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Al compás de sus ojos

Por Tatiana Juscamayta Acosta

Era medio atardecer y al ir oscureciendo, surgió una historia que me parecía tenue,
como el sol de ese día como esa noche sin estrellas.

Estaba ella dispersa y alejada, así la sentí quizá por su dolor que no me compartía,
quien sabe si en ese momento estuvo sumida en su tristeza, el teléfono era muy frio y
las palabras que escribía eran cortantes.

Luego sentí que abrió su corazón, que todo aquello que la abrumaba, afloraba, en unas
pocas horas me contaba lo que sucedía paso a paso, pero seguía ocultándome sus
sentimientos y aún el teléfono seguía siendo frio…

Entendí lo que pasaba porque mi alma estuvo allí diciéndole: ¡Se fuerte! mientras en
mi desesperación no sabía que escribirle, cuando en eso su silencio me hizo sentir que
todo había acabado, mis lágrimas brotaron al saber que el corazón que ella amaba, se
había apagado, luego por ese mismo teléfono, me lo confirmo y solo callé.

Solo Dios sabe que semanas antes no me atrevía a preguntarle sobre él, tontamente
esperaba el momento adecuado o quizá respetaba mucho su espacio. Días después me
ocurrió lo mismo.

….

Al tiempo, entre bromas y risas me armé de valor para preguntarle ─ y no por


curiosidad sino porque es una historia que ya viví, sabía que necesitaba explotar y
romperse para renacer─ y me respondió:

- Él era un tipo alegre.

El son corría por su sangre, la misma sangre que la unía a ella, sus ojos iluminaban su
vida y hasta en su retrato logré verlos, allí impregnados en papel, una mirada que causa
alegría.

Cuando me contaba acerca de él, aparecía en el rostro de ella una sonrisa que nunca
antes vi, no solo era de alegría ni de los buenos recuerdos, era de orgullo, de
satisfacción, de amor.
Era un loco tierno, bailarín y garboso, un galán nada serio, testarudo y divertido…

Cuando lo vi bailar, parecía que dibujaba sus pasos con los latidos de su corazón, su
sonrisa como flores que caían al compás de la música, sus ojos eran los faroles
iluminando el lugar del baile, sus movimientos conjugaban con la sazón de la canción,
sus pies lo llevaban en ese baile interminable dando deleite a quien lo viera,
contagiando algo más que música, eran envidiables los movimientos de sus manos que
demostraban disfrutar invitando al aire a acompañarlo mientras reía, parecía un loco
descarriado.

Algo más que sus ojos a través de la historia que ella me contó, algo más quedo en mí,
una historia de alegría, de un tipo valiente que luchó contra todos por su felicidad, un
ejemplo de libertad, de amor a la familia, de ternura hacia su sangre, de gratitud, de
desenfado.

Yo lo conocí en una esquina, subiendo los escalones, en un paradero, en un texto, lo


conocí a través de una historia, de una hermosa historia que ella me contó y pensé:
¡Caray, que muchacho para dejarse querer!

Imagino que es así como quiere que lo recuerden, con una buena salsa, una sonrisa,
con el abrir de sus pestañas para conquistar el mundo, guapo, por ratos desgarbado por
ratos con donaire, fastidioso pero tierno, como un hijo, un hermano, como quien dejó
un pedacito de su corazón en su familia. Un caballero moderno, loco a rabiar, ¡Loco
pero feliz!

Un jueves de Febrero