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Mauricio Jalón

Diderot, del lado de las ciencias

Una doble legitimidad tudio, bello y ya clásico, con un título ro­


tundo, Diderot, homme de science.
«Para la mente es tan mortal tener un El mismo Diderot habló de sí, en alguna
sistema como no tenerlo. Por tanto, hay que ocasión, como «fisiólogo», acotando el te­
decidirse a unir las dos perspectivas». La rritorio científico hacia el que se sintió es­
recomendación, tan alemana, de Friedrich pecialmente proclive. Con todo, la multi­
Schlegel parece pensada para caracterizar a plicación de sus ocupaciones y escritos -el
Diderot (1713-1784), cuyos últimos escri­ conjunto de sus inquietudes y curiosida­
tos encontraron precisamente en Alemania, des- «perturbó», por decirlo anacrónica­
poco después de su muerte, una excelente mente, una estricta formación científica en
acogida. De hecho, en esos diálogos y frag­ ese campo privilegiado. Por lo demás, sería
mentos finales del enciclopedista se pone a absurdo intentar localizar un cuerpo de
prueba el armazón de las ideas ilustradas, doctrina bien articulado en alguien que se
se quiebra o se diluye en parte, por obra del caracterizó por formular sus argumentos
«desorden» propio de la expresión literaria. mediante dudas, por avanzar siempre con
En efecto, a pesar de dominar en él un razo­ cadenas de preguntas. Y, aunque la crítica
namiento que no deja de orientarse por el actual ha abusado del sustantivo polifonía
sistema -por el rigor expositivo del siglo de para describir la ambivalencia textual des­
las Luces-, Diderot unió, en apariencia sin de los más diversos ángulos, resulta inevi­
conflicto alguno, ambas perspectivas. Dis­ table afirmar que la acción diderotiana, el
puso de una doble mirada con la que supo conjunto de sus actividades -como traduc­
afrontar «l'incertitude des systemes» (AT, tor, editor, escritor y comentador, como
1; cf. de 2 a 8). ciudadano del diálogo constante, del riesgo
¿Hombre de ciencias y hombre de le­ en el trabajo intelectual o en la amistad­
tras? Sin duda, compartió siempre estas dos fue verdaderamente polifónica.
facetas con rara y notable naturalidad, des­
de la irrupción con sus primeros textos en
el campo científico o filosófico, entre 1746 Estrategias asistemáticas
y 1749. A lo largo de su vida se intercala­
ron, trabaron e incluso mezclaron ambos Muchos autores, entre otros el gran
intereses, como luego pretenderá, sin éxito, Dieckmann, han subrayado que sólo te­
el romanticismo alemán. Pensador y escri­ niendo presente el conjunto de su obra po­
tor, Diderot prefería definirse como homme día uno aproximarse verdaderamente a su
de lettres, si bien sus inclinaciones hacia el trabajo o a su figura. Política y educación
lado científico (y su resonancia indirecta en renovadas, nueva organización del trabajo,
la evolución de este territorio, en la segun­ invención teatral, crítica de arte y de litera­
da mitad del siglo XVIII) fueron tan plura­ tura, revisión de la antropología, síntesis de
les e intensos como para que, en 1959, lean filosofía antigua y moderna, impulso epis­
Mayer (16) le dedicase un voluminoso es­ temológico, mezcla de biología, química y

Rev. Asoc. Esp. Neuropsiq., 1997, vol. xvn, n.o 64, pp. 689-707.
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psicología (con todos los matices y comi­ philosophes (2 Y 4), como alguien que a
llas que se quiera), se dan cita en una obra menudo se encuentra bien entre ellos pero
cuyos ecos sólo se perciben en un concierto que va más allá en el tono crítico propio de
global: en todo ese imprevisible teatro di­ ese mundo de ideas, hasta el punto de hacer
derotiano, que funcionaba a la vez interior vacilar todas las referencias y consensos de
y exteriormente. su grupo.
