador del obispo ne­
cesita, no menos que él, una buena reputación tanto dentro
como fuera de la comunidad (5). Por cierto que, cuando San
León Magno funda esta costumbre en que no estaría bien que
uno fuese ordenado para quienes le rechazan o no le han pe­
dido — pues de lo contrario el ordenando no podría esperar
más que desprecio y odio— se presume que la comunidad a
la que hay que interrogar es aquélla para quien se destina el
obispo o el sacerdote (6). Ahora que nunca jamás el obispo,
con su pregunta, expone al candidato a las habladurías sin
escrúpulos de los presentes. Es decir, el juicio de la multitud
(sententia multorum) se extiende sólo al carácter, a la vida y

(4) I TIm. 5, 22.


(5) I Tim. 3, 6.
(6) S. León Magno: Ep. 14, 5,
a los méritos. Quien, con todo, presenta una duda seria y fun­
dada — bien como acusador bien como testigo— sepa que no
debe hacerlo por pasión o por propio interés. Manténgase en
los límites que, como clérigo o laico, le corresponden. Hágalo
por Dios, por amor de Dios.

La instrucción del O bispo

Si no hay ninguna protesta, el obispo se vuelve inmedia­


tamente a los ordenandos. Sigue, como en las Ordenes ante­
riores, una amplia instrucción sobre la tarea y el puesto del
sacerdote, que, sin más, se une con la exhortación a cumplir
dignamente con el ministerio sacerdotal.
Consecrant», filii dilectissimi, Habiendo de ser consagrados,
in presbyteratus officium, illud hijos m uy am ados, p a ra el oficio
digne suscipere, ac susceptum de presbíteros, procurad recibirlo
laudabiliter exequi s t u d e a t i s . dignam ente y después de recibi­
Sacerdotem etenim oportet offe­ do ejercitarlo con todo esmero.
rre, bene«f. dicere, praeesse, prae­ Al sacerdote toca ofrecer, bende­
dicare, et baptizare. cir, presidir, predicar y bautizar.

¿Cuáles son las tareas del sacerdote? Sus obligaciones


son: ofrecer (offerre), bendecir y consagrar (benedicere),
presidir a los fieles (praeesse), anunciar la palabra de Dios
(praedicare) y administrar el santo bautismo (baptizare).

Offerre. Su más elevado y esencial ministerio es ofrecer.


Esta tarea está por encima de su misma paternidad espiritual.
Como sacerdote dé Cristo, ante todo, tiene que ofrecer el San­
tísimo Sacrificio, en el que continuamente sigue sellándose la
nueva alianza. El Sacrificio para el perdón de los pecados del
mundo. El Sacrificio por el que se tributa al Padre la adora­
ción completa y plena. El Sacrificio por el que la Iglesia vive
y se renueva diariamente; en el que están las raíces más pro­
fundas de su unidad. Nadie que no posea el carácter sacer­
dotal — sea clérigo o laico, sea hombre o ángel— puede rea­
lizar el Sacrificio Eucarístico.
A su entrada en el mundo, el alma, sacerdotal por exce­
lencia, de Cristo se vuelve a su Padre: Porque no te satisfacen
más los sacrificios de los tiempos pasados. Porque me has
preparado un Cuerpo. Porque pongo ante tu voluntad, en obe­
diencia santa, Cuerpo y Alma. Por eso me ofrezco a Ti en ho­
locausto. Por eso quiero y debo ser ante ti la eterna Víctima,
el Cordero degollado desde el principio del mundo (7). Ser
Víctima y ofrecerse en Sacrificio es la primera y eterna tarea
del divino-humano Sumo Sacerdote, aceptada en el instante de
su', Encarnación. De modo análogo esa debe ser también la ta­
rea del sacerdote desde el instante de su ordenación, después
de que la llamada de Dios le ha elegido sucesor y cooperador
de Cristo. Todo en Cristo es sacerdote en el más alto sentido,
ya que todo en El es Sacrificio y ministerio sacerdotal.
Tomado de entre los hombres — en favor de los hom­
bres— para lo que conduce a Dios, la tarea del sacerdote es
ofrecer ofrendas y sacrificios para el perdón de los peca­
dos (8). En este sentido, el sacerdote — según las palabras del
ceremonial— ha sido instituido para el regimen altaris. Por
este motivo, el obispo- entrega al ordenado, como señal de los
poderes recibidos, el cáliz del Sacrificio con vino y pan, le
da como primer poder la potestad de celebrar el Santo Sacri­
ficio y, después de que el ordenado ha recibido las vestiduras
sacerdotales, entre sus funciones, nombra en primer lugar la
de convertir el pan y el vino en la Carne y en la Sangre de
Cristo.
Offerre. Este mandato despierta en el alma del sacerdote
una viva y santa voluntad de inmolación, una santa y perenne
disposición para el sacrificio. Su alma desea con amor ardien­
te no sólo leer devotamente la Misa o celebrarla, sino, ante
todo, ofrecer a Dios un Sacrificio. No sólo ofrecer a Dios un
Sacrificio de cualquier manera, conforme al gusto propio, sino
el único Sacrificio que ante Dios tiene valor. El único que es
digno del Infinito. El único por el que todos los demás tienen
sentido y valor. En el que todas las demás cosas, aun la mis­
ma creación visible e invisible, alcanzan la culminación de la
adoración que deben a Dios y su perfección suprema. De este
modo, el sacerdote — por su relación con el Sacrificio de
Cristo— está en el Sancta Sanctorum de la liturgia: ad Sancta
Sanctorum mereamur puris mentibus introire. Está inmediata-

(7) Heb. 10, 5 ss.


(8) Heb. 5, 1.
mente en presencia de Dios: In conspectu tuo hodie. Ofrece
un Sacrificio al santo Nombre de D ios: tuo Sancto Nomini
praeparatum. Ora y ofrece bajo la mirada de Dios. Está en
medio de la Iglesia de Dios. M uy por encima de todo poder y
grandeza terrenas. Traspasa el cielo a la hora de este Sacri­
ficio con Cristo, su eterno Sumo Sacerdote. Rodeado de mi­
rladas de ángeles y de santos.
Offerre. El Sacrificio para el que, sobre todo, ha sido or­
denado el sacerdote sobrepasa todos los demás sacrificios de
los fieles. No sólo porque tributa a la divina majestad infinita
adoración y expiación,, sino porque su realización encierra
siempre un milagro sin igual: la conversión del pan y del
vino en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo. El milagro que el
Señor realizó una sola vez antes de su glorificación, al co­
mienzo de su Pasión, se realiza ahora diariamente entre las
manos del sacerdote. Esto es algo incomparablemente más
grande que si viéramos a los ángeles subir y bajar sobre el
Hijo del Hombre. Más que si resucitáramos muertos. Más que
lo que a los tres discípulos elegidos les fue permitido ver por
unos instantes sobre la cumbre del Tabor el día de la transfi­
guración de su Maestro. ¡Ojalá no olvidásemos esto nunca!
¡Ojalá se nos afianzara más de día en día, nos llenase de ale­
gría y de temor santo, nos hiciese más agradecidos y nos ins­
pirase una inquebrantable fe y una absoluta confianza en Dios!
¿A quién ofrece el Sacrificio? Offerre Sacrificium Deo,
dice el obispo. De este Sacrificio se derraman infinitas gracias
sobre la Iglesia militante y purgante. Pero ante todo, y según
su esencia más profunda, el Sacrificio, como misión de Cris­
to, importa adoración y gloria al Dios vivo, único y verdadero.
Offero tibi Deo meo vivo et vero. Preparado para glorificación
del Nombre de Dios — tuo sancto Nomini praeparatum—
debe complacer al Señor Dios Ut placeat tibi, Domine Deo.
Debe ser agradable y aceptable a Dios. Aceptabile apud Deum
Patrem Omnipotentem. En un sentido especial, pertenece siem­
pre al Padre Santo: suscipe Sánete Pater. Al ciementissimus
Pater (tibi offerimus). A su praeclara maiestas. A la Santí­
sima Trinidad (suscipe Sancta Trinitas). O como canta un
antiguo prefacio: al Señor, al Padre Santo, al Dios todo­
poderoso.
Al mismo tiempo que el Santo Sacrificio renueva la me­
moria de Cristo, de su Pasión, de su Resurrección y Ascensión
entre nosotros en presencia de todos los cielos, realiza tam­
bién la glorificación de Cristo y se ofrece por este fin a su
persona, aunque no de un modo propio. Además, aunque se­
cundariamente, nuestro Sacrificio realiza también la glorifica­
ción de los santos, que con Cristo, su Cabeza, son una sola
cosa. En la cumbre está la siempre Virgen Madre de Dios,
María. A su lado, San Juan Bautista y los santos Apóstoles
Pedro y Pablo. Luego los santos cuya fiesta se celebra o cuyas
reliquias están presentes. Los santos a quienes está dedicada la
iglesia o el altar. Finalmente todos los santos sin excepción.
El Sacrificio infinito y divino no se ofrece sin embargo a los
santos, sino solamente a Dios y a la Trinidad, para honra y
glorificación de aquéllos y para provecho nuestro. A Dios, y
no a los santos, ofrece el sacerdote, aun cuando lo hace en
memoria de éstos, ya que él es sacerdote de Dios y no de los
santos. La víctima misma es el Cuerpo de Cristo, que no se
ofrece a los santos, pues ya pertenecen a Cristo y hasta son
su Cuerpo. Quia hoc sunt et ¡psi, como dice San Agustín (9).
Nuestro Sacrificio Eucarístico es un verdadero acto de no me­
nor alcance que el Sacrificio cruento de Cristo en la cruz.
Cristo ofrecido al Padre celestial por la Iglesia y por sus mi­
nistros. Para gloria del Padre, para provecho inconmensura­
ble de todo el mundo. Una glorificación del Padre que estimu­
la también a los santos a interceder por nosotros, ya que tam­
bién ellos mismos reciben gloria por ella, lilis proficiat ad ho-
norem, et illi ¡ntercedere dignentur in coelis, quorum memo­
ria m aqimus in terris.
¿Qué ofrece el sacerdote? No sólo un sencillo incienso
que exhalando buen olor suba hasta Dios y haga descender
sus misericordias sobre nosotros. No sólo oraciones que como
sacrificio de alabanza envuelvan el altar y sean elevadas por
las manos levantadas al cielo como un sacrificio vespertino.
Nuestro Sacrificio es a!qo mucho más objetivo y personal. Cris­
to mismo, el Hombre-Dios, es nuestra ofrenda. El mismo que
la Santísima Virgen, después de la Concepción, ofreció al Pa­
dre celestial como Víctima de salvación, el mismo que Ella
presentó en el templo, el mismo que vio desangrado en el
madero de la Cruz. Una Víctima sin defecto: suscipe hanc
immaculatam hostiam. Dones, ofrendas, sacrificios santos. Dona,
muñera, sancta sacrificia. Como se dice después de la consa-

(9) Ag.: De civitate Dei 22. 10.


gración, una Hostia pura, santa, inmaculada. El Pan santo de
la vida eterna. El Cáliz de la eterna salvación. Es decir, el
Santísimo Cuerpo y la Santísima Sangre de Cristo, el Hijo muy
amado del Padre celestial.
¿Por quién ofrece el sacerdote el Sacrificio? Pro vivís
atque defunctis, dice el Pontifical. Por todos los que necesitan
expiación y mediación y son capaces de ella. Por el mismo
sacerdote. Como expiación por sus innumerables pecados y
ofensas hechas a Dios. Por sus negligencias. Por sus allegados.
Por todos los creyentes en Cristo, vivos y difuntos. Para al­
canzarles la salvación y la vida eterna. O — como dice, breve
y acertadamente, la oración del ofertorio del cáliz— por nues­
tra salvación — esto es, por la salvación del sacerdote— y la
de todo el mundo. Esto lo confirma la respuesta del pueblo
(minister seu circumstantes) con las siguientes palabras: acep­
te Dios el Sacrificio para alabanza y gloria de su nombre, así
como para nuestro provecho y el de toda su Iglesia. Según las
palabras del canon, los frutos del Sacrificio caen sobre la
Santa Iglesia Católica, el Papa, el obispo, y todos los ortodo­
xos. Después de ellos — o con ellos— sobre todos los circuns­
tantes y sus allegados, sobre los difuntos. De sí mismo y de
los presentes hace aún memoria el sacerdote después de la
consagración (nobis famulis luis). Antes y después de la co­
munión hay oraciones por la paz, por la remisión de los peca­
dos, por la firme unión con Cristo, por los frutos de bendi­
ción del Santo Sacrificio, por su perseverancia y feliz con­
sumación.
¿Con qué sentimientos ofrecer? Con los sentimientos de
tu divino Maestro. Con íntimos deseos. Porque el Sacrificio
es su bautismo y consumación. Porque la comunión es el mo­
mento de más profunda unión entre la cabeza y los miembros.
Porque en él se cumplieron todos los prototipos y se ha esta­
blecido el nuevo y eterno. Porque en él el Padre glorifica al
Hijo, y el Hijo al Padre.
¿Cóm o ofrecer? En acción de gracias y alegría. ¿N o es el
mismo Sacrificio Eucarístico que Cristo ha ofrecido y estable­
cido con acción de gracias para la elevada liturgia de la eter­
na adoración, alabanza y acción de gracias? ¿Cóm o ofrecer?
Sin amargura y renc.or Con amor magnánimo, desinteresado
e indulgente. Para pedir cosas grandes, las más grandes, para
la Iglesia, para la comunidad, para los extraviados, para los
oprimidos, para la propia alma. Cuando ores, debes pedir a
Dios cosas grandes. Un ejemplo lo tenemos en el Padre nues­
tro, y en cuanto a nosotros concierne, en la oración sacerdotal
de Cristo. ¿Cóm o ofrecer? Incorporándonos a los sentimientos
e intenciones de la Iglesia, expresados en la liturgia. En Ad­
viento con ardientes deseos por la llegada del Salvador del
mundo y de su reino. En Navidad con los deseos más pro­
fundos de recibir la nueva vida en El. En tiempo de Cuaresma
y de Pasión con una profunda compasión y una seria incorpo­
ración a sus sufrimientos. Con la anhelante esperanza y ex­
pectación de la gracia pascual, que nos reviste del hombre
nuevo y nos Invita a esperar al Espíritu Santo, la última pro­
mesa del Padre y la coronación de la obra de Cristo. Ofrece
con la Iglesia doliente y con la Iglesia exultante, con la Iglesia
militante y con la Iglesia purgante, con la Iglesia orante y con
la Iglesia laudante, con la Iglesia penitente y con la Iglesia
triunfante. Una regla de oro: ofrece todos los días como si
fuese el primer y último Sacrificio que se te permite ofrecer.
Ofrece como desearía hacerlo el hombre más abandonado de
la tierra y el más feliz del cielo. Nunca ofrezcas sin ofrecerte
tú mismo en completo sacrificio. Nunca sin estar consciente
de la feliz compañía de los santos. Ofrece porque te manda
hacerlo el Padre celestial y como te manda. Del mismo modo
que Cristo, por voluntad del Padre, ha dado al mundo la vida
en su muerte sacrificial. Ofrece en El, con El y por El, como
un segundo Cristo.
Sacerdotem etenim oportet offerre. ¿Quién podría imagi­
nar el sentido y la importancia de estas sencillas palabras?
¡Que la fuerza sacramental de la ordenación purifique e ilu­
mine, dilate y fortalezca el alma del elegido para que se haga
más consciente de día en día de sus debers y obligaciones!
¡Que la celebración diaria del Santo Sacrificio le dé la gracia
de conocer mejor el tremendum mysterium en toda su gran­
deza ! ¡ De comprenderlo más claramente en la unión esencial
del celebrante con la salud de las almas, con ios destinos de!
mundo, con el vivir y el morir del Hijo de Dios, con la vida
y la gloria de la Santísima Trinidad! Cada Santa Misa es una
inmediata participación en la imprescindible, total y univer­
sal acción salvadora de Cristo. Por tanto, lo más serio, lo más
grande, lo más necesario que pueda hacerse sobre la tierra.
Benedicere. La segunda tarea del sacerdote es santificar
y bendecir (10). La realiza en el santo bautismo, cuando une
en matrimonio, cuando asiste a los enfermos. En la Santa Misa,
cuando santifica los dones presentados por los fieles, cuando
recita las diversas oraciones para las bendiciones, cuando ben­
dice al pueblo. La Intima y material unión entre bendecir y
ofrecer se nos presenta ya en Melquisedec, el tipo de nuestro
Sumo Sacerdote. Después que ofreció pan y vino al Altísimo,
bendijo a Abrahán con la plenitud de su corazón sacerdotal
y con la plenitud de los frutos de su sacrificio. A su vez la
Iglesia, con su amor verdaderamente maternal, accediendo
pródigamente a los deseos y necesidades de los fieles, se es­
fuerza por santificar — mediante sus sacerdotes— todo lo ne­
cesario para el servicio de Dios o lo que, como sacramental,
sirve mediata o inmediatamente a los fieles. De este modo
abre los infinitos tesoros de la misericordia y bendiciones di­
vinas sobre el mundo visible e invisible, de lo que debemos
estar agradecidos. El sacerdote debe prestarse gustoso a esta
mediación y alegrarse también cuando otro lo hace legítima­
mente. Al concederlas aténgase escrupulosamente a las indi­
caciones y ordenaciones de la Iglesia (11).
El sacerdote está en medio del mundo como un ángel de
bendición, enviado por Dios para bendecir, dotado abundan-
tísimamente por la bondad de su Padre de valiosísimos dones.
En medio de sus inquietudes, de sus febriles cuidados. En me­
dio de su hambre y su sed no apagadas. En medio de sus pa­
decimientos y alegrías, de su multiforme vivir y obrar. Como
representante de Aquél en quien son bendecidos todos los pue­
blos (12) y aue ha venido, no a iuzgar, sino a salvar y a ha­
cer felices a los hombres (13). Como sucesor de Pablo que
sabía bendecir a los mismos que le maldecían (14), y que
preferentemente dirigía su saludo a la comunidad con estas
palabras: La gracia del Señor Jesús sea con vosotros (15),
j Qué ventaja la del sacerdote; poder bendecir y santificar
tanto!

