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Las rondas campesinas de Piura

Después de Dios está la ronda

Ludwig Huber

Editor: Institut français d’études andines,


Instituto de Estudios Peruanos Edición impresa
Año de edición: 1995 ISBN: 9788489302273
Publicación en OpenEdition Books: 29 juin Número de páginas: 132
2014
Colección: Travaux de l'IFEA
ISBN electrónico: 9782821844919

http://books.openedition.org

Referencia electrónica
HUBER, Ludwig. Las rondas campesinas de Piura: Después de Dios está la ronda. Nueva edición [en
línea]. Lima: Institut français d’études andines, 1995 (generado el 01 diciembre 2016). Disponible en
Internet: <http://books.openedition.org/ifea/2601>. ISBN: 9782821844919. DOI: 10.4000/
books.ifea.2601.

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1

ÍNDICE

Introducción

La sierra de piura
LA HISTORIA: GUAYACUNDOS, GUANCABAMBAS E INCAS
LA CONQUISTA
LAS HACIENDAS
LA REFORMA AGRARIA: DE HACIENDAS A COMUNIDADES
CAMPESINADO Y ESTADO
PROBLEMAS SOCIALES: LA VIOLENCIA COTIDIANA

Las rondas campesinas


LOS COMIENZOS
LA CRISIS DE 1983
EL DESPLIEGUE DE LAS RONDAS
NUEVAS TAREAS
LA CENTRALIZACIÓN

Frías
LA SITUACIÓN ANTES DE LAS RONDAS
LAS RONDAS CAMPESINAS
PASOS A LA CENTRALIZACIÓN
LA CENTRAL DE EL COMÚN
POSIBILIDADES Y LÍMITES
RONDAS CAMPESINAS Y ESTRATIFICACIÓN SOCIAL

Huancabamba
LAS RONDAS CAMPESINAS DE HUANCACARPA
LA CENTRALIZACIÓN DE LAS RONDAS DE HUANCABAMBA
SEGUNDA ALIGUAY
QUISPAMPA

Túnel VI
Acta Provisional de Arreglo
Acta de Arreglo

Simirís

A modo de conclusión

Bibliografía
2

Introducción

1 LAS TRANSFORMACIONES de la sociedad peruana, tanto la urbana como la rural, han sido sin
duda tema sobresaliente para las ciencias sociales del país en los últimos años. En el
campo se ha manifestado la tendencia “hacia una mayor participación en el mercado, en
el sistema político y en la sociedad” (Eguren, 1992: 85); pero las características regionales
de estas transformaciones son tan diversas que “no es aún tan evidente cómo se están
articulando las sociedades locales” (Remy, 1992: 133).
2 En el caso de la sierra norte, los recientes y más profundos cambios sociales están
indiscutiblemente relacionados con el surgimiento de las rondas campesinas. La historia
de las primeras rondas de Cajamarca es suficientemente conocida para detenernos en
ella.1 Lo que comenzó, a fines de diciembre de 1976, en un caserío cerca de Chota se
convirtió en lo que sería “quizá el dato social más significativo del panorama rural
peruano en la década del 80” (Bonifaz, 1991: 165); aparte de la insania senderista, por
supuesto.
3 En este trabajo nos dedicaremos a analizar el proceso de formación y de extendimiento de
las rondas campesinas en la sierra del departamento de Piura, una región recién
descubierta por las ciencias sociales pero que tiene su propia historia. De la versión
original2 — mucho más extensa— he dejado de lado el contexto histórico-social de la
sociedad nacional, lo cual ha permitido el surgimiento de las rondas, como la
controvertida discusión académica sobre el comportamiento sociopolítico de los
campesinos en general.3
4 Lo que he mantenido es principalmente el aspecto etnográfico, por lo demás
pormenorizado, que trata de dar testimonio del funcionamiento de las rondas campesinas
de Piura y de ubicarlas en su contexto regional e histórico; tomando en cuenta lo que
Steve Stern (1987: 13) reclama para la investigación de movimientos campesinos: la
consideración de la “historia cultural” específica sobre un período prolongado, de no
menos de cien años.
5 El trabajo de campo fue realizado entre los años 1988 y 1990; la tesis fue escrita en 1991.
De cierta manera, entonces, esta publicación es un anacronismo. Por un lado, porque,
como dijo aquel europeo citado por la Revista Sí (N° 393, 19.9.94, p. 12), se puede acusar de
cualquier cosa al Perú menos el de ser un país aburrido: las cosas cambian tan
rápidamente que conclusiones y sugerencias hechas alguna vez con mucha reflexión y
3

buena voluntad, de pronto resultan precipitadas y anticuadas, impidiendo las


limitaciones del tiempo una revisión adecuada. No puedo descartar que también éste sea
el caso de mi estudio, en tanto se basa en el “presente etnográfico”, es decir toma como
referencia la situación en los tiempos del trabajo de campo. Por otro lado, los
movimientos populares, hasta hace pocos años ilusión política y tema predilecto para los
trabajos científicos de muchos autores, aparecen ahora algo fuera de moda. Es notorio el
descenso en la producción intelectual sobre el tema en los últimos tres o cuatro años,
coincidente con la virtual desaparición de la izquierda de la escena pública.
6 Y no faltan quienes ponen el dedo en la llaga. En un polémico libro, el cual curiosamente
no ha provocado reacciones en los agredidos, Luis Pasara y sus colaboradores se quejan
del “simulacro metodológico” (Pasara, 1991: 23) de la mayoría de los investigadores y de
la “incapacidad ... para separar la tarea de analizar e interpretar hechos sociales, de la
voluntad para proponerles determinadas soluciones” (ibíd.: 28); fruto de una “vinculación
estrecha entre las ciencias sociales nuestras y el pensamiento y la práctica de izquierdas”
(ibíd.: 25).
7 Es innegable el exagerado optimismo y romanticismo presentes en muchos trabajos sobre
el “sector popular”. En cuanto a rondas campesinas, Sinesio López sin duda fue el más
entusiasta:
“La experiencia de las rondas demuestra que la cuestión del orden interno no se
reduce sólo a la corrupción policial y judicial, sino que ella es en lo fundamental un
problema político.... El gobierno ha limitado su acción a reorganizar y moralizar las
fuerzas policiales. Las rondas norteñas van mucho más allá y han invertido la lógica
oficial, encargándose ellas mismas de organizarlo y defenderlo. Se trata, por cierto,
de un orden nuevo, embrión de un nuevo Estado. Las rondas son una brillante
lección práctica sobre el proceso simultáneo de destrucción de un viejo Estado
antidemocrático, corrupto e ineficaz y la construcción de uno nuevo, democrático,
ético y eficaz.” (López, 1986: 21).
8 ¿Será éste uno de los casos de “premeditación perversa en el intento de un buen número
de científicos sociales peruanos que, en un contexto social y político preciso, creyeron
advertir en los sectores populares del país rasgos que resultaban propicios al proyecto
político por el cual ellos mismos se inclinaban”, reprochados por Pásara (1991: 26)? En
todo caso está impregnado de un optimismo no basado precisamente en hechos
empíricos.
9 Sin embargo, una cosa es “despojar a nuestros [sic] actores sociales del ropaje
ideológicamente utópico que algunos científicos sociales quisieron asignarles” (Pasara y
Zarzar, 1991: 202-203), y otra cosa es asumir una aséptica “neutralidad científica” que,
tomando la realidad social “retratado(a) como fotográficamente” (ibíd.: 188), omita los
contextos histórico-sociales y, por lo tanto, carezca también de la Wertfreiheit
(independencia frente a los valores) reclamada por Max Weber; porque, como bien dice
Poggi, “la segunda condición de la objetividad de las ciencias sociales reside en la
explicación causal: también estas disciplinas deben establecer de manera empírica las
relaciones existentes entre los hechos y determinar las condiciones en las que se desarrollan
los procesos” (1971: 63; las bastardillas son mías).
10 Es obvio que a organizaciones como las rondas campesinas aún les falta mucho para
justificar el entusiasmo observado en algunos trabajos sobre el movimiento popular. Sin
embargo, tengo mis dudas si un enfoque basado más en el rencor contra otros autores 4,
antes que en la situación vivida por los campesinos5, sea el punto de partida adecuado
para hablar de sus imperfecciones. Aquí se manifiesta también “la otra cara de la luna”: la
4

incomprensión y soberbia académicas, presentes en la relación entre científicos sociales y


campesinos.
11 Que los campesinos sean un rompecabezas interminable para espíritus ilustrados no es
nada nuevo. Recuérdese nomás las desesperaciones del mismo Marx sobre el “jeroglífico
indescifrable para el entendimiento del civilizado”6. “Día por día — dice otro distinguido
estudioso de la ‘clase desmañada’7 — los campesinos hacen suspirar a los economistas,
imprecar a los políticos y sudar a los estrategas, derrotando sus planes y profecías en todo
el mundo“. Bueno, y a los antropólogos añorar los tiempos dorados del relativismo
cultural, sobre todo cuando uno no quiere aceptar que “en la mentalidad popular se
encuentra una resistencia espontánea al racionalismo nihilista [sic]... de [la] civilización
burguesa” (Portocarrero, 1993b: 17). Un poco más de racionalismo “burgués” no haría
necesariamente mal a las rondas y otros movimientos populares; pero al fin y al cabo ellos
se han organizado para enfrentar sus problemas y no los nuestros; y lo han hecho a pesar
de que “tanto líderes políticos como científicos sociales ven a los campesinos como
políticamente apáticos más que participativos; socialmente atomizados más que
colaboradores; escépticos al valor del trabajo arduo; y en el mejor de los casos miedosos,
en el peor desinteresados frente al mundo más grande alrededor de ellos” (McClintock,
1981: 5). Y si fuera solamente por eso, merecen reconocimiento.
12 No tengo, entonces, por qué ocultar mi simpatía y solidaridad con el “objeto” de mis
estudios, a pesar de sus defectos y el paulatino desvanecimiento del entusiasmo inicial
entre políticos e investigadores sobre el tema. Entiendo, equivocadamente quizás, la
observación de Bruno Revesz de que “la periferia no está vacía” (1993: 283), no solamente
como detalle analítico sino también como evocación a los que estamos (o estábamos)
trabajando esta periferia. Y no parece pedir demasiado ahora que, en vez de promover la
reconstrucción de la sociedad civil destrozada por la crisis económica y social, el Estado
apuesta nuevamente al centralismo autoritario.
13 Aprovecho la oportunidad para agradecer a los campesinos-ronderos de Frías,
Huancabamba y Aya-baca. Recuerdo el orgullo sentido cuando por primera vez me
trataron de “compañero” y espero que tomen este libro como recompensa (insuficiente)
por la hospitalidad y la paciencia que tuvieron conmigo.
14 Quiero expresar además mis agradecimientos a la Universidad Libre de Berlín por la beca
que hizo posible el estudio; al Programa Internacional de Cooperación Científica (PICS
125) del Centro Nacional de Investigación Científica (CNRS) de París, en el marco del cual
se desarrolló el trabajo, y a su responsable Anne Marie Hocquenghem; al Centro de
Investigación y Promoción del Campesinado (CIPCA) en Piura por su apoyo logístico; al
Instituto Francés de Estudios Andinos (IFEA) y al Instituto de Estudios Peruanos (IEP) por
el apoyo a la publicación; y a Karin, por todo.

NOTAS
1. Véase Gitlitz y Rojas (1985) y Starn (1989: 1991).
2. Me refiero a mi tesis doctoral, publicada en alemán (Huber. 1992).
5

3. Para un resumen de esta discusión, véase Starn (1991).


4. “... nos planteamos una hipótesis básica y general: que el cambio que estas nuevas
organizaciones representan, tan entusiastamente afirmado por nuestros científicos sociales,
aparece en los hechos examinados en esa literatura con un perfil confuso y ambivalente”
(Zarzar, 1991: 106).
5. Recién en la última frase de su artículo, Zarzar anota que “dado el secular abandono
económico, social y legal del campesinado en el Perú, cabe preguntarse después de todo, qué otra
alternativa tenían los campesinos que se hicieron ronderos” (1991: 153).
6. En su “Guerra Civil en Francia”.
7. Teodor Shanin. The Awkward Class. Political Sociology of Peasantry in a Developing
Country, Russia 1910-1935. Oxford University Press. Londres. 1972. La cita es de un artículo del
mismo autor: “Peasantry as a Political Factor”, en Shanin (ed.). Peasants and Peasant Societies,
Penguin. Harmondsworth. 1971.
6

La sierra de piura1

1 QUIENES CONOCEN la sierra central o sur y por primera vez viajan a Ayabaca o
Huancabamba, se sorprenderán seguramente de la densa vegetación que viste en un tono
verde intenso a las montañas, sobre todo durante la temporada de lluvias. En el norte la
cordillera de los Andes alcanza alturas relativamente escasas; la cima, el Cerro Negro,
llega apenas a 3,960 m.s.n.m, bastante poco en comparación con los casi 7,000 del
Huascarán unos quinientos kilómetros más al sur. Por eso, las nubes húmedas de la
cuenca del río Amazonas pueden fácilmente pasar los cerros, de modo que las
precipitaciones son iguales en las vertientes occidental y oriental. Desde el lado del
Pacífico se hace sentir la influencia del “Niño”, una contracorriente cálida a la fría de
Humboldt. Ambos fenómenos — la cordillera relativamente baja y la corriente cálida —
promueven una temporada lluviosa de por lo menos seis meses; el 80% de las
precipitaciones anuales acontecen entre diciembre y abril.
2 Las diferentes regiones ecológicas en la sierra de Piura no corresponden a las conocidas
indicaciones de Pulgar Vidal para el eje Lima-Huánuco. Según la geógrafa Nicole Bernex
de Falen (1987: 17), en Piura la yunga abarcaría la región entre los 200 y los 1,200 metros
de altura; de aquí seguiría la quechua que se extiende hasta los 2,500 metros, es decir hasta
la zona alta llamada jalca o jalquilla por los pobladores. Sin embargo, es dudoso si tal
clasificación tiene sentido. Brack (1986), basándose en Pulgar Vidal y Tosi, ha desarrollado
su propio esquema, distinguiendo en la sierra piurana tres regiones naturales: páramo,
selva alta y bosque seco ecuatorial.
3 El páramo es la región de altura y se encuentra sobre los 3,000 metros; su escasa
vegetación con el característico ichu recuerda a los paisajes de puna de los Andes sureños.
La selva alta se extiende entre los 1,000 y los 3,000 metros, dividida en tres subregiones: el
monte, una zona forestal semiárida entre los 1,000 y los 2,000 metros de altitud; el monte
grande, con una frondosidad casi impenetrable de diferentes matices verdes, entre los
2,000 y los 2,500 metros; y, finalmente, la zona denominada por los pobladores matorral
entre los 2,500 y los 3,000 metros, en la cual la vegetación se refugia en las quebradas. La
ecorregión más baja, el bosque seco ecuatorial, se caracteriza por su clima cálido y seco,
extendiéndose desde los 500 a los 1,000 metros en el valle del río Piura y hasta los 1,500
metros en el valle interandino del río Quiróz.
7

4 En general, la sierra de Piura cuenta con condiciones naturales relativamente favorables


para la producción agropecuaria. Cada una de las diferentes ecorregiones tiene, grosso
modo, su típico sistema de usufructo. En la zona más alta predominan las actividades
ganaderas y la agricultura de secano. En la zona intermedia los campesinos mantienen su
ganado en invernas, es decir en pastos irrigados, y en el monte se cultivan tierras irrigadas
y de secano. En la parte baja, por último, el ganado se alimenta en los rastrojos y en
meñor cantidad en invernas, y la agricultura de riego se realiza solamente en pequeñas
extensiones en los fondos de valle, predominando el maíz como cultivo de secano.
5 Sin embargo, sería una falacia derivar del usufructo de diferentes zonas naturales un
modelo socioeconómico basado en el paradigma clásico de la agricultura andina, la
“verticalidad” de Murra (1975), con sus correspondientes formas de organización social.
Predomina, en cambio, la pequeña propiedad parcelaria, tanto en las comunidades de
origen reciente como en las pocas comunidades antiguas. Las condiciones climáticas, la
calidad de los suelos y las precipitaciones anuales permiten la reproducción de una
familia campesina sin la necesidad de controlar varios pisos ecológicos. La relativa
cercanía de las diferentes ecorregiones implica además que puedan ser fácilmente
aprovechadas por los miembros de un solo grupo doméstico, de modo que la naturaleza
no impone formas de cooperación más allá de la unidad familiar. El sistema de riego es
simple y agrupa generalmente a un reducido número de regantes, de tal manera que en
torno a la irrigación tampoco se genera una organización particularmente estructurada
dentro de los pueblos. Es, sin lugar a dudas, una región de campesinos parcelarios.

LA HISTORIA: GUAYACUNDOS, GUANCABAMBAS E


INCAS
6 Recién en los últimos años, con los trabajos etnohistóricos de Anne Marie Hocquenghem,
se ha podido disipar en algo las tinieblas de la historia prehispánica del extremo norte
serrano. Si bien quedan muchas interrogantes, contamos ya con algunos conocimientos e
hipótesis persuasivos sobre la procedencia étnica de los primeros pobladores de la región,
los cuales — sin caer en un determinismo histórico — nos ayudarían también a entender
mejor el comportamiento de los actuales.
7 Una de las particularidades notorias de la zona es que nadie, ni los más ancianos, habla o
entiende una sola palabra en quechua, si bien algunos topónimos y apellidos — como
Culquicondor, Llacsahuache o Cho-quehuanca — confirman la presencia de este idioma en
tiempos pasados. Además, casi no hay evidencias arqueológicas o etnohistóricas de la
cultura inca; solamente a lo largo del antiguo Camino Real o en las ruinas de Aypate y
Cajas se encuentran vestigios de la arquitectura incaica. Aparte de eso, casi nada indica la
presencia de una cultura propia de las etnías quechuahablantes, ni en la cultura material,
ni en la estructura social y tampoco en las concepciones ideológicas: no existen ni las
mínimas huellas de una jerarquía tipo varayoc en las comunidades o de una cosmovisión
basada en la bi-, tri- o cuatripartición; menos aún, indicios del calendario ceremonial
andino (con muy escasas excepciones en la región de Huancabamba). En fin: no estamos
frente a un “orden andino” (Hocquenghem, 1984).
8 ¿De dónde, entonces, vinieron los pobladores de la sierra de Piura, quienes tan poco
tienen en común con los pueblos de la serranía central y sureña? Después de un
minucioso análisis de cronistas tempranos y de fuentes etnohistóricas y etnolingüísticas,
8

Hocquenghem llega a la conclusión de que el extremo norte de la sierra peruana y el sur


del Ecuador fueron poblados por los grupos étnicos de los caxas, ayabacas y calvas, los
cuales en conjunto formaron la etnía de los guayacundos. Ahora bien, en diferentes
cronistas se encuentran evidencias de cómo el idioma de los guayacundos estaba
estrechamente emparentado con el lenguaje de sus vecinos al norte y noreste: los paltas y
malacatos, quienes a su vez pertenecían a la gran familia lingüística de los jívaro. De ello,
la autora deduce que “los malacatos, paltas y guayacundos, entre éstos los calvas,
ayabacas y caxas, eran etnías afiliadas al gran grupo jívaro” (Hocquenghem, 1989: 48).
9 Sin embargo, parece que fueron lazos más bien débiles los que aglomeraban a los
subgrupos de los guayacundos. La vida cotidiana en el espacio de la actual provincia de
Ayabaca estaba, según Hocquenghem, determinada más por querellas internas antes que
por prácticas colectivas. Aunque sí unía a los guayacundos su vehemente afán por la
independencia, lo cual hizo sufrir mucho a los incas en sus operaciones expansivas.
Garcilaso menciona que “pelearon varonilmente, mataron mucha gente de los Incas, que
pasaron de ocho mil hombres” (1983, tomo III: 84), antes de rendirse. Después fueron
repartidos como mitimaes a diferentes regiones del Tahuantinsuyo.
10 Mucho más pacífica fue aparentemente la conquista de la actual provincia de
Huancabamba, en la cual también se habían asentado migrantes de la región selvática. A
lo largo del río Huancabamba encontramos los indios de los caciques de Guancabamba,
Penachí y Guambos; más al este, los tabaconas. Desunidos, con rivalidades mutuas, sin
liderazgo e identidad étnica común no pudieron enfrentarse al ejército de los incas, que
según Garcilaso (ibíd.: 83) contaba con 40,000 hombres. Muchos huyeron hacia la selva,
los demás se sometieron sin resistencia a los invasores y perdieron rápidamente sus
costumbres y ritos.
11 La facilidad con que los incas lograron instalar su centro administrativo y realizar la
aculturación de la población en Huancabamba dejó algunas huellas hasta el presente; esta
es la región donde se encuentran — aunque muy aislados — rasgos de la cultura andina,
como por ejemplo algunas fiestas relacionadas con el calendario ceremonial andino o la
segmentación de la población en parcialidades y la dualidad de éstas en “cabeza” y
“segunda”.2
12 Aparte de la naturaleza, la cual no impone sofisticadas organizaciones socioeconómicas,
existirían entonces también razones históricas para que la sierra de Piura se presente
como una isla entre los mundos quechuas del Ecuador y del sur peruano: la afiliación
jívara de los pueblos autóctonos y la corta duración del dominio incaico, que no llegó a los
cien años.3

LA CONQUISTA
13 La sierra de Piura entró muy temprano en contacto con los conquistadores españoles. En
su camino hacia Cajamarca, Pizarro escuchó de la provincia de Caxas y sus presuntas
riquezas. Mandó a Hernando de Soto con unos cincuenta o sesenta hombres para
averiguar; sus informes son los primeros, aunque muy limitados, testimonios escritos
sobre la región. Así, el cacique de Caxas revela ante el conquistador que su pueblo, el cual
durante la guerra fratricida entre Atawallpa y Huascar había estado al lado del cusqueño,
fue reducido de 10,000 a 3,000 almas por el ejército vencedor.
9

14 En 1575, época de las reestructuraciones toledanas, Piura contaba con 29 encomiendas, la


mayor parte en la costa. En la sierra, la integridad étnica y territorial preexistente quedó
en buena medida respetada: los indios de Huancabamba fueron encomendados a don
Diego Palomino y los de Ayabaca a don Bartolomé de Aguilar. Solamente los guayacundos
de Caxas se repartieron en tres encomiendas. Además se establecieron tres Comunes de
Indios: el de San Andrés de Frías, el de San Pedro de Guancabamba y el de Nuestra Señora
del Pilar de Ayabaca.
15 Sobre Frías nos vamos a extender más en la parte etnográfica de nuestro trabajo, porque
allí se encuentra el centro de las rondas campesinas que hemos estudiado más
detalladamente. De los otros dos Comunes de Indios han surgido las actuales capitales de
provincia, Ayabaca y Huancabamba; ambas ocupan, por lo menos en parte, territorios de
antiguas comunidades campesinas: Ayabaca los de la comunidad de Suyupampa,
Huancabamba los de las comunidades de Segunda y Cajas y de Quispampa.
16 El lugar de los indios reducidos — en doble sentido: concentrados en reducciones y
reducidos numéricamente por el genocidio — fue ocupado pronto por los primeros
colonos españoles que, atraídos por las tierras fértiles, se dedicaron sobre todo a la
ganadería. La cría de ganado vacuno u ovino no requería de mucha mano de obra y
reportaba buenas ganancias, de tal manera que rápidamente se desenvolvió como el ramo
más importante de la economía en la sierra de Piura.
17 A mediados del siglo XVII, después de las primeras Composiciones de Tierra en 1595 y 1645
la sierra de Piura estaba casi completamente dominada por haciendas, en donde
inmigrantes castellanos explotaban la mano de obra indígena. El dramático decrecimiento
de la población autóctona, iniciado durante la guerra civil incaica, y acelerado por los
españoles de la manera suficientemente conocida, causó la paulatina pérdida de
identidades étnicas entre los indios y la amalgamación de ambas culturas. Los pobladores
de la sierra de Piura hoy en día ya no se definen en términos étnicos; se consideran
simplemente campesinos.

