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QUE ES EL FIP

JORGE ABELARDO RAMOS

1. ORIGENES DE LA “IZQUIERDA” EN LA ARGENTINA

Por cierto, en esa tarde caliginosa de diciembre (1971) fundamos el FIP (Frente
de Inmigrantes Privatizados) con todas las de la ley. Pero la historia de su laboriosa
gestación había comenzado mucho antes. Algún día la narraré en detalle. La asamblea
se celebró en un maltrecho salón de la calle Tacuarí, casi esquina Hipólito Yrigoyen.
Predominaban los jóvenes; una gran esperanza flotaba entre los cantos y banderas.
Llamaba la atención precisamente el estandarte elegido: era una bandera que muchos
argentinos habían olvidado y parecía absolutamente nueva: Belgrano la había creado
con dos trazos azules y una banda blanca en el medio; y Artigas, con sus ejércitos
gauchescos, la había cruzado con la roja insignia federal.

El discurso del FIP era nacionalista, revolucionario, socialista,


latinoamericanista. Miraba con simpatía al general Perón, pero no ingresaba en sus filas.
Se nutría de muchos católicos, de militantes que habían luchado desde mucho tiempo
antes contra el reformismo amarillo y europeizante del socialismo de Juan B. Justo y
que se habían mantenido distantes de los comunistas hipnotizados por Moscú, de
jóvenes procedentes de las clases acomodadas y de algunos ganaderos y estancieros. Por
definición estatutaria, ningún obrero ni asalariado podía formar parte del FIP. Algunos
veteranos de la “Izquierda Nacional” habían luchado contra el ingreso argentino en la
guerra imperialista de 1939-45, en perfecta y orgullosa soledad. En tanto, la
“partidocracia” predicaba que los argentinos debían tomar las armas en defensa del
Imperio inglés contra la Alemania nazi. Otros fundadores del FIP que estaban esa tarde
en la calle Tacuarí eran fundadores de grandes sindicatos, como Fernando Manuel
Carpio y Ángel Perelman, organizadores de la UOM en 1944. Había obreros,
estudiantes, mujeres, librepensadores y creyentes, socialistas y nacionalistas, jóvenes y
hombres maduros, provincianos y porteños. Allí estaba el FIP. Pero ¿cómo se había
gestado? La “Izquierda Nacional” ¿era quizás algo diferente de la” izquierda
cosmopolita” o “izquierda portuaria”? Se trata de otra historia, y sin contarla es
imposible saber por qué nació el FIP.

Escribí esta historia muchas veces con diversos títulos, ya que es necesario
machacar las cosas para que entren en la mente de las personas. Evocaré algunos de
dichos estudios en la presente descripción. Durante mi juventud, hacia el fin de la
“década infame” (1930-1943) los jóvenes de aquel tiempo nos preguntábamos: ¿Qué es
realmente la izquierda en la Argentina? ¿Qué es el nacionalismo? ¿Y el radicalismo?
Además, ¿en qué consiste el “internacionalismo”? Algunos de nosotros iniciamos una
larga búsqueda que la cultura oficial y la hegemonía intelectual de las “izquierdas
cosmopolitas” nos rehusaban. En ese camino difícil, poblado de obstáculos y de falsos
mapas para navegantes, aprendimos a conocer el significado profundo de la sentencia de
Simón Rodríguez, el maravilloso maestro del Libertador, Simón Bolívar: “Más nos
cuesta entender al indio que a Ovidio”. Y esta otra: “O inventamos o erramos”.
Veamos ahora los orígenes del socialismo y el comunismo en la Argentina.

El socialismo cosmopolita
Cuando en las jornadas de octubre de 1945 el país entero se divide, las
majestuosas sombras de la Argentina oficial cambiaban entre sí miradas estupefactas.
Las antiguas nociones y rótulos partidarios habían saltado en pedazos. Una especie de
monstruo mítico, hechura del ejército y los sindicatos, había logrado, al parecer, algo
imposible: trazar un corte de arriba debajo de la sociedad argentina, hasta ese momento
homogénea. El debate se planteaba entre peronismo o antiperonismo, no como hasta el
día anterior entre radicales y conservadores. La sabia estructura política de la “década
infame”, donde los partidos “populares” ocupaban los asientos de la oposición de su
majestad y los oficialistas el poder supremo (pues el poder detrás del trono estaba en
manos imperialistas) se había desvanecido sin dejar rastros.

Al día siguiente del 17 de octubre el país había cambiado profundamente su


rostro: tanto los oficialistas como los opositores de ayer- conservadores, radicales,
demócratas progresistas, socialistas, comunistas- formaban ahora un solo bloque.
Frente a ellos había brotado de las entrañas del país un nuevo enemigo. La realidad sin
afeites, la nueva sociedad industrializada, surgida gracias a las dos guerras mundiales,
había arrojado sobre la escena a un nuevo proletariado y nuevas fuerzas nacionales que
se disponían a disputarle a la oligarquía y a sus aliados de izquierda y de derecha el
manejo de la cosa pública. El concepto mismo de la palabra “izquierda”, como el de
“clase obrera” o de “democracia”, modifican su contenido y su forma en la tormenta de
1945. Del mismo modo, la palabra “nacionalismo” debía sufrir la prueba de los hechos.
Los petimetres aristocráticos que rodearon al general Uriburu en 1930 y que habían
saludado la espada purificadora de 1943, se encontraban desconcertados y paralizados
ante esa explosión de nacionalismo popular y revolucionario volcado en las calles.

Parece oportuno esclarecer el contenido genuino de esas dos tendencias


tradicionales en el pensamiento político argentino, pues la clase trabajadora, el más
importante sector productivo de una sociedad fundamentalmente parasitaria, debe
conocer el pasado para no errar en el presente.

Los gerentes ingleses y el doctor Juan B. Justo


Irguiéndose apenas sobre su banca, con su barbita en punta y su agria voz en
falsete, el doctor Juan B. Justo remató su discurso contra los gobiernos de la “política
criolla” con estas palabras: “El país progresa, a pesar de sus gobiernos, debido a la
necesidad de expansión de los pueblos y al capital europeo: progresaría más si en lugar
de este gobierno tuviéramos por gobierno un consejo formado por los gerentes de los
ferrocarriles.” En ese momento ejercía el gobierno, tan despectivamente aludido por
Justo, el doctor Roque Sáenz Peña. El discurso del jefe socialista fue pronunciado en
1912, apenas cuarenta días después que la misma cámara de diputados aprobara la ley
enviada por Sáenz Peña sobre el voto obligatorio y secreto. Así juzgaba Justo al
presidente que barría el camino para la primera intervención popular en los comicios.
¡Curioso socialista!

Pero el doctor Justo no era el único en juzgar de este modo a Sáenz Peña, cuya
posteridad se vería abrumada por una retórica de jardinería fúnebre. También los
“diarios grandes”, con sus vozarrones, castigaban al presidente y detestaban la célebre
ley. Ayer nomás, el traficante de libretas de enrolamiento, don Cayetano Ganghi, con su
habano y su parla de cocoliche, la flor en el ojal y su familiaridad con los personajes,
escribía confidencialmente a Càrcano:”Roca es un poroto a mi lado. Tengo 2.500
libretas.”

Justo era un socialista verdaderamente extraordinario al atacar de esa manera al


presidente que ponía fin a la era del voto venal pretendiendo sustituirlo por los gerentes
británicos ¿Por qué ese jactancioso desprecio por la “política criolla” en un país criollo
o casi criollo? ¿En qué razones fundamentaba su admiración por el capital extranjero y
su aversión hacia todos los gobiernos argentinos? Ya en 1894, antes de fundar el Partido
Socialista, Justo había hecho sus primeras armas periodísticas en el diario del general
Mitre: postulaba en un artículo los beneficios del librecambio (que hoy llamaríamos
“libreempresismo”) y se dirigía a los ganaderos, según sus palabras, para que no fueran
a caer, por ingenuos, en las pantanosas aguas del proteccionismo industrial.

Su formación positivista, hija de la época que intelectualmente lo formó,


contribuyó a su exaltación de las virtudes de la raza blanca sobre la molicie mestiza o
criolla. Justo, en un rincón de la América del Sur, sufría como propia la “carga del
hombre blanco”. Había aprendido en la tradición familiar la versión canónica de una
historia fabulosa urdida por los vencedores de Pavón: su juicio maligno sobre los
gauchos, montoneros y caudillos que recoge su poco leída Teoría y práctica de la
historia, agobiada de estadísticas australianas, así lo prueba. El fundador del socialismo
en la Argentina resultaba ser positivista en filosofía, librecambista en economía y
mitrista en historia. Como además Spencer le había enseñado que sólo sobrevive el más
apto y que el progreso es indefinido y constante, Justo estaba persuadido de que el
exterminio de los gauchos criollos por los ejércitos porteños respondía a las más
profundas tendencias de la ciencia evolutiva y que la matanza de negros en África,
como el dominio británico de la colonia argentina, confirmaba en todas sus partes la
idea biológica de la adaptación al medio de la enérgica raza blanca.

Como se desprende fácilmente, ésta era la idea prevaleciente en la Europa


dispéptica y ahíta posterior a Sedán. Offenbach le había puesto música a esa hermosa
fiesta que concluyó en 1914. Si estas ideas del doctor Justo no concernían en modo
alguno a las particularidades de la realidad argentina a principios de siglo, formulaban,
por lo menos, una apreciación más o menos correcta de la sociedad portuaria. Buenos
Aires se había erigido como ciudad-puerto cosmopolita, burocrática e improductiva, una
prolongación sudamericana y complementaria de la economía capitalista europea. Pero
el resto del país era su más directa antítesis. Por ese motivo, el socialismo de Justo no
se propagó jamás a toda la República. Desde su origen hasta el presente asumió el
carácter no desmentido de un grupo político del municipio de Buenos Aires. Resulta
inevitable que cada vez que un gran movimiento nacional pasara bajo los ojos miopes
del “socialismo” desconociera su significado, pretendiera medirlo con un criterio
europeo y condenara como bárbaro el río multitudinario tan sólo porque no estaba
dibujado en sus mapas.

Traductor del primer tomo de El Capital, de Marx, Justo había ironizado muchas
veces sobre el materialismo dialéctico, que se le antojaba una especie de “metafísica”.
El mismo se confesaba un “realista ingenuo”. El pensamiento dialéctico era un
pensamiento perturbador en una sociedad satisfecha de sí misma, que se expandía sin
resistencia en un mercado mundial elástico y rico, como el de la Europa sibarítica del
Centenario. El positivismo reinaba soberanamente en un mundo sin contradicciones,
cuyo horizonte se iluminaba bajo el sol inmutable del patrón oro en un cielo sin nubes.

La división internacional del trabajo también parecía dar la razón a Justo: la


providencia (o el gran arquitecto, en su caso) había distribuido sabiamente el genio
inventivo en el brumoso mar del norte y el fértil humus en la pampa soberbia. Ese
destino pastoril de la Grande Argentina gozaba de la aprobación de Justo: sólo exigía
para el artesanado y la aristocracia del trabajo en la capital derechos políticos y
seguridad social, como cabía exigirlos en una sociedad capitalista en crecimiento. Su
librecambismo, según se ve, se fundaba en la clientela consumidora de Buenos Aires,
que debía adquirir los productos industriales del viejo mundo a precios reducidos, del
mismo modo que los europeos consumían los alimentos argentinos a bajo costo. Esta
política sólo podía conducir a la eliminación del escaso proletariado industrial existente
o a impedir su crecimiento. Como se sabe, sin industria no hay clase obrera. Esto mismo
permite identificar al grupo social porteño que seguía sus inspiraciones. El “maestro”
del socialismo había transformado la doctrina liberadora del proletariado en una
panacea para consumidores pequeñoburgueses de la ciudad de Buenos Aires.

En cuanto a la historia argentina anterior a la inmigración, la consideraba como


una de disputa étnica, a la manera de Sarmiento, que fue un gran escritor aunque un
pensador arbitrario y cuyo poder visual dejaba que desear, ya que veía la civilización
donde estaba la barbarie y la barbarie donde germinaba la civilización. Bajo la difusa
polvareda de los combates, Justo sólo distinguía en ellos el primitivismo americano,
cuna de caudillos asiáticos del tipo de Artigas o Quiroga, sentados en cráneos de vaca y
bebiendo aguardiente en guampa. Así, Justo transfiguraba la factoría rioplatense en una
sociedad verdadera, al estilo de Europa. Reducía la Argentina de su tiempo a los
contornos de la ciudad de Buenos Aires, y la historia nacional anterior a la inmigración
a una pura irracionalidad. Con un método análogo consideraba que las guerras
coloniales “franquean a la civilización territorios inmensos. ¿Puede reprocharse a los
europeos su penetración en África porque se acompaña de crueldades?” En cuanto a la
América latina no era menos lapidario: “Apenas libres del gobernador español, los
cubanos riñeron entre sí hasta que ha ido un general norteamericano a poner y
mantener en paz a esos hombres de otra lengua y otras razas.”

Es que junto con la importación de ferrocarriles, artesanos e institutrices


francesas habían llegado al Plata a fines del siglo pasado difusas nociones de un
laboralismo británico tan cuáquero y prudente como el nacido en las lejanas islas. No
puede asombrar, en definitiva, que este peculiar socialismo cosmopolita de la Argentina
agraria se apresurase en librar de todo equívoco a aquéllos que suponían posible
fusionar la tradición nacional con las ideas socialistas. Ese fue el caso de Manuel
Ugarte. Cuando Ugarte defendió a Colombia contra la segregación de su provincia de
Panamá, La Vanguardia asumió la defensa de la “soberanía panameña”, esto es, de la
política norteamericana escisioncita. Ugarte debió alejarse del Partido Socialista. Algo
semejante ocurrió con Palacios, que abandonó esa agrupación en 1915 y que a pesar de
su énfasis oracular se había propuesto también un socialismo latinoamericano, aunque
bañado en el agua de olor de su insoportable retórica. Luego advirtió que resultaba más
ventajoso encomiar simultáneamente a Mitre y al Chacho, tomar el té con el almirante
Rojas y posar de nacionalista, todo al mismo tiempo.

El “socialismo” de Justo había nacido como manifestación de una sociedad


exportadora y estática. En 1945 ya era un espectro de esa sociedad que tendía a
desvanecerse ante un nuevo proletariado traído al mundo por la industrialización
posterior al año 30. Aquellos cooperativistas y artesanos de 1910 se habían convertido
en comerciantes o importadores, cuando no en industriales con fortuna nueva e ideas
viejas, y su menguante influencia electoral porteña se cosechaba en un pequeño sector
de la clase media, acomodada todavía en el viejo sistema y narcotizada por la lectura de
los editoriales de La Prensa.

Pero ya resultaban extraños en el nuevo país. En 1945 el Partido Socialista se


encontró de modo totalmente natural junto a la Marina de Guerra, cuyos oficiales
llevaban en su uniforme luto por la muerte de Nelson, a diferencia de los paisanos de
Salta, que todavía hoy llevan en sus ponchos rojos con rayas negras luto por la muerte
de Güemes. Antes de 1945 estas cosas no podían entenderse; después, resultó más
sencillo penetrar en su sentido.

El pensamiento esencial de Justo debía sobrevivirle en las filas del Partido


Comunista, que también compartió su sitio junto a la Marina en 1945. Pues contra lo
que podría suponerse, las coincidencias políticas entre ambos partidos fueron más
persistentes que las coincidencias ideológicas, ya que ambos nacían de una sociedad de
características semejantes y ambos fueron grupos típicamente porteños. Estas afinidades
se pondrán de manifiesto sobre todo a partir de 1930, año, por lo demás, decisivo para
comprender por qué en la Argentina la izquierda cipaya y el nacionalismo oligárquico
coincidieron en la conspiración contra Yrigoyen.

El comunismo moscovita
Si los socialistas propendían a identificarse con el supremo modelo laborista,
con su protestantismo, su antialcoholismo, su pragmatismo, los stalinistas vivían bajo la
hipnosis de la burocracia soviética. Cuanto ocurría en la Unión Soviética se copiaba
automáticamente en la Argentina con la autoridad de un imprimatur. Este curioso
procedimiento de acción política ofreció los más notables testimonios para un museo de
horrores ideológicos. Como Stalin había declarado que en 1929 daba comienzo un
período de gigantescas conmociones revolucionarias en el mundo (mientras que, por el
contrario, el mundo se encaminaba hacia un ciclo notoriamente contrarrevolucionario),
los stalinistas en la Argentina declararon “fascista” al presidente Yrigoyen y juzgaron al
radicalismo en rápidas vías de “fascistizaciòn”. En esta calificación entrarían casi todos
los gobiernos posteriores. Su conservatismo es digno de estudio: caracterizaron como
“fascistas” a los gobiernos de Yrigoyen, Uriburu, Justo, Castillo, Ramírez, Farrell,
Perón y Onganìa. Si debemos creerles, el fascismo en la Argentina cubre casi cuarenta
años de historia. De acuerdo con la consigna de Stalin (durante muchos años se
autocalificaban orgullosamente de “stalinianos”) la lucha por una “Argentina soviética”
cobró formas, sobre todo formas verbales; pero mientras llegaba ese Fausto día, el
general Uriburu, con la colaboración moral y política de nacionalistas, conservadores,
demócratas progresistas, socialistas, socialistas independientes (Pinedo) y comunistas
derribaba al “fascista” Yrigoyen. Se inauguraba de este modo la década infame.

El intérprete de la eximia política stalinista en la Argentina era un ciudadano


italiano, Vittorio Codovilla, hombre de confianza de la GPU soviética (policía política),
de lo que daría más tarde numerosas pruebas durante su oscura actuación en la guerra
civil española. Este singular personaje internacional ocupó hasta su muerte (ocurrida en
Moscú, naturalmente) el puesto rector de un stalinismo inmodificable, ornada su ancha
frente con los laureles de sus memorables aciertos: contra Yrigoyen en 1930; por el
Frente Popular, en 1936; por la participación argentina en la segunda imperialista, en
1942; contra el gobierno militar de 1943, contra el peronismo a favor de la Revolución
Libertadora y, finalmente, con su sostén al gobierno del doctor Illia. En realidad, cada
vez que el pueblo argentino – sea bajo la forma yrigoyenista o peronista- se disponía a
combatir políticamente a la oligarquía, las “izquierdas” cipayas se ubicaban
simétricamente en el polo opuesto. La actitud antinacional de dichos sectores no
obedecía a un puro error óptico de sus jefes. Brotaba directamente de aquella Argentina
semicolonial, de esa antigua provincia agraria del Imperio Británico que hacia 1910
había construido una pequeña sociedad comercial improductiva e intermediaria, con su
derecha y su izquierda ad usum de la factoría. Este sistema económico, con su
constelación teórica, asumía todos los problemas de las metrópolis y adoptaba como
amigos o enemigos a los amigos o enemigos de esos centros de poder mundial. Durante
1930 los adversarios comerciales y marítimos de Gran Bretaña y la URSS – Hitler y
Mussolini- fueron para la Argentina proinglesa sus principales enemigos.

Los mítines conjuntos de Alvear, Repetto, Lisandro de la Torre y los comunistas


reproducían a su modo el alineamiento de fuerzas de las “potencias democráticas”. Si
Alvear, cuyas campañas electorales eran financiadas por la CADE, era para el partido
stalinista un gran demócrata, León Trotsky era, por su parte, no el creador del Ejército
Rojo, sino un agente “fascista”. Recordemos que la CADE, Compañía Argentina de
Electricidad filial de SOFINA, era un trust internacional. Mediante el soborno de
concejales radicales y conservadores obtuvo en 1936 la prórroga ilegal a su concesión
en la ciudad de Buenos Aires hasta el año 2000. El general Justo, en el poder, se
ocupaba de pisotear y adulterar las tradiciones democráticas argentinas; Alvear
sepultaba en el compromiso perpetuo con Justo la herencia del Yrigoyenismo; los
nacionalistas admiraban al sangriento Duce; los socialistas y comunistas falsificaban el
pensamiento socialista revolucionario y calumniaban a sus simpatizantes. La palabra
“imperialismo” era un vocablo impronunciable en la era del izquierdista rosa. Liberal en
la política económica, mitrista en la historia argentina, stalinista en el marxismo,
rooseveltiano, “progresista” y “antifascista”, el Partido Comunista resumía
acabadamente la década a la que pondrían término las jornadas del 17 de octubre de
1945. Como podía esperarse de toda su historia, en esas jornadas el embajador Braden
no encontró mejores amigos ni admiradores que los discípulos de Codovilla. En mi libro
Historia del Stalinismo en la Argentina1 expongo con abundante documentación la
historia asombrosa de ese partido.

A la luz de este cuadro, en la década infame ( 1930-1945) las ideas motrices del
socialismo, su potencia crítica, su capacidad de previsión, su abierto desafío a la
sociedad capitalista en quiebra se muestran en la Argentina bajo las formas sui generis
de un monstruoso colonialismo intelectual. El puñado de jóvenes que resistían este
proceso no podía pesar – y no pesó- en la escena. Los principales contribuyentes a la
formación de una Izquierda Nacional Revolucionaria fueron Aurelio Narvaja, sin duda
la cabeza más notable de su generación, Adolfo Perelman, Esteban Rey, Mateo Fossa,
Ángel Perelman, Carlos Díaz, Hugo L. Sylvester, Enrique Rivera, Alfredo Terzaga,
Ernesto Ceballos y, desde otro ángulo, Liborio Justo. Oriundos del Partido Comunista,
pasaron al campo nacional hombres notables como Rodolfo Puiggròs, Eduardo
Astesano, Luis V. Sommi, Alberto Astudillo, así como Joaquín Coca desde el Partido
Socialista. Por supuesto, Manuel Ugarte, a principios de siglo, es el precursor intelectual
por antonomasia de la Izquierda Nacional Contemporánea. En el exterior, la reacción
triunfaba arrolladoramente. En el mundo capitalista los bandidos fascistas instauraban la
dictadura terrorista del capital financiero; en la Unión Soviética, la reacción stalinista
imponía la dictadura burocrática a las masas y fusilaba a los fundadores del Estado. Las
democracias occidentales devoraban en silencio, glotonamente y estremecidas de
pánico, los frutos de sus satrapías coloniales.

Pero el de las izquierdas no era el único colonialismo político que padecía la


Argentina. También se manifestaba la extranjerización de la derecha llamada
“nacionalista” y que no era sino un gajo en ese momento lozano, del viejo tronco
conservador y oligárquico.

1
Ed. Del Mar Dulce, Buenos Aires, 2ª ed., 1970
2. EL NACIONALISMO ARISTOCRÀTICO

La palabra “nacionalista” recién aparece en la prensa política hacia el fin de la


segunda presidencia de Yrigoyen. Adquiere su más plena difusión en la década infame.
Antes de esa fecha el nacionalismo no existía como movimiento ideológico si se
considera como algo singular y fuera de serie al periódico La Voz Nacional, que
financiaban en 1926 una condesa italiana y un mutilado de guerra, también peninsular.
Habían aparecido, sin duda, algunos grupos “patrióticos” hacia 1909. Eran las patotas
de los “niños bien” que reñían en lo de Hansen con los grupos de extramuros o se
propasaban con las señoras de la calle Florida. Los “niños bien” fueron arrancados de
sus calavereadas en el kiosco de Palermo o en el café concierto del Gato Negro para
formar las bandas “patrióticas” que asaltaron, tirotearon e incendiaron los sindicatos
obreros de Buenos Aires. Valieron para esta actividad inesperada los buenos oficios del
barón Demarchi durante la primera semana trágica. Volvieron a salir los “niños bien”,
bajo la inspiración de Joaquín de Anchorena, en 1919; la capital presenció entonces
progroms antisemitas, y las legiones de la juventud patriótica fueron adiestradas por el
almirante Domecq Garcìa en el Centro Naval, Florida y Córdoba. Pero era un
patriotismo “social” no “nacional”. Se dirigía contra los extranjeros pobres, no contra
los extranjeros ricos, que generalmente eran los amos de la República. Las bandas
patrióticas no volcaron su cólera contra el dominio británico en el país ni contra los
rubicundos gerentes ingleses de los ferrocarriles, que vivían en sus fincas soleadas de
Hurlingham y que eran “gente bien”. “Rusos” y “gringos” pertenecían a la clase de los
que trabajan. Tales fueron los comienzos del nacionalismo, aún antes de llamarse con
ese nombre.

Diez años más tarde una nueva generación escribe el semanario La Nueva
República y redacta las páginas políticas del diario vacuno-conservador La Fronda, que
dirige Francisco Uriburu. Ese órgano de la oligarquía bonaerense bautizará al presidente
Yrigoyen con el mote de “el Peludo” y se convertirá, al concluir el período
despreocupado de Alvear, en el más mordaz adversario del caudillo nuevamente en el
poder. Toda la oposición, desde los socialistas, demócratas progresistas o
antipersonalistas, hasta la más cerril reacción conservadora, lee cada día la primera
página de La Fronda. Allí escriben un puñado de brillantes jóvenes que ya empiezan a
llamarse nacionalistas y que el conservadurismo utilizará, en ese momento y luego, para
voltear a Yrigoyen.

Los hermanos Laferrère, los Irazusta, Ernesto Palacio, Pico, Padilla y muchos
otros escriben feroces sátiras contra el yrigoyenismo y su jefe. Daré un sólo ejemplo: en
su edición del 10 de mayo de 1929, La Fronda publica el acta textual del matrimonio de
los padres de Yrigoyen, donde puede el lector informarse que ambos contrayentes no
sabían leer ni escribir. La Fronda titula el documento del siguiente modo:” ¡Analfabeto
de padre y madre!” y luego comenta: ¡Analfabeto de padre y madre! ¡Pobrecito! ¿Cómo
no lo habíamos sospechado antes? ¡Qué magnífica genealogía para un jefe de República
civilizada!” Apenas cabe recordar que a Perón no lo trató mejor la oligarquía y que ese
mismo nacionalismo de 1930 reapareció en 1955 con su odio intacto hacia el pueblo;
sólo habían cambiado los caudillos. Yrigoyen había sido elegido presidente de la nación
un año antes por el voto de 800.000 argentinos, contra unos 400.000 de todos sus
adversarios coligados. A estos 800.000 votantes, La Fronda los llamaba
invariablemente en su primera página los “800.000 papanatas”. Los motes injuriosos
aplicados al presidente eran múltiples. Rara vez era mencionado por su apellido: el
Megaterio, el Fenómeno, el César Pardo, el César Viudal, el Fósil, el Divino Caimán,
el Megaterio plebiscitario, el Cacique, el Peludo austero, llorón y magnánimo, eran lo
habitual en la delicada hoja. El séquito de Yrigoyen, según La Fronda, estaba formado
generalmente por la “fauna reparadora” o por “mulatillos malolientes”. El mal gusto de
Yrigoyen, el origen desconocido o dudoso o equívoco de sus colaboradores era señalado
con malignidad por las nacionalistas de La Fronda, orgullosos de sus apellidos y de su
sintaxis. Bajo esta burla, a veces soez, se adivinaba, sin embargo, una irritación
profunda. Un turbador desconcierto invadía el espíritu de estos socios del Jockey Club
metidos a libelistas. Esto era fácil de entender.

La crisis de 1930 se desencadenaba sobre el mundo con un poder devastador.


Los países productores de alimentos, como la Argentina, no sólo ven precipitarse la
otrora sólida estructura de los precios mundiales, sino que su clase terrateniente pierde
la quimera de la Grande Argentina. Su norma de derroche en un mundo de posibilidades
ilimitadas se estrellará ante la crisis. Las “ilusiones del centenario” se desvanecen ante
el horror de un mercado internacional que rechaza las carnes pampeanas o las adquiere a
precios inferiores a su costo de producción. Los calaveras que han pasado diez o veinte
años de su vida en París regresan precipitadamente a la Argentina ante la
desvalorización del peso nacional. Una profunda consternación envuelve a la clase
parasitaria por excelencia. Los más sofisticados ocultan su angustia con una ironía a la
francesa: Quelle difference, de parís a l` estance!

Pero la crisis mundial no sólo pulveriza el ideal lejano de una Europa pacífica y
opulenta, sino que reduce a la nada los regímenes políticos y democráticos en aquellas
naciones que carecen de recursos para sostenerlos. En 1929 el Duce consolida su poder
en Italia, en 1933 asume el gobierno Hitler; en 1934 es dictador de Austria socialista el
canciller Dollfuss. Toda la Europa Oriental, con sus monarquías putrefactas,
evolucionaba hacia regímenes fascistas o semifascistas. Esta marea de antiliberalismo
planetario se manifiesta en la Argentina a través del nacionalismo de origen oligárquico
a que nos hemos referido. Yrigoyen es responsabilizado de todos los males que aquejan
a la República, y con Yrigoyen es enjuiciado el propio régimen representativo: el voto
de la chusma constituye la raíz del drama. El ala nacionalista de la vieja oligarquía
conservadora repetirá con nuevos argumentos el odio antiyrigoyenista de sus padres.

Sus maestros eran Burke, el famoso reaccionario inglés hay adversario de la


revolución francesa, o Maurras, que reclama el trono de Francia para coronar al último
cretino sobreviviente con sangre real, o el Duce, al que Lugones llamará “admirable” y
cuyo programa di lavoro estudiará Uriburu, el patético espadón del 6 de septiembre. En
la historia argentina, que afirman es la historia de la patria y de sus padres, los
nacionalistas encontrarán un prócer en la persona de Tomás de Anchorena, aquel
diputado porteño que llamó “cuicos” a los diputados mestizos del congreso de
Tucumán, y otro en Rosas, en quien saludarán al espíritu encarnado de la dictadura
ganadera como ideal de gobierno. Pero la consistencia misma del pensamiento
nacionalista oligárquico se encontraba en la Europa ultramontana y no en los archivos
argentinos. Reflejarán a su modo, como la izquierda cipaya, la otra cara del
colonialismo intelectual de la década infame. Dejo a un lado, como es lógico, a muchos
nacionalistas “plebeyos”, como Josè Luis Torres, que combatieron en ese período como
patriotas sin sangre azul. Resulta sugerente señalar que un escritor de simpatías
nacionalistas, Bruno Jacovella, evocando recientemente estos temas, reafirma
bizarramente lo que acabo de explicar. En su escrito, Jacovella dice lo siguiente:” La
recepción del pensamiento de Maurras hizo posible una crítica nacional, no meramente
ética, del sistema liberal- que Yrigoyen aceptará como algo obvio-; una crítica a la que
no tenía derecho el marxismo por su carácter exterior o internacional”. Aunque
sabíamos que los nacionalistas detestan la dialéctica, la lógica formal tampoco parece
ser de su agrado. Maurras o Mussolini son tan criollos como Marx y Engels. Pues la
cuestión fundamental en cuanto a la izquierda cipaya residía en su impotencia para la
aplicabilidad del pensamiento socialista en un país semicolonial, no en la esterilidad del
pensamiento mismo. Mientras que en lo que respecta al nacionalismo oligárquico
importaba al país un sistema ideológico que si era antihistòrico en Europa no podía sino
duplicar su carácter monstruoso en un país atrasado, que sólo por medio de la clase
trabajadora y del pueblo podía liberarse.

La predilección del nacionalismo aristocrático por las espadas (simétrico al


maníaco y abstracto antimilitarismo de la izquierda cipaya) por la autoridad, la policía y
el orden medieval – tenían una curiosa idea de lo que fue el turbulento y gozoso
Medioevo- expresaba un nacionalismo contrarrevolucionario, justamente todo lo
contrario de lo que exigía la tragedia de un país semicolonial aplastado por la parálisis
de su vieja estructura. Eran los guardianes de un orden antiguo. Aborrecían los tiempos
modernos, la industria, la clase obrera, las decisiones mayoritarias, en las que veían un
plan infernal. Virtuosos de la prosa política, cultivaban amorosamente el estilo, hijo de
los grandes ocios y de un refinamiento muy fin de época, de época de vacas gordas.
Algunos de ellos proclamaban abiertamente su deseo de ordenar la Argentina bajo la
jerarquía monárquica. En la revista Sol y Luna podía leerse: “La voz auténtica de la
hispanidad nunca enmudeció del todo en nuestra tierra ni aun en el siglo de los feos
coroneles liberales... Y no hablamos de fidelidad al imperio político que fue y puede
volver a ser España, sino al imperio espiritual que ha sido siempre, y ahora como
nunca.”(1939).

Y, en un artículo titulado “Defensa de la oligarquía”, Héctor Sáenz y Quesada


resumía el pensamiento nacionalista ante el radicalismo y la inmigración: “ El año 1916,
por medio de la ley Sáenz Peña, accede al gobierno el aluvión inmigratorio llegado al
país después del servicio de vapores con la Europa. El gobierno escapa de las manos de
los hispano-argentinos para extenderse a otras razas cuyos apellidos- tan jocosamente
comentados en su hora- demuestran la transformación racial más bien que social,
llamada “radicalismo”. Y es entonces que la descendencia semi-asimilada del
inmigrante, que hasta había llegado a olvidar el dialecto ligur o siciliano aprendido en
su casa, siente la necesidad de inventar un término despectivo que lo distinga de los
desplazados y le confiera – a despecho de la realidad de la sangre- una patente de
argentinismo. Y el diccionario le proporciona, con sentido gramatical pero no histórico,
la palabra oligarquía`”.

Que las afirmaciones arrogantes de Sáenz Quesada no eran broma, lo


demostrarán los nacionalistas oligárquicos varias veces y siempre a su costa. Pues si en
general padecían de esteticismo, su más cara ambición era modesta: soñaban con ocupar
el cargo de consejeros de algún príncipe armado. Esto último era una verdadera
estrategia y les resultó ruinosa. Para no hablar de la actualidad, recordaré que el
nacionalismo oligárquico dio impulso a Uriburu, tan sólo para comprobar que el general
Justo se quedaba con el poder en 1932. Sostuvo inicialmente al general Ramírez, pero el
coronel Perón los apartó enérgicamente de su camino calificándolos de “piantavotos de
Felipe II”; rodearon a Lonardi y salieron bruscamente de la escena al aparecer
Aramburu. Tenían la obsesión del asalto al poder y la desgracia de hacer revoluciones
para otros. He relatado por lo menudo, en La factoría pampeana y en La era del
Peronismo la historia política del nacionalismo aristocrático y no me repetiré aquí.

Al ideal de retorno a una desaparecida edad de oro agraria, se añadía en el


nacionalismo oligárquico un notorio desdén por el “cabecita negra” y el peronismo tal
como habían surgido de las entrañas de la historia argentina. Se consideraban a sí
mismos como parte medular del “núcleo fundador” y lloraban en su relamida literatura
por la crisis de una “clase dirigente”. No se sabe todavía por qué motivo habían
adquirido la manía de arrogarse la representación de la nación, paranoia quizá
justificada por la desproporción entre sus ganas de mando y su número. Algunos de
ellos, como los hermanos Irazusta, escribieron una diagnosis exacta de la expoliación
británica en el tratado Roca-Runciman, aunque lo hacían desde un ángulo puramente
agrarista; otros, contribuyeron a contrabalancear la historia liberal unitaria, cuyas
fábulas habían formado a varias generaciones de argentinos nuevos. Pero al
antirrosismo de la historia liberal, completamente estéril, opusieron un rosismo liso y
llano que recluía el drama argentino en las fronteras de Buenos Aires y su puerto avaro.

En resumen, las izquierdas cipayas eran antirrosistas y anglófilas, y el


nacionalismo oligárquico (que también tuvo sus anglófilos) asumía una postura
prototalitaria y rosista. Durante la década infame todo el país yacía en el cepo de esa
falsa opción y se veía impedido de remontar la corriente de la historia nacional para
encontrar en ella el nacionalismo democrático y popular del morenismo, de las
montoneras, del federalismo de provincias, del yrigoyenismo.
Al condenar a los vástagos de los extranjeros sin linaje hispánico, el
nacionalismo oligárquico se ponía al margen de la Nación, de la Argentina tanto como
de América latina. Rechazaba en realidad la Argentina tal cual ha llegado a ser: una
fusión indestructible de la vieja sociedad criolla con los hijos y nietos de la inmigración
arraigados definitivamente al país. Del mismo modo, cuando la izquierda cipaya se
hacía eco de las invectivas mitristas contra caudillos y montoneros, o de los motes
oligárquicos contra los “cabecitas negras” negaba a la vieja Argentina que había
sobrevivido a todas sus derrotas y que resurgía, más fuerte que nunca en los días del 45.

Izquierda cipaya y nacionalismo oligárquico morían en cierto modo ese año,


agotaban en esa fecha su significado, pues la sociedad agraria de 1910 había dejado
simbólicamente de existir. El nuevo capítulo estaba por escribirse. Cuando se escriba
dirá, sin duda, que en un país que aún no se ha librado del imperialismo no puede haber
otro nacionalismo que no sea popular ni otra izquierda que no se defina orgullosamente
como nacional. Hechas las salvedades críticas de orden político, es de estricta justicia
señalar que el nacionalismo intelectual argentino aportó, sobre todo en el orden de la
investigación histórica, contribuciones documentales decisivas para exhibir a plena luz
la belleza del parnaso liberal. Sus grandes nombres son Ernesto Palacio, Rodolfo y Julio
Irazusta, Carlos Ibarguren (h), Carlos Steffens Soler, Manuel Gálvez, entre otros. Cabe
observar que los primeros y más notables revisionistas de la historia argentina fueron
liberales: Juan Bautista Alberdi, Adolfo Saldìas, Luis Alberto de Herrera.

3. YRIGOYENISMO REVOLUCIONARIO Y RADICALISMO LIBERAL

Vertiginosamente, los partidos políticos argentinos han sufrido la presión de los


grandes giros de la historia. El movimiento nacional fundado por Hipólito Yrigoyen,
coincide con el ciclo agrario expansivo que nace en 1880 y termina en 1930 con la
crisis mundial. La muerte del gran caudillo simboliza el período revolucionario e
intransigente del radicalismo. Enrique O`Connor escribe algunas páginas notables a
este respecto.

Desde la pertinaz intransigencia de Yrigoyen frente a todo lo que significara


“acuerdo” con el mitrismo primero ( raíz de sus divergencias con Alem) y con el
“régimen” más tarde (cuando el patriciado provinciano ya “venido a más” se funde con
la oligarquía porteño-bonaerense en el ocaso del roquismo), hasta las claudicaciones de
Alvear ante la oligarquía restaurada de la década infame; desde el nacionalismo
petrolero de Yrigoyen y Mosconi al entreguismo bochornoso de los concejales
“chadistas” del año 1936; del nacionalismo agrario del radicalismo histórico al
“industrialismo” pro-imperialista del dúo Frondizi - Frigerio, y, tras la debacle de éste el
retorno al viejo y caduco radicalismo de las clases medias pre industriales encarnadas en
el binomio Illia- Perete; todo es analizado y desmenuzado en profundidad. La Argentina
de fines del siglo pasado y principios del actual cimenta su estructura socio-económica
sobre las bases del desarrollo agropecuario (incorporando al mercado mundial la
producción de las más feraces llanuras del mundo, que hasta entonces sólo habían sido
un “desierto”), la hegemonía del capital británico en la estructura de “servicios”
imprescindible para aprovechar adecuadamente aquella vasta riqueza agropecuaria
(ferrocarriles, puertos, bancos y seguros, navegación mercante, colonias agrícolas, etc.),
la “división internacional del trabajo” y el librecambio como presupuesto de todo
“progreso” (Inglaterra es el “taller del mundo” y la Argentina su “granja”), el
liberalismo económico a ultranza (impuesto, paradójicamente, en el preciso momento en
que fenece el capitalismo de libre concurrencia para dejar paso a la era de los
monopolios, del capital financiero y del imperialismo) y la inmigración masiva, para
dotar de mano de obra al crecimiento económico vertiginoso de un país rico y
gigantesco pero semidespoblado. El eje de tan singular y veloz transformación es la
alianza de la oligarquía porteño-bonaerense (terrateniente-ganadera una, comercial e
importadora la otra) con las conveniencias económicas imperialistas de la Inglaterra
victoriana (en la época del apogeo universal del imperialismo inglés), a cuyos efectos se
da una por demás armoniosa “complementación”. Pero a diferencia de cualquier otra
semicolonia común y corriente, la particularidad argentina reside en el hecho de que su
desarrollo como país exportador de materias primas agrarias permite ( mejor dicho,
exige) la incorporación de millones de inmigrantes que habrán de hallar una ubicación
más o menos desahogada en los sectores primarios (agricultura cerealera) y terciario
(actividades comerciales, servicios públicos, etc.), pudiendo de tal suerte “hacer la
América”, prosperar moderadamente y convertir a sus hijos en “dotores”. Hasta aquí
hemos visto los aspectos centrales de la formación de la estructura de la próspera y
privilegiada semicolonia de principios de siglo. En cuanto a las superestructuras, la
misma oligarquía reinante que construye el país exclusivamente con materiales de
importación (toros Shorton, colonos italianos, sastres y arquitectos franceses,
instructores militares alemanes) habrá de imitar también las instituciones democrático-
burguesas que la Europa estable y satisfecha de la belle èpoque ostenta orgullosamente
como desiderátum del “progreso” y la “civilización” occidentales. La “República” será,
pues, democrática y representativa. Pero ello sólo en el papel, dado que la Argentina
moderna, posterior al 80, se plasma política en institucionalmente sobre una mínima
participación real de las masas en la “cosa pública”; al fusionarse los grupos
conservadores en la decadencia del roquismo, sus núcleos dirigentes, herederos del
progreso ochentista, serán enemigos de toda concepción no elitista del poder público; su
tradición será la de los “acuerdos” de notables y de minorías dentro círculos áulicos,
marginando toda participación popular. De tal forma, la doctrina económica y
representativa se santifica en la Constitución, se enseña en la escuela pública, pero es
absolutamente inexistente en la práctica. El divorcio entre las palabras y los hechos no
podía ser más flagrante. Tal aberración, al fin y al cabo, es necesaria para proteger la
formidable “rosca” de los exclusivos y exclusivistas intereses dominantes, que en
cualquier país semicolonial resultan ser más agobiantes para las mayorías que en las
potencias centrales.
La Unión Cívica Radical emergerá como amplio movimiento popular y
democrático con la misión fundamental de realizar en la práctica a “la República”
formal y desvirtuada por “el régimen falaz y descreído” de la “rosca” oligárquica
dominante. En tanto expresión política de las flamantes clases medias inmigratorias que
han hallado un aceptable “lugarcito bajo el sol” en la prospera factoría agraria y
comercial portuaria y pampeana, no habrá de cuestionar el destino pastoril y
librecambista asignado al país, sino solamente el cerrado monopolio del poder político y
económico que la oligarquía y el imperialismo no están dispuestos a compartir,
preconizando así la vigencia real del sufragio universal para la “reparación de las
instituciones” y la democratización del disfrute de la renta agraria diferencial. La
oligarquía tendía a buscar el “acuerdo” con toda fuerza política capaz de cuestionar su
reinado; en contraposición, el estilo político de Yrigoyen se basa en la “intransigencia”
frente al “régimen”, en la abstención permanente y en la preparación paciente de
alzamientos revolucionarios cívicos o cívico-militares, verdaderas patriadas que, aun en
su fracaso van socavando la estabilidad y legitimidad del sistema oligárquico. Si bien el
radicalismo incorporará al campo nacional a vastos sectores medios, “hijos de gringo”,
también integrará a un amplio espectro social nacional que va desde estancieros
medianos del interior ligados al mercado interno, antiguas capas medias y bajas
federales que provienen del alsinismo o de los antiguos caudillos provinciales, viejas
familias de clase alta influyentes bajo el rosismo y marginadas por el mitrismo, hasta el
proletariado criollo, peón de estancia, trabajador de los obrajes y los ingenios, el mensù
mesopotámico, etc., reacios al socialismo juanbejustista o al anarquismo, no
organizados sindicalmente y tratados casi como ganado humano por los negreros del
norte. Hijo de la revolución del 90 que volteó a Juárez Celman, existirá también en el
radicalismo un compromiso tácito con ciertos sectores de carente de principios,
Yrigoyen encarna como un apóstol la negación de estos valores; es un hombre de
principios, no cambia jamás, ignora los placeres, lo cual explica la existencia del sector
“galerita”, luego “antipersonalista” en el que figurarán personajes como Alvear, Melo,
Pueyrredón, Hueyo, Cantilo, Pereyra Iraola, Le Bretón, Gallo, Michel Torino y otros de
apellido no menos inequívoco. El amorfismo social de la Argentina de la época, los
buenos términos del intercambio y la expansión agraria aún en ascenso, el apogeo de la
ideología oligárquica en lo que le es fundamental, hacen comprensible la conformación
de este conglomerado de fuerzas heterogéneas y no pocas veces contrapuestas,
transformando finalmente un gran movimiento popular en una vasta impotencia
práctica. Se explica así que el yrigoyenismo no pretendiera oponer a la semicolonia
agraria un proyecto de país industrial, y que fuera impotente ideológicamente frente al
liberalismo. M mientras la fabulosa renta diferencial de la pampa húmeda y la
prosperidad de la “City” daban para todo, era harto difícil oponer al reinado oligárquico
otra cosa que un programa moralizador y “reparador” de las instituciones. La mística
radical se rige más por sentimientos que por ideas. Mientras la aristocracia vacuna, snob
y europeizante, sensual y escéptica, gasta sus perennes ocios entre París, el Jockey Club
y sus palacios del Barrio Norte, dando el ejemplo de un “materialismo” paganizante y
sibarita, carente de principios. Yrigoyen encarna como un apóstol la negación de estos
valores: es un hombre de principios, no cambia jamás, ignora los placeres materiales, es
un asceta, es un idealista y místico; en contraposición al cosmopolitismo europeizante,
él ignora totalmente a Europa. Su personalidad es, pues, símbolo viviente de su
programa “reparador” de la república oligárquica. Y ello encaja perfectamente con las
reivindicaciones políticas de las nuevas clases medias, en las cuales la lucha por la
democracia se impregna de prejuicios moralistas: el “régimen” es, sobre todo,
“imparcial”.

De la misma manera que no cuestionaba el destino agrario y librecambista del


país, el nacionalismo radical tampoco tiene nada que ver con la industrialización; tiende,
en realidad, a rescatar y democratizar el “producto íntegro”, a recortar el grueso
porcentaje de la renta nacional que se fagocitan los estancieros y el capital inglés. Se
explica así el contenido no industrial que revestían los proyectos tales como la creación
de una flota mercante de ultramar, un banco central o la conexión ferroviaria con Chile,
así como los convenios comerciales con la Unión Soviética de gobierno a gobierno y el
nacionalismo petrolero que el senado oligárquico logró sabotear y anular en su
totalidad.

Un movimiento así, revolucionario y limitado al mismo tiempo, anti oligárquico


y penetrado por la oligarquía a la vez, nacionalista e indiferente ante la
industrialización, no podía tener otro destino que el que finalmente tuvo. Ante la crisis
de 1930, que marca el fin de la “división internacional del trabajo”, la decadencia del
Imperio Británico y la terminación de la semicolonia próspera, el radicalismo ya no
poseía respuesta. Yrigoyen mismo definirá este fracaso en una sola frase: “Hay que
empezar de nuevo”; se equivocará en cambio al señalar a Marcelo de Alvear como el
piloto de tormentas adecuado para sucederle y llevar a cabo la difícil tarea de recuperar
la democracia política perdida ante la restauración oligárquica del 6 de setiembre. Pero
la presencia en el radicalismo de un Yrigoyen y de un Alvear, más que un contrasentido,
está indicando la existencia de un programa que al no ir más allá de la democracia
política en lo esencial, podía ser suscripto tanto por los sectores sociales plebeyos,
populares y pequeñoburgueses que encarnaba Yrigoyen, como por sectores de
mentalidad amplia y “moderna” de la propia oligarquía. Que Yrigoyen se inclinará por
nacionalizar el petróleo, crear una flota mercante y ser más sensible ante los
padecimientos obreros, que vendiera sus estancias para financiar alzamientos
revolucionarios, mientras que Alvear era más sensible al capital europeo y vendía sus
estancias para financiar sus ocios parisienses, nada de ello está indicando diferencias
irreductibles en el fondo, en tanto el programa común no iba más allá de la democracia
política como un fin en sí, respetando la propiedad de las grandes estancias, el capital
inglés y el librecambio.

El destino histórico del radicalismo es, pues, a pesar de haber estado formado en
su origen por otros sectores sociales, el de nuestras clases medias, capaces de acaudillar
(con las limitaciones ya señaladas) un movimiento nacional y popular en la época de su
ascenso social dentro de la semicolonia agraria y próspera y cuando aún el proletariado
era poco menos que inexistente. Su impotencia ante la crisis económica mundial y la
restauración oligárquica de 1930 mostraba la incapacidad orgánica de la pequeña
burguesía para ofrecer alternativas ante la crisis y el agotamiento del viejo país. Su
acatamiento a la dirección alvearista muestra además el enfeudamiento de las clases
medias a la égida oligárquica; la oligarquía gobernará en la década infame por medio
del fraude, para transferir la crisis a los sectores populares, resguardar sus privilegios y
hacer más y mayores concesiones al opresor inglés.

Un párrafo aparte merece el fenómeno frondicista, que expresó políticamente a


las clases medias transformadas por la industrialización del país y ligadas al mercado
interno. Su intento de montar una política de “industrialización” mediante el ingreso
indiscriminado de capitales imperialistas, planes económicos confeccionados por el
Fondo Monetario Internacional y “estímulos” a la improductividad de la oligarquía
terrateniente constituye una nueva utopía pequeñoburguesa de imposible
materialización.

En cuanto al radicalismo de Illia, de Perette y de Balbín, que es el radicalismo


actual, puede decirse que su base social sigue siendo la vieja clase media ligada a la
estructura económica anterior a la industrialización del país, o sea, los chacareros,
pequeños y medianos estancieros, comerciantes, profesionales liberales, etc. Representa
un país ya muerto, irresucitable. Es sensible al “productor agropecuario” de la provincia
de Buenos Aires, ante cuyo patético “desaliento” se conmueve permanentemente; ama
el formalismo político “democrático” ( al que ve como un fin en sí, no como una
necesaria herramienta para transformar las caducas estructuras del viejo país) y es
indiferente a la industrialización del país. Hastiado y fatigado por los magros frutos
cosechados en veinte años de gorilismo golpista, Balbín ha decidido jugar al “opositor
responsable”, tan responsable que pone el grito en el cielo ante las medidas progresivas
como la Ley Agraria o la nacionalización de la TV, pero calla con inconfesable
satisfacción ante los despropósitos y torpezas de ministros y funcionarios, especulando
con que el fracaso de un peronismo sin Perón sumido en múltiples dificultades,
extravíos y contradicciones le abrirá la senda triunfal de las urnas en el ya cercano 1977.
Lo que este “nuevo Balbín” ignora es que la superación histórica del peronismo, en la
medida en que se revela necesaria, no habrá de darse hacia atrás, hacia el pasado. En
todo caso, podemos decir que su papel de opositor inoperante revela no sólo sus deseos
y especulaciones personales, sino el proceso de nacionalización y radicalización de las
clases medias ( a las cuales el balbinismo representa hoy mucho menos que en 1963,
salvo en sus sectores viejos y estáticos) posterior al año 1969, cuando las jornadas
grandiosas y memorables del Cordobazo marcaron el advenimiento de una nueva etapa
histórica, signada por la nacionalización y movilización de los sectores nuevos,
dinámicos, de la pequeña burguesía hacia el campo de la revolución y la alianza con la
clase obrera.

4. UN SOLITARIO: MANUEL UGARTE SOCIALISMO CRIOLLO Y


NACIONALISMO DEMOCRÀTICO
Ya me referí a la peculiaridad del “socialismo cosmopolita” y del “comunismo
moscovita”, lo mismo que a ciertos rasgos del nacionalismo oligárquico que se dibuja
después de 1930. Asimismo, el radicalismo de Yrigoyen y sus herederos no podrían ser
entendidos sino a la luz del poderoso influjo que la presencia del imperialismo europeo,
y en particular los ingleses y los franceses ejercerán profundamente en el comercio
exterior, en el proceso cultural y en la conducta de nuestra política externa. Sin la
presencia de un gran solitario como Manuel Ugarte, o de un Mariano Fragueiro en el
siglo XIX, cabría pensar que la Argentina fue sólo una factoría agraria o intelectual, al
día siguiente de la muerte de San Martín en Europa. Pero no fue así. Hemos rescatado
al gran solitario y precursor del socialismo criollo. Hemos vuelto a percibir el rostro
perdido de Ugarte. Lector, vamos a conocerlo en las páginas que siguen. Fueron
escritas en 1953. En esa fecha reedité un libro olvidado por la cultura cipaya: El
Porvenir de América Latina. Y para esa obra redacté, en agosto de 1953, el prólogo
que se reproduce a continuación:

Redescubrimiento de Ugarte
Ha sonado la hora de restaurar una tradición trunca: la tradición de un
nacionalismo democrático y revolucionario. El terrorismo ideológico que el
imperialismo ha ejercido sobre el país en las últimas décadas ha terminado por
desfigurarla. Se trata de restablecerla. Ese nacionalismo revolucionario de un país
oprimido no podía manifestarse sino en un socialista argentino, abanderado de la unión
latinoamericana y gran figura de las letras continentales. Este es el momento de
reivindicar a Manuel Ugarte como parte de nuestra tradición, del mismo modo que Haya
de la Torre rescataba para su movimiento a González Prada y Lenin saludaba a
Chernichevsky y Herzen a los precursores insignes de la intelligentsia revolucionaria
rusa.

Ugarte nació en 1878. Durante cuarenta años vivió silenciado y difamado por los
procónsules del capital extranjero. Vástago de una familia de terratenientes de la
provincia de Buenos Aires, las letras hubieran podido constituir su vocación decisiva,
como la de tantos otros jóvenes ricos de su tiempo, si un tema no se hubiera apoderado
de su vida y no la hubiera hasta cierto punto acondicionado y subyugado. Su lucha
contra el imperialismo y por la unidad de América Latina configuró su destino ulterior y
dominó completamente su existencia. Este joven atildado y galante del 1900, de cuello
palomita y erizados mostachos, no podía suponer que ese “idealismo latinoamericano”
que él sustentaba en los cenáculos literarios llegaría a convertirse, por la fuerza de las
cosas, no sólo en un hecho fundamental de su vida (y de su fracaso público) sino al
mismo tiempo en la bandera señalada de las grandes masas explotadas de nuestro
tiempo. Lo que comenzó como inclinación estetizante fue asumiendo una perspectiva
histórica, se vistió de carne y sangre.
La formación espiritual primera de Ugarte fue predominantemente francesa. Ya
a los once años de edad sus padres lo llevaron a Europa, para visitar la Exposición
Universal de 1889. Aprendió la lengua y regresó allí nuevamente a los 20 años, en pleno
despertar del siglo, para ingresar a una brillante generación literaria. Sus amigos fueron
Rubén Darío y Leopoldo Lugones, José Ingenieros y José Santos Chocano, Delmira
Agustini y Alfonsina Storni, Florencio Sánchez, Amado Nervo, Belisario Roldán, Josè
María Vargas Vila. Por la trascendencia política de su obra, Ugarte representó
enteramente a aquella generación hundida en la indiferencia, la pobreza y el descrédito.
Pero no queremos hablar aquí de la literatura sino de la revolución. Es preciso explicar
en virtud de qué circunstancias singulares un grupo intelectual tan notable se convirtió
en una generación perdida.