(10) CIC can. 1.147 & 24.


(11) CIC can. 1.148.
(12) Gen. 22. 18.
(13) Jn. 12, 47.
(14) I Cor. 4, 12.
(15) I Cor. 16, 23.
Para estas dos primeras tareas del sacerdote, para el dig­
no ejercicio de su poder sacrificial y consecratorio — como ve­
remos enseguida— se le ungen exprofeso las manos, con el
fin de que todo lo que bendigan quede bendecido, todo lo que
consagren quede consagrado.

Praeesse. El sacerdote ha sido instituido jefe, pero, claro


está, como ministro de Cristo y de la Iglesia. No ha sido or­
denado ni por propia elección ni para satisfacción de deseos
o exigencias personales, sino por exigencia de la Iglesia y para
su servicio. Por eso el obispo le asigna un determinado terri­
torio para trabajar, que él, como auxiliar suyo, bajo su vigi­
lancia y dirección, preside conforme a disposiciones legítimas,
indicaciones y costumbres. Según el puesto asignado, el sacer­
dote tiene a su cargo la dirección de la vida eclesiástica de su
comunidad, la administración de los bienes eclesiásticos; pero,
ante todo, la celebración de los oficios divinos y la adminis­
tración de los sacramentos (16). No obstante, no tiene auto­
ridad ni capacidad ni para crear nuevas formas litúrgicas ni
para ordenar la liturgia de otro modo (17).
Praeesse. Por la vocación y la ordenación se cumplen con
el sacerdote las palabras del salmo: Que levanta del polvo al
pobre y alza del estiércol al desvalido, dándole asiento entre
los príncipes de su pueblo (18). Así, en efecto, sobresale el
sacerdote ante el pueblo por su dignidad y por su estado. Si
bien originariamente este rasgo está unido con el sacerdocio,
son no obstante también antiguas las palabras del Señor con
que tuvo que dirimir la disputa nacida entre los Apóstoles
— aun en la mesa de la Cena— sobre el primer puesto: Los
reyes de las naciones imperan sobre ellas y los que ejercen la
autoridad sobre las mismas son llamados bienhechores. Y aho­
ra este claro y agudo contraste: Vos autem non sic. Pero no
así vosotros. ¿Por qué? Porque vosotros no habéis sido esco­
gidos, ni educados ni capacitados para ello. Porque vuestras
tareas son esencialmente distintas, incomparablemente más
elevadas y más espirituales. Porque el reino de Cristo tiene

(16) CIC can. 1.182 & 1; can. 1.184; can. 1.185; can. 1,260; sobre
relaciones del sacerdote p ara con el pueblo cfr. entre otros B ertram ,
A.: Charism en priesterlicher G esinnung, Preiburg 1931, 101-137.
(17) CIC can. 1.257; can. 1.259.
(18) Sal. 112, 6 ss.
un fin completamente distinto y más noble. Porque el mayor
entre vosotros — subsiste por consiguiente una diferencia de
rango— será como el menor, el que manda como el que sir­
ve (19). Esta es por tanto la prerrogativa del más alto. Fiat
sieut minor. Sicut ministrator. ¿Por qué esto? Porque Cristo,
el Rey de todos los mundos y de todos los tiempos, el Sumo
Sacerdote, a quien el Padre donó un nombre sobre todo nom­
bre/ se abajó hasta la forma de siervo y escogió la Cruz para
altar del Sacrificio. Porque entre los Apóstoles estuvo como
uno que sirve. Porque el reino de Cristo debe levantarse sobre
la humildad y el amor. Y quien más preparado estaba para
ello era el que superaba a todos los demás en humildad. En­
tonces los fieles se preocupaban poco de su poder y de su
fuerza exterior. Todos tenían puestos sus ojos en el que les
había dado el más hermoso ejemplo de humildad y de amor.
En efecto, nada hay más fácil que gobernar a los súbditos con
humildad y suavidad mientras lo permite el tiempo y su es­
píritu. Pero, tan pronto como el crecido número de malos
haga necesario proceder con severidad, entonces el cargo de
gobernante se convierte pronto en un peso que a veces parece
insoportable para los mismos hombros de un Moisés. Enton­
ces hay que recurrir a lo que suelen hacer los reyes y magna­
tes, pues la Iglesia, después de que alcanza la extensión de
una Iglesia mundial, no puede ser gobernada de otro modo.
Mejor, por tanto, si no disputamos por el primer puesto, ya
que Cristo saca de la bajeza y de las filas de los humildes los
príncipes de su Iglesia (20).
Praeesse. Y hacerlo según el sentido de la primera epís­
tola de San Pedro: Apacentad el rebaño de Dios que os ha sido
confiado. Cuidad de él. No por fuerza, sino con blandura, se­
gún Dios; ni por sórdido lucro, sino con prontitud de ánimo;
no como dominadores sobre la heredad, sino sirviendo de
ejemplo al rebaño (21). Sin duda le nacen de aquí al sacer­
dote muchos trabajos y cuidados que no son precisamente es­
pirituales y que no siempre hay que rehusar. Aquí se abre un
peligro que ya San Gregorio Magno lamentaba amargamente.
Su bárbaro tiempo le sofoca, y aunque le hace frente, se en-

(19) Le. 22, 25 s.


(20) AL: In Ev. Le. 12, 27-28.
(21) I Pe. 5, 2 ss.
cuentra siempre de nuevo arrojado en su aprisionante inquie­
tud. Valde ¡n his iaceo (22). Llamada para gobernar, el alma
del sacerdote queda como postrada en tierra por el peso ex­
cesivo de los negocios exteriores. Y qué difícil es volver a li­
brarse y levantarse. Mi alma está pegada al polvo (23). ¡Qué
contraste! En los momentos tranquilos de la mañana, en el
altar. Pocos minutos después, en medio del polvo y del tor­
bellino de los negocios exteriores y terrenos. Profundamente
conmovido, se lamenta el mismo Papa de aquellos que, des­
cuidando la salvación del alma de sus fieles, van tras sus in­
tereses propios, persiguen los bienes pasajeros y buscan la
alabanza de los hombres. Una nueva queja del Santo, que in­
quieta bien poco a nuestro tiempo, muestra todavía cuán des­
acertadamente puede alcanzar una excesiva extensión el go­
bierno sacerdotal. El mundo está lleno de sacerdotes, pero qué
raramente se encuentra un operario trabajando en la mies.
Abandona las cosas de Dios y se vuelve a las cosas pasajeras.
Se nos da una vocación santa y nos dejamos enredar en cosas
fútiles. No hay apenas cargo mundano que no sea ejercido
por sacerdotes. Y así puede suceder que nos hagamos causan­
tes y mediadores de la ruina del pueblo. Unas terribles pala­
bras: Nos pereunti populo auctores mortis existimus (24). En
gran parte, todo el destino y cultivo espiritual, toda la forma­
ción del pueblo está en nuestras manos (25), y por consiguien­
te en nuestro círculo de obligaciones. De aquí las palabras a
San Pedro: Apacienta mis ovejas. ¿Quiere decir esto: preocú­
pate de tu propia persona, de tu viña; administra personalmen­
te la economía de tus campos; estimula el cultivo de tus tie­
rras? Ciertamente aue no. Al contrario: Apacienta mi reba­
ño (26). Como el obisoo, y bajo su dirección, el sacerdote ha
sido instituido para diriair la nave de la Iqlesia. Para ello le
ha sido entregado el doble timón de las Sagradas Escrituras,
su Antiguo y Nuevo Testamento. Siguiéndolas, no se apartará
del camino ni a derecha ni a izquierda y, a pesar de todos los
peligros y asechanzas del mar, alcanzará felizmente el puerto.

(22) S. Greg. M ag.: Hom. in Ev. 1, 17, 3 &s.


(23) Sal. 118, 25.
(24) S. Greg. M ag.: Hom. in Ev. 1, 17, 3 s.
(25) C.: Serm o 1, 5 s.
(26) C.: Sermo 1 , 11.
Si se dejase vencer por el sueño o dejase de dar a los mari­
neros a su debido tiempo las instrucciones necesarias, el barco
se estrellaría (27). Más conveniente es aprovechar que seño­
rear, prever que mandar — reza la regla de oro del gobierno
benedictino, afrmada ya por San Agustín y otros Santos Pa­
dres (28). Merece también consideración lo que escribe San
Ambrosio: La vida del sacerdote no debe sobresalir menos
que su gracia, pues quien a otros manda, sujeta y conduce
debe observar sus mismos preceptos (29).
Praeesse. Quizá esto según el sentido del serviré moribus
benedictino (30). Como ministro de las más diversas y múl­
tiples necesidades. De los más diversos grados de educación y
de los más diversos caracteres. Al modo del "m e he hecho
todo para todos" paulino (31). O como dice San Agustín: El
superior júzguese feliz, no por dominar mediante su poder,
sino por servir en caridad. Non potestate dominante sed cari­
tate serviente. Vaya delante de los demás con buenos ejem­
plos. Corrija a los inquietos y a los perturbadores de la paz.
Consuele a los afligidos. Compadézcase de los enfermos y de
los débiles. Sea paciente para con todos. Ame la observancia
y exíjala con resolución. Y, aunque ambas cosas sean necesa­
rias, apetezca más bien ser amado que temido por vosotros.
Maravillosos pensamientos sacerdotales que ha recogido tam­
bién San Benito en su Regla. Pórtese así el superior ante la
comunidad. Con temor en presencia de Dios. Postrado a vues­
tros pies (32).
Praeesse. Lo más doloroso para el sacerdote está en la
obligación de reprender o de castigar a un alma. Aquí es don­
de prueba cuán pesado y amargo puede ser el tener que beber
el cáliz del Señor. Ahora que también consuela el ejemplo de
Cristo. A El, el más manso de los hombres, que había venido
a salvar el mundo, no la faltó dureza para emplazar sin equí­
vocos la soberbia y la impenitencia de los hombres a la ¡usti-

(27) C .: Sermo 1, 19.


(281 R egula S. Benedicti, cap. 64.
(29) A.: Ep. 62, 64.
(30) Reg. S. Benedicti, cap. 2.
(31) I Cor. 9, 22.
(32) Ag.: Ep. 211, 15; u na lectura distinta: Disciplinam libens
habeat, m etuendus im ponat.
cia de Dios y a su juicio eterno. No en vano exige San Pa­
blo (33) que el ministro de Dios se muestre fuerte en la sana
doctrina para poder argüir a sus contradictores. Esta es una
gran tarea. Una carga pesada. Esta obligación se presenta ante
nosotros como una montaña escarpada. Pues nada dispone
más fácilmente al abogado de Dios a la indulgencia y a la in­
acción — cuando tiene que avergonzar al adversario— que la
angustia de una palabra dura. Realmente, pocos son los que
contradicen con palabras claras. Muchos por el contrario lo
hacen a causa de su vida no cristiana (34).
¡Qué dulce es un sumergirse tranquilo, pacífico, profun­
damente contemplativo en los misterios de Dios! ¡Qué pe­
nosa, qué fatigosa es por el contrario la predicación! Sobre
todo cuando hay que corregir. ¿Quién no elude gustosísima-
mente estos esfuerzos desagradables? Sed terret evangelium.
Pero el santo Evangelio, la obligación santa de anunciar el
mensaje de Cristo nos llena de terror (35), nos libra de una
cobarde deserción. San Agustín hubiese querido llorar como
buen pastor sobre los pecados de sus prójimos. Pero sabía
que se le exigirá más. Deberá también corregir. Y aquel mag­
nánimo enamorado de los hombres, bondadoso y verdadera­
mente sacerdotal, pone por testigo a la comunidad, cuando
— para justificarse— confiesa; ¡Cuántos hermanos han sido
corregidos por mí hasta con frases duras (vehementer)! Y es
que no dejó pasar ninguna ocasión para hacer estas repren­
siones (36). Inmo nunquam non corripimus. Entendamos al
Santo rectamente. Sus numerosas predicaciones y tratados nos
aclaran el sentido de estas palabras. Son sencillamente una
reprimenda sin fin y habitual. No obstante, nunca les falta
una gran seriedad y son un esfuerzo por conservar a los oyen­
tes en la virtud y en el conocimiento de las cosas de Dios,
impugnando sus errores o sus faltas, o ambas cosas a la vez.
Nunca se limitan a meras doctrinas vacías de practicismo,
puramente científicas o especulativas. Al pastor de almas pue­
de consolarle el oir confesar al gran obispo de Hipona : Dios
me ha colocado en mi puesto para distribuir y para dar, no

(33) T it. l, 9.
(34) Ag.: Serm o 178; cfr. Sal. 90, 3.
(35) Agm. 193, 4.
(36) Ag.: Sermo 137, 14.
para recaudar. Y sin embargo, donde podemos, donde halla­
mos un motivo para ello, donde nos es permitido y donde te­
nemos noticia, corregimos, conjuramos a los hombres, les
anatematizamos y excomulgamos, y aún así no los hacemos
mejores. ¿Por qué no? Porque ni el que planta es algo, ni el
que riega, sino Dios, que da el crecimiento (37).
Praeesse. A esta tarea pertenece también el ministerio
sacerdotal en el sacramento de la penitencia y en la dirección
de las almas. San Benito llama a este ministerio cosa alta y
difícil, penosa y muchas veces pesada; y San Gregorio Magno
ve aquí el ars artium (38). Un arte que sobrepuja a todos los
demás, en nobleza y dignidad, por el número y elevación de
exgencias que lleva consigo. Nuestro ejemplo es también aquí
el divino Pastor. Va en busca de los que le han sido confiados,
pues le pertenecen. No para encadenarlos, sino para ponerlos
en libertad. Los saca de la oscuridad y de la noche. Los lleva
del frío país extraño al caliente hogar de la paz de Dios. Los
apacienta en las montañas y en los calles, en los prados abun­
dantes, donde disfrutan de un descanso seguro. Conduce al
hogar a los desheredados. Reúne de nuevo a los heridos y
enfermos y los incorpora al rebaño. Hace fuerte y poderoso
a lo débil. Lo sano y lo fuerte lo guarda en el rebaño fiel (39).
Este cuidado pastoral está lleno de un santo respeto ante la
imagen de Dios en las almas. Prestad atención a las intencio­
nes y a la voluntad de Dios para con ellas. Prestad atención a
los efectos de Dios en ellas. Sabed que vosotros tenéis que
alejar los obstáculos y abrir el camino a Cristo, que es el
Creador, el Salvador, el Señor y el Esposo de esas almas. Que
quiere ser su Cabeza y su Vida. Que no habéis recibido el es­
píritu de adopción, por el que clamamos: Abba, Padre (40).
Un exceso o un defecto por parte del pastor de almas apenas
en ninguna otra parte más que aquí daña y arriesga la vida
de Dios. Obre con seriedad y con exigencia, con bondad y con
misericordia. El deseo de San Pablo de que los fieles crezcan
más y más en discrección y en todo lo que concierne a la vida
cristiana, tiene también aquí pleno valor (41). Para ambos en

(37) Ag.: Sermo 224, 2, 2; I Cor. 3, 7.


