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29/ 11/ 12 Sobr e la Dom inus I esus.

Asociación Juan XXI I I

ANTE LA DECLARACIÓN VATICANA


"DOMINUS IESUS"
Nota promovida por la Asociación de Teólogos Juan XXIII

La Declaración Dominus Iesus, firmada por el prefecto de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la
Fe, ratificada y confirmada por el Papa Juan Pablo II el 6 de agosto de 2000 y hecha pública el 5 de
septiembre, está siendo comentada ampliamente en los Medios de Comunicación Social de todo el mundo.
Por sus repercusiones negativas en el campo del ecumenismo y del diálogo interreligioso, y porque afecta
directamente a la reflexión teológica de las Iglesias, los teólogos y teólogas abajo firmantes queremos
expresar algunas observaciones críticas en estos momentos de desconcierto, tanto en ambientes católicos
como en quienes vienen trabajando por un diálogo constructivo en otras Iglesias y en las grandes religiones
universales.

Queremos subrayar, en primer lugar, la inoportunidad de su publicación. Mientras que la carta papal Tertio
Millenio Adveniente expresaba el deseo de entrar en el nuevo milenio alcanzada la plena comunión entre los
cristianos (n. 34), la presente Declaración abre una brecha entre las Iglesias cristianas que durará tiempo en
cerrarse.

Dominus Iesus nos parece inoportuna porque, en el año del perdón y de la reconciliación, ha sacado a la luz
viejos contenciosos que creíamos ya superados. ¿Cómo puede seguir hablándose hoy de "la Iglesia
verdadera" frente a las "iglesias particulares" (Ortodoxas), y las "Comunidades eclesiales" (Protestantes y
Anglicanas) "que no son Iglesia en sentido propio" (n. 17). ¿Cómo puede decirse que los no cristianos se
encuentran "en situación gravemente deficitaria" (n. 22) en relación con la salvación?

Resulta inoportuna también en la descripción negativa que hace de la sociedad y de la cultura de Occidente.
Ante un horizonte tan sombrío como el que -según Dominus Iesus- acecha a la Iglesia católica, ésta se cree
en el deber de adoptar posturas beligerantes contra "teorías de tipo relativista que tratan de justificar el
pluralismo religioso, no sólo de facto sino también de iure (o de principio)" (n. 4) y "cuyas raíces... hay que
buscarlas en algunos presupuestos, ya sean de naturaleza filosófica o teológica, que obstaculizan la
inteligencia y la acogida de la verdad revelada" (n. 4). Con esta actitud se está cuestionando, cuando no
negando, el pluralismo, que es uno de los valores fundamentales de la cultura actual.

El estilo de la Declaración está más próximo al Syllabus de Pío IX que a los documentos del Vaticano II, o a
los textos de Juan XXIII, Pablo VI y Juan-Pablo II.

El texto de la Congregación vaticana muestra una clara insensibilidad ante algunos de los logros alcanzados
a lo largo de varias décadas de actividad ecuménica, tanto en el terreno doctrinal -recuérdese la Declaración
Conjunta Luterano-Católica sobre la doctrina de la Justificación de la Fe- como en el pastoral. Conviene
recordar que las Iglesias no sólo hablan a través de la doctrina. Su mensaje llega también por medio de
signos elocuentes y de gestos proféticos, como los siguientes: la entrega por al papa Pablo VI de su anillo
pastoral al Arzobispo de Canterbury; el abrazo del mismo Papa al patriarca Atenágoras en Jerusalén; la
plegaria convocada por el papa Juan-Pablo II en Asís junto a los líderes religiosos del mundo; la visita del
mismo papa, por primera vez, a la sinagoga de Roma y su proclamación solemne ante los rabinos allí
congregados de que "los judíos son nuestros hermanos mayores"; la oración de Juan-Pablo II en el muro de

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las Lamentaciones; la reciente petición de perdón por los pecados cometidos por la Iglesia católica; la
apertura de la Puerta del Año Jubilar por el papa, acompañado del primado de la Comunión Anglicana y de
un representante del patriarcado de Constantinopla.

Tres son los aspectos de la Declaración que nos parecen especialmente preocupantes: su concepción del
diálogo; la expresión "subsiste en" y el concepto de "salvación".

El horizonte de fondo de Dominus Iesus es el diálogo ecuménico e interreligioso, cada uno en su propio
estatuto. Sin embargo, su concepción del diálogo resulta claramente reduccionista. Lo considera, es verdad,
"parte de la misión evangelizadora" de la Iglesia católica. Pero cuando afirma que "la paridad, que es
presupuesto del diálogo, se refiere a la igualdad de la dignidad personal de las partes, no a los contenidos
doctrinales" (n. 22), no dice toda la verdad sobre el diálogo. El decreto del Vaticano sobre ecumenismo
considera necesaria la paridad dialogal, "de igual a igual", de donde puede surgir un mayor esclarecimiento,
no sólo de las doctrinas de los otros, sino "incluso de la verdadera naturaleza de la Iglesia" (n. 9). El diálogo
implica siempre "enriquecimiento mutuo".

La Declaración ignora afirmaciones fundamentales de la encíclica Ut Unum Sint (ns. 28-39) sobre el diálogo
ecuménico y sus estructuras locales, el diálogo como examen de conciencia y como método para dirimir las
divergencias. En esta encíclica se afirma que "el diálogo ecuménico, que anima a las partes implicadas a
interrogarse, comprenderse y explicarse recíprocamente, permite descubrimientos inesperados" (n. 38). La
rigidez de la Dominus Iesus contrasta con el talante esperanzado y de apertura de otros documentos como
Ecclesiam suam de Pablo VI y la eníclica antes citada de Juan Pablo II.

Buena parte del malestar producido por la presente Declaración en ambientes cristianos se refiere a una
fórmula que, en su momento, despertó esperanzas ecuménicas: "La Iglesia de Cristo subsiste en la Iglesia
católica romana", que sustituía a la fórmula "La Iglesia de Cristo es la Iglesia católica". Dicha sustitución,
llevada a cabo por el Concilio Vaticano II, era más que un mero cambio de vocabulario. Con la nueva
formulación, el concilio pretendía evitar la identificación exclusiva y excluyente de la "Iglesia de Cristo" con la
"Iglesia católica". El que la Iglesia de Cristo subsista en la Iglesia católica no excluye que subsista también en
otras comunidades cristianas. Si se obvió la identificación total entre Iglesia de Cristo e Iglesia católica
romana fue para reconocer la eclesialidad de las otras comunidades cristianas. Pues bien, el reduccionismo
que en este punto se observa en la Dominus Iesus nos parece preocupante.

La categoría de salvación, implicada directamente en el diálogo interreligioso, es tratada en la Declaración


de manera exclusivista. Por ello ha irritado, creemos que con razón, a no pocas personas creyentes de las
grandes tradiciones religiosas de la Humanidad. Según el texto, la idea de que "la Iglesia peregrinante es
necesaria para la salvación... no se contrapone a la voluntad salvadora universal de Dios" (n. 20). Sin
embargo, a la hora de aclarar la referida compatibilidad se recurre a expresiones confusas y crípticas como
"la misteriosa relación" con la Iglesia católica de quienes no son formal y visiblemente miembros de ella" (n.
20).

Algunas expresiones de la Declaración nos parecen, cuando menos, discutibles desde el punto de vista
doctrinal y ciertamente ofensivas para las personas creyentes de otras religiones. Así, por ejemplo, cuando
afirma que "a las oraciones y ritos (no cristianos)... no se les puede atribuir un origen divino ni una eficacia
salvífica ex opere operato, que es propia de los sacramentos cristianos..." (n. 21). O, cuando dice que "los
no cristianos... objetivamente se hallan en una situación gravemente deficitaria si se compara con la de
aquellos que, en la Iglesia, tienen plenitud de los medios salvadores"(n. 22).

Dominus Iesus afirma solemnemente que "Dios quiere la salvación de todos por el conocimiento de la
verdad. La salvación se encuentra en la verdad" (n. 22) Nosotros preguntamos críticamente: ¿sólo es posible
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la salvación cuando la verdad es conocida y poseída? ¿No asegura la salvación la búsqueda de la verdad?.
Creemos que hubiera sido más acertado en este punto que la Declaración llamara a seguir los dictámenes de
la propia conciencia y a la coherencia entre la vida y las creencias, aunque no sean cristianas, en relación con
la salvación.

Con la publicación de este documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe se ven afectadas


negativamente, sin duda, la larga trayectoria ecuménica en la Iglesia católica y el diálogo interreligioso e
intercultural en el que estamos comprometidos numerosos creyentes de las distintas religiones del mundo.

FIRMAN ESTE DOCUMENTO:

Teólogos y teólogas españoles:

E. Aguiló (Sevilla). Juan Bosch (Valencia). J. Botam (Barcelona). Gilberto Canal (Madrid). José-Mª Castillo
(Granada). José-Mª Díez Alegría (Madrid). L. Diumenge (Madrid). C. Domínguez (Granada). Juan-Antonio.
Estrada (Granada). Jesús Equiza (Pamplona). Casiano Floristán (Madrid). Benjamín Forcano (Madrid). E.
Galindo (Madrid). M. García-Ruiz (Madrid). J- Gómez-Caffarena (Madrid). José-Mª González Ruiz
(Málaga). José-Ignacio González-Faus (Barcelona). A. Ibáñez (Madrid). Julio Lois (Madrid). J. Janeras
(Barcelona). J. Llopis (Barcelona). C. Martí (Barcelona). Francisco. Martín (Badajoz). Mª Martinell
(Barcelona). Enrique Miret (Madrid). A. Moliner (Barcelona). J.-L. Moral (Madrid). Secundino Movilla
(Madrid). J. Ortigosa (Madrid), M. Pintos (Madrid). R. Pou (Vic). F. Pastor (Madrid). Jesús Peláez
(Córdoba). J. Ruiz-Díaz (Madrid). F. Sanz (Ávila). Juan-José Tamayo-Acosta (Madrid), A. Tamayo-
Ayesterán (San Sebastián). Andrés Torres-Queiruga (Santiago de Compostela). Rufino Velasco (Madrid).
José Vico (Madrid) Evaristo Villar (Madrid), Javier Vitoria (Bilbao). José Vives (Barcelona).

Teólogos y teólogas de América Latina, EEUU y Alemania:

Leonardo Boff (Brasil). Jon Sobrino (El Salvador). Hans Küng (Alemania). Rosemary Radford.Ruether
(EEUU). Mª Pilar Aquino (México). P. Sánchez (México). Sergio Arce (Cuba). Mª.-C. Mejía (México).
José-Mª Vigil (Panamá). Marcos Villamán (R. Dominicana). L. Gallo (Colombia). N. Lozano (Colombia). J.
Torres (Argentina). Eduardo De la Serma (Argentina). I. Hernández (Puerto Rico), V. García (Nicaragua),
F. Albertini (Alemania). M. Soler-Palá (Puerto Rico). Sixto García (teólogo hispano en EEUU). C. Corzo
(Perú), Ana Mª Bidegain (Colombia), T. Motta da Silva (Brasil). M. Alanís (Argentina), M. Breitenfeldt
(Chile).

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