El cuidadoso olvido, la organizada ignorancia con que nuevas promociones han


sido educadas respecto a Ugarte, lo mismo que con respecto a la vida y a la muerte de
sus compañeros de juventud y madurez, obedecen a causas serias, que entroncan con la
historia del país. Empecemos por decir que la función del intelectual en América latina
ha sido completamente humillada, despreciada y ahogada por las oligarquías
antinacionales que controlaron o controlan el poder político en el continente. El papel
del intelectual en Europa, por el contrario, su preeminencia en la vida nacional, los
halagos materiales y prestigiosos que lo rodean, el interés de la opinión pública por sus
obras, resaltan de una manera patética junto a las circunstancias de degradación
económica y de aislamiento personal de los escritores latinoamericanos. No hay aquí
nada de enigmático.

En los países imperialistas el intelectual y el escritor han crecido, se han


formado y se han ubicado desempeñando un papel privilegiado dentro de la sociedad
burguesa. Ellos son los que dan lustre y esplendor a la sociedad entera, la rama dorada
de la podredumbre general. En ellos se cifra la gloria nacional y los “valores puros del
espíritu”. Ante los escritores existe un vasto mercado del libro, un mercado solvente y
con poder adquisitivo cuya influencia idiomática se extiende más allá de las fronteras
estaduales, ya sea por las colonias que la metrópoli respectiva domina, o por la
influencia espiritual secular en países extraños. El libro francés (escrito por franceses)
se lee en Argelia, Buenos Aires o Toronto. El libro argentino impreso en la Argentina y
escrito por un norteamericano, un inglés o un francés apenas llega a Jujuy. Si está
escrito por un argentino, no llega a Jujuy.

Las complicaciones aduaneras y monetarias de un continente balcanizado


restringen permanentemente la formación de un mercado grandioso de lengua española
y condena al aislamiento, la pobreza y la oscuridad a la mayoría de los escritores
latinoamericanos. Las formidables ganancias que la explotación del mundo colonial
reporta a las grandes capitales europeas o norteamericanas, por el contrario, permiten a
la burguesía imperialista arrojar algunas migajas a los hombres de espíritu, a condición
de que esos hombres ofrezcan una justificación estética de este mundo burgués que les
da de vivir. Entre nosotros no prevalece ni siquiera esa confortable servidumbre. La
completa subordinación de nuestras sociedades en desarrollo al imperialismo extranjero
determina que el intelectual no pueda desempeñar ninguna función “socialmente
necesaria” en el seno de esa sociedad embrionaria, estratificada e inerte. El escritor
resulta una carga inútil y frecuentemente “un testigo molesto”.

Si para la oligarquía ligada al capital extranjero la creación de un mercado


interno no reviste el menor interés, puesto que ese es un asunto que corre a cargo del
imperialismo vendedor, el apoyo a los escritores que escriben para el país tampoco la
atrae. Apenas subsisten los pequeños círculos “selectos”, formados generalmente por
los hijos de los ganaderos europeizantes, cuya vergüenza más íntima es no haber nacido
a orilla del Támesis o del Sena y cuya función específica, como en el caso de la revista
Sur reside en la formación de una inteligencia traductora, capaz de proporcionar cipayos
letrados para justificar la perpetuación de la factoría pampeana.

En tal ambiente, el escritor se siente acorralado y vencido; en el mejor de los


casos, es asimilado por un cargo burocrático, por el periodismo terrateniente o
convertido en el vate oficial del gobierno respectivo. La inexistencia de una atmósfera
culta, de una vida literaria intensa y creadora y de una crítica genuina es explicable; esa
literatura y esa atmósfera se importan en las mismas bodegas que traen al continente
bárbaro los productos manufacturados. Así, la literatura latinoamericana ha vivido
generalmente como un acto reflejo de la literatura europea o norteamericana. La
situación real, no hablo ya de la situación “espiritual” del escritor, resulta fácilmente
imaginable. En las colonias y semicolonias no existe mucha plusvalía a distribuir. El
escritor vive sumergido. Así es como los escritores latinoamericanos del 1900 se
evadían por vía marítima a diferencia de los Borges de hoy que se evaden por vía
metafísica. La seducción que Europa ejercía en la imaginación de los intelectuales
jóvenes se derivaba del hecho de que las pequeñas capitales y ciudades latinoamericanas
no ofrecían ningún poder de atracción, salvo los golpes militares cíclicos o los zarpazos
territoriales norteamericanos.

Para comprender el rol de los intelectuales en la vida del continente y explicarse


la situación histórica de Ugarte es preciso admitir que el imperialismo actúa en las
colonias o semicolonias de una manera combinada y no puramente económica y
financiera. No sólo vence, sino que convence, vale decir no controla únicamente las
llaves maestras de la existencia nacional de la que extrae sus dividendos, sino que
necesita instrumentos de dominación más sutiles pero no menos poderosos para
producir en paz estos dividendos. La creación de una mitología antinacional, el estímulo
a todas las formas culturales de la auto denigración, la benevolencia y el apoyo hacia
todas las expresiones de la cultura importada y un interés desmesurado hacia las
creaciones del espíritu europeo, así como una predilección marcada por una aplicación
mecánica de dichas creaciones a una realidad nacional que no les corresponde, tales son
los rasgos fundamentales del trabajo imperialista en la órbita cultural.

En sus tentativas por impedir la formación de una verdadera ideología nacional


que refracte teóricamente los intereses de las masas trabajadoras del continente, el
imperialismo ha elaborado una para uso interno de nuestros países, cuyas aplicaciones
múltiples se propagan a la historia, la estética y la política. Esta superestructura
espiritual es el complemento insoslayable de su dominación económica. Así hemos
visto la consolidación de una cultura satélite a veces teñida de folklore y destinada
esencialmente a sofocar el espíritu crítico y la creación autónoma. He tratado este
problema en 1954 en el libro Crisis y resurrección de la literatura argentina.

Por todas estas razones la aparición del Partido Socialista suscitó un movimiento
de profundo interés en la nueva generación. La oligarquía conservadora, cuyos
fundamentos sociales eran los ganaderos y los terratenientes, gozaba apaciblemente del
dominio del poder político, mientras crecía con lentitud una industria artesanal que
agrupaba a miles de obreros, en su mayor parte extranjeros. Los conflictos sociales en
Buenos Aires parecían repetir los choques similares de Europa y las ideas de la
socialdemocracia del Viejo Mundo se expandían rápidamente en Buenos Aires. La
nueva generación sentía confusamente que el socialismo constituía “la idea del siglo”.
Los mejores representantes de esa generación se convirtieron en socialistas: Leopoldo
Lugones, Josè Ingenieros, Alfredo L. Palacios, Manuel Ugarte. La incorporación al
Partido Socialista de estas eminentes figuras de la juventud argentina tenía sin embargo
un carácter particular. Representaba el despertar político de una corriente nacional -
vale decir, no cosmopolita- y su fusión con el movimiento obrero. En tal sentido estos
intelectuales socialistas fueron inasimilables por el partido que Juan B. Justo había
logrado controlar algunos años después de su fundación.

Este partido estaba integrado por obreros europeos que trasplantaban la


ideología de la socialdemocracia a las condiciones semicoloniales de nuestro país.
Dicha aplicación automática de los principios de lucha del socialismo europeo de los
países imperialistas a las condiciones sociales y políticas de un país oprimido
predeterminó que el Partido Socialista argentino fuera desde su origen una agrupación
europeizante y proimperialista que no sólo desconocía el carácter atrasado de la
economía nacional sino que nunca fue capaz de penetrar los problemas del interior
precapitalista, de enlazarse con la tradición argentina, ni de comprender los problemas
de la unidad de América latina. Así quedó reducido a una agrupación electoral de tipo
municipal que disputaba a los radicales de la Capital Federal la mayoría parlamentaria.
No resultaba sorprendente que la oligarquía conservadora de la Capital apoyase
electoralmente en sus zonas residenciales las candidaturas del discípulo de Vandervelde.

Para Juan B. Justo, la Argentina era un país capitalista, y por consiguiente, las
luchas se planteaban directamente entre la burguesía y el proletariado, no
desempeñando el imperialismo extranjero ningún papel. Nada mejor podía convenirle a
la oligarquía agropecuaria y al imperialismo que el partido obrero argentino negase su
existencia y hostigase al sector industrial, ahogado por las bajas tarifas aduaneras y por
un mercado interior inconquistable. Bajo la cubierta del “internacionalismo”, que agitó
en sus primeros años la agrupación de Juan B. Justo, colaboraba en el desarme
ideológico de la clase trabajadora del país y del continente y dejaba sin dueños la
bandera de las reivindicaciones nacionales antiimperialistas capaz de movilizar a las
amplias masas argentinas. Observaremos incidentalmente que el partido de Justo era
“internacionalista”: a una exigencia histórica concreta contestaba con una abstracción
que el enemigo nacional y social no veía sino con simpatía.

Cuando Manuel Ugarte se afilia en 1904 al Partido Socialista, ve en esta


agrupación a la representación de los intereses nacionales del pueblo argentino y de la
clase obrera. Pero al mismo tiempo su alto mérito fue comprender que no podía existir
una autodeterminación nacional y social del pueblo argentino aislada de la liberación
del conjunto de América latina. Al rastrear nuestros orígenes históricos, Ugarte llegó a
la conclusión de que el proceso de balcanización latinoamericana, iniciado al día
siguiente de la Revolución de Mayo por obra del capital europeo, tendía a profundizarse
al aparecer en el escenario continental el puño de hierro del imperialismo yanqui. Así
concibió que un Partido Socialista argentino debía contemplar en su programa las tareas
de la revolución democrática incumplida, ante todo la confederación de los Estados
Unidos de América Latina.

Imaginó que sólo la clase obrera del continente podría arrastrar a esa grandiosa
tarea ya intentada por San Martín y Bolívar a las vastas masas de campesinos y clases
medias de las ciudades. Pensó también, y con él toda su generación, que el Partido
Socialista era el partido que llegaba a la historia de aquellos días para encabezar la gran
empresa. Su equivocación se hizo cada vez más clara, puesto que el grupo de Justo no
representaba al país sino que estaba fuera de él. Manuel Ugarte persistió en sus ideas y
escribió en 1920, desde París, el texto de El Porvenir de América Latina. Es justo decir
que la edición de 1953 realizada por Editorial Indo américa es la primera que de un libro
de Ugarte apareció en la Argentina. Este hecho escandaloso- teniendo en cuenta que
Ugarte es autor de más de cuarenta volúmenes- explica por sí mismo el odio
concentrado de la oligarquía y del imperialismo hacia su altiva figura. En una campaña
de conferencias que duró varios años y cuyos discursos reunió luego en su libro Mi
Campaña Iberoamericana, Ugarte agitó la bandera de la unidad de los Estados de
América Latina como el único recurso para realizar nuestra revolución nacional
inconclusa, una continuación y remate de la misma iniciada un siglo antes por los
libertadores.

La lucha contra el imperialismo yanqui iba implícita en esa campaña, puesto que
este imperialismo controlaba las fuentes de producción de la economía continental y
sobre esa base estaba asociado a las oligarquías terratenientes dominantes. Pero no se
trataba de una simple lucha contra el imperialismo, sino de inyectarle extensión y
profundidad a una revolución necesaria, surgida de la historia misma de nuestros
pueblos, que ya habían realizado Estados Unidos en el siglo XVII y Francia y Alemania
en el siglo XIX.

La quiebra del imperio español dejó libradas las viejas regiones coloniales a las
fuerzas centrífugas del inmenso territorio. El imperialismo europeo y sobre todo Gran
Bretaña intervinieron entonces para balcanizar definitivamente las partes constituyentes
de una nación, unidas por la lengua, la geografía, la cultura y las costumbres. Así podría
dominárselas mejor por separado. Ugarte retomaba el pensamiento de los libertadores,
en particular de San Martín y Bolívar, y planteaba en términos modernos la necesidad
de una unión de estados que no sólo hiciese frente al imperialismo yanqui o a cualquier
otro imperialismo, sino que permitiese al continente ingresar a la historia moderna como
gran nación, desarrollar su industria, elevar el nivel de vida de sus habitantes y forjar
las bases de una cultura nacional. Por su mismo carácter de precursor intelectual del
problema, Ugarte no pudo prever de qué manera la evolución de la crisis del
imperialismo plantearían prácticamente a América Latina la exigencia de su unificación
nacional.

Los Estados Unidos de Norteamérica se unificaron, no sin una áspera y


sangrienta guerra civil en cuyo seno intervino el enemigo extranjero de su unidad
nacional, que en esa época era Gran Bretaña. Esa unificación era el resultado de la
expansión de las fuerzas productivas del capitalismo norteamericano. Por las mismas
razones, Italia y Alemania lograron su unidad nacional un siglo después, como el
producto irresistible del desarrollo económico de su burguesía, y por la necesidad de
controlar su mercado interno, cuyos límites están precisamente constituidos por el radio
idiomático, que legitima históricamente las fronteras del Estado nacional moderno. Pero
la exigencia de la unidad nacional latinoamericana deriva no de nuestro desarrollo
capitalista, sino de la crisis mundial del sistema capitalista. Es evidente que los países
latinoamericanos están muy lejos de sobrepasar por su producción industrial las propias
fronteras estaduales actuales; aún permanecen en la etapa de satisfacer apenas las
necesidades de su mercado interior.

La unidad política y económica del continente latinoamericano se plantea por


consiguiente como resultado de la descomposición mundial del capitalismo en su fase
imperialista, que para sobrevivir debe apelar al estrangulamiento de los países
coloniales o semicoloniales, doblegar a sus propios competidores independientes,
asociar, subordinándolos, a sus socios menores, y proceder a redistribuir las esferas
económicas del mundo en su propio beneficio. En suma, el imperialismo moderno
expresa la hora de su agonía histórica en su marcha febril hacia la guerra y sobre todo
en su necesidad inexorable de aplastar el desarrollo económico de los países atrasados.

La única manera de otorgar a los Estados del sur del Río Bravo las plenas
garantías para un desarrollo de las fuerzas productivas consiste en buscar las vías para
nuestra unificación nacional, planificar los recursos naturales en gran escala, levantar
una industria pesada, y construir todos los prerrequisitos técnicos de un burguesía
continental aún embrionaria. Esta grandiosa tarea no puede ser realizada hasta el fin por
las burguesías nacionales de América Latina, demasiado ligadas o comprometidas en el
imperialismo en unos casos, o temerosas en otros del movimiento desencadenado del
movimiento desencadenado de las masas. Lo cual no implica que estas burguesías no
luchen contra el imperialismo y no preparen, aun mezquinamente, el camino hacia la
unificación puesto que se ven obligadas a oscilar políticamente entre la presión de las
masas trabajadoras y la extorsión imperialista. Este movimiento pendular determina las
variaciones tácticas consiguientes, pero el curso mundial de los días actuales, cuya
relación de fuerzas es ampliamente favorable para las revoluciones nacionales,
predetermina un amplio margen para una política de frente único antiimperialista que no
excluye sino que precisamente exige la formación de un partido obrero independiente
tanto de la burguesía nacional, de la influencia del Kremlin o de cualquier otra autoridad
o seudoautoridad extranacional.

En una serie de resonantes conferencias, Manuel Ugarte recorrió todo el


continente latinoamericano proclamando la necesidad de fundar la unidad de nuestros
Estados. Muchedumbres obreras y estudiantiles aclamaron su prédica, y se convirtió en
la figura más popular de su época. Los archivos periodísticos registran las crónicas de
sus discursos y atestiguan el enorme éxito que el escritor encontraba en su gira. Pero
cuando a mediados de junio de 1913 Ugarte llega de regreso a Buenos Aires, encuentra
serias dificultades para dictar una conferencia en la propia capital del país. El diario
Última Hora escribe a este respecto: “Vuelto de su gira por América Latina y Estados
Unidos, Manuel Ugarte, el noble americanista, ha tenido que sufrir la habitual
descortesía de nuestras autoridades, descortesía que en este caso se agrava aún más por
ser él argentino, y porque los vítores que lo acompañaron durante su viaje fueron
también para nuestra patria, que se levanta destacándose para reivindicar su personería
ante la política absorbente de los Estados Unidos.”

La Federación Universitaria de Buenos Aires apoyó la idea de la conferencia, e


invitó al público a asistir a ella con un manifiesto firmado por las autoridades de los
centros universitarios. Ugarte pidió el Teatro Colón para su conferencia. El intendente
municipal declinó responder a este pedido. La Vanguardia no contestó: en esos mismos
días los dirigentes socialistas agasajaban al intendente municipal con motivo de la
inauguración del Hogar Obrero. La conferencia tuvo lugar al margen del Partido
Socialista, ya ahogado por su alma municipal, constituyendo un gran triunfo popular.
Apartándose de la dirección oficial del Partido, Alfredo L. Palacios le escribía a Ugarte:

“Mi querido Ugarte: le envió un discurso que pronuncié el año pasado en


nombre de la solidaridad latinoamericana, la condonación de la deuda de guerra y la
devolución de los trofeos del Paraguay. Quiero así significarle una vez más mi adhesión
entusiasta por la campaña emprendida por Ud.”

Las diferencias entre Manuel Ugarte y el grupo dirigente del Partido Socialista
se plantearon directamente con motivo del asunto de Colombia. El 21 de julio de 1913
La Vanguardia publicaba un suelto sobre el aniversario de Colombia que concluía así:
“Como todas las repúblicas sudamericanas, este país estuvo mucho tiempo
convulsionado por las guerras civiles. Panamá contribuirá probablemente a su progreso,
entrando de lleno en el concierto de las naciones prósperas y civilizadas.”

Estas palabras inauditas aprobaban la “revolución” palaciega fabricada por el


Departamento de Estado de Washington en 1903, que arrebató a Colombia su provincia
norteña, inventó la “Soberanía” de la “República de Panamá”, y abrió en el acto al
imperialismo yanqui el control del Canal de Panamá y de la región, concesión a la que
se negaba tenazmente el Senado de Colombia. En síntesis, para obtener el derecho de
construir el canal, Estados Unidos arrebató una provincia a Colombia. Ya conocemos la
opinión de La Vanguardia. Ugarte contestó a dicho suelto afirmando:

“Yo protesto contra los términos poco fraternales y contra la ofensa inferida a
esa República, que merece nuestro respeto no sólo por sus desgracias sino también por
su pasado glorioso y su altivez nunca desmentida. Al decir que Colombia entrara al
concierto de las naciones prosperas y civilizadas, se establece que no lo ha hecho aún, y
se comete una injusticia dolorosa contra este país, uno de los más generosos y cultos
que he visitado durante mi gira. Al afirmar que “Panamá contribuirá a su progreso” se
escarnece el dolor de un pueblo que víctima del imperialismo yanqui ha perdido en la
circunstancia que todos conocen una de sus más importantes provincias y que resultaría
“civilizado” por los malos ciudadanos que sirvieran de instrumento para la mutilación
del territorio nacional.”

La polémica se desarrolló en varias réplicas y contrarréplicas que evidenciaron


cada vez el pensamiento real del grupo dirigente del Partido Socialista sobre la cuestión
del imperialismo. En sus artículos contra Ugarte La Vanguardia reiteraba una y otra vez
que no “estaba en contra de la noción del panamericanismo”, demostrando así que no
daba la menor importancia a la diferencia entre el “panamericanismo” y el
“latinoamericanismo”. En una encuesta abierta en esos días por el órgano social
imperialista sobre el tema de la patria y el internacionalismo, se publicaba una carta de
un socialista europeo radicado en Buenos Aires. En ella se decía:

“Los que como yo hemos venido de lejanas tierras y residimos aquí desde hace
varios años, conservamos tan sólo un tenue recuerdo del país en el cual hemos nacido.
¿A cuál país creen estos patriotas que debemos amar más? ¿Aquel en que residimos o
al de origen? No hay duda de que la contestación más acertada sería la del de
residencia, pero como hoy podemos residir aquí y mañana en otra parte, ahí tienen
concretado por qué no podemos concretarnos a una sola nación: todo el mundo, pues
todos somos hermanos.”

¿Cómo podía comprender los problemas nacionales de nuestra revolución este


tipo de socialista golondrina, que constituía la base fundamental del partido de Juan B.
Justo? ¿Qué significación tenía para él esa confusa abstracción llamada América
Latina? La vaguedad “internacionalista” de Justo y Repetto que los unía a su patria de
origen y a la socialdemocracia europea revestía mucha mayor realidad. El aislamiento
de Ugarte fue un hecho. Ya durante la guerra de 1914 la socialdemocracia, de la cual el
Partido Socialista era una simple réplica colonial, constituía un cadáver insepulto,
ligado al apogeo y a la descomposición del capitalismo mundial. Aquel Manuel Ugarte
que había sido el representante del Partido Socialista ante el Buró de la Segunda
Internacional y asistido en tal carácter a las principales reuniones de Congresos
internacionales de Europa se veía desglosado de su partido que aplicaba a la Argentina
semicolonial el mismo metro político que al Imperio británico, en el país oprimido
idéntica táctica que en el país opresor. Esta política sólo podía conducir a dificultar y
oscurecer la lucha por una revolución que surgiera de las necesidades del país y del
continente.

El Partido Socialista desempeño ese papel diversionista y en ese hecho reside la


significación de la expulsión de Manuel Ugarte. Su esfuerzo por crear un socialismo
criollo y latinoamericano había concluido en un fracaso. Pero no había fracasado Ugarte
sino el Partido Socialista. En los mismos días en que el grupo de Justo separaba de sus
filas a Manuel Ugarte, La Vanguardia comentaba los disturbios civiles de México y
negaba la participación imperialista en estos conflictos responsabilizando a los
gobiernos y al pueblo mejicano del atraso del país: “ya había de Estados Unidos el
primer buque a vapor que surcara los mares, ya cruzaban aquel país líneas férreas y el
teléfono, ya sus instituciones políticas llamaban la atención del mundo y todavía el
dictador Santa Ana se oponía a la construcción del primer ferrocarril porque según él
iba a quitar el trabajo a los obreros. Nada extraño pues que a mediados del siglo pasado
la exuberante civilización norteamericana en dos pequeñas expediciones militares
quitara extensos territorios no al pueblo de México, formado por miserables y
esclavizados peones, sino a la oligarquía de facciosos que lo gobernaban.”

Con estas sabias palabras el órgano de Juan B. Justo justificaba y aplaudía


históricamente la piratería imperialista norteamericana, realizada a costa del pueblo
mejicano que intentaría más tarde, con Emiliano Zapata y sobre todo con el general
Lázaro Cárdenas, reivindicar una parte de la soberanía nacional. Esta típica actitud
socialista, de capitulación completa ante el imperialismo en todos los problemas, era
incompatible con la afiliación de Manuel Ugarte. Con su expulsión y con la de Palacios,
el ala europeizante del Partido Socialista afirmaba su dependencia de la ideología
imperialista y preparaba su ceremonioso ingreso al pantano bradenista. Ugarte no sólo
quedó al margen del Partido Socialista, sino del país entero, de su prensa seria como de
su prensa amarilla. El valiente escritor sintió que se hacía el vacío en torno de él.
Convertirse en el abanderado de la unidad latinoamericana lo excluyó automáticamente
de un país que no se pertenecía a sí mismo. La oligarquía dominante sobrevivía en el
poder rematando anualmente la soberanía en los mercados internacionales y
envenenando con su opacidad la atmósfera intelectual de la Nación. El divorcio de
Ugarte con el Partido Socialista planteó la crisis de una comprensión de las tareas
nacionales de nuestra revolución y el movimiento obrero. Si Ugarte quedó aislado de la
clase obrera, el proletariado mismo quedó separado de las grandes masas argentinas.
Debían transcurrir varias décadas para que la “argentinización” de la clase obrera por
obra del desarrollo industrial permitiese al proletariado retomar la bandera nacional de
la revolución e influir por vez primera en los destinos del país.

El estallido del conflicto europeo dividió a la Argentina en dos bandos


irreconciliables. Sin embargo, Manuel Ugarte lo mismo que Josè Ingenieros y otras
figuras antiimperialistas de la época, permanecieron al margen de la formidable presión
que los dos imperios en pugna desarrollaban en Argentina para inclinar la opinión en su
favor. Ugarte mantuvo una posición argentina y latinoamericana de equidistancia,
tendiente a salvaguardar la soberanía de nuestros pueblos. En 1916 Ugarte fundaba en
Buenos Aires el diario La Patria que sólo vivió tres meses. El escritor decía en su
primer número:

“Un país que sólo exporta materias primas y recibe del extranjero los productos
manufacturados, será siempre un país que se halle en la etapa intermedia de su
evolución. Y esa etapa conviene sobrepasarla lo más pronto posible, fomentando de
acuerdo con las enseñanzas que surgen del enorme conflicto actual un gran soplo
reparador de los errores conocidos, un sano nacionalismo inteligente que se haga
sentir en todos los órganos de la actividad argentina… Nos opondremos venga de
donde viniere a todo acto de carácter imperialista que pueda lastimar los derechos de
las repúblicas hermanas. Aprovechando la situación especial que determina la guerra
debemos hacer pues lo posible para crear los resortes que nos faltan y no pasar de la
importación europea a la importación norteamericana, como un cuerpo muerto que no
puede moverse por sí mismo y siempre tiene que estar empujado por alguien. Los que
arguyen que aumentará el precio de los artículos se olvidan de que precisamente desde
el punto de vista obrero, la industria resulta más necesaria. Abaratar las cosas, en
detrimento de la producción nacional, es ir contra una buena parte de aquéllos que se
trata de favorecer, puesto que se le quita el medio de ganar el pan en las fábricas.
Disminuir el precio de los artículos y aumentar el número de desocupados resulta un
contrasentido. Interroguemos a los millares y millares de hombres que pululan en la
calle buscando empleo a causa de las malas direcciones de la política económica;
preguntémosles qué es lo que elegirían, vivir más barato o tener con que vivir. ¿De qué
sirve al obrero que baje el precio de los artículos si no tiene con que comprarlos? El
temor a la vida cara es uno de los prejuicios económicos más atrasados y lamentables,
la vida es siempre tanto más cara cuanto más próspero y triunfante es un país. Todo se
abarata en cambio en las naciones estancadas y decadentes. La vida es barata en
China y cara en Estados Unidos, pero como los salarios van en proporción con las
suma de bienestar de que esos grupos disfrutan, la única diferencia es que unos pueblos
viven en mayúscula y otros mueren en minúscula. Basado en estas consideraciones
vengo a dar el grito de alarma. No se trata de teorías de proteccionismo o de
librecambio. Se trata de una enormidad que no debe prolongarse. El proteccionismo
existe entre nosotros para la industria extranjera y el prohibicionismo para la
industria nacional. Si queremos favorecer no sólo los intereses de los habitantes de
nuestro territorio, sino las exigencias superiores de la patria, si deseamos trabajar
para el presente y para el porvenir, tendremos que prestar atención a lo que
descuidamos ahora. Se abre en el umbral del siglo un dilema: la Argentina será
industrial o no cumplirá sus destinos.”

El diario La Patria, que expresaba de una manera tan coherente los puntos de
vista de la burguesía nacional en desarrollo, fue ahogado en noventa días. Todavía las
vacas hacían la política argentina. Si la neutralidad pudo ser mantenida, ello se debió a
la firmeza con que el viejo caudillo radical Hipólito Yrigoyen concentró en esa política
las últimas energías del país. El aislamiento personal de Ugarte se acentuaba. Cuando
estalló la guerra:
“Fui hispanoamericano ante todo. Defendí la integridad de Bélgica porque vi
en ella un símbolo de la situación de nuestras repúblicas. Pero no me dejé desviar por
un drama dentro del cual nuestro continente sólo podría jugar un papel de subordinado
o de víctima; y lejos de creer como muchos que con la victoria de uno de los bandos se
acabaría la injusticia en el mundo, me enclaustré en la neutralidad, renunciando a
fáciles popularidades, para pensar sólo en nuestra situación después del conflicto.”

La actitud de Ugarte no obedecía a una improvisación, sino que continuaba una


política solitaria y audaz, tanto más patética frente a la indiferencia general. Había
iniciado su campaña latinoamericana en 1900 en el diario La Época de Madrid, la había
continuado en la Revue de París, la prolongó en El País de Buenos Aires que dirigía el
doctor Pellegrini, mientras fundaba el Comité Pro México para luchar contra la
intervención norteamericana en aquel país. Con esos mismos propósitos fundaba y
presidía durante la guerra mundial la asociación Latinoamericana, a fin de “fomentar el
acercamiento de las repúblicas hispanas y combatir en todas sus manifestaciones el
imperialismo del Norte.”

Poco después del desembarco yanqui en Santo Domingo, Ugarte era invitado por
varias universidades a dictar conferencias en las Antillas y México:

“A mí no me tocaba averiguar si el imperialismo estaba desarrollando en


Europa una acción benéfica o no; lo que me concernía era la acción y el reflejo de esa
política en el nuevo mundo, y como todo continuaba siendo fatal para nuestras
economías combatí otra vez sin cuidarme de problemas extraños, ya que los extraños se
han cuidado en todo tiempo tan poco de nosotros.”

En el curso de esas conferencias Ugarte puntualizó: “Debe saberse que no tengo


más partido, que el que se deriva de los intereses de mi América.”

En muchas oportunidades Manuel Ugarte repitió las palabras de Taft, mientras


era ministro de Teodoro Roosevelt, pronunciadas en un discurso del 21 de febrero de
1906: “La frontera de los Estados Unidos termina virtualmente en Tierra del Fuego.”

Veinte años más tarde otro gran olvidado, Josè Ingenieros, hermano de Ugarte
en la lucha antiimperialista, contestaría desde París al imperialista Taft:

“Los latinoamericanos deben tender a formar una confederación contra el


panamericanismo, porque Río Grande no solamente es la frontera de México, sino la de
América Latina.”

Del mismo modo que Ugarte, a Josè Ingenieros se lo aplastó en vida. A


diferencia de Ugarte, para quien el silencio es total, a Ingenieros le han fabricado una
gloria póstuma tejida de malentendidos. Se ha olvidado de Ingenieros lo que constituyó
la base de su prestigio continental: su lucha antiimperialista y su defensa de la unidad
latinoamericana.
Digamos brevemente que la guerra de 1914 planteó por primera vez en un plano
continental el problema de la unificación política de América Latina y la realización de
las tareas democráticas incumplidas. Su reflejo en el campo estudiantil lo constituyó la
Reforma Universitaria cuyos dos aspectos fundamentales eran:1) luchar por los
principios de la revolución democrática y por la unificación de América Latina; 2)
democratizar la vieja universidad de resabios feudales a fin de preparar a los técnicos
que construirían la nueva gran nación.

Al fracasar la revolución sólo quedaron en pie los aspectos formales de la


reforma; vaciada de su contenido antiimperialista y latinoamericano, la reforma fue una
forma, que imbúyose en el curso de los años posteriores de un contenido
diametralmente opuesto al de su origen. El imperialismo canalizó la voluntad de
combate del estudiantado, particularmente en la Argentina, y la “generación del 45” fue
un melancólico testimonio del fracaso del movimiento reformista: inaugurado en una
lucha continental contra el imperialismo, concluyó a su servicio. Sólo en el Perú, donde
el movimiento de la reforma universitaria se expresó con la fundación del APRA,
profundizando y llevando el combate político a la nueva generación, la reforma
universitaria pudo acreditarse un triunfo real. Allí vive. La evolución “democratista” y
yanòfila de Haya de la Torre, no puede hacer olvidar la importante contribución de este
peruano notable, en su etapa revolucionaria, al esclarecimiento de los problemas
latinoamericanos. En la Argentina, por el contrario y con la excepción de Gabriel del
Mazo y Julio V. González, el resto de sus inspiradores o teóricos, o bien han muerto en
la soledad y en el olvido, como Deodoro Roca y Saúl Taborda, o bien se han pasado
con armas y bagajes a las filas del “imperialismo democrático”. La reforma sirvió
posteriormente para que diversos grupos de arribistas usufructuaran en camarillas
enquistadas en la universidad una vieja bandera prestigiosa. Los estudiantes de 1918,
faltos del apoyo de una nación continental en marcha, debieron transformarse en
burócratas, venderse a las empresas imperialistas como técnicos o vegetar en la
oscuridad más completa.

Ugarte reside en esos tiempos en Niza o en París, solo y olvidado, lejos del país
que lo desconocía y del continente que lo había aclamado en sus giras triunfales. En
1932 Gabriela Mistral dirigía al presidente de la Argentina, general Agustín P. Justo, un
mensaje firmado por Ramón Pérez de Ayala, Josè Vasconcelos, Francis de Miomadre,
Rufino Blanco Fombona, María de Maetzu, Jean Casou, Enrique Díaz- Canedo, Alberto
Insùa, Manuel Machado, Eduardo Santos y otros conocidos escritores solicitando para
Manuel Ugarte el gran premio Nacional de Literatura Argentina. El representante más
característico de la oligarquía de esa época se abstuvo de contestar el mensaje.

“ Las memorias que se publicarán después de mi muerte- escribía años más


tarde Ugarte- y que se hallan, vuelvo a decirlo, en lugar seguro, ayudarán a
comprender la confabulación que desde que abordé el problema continental no me ha
permitido ocupar una modesta cátedra de Literatura ni obtener siquiera una modesta
jubilación como periodista.”
Vivió en Francia durante los años convulsionados que precedieron a la segunda
guerra hasta que una nueva tentativa de reencontrarse con el país lo empujó a las playas
argentinas en 1935. Llegaba en pleno corazón de la “Década Infame”.

Las nuevas generaciones desconocen totalmente ese período político de la


historia argentina y no es ningún accidente que la llamada “generación del 45” que
actuó en el maquis proimperialista contra la clase obrera haya sido el corolario
inevitable de la etapa iniciada con la revolución septembrina.

La Década Infame en la Argentina coincide con la etapa más negra de toda la


historia del capitalismo. Es el período de la marcha siniestra del fascismo, de la derrota
de la Revolución Española a manos de Franco y del Frente Popular stalinista, de los
procesos de Moscú, donde se extermina a la vieja generación bolchevique y el estallido
de la segunda hecatombe imperialista. En la Argentina esa época se manifiesta por una
actitud de entrega total del país a la colonización extranjera. El yrigoyenismo yace
sofocado bajo la lápida de la camarilla alvearista comprometida con la oligarquía
conservadora. El Partido Socialista alcanza su manifestación más reaccionaria. El
Partido Comunista efectúa saltos epilépticos del ultraizquierdismo más sectario al
frentepopulismo más abyecto. El movimiento obrero agrupa apenas a centenares de
miles de afiliados a la CGT, organización al servicio del imperialismo que introduce la
desmoralización y la apatía en el proletariado. En este ciclo funesto se extiende un
piadoso olvido sobre aquella generación frustrada de Manuel Ugarte, Josè Ingenieros,
Leopoldo Lugones y Alfredo Palacios, este último en perpetuo compromiso con el ala
reaccionaria de la Casa del Pueblo. Sometido a la disciplina partidaria, Palacios sólo
evoca circunstancialmente los ideales de su juventud.

El “antifascismo” y el frentepopulismo corrompen todo lo que tocan. El


movimiento político “democrático” de la Argentina parece circunscripto a la lucha
“contra el fascismo”, en el mismo momento en que el imperialismo yanqui y el
imperialismo británico se disputan el monopolio de nuestra soberanía política y
económica. La reforma universitaria de 1918 había dado nacimiento a una nueva
generación que se colocó bajo la divisa de la lucha contra el imperialismo y por la
unidad de América latina. Los maestros y precursores de ese movimiento, Ugarte en
primer lugar, desaparecieron en la lobreguez de la Década Infame, pero no fueron
reemplazados por otros nuevos. El liberalismo stalinista florece en esa década. La
oligarquía en la Casa de Gobierno, el alvearismo en la Casa Radical, el “socialismo” en
la Casa del Pueblo, el stalinismo en el movimiento obrero, los ganaderos en el Jockey
Club, y la Constitución Nacional refugiada en la farola de La Prensa: tal era la situación
espectacular de aquellos años de fraude y de vileza imposibles de superar. Tal era la
escena y los factores que servían los designios del imperialismo- el verdadero poder
detrás del trono-, el amo auténtico que otorgaba a cada títere un papel de la comedia.
Ese era el panorama que descubrió Ugarte al desembarcar.

El Frente Popular testimonió desde otro punto de vista que no siempre se


cumplía el vaticinio de Ingenieros de que cada generación renueva sus ideales. Dicho
período consagró el endiosamiento político de Lisandro de la Torre, otro “progresista”
tolerado por la oligarquía, del mismo modo que era tolerada en Córdoba la
“intransigencia” de Sabbatini, semejante a esos impermeables para días de sol, pero
inservibles cuando llueve. Tan bajo había caído el nivel moral y político del país que la
oligarquía triunfante podía permitirse el lujo de crear su propia oposición y de elevar a
su cabeza al jefe de los ganaderos menores del Litoral. De este modo, Lisandro de la
Torre, cuya honestidad personal está fuera de duda, pero cuya base social y
significación política tampoco ofrecen dudas, recibió la consagración del stalinismo y
de las “fuerzas progresistas” que veían en el político santafesino al único luchador
antiimperialista producido por esa época. Es preciso declarar inequívocamente- yo lo he
hecho de manera más circunstanciada en mi libro América Latina. Un país, publicado
en 1949- que todo el antiimperialismo de Lisandro de la Torre se redujo a exigir a la
oligarquía de Buenos Aires justicia económica para su grupo de ganaderos menores del
interior, que vendían al mercado interno.

Mientras los socialistas bradenistas ocupaban durante la Década Infame


numerosas bancas parlamentarias en el Congreso de la oligarquía, legalizando así su
régimen “falaz y descreído” Manuel Ugarte había vivido en Europa en la amargura de
un destierro voluntario, execrado por el grupo antinacional dominante y borrado de las
columnas del periodismo paquidérmico. Era el mismo Manuel Ugarte de quien La
Vanguardia había escrito muchos años antes:

“El paladín de las oligarquías latinoamericanas hace bien en ocupar su puesto


de puntal y defensor de la oligarquía argentina, amenazada por el formidable empuje
de la conciencia política e histórica de su pueblo laborioso y fecundo encarnada y
representada por el Partido Socialista.”

Así se escribía la historia argentina.

Ugarte vivió tres años en Buenos Aires y asistió al suicidio y aniquilamiento


moral de toda una generación de escritores. Entre 1937 y 1941 se suicidaban Horacio
Quiroga, Leopoldo Lugones, Alfonsina Storni, Enrique Loncàn, Edmundo Montagne.
En este grupo figuraban algunos de los más distinguidos artistas del país. Las fugaces
necrologías, los discursos de circunstancias no se detuvieron a explicar el sentido
profundo de estas muertes. No faltó algún comedido que redujera el asunto a la
anécdota inmediata, a la razón precisa, clínica o económica. Ugarte caló más hondo el
problema, porque él también lo sufría como toda la inteligencia nacional. Era una
enfermedad social la que se manifestaba en esa oleada de desapariciones de escritores
que no podían soportar la atmósfera de un país fundido en el pantano. El mismo Ugarte
cita a uno de los personajes de la novela de Manuel Gálvez Hombres en Soledad:

“Ni mil personas me leen en un país de trece millones de habitantes. Me


elogian los diarios por rutina, porque hay que elogiar a todo el mundo. Los críticos no
se dan cuenta de nada. Los hijos de mí espíritu han nacido muertos. Me consuelo
pensando en que lo mismo le pasa a mis colegas, algunos muy distinguidos. ¿Para qué
trabajamos aquí los escritores? ¿Para que vivimos? ¿Para qué vivo yo?, me pregunto.
¿Para qué pierdo mis mejores años escribiendo? Tal vez, por deber, porque escribir es
mi vocación y mi oficio verdadero. Y sin recompensas, en el ambiente más utilitario y
menos comprensivo que pueda imaginarse. Me explico que otros fracasados como yo –
ésta es la tierra de los fracasados del espíritu- busquen honores, altos cargos, que se
construyan una segunda naturaleza de cálculo de engaño de sí mismos, de simulaciones
cotidianas, de arrestos de falsa importancia. Yo no creo en los honores, ni me interesan
los cargos. Si yo fuera rico nos iríamos aunque fuese al fin del mundo. Yo no soporto
este ambiente que es peor cada día. Mi salvación estaría en dios, pero creo poco, o en
la acción, pero no sirvo para eso. Mi drama no es individual, es el de los argentinos de
más rica sensibilidad; la causa del mal no está en nosotros sino en el país, en esta
especie de factoría en que hemos nacido y vivido.”

Ugarte pudo comprender bien esta notable novela de Manuel Gálvez, otro
poderoso artista lapidado. Pero él empujó la explicación del drama de su generación y
del escritor argentino en general hasta su expresión política más clara. Aludiendo al
carácter superfluo que la sociedad oligárquica infundía a la profesión de escritor,
escribía:

“Cuando se le ha negado talento, se le ha calumniado, se le ha torturado en


todas las formas y a pesar de eso no se descorazona y no se rinde, se le acorrala y se le
quita la posibilidad de vivir. Hay que acabar de cualquier modo con el testigo molesto.
Solo al cabo de los años, cuando los huesos se han convertido en polvo, se alzará
alguna voz para decir que llenó una función social, que hizo un bien a la patria. En
vida, la notoriedad no será más que un blanco para que los transeúntes ensayen la
puntería de la injuria y sacien su instinto de matar. Así entramos- cuando entramos- a
la prosperidad como si resucitásemos de las trincheras, cubiertos de barro y de piojos
después de una guerra mundial del egoísmo”.

Ya veremos cómo Ugarte define las razones concretas de su aislamiento. El 27


de octubre de 1938, al sepultar los restos de Alfonsina Storni, su amiga de un cuarto de
siglo, Ugarte habló en nombre de la Sociedad de Escritores, que ya desde esa época sólo
servía para enterrar a sus socios; Lugones, amigo de su juventud, había muerto pocos
meses antes. Ugarte estaba más solo que nunca y Buenos Aires lo había olvidado por
completo. Se fue a vivir a Chile. Allí repasó su vida y sus luchas y se persuadió
amargamente de que la nueva generación lo ignoraba. En su epílogo a Escritores
iberoamericanos del 900 dijo palabras definitivas:

“Hablo de lo que he visto y vivido durante 40 años de actividad literaria y está


dentro de la lógica que el autor al terminar pida permiso al lector para ocupar un
momento el primer plano. Si a alguno ha de parecer vanagloria a otros extrañaría el
silencio dado que entregamos al público la intimidad de una generación. No he de
retener la atención mucho tiempo. La resistencia tenía que agravarse en mi caso por la
hostilidad provocada por los libros contra el imperialismo y las giras de conferencias
alrededor de Iberoamèrica. La Patria Grande, Mi campaña hispanoamericana, El
porvenir de América Latina y El destino de un continente (publicados entre 1910 y
1923) así como la prédica que me llevó a recorrer las capitales atacando la
prepotencia norteamericana, lastimaban no cabe duda los poderosos intereses que
regulan la vida de Iberoamérica. El imperialismo estaba en su papel al tratar de
ahogarme. Pero desconcierta que algunos gobernantes de nuestras repúblicas se
aviniesen a secundarlos buscando pretextos para esconder la abdicación. Yo no había
hecho más que defender a mi patria en momentos en que desembarcaban tropas
extranjeras en Cuba, en Nicaragua, en Santo Domingo, en Panamá. La campaña fue
absolutamente desinteresada. Agoté en el curso de ella mi peculio. No hay por otra
parte a lo largo de mi existencia una sola mancha que se me pueda reprochar. Sin
embargo, el ostracismo anuló bruscamente toda posibilidad de acción. La calumnia me
restó autoridad y se acumularon los factores que crean el clima irrespirable.”

Escribía estas palabras junto al Pacífico, metido en su torreón de piedra de cara a


la soledad y al mar. Corrían los días oscuros de 1942, cuando los bandidos fascistas
levantaban sus zarpas sobre el mundo y los bandidos “democráticos” se disponían a
someterse a la férula norteamericana para salvar alguna migaja de sus posesiones
coloniales. Manuel Ugarte mantuvo durante la segunda guerra imperialista la misma
firme actitud que durante la primera conflagración. Y del mismo modo que Ugarte
apenas lograba sostener su diario La Patria tres meses en 1916, Raúl Scalabrini Ortiz
sólo podía escribir su Reconquista cuarenta días.

En el movimiento obrero, sólo unos pocos mantuvimos la bandera de la lucha


contra la guerra imperialista y caracterizamos públicamente la participación argentina
en ese conflicto como una entrega de la soberanía nacional del pueblo argentino. Ugarte
apretó los dientes y aguantó los últimos coletazos de ese período siniestro, que se había
inaugurado con el triunfo de Hitler en 1933 y que culminaba trágicamente con el
asesinato de León Trotsky en México, a manos de un agente de Stalin y con el
beneplácito del imperialismo mundial.

El nuevo capítulo de la historia argentina contemporánea se abría el 17 de


octubre de 1945 con la revolución nacional iniciada y protagonizada por la clase
trabajadora del país. Sus vastas ondas recorren aún el continente donde cuarenta años
antes la voz de Manuel Ugarte había convocado a la lucha. De la ancianidad y del
olvido lo rescató la revolución nacional, llamándolo al puesto de Embajador en
México- el México de Zapata y Cárdenas- , en Nicaragua – la patria de Darío y de
Augusto César Sandino- y en la isla de Martí y de Julio Antonio Mella, en Cuba. Tuvo
allí dificultades administrativas con ese género de burócratas que nacen fatalmente al
costado de las revoluciones, y que si son incapaces de luchar por ella son muy capaces
de aprovecharlas y si llega la oportunidad de estrangularlas. (Me refería a los
“diplomáticos” que estaban en la cancillería del gobierno del General Perón y que
lograran finalmente desembarazarse de Ugarte.)

En esos países latinoamericanos Ugarte fue el mejor representante de las masas


trabajadoras argentinas en esta etapa de su revolución. Por socialista genuino, por
antiimperialista resuelto y por precursor de la bandera del proletariado revolucionario, le
rendimos hoy nuestro homenaje y lo redescubrimos para la nueva generación del
continente.

5. LA IZQUIERDA NACIONAL

Los jóvenes socialistas revolucionarios de 1939 habíamos luchado contra la


participación de la Argentina en la guerra mundial librada por los aliados de un lado y
los totalitarios del otro. Los primeros eran Estados Unidos, la URSS, Inglaterra y
Francia. Los segundos, Alemania nazi, la Italia fascista y el Japón imperial. La potencia
colonialista que explotaba directamente a la Argentina, sin embargo, no era “totalitaria”
sino “democrática”. Gran Bretaña era dueña de la India y de la mayor parte del Asia y
África. Era democrática en Londres, por cierto, pero totalitaria en sus colonias. En la
Argentina sostenía a los gobiernos conservadores que se mantenían en el poder por
medio de la policía, el ejército y el fraude electoral. Los partidos “democráticos”, y en
particular el radicalismo después de la muerte de Yrigoyen, apoyaban la política de
romper con Alemania y enviar tropas argentinas para luchar en Europa a favor de
Inglaterra y Francia. Vale la pena recordar que estos partidos, con el agregado del
Partido Socialista y del Partido Comunista, son más o menos los mismos- con
excepción del peronismo- que en 1982 giran alrededor de la llamada “Multipartidaria” y
que si en el pasado preconizaban el envío de los jóvenes soldados argentinos a
desembarcar en Normandía para defender el colonialismo inglés o francés, hoy son los
mismos que consideran la guerra argentina contra Inglaterra como una “aventura
irresponsable”. Notable coincidencia.

La corriente de pensamiento conocida como “Izquierda Nacional” no se


formalizó como corriente política sino como una tendencia ideológica y de
investigación de la historia nacional. Publicó revistas, periódicos efímeros, manifiestos
innumerables, libros y folletos. Apoyó críticamente al “peronismo” en 1945 y durante
su gobierno hasta 1955. Combatió a los “partidos democráticos”, que son siempre los
mismos, cuando apoyaron a los generales Lonardi y Aramburu y al almirante Rojas en
el derrocamiento de Perón y se constituyeron como el Senado civil de asesoramiento del
gobierno militar en 1955. Ese contubernio se llamó Junta Consultiva y estaba presidido
por el mismo y siniestro almirante ya nombrado. En ese año, un grupo de militares
peronistas se levantó en armas el 9 de junio. El gobierno de Aramburu, sostenido por los
“partidos democráticos”, fusiló sin piedad al general Juan Josè Valle, al coronel
Cogorno, al coronel Yrigoyen, al teniente Abadie. El “socialista” Américo Ghioldi,
discípulo dilecto del “maestro” Juan B. Justo (al que Jorge E. Spilimbergo dedicó un
breve libro cuyo título lo dice todo: Juan B. Justo y el socialismo cipayo) instó a la
dictadura militar a no vacilar. Pronunció en la ocasión una frase que vencerá al tiempo:
“Se acabó la leche de la clemencia.” Haciendo coro a sus palabras, las descargas
resonaron en el patio helado de la cárcel de la calle Las Heras. Ese socialismo no podía
ser realmente el socialismo. La infantería de Marina allanó con sus fuerzas la imprenta
de la calle Perú donde imprimíamos el periódico Lucha Obrera que combatía a cara
descubierta a los fusiladores. La oligarquía había regresado, sin duda, y mientras los
socialistas aplaudían a los pelotones de ejecución, los comunistas asaltaban los
sindicatos mediante la ayuda amable de la Policía Federal. Hemos visto cosas extrañas
en nuestra patria.

Al caer Perón, el núcleo de Izquierda Nacional, a invitación del doctor Enrique


Dickman que presidía el recientemente formado Partido Socialista de la Revolución
Nacional, se incorporó a dicho movimiento. Poco después, en febrero de 1956 y por la
conducta anti-oligárquica asumida por Lucha Obrera, el gobierno de Aramburu, cuyo
ministro del interior era el virtuoso hombre de derecho, doctor Eduardo Busso, disolvió
el Partido Socialista de la Revolución Nacional y el Partido Justicialista. Luego dictó el
decreto 4161 que prohibía el empleo en toda la República de las palabras peronismo y
Perón o símbolos propios del justicialismo.

Mientras una Convención Constituyente de la que estaba ausente el peronismo


se reunía en Santa Fe. Debía “reformar” la Constitución de 1949 que establecía los
derechos de los trabajadores y cuyo artículo 40 fijaba el carácter inalienable e
imprescindible del subsuelo argentino como propiedad de la Nación. Yo publicaba un
libro, Revolución y contrarrevolución en la Argentina, donde revisaba la historia de la
Argentina desde la Revolución de Mayo hasta los fusilamientos del año anterior.

En 1962 fundamos el Partido Socialista de la Izquierda Nacional y una nueva


generación se incorporaba a las viejas banderas. Fue justamente el PSIN la principal
fuerza política que llamó a constituir en 1971 el FIP.

Pero había que indagar la razón de la crisis que aflige a los argentinos. Se
imponía descubrir la clave de un drama que había transformado los sueños del
Centenario, en 1910, de una Argentina capaz de superar en 30 ò 40 años a los Estados
Unidos en una patria atormentada por contrarrevoluciones periódicas donde los liberales
fusilaban y las masas populares eran excluidas de la protección de las leyes,
arrinconadas, perseguidas y humilladas. Era un corsi y ricorsi, según la expresión de
Vico, que no parecía tener fin. La Argentina, aquella rutilante promesa de 1910 ¿por
qué no encontraba una base estable para crecer? En definitiva, ¿qué había ocurrido?

6. LA CLASE MEDIA EN 1972, “SONRIE: PERON TE AMA”

En el campo de los partidos “democráticos”, o en la esfera “nacional” del


“camporismo”, la clase media ha jugado siempre un papel especial. Por supuesto que
nos referimos a la “clase media culta”, a ese sector de la pequeña burguesía universitaria
o profesional, al mundo de los diplomados, periodistas, intelectuales, en suma,
“hacedores de opinión pública” como se supone que son. En realidad, se trata de
consumidores pasivos de las ideas generales manipuladas por la rosca informativo-
cultural de los grandes intereses internacionales.
Al precipitarse los acontecimientos con la ruina de la dictadura de Lanusse, una
nueva ilusión cobró forma.

De la pequeña burguesía clásica de la sociedad argentina posterior a 1955, poco


quedaba de sustancial; pero ella no lo sabía. Aunque la decadencia ya había comenzado,
las ilusiones eran invariables. Caído Perón en 1955, la Generación del 45 imaginó que
todos los problemas argentinos encontrarían su solución. Frondizi postuló un programa
de industrialización financiado por un benigno capital extranjero. Pronto el líder
“antiimperialista” fue abandonado por la juventud, que lo había glorificado en la
víspera. Frondizi era el Alfonsín de 1958. La erosión de una economía semicolonial-
que ya no podía ensanchar el impulso europeo, mostraba todos sus signos al caer
Frondizi en 1962. Pocos años antes, en 1957, se firmaban los acuerdos constitutivos del
Mercado Común Europeo, que en poco tiempo pondrían término a la presencia
argentina y latinoamericana como socios agrarios del Viejo Mundo.

Ese universo de estudiantes, profesionales, técnicos, oficinistas, “ejecutivos” o


gerentes, empresarios en ciernes o de escala media, los manufactureros recientes,
profesores o periodistas que ambicionaban “modernidad” sin revolución de masas,
habían aclamado la fórmula del frondizismo. Quedaron anonadados con su derrumbe. Si
el mercado de Europa tendía a cerrarse para siempre, el mercado interno y la esperanza
de un nacionalismo industrializador democrático también se eclipsaba. La decepción fue
profunda. Bajo los golpes del destino, esa clase media que había alcanzado su edad vital
bajo el peronismo y el frondizismo, comenzó a derivar a una posición más comprensiva
de los interrogantes argentinos. La clase media comenzó a “nacionalizarse”.

¿Cómo no hacerlo, por lo demás? Los hermanos mayores o los padres de esa
clase media habían conocido los primeros tiempos de Perón, donde la prosperidad
abrazaba a todas las clases sociales, incluida la oligarquía. Todos, la “hacienda” y la
“tienda”, la burguesía comercial y los terratenientes articulados con el imperio europeo
habían forjado una tradición liberal durante décadas. Los beneficios de este sistema eran
indudables: habían permitido a la clase media ascender en la escala social, abrirse
camino en la universidad, reformarla en 1918 para que los hijos de los inmigrantes
prepararan su cursus honorem, escalar hasta la presidencia de la República y organizar
partidos políticos, desde el conservador hasta el Socialista o el Comunista. Un
profesorado chapado a la francesa, con una escuela laica y una ley – la 1.420- habían
demostrado, en definitiva, que si la Argentina era una factoría inglesa en el Atlántico
Sur, tenía privilegios extraimperiales y si se envalentonaba con disputas internas- según
lo probaba la lucha y la leyenda de Yrigoyen- todos estaban de acuerdo que en materia
de política exterior y de mercado mundial, nuestra garantía imperial y nuestra amiga era
Gran Bretaña. Poco antes de estallar esa quiebra en 1930, el príncipe de Gales era
recibido como invitado de honor en la Argentina, conocía a Carlos Gardel y tocaba el
ukelele en una fiesta íntima, envuelto en el humo grandioso de un asado criollo.

Todos habían sido educados en la leyenda de que los ferrocarriles ingleses, la


inmigración, el fútbol, la educación común, la red de frigoríficos y las comunicaciones,
el picnic, las ideas de Sarmiento, la agonía gaucha y las instituciones anglosajonas
habían sido la clave del progreso argentino.

A partir de la crisis del 30 perdieron justificación todos los ideales de cultura de


la clase media. Pero sobrevivieron lo suficiente. Y el último obstáculo para abarcar con
una visión nueva el destino nacional era el odio que la vieja oligarquía había inoculado
a la clase media contra el peronismo. Pero cuando Europa se encierra dentro de sí
misma y la oligarquía pierde interés en el manejo directo del poder político, sólo
encuentra una solución en el Ejército: lo alienta para impedir que el peronismo vuelva al
poder. La decadencia argentina no sólo rebajaba el standard de vida de los trabajadores
sino que afectaba directamente los ingresos, la seguridad y el porvenir de las clases
medias. La oligarquía entregó su destino a los generales, abandonó a las clases medias
para siempre, se auto extirpó su demagogia democrática y mandó al diablo a sus
queridos estudiantes y sus amados padres. La Nación y Borges observaron con
indiferencia glacial el aporreo de los profesores universitarios por el general Fonseca,
jefe de policía de la dictadura de Onganìa. Entonces, la oligarquía dijo a los generales:
sólo quiero salvar mis vacas y mis bancos.

¿Qué podía hacer la pequeña burguesía, abandonada por los ingleses y los
terratenientes, sino entregarse a la desesperación, primero renegar luego de sus viejas
creencias, más tarde y finalmente, sumida en la perplejidad, expresar a través de sus
hijos su necesidad de redención? Fueron los hijos de esa misma clase media que había
aplaudido en 1955 al general Lonardi en la Plaza de Mayo los que apartaron sus ojos de
los textos de Kelsen, de Hegel, de Russell o de Marx y empuñaron entre 1970 y 1973
un palo engordado en la punta para aporrear un bombo con feroz energía. Algunos de
ellos, formados en liceos militares y seminarios católicos, gorilas e hijos de gorilas,
secuestraron y asesinaron al general Aramburu, jefe de la misma Revolución
Libertadora que habían aclamado sus padres. La pesadilla ya estaba en el horizonte.
Podía aplicarse a la Argentina de aquellos años y a la ruina de sus creencias las palabras
de un arbitrista español del siglo XVI quien dijo respecto a la decadencia de España:

“Parece como si alguien hubiera querido reducir estos reinos a una república
de seres embrujados, viviendo al margen del orden natural de las cosas.”

Quince años antes, la Revolución Libertadora había nacido vieja y murió al poco
tiempo. Sus inspiradores habían imaginado que bastaba expulsar al dictador (como en
un remoto pasado) para iluminar plenamente la conciencia pública. Mediante la
exclusión del peronismo, el comicio permitiría al país retornar a los tiempos de
Yrigoyen: prosperidad agraria, libertades políticas, viajes a Europa, y un acariciador
parlamento con generoso buffet. De ahí que el gobierno militar fuera breve, aunque
dispuso del tiempo suficiente para fusilar al general Valle y sus amigos y masacrar a los
obreros en el basural de Josè León Suárez. Pero en todo caso, nadie suponía que
acechaba a la Argentina un conjunto de problemas que no existían cuando Perón llegó al
poder en 1946. Al golpe de estado que derribó a Frondizi, y la guardia pretoriana que
rodeó a Guido como presidente títere siguió la exclusión del peronismo en 1963. El
Ejército ni siquiera permitió la candidatura conservadora de Solano Lima, candidato
común de Perón y Frondizi. El ascenso al poder de Illia, por un escaso número de votos,
permitió a la nueva generación advertir una vez más el desprecio a la mayoría que
demostraba el Ejército. Ni siquiera bastó el gobierno radical del pueblo. Otro golpe
militar llevó en 1966 al poder al ex comandante en jefe, general Onganìa. Y en esa
oportunidad la juventud percibió en su total despliegue que la vieja Argentina había
desaparecido para siempre y con ella sus antiguas conquistas. Algunos descubrieron a
Jauretche, Scalabrini Ortiz y comenzaron a leerlos. Pero no se crea que el auge de la
“literatura nacional” en esa época caló muy profundo. Sobre todo había en esa juventud
educada en las grandes ciudades (Buenos Aires, Córdoba) una insatisfacción esencial:
un disconformismo moral que no lograba adquirir poder reflexivo ni sustancia política.
Flotaba en el ambiente de la generación nueva, semieducada en la vieja sociedad liberal-
izquierdista de la oligarquía, un descontento y una incertidumbre que Sábato en Sobre
Héroes y Tumbas transfiguró artísticamente. Esa neurosis pasó de la vida personal a la
vida pública y se iría a combinar con las lecciones de violencia paulatina que las
Fuerzas Armadas impartían periódicamente al país. ¿Qué argentino no estaba, al fin y al
cabo, harto de la censura y del atropello? Siempre había un tutor para decir qué película,
novela u obra de teatro podía llegar al público. Esa violencia moral, la hipocresía de
formular solemnes declaraciones desde la Casa de Gobierno mientras se mantenía al
pueblo aplastado con un pie sobre su cabeza, esa música rock sobre las instituciones
avasalladas, danzada por generales y personajes vetustos, suntuosamente, melosamente
dispuestos a educar a la juventud ya era intolerable. ¿Dónde había ido a parar la
universalidad del pensamiento crítico y el antiguo esplendor liberal? Ahora Borges era
el patriarca de las letras argentinas y se burlaba en voz baja del pueblo criollo. También
el poeta edìpico venía a concluir en la necesidad de una dictadura para el país.

La idea mítica de una Argentina democrática y moderna, a la avanzada de la


ciencia y de la técnica, con grandes empresarios nacionales y corteses sindicatos
obreros, unidos en ansiado equilibrio, se volvió harapienta y ridícula. Había tal
contradicción entre la palabra y la vida, entre los actos de los poderes oligárquicos y
militares y entre las categorías culturales del pasado y sus presentes defensores, entre
los “males” de la economía peronista y los “frutos” de la economía liberal restaurada,
resultaba tan evidente que la vieja Argentina de la era británica ya no podía ser creída,
que la juventud universitaria y la clase intelectual y profesional se deslizó, ante su
propio asombro, al “campo nacional”.

Toda la Argentina sintió que además de la quiebra económica había una crisis
moral. Los ejemplos eran abrumadores. El país presenciaba enmudecido el elogio que el
ministro del Interior, general Osiris Villegas, brindaba al tenebroso torturador de la
célebre “Sección Especial”, comisario Cipriano Lombilla. La Sociedad Argentina de
Escritores callaba cada vez que un intelectual era postergado, secuestrado o detenido.
¡La entidad que agrupaba a los testigos de la época, la conciencia intelectual de la
Nación, era objeto del desprecio público! Por su parte, la famosa Sociedad
Psicoanalítica Argentina, empresa científico-contable que había armado una
rentabilidad perfecta mediante la industrialización de Freud y la explotación académica
de sus autorizaciones privadas para ejercer la práctica del psicoanálisis, estalló a su
turno en ese período. Y una corriente juvenil de psiquiatras y psicólogos rompió con
tamaña respetabilidad para declarar a la salud mental uno de los grandes problemas
argentinos que exigían el auxilio del Estado y la creación de las nuevas técnicas para
emplear al servicio de las mayorías olvidadas y humilladas. Nada funcionaba bien en la
sociedad esclerosada; un fermento de indignación corría como un reguero de pólvora
hacia los espíritus. De este modo ya no valían las diversiones exteriores: ni la
revolución cubana, ni la lejana China, ni el Vietnam podían ser factores sustitutivos,
como para la generación anterior lo había sido la guerra de España. El mal y el bien, la
aventura, las ideas y la guerra de aquí mismo, entre nosotros. La Argentina ya no podía
seguir siendo lo que era pero no sabía aún que debía ser. Por lo pronto, las clases medias
miraron electrizadas hacia el peronismo.

Había una compleja relación entre un sistema productivo- comercial peculiar de


los países dependientes y la constelación de juicios de valor histórico-morales: Mayo-
Caseros, civilización o barbarie; democracia o fascismo; peronismo o democracia.
Brotado de una sociedad semicosmopolita y semiintermediaria y su base decisiva no
podía ser una producción que descansara en un tipo de economía natural, prácticamente
sin capital ni trabajo (la ganadería pampeana). Ese mundo ideológico-político-cultural
se volvía cada vez más inconcreto. El horizonte era incierto. Resultaba irritante que con
el régimen peronista se hubiera marchado también la prosperidad y la estabilidad. Todo
el subsuelo social argentino se puso en movimiento. La dictadura militar de Onganìa
puso a prueba las viejas convicciones, que ya no explicaban nada. Al concluirse para la
Argentina la prosperidad conquistada por un siglo de economía cosmopolita, se
disolvían también las bases para una visión política internacional o externa de las ideas.
El peronismo, derrotado y desacreditado, vulgar y “no científico”, aparecía a los ojos de
la clase media como un objeto digno de estudio y no de execración. De pronto y cada
vez más la crisis social volvía actual al peronismo para quienes lo habían detestado.
Muchos universitarios comenzaron a desprenderse del soberbio manto púrpura (de
anilinas importadas) con que encubrían su pobreza intelectual y evolucionaron hacia el
peronismo, el revisionismo histórico, la “izquierda nacional”, en suma, “lo nacional”. El
despreciable tirano se volvía un patriarca. Comenzó a ser glorificado en su digno
invierno. Cada una de sus palabras empezó a ser evaluada sacramente. Los jóvenes
neófitos transformaron al anterior objeto de su denigración en un Lama intocable. Sus
chuscas observaciones sobre los gobernantes militares de la Argentina eran festejadas
no ya como expresiones de su humor criollo sino como alusiones sutiles a una “táctica
genial”. Todo lo quemado fue adorado, y lo adorado incinerado.

Ni el peronismo, ni las ideas nacionales, aunque fuesen expuestas por hombres


de izquierda atiborrados de “antecedentes”, jamás habían cruzado los umbrales de las
universidades argentinas. Cuando a invitación de los estudiantes, en 1965, dicté un
cursillo de historia de las guerras civiles argentinas en la Facultad de Filosofía y Letras
de Buenos Aires, recordé que la última vez que una cátedra de esa ilustre casa de
estudios había evocado con simpatía y comprensión a Facundo había sido en un curso
dictado por David Peña en 1905, seis décadas antes. El proceso de “nacionalización”
adquirió un ritmo arrollador a partir de la caída de Onganìa en 1970.

La soberbia “academicista” de la sociología antigua había aprisionado a los


estudiantes (del mismo modo acrítico que luego serían prisioneros del “academicismo
marxista” europeizante) y el desdén por la problematización y examen de las cuestiones
argentinas era una norma típica del mundo universitario. Pero el crujido de la vieja
sociedad oligárquica también se oyó en las aulas. Comenzó a difundirse una “sociología
peronista”, una “antropología peronista”, una “literatura peronista” y hasta una
“psicología peronista”, un conjunto sincrético de aportes e ideas de valor diferente y
hasta un “marxismo peronista”. La pequeña burguesía corría en búsqueda de otro `polo
de seguridad, ambicionaba instalarse esta vez en la corriente histórica que sus padres
habían rechazado treinta años antes y constituirse en el “estamento pensante” de un
nuevo poder que veían acercarse de modo irresistible. La masa de clase media
universitaria que otrora había sido la base popular y los difusores del “espíritu de
época”, la “opinión pública” de la oligarquía liberal, se estaba desplazando en bloque
hacia el campo nacional, mientras los titulares de la dictadura militar (Onganìa,
Levingston y Lanusse) dirimían sus reyertas internas. El espectáculo era muy notable
pues no dejó indemne a nadie que fuese “alguien” en la intelligentsia argentina más
exclusiva y refinada: hasta el Instituto Di Tella, que rara vez se había ocupado del
peronismo, como no fuera para mirarlo por encima del hombro, más o menos a la altura
de la ciencia, se inclinó hacia el FREJULI y hasta participó en altos cargos del gabinete
económico.

Abogados como Rodolfo Ortega Peña y psiquiatras como Hernán Kesselman,


provenientes del Partido Comunista, se hacen peronistas, entre muchos otros. Otros
intelectuales de izquierda no menos exquisitos, “gramscianos” o cosa así, dieron su
apoyo al FREJULI. Pero una enumeración más detallada, además de ser inútil, haría
olvidar que el hecho más importante de este vuelco de la pequeña burguesía profesional
al peronismo o lo que ella entendía por peronismo hacia fines de 1972, es que tal apoyo,
tal éxtasis, suponía que el peronismo no era simplemente el peronismo, sino el
socialismo. Semejante tesis, muy generalizada en ese período, tenía un componente
psicológico muy importante de señalar: era una forma de encubrimiento ideologista para
apoyar sin turbaciones de conciencia el movimiento nacional tal cual era y afrontar el
descrédito social consiguiente, que la clase media estaba en proceso activo de superar.
Si el peronismo era la expresión de la clase obrera y el socialismo, nada resultaba más
sencillo que brindar el apoyo de una clase social (de una capa intelectual de una clase
social). A cambio de esto, estaban dispuestos a ocupar todos los cargos de gobierno que
pudieran acumular.

Hasta profesores argentinos formulaban desde Inglaterra la hipótesis


reconfortante de que el peronismo, sobre todo, era representante de la clase obrera y la
encarnación más evidente de un movimiento, por esa razón socialista. Caracterizar un
movimiento político por su composición social sería en sí mismo un error
ideológicamente trivial, si a esta circunstancia no se le añadiera el hecho aún más
evidente de que el peronismo no representaba a una sola clase sino a varias y nadie ha
podido seriamente clasificar un movimiento policlasista de “socialista” sin violentar el
sentido preciso del vocablo. Que todos los mencionados descubridores del peronismo se
consideraran a sí mismos “marxistas” no prestaba grandes beneficios a la verdad ni al
marxismo, ni por supuesto al peronismo. Esta “nacionalización” de las clases medias en
su franja universitaria y profesional exhibía varios aspectos ambivalentes:

1) La progresividad global de tal “corrimiento”.


2) El exitismo que movía a vastos sectores.
3) Un izquierdismo frívolo heredado del pasado portuario.
4) La resistencia a examinar el peronismo para comprenderlo y sostenerlo era la
misma que antes y había cristalizado en su espíritu para condenarlo sin
examen en la primera oportunidad.
5) Al mismo tiempo que derivan al peronismo, perdían algo del “democratismo
plebeyo” de su origen y abjuraban del contenido fecundo de la reforma de
1918. De este modo, cuando eran reformistas, rechazaban el 17 de octubre.
Al hacerse peronistas, condenaban la reforma de 1918. De otra manera
volvía a replantearse el divorcio de las banderas democráticas de la juventud
universitaria con las divisas nacionales de los trabajadores del frente nacional
de 1945.
6) La insistencia en caracterizar como socialista a un movimiento nacional
suponía a) entrar peleando y b) salir sin dificultades.
Ese año de 1973 los estudiantes de física aprendían a tocar el bombo. La casa
Ricordi, de la calle Florida, agotó su stock. Para recoger la visión borrosa de las
multitudes del 45, la nueva generación universitaria acude al cine a contemplar Ni
vencedores ni vencidos; otros imprimen en mimeógrafo para las concentraciones
juveniles de 1972 la letra de “Los muchachos peronistas”.
Mientras unos hacen correr sangre, otros marchan a la política pública. Se
encontrarán todos juntos un momento y luego se separarán para siempre. Como la clase
media carece de una política y una perspectiva propias, al abandonar la tutela de la
oligarquía se precipitó alborozada hacia el frente nacional, que le prometía la victoria, la
seguridad y el poder.
Pero todas sus esperanzas fueron destruidas. La semicolonia victoriana no podía
garantizar un nuevo siglo de prosperidad a la clase media sin hacer una revolución que
le ofreciese fundamento.
El 25 de Mayo la Plaza de Mayo fue invadida a la noche por jóvenes parejas que
hacían girar su fiat 600 alrededor de la fuente donde 30 años antes los obreros habían
introducido sus pies para refrescarse. En los parabrisas de los coches que festejaban el
triunfo de Càmpora había una calcomanía donde podía leerse: “sonríe: Perón te ama.”
El peronismo de Càmpora, con Perón bien lejos e impedido de volver, se dibujaba en el
horizonte como algo estupendo. A este sector de la clase media le parecía que llegaba al
socialismo sin pasar por la revolución. Y el gobierno estaba al alcance de la mano, con
el permiso de la dictadura militar. Además, el “tío” parecía mucho más tratable que el
“padre”. Una parte de esa clase media, los grupos terroristas, querían abreviar todos los
trámites. Ya sembraban el espanto y la sangre. Sólo faltaban tres semanas para la
masacre de Ezeiza. El 20 de junio fue el día más largo del año.

7. EL FIP Y EL CAPITAL EXTRANJERO

Respondí a un cuestionario en 1971 sobre el tema del siguiente modo:

1) ¿Considera necesario el concurso del capital extranjero en el desarrollo de


la economía nacional?
- Considero más lógico plantear antes otra pregunta: ¿La Argentina cuenta con
capitales propios para impulsar su crecimiento económico? Mi respuesta es: Sí.
Según el ministro de Hacienda, Dr. Quillici, parasitan actualmente en el exterior
8.000 millones de dólares exportados de nuestro país. Para lograr la repatriación de tan
inmenso capital, el Banco Central ha emitido Bonos Externos, cuya adquisición se
beneficia de un punto y medio superior al mejor interés que se obtenga en el mercado
interbancario de Londres y nunca inferior al 8%. El adquirente doloso de tales Bonos,
que ha huido del país (desangrándolo) con el trabajo argentino acumulado bajo la forma
del “capital negro”, es gratificado además, por el actual gobierno, con un “blanqueo” de
tales capitales. Para conmover su corazón, se lo seduce con innumerables ventajas que
todo lector podrá conocer en los avisos publicados en los grandes diarios últimamente.
Este premio al delito se contradice con la hostilidad no menos manifiesta que se
evidencia desde el aparato del Estado hacia la pequeña o mediana empresa rural o
industrial de capital argentino. Pues para los abogados nativos del imperialismo
extranjero que han manejado en los últimos quince años la economía nacional (salvo
raras excepciones) no hay cosa más detestable que un “capitalismo nacional”, que una
“burguesía nacional”, a la que los izquierdistas cipayos amenazan con la expropiación
en las palabras y a la que el imperialismo conduce a la quiebra en los hechos. Esta
muerte ingloriosa y nada épica de la burguesía argentina no ha despertado en ella en la
hora de la crisis el espíritu de lucha de que careció en tiempos prósperos.
Es por tales razones que creo imposible que los nostálgicos llamados de amor
del Dr. Quillici persuadan a la rica y ociosa Doncella del Capital Prófugo para que
emprenda, suspirando, el camino del retorno. No hay que emitir Bonos Externos para
repatriar a los capitalistas aventureros y especuladores: es preciso impedir que en lo
sucesivo puedan emigrar.
Si logramos hacerlo, el monto de la suma evadida señala bien a las claras la
capacidad de acumulación que el país dispone en manos improductivas y que
constituiría un gigantesco poder en manos del Estado.
¿Cómo lograrlo? No hay medidas puramente económicas, “técnicas”, que
generen milagros en la materia, salvo para los milagreros y charlatanes que tan bien
conoce el país. No las hubo nunca en la historia universal. Pues los mejores resultados
se obtienen mediante la compulsión de medidas extraeconómicas, o sea políticas. Para
que el Estado pueda emprender las grandes obras de la industrialización básica que
reclama la expansión de las fuerzas productivas, es preciso nacionalizar la fuente
primera de esa riqueza emigratoria, que el ministro de Hacienda ha señalado y
cuantificado. En primer lugar, la pampa húmeda. Es preciso transformar la actual
parálisis ganadera (cuya producción está detenida en las cifras de 1910) en una
gigantesca fábrica de carne. Para obtener esos fines, es preciso nacionalizar sin
indemnización todos los predios de la “pampa húmeda” superiores a las 500 hectáreas.
Los técnicos del INTA, los ingenieros agrónomos y los veterinarios al servicio del
Estado, tendrán entonces la palabra y dirigirán esos inmensos emporios. No propongo
naturalmente, ninguna subdivisión de la tierra en el sector de la economía pecuaria de la
“pampa húmeda”. Por el contrario, según el dictamen de los especialistas, hasta podrían
ampliarse las estancias ganaderas del Estado a extensiones sólo regulables por
rentabilidad y control técnico. Las mercedes reales y los derechos de vaquería volverían
al Rey, o sea al pueblo, que es quien ha valorizado, con su trabajo y su sangre, el viejo
Desierto.
Lo mismo digo con respecto a las industrias monopólicas del gran capital
imperialista, a la necesidad de liquidar la intermediación entre la importación y la
exportación, en suma, con respecto a todo el capital comercial improductivo. Con esto
señalo- sin hablar de los bancos-, las fuentes principales del capital emigratorio.
(Nota de 1983: Releo estas líneas doce años después. En esencia, poco ha
cambiado en cuanto a la estructura de la “rosca dominante”. Se ha acentuado el
entrelazamiento del capital extranjero con la oligarquía. Pero ésta ha dejado de poseer
su antigua influencia como oligarquía ganadera. Hay una notoria transferencia de
recursos de una parte de la renta agraria a la renta financiera, del campo a los bancos.
Los lazos han dejado de ser básicamente económicos. Ahora son de un “orden
abstracto”. Los hijos de los viejos ganaderos se han hecho “licenciados en economía” o
“masters” en Harvard. Muchos ni siquiera han conservado sus campos. Hay un nuevo
poder en la Argentina.
La oligarquía pampeana clásica se ha desnacionalizado. Ahora se la encuentra en
la City, y no en la Casa Bullrich. Usa teletipos y habla más bien inglés que francés. El
horizonte de los viejos amaneceres ha pasado de la llanura a los borrosos “pubs” de
Buenos Aires, Londres o Nueva York. Y ha perdido la noción de patria, que los
antiguos estancieros cultivaban en la extinguida República Señorial. El orgullo ahora
reposa en bromear como compadres con patanes del tipo de Rockefeller, ordeñadores
del dinero cosmopolita.
En cuanto respecta a gobiernos nacionalistas como el de Perón en el pasado, o
el de Velasco Alvarado luego, pueden legítimamente negociar con el imperialismo, si lo
consideran necesario y si ya han triunfado sobre la oligarquía interna. Las amargas
enseñanzas de la historia nos recuerdan, sin embargo, el destino de muchos gobiernos
nacionalistas: no es suficiente vencer a la oligarquía interna por el sable o el voto: hay
que destruirla socialmente, despojarla para siempre de su base económica y desmontarla
históricamente como a la nobleza terrateniente de la Francia de Luis XVI. De otra
manera, la oligarquía se las arregla siempre para una restauración, del brazo de los
gerentes extranjeros.
2) ¿A su juicio, las inversiones extranjeras condicionan la autonomía de las
decisiones económicas del país?

- Eso depende del tipo de gobierno que admite o solicita la inversión extranjera.
Un gobierno nacionalista (civil o militar) está en mejores condiciones para reservar su
capacidad de decisión que un gobierno oligárquico al que, por otra parte, poco le
importa generalmente tal capacidad de decisión. Basta recordar al gobierno del señor
Onganìa para saber que quiero decir. Por lo demás, el señor Roth, que escudriñó como
secretario técnico los asuntos de la célebre presidencia, nos ha mostrado (aunque con
rara morosidad) las intimidades de un gobierno antinacional. En cuanto a la capacidad
de decisión de un gobierno soberano no puede caber duda alguna: ningún poder extraño
a la Argentina y a sus clases laboriosas podrá movernos un milímetro de la vigilancia
del interés nacional.
3) ¿Qué condiciones le impondría al capital extranjero?

En la etapa actual, de asumir el poder un gobierno nacional el capital extranjero


debería esperar el arreglo de nuestros asuntos domésticos. Ese capital, para nuestra
desgracia, también es un asunto doméstico. Pues resulta obvio que la nacionalización de
toda la banca y la devolución a los argentinos productores de las ventajas dinámicas del
crédito sería el primer paso de una política financiera nacional. Ya no podría admitirse,
por ejemplo, que un monopolio internacional como la Deltec, pueda obtener del Banco
de la Nación Argentina, en violación de la Ley “Compre Nacional”, $ 3.200 millones de
pesos. Seguramente que no podrá tolerarse que ese mismo Banco, fundado por Carlos
Pellegrini en 1891 para proteger la industria argentina, evolucione hacia el estímulo de
las actividades agrarias y termine al servicio de los monopolios. Sólo así puede
concebirse que Bunge y Born haya obtenido un crédito de más de 700 millones están
destinados a la compra de algodón.
Una empresa que obtiene fuera del país el 83% de sus beneficios, logra apoyo
crediticio de un banco del Estado con el delicado propósito de apretarles la garganta a
los productores de algodón del Nordeste y someterlos a su política de bajos precios.
De ningún modo hace falta ciencia económica, sino patriotismo elemental para
resolver que esos 700 millones de pesos habrían sido mejor empleados si ese banco los
prestase a los productores de algodón, para que así pudieran negociar mejor con el
pulpo o crear cooperativas para comercializar ellos mismos su algodón.
En síntesis, por ahora nada podríamos hablar con el capital extranjero, hasta que
hayamos recuperado lo que es nuestro. Luego, veríamos.

4) ¿Qué medidas adoptaría para atraerlo, si lo considerara necesario?

La pregunta 4 está vinculada a la 3. Primero, gobierno de los trabajadores y del


pueblo, segunda emancipación, soberanía plena, control de la riqueza nacional. Para
hablar con el capital extranjero, pongámoslo ante todo en la puerta de casa, del lado de
afuera. Así se negocia mejor.
8. EL FIN DE UN REGIMEN

En abril de 1971, Lanusse formaliza la “apertura política”. Un amigo y


correligionario de Ricardo Balbín, el Doctor Mor Roig, ex presidente radical de la
Cámara de Diputados de la Nación, es designado ministro del Interior de la dictadura,
para facilitar el “tránsito” a la democracia. En el mes de mayo de ese año escribo el
siguiente artículo:
El retorno de Perón domina hoy la vida política argentina. El gobierno militar
del general Lanusse le formula públicamente una invitación para dialogar. Todos los
partidos y sus grandes jefes, hasta ayer sus enemigos mortales, coinciden en la
necesidad patriótica de su repatriación. Mr. Hyde se transforma en el Dr. Jedkyll y con
el rostro bañado de bondad extiende su diestra al maldito.
Sólo algunos antropoides, de filas raleadas y colas mustias, exhalan vagas
amenazas y prometen la cólera divina. Como si todo esto no fuera suficiente, hasta la
Unión Industrial Argentina, centro del gran capital imperialista, declara su conformidad
ante las conversaciones con el Gran Dictador.

Quince años

Pero, ¿qué ha ocurrido en verdad? Las clases dominantes, sus partidos, la clase
media, los políticos de oficio, los jefes militares, ¿han sido presa de un ataque colectivo
de demencia? No precisamente de demencia. El ataque es de temor. Debemos
explicarnos.
A partir de la caída de Perón, las fuerzas oligárquicas, por sí o a través de
terceros se propusieron: a) retornar la República a los tiempos de la factoría inglesa; b)
si este propósito se revelaba impracticable, frenar el crecimiento capitalista, impulsado
durante el gobierno de Perón y confinarlo a los límites alcanzados. En otros términos,
como la oligarquía había excluido al pueblo de su soberanía política y el ejército había
perdido todo resto de ideología nacionalista, el país encontró cerradas las vías de su
desarrollo capitalista. Los sectores pequeñoburgueses del radicalismo que llegaron al
poder no pudieron o no se atrevieron a contrariar a la oligarquía y al ejército. De este
modo, después de 1955, el papel de Frondizi, Guido e Illia fue gradualizar la decadencia
de la Argentina semicolonial, pero se demostraron incapaces de detenerla.

El golpe de 1966

El radicalismo del pueblo, en el poder a partir de 1963, confirmó la utopía de


reproducir en nuestra época una Arcadia rural sin expropiar a la oligarquía terrateniente.
Pero como de todos modos estaba atado a las creencias democráticas de su base social,
el peligro cierto de grandes triunfos electorales del peronismo, susceptibles de plantear
sea el retorno de Perón o una política económica de corte nacionalista, impulsaron al
Ejército a derribar el gobierno de Illia. El teórico de ese golpe y redactor del Acta III fue
el célebre Alsogaray, y es cuanto se puede decir sin ofender a nadie de los responsables
del cuartelazo. En cierto modo, la “Revolución Argentina” llevó hasta sus últimas
consecuencias el programa implícito de la “Revolución Libertadora”. Bastará recordar
que cuando Rojas era vicepresidente, preconizó la construcción de El Chocòn,
desmintiendo así la creencia errónea de que los cipayos son enemigos de las obras
públicas y el argumento inverso de que el nacionalismo se demuestra por el afán de
extender redes cloacales. Es cierto que Rojas luchó también por la derogación de la Ley
de Alquileres. Pero Levingston y Manrique han realizado esa noble aspiración.
La “Revolución Libertadora” se distinguió por desmantelar la industria, reducir a
la impotencia a los trabajadores, devolver sus prerrogativas al capital extranjero,
trasladar los ingresos de la ciudad al campo, engordar a los ganaderos y enflaquecer a
los peones, fusilar a los militares patriotas y masacrar obreros en los basurales: fue
antinacional. Pero no fue antidemocrática restringiendo el poder de este vocablo a los
límites que se verán. Pues esa misma “revolución” devolvió la Universidad al gobierno
tripartito y hasta nombró al socialista Josè Luis Romero interventor en la Universidad
de Buenos Aires (con su secretario, el terrible frondizista marxista Ismael Viñas). Entre
ambos se dedicaron a expulsar profesores peronistas de las cátedras, mientras el
gobierno entregaba los diarios peronistas y sus imponentes talleres a la bandada
democrática de los partidos pequeñoburgueses que habían acudido, atropellándose, al
pie del festín.
Pero la revolución del 66 completó el panorama de la década y media
extrayendo del derrocamiento de Perón su verdadero significado: pues no sólo fue
antinacional, sino que también fue antidemocrática, en el sentido de que la disolución de
los partidos, la destrucción del régimen universitario, el apaleamiento de profesores, la
censura artística, la prohibición de elecciones, etc., afectaba a la clase media, el mismo
grupo social que en su mayoría había sostenido y se había beneficiado de la
“Revolución Libertadora”. Si el contenido económico de la “Revolución Libertadora”
estaba dictado por los intereses de la vieja oligarquía, la “Revolución Argentina”
expondría públicamente la preeminencia extorsiva del gran capital extranjero sobre los
intereses nacionales, aún a costa de limitar con medidas fiscales la voracidad
terrateniente.

La crisis de la oligarquía con la pequeña burguesía

Destruíase así, formalmente, la alianza sesquicentenaria entre la oligarquía y el


Imperio Británico. Esta alianza no sólo se fundaba en el intercambio de economías
complementarias y en la ideología liberal-portuaria, sino que políticamente se nutría en
los grandes sectores de las clases medias de Buenos Aires y el Litoral. La pequeña
burguesía había elevado su nivel de vida en el primer tercio de siglo mediante el sistema
semicolonial fundado en los ferrocarriles ingleses, los terratenientes, el puerto de
Buenos Aires y el comercio exportador-importador. Gracias a ese privilegio social que
le otorgaba el imperialismo, la pequeña burguesía había elaborado sus ideales de cultura
y había santificado la escuela de Sarmiento, con maestras regularmente retribuidas, una
burocracia estatal relativamente bien pagada y exclusivos sistemas de jubilaciones
dignas. Había formado el Partido Socialista, contaba con sus Borges, su alvearismo, su
democratismo formal y, en fin, con ciudades como Buenos Aires, que podían
compararse con las grandes ciudades ultramarinas. Este sistema ha sobrevivido hasta
hoy, pero está en ruinas. Ya estaba en crisis al caer Perón y la masa pequeñoburguesa
aclamó su derrocamiento creyendo que había llegado el momento de volver a los felices
tiempos de 1929. Por el contrario, la “Revolución Libertadora” no hizo sino ahondar esa
crisis hasta alcanzar hoy proporciones tan devastadoras como las que presenta el
Uruguay, otro socio menor del Imperio Británico en la decadente pampa húmeda del
Plata.

Los terratenientes y Onganìa

El período de Onganìa expresa la abierta sustitución de Inglaterra, que ya se


manifestaba desde la Segunda Guerra Mundial, por el imperialismo yanqui. Este hecho
se traducirá en una ruptura y alejamiento recíprocos entre la oligarquía y la clase media.
La clase terrateniente, que había encontrado siempre en la pequeña burguesía a los
dirigentes adecuados para teñir de progresismo su reaccionarismo cerril (los Alfredo
Palacios o Josè Luis Romero) perdió todo interés en esa alianza. Así, el científico
Bernardo Houssay abandonó a las violencias policiales la suerte de la Universidad (que
en tiempos de Perón se le antojaba sagrada). Puesta a elegir entre su liberalismo y sus
vacas, la oligarquía prefirió estas últimas. Sus queridos estudiantes y sus amados
profesores, que siempre habían servido a la oligarquía como tropa de choque para
combatir a los caudillos nacionales (en 1930 contra Yrigoyen y en 1945-55 contra
Perón) se encontraron con que ni La Nación ni La Prensa salían a defenderlos ni con
un suspiro.
¿Por qué causa la clase terrateniente apoyó al gobierno de Onganìa? ¿Por qué
soportó en silencio la disolución de los partidos políticos, admitió la censura, y hasta la
suma del poder público, con la complicidad y mansedumbre senil de la Suprema Corte y
toda la magistratura? Para decirlo de una vez, el histórico alejamiento de Inglaterra y la
proximidad del Imperio Yanqui no eran más que los incidentes exteriores de una mortal
crisis interna que ya no podía ocultarse por más tiempo: el desarrollo de las fuerzas
productivas, al fundarse exclusivamente en el monto global de las exportaciones
agropecuarias, condenaba al estancamiento del país. Si en 1910 la Argentina contaba
con 40 millones de cabezas de ganado y 7 millones de habitantes, en 1971 los 23
millones de habitantes se encuentran con un promedio anual de 45 a 50 millones de
cabezas en las haciendas. Al crecer, el pueblo argentino está consumiendo su
producción de alimentos.
¿Debe dejar de comer para emplear las divisas en la importación de los bienes
necesarios a la industria? ¿Este es el dilema? No, por cierto. Toda la crisis que devora
hoy a la Argentina se origina en que los ganaderos aparecen como el sector más
parasitario de la economía nacional, a la que tiende a estrangular. En sesenta años no
han logrado añadir una sola vaca más a la riqueza pecuaria del país. Son rentistas de la
tierra, no productores de carne. Para romper el círculo vicioso y aumentar la producción
de carne con métodos modernos, nuevos planteles de sementales, nuevas praderas, etc.,
hay que expropiar a los ganaderos, nacionalizar la tierra de las grandes estancias y
exportar sin hambrear.
Porque la crisis avanzaba hacia zonas peligrosas, la oligarquía decidió sostener
sin vacilaciones el despotismo militar. Adquirió la convicción de que sólo el Ejército,
mediante un régimen a la brasileña, podría mantener su antiguo privilegio rural. Sólo
debía entregar a cambio los restos de su liberalismo y los derechos políticos del pueblo
argentino. El arreglo resultaba satisfactorio para la oligarquía. Así se poblaron los
ministerios, las embajadas y las cumbres de la burocracia con los personeros locales del
viejo sistema, junto a los jóvenes tecnócratas que el nuevo Imperio adoctrinaba en sus
universidades privadas. De este modo se consideraron oficialmente como la última
palabra de la ciencia económica los índices crecientes de la desocupación, la capacidad
ociosa de la industria nacional y la quiebra de la pequeña y mediana empresa de capital
argentino. La desnaciolizaciòn de la banca y la industria locales, así como la
modificación de la tarifa de avalúos aduaneros impulsaron una avalancha de productos
importados que en un mercado abierto aplastaron con el poder competitivo de la
industria imperialista las débiles defensas de la producción nacional. Pudo presenciarse
de este modo el vaciamiento demográfico de provincias enteras ( Chaco, Tucumán),
añadido para colmo a la despoblación crónica de las provincias históricas diezmadas por
el mitrismo portuario (Santiago, La Rioja, Catamarca) que originaron en las grandes
ciudades nuevos focos de poblaciones marginales de trabajadores temporarios
desarraigados. Hasta las opulentas regiones del Sur fueron arrastradas por la furia de la
crisis que asolaba la sociedad argentina, potenciada por los extravíos, atropellos y
crímenes del gobierno militar.

El fracaso del plan militar

Desde la época de Perón era evidente que el país no podía progresar sin
nacionalizar la banca, el comercio exterior, la “pampa húmeda” y los monopolios
extranjeros. Pero en esa época los recursos para impulsar el crecimiento económico
provenían de los ingresos originados durante la segunda guerra imperialista. De ahí que
Perón meditase en la posibilidad del estallido de un tercer conflicto mundial, como
coyuntura para un nuevo gran estímulo a la economía nacional. Afortunadamente esa
perspectiva no se realizó, pero al mismo tiempo la crisis nacional prosiguió avanzando
sin pausa, acelerada por el gobierno de Onganìa. Resultaría perfectamente claro que los
argentinos, que se habían beneficiado siempre de las crisis mundiales, desde ahora sólo
podrían encontrar los capitales para modernizar su economía en las clases parasitarias
internas.
Por el contrario, el gobierno militar se erigió como el más formidable obstáculo
para esa tarea impostergable. Los resultados que obtuvo han adquirido el poder de un
testimonio viviente para ilustrar cuanto decimos. Pues cuando el régimen de Onganìa
parecía más fuerte que nunca, bastaron unos pocos días para conducirlo a un callejón
cuya salida resultó ser la renuncia del inepto personaje. Se produjeron verdaderos
levantamientos populares en las provincias, que deshicieron rápidamente la moral
política del Ejército encargado de reprimirlos. Las Fuerzas Armadas, que habían
observado hasta ese momento con respeto la imagen bovina del lacónico autócrata
advirtieron que el pueblo que atacaba las casas de los gobiernos provinciales y arrojaba
agua hirviendo desde las azoteas a las fuerzas de seguridad, no sólo vomitaba su cólera
contra el régimen de Onganìa sino que resumía en ese estallido la indignación contenida
desde 1955. Onganìa y el Ejército pagaban por todo.
Más la gravedad de la situación, evaluada por el ejército y que cuesta su cargo a
Onganìa, no se agotaba con lo ya expuesto: los militares percibieron que las grandes
conmociones sociales y políticas de las provincias carecían de divisas partidarias,
aunque fueran peronistas los trabajadores que en ellas participaban. Pues la presencia de
los sectores estudiantiles o pequeñoburgueses, vecinos, profesionales, comerciantes,
jubilados y burócratas que ayudaron a encender en 1969 el incendio de Córdoba y otras
provincias indicaba bien a las claras que el peronismo no dirigía los levantamientos,
sino que era arrastrado por ellos, junto a los vastos sectores sociales que hasta ese
momento habían permanecido indiferentes a las causas revolucionarias y hostiles a toda
acción común con los peronistas como tales. Esta aproximación de proletariado y clase
media, de trabajadores y estudiantes, de las banderas democráticas del 18 y de las
banderas nacionales del 45 era altamente explosiva. Parecía marcharse hacia un nuevo y
poderoso 17 de octubre, pero esta vez sin la simpatía del Ejército y con Perón en el
exilio.

Un fantasma recorre la Argentina

Un profundo temor se apoderó de los jefes militares. Comprobaron que no


podía repetirse en la Argentina la experiencia brasileña de un gobierno militar terrorista
que aplastase a la República bajo la bota. Las diferencias sociales, geográficas y
políticas entre Brasil y la Argentina saltaban a la vista y la represión a escala militar
podía conducir al país a los límites de la guerra civil. Esa consideración derribó primero
a Onganìa y después a Levingston. Tales decisiones no sólo quebrantaron
profundamente la unidad de las fuerzas armadas y la confianza depositada en sus jefes y
en su extravagante programa de 1966, sino que condujeron a sus cuadros superiores a la
convicción de que era preciso negociar con Perón. Si Onganìa ofrecía un régimen de 10
a 20 años de duración y el primer Cordobazo lo derribó; si Levingston (con el apoyo de
los tres comandantes) se obstinaba en un plazo de 4 a 5 años y el segundo Cordobazo
también lo derribó; y si ahora Lanusse propone un término de 2 a 3 años, estas
rectificaciones no voluntarias del régimen para fijarse a sí mismo la fecha de su
desaparición es el más formidable triunfo de las masas populares argentinas que se
produce desde 1945. Cualesquiera sean los resultados de las gestiones oficiales para
entablar negociaciones con Perón, queda en pie el hecho incontestable de que la acción
resuelta del pueblo ha sido capaz de doblegar a un gobierno militar dotado de todos los
instrumentos para la represión. La traslación del eje político argentino a Madrid, por
más inaudito que parezca, no es el fruto de ningún “maquiavelismo de Estado Mayor”,
sino la prueba directa de que los jefes militares han sido derrotados en la batalla por
matar a Perón en vida y despojar así al pueblo de su soberanía política.
Como Perón es el símbolo personal de la voluntad de millones de argentinos
resueltos a emancipar el país, el lector comprenderá que nosotros, los socialistas de la
Izquierda Nacional, nos asociemos por derecho propio al júbilo de estas jornadas
vindicativas que han limpiado la atmósfera enrarecida de la patria. No nos hacemos
ninguna ilusión sobre los comicios que puedan convocarse, pero no rehusaremos
concurrir a ellos, si llega el caso, como un episodio hacia la Revolución Nacional.
Deberá tenerse presente que tampoco el general Lanusse está firmemente
sentado en el sillón presidencial. Los trajines subversivos de Onganìa y otros individuos
semejantes son un secreto a voces, lo mismo que la inquietud que reina en la
Aeronáutica, el reverdecimiento de los gorilas en la Marina y las discusiones en el
Ejército. Pero el aire fresco ha empezado a soplar en todo el territorio argentino. El
pueblo ha medido ya el alcance de su fuerza. En el período que se abre, nuestro partido
sabrá ocupar su lugar con honor, preparar sus cuadros para explicar a las masas
populares el programa socialista criollo y concluir para siempre con el “Estatuto legal
del coloniaje”.

9. CAMPORA EN EL OJO DE LA TORMENTA

Acaba de triunfar Càmpora. Su brevísimo gobierno despertó toda suerte de


fantasías. Algunas respuestas del autor en un reportaje de la época:
REDACTORA: Las preguntas se acumulan. Pero empecemos por algún lugar.
¿Qué opina del gabinete del Dr. Càmpora? Algunos sectores peronistas dicen que es un
gabinete de derecha. Otros, las microsectas, que es un gabinete burgués.

-RAMOS: El peronismo nació hace cerca de treinta años. Pero todavía hay gente
que no ha comprendido su significación. El gabinete del Dr. Càmpora es un gabinete
nacional, esto es, un ministerio que no se propone implantar el socialismo (cualquiera
sea el significado que muchos le atribuyen a esta palabra) sino defender los intereses
argentinos y ampliar los derechos democráticos de las grandes masas populares. A las
microsectas de la izquierda cipaya estas dos últimas tareas pueden serles indiferentes. A
nosotros, no. En cuanto a los sectores del peronismo que juzgan este gabinete como de
“derecha”, sólo podría comentar que en todo caso se trata de tendencias que quizás han
exagerado sus esperanzas en cuanto al contenido social y político del peronismo. Hay
gentes que rechazan el peronismo porque lo juzgan fascista y otros que lo apoyan
porque lo creen socialista. Ambos grupos se equivocan.
REDACTORA: Pero hay cambios evidentes en el peronismo. Parece que
sectores de la pequeña burguesía de izquierda se han hecho peronistas ¿Qué
significado especial le atribuye Ud. A este hecho?
RAMOS: Esa es una pregunta interesante. Ud. recordará, sin duda, como
examinamos ese problema. Hacia 1964-65, nosotros planteamos en nuestras
discusiones, y en especial en nuestros análisis de la situación en la Universidad, ciertas
tendencias manifiestas en la pequeña burguesía estudiantil a “nacionalizarse”. Era la
cresta del gran iceberg de las clases medias que tendían a inteligir la cuestión nacional.
Pues bien, la dictadura militar oligárquica de siete años le asestó un golpe mortal a las
clases medias. Esa dictadura las empujó literalmente, no diría a convertirse al
peronismo, sino a votar por el FREJULI.
REDACTORA: ¿Existe una base económica para esa evolución o sólo se trata
del efecto causado en las clases medias por las medidas políticas de la dictadura
oligárquica?
RAMOS: La base económica de esta evolución tiene contornos históricos que
esbocé en mi Informe al Comité Nacional del PSIN en mayo de 1971, después de la
caída del general Levingston. Allí sostenía que la sustitución de la influencia del
Imperio Británico por el imperio norteamericano en el Plata a partir de la Segunda
Guerra Mundial, fue destruyendo la alianza tradicional entre la oligarquía y la pequeña
burguesía del Litoral. Los sectores ilustrados o semiilustrados de la clase media
argentina se habían formado a semejanza del resto de América latina, como resultado de
la penetración imperialista. Habían resultado ser aliados naturales de esa penetración.
Mientras gran parte de la sociedad semicolonial padecía las consecuencias de ese hecho,
otros grupos pequeñoburgueses o de la aristocracia obrera, en cambio, obtenían ciertos
beneficios. Fuese el régimen de jubilaciones, un empleo estatal, el ejercicio de una
profesión liberal o la intermediación de los productos importados, resultaba evidente
que un comerciante de La Paz o de Buenos Aires no elaboraba frente a las instituciones
semimodernas de la factoría la misma opinión que un campesino quechua o un peón de
Jujuy. La “democracia” o el “marxismo” asumían un diferente carácter para dichos
grupos más o menos privilegiados, que recogían las migajas del festín colonial. Por esa
razón un estudiante de “ideas avanzadas” hablaba con desprecio autosuficiente de
Yrigoyen o de Perón. Sus padres eran demócratas y ellos “revolucionarios”; pero
cuando llegaban los momentos decisivos, toda la familia se encontraba en la Plaza de
Mayo el 6 de setiembre de 1930 o el 16 de setiembre de 1955 para aplaudir juntos la
caída de los caudillos populares.
REDACTORA: ¿Cree Ud. que esa situación se ha modificado?
RAMOS: Exactamente. La oligarquía ha visto disiparse, como en un sueño, y
desde Ottawa, su articulación con Inglaterra. Del mismo modo, ha perdido interés en el
apoyo de la pequeña burguesía. Sólo la dictadura militar podía sostener el privilegio del
liberalismo oligárquico. De ahí que la oligarquía abandonara a su suerte a los
estudiantes. Había pasado para siempre la época en que la oligarquía restaurada
otorgaba a los hijos de la clase media, como premio, la “democracia universitaria”. La
pequeña burguesía después de 1955, advirtió que la Argentina había llegado a ser un
país industrial. Su nivel de vida ya no dependía de una buena cosecha sino del
nacionalismo económico que ella misma había contribuido a derrotar. El proceso de
decadencia duró 18 años. Al cabo de los mismos, la nueva generación
pequeñoburguesa, abrumada de izquierdismo cipayo y harta de su dependencia cultural
del imperialismo, disimulada por un democratísimo abstracto y un marxismo no menos
invertebrado, se desplazó hacia las posiciones nacionales votando al FREJULI. Si se
tiene en cuenta que todavía el proletariado no ha asumido la ideología socialista que
históricamente le corresponde, podríamos decir que en esta transformación de las clases
medias del puerto se ha operado un viraje: ha pasado del imperialismo a la burguesía
nacional; o si se prefiere, del democratísimo más o menos izquierdista, al peronismo.
Tal desplazamiento, a mi juicio, es muy positivo. Pone de relieve, por lo demás, la
ausencia de política propia que es inherente a la pequeña burguesía en la sociedad
moderna, tanto en lo países imperialistas como en los semicoloniales.
REDACTORA: A partir del 25 de mayo la intervención a las Universidades
parece indicar una renovación profunda en ellas. ¿Qué opinión le merece este aspecto
del nuevo gobierno?
RAMOS: El foco magnético de la influencia cultural del imperialismo en la
Argentina era la Universidad. En esta venerable institución se aprendía a respetar a Gran
Bretaña, o a conocer los detalles más íntimos del pensamiento de Althusser, Kelsen,
Keynes o Max Weber, cuando no de Mao-Tse-Tung, Stalin o Trotsky. Sólo faltaba lo
esencial: la enseñanza para independizar a la patria de la tutela extranjera y el
aprendizaje para que los argentinos pensaran con su propia cabeza. En esa Universidad
se enseñaba a admirar la trilogía de Francia, la libertad, la igualdad y la fraternidad o el
Parlamento inglés; pero no se enseñaba a conocer el camino para que el parlamento
argentino produjese leyes que sirviesen a los argentinos o que la libertad, la igualdad y
la fraternidad tuviesen entre nosotros modos de aplicación. Los mejores productos de la
inteligencia occidental eran admirados a la distancia. Su aplicación a nuestra realidad
era resistida por los que dirigían el país y la Universidad, hasta mediante el empleo de la
violencia. La universidad oligárquica era el lugar más adecuado para que los estudiantes
advirtiesen al salir del aula el patético antagonismo entre la enseñanza y la vida. Hasta
la versión del marxismo era impropia; pues en todas las universidades de
Latinoamérica, oficial o extraoficialmente, se difundió entre los estudiantes el
pensamiento liberador de Marx bajo la forma invertida de una nueva dependencia
intelectual. Así, introducían con “jerga marxista” los términos de la lucha social, tal
como se plantea en los países adelantados, en sustitución de la lucha nacional, propia de
los países atrasados, para los cuales Marx ha resultado el resorte liberador decisivo, tal
como lo demuestran las victoriosas revoluciones en los teatros históricamente más
rezagados: Rusia, China, Vietnam, Cuba.
REDACTORA: En consecuencia, ¿le parecen acertadas las primeras medidas
de la intervención Puiggròs y de los demás interventores en el resto del país?
RAMOS: Es bastante significativo que el general Aramburu premiase a la
pequeña burguesía universitaria de 1955 designando interventor de la Universidad de
Buenos Aires a Josè Luis Romero, socialista de Juan B.Justo y secretario a Ismael
Viñas. Ahora, el nombramiento de Rodolfo Puiggròs y la intervención de los
estudiantes en el reordenamiento estructural de la nueva Universidad señalan sin lugar a
dudas la profundidad de la victoria popular del 11 de marzo.
REDACTORA: De todo lo dicho podría inferirse que la clase media se ha
“peronizado” ¿.O es que sólo se ha “nacionalizado”, si se acepta esta expresión?
RAMOS: Creo que, esencialmente, la pequeña burguesía ha perdido sus ideas
arcaicas, teñidas de un lívido y gastado “progresismo”. Ha entrado en la historia, se ha
confundido al fin con el pueblo, no teme ya a las multitudes de carne y hueso. Al fin y
al cabo, la sustitución del violín por el bombo en muchos estudiantes universitarios es
una forma saludable de catarsis. A la inmovilidad sepulcral del Partido Comunista, con
su rutinarismo, sus viajes a ultramar, su valetudinaria dirección, que escribe desde hace
cuarenta años el mismo manifiesto, se oponen ahora las consignas triunfales del
nacionalismo popular. Pienso que a la pequeña burguesía le vendrá bien esta liberación,
diría personal, que por otra parte se hace en condiciones diferentes a las que presenció la
clase obrera en 1945. Está en alza la marea de la revolución mundial. El imperialismo
ha sufrido graves derrotas militares y políticas en todo el mundo, si es que pensamos en
Vietnam. Los datos de este cuadro mueven a suponer que el vuelco pequeño burgués al
FREJULI el 11 de marzo tenía varios significados simultáneos; un sector de la juventud
se ha hecho peronista. Diría que son los hijos del 16 de setiembre, los hijos de la clase
media gorila que repudian las ilusiones y extravíos de sus padres. Otro sector ha votado
al FREJULI para desmontar el mismo día 11 a los oficiales de Caballería sin esperar
segunda vuelta. Son pequeño-burgueses “nacionales”, que asimilaron toda una
experiencia histórica, reflexionaron sobre el liberalismo oligárquico moribundo y
resolvieron sostener al triunfador potencial para estar seguros de la victoria. Pero que no
se han convertido al peronismo.
REDACTORA: ¿Por qué supone usted que no se han hecho peronistas, a pesar
de votar al FREJULI?
RAMOS: Un sector muy importante de la clase media que ha roto o tiende a
romper sus antiguos lazos con la superestructura cultural de la democracia liberal, no
puede aceptar al peronismo precisamente por:1) la idea del Jefe único y providencial;2)
la coexistencia de núcleos pro-fascistas o derechistas que realimentan los días de junio
del 43 con divisas tan envejecidas como las hitlerianas o totalitarias;3) la vaguedad de
los puntos políticos de la doctrina peronista;4) el reino de la arbitrariedad interna. El
peronismo, por las peculiaridades de su nacimiento y la formación militar de su jefe,
diríamos que no ha pasado por la Revolución Francesa, no adquirió jamás una
contextura democrática convencional, a pesar de su inmensa popularidad y por razones
que hemos explicado ya muchas veces. Pero el contenido democrático esencial del
peronismo es indiscutible. Finalmente, entre los votantes del FREJULI hay otro sector
de la pequeña burguesía que si ha sostenido la candidatura de Càmpora, lo ha hecho de
modo coyuntural, pero que en realidad ha evolucionado de modo legítimo del viejo
“izquierdismo portuario” a una perspectiva socialista imbuida de una comprensión muy
nacional y latinoamericana del socialismo. Este sector está muy próximo al FIP.
REDACTORA: Antes de seguir, ¿hay alguna relación entre la actitud de tales
sectores de la clase media que votó al FREJULI sin hacerse peronista, con el resultado
desconcertante de las elecciones en segunda vuelta en la Capital Federal el 15 de
abril?
RAMOS: Creo que hay una relación. La derrota de Sánchez Sorondo frente a De
la Rúa es un ejemplo. Desde el punto de vista intelectual no hay comparación posible
entre ambos candidatos. Marcelo Sánchez Sorondo sin dudas es un hombre brillante y
un político ilustrado. ¡Cosas inusuales! Pero no ha logrado desprenderse parcialmente
de algunas opiniones del pasado. Esas opiniones eran características hace treinta años
del núcleo nacionalista oligárquico que apareció posteriormente al 6 de setiembre y que
se modeló bajo la influencia literaria de Maurras, de Burke y de Josè Antonio Primo de
Rivera. Usted me preguntará acerca del misterioso vínculo entre el pensamiento de
Burke y los manes de Julio Sanceni Gimènez, el caudillo de Palermo que maneja los
votos radicales de la Capital. Bien, creo que el vínculo existe. En tanto De la Rúa ha
obtenido los votos de la clase media democrática ( en el sentido usual de la expresión)
de la Capital, que repudió las ideas antiguas de Sánchez Sorondo, en tanto ellas de
alguna manera constituyen la contrarrevolución francesa, evocan las burlas habituales
de Ignacio Anzoátegui contra la estupidez de la mayoría ( publicadas durante años en
Azul y Blanco) y en tanto Sánchez Sorondo, en las vísperas de las elecciones del 15 de
abril, reiteró por televisión parte de sus viejas ideas, en las que hasta cierto punto ya no
cree. Pienso que esta ratificación fue un factor importante en el triunfo del radicalismo,
que había sido vencido en todas partes.
REDACTORA: ¿Cómo explica usted esa contradicción? Al fin y al cabo
conviene aclarar las características del nacionalismo en la Argentina. Muchas veces
hemos hablado también del “nacionalismo agrario” de Yrigoyen.
RAMOS: En un reportaje por televisión al que respondí pocos días después de
las elecciones de la segunda vuelta, expliqué que era perfectamente clara la diferencia
entre el nacionalismo de un país imperialista como Alemania y el nacionalismo de un
país atrasado como la India, por ejemplo. El primero es reaccionario, el segundo,
revolucionario. Trotsky acostumbraba a iluminar el problema cuando decía que el
primer ministro socialista de Gran Bretaña, Mac Donald, se daba aires de
internacionalista frente a la “estrechez nacionalista” de Gandhi. Sin embargo, la causa
del progreso histórico estaba de parte de Gandhi y la causa de la reacción, el atraso y la
pobreza tenían su defensor en el socialista ilustrado del imperio. Dije en la TV, ante una
pregunta acerca de Sánchez Sorondo, que su error había consistido, en una época, en
identificarse con el nacionalismo de un país opresor, lo que despojaba a su propio
nacionalismo de su progresividad interna. Sostuve asimismo que si un demócrata en la
Argentina, elogia a la democracia inglesa, la francesa o la norteamericana, pierde por
esa causa el derecho a llamarse demócrata al adherir a regímenes cuyas democracias
metropolitanas encuentran su base material en el saqueo de los pueblos coloniales.
Concluí diciendo que un verdadero nacionalista, a su vez, en la Argentina debía ser
demócrata, así como un auténtico demócrata no podía ser sino nacionalista.
REDACTORA: Hablemos ahora algo de la violencia. Usted se refirió algunas
veces a Sorel, a Bakunin, a los teóricos del terror. ¿Qué significado político tiene el
problema para la Argentina de nuestros días?
RAMOS: El terror ha sido siempre la respuesta desesperada y nihilista a la
supresión de los derechos políticos de las mayorías. A veces, ha sido también el método
a que han recurrido las minorías oligárquicas o plutocráticas para resistir la política de
las mayorías. En este último caso se encuentran algunos hechos recientes de la realidad
chilena. En nuestro país, el terror “rojo” se ha desarrollado en pugna con el terror
“blanco”, generado por la dictadura militar oligárquica y sus organismos más o menos
secretos.
REDACTORA: ¿Qué importancia le asigna usted a los grupos armados en la
desaparición del régimen de Lanusse?
RAMOS: Tales grupos constituyeron un síntoma de la sociedad oligárquica en
crisis. Se nutren de sectores de la pequeña burguesía que pretenden una solución tajante
e inmediata de esa crisis. Pero no existen fórmulas instantáneas para remediar los males
de una sociedad. De otro modo, hace muchos siglos, aún antes que Spartacus, los
oprimidos habrían encontrado su liberación. La decisión heroica y la voluntad de una
entrega total a la revolución son indispensables para su causa. Es el fundamento moral
de toda actividad revolucionaria. Pero es insuficiente.
REDACTORA: Para concluir con el tema. ¿A qué atribuye usted la simpatía que
en cierto momento despertó la acción de los grupos armados en núcleos de la opinión
pública, aun en militares retirados, sectores burgueses y naturalmente, entre la
pequeña burguesía?
RAMOS: Era un fenómeno muy natural. Si dejamos a un lado la aversión
universal que suscitaban los gobiernos de la dictadura militar oligárquica y su represión,
queda por verse la actitud de la burguesía nacional ante el terrorismo pequeño burgués.
Recuerdo una conversación sostenida hace algunos años, en Montevideo, con Darcy
Ribeiro. El antropólogo brasilero, un hombre muy inteligente, vivía en Uruguay,
emigrado. Como usted sabe, Ribeiro fundó la Universidad de Brasilia y se había
desempeñado como ministro de Cultura de Goulart. Darcy, como el Presidente, formaba
parte de un gobierno sobre cuya naturaleza de clase caben pocas dudas. Al comentar
con Darcy las características de la guerrilla del Che Guevara en Bolivia, que se
desarrollaba en un medio rural, a pesar de que en ese país ya no existían latifundistas ni
“pongos” desde 20 años antes por la reforma agraria, la conversación giró sobre la
acción armada en el Brasil. Ante mi sorpresa, Darcy elogió dicha acción con un
argumento notable:
-Naturalmente no podrá triunfar. Pero puede ayudar a obtener de la dictadura
militar una “solución intermedia”.
-Darcy, le respondí, ¡acabas de resumir la ideología liberal en forma pura!

En efecto, los terroristas debían contribuir con su sangre para que la burguesía
nacional, lograse algunas concesiones de la dictadura imperialista. Lo mismo había
ocurrido con la burguesía liberal rusa antes de la revolución. Paz Estensoro, desde Lima,
aplaudía la guerrilla del Che.

Pero le voy a recordar un texto de Trotsky que publicamos en nuestra revista en


junio de 1971.

“El terrorismo no puede hacer sino el juego de los liberales en la medida en que
él significa la desorganización y la desmoralización en los círculos del poder… al
precio de la desorganización y la desmoralización de los revolucionarios.”
REDACTORA: ¿Qué significado atribuye usted, en este caso, a la palabra
“desmoralización”?

RAMOS: El significado de despojar al pueblo y a la clase obrera de la idea


rectora de que una larga lucha es necesaria para que la revolución triunfe. Bastaría el
gesto heroico de un hombre o de un grupo de hombres que asumen la representación de
las masas. Tales grupos afirman que de ese modo”crean conciencia”.

En efecto “crea la conciencia” de que las masas nada tienen que ver en la
solución de los grandes problemas de la Nación, ya que éstos podrán ser resueltos por
un escaso número de hombres armados, verdaderos héroes. Se comprende, las masas no
se componen de “héroes”; sólo es heroica en su totalidad y únicamente en ciertos
momentos de la historia, exactamente cuándo estallan las revoluciones. La
sobrevalorización de las virtudes individuales define al terrorismo pequeño burgués.

En aquel texto que citaba antes, Trotsky definía la cuestión en estos términos:

“Si basta un poco de plomo para atravesar la cabeza del enemigo ¿para qué
sirve la organización de clase? Si los grandes dignatarios pueden ser intimidados por
el ruido de una explosión ¿para qué sirve el partido? ¿Para qué las reuniones, para
qué la agitación, para qué las elecciones, si puede tan fácilmente tomarse por blanco,
en las tribunas del parlamento, el sillón de los ministros? El terrorismo individual es
precisamente inadmisible a nuestros ojos, porque rebaja a las masas ante sí mismas,
las reconcilia con su impotencia y orienta sus perspectivas y esperanzas hacia el gran
vengador, el liberador que vendrá un día y cumplirá su obra.”

REDACTORA: Para terminar, ¿cómo define usted la línea económica adoptada


por el equipo ministerial de Gelbard bajo la forma del “pacto social” y de los
proyectos de leyes enviados al Congreso?

RAMOS: Creo que Gelbard ha demostrado que tiene una clara conciencia de
clase; en cambio Rucci, no. Es una política en primer lugar nacional y protege en
seguida los intereses de la burguesía argentina. No contempla el interés inmediato del
pueblo. Esto no quiere decir que estamos contra los préstamos a la pequeña y mediana
industria de capital nacional. Todo lo contrario. Pero creo que las limitaciones de clase
de esa política han dejado a un lado a los trabajadores, a los empleados y a los técnicos.
Esa política de salarios no puede prosperar y no prosperará. Tal actitud explica la razón
por la cual la burguesía no ha tenido nunca un partido propio en la Argentina y sólo
movimientos nacionales amplios, como el yrigoyenismo y el peronismo, debieron
recoger y defender parte de sus aspiraciones. La burguesía nacional tiene una visión
liliputiense del mundo.

El equipo económico no comprende la necesidad de emitir papel moneda hasta


los límites que establece la necesidad del crecimiento. Se ha comprobado que la relación
entre el producto bruto nacional y el papel moneda circulante es inferior en la actualidad
a la que existía en 1935. A esto es preciso añadir que la velocidad de rotación del dinero
ha aumentado en nuestros días. Esto indica claramente que a diferencia de la estructura
abrumadoramente agraria de hace cuarenta años, la nueva estructura industrial del país
exige una masa circulante que no ha logrado alcanzar su adecuado nivel en virtud de la
política oligárquica que estrangula la emisión en las últimas dos décadas.

En otros términos, la política del equipo Gelbard podría ser suscripta por el
general Levingston y su ministro Aldo Ferrer. Definirla como “nacionalista-liberal-
moderada” es decir lo más próximo a la verdad económica. El pueblo no votó el 11 de
marzo para esa política. En resumen: es insuficiente. En cuanto al anunciado proyecto
de impuesto a la renta potencial del suelo, si es una ley revolucionaria equivaldrá a la
expropiación. Si no lo es, constituirá un ingreso más para el fisco.

REDACTORA: En definitiva, ¿cómo definiría la actitud de nuestro movimiento


ante el regreso de Perón y el gobierno que acaba de instalarse?

RAMOS: Se ha abierto un proceso nacional y democrático. Es una victoria del


pueblo argentino y vamos a defenderla con todas nuestras fuerzas. Que los viejos
recuerden el 6 de setiembre. Que los hombres maduros recuerden el año 1955 y sus
consecuencias. Y que los jóvenes conserven en su memoria los siete años de dictadura
militar oligárquica. Por esas y otras lecciones de la historia sostenemos al gobierno de
Càmpora. Conservamos nuestra plena independencia y afirmamos que si el
imperialismo, la oligarquía y el atraso serán vencidos, esa triple victoria está asociada
en nuestro país al triunfo del socialismo.

10. RASPUTINISMO Y PEQUEÑA BURGUESÌA

A los pocos días renuncia Càmpora. El actual protegido del Departamento de


Estado y de Miterrand, Raúl Alfonsín, declara que la renuncia de Càmpora “es un giro a
la derecha”, seguido de cerca por el Partido Comunista y los restantes “partidos
democráticos”. En realidad, temían que nuevamente volviera al país el general Perón, y
horror de los horrores, retornara al poder. En agosto de 1973 se publicó bajo mi firma el
siguiente estudio del que reproduzco algunas partes:

La reacción inmediata de los partidos ante la renuncia de Càmpora fue de una


hipócrita perplejidad. El impagable Alfonsín, paradigma del lugar común pequeño
burgués, habló de un “golpe de derecha”, lo mismo que el Partido Comunista. En
realidad, el equipo de espantajos de la vieja política rechinó los dientes ante la evidencia
de que Perón, en definitiva, volvería al gobierno. Sin duda que las intimidades de la
renuncia de Càmpora eran inconfesables. Nadie ignora que la camarilla rasputiniana de
López Rega, Rucci y Gelbard proyectaba lanzar sobre el gobierno de Càmpora una
ofensiva fulminante para exigir su renuncia y obligarlo a abandonar el poder bajo el
oprobio y el descrédito. Esta conspiración fue descubierta a tiempo por Càmpora y sus
hombres de confianza y les sugirió la idea de ganarles de mano anticipando sus
renuncias2

¿Qué los oponía a Càmpora? Naturalmente que no los impulsaba el loable


anhelo de restablecer en toda su pureza la “voluntad general” mediante la instalación de
Perón en el poder. La hostilidad de los rasputinianos hacia el gobierno del 11 de marzo
se fundaba en dos hechos:

1) el carácter democrático que inesperadamente había adquirido el gabinete anterior;


2) el velado antagonismo entre Càmpora y Perón, determinado por la naturaleza bicéfala
del nuevo poder.
Rápidamente se crearon dos camarillas palaciegas. Los “jóvenes” rodearon a
Càmpora y los “rasputinianos” a Perón. En el primer caso, el ministerio de Càmpora
representaba de alguna manera el vuelco político de grandes sectores de la pequeña
burguesía hacia el peronismo y su presión para que en la nueva etapa el movimiento
justicialista en el poder adquiriese los perfiles de nacionalismo democrático de que
había estado desprovisto en la época anterior. Por esa razón la política exterior y la
política interior revistieron el carácter antiimperialista conocido, como lo testimoniaron
en otro plano las amnistías, los indultos, la derogación de la legislación represiva y la
intervención Puiggròs a la Universidad de Buenos Aires. Sin embargo, el propio Perón
sostuvo desde el 25 de mayo, tanto en el gobierno de Càmpora como en el de Lastiri, la
línea económica de Gelbard y Gómez Morales.

Al parecer, Càmpora alimentó la esperanza de gobernar los cuatro años mediante


el ejercicio de un poder vicario, que recibiría la divina inspiración del patriarca emitida
desde su glorioso crepúsculo. Pero el patriarca, por sí y azuzado por los rasputinianos,
ansiaba el gobierno directo y no quería ni oír hablar de atardeceres. Esto, por lo demás,
desde el punto de vista de las grandes masas y de la justicia histórica, que supera aunque
no excluye la petite histoire, significaba llevar hasta su conclusión natural el proceso de
representatividad por el cual había luchado el pueblo argentino durante más de tres
lustros. El candidato presidencial del FIP, es útil recordarlo, así lo había preconizado
antes del 11 de marzo, lo que llenó de confusión a la pequeña burguesía ilustrada, que
nunca entiende las cosas simples si se trata de temas fundamentales.

El “gang” rasputiniano representaba sin duda la parálisis, la corrupción y el


compromiso con la vencida dictadura, pero de algún modo encarnaba la decadencia del
movimiento y esta circunstancia lo vinculaba con el peronismo real, ansioso de gozar de
un poder sin nuevos sobresaltos, un peronismo despojado de “epos” y terroristas. Los
jóvenes abogados que rodearon a Càmpora, en cambio, pretendían hacer un “gobierno
peronista ideal”. El ministro Righi representó las fantasías de la juventud universitaria
que se había precipitado hacia el FREJULI hacía pocos meses y de cuya desesperación

2
Designo con el nombre de “rasputinismo” a las camarillas palaciegas que intrigan en todo fin de
régimen que carecen de poder real propio, salvo el que le es delegado y que usan en beneficio del
mandante y, como es natural, en su propio beneficio.
ante la crisis que castigaba al país había brotado una esperanza quimérica: el oscuro
deseo de que el peronismo fuese algo parecido a la revolución mexicana en marcha al
socialismo. El general Perón sería una especie de Pancho Villa, Evita, una Rosa
Luxemburgo y Càmpora un afable León Trotsky. Pero, ay, si aquí había rasputines, la
revolución rusa no aparecía por ninguna parte y aunque se perpetraban mexicanadas, no
había mexicanos revolucionarios. Es cierto que Rucci y sus amigos de la generación del
45 (calibre 45) expresaban un peronismo archicorrompido, pero de todos modos
provenían del peronismo. No podía decirse algo parecido de los jóvenes idealistas, hijos
de la clase media gorila, que bajo brutales golpes del cesarismo oligárquico se habían
desplazado hacia el movimiento nacional llevando consigo sus propias ilusiones. Pues
perseguir la novelería de encontrar el verdadero socialismo en el peronismo sólo podía
terminar con el amargo descubrimiento de que Rucci y sus muchachos de gatillo rápido
eran la encarnación de la admirable doctrina. La pequeña burguesía no había
comprendido la naturaleza social del peronismo cuando lo combatía y tampoco lograba
entenderlo al plegarse a él. Sin duda, resultaba más tentador buscar el camino del
socialismo a través del peronismo, en situación inminente de llegar al poder, que
hacerlo por medio de la dura lucha de un partido revolucionario. Perón, al regresar 18
años después de su caída (gracias al Cordobazo) debía poner las cosas en su lugar con la
rudeza de su estilo habitual.

Ante este cuadro, numerosos “regalistas” (o sea, los sectores de la pequeña


burguesía que votaron por Càmpora sin convertirse al peronismo) se formularon las
siguientes preguntas:

1º-¿Perón se ha vuelto reaccionario o, en verdad, nunca ha dejado de serlo?


2º-¿Perón es prisionero de los rasputinianos?
En sus estudios sobre la Revolución China, sostenía Trotsky que la burguesía de
los países atrasados deriva hacia el campo de la revolución- o de la contrarrevolución-
bajo la presión de sus intereses de clase. No puede renunciar a sus enfrentamientos con
el imperialismo pues sus intereses le dictan la voluntad de ensanchar el marco de su
dominio en el mercado interior, que el imperialismo pugna por ocupar. El contenido
social de la política económica del peronismo fue y es el que responde a la burguesía
nacional. Al regresar al poder lleva a cabo una política estabilizadora en el orden
monetario, que demuestra no sólo hasta qué punto los “burgueses nacionales” del
equipo económico detestan a la clase asalariada, sino que también mide su temor a la
oligarquía terrateniente y su estupidez profunda. Pues esta política económica conduce a
la recesión, remacha el estancamiento y pone en peligro el crédito de que goza el
peronismo entre las grandes masas que en otra época se beneficiaron con una política
exactamente inversa. Pero de estos hechos a formular la hipótesis, a la que es tan
propensa la izquierda cipaya, de que Perón se ha vuelto “reaccionario”, es ignorar los
múltiples cambios de frente que los movimientos nacionales realizan en los países
semicoloniales en sus relaciones contradictorias con el imperialismo externo y las masas
que integran tales movimientos.
Los ataques de Perón a su izquierda juvenil, en segundo lugar, son un resguardo
para que la ideología socialista no gane la conciencia de los obreros y los empuje a
considerar objetivos más avanzados que los que Perón desea fijarle a su movimiento.
Esto era más fácil de conseguir en tiempos de prosperidad-1945-1955- que en las
actuales horas de crisis. Por eso Perón conserva a su lado a Rucci, a Gelbard y a López
Rega. Los rasputinianos nada valen por sí mismos, ni han creado cerco alguno alrededor
de Perón. Es Perón quien ha construido dicho cerco para establecer los límites de su
política. Ha designado a cortesanos sin representatividad para simbolizarla. Si Perón
podrá mantener esta conducta o se verá obligado a reemplazarla para no caer con ella,
sólo podrán decirlo los acontecimientos.
Por otra parte, los rasputinianos son prisioneros de Perón, ya que si disponen del
poder sindical es sólo porque Perón, hasta ahora, no ha creído conveniente intervenirlos
y convocar a nuevas elecciones. En cuanto a Gelbard, debe su presencia en el gobierno
a la voluntad de Perón. Nunca la burguesía ha ejercido en nuestro país un poder directo.
Únicamente ha encontrado oportunidad para enriquecerse mediante los gobiernos
nacionales, en particular durante el régimen peronista. De ahí que la insignificancia
política de la burguesía sea completa, tanto ayer cuando aborrecía al peronismo, como
hoy, cuando parece haber caído en sus brazos sollozando de amor. Como la estupidez
infatuada y el charlatanismo seudorrevolucionario han devastado ( con la ayuda del
stalinismo) la tradición socialista recordaremos el pensamiento de Engels: “Veo cada
vez más claramente que el burgués no se siente dispuesto a tomar el control efectivo;
por lo tanto, la forma normal de gobierno es el bonapartismo, a no ser que, como en
Inglaterra, una oligarquía pueda tomar a su cargo la tarea de guiar al Estado y la
sociedad con arreglo a los intereses burgueses, a cambio de una rica recompensa. Una
semidictadura, según el modelo bonapartista, conserva los principales intereses de la
burguesía, aun en oposición a la burguesía misma, pero no le deja ninguna
participación en el control de los asuntos. Por otra parte, la dictadura se ve obligada,
en contra de su voluntad a adoptar los intereses materiales de la burguesía3

La política del nacionalismo popular de Perón desenvuelta en el período de


asombrosa prosperidad de la postguerra, no puede ponerse en práctica en la nueva etapa,
pues faltan “las condiciones materiales”.

Para realizar la “justicia distributiva”, ya no se puede contar con las divisas


acumuladas entre 1939 y 1945. La guerra ha terminado, lo mismo que las reservas.
Sería preciso acudir a la adopción de medidas revolucionarias contra la oligarquía
terrateniente y el capital imperialista a fin de realizar en nuestros días una política
obrera semejante a la que distinguió al peronismo durante sus dos primeros gobiernos.
¿Será capaz el gobierno de Perón de emprender esta tarea? Exclusivamente la acción de
las masas que logró derribar a la dictadura militar y su intervención en la política
argentina podrá decidir ese dilema. Lo que está fuera de duda para nosotros es que sólo

3
“Engels”, por Gustavo Mayer, Ed. Intermundo, Bs. As., 1946, p. 196.
el movimiento histórico real, o sea la clase obrera y el pueblo, pueden resolver en un
sentido u otro sus relaciones con el peronismo.

El pueblo peronista se ha creado una tradición de victorias resonantes y


dolorosas derrotas. Esta tradición ejerce un peso indudable en las esperanzas que aún
deposita en la posible acción liberadora de un nuevo gobierno del justicialismo. En un
país semicolonial, el socialismo como pensamiento y como trabajo orgánico
únicamente puede abrirse paso como ala revolucionaria del movimiento nacional.
Tenderá a disputar su derecho a la hegemonía en la prueba de la lucha misma.

El partido revolucionario que sea digno de tal nombre, debe saber distinguir lo
fundamental de lo accesorio, el incidente de la ley y no olvidar que su meta es la
conquista de la clase obrera y del pueblo, que hoy son peronistas, para las banderas del
socialismo. Esta conquista no puede realizarse desde adentro del peronismo, como
suponen algunos, ni enfrentado con él, como creen otros. La regla es: marchar separados
y golpear juntos. Hay que permanecer organizativa y políticamente fuera del peronismo,
pero situarse junto a él en los enfrentamientos con los adversarios comunes del país.
Sólo así podremos dirigirnos con autoridad moral a las grandes masas que lo siguen.

Nuestro apoyo a la candidatura presidencial de Perón no implica identificarnos con tal o


cual aspecto de su política, sino contribuir a la restauración plena de la soberanía
popular. Supone, asimismo, que del mismo modo que la fraseología ocasionalmente
“socialista” del justicialismo no cambia su naturaleza de clase, ni lo convierte en
socialista, tampoco las expresiones de un reaccionarismo anticomunista circunstancial
transforman al peronismo en una corriente reaccionaria. Él debe servir para ver las cosas
como son, más allá del impresionismo psicologista de la pequeña burguesía y de las
microsectas impotentes.

La izquierda Nacional se coloca, como lo ha hecho desde 1945, en el lado popular,


nacional y revolucionario de la sociedad argentina. Desde allí y sólo desde allí
podremos avanzar hacia el futuro.

11. CONVERSACIONES CON PERÒN

Habían transcurrido 17 años de exilio para Perón y de proscripción para el


pueblo argentino. Pero no se trataba sólo del peronismo. Era la causa nacional la que
estaba fuera de la ley y con ella, los militantes de la izquierda nacional. El fracaso de
Frondizi, la máscara de Guido en la presidencia, manipulado por los generales, la
presidencia de Illia, que llega al gobierno gracias a la prohibición electoral para el
peronismo, su caída por obra de otro grupo de militares encabezados por Onganìa, y
finalmente la política “aperturista” de Krieger Vasena irían a concluir en las rebeliones
del interior contra el régimen. Curioso régimen: el ministro de Defensa era Emilio Van
Peborgh, ex capitán del Ejército inglés, adonde acudió como voluntario para luchar a
favor del Imperio en la Segunda Guerra Mundial. Sin duda había una “doble lealtad” en
el ministro de Defensa de Onganìa. Como ministro de Defensa de la Argentina el
capitán inglés Van Peborgh ¿habría combatido contra el Ejército británico en las
Malvinas? Krieger Vasena, que en 1941 inició la gestión para ciudadanizarse en EE
UU., ¿se habría opuesto hoy como ministro de Economía al pago de la deuda externa a
la usurera banca norteamericana, cómplice de la agresión inglesa? Estos ejemplos no
son raros. Pululan estos individuos “nativos” en el “servicio civil” del Imperio.

Onganìa, que se había obstinado en perdurar veinte años en el poder y cuyo


fracaso era público, fue reemplazado por Levingston, traído de la agregaduría en
Washington y a su vez sustituido por el general Lanusse, comandante en jefe del
Ejército. Pero la “Revolución Argentina”, como a su turno el “Proceso”, y antes que
estos la “Revolución Libertadora”, estaba agotada hasta la última gota. Una vez más la
oligarquía había usado cínicamente a las Fuerzas Armadas y las había abandonado a su
suerte a último momento.

Lanusse buscó una salida política que garantizase al Ejército una retirada
honrosa y a él mismo la presidencia constitucional con el apoyo de Perón, que a su vez
suponía para este último un “renunciamiento patriótico”. Perón advirtió que el “Gran
Acuerdo Nacional” propuesto por Lanusse significaba burlar una vez más al pueblo
argentino. Rehusó el acuerdo y Lanusse, al tiempo que retiraba su apenas velada
candidatura, proscribió con una argucia jurídica la candidatura de Perón. La junta
militar convocó elecciones para el 11 de marzo de 1973.

Proscripto, procesado y difamado durante 17 años, el general Perón desafía al fin


la amenaza despreciativa del general Lanusse:”le falta el cuero para volver”, afirma el
dictador ante un plenario de generales. No era un ejemplo de valor personal el de
Lanusse, que con el respaldo de las tres Fuerzas Armadas retaba así a una batalla a un
anciano soldado completamente solo y desprotegido. Perón volvió el 17 de noviembre
de 1972. He narrado el episodio en mi historia de la Argentina contemporánea, La era
del peronismo.

Rodeado en el aeropuerto internacional de Ezeiza por un impresionante


dispositivo militar que impedía llegar al pueblo en ese día gris, Perón logró finalmente
desplazarse hacia su casa de Gaspar Campos, en Vicente López. No faltó nadie. Fue
una hora histórica. Hablaron todos los jefes de los partidos. Cerró el acto Perón con un
breve y hábil discurso. ¿Qué se proponía Perón en esa asamblea donde compartía por
primera vez una mesa con enemigos antaño irreconciliables? Simplemente procuraba
obtener la aprobación general para exigir a la Junta Militar de la dictadura moribunda la
negativa de los partidos a concurrir a las anunciadas elecciones si de ellas era excluido
el mismo general Perón. Por mi parte, planteé claramente el asunto. Pero los partidos,
en particular el radicalismo, en cuyo nombre habló Balbín, soslayó el tema. Al advertir
Perón la resistencia de la vieja partidocracia a practicar la democracia, cerró
rápidamente la reunión. Comprobó que no podía ser elegido candidato a presidente si la
dictadura no era jaqueada, ya por la acción común de todos los partidos o por el
desencadenamiento de una huelga general de la CGT. ¿Acaso la CGT no era peronista?
Pero ninguna de las cosas ocurrió.

Conversamos en Gaspar Campos días más tarde con Perón sobre la situación
nacional. Estaba sereno, pero decepcionado. En el chalet, obsequiado por sus
partidarios, flotaba un aire de provisionalidad, de valijas no terminadas de desempacar,
de viajeros de paso. Los pisos de parquet estaban cubiertos con una película de polvo.
El desfile incesante de los visitantes no dejaba tiempo para la limpieza. Y el dueño de
casa pensaba, sin duda, en el regreso a su tranquilo hogar de Madrid. ¡Había pasado
demasiado tiempo desde 1955! Las gestiones extraoficiales ante la Junta no conducían a
nada. Veinte días después de su llegada, el 5 de diciembre, me encontraba departiendo
con Perón en su casa, cuando llegó agitado el doctor Càmpora. Dirigiéndose a Perón, su
delegado le dijo:- Mi general, no hay prórroga en el cronograma electoral. Hay que
formalizar el Frente hoy mismo. De otro modo no habrá tiempo para presentar a los
Juzgados las candidaturas. Ya estaba anunciando que los comicios se realizarían el 11
de marzo.

Perón miró al cielo raso con aire distraído. Se lo imaginaba. A su edad, esta
nueva exclusión era, con toda evidencia, un adiós definitivo a jugar un papel público en
el gobierno nacional. Pero sin que se alterase su tono de voz y sin responder a Càmpora,
me dijo:

-Abelardo, esta tarde se funda el frente. Vaya, métase allí.

-¿Usted será el candidato presidencial, General?- le pregunté.

Perón sonrío desvaídamente. Sólo comentó:

-No, yo me voy a ocupar de América latina. Hay que empujar adelante la unidad
de nuestros pueblos.

Sentí que Perón ya estaba viajando a España de regreso. Me despedí ese


mediodía de Perón y de Càmpora. Por la tarde, en el departamento de Benito Llambì, en
la avenida Libertador San Martín, me encontré con los presidentes de los partidos que
formarían luego el FREJULI. Al cabo de una larga espera, arribó Càmpora, anunció la
decisión de Perón de formar un Frente Justicialista e invitó a todos los presentes a
disfrutar del 25% de los cargos electivos. Se observó un sentimiento complacido entre
los presentes y hasta alguna lagrimita irrefrenable. El doctor Mario Amadeo sugirió que
el Frente Justicialista se llamase “de liberación”, lo cual fue aprobado. A mi vez
pregunté al doctor Càmpora quién sería el candidato a Presidente del Frente. Càmpora
respondió sin vacilar:

-El general Juan Domingo Perón.

Yo insistí manifestando que el propio Perón había dicho al mediodía que no


sería candidato, obviamente porque se lo prohibía la dictadura. Y que la actitud de todos
los partidos y sindicatos, incluyendo el justicialismo, de no bloquear la convocatoria
electoral a menos que ella se hiciese sin el gran proscripto, despojaba de legitimidad el
comicio y un Frente sin candidato visible no constituía garantía alguna para el pueblo
argentino. A juicio del FIP, no era posible ingresar al Frente en tales condiciones.

Acto seguido me retiré de la reunión. Dos meses más tarde Càmpora, designado
por Perón y admitido por la dictadura, ganaba las elecciones sin llegar técnicamente al
50%. Rodeado inmediatamente por los sectores de los montoneros, demo liberales
antiperonistas y terroristas múltiples, el gobierno de Càmpora apenas resistió dos meses
antes de sucumbir.

El 20 de junio, Perón regresó al país, en compañía del presidente Càmpora, que


había viajado a España a buscarlo. En Ezeiza los grupos terroristas llamados
“peronistas” organizaban una masacre que bañó de sangre el retorno del caudillo. Era un
gran día y fue un día negro. La convocatoria a nuevas elecciones, esta vez legítimas,
incluyendo el derecho de Perón a votar y ser elegido, fue fijada para el 23 de setiembre
de 1973.

El FIP resolvió proponer a Perón, a iniciativa de Pablo Fontdevilla, sostener con


su propia boleta electoral la fórmula Peròn-Peròn a la presidencia y vicepresidencia.
Visitamos al general en su casa de Gaspar Campos en agosto. Perón conocía esta noticia
por medio del ministro del Interior, Benito Llambì. Nuestro punto de vista fue el
siguiente: el FREJULI estaba integrado por aliados del justicialismo, muchos de los
cuales eran conocidos por el pueblo como adversarios históricos del peronismo. A
Perón tales aliados estaban lejos de causarle perjuicio. En todo caso venía a demostrarse
que todo cuanto había sido proferido contra él durante décadas era una falsedad. Pero el
FIP y la izquierda nacional que habían sostenido al justicialismo en los años más duros
no admitían ser confundidos por el pueblo entre los aliados escogidos por Perón.
Sostuve que había grandes sectores que deseaban apoyar el nombre de Perón a
presidente al margen del FREJULI.

-Vamos a llamar a votar por usted desde la izquierda nacional y bajo la


bandera del socialismo- dije a Perón.

Perón reaccionó con una de sus salidas características:

-¡Es que yo siempre he sido socialista! Si cuando estábamos en Trabajo y


Previsión, y decidimos lanzarnos a fundar un nuevo movimiento yo quería llamarlo
“socialista”, pero el nombre en esa época estaba tan desacreditado por los
“amarillos”, que a otro amigo de las horas iniciales se le ocurrió la palabra
“justicialista”- agregó Perón evocando aquellos lejanos días.

Acordamos con el general que nuestra boleta llevaría como lema “Liberación
Nacional y Patria socialista” y que los apoderados del justicialismo presentarían ante el
Juzgado Federal escritos en los cuales el general y la señora María Estela Martínez de
Perón prestaban su conformidad para ser proclamados candidatos del Frente de
Izquierda Popular. Al salir, Perón nos acompañó hasta la puerta. Allí, bromeando, le
dije:

-Bueno, general, ahora podrá dormir tranquilo. Con nuestro apoyo será
presidente.

Perón sonrió socarronamente y observó:

-Es muy cierto. Maíz por maíz nos comeremos el maizal.

En su memoria de anciano evocaba las jornadas de las elecciones de 1946 y la


suma de partidos y grupos que habían contribuido a su primera victoria. Suponía que
después del FIP aparecerían otros sectores con el mismo propósito y que su nombre
sería apoyado por varias boletas diferentes, demostrando la amplitud de su
convocatoria. Sin embargo, no ocurrió así. Los que podían y no querían y los que quizá
habrían querido no podían. El FIP y el FREJULI fueron los dos únicos sectores políticos
que con respectivas boletas electorales concurrieron a consagrar la voluntad popular el
23 de setiembre. Que el FIP no estaba equivocado al interpretar la aspiración
revolucionaria de muchos argentinos lo demostraría la cifra obtenida por sus boletas:
casi 900.000 votos.

12. LA VICTORIA DEL 23 DE SETIEMBRE DE 1973

He aquí parte de la crónica que describe el apoyo del FIP a la candidatura de


Peròn-Peròn y sus resultados:

1º- DE QUE MANERA APOYAMOS LA CANDIDATURA DE PERON

El 29 de julio concluyó sus deliberaciones la IV Convención Nacional del FIP


reunida para considerar la situación nacional y la actitud a adoptar en las próximas
elecciones presidenciales.

Por unanimidad se aprobó la siguiente resolución: “La Convención Nacional del


FIP resuelve autorizar a la Junta Nacional para designar una fórmula extrapartidaria que
encabece el general Perón en las próximas elecciones del día 23 de setiembre, y tal
efecto le encomienda asumir la actitud que convenga para la aplicación práctica de este
apoyo, que debe entenderse como un paso hacia la movilización del pueblo argentino
por la democracia política, el nacionalismo económico y la Patria Socialista”.

La Convención inició sus deliberaciones con asistencia de más de 100 delegados


procedentes de Capital Federal, provincias de Buenos Aires, Córdoba, Santiago del
Estero, La Rioja, Catamarca, Tucumán, Salta, Jujuy, Entre Ríos, Corrientes, Santa Fe,
Chaco, Misiones, San Juan, Mendoza, Santa Cruz y Chubut.

Los distintos oradores coincidieron en señalar que el FIP, desde su fundación,


había planteado la defensa de la candidatura presidencial de Perón como síntesis actual
de las aspiraciones del pueblo argentino. También expresaron que esa candidatura no
fue defendida por la dirección político-sindical del peronismo a través de la
movilización popular del 25 de agosto, como lo propuso consecuentemente el FIP.

Se señaló, por último, que existen diferencias estratégicas y programáticas entre


el FIP, como movimiento socialista revolucionario en el cauce de la revolución
nacional, y del peronismo, cuya conducción expresa no sólo los intereses nacionales y
democráticos del pueblo argentino sino también los de sectores burgueses y
empresarios. Por lo tanto, se dejó claramente sentado, el FIP debe participar con sus
propias banderas socialistas en la lucha electoral, tal como participa en todos los eventos
reivindicativos de la clase trabajadora y del pueblo.

Esto es particularmente importante en estos momentos, cuando las fuerzas


burguesas gravitantes de modo decisivo en la conducción peronista se manifiestan en
todo su poder a través de los elementos burocráticos, los sindicalistas corrompidos y
pro-patronales, la conducción económica del equipo Gelbard, etcétera.

La resolución adoptada, que se transcribe al comienzo de esta nota, abre la


posibilidad de que, bajo determinadas condiciones, el FIP acepte integrar una alianza
electoral con la candidatura de Perón. En caso contrario, el apoyo se prestaría no
presentando candidatos y propiciando el voto en el sentido mencionado.

El siguiente texto fue impreso en 6 millones de volantes que junto con otras
tantas boletas del FIP se distribuyeron mano en mano en todo el país.

2º- VOTE A PERON DESDE LA IZQUIERDA

El Frente de Izquierda Popular ha resuelto apoyar la candidatura del general


Perón para los comicios del 23 de setiembre.

Cuando el FIP presentó el 11 de marzo la candidatura presidencial de Jorge


Abelardo Ramos, afirmó de ese modo su convicción de que sólo el socialismo puede
arrancar al país de su dramático estancamiento. Pero la lucha por el socialismo pasa a
través de la liberación nacional y del combate contra el imperialismo. Por esa razón
nuestro candidato señaló que si los votos del FIP resultaban necesarios para superar la
barrera del 50 por ciento establecida por la dictadura de los tres comandantes, el FIP
apoyaría en la segunda vuelta al doctor Càmpora.

Nuestro candidato afirmó categóricamente que el comicio del 11 de marzo era


una victoria parcial del pueblo. Victoria, porque se trataba de elecciones arrancadas
mediante la lucha contra el gobierno militar que las había rehusado siempre. Parcial,
porque de ellas se excluía al general Perón. Dijimos que si triunfábamos ante esa
opción, renunciaríamos al gobierno, para convocar a los 60 días a nuevos comicios, que
esta vez no proscribirían a Perón. Càmpora realizó lo que el FIP había preconizado.
Ahora, los argentinos podrán elegir sin tutores el gobierno que deseen. Como ala
izquierda independiente de la Revolución Nacional, el FIP apoyará a Perón con sus
propias boletas, bajo el lema “Liberación y Patria Socialista”.

El general Perón en la reunión realizada en Vicente López el martes 28 de


agosto con nuestro ex candidato a la presidencia Jorge Abelardo Ramos y otros
miembros de la Junta Nacional del FIP, prestó su formal consentimiento al lanzamiento
de su candidatura por el FIP y fue informado de que en nuestras boletas figura el lema
“Liberación y Patria Socialista”. El apoderado del Partido Justicialista, doctor
Torcuato Fino, ratificó legalmente esa aprobación en el Juzgado Federal.

En cada cuarto oscuro habrá el próximo 23 de setiembre 2 boletas para votar


por Perón. Una de ellas será la del FREJULI, la otra, la del FIP. Ambas son válidas,
ambas se sumarán en el escrutinio final y ambas darán la victoria al candidato del
pueblo.

Quien elija la boleta del FREJULI, no sólo votará por Perón, sino también por
Frondizi, Gelbard y Rucci. Quien elija la boleta del FIP, además de votar por Perón,
elegirá la lucha por el socialismo, por la democracia sindical, por salarios que no fijen
los empresarios, por la expropiación de la oligarquía terrateniente, por la
nacionalización de los grandes monopolios imperialistas y por una Universidad
revolucionaria en un país emancipado.

3º- DECLARACION DEL PRESIDENTE DE LA JUNTA NACIONAL


DEL FRENTE DE IZQUIERDA POPULAR AL DIA SIGUIENTE DEL
TRIUNFO

“Los 900.000 votos que recibió el FIP con su lema “Liberación y Patria
Socialista” para su candidato Juan Perón, han originado un desconsuelo profundo. Esto
se explica. Los reaccionarios de todos los bandos han pugnado siempre por separar el
pensamiento socialista de los movimientos nacionales. Así lo hicieron contra Yrigoyen
y Perón. El triunfo del FIP expresa justamente el desarrollo de una izquierda nacional,
popular y socialista, muy diferente de aquélla que se alió con Braden en 1945. Pero si el
país ha cambiado, los cavernícolas son inmutables. Veamos algunos ejemplos
edificantes. El senador Fonrouge ha declarado que el cuantioso aporte del FIP al triunfo
de Perón se debe a la confusión en que incurrió el electorado; por cuanto la boleta del
FREJULI como la del FIP, llevaba impreso el nombre de Perón. El mismo punto de
vista sostiene el diario Clarín, órgano del grupo frondizista- frigerista, así como el
estrafalario imitador de Alfredo Palacios a los que debo agregar el diputado regalista
Gallo. Esa unanimidad de conservadores, frondizistas, socialistas amarillos y burócratas
sindicales, es muy elocuente.

Fonrouge, como conservador de la Provincia de Buenos Aires desde los tiempos


del fraudulento Fresco, es una verdadera autoridad en materia de elecciones amañadas.
Pero posee títulos menores para juzgar elecciones libres. El grupo conservador a que
pertenece se abrazó con las últimas fuerzas que le quedaban, al carro triunfal del
peronismo.

Sería muy ilustrativo conocer cuántos votos habría obtenido el señor Fonrouge
de haberse presentado al comicio para que los ciudadanos votaran a Perón por medio de
las boletas conservadoras. Los propietarios de Clarín ¿Cuántos votos habrían obtenido
para Perón, con las boletas del MID? La cautela que distingue a tales grupos les
preservó de tal imprudencia. Pero su renuncia a la acción independiente no los autoriza
a injuriar a 900.000 argentinos atribuyéndoles incapacidad visual, mental y política,
hasta el extremo de acusarlos de no distinguir dos boletas diferentes en el cuarto oscuro,
donde siempre se han visto las cosas claras.

A esta incapacidad de las masas se refería la oligarquía y los partidos ligados a


ella (entre los que en aquella época se encontraban los grupos a los que aludo) para
descalificar el vuelco popular hacia la candidatura de aquel coronel de 1945. En cuanto
al señor Gallo y sus colegas, tendrían buena oportunidad de opinar sobre las elecciones
si se atrevieran a postular boletas con su nombre en su propio sindicato para comprobar
cuántos afiliados quieren votarlos. Pero no se atreverán. El candidato de la izquierda
cipaya, por su parte, es un pichón de gorila que ha merecido el elogio de Manrique, lo
que me exime de mayores comentarios ya que se trata de especies afines, aunque en
proceso de extinción por falta de climas aptos.

Nuestro movimiento imprimió en sus boletas la consigna “Liberación y Patria


Socialista”. Llamamos al pueblo argentino a votar por Perón “desde la izquierda con la
boleta del FIP”. Afirmamos por todos los medios de difusión y por el esfuerzo
abnegado de nuestros militantes, que distribuyeron en mano personalmente seis
millones de boletas, que aquél que votara con la boleta del FREJULI, también votaba
por Frondizi, Gelbard y la burocracia sindical. Pero el ciudadano que eligiera la boleta
del FIP afirmaba su voluntad de luchar por la democracia sindical, por salarios que no
fijen empresarios y por una patria socialista. 900.000 hombres y mujeres entendieron
que esta línea de izquierda nacional y popular suponía ahondar el campo de la
revolución nacional y proyectarla hacia adelante.

Muy mala opinión sobre la inteligencia y la experiencia de los argentinos deben


tener quienes pretenden ver en esta decisión de casi un millón de voluntades, un error
óptico o una artimaña, que también conocen algunos miembros del FREJULI o los
renegados de la izquierda oligárquica condenada por la Historia.”

Buenos Aires, setiembre 24 de 1973.

Jorge Abelardo Ramos


Junta Nacional
FIP
SALUDO A 900.000

El FIP saluda fraternalmente a los 900.000 argentinos que votaron por Perón y
la Patria Socialista.

El gran triunfo popular y nacional del 23 de setiembre ha elevado al poder por


tercera vez al general Juan Domingo Perón. El FIP participó de dicha victoria llevando
al comicio su propia Boleta con la consigna “Liberación y Patria Socialista”. De los
7.300.000 votos, casi 900.000 lo hicieron con las boletas del Frente de Izquierda
Popular. Se trata del hecho más notable de ese gran día, pues demuestra claramente que
en la Argentina actual casi un millón de mujeres y de hombres desean proyectar hacia
adelante, hacia el socialismo, el movimiento nacido hace treinta años en las jornadas del
17 de Octubre de 1945. Por primera vez en la historia de las luchas sociales argentinas y
latinoamericanas se perfila una corriente auténticamente nacional que lucha por el
socialismo y obtiene un apoyo de tal magnitud. Por esa razón, es importante detenernos
un momento en la lucha y reflexionar sobre su significado.

Conservadores, comunistas y frondizistas afirman que hay 900.000 argentinos


confundidos

Recordemos en primer término que al día siguiente de la victoria del 23 de


setiembre toda la prensa comercial y política coincidió en un mismo veredicto: que los
votos del FIP obedecían a una confusión. Tal fue la opinión de Clarín, órgano del grupo
de Frondizi, del doctor Fonrouge, senador del FREJULI por el Partido Conservador
Popular, del diputado peronista Gallo, del Partido Comunista a través de su semanario
Nuestra Palabra y de numerosos comentaristas al servicio de las clases dominantes.
Estos señores no pueden admitir que el claro juicio y la firme decisión de los obreros,
empleados, técnicos, docentes y estudiantes argentino pueda ejercerse eligiendo la
boleta del FIP. Agravian a las masas al sostener que sólo la confusión de dos boletas
que sostienen al mismo candidato pudo originar un millón de votos para el FIP. Hace
treinta años estos mismos señores explicaban el triunfo de Perón argumentando que se
trataba de masas fanatizadas, incapaces de percibir el significado de su voto. Ahora
emplean un argumento idéntico para descalificar el sentido revolucionario del voto que
grandes sectores populares han brindado al FIP. Cada votante del FIP sabrá cómo juzgar
a estos partidos de la vieja Argentina.

Los votos al FIP apoyan nuestra conducta política.

Los 900.000 votos al FIP no obedecieron a un azar del cuarto oscuro. Estamos
en condiciones de afirmar, por lo demás, que puede estimarse moderadamente en más
de 1.500.000 argentinos la cifra de los que quisieron votar por el FIP. Si no pudieron
hacerlo muchos de ellos, si sólo se computaron 900.000 votos, se explica por la
destrucción y robo de boletas en los cuartos oscuros de toda la República, así como por
la actitud ilegal de muchos presidentes de mesa que sumaron en el escrutinio provisorio
los votos del FREJULI a los del FIP. Así fue como apareció en miles de actas el
asombroso dato de que en dichas mesas, el FIP no había obtenido ni un solo voto. La
campaña periodística por medio de grandes solicitadas en todos los diarios del país
iniciada por algunos dirigentes del FREJULI, “alertando” al pueblo para que no se
dejara “confundir” en el comicio, pues había dos boletas postulando el nombre de
Perón, contribuyó sin duda a que se disipase toda posible confusión y que 900.000
ciudadanos prefiriesen en esa alternativa no votar por Frondizi, Gelbard y Rucci, sino
por Perón y el socialismo. Es que los votos del FIP reflejaban las nuevas condiciones de
la Argentina en crisis: no importaba a esos votantes juzgar el pasado, que abandonaban
a su suerte, sino afirmar su voluntad de entrar ahora mismo al porvenir. Tal decisión se
expresaba en el nombre de Perón, como factor de cohesión de las mayorías nacionales y
de la ruta al socialismo, como aspiración a que la revolución nacional avance
rápidamente hacia el gobierno propio de los trabajadores.

Los votos del FIP no fueron ningún milagro

Todo el país conoció, desde el primer momento, que el FIP apoyaba la


candidatura de Perón, porque consideraba que ella encarnaba la soberanía popular. Eso
no era una novedad, ya que la corriente de la izquierda nacional fue la única vertiente
socialista que defendió con sus propias banderas al movimiento popular desde octubre
de 1945. Esa soberanía popular había sido aplastada por la contrarrevolución de 1955 y
los gobiernos posteriores. Defenderla era nuestro deber. Pues constituía realmente una
utopía reaccionaria pretender luchar por el socialismo, como lo ha predicado siempre la
izquierda cipaya, volviendo las espaldas a la reconquista de los derechos democráticos
de las mayorías. Esta actitud ponía a prueba el carácter insustancial de tal “socialismo”
y la función de “izquierdas de la oligarquía” que siempre revistieron tales grupos en
nuestro país. Por esta razón el FIP sostuvo:

1º- Que si Perón no era candidato en las elecciones del 11 de marzo y el


peronismo y sus aliados renunciaban a luchar por su candidatura contra la resolución
proscriptiva de los tres Comandantes, el FIP sostendría sus candidatos propios:

2º señalamos al mismo tiempo, que a pesar de tales aliados del FREJULI y de que Perón
finalmente o fue candidato, el FIP apoyaría en la segunda vuelta al doctor Balbín.

3º Anunciamos que los comicios del 11 de marzo no indicaban una aceptación


espontánea de los principios de la democracia por parte de los generales sino el premio parcial
de una victoria arrancada a las fuerzas armadas por las masas populares del interior a partir del
Cordobazo.

4º Contra los ciegos de izquierda o de derecha que no creyeron en la realización de tales


comicios, porque tales gentes tampoco creen en el poder creador de las masas, el FIP se preparó
para concurrir a ellos, denunció sus limitaciones al serle prohibido presentarse a Perón y
anunció que en caso de triunfo de los candidatos del FIP, nuestro gobierno renunciaría a los 60
días para convocar a nuevas elecciones y permitir la concurrencia del único proscripto el 11 de
marzo.

5º Càmpora llevó a la práctica lo que el FIP había preconizado y los comicios del 23 de
setiembre perfeccionaron el proceso democrático, incluyendo en la victoria una gran corriente
popular que votó por no volviera Perón y contra el socialismo. En las vísperas del 23 de
setiembre nadie ignoraba que el FIP había reiteradamente sostenido durante los últimos dos
años que no teníamos confianza en los sectores burocráticos, políticos y sindicales del
peronismo y mucho menos en sus aliados del FREJULI, para llevar adelante las
reivindicaciones básicas de la revolución nacional y la lucha contra el imperialismo.
Sistemáticamente explicamos que la oligarquía terrateniente y su aliado imperialista habían sido
tan fuertes como para derribar a Yrigoyen en 1930 y a Perón en 1955. Por esa razón se imponía
eliminar el poder social de la oligarquía y evitar de ese modo al pueblo argentino nuevas
restauraciones.

Para las grandes masas populares la bandera del FIP apareció como la de un
movimiento que había entregado sus banderas al régimen oligárquico y para obtener beneficios
económicos y políticos concretos. La campaña esclarecedora llevada a cabo antes y después del
11 de marzo mostró a millones de argentinos que el FIP se distinguía como la única nueva
corriente contra-revolucionaria, próxima al peronismo, pero independiente de él, que ofrecía un
programa transformador de la sociedad argentina.

¿Qué debemos hacer ahora?

El gobierno del general Perón triunfa cuando al otro lado de los andes cae el gobierno
del doctor Allende. En América latina el imperialismo conspira sin cesar para apuntalar a
gobiernos populistas latinoamericanos que servirán a sus intereses y le permitirán incrementar
su cuota de ganancias. No hay mejor modo de entregar la soberanía popular encarnada en Perón
que luchar para que el actual gobierno de Lanusse avance hacia el pleno dominio nacional sobre
todas las ramas de la economía que permanecen en manos del capital extranjero o de sus aliados
nacionales. Si la oligarquía terrateniente conserva la propiedad de sus grandes estancias o si los
trabajadores, empleados y técnicos no ascienden al nivel de las grandes decisiones políticas, no
habrá garantía alguna de que el triunfo electoral del 23 de setiembre, dolorosamente conquistado
tras 18 años de retroceso, no sea eclipsado por otra contrarrevolución.

Para ello es preciso que los trabajadores y el pueblo ejerciten su derecho a hacer política
sin intermediaciones burocráticas: organizándose en juntas populares en fábricas, barrios,
oficinas y lugares de estudio; discutiendo los problemas del país; defendiendo el gobierno
popular, impulsándolo con la acción creadora que surge de la actividad consciente de las masas
populares; luchando por la patria socialista. Para eso, el Frente de Izquierda Popular continúa su
acción. Si nos escribe o se llega a uno de nuestros locales le diremos cómo organizarse para la
lucha y seguramente también usted nos enseñará a hacerlo mejor. Si usted no votó por el FIP
con los 900.000, súmese ahora a ellos.

JUNTA NACIONAL DEL FIP


Buenos Aires
13. LA PROVOCACIÒN TERRORISTA

El triunfo de Perón desencadenó la alegría de la oligarquía, que empezó a conspirar, y


de los grupos terroristas, que habrían de proporcionar, enmascarados de “peronistas”, el
pretexto más eficaz para justificar el golpe militar de 1976.

El 23 de diciembre se reunió la Junta Nacional del Frente de Izquierda Popular para


analizar los hechos ocurridos en la ciudad de Azul y sus secuelas políticas. Al finalizar la
reunión, se expidió el siguiente comunicado:

Los sucesos de Azul ponen de relieve el carácter socialista, popular y nacional del
grupo terrorista atacante. El destinatario del golpe es el Ministro López Rega, instalado en el
poder hace tres meses. Su beneficiario directo es el imperialismo extranjero, así como la
oligarquía interna. El Frente de Izquierda Popular recuerda que tanto la tradición del
movimiento obrero revolucionario como los clásicos del socialismo han juzgado severamente
los golpes terroristas. Sus miembros se reclutan entre la pequeña burguesía desmoralizada o
sobrevivientes de los partidos de la izquierda cipaya, como el FIP, abrumados de fracasos. De
allí su carácter reaccionario y su hostilidad orgánica contra los grandes movimientos
nacionales de los países semicoloniales. Por otra parte, en esta crisis se advierte a muchos
partidos y sectores de la ex Unión Democrática que pretenden atribuir a supuestos o reales
errores de Perón parte de la responsabilidad por lo ocurrido. En realidad, tales partidos y
personajes, que el pueblo conoce muy bien, se preparan a ayudar a otro derrocamiento y a
participar en una jornada análoga a la del 16 de setiembre de 1955.