Pues sucede que Diderot, siendo un Gracias a su audacia, a sus estudios
hombre verdaderamente «tecnológico» -su constantes y panópticos, generadores de
despiece de utensilios y máquinas o su artí­ nuevas propuestas teóricas, pudo huir tanto
culo «Art» lo atestiguan-, y queriendo tras­ de la estrechez de miras del especialista co­
tocar todo el nuevo sistema del saber, la mo de la visión demasiado rápida del afi­
moderna ciencia, se volcó a la par hacia los cionado. A impulsos, con su sello original,
problemas éticos y mostró a la vez una ad­ iba transformando una «lectura» ajena en
hesión apasionada por los antiguos, por Só­ un «texto» personal, pero no tanto para ser
crates, Platón, Séneca o Lucrecio. Fue un publicado como para ser discutido por él
científico -puesto que divulgó y discutió mismo o por sus allegados: trató de exten­
las nuevas experiencias en química, en físi­ der, comprimir y corregir lo dado -un pro­
ca o, sobre todo, en las ciencias de la vida-, fundizar en lo extraño y, al tiempo,
aunque paradójicamente escribió a partir de enriquecerse- siguiendo su estrategia
sus relaciones, de sus conversaciones y lec­ «marginal» consistente en hacer incansa­
turas diarias. En suma, apostó por renovar bles anotaciones. Incluso Diderot sugería
el saber con su propia vida; y aunque escri­ que los demás dispusieran también de su
bir sobre uno mismo (según recordaba trabajo como él lo había hecho con el aje­
Barthes) pudiese parecer pretencioso, ello no: cortando o contradiciendo, prolongan­
significa también una idea simple, tan do a los demás (10, 13).
«simple como la idea de suicidio» o, menos
trágicamente, como la noción misma de ex­
periencia vital y de entusiasmo que estuvie­ Pluralismo y plasticidad
ron presentes en el melancólico, conflicti­
vo, desdoblado Diderot (4). Su repercusión pública fue relativamen­
Desde sus inicios se dedicó a la traduc­ te restringida durante el torbellino central
ción y a la glosa constante de libros o artí­ del periodo ilustrado (3). No llegó a cuajar,
culos de otros autores, sin dejar de añadir después de todo, un «mito Diderot» (6),
sus propias notas, de modificarlos con sus quizá por no haber publicado sus obras
objeciones, de prolongarlos o abrirlos de maestras de madurez; pero al menos sí se
forma sistemática, contribuyendo a mejorar difundieron sus ideas, gracias al fuego de
la «lengua neutra» y clasificadora propia de su conversación (9), a sus cartas, a toda su
las Luces; aunque, al hacer uso de ella, la experiencia diaria de activismo intelectual
negase en el fondo, dando lugar a un estilo o práctico, a sus aprendizajes dialogados y
irrepetible. En esta tarea, Diderot luchó a sus enseñanzas privadas. A ello se suman
contra todo dogmatismo como buen huma­ los agudos y desafiantes manuscritos suyos
nista que se adentra, a veces incómodamen­ de los últimos años que, al menos, pudo
te, en el territorio algo accidentado de los leer un núcleo influyente en la renovación
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cultural europea, núcleo que él mismo ha­ vétius). Disponía de un lenguaje moldeable
bía ayudado a reunir a través de los 70.000 a su gusto, caracterizado por su articula­
artículos de esa famosa Enciclopedia ción irregular, sus desequilibrios súbitos, su
redactada por unos «hombres de letras» y modo especial de empujar hasta el extremo
dedicada a los hombres, a la posteridad (5). la ironía hasta cambiar de ángulo de mira.
La reorganización del saber en este Dic­ Es más, la decantación diderotiana tanto
cionario razonado de ciencias, artes y ofi­ hacia cuestiones estéticas como hacia las
cios (1752-1772), había sido una tarea a la relativas a lo viviente dan la forma y supo­
vez cercana y ajena a su territorio personal. nen la savia de todo su pensamiento, de su
Pese a semejante trabajo colectivo -que ambición intelectual. Su convicción de que
quería lograr un ciclo universal «bien escri­ en el arte, como en la naturaleza, todo está
to», como decía Diderot; una «articula­ encadenado fue una intuición recurrente,
ción» de los conocimientos a transmitir, casi obsesiva, y el sustrato teórico de su
por encima de todo (10)-, su obra es mani­ plasticidad.
fiestamente fragmentaria. Fue muy procli­ Como regla general, su argumentación
ve a la discontinuidad; tendencia que se está basada en un orden aparente (parata­
acentuó más aún hacia 1770, y en particular xis), pero se forma a partir de enunciados
en los Elementos de fisiología, del mismo divergentes, entrecortados, superpuestos,
modo que los últimos papeles que dejó re­ extraídos de la ciencia y de la experiencia
piten su vocación inicial como «escritor inmediata (26, 38, 39). Por ejemplo consta­
por contagio», esto es su irrepetible tenden­ ta, hablando de la atrofia de las ideas, que
cia a la «traducción». «el Voltaire de sesenta años es el loro del
Además, el tan subrayado dialogismo de Voltaire de treinta»; o pregunta de golpe a
Diderot, el uso constante del «diálogo» co­ la Maréchale de ***, «¿si se dice que el es­
mo fórmula expositiva, no por fuerza ex­ píritu puede crear materia, por qué la mate­
plícita, fue cada vez más fructífero en su ria no podría crear un espíritu?»; o bien en
obra desde los Pensées philosophiques, una carta amorosa discursea sobre el mate­
1746, hasta los escritos últimos, el Sueño mático Euler, o de pronto recuerda un
de D 'Alembert, las Observations sur ejemplo de Franklin, y más tarde otro de
Hemsterhuis o la Refutation d'Helvetius. A Lucrecio o de Hipócrates, con los que logra
medida que transcurrió su vida, su expre­ cerrar, por un momento, cierta anécdota.