(38) S. Greg. M ag,: Reg. past. 1, 1.
(39) Ez. 34, 12 SS.
(40) Rom. 8, 15.
(41) Flp. 1, 9.
igual medida: Para el maestro y para el discípulo. El fin de
esta educación no es en modo alguno que ambos crezcan jun­
tamente en una inseparable unidad. Tampoco que uno deba
permanecer siempre maestro y el otro siempre discípulo. Una
madre disfruta dando a su hijito su propia leche, pero su deseo
no es que su hijo sea siempre pequeño y necesitado de su
ayuda. Le lleva en su regazo, le cuida con sus manos suaves,
le acaricia y le mima, le da el pecho: todo esto hace a su
pequeño; pero sin embargo desea que crezca y que no necesite
siempre de sus cuidados (42). En opinión del Príncipe de los
Apóstoles, Pedro, esfuércese el sacerdote, no en formar hom­
bres débiles de carácter o acongojados, sino sacerdotes reales
y reyes sacerdotales (43). Conforme a esto, que las almas
crezcan más y más en la fuerza y en la luz de la fe y se hagan
capaces de elegir por sí mismas lo recto y de obrar su sal­
vación con temor y temblor (44). Cuando el alma aprenda a
conocer a Jesucristo, vuélvase hacia el Señor y eche raíces en
El. Construya sobre El toda su vida. Permanezca firme en la
fe que se le ha enseñado y dé gracias a Dios (45). Será lle­
vada por la mano del sacerdote a la mano maternal de la
Santa Iglesia, que a su vez la llevará a la de Cristo, en quien
encontrará el acceso al Padre. Nada puede detener esta su­
bida. Un hombre solamente puede recibir lo que se le da del
cielo. El Bautista lo confiesa con reconocida alegría: Yo no
soy el Mesías. El que tiene esposa es el esposo; el amigo del
esposo, que le acompaña y le oye, se alegra grandemente de
oir la voz del esposo. Preciso es que El crezca y yo mengüe.
El que viene de arriba está sobre todos. El que procede de la
tierra es terreno y habla de la tierra. El que viene del cielo
está sobre todos (46). No sería un espíritu bueno quien se
arrojara impetuosamente sobre las almas (47). No sería un
siervo fiel quien dejara hambrientos a sus compañeros y los
azotara (48). El buen samaritano monta al herido sobre su
cabalgadura y le procura los cuidados del mesón, que paga él

(42) Ag.: Sermo 23, 3, 3.


(43) I Pe. 2, 9,
(44) Flp. I , 9; 2, 12.
(45) Col. 2, 6 ss.
(46) Jn. 3, 3. 27 ss.
(47) Act. 19, 16.
(48) M t. 24, 49.
mismo. Todo esto para que el así salvado pueda fácilmente
seguir pronto su camino (49). No otra cosa hace Cristo. Des­
pués de ser curado de su parálisis el que llevaba treinta y
ocho años enfermo, tiene que tomar su camilla por sí mismo
y marchar por sus propios pies (50). Finalmente, no olvide
jamás el pastor de almas el dicho paulino: Me reconozco
deudor de todos (51), y busque, sin acepción de personas y
estados, ganar a todos para Cristo.
Praeesse. La vocación y la ordenación del sacerdote en­
cierran por consiguiente una misión. Parecida a la del bautis­
ta, de dar testimonio de la Luz, para que por ella lleguen todos
a la fe; de dar testimonio de que Cristo es el Hijo de Dios (52).
En el fondo no significa más que una continuación de la mi­
sión de Cristo, que vino a dar testimonio de la verdad (53).
La palabra del sacerdote es además un signo, imprescindible
sobre la tierra, de la relación que une a los fieles entre sí con
el Padre y el Hijo (54). Un medio para conservar los corazo­
nes en una fe humilde, para llenarlos de alegría y hacer esta
alegría completa (55); lo mismo si esta palabra se lleva a los
corazones por la voz viva del predicador que si se hace por
medio de un escrito o de un libro. La palabra del sacerdote
debe ser el órgano por el que el Espíritu Santo habla a la
comunidad (56). El instrumento con que él desparrama la se­
milla de la palabra divina, si el campo de Dios debe ser cul­
tivado de nuevo año tras año. El arado que prepara los cam­
pos para la recepción de esta semilla. El alimento de las pas­
tizales del rebaño divino. Esto trae consigo muchos esfuerzos.
Predicar, catequizar, corregir, compadecerse, cuidarse de cada
alma es un inmenso peso, una inmensa tarea, un inmenso
trabajo. ¿Quién no desearía apartarse de él? Mas la amenaza
del Evangelio nos aterroriza y nos impide sustraernos a esta
obligación (57).

(49) Le. 10, 34 ss.


(50) Jn. 5, 8.
(51) I Cor. 9, 22.
(52) Jn. 1, 7. 34.
(53) Jn. 17, 4. 6.
(54) I Jn . 1, 3.
(55) I Jn . 1, 4; II Jn . 12.
(56) Ap. 2, 7.
(57) Agm. 193, 4.
Praeesse. La gran cantidad de actividades ministeriales y
no ministeriales fácilmente trae consigo el peligro de que el
espíritu y el alma se agoten y se quebranten con tanto trabajo,
y que nosotros, excesivamente ocupados, nos encontremos
como paralizados, impotentes, faltos de gusto ante lo único
que en ese momento tenemos que hacer. Hemos decaído en­
tonces de nuestros pensamientos. Nos hemos desparramado
sobre muchas cosas, sobre demasiadas cosas. Prevengámonos
con este consejo: Hijo mío, no te metas en muchos negocios,
que el que mucho abarca, poco aprieta. Si persiguieres mu­
chas cosas, no cogerás ninguna y por mucho que corras no
llegarás (58). Quien por una actividad sin medida se deja
arrastrar solamente hacia las cosas de fuera, se aparta del
firme y fundamental apoyo que da solamente el temor pro­
fundamente interior de Dios. Puede ser que no se le pase nin­
guna cosa, pero, para sí mismo, queda él como algo comple­
tamente oculto. Es un enigma para sí mismo. Se parece al
peregrino que en su camino se olvidó dónde quería y dónde
debía ir (59).
Praeesse. Conforme a la estructura social de nuestros
días, los tiempos exigen al sacerdote la dirección o la vigi­
lancia de escuelas, de diversas hermandades y asociaciones
religiosas, de uniones de caridad. Esto sobrepuja el trabajo
del pastor de almas, que halla en su ordenación no solamente
fuerzas, sino también espíritu y forma, límite y medida de
esta actividad. Cuanto más explícita y profundamente resalte
esta mutua dependencia con su ordenación, tanto más dura­
deramente este trabajo, fundamentalmente distinto de las va­
cías actividades y de las ociosas ocupaciones en multitud de
cosas, unirá a la comunidad con el Sacrificio y el altar* y ayu­
dará a alimentarla y a formarla en la fuente primera de la
vida cristiana. Entonces es fácil alejarse del peligro de lo de­
masiado mucho o de lo demasiado poco, de la inacción o de
la dispersión. Así queda también alejado para el sacerdote el
peligro de la mundanización. También fuera de los muros de
la iglesia, el sacerdote sirve al altar y a su Sacrificio Eucarís-
tico sin olvidar su ordenación y su sacerdocio. Ejerce su mi­
nisterio mucho más metido en su espíritu y en su sentido, sin

(58) Eclo. ll, 10.


(59) S. Greg. M ag.: Regala past. 1, 4.
oscurecer el punto central de la vida religiosa y sin intentar
jamás la experiencia de removerlo de su sitio.
Praeesse. Solamente el Señor puede decir: Y o soy la
puerta (60) por quien todos deben entrar. El es la única
puerta. Sólo de El confiesa la Iglesia: Tú solo eres el Santo,
el Altísimo, el Señor (61). Entre sus sacerdotes, por el con­
trario, aun el mejor es solamente uno de tantos. Un mero
instrumento que Dios utiliza todo el tiempo que le place, que
sustituye por otro cuando le parecei bien. Sólo El.es la puerta
que¡ nadie puede cerrar si el Señor la abre, ni abrir si el Se­
ñor la cierra. Sólo importa que Cristo sea anunciado (62),
glorificado. Esto es lo esencial y, comparado con esto, poco
importa que Cristo se haya valido de mí o de otro hermano
cualquiera.
Praeesse. San Alberto resume en unas palabras lo que
aquí tenemos que decir. Si los sacerdotes son vicarios de
Cristo en su poder y en su autoridad, tomen la resolución de
ser sus imitadores y suscitadores de su vida. Sint vicarii ¡n
potestate, si sint succesores et suscitatores vitae Christi (63).
Praeesse. Esta tarea exige mucha discreción. Ante todo,
arte para entender a los hombres y para huirlos. Para per­
suadirlos y para ganarlos. También para esto la ordenación
da el Espíritu Santo, su luz, su fuerza, su paciencia, su bon­
dad y suavidad, su conocimiento de las almas, su amor. Quien
se pone bajo su dirección, le sigue y desea trabajar con El,
nunca se convertirá en un hombre legalista, o en un moralista
sin alma, o en un mercenario de oficio, mucho menos en un
hombre de bufete, en un avinagrado censor, en un gallardo
fariseo sin corazón, y su obrar no degenerará en un mecanis­
mo sin alma. Su posición interior y exterior se mantiene igual­
mente lejos de la de la falsa María como de la de la falsa
Marta. Jamás obrará por costumbre, aunque todo sea igual
en el curso de muchos días. Jamás un sacerdote así verá en el
hombre que esté a su lado un inferior, un número vacío de
contenido y menos aún un objeto. Se esforzará siempre por
ver en él la imagen de Dios, por desarrollarla y llevarla a la
perfección.

(60) Jn . 10, 7.
(61) G loria de la Misa.
(62) Flp. 1, 18.
(63) Al.: In Ev. Me. 1, 17.
Praedicare. Por el poder sacrificial recibido, el sacerdote
está ante Dios, le ofrece el Verbo eterno hecho carne y ali­
menta a los fieles con el Pan eucarístico bajado del cielo. Por
la misión y el poder de predicar ha sido puesto por Dios en
el mundo para darle la palabra de vida, la palabra que Cristo,
el Hijo de Dios, vive junto al Padre (64). La palabra por la
que vive el hombre (65). Que es un manjar que no perece,
que nos ha dado el Hijo del Hombre y que conduce a la vida
eterna (66). Esto nos lo muestra claramente la profunda
unión que en la antigüedad cristiana existía entre la celebra­
ción de la Eucaristía y el anuncio de la palabra de Dios.
¿Por qué predicar? Sacerdotem oportet praedicare. Esto
pertenece a su ministerio, que consiste en dar la vida que
procede de Dios. Vida como fe, que viene por los oídos, así
como esto último por la enseñanza y la predicación. Esto a su
vez tiene su punto de partida en una misión y por consiguien­
te en un mandato de altísima dignidad e importancia (67).
Esta es la especial grandeza del ministerio de la predicación:
anunciamos el Verbo de Vida (68). Cuanto más íntimamente
busque el sacerdote cumplir su ministerio en unión con Cris­
to, con su espíritu y su mensaje, tanto más podrá decir como
su divino Maestro: El que me ha enviado es veraz (69).
Praedicare. ¿Quién debe predicar? La Iglesia solamente
entrega el Evangelio al obispo en su consagración, cuando el
consagrante le pone en silencio el libro abierto sobre sus es­
paldas y hombros antes de invocar sobre él por primera vez
el Espíritu Santo. Cuando el consagrado tiene en la mano el
báculo y el anillo, recibe de manos del consagrante el libro
cerrado con el mandato: Recibe el Evangelio. Ve a tu pueblo
y predica. El Señor es poderoso para aumentar en ti su gra­
cia; El, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
Aquí se manifiesta brevemente, con palabras y con hechos,
quién es el que ejerce el ministerio de la predicación, a quién
se le entrega inmediatamente, y a quién está destinado. A ello

(64) Jn . 3, 11.
(65) M t. 4, 4.
( 66 ) Jn . 6 , 27.
(67) Rom. 10, 15; u n a hom ilética valiosa y densa en el C ardenal
B ertram : Charism en priesterlicher G esinnung, Freiburg 1931, 138-165.
( 68 ) I Jn. 1, 1.
(69) Jn . 7, 28.
se une profundamente la referencia al poder de Dios, cuya
asistencia es imprescindible, al Dios que vive y reina por los
siglos de los siglos, cuya palabra, llena de poder y de vida,
pasa de la boca del predicador a los corazones de los fieles.
Predicar es por consiguiente, ante todo, cosa del obispo y so­
lamente quien recibe mandato de él desempeña esta misión
lícitamente y puede considerarse como obrando en nombre
de Cristo.
La predicación según el espíritu del Evangelio y la pre­
dicación del Evangelio sólo puede hacerlas digna y eficazmen­
te el hombre en quien la gracia de Dios es vital y poderosa.
La predicación según el espíritu del Evangelio anuncia los
misterios de los eternos decretos divinos, que son anteriores
al mundo y que han de sobrevivirle. La predicación según el
espíritu de Cristo y de la Iglesia reparte las verdades que flu­
yen de la vida de Dios y nos dan una participación en El. Se
apoya por tanto en el poder y en la majestad del Señor y por
eso la palabra de Dios nunca puede estar encadenada (70).
Naturalmente el sacerdote y el diácono ejercen este ministerio
solamente en dependencia del obispo y bajo su dirección. De
él reciben la missio canónica (71). Quien sin ella se atribuye
el ministerio de la predicación cargó sobre sí el disgusto de
Dios y se repitió en él lo que el Señor lamenta amargamente
en Jeremías: Yo no he enviado a esos profetas: Vienen en
nombré propio. Yo no Ies he hablado y profetizan. A ninguno
de ellos he enviado Yo. A ninguno de ellos he dado mi mensa­
je ni mi mandato. A ninguno he hablado (72). El ministerio
de la predicación es un ministerio apostólico. Los discípulos
deben predicar por la misión de Cristo, como Cristo lo ha he­
cho por la misión del Padre. Cumplen con ello un ministerio
deudor para con su divino Maestro y su Evangelio. ¡Ay de
mí, si no predicara! (73). Si bien en grado muy distinto, estas
palabras del Apóstol de las Gentes valen para cualquier sacer­
dote. El predicador no confía al banco el precioso talento a
él confiado. Trafica con él. Le hace fructífero. De este modo
trabaja y da fruto. Fiel al mandato de su Señor, hasta que