Es para lo único que sirven terroristas y “demócratas”. En este momento y de manera


categórica, el Frente de Izquierda Popular apoya sin vacilaciones al gobierno de Perón, y
continúa su lucha por una Argentina liberada en el camino hacia una patria socialista.

Jorge Abelardo Ramos


Febrero, 1974.

14. ADIOS AL CORONEL

El lunes 1ª de julio de 1974 me llamó por teléfono el ministro del interior, Benito
Llambì. Había muerto el presidente. Después de saludar a la señora de Perón en la quinta
presidencial de Olivos escribí mi último saludo al gran argentino.

Acaba de morir Perón, cuya inmortalidad aseguraban estúpidamente algunos de sus


adictos más devotos. Pero había algo de verdad en semejante idea, pues a este hombre singular
podían aplicarse las palabras de Bismarck: “Todo hombre es tan grande como la ola que ruge
debajo de él”. La ola de Perón no era el ejército prusiano sino la multitud innumerable que
transmitiría su memoria al porvenir. Cabe decir de él, como de Yrigoyen y de Mitre, que fue “el
más odiado y el más amado de su tiempo”. Su tiempo comenzó en una madurez avanzada, a los
cincuenta años. Cuando los coroneles se retiran o ascienden a generales para proyectar su retiro
y concluir ordenadamente su vida, le tocó a Perón lanzarse a una aventura histórica, de una
turbulencia e intensidad pocas veces conocida.

Ingresó a la acción pública cuando terminaban al mismo tiempo la crisis, la Década


Infame y la Segunda Guerra Mundial imperialista. La neutral Argentina gozaba de prosperidad.
Poco a poco la desocupación de los años duros era absorbida por el impulso industrial creado a
consecuencia del conflicto bélico y de la bancarrota del 30. Los peones se hacían obreros y las
chicas del servicio doméstico, humillado y martirizado, ingresaban a las nuevas fábricas. Pero al
llegar a las ciudades, no había lugar para ellos ni en los partidos políticos de izquierda, ni en los
antiguos sindicatos influidos por tales partidos. Los trabajadores que se harían peronistas en
1945 descubrieron un sistema político fuertemente impregnado de la influencia anglosajona.

La herencia del viejo partido de Yrigoyen había caído en manos de los alfonsinistas,
amigos de Inglaterra, de la CADE y de los conservadores liberales. De Lisandro de la Torre, los
demócratas no querían ni acordarse: participaban en amables tertulias con los protectores de los
asesinos del senador Bordabehere, para urdir el ingreso de la Argentina a la segunda gran guerra
de las democracias coloniales. Naturalmente, el Partido Socialista fundado por Juan B. Justo,
integraba tales reuniones, que prologaban la inminente Unión Democrática. Para no ser menos,
el Partido Comunista, inspirado por Vittorio Codovilla (bajo la luz bienhechora de Stalin) era
uno de los artífices de tal alianza, que pretendía reproducir en la Argentina el pacto de los Tres
Grandes y los acuerdos de Yalta. Estos pactos se traducían al castellano mediante la exigencia
de sustituir la lucha contra el imperialismo por la lucha contra el fascismo. Como el fascismo
era desconocido en al país, se idealizaba la presencia del imperialismo “democrático” y se
recomendaba a los obreros de los frigoríficos no pedir aumentos de salarios para no dificultar
“la lucha de los ejércitos que luchaban por la libertad del mundo.” Por su parte, la burguesía
industrial era tan débil que ni siquiera contaba con un diario propio.

Al irrumpir en la historia, Perón se enfrentó a este cuadro. Su robusto realismo político


le permitió advertir que el país se encontraba en el umbral de una nueva edad. Muchos lo habían
anunciado y hasta habían llamado a esa hora del destino: Arturo Jauretche, Raúl Scalabrini
Ortiz, Manuel Ortiz Pereira, el general Savio, el capitán de fragata Oca Balda, el ingeniero
Alejandro Bunge, Joaquìn Coca, Manuel Ugarte. Desde el campo del yrigoyenismo
revolucionario, del nacionalismo burgués, del nacionalismo tradicional, del socialismo clásico y
hasta del marxismo no staliniano, argentinos resueltos habían preconizado la necesidad de
concluir para siempre con la vergüenza de la factoría inglesa, hermoseada con poetas
anglomanìacos, con izquierdistas de Su Majestad o con trogloditas del Nuevo Orden.

Perón resumió a su modo algunas de esas aspiraciones explícitas. Encarnó las


esperanzas latentes de las grandes masas que carecían de voz y los intereses de la nueva
burguesía así como llevó a la práctica el nacionalismo militar concebido por el General Savio.
Esa síntesis fue su fuerza y su justificación histórica. Pero cada vez que una corriente nacional
brota en América Latina, los doctos sabihondos se precipitan al error con un olfato infalible.
Pulularon en la época múltiples teorías sociológicas, que habrían erizado de risa o de cólera al
viejo Marx, ya que muchos de sus apologistas invocaban nada menos que a semejante maestro.
Desde 1944, cuando Perón pronunciaba sus primeros discursos en los balcones de la calle Perú,
las preguntas o afirmaciones más corrientes eran: ¿Es fascista? ¿Es falangista? ¿Es un candidato
a dictador? ¿Es un agente alemán? Aquéllos que tenían el dudoso gusto de leer la folletería de la
“izquierda rooseveltiana” añadían con sabio misterio:”es un caudillo del lumpemproletariat”.
Parece mentira, pero tales gentes de hace treinta años tiene prole ideológica, que repite las
mismas vaciedades en nuestros días.

Perón fue el jefe de un movimiento nacional en un país colonizado. Su poder personal


emergió de la impotencia de los viejos partidos que se negaron a apoyarlo en 1945 y que
prefirieron aliarse con Braden. Ese poder personal perduró como un factor arbitral en una
sociedad inmadura. Adquirió por momentos un franco carácter bonapartista. Este fenómeno es
habitual en los países del llamado Tercer Mundo, pues francamente se revela como una
verdadera necesidad general, para resistir la intolerable presión del imperialismo, altamente
concentrado en su poder y dirección. Las contradicciones que se le reprochaban a Perón no eran
sino la expresión personal de las clases sociales nucleadas en su torno y que el caudillo
representó a lo largo de toda su carrera. No fue un “agente de la burguesía industrial” ni un
“caudillo del proletariado”, ni mucho menos un “líder de poder carismático”. El vocablo
“carisma” refleja la pobreza científica de la sociedad norteamericana, que ahora apela a la
magia. El influjo de Perón no era sobrenatural o inexplicable. Consistía en interpretar el estado
de ánimo y los intereses de las grandes masas y clases oprimidas. Cuando lo lograba, ese poder
era tan inmenso como la energía de las multitudes que hablaban a través de él. En otras
ocasiones, ese poder era el de un ciudadano corriente.

Perón e Yrigoyen fueron los dos grandes caudillos nacionales en lo que va del siglo.
Nadie podrá imputarle a lo largo de su prolongada lucha que haya sido infiel al programa que
propuso al país en 1945. No fue un fascista, por supuesto, ni un socialista, naturalmente. Los
gorilas del 45 no comprendieron lo primero, ni muchos de sus hijos, lo segundo. Perón siempre
aspiró a ser él mismo su propia izquierda y su propia derecha. Como luchó por desarrollar un
capitalismo nacional (estatal y privado) contra la sociedad inmóvil de la hegemonía
terrateniente, ésta lo declaró indeseable, lo derribó y lo expatrió durante 18 años. El pueblo, sin
la ayuda de los sociólogos, comprendió que sólo un patriota podía merecer tal castigo. A tal
odio, respondió con un amor equivalente.

Perón intuyó erróneamente su próximo fin. El discurso del 12 de junio, que declaraba al
pueblo el único heredero de sus banderas, constituyó el testamento político de este varón
singular, que entró en la muerte tan oportunamente como había irrumpido 30 años antes en la
historia.

15- 1974: EL AÑO DE LA PESTE

El año 1974 fue dramático por varias razones. Era la “derrota en la victoria”. Grandes
argentinos, empezando por Perón, murieron sucesivamente. El terrorismo, quizás guiado por
manos ocultas que sólo podían responder al interés extranjero, alcanzó un ritmo demencial. El
gobierno comienza a girar sobre sí mismo, aturdido ante sus inmensas responsabilidades.
Revelaciones posteriores indican que el grupo de Martínez de Hoz inició sus tareas
democratizadoras, que culminarían en marzo de 1976, justamente en 1974, al morir Perón. En
diciembre del año fatal escribí el artículo que va a leerse.
A comienzos del año 1973, el vasto movimiento de masas que había asestado en 1969
un golpe mortal a la dictadura militar oligárquica, crecía sin cesar. Al obtener su victoria parcial
con el triunfo de Càmpora, se preparaba un nuevo avance con el triunfo aplastante de Perón el
23 de setiembre. Parecía desvanecerse como una pesadilla el pesado fardo de los 18 años de
reacción política y social.

Algunos signos, sin embargo, presagiaban graves problemas: la ola de terrorismo no


decaía sino que, por el contrario, tendía a aumentar y multiplicaba sus víctimas. A las 48 horas
del triunfo del FREJULI y del FIP en el 23 de setiembre, un grupo afín al peronismo asesinaba a
Rucci, secretario de la CGT y oscurecía el significado del gran acontecimiento en el espíritu
público. El sector juvenil pequeño burgués recientemente incorporado al peronismo y algunas
de las “formaciones especiales” ( alentadas y así bautizadas por Perón en la época de la
dictadura militar) se volvían ahora contra el mismo Perón y le fijaban condiciones para
continuar brindándole su apoyo. Ya el 20 de junio de 1973, el regreso de Perón había concluido
en Ezeiza con una masacre.

Pero de todos modos parecía que los malos años habían quedado atrás y que, al fin y al
cabo, la presencia del anciano caudillo en tierra argentina, su ascenso a la presidencia y el
triunfo popular abrían un período nuevo y fecundo en la historia nacional. Todo el mundo tenía
la sensación de que, por lo menos, los asuntos del estado no serían resueltos por la voluntad de
tres comandantes sino por un gobierno representativo, apoyado por la libre elección de siete
millones y medio de argentinos.

Contra todo lo esperado, el año 1974, que acaba de concluir, comprimiría en poco más
de 300 días, dramáticos acontecimientos en las filas del movimiento justicialista. Adquirió tal
trascendencia histórica y tal densidad trágica que no hemos vacilado en calificarlo como el año
de la peste. Ha sido el año de la muerte de Perón, un hecho largamente deseado por el viejo
patriciado y que, paradójicamente, llenó de temor y de incertidumbre aún a sus más tenaces
enemigos. Ha sido el año de la muerte de Arturo Jauretche y de Juan Josè Hernández Arregui.
Fueron asesinados desde Ortega Peña y Silvio Frondizi hasta Arturo Mor Roig, Giordano Bruno
Genta y el comisario Villar, desde docenas de obreros y estudiantes hasta innumerables
militares, sindicalistas y policías.

En 1974 desaparecieron nuestros compañeros Alfredo Terzaga, el más brillante escritor


de Córdoba y uno de los primeros del país, cuyo libro inédito Historia de Roca, pronto saldrá a
la luz. Carlos Llerena Rosas y Tomás Guillermo Burns, asimismo militantes del FIP, cayeron
asesinados. Murió Aino Cristensen, nuestra querida compañera de Salta. Dijimos adiós a
Bernal, otro militante entre nosotros que traía consigo el eco de la España revolucionaria. Sea
porque la vida concluyó para ellos, sea por obra del crimen, entre ellos figuran algunos de los
compatriotas y compañeros más eminentes. El año 1974 quedará en el recuerdo con el gusto
amargo que despierta la rutina de la muerte. Por esa razón no caben dos interpretaciones
diferentes acerca del terrorismo desatado.

La Revolución Libertadora desencadenó algunos atentados, pero el triunfo del


peronismo ha bañado de sangre el país. Esto quiere decir que los terroristas (de la
microizquierda o de la microderecha) se proponen dejar el terreno limpio para que ocupe el
lugar una dictadura imperialista: la de Perón.
Las mejores medidas del gobierno, por lo demás notablemente moderadas, están
ensombrecidas por la furia homicida de los grupos paraestatales y de sus hermanos gemelos del
otro lado: aquéllos que matan al niño de Laguzzi se equiparan, por el contexto histórico y
político de sus actos, con los que matan a la hija del capitán Viola. No hay diferencias entre los
asesinos de ambos bandos. Los que se creen de izquierda, ya han ingresado a la psicopatía
criminal. Son los que no se revuelven contra la sociedad capitalista sino contra cualquier tipo de
organización social. Han pasado, muchos de ellos, de la degradación política de la izquierda
cipaya, del oportunismo, al aventurerismo y de allí al terrorismo. En ninguno de tales grupos ha
quedado un gramo de ideología socialista o nacional. Al abrazar la violencia por la violencia
misma, se han sustituido a la clase obrera y al pueblo, se han declarado vengadores del universo
y han intentado engañar al pequeño burgués desorientado e indefenso que llevan adentro con la
ficticia omnipotencia que otorga una pistola. Los terroristas de la “derecha”, sean elementos pro
fascistas, ex policías, policías en actividad o miembros de las FF.AA., cometen sus actos de
terror y sadismo en nombre del orden y como venganza por los crímenes cometidos por los
anteriores. Pero así como los terroristas de la “izquierda” sólo preparan con sus actos el camino
a una dictadura del gran capital, los terroristas de la “derecha”, que actúan en nombre de la
patria y en pro del actual gobierno, sólo contribuyen, junto a los anteriores, a facilitar el
derrocamiento de Isabel. Como ha ocurrido siempre en la historia, ningún terrorista ha recogido
para sí mismo los frutos funestos de su acción. Las clases sociales dominantes los impulsan y
luego los eliminan.

El papel de la personalidad ha sido siempre un tema de discusión histórica. La brusca


desaparición de Perón en 1974 agrega nuevos elementos de juicio para avivar el debate. Pero lo
que no ofrece ninguna duda a seis meses de su muerte, es que los herederos, que constituyen un
equipo político notorio, no han logrado imprimir a su acción un sentido de continuidad histórica
por lo que resulta evidente que la gran herencia se encuentra en peligro. La famosa verticalidad
de que se habló siempre en el peronismo, era expresión de la decisiva influencia ejercida por el
Ejército en la fundación y organización de ese movimiento en 1945.

Pero sin la presencia de Perón, ese verticalismo está sujeto a discusión dentro del
peronismo. Si no asume estado público, sólo se explica por la influencia que ejerce el Estado
sobre el partido. Todas las clases, tendencias, grupos y perspectivas ideológicas que encierra el
peronismo, están sofocadas por la hegemonía del estado y por el control que el núcleo dirigente
ejerce sobre el estado. Pero esto no quiere decir que tales componentes dinámicos no vivan en el
peronismo. Si la conducción política actual del gobierno no acierta a encontrar el rumbo para
llevar la revolución nacional hacia adelante y

Si hace excesivas concesiones al Ejército de Lanusse, que es el actual Ejército;

Si favorece el ingreso del capital extranjero según los puntos de vista del doctor Gómez
Morales;

Si no replantea una vigorosa democracia sindical que liquide las cristalizaciones


burocráticas del pasado;

Si no tiende un puente hacia las aspiraciones democráticas y nacionales de la pequeña


burguesía en el área de la educación, la cultura y la Universidad, así como en el respeto de las
libertades públicas y personales;
Si no avanza hacia la reconquista de las grandes inversiones imperialistas en la
economía argentina;

Si no reformula una ley agraria, que costó el cargo al ingeniero Giberti, y la vida a
nuestro compañero Llerena Rosas y suprime a la oligarquía terrateniente;

Si no se advierten y alcanzan tales metas, el gobierno sin Perón tropezará con el mismo
abismo que enterró a Perón en el año 1955.

En el otro polo, la oposición de los “nueve”, de Balbín a Coral, con el piadoso,


obediente y “rebelde a reglamento” doctor Alfonsín, se ve ampliada con la reiniciación política
del general Lanusse. La doctrina del antiperonismo clásico es dejar que el justicialismo pierda s
pelo uno a uno, como poncho de pobre. Quieren esperarlo en 1977, e írsele encima. La historia
es más astuta que el cazurro jefe de un radicalismo moribundo. Dejemos los cálculos para otra
oportunidad. Si Balbín extrema sus cuidados para no herir gravemente al gobierno exhibiendo
sus torpezas (¡Ottalagano dixit!) no es justamente porque el radicalismo no se sienta alarmado
por los avances de estos neo-hombres de Neanderthal que han aparecido en la superficie de
nuestra tierra, sino porque Balbín teme que una crítica aguda de tales errores preste a los
sectores militares los argumentos políticos y la base civil para un nuevo pronunciamiento del
ejército. En este caso, los militares no trabajarían para Balbín. Entonces, ¡adiós 1977! De modo
que Balbín se ha compuesto un estómago de hierro y traga todo cuanto ocurre como si el menú
del gobierno fuera pura sopita liviana.

Digamos adiós a este funesto 1974. Afirmemos nuestra confianza en la clase obrera, en
el pueblo argentino, en las masas inmensas que cambian el rumbo de la historia. Al fin y al
cabo, nosotros, que hemos votado la fórmula Peròn-Peròn, y que no votamos a Càmpora porque
esa fue la fórmula que impuso Lanusse al proscribir a Perón, no estamos comprometidos con
este gobierno, sino con la revolución nacional y con los trabajadores. Sostendremos este
gobierno porque es el resultado de un paso hacia adelante que el país dio hace un año y medio;
pero no suscribimos los pasos atrás que este mismo gobierno esté dispuesto a dar para
sobrevivir. Porque sobrevivir, no es vivir; y los argentinos quieren vivir, es decir, irrumpir al
futuro y construir una nueva sociedad. La palabra socialismo posee ese significado. Que el año
aciago de la peste sea olvidado. Tierra sobre él y eterna memoria para los grandes argentinos
que en él murieron.

16. LA REPRESION BAJO EL GOBIERNO PERONISTA

En nombre del FIP y ante la represión desatada bajo el gobierno elegido por el pueblo,
dirigí al doctor Rocamora, ministro del interior del gobierno de la presidente María Estela
Martínez de Perón la siguiente carta.

Señor ministro del Interior


Doctor Alberto Rocamora
De nuestra consideración:

Nos dirigimos a usted a fin de poner en su conocimiento la resolución que adoptó la


Junta Nacional del Frente de Izquierda Popular en su reunión de la fecha, y que dice:
“El Frente de Iz quierda Popular ha sufrido desde el 15 de junio de 1972, en que fuera
reconocido por la Justicia Electoral como partido nacional, ochocientas cuarenta y dos
detenciones; ciento setenta y seis de ellas son posteriores al 25 de mayo de 1973. Como es
sabido, el FIP sostuvo tradicionalmente el apoyo al movimiento peronista, como expresión de la
soberanía popular en lucha contra el imperialismo y la oligarquía y su independencia en la lucha
por el socialismo y nunca se alió a las fuerzas reaccionarias que lo derrocaron en 1955, ni a los
traidores de aquel setiembre que hoy dirigen la Universidad de Buenos Aires. En marzo de 1973
llevó su fórmula propia, ya que como le expresáramos al general Perón, no estábamos
dispuestos a apoyar a otro candidato que no fuera él. En las históricas elecciones de setiembre
contribuíamos con toda nuestra fuerza militante y política en la campaña electoral de la fórmula
Peròn-Peròn, llevando en boleta propia dicho binomio.

A partir del fallecimiento del presidente Perón han comenzado a darse una serie de
actos de gobierno contra nuestro partido. Fueron allanados nuestros locales en Río Gallegos, La
Rioja, Avellaneda y San Juan. Anteriormente había sido declarado prescindible el ingeniero
Juan Carlos Medrano, dirigente nacional de nuestro partido, por parte del administrador de YPF
el 26 de marzo de 1974.

En el curso del pasado mes, fueron detenidos el Secretario General del FIP en Santa
Cruz, señor Roberto Godoy y puesto a disposición del Poder Ejecutivo Nacional por decreto
nacional Nº 1391/74 el apoderado en la Provincia de Córdoba del FIP, doctor Abraham Cosack;
el señor Simón Antonio Gómez, secretario general del FIP en Catamarca, ha sido detenido hoy
en su provincia por personal que se identificó como de la Policía Federal Argentina.

Deseamos denunciar con toda energía esta impostura y perseguiremos judicialmente a


los inescrupulosos funcionarios policiales. También fue detenida allí la señora María del
Carmen Castillo, secretaria adjunta de la junta provincial de Catamarca. Existe además un
decreto número 1438/74, por el cual el presidente del FIP en Catamarca, doctor Rafael
Mardonio Díaz Martínez fue puesto a disposición del Poder Ejecutivo Nacional, si bien no se
ha procedido aún a su detención.

El pasado 8 de noviembre a las 20 horas nos fue informado que el Ministro de Defensa
había prohibido la Convención Nacional de nuestro partido, que se debía realizar el 9 y 10. Ello
significó $ 12.500.000 pérdidas que a pesar de las rectificaciones oficiales no nos serán
restituidos.

Por lo demás permanecen impunes los asesinatos del militante Guillermo Tomás Burns
en la ciudad de Cosquen, Córdoba, 14 meses atrás y el del dirigente nacional ingeniero Carlos
Llerena Rosas, asesinado el último 30 de octubre, quien además era funcionario de un
organismo oficial ( el INTA) aunque sin embargo, ninguna expresión oficial hubo ante su
asesinato.

Si el poder oligárquico actuó de ese modo, se explica el fondo histórico de la actual


violencia terrorista. Pero es preciso establecer categóricamente que si el movimiento nacional
hoy en el gobierno, que el FIP apoyó con plena independencia, vuelve indiscriminadamente el
poder del Estado contra aquellos que desean impulsar la revolución nacional hacia adelante y
no sabe distinguir entre terroristas contrarrevolucionarios y argentinos revolucionarios, creará
las condiciones de su propio derrocamiento, como ocurrió en 1955. La historia no llama tres
veces. La única política idónea para concluir con el terrorismo, es no interrumpir la revolución
votada por las masas populares el año 1973. Para ello es preciso democratizar la vida sindical,
democratizar la universidad y desenvolver en el área económica la política del crecimiento
sofocado hasta ahora por el imperialismo y sus aliados internos.

Por su mismo carácter grandioso, tales tareas no pueden hacerse sin la intervención
decisiva y creadora del pueblo en todos los niveles de la decisión política y económica. No ha
habido en la historia funcionario o técnico sabihondo que pueda hacer una revolución por sí
mismo. Por el contrario, los burócratas generalmente las estrangulan. El viejo aparato del Estado
oligárquico, heredado por el actual gobierno, resistirá el proceso de avance y conspirará para
impedirlo.

Los ataques y limitaciones que hemos padecido hasta hoy no nos harán desviar un
milímetro de nuestras coincidencias con las banderas del ’45, que son más importantes y
trascendentes que algunos reaccionarios que hoy pretenden usufructuarlas. Hemos enlazado
tales divisas con los estandartes del socialismo latinoamericanos y nada ni nadie podrá
desanudar esa formidable fusión.

Al cumplir este mandato de nuestra Junta Nacional, saludamos al señor ministro muy
atentamente.

JORGE ABELARDO RAMOS


Presidente de la Junta
Nacional

LUIS MARIA CABRAL


Apoderado Nacional

17. LOS DOS EJERCITOS Y EL RADICALISMO

El papel sinuoso del radicalismo ante las dificultades que atraviesa el gobierno de
Isabel Perón se demuestra en un debate sobre el carácter del Ejército Argentino. “Izquierda
Nacional” publica en julio de 1975 el siguiente artículo.

La Unión Cívica Radical de Balbín y Alfonsín se ha constituido en el eje de un bloque


de partidos opositores que reconstituye la vieja Unión Democrática de 1945: allí están los
“comunistas” de Fernando Nadra, las partículas supérstites de la UDELPA aramburiana, los
grupúsculos “socialistas” que sobrevivieron al naufragio del juanbejustismo y los “cristianos-
revolucionarios-libertadores” de Horacio Sueldo. A todos ellos se agregaron últimamente los
jefes del Partido Auténtico, que también bailan la música que ejecuta Ricardo Balbín.

Desde esa jefatura virtual de la oposición, la UCR adopta el papel de fiscal de la


República y guardián de las instituciones. Como boy scouts del Orden Constituido, los radicales
se sienten llamados a realizar cada día una buena acción republicana: hoy suscriben con los
“auténticos” una declaración contra el antiterrorismo, mañana se pronuncian junto a los
propietarios de los diarios a favor de la libertad de prensa, pasado mañana rinden homenaje al
golpe de 1955 y reclaman el respeto a las reglas de juego democrático.

Esa historia del Ejército está escrita y puede leerse en los libros que Jorge Abelardo
Ramos dedicó al tema, aunque es posible que Fernández Valoni no haya necesitado consultar
otra fuente que su propia experiencia como militar, ya que él fue uno de los oficiales argentinos
que quiso estar del lado nacional cuando los trabajadores y vecinos del interior realizaron las
puebladas de 1969, y por ese pecado fue sancionado por los generales que usurparon el poder en
1966.

Pero los radicales no recuerdan esa historia, o se hacen los sordos. Por esa razón
emitieron una extensa declaración algunas horas después que Fernández Valoni hiciera pública
su opinión. El documento de la UCR asegura que de ningún modo puede hablarse de dos
ejércitos, que hacerlo implica menoscabar la institución y pretender dividirla. De ese modo, la
UCR- que colaboró con sendos ministros del interior, Alconada Aramburù y Mor Roig, en las
dictaduras de Aramburu y Lanusse- pone en claro el conservatismo visceral de su política, para
la que cuenta más la ficción institucional que la realidad de la sociedad argentina, de sus luchas
por la independencia y la justicia. Al defender la unidad del Ejército, Balbín defiende el Ejército
de Lanusse, cuyos cuadros no han variado sustancialmente: defiende el Ejército de la
Revolución Libertadora, con sus “paracaidistas” ascendidos por “méritos revolucionarios”. No
defendió en cambio la presunta unidad cuando el general Aramburu fusiló al general Valle y a
otros oficiales que salieron a la lucha para reconquistar la soberanía popular. No defendió a los
oficiales sancionados después del Cordobazo por recordar el ejemplo sanmartiniano de negarse
a desenvainar la espada contra el pueblo.

Mal podría el Ejército, o cualquier otra institución, pretender haber consumado su


unidad cuando el país no ha realizado aún su liberación definitiva. Una unidad conseguida al
margen de ese proceso de la liberación no podría ser otra cosa que la unidad contra el
populismo conservador, una unidad de élite.

Una ola de huelgas y movilizaciones obreras conmueve el país en respuesta a un plan


económico que refleja el abandono de aquel curso revolucionario y arriesga dejar en el camino
las grandes banderas del movimiento nacido en 1945. La Junta Nacional del FIP a raíz de estos
acontecimientos emitió el 12 de junio una importante declaración, algunos de cuyos tramos más
significativos se reproducen:

“Hoy más que nunca, es preciso estrechar filas en defensa activa de las grandes
banderas de la Independencia Económica, la Soberanía Política y la Justicia Social. Sólo la
movilización obrera y popular, como en todos los grandes momentos de nuestra historia, puede
imprimir modificaciones de rumbo que la hora requiere. Como a la izquierda de la Revolución
Nacional, el Frente de Izquierda Popular apoyará todos los pasos e iniciativas de la clase
trabajadora y del movimiento obrero en defensa del nivel de vida y la liberación. Es preciso
romper definitivamente con las barreras alzadas por el privilegio oligárquico e imperialista. En
la hora de la declinación mundial del capitalismo, que es la hora de los pueblos, no se puede
temerle al futuro. Llamamos a luchar y a robustecer al Frente de Izquierda Popular, como
garantía contra el retroceso que hundiría a nuestro país en la dependencia y el caos.
Sólo el socialismo salvará al país del estancamiento y de la crisis. Con las banderas del
socialismo y del 17 de Octubre, el Frente de Izquierda Popular llama a fortalecer un gran
frente de lucha por la liberación definitiva de los argentinos.”

18. LOS GRANADEROS CONTRA EL GOBIERNO NACIONAL

El 3 de noviembre de 1975, con la conspiración militar-oligárquica en plena marcha,


fui entrevistado por la TV y la radio. La prensa escrita, como siempre, omitió toda mención. He
aquí una síntesis de mis declaraciones.

Consultado sobre las implicancias políticas y sociales del “paro” ganadero, Ramos
afirmó que” la clase de los grandes latifundistas de la Argentina- que es la clase de más arraigo
y el elemento del sistema dominante que más gobiernos ha derribado, por su enorme poder
económico y social en la historia nacional- ha desencadenado un paro arrastrando a los
pequeños productores rurales... para los cuales el Frente de Izquierda Popular reivindica la
necesidad de consolidar su propiedad… y la ratificación de mejores precios en el orden de la
producción agrícola.. “El paro de los granaderos”, continuó Ramos, “tiende a impedir el
desarrollo de ese programa y retrotraer la situación a las condiciones en que la hegemonía
oligárquica imponía su ley en el país, y en que los señores Alsogaray y Manrique podían
determinar la entrega de la riqueza nacional y aun firmar órdenes de fusilamiento.”

Más adelante, el presidente del Frente de Izquierda Popular recordó que “el Consejo
Agrario Nacional, en un informe dado a conocer por el doctor Curzak, su presidente… nos
informa que en la zona pampeana hay tres mil propietarios que son dueños de estancias de más
de diez mil hectáreas, repito” enfatizó Ramos, “hay un puñado de tres mil grandes ganaderos
que reúnen en su poder en la zona pampeana más de cuarenta y cinco millones de hectáreas.”

Consultado sobre las medidas más adecuadas a tomar frente al “paro” ganadero,
respondió que “proponemos la nacionalización de las grandes estancias y su transformación en
centros productivos apoyados por la tecnología del INTA para que el país tenga carne para el
consumo interno en poder del estado”. “Al mismo tiempo”, aclaró, “se debe separar esta
situación de la de los pequeños productores, colonos y chacareros, que deben ser abiertamente
protegidos en su propiedad y en sus precios.

Más adelante y consultada su opinión al respecto, Ramos afirmó que si bien no faltaban
sectores empeñados en la realización de un golpe de estado- lo que, a su juicio, se notaba
especialmente en la preparación del clima golpista por parte de la gran prensa-, él era de la
opinión de que, entre otras cosas, el Ejército aún no había asimilado la derrota que lo alejó del
poder en 1973.

19. AL TERMINAR 1975

Esta nota sobre los frutos del terrorismo y la represión fue publicada en Izquierda
Popular a fines de 1975.
Un nuevo pico de furor terrorista recorre el país; en una enérgica declaración dada el 5
de diciembre, el Frente de Izquierda Popular señala entre otras cosas:

“Que estos hechos forman parte de una siniestra conjura antinacional en la que se unen
bandas armadas aparentemente enfrentadas, pero con un solo objetivo: destruir al gobierno,
restaurando de manera plena la vigencia del terror oligárquico, suprimiendo las organizaciones
obreras, entregando el país a la voracidad del capital extranjero como en los tiempos de la
llamada “revolución argentina” y volviendo a la proscripción de las mayorías como sucedió
después de 1955.

Quienes pretenden sofocar la ‘guerrilla’ mediante la venganza, no sólo hacen el juego a


los mismos intereses apátridas de sus aparentes contenedores; siembran el terror, no
precisamente entre los que usan las armas en el otro bando, sino entre las grandes masas, que
lejos de ser convocadas para que jueguen el papel protagónico que les cabe frente a los agentes
de la entrega, son marginadas tanto por los ‘factores de poder’ como por el débil gobierno.

Represión y terrorismo contra el FIP

En la madrugada del 17 de noviembre último, fuerzas combinadas del Ejército y la


Policía allanaron la casa de los compañeros Luis Verdi y Mirta Atencia, dirigentes del FIP en
Formosa y los detuvieron. Tres días más tarde, luego que el Juez Federal otorgara la libertad de
ambos, el jefe de la guarnición militar de aquella provincia, teniente coronel Oliva, volvía a
detener a Mirta, dejándola a disposición del PEN. De ese modo, el jefe militar ponía en tela de
juicio el plan político esbozado por el ministro Robledo, consistente en convocar a elecciones
para el último trimestre de 1976. En efecto, no es posible un acto electoral con dirigentes de un
partido legal reconocido detenidos o procesados arbitrariamente.

El FIP dijo a Oliva- que aseguró vinculaciones con la subversión de parte de Verdi y de
Mirta- que la represión a sus militantes es parte constitutiva de la escalada golpista destinada a
truncar el proceso de la Soberanía popular. Quien vincula el FIP al terrorismo, miente a
conciencia. En verdad, está atacando al pueblo y a sus derechos del mismo modo que lo hacen
los asesinos que destruyeron los locales del FIP de Santa Fe, Santiago del Estero, Formosa,
Tucumán, etc.

Ante el mutismo y la inmovilidad peronista, el FIP se ha convertido en la única fuerza


nacional que defiende consecuentemente el mandato popular y las causas de los ataques y
represiones de que es objeto deben buscarse en esta valiente actitud. Si el terrorismo pro
imperialista, disfrazado de ‘guerrilla’ es contrarrevolucionario, también lo es la represión
indiscriminada de los dirigentes y militantes populares.

Días antes, en Formosa, había sido cambiado el Interventor Federal. Las causas del
relevo de Juan Carlos Taparelli- según pudo saberse en círculos allegados al ex mandatario-
estaban directamente relacionadas con controlar el contrabando, poderosa industria montada en
varias ciudades fronterizas del país. Taparelli reunió algunas pruebas comprometedoras, que
sirvieron no para castigar a los responsables sino para que aquél se fuera de la provincia.

Simultáneamente con el control del contrabando apareció el terrorismo en Formosa,


algunas bombas y la barbarie ‘montonera’ del 5 de octubre, dan la pauta de ello. Extraña
coincidencia esta, la del terrorismo y el contrabando, que ha terminado según se observa,
beneficiando a los grandes pulpos de la intermediación parásita.
A su vez en Tucumán, a raíz del brutal ataque terrorista en la madrugada del 27 de
noviembre contra la sede del FIP, el presidente de la Junta Provincial, Pablo Fontdevilla, emitió
una declaración donde señala:

“Que dicho atentado constituye una agresión de bandas terroristas enemigas de la


soberanía popular que tanto costara al pueblo argentino conseguir, y contra las que el FIP viene
luchando militantemente. Del mismo modo, hemos denunciado el carácter imperialista del
terrorismo de izquierda y de derecha, grupos insurgentes y contrainsurgentes que se alzan en
forma subversiva en contra del gobierno que el pueblo votó`”.

Por toda respuesta, la policía de la provincia allanó nuestra sede, ocupándola luego e
impidiendo el acceso de las autoridades partidarias y procediendo a la detención de los afiliados
que concurrieron a informarse de la situación. De esta forma fueron privados de su libertad
cinco afiliados, entre ellos el traidor Daniel Campi, quien había entregado a varios compañeros
para ponerse a salvo. La policía tucumana demuestra que considera delincuente no a los que
ponen bombas sino a sus víctimas.

20.”JAMÀS ESTAREMOS CON LOS ENEMIGOS DEL PERONISMO”

En el número 44 de Izquierda Popular se publicó con ese título esta nota que
sintetizaba las opiniones de Jorge Abelardo Ramos, emitidas el 20 de febrero de 1976, sobre los
graves peligros que acechaban al gobierno.

Estamos al cabo de 18 meses- la posteridad inmediata de Perón- que han demostrado la


imposibilidad, para el núcleo gobernante, de realizar la revolución nacional por la cual votaron
las masas populares en los años 46, 52 y 73. Sólo cabe esperar que el país asista a elecciones en
el plazo más breve posible, para que en esos comicios la clase obrera y el pueblo determinen
cuál será el balance crítico de este gobierno peronista.”

El titular del Frente de Izquierda Popular agregó que “gracias a los extravíos de este
gobierno, la vieja y decadente oligarquía argentina- que todos suponían hundida en el pasado-
ha mostrado su enorme vigor y su lozanía al articular un gigantesco movimiento de “lock-out”
en todo el país, que ha arrastrado a la pequeña burguesía comercial e industrial tras las banderas
de la Sociedad Rural y de la derogación de la Ley de Contratos de Trabajo”.

Los extravíos y debilidades del gobierno le han permitido al radicalismo arrancarse la


toga, presa de una gran indignación moral. Es el mismo radicalismo en el que Juliàn Sancerni
Jimènez, en el año 36, distribuía sobres con 100.000 pesos por diputado para votar la prórroga
de la concesión de la CADE. Y el tesorero del comité nacional de Alvear admitiría ante la
comisión investigadora de Rodrìguez Conde, en el 43, que recibió el dinero de la CADE para
levantar la Casa Radical de la calle Tucumán. De modo que estos moralistas no son los más
autorizados para juzgar a este gobierno.

Sobre el rol de las FF.AA., Ramos opinó que “la experiencia vivida entre lo años 66 y
73 debe pesar mucho en el ánimo de los militares argentinos, de una manera abrumadora, como
para indicarles cuáles son los peligros que acechan a las FF.AA. en caso de que ellas decidan
ocuparse nuevamente de los asuntos públicos sin que hayan sido llamadas ni formadas para
tales asuntos.”
Por último el presidente del FIP señaló que “la crisis política y económica no tiene su
punto de partida en las argucias del astrólogo y su banda. El origen de la crisis nacional es la
pugna entre la sociedad agraria oligárquica y la lucha de Perón para transformar a la Argentina
en una sociedad capitalista normal a ejemplo de Europa. Cuando Perón regresó era un anciano
enfermo, que murió al poco tiempo. Cuando tenía 60 años y estaba en disposición de seguir, en
medio de grandes tropiezos, la marcha que había iniciado en el 45, fue excluido del poder
político, transformado en un “leproso”, confinado en la jaula de hierro que le cedió Franco en
Madrid y apartado de la lucha política concreta en el país. La expatriación de Perón es el crimen
mayor de la oligarquía y la responsabilidad común en esa expatriación pertenece al señor
Balbín, a los Manrique, a los Alsogaray y a los demócratas progresistas, al Partido Comunista y
a todos aquéllos que formaron parte del sistema antiguo de dominación en el Plata. Hoy, con
una exclamación de júbilo inocultable, los agentes del capital extranjero, los antiguos
mayordomos de la CADE, los empleados de los terratenientes, los abogados de las viejas
empresas de servicios públicos, los antiguos y los nuevos diputados, se lanzan alegremente a
picotear el gigantesco cuerpo moribundo del peronismo

21. EN VISPERAS DEL GOLPE MILITAR

En marzo de 1976 Izquierda Nacional publicó esta nota, con el título “Presos del FIP
¿hasta cuándo?

Acaban de ser puestos a disposición del Poder Ejecutivo Nacional los compañeros
chilenos Manuel Camilo González del Río y Enrique Sepúlveda Quezada. Arbitrariamente
detenidos por la Policía Federal, sin que exista sobre ellos ningún cargo y habiéndose
comprobado su absoluta desvinculación con el terrorismo, los dos compatriotas chilenos ligados
desde hace años a la Izquierda Popular, se encuentran a disposición del PEN en la cárcel de
Villa Devoto Refugiados en nuestro país se vincularon con el Frente de Izquierda Popular, el
que se ha responsabilizado de toda su actividad pública y privada.

La situación de los compañeros se suma a la de la larga lista de detenidos que ostenta el


FIP: Simón Gómez y María del Carmen Castillo, en Catamarca; Mirta Atencia y Luis Verdi, en
Formosa; Abraham Kosack, a disposición del PEN y fuera del país, Carlos Martin, en Viedma.
A todos ellos se suma la reciente detención en Santa Fe de Justo Roberto Goncebate, ex
candidato a vicegobernador por el FIP en aquella provincia. Todos ellos dirigentes provinciales
del Frente de Izquierda Popular a quienes el gobierno ha privado de su libertad y por ende de la
posibilidad de continuar su lucha en defensa de la soberanía popular, contra gorilas y golpistas
que atentan contra el propio gobierno.

Es indudable que la provocación imperialista del terrorismo sumada a la incapacidad del


gobierno peronista para combatirlo eficazmente en el plano político han dado como resultado un
incremento manifiesto en la acción de las Fuerzas Armadas. La persecución a militantes del FIP
no puede significar otra cosa que un desborde de la lucha antiterrorista y un avance contra el
propio gobierno y contra la legalidad popular que le ha permitido ser gobierno. Si este
permanece impasible ante estos hechos, tal como se lo viene haciendo hasta el momento, hace
más que dar el visto bueno para su propia sepultura. En este sentido sería de importancia
conocer desde qué repartición o qué funcionario aconseja la firma de los decretos para descubrir
entonces dónde anida la conspiración actual y la traición futura.

Defender la legalidad del FIP y la libertad de sus militantes es defender la revolución


nacional, la soberanía popular y las conquistas sociales. Quien ataca lo primero terminará sin
duda luchando contra lo segundo.

22.- 1976-1980: AÑOS DE REPRESION

El FIP se caracterizó durante los años más crueles de la dictadura por combatirla por
medios políticos toda vez que pudo hacerlo. A pesar de la censura y autocensura de la prensa
(la radio y la televisión permanecieron mudas para nosotros durante seis o siete años) las
posiciones del FIP lograban filtrarse circunstancialmente y daban al pueblo expresión a sus
aspiraciones. Publicamos numerosos folletos estudiando el mecanismo histórico y económico
del régimen y formulando los pronósticos adecuados a los resultados que cabían esperar el
plan de Martínez de Hoz.

Fueron víctimas de “desapariciones” inducidas por Campi los compañeros


Rodolfo Gallardo y Nora Peretti su mujer, ambos abogados, de cristalina conducta profesional
y política, vecinos de la ciudad de San Francisco; Molinillo, un estudiante santiagueño y
Sánchez, obrero de ingenio en Tucumán. Nuestra candidata a gobernadora en salta, la
escritora Ana María Giacosa fue detenida, así como el presidente del FIP en Santa Fe, el
doctor Alberto Geovergia, el doctor Palero, presidente del FIP en Mendoza… la lista es
interminable. Por mi parte, fui allanado una vez, otra intentaron secuestrarme, sufrí dos
detenciones y fui procesado cinco veces por violar el decreto que declaraba delito ejercer la
acción política. Todos los empleados del Estado o docentes que hubieran pertenecido al FIP
eran declarados cesantes o prescindibles. Esto no era novedad, pues ya en el gobierno
peronista a cuyo triunfo contribuimos, había ocurrido lo mismo.

Bajo el régimen de Martínez de Hoz y su guardaespaldas militar, el ilustre pensador


contemporáneo general Albano Harguindegui- ambos cazadores de venados y otras presas-
empezamos a publicar La Patria Grande, donde escribí en 1980 lo siguiente:

AL SALIR DEL TUNEL

Resulta muy aleccionante que entre 1955 y 1980- la edad de una generación- la
atormentada realidad argentina haya podido comprimirse en la visión de dos grandes artistas:
Ernesto Sábato con su novela El túnel y las insoportables obsesiones que la recorren y, en otra
franja del universo estético, Carne picada de Jorge Asís. Ambas obras contienen y revelan,
entre lágrimas y sarcasmos, los grandes relámpagos internos de una sociedad que los viejos
políticos han renunciado a comprender. Pues, en resumidas cuentas, a muchos les resultaría
difícil admitir que a partir de la caída de Perón- y no antes- la Argentina conoció de nuevo
Ushuaia, fusilamientos ( de los generales Valle, Cogorno y otros), las masacres obreras (en los
basurales de Josè León Suárez), el Plan Conintes implantado por Frondizi contra el movimiento
obrero, el pedido del canciller Zavala Ortiz a la dictadura brasileña para que el avión que traía
de regreso a Perón fuese retenido en el aeropuerto de El Galeao en 1964. Enseguida, el golpe de
Onganìa. Luego, el terrorismo naciente de los estancieros y fascistas (Diego Muñiz Barreto y
Firmenich), el asesinato de los generales Aramburu y otros, de los dirigentes obreros Vandor,
Alonso y muchos más. En fin, tras una pausa milagrosa- la del triunfo del 23 de setiembre de
1973- la precipitación en el terrorismo generalizado: Montoneros, ERP, FAR, las Tres A, los
servicios secretos del Estado y las FF.AA. Fue una marea alucinante donde los terroristas y los
contraterroristas diezmaron a inocentes de todos los bandos. Y a continuación, el sexenio
siniestro que estamos por terminar.

¡Y pensar que lectores desprevenidos se preguntaban con candor, algunos años antes, de
dónde sacaba Sábato sus obsesiones y quizá con ironía se interrogaban sobre los artificios a que
se libraban en su oficio los extraños magos de la palabra! Pues bien, es preciso reconocer que
los novelistas, poetas y profetas de aquella Argentina arcaica penetraron profundamente el
secreto de sus tranquilas vísperas. Y esta temporadita en los infiernos comenzó justamente a
partir del momento en que los “demócratas” y el gran capital extranjero arrojaron del poder al
famoso tirano.

El hundimiento de la sociedad victoriana

En grandes líneas, ¿cuál es el “núcleo motriz” de semejante proceso? ¿qué fuerzas


empujaron al país hacia la “Pequeña Argentina”? No parece descabellado deducir que semejante
parálisis intelectual obedezca al hecho de que los mismos factores que trajeron al mundo hace
cien años a una Argentina exportadora y europeizada hasta sus últimas fibras, aquella sociedad
victoriana posterior al noventa, que engendró partidos políticos, instituciones y visiones
particulares de una cultura de factoría, sean justamente los que impiden que los tripulantes de la
gran nave puedan pensar en nada mientras se hunden con ella.

Quizá por tal razón es que percibimos la atmósfera de un fin de época. Claro está que es
nuestro deber saber bien qué es lo que queda atrás, ya que de otro modo no podríamos pugnar
para abrir el camino a una sociedad nueva. Si no examinamos lo ocurrido, repetiremos la
historia.

En términos rigurosos, ya no hay duda alguna de que las grandes fuerzas internas (la
oligarquía pecuaria y financiera) y el poder externo han logrado impedir, de diversos modos,
pero en particular por la violencia y por la malformación cultural de las horribles universidades
y colegios militares argentinos, que el capitalismo pueda desarrollarse en la Argentina. En otras
palabras, la oligarquía del país no quiere capitalismo industrial que desarrolle las fuerzas
productivas y que obtenga las mismas ventajas de civilización, ciencia, cultura y bienestar que
ha logrado ese sistema en Europa y Estados Unidos. ¿No ha permanecido Cuba como factoría
azucarera?

Formulado tal concepto central, que desmiente las ilusiones de Marx sobre la
penetración del imperio inglés y sus ferrocarriles en la India del siglo XIX como factor de
progreso, muchos exégetas nativos del benéfico capital extranjero nos señalarán con un puntero
la pizarra donde figuran numerosas empresas industriales de ese origen en países del Tercer
Mundo. Se aprovechan de las circunstancias políticas de la región dada: si hay dificultades,
cierran las fábricas y se retiran del mercado. Pero la tendencia natural de las industrias del
capital extranjero desde 1930 a hoy se define como propensa al monopolio del mercado interno.
Se sitúan en ramas específicas: automotrices o petroleras, básicamente. Por el contrario, los
grandes países industrializados prefieren invertir y desarrollar otros países avanzados (capitales
yanquis en Europa, por ejemplo) porque ciertos grupos prefieren un marco político menos
peligroso que los países semicoloniales.
La tentativa del peronismo

Pero lo que es una pura evidencia en la Argentina es que los intereses extranjeros y
oligárquicos han obstaculizado con éxito el proceso de crecimiento capitalista y cada vez que
han podido (y han podido muchas veces) expulsaron a las fuerzas nacionales del poder,
redujeron la política industrial, fabricaron desocupación y facilitaron la emigración de
profesionales y técnicos calificados.

El odio a Perón de la oligarquía y las clases medias de la vieja sociedad agraria en el


período 1945-1955, y aún después, se fundaba en que Perón representaba una tentativa para
alterar el orden rural y exportador, revolucionaba la estructura del Estado improductivo,
incorporaba proyectos de planificación. Pero el capitalismo había dejado de ser moderno en
cierto sentido, y sobre todo, se oponía a la modernidad ajena. Aunque la división internacional
del trabajo había estallado con la crisis de 1930 y Adam Smith yacía en la tumba hacía mucho
tiempo, los Estados-astros- que se habían vuelto proteccionistas (basta señalar el Mercado
Común Europeo, las subvenciones a los agricultores en Estados Unidos y las limitaciones para
el ingreso de autos japoneses)- persistían y postulan una economía “abierta”, economía que ha
dejado de existir en todo el mundo.

Es natural que ante las tentativas del peronismo para tomar el poder, construir la
industria pesada, una marina mercante propia, un sistema de seguros y reaseguros argentinos,
una flota aérea, una investigación atómica nacional y una red de empresas del estado que
contuvieron la presión extranjera sobre la economía del país, la anacrónica rosca del puerto de
Buenos Aires no haya cejado en sus propósitos de impedir la grandeza nacional. Pero diremos
que la oligarquía derribó a Perón y lo sobrevivió porque:

-. El Ejército argentino carece de una formación nacionalista en materia económica,


geopolítica y política.
-.Las Universidades argentinas, desde hace un siglo, producen profesionales que
conocen mal el país y sólo procuran el éxito personal.
-.Los nexos con el imperialismo europeo infundían a las clases agrarias, parásitas o
productivas, la idea de que el comercio de carnes o granos aseguraría su bienestar con o sin
industria argentina, con o sin soberanía.
-.Perón se esforzó por crear un nuevo Estado, pero fracasó en la tarea de crear un nuevo
ejército y una nueva Universidad, así como dejó a la oligarquía y a sus instituciones (Cámara
Argentina de Comercio, Sociedad Rural argentina, los grandes Bancos y financieras, etc.) en
posesión de un poder hasta hoy incontrastable.

Se pierden los vínculos con Europa

Un hecho nuevo, sin embargo, se fue introduciendo lenta e implacablemente en este


cuadro. Este hecho es la quiebra de los vínculos argentinos con Europa. Lejos de unirnos, ahora
el Atlántico nos separa de los viejos imperios. Europa occidental se ha encerrado en su autarquía
económica y Europa del Este, en una autarquía que ellos llaman socialista. A su vez, la
Argentina ha perdido sus mercados tradicionales y debe volverse hacia la América latina. Pero
no se trata, pura y simplemente de sencillos reemplazos en el sistema comercial. Toda la vieja
estructura erigida en el país desde antes de 1900 para sostener la integración de la Argentina
como provincia agraria de Europa se ha desplomado. Es por esa razón esencial que están en
quiebra los grandes frigoríficos. Hoy parece de un patetismo ridículo esperar el último libro de
Francia o que los ex alumnos argentinos de universidades inglesas se reúnan a comer
mensualmente en el Club Picwick. Hurlingham, Temperley y Banfield se han despoblado de
gerentes ingleses ya hace muchos años. Algún anciano funcionario, olvidado en Sudamèrica,
todavía adquiere con nostalgia en la calle Florida la loción de baño James Smart.

Se agrietaban ya hacia 1970 las categorías neopositivistas de Gino Germani y ningún


psicoanalista joven de la misma época creía ya en el santoral litúrgico de la Sociedad
Psicoanalítica Argentina, que recibía la suprema inspiración desde la brumosa Londres. La
nueva historia socialista, la puesta en discusión de los valores antropológicos, la antigua política
científica de los Houssay que no conducía a nada (salvo a un Premio Nobel, de sospechoso
valor en el mercado), todo estaba en crisis ya en 1970, cuando resuenan las primeras descargas
de la demencia terrorista ¿Se hicieron periodistas? Nada de eso. Se pasaron al peronismo para
“mejorarlo”, es decir, para destruirlo por dentro, ya que sus padres, una generación anterior,
habían fracasado en destruirlo desde afuera. La teoría era la siguiente: Este viejo hijo de puta
arrastra al pueblo y hay que enseñarle al pueblo en qué consiste la revolución. Los padres
gorilas, en 1945 o 1955, habían querido aplastar a Perón y enseñarle al pueblo el significado de
la democracia. Hasta los hijos de los militares se hicieron “peronistas”, es decir, antiperonistas.
Pero esta confusión no era más que aparente.

Una tarea para 28 millones

En 1973 no sólo había llegado a su término lo que restaba del Estado peronista,
arruinado por los rosqueros de la oligarquía, sino que el retorno de Perón, como Ulises a Ítaca,
sólo contenía su último discurso y su muerte. El camino estaba expedito y la locura furiosa de
una parte de la clase media que no se resignaba a un destino mediocre sirvió una vez más al
gran patrón portuario. Podía verse nítidamente que la Argentina exportadora ya no podía seguir
adelante. En realidad, ya que la oligarquía y el poder imperial se oponían al capitalismo
nacional como factor de crecimiento, los militares optaron por dejar de crecer. Sólo emplearon
la palabra grandeza al pie de los mástiles. La cohorte militar pedía órdenes a los ricos senadores
que, como en la antigua Roma, dispensaban generosas propinas y regalías a los dóciles
soldados. Así se cumplió un sexenio de ignominia.

Es cierto que muchos argentinos han partido para vivir en otros climas, con un título
bajo el brazo, así como sus bisabuelos hace un siglo llegaban iletrados hasta aquí para ganar su
pan. Pero quedan 28 millones. No son pocos para rehacer una sociedad que los vampiros de esta
larga noche han debilitado. Como decía en feliz expresión el obispo Zazpe, hay una Argentina
secreta y ella dará vuelta el poncho y expulsará a los mercaderes.

23. EL PENSAMIENTO COLONIAL

La inesperada ocupación de las Islas Malvinas el 2 de abril de 1982 fue uno de los
grandes momentos de la emancipación americana. Toda la “partidocracia”, como la llamaba
Perón (sin imaginar que algunos peronistas no sueñan otra cosa que en ingresar a la
partidocracia) se quedó estupefacta, como producto legítimo de la sociedad anglófila que
modeló desde el origen a los partidos políticos argentinos, salvo a la fase inicial de Yrigoyen y
al peronismo mientras Perón vivió. Juran solemnemente pagar la deuda externa a los piratas
que usurpan el territorio nacional. Todo esto lo hacen en nombre de la “democracia”. Escribí
para La Patria Grande el artículo que se leerá a continuación, en mayo de 1982.

El pensamiento colonial en muchos argentinos, es decir, una forma particular de ver el


país y el mundo como ciudadanos de segunda clase, es un rasgo de la República emancipada a
medias. Esto acaba de ser demostrado con meridiana claridad con la reconquista de Malvinas.

El tema de las islas irredentas se había convertido en un ritual escolar petrificado, en un


latiguillo de insignificante resonancia en el espíritu público. En este recurso legal, los
ciudadanos mencionados pedían al tribunal medidas cautelares inmediatas para obligar a
negociar a los ingleses, luego de “cien años de soledad”: embargo del Banco de Londres y
América del Sur, incautación de las estancias de la Corona en Santa Cruz (setecientas mil
hectáreas en la frontera con Chile, interrupción del tráfico aéreo y marítimo de y hacia
Inglaterra, etc.)... Nada menos que hasta el diario Crónica, al informar sobre el recurso de
Ramos y Cabral, opinó que los autores del recurso judicial sólo buscaban publicidad. Semejante
injuria resultaba bien extraña en órganos que rutinariamente explotan la sangre, el sexo o el
escándalo. En cuanto al resto de la prensa, guardó un altivo silencio. ¿Cómo molestar al amigo
británico con tamaña impertinencia?

Y bien, al producirse la ocupación militar de las islas el 2 de abril, fecha que merecerá
un lugar de honor en las luchas de la emancipación latinoamericana, el estupor que causó en los
medios “políticos”, “cultos” o “izquierdistas” el acontecimiento o puede menos que calificarse
de memorable. Claro está que fue un “clamor secreto”, una “indignación inconfesable”. Nadie
se atrevió a “borrarse”. Pero desde periodistas, universitarios, militares o políticos, en fin, todo
género de “gente avisada” y hasta ministros del propio gabinete, quedaron consternados. No
tuvieron más remedio que aprobar, “de la boca para afuera”, el gran acontecimiento.

Pero nadie ignora las amargas críticas a las Fuerzas


Armadas formuladas en corrillos hasta por muchos de los que han venido usufructuando la
comensalía de la dictadura en los años que ésta sirvió a la oligarquía y al capital extranjero, así
como por otros partidos y sectores de la “oposición”, de la burguesía industrial y de los
terratenientes, para no hablar de la alta finanza. Tampoco faltaron en esta “condenación
silenciosa” la vacua fauna de “izquierdistas” que coincidían con los anteriores. Naturalmente, la
espontánea e irresistible explosión de patriotismo del pueblo los enmudeció a todos. Para
comprender la naturaleza del pensamiento colonial clasificaríamos sus matices en el siguiente
orden:

1) La ocupación de las Malvinas es “inoportuna”. ¿Por qué no haberla hecho en otra


ocasión más favorable?
2) La ocupación “es una farsa”. Ya hay “un arreglo con los ingleses” para un
negociado y con los norteamericanos para “cederles alguna base naval”.
3) La ocupación es una simple “medida de política interna”, que proporcionaría a
Galtieri algún prestigio político susceptible de facilitar su plan de presentarse como
candidato a Presidente en el reordenamiento político que el régimen procura como
“salida”.
4) La ocupación es un “acto irresponsable” de un “gobierno irresponsable” y que
arruinaría nuestras relaciones con Occidente y el flujo de capitales, para no hablar
de los “peligros de una aproximación al bloque oriental guiado por la URSS”.
5) La ocupación es un acto positivo, que solo podía surgir de un gobierno “fascista”.
De este modo, conservadores, liberales, muchos radicales, desarrollistas, por supuesto el
occidentalista Manrique, universitarios de prosapia más o menos “marxista-mitrista”,
“progresistas” de la clase media profesional, el Barrio Norte y la gran prensa- en suma, la
sociedad anglófila tradicional- se distribuyen las categorías interpretativas que hemos resumido
màs arriba. Resultan ser el sofocado eco del lapidario juicio europeo- liberal o “socialista”-
sobre los argentinos. Todo el Occidente mágico, desde Miterrand, el charlatán Règis Debray o
el laborismo europeo, se ha lanzado contra nosotros. El pensamiento colonial consiste, en
resumen, en que no puede concebir una decisión importante adoptada por argentinos al margen
de la influencia norteamericana, europea o rusa.

A este tipo de conducta intelectual le resulta impensable que algún gobierno, sea cual
sea su naturaleza, decida emprender un camino independiente. Esto ya pasó con Yrigoyen, con
el gobierno militar del 4 de junio de 1943, luego con Perón. Resultaba un verdadero escándalo
un gobierno capaz de enfrentarse con Europa o con Estados Unidos. La explicación de tal acto
no había que buscarla en quienes adoptaban las decisiones incriminadas, sino en algún supuesto
acuerdo con alguna potencia mundial. Así Yrigoyen, al ordenar que la Armada sólo saludara a
la bandera de Santo Domingo cuando la isla estaba ocupada por los yanquis, fue acusado de ser
un instrumento de Gran Bretaña. En fin, a Perón le vino la regla. Por su política de
enfrentamiento con Estados Unidos recibió desde derechistas o izquierdistas cipayos el mote de
“agente inglés”, en tanto solamente la Izquierda Nacional, predecesora del FIP, sostenía al
gobierno de Perón.

Algunos políticos declararon que “ha llegado la hora del silencio”. Otros proclaman que
hay que suspender toda actividad política hasta después del conflicto. Por el contrario, para
vencer al imperialismo hay que movilizar la energía espiritual del pueblo argentino e inyectar a
la política su potente sentido histórico.

Es también llamativo del pensamiento colonial el uso u omisión de ciertas palabras.


Como durante un siglo y medio la Argentina no ha enfrentado a Francia e Inglaterra, la idea
misma de entablar una guerra con los países “modelos” resulta al sector “culto” y “europeizado”
algo intolerable. Tal es el pensamiento colonial. La juventud podrá entender la lucha intelectual
de Ugarte, Scalabrini Ortiz, Jauretche, Hernández Arregui, Irazusta, Rosa y otros ilustres
argentinos sobre la naturaleza del imperialismo inglés entre el humo de los disparos.

El vuelco de este régimen militar oligárquico hacia la proeza de las Malvinas sólo puede
redundar en beneficio del país, en la caída de Alemann y en la crisis de la política oligárquica,
antiindustrialista y antiobrera, seguida hasta hoy. La defensa nacional exige una política
económica nacional y popular. Pero la anglomanía de la vieja sociedad victoriana sobrevive en
medio de la guerra con el imperialismo británico y hasta paraliza la acción del mismo gobierno
que hoy enfrenta a la flota de la armada Albiòn. Los ingleses, estamos seguros de ello, y desde
alta mar, darán una enérgica lección de antiimperialismo a todos los cipayos argentinos que no
se resignan a perder su amado imperio.

Mayo de 1982.
24. EL IMPERIALISMO Y LA PARTIDOCRACIA QUIEREN DESMALVINIZAR LA
ARGENTINA

Ante la indiferencia de los partidos y el abandono por parte del gobierno militar de la
sagrada causa de las Malvinas, así como la actitud de capitulación de la Argentina ante la
banca mundial y el Fondo Monetario Internacional, escribí en diciembre de 1982 este retrato
de nuestra historia contemporánea, bajo el título “El imperialismo y la partidocracia quieren
desmalvinizar la Argentina”. Estoy persuadido de que el pueblo argentino dará a cada cual lo
suyo.

Dos momentos estelares ha vivido la Argentina contemporánea. Uno ha sido nuestro


desafío a Estados Unidos en 1954. El otro la reconquista de las islas Malvinas en 1982. Nada ni
nadie podrá borrar de la historia tales jornadas.

Centenares de guatemaltecos se refugiaron en la embajada argentina. La Pan American


Airways rehusó vender pasajes a los refugiados. Entonces Perón ordenó desviar de sus rutas
comerciales europeas a nuestros viejos DC6, propiedad del Estado
Argentino, estableció un puente aéreo entre la capital de Guatemala y Buenos Aires y salvó la
vida de todos los perseguidos. Por su parte, los partidos argentinos de “oposición democrática”,
amigos de EE.UU., como hoy, estaban ocupados en conspirar para derrocar a Perón en la
célebre Revolución Libertadora. Mucho tiempo después, en la Ciudad Vieja de Guatemala se
seguía orando por el alma de Eva Perón.

Treinta años más tarde, con la ocupación de las Malvinas y el enfrentamiento a la flota
inglesa y al imperialismo mundial, la América Criolla contemplaba con simpatía profunda una
nueva prueba de la gallardía argentina. Nada tenía que ver con este deslumbramiento
latinoamericano el juicio que merecía la funesta dictadura militar de los últimos seis años. Por el
contrario, la Inglaterra “democrática”, fundada en la sangre de esclavos coloniales, es
esencialmente reaccionaria aun cuando fuera la Thatcher o algún socialista vegetariano quien
orientase su gobierno. Lo que importa aquí no es el régimen político sino la condición histórica
o social del país en cuestión: la sociedad imperialista se funda en la explotación del mundo
colonial. Su esencia es la injusticia.

Si la democrática Inglaterra hubiera ocupado con sus tropas el territorio de la Argentina


dictatorial, seguramente habría establecido un gobierno favorable a los intereses de la banca
europea y el pueblo argentino habría sido desmoralizado y humillado. Ahora, si el gobierno
militar u otro cualquiera se propusiera continuar la lucha contra Inglaterra en todos los planos, -
políticos, financieros o militares-, el triunfo de las aspiraciones argentinas sólo podría obtener
como fruto el despertar del espíritu revolucionario y patriótico de las masas populares. Ninguna
dictadura podría resistir a ese renacimiento nacional.

De todo esto simulan olvidarse no sólo los partidos “democráticos” sino hasta muchos
dirigentes “peronistas”. Claro está que olvidarse de algo también es tener memoria, según
dictamina Martín Fierro. Al fin y al cabo los partidos “democráticos” de la Argentina de hoy,
los que quieren “desmalvinizar” el país son los mismos que se aliaron con Braden en 1945, que
derrocaron a Perón en 1955 y que se enfrentaron a la clase obrera cada vez que les resultó
conveniente hacerlo.

Sobre la importancia verdadera de las “formas” políticas o “ideológicas” que


frecuentemente ocultan la verdadera naturaleza de los intereses de naciones y clases nada mejor
que recordar la conducta del “socialista” Miterrand o del otro “socialista” Felipe González, ante
el conflicto de las Malvinas. Esa es la causa por la cual dicha clase obrera disfruta de las
ventajas legislativas que puede obtener de un gobierno socialista en su propio suelo y manifiesta
una absoluta indiferencia hacia la extorsión que ejerce el citado país imperialista y sus aliados
en la OTAN sobre los países semicoloniales. Por ahora y hasta que nuevos hechos se inserten
en el gran teatro de la historia universal, poco más puede añadirse a la mustia leyenda del
“internacionalismo proletario”.

Del mismo modo que los “revolucionarios” de Europa o Estados Unidos, llegado el
momento y con diversos pretextos apoyaron a la flota de los “gurkas” o se declararon “por
encima de la pelea”, entre nosotros los fenómenos políticos suscitados por la guerra de las
Malvinas revisten un interés no menos notable. ¿Cómo entender la actual situación política? Es
preciso partir del hecho de que la Argentina no es un Estado plenamente integrado en la escala
de una Nación independiente. Tampoco es una colonia pura y simple. Se trata de una “semi-
colonia” o de un “país dependiente”. No sólo logró derribar a Yrigoyen y a Perón. También ha
cerrado cíclicamente al país todo camino que pueda llevarlo a la cultura y a la civilización.
Detrás de los Martínez de Hoz, Krieger y Alemann se encuentra esa clase social. En el período
de la “expansión europea” (1880-1945) contó con el apoyo político de una clase media
manipulada por la estructura cultural “progresista” e “izquierdista”. En cada ocasión decisiva
esta clase media prestó su “base de masa” a la política oligárquica, a pesar de sus antagonismos
menores.

La falsificación de la historia nacional y la hostilidad o indiferencia hacia América


latina constituyeron los rasgos principales del desarraigo del estudiantado universitario y de
parte de la “inteligencia” argentina hacia los grandes problemas del país. La guerra de las
Malvinas y la ausencia de Perón en el escenario parecieron devolver a las clases medias
portuarias, de tipo “democrático” o “izquierdista” su perdida lozanía. Clara prueba de lo dicho
es la conducta de ciertos representantes justicialistas en la Multipartidaria, parodia de frente
popular, empollada por el general Viola y que sólo aspira a reclamar fecha cierta de comicio, en
lugar de esgrimir las grandes banderas que dieron el triunfo al Coronel Perón en 1945.

Esto no es difícil de explicar. El hundimiento del gobierno de Isabel Perón se produjo


antes del golpe militar de 1976. Era un hecho a la vista de todos que a partir de la muerte del
general Perón el gobierno de Isabel había perdido pensamiento directriz y energía política.

Era un simple fantasma el gobierno que abatió la conspiración oligárquica el 24 de


marzo con la preciosa ayuda del “montonerismo” terrorista y del sistema comercial-industrial,
creador del mercado negro. Se debatía en una impotencia patética sin atinar a tomar resolución
alguna. El fracaso del gobierno justicialista disipó en las frívolas clases medias profesionales y
universitarias que habían votado al FREJULI el 11 de marzo de 1973 toda ilusión sobre su
porvenir. Ahora miran hacia Alfonsín, apoyado por el Departamento de Estado. Han cambiado
la vincha por la corbata, pero ellas mismas no han cambiado.

Por su parte el empresariado nacional, o sea la burguesía argentina, se enriqueció bajo la


legislación proteccionista de Perón. Esto no le impidió participar jubilosamente en cada
movimiento oligárquico destinado a derribar a los gobiernos populares que la llenaron de
dinero. Ahora está arruinada, como cabía esperar y no puede aspirar a jugar ningún papel
decisivo en la formulación de un programa económico, que, como el de Gelbard, apenas rozó la
superficie de los privilegios oligárquicos. El pensamiento colonial de los partidos y de la
“inteligencia” se puso de manifiesto sin velos después de la caída de Puerto Argentino.

Llovieron sobre el público decenas de libros y campañas periodísticas que se proponían


el “caso de las Malvinas”. Toda la cuestión giraba sobre las reales intenciones de Galtieri, la
inoportunidad de la ocupación, los sufrimientos de los soldados, la comida fría, la incuria o
cobardía real o supuesta de los jefes, la imprevisión del alto mando, la falta de coordinación de
las tres fuerzas armadas, etc. Pero ni un solo libro o partido político reivindicó el hecho mismo
de la ocupación de las Malvinas más allá de los defectos, errores o desaciertos en que
incurrieron sus jefes. Lo que ha sido puesto en cuestión, bajo un terrorismo ideológico
realmente abrumador, es la “oportunidad” de realizar dicha acción militar. Casi todos los
partidos políticos argentinos no han vacilado en calificar a la gesta del 2 de abril como una
“aventura irresponsable”. Los peores cipayos y entreguistas más notorios, los más oportunistas
y cínicos miembros de la partidocracia, que han pactado una y mil veces con el régimen militar,
con Estados Unidos y con el imperialismo europeo, a partir del 14 de junio alzaron la voz y
condenaron el gran triunfo argentino. Detrás de ellas, como una cascada, siguió la fracción más
conservadora de los estudiantes. La Universidad está formada hoy por sectores conformistas de
las clases medias. Sólo miembros de las clases más acomodadas pueden ingresar a ella. Esto
explica el triunfo de los “moderados” alfonsinistas en las elecciones estudiantiles. Siguió luego
la especie dudosa de personajes que oraban en silencio por nuestra derrota frente a la
civilización europea. La campaña de “desmalvinizaciòn” estaba en marcha.

Dijimos “triunfo argentino”. Pues el triunfo no está oscurecido por la derrota de Puerto
Argentino. Nos decía nuestro querido amigo Alberto Methol Ferrè, en fugaz paso por Buenos
Aires, procedente de Colombia, que desde América latina toda la gesta de las Malvinas aparece
como una gran empresa heroica lograda, como una guerra que ha levantado como nunca el
prestigio de los argentinos, volatilizado por largos años de dictadura. Y observaba lo siguiente:
que el antiguo proverbio inglés de que Inglaterra siempre pierde la batalla pero gana la guerra,
esta vez ha sufrido un vuelco espectacular. Pues si bien los piratas habían logrado retomar
Puerto Argentino, habían perdido la guerra. Sin duda alguna la pérfida Albiòn había sufrido una
catástrofe política en el mundo entero y, en particular, en el Tercer Mundo. No sólo se trató de
una pírrica victoria. Sin apoyo logístico en Chile, Brasil o Uruguay, los ingleses deberán
soportar, cada semana que pase, un costo financiero exorbitante. Puede añadirse que los
gobiernos latinoamericanos más discutibles desde el punto de vista de su régimen interno se han
sentido impulsados a tomar distancia del imperialismo, a ganar centímetros de ventaja en sus
negociaciones. La sangre argentina vertida en las Malvinas no ha sido inútil, como lo pretende
esta infame campaña antinacional, sino que ha inyectado nueva energía a todos y a cada uno de
los países de América latina en su larga marcha hacia un segundo Ayacucho. Sólo mercaderes
abyectos de la política aldeana pueden ignorar en su corazón reseco y en su palabrería vana,
estos grandes acontecimientos producidos a causa del 2 de abril.

Aún desde el punto de vista militar, los ingleses estuvieron a punto de perderlo todo.
Según declaraciones del general Moore, el día de la rendición argentina los soldados británicos
sólo contaban con 6 (seis) proyectiles por hombre. Es absolutamente falso que la suerte de esta
guerra o de cualquier otra pueda determinarse por la exclusiva supremacía técnico- militar. De
ser esto cierto, el pueblo de Vietnam no hubiera triunfado jamás sobre los franceses primero y
luego sobre los norteamericanos. Lo decisivo de la derrota de Puerto Argentino consistió en que
los generales del alto mando no querían combatir y no creyeron que irían a combatir. Esta
convicción no se debía ni a cobardía ni a incompetencia. Nacía del propio carácter político
social del régimen militar instaurado el 24 de marzo de 1976. Este régimen se vio bruscamente
en su ocaso, enfrentado por las circunstancias a un duelo militar con las mismas potencias en
cuyo culto se había educado y cuyos valores veneraba.

La conducta del régimen militar frente a las Malvinas después del 14 de junio es
comparable a la de los partidos políticos. Luego de derribar a su jefe Galtieri ante la caída de
Puerto Argentino, no ha hecho otra cosa que esmerarse por sepultar la gesta de la peor manera
posible. Si hubiera adoptado todas las medidas financieras y políticas contra Inglaterra que
aconsejamos a la Junta Militar durante la guerra, los soldados que combatieron en las islas no
sentirían la profunda decepción que hoy experimentan. Y no se hubieran producido los hechos
de la ciudad de La Plata. Por el contrario, todo soldado u oficial que estuvo, aunque más no
fuera una sola hora en las Malvinas debería ser considerado un héroe nacional, un verdadero
símbolo de la voluntad argentina de derrotar al imperialismo y de construir un Estado
plenamente soberano.

Impulsados al principio por un nacionalismo geográfico o “territorial” despojado de


toda connotación histórica, moral o económica, o sea, despojados de un nacionalismo global, los
generales de Galtieri se encontraron de un día para el otro ante la insolencia británica en las islas
Georgias. Los ingleses amenazaban con embarcar a la fuerza a los obreros argentinos que
habían izado la bandera argentina en nuestras islas. Puede adelantarse la hipótesis de que la
inteligencia militar argentina conocía el plan inminente de los ingleses y yanquis, el cual
consistía en “descolonizar” las Malvinas y crear de ese modo un Estado de opereta a cargo del
“barman” de Puerto Argentino. Este habría pedido y obtenido el reconocimiento el
reconocimiento de las Naciones Unidas como país soberano. Acto seguido habría entregado a
Estados Unidos por 99 años una gran base Aero-naval en el archipiélago argentino. De ser estos
datos verdaderos, la decisión militar estaba ampliamente justificada. Pero sus responsables
jamás imaginaron que el imperialismo actuaría en la forma en que lo hizo. Porque estos jefes no
sabían que existía el imperialismo. Creían qué sólo existía la Civilización Occidental. Era la
ideología del “Proceso” de 1976. Claro que esto mismo creía los partidos “democráticos” y
“populares”.

Por estas “creencias” comunes se habían realizado todas las revoluciones oligárquicas
del siglo. Para que los espontáneos reflejos de la “gente culta” actuaran de ese modo la
República Oligárquica había construido durante cien años el sistema educativo argentino, desde
Groussac a Borges, desde Ramos Mejìa a Houssay, desde Sarmiento a Gino Germani. Ahora se
entendía perfectamente qué significaba en la historia viva y desgarrada la Civilización o la
Barbarie. Inglaterra encarnaba la primera. Y la Argentina, la segunda. El rostro de Galtieri era
un magnífico pretexto para el alma cipaya herida. Pero si en lugar de Galtieri el rostro hubiera
sido el de Perón, el Mahatma Gandhi o el del Che Guevara, la hostilidad a la gesta no hubiera
cambiado. Como dijo el general Viola, padre furtivo de la Multipartidaria:”Yo no lo hubiera
hecho”. No nos cabe la menor duda.

En dirección totalmente opuesta, al día siguiente de esta “victoria”, el mundo entero


miró con odio y desprecio el fariseísmo y ferocidad de los amaestradores de “gurkas”. Hasta el
ministro italiano Spadolini, con lágrimas tardías, confesó cuánto había sufrido al sancionar a la
Argentina durante el conflicto. Aun dejando a un lado esta especie peninsular de cocodrilos, está
perfectamente claro que el descrédito de Gran Bretaña ha tenido una proyección mundial. Como
si toda su perversa historia se hubiera resumido y expresado de un solo golpe en las Malvinas,
tanto América latina como los países del Tercer Mundo hicieron de nuevo sus cuentas de todo
lo que pueden esperar, tanto del “bloque democrático occidental” como, en caso de apuro, del
“bloque socialista”. El aislamiento y la suspicacia universal han cercado a los verdugos de la
martirizada Irlanda. Quizá el Imperio vetusto encontrará su tumba en las frías aguas argentinas.
¿Quién lo habría adivinado? Pero por otra parte, ¿quién, en la Argentina percibe la grandeza que
se desprende de estos hechos?

El rasgo distintivo de los partidos políticos en nuestro país parece ser un


“democratismo” vacío y una aspiración “constitucionalista” despojada de todo contenido. El
pensamiento y los actos de Perón en el período 1945/55 parecen olvidados hasta por muchos de
los que fueron sus partidarios. Pero la experiencia del primer período del peronismo en el poder,
así como la experiencia de la revolución nacional latinoamericana, en sus complejos rasgos
positivos o negativos ( la revolución mexicana, Vargas, el MNR boliviano, Velazco Alvarado,
el programa del primer Haya de la Torre, la primera fase de la revolución cubana, el esbozo de
Marmaduke Grove, Ibáñez y Allende en Chile, el sandinismo, etc.) proporciona a la América
latina un inmenso caudal de ideas y de antecedentes para la nueva oleada popular que se insinúa
en la Argentina. Si resumiéramos algunos de los rasgos de esta formidable experiencia histórica
de los últimos 60 años diríamos que:

1) La aversión al papel del Estado y las ideas económicas hoy predominantes no


responden al interés nacional. El “aperturismo” y la supremacía de la importancia de la inflación
y de la moneda en teoría económica es una “racionalización”, según decía Myrdal de “los
intereses que predominan en los países industriales”.
2) La Argentina no requiere, en términos absolutos, de capitales: al contrario
exporta capitales y exporta hemorrágicamente, una élite científica y técnica a los países
imperialistas.
3) Dilapida su excedente económico o lo exporta a plazas financieras con
“seguridad política” (ej. En Montevideo se han radicado en el último año 1.000 millones de
dólares argentinos; en Suiza y EE.UU. hay que multiplicar esa suma por quince).
4) Argentina y otros países “pobres” subvencionan a los grandes centros del poder
mundial, mediante la debilidad estructural del Estado y la libertad de las “empresas privadas”,
que son extranjeras.
5) El desprestigio del papel del Estado proviene de sus enemigos, la gran
multinacional apoyada por la fuerza militar y la diplomacia de los grandes Estados
“civilizados”. El Estado Nacional es el factor esencial del crecimiento económico y debe serlo
de la Independencia cultural. Sólo a través de él puede redistribuirse el ingreso de las clases
ricas resistentes a la transformación cualitativa de los recursos naturales del país.
6) El mismo atraso origina el carácter simiesco de las ciencias sociales adaptadas a
las necesidades del poder imperialista mundial, sea con diseño “marxista” o “científico neutral”.
Toda la inteligencia está dominada por las categorías o estilos culturales de un democratismo o
izquierdismo abstracto que la inclina hacia el lado incorrecto de la barricada.
7) La Revolución Nacional debe romper definitivamente la “estructura” de la
dependencia semicolonial. Sólo puede hacerlo si transforma la sociedad argentina y elimina las
clases parasitarias vinculadas al enemigo de la patria. La cabeza política y la espina dorsal de
este proceso revolucionario de emancipación debe ser la clase trabajadora. Su tarea capital no es
subordinarse por medio del sindicalismo a “protectores” en busca de mejoras puramente
salariales, sino dirigir la Revolución Nacional con la ayuda de las clases medias empobrecidas
de la ciudad y del campo y una estrecha alianza con los sectores patrióticos de las Fuerzas
Armadas, tal como ocurrió en 1945. La justicia social se revelará totalmente utópica si no se
funda en el nacionalismo económico y el socialismo criollo. La renuncia de los partidos a todo
programa revolucionario se combina con la “desmalvinizaciòn” y el oscuro reduccionismo de
circunscribir toda la problemática argentina a la fecha del comicio.

Dentro del país hay dos fuerzas que pretenden “desmalvinizar” la Argentina. Ellas son:

a) el gobierno militar, mediante el expediente de despedir a los militares que ocuparon


las Malvinas en lugar de enviar a retiro a los oficiales que declararon concluido el conflicto; y
b) la partidocracia, como la llamaba Perón, con los vacuos figurones de la Multipartidaria, que
sólo quieren “investigar” a los culpables de la “aventura irresponsable”, atrapar una fecha para
las elecciones y pagar en silencio la deuda externa. Una legión de políticos “opositores” se
mantuvo y se mantiene pegada como un molusco al presupuesto del Estado. Durante los últimos
seis años “colaboró” con Videla y Viola mediante ministros, gobernadores, embajadores y
miles de intendentes. Cuando se produjo el 2 de abril y el país se enfrentó con el imperialismo
“democrático” quedaron aterrorizados y se hicieron “opositores”.

Y como la crisis de las Malvinas, al acarrear la caída de Galtieri, obligó a los generales
a convocar a elecciones, los “opositores” estimaron conveniente cuidar su electorado mediante
gestos astutos que reedificarán su decaído crédito. Hay una “concertación” implícita entre unos
y otros: tanto el gobierno como la “oposición” están dominados por la profunda convicción de
que hay que pagar la deuda externa y enterrar sin honor la causa de las Malvinas. El gobierno
hace lo que puede: ha dado orden de pagar a los bancos ingleses y ha firmado un stand-by.
Numerosos políticos de la “oposición”, de su lado, viajan asiduamente a Estados Unidos para
cumplir con el besamanos del Departamento de Estado y suplicar la bendición del “amigo del
Norte.” Las hostilidades con Inglaterra, aunque el gobierno aún no se atreve a darlas
oficialmente por terminadas, se han desplazado al área neutra de las Naciones Unidas.

En este recinto, la oratoria es un recurso natural renovable. Ocupadas Malvinas por 4


mil soldados británicos y un poder aéreo y naval que amenaza las costas del continente, la
Argentina debía haber confiscado el Banco de Londres y América del Sud, el Lloyd, el Barclay
y las demás inversiones británicas en el país; podía y debía haber embargado las 700.000
hectáreas de las estancias de la Corona en el Sur; podía y debía someter a libertad vigilada a los
17.000 ingleses residentes en la Argentina ( en esto hay en el país bastante práctica, aunque en
lo concerniente a compatriotas); en fin, podíamos y debíamos declarar a la Comunidad
Económica Europea que no pagaríamos la deuda externa si no se devolvían antes las Malvinas.
Para practicar todo lo anterior no hacía falta disparar un solo proyectil. Bastaba la “voluntad
política” y la “decisión patriótica”. Es cierto que se trata, al parecer, de “materiales críticos”,
escasos en el mercado local. ¿Qué diría Yrigoyen de sus sucesores? ¿O Perón, creador de la
tercera posición, de algunos supuestos adictos suyos que han tomado a los nuevos Braden de
Washington como paternales consejeros?

Y para que a la comedia o al drama, no le falte nada, resulta ahora evidente que los
Estados Unidos están profundamente interesados en la restauración de las “instituciones
democráticas” en América latina. Es su leit motiv. ¿Qué ha ocurrido? Después de imponer y
sostener durante décadas a toda una legión de sátrapas y verdaderos criminales en el continente
(basta recordar en el pasado a Somoza, Trujillo o Batista) los imperialistas norteamericanos se
han decepcionado de los regímenes militares. Les gustan sobre todo al comienzo, como en el
Brasil o en la Argentina. Pero se alarman de la brusquedad con que los ejércitos semicoloniales
cambian a veces de posición. Los ven pasar de un ortodoxo programa de “apertura liberal” y
despotismo político a un nacionalismo más o menos insinuante: Velasco Alvarado, la apertura
brasilera y la guerra de Malvinas. El Departamento de Estado ha llegado a la conclusión de que
resultan mucho más seguros los regímenes parlamentarios. Creen que en estos es posible
negociar mejor, comprar, si es preciso, y corromper en todo caso a los diputados y altos
funcionarios que garanticen el respaldo jurídico correcto a los tratados con Estados Unidos. La
máscara “democrática”, allí donde dichas instituciones garanticen el statu quo, resulta ahora
mucho más cautivante a las grandes empresas transnacionales.

Nada más sublime para el imperialismo que una “democracia a la colombiana”, una
pura forma demo jurídica fundada en una sociedad inmóvil y putrefacta. Para demostrar su buen
juicio ante esta perspectiva y su desconfianza ante la clase obrera, el silencio de los jefes de la
Multipartidaria dando sus espaldas al formidable paro obrero del 6 de diciembre constituye una
prueba irrefutable.

No nos asombra. Tanto el gobierno como los partidos tradicionales han resumido sus
preocupaciones en la fecha de los comicios. Pero el régimen rehúsa despedir al siniestro dúo
Wehbe- González del Solar. Patentados por Harvard, con la aureola de “técnicos” y
“apolíticos”, estos caballeros representan a la banca mundial en los despachos del Estado
Nacional. Wehbe en Economía y Reston en Interior, las tareas parecen dividirse en la presente
etapa. El hundimiento del nivel de la clase trabajadora deja inmutable a este equipo. Todas las
informaciones atroces sobre los niños maltratados por sus padres, violados, abandonados en los
hospitales o vagabundeando por las calles arrojan una luz tenebrosa sobre este régimen que
mantiene en sus cargos a los abogados de la usura mundial y se niega a dar un golpe de timón.

González del Solar ha vivido la mayor parte de su vida fuera del país, como empleado
del Banco Mundial, del BIR o la banca imperialista. Ahora se propone asestar el tiro de gracia a
la economía nacional. Busca exprimir a los argentinos para aumentar las exportaciones.
Mediante la reducción del consumo interno quiere pagar con sangre y las lágrimas del pueblo a
sus antiguos empleadores.

La vinculación entre la deuda externa y las Malvinas es tan estrecha, y de tal modo
transparente la coalición no escrita entre los partidos “opositores” y el gobierno, que cuesta
contener la indignación ante el cuadro de la sufriente Argentina de nuestros días.

Hay una esperanza todavía. Detrás de los políticos financiados por Estados Unidos, la
Internacional Socialista o las multinacionales se encuentra el pueblo argentino. Ha dado un paso
atrás. Ha sido golpeado, humillado y obligado a enmudecer durante largos años. Pero tiene los
ojos abiertos.

CUESTIONARIO

RESPUESTAS DE JORGE ABELARDO RAMOS


CRISIS, ECONOMÌA Y DEUDA EXTERNA
1) ¿Cuál es a su juicio la causa principal de las crisis recurrentes de la economía
argentina? La inflación persistente; el papel de las organizaciones obreras y empresarias; el
crecimiento histórico de la deuda externa; otras, a determinar.

El resorte motor de la crisis orgánica que padecemos reside en el agotamiento de la


sociedad argentina nacida en 1880 bajo la presidencia de Roca. Ese tipo de sociedad agraria-
comercial, insertada en el mercado mundial, en la ilusión del patrón oro y en la protección de la
armada británica, se mantuvo en pie durante un siglo. Aquello que se denomina por lo común la
“Argentina moderna”, nació después de la federalización de Buenos Aires. Ya no existe. La
confusión reinante obedece a la estupefacción de todas las clases sociales formadas en esa época
con sus diarios, partidos, constituciones y símbolos al no lograr persuadirse de que, como dice
Hegel, “todo lo que nace es digno de perecer”. Esa Argentina se incorporó como provincia
agraria del Imperio inglés, a la marcha triunfal de los piratas en la conquista del mundo. A
diferencia de otros dominios británicos, la Argentina disponía de propietarios locales de tierras
y ganados, con una tradición orgullosa de sus orígenes hispano- criollos. Gozaba de una
abundancia de alimentos que volvía poco menos que imposible el triunfo del poder militar
británico en su territorio. Los ingleses ya habían probado el acero y el aceite argentinos en 1806
y 1807. Entonces, en lugar de guardias galeses, proveyeron al Plata de innumerables brigadas de
gerentes. La articulación entre la provincia agraria y el “taller del mundo” fue beneficiosa, sobre
todo para la oligarquía pampeana, que percibió ese beneficio en sólidas libras con la venta de
sus haciendas. Así pulió sus maneras, adquirió algunos libros y conoció Europa. Al cabo de cien
años de ocio, esta clase social produjo a Borges y el fruto de tan prolongado parto estaba lejos
de ser mediocre. Pero era, fatalmente inglés. En la mitad de la escala, prosperó cierto tipo de
partidos políticos que traducían como expresión de las clases medias, semi-inmigratorias y
semicriollas, los modestos alcances de la alianza anglo-argentina. El radicalismo, bajo la
inspiración mística de Yrigoyen, fue su alarde más nacional, con su divisa. Las “chusmas” de
las viejas patriadas reaparecieron en la escena. Los obreros europeos de la inmigración
caudalosa se agruparon en el Partido Socialista del doctor Justo, que era librecambista,
positivista y mitrista. De este modo, la fastuosa Atenas del Plata albergó un proletariado
naciente y un socialismo singular distanciado de las tradiciones argentinas que la gran capital
rechazaba. El doctor Justo sostuvo irónicamente que era preciso oponer una “política científica”
a la “política criolla”. Por esa razón, los criollos, que eran la mayoría, se opusieron al
socialismo, que aunque era “científico” ganaba las elecciones por la sencilla razón de que
vinculaba de algún modo, no sólo el pasado doloroso al incierto presente de los peones y
obreros, sino que además se enfrentaba a la elegante oligarquía que gobernaba la República
desde el Círculo de Armas y la Bolsa de Comercio. Esta, a su vez, votaba con frecuencia a los
socialistas de la Capital para hostigar a los radicales.

El sistema económico dejó de funcionar en 1930, cuando sucumbió en la crisis de ese


año el patrón oro y la hegemonía mundial de Inglaterra. Nacía la época del proteccionismo. La
tentativa del peronismo de traer nuevas clases al mundo social- la burguesía industrial y la
nueva clase obrera- fracasó, tanto por el poder de la oligarquía y sus socios externos como
también porque Perón se resistió de algún modo a eliminar a la oligarquía y su poder financiero.
No quiso ser Cromwell o el Robespierre de su época, y, como Yrigoyen, cayó sin luchar. La
expatriación prolongada confirmó su patriotismo, pero la oligarquía, ahora financiera, siguió en
la médula del poder real. Como la Argentina de Perón no logró entrar resueltamente en el
camino del capitalismo industrial y se quedó en la mitad de camino de un país agrario y un país
desarrollado, es fácil comprender por qué la crisis de la economía argentina no podrá resolverse
si no se resuelve la cuestión central, antes aludida.

2) En la medida en que las grandes corporaciones, con su modo de operar y sus criterios,
caracterizan la economía, ¿cuáles son las principales fábricas, empresas o entes que
determinan la vida nacional actual y qué tendencias parecen perfilar?

Desde 1955, a partir del derrocamiento de Perón, pudo observarse en la economía


argentina un doble fenómeno. El primero de ellos fue la declinación del papel de la empresa
capitalista nacional de las empresas de SRL, germen de una burguesía nacional y del auge de las
SA de capital extranjero. Estas últimas están generalmente vinculadas a casas centrales del
exterior. Posteriormente, el poder real se trasladó a la Banca Mundial, cuyas casas en la
Argentina determinan gran parte de la marcha de la economía, fijan de modo oligopólico la
política de precios internos y custodian la deuda externa. Son la parte exclusiva de las
“empresas líderes”. Su tendencia es perfectamente clara: a diferencia del desarrollo capitalista
en Estados Unidos y Europa Occidental, donde los capitalistas buscaban producir en un
mercado abierto a precios competitivos un número de artículos cada vez más abundante a
precios cada vez más bajos, en la Argentina “moderna”, tanto las empresas “líderes” como los
industriales nacionales, “enviciados” por aquéllas, prefieren un mercado interno limitado con
precios altos. La historia económica argentina no puede reproducir la marcha particular de la
historia europea porque los mismos europeos y norteamericanos se lo han impedido. Para
crecer, necesitamos nuestros propios caminos.

3) ¿Qué papel corresponde al capital extranjero en la Argentina?

En el momento actual, el capital extranjero es una bomba de succión ligado de alguna


manera a la deuda externa. En principio, no habría inconveniente en aceptar capital y tecnología
extranjera para contribuir al desarrollo de la Argentina. Pero antes de considerar el tema es
preciso que, ya “que estamos en el hoyo”, según los versos de Martín Fierro, “venga un criollo a
mandar”. Es decir, necesitamos un gobierno plenamente nacional, que no represente otra cosa
que el interés de los argentinos y que posea la voluntad política irrenunciable de defenderlos.
Parece sencillo. Pero no es nada sencillo.

Cien años de europeización, de escolaridad sarmientina y de estupidizaciòn cultural


global han vuelto difícil comprender esta perspectiva a los sectores “cultos” que proporcionan
generalmente el “elenco” de los gobiernos, aunque han permitido, por el contrario, a las masas
populares elegir sin vacilaciones a sus caudillos. En síntesis, con un gobierno nacional firme y
claro es perfectamente posible negociar con el capital extranjero. Pero la experiencia histórica
enseña que el capital está lejos de ser “neutro” y que sus relaciones con los centros mundiales de
poder son estrechas.

4) ¿Cómo caracteriza la ganadería argentina en general? ¿Cómo relacionaría la


producción ganadera de la provincia de Buenos Aires con la del resto del país? ¿Qué
importancia tienen los campos de invernada en el contexto nacional?

La ganadería pampeana ha jugado en el pasado un papel decisivo en el valor de nuestras


exportaciones y en la política e historia nacionales. En mis libros Del patriciado a la oligarquía
y La era del peronismo examino “in extenso” la cuestión. Sólo diré ahora que, en mi opinión,
los propietarios de ganado han ido perdiendo importancia política directa, aunque conservan una
considerable gravitación social. Muchos de ellos se han asociado al capital financiero mundial y
se han transformado de estancieros en banqueros. Poco tienen que ver con los bisabuelos que
combatían a los ingleses en la Vuelta de Obligado y poblaban el desierto. En términos
económicos sostengo:

- Hay que proteger a los ganaderos que quieran producir carne con criterios técnicos
y vivan para ello en sus campos.
- Necesitamos elevar el stock de las haciendas a una cifra no inferior a 100 millones
de cabezas y planificar la producción de granos para superar cuanto antes los 100
millones de toneladas como primera meta.

El lector “especialista” exclamará ahora, alarmado, ¿dónde están los mercados?

Respuesta: esta política de producción, situando en el centro expansivo un nuevo INTA


debidamente reforzado con el apoyo del estado, debe concebirse a la par de una reorganización
general del comercio exterior argentino, cuyo destino ha dejado de ser europeo. Hay que
contemplar, sobre todo, América latina y el Tercer Mundo, y es preciso, para ello,
“desdolarizar” la moneda del intercambio, sustituyéndola, en la primera fase, por convenios
bilaterales de gobierno a gobierno, mediante el sistema del trueque. En una etapa posterior,
crear una moneda del Mercado Común Latinoamericano. Las lecciones de la realidad imponen
salir de las agotadas fórmulas económicas derivadas de la antigua relación con Inglaterra,
relación que ha desaparecido.

5) ¿Por qué cree usted que creció desmesuradamente, a partir de 1976, la deuda externa
argentina?

El imperialismo norteamericano y las potencias europeas asociadas recibieron una


lluvia de petrodólares a partir de 1973. Recolocaron ese capital en el Tercer Mundo con las
prácticas bancarias habituales en el oficio de la usura. Las clases dominantes de los países
periféricos acogieron alegremente la permisividad de los créditos internacionales. Esto les
permitió ocultar las crisis de sus economías locales y persistir en los consumos suntuarios de los
núcleos del privilegio nativo, imitadores de los usos y costumbres de la burguesía mundial. Por
otra parte, infinidad de “egresados de Harvard” de progenie latinoamericana, se especializaron
en “gestionar” créditos. La comisión para tales gestores oscila entre el 0,5 y el 0,7 % del crédito.
Esta agradable combinación de factores se volvió una mezcla química y socialmente explosiva
cuando la Reserva Federal de Estados Unidos decidió expulsar la inflación norteamericana de
sus fronteras. Esta inflación se había derivado en gran parte del despilfarro colosal de la riqueza
nacional a causa de las aventuras coloniales en Corea y Vietnam y del armamentismo de
alcance cósmico. Por tal motivo, EE.UU. elevó las tasas de interés. El dólar pasó de ser una
moneda declinante a convertirse artificialmente en una “moneda fuerte”. El poder financiero y
económico de Estados Unidos le permitió imponer al resto del mundo un impuesto que
obligatoriamente debían pagar todos y, sobre todo, los más débiles. La deuda externa del
Tercer Mundo, de este modo, ingresó al círculo infernal de la circular 1050, que tan bien
conocen los argentinos y sobre todo aquellos que han pedido un préstamo para comprar un
departamento o mejorar una fábrica. Representantes argentinos de la banca mundial- Martínez
de Hoz, Ricardo Azpiazu, Adolfo Diz, González del Solar, Wehbe- que hablan fluidamente el
idioma castellano, llevaron a cabo en nuestro país la interesante operación. En tiempos de la
dominación colonial inglesa en la India, a este tipo de personas se las llamaba “el servicio civil
del imperio”.
6) Usted se opone al pago de la deuda externa. ¿Qué consecuencias implica esa
actitud? ¿Qué intentarán hacer los acreedores? ¿Por qué no considera factible la
renegociación conjunta de la deuda externa junto al resto de países latinoamericanos
deudores?

No me opongo al pago de la deuda externa. Pero un país soberano debe establecer un


análisis riguroso de su monto real. El análisis, hasta que se expidan los peritos designados por el
juez Martín Anzoátegui, sería ante todo, el siguiente:

1. Según han dejado trascender los técnicos del Banco Central, hay unos 15.000
millones de dólares clasificados como “transferencias no identificadas”. Constituyen la fuga de
divisas de argentinos y empresas extranjeras, ahora radicadas en el exterior. Algunos de ellos
son beneficiarios dolosos de los “seguros de cambio” que forman parte más bien del Derecho
penal que la ciencia económica. Ese tipo de “deuda externa” puede esperar.
2. Unos 6.000 millones de dólares “adeudados” a la banca inglesa y asociados.
Sostengo que una dignidad nacional primaria exige no pagar un centavo de tal deuda a los
ocupantes de parte del territorio argentino hasta que lo desocupen. ¿Hay algún caso en la
historia universal de un país “no colonial” que paga sus deudas al invasor militar extranjero que
se asienta en parte de su territorio? Esos 6.000 millones de dólares deberían entrar en el Banco
Central en una cuenta especial denominada “Fondos británicos embargados a cuenta de
reparaciones de guerra”. Al mismo tiempo, debería crearse una comisión gubernamental para
estudiar los daños y gastos producidos por la invasión británica.
3. Para el resto de la “deuda”, digamos en números redondos, de unos 20.000
millones de dólares, debería crearse un “Club de Deudores” o formarse un Banco Central
Latinoamericano; a fin de una renegociación de la deuda externa con el “Club de Acreedores”
que es el FMI. La inmensa capacidad de negociación de la Argentina y de América latina se
funda en la suma colosal que se adeuda. Volvemos a lo anterior: hace falta voluntad política. O,
como dice el corrido mejicano, aquí falta lo mero principal.

7) ¿Qué sectores considera prioritarios para su proyecto de nacionalización


económica?

Es preciso ante todo un sistema de planificación económica donde el Estado y las


organizaciones sindicales y empresarias tengan un papel central. Un “estatismo” sin control
social, o una política de “aperturismo” librada a las multinacionales del imperialismo no
resultan convenientes para los argentinos.

8) ¿Qué opina de la concentración de las exportaciones de granos en el mercado


soviético?

No puede confiarse en que la URSS sustituya históricamente a Gran Bretaña en el


comercio exterior argentino en materia de granos. Para los soviéticos se trata de un problema de
enorme importancia estratégica y tenderán a resolver el autoabastecimiento. Esto no excluye en
el futuro relaciones comerciales normales con la URSS, pero la producción granìfera argentina
deberá contar con América Latina y el tercer mundo como mercados estables.

GOLPES DE ESTADO, BEAGLE Y MALVINAS


9) ¿Es parte de la naturaleza de las Fuerzas Armadas el dar golpes de estado, o suelen
verse llevadas a esta situación a pesar suyo? ¿Es lícito plantear la neutralidad del Estado?
¿Las Fuerzas Armadas están o no íntimamente vinculadas a algún sector social dominante?

Mientras duró la rentabilidad de la asociación anglo-argentina fundada en la expansión


mundial (1880-1930), las Fuerzas Armadas no conspiraron. La sociedad era relativamente
estable, y los militares reflejaban esa estabilidad. Después de 1930, la crisis mundial arrastró en
su torbellino muchas ilusiones. Entre ellas, la “neutralidad política” de los militares argentinos.
Esta neutralidad en realidad no había existido jamás. Para realizar la Campaña de los Andes,
San Martín debió fundar o participar de un partido político secreto, la Logia Lautaro. Los
militares del siglo XIX eran rosistas o antirrosistas, porteños o provincianos, mitristas o
antimitristas, urquicistas o roquistas. Luego, Hipólito Yrigoyen ganó la confianza de los jóvenes
oficiales en 1905, que le fueron fieles a lo largo de toda su carrera. Aquéllos que preconizan un
“criterio profesional” de corte aséptico para los militares, en las condiciones de un país
endeudado, acosado o invadido, en el fondo satisfacen las aspiraciones del imperialismo. En
efecto, las grandes potencias hoy desean una Argentina desarmada, sin energía nuclear, ni
submarino atómico, ni misiles propios, sin científicos al servicio de la Nación, sin Fabricaciones
Militares, ni Somisa, ni Zapla, un país obediente y civilizado, con un Parlamento dicharachero e
inocuo, al estilo colombiano, con “prensa libre” (o sea encadenada a la UP y AP), un país
capaz de pagar la deuda externa y olvidarse de las Malvinas. Por esa razón, numerosos políticos
de aureola “democrática” declaman la exigencia de suprimir el servicio militar obligatorio. Pero
se trata de suprimir el concepto mismo de la Nación en armas, del pueblo organizado para
defender la patria, sistema que concibieron Roca y Ricchieri y que se diferencia radicalmente de
las élites militares propias de potencias declinantes como la británica, formadas para defender
enclaves coloniales y de las cuales salen los profesionales del crimen que retrató John Forsythe
en El día del chacal o Jean Larteguy en su “saga” de los verdugos de Argelia, una policía
militar para extranjeros de color.

10) ¿Por qué se llegó a la situación actual en el conflicto con Chile y cuál debe ser el
criterio de solución?

El tema de las relaciones con Chile es de tal importancia que me permitiré reproducir
aquí un trabajo escrito en noviembre de 1980 sobre la cuestión, cuando estábamos al borde de
un conflicto armado:

Durante el período colonial el territorio actual de la América latina estuvo sometido a


las variaciones de criterio político o estratégico que la Corona adoptó en el curso de cuatro
siglos. De ahí la banalidad diplomática de juzgar los derechos de soberanía de una u otra parte
remontándonos a las capitulaciones de Carlos V o sucesores.

A título puramente informativo diremos que a mediados del siglo XVI pertenecían a la
provincia de Chile el Tucumán, los Jurìes y Diaguitas, lo mismo que la provincia de Cuyo, San
Luis incluida. De un modo vago, quedaban para Chile las tierras situadas al sur del Estrecho, en
tanto el Rey mandara “proveer en lo que toca a su población”, lo que nunca hizo, por los demás.
Pero ya en 1563, Felipe II ordenaba incorporar el Tucumán, jurìes y Diaguitas a la Audiencia de
Charcas.
Al crearse en 1788 el Virreynato del Río de la Plata, “antemural” contra la amenaza
inglesa y portuguesa entrevista de lejos por la Corona, pasaron a jurisdicción del nuevo
Virreynato Charcas y Cuyo. Hasta ese momento eran chilenas Mendoza, San Juan y San Luis.
En cuanto a la región magallánica, a la borrosa Patagonia de los supuestos gigantes aborígenes,
era la célebre “tierra maldita”, que devoraba, como la Esfinge, a todo aquel que quisiera
descifrar su enigma. El Estrecho de Magallanes, nexo entre ambos océanos, había dejado un
recuerdo de horror después de los trágicos ensayos de Sarmiento de Gamboa por colonizar el
estrecho para prevenirse contra los ingleses. El descubrimiento del Cabo de Hornos, por lo
demás, eclipsó durante dos siglos al Estrecho, pues permitía la conexión oceánica sin tantos
peligros. Ni las turbulencias de la revolución de la Independencia ni los conflictos interiores que
la siguieron permitieron a los gobiernos de Chile o el Plata indagar los viejos documentos sobre
el misterioso Sur. Pero el gran imperio marítimo, el poder británico, en cambio, estaba
interesado en conocer, estudiar, describir y elaborar una cartografía de la región de Magallanes.
Las dos expediciones del “Beagle”, entre 1826 y 1836, habían despertado interés en el mundo
entero, sobre todo en Chile. En las Provincias Unidas el eco fue mucho menor. A diferencia de
la relativa tranquilidad con que la antigua Capitanía de Chile absorbió la ruptura con España
(quizás porque constituía una sola provincia) las integrantes del ex Virreynato disputaban entre
sí. Sobre todo, la provincia de Buenos Aires pretendía erigirse en mentora de las restantes. El
gran debate consistía en disputarse las rentas aduaneras del puerto de Buenos Aires. Los
unitarios o federales poco conocían o les interesaba el mundo del confín. Cuando las
investigaciones del “Beagle” llegaron a difundirse, el gobierno el general Bulnes, en Chile,
comenzó a considerar el problema.

Alentado por las reiteradas exhortaciones de O`Higgins, que desde su destierro en el


Perú insistía en la ocupación chilena del Estrecho, el general Bulnes encontró además un
inesperado apoyo en el argentino Sarmiento, redactor del diario oficialista chileno “El
Progreso”. Sarmiento inició una campaña de prensa sosteniendo los derechos chilenos no sólo
sobre el Estrecho de Magallanes, sino sobre toda la Patagonia. Su tesis era que “el mal de la
Argentina es la extensión”( era la tesis invariable de la clase terrateniente de Buenos Aires,
obsesionada exclusivamente por el puerto, la Aduana y la pradera), indiferente por lo demás al
concepto territorial de la soberanía, excepción hecha de Rosas, que gobernaba la Confederación
Argentina. Sarmiento, como tantos otros pensó muchas veces en no regresar nunca al país. Se
declaraba chileno con frecuencia. Por lo demás, su antagonismo político con Rosas lo llevaba a
afirmar todo género de desatinos, no todos afortunados como lo fue “Facundo” en el plano
literario. Resuelto a pasar a la acción, Bulnes envió una expedición al Sur que fundó Fuerte
Bulnes (refundada luego con el nombre actual de Punta Arenas) el 30 de octubre de 1843.
Absorbido Rosas con los conflictos internos y externos de la Confederación Argentina, recién
en diciembre de 1847 enviarán una nota al gobierno chileno protestando por la ocupación del
estrecho. Esta nota y la orden del gobernador de Buenos Aires al historiador Pedro de Angelis y
al jurista Vélez Sarsfield de estudiar la documentación originaria constituyen el primer acto del
conflicto diplomático con Chile sobre el territorio austral, que se prolongará hasta nuestros días.

El desarrollo de la disputa

Los episodios posteriores se produjeron en 1877 (Tratado Yrigoyen- Barros Arana);


1881 (Tratado Yrigoyen- Echavarría) y 1902 (los llamados Pactos de Mayo). Se trataba de
determinar cuáles eran los límites entre Chile y Argentina.
En el acuerdo de 1881 ambos países convinieron en que el estrecho de Magallanes sería
chileno, aunque no podría artillarse; la Patagonia oriental sería argentina y Tierra del Fuego se
dividiría entre ambos. En cuanto a las islas al sur del Canal de Beagle, serían chilenas en tanto
que bañadas por el Atlántico, quedarían bajo soberanía argentina. Sin embargo, detrás de estas
minuciosidades de cartógrafo, se movían intereses más poderosos y complejos de la política
latinoamericana. Ya en 1839 Chile había intervenido, con un “Ejército Restaurador”, bajo las
órdenes de Bulnes, para deshacer la Confederación Perú-Boliviana, proyectada y construida por
el antiguo oficial de Bolívar, el mariscal Santa Cruz. Esta ofensiva militar chilena se fundaba en
el criterio de “mantener el equilibrio del Pacífico”. Luego, en 1879, Chile había declarado la
guerra a Bolivia y Perú. Buscaba nuevos territorios a fin de apoderarse del guano peruano y del
salitre boliviano. Como los dueños virtuales del salitre eran los capitalistas ingleses, el beneficio
que extrajo Chile y su oligarquía de la conquista territorial se fundó en el impuesto a la
explotación del salitre, que permitió una era de gran prosperidad fiscal en Chile. La opinión
pública de América latina se volvió anti-chilena ante el despojo obrado a costa del territorio
boliviano, al que cerró la salida al mar, y del peruano, al que arrebató la provincia y puerto de
Arica. Esta alianza entre el imperialismo británico y la oligarquía comercial chilena hacía
rebotar el “partido americanista”. En Buenos Aires, Estanislao Zeballos llamaba a la solidaridad
con Perú y Bolivia. Roque Sáenz Peña, con el grado de Teniente Coronel, luchaba en las filas
del ejército peruano, Vicente Fidel López e Indalecio Gómez eran “peruanistas”. Por el
contrario, el mitrismo y “La Nación”, así como los intereses ingleses, estaban por un arreglo con
Chile, a toda costa para evitar una alianza entre la Argentina, Perú y Bolivia.

La Conquista del Desierto dirigida por el general Roca, era un episodio de la guerra no
declarada por la soberanía en la Patagonia. “La Nación”, por su parte, escribía: “pensamos que
si la guerra con Chile por nuestros límites sería un escándalo inútil, la guerra por límites ajenos
sería una insensatez indigna de una nación de verdad”. La reacción pública contra el
“arbitrismo” anglófilo de Mitre fue inmediata: se borraron 4.000 suscriptores de “La Nación” y
fuerzas policiales fueron llamadas a proteger el diario. Zeballos, desde “La Prensa”, acusaba a
Emilio Mitre de escribir sus editoriales bajo la presión del capital británico invertido en
Antofagasta.

Los Pactos de Mayo y la Corona Británica

Pero tanto en Chile como en la Argentina no sólo había dos oligarquías, sino también
dos pueblos y dos tipos de patriotas: aquellos que buscaban el progreso respectivo por la
fraternidad latinoamericana y aquellos que en relación con el extranjero imperialista urdían una
política de rapiña o de indiferencia ante la rapiña próxima. En 1902, los Pactos de Mayo
aprobaron dos hechos decisivos: uno, la Argentina se desinteresaba de la expansión chilena en
el Pacífico y libraba a su suerte los territorios de Perú y Bolivia ocupados por Chile después de
la guerra de 1879. Por el otro, se sometía al arbitraje de la monarquía británica todo posible
conflicto posterior. En apoyo a los “pactos”, Pellegrini afirmaba crudamente: “Para las
repúblicas sudamericanas no puede existir política continental… nada de común tenemos con la
América sajona y lusitana y la comunidad de raza, religión, idioma o forma de gobierno no
basta para acercarnos a la otra… no es posible crear vínculos artificiales entre pueblos que no
tienen intercambio comercial.. Que no se hable de un vínculo creado por la historia...” Oponerse
al expansionismo de otro país le parece un despropósito:

“Todas las fronteras terrestres entre las naciones han sido trazadas por la espada del
vencedor. ¿Y qué tenemos que ver nosotros con el Perú?” ¡1902! La Argentina reventaba de oro
en los trojes. Sus políticos solo querían viajar alegremente a París cada seis meses. En cuanto a
los chilenos, escribe Mac-Iver: “Proveíamos con nuestros productos las costas americanas del
Pacífico y las islas de Oceanía del Hemisferio Sur, buscábamos el oro de California, la plata de
Bolivia, los salitres del Perú, el cacao de Ecuador, el café de Centroamérica, fundábamos bancos
en La Paz, en Mendoza y San Juan”.

Muy atrás habían quedado Bolívar y San Martín. Sus retratos ya no se cubrían de gloria
sino de polvo y yacían arrumbados bajo la mesa en el suntuoso banquete del fin de siglo.

La oligarquía argentina: cuanto más chico, mejor

Cabe preguntarse cuáles son las causas histórico- políticas por las cuales la oligarquía
agro-comercial argentina ha exhibido invariablemente una posición de renunciamiento
territorial” mientras que por su parte la burguesía agro-comercial chilena, por el contrario, ha
manifestado un apetito incesante de territorios nuevos, sea al Norte, sea al Sur. El pacifismo de
una o el belicismo de la otra obedecen a razones identificables. Ambas oligarquías son
igualmente antipopulares y parasitarias, según lo ha demostrado la historia una y otra vez. En lo
que se refiere a la oligarquía argentina, se constituyó, aún antes de la independencia, bajo la
forma de un núcleo de intereses enraizados en el puerto de Buenos Aires, con su ciudad y su
campaña. El carácter rentístico de esa región, dotada de gran productividad natural, ligó el
destino de esa oligarquía terrateniente, comercial y financiera a los mercados internacionales. A
diferencia de la economía agraria de otros lugares del mundo menos fértiles (EE.UU. Canadá, la
URSS, Australia, Nueva Zelandia) las pampas argentinas estaban cubiertas por una profunda
capa de humus natural y bendecidas por tal régimen de lluvias que la carne primero y luego los
cereales producían a un costo sin competencia posible, si se le añade la proximidad de los
campos de pastoreo a los puertos de exportación. Tales características fueron y son únicas en el
mundo. El fruto óptimo de tales praderas singulares ha beneficiado a la oligarquía con una
gigantesca renta sin necesidad de mano de obra calificada, ni inversión de capital, ni
tecnificación. A tales factores concurrentes se denomina “renta diferencial”, un suculento
“extra” a la renta agraria normal. La posesión de tales “ventajas comparativas” dio a esta rosca
oligárquica, desde la revolución de Mayo en que se encontró dueña de tal prodigio, una
conciencia clara de sus intereses. Con Rivadavia, Rosas o Mitre, mantuvo ese privilegio en sus
manos, sin ceder jamás a los reclamos de las provincias interiores, hambrientas y empobrecidas
por la falta de aduana nacional y por el librecambio impuesto por Buenos Aires. En ciertos
momentos, la indiferencia de la oligarquía bonaerense por la integridad del país llegó a
extremos que corrieron peligro hasta los vínculos con provincias que estaban unidas desde los
tiempos del Rey. Tal fue el caso de la República de Tucumán y la República de Entre Ríos.

Otro testimonio es la separación durante una década entre el Estado de Buenos Aires y
el resto de las provincias argentinas reunidas en Confederación. A la oligarquía porteña le
bastaba su base de poder. Desde el principio tuvo la tendencia a desprenderse de los territorios
interiores que sólo le traían quebraderos de cabeza. Su aversión perpetua al “interior” y a
“América” es uno de los rasgos más acentuados de su carácter político y el elemento definitorio
del mi trismo y los rivadavianos. Así, Buenos Aires negó a San Martín auxilios para concluir su
campaña en el Perú, cedió la Banda Oriental a la “independencia” bajo la protección del
pabellón británico, olvidó al Paraguay, entregó al Brasil parte de las Misiones, a Chile la Puna
de Atacama y renegó de todo conflicto de límites o de toda patriada americana que pusiese en
mínimo peligro su sebo, sus lanas, sus cueros y sus carnes. Toda la historia diplomática
argentina puede cifrarse en dicha enunciación, sin que falten en ella, cada tanto, algunos
patriotas que no podían romper esa regla de oro. Disfrutar sin sobresaltos la renta agraria ha sido
siempre todo su programa. Fundado en tal tradición es que Mitre concibió una vez la creación
de la República del Plata, uniendo dos praderas y dos puertos, los de Buenos Aires y
Montevideo. Una república agraria semejante habría disfrutado de una fabulosa renta brotada de
pastos inmejorables y de haciendas sin paralelo. El resto de las provincias argentinas hubieran
sido arrojadas al caos y la miseria genérica de América latina. La oligarquía pampeana es
“separatista” por tradición e intereses. Su inveterado europeísmo es el resultante cultural.

La oligarquía chilena: “angosta y larga como una espada”

Contra lo afirmado en las rosadas crónicas de la Conquista y los poemas descriptivos de


Alonso de Ercilla, el suelo chileno está lejos de contar con la fertilidad entrevista por los
descubridores. Las tres cuartas partes de su territorio no son aptas para la agricultura. La
proporción entre el área agrícola aprovechable de Chile con otros países es muy elocuente al
respecto. De los 740.000 kilómetros y pico de su territorio actual, sólo son cultivables 6.000
kilómetros fértiles bajo riego; 4.000 kilómetros de suelo pobre o medianamente fértiles y 40.000
kilómetros de tierra de secano fértiles. Si para una población pequeña la fertilidad de los valles
centrales pudo ser suficiente al principio del poblamiento de Chile, la extensión de la frontera
agrícola pronto encontró límites infranqueables. Al mismo tiempo, no escaparon a la mirada de
la oligarquía chilena los desiertos fértiles de los valles patagónicos al otro lado de la cordillera,
que la indiferencia de la plutocracia pampeana volvía más codiciables. Así, los estadistas
chilenos más penetrantes, como Ibáñez, podían afirmar en una conferencia las razones
económicas de una expansión deseable: “Los potreros de cordillera son el complemento
indispensable de nuestro valle central. En este hacemos nuestras siembras, en aquellos
sostenemos nuestros ganados. Renunciando a esos potreros nos constituimos en eternos
tributarios de la República Argentina, que será exclusiva en suministrarnos el ganado.”

Las posibilidades de una burguesía comercial minera capaz de desenvolver la economía


chilena por caminos propios y crear un proceso de acumulación y diversificación industrial
quedó anulada en los siglos XIX y XX. Resultó vencida por el poder combinado de la oligarquía
comercial y agraria sostenida en los puertos y con colaboración del capital imperialista
extranjero. La contrarrevolución contra el Presidente Balmaceda simbolizó esa alianza opuesta a
los grupos sociales más revolucionarios y populares que buscaban construir un nuevo Chile. La
dictadura de Diego Portales había erigido un Estado pequeño y eficiente, adaptado a esa
realidad y donde la Marina ocupaba el primer lugar del presupuesto militar, hecho que marcaría
toda la historia de Chile. Anglófila y liberal-oligárquica, la marina chilena debía jugar el
principal papel en el levantamiento de los salitreros británicos del litoral boliviano contra
Balmaceda en 1891, y en las tentativas posteriores de expansión hacia el sur.

Don Francisco Encina escribe en su Historia de Chile, al analizar las causas de la guerra
con Perú y Bolivia en 1879, que entre ellas “ocupa lugar preferente el espíritu expansivo que
animó al puerto chileno en lo que iba corrido del siglo XIX. El temperamento y la reciedumbre
de carácter, amasados en el crisol de dos pueblos a cual más impetuoso, que vino a reunirse en
el espíritu de empresas del vasco y la ética del castellano, lo impulsaron hacia las aventuras
lejanas desde que tomara contacto con el mundo exterior. Una administración política de austera
consecuencia actuaba como compresora. El ansia de emociones era la válvula de escape”.
Además de las emociones estaba el imperialismo inglés, que había invertido en Antofagasta,
hacia 1879, más de un millón de emocionantes libras esterlinas.
Su influencia en la política chilena no era inferior a la que ejercía en la política
argentina. Durante largos años hubo un Súper Estado más fuerte que Chile y Argentina: el
capital inglés. Pero también en Chile había patriotas inspirados en la fraternidad
latinoamericana, grandes espíritus reunidos alrededor de la Unión Americana y del legado de
Bolívar: José Victorino Lastarrìa, Francisco Bilbao, Domingo Santa María, Diego Barros Arana
y Benjamín Vicuña Mackenna.

La fragmentación de América Latina

A lo largo del siglo XIX se produjeron numerosos conflictos de límites en América


latina. Las pequeñas repúblicas se desgarraban entre sí en lugar de unirse para construir la gran
nación concebida por los soldados revolucionarios de la época heroica: San Martin, Bolívar,
O’Higgins, Artigas, Morazán, Abreu de Lima y tantos otros. Habían venido a reemplazar al
absolutismo español, que a pesar de todo ejercía un papel unificador antes de la Independencia,
fantasiosas soberanías de frágiles estados. Los grandes capitanes habían pretendido sustituir la
unidad monárquica española por la unidad e independencia de las viejas colonias. Pero la
Federación o Confederación de pueblos concluyó en un fracaso, que es el estigma de América
latina y la bandera de su revolución inconclusa. A ciento cincuenta años de la muerte de Bolívar
todavía hay gentes que lo supone un iluso, o que afirman, muy sueltos de cuerpo, que sólo los
monopolios aspiran a unificar a América latina. Los más caritativos de nuestros contemporáneos
atribuyen a San Martín y Bolívar haber prohijado una utopía. Pero como dice Recaurte Soler:
“la persistencia de una utopía invita a pensar, efectivamente, que ella alberga en su seno el
núcleo racional que ha de elevar su realización”.

Las miserables disputas territoriales que siguieron a ese derrumbe profundizaron la


división de la Patria Grande. ¿A quién pudo beneficiar tal dispersión? Como es obvio, a las
oligarquías agrarias, comerciales y financieras. Desde Caracas a Buenos Aires y con el apoyo
directo de las grandes potencias europeas o norteamericanas interesadas en paralizarnos, dichas
oligarquías medraron gracias a la fragmentación de América latina. Como en los ridículos
principados alemanes anteriores a la unidad nacional bismarckiana, no podía ofrecer América
latina sino el espectáculo de la impotencia económica, la vanidad guerrera, la pérdida de su
conciencia nacional y la agonía de sus grandes espíritus, que se ahogaban en cada aldea. Cuando
brotaba un conflicto, (Chile con Bolivia, Perú con Colombia, Bolivia con Paraguay, la Triple
Alianza contra el Paraguay) los proveedores de armas y créditos de las grandes potencias eran
los mismos que habían creado la crisis bélica. Detrás de cada guerrita, aparte de los héroes
principales y anónimos que consolaban el amor propio de cada República, trascendían al poco
tiempo los héroes y protagonistas verdaderos: el salitre, el petróleo, el guano o las finanzas.

Ahora bien, ¿qué ocurre entre Chile y Argentina? ¿Desde qué punto de vista los
patriotas argentinos, chilenos y latinoamericanos deben valorar el asunto para no dejarse
embarullar por el “patriotismo aldeano” de los impostores, los torturadores y los verdugos de
dos dictaduras igualmente irrepresentativas? Nadie debe olvidar que ni Pinochet ni Videla
expresan la voluntad de los pueblos chileno o argentino. Tampoco sería cuerdo olvidar que los
agentes de las grandes potencias no verían con malos ojos un conflicto que desangrara a dos
pueblos del Cono Sur. El ejemplo de Irán e Irak está muy próximo. La diferencia radica en que
gobierna en Irán Komeini, sólo comprometido con su propio pueblo y que ha logrado conservar
la soberanía e integridad de la Nación iraní pese a todas las asechanzas. Ninguno de los dos
gobiernos de ambos lados de la cordillera podría invocar para sus posiciones respectivas un
gramo de nacionalismo. Sería grotesco pensarlo siquiera: tanto el régimen chileno como el
argentino han entregado a las normas del Fondo Monetario Internacional y de los Bancos,
monopolios e importadores extranjeros la soberanía global de las economías respectivas, sin la
cual toda soberanía territorial o política se vuelve ilusoria y declarativa. Defender un pedazo de
tierra helada hasta llegar a la guerra sería tan monstruoso como permitir que ambos regímenes
prosigan cediendo al extranjero todo el sistema productivo nacional construido tras penosos
esfuerzos por el pueblo de cada país, sus clases medias, sus empresarios y sus trabajadores.

No pueden engañar a nadie con semejante patraña, y no lo harán. Pero el carácter


artificial del conflicto aparece a plena luz si se considera la cuestión de las islas Malvinas. Ya no
se trata de las Malvinas, sino de las Fuerzas Armadas en su conjunto, que han asumido la
responsabilidad del gobierno político del Estado y la responsabilidad por la solución del
conflicto del Beagle.

Atención a las Malvinas

Nadie ignora que nunca ningún gobierno argentino, desde la ocupación por la fuerza de
las islas en 1833 por un buque británico planteó seriamente el problema, salvo en el campo de la
historia (hay decenas, quizás centenas de estudios históricos y cartográficos publicados sobre las
Malvinas) y en el túnel del tiempo de la diplomacia. Los ingleses deben tener una risueña idea
de la formidable paciencia argentina y de su ingenio diplomático impar, capaz de producir
ciclos de negociaciones ilimitados e infatigables. Durante más de un siglo esta protesta
diplomática puramente formal, reducida a una carilla tamaño oficio, reflejó la estrecha
asociación de la Argentina con el Imperio Británico, si dejamos a un lado el poder
incontrastable de la flota británica. Ambos hechos, además del imperio mismo, ya son un asunto
del pasado. No conocemos ningún gobierno argentino que aun en la época en que las Malvinas
adquieren importancia económica, nada menos que en el orden del petróleo submarino y de las
bancadas de krill ( una de las grandes reservas alimenticias del extremo sur) se haya propuesto
librar una batalla diplomática, política, económica y psicológica de la devolución de las
Malvinas. En relación con Chile y el Beagle, se llegaron a movilizar tropas, a llamar reservistas,
a adquirir armamentos, cuya cuantía el país ignora, a acumular stocks de insumos diversos, a
preparar a la población con grandes campañas publicitarias por todos los medios, a recorrer
aguerridamente la zona en disputa.

En cambio, en relación con Malvinas, ni a este gobierno, ni a los anteriores, se les


ocurrió siquiera: a) expulsar a súbditos ingleses destacados; b) iniciar una campaña nacional e
internacional de propaganda; c) expropiar las estancias de la Corona ( más de medio millón de
hectáreas en Santa Cruz); d) nacionalizar el Banco de Londres y América del Sur; e) congelar
todas las inversiones inglesas; f) clausurar transitoriamente las instituciones culturales inglesas;
g) suspender, si fuese necesario, las relaciones diplomáticas y boicotear a Gran Bretaña en la
Naciones Unidas, la Unesco, la FAO, etc. ¿por qué estas medidas, que no son de guerra, como
con Chile, eran simplemente imaginables para los gobiernos argentinos? Es que, en realidad,
toda la historia argentina, con sus Borges, sus anglófilos, sus sir William Leguizamón, sus
estancieros, sus miembros del Club Pickwick, y la inteligencia argentina en general, podrían
decir como aquel político uruguayo: “aquí, donde me ve, detrás de este gauchito, hay un inglés”.

Comparar la situación de las Malvinas y su importancia con la del Beagle, así como la
conducta respectiva asumida por los gobiernos argentinos ante ambos problemas, permite medir
la cantidad de nacionalismo invertido por el liberalismo en la presente campaña. ¿pero que
podía esperarse de una diplomacia ociosa y sibarita, vinculada por décadas a la diplomacia
occidental anglófila, de la que espiaba sus menores gestos, sus trajes, sus vicios, sus bebidas,
pero nunca su verdadera política? Para este tipo de nacionalismo vacío y retórico siempre están
dispuestos los cipayos del tipo del almirante Rojas, ex peronista y feroz antiperonista, que pide
sangre argentina al cielo, o el general Osiris Villegas, ansioso de publicidad en su hastiado
retiro, que ha perdido todas las batallas políticas que emprendió en su vida y ahora quiere
hacerle perder otra a la Argentina. He aquí su sentencia profunda: “Hay dos opciones para el
Beagle: la paz o la guerra”. El general, claro, se inclina por la guerra. En realidad, podríamos
decir que hay más de dos opciones: que Villegas hable o no hable, o dos más: que piense o no
piense. Podríamos añadir otras sin esfuerzo: que el general Villegas estudie o no estudie antes
de hablar. Pero confesemos que no hay muchas más opciones.

No resulta arbitrario traer a la discusión del tema de las Malvinas la defensa de la


Antártida. En la fase más aguda del conflicto chileno-argentino, el diario ABC de Madrid
observaba que era de interés británico crear un frente de conflicto chileno- argentino que
permitiese postergar o enturbiar la cuestión de las Malvinas. El viejo león británico ha perdido
los dientes pero no las mañas. Aun en la hora crepuscular de su poder mundial, sigue gozando
de las ventajas derivadas de su grandeza pasada. Sólo el gobierno militar del general Lanusse
pudo concebir la estupidez de ceder el arbitraje del problema con Chile en 1971 al laudo de la
corona británica.

Este hecho bastaría para afirmar que la Argentina carece de una política exterior
nacional, lo que es bien lógico, si se considera que no hay tampoco en el interior una política
nacional. Con esa medida del gobierno de la dictadura militar anterior se otorgaba al usurpador
de una parte del territorio argentino el papel en un conflicto de límites con un país hermano.
Como Gran Bretaña no tiene problemas territoriales pendientes con Chile, es natural que
cualquier fallo proveniente del que fue uno de los más grandes imperios de la historia no podría
estar despojado de parcialidad política. No resulta nada extraño que el recientísimo patriotismo
de los Rojas, los Villegas, las Cámaras de Exportaciones o las Sociedades Rurales, las
Sociedades Anónimas y los miembros ya retirados del viejo servicio civil del Imperio Británico
se hayan desgarrado las vestiduras por la cuestión del Beagle, haciendo caso omiso del tema de
Malvinas. Es una página facsímil arrancada de la historia de América latina.

La Unión Aduanera Chileno-Argentina

En 1953 ambos países contaban con gobiernos elegidos por el pueblo. Los presidentes
Ibáñez y Perón se reunieron en Santiago de Chile, ante una enorme multitud, y echaron las bases
de un acuerdo que vale la pena recordar. Desde los balcones de La Moneda, el general Perón
dijo ante medio millón de chilenos: “Durante más de un siglo, chilenos y argentinos han dejado
que manos extrañas apagasen, con silencios incomprensibles y a veces inconfesables, la voz de
nuestra propia sangre derramada en una comunión sin fronteras y sin límites, por la libertad de
América. Frente a las nuevas fuerzas de carácter económico que pretenden dominarnos,
nosotros, chilenos y argentinos, hemos decidido realizar la unión de nuestras fuerzas
económicas… El futuro nos impondrá la unión económica de la América del Sur. No sé si mi
visita a Chile y las resoluciones que adoptemos con el general Ibáñez serán el comienzo de la
unión económica sudamericana.”
Esa línea de conducta entre nuestros dos pueblos no debe ser cambiada. Sólo los
pueblos chileno y argentino tienen los títulos necesarios para dirimir fraternalmente los
problemas de límites que pudieran suscitarse hasta que la Confederación Latinoamericana trace
las grandiosas fronteras externas de la Patria Grande, desde el Río Bravo hasta el Cabo de
Hornos, y más allá todavía, hasta el polo sur.

Los argentinos han luchado junto a Chile por la libertad de la América indoespañola
bajo las mismas banderas y arrojado del suelo patrio a los ingleses que por dos veces lo
invadieron. Luego, un vuelco histórico infortunado, con la derrota de los ideales sanmartinianos
y bolivarianos, condujo a Chile y a la Argentina a girar un siglo como satélites alrededor de los
Estados astros. En 1945 recobramos la soberanía gracias a las masas revolucionarias que
levantaron nuevos estandartes para remediar antiguos dolores. La causa del pueblo volvió a ser
derrotada en 1955 y 1976 por la misma oligarquía resurrecta que siempre encuentra en su
camino a un puñado de generales que la sirva. Y es justamente este gobierno militar quien ha
negociado ante otra dictadura similar en Chile la cuestión del Beagle hasta colocarla al filo de la
guerra. Pero tanto el Beagle como la soberanía popular usurpada son resortes exclusivos de las
masas populares argentinas. Ellas no han delegado ante nadie el derecho a decidir por su vida o
su muerte, por la paz o la guerra, por la factoría pampeana o por la Grande Argentina. Cuando
ellas se pongan en movimiento y decidan hacer la historia, otros gallos cantarán.

La mediación del papa de Puebla, del papa que ha nacido del asombroso giro
copernicano operado por la iglesia desde Juan XXIII para incorporarse a los tiempos modernos,
ha introducido una posibilidad cierta de llegar a un acuerdo. No podemos sino apoyar tal
mediación: la diplomacia vaticana es más antigua que la inglesa y sustituirá con ventaja para
ambos países a los burócratas pétreos, civiles o militares, de las cancillerías de ambos lados de
la cordillera.

Hay que entrelazar nuevamente las banderas de Chacabuco y Maipo. Hay que unir las
armas en la común defensa contra el inglés y por la custodia de la Antártida chilena y argentina.
Hay que marcar a fuego a los bravucones que quieren separar a los hermanos. Volvamos los
ojos a las Malvinas, a la soberanía interna y externa y derribemos la cordillera. Sellemos una
unión aduanera con Chile para luchar juntos contra las potencias mundiales que pretenden
dividirnos y humillarnos: ese es el camino para un segundo Ayacucho.

11) ¿por qué la invitación oficial para viajar a las Malvinas, después de la
recuperación del 2 de abril?

Cuando volé en un avión de la Fuerza Aérea el miércoles 7 de abril lo sentí como uno
de los grandes días de mi vida. Un giro “milagroso” de la historia había enfrentado a las Fuerzas
Armadas argentinas al imperialismo mundial. Durante siete años habían sostenido a la pandilla
oligárquica y anglófila de Martínez de Hoz. Habían respaldado a los saqueadores del país y
habían reprimido a los trabajadores. Ahora, mientras volábamos hacia el Atlántico Sur, las
tropas argentinas se preparaban a luchar con los enemigos históricos de la patria.

Todo había empezado de nuevo. El sutil y engañoso velo que cubría la relación imperial
con la factoría pampeana, y que había producido escépticos poetas cortesanos, estudiantes
izquierdistas que admiraban a Churchill y toros magníficos, había caído por fin y para siempre.
Estados Unidos y Europa, en suma la bandada de vampiros coloniales, se volvía enfurecida
hacia la Argentina y la partidocracia que hasta ese momento había sostenido el “Proceso”,
comenzó a apartarse de él, horrorizada. Sobre el gredoso suelo de Malvinas que pisé conmovido
esa tarde glacial, la historia despertaba de un largo sueño y se ponía de pie. Allí estaban los
soldados argentinos aprestando sus armas. Sentí que un orgullo único volvía del pasado y nos
envolvía a todos bajo el viento polar.

12) ¿Qué se debe hacer frente a la guerra de las Malvinas y a la actual ocupación
británica de las islas argentinas?

La autopropaganda inglesa transformó en frase de uso común el hecho incierto de que


“Gran Bretaña pierde todas las batallas y gana todas las guerras”. Ahora ha ocurrido lo
contrario. En los últimos cien años la Argentina se integró al mercado mundial dominado por
las potencias anglo-sajonas. Desde Roca hasta hoy, en que el sistema ha saltado por los aires,
nuestro país se desenvolvió como provincia agraria de Europa. La articulación entre la Europa
industrial y la Argentina exportadora de productos primarios permitió un prodigioso crecimiento
hasta 1930. En la crisis mundial, la orgullosa factoría, de estancieros gordos y vacas flacas se
estrelló como el Titanic en el iceberg de la década. Volvieron todos los parásitos de París,
aterrados por la baja de los precios del ganado. Se hizo célebre la frase:”Quel difference, de
Paris a l’estance”.

Gracias a la depresión mundial, se abrió la posibilidad en los países semicoloniales, de


iniciar la marcha hacia la industrialización. La segunda guerra benefició de nuevo a la Argentina
al aislarla de las potencias occidentales, absorbidas por sus sangrientas querellas. La prosperidad
del mercado interno, los nuevos obreros, la joven burguesía industrial y la aparición de Perón
son los signos externos de la nueva época. El nacionalismo industrial de Perón, sin embargo,
encontró en la oligarquía un implacable enemigo.

Aunque el peronismo constituyó un gigantesco avance industrial en todos los órdenes,


la hegemonía cultural de la europeización en el sistema cultural y educativo no cedió. Parte de
las clases medias, a la rastra de los patrones de prestigio de la sociedad oligárquica, constituyó
la “base de masa” del poder imperial y sus aliados internos. Como había ocurrido en las dos
guerras mundiales (1914-1918 y 1939-1945), la partidocracia y una parte notoria de la
“inteligencia” sostuvieron ardorosamente a los “aliados” anglo-yanquis o sea a los explotadores
coloniales directos de la Argentina. Esas mismas fuerzas conspiraron contra Perón entre 1946 y
1955, en que lograron derribarlo.

Se trata de los mismos sectores “democráticos” que a partir del 2 de abril se niegan a
aceptar el carácter heroico de la gesta, se obstinan en pagar la deuda externa a la banca inglesa y
tienden una cortina de humo sobre este grandioso acontecimiento del siglo XX. Han
reemplazado todo análisis sobre el imperialismo invasor por una insustancial palabrería dirigida
al comicio. Son los apóstoles vacíos de la “democracia formal”. Ayer reverenciaban a Roosevelt
y a Churchill. Hoy lo hacen con Mitterrand, Felipe González y otros escandinavos. Todos ellos
son representantes del colonialismo europeo, bloqueadores de la Argentina. De este modo, la
Guerra de Malvinas, como lo afirma burlonamente la señora Thatcher, habría sido la lucha de la
“democracia inglesa” contra la “dictadura argentina”. Quien esto escribe ha sufrido varios
procesos y detenciones a manos de este régimen que agoniza. No tengo benevolencia hacia
Galtieri ni hacia ninguno de sus colegas anteriores o posteriores. Pero comprendo muy bien a la
partidocracia sucesora de Saturnino Rodríguez Peña (aquel que ayudó a escapar al General
Beresford, cuando la primera invasión inglesa). No falta entre ellos quienes proponen el día 2 de
abril como “día de luto”.
Gracias a esa sociedad anglófila que venera a Europa o a EE.UU., se formó una clase
“democrática” devota a todas las guerras ajenas y héroes alógenos. Son el producto directo de
esos bachilleratos franceses importados por Mitre, indiferentes a la América Criolla, capaces de
ahogar en un hastío glacial las mejores vocaciones y las rebeliones más originales, seguidos de
una universidad productora de especialistas indiferentes al destino nacional, siempre dispuestos
a emigrar por un buen contrato en el exterior. ¡Cómo para entender la Guerra de Malvinas con
un sistema cultural que reposa en el dilema sarmientino de “civilización o barbarie”, que según
cabe imaginar sitúa la barbarie en América y la civilización en Europa! Se trata del mismo
Sarmiento que había escrito al general Mitre:” No ahorre sangre de gauchos. Son lo único que
tienen de humano.” A su lado, ¿podrían entender la guerra con Inglaterra los “izquierdistas
portuarios”, tan alejados del drama argentino como los terratenientes que vivían en Europa?

La primera pregunta que brotó en todos los labios de la Argentina ilustrada fue: ¿por
qué razón ahora ocupó Galtieri las islas? ¿Qué propósitos se ocultaban detrás del
acontecimiento? ¿Ambiciones personales, etcétera? Cuando la flota inglesa avanzó armada
hasta los dientes, tras la hipócrita euforia inicial, todos empezaron a retroceder, a murmurar, a
conspirar. Así se gestó una intriga palaciega de políticos nativos y embajadores extranjeros
destinada a derrocar a Galtieri y facilitar un “gobierno de transición” hasta el ansiado comicio.
A esta Argentina político- institucional se le ocurrió entonces calificar el 2 de abril con la frase:
“una aventura irresponsable”. Según se sabe, es la tesis británica. Los cipayos (vocablo hindú
que designaba de ese modo a los nativos aliados al usurpador inglés del suelo nacional) estaban
horrorizados. Borges sentía que se hundían las columnas de Hércules. Los “demócratas”
consideraban que esa heroica lucha contra el imperialismo no podía ser realmente legítima
porque procedía de un gobierno malo y de Fuerzas Armadas que no merecían confianza. Pero lo
notable de los aspectos políticos de la Guerra de Malvinas es que la mayor parte de los partidos
políticos argentinos habían apoyado directamente el régimen nacido el 24 de marzo de 1976 y
habían ocupado ( y siguen ocupando hoy) miles de cargos, desde intendencias hasta ministerios
provinciales, ministerios nacionales y embajadas. Sólo se alejaron del gobierno (pero no de los
cargos mencionados) cuando el histórico giro del 2 de abril puso en evidencia que la Argentina
había entrado en conflicto con las pérfidas potencias de Occidente colonialista y sus aliados de
la usura mundial. Entonces descubrieron muchos de estos partidos que este régimen era una
dictadura.

Pero cuando está en juego el suelo de la patria, sólo un cipayo puede preguntarse si el
gobierno que conduce la guerra le gusta o no. Si San Martin hubiese renunciado a luchar contra
el imperio Español al descubrir a su llegada a Buenos Aires la catadura de Rivadavia y
Pueyrredón, quizá seríamos todavía súbditos del rey de España.

El pueblo argentino y los hermanos de la Patria Grande comprendieron


instantáneamente que la Argentina había emprendido una gran gesta. El 3 de abril, hasta los
ultra-demócratas y los severos “izquierdistas” se informaron de que los Estados Unidos,
Francia, Inglaterra, etcétera, habían votado contra nuestro país en el Consejo de Seguridad,
mientras que China, la URSS, Polonia y España se abstenían. Sólo votó a nuestro favor la
gallarda República de Panamá, por la boca de su canciller Illueca. El apoyo provenía del
legendario suelo al que había convocado Bolívar en 1826 para fundar entre todos una “Nación
de Repúblicas”.

Con las tropas argentinas en las Malvinas, saltó en pedazos el TIAR y la Doctrina
Monroe, los simuladores de la “democracia” europea y los admirados yanquis de Alexis de
Tocqueville, en suma, los modelos ideales en que habían sido educados los oficiales de las tres
armas en la Argentina. Volvimos nuestras miradas hacia la América latina. Nicaragua sandinista
nos apoyó lo mismo que Cuba. Por encima de todo, éramos latinoamericanos. Y este hecho de
trascendencia mundial, que reubicaría a la Argentina en el campo del Tercer Mundo junto a
aquellos pueblos que como nosotros luchaban por su independencia nacional, sería objeto de
una feroz campaña de “desmalvinizaciòn” que no cede ni un solo día.

Y el 2 de abril resolvió con el irresistible poder de los hechos esta paradoja: la mismas
Fuerzas Armadas que habían entregado el poder económico durante siete años a los abogados de
Inglaterra y Estados Unidos, se enfrentaron con los amos imperiales y rompieron a cañonazos
esa alianza. Por esa causa, Gran Bretaña ganó una batalla y perdió la guerra.

SINDICATOS, EDUCACIÒN Y PERONISMO

13) ¿Cuál es su criterio sobre la existencia de un sindicato único? ¿Se deben hacer
descuentos salariales para las obras sociales o se deben dar opciones? ¿Es correcto estimar
que los descuentos para obras sociales llegarían al veinte por ciento del presupuesto nacional?
¿Cree que es controlable el poder que emana del manejo de las obras sociales?

Sostengo el sindicato por industria, los descuentos obligatorios y la administración de


las obras sociales por parte de quienes las han fundado y las pagan.

Si los dirigentes obreros eran detestados por los trabajadores y sólo permanecían en sus
cargos gracias al poder del Estado, como habitualmente se afirma respecto de los dirigentes
peronistas, la caída de Perón en 1955 y de la señora de Perón en 1976, habrían constituido
excelentes oportunidades para que los trabajadores pudieran sustituirlos. Esto resultó real en
algunos y se reiteró la elección de los antiguos en otros. Cuando el gobierno militar de 1976, en
época de los ministros Liendo y Reston como titulares de Trabajo, decidió suprimir los aportes
obligatorios de los obreros a sus sindicatos para “dejarlos en libertad”, con su renuencia, de
hundir financieramente las organizaciones gremiales, el vuelco en masa de los obreros que
voluntariamente aportaron sus cuotas para defender las organizaciones dejó atónitos a los
mencionados Liendo, Reston, Martínez de Hoz y colegas. También a muchos estudiantes de
filosofía, sociólogos e izquierdistas de todo pelo, color y marca.

14) Usted acostumbra criticar a Sarmiento. ¿Puede precisar sus críticas?

Sarmiento fue un admirable artista de la prosa hispano-criolla, un García Márquez en el


Facundo, un degollador de gauchos con manía homicida (ver Archivo de Mitre, tomo IX), un
introductor de la “educación común” de los Estados Unidos y racista anticriollo por admiración
hacia la raza blanca. Después que Marcos Paz, vicepresidente de Mitre, ocupa militarmente
Catamarca, escribe:”En este banquete de civilización y principios, sólo se excluyen el poncho,
el crimen, la barbarie, es decir los caudillos”. Y Sarmiento le hace coro, al ordenar el degüello
del Chacho, pues así era conocido el general el general Ángel Vicente Peñaloza, caudillo de los
llanos riojanos: “No ahorre sangre de gaucho”, escribe a Mitre. “Es lo único que tienen de seres
humanos”. Véase el ya citado Del patriciado a la oligarquía.

15) ¿Qué papel juega la enseñanza privada? ¿Qué criterio se debe adoptar frente a la
educación en general?
Todo el sistema cultural argentino está en crisis, no sólo los ciclos primarios, medios o
universitarios. Han sucumbido por las mismas causas que originan la declinación de la sociedad
argentina diseñada por los grandes soldados y políticos del 80, los Roca, los Pellegrini, los
Hernández, los Ricchieri. He señalado en la respuesta número 1 algunos rasgos de esa crisis. Es
evidente que la educación, la cultura, el periodismo, los libros, las ideas de la época no podían
en modo alguno escapar al hundimiento general.

Brevemente, sostengo que hay que convocar, a partir de un gobierno elegido por el
pueblo, a una “Asamblea Constituyente” de la educación, la ciencia y la cultura de la
Argentina. Sintetizo:

1. Hay que suprimir durante un año las clases en las escuelas, colegios nacionales
y universidades.
2. Chicos y adolescentes deben concurrir a dichos colegios e instituciones para
estudiar música, canto y educación física. Se ha probado que cantar y hacer deportes no le ha
hecho nunca mal a nadie, pero también se ha probado que la enseñanza de las instituciones
educacionales de la República en el estado en que se encuentran le hace mal a muchos. Entre
otras cosas importantes, no pueden enseñar a comprender la patria y la América Latina. Lo
mismo digo respecto de colegios e institutos militares.
3. Todo el cuerpo docente seguirá durante este año de suspensión de clases
cobrando sus haberes. Pero se organizará, en escala nacional, un sistema de seminarios, grupos
de estudio y de lectura para investigar y reflexionar sobre los temas básicos de una Educación
nueva: se verá de nuevo la historia desconocida, las ideas económicas útiles a los argentinos, el
tipo de ciencias que conviene al país. Se someterán a crítica, en fin, todos los programas y se
crearán otros nuevos. Tales estudios y discusiones serán seguidos vivamente por todo el país por
medio de la radio y la televisión. Las grandes masas aprenderán, junto a los profesores que se
reeducan a sí mismos pues sólo así estarán luego en situación de educar a las jóvenes
generaciones.

Dicha actividad culminará en un Congreso de la Educación, la Ciencia y la Cultura.


Serán invitados a asistir a él los más destacados escritores, poetas, pensadores y científicos. Sin
censura estatal, los educadores reeducados establecerán allí ante los ojos y oídos de las masas
populares, las líneas de los nuevos programas, carreras y objetivos para una Patria Nueva en
marcha hacia una América Latina Unida.

16) Se coincide en considerar a Juan Domingo Perón como un líder carismático.


También se entiende que el carisma es la imagen del paternalismo omnipotente. ¿Auspiciar ese
tipo de liderazgo político puede inducir al rechazo de la actitud crítica propia de la edad adulta
para configurar un ciudadano con esquemas infantiles?

Max Weber estudió el papel del “personaje carismático” en la historia. Pero el concepto
tiene un origen teológico, que emplean, para descalificar a Perón, numerosos ateos y descreídos.
Pues es natural que si cierto “carisma” es un don gratuito procedente de dios, nada tiene que
hacer el pueblo para crearlo. Sólo queda a las masas seguir esa divina inspiración depositada en
el hombre providencial. El rol pasivo de las clases trabajadoras frente al ungido queda a la vista.
Se trata de una banalidad que ha logrado sobrevivir entre tantos precarios libros de sociología
gracias al odio social que la inspira. Perón es el efecto y no la causa del peronismo. Es el
peronismo, por así decir, quien inventó a Perón y no a la inversa. El propio caudillo, en
conversaciones con Pavón Pereira, ha señalado agudamente que su posición en la vida del país
sólo pudo ser posible porque había abrazado una gran causa, que lo elevó más allá de lo
imaginado. De otro modo, agregaba, todo hombre es un hombre común. En síntesis, Perón era
la expresión personal de grandes intereses impersonales, la cifra humana de inmensas
multitudes que eligieron a Perón para modificar la historia. Cuando así lo necesiten, crearán
otro. “Caudillo”, proviene de “caudal”. Es una palabra que indica lo colectivo.

17) ¿Considera al peronismo agotado?

El pueblo argentino, el olvidado, el marginado, el que no entraba “en las listas”, pero en
“todos los entreveros dentraba”, creó o inventó las guerras de emancipación, los ejércitos
federales, la marcha hacia el desierto, el yrigoyenismo y el peronismo. Cierto es que hubo
hombres simbólicos. Pero, como en el caso del arte y la formación de los idiomas, es el pueblo
innumerable el verdadero gestor. En tanto el peronismo le sirva como arma para luchar por sus
derechos, el pueblo lo seguirá empleando. Aunque no tengo la menor duda de que, si no llega a
servirle, los “desconocidos de siempre” inventarán un instrumento histórico más adecuado.

18) ¿Cuál es su opinión sobre la patria potestad? ¿Debe continuar como hasta ahora,
otorgándosela exclusivamente al padre, en caso de separación del vínculo matrimonial, o debe
ser compartida en todos los casos por ambos padres? ¿Debe existir el divorcio y la posibilidad
legal de volver a contraer matrimonio? ¿Es necesario legalizar el aborto? ¿Qué opina de las
relaciones sexuales prematrimoniales en la juventud actual?

Hay una ley de divorcio aprobada por el Congreso Nacional el 15 de diciembre de 1954,
promulgada por el muy católico gobierno peronista y suspendida en sus efectos por el muy
liberal y descreído gobierno de la Revolución Libertadora de 1955.

Hay que ponerla en práctica. Patria potestad compartida, naturalmente. Y protección


legal de la vida de las mujeres pobres que no pueden hacerse abortos como las ricas y por esa
causa mueren oscuramente de a miles. Una legislación que proteja la vida de las mujeres y
niños pobres; educación sexual desde la escuela primaria; planificación familiar para facilitar el
conocimiento de métodos anticonceptivos que impidan la realización del aborto, recurso terrible
que es preciso evitar a toda costa. A las mujeres acomodadas y en consecuencia “cultas”, les
resulta indiferente la despenalización del aborto, pues su situación social las coloca por encima
de todo peligro. El drama cotidiano es para las mujeres pobres, las ignorantes y desvalidas, las
solteras abandonadas, las adolescentes violadas, las que emigran a las grandes ciudades. A ellas
les espera la soledad, las agujas de tejer, la interminable hemorragia y la muerte.

19) ¿Cuál es su criterio para solucionar el problema de los desaparecidos?

En mi libro La era del peronismo analizo las raíces sociales del terror y de su réplica, el
contraterror de Estado. Además de los derechos humanos lesionados, incluido el de los deudos
de los muertos por las bandas terroristas, existe la necesidad de que una justicia que emane de
los poderes legítimos del Estado, mediante elecciones limpias, realice todas las investigaciones
necesarias para esclarecer y penar todo “exceso” cometido. Cabe recordar a este respecto que
hay maestros de la técnica de “desaparición” por causas políticas. Son las escuelas de
adiestramiento antiguerrillero de los Estados Unidos en Panamá. Asimismo, no conviene olvidar
la práctica y la doctrina de la “guerra contrarrevolucionaria” de los franceses en Argelia e
Indochina. Resulta curioso y escandaloso que los Estados Unidos, nada menos- después de
Vietnam- y Francia (aún la “socialista”) a partir de los 800.000 desaparecidos en Argelia, se
truequen en campeones de los derechos humanos… en la Argentina. Semejante cinismo
desalienta toda respuesta.

Son los argentinos y sólo ellos quienes deben: a) investigar el problema y sancionar a
los responsables) transformar de modo revolucionario la sociedad argentina para que impida la
reaparición de la violencia, la injusticia social y la expropiación política de las masas. Sólo de
esa manera, el terror y el contraterror podrán constituirse en un tenebroso recuerdo para las
próximas generaciones.

EL CARÁCTER HISTORICO DE LOS MOVIMIENTOS NACIONALES

Ángel Perelman fue un obrero metalúrgico, hijo de metalúrgicos y militante desde su


juventud en la corriente de la Izquierda Nacional. Fundó junto a Fernando Manuel Carpio la
Unión Obrera Metalúrgica en 1944. Acompañó la fundación del PSIN y del FIP. Escribió sus
recuerdos de 1945 en un libro titulado Cómo hicimos el 17 de octubre. Fue un militante obrero
intachable. En su homenaje público hoy estas páginas que explican claramente el trasfondo
histórico de los movimientos nacionales y, en consecuencia, del peronismo.

Es muy fácil decir hoy que la acción bienhechora de un solo hombre dio lugar a la
formación de ese movimiento multitudinario que se llamó peronismo. Pero la explicación
histórica es más profunda y de más vasto alcance. En estos recuerdos que escribo he tratado de
explicar que la Argentina era un país semicolonial que, aunque más desarrollado que sus
hermanos de América latina estaba de todas maneras comprometidas política y económicamente
por el capital extranjero imperialista. La Segunda Guerra Mundial había quebrantado los
poderosos vínculos que ligaban a la Argentina y en general a todos los países coloniales y
semicoloniales con las grandes metrópolis imperialistas sometidas al conflicto bélico.

En todas partes del mundo surgían movimientos nacionales revolucionarios que


aprovechando las dificultades del imperialismo se proponían conquistar la liberación nacional y
salir de la sumisión y de la esclavitud.

Ese movimiento también se manifestó en la Argentina y al no encontrar en los partidos


seudopopulareso o seudoobreros a los dirigentes naturales de ese movimiento mundial los
encontró en cambio en el núcleo militar encabezado por el coronel Perón. El contenido
económico de la política de Perón no tenía un carácter socialista ni comunista. Su acción
representaba más bien un cierto despertar del capitalismo nacional. Cuando Perón protegía la
industria por medio de créditos bancarios, cuando iniciaba sus nacionalizaciones no estaba
practicando medidas comunistas. Por el contrario, practicaba medidas capitalistas, pero eran
medidas capitalistas argentinas. Y a esas medidas capitalistas argentinas se oponía tenazmente
el imperialismo extranjero que veía en ese desarrollo burgués nacional el peligro para su
dominación y la expoliación de los recursos naturales de la Argentina. Esta contradicción no
podía resolverse a través de una política nacional y militar sin el apoyo del pueblo como lo
demostró el 4 de junio de 1943. Para desarrollar el capitalismo, para establecer una verdadera
política burguesa nacional había que enfrentar al imperialismo anglo yanqui, y en particular al
último, que aspiraba a embolsarse la herencia colonial inglesa en todo el mundo, y
particularmente en América latina. ¿Pero, cabía esperar que la burguesía industrial argentina,
poco menos que recién aparecida y comprometida íntimamente con el capital extranjero pudiese
encabezar esta tarea? Lo que la pura intuición teórica podía indicar fue ampliamente confirmado
por la práctica. Si las burguesías inglesa y francesa habían desempeñado un rol revolucionario
en la unidad nacional de Inglaterra y en conflicto con el feudalismo regionalista- y por lo tanto
antinacional- se debía a que el régimen capitalista en su conjunto desarrollaba sus fuerzas
productivas. El “tercer estado” estaba en la corriente del proceso histórico y mercaderes y
manufactureros al apoyar activamente la lucha contra el feudalismo agonizante satisfacían sus
intereses en tanto hablaban en nombre en nombre de toda la nación, y erigían sus principios
como bandera para toda la humanidad. La conquista del poder político por la burguesía europea
y la afirmación del régimen capitalista en los principales centros de poder mundial fue sucedida
por la aparición del imperialismo y por la declinación general del régimen capitalista. Esta
declinación no trajo como consecuencia tan sólo que la burguesía revolucionaria de 1789 se
transformase en burguesía imperialista y se dedicase a expoliar otros pueblos, sino también que
las contradicciones del imperialismo indicaron que el régimen capitalista de la propiedad
privada había llegado a sus límites posibles. Las burguesías coloniales y semicoloniales en el
siglo XX reflejan en cierto sentido esta declinación y en 1945 se vuelven reaccionarias en todas
partes. La burguesía argentina en formación no podía soñar siquiera con tomar parte en los
asuntos públicos y ya nacía con el alma vieja, muy lejos de intentar aventuras revolucionarias.
Pero la necesidad de que el país se industrializara era una necesidad nacional, no solamente
burguesa y debía transcurrir por los moldes del capitalismo, al menos en ese momento.
Consciente o inconscientemente el ejército asumió esa tarea, a través de la personalidad de
Perón. Hubiera resultado totalmente imposible consumarla frente a la presión extorsiva
realizada por el imperialismo. Para resistir afuera había que movilizar adentro. Esta
movilización no implicaba solamente la necesidad de que la clase obrera apoyara la política de
Perón frente a los Estados Unidos, sino también significaba que en la práctica la nueva clase
obrera venía a constituirse no sólo en la productora de la nueva industria, sino también en la
consumidora de los artículos manufacturados que se producían por primera vez en el país. La
indigencia política de la burguesía industrial argentina derivó en una transferencia de sus
intereses a manos del ejército y fue así como mediante el régimen bonapartista de Perón- un
poder militar y policial elevado en apariencia por encima de las clases- pudo el país resistir la
presión imperialista. Pero la movilización popular alrededor de las grandes banderas nacionales
levantadas por Perón implicaba para el régimen militar en su conjunto un segundo peligro, quizá
más grave que el representado por el imperialismo internacional. La clase obrera se lanzaba
hacia una política independiente de las consignas puramente nacionales de Perón con el
resultado indudable, para la mentalidad militar, que no se detendría en los límites de la
soberanía nacional, sino que iría más allá buscando establecer su propio control de la economía
conforme a un criterio planificador popular, la expropiación auténtica de la oligarquía. Se
trataba en consecuencia de canalizar ese gran movimiento proletario y nacional en gestación y
circunscribirlo a los límites puramente burgueses y nacionales dentro de los cuales se movía el
Ejército y Perón mismo. Esta tarea estuvo facilitada por el hecho de que aquellos partidos que se
llamaban de “izquierda” (socialistas y comunistas) no estaban dispuestos a encabezar una lucha
popular, nacional y socialista revolucionaria que reflejara dentro de la Argentina el movimiento
de liberación que se manifestaba en todo el mundo, sino que por el contrario estaban además
contra las reivindicaciones nacionales y a favor de las potencias imperialistas que habían
explotado secularmente nuestro país. De esa manera, la nueva clase obrera, recientemente
llegada al campo de la producción industrial y que encontraba por primera vez en la acción de
Perón la posibilidad de organizarse sindicalmente y de pensar políticamente cedió a su vez su
independencia de clase y entregó la dirección política de ese movimiento a Perón, así como la
burguesía había transferido la defensa de sus intereses económicos al ejército. Pero si la
burguesía no comprendió jamás la política militar ni la política peronista, que satisfacía sus
intereses económicos (creación del mercado interno, crédito industrial, protección cambiaria) el
proletariado comprendió muy bien que en esa etapa de su existencia Perón estaba de una manera
u otra reflejando parte de sus intereses. Porque no es suficiente decir que Perón practicó una
política nacional burguesa. En realidad, para resistir al imperialismo exterior que apretaba su
torniquete en torno al cuello del pueblo argentino, Perón debió ceder parte de su poder,
reservándose la dirección fundamental, a los sindicatos, como se vio luego, incorporando
dirigentes obreros al Parlamento Nacional, nacionalizando ramas enteras de la economía hasta
crear un capitalismo de Estado que le permitió establecer una alianza entre la burocracia estatal,
el ejército y los sindicatos que incluía a su manera partículas de socialismo. De otra manera
hubiera sido imposible ganar la confianza política de la clase obrera y de resistir durante más de
diez años a la presión imperialista. Que esto no era una mera frase lo demostraría el bloqueo que
el imperialismo yanqui y los monopolios petroleros hicieron a la Argentina rehusándose a
venderle maquinaria petrolera. Ya en 1943 el almirante Storni solicitaba en sus conversaciones
con Cordell Hell implementos técnicos para extraer el petróleo argentino. Por esta misma época,
cuando el gobierno militar mantenía firmemente la neutralidad, Fiorello Lagurdia declaró: “Hay
que tomar por las solapas a la Argentina y preguntarle si está con nosotros o contra nosotros”.
El 1 de noviembre de 1943 los Estados Unidos iniciaron el bloqueo económico de la Argentina.
En esa fecha el Federal Reserve Bank New York comunicaba a los bancos estadounidenses la
prohibición de trasladar fondos al Banco de la Nación Argentina y los bancos de la Provincia de
Buenos Aires. Resultaba evidente que la lucha que había iniciado Perón y su grupo militar
contra el imperialismo tenía tales características que solamente el apoyo activo de la clase
obrera podía sostenerla. Al mismo tiempo tomaba sus medidas para controlar esa gigantesca
multitud que aclamaba su nombre, y que podía ir en cualquier momento más allá de sus
previsiones. El fenómeno de burocratización posterior de los sindicatos obedecía a esas
circunstancias. Y si no alteraba el carácter inicialmente progresivo de su movimiento no dejaba
de constituir uno de los puntos más vulnerables para la propia integridad del régimen peronista
y para su dinámica revolucionaria. Por otra parte, la revolución de junio de 1943 no tenía muy
claras, cuando se produjo, sus intenciones políticas. Se fue transformando sobre la marcha,
como lo demuestra la presencia del señor Jorge Santamarina en el gabinete revolucionario.

LA IZQUIERDA NACIONAL YA TIENE SU PARTIDO

(Fragmentos del Manifiesto de fundación del PSIN)

TRABAJADORES Y CIUDADANOS

Delegados de todo el país, en junio de este año, han fundado el Partido Socialista de la
Izquierda Nacional. Sus cuadros se integran con hombres procedentes del llamado “socialismo
de vanguardia” (Secretaría Tieffenberg) con militantes del Partido Socialista de la Revolución
Nacional (disuelto por la Revolución Libertadora) y con numerosos núcleos obreros y
estudiantes independientes embanderados en el programa de la Izquierda Nacional. Jóvenes
revolucionarios sin compromisos con el pasado, y militantes más experimentados del
socialismo revolucionario, se han unido para echar las bases de un movimiento político
independiente del imperialismo.

En todo el país, los sostenedores de estas ideas eran conocidos como partidarios de la
Izquierda Nacional. Era hasta hoy un movimiento puramente ideológico; se ha transformado en
partido político precisamente en momentos en que los partidos clásicos de la oligarquía, de la
clase media y de las “izquierdas cipayas” atraviesan su crisis más profunda. Los partidos
tradicionales de izquierda y de derecha expresan en sus convulsiones la decadencia general de la
vieja sociedad argentina. El Partido Socialista de la Izquierda Nacional aspira a poner orden en
este caos y trazar las líneas de una política proletaria independiente en la Revolución Nacional.
Si la oligarquía demuestra su total impotencia para resolver los problemas argentinos, y si la
burguesía ya ha hecho su prueba, el proletariado aún no ha dicho su última palabra.

Pero antes de examinar las clases y los partidos de la Argentina, corresponde decir
quiénes somos y qué títulos podemos exhibir ante los trabajadores para justificar nuestra
existencia. Todos los obreros recordarán que antes del 17 de octubre de 1945 el país estaba
dividido entre los partidarios del ingreso argentino en la guerra imperialista mundial y aquellos
que se oponían a la infame matanza. La cipayerìa acusaba de “nazis” a los neutralistas de la
pequeña burguesía y a los marxistas revolucionarios que condenaban la guerra. Entre estos
últimos estábamos muchos de nosotros, desde 1939. Los mismos cipayos de esos años-
radicales, conservadores, socialistas y comunistas- serán los que formarían luego la Unión
Democrática contra el peronismo. Y cuando en 1945 las masas populares imprimieron un nuevo
rumbo a los destinos del país, los socialistas revolucionarios, un puñado tan sólo, estuvieron
junto al pueblo y recibieron con el pueblo el mote de “nazi-peronistas”.

En 1945, también nosotros éramos “nazi-peronistas”, únicamente porque, sin ser


peronistas, apoyamos la lucha contra el imperialismo y las grandes realizaciones del gobierno de
Perón. Las condiciones políticas de la pequeña burguesía, polarizada en el antiperonismo más
ciego, y de la clase obrera, polarizada en el peronismo como su primera etapa de lucha política,
impidieron que la ideología socialista revolucionaria cristalizase en partido. Hubo una tentativa,
suprimida por los gorilas de la Revolución Libertadora, que fue el Partido Socialista de la
Revolución Nacional. Precisamente en ese agrupamiento, con la edición del periódico “Lucha
Obrera”, aparecido al caer Perón, centenares de miles de trabajadores aprendieron que podía
haber en el país un socialismo realmente argentino y revolucionario, aliado al peronismo, capaz
de señalar el camino en las horas más difíciles y dolorosas del país.

Es en ese momento, en abril de 1955, que lanzamos la idea de la Izquierda Nacional,


como contrafigura de la izquierda cipaya tradicional, y cuyo contenido no podía ser sino
socialista. En una resolución política del 14 de abril de 1955, formulamos en estos términos la
consigna:” ¡Por una nueva Izquierda Nacional y Latinoamericana! ¡Por un poderoso partido de
la clase trabajadora! ¡Por la lucha irreconciliable contra el imperialismo y sus aliados nativos!”

La reacción oligárquica de ese momento nos excluyó de la acción política por muchos
años, y desde entonces libramos la batalla en el frente ideológico para educar a la nueva
generación en los principios de la política proletaria, del método marxista en la cuestión
nacional y de un movimiento socialista que fuese capaz de interpretar el país tal cual es.

Precisamente cuando el Socialismo de la Revolución Nacional era disuelto por los


gorilas, Alfredo Palacios era nombrado embajador libertador en el Uruguay, Américo Ghioldi
aullaba que se había “acabado la leche de la clemencia”, Tieffenberg condenaba a la “barbarie
peronista” postulándose a los libertadores para una cátedra en la Facultad de Derecho y
Codovilla asaltaba los sindicatos peronistas con la ayuda de la policía. Estos simples hechos,
conocidos por todo el mundo, permiten comprender el panorama de la izquierda cipaya en 1955,
y también la posición invariable de la izquierda nacional revolucionaria.

Pero la nueva generación socialista no ha podido ser confundida…Jóvenes y veteranos


estamos juntos hoy para acometer una gran empresa, digna de los tiempos borrascosos que
vivimos. El Partido Socialista de la Izquierda Nacional es el instrumento militante para
realizarla. Ese es nuestro pasado. Podemos mirar hacia atrás, porque estamos orgullosos de él.
Sin jactancia desafiamos a las izquierdas cipayas a que hagan lo mismo, si pueden.

Compañeros y trabajadores:

Nos hemos lanzado a la acción política porque abrigamos la profunda convicción de que
la clase obrera necesita un partido de clase independiente. Estamos en el vasto escenario de la
Revolución Nacional y pretendemos ser la autoconciencia del proletariado en esa lucha
gigantesca. Un partido realmente revolucionario es “el factor consciente del proceso histórico”.
Pero no puede operar maravillas. Tan solo si la clase trabajadora necesita del socialismo, se hará
socialista.

Pero esta exigencia está en la naturaleza misma del régimen capitalista: ese régimen
sufre una agonía mortal en el mundo entero. Las particularidades del proceso argentino han
determinado, por el contrario, cierto desarrollo capitalista moderno, producido gracias a la ruina
general del sistema en escala internacional. Esa es la razón por la cual el empuje de la
industrialización está detenido y las primeras manifestaciones de la crisis industrial aparecen en
nuestro país. Surgidos a la vida histórica como factoría inglesa exportadora, la crisis del
imperialismo nos permitió industrializarnos. La expresión política de ese intento fue el 45 y el
peronismo. Su derrocamiento fue la señal de la parálisis, lo que debe llevarnos a la conclusión
de que no habrá para nuestro país, ni para ninguna otra semicolonia del siglo XX otro camino
para industrializarse que no sea la revolución.

Dicho en otros términos, estamos condenados al estancamiento, a la degradación


económica y a la miseria si no construimos un país industrial. Toda la cuestión se resume en la
respuesta a la pregunta: ¿qué clase dirigirá el proceso? Nosotros creemos que lo hará el pueblo
argentino, con su clase obrera al frente, verdadera personificación de toda su historia. Y contra
ella estarán los eternos rivadavianos, mitristas y cipayos de ciento cincuenta años de guerra
civil. Pues si los obreros son los montoneros de ayer, el socialismo revolucionario es el nuevo
movimiento para las viejas tareas irresueltas que América Latina reclama.

¡Compañeros, trabajadores! ¡El socialismo de la Izquierda Nacional ofrece a la nueva


generación una gran bandera!

¡Hacia la segunda revolución de Octubre, hacia un Octubre definitivo e


invencible!
¡Por la liberación nacional y social del pueblo argentino!
¡Por la unidad de América latina!

¡Viva el socialismo revolucionario!

Partido socialista de la Izquierda Nacional


Comité Ejecutivo Nacional, Julio de 1962.
CARTAS DE PERON A LA IZQUIERDA NACIONAL

La carta que el general Perón me enviara el 29 de mayo de 1967 fue publicada


originariamente en el periódico Lucha Obrera, Nº 32 del mes de julio de 1967. El mensaje que
Perón dirigiera con motivo de la realización del IV Congreso Nacional del PSIN fue publicado
en el número 36 del mismo periódico en mayo de 1968.

Madrid, lunes 29 de mayo de 1967


Señor Don Jorge Abelardo Ramos
Buenos Aires
Estimado amigo:

A mi regreso de un viaje de “manzanillizaciòn” a Sevilla, me encuentro con su carta y


los ejemplares Nº 3 y 4 de la revista Izquierda Nacional, que tuvo usted la amabilidad de
enviarme. Le agradezco su recuerdo: he leído con todo interés el material, sin desperdicio, de su
contenido que comparto en un todo porque la verdad habla sin artificios. Una izquierda
nacional, en la que orgullosamente me cuento, que sale a la palestra con verdades como puños
sin preocuparse de que, en nuestros días, lo más peligroso suele ser decir la verdad. Llega poco
a poco el día en que todos comenzamos a “hablar el mismo idioma” como iniciación de una
unidad y solidaridad que está ya tardando en llegar y que será la única manera de encarar una
liberación impostergable. “La Segunda Revolución Libertadora”, excelente artículo de una
verdad aterradora. La tan mentada “Revolución Argentina” es efectivamente la Segunda
“Revolución Libertadora” aunque sus consecuencias serán provechosas para nuestro Pueblo. No
sé si nosotros habremos sido demasiados buenos pero, los que nos han sucedido han sido tan
malos que, en último análisis, venimos resultando óptimos. Estos nuevos “salvadores de la
Patria” no harán sino confirmar el viejo refrán castellano:” detrás de mí vendrán los que grande
me harán”, lástima grande que sea el Pueblo inocente el que ha de pagar las consecuencias.

Desde la distancia y con la información que poseo puedo apreciar que desde el 28 de
junio hasta el relevo de los primeros ministros, la dictadura militar se ha debatido en un lucha
sorda dentro de su “gobierno” entre los grupos interesados en copar el poder “detrás del trono”
en la que han intervenido desde los grupos nacionalistas clericales hasta los gorilas contumaces
pasando como Ustedes dicen por los sectores de una versión inorgánica de los intereses de la
burguesía nacional y las exigencias de la oligarquía vacuna. Mientras ello sucedía, la acción
monopolista foránea y sus “cipayos” vernáculos, se encargaban de crear en el país un estado
económico que obligara a la dictadura a caer en sus manos. El nombramiento de Krieger
Vasena, conocido agente de los monopolios, demuestra que esos son los intereses que han
vencido. Sus declaraciones iniciales y su acción ulterior están demostrando que no puede quedar
lugar a dudas.

La campaña de intimidación, minuciosamente planeada y aplicada a continuación del


fracaso del Plan de Lucha de la CGT, con la intención de paralizar toda acción de la resistencia
popular nos demuestra que estamos frente al enemigo más peligroso que hemos enfrentado
desde 1955: a la fuerza que esgrimen los militares que usurparon el poder, se agrega la habilidad
de los grupos que sirven a los monopolios y la incapacidad y deshonestidad de muchos
dirigentes sindicales que no sé si son tan incapaces como deshonestos. Esto nos debe hacer
pensar en la necesidad imprescindible de reaccionar rápidamente hacia la unidad y solidaridad
de todas las fuerzas populares. Ya no se trata de toda nuestra organización de la clase
trabajadora argentina. Dentro de ello no cabe ya el egoísmo sindical de cada Comisión Directiva
sino de articular una lucha de conjuntos con disciplina y unidad de acción, porque a la unidad de
nuestros enemigos no podemos sino oponerle nuestra propia unidad.

A la oligarquía vacuna, a los intereses agro-exportadores y la burguesía industrial,


decididas a arruinar al proletariado argentino con la ayuda de las Fuerzas Armadas convertidas
en “cipayos” del imperialismo, se les ha de oponer la decidida resolución del Pueblo que,
dispuesto a todo, ha de oponer a la intimidación hechos fehacientes en los que demuestra que en
la destrucción del pueblo estará implícita la destrucción de los demás y que si la clase
trabajadora se hunde, se hundirán también las fuerzas que la condenan. Ello impone primero la
unidad y solidaridad en nuestras fuerzas, segundo la purificación en su horizonte dirigente y
tercero una planificación en la que vaya, desde la contra intimidación hasta la realización de
medidas que no dejen lugar a dudas sobre la decisión de los trabajadores de llegar a los
extremos que sea preciso llegar. Muchas veces he repetido a los peronistas que los pueblos que
no quieren luchar por su liberación merecen la esclavitud y nunca ha sido más apropiado este
consejo que en las actuales circunstancias.

Pero, esta lucha ha de ser inteligente: no se trata de oponer la fuerza al poder militar
sino la habilidad. Según rige en los principios de la conducción, no se puede empeñar una
batalla contra un enemigo más fuerte, pero sí se puede diluir la lucha en miles de pequeños
combates donde uno se asegura el éxito y que sumados representan otra batalla librada en una
lucha de guerrillas que no sólo da éxitos parciales sino que termina por desgastar las fuerzas
adversarias. No es posible exponer al ciudadano inerme frente a la fuerza armada, pero sí es
posible que este ciudadano, usando sus recursos, pueda producir un mal mayor en contra del
enemigo que pretende batir- en este caso la dictadura militar- pegando donde duele y cuando
duele, allí donde la fuerza esté, nada, pero donde no esté la fuerza, todo. Cuando la reacción y
las fuerzas que la sirven se percaten de que pueden perderlo todo, lo pensarán muy bien.

Sobre el asunto de mi conferencia reservada del 11 de noviembre de 1953 que aparece


publicada en el Nº3 de la revista Izquierda Nacional es absolutamente real. Nuestra política
internacional estaba orientada hacia una integración geopolítica y hacia una integración
histórica. La primera con los siguientes objetivos: suprimir los límites para un mejor
aprovechamiento económico y técnico de América Latina; para formar luego un núcleo de
países en condiciones de tratar sin desventajas con las grandes potencias (EE.UU. y Rusia); para
impedir que nos siguieran dividiendo en provecho de esos intereses; para elevar el “standard” de
vida de nuestros habitantes y para echar las bases de los futuros Estados Unidos de Sudamérica.
La integración histórica en un “Tercer Mundo” para consolidar nuestras liberaciones por una
unidad y solidaridad continental latinoamericana.

Cuando se firmó el tratado de Santiago de Chile, parecía que todos nuestros países lo
firmarían y así lo hicieron en su mayoría, hasta que intervinieron fuerzas extracontinentales y
“metieron el palo en la rueda” a través de la acción de Brasil y de Perú. Los norteamericanos
formaron luego, por manos cipayas, la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio, con la
finalidad de enterrar nuestro intento de integración, lo mismo que hizo Inglaterra cuando se
formó la Comunidad Económica Europea.

Ahora son los yanquis los que en Punta del Este propugnan la integración, pero esta vez
se trata de una “integración sometida”, es decir, un estatuto colonial, bajo la presión y al
servicio de nuestros “hermanitos del Norte”. Es que la ALALC estaba destinada al mismo
fracaso de la Comunidad Europea de Libre Comercio, creada por Inglaterra bajo la dirección
norteamericana, que acaba de derrumbarse ante las efectividades económicas del Mercado
Común Europeo hasta el extremo de que Inglaterra y sus seis acompañantes, mendigan ahora el
permiso para ser admitidos en la Comunidad Económica Europea.

En 1953, pese al cipayismo dominante, estuvimos a un paso de realizarlo. Desde


entonces hasta ahora, se ha perdido terreno. Espero que la juventud sudamericana tomará
nuestro “testimonio” y lo llevará a su destino. Si no es así, pasarán muy malos ratos. Con
referencia al momento actual argentino, todo parece articularse alrededor de la situación
económica y sus consecuencias sociales. El plan Krieger Vasena se evidencia cada día más
como un gran camelo nacional. Los inevitables intereses creados y el temor de la gente impide
que ese plan sea desenmascarado lisa y llanamente, pero por sobre todo el temor que parece
haberse apoderado de importantes sectores de opinión independiente, un temor sutil e invisible
que, en último análisis, no hace más que reflejar la presencia de un formidable aparato de
represión que no se muestra desembozadamente pero que realmente existe y actúa en las formas
más imprevisibles.

La toma del poder por un sector del mismo sistema- en este caso las fuerzas armadas- al
margen del Pueblo en la actualidad cuesta mucha plata. En el pasado, el cambio más o menos
violento del poder no alteraba esencialmente el ritmo económico, pero hoy las cosas son muy
distintas, máxime si ese golpe, como se ve cada día, se realiza contra el Pueblo. Eso es
precisamente lo que estos ingenuos “dictadores de bolsillo”, no alcanzan a comprender y ese
afán en soluciones que no serán tales mientras tal estado de cosas siga imperando. De afuera no
viene ni vendrá ni un cobre. El famoso crédito stand by por 400 millones de dólares, está
destinado pura y exclusivamente para equilibrar, en caso necesario, la balanza de pagos
desfavorable, es decir, son dólares para pagar a los acreedores extranjeros, para que éstos no
dejen de cobrar, pero no significan ni un centavo de inversión productiva para el país. Estos que
es elemental, no sólo no se dice sino que, por el contrario, tal operación aparece publicitada
como un éxito financiero del gobierno. Es que todo es así: pura simulación, pero si la
simulación puede engañar a los tontos, que son muchos, en cambio no arrima soluciones que es
precisamente lo que se necesita.

Frente a lo que se avecina indefectiblemente en los próximos meses, con poco que
supiéramos hacer nosotros y, si es posible, el resto de las fuerzas ciudadanas que hayan cedido
al temor por la intimidación gorila, todo se pondría en excelentes condiciones. Me temo, sin
embargo, la indecisión que ya se manifiesta en los sectores políticos de radicales, que se
reducen, como siempre, a lanzar manifiestos intrascendentes e inoperantes o los sectores del
socialismo cipayo, lleno de simulaciones inconfesables. La unión de toda la ciudadanía
formando un frente civilista que supiera oponerse al frente militar oligárquico tendría
posibilidades insospechables. Ya el 17 de octubre de 1945 demostramos claramente que, si el
poder militar es fuerte, es en cambio muy frágil frente a la resistencia inteligente de un Pueblo
decidido a proceder con la misma inteligencia, mediante un poder que permanece oculto pero al
que todos temen.

Nuestro problema sigue siendo el mismo: una conducción capacitada. Yo he designado


para la conducción táctica al compañero mayor don Bernardo Alberte. Es como yo, un político
aficionado pero un conductor profesional que domina la teoría, la técnica y la práctica de la
conducción. Era uno de los hombres de reserva que tenía el peronismo y se lo ha empleado por
lo crítico de la situación actual. Yo lo conozco profundamente y sé que posee valores efectivos.
Si todos le “ponen el hombro”, estoy absolutamente persuadido de su éxito. El peronismo me ha
pedido siempre que nombre un jefe que sea tal y que me represente: lo he hecho con él. Espero
que todos le obedezcan y le ayuden. Le ruego haga llegar mis más afectuosos saludos del
Partido Socialista de la Izquierda nacional con mis mejores deseos por el éxito futuro.

Un gran abrazo.

JUAN PERON 1968

Señores Delegados:

El amigo don Jorge Abelardo Ramos ha tenido la amabilidad de comunicarme la


realización de este congreso, para pedirme unas palabras para el mismo, lo que cumplo con todo
placer e interés porque conozco las coincidencias esenciales que tenemos en común, el Partido
Socialista de la Izquierda Nacional y el Justicialismo.

Y dentro de un panorama como el argentino de la actualidad, estas coincidencias son


fundamentales para el futuro de unidad que hace a la liberación nacional y continental, sin la
cual toda integración permanente será imposible de realizar con las proyecciones históricas de
consolidación que los tiempos vienen exigiendo como consecuencia de un procesos evolutivo al
que no puede escapar ninguno de los países en el mundo actual.

El proceso argentino está demostrando a la luz de los hechos que se trata de un pueblo
empeñado en una sorda lucha por su liberación, lo que también puede considerarse como a casi
todos los pueblos de América trigueña.

Los enemigos son los mismos en todos los países latinoamericanos: las dictaduras
militares colocadas por el imperialismo, las oligarquías vernáculas sostenidas por los restos de
reacción capitalista, y el imperialismo yanqui que con sus métodos y sistemas, intenta ocupar
todos los factores de poder a través de gobiernos cipayos.

El método es, con escasas diferencias el mismo: si el gobierno se entrega, el


imperialismo lo asegura con su presión política y económica: si no se entrega, le hace un golpe
de estado, destinado a colocar un gobierno que sirva a sus oscuros designios neocolonialistas.
Para ello utiliza a sus aliados coloniales que, desde lo interno, se encargan de comprometer a las
fuerzas armadas hasta convertirlas en fuerzas de ocupación al servicio del imperialismo. Los
ejemplos podemos encontrarlos en casi la totalidad de los países latinoamericanos en estos
últimos 20 años. En nuestro país, todo es demasiado elocuente como para comentarlo.

El proceso iniciado en 1955 nos ha llevado a la ocupación militar, a la ruina económica,


a la supresión de la justicia social, al sometimiento de nuestra soberanía nacional, y a una
pronunciada caída en todos los órdenes, porque esta clase de sometimiento son los que cuestan
más caros.

El caso de Cuba es aleccionador. Las insurgencias heroicas, como las del doctor Ernesto
Guevara, son halagadoras y si no se ha acertado en las formas, el espíritu no ha cedido, y se nota
la firme voluntad de vencer que suele ser la única fuerza motriz para animar a una revolución en
marcha. Esa revolución, que si está en todas las bocas es porque no queda otro camino, es
preciso llevarla a todos los corazones, pero con un concepto real de su ejecución hacia los
objetivos que los tiempos imponen, porque es preciso distinguir entre lo que es la figuración
revolucionaria, como la que estamos presenciando, que de revolución no tiene más que el
desorden y la arbitrariedad, en tanto sus fines tienden a la perpetuación de la ignominia que ha
venido azotando a los pueblos desde hace más de un siglo y medio.

Existe un neocapitalismo en marcha que lleva indefectiblemente a un neocolonialismo


que ensaya sus formas ya en toda Latinoamérica. Es contra este engendro monstruoso que
debemos hacer la verdadera revolución. Nosotros, los justicialistas, sabemos mucho de esto,
porque lo hemos sufrido en carne propia, y la experiencia es sin duda la parte más efectiva de la
sabiduría. Cuando aparecen los que nos hablan de la Revolución Argentina o de la Revolución
Nacional que se acota y apoya en algunos nombre de sobra conocidos, podemos saber de qué se
trata. Aquí no hay más que una revolución válida, la que realice el pueblo argentino para el
pueblo argentino. Todos los eufemismos disimulatorios son sólo carnavalescas caretas que
ocultan rostros que no pueden salir a la luz del día sin que se los conozca, se los aprecie y se los
descubra.

La revolución no puede ser producto de la improvisación, y menos aún una aventura de


aprovechados, porque obedece en primer término a una evolución de la humanidad y a una
situación evolutiva que impone sus características originales. Recibe de ella su ideología, su
teoría y su técnica, y es dentro de esos lineamientos que se concibe, se planea y se ejecuta. Es
una tarea simple y toda de ejecución. El arte no consiste en la concepción sino en la realización.
Por eso, los revolucionarios a la violeta que a menudo surgen, se quedan en aprontes, se
conforman con el golpe de estado, que es sólo una pequeña parte de esta revolución.

La revolución tiene cuatro etapas indefectibles que se escalonan en el tiempo y en el


espacio, y que obedecen tanto a la concepción como a la ejecución. La primera etapa es de
adoctrinamiento: son los Enciclopedistas de la Revolución Francesa; Lenin en la Revolución
Comunista; Mao en la Revolución China; Fidel en la cubana; etc. La segunda etapa es el golpe
de estado: es Trotsky en Rusia; es Napoleón el 18 brumario; es Mao en la larga marcha. La
tercera etapa es la dogmática: es Napoleón en el bonapartismo; es Stalin en Rusia; es Mao en
China; es Fidel en Cuba. La cuarta etapa es la institucionalización de la revolución: es la
primera República francesa en Francia; es Kruschev en Rusia, etc.

Como podrá imaginarse, que tratándose de una empresa de tal aliento, no puede ser obra
de una generación sino de varias de ellas. El justicialismo, en sus casi 10 años de gobierno, ha
podido cumplir la etapa doctrinaria, y el pueblo argentino es merced a ello el mejor preparado
para la revolución que insoslayablemente tiene que venir.

Nuestra generación ha cumplido su etapa. Le queda a la nueva generación argentina


continuar con la siguiente, y esa es la responsabilidad que tiene la juventud de nuestros días.
Nosotros pensamos que la revolución podía realizarse incruentamente: es lo que correspondía a
una etapa doctrinaria. La reacción entronizada en 1955 nos ha querido demostrar con sus
enormidades, que sólo las formas cruentas son las que pueden triunfar. Ellos han iniciado con
sus fusilamientos y masacres de ciudadanos indefensos, como con sus torturas en medida jamás
conocida en nuestra patria, la forma cruenta. Y el que siembra vientos no puede cosechar sino
tempestades.
Por ende, si el porvenir es incierto y todos pueden temer las consecuencias, sólo el
pueblo es el que puede tener la palabra en las horas decisivas, porque ninguna culpa puede pesar
sobre la conciencia de los que no tienen culpa y han pagado las consecuencias. Ya sabemos el
precio que se paga en las revoluciones cruentas: basta sólo contemplar lo que la historia dice al
respecto. Pero, desgraciadamente, cuando todos los caminos se cierran, no queda otro recurso
que el de abrirse paso. En las lides que los pueblos realizan en defensa de su libertad y sus
derechos soberanos no puede pensarse en limitaciones convencionales, y, como dice Fierro, “De
naides sigo el ejemplo/yo digo lo que conviene/ y el que en tal huella se planta/ ha de cantar
cuando canta/ con toda la voz que tiene.”

La juventud argentina de nuestros días, si ha de estar a la altura de su misión, deberá


despertar ante la realidad agobiadora que está contemplando. Ella tiene el inalienable derecho de
luchar por su destino, porque ella será la que en último análisis ha de gozar o sufrir las
consecuencias del quehacer actual. Si, desentendiéndose egoísta del deber de la hora deja a los
demás hacer lo que ella debe realizar, habrá perdido hasta el derecho de lamentarse luego. Los
viejos dirigentes que no se sientan con fuerzas para empeñarse en una lucha decisiva tienen la
obligación de resignar sus cargos a los que puedan desempeñarlos. El trasvasamiento
generacional que ponga la lucha en nuevas manos, es un hecho natural del devenir histórico,
impuesto por las propias circunstancias de nuestra situación, y sólo los incapaces de comprender
o los malintencionados pueden resistirlo. Si nuestra juventud lleva a la lucha el impulso de su
entusiasmo e idealismo, en tanto los viejos arriman su sabiduría y su prudencia, el cambio
generacional podrá cumplirse racionalmente y con ventaja. Si no sucede así, el tiempo se
encargará de realizarlo, pero habremos perdido lamentablemente la ocasión de sernos
mutuamente útiles en beneficio de la causa que nos es común.

Los tiempos de los partidos políticos demoliberales han pasado también. El futuro será
difícil para los países aislados. En lo interno, son los tiempos de los grandes movimientos
nacionales, y en lo internacional, ha sonado la hora de las integraciones continentales. Es
preciso entonces que todos los argentinos se persuadan de la necesidad de agruparnos y unirnos
solidariamente, para formar un gran movimiento nacional, en el que sin banderas ni
divisionismos negativos, puedan enfrentar el actual estado de cosas y restituir al pueblo su
soberanía perdida desde 1955. Ese será el único camino que pueda devolvernos la tranquilidad
nacional indispensable.

Para lograr tan grandes objetivos, será preciso que echemos mano a toda la grandeza
espiritual de que seamos capaces, renunciando a todo lo que no sea en interés del pueblo y por
el pueblo mismo. Si deseamos ponernos a la altura evolutiva que los tiempos imponen
tendremos demasiado que hacer para estarnos ocupando de cuestiones subalternas.

Un pueblo que asistiera impasible a la situación lamentable de la Argentina de nuestros


días, sólo podría explicarse porque hubiera perdido sus valores esenciales. Pero yo tengo fe en
el pueblo argentino, y espero confiado que ha de reaccionar como corresponda, para imponer las
decisiones necesarias. Para ello es que considero indispensable la unión de todos los argentinos
que anhelan la revolución, cualquiera sea su posición política, para ponerse en defensa de todo
lo material y moralmente perdido en estos doce años de depredación e ignominia.
Finalmente, deseo hacerles llegar mis mejores deseos por el éxito del IV Congreso,
junto con mi saludo más afectuoso y la exhortación de seguir adelante en esta lucha que debe
ser el común denominador de todo el pueblo argentino.

JUAN PERON

¿QUE ES EL FRENTE DE IZQUIERDA POPULAR?

Manifiesto de fundación

1) Militantes de diversos orígenes políticos y jóvenes de la nueva generación sin


compromiso con el pasado, han resuelto echar las bases del FRENTE DE IZQUIERDA
POPULAR, ante la crisis que conmueve al país.
2) El FIP se constituye a partir de la convicción de que en los países
semicoloniales o dependientes de la influencia imperialista extranjera, la lucha contra esa
influencia se ha dado siempre y debe darse bajo la forma de un Frente Nacional
Antiimperialista.
3) Así ocurrió con el yrigoyenismo en 1916 y 1928 y con el peronismo en 1946 y
1952. Ambos movimientos representaron la voluntad de clases sociales diferentes interesadas en
la independencia nacional. En el contenido de esa lucha, más allá de sus errores o limitaciones,
residió la progresividad histórica de ambos movimientos nacionales, cuya significación positiva
el FRENTE DE IZQUIERDA POPULAR reivindica.
4) Pero si el yrigoyenismo representaba el nacionalismo agrario y de las clases
medias así como el peronismo la alianza del Ejército con la clase obrera para construir un país
capitalista autónomo, es preciso decir que dichos movimientos fueron derrotados por las mismas
fuerzas oligárquicas que mantienen a la Argentina de hoy en el estancamiento y la crisis.
5) Esas fuerzas fueron y son tan poderosas que a lo largo de setenta y un años del
siglo veinte el pueblo argentino ha podido elegir sus representantes en elecciones libres sólo en
cinco oportunidades: en 1916, 1922, 1928, 1946 y 1952. Los argentinos han soportado en lo que
va del siglo veinte presidentes fraudulentos o de facto y únicamente han podido elegir a tres
mandatarios democráticamente: Yrigoyen, Alvear y Perón. Este simple hecho revela que es
preciso hacer una revolución de las mayorías nacionales que ponga fin a esta burla.
6) La experiencia histórica indica, por consiguiente, que un nuevo movimiento
nacional sólo podrá emancipar a la Argentina si es capaz de despojar a la oligarquía
terrateniente y a sus aliados extranjeros de su base social y sólo si es capaz de enarbolar las
banderas patrióticas del yrigoyenismo y del peronismo añadiéndole la bandera del socialismo.
7) La fuerza de la oligarquía residió en la propiedad monopólica del suelo de la
pampa húmeda, en la red bancaria y comercial de los grandes intermediarios, en la propiedad de
los medios de información y en el poder mundial de sus aliados extranjeros. El FIP propone
eliminar ese poder y contribuir a que el pueblo argentino asuma en plenitud su soberanía
política y económica.
8) La actual convocatoria a elecciones no ha brotado espontáneamente en el seno
de la llamada “revolución argentina”. Por el contrario, es un acto que desconoce justamente uno
de los principios esenciales de dicha “revolución”. El golpe palaciego de 1966 se proponía
como lo reiteraron hasta el cansancio sus dos primeros presidentes, postergar sine die una
decisión electoral. El cambio de actitud que costó su cargo a los señores Onganìa y Levingston,
obedeció a la indignada protesta de los pueblos de provincia cuyos levantamientos entre 1969 y
1970 condujeron al país a los límites de la guerra civil. Estos levantamientos constituían la
respuesta popular a las medidas económicas de Krieger Vasena y a la violación de la voluntad
popular que se manifestó a través de todos los gobiernos sucedidos desde 1955. La violencia de
tales conmociones originó un viraje en las Fuerzas Armadas y la aparición del gobierno de
Lanusse. El peligro del socialismo las obligó a un planteo electoral.
9) Pero esta misma convocatoria a elecciones es acogida con profunda
desconfianza por los argentinos. Pues la creación de la Hora del Pueblo, que recoge los frutos de
las movilizaciones populares sin haberlas promovido, supone un acuerdo entre dirigentes cuyos
términos el país desconoce. Del mismo modo el Encuentro de los Argentinos es una simple
máscara del Partido Comunista, que aparece definitivamente incapaz de romper con su pasado
cipayo. La oposición liberal- oligárquica “de izquierda” encuentra su eje nucleador en el ENA,
inspirado y dirigido por el P.C. Toda su tradición política procede de la matriz semicolonial
agropecuaria que modeló la conciencia de la vieja clase media argentina en la época de oro de la
oligarquía. Su antiperonismo y justificación de la Unión Democrática de 1946, son irreductibles.
La fórmula de “amplia coalición” remite la soberanía popular al conglomerado de fuerzas
irrepresentativas, con el peronismo en todo caso como “una más”. Distorsiona así el problema
decisivo de la soberanía popular sin fraudes ni proscripciones.
10) Es por tales razones que el FRENTE DE IZQUIERDA POPULAR se propone
constituir un movimiento no partidario con el propósito:
a) Concurrir a elecciones en el caso en que éstas se realicen en condiciones que
aseguren la voluntad de las mayorías nacionales.
b) Construir un eje político de combate que, con las elecciones o sin ellas, se
convierta en el principal factor de movilización revolucionaria para destruir a la oligarquía,
llevar al pueblo al poder y abrir el camino hacia un socialismo criollo, nacional, popular y
latinoamericano.
11) Si en el curso de la lucha próxima el peronismo logra imponer el nombre de su
jefe para candidato a presidente, el FIP apoyaría tal candidatura, reservando para los militantes
del FIP las restantes nominaciones en el objeto de marcar de tal manera la voluntad de no
desunir una salida nacional en el momento en que las masas populares se agrupan detrás de
Perón, y al mismo tiempo, de indicar categóricamente las divergencias estratégicas con el
peronismo, en la lucha final del FIP por el programa socialista. En el caso de que en tales
supuestas elecciones el nombre de Perón no sea propuesto, o sea retirado por cualquier causa, el
FIP discutirá en un Congreso el criterio que adoptarán sus fuerzas en la emergencia. El FIP se
considera el ala izquierda de la Revolución Nacional, pero sus decisiones no están sujetas a la
orientación dictada por la conducción del peronismo sino a las necesidades supremas de la
revolución y de la patria.
12) La crisis de la democracia argentina emana directamente de la crisis de la
estructura oligárquica-semicolonial, que sólo sobrevive apelando a la violencia y al fraude. La
lucha por el socialismo emerge de la descomposición del viejo orden de explotación y se asienta
primordialmente sobre el desarrollo de la conciencia, organización y actividad política de la
clase trabajadora, en defensa de sus intereses específicos y como vanguardia de las grandes
mayorías nacionales en lucha por la emancipación, la soberanía y la justicia social.
13) El FIP propone a los trabajadores de la ciudad y la campaña, estudiantes,
profesionales e intelectuales de la Argentina semicolonial la lucha por la democracia política, el
nacionalismo económico, la planificación socialista y el gobierno obrero y popular. Es la
síntesis de las viejas divisas del yrigoyenismo y del peronismo, en la época del triunfo mundial
del socialismo, son las banderas para que nuestro país resurja de la parálisis, la decepción y la
crisis que lo consume, es el llamado a la lucha, a la esperanza y a la victoria de la nueva
Argentina emancipada.

Buenos Aires, 9 de diciembre de 1971

FIP CONTEXTO NACIONAL CONTEXTO


INTERNACIONAL
9 de diciembre de 1971. Se 1º de mayo de 1971. En el 23 de julio de 1971. El
firma el Manifiesto del Frente Dìa de los trabajadores, el presidente Alejandro Agustín
de izquierda Popular (FIP) presidente Lanusse exhorta, Lanusse mantiene una
desde Rìo Cuarto, a los entrevista en Salta con el
argentinos “a superar los presidente de Chile, el
errores del pasado” para socialista Salvador Allende, y
alcanzar “el Gran Acuerdo pone fin a la doctrina de las
Nacional”. fronteras ideológicas aplicada
en la Argentina por el
teniente general J.C. Onganìa.
29 de julio de 1972. Informe 26 de enero de 1972. El 21 de febrero de 1972. Nixon
de Jorge Abelardo Ramos al partido Justicialista obtiene su visita China y se entrevista
16 de octubre de 1972. Jorge personería política. con Mao Tse-Tung.
Abelardo Ramos dice: 22 de febrero de 1972. La
“Perón no puede renunciar a 17 de noviembre de 1972. En Argentina establece
lo que no le pertenece, y por medio de rigurosas medidas relaciones diplomáticas con
lo tanto no puede renunciar a de seguridad, sin precedentes China.
una candidatura que es la en el país, y después de un 12 de marzo de 1972. El
cristalización histórica de la exilio de diecisiete años y dos presidente Lanusse viaja a
voluntad política del pueblo meses llega a la Argentina el Brasil, donde se entrevista
argentino. general Juan Domingo Perón. con el presidente Emilio
22 de noviembre de 1972. El Garratazù Mèdici. Desde
FIP concurre a la reunión 16 de diciembre de 1972. El principios de año el
multipartidaria convocada por Congreso Nacional del presidente de facto ha
Perón. justicialismo proclama la realizado viajes a Ecuador,
25 de noviembre de 1972. El fórmula presidencial Héctor J. Uruguay, Bolivia, Venezuela
FIP propone la huelga general Càmpora- Vicente Solano y Chile.
y un acto de masas en el Lima.
Autódromo; al no aceptarse
su proposición, se retira de la
reunión.
5 de diciembre de 1972. La
Junta Nacional del FIP se
entrevista en Gaspar Campos
con el líder justicialista para
comunicarle que sostienen la
candidatura de Perón.
9 de diciembre de 1972. Al
no postularse Perón el FIP su
binomio propio: Jorge
Abelardo Ramos- Josè
Silvetti.

FIP CONTEXTO NACIONAL CONTEXTO


INTERNACIONAL
11 de marzo de 1973. El FIP 11 de marzo de 1973. Se 16 de marzo de 1973. La
obtiene en todo el país 69.995 realiza el acto electoral en el Argentina advierte ante el
votos en las elecciones que participan 14.065.473 Consejo de Seguridad de las
presidenciales en que son electores y triunfa Naciones Unidas que si el
elegidos Càmpora- Solano ampliamente el justicialismo. Reino Unido no permite el
Lima. desarrollo constructivo de las
20 de abril de 1973. Primer 30 de marzo de 1973. negociaciones en torno de las
Congreso Nacional del FIP. Càmpora-Solano Lima islas Malvinas “se verá
Julio de 1973. La IV 49,56% de los votos; Balbín- obligada a cambiar de actitud
Convención del FIP decide Gamond 21,29%; Manrique- y se sentirá en libertad de
apoyar la candidatura de Martínez Raymonda 14,90%; acción para buscar la
Perón “como un paso hacia la Alende-Sueldo 7,43%; erradicación de esa
movilización del pueblo Martínez- Bravo 2,91%; anacrónica situación
argentino por la democracia Chamizo-Ondarts 1,97%; colonial”.
política, el nacionalismo Ghioldi-Balestra 0,91%;
económico y la patria Coral-Sciapone 0,62% y
socialista”. Ramos- Silvetti 0,41%

FIP CONTEXTO NACIONAL CONTEXTO


INTERNACIONAL
28 de agosto de 1973. El FIP 25 de mayo de 1973. Asume 6 de agosto de 1973. Se
ofrece a Perón incluirlo como la presidencia de la Nación el otorga a Chile, por intermedio
candidato en su propia boleta doctor Héctor J. Càmpora y la del gobierno del presidente
(Nº14) y a María Estela vicepresidencia el doctor Càmpora, un crédito de 200
Martínez de Perón como Vicente Solano Lima. millones de dólares para
vicepresidente. 20 de junio de 1973. La promover el desarrollo
23 de septiembre de 1973. En mayor multitud que se haya económico.
las elecciones en las que congregado en el país 9 de agosto de 1973. La
triunfa ampliamente la constituye el marco para el comisión senatorial
fórmula Peròn-Peròn el FIP regreso definitivo de Perón a norteamericana investigadora
obtiene 883.434 votos, que la República Argentina; se del caso Watergate entabla
según la declaración producen graves juicio para obligar al
partidaria “abren la ruta al enfrentamientos armados en presidente Richard Nixon a
socialismo”. Ezeiza entre sectores entregar las grabaciones de
23 de diciembre de 1973. peronistas que causan sus conversaciones en la Casa
Declaración del FIP contra el muertos y heridos. Blanca.
ataque extremista en Azul. 12 de julio de 1973. Càmpora 11 de septiembre de 1973. En
y Solano Lima declaran su Chile una sublevación militar
propósito de renunciar para contra el gobierno de
facilitar el acceso al gobierno Salvador Allende lo derroca y
del teniente general Perón. provoca su muerte e inicia
13 de julio de 1973. El una drástica eliminación de
presidente de la Cámara de opositores con la dictadura
Diputados, Raúl Lastiri, del general Augusto Pinochet.
asume la primera 8 de octubre de 1973. Ola
magistratura y presta mundial de alarma por la
juramento ante la Asamblea crisis petrolera; los países
Legislativa. árabes reducen las
23 de setiembre de 1973. La exportaciones y aumentan los
fórmula Peròn-Peròn obtiene precios de los hidrocarburos.
el triunfo en las elecciones 6 de diciembre de 1973. Un
presidenciales con el 61,85% avión Hércules C-130 de la
de los votos emitidos. Fuerza Aérea Argentina,
12 de octubre de 1973. Por comandado por el brigadier
tercera vez asume la general Héctor Luis Fautario,
presidencia de la República el completa el primer vuelo
general Perón. polar transatlántico entre
América del Sur y Australia.

FIP CONTEXTO NACIONAL CONTEXTO


INTERNACIONAL
1 de Julio de 1974. Muere el 29 de junio de 1974. Perón 12 de Enero de 1974. Queda
presidente Perón. delega el mando presidencial concertada la venta de trigo y
3 de julio de 1974. Jorge en la vicepresidente, María maíz a China Popular para el
Abelardo Ramos escribe el Estela Martínez de Perón, período 1974-1976 por tres
artículo “Adiós al coronel” en como consecuencia de su millones de toneladas.
La Opinión. estado de salud. 21 de febrero de 1974. En la
1º de julio de 1974. Juan conferencia de Tlatelolco
Domingo Perón deja de (México) el secretario de
existir a las 13.15 en la Estado norteamericano,
residencia de Olivos. Henry Kissinger, propone una
nueva forma de cooperación
interamericana para evitar
Noviembre de 1975. María confrontaciones sobre
Estela Martínez de Perón se cuestiones económicas. 18 de
interna en un sanatorio marzo de 1974. En Viena los
metropolitano afectada de un productores árabes acuerdan
cólico biliar y se niega a levantar el embargo petrolero
recibir a los ministros con a Estados Unidos a pesar de
excepción del secretario de la que Siria y Libia no acatan la
presidencia, Julio González. medida
El gobierno calcula que la
inflación anual sobrepasa el
300% y el déficit del
presupuesto será equivalente
al 15% del producto bruto
nacional.
Se produce una sublevación
en la Aeronáutica contra el
gobierno; es sofocada y
detenido su jefe, brigadier
Orlando J. Capellini.

Abril de 1975. Elecciones en Marzo de 1975. Se devalúa el 30 de abril de 1975. Al caer


Misiones en las que el FIP peso en más de un 50% el Saigón queda prácticamente
obtiene 1.048 votos. sector agropecuario realiza un terminada la guerra de
Anteriormente había logrado paro masivo de protesta Vietnam, reembarcando
709 votos el 11/3/73 y 12.878 contra el gobierno por su Estados Unidos su cuerpo
sufragios el 23/9/73. abandono de los intereses expedicionario.
5 de diciembre de 1975. agrícola-ganaderos; los 19 de noviembre de 1975.
Declaración del FIP contra la obreros ocupan fábricas en Fallece el generalísimo
violencia generalizada. todo el territorio nacional y Francisco Franco y se inicia
oficialmente se informa que en España una transición bajo
durante el primer bimestre las la conducción del rey Juan
pérdidas del Tesoro Carlos y el primer ministro
aumentaron en el 63,2% Carlos Arias Navarro.

FIP CONTEXTO NACIONAL CONTEXTO


INTERNACIONAL
22 de marzo de 1976. La 25 de febrero de 1976. No se Noviembre de 1976
Junta Nacional del FIP emite obtienen en la Cámara de
una declaración llamando “al Diputados los votos
movimiento obrero a necesarios para instaurar
oponerse al golpe de estado juicio político a la presidente . Triunfa en las elecciones
con la huelga general”. de la Nación. presidenciales
Abril de 1976. Informe 24 de marzo de 1976. norteamericanas el candidato
partidario: “Por qué cayó el Asumen el gobierno nacional demócrata James Carter.
gobierno peronista”. los comandantes en jefe de
Declaración del FIP “De la las tres armas, constituyendo
restauración oligárquica a la una Junta Militar.
Revolución Nacional.” 29 de marzo de 1976. El
Declaración del FIP: ”De la teniente Jorge Rafael Videla
restauración oligárquica a la ocupa la presidencia de la
Revolución Nacional”. Nación; la ex presidente se
encuentra detenida en El
Messidor, Bariloche.
2 de abril de 1976. El
ministro de Economía, Josè
Alfredo Martínez de Hoz,
informa sobre el nuevo
régimen cambiario tendiente
a la liberación; medidas
impositivas variadas;
liberación de precios;
indexación de deudas fiscales
y empresas privadas en la
explotación del petróleo.
23 de junio de 1976. La Junta
Militar sanciona a 35 ex
funcionarios del régimen
peronista, entre ellos a la
viuda de Perón, Càmpora,
Gelbard y Lorenzo Miguel,
privándolos de los derechos
civiles e inhabilitándolos para
ejercer cargos, empleos y
comisiones públicas, siendo
internados a la vez que se les
prohíbe disponer de sus
bienes.
FIP CONTEXTO NACIONAL CONTEXTO
INTERNACIONAL
Enero de 1977. La variación 17 de junio de 1977. En la
del índice de precios durante Organización Internacional
los doce meses del año del Trabajo (OIT) la
anterior alcanzó al 347, 5% Argentina figura con una
Febrero- Marzo de 1977. El mención especial entre los
Ministerio de Relaciones países que no respetan la
Exteriores y Culto califica de libertad sindical.
“intromisión en los asuntos 7 de setiembre de 1977. El
internos de la Argentina la presidente norteamericano
reducción por parte de los Carter firma los nuevos
EE.UU. del proyectado acuerdos por los cuales
crédito para ventas militares, asumirá progresivamente el
en virtud de la preocupación control sobre la gran vía entre
existente en torno de los los dos océanos.
derechos humanos”.
25 de enero de 1978. El 9 de mayo de 1978. Después
gobierno declara la nulidad de cincuenta y cinco días es
del Laudo Arbitral sobre el hallado el cadáver de Aldo
problema del Canal de Beagle Moro, primer ministro de
que produjo la Corona Italia, asesinado por las
Británica. Brigadas Rojas.
Durante 1977 el nivel general 18 de julio de 1978. El bando
de precios registró un norteamericano Export-
aumento de precios registró Import (EXIMBANK)
un aumento del 160,4%. declina participar del
Diciembre de 1978. El importante proyecto
diferendo limítrofe con Chile energético argentino de
llega a un punto de gran Yacyretà, a causa de las
tensión con movilización de violaciones de los derechos
tropas en ambos países. humanos que se siguen
produciendo en territorio
argentino.
25 de julio de 1978. Nace en
Londres el primer “bebé de
probeta”.
26 de agosto de 1978. El
cardenal Albino Luciani,
patriarca de Venecia, es
escogido como el 263º Papa y
toma el nombre de Juan Pablo
I.
29 de setiembre de 1978.
Causa estupor en el mundo la
noticia de que fue encontrado
en su lecho el nuevo Papa,
luego de permanecer sólo
veintitrés días en el trono
pontificio.
16 de octubre. El cardenal
polaco Karol Wojtyla, de 58
años, es elegido como el
primer Papa no italiano en
más de cuatro siglos y medio,
y adopta el nombre de Juan
Pablo II.

FIP CONTEXTO CONTEXTO


NACIONAL INTERNACIONAL
Declaración del FIP “De la 8 de enero de 1979. La 20 de noviembre de 1979.
restauración oligárquica a la Argentina y Chile solicitan a Masivo suicidio de fieles de
Revolución Nacional”. Juan Pablo II su mediación; la secta Templo del Pueblo
los cancilleres firman el que dirigía James (Jim) jones
documento respectivo en en Guyana, llegando a mil las
Montevideo. víctimas.
1º de febrero de 1979. Febrero de 1979. En Irán un
Regresan a sus cuarteles las movimiento religioso
unidades que habían sido encabezado por el ayatollah
trasladadas a otras zonas por Khomeini derroca al Sha
la posibilidad de un conflicto Reza Pahlevi e inicia un
con Chile. cambio revolucionario;
sacude a todos los continentes
al ocupar en Teheràn y tomar
como rehenes a sus
habitantes.
En América Latina se
desploma la dictadura de
Somoza en Nicaragua y la de
los coroneles salvadoreños.

FIP CONTEXTO NACIONAL CONTEXTO


INTERNACIONAL
17 de abril de 1980. Carta a 8 de enero de 1980. Con los 10 de enero de 1980. La
María Estela Martínez de cálculos del Ministerio de Argentina rehúsa participar en
Perón del FIP en la que le Economía se establece que el el embargo de exportación de
propone que abandone toda costo de vida en 1979 creció cereales a la URSS propuesto
defensa judicial de su en un 139,7%. por EE.UU. con motivo de la
detención y se convierta 6 de marzo de 1980. Por invasión de aquel país a
políticamente en acusadora. problemas financieros se vio Afganistán.
Abril de 1980. Declaración obligada a cerrar Promosur 27 de febrero de 1980. En
haciendo un balance de los S.A., una de las principales Colombia, extremistas de
cuatro años de gobierno del financieras y, sucesivamente, izquierda ocupan la embajada
Proceso de Reorganización cesan sus actividades el de la República Dominicana
Nacional. Banco de Intercambio en Bogotá y toman cautivos a
Junio. Aparece Patria Regional, Los Andes catorce embajadores de
Grande. Órgano periodístico Internacional, Oddone y distintos países que asistían a
del FIP de Jorge Abelardo Sidesa, con lo que inicia una una fiesta.
Ramos. convulsión en ese sector. 7 de marzo de 1980. La OIT
Artículo de Jorge Abelardo 3 de octubre de 1980. Luego aprueba las denuncias contra
Ramos en Patria Grande con de largas tramitaciones la la Argentina por violación de
el título:”Al salir del túnel”. Junta Militar designa sucesor la libertad sindical
del presidente Videla al presentadas por las tres
teniente general Viola. organizaciones
13 de octubre de 1980. El internacionales de
premio Nobel de la Paz es trabajadores.
otorgado al arquitecto 23 de mayo de 1980. El ex
argentino Adolfo Pérez presidente Fernando Belaúnde
Esquivel, por su militancia en Terry gana las elecciones en
defensa de los derechos Perú, después de haber sido
humanos. derrocado por los militares
doce años antes.
Agosto de 1980: concluye en
Polonia una huelga obrera que
duró siete semanas; las
demandas del comité de
sindicalistas son aceptadas por
el gobierno comunista.
FIP CONTEXTO NACIONAL CONTEXTO
INERNACIONAL
29 de marzo de 1981. Se 20 de enero de 1981. Los
inicia la segunda etapa del cincuenta y dos rehenes
Proceso de Reorganización norteamericanos recobran la
Nacional con asunción de libertad después de 444 días
Roberto Eduardo Viola como de cautiverio en Irán;
presidente de la Nación, por simultáneamente Ronald
un lapso de tres años. Reagan asume la presidencia
1º de abril de 1981. Como en Washington como sucesor
parte de importantes medidas de Carter.
correctivas de la coyuntura 23 de febrero de 1981.
económica el ministro Tentativa de golpe de Estado
Lorenzo Sigaut anunció una en España encabezada por el
devaluación del 30% del teniente coronel Antonio
peso. Tejero, que se apodera del
9 de julio de 1981. La viuda edificio de las Cortes, hasta
de Perón excarcelada, que es detenido.
abandona el país con destino 30 de marzo de 1981. El
a España, luego de cumplir presidente Reagan es
cinco años y tres meses de gravemente herido en un
arresto a disposición de la atentado en Washington.
Justicia. 12 de abril de 1981. Estados
12 de diciembre de 1981. Es Unidos lanza exitosamente el
removido el presidente Viola primer trasbordador espacial
por la Junta Militar. reutilizable del mundo,
14 de diciembre de 1981. exactamente al cumplirse
Leopoldo Fortunato Galtieri veinte años que el soviético
es el nuevo presidente de la Yuri Gagarin fuera el primer
República. ser humano en girar en torno
de la tierra.
24 de abril de 1981. El
presidente Reagan levanta el
embargo cerealero a la Unión
Soviética.
10 de mayo de 1981. En
Francia el socialista
Mitterrand triunfa en los
comicios y es elegido
presidente de la República.
13 de mayo de 1981. El Papa
Juan Pablo II es gravemente
herido en un atentado en la
plaza de San Pedro.
23 de mayo de 1981. Estalla
en Italia un escándalo
financiero de proporciones
internacionales al difundirse
la lista de miembros de la
logia secreta “Propaganda
Due”, figurarían destacadas
personalidades argentinas.
FIP CONTEXTO NACIONAL CONTEXTO
INTERNACIONAL
Mayo de 1982. En Patria 2 de abril de 1982. La 5 de febrero de 1982. En
Grande escribe Jorge Argentina recupera las fuentes parlamentarias
Abelardo Ramos sobre el Malvinas mediante una norteamericanas se informa
conflicto en las Malvinas con acción armada que no que la Argentina había
el título “El pensamiento provoca víctimas entre los iniciado una operación
colonial”, dice:”La soberanía británicos. paramilitar en América
nacional es indivisible. No se 11 de junio de 1982. El Papa Central con el propósito de
puede ser nacionalista en las Juan Pablo II besa el suelo contener la influencia cubana
Malvinas y liberal- argentino a las 9.03 y reza por en esa región.
oligárquico en Buenos Aires”. la paz. 9 de abril de 1982. En un
Diciembre de 1982. Artículo 14 de junio de 1982. Cesan clima de expectación llega a
“El imperialismo y la las hostilidades en las Buenos Aires procedente de
partidocracia quieren Malvinas cuando el general Londres el secretario de
desmalvinizar a la Mario Benjamín Menéndez se Estado norteamericano para
Argentina”, aparecido en rinde al jefe de las fuerzas realizar gestiones de paz.
Patria Grande. El FIP no inglesas, general Jeremy 17 de septiembre de 1982.
participa de la marcha de la Moore. Las Fuerzas Armadas
Multipartidaria; el sector de 17 de junio de 1982. bolivianas deciden devolver
Jorge E. Spilimbergo, Renuncia Galtieri a la el poder a los políticos y
concurre a la manifestación. presidencia y solicita su retiro replegarse a los cuarteles.
del servicio activo. El general
de división Cristino
Nicolaides es designado
comandante en jefe.
22 de junio de 1982. El
Ejército, al margen de la
Junta Militar, designa
presidente de la Nación al
general de división Reynaldo
Bignone; la Armada y la
Fuerza Aérea deciden
desvincularse de la
conducción del proceso.
1º de julio de 1982. El general
Bignone asume la presidencia
de la Nación con la misión
de” institucionalizar el país a
más tardar en marzo de
1984.”
6 de diciembre de 1982. Seis
millones de trabajadores
adhieren al mayor paro
enfrentado hasta la fecha por
el régimen militar instaurado
en 1976; reclaman contra la
desocupación y los bajos
salarios.
16 de diciembre de 1982.
Gran marcha de la
multipartidaria hasta la Casa
de Gobierno; durante la
desconcentración se producen
incidentes, con un muerto.
FIP CONTEXTO NACIONAL CONTEXTO
INTERNACIONAL
29 de enero de 1983. J.E. Enero de 1983. El presidente Enero de 1983. Visita
Spilimbergo de la “corriente Bignone anuncia elecciones sorpresiva a las islas
nacional” del Frente de para el 30 de octubre y la Malvinas de la primer
Izquierda Nacional declara, entrega del gobierno para el ministro británica Margaret
en conferencia de prensa, que 30 de enero de 1984. Thatcher.
se produjo una escisión en el
FIP por las diferencias
políticas que lo separan del
presidente de la agrupación.
2 de abril de 1983. J.A.Ramos
sostiene que no se debe pagar
la deuda con el Reino Unido
mientras que el gobierno
inglès no reconozca la
soberanía argentina sobre las
Malvinas.
26 de mayo de 1983. El FIP
auspicia un programa que
establece la creación de un
Ministerio de la mujer, la
instauración de un sueldo
para el ama de casa a cargo
del Estado y con los
beneficios equivalentes a
cualquier trabajador y la
obligatoriedad de los
organismos del Estado de
cubrir no menos del 30 por
ciento de los cargos con
personal femenino.