LAS HACIENDAS
18 Según Schlüpmann (1988: 34), los primeros colonos españoles se asentaron en territorios
donde la población indígena había sido victimada o desplazada a otras regiones. En tres
Composiciones de Tierra en 1595, 1645 y 1714 estos “protohacendados” pudieron legalizar
la tenencia de tierra ocupada, previa contribución a la caja real.
19 La última Composición de 1714 menciona en total 177 títulos de propiedad, entre ellos 38
haciendas y 15 estancias. En la provincia de Ayabaca ya se habían formado algunos
latifundios como Pillo o Pariguanás, junto con haciendas más pequeñas, todos
pertenecientes a descendientes de los primeros colonos españoles; además, la misma
Composición cita todavía extensos terrenos como propiedad de los caciques de Ayabaca.
El resto de la tierra estaba dividida entre campesinos parcelarios tanto criollos como
indios y los Comunes de Indios de Ayabaca y Frías. En Huancabamba, en cambio, por
razones que desconocemos no se habían formado haciendas tan extensas y quedaron
mucho más tierras en manos de la población indígena.
20 Estas diferencias respecto a la tenencia de la tierra entre las dos provincias serranas se
han mantenido hasta el pasado reciente. En Ayabaca, la estructura socioeconómica desde
el siglo XVI hasta mediados del presente se caracterizó por el predominio de las haciendas
10

y la presencia de algunas comunidades indígenas. Por el contrario, en Huancabamba


solamente la vertiente occidental de los Andes era dominada por haciendas, mientras que
en el valle interandino la gran propiedad nunca logró imponerse. El territorio en los
alrededores de la capital de provincia hasta la actualidad pertenece a tres vastas
comunidades campesinas de origen colonial.
21 La vida no cambió mucho en las haciendas serranas desde su aparición en la colonia hasta
su desaparición hace algunas décadas. La mayoría de las veces los dueños vivían en Piura
o Lima y delegaban la conducción de su propiedad a un administrador. Una ínfima parte
de la tierra era explotada directamente por la hacienda, el resto trabajada por los colonos
en arriendo. En 1950, como tres siglos antes, la ganadería y la elaboración de aguardiente
y dulce en base a caña de azúcar eran las actividades productivas más importantes. A
pesar de las leyes que prohibían el trabajo gratuito, los colonos pagaban el usufructo de su
parcela con su fuerza de trabajo.
22 Si bien en algunos casos se experimentaba con razas mejoradas de ganado vacuno y ovino,
la gran mayoría de los hacendados no tenía interés ni disponía de los medios económicos
para realizar mayores inversiones. Se limitaron a una economía extractiva de baja
productividad con una explotación precapitalista de la mano de obra. No puede
sorprender que estas empresas arcaicas con su modo de producción semifeudal no fueran
competitivas en el mercado; como las haciendas serranas en todo el país, a partir de los
años cuarenta fueron afectadas seriamente por la crisis.
23 Esta crisis se vio reforzada por la actitud de los campesinos que en los años treinta
empezaron a organizarse masivamente para presionar por mejores condiciones de
trabajo. Aunque se trataba de un movimiento más bien reformista que no cuestionaba la
existencia del sistema de haciendas, muchos arrendatarios deseaban convertirse en
dueños de sus parcelas e hicieron ofertas de compra a los hacendados. Como
consecuencia, algunas haciendas como Matalacas y Simirís fueron vendidas en su
totalidad al conjunto de los arrendatarios, otras fueron parceladas lote por lote.
24 Fue fundamental para este proceso la presencia del Partido Socialista del Perú, liderado
por Luciano Castillo y el ayabaquino Hildebrando Castro Pozo, que a partir de 1934
comenzó con su trabajo de concientización entre los campesinos de la sierra y con la
formación de sindicatos en un considerable número de haciendas, sobre todo en la
provincia de Ayabaca. Conforme a la orientación social-reformista de este partido, la meta
no era desbaratar el sistema de la tenencia de tierra, sino la imposición de mejores
condiciones de trabajo para los colonos, como por ejemplo la jornada de ocho horas o la
abolición del trabajo gratuito, y la aplicación de la Ley de Yanaconaje. 4
25 En resumen, mientras que los terratenientes en la costa del departamento emprendieron
un enérgico proceso de modernización, orientado a la exportación de productos agrícolas
como el algodón, la agricultura en la sierra se quedó virtualmente estancada. Si algunos
dueños se quedaron con sus propiedades, fue, por lo general, por la falta de compradores.
Cuando a comienzos de los años setenta la región fue declarada zona de reforma agraria,
los hacendados de la sierra de Piura no pusieron mayor resistencia.
26 Para los campesinos la desaparición de las haciendas significó no sólo un cambio en el
sistema de tenencia de tierra, sino sobre todo el fin de un régimen de dominación social.
A pesar de que este nunca llegó a los extremos de la sierra sur con sus connotaciones
étnicas,5 la autoridad de los hacendados y de sus representantes en ningún momento fue
cuestionada. Autoridad a su vez, como bien lo ha observado Barrington Moore en su
11

trabajo sobre las causas sociales de subordinación y resistencia, “implica obediencia


basada en algo más que temor y fuerza“ (1987: 38) y está caracterizada por “... ciertas
obligaciones mutuas que por lo general unen dominantes y dominados, los portadores de
autoridad y sus subordinados” (ibíd.: 41).6
27 Fue sobre todo el rol impositivo en la implantación de reglas sociales lo que también le
otorgaba al hacendado un significado positivo para los campesinos, quienes nunca
tuvieron un acceso adecuado a las instituciones del Estado. Los policías y jueces estaban
lejos, en Ayabaca o Huancabamba y, antes de entrar en acción, insistían en su “regalito”,
así que cuando se producía alguna querella que, como veremos, eran muy comunes
muchos preferían dirigirse al patrón o su administrador. Los ancianos todavía recuerdan,
a veces con cierta nostalgia, el cepo, un instrumento de tortura medieval para disciplinar
súbditos reacios.7 Era, como dice Favre (1990: 9), un sistema arcaico de control social, pero
por lo menos era un sistema. Cuando los hacendados se retiraron, dejaron un vacío de
autoridad que a corto plazo nadie pudo llenar.

LA REFORMA AGRARIA: DE HACIENDAS A


COMUNIDADES
28 Calificar la reforma agraria de Velasco como fracaso es casi un lugar común en la
literatura sobre el tema. Sin embargo, hay regiones en las cuales los campesinos
recuerdan con mucho afecto y gratitud al general — un piurano, dicho sea de paso — ,
quien les entregó las tierras; una de ellas es precisamente la sierra de Piura.
29 Sin tener en cuenta las pocas excepciones y a contrapelo del campesinado costeño, que
impulsó la aplicación de la reforma agraria con tomas de tierra (Arce Espinoza, 1983), los
campesinos de la sierra nunca lucharon por la tierra. Ya hemos mencionado que los
movimientos de los años treinta y cuarenta no fueron dirigidos hacia la eliminación de los
latifundios, sino hacia la modificación de las condiciones de trabajo.
30 Poco después que Piura fue declarada zona de reforma agraria, en Ayabaca se instaló una
dependencia de SINAMOS8 para organizar la transformación de las haciendas en unidades
productivas colectivas. La idea inicial de crear cooperativas como en la costa fue
rechazada por los campesinos, por tanto se optó por la formación de grupos campesinos.
Uno de los promotores de SINAMOS en ese entonces nos explica:
“Como reforma agraria, como equipo, no se pensaba inicialmente en comunidades
campesinas. Se pensaba en el sistema cooperativista producto de la Ley de Reforma
Agraria. Pero las cooperativas se crearon en la costa, en la sierra hubo un rechazo,
los campesinos no aceptaron. Como no hubo la posibilidad de constituir las
cooperativas se optó por el grupo campesino como modalidad de organización. Era
mucho más fácil de explicar a la gente qué es un grupo campesino, un grupo de
personas que se unen para trabajar esas tierras…, el sistema cooperativo era mucho
más complejo para ellos que no conocen.” (Entrevista con M. R., Piura 5.5.89).
31 A partir de los años ochenta, durante el gobierno de Alan García, la mayor parte de los
grupos campesinos se transformaron en comunidades. Las “recomendaciones” vigorosas
de organizarse en grupos y comunidades campesinas por parte de los promotores,
primero de SINAMOS y después del Ministerio de Agricultura, convencieron también a
quienes hubieran preferido una adjudicación individual. Es de suponer que su integración
en comunidades no atenuó su aspiración de verse convertidos en dueños de sus parcelas,
12

y de ningún modo alteró su concepción básicamente parcelaria, lo que fue recibido con
cierta exasperación por sus bienhechores:
“De los Grupos Campesinos existentes en la actualidad el mayor número se localiza
en la sierra (Aya-baca y Huancabamba); sin embargo atraviesan por problemas
serios derivados del hecho de que constituyen un sector en cuya mente se
encuentra muy arraigadas concepciones marcadamente individualistas enfrentando
de esta manera el desempleo y el mercado de consumo.” (“Diagnóstico
socioeconómico del sector agropecuario del departamento de Piura” del Ministerio
de Agricultura en 1987, citado en Apel, 1993: 112).
32 Es obvio que las comunidades surgidas desde la reforma agraria, que hoy en día forman la
amplia mayoría entre las comunidades campesinas legalmente reconocidas en la sierra de
Piura, tienen poco o nada en común con las célebres estructuras socioeconómicas en el
“Perú profundo” de la sierra central y sur. La muy conocida “verticalidad”, base de lo que
Golte (1980) llama la “racionalidad de la organización andina”, no es el principio que
regula el proceso productivo y el tejido social de los campesinos de Piura, en donde las
condiciones ecológicas por lo general permiten la reproducción a nivel familiar, y donde
lo que Kervyn llama las “externalidades” (Kervyn y CEDEP Ayllu, 1989) de los grupos
domésticos resultan siendo muy bajas.
33 Sin embargo, esto no significa que no se den formas de reciprocidad entre los
productores. El “préstamo de fuerzas”, a primera vista parecido a lo que en otras regiones
se conoce como ayni, echama o wallpo, se da en todas partes, sean o no comunidad; y se ha
dado, incluso, entre los colonos de las haciendas. Pero esta forma de reciprocidad no está
institucionalizada como en las comunidades del sur o de la sierra central, en las cuales los
conceptos de parentesco definen los diferentes derechos y obligaciones del individuo
dentro del conjunto de la comunidad.
34 En la sierra de Piura, los campesinos tienen que buscar quienes les acompañen en cada
labor importante. “Hay que rogarle bonito”, nos dice una señora, “hay que decir:
compadrito, me hace un servicio, me acompaña para el 11,14 ó 18”. La cooperación,
entonces, no es una necesidad que impone la naturaleza, sino una consecuencia de la
débil integración del campesinado a la economía de mercado y de la falta de recursos
monetarios, y no cuenta con la certeza y previsibilidad que conocemos del ayni a través de
la literatura antropológica.9
35 La comunidad campesina de los Andes en su versión “tradicional”, la cual asegura la
reproducción de sus integrantes y de cierta manera permite contrarrestar las crisis
económicas, se caracteriza no tanto porque exista cooperación en el proceso productivo,
sino sobre todo por la manera como este proceso está organizado. Ni el uso vertical de
diferentes pisos ecológicos ni la cooperación entre familias campesinas son una
peculiaridad de los pobladores andinos, sino
“... las instituciones sociales a partir de las cuales se organiza este control vertical y las
relaciones mediante las cuales éste se hace efectivo.” (de la Cadena, 1989: 80, las
bastardillas son mías).
36 Estas instituciones se expresan en la complejidad de las entidades socioeconómicas, lo que
en las ciencias sociales se ha venido a llamar la “organización social andina”, en la cual “la
economía, la política y el ritual se trenzan” (ibíd.: 77) y los diferentes niveles que
intervienen en el proceso de la producción son la familia, grupos de cooperación y,
finalmente, la comunidad (ibíd.: 83).
13

37 Quizá el texto de Marisol de la Cadena en el cual nos basamos aquí, una versión coherente
de la corriente “murrista” en la antropología andina, idealiza demasiado las comunidades
campesinas, y la realidad es algo más antagónica de como la autora nos quiere hacer
creer. No importa. Lo destacado es que la organización comunal, por más desarticulada
que sea, es un recurso al cual sus integrantes pueden recurrir en tiempos de necesidad.
38 En la sierra de Piura la presencia del tercer nivel, la comunidad, en el proceso productivo,
hasta ahora no es muy marcada; ya que si bien existen comunidades con extensos
terrenos comunales, casi exclusivamente pastos naturales, la Asamblea General no regula
el acceso del ganado a éstos. La irrigación, crucial para la producción agraria, está
organizada por la “Junta de Usuarios” o las dependencias del Ministerio de Agricultura
sin mayor intervención de la dirigencia o la asamblea de la comunidad. Los comuneros se
sienten propietarios de sus parcelas, muchas veces conseguidas por actos de compra-
venta. Son numerosos los casos de familias que tienen tierras en dos o más comunidades,
lo cual está legalmente prohibido.
39 Recapitulando, la comunidad como “instancia de administración de poder” (de la Cadena,
1989: 98), por lo menos hasta la fecha, es muy débil. Los comuneros no tienen experiencia
en la toma de decisiones en asamblea, y sus dirigentes no gozan de mucha autoridad. La
Junta Directiva no está compuesta por comuneros que se hayan ganado la confianza de los
demás asumiendo los sucesivos cargos comunales, sino elegida por listas, a menudo con
diferentes afiliaciones políticas. Y esto no se da solamente en las comunidades nuevas,
creadas por la reforma agraria, sino de igual manera en las antiguas que lograron su
reconocimiento legal a partir de los años treinta. Suena paradójico, pero en Piura el
“mundo andino” con sus organizaciones socioeconómicas complejas lo encontramos, con
algo de buena voluntad, en la costa, en la comunidad de Catacaos.
40 La sierra, en cambio, probablemente desde tiempos remotos ha sido un mundo de
campesinos parcelarios atomizados que recién en los últimos años se han convertido en
miembros de comunidades campesinas. No faltaron razones a favor del reconocimiento
legal: antes, en algunos casos, la defensa de la tierra contra las haciendas, más tarde las
recomendaciones un tanto insistentes de los promotores de SINAMOS, y, a mediados de
los años ochenta, la política asistencialista del gobierno aprista. 10 Pero es de subrayar,
como dice Karin Apel,
“... que la mayoría de los campesinos habría preferida la adjudicación individual de
las tierras conducidas por las antiguas haciendas, y que la conversión en comunidad
campesina obedece a las posibilidades creadas por los diferentes gobiernos.” (1993:
125).
41 Hoy en día gran parte de las comunidades están virtualmente paralizadas por
contradicciones internas, siendo por lo general el punto en litigio, las tierras. En algunos
casos, los más vivos han logrado acumular considerables extensiones y se ven enfrentados
con la mayoría de los comuneros que, una vez familiarizados con las posibilidades de la
Ley de Comunidades Campesinas, insisten en la expropiación. Las peleas más ásperas se
producen entre los beneficiarios de la reforma agraria y los campesinos que habían
comprado su parcela anteriormente al hacendado y — por lo general ignorando las
consecuencias legales — se han integrado a una comunidad. Hay abundancia de casos
como el de la comunidad campesina San Andrés de Monte-grande, en la cual un grupo
trata a diestra y siniestra de anular el reconocimiento legal después de haberse enterado
que ahora la dueña legítima de sus tierras es la comunidad, es decir el conjunto de
comuneros.
14

42 Ahora bien, con esto no queremos afirmar que las comunidades de la sierra de Piura sean
fantasmas sin vigencia alguna. En su detallado estudio sobre cuatro comunidades
campesinas en el distrito de Frías, Apel (1993) ha demostrado la importancia que tiene el
reconocimiento legal para sus integrantes, sobre todo por la seguridad que ofrece con
respecto a la tenencia de tierra. Tampoco se puede negar el proceso de democratización
en el ámbito rural amparado en la organización comunal. Aunque es un proceso largo,
difícil y desde luego incompleto.

CAMPESINADO Y ESTADO
43 En el Mapa de Pobreza del Perú 1981 (BCR, 1986), las provincias de la sierra piurana aparecen
entre las más pobres: de las 153 provincias mencionadas, Ayabaca ocupa el 20°,
Huancabamba un deprimente 15° lugar; empezando, bien entendido, la enumeración
donde la miseria es más vejatoria.
44 A resultados similares llega un análisis de las Naciones Unidas (Naciones Unidas-INP,
1989): aquí encontramos Ayabaca en el 15°, y Huancabamba en el 16° puesto.
45 Para mayor exactitud consultamos una tercera fuente. Amat y León (1986) registra 149
provincias con el mismo fin que el Banco Central de Reserva y el proyecto de las Naciones
Unidas: diagnosticar la distribución interna de la pobreza en el Perú. La colocación de
nuestras dos provincias ya no puede sorprendernos: Huancabamba 144, Ayabaca 146; esta
vez, claro está, el cómputo empieza con las regiones menos necesitadas.
46 Ya no cabe duda: la sierra de Piura es pobre, hasta se encuentra entre las áreas más
indigentes del país. Y esto no es precisamente lo que se podría esperar para una región
obviamente privilegiada — en términos relativos, por supuesto — por la naturaleza.
¿Como aclarar entonces esta contradicción?
47 Las explicaciones nos las dan los indicadores de las mencionadas estadísticas, porque los
tres cálculos — el de Amat y León seguramente en menor medida que los otros dos —
están evidentemente basados en factores relacionados al acceso de la población a
escuelas, agua, luz, carreteras u hospitales; es decir, están relacionados a tareas que
debería cumplir el Estado.11 Lo que indican las estadísticas, entonces, es sobre todo la
ausencia del apoyo gubernamental en las provincias serranas de Piura; es sin duda una de
las regiones en el país donde el Estado está menos presente.12
48 Esta ausencia llegó a su peor momento después de la reforma agraria. Mientras que antes
los terratenientes sirvieron de nexo entre el Estado y la población campesina, después de
la derrota del latifundio y del tradicional clientelismo entre patrón y colono, en la sierra
— no solamente en Piura, sino también en otras regiones del Perú — “no se establecieron
nuevos tipos de relaciones dando lugar al debilitamiento de las relaciones de dominación
en el campo” (Gonzales de Olarte, 1988: 27). Como la capa intermedia entre el Estado y la
sociedad rural había desaparecido, se creó entonces una nueva estructura social
compuesta mayormente por un “atomizado campesinado” (ibíd.: 13), el cual nunca llegó a
conocer las instituciones que administran la vida civil y regulan las relaciones entre los
diferentes actores sociales, tareas que presuntamente debería asumir el Estado.
49 Hasta hace muy poco, la falta de interés mostrado por el Estado para la sierra norte era
del todo mutua. Para los campesinos, la sociedad nacional estaba demasiado lejos como
para tener importancia en sus preocupaciones y empeños; al Estado lo conocieron casi
15

exclusivamente a través de su aparato represivo, es decir el policía, el fiscal, el juez, a lo


más el subprefecto.
50 Esta situación ha cambiado fundamentalmente en los últimos años. Los campesinos ahora
están mucho más informados y han desarrollado un marcado interés por una sociedad
que siempre los ha marginado. Una serie de factores que más o menos simultáneamente
empezaron a influir sobre los pobladores de la sierra iniciaron este cambio: el creciente
flujo migratorio hacia la costa; el mejoramiento de la educación escolar; el trabajo social
de las iglesias y algunas ONGs; la instalación de programas radiales especializados para los
campesinos; y, por último, la mayor presencia del mismo Estado en torno al proceso de
regionalización.

PROBLEMAS SOCIALES: LA VIOLENCIA COTIDIANA


51 En casi todas las provincias del Perú, las estadísticas indican un preocupante aumento de
la violencia tanto política como cotidiana. Una de las pocas regiones que no coinciden con
esta imagen es justamente la sierra de Piura. Hablando con la gente, a veces uno se lleva
la impresión que aquí hace pocos años empezó una nueva cronología para dividir el
presente y el pasado, en la cual el “antes” se refiere a los tiempos oscuros cuando no
había rondas campesinas.
52 De estos tiempos proviene la fama de los serranos, descrita con elocuencia por Castro
Pozo hace cincuenta años, y que los distingue hasta la actualidad:
“Se trata de un pueblo fuerte y aguerrido, ... ancho en jugarse la vida o la
tranquilidad con arma blanca, siempre que se ofrece defender un puntillo de amor
propio o algún interés de la parentela.” (1947: 26).
53 No pasaba un fin de semana (y esto significaba apenas una borrachera) sin que terminara
en sangrientas cuchilladas. El motivo era en la mayoría de los casos fútil y a veces
inexistente: se peleaba por pelearse, para demostrar virilidad o por puro capricho:
“Sabido es que la provincia de Ayabaca se ha venido rindiendo hasta hace poco la
cifra de mayor criminalidad en el departamento de Piura. Época hubo en que el
número de causas criminales por delitos de sangre de esa provincia superaba al de
todas las otras del distrito judicial juntas. Sobre todo, en las causas por homicidio.
Anualmente se mataba ahí de veinte a treinta personas. El cuchillo y la carabina
estaban en continua acción. Raros eran los domingos y días feriados en el que el
guarapo y el cañazo no tuvieron sus epílogos sangrientos.” (López Alhajar, 1936:
194).
54 En el Archivo Departamental de Piura abundan documentos que dan testimonio de estas
circunstancias un tanto anárquicas a lo largo de varias décadas. Los protocolos judiciales
casi siempre tienen el mismo tenor:
“... tuvo lugar una fiesta en la que bebieron abundante licor de caña de azúcar los
participantes hasta el extremo de embriagarse ambos actores i los hermanos de
estos, que por causas sin importancia armaron un lío que degeneró luego en la
tragedia, produciendo el deceso de Ramón Córdova.” (ADP, Corte Superior de
Justicia Ayabaca, Causas Criminales, 30.8.31).
55 En comparación con estos desmesurados pleitos sangrientos, el abigeato fue, hasta la
desaparición de las haciendas, aparentemente un problema secundario; especialidad más
bien de “profesionales”, como Carmen Domador o Froilán Alama, quienes hace medio
siglo infestaron la región y cuyo recuerdo perdura aún como figuras casi míticas y
protagonistas de una infinidad de fábulas espeluznantes.
16

56 A partir de los años setenta esta situación cambió imprevistamente. Todos nuestros
informantes, sin excepción alguna, confirmaron que el problema del abigeato se
multiplicó después del retiro de los hacendados. Si bien siguió el robo por parte de bandas
organizadas; lo que aumentó rápidamente fueron los delitos espontáneos. Una vez
producido el vacío de autoridad y vigilancia dejado por los terratenientes, muchos
vecinos ya no resistieron la tentación de apropiarse de algún animalito suelto encontrado
en el camino; se originó así una reacción en cadena, porque las víctimas trataban de
compensar la pérdida sufrida de la misma manera. Paulatinamente, en el transcurso de
quizás diez o quince años, el problema se incrementó hasta llegar a niveles intolerables.
57 A pesar de ello, los campesinos tardaban en reaccionar aún cuando les llegaron las
noticias de las rondas campesinas de Cajamarca; fueron necesarios los desastres naturales
de 1983, los que pusieron su precaria economía familiar al bordo del colapso.

NOTAS
1. La sierra del departamento de Piura comprende las provincias de Huancabamba y Ayabaca y
algunos distritos de la provincia de Morropón. No consideramos el distrito de Huarmaca, que
políticamente pertenece a la provincia de Huancabamba, pero en realidad está más ligado a
Olmos y Chiclayo en el departamento de Lambayeque, y por su aislamiento no fue incluido en
nuestro estudio.
2. Según el obispo Martínez Compañón, las parcialidades de Huancabamba eran Cabeza. Segunda.
Quispampa, Huarmaca y Forasteros (Ramírez, 1966: 61). Quispampa es actualmente comunidad
campesina; otra de las comunidades antiguas de Huancabamba lleva el nombre Segunda y Cajas.
3. Dicho sea de paso, las diferencias entre las provincias de Ayabaca y Huancabamba —
Hocquenghem (1989: 139) habla de “fronteras culturales” — se dejan sentir hasta la actualidad:
los campesinos ayabaquinos tienen aún hoy día la fama de matones, mientras los
huancabambinos pasan más bien por conformistas, o en términos positivos, por “más
civilizados”. “Este mito — dice Anne Marie Hocquenghem (1989: 145) — podría tener su origen en
el incanato; actualmente Huancabamba no tiene una mejor educación que Ayabaca: sólo quedan
en esta región más recuerdos de una antigua tradición inca”.
4. Esta ley impulsada por los parlamentarios del PSP fue aprobada en el Congreso en setiembre de
1933, pero los hacendados lograron impedir su promulgación hasta 1947. Véase sobre el trabajo y
la influencia del Partido Socialista en Piura — notable excepción en el “sólido norte aprista” —
Castro Pozo (1947) y Apel (1991: 1993).
5. Lo que Gonzalo Portocarrero (1993a: 17-31) llama “dominación total”.
6. La traducción es mía y viene de la edición alemana de su libro Injustice.
7. “Los que peleaban borrachos iban a la casa hacienda a cargar 100 piedras cada uno, cada uno
100 piedras; cargaban un día unas 15 ó 20. En la noche al cepo. El cepo era un palo partido, de
siete puntos, allí ponían los pies bien abiertazos y allí se le ponían la tapa encima y un candado.
En medio tenía un hueco más grande, allí los ponían bocabajados a los que eran muy rateros o
que mataban. Y beta [latigazos], icarajo!, bien calatos, que coma la sangre, así castigaban. Había
respeto. Castigaba el empleado de la hacienda que se llamaba mayordomo o administrador; unos
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le decían mayordomo, otros administrador. Ese mandaba en todita la hacienda”. Recuerdos de un


ex-colono de la hacienda Pariguanás. entrevistado el 22.5.89.
8. Sistema Nacional de Movilización Social, organismo creado por el gobierno militar.
9. En setiembre de 1991 fuimos testigos cómo de los ocho “peones” que habían prometido
ayudarle al campesino Esteban Montalbán en la cosecha de arvejas, sólo aparecieron tres. Dos de
ellos se marcharon después del opulento desayuno (la esposa de don Esteban había preparado
desde la madrugada tortillas para los ocho que esperaba) sin condescender a los ruegos y
protestas de su anfitrión. Todavía no habían recobrado sus fuerzas después de una borrachera en
la noche anterior. El mismo día encontramos a un malhumorado presidente de la Comunidad
Campesina Challe Grande; tenía que trillar su trigo solo, porque sus “peones” le habían fallado.
10. Un ejemplo ilustrativo del pragmatismo de los campesinos se da en el caserío de Challe
Grande, donde la mayoría votaba a favor del reconocimiento como comunidad campesina,
porque la medición individual de las tierras y la inscripción en el catastro hubieran resultado
mucho más caras.
11. El Banco Central de Reserva se apoya en 13 factores para sacar, en un complicado
procedimiento de conversión, sus conclusiones: (1) ingreso promedio por persona ocupada; (2)
porcentaje de población en edad escolar que asiste a locales de enseñanza (de 5 a 19 años); (3)
porcentaje de población analfabeta de 15 años y más; (4) porcentaje de población de 15 años y
más sin primaria completa: (5) porcentaje de población de 15 años y más con educación superior;
(6) porcentaje de población ocupada infantil (de 6 a 14 años); (7) porcentaje de viviendas sin agua
potable: (8) porcentaje de viviendas sin desagüe; (9) porcentaje de viviendas sin alumbrado
eléctrico: (10) déficit de vivienda; (11) porcentaje de capitales de distrito sin conexión vial; (12)
número de establecimientos de salud por cada 10.000 habitantes; y (13) número de camas
hospitalarias y de internamiento por cada 1,000 habitantes.
El análisis del proyecto de las Naciones Unidas está basado en siete indicadores: (1) ingreso
laboral promedio anual per cápita; (2) tasa de analfabetismo; (3) tasa de escolaridad; (4)
porcentaje de viviendas que no cuentan con agua potable; (5) porcentaje de viviendas que no
cuentan con desagüe; (6) tasa de mortalidad infantil; y (7) porcentaje de la población
económicamente activa en el sector agricultura, caza y silvicultura.
Amat y León utiliza para su estudio diez factores: (1) salario mínimo vital; (2) esperanza de vida;
(3) maternidad infantil; (4) tasa de analfabetismo; (5) población sin primaria completa; (6)
viviendas sin agua; (7) viviendas sin alumbrado; (8) PEA en agricultura; (9) población rural/
urbana; y por último el porcentaje de población residente en poblados de menos de 20.000
habitantes.
12. Con otros indicadores, como por ejemplo la productividad de la agricultura o el contenido de
calorίas en la alimentación, la región posiblemente hubiera quedado algo mejor. Sin querer
disimular la pobreza que sobre todo en las zonas de altura, alejadas de las capitales de provincia,
es sin duda alarmante, cabe mencionar que la sierra de Piura no conoce los desastres que
periódicamente afectan por ejemplo Puno, donde los campesinos en el caso extremo se ven
obligados a vender o regalar sus hijos (Stein y Monge. 1988: 118). Sobre la gran excepción, las
lluvias torrenciales de 1983, vamos a hablar más abajo.
18