(70) II Tim . 2, 9.
(71) CIC can. 1.327 & 2; can. 1.328; can. 1.337.
(72) Jer. 23, 21; 14, 14,
(73) I Cor. 9, 16.
venga a exigirle el talento que le fue prestado, con todas las
rentas (74). Los dones de la gracia, cuando se comparten con
otros, aumentan. Cuando se les guarda y se les almacena, se
corrompen (75). [Qué responsabilidad si el sacerdote se pa­
rece al siervo haragán y perezoso! ¡Si deja inutilizarse el te­
soro de la gracia! ¡Colocó bajo el celemín la luz que se le
dio en las manos! ¡Dejó volverse insípida la sal con que de­
bió sazonar y conservar sana la vida de las almas inmorta­
les! ¡Se negó a esparcir la semilla de la vida divina!
Postulat Sancta Mater Ecclesia! La Iglesia ha conducido
al altar al ordenando para que, en el fuego del Santo Sacri­
ficio, se incendie de amor por las almas. Avívelo diariamente
en el altar. Unido profundamente ante la faz del mundo a su
divino Maestro por el altar, dé testimonio de la verdad. Para
abrir a las almas el agua de la vida eterna. Con palabras san­
tas. Como exhorta el Señor con suave reproche: Dad de co­
mer vosotros mismos a los hambrientos { 7 6 ) . Como sintió un
San Gregorio Magno el peso de esta responsabilidad. Se ve
colocado ya ante el tribunal de Cristo. Mira a Pedro con las
numerosas comunidades ganadas para la vida eterna. A Pa­
blo, que lleva tras de sí un mundo convertido. A Andrés, a
quien sigue Acaya; a Juan, a quien sigue el Asia; a Tomás, a
quien sigue la india. ¿Qué presentaremos nosotros en com­
paración con ellos? Nosotros, miserables, que a! fin de la jor­
nada volvemos al Señor con las manos vacías. Nosotros, que
llevávamos el nombre de pastor y que ahora no presenta­
mos el rebaño que se nos había confiado. Nosotros, que so­
bre la tierra nos dejamos llamar pastores y en el más allá no
tenemos ningún rebaño que poder llevar detrás de nos­
otros (77). Este Santo estaba invadido hasta lo más profun­
do por la obligación ineludible de predicar, aun cuando la
palabra anunciada se levantara contra él mismo. ¿Callar? No
podemos hacerlo. Y eso que temo que mis palabras se vuel­
van contra mí y me hieran. Sin embargo, ni puedo ni quiero
dejar de hacerlo. ¡Quiero hablar! ¡Hablar! La espada de la
palabra de Dios debe también por mí traspasar el corazón de

(74) M t. 25, 26; C.: Sermo 4, 2.


(75) AL: In Ev. Le. 19, 13.
(76) Le. 9, 12.
(77) S. Greg. M ag.: Hom. in Ev. 1, 17, 17.
mi prójimo. Sin cuidarme de mí mismo, quiero cumplir la
misión divina. ¡Quiero hablar! Hablar, para que mi palabra,
por mí mismo se vuelva también contra mí (78).
¿Qué debe predicar el sacerdote? El Evangelio. Esto es lo
que ha recibido el obispo, que es quien le ha llamado para
predicar. Predicad el Evangelio, dice el Señor (79). El Evan­
gelio, que es el mensaje de la salvación. Ninguna otra cosa
debemos predicar. Nihll allud, dice brevemente y con razón
San Alberto Magno en este pasaje (80). El Evangelio como
ha sido ya aplicado en las Epístolas de los Apóstoles y en los
escritos de los Santos Padres para su tiempo y para sus múl­
tiples necesidades. El Evangelio que nos ha sido confiado. El
Evangelio de la gloria y la magnificencia de Dios (81). Cristo
en medio de vosotros, que es la esperanza de la gloria. Predi­
camos a Cristo (82). Esto mismo piensa San Pablo cuando
escribe: Christum et hunc crucifixum (83). La palabra de
Dios, el mensaje de Cristo como contenido, fue la fuerza per­
suasiva, arrebatadora, rejuvenecedora de la predicación apos­
tólica y patrística. Lo que San Ambrosio pide es un amor
desbordante de Cristo: Haz, Señor, que no hablemos de otra
cosa que de la Sangre salvadora de Cristo. Queremos admirar
sus obras. Anunciar sus beneficios (84). Este mismo amor es
quien le pone en la boca estas palabras: Condenemos todo lo
nuevo que no haya enseñado Cristo. Palabras que quedan ex­
plicadas por esta razón: Pues Cristo es el camino para los
creyentes (85).
Cristo, el contenido de nuestra predicación. ¡Qué pro­
grama más estupendo y elevado! Cristo, como le vieron los
sinópticos, como le vio San Juan, como le vio San Pablo.
Como le siguieron viviendo los Santos Padres y los Santos,
como le sigue viviendo la liturgia. Esto era lo que San Am­
brosio tenía ante sus ojos cuando decía: Predicamos a Cristo

(78) S. Greg. Mag.: In Ez. 1, 11, 5.


(79) Me. 16, 15.
(80) Al.: In Ev. Me. 16, 15.
(81) I Tim . 1, 11.
(82) Col. 1, 27 s.
(83) I Cor. 2, 2.
(84) A.: Ep. 23, 22.
(85) A.: De virginitate 5, 28.
Jesús porque El mismo es la sabiduría. Es la palabra: El Ver­
bo de Dios, y esta palabra es la que debemos tener siempre
en nuestros labios. Si queremos hablar sobre la sabiduría, El
es la sabiduría. Si queremos hablar sobre la virtud. El es la
virtud. La justicia. La paz. Y si nuestro discurso es de ver­
dad, de vida y de salvación, El lo es todo (86).
Praedicate Evangelium. Aunque, meditándole mil veces,
le agotásemos, permanece eternamente actual. Eternamente
vivificante y salutífero. Eternamente lleno de gracia y de ver­
dad. Si el sacerdote anuncia a su comunidad este mensaje,
va entonces como buen pastor delante de su rebaño y le lleva
a los pastizales de Dios, donde encontrará pasto abundante y
sustancioso, reconocerá la voz de su divino Maestro y le se­
guirá. Cuídese solamente, como recuerda San Jerónimo, de no
convertir, con interpretaciones arbitrarias, el Evangelio de
Cristo en un evangelio de hombres (87). San Pablo mismo
por otra parte no quiere haber omitido nada que pueda ser
de provecho para 1as almas (88). En este punto es sumamen­
te significativo para el predicador conocer claramente qué es
lo principal aquí (89). Quien con la gracia de Dios consigue
esto queda totalmente preservado del peligro que ya señaló
San Gregorio Magno: Me hice mudo y prolijo ante la pre­
sencia de Dios. Mudo, donde la obligación era hablar. Pro­
lijo donde estaba perdiendo el tiempo ociosamente (90). Coo­
pere todo sacerdote a que Cristo siga formándose en el alma
del pueblo, a que todo el que regrese a su hogar de1 la casa
de Dios lleve en el corazón una verdadera y viva semilla de
Dios, a que el nacido por la gracia pueda, lleno de alegría y de
agradecimiento, cantar con el Profeta: He recibido un fruto
santo. Me ha nacido un salvador (91).
¿Cómo predicar? Con confianza inquebrantable, pues en
la palabra hablada hay una fuerza poderosa. Las mismas Sa­
gradas Escrituras penetran más fácilmente s¡ se las lee en voz

( 86 ) A.: In PS. 36, 65.


(87) S. Jerónim o: In, Ep. ad Gal. 1, 1, 11 .
( 88 ) Act. 20, 20.
(89) Flp. 1, 10.
(99) S. Greg. M ag.: Hom. in Ev. 1, 11 , 5.
(91) S. Jerónim o. In Ep. ad Gal. 2, 4, 19; cfr. Is. 26, 17 s.;
S. Jerónim o leyó: peperim us; filios salvationis tuae fecim us super
tsrram .
alta o se las explica por la predicación (92). Esto lo enseña
la pura experiencia natural; además la fuerza del sacramento
del Orden y la oración de la Iglesia — juntamente con la ben­
dición del obispo que le ha enviado— se asocian al sacerdote.
Potens est enin Dominus ut augeat gratiam tuam.
Si la gracia y el espíritu de Dios son imprescindibles en
el sacerdote para todo lo que haga, lo son también para anun­
ciar la palabra de Dios. Obran incomparablemente más que
la pura elocuencia y el puro arte humanos. Por la gracia de
Dios soy lo que soy. Lleno de gozo puede añadir San Pablo:
La gracia que me confirió no ha sido estéril, antes he traba­
jado más que todos ellos. Pero no yo, sino la gracia de Dios
conmigo. Así predicamos nosotros y así habéis creído vos­
otros (93).
Predicar con naturalidad no afectada y con calor. Ante el
pueblo creyente no es necesaria una oratoria rebuscada. Bas­
ta una exhortación en forma sencilla y cordial (94). San Am­
brosio evitaba en su predicación cubrir la doctrina con aña­
diduras superfluas. Más bien se esforzaba por exponer el
sentido de las Sagradas Escrituras lo más claramente posible.
La palabra de Dios debe lucir con su luz propia y original.
Como el sol y la luna, que para mostrar y esparcir; su luz no
necesitan ninguna interpretación. Su brillo los explica sufi­
cientemente (95). El Santo desdeñaba las palabras bonitas y
floridas. Le agradan, sobre todo, una fuerza varonil y una
entrega de sí mismo natural y sencilla. Toda sutileza ingenio­
sa en la palabra de Dios es algo que se sale de la cuestión e
indigno del predicador. Estas habilidades son para las almas
atractivos seductores. Un vapor vacío que mata la medula del
pensamiento (96). ¡Magnífica alabanza cuando al predicador
se le pueden aplicar estas palabras: Por mí ha hablado no
solamente la sabiduría, sino la gracia! (97). Como princi­
piante en el cargo episcopal, San Ambrosio no pretendió la glo­
ria de ser un Apóstol. Los Apóstoles tuvieron la ventaja de

(92) S. Jerónim o: 1. c. 2, 4, 20.


(93) I Cor. 15, 10.
(94) C.: Sermo 1, 13.
(95) A.: De C ain et Abel 1, 6 , 22.
(96) A.: In Ev. Le. 8 , 70; aunque él confiesa: m agna vis, mag­
num pondus in verbis.
(97) A.: De officiis m inistrorum 1, 1, 3.
ser escogidos Inmediatamente por el Señor. Tampoco quiso
compararse con la gracia o con la grandeza de espíritu de los
Profetas, ni con la fuerza de los Evangelistas, ni siquera con
la prudencia y experiencia de los antiguos obispos. El único
deseo ardiente que, ya desde el principio, nunca le abandonó
fue: Conocimiento, interés (intentio) y celo por las Sagra­
das Escrituras, y conocer cada vez más los libros santos por
la lectura diligente. Si los Santos Padres toman ante lo artísti-
co-oratorio una actitud reservada y prefieren la palabra senci­
lla, cultivan no obsante consciente y cuidadosamente el estilo
y la estructura de sus sermones. San Jerónimo, por ejemplo,
se figura la palabra del sacerdote señalada por una gravedad
elegante, fina, brillante, señorial, seria (polita... nítida gravi­
tas) (98). Tú no necesitas predicar siempre como un obispo
(pontificali eloquio). Muchos apenas si te entenderían, dice
por su parte el popular San Cesáreo (99).
Por consiguiente, no siempre es necesaria una elocuencia
eminente ni una memoria pasmosa (100). Una oratoria fas­
cinadora y exuberante no sería una cosa muy a propósito para
la iglesia (satis ¡nconqruum est). La mayoría no lo compren­
dería y apenas si algún que otro académico llegaría a enten­
derlo. Vix ad paucos possit scholasticos pervenire (101). En
este sentido exiae Dios a Isaías: Stylo hominis (102). Escribe
de modo inteligible para los hombres. Al modo de los hom­
bres. Con caracteres humanos. Esto no lo hacen todos los pre­
dicadores. Algunos escogen temas demasiado elevados. Expo­
nen cosas altas. Hablan con una gravedad soberbia y fría y
no hacen nada para el provecho de los oyentes. Otros se ex­
tienden sobre cuestiones discutidas. Dicen ideas que no pue­
den enseñarse. Ideas fantásticas. O cosas que rozan el error
o la herejía. Nuestro ministerio sacerdotal exige otra cosa:
exponer la palabra de Dios de modo inteligible para los hom­
bres. La palabra de Dios con palabras de hombres. Ya serán
escritas en los corazones de los hombres por el dedo de Dios.
El Espíritu de Dios es quien debe hablar, conmover los cora­

o s ) S. Jerónim o: In Ep. ad Gal. 3, 5.


0 9 ) C.: Sermo 1, 12.
(100) C.: Sermo 1, 13.
(101) C.: Sermo 1, 20 .
(102) Is. 8, 1.
zones, grabar la palabra de Dios en los corazones por la pa­
labra de los hombres (103). Por eso es más valiosa e impor­
tante la palabra cálida y sencilla, accesible al pueblo. Sin duda
debe cumplirse aquí cuanto sea posible el "m e he hecho todo
para todos" (104). No en balde San Jerónimo da más im­
portancia a que los oyentes vuelvan a su casa interiormente
transformados a que aplaudan al predicador. Non clamor po*
pulí, sed gemitus suscitetur (105). A veces es necesario me­
jorar el estilo decaído de la predicación de su tiempo. Hagá­
moslo estudiando profundamente las Sagradas Escrituras y
trayendo a los pulpitos más importantes teólogos eminen­
tes (106).
Predicar con perseverancia. ¡Con paciencia! (107). No
te desanimes, aunque no veas venir inmediatamente o después
de largo tiempo un éxito visible sobre muchos. Ni San Am­
brosio, ni San Agustín, ni San Bernardo pudieron en su tiem­
po contentar a todos los oyentes sin excepción. ¡ No debes
desanimarte! Lo que se te exige es esfuerzo, no éxito. Curam
exigeris, non curationem. El mandato del Señor e s: cuida de
los enfermos; y no: cúralos. Eso pasaba ya al mismo Apóstol
de las Gentes. Sabía con toda certeza que vendría un tiempo
en que no sufrirían la sana doctrina; antes, deseosos de no­
vedades, se amontonarían maestros conforme a sus pasio­
nes (108). El Apóstol puede gloriarse: he trabajado más que
todos ellos. Pero no se atreve a decir: he conseguido más que
todos ellos, he alcanzado más fruto que todos ellos (109). Es
demasiado consciente para ser inmodesto. Observa tú también
esto. Haz lo que esté de tu parte. Haz lo tuyo. El Señor hará
lo suyo. El lo hace sin necesitar tus cuidados y desasosiegos.
¡Planta y riega! ¡Esfuérzate y has hecho ya toda tu parte!
¡ Sé valiente! Ya llamará Dios el alma de tu contradictor a ren­
dir cuentas (110). Ciertamente, a nadie se le ha dado alcanzar
la sabiduría en toda su altura y profundidad, como lo fue dado

(103) Al.: In Ev. Me. 10, 1.


(104) I Cor. 9, 22.
(105) S. Jerónim o: Ep. 52, 8 .
(106) Al. In Ev. M t. 4, 21.
(107) I I Tim. 4, 2.
(108) II Tim . 4, 3.
(109) I Cor. 15, 10.
(110) s. B ernardo: De consideratione 4, 2.
a Salomón. A todos no obstante, conforme a su capacidad de
comprensión, se les ha ¡nfundldo el Espíritu de sabiduría. A
todos los que son creyentes de verdad (111). Como coopera­
ción y preparación para ello recomienda San Ambrosio, ade­
más de la oración asidua, meditar en Dios y en las cosas de
Dios, volverlo a meditar de nuevo y, luego, hablar. ¡Nunca
será demasiado! Domina tú la naturaleza con el esfuerzo.
Vence la timidez, lo amorfo, lo pesado en el estilo y en la ex­
posición, la oscuridad en la construcción. Sigue continuamen­
te trabajando sobre ti mismo y sobre las disposiciones de tu
naturaleza. Es cierto que no podemos ni crear nuestra natura­
leza ni adquirirla, pero podemos crear y adquirir un modo
solícito de trabajo. Nadie puede darse una nueva naturaleza,
pero con interés y con diligencia todos podemos educarla. La
gracia que obraba en un David era sin duda extraordinaria.
Es cierto que no se la encuentra en todos. No obstante, la ma­
yoría puede adquirir esta solicitud (112).
Predica siempre que tengas ocasión (113). En privado y
en público. San Cesáreo aconseja esto mismo diciendo que la
predicación no debe limitarse sólo a los días de fiesta, sino
que debe hacerse todos los domingos. Praedica, insta, oppor-
tune, importune. Predica, que serás oportuno para todos los
de buena voluntad, importuno para los que no quieran oírlo.
A los de buena voluntad simplemente con exponerles la doc­
trina. Estos saludan al predicador que les trae la palabra de
Dios. A los de mala voluntad hay que traerle^ al amor de una
manera conveniente en .cada caso (114). Los Santos Padres
no soportan ninguna disculpa. Quien tiene en pletito su campo
halla la palabra conveniente y el valor necesarios para hablar
delante de su encumbrado señor. ¿Por qué? Porque ama su
campo. ¿Por qué la mayoría de las veces no sucede así con
nuestra predicación? ¿Por qué nos sentimos tan poco empu­
jados a levantar nuestra voz en la iglesia? Apenas me atrevo,
pero es necesario decirlo: hablamos en la iglesia con tan poco
entusiasmo porque no amamos suficientemente al pueblo que
nos ha sido confiado (115).

(111) A.: In Ps. 36, 65.


(112) A.: In Ps. 36, 66 .
(113) Act. 20, 20.
(114) C.: Sermo 1, 3.
(115) C.: Sermo 1, 13.
Menos aún dispensa de la predicación el casual o fre­
cuente pequeño número de oyentes, que podría desanimar. Ei
Señor habló a grandes multitudes en el desierto o en el lago,
pero no tuvo a menos exponer verdades del más alto signifi­
cado ante el círculo reducido de sus discípulos, o a solas con
Nicodemo o la Samaritana. A multis audire non valeo. A San
Gregorio Magno la debilidad corporal le impedía hablar ante
grandes multitudes, pero esto no fue motivo para que cesara
en su actividad apostólica. Si no me es posible ser útil a mu­
chas personas ¿tengo que renunciar a ocuparme de pocas? Y
si me es imposible marchar con carros cargados de graviIlas
¿tendré que volver a la era con las manos completamente va­
cías? Renunciaré a hacerme cargo de tantas, como lo exige mi
ministerio, pero al menos llevaré alguna a mi casa, aunque sólo
sea una o dos. Dios premia también a los débiles. Dios no pide
cuenta solamente del peso de la mies cortada, sino del esfuer­
zo empleado (116).
No olvidemos finalmente que la más esforzada predica­
ción pierde su efecto si una vida impura ensombrece las pa­
labras brillantes o las desmiente. Las palabras mueven, los
ejemplos arrastran. Esto lo confirman las palabras de Cristo
a los Apóstoles. No vuestras palabras, en primer término, sino
vosotros mismos — vuestra persona, vuestro carácter, vuestro
pensar y vivir— sois la sal de la tierra. Y no es vuestra pre­
dicación la luz del mundo, sino que, ante todo, debéis serlo
vosotros. Por la virtud y el ejemplo. Como lo es Cristo, en el
más alto grado? primeramente en su persona. Mediante el
comportamiento personal alcanza al sacerdote el convencimien­
to propio y la fuerza para convencer a los demás. Una predi­
cación es verdadera cuando la palabra hace brotar fuego y
luz de la vida del predicador. Una antorcha que no tenga
fuego jamás podrá incendiar. Y con mucha razón dice esto
San Gregorio Magno (117).
Predica con humildad. Tanto el sacerdote como el seglar
tienen un único Maestro, ambos son condiscípulos (118). Re­
cordando unas palabras del Señor en San Juan, 8, 44, confie­
sa San Agustín: Si yo enseñase mis doctrinas propias, si yo

(116) S. Greg. Mag.: Hom. in Ev. 2. 22, 1.


(117) i. c. i, 11, 7.
(118) Ag.: Sermo 134, 1, 1 .
diera lo que únicamente es mío, y sólo de mí procediese lo
que predico, no daría más que engaños y mentiras. Si de meo
dedero, mendacium dabo (119).
A propósito de esto dice magníficamente el mismo San
Agustín: Prediquemos por tanto a Cristo. Donde podamos.
Cuando queramos. Todo lo mejor que podamos. Lo que Dios
y nuestro ministerio exigen de nosotros es fe. No facilidad de
palabra. Deja que hable la fe en ti y entonces será Cristo quien
hable por ti. Así lo dice el Salmista: Creo y por eso hablo.
Sería imposible que el Salmista creyera y permaneciera mudo.
Sería una ingratitud para con Dios y para con su Espíritu. E in­
grato es para con Dios quien se resiste a repartir lo que tan
abundantemente ha recibido. Lo que se recibe por la gracia
de Dios hay que repartirlo. Es como una fuente brotada en
nosotros mismos que debemos dejar correr y que en modo
alguno podemos ahogar (120).
Ite in orbem, rezaba el último mensaje con que el obis­
po según un antiguo Pontifical de Maguncia, despedía a los
ordenados al final de la ordenación (121). ¡Ganar el mundo
para Cristo! Este es el deseo que embarga al neosacerdote
cuando baja las gradas del altar en que ha empezado su sa­
cerdocio. Tu mundo es tu parroquia. Enciende en ella el fue­
go que Cristo vino a traer a la tierra; el fuego, que es su
Evangelio, su Espíritu Santo. El mismo. El prototipo más per­
fecto de los predicadores, Pablo, se presenta como servidor
de la Iglesia por decisión de Dios. Sobre él pesa una doble
tarea: suplir lo que falta a las tribulaciones de Cristo — de
ello habla su profunda unión con Cristo, a quien ama ardien­
temente— y llevar a cabo la predicación de la palabra de
Dios— esto explica su incondicional entrega al Evangelio. Ex­
tender la palabra de Dios. Ganar los corazones para la pala­
bra de Dios. Adimplebo, quae desunt, passionum Christi y ut
impleam verbum Dei. Toda su enseñanza y todas sus exhor­
taciones tienen este fin. Para eso trabaja y sufre, amparado
en el poder de Cristo que obra en él poderosamente, para lle­
var a los hombres a su plena perfección en Cristo. Para que
se consuelen sus corazones, a fin de que, unidos en la caridad,

(119) Ag.: Sermo 101, 4, 4.


(120) Agm. 503, 2.
(121) Ct. I, 268.
alcancen todas las riquezas de la plena inteligencia y conozcan
el misterio de Dios, esto es, a Cristo, en quien se hallan es­
condidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia (122).
Cuando el Señor habló en Cafarnaum, el pueblo quedó
prendado de su doctrina, pues enseñaba como quien tiene au­
toridad y no como los escribas (123). Era la iluminación de
una fuerza misteriosa de Dios que se hacía patente en sus pa­
labras. La iluminación vivificadora de la verdad divina que se
hacía sensible. La gente estaba fascinada. Había hecho su pre­
sencia una doctrina nueva llena de poder (124). Sean tu se­
guridad las palabras de San Pablo en 2 Cor., 11, 10 : Veritas
Chrlsti in me. Esto se confirma aún más con lo que Pío IX
escribe en su encíclica sobre el sacerdocio: La palabra del
sacerdote penetra en las almas y las da luz y fuerza. Aun en
medio del torbellino de las pasiones resuena como un descan­
so que da sosiego, anuncia intrépidamente la verdad y exige
el bien: la verdad que esclarece y resuelve las más difíciles
cuestiones de la vida del hombre; el bien que ni la desgra­
cia, ni siquiera la muerte puede arrebatar, el bien que la
misma muerte hace aún más firme e inmortal.

Baptizare. Uno de los frutos más hermosos del actual


movimiento litúrgico, por estar cargado de bendiciones, es la
creciente comprensión y la devoción que se han despertado
hacia el sacramento del santo bautismo. Ya como predicador,
el sacerdote es el Padre espiritual de la parroquia. San Pablo
se gloría de este mérito que nadie puede discutirle. Quien os
engendró en Cristo por el Evangelio fui yo (125). Los fieles son
sus hijos, a quienes él ha vuelto a engendrar a la vida (126).
De modo semejante, y con plena verdad, por la administra­
ción del bautismo se origina un parentesco espiritual que
Santo Tomás llega a llamar paternidad. En el mejor sentido
de la palabra, la administración de este sacramento significa
una nueva creación y un nuevo dar a la luz. Es por consiguien­
te una donación de vida y en consecuencia una paternidad.

(122) Col. 1, 24 ss.


(123) Me. 1, 22.
(124) Me. 1, 27.
(125) I Cor. 4, 15.
(126) Gal. 4, 19.
Claro que esta vida viene de Dios, pero se recibe por obra del
sacramento y del que lo administra. Y es que esta vida nueva
no nos la da Dios solamente, como dio por ejemplo a Adán
el ser, la vida y la plenitud de la gracia. Nos viene por el agua
y por el Espíritu Santo, que la persona que administra el sa­
cramento del bautismo infunde en nosotros. Un milagro de la
omnipotencia y misericordia divinas hacen del bautizado un
hombre nuevo. En el que administra el sacramento nace una
paternidad espiritual que dura hasta la muerte, una verdade­
ra cognatio spiritualis, pues él es quien hace las veces de la
persona de Dios, que es quien verifica este renacer (127). Se
origina en él la proplnquitas propagatae gratiae (128), una
atadura que une al sacerdote y al bautizado tan profunda­
mente como unen a éste la pila bautismal y su recuerdo con
la iglesia parroquial.
El sacerdote ejerce aquí un poder que tiene su origen y
dignidad en el Padre celestial y que está muy por encima de
todos los poderes naturales. Cuando se lleva al catecúmeno a
la fuente bautismal, se le lleva al encuentro con Dios. Aquí
resucitará a la vida limpio y libre de todas las ataduras (129).
Los bautizados no son ya hijos de la ira o de las tinieblas, sino
hijos de Dios, hijos de las complacencias de Dios, hijos de la
luz. La nueva vida nacida de Dios no les introduce en una
familia puramente humana, limitada al tiempo que pasa, y
con él perecedera y fugaz. Esta vida es algo mucho más gran­
de. El que administra el sacramento la injerta en el Cuerpo
Místico de Cristo, en Cristo, la verdadera vid. Los bautizados
aparecen como miembros de Cristo, como una generación de
la comunión de los santos, como hijos de la paz (130). En
este acto sacramental se repite en el alma del bautizado el
milagro del primer día de la creación. Se hace la luz donde
reinaban antes las tinieblas sin vida. Aparece en el cielo de
esta alma el sol de la eternidad. Cristo, el Hijo de Dios vivo,
se hace luz y vida para él. Lo que antes había sido únicamen­
te criatura de Dios, se hace vaso y templo de la divinidad.
Portador de la vida sobrenatural. Participante de la naturale-

(127) CIC can. 768; Th. Suppl. 56, 3 y 5.


(128) Al.: In IV sent. d. 42, A, a. 3.
(129) Ag.: Sermo 293, 11.
(130) Ag.: Sermo 271.
za divina. El sacerdote, en cuanto causa instrumenta! de esta
gracia, se convierte para siempre en el bienhechor de este
hombre. Por su intervención, el alma se hace sagrario del di­
vino tesoro. Posee una riqueza que admiran los ángeles. San
Ambrosio, lo describe con estas palabras: Aquí todo es ino­
cencia, todo amor, todo gracia, todo santidad (131). Con ello
el sacerdote abre al bautizado las puertas de la Iglesia y le
da la capacidad para recibir los demás sacramentos. Le unge
rey en el reino de Cristo. Le hace partícipe de la dignidad
sacerdotal de Cristo con el sacerdocio común. Tan pronto
como se ha realizado el sacramento, sobre las misteriosas
aguas de la pila bautismal aparece el sol de la Pascua. Nace
un nuevo día. Comienza el dies unus de la resplandeciente
eternidad. Se abrió un sepulcro. Con su divino Salvador, el
bautizado ha escapado del poder de la muerte, ha resucitado
para sólo estar con Dios y vivir con El. Está abierta la entra­
da al reino de las promesas. Una sabiduría sobrehumana em­
barga el alma. El Padre celestial llama a la participación de
su reino eterno. Su Espíritu hace romper en alabanzas a Dios
a las lenguas de los reciennacidos. Dios escolta el camino de
vida del hijo que ha librado de la servidumbre. Le conduce y
le lleva a la firme esperanza, al júbilo, a la alegría. El sacer­
dote, en el sacramento del bautismo, es el mediador escogido
por Dios de esta gracia que la liturgia de la Iglesia en la Misa
de la Semana de Pascua nos pone llena de claridad ante nues­
tros ojos. Para esto le llama la Orden que ha recibido del
obispo en el altar y en íntima unión con el Sacrificio Euca-
rístico. Llamado por la Iglesia y por el obispo al ministerio
sacerdotal, puede bautizar solemnemente aun en presencia de
un obispo, pues por la ordenación ha sido propiamente insti­
tuido para ello (132).

Sacerdotem oportet. Estas palabras encierran una santa y


feliz necesidad. El obispo se las ha grabado en el corazón al
futuro sacerdote, unos minutos antes de la recepción de la
Orden, al ponerle ante los ojos las tareas más importantes del
sacerdocio. Todo estos ministerios, sin excepción, quedan así
orgánicamente unidos con la ordenación, con el altar y con su

(131) A.: De sacram entis 1, 3, 10.


(132) Catechism us R om anus: Pars II, cap. 2, q. 21.
Sacrificio Eucarístico, de quien reciben su luz y su más pro­
fundo significado. De este modo quedan unidos del modo más
profundo al ciclo de la vida litúrgica.
No olvidamos tampoco el oportet. Un ministerio tan ele­
vado obliga por su dignidad. Es algo más grande que partici­
par en la misión de Cristo. Obliga a un trabajo incesante con­
forme a la idea de Cristo: mi Padre sigue obrando todavía y
por eso obro yo también (133). Gracias tan señaladas, conte­
nidas en el sacerdocio y en la ordenación, no se dan sin una
elevada misión ni pueden permanecer estériles.
Sacerdotem oportet. El fuego que el Señor trajo a la tie­
rra no descansa. No llevamos el nombre de pastores para des­
cansar y vivir una vida tranquila. Lo tenemos para trabajar.
Y debemos demostrar con los hechos que está escrito en nues­
tra alma con signos santos (134).
Sacerdotem oportet. Más que esta palabra, empuja al
sacerdote el celo por las almas que lleva en su interior. Sin él
no conservaría el sacerdote la pureza inmaculada de la Esposa
de Cristo, la Iglesia, que el Señor le ha confiado (135). El
verdadero amor es fuerte como la muerte (136). El amor
por las almas debe también conservar en el sacerdote esta
fuerza. Sin celo, los mismos ángeles no serían nada. Perderían
- una prerrogativa esencial de su naturaleza espiritual, que ellos
conservan por su celo ardiente (137). Porque Dios es grande,
es también grande el celo con que busca su Ciudad San­
ta (138). Al tibio, que no es ni caliente ni frío. Dios lo vo­
mita de su boca (139). Sólo donde domina el celo se forma
y crece la Iglesia. Sólo donde vive el celo hace progresos y se
dilata la fe. Sólo donde arde el celo brilla la pureza (140).
Se exige por otra parte el celo de Dios tal como vive en
Dios y por Dios. No un celo puramente humano como el que
brota de la envidia y degenera en celos. Un celo de este género

(133) Jn. 5, 17.


(134) S. Greg. M ag.: Ep. 23, 2.
(135) A.: In Ps. 118, sermo 10, 10.
(136) Cant. 8, 6.
(137) A.: In Ps. 118, serm o 10, 10.
(138) Cfr. Zac. 8, 2.
(139) Ap. 3, 15 ss.
(140) A.: In Ps. 118, serm o 10, 15.
estaría lleno de amargura y de odio. No ayuda a la gracia y
lleva al pecado y a la muerte, no a la vida. No engendra el
amigo fiel entregado, compasivo, desprendido, sino más bien
el fanático desconsiderado, el sujeto que tiene siempre razón,
el infructuoso hipocondríaco y pesimista.
El futuro sacerdote ha oído por boca del obispo lo que
espera su Madre Santa, la Iglesia. Estas tareas tan elevadas
no sólo engendran elevadas obligaciones, sino que también
infunden dotes extraordinarias al que tiene intención de acep­
tarlas, y en consecuencia llevan consigo un gran número de
responsabilidades ante Dios, ante la Iglesia y el obispo, ante
su propia alma. A continuación sigue inmediatamente la ex­
hortación del obispo.

Exhortación del Obispo

Cum m agno quippe ad tan tum Con grande tem or, se h a de su­
gradum ascendendum est timo­ bir, pues, a ta n alto grado y se
re, ac providendum u t coelestis h a de velar que a los elegidos
sapientia, probi mores et diutur­ les recomiende su sabiduría ce­
n a justitiae observatio ad id lestial, su intachable conducta y
electos com m endent. u n a probada práctica de la virtud.
El diaconado era ya una distinción no pequeña. ¡Cuánto
más el presbiterado! A un grado tan elevado no hay nadie
que se acerque sin un gran temor. ¿Quién subirá al monte de
Yavé, se estará en su lugar santo? (141). Este estado es santo.
No puede haber ningún elegido del Señor que no sea conscien­
te de esto todos los días. Temor de Dios, santa y profunda
devoción ante el Santo, ante el Santísimo, es la primera exi­
gencia que pide la santidad elevada del ministerio sacerdotal.

Exigencias p erson ales

Tres cualidades, ante todo, deben encarecerse a los futu­


ros sacerdotes: sabiduría celestial, conducta intachable, ejer­
cicio largamente experimentado en el bien.
Coelestis sapientia. Está muy por encima de la pura sa­
biduría humana acerca de las cosas de Dios. Por muy necesa­
rio que pueda ser el estudio de la teología, no basta, si no se
ilumina y se hace fructífero con el Espíritu de Dios, si nuestros
más profundos pensamientos y sentimientos, todo nuestro sa­
ber y querer no son informados por el sentimiento de Dios,
Menos aún bastarían para pertrecho del sacerdote una educa­
ción puramente humanística, una experiencia de las costum­
bres del mundo distinguido, un conocimiento de las obras
maestras del genio humano, del arte o de la literatura mun­
dial. Todo esto no son más que medios para un fin. Medios
muy deseables, muchos de ellos hasta indispensables, para
preparar o elevar la capacidad de recepción y el logro de la
gracia de su vocación y de esta sabiduría celestial. Todos ellos
iluminan el estudio de las ciencias sagradas, el contacto con
los hombres, la propia y personal formación integral. Dan un
conocimiento más profundo del mundo. Le capacitan para
prestar auxilios al mundo y disipar sus prejuicios. Son nues­
tros auxiliares para defendernos del error y de la incultura,
y hacer la vida agradable, puesto que la espiritualizan. Glori­
fican a Dios, en cuanto que descubren el milagro de la crea­
ción y ennoblecen su imagen en nosotros. Esto a condición a
que se haga desaparecer todo lo que hay de inhumano, de
bárbaro, de irracional, de cruel o de perverso.
Pero al sacerdote es algo más que un noble emprendedor,
un bienhechor piadoso y religioso. Lo que en él vive y en él
obra debe ser transformado y ennoblecido por el Espíritu de
Dios, debe nacer de Dios, debe ser un reflejo de la luz, de la
verdad, de la belleza divina, como se nos presenta en Cristo de
un modo incomparable. Pero la sabiduría celestial aspira a
penetrar y a formar al cristiano completo, como la gracia y
el bautismo, en virtud del Espíritu Santo, elevan al hombre
entero a miembro de Cristo y le santifican por completo. El
hombre, el cristiano y el sacerdote en modo alguno son un
único objeto. Ni tampoco partes que mediante nuestro estudio
o nuestra ordenación podamos reunir en un todo. El sacer­
dote es el cristiano consagrado y ei cristiano es el hombre
nuevo nacido de Cristo. La perfección del sacerdote encierra
en sí por consiguiente, de una manera necesaria, la perfec­
ción del hombre y la del cristiano. No como dos peldaños que
hay que recorrer el uno después del otro, o que crecen y se
desarrollan uno a partir del otro de modo natural. Más bien
como el remate de un único e indivisible hombre introducido
por el sacramento en la vida de Cristo y hecho sacerdote por
la ordenación; hombre cuya imagen y medida no es esa tri­
ple gradación, sino el Cristo único e inseparable, el Sumo
Sacerdote en quien está contenida toda virtud, toda fuerza,
toda hermosura, toda ciencia, toda sabiduría.
Con razón la Iglesia exige de sus ministros una profunda
formación científica. Insiste para que, a ser posible, este es­
tudio se continúe después de abandonar el seminario o la uni­
versidad (142). Esto lo prueban, junto con las ordenaciones
del Código de Derecho Canónico, las Encíclicas de los Papas
de los siglos X I X y X X . Esta formación humana da los fun­
damentos y la preparación necesarios para la que aquí se exi­
ge. San Pablo ruega sin descanos por el crecimiento de esta
sabiduría divina en todos los cristianos de sus comunidades.
Este conocimiento es necesariamente un don de Dios; está
estrechamente unido con el amor que viene del cielo y con él
crece hasta convertirse en discreción (143). Significa un co­
nocimiento claro y profundo de la voluntad de Dios con pru­
dencia y sabiduría espirituales (144).
Coelestis sapientia. En este sentido, sabiduría es, como
vimos antes, una especie de participación de la sabiduría de
Dios. Conduce e informa nuestra vida no exclusivamente con­
forme a los principios y puntos de vista humanos. Su mirada
está siempre atenta a los últimos y más profundos principios
de donde deriva toda la certeza de su conocimiento. Condu­
cida por el Espíritu Santo, sigue las reglas de la sabiduría
divina en todos sus juicios y decisiones. Descubre con exacti­
tud cuál es lo recto. Ve las cosas, no como el hombre natu­
ral, sino como las ve Dios. Por eso Santo Tomás habla de una
cierta rectitud de juicio que juzga a la luz de Dios, medido
por la regla de Dios (quaedam rectitudo judicii secundum ra­
tiones divinas), lo cual es propio de la sabiduría. Esto sucede
así porque las cosas divinas, por la virtud de la fe — y sobre
todo por la caridad— se hacen connaturales a ella, el alma se
adhiere a Dios (145) y llega hasta hacerse un mismo espíri-

(142) CIC can. 976; can. 129.


(143) Flp. 1, 9.
(144) Col. 1, 10.
(145) Th. II-II, 23, 2 ad 1; 45, 1; a. 4; I Cor. 12, 11.
tu con El. En el alma en que la caridad cesa por la pérdida
de la gracia, se extingue también esta luz de Dios (146). Es
una sabiduría fría a quien falta la gracia. Cuando, por el con­
trario, obra juntamente con la gracia, nuestro obrar empieza
a ser perfecto. Es, pues, un verdadero renacer (147). Cristo,
vida de Dios que solamente de El ha podido nacer, es tam­
bién para nosotros y en nosotros esa sabiduría (148). Así se
explica la actitud de San Pablo frente a la sabiduría del mun­
do (149). La sabiduría del cielo anatematiza toda superficia­
lidad y no puede contentarse con las cosas a medias. Quiere
adentrarse en los divinitatis secreta. Empuja a nuestra alma
— como dice San Ambrosio— llevada por la mano de Dios, a
adentrarse en las eternas moradas de la verdad, en los sellados
veritatis cubicula. Esta sabiduría es verdaderamente fructífera.
Hace al hombre mortal, por la gracia, heredero de Dios (Dei
heres et successor). Le hace partícipe de la verdadera ale­
gría (150).
¿Cómo obtendremos esta sabiduría celestial? No bastan
los meros esfuerzos humanos. Es esencialmente un don de
Dios que nos viene de arriba. Un don que recibimos en el
bautismo y en la confirmación con los dones del Espíritu
Santo. Un don que acrecentamos y, hacemos fructífero me­
diante una continua oración. Cuanto más íntimamente el alma
se hace una cosa con Dios, cuanto más se perfecciona y se
afianza en ella la unió ad divina, tanto más fuertemente lleva
el influjo de esta sabiduría celestial, que en los santos puede
llegar a convertirse hasta en compassio (151). Es cierto que
el Espíritu de Dios da sus dones como le place (152). Pero ¿no
tenemos también la promesa: Si alguno de vosotros se halla
falto de sabiduría, pídala a Dios, que a todos da largamente
y sin reproches, y le será otorgada? (153). Un comienzo se­
guro de la sabiduría lo tenemos en el temor de Dios. Prepa­
rando los caminos y guardando los dones del cielo, da un co-

(146) Th. II-II, 45, 4.


(147) A.: De sacram entis 3, 1 , 1.
(148) I Cor. 1, 30.
(149) T Cor. 1, 19 ss,
(150) A.: Ep. 37, 29.
(151) Th. II-II, 45, 5; a. 2.
(152) I Cor. 12, 11.
(153) Sant. 1, 5.
razón pacífico y puro. Sapientia eonvenit pacificis (154). La
sabiduría mora en los corazones puros. Bienaventurados los
limpios de corazón, porque ellos verán a Dios (155). La sa­
biduría mora en los espíritus piadosos y resignados. Temer a
Dios es sabiduría. Ecce pietas est sapientia (156).
Otro medio que puede hacernos más confiados día tras
día lo tenemos — hecho precepto— en el estudio meditado y
dócil de las Sagradas Escrituras, en la lectio divina. Esta fue
la fuente que dio a la Iglesia un San Ambrosio, un San Agus­
tín, un San Jerónimo y otros numerosos santos. Dice San Ce­
sáreo de Arles a propósito de ella: si no podemos eludir com­
pletamente todos los trabajos y obligaciones del mundo, ha­
gamos cuanto nos sea posible por entregarnos sin descanso a
la lectura. Podremos entonces cumplir lo que el Señor enco­
mendó por tres veces a San Pedro: Apacentar su rebaño (157).
La lectura de los Libros Santos aprovecha más que ninguna
otra cosa para alimentar el rebaño con el Pan de los cielos
y para gobernarle con el espíritu de Cristo. Pascimur et pasci-
mus. Llenémonos primero, para poder dar. Nuestra vida pro­
cede de Cristo. Por El y en El tenemos todo lo necesario para
apacentar y alimentar a los demás (158). ¿Dónde, sino en las
Escrituras, encontramos y poseemos a Cristo? Cuando los días
son más cortos y las noches más largas, San Cesáreo prescri­
be tres horas diarias de lectura (159), cosa hoy día solamen­
te posible a muy pocos. Quien se entrega a las lecturas santas
se halla en conversación con Dios. Nuestro espíritu no des­
cansa. Al contrario, se parece a un molino. De nosotros de­
pende lo que sucede en nuestro interior. Los pensamientos
que abrigamos son pensamientos de Dios, como son santos los
pensamientos que se encuentran en la lectura santa, ya que
molemos trigo del cielo y preparamos la mesa para Cristo,
que reposa y se pone con nosotros a cenar. Si nos ocupamos
con otros pensamientos, molemos paja baldía o granos sin
valor, cuando no damos de comer con nuestra harina al de-

(154) Ag.: De serm one Domini in m onte 1, 4, 11.


(155) M t. 5, 8.
(158) Job. 28, 28; cfr. Sal. 110, 8.
(157) C.; Sermo 1, 3.
(158) Agm. 680, 8 ; 410, 13.
(159) C.: Serm o 6, 2.
monio (160). El sacerdote ideal, siguiendo el ejemplo de San
Pablo y de los grandes servidores de Dios, busca unir, a ser
posible, la vida activa y la vida contemplativa. En modo al­
guno puede buscar y amar la paz de su alma en un extremo
tal que llegue a hacerse completamente indiferente a la salva­
ción de sus prójimos. Por otra parte, tampoco debe dedicarse
tan exclusivamente al apostolado que apague o ponga en peli­
gro de extinguir en su interior la luz de la sabiduría celestial y
el fuego del amor divino. No debe aspirar única y exclusiva­
mente a una actividad demasiado ambiciosa (operationis la­
titudo). Sus aspiraciones, según las palabras de San Gregorio
Magno, deben dirigirse en todo tiempo hacia las alturas de la
contemplación (culmina contemplationis) (161).

Probi mores. Conducta intachable. A ello le obliga su


propia conciencia, su dignidad como hombre y como cristia­
no. Más aún, en cuanto que es un ministro escogido y santi­
ficado del Altísimo y de la Iglesia. Las obligaciones que ya el
minorista, y en las Ordenes Mayores el subdiácono y el diá­
cono, recibieron con el encargo de cumplirlas, no puede des­
preciarlas el sacerdote. Le incumben en grado mucho más
elevado. Según la profecía de Malaquías, el Altísimo mandará
sobre el sacerdote la maldición si no se decide de corazón a
dar gloria a su nombre. Hará maldición de sus bendiciones.
Le quebrará el brazo, es decir, le paralizará toda su actividad.
Le hará inútil para las cosas espirituales, incapaz de hacer el
bien. Le echará al rostro la inmundicia de sus solemnidades
y le arrojará al lugar donde éstas se arrojan. ¿N o sería de­
testable que el sacerdote y el pueblo honraran a Dios con los
labios mientras su corazón está lejos de E l? (162). ¡Cómo va
a soportar su Majestad una contradicción entre el culto y la
vida! ¡Cómo! ¿Te atreves tú a hablar de mis mandamientos,
a tomar en tu boca mi alianza, teniendo luego en aborreci­
miento mis enseñanzas y echándote a las espaldas mis pa­
labras? (163).

(160) C.: Sermo 45, 22 ; 8 , 4.


(161) S. Greg. M ag.: Mor. 6 , 37. 56.
(162) Mal. 2, 2 s.
(163) Sal. 49, 17 S.
¿Quién es el que podrá habitar en su tabernáculo, residir
en su monte santo? Solamente el que anda en integridad. El
que obra la justicia. El que en su corazón habla verdad. El
que con su lengua no detrae. El que no hace mal al próji­
mo (164). El de limpias manos y puro corazón. El que no
lleva su alma al fraude (165). Tus manos llevan diariamente
la hostia pura, sancta, ¡mmaculata ante la presencia de Dios e
imploran la salvación del mundo. Y no sólo las manos del
sacerdote; sus pensamientos y deseos deben también ser pu­
ros. No hay nadie que tenga una obligación más grande sobre
sí — la de llevar a cabo el ideal de la castidad y responder de
él ante los demás— que el amante y discípulo de la sabidu­
ría y el sacerdote. Donde antes el placer pecaminoso llevaba
el desorden, debe el sacerdote aprender a estimar y enseñar
esta virtud (166). La deferencia para con los fieles no sopor­
ta ya que el predicador y guía vea la paja en el ojo del seglar
y no vea la viga en el propio. ¿Quién oiría a quien no se oye
a sí mismo, o seguiría a quien está ciego? j Médico, cúrate a
ti mismo! (167).
Motivos mucho más elevados para llevar una vida pura
los encuentra el sacerdote en su relación con el Sacrificio Eu-
carístico y con el Cuerpo Místico de Cristo. Invitado diaria­
mente al banquete real, cuida escrupulosamente de que el ves­
tido del alma esté lo más inmaculado posible. Diariamente
recuerda las palabras que se aplican a todo cristiano y sobre
todo al sacerdote: Sois santos que participáis de la vocación
celeste (168). Más indeleblemente grabadas en el alma lleva
aún aquellas otras palabras: Convenía que nuestro Pontífice
fuera santo, inocente, inmaculado, apartado de los pecadores
y más alto que los cielos (169). Entonces, todo su empeño
consistirá en parecerse a este modelo, sobre todo cuando, uni­
do a El de la manera más profunda, celebra con este Sumo
Sacerdote el único e idéntico Sacrificio. Noble y consciente­
mente cuida de que la luz que mora en él no se convierta en

(164) Sal. 14, 2 s.


(165) Sal. 23, 4.
(166) A.; De bened. P atriarcharum 3, 10; 3, 12.
(167) M t. 7, 3; Le. 4, 23.
(168) Heb. 3, 1.
(169) Heb. 7, 26.
oscuridad, sino que, al contrario, su cuerpo y su alma refle­
jen algo aquella luz que de Dios procede y en él vive (170).
Probi mores. ¡ Qué efectos más profundos causa una vida
sacerdotal adornada de una piedad seria, sólida, madura, con
la sola presencia I Se cumple a perfección lo que dice San
Gregorio Magno en cierta ocasión: Quien se encuentra con
un sacerdote, debería, como cuando prueba la sal, experimen­
tar y sentir el buen sabor de la vida eterna (171).

Diuturna justitiae observatio. Después de algunos años de


probada virtud y santidad. El sacerdocio supone gran madu­
rez moral. Madurez de carácter y de conducta más aún que de
años, Job confiesa por experiencia: Está en las canas el saber
y en la ancianidad la sensatez (172). San Pablo no quiere que
sean ordenados los neófitos, pues les falta la madurez (173).
Quien quiere ser ángel de Dios para el pueblo pregúntese pri­
mero si conoce el camino. Solamente quien puede decir: "lo
conozco todo y he hecho con frecuencia este camino" (174)
puede atreverse a tomar sobre sus hombros tal ministerio y
tal responsabilidad. El Señor eligió a sus discípulos después
de una prueba de varios años y solamente después de una
instrucción cuidadosa y prolongada mediante un contacto dia­
rio y personal con ellos los hizo ministros de los sagrados
misterios.
El Concilio Tridentino renovó una vieja costumbre al
prescribir que no se ordenara de sacerdote a nadie que no
hubiera sido piadoso y fie! en las Ordenes anteriores o no
hubiera disfrutado de reputación. Exige además el Concilio
que el candidato al sacerdocio, a no ser en caso de necesidad,
haya ejercido un año completo el diaconado y haya dado
pruebas de que, por su saber, es capaz de instruir al pueblo
y de que se puede esperar de él, por su elevada y pura con­
ducta, un ejemplo edificante, juntamente con una sab’Juría
que pueda favorecer la vida del alma, todo lo cual debe estar
confirmado por un escrupuloso examen (175). (Qué profun-

(170) Le. 11, 34.


(171) S. Greg. M ag.: Hom. in Ev. 1, 17, 7 s.
(172) Job. 1, 12.
(173) I Tim. 3, 6 .
(174) Tob. 5, 7 s.
(175) T ridentinum , ses. 23, de reform a cap. 14.
da diferencia entre el celo espontáneo, vanidoso, indocumen­
tado del neófito y la madurez posterior de Pedro después de
que su alma impetuosa fue invadida y cambiada hasta lo más
íntimo por el fuego de la más violenta experiencia. San Agus­
tín pinta así toda su experiencia de la vida con sus amargos
desengaños y catástrofes, con su milagroso regreso y su final
glorioso: Adquirió la corona mediante sus padecimientos, ele­
vado sobre sí mismo por su atrevimiento, postrado en el suelo
por su retractación, lavado por las lágrimas, preservado y re­
conciliado por la propia acusación (176). San Pablo dice de
sí mismo: Cuando yo era niño hablaba como niño, pensaba
como niño, razonaba como niño: cuando llegué a ser hom­
bre dejé como inútiles las cosas de niño (177).
Generalmente la edad de veinticuatro años cumplidos ga­
rantiza la madurez de juicio y de carácter (178), pero el ca­
non 976 § 3 busca afianzar una formación científica integral.
A tenor de este canon, lo más pronto que debe confiarse la
ordenación sacerdotal es al comenzar el octavo semestre de los
estudios teológicos. Ni la posición social ni las fuerzas natura­
les pueden recomendar lo suficientemente al candidato para
recibir el sacerdocio. Más bien deben brillar en él una sabidu­
ría celestial, una conducta pura y sólida, juntamente con la
fortaleza de carácter y la prueba de una conducta santa. Estas
son las cualidades que capacitan para el sagrado ministerio.
Ellas son quienes le hacen digno de respeto tanto interior como
exteriormente ante los fieles y fundamentan, más que una di­
plomacia natural, una autoridad duradera y creciente. El man­
dato del Apóstol de no ejercer el ministerio antes de que sean
probados y sean hallados irreprensibles, es también válido
para el presbiterado (179). No impongas las manos a nadie
después de la primera prueba; ni después de la segunda o la
tercera, sino después de haberlo observado escrupulosa y fre­
cuentemente (180).

(176) Ag.: In Ev. Jn . tr. 123, 4.


(177) I Cor. 13, 11.
(178) CIC can. 975.
(179) I Tim. 3, 10.
(180) S. Juan Crisóstomo: In I ad Tim. 16, 1.
Ejem plos bíblicos:
Los setenta a n cia n o s del pueblo de M o isé s
Los sete nta y dos discípulos de Cristo

Unde D o m i n a s praecipiens Por esto el Señor, al m andar a


Moysi, u t septuaginta viros de Moisés que escogiera setenta v a
universo Israel in adjutorium roñes de todo Israel p a ra que le
suum eligeret, quibus Spiritus ayudasen y entre quienes repar­
Sancti dona divideret, suggessit: tiese los dones del E spíritu San­
Quos tu nosti, quod senes popu­ to, añadió: los que tú conoces
li sunt. Vos siquidem in septua­ que son ancianos del pueblo. Vos­
ginta viris et senibus signati es­ otros, pues, habéis sido simboli­
tis, si per Spiritum septiformem , zados por los setenta varones y
decalogum legis custodientes, pro­ ancianos, si llenos de los siete
bi et m aturi in scientia sim iliterdones del Espíritu Santo y ob­
et in opere fueritis. Sub eodem servando los diez m andam ientos
quoque m ysterio et eadem figura de la ley sois sobrios y graves en
in novo Testam ento Dominus vuestra ciencia y en vuestras
septuaginta duos elegit, ac binos obras. Bajo el mismo m isterio y
ante se in praedicationem m isit, la m ism a figura escogió el Señor
u t doceret verbo-sim ul et facto, en el Nuevo Testam ento a se­
m inistros Ecclesiae suae fide et ten ta y dos discípulos v los en­
opere debere esse perfectos, seu vió de dos en dos delante de sí
geminae dilectionis, Dei scilicet a predicar, p ara dar a entender
et proxim i, virtute fundatos. por su palabra y sus obras que
los m inistros de su Iglesia deben
ser perfectos en la fe y obras y estar fundados en la virtud de la
doble caridad, es a saber, en el am or de Dios y del prójimo.
Dos eíemplos confirmen lo dicho. Por mandato de Dios
escogió Moisés setenta hombres para avuda suva. Quería hom­
bres maduros en edad y carácter En las Saaradas Escrituras
nos encontramos con aue los ancianos son siempre preferidos
para representantes del pueblo. Más tarde, cuando Moisés es­
taba a punto de sucumbir baio e! peso de su ministerio y se
sentía incapaz de llevar a la tierra prometida a través del de­
sierto a aquellos millares de hombres descontentos, como a
niños de pecho sobre su reqazo, le ordenó el Señor elegir, de
entre los ancianos, unos cuantos hombres que fuesen capaces
de gobernar. El Señor quiso tomar del espíritu de Moisés y
ponerlo sobre los elegidos. Cuando los setenta fueron coloca­
dos por Moisés enderredor del tabernáculo, descendió el Se­
ñor en la nube, tomó del espíritu que residía en Moisés y lo
puso sobre los setenta ancianos (181).
La edad avanzada aparece aquí como una condición pre­
via, pero que no da derecho para el nuevo cargo. Estableció
únicamente el estrecho círculo de hombres en el que Moisés
debía buscar sus elegidos. Lo que decidió fue la capacidad
para el gobierno, que naturalmente dependía de las medidas
de inteligencia y voluntad y del crédito que cada uno tenía
ante el pueblo. Desde un principio quedó excluido todo lo que
no estaba en sazón, todo lo voluble, lo no formado, lo no
dominado, lo Improvisado, lo precipitado, lo apasionado, lo
sensual. De lo que dependía era de su conducta santa, de su
conversatio sanctitatis ( 1 8 2 ).
Se pusieron como condición cualidades que no sólo se
encuentran en la edad avanzada, sino también, aunque menos
frecuentemente, en la juvenil. Figuras como Samuel, David,
Jonatán lo confirman. En la Iglesia primitiva obispos y sacer­
dotes aparecen bajo los nombres de presbíteros, jefes, prima­
dos, guardianes y ancianos. Evidentemente aquí la edad da
algo más que una garantía de cualidades morales, que pueden
existir también en la edad juvenil. De todos modos es bastan­
te significativo que el Apóstol juzgara que debía amparar al
joven discípulo, colocado de superior, con su Indiscutible au­
toridad, y más tarde le exhortara a huir de las pasiones de la
juventud (183). San Ambrosio Indica los peligros que pueden
amenazar en este sentido: La juventud se abandona más li­
bremente al amor, toma para ello menos precauciones, se
muestra más frágil para las flaquezas morales, más duro, más
Indomable para todo lo que pudiera mejorarle (184). Rara
vez — dice el mismo Santo— un joven tiene el don de sopor­
tar por mucho tiempo un yugo pesado con serenidad razona­
ble (185). Sentimientos exaltados le subliman demasiado fá­
cilmente de la realidad que le rodea. Pasa por encima de los

(181) Num. 11, 24-30.


(182) AI.: In Ev. Lc. 10, 1.
(183) I Tim . 4, 12; II Tim. 2, 22.
(184) A.: In Ps. 118, serm o 18, 45.
(185) A.: De obitu V alentiniani consolatio 10.
bienes que tiene delante y anhela excesiva e impetuosamente
lo nuevo. Cierto que puede suceder que la juventud tenga las
costumbres puras de la vejez y la vejez el vigor y la energía
de la juventud. Después de todo, el número de los años no
hace ni garantiza que las costumbres de los hombres sean
puras. Esto lo hace la disciplina (186). No es la blancura de
los cabellos lo que decide, sino los méritos excepcionales. Un
alma radiante que brilla por sus pensamientos y sus acciones.
Una vida sin mancha, que, mientras más dura, desarrolla una
fuerza más grande y crece con más energía, hasta llegar a la
plena madurez (187). Un cor simile, como dice San Gregorio
Magno a propósito del joven Benito de Nursia, no significa
una existencia cansada del mundo, fría, angustiada, raquítica,
marchita de espíritu y de vida. Significa más bien un hombre
cuya alma intacta no ha encontrado satisfacción ninguna en
los brillos aparentes del mundo, que no se ha entregado a nin­
gún placer, cuyo cprazón limpio y entero está siempre pen­
diente de las cosas más altas, de Dios. Un hombre que es ca­
paz y digno, como los setenta ancianos de Moisés, de recibir
el espíritu del gran adalid. Así estaba San Benito, según el tes­
timonio de dicho Papa, lleno del espíritu de los justos. Tales
hombres son verdaderamente hombres del puéblo, sacerdotes
del pueblo. Senes popuü, que viven únicamente para el pueblo
y con el pueblo, colocados por Dios para su salvación eterna.
El nuevo sacerdote se parecerá a ellos, si, como señala el
Pontifical, se muestra lleno de los dones del Espíritu Santo,
fiel a los mandamientos de Dios, íntegro, maduro en sus doc­
trinas y en sus actuaciones. Decalogum legis custodíenles. Es­
tas palabras del obispo merecen también nuestra considera­
ción. El decálogo obliga siempre, sin distinción de sexos, de
edad o de estado. Las virtudes excelsas propias del estado, sin
una escrupulosa fidelidad a los diez mandamientos, carecerían
de su más esencial fundamento.

El Nuevo Testamento nos ofrece también un ejemplo ma­


gistral de elección sacerdotal. El Señor tomó setenta y dos dis­
cípulos de entre el pueblo y los envió delante para preparar
el camino. La selección cuidadosa es también aquí significa-

(186) A.: Ep. 62, 98.


(187) A.: Ep. 16, 5.
tiva. Además, la circunstancia de que los enviase a predicar
de dos en dos. Con palabras y con hechos — así lo dice el
número de los elegidos— da a entender aquí el divino Maes­
tro que los ministros de su Iglesia han alcanzado ya la per­
fección de la fe y de las obras, o al menos aspiran a ella. ¿En
qué cabeza cabe que el Señor hubiera escogido como mensa­
jeros del reino de Dios a hombres que por su indiferencia, por
sus pecados y defectos, por su vida vituperable, por sus ha­
bladurías, por su conducta falta de tacto, torpe, hiriente, en
vez de ganar al pueblo para la venida del Salvador le habrían
irritado? El número de dos simboliza además una ley funda­
mental del nuevo reino. No basta solamente palabras ni sola­
mente obras. Ambas cosas se exigen mutuamente. Una de ellas
robustece y completa la otra. Aunque ambas parezcan extra­
ñas la una la otra, tienen no obstante mucho que decir al
hombre y mucho que hacer. Ambas preparan y fundamentan
el reino de una nueva fe divina. Renuevan el reino para la
recepción de un poder que procede de Dios y en Dios obra:
Su proceder es como un preludio de lo que el Mesías quiere
con su llegada. Como un preludio de la nueva vida que se apo­
ya en las leyes nuevas y sobre leyes nuevas. Que se funda­
menta en una nueva manifestación y levanta un mundo de
bondad y de gracia completamente purificado.
La turba de mensajeros significa también que el sacer­
dote no está solo en sus oraciones y en sus trabajos. A su lado,
invisiblemente, están millones de ángeles y de santos; de modo
visible, muchedumbres de sacerdotes, y la Iglesia universal de
la tierra. Comprensible y diligentemente cuida de no separar­
se de esta comunidad, ni siquiera por poco tiempo, como lo
hizo el incrédulo Tomás de sus hermanos. Los mensajeros
iban de dos en dos. Esto simboliza la ayuda fraternal y el tra­
bajo en común. Simboliza el único punto de partida común,
la única meta común: Cristo, en quien únicamente se encuen­
tra la verdadera luz y la verdadera vida. Toda fría concomi­
tancia queda aquí completamente descartada. Mucho más to­
davía la contraposición egoísta. Aquí nó hay más que un in­
separable compañerismo, un sincero ser el uno para el otro
en Cristo.
El Pontifical y San Gregorio Magno dan una interpreta­
ción afín. Los mensajeros enviados de dos en dos son símbolo
del amor cristiano, que abarca al mismo tiempo a Dios y al
prójimo (188). Si faltara éste, al ministerio de la predicación
y a la vocación sacerdotal le faltaría una condición previa
esencial. Más aún. Faltaría a la actuación sacerdotal el alma
del sacerdocio y con ella el sentido interior y el éxito exterior.
A pesar de todos los esfuerzos empleados, estaría como un
jornalero sin amor en hábito sacerdotal, como Ageo pinta la
ocupación estéril del pueblo escogido alejado de Dios: Sem­
bráis mucho y encerráis poco; coméis y no os saciáis; be­
béis y no os hartáis; os vestís y no os calentáis, y el que anda
a jornal echa su salario en bolso roto. Esperabais mucho y
habéis hallado poco. Almacenabais y yo he soplado en
ello (189). ¡ Qué distinto cuando lo que mueve al sacerdote
es el amor de Dios y de las alm as! Este amor es la riqueza
que nunca se pierde. La fuerza que nunca se paraliza. Sin él
todo lo mejor que tengamos será como un bronce que suena,
como un címbalo que retiñe, como nada (190).

El o rd e n a d o com o a u x ilia r d el O b isp o

Tales itaque esse studeatis, u t T rabajad, pues, en ser tales


in adjutorium Moysi et duode­ que podáis, con la gracia de Dios,
cim Apostolorum, Episcoporum ser dignam ente e l e g i d o s para
videlicet catholicorum qm per ayudar a Moisés, y a los doce
Moysen et Apostolos figurantur, Apóstoles, es decir, a los obispos
digne per gratiam Dei eligi va­ católicos figurados en Moisés y
leatis. Hac certe m ira varietate en los Apóstoles. Y a la verdad
Ecclesia sancta circum datur, or­ que al ser en la santa Iglesia
n atu r, e t regitur, cum alii in ea consagrados varones en diversas
Pontifices, alii m inoris ordinis Ordenes, unos Pontífices, otros
sacerdotes, diaconi et subdiaconi simples sacerdotes, otros diáco­
diversorum ordinum viri conse­ nos y subdiáconos, queda Ella
cran tu r; et ex m ultis, et alter­ coronada, adornada y regida con
nae dignitatis m embris unum u na m aravillosa variedad, y el
Corpus C hristi efficitur. Itaque, Cuerpo de C risto form ado de
filii dilectissimi, quos ad nostrum m uchos miembros de diferente

(188) S j Gregi. M ag.: Hom. in Ev. 1, 17, 2.


(189) Ag. 1, 6 ss.
(190) I Cor. 13 1 ss.
adjutorium fratrum nostrorum dignidad. Asi, pues, hijos muy
arbitrium consecrandum elegit, am ados, a quienes la voluntad
servate in moribus vestris castae de nuestros herm anos h a elegido
et sanctae vitae integritatem. Ag- para ser colaboradores nuestros,
noscite quod agitis; imitamini guardad en vuestras costumbres
quod tractatis, quatenus mortis la integridad de u n a vida casta
Dominicae mysterium celebran­ y santa. ¡Advertid lo que hacéis!
tes, mortificare membra vestra a Im itad lo que tratáis, de tal suer­
vitiis et concupiscentiis omnibus te que, celebrando el m isterio de
procuretis. Sit doctrina vestra la m uerte del Señor, procuréis
spiritualis medicina populo Dei. m ortificar vuestros miembros de
Sit odor vitae vestrae delecta­ todo vicio y concupiscencia. Sea
mentum Ecclesiae Christi, ut vuestra doctrina m edicina espiri­
praedicatione atque exemplo ae­ tual p ara el pueblo de Dios; que
dificatis domum, id est familiam el buen olor de vuestra vida haga
Dei, quatenus nec nos de vestris las delicias de la Iglesia de Cris­
provectionibus, nec vos de tanti to, para que con la predicación
o f f i c i i susceptione damnari a y el ejemplo edifiquéis la casa,
Domino, sed remunerari potius esto es, la fam ilia (Iglesia) de
mereamur: quod ipse nobis con­ Dios, de suerte que ni nosotros,
cedat per gratiam suam. por causa de vuestra promoción,
§. Arnen. n i vosotros por haber tom ado tan
elevado oficio, merezcamos ser
condenados por el Seflor, sino an tes bien, ser galardonados por El;
lo que Ei m ism o nos eoneeda por su gracia, 3 . Amén,.
El obispo nos ofrece un nuevo pensamiento. O mejor
dicho, con un studeatis saca la natural consecuencia de todo
lo dicho: el pensamiento de la colaboración que el obispo
espera del ordenando para su excelso ministerio pontifical.

Tales esse studeatis. Esto exige celo sacerdotal. Haceos


dignos de ser escogidos como auxiliares de Moisés y de los
Apóstoles. Dignos de ayudar en su trabajo al obispo y a vues­
tros hermanos en el sacerdocio. Lo primero que se exige para
ello es ser hombre de carácter, informado interiormente por
el espíritu de Cristo y completamente maduro. Un hombre
sacerdote. Un sacerdote hombre. Un hombre de contenido in­
terior y de valor. Como lo exige la vocación. Un hombre re­
suelto, conforme a su vocación especial. Talis vir!
Tales esse studeatis. Y esto realmente, no sólo de nombre.
No sólo de título y de apariencia, sino según todo su ser y
toda su realidad. Hombres que se esfuerzan en hacer cada
vez más realidad el ideal sacerdotal. Por tanto, cuidando pri­
mero del espíritu y de las cosas espirituales; después de la
acción. Primero del hombre, después de su trabajo. Siendo en
primer lugar un sacerdote digno y santo. Luego una nación
santa. En primer lugar un sacerdote digno de ser colocado,
como ministro y auxiliar, la lado de Moisés y de los Apóstoles;
así nadie necesitará una segura escolta por las estepas y de­
siertos de su peregrinación; nadie necesitará inquietarse por
la prosperidad de la iglesia.
Ejerciendo su ministerio al lado y al servicio de los Após­
toles y del obispo, el sacerdote no participa sin embargo de
toda su dignidad y poder, y está todavía muy lejos de ser un
Moisés o un Apóstol. Una maravillosa multiformidad distin­
gue y adorna al Cuerpo Místico y a sus miembros. En primer
término vemos a los obispos. Les siguen los sacerdotes. Lue­
go, como ministros de rango inferior, los diáconos, subdiá­
conos y minoristas. Pero, a pesar de su número y de su di­
versa dignidad, todos forman, juntamente con los creyentes,
el único Cuerpo de Cristo, cuyos miembros, para su mutuo
servido, han sido puestos bajo la dirección del obispo. ¡Qué
consuelo proporciona Timoteo al Apóstol, envejecido y enca­
denado, con su fiel devoción! Nadie — escribe el Apóstol—
está más cerca de mi corazón y de mi alma. Muchos buscan
solamente ventajas personales. Timoteo por el contrario no
piensa en sí, sino en su comunidad. En su maestro fuerte­
mente probado. En el Evangelio de Cristo. ¿Puede darse de
ello un testimonio más hermoso qu el que da Pablo: mecum
servit in Evangelio? (191). ¡Maravilloso retraso! Obispo y
sacerdote, ministro y cooperador en la palabra de Dios, ambos
unidos de la manera más profunda e integrados en el amor
al divino Maestro. Y sin embargo, el obispo como padre y el
sacerdote como hijo.

La exhortación del obispo va progresando en cordialidad


e insistencia. Sérvate, agnoscite, imitamini.

Sérvate. Esto exige fidelidad sacerdotal. Conservad vues­


tra vida pura y santa. Conservad su brillo no sólo el día de
vuestra santa ordenación. No sólo en los meses y en los años
de los primeros fervores sacerdotales. Conservadlo siempre.
En los trabajos. En la tempestad de la tentación. En el des­
canso y en los peligros. En los días buenos y en los días ma­
los. Conservad intacta la gracia de vuestra vocación hasta la
vuelta del Esposo y del Maestro. Subid al altar diariamente
con esta pureza e inocencia. Para uniros al divino Maestro y
para renovar vuestra juventud con su santísima Carne y su
santísima Sangre.
Sérvate castae et sanctae vitae integritatem. La imagen del
sacerdote debe ser de una pureza intacta y de un excelso fres­
cor de vida. No le puede faltar ninguna virtud. De lo contra­
rio, su vida sería incompleta, defectuosa, averiada, cuando no
una caricatura o un escarnio. Lo que el Pontifical exige aquí
es una vida íntegra e irreprochable, limpia y vacía de sí mis­
ma, pura e inmaculada. Un ideal tan elevado no se consigue
con negligencias. Ni con detenciones o retrocesos. Exige un
esfuerzo concentrado e incesante. Exige una vigilancia conti­
nua y llena de ardor.

Agnoscite quod agitis. Esto exige formación sacerdotal.


¿Qué hace el sacerdote? Inmediatamente después de su orde­
nación, aun antes de que se hayan acabado todos los ritos
con su plenitud de gracia, ofrece con el obispo el Santo Sa­
crificio que con ansia y alegría esperaban los siglos antes y
después de Jesucristo. Lo ofrece pro riostra et totius mundi
salute. El Hijo del eterno Padre, el resplandor de su majes­
tad, la imagen de su esencia, el que todo lo tiene en su pa­
labra (192), se oculta con una palabra tuya bajo la forma de
pan y vino y se ofrece en tus manos al eterno Padre. Se ofre­
ce por los pecados del mundo, como alimento y bebida para
la vida del mundo. ¡ Y tú recibes esta carne llena por la pre­
sencia de Dios y participas de este pañi (193). El ordenando
debe siempre pensar en esto y meditarlo.
Agnoscite quod agitis. En la pila bautismal, en esa fuente
de purísimas aguas que dan la vida eterna, el alma del cate­
cúmeno te suplica: Dame la vida de Cristo (194). Mi padre

(192) Heb. 1, 3.
(193) A.: De sacram entis 6 , 1, 4.
(194) Ag.: Sermo 293, 11.
y mi madre me dieron una vida humana mortal. Dame tú la
vida de Cristo. Dame con ella la salvación, la resurrección, la
vida eterna. Dame la vida de los hijos de Dios, Dame la gra­
cia, hazme un miembro de la Santa iglesia, un miembro de
Cristo. Dame la gracia de vivir bajo El, mi Cabeza. De vivir
de El, mi fuente. De que ya no sea yo quien viva sino que sea
Cristo quien vive en mí. Ni siquiera un ángel es capaz de dar­
me esta vida. Para ello te ha elegido a ti el Señor, te ha lla­
mado la Iglesia y te ha ordenado el obispo. Cuando el Señor
moraba sobre la tierra, los ángeles bajaron para servirle y
alimentar su cuerpo terrenal. Pero no podían dar esta vida. Ni
siquiera el ángel que en el sudor de sangre fortaleció a esta
santa Vida que padecía angustias. Ni siquiera Gabriel, que
anunció su venida. La Virgen no fue fecundada por él, sino
por la virtud del Altísimo, por el Espíritu Santo. Este Espíri­
tu Santo se baja a los ritos sacerdotales y palabras del sacer­
dote que bautiza. Nace una nueva vida unida a Dios y llena de
Dios. Más que el pozo de Jacob, la pila bautismal y lo que en
ella sucede te grita: Si scires donum De¡!
Agnoscite quod agitis. Unos instantes y el obispo da al
ordenando el poder de perdonar los pecados. ¿Quién puede
perdonar los pecados, sino sólo Dios? El sacerdote puede ha­
cerlo porque participa del poder de las llaves de Cristo. Por
su poder y su mandato perdona él los pecados. Rompe las
cadenas que hicieron a la creatura de Dios esclava del pecado
y servidora de Satanás. Restablece la pureza y la hermosura
del Hijo de Dios. Revalida el derecho a la herencia del cielo.
Vuelve al hijo perdido a los brazos paternales de Dios. Llena
su alma sedienta de salvación con el torrente de la vida di­
vina. Disipa las tinieblas de su corazón. Hace que Cristo,
la luz eterna de la alegría, de la consolación y de la gloria
amanezca y luzca sobre él. ¿N o es semejante el absolvo te al
fíat lux que el Creador pronunció ei primer día? ¿N o es se­
mejante al veni foras con que el Hijo de Dios sacó de la muer­
te a su amigo putrefacto?
Agnoscite quod agitis. La vocación sacerdotal lleva al le­
cho de los enfermos moribundos. Una palabra de condolen­
cia, una referencia al Dios Salvador consuela y reanima. Muy
importante y eficaz es el sacramento de la extremaunción,
que, si así es la voluntad de Dios, ayuda a recuperar la vida
terrena, y, en todo caso, libra al alma de la opresión del pe­
cado y la fortalece y santifica para la última batalla. Cuando
todos los remedios humanos fallan, las palabras y los ritos
sacramentales del sacerdote no pierden su eficacia santifica-
dora, y así el sacerdote, en este abandono, es un último ami­
go que reparte con amor y bondad paternales las bendiciones
de la Iglesia, y fortalece y alimenta en el enfermo la vida de
Cristo cuando la vida humana de la tierra amenaza extinguirse.
Agnoscite. |Ojalá aumentase de año en año en nosotros
el conocimiento de la singular dignidad y misión que nos da
el sacerdocio para que ejecutásemos con comprensión interior
creciente, con humildad profunda y con ardiente acción de
gracias a Dios, el gran milagro que hacemos con nuestras ma­
nos y con nuestras palabras! Esto depende en gran parte de
la meditación ejecutada con fidelidad. Se impone como obli­
gación el cuidado del absconditus cordis homo. Sin ello corre­
mos el peligro de perder el contacto íntimo con nuestras ac­
tividades sacerdotales y la liturgia. Nos parecemos a las vír­
genes fatuas. Non sumpserunt oleum secum. Nuestra alma de­
bería abrasarse y arder en ansias en la mesa del Señor, aun­
que tengamos en nuestras manos el cáliz rebosante de la sal­
vación. ¿Qué debemos meditar? Ante todo la palabra de Dios.
Después las obras de Dios en nosotros y por nosotros. Lo di­
vino que nuestros labios y nuestras manos hacen por El.

Una cuarta exortación : Imitamini quod tractatis. Signifi­


ca la imitación sacerdotal. La actividad sacerdotal consiste en
repartir las gracias al Cuerpo Místico de Cristo. Esto es para
nosotros mismos un continuo ejemplo y una continua ense­
ñanza. Una llamada a asemejarnos al que obra por nosotros
y entre nosotros. A vivir en nuestra propia vida lo que damos
a los demás en nuestro ejercicio ministerial. Cada bautismo
administrado por nosotros despierta de una manera natural el
recuerdo del propio renacer. Este pensamiento nos lleva a pe­
dir de nuevo el pleno desarrollo de lo que Dios comenzó en
nosotros mediante este sacramento de vida. A cada absolución
que pronunciamos va unido, de un modo natural, el deseo ar­
diente de vencer eficazmente nuestros pecados y sus conse­
cuencias, de ver realizarse en nuestra pobre alma el milagro
de la misericordia de Dios.
El obispo, en este momento de la ordenación, piensa so­
bre todo en la imitación del Sacrificio que diariamente reali­
zamos. Ante sus ojos está sobre todo la celebración de la
muerte del Señor. Esta celebración, como recuerda el Apóstol,
apaga en nuestros miembros los pecados y concupiscencias.
Por eso no hay Sacrificio sin la unión del sacrificio de sí
mismo. No hay sagrado recuerdo de la muerte de Cristo sin
la seria voluntad de morir con El cada vez más al mundo don­
de no habita Dios. No hay ejercicio ministerial del clarificado,
espiritualizado y santísimo Cuerpo de Cristo sin la decisión
de llevar, cada vez con más grandes aspiraciones, una vida
verdaderamente pura, religiosa, santa y de vivir del espíritu.
No hay banquete eucarístico, sino con la conciencia de forta­
lecer la unión profunda con todos los miembros de Cristo.
No hay Misa ni Oficio divino sin encomendar al Corazón pa­
ternal y suavísimo de Dios la unidad, la paz, el crecimiento
de toda la Iglesia. No hay recepción del Pan bajado del cie­
lo (195), amparo y guía para la vida eterna, sin una profun­
da aspiración por todo lo de arriba, sin una ardiente aspira­
ción apostólica por estar junto a Cristo. No hay recepción del
cáliz de salvación sin el deseo humilde y constante de que
Cristo sea nuestra vida. En la bendición final del Sacrificio,
derrama el sacerdote el buen olor vivificador y restaurador
de la vida y los frutos del Santo Sacrificio sobre la Iglesia
purgante, militante y triunfante, mientras el último Evangelio
incorpora al mundo de los eternos pensamientos de Dios, jun­
tamente con nuestros trabajos diarios y los de toda la Iglesia,
el Sacrificio Eucarístico como adoración, expiación, acción de
gracias y alabanza, y le une a los misterios de la Encarnación
de Cristo y de nuestro renacer en Dios. Imitamini quod trac­
tatis !

Hasta ahora las palabras amables y serias del obispo no


tenían otra intención que la de inspirar al nuevo sacerdote
el deseo de la propia santificación, par