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Una infancia en el

de los libros

M ichele P etit

Traducción de
Diana Luz Sánchez

OCEANO travesía
UN A INFANCIA EN EL PAÍS DE LOS LIBROS
Título original en francés: UNE ENFANCE AU PAYS DES LIVRES
Tradujo Diana Luz Sánchez de la edición original en francés de Rageot
Editeur, París
© 2008, Michéle Petit
Publicado según acuerdo con Rageot Editeur, París
Diseño de la colección: Francisco Ibarra Meza
D.R. ©, 2008 Editorial Océano S.L.
Milanesat 21-23, Edificio Océano
08017 Barcelona, España. Tel. 93 280 20 20
www.oceano.com
D.R. ©, 2008 Editorial Océano de México, S.A. de C.V.
Blvd. Manuel Ávila Camacho 76, 10° piso
Col. Lomas de Chapultepec, Del. Miguel Hidalgo,
Código Postal 11000, México, D.F. Tel. (55) 9178 5100
www.oceano.com.mx
PRIMERA EDICIÓN
ISBN: 978-84-494-3768-7 (Océano España)
ISBN: 978-607-400-044-3 (Océano México)

H E C H O EN M É X IC O / M A D E IN M E X IC O
IM P R E SO EN ESPAÑA / P R IN TE D IN SPAIN

9002484020209
Indice
/

Prólogo 9
A los lectores de lengua española 12
Chozas 15
Osos y lobos 19
Cantos 23
Letras 27
Dios 31
Amigos 35
Lo lejano 41
Pasadizos secretos 47
Felicidad de las imágenes 49
Antiguos y modernos 57
El mundo 61
Infierno 65
Liceo 71
La Comedia Francesa 77
Américas 81
Paisajes interiores 87
Divagaciones 95
Los estudios “extramuros” 99
Atravesando el abismo 105
Muy bellas horas 111
Escribir 115
Prólogo

T o d o t r a b a jo “ c i e n t í f i c o ” es una autobiografía disfrazada.


Mi interés por la lectura, por los caminos alternos que
ofrece para ayudar a que uno se construya, o para que
se reconstruya en la adversidad, se debió a que yo sabía
mucho de eso. Sin embargo, curiosamente, ese saber se
hallaba oculto dentro de mí. Yo no acostumbraba hablar
del lugar que desde la infancia ocupaban los libros en mi
vida, ni siquiera en los divanes de mis psicoanalistas. Uno
no habla de lo que es evidente, del aire que respira, del
rostro de sus amigos. No solía decir nada de esos objetos
que me han acompañado siempre, de esas librerías que
necesito visitar varias veces por semana, donde quiera
que me encuentre. Fue sólo cuando escuché a algunas
personas narrar los libros ilustrados de su niñez o las
novelas de aventuras de su adolescencia, o cuando leí
algunos recuerdos de lectura redactados por escritores,
cuando mi propia memoria comenzó a tomar forma.
Después vino la solicitud de mi amigo Daniel Goldin,
quien me propuso redactar una autobiografía de lectora
privilegiando mis años de formación. Titubeé. No estaba
segura de querer que todo el mundo se enterara de mi vida
como niña o adolescente. Y tampoco es frecuente que un
investigador dé a conocer fragmentos de su experiencia
íntima. A tal punto que podríamos preguntarnos si el
ejercicio de este oficio no es una manera de preservarla.
Pensar en Freud me dio valor. Para avanzar en sus
exploraciones sobre el inconsciente él sacó a la luz mucho
más que las obras leídas en su infancia: sus propios sueños
y las asociaciones que éstos le evocaban. Además México
estaba muy lejos y eso me daba cierta libertad. Así fue
como escribí alrededor de quince páginas que fueron
publicadas en una recopilación de conferencias.1
Hace algunos meses, en un café cercano al Ángel que
domina el Paseo de la Reforma, me sorprendió enterarme
de que, en diferentes comunidades indígenas, algunos
docentes se reunían para estudiar mis recuerdos antes de
esbozar sus trayectorias como lectores. Asombrada, me
imaginé a esos maestros de escuela en algún pueblito de
Oaxaca o de Chiapas, analizando mis encuentros con
Michka o Peter Pan.
Esa anécdota me hizo decidirme a retomar y desarrollar
el texto que había escrito, para tratar de reconstruir, sin
adornarla, la experiencia de mis primeros veinte años. No
leí a Proust a los doce años (esperé a tener más de cuarenta),
sino las investigaciones del Gato-Tigre. No tuve como guía
a Stevenson sino a Sambo y Tintin. O a La Rochefoucauld.
Y muchos libros que de niña me encantaron, ahora me
desconciertan: la recepción de lo que leemos seguirá siendo
un misterio, incluso tratándose de uno mismo.
Más que establecer una lista de mis momentos dichosos
como lectora en aquellos años, he querido revisitar algunas
imágenes, algunos relatos que me impactaron, o lo que
hice con ellos tiempo después. Tal vez esos recuerdos le
permitan a otros, como a los maestros que mencioné,
1 “Del Pato Donald a Thomas Bemhard. Autobiografía de una lectora
nacida en París en los años de posguerra”, en Michéle Petit, Lecturas:
del espacio íntimo al espacio público, Fondo de Cultura Económica,
Col. Espacios para la lectura, México, 2001, pp. 149-168.
recordar las historias que les contaban a ellos o los libros
que iban descubriendo. En particular a todos aquellos
y aquellas que deberían transmitir el gusto de leer. Así
como un psicoanalista debe psicoanalizarse, un facilitador
de libros, sea padre de familia, maestro, bibliotecario,
trabajador social, librero o crítico, podría meditar en su
propia trayectoria. Pero no hagamos de este ejercicio
una imposición: que cada quien, si así le viene en gana,
recupere para sí mismo o para el destinatario que elija,
algunos de los cuentos, de las rimas o las ilustraciones que
hicieron del mundo un lugar más habitable.
P r im a v e r a de 2005
A los lectores de lengua española

De a mi madre o mi padre leer y perderse


n iñ a , c u a n d o v e ía
en alguna ensoñación, me preguntaba a dónde se habían
ido. Tal vez para resolver ese misterio empecé a aventurarme
en los libros. Y tal vez también a eso se debió que, muchos
años después, me haya convertido en antropóloga de la
lectura: mis preocupaciones infantiles se transformaron en
temas de investigación.
En la actualidad, la historia se ha invertido: lo que me
resulta más sorprendente es el rostro de los niños cuando
están inmersos en un libro. A veces dejan escapar alguna
frase que aclara un poco lo que ocurre entre ellos y las
páginas que están leyendo. Casi siempre nos quedamos en
el umbral, y así está muy bien. Como dijo la personita a la
que le dediqué el presente libro: “la lectura es tu pequeño
secreto”.
Para acercarnos a él siempre está la posibilidad de leer
recuerdos de infancia. Los escritores suelen transmitir
muchos, y los mediadores lo hacen cada vez con mayor
frecuencia: en toda América Latina, maestros, bibliote­
carios y promotores de la lectura están rememorando
las leyendas de sus primeros años o su descubrimiento
del mundo de lo escrito. De México, de Argentina, de
Colombia me llegan, de tiempo en tiempo, autobiografías
de lectores que ellos han tenido la feliz idea de enviarme.
Esos escritos me fascinan. Algunas de las obras que citan
marcaron mi propia infancia, o mi adolescencia; otras
poseen la extrañeza de las tierras lejanas, como esos mitos
de La Llorona, El Mohán o El Lobizón, o ese Tesoro de
la juventud que siempre me he preguntado qué aspecto
tenía.
Escribí Una infancia en el país de los libros porque deseaba
comprender qué era lo que buscaba entre líneas cuando
yo misma fui niña. Esos recuerdos son la cara oculta de
mis investigaciones, en particular de las que hablan sobre
la lectura en “espacios en crisis”.1Al publicarlos, no hago
sino pagar parte de mi deuda con aquellos y aquellas que
nutrieron mis trabajos al contarme su historia. Espero que
los títulos o los autores desconocidos que encontrarán en
estas páginas tengan para ellos el mismo encanto exótico
que tuvo para mí el Tesoro de la juventud , de nombre
tan acertado. Y espero también que sigan enviándome
sus propios recuerdos para que juntos exploremos ese
misterio: el niño que lee.
P a rís , 16 d e e n e r o d e 2008

1 Los cuales se publicarán a fines de 2008 en esta misma colección.


Chozas

probablemente una de las tareas


D o m a r e l e s p a c io fu e
esenciales en mi oficio de ser niña. Un relato me permitió
recuperar esa sensación. Se lo debo a una amiga que adoptó
a una niña colombiana. Ella me contó que poco después
de haber llegado a Francia, la pequeña reconstruyó en
su cuarto, con unas cajas del supermercado, la vivienda
improvisada en la que había dormido los primeros cinco
años de su vida. Al caer la noche se robaba de la cocina un
pedazo de pan y lo llevaba hasta su refugio mientras sus
padres adoptivos estaban distraídos. Al cabo de varios meses
optó por doblar las cajas: ya no las necesitaba.
Yo no viví mis primeros años en las calles de Cali sino en
Vanves, un tranquilo suburbio cercano a París, en los años de
posguerra. No obstante, esa historia me ayudó a entender
a la niñita que un día fui (y por lo tanto a la mujer que soy
ahora), aun cuando resulte indecente comparar mi infancia
con la de ella, sin embargo para nuestras asociaciones esos
escrúpulos no existen. Al escucharla recordé que las paredes
de mi casa no bastaban para protegerme y que dentro de
los armarios, debajo de las mesas o en las páginas de algunos
libros ilustrados experimentaba una tranquilidad y una
felicidad físicas. Y pensé que todos los libros que había leído
no eran sino cajas que no sé si algún día también doblé.
Cuando intento acercarme a la geografía de mi propia
infancia, me parece que lo primero es el valle que separa
la cama en la que duermo de la de mis padres, y que
atravieso ese valle por las mañanas utilizando como vado
un buró, sin poner el pie en la tierra. Pero ya se están
levantando y el espacio se despliega ahora en el plano
vertical, separándome de ellos. Busco su mirada pero se
alejan. Bajo la vista.
Es la edad en que uno vive a ras de tierra, en que se
está atento a los menores objetos que encuentra: piedritas,
insectos, botones perdidos. Debo tener unos cuatro años.
Ellos, allá arriba, intercambian palabras en una lengua de la
que se me escapa todo, o casi todo. Y ocupan su tiempo en
ir cada vez más arriba, más lejos: mi padre es astrónomo y mi
madre está en la luna, perpetuamente. Entre ellos y yo hay una
distancia inmensa, pero a veces coincidimos los tres en una
altura media, el tiempo que dura una comida. O ella coloca
dos cojines sobre una silla y pone frente a mí unos frascos
con pintura de agua, papel. Pintarrajeo paisajes; me encanta.
Trato de representar una casa con su jardín, unos arriates de
hortalizas, flores. O monigotes de frágiles contornos.
Esa noche estoy abajo. El libro que mi padre me ha com­
prado, lo ha dejado en el tapete. No tengo el menor recuerdo
de la cubierta, la historia o los personajes, hasta tal punto que
a veces me pregunto si realmente existió ese libro ilustrado.
Pero hay algo que sí recuerdo con toda claridad: cada página
es un habitáculo. Cerrado, el libro es completamente plano.
Pero si lo abro, se desprende una imagen, surgen animales
de colores, árboles. Doy vuelta a la página y se destaca otra
imagen, en relieve. ¡Deslumbramiento! Es para mí. Un
mundo para mí. Puedo zambullirme en cada imagen.Yo que
nunca sabía dónde meterme y que deambulaba tan cerca del
suelo, tan lejos de ellos, los de arriba.
Años más tarde, un dibujo animado, tal vez de Walt
Disney, me proporcionó un placer infinito y algo pareci­
do. Los personajes principales (quizás en el fondo estaba el
pato Donald) eran dos ardillitas que conducían un tren y
recorrían un país de sus mismas proporciones. Nunca he
podido ver de nuevo esa película ni revivir aquello que
me entusiasmó tanto. Probablemente, una vez más, el des­
cubrimiento de un mundo en armonía conmigo misma.
Junto con ese primer libro y ese dibujo animado, ciertos
objetos me sugirieron que yo también podría encontrar
un lugar: una pequeña choza de cartón y paja que construí
para la escuela, tratando de simular una vivienda de los
galos; un castillo de cartón que armó mi padre, en el que
hasta las piedras estaban dibujadas; o un río en miniatura
que la maestra representó en una mesa con un espejo
roto y un poco de arena, y que yo contemplaba con
fascinación durante horas. De modo que había otro universo,
un espacio que podía esculpirse con madera o papel, con
grava de colores acomodada para crear jardines japoneses,
con lápices y acuarelas, o con bobinas proyectadas sobre una
pantalla: todo era uno.
Cuando cumplí cinco años nos mudamos y el valle entre
las camas se volvió un pasillo interminable, interrumpido
por puertas cerradas. Por la noche, antes de atravesarlo
para llegar hasta mi habitación, antes de exiliarme, yo
rodaba dondequiera que estuvieran ellos.Trataba de pasar
inadvertida deslizándome en un estrecho espacio que
había junto a su cama bajo un estante. Éste formaba un
codo y a mí me encantaba esconderme en él, al margen
de la vida que proseguía, de ellos que se atareaban. Un
poco asustada, sin embargo, por la idea de que pudieran
aplastarme por descuido.
En mi habitación también corría un foso entre el muro
y la cama, pero éste era temible porque el colchón estaba
muy alto y si los ladrones se agachaban para mirar debajo
de él, pronto me descubrirían. AI final del pasillo en el
que me hallaba sola, cuando caía la noche no quedaba
ningún espacio, ningún rincón habitable. Para que ningún
abultamiento bajo las mantas traicionara mi presencia, se
me ocurrió dormir en la ranura a lo largo del colchón.
Creo que fue en ese pasillo que me separaba de mi madre
y mi padre donde se deslizaron los libros, domesticando lo
extraño, lo inquietante. O a veces multiplicándolo.
Osos y lobos

estuvo el libro animado, y también los


E n e l p r in c ip io
álbumes del Pére Castor (Tío Castor), historias de animales
o de niños que viven en países cubiertos de hielo o de
palmeras. Cada libro me abre los brazos, y por encima
de todos, Michka. Michka es un osito que se ha fugado
de casa. Va caminando por la nieve, solo en medio del
bosque. En el camino se encuentra con el Reno de
Navidad y lo acompaña en su ronda. Cuando llegan a la
última casa, donde vive un niño enfermo, al Reno ya no
le queda ningún juguete en su bolsa. Entonces Michka
suspira, contempla el bosque una última vez y entra en
la cabaña, se echa dentro de un zapato y con resignación
espera el amanecer. Aquella imagen me desconcertaba
hasta hacerme llorar, nunca supe por qué. Durante mucho
tiempo pensé que me identificaba con el osito y que
lloraba por su libertad perdida, por su terrible abdicación,
como si desde esa edad hubiera tenido esa curiosidad
por el mundo que me ha tenido atrapada toda la vida.
Actualmente, cuando pienso en la mirada de Michka,
en su inmenso amor, me digo a mí misma que tal vez
simbolizaba al ser que velaría por mí en todo momento.
Los libros sabían mucho de mí y de mis deseos más
recónditos. Poseían incluso la extraña virtud de plegarse a
los deseos de aquel que los abría, de expresar algo distinto
para cada uno, aunque eso yo lo ignoraba.
Un día, de los álbumes del Tío Castor surgió una
cabra martirizada, la del cuento La cabra del señor Seguin, de
Alphonse Daudet. Como Michka, ella también ha huido
de casa; salta por la ventana, corre por la montaña que está
tan hermosa, y todos allí la festejan. Al caer la oscuridad
viene el lobo. Ella se defiende toda la noche, pero muere
cuando amanece. Yo suplico a mis abuelos que cambien
el final de la historia, que me la cuenten de otra manera,
que le den una oportunidad a la cabra. Si al menos ella
no se hubiera defendido tanto. Pero toda esa lucha en
vano. El cuento es atroz; cada vez que lo escucho tengo
la esperanza de que el desenlace sea diferente. Pero no,
el lobo descuartiza a la cabra que se estuvo defendiendo
toda la noche.
El asunto de los libros había empezado bien pero muy
pronto fue por mal camino. En casa de mis abuelos o en
la escuela me cuentan historias que me atemorizan, con
lobos que devoran a abuelitas, niños que son despedazados
en cofres para sal, ogros que matan a mujeres. Los cuentos
se escapan de los libros, las cubiertas de pasta gruesa no
logran contenerlos y los sitios terroríficos que encierran
logran colarse hasta la realidad. Una caseta algo retirada en
el patio de recreo del jardín de niños, bajo un árbol que
le da sombra, me resulta inquietante pues se me figura la
casa de un ogro.
Tal vez se trataba de un cuarto en el que guardaban
los útiles de limpieza y que alguien abría por las mañanas
antes de que llegaran los alumnos, o por la noche, cuando
los niños ya se habían ido: el caso es que nunca vi a nadie
entrar o salir de él. Ese carácter tan obstinadamente cerrado
me alarmaba. Era allí, sin duda alguna, donde se hallaba el
cofre para sal en el que descuartizaban a los niños, pero
ningún Santa Clos los descubriría jamás. De vez en cuando
esa obsesión regresaba, aislándome de los demás niños que
jugaban despreocupados, de los adultos que pasaban sin
tomar conciencia de lo que estaba a un lado.
Algo parecido me sucedía con el jardín de la señora
Thomas, que tenía un aspecto maléfico por su completo
desorden y que también estaba muy cercano, pegado
a la casa de mis abuelos, en Malakoff. Nadie recogía
jamás la fruta madura ni se paseaba por él. La rama que
llegaba hasta nuestro lado daba unos injertos de cerezo
incomparablemente sabrosos. ¿Pero no decían las leyendas
que cuanto más apetitosas parecieran las bayas,más peligrosas
resultaban?
Lo inquietante no se veía. Y el horror se alojaba siempre
a un paso de mí. Y) no sabía aún que el mundo era vasto,
que iba mucho más allá de las calles en que transcurría
mi vida.

A partir de La cabra del señor Seguin o de Barba Azul,


los cuentos, todos los cuentos, me resultaron cada vez más
temibles, por contaminación, hasta el punto de no poder
soportar su presencia física. Bastaba con que un solo
libro de Perrault o de los hermanos Grimm rodara por
mi cuarto para que los ogros, los verdugos y las mujeres
estranguladas amenazaran con surgir de entre sus páginas
y atraparme. Allí estaban, encerrados, pidiendo salir en la
primera oportunidad, y podrían tomar la forma de ese
arenero que no tardaría en pasar, según me decían a veces
por las noches, cuando empezaban a cerrarse mis ojos,
de modo que más valía que fuera a acostarme. Yo trataba
de imaginar esa silueta temible que encontraba placer en
dejar ciegos a los niños arrojándoles arena a los ojos.
Dicen que los cuentos nos protegen de los espectros
nocturnos y que, a diferencia de las pesadillas, permiten
mantener a raya las sombras, tamizar los fantasmas arcaicos:
descuartizar, devorar, atravesar a los seres amados, temer las
mismas crueldades. Antes de que me contaran que para
rescatar a Caperucita había que abrirle la barriga al lobo
y llenar éste de piedras, yo ya debía estar aterrorizada con
la idea de que me comieran o me abrieran el vientre. Esas
historias daban forma a ciertas angustias que ya preexistían.
Pero entonces, ¿por qué provocaban en mí el efecto de las
pesadillas?
Si había algo que no ayudaba, era el placer con que los
adultos me leían y releían esas historias, un placer turbio,
que me impedía jugar con el miedo o refugiarme en sus
brazos. Estaba sola con mis temores, y para largo rato. Cada
noche me camuflaba a lo largo del colchón; cada mañana
me vestía con los trajes que le habían encargado para mí a
la señora Pushkin, la costurera: un abrigo y un sombrerito
que hacían juego, ambos de un hermoso color rojo. Así
salía yo rumbo al bosque.
Cantos

“E l q u e c a n t a , su m a l e s p a n ta ” , dice
el dicho; y el mal,
el dolor, saltan por la ventana y se alejan.Tal vez el arte no
sea más que un conjuro. De niña, a Sara le asustaba viajar
en avión y para ablandar al cielo le dedicaba tonadas que
canturreaba en secreto en su soledad. Cuando empezaban
las turbulencias, suplicaba: “Se lo ruego, le cantaré una
linda canción para que el avión no se sacuda tanto”.Y si
la máquina insistía en zarandearse, añadía: “¿No está usted
contento? ¿Mi canción no le agrada? ¡Discúlpeme, por
favor! Si llegamos sanos y salvos, prometo que haré un
dibujo muy bonito para usted”.
Pero en cuanto llegaba, ella olvidaba su juramento y en
el siguiente viaje, cuando el avión empezaba a moverse,
se asustaba y pensaba: “¿Está enojado porque no le hice el
dibujito que le prometí? Le aseguro que esta vez sí lo haré
apenas llegue a la casa...”
No sé si mis padres cantaban para mí, pero jamás me
leyeron historias que me permitieran atravesarla noche. Sin
embargo, su vida transcurría entre libros, que estaban por
toda la casa. Aunque mi padre no tuviera dinero, siempre
lo vi con un librito en un bolsillo y dos periódicos en el
otro. Le oí hablar en el radio de escritores que le gustaban.
Y siempre vi a mi madre en la mesa del comedor, llenando
de su puño y letra unas hojas amarillentas, escribiendo
historias para otros.
Algunas veces ella me alcanzaba un libro ilustrado,
Z ambo el negrito o Las desventuras de Ysengrin, me dejaba
en compañía de las imágenes y volvía a sus ensoñaciones.
Zambo se paseaba por la selva con una sombrilla verde
y unas babuchas color malva; cuando los tigres querían
comérselo les daba su lindo chaleco, su sombrilla y sus
babuchas. Al final, las fieras giraban rápidamente alrededor
de una palmera y se transformaban en mantequilla. La
madre de Zambo las convertía en crepas bien doradas,
como el color de los tigres. Esa transmutación me dejaba
con la boca abierta: en tres páginas unos animales furiosos
que estaban agarrados por la cola y formaban un círculo
alrededor del árbol se transformaban en un torbellino y
luego en un charco inerte, amarillo, en el que se reflejaba el
tronco de la palmera.Volvía a leerlo, examinaba de nuevo
las imágenes, una tras otra, observaba con preocupación el
charco de mantequilla. Mientras tanto mi madre cantaba:

Después, después, después de que el poeta desapareció


Su canción se oye aún por ahí.

Esa podía ser en cierta forma la respuesta a mis


inquietudes. Pero la melodía no servía para ahuyentar a
los lobos o a los tigres. No explicaba ese truco de magia
increíble que reducía el cuerpo de las fieras a tan poca
cosa. Las historias que escribía tampoco. Ella estaba en
otro lugar, para mi desesperación.
Sin embargo una noche le pregunté algo sobre una frase
del cuento Barba A zu l que dice: “Ana, mi hermana Ana,
¿no ves venir a nadie?” y la respuesta siempre frustrante:
“No veo más que el sol que resplandece y la hierba que
reverdece”. ¿Por qué tardan tanto los que debían velar por
ella?, ¿cómo es que no se dan cuenta de la urgencia, del
peligro? Me recuerdo preguntándoselo, me parece incluso
que sé también en qué lugar preciso de la habitación está
sentada cuando le hablo, cerca de una ventana, para ser
más precisos, y trato de imaginarme esa lejanía que ella
escruta -no me refiero a mi madre sino a esa otra mujer
del libro-, esa lejanía en la que no hay nada visible. Pero
esa “ella” que, sin darme yo cuenta, se ha deslizado en mi
frase del rostro de mi madre al de Ana, me hace pensar que
si bien mi padre no tenía nada de ogro, en él había algo
que asustaba a mi madre. Y que yo llevaba ese temor.
No tengo la menor idea de la respuesta que me dio
ese día, imagino que fue igual de frustrante que la del sol
que resplandece. En mi recuerdo la escena se mezcla con
las canciones de Jacques Douai que solía escuchar en lo
que entonces llamaban un “pick-up”.2 Hablaban de una
dama llorando en su ventana por su triste suerte, y que
dentro de mil años o quizá dos mil, seguiría desconsolada,
hilando lana y conservando su pena. O contaban la curiosa
historia de una nuez:
Una nuez, ¿qué hay dentro de una nuez?
¿Qué es lo que ves al abrirla?
No hay tiempo de saberlo,
La tragas y hasta la vista.

El pasillo era largo, con libros a los lados, y había llegado


la hora de dormirme. Me alejaba, pasaba bajo la máscara
africana colgada del muro junto a mi cuarto, que según me

2 Fonógrafo
habían dicho daba suerte pues tenía roja la nariz; pero nada
me habían dicho de sus ojos demasiado grandes, demasiado
golosos, y yo me iba con mucho tiento. Me escurría en la
cama y después en la ranura, afanándome en desaparecer
para que alguien no me fuera a tragar y hasta la vista.
Letras

C ereza s, b u rro, va g ó n , payaso, escalera, cebra: las


imágenes y las palabras van juntas en las páginas de Mi
primer diccionario Larousse que me acompaña cuando estoy
aprendiendo el alfabeto. Debo tener cuatro o cinco años.
Lo cierto es que para entonces ya sé leer y me salto el
primer año de primaria. Pero aunque tengo el recuerdo
de las horas que pasé pintando en esos años, del placer
que sentía yuxtaponiendo los colores en el papel, me
es imposible recuperar los lugares o las sensaciones que
marcaron mi iniciación a las letras.
Con una excepción: estoy sentada frente a una mesa en
la que hay unas hojas; a mi lado, mis abuelos paternos me
observan mientras me dedico con empeño a en escribir
“papá”, “mamá”, “Michéle”. Benévolos, enternecidos,
alientan mi esfuerzo como si alcanzara un logro esencial.
La escena contrasta con otra que tuvo lugar durante
mi último año en el jardín de niños. He manchado mi
cuaderno porque las malditas plumillas se pegan al papel y
parecen tener vida propia; es imposible controlarlas. Estoy
muerta de vergüenza y convencida de que el castigo será
terrible cuando la maestra descubra mi crimen. Por la
mañana me invento incluso una fiebre, una enfermedad
súbita. Hasta el momento en que, llorando, le confieso todo
a mi mamá. Ella me consuela y como no cree que el asunto
sea tan dramático, acepto encaminarme hacia la escuela. La
maestra ni siquiera ve la mancha o la tacha de un plumazo
sin detenerse más. Siempre he exagerado las cosas.
Hay una tercera escena asociada con las dos primeras;
ocurrió poco después. Esa noche mi madre no está
escribiendo. Dobla unas cartas impresas con un borde
negro y las desliza en sobres con rostro triste, perdido. Le
hago una pregunta con miedo a la respuesta. Me sienta
sobre sus rodillas, empieza a llorar y me explica que mi
abuela paterna, la misma que se inclinaba sobre las hojas
cuando yo empezaba a escribir, que a menudo pasaba a
recogerme a la escuela y a quien le sonsacaba merengues
envueltos en papel dorado en la tiendita cercana, ya no
está en este mundo. Exactamente un año después que su
marido, ella ha partido.
Mis abuelos, pequeños empleados que vivían en la
calle Saint-Denis, se privaron de muchas cosas para que
mi padre asistiera a la escuela de los Francos Burgueses,
con la esperanza de que se convirtiera en uno de ellos.
A juzgar por las fotos que tengo de él cuando niño,
siempre lo vistieron con ropas muy finas. En junio de
1940, cuando el ejército alemán acababa de invadir el
norte del país, montó en su bicicleta y se precipitó hacia
el sur de Francia. Se detuvo en Rodez, durmió en un
banco de la calle y en un granero. Presentó su examen de
fin de bachillerato. Al regresar a la capital se inscribió en
la universidad para estudiar matemáticas. Para escapar del
trabajo obligatorio en Alemania, nunca regresó a la casa
de sus padres, que vivían desde entonces en Vanves, en
la “calle del Progreso”. No recuerdo haber visto ningún
libro en su casa, sólo ese carácter un poco solemne de su
actitud cuando estaba aprendiendo a escribir.
En América Latina, cuando me encuentro a cada paso
con personas que veneran lo escrito, en Buenos Aires,
Bogotá o México, cuando al entrar a una feria del libro
veo a mujeres que vienen de los barrios humildes y
esperan durante horas, pacientemente junto con sus hijos,
para pasearse entre los libros, pienso algunas veces en mis
abuelos paternos, que consideraban las letras algo tan
deseable. Poco después de mi nacimiento había muerto
el padre de mi abuela, un autodidacta que según parece se
interesaba en todo. Se llamaba Michel; a él -y a los bellos
ojos de la actriz Mi chele Morgan—les debo mi nombre.
Si para mí es tan importante que cada uno tenga
acceso al conocimiento, al arte, a los libros, es por el deseo
que tenían esas personas, tal como mis otros antepasados.
Los padres de mi madre se habían conocido por medio
de las cartas que intercambiaban: siendo maestra en una
aldea de Borgoña, ella fue la madrina de un joven soldado
belga durante la primera Guerra Mundial. Más que para
portar un fusil, él se adelantó a alistarse en el servicio para
elegir su arma y servir como enfermero. Mantuvieron
correspondencia unos años y cuando cesaron los combates
él fue a visitarla. Ya nunca se regresó. Años más tarde
emigraron junto con sus hijos a la región parisina
donde ella siguió dando clases en un preescolar y él se
convirtió en periodista del Quotidien. Durante los años de
la Ocupación fue miembro de la Resistencia temprana.
No animó a mi madre a que siguiera estudiando después
del bachillerato porque era mujer. Sin embargo ella hizo
estudios de matemáticas y después de psicología, en la
universidad, si bien nunca ejerció. Al llegar la Liberación,
para escapar de sus padres ella se casó. Eligió al “menos
idiota de sus pretendientes”, pensando que por lo menos
con él no se aburriría: él era curioso.
Cuando yo era niña, mis abuelos tenían una posición
acomodada. Ella había dejado de dar clases y él era dueño
de una inmobiliaria. A diferencia de los padres de mi papá,
ya habían recorrido todo un camino. Lo escrito era central
para su profesión y los libros se alineaban en los anaqueles
de su casa. Entre ellos, el Gran Larousse o las fábulas de
La Fontaine que acompañó a mi abuela hasta sus últimos
días, a los noventa años, o los cuentos de Daudet que me
leían de vez en cuando. Me gustaba mucho sentirme el
centro de su interés cuando me destinaban esas historias,
que me parecían similares a ellos, un poco anticuadas.
Dios

canciones griegas,
U n a n o c h e e n q u e e sc u c h á b a m o s
cuando Lola tenía dos o tres años, me preguntó qué decía la
cantante en una de ellas. Era una historia triste, de una madre
que lloraba por “el niño que reía”, su hijo asesinado por
unos policías o soldados. Le dije que hablaba de un hombre
que se hallaba lejos y al que ella amaba, con la esperanza
de que la melodía llegara hasta él. De pronto vi en su cara
una expresión soñadora, intrigada por la idea de que una
canción pudiera viajar y conectarnos con los ausentes. Tras
un silencio me rogó varias veces que le contara nuevamente
esa historia. Me sentía un poco avergonzada de mi mentira
blanca pero la repetí, sobre todo porque me parecía que lo
más interesante para ella era el trayecto de la canción.
Me encontraba en cuclillas junto a ella (cuando le hablo
a un niño siempre me pongo a su altura física, como si
tratara de reducir la distancia que me separaba antes de
mis padres). Cerca del suelo, le leía los cuentos de Philippe
Corentin en los que el lobo es un antilobo que no sabe
portarse como lobo. Cuando se atreve a meterse dentro de
una madriguera, resbala sobre una zanahoria y es incapaz
de encontrar a los conejos escondidos detrás de los sillones.
Entonces se mete en la bañera; está de un humor negro,
piensa que nadie lo quiere, que a pesar de ser el día de
su cumpleaños está jugando solo con un barquito. Hasta
que se da cuenta de que los conejos le han preparado un
pastel. El humor de los libros actuales es mi desquite de las
terribles historias que leí en mi infancia.
De niña, esas narraciones con su siniestro desenlace me
advertían de la suerte que me esperaba si osaba transgredir
las reglas; si faltaba a la verdad o desobedecía o sentía ganas
de fugarme. Pero no pasaba un día sin que mintiera, sin
que soñara con desobedecer o fugarme. En la escuela oí
una vez a unas niñas que salían del catecismo hablar sobre
sus pecados. Una de ellas había mentido una vez, dos años
atrás, diciendo que ya había arreglado su cuarto; la otra
recordaba haberse portado desobediente un día, cuando
era muy pequeña. De manera que yo era un monstruo.
Además yo era pagana, como decían los niños buenos, y
me iría al infierno. Aprendí a hacer la señal de la cruz a
escondidas.
Y es que en la casa faltaba un libro esencial, que todas
mis compañeras llevaban bajo el brazo, un día por semana:
el misal. Yo era la única que no iba al catecismo, aparte
de una niña protestante, pero al menos ella tenía acceso
a los secretos de la religión, a esos rituales, puesto que
llevaba alrededor del cuello una cadena en la que estaba
suspendida una especie de pájaro, acaso un símbolo del
Espíritu Santo, que indicaba su pertenencia.
Una tarde, de la escuela nos llevaron a pasear a un
jardín cercano, el parque Falret, en el que había una capilla.
Cuando entramos a visitarla, una niña remojó sus dedos en
la pila de agua bendita, volteó hacia mí y me extendió su
mano mojada. No entendí qué pasaba. No tenía la menor
idea de esos ritos que todos compartían y de los que yo
estaba excluida. Me sentí fascinada y avergonzada.
El misal que me falta tiene un tamaño perfecto, lo deseo
más que cualquier otra cosa. Quiero hacerles creer que
también yo pertenezco a esos misterios. Quiero acercarme
a ellos, aunque sea mediante la forma. Exploro en los
anaqueles de la biblioteca familiar pero no encuentro un
volumen apropiado. Hasta el día en que me topo con un
Diccionario de las dificultades de la lengua francesa (la
casa tiene varios, que mi madre consulta durante horas)
y de un tamaño muy parecido al del objeto de mi deseo.
Una tarde en que estoy sola en casa, lo forro con papel
liso y salgo a la calle. Me paseo con esa maravilla bajo el
brazo. Mi orgullo sólo se compara con el temor de que
alguien descubra mi superchería. Los libros no sólo sirven
para leerse.
Amigos

Dios es im probable y leja n o ; mi primo vive en Bélgica y


solamente lo veo dos veces al año; en esa época no se acostumbra
que los niños inviten a dormir en casa a algún compañero.
Cada noche, en medio de mis padres, que tienen la cabeza
en otro mundo, soy hija única. De vez en cuando oigo decir
que esos niños son egoístas y me siento culpable, obligada a
velar por todos, tal como Michka en la pantufla de todos esos
adultos enfermos. Entonces suelto las amarras. Embarco a mis
muñecos de peluche en la carriolita de mimbre y tul rosa
fabricada por mi mamá (es ella quien me asegura que no eran
juegos maternales sino que yo organizaba viajes). O los coloco
alrededor de mí, les confecciono unos pequeños cuadernos
y me convierto en su maestra. Me escuchan atentamente, sin
decir ni pío. Después juego con unas canicas de vidrio que
duermen bajo un librero o con unos cochecitos Dinky toys,
que me recuerdan a mi primo. Abro un libro del elefante
Babar y a veces me pierdo en el trazo de una palmera o de
un estanque en el que retoza. Pero no puedo zambullirme en
la imagen; tal vez sea su ojo demasiado pequeño o su rostro
impasible lo que me lo impide. O la inmovilidad del trazo.
Le hacen falta arrebatos, transgresiones, algunas tonterías. Que,
por cierto, son las que le dan sabor a Zoé, la heroína de una
pequeña historieta que encuentro en Le Parisién de mi abuela,
mal visto por mis padres, que acostumbran leer Le Monde o
Combat.
Todavía más que en Zoé, en el Journal de Mickey
que empiezan a comprarme cada semana todo está en
movimiento. Me gusta ese ratoncito de cara feliz y con un
nombre tan cercano al mío, pero aún más el malhumorado
Donald, su genio imposible. Yo soy una niña “dócil”,
incapaz de expresar mi agresividad. Ese pato refunfuñón
me da oxígeno. Me río, todo en él me divierte: el dibujo de
su pico, sus patas con dedos palmeados, su boina de marino
de la que cuelga un listoncito, y su chaqueta demasiado
corta, su cola que apunta hacia arriba, sus aspavientos, sus
rabietas, su torpeza y su voz nasal que descubro en el cine
Hollywood, situado en la avenida de la Opera. Hay un
detalle que me encanta y que aparece muchas veces: al
pie de los arcoiris, si uno corre lo suficientemente rápido,
se encuentra un caldero lleno de monedas de oro. Hace
unos meses, mientras viajaba por el océano Indico en
/