sión global, y no sólo la forma, se hizo más Así sucede, con el Sueño de D 'Alem­
abierta, rechazando decididamente la auto­ bert: un diálogo científico o didáctico, más
ridad del hablante e interviniendo en sus que literario, pero imaginario, inquietante,
textos con su propio nombre, como un «Só­ secreto, en donde la ironía irrumpe en la se­
crates imaginario», moderno y desprotegi­ riedad, lo anecdótico o lo doméstico, y se
do. confunde con lo más excelso; donde la pa­
Por todo cual Diderot aparece como un rodia interna está dirigida contra el lengua­
escritor, un crítico y un estudioso definible je formado, solidificado, y ofrecida luego al
por la plasticidad de su estilo (<<todo se ha pensamiento por venir. De ahí que pueda
hecho en nosotros porque somos nosotros, verse como una especie de tejido-pólipo
siempre nosotros, y en ningún minuto los (34): dotado de un movimiento de asimila­
mismos», apunta en la Refutación de Hel­ ción y transformación, estaría recreándose
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progresivamente, trasluciendo un encade­ cios de la evolución de la biología. Esta ra­


namiento entre el curso de las ideas y el de ma de la ciencia, en los años últimos del si­
las transformaciones de los interlocutores. glo XVIII y en los primeros del siguiente
En esta y otras accidentadas «conversacio­ -cuando adquiera su propio nombre y naz­
nes» escritas, en torno a 1770 (El sobrino ca la conciencia de unidad del mundo vi­
de Rameau y la Paradoja del comendian­ viente-, será atravesada por múltiples cues­
te), las ideas se ponen en acción abriéndose tiones fronterizas, tanto de objeto como de
hacia lo indeterminado, produciendo des­ método (48), en un momento en que cobra
plazamientos constantes en cada párrafo. forma asimismo un campo como la quími­
ca. y será una disciplina disputada por la
especulación menos mecánica, más «oscu­
La sensibilidad activada ra» y literaria.
Pero no conviene todavía ir tan lejos en
Un autor paradójico, como se reconocía el tiempo. La idea de sensibilidad remite,
Diderot, «debe entrar furtivamente en el al­ aun por contraste, a ese mundo del animal
ma del lector y no por la fuerza». Por ello, mecánico de entonces que, en el caso de
añadía, debe ofrecer sobre todo pruebas Diderot, puede cobrar todos los significa­
que muestren la seriedad de los argumen­ dos posibles, todos los planteamientos que
tos. Estos ejemplos «demostrativos», que quepa imaginar, según se aprecia tanto en
abundan en la literatura diderotiana, a me­ sus escritos privados o en sus obras litera­
nudo procedían del ámbito vital más des­ rias, como en sus críticas culturales y por
carnado: «ninguna conversación es más im­ supuesto en sus valoraciones científicas. Su
portante para mí que la de los médicos; eso artículo correspondiente en la Enciclope­
cuando me porto bien», escribía divertida­ dia, de 1751, comienza por «Qu'est-ce que
mente en los últimos años. l' animal?» , y ayudado por Buffon, sigue el
También anotaba por entonces que «sólo hilo de la animalité y del sentiment, no sin
hay una operación en el hombre: sentir». concluir con una paradoja: «no conozco na­
En Diderot, según han señalado los estu­ da tan maquinal como un hombre absorto
diosos del vitalismo tardosetecentista, la en una profunda meditación a no ser el
idea de sensibilidad fue esencialmente un hombre sumergido en un profundo sueño».