Las rondas campesinas

LOS COMIENZOS
1 Hasta donde hemos podidoaveriguar, la primera ronda campesina en la sierra de Piura
fue organizada en el año 1980 por un puñado de ganaderos acomodados en Hualcuy,
caserío de los alrededores de la ciudad de Ayabaca. Uno de ellos, posiblemente enterado
por radio o periódico de las organizaciones de Cajamarca, trató de animar a sus vecinos.
Al comienzo fueron pocos los que le hicieron caso; solamente cinco hombres empezaron a
trabajar con él. Pero con el tiempo la insistencia de los iniciadores dio resultados y cada
vez más campesinos se juntaron, hasta ser suficientes para formalizar la organización.
Uno de los fundadores recuerda:
“Mucha gente iba ya aprobando, pero el resto de la gente como nunca ha sido
acostumbrada a vivir unida, todos hacíamos la defensa por sí solo, entonces no
teníamos unión, y se crió pues esa ola de ladrones y asaltantes, y principiamos a
reunimos, al final ya principiamos a hacer acuerdos ya con la gente, llegamos a
unirnos, serían unas 100 personas, allí formamos una directiva.” (Entrevista con G.
J., Ayabaca 24.6.90).
2 Esta pequeña remembranza indica ya una característica que más tarde se repetiría en
toda la sierra piu-rana: la organización de las rondas campesinas siempre fue, y es, un
acto explícito y formal, iniciado por la elección de una junta directiva conformada por el
presidente, el vicepresidente y un variado número de secretarios.
3 Otro de los rasgos comunes de las rondas manifiesto desde los inicios es su estricto
legalismo, es decir la firme voluntad de actuar dentro de las márgenes de la ley. El primer
acto oficial de la flamante directiva de la ronda de Hualcuy fue inscribir a su agrupación
en los registros públicos, sin olvidar la referencia al artículo correspondiente de la
Constitución que permite la libre asociación de los ciudadanos para fines lícitos. Empero,
como se habían enterado de las tensiones existentes entre rondas y autoridades en
Cajamarca, evitaron el término “Ronda Campesina” y bautizaron su organización
prosaicamente como “Asociación de Conductores Directos Almirante Lizardo Montero”. 1
4 Finalmente, llama la atención el carácter decisivamente defensivo de las rondas;
“hacíamos la defensa por sí solo”, dice nuestro informante. Este aspecto es sustancial en
la autopercepción de los ronderos; se sienten a la defensiva frente a las intolerables
19

condiciones de vida, causadas sobre todo por los robos y por la ineficacia del poder
público. Muchas veces sus organizaciones llevan el nombre de “Comité de Autodefensa”.
5 Cuando los ronderos de Hualcuy empezaron con su labor, el abigeato en toda la provincia
de Ayabaca había aumentado desmesuradamente, sin que la policía y el poder judicial
hubieran demostrado capacidad (o intención) de ponerle freno:
“Todas esas ideas que se nos vino era a falta pues que nosotros no teníamos ninguna
garantía, ningúnapoyo por decir de autoridades. Si no, no hubiera sucedido eso, si
la autoridad hubiese dado apoyo, garantía, hubiese frenado esa delincuencia, no se
lo hacía. El problema más grave era el abigeato. De allá ya resultaban asaltos,
estaban asaltando ya las casas. El abigeato vino después que vino la Reforma
[Agraria], se retiraron los hacendados, porque antes había respeto. El hacendado
hacía respetar su hacienda. Entonces la gente se quedó suelta, ya no hubo respeto a
nadie. La autoridad no formó respeto, entonces ya ellos tomaron esas ideas. Eso era
por toda la zona de Ayabaca.” (G. J.).
6 Conforme a su orientación legalista, al comienzo los ronderos entregaron los abigeos
capturados a la Guardia Civil. Pero en vez de recibir reconocimiento y ser alentados, no
solamente se dieron con la sorpresa de ver a los delincuentes libres casi al instante sino
además tuvieron que enfrentar serias represalias:
“Ha demorado bastante el éxito, demoraba porque los abigeos los capturábamos,
pero los presentábamos a la autoridad, y la autoridad les daba libertad, entonces
ellos seguían vuelta con la misma idea, más furioso iban a robar y a amenazar.
Hemos vivido sufriendo, porque los cabecillas nos encontrábamos amenazados a
muerte, inclusive nos espiaban por algunos sitios, pero felizmente no sucedía nada,
no mataron a ningún cabecilla. Por otros sitios cuando organizaron ronda ha
habido muertos, pero por nuestra zona no. Las autoridades no estaban de acuerdo
con la organización. Principiamos pues en parte a flagelarlos a los abigeos, entonces
ellos se quejaban a las autoridades y las autoridades les apoyaban, entonces estaban
en contra de nosotros. Así hemos luchado.” (G. J.).
7 En estos primeros tiempos eran habituales los incidentes hostiles entre ronderos y
autoridades. Sucedió, por ejemplo, que una noche un grupo de ronderos sorprendió a dos
miembros de la Guardia Republicana robando ganado. Un joven profesor quien enseñaba
en el caserío y había apoyado mucho a la ronda, se encargó de denunciarlos en la
comisaría de Ayabaca. Debido a su compromiso con las rondas, ya había sufrido
represalias (“Este es profesor, dijeron, sabe más. Me trataron como elemento peligroso”,
entrevista con G. G., Ayabaca 6.5.90). Cuando a pesar de las intimidaciones y las amenazas
insistió en su denuncia, los policías le tendieron una trampa, introduciéndole un “kete”
de pasta básica en su cuarto. Pero al parecer lo hicieron de manera tan torpe que la PIP
(Policía de Investigaciones, hoy en día Policía Nacional) se vio obligada a soltarlo de
inmediato. Sin embargo, el juez instructor firmó una orden de captura y el hombre tuvo
que aguantar seis meses en la cárcel de Piura hasta lograr la libertad condicional. Los
campesinos de su caserío y la FRADEPT (Federación Regional Agraria de Piura y Tumbes)
organizaron una colecta y una ONG especializada en derechos humanos puso un abogado.
Después de cuatro años de juicio la Fiscalía de la Nación dio por concluido el caso,
constatando la inocencia del inculpado.
8 Fue uno de los tantos casos donde las autoridades trataron de perjudicar a las
organizaciones. Sobre todo fueron los policías quienes no quisieron conformarse con esta
competencia impensada. No solamente los corruptos y ladronzuelos, si bien éstos tal vez
no eran precisamente la minoría, sino también los más honestos y honrados, no podían
aceptar ser reemplazados tan fácilmente por los mismos campesinos ignorantes a lo
20

cuales siempre habían tratado como seres inferiores, sin ocultar su menosprecio. Son
pocos los casos en la sierra de Piura en los que la ronda no enfrentó problemas con la
policía y/o el poder judicial. Un día en Huancabamba, los ronderos de Pulún rodearon con
aire desafiante el local de la PIP para presionar por la liberación de sus compañeros
injustamente presos. Años después, en la misma ciudad, unos 2,000 ronderos (con el
consentimiento disimulado de algunas autoridades) corrieron al fiscal que se había hecho
notorio por corrupto.
9 La actitud de las autoridades políticas, en cambio, fue ambigua. Los subprefectos de
Ayabaca y Huanca-bamba incluso saludaron explícitamente las nuevas organizaciones y
les ofrecieron su apoyo. A niveles inferiores, con los gobernadores o tenientes
gobernadores los problemas a veces fueron más serios. Eso tiene que ver, sin duda, con la
estructura de poder en los caseríos, porque a menudo los presidentes de las rondas
campesinas aventajaron rápidamente a las autoridades habituales. Tampoco faltaron las
maniobras políticas; como las rondas contaban con la simpatía (no siempre desinteresada)
de la izquierda, eran blanco casi natural de los gobernadores de distintas afiliaciones
partidarias.
10 Por otro lado, sobre todo los forajidos “profesionales” no estaban dispuestos a abandonar
el campo sin resistencia. Hubo varios enfrentamientos violentos entre ronderos y abigeos,
incluso con muertes como la del presidente de la ronda de Hierbas Buenas, victimado por
un delincuente en un acto de venganza. Mucho más fácil fue, comparativamente, la
conversión de los “descuideros”, es decir los ladrones ocasionales que de vez en cuando
no resistían a la tentación y a su vez casi siempre habían sido víctimas de robos similares.
Un buen número de ellos se convirtieron después en destacados ronderos.
11 Para “enderezar” a los más renuentes, los ronderos tenían también sus medios. Una vez
convencidos de que la entrega de los malhechores a la policía no tenía sentido,
recurrieron más y más a la autojusticia —justicia campesina, según ellos— en forma de
sanciones físicas, siguiendo el ejemplo de las rondas cajamar-quinas:
“Nosotros empezamos a castigar en forma de ejercicios, pero después cuando ya
aprobaron que la ronda en Cajamarca decían que tenían que darles látigo, entonces
también se han usado por acá, y ahora les dan sus látigos.” (G. J.).
12 Las sanciones son decididas en asamblea, y cada uno de los presentes, sea rondero o no,
tiene derecho de intervenir. Recién cuando se ha escuchado y discutido todos los pros y
contras, se toma la decisión sobre el castigo:
“Todas las sanciones se hace en asamblea general, nunca, nunca se hace así nomás.
Todo es en asamblea general, y todas las cosas son aprobadas. Así nomás no.” (G. J.).
13 Según el delito, la sanción puede consistir en unos latigazos con el chicote, que de esta
manera ha devenido el símbolo de la justicia campesina. Los golpes por lo general no son
muy fuertes, es más bien un castigo simbólico cuya eficacia reside en los efectos
psicológicos: es sobre todo la vergüenza de sufrir tal desgracia en público, bajo las injurias
o, según el ánimo, las carcajadas de los demás. Y hay mecanismos para acentuar aún estos
efectos, en una sociedad tan machista como la que estamos describiendo: en la ronda
urbana de Huancabamba, por ejemplo, el Comité de Disciplina — encargado de la
aplicación de los castigos — está constituido por cinco mujeres. Caso parecido nos
cuentan de Cuicas, en el distrito de Frías, donde la ronda amenaza con la señora A.; ello
lleva a que uno y otro guapo se pongan a rogar: “que me den el doble, pero que no me
pegue una mujer”.
21

14 Hoy en día, sin embargo, ya no es frecuente el uso del chicote, se prefiere sanciones en
bien de la comunidad, como por ejemplo la fabricación de cierta cantidad de adobes para
la casa comunal. Pero en los comienzos, a veces fue imprescindible poner mano dura, y
también se produjeron excesos como en el caso de los ronderos de un caserío cercano a
Frías, quienes pisotearon un abigeo hasta que perdió la conciencia, causándole graves
contusiones. Otros incurrieron en métodos algo más barrocos como poner al delincuente
un saco con el rótulo “soy ladrón” o vestirlo de faldas y pasearlo con mucha vocinglería
por todo el pueblo, como ocurrió en las inmediaciones de Huancabamba.
15 Antes del castigo se insistía que el incriminado se declarase culpable, y para evitar
represalias lo hacían firmar un acta. Sin duda es discutible la manera como a veces se ha
logrado estas declaraciones:
“Entonces hay gente que voluntariamente no declara, pero cuando ya ven que la
cosa va a ser seria, entonces ya principian a declarar voluntariamente. El castigo les
dan cuando ellos aclaran todo el hecho.” (G.J.).
16 Los ronderos se justifican invocando la necesidad de actuar así: los robos aumentaban
cada vez más y las autoridades, según ellos, se quedaban con los brazos cruzados.
Abstengámonos por ahora de un dictamen ético, tan sólo constatemos el éxito que las
rondas campesinas tuvieron con estos métodos un tanto rudos. Poco a poco lograron
reducir y controlar el abigeato; pero a pesar de ello, las organizaciones aún no se
extendían a otras zonas en donde los problemas eran igualmente graves. Los caseríos de
Huancacarpa Alto y Bajo, unas cinco horas cuesta arriba de Huancabamba, en donde los
tenientes gobernadores impulsaron la organización, y una comunidad con el sintomático
nombre “Luchadores Unidos de San Luis” cerca de Pacaipampa, fueron las contadas
excepciones. Eran casos aislados. Recién después de la crisis de 1983, las rondas
campesinas se extendieron rápidamente en toda la sierra de Piura.

LA CRISIS DE 1983
17 Aún en un país tan golpeado por la crisis económica y la violencia política, como el Perú,
el año 1983 con sus desastres climáticos es recordado como uno de los más funestos. En la
sierra sur, la sequía forzó a millares de campesinos a abandonar sus chacras y trasladarse
hacia las ciudades como Arequipa para mendigar. Mientras tanto, en la costa norte el
calentamiento de las aguas marinas, causado por la corriente “El Niño”, originó lluvias
diluvianas con consecuencias igualmente catastróficas.
18 Entre diciembre de 1982 y junio de 1983, el departamento de Piura sufrió los desastres
climatológicos más graves desde tiempos inmemorables. Las lluvias devastaron casi por
completo la infraestructura productiva del departamento; puentes y canales no
resistieron la presión del agua y fueron destruidos, igual que las carreteras; en la ciudad
de Piura cerca de 54,000 familias quedaron temporalmente sin domicilio; y las aguas
salobres causaron plagas y enfermedades infecciosas.
19 Fue la costa la que sufrió más las consecuencias de los diluvios, pero también los pueblos
de la sierra, sobre todo los situados en la vertiente occidental, se vieron gravemente
afectados:
“En la provincia de Ayabaca, los distritos de Pai-mas, Sapillica, Frías, Pacaipampa y
Sicchez fueron los más afectados. En ellos se produjeron derrumbes de tierra y
daños en viviendas y locales públicos en especial del sector rural. Asimismo, la
población de toda esta provincia sufrió por escasez y desabastecimiento de
22

productos de primera necesidad tales como azúcar, fideos, sal, conservas,


combustibles y medicinas, los que era imposible transportar por vía aérea a causa
del mal tiempo reinante.... A nivel de toda la provincia de Ayabaca se estima que
han sido dañadas 1,030 viviendas, dejando a 1,008 familias damnificadas. La
provincia de Huancabamba presenta una situación similar a Ayabaca pues desde el
mes de enero, la capital provincial y el resto de sus distritos estuvieron totalmente
aislados, dado que los huaycos que caían sobre las carreteras destruían y cubrían
con grandes capas de lodo diversos troncos de estas. ... Esto produjo un gran
desabastecimiento de artículos de primera necesidad en todos los pueblos de esta
provincia, en especial en los más alejados como Huarmaca, Sondorillo y El Carmen
de la Frontera.” (INP-Piura, 1983: 116).
20 Ante esta situación se agudizaron todos los problemas existentes desde tiempos atrás en
la zona. Pero fue sobre todo el abigeato el que se convirtió en un verdadero azote. Cierto
que siempre había robos, pero a partir de ese momento empezó a desaparecer no
solamente el ganado mayor, hasta ese entonces blanco casi exclusivo de los abigeos, sino
virtualmente todo: burros, cabras, gallinas, pavos. De las chacras robaban la yuca y los
choclos, y de las casas todo lo posible de ser convertido en efectivo. Es frecuente escuchar
en los pueblos anécdotas como la de la señora de Tala-neo que se acostó con una soga
alrededor de la cintura, a la cual había amarrado su toro, y a la mañana siguiente
amaneció ensogada con un tronco en vez del toro. Muchos llevaban el ganado de noche a
su casa, así que la frivolidad del presidente de la ronda campesina de Huancabamba, de
que “antes dormíamos con el ganado, hoy dormimos con la mujer”, no es sino una
descripción lacónica de la realidad.
21 Lo nuevo y más preocupante de esta situación era que la pérdida de una vaca o un caballo
ya no era solamente dolorosa, sino una cuestión de sobrevivencia. En el distrito de
Paimas, por ejemplo, los campesinos perdieron casi toda su cosecha y se vieron obligados
a comprar sus alimentos, pero esto sólo fue posible para los pocos que lograron recibir un
crédito del Banco Agrario o los que tenían algunas cabezas de ganado para vender.
22 Y claro, ya no fueron solamente los abigeos “profesionales” quienes salían a robar, sino
virtualmente toda la población, lo que sumado al desastre económico causó graves
problemas sociales. Reinaba una desconfianza generalizada, una manera de lucha de
todos contra todos, como lo expresó un anciano quien, al ser entrevistado años después,
era vocal de su comunidad y todo un ejemplo de honradez y moralidad:
“Ya no había vida, y ¿qué hacíamos? Si nos robaban teníamos que robar, si no nos
quedamos sin nada”.
23 En estas circunstancias se manifestó con toda claridad el vacío de poder y de autoridad
dejado por los hacendados y que el Estado en ningún momento fue capaz de llenar. La
ausencia del Estado en el campo, sin embargo, no es particular a la sierra norte, sino algo
característico en toda la serranía del Perú. Lo particular es que a diferencia del
campesinado de la sierra central y sur, donde la “administración centralizada de los
recursos colectivos crea un nivel de autoridad a la cual deben obedecer las familias
miembros de la comunidad campesina” (de la Cadena, 1989: 78), los campesinos de Piura
no contaron con formas propias de organización comunal para enfrentar estos
problemas. Tenían que buscar otros modelos para seguir adelante, y lo encontraron en
Cajamarca. Este es el momento del despliegue de las rondas campesinas en toda la sierra
de Piura.
23

EL DESPLIEGUE DE LAS RONDAS


24 La anarquía causada por las lluvias de 1983 convenció, por fin, a los más reacios de la
necesidad de reaccionar. A partir de allí, las rondas campesinas se extendieron
aceleradamente, y dos años después abarcaron virtualmente toda la sierra. Poco después
se organizaron los campesinos en los valles cálidos a lo largo de la frontera con Ecuador,
de ahí siguieron los colonos de San Lorenzo, hasta que las organizaciones llegaron a los
barrios de las ciudades costeñas, en forma de rondas urbanas.
25 El rápido despliegue de las rondas parece indicar un proceso dirigido; sin embargo, fueron
iniciativas individuales y no coordinadas las que se abrieron paso. En la mayoría de los
casos fueron los mismos campesinos quienes empezaron por reunir a los vecinos, aunque
tampoco faltaron los organizadores con motivos políticos al menos subliminales. Entre
estos últimos encontramos sobre todo a profesores, en su mayoría ligados al SUTEP
(Sindicato Unico de Trabajadores en Educación del Perú) y a partidos de izquierda,
quienes comprendieron rápidamente que el momento les era favorable.
26 La influencia de estos profesores, en su mayoría hijos de campesinos y estrechamente
ligados a la vida en el campo, ha sido crucial ante la ausencia de organizaciones gremiales:
la FRADEPT era prácticamente desconocida en la sierra; las Ligas Agrarias, incluso la de
Ayabaca — la primera que se había formado en todo el Perú en tiempos de Velasco —,
existían solamente en el papel y fueron reorganizadas recién cuando aparecieron las
rondas; SINAMOS ya no existía desde tiempos atrás; el Partido Socialista mantenía su
último fortín en la zona petrolera de Talara, y los demás partidos políticos se hacían
presentes a lo más en vísperas de elecciones.
27 A pesar de los intereses partidarios que motivaron a uno y otro maestro a comprometerse
con las organizaciones, el discurso del carácter estrictamente apolítico de las rondas
campesinas fue más que palabras vanas. Por un lado, quienes estaban enterados de los líos
entre las diferentes federaciones en Cajamarca querían evitar problemas semejantes
(véase Rojas, 1990), por otro lado, conocían muy bien la aversión del campesinado a “la
política”. Por lo menos en los primeros años, cuando las rondas todavía no estaban
consolidadas, aceptaron también coaliciones tácticas desacostumbradas:
“Yo andaba con baldes pintando las paredes con 'Barrantes'. Pero empezábamos a
hablar con gente de Acción Popular, y para las rondas aceptaban. ... Yo iba de lugar
a lugar, domingo por domingo, fue un trabajo de casi un año. ... Yo seguía con gente
que me acompañaba, me apoyaba, no teníamos ni un sábado ni domingo. Era un
gran problema para mí, porque el supervisor me decía, oye, tú, ¡cuídate! Yo me
defendía, era fuerte para que el maestro se comprometa al poder de las rondas. En
Simirís por ejemplo la mayoría de los dirigentes ronderos eran profesores. En
Pambarumbe éramos cinco profesores, y no teníamos ni una vaquita, pero todos
rondábamos, ves. Entonces, es que la gente decía, ah, mira, ellos rondan y no tienen
nada, entonces ¿por qué es que nosotros no rondamos? Así que avanza la ronda.”
(Entrevista con el profesor E. L., Piura 1.4.89).
28 En los inicios se trató en primer lugar de controlar los robos; una vez logrado eso, de
ampliar poco a poco el ámbito de acción. Más tarde sí se dieron algunos intentos de
fragmentar las organizaciones mediante la creación de federaciones con diferentes
afiliaciones partidarias; sin embargo, estas intenciones se vieron frustradas al poco
tiempo, al igual que algunas iniciativas personales para beneficiarse del prestigio de las
rondas.
24

NUEVAS TAREAS
29 Los éxitos de las rondas campesinas en la lucha contra el abigeato motivaron una
paulatina ampliación de sus espacios de intervención. Hoy en día, su tarea fundamental es
sin duda la imposición de normas sociales: es la ronda a la que acuden los pobladores con
sus preocupaciones y demandas de cualquier naturaleza. Una recopilación arbitraria de
los casos tratados en los últimos años por el comité en uno de los caseríos, confirmaría
que la ronda hoy en día se encarga de la solución de todas las desavenencias imaginables
que perjudican la tranquilidad en los pueblos: del robo de una pelota en la escuela hasta el
daño causado por un chancho en la chacra del vecino; de la sospechosa pérdida de una
alforja con granos hasta el abandono de la esposa a causa de un chisme; de los
interminables pleitos entre vecinos que no quieren entenderse hasta el acoso sexual; etc.,
etc.
30 El aspecto que quizás más distingue a las rondas campesinas de la justicia formal, en el
tratamiento de los conflictos, es la búsqueda del consenso. Los ronde-ros y las personas a
las cuales tienen que enfrentarse en ciertas circunstancias como “casos”, están
entrelazados por múltiples relaciones sociales que abarcan todas las esferas de la vida, y
no solamente esta situación particular, es decir el “juicio”. Son los mismos vecinos,
primos o cuñados con quienes hay que convivir aún después del trato, de tal manera que
un simple “ajusticiamiento” no soluciona el problema. La meta, entonces, no puede ser el
castigo, sino buscar la conciliación, “hacer el balance” como lo expresa Laura Na-der en
su trabajo sobre los zapoteca en México.2
31 Detrás de la aprobación generalizada de las rondas campesinas está entonces no
solamente el hecho que su manera de administrar justicia es “directa, rápida y barata”
(López, 1986: 21), sino también, como observa Brandt en su trabajo sobre la justicia
informal en el Perú,
“... el hecho de que los miembros de estos fueros pertenecen a la misma clase social
y a la misma cultura, que los agentes y las partes se conocen, que hablan el mismo
idioma.” (Brandt, 1987: 146).
32 En algunos caseríos existe la intención de aprovechar el prestigio de las rondas para el
desarrollo comunal, es decir para enfrentar los problemas de educación, 3salud y, sobre
todo, comercialización de los productos agropecuarios. El problema mayor que tienen que
afrontar los campesinos de la sierra son las condiciones sumamente desfavorables de su
integración al mercado: los bajos precios que reciben por su producción y los costos
elevados de la mercadería que deben de comprar. Si bien este asunto es discutido en los
eventos de las rondas, hasta ahora no logran aprovechar el potencial de las
organizaciones. Aquí se muestra sin duda una seria limitación de las rondas campesinas.
33 Es naturalmente una organización que tiene muchas deficiencias. En los capítulos
siguientes veremos algunos ejemplos de rondas campesinas que funcionan bien, pero para
no caer en triunfalismo hay que admitir también la existencia de casos en los cuales la
ronda está desorganizándose o donde se ha dividido por pleitos internos. Pero con todos
sus imperfecciones y carencias, la ronda campesina hoy en día es una fuerza irrefutable
en la sierra de Piura; nada podría expresar mejor su prestigio que las palabras de don
Augusto Morocho, experimentado rondero de Paimas: “Después de Dios y la Virgen está la
Ronda”.4
25

LA CENTRALIZACIÓN
34 Desde que se empezaron a formar las rondas campesinas hubo intentos, sobre todo por
parte de los profesores ligados a partidos políticos, de reunir los diferentes comités
locales en agrupaciones mayores. Es en su centralización donde se encuentra el potencial
para el cambio social de este movimiento campesino; no puede sorprender entonces que
las influencias y querellas políticas se manifiestan más en torno a las centrales y
federaciones que a nivel de los caseríos.
35 Sobre la cuestión de cómo asociar las rondas campesinas hubo discrepancias, no
solamente entre las diferentes corrientes políticas sino también entre los partidos de la
izquierda radical que en ese tiempo tenían cierta influencia en Piura. La polémica se había
encendido ya en Cajamarca entre el Partido Comunista del Perú “Patria Roja” y el Partido
Unificado Ma-riateguista (PUM). El PUM, que controlaba las posiciones claves en la
Confederación Campesina del Perú (CCP), pretendió la afiliación de las rondas a
organizaciones gremiales ya existentes, mientras que Patria Roja apuntaba a la creación
de federaciones propias a nivel departamental —como lo habían realizado en Cajamarca—
y nacional.
36 Hugo Blanco, figura con larga trayectoria en el movimiento campesino peruano y en ese
entonces Secretario de Organización en la CCP, exponía así los motivos de la posición del
PUM:
“... existe un peligro con la extensión indiscriminada de la organización de rondas.
Si éstas se organizan donde no haya otra organización campesina está muy bien.
Tampoco es malo que donde haya otra organización campesina, por ejemplo una
comunidad, el organismo de autodefensa surgido de esta comunidad se llame ronda
campesina. El peligro está en que donde ya haya comunidad campesina se organice
una ronda con independencia de ella, haciendoel paralelismo, lo que en
unaorganización de características semimilitareses más grave. Se ha dado ya por lo
menos un caso de esos, por ello advertimos contra ese peligro. La comunidad debe
ser soberana, no lo olvidemos.” (Blanco, 1987: 22).
37 En Piura, el PUM contaba con la mayoría, en comparación con los otros partidos de
izquierda, y controlaba además la FRADEPT. En el cuarto congreso de la Federación
Agraria, en julio de 1985, su modelo fue aprobado: las rondas campesinas iban a ser
centralizadas en la FRADEPT. Según la ideología que, conforme a las palabras de Hugo
Blanco, “la comunidad era la madre y la ronda la hija”, estas últimas quedarían sometidas
a la autonomía comunal en calidad de comité especial. Al mismo tiempo, se reactivó la
Liga Agraria de Ayabaca que agrupaba las comunidades de la provincia y, en caso de no
existir comunidad, a los comités de rondas campesinas. Es incuestionable que de esta
manera se pudo evitar muchos problemas presentes en Cajamarca, causados por la
competencia entre las diferentes federaciones.
38 En Huancabamba, en cambio, la influencia de la izquierda fue insignificante; allí se
impuso Acción Popular que lanzó la creación de una federación a nivel provincial, la cual
vamos a examinar más adelante. Es uno de los casos específicos que trataremos en detalle
para entender mejor el funcionamiento de las rondas campesinas: las centrales de rondas
campesinas del distrito de Frías y de la provincia de Huancabamba, los campesinos
parcelarios de Túnel VI en el distrito de Paimas, y la comunidad campesina de Simirís.
26

NOTAS
1. El ayabaquino Lizardo Montero, durante la Guerra del Pacífico, fue brevemente Presidente
Constitucional del Perú.
2. “To make the balance”, ver Nader (1969). Es interesante comparar nuestras observaciones con
las de Laura Nader entre una sociedad campesina tan tradicional como la zapoteca: “... hay una
constante que para nuestros propósitos podemos brevemente describir como el valor puesto en
lograr el equilibrio entre los litigantes. Es el compromiso adquirido por adjudicación o, en
algunos casos, la adjudicación basada en compromiso. El arreglo de un determinado litigio puede
multar, aprisionar, ridiculizar, o absolver a los involucrados en un caso, pero la meta es rectificar
la situación alcanzando o reinstalando un equilibrio entre los partidos enredados en un litigio. ...
Cualquiera que fuesen los factores que entran en el proceso de toma de decisión, la restauración
del equilibrio determina el arreglo final y es la meta de este sistema de arreglos de litigios” (ibíd.:
69). La traducción algo libre es mía.
3. Son notorias las sanciones a los profesores “faltones”, pero también hubo actividades como
por ejemplo las que organizó la ronda de Frías con el fin de adquirir útiles escolares para los más
necesitados.
4. Palabras expresadas durante la “Convención de Rondas y Comunidades Campesinas” el 27 y 28
de enero de 1990. en la cual varios centenares de campesinos llenaron el Coliseo de Gallos en
Ayabaca.
27

Frías

1 El distrito de Frías pertenece a la provincia de Ayabaca y se extiende desde los valles


calientes de los ríos Yapatera y San Jorge hasta la meseta de unos 3,000 metros de altitud,
conocida como “Los Altos de Frías”. El pueblo, situado a unos 1,700 metros en un paisaje
pintoresco entre las cumbres del Huamingas y de la Bella Durmiente, y sus anexos tienen
sus orígenes en una de las tres reducciones toledanas de la sierra de Piura. Sin embargo,
es necesario recalcar que en la región no existen comunidades campesinas tradicionales
surgidas de estas reducciones. Hasta los años setenta el 10% de la superficie del actual
distrito era controlado por campesinos parcelarios, el resto pertenecía a las haciendas
Pariguanás y Poclús con sus respectivos apéndices en la meseta, Altos de Pariguanás y
Altos de Poclús.
2 Ambas haciendas fueron afectadas por la reforma agraria del gobierno militar, aunque la
parte alta de Pariguanás había sido parcelada ya en los años cincuenta. Hoy en día, la
mayor parte de las tierras del distrito son conducidas por un total de 13 comunidades
campesinas, todas resultantes de la reforma agraria, las cuales han logrado su
reconocimiento legal en los años ochenta, en su mayoría después del primer Rimanakuy 1
del gobierno aprista el 11.5.1986 en Piura.
3 Se trata, entonces, sin excepción de comunidades nuevas, y eso no solamente en lo que se
refiere a la fecha del reconocimiento. Un buen número de comunidades en todo el Perú se
ha registrado en los ochenta; sin embargo, para muchas de ellas esto significó sólo la
afirmación legal de un estado socioeconómico real existente desde hace siglos. En Frías,
como en la mayoría de los casos en la sierra de Piura, los flamantes comuneros no podían
sostenerse en una tradición remota de organización comunal. Sus comunidades son
agrupaciones artificiales, productos de la voluntad política de diferentes gobiernos de
turno; no son expresión orgánica de la administración mancomunada de un determinado
territorio, sino medio para el acceso a programas de apoyo gubernamentales, créditos
baratos y, sobre todo, a la tenencia de tierra garantizada.
4 La mayoría de los ex-colonos y ahora comuneros se quedaron con las parcelas que habían
arrendado a la hacienda. Pero algunos habían adquirido su lote ya antes de la reforma
agraria, cuando los hacendados iniciaron las parcelaciones; y otros, foráneos muchas
veces, compraron después de la reforma a beneficiarios que tuvieron dificultades
económicas o migraron hacia la costa. Es así que la composición de las comunidades es
28

muy heterogénea; también existe, aunque prohibido por la ley, un buen número de
campesinos poseedores de tierras en dos o más comunidades. Sea como fuera, en todo
caso es notoria una autopercepción de campesinos parcelarios; “somos comunidad, pero
comunidad privada” es la manifestación elocuente, escuchada en varias oportunidades,
de una concepción expresamente individualista de la comunidad campesina;
individualismo que, sin embargo, no impide cierta flexibilidad y astucia en la utilización
de los reglamentos legales.

Comunidades campesinas en Frías

*sin información.
Fuente: CIPCA, 1988; para Silaguá Apel. 1993.

5 La ley define las comunidades campesinas como “... organizaciones de interés público, con
existencia legal y personería jurídica, integradas por familias que habitan y controlan
determinados territorios, ligados por vínculos ancestrales, sociales, económicos y
culturales, expresados en la propiedad comunal de la tierra, el trabajo comunal, la ayuda
mutua, el gobierno democrático y el desarrollo de actividades multisectoriales, cuyos
fines se orientan a la realización plena de sus miembros y del país.” (art. 2 de la Ley N°
24656 — Ley General de Comunidades Campesinas— del 30.3.87). En Frías es difícil
encontrar siquiera una de estas características, y menos que todo seguramente los
“vínculos ancestrales, sociales, económicos y culturales”. Los campesinos son muy
conscientes de ello:
“La comunidad campesina acá se ha hecho el reconocimiento parece que un poco
apresurado por la cuestión de la política, porque la verdad que no se da en
Pariguanás por decirle para una comunidad campesina, si cada uno tiene su
propiedad. No se da. ... Acá se da esto de la comunidad campesina, ¿por qué? Porque
el Estado le manda plata, le manda donaciones, le da préstamos sin interés, aunque
sea que lo administran unos cuantos ese dinero, toda la gente no puede disfrutar de
ese dinero. ... Comunidad campesina yo entiendo es donde todos sembramos un
terreno y de la cosecha todos repartimos. Tenemos un ganado, y cuando vendemos,
todos repartimos. Tenemos una fábrica, al final del año hacemos cuánto y del
producto que sobra, todos repartimos. Eso se llama comunidad, pero acá no se da.
Es de nombre nada más.” (Entrevista con A. H., comunero de Pariguanás, Frías
18.1.89).
6 El parentesco, cimiento principal de la organización social andina, no tiene particular
importancia en la organización del trabajo, ni en las comunidades, ni en los pueblos que
nunca fueron sometidos a una hacienda y supuestamente deberían contar con una
tradición colectiva mucho más arraigada. Veamos el ejemplo del caserío Pampagrande en
los alrededores de la capital del distrito. Aquí la cuota de endogamia entre las
29

aproximadamente 150 familias es tan alta que comentarios malévolos atribuyen a los
niños un inusitado grado de debilidad mental. Sin embargo, sería una falacia concluir que
a partir de esta consanguinidad existe una extraordinaria coherencia comunal.
Pampagrande fue uno de los lugares donde la ronda campesina se formó con muchas
dificultades, ante la resistencia de los vecinos a participar. Hoy en día, cuando las rondas
funcionan más o menos, sus intervenciones más frecuentes consisten en imponer, bajo
amenaza de castigo, la participación de los pobladores en faerras comunales, por ejemplo
cuando existe la necesidad de arreglar los caminos después de las lluvias o cuando
tuvieron que construir un cementerio.
7 El rol del parentesco como precepto regulador del proceso productivo en las comunidades
andinas es netamente funcional. En donde las condiciones externas no exigen cohesiones
sociales, como es el caso en la sierra de Piura, no tiene mayor importancia. En Frías el
individualismo se ha propagado sobre todo en los caseríos que nunca pertenecieron a una
hacienda, donde los campesinos desde tiempos inmemoriales se sienten dueños de sus
parcelas. No cuentan con una estructura de autoridad autóctona, basada en la
organización de la producción, y ningún administrador de hacienda pudo jamás amenazar
con el cepo. El vacío de autoridad, que en Pariguanás y Poclús se dejó sentir con todas sus
nefastas consecuencias recién después del retiro de los hacendados, existía en estos
pueblos desde mucho más antes.2
8 Sin embargo, mientras que entre los campesinos parcelarios de los alrededores de Frías —
el antiguo Común de Indios— se ha establecido con el tiempo una estructura
incuestionada de la tenencia de tierra, muchas comunidades se ven virtualmente
paralizadas por líos internos. Los motivos son complejos, pero la mayoría de las veces
tienen su origen en pleitos por herencia; pero no faltan los casos en los cuales un grupo
de comuneros presiona con las disposiciones de la ley a otros comuneros que insisten en
el derecho consuetudinario o presentan títulos adquiridos a través de actos de compra-
venta. No pocas veces se trata de resolver los conflictos en forma violenta.
9 Los litigios por tierra son sin duda el punto neurálgico de las comunidades en Frías, en las
cuales tiene que comprobarse su factibilidad. Pero lo evidente hasta ahora es - en la
mayoría de los casos— más bien su carácter artificial. Ya hemos mencionado que el pro-
ceso de comunalización en la sierra de Piura, si esa es la tendencia, está lejos de haber
concluido.

LA SITUACIÓN ANTES DE LAS RONDAS


10 Si a los campesinos de la sierra piurana se les imputa un cierto carácter pendenciero, la
contribución a esta fama por parte de los pobladores del distrito de Frías ha sido sin duda
sustancial. Allí se cultiva la caña de azúcar y muchos campesinos tienen su trapiche, por
lo que nunca hace falta la primera, un trago de alto porcentaje alcohólico que goza de gran
popularidad entre los varones. Un paseo dominical por Frías a veces es una carrera de
vallas; en casi toda esquina se agrupa un puñado de hombres con una botella en la mano
que no quieren dejar pasar a nadie — peor si uno es “gringo” — sin persuadirlo de servirse
un “traguito”. El desmesurado consumo de alcohol es sin duda la raíz de muchos
problemas que perjudican a las familias en la región.
11 Hasta hace no mucho tiempo las fiestas de Frías — y las hay en demasía 3— eran famosas
por sus infaltables peleas sangrientas. Los hombres del campo (y a veces también las
30

mujeres) llegaban preparados con sus armas blancas, y cuando la primera había calentado
suficientemente los ánimos, llegaba la hora de los guapos. Bastaba un estridente “¡Ñiiija!”,
el alarido que hasta ahora les pone la piel de gallina a los frianos, y a esperar que alguien
acepte el desafío. Los duelos con puñaleta y poncho enrollado son parte elemental de la
historia social de la sierra norteña, y era noción común que una fiesta en Frías, para ser
buena, requería por lo menos un muerto. Sin embargo, no todo era tan heroico; la
mayoría de los homicidios eran actos mucho menos intrépidos.4
12 El abigeato, como en toda la sierra del departamento de Piura, siempre ha sido virulento
en el distrito. Después del retiro de los hacendados aumentó constantemente, hasta que
las lluvias del 83 originaron condiciones insoportables. Por su ubicación en la vertiente
occidental de los Andes, el distrito de Frías fue uno de los más afectados por las
inundaciones. Durante los primeros meses, cuando los aguaceros no paraban, la capital
del distrito quedó virtualmente incomunicado. La gente tenía que bajar a pie hasta
Chililique, donde empieza la planicie costeña, para cargar en sus hombros costales con
arroz o azúcar hasta su pueblo. El ejército ayudó con helicópteros, trayendo alimentos y
medicamentos y llevando enfermos que necesitaban asistencia médica.
13 En Condorhuachina, sector de la antigua hacienda Poclús y hoy en día comunidad
campesina, un huayco sepultó a 18 personas y unas 70 cabezas de ganado (INP-Piura,
1983: 118). Sobre todo en Los Altos se extendieron enfermedades de la piel y del pulmón.
Las cosechas se perdieron casi en su totalidad y las reservas fueron blanco de una plaga de
ratas. La ayuda que mandó el gobierno, si es que llegó hasta Frías, fue repartida a
voluntad de los responsables, en detrimento de los pobladores del campo. En fin, todos los
problemas que desde siempre habían azotado a la región se agudizaron de manera
insufrible; en primer lugar el abigeato convertido en una seria amenaza para la precaria
economía campesina.

LAS RONDAS CAMPESINAS


14 Pasadas las lluvias y contemplando las devastaciones, lo más importante era evitar más
pérdidas; es decir, fue urgente una solución para contener los robos. El primero que tomó
la iniciativa fue un viejo campesino de más de sesenta años. Como muchos que hoy en día
viven en los alrededores de Frías, Miguel Castro5 es oriundo de la ex-hacienda Matalacas
en el vecino distrito de Pacaipampa. A mediados de los setenta se compró un pequeño
fundo en Tucaque, una hora cuesta abajo de la capital del distrito; además se inscribió en
el Grupo Campesino Río Seco Alto para obtener acceso a los pastos naturales que iban a
ser adjudicados a la comunidad en formación. Castro necesitaba estos pastos, porque con
sus cuarenta reses es uno de los ganaderos más acomodados. Pero en ese entonces,
después de las lluvias, no tenía remedio para detener la continua disminución de su
manada.
15 En sus penurias se acordó de que poco antes se había formado un comité de rondas
campesinas en la comunidad de San Luis en Pacaipampa, cerca de su lugar de origen.
Conocía personalmente a uno de los fundadores y mandó a un muchacho para que le den
instrucciones de cómo proceder en la creación de una organización similar. Sin embargo,
los de San Luis demandaron una petición escrita y firmada por una autoridad, así que
Castro se hizo formular una “solicitud” — el es analfabeto — y certificarla por el
presidente del Grupo Campesino de Pariguanás. Armado con su papel marchó hasta San
31

Luis, camino que demora casi dos días, para recibir finalmente las informaciones
deseadas.
16 A su regreso a Frías compró — de su propio bolsillo, como no olvida recalcar— un libro de
actas y un cuaderno para el registro de los ronderos. Consultó a un profesor, militante
izquierdista quien ya antes había aconsejado a los campesinos, y los dos convocaron a una
asamblea en Tucaque; único asunto a tratar: formación de una ronda campesina.
17 Poco después, once campesinos se reunieron en la casa de un yerno de Castro. A pesar de
la escasa asistencia, se procedió a elecciones y se juramentó a la primera junta directiva;
si bien Castro declinó asumir la presidencia fue el propulsor de la organización.
18 Para no suscitar sospechas de haber formado una agrupación ilícita, los flamantes
ronderos buscaron primero el consentimiento de las autoridades; pero pronto se dieron
con la sorpresa de que el gobernador no quería saber nada de rondas campesinas y en vez
de darles su apoyo los había denunciado ante la Prefectura. Tres veces se vieron obligados
a caminar hasta Aya-baca, viaje que de ida y vuelta demora casi una semana, hasta que el
subprefecto les firmó una autorización.
19 Pero sus esperanzas de librarse con ella de los estorbos se vieron frustadas rápidamente;
en lo sucesivo tendrían por lo menos tantos problemas con jueces y policías como con los
mismos abigeos. Pero a pesar de todos los obstáculos empezaron con su servicio nocturno.
Y fue necesario:
“A las tres noches que hemos rondado, quitamos una yegua aquí en el Bronce.
Viniendo dos ronderos que fueron don Víctor Alvarez con Manuel Campos, yo
esperándolos aquí en mi casa. Yo estaba dentro de mi cuarto porque no
aparecieron, y fue en invierno, estaba bravo, lloviendo. Resultó que aquí al pasar el
agua encontraron a dos individuos con una yegua blanca. Entonces quisieron
plantarlos y él atrás iba a sacar el cuchillo. Manuel Campos sacó su revolver y hizo
un disparo. Entonces se corrieron. Llegaron [los ronderos] y me golpearon la puerta
y hablaron. Entonces yo les dije que corran por la inverna para ganarles más y me
puse las botas y fui atrás. En Limón habían dejado la yegua, había sido de una
señora de aquí de Lacalino. Eso fue el primer robo que quitamos. Y hemos seguido.”
(Entrevista con Miguel Castro, Tucaque 12.5.89).
20 Lo más importante para ellos era el amedrentamiento: que sepan todos que los
campesinos de Tucaque de allí en adelante ya no estaban dispuestos a dejarse arrebatar su
ganado sin resistencia. A quienes no se dejaron convencer, les dieron su lección, pero
cuidándose de no cometer excesos en los castigos físicos; y cuando fue posible, llamaron
al teniente gobernador para que aplicara la sanción:
“Yo nunca he abusado, nunca hicimos un abuso aquí. Claro que a veces les hemos
pegado sus chicotazos, dos, pero yo no sino el teniente, que venga el teniente y le
pegue un fajazo, el presidente de la ronda otro fajazo. Antes que el prefecto me
firmó la orden, entonces Mariano Rojas, mi paisano, que es el secretario, me dijo
que no vaya a pegar, que dice el prefecto que no vaya a pegar. Le dije, pero
hermano, entonces como olvidan, le daremos dos. Si pues, que no pase a cuatro, me
dijo Mariano, y que no vaya a salir sangre, porque la sangre es peligrosa.” (ibid.).
21 Como los éxitos no se dejaron esperar, poco a poco acudieron campesinos de otros
caseríos a la ronda de Tucaque para pedir ayuda:
“Ellos venían a quejarse, de un sitio venían a quejarse y nosotros íbamos. Nosotros
nos metimos no solamente en Tucaque, nosotros nos hemos metido bien lejos, todo
lo que pertenecía a Frías, todo. Hemos ido a sacar un ladrón en Las Pampas de
Sancor, hemos ido por San Pedro de Chulucanas, Chililique, hemos ido a Platanal
Bajo, a Chamba, a Geraldo, lejos, lejos.” (ibid.).
32

22 Los sacrificios de Castro y su gente fueron considerables. Solamente gracias a sus buenas
relaciones con la subprefectura de Ayabaca se salvó de la reclusión, cuando los atrapados
se dirigían a la policía en busca de socorro. En una ocasión los guardias lo encerraron por
cinco horas en el calabozo. A su hijo Juan lo encarcelaron 20 días en Chulucanas; Castro
tuvo que vender un toro para liberarlo.

PASOS A LA CENTRALIZACIÓN
23 Demoró más de un año hasta que la acción de Castro y su gente se convirtió en ejemplo
para otros. En octubre de 1984, se reunieron en Frías miembros del comité local de
Izquierda Unida para discutir cómo crear una base organizada entre el campesinado. El
momento era favorable: Acción Popular, partido del entonces presidente Belaunde Terry
y del alcalde de Frías, estaba desgastado y el APRA todavía no había alcanzado su auge.
Por otro lado, llegaron noticias prometedoras de las rondas campesinas en Cajamarca,
ampliamente dominados por partidos de izquierda; y en Tucaque funcionaban las rondas
de Miguel Castro.
24 Muchas veces la ronda campesina ha sido considerada como creación de la izquierda.
Aunque incorrecta como generalización, en Frías la influencia de los izquierdistas fue
decisiva para su concreción, a pesar de que ahora todos quienes participaron en estas
reuniones (y quienes hoy en día, con la división de la izquierda, están furiosamente
enemistados) insisten en que su iniciativa se debió a una necesidad inmediata frente a la
situación causada por los desastres naturales, antes que a intereses partidarios. Pero por
lo menos dos de ellos tenían contactos con la CCP y la FRADEPT, en las cuales el interés
por la sierra y las nuevas organizaciones campesinas se había incrementado
considerablemente.
25 Como haya sido, en lo que quedó del año recorrieron los caseríos para fomentar la
organización de rondas campesinas. En dos meses establecieron nueve comités locales.
Estaban apurados porque con el avance de las rondas sus adversarios también empezaron
a cerrar filas: la Guardia Civil, los jueces y los apristas, los cuales estaban contra las
rondas por el sólo hecho de que su creación era incentivada por la izquierda.
26 Hay, por supuesto, diferencias fundamentales entre la concepción de la primera ronda en
Tucaque y los motivos de los izquierdistas. La primera fue organizada por un viejo
campesino quien estaba harto de ser víctima de robos y quería proteger su propiedad. Los
de IU, por más interés que tenían en la solución de los problemas inmediatos, poseían una
visión mucho más amplia, tanto en lo que se refiere a la fisonomía de la organización
como a sus contenidos.
27 Esto significó, por un lado, que desde el inicio trataron de eslabonar los diferentes
comités locales; la idea era la de formar una central para todo el distrito de Frías. Por el
otro, las rondas campesinas eran concebidas no solamente como organismos para
combatir el abigeato sino también para hacerse cargo de todos los problemas
fundamentales de la población rural y desarrollarse de esta manera, poco a poco, en un
vigoroso movimiento campesino. La aversión del campesinado a “la política” impidió una
agitación partidaria; para lograr la base más amplia posible enfatizaron en cambio el
carácter estrictamente apolítico de las rondas.
28 Los primeros que se organizaron casi en su totalidad fueron los pobladores de Los Altos.
Méritos innegables en este proceso tenía un activista del Partido Unificado Mariateguista,
33

dicho sea de paso el único campesino entre los organizadores (los otros tres que se
distinguieron eran profesores), aunque buena parte de su tiempo lo dedicaba a su partido
o a uno de los gremios campesinos. El daba instrucciones sobre las bases formales de la
organización: cómo elegir una Junta Directiva, cómo y por qué llevar un libro de actas,
cómo repartir los grupos de vigilancia, etc. Hasta mediados de 1985 se formaron 12
comités en la meseta.
29 El 21 de julio de 1985 se constituyó la deseada “Central de Rondas Campesinas del Distrito
de Frías”, pero en los primeros años no funcionó muy bien. El presidente, uno de los
ganaderos más pudientes de la comunidad de Pariguanás, trataba las denuncias a puertas
cerradas, sin acudir a asamblea o siquiera llevar un libro de actas. Sin embargo, a pesar de
la coordinación virtualmente inexistente entre los diferentes comités locales, en menos
de un año casi todos los caseríos del distrito formaron su ronda campesina. En la capital
se organizó, contra la tenaz resistencia de la Guardia Civil, una ronda urbana. Ese fue el
tiempo en que los comités de rondas se formaron por docenas en la sierra de Piura.
30 El éxito fue contundente, en pocos meses el abigeato desapareció casi por completo.
También las proverbiales cuchilladas disminuyeron drásticamente, porque las rondas
confiscaban las armas antes de empezar las borracheras. Poco a poco las organizaciones
se ganaron la confianza de la población y cada vez más personas acudieron con sus
problemas a las rondas. Paulatinamente se desarrolló el motivo del cambio profundo en la
vida de la sierra de Piura: un nuevo organismo social, nacido en el seno del pueblo, llenó
el vacío de autoridad que tanto había azotado a la región.