medio de arcoiris que se renovaban cada día, el recuerdo


de esos calderos teñía aún el mar y las cascadas con una
luz dorada.
En el libro ilustrado descubro también a Blanca Nieves,
Cenicienta, La bella durmiente. Entre el placer y el temor.
Placer por la casa de los enanos en la que todos cantan
juntos y cada uno tiene un lugar asegurado, sea cual sea su
defecto: la timidez, el mal carácter, la pereza, los estornudos
continuos. Temor a las brujas o a las hermanas envidiosas
y más aún al espejo, a los piquetes, al ataúd de cristal, al
momento en que se rompa la zapatilla. Pero las heroínas
me irritan. Me gustaría que se rebelaran, que huyeran, que
intentaran algo. No soporto su docilidad, su encierro. ¿Por
qué no pueden hacer nada, por qué dependen totalmente
de la llegada de un príncipe? El deus ex machina me deja
pensando, sólo creo en él a medias.
Un buen día, primero en el Journal de Mickey y poco
después en el cine, aparece Peter Pan. En un abrir y cerrar
de ojos vuela hacia el País de Nunca Jamás, seguido por
los niños en pijama. El País de Nunca Jamás se parece al
primer libro animado: es un paisaje mío, que me hace
olvidar todo lo demás. Se confunde en mi recuerdo con
la Isla de los Placeres de Pinocho, con sus paredes de
chocolate y de bizcocho, en la que brota jugo de naranja
de las fuentes. ¡Qué hermoso sería vivir allí!
Me encantó leer Peter Pan. Ya no estaba sola, ahora
estaba con Peter, y mi libro ilustrado era una ventana por
la que yo atravesaba al otro lado. Cada noche, trepada en
los radiadores o agarrándome a los tubos de la calefacción
central, caminaba de una habitación a otra, al borde del
precipicio. No le temía al cocodrilo ni al capitán Garfio.
Ellos no tenían comparación con esos ogros atroces que
había encontrado en los cuentos y que se escurrían por
todas partes. Garfio y el reptil eran risibles y estaban
confinados a una ensenada o una caleta. Además Peter era
invencible porque era sumamente astuto. Podía incluso ser
cruel al luchar pues le había cortado la mano al terrible
capitán. Obviamente, a diferencia de él yo no volaba, estaba
condenada a quedarme cerca del suelo. Obviamente él era
varón mientras que yo era una niña. Me pregunto si existe
una sola niña en el mundo que haya podido identificarse
con Wendy, la insípida hermana mayor, atareada con el
quehacer mientras sus hermanos bailan con los indios,
o con Campanita, la presumida insoportable. Gracias a
la androginia de Peter (su cabello un poco largo para la
época, su camisa ajustada a la cintura que se ensanchaba
después como una falda), podía deslizarme fácilmente en
su papel. Durante meses creí ser él y le pedí a mi madre
que me hiciera un sombrero exactamente igual al suyo.
Me encantaba el color verde de su traje, precisamente ese
verde, el color de la alegría.
Muchos años después leí los ensayos de los críticos o
los psicoanalistas que descubrieron al niño triste detrás del
vagabundo alegre, analizando el destino trágico de James
Barrie, quien pasó años tratando de consolar a su madre
desesperada por la muerte de su hermano. Me pregunté
si había sentido una familiaridad inconsciente con ese
hombre que dedicó toda su vida a curar sus heridas
infantiles. Pero si intento quedarme más cerca de la niñita
que fui, me parece que lo que me gustaba de Peter Pan es
que abría otro espacio posible, una tercera dimensión. Esa
soledad, esos ogros terroríficos, esos osos de ojos tristes
y bondadosos, ese lúgubre destino, no eran lo único que
había en el mundo. No sólo estaban los padres inaccesibles,
el miedo a los castigos en la escuela y la sombra de la
guerra. Estaba también ese impulso hacia otro lugar. Yo
encontraba en la historia una fuerza.
Barrie representó a Peter como un pequeño Pan
montado con su flauta sobre una cabra. Aunque conservaba
el lado oscuro del dios de las montañas, le faltaba su
lascivia, su energía vital. Luego pasó a Hollywood y éste
le insufló un vigor antidepresivo, el mismo que hacía
saltar a Gene Kelly o a Fred Astaire. Al menos así sucede
en mis recuerdos, pues yo nunca volví a ver la película,
consciente de que en ella no encontraría nada de lo que
tanto me había gustado.
Se han dicho muchas cosas malas sobre las películas de
Disney. Pero la energía que me proporcionó la adaptación
de Peter Pan me impide considerada estupidizante. “Sólo
allí bailaban, en Europa no”, decía Serge Daney sobre el
cine estadunidense. De niño, había preferido parecerse a
Cary Grant más que a Raimu o a Fresnay; a James Stewart
más que a Michel Simón o Fernandel. Río Bravo o Con la
muerte en los talones le parecían más interesantes que Guitry.
Había amado ese cine en nombre de sus intereses de niño,
a contracorriente de una sociedad francesa de los años cin­
cuenta muy reaccionaria, muy hostil a los jóvenes.3
Mis intereses de niña me hicieron adorar a Donald y
a Peter Pan, quienes me brindaron una vitalidad que los
libros ilustrados del Tío Castor (por los que sigo sintiendo
ternura) no lograron darme jamás.
Aunque nunca he vuelto a ver la película, hace unos
años hojeé el libro ilustrado tras haber tenido un sueño.
Busqué en él la vista a vuelo de pájaro del País Imaginario
(nombre con el que rebautizó Disney el País de Ningún
Lado de Barrie). Tiene la forma de una isla en la que
se distinguen algunas playas, unas penínsulas con tipis
indios, un río, algunas caletas, lagunas. Y la asocié con un
mapa que representaba una isla griega a la que he querido
mucho, ya siendo adulta, y donde tuve la misma sensación
de haber llegado por fin a mi tierra. El parecido de los
contornos me dejó con la boca abierta.

3 Serge Daney, Itinéraire d ’un ciné-fils, Jean-Michel Place, París, 1999,


p. 49.
Lo lejano

A l h o j e a r m i lib r e t a d e a p u n te s me encuentro con un


croquis que representa la bahía de Katsadias el verano pa­
sado. Por toda la costa había personas leyendo tumbadas
sobre toallas de colores. Algunos a Seferis, otros a Ellroy,
otros The Return of the Dancing Master. Junto con el metro
y los trenes, las playas son las principales bibliotecas. Cada
día veía incluso mujeres que caminaban por el mar, len­
tamente, con el agua hasta la cintura, un sombrero en la
cabeza y un libro en la mano. Curiosamente, las playas son
uno de los pocos lugares en donde no puedo leer, por estar
demasiado ocupada contemplando los paisajes, buscando
pedazos de ánforas, asustándome con las fosas marinas (de
diez metros), mirando a Lola que desde la altura de sus
ocho años lanza caracoles rotos al mar Egeo mientras le
grita: “¡Llévate a tus muertos!” De vez en cuando trazo
en mi cuaderno la forma de la costa, los olivos, las rocas,
las barcas o la figura del pájaro azul fluorescente, tránsfuga
de la reserva ornitológica de la isla vecina, para llevarlos
conmigo al invierno que seguirá.
Cuando era niña, el verano cerca de la frontera italiana
era todo lo opuesto al invierno en los suburbios parisinos:
la luz, la vegetación, los sabores y los perfumes, las voces.
Y allí estaba por fin la persona que terminaría con mi
soledad: mi primo. En esos meses había poco espacio para
la lectura; todos mis sentidos se enfocaban en nuestros
castillos de arena, en los juegos de los submarinos, los
caballitos, el golfito, el Club de Mickey; en el sabor de
las cosas: el agua salada en el cuerpo, el pan de Genova,
la fruta confitada, los canelones, los helados de chocolate.
Pero el paraíso tenía un tiempo limitado; al terminar el
verano él partía de regreso. Me quedaban esas historietas
que a él le gustaban y cuando yo las leía era un poco
como si algo de él y de los bellos días regresara de nuevo.
Después del Journal de Mickey estuvieron pues esas
maravillas que se renovaban cada semana, Tintín y Spirou.
Al principio me gustaron igual que me gustaba quien
me las aconsejó, que fue mi único mentor hasta que tuve
once años. Más tarde los libros ilustrados se emanciparon,
comencé a desearlos por sí mismos. Durante años corrí
cada martes a comprar Spirou y cada miércoles, Tintín.
Pocas veces he vuelto a sentir en una lectura la plenitud
que experimentaba en esos momentos.
A veces, los domingos, un vendedor de L ’Humanité, el
periódico del Partido Comunista, recorría los pisos de los
edificios de Vanves, tocaba a la puerta y le comprábamos
Pif. No se atrevió a hacerlo después de que un día de 1956,
mi madre lo echó gritándole que no regresara jamás pues
los soviéticos acababan de sofocar la revuelta de Budapest.
Así se acabó Pif. La pérdida no fue tan importante; yo lo
hojeaba cuando no tenía nada mejor a qué hincarle el
diente, del mismo modo que en Spirou recorría entonces
las aburridas Historias del Tío Paul, que contaban vidas
edificantes. El perro Pif era liso, estático, yo prefería a los
héroes estadunidenses o belgas.
Los periplos de Tintín, de Spirou, de los exploradores de
La patrulla de los castores, de Johan (el joven paje de la Edad
Media con peinado cuadrado parecido al mío), de Lucky
Luke o del aviador Buck Danny eran una vez más historias
para varones. ¿Pero qué hacer? Después del hada Campanita
estaba, en Tintín, la Castafiore, y en Spirou, Secottine, una
secretaria tonta y empalagosa. En La patrulla de los castores,
el mundo era exclusivamente masculino. Desde luego que
había libros para las niñas, la Biblioteca Rosa, o revistas como
Suzette o Lisette, pero yo me enorgullecía de jamás echarles una
mirada. Con tal de quedar bien con mi primo, me parecían
insípidos e ilegibles esos folletos.
A la inversa, las aventuras de los Castores me abrían la
puerta al misterio de los bosques y las abadías encantadas,
me prometían el mundo. Y las de Tintín lo ampliaban
considerablemente, dándole contornos a esos nombres:
Tibet, América o el Congo, que yo conocía por haber
observado muchos atlas. También en ese caso los hacían
habitables, familiares.
Y es que tenía el gusto por lo lejano, me atraía la
idea de viajar. Gracias a las historietas me fugaba a toda
velocidad. Escapaba de las sombras de esa guerra que se
había librado poco antes de mi nacimiento, que ocupaba
aún las conversaciones y que, si uno volteaba, se percibía
en los ojos de quienes la habían vivido.Yo me evadía del
miedo a que estallara otra guerra, cuyo inicio calculaba
de acuerdo con el intervalo que separó a las anteriores.
Huía de otros desastres, de otros conflictos, de las luchas
internas de mi familia, de las que nadie hablaba pero que
yo percibía perfectamente.
Mientras leía mis libros ilustrados o pegaba en un
álbum pequeñas fotos de otros continentes que salían
en las tablillas de chocolate Cémoi, mi madre miraba
La revista de los exploradores en la televisión y mi padre
construía barcos a escala. Éramos una familia centrífuga y
compartíamos el anhelo por soltar las amarras. Nuestros
sueños hacían que el conjunto se sostuviera y allí nos
quedábamos, contemplando los blancos en los mapas,
pensando en los países salvajes, cultivando nuestra parte
oscura.
Para representar esa lejanía interior también me ayudó
Tintín, aunque sólo lo comprendí mucho tiempo después:
en varias ocasiones el joven periodista belga apareció en
mis sueños de adulta. Incluso me avergonzaba llevar tan
seguido al diván de mis psicoanalistas episodios de sus
aventuras mientras imaginaba que las sesiones de los demás
estaban salpicadas de referencias a Joyce o a Hegel.
Un día asocié un fragmento de sueño con un pasaje de
Las joyas de la Castajiore en donde Tintín descubre que lo
que se oye en el castillo son unas escalas grabadas en un
aparato mientras el pianista toma un respiro en el pueblo,
lejos del ruiseñor milanés. Allí comprendí que ya no me
reconocía del todo en mis quejas reiteradas en el diván,
que se trataba de escalas caducas mientras una parte de
mí ya había saltado por la ventana para irse de paseo. La
coloración de las sesiones cambió y dejé de lamentarme.
Algunas imágenes de Tintín han quedado grabadas en
mí para siempre, metáforas geniales .Tal como los periquitos
de El tesoro de Rackham el Rojo que de generación en
generación se han transmitido groserías mucho después de
que desapareciera el que las profirió (imagen que Hergé
había tomado tal vez de Chateaubriand o Humboldt). O,
en El Templo del sol, un antiguo pasadizo, oculto bajo una
cascada, que lleva hasta el corazón del lugar sagrado con
riesgo de perder la vida. Al término de su aventura, el
Inca suplica a los héroes no revelar jamás la ubicación
de lo que habían descubierto. Hergé retomó ese tema
del lugar oculto que uno encuentra por azar tras haber
soltado una cuerda o tropezado con una duela, y el de la
amnesia obligada, en Vuelo 714 a Sydney. Por un conducto
subterráneo cuya entrada está oculta bajo unos arbustos,
los héroes llegan hasta un templo muy viejo y olvidado
por los hombres pero conocido por los extraterrestres. Lo
recordarán como un sueño... salvo Milou.
Hergé sabía mucho sobre el inconsciente y las
prohibiciones, que aparecían en sus álbumes. Yo también.
Al regreso de un viaje de trabajo a Singapur, en los años
ochenta, me retorcía de dolor durante todo el trayecto.
Al llegar a París pasé dos semanas acostada, sin poder
determinar qué era lo que me había hecho daño. Hasta esa
noche en que me desperté sobresaltada gritando, sentada
en la cama. Esa actitud me recordó algo: era la misma
de los sabios en Las siete bolas de cristal, cuando el Gran
Sacerdote torturaba estatuillas hechas a imagen de ellos
para que expiaran la profanación del templo. Supe que ya
estaba curada. Tal vez estaba pagando el hecho de haber
ido lejos, tan lejos como mi padre, que había vivido en
Indonesia. Aunque no pude explicitar por completo en
qué consistía mi propio sacrilegio, el hecho de asociar mi
malestar con el suplicio de los sabios me liberó.
Pasadizos secretos

que la de Tintín
E x i s t í a u n a t r a n s g r e s ió n m ás g r a v e
cuando se internó en un pasadizo disimulado tras una
cascada para penetrar en el templo sagrado: aventurarme
hasta el corazón mismo de mi madre por medio de sus
escritos. Ya no recuerdo en qué momento empecé a leer
algunos de los textos que escribía ella, a adentrarme en las
narraciones en que relataba sus secretos y deseos de cuando
tenía quince años, o en esa novela donde hablaba de su
pasión por un hombre que no era mi padre. Recuerdo el
malestar que me provocó descifrar esas hojas en las que yo
parecía estar dentro de ella. La proximidad era demasiado
grande. Y sin embargo continuaba leyendo. No es muy
común que uno pueda adentrarse así en los pensamientos
de su propia madre, sobre todo cuando ésta sueña con
lugares distantes, amores imposibles, calles de París que
me eran desconocidas y en las que vivía una vida de la
que yo ignoraba todo.
También sentí una inmensa decepción al comprobar el
espacio tan reducido que me había reservado en esa novela
en clave que un día salió impresa. En ella sólo hablaba de
mí utilizando la expresión “el monigote de Didine”. Me
pareció vulgar, me sentí ofendida.
No obstante poco después, una noche en que iba a
salir de campamento con los lobatos, me regaló una pe­
queña historieta que había emborronado, una historia de
unos niños que se convertían en lobos a medida que se
alejaban de sus padres en un tren. En la vida real, a mí me
costó mucho trabajo alejarme de mis padres y conquistar
un poco de salvajismo.
Felicidad de las imágenes

mi madre me dio
C u a n d o c u m p lí o c h o o n u e v e a ñ o s ,
a leer El principito. Teníamos incluso un disco en el que
los actores narraban la historia y todavía ahora me parece
escuchar algunas voces, como la del zorro (¿era Jacques
Grellot?) o la de la rosa. Pensando ofrecernos poesía, los
adultos nos inoculan lo trágico. La soledad del niño de la
bufanda color oro no hacía sino centuplicar la mía, que ya
era inmensa. El libro me arrojaba hacia paisajes lunares sin
el menor rastro de vegetación donde esconderse, sin ríos.
Antes de caer en él, el Principito había recorrido varios
planetas sin jamás encontrar alguien que lo escuchara,
lo mirara, que le hiciera el menor caso. Y al final de ese
periplo, se encontraba con la serpiente que debía enviarlo
de regreso a su siniestro planeta para que apagara sus
volcanes, destino muy poco envidiable aunque yo sabía
bien que la suerte que nos esperaba a él o a mí no era esa, sino
la “nada” dibujada en la última página, la arena desolada. “Fue
apenas un relámpago amarillo junto a su tobillo”: yo leía la
frase esperando cada vez que hubiera cambiado, lloraba como
lo había hecho antes, cuando la cabra moría al amanecer.
Escudriñaba la arena del mismo modo que antes había
escudriñado el charco de mantequilla en que se disolvieron
los tigres.
Al parecer la literatura y el arte no servían más que para
revelarnos lo infortunado de nuestra condición. Incluso es
curioso que a lo largo de los años no haya podido estar
más de tres días sin entrar en alguna librería, y que libros,
pintura o películas me hayan ayudado tanto a vivir, que me
hayan dado tanto placer. De niña los que me ofrecían eran
a veces tan tristes que podría haberme alejado de ellos para
siempre.
Esos adultos que tanto se preocupaban por unas cuantas
nalgadas en un libro de la condesa de Segur (aguzando así
la curiosidad por esos volúmenes envejecidos que rodaban
en casa de mis abuelos maternos, que de manera espontánea
me habían parecido destinados a gente de otra época),
¿cómo podían llevarme con una sonrisa prometedora a ver
en el cine las desdichas de Bim el burrito? ¿O proponerme
Platero y yo de Juan Ramón Jiménez, ilustrado por Baltasar
Lobo? Contaba con el adorno de una hermosa dedicatoria
del pintor: un perfil que me representaba rodeada de
flores. Pero en las páginas del libro, de un dibujo a otro
yo iba acompañando al burrito que trotaba cubierto de
margaritas, tan alegre, tan tierno, sólo para encontrarme en
las últimas páginas con esta horrible frase: “La barriguilla
de algodón se le había hinchado como el mundo, y sus
patas, rígidas y descoloridas, se elevaban al cielo.”
En el nivel de arriba, donde vivían los adultos, les
gustaban las historias que acababan mal. Se deleitaban
haciendo que los niños las leyéramos. O tenían gusto por
los relatos grises, de otras épocas, construidos sólo con
palabras, sin imágenes, o casi. Con una ilustración cada
cien páginas, como si fuera demasiado placer. Para degustar
con parsimonia, tal como el chocolate. Yo había soñado
frente al Peter Pan adaptado por Walt Disney, hasta el grado
de volverme una con él. Pero un día en que mis padres
me compraron esa historia en la edición Rojo y Oro, mi
desilusión fue enorme: sólo tenía unos cuantos dibujos.Y
Peter era allí rubicundo, había perdido todo su chiste. En
la época de El Principito y de Platero trataron de hacerme
leer también a Julio Verne y a Stevenson. Me aburrí.
Eran demasiadas palabras. No me interesaban para nada.
Tuvieron la elegancia de no insistir y de dejarme volverles
la espalda, con la mala compañía de mis historietas.
Las imágenes me llenaban, me envolvían. Hoy en día,
me impacta el contraste entre esos héroes bien delimitados
por una línea, que se destacan del entorno, junto a los
que pasé esas horas deliciosas, y las criaturas transparentes,
inacabadas, que hasta los treinta y tantos años se aparecieron
en mis sueños y que me representaban. Tal vez estaba en
busca de un trazo, aunque esto se fue haciendo menos
apremiante a medida que dibujaba mis propios contornos
a lo largo de mis sesiones de psicoanálisis. Lo cierto es
que durante mucho tiempo el texto fue para mi sólo un
complemento de las imágenes, y que éstas eran las que me
gustaban. Pero la presencia de las palabras (esos pequeños
fiadores) no me era desagradable puesto que permanecían
en su lugar, no invadían la página, incluso contribuían a
un ritmo, una vivacidad, o a un equilibrio.
Lo que también me emocionaba era la yuxtaposición,
el conjunto de las viñetas. El dibujo animado o la película,
que dan la ilusión de la vida, al igual que ésta seguían
su propio curso. Como el agua de Fantasía que el pobre
Mickey, aprendiz de brujo totalmente rebasado, trata sin
fin de reducir.
En el cine no era posible retener nada. Si acaso podía
uno regresar y comprobar de nuevo que apenas se entreveía
una imagen, escapaba a otra parte. Sabe Dios a dónde.
Mientras que con las historietas lo que estaba allí era
la vida misma, o casi, su sucesión de instantes. Yo podía
agarrarlos entre mis manos. Lo único que se me escapaba
eran los cortes de la intriga, ese repentino detenerse en
un grito, una puerta abierta, un peligro anunciado. Leía
lo más lento que podía, deteniéndome en cada imagen,
observando en ella los detalles, para diferir el momento
en el que sólo quedaría esa espera infinita, hasta la semana
siguiente.
Un día, en Bélgica, discutiendo con mi primo, descubrí
que él conocía algunos episodios que yo ignoraba, pues
Tintín y Spirou se publicaban allá dos meses antes que en
Francia.Repentinamente teníayo laposibilidad de avanzar
a grandes pasos en cada aventura. No recuerdo si resistí
la tentación de comprobarlo, pero sé que experimenté
una curiosa decepción. La idea de que toda la historia
ya estuviera escrita me desconcertaba. Para mí los héroes
existían, me gustaba esa idea de que vivían un poco a
ciegas, tal como lo hacía yo, que nada estaba decidido.
Durante toda la semana pensaba en ellos, en las pruebas
por las que debían pasar. Cuando tomé conciencia de
que salían de la imaginación de alguien llamado Hergé
o Franquin, un tramo de mundo se derrumbó. Un poco
como el día en que mi padre mi dijo que las marcas
de detergente que se hacían competencia salían de una
misma empresa, cuyo nombre figuraba en letras muy
pequeñas en los paquetes: “Unilever”. En esa época (yo
tenía ocho o nueve años), no sé si me habría gustado que
me hablaran de cómo trabajaban los ilustradores, o de
cómo se elaboraba un libro ilustrado. Que me develaran
los secretos de la magia, en una palabra. Eso habría
equivalido a meter en ataúdes a mis amiguitos. Desde
luego, yo sabía que estaban hechos de papel, no creía en
ellos realmente. Pero para mí era vital mantenerm e en
una región donde ilusión y realidad no estaban bien
definidas.
Las historietas representaban la eternidad misma.
Sobre todo porque mis álbumes me ofrecían peripecias
sin fin. No imaginaba que la oleada de las series que
me gustaban pudiera detenerse algún día, que una obra
tuviera un número limitado de títulos. Tras la muerte
de Hergé se acabó Tintin: hasta la fecha es algo que me
asombra. Igualmente me desconcierta saber que Nicolás
Bouvier haya partido sin haber visitado Latinoamérica o
escrito sobre ella.
En esos años cincuenta se iniciaba la abundancia de
imágenes, pero nuestra sed no se saciaba. N. me contó
que en la región de Languedoc donde asistió a la escuela,
para la lección de lectura les repartían a los niños unas
tarjetas postales que deslizaban bajo la línea que iban
leyendo. Esas fotos le fascinaban, sus ojos corrían de
un pupitre a otro para tratar de percibirlas. Cuando le
pedían que leyera, había perdido la línea pues se había
quedado en uno de los pequeños paisajes.
Yo estaba a la caza de todas las imágenes que pudiera
encontrar, en las envolturas de las barras de chocolate,
en los misales de las niñas que comulgaban, quienes
los distribuían de manera más o menos tacaña, o en
la papelería cercana a la casa donde comprábamos
ilustraciones de viñetas de animales o barcos. Cada
una de ellas era como la madriguera de Alicia: un
pasadizo para llegar a otro mundo. Sólo las naturalezas
muertas de M anet o las Sainte-Victoire de Cézanne me
transmiten hoy en día el sentimiento de perfección que
me proporcionaban esas imágenes de cinco centavos.
La televisión, en cambio, nunca me impresionó. Llegó
a nuestra casa cuando yo tenía nueve o diez años. Era la
época en que frente a la vitrina de algunos almacenes
se veían aglomeraciones de personas (hombres en su
mayoría, como frente a las grúas en un astillero): entre los
aparatos puestos uno junto al otro, que veían todos hacia
la calle y los peatones, había uno encendido. Gris y negra
como los edificios no revocados de París o las fotos de los
antepasados, la pantalla se presentaba como moderna pero
no lo era. Le faltaban esos colores que yo amaba.
Pocas cosas me quedaron de esa época. El recuerdo
del encanto que tenía una presentadora, que me miraba
largamente a los ojos y me hacía emocionarme; los
sombreros de ala ancha de Kit Carson o del amigo del
perro Pdntintín -tenía el defecto de crecer a medida
que avanzaban los episodios, contrariamente a los héroes
de mis historietas—; las volutas de humo que rodeaban
a los invitados de Lecturas para todos o d e La revista de
los exploradores (al igual que los entrevistadores, nunca
soltaban su pipa o su cigarro); los contornos de las cosas y
las personas, de por sí deficientes por la falta de contraste
de la imagen, se perdían entre la bruma. Yo pasaba frente a
los parlanchines sin detenerme verdaderamente, salvo que
mis padres insistieran en que lo hiciera. No es sorprendente
que me haya vuelto antropóloga de la lectura, si tanto les
gustaba ver esos dos programas.
En la misma época, el descubrimiento de una opereta
fue un deslumbramiento. Me llevaron al Chátelet, a ver El
albergue del caballo blanco. Salí de allí exaltada, enamorada
de cada detalle, de cada canción y eso duró meses, lo que
a esta edad quiere decir siglos. Pocas veces he sentido que
entre el espectáculo que tuve la oportunidad de ver y
mis deseos hubiera tantas coincidencias. El año pasado, la
estación cultural Arte volvió a montar esa opereta y me
esforcé por verla para tratar de acercarme a la niña que
un día fui. El misterio seguía intacto: el hecho de que el
tema de la obra fuera en todo momento el amor tal vez
no había influido para nada en la felicidad que sentí, pero
tuve la impresión de quedarme en la puerta.
Así sucede cuando regresamos a los espectáculos, a
las páginas, a las imágenes que dieron encanto a nuestra
infancia y no vemos más que la mala calidad del papel, los
hilos demasiado gruesos del director o del dibujante. ¡De
modo que sólo era esto! Hace unos años encontré el libro
en el que los tigres dan vueltas alrededor de una palmera
hasta transformarse en mantequilla. En el dibujo no hay
nada que me ofrezca la clave de mi fascinación.
Pero en el caso de El albergue del caballo blanco, la
televisión probablemente no podía restituirme lo esencial:
el hecho de recibir en tres dimensiones la promesa de
un mundo en el que la vida tendría más fuerza. Estaba
al alcance de la mano, casi podía tocarla, como antes al
castillo o la choza de cartón, pues la distancia le devolvía
al escenario las dimensiones de una maqueta.
Tal vez ese día tuve el presentimiento de todas
las dichas que el teatro me depararía. Entre las varias
profesiones que me habría gustado ejercer (actriz, pintora,
arquitecta, psicoanalista de niños...), hay una en especial
que me habría encantado: la de escenógrafa teatral. En
los años setenta, más de una vez tuve ganas de escribirle
al empresario de fantasmagorías del Teatro del Sol para
proponerle mi ayuda, sin pedirle nada a cambio, desde
luego. Nunca me atreví.
En Besoin de mirages (Necesidad de espejismos), Gilíes
Lapouge cuenta la historia de una familia japonesa en el
Amazonas, que trajina de la mañana a la noche bajo árboles
más altos que catedrales. Cuando llega el domingo, la
abuela poda un bosque enano, una plantación de bonsais.
“La vieja japonesa del Pará cuidaba arbolitos que tenían
cuatrocientos años y que habían dejado de cambiar desde
hacía por lo menos trescientos cincuenta. Esas duraciones
inmóviles la aliviaban de la hoguera del tiempo que es la
selva amazónica.”4El albergue del caballo blanco o Tintín me
aliviaban del oquedal que me rodeaba y de la hoguera del
tiempo.

4 Gilíes Lapouge, Besoin d ’images, Seuil, París, 1999, p. 113.


Antiguos y modernos

Poco a p o c o , y no sin dolor, fui renunciando a las


imágenes. Necesité todo el amor que tenía por mi primo,
mi deseo obstinado de seguirlo, de no quedarme en el
camino, para aficionarme a las aventuras de Bob Morarte,
que para mí no tenían atractivo. En esos momentos dejaba
las grandes playas de los álbumes por unos volúmenes
demasiado estrechos como para albergarme, cambiaba el
bello papel couché por folletos de mala calidad, y el color
por extrañas ilustraciones en grisalla. No estoy segura de
haber sido apta jamás para imaginar mi propio cine, como
dice la gente, y todavía hoy no es seguro que la lectura
haga surgir imágenes en mí. O bien éstas apenas se hallan
esbozadas, tres trazos, un vago tinte de conjunto. Creo que
no soy la única: alguien tan visual como Godard dijo que
Lelouch es el único que puede ver imágenes cuando lee.
En mi familia modernista, la incitación a renegar de
las imágenes no era muy fuerte. Sólo intentaban desviar
un poco mi interés en ellas. Pero yo sentía que existía
una obligación de plegarse a algo, a un Orden de la letra.
Los escritos que me recomendaban tenían la etiqueta
de “buenos” libros, lo que era una absoluta traición a su
esencia. Se presentaban como libros pero no lo eran. Eran
el vehículo de la voluntad de los adultos por inmiscuirse
en lo más protegido que yo tenía; de hacer que mi deseo
se derivara hacia lo que se adecuaba al suyo, de intentar
penetrar en el campamento indio sembrado de empalizadas
en el que me había encerrado, lejos de las miradas. Incluso
el encantador Winnie the Pooh que compramos en la
librería Brentano’s, en la avenida de la Ópera, tenía un
tufillo escolar pues bajo su apariencia ocultaba lecciones
de vocabulario en inglés.
Los álbumes o las historietas que yo amaba eran
completamente lo opuesto a los libros de la Biblioteca
Verde, con su traje austero, avejentado, a esos Julio Verne
encuadernados y en hoja de oro que mi madre había
recibido como premio, o a esas obras que yo misma obtuve
como recompensa a fin de año y de las que no conservé
el menor recuerdo.
Salvo por esas entregas de premios, no me parece que
en la escuela primaria trataran de inculcarnos el gusto
por leer. Tal vez teníamos un manual de lectura, no lo sé.
Mis recuerdos de los libros se limitan a los croquis de los
galos y de Clovis que adornaban las primeras lecciones de
historia, y a una viñeta que ilustraba la regla gramatical
según la cual“el masculino se impone sobre el femenino”:
niños y niñas jalan de una cuerda, las niñas acaban de
soltarla y caen al suelo, despechadas, mientras los niños
ríen triunfales. Me sentía indignada por esta injusticia en
el orden que regía la lengua.
En la escuela, las incursiones en la literatura consistían
más bien en dictados que evocaban un mundo obsoleto,
campestre. A base de fragmentos de escritores de los que
hasta el nombre he olvidado, querían meternos en la
sangre a Francia y sus provincias. No me atraían para nada,
pese a que mis abuelos habían nacido en ellas. Justamente
las habían abandonado por la ciudad. Cuando llegaba el
verano atravesábamos en auto esas regiones interminables,
sus aldeas con postigos cerrados. Lo único que me
apuraba era llegar a la costa del país, allí donde la lengua
provenzal cantaba, el mar estaba próximo y los carabineros
usaban sombreros con penacho. ¿Cómo podría yo amar
esa Francia rural que querían venderme, con sus niños
maltratados y sus madrastras? Me hacían sentir asfixiada.
Por el mismo estilo, en nuestra escuela se presentó
una obra de teatro basada en Pelo de zanahoria, de Jules
Renard, que me resultó insoportable. En ella no vi más
que lloriqueos y cosas viejas. Ese universo no era para mí,
era un mundo triste, inmutable, acabado, en el que por
toda la eternidad los campos eran recorridos por labriegos
pobres, y unas mujeres desabridas barrían las casuchas
mientras unos niños con la nariz sucia tragaban su sopa.
No sé bien de dónde me venía ese sentimiento, pero yo
intuía que la modernidad era el único lugar en él que
podría encontrar un sitio.
Esa modernidad irrumpió un día en mi cuarto, durante
el verano de mis diez años, bajo la forma de un escritorio y
un sillón de líneas sobrias, una alfombra roja y un librero. El
espacio que me era propio, que los álbumes y las historietas
habían inaugurado, tomó una forma concreta. Me encantó
que todo fuera nuevo y se hubiera comprado pensando
en mí. El nuevo acomodo de los muebles tuvo el poder
de ahuyentar los fantasmas que tanto habían obsesionado
mis noches. En la biblioteca se acomodaron dentro de un
mismo conjunto mis libros ilustrados, mis Marabout júnior
y algunos objetos. Una góndola fabricada por mi padre (lo
que más me maravillaba era una cortinita de terciopelo
color granate que preservaba la intimidad de una cabina),
unas muñecas españolas que había traído de su viaje, un
perro de porcelana (¿por qué a los niños les gustará tanto
el kitsch?) y un maravilloso aparato de radio en baquelita
blanca, con un ojo verde, en el que escucharía en secreto
algo que me elevaría hasta el universo de los jóvenes adultos
a los que envidiaba: “Para los amantes del jazz”.
En esa habitación, no sé en qué momentos leía, pero
sí dónde: en a ras de tierra casi todo el tiempo. No tengo
un solo recuerdo de mí sentada en un sillón, en una
mesa o en mi cama. En cambio conservo una pléyade
de imágenes en las que me veo sentada en la alfombra,
examinando mis libros ilustrados o bien hojeando libros
de arte y diccionarios tomados de los anaqueles de mis
padres. Al parecer yo necesitaba del contacto con el suelo
para leer. Y todavía hoy existen algunos actos relacionados
con papel que sólo puedo realizar en el piso, por ejemplo
recortar un texto que escribí y acomodar de otro modo los
pedazos, como en una especie de gran juego de cartas.
Si a veces logro recuperar los movimientos que ejecutaba
antes al recorrer álbumes y revistas, se ha perdido el olor
de los libros nuevos o de ciertas obras de arte que olían
maravillosamente bien cuando pasaba uno las páginas: me
parece que, más que el pegamento, era el papel glaseado, y
ese aroma se atenuaba con el tiempo. Te enganchaba para
siempre.
El mundo

Un en familia por el bosque


d o m in g o e n q u e p aseá b am os
de Saint-Germain-en-Laye, vi pasar a unos adolescentes
con uniforme, coloridas pañoletas y mochilas. Les pregunté
a mis padres qué era eso: “exploradores”. Yo estaba azorada.
¿De modo que sí existían en la vida real y no sólo en los
libros ilustrados? Un mes más tarde (el tiempo que les tomó
encontrar un organismo laico y luego un grupo cercano
a nuestro domicilio) ya tenía yo mi uniforme. Y lo que
viví fue casi tan bonito como en La patrulla de los castores:
amigos, aventuras, un ideal; poco después la noche, las
fogatas, los paisajes recorridos. Una vez más, “otro lugar”.
Jamás se me habría ocurrido pedir que me inscribieran
con esos lobatos cuya existencia ignoraba, jamás tal vez me
habría percatado de los ires y venires de esos niños por los
bosques, si antes no hubiera leído en Spirou las travesuras
de los Castores semana a semana.
Sus búsquedas de algún misterio, sus conocimientos
sobre alfabetos encriptados, el alfabeto Morse o las pistas, su
habilidad y su autonomía me habían cautivado a tal punto
que les rogué a todos los miembros de mi familia que en
la Navidad anterior me regalaran accesorios para acampar:
mochila, cantimplora y ollas, brújula, cinturón y puñal en su
estuche de cuero, que entonces no usaba para nada. Durante
meses los manipulé en mi recámara, maravillándome de su
perfección, imaginándome que recorría el mundo.
AI ponerme el uniforme, gozaba al fin de una
pertenencia que se evidenciaba en los banderines, las
pañoletas, las insignias cosidas en las mangas o en el pecho,
las ceremonias y esos cantos que acompañaban todos
nuestros movimientos. Es probable que yo no me sintiera
muy segura de tal pertenencia en mi familia, en la que
discordias e infidelidades eran el disimulado pan de cada
día. Tampoco en el aula, más dividida por el miedo a los
castigos o los ajustes de cuentas que unida por los placeres
de un juego en el recreo. La idea de un país tampoco me
hacía sentirme cómoda. Sabía que estábamos mucho más
cercanos de los republicanos españoles que venían a cenar
en casa que de los numerosos franceses que habían apoyado
a Pétain cuando colaboró con los alemanes. Recuerdo
haber discutido acremente con los lobatos, cuestionando
la máxima según la cual uno debía ser fiel a su país. ¿Y si
éste se equivocaba como le había sucedido a Alemania en
los años anteriores? La idea de patria me parecía estrecha,
mezquina. Pero el vínculo que me unía a una humanidad
fraterna seguía siendo muy abstracto.
En los meses posteriores a mi ingreso a los Exploradores
de Francia, devoré el Manual del scout. Me regocijaba de
mis conocimientos autodidactas, vivía un idilio con los
elementos. Experimentaba todavía ese relieve de la materia,
de los objetos, que se pierde -salvo que uno sea Caillois
o Ponge- en los años posteriores a la infancia, Aprendí a
hacer nudos marinos, cabañas, puentes colgantes, fogatas en
medio de un viento fuerte, una canoa, máscaras de teatro.
A colectar huellas de animales, a observar las nervaduras
de las hojas. Leía el mundo, éste se agrandaba y yo me
colaba en él. Por fin salía de mi cuarto. Descubría que
era posible tener un dominio sobre las cosas. Esto no me
había ocurrido nunca en la escuela, donde salvo escasos
momentos no había conocido más que humillaciones, el
miedo o el aburrimiento.
El Manual del explorador me ofrecía la idea de un
universo completo, inventariado. Tenía el encanto poético
de las enciclopedias, que a veces encontraba también en
las láminas del Larousse que hojeaba en casa de mis abuelos
maternos cuando me aburría: aviones, banderas (sabía
reconocer las de un número sorprendente de países),
fieras, flores, barcos, peces, aves, pinturas antiguas. Mapas
geográficos e históricos a discreción.
Pude convencer a mis padres de que me era indispensable
el equivalente católico del manual, a pesar de las santurronerías
de las que fingía burlarme igual que ellos. Allí fue donde
aprendí en secreto una oración. Porque estaba pasando
entonces por una crisis mística y cada noche, en mi cama,
rogaba a Dios que nos protegiera a mí y a mis seres queridos.
Que nos hiciera vivir por siglos ilimitados. Pero no sabía
cómo rezar pues crecí en una familia atea. En Spirou me
abalanzaba sobre los episodios de la vida de San Francisco
Javier, en total clandestinidad. U n día él se flageló para
expiar los pecados del mundo. Yo caí de rodillas, igual que
en la imagen, tomé mi regla de plástico y me di unos cuantos
golpes (suaves) en la espalda, con temor de que mi madre
regresara del mercado. Creo que esa fue la única vez en
que la lectura se asoció para mí a un placer explícitamente
masoquista.
También leía muchos Signes de piste, unas novelas de
scouts que conseguía en la librería Oeters, situada en el
bulevar Sebastopol, a la que mi padre acudía casi todos
los días y de vez en cuando me llevaba. Disimulada al pie
de un estante en el que estaba lo que a mí me importaba,
trataba de que se olvidaran de mí. Oeters era muy alto y
casi no se movía. Nunca lo vi sin su pipa. Me intimidaba.
Me atemorizaba su mirada y también que me hiciera
preguntas en el terreno de los libros, que me resultaba tan
íntimo, tal como algunas personas temen a los fotógrafos,
como si éstos pudieran develar sus pequeños secretos.
Cuando cumplí once o doce años le regalé una pipa india
gigante que colocó sobre el escritorio que estaba a la
entrada de la librería. Lo veía como a un ogro.
Una vez cortadas las páginas de los Signes de piste corría,
también allí, a las ilustraciones.Tenía particular afecto por
una serie en la que un joven detective, el Gato-Tigre,
vivía cerca del palacio de Luxemburgo. Cada vez que paso
por la calle Guynemer pienso en él, y el jardín que suelo
atravesar le debe a él parte de su atmósfera misteriosa.
Infierno

En por todas partes, corrían a


m i c asa h a b ía l ib r e r o s
lo largo del pasillo que unía mi cuarto con las demás
habitaciones, o me separaba de ellas. No sé por qué un
día los lomos de los libros de pronto me parecieron
siniestros. Al menos tendrían otro aspecto si los cubriera
con esas cintas adhesivas de vivos colores que vendían en
la papelería. Lo más extraño es que logré convencer a
mis padres, quienes incluso patrocinaron mi proyecto y
me dieron dinero para comprar las cintas adhesivas. ¿Se
trataba de un último asalto de los colores antes de que se
rindieran frente a las letras? ¿O de un deseo de ocultar
lo que se disimulaba entre las páginas? No lo sé. Había
allí miles de obras y yo empecé a cubrir íntegramente
sus lomos alternando el rojo, el verde, el amarillo y el
azul. Al llegar a Aragón, cuando acababa de cubrir Los
comunistas y El campesino de París comprendí (o alguien
me lo sugirió) que era muy poco práctico no poder ya
leer los títulos. Así que recorté una ventanita en mis cintas
tornasoladas. En los años que siguieron, la cinta scotch se
despegó de las orillas, lo que dio a los libros una forma
enroscada. Más tarde alguien arrancó lo que quedaba del
adhesivo y la mayor parte de los lomos se hicieron trizas.
Los anaqueles quedaron así relegados al cuarto de lavado
en una mudanza.
Tenía doce años. A menudo estaba sola en casa; mi
madre salía a trabajar con sus padres, se iba de compras, qué
sé yo. Entre dos recortes, me ponía a investigar con avidez
sobre los secretos del sexo. Desde hacía mucho tiempo
había entendido que los libros eran un atajo privilegiado
para acercarse a ese tema. Muchos años antes, mi primo se
había enorgullecido de poseer uno (en su casa, a trescientos
kilómetros de allí, sin posibilidades de tener acceso a él
sobre todo porque no era “de mi edad”), que incluía unas
maravillosas láminas anatómicas que se podían desvestir
poco a poco, como muñecas. Era una época en la que
pasábamos horas jugando al doctor y la diferencia entre
los sexos no tenía ningún secreto para nosotros. ¿Por qué
la idea de esas láminas que se deshojaban prometía más
saber que nuestros trabajos prácticos? Éstos nos dejaban
en la puerta, afuera. Con el libro se podría ir más allá,
o más acá, alcanzar un sentido cifrado que llegaba a lo
esencial. Como si fuéramos a “ver” por fin cómo llegamos
al mundo. Me parece oír al terapeuta en su sillón diciendo:
“¿Cómo la concibieron sus padres? ¿Era eso? ¿La escena de
guerra de la que huía usted disimulándola con ayuda de sus
libros ilustrados?” Es posible.
Yo exploraba a diestra y siniestra. Claro que hubo
malos encuentros: en un libro titulado Exploraciones, una
fotografía de un rito de iniciación en el que un adulto
sujeta a un muchacho aterrorizado mientras que otro le
coloca en el hueco del vientre una placa llena de insectos
—imagen cuyo sadismo a la vez me repugnaba y fascinaba—;
en el catálogo de una exposición titulada The greatfamily of
men, una serie de fotografías sobre partos que me llenaban
de espanto (yo se las mostré una tarde a dos niñas de mi
grupo, quienes huyeron gritando aterrorizadas, lo cual
me reconfortó); los Trópicos de Henry Miller, censurados
durante mucho tiempo a causa de su pornografía; cierto
fragmento de Marcel Aymé en Lajument verte en el que un
padre violaba a sus hijas al llegar éstas a la pubertad. Igual
que había estado sola con mis terrores infantiles, ahora
estaba sola con mis descubrimientos, con los fantasmas
que me inquietaban, no podía decir ni pío a nadie más.
De la cabra martirizada por el lobo a las hijas violadas
por el padre, de las mujeres que daban a luz en medio de
un charco de sangre a las que Miller les levantaba la falda
sin consideración, el destino que me mostraban los libros
parecía terrorífico. ¿Debían mis padres haber sacado esos
libros de los estantes, recluirlos en un infierno? De ser así
habrían tenido que censurar la mitad de la biblioteca. Más
bien me hicieron falta palabras, que me hubieran dicho
palabras distintas.Yo no las encontraba.
En un acto que podía considerarse audaz para la época,
me dieron una página tomada de la revista L ’Express
en la que se reproducían fragmentos de un manual de
educación sexual sueco. Mi madre se alejó rápidamente
de la habitación como si acabara de depositar una bomba
entre mis manos: “Para que conozcas lo mismo que los
niños suecos”. Allí se hablaba de la mariposa de papá que
se posaba sobre la flor de mamá. Era un tanto insuficiente
para enfrentar a Miller.
Hoy en día es imposible imaginar hasta qué grado los
adolescentes estaban entonces desprovistos de palabras, de
imágenes en el ámbito del erotismo y del sentimiento
amoroso. Recuerdo que examinábamos la desnudez de
algunas estatuas que se reproducían en los manuales de
literatura de Lagarde y Michard o en los libros de historia,
y que por todos los pupitres circulaba un texto mal escrito
a máquina en el que se relataba con fuertes obscenidades
la noche de bodas de Madame de Sévigné. Con un fervor
semejante corría a las secciones “Prohibido a los padres” y
“Correo” de Top, una revista para adolescentes a la que me
habían suscrito. Algunas veces una muchacha confesaba
su atracción por un muchacho, sus conflictos con su
madre o el malestar que experimentaba en su cuerpo. Top
ofrecía algunas frases, más bien parcas, para comprender
la aventura en la que me había embarcado. Y fotos de
Marión Brando o de rocanroleros en cazadora de cuero.
Entre Marión y las estatuas de los manuales de historia se
iba foqando nuestra imagen sobre la masculinidad.
Mis pesquisas prosiguieron cuando tuve que convalecer
debido a una pleuresía, y mi madre y yo estuvimos juntas
en los Pirineos todo un invierno. Trepada en un árbol
desde el que podía divisar no a los hermanos de Ana,
sino las idas y venidas de los adultos, recorría números de
Selecciones del Reader’s Digest que tomaba del hotel y que
abordaban temas candentes con mayor o menor cercanía.
Así descubrí el intrigante método Ogino (gracias a los
anuncios), los tampones (que permitían nadar todo el año
pero cuyo manejo me seguía resultando misterioso) y que
había muchachas de mi edad que ya eran madres. Esas
lecturas eran doblemente perturbadoras por los temas que
abordaban y por el formato popular, “corriente”, del tipo
que nunca habría encontrado en mi casa.
Cuando mi madre se hallaba a mi lado en la sala de
estar del hotel, al contrario, leíamos verdaderos tratados de
elegancia: Vogue o La Maison Fran$aise. Ella soñaba frente
a vestidos o arquitecturas futuristas mientras yo tomaba
de ahí la inspiración para construir todo un mito familiar,
imaginándome que narraba a mis compañeras del liceo
que el padre de mi mamá tenía un castillo cerca deTongres,
Bélgica, igual al que acababa de ver en las fotografías.
Antes de dormirse, ella leía en inglés Cumbres borrascosas
de Emily Brónte y trataba de convencerme de hacer lo
mismo. Sin éxito, como sucedió con Julio Verne años
antes. Yo seguía devorando decididamente los Signes de
piste, que narraban el odio inicial y la posterior amistad
entre un scout francés y otro alemán, un marsellés y un
árabe; o policiacos como el Santo y Arsenio Lupín. Nuevos
amigos todos ellos en esos días de soledad. Astutos, aéreos
y gráciles como Peter Pan.
Liceo

Mis p e sq u isa s so b r e lo s m ist e r io s del sexo contaron


mucho para que yo empezara a leer otros libros distintos a
las historietas o a las novelas de exploradores. En cambio
la escuela no influyó en absoluto.
Tras la escuela comunal de Vanves continué en un
“buen” liceo para jovencitas, tanto por las maestras
normalistas que allí abundaban como por el aire que
se respiraba, a dos pasos del Bosque de Boloña, o por la
atmósfera burguesa propia del barrio de Auteuil.Yo me
sentía ajena allí, rodeada de alumnas acostumbradas en su
mayoría a vanagloriarse de que vivían en la calle Chardon-
Lagache, en la avenida Maréchal-Maunoury o en la calle
Michel-Ange, direcciones prestigiosas que bordeaba por
las mañanas, tras haber atravesado en autobús Vanves, Issy-
les-Moulineaux y sus fábricas y por último Boloña. Estaba
empezando a descubrir las clases sociales.
En ese buen liceo había varias profesoras al término
de su vida profesional, pero los dados estaban cargados:
muchas de las alumnas despreciaban a esas mujeres que
“debían trabajar para vivir” (cuando escribo esto, me
parece como si hubiera crecido en la época del Antiguo
Régimen). Y estaban al acecho de cualquier falla, un
dobladillo descosido, una media corrida, para divertirse
a costa de ello. No tenían que buscar mucho: con un
par de excepciones —una matemática judía y comunista
que valientemente repartía panfletos contra la guerra de
Argelia, a pesar de las burlas, o una historiadora viajera
y sibarita—, esas maestras ofrecían una galería de cuadros
clínicos a cual más patéticos, en los que la depresión se
codeaba con los tics, las manías o la locura.
Entre alumnas y maestras había pues una guerra de
trincheras. El enemigo deslizaba sobre nosotras, o sobre
la lista de nombres, una mirada helada que se tomaba su
tiempo antes de dejar caer la sentencia designando a quien
debía dar la clase.Yo hundía la cabeza entre los hombros,
afanándome en hacerme lo más plana posible, en que
nada mío llamara la atención. Mientras tanto me cuidaba,
si por desgracia me elegían, de decir el texto con una voz
neutra, sin jamás “ponerle algún énfasis”, sin una décima
de ese cuidado que habría desencadenado la orden de
ataque entre mis compañeras.
Porque la ironía se dirigía también hacia las alumnas
que mostraban cualquier debilidad, cualquier emoción o
fragilidad social, cualquier complicidad con el adversario.
Poco segura de mi legitimidad, aprendí a engañar y a
perderme entre el grupo. La defensa de los débiles que
nos enseñaban en las niñas exploradoras encontraba allí
su límite. Aunque no en todos los casos: todavía recuerdo
cómo Corinne S., quien se convertiría en una gran
estilista, puso en su lugar a unas arpías que se ensañaban
con una chica tímida. La admiré y sentí vergüenza de mi
cobardía.
En secundaria, la maestra que debía transmitirnos
el amor por la lengua francesa nos infligía con una voz
agónica el Román de Renart, de la Edad Media, que formaba
parte del programa. En historia se estudiaba entonces
Egipto, Grecia y Roma. Al año siguiente nos asestó las
Picardías de Scapin de Moliere con el mismo tono lúgubre,
mientras que las lecciones de historia estaban dedicadas
a la Edad Media. Nunca se nos ocurrió la idea de que
pudiera haber la menor relación entre lo que aprendíamos
en las diferentes disciplinas.
Yo dibujaba palitos, sesenta, al principio de cada clase,
y los iba tachando a medida que transcurrían los minutos.
El liceo volvió ilegibles para mí los textos clásicos y hasta
la fecha no he podido reponerme. Sin embargo aprendí
de memoria muchas poesías o parlamentos que lamento
haber olvidado: si algún día estuviera secuestrada, relegada,
cortada de todo contacto, no podría repetir ningún texto.
Y sé bien que muchos prisioneros han encontrado en
algunas estrofas la energía para permanecer vivos. Sólo me
quedan esas rimas de la Leyenda de los siglos, que narran
la huida de Caín y de los suyos hasta la tumba en donde
el ojo lo mira. Por primera vez había “visto” imágenes
leyendo: el ojo de cordero que nos obligaban a disecar
en ciencias naturales tomaba proporciones gigantescas y
se deslizaba hasta los cementerios. Lejos de contener mis
fobias, el gran teatro deVictor Hugo las agravaba.
En esos años jamás tuve la suerte de toparme con uno
de esos maestros que pueden hacerle sentir a uno que los
clásicos fueron escritos especialmente para nosotros, que
están tan frescos como un huevo del día. Lo cual sí me
ocurrió con un crítico maravilloso, Michel Cournot, años
más tarde en la revista Le Nouvel Observateur: una mañana,
tengo veinticinco años, bajo a toda velocidad cinco pisos
para correr a comprar Chrétien de Troyes después de haber
leído un artículo intitulado “Casi no ha nevado sobre
usted”.
La escuela casi nunca me hizo sentir que lo que allí se
enseñaba tenía algo que ver conmigo. Si algo aprendí en
esos años se lo debo a mis padres. Mi madre me obligaba
a hacer dictados, me explicaba la estructura de la lengua.
Aunque yo rezongaba, la cosa iba marchando. Apenas le
preguntaba el significado de una palabra, ella consultaba
el diccionario Littré. Eso me exasperaba pues habría sido
muy simple que me respondiera de manera aproximada
o me diera un ejemplo. Y toda mi vida he manejado
diccionarios. A veces, cuando la geología me desagradaba,
me llevaba a recoger guijarros. Una noche en que todos
dormían la acompañé hasta una calle cercana, con una
linterna, un martillo y un buril en la mano, y la ayudé
a robar una cantera que ella ya había detectado por la
belleza de sus fósiles. Al acecho, sorprendida y angustiada
ante tantas transgresiones, miraba a mi madre arrancar un
fragmento de la era secundaria de un muro que se estaba
desplomando.
Antes de cada examen trimestral de matemáticas, mi
padre me ponía al corriente, divertido, en un fin de
semana. Ambos me mostraban de paso que en las materias
podía haber espacio para un placer, para una elección:
un giro sintáctico o una demostración matemática más
elegante que otra. Día tras día me enseñaban que el saber
era deseable y el mundo, sorprendente. Aunque empleaba
las horas de clase para tachar palitos, no tenía problemas
para pasar de un grado a otro.
Sin embargo, soy injusta al hablar así del liceo, pues a
una maestra de allí le debo el haber conocido Los más bellos
poemas de la lengua francesa, dos discos que me gustaron
tanto que los llevé conmigo cuando partimos rumbo
a América Latina, unos meses más tarde. Era una mujer
joven, algo pálida, de cabello castaño y opaco, cuyo abrigo
sugería que no era rica, mucho menos que la mayoría de las
alumnas de ese distrito xvi al que le prodigaba su juventud.
Un día murió el actor Gérard Philippe y ella rompió en
llanto. Esa expresión de una emoción en medio de una clase
era algo excepcional y me sentí incómoda. Poco después
llevó un tocadiscos para que escucháramos poemas, en voz
de María Casares y del hombre que acababa de morir. Me
sorprendió su esfuerzo, que se hubiera tomado la molestia de
transportar ese objeto tan estorboso para compartir lo que a
ella le gustaba.
Sólo fue mi profesora durante un trimestre, pero
también me transmitió, por algunos años, el gusto por
los poetas del siglo xvi, Louise Labé o Du Bellay. Y
durante mucho tiempo conservé (¿donde estará hoy día?)
un trabajo corregido donde escribió en el margen: “sé
siempre sencilla y espontánea como te conocí y todo
saldrá bien”. Me avergonzó no haber estado a la altura
de la idea que se había formado de mí, pues yo la juzgué
con mezquindad e irritación, no sé por qué, sintiéndome
obligada a mostrarme dura, a no aparentar nada, porque el
pudor de la adolescencia es inimaginable.
El recuerdo de esa joven mujer volvió a mi mente
un día en que E. me contó que les había llevado a sus
alumnos de un barrio popular algún poema medieval
para que lo escucharan. Pasado un primer momento de
estupor y de risas burlonas que algo tan extraño había
provocado, pidieron volver a escuchar el caset y algunos
incluso solicitaron, días después, una copia. Me imagino
que también a ellos les había conmovido el que ella
hubiera querido compartir lo que le gustaba, sin pensar ni
un segundo que fuera demasiado hermoso para ellos.
La Comedia Francesa

Un contribuyó también a que


a c o n te c im ie n to p o lít ic o
yo empezara a leer algo más que Spirou y los Signes de
piste. Mientras cubría los libros con cinta adhesiva, llegó al
poder De Gaulle.Y un compañero de trabajo de mi padre
fue promovido al gabinete de Malraux, recién nombrado
ministro de Cultura, porque en tiempos de la Resistencia
había liquidado a un colaboracionista de alto rango.
Aparte de esa acción de armas, lo único que sabía el vecino
era pescar con caña. La cultura le aburría soberanamente
y le pasaba a mi padre cuantas invitaciones recibía para
asistir a eventos. Así fue como durante años disfrutamos
de los mejores lugares en las salas subvencionadas de París,
o incluso del palco del propio ministro.
Yo vi el conjunto del repertorio clásico, llena de
placer frente a Moliere, llena de espanto cuando la madre
superiora en los Diálogos de las carmelitas, de Bernanos,
gritaba su horror ante la muerte (mientras que los adultos
parecían ignorar esos pánicos),llena de desconcierto frente
a la pasión de las mujeres de Racine o a los desgarramientos
de los Atridas revisitados por Giraudoux. No es imposible
que mi amor por Grecia, que abreva en múltiples
fuentes, sea también imputable a la felicidad que me
proporcionaron las palabras de Giraudoux. Como si ese
país fuera a restituirme, en cada paso, frases como “eso
tiene un nombre muy bello, mujer Narsés, eso se llama
aurora” (cito de memoria y probablemente me equivoco
pues mis anteojeras de adulto, que juzgan poco correcto
al dramaturgo en varios sentidos, me han impedido leerlo
de nuevo).
En el Palais Royal descubría el placer de la lengua y
trataba de reencontrarlo leyendo los textos de las piezas
que había visto. En Navidad me regalaron las obras
completas de Moliere en la edición de La Pléiade. Esa
posesión me llenó de orgullo. En unas semanas leí todas
sus comedias, incluso las desconocidas. Era una maravilla,
y podía compartirse, a diferencia de las emociones íntimas.
Yo sacaba provecho de mi nueva erudición con los que
aceptaban prestarme oídos, empezando con mis padres.
A veces, a la hora de la comida, comentábamos alguna
pieza o platicábamos de la vida de Poquelin y de los
Béjart, cuyo libertinaje me sorprendía. Esos adulterios y
ese Edipo a dos pasos de la Corte me parecían estar a
años-luz de nuestras cenas familiares.
No obstante, seguía la pista de su compañía y me
enorgullecía de conocerla como si fuera gente muy cercana
a mí. Sus descendientes me eran también completamente
familiares: coleccionaba los programas de los espectáculos
a los que asistía, me aprendía de memoria los nombres de
los actores de La Comedia Francesa, y todavía recuerdo,
entre los más antiguos, a Louis Seigner o Lise Delamare,
y entre los que acababan de egresar del Conservatorio,
a Catherine Samie, Jean-Paul Rousillon o Jean-Laurent
Cochet, quien me resultaba totalmente encantador aunque
estuviera muy lejos tanto de Marión Brando como de las
estatuas antiguas. Me interesaba todo lo que tenía que ver
con ellos: condiciones de trabajo, salario, compromisos,
y escuchaba lo que sabían mis padres. Mi papá me hizo
descubrir las memorias de Pierre-Aimé Touchard, que
había sido el administrador del teatro. Leerlas me hizo
sentirme todavía más en casa.
Para mí que siempre había estado al margen, esta
pertenencia prestada me encantaba, igual que me había
exaltado el sentimiento de pertenecer a los Exploradores
de Francia. El lazo amoroso que había sentido por el
escultismo (y, más concretamente, por algunos de sus
miembros) se desplazaba hacia el teatro. En él encontraba
un marco que me incluía, me daba un espacio (en la sala,
esperando el día en que, tal vez, yo subiría al escenario),
costumbres, casi un instructivo para la vida que tenía
frente a mí. Es extraño pero las pocas veces en que me he
sentido parte de un conjunto han sido los libros los que
lo iniciaron: no habría habido Exploradores de Francia sin
La patrulla de los castores, ni Comedia Francesa sin las obras
de Moliere o de Racine.
En las tablas del escenario, los textos clásicos estaban
vivos,bailaban el minué, reían, temblaban. Eran mis amigos:
amigos elegantes a los que había que visitar bien vestida,
y bebiendo Schweppes en el intermedio, lo que me parecía
el colmo del refinamiento. Ellos me entronizaban en un
mundo diferente, elegido. Pero nunca me vino a la mente
la idea de que pudiera usarlos como pose. Mis padres
vivían con naturalidad en compañía de los escritores, de
ayer o de hoy, y en la de los pintores o bailarines, por
curiosidad, por gusto de la poesía, del humor; por el
deseo de comprender un poco su condición humana y
el universo al que habían sido lanzados. Era lo único que
compartían.
Américas

