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PIES DE CIERVA

H. HURNARD

PARTE PRIMERA

“Son mis lágrimas mi pan de día y de noche”


(Salmo 42,4)

1. Invitación a los lugares altos

Esta es la historia de cómo Miedosa escapó de sus parientes


Temerosos y fue con el Rey-Pastor a los lugares altos, donde el
“perfecto amor echa fuera el temor”.

Este era un personaje extraordinario, pues siendo soberano


absoluto de aquellos territorios donde se desenvuelve nuestra
historia, debido a un gran afecto que sentía por todos sus
súbditos, decidió dejar la capital de su Reino, con toda su
grandeza, y bajar al valle para vestir el humilde traje de pastor,
con el fin de conocer más de cerca y poder ayudar mejor a su
pueblo en sus necesidades. Sobre todo la suprema necesidad de
vencer el temor, ya que la región donde Miedosa residía se
llamaba el “Valle de la Humillación” y por consiguiente, aunque
no lo pareciera, pues todos hacían lo mejor posible para
disimularlo y aparentar alegría, vivían todos aterrados ante el
inevitable fin que les esperaba, tratando de sacar el mejor
provecho posible de su pasajera existencia. Pero cuanto más lo
procuraban menos lo lograban, y su condición era de lo más

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miserable, correspondiendo bien a los nombres con que son
designados en la presente alegoría.

Por algún tiempo Miedosa había estado al servicio del Rey-


Pastor, viviendo con sus amigas y compañeras Misericordia y
Paz en una pequeña casita blanca situada en el pueblecito junto
al río Pánico. Le gustaba mucho su trabajo y deseaba
intensamente poder complacer al Rey-Pastor, pero aunque era
feliz de muchas maneras desde que entró a su servicio, era
consciente de varias cosas que le estorbaban en su trabajo y le
causaban mucho disgusto y vergüenza en lo secreto de su
corazón. En primer lugar era fea, mal formada; con los pies tan
torcidos que a menudo la hacían cojear y tropezar durante su
trabajo. Tenía también el defecto de una boca deforme que
desfiguraba en gran manera, tanto su expresión como su habla, y
estaba tristemente consciente de que estos defectos suscitaban
repugnancia y menosprecio a muchos que sabían que estaba al
servicio del gran Rey-Pastor. Por eso anhelaba grandemente la
liberación de estos defectos para venir a ser tan bella, graciosa y
fuerte como lo eran algunos de los otros obreros de su insigne
Amo, y sobre todo venir a ser ella misma semejante al Rey-
Pastor. Pero temía que no pudiera haber liberación de esos
tremendos desfiguramientos y que ellos continuaban
malogrando su servicio.

Había otra dificultad aún más grande en su vida. Ella era


miembro de la familia de los Temerosos, y sus parientes se
hallaban esparcidos por todo el valle, de modo que en realidad
nunca podría librarse de ellos. Siendo huérfana había sido criada
en la casa de su tía la pobre señora Pesimista, con sus dos
primos, Malhumorado y Apocado y el hermano de éstos su
primo Malicioso, que era un gran pendenciero, quien

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habitualmente la atormentaba y perseguía sin dejarla tranquila.
Como muchas de las otras familias que vivían en el Valle de la
Humillación, todos los Temerosos odiaban al Rey-Pastor y
trataban de boicotear a sus siervos, y naturalmente era para ellos
una gran ofensa que uno de su propia familia hubiese entrado a
su servicio. En consecuencia, hacían todo lo que podían, ya sea
por amenazas y persuasiones para sacarla de su empleo. Un
triste día le presentaron el fallo familiar de que debería casarse
con su primo Malicioso e instalarse respetablemente entre su
propia gente. Si rehusaba a hacerlo de su propia voluntad, ellos
la amenazarían y la obligarían.

La pobre Miedosa se sentía por supuesto horrorizada con la


mera idea de ello, pero sus parientes siempre la habían aterrado
y nunca habían aprendido a resistir o a ignorar sus amenazas.
Así que aparentó someterse, pero repitiendo en su interior una y
otra vez que nada la induciría a casarse con Malicioso, aunque
no era capaz de escapar de su presencia. La desagradable
entrevista duró bastante tiempo, y cuando finalmente la dejaron
por un momento, ya eran las primeras horas de la noche. Con un
respiro de alivio, Miedosa recordó que el Rey-Pastor estaría
entonces guiando sus rebaños a sus acostumbrados lugares
donde bebían agua, junto a una hermosa cascada y estanque en
el confín del pueblo. Ella estaba acostumbrada a ir a este lugar
cada día muy temprano por la mañana para encontrarle y
escuchar sus deseos y mandamientos para el día, y otra vez, en
los atardeceres iba para dar un informe del trabajo del día. Ahora
mismo era hora de encontrarle junto al estanque, y sintió que
seguramente El podría ayudarle y no permitir a sus parientes que
la secuestraran y la forzaran a dejar su servicio, sujetándola a la
esclavitud horrorosa que resultaría de su casamiento con
Malicioso.

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Aún sacudida con temor y sin tiempo para enjugar las
lágrimas de su rostro, Miedosa cerró la puerta de la casita y
comenzó a encaminarse hacia la cascada y el estanque. La quieta
luz del atardecer estaba cubriendo el Valle de sombra de Muerte
con un brillo dorado, cuando ella dejó el pueblo y comenzó a
cruzar los campos. Más allá del río, las montañas que limitaban
el lado este del valle como torres de defensa, se veían ya teñidas
de rosa, y sus profundas gargantas estaban llenas de bellas y
misteriosas sombras. En la paz y tranquilidad de este calmo
atardecer, la pobre y aterrada Miedosa llegó al estanque donde el
Rey-Pastor la estaba esperando, y le contó acerca de su horrible
compromiso. ¿Qué puedo hacer? decía llorando cuando terminó
su explicación. ¿Cómo podré escapar? Ellos realmente no me
pueden forzar a casarme con mi primo Malicioso, ¿no es así?
¡Oh! exclamaba ella, apesadumbrada con el solo pensamiento de
tal perspectiva, ya es suficientemente horrible ser Miedosa, pero
pensar en ser la señora de Malicioso por el resto de mi vida y
que nunca podré escapar del tormento que ello significa, es más
de lo que yo puedo soportar. No temas, dijo amablemente el
Pastor, tú estás en mi servicio, y si confías en mí ellos no serán
capaces de forzarte contra tu voluntad a hacer ninguna alianza
familiar. Pero nunca debes permitir que tus parientes Temerosos
se metan en tu casita, porque son enemigos del Rey-Pastor, que
te ha tomado para su tarea. Lo sé, oh, lo sé, lloraba Miedosa,
pero siempre que encuentro a cualquiera de mis parientes parece
que pierdo mis fuerzas y simplemente no les puedo resistir, no
importa cuánto procure hacerlo. Mientras viva en el Valle no
puedo evitar el encuentro con ellos. Están por todas partes y
ahora que han determinado someterme a su poder, nunca me
atreveré a salir fuera de mi casita por temor a ser secuestrada.

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A medida que hablaba levantó sus ojos y miró a través del
Valle y el río a los hermosos picos iluminados por el sol
crepuscular, y entonces exclamó en un anhelo desesperado: ¡Oh,
si tan sólo pudiera escapar de este Valle de la Humillación para
siempre e ir a los Lugares Altos, completamente fuera del
alcance de los Temerosos y mis otros parientes! No había
acabado de pronunciar estas palabras cuando con total asombro
de su parte el Pastor contestó: He esperado por largo tiempo
oírte hacer tal sugerencia, Miedosa, sería de verdad lo mejor
para ti dejar el Valle de la Humillación por los Lugares Altos, y
Yo estaría muy complacido de guiarte hacia ese lugar. Los
declives más bajos de esas montañas al otro lado del río son las
fronteras del Reino de mi Padre, el Reino del Amor. Allí no
existen temores de ninguna clase porque “el perfecto amor echa
fuera el temor y todo lo que atormenta”. Miedosa le miró con
asombro. ¡Ir a los Lugares Altos! exclamó. ¿Y vivir allí? ¡Oh, si
solamente pudiera! Por los últimos meses este anhelo nunca me
ha abandonado. Pienso en ello día y noche, pero no es posible.
Nunca podría llegar allí. Estoy demasiado estropeada. A medida
que hablaba miró hacia abajo a sus pies malformados y otra vez
sus ojos se llenaron de lágrimas y le sobrevino la desesperación
y la autocompasión. Las montañas son tan escarpadas y
peligrosas. Me dijeron que sólo los pies de ciervos pueden
moverse con seguridad en esos lugares. Es muy cierto que eso
de subir a los Lugares Altos es a la vez difícil y peligroso, dijo
el Rey-Pastor. Tiene que serlo, para que ningún enemigo del
Amor pueda ascender e invadir el Reino. Nada imperfecto o
defectuoso es admitido allí, y los habitantes de los Lugares Altos
necesitan “pies de ciervo”, Yo mismo los tengo, añadió con una
sonrisa, y como un joven ciervo o un corzo, puedo ir brincando
por las montañas y saltando sobre las colinas con la más grande
facilidad y placer. Pero Miedosa, yo podría hacerte esos pies

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también a ti, y colocarte sobre los Lugares Altos. Podrías
servirme entonces de forma más completa y estar fuera del
alcance de todos tus enemigos. Estoy contento de oír que has
estado anhelando subir allá, y, como dije antes, he estado
esperando que tú hicieras esta sugerencia. Entonces, agregó con
otra sonrisa, nunca más tendrás que encontrarte con Malicioso si
vienes allí. Miedosa le miró con sospecha. Hacer mis pies como
de cierva, repitió, ¿cómo puede ser esto posible? ¿y qué dirán
los habitantes del Reino del Amor ante la presencia de una
pequeña maltrecha con una cara fea y una boca torcida, si nada
imperfecto y feo puede habitar allí? Es verdad, dijo el Pastor,
que tú tendrás que ser cambiada antes de que puedas vivir en los
Lugares Altos, pero si es que tienes deseos de ir conmigo, te
prometo ayudarte a desarrollar los pies de cierva. Allí arriba en
las montañas, a medida que te acercas al sitio real de los Lugares
Altos, el aire es fresco y vigorizante. Fortalece todo el cuerpo y
hay manantiales con maravillosas propiedades curativas, de
modo que aquellos que se bañan allí todos sus defectos y
deformidades desaparecen.

Pero hay otra cosa que debo decirte. No sólo tengo que
hacer tus pies como de cierva, sino que también tendrás que
recibir otro nombre, puesto que sería imposible para una
Miedosa, así como a cualquier otro miembro de la familia de los
Temerosos, el entrar en el Reino del Amor. ¿Deseas ser
completamente cambiada, Miedosa, y recibir el nuevo nombre si
te hace una ciudadana del Reino del Amor? Ella asintió con su
cabeza y dijo muy seriamente: Sí, lo deseo. Nuevamente Él
sonrió, pero añadió seriamente: Todavía hay una cosa más, la
más importante de todas. A nadie se le permite morar en el
Reino del Amor, a menos que tenga la flor del Amor ya
floreciente en su corazón. ¿Ha sido plantada la flor del Amor en

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tu corazón, Miedosa? Cuando el Rey-Pastor decía esto la miraba
muy fijamente y ella se daba cuenta que Sus ojos estaban
hurgando dentro de las mismas profundidades de su corazón, y
conocía todo lo que había allí mucho mejor que ella misma. Por
largo tiempo guardó silencio y no respondió, pues no estaba
segura de lo que podría decir, sino que más bien miró vacilante a
los ojos que la observaban en forma tan penetrante y se
apercibió que los mismos tenían el poder de reflejar aquello
sobre lo cual miraban.

Así ella pudo ver su propio corazón como Él lo veía, por lo


tanto, después de una larga pausa contestó: Creo que lo que está
creciendo allí es un gran anhelo de experimentar el gozo del
amor humano, natural, y de aprender en forma suprema el amor
hacia una persona que me ame recíprocamente. Pero quizás este
deseo, natural y bueno como parece no es el amor del cual tú
está hablando. Hizo una nueva pausa y entonces añadió
honestamente y casi temblando: Yo veo creciendo en mi
corazón el anhelo de ser amada y admirada, Rey-Pastor, pero no
creo que esa sea la clase de amor del que tú estás hablando, por
lo menos, no es nada parecido al amor que puedo ver en ti.
Entonces, ¿me dejarás plantar la semilla del Amor verdadero allí
y ahora? preguntó el Rey-Pastor. Tomará algún tiempo para que
desarrolles los pies de cierva y puedas escalar los Lugares Altos,
y si yo pongo la semilla en tu corazón ahora estará lista para
florecer para el tiempo que tú llegues allí. Miedosa se encogió y
retrocedió un tanto. Tengo miedo, dijo, oí decir que si en
realidad amas a alguien le estás dando poder a ese ser para
herirte y causarte dolor como nadie más puede hacerlo. Eso es
verdad, asintió el Rey-Pastor. Amar significa someterte al poder
de la persona amada y volverte muy vulnerable al dolor, y tú le
tienes mucho miedo al dolor, ¿no es así? Ella asintió con aire

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triste y entonces dijo con cierta vergüenza: Sí, tengo mucho
miedo. Pero es tan maravilloso el amar, dijo el Rey-Pastor con
calma es tan maravilloso amar, aun si tú no eres amada
recíprocamente. Hay dolor, ciertamente, pero el amor no lo toma
en cuenta como algo muy importante.

Miedosa pensó súbitamente que Él tenía los ojos más


pacientes que jamás hubiera visto. Al mismo tiempo, había algo
en ellos que le herían en su corazón, a pesar de que no podía
decir porqué, pero aún permanecía en una actitud de retraerse
con temor y decir (pronunciando las palabras muy rápidamente
porque en alguna manera estaba avergonzada de las mismas):
Nunca me atrevería a amar a menos que estuviese segura de ser
amada recíprocamente. Si te dejo plantar la semilla del Amor en
mi corazón, ¿me darás la promesa de que ese amor me será
devuelto? No podría sobrellevarlo de otra manera. La sonrisa
con la cual Él la miró era la más amable y dulce que jamás había
visto, pero nuevamente, y por la misma razón indefinible que la
vez anterior, trató de hacerla reaccionar. Sí, dijo Él sin dudar, te
prometo que cuando la planta del Amor esté para florecer en tu
corazón y cuando estés lista para cambiar tu nombre, entonces
serás amada.

Un estremecimiento de gozo le sacudió de los pies a la


cabeza. Parecía demasiado maravilloso para creerlo, pero el
Rey-Pastor mismo era quien estaba haciendo la promesa, y de
una cosa estaba ella bien segura, Él no podía mentir. Por favor,
planta el Amor en mi corazón ahora, dijo ella débilmente. Pobre
alma, todavía estaba muy temerosa, aun cuando se le había
prometido la cosa más grande del mundo.

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El Rey-Pastor puso una mano en Su pecho, y sacó algo que
dejó en la palma de Su otra mano. Entonces extendió esta mano
hacia donde estaba Miedosa, y dijo: He aquí la semilla del
Amor. Ella se inclinó para mirar, dio un pequeño grito de
espanto y retrocedió. Ciertamente había una semilla en la palma
de Su mano, pero tenía exactamente la forma de una espina larga
y puntiaguda. Miedosa había notado muchas veces que las
manos del Pastor estaban heridas y llenas de cicatrices, pero
ahora veía que la cicatriz en la palma de la mano que sostenía la
semilla tenía la misma forma y tamaño de la semilla del Amor
que estaba allí. La semilla parece muy aguda, dijo ella apocada,
¿no me herirá si la pones dentro de mi corazón? El le respondió
gentilmente: Es tan aguda que se introduce muy rápidamente, y
es más Miedosa, ya te he advertido que el Amor y el Dolor van
juntos, por lo menos por un tiempo. Si vas a conocer el Amor,
debes conocer también el dolor. Miedosa miró a la espina y se
estremeció. Entonces miró al rostro del Pastor y recordó las
palabras que había oído: “Cuando la semilla del Amor en tu
corazón esté lista para florecer, podrás ser amada” y un nuevo y
extraño valor se apoderó de ella. Súbitamente dio un paso
adelante, desnudó su pecho y dijo: Por favor, planta la semilla
aquí en mi corazón. Su rostro se iluminó con una sonrisa de
gozo y El dijo con una nota de regocijo en Su voz: Ahora estarás
capacitada para ir conmigo a los Lugares Altos y ser una
ciudadana del Reino de mi Padre, sin impedimentos ni temor.

Entonces El presionó la espina dentro de su corazón. Tal


como le había dicho, le causó un dolor penetrante, pero la metió
muy rápidamente y entonces, de pronto, una dulzura como
nunca antes había imaginado se apoderó de ella. Era una dulzura
con un dejo amargo, pero lo dulce era más fuerte. Ella pensó en
las palabras del Rey-Pastor: “Es tan maravilloso el poder amar”,

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y sus pálidas mejillas súbitamente se encendieron de tono rosa y
sus ojos brillaron. Por un momento Miedosa no parecía asustada
en absoluto. La boca torcida se había vuelto en una curva
armoniosa, y los ojos brillantes y rosadas mejillas la hacían casi
hermosa. Gracias, gracias, decía llorando de rodillas a los pies
del Rey-Pastor. ¡Qué bueno eres! No hay nadie en todo el
mundo tan bueno y amable como Tú. Iré contigo a las montañas.
Confiaré en Ti para que hagas mis pies como de cierva y me
coloques en los Lugares Altos. Yo estoy más gozoso que tú, dijo
el Rey-Pastor, y ahora estás actuando realmente de manera que
pueda cambiar tu nombre. Pero hay una cosa más que debo
decirte. Yo mismo te llevaré al pie de las Montañas, de manera
que no habrá peligro de parte de tus enemigos. Después de esto,
dos compañeras especiales que Yo he elegido te guiarán y
ayudarán en todos los lugares difíciles y escarpados mientras tus
pies estén todavía lisiados y tengas que cojear y andar despacio.

Tú no me estarás viendo todo el tiempo, Miedosa, pues


como te he dicho, Yo estaré saltando por las montañas y las
colinas, y al principio no estarás capacitada para acompañarme o
mantener el ritmo conmigo. Eso vendrá después. Sin embargo,
debes recordar que tan pronto como alcances los declives de las
montañas hay, un maravilloso sistema de comunicación de un
confín a otro del Reino del Amor, y Yo podré oírte cuando me
hables. Siempre que me llames para que te ayude te prometo
acudir enseguida. Al pie de las montañas Mis dos siervas a
quienes he elegido para ser tus guías te estarán esperando.
Recuerda. Yo las he escogido con gran cuidado, como las dos
más capaces de ayudarte y asistirte para que puedas desarrollar
pies de cierva. Tú las aceptarás con gozo y les permitirás ser tus
ayudantes, ¿no es así? Oh, sí, contestó ella sonriéndole gozosa.
Yo estoy bien segura de que Tú sabes mejor y lo que quieras

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escoger para mi está bien. Entonces añadió con regocijo: Siento
como que nunca volverá a temer otra vez.

El miró con dulzura a la pequeña pastorcita quien había


recibido recientemente la semilla del Amor en su corazón y que
se estaba preparando para ir con Él a los Lugares Altos, y al
mismo tiempo la contempló con una gran comprensión. Él
conocía interiormente todos los rincones de su desolado
corazón, mucho mejor de lo que ella misma se conocía. Nadie
era capaz de comprender mejor que Él, pero que el hecho de
crecer hasta poder recibir un nuevo nombre es un proceso largo,
no se lo dijo. Miró con cierta piedad llena de ternura y
compasión a sus mejillas encendidas y los ojos brillantes que tan
pronto habían transformado la apariencia de la sencilla Miedosa.
Entonces dijo: Ahora te puedes ir a casa y hacer los preparativos
para partir. No debes tomar nada contigo, solamente deja todo
bien en orden. No digas nada a nadie acerca de ello, puesto que
un viaje a los Lugares Altos tiene que ser un asunto secreto. No
puedo decirte el tiempo exacto cuando comenzaremos el viaje
hacia las montañas, pero será pronto, y tú debes estar lista para
seguirme a cualquier hora que vaya a tu casita a llamarte. Te
daré una señal secreta, cantaré la canción del Pastor cuando pase
frente a tu casita, y contendrá un mensaje especial para ti,
cuando la oigas ven en seguida y sígueme.

Entonces, cuando el sol ya se había ocultado dejando una


llamarada de oro y rojo, las montañas del este estaban veladas en
un gris nebuloso y las sombras comenzaban a alargarse, El se
volvió y guió su rebaño hacia el redil. Miedosa retornó a su casa,
con su corazón lleno de felicidad y entusiasmo, y con el
sentimiento de que nunca más volvería a sentir temor. A medida
que retornaba por los campos, cantaba una de las canciones de

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un antiguo libro que el Rey-Pastor usaba muy a menudo. Nunca
antes le había parecido tan dulce, tan apropiado.

El «Cantar de los Cantares»...

La más hermosa canción


la canción de amor al Rey,
más grande que Salomón.

Su nombre es vaso quebrado


que derrama dulce amor
a los que amar desean,
a través de su dolor.

Atráeme en pos de ti
electo del corazón;
correremos muy felices,
unida a Ti por amor.

No me miréis con desdén


porque morena soy yo
que aunque manchada y maltrecha,
el rey me encontró y amó.

Y amante puso en mí,


la semilla del amor
que me hará, ¡oh, si, perfecta,
como el clarear del sol!

Caminó cantando a través del primer campo y estaba por la


mitad del próximo cuando vio a Malicioso que venía hacia ella.

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Pobre Miedosa, por un instante había dejado de pensar en sus
horribles parientes, y he aquí que ahora el más detestable de
todos venía directamente hacia ella. Su corazón se llenó de un
terrible pánico. Miró a derecha e izquierda, pero no había lugar
posible donde esconderse, y además era demasiado obvio que él
estaba viniendo directamente a su encuentro, puesto que tan
pronto como la vio apresuró sus pasos y en unos momentos
estaba justamente al lado de ella. Con un horror que le
enfermaba el corazón le oyó decir: Bueno, ya has aparecido al
fin, pequeña prima Miedosa. ¿Con qué vamos a casarnos, eh?
¿Qué piensas de ello?, y le apretó la mano jugando en
apariencia, pero con la malicia suficiente como para hacerla
suspirar y morder sus labios para aguantar un grito de dolor. Ella
se paró, retrocedió y se estremeció con terror y repugnancia.
Desgraciadamente, esto es lo peor que pudiera haber hecho,
pues era obvio que el demostrar temor era lo que lo animaba a él
a seguir atormentándola. Si ella le hubiera ignorado, pronto se
hubiera cansado de molestarla y la hubiera dejado tranquila para
ir en pos de otra presa. Sin embargo, en toda su vida, Miedosa
nunca había sido capaz de ignorar a Malicioso. Ahora estaba
completamente más allá de su poder el poder ocultar el terror
que sentía.

Su cara pálida y sus ojos aterrorizados tuvieron


inmediatamente un efecto de estímulo en el deseo que él tenía de
molestarla. Aquí estaba ella, sola y completamente a su merced.
La agarró, y la pobre Miedosa dejó escapar un grito de pánico.
Pero, en ese momento, Malicioso quedó paralizado y empezó a
alejarse. El Rey-Pastor se había acercado sin ser visto y estaba
parado junto a ellos. Una mirada a su rostro severo, a sus ojos
chispeantes y al fornido garrote que tenía en su fuerte mano
levantada era más que suficiente para que el pendenciero se

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diera a la fuga. Malicioso se escabulló como un perro azotado,
corriendo hacia afuera del pueblo, sin saber a dónde iba,
solamente impelido por el instinto de encontrar un lugar seguro.

Miedosa rompió a llorar. Por supuesto que ella debería de


haber sabido que Malicioso era un cobarde, y que si solamente
ella hubiera levantado su voz y llamado al Pastor él se hubiera
alejado sin tocarla. Ahora su vestido estaba rasgado y
desordenado, y sus brazos magullados por el apretón del
insolente. Estaba sobrecogida de vergüenza por haber actuado
conforme a su vieja naturaleza y a su viejo nombre, el cual ella
esperaba que ya hubiera comenzado a cambiar. Parecía
completamente imposible poder ignorar a los Temerosos y
mucho menos resistirles. Ella no se atrevió a mirar al Rey-
Pastor, pero si lo hubiera hecho, habría visto con qué compasión
Él la estaba mirando. No se daba cuenta de que el Príncipe del
Amor tiene muy tierna compasión hacia los que tienen miedo.
Ella suponía que, como todos los demás, Él la estaba
menospreciando por sus tontos temores, por lo tanto, solamente
murmuró un vergonzoso: Gracias.

Entonces, todavía sin mirarle, se fue cojeando


lastimeramente hacia el poblado, llorando amargamente a
medida que se repetía a sí misma: ¿De qué aprovecha siquiera
pensar en ir a los Lugares Altos? Nunca podré alcanzarlos,
puesto que la más pequeña cosa me hace volver atrás. Sin
embargo, cuando al fin alcanzó la seguridad de su casita
comenzó a sentirse mejor, y habiendo tomado su taza de té y su
cena se sentía tan recuperada que era capaz de volver a recordar
lo que había pasado esa tarde junto a la cascada y el estanque.
De pronto recordó, con un brinco de maravilla y deleite, que la
semilla del Amor había sido plantada en su corazón. Al pensar

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en ello, sintióse cubierta de la misma e inmensurable dulzura;
una dulzura con cierto amargor, inefable, pero como un
delicioso éxtasis de una nueva felicidad. Es maravilloso poder
amar, se dijo la pequeña Miedosa y entonces repitió: Amar es
maravilloso. Luego de ordenar toda la casita para la noche,
puesto que estaba sumamente cansada con todas las emociones
conflictivas de aquel extraño día, se fue a la cama. Mientras
yacía allí, y antes de dormirse, cantó una y otra vez otra de las
hermosas canciones del viejo libro.

¡Oh, tú, a quien mi alma ama,


dime do apacientas tu rebaño;
dónde le llevas contigo al mediodía
para que protegido, no reciba daño!

Quiero saberlo, pues ¿por qué iría


al aprisco de otros compañeros?
¿Quieres saberlo tú, amada mía?
¿De mi vida el amor, mi Sunamita?

Pues guía, paso a paso, su rebaño


Por la senda do van mis ovejuelas,
Pues quiero yo también tu compañía
Si pretendes gozar tú de la mía.

2. Invasión de temor

Miedosa se levantó temprano a la mañana siguiente y todos


sus temores se habían esfumado. Su primer pensamiento fue:

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probablemente en algún momento del día voy a comenzar el
ascenso a los Lugares Altos con el Pastor. Esto la tenía tan
entusiasmada que casi no pudo tomar su desayuno, y
comenzando a hacer los preparativos para la partida, no podía
dejar de cantar. Le daba la sensación que desde que la semilla
del Amor había sido plantada en su corazón, surgían de lo más
íntimo de su ser canciones de gozo. Y los cánticos que
expresaban mejor esta nueva felicidad y gratitud eran del
antiguo libro que los pastores tanto amaban y usaban mientras
apacentaban los rebaños. A medida que iba haciendo los
sencillos preparativos que el Rey-Pastor le había ordenado
comenzó a cantar otra de esas canciones.

Mientras que el rey se reclina a su mesa,


mi nardo difunde su fragancia.
¡He aquí que eres hermosa, amiga mía!
Hermosa como el sol de la mañana.

Tus ojos son como las palomas


Llenos de inocencia y de candor.
Esto no es sino lo que te dicta
¡Oh, amado, tu noble corazón!

Hijas de Jerusalén
Soy, ¡oh sí!, sabedlo bien,
Morena, como las tiendas
de Cedar en Israel;

Mas bella cual las cortinas


Que dispuso Salomón
Para esconder a su amada
De los rigores del sol:

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Por ser morena se airaron
Mis hermanos contra mí
Pusiéronme a guardar viñas
Haciéndome así infeliz.

Y la viña que era mía


Indolente no guardé
mas..., con todos mis defectos,
me amó el Rey; no sé por qué.

De tiempo en tiempo, a medida que iba trabajando, su


corazón se agitaba; parte con emoción y parte con temor a lo
desconocido, pero siempre que recordaba la espina en su
corazón, se sentía inundada de los pies a la cabeza con la misma
misteriosa dulzura. También para ella, la pobre y defectuosa
Miedosa, existía el Amor. Cuando alcanzara los Lugares Altos
perdería sus humillantes defectos y sería hecha hermosa, y
cuando la planta en su corazón estuviera lista para florecer, iba a
experimentar el ser amada. Aun cuando pensaba estas cosas, la
duda se mezclaba con la dulzura. Seguramente no podría ser
verdad; sería un sueño hermoso, pero no la realidad. «Oh, temo
que nunca pasará», decía dentro de sí, y entonces, cuando
pensaba en el Pastor, su corazón se agitaba nuevamente y corría
hacia la puerta o la ventana para ver si El venía a llamarla. La
mañana transcurrió y todavía El no la había venido a buscar,
pero justamente un poco más tarde del mediodía otra cosa llegó:
una invasión de sus horribles parientes. Súbitamente y antes de
que pudiera darse cuenta de lo que estaba sucediendo, ya
estaban sobre ella. Oyó un pesado rumor de pies y un clamor de
voces, y entonces se vio rodeada por todo un ejército de tíos, tías

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y primos, sin embargo, Malicioso no estaba con ellos. La
familia, que había oído de la mala recepción que había tenido la
tarde anterior, y dándose cuenta que ella le rehuyó con un terror
peculiar, habían pensado que no sería muy inteligente llevarlo
con ellos.

Estaban decididos a no admitir las objeciones de Miedosa


con respecto al casamiento, y si era posible, conseguir sacarla de
la casita y llevarla a uno de sus propios hogares. Su plan era el
de hacer un osado ataque mientras ella estuviera sola en la casita
y el Rey-Pastor lejos con sus rebaños; de este modo estaría a su
merced. Ella no podía ser llevada por la fuerza a plena luz del
día; había unos cuantos siervos del Pastor en el poblado que
vendrían en seguida en su auxilio. Sin embargo, conocían la
timidez y debilidad de Miedosa, y creían que, si había un buen
número de ellos presente, la podrían intimidar a que consintiera
en ir con ellos a la mansión del señor Malicioso. Así la tendrían
en su poder.

Poco después llegó este mismo, y comenzó a cortejar a


Miedosa asegurándole en un tono de voz paternal, que todos
habían venido con las más amables y amigables intenciones.
Que comprendía que ella tuviera algunas objeciones al
casamiento propuesto, y quería tener la oportunidad de
conversar quietamente sobre ello, para ver si podían llegar a
algún acuerdo. A él le parecía que era una pareja muy
conveniente y atractiva en todos los aspectos, y que debería de
haber algún malentendido en su mente el cual se arreglaría
fácilmente con una charla juntos, en la que dominaría un
carácter de comprensividad. Si no, él le aseguró amablemente
que no iba a permitir que se casase contra su voluntad.

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Cuando terminó, una confusión de voces irrumpió, tratando
de razonar con ella y haciéndole toda clase de sugerencias. La
cuestión era, según le dijeron, que ella se había separado de sus
familiares por tanto tiempos, que ahora se notaba que tenía toda
clase de nociones extrañas acerca de sus intenciones hacia ella.
Sería muy acertado que pasara un poco de tiempo con ellos y así
les daría la oportunidad de probar que ella les había juzgado
mal. Malicioso podía no ser tan apuesto y agradable en
apariencia como un príncipe de cuento de hadas, y era verdad
que él, desafortunadamente, tenía una manera ruda de ser, pero
eso era porque él no había conocido nada de las influencias
suavizantes y refinadoras del casamiento, y afirmaba que las
responsabilidades y goces de la vida de casado cambiarían
pronto esto, y operarían en él una transformación renovadora.
Iba a ser privilegio de ella el colaborar en esta transformación
que todos tanto querían ver.

Toda la pandilla siguió hablando y hablando, mientras la


pobre Miedosa se sentaba retraída en medio de ellos, demasiado
sorprendida para saber qué era lo que estaban diciendo y
sugiriendo. Justamente como ellos esperaban, la estaban
trayendo gradualmente a un estado de turbación y aturdimiento
y también a un miedo incoherente. Parecía como si muy pronto
podrían ser capaces de persuadirla de que era su deber el
enfrentarse con la imposible tarea de tratar de convertir a
Malicioso en algo menos objetable de lo que en realidad era. De
pronto vino una interrupción desde afuera.

Los Temerosos habían cerrado la puerta cuidadosamente


cuando entraron en la casita y aun habían tramado atrancar la
cerradura de manera que Miedosa no pudiera escapar. Ahora se
oía a la distancia el sonido de la voz de un hombre que elevaba

20
una canción, era una de las canciones del viejo libro que
Miedosa conocía y tanto le gustaba. Entonces el mismo cantante
se hizo visible, viniendo despacio por el camino. Era el Rey-
Pastor, guiando a su rebaño a los lugares de aguas. Las palabras
penetraban a través de la ventana abierta, acompañadas por el
suave balido de las ovejas y el arrastrar de muchas pequeñas
patitas en el polvo, siguiéndole a El. Parecía como si todos los
otros sonidos se hubieran acallado en aquella quieta tarde de
verano mientras el Rey-Pastor cantaba, pasando junto a la casita.
Incluso dentro, el clamor de voces había cesado
instantáneamente y había un silencio que casi podía palparse.
Esto era lo que El cantaba:

Oye la voz de tu amado


que viene desde los montes,
saltando entre los collados;
porque el amor se lo impone.

Está junto a la pared,


¡esperándote!, ¡oh, amor!
Mirando por la ventana
aguarda tu decisión.

Levántate, amada mía;


mi paloma, mi ilusión,
ven fuera, que el invierno
con sus rigores pasó.

Las flores están brotando,


en este tiempo gentil;
las aves están cantando
pues termina el mes de abril.

21
Tórtolas enamoradas
dejaron oír su voz,
llamando a sus parejas
a la salida del sol.

Las viñas están en ciernes,


la higuera lo está también,
¡levántate, amada mía,
sal al campo de Belén!

¿Dónde se esconde mi amada?


que en la puerta no esperó
cuando yo vengo a buscarla
¡Oh!, déjame oír tu voz.

Porque dulce es la voz tuya


y muy bella para mí;
más que por lo que eres,
por lo que he de hacer en ti.

Sentada escuchando en la casita, Miedosa sabía con un


dolor profundo y terrible congoja que el Rey-Pastor la estaba
llamando para ir con Él a las montañas. Esta era la señal secreta
que Él le había prometido, y le había dicho que debería de estar
lista para dejar su casita instantáneamente, en el momento que le
oyera. Y ahora, he aquí que estaba ella, cerrada dentro de su
propia casita, sitiada por sus terrible parientes Temerosos e
incapaz para responder de ninguna manera a su llamada, o ni
siquiera dar la más mínima señal de que necesitaba auxilio.

22
Había habido un momento cuando se comenzó a oír la
canción y todo el mundo se sumió en silencio, durante el cual
ella podía haber llamado al Rey-Pastor para que acudiera en su
ayuda. No se daba cuenta de que los Temerosos estaban
deteniendo su griterío a fin de no llamar la atención del Rey-
Pastor, y si ella hubiese aprovechado su silencio para llamar al
distinguido personaje ellos habrían tenido que huir a tropezones
y empujones a través de la puerta. Sin embargo, estaba
demasiado aturdida para aprovechar tal oportunidad y luego fue
demasiado tarde.

Un momento después sintió la pesada mano de Malicioso


apretando su boca y entonces otras manos la sujetaron
firmemente contra la silla. Así el Rey-Pastor pasó despacio por
delante de la casita mostrándose por la ventana y cantando la
canción que era la señal, pero sin recibir respuesta de ninguna
clase. Cuando Él pasó y tanto las palabras de la canción como el
pisar de las ovejas se perdieron en la distancia, Miedosa se había
desmayado. Las manos de su primo que la amordazaban la
habían sofocado. Sus parientes hubieran deseado aprovechar
esta oportunidad para llevársela fuera mientras estaba
inconsciente, pero como ésta era la hora en que todo el mundo
estaba volviendo del trabajo hubiera sido demasiado peligroso.
Los Temerosos decidieron por lo tanto que permanecerían en la
casita hasta que cayera la oscuridad, entonces amordazarían a
Miedosa y la llevarían con ellos haciéndola pasar desapercibida.

Hechas ya las decisiones para este plan, la pusieron sobre la


cama para que se recuperara lo mejor posible, mientras algunas
de las tías y primos fueron hacia la cocina a ver qué provisiones
había para armar una buena comilona. Los hombres se sentaron

23
a fumar en la sala, y Tenebrosa fue dejada junto a Miedosa para
hacer guardia de la víctima ya semiconsciente en el dormitorio.
Gradualmente Miedosa fue recuperando sus sentidos, y al darse
cuenta de su posición casi se desmaya otra vez de horror. No se
atrevió a gritar pidiendo auxilio, pues todos los vecinos estaban
lejos en sus trabajos; pero ¿de veras lo estarían? No, puesto que
de pronto oyó la voz de la señora Valentina, su vecina de la casa
de al lado. Al oír ese sonido, Miedosa hizo un último y
desesperado intento por escapar. Tenebrosa no estaba preparada
para tal movimiento, y antes de que pudiera darse cuenta de lo
que estaba pasando, Miedosa saltó de su cama y gritó a través de
la ventana tan fuerte como su miedo se lo permitía: ¡Valentina!
¡Valentina! ¡Venga y ayúdeme, venga pronto! ¡Auxilio!

Al sonido de su primer grito, la señora Valentina miró a


través del jardín y captó de un vistazo el rostro de Miedosa,
pálido y aterrorizado junto a la ventana y de su mano haciendo
una señal suplicante. Un momento después la cara de Miedosa
fue retirada de la ventana de un tirón y rápidamente se corrió
una cortina. Esto era suficiente para la señora Valentina, cuyo
nombre correspondía a su carácter. Se apresuró derecho hacia la
casita de su vecina y trató de abrir la puerta, pero encontró que
estaba atrancada, miró adentro a través de una ventana y vio la
habitación llena de los parientes de Miedosa.

La señora Valentina no era de la clase de personas que


pudiera ser intimidada por lo que ella llamaba un conjunto de
Temerosos inútiles. Mirando directamente a través de la ventana
gritó con voz amenazadora: Fuera de esta casa, váyanse en este
mismo instante, si no se han ido en tres segundos, llamaré al
Rey-Pastor. Esta casita le pertenece a El, y no quiero saber lo
que les pasará si les encuentra aquí. El efecto de sus palabras fue

24
mágico. La puerta fue desatrancada y abierta de par en par y los
Temerosos se lanzaron hacia afuera a tropezones en su apuro por
salir pronto. La señora Valentina sonreía con satisfacción
mientras contemplaba semejante huida. Cuando el último se
había escapado entró dentro dirigiéndose a donde estaba
Miedosa, quien parecía sobrecargada con temor y angustia. Poco
a poco se enteró de la historia de aquellas horas de tormento y
del plan de secuestrar a la pobre víctima cuando la oscuridad
viniera.

La señora Valentina, que no conocía el miedo, y justamente


acababa de echar fuera a toda la pandilla de los Temerosos, se
sentía inclinada a adoptar una actitud reconfortante hacia
Miedosa, y al mismo tiempo de reprender a la tonta chica por no
terminar el asunto de una vez rechazando resueltamente a sus
parientes antes de que trataran de atraparla de nuevo en sus
garras. Pero en cuanto miró el rostro pálido y los ojos llenos de
terror y vio el cuerpo tembloroso de la pobre Miedosa, se
refrenó. ¿De qué serviría decirle algo? Pobrecita, ella misma era
una de ellos, y tiene el miedo en su sangre, y cuando el enemigo
está en el interior no se puede hacer mucho. Creo que nadie sino
el mismo Pastor puede realmente ayudarla, reflexionó la señora
Valentina.

De manera que, en lugar de una admonición o represión,


acarició a la chica temblorosa y le dijo con toda la amabilidad de
su corazón maternal: Ahora, mi querida, mientras tú te recuperas
del susto, yo entraré a la cocina y haré un buen té para nosotras
dos y te sentirás mejor. ¡Oh!, si ellos han estado por aquí y han
puesto la tetera para nosotras, comentó, mientras abría la puerta
de la cocina y veía el mantel puesto sobre la mesa y los
preparativos para la comida saqueada que los indeseables

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visitantes habían abandonado a toda prisa. Qué conjunto de
arpías, rezongaba enojosamente, hablando consigo misma;
entonces sonrió complacida cuando recordó cómo habían tenido
que darse a la fuga ante ella. Cuando estaban tomando su té, la
señora Valentina había ya limpiado las últimas señales de los
desagradables invasores, Miedosa realmente estaba recuperando
su compostura. Ya hacía tiempo que la oscuridad había caído, y
ahora era demasiado tarde para ir al estanque a tener su cita con
el Pastor y explicarle por qué no había podido responder a su
llamado. Ahora tendría que esperar hasta que apareciera la luz
de la mañana. Así que, ante la sugerencia de la señora Valentina,
y como se encontraba extenuada, se fue directamente a la cama.
Su vecina la vio confortablemente arropada, y le dio un beso con
mucho cariño. Para que se sintiera más segura, se ofreció para
dormir en la casita aquella noche, pero Miedosa, sabiendo que
ella tenía una familia que la esperaba en su casa, no aceptó esta
oferta tan amable. Sin embargo, antes de dejarla, la señora
Valentina puso una campana al lado de su cama y le aseguró que
si cualquier cosa la asustaba durante la noche, no tenía que
hacer sino sonar la campana y toda la familia de Valentina
vendría inmediatamente a prestarle auxilio. Luego se fue y
Miedosa quedó sola en su casita.

3. Vuelo en la noche

Por varias horas la pobre Miedosa yacía sin dormir en su


cama, demasiado herida en su mente y cuerpo para poder
descansar en una posición, pero sacudiéndose y dándose vuelta
de lado a lado hasta mucho después de la medianoche. En algún
sitio en su mente había una inquietud, una sensación como si
hubiera algo que ella tenía que recordar, pero no podía hacerlo.

26
Cuando finalmente quedó dormida este pensamiento aún la
perseguía. Se despertó súbitamente una o dos horas más tarde,
su mente intensamente alerta, consciente de un dolor agonizante
como nunca había experimentado antes. La espina en su corazón
estaba latiendo y doliéndole de una manera que difícilmente
podía soportar. Era como si el dolor estuviera forjando algo que
al principio estaba demasiado confundida como para
comprender. Entonces, de repente, en un terrible vistazo, se
volvió claro para ella, y se encontró diciéndose a sí misma: El
Pastor vino y me llamó como me había prometido, pero yo no
fui con Él ni siquiera le di ninguna respuesta. Supongamos que
El creyó que cambié de modo de pensar y ya no quiero ir con El.
Supongamos que El se fue y me dejó atrás ¡Se fue sin mí! ¡Sí,
me ha dejado atrás!

La conmoción de este pensamiento era horrible. Esa era la


cosa que ella había olvidado. El no podía comprender por qué
ella no había ido con El como le había dicho. Le había pedido
que estuviera lista para ir con El en el mismo instante en que la
llamara, que no debería haber demora, que El mismo tenía que ir
a las montañas para un asunto urgente. Pero no había podido ir
ni siquiera al acostumbrado lugar de cita en aquella tarde. Por
supuesto, El pensaría que ella tenía miedo. Quizás ya se habría
ido solo. Miedosa sintió que un frío helado la cubría y sus
dientes castañeteaban, pero era el dolor en el corazón lo peor de
su agonía. Parecía sofocarla mientras yacía en su cama. Se
sentó, tiritando con frío y horror ante tal pensamiento. No podía
soportar la idea de que Él se hubiera ido y la hubiera dejado.

En la mesa, junto a ella, estaba el viejo libro de canciones.


Con la luz centelleante de la lámpara vio que estaba abierto en la
página donde estaba escrita una canción sobre otra pastora. Esta,

27
al igual que Miedosa, había fallado en responder el llamado de
amor, había encontrado, demasiado tarde ya, que el Amor se
había ido. Siempre le había parecido una canción tan triste que
apenas podía leerla, pero ahora a medida que leía las palabras
otra vez en la oscura soledad de la noche, parecía como si fuera
el clamor de su propio corazón abandonado y lleno de terror.

Por la noche y en mi cama


busqué a quien mi alma ama.
Lo busqué y no lo encontré.
Ahora, sola, ¿adónde iré?

Las calles de la ciudad


son para mí bulliciosas;
y las sendas solitarias
no son menos peligrosas.

Pero he de ir tras mi amado;


pues no puedo soportar,
que él me haya dejado
y no lo pueda encontrar.

La página en el pequeño libro de canciones terminaba allí,


y ella no dio vuelta a la hoja. Súbitamente sintió que no podría
sobrellevar por más tiempo la incertidumbre. Debería ver por sí
misma y de una vez si El realmente se había marchado y la
había dejado atrás. Se levantó de la cama, se vistió tan
rápidamente como sus temblorosos dedos se lo permitieron, y
sacó la tranca de la puerta de la casita. También ella iría por las
calles y caminos y vería si podría encontrarle, verificaría si El se
había ido dejándola, o si, ¡oh! si así fuera, Él la estaría
esperando para darle otra oportunidad. Abriendo la puerta, salió.

28
Un centenar de Cobardes escondidos en la oscuridad de la calle
solitaria no la hubieran echado atrás en ese momento, puesto que
el dolor en su corazón acabó con el miedo y todo lo que pudiera
estorbarle y le hizo marchar adelante. Así, en las horas más
oscuras, justamente antes de la aurora, Miedosa comenzó su
búsqueda por el Rey-Pastor.

No podía ir rápidamente a causa de su defecto físico, pero


cojeaba a lo largo de las calles del pueblo hacia los campos
abiertos y los rediles. A medida que avanzaba se dijo: Oh Pastor,
cuando Tu dijiste que el Amor y el dolor van juntos, ¡con cuanta
razón estabas hablando! ¿Habría sabido ella o imaginado qué
resultados daría la semilla del Amor en su corazón? Era
demasiado tarde ahora: ya estaba allí el Amor y el dolor, y ella
debía encontrar al Rey-Pastor. Al final, cojeando y sin aliento,
llegó a los rediles, que aún estaban en el mayor silencio a la luz
tenebrosa de las estrellas. Allí había uno o dos pastorcillos,
vigilando sobre los rebaños en la noche, y cuando oyeron pasos
que se acercaban se levantaron del suelo y fueron al encuentro
de la intrusa. ¿Quién eres tú? preguntaron con tono desafiante en
la oscuridad; entonces, clavaron su mirada en ella con asombro a
medida que sus lámparas centelleaban en la cara pálida y los
ojos aterrados de Miedosa. ¿Está aquí el Rey-pastor? preguntó
con voz cansada a medida que se acercaba a la pared del redil,
con gran palpitación y tratando de recobrar aliento. No, dijo uno
de los hombres, mirándola con curiosidad. Dejó los rebaños a
nuestro cuidado esta noche y dio sus órdenes. Dijo que tenía que
hacer un viaje a las montañas, como lo hace a menudo, y no nos
explicó cuándo volvería. Miedosa no podía hablar. Se quejaba y
apretaba sus manos contra su corazón, sintiendo como si fuera a
rompérsele.

29
¿Qué podía hacer ahora? El se había ido. Habría pensado
que ella no quería ir y no había esperado más. Entonces,
dolorida con desesperación, recostándose temblorosa contra la
pared del corral, se acordó del rostro del Rey-Pastor y de su
amorosa mirada con la que le había invitado a acompañarle a las
montañas. Vino a su mente que Él, quien la comprendía tan
bien, quien lo sabía perfectamente todo en cuanto a sus temores,
y tenía compasión de ella, no la dejaría abandonada hasta que
estuviera seguro de que ella realmente no quería ir. Levantó
entonces sus ojos y miró a través del Valle hacia las montañas
del este a los Lugares Altos. Un pálido haz de luz estaba
apareciendo en el este, y ella sabía que pronto se levantaría el
sol. De pronto recordó el último verso de aquella canción triste
que había leído, el último verso en la página que ella no había
dado la vuelta. Vino como un suspiro en su mente cuando un
pajarillo comenzó a cantar en una de las ramas de un arbusto
junto a ella.

Con la luz del alba ví


al que mi alma amó;
lo agarré y le dije así:
jamás te dejaré yo.

Miedosa cesó de temblar y dijo para sí: Iré al lugar de la


cita, y veré si Él me está esperando allí. Con apenas una palabra
a los pastores, se volvió y apresuró su marcha hacia el sur, en el
campo donde Malicioso la había encontrado en dirección al
estanque de agua de las ovejas. Casi olvidando que era lisiada,
se apresuró a través de los árboles que ribeteaban el estanque. Al
tiempo que el cielo sobre las montañas se teñía de rojo, el
murmullo cantarino de la cascada llegó a sus oídos, y
apresurándose hacia adelante Miedosa encontró de pronto una

30
cascada de canciones fluyendo de su propio corazón. El estaba
allí, junto al estanque, mirando hacia ella con la luz del sol
naciente brillando en su rostro. A medida que Miedosa se
acercaba cojeando, él se puso rápidamente a su lado y ella cayó
a sus pies sollozando: ¡Oh, mi Señor, llévame contigo como Tú
dijiste! ¡No me dejes atrás! Sabía que vendrías dijo El
amablemente, pero Miedosa, ¿por qué no estabas en el lugar de
cita ayer en la tarde? ¿No me oíste cuando pasé por tu casita y te
llamé? Quería decirte que estuvieras pronta para comenzar la
jornada conmigo esta mañana al levantarse el sol. Mientras Él
hablaba el sol salió brillando sobre los picos de las montañas
bañándolas de un hermoso tono de luz dorada. Estoy aquí, dijo
Miedosa, aún arrodillada a sus pies, y deseo ir contigo a
cualquier parte. Entonces el Rey-Pastor la tomó por la mano y
comenzaron su marcha hacia las montañas.

4. Marcha hacia los lugares altos

Era temprano en la mañana y el día estaba hermoso. El


Valle parecía aún dormido. Los únicos sonidos eran el correr de
los manantiales y el trinar de los pájaros. El rocío se esparcía
sobre la hierba y las flores silvestres brillaban como pequeñas
joyas. Había flores realmente encantadoras: las anémonas
silvestres, púrpura, rosa y escarlata, las cuales adornaban la
hierba por doquier, levantando sus pequeñas corolas a través de
las espinas aquí y allá. A veces el Rey-Pastor y Miedosa
caminaban sobre alfombras de miles de pequeños pimpollos de
malva rosa, cada uno diminuto pero formando en conjunto un
brillante tapiz natural, más rico y bello que el del palacio de
cualquier rey.

31
El Rey-Pastor se detuvo y tocó suavemente las flores con
sus dedos, y dijo a Miedosa con una sonrisa: Inclínate y verás
que el amor se esparce como una alfombra de flores debajo de
tus pies. Miedosa le miró seriamente. Siempre me he preguntado
acerca de las flores silvestres, dijo ella, parece extraño que una
multitud innumerable de ellas puedan florecer en los lugares
desolados de la tierra donde quizá nadie las ve, y las cabras y el
ganado pueden caminar sobre ellas y aplastarlas hasta matarlas,
tienen tanta belleza y dulzura para dar y no tienen a nadie a
quien brindarla, ni que sepa apreciarlas. La mirada que el Rey-
Pastor posó sobre ella era muy hermosa. Nada que mi Padre y
Yo hemos hecho está perdido o desperdiciado, dijo quietamente,
y las pequeñas florecillas silvestres tienen una maravillosa
lección para enseñar. Se ofrecen a sí mismas muy dulcemente,
aunque parezca que no hay nadie para mirarlas. Mientras ellas
entonan un cántico de gozo en sí mismas, declaran que es
dichoso el amar, aun cuando no haya retorno de ese amor
expresado.

Debo decirte una gran verdad, Miedosa, la cual solamente


unos pocos pueden entender. Todas las bellezas más excelsas en
el alma humana, sus grandes victorias y sus más espléndidas y
grandes hazañas son siempre aquellas que nadie puede ver, o
que apenas se pueden percibir. Cada respuesta humana del
corazón al Amor, y cada conquista sobre el amor propio, es una
nueva flor en el árbol del Amor. Muchas vidas comunes,
desconocidas y ocultas para el mundo, han venido a ser un
verdadero jardín en el cual las flores y frutos del amor se han
desarrollado hasta tal perfección, que es un lugar de deleite
donde el Rey del Amor camina y se regocija con sus amigos.
Algunos de mis siervos han ganado verdaderamente grandes
victorias visibles y son amados y justamente reverenciados por

32
otros hombres, pero siempre sus más grandes victorias son como
las flores silvestres, aquellas de las cuales no se sabe ni conoce,
excepto Yo, que conozco los secretos del corazón. Aprende esta
lección ahora, aquí en el Valle, Miedosa, y cuando te halles
camino a los escarpados lugares de las montañas, te confortará.
Entonces Él añadió: Ven, los pájaros están cantando
gozosamente, unámonos a ellos también, y las flores nos dirán el
tema de nuestra canción. Así, a medida que caminaban hacia
abajo del Valle hacia el río, cantaron juntos otra de las antiguas
canciones en el libro del Pastor, cantando sus estrofas por turno.

Yo soy de Sarón la rosa;


una pobre y débil flor;
y es mi amado para mí
el lirio, la flor mejor.

Como el manzano entre árboles


mi amado ante mí está;
a su sombra recostada
ya nada me turbará.

Pues su fruta es deliciosa,


dulce a mi paladar;
es el fruto del amor
digno de saborear.

Trajóme a su palacio,
y me rodeó con su amor,
compartiendo su grandeza
aunque indigna y pobre soy.

Dadme con que confortarme:

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de vergüenza estoy enferma
indigna de ser la esposa
de quien tal grandeza ostenta.

Por esto os encargo, amigas,


hijas de Jerusalén:
no despertéis a mi amado
hasta que lo quiera él.

Cuando terminaron de cantar esta canción llegaron a un


lugar donde un caudaloso manantial se derramaba a través de la
senda que ellos estaban siguiendo y terminaba en una cascada
del otro lado. Corría tan rápidamente y hacía tanto ruido que
parecía llenar el Valle con su voz de aguas impetuosas. Mientras
que el Rey-Pastor ayudaba a Miedosa a caminar a través de las
piedras resbalosas y húmedas ella le dijo: Me gustaría saber qué
canción entonan las aguas corrientes. A veces en el silencio de la
noche estoy en cama y escucho a la voz de un pequeño
manantial que corre por el jardín de mi casita. Suena tan vivo y
feliz, que parece como si estuviera repitiendo algún amoroso y
secreto mensaje, pienso en que toda el agua que corre tiene una
misma canción, ya sea fuerte y clara, o suave y bajita. Desearía
poder conocer lo que dicen las aguas. Es diferente de las voces
del mar y del agua salada, pero nunca pude entenderlas. Es una
lengua desconocida. Dime, Rey-Pastor, ¿sabes Tú qué es lo que
las aguas cantan en su carrera por el camino? El Rey-Pastor
sonrió nuevamente, y se detuvieron silenciosos por unos
instantes cerca del pequeño torrente, el cual parecía cantar aún
más fuerte y triunfante, como si supiera que alguien se había
parado a escucharle. De pronto, mientras que Miedosa estaba al
lado del Rey-Pastor parecía como si sus oídos y entendimiento
fueran abiertos, y, poco a poco, el lenguaje de la corriente se

34
volviera claro. Es imposible por supuesto, hacer una traducción
del lenguaje del agua, pero ésta es la mejor forma que tengo de
transcribirlo. Claro que es un esfuerzo muy pobre, pues quizá la
canción de un torrente pudiera ser puesta en forma de música,
pero cuando se trata de palabras el asunto es distinto. Resulta
algo así:

LA CANCION DEL AGUA


¡Oh, ven, ven, vamos corriendo!
Más abajo noche y día.
¡Qué gozo es bajar, bajar!...
Humillarse cada día.

Hallar el postrer lugar,


do útil pueda uno ser,
dejando las altas cumbres,
cumpliendo nuestro deber

Pues sólo el agua que baja


hasta entrar en el gran mar,
volverá a ser elevada
por el sol en su brillar.

La aparente rechazada,
que nadie utiliza ya,
será de nuevo ensalzada
y a las cumbres volverá.

Es una figura bien cierta, dijo Miedosa, después de haber


escuchado un poco el murmullo del agua como refrán repetido
una y otra vez, con mil variaciones de pequeños trinos,
murmullos, burbujas y diferentes salpicaduras. Vamos más y

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más abajo todavía; el agua parece estar cantando siempre tan
gozosa pero por qué se apresura el agua a ir al lugar más bajo, y
Tú dices que me están llamando a los Lugares Altos. ¿Qué
significa esto? Los “Lugares Altos” contestó el Rey-Pastor, son
los lugares de comienzo para una jornada hacia los lugares más
bajos en el mundo. Cuando tú tengas pies de cierva y puedas ir
brincando entre las montañas y saltando en las colinas, serás
capaz, como yo lo soy, de correr hacia abajo desde las alturas
con la máxima facilidad y entonces remontarte a las montañas
otra vez. Serás capaz de subir a los Lugares Altos del Amor
donde cualquiera puede recibir el poder de derramarse a sí
mismo hacia abajo en un total abandono de su yo.

Esto le pareció muy misterioso y extraño, pero ahora que


sus oídos habían sido abiertos para entender el lenguaje del
agua, ella lo oyó repetir una y otra vez por todos los pequeños
torrentes y manantiales que cruzaban su senda o que corrían a lo
largo de ella. Parecía también, que las flores silvestres cantaban
la misma clase de canción, sólo que en otro lenguaje, un
lenguaje de color, el cual, asimismo como el lenguaje del agua,
podía solamente ser entendido por el corazón pero no por la
mente. Parecían formar un pequeño coro entre ellas, en el que
miles de miles cantaban notas de distinto color. Esta es la ley
por la cual vivimos. ¡Cuán dulce es poder darse uno a sí mismo!
Después de esto a Miedosa le pareció que todos los pajaritos
estaban gorjeando, trinando y cantando una delicada canción,
con un sin número de variaciones, pero también formando parte
de un coro que irrumpía a una voz todo el tiempo. Este es el
gozo de la vida arriba. Felicidad es el poder amar, nunca supe
antes, dijo Miedosa, y que el Valle es un lugar tan hermoso y
lleno de canciones.

36
El Rey-Pastor sonrió y respondió: Sólo el Amor puede
realmente comprender la música, la belleza y el gozo que fue
plantado en el corazón de las cosas creadas. ¿Has olvidado que
hace dos días yo planté en tu corazón la semilla del Amor? Ya te
ha comenzado a hacer oír y ver cosas de las que nunca antes te
habías dado cuenta. A medida que el Amor crezca en ti,
Miedosa, tú podrás entender muchas cosas que nunca antes
soñaste. Desarrollarás el don de entender muchas «lenguas
desconocidas» y aprenderás a hablar también el lenguaje del
Amor, pero primero debes aprender a deletrear el alfabeto del
Amor y a desarrollar pies de cierva. Ambas cosas las aprenderás
en el viaje a los Lugares Altos, y ahora estamos aquí junto al río,
y sobre el otro lado comienzan los cerros de las montañas. Allí
encontraremos a dos guías esperando por ti. Era ciertamente
extraño y maravilloso, pensó Miedosa, que hubieran alcanzado
el río tan rápidamente y se fueran acercando a las montañas.
Sostenida por la mano del Rey-Pastor y su fortaleza, se había
olvidado de su defecto físico y había estado inconsciente al
cansancio o la debilidad. Oh, si sólo El la llevara todo el camino
a los lugares de las montañas, en lugar de dejarla al cuidado de
otros guías. Cuando ella pensó esto, le dijo con tono suplicante:
¿No me llevarás todo el camino contigo? Cuando estoy junto a
Ti soy fuerte y estoy segura de que nadie sino Tú puede guiarme
a los Lugares Altos. El la miró de la forma más amorosa, pero
contestó quietamente: Miedosa, Yo no puedo hacer lo que tú
deseas. Podría llevarte todo el camino hasta los Lugares Altos,
en lugar de dejarte trepando allí. Pero si lo hiciera, tú nunca
serías capaz de desarrollar pies de cierva, y convertirte en mi
compañera e ir donde Yo vaya. Si tú subes a las alturas esta vez
con las compañeras que te he escogido, aunque parezca una
jornada larga y en algunos lugares muy difícil, te prometo que
podrás desarrollar pies de cierva. ¿Me darás un nombre cuando

37
alcance la cima? dijo Miedosa con voz temblorosa, para quien
toda la música de alrededor se había vuelto nada, y se había
llenado nuevamente de temores. Sí, ciertamente. Cuando la flor
del Amor esté lista para florecer en tu corazón, serás amada y
recibirás un nuevo nombre respondió el Rey-Pastor.

Miedosa se paró en el puente y miró atrás sobre el camino


por el cual habían estado transitando. El Valle lucía verde y
tranquilo, mientras que las montañas a cuyos pies habían llegado
parecían amenazantes terraplenes. Lejos en la distancia ella
podía ver los árboles creciendo alrededor de la casa de
Tembloroso, y con una súbita angustia se imaginó a los
trabajadores del Pastor yendo felices a su trabajo, los rebaños
sobre las praderas y la pequeña y tranquila casita en la cual
había vivido. A medida que estas escenas se levantaban ante
ella, las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos y la espina
pinchó en su corazón, pero de una vez se volvió al Rey-Pastor y
le dijo agradecida: Yo confiaré en Ti y haré lo que Tú quieras.
Entonces, cuando ella miró Su rostro, El le sonrió muy
dulcemente y dijo algo que nunca había dicha: antes: Tú tienes
una real belleza, Miedosa, tienes ojos que traslucen confianza.
La confianza es una de las cosas más bellas en el mundo.
Cuando miro la confianza que hay en tus ojos encuentro que
mirarte a ti es más hermoso que mirar a muchas reinas. En poco
tiempo pasaron el puente, y llegaron al pie de las montañas,
donde la senda comenzaba en ascenso a los declives más bajos.
Aquí estaban esparcidas grandes peñas alrededor, y de pronto
Miedosa vio las figuras de dos mujeres con velos, sentadas en
una de las rocas al costado del camino. Cuando ella y el Rey-
Pastor llegaron a ese lugar, las dos se levantaron y se inclinaron
silenciosamente ante El.

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Aquí están las dos guías que te he prometido, dijo el Pastor
quietamente, desde ahora y hasta que estén sobre los lugares
difíciles y escarpados ellas serán tus compañeras y ayuda.
Miedosa las miró con temor. Ciertamente eran altas y parecían
ser muy fuertes, pero ¿por qué veladas? ¿Por qué razón
escondían sus caras? Cuanto más cerca y más detalladamente las
miraba, más miedo tenía de ellas. Eran tan silenciosas tan fuertes
y tan misteriosas. ¿Por qué no hablaban? ¿Por qué no habían
pronunciado ninguna palabra de bienvenida, amistad o saludo?
¿Quiénes son? le preguntó en voz baja al Rey-Pastor ¿Me dirás
sus nombres, y por qué no me hablan? ¿Son mudas? No, no son
mudas, dijo el Pastor con mucha calma, pero hablan un nuevo
lenguaje, Miedosa, un dialecto de las montañas el cual todavía
no has aprendido. Pero a medida que viajes con ellas, poco a
poco, vas a ir aprendiendo a entender sus palabras. Son buenas
maestras; de veras, tengo muy pocas mejores. En cuanto a sus
nombres, te los diré en tu propio lenguaje, y más tarde tú
aprenderás a lo que son llamadas en su propia lengua. Esta dijo
Él, moviéndose hacia la primera figura silenciosa, se llamada
Pena; y la otra, su hermana gemela, se llama Angustia.

¡Pobre Miedosa! Sus mejillas palidecieron y comenzó a


temblar de los pies a la cabeza. Sintió que se iba a desmayar y
tenía que recostarse en el Rey-Pastor para poder sostenerse. No
puedo ir con ellas, suspiró agitadamente. ¡No puedo, no puedo!
¡Oh, mi Seño Rey-Pastor!, ¿por qué me has hecho esto? ¿Cómo
podré viajar en su compañía? Es más de lo que puedo soportar.
Tú me dijiste que el camino a la montaña es tan escarpado y
difícil que no lo podría hacer sola. Entonces, ¿por qué, oh, por
qué deben ser Pena y Angustia mis acompañantes? ¿No podrías
haberme dado a Gozo y Paz para ir conmigo y darme valor y

39
ayudarme en esa senda tan difícil? ¡Nunca pensé que Tú me
harías esto! y en seguida rompió en lágrimas.

Una mirada extraña se pintó en el rostro del Pastor a


medida que escuchaba esta explosión emocional, entonces,
mirando a las figuras veladas habló, respondiendo muy
gentilmente: Gozo y Paz. ¿Hubieran sido éstas las compañeras
que habrías elegido para ti? No recuerdas tu promesa de aceptar
las ayudantes que yo te diera, porque creerías que las que yo
eligiera serían las mejores para ti. ¿Confiarías aún ahora en mí,
Miedosa? ¿Irás con ellas o deseas volverte atrás al Valle, y a tus
parientes los Temerosos, o a tu primo Malicioso? Miedosa se
estremeció. La elección parecía terrible. Sobre el temor ella
sabía bastante, pero la Pena y Angustia siempre le habían
parecido las dos cosas más aterradoras con las que se podía
encontrar. ¿Cómo podría ir con ellas y abandonarse a su poder y
control? Era imposible. Entonces miró al Rey-Pastor y de pronto
se dio cuenta de que no podía dudar de El, no podía volverse
atrás y dejarle; que si ella era poco apta e incapaz para amar a
nadie en el mundo, todavía en su corazón pequeño, tembloroso y
miserable ella le amaba. Aun si El le pidiera lo imposible no
podía rehusárselo. Miedosa le miró lastimosamente, y entonces
dijo: ¿Que si deseo volverme atrás? Oh, Rey-Pastor, ¿a quién
iré? No tengo a nadie en todo el mundo sino a Ti. Ayúdame a
seguirte, aunque parezca imposible. Ayúdame a confiar en ti
porque te amo mucho.

Cuando oyó estas palabras, el Rey-Pastor alzó de pronto su


cabeza y rió, una risa de triunfo y deleite. Su jugosa expresión
hizo eco alrededor en las paredes rocosas del pequeño cañón en
el cual estaban y por unos momentos pareció como si todo el
recorrido de las montañas estuviera riendo con El. Los ecos

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repercutían cada vez más altos, saltando de roca en roca y de
despeñadero en despeñadero, hasta las cimas más altas, parecía
que aun los ecos que morían se estuvieran elevando al mismo
cielo. Cuando la última nota hubo caído en el silencio, el Rey-
Pastor dijo muy suavemente: Toda tú eres hermosa, amiga mía,
y en ti no hay mancha. Entonces añadió: No temas, Miedosa,
solamente cree. Te prometo que no serás avergonzada. Ve con
Pena y Angustia, y si bien tú no les puedes decir “bienvenidas”
ahora, cuando te encuentres en los lugares difíciles y no te
puedas manejar sola, pon tus manos en las de ellas con
confianza y te llevarán exactamente donde Yo quiero que vayas.
Miedosa permaneció quieta, mirando el rostro del Pastor, el cual
tenía ahora una mirada feliz y triunfante, la mirada de uno que
sobre todas las cosas se deleita en salvar y liberar. En su corazón
las palabras de un himno, escrito por otro de los seguidores del
Pastor, comenzó a pasar a través de su mente y ella comenzó a
cantar suave y dulcemente:

Que venga la aflicción, dolor también;


tus mensajeros son para mi bien;
pues por su obrar en mí a ti me acercarán.

Y así cumplirán
mi anhelo bien veraz:
de amarte más, amarte más...

Otros han recorrido esta senda antes que yo, pensó, y aún
después pudieron seguir cantando. El, quien es tan fuerte y
gentil, ¿tendrá menos gracia para mí, débil y cobarde como soy,
cuando es tan obvio que la cosa en que El se deleita más es en
liberar a sus seguidores de todos sus temores y llevarles a los
gloriosos Lugares Altos? Ella dio un paso adelante, mirando a

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las dos figuras veladas, y dijo con un coraje que nunca antes
había sentido: Iré con vosotras, por favor, guiadme en el camino,
y puesto que ni ella misma pudo acercar sus manos para asirse
de las de ellas. El Rey-Pastor se rió nuevamente y dijo, en forma
clara: Mi paz te dejo, mi gozo sea cumplido en ti. Recuerda que
me comprometo a llevarte a los Lugares Altos, a la cumbre de
estas montañas y que no serás avergonzada, hasta que apunte el
día, y huyan las sombras, seré como el corzo, o como el
cervatillo sobre las montañas.

Entonces, antes de que Miedosa pudiera darse cuenta de lo


que estaba pasando, El había saltado sobre una gran roca al lado
de la senda y de allí a otra y a otra, casi más rápidamente de lo
que sus ojos eran capaces de seguir sus movimientos. Estaba
brincando arriba en las montañas, saltando de altura en altura,
yendo adelante ante ellas, hasta que en pocos momentos se
perdió de vista. Cuando ya no Le pudieron ver más, Miedosa y
sus dos nuevas compañeras comenzaron a ascender los cerros.
Hubiera sido un espectáculo curioso para cualquier observador
el mirar cómo Miedosa comenzó en su jornada, cojeando hacia
los Lugares Altos, retirándose tan lejos como fuera posible de
las dos figuras veladas a su lado, simulando no ver sus manos
abiertas hacia ella. Pero no había nadie allí para verlo, porque si
hay una cosa cierta, es que el desarrollo de los pies de cierva es
un proceso secreto, el cual requiere que no haya espectadores.

5. Encuentro con orgullo

Desde el mismo comienzo, la senda hacia arriba de las


montañas, demostraba ser más escarpada de lo que Miedosa
hubiera podido suponer, y no pasó mucho tiempo antes de que

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se viera forzada a buscar la ayuda de sus acompañantes. Cada
vez que ella tomaba vacilante la mano de Pena o de Angustia un
estremecimiento corría por su cuerpo, pero una vez que sus
manos estaban asidas, encontraba que tenían una fuerza
asombrosa y parecían capaces de tirar y aun de levantarle hacia
arriba, sobre lugares que ella hubiera considerado imposibles de
alcanzar. Ciertamente, sin su ayuda hubiera sido imposible, aun
para una persona sana y con unos pies normales y fuertes.

No pasó mucho tiempo tampoco, antes de que ella se diera


cuenta de otra manera de cuánto necesitaba su ayuda, puesto que
no era solamente lo escarpado de la subida y su propio defecto
físico y debilidad lo que hacía difícil la jornada. Para su sorpresa
y sufrimiento encontró que había enemigos en el camino quienes
ciertamente hubieran tenido éxito en hacerla volver atrás si
hubiera estado sola. Para explicar esto debemos ir ahora
nuevamente atrás, al Valle de la Humillación y ver lo que estaba
pasando allí. Grande era la ira y consternación de todo el clan de
los Temerosos cuando descubrieron que Miedosa se había
escapado del Valle y se había ido fuera a las montañas en
compañía del Pastor al cual ellos tanto odiaban. Mientras ella
era la fea, lisiada y miserable Miedosa, sus parientes no tenían
mucho interés en lo que le pudiera suceder. Pero ahora
encontraban intolerable que de toda la familia sólo ella hubiera
tomado el camino para ir a vivir en los Lugares Altos. Quizá se
le otorgaría un lugar de servicio en el palacio del Gran Rey.

¿Quién era Miedosa para que este privilegio le fuera


concedido mientras que el resto de la familia tenía que trabajar
sin descanso en el Valle de la Humillación? No era que ellos
quisieran ir a las montañas, nada de eso, pero les resultaba
intolerable de que Miedosa fuera la que lo hiciera. De manera

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que sucedió que en lugar de ser una “don nadie” a los ojos de
sus parientes, Miedosa se había vuelto de pronto la figura central
en su interés y pensamiento. No era solamente el círculo
inmediato de parientes Temerosos los preocupados acerca del
asunto, sino también todos los otros más distantes. Ciertamente,
toda la población del valle, exceptuando a los siervos del Rey-
Pastor, estaban enojados por su partida, y habían determinado
que de una manera u otra ella debía ser traída de vuelta y que
debían quitarle al odiado Rey-Pastor el éxito de habérsela
secuentrado.

Entre los parientes de más influencia, se hizo un gran


consejo de familia y fueron discutidos modos y maneras por los
cuales ella podía ser capturada más efectivamente y traída de
vuelta al Valle como una esclava permanente. Finalmente, se
pusieron de acuerdo que alguien debía ser enviado tras ella lo
más pronto posible con el propósito de forzarla a volver. Pero no
podían ocultar a sí mismos que el traerla por la fuerza podía
resultar imposible, puesto que aparentemente ella se había
puesto bajo la protección del Rey-Pastor. Deberían, pues, de
encontrarse medios que fueran capaces de seducirla a que dejara
a su Rey-Pastor por su propia voluntad. ¿Cómo podría esto
llevarse a cabo? Al final fue decidido unánimemente mandar un
mensajero familiar llamado Orgullo. La elección cayó sobre él
por varias razones. Primero, no sólo era fuerte y poderoso sino
que también era un hombre muy apuesto, y, cuando él lo quería,
podía ser sumamente atractivo. Se enfatizó que si otros medios
carecieran de éxito, él no escatimaría el ejercer todos sus
poderes de fascinación con el propósito de engatusar a Miedosa
y alejarla del Rey-Pastor. Además, era bien sabido el hecho de
que el joven era por naturaleza demasiado orgulloso para admitir
la derrota o falta de éxito en cualquier empresa que llevara a

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cabo, y que no se daría por vencido hasta que cumpliera con su
propósito. Como todo el mundo sabía, el confesar una derrota y
volver sin Miedosa sería lo último que le podría pasar a Orgullo,
de manera que cuando él consintió en tomar esta tarea era
porque sentía que el asunto era factible.

Miedosa y sus dos acompañantes por lo tanto llevaban sólo


unos pocos días en su jornada y habían hecho un lento pero
firme progreso, cuando una mañana, dando vuelta a una esquina
del sendero rocoso, Orgullo fue visto cruzando a grandes
zancadas el camino hacia ellas. Ella ciertamente resultó
sorprendida y desconcertada ante esta inesperada aparición, pero
no indebidamente alarmada. Este primo siempre había ignorado
su existencia en tal grado, que a lo primero nunca se le ocurrió
que ni siquiera le hablaría, sino que esperaba verlo pasar por su
lado en la manera de forma arrogante que acostumbraba hacerlo.
El mismo Orgullo, quien había estado ocultándose y espiando
por varias horas antes de hacerse ver, estaba contento de
encontrar que si bien Miedosa parecía estar viajando al cuidado
de dos fuertes acompañantes, el Rey-Pastor mismo
aparentemente no estaba con ella. Por lo tanto, se le acercó
bastante confiado pero con una amabilidad y modales poco
usuales, y para sorpresa de Miedosa se paró cuando les encontró
y le saludó. Bueno, prima Miedosa, aquí estás tú, al fin. He
tenido que correr tanto para encontrarte. ¿Cómo te va, Primo
Orgullo? dijo la pobre simplona. Miedosa, por supuesto, debería
de haber sabido mejor que no sólo no debía saludar, sino mucho
menos pararse y hablar con aquel individuo del Valle. Pero
resultaba más bien agradable, después de haber sido desairada e
ignorada por años, ser de pronto saludada, como una igual a los
demás. Además de esto, su curiosidad fue despertada. Por
supuesto, si hubiera sido aquel detestable Malicioso, nada le

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hubiera inducido a pararse y hablar con él. Pero se trataba de
otro sujeto más respetable.

Miedosa, dijo Orgullo seriamente, tomando su mano en un


gesto amable y amistoso (sucedió que el lugar en la senda no era
tan escarpado y por lo tanto ella había soltado sus manos de
Pena y Sufrimiento), he hecho este viaje con el propósito de
tratar de ayudarte, te ruego que me dejes hacerlo y que me
escuches muy atenta y seriamente: Mi querida prima, debes de
abandonar este viaje extraordinario y volver conmigo al Valle.
Tú no te das cuenta de la verdadera posición en la cual te has
colocado, ni del negro futuro delante de ti. El que te persuadió
de comenzar este viaje inconveniente (Orgullo ni siquiera podía
nombrar al Rey-Pastor por su nombre), ha seducido también a
otras inocentes víctimas de la misma manera. ¿Sabes lo que te
sucederá, Miedosa, si persistes en seguir adelante? Todas esas
bellas promesas que El te ha hecho, sobre llevarte a Su Reino y
hacerte vivir felizmente para siempre, verás, más tarde, que son
falsas, cuando Él te lleve a las partes más altas y desoladas de
las montañas, te abandonará para siempre, y tú quedarás
expuesta a una vergüenza constante. Pobre Miedosa, trató de
tironear su mano atrás, porque ahora ella comenzaba a entender
el significado de su presencia y su acentuado odio por el Rey-
Pastor, pero cuando ella forzó para quitar su mano, él solamente
la asió con más fuerza. Tenía que aprender que una vez que el
Orgullo se ha hecho escuchar, la lucha con él es una de las cosas
más difíciles. Ella detestaba las cosas que él había dicho, pero
con su mano asida a la de él las mismas tenían el poder de
representarse como horriblemente plausibles y verdaderas.

¿Es que acaso ella misma alguna vez no había dado en el


fondo de su corazón cabida a la misma idea y posibilidad que

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Orgullo le estaba sugiriendo ahora? Aunque el Rey-Pastor le
abandonara (y no podía creerlo), no ocurriría que aquel que
permitió que Pena y Angustia fueran sus compañeras, no
permitiría también (para el bien de su alma, por supuesto), que
ella fuera avergonzada ante sus parientes y conocidos, ¿No
estaba casi segura de que estaría expuesta al ridículo? ¿Quién
podría saber por qué el Rey-Pastor le permitiría pasar por todas
esas cosas? para su propio bien, quizá, pero bastante intolerable
para pensarlo. Es una cosa fatal dejar a Orgullo que le tome a
una de la mano, descubrió de pronto Miedosa, ¡sus sugerencias
son tan terriblemente fuertes! A través del contacto físico él la
estaba forzando a volver a casa casi con una fuerza irresistible.

Vuelve, Miedosa, le dijo vehemente, date por vencida y


abandónalo antes de que sea demasiado tarde. En el fondo de tu
corazón tú sabes que lo que te estoy diciendo es la verdad y que
serás expuesta a la vergüenza delante de todo el mundo. Deja
esta empresa cuando todavía estás a tiempo. ¿No es una promesa
meramente ficticia la de vivir en los Lugares Altos teniendo que
pagar el alto costo que se te pide? ¿Qué es lo que buscas en ese
reino mitológico de arriba? Completamente contra su voluntad,
y simplemente porque él parecía tenerla a su merced, Miedosa
dejaba que le sacara las palabras.

Estoy buscando el Reino del Amor, dijo ella débilmente.


Yo pensé en eso, dijo burlonamente Orgullo, buscando el deseo
de tu corazón, ¿eh? Y ahora, Miedosa, ten un poco de orgullo,
pregúntate a ti misma honestamente, si no eres tan fea y
deformada que ni siquiera en el Valle hay alguien que te quiera.
¡Esta es la verdad desnuda! Entonces, cuanto menos serás
bienvenida al Reino del Amor donde se dice que no se admite
nada que sea feo, defectuoso e imperfecto. ¿Puedes realmente

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esperar encontrar lo que estás buscando? No, te vuelvo a decir
que tú sientes esto y bien lo sabes. Entonces sé honesta por lo
menos, y abandónalo, vuélvete conmigo antes que sea
demasiado tarde.

¡Pobre Miedosa! La urgencia de volverse atrás parecía casi


irresistible, pero en aquel momento, cuando estaba asida de la
grosera mano de Orgullo, sintiendo como si cada palabra que él
hablase fuera la horrenda verdad, ella tenía una visión interior
del rostro del Pastor. Recordó la mirada con la cual El le había
prometido: Me comprometo a llevarte allí, y tú no serás
avergonzada. Entonces fue como si le oyese de nuevo,
repitiéndolo suavemente, como mirando una visión radiante en
la distancia:

He aquí eres bella; tus ojos como de paloma,


he aquí que tú eres hermosa, amiga mía;

Antes de que Orgullo pudiera darse cuenta de lo que estaba


pasando, Miedosa profirió un grito desesperado de ayuda hacia
arriba en las montañas. ¡Ven a mí, Rey-Pastor, ven pronto, no te
tardes, oh, mi Señor! Hubo un sonido de caer de piedras sueltas
y un prodigioso brinco, y en el instante siguiente el Pastor estaba
en el sendero al lado de ellos, Su rostro levantado en alto. Un
solo golpe a su espalda bastó para que Orgullo soltara la mano
que había estado apretando tan fuertemente y se fuera camino
abajo, resbalando y tropezando con las piedras a medida que
caminaba, y en un momento estaba fuera de la vista. Miedosa,
dijo el Pastor, en un tono amable pero de firme reprensión. ¿Por
qué permitiste que Orgullo viniera a ti y te tomara de la mano?
Si tú hubieras estado sosteniendo las manos de tus dos ayudantes
esto nunca podía haber sucedido. Por primera vez, Miedosa

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tomó las manos de sus dos compañeras por su propia voluntad, y
ellas la sostuvieron fuertemente, pero nunca antes había estado
sostenida de ellas con tanto dolor, amargura y disgusto.

Aprendió de esta manera su primera importante lección en


el viaje hacia arriba; que si una se para a conversar con Orgullo
y escucha sus sugestiones ponzoñosas, el sufrimiento se vuelve
después inexplicablemente más imposible de soportar y la
tristeza produce más amargura en el corazón. Por un rato,
Miedosa cojeó más dolorosamente que nunca desde que había
dejado el Valle. Orgullo había pisado sus pies, en el momento
que ella gritó por ayuda, y se los había dejado más lisiados y
doloridos que nunca.

6. Rodeo a través del desierto

Después del encuentro con Orgullo, Miedosa y sus


compañeras siguieron su camino, pero ella se vio obligada a
cojear dolorosamente y no podía caminar sino muy despacio.
Sin embargo, aceptó la asistencia de sus dos guías con mucho
más gusto que anteriormente, y gradualmente los efectos del
encuentro se fueron esfumando y estaba más capacitada para
hacer mejores progresos. Un día tras una vuelta de la senda, vio,
para su asombro y consternación, una gran planicie que se
extendía ante ellas. Tan lejos como sus ojos podían ver no
parecía haber nada más que desierto, la expansión sin fin de
dunas arenosas, sin ningún árbol a la vista. Los únicos objetos
que rompían la monotonía del desierto eran unas pirámides
raras, que se levantaban sobre las dunas de arena, blanqueadas
con los años y espantosamente desoladoras. Para el horror de
Miedosa, sus dos guías se dispusieron a seguir la senda que

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conducía hacia allí. Ella se detuvo desanimada y les dijo: No
debemos ir allí. El Rey-Pastor me ha llamado a ir a los Lugares
Altos. Debemos encontrar algún camino que vaya hacia arriba,
pero no allí abajo. Pero ellas le hicieron señas de que las siguiera
hacia abajo, por la senda escabrosa hacia el desierto.

Miedosa miró hacia la izquierda y la derecha, pero aunque


parecía increíble, no había manera posible por la cual ellas
pudieran continuar su ascensión hacia arriba. La colina en que
estaban, terminaba abruptamente en ese precipicio, y los
peñascos rocosos se levantaban sobre ellas en todas direcciones,
rectos como paredes y sin ningún lugar donde apoyar el pie. Yo
no puedo ir allí abajo, dijo Miedosa jadeante, enferma del
impacto y llena de temor. El nunca pudo tener esto en sus
planes, ¡nunca! Me ha llamado a los Lugares Altos, y ésta es una
contradicción absoluta a todo lo que me ha prometido. Entonces
levantó su voz y llamó desesperadamente: Rey-Pastor, ven a mí.
Oh, te necesito; ven y ayúdame. En un momento El estaba allí,
al lado de ella. Rey-Pastor, dijo desesperadamente, yo no puedo
entender esto, las guías que Tú me has dado dicen que debemos
ir abajo allí en el desierto, alejándonos de los Lugares Altos para
siempre. Tú no quisiste decir esto, ¿verdad? No puedes
contradecirte a Ti mismo. Diles que no vamos a ir allí, y
muéstranos otra senda. Haz un camino para nosotros, Rey-
Pastor, como Tú has prometido. El la miró y respondió muy
gentilmente: Ese es el camino, Miedosa, y tú tienes que ir allí
abajo. ¡Oh, no! clamó ella, Tú no puedes querer decir eso.
Dijiste que si confiaba en Ti me traerías a los Lugares Altos, y
ese camino lleva directamente en dirección opuesta a ellos.
Contradice todo lo que tú has prometido. No, dijo el Rey-Pastor,
no es una contradicción, solamente lo pospone para que lo que
venga sea lo mejor posible. Miedosa sintió como si El le hubiera

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herido en su corazón. Quieres decir, dijo ella con aire de
incredulidad, ¿realmente quieres decir que yo tengo que seguir
ese camino abajo que lleva a ese desierto y entonces meterme
allí, lejos de las montañas en forma indefinida? ¿Por qué? y
hubo un sollozo de angustia en su voz, pueden ser meses, aun
años, antes de que ese camino conduzca nuevamente a las
montañas, Oh, Rey-Pastor, ¿quieres tú decir que es una demora
indefinida?

Él inclinó su cabeza silenciosamente, y Miedosa cayó en


sus rodillas a sus pies, casi abrumada. El la estaba guiando lejos
del deseo de su corazón, y no le dio una promesa de traerla de
vuelta. Al mirar ella sobre lo que parecía un desierto sin fin, la
única senda que pudo ver que conducía más lejos iba alejándose
más y más de los Lugares Altos, y era todo desierto. Entonces Él
contestó muy quietamente: Miedosa, ¿me amas lo suficiente
como para aceptar la demora y la aparente contradicción de la
promesa, y para ir allí abajo conmigo al desierto? Ella estaba
aún agachada a sus pies, sollozando como si su corazón se fuera
a romper, pero ahora miró levantando su vista con los ojos
llenos de lágrimas, tomó su mano en las de ella, y dijo
temblando: Yo te Amo, tú sabes que te amo. Oh, perdóname
porque no puedo detener mis lágrimas. Iré allí abajo contigo al
desierto, aunque sea diferente a tu promesa, si tú realmente lo
deseas. Aunque no puedas decirme porque tiene que ser así, iré
contigo porque sé que te amo, y que tú tienes la correcta
elección para mí en cualquier cosa que te plazca.

Era muy temprano en la mañana, y arriba sobre ellos, como


colgando del cielo sobre la silenciosa expansión del desierto,
estaba una luna creciente y la estrella de la mañana brillando
como una joya cerca de ella. Allí Miedosa construyó su primer

51
altar en las montañas, una pequeña pila de rocas quebradas, y
entonces, con el Rey-Pastor estando cerca de ella, dejó sobre el
altar su temblor, y su voluntad rebelde. Una pequeña llama vino
de alguna parte, y en un instante no quedó nada sobre el altar
sino un montón de cenizas. Es decir, ella pensó primeramente
que allí había sólo cenizas, pero el Pastor le dijo que mirara más
cerca, y allí entre las cenizas vio una pequeña piedrecita de una
clase de color oscuro, como un guijarro. Levántala y tómala
contigo, le dijo el Pastor gentilmente, como un recuerdo de este
altar que construiste, y de todo lo que él significa. Miedosa tomó
la piedrecita de entre las cenizas, apenas la miró y sintió que
hasta el fin de su vida nunca necesitaría un recuerdo del altar,
puesto que nunca podría olvidar la angustia de aquella primera
rendición, pero dejó caer la piedrecita dentro de una pequeña
bolsita que el Rey-Pastor le dio y la guardó cuidadosamente.
Entonces comenzaron el descenso hacia el interior del desierto,
y al dar el primer paso Miedosa sintió un estremecimiento del
más dulce gozo y consuelo que surgía de su interior, porque
halló que el mismo Rey-Pastor iba junto a ellas. No tendría a
Pena y Angustia como sus únicas acompañantes, sino que El
estaba también allí. Cuando empezó su marcha hacia abajo El
comenzó una canción que Miedosa no había oído antes, tan
dulce y reconfortante que su dolor fue desapareciendo. Era como
si la canción le sugiriera a ella una parte por lo menos de la
razón del por qué de esta demora a sus esperanzas. He aquí la
canción que El cantaba:

EL HUERTO CERRADO

Jardín cerrado es mi amiga,


su fruta madura está;
fuente cerrada y sellada

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y la sed desesperada,
¿quién la podrá aquí saciar?

Levántate, viento y sopla


en este huerto cerrado;
despréndanse sus aromas...
que las perciba mi amado
pues sé, le será de agrado
que se esparzan en las lomas.

Llegaron al desierto muy rápidamente, porque aunque el


camino era ciertamente muy escarpado, Miedosa estaba
dependiendo del Rey-Pastor, y por lo tanto no sentía ningún
signo de debilidad. Para la tarde de ese mismo día todos estaban
sobre las dunas de arena y caminando hacia ciertas chozas
construidas en la sombra de una de las grandes pirámides, donde
debían descansar por la noche. En la hora del crepúsculo,
cuando el cielo estaba teñido de un rojo brillante y encendido
sobre el borde oeste del desierto, el Rey-Pastor guió a Miedosa
fuera de las chozas, hacia el pie de la pirámide.

Miedosa, le dijo, todos mis siervos que marchan hacia los


Lugares Altos tienen que hacer esta vuelta a través del desierto
de Egipto. Es llamado “Horno y Crisol”, aquí han aprendido
muchas cosas que de otra manera hubieran sido desconocidas
para ellos. Abraham fue el primero de Mis siervos en venir por
este camino, y esta pirámide estaba ya mohosa por los años
cuando él la miró por primera vez. Entonces vino José, con
lágrimas y angustia de corazón, y al pasar cerca de ella aprendió
la lección del valor de la tristeza y el sufrimiento. Y ahora estás
tú aquí, Miedosa, también tú estás en la línea de sucesión de los
héroes de la fe. Esto es un gran privilegio, y si quieres, también

53
puedes aprender la lección del horno y el crisol tan seguramente
como lo hicieron aquellos antes que tú. Los que han descendido
al horno después siguen su camino como hombres y mujeres
reales, príncipes y princesas de la linaje real.

Miedosa miró hacia arriba a la pirámide, ahora


ensombrecida y oscura contra el cielo crepuscular, y aislada en
la soledad del desierto, aun así le pareció como uno de los
objetos más majestuosos que jamás hubiera visto. Entonces, de
pronto, el desierto se llenó de gente, una verdadera procesión
tenía lugar. Allí estaba Abraham mismo y Sara su mujer,
aquellos primeros y solitarios exilados a una tierra extraña; allí
estaba José, el traicionado y herido hermano quien había sido
vendido a la esclavitud, quien cuando lloró echando de menos la
tienda de su padre, vio solamente la extraña pirámide. Luego,
uno tras otro, Miedosa vio una gran hueste que ningún hombre
podía contar, a través del desierto en una línea sin fin. El último
en la línea tenía una mano libre que ella tomó, y he aquí que ella
estaba también en la gran cadena. Entonces vinieron a sus oídos
unas palabras, las cuales oyó quieta y atentamente: No temas,
Miedosa, de entrar en Egipto; porque allí haré de ti una gran
nación; yo iré a Egipto contigo, y seguramente te volveré a traer
arriba otra vez.

Después de esto fueron de vuelta a las chozas para


descansar aquella noche. En la mañana el Rey-Pastor llamó a
Miedosa otra vez y la guió fuera, pero esta vez El abrió una
pequeña puerta en la pared de la pirámide y la llevó adentro.
Había un pasadizo que guiaba al centro, y de allí a una escalera
de caracol que iba a los pisos de arriba. El Rey-Pastor abrió otra
puerta que llevaba de la cámara central a otra de la planta baja
muy grande y que parecía un granero. Había grandes pilas de

54
grano por doquier excepto en el centro. Allí en un espacio
abierto habían hombres almacenando las diferentes clases de
grano en distintas maneras y moliéndolas hasta hacerlas polvo,
algunas más gruesas y otros más finos. A un lado estaban las
mujeres sentadas en el suelo con piedras cóncavas, moliendo lo
mejor del trigo y convirtiéndolo en el polvo mejor y más fino
posible. Observándolas por un rato, Miedosa vio cómo los
granos eran primero trillados y machacados hasta desmenuzarlos
en pedazos, pero todavía el proceso del molido y trillado
continuaba, hasta que por último el polvo era lo suficientemente
fino para hacer el mejor pan de trigo. Mira, le dijo el Rey-Pastor
gentilmente, cuán variados son los métodos que se usan para
moler las diferentes variedades de grano, de acuerdo a su uso
especial y también a su propósito. Entonces añadió: Que el
eneldo no se trilla con trillo, ni sobre el comino se pasa rueda de
carreta; sino que con un palo se sacude el eneldo, y el comino
con una vara. El grano se trilla; pero no lo trillará para siempre,
ni lo comprime con la rueda de su carreta, ni lo quebranta con
los dientes de su trillo (Is. 28, 27.28).

A medida que Miedosa miraba a las mujeres golpeando el


pan de maíz con sus piedras pesadas, notó qué largo era el
proceso antes de que el fino polvo fuera el resultado de la
molienda y estuviera listo para ser usada. Entonces oyó decir al
Rey-Pastor: Yo traigo a mi gente a Egipto con el propósito de
que ellos también puedan ser trillados y machacados para
convertirse en el más fino polvo y puedan volverse pan para
otros. Pero recuerda que, aunque el grano de maíz o de trigo es
machacado, nadie le trilla para siempre; sino tan sólo hasta que
el grano machacado y roto está listo para su más refinado uso.
También esto salió del Dios de los ejércitos, para hacer
maravilloso el consejo y engrandecer la sabiduría (Is. 28,29).

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Después de esto el Rey-Pastor la tomó y guió de vuelta a la
cámara central y ascendieron por la escalera de caracol, girando
arriba y más arriba en la oscuridad. Allí, en el próximo piso,
llegaron a otro cuarto más pequeño, en el centro del cual había
un alfarero, quien trabajaba en la rueda. A medida que hacía
girar la rueda daba forma a su barro en muchos y variados
modelos y formatos. El material era cortado y amasado, luego se
le daba forma, pero siempre el barro descansaba sobre la rueda,
sometido a cada uno de los toques del alfarero en forma
inevitable e irresistible. Mirando esta escena, el Rey-Pastor dijo:
También en Egipto yo fabrico mis vasos más bellos y más finos,
y los hago instrumentos para mi trabajo, según me parecen
mejor hacerlos. Entonces El sonrió y añadió: ¿No podré yo
hacer contigo, Miedosa, como este alfarero? He aquí, como el
barro en la mano del alfarero, así sois vosotros en mi mano (Jr.
18,6). Por último, la llevó arriba en la escalera al piso más alto.
Allí encontraron una habitación con un horno en el cual el oro
estaba siendo fundido y refinado de toda su escoria. En el horno
había rudas piezas de piedra y roca que contenían cristales;
éstas, puestas en gran calor, se dejaban allí por un tiempo.
Cuando eran sacadas, he aquí que eran joyas gloriosas, brillando
como si hubieran recibido el fuego dentro de sus mismos
corazones. Miedosa estaba junto al Rey-Pastor, mirando con
cierta actitud de encogimiento dentro del fuego, fue entonces
cuando El le dijo las más bellas y cariñosas palabras que jamás
había oído: Pobrecita, fatigada con tempestad, sin consuelo; he
aquí que yo cimentaré tus piedras sobre diamantes, y sobre
zafiros te fundaré. Luego añadió: Mis joyas únicas y
seleccionadas y mi oro más fino son aquellos que han sido
refinados en el horno de Egipto, y cantó un verso de una corta
canción:

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Pondré mis manos en tu corazón
y toda escoria de ti quitaré
con fuego de dolor te cubriré.
¡No te asombres, y mira por la fe,
mi cruz Por ti, mi cruz por ti...!

Permanecieron en las chozas en el desierto por varios días,


y Miedosa aprendió muchas cosas de las cuales nunca antes
había oído. Sin embargo, algo hizo especial impresión en ella:
En todo ese grande desierto, no había una sola cosa verde que
creciera, ni un árbol ni una flor ni una planta, solamente se veían
cactus grises esparcidos. En la última mañana, cuando estaba
caminando cerca de las tiendas y chozas de los moradores del
desierto, en un rincón solitario detrás de una pared se acercó a
una pequeña flor amarilla creciendo allí sola. Un viejo caño
estaba conectado con el tanque de agua. En el caño había un
diminuto agujero a través del cual caía ocasionalmente una
gotita de agua. Donde las gotas caían una por una, allí había
crecido la pequeña flor amarillo-oro; Miedosa no se podía
imaginar de dónde había venido la semilla, puesto que no había
pájaros por ninguna parte ni ninguna otra cosa viva.

Ella se detuvo junto a la solitaria y pequeña flor dorada, la


cual levantaba su corola tan esperanzada y valiente al goteo del
caño, y le dijo suavemente: ¿Cuál es tu nombre, florecilla?,
porque nunca he visto otra como tú antes. La pequeña plantita
contestó en un tono tan precioso como el color dorado que tenía:
He aquí, mi nombre es Aceptación-con-Gozo. Miedosa pensó en
las cosas que había visto en la pirámide: la planta del trillado y
la rueda giratoria y el gran horno, de alguna manera la respuesta
de la pequeña flor amarilla que creía sola en la extensión del
desierto se introdujo en su corazón e hizo allí un eco débil pero

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dulce, que la llenó de consuelo. Entonces dijo: El me ha traído
aquí cuando yo no quería venir, por un propósito suyo. Yo
también miraré arriba, hacia su rostro y diré: “Heme aquí, yo
soy tu pequeña criada Aceptación-con-Gozo”. Entonces se
detuvo y agachándose levantó un guijarro que estaba en la arena
junto a la flor y lo puso en la bolsita con la primera piedrecita
que había recogido del altar.

7. En las orillas de la soledad

Después de que hubieron caminado juntos a través de las


calientes arenas del desierto, un día, inesperadamente,
encontraron un camino que cruzaba la ruta principal la cual ellos
habían estado siguiendo. Éste, dijo el Rey-Pastor quietamente,
es el camino que ahora deberán seguir. Entonces se volvieron
hacia el occidente con los Lugares Altos detrás de sus espaldas y
en un rato ya estaban al final del desierto, se encontraron en las
orillas de un gran mar.

Ahora es tiempo para que me vaya, Miedosa, dijo Él, y


vuelva a las montañas. Recuerda, aunque te parezca que estás
más lejos que nunca de los Lugares Altos y de mí mismo, no hay
en realidad distancia de separación en absoluto entre nosotros.
Yo puedo cruzar las arenas del desierto tan velozmente como
puedo saltar de los Lugares Altos a los valles, y siempre que me
llames vendré a ti. Esta es la promesa que ahora dejó contigo;
créelo y practícalo con gozo, mis ovejas oyen mi voz y me
siguen. Siempre que estés deseosa de obedecerme, Miedosa, y
de seguir el camino de Mi elección, encontrarás que puedes oír y
reconocer mi voz, y cuando la oigas debes de obedecerme,
recuerda también que siempre es seguro el obedecer mi voz, aun

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si te parece que te llamo a andar en sendas que resulten
imposibles, aun fuera de la razón. Diciendo esto, la bendijo y se
retiró de ellas, saltando sobre el desierto hacia los Lugares Altos,
los cuales estaban actualmente detrás de ella. Miedosa y sus dos
compañeras caminaron a lo largo de las costas del gran mar por
muchos días, y a lo primero le parecía que hasta ese momento en
realidad ella nunca había conocido lo que era la soledad.

El valle verde donde ella y todos sus amigos habían vivido


parecía muy lejano, detrás de ella. Aún las montañas estaban
fuera del alcance de su visión, y no parecía haber nada más en el
inmenso mundo que el desierto de arena sin fin y el enorme mar
gimiendo tristemente del otro lado. Allí no crecía nada, ni
árboles ni arbustos ni siquiera hierba, pero las orillas estaban
esparcidas con arrugadas masas de algas enredadas. Nada vivía
en toda la región, a no ser las gaviotas dando vueltas y gritando
sobre los cangrejos que corrían a través de la arena en dirección
a sus madrigueras. A intervalos, también, un viento helado venía
con las oleadas, cortante como un puñal de acero. En esos días
Miedosa nunca dejó de asirse de la mano de sus compañeras, y
era sorprendente con qué eficiencia la habían ayudado a lo largo
del camino. Quizá pareciera extraño, pero era la manera en que
Miedosa caminaba, más rápido y más derecha que antes y con
apenas una cojera, porque algo había pasado en el desierto que
había dejado una marca sobre ella por el resto de su vida. Era
una marca interior y secreta, y ninguno hubiera notado la
diferencia exteriormente, pero un cambio interior estaba
indicando que algo cambiaba dentro de sí, marcando una
importante etapa en su vida.

Había estado abajo en Egipto y había mirado las piedras


pulidoras, la rueda, y el horno, y sabía que eso simbolizaba una

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experiencia que ella misma debería de pasar. Algo admirable era
que Miedosa fuera capaz de saber esto y de aceptarlo, y dentro
de sí sabía que con esa aceptación se abría un abismo entre ella
y su vida pasada; un abismo que nunca más podía cerrarse.
Podía mirar atrás a través del verde valle entre las montañas y
verse allí con los obreros del Rey-Pastor, alimentando al
pequeño rebaño, lisonjeando delante de sus parientes y yendo al
estanque de mañana y de noche para la cita con el Rey-Pastor.
Pero era como mirar a otra persona, y se dijo a sí misma: “Yo
era esa mujer, pero ya no soy esa mujer ahora”. Ella no entendía
cómo había sucedido, pero lo que el Pastor le había dicho
sucedió en ella, para aquellos que descienden en el horno a
Egipto y encuentran la flor de la Aceptación-con-Gozo vuelven
cambiados y con la estampa de la realeza sobre ellos. Es verdad
que Miedosa no se sentía real en absoluto, y ciertamente
tampoco lo parecía. Sin embargo, había sido estampada con la
marca, y nunca sería la misma de antes. Por lo tanto, a pesar de
que fue día tras día con Pena y Angustia a lo largo de la costa
del gran mar de la Soledad, no lo hizo quejándose o
lamentándose. Ciertamente, una cosa que parecía imposible,
estaba sucediendo. Una nueva clase de gozo estaba surgiendo de
su corazón, y ella comenzó a notar que veía belleza en esa
extensión, cosa a la cual había estado antes inconsciente.

A menudo su corazón se estremecía con un éxtasis interior


cuando miraba al sol centellear en las alas de las revoltosas
gaviotas, haciéndoles brillar tan blancas como la nieve que había
en los picos de los tan lejanos Lugares Altos. Aun sus gritos
melancólicos y los lamentos de las olas del agua suscitaron en
ella una pena que era extrañamente bella. Tenía el sentimiento
que en algún lugar muy lejano, habría un significado para toda
esta pena y una respuesta tan justa y maravillosa que le haría

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comprenderlo todo. Frecuentemente también reía a toda voz
mientras miraba los grotescos y pequeños cangrejos. Cuando el
sol brillaba intensamente, como sucedía algunas veces, aun el
mar gris y lúgubre era transformado en algo de extrema belleza,
con la luz centelleante en las curvas verdes de las rompientes y
la espuma, y el horizonte azul como la medianoche. Cuando el
sol brillaba así en las vastas extensiones de las aguas parecía
como si todas sus penas hubieran sido tragadas por el gozo, y
ella suspiraba: Cuando El me haya probado, saldré como el oro.
El llanto puede durar por una noche, mas el gozo vendrá al
clarear la mañana.

Un día vinieron a un lugar en la orilla donde había altos


peñascos y rocas esparcidas por todas partes. En este lugar
deberían de descansar por un tiempo, y mientras estaban allí,
Miedosa anduvo recorriendo el lugar por sí misma. Después de
escalar el peñasco se encontró mirando dentro de una pequeña
ensenada completamente encerrada por tres lados por los
peñascos y sin nada dentro sino pilas de algas enredadas. La
primera impresión que hizo sobre ella fue la de su vaciedad.
Parecía yacer allí como un corazón vacío, esperando y
anhelando por la marea lejana que se había retirado a tal
distancia que era imposible que volviese. Sin embargo, cuando
atraída por un impulso de visitar la ensenada solitaria, Miedosa
volvió atrás al mismo lugar que unas horas antes, todo estaba
cambiado. Las olas empujaban ahora hacia adelante con una
fuerza de la marea alta que las hacía seguir su curso con todo
ímpetu. Mirando sobre el borde del peñasco, vio que la ensenada
que había estado tan vacía estaba ahora llena hasta el borde.
Grandes olas, sonando como ruido de rugidos y risas, se
derramaban en la estrecha entrada, saltaban contra los lados,
tomando el lugar de cada espacio y borde vacío. Al ver esta

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transformación, Miedosa se arrodilló en el borde del peñasco y
construyó su tercer altar. Oh mi Señor, y exclamó: Te doy
gracias por guiarme hasta aquí. Heme aquí, vaciada como esta
pequeña ensenada pero esperando Tu tiempo para ser llenada
hasta el borde con la marea del Amor. Entonces recogió la
piedrecita de cuarzo y cristal que estaba sobre la roca del
peñasco y la echó dentro de su bolista juntamente con las otras
piedras memoriales que llevaba con ella.

Un poco de tiempo después de la construcción de ese nuevo


altar, sus enemigos estaban sobre ella otra vez. Lejos, en el Valle
de la Humillación, sus parientes habían estado esperando el
retorno de Orgullo con su víctima, pero como el tiempo pasaba y
él no volvía, y Miedosa no hacía su reaparición, era obvio que él
debía de haber fracasado en su empresa y era demasiado
orgulloso como para admitirlo. Decidiendo que deberían
mandarse refuerzos lo antes posible, antes de que Miedosa
pudiera alcanzar los Lugares Altos y estuviera para siempre
lejos de su alcance. Se mandaron espías quienes encontraron a
Orgullo y trajeron noticias de que Miedosa no estaba en ningún
lugar de las montañas, sino allá lejos en las orillas del Mar de la
Soledad. Ella estaba yendo en una dirección bastante distinta
que la de las montañas. Esto significaba muy buenas e
inesperadas noticias, y les dio la idea de mandar los mejores
refuerzos para ayudar a Orgullo en su tarea. Hubo una completa
unanimidad en decidir que Resentimiento, Amargura y Auto-
Compasión, deberían apresurarse para colaborar en la empresa
de traer a Miedosa a sus familiares que la aguardaban con toda
vehemencia.

Salieron fuera de las orillas de la Soledad. Miedosa ahora


tenía que soportar un tiempo de asaltos realmente terribles. Es

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verdad que sus enemigos pronto descubrieron que esa no era la
misma Miedosa con quien ellos tenían que tratar. Ellos no
podían acercarse demasiado, porque ella se mantenía tan cerca
de Pena y Angustia y aceptaba su asistencia tanto más
gustosamente que antes. Sin embargo, ellos insistieron en
aparecerse ante ella, gritándole horribles sugerencias y
burlándose hasta que parecía que por doquiera que ella iba, uno
u otro se metían (habían tantos escondrijos entre las rocas) y
lanzaban sus dardos contra ella. Te lo dije, gritaba Orgullo
malignamente, ¿dónde estás ahora, pequeña tonta? ¿Arriba en
los Lugares Altos? No mucho ¿eh? ¿Sabes que todo el mundo en
el Valle de la Humillación conoce acerca de esto y se está riendo
de ti? Buscando el deseo de tu corazón, ¿eh?, y dejada
abandonada por El (justamente como yo te previne) en las
Orillas de la Soledad. ¿Por qué no me prestaste atención a lo que
te decía, pequeña tonta? Entonces Resentimiento levantó su
cabeza desde otra roca. El era extremadamente feo, no daban
deseos ni de mirarle, pero su fealdad tenía algo de fascinante. A
veces Miedosa difícilmente podía quitar sus ojos de él cuando la
miraba y osadamente le gritaba: Tú sabes, Miedosa, que estás
actuando como una ciega idiota. ¿Quién es ese Rey-Pastor al
que tú sigues? ¿Qué clase de persona es El que demanda todo lo
que tienes y toma todo de lo que tú te le ofreces sin darte nada
de vuelta sino sufrimientos, penas y angustias y ponerte en el
ridículo y en la vergüenza? ¿Por qué le dejas que te trate así?
Ponte firme y demanda que él cumpla su promesa y te lleve de
una buena vez a los Lugares Altos. Si no, dile que te sientes
absuelta de toda necesidad de seguirle por más tiempo.
Amargura irrumpió entonces con su voz y aire despreciativo.
Cuanto más te rindas a él, él más exigirá de ti. Él es cruel
contigo, y toma ventaja de tu devoción. Todo lo que te ha pedido
hasta ahora no es nada comparado con lo que te exigirá si tú

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persistes en seguirle. Él deja a sus seguidores, sí, aun mujeres y
niños, ir a los campos de concentración y a las cámaras de
tortura y espantosas muertes de todas las clases. ¿Podrías tú
soportar eso, pequeña gallina? Entonces retírate a tiempo y
déjale antes de que te demande el máximo sacrificio de todos.
Más tarde o más temprano él te pondrá en una especie de cruz y
te abandonará allí. Autocompasión hizo sonar su voz entonces y
en alguna horrible manera él era aún peor que cualquiera de los
otros. Hablaba tan suavemente y en un tono tan lastimero que
Miedosa sentía como cierta debilidad en todo su ser: Pobre
pequeña Miedosa suspiraba él. Qué mala suerte, ¿no? Tú eres
tan devota, y nunca le has rehusado nada, absolutamente nada; y
aun así es tan cruel la forma en que te trata. ¿Puedes creer
cuando él actúa para contigo de esta manera que te ame y que en
realidad en su corazón se haya propuesto hacerte bien? ¿Cómo
puede ser esto posible? Tienes todo el derecho de sentir pena por
ti. Aunque tú estés perfectamente de acuerdo en sufrir por su
causa, por lo menos otra gente debería de saberlo y
compadecerte en lugar de malentenderte y ridiculizarte como lo
hacen. Parece que aquel a quien tú sigues se deleita en hacerte
sufrir y dejar que los demás no te comprendan, pues cada vez
que te rindes a él, él se las ingenia con alguna nueva manera de
herirte y machacarte.

Esto último que Autocompasión dijo fue un gran error,


porque la palabra “machacar” trajo a la memoria de Miedosa lo
que el Pastor le había dicho cuando estaban juntos en el lugar de
trillar el trigo en la Pirámide. “El maíz y el trigo se trillan”,
había dicho él, “pero no se le trilla para siempre, solamente
hasta que esté listo para hacer pan para otros. También esto salió
del Señor de los ejércitos, para hacer maravilloso el consejo y
engrandecer la sabiduría”. Cuando ella pensó en esto, para el

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asombro tremendo de Autocompasión, Miedosa tomó un trozo
de roca y lo lanzó fuertemente contra él. Luego él decía a sus
otros tres compañeros con un tono de voz sumamente agraviado:
Si no hubiera sido porque bajé la cabeza y salté como una liebre
me podría haber dejado en el suelo, ¡la pequeña raposa! Pero
resultaba cansado el estar siendo asaltada día tras día con
sugerencias de esa clase, y mientras Pena y Angustia sostenían
sus manos, naturalmente Miedosa no se podía tapar los oídos, de
manera que sus enemigos eran capaces de hacerle pasar un mal
rato. Por fin, las cosas llegaron a un punto crítico.

Un día, cuando sus compañeras parecían estar durmiendo,


Miedosa inadvertidamente vagaba sola por los alrededores. No
estaba esta vez en su lugar favorito mirando la pequeña
ensenada, sino en una nueva dirección, y vino a un lugar desde
los peñascos que sobresalían en el mar, formaban una península
muy estrecha que terminaba en un precipicio. Cuando ella
alcanzó el fin de este promontorio se detuvo mirando la
inmensidad del mar, y para su horror encontró de pronto que sus
cuatro enemigos se le estaban acercando. Era obvio que ella se
estaba convirtiendo en una persona muy diferente, puesto que en
lugar de desmayarse de miedo por su presencia, aunque se veía
muy pálida y asustada, tomó una piedra en cada mano, y
poniendo su espalda contra una gran roca, se preparó para
resistirles hasta donde diera el límite de sus fuerzas.
Afortunadamente el lugar era demasiado angosto para que los
cuatro se acercaran juntos, pero Orgullo se puso en frente de los
otros y caminó hacia ella sosteniendo un fuerte garrote. Ya
puedes bajar de esas piedras, Miedosa, dijo arrogantemente,
somos cuatro aquí y podemos hacer lo que se nos dé la gana
contigo, pues ahora estás en nuestro poder. No sólo nos oirás,
sino que vendrás con nosotros. Miedosa levantó la cara hacia el

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cielo y con toda su fuerza llamó: Ven a liberarme de mis
enemigos, oh mi Señor! Para horror de los cuatro rufianes, allí
estaba el mismo Rey-Pastor, saltando hacia ellos a lo largo del
angosto promontorio, más terrible que un gran ciervo de la
montaña con agudos cuernos. Resentimiento, Amargura y
Autocompasión trataron de tirarse al suelo y lanzarse hacia un
costado mientras él saltaba hacia el lugar donde Orgullo estaba
amenazando a Miedosa. Tomándolo por sus hombros, el Rey-
Pastor lo hizo girar alrededor, lo levantó en el aire, donde él
lanzó un agudo y desesperado grito, y entonces lo dejó caer
sobre el borde del peñasco dentro del mar.

Oh Rey-Pastor, suspiró Miedosa, sacudiéndose con alivio y


esperanza, gracias. ¿Crees que Orgullo se haya muerto? No, dijo
el Rey-Pastor, es improbable, él lanzó una mirada hacia el
peñasco mientras hablaba y pudo ver a Orgullo nadando como
un pez hacia la orilla, y añadió: Allí va, pero hoy ciertamente ha
tenido una caída que jamás olvidará, y cojeará por algún tiempo.
En cuanto a los otros tres, se han esfumado, escondiéndose en
algún lugar, y no tendrán deseos de molestarte otra vez ya que
ahora que se dan cuenta de que estoy contigo cuando me llamas.
Rey-Pastor, dijo Miedosa seriamente, dice, ¿por qué casi caigo
otra vez en las garras de Orgullo, y por qué Resentimiento,
Amargura y Autocompasión han podido molestarme tanto? No
te he llamado antes porque nunca se habían atrevido a
acercárseme para un ataque real, pero deben de haber estado
espiando alrededor todo el tiempo y haciendo sus horribles
sugerencias, y no pude deshacerme ni huir de ellos. ¿Por qué
fue? Yo creo, dijo el Pastor gentilmente, que últimamente la
senda parecía un poco más fácil y el sol estaba brillando, por lo
tanto tú viniste a un lugar donde pudieras descansar. Te
olvidaste por un momento que tú eres mi pequeña criada

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Aceptación-con-Gozo y comenzaste a decirte a ti misma que ya
era tiempo que te guiara a las montañas de arriba a los Lugares
Altos y cuando en tu corazón pones la hierba de la impaciencia
en lugar de la flor de Aceptación-con-Gozo, siempre encontrarás
que tus enemigos toman ventaja de ti.

Miedosa se sonrojó. Ella sabía en su interior cuán acertado


había estado el Rey-Pastor en su diagnosis. Hubiera sido más
fácil el aceptar el camino difícil y ser paciente cuando el mar era
gris y el ambiente triste que ahora cuando el sol brillaba y todo
alrededor lucía brillante y feliz. Miedosa puso su mano en la del
Rey-Pastor y dijo con pena: Tienes razón. Yo he estado
pensando que me dejas seguir este sendero por demasiado
tiempo y que te estás olvidando de tu promesa. Entonces añadió,
mirando firmemente a su rostro, pero ahora te digo con todo mi
corazón que tú eres mi Rey-Pastor cuya voz amo oír y deseo
obedecer, y que mi gozo es seguirte. Tú escoge para mí y yo
obedeceré. El Rey-Pastor se inclinó y tomó una piedra la cual
estaba cerca de sus pies y dijo sonriente: Pon esto en tu bolsita
con las otras piedras como un recuerdo de este día cuando por
primera vez viste a Orgullo atacarte, y de tu promesa de que
esperarás pacientemente hasta que te dé el deseo de tu corazón.

8. En la vieja pared del mar

Habían pasado unos pocos días después de la victoria sobre


Orgullo, y Miedosa y sus compañeras continuaban el viaje a lo
largo de la orilla del inmenso mar. Una mañana el camino
cambió inesperadamente yendo tierra adentro otra vez y se
encontraron de espaldas al desierto en dirección a las montañas,
aunque, claro está, estaban éstas aún demasiado lejos para ser

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visibles. Con un estremecimiento de un gozo indecible Miedosa
vio que por fin el camino corría directamente hacia el este y que
les guiaría a los Lugares Altos. Ella se soltó de la mano de sus
dos guías con el propósito de palmear con las suyas y dar un
pequeño salto de gozo. No importaba cuán grande era la
distancia entre ellas y las montañas, ahora por fin iban en
dirección allí. Las tres comenzaron la vuelta a través del
desierto, pero Miedosa no pudo esperar por sus guías, y corrió
adelante como si nunca en su vida hubiera sido lisiada. De
pronto el camino tomó otro giro a la derecha y tan lejos como su
vista alcanzaba, no conducía en ninguna manera a las montañas,
sino al sur otra vez donde a lo lejos el desierto parecía terminar
en una especie de colinas. Miedosa permaneció quieta, muda
con desaliento. Entonces comenzó a temblar de arriba a abajo.
No podía ser posible, no, que otra vez el Rey-Pastor estuviera
diciendo “NO”, y llevándola en sentido contrario a los Lugares
Altos. La esperanza que se prolonga es tormento del corazón,
dijo un sabio muchos años atrás, y ¡qué gran verdad decía!
Ahora que había estado saltando y corriendo tan entusiasmada a
lo largo del camino hacia las montañas, y que había dejado a
Pena y Angustia bastante atrás, tenía que estar sola en el lugar
donde el camino se alejaba de los Lugares Altos.

De detrás de una duna de arena cercana a ella apareció la


figura de su enemigo Amargura. Este no se acercó mucho,
habiendo aprendido un poco más de prudencia, pues no iba a
hacer que ella llamara al Rey-Pastor si podía evitarlo, pero
simplemente estaba allí y la miraba riéndose una y otra vez, lo
cual era para Miedosa el sonido más amargo que había oído en
toda su vida. Entonces le dijo, con la ponzoña de una víbora:
¿Por qué no te ríes también tú, pequeña tonta? Sabías que esto
pasaría. Y prosiguió con sus estallidos de risa hasta que padecía

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que todo el desierto estaba lleno de su burla. Pena y Angustia
vinieron cerca de Miedosa y se pararon a su lado quieta y
silenciosamente, y por un momento todo estuvo dominado por
un gran dolor y “un terror de grande oscuridad”. Un súbito
torbellino vino chillando sobre el desierto y levantando una
tormenta de polvo y arena que les cegaba. En el silencio que
siguió a la tormenta, Miedosa dejó oír su voz, baja y temblorosa,
pero algo diferente, diciendo: Mi Señor, ¿qué deseas decirme?
Habla, que tu sierva escucha. Un momento después el Rey-
Pastor estaba junto a ella. Alégrate, dijo Él, no temas.
Constrúyeme otro altar y ponte a ti misma como ofrenda.

Obedeciendo Miedosa levantó un pequeño montón de arena


y piedras sueltas, que fue todo lo que pudo encontrar en el
desierto, y otra vez puso allí su voluntad y dijo con lágrimas: Yo
me deleito en hacer Tu voluntad, oh mi Dios. De alguna parte,
aunque no pudieron ver de dónde, vino una llamarada que
consumió la ofrenda y dejó un pequeño montón de cenizas en el
altar. Entonces se dejó oír la voz del Rey-Pastor. Esta demora no
es para muerte, sino para la gloria de Dios, para que el Hijo sea
glorificado. Otro soplo de viento esparció las cenizas en todas
direcciones. Miedosa se sintió entonces descargada de un gran
peso, tras aquellas llamas que habían consumido su voluntad
propia, sin destruir o aniquilar su personalidad. Entonces, se
levantó sobre sus pies y revolviendo las cenizas del sacrificio,
encontró una piedrecita, la cual recogió y puso en su bolsa de
recuerdos, y volviendo su espalda a los Lugares Altos
comenzaron su marcha hacia el sur. El Rey-Pastor fue con ellas
una parte del camino de manera que Resentimiento y
Autocompasión, que estaban escondidos cerca esperando una
oportunidad para atacar, se quedaron quietos detrás de las dunas
de arena y no se les vio en absoluto. En este momento habían

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alcanzado un lugar donde el mar, que dejaron atrás al internarse
en tierra, entraba violentamente dentro del desierto formando un
gran estero o golfo marítimo. Una fuerte marea traía las aguas
que se elevaban cada instante más y más. Un camino de arcos de
piedra había sido construido a través del golfo y era muy útil
para atravesarlo en la marea baja, pero con la marea alta que
cubría totalmente el camino parecía imposible. El Rey-Pastor
llevó a Miedosa hasta la orilla y le dijo que siguiera este camino
a través del mar, sin temor de ahogarse. Una vez más repitió con
gran énfasis las palabras que había pronunciado junto al altar, y
entonces se fue.

Miedosa, seguida por sus dos compañeras, entró por el


viejo puente cubierto de olas que hacían el camino totalmente
invisible. Cualquier paso en falso podía dejarles sobre el
profundo mar a merced de las olas; pero tanteando con los pies
pudieron seguir el camino invisible que tenían debajo hasta
llegar al otro lado. Tan confuso por la distancia que no podían
estar seguras de lo que venían vislumbrando en lontananza una
especie de nube que bien podrían ser siluetas de montañas ¿o
sería solamente un pensamiento anhelante? Entonces, mirando
hacia adelante, pudieron ver el camino que emergía del golfo y
elevándose les introduciría a una escena completamente
diferente. A un lado estaba el mar azotando furiosamente el
dique de contención de las aguas, y al otro lado se extendía un
extenso valle entre huertos y campos cultivados. El sol estaba
brillando y allí, encima de la pared, podían sentir la fuerza
impetuosa del gran viento que estaba azotando las agitadas olas
que se estrellaban contra el dique. Mientras que al otro lado, en
la llanura, un grupo de sabuesos, apurados por los cazadores,
seguían uno tras otro saltando y dando fuertes ladridos porque la
caza levantaba el vuelo y no podían alcanzarla. Para Miedosa el

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rugir del viento y el choque de las olas que se estrellaban a sus
pies, parecían meterse en su misma sangre y producirle una
corriente de vida a través de todo su ser. El viento azotaba sus
mejillas y desgarraba su piel y vestidos hasta hacerla casi caer,
pero ella permaneció allí, gritando a viva voz, a pesar de que el
viento absorbía el sonido y lo llevaba lejos, ahogándolo en un
rugido ensordecedor. Lo que Miedosa estaba cantando allí sobre
la vieja pared del mar era: “Luego levantará mi cabeza sobre mis
enemigos que me rodean, y yo sacrificaré en su tabernáculo
sacrificios de júbilo; cantaré y entonaré alabanzas a mi Dios”.

A medida que cantaba, pensaba: Debe ser una cosa terrible


ser un enemigo del Rey-Pastor, y encontrarse frustrados.
Siempre su presa les es arrebatada. Debe de ser enloquecedor el
ver que aun el más pequeño, débil y simple de sus siervos
alcanza los Lugares Altos y triunfa sobre todos sus enemigos
mientras ellos corren y se esfuerzan en vano, debe ser
insoportable. Estando aún en el arrecife levantó otra piedrita,
esta vez en memoria de su victoria sobre sus enemigos, y la echó
dentro de su bolsita de piedritas memoriales. Así pasaron por el
camino a través del golfo de mar, y el dique levantado al otro
lado y poco después se encontraron a la entrada de un bosque. El
cambio de escena después de ese largo viaje a través del desierto
resultó maravilloso. Una primavera retardada estaba soltándolo
todo de las garras del invierno, y todos los árboles estaban
brotando en un hermoso tono verde y los pimpollos parecían a
punto de reventar. Entre los árboles había claros de campanillas
azules y anémonas silvestres, y las violetas y las flores amarillas
crecían en los arbustos a lo largo de orillas mohosas. Los pájaros
cantaban llamándose unos a otros y susurrando absorbidos en la
tarea de la construcción de sus nidos. Miedosa se dijo a sí misma
que nunca antes se había dado cuenta de cómo era el despertar

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de la muerte del invierno. Tal vez había necesitado ver las
enormes extensiones del desierto para abrir los ojos a toda esta
belleza; ahora andaba por el bosque casi olvidándose de que
Pena y Angustia también caminaban con ella. Por dondequiera
que miraba parecía que el verde desplegado de los árboles, los
pájaros haciendo sus nidos, las ardillas saltarinas y el abrir de las
flores estuvieran diciendo la misma cosa, saludándose uno al
otro en su lenguaje especial con una clase de éxtasis, y diciendo
alegremente: Ya lo ves, por fin el invierno se ha ido. La demora
no era para muerte, sino para la gloria de Dios. Nunca ha habido
antes una primavera tan hermosa como ésta.

Al mismo tiempo, Miedosa estaba consciente de la


maravillosa conmoción de su propio corazón, cuando pensaba
en la irrupción de una nueva vida también allí. El sentimiento
era muy dulce, pero aún mezclado con dolor y muy difícilmente
podría saber cuál era el que predominaba. Pensó acerca de la
semilla del Amor que el Rey-Pastor había plantado en su
corazón, y, medio temerosa y medio ansiosa miró para ver si
realmente tenía raíz y estaba brotando. Ella vio una masa de
hojas, y en el extremo del tallo lo que parecía ser un pimpollo.
Cuando Miedosa lo miro sintió otro dolor agudo en su corazón,
pues se acordó de las palabras del Rey-Pastor que cuando la
planta del amor estuviera a punta de florecer ella sería amada y
recibiría un nombre nuevo allá en los Lugares Altos. Pero
todavía estaba muy lejos de allí, más lejos que antes, y
aparentemente sin ninguna posibilidad de ir por un largo tiempo.
¿Cómo podía probarse que la promesa del Rey-Pastor era
verdad? Cuando pensó en eso sus lágrimas volvieron a caer.

Podemos pensar quizá que Miedosa era demasiado dada a


derramar lágrimas, pero recordemos que ella tenía a Pena y

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Angustia como sus compañeras y maestras. El corazón conoce
sus propias penas y hay tiempos cuando, como el rey David, es
reconfortante pensar que nuestras lágrimas son puestas por Dios
mismo en un frasco y ni una sola de ellas es olvidada por el
Único que sabe guiarnos por los senderos del dolor. Pero ella no
lloró por un tiempo muy largo, puesto que casi en seguida vio
algo como un brillo de oro. Mirando más atentamente vio que se
trataba nada más ni nada menos que de una copia exacta de la
pequeña flor dorada que había encontrado creciendo cerca de las
pirámides del desierto que de alguna manera estaba creciendo en
su propio corazón. Miedosa dio un grito de alegría, y la pequeña
florecita cabeceó y a la muchacha le pareció oír que decía:
Heme aquí, aquí estoy, creciendo en tu corazón; me llamo
Aceptación-con-Gozo. Miedosa sonrió y respondió: Oh sí, por
supuesto, me había olvidado, y se arrodilló allí en el bosque,
puso una pila de piedras juntas y palitos encima. Como se habrá
notado, los altares los construía con los materiales que tuviera a
mano. Entonces dudó un momento. ¿Qué debería poner en el
altar esta vez? Miró a la pequeña planta del Amor que podría o
no tener un pimpollo y entonces se inclinó hacia adelante,
colocó su propio corazón en el altar y dijo: -Heme aquí, tu
pequeña criada Aceptación-con-Gozo y todo lo que está en mi
corazón es tuyo. Esta vez, aunque vino una llama de fuego que
quemó los palillos, el pimpollo aún estaba en el tallo de la
planta. Quizá, pensó Miedosa de momento, porque era
demasiado poca cosa para ofrecer. Pero sin embargo algo
maravilloso había acontecido Era como si una chispa de la llama
hubiera entrado en su corazón y estuviera aún centelleando allí,
caliente y radiante. En el altar entre las cenizas había otra
piedrecita que ella tomó y la puso con las demás, así que ahora
había seis piedrecitas de recuerdo en el fondo de su bolsita.

73
Yendo por su camino, en un corto lapso de tiempo, llegaron
al linde del bosque y ella profirió un grito de gozo, porque quien
les estaba esperando allí era el mismo Rey-Pastor. Corrió hacia
El como si hubiera tenido alas en sus pies. ¡Oh, bienvenido,
bienvenido, mil veces bienvenido! clamó Miedosa, vibrando con
gozo de la cabeza a los pies. Me temo que no haya mucho en el
jardín de mi corazón, Pastor, pero todo lo que está allí es tuyo
para que Tú hagas con ello lo que quieras. He venido a traerte un
mensaje, dijo el Pastor, tienes que prepararte para algo nuevo,
Miedosa, este es el mensaje: “Ahora verás lo que yo haré”. El
color subió a sus mejillas y un gran gozo la sacudió, porque
recordó la planta en su corazón y la promesa de que cuando
estuviera lista para florecer ella sería llevada a los Lugares Altos
v podría entrar en el Reino del Amor. Oh Pastor, exclamó casi
sin aliento, ¿Quieres decir que por fin estoy lista para ir a los
Lugares Altos, realmente ahora? Ella se imaginó que Él asintió
con su cabeza, pero Él no contestó, sino que permaneció
mirándola con una expresión que no entendía. ¿Eso quieres
decir? repitió tomando Su mano y mirándole con un gozo
indecible, casi increíble ¿Quieres decir que pronto me llevarás a
los Lugares Altos? Esta vez El contestó: Sí y añadió con una
extraña sonrisa, ahora verás lo que Yo haré.

9. El gran precipicio de la injuria

Después de esto, Miedosa tenía una canción en su corazón


caminando por los campos y huertas y las bajas colinas del país
al cual habían llegado. Parecía ahora no importarle que Pena y
Angustia estuvieran todavía con ella porque abrigaba la
esperanza en su corazón de que ellas cesarían de ser sus
compañeras para siempre, cuando llegara a las montañas no las

74
necesitaría más. Tampoco le importaba que el camino que
seguían les guiara al sur, torciendo por entre las colinas y
llevándolas a través de los valles, porque tenía la promesa del
Rey-Pastor de que pronto sería llevada de nuevo a las montañas
del este y al lugar que deseaba su corazón. Después de un
tiempo el camino comenzó a inclinarse hacia las cimas de las
colinas. Un día súbitamente alcanzaron la parte de arriba de la
más alta de las colinas y en el preciso momento en que el sol se
levantaba se encontraron en una enorme meseta. Miraron al este,
hacia el dorado sol naciente, y Miedosa prorrumpió en un grito
de gozo y agradecimiento. Allí, a no mucha distancia, en la parte
más lejana de la meseta, vio los grandes picos cubiertos de
nieve, tan blancos y brillantes que sus ojos fueron deslumbrados
con su gloria. Estaba viendo los Lugares Altos. Mejor aún, el
camino que estaban siguiendo se volvía al este y les guiaba
directamente hacia las montañas. Miedosa cayó sobre sus
rodillas en la cima de la colina, inclinó su cabeza y adoró. En
ese momento le pareció que todo el dolor y la demora, todas las
penas y pruebas de la larga jornada que había hecho, no era nada
comparado a la gloria que brillaba ante ella. También le parecía,
que, aun sus compañeras sonreían con ella. Cuando hubo
adorado y se hubo regocijado se levantó de sus pies y las tres
comenzaron a cruzar la meseta. Era asombroso lo rápido que
marchaban, puesto que el camino era plano y comparativamente
allanado de dificultades, y antes de lo que parecía posible, se
encontraron acercándose a las montañas y estaban entre los
declives y peñas a sus mismos pies.

A medida que se aproximaban, Miedosa no podía evitar el


recibir golpes y rasguños por lo escarpado de estos declives, y
cuanto más cerca estaban más imposible se hacía el paso a
través de las montañas. Pero se dijo a sí misma que cuando

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estuviera bien cerca de las mismas, encontrarían una garganta o
desfiladero por el cual podrían pasar, y que no le importaba cuán
escarpado fuera si solamente la guiaba arriba. Tarde en el
atardecer de aquel día llegaron a la cima de uno de los declives y
al pie de una de las grandes montañas. El camino que estaban
siguiendo les guió justamente al pie de un precipicio imposible
de pasar. Miedosa permaneció quieta y seria, cuanto más miraba
más aturdida se sentía. Entonces comenzó a temblar, puesto que
la gran montaña que se alzaba ante ella, se levantaba en unas
inquebrantables paredes de roca tan altas que le hicieron sentir
mareada cuando levantó la cabeza y trató de mirar a la cima. Los
peñascos bloqueaban completamente el camino ante ella, pero
todavía el camino iba un poco más allá en dirección hacia arriba,
y allí se detenía. No había signo de otra senda en ninguna otra
dirección, y no había manera por la cual la terrible pared pudiera
ser ascendida. Tendrían que volverse atrás.

Tan pronto como este pensamiento vino en forma


abrumadora a su mente, Angustia la tomó de la mano y le señaló
las paredes rocosas. Un ciervo, seguido de una cierva, había
aparecido entre las confusas rocas de alrededor y en ese
momento comenzaban a ascender por el precipicio. Mientras las
tres estaban observando, Miedosa casi se desmayó, porque vio
que el ciervo seguía por un despeñadero sobre una senda que iba
zigzagueando a través del peñasco. En algunas partes era
solamente un pasadizo angosto, en otras duros y lisos peñascos,
y en ciertos lugares vio que aparentemente el camino se
acababa. Entonces el ciervo tendría que saltar a través de una
hondonada e ir saltando hacia arriba, siempre seguido de cerca
por la cierva, quien ponía sus patas exactamente donde el ciervo
las había puesto, de manera tan segura, liviana y temeraria como
era propio de esa criatura. De manera que ambos saltaron con

76
perfecta gracia y seguridad sobre la faz del precipicio y
desaparecieron de la vista sobre la cumbre.

Miedosa se cubrió su cara con las manos y se hundió tras


una roca con horror y pánico en su corazón, como nunca antes
había sentido. Entonces sintió que sus dos compañeras la
tomaban de la mano y decían: No temas, Miedosa, este no es el
fin, y no tendremos que volver atrás. Hay una senda arriba del
precipicio. El ciervo y la cierva nos han mostrado que es
bastante sencillo. Todos seremos capaces de seguirles y de
efectuar ese ascenso. ¡Oh, no! dijo Miedosa casi chillando. Ese
camino es completamente imposible. El ciervo puede ser capaz
de cruzarlo pero ningún ser humano podría hacerlo. Yo nunca
podré alcanzar esa altura. Me caería de cabeza y me haría
pedazos en esas horribles rocas. Entonces rompió en un sollozo
histórico, es una imposibilidad, una absoluta imposibilidad, yo
no puedo llegar a los Lugares Altos de esa manera, y por lo tanto
nunca podré poner mi pie allí. Sus dos guías trataron de decir
algo más, pero ella puso sus manos sobre sus oídos y rompió en
otro clamor de sollozos. Allí estaba Miedosa, la sierva del Rey-
Pastor, sentada al pie del precipicio, retorciendo sus manos y
sacudiéndose con terror sollozando una y otra vez. No puedo
hacerlo, no puedo. Nunca llegaré a los Lugares Altos. Por cierto
que este cuadro no daba ninguna imagen de una persona
perteneciente a la familia real del Rey-Pastor, pero peor era aún
lo que estaba por venir.

Cuando se agachó en el suelo, completamente exhausta,


oyeron un ruido de crujir y de movimiento de piedras sueltas, y
entonces una voz cerca, casi a su lado que decía con sorna: ¡ja,
ja, ja! mi querida prima, nos hemos encontrado al fin. ¿Cómo te
sientes ahora, Miedosa, en esta situación tan placentera? Ella

77
abrió sus ojos con renovado terror y se encontró mirando a la
horrible y deforme cara del propio Malicioso. Pensaba una cosa,
continuó diciendo, que reflejaba la más horrible bajeza. Pensaba
que por fin podremos reunirnos. Dime una cosa, pequeña tonta,
¿creíste que te desharías de mí tan fácilmente? No, no, Miedosa,
tú perteneces a los Temerosos y eres una de ellos, no puedes
evadir esa verdad, y lo que es más, pedazo de idiota tembeleque,
tú me perteneces. He venido para llevarte de vuelta y
asegurarme de que no te extraviarás de nuevo.

No iré contigo, dijo jadeante Miedosa, demasiado asustada


por esta inesperada aparición como para darse cuenta de lo que
decía, absolutamente me niego a ir contigo. Bueno, puedes
elegir, dijo Malicioso, mofándose, echa una mirada al precipicio
que está ante ti, mi querida prima. ¡Qué bien te sentirías allí!
Mira justamente donde yo te estoy señalando, Miedosa, mira
allí, a mitad de camino hacia arriba, donde ese saliente rompe
abruptamente y tú tienes que saltar a través de esa grieta a ese
pedacito de roca. Solamente imagínate a ti misma saltando eso,
Miedosa, y encontrándote colgada en el espacio agarrándote a
un trozo de roca resbaladiza a la cual no puedes mantenerte
aferrada ni por un minuto. Imagínate esos horribles peñascos
filosos al pie del precipicio esperándote para recibirte y
convertirte en pedazos cuando tu fuerza se acabe y te arrojes de
lleno sobre ellos. ¿No te da esto un sentimiento agradable,
Miedosa? Solamente tómate un poquito de tiempo para hacerte
ese cuadro mental. Ese es sólo uno de los malos trucos de ese
camino, y cuanto más alto vayas, pequeña tonta, de más alto vas
a caer. Bueno, haz tu elección, o vas allí arriba, lo que sabes que
es imposible, pues terminarás siendo un montón de carne allá
abajo, o debes venir de vuelta conmigo, vivir junto a mí y ser

78
para siempre mi esclava. Y las rocas y los peñascos parecieron
hacer eco otra vez a su risa burlona.

Miedosa, dijeron las dos guías, parándose a su lado y


sacudiéndola gentil pero firmemente por el hombro, Miedosa, tú
sabes dónde radica tu ayuda, pide ayuda. Ella se pegó a ellas y
sollozó otra vez, tengo miedo de llamarlo, dijo jadeante y sin
aliento. Estoy tan asustada que tengo miedo que si le llamo El
me dirá que debo ir por ese camino, ese horrible, y terrible
camino, y no podré hacerlo, es imposible. No puedo enfrentarme
a eso ¡oh! ¿qué haré? Pena se inclinó sobre ella diciéndole
gentilmente pero en tono firme y apresurado: Debes llamarle a
Él, Miedosa, llámale de una vez. Si le llamo, dijo temblando
Miedosa, y castañeteando sus dientes, El me dirá que debo de
construiri un altar, y rendirme, y no puedo, esta vez no puedo.
Malicioso se rió con un sentimiento de triunfo y se adelantó un
paso hacia donde estaba ella, pero sus dos compañeras se
pusieron entre él y su víctima. Angustia miró a Pena, quien hizo
señas hacia atrás con su cabeza. En contestación a esta señal
Pena tomó un pequeño cuchillo muy afilado que llevaba
colgando de su cinturón, e inclinándose sobre la figura agachada
la pinchó. Miedosa gritó de dolor, y entonces, en un total
desespero de encontrarse sin ayuda en presencia de los tres, hizo
lo que debería haber hecho en el momento en que el camino les
trajo al pie del precipicio. A pesar de que ahora se sentía
demasiado avergonzada para hacerlo, lo hizo porque fue forzada
al punto máximo gritó: Oh Señor, estoy oprimida, ven por mí.
Mis temores me han ahogado, y estoy avergonzada de mirar
hacia arriba.

¿Qué pasa, Miedosa? Era la voz del Rey-Pastor cerca de


ella. ¿Qué te ocurre? Anímate, y no tengas miedo. Sus palabras

79
eran tan gozosas y llenas de fortaleza, y sin una sola insinuación
de reproche, que Miedosa sintió como si un torrente de fortaleza
y valor hubiese sido derramado dentro de sí, y ese manantial de
fortaleza emergía de su Presencia. Ella se sentó y le miró, y vio
que Él estaba sonriendo mientras la miraba. La vergüenza de sus
ojos no halló una respuesta de reproche en su mirada, y de
pronto encontró palabras haciendo eco en su corazón que otras
almas temblorosas habían hablado: Misericordioso y clemente
es el Señor para los que le temen. Mientras ella miraba, surgió
un profundo agradecimiento en su corazón y la helada mano de
terror que la había agarrado y sofocado se esfumó y el gozo
irrumpió como una flor que se abre. Una pequeña canción corrió
a través de su mente como el torrente de un manantial:

Mi amado es el escogido
entre diez mil amadores;
es todo él codiciable
más que todos los señores.

Es tierno de corazón;
lleno de misericordia,
y me dará la victoria
de todos los opresores.

Miedosa, dijo el Pastor nuevamente, dime qué es lo que te


acontece. ¿Por qué tiene tanto miedo? Es el camino que me has
escogido suspiró. Parece tan temible, Rey-Pastor, tan imposible.
Me da vértigo y me desmayo cuando miro hacia él. Los corzos y
ciervas pueden ir allí, pero ellos no son cojos, deformes, lisiados
o cobardes como yo. Pero Miedosa, ¿qué es lo que te prometí en
el Valle de la Humillación? preguntó el Pastor con una sonrisa.
Miedosa le miró seriamente, y la sangre encendió súbitamente

80
sus mejillas y volvió a quedar tan pálida como antes. Tú dijiste,
comenzó diciendo y se detuvo por un choque emocional, oh
Pastor, tú dijiste que me harías pies como de cierva y me
llevarías a los Lugares Altos. Bueno, contestó El alegremente, la
única manera de desarrollar pies de cierva es ir por los caminos
que las ciervas van, como éste, por ejemplo. Miedosa temblaba
y le miraba con vergüenza. No creo que quiera pies de cierva, si
eso significa que yo debo andar en un camino como ése, dijo
ella despacio y con dolor. El Pastor era una persona singular. En
lugar de mirarla con decepción o desaprobación, volvió a sonreír
y exclamó alegremente: Bueno, si tú lo quieres, así será. Te
conozco más de lo que tú te conoces a ti misma, Miedosa. Tú lo
deseas de veras, y yo te prometo esos pies de cierva.
Ciertamente, yo te he traído a esta parte de atrás del desierto con
ese propósito, aquí, donde las montañas son particularmente
escarpadas y donde no hay caminos sino las huellas que dejan
los ciervos y las cabras monteses para que tú sigas por ellos, esta
es la promesa que debe cumplirse. Responde, ¿qué es lo que te
dije la última vez que te encontré? Tú dijiste: Ahora verás lo que
Yo haré, contestó ella, y entonces, mirándole con cierto reproche
añadió: ¡Pero yo nunca soñé que harías nada como esto!
Guiarme hacia un precipicio infranqueable, donde nadie sino los
ciervos y las cabras pueden andar, cuando yo no soy más ciervo
o cabra de lo que lo es un pez. ¿Por qué es tan impracticable, tan
absurdo? ¡Es una locura! ¿Qué es lo próximo que vas a hacer?
El Rey-Pastor sonrió.

A mí me encanta hacer cosas imposibles, respondió. No


conozco nada más emocionante y deleitoso que volver la
debilidad en fortaleza, y el miedo en fe, y aquello que está
dañado en cosa perfecta. Si hay alguna cosa de la que Yo me
gozaría ahora más que de ninguna otra sería precisamente el

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tornar un pececillo en una cabra montese. Este es mi empeño y
labor especial, añadió con un gran gozo en su rostro, transformar
cosas, tomar una Miedosa, por ejemplo, y transformarla en...
aquí se detuvo y continuó riendo, bueno, vamos a verlo más
tarde en qué ha querido ella ser transformada. Era una escena
extraordinaria. En el lugar donde sólo momentos antes todo
había sido temor y desesperación estaban el Rey-Pastor y
Miedosa sentados en las rocas al pie del infranqueable
precipicio, riendo juntos como si se tratara de la cosa más grata
y deliciosa. Ven ahora, pequeño pececillo, dijo el Rey-Pastor,
¿crees que Yo puedo cambiarte en una cabra montese y llevarte
a las alturas? Sí, contestó Miedosa. ¿Me dejarás hacerlo? insistió
Él. Sí, respondió ella, si Tú deseas hacer una cosa tan imposible
¿por qué no? ¿Crees que permitiré que seas avergonzada al
guiarte hacia arriba? Miedosa le miró y entonces dijo algo que
nunca había querido decir antes. No creo que me importaría
mucho con tal que fueras Tú quien lo hiciera, cumple sólo tu
voluntad y designa tu camino para mí, Rey-Pastor. Lo demás
nada importa. A medida que hablaba, algo maravilloso
aconteció. Un doble arco iris apareció por encima del precipicio,
abarcándolo completamente, de manera que el camino
zigzagueante que iba hacia arriba, por el que el corzo y la cierva
habían caminado, estaba enmarcado en brillantes colores. Era
una escena tan hermosa y extraordinaria que Miedosa suspiró
con deleite, pero había algo más de qué maravillarse. Ella vio
que Angustia y Pena, quienes se habían apartado mientras el
Rey-Pastor estaba hablando, estaban una a cada lado del camino,
y donde los fines del arco iris tocaban la tierra, uno tocaba a
Angustia y el otro a Sufrimiento. Con la brillante gloria de los
colores del arco iris, las dos figuras veladas estaban tan
transfiguradas y radiantes de belleza que Miedosa sólo pudo
mirarlas un momento sin ser deslumbrada. Entonces hizo lo que

82
un poco de tiempo atrás le había parecido imposible. Se
arrodilló al pie del precipicio y construyó un altar y dejó allí su
voluntad, su temor, y cuando el fuego cayó encontró entre las
cenizas una piedra más grande y ruda que ninguna de las otras,
de bordes filosos y da color oscuro, pero de apariencia poco
común. La colocó en su bolsita y se levantó y esperó que el Rey-
Pastor le mostrara qué debía hacer. En su corazón esperaba que
Él le acompañara en ese horrible ascenso como la había
acompañado al desierto, pero esta vez no lo hizo. En lugar de
ello, Él la guió al mismo pie del precipicio y dijo: Ahora,
Miedosa, has venido al fin al pie de los Lugares Altos, y vas a
comenzar una nueva etapa de tu jornada. Hay lecciones que
debes aprender.

Debo decirte que este precipicio al cual el camino te ha


guiado está al pie de la Montaña de la Injuria. Toda la extensión
de montañas se alarga bastante más lejos en esta dirección, y es
más y más escarpado. Hay aún precipicios más terribles en los
lados del Monte Oprobio, el Monte Odio y el Monte
Persecución y otros, pero en ninguna parte es posible encontrar
un camino que conduzca a los Lugares Altos y al Reino del
Amor, sin vencer y sobrepasar por lo menos uno de ellos. Este
es el que yo he elegido para que tú asciendas. En el camino
hacia aquí has estado aprendiendo la lección de Aceptación-con-
Gozo, que es la primera letra en el alfabeto del Amor. Ahora
debes aprender la B del alfabeto del Amor. Has llegado al pie de
la Montaña de la Burla, y yo espero que en el camino arriba del
precipicio tú descubras cuál es la próxima letra del alfabeto, y
que la aprendas y la practiques así como has practicado la A del
Amor. Recuerda que aunque debes encontrarte ahora con otro
obstáculo y vencerlo, no hay nada horrible ni imposible en el
camino hacia arriba de este precipicio; ciertamente nada que te

83
pueda hacer el más pequeño daño si tú aprendes a practicar
firmemente la segunda lección en el ascenso del Amor.

Cuando hubo dicho estas cosas puso sus manos sobre ella
con especial solemnidad y dulzura y la bendijo. Llamó a sus
acompañantes, quienes inmediatamente se pararon a su lado.
Entonces Él tomó una cuerda de una grieta en la pared de la
roca, y con sus propias manos ató juntas a las tres que iban a
ascender el precipicio. Angustia iba al frente y Pena detrás, con
Miedosa en medio, de manera que las dos que eran más fuertes y
que tenían sus pies sanos fueran antes y después de ella. En esta
manera, aunque Miedosa se resbalara y cayera, ellas podrían
sostenerla por medio de la cuerda. Por último, Él metió su mano
en su costado y sacó un pequeño frasquito de gracia
reconfortante que dio a Miedosa, diciéndole que tomara un poco
de vez en cuando y lo usara cada vez que sintiera vértigo o
desmayo en su camino hacia arriba. La etiqueta en el frasquito
decía: “Espíritu de Gracia y Conforto”, y cuando Miedosa tomó
unas gotas se sintió tan fortalecida y vivificada que estaba lista
para acometer el ascenso sin ningún sentimiento de desmayo,
aunque aún había una sensación de terror en su corazón.

Para entonces la tarde estaba ya bien avanzada, pero siendo


verano, todavía faltaban dos o tres horas antes de que comenzara
la oscuridad, y el Pastor les indicó que empezaran el ascenso,
diciéndoles: Aunque no existe la posibilidad de alcanzar la cima
antes de que la noche caiga, hay una cueva allá en el peñasco
que no podéis ver desde aquí, allí descansaréis y pasaréis la
noche completamente seguras. Si os quedarais abajo al pie del
precipicio vuestros enemigos podrían alcanzaros y dañaros. Sin
embargo, ellos no os seguirán en esta senda hacia arriba; así que,
yendo más arriba estaréis fuera de su alcance, aunque no dudo,

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dijo Él con tono de advertencia, que los volveréis a encontrar
cuando hayáis alcanzado la cima. Con estas palabras sonrió y les
dio ánimos para comenzar la difícil empresa, e inmediatamente
Angustia puso su pie sobre el primer paso de la pequeña y
angosta senda, la cual iba en zig-zag arriba de cara al peñasco.
Miedosa la siguió y luego lo hizo Pena, y en un momento ya
estaban las tres en pleno ascenso.

10. Ascenso del precipicio de la injuria

Una vez en marcha, Miedosa descubrió para su sorpresa y


honda gratitud que el camino no era tan aterrador como le había
parecido antes. Era escarpado, difícil, resbaladizo, y también
bastante estrecho, pero el sentimiento de estar seguramente
atada a sus dos fuertes compañeras era muy reconfortante.
También, el Espíritu de Gracia y Conforto que había bebido la
mantuvo lejos de sentirse mareada cuando miraba al borde del
precipicio que era lo que más temía. Aproximadamente por la
primera media hora de su ascenso el arco iris todavía brillaba
sobre ellas, y aunque el Rey-Pastor había desaparecido de su
vida Miedosa aún sentía que El estaba amorosamente junto a
ellas. A no ser por necesidad, Miedosa evitaba a toda costa mirar
hacia abajo, pero muy pronto después de comenzar la marcha
tuvo que esperar en un pequeño nicho en la roca en uno de los
lugares difíciles mientras Pena la sostenía yendo hacia adelante
y Angustia la esperaba en la parte de atrás. Justamente allí, ella
miró hacia abajo y se sintió ciertamente agradecida de que el
Rey-Pastor les ordenara el ascenso por la tarde y no tuvieran que
pasar la noche allá. Sentados en las rocas debajo estaban sus
cinco enemigos, contemplándolas, y mirando hacia arriba
haciendo muecas de furia y desprecio. Cuando Miedosa miró, al

85
primero que vio fue a Autocompasión (que siempre parecía
menos desagradable y peligroso que sus compañeros), éste se
inclinó hacia adelante y tomó una piedra bien aguda que arrojó
con toda su fuerza hacia donde estaban. Afortunadamente, ellas
estaban prácticamente fuera de alcance, pero la pieza filosa y
dentada pegó en el peñasco justo debajo de ellas, y Miedosa
sintió un gran alivio cuando vio que Pena tiraba suavemente de
la cuerda para decirle que ahora se podía mover hacia adelante.

Recordó la advertencia del Rey-Pastor de que tendría que


enfrentarse otra vez a estos enemigos cuando hubiera
franqueado el precipicio, la forma en que ellos subirían al Monte
de la Injuria ella no lo sabía; sólo que podría haber alguna otra
manera que ellos usaran. Así fue que las tres escalaron más y
más alto mientras las sombras que arrojaban los peñascos se
alargaban sobre el llano abajo y el sol bajaba en una llamarada
de gloria detrás del desierto y del gran mar. Desde la altura que
habían alcanzado podían ver el mar del oeste, a lo largo de las
orillas por las cuales habían viajado últimamente.

El camino que siguieron continuaba adelante sobre la cara


del peñasco, y aunque el terreno era resbaladizo en algunos
lugares, Miedosa se sentía enormemente aliviada de saber que
en ninguna parte era demasiado difícil, ni siquiera en el paso a la
mitad del camino arriba que Malicioso había señalado en
particular. Al llegar allí, justamente cuando caía la noche,
Miedosa encontró que aunque el camino en realidad acababa,
había sido colocada una tabla a lo largo del hueco y una cuerda
puesta a través de anillos de hierro en la cara de la roca formaba
una baranda de mano a la cual ella se podía aferrar a medida que
caminaba por el angosto puente. El ciervo y la cierva, por
supuesto, no tuvieron necesidad de usar estos medios, y saltaron

86
a través de la grieta como si no hubiera allí ninguna dificultad.
Sin embargo, aun con la pasarela y la cuerda, Miedosa
procuraba quitar de su imaginación el cuadro de su caída que
Malicioso le había pintado. Por experiencias amargas sabía que
las figuras lanzadas a la pantalla de la imaginación resultan ser
mucho más enervantes y terribles que los hechos reales.

Cuando cruzaron el puente sanas y salvas descubrieron que


estaban en una garganta muy angosta, invisible desde la parte de
abajo. Directamente de frente estaba el lugar de descanso del
cual el Rey-Pastor les había hablado, una pequeña cueva donde
deberían pasar la noche. Con un sentimiento de gran alivio y
gratitud Miedosa entró y miró alrededor. Su situación era tal que
aunque no pudiera mirar hacia las profundidades debajo que la
mareaban, era posible mirar rectamente sobre la meseta y el
desierto y hacia el lejano mar. La luna se había levantado
recientemente y estaba derramando su pura luz de plata sobre
todas las cosas, y las primeras estrellas aparecieron como
chispas en el cielo oscuro. Dentro de la misma cueva habían
colocado asientos rústicos y una mesa, y en el suelo, a un lado,
había pieles de oveja en las cuales se podía descansar. No muy
lejos de la entrada de la cueva, una pequeña caída de agua se
deslizaba por el peñasco, y las tres fueron allí a refrescarse un
poco. Entonces Angustia y Pena sacaron dos paquetes de pan,
frutas secas y nueces que el Rey-Pastor les había dado al pie del
ascenso. Con esto pudieron satisfacer felizmente su apetito, y
sobrecargadas de cansancio se echaron dentro de la cueva y
quedaron dormidas.

Miedosa se despertó con la primera luz de afuera, y,


levantándose caminó hacia la entrada de la cueva. En la fría luz
de la temprana mañana ella no pudo ver sino la peligrosa escena

87
que se extendía ante sus ojos. Tan lejos como la vista alcanzaba,
no había nada sino: el gran mar con los peñascos de abajo y los
filos de la roca dentada. El hermoso bosque que habían dejado:
fuera del alcance de la vista, y en toda la vasta área sobre la cual
miró no vio ni un solo árbol y escasamente algún arbusto. Qué
desolado, pensó Miedosa, y esas rocas abajo parecen muy
crueles, ciertamente, como si estuvieran esperando para dañar y
destruir cualquier cosa que cayera sobre ellas. Parece como si
nada pudiera crecer en ninguna parte de este desolado rocambre.
Cuando miró arriba a los peñascos sobre su cabeza sintió
sorpresa y deleite al mismo tiempo. En una pequeña grieta de la
roca, donde habían salpicado unas gotas de la caída de agua
había una plantita. Tenía sólo dos o tres hojitas y un tallo muy
frágil, casi capilar, y crecía en los ángulos de la roca. En el tallo
había una flor, color rojo intenso, la cual brillaba como una
llama de fuego con los primeros rayos del sol. Miedosa la
contempló por algunos momentos, notando que la pared la
aprisionaba completamente, y vio la diminuta abertura por la
cual había salido a la luz, en medio de la soledad de los
alrededores. Sus raíces estaban empalmadas alrededor por la
roca escarpada, sus hojas apenas podían salir fuera de su prisión,
y sin embargo había forzado el paso y salido fuera para dar una
hermosa flor, y estaba sosteniendo su pequeña corola abierta a la
luz del sol como una llama de alegría. Cuando miró hacia arriba
Miedosa le preguntó: ¿Cuál es tu nombre, pequeña florecita,
puesto que nunca he visto otra como tú? En ese momento el sol
tocaba el rojo sangre de sus pétalos, de manera que brillaban
más que nunca y un pequeño suspiro salió de entre sus hojas. Mi
nombre es “Pagando-el-Costo”, pero algunos me llaman
“Perdón”. Entonces Miedosa recordó las palabras del Pastor: En
tu ida arriba por el precipicio descubrirás la próxima letra del
alfabeto del Amor, comienza a practicarla de una vez.

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Contempló de nuevo a la florecilla y dijo: ¿Por qué te
llaman así? Una vez más, un pequeño suspiro pasó a través de
las hojas, y ella pensó que la oía decir: Yo fui separada de todas
mis compañeras, exiliada de mi casa, traída aquí y aprisionada
en esta roca, no fue mi elección, sino un acto de otros, quienes,
cuando me dejaron caer aquí se fueron y me dejaron para que
sufriera sola los resultados de lo que ellos habían hecho. Me he
sostenido y no he desmayado; no he cesado de amar, y el Amor
me ha ayudado empujándome a través de la grieta en la roca
hasta que pude mirar directamente a mi Amor que es el mismo
sol. ¡Mira ahora!, cuando ya no hay nada entre mi Amor y mi
corazón, nada alrededor que pueda hacerme sombra y separar mi
atención a Él, que brilla sobre mí y me hace regocijar, y me ha
correspondido con su amor por todo lo que he sufrido y ha sido
hecho contra mí. No hay flor en todo el mundo más bendecida o
más satisfecha que yo, porque yo le miro a Él como un niño y
digo: A quién tengo en los cielos sino a ti, y fuera de ti nada
deseo en la tierra. Miedosa miró a la brillante llamita sobre su
cabeza y un anhelo que era casi envidia saltó dentro de su
corazón. Sabía lo que debía de hacer y arrodillándose en el
angosto camino debajo de la flor aprisionada, dijo: Oh mi Señor,
heme aquí, yo soy tu pequeña sierva Pagando-el-Costo. En ese
momento un fragmento de roca que aprisionaba las raíces de la
flor arriba se aflojó y cayó a sus pies. Ella lo levantó y lo puso
en la bolsita con las otras siete piedritas que tenía y entonces
volvió a la cueva. Angustia y Pena la estaban esperando con más
pan, frutas y nueces, y después de haber dado gracias y haber
comido, se ataron con la cuerda otra vez y continuaron su
marcha por el precipicio.

89
Después de un rato, llegaron a un lugar que era muy
escarpado y resbaladizo. Súbitamente Miedosa tuvo su primera
caída y se hirió bastante profundamente en las piezas de la roca
dentada. Fue bueno que estuviera tan seguramente atada con la
cuerda, puesto que un gran terror se apoderó de ella y se mareó y
hasta se desmayó. De haber estado suelta se hubiera deshecho en
las rocas allá abajo. Cuando este pensamiento llegó a su mente,
estaba tan llena de terror y pánico que todo lo que pudo hacer en
medio de tinieblas fue agacharse contra, la pared de la roca y
gritar a sus compañeras que se estaba desmayando y tenía miedo
de caerse. Inmediatamente, Pena, quien iba al frente, puso la
cuerda tirante, y Angustia vino hacia ella, puso sus brazos a su
alrededor y le dijo con premura: Toma algo de la bebida
reconfortante que el Rey-Pastor te dio. Miedosa estaba tan
mareada y asustada que sólo podía yacer recostada en los brazos
de Angustia y decir jadeante: No sé dónde está el frasquito, no
me puedo mover ni siquiera para buscarlo. Entonces su amiga
puso su mano en el pecho de Miedosa, que se estaba
desmayando, sacó fuera la medicina y echó unas gotas entre sus
labios. Después de unos breves momentos el color volvió a sus
mejillas y el mareo comenzó a pasársele, pero aún no se podía
mover. Tomó otro poco del Espíritu de Gracia y Conforto y
comenzó a sentirse bastante fortalecida. Entonces Pena, quien
había vuelto al lugar donde ella estaba agachada, se deslizó
suavemente por la cuerda de modo que Miedosa pudiera tomar
su mano y todas comenzaron de nuevo el ascenso. En la caída,
Miedosa se había cortado las rodillas en tal forma, que sólo
podía seguir cojeando muy dolorosamente, quejándose
continuamente y parando de tanto en tanto. Sus compañeras eran
muy pacientes, pero el progreso era tan lento que pronto fue
necesario aumentar la velocidad de la subida, o de otro modo no
alcanzarían la cumbre del precipicio antes de que cayera la

90
noche, y no había ninguna otra cueva donde pudieran descansar.
Por fin, Angustia se inclinó sobre ella y le preguntó: Miedosa,
¿qué es lo que estabas haciendo esta mañana cuando saliste
temprano de la cueva y te fuiste sola por allí? Miedosa le miró
seriamente y dijo con su cara dolorida: Estaba mirando una flor
que nunca había visto antes, la cual crece en la roca cerca de la
cascada de agua. ¿Qué flor era ésa? preguntó Angustia, era la
flor Pagando-el-Costo contestó Miedosa en voz muy baja, pero
algunos la llaman la flor del Perdón. Por unos momentos estuvo
silenciosa, recordando el altar que había construido y dándose
cuenta de que no estaba practicando esa nueva y difícil letra del
alfabeto del Amor. Entonces dijo: Me gustaría saber si el
ponerme algunas gotas de la medicina en mis rodillas me podría
ayudar. Vamos a probar dijeron Angustia y Pena a un tiempo; es
una buena sugerencia. Cuando echaron unas pocas gotas sobre
sus rodillas éstas cesaron casi inmediatamente de sangrar, y el
dolor desapareció.

Sus piernas estaban muy tiesas y aún se veía obligada a


cojear un poco, pero siguieron adelante a un paso mucho mejor.
Por el atardecer ya estaban en la parte más alta del terrible
ascenso, y se encontraron en un bosque de pinos con musgo y
frambuesas que crecían a los costados del camino, y el
precipicio que había parecido tan infranqueable estaba ahora
detrás de ellas. Se sentaron en uno de los bancos con musgo para
descansar, y entonces sintieron una voz muy cercana que
cantaba:

Ven conmigo desde el Líbano,


desde las cumbres de Amana,
de Senir y del Hermón
morada de leopardos.

91
Prendiste mi corazón,
esposa mía del alma,
con tus ojos que llamean,
y tu cuello de esmeralda.

Reina de mi corazón,
¡qué hermosos son tus amores!
mejores son que el buen vino,
más suaves que las flores.

Allí, viniendo hacia ellas de un claro entre los árboles


estaba el mismo Rey-Pastor.

11. En los Bosques del Peligro y la Tribulación

Con cuanto gozo le dieron la bienvenida al Rey-Pastor


cuando se sentó en medio de ellas y las felicitó alegremente por
haber sido capaces de subir el precipicio. Puso suavemente sus
manos sobre las heridas que Miedosa había recibido cuando se
cayó, e inmediatamente sus rodillas quedaron sanas, luego
comenzó a hablarles sobre el camino que tendrían por delante.
Vosotras debéis ir ahora a través de bosques que recubren los
costados de estas montañas casi hasta la línea de la nieve. El
camino será escarpado, pero habrá lugares de descanso aquí y
allá. Estos son los Bosques del Peligro y la Tribulación, y a
menudo los pinos crecen tan altos y tan juntos los unos con los
otros, que el camino puede parecer bastante oscuro. Las
tormentas son muy frecuentes aquí arriba, en estas laderas, pero
manteneos marchando adelante, pues recordad que nada puede

92
realmente dañaros si estáis siguiendo el camino de mi voluntad.
Parecería extraño que después de sobrepasar tantas dificultades,
tantos lugares peligrosos como el precipicio de la injuria, y otros
tantos lugares escarpados, Miedosa todavía tuviera que mantener
el nombre que la describía tal como era. Pero el caso es que tan
pronto como el Pastor pronunció las palabras “peligro y
tribulación” comenzó a agitarse y a temblar de miedo.

Los Bosques del Peligro y la Tribulación, repitió con un


temblor y quebranto en su voz. Oh Rey-Pastor, ¿a dónde nos
guiarás luego? Al próximo paso hacia los Lugares Altos,
respondió Él de inmediato con una hermosa sonrisa. Me
pregunto si tú podrás hacerme llegar allí algún día, se lamentó la
pobre tontita de Miedosa, me pregunto si tú continuarás
insistiendo conmigo y no me dejarás quieta y tranquila. Parece
como si no fuera a tener otra cosa que pies lisiados y que tú no
podrás hacerlos como pies de cierva. Sin duda estaba
desconsolada y ello se notaba más y más a medida que hablaba.
En esos momentos las tres compañeras parecían más encorvadas
que nunca. Yo no soy alguien que pueda mentir, dijo con voz
grave el Rey-Pastor, mírame, Miedosa, ¿crees que yo te
decepcionaría? ¿acaso he dicho algo que no lo haya cumplido, o
he hablado y no lo transformaré en realidad? Miedosa temblaba
un poco, parte por el tono de su voz y parte porque todavía ella
era Miedosa por naturaleza y estaba tratando de figurarse cómo
serían los Bosques del Peligro y la Tribulación. Esto siempre
tenía efectos desastrosos en ella, pero contestó sumisamente:
No, yo sé que tú no eres un hombre que mientas y estoy segura
de que tú llevarás a cabo lo que has dicho. Entonces, dijo el
Rey-Pastor, hablando muy gentilmente, yo voy a guiarte a través
del peligro y tribulación, Miedosa, pero no tienes por qué
abrigar ni el más pequeño temor, porque estaré contigo. Aunque

93
te guíe a través del mismo Valle de Sombras y de Muerte no
tienes por qué temer, pues mi vara y mi cayado te infundirán
aliento. Entonces añadió: Con sus plumas te cubrirá, y debajo de
sus alas estarás segura; escudo y armadura es Su verdad. No
temerás el terror nocturno, ni saeta que vuele de día, ni
pestilencia que se desliza en la oscuridad, ni mortandad que en
medio del día destruya. Caerán a tu lado mil, y diez mil a tu
diestra; mas a ti no llegará. La amabilidad y dulzura de su voz
era algo indescriptible. Miedosa se arrodilló a sus pies,
construyó otro altar y dijo: Sí, aunque ande en el Valle de
Sombras y de Muerte, no temeré mal alguno, porque Tú estarás
conmigo. Entonces, como ella encontró que aun hablando sus
dientes castañeteaban unos con otros y sus manos estaban
transpirando sudor por su estado de nerviosismo, miró arriba
hacia su rostro y añadió: Porque Dios no es hombre, para que
mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta. El dijo y ¿no
hará? Habló y ¿no lo ejecutará? Entonces el Rey-Pastor sonrió
de un modo más reconfortante que antes, puso sus dos manos
sobre su cabeza y dijo: Esfuérzate y no temas. Luego continuó:
Miedosa, nunca te permitas el tratar de imaginar en tu propia
mente cómo será lo que ha de venir. Créeme, cuando te metas en
los lugares que tanto temes encontrarás que son muy diferentes a
lo que te podías haber imaginado, tal como es el caso del
ascenso del precipicio de la Injuria. Debo advertirte que yo veo a
tus enemigos espiando y acechando entre los árboles allí
adelante, y si tú permites a Malicioso que comience a pintarte
una escena en la pantalla de tu imaginación, caminarás con
miedo y temblor de agonía, sin ningún motivo ni razón real.
Cuando hubo dicho esto, tomó otra piedra del lugar donde ella
se había arrodillado y se la dio para guardarla con sus otras
piedras memoriales. Entonces Él se fue por su camino, y

94
Miedosa y sus compañeras comenzaron la senda que les guiaría
arriba hacia los bosques.

Casi tan pronto como alcanzaron los árboles vieron la cara


del enfermizo Autocompasión mirando por detrás de uno de los
troncos. Habló muy rápidamente antes de escabullirse de nuevo
gritando: Yo te digo, Miedosa, que esto es un asunto muy gordo.
Quiero decir, que sea lo que sea que tengas que hacer, luego
forzar a una pobre lisiada, a una criatura asustada como tú, a ir
por lugares de peligro donde sólo los valientes y fuertes deberían
de ir... realmente, tu Rey-Pastor parece ser más cruel que tu
mismo novio, el Malicioso. Apenas hubo cesado de hablar
cuando Resentimiento sacó su cabeza fuera de su escondite y
dijo malhumorado: No hay absolutamente ninguna razón para ir
por este camino, puesto que hay otro buen camino el cual orilla
completamente todo el bosque y te lleva directo a la línea de
nieve sin esos peligros innecesarios. Todo el mundo va por ese
camino, así que ¿por qué no podrías ir tú? Dile a Él que no vas a
ir por ese camino, Miedosa, e insiste en ser llevada por la senda
más fácil. Este camino es solamente para mártires, y tú, mi
querida, no cuajas de ninguna manera dentro de este tipo de
personas.

Entonces Malicioso, que había venido saltando por otro


camino, dio una ojeada maliciosa a su prima durante un
momento y dijo con desdén y altanería: ¿Así que piensas que te
vas a convertir en una pequeña heroína, no es cierto?, ¡e irás
cantando a través del Bosque del Peligro! Te apuesto, Miedosa,
que llegarás al fin chillando y gritando como una maniática,
estropeada para el resto de tu vida. Amargura era el próximo en
hablar, y se asomó por detrás de otro árbol y exclamó: Ya te lo
dije, que Él te haría esto. Después que has pasado a través de

95
una terrible experiencia, siempre tiene algo peor para colocar
delante de ti. Entonces Orgullo, quien todavía estaba lastimando
y parecía super resentido por ello, dijo: Has de saber que Él no
descansará hasta que te haya puesto en completa y total
vergüenza, porque tal es la manera como Él produce, según
dicen, esa preciosa humildad que tanto ama. El te humillará
hasta el polvo, Miedosa, y te pondrá como una vil idiota delante
de todos.

Miedosa y sus compañeras caminaron adelante sin


contestar y sin mirarles, pero como antes, Miedosa descubrió
que ella cojeaba más lastimosa y dolorosamente cuando oía lo
que ellos decían. Era realmente un problema saber qué hacer en
esa ocasión. Si ella les escuchaba, cojeaba, y si se ponía los
dedos en los oídos, no podía tomarse de la mano de sus dos
guías, lo cual significaría que tropezaría y se caería. De manera
que se detuvieron por unos momentos y discutieron el asunto, y
entonces Angustia abrió su cajita de Primeros Auxilios que
colgaba de su cinto, tomó algo de algodón de lana y lo puso
firmemente dentro de los oídos de Miedosa. Aunque esto
resultaba incómodo, pareció surtir el efecto deseado, por lo
menos temporalmente, pues cuando los cinco maliciosos vieron
que no podían molestarla se cansaron de gritarle y la dejaron en
paz hasta otra oportunidad. Al principio, el bosque no pareció
realmente tan temible. Quizá porque allí arriba el aire de las
montañas era tan fresco y fuerte que hacía sentirse frescos y
fuertes a aquellos que lo respiraban. Además, el sol estaba
brillando, y Miedosa sintió una sensación que era
completamente nueva para ella, un estremecimiento y casi un
placer por la aventura. Aquí estaba, caminando por el Bosque
del Peligro y realmente no importándole mucho. Esto duró por
un tiempo hasta que enormes nubes negras se amontonaron

96
gradualmente sobre el cielo y el sol desapareció. En la distancia
se oyó el trueno y el bosque se tornó oscuro y silencioso. De
pronto, un rayo de luz atravesó el cielo, y algo allá adelante de
ellas se estaba rasgando como si fuera un árbol del bosque y
luego uno tras otro, una tormenta con toda su furia se desató
alrededor, los truenos retumbaban, los rayos de luz cruzaban el
cielo amenazantes cayendo en varios lugares hasta qua parecía
que todo el bosque se quejaba y lamentaba en torno a ellas. Lo
más extraño era que aunque Miedosa sentía una sacudida en
cada relámpago seguido del trueno, realmente no tenía miedo.
Es decir, no sentía ni pánico ni deseos de correr, ni siquiera un
verdadero terror, puesto que se mantenía repitiendo: Con sus
plumas te cubrirá, y debajo de sus alas estarás seguro. De
manera que a través de la tormenta estaba llena de una
maravillosa paz como nunca había sentido, y caminaba entre sus
dos compañeras diciendo: No moriré, sino que viviré, y daré
gracias al Señor. Por último la tormenta comenzó a sonar en la
distancia, los ruidos se apagaron y hubo calma. Las tres mujeres
pararon para escurrir el agua de sus ropas y cabello y tratar de
asearse un poco. Fue en esos momentos que Malicioso apareció
cerca de ellas y gritó a gran voz: Digo yo, Miedosa, que la
tormenta se fue a las montañas solamente por un poco de
tiempo. Otra vez se está aprontando para venir, y será peor que
la vez anterior. Vuélvete del camino tan pronto como puedas y
ponte a salvo de esos peligrosos árboles antes de que comience
otra vez y te mate. Queda el tiempo justo para que te decidas a
escapar. ¡Miren! exclamó Miedosa inesperadamente, mientras el
agua corría aún por su cabello y su falda empapada pegándose
alrededor de sus piernas. No soporto seguir oyendo a este sujeto
por más tiempo. ¡Por favor, ayúdenme! y agachándose levantó
una piedra y la arrojó directamente donde él estaba. Sus dos
compañeras se rieron pero comenzaron a hacer llover una

97
cantidad de piedras entre los árboles donde los cinco estaban
espiando. En unos momentos, ninguno de sus enemigos se hizo
visible. Entonces, delante de ellas, vieron una choza que parecía
ofrecer una promesa de refugio y protección de la tormenta, que
ciertamente se estaba de nuevo acercando. Se apresuraron hacia
ella, y encontraron que estaba en un claro del bosque bastante
alejada de los árboles, y cuando maniobraron el picaporte de la
puerta para su gozo se abrió y con profunda gratitud se
deslizaron rápidamente hacia su interior. Con excelente agilidad
mental, Angustia cerró inmediatamente la puerta y la trancó tras
de ellas, y ¡justo en el momento preciso! Al próximo minuto
estaban sus enemigos golpeando a la puerta y gritando: Hola
abran la puerta y déjennos entrar. La tormenta está comenzando
de nuevo. No pueden ser tan inhumanas como para encerrarse y
dejarnos fuera.

Miedosa fue hacia la puerta y gritó por el agujero de la


cerradura el mismo consejo que momentos antes le habían dado
a ella: Vuélvanse para atrás por el camino tan pronto como
puedan y aléjense de estos peligrosos árboles antes de que los
maten. Tienen el tiempo suficiente para escapar antes de que la
tormenta comience de nuevo. Se oyó un murmurar de
maldiciones afuera, y entonces el sonido de unos pies que se
apresuraban a correr, y parecía que esta vez el consejo había
dado resultado. La tormenta volvió, mucho más fuertemente que
la vez anterior, pero ellas se encontraban a salvo en la choza,
lejos de los árboles que caían partidos por los rayos, y la choza
estaba hecha a prueba de agua, pues ni una gota se filtró adentro.
Encontraron leña al lado de una pequeña cocina, con una tetera y
algunas sartenes. Mientras que Angustia se ocupaba en hacer
fuego, Pena sostenía la tetera debajo de un chorro de agua fuera
de la ventana hasta llenarla, Miedosa fue hasta un armario sobre

98
la pared para ver si podía encontrar algo. Habían allí vasijas en
los estantes y un surtido de comidas enlatadas, y un bote de
bizcochos sin levadura. De manera que en poco tiempo,
mientras la tormenta azotaba furiosamente afuera, allí estaban
ellas, sentadas alrededor del fuego, calentándose y secando sus
ropas empapadas, tomando chocolate caliente y satisfaciendo su
apetito. Aunque la tormenta lo hacía sacudir todo, incluso la
choza, de vez en cuando, adentro no había sino risas de gratitud
y paz.

Miedosa halló que ésta era realmente la experiencia más


feliz y satisfactoria de su jornada. Luego se acostaron en
colchones que descubrieron amontonados en otra parte de la
choza, y Miedosa se repetía a sí misma una y otra vez, muy
suavemente: Con sus plumas te cubrirá, y debajo de sus alas
estarás seguro. La tormenta continuó con gran violencia por dos
o tres días, pero mientras ésta duraba, las tres viajeras
descansaban quietamente bajo la protección de la choza, yendo
afuera en los períodos de calma solamente para recoger algo de
leña, la cual secaban en el horno, para su propio uso y para que
si otros vinieran luego, pudieran encontrarse también con
provisión de leña. Había un buen surtido de comidas en latas y
bizcochos, y ellas lo que les hizo pensar que de tiempo en
tiempo, algunos de los siervos del Rey-Pastor iban a la choza
para limpiarla y surtirla. Durante esos días de quietud en medio
de la tempestad, Miedosa pudo conocer a sus dos compañeras de
una nueva manera y también aprender más del dialecto de la
montaña que ellas hablaban. De algún modo comenzaba a sentir
que se habían vuelto verdaderas amigas, y no solamente
asistentes a quienes el Rey-Pastor había mandado como guías y
ayudantes. También encontró que ahora que estaba aceptando su
compañía, algo parecía haber revivido en ella, y sentía y veía

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más hermosura y belleza en todo el mundo que le rodeaba. Era
como si sus sentidos hubieran sido acelerados de alguna manera
extraordinaria, capacitándola para disfrutar de cada pequeño
detalle de su vida; de modo que aunque sus compañeras fueran
Angustia y Pena, sentía un gozo casi inexplicable y placer en su
compañía. Esto sucedía cuando miraba a las brillantes llamas en
la choza, o escuchaba el sonido de la lluvia cayendo fuera, lo
cual hacía que se acentuara aún más el sentimiento de protección
del que gozaba allí dentro; o cuando a través de la ventana veía
los árboles que ondulaban sus ramas contra un fondo de nubes
negras o iluminadas por los rayos. También ocurría cuando muy
temprano en la mañana, antes de que rompiera el día, se veía la
estrella de la mañana brillando serenamente a través de un claro
entre las nubes, como una nota de júbilo durante una calma en la
tormenta. Todas estas cosas parecían hablarle a ella en el
dialecto de la montaña, y para su asombro, encontró que era un
lenguaje increíblemente bello, de modo que a veces sus ojos se
llenaban de lágrimas de puro gozo y su corazón parecía tan lleno
de éxtasis que era casi demasiado fuerte para sobrellevarlo.

Una mañana, cuando la tormenta estaba sonando con furia,


más fuertemente que nunca, ella vio que Pena estaba sentada
junto al fuego quietamente, cantando en voz baja, en el dialecto
de la montaña, que Miedosa estaba aprendiendo a entender. Esta
es la mejor traducción que puedo dar, pero como se darán
cuenta, el original era mucho más bello en música y palabras.

¡Cuán bellos en tus sandalias


son tus pies, hija de príncipe,
no hay joyas que los superen;
pues de andar se han hecho ínclitos.

100
No hay gacela en el monte
que tus pies ya hoy supere;
pues los ha fortalecido
la misma roca que hiere.

Eh, Pena, exclamó Miedosa, yo no sabía que tú cantabas, o


que conocías tales canciones. Pena le contestó quietamente: Ni
tampoco lo sabía yo, pero en el camino hacia aquí y andando a
través del bosque encontré las palabras y el tono vino a mi
mente así como lo estoy cantando ahora. Me gusta, dijo
Miedosa, me hace pensar en el tiempo cuando tenga pies de
cierva, y es tan reconfortante con su tono tan bello, que me da
deseos de saltar. Se rió con el pensamiento de sus pies lisiados
saltando, y entonces dijo: Enséñame esa canción, por favor.
Entonces Pena la cantó varias veces hasta que Miedosa la sabía
perfectamente e iba alrededor de la choza repitiéndosela a sí
misma, tratando de imaginar cómo sería cual una gacela
saltando entre las montañas y de peñasco en peñasco como el
Rey-Pastor lo hacía. Cuando viniera el día que ella recibiera sus
pies de cierva, se sentiría capaz de seguirle dondequiera que Él
fuese. La figura de tal cuadro era tan hermosa que casi no podía
esperar a que se convirtiera en realidad.

12. En la niebla

Por fin, la tormenta acabó, el ruido entre las montañas cesó,


y ya era tiempo de continuar la jornada. Sin embargo, el tiempo
había cambiado notablemente, y a pesar de que la tormenta en sí
hubiese terminado, una espesa niebla y nube quedaron allí,
rodeando todo por las alturas. Cuando las viajeras comenzaron a
andar nuevamente la niebla era tan espesa que solamente podían

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ver los árboles del otro lado del angosto sendero y los mismos
parecían fantasmagóricos e irreales. El resto del bosque estaba
completamente tapado y velado a la vista por la fría y pegajosa
cortina de niebla. El suelo estaba terriblemente resbaladizo y
lleno de lodo, y aunque el camino no era tan escarpado como el
anterior, después de algunas horas, Miedosa halló, para su
asombro, que estaba echando de menos el ruido de los truenos,
de la tormenta y aun del romper de los árboles al caer
destrozados por los rayos. Comenzó a darse cuenta que, a pesar
de ser tan cobarde, había algo en ella que respondía con un
sentimiento de emoción a las pruebas y dificultades del camino
mejor que a las circunstancias fáciles, iguales y aburridas. Era
cierto que todavía sentía ante el peligro un estremecimiento que
sacudía todo su cuerpo, pero, sin embargo, era una conmoción
viva, y encontró con asombro que aun el precipicio tan
mareador, había sido más a su gusto que este lúgubre andar a
través de la niebla confusa. En alguna manera los peligros de la
tormenta la habían estimulado; ahora no había nada sino
apocamiento, un andar fatigoso hacia adelante; día tras día, sin
poder ver nada excepto la niebla blanca, pegajosa, que envolvía
las montañas sin un solo resplandor de sol que la atravesara. Por
último, irrumpió en impaciencia: ¿Nunca se acabará esta
aburrida y lúgubre niebla? Y una voz que ella conocía bien le
contestó inmediatamente de detrás de los árboles. No, no
terminará. Tú sabes que esto va a continuar quién sabe cuánto.
Más arriba, en las montañas, la niebla se hace más y más espesa.
Esto es todo lo que puedes esperar por el resto del viaje. Era la
voz de uno de sus viejos parientes. Miedosa quiso hacer ver que
no oía, pero la voz volvió otra vez. ¿No has notado, Miedosa,
que el camino en el cual estás andando no va en absoluto hacia
arriba de la montaña, sino que se mantiene al mismo nivel? Has

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perdido la senda que conduce hacia arriba, y estás andando
alrededor de la montaña, haciendo círculos.

Miedosa no se había dado cuenta de este hecho, pero ahora


no podía evitar el darse cuenta de que era verdad. No estaban
ascendiendo, en absoluto, sino simplemente moviéndose a lo
largo del costado de la montaña con constantes subidas y
bajadas, y las bajadas parecían ser más frecuentes cada vez. ¿No
sería que, en realidad, estaban descendiendo por la montaña en
lugar de ir hacia arriba? En la niebla confusa no se podía ver
nada, y ella encontró que había perdido el sentido de la
dirección: Cuando les preguntó a sus compañeras qué pensaban
sobre el asunto, le contestaron más bien en forma breve y
cortante porque, por supuesto, ella no debería haber escuchado a
ninguna sugestión por parte de Pesimismo, y le dijeron que
estaban en el camino que el Rey-Pastor les había señalado, y,
ciertamente, no permitirían a nadie que les persuadiese de
abandonarlo. Pero persistió en forma petulante Miedosa, ¿no
creéis vosotras que pudimos habernos perdido en medio de esta
niebla? El Rey-Pastor dijo que el camino conduciría hacia
arriba, y como podéis ver, éste no conduce hacia allá. Corre a lo
largo de la ladera de la montaña. Debe haber habido una senda
más directa hacia arriba, la cual perdimos en la niebla. Su única
respuesta fue que lo mejor era seguir sin escuchar ninguna
sugerencia de parte de Pesimismo. Fue entonces cuando la voz
de Amargura se dejó oír claramente: Lo que deberíais hacer,
dijo, es volver hacia atrás un poco y mirar, en lugar de insistir en
continuar en lo mismo, lo que puede hacer que estéis dando
círculos en torno a la montaña.

Pena y Angustia no escucharon para nada esta sugerencia,


pero, lamentablemente, Miedosa lo hizo, y dijo todavía con gran

103
petulancia: Yo creo que deberíamos de considerarlo. Quizá sería
mejor volver un poco atrás y ver si hemos perdido el camino
correcto. Realmente, de nada sirve andar en círculos, no yendo a
ninguna parte. A esto ellas contestaron: Bueno, si estamos
andando en círculos, llegaremos al lugar donde nos
equivocamos y mantendremos nuestros ojos abiertos para ver el
camino que hemos dejado de lado, siempre y cuando exista, y no
sea que esté solamente en la imaginación de Pesimismo y
Amargura, que ya sabes que son enemigos del Rey-Pastor.
Pobrecita, vino a susurrar Autocompasión a través de la niebla,
realmente es malo que se te haya dejado a cargo de tan
obstinadas criaturas. Sólo piensa en el tiempo que estás
perdiendo, y sin conseguir nada. Andar y andar, día tras día, sin
ver nada, y tú deberías de estar en los Lugares Altos. Así
continuaron los parientes enemigos de Miedosa, susurrando y
hablándole a través de la niebla, que lo rodeaba y envolvía todo,
haciéndole parecer cada árbol como terribles fantasmas. Por
supuesto, ella no debería de haberles escuchado, pero la niebla
era tan confusa y el camino tan aburrido y monótono, que algo
en su corazón respondía a ellos casi contra su voluntad.
Angustia guiaba tenazmente a las demás por el camino, y Pena
era tan tenaz como su hermana en la retaguardia, de manera que
no había posibilidad de volverse atrás, pero Miedosa se encontró
cojeando y tropezando más frecuentemente y peor que en
ninguna otra etapa de la jornada. Se le hacía muy difícil y
desagradable el andar en esta manera. Es cierto que después de
cada tropezón su conciencia le hacía reflexionar y arrepentirse
con pena y disculparse ante sus compañeras, pero eso no
prevenía el volver a resbalar y caer en lo mismo. Resumiendo,
era un tiempo miserable, y la niebla, en vez de aclararse parecía
ponerse más espesa, fría y terrible que nunca.

104
Por último, una tarde, cuando lo único que podría decirse
era que estaban arrastrándose a lo largo del camino, todas llenas
de barro y empapada, con las ropas manchadas de constantes
caídas, Miedosa se decidió a cantar. No poseía el don de una
dulce y hermosa voz, como tampoco tenía una cara bonita. Es
cierto que ella era una apasionada por el canto, y que si el Rey-
Pastor cantaba con ella, podía mantener el tono y cantar bastante
bien, pero si trataba de hacerlo sola los resultados no eran tan
buenos. Sin embargo, la niebla era tan espesa y pegajosa que
estaba casi sofocada, y sintió que debía de hacer algo para tratar
de alegrarse y dejar atrás las voces que murmuraban por detrás
de los árboles. No era muy agradable pensar en que iba a
entretener a sus parientes al acecho a expensas de su voz falta de
melodía, pero, sin embargo, decidió correr el riesgo de los
comentarios insultantes. Si canto bastante alto, se dijo a sí
misma, no podré oír lo que ellos digan. La única canción que
pudo pensar en el momento era la que Pena le había enseñado en
la choza, y aunque no parecía el momento muy apropiado elevó
su voz y cantó:

¡Cuán hermosos son tus pies!


calzados en tus sandalias;
princesa de mis amores
a la que ama mi alma.

Como el agua cristalina


que corre por la montaña;
y cual gacela ligera
aplastan tus pies la caña.

Y corres sin detenerte,


pues a tus pies les da alas,

105
el amor que fiel profesas
al Rey-Pastor que ama tu alma.

Mientras cantaba había un total silencio. Las voces


burlonas de sus enemigos se habían apagado totalmente. Es una
buena idea, se dijo Miedosa llena de júbilo, ojalá que se me
hubiera ocurrido antes. Es una manera mucho mejor para evitar
oír lo que ellos dicen que ponerse algodones en los oídos, si,
realmente creo que es así; hay una abertura en la niebla más
adelante. Qué hermoso, cantaré la canción otra vez. Y así lo
hizo. Eh, Miedosa, dijo una alegre voz cercana a ella, no había
oído esa canción antes. ¿Dónde la aprendiste? Allí, viniendo a
grandes zancadas hacia ella, con una sonrisa particularmente
hermosa en su rostro, estaba el Rey-Pastor.

Es prácticamente imposible describir en palabras el gozo de


Miedosa cuando le vio venir en dirección a ellas en el lúgubre
sendero de la montaña, donde todo había estado oculto por un
tiempo tan largo a causa de la horrible niebla fría y pegajosa.
Ahora, con su venida, la niebla se disipó rápidamente y
apareció, por fin, un resplandor brillante de sol: Oh, Rey-Pastor,
dijo ella jadeante, tomándose de su mano, y no pudo decir nada
más. Parecía como si nunca más te tuviera que volver a ver.
Dime, dijo Él alegremente al tiempo que les sonreía a las tres,
¿dónde aprendiste esa canción, Miedosa? Me la enseñó la
hermana Pena, contestó Miedosa, no creí que ella supiera
ninguna canción, Rey-Pastor, pero ella dijo las palabras y la
música vino a sus labios a medida que atravesábamos el bosque.
Le pedí que me la enseñara porque yo sé que soy una gansa,
pero me hace pensar del tiempo cuando tú me hagas mis pies de
cierva y no tenga que seguir vagando nunca más y su cara se

106
sonrojó al verse en el aspecto tan sucio y enlodado que tenía.
Estoy contento de que la hayas cantado, dijo el Pastor, más
complacido que nunca. Creo que es una hermosa canción. De
veras, añadió sonriendo. Creo que voy a añadirle otra estrofa por
mí, y entonces comenzó a cantar estas palabras en el mismo
tono.

Los contornos de tus muslos


son como joyas preciadas,
obra de excelente artífice,
autor de las cosas creadas.

Por eso tus pasos son


más que de reina, de ángel,
que se mueve bien grácil
por el palacio del alma.

Oh, Rey-Pastor, exclamó Miedosa, ¿dónde hallaste este


verso que encaja tan bien en el tono que me enseñó Pena?
Nuevamente sonrió en la forma más hermosa y respondió: Las
palabras se me ocurrieron justamente ahora, cuando te seguía a
lo largo del camino. Pobre Miedosa, ahora descubrió que El
sabía que había estado resbalándose y tropezando en la más
horrible manera, mucho peor que las veces anteriores, su cara se
le encendió con dolorosa vergüenza. No dijo nada, solamente
miró hacia Él casi con un aire de reproche. Miedosa, dijo Él muy
gentilmente en respuesta a aquella mirada, ¿no sabes que yo
cuando pienso en ti no pienso en cómo te encuentras ahora sino
en cómo serás cuando yo te haya llevado al Reino del Amor y te
haya limpiado de todas tus manchas y marcas de la gran
jornada? Si al venir a ti noto que estás sufriendo las

107
consecuencias de haber pasado por dificultades, por resbalones y
caídas, sólo me hace pensar de cómo serás cuando puedas
seguirme saltando y brincando en los Lugares Altos. ¿No te
gustaría aprender y cantar mi canción así como la que Pena te ha
enseñado? Sí, dijo Miedosa, agradecida y tomando otra vez su
mano, ciertamente la aprenderé y cantaré cerca del sabio
maestro y de sus manos heridas que sostienen tantos dolores
como los míos.

Para entonces la niebla se había ido completamente y el


sol, brillando con todo su esplendor, hacía gotear los árboles y la
hierba con claridad y brillantez. Las tres aceptaron agradecidas
la sugerencia del Rey-Pastor de que se podían sentar por un
ratito para descansar y regocijarse a la luz del sol. Pena y
Angustia se retiraron un poco, como acostumbraban hacer
cuando el Rey-Pastor estaba presente, dejándole para que
hablara con Miedosa a solas. Ella le contó de las peripecias en el
camino en medio de la niebla, lo que habían estado diciendo
Pesimismo, Amargura y Autocompasión, y su temor de que
quizá pudiera ser verdad que se hubieran extraviado del
verdadero camino. ¿Crees que yo te hubiera dejado que te
perdieras del camino a los Lugares Altos, sin hacer nada por ti,
ni siquiera prevenirte? preguntó quieta y calmadamente el Rey-
Pastor. Ella Le miró con pena y dijo con un suspiro: Cuando
Pesimismo y los otros me estaban gritando sugerencias, casi
estaba lista para creer cualquier cosa, por absurda que fuera. Te
hubieras puesto a cantar, dijo Él sonriendo, no hubieras oído las
cosas que te decían; pregunta a Pena y Angustia si tienen alguna
otra canción para enseñarte. ¿Encuentras que ellas son buenas
guías, Miedosa? Ella le miró seriamente y movió su cabeza
afirmativamente. Sí, son muy buenas. Nunca creí que pudiera
ser posible, Rey-Pastor, pero en alguna manera he aprendido a

108
amarlas. Cuando las vi por primera vez parecían tan
terriblemente fuertes y rígidas, y estaba segura de que serían
rudas conmigo y me arrastrarían sin preocuparse de cómo me
sentiría. ¡Cómo les temía! Pero me han tratado con mucha
amabilidad. Creo que deben haber aprendido a ser tan gentiles y
pacientes conmigo viendo tu propia gentileza. Nunca me las
hubiera podido arreglar sin ellas, dijo con agradecimiento. Y lo
extraño es que tengo el sentimiento de que a ellas realmente les
gusta ayudar a una fea lisiada como yo. Desean que yo llegue a
los Lugares Altos, no solamente porque es el mandato que les
has dado, sino también porque anhelan que una gran cobarde y
miedosa como yo pueda ser cambiada. ¿Quieres que te lo diga,
Rey-Pastor? eso hace una gran diferencia en mis sentimientos
hacia ellas, el no mirarlas más con temor, sino como a amigas
que desean ayudarme. Sé que parece ridículo, pero a veces tengo
el sentimiento de que realmente me aman y desean andar
conmigo de su propia voluntad.

Cuando terminó de hablar miró su rostro y fue sorprendida


al ver que Él estaba tratando de no reírse. No dijo nada por unos
momentos, pero se dio vuelta despaciosamente, de manera que
pudiera mirar a las dos guías. Miedosa hizo lo mismo, estaban
sentadas aparte en el fondo y no se apercibían de que estaban
siendo observadas. Se sentaron cerca la una de la otra mirando
hacia arriba en las montañas para donde estaban los Lugares
Altos. Sus velos habían sido corridos hacia atrás, a pesar de lo
cual no podían verse sus caras porque estaban de espaldas a
Miedosa y el Rey-Pastor. Ella estaba conmovida por el hecho de
que parecían más altas y fuertes que cuando las había visto
esperándola al pie de las montañas Había algo casi
indescriptiblemente majestuoso en ellas en ese momento, una
especie de ahínco radiante expresado en su actitud. Estaban

109
hablando rápidamente la una a la otra, pero sus voces eran tan
bajas que Miedosa no pudo oír lo que estaban diciendo. ¡Era
imposible! ¡Se estaban riendo! Ella estaba segura de que estaban
hablando de algo que las hacía estremecer con anhelo y
expectación. El Rey-Pastor las miró por unos breves momentos
sin decir nada, entonces se volvió a Miedosa. Sus ojos estaban
sonriéndole, pero dijo en tono grave: Sí, realmente creo que
tienes razón, Miedosa, ellas parecen disfrutar de su tarea, y
quizás aún sienten afecto por la persona a la cual están
sirviendo. Entonces Él se rió fuertemente.

Pena y Angustia bajaron sus velos sobre sus caras


nuevamente y miraron alrededor para ver qué era lo que estaba
sucediendo, pero el Rey-Pastor tenía algo más que decir antes de
que les ordenara seguir adelante en el viaje. La sonrisa se
desvaneció de su rostro, y preguntó muy seriamente: ¿Me amas
lo suficiente como para confiar en mí completamente, Miedosa?
Ella le miró de la manera asustada, tan natural en ella siempre
que sentía que Él la estaba preparando para pasar por una nueva
prueba, entonces dijo vacilante: Tú sabes que te amo, Rey-
Pastor, tanto como mi frío y pequeño corazón sea capaz. Tú
sabes que te amo y que anhelo confiar en ti tanto como
expresarte mi amor, que deseo ambas cosas; confiar en ti, y
amarte más y mejor. ¿Quisieras confiar en mí, preguntó Él, aun
si todo el mundo alrededor pareciera decir que yo te estoy
engañando y que he estado engañándote todo el tiempo? Ella le
miró con asombro y perplejidad. Pues sí, contestó, estoy segura
de que confiar en ti, porque una cosa sé bien de cierto, es que es
imposible que tú mientas. Sé que a menudo estoy demasiado
asustada en las cosas que me ordenas hacer, añadió con cierta
vergüenza y disculpándose, pero nunca podría dudar de ti en lo
referente a lo que prometes. Es de mí misma de quien dudo y

110
temo; no de ti, y si todo el mundo me dijera que tú me has
engañado yo sabría que esto es imposible. Oh, Rey-Pastor,
imploró, no me digas que en realidad crees que dudo de ti. Aun
cuando estoy asustada, acobardada y débil, tú sabes que confío
en ti. Sé que al final podré decir que tu gentileza me ha hecho
grande. Por unos momentos Él no dijo nada, sólo la miró muy
tiernamente, casi con lástima, ella permanecía agachada, a sus
pies. Entonces, después de un rato le dijo en forma muy quieta y
calmada: Miedosa, suponte que en realidad Yo te haya
engañado, ¿entonces, qué? Fue ella quien hizo silencio, tratando
de pensar este imposible, y de poder dar una respuesta ¿qué
pasaría? ¿sucedería que nunca más podría ella confiar o amarle
otra vez? ¿tendría que vivir en un mundo donde no hubiera Rey-
Pastor, quedando sólo el espejo roto de un sueño hermoso? ¿ser
engañada por quien estaba segura de que nunca podría
engañarle? ¿perderle a Él para siempre? De pronto explotó en un
mar de llanto, entonces, luego de un rato miró directamente
hacia su rostro y dijo: Mi Señor, si tú quieres engañarme, hazlo,
no hay diferencia, debo de amarte en tanto continúe mi
existencia, no puedo vivir sin amarte a ti. Él puso sus manos
sobre su cabeza, con el toque más tierno y gentil que ella
hubiera jamás sentido, y pensó para sí: ¡Hasta aquí llega tu
confianza! ¡Poco más puedo exigirte! Entonces, sin decir ni una
palabra se dio vuelta y se fue. Miedosa levantó una pequeña
piedra muy fría que estaba sobre el suelo que Él había pisado y
la puso en su bolsita. Entonces, temblando se juntó de nuevo con
Angustia y Pena, dispuesta a continuar su viaje.

13. En el valle de la pérdida

111
La niebla se había disipado de entre las montañas y el sol
estaba brillando, y como consecuencia el camino parecía mucho
más fácil y placentero que antes. El sendero aún les conducía a
lo largo de la ladera de la montaña más que hacia arriba, pero un
día, dando vuelta una esquina, se encontraron mirando hacia
abajo a un profundo valle. Para su sorpresa, su camino en ese
momento conducía directamente hacia abajo por el lado de la
montaña, enfocando al valle, exactamente como al principio del
viaje. Las tres hicieron un alto y se miraron entre sí, luego hacia
abajo, al valle, y a través del otro lado. Allí el ascenso era
escarpado y aun más alto que el Precipicio de la Injuria y vieron
que el hecho de ir abajo y ascender nuevamente no sólo
requeriría una gran cantidad de fuerza física, sino que también
tomaría mucho tiempo.

Miedosa se detuvo y contempló fijamente la situación, y en


ese momento experimentó la prueba más aguda de todo el viaje.
¿Tendría que abandonar por fin esta empresa, para quedar
mucho peor que antes? Hasta ahora habían ascendido mucho
más que anteriormente. Y si tan sólo el camino que estaban
siguiendo fuera de ascenso no habría duda de que pronto
estarían en la zona donde comienza la nieve y acercándose a los
Lugares Altos, donde no les podían seguir los enemigos y donde
había abundantes manantiales de aguas salutíferas. Pero en lugar
de ello, el camino les estaba guiando hacia un valle tan bajo
como el mismo Valle de la humillación. Toda la altura que
habían ganado en su última ascensión, tan larga y fatigosa,
quedaba perdida y tendrían que comenzar pronto a ascender de
nuevo, como si nunca hubieran comenzado el viaje, y como si
no hubieran atravesado todo tipo de pruebas y dificultades.
Cuando miró hacia abajo, a las profundidades del valle, el
corazón de Miedosa quedó aturdido. Por primera vez en todo el

112
viaje se preguntaba si sus parientes, después de todo, no tenían
razón y si ella no tendría que haber rehusado seguir al Rey-
Pastor ¿Cómo podía seguirse a una persona que pedía tanto y
que exigía cosas imposibles? Si ella bajaba a ese valle, para
dirigirse a los Lugares Altos perdería todo el esfuerzo hecho
hasta el momento. La promesa no estaría más cercana de cuando
la recibió en el Valle de la Humillación.

Por un momento negro y terrible, Miedosa consideró


seriamente la posibilidad de no seguir más al Rey-Pastor y
volverse. Ella no necesitaba seguir adelante, nada la compelía a
hacerlo. No era la manera ni el camino que ella por naturaleza
hubiera querido o escogido. Ahora podía hacer su propia
elección. Sus penas y angustias podrían terminar de una vez por
todas, y podría planear su vida de la manera que más le gustara,
sin el Rey-Pastor. Pero al pensar esto, a Miedosa le pareció que
estaba mirando a un abismo de horror, a una existencia sin Rey-
Pastor para seguir, confiar o amar. Le pareció que miraba abajo,
al mismo infierno. Al fin, Miedosa gritó con todas sus fuerzas:
Rey-Pastor, Rey-Pastor, ayúdame, ¿dónde estás? ¡No me dejes!
Al próximo instante ella se estaba recostando a Él, temblando de
pies a cabeza y con un sollozar sin fin, Tú puedes hacer
cualquier cosa, Rey-Pastor. Puedes pedir cualquier cosa, sólo
que no me permitas retroceder. Oh, mi Señor, no me dejes. Te
ruego que no me permitas dejarte ni dejar de seguirte. Mientras
continuaba recostada a Él, dijo entre sollozos: Si Tú desearas
engañarme, mi Señor, acerca de la promesa y los pies de cierva
o mi nuevo nombre, o cualquier otra cosa, ciertamente que
puedes hacerlo; sólo que no me abandones. No permitas que
nada me haga volver atrás. Este camino parece tan absurdo y
equivocado que no puedo creer que sea el correcto y lloró
amargamente. Él la levantó, sosteniéndola por el brazo, y con

113
sus propias manos enjugó las lágrimas de sus mejillas, y
entonces dijo en su fuerte voz: No hay posibilidad de que te
vuelvas atrás Miedosa; ninguna posibilidad; ni siquiera tu
acobardado corazón te podría arrebatar de mi mano. ¿No
recuerdas que te lo dije antes? Esta demora no es para muerte
sino para la gloria de Dios. ¿Es que habrás olvidado la lección
que tan bien habías aprendido? No es menos verdadero ahora
que lo que Yo hago, tú no lo comprendes ahora; más lo
entenderás después. Mis ovejas oyen mi voz y me siguen. Es
perfectamente seguro para ti el ir por este camino, aun cuando
parezca errado, y ahora te doy otra promesa: Tus oídos oirán
palabra a tus espaldas diciendo: “Éste es el camino, andad por
él”, cuando tuerzas a la derecha o a la izquierda. Hizo una pausa
por un momento. Ella aún estaba recostada en Él, sin hablar, con
agradecimiento y un sentimiento de alivio en su presencia.
Entonces Él continuó: ¿Puedes llevar también esta carga,
Miedosa? ¿Estarías dispuesta a sufrir la pérdida de todo lo que
has ganado en este viaje hacia los Lugares Altos? ¿Irías hacia
abajo en este camino de perdón hacia el Valle de la Pérdida,
solamente porque es el camino que yo he elegido para ti?
¿Todavía podrás amarme y confiar en mí? Ella aún se apegaba a
él, y ahora repetía de corazón las palabras de otra mujer que
hace muchos años había sido también probada. No me ruegues
que te deje, y me aparte de ti; porque a dondequiera que tú
fueres, iré yo, y dondequiera que vivieres, viviré. Tu pueblo será
mi pueblo, y tu Dios mi Dios. Hizo una pausa, balbuceó por un
momento, y continuó con un suspiro: Donde tú murieres, moriré
yo, y allí seré sepultada: así me haga el Señor, y aún me añada,
que sólo la muerte hará separación entre nosotras dos (Ruth
1,16-17).

114
Otro altar fue construido en la parte más alta del descenso
al Valle de la Pérdida y otra piedrita añadida a aquellas que
habían en la bolsita que aún llevaba con ella. Después de ese día
comenzaron el viaje hacia abajo, y a medida que caminaban ella
oyó a sus dos guías cantar suavemente:

¿Dónde se ha ido tu amado,


hermosa entre las mujeres?
¿Dónde crees que ha marchado
y contigo lo buscaremos?

El Pastor cantó el próximo verso:

Está en el huerto de aromas,


al huerto de las especies,
porque ama mucho la mirra
del corazón que a él se entrega.

Entonces Miedosa cantó los últimos dos versos y su


corazón estaba tan lleno de gozo que aun su voz falta de melodía
parecía cambiada y sonaba tan dulce como las otras.

También quiero ir allí


a ver si brota el granado
y si los frutos que espera
mi Amado, de mí ha logrado.

Pues que yo soy de mi Amado


y tan sólo mío es él;
se pasea entre los lirios,
y yo quiero serle fiel.

115
Considerando lo escarpado que era, el descenso hacia el
valle pareció sorprendentemente fácil, pero quizás era porque
Miedosa deseaba con todo su ser hacerlo en una manera que
satisficiera y agradara al Rey-Pastor. La horrible vislumbre del
abismo de una existencia sin Él la había asustado y herido su
corazón de tal modo que sintió que nunca más podría ser la
misma. Sin embargo, le había abierto los ojos al hecho de que
muy allá dentro, en las profundidades de su propio corazón, ella
tenía un apasionado deseo, no por las cosas que el Rey-Pastor le
había prometido, sino por Él mismo. Todo lo que ella quería era
que se le permitiera seguirle para siempre. Otros deseos podían
hacerse sentir fuerte y fieramente cerca de la superficie de su
naturaleza, pero ella sabía que dentro de su propio ser estaba tan
modelada a su imagen que nada podría satisfacer su corazón
sino Él mismo. Nada más importa, se dijo a sí misma, sólo el
amarle y hacer lo que él me diga. No sé por qué tiene que ser
así, pero lo es. Hay penas y angustias en amar, pero es tan
hermoso el poder amarle a pesar de esto, que si cesara de
hacerlo también cesaría de existir. Así que, como se dijo
anteriormente, alcanzaron el valle muy rápidamente.

La próxima cosa sorprendente fue que a pesar de que el


valle parecía al principio una pequeña prisión, después del fuerte
aire fortificante de las montañas, resultó ser un maravilloso,
hermoso y pacífico lugar, muy verde y con flores que cubrían el
campo y las orillas del río que corría quietamente a lo largo del
mismo. Allí en el Valle de la Pérdida, Miedosa se sintió más
descansada, con más paz y contentamiento que en ningún otro
lugar de su viaje. Parecía también, que sus dos compañeras
estaban bajo una extraña transformación. Ellas aún sostenían sus
manos, pero no había ni pena ni angustia en ese contacto. Era

116
como si caminaran junto a ella y fueran de la mano simplemente
por amor a la amistad y el gozo de estar juntas. Además,
cantaban continuamente, a veces en un lenguaje bastante distinto
del que Miedosa había aprendido de ellas, pero cuando les
preguntaba el significado de las palabras ellas solamente
sonreían y sacudían sus cabezas. Esta es una de las muchas
canciones que las tres cantaban allá abajo, en el Valle de la
Pérdida, y era otra de la colección perteneciente al antiguo libro
de canciones que Miedosa amaba tanto.

Pues que yo soy de mi amado


es mi ferviente deseo
el andar siempre a su lado;
pero aún es mayor mi anhelo
de que su gran hermosura
pueda verse en mí brillar;
y que a su tierna dulzura
pueda yo siempre imitar.
Y así será cuando él
haya de mi bien podado,
todo retoño del “yo”
corrupto y acobardado.

Ven, amado, y vámonos


al huerto de las aromas,
y pódame sin piedad
por las pruebas que en mi pongas,
los defectos que me afean
para que las tiernas flores
brotadas del corazón
vengan a ser dulces frutos
de fe, de amor y de acción

117
que a ti solo glorifiquen
hoy y por la eternidad.
Corta y rompe cuanto quieras
con tal te pueda agradar.

Es verdad de que cuando Miedosa miró a las montañas, al


otro lado del valle, se preguntó cómo se las arreglarían para
ascender por ellas, pero estaba contenta de esperar
confiadamente y de andar por el valle el tiempo que el Rey-
Pastor quisiera. Había algo en particular que la reconfortaba;
después de las dificultades y los resbalones o tropezones en el
camino por las montañas, donde se había caído y lastimado. Tan
dolorosamente, encontró que en esos quietos prados verdes
podía caminar sin tropezar y no sentía las heridas y cicatrices en
absoluto. Todo esto parecía un tanto extraño, porque, por
supuesto, ella se encontraba en el Valle de la Pérdida. También,
aparentemente, estaba más lejos de los Lugares Altos que en
cualquier otro momento. Le preguntó al Rey-Pastor acerca de
ello cierto día, puesto que la parte más hermosa de toda era que
Él caminaba muy a menudo junto a ellas en ese lugar, diciendo
con una dulce sonrisa que ése era uno de sus parajes favoritos.
En respuesta a la pregunta, Él contestó: Me alegro de que estés
aprendiendo a apreciar también el valle, pero creo que fue el
altar que tú construiste allá arriba, Miedosa, lo que ha hecho que
sea tan fácil para ti. Esto más bien la dejó confusa, y dijo: Pero
yo me he dado cuenta de que después de los otros altares que tú
me ordenaste que construyera, el camino generalmente era más
difícil que antes. El sonrió nuevamente, pero sólo destacó que lo
importante acerca de los altares era que ellos hacían cosas
posibles de los imposibles, y que era bueno que en esta ocasión
le hubiera traído paz en lugar de lucha. Ella notaba que Él la

118
miraba fijamente y de una manera un tanto extraña a medida que
hablaba, y a pesar de que había una hermosa suavidad en su
mirada, también había algo más que ella había visto antes, pero
que todavía no entendía. Pensó que era una mezcla de dos cosas,
no precisamente lástima, esa no era la palabra exacta, sino una
mirada de maravillosa compasión junto con una resuelta
determinación. Cuando se dio cuenta de ello, pensó en algunas
palabras que uno de los siervos del Rey-Pastor había dicho allá
en el Valle de Humillación antes de que el Rey-Pastor la llamara
a los Lugares Altos. El había dicho: Amar es maravilloso, pero
es también terrible que el verdadero amor no quiere ver nada
indigno en el ser que ama. Cuando recordó esto, Miedosa pensó
con un poco de temblor en su corazón: El nunca quedará
contento hasta que haga de mí lo que ha determinado que yo sea,
y como ella era todavía Miedosa y aún no estaba lista para
cambiar de nombre, añadió con cierta angustia y temor: Me
pregunto, qué será lo que planea hacer próximamente, y si eso
será muy doloroso.

14. El lugar de la unción

El próximo evento que el Rey-Pastor planeaba era, por


cierto algo muy hermoso. No mucho después de esta
conversación el sendero terminaba a través del valle y les guiaba
al pie de las montañas del otro lado hacia un lugar donde se
levantaba como una pared, mucho más alta y escarpada que el
Precipicio de la Injuria. Sin embargo, cuando Miedosa y sus dos
compañeras alcanzaron este lugar, encontraron al Rey-Pastor
esperándolas junto a una pequeña choza, y, ¡oh, sorpresa!, justo
donde los peñascos eran más escarpados y altos había un cable
suspendido en el aire entre ese lugar y la cima lejana. De este

119
cable colgaban sillas, en las cuales podían sentarse dos personas,
una a cada lado y ser llevadas directamente arriba, a la cumbre,
sin ningún esfuerzo de su parte. Es cierto que, al principio, el ver
estas sillas con apariencia tan frágil pendiendo en el vacío hizo
que Miedosa se sintiera con vértigo y pánico. Le parecía que
nunca podría sentarse voluntariamente allí y columpiarse
teniendo debajo tan terrible precipicio, tan sólo con muy poco
apoyo arriba y nada que la asegurara contra la caída.

Sin embargo, este sentimiento pasó casi de inmediato, pues


el Rey-Pastor sonrió y dijo: Ven, Miedosa, vamos a sentarnos en
las dos primeras sillas, Pena y Angustia nos seguirán en la
próxima. Todo lo que tienes que hacer es confiar en que la silla
te llevará de manera perfectamente segura hasta el lugar donde
yo deseo, sin ningún esfuerzo de tu parte. Miedosa se sentó en
uno de los asientos y el Rey-Pastor se sentó a su lado, mientras
que sus dos compañeras ocuparon las próximas sillas. En un
minuto se estaban balanceando suavemente y mirando hacia los
Lugares Altos los cuales habían parecido tan imposibles de
alcanzar. Estaban suspendidos completamente desde arriba, y no
hacían más que descansar y disfrutar de la vista tan maravillosa
ante sus ojos. Aunque las sillas se columpiaban no sentía
ninguna sensación de vértigo o de mareo, sino que seguía
felizmente hacia arriba hasta que el valle debajo parecía una
pequeña alfombra verde y los picos blancos y brillantes del
Reino del Amor les rodeaban como altas torres. Pronto se
encontraron bastante lejos del lugar donde habían escalado las
montañas del lado opuesto. Cuando finalmente salieron de las
sillas aéreas estaban en un lugar más bello que todo lo que
Miedosa había visto antes, pues aunque eso no era realmente los
Lugares Altos del Reino del Amor, habían alcanzado la línea
limítrofe de ellos. Todo alrededor era montañas con praderas

120
llenas de flores. Había pequeños manantiales que corrían y
salpicaban entre orillas repletas de flores amarillas, rojas,
violetas y rosadas, que tapizaban el suelo. Grupos de delicadas
florecillas púrpura crecían en hermosos racimos, y alrededor de
todo el prado, brillando como gemas, habían bellas gencianas,
más azules que el cielo, como joyas en un vestido real.

Arriba había picos de nieve blanquísima la cual se elevaba


hasta un cielo sin nubes como un techo de zafiro y turquesa. El
sol brillaba en forma tan radiante que casi parecía que las flores
empujaban sus corolas hacia arriba y se abrían para recibir la
gloria de sus rayos. Por todas las direcciones sonaban las
campanas de las vacas y corderos, y una multitud de pájaros
llenaban el aire de melodías, pero sobre todo había una voz
predominante y más fuerte, la cual parecía llenar, toda la región.
Era la voz de una poderosa cascada saltando hacia abajo sobre
otro gran peñasco, y cuyas aguas venían de las nieves en los
Lugares Altos. Era tan indescriptible la belleza que allí había
que ni Miedosa ni sus, compañeras pudieron pronunciar una sola
palabra, sino que se quedaron quietas, respirando profundamente
y, llenando sus pulmones con el aire perfumado de la montaña.
A medida que continuaban andando, se agachaban de vez en
cuando a tocar delicadamente las flores que parecían joyas o
para humedecer sus dedos en los arroyuelos saltarines. A veces
solamente se detenían en medio de la abundante belleza que les
rodeaba y se reían de puro gozo. El Rey-Pastor les guiaba a
través de las praderas donde crecía abundantemente una hierba
perfumada hacia la cascada más grande.

Al pie de los peñascos se encontraron en un lugar de frescas


sombras con un suave pulverizar de agua sobre sus rostros. El
Rey-Pastor les invitó a contemplar el espectáculo natural. Allí

121
estaba Miedosa, con su figura frágil y pequeña al pie de grandes
peñascos, mirando hacia arriba al gran torrente de aguas que
caían de los Lugares Altos. Pensó que nunca antes había visto
algo tan majestuoso ni tan tremendamente bello. La altura del
pico rocoso sobre el cual las aguas caían para derramarse en
partículas sobre las rocas de abajo, era un espectáculo que la
dejaba impresionada. Al pie de la caída, la voz tronante de las
aguas era casi ensordecedora, pero parecía además llena de
significado, grande y temible, más allá de toda expresión. A
medida que escuchaba, Miedosa se daba cuenta de que estaba
oyendo una majestuosa armonía, como una enorme orquesta,
tocando el tema original que todos los pequeños arroyuelos
habían cantado allá lejos en el Valle de la Humillación. Ahora
era pronunciado por miles de miles de voces, pero era la misma
canción entonada con grandiosa armonía.

LA CANCION DEL AGUA


¡Oh, ven, ven, vamos corriendo
más abajo noche y día!
¡Qué gozo es bajar, bajar...
humillarse cada día!

Miedosa, dijo la voz del Rey-Pastor en su oído, ¿qué


piensas de esta gran caída de aguas y de su derramarse a sí
misma? Ella tembló un poco y contestó: Creo que es algo
hermoso, y terrible, más allá de todo lo que he visto. ¿Por qué
terrible? preguntó Él. Es el salto que tienen que hacer, la temible
altura de la cual tienen que caer hacia las profundidades, allá
abajo, para ser partidas sobre las rocas. Me cuesta contemplarlo,
casi no lo puedo resistir. Mira más de cerca, le dijo nuevamente,
deja que tu ojo siga solamente una parte del agua desde el
momento cuando salta sobre el borde hasta que alcanza la parte

122
más baja. Miedosa lo hizo, y quedó boquiabierta y maravillada.
Una vez en el borde, las aguas parecían aladas, vivas y con
gozo, tan completamente abandonadas al éxtasis de derramarse
que casi podía suponerse que estaba mirando a una hueste de
ángeles flotando en alas del arco iris y cantando con
arrobamiento en su caída. Ella miró y miró, y entonces dijo: Es
el movimiento más bello, puesto que significa derramarse a sí
mismo en un abandono, éxtasis y gozo indescriptible. Sí,
contestó el Rey-Pastor en una voz vibrante de gozo y acción de
gracias, me alegro que te hayas dado cuenta de ello, Miedosa.
Estas son las Caídas del Amor, fluyendo desde los Lugares
Altos del Reino de arriba; te encontrarás con ellas nuevamente.
Dime, ¿parece quebrarse el gozo del agua cuando rompe en la
roca allá abajo? Nuevamente Miedosa miró donde El le
señalaba, y se dio cuenta de que cuanto más bajo caía el agua,
más parecía crecer y elevarse luminosa, como sobre alas.
Cuando alcanzaba las piedras debajo, toda el agua fluía junta en
una gloriosa hueste, formando un torrente exuberante que giraba
en forma triunfal alrededor y por encima de las rocas. Como con
una risa sonora se apresuraba a caer más y más abajo a través de
las praderas del siguiente precipicio. Desde allí se lanzaban
hacia los lejanos valles. En lugar de sufrir al caer sobre las rocas,
parecía como si cada obstáculo en el lecho del torrente fuera
visto como otra oportunidad para abrirse nuevo camino. Por
todas partes se oía el rugir del agua, como si estuviera riendo en
un triunfante grito de júbilo. Al primer golpe de vista quizás el
salto parezca terrible, dijo el Rey-Pastor, pero como puedes ver,
el agua no experimenta ningún terror en ello, ni por un momento
siquiera, sólo un gozo indecible y lleno de gloria, porque es su
movimiento natural. El arrojarse y lanzarse es su vida. Sólo tiene
un deseo, el de ir más y más abajo para derramarse sin reserva
de ninguna clase. Puedes ver que en su marcha, los obstáculos

123
que parecen tan temibles, son perfectamente franqueables, y lo
que hacen es añadir gozo y gloria a todo el movimiento. Cuando
dijo esto, les guió de nuevo a los prados soleados, y les dijo
gentilmente que para los próximos días lo mejor era que
descansaran para prepararse para la última etapa de su viaje.
Oyendo estas palabras, “la última etapa de su viaje”, Miedosa
sintió un estremecimiento de gozo en todo su cuerpo. Además,
el Rey-Pastor mismo se quedaría allí con ellas todo el tiempo.
No se apartaría de allí ni por una sola hora, sino que caminaba y
hablaba con ellas. Les enseñó muchas cosas acerca del Reino
hacia el cual se encaminaban. La gracia surgía de sus labios a
medida que hablaba y el perfume del prado y las flores se
difundía por dondequiera que Él iba. Cuán agradecida estaría
Miedosa para el resto de su vida; no se hubiese preocupado más
por alcanzar los Lugares Altos, si no fuera porque todavía tenía
sus pies lisiados, una boca torcida y un corazón temeroso. Sin
embargo, no siempre el sol brillaba allí en la frontera de los
Lugares Altos. Había días de niebla cuando los picos brillantes
eran borrados completamente de la visión por una cortina de
nubes, de modo que si alguien no hubiera sabido de antemano
que existían, hubiera sido imposible el estar seguro de que
estaban allí cerca, en medio de nieblas y nubes con el claro cielo
azul arriba.

Sin embargo, una y otra vez se hacía un desgarrón en


medio del velo de niebla, y entonces, como enmarcada en una
blanca ventana abierta, aparecería el blanco deslumbrador... Por
un instante uno de los lejanos picos brillaba a través de una
abertura en la niebla, como para querer decir: Tened ánimo,
estamos aquí, aunque no puedan vernos. Entonces la niebla lo
envolvía nuevamente y la ventana en el cielo quedaba cerrada.
En una ocasión así, el Rey-Pastor le dijo a Miedosa: Cuando

124
sigas el viaje puede haber mucha niebla y nubes, quizás hasta
puede parecer como si todo lo que has visto aquí, en los Lugares
Altos, fuera un sueño, o el producto de tu imaginación. Pero tú
has visto la realidad y la niebla que parece tragarse todo lo
demás, esa es una ilusión. Cree firmemente en lo que has visto.
Por eso, aun cuando el camino hacia los Lugares Altos te
parezca oscurecido y dudes de si estarás siguiendo la senda
correcta, recuerda la promesa: Tus oídos oirán una palabra a tus
espaldas, diciendo, éste es el camino, andad por él, cuando
tuerzas a la izquierda o cuando tuerzas a la derecha. Andad
siempre adelante a lo largo del camino de la obediencia tanto
como puedas, hasta que yo intervenga, aun si parece que estáis
siendo guiadas por donde teméis y donde supondríais que yo
nunca sería capaz de enviaros. Recuerda, Miedosa, lo que has
visto antes de que la niebla viniera. Nunca dudes que los
Lugares Altos están allí, formando un techo sobre ti, y puedes
estar bien segura que pase lo que pase yo te llevaré exactamente
donde te he prometido. Cuando terminó de hablar, apareció otra
abertura en medio de la cortina de niebla, y uno de los picos de
los Lugares Altos se destacaba en medio del cielo azul, brillando
majestuosamente ante su vista.

Antes de que la cortina de niebla se hubiera cerrado otra


vez, Miedosa se agachó y recogió algunas gencianas que crecían
a sus pies, como un recuerdo de lo que había visto, diciendo para
sí: Estas florecitas crecen actualmente en los declives más bajos
de los Lugares Altos y son una señal segura de que aunque los
picos sean invisibles por unos momentos, están allí todo el
tiempo. En el último día que estuvieron allí, el Rey-Pastor hizo
algo ciertamente maravilloso. Tomó a Miedosa aparte y la
condujo justamente hacia la cima de uno de los Lugares Altos,
en el mismo Reino del Amor. La llevó a un pico muy alto, de un

125
blanco deslumbrante, levantado como un gran trono con otros
picos agrupados alrededor suyo. Allí arriba, en la cumbre de la
montaña, El se transfiguró delante de ella en la figura de un
Gran Rey, y entonces conoció lo que había presentido todo el
tiempo: que él era no un simple Pastor sino el Rey del Reino del
Amor. Lo vio vestido con una vestidura blanca radiante de
fulgor y pureza, y sobre ella una ropa púrpura y azul, y escarlata,
adornada con tachones de oro y preciosas gemas. En su cabeza
tenía puesta la corona real, pero cuando Miedosa se inclinó y
arrodilló a sus pies para adorar, el rostro que tenía sobre sí era
exactamente el del Rey-Pastor a quien tanto había amado y
seguido desde los bajos hasta los altos lugares. Sus ojos estaban
todavía llenos de gentileza y ternura, pero también de fortaleza,
poder y autoridad.

Alargando su mano, sin decir ni una palabra El la levantó y


la guió a un lugar donde sobre la parte más alta del pináculo
podían mirar alrededor del reino que les circundaba. Allí al lado
de Él y muy feliz, casi escasamente consciente de toda esa
maravilla, Miedosa miraba hacia el Reino del Amor. Lejos, muy
lejos, allá abajo, estaban los valles y las planicies, el gran mar y
el desierto. Ella pensó que aún podría reconocer el Valle de la
Humillación mismo, donde había vivido por tan largo tiempo y
por donde había conocido y aprendido del Rey-Pastor, por vez
primera, pero de eso hacía tanto tiempo que era como recordar
otra existencia. Todo alrededor de ella, en todas las direcciones,
estaban los picos nevados de los Lugares Altos. Podía ver que
las bases de estas montañas eran extremadamente empinadas y
estaban recubiertas de bosques. Por dondequiera que ella
miraba, los declives, en esa estación del año, estaban cubiertos
con flores blancas en cuyos pétalos, medio transparentes, el sol
brillaba haciéndolas lucir un blanco refulgente. En el corazón de

126
cada flor había una corona de tono dorado. Estas huestes de
flores blanquísimas perfumaban los declives de los Lugares
Altos con un perfume tan exquisito y dulce que nadie lo había
aspirado antes. Todas tenían sus corolas en dirección hacia abajo
de las montañas, como si estuvieran mirando a los valles. Eran
multitudes de ellas, que ningún hombre por día enumerar, como
una gran nube de testigos, todas inclinándose para mirar lo que
sucedía en el mundo allá abajo. Por donde pasaba el Rey y sus
acompañantes, estas flores blancas se inclinaban debajo de sus
pies y se volvían a levantar, abiertas e inmaculadas, pero
exhalando un perfume aún más rico y delicado que antes. En el
extremo del pináculo al cual Él le había guiado había un altar de
oro puro, brillando a la luz del sol con tal esplendor que ella no
pudo mirarlo, sino que tuvo que apartar sus ojos rápidamente,
pues se percibía que había un fuego ardiendo sobre él, y una
nube de humo perfumado como incienso. Entonces, el Rey-
Pastor le dijo que se arrodillara, y con un par de pinzas trajo un
trozo de carbón encendido del altar tocándola con él le dijo: He
aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y limpio tu
pecado (Is. 6,7). A Miedosa le pareció que una llama de fuego
demasiado hermosa y terrible a la vez le traspasó todo su ser,
entonces perdió la conciencia y no recordó más nada. Cuando se
recobró encontró que el Rey-Pastor la estaba llevando en sus
brazos yendo de vuelta a los peñascos más bajos de la frontera.
Las ropas reales y la corona habían desaparecido, pero
permanecía la expresión en su rostro la mirada de supremo
poder y autoridad. Sobre ellos se alzaban los altos picos,
mientras que más abajo todo estaba envuelto en la neblina.

Cuando vio que ya estaba suficientemente recuperada, el


Rey-Pastor la tomó por la mano, y caminaron juntos dentro de la
niebla blanca y a través de un pequeño bosque donde los árboles

127
eran apenas visibles y no había ningún otro sonido sino el caer
de las gotas de agua contra el suelo. De pronto, en medio del
bosque un pájaro rompió el silencio con una bella canción. No
podían verlo a causa de la neblina, pero el avecilla cantaba
fuerte y con un tono melodioso indescriptible las mismas notas
una y otra vez. Parecían formar una frase que se repetía
constantemente, siempre con un trinar más alto al finalizar, el
cual sonaba como una breve carcajada. A Miedosa le pareció
que ésta era la canción que estaba cantando:

El ha obtenido la victoria, ¡Hurra!


El ha obtenido la victoria, ¡Hurra!