LA CENTRAL DE EL COMÚN
31 Una fecha clave para el desarrollo de las rondas en Frías fue sin duda el 15 de julio de
1988, cuando en el caserío El Común se inauguró la “Segunda Convención de Rondas
Campesinas”. Como revela el nombre, El Común, a una hora de Frías, tiene su origen en
uno de los tres Comunes de Indios de la sierra piurana. Hoy en día cuenta con unas 90
familias y con uno de los más activos comités locales de la ronda campesina. En varias
mingas, los ronderos han construido su propio local: una sala de reunión para unas 70 u
80 personas y un pequeño calabozo. De allí en adelante, ésta sería la sede de la central de
las rondas campesinas del distrito.
32 El acto más importante en la segunda convención fue la elección de una nueva directiva:
el comité central, como es llamado sin alusión alguna a organizaciones de cuadros
leninistas. Para cambiar el estilo personalista que había reinado antes y repartir las
responsabilidades, se creó un número de cargos adicionales que acompañarían al
presidente: un vicepresidente, un secretario de actas, un tesorero, un asesor, y varios
otros secretarios, como de derechos humanos, juventud y deportes, organización, etc.
33 Casi todos los cargos fueron asumidos por campesinos de El Común o de la comunidad
vecina de Pariguanás; como secretaria para asuntos femeninos fue elegida la hija de un
destacado rondero y como asesor un joven profesor — uno de los primeros organizadores
izquierdistas— que un año después ganaría las elecciones municipales con el lema “Un
Rondero al Municipio”. La nueva directiva empezó su período de dos años con algunos
cambios estructurales en la organización. Para darle más transparencia a su actitud se
compró un libro de actas para las asambleas y dos cuadernos para denuncias y arreglos.
34

34 La novedad fundamental, sin embargo, fue la decisión de reunir mensualmente al comité


central en El Común para tratar los problemas en asamblea pública. Las denuncias ahora
están a cargo del secretario de actas, quien las apunta en su cuaderno y cita a los
litigantes para la siguiente reunión. Son necesarias a veces varias horas de fatigosa
caminata para asistir a las asambleas, porque la central cubre todo el distrito.
35 Estas asambleas son el ejemplo oportuno para darnos una idea del funcionamiento de las
rondas campesinas en Frías, porque en menor escala se repiten en las subcentrales y los
comités locales, suponiendo que éstos funcionen. Veremos, entonces, con lujo de detalles
una de estas reuniones mensuales del comité central en El Común, la primera en que tuve
la oportunidad de asistir:

El Común, 4.12.1988

36 Un centenar de personas, en su gran mayoría hombres, se han reunido en el local de la ronda.


Frente a ellos, sentados a lo largo de una gigantesca mesa, ocho miembros del comité central, entre
ellos el presidente. El secretario de actas inaugura la asamblea y se procede a nombrar tres
delegados de disciplina y entregarles el chicote. Son las diez y media de la mañana.
37 El primer “caso” realmente no es muy impresionante. Se trata de un cuchillo que fuera prestado y
aún no ha sido devuelto, ahora el dueño presenta la denuncia a la ronda. La investigación de los
sucesos hace aparecer controversias y animosidades, las cuales hace bastante tiempo existen entre
los litigantes, que dicho sea de paso son emparentados (“Por el lado de mi señora somos cuñados”).
El “culpable” debe devolver el cuchillo y recibe un chicotazo, más que castigo una advertencia para
evitarse vuelva a repetir el hecho. Además se insiste que en el futuro ambos deben llevarse bien.
38 Después se llama a la señora Olga. Propietaria de una próspera tienda en Frías, ha denunciado a un
joven que la había estafado. Aquel le había vendido una sortija de oro “de 18”, la cual a su vez
vendió, con una adecuada ganancia se entiende, a un profesor de Piura. Cuando éste quiso
comprobar el valor de su adquisición donde un joyero se dio con la sorpresa de haber comprado una
baratija. Lo primero que hizo a su regreso a Frías fue anular la compra. La señora Olga en aquel
instante carecía de efectivo, y al ver cuestionada su reputación, le entregó una cadena de oro.
Ahora reclama del joven, el cual -como dice- no solamente la había estafado sino que además era el
culpable de esa situación vergonzosa, el valor equivalente de la cadena: 60.000 intis (o sea 6 gramos
a 10.000 intis). Ya se había dirigido al juez y a la Guardia Civil, pero el inculpado no acudió a las
citaciones. La señora Olga estaba esperando más de un año la solución de su problema, finalmente
se dirigió a la ronda. Pero si bien había sido citado, el joven otra vez se escapó; más bien envió a su
hermano mayor. Como los ronderos no aceptan tal reemplazo, el caso se tratará en la semana
siguiente cuando en Frías se reúna la Liga Agraria (buena parte de los dirigentes de la central
también conducen la Liga). Se deja bien claro que en esta segunda ocasión se contará con la
presencia del inculpado.
39 Retirada la señora Olga, el presidente del comité de rondas de Tucaque se acerca a la mesa para
presentar su problema. Ya días antes había visitado al secretario de actas para que su queja sea
anotada. Denuncia a diez ronderos de su comité por negarse a asistir a las asambleas y a los
servicios nocturnos. Los diez habían sido notificados, pero sólo cinco aparecieron. Tres tratan de
disculparse aludiendo enfermedades y/o sobrecarga de trabajo. El cuarto se defiende
argumentando que el presidente del comité de base tampoco fue muy activo cuando su padre
perdió un burro. Para el quinto la asistencia de los ronderos a asambleas disminuyó de tal manera
que su presencia ya no era relevante. Los directivos de la central deciden visitar la base de Tucaque
para reactivar la organización. El asesor enfatiza en que la participación en la ronda es una opción
35

libre, pero necesaria; recibe la aprobación de todos los asistentes. Finalmente, cada uno de los cinco
“faltones” recibe un latigazo, aparentemente no muy doloroso. Uno de ellos se despide
amablemente de sus “jueces”, dándoles la mano: “entonces me despido”.
40 Después es presentado Juan Pérez, alumno de secundaria de unos 16 años; había sustraído una
pelota de fútbol del colegio. Lo preocupante es que Juan no ha robado por primera vez y su madre,
una mujer abandonada por su esposo, está desesperada porque ya no puede controlarlo. Es decir,
ahora no se trata solamente de castigar el robo de una pelota, sino también es necesario apoyar a la
madre para que su hijo encuentre el buen camino. Así se decide, por razones educativas, encerrar a
Juan durante tres horas en el calabozo, un oscuro cuarto especialmente diseñado para casos
difíciles. Allí también se encuentra desde la noche pasada su compinche Celso Rodríguez quien se
ha comportado aún peor. Cuando Juan finalmente sale de la celda recibe tres latigazos. La asamblea
había decidido que éstos le fueran aplicados por su propia madre, y ella lo hace con mucha
satisfacción. Golpea con firmeza el pantalón parchado de su hijo, colmándolo con una auténtica
filípica. ¿Dará resultados? También Juan se despide amablemente de sus arbitros y abandona ¡a
asamblea con su madre, quien muestra una cara de descomunal regocijo.
41 El siguiente punto en la agenda trata de un conflicto de tierras. Como los involucrados ya habían
llegado a una solución satisfactoria, suscriben el acta redactada de antemano por el secretario. Sólo
faltaba ser firmada en público para evidenciar este arreglo.
42 Ahora se le ordena a Celso Rodríguez abandonar el calabozo. No cabe duda que este será el caso más
difícil de arreglar hoy. Existen dos denuncias contra Celso. Primero, la de la madre de una joven a la
cual acosa. La persigue en el camino a misa, ronda durante horas por su casa y, durante las noches,
lanza piedras contra su ventana. Ahora ha desaparecido la llave de la casa, y la familia de la joven
está preocupada, pues sospecha que el repudiado amante la ha sustraido. Con la denuncia a la
ronda se pretende no solamente recuperar la llave, sino además que Celso deje de una vez por todas
de molestar a la chica.
43 Pero eso no es todo. Durante la noche anterior Celso fue arrestado en circunstancias sospechosas
por la ronda urbana de Frías. Habían violentado la casa de Elmer, directivo de la central, quien
rápidamente avisó a sus colegas ronderos. Faltaban dos galoneras de kerosene, ropa y algunas
frazadas. En cambio, Elmer encontró un chai azul en su casa que no era suyo, sospechando que
pertenecía al ladrón. Este indicio jugará un papel importante en la investigación del caso. Hebert, el
presidente de la ronda urbana, informa como con su gente encontró al sospechoso en las
inmediaciones de la casa de Elmer, y que éste no pudo dar explicaciones convincentes cuando se le
preguntó por qué había buscado aquel lugar oscuro y lejano de la plaza. Además portaba una
pistola, un modelo prehistórico a decir verdad, pero no precisamente muestra de buenas
intenciones. Por otro lado, y esto es importante, Celso tiene ciertos antecedentes. Fue denunciado a
la policía en varias ocasiones. También la ronda lo había detenido una vez, aunque finalmente no se
le pudo comprobar nada. En fin, Celso fue conducido al calabozo de El Común la misma noche. No
obstante, hay que mencionar la participación activa de Celso en el servicio de la ronda. Cuando
finalmente sale de la celda saluda amistosamente a los dirigentes con un apretón de manos.
44 Primero tiene la palabra la madre de la joven acosada; describe con lujo de detalles las molestias
padecidas no solamente por su hija sino también por toda la familia, dice que ahora está harta
porque además de todos los problemas desapareció la llave. De allí interviene Hebert, quien relata
las circunstancias de la detención y presenta a todos el chal azul hallado en la casa de Elmer. Celso
desmiente todo: este chal no le pertenece, nunca lo ha visto, tampoco tiene la llave. Su mal
comportamiento con la joven y su familia se debe probablemente al trago pero estaba tan borracho,
dice, que no recuerda nada. Luego empieza una suerte de interrogatorio asumido por diferentes
miembros de la junta directiva. Cada vez más las preguntas se concentran en el famoso chal, pero
36

Celso insiste tercamente no conocerlo, si bien admite tener uno parecido en su casa. Así se decide
comprobar durante esta misma noche la existencia del chal en casa de Celso.
45 El interrogatorio demuestra la dificultad para aclarar este caso. Celso es un hueso duro de roer, no
va a confesar nada. Entonces, ¿qué hacer? Como Celso sigue negando todas las acusaciones, el
presidente de la central se dirige al auditorio para que emita opiniones o propuestas. Finalmente
interviene un joven, cuenta como unos amigos suyos fueron testigos de las malcriadeces de Celso
con la chica. Estas vagas aclaraciones resultan suficientes para decidir la aplicación del castigo.
Todos los presentes están convencidos de la culpabilidad de Celso. Definitivamente tiene mala
reputación: una comprobada noción poco común de la propiedad ajena, además hace pocos años
mantuvo una relación indecente con una niña de apenas trece años.
46 Se prepara la “colgada”. Se atraviesa una soga por las vigas del techado; un lado es sujetado por
dos ronde-ros y en el otro, se amarran las manos de Celso, puestas en su espalda. Después de las
órdenes del presidente, los dos ronderos jalan la soga, y los brazos de Celso son levantados
lentamente. Existe un ambiente tenso, todos los presentes están callados, solamente se escuchan los
quejidos de dolor de Celso y la voz cortante de Hebert exigiéndole la confesión: que admita el chal
como de su propiedad. Por cuatro minutos Celso cuelga sin confesar. Allí Alipio, un gigantón de casi
un metro noventa, jala otra vez, y durante los últimos treinta segundos de la tortura Celso es
mantenido unos veinte centímetros del suelo. Es obvio que se trata de una situación extraordinaria,
el ambiente se vuelve cada vez más tenso; los ronderos, mudos y con caras tiesas, observan el
suplicio. Todos aguardan una confesión, pero es en vano. Celso no piensa decir una sola palabra.
Cuando al fin es soltado, se le recomienda enfáticamente dejar en paz a la joven y esperar hasta el
término de la investigación.
47 Después de esta situación tan desagradable, lodos necesitan un descanso. Las ronderas del comité
femenino de El Común han preparado almuerzo y té de hierbas; el alcohol está estrictamente
prohibido. Celso ya parece haber superado la angustia, bromea con sus guardias y saluda a los
amigos.
48 En comparación con el caso anterior, lo que viene después de la comida es mucho menos
complicado. Dos vecinos están de pleito, no logran entenderse y ahora uno le prohibe al otro
transitar por el camino ubicado en sus chacras. En esta ocasión, el secretario de actas asume la
solución del conflicto. Con un folleto de la respectiva ley en mano procede a leer en voz alta, que es
permitido a todos el tránsito en los caminos públicos. Ambos litigantes se ven obligados a suscribir
un acta y comprometerse a dejar en el futuro semejantes necedades.
49 De allí se atiende el caso de dos rollos de alambre de púas comprados por dos campesinos hace
tiempo en una tienda en Frías. Pero se olvidaron de recoger la mercadería y recién después de año y
medio la reclamaron. Ahora el comerciante solamente quiere entregar el alambre si ambos aportan
una suma adecuada por la diferencia de precio. Mariano, el ex-presidente de la central y buen
amigo del comerciante, ofrece intervenir en favor de los dos campesinos.
50 Después las cosas se ponen serias otra vez. Hace nueve años la señora Anselma se lia separado de su
esposo Felipe, porque éste la golpeaba cada vez que estaba borracho, es decir una infinidad de
veces. Desde hace nueve años, entonces, los ex-esposos están en pleito por una de las dos vacas que
se llevó Anselma, así como por parte de las tierras las cuales antes trabajaban en común. El caso
está pendiente en el poder judicial, ha pasado diferentes instancias, pero ambas partes no se
contentaron con las resoluciones. Finalmente, se han dirigido a la ronda para resolver de una vez
por todas la eterna querella. Pero después de pocos minutos queda en claro estar ante otro caso
embrollado. Felipe llegó acompañado por dos de las hijas de la pareja, ya mayores, pero Anselma es
una mujer de amias tomar y con una impresionante verbosidad, sazonada con una y otra
37

palabrota, se enfrenta a sus tres adversarios. Las insolencias e incriminaciones entre ambas
fracciones duran más de una hora; reina gran confusión y griterío. Los cuatro se desgañitan al
mismo tiempo para convencerse mutuamente y a los demás de sus derechos, interrumpidos de vez
en cuando por tímidas propuestas de solución. Sin embargo, a cada una de estas intervenciones
sigue otro chillido. En un momento, la secretaria de asuntos femeninos tiene que intervenir con el
chicote porque la señora Anselma había jalado el pelo de una de sus hijas. Los sucesos se vuelven
cada vez más enervantes, el presidente hace tiempo se quita el sudor de la frente y lanza miradas
desesperadas hacia los demás. El secretario de actas se dirige a la asamblea y pide opiniones, pero
el conflicto se ha agudizado tanto que parece no tener salida. Nadie tiene una propuesta, nadie
quiere intervenir.
51 Recién cuando las fuerzas de los pleitistas parecen agotarse, se calman los ánimos. Con una
inmensa paciencia y una capacidad de persuasión sorprendente, los ronderos empiezan a exponer
arreglos posibles para llegar por lo menos a una solución parcial de esta situación entrampada. Se
decide que la señora Anselma venderá una vaca para repartir el dinero equitativamente a los ocho
hijos. El conflicto por el terreno será presentado al juez de tierras. Hay un gran alivio en la sala
cuando Anselma y Felipe finalmente ponen su huella digital bajo el “acta de arreglo”.
52 Pero la asamblea aún tiene que continuar. Es llamada Natalia Córdova, una mujer de apenas 18
años. Vino caminando unas tres horas desde Silaguá para denunciar a dos hombres de su caserío:
al tío de su esposo y a un amigo de éste. Durante una fiesta los dos habían sugerido al esposo de
Natalia que su mujer le era infiel, y acto seguido éste la abandonó a ella y a su hija recién nacida.
Solamente regresaría si se comprueba definitivamente que la acusación de infidelidad fue falsa.
Natalia presenta su hijita a la asamblea. ¿Cómo, dice con voz quebrante, voy a mantenerla? Los dos
inculpados se defienden con locuacidad. Por supuesto no se acuerdan de nada, habían tomado
durante muchas horas y estaban muy borrachos. Era fiesta, pues. El tío se muestra indignado, él
nunca en su vida ha pronunciado tal calumnia, nunca ha mentido. Pero parece que los ronderos,
todavía cansados del caso anterior, no están dispuestos a escuchar nuevamente una discusión
eterna. También el asesor poco a poco está perdiendo la calma y aprovecha este instante para
señalar en tono severo a los inculpados —y de paso a la asamblea en general — que una borrachera
de ninguna manera vale como disculpa, sino más bien sería otra falta que también debería ser
castigada. Muchos aprueban sus palabras. Finalmente el tío acepta que posiblemente sí podría
haber pronunciado la calumnia: “Estaba borracho pues, había fiesta...”. Pide disculpas a su sobrino,
bien entendido: a él y no a Natalia, y en el acta de arreglo se compromete a comportarse bien de allí
en adelante. Antes de concluir con este caso las dos malas lenguas reciben sus chicotazos. También
el esposo de Natalia debería ser castigado, pero como promete en público retornar con su esposa se
salva, por esta vez, del látigo.
53 El último punto en el cuaderno de denuncias tambien se refiere a un chisme. En este caso está
involucrada la directiva de la subcentral de rondas de Arenales en Los Altos. En pocos minutos el
asunto fue postergado para ser discutido próximamente en una asamblea en Los Altos.
54 A las seis y media termina la asamblea. En la oscuridad emprendemos el regreso a Frías. Unos pasos
adelante caminan Heberty Celso, se escucha murmullo y risas en voz baja. En Frías nos separamos,
a los ronderos les toca la inspección ocular en la casa de Celso. Al otro día, me dirían que allí
encontraron un chai azul, muy parecido al que habían hallado en el domicilio de Elmer.
55 Ahora bien, hemos descrito minuciosamente los acontecimientos en una asamblea de la
central de rondas de El Común, la cual, creo, indica todas las características de lo que
sería la “justicia campesina”. En primer lugar, se demuestra cómo el radio de acción de las
rondas se ha ampliado en forma significativa, si recordamos que ellas surgieron una vez
como forma de autodefensa para la erradicación del abigeato. Hoy en día, la tarea más
38

importante radica en imponer normas sociales para la convivencia. Esto implica dedicar
mucho tiempo al arreglo de conflictos cotidianos, siempre con la finalidad de llegar a
soluciones aceptables para todos.
56 La relación entre ronderos y sus “clientes” difiere de manera sustancial de la habida entre
juez y acusado en la justicia formal. Mientras que el juez actúa como representante de un
poder anónimo según reglas establecidas por un código legal, la relación entre ronde-ros
e inculpados no se limita a la mediación en el caso específico, sino es parte de un contexto
comunal, de una red intrincada de vínculos de parentesco o de vecindad. No se puede
excluir a los que fallan, al contrario es necesario integrarlos nuevamente al contexto
social, y la mejor manera para lograr eso es la demostración de que un comportamiento
equivocado — trátese de chismes, robos u ofensas— no sólo implica un daño para las
personas agraviadas sino también para la comunidad en su conjunto.
57 En este sentido, la ronda representa la voluntad colectiva, lo cual se demuestra tanto por
el derecho generalizado de intervenir en el proceso de investigación y la toma de decisión
como por las sanciones públicas. Estos mecanismos, a su vez, garantizan que todos los
involucrados (iy a menudo los mismos sancionados!) puedan identificarse con los
acuerdos tomados. La fragilidad de un conjunto social tan heterogéneo como la sociedad
campesina de la sierra piurana, implica que las decisiones tomadas por la asamblea en
ningún momento deben contribuir a profundizar aún más los antagonismos existentes, de
tal manera es un reto permanente para las rondas alcanzar la conciliación en niveles
aceptables para todos.6 Con la búsqueda del equilibrio, la ronda asume la función que
correspondería a la asamblea comunal en una comunidad andina “tradicional”.
58 El ejemplo de la sortija barata ilustra además como ya no son únicamente los campesinos
quienes acuden a la ronda. En varias asambleas hemos visto cómo la central, en tanto
instancia mediadora en conflictos, es utilizada también por comerciantes. En realidad, los
propietarios de pequeñas tiendas son actualmente el grupo más beneficiado por esta
organización: por un lado se redujeron los robos, y, por el otro, la ronda es
definitivamente más eficiente que el poder judicial o la Guardia Civil cuando de cobrar
deudas se trata. No sorprende entonces el apoyo a las rondas de al menos algunos
comerciantes de Frías con donaciones de botas de jebe, pilas para linternas, cuadernos y,
de vez en cuando, con algo de dinero.
59 El alto grado de aceptación de la ronda se demuestra por el hecho que sus citaciones son
respetadas. Desde Silaguá por ejemplo, en donde se había originado el drama de Natalia,
se llega hasta El Común después de alrededor de tres fatigosas horas de camino cuesta
arriba. Entonces, ¿por qué los dos chismosos han emprendido una caminata tan
cansadora, solamente para escuchar la homilía de los ronderos y finalmente recibir sus
chicotazos? Creo que la ley de rondas campesinas —que en su único artículo habla de
organizaciones de defensa de las tierras y del ganado, pero en ningún momento de la
lucha contra calumnias— no puede dar la explicación; se ratifica más bien la existencia de
un organismo social cuya autoridad es ampliamente reconocida.
60 Los campesinos de Tucaque son un caso especial; si bien se niegan a participar con su
comité de base, acuden a la citación de la central, instancia a la cual obviamente sí
respetan. Aquí enfrentamos uno de los problemas más delicados de la organización: los
“polizones”, es decir personas que se aprovechan de los beneficios de la ronda sin
colaborar activamente en el servicio. En estos casos, aparentemente no existe otra salida
sino apelar a la solidaridad o tratar de convencer a los “rebeldes” de que el éxito de la
organización finalmente depende del trabajo conjunto; aunque el reconocimiento de su
39

beneficio para los intereses colectivos autoriza, por lo menos en su autopercepción, a los
ronderos exigir, en ciertos momentos, una colaboración obligada o forzada.
61 El incidente más discutible en la asamblea descrita es sin duda el caso del joven que
hemos llamado Celso Rodríguez, porque aquí se acudió a la tortura física para presionar
una confesión; que el acusado aparentemente resultó inocente, por lo menos en lo que se
refiere al robo, es ya un aspecto secundario. Se trata, no caben vacilaciones, de una
rotunda violación de los mismos derechos humanos reivindicados por los campesinos
para sí durante los últimos años.7
62 Fue la primera vez que en la central de El Común se realizó una colgada, mecanismo
empleado también por los ronderos en otras partes de la sierra (Starn, 1989). Según la
lógica de los ronderos, simplemente se trataría de circunstancias extraordinarias las
cuales requieren de métodos extraordinarios; lo preocupante es que desde su perspectiva,
es decir hasta que el Estado no asuma sus funciones, no están tan equivocados. Desde el
escritorio la crítica es fácil, pero si que remos juzgar estas actitudes de los ronderos,
también tenemos tomar en cuenta la alta aceptación de estos métodos entre la población
rural:
“No queremos idealizar la justicia popular. Como hemos visto se aplican — sobre
todo en zonas rurales andinas — sanciones, tales como castigos corporales,
maltratos, que configuran violaciones a los derechos humanos y que, por lo tanto,
son inaceptables desde nuestro punto de vista. Pero hay que considerar, que en las
poblaciones analizadas la justicia popular o paralela es altamente aceptada. Los
campesinos y los nativos prefieren resolver sus conflictos prioritariamente a este
nivel. Sólo si estas instancias no satisfacen sus reivindicaciones surge la necesidad
de considerar el derecho nacional y las instancias estatales.” (Brandt, 1987:173-174).
63 Lo que se muestra aquí es, a mi entender, una identidad compartida entre el
campesinado, porque las autoridades gubernamentales, las cuales no están
desacostumbradas a usar métodos similares (y otros mucho más crueles), no cuentan con
esta aceptación. Ellas siempre han sido “los otros”, mientras en la ronda campesina da la
impresión que el arreglo es “entre nosotros”. Desde luego este aspecto de la justicia
campesina es problemático. Si las rondas quieren defender el espacio ganado con muchas
penurias, deben demostrar su capacidad de imponerse; el peligro es, como bien dice
Eguren (1987: 147), que “las rondas podrían estar contribuyendo a las riesgosas
tendencias de privatización de la violencia”.
64 La última asamblea en El Común a la cual tuve oportunidad de asistir fue — después de un
año de ausencia— en octubre de 1991. Había cambiado la dirigencia y el nuevo presidente
era el mismo que tuvo el cargo entre 1986 y 1988. Pero a diferencia de su primer mandato,
ahora no solamente continuó con el procedimiento transparente de su predecesor, sino
trató de perfeccionarlo. Me llamó la atención la atmósfera democrática de las asambleas,
con un presidente buscando la participación de todos los presentes e insistiendo en que
todos los formalismos — libros de actas y de arreglos inclusive— fueran debidamente
cumplidos. Además visitó casi todos los fines de semana con el secretario de actas, su
brazo derecho, uno de los comités locales para reanimar la organización, y de vez en
cuando consultó con el alcalde (quien todavía tenía el cargo de asesor de la ronda) o se
hizo presente para discutir un problema en la dependencia del Ministerio de Agricultura
o la FRADEPT en Piura. No puede ser más evidente cómo la ronda a veces educa a sus
propios dirigentes.
65 Las asambleas esta vez se llevaron a cabo el día 2 de cada mes, y a veces duraron desde la
mañana hasta la madrugada del día siguiente. Los problemas a tratar eran principalmente
40

los mismos, pero la conducta resultó más rígida y se notó una disposición más articulada
para el castigo físico. Así, en octubre de 1991 dos hermanos, ambos de veintitantos años,
que se habían agredido repetidas veces en público y no hacían caso a las amonestaciones
de la ronda, fueron sancionados con diez latigazos. La aplicación fue sometida a un
estricto formalismo: todos los presentes se levantaron, los hombres se quitaron el
sombrero, los dos hermanos debían arrodillarse y encorvarse sobre una silla, cada
latigazo fue acompañado por explicaciones sobre el por qué la asamblea había
considerado necesario el castigo y sobre todo por exhortaciones para que en el futuro se
comporten mejor. Todo tenía un corte sumamente educativo; fue sintomático castigar
también con dos chicotazos al padre porque había fallado en la educación de sus hijos.
66 Durante los tres años que he seguido su desenvolvimiento, el comité central de rondas
campesinas de Frías no solamente ha mantenido su ámbito de acción sino lo ha ampliado
continuamente. La base de su prestigio es sin duda la capacidad, comprobada en un
sinnúmero de pleitos y contiendas, de intermediar exitosamente entre los litigantes y
poner orden, aunque a veces fuera necesario proceder con dureza.