El m u n d o se e n s a n c h ó de una manera insospechada


cuando partimos rumbo a Colombia, donde mi padre, ahora
experto en la ONU, sería profesor de matemáticas en un
instituto de urbanismo.Yo tenía trece años. Nadie se tomó
la molestia de preguntarme mi opinión. Yo estaba azorada,
indignada. En vano, la suerte estaba echada. Actualmente
me alegro por ello, pues aunque rechacé a Latinoamérica,
es mucho lo que ella me ha dado: los años que viví allí
han estado entre los más dichosos de mi juventud. Pero de
cualquier modo, partir fue un desgarramiento.
Durante la infancia siempre me gustó la idea del viaje y
solía dibujar planisferios de colores. Poco antes de nuestra
partida, todavía jugaba a veces con los objetos que mi padre
había traído de sus vuelos a Java, donde estuvo un año. Sola
en casa, sentada en un sillón, con las pantuflas de Air France,
descifraba un menú de platillos refinados, le explicaba a la
azafata por qué tal o cual elección: caviar, paté de hígado,
pierna de cordero, y me servía una bandeja.
No era el periplo lo que me gustaba, sino la idea del
lujo, esa Primera Clase que me habría permitido sentirme
en plano de igualdad con mis compañeras de la calle
Michel-Ange.Yo no tenía el menor deseo de partir. Desde
hacía un tiempo ya tenía una vida propia. Emigrar me
arrancaba de esa vida nueva y me hacía bajar algunos
peldaños de la escala en la que había subido, para caer
de nuevo en la casilla de Inicio, entre mis padres. Además
estaba enamorada (ya no recuerdo de quién, eso cambiaba
muy a menudo, pero en cada ocasión era algo absoluto,
definitivo). Sublevada, comprobaba que a mis padres no
les pasaba por la mente la idea de que yo pudiera sentir
afectos, penas de amor. Lo único que me consoló un poco
fue que antes de partir nos equipamos en la tienda Franck
e hijo, de la prestigiosa calle de Passy.
Subí al avión llevando en mi maleta el Manual del
explorador, mis libros de Moliere en la edición de La
Pléiade,los manuales de Lagarde y Michard y Los más bellos
poemas de la lenguafrancesa. En el bolsillo, un minúsculo oso
de peluche que extravié en el camino. Mi infancia había
quedado atrás. Después de algunos días en Nueva York,
llegamos a Bogotá una noche. Al llegar la mañana, Tintin
me ayudó otra vez a domesticar el nuevo escenario: por
la ventana de mi cuarto del hotel miraba en la calle a
mujeres de ruana con bebés en la espalda, y comparaba
sus sombreros con los de las indias de El templo del so/. Ya
estaba en América Latina y no podía creerlo. Lo único que
faltaba eran las llamas y eso me hacía sentir desconsolada.
Me encantaban esos ungulados altaneros de largas cejas
que escupían a la cara del que las importunaba. Como
el pato Donald, me vengaban de las humillaciones que
sufría, que experimenta cada niño debido a su tamaño
y a su dependencia de la buena voluntad de los adultos.
Todavía hoy me parece que sigo buscándolas, sin siquiera
pensar en ello, cada vez que me encuentro en un pueblo
latinoamericano.
Durante algunos meses prácticamente no abrí ningún
libro, pues estaba demasiado atrapada por los recorridos a
caballo que hacíamos por los Andes, los valles de plantas
tropicales, los paseos en las calles, los rostros desconocidos,
una nueva situación social y las diversiones que la
acompañaban. Ahora estudiaba por correspondencia; en
las mañanas despachaba mis tareas y disponía así del resto
del día para lo inédito, que surgía a cada paso.
La única lectura que me ayudaba a descifrarlo entonces
eran las cartas que escribía mi madre a su familia o sus
amigas. Dos veces por semana se sentaba en su escritorio
y describía nuestros paseos por la cordillera, el patio del
hotel de Pacho y el canto del pájaro, los colores de las
orquídeas, los naranjales, las casas rurales sin chimenea y
el humo que salía bajo los techos, las hormigas atravesando
las calles, cargadas de grandes hojas triangulares, los bananales,
las galerías azul marchito del teatro Colón y Bogotá de
noche, los gamines que dormían amontonados, envueltos en
periódicos bajo los portales, el supermercado —que aún no
existía en Europa—y el atado de retama verde del barrendero
entre los puestos del mercadito de frutas. Mil cosas. Algunas
veces adornaba sus cartas con dibujos que ilustraban escenas
de la calle, paisajes. Antes de que ella las enviara, yo las leía
como quien no quiere la cosa. Descubría todo lo que no
había visto pese a haber atravesado los mismos barrios, los
mismos paisajes. Entregada a mis tormentos sentimentales,
vestimenta y existenciales, no tenía ojos más que para mí
misma.
Un país producía bellas historias, y las de mi madre
me revelaban éste. Cuando las leía, el flujo en el que yo
me movía se cambiaba por un mundo pintado por un
miniaturista. Los días siguientes me fijaba: es cierto, hay
naranjales; casas de las que escapa humo; hormigas que
atraviesan la carretera; faltan tapas de las cloacas en las
calles.
Se me hizo costumbre y al poco tiempo ya estaba yo
observando por mi cuenta. Empecé a redactar también
mis pequeños reportajes, aunque de otra manera, en tareas
de geografía que le enviaba a un maestro a quien no le
preocupaban mucho los programas y que cada quincena
nos animaba a hacer alguna investigación sobre el país
en el que vivíamos. Me sentía feliz de escapar del liceo,
y también de descubrir que un maestro se entusiasmara
con mis hallazgos. Por primera vez redactaba mis deberes
con placer y daba los últimos toques a mi trabajo sobre
el cultivo del café o la arquitectura colonial para ese
destinatario tan atento. Me parece verme otra vez con la
estatura de mis trece años, en la biblioteca del instituto
donde trabajaba mi padre, de una arquitectura cuya
modernidad me maravillaba. Con paredes todas de ladrillo
y grandes ventanales, daba a unos patios con plantas de
colores; entre los libros crecían flores. En esa época en
Francia, las bibliotecas eran oscuras, austeras, con acervos
que no eran de libre acceso. Todo parecía decirle a una
adolescente que no tenía nada que hacer en ellas. La del
liceo me había convencido para siempre de mejor ni
intentarlo.
En Bogotá la bibliotecaria me recibió sonriendo como
se sonríe en esos países. Me explicó que estaba allí para
ayudarme pero que podía rebuscar a mi gusto, sin tener
que pedirle nada a nadie. Yo estaba en medio de todos
esos libros que se ofrecían, de esa vegetación tropical. A
mi lado trabajaban investigadores, estudiantes. No cabía
en mí de orgullo.
Sentada en el suelo, hojeaba con fervor la colección del
National Geographic) un objeto perfecto; nunca había visto
imágenes tan bellas. El mundo estaba allí, todo el mundo,
con sus cascadas, sus ríos, sus plantas, sus colores. Yo las
miraba, las deseaba, soñaba con poseer la revista, o más bien
con recortarla. Curiosamente, cuando durante nuestros
paseos de fin de semana veía esas fuentes, esos pájaros y
esas montañas sin las cuatro líneas que los enmarcaban en el
papel, no estoy segura de haber sentido el mismo goce.
Paisajes interiores

S in al menos
e m b a r g o , n in g u n a l e c t u r a m e a y u d ó ,
en los primeros tiempos, a encontrar palabras para los
nuevos paisajes interiores que ocupaban mi mente. Seguí
recibiendo Tintín y Spirou, a los que me había suscrito,
pero ya no me interesaban. El imaginario que construí en
la infancia había caducado. Ahora debía habitar el mundo
de otro modo e ignoraba cómo hacerlo. También en ese
caso no tenía a nadie con quien hablar, pues era demasiado
púdica, y demasiado solitaria, aunque a mi alrededor había
más gente que nunca antes. Algunos eran demasiado niños
y sólo compartía con ellos algunos juegos infantiles que se
habían prolongado. Los otros, demasiado mayores —pronto
viviría entre adultos jóvenes y me ocuparía en imitar su
soltura, como si me hubiera saltado la adolescencia—.
Pero en realidad no sabía qué hacer con mi cuerpo que
se transformaba, con unos deseos y unos sentimientos
demasiado grandes para mí. Una nueva búsqueda me
obsesionaba: estaba enamorada, perpetuamente. Cada
noche me quedaba dormida imaginándome en brazos
de alguien que a menudo cambiaba de rostro y a veces
de sexo (anteriormente tenía el osito de peluche que
había olvidado en el avión, y cuando estaba a punto de
dormirme le agarraba una de sus patas).
Todo era un problema: combinar mi ropa, moverme,
hablar, bailar, amar. De modo que hacía todo eso sin saber
cómo, y probablemente me las arreglaba tan bien como
cualquier otra. Pero viéndolo desde adentro, me parecía
como si fuera la única que se sentía perdida, que era
diferente de los demás, tal como antes era la única que no
iba al catecismo. Debía haber tenido instrucciones para
cada minuto. O al menos algunas palabras para entender
que todos eran igual de inseguros, igual de frágiles y
tímidos que yo.
Poco después de nuestra llegada a Bogotá, mi padre
organizó un cineclub en la Alianza Colombo-Francesa
para ocupar sus ratos libres. Después propuso encargarse
de la iluminación para el grupo de teatro, mientras que mi
madre la haría de apuntadora con los actores o diseñaría
el vestuario. Yo era la única niña del grupo y pasaba allí
varias noche por semana mientras los adultos jugaban a la
cultura. Me aburría, mascaba chicle y asistía a los ensayos
con un nebuloso sentimiento de exclusión. ¡Es tan largo
crecer!
Pronto se presentó la oportunidad de dejar mi
marginalidad, esa posición molesta de relativa invisibilidad.
Cierta noche en que la compañía inicia la preparación de
una obra amarga de Anouilh, Ardele ou la Marguerite, falta al
ensayo una muchacha. El director está inquieto, camina de
un lado para otro y pronto se da cuenta de mi existencia;
él, cuya mirada barría a todos sin detenerse jamás ni un
instante en mí, me pide que diga la réplica para que los
demás no pierdan su tiempo. Conozco bien la obra. La vi
en Francia, en la televisión. Le agrego el tono adecuado,
pongo empeño. Ríe y me mira sorprendido. Acaba de
descubrirme, tal como yo descubro las orquídeas, los
platanares. Mira a los demás y todos murmuran entre sí.
Tres días más tarde el papel es mío.
Así pues, haré un personaje con todas las de la ley. Mi
nombre figurará en el programa; y tendré un vestuario
diseñado especialmente para mí. Seré tan importante
como los demás.
Sin embargo, lo recíproco no era tan cierto: me concedía
más interés a mí misma que a los demás. Las noches en que
se ensayaban escenas donde yo no participaba, adopté la
costumbre de pedir prestadas las llaves para abrir los libreros
con vitrinas de la biblioteca. Rebuscaba, sacaba muchos
volúmenes, los hojeaba.Y me ponía a leer, tumbada en el
suelo entre dos cojines. Si llegaba el momento de irnos
y aún no había terminado el libro, me lo llevaba a casa
para devolverlo dos noches más tarde. En unos meses leí
todo el teatro que pude encontrar allí, de todas las épocas,
y algunas novelas. A la bibliotecaria le impresionaba que
me gustaran las obras de la alta cultura. En realidad no era
eso: más bien estaba en busca de un papel, de un rol que
me quedara. Me probaba roles como si fueran sombreros,
trataba de ajustar a mí tal o cual personaje, me construía mi
pequeño teatro. En especial, buscaba con pasión una obra
que me permitiera, en el escenario, encontrarme al fin en
brazos del ser que me había robado el corazón. Cuando ya
no tuve necesidad de ese subterfugio para estar en brazos
de alguien, el teatro dejó de interesarme tanto.
Al llegar el verano, durante dos noches seguidas
representamos en el teatro Colón ante más de mil personas
la obra que habíamos ensayado. Estaba muerta de pánico,
pero descubría el placer del público, la alegría de oírlo
reír en eco con mis réplicas, la paz que dan los aplausos,
como si me otorgaran un derecho a existir, el orgullo de
leer mi nombre al día siguiente en los periódicos. En esos
momentos soñé convertirme en actriz. Jamás me permití
confesarlo en los años posteriores, cuando regresé a una
vida mucho más gris, en Europa.
Preocupada por conservar mi posición entre los jóvenes
brillantes con los que alternaba en el escenario, traté de
acoplarme a sus aficiones y leí también algunos libros que
ocupaban sus conversaciones. Entre ellos Zazie en el metro,
de Queneau, sobre todo porque un vecino me apodaba
así. Me decepcionó; me había mandado hasta los barrios
populares de París mientras que yo vivía entre platanares
y oropeles del teatro. Algunas palabras con la ortografía
trastocada, un travestí, unos jeans, yo no entendía por qué
se hacían un mundo con esto. Además yo era esnob y esa
niñita era vulgar; me molestó mucho que me hubieran
comparado con ella. Yo me consideraba alguien con
vuelos mucho más altos: algún personaje del repertorio
clásico o, para gozar de las risas del público, de alguna
pieza de Feydeau que implicara juegos de lenguaje. Sin
embargo traté de leer Mi amigo Pierrot, del mismo autor,
que les entusiasmaba a todos. No le encontré el menor
gusto.
Más de una vez tuve esa impresión de quedarme afuera
de un terreno común que todos compartían. Ciertos
libros o películas, más que permitirme entrar al grupo,
acentuaban mi exclusión. Un día en que salía refunfuñando
del cine (me parecía elegante tener una actitud crítica), mi
madre me dijo que yo no había entendido nada: “no era
de mi edad”. La verdad, me habían pasado de contrabando
pues el film no era apto para menores. Herida, desde la
estatura de mis catorce años especulé largo tiempo sobre
las verdades ocultas que podía contener la película, al
grado de que leí en cada plano una alusión metafísica.
Al llegar la noche, expliqué mi análisis entre un plato y
otro. Ella preguntó qué era lo que yo buscaba. Lejos de mi
hermenéutica, en mi recuerdo, se trataba de un film sobre
la ambivalencia del sentimiento amoroso. En este sentido
ella se equivocaba.Yo ya tenía mucha experiencia.
Mis gruñidos se debían también a que todo lo que
amaban los adultos me resultaba sospechoso, por más que
me esforzara en plegarme a sus gustos. Todo lo que leía
era en contra de, si amaba una película era para deslindarme
de sus preferencias. Al menos en este terreno mis padres
fueron lo suficientemente ligeros o indiferentes como
para dejarme depender únicamente de mi cabeza.
Esas historias que yo tomaba de la biblioteca de la
Alianza y que en la mayoría de los casos he olvidado, rara
vez me ayudaban a resolver la intriga en la que estaba
inmersa ni bastaban para apaciguarme. A veces tenía que
leer cientos de páginas para entresacar alguna frase, unas
líneas. O en ocasiones nada. Y sin embargo el secreto de
las cosas debía estar escrito en algún lado. Transcrito en
fórmulas que iluminaran partes de la realidad.Ya no eran
imágenes lo que necesitaba, sino palabras combinadas en
frases radiantes. Me gustaban las máximas, los aforismos.
Podrían domesticarlo todo, aun lo peor, como esas Palabras
finales, una recopilación de frases ingeniosas pronunciadas
por agonizantes célebres, que leí con una mezcla de
humor y terror.
Como ya había hurgado entre los anaqueles familiares,
la biblioteca con plantas tropicales y los armarios de la
Alianza Colombo-Francesa,me lancé a explorar las páginas
de los manuales de literatura de Lagarde y Michard. Me
saltaba las notas biográficas, los comentarios fúnebres y
me iba directo a los textos. Y allí, a veces, hacía algún
hallazgo. La brevedad de los textos, que se frustraban en
el mejor momento, como en una novela por entregas
o una historieta, me incitaba en ocasiones a buscar la
continuación en las obras originales. De manera que soy
ingrata con esos manuales de los que a veces he hablado tan
mampuesto que en ellos recogí,además de sugerentes fotos
de esculturas, algunas flechas para vivir mejor. Fran^ois
Villon, su Balada de los colgados (me conmovía hasta las
lágrimas contarme entre esos amigos humanos a quienes
interpelaba, a los que cinco siglos antes había destinado
sus rimas de granuja); La Bruyére; La Rochefoucauld,
que desenmascaraba a los impostores y decía por fin la
verdad, me libraba de las muchachas que en el patio de
recreo habían confesado años antes, en un tono meloso,
algún pecadillo.Tomé prestadas las Máximas en la Alianza
Francesa, las leí entre risas y las releí con deleite.
De Donald a La Rochefoucauld, de Freud, Melanie
Klein o Lacan, que tanto contaron en mi vida, a Thomas
Bernhard que es uno de mis escritores preferidos, ha
habido un hilo conductor. Esos desencantados pulverizan
los sermones de los santurrones. Su lucidez, lejos de
ser desesperante, es tal vez la condición para que haya
menos barbarie. Como si en ellos el desastre pudiera
transformarse en una promesa. A la inversa, los puros,
los virtuosos, aquellos que no quieren saber nada de las
sombras, del miedo o de la falta, siempre me han inspirado
temor. Y la literatura que atraviesa bosques, llamaradas,
desesperanzas, siempre me ha parecido más interesante y,
paradójicamente, por una curiosa transfiguración que es
tal vez su esencia misma, más reconfortante que la que
habla de los pequeños placeres. Siempre y cuando encierre
esa fulguración de la inteligencia y ese asentimiento a la
vida que brotan de los escritos de Freud o de Bernhard;
o, de un modo ligeramente distinto, desde luego, de las
gesticulaciones del patito refunfuñón de mi infancia.
También estuvo Montaigne. El capítulo “De la amistad”.
Por fin encontraba unas palabras para nombrar lo que
sentía. Cuando amaba a un muchacho, eso se llamaba
amor; cuando amaba a una muchacha con la pasión que
Montaigne sentía por La Boétie, eso se llamaba amistad.
Así pues, todo estaba en orden en mi vida igual que todo
estaba en orden en los libros. Nadie en esa época se había
arriesgado todavía a hablar de la homosexualidad de
Montaigne.
Divagaciones

C uando v o l v im o s a tenía casi dieciséis años.Tuve


F r a n c ia
que retomar el camino del liceo, del que me había salvado
tres años. Otra vez el rebaño, la blusa beige, bajo la mirada
de prefectas que escrutaban el menor rastro de maquillaje,
medían la altura de la falda, el corte de los pantalones, que
debían ser “no ajustados” y de color oscuro. Me asfixiaba;
de pronto el mundo se había encogido bajo mis pies. Me
sentía perdida; sigo odiando esos años.
Con la presión del examen de fin de bachillerato —y en
esa época eran dos—me extravié menos en los manuales
para recoger algunas frases, leí menos, utilicé menos los
pases del Ministerio de Cultura para entrar a la obras de
teatro. Pero en cambio seguí visitando los libros en busca
del misterio de los seres que me atraían. En busca de
rebelión, y de una nueva tierra de adopción.
Con una frecuencia desconcertante seguí enamo­
rándome, y leyendo para tratar de explorar los secretos del
ser deseado y descubrir algún presagio que me indicara algo
sobre mis probabilidades de ser correspondida. Cualquier
texto que descubría entre sus manos se convertía en un
signo para ayudarme a descifrarlo (me pregunto cómo
harán los adolescentes en la actualidad para acercarse a la
llave del corazón amado si ahora disimulan sus lecturas
tanto como se dice). Pero para iniciarse en el lenguaje de
los libros no había ningún manual, como esos que enseñan
el simbolismo de las flores.Y donde yo imaginaba tesoros, a
veces sufrí algunas decepciones. Recuerdo una pasión que
no sobrevivió a la tentativa de lectura deTroyat, que según
el objeto de mi pasión nunca lo había decepcionado. No
sé qué fue lo que me desagradó tanto (pues mis gustos no
eran demasiado refinados), pero al cerrarlo ya consideraba
al ser amado con otros ojos. Otras veces, el enigma se
hacía aún más indescifrable. Afligida de que estuvieran
veladas para mí zonas enteras de la espesura de las cosas,
me dedicaba a hacer interpretaciones sin fin.
Thierry Laget lo dice muy bien cuando evoca a un
muchacho que intenta develar los secretos del corazón
de una joven interrogando los poemas de Baudelaire que
tanto le gustaban a ella. El misterio se hace aún mayor:
“Me sentí desconcertado: la carne estaba efectivamente
allí, y el verbo, los perfumes, la cabellera, esa feminidad
que me perturbaba y de la que buscaba la clave libresca.
Pero todo tenía una escala desmesurada, atemorizante,
vertiginosa, y me era imposible hacer coincidir los versos
del poeta con las sonrisas tímidas, con los rizos y el
perfume indefinido de Catherine”.5
Así fue como devoré Los Thibault, empeñándome en
hacerlo coincidir con un rostro descontento y rebelde
que no me tomaba en cuenta, barría al mundo con su
desprecio y tenía como uno de sus principales atractivos
una pose que me recordaba la de Rimbaud pintado por
Fantin-Latour, imagen que, una vez más, se reproducía
en un manual de Lagarde y Michard. Era la época en que
copiaba en un cuaderno poemas de Rimbaud, Apollinaire,
Éluard, Prévert. De vez en cuando completaba mi
florilegio con incursiones en otros siglos, otros países, y

5 Thierry Laget, A des dieux inconnus, Gallimard, París, 2003, p. 69.


esos versos suavizaban un poco mi dificultad para vivir, mis
sentimientos de exilio, ese eterno preguntarse si habría un
lugar para mí, si habría alguien que me amara. Recuerdo
haberme ilusionado con el romance de Apollinaire y Lou
(entonces ignoraba que sólo había durado una semana)
pero he olvidado todos los pensamientos que pasaban por
mi mente al hojear ese cuaderno, y las rimas que tanto
amé se extinguieron. Si algún día llego a releerlas ya no
lograrán conmoverme igual que antes. Me sorprende
haber perdido, desde que entré en mis treinta, la gran
felicidad que sentía leyendo poesía.
En el liceo, el recorrido literario se detenía precisamente
en Rimbaud, o más bien en el Barco ebrio. No se hacía la
menor alusión a los episodios de la vida del poeta que no
se adecuaban a las buenas costumbres. Como mi padre no
dejaba de repetirlos, yo retaba a la profesora con bromas.
Nunca se me ocurrió pensar que esas mujeres estaban
obligadas a plegarse a las reglas y que se ponían en riesgo
si las infringían. Salvo raras excepciones, cada una de ellas
encarnaba a la institución escolar que nos oprimía y por
eso mismo nos resultaba detestable.
Me habría gustado además que nos hablaran del
mundo en que vivimos. Pero los programas escolares no
querían saber nada de las figuras que construyeron la
modernidad: Picasso, Stravinsky, Freud, Proust o Bretón;
por no hablar de lo que pasaba en otros países, de los que
no teníamos la menor idea salvo, de cuando en cuando,
a través de los cursos de lenguas extranjeras. Recurrí a lo
que yo consideraba de mi tiempo: Salut les copains y el
existencialismo. En Salut les copains, que compré durante
algunos meses, recortaba las fotos de cantantes que tenían
mi edad, las fijaba con tachuelas en la pared, empeñándome
enseguida en rascar en una guitarra española de mi padre
los tres acordes que me sabía. Hasta el día en que pasé a los
roqueros anglosajones, más prestigiosos y mejores músicos.
Así como no escapé a Johnny y a Sylvie,6 tampoco me
libré de Sartre y Beauvoir, a quienes las corrientes de
moda nos presentaban como el referente en materia de
libertad y modernidad. Pero con esa libertad daban ganas
de pegarse un tiro. Recuerdo mi creciente malestar con
La edad de la razón, y mi obstinación por avanzar en esas
historias de abortos, esas atmósferas sofocantes en las que
todo era tan deprimente.
Sin embargo esa pareja se consideraba un modelo. Yo
me empeñaba en imitarlos, en conducir mi vida amorosa
tal como ellos decían hacerlo, entre amores necesarios
y contingentes. Incluso si sospechaba una impostura,
sorprendida de que A puerta cerrada o, más aún, La invitada,
donde la rival es asesinada abriendo las llaves del gas,
dijeran lo contrario de las proclamas sobre el amor libre.
Simone de Beauvoir reforzó mis prohibiciones más
ocultas, abriendo a las mujeres las puertas de la profesión
intelectual aunque a un precio muy alto: olvidarse de los
niños y renegar del propio cuerpo. Por lo menos ella tenía
un mérito, en ese mundo envejecido, chauvinista, anterior
al 68: sus memorias se leían como guías de viaje. Pues
yo estaba en busca de una tierra que me acogiera. Y si
bien mis lecturas eran en contra de -o al menos eso creía
yo- también tenía una inmensa necesidad de decirle sí al
mundo.

6 Johnny Holiday y Sylvie Vartan, cantantes franceses de pop.


Los estudios “extramuros”

L leg ó Mis padres habían


el t ie m p o d e eleg ir c a r r e r a .
soñado para mí un futuro de ingeniera física nuclear, a
imagen de Marie Curie. Aunque amaban con pasión los
libros, la pintura, la danza y el cine, cuando se trataba de
elegir profesión no se andaban con juegos. Una carrera
literaria, artística por fuerza, estaba bien para las hijas de la
vieja burguesía.Yo había nacido en el seno de una familia
de clase media en ascenso social; había que ser moderno,
de su época.Y lo moderno era la ciencia. Mi padre habría
preferido que me tomara dos años sacar el bachillerato
en el área de matemáticas que un año luchando por uno
en humanidades. Como Beauvoir, me empujaban hacia lo
neutro, a borrar mi cuerpo y mi sensibilidad. Había algo
que no era lícito. Debía llevar una vida ordenada y sólo
consolarme por las noches, con los libros y los sueños.
Los años en América Latina habían despertado mi
curiosidad por la diversidad de los países, de los pueblos.
Desde antes, cuando alguien me preguntaba lo que quería
ser de mayor, respondía “exploradora”. A los quince años
mi vocación se transformó en la de etnóloga, cuando vi
a mi madre ausentarse durante dos largas semanas para
abandonarse a la lectura de Tristes trópicos de Lévi-Strauss.
Así empecé mis estudios de sociología, que eran la puerta
de entrada obligada.
Las ciencias humanas eran también una forma de
negociar entre las letras y las ciencias. Pero las clases a
las que asistía me aburrían, salvo contadas excepciones.
A pesar de algunas claves para comprender el siglo,
¡cuánto polvo, cuánto cientificismo, jergas especializadas,
dogmatismos! Como el día en que un gran profesor
decretó que si queríamos entender algo de la sociedad
había un autor que debíamos evitar a toda costa: Freud.
Evidentemente, atravesé la plaza de la Sorbona, corrí a
una librería para comprar esos libros que olían a azufre
y de los que ya me había hablado mi madre, pues había
sido alumna del psicoanalista Lagache en el Instituto de
Psicología. Nunca más volví a soltarlos.
No podía entender (ni lograré entenderlo nunca) que
la sociología sólo tratara a los humanos de manera general,
que no considerara las singularidades de los hombres y
mujeres que forman el conjunto. Que se construyera
en contra de los saberes existentes, en vez de acercarse a
ellos. Igualmente asombrosa me parecía la obsesión de los
etnólogos por aislar a sus sujetos de estudio, su voluntad
de limitarse a las sociedades sin escritura. A mí lo que
me interesaba era lo que ocurría cuando un pueblo se
encontraba con otro o se enfrentaba a la modernidad.
Quería entender lo que había visto en América Latina, en
las calles, en el campo; por qué esa gente estaba condenada
a la pobreza, a las humillaciones. Pero no se debía a una
toma de conciencia intelectual: la explotación, el desprecio,
la condescendencia del Norte hacia el Sur me resultaban
insoportables porque yo había amado ese continente (y
sobre todo, unos seres que vivían en él y que había perdido
para siempre).
Curiosamente nunca me topé con Balandier, cuyos
trabajos leí sin embargo, tal vez porque estaba asociado al
Africa que me inquietaba, pues mi padre acababa de vivir
allí un año difícil en plena descolonización. Más tarde me
acerqué a algunos geógrafos que trataban sobre el “desa­
rrollo”. En su busca de legitimidad, corrían detrás de los
economistas marxistas. La universidad obligaba entonces
a escoger algún bando, entre un marxismo duro que le
ponía a uno una mordaza y se declinaba en múltiples va­
riantes, y el liberalismo de un Raymond Barre con su
toga y acariciando su armiño, o de un Raymond Aron,
tanto menos atractivo porque mi abuelo lo admiraba.
Había algo que no alcanzaba a entender en esos bandos
parapetados, esas obsesiones disciplinarias. Lo cual no me
impedía obtener notas brillantes; desde hacía tiempo había
descubierto que era posible funcionar en los sistemas sin
entenderlos en absoluto. Sobre todo porque, también aquí,
deseaba formar parte del grupo. Me sentía culpable de mi
incapacidad para lograrlo, de ese sentimiento de exilio.
No soporté la escuela y no me sentía a gusto en
la universidad -y toda mi vida me sentí al margen de
las instituciones—. Desde los años en Colombia me
había lanzado a trabajar sola, a hacerme de una cultura
“extramuros”. Paseaba por museos y librerías, descubría
la pintura, la arquitecura vernacular, el mundo árabe de
Jacques Berque, los inuits de Malaurie, los Brazzavilles de
Balandier, la Anatolia de Mahmout Makal, los nambikwara
de Lévi-Strauss. Revisité América Latina al lado de René
Dumont, leí todos los demás títulos de la colección Tierra
Humana a medida que iban apareciendo. Y también
a Duvignaud, a Claude Lefort, y a muchos más que ya
he olvidado. Porque salvo algunas excepciones —Tintín,
Freud, los títulos de Tierra Humana- antes de cumplir
veinte años me deshice de todos los libros que había leído,
incluidos los que me acompañaron en mis estudios.Ya no
recuerdo siquiera lo que hice con ellos (¿acaso los vendí
para sacar algo de dinero?), ni el momento en que llevé a
cabo esas repudiaciones.
Cientos de estudiantes desertaban de las clases y se
fugaban hacia las calles o los cafés, tal como yo lo hacía.
Los días posteriores al 68 pusieron fin a esos extravíos
con la instauración de lo que se bautizó con la terrible
expresión “control permanente”. Desde entonces fue
imposible vivir la vida que había conocido, en la que
abandonábamos las aulas y las cambiábamos por los libros
o revistas, y donde lo esencial ocurría en las discusiones
en tabernas, las sesiones sobre cine a la hora de la comida
(allí fue donde descubrimos a Bergman, a Godard, a
Antonioni), los paseos por las riberas del río... que pronto
se convertirían en autopistas.
A esta edad en la que se ama vivir en grupo, me sentía
sola. Aun cuando tenía una vida amorosa (difícil) y algunos
compañeros, no le hablaba a nadie acerca de mis miedos;
de esa impresión de ser radicalmente diferente a los que
me rodeaban porque pensaba que todos ellos, o casi todos,
compartían una soltura de la que yo carecía. Me empeñaba
entonces en disimular, mostrando una seguridad que no
tenía. El aire de los tiempos, que empezaba a presentarse
como libertario, redoblaba mis dificultades. Yo estaba poco
dotada para los cambios frecuentes de pareja. Me afligían,
y también sufría por mi incapacidad para alinearme a las
normas ideológicas del momento.
Esa inquietud cesó cuando encontré en Bretón un
modelo, una legitimación. “Es en verdad como si me
hubiera perdido y de pronto alguien viniera a darme
noticias mías”; era él quien me daba esas noticias. Yo
viviría como en el Amor loco o en Nadja. Amaba su gusto
por lo maravilloso, por el amor, por los extravíos al azar de
las calles, por las muñecas Hopi. Su compromiso político,
su curiosidad por el psicoanálisis, su dandismo. Su deseo
de vivir todo esto en un solo movimiento. Soñar en la
calle Fontaine (por donde más tarde pasaría dos veces a la
semana durante años con uno de mis psicoanalistas) era
para mí un refugio. También en ese caso mis libros me
aseguraban que no estaba loca, que había otras maneras
de vivir, de pensar, diferentes a las que reinaban en la
universidad.
Lo mismo los viajes. Cada verano atravesaba las fron­
teras y descubría que el País de Nunca Jamás existía: el
Mediterráneo. Cuando tenía que regresar a clases me
quedaba el país de papel. Me construía un Sur mítico
leyendo al Camus de Bodas, al Gide de Los alimentos
terrestres, el Bello verano de Pavese, a Vittorini, Durrell.
Reencontraba incluso a Miller, cuya obscenidad ya no
me preocupaba. Me gustaba que se lanzara a la vida.
Los escritores que hablaban del Mediterráneo o de
América jugaban el papel que habían tenido para mí Peter
Pan oTintin: me sacaban de un mundo triste, deprimente.
Como también lo hacían, de modo distinto, los periodistas,
y acudía al Nouvel Observateur con el mismo ánimo que en
otros tiempos buscaba Spirou para encontrar a aquellos que
me fascinaban con su pluma: Michel Cournot o Claude
Roy (mis maestros de literatura durante años),Jean-Louis
Bory, Jean-Francis Held, Katia Kaupp, Maurice Clavel.
La lectura del Nouvel Obs, de Le Monde, de los libros
de ciencias humanas, me abría a un entendimiento de
lo político que en ocasiones le daba sentido a lo que vi
en Colombia o en mis escapadas al Mediterráneo. A los
diecinueve años asistí por primera vez a una manifestación
contra la guerra deVietnam. Me sentía intimidada, incapaz
de gritar (y lo seguiría dejar siendo por mucho tiempo),
interrogándome, una vez más, acerca de la manera como
iba vestida, los gestos que eran convenientes. Había todo
un saber implícito que los demás parecían compartir y
que a mí se me escapaba. Pero no tuve mucho tiempo
para preocuparme ya que alguien dijo que “formáramos
cadenas” porque estaba por iniciarse la represión policiaca.
La promesa abstracta de una humanidad fraterna era
sustituida por una proximidad más real, carnal incluso,
pues de pronto me veía tomada de la mano de un
obrero, sintiéndome torpe, pero tranquilizada de verme
flanqueada por ese asistente frecuente, y conmovida de
que se hubiera tomado la molestia de venir a expresar su
solidaridad tras su jornada en la fábrica.
Nunca se me ocurrió en esa época, o posteriormente,
afiliarme a algún grupo de extrema izquierda o partido,
porque si bien había cantidad de opresiones o humillaciones
que me indignaban y me hacían lanzarme a las calles, el
dogmatismo y los juegos de poder me asfixiaban. Mi
principal asunto era pues (y lo seguiría siendo en los
cientos de manifestaciones en que participé) encontrar un
lugar entre las banderas que formaban un contingente. Casi
siempre iba a dar a esos espacios indefinidos que separaban
a dos grupos, o a las banquetas, donde se codeaban miles
de personas que seguramente eran como yo.
Atravesando el abismo

Al marché por las calles de París día


l l e g a r M a y o d e l 68
tras día, escuché a la gente que se arremolinaba y discutía por
todo el bulevar Saint-Michel, a otros que tocaban el piano
en la vieja Sorbona. Por fin se movía Francia. Pero había
algo que me impedía gozar de la fiesta: estaba sufriendo una
pena de amor. Sabía que pronto me iban a “cortar” y tenía
miedo de no volver a encontrar alguien que me amara. El
júbilo del ambiente contrastaba con mi estado, haciéndolo
más doloroso aún, como el efecto que tiene la primavera
sobre un deprimido. Sin embargo, deambulaba y observaba
todo, sintiéndome parte integral de esos jóvenes que ya no
soportaban el mundo sombrío en el que habían crecido.
Yo estaba con ellos de todo corazón. Pero no parecían darse
cuenta y yo no me atrevía a internarme más en su círculo,
a tomar la palabra en alguna asamblea o en las calles. Un
poco a escondidas, como siempre, me regocijaba, y también
me preocupaba, de ese abandono a los deseos. Por la noche
regresaba a casa de mis padres y me hundía en un abismo
tratando de ocultarlo lo mejor que podía. No tenía la
menor idea de qué iba a ser de mi vida ni veía cómo podría
encontrar un lugar en el mundo.

En los meses que siguieron, la literatura me salvó. En


mi búsqueda de un país prestado, había elegido: amaría a
Grecia. Tal vez eso comenzó con una fiesta en un lugar
del Peloponeso, un 15 de agosto. El autobús rodaba hacia
Olimpia; de vez en cuando se detenía en alguna aldea y
en todas partes la gente bailaba. Algunos hombres saltaban,
unidos a los siguientes por un pañuelo blanco, dibujando
con sus pasos un círculo que permanecía abierto. Yo los
miraba por la ventana del autobús, conmovida hasta las
lágrimas; todo ese sentimiento amoroso sin objeto tenía
por fin dónde emplearse, en esa gente, esos instrumentos
musicales, esos árboles de plátano mecidos por el viento,
esos cafés iluminados, esas inscripciones en una lengua que
me acercaba a los orígenes. El país entero era un libro por
descifrar, con caracteres desconocidos que poco a poco fui
elucidando.
Si Grecia había caído bajo una dictadura, esa era una
razón adicional para amarla. Al igual que Seferis, adonde me
llevaran mis viajes Grecia me dolía, mi desdicha hacía eco
a la suya. Las penas de amor o la crisis existencial no son
las peores formas de encontrarse con un país. Una vez más,
nuestras asociaciones no tienen escrúpulos, que en los sueños
suelen representar un conflicto amoroso mediante imágenes
de guerra, o una traición por medio de una masacre.
Cuando se reanudaron las clases en la Escuela de Lenguas
Orientales, comencé a aprender griego moderno. Tenía
más de veinte años cuando descubrí que un maestro podía
ofrecerme el mundo. Mientras que sus colegas nos hacían
repetir como autómatas frases que parecían sacadas del
método Asimil, Christos Papazoglou nos lanzó de lleno en
la poesía de Elytis, Kavafis, en las novelas de Papadiamantis
o las canciones de los fumadores de opio. Igual que mis
compañeros de clase, durante varios años viví tiempos de
embeleso. No había gripe que nos impidiera asistir a una
clase. No sabría decir en qué consistía ese encantamiento.
Nos gustaba escucharlo porque amaba tanto lo que nos
ayudaba a descubrir, admirábamos cómo elaboraba su
pensamiento, cómo buscaba los sentidos múltiples de un
texto, sin jamás limitarlos. Aunque tomaba libremente
préstamos del marxismo, de la semiología, del psicoanálisis,
éstos no formaban un sistema. Cada instante lo escrito vivía,
se escapaba, danzaba. Y cuando lo leía, ya sola, la ronda del
15 de agosto volvía a formarse.
Christos y la literatura griega inauguraban para mí una
larga serie oriental, en la que algunos escritores me llevarían
del sur de España y de Italia hasta las tierras de Levante.
En esos años leí con fervor a Lorca, Shéhadé, Maiakovski,
Nazim Hikmet, Fadhma Amrouche. Me acompañaban a
cada paso.

Dos veces al año iba a Grecia.Y así como intento decir


lo que fueron mis encuentros con algunos libros, tendría
que escribir sobre el choque con algunos países, reconstituir
esa historia desde mi infancia. Grecia se componía tanto
de lo que yo había leído como de lo que descubría en ella.
O más bien, eran una sola y misma cosa. Algunas veces,
ya avanzada la noche, el dueño de alguna taberna o café
cerraba puertas y ventanas y todo el mundo empezaba a
cantar clandestinamente los poemas de Seferis o de Elytis
musicalizados por Theodorakis. Cuando me quedaba
dormida, sus palabras me visitaban en sueños. Al llegar la
mañana, cuando la barca bordeaba la costa, a mi mente
regresaban versos de alguno de ellos, o de Kavafis, y me
repetía:

Pero ¿qué buscan nuestras almas, viajando así


Sobre puentes de barcos hechos trizas
Amontonados entre mujeres pálidas y niños que lloran,
A quienes no pueden distraer ni los peces voladores
N i las estrellas que los mástiles designan con su punta ...

O bien:
Itaca te ha dado un bello viaje,
/

sin ella no te habrías puesto en marcha.


Pero ya no tiene más que ofrecerte.

Yo miraba al que gobernaba el timón y pensaba en


Stratis, el marino de Seferis que no osaba acercarse a
la sirena tras haber estado con una prostituta. Seguía el
dibujo de las islas, eran montañas “con vientre de elefante
arrugado”. Si miraba alguna falla en la roca, acudían las
pequeñas focas de Elytis, “que, de noche, en submarinas
grutas, lloran las tristezas de los hombres”.Y muchos más
versos.
Un día, una verdadera foca de buen tamaño emergió
cerca de la barca. Sopló ruidosamente y tuvimos tiempo
de mirarla con detenimiento. Luego se sumergió de
nuevo. Me sentí conmovida y trastornada. Sentía que las
focas, los delfines, las cabras y los burros velaban sobre
mí. Tal como el pequeño Michka, muchos años antes.
Ya no estaba sola, un país entero me arrullaba. El Egeo,
los animales, las plantas, los objetos que los poetas habían
cantado, un simple cántaro cuya forma comparó Elytis
con las caderas de la bella Myrto, compartían mi pena.
Si trato de reconstruir el estado en que me encontraba,
no viene a mi mente un poema griego sino una frase de
Jouve:“Tenía el corazón abierto al dolor de las flores”.
Seferis, Kavafis, Elytis, Ritsos, Homero, Hesiodo me
ayudaron así a atravesar el abismo hasta el inicio de los años
setenta, cuando mi vida se vio felizmente trastocada. Me
evitaron tal vez caer en las garras de un psiquiatra. Y me
enseñaron a acoger lo que la vida ofrece, cada instante.
Hubo también una autobiografía que me acompañó
como una Biblia: la Carta al Greco, en la que Kazantzaki
expresaba sus temores, su lucha por sobreponerse al
sufrimiento y conjugar dos impulsos antagónicos que
vivían en él: “¿Cómo armonizar a esos dos antepasados
que luchan dentro de mí, el fuego y la tierra? Yo sentía
que ese era mi deber, mi único deber: reconciliar a los
ir reconciliables...” Sin establecer nunca de manera explícita
la relación con mi propia dificultad para conciliar en mí
a mis padres, el libro le daba un sentido lírico al caos
que experimentaba, a la tensión que habitaba en mí. Eran
páginas enteras que me ayudaban a transfigurar mi pena.
Por fin me sentía en casa.

En los libros recogí abundante material para hacer


del mundo un lugar más habitable y sin embargo aún no
había leído nada o casi nada. El mundo de los libros se
abría frente a mí.
Muy bellas horas

En como objetor de con­


l a b ib lio t e c a d o n d e tra b a ja b a
ciencia, Mamar me contó sobre el placer que experimentó
al toparse con un libro que leyó en su infancia: “Era incluso
más conmovedor que una foto, y yo no tengo fotos mías
de cuando era pequeño”. Las fotos que poseo de esa época
me recuerdan muy poco a la niña que fui pese a que busco
en ellas algún detalle que se me hubiera escapado hasta
ahora, algo imprevisto (igual me gusta mirar lo que se halla
al reverso de los recortes de periódicos de hace veinte o
treinta años). Igual que Mamar en la biblioteca de Mulhouse,
a veces deambulo frente a las vitrinas de las librerías de viejo
y encuentro en ellas muchos de los libros que hojeé siendo
niña y que no estaban destinados a mí: Picasso por Brassai,
París por Prévert, los enamorados de Peynet, la revista
Cahiers d’art (Cuadernos de arte).
Algunos tenían nombres que siempre me intrigaban:
Llévame al fin del mundo o Sortilegio malayo y, por encima
de todos, uno que tenía escrito en el lomo Marie, mere de
Dieu (María, madre de Dios) que hasta la fecha sigue en
mi biblioteca. O Las muy bellas horas del duque de Berry,
cuyas láminas en miniatura me fascinaban y en las que
más de una vez busqué un pasadizo oculto que me llevaría
hasta el secreto. ¿Acaso era el hecho de que las cuatro
estaciones estuvieran reunidas en una misma imagen lo
que me fascinaba?
En El circo, el escritor suizo Ramuz nos lleva por las
calles de un pueblito que cada noche se llena de personas
una al lado de otra, todas en busca de un mismo consuelo.
Esa noche se ha instalado una carpa y todos marchan
hacia allá. En la plaza refulgente de luces, a la entrada del
circo unas pinturas evocan el África, la India, el Ecuador y
el Polo. Escribe Ramuz: “Llegaron frente a algunas figuras
pintadas: está el Polo Norte y el hielo, está un oso blanco,
está la selva virgen, y una palmera; y las cosas que están
separadas habían sido reunidas, y ellos mismos estaban
separados y después ya no lo estaban”.7
El arte, la literatura, acercan lo que habitualmente
está separado, como el oso polar y la selva virgen, y
esas vecindades poseen una fuerza poética. Empujan
las representaciones habituales, suscitan el movimiento.
Suelen desplazarnos todavía más cuando se convocan
esas tierras lejanas que nos vinculan con lo más profundo
de nosotros mismos. Al reunir lo que está separado, nos
reparan un poco, nos consuelan y nos relacionan con los
demás, al menos por un tiempo.
Me parece que mi vida ha consistido de inicio en
encontrar un lugar, en acondicionar espacios donde
sostenerme, y que las historias leídas, pero también las
imágenes —las que entresacaba de los libros o las barras de
chocolate o las que pinté torpemente—, me ayudaron de
manera decisiva a hacerlo. Para mí la lectura estaba muy
cercana al arte de las chozas. Algunos niños pequeños suelen
agarrar un libro ilustrado y ponérselo en la cabeza, como
si fuera un techo. Cuando viajo por países desconocidos

7 Le Cirque, versión publicada en 1936 enVerseau, en Lausana, y vuelto a


publicar por Secuencias en 1985.
y cae la noche sobre el hotel, me basta un libro abierto
para sentirme en casa. Durante mucho tiempo sólo logré
esa sensación en momentos de gracia siempre fugitivos,
estando en brazos de aquellas y aquellos a los que amaba,
o en algunos paisajes, pinturas y libros. Cuando faltaban
unos, corría hacia los otros. Les doy gracias por existir.
Sin embargo en los libros, sobre todo cuando ofrecían
ilustraciones, tal vez buscaba aún otra cosa (¿o es lo
mismo?): una mirada que me habría devuelto una imagen
mía más “equilibrada” que la realidad que experimentaba,
en la que se habrían mezclado armoniosamente los flujos
sanguíneos de los seres que me habían dado origen. Las
palmeras y la nieve.
Casi todos los libros de arte de mi infancia se dispersaron
por los cuatro vientos cuando mi padre los vendió para
pagar la milésima parte de las deudas que había contraído,
igual que se deshizo de casi todos los objetos que había
traído de sus viajes. En una casa desconocida ha quedado
así el kriss indonesio de plata que dormía solo en un cajón
y del que se decía que no debía guardarse nunca cerca
de objetos contundentes porque empezarían a pelear. En
otras viviendas, en medio de muebles que desconozco, las
obras que despertarían mis recuerdos esperan que alguien
las mire. Frente a ellas tal vez pasan niños que de vez en
cuando se preguntan cuáles son esas “muy bellas horas”
que componen un libro.
Escribir

A lo lar g o d e las v id a s que viví después de cumplir


mis veinte años, volví a encontrar la serie oriental, de
Albert Cohén a Kawadias o Chalamov, de Erri de Luca
a Marina Tsvetaeva, de Orhan Pamuk aTanizaki. La etapa
se amplió a Europa central, con esos inmensos hermanos
que son Rilke, Kleist, Ramuz, Bernhard, Nizon, Bouvier.
A la América Latina un día reencontrada, de Felisberto
Hernández a Juan Rulfo, y a la España de Javier Marías
o de Rivas. Al mundo, a todo tipo de escritores con los
que me topé en las librerías. Y al país en que nací, donde
Proust, Duras, Calaferte, Genet, Quignard, Michon,
Jouve, Le Clézio y muchos otros me ayudaron a vivir y
me convidaron a una fiesta de la inteligencia.
A merced de los amores, de los encuentros, de los
viajes, construí mi habitación, donde el piso sigue estando
un poco inestable al menor signo de viento, al menor
cambio de escenario. Pero la literatura, en todas las
épocas, me sigue siendo indispensable. Porque allá donde
vivo, en una de las más bellas ciudades europeas, como
en cualquier otro lugar (o más que en otros lugares), la
gente recita sin fin palabras convencionales, utiliza la
misma jerga, los mismos comentarios. Estamos enfermos
de lenguaje, somos grises, previsibles. Durante mucho
tiempo me resultó insoportable saber de memoria lo que
iban a decirme, oírme repetir algunas fórmulas, poner una
mordaza en la boca de los demás. Sentía vergüenza. Eso
ha disminuido un poco; ahora soy más tolerante. Sé que
uno no se puede inventar cada segundo. No obstante, por
las noches busco palabras limpias de polvo, de las frases en
medio de las cuales rodaron. Leo. Los libros me arrojan a
los caminos.
A veces, al contrario, tapan el paisaje y debo luchar
en su contra. Con mis psicoanalistas (he cansado a tres),
las cosas nunca funcionan: o hay pocos y temo que él
“sólo” haya leído esto, o hay demasiados y me cansan, o
no se encuentran en el lugar adecuado. Con uno de ellos
el diván estaba rodeado de libreros hasta el techo, que
tenía unos cinco metros de altura en dos de sus lados.
U n riel corría a todo lo largo y sobre él se recargaba una
escalera; un gato solía pasearse. En ocasiones el lomo de
un libro me distraía, me guiñaba el ojo. Reconocía en
él un título que había visto antes en casa de mis padres.
Mientras me deshacía los ojos tratando de descifrar los
nombres escritos en los libros de la editorial Pauvert
que estaban hasta arriba, el psicoanalista, colocado detrás
de mí en forma perpendicular, dibujaba y miraba hacia
afuera cómo se movían los árboles. Sentía como si él
estuviera en la playa o en el jardín del Edén mientras yo
me encontraba castigada entre las palabras. Veinte veces
tuve que reprochárselo.
Como cualquier parisina que tiene un apartamento
miniatura y un hambre atroz de libros, lucho también
contra ellos en mi casa y de vez en cuando sus lomos me
parecen siniestros, aunque no me decido a cubrirlos con
cinta adhesiva. Entonces pongo delante de ellos taijetas
postales que representan riberas, vergeles, pájaros, un bollo
pintado por Manet; o marionetas del teatro de sombras
turco, una maqueta de una barca traída del Egeo, animales
guaraníes esculpidos en madera.
No recuerdo quién dijo que lo más bello en los museos
eran las ventanas. No es verdad, pocos paisajes resisten al
lado de un Cézanne o de un Bonnard. En cambio, lo más
bello en una biblioteca serían las brechas que dan hacia
los jardines, los pasajes que llevan a caminos. Los patios
con plantas tropicales en medio de los libros, tal como los
que contemplaba mientras estudiaba en Bogotá.
Si releo estos recuerdos, encuentro en ellos cantidad
de cosas que algunos jóvenes me han contado durante los
últimos doce años, cuando evocaban su propia infancia:
el descubrimiento de un mundo, de un paisaje propios,
gracias a los libros; la lectura como fuga, fuera de los muros
de la familia y de la casa; la liberación de la soledad, el
consuelo; el temor a la intrusión de los adultos; el desagrado
por los clásicos en la escuela, salvo cuando un profesor logra
transmitir su pasión; el paso a otras lecturas en la búsqueda
de los misterios del sexo; la necesidad de imágenes que
nos envuelvan y luego, más tarde, en la adolescencia, de
frases resplandecientes que nos ayuden a expresarnos; la
importancia de la lejanía y las metáforas; el descubrimiento
vital de que hay otras voces aparte de las que nos fueron
impuestas; el eclecticismo (pues la eficacia simbólica no
siempre está ligada a la calidad estética). El hecho de que se
lea por motivos que no tienen nada que ver con el gusto
desinteresado por el Bien y lo Bello. Toda mi vida leí por
curiosidad insaciable, para leerme a mí misma, para poner
palabras sobre mis deseos, heridas o miedos; para transfigurar
mis penas, construir un poco de sentido, salvar el pellejo.
Para tomar noticias del mundo. Como cualquier historia de
lector, la mía está dibujada con líneas punteadas; se reduce
a algunos fragmentos, algunas escenas primarias en cuyas
huellas se inscribieron muchas de mis lecturas posteriores.
En cambio numerosos libros que leí en esos primeros años,
de Alicia en el país de las maravillas a El gato con botas, de los
relatos de exploraciones de Paul-Émile Victor a la biografía
de Marie Curie, de La guerra de los botones a El gran Meaulnes,
sólo me aburrieron o me distrajeron en su momento. Pero
no hablo aquí sino de las huellas conscientes.Y lo esencial
está quizá en los olvidos...
Vuelvo a encontrar también lo que me dijeron algunos
lectores que venían de países del Sur, o algunos escritores
nacidos en tierras colonizadas: a veces la lengua, la litera­
tura, no nos dan el menor lugar, pero un día podemos
intentar que digan otra cosa. Yo no leía más que historias
de varones. Y en el fondo sigo haciéndolo. Si miro los
estantes de mi biblioteca, en lo esencial sigue siendo un
mundo de hombres. Hombres que en buen número de
casos declararon su misoginia sin pudor. Muchas veces he
pensado que las mujeres no son rencorosas, pues son las
que más leen pese a ser ignoradas o satanizadas por tantos
libros. Pese a que los escritores más lúcidos han confesado
que la escritura les fue transmitida por una mujer, ya sea
su madre o su abuela, pero que por la literatura intentan
prescindir de ellas.
Cuando era niña o adolescente no encontré palabras
ni imágenes para expresar a la muchacha que había en mí.
Sólo encontré varones con destinos envidiables. Los libros
con los que me topé en esa época me revelaron mi parte
varonil, aventurera. Para descubrir a la mujer que era sólo
me quedaba el amor. El psicoanálisis. Las mujeres que se
reunirían para pensar, en los años que seguirían.Y tal vez
la escritura.
Esta fue algo prohibido durante mucho tiempo; la
sentía como el privilegio de mi madre. Tocarla era como
robarle sus vestidos. Apenas tenía que escribir una taijeta
postal, me sentía tan incómoda como si estuviera en un
probador de ropa, bajo la luz del neón: “Queridos padres,
estoy bien, como bien, me estoy divirtiendo mucho. Hasta
pronto”.
A la edad en que leía a Mickey, había intentado cometer
un plagio. Como estaba segura de que ella no abriría el
libro ilustrado, copié un poema que encontré en el globito
de una historieta. Era algo en el estilo: “Ah, qué dulce es
oír a las abejas hacer su encantador bzzz, bzzz, y a los
pájaros su bello cuiiii, cuiii”, etcétera. Corrí a mostrarle
mi obra maestra, consciente de mi impostura aunque
demasiado deseosa de recibir un reconocimiento que
algunas palabras acomodadas de manera inusual pudieran
asegurarme. Esbozando una sonrisa me dijo: “qué lindo”,
y yo me alejé con la tristeza y la vergüenza de saber que
ese cumplido no era para mí.
Los adultos sabían hacerlo todo y nosotros, nada. Los
niños están en la misma posición de los actores a los que
Godard abrumaba porque en todos los terrenos él era
más hábil, hasta cuando se trataba de caminar de manos.
Mi madre sabía caminar de manos, bailar y hacer judo;
escribía poemas o novelas y, en mi opinión, era muy buena,
aun cuando no tuviera los medios para darlos a conocer
más allá de sus allegados.Y me admiraba la forma en que
hacía trazos, con talento y humor, en contraste con los
míos, que siempre se pasaban lamentablemente cuando yo
hubiera querido que se detuvieran. Por su parte, mi padre
podía armar cualquier rompecabezas, conocía todo acerca
de las ciencias, la historia, la literatura; traía papel y lápiz
para responder las preguntas que hacen los niños sobre las
estrellas, los glaciares, el funcionamiento del teléfono o
de los cohetes. Armaba barcos, muebles, talleres de autos
en miniatura, o panoplias de indios. Ambos eran muy
inteligentes y muy inadaptados.
A veces obtenía buenas calificaciones en francés o en
dibujo, incluso era lo habitual, pero me daba la impresión
de que era gracias a una idea que ella me había “soplado”.
Así pues, yo estaba fuera del juego, la lengua no me dejaba
espacio.
Para habitar la lengua materna tuve que dar un rodeo
muy largo, a través de otras sonoridades, de otros países.
Al graduarme de Lenguas Orientales pasó por mi mente
la idea de convertirme en traductora literaria. Habíamos
trasvasado al francés algunos pasajes de Axion Esti y
Christos le mostró nuestros intentos a Elytis, que entonces
vivía en París. “Me interesa, que venga a verme”, dijo el
poeta tras haber leído mis ensayos. Salí corriendo al otro
lado.
Me prohibí a mí misma ese camino; le di la media
vuelta a la literatura. No porque alguna vez haya dejado
de leer o escribir. Pero durante mucho tiempo me gané la
vida redactando cuartillas sobre los temas más aburridos,
textos que otros firmaban. Trabajé con las materias más
alejadas de mí, de mis intereses. Me desvié hacia asuntos
cercanos a los que manejaba mi padre: urbanismo o
economía, que según él mismo le aburrían; a la menor
oportunidad los cambiaba por algún pasatiempo artístico
o científico. Hasta el momento en que empecé a trabajar
en ese extraño objeto: la lectura. No obstante, tal vez
seguí haciendo una concesión a mis padres, que habían
soñado con tener una Marie Curie: soy “ingeniera” en
investigaciones en un laboratorio del Centro Nacional
de la Investigación Científica, situado en la esquina de
la calle que lleva el nombre de la renombrada física. Creí
conveniente conservar ese estatus para preservar una
libertad de pensar y de conjugar los enfoques que no
habría tenido con las restricciones disciplinarias que debe
observar un investigador. Aunque ¿quién sabe?
U n día, durante una sesión de psicoanálisis, al hablar de
un sueño recordé el momento en que Tintín, tras haber
recorrido todo el mundo en busca de un tesoro, descubre
que éste se hallaba escondido justo bajo sus pies. Al día
siguiente me vino a la mente una fotografía de Boubat:
en un jardín de otoño, una niña se ha confeccionado un
vestido con las hojas caídas. Tomé unas hojas de papel y
me puse a escribir.
Esta obra fue impresa en el mes de febrero del 2009
en los talleres de Brosmac S.L., que se localizan en
M óstoles (Madrid), y la encuadernación se realizó
en los talleres de Encuadernaciones Tudela S.L.,
que se localizan enVillaviciosa de O dón (Madrid).