El bosque repicaba con las alegres notas, y ambos se


estuvieron quietos entre los árboles para poder escuchar.
Miedosa, dijo el Rey-Pastor, tú has tenido una vislumbre del
Reino dentro del cual yo voy a traerte. Mañana tú y tus
compañeras comenzaréis la última etapa del viaje que os llevará
allí arriba. Entonces, con mucha ternura, le habló palabras que
parecían demasiado gloriosas para ser verdad. Aunque tienes
poca fuerza, has guardado mi palabra, y no has negado mi
nombre. He aquí, yo entrego a la sinagoga de Satanás a los que
se dicen ser judíos y no lo son, sino que mienten; he aquí, yo
haré que vengan y se postren a tus pies, y reconozcan que yo te
he amado. He aquí, yo vengo pronto; retén lo que tienes, para
que ninguno tome tu corona. Al que venciere yo le haré columna
en el templo de mi Dios, y nunca más saldrá de allí; y escribiré
sobre él el nombre de mi Dios... y mi nombre nuevo (Ap. 3,8-
12). Fue entonces que Miedosa tomó coraje para preguntarle
algo que nunca se había atrevido a hacerlo antes. Con su mano
en la de Él le dijo: Mi Señor, ¿puedo preguntarte algo? ¿Es que
se está aproximando el tiempo en que se cumplirá la promesa

128
que me has dado? El dijo muy gentilmente y con gran gozo: Sí,
el tiempo se está acercando ahora. Atrévete a comenzar a ser
feliz. Si tú sigues adelante en la senda que está ante ti, pronto
recibirás la promesa, y yo te daré el deseo de tu corazón. No está
muy lejano ahora, Miedosa.

Así se quedaron en el bosque lleno de neblina, ella


temblando con su esperanza e incapaz de decir una palabra,
adorando, y preguntándose si había visto una visión, o si eso
había sucedido realmente. Sobre su rostro había una mirada que
ella no hubiera podido entender ni si la hubiera visto, pero
estaba demasiado deslumbrada de felicidad para mirarle. En lo
alto, sobre los húmedos árboles, el pequeño pajarito todavía
seguía cantando su alegre canción: El ha obtenido la victoria, y
luego rompía en gorgojeos y trinos: ¡Hurra, Hurra, Hurra! Un
poco después estaban abajo en las praderas donde Pena y su
hermana les estaban esperando. Era ya el tiempo de seguir
adelante en su viaje, pero después que el Rey-Pastor las hubo
bendecido y se volvía para seguir por su camino, Angustia y
Pena se arrodillaron de pronto ante Él y le preguntaron
suavemente: Señor, ¿qué lugar es éste donde hemos estado
reposando y disfrutando durante estos días pasados? El contestó
muy quietamente: Este es el lugar donde traigo a mis amados,
para que puedan ser ungidos en preparación para su sepultura.
Miedosa no escuchó estas palabras, pues estaba caminando un
poquito más adelante, repitiendo una y otra vez: El dijo:
Atrévete a comenzar a ser feliz porque el tiempo está cercano
ahora, y yo te daré el deseo de tu corazón.

15. Las inundaciones

129
El camino que seguían ahora no iba directamente hacia
arriba, a las alturas, sino que bordeaba la ladera de la montaña.
La niebla aún lo cubría todo, e iba aumentando y haciéndose
más espesa. Las tres caminaban en silencio, ocupadas con
diferentes pensamientos Miedosa estaba pensando sobre la
promesa del Rey-Pastor que recientemente le había hecho: He
aquí, yo vengo pronto; y te daré el deseo de tu corazón. Angustia
y Pena quizás estaban pensando en la respuesta que habían
recibido del Rey-Pastor. Si era así realmente o no, nadie podría
decirlo, pues estaban caminando en el más completo silencio,
aunque la ayuda que le estaban dando a su compañera lisiada era
aún más amable y gentil que antes.

Hacia la tarde llegaron a otra choza en el lado del camino,


la cual tenía la marca secreta del Rey-Pastor inscrita sobre la
puerta, de manera que pudieran saber que podrían descansar y
pasar la noche allí. Una vez dentro notaron que alguien debía de
haber estado allí recientemente, puesto que había fuego en el
hogar y una tetera con agua caliente. También la mesa estaba
puesta para tres, y había bastante pan y fruta. Evidentemente, su
arribo había sido esperado y conocido de antemano, y se habían
hecho estos preparativos tan gentilmente, pero no había signo de
quién había estado allí antes que ellas. Se lavaron y se sentaron a
la mesa, dieron gracias, y comieron de la comida preparada
Entonces, como estaban muy cansadas, se acostaron para
descansar e inmediatamente quedaron dormidas. Miedosa no
podía figurarse cuánto tiempo había dormido, pero se despertó
de pronto cuando aún era bastante oscuro. Sus compañeras
dormían tranquilamente a su lado, pero ella sabía que alguien la
había llamado. Esperó en silencio y la voz dijo: Miedosa. Heme
aquí, mi Señor, respondió ella, Miedosa, dijo la Voz, toma ahora
la promesa que tú has recibido cuando te llamé a que me

130
siguieras a los Lugares Altos y toma también el deseo natural
del amor humano que está creciendo en tu corazón desde que
planté mi propio Amor allí y ve arriba a las montañas a un lugar
que te mostraré. Ofrece todo allí como una ofrenda de
holocausto para mí. Hubo un largo silencio antes de que
Miedosa hablara en la oscuridad con voz temblorosa. Mi Señor,
¿te estoy entendiendo bien? Sí, contestó la Voz. Ven ahora a la
entrada de la choza y te mostraré dónde debes de ir. Sin
despertar a sus compañeras que dormían a su lado se levantó
silenciosamente, abrió la puerta de la choza, y se paró afuera.
Todo estaba quieto y envuelto en la niebla, y las montañas
estaban completamente invisibles, rodeadas de nubes y
oscuridad. Cuando ella estaba observando este panorama, la
niebla se abrió en un lugar y apareció una pequeña ventana a
través de la cual la luna y una estrella brillaban en forma
radiante Debajo de ellas había un pico blanco resplandeciente. A
sus pies había una peña de roca sobre la cual saltaba la gran
caída de agua y se apresuraba a correr abajo hacia los peñascos
inferiores. Sólo la parte superior de la roca sobre la cuál el agua
se volcaba era visible, todo lo demás quedaba envuelto en la
niebla. Entonces vino la Voz: Este es el lugar indicado. Este es
el lugar indicado. Miedosa miró y dijo: Sí, Señor, heme aquí yo
soy tu sierva, quiero hacer tu voluntad.

Ella no volvió a acostarse, sino que se quedó parada la


puerta de la choza esperando para que viniera el amanecer. Le
daba la sensación de que el sonido de la caída de agua llenaba
todo el espacio en la noche y estaba tronando aún en su
tembloroso corazón, resonando y gritando mientras repetía una y
otra vez: Toma la promesa que te he dado, y el deseo natural
humano de tu corazón, y ofrécelos en ofrenda de holocausto.
Con el primer resplandor de la aurora, Miedosa se inclinó sobre

131
sus compañeras que aún dormían, y les dijo: Debemos reanudar
nuestro viaje ahora. He recibido órdenes de ir arriba al lugar
donde la gran catarata cae sobre el precipicio. Se levantaron
inmediatamente, y después de comer rápidamente un poco para
fortalecerse, comenzaron a andar en su camino. La senda les
guiaba directamente arriba de la ladera de la montaña hacia la
voz tronante de la caída de agua, y todo lo demás estaba quieto y
envuelto todavía en la niebla y nubes, y la misma catarata no
podía verse. A medida que las horas pasaban, ellas continuaban
escalando, aunque el camino era ahora más escarpado que antes.
En la distancia un trueno resonó y los relámpagos rasgaron el
velo de niebla. De pronto, allá arriba en el camino, escucharon el
sonido de unos pies que corrían raspando las piedras sueltas, se
detuvieron y se arrimaron hacia un lado del angosto camino para
permitir pasar a quienes se aproximaban corriendo, entonces, de
la niebla fantasmal apareció primero Malicioso, luego
Amargura, seguido de Pesimismo, Orgullo y Autocompasión.

Estaban corriendo como si fuera para salvar sus vidas, y


cuando alcanzaron a las tres mujeres les gritaron: ¡Atrás!,
vuélvanse pronto; las avalanchas están cayendo más adelante y
todo el costado de la montaña se está sacudiendo como si fuera a
desplomarse. ¡Corred para salvar vuestras vidas! Sin esperar
respuesta, huyeron despavoridos esquivando la ladera de la
montaña. ¿Qué es lo que vamos a hacer? preguntaron Angustia y
Pena, quienes parecían desconcertadas por primera vez en todo
el viaje. ¿Volveremos atrás a la choza y esperaremos hasta que
las avalanchas y la tormenta terminen? No, dijo Miedosa, en una
voz baja, pero firme; hablando por primera vez desde que las
había llamado a que se levantaran y la siguieran. No, no
debemos volver atrás. He recibido la orden de ir arriba, al lugar
donde la gran cascada se derrama sobre la roca. Entonces la Voz

132
habló desde muy cerca: Hay un lugar preparado para vosotras al
lado del camino. Esperad allí hasta que la tormenta pase. En la
pared rocosa, junto a ellas, había una pequeña cueva, tan baja
que sólo podía meterse dentro alguien agachándose y
deslizándose hacia su interior. Se sentaron juntas y entonces, de
pronto, la tormenta estalló sobre ellas con toda su terrible furia.
Las montañas resonaban con los truenos y con el sonido de las
rocas que caían y las grandes avalanchas de nieve. Los rayos
iluminaban el firmamento incesantemente, como llamaradas que
chisporroteaban al tocar el suelo. Luego la lluvia descendió y
vino la inundación, y los vientos soplaron y golpearon entre las
montañas hasta que todo alrededor parecía temblar, estrellarse y
caer. Torrentes de agua se derramaban por los peñascos y una
corriente de agua se derramó sobre las rocas en que se hallaba
enclavada la cueva, de modo que la entrada estaba cerrada por la
catarata de agua, pero ni una sola gota entró dentro de la cueva
donde las tres estaban sentadas en el suelo.

Después de que hubieron estado allí por algún tiempo, y


que la tormenta, lejos de amainar, parecía arremeter con más
fuerza. Miedosa puso su mano en su pecho y sacó la bolsita de
cuero que siempre llevaba con ella, y vaciando el pequeño
montoncito de piedritas en su falda, se quedó mirándolas. Eran
las piedras memoriales de todos los altares que había construido
a lo largo de todo el viaje, desde que estuvo junto al Rey-Pastor
en el estanque y le había permitido plantar la semilla en su
corazón, hasta ese momento en que entraron agachadas a la
angosta cueva, sobre la cual la montaña parecía estar pronta para
caer. Nada había conseguido de todos sus esfuerzos, sino la
promesa por la cual lo había arriesgado todo. Miró a la pequeña
pila en su falda y se preguntó lentamente: ¿Las tiraré fuera? ¿No
son acaso todas promesas indignas que Él me dio en el camino

133
hacia aquí? Con sus dedos entumecidos por el frío, tomó la
primera de las piedras y repitió las primeras palabras que Él le
había hablado junto al estanque: Haré tus pies como de ciervas y
te pondré en los Lugares Altos (Hab. 3,19). Sostuvo la piedra en
su mano por largo tiempo, y dijo despaciosamente: No he
recibido pies de cierva, pero estoy en los lugares más altos que
nunca hubiera imaginado, y si llego a morir aquí, ¿qué
importancia tiene? No la tiraré fuera, puso la piedrita de vuelta
en la bolsa, tomó la próxima y repitió: Lo que yo hago, tú no lo
comprendes ahora; más lo entenderás después (Juan 13,7); y con
un sollozo dijo: Por lo menos parte de esto es verdad, y quién
sabe si el resto también será verdad o no pero no la arrojaré.
Tomando la tercera piedra, citó las palabras: Esto no es para
muerte, sino para la gloria de Dios (Juan 11,4). No es para
muerte, se repetía, a pesar de que me haya dicho: Ofrece la
promesa como una ofrenda de holocausto, pero tiró la piedrecita
dentro de la bolsa y tomó la cuarta. El grano se trilla, pero no lo
trillará para siempre (Is. 28,28). No puedo separarme de ella,
dijo, y la puso de vuelta en la bolsa; entonces tomó la quinta:
¿No podré hacer yo de vosotros como este alfarero? (Jr. 18,6).
Sí, dijo ella, y la puso de vuelta dentro de la bolsita. Tomando la
sexta, repitió: Pobrecita, fatigada con tempestad, sin consuelo;
he aquí que yo cimentaré tus piedras sobre diamantes, y sobre
zafiros te fundaré (Is. 54:11), entonces no pudo seguir adelante
sino que se echó a llorar amargamente. ¿Cómo podré separarme
de ésta?, se preguntó, y la puso en la bolsita con las otras. Tomó
luego la séptima. Mis ovejas oyen mi voz y me siguen» (Juan
10,7). ¿Podré tirar ésta?, se preguntó, ¿He oído realmente su voz
o me he estado engañando yo misma todo el tiempo? Entonces,
cuando pensó en su rostro en el momento que Él le dio aquella
promesa guardó la piedrecita en la bolsita diciendo: La tendré
conmigo. ¿Cómo podría deshacerme de ella?, y tomó la octava,

134
ahora verás lo que yo haré, (Ex. 6,1), recordando el precipicio
que había parecido tan imposible e infranqueable y cómo Él la
había conducido, hacia la cima, puso la piedra con las otras y
tomó la, novena, Dios no es hombre, para que mienta, ni hijo de
hombre para que se arrepienta. Él dijo, ¿y no hará? habló, ¿y no
lo ejecutará? (Núm. 23,19). Por largo tiempo estuvo sentada
temblando con esa piedra en su mano, pero al fin dijo: He dado
la única respuesta posible cuando le dije: Si Tú quieres, puedes
incluso engañarme, pero yo continuaré confiando, en Ti. Dejó
caer la fría piedrecita dentro de la bolsa y tomó la décima,
entonces tus oídos oirán a tus espaldas palabra que diga: Este es
el camino, andad por él; y no echéis a la mano derecha, ni
tampoco torzáis a la mano izquierda. (Is. 30,21). Entonces se
estremeció, pero luego de un momento, añadió: Porque aunque
tienes poca fuerza, has guardado mi palabra, y no has negado mi
nombre... Retén lo que tienes, para que ninguno tome tu corona
(Ap. 3,8-11). Poniendo la décima piedra dentro de la bolsita,
después de una larga pausa tomó una piedra pequeña y fea que
estaba sobre el suelo de la cueva y la dejó caer dentro junto con
las otras diez, diciendo: He aquí, aunque El me matare, en El
esperaré (Job 13,15). Atando nuevamente la bolsita, dijo:
Aunque todo en el mundo me dijera que son estas promesas
falsas, aún no podría deshacerme de ellas, y puso la bolsita una
vez más en su pecho. Pena y su hermana habían estado sentadas
silenciosas al lado de Miedosa mirando atentamente cuando
tomaba las pequeñas piedras del montón que tenía en su falda.
Ambas lanzaron una extraña risa, como si fuera de alivio y
agradecimiento, y dijeron juntas: Descendió lluvia, y vinieron
ríos, y soplaron vientos, y dieron con ímpetu contra aquella casa;
mas no cayó, porque estaba fundada sobre la roca (Mat. 7: 25).

135
Para entonces, la lluvia había cesado, el torrente de agua ya
no caía sobre las rocas y sólo quedaba una ligera neblina. El
resonar de los truenos y de las avalanchas se desvanecían en la
distancia cuando las tres mujeres salieron a mirar fuera de la
cueva. Desde las profundidades de abajo venían notas alegres
del cántico de un pájaro. Podría haber sido el hermano de aquél
que cantaba en los bosques al pie de los Lugares Altos: El ha
obtenido la victoria, ¡Hurra! El ha obtenido la victoria, ¡Hurra!
A medida que las notas puras y claras venían flotando en el aire,
la frialdad del corazón de Miedosa se quebró, y finalmente se
derritió. Apretó sus manos fuertemente contra la pequeña bolsita
de piedras como si contuvieran inapreciables y preciados tesoros
los cuales pensaba que había perdido, y dijo a sus compañeras:
La tormenta se ha terminado, ahora podemos seguir nuestro
camino.

Desde ese lugar en adelante, era muy escarpado, puesto que


el camino ahora iba derecho hacia arriba en la ladera de la
montaña, tan derecho y escarpado que a menudo Miedosa no
podía hacer otra cosa sino arrastrarse sobre sus manos y rodillas.
Durante todo el tiempo ella había tenido la esperanza que cuanto
más alto fueran y cuanto más cerca estuvieran de los Lugares
Altos, ella estaría más fuerte que nunca y no volvería a andar a
tropezones, pero era bastante diferente, cuanto más alto iban,
más estaba ella consciente de que su fuerza la estaba
abandonando, y cuanto más débil se sentía, tropezaba más y
más. Se daba cuenta que no sucedía esto con sus compañeras.
Cuanto más subían, parecían ponerse más vigorosas y fuertes, y
esto le venía bien, pues a menudo tenían casi que cargar con
Miedosa, que parecía completamente extenuada. A causa de esto
hicieron muy poco y lento progreso. En el segundo día llegaron
a un lugar donde un hueco en el lado de la montaña formaba una

136
pequeña planicie. Aquí surgía un manantial del peñasco
formando una pequeña caída de agua. Cuando se detuvieron
para descansar, la Voz le dijo a Miedosa: Bebe del arroyuelo al
lado del camino y te fortalecerás. Agachándose donde brotaba el
manantial de entre las rocas, llenó su boca con el agua, pero tan
pronto como la tragó encontró que era amarga y que su
estómago la rechazaba completamente y no podía retenerla. Se
arrodilló junto al manantial, jadeando por un momento y dijo
muy quieta y suavemente: Mi Señor, no es que no quiera, pero
es que no puedo beber de esta agua. Hay un árbol que crece
junto a este manantial de Mara, contestó la Voz, rompe un trozo
de una rama, y cuando la hayas puesto dentro de las aguas, éstas
serán endulzadas. Miedosa miró al otro lado del manantial y vio
un pequeño arbusto espinoso con una rama creciendo del tronco
quebrado, como los brazos de una cruz. Estaban cubiertos con
largas y afiladas espinas. Angustia dio un paso adelante, rompió
un pedazo de la rama espinosa y lo trajo a Miedosa, quien lo
tomó de su mano y lo tiró dentro del agua. Haciendo esto se
agachó y volvió a beber. Esta vez encontró que el desagradable
sabor amargo se había ido, y aunque el agua no era dulce, podía
beber sin que le causara ningún malestar. Bebió abundantemente
y encontró que debía tener poderes curativos, puesto que casi en
seguida se encontró maravillosamente refrescada y fortalecida.
Entonces tomó la piedra número doce allí al lado del agua de
Mara y la puso en su bolsa.

Después que hubieron descansado por un poco, ya estaba


en condiciones para emprender el viaje nuevamente, y por un
tiempo estuvo mucho más fuerte, y aunque el camino era más
escarpado que antes, no tenía necesidad de arrastrarse ni se
sentía cansada. Esto la reconfortó grandemente, puesto que para
entonces tenía un solo deseo en su corazón, el de alcanzar el

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lugar señalado y cumplir con el mandamiento que se le había
dado antes de que su fuerza la abandonara. En el tercer día,
levantaron sus ojos y vieron el lugar, la gran roca y peñasco y la
caída de agua, y continuando en la senda rocosa, a mediodía
llegaron con una niebla envolvente a aquel lugar que le había
sido señalado.

16. Sepultura en las montañas

El camino guiaba hacia adelante al borde de una hendidura


abierta, y allí terminaba. Esta caverna, semejante a una tumba,
se abría ante ellas en cada dirección tan lejos como podían ver,
cortando completamente todo camino hacia adelante. Estaba tan
envuelto con nubes y niebla que no podían saber cuán profundo
era, ni tampoco podían ver el otro lado, pero se abría ante ellas
como una gran cueva abierta, esperando para tragarlas. Por un
momento Miedosa se preguntó si éste podría ser el lugar, pero
cuando se detuvieron al borde del cañón, pudieron oír
claramente el ruido poderoso de las aguas, y se dio cuenta de
que debían de estar en algún lugar cerca del principio de la gran
catarata y ése era el lugar señalado. Mirando a sus compañeras,
preguntó con calma: ¿Qué debemos de hacer ahora? ¿Podemos
saltar a través de ella al otro lado? No, dijeron, eso sería
imposible. ¿Qué es entonces lo que vamos a hacer? Preguntó,
debemos de saltar abajo, dentro del cañón, fue la respuesta. Por
supuesto, dijo Miedosa, yo no me di cuenta al principio de que
esto es lo único que podemos hacer. Entonces, por última vez en
ese viaje (aunque ella no lo sabía entonces), se tomó de la mano
de sus compañeras para que pudieran ayudarla. Para entonces
estaba tan débil y exhausta, que en lugar de tomarla de las
manos, se acercaron a ella y pusieron sus manos debajo de sus
brazos de manera que se descansara completamente sobre ellas.

138
Así, con sus amigas de Pena y Angustia sosteniéndola, Miedosa
se lanzó dentro de la grieta abierta. El lugar dentro del cual
habían ido a dar era profundo, y si hubiera estado sola
ciertamente que hubiera salido mal herida por la caída. Sin
embargo, sus compañeras eran tan fuertes que el salto no pareció
dañarlas en absoluto, y la llevaron tan fácilmente entre las dos
que no resultó más que un poco sacudida. Entonces, como el
cañón estaba tan lleno de niebla y nubes y nada podía verse,
comenzaron a examinar su camino despaciosamente y vieron,
ante ellas una roca alargada y plana. Cuando la alcanzaron
encontraron que era una clase de piedra que servía como altar
con la figura confusa de alguien detrás de ella. Este es el lugar,
dijo Miedosa, quieta y serenamente, este es el sitio donde tengo
que hacer mi ofrenda. Se fue arriba, hacia el altar, y se arrodilló:
Mi Señor, dijo suavemente, a través de la niebla, ¿vendrás a mí
ahora y me ayudarás a hacer la ofrenda de mí misma como tú
me has ordenado? pero por primera vez en todo el viaje parecía
no haber respuesta, ninguna respuesta, y el Rey-Pastor no llegó.
Se arrodilló sola en la niebla fría, al lado del desolado altar en
este valle de sombras, y vinieron a sus mente las palabras que
Pesimismo había lanzado contra ella antes, cuando caminaba por
las orillas de la Soledad: «Más tarde o más temprano, cuando Él
te lleve arriba, a los lugares desolados de las montañas, te
pondrá ahí en una especie de cruz y te abandonará. Parecía que
de alguna manera Pesimismo había tenido razón, pensó
Miedosa, para sí, sólo que él era demasiado ignorante para saber
y ella muy tonta entonces para entender que la única cosa que
realmente importaba, era hacer la voluntad de Aquél que ella
había seguido y amado, no importando cuál fuera el costo.
Cuando se arrodilló ante el altar, aparentemente abandonada en
aquella última tremenda crisis, no había signos o sonidos de la
presencia de sus enemigos. La gruta arriba en las montañas

139
estaba al mismo límite de los Lugares Altos y fuera del alcance
de Orgullo, Amargura, Pesimismo y Autocompasión, sí, y de
Malicioso también, como si ella estuviera completamente en
otro mundo, puesto que ellos nunca podrían lanzarse dentro de
aquella cueva. Ella se arrodilló allí sin sentir ni desesperación ni
esperanza. Sabía ahora, sin ninguna sombra de duda, que no
vendría un ángel del cielo para decir que el sacrificio no era
necesario, sin embargo, esto no le causó ni temor ni temblor. No
sentía nada sino una gran quietud, y el fervoroso deseo, de hacer
lo que Él le había ordenado, simplemente porque así se lo había
pedido. La fría y desértica desolación que había llenado su
corazón en la cueva se había ido completamente; una llama se
encendió allí firmemente, la llama del deseo concentrado de
hacer su voluntad. Todo lo demás había muerto y se hallaba
convertido en cenizas. Después que hubo esperado un poco de
tiempo y todavía Él no había venido, puso fuera su mano y con
un esfuerzo final se asió del amor humano y natural y luchó para
arrojarlo fuera. Al primer toque fue como si la angustia
atravesara cada nervio y fibra, con un dolor casi desesperante, ya
que las raíces del amor se habían enredado a sí mismas dentro de
cada parte de su ser. Aunque ella puso toda la poca fuerza que le
quedaba para arrancarlas, ni una sola raíz cedió. No era capaz de
hacer lo que El le había encomendado. Habiendo alcanzado el
altar, estaba sin fuerzas para obedecer. Volviéndose a quienes
habían sido sus guías y ayudantes durante todo el camino por las
montañas, requirió su ayuda, para arrancar la planta fuera de su
corazón. Por la primera vez Pena y Angustia sacudieron sus
cabezas. Hemos hecho todo lo que hemos podido por ti
respondieron, pero no podemos hacer esto; es algo que te
incumbe a ti sola. Entonces, una figura difusa detrás del altar dio
un paso adelante y dijo quietamente: Yo soy el sacerdote de este
altar. Yo arrancaré esa planta de tu corazón, si tú deseas.

140
Instantáneamente Miedosa se volvió hacia él. Oh, gracias, le
dijo, le ruego que lo haga. La forma indefinida y borrosa a causa
de la niebla se acercó, y ella continuó suplicante: Yo soy una
gran cobarde, tengo miedo que el dolor me haga oponer
resistencia ¿podría atarme al altar de alguna manera que no me
pudiera mover? no me gustaría estar luchando mientras que se
está haciendo la voluntad de mi Señor. Hubo completo silencio
en el cañón envuelto por las nubes durante algunos momentos,
entonces el sacerdote respondió: Es una buena idea, te ataré al
altar. Entonces le ató de pies y manos. Cuando hubo terminado,
Miedosa levantó su cara hacia los Lugares Altos los cuales eran
todavía completamente invisibles y habló lentamente a través de
la niebla. Mi Señor, heme aquí, en el lugar que tú me mandaste
para hacer lo que tú me ordenaste que hiciera, porque donde tú
murieres, yo moriré, y allí seré sepultada; así me haga el Señor,
y aun me añada, que sólo la muerte hará separación entre
nosotros dos (Rut 1,17). Aún reinaba el silencio, un silencio
como de sepultura, puesto que ella estaba realmente en la
sepultura o tumba de sus propias esperanzas y todavía sin el
cumplimiento de la promesa de los pies de cierva, todavía fuera
de los Lugares Altos. Este era el lugar al cual el largo y fatigoso
viaje la había traído. Pero una vez más antes de que se rindiera
totalmente sobre el altar, Miedosa repitió la gloriosa promesa
que había sido la causa del comienzo de su viaje hacia los
Lugares Altos. Yahvé el Señor es mi fortaleza, el cual hace mis
pies como de ciervas, y en las alturas me hace andar (Hab. 3,19).
El sacerdote puso a la vista una mano de acero, y la dirigió
directamente hacia su corazón. Hubo un sonido de quebranto y
resquebrajamiento, y el amor humano, con todas sus enredadas
de raíces y fibras, salió fuera. El lo sostuvo por un momento y
entonces dijo: Sí, ya estaba maduro para ser sacado, el tiempo
había llegado. No hay ni siquiera una raíz que falte. Cuando él

141
dijo esto puso la planta sobre el altar y extendió sus manos
encima. Vino entonces una llamarada de fuego que pareció
hacer pedazos el altar; después de lo cual no quedó sino sólo
cenizas del amor mismo, que había estado plantado tan
profundamente en su corazón, y de la pena y la angustia que
habían sido sus compañeras en ese largo y extraño viaje. Un
profundo sentido de descanso y paz sobrecogió a Miedosa, por
fin, la ofrenda había sido hecha. Cuando el sacerdote la hubo
desatado ella se inclinó hacia adelante sobre las cenizas del altar
y dijo con un completo y sentido de acción de gracias: Está
consumado. Entonces, completamente exhausta, cayó dormida.

PARTE SEGUNDA

“A la mañana vendrá la júbilo” (Salmo 30,5)

17. Manantiales salutíferos

Cuando Miedosa se despertó el sol estaba ya alto en el


cielo, y ella miró fuera a través de la arcada de la cueva en la
cual se encontró acostada. Todo estaba arrojando destellos
luminosos producidos por un radiante sol que hacía brillar con
gloria cada cosa que tocaba. Se quedó recostada por un tiempo
más, tratando de hilvanar sus pensamientos y de entender dónde
se encontraba. La cueva rocosa dentro de la cual los rayos de sol
se estaban derramando era tibia y quieta e inundada con el dulce
perfume del nardo, incienso y mirra. Ella se dio cuenta de que
este perfume emanaba gradualmente de las envolturas que la
cubrían. Suavemente, se sentó, y miró a su alrededor. Entonces

142
volvió a su mente la memoria de todo lo que había acontecido.
Ciertamente, ella y sus dos compañeras habían venido a un
cañón velado por las nubes y se habían dirigido hacia un altar de
sacrificio. El sacerdote había arrancado de su corazón la flor del
amor humano y la había quemado en el altar. Recordando eso,
ella se inclinó y miró su pecho, el cual estaba cubierto con una
tela empapada en las especies de cuyo perfume estaba lleno
aquel lugar. Quitó la tela hacia un lado con un poco de
curiosidad y quedó asombrada de ver que, no había ni siquiera
una marca de una herida, ni una cicatriz, ni ninguna evidencia de
dolor o rigidez en ninguna parte de su cuerpo. Levantándose
quietamente, se fue afuera, donde estuvo quieta por algunos
momentos mirando a su alrededor. El cañón, que había estado
envuelto en la niebla que borraba toda visión, ahora brillaba en
la luz dorada del sol.

Por todas partes crecía una hierba suave y aterciopelada,


tachonada con gencianas y otras florecillas semejantes a joyas
de toda variedad. Había montones de tomillo perfumado, musgo
y arrayanes a lo largo de las paredes rocosas, y todo estaba
bellamente salpicado con delicadas gotas de rocío. En el centro
del cañón, a una corta distancia de la cueva, estaba la piedra del
altar a la cual ella había sido atada, pero a la luz del sol vio que
las flores y el musgo crecían cubriéndola completamente con un
tapiz verde. Pequeños pajarillos saltaban aquí y allá,
desparramando las gotas de rocío por la hierba y trinando
alegremente mientras se limpiaban y acomodaban el plumaje.
Uno se había posado en el mismo altar, su pequeña garganta
latía a medida que trinaba una canción de gozo, pero lo más
hermoso y maravilloso de todo era que desde debajo de la roca
del altar manaba un gran río de agua de cristal. Fluía en una
serie de cascadas y a través de estanques de agua por el cañón

143
hasta que llegaba al pie de una roca, sobre el cual se derramaba
con un sonido de aclamación y felicidad. Ella estaba en la
misma fuente de la catarata que veía fluir de debajo del altar al
cual el sacerdote la había atado. Por algún tiempo estuvo
mirando todo en derredor, su corazón saltando y
estremeciéndose con un gozo creciente más allá de todo
entendimiento y una paz indescriptiblemente dulce que parecía
envolverla. Estaba completamente sola en el cañón. No había
trazas de sus compañeras Pena y Angustia ni del sacerdote del
altar. Las únicas cosas que respiraban y se movían en el cañón
además de ella misma eran los alegres y pequeños pajaritos y los
insectos y mariposas multicolores revoloteando sobre las flores.
Arriba en lo alto había un cielo sin nubes, contra el cual los
picos de los Lugares Altos brillaban con un blanco radiante.

La primera cosa que hizo, después de haber andado por sus


alrededores, fue pararse mirando hacia e1 río que manaba de
debajo del altar. La atrajo irresistiblemente, se inclinó al llegar a
la orilla y mojó sus dedos en el agua cristalina. Estaba fría, pero
sintió un estremecimiento de éxtasis que hormigueaba en su
cuerpo, y sin más demora se quitó su ropa blanca y se metió
dentro de uno de los estanques en medio de las rocas. Nunca
había experimentado nada tan delicioso. Era como sumergirse
en un manantial de vida que fluía permanentemente. Cuando por
fin salió fuera del estanque se secó inmediatamente y vibrando
de los pies a la cabeza sentía una perfecta sensación de
bienestar. Estando en la orilla llena de musgo junto al manantial,
miró hacia abajo y notó por primera vez que sus pies ya no eran
más lisiados, feos y desagradables a la vista, como siempre
habían sido, sino que eran pies derechos, perfectamente
formados contrastando su blancura con el suelo de suave hierba
verde. Entonces recordó que el Pastor le había hablado de unos

144
manantiales salutíferos que fluían en la tierra de los Lugares
Altos. Metiéndose nuevamente en el manantial y poniendo su
cabeza debajo de las aguas cristalinas, se lavó abundantemente
con ellas. Entonces encontró un estanque pequeñito entre las
rocas, claro como un espejo. Arrodillándose, se miró en su
serena superficie y vio su cara de forma completamente clara.
La fea y torcida boca había desaparecido, y la cara que vio
reflejada en el agua era perfecta y bella como la cara de un niño.

Después notó que en los costados del cañón crecían fresas,


frambuesas y otras frutas silvestres. Tomó un puñado de estas
refrescantes frutas y comió gustosamente como nunca antes.
Vino luego a la cumbre del peñasco sobre el cual el río se
derramaba y estuvo allí por largo tiempo mirando el agua cómo
saltaba sobre el borde con el ruido de su gozo sonoro que
absorbía todos los otros sonidos. Vio cómo el sol daba una
apariencia gloriosa a las aguas cristalinas a medida que iban en
remolinos hacia abajo y más lejos vio los verdes montes donde
el Rey-Pastor le había guiado y donde había estado al mismo pie
de esa catarata. Se sintió completamente rodeada de paz, y un
sentimiento de quietud interior y contentamiento suprimía cada
sentimiento de curiosidad, soledad y angustia. No pensaba
acerca del futuro en absoluto. Era suficiente con estar allí en ese
quieto cañón, escondido allá en lo alto de las montañas con el
río de vida fluyendo a su lado, y descansar y recuperarse
después del largo viaje. Luego de un rato se recostó en una orilla
llena de musgo y durmió, y cuando se despertó nuevamente se
bañó en el río. Así fue pasando el largo y quieto día, como un
dulce sueño mientras se bañaba y descansaba a intervalos
comiendo de las frutas que crecían por esos lugares y durmiendo
nuevamente. Cuando por fin las sombras se alargaban y el sol se
ponía en el oeste, y los picos nevados brillaban gloriosos en un

145
tono de llamarada rosa, ella fue de nuevo dentro de la cueva, se
acostó entre las telas con aroma a especies y durmió tan
profundamente como la primera noche cuando el sacerdote la
dejó allí para que descansara.

18. Pies de cierva

En el tercer día mientras estaba casi oscuro se despertó


súbitamente, y saltó sobre sus pies con un gozo que le hacía
estremecerse en todo su cuerpo. No había sentido que alguien la
llamara por su nombre, ni había estado consciente de una voz, y
sin embargo sabía que alguien la había llamado. Un llamado
misterioso y dulce le había alcanzado, un llamado el cual ella
conocía instintivamente y que había estado esperando desde la
primera vez que se despertó en la cueva. Salió afuera en la
noche fragante de verano. La estrella de la mañana parecía
colgar bajo el cielo, y en el este apareció el primer resplandor de
la aurora. De alguna parte cerca se oía a un pájaro solitario que
entonaba unas notas dulces y una suave brisa se movía sobre la
hierba. No había ningún otro sonido, sino el de la catarata.
Entonces volvió otra vez un llamado que sonaba allí abajo y
venía de algún lugar de arriba. Allí quieta, en la pálida luz de la
aurora, miró alrededor ansiosamente. Cada nervio de su cuerpo
tenía el deseo de responder al llamado, y sintió que sus pies y
piernas hormigueaban con una urgencia irresistible de ir
saltando por las montañas, pero ¿había manera de salir fuera del
cañón? Las paredes parecían tan resbalosas y casi
perpendiculares por todos los lados, excepto el final que estaba
bloqueado por la catarata.

146
Entonces, cuando ella estaba con cada nervio en tensión,
tratando de encontrar un medio posible de salida; desde arriba de
una orilla tapizada de musgo saltó un ciervo de la montaña con
la cierva cerca de él, tal cual ella los había visto al pie del gran
Precipicio de la Injuria. Mientras ella miraba, el ciervo saltó a la
roca del altar, y desde allí con un gran salto alcanzó un saliente
en la pared del lado más lejos de la barranca. Entonces, seguido
de cerca por la cierva, comenzó a saltar por sobre la gran pared
del cañón. Miedosa no dudó ni un instante. En un momento ella
misma estaba en la roca del altar, luego, con un salto volador,
también alcanzó la saliente en la pared. Luego, usando las
mismas pisadas que el ciervo y la cierva, brincando y saltando
en un perfecto éxtasis de deleite, les siguió por el peñasco.

En unos momentos los tres estaban en la parte más alta del


cañón, y ella estaba saltando por la ladera de la montaña hacia el
pico de arriba, desde donde venía; el llamado. La luz rosácea
brillaba en el este, la nieve de los picos de las montañas tomaba
coloración como llamaradas de fuego, y habiendo ella saltado de
roca en roca los primeros rayos del sol brillaron sobre la cima de
la montaña. Él estaba allí, sobre el pico, tal como ella sabía que
estaría, fuerte, grande y glorioso en la belleza del crepúsculo,
extendiendo ambas manos y llamándola con una amplia sonrisa.
Tú, con los pies de cierva, has saltado hasta aquí. Ella dio un
último salto, tomó sus manos y se puso a su lado en la parte más
alta de la montaña. Alrededor de ellos en cada dirección se
levantaban otras grandes extensiones de nieve y de montañas
nevadas, cuyas cimas se elevaban hacia el cielo más allá de lo
que la vista podía alcanzar. El estaba coronado, y vestido de
ropas reales, como lo había visto antes cuando Él la había
llevado a los Lugares Altos, y le había tocado con el carbón
encendido del altar del Amor. Entonces su rostro había estado

147
severo en su majestad, ahora estaba lleno de gloria y gozo que
excedía todo lo que ella pudiera haber imaginado. Por fin dijo
Él, mientras que ella se arrodillaba sin decir palabra a sus pies,
por fin estás aquí y la noche del llanto terminó y el gozo te ha
llegado con la mañana. Entonces, levantándola en alto, continuó:
Este es el tiempo cuando vas a recibir el cumplimiento de las
promesas. Nunca más volveré a llamarte Miedosas, se rió y dijo
nuevamente: escribiré sobre ella un nuevo nombre, el nombre de
su Dios, porque sol y escudo es Dios; gracia y gloria dará al
Señor. No quitará el bien a los que andan en integridad (Sal.
84,11). Este es tu nuevo nombre, dijo Él, desde ahora en
adelante serás Gracia y Gloria.

Aún ella no podía hablar, pero quedó allí silenciosa con


gozo y agradecimiento, reverencia y maravillada. Entonces Él
continuó: Ahora en cuanto a la flor del Amor y la promesa que
te hice para cuando floreciera, serás amada. Gracia y Gloria
habló por la primera vez. Mi Señor y Rey, dijo suavemente, no
hay ninguna flor del Amor para florecer en mi corazón. Fue
quemada en holocausto y transformada en cenizas sobre el altar,
tal como tú lo ordenaste. ¿No hay flor del Amor?, repitió Él, y se
sonrió dulce y gozosamente. Eso es extraño, Gracia y Gloria,
¿cómo pues, has llegado hasta aquí? Tú estás justamente en los
Lugares Altos, en el Reino del Amor mismo. Abre tu corazón y
vamos a ver qué es lo que hay allí. A su palabra ella desnudó su
corazón, y de dentro vino el más dulce perfume que jamás
hubiera aspirado y llenó el aire alrededor de donde ellos estaban
con su exquisita fragancia. Allí en su corazón había una planta
cubierta con flores blancas, casi transparentes, de las cuales
provenía la fragancia. Gracia y Gloria dio un suspiro de
agradecimiento. ¿Cómo se metió allí, mi Señor y Rey? exclamó.
Pues la planté Yo mismo fue su respuesta sonriente.

148
Seguramente que te acuerdas, allá abajo en el estanque de las
ovejas en el Valle de la Humillación, en el día en que prometiste
ir conmigo a los Lugares Altos. Esta es la flor de la semilla en
forma de espina. Entonces, mi Señor, ¿qué era la planta que el
sacerdote arrancó de mi corazón cuando estaba atada al altar?
¿Recuerdas, Gracia y Gloria, cuando miraste en tu corazón junto
al estanque, y encontraste que la clase de amor que yo tengo no
estaba allí, sólo la planta del anhelo de ser amada? Ella asintió
con la cabeza. Esa era la planta del amor natural humano que
arranqué de tu corazón cuando el tiempo hubo llegado y estaba
lo suficientemente madura para que se pudiera arrancar
completamente de manera que solamente el verdadero Amor
pudiera crecer y llenar tu corazón. ¡Tú la arrancaste! repitió ella
despaciosamente y maravillada. Entonces, ¡oh mi Señor y Rey,
tú eras el sacerdote! ¿Estuviste allí todo el tiempo en aquel
horrible altar y tumba cuando yo pensaba que me habías
abandonado? El inclinó su cabeza y ella tomó sus manos en las
suyas, las manos heridas que habían plantado la semilla en
forma de espina en su corazón, y las manos de acero que habían
arrancado ese amor humano que había sido la causa de todo su
dolor, y las besó con lágrimas de gozo que cayeron sobre ellas.
Y aquí está la promesa, dijo Él, que cuando la flor del Amor
floreciera en tu corazón tú serías amada. Tomando su mano en la
suya, Él dijo: Con amor eterno te he amado (Jr 31,3). He puesto
mi amor sobre ti y tú eres mía. Después le esto, Él dijo: Dame,
Gracia y Gloria, la bolsa con las piedras de recuerdo que has
estado juntando en tu viaje. Ella la tomó y se la entregó,
entonces Él le dijo que extendiera sus manos, haciéndolo así, Él
abrió la pequeña bolsita y vació su contenido en sus manos.
Entonces ella suspiró nuevamente con deleite, porque en lugar
de piedras feas y comunes que había recogido de los altares a lo
largo del camino, cayó sobre sus manos un montón de joyas

149
brillantes y preciosas. Medio deslumbrada por la gloria de las
gemas refulgentes, vio en su mano un aro de oro puro. Oh tú que
fuiste afligida, azotada con tempestad y sin consuelo, dijo El, he
aquí que yo cimentaré tus piedras sobre diamantes y sobre
zafiros te fundaré (Isaías 54, 11). Primero tomó de su mano una
de las más grandes y hermosas de las piedras, un zafiro,
brillando como el azul de los cielos, y lo puso en el centro del
aro de oro. Entonces, tomando un rubí rojo como sangre, lo
colocó al otro lado del zafiro y luego una esmeralda del otro
lado. Después Él tomó las otras piedras, doce en total, y las
arregló en el aro y lo colocó sobre su cabeza. En ese momento,
Gracia y Gloria recordó la cueva en la cual ella se había
guarecido de las inundaciones, y cuan cerca había estado de
sucumbir a la tentación de deshacerse de estas piedras las cuales
ahora brillaban con gloria y esplendor en la corona sobre su
cabeza. Recordó también, las palabras que habían sonado en sus
oídos y que la habían refrenado, “Retén lo que tienes, para que
nadie tome tu corona”. Suponiendo que hubiera tirado las
piedras, habría descartado su confianza en sus promesas y se
hubiera vuelto atrás de la rendición a su voluntad. Podría ahora
no haber habido joyas para su gloria y alabanza, ni para ella
corona que pudiera ceñir. Se maravilló del amor, ternura y
paciencia con que Él la había guiado, entrenado y guardado,
siendo ella la pobre Miedosa. Ese mismo amor no le había
permitido volverse atrás, y ahora había cambiado todas sus duras
pruebas en gloria. Entonces le oyó decir, y esta vez la sonrisa de
su rostro era aún más gozosa que antes: oye hija y mira, e inclina
tu oído; olvida tu pueblo y la casa de tu padre; y deseará el rey
tu hermosura; e inclínate a Él, porque Él es tu Señor. Y las hijas
de Tiro vendrán con presentes; implorarán tu favor los ricos del
pueblo. Toda gloriosa es la hija del Rey en su morada; de
brocado de oro es su vestido. Con vestidos bordados será llevada

150
al Rey; vírgenes irán en pos de ella, compañeras suyas serán
traídas a ti, serán traídas con alegría y gozo; entrarán en el
palacio del Rey (Sal 40,10-15). Luego añadió: Ahora tú vas a
morar conmigo aquí en los Lugares Altos, irás donde Yo vaya y
compartirás mi trabajo allá abajo en el valle, y es adecuado,
Gracia y Gloria, que tú tengas compañeras y criadas, y Yo te las
traeré ahora. Al decir esto, Gracia y Gloria le miró seriamente, y
casi brotaron lágrimas de sus ojos, pues recordó a Pena y
Angustia, las fieles compañeras que Él le había dado antes.
Había sido para su ayuda, amabilidad y paciencia que ella había
podido ascender de las montañas hasta los Lugares Altos. Todo
el tiempo en que había estado con su Señor y Rey, recibiendo su
nuevo nombre, y siendo coronada con gozo y gloria, había
estado pensando en ellas y deseando, sí, deseando realmente que
ellas estuvieran allí también, pues ¿por qué habría ella de
recibirlo todo? Ellas habían soportado el mismo viaje, le habían
ayudado y habían pasado por las mismas pruebas y
persecuciones del enemigo. Ahora ella estaba aquí y ellas no.
Abrió su boca para hacer su primera petición, para rogarle a su
Señor que le dejara tener las compañeras que Él había escogido
en el principio, las que le habían traído a la gloria de los Lugares
Altos. Antes de que ella pudiera hablar, Él dijo con la misma
amorosa sonrisa: He aquí las compañeras, Gracia y Gloria, que
yo he elegido para que estén contigo de aquí en adelante y para
siempre. Dos radiantes y esbeltas figuras dieron un paso
adelante, el sol de la mañana brillaba refulgente en sus
vestiduras blancas, haciéndolas resplandecer de manera
hermosa. Eran más altas y fuertes que Gracia y Gloria, pero era
la belleza de sus rostros y el amor brillando en sus ojos lo que le
cautivó el corazón y casi le hizo temblar con gozo y admiración.
Ellas vinieron hacia ella, sus rostros brillando con alegría y
gozo, pero no dijeron ni una palabra. ¿Quiénes son ustedes?

151
preguntó Gracia y Gloria suavemente. ¿Me dirán sus nombres?
En lugar de responder se miraron una a la otra y sonrieron;
entonces, extendieron sus manos para tomar las de ella en las
suyas. Con este gesto familiar, Gracia y Gloria las conoció y
lloró con un gozo que era casi más de lo que podía sobrellevar.
¡Oh! son Angustia y Pena. ¡Bienvenidas, bienvenidas! Estaba
anhelando poder volver a veros nuevamente. Ellas sacudieron
sus cabezas. ¡Oh, no! se rieron, no somos ya más Angustia y
Pena, así como tú tampoco eres más Miedosa. ¿No sabes que
todo el que viene a los Lugares Altos es transformado? Desde
que tú nos trajiste aquí contigo nos hemos transformado en Gozo
y Paz. ¡Que yo las he traído aquí! suspiró Gracia y Gloria, qué
manera más extraordinaria de expresarlo. Desde el principio
fuisteis vosotras las que me trajisteis. Nuevamente sacudieron
sus cabezas y sonrieron al tiempo que contestaban: No, nosotras
nunca hubiéramos podido venir aquí solas, Gracia y Gloria.
Angustia y Pena no podrían haber entrado al Reino del Amor,
pero cada vez que tú nos aceptabas y ponías tus manos en las
nuestras nosotras comenzábamos a experimentar un cambio. Si
tú te hubieras vuelto o nos hubieras rechazado nunca
hubiéramos podido llegar aquí. Mirándose la una a la otra
nuevamente, rieron suavemente y dijeron: Cuando te vimos por
vez primera al pie de las montañas, nos sentimos con un poco de
desaliento y depresión. Parecías en realidad tan Miedosa, y te
retraías y no querías aceptar nuestra ayuda, que era casi
imposible pensar que alguna vez pudiéramos alcanzar los
Lugares Altos. Dijimos entre nosotras que tendríamos que seguir
siendo Angustia y Pena y para siempre, pero ya ves tú ahora
cuán graciosamente nuestro Señor y Rey arregló todo para
nosotras y tú nos trajiste aquí. Ahora vamos a ser tus
compañeras y amigas para siempre. Con estas palabras se
acercaron a ella, pusieron sus brazos alrededor de su cuello, y

152
las tres se abrazaron y se besaron con un amor, agradecimiento y
gozo más allá de lo que las palabras pueden expresar. De manera
que con un nuevo nombre, y unidas al Rey y coronadas con
grande gloria, Gracia y Gloria, acompañada por sus compañeras
y amigas, entró en los Lugares Altos y fue guiada al Reino del
Amor.

20. Los lugares altos

Gracia y Gloria con sus dos compañeras Gozo y Paz


estuvieron en los Lugares Altos por varias semanas, mientras las
tres exploraban las alturas y aprendían muchas lecciones del
Rey-Pastor. El mismo les guiaba a muchos lugares, y les
explicaba tanto como eran capaces de entender. También las
entusiasmaba para que exploraran por sí mismas, porque
siempre había nuevos y hermosos, descubrimientos para hacer
en los Lugares Altos. Estos Lugares Altos no eran los más altos
de todos. Había otros que se alzaban por encima hacia el cielo,
donde el ojo mortal no podía seguirles, y donde sólo aquellos
que habían terminado su vida de peregrinos en la tierra podían
ir. Gracia y Gloria y sus amigas estaban en los más bajos, en los
peñascos principales del Reino del Amor, y estas eran las partes
que tenían que explorar y disfrutar en este tiempo. Desde estos
peñascos podían mirar hacia los valles debajo, y desde este
nuevo punto de vista alcanzaron un entendimiento mucho mayor
sobre cosas que las habían dejado confundidas y en el misterio.
Desde abajo no habían podido verlo claramente, aun una
pequeña parte había sido visible.

La primera cosa, sin embargo, de la cual se dieron cuenta


allá arriba en los niveles del Reino del Amor era cuánto más

153
podrían ver, aprender y comprender cuando el Rey-Pastor las
llevara más arriba en futuras ocasiones. La gloriosa visión de
que disfrutaban ahora era pequeña en comparación con todo lo
que estaba más allá, y sería solamente visible desde los lugares
más altos. Para ellas ahora era perfectamente evidente que
debería de haber extensiones en las cuales nunca soñaron
cuando estaban todavía en los angostos valles con su vista tan
limitada. A veces, cuando miraba el glorioso panorama visible
desde los lugares más bajos del Reino del Amor, ella se
sonrojaba al recordar alguna de las declaraciones dogmáticas
que ella y otros habían hecho en las profundidades del valle
acerca de los Lugares Altos y las extensiones de la Verdad.
Habían visto tan poco y estaban tan inconscientes de lo que
había más allá en las alturas. Si ese había sido el concepto allá
abajo en el valle, cuanto más claramente se daba cuenta ahora,
que estando aún en esos maravillosos primeros peñascos del
Reino, sólo tenía una breve visión del total. Nunca se cansaba de
mirar desde ese maravilloso lugar de los primeros escalones del
Reino del Amor para verlo todo desde una nueva perspectiva.
Todo lo que podía ver y asimilar la inundaba con gozo y acción
de gracias, y a veces, sentía un alivio inexplicable. Cosas que
ella había juzgado como oscuras y terribles y que la habían
hecho temblar al mirarlas desde el Valle, por parecerle tan
alienadas del Reino del Amor, ahora eran vistas como partes del
maravilloso total de esa área. Estaban tan alteradas y
modificadas que a medida que las iba viendo se preguntaba
cómo había sido tan ciega y tonta de tener tan falsas ideas acerca
de ellas.

Comenzó a comprender claramente que la verdad no puede


ser comprendida únicamente por libros o por palabras escritas,
sino sólo por el crecimiento personal y el desarrollo en el

154
entendimiento, y que cosas aun escritas en el Libro de los Libros
pueden ser asombrosamente mal interpretadas cuando uno vive
todavía en los niveles bajos de la experiencia espiritual y en el
lado errado en la cueva de las montañas. Se daba cuenta que
ninguna que se encontrara en los primeros peñascos del Reino
del Amor podía dogmatizar acerca de lo que se veía allí, porque
es entonces solamente cuando se comprende qué pequeña parte
del total es la que puede apreciarse. Todo lo que podía hacer era
suspirar maravillada, con reverencia y agradecimiento y anhelar
con todo su corazón el poder ir aún más alto y ver más y
comprender mejor. Por paradójico que pueda parecer, a medida
que contemplaba esas maravillosas y radiantes vistas, tan
gloriosas que no podía abarcar su magnífico alcance, a menudo
pensaba que la oración que mejor expresaba el deseo de su
corazón era aquella del hombre ciego, ¡Señor, que pueda recibir
mi vista! Ayúdame a abrirme hacia una nueva luz. Ayúdame a
comprenderlo todo mejor. Otra cosa que le producía continuo
gozo era su comunión permanente con el Rey-Pastor. Donde
quiera que Él iba ella y Paz y Gozo iban también, saltando
detrás de Él con un deleite que a veces parecía un éxtasis, puesto
que Él les estaba enseñando y entrenando para usar sus pies de
cierva. Gracia y Gloria vio rápidamente, sin embargo, que Él
siempre elegía el camino con mucho cuidado, y guardaba su
asombroso poder y fuerza, tomando sólo los pasos y saltos en
los que ellas se podían manejar bien. Él se adaptaba con tanta
gracia a lo que era posible para su nueva capacidad, que apenas
se daban cuenta en su alegría de saltar y brincar entre las
montañas, que si Él realmente hubiera hecho uso de sus poderes
las hubiera dejado completamente atrás.

Para Gracia y Gloria, que había sido lisiada toda su vida, el


éxtasis de saltar y brincar en esta manera y de ir de roca en roca

155
en los Lugares Altos, como un ciervo de la montaña, era tan
maravilloso que a duras penas podía pararse un poco para
descansar. El Rey-Pastor hallaba deleite en entusiasmarla y
guiarla más y más, haciendo saltos más largos, hasta que al final
casi quedaba sin respiración. Entonces, sentándose sobre algún
nuevo peñasco al cual le había guiado, mientras ella descansaba,
Él le señalaba algunas nuevas vistas desde ese lugar. En una de
estas ocasiones, y después que hubieron estarlo arriba en los
Lugares Altos por varios días, ella se tiró abajo sobre un peñasco
cubierto con líquenes y musgo al cual Él le había guiado, y
riendo casi sin aliento. Dijo: ¡Aun los pies de cierva necesitan
descanso! Gracia y Gloria, respondió Él ¿crees que entiendes
ahora cómo yo podía hacer tus pies como de ciervas y colocarte
en estos Lugares Altos? Ella se acercó a Él y mirándole
seriamente en su rostro le preguntó: ¿Cómo pudiste hacer eso,
mi Señor y Rey? Piensa en el viaje que has hecho desde el
principio, le respondió Él, y dime qué lecciones has aprendido
en el camino. Por un momento se mantuvo silenciosa pensando
en todo el viaje, el cual había parecido tan terriblemente largo y
tan cruelmente difícil en muchos lugares y o veces aun
imposible. Pensó en los altares que había construido a lo largo
del camino; del tiempo cuando estaba en el lugar de cita junto al
estanque en el Valle, cuando Él la había llamado a seguirle a las
alturas, recordó la caminata hasta el pie de las montañas; el
primer encuentro con Pena y Angustia y el aprendizaje de
aceptar su ayuda; trajo a su memoria el impacto que le produjo
el recorrido por el desierto, y las cosas que había visto allí.
Luego pensó en su viaje a lo largo de las orillas del mar de la
Soledad; la ensenada vacía que la marea había llenado hasta el
borde; y entonces la agonía de desencanto y frustración
experimentada en el desierto cuando el camino se apartaba de la
aparente ruta a los Lugares Altos. Recordó, además, cuando

156
tuvieron que cruzar el gran dique y su caminata a través de los
bosques y valles hasta el maravilloso momento cuando la senda
se volvía nuevamente hacia las montañas. Sus pensamientos
volaron hasta el Precipicio de la Injuria, los Bosques del Peligro
y la Tribulación, la gran tormenta durante la cual se habían
guarecido en la choza. Y entonces la niebla, la niebla sin fin, y el
horrible momento cuando el camino les guió de pronto hacia
abajo al Valle de la Pérdida, y la pesadilla del abismo de horror
dentro de la cual había mirado cuando pensó en volverse atrás.
Trajo a su recuerdo el descenso al Valle de la Pérdida y la paz
que había encontrado allí antes de reascender a las alturas en las
sillas aéreas, y de los días que pasaron en aquel lugar donde ella
había sido preparada para su sepultura. Entonces, la última
subida agonizante, y la cueva donde se protegieron de las
inundaciones y donde había sido tentada a deshacerse de las
promesas. Luego el manantial llamado Mara, y finalmente, la
caverna con la niebla que todo lo envolvía entre los picos, donde
ella había estado atada al altar. ¡Qué poco había imaginado
cuando comenzó ese extraño viaje todo cuanto quedaba por
delante y por todo lo que tendría que pasar! Por lo tanto, durante
un largo rato estuvo sentada en silencio, recordando, admirando
y agradeciendo. Por último, puso su mano en la de Él y dijo
suavemente: Mi Señor, te diré qué es lo que he aprendido. Dime,
respondió Él gentilmente, primero, dijo ella, aprendí que debo
aceptar con gozo todo lo que tú permites que me suceda en mi
camino y asimilar todo aquello a lo que me guía mi senda.
Nunca debo de tratar de evadir eso, sino aceptarlo y poner mi
propia voluntad sobre el altar, y decir: Heme aquí; soy tú
pequeña sierva Aceptación-con-Gozo. Él movió su cabeza
afirmativamente sin hablar. Ella prosiguió: Entonces aprendí que
debo soportar todo lo que otros hagan en contra mía y
perdonarles sin ninguna señal o huella de amargura, y decirte:

157
Heme aquí, yo soy tu pequeña sierva la que carga todo con
Amor, que pueda recibir poder para sacar bien de este mal.
Nuevamente Él asintió con la cabeza y ella sonrió aún más dulce
y felizmente. La tercera cosa que he aprendido es que tú, mi
Señor, nunca me has mirado como yo era entonces, lisiada, débil
y deforme, además de cobarde. Tú me viste como sería cuando
hubieras cumplido tu promesa de traerme a los Lugares Altos,
donde se realiza aquello de que “no habrá nadie que camine con
la serenidad de una reina, ni con más gracia que ella”. Siempre
me trataste con el mismo amor y gracia como si yo ya fuera una
reina y no una miserable y pequeña Miedosa. Entonces miró
arriba a su rostro y por un instante no pudo decir más, pero al fin
añadió: Mi Señor, no puedo decirte cuánto deseo mirar a otros
en la misma forma. Una sonrisa realmente hermosa y llena de
amor se dibujó en su rostro al escuchar esto, pero aun no dijo
nada, sólo movió su cabeza por tercera vez y esperó que ella
continuara. La cuarta cosa, dijo con su cara radiante, fue
realmente lo primero que aprendí aquí arriba. Cada circunstancia
en la vida, no importa cuán torcida, deformada y fea parezca ser,
si se reacciona ante ella con amor, perdón y obediencia a tu
voluntad puede ser transformada. Por lo tanto comienzo a
pensar, mi Señor, que tú permites y consientes que cosas malas
entren en contacto con nuestras vidas para que sean cambiadas
como tú desees. Quizás esta es la principal razón por la cual la
gente está en el mundo, donde el pecado, la pena, el sufrimiento
y la maldad tanto abundan, para que podamos permitirte que nos
enseñes cómo reaccionar ante ellas, que saquemos de todo eso
cualidades de amor con carácter eterno. Esta es la única manera
realmente satisfactoria de tratar con lo malo, no simplemente
impidiendo que nos dañe, sino sobreponiéndose a ello con el
bien.

158
Por fin Él habló, veo que has aprovechado bien, Gracia y
Gloria. Ahora añadiré una cosa más, fueron estas lecciones que
has aprendido las que me permitieron cambiarte de una Miedosa
lisiada y deformada en una Gracia y Gloria con los pies de
cierva. Ahora eres capaz de correr, saltar en las montañas y
poder seguirme donde quiera que vaya, de manera que nunca te
vuelvas a apartar de mi lado. De modo que recuerda esto;
mientras desees ser Aceptación-con-Gozo y la que carga todo
con amor, nunca más podrás volverte lisiada, y podrás ir donde
yo te guíe. Serás capaz de ir abajo al Valle de la Humillación y
trabajar conmigo allí, pues allí es donde la maldad y las cosas
desagradables y penosas necesitan ser superadas. Acepta, cuida
y obedece la Ley del Amor, y nada podrá lisiar tus pies de cierva
o separarte de mí. Este es el secreto de los Lugares Altos, Gracia
y Gloria, es la perfecta y amorosa ley de todo el universo. Es en
esto que el gozo de los Lugares Celestiales se hace radiante.
Entonces Él se levantó, la atrajo hacia sí, y dijo: Ahora usa tus
pies de cierva otra vez, porque voy a ir a otra parte de la
montaña. Y así se fue, saltando sobre las montañas y brincando
sobre las colinas, con Gracia y Gloria seguida de cerca por las
bellas figuras de Paz y Gozo saltando a su lado. A medida que
iban, cantaban esta canción:

Pónme un sello sobre el corazón;


pues el amor es más fuerte que la muerte
que pueda sentir la divina pasión
que ha de cambiar mi humana suerte.
porque es tu ardiente llama
la que el corazón inflama.

Tatúa sobre mi brazo


tu gran nombre, Amado mío;

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que yo vea cada instante
el nombre que es tan querido.

Grábalo con tinta y fuego,


pues que tu fuego no daña,
y suprime con su llama
lo que al corazón engaña.

El amor que es verdadero,


nada lo puede apagar,
ni los ríos desbordados,
ni las olas del mar.

20. Retorno al valle

El lugar al cual el Rey del Amor las había traído era el valle
más hermoso entre los picos de los Lugares Altos. Estaba
situado en maravillosos y apacibles jardines con orquídeas y
viñas. Allí crecían flores de la más exótica belleza y de una
amplia gama. También había árboles de especias y de toda clase
de frutas, nogales, almendros, avellanos y muchas otras
variedades que Gracia y Gloria nunca había visto antes. Aquí los
jardineros del Rey estaban siempre ocupados, podando los
árboles, cuidando las plantas y los viñedos y preparando la tierra
para los nuevos semilleros y los tiernos vástagos. El mismo Rey
trasplantaba éstos trayéndolos de la tierra inconveniente y en
malas condiciones del valle abajo, de manera que pudieran
crecer a la perfección y florecer en el alto valle allá arriba, y
estuvieran listas para ser plantadas en otras partes del Reino del
Amor, para embellecer y adornar por donde quiera que el Rey

160
fuera. Pasaron varios días deleitosos observando a los jardineros
trabajar bajo la gentil supervisión del mismo Rey y
acompañándole en su caminar por los viñedos, mientras El
enseñaba a los labradores a cuida las tiernas plantas. Un día,
Gracia y Gloria y sus dos asistentes caminaban hacia el fin del
valle y se encontraron con el límite de los Lugares Altos, desde
donde podían mirar directamente hacia los lugares bajos allá
lejos. Desde allí divisaron un largo y verde valle entre dos
cadenas de montañas a través de un río como una cita de luz.
Aquí y allá había manchas marrones y rojas que parecían ser los
villorrios y moradas rodeadas con árboles y jardines.

Súbitamente, Gracia y Gloria emitió una rara exclamación,


puesto que había reconocido el lugar. Estaban mirando abajo
dentro del mismo Valle de Humillación, el lugar donde ella
había vivido miserablemente por tanto tiempo, y desde donde el
Rey-Pastor la había llamado a los Lugares Altos. Sin decir una
palabra se sentó sobre la hierba, y a medida que continuaba
mirando una multitud de pensamientos llenó su mente. Allí
abajo estaba la pequeña casita blanca donde ella había vivido, y
los prados donde los pastores cuidaban de los rebaños del Rey-
Pastor. Estaban también los rediles, y el manantial donde los
rebaños iban a beber y donde ella había encontrado al Rey-
Pastor por primera vez. En ese valle estaban todos sus
compañeros de trabajo y los amigos entre los cuales había vivido
y con quienes había disfrutado de un feliz compañerismo.
También allí había otros que ella conocía. Lejos en el linde del
poblado había una cabaña donde vivía su tía Pesimista, y donde
ella había pasado su miserable niñez en compañía de sus primos
Tenebrosa, Rencorosa y Malicioso. Al pensar en ellos y en sus
miserables vidas una punzada de compasión y dolor atravesó su
corazón. Pobre tía Pesimista, tratando de esconder el hecho de

161
que su corazón estaba quebrantado por los casamientos
desdichados que habían hecho sus dos hijas, y amargada por las
cosas vergonzosas que hacía su hijo. Vio las viviendas de sus
otros parientes: la casa solariega, donde el decrépito señor
Temeroso estaba viviendo, torturado por sus poderes fracasados
y su terror a una muerte próxima. También estaba la casa donde
Orgullo vivía, y cerca los hogares de Amargura y
Resentimiento, y debajo de aquellos árboles oscuros vivía el
miserable Autocompasión. Reconoció las moradas de aquellos
que la habían acosado incansablemente durante su viaje a los
Lugares Altos, y alrededor estaban las casas de los otros
habitantes del Valle, que tanto despreciaban y rechazaban al
Rey-Pastor.

A medida que Gracia y Gloria estaba allí sentada


contemplando todo aquello en el Valle, las lágrimas inundaron
sus ojos y su corazón vibró con dolor, dos sensaciones que ya
había olvidado allí en los Lugares Altos. De pronto encontró que
sus sentimientos hacia sus parientes y hacia aquellos que vivían
allá abajo en el Valle habían tenido un completo cambio, y los
veía bajo una nueva luz. Siempre había pensado en ellos como
horribles enemigos, pero ahora se daba cuenta de que eran
solamente seres miserables tal como ella misma había sido.
Estaban inundados y atormentados por sus diferentes vicios y
pecados habituales, así como también por sus viles naturalezas,
tal como ella lo había estado por sus temores. Eran esclavos
miserables de sus naturalezas, las cuales correspondían a sus
bien merecidos nombres, y cuanto más horribles eran las
cualidades que los caracterizaban, más era la miseria que tenían
que soportar, y más lo que necesitaban de alguien que se
compadeciera de ellos. Apenas podía soportar el pensamiento de
que por tantos años no sólo les había temido, sino que también

162
les había condenado y desdeñado en sus miserias, diciéndose
que era su propia culpa. Sí; ella, la detestable y temerosa esclava
Miedosa se había atrevido a desdeñarles por las cosas que los
hacían tan feos y desagradables cuando ella misma había sido de
la misma manera. En lugar de un sentimiento de comprensión y
compasión y de un deseo de que pudieran ser liberados y
transformados del resentimiento y la amargura que los hacía
como eran, ella solamente los había detestado y despreciado.
Cuando pensó en esto se volvió a Gozo y Paz, quienes estaban
sentadas junto a ella, y lloró desconsoladamente. ¿No puede
hacerse nada por los que viven allá abajo en el Valle? ¿Debe mi
tía Pesimista ser abandonada sin ayuda y Tenebrosa y
Reconorosa también? ¿Y esos primos que caminaron con
nosotras en nuestro viaje a los Lugares Altos, tratando de
hacernos, volver atrás? Si el Rey-Pastor pudo librarme a mí,
Gracia y Gloria, de todos mis temores y pecados, ¿no podrá
librar Él también a ellos de las cosas que les atormentan? Sí, dijo
Gozo (que antes había sido Pena), si Él pudo volver a Pena en
Gozo y Angustia en Paz, y a Miedosa en Gracia y Gloria, ¿cómo
podemos dudar de que El pueda cambiar a Orgullo y Amargura
y Resentimiento y Autocompasión también, si se rindieran a Él
y le siguieran? Y tu tía Pesimista puede ser cambiada en
Alabanza y Acción-de-Gracias, y los pobres Malicioso y
Rencorosa también. No podemos dudar de que pudiera hacerse
tal maravilla si ellos fueran completamente liberados de las
cosas que les atormentan. Pero lloraba Gracia y Gloria, ¿cómo
podrán ser persuadidos de que sigan al Pastor? Actualmente le
odian y ni quisieran acercarse a Él. Entonces Paz (quien había
sido Angustia), dijo quietamente: He notado que cuando la gente
está en medio del sufrimiento y la pena, o en la confusión,
humillación, tristeza o en un lugar de gran necesidad, a veces
están en mejores condiciones que nunca para conocer al Rey-

163
Pastor y buscar su ayuda. Sabemos, por ejemplo, que tu tía
Pesimista está tremendamente desesperada e infeliz por el
comportamiento del pobre Malicioso, y pudiera ser que ahora
estuviera lista para volverse al Rey-Pastor. Y las pobres
Tenebrosa y Rencorosa son tan miserables que aunque no hayan
sentido necesidad del Rey-Pastor hasta ahora, es muy posible
que ya sea el tiempo de tratar de persuadirlas a buscar su ayuda.
Sí, exclamó Gracia y Gloria, estoy segura de que tienen razón.
¡Oh, si sólo pudiéramos ir a ellos! Si hubiera alguna manera de
ayudarles a encontrar lo que nosotros hemos hallado. En ese
preciso momento, muy cerca de allí sonó la voz del Rey-Pastor.
Vino y se sentó junto a ellas, mirando hacia abajo donde estaba
el Valle, y dijo gentilmente a Gracia y Gloria: Oh tú que habitas
en los huertos, los compañeros escuchan tu voz; házmela oír
(Cant. 8,13.), Gracia y Gloria se volvió a Él y puso la mano
sobre su brazo. Mi Señor, dijo ella, estábamos hablando acerca
de la gente que vive allá abajo en el Valle de Humillación. Ellos
son mis parientes, tú sabes, tú los conoces a cada uno de ellos,
son tan desdichados y miserables. ¿Qué podemos hacer por
ellos, mi Señor? No saben nada acerca del gozo de los Lugares
Altos y del Reino del Amor. Allí está mi pobre tía Pesimista.
Viví con ella por un largo tiempo y sé que es completamente
miserable. La conozco, dijo quietamente el Rey, ella es la mujer
más desdichada. Y su hija Tenebrosa, continuó Gracia y Gloria,
mirándole suplicante a medida que hablaba, se casó con Cobarde
el hijo del viejo señor Tenebroso, muy rico, pero mucho más
viejo que ella y es una criatura realmente miserable y egoísta.
Creo que desde entonces no ha vivido ni un solo momento de
paz. Hubo un rumor en el Valle, antes de que yo me fuera, que
él quería abandonarla. Ya lo ha hecho, dijo el Rey, y ha vuelto a
la casa de su madre, es una mujer miserable y desilusionada con
su corazón completamente quebrantado. Y su hermana

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Rencorosa, pobre, pobre alma, con su lengua tan aguda que hace
tantos enemigos y que la priva de tantos amigos. Se casó con
Tímido, y son desesperadamente pobres, y tienen que vivir en
una pequeña habitación alquilada en la casa de mi prima
Amargura y su esposo. No puedo soportar el pensamiento de su
miserable condición, mientras que yo vivo aquí en el Reino del
Amor. Son miserables, ciertamente que sí, dijo el Rey, con una
voz llena de compasión y dulzura. Recientemente han perdido su
pequeña hijita, que era una esperanza para la pobre Rencorosa,
una ilusión que podía traerles un poco de alegría dentro de su
desdicha. Y luego, continuó Gracia y Gloria, con un tono de
duda en su voz, allí está su hermano Malicioso..., miraba al Rey
mientras hablaba, pero al mencionar ese nombre hizo una pausa,
y continuó apresuradamente, él es el más infeliz de todos los
miembros de la familia. Ha destrozado el corazón de su madre;
ni siquiera sus hermanas le dirigen la palabra, y anda
ocultándose por el Valle y siendo odiado por todo el mundo. Le
conozco, dijo el Rey con voz grave, pero con una cierta sonrisa.
Le conozco muy bien. Tú no exageras cuando hablas de lo
miserable que es, he tenido que intervenir y castigarle muchas
veces para tratar de corregir sus propensiones pendencieras, pero
aunque lo castigué con dolor y pena no le he entregado a la
muerte. ¡No, no! exclamó Gracia y Gloria, implorando, ¡no lo
hagas, mi Señor! Oh, te lo ruego, encuentra alguna manera de
rescatarle y liberarle de sí mismo, como me has liberado a mí.

Por un momento Él no dio ninguna respuesta, solamente la


miraba con una mirada dulce de gran contento y felicidad. Por
fin habló: Estoy más que deseoso de hacer lo que tú sugieres,
pero, Gracia y Gloria, estas almas infelices de las cuales estamos
hablando, no me permitirán entrar en sus casas, ni siquiera
hablarles. Necesito una voz que hable por Mí, que les persuada

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de que permitan que les ayude. Entiendo lo que quieres decir,
dijo Gracia y Gloria alegremente, iremos abajo contigo y les
hablaremos y les mostraremos lo que Tú has hecho por nosotras
y lo que Tú quieres hacer por ellos. ¿Crees que ellos te oirán?
preguntó Él, sonriendo muy gentilmente. No, no creo que pueda
darse esa posibilidad al menos es un principio, contestó ella. Yo
no era la clase de persona apropiada para hacer que ellos me
escucharan. No me comporté con ellos de una forma amorosa,
pero tú me dirás lo que debo decirles. Tú me enseñarás lo que
debo hablar y yo lo diré por ti, oh mi Señor, déjanos darnos prisa
y descender allí. Cuando ellos vean lo que tú has hecho por mí,
cuando vean a Paz y Gozo, creo firmemente que ellos querrán tu
ayuda también. Es porque se han dicho tantas mentiras entre
ellos sobre ti y se han persuadido que no puedes hacerles bien,
porque te resisten y se alejan de tu ayuda, pero yo argüiré con
ellos. Creo que les convenceré especialmente ahora, Señor mío,
cuando son tan desgraciados y despreciados. Su misma soledad
y tristeza les hará más dispuestos a escuchar la Buena Nueva de
tu gracia y tu deseo de ayudarles. Es verdad, asintió El, también
yo pienso lo mismo; es el tiempo favorable para bajar y tratar de
ayudarles.

Levantó sus pies del suelo mientras hablaba, ella lo hizo


también y los cuatro se dirigieron gozosos desde la cumbre de
los Lugares Altos dispuestos a correr y saltar otra vez hacia el
Valle. Entonces, Gracia y Gloria vió que la gran catarata que
tenían a su lado estaba saltando también hacia la hondura, y con
el tumultuoso y alegre sonido de las muchas aguas cantaba de
nuevo la canción:

LA CANCION DEL AGUA

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¡Oh, ven, ven, vamos corriendo
más abajo noche y día.
¡Qué gozo es bajar, bajar...
humillarse cada día.

Hallar el postrer lugar,


do útil pueda uno ser,
dejando las altas cumbres,
cumpliendo nuestro deber!

Pues sólo el agua que baja


hasta entrar en el gran mar,
volverá a ser elevada
por el sol en su brillar.

La aparente rechazada,
que nadie utiliza ya,
será de nuevo ensalzada
y a las cumbres volverá.

De repente, Gracia y Gloria lo entendió todo: Una gran


multitud que nadie podía contar había sido traída al igual que
ella misma por el Rey del reino del Amor a los Lugares Altos
para que pudieran entregar sus vidas con el más voluntario y
feliz abandono, bajando con Él a los lugares desolados y tristes
para compartir con otras personas la vida que habían recibido.
Ella misma era tan sólo una gota entre aquella feliz multitud de
dadores de sí mismos, seguidores del Rey del Amor, unidos con
Él y unos con otros, todos igualmente bendecidos y amados
“porque Él nos amó a cada uno de nosotros”, se dijo dentro de
sí, como si solamente tuviera una persona que amar.

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Mientras pensaba esto, que era como una gota de la gran
catarata, se sentía transportada con un éxtasis de gozo mayor de
lo que se puede expresar. Por fin ella saltaba hacia abajo
juntamente con Él dándose a sí misma por amor. Me trajo a las
alturas precisamente por esto, dijo, miró al Amado, quien asintió
con la cabeza. Entonces empezaron a saltar hacia abajo del
monte que se extendía ante ellos, de roca en roca; escogiendo sin
embargo saltos que estuvieran a su alcance y protuberancias a
propósito para sus pies poco experimentados. Detrás de Él iba
Gracia y Gloria junto con sus amigas Gozo y Paz a su lado,
corriendo hacia abajo del mismo modo que las aguas saltaban y
cantaban a su lado, Así que unieron sus voces con la gozosa
música de las muchas aguas, y cantaron este cántico:

¡Corre, corre, amado mío!


y sé así semejante
al gozoso cervatillo
que baja de las montañas
del monte de los aromas.

Yo a tu lado bajaré,
como tú por mí bajaste...
donde me guíes iré
y siempre te serviré,
ya que por mí te entregaste.

Quizá sabéis que este es el último versículo del Cantar de


los Cantares, de Salomón; pero para Gracia y Gloria, antes
Miedosa, era el principio de un nuevo cántico.

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