POSIBILIDADES Y LÍMITES
67 En pocos años las rondas campesinas se han ganado no solamente la aprobación de los
pobladores, sino también la de los jueces, policías y autoridades políticas, quienes han
aprendido a vivir con ellas. De un total de 102 personas a las cuales hemos pedido
opiniones sobre la ronda en mayo de 1989, 74 la consideraron como “muy importante” y
27 como “importante”. Sólo uno de los encuestados no le concedió ninguna importancia.
Una comparación de la aceptación de las rondas y de las autoridades revela dónde se
encuentran las simpatías:

¿Cómo califica el trabajo de las rondas campesinas y de las autoridades (jueces, policías, tenientes
gobernadores, etc.)?

68 El mayor prestigio lo goza por supuesto la central, cuyos miembros no se limitan a dirigir
las asambleas mensuales sino también visitan con regularidad a los comités locales, dan
consejos sobre aspectos organizativos, intervienen, si es necesario, en la solución de
problemas y velan porque los grupos no se desestructuren. Su movilidad ha aumentado
significativamente desde el verano del 91, cuando el Presidente de la República les
entregó un camión, uno de los varios centenares donados por el gobierno japonés,
llamado con cierto afecto por sus nuevos propietarios — también por su aspecto asiático,
41

porque está pintado con símbolos japoneses y tiene el timón al lado derecho — “el
Fujimori”.
69 El abigeato hoy en día es casi inexistente debido a la vigilancia de las patrullas nocturnas,
y la violencia cotidiana ha bajado considerablemente.8 Lo que más trabajo ocasiona a los
ronderos son los incontables problemas cotidianos. Pueblo chico, infierno grande; una
pequeña selección de lo que sucede lo hemos visto en la asamblea en El Común.
70 El siguiente cuadro muestra que si bien el ámbito principal que generalmente se le
atribuye a las rondas campesinas sigue siendo en primer lugar la erradicación de los
robos y de la violencia cotidiana, asimismo han ganado la confianza en casos tan delicados
como los problemas conyugales y los omnipresentes pleitos por tierras.

¿Con los siguientes problemas se dirigiría Ud. a las autoridades (jueces, policía, tenientes
gobernadores) o a la ronda campesina?

71 También dirigentes de las comunidades se dirigen a la central cuando no encuentran


solución para sus líos internos. Aunque existe sin duda cierto peligro de violación de la
autonomía comunal, es un hecho el mayor respeto a las decisiones de la ronda antes que a
las de la asamblea comunal.9
72 La central de El Común cuenta hoy con seis subcentrales y un centenar de comités locales.
Sus dirigentes se ubican entre “las autoridades” del distrito y ocupan una posición clave
entre campesinos e instituciones que, con el progreso de las rondas, han mostrado interés
en una representación entre el campesinado: la Iglesia Católica y varias sectas
protestantes, ONGs y naturalmente los partidos políticos. En Frías, el compromiso de la
izquierda fue premiado en su momento: en 1989 ganó por primera vez las elecciones
municipales. El alcalde fue reelecto en 1993, pero — después de un breve interludio en
Izquierda Socialista en razón de la división de la izquierda — como independiente. Sus
adversarios más feroces hoy en día son sus, otrora, compañeros. Por más que se recalque
el carácter apolítico de las rondas, su potencial organizativo es demasiado fuerte para no
ser blanco de maniobras partidarias.
73 Aparentemente, quienes menos se dan cuenta de este potencial son los mismos
campesinos. Como demuestra el análisis de sus actividades, las rondas se dedican casi
exclusivamente a la intermediación en controversias interfamiliares. Intentos de
42

otorgarles más peso en cuestiones de desarrollo no han dado resultados, aunque, eso sí,
como secuela de los empeños organizativos de las rondas se formaron algunos gremios
con fines expresamente económicos, como un Comité de Productores de Papa y un Comité
de Ganaderos.10

RONDAS CAMPESINAS Y ESTRATIFICACIÓN SOCIAL


74 Ahora bien, hemos tratado a los campesinos de la sierra piurana como un grupo
relativamente homogéneo, sin dar mayor importancia a diferencias económicas entre los
grupos domésticos. En su momento, eso ha dado lugar a críticas;11 sin embargo, mantengo
mi criterio que para el proceso de la formación de rondas campesinas como ha sido
descrito hasta aquí, las desigualdades en la propiedad son, a lo sumo, secundarias.
75 La central de El Común está compuesta predominantemente por campesinos-ganaderos
acomodados, sus presidentes siempre pertenecieron al grupo con mayores extensiones de
tierras. Pero a sólo media hora de distancia, en Challe Grande, son justamente los ricos,
los “gamonalitos”, quienes boicotean no solamente la comunidad, sino también la ronda.
Y no faltan los antípodas: campesinos que no poseen ni una vaquita y a pesar de ello se
han destacado en la creación de rondas campesinas (véase el ejemplo de Túnel VI, más
adelante), y otros del mismo estrato social considerando que su pobreza no merece
mayores esfuerzos organizativos.
76 Al menos para la primera fase de las rondas, cuando se trató casi exclusivamente de
combatir el abigeato, las coincidencias de intereses entre pobres y acomodados eran
obvias. Un campesino al cual le quitan su único carnero resulta, en términos relativos,
más perjudicado que un ganadero, el cual pierde la mitad de sus sesenta cabezas. No
puede sorprender, entonces, la inexistencia de relaciones generalizadas (o ge-
neralizables) entre sectores sociales y participación en las rondas.
77 ¿Pero cuando ya no se trata de deshacerse de abigeos y otros rateros, sino cuando entra
en juego el aspecto social (o, para ser más exacto: su potencial de formar sociedad) de las
rondas campesinas? Definitivamente, no se puede descartar el peligro de que los
dirigentes utilicen su influencia para convertirse en caudillos, valiéndose de las
organizaciones para fines particulares. Este peligro es aún más grande cuando la
dirigencia está en manos de los más ricos, es decir cuando se unen el prestigio social de
las rondas y el poder económico.
78 Sin embargo, otra vez hay que recalcar las particularidades de la sierra norteña. Hasta los
más pudientes entre los campesinos nunca han logrado en ella, ni aproximadamente, el
predominio alcanzado por ejemplo en Cusco por los mestizos (Mayer, 1989) o en Puno, los
administradores de empresas asociativas (Ré-nique, 1991) después de la reforma agraria.
El poder económico de los norteños siempre fue limitado por el hecho de que las
condiciones ecológicas permitían la subsistencia de las familias campesinas, aun si fuera
en condiciones de suma pobreza. Tampoco actúan como intermediarios, los cuales son en
otros lugares el grupo económico más poderoso que se apodera de la mayor parte del
excedente campesino. Dada la relativa cercanía a la costa, la competencia entre los
comerciantes en la sierra de Piura — por lo menos en los pueblos de la vertiente
occidental — es más pronunciada y los campesinos pueden elegir si quieren vender a un
lugareño o un costeño.
43

79 En estas circunstancias, un cargo prestigioso como la presidencia de una ronda campesina


no ofrece grandes posibilidades de mejorar en lo inmediato de posición económica a costa
de otros campesinos. En cambio, se verá que “ricos” y pobres tienen muchos intereses en
común.
80 Una segunda encuesta, esta vez en julio de 1990 entre 100 familias de diferentes capas
sociales en el distrito de Frías, revela que el problema más grave para la población rural
es la integración desventajosa al mercado.

¿Cuál es el problema más grave para los campesinos en su caserío?

81 La encuesta se llevó a cabo poco antes de culminar cinco años de la política económica del
gobierno de Alan García. No sorprende entonces que 93 de los 100 encuestados echaran la
culpa de sus problemas a la administración del Estado:

¿Según su opinión, quién tiene la culpa de estos problemas?

82 Pero llama la atención que esta culpabilidad se refiere siempre a una determinada persona
(el presidente, un ministro) o a un grupo de personas (el gobierno) y no a una política
errada. El pueblo está en apuros porque el presidente, el ministro o el alcalde lo ha
“traicionado”. El éxito o el fracaso en el desempeño de un cargo público no da
explicaciones sobre la viabilidad de un proyecto político sino sobre el carácter del
funcionario. Si su gestión resulta exitosa es porque es “buena gente”, si fracasa es porque
es “traidor”.
83 Esta subjetivización de la política corresponde en cierta manera a la realidad vivida por
los campesinos serranos, puesto que las condiciones objetivas para mitigar su
marginación son sumamente desfavorables. La baja productividad de su agricultura no les
44

permite ejercer presiones económicas sobre los gobernantes, y su problema fundamental


no radica tanto en su explotación a través de la producción de alimentos baratos para la
población urbana, sino porque su aporte resulta al contrario insignificativo. Son, pues,
innecesarios:
“... la historia rural del Perú (por lo menos aquella de la región andina) podría ser la
de una progresiva marginación del campesinado, es decir de una paulatina
reducción de la contribución de los campesinos: 1) al producto (a la oferta total de
alimentos y de bienes intermedios), 2) al mercado (a la demanda de bienes, servicios
e insumos), 3) a los factores (transferencia de mano de obra y capitales al resto de la
economía), y 4) a las exportaciones. En definitiva, significaría que los campesinos
andinos son, históricamente, cada vez menos necesarios al desarrollo económico
del Perú.” (Kervyn, 1988: 55).
84 En la sierra de Piura, con la excepción de algunos de los ganaderos más ricos, todos los
campesinos padecen de esta integración desventajosa a la economía nacional, aunque sea
de manera muy desigual. También en este aspecto hay entonces una congruencia de
intereses entre los diferentes estratos sociales, porque un mejoramiento de su estatus
económico — sea a través de créditos, proyectos de desarrollo, o precios justos para sus
productos — favorecería de pronto a todos. Para lograr eso sería imprescindible primero
acabar con la marginación social y política. Y precisamente eso es, a mi entender, lo que
distingue la actitud de las rondas, una vez derrotado el abigeato: el afán de cerrar la
brecha entre el Estado y la sociedad nacional por un lado y la sociedad campesina
marginada por el otro, a través de la imposición de normas sociales que corresponden, y
eso me parece importante, expressis verbis con los ideales de la Constitución del Estado
peruano.
85 ¿Qué lleva, entonces, a nuestro presidente de la central, ganadero acomodado como es, a
pasar buen rato de su tiempo en solventar triviales pleitos y trasladarse cada domingo a
otro caserío, si la retribución económica ni siquiera compensa los gastos? Tiene que ser,
aparte del prestigio social aparejado al cargo, la comprensión de que hay muchos
intereses en común con los más pobres de entre sus compañeros.
86 Las rondas campesinas no son el preludio a una sociedad sin clases; ni intentan suprimir
diferencias económicas, sino más bien tienden a perpetuarlas. A estas alturas, su afán
principal es cambiar las relaciones de un campesinado socialmente heterogéneo con el
“mundo exterior”, es decir el Estado y la sociedad nacional, y parece que hasta ahora
todos se benefician. Claro que no puede descartarse que con una mayor integración las
contradicciones internas afloren más a la superficie.

NOTAS
1. Encuentro del Presidente de la República con presidentes de comunidades campesinas y
nativas durante el gobierno de A. García.
2. Corresponde con esta imagen al hecho que en las primeras décadas del presente siglo el pueblo
de Frías estaba dividido en dos clanes familiares con el mismo apellido. identificados a través de
45

su ubicación en relación con la plaza: los “Córdova de arriba” y los “Córdova de abajo”. Sus
broncas, se dice, a menudo terminaban en balaceras.
3. Las fiestas religiosas más importantes son las del Señor de los Milagros el 18 de octubre y del
patrón San Andrés el 30 de noviembre. En junio se celebra la “Semana Friana” en memoria a la
fundación del distrito en el año 1825. Pero también causas menos trascendentales como el Día de
la Madre o el aniversario de uno de los colegios son motivo para ceremonias públicas. A estas se
añaden las numerosas celebraciones espontáneas o “pro-fondos”. Recién con el comienzo de la
temporada de lluvias, la vida se tranquiliza. A veces, la sociabilidad toma formas un tanto
inusitadas. En San Jorge, en noviembre de 1989 un afiche invitó a la celebración del primer
aniversario del cerco alrededor del patio de la escuela primaria.
4. El Registro Municipal de Frías señala para el año 1981 trece, para 1982 once, para 1983 diez,
para 1984 ocho y para 1985 siete victimas de homicidio en el distrito, en su mayoría asesinadas
con arma blanca. En 1986. cuando empezó el auge de las rondas campesinas, bajó a dos: en 1987 y
en 1988 fueron tres. Sin embargo, en los últimos años la tendencia es otra vez ascendente: en
1989 se registraron seis, en 1990. siete homicidios. Los pobladores relacionan el recrudecimiento
de la violencia con la negligencia de algunos comités locales de la ronda.
5. Todos los nombres mencionados en este trabajo, cuando se trata de ronderos. son ficticios.
6. Un aspecto negativo de la estrecha interrelación entre ronderos y sus “clientes” es que muchas
veces impiden acuerdos en los comités locales. “A veces no hacemos valer nuestra autoridad
porque todos somos parientes o compadres”, dice el presidente de un comité de base. Esto
significa la remisión de demasiados casos a instancias superiores, es decir la subcentral o central.
7. La discusión sobre los derechos humanos fue introducida en los gremios campesinos por la
Iglesia y algunas ONGs. En realidad, se trata sobre todo de difundir los derechos ciudadanos y los
principios políticos y judiciales del Estado. De una “escuela campesina” en Los Altos organizada
por la FRADEPT, se desprende cómo los campesinos perciben estos derechos. Cuando en los
diferentes grupos de trabajo se preguntó sobre ejemplos de violación de derechos humanos en los
caseríos, la respuesta más frecuente se refirió “a los malos precios para nuestros productos”.
8. Durante los dos años que fui periódicamente a Frías tuve conocimiento de unos diez a doce
homicidios, entre ellos varios por celos o rivalidades personales, un caso nunca esclarecido en
San Jorge en donde habían cortado la cabeza a la víctima, y dos jóvenes que después de una
borrachera se mataron mutuamente en uno de los afamados duelos con cuchillos. La gente en
Frías está muy contenta con esta estadística, porque en comparación con años anteriores, dicen,
eso es muy poco.
9. Hasta ahora la central de las rondas interviene en conflictos por tierras en las comunidades
solamente cuando éstos se vuelven violentos y si hay un acuerdo comunal que consta en el libro
de actas de transferir el caso a la ronda; es decir, las rondas no arreglan los litigios, sino toman
precauciones que se guarde las formas.
10. Es llamativo que los dirigentes de estos gremios por lo general sean los mismos que presiden
las rondas.
11. Para ser más preciso: en la sustentación de mi tesis, se me llamó la atención que desde los
años sesenta o setenta, cuando la antropología descubrió las comunidades campesinas, se ha
tratado de descifrar la dinámica de las sociedades campesinas a través de su estratificación y
contradicciones internas. De acuerdo. Pero estamos a mediados de los noventa y sabemos — a
través de numerosos estudios sobre el llamado “sector informal” y los movimientos étnicos por
ejemplo — que el determinismo económico (vacilo en decir vulgarmaterialista) y la relación de
causalidades: situación económi-ca-clase-conciencia de clase-acción social padece de grave
miopía. Primero, porque pasan por alto el factor subjetivo. Segundo, porque aun cuando
resistimos las tentaciones postmodernistas y aceptamos la importancia del concepto de clases
sociales para analizar el cambio o la permanencia del status quo, una definición de clase
únicamente con criterios económicos es defectuosa. Una posición de clase es, en primer lugar,
46

una situación dentro de un complejo sistema de dominación y poder, y no es determinada sino


acaso descrita ex post por la situación económica. Dicho de otra manera: que un proletario sea
una persona la cual vende su fuerza de trabajo es sentido común. Sin embargo, no es proletario
porque vende su fuerza de trabajo, sino porque se encuentra en una determinada situación social
compleja que no le deja otra opción. Y eso no es lo mismo, porque la relación entre posición de
clase y situación económica es descriptiva más que analítica, lo cual quiere decir que para
analizar el cambio social es necesario pensar antes que nada en la complejidad del sistema de
dominación y poder en vez de limitarnos a formaciones económicas. (Tomo el ejemplo del libro
de Hans-Dieter Evers y Tilman Schiel: Strategische Gruppen. Verglei-chende Studien zu Staat,
Bürokratie und Klassenbildung in der Dritten Welt. Berlín: Dietrich Reimer Verlag. 1988. p.
103. pero la argumentación bien podría sostenerse en los trabajos más conocidos de E. P.
Thompson). La formación de clases, a su vez, es un proceso histórico lento y duradero, durante el
cual se constituyen posiciones sociales caracterizadas por “la participación en las mismas
‘posibilidades de vida’, las mismas relaciones a las medios de producción y de poder, y en los
mismos valores” (ibíd.: 22: “clase y conciencia de clase siempre son el último, mas no el primer
escalón del proceso histórico real”, diría Thompson). Según Evers y Schiel. antes de establecerse
clases sociales, se formarían lo que ellos llaman “grupos estratégicos”, es decir grupos
“compuestos por personas enlazadas por un interés común en el mantenimiento o la ampliación
de sus posibilidades de adquisición. Estas posibilidades de apropiación no se refieren únicamente
a bienes materiales, sino pueden incluir poder, prestigio, conocimientos o fines religiosos. El
interés común hace posible una acción estratégica, es decir perseguir a largo plazo un ‘programa’
para el mantenimiento o el mejoramiento de las posibilidades de adquisición” (ibíd.: 10. el
subrayado es mío). Si bien el concepto de los grupos estratégicos fue formulado hace por lo
menos veinte años, su recepción hasta ahora ha sido limitada sobre todo a la sociología
anglosajona: ver p. ej. H.D. Evers. Group Conflict and Class Formation in Southeast Asia, en
Evers (ed.). Modernization in Southeast Asia. Kuala Lumpur: Oxford University Press. 1973). En
ciertas circunstancias, los grupos estratégicos pueden resultar en clases sociales. Pareciera que
composición y acción de las rondas campesinas se parecen más a las de grupos estratégicos que a
las de clases sociales, definidas además unilateralmente a través de hectáreas o cabezas de
ganado.
47

Huancabamba

1 Al referirnos a las rondas campesinas de Huancabamba, nos limitaremos principalmente


al valle interandino del río del mismo nombre, es decir no consideraremos los distritos de
San Miguel de El Faique y de Canchaque en la vertiente occidental, los cuales miran más
hacia la costa, ni Huarmaca en el sur, que políticamente pertenece a Huancabamba, pero
en realidad está más ligado con Chiclayo. Esta región es dominada por la capital de la
provincia, ubicada a 1,900 metros de altitud y con una población de ocho a diez mil
habitantes, la cual constituye incuestionablemente el centro económico y administrativo
de la zona.
2 El viaje en ómnibus para cubrir los 213 kilómetros a Piura demora — según la época —
entre ocho y diez horas y es sobre todo durante la temporada de lluvias algo arriesgado.
Aparte del comercio, la fuente de ingresos más importante en Huancabamba es el
turismo; no tanto por el clima, sin duda muy saludable, sino por los numerosos
curanderos de la región, los cuales atraen gente de todo el país en búsqueda de socorro
para sus defectos físicos y psíquicos, reales y ficticios.
3 Desde tiempos inmemoriales, la estructura agraria de la parte alta del valle del río
Huancabamba fue dominada por campesinos parcelarios, quienes nunca fueron sometidos
a una hacienda. Fundos medianos o pequeños como Ñagalí o Succhil en ningún momento
lograron una predominancia comparable a la de las haciendas Poclús y Pariguanás en
Frías. Nominalmente, la mayor parte de las tierras pertenece a las tres comunidades
campesinas de Huaricancha, Quispampa y Segunda y Cajas; la última, la más grande, se
extiende desde los barrios periféricos de la ciudad hasta la vertiente occidental de los
Andes y cuenta con más tierras que las trece comunidades de Frías en su conjunto. Si bien
las tres comunidades están reconocidas desde los años cuarenta, en realidad la tierra
siempre ha sido considerada y tratada como propiedad particular; solamente en
Quispampa en los últimos años se ha desarrollado algo de vida comunal.

LAS RONDAS CAMPESINAS DE HUANCACARPA


4 Entre las primeras rondas campesinas que se formaron en la sierra de Piura encontramos
las de Huancacarpa, dos extensos caseríos — Huancacarpa Alto y Bajo — a unas cinco
horas cuesta arriba de la capital de provincia. A diferencia de las rondas de Frías y
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muchos otros distritos serranos, no existe relación directa entre la organización y los
desastres del 83, porque esta zona está demasiado lejos de la costa para ser afectada por
las lluvias.
5 Pero aún así, al comienzo de los ochenta el abigeato había alcanzado dimensiones
insoportables. No sabemos si la situación fue peor que en otras regiones, pero de todas
maneras los campesinos reaccionaron más temprano. Gran peso en la formación de las
rondas tuvo la intervención de los tenientes gobernadores, quienes después de varios
intentos de pedir garantías a las autoridades se vieron obligados a actuar por iniciativa
propia:
“Las autoridades de nuestro pueblo no nos daban ninguna facilidad y ningún apoyo.
Nosotros no sabíamos por qué no nos querían dar apoyo, pero nosotros con el
propio esfuerzo hacíamos la creación de la ronda.” (Entrevista con E. M.,
Huancacarpa Bajo 19.7.89)
6 La decisión de organizar rondas fue tomada a comienzos del año 1983. El 11 de enero se
reunieron en Huancabamba los tenientes gobernadores de Huancacarpa Alto y Bajo con
algunos ganaderos para constituir un comité de organización. La idea era cubrir toda la
provincia y juntar los comités locales en una sola central cuya sede estaría en
Huancacarpa Alto. Antes de firmar el acta de fundación, los organizadores pidieron el
permiso de las autoridades:
“En Chota, Cutervo y por allí había ronda. Entonces nosotros presentamos un
memorial al Ministro de Gobierno a ver si nos da unas garantías, quizás si
presentamos un memorial al subprefecto. No nos dio solución de nada.” (Entrevista
con P. C, Huancacarpa Bajo 19.7.89).
7 A pesar de la negación de apoyo por parte de las autoridades — que más tarde, dado el
éxito de las rondas y su influencia en el campesinado, se presentarían como fervientes
promotores — los ronderos empezaron con su labor inmediatamente después de la
reunión en Huancabamba. Uno de los dos tenientes era licenciado del ejército y daba
instrucciones valiosas para la organización, que en rigurosidad y disciplina no tiene igual
en la sierra de Piura.
8 Para comenzar, se establecieron grupos de diez hombres para las patrullas nocturnas;
más tarde, cuando la zona se había tranquilizado, se redujo los grupos a cinco. A fines de
los ochenta, cuando llevaba a cabo mi trabajo de campo, Huancacarpa contaba con
catorce de estos grupos. El servicio duraba desde las siete de la noche hasta las cinco de la
madrugada y era estrictamente controlado; tanto a la salida como al regreso tenían que
presentarse ante el dirigente y registrarse en un libro de servicios, además de anotar lo
que había ocurrido durante la noche. Todos los hombres entre los 18 y 60 años estaban
obligados a participar; quienes faltaban sin pedir permiso tenían que rondar una noche
adicional o trabajar un día para el beneficio comunal. Las mujeres eran exoneradas del
servicio nocturno, pero apoyaban a las rondas de otra manera, por ejemplo preparaban la
comida en las asambleas. Las mujeres solteras poseedoras de ganado aportaban una suma
en efectivo, según sus posibilidades.
9 Hoy en día la ronda controla la vida pública en Huancacarpa. A los extraños se les
aconseja no moverse en su territorio después de anochecer, porque todo desconocido es
automáticamente detenido. En las fiestas se prohibe el exceso de alcohol y se decomisa las
armas. La ronda coordina con la Asociación de Padres de Familia y toma precauciones
para que los padres participen en las asambleas y asuman sus contribuciones; controlan
también que los profesores cumplan con su servicio. Cuando en agosto del 88 se terminó
49

la carretera de Huancabamba a Huancacarpa con activa participación de los campesinos,


fue la ronda campesina quien vigiló para que nadie evada su turno de trabajo. Hasta con
la policía se coordina de vez en cuando: si la PIP se dirige con un oficio al presidente de la
ronda campesina pidiendo ayuda para esclarecer algún caso, éste por lo general accede.
10 Esto, por supuesto, no fue siempre así. Antes que la ronda se haya legitimado, fueron
necesarias muchas semanas de arduo trabajo. Al comienzo, casi diariamente se enviaban
grupos para buscar a los abigeos más afamados y llevarlos a un tribunal. Allí
permanecieron hasta que — a veces bajo amenazas y con fuerza física — delataron a sus
cómplices, quienes a su vez revelaron los nombres de otros maleantes. Así se desató una
verdadera reacción de cadena:
“Por este lado de Chulucanas, Talaneo, Quinua ha sido todita la gente casi rateros.
Se declararon, realitos se declararon. Los ronderos pasaron vuelta, por acá a otro
sitio, donde traían cuatro, cinco. Volvían a declarar vuelta: fulano es, el otro es,
fulanos son también. Uuh, la gente, como la trajimos.” (P. C).
11 Quien nos cuenta sus peripecias es uno de los tenientes que había formado las rondas.
Mientras habla, alza la manga de su camisa y muestra una profunda cicatriz de unos
treinta centímetros en el brazo derecho, indicio de que no todos los abigeos se rindieron
sin resistencia. Problemas serios se presentaron cuando uno de los detenidos murió;
aunque los ronderos aseguran que ya estaba enfermo cuando lo trajeron, fueron
enjuiciados y cuatro de ellos — los dos tenientes incluidos — pasaron varios meses en la
cárcel; hasta ahora no entienden por qué, atribuyen su reclusión a la complicidad entre
abigeos y policía.
“Nos inculpaban que nosotros lo matábamos. Entonces, como estaban en contra de
nosotros hasta los de la PIP, como estaban de acuerdo con los rateros, porque ellos
llevaban bastante plata, entonces pues les daban salida, y allí tenían más chamba
que el Estado les daba. No les convenía cuando nosotros los campesinos
controlamos los abigeos. Y por esto ellos han sido en contra de nosotros.” (P. C).
12 Sin embargo, hoy en día las rondas están por lo general bien relacionadas con las
autoridades. Es evidente que los ronderos no quieren hostigar ni desplazar a los
funcionarios del Estado; lo que reclaman es nada más que el cumplimiento responsable de
sus funciones:
“No nos vamos hacer juez ni subprefecto. Está bien que sean autoridades, pero no
para que usen contra nosotros. Porque somos campesinos, de poncho y sombrero,
nos quieren ellos tener debajo del zapato. ¡No pues!” (E. M.).

LA CENTRALIZACIÓN DE LAS RONDAS DE


HUANCABAMBA
13 Desde el comienzo, la idea era crear una central que agruparía a todos los comités locales
de rondas campesinas en la provincia de Huancabamba. Una delegación viajó a Lima para
informarse en el Ministerio del Interior sobre el estatus legal de las rondas y para pedir
autorización de crear la organización. Ante la negativa, buscaron un abogado en Piura
para que les diseñe una solución sin chocar con dispositivos legales, además de
elaborarles los estatutos correspondientes.
14 El 21 de julio de 1983 se firmó en el municipio de Huancabamba el acta de fundación del
“Comité de Defensa de Agricultores y de Ganaderos de las Provincias de Huancabamba y
Ayabaca”.1 Aparte de los tenientes gobernadores y los delegados de 29 caseríos estaban
50

presente el subprefecto y el teniente alcalde — las autoridades políticas ya se habían


convencido del beneficio de las rondas —, el abogado y un representante de la Guardia
Civil y de la PIP. Este último se quejó de excesos y exhortó a los ronderos a no propasarse
en los castigos. Sin embargo, el flamante presidente no dejó dudas en su discurso
inaugural:
“... si la llamada justicia legal no nos hace justicia a nuestro clamor, la haremos
nosotros mismos.” (Tomado del acta de fundación).
15 En la misma asamblea fueron aprobados los estatutos propuestos por el abogado. Que éste
era hombre de izquierda se desprende de las formulaciones, una reproducción de los
reglamentos impregnados con una retórica marxista-leninista impuestos por Patria Roja
en las rondas de Cajamarca. Así los principios fundamentales de la organización serían la
autonomía política en unión con otras clases explotadas (“los campesinos tienen derecho
de coordinar y luchar junto a los obreros y demás sectores explotados de nuestro país en
base a un programa único de lucha”), la crítica y autocrítica (“mediante este principio se
solucionan las contradicciones que existen en el seno del pueblo”), el centralismo
democrático y la independencia económica. De esta manera, las rondas campesinas de
Huancabamba tienen el programa más radical de todas las rondas de la sierra de Piura; 2
algo insólito, si se toma en cuenta que casi desde el comienzo fueron ampliamente
dominadas por Acción Popular. El reglamento, en cambio, que es parte de los estatutos, se
acerca bastante a la realidad:
“... en vista de las múltiples necesidades en que el pequeño agricultor y ganadero,
como el trabajador de campo atraviesa, se ve en la imperiosa necesidad de
agruparse en pequeños comités de defensa a fin de poder luchar contra los males
sociales de ciertos hombres de mal vivir que no dejan tranquilidad al agricultor y
ganadero, como es el abigeato o el robo descarado y por la negativa de las malas
autoridades y la mala administración de justicia por la que atraviesa nuestra
patria....
16 Ante este caos en que vive el campesinado peruano se ha visto la necesidad de agruparse a
fin de poder hacer justicia por estar marginado el agricultor o productor y más bien con
los derechos protegido el malhechor.
17 El Comité de Defensa luchará por sus justos derechos, en contra de la explotación, la mala
justicia, los abusos por parte de las autoridades, los engaños, calumnias, a que cada día
está sometido el campesino huancabambino y ayabaquino.” (Tomado del reglamento del
Comité de Defensa).
18 En los primeros dos años después de la creación de la central se formaron 66 comités de
base. Pero el gran salto hacia adelante se produjo recién en 1985, cuando cambió la
dirigencia y se reestructuró la agrupación. Como nuevo presidente fue elegido un
ganadero bastante acomodado, influyente y conservador, calificado desdeñosamente por
sus adversarios como “gamonalito”, pero muy respetado por su gente, a quien aquí vamos
a llamar Manuel Cruz. En los próximos cuatro años Cruz, quien al ser elegido por primera
vez tenía unos setenta años, sería el líder máximo de las rondas en Huancabamba; en su
casa, donde había instalado una pequeña oficina, convergieron todos los hilos.
19 Lo primero que hizo fue reorganizar la estructura de la central, poniendo al frente un
Comité Ejecutivo Provincial (CEP), compuesto por el presidente, vicepresidente y seis
secretarios. La tarea principal del CEP, que se reúne una vez por mes, es la representación
de las rondas ante la burocracia oficial: la policía, la justicia y las autoridades políticas.
Aparte de eso, es la máxima instancia para decisiones y apelaciones de todas las rondas de
51

Huancabamba. Es en el CEP en donde se toman los acuerdos en casos de no poder ser


resueltos a nivel local, que decide si un abigeo es castigado por la misma ronda o
entregado a la justicia formal, y que negocia con las autoridades cuando un rondero cae
preso.
20 Una peculiaridad de las rondas en Huancabamba son los Comités Especiales agregados a la
central y a las subcentrales. Se trata de grupos de dieciocho hombres escogidos,
extraordinariamente robustos, quienes entran en acción cuando hay que solucionar casos
particularmente difíciles, es decir para “persuadir” a los más renuentes que sólo se dejan
convencer por la fuerza. Que estos hombres no están para bromas se ha divulgado
rápidamente entre buenos y malos, y por lo general basta con amenazar con su misión
para restablecer el orden: “El Grupo Especial viene como la muerte, que no se sabe cuando
llega” (E. M., Huanca-carpa Bajo).
21 El rápido desenvolvimiento de la rondas en Huancabamba a partir de 1985 se debe en
buena medida al prestigio y la energía de Manuel Cruz. Con sus colaboradores recorrió
todos los caseríos, convocó a asambleas e impulsó la formación de comités. Para
estructurar con más eficiencia las organizaciones — y, como admite, para tener más
control —, Cruz insistió en la creación de subcentrales, las cuales según criterios
geográficos reunirían un determinado número de comités locales. Además exigió el
empadronamiento de todos los ronderos, cada grupo tuvo que depositar en su oficina una
nómina de sus miembros. Finalmente, se estipuló una cuota para cada rondero según la
propiedad de ganados; la mitad del dinero recaudado quedó en la base para comprar
linternas, pilas o cuadernos, la otra mitad estaba a disposición del CEP, en primer lugar
como reserva para eventuales procesos.
22 Para demostrar a las autoridades que de allí en adelante tenían que contar con las rondas,
Cruz convocó a una manifestación para el 24 de junio de 1986, el día del campesino.
Varios miles de campesinos llenaron la plaza de Huancabamba y desfilaron ante la
tribuna, donde al lado de su presidente estaban los representantes del municipio, de la
iglesia, de CORPIURA3 y de la policía. Fue una demostración de fuerza que logró su
objetivo; desde entonces, dice Cruz, la relación con las autoridades ha mejorado
considerablemente.
23 Sin embargo, más que un desafío fue una exhortación a los representantes del Estado de
respetar sus propios códigos. Toda la gestión de Manuel Cruz estuvo caracterizada por un
pronunciado — y como veremos a veces exagerado — legalismo:
“A mi siempre me ha gustado y me gusta respetar las leyes. ... La primera reunión
que hice fue en Huancacarpa Alto con el fin de hacer conocer algunos artículos de la
ley, de la Constitución del Estado, del Código Civil para que la gente comprenda que
no estamos sin ley. Teníamos la ley que nos facultaba, la Constitución del Estado, el
artículo 2 en su inciso 11 facultaba organizarnos sin intervención ninguna, como
también en el reglamento el Código Civil faculta en el artículo 80 organizarse con
fines comunes no lucrativos. ... Entonces, las masas [sic] preguntaron por la
Constitución, por el Código Civil, el Código Penal y compraban sus libros, y se
dieron cuenta también que era la realidad lo que yo les estaba diciendo.”
(Entrevista con Manuel Cruz, Huancabamba 15.6.89).
24 En junio de 1989, poco antes de culminar la presidencia de Manuel Cruz, el Comité de
Defensa de Huancabamba contaba con el Comité Ejecutivo Provincial con sede en la
capital de provincia, la central en Huancacarpa, siete subcentrales y 174 comités locales,
y, según las afirmaciones del todo creíbles del mismo Cruz, con un total de alrededor de
14,000 ronderos inscritos.
52

25 Tal potencial resulta atractivo para cualquier político. Aunque el APRA pelea espacios,
Huancabamba es un baluarte de Acción Popular, con el cual también simpatizan Manuel
Cruz y sus compañeros del CEP. Por más que se propale el carácter apolítico de las rondas,
entre bastidores se produce cualquier tipo de riñas para ganarse algunas ventajas; esto
ocurre entre la derecha en Huancabamba igual como entre la izquierda en Frías.
26 Para la FRADEPT, dominada por la izquierda, el pronunciado legalismo de los dirigentes y
más aún su afiliación con partidos considerados de derecha, fue motivo de difamar las
rondas de Huancabamba y Huancacarpa como “anticampesinas” y “burocráticas”4.
Asumir que los campesinos se organizan para actuar en contra de sus intereses es, por
supuesto, una tontería; en cambio, la imputación de un exagerado burocratismo
infortunadamente no carece de un sustento muy real.
27 A fines de los ochenta, uno de los últimos actos de Cruz como presidente fue consagrar la
división de la central que él mismo había construido con mucho sacrificio. No estaba de
acuerdo con que los dirigentes de la central de Huancacarpa Alto mudaran su sede más al
centro del extenso caserío, a “Huancacarpa Centro”. Ahora bien, este caserío no aparece
en el catastro, no cuenta con tenientes gobernadores ni agentes municipales, en fin: no
existe. Sin hacer caso a argumentos pragmáticos, Cruz se negó aceptar el traslado de la
central a un lugar el cual legalmente no existía. Claro, no era ningún secreto que entre los
dirigentes de Huancacarpa Alto se encontraban sus adversarios políticos: los apristas. Sea
como fuera, cuando ellos seguían insistiendo en su central en “Huancacarpa Centro”, Cruz
convocó a una asamblea y sin mayor discusión trasladó la central a Shapaya, en la otra
orilla del río.
28 Después de haberse culpado mutuamente del divisionismo y de maniobras políticas, y de
haberse acusado por la “creación de una ronda paralela” en la sub-prefectura, Cruz se
dirigió al fiscal y a la policía, denunció al presidente de Huancacarpa Alto por “abuso de
autoridad” y “usurpación de justicia” y demandó la entrega del sello (“Central
Huancacarpa Alto”) y del estandarte. Con ello, la división de las rondas en Huancabamba
estaba consumada; afortunadamente el impacto en los comités locales fue limitado.
Veremos brevemente uno de ellos.

SEGUNDA ALIGUAY
29 El burocratismo que la FRADEPT reprocha a las rondas de Huancabamba tiene también su
lado positivo: facilita sumamente el trabajo al cronista encontrar todo escrito. El
subcomité de Segunda Aliguay al noroeste de la capital, que reúne 162 familias, lleva
desde al año 1984 un libro de actas, un cuaderno de denuncias, un cuaderno de arreglos,
un cuaderno de observaciones y un libro de servicios nocturnos. Aunque a veces se
mezclan los apuntes y es difícil descifrar las escrituras, son una valiosa crónica de seis
años de trabajo de las rondas campesinas.
30 Entre la extensa correspondencia, la cual como en muchos lugares está a cargo de
profesores, se encuentran oficios de jueces de paz y de la Guardia Civil solicitando ayuda
para capturar un delincuente o para esclarecer un delito. La ronda de Segunda Aliguay, a
su vez, se dirigió en varias oportunidades a otros comités — entre ellos a San Ignacio en el
vecino departamento de Cajamarca, adonde migran muchos huancabambi-nos para
trabajar en las plantaciones de café — para pedir auxilio. Por lo menos en el papel, la
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cooperación entre los diferentes comités de ronda campesina y entre ellos y las
autoridades parece funcionar bien.
31 Lo que llama la atención en los libros de servicio, son las escasas anotaciones. En 360
noches que están registradas en cinco libros, lo que se encuentra son apenas algunas
menudencias (“Encontramos a un señor mariado a las 4 horas en la casa de la señora M.
Castillo y se portó mal, nos mandó a la mierda”); aparte de eso las observaciones en la
columna “sucesos” se limitan a los nombres de los ronderos que habían rehuido al
servicio.
32 En los cuadernos de denuncias encontramos todos los problemas cotidianos que hemos
visto también en Frías: pleitos entre vecinos, ofensas, robos menudos, discordias
intrafamiliares y muy raras veces el hurto de ganado mayor. En un caso, el presidente de
una junta de regantes se dirigió a la ronda para que garantice la equitativa repartición del
agua. De los cinco cuadernos de denuncia para los años 1984 hasta 1989 hemos elaborado
el siguiente cuadro, el cual en razón de que las anotaciones a veces son un poco caóticas
naturalmente no puede ser completo, no obstante da una fiel imagen del campo de acción
de las rondas:

33 Es notorio, entonces, que también en Segunda Aliguay las rondas campesinas se dedican
principalmente a la solución de problemas cotidianos, y de los libros de arreglo se
desprende que en la mayoría de los casos logran un acuerdo satisfactorio. El abigeato, el
cual una vez fue la causa de su formación, ha virtualmente desaparecido; sólo para evitar
rebrotes, las rondas mantienen su servicio nocturno.

QUISPAMPA
34 No podemos dejar las rondas campesinas de Huancabamba sin detenernos por un
momento en Quispampa, la comunidad campesina colindante a la ciudad hacia el lado
suroeste, la cual ha formado su propio “Comité de Defensa”.
54

35 Aunque mucho más pequeña que las otras dos comunidades en el valle del río
Huancabamba, Quis-pampa cuenta con 25 caseríos y unos 2,000 comuneros calificados. La
mayor autoridad en los caseríos siempre la tenían los tenientes gobernadores, es decir
funcionarios impuestos por el Estado y no elegidos por los comuneros. Las autoridades
comunales, fuese antes el personero o más tarde el Consejo de Administración, en cambio
casi no se manifestaron. La vida comunal, si es que existía, estaba limitada a los caseríos y
no abarcaba a la comunidad en su conjunto.
36 Esta situación comenzó a cambiar al inicio de los años ochenta, cuando regresó a
Quispampa un comunero quien había vivido varios años en Lima y en la sierra central,
donde no solamente entró en contacto con la CCP y partidos de izquierda, sino también
había conocido “verdaderas” comunidades campesinas. Fue elegido presidente de la
comunidad y junto con algunos correligionarios, todos del ala radical de la izquierda
legal, inició el trabajo de cohesión comunal en Quispampa como lo había visto en el valle
del Mantaro.
37 Gran parte de los problemas en la comunidad, como en toda la sierra de Piura, se dan por
tierras. Si antes los tenientes gobernadores fueron aceptados como arbitros, con el
tiempo cada vez más comuneros se dirigieron a la justicia formal en Huancabamba.
38 La meta principal de la nueva dirigencia, entonces, fue llenar este vacío de autoridad en la
comunidad. Al comienzo no tenían mucho éxito. Cierto que los comuneros ahora
consultaban primero a su dirigencia, pero cuando no estaban de acuerdo con las
decisiones recurrían otra vez a jueces, fiscales, policías o políticos. La autocrítica de un
ex-dirigente de la comunidad, uno de los innovadores, enseña que el dilema en el fondo
persiste hasta ahora:
“... los dirigentes hemos sido mediocres, no hemos entendido a cabalidad y no
hemos tenido la capacidad suficiente para hacerse respetar ... Ya no había
realmente autoridad en la comunidad, los tenientes habían perdido su autoridad, su
capacidad, actas y más actas, incluso en la misma Administración había actas y más
actas que se hacían y al final de cuentas quedaron en nada. ... Los tenientes ya
habían perdido su respeto, incluso de arreglos así simples, arreglos de tierras,
arreglos de equis. Incluso al teniente si querían le daban sus cuantos golpes y no
pasaba nada. ” (Entrevista con A. P., Huancabamba 23.7.89).
39 A pesar de las limitaciones, el grupo ha logrado por lo menos una conciencia
rudimentaria entre los comuneros sobre el sentido y contenido de una comunidad
campesina y reforzado la identificación con su comunidad. Gran influencia en este
proceso ha tenido la ronda campesina, creada en 1983 como “Comité de Defensa de Bienes
Patrimoniales y Seguridad Social”, que dio a los dirigentes un instrumento para imponer
sus decisiones, al menos en algunos casos.
40 Llama la atención que los comuneros se burlen de las resoluciones de la dirigencia
comunal, pero al mismo tiempo acepten los acuerdos de la ronda. Pero es necesario ser
consciente que para ellos el beneficio de una comunidad campesina durante mucho
tiempo fue un misterio, mientras que la ronda pudo mostrar su utilidad después de pocos
meses de existencia.
41 Cuando en Huancabamba se notaron los primeros esfuerzos de agrupar todas las rondas
campesinas de la provincia en una sola central, los de Quispampa presentaron su propio
proyecto. Similar a la ideología de la FRADEPT, con la que siempre han coordinado, para
ellos “la comunidad es la madre y la ronda la hija”, de tal manera que formaron su propia
55

central, la cual reúne los comités de los caseríos y funciona como comité especial
subordinado a la dirigencia comunal.5
42 Hoy en día, los tenientes gobernadores cuentan con el apoyo de las rondas para el arreglo
de problemas y han recuperado parte de su autoridad. A diferencia de las rondas de la
central en Huancacarpa, las decisiones en Quispampa no son tomadas en asamblea, sino
de acuerdo a un reglamento interno que estipula también los castigos. El funcionamiento
de las rondas, al menos esa es la idea, se basa más en la conciencia que en la disciplina
rígida y la coerción:
“En Quispampa hacemos más trabajo de conciencia, no se les obliga como en
Huancacarpa, no les exigimos a la gente, vienen los más conscientes. No se puede
hacer bien contra la voluntad. En las asambleas al presidente se puede decir todo,
hay discusión. En Huancacarpa no se puede discutir. ” (Entrevista con M. Ch.,
Huancabamba 20.7.89).
43 El leit motiv de la organización de rondas campesinas es el fortalecimiento de la
comunidad como fue planteado por el grupo alrededor del migrante de retorno:
“Pensamos que la comunidad debe ser otra, de que debe tener otros servicios.
Puede surgir más, puede desarrollar más, y es allí donde la ronda debe estar de
todas maneras permanente como autoridad comunal, como refuerzo de la
dirigencia comunal, con el fin de que se haga cumplir todos los acuerdos que haiga
en beneficio de la comunidad. ” (A. P.).
44 Aunque la organización comunal todavía es bastante débil, no se puede negar algunos
avances. En comparación con las otras dos comunidades en la zona y con muchas otras en
la sierra de Piura, Quispampa presenta una imagen bastante cohesionada. Cuando en
Huancabamba se habla de la comunidad, se refiere siempre a Quispampa.
45 En la central de Huancacarpa, empero, la posición particular de la comunidad no es bien
vista. Detrás de la terca negación de los ronderos de Quispampa de afiliarse a esta central
hay por supuesto también razones políticas. Todos los cargos influyentes en la comunidad
son ocupados por hombres de izquierda, quienes de ninguna manera quieren someterse a
la dirigencia conservadora del Comité Ejecutivo que dirigía Cruz, cuyo legalismo les
parece totalmente inoportuno. A raíz de una serie de malas experiencias con las fuerzas
policiales, hasta ahora se han negado a toda colaboración.

NOTAS
1. Ocho pueblos de la vecina provincia de Ayabaca se habían afiliado a la central de
Huancabamba, de ahí el nombre.
2. De todias las rondas campesinas que he estudiado, son las únicas con estatutos propios por
escrito.
3. Corporación de Desarrollo de Piura, entidad estatal.
4. FRADEPT, Plan de Trabajo 1988.
5. En las otras dos comunidades, Huaricancha y Segunda y Cajas, la relación es al revés: la
comunidad es miembro de la central de Huancacarpa y subordinada a sus decisiones: una
excepción son los litigios por tierra que no son tratados por la ronda.
56

Túnel VI

1 EL CASERÍO DETúnel VI, situado a unos dos kilómetros de la capital del distrito de Paimas,
debe su nombre a uno de los tantos conductos subterráneos del canal que lleva sus aguas
del río Quiróz a la represa de San Lorenzo. Cuando el canal fue construido en los años
cincuenta, muchos campesinos de la vecina hacienda de Pillo se mudaron a sus orillas y
comenzaron una modesta agricultura de riego.
2 A unos 600 metros sobre el mar, Túnel VI se ubica entre costa y sierra. El clima cálido es
favorable para el cultivo de maíz y sobre todo de arroz, el cash crop de los campesinos, que
para el autoconsumo siembran además un poco de yuca, camote o frijoles. La tenencia de
tierra es muy homogénea; la mayoría posee entre 0.5 y 2.5 hectáreas, y el que tiene más
terrenos cuenta con apenas 6 hectáreas (Starn, 1989: 206). Hasta la reforma agraria, la
tierra pertenecía a la hacienda Culqui de Eduardo Leigh, descendiente de inmigrantes
irlandeses. A diferencia de las haciendas colindantes de Pillo y Zamba, que se convirtieron
en comunidades, los campesinos de Culqui optaron por la adjudicación individual y
formaron la Asociación de Conductores Directos Micaela Bastidas, la cual fracasó
rápidamente. Si hay “típicos” campesinos parcelarios, los encontramos en Túnel VI, en
donde la economía campesina tiene aún menos características comunales que en Frías o
Huancabamba.
3 Al igual que Frías, el distrito de Paimas fue fuertemente afectado por las lluvias del 83.
Según uno de los pobladores, se perdieron alrededor del 90% de la cosecha. Algunos
consiguieron un crédito del Banco Agrario para comprar al menos la semilla para el año
siguiente, pero la mayoría se vio forzado a vender ganado. Los que no querían separarse
de sus propios animales, se sirvieron del vecino; un brusco incremento del abigeato hizo
lo suyo para volver la situación insoportable.
4 A fines de 1983 se reunieron cuatro hombres para alternarse en la custodia de sus
animales. Fue en ese momento cuando un profesor de Cajamarca que llegó a parar en
Paimas, les comentó de las rondas campesinas en Chota. Pero, al tratar de organizar
rondas en su pueblo, solamente unos cuantos vecinos los tomaron en cuenta. Sin
embargo, en marzo del 84, empezaron con las patrullas nocturnas, y tres meses más tarde
se formalizó la organización.
5 En los meses siguientes se encontraron con problemas difíciles con la Guardia Civil, a
pesar de que el alcalde, el gobernador y hasta el subprefecto se habían expresado a favor
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de las rondas. Valentín Castillo, el enérgico presidente de las rondas de Túnel VI, fue
detenido una semana en la cárcel de Ayabaca; los guardias lo acusaron de terrorista, lo
amenazaron y lo apalearon. Durante siete años de trabajo para la ronda — sin poseer ni
una sola vaca — ha acumulado quince denuncias. Sin embargo, su perseverancia valía la
pena; cada vez más campesinos se afiliaban a la ronda y también los pueblos colindantes
empezaron a organizarse. En agosto de 1985, 22 comités del distrito de Paimas se
congregaron en una central con sede en Túnel VI.
6 Desde entonces, cada domingo hay reunión en la casa de Valentín Castillo para tratar los
problemas pendientes, si es que casualmente no se encuentra en Ayabaca, Piura, Lima o
Cajamarca en un congreso campesino o en una convención de ronderos. Por lo general
están presentes el teniente gobernador y varios miembros de la central, dan opiniones y
hacen propuestas, pero es Valentín quien lleva la palabra. Todo es mucho más informal
que en Frías o Huanca-bamba. Valentín sabe que su palabra pesa y no omite ocasión para
dirigirse con una pequeña prédica a sus oyentes; explica a los acusados las consecuencias
de su mal comportamiento, los exhorta a que cambien su actitud, a ser buenos moradores.
7 En pocos años, la ronda de Túnel VI se ha ganado un espacio comparable con el de las
centrales de Frías o de Huancabamba. Ahora que el abigeato ya no es problema, se dedica
sobre todo a la reglamentación de la vida cotidiana. En una asamblea general fueron
prohibidos formalmente todos los gestos y las palabras que podrían provocar broncas; a
los dueños de las tiendas se les prohibió la venta de licor y el uso de tocadiscos después de
las ocho de la noche; quedó vedado, además, golpear animales, y se acordó una limpieza
general del pueblo. Durante los primeros meses, cuando el abigeato todavía era vigente,
se ordenó además un toque de queda: quien era encontrado por la ronda después de las
nueve, conocido o no, tenía que pasar la noche bajo custodia del teniente gobernador.
Finalmente, en 1990 se terminó la casa comunal básicamente con el apoyo de la ronda, la
cual en vez de recurrir al castigo físico sancionaba con la obligación de elaborar cierta
cantidad de adobes.
8 Igual que en Frías y Huancabamba, las rondas de Túnel VI se han ganado no solamente la
confianza de los pobladores, sino también la de las autoridades. La Guardia Civil ha
optado por un comportamiento más conciliador después del cambio del comandante,
pero son sobre todo los jueces de paz quienes colaboran con las rondas y les traspasan
algunos casos para que apliquen el castigo:
“... me dirijo al despacho de su digno cargo, para hacer de su conocimiento que ante
este Juzgado de Paz de Única Nominación fueron presentes: Clodoaldo Pintado
Sánchez, Clarita Chunga de Pintado, Carlos Gómez García, Julia Chunga de Gómez,
Fermín Astíz y la Teobalda Astíz, esta última por haber levantado calumnia en
agravio de hogar de la familia Pintado. Se llegó a comprobar que la autora de los
problemas es la sra. Teobalda Astíz. Mi despacho va a disponer de 24 horas de
sanción a la sra. Teobalda Astíz, siendo necesario le apliquen un rigor popular.”
(Tomado de un oficio de un juez de paz de Paimas, dirigido a la central de rondas
campesinas el 12 de abril 1989).
9 Orin Starn, quien ha estudiado detalladamente la ronda de Túnel VI, enumera 138 casos
tratados entre julio de 1986 y agosto de 1987 (Starn, 1989: 207), entre abigeatos (13) y
otros robos (22), litigios por tierra (21) y por agua (6), asaltos (13), indemnizaciones (17),
deudas no canceladas (12) y difamaciones (5). Llama la atención el alto porcentaje de
discordias intrafamiliares cuya solución es encargada a la ronda, entre ellas incidentes
tan delicados como el maltrato o el abandono de la esposa y tres casos de violación.
58

10 El siguiente acta de arreglo demuestra cómo la ronda dispone que dos cónyuges que
habían molestado a los vecinos por sus frecuentes altercados, son obligados a cambiar de
actitud y además mudarse a otra calle para evitar más problemas:

Acta Provisional de Arreglo


11 Siendo las 6 de la tarde del día domingo 12 de febrero de 1989, se presentaron los señores: Samuel
Castro Parva natural y residente de Paimas de 34 años de edad, identificado con L. E. No.......y la
señora Gloria Córdova Trelles natural y residente en Paimas. En este Comité Central de Rondas
Campesinas Túnel VI Paimas y en presencia de ¡a autoridad política del mismo caserío después de
una pequeña debate llegaron a los siguientes acuerdos:
12 Primero. Los dos señores arriba mencionados acordaron reconciliarse voluntariamente ambas
partes a comportarse bien como convivientes y padres de cuatro criaturas menores de edad y
seguir viviendo en una forma pacífica. Por otra parte el sr. Samuel va a sacar su casa a otra calle
del mismo pueblo para evitar de varios comentarios contra el y su esposa. En caso de
incumplimiento a la presente acta de acuerdo hecha por ellos mismos hará una multa de 200
adobes para obras comunales y una sanción de acuerdo a las costumbres que dan las rondas y
luego se pasarán a la autoridad que corresponda. De conformidad ambas partes firman la presente.
13 Quisiera enfatizar dos puntos en este acto de arreglo que, como hemos visto también en
ejemplos anteriores, son sintomáticos para el trabajo de las rondas campesinas. Primero,
la meta suprema es la corrección, la reinstalación de la paz social; segundo, las rondas no
se entienden como competencia, sino como ayudantes de las autoridades oficiales,
siempre y cuando estos desempeñan íntegramente su cargo (“... luego se pasarán a la
autoridad que corresponda”).
14 Revisemos otra acta de arreglo de la ronda de Túnel VI para demostrar con más claridad
este aspecto de la justicia campesina y cómo se distingue de la justicia formal. Se trata de
un caso de abigeato que fuera esclarecido después de varios meses. Otra vez llama la
atención la búsqueda de una conciliación entre ambas partes para restablecer así la
armonía en el caserío; es un magnífico ejemplo para lo dicho antes: que el objetivo de las
rondas es en primer lugar encontrar el equilibrio a través del consenso:

Acta de Arreglo
15 A este comité central de Rondas Campesinas Túnel VI-Paimas se presentaron los señores Hernán
Pardo Pardo y Constantín Cortéz Ambulay para arreglar sobre una vacona negra con la marca HP
de su propiedad del sr. Hernán que fue sustraido por Constantín Cortéz Ambulay y en este comité
central siendo las 11 del día domingo 26 de Febrero de 1989 arreglaron armoniosamente ambas
partes. El sr. Constantín por no contar con recursos económicos se comprometió a darle un derecho
de un terreno ubicado en la loma la Nola, comunidad Marmas, sector Pichandul, más I/. 20.000
(veinte mil intis) que serán cancelados el primero de mayo presente. Así mismo se acordó que este
arreglo debe otorgar un documento al presidente de administración de la comunidad en caso de no
llegar a un acuerdo con el presidente de la comunidad tomarán otro acuerdo los señores ya
mencionados evitando de que ninguna de las partes salga afectada y de conformidad ambas partes
firman el presente acto.
16 Sean cuales fueran las inquietudes de los campesinos en Túnel VI, la ronda da margen
para animadas discusiones. Hacia el interior ha impulsado un sentido comunal inédito en
59

el caserío, hacia afuera funciona como portavoz de los pobladores. Si se trata de dirigir
una solicitud al prefecto, invitar al párroco a una inauguración, hacer público un caso de
corrupción, pedir un favor a un diputado es la ronda quien lo asume.
17 En una ocasión un miembro de la Guardia Civil se quejó que Valentín Castillo era a la vez
policía, juez y autoridad política (“sos todo”), y éste no lo negó: “Somos todo, porque todo
lo manejamos nosotros”.
60

Simirís

1 TERMINAMOS NUESTRO panorama de las rondas campesinas en la sierra de Piura con una
breve visita a la comunidad campesina de Simirís en el distrito de Santo Domingo.
2 Hasta fines de los años cuarenta, Simirís era hacienda; cuando el dueño murió en 1946,
dejó seis herederos, quienes no tenían interés en la propiedad. Uno de ellos había
estudiado en España y a su regreso aparentemente se acercó al Partido Socialista de
Luciano Castillo y Hildebrando Castro Pozo. Como apoderado de los herederos, ofreció la
hacienda en su integridad al conjunto de los arrendatarios, es decir, sin recurrir a
parcelaciones. Los colonos contribuyeron cada uno según sus posibilidades, y el 9 de
setiembre de 1948 se suscribió el contrato; como testigo firmó Sinforoso Benites del PSP.
3 El acuerdo contenía dos cláusulas que prohibían la transferencia de las parcelas a
foráneos y preveían una parte de la tierra para el uso colectivo. Sin duda, eso se debe a la
fuerte influencia de los socialistas en Simirís, quienes trataron de convertir la hacienda
inmediatamente en cooperativa. Sin embargo, la Cooperativa de Consumo Simirís
Limitada no prosperó porque los campesinos querían explotar sus parcelas
individualmente y fue disuelta muy pronto. Cada familia recibió la parte que le
correspondía según su contribución en la compra; un sector en la parte baja de la
hacienda, que nadie quiso comprar, quedó como pasto natural para el conjunto de los ex-
colonos.
4 Este terreno colectivo fue veinte años después la principal causa para la transformación
de Simirís en comunidad campesina. Como formalmente no tenía dueño, estaba
amenazado de ser afectado por la reforma agraria, así que los pobladores solicitaron
apresuradamente el reconocimiento como comunidad, solicitud aprobada el 25 de
octubre 1977. Desde ese entonces, Simirís cuenta con una Junta Directiva, pero todo
quedó en lo formal. Los campesinos continúan usufructuando el pasto colectivo sin
retribución a la comunidad, y con ello la organización comunal ha cumplido su rol.
5 El impulso para más colectividad vino, como en tantos casos, de la ronda campesina. Sin
embargo, esta vez no fue un efecto secundario no intencional, sino planificado
concientemente por un grupo de jóvenes comuneros. Muchos de los campesinos en
Simirís no habían olvidado sus estrechas relaciones con los socialistas en los años
cuarenta y habían trasmitido algo de estas ideas a sus hijos. De tal modo se formó en la
61

comunidad un grupo de jóvenes tempranamente atraídos por la izquierda, y cuando


migraron hacia las ciudades de la costa participaron activamente en la vida política.
6 Uno de ellos regresó después de varios años de vida nómada en ciudades como Tarma,
Arequipa y Lima a su tierra natal y empezó a trabajar como profesor. Fue la época cuando
el abigeato había llegado a su punto más crítico; se sabía de las rondas campesinas de
Cajamarca y Huancabamba, pero faltaba alguien con el entusiasmo y los conocimientos
necesarios para organizar algo semejante en Simirís. Beto, como es llamado por sus
amigos, asumió el reto:
“Yo había recorrido toda la zona de Simirís hasta Lima, ya tenía alguna experiencia,
conocía la CCP y todo a nivel de libros sobre las rondas, me encontraba con gente de
Cajamarca. Entonces vengo acá y hago papelitos en Simirís que invitemos al
domingo 10 a formar las rondas campesinas. Y así a toditos los caseríos, casa por
casa. Invité a Huala, invité a Santo Domingo, a Jacanacas. Entonces el 10 de marzo
de 84 vino la gente, fue una reunión muy grande, pero nadie tenía experiencia,
solamente teníamos la experiencia de conocerlas y decir qué se va a organizar.”
(Entrevista con E. L., Piura 1.4.89).
7 Demoró más de un año para que los ocho sectores de la comunidad formaran su comité de
rondas. Mientras tanto, otros migrantes habían regresado a Simirís, entre ellos el
hermano menor de Beto. Todos habían sido activistas en partidos de izquierda y se
sentían atraídos por la noticia de las rondas campesinas en su tierra:
“Con Beto fuimos ocho de Lima. Nosotros nos comprometimos desde un inicio a
trabajar duramente hasta que ya la ronda la dejamos organizada, la dejamos con
una estructura de grupos y todo, para que se siga. ... Yo vine el 85, y el 84 ya había
regresado mi padrino Juan Sánchez, el justamente es el presidente de la comisión
organizadora para las rondas en Simirís. Cuando vengo yo agarramos más fuerza,
con materiales que traje yo. Después vino el compañero Felipe Castro de Huacas,
también de Lima, que vivimos juntos en una casita por San Martín. Cogimos la
experiencia y la iniciativa de fortalecer y de formar las rondas aquí, impulsamos los
grupos, organizamos los grupos, el control de grupos, las partes estratégicas,
apoyamos hacer las casetas de rondas.... Así fue que nosotros venimos con la idea,
gracias a los intercambios que había en la ciudad, con gente de los barrios, gente
con que trabajamos nosotros, de provincia también, nos ha servido de mucho.”
(Entrevista con C. L., Simirís 26.6.89).
8 En muy poco tiempo, todos los cargos de la ronda estaban ocupados por los migrantes
retornados. Sin embargo, para ellos la organización de los grupos para enfrentar el
abigeato nunca fue la finalidad en sí; en primer lugar, vieron la posibilidad de organizar a
un campesinado atomizado alrededor de un fin compartido, para encaminarlo poco a
poco hacia otras metas. A mediano plazo, esto significó el fortalecimiento de la
comunidad.
9 El motivo fue sin duda una visión muy idealizada de la comunidad andina, la cual sólo se
la conoce de oídas en la sierra de Piura. Aquí, todo lo que no era hacienda fue sin orden ni
concierto considerado comunidad; la “verdadera” comunidad, en cambio, la de los Andes
centrales y sureños, era para nuestro grupo sinónimo de solidaridad, de la fuerza del
pueblo, en fin: de socialismo. Habían estudiado a su Mariátegui y querían convertir
Simirís en "verdadera" comunidad, considerando la ronda campesina como caldo de
cultivo:
“La ronda es muy importante, pero tiene que trabajar con las organizaciones
creadas, olvidadas como las comunidades. Porque la comunidad aquí surgió antes,
pero como la ronda fortaleció la unidad, la ronda es la que está dando a mover la
comunidad, entonces debe pasar la fuerza de la ronda a la comunidad. Cuando la
62

ronda apareció con tanta fuerza era la adonde iba todo: problema de tierra, robo,
chisme, el esposo pegaba a su esposa, un montón de cosas. Entonces la ronda ha
dicho pues la comunidad y las autoridades tienen que ayudar. Entonces en esta
medida es que la ronda abre su campo de capacitación o sea como tiene más acogida
dice: esto hay que hacer. Hoy en día ya la directiva comunal se ocupa de problemas
de tierra y agua dentro del territorio, las rondas campesinas de cada sector se
ocupan de pequeños problemitas, el robo de una gallina, que el vecino me ha hecho
tal daño, bueno esto.” (C. L.).
10 La ronda fue subordinada a la junta directiva comunal como Comité Especial de
Autodefensa. Un grupo de trabajo, encabezado por supuesto por uno del grupo innovador,
elaboró el reglamento interno de la comunidad. Sin embargo, para ser una auténtica
comunidad había que fomentar también la identificación de los pobladores con su tierra
natal. Para tal motivo fue creado otro comité especial, el de Educación y Cultura:
“También criticamos a la educación, decimos que la educación apunta para allá (la
costa), pero no para aquí. Si les decimos, ¿aquí se estudian las luchas para comprar
la hacienda? No. Pero sí se estudia la revolución francesa. ¿Ustedes saben los ríos y
las quebradas que tiene nuestra comunidad? No. Pero los ríos de la costa, sí.
Entonces alguien que estudia aquí y puede quedarse y no sabe qué recursos tiene,
¿cómo puede mejorar?” (C. L.).
11 Con la misma intención, se estimuló la creación de un conjunto musical, se llamó a un
concurso de narración entre los alumnos para contar la historia de la comunidad, y se
extendió el calendario ceremonial; desde el año 1986 se celebra el Día del Campesino con
desfile de antorchas, pelea de gallos, música y sociodramas que cuentan la historia de las
rondas campesinas.
12 Sus esfuerzos de impulsar la unidad comunal fueron apoyados por una ONG, equipada en
parte con personal oriundo del mismo Simirís. Después de las lluvias del 83, CEPESER
(Central Peruana de Servicios) ofreció asistencia tecnológica a la comunidad, pero la
dirigencia de la ronda pidió además un sociólogo para que les ayude en la activación de
sus ideas. La cooperación se materializó en la publicación de algunos libros sobre
tecnología campesina, pero también sobre historia y vida cultural en la comunidad. Es sin
duda un ensayo interesante; el tiempo nos hará ver los resultados.
63

A modo de conclusión

1 LAS RONDAS CAMPESINAS surgen en una región abandonada por el Estado. Esta ausencia, sin
embargo, no es ninguna peculiaridad de la sierra norte; es más bien una característica del
Estado peruano, la centralización de las decisiones políticas y económicas y la
concentración del aparato administrativo en la capital, Lima. “Es por ello — dice Carlos
Franco (1985: 54) — que en la vasta mayoría de demarcaciones de nivel local no se
encuentra presente instancia alguna del gobierno con autoridad y competencia para
resolver los problemas que en ellas se generan”.
2 Lo particular en la sierra norteña es más bien que los campesinos no contaron con
mecanismos sociales propios para contrarrestar este vacío de autoridad y sus
consecuencias. Mientras que en muchas regiones de la sierra sur o central la naturaleza
misma impone una organización social compleja y entrelazada, en otras — como en el
valle del Mantaro, o en Catacaos, ilustre comunidad campesina en la costa del
departamento Piura — la defensa de la tierra ha conservado o realimentado las
estructuras comunales. En la sierra de Piura, las condiciones ecológicas permiten la
reproducción a nivel familiar, mientras que la ausencia de grandes valles interandinos y
de mercados urbanos impidió la formación de latifundios comparables con los que
expulsaron las comunidades de la sierra central de sus tierras. El colapso demográfico
durante la época colonial, por su lado, conllevó a una paulatina pérdida de identidades
étnicas a través de las cuales los campesinos se hubieran podido definir y organizar.
3 La ausencia de un organismo regulador se manifestó sobre todo en la vida cotidiana; la
región era afamada por peleas sangrientas y hurtos de ganado, que aumentaron después
del retiro de los hacendados.1 Sin embargo, los campesinos o la gran mayoría de ellos
reaccionaron recién después de los desastres climáticos de 1983, cuando su subsistencia
fue puesta seriamente en peligro, copiando las organizaciones de Cajamarca.
4 A primera vista se confirmarían así las hipótesis de autores como Scott (1976) quien
supone una “crisis de subsistencia”, o Golte (1978) quien conjetura sobre una “restricción
de las condiciones de reproducción” como condición previa para la aparición de un
movimiento campesino. Sin embargo, los ronderos de Piura — como antes los de
Cajamarca — no se contentaron con reponer las condiciones para su subsistencia. En vez
de descomponerse como tantos otros movimientos campesinos después de haber logrado
su objetivo inmediato — en este caso el exterminio del abigeato — las rondas buscaron
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nuevas metas. Comenzaron como organismos de autodefensa que rápidamente dejaron su


carácter inicial netamente económico, para dedicarse a otras tareas, como velar por la
paz social o la protección contra los abusos de autoridades estatales.
5 Se ha exagerado mucho, sin embargo, el aspecto conflictivo entre ronderos y autoridades,
debido parcialmente a una desinformación premeditada por parte de gremios que
pretenden representar al campesinado. Es cierto que con la ronda también en la sierra de
Piura la conducta de los campesinos frente a los representantes del Estado tomó rasgos
más agresivos de lo acostumbrado; pero lo importante es que fueron hostigadas
únicamente las malas autoridades, las cuales no cumplían correctamente con las funciones
que les había encargado el Estado, y por lo general fueron denunciadas a autoridades
superiores o a la “opinión pública”. La autoridad en sí no es cuestionada, sino su mala
conducción; si las rondas “se atribuyen funciones que la sociedad civil ha excluido de su
propio ámbito para reservarlas al estado” (Zarzar, 1991: 153), es porque el Estado ha
desestimado esta “reservación”.
6 Las rondas llenan un vacío que el Estado ha dejado a funcionarios ineptos y/o corruptos y
de esta manera contribuyen a lo que Matos Mar (1987: 106) llama la “informalización del
Perú”, pero lo hacen obrando como a su entender deberían funcionar las autoridades. Lo
que quieren es la imposición de la ley, quieren ser considerados y tratados como
ciudadanos, y por eso siempre han dado mucho peso a la legalidad de su actitud. Remy
(1992:133) tiene razón cuando dice que “las rondas no son anti-sistema, ni autónomas al
punto de desconocer el Estado, a pesar de que ello entusiasmaría a los asesores políticos
del movimiento. Todo lo contrario, buscan, al parecer, la estricta aplicación de las leyes
del Estado en el campo”. Aun para las rondas más “radicales” que hemos descrito,
Quispampa y Simirís, el objetivo es crearse espacios dentro del sistema.
7 Hablar de “dos Perúes paralelos” (Matos Mar) o de un “estado paralelo” (Pásara y Zarzar)
es una simplificación que no viene al caso; aquí no se trata de competencias ni de dos
mundos estáticamente yuxtapuestos. Lo que se da es un proceso dinámico: los campesinos
quieren cerrar la brecha entre Estado y sociedad, quieren acercarse al Estado. Su meta es
la integración en la sociedad nacional, integración — y aquí sí concuerdo con Matos Mar

“... entendida como proceso que pasa necesariamente por la democratización del
sistema de representación del aparato de gobierno, la transformación de la
estructura jurídica y económica del actual Estado y el giro hacia un audaz proyecto
de construcción social de un Perú más autóctono.” (Matos Mar, 1987: 20).
8 La necesidad de pugnar por la inclusión social en vez de exclusión hace que la actitud de
las rondas se distinga fundamentalmente de la justicia formal; pero las normas de la
“justicia campesina” no son opuestas o contradictorias a las del Estado, no es tanto una
justicia (entendida como código, como conjunto de derechos y deberes) paralela sino un
instrumento paralelo a la estructura oficial. Sencillamente no existe la tendencia hacia una
“autonomía incondicional” frente al Estado que Pásara y Zarzar (1991: 197) les imputan a
las rondas. Todo lo contrario. Ni siquiera cuestionan su rol subordinado, 2 de allí las
limitaciones de su campo de acción. Ceden la iniciativa política de su emancipación a los
gobernantes, sin duda una consecuencia de su experiencia histórica marcada por
relaciones clientelistas y una impotencia política apabullante.
9 Indignación moral y el sentir de injusticia social tiene que descubrirse, dice Barrington
Moore (1987: 35), y esto es, en su manera de ser, un proceso histórico. Si antes eran los
hacendados quienes trataron a los campesinos como seres inferiores, ahora son las
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autoridades estatales, los jueces, los policías, los comerciantes, el empleado del Banco
Agrario o el ingeniero del Ministerio de Agricultura, a quienes no se les ocurre tratarlos
de igual a igual. Pero ellos no tienen el poder que antes tenían los terratenientes, y los
campesinos lo saben.
10 Con la asesoría de ONGs, de la FRADEPT o de la iglesia, la creciente presencia de los
diferentes partidos políticos en la sierra, la crecida escolarización, los frecuentes viajes a
la costa, la llegada de programas radiales, los pobladores del campo se han podido
informar del sistema legal del país y de su situación en relación con otros sectores de la
sociedad. Han desarrollado un sentido de justicia; sienten que están al margen de las
normas legales del Estado y quieren “que se les haga justicia”, es decir ser tratados como
ciudadanos, respetando sus derechos como tales. Mientras que muchas autoridades
siguen con su habitual conducta, es decir mientras no se les hace justicia, los campesinos
mismos imponen el cumplimiento de las normas a través de sus rondas campesinas; han
aprendido a tomar la iniciativa si las circunstancias lo exigen. 3
11 Con su actitud, las rondas campesinas convergen con la multitud de “nuevos movimientos
sociales” surgidos en los últimos años en todo el país como respuesta a la ineficiencia de
la administración estatal y al fracaso de los partidos políticos. Lo característico de estos
movimientos es que no apuntan al poder político, sino que su potencial de cambio social,
como dice Evers (1985: 49) “no es político, sino sociocultural”. Lo “novedoso” en los
nuevos movimientos sociales, entre ellos las rondas campesinas, sería entonces su
penetración en las “microestructuras de la sociedad” (ibíd.: 44, la bastardilla es mía),
creándose de esta manera condiciones para la transformación de la vida cotidiana, lo que
a largo plazo les daría más efectividad y firmeza que un cambio abrupto en la cumbre de
la estructura política. Eso es también, a mi entender, lo que quiere decir Flores Galindo
cuando afirma:
“Hacer una revolución desde abajo es poner el mundo al revés y esto, en el Perú,
significa cosas tan concretas que, por ejemplo, los campesinos del Cusco no hablen
como llorando, o que no cedan el asiento cuando sube un blanco a un ómnibus, o
que no miren de abajo hacia arriba. Esto es lo que significa hacer la revolución en
un país como éste. Cambiar las relaciones de todos los días. Transformar lo
cotidiano.” (Flores Galindo, 1984: 61).
12 Tanto los protagonistas ilusos del cambio como sus críticos ven en las rondas una
alternativa orgánica — alabada por los primeros, rechazada por los últimos — a la
estructura oficial. No lo son, ni lo quieren ser. Solamente quieren “paliar la situación y
articular sus demandas para exigirle al Estado la atención que se merecen” (Blondet, 1993:
193). En la medida que lo logren, podrían muy bien ser los “modelos paradigmáticos del
cambio social” que Pasara y Zarzar (1991: 179) les quieren denegar.

NOTAS
1. De los trabajos de Gonzales de Olarte, Remy, Degregori y otros autores se desprende que el
vacío de poder en el campo fue generalizado en toda la sierra peruana por lo menos después de la
reforma agraria. Sin embargo, las consecuencias no eran siempre las mismas. En muchas
66

regiones, la organización comunal ha comprobado su capacidad para mitigar los efectos de este
vacío. En el Cusco, una anomia comparable con la sierra de Piura parece haberse producido
solamente en Chumbivilcas (Deborah Poole, “Korilazos, abigeos y comunidades campesinas en la
provincia de Chumbivilcas (Cusco)”, en Alberto Flores Galindo (ed.), Comunidades campesinas,
cambios y permanencias, Chiclayo, CES Solidaridad, 1987); en las famosas comunidades de
abigeos de Cotabambas (véase Carmen Escalante y Ricardo Valderrama. Nosotros los humanos,
Cusco, Centro Bartolomé de las Casas, 1992), el abigeato al menos no ha perturbado la vida intra-
comunal (“El abigeato es criticado, pero permitido por la comunidad”, p. XX). En Ayacucho.
región caracterizada por un vacío de poder mucho antes de la reforma agraria (Carlos Iván
Degregori, Sendero Luminoso: I. los hondos y mortales desencuentros. II. Lucha armada y
utopía autoritaria. Lima, IEP, 1987). estalló la guerra de Sendero Luminoso.
2. En la mencionada encuesta entre 100 familias en el distrito Frías, a la pregunta “¿Cree Ud. que
algunos han nacido para mandar y otros para obedecer?”. 97 contestaron con “sí”, uno con “no”,
dos no opinaron. De los comentarios hechos a esta pregunta entendemos que fue percibida en el
sentido de “a las autoridades hay que obedecer”.
3. Permítanme volver una vez más a la mencionada encuesta. A la pregunta “¿Cree lid. que se
puede cambiar el destino?”. 81 contestaron con “sí”, 15 con “no”, 4 no opinaron. Otra pregunta
fue “¿Según su opinión, vale la pena hacer planes para el futuro?”. Esta vez, 85 veces la respuesta
fue afirmativa. 8 veces negativa, y siete veces no había opinión. El fatalismo casi patológico del
campesinado, postulado en un sinnúmero de estudios sobre modernización, es obviamente un
mito.
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