«concepto unificador», que orquesta la ma­ Giro repentino que también se halla, por
yoría de los temas en los que se implicó cierto, en el centro del Sueño de D'Alem­
personalmente (28, 49). Pues con este tér­ bert.
mino fue capaz de articular lo más privado En sus Observaciones, entre 1773 y
-su noción de «gusto», su forma de enten­ 1774, anota al margen de un texto del pla­
der el teatro, o, incluso, su primera impre­ tónico Hemsterhuis: «he comido, he digeri­
sión ante recién conocido- junto con lo do, he animalizado U'ai animalisé]. He lo­
más teórico, como el problema de la mate­ grado pasar, por asimilación de cuerpos en
ria, la cuestión del vínculo entre la parte y estado bruto, del estado de sensibilidad
el todo (la cadena de los seres) o la misma inerte al estado de sensibilidad activa». Es
frontera entre la vida y la muerte. Pero tam­ un ejemplo entre tantos de cómo se produ­
bién con lo más objetivo, como la cuestión ce el deslizamiento diderotiano y de cuáles
de la irritabilidad de los órganos o los ini- son sus argumentos: hablando de la volun­
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tad, retoma a una constatación, a la que ha habla de los grandes físicos, ingleses y ho­
dado mil vueltas desde hace veinte años landeses, que fueron diseñando la forma
(con Aristóteles de fondo) -«¿de dónde na­ que tendrá la mecánica en el futuro, en las
ce la conciencia? De la sensibilidad y de la memorias de temas físicomatemáticos de
memoria»-, y busca cómo activar la «ma­ l748, estimables aunque no novedosas,
teria bruta, inerte, inorganizada, inanimali­ aborda asuntos como la transmisión del
zada». En suma, avizora una sensibilité ac­ sonido (siguiendo a Euler, Rameau y
tive, algo activamente sensible, propio del D'Alembert), dos problemas clásicos sobre
animal. curvas construidas a partir del círculo, el
proyecto de un órgano programado, etcéte­
ra: son, desde luego, trabajos de un buen
Inicial afición matemática aficionado (DPV, II). Aún a lo largo de una
docena de años, se interesará por la cohe­
Retrocedamos aún más, ahora en su vi­ sión material o, de forma notable, por el
da. Situémonos en la jeunesse del autor, cálculo de probabilidades, con vistas a la
que se cierra convencionalmente en 1753, a Enciclopedia; ya que se preocupó enor­
los cuarenta años, con esa a todas luces memente por la ciencia aplicada.
destacable Interpretación de la naturaleza, Sus críticas al matematismo excesivo,
en donde se equilibran su visión natural y sus burlas cariñosas a su compañero inicial
su preocupación civilizadora (2). Cuando el -el geómetra O' Alembert, tan lejano a su
proyecto enciclopédico parece perfilarse, él modo de pensar (17)-, pueden atribuirse a
había ido tanteando un espacio expresivo su aversión por la repetición ciega de un
propio, entregando sucesivamente, en poco modelo consagrado, el de la «disciplina»
más de un lustro, los Pensées philosophi­ newtoniana, en su más amplio sentido.
ques, La promenade du sceptique o la Let­ Diderot, oficialmente apartado de la mate­
tre sur les aveugles, así como las Mémoires mática desde 1761, sigue no obstante sedu­
sur différents sujets de mathématiques; to­ cido por algunas de sus cuestiones de ju­
do ello sucede en unos años de sedimenta­ ventud hasta 1775. Una y otra vez, ironiza
ción, justo entre las dos décadas decisivas acerca de esa ciencia abstracta que no es si­
para un pensamiento ilustrado en expan­ no una «combinación de signos» (Sueño de
sión pero que necesita acentuar ya su pro­ D 'Alembert); defiende que en la matemáti­
pio examen. ca «la verdad más alejada de un axioma no
Entre los intersticios de sus preocupa­ es sino ese axioma expresado de otro mo­
ciones filosóficas y literarias, sorprenden do» (Sobre Hemsterhuis). Pero aún en la
sus conocimientos mecánicos y matemáti­ Refutación de Helvetius se declarará espo­
cos, que asegura haber adquirido por tener so infiel de la matemática, y recordará las
que enseñárselos a otros. Diderot subsistió lúnulas griegas, la maestría, bien concerta­
en su juventud como profesor de matemáti­ da, de Newton y Leibniz, D' Alembert, Eu­
cas y dominaba el cálculo infinitesimal ler y Lagrange, o se inspirará en la nueva
(proyectó un comentario a los Principia probabilística de Bernoulli, dirigiéndola
newtonianos), aunque las extensiones de hacia la aritmética social entonces en auge.
esta discipina en su época le fueron ajenas Esta combinación insólita de hombre
(19, 20). Si en sus Penseés philosophiques codificador o pedagógico y de pensador de
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la singularidad se interrumpe con su propia noza, por ejemplo, empleó el giro «inter­
desaparición, en 1784, en el umbral de la pretación de la naturaleza»; y si el avance
Revolución Francesa. De modo que las lí­ del saber era un ideal del progreso ilustra­
neas de la literatura y de la ciencia, esto es, do, la idea de naturaleza e indagación que
de sus respectivas argumentaciones, se bi­ revisa Diderot está muy lejos de ese humus
furcan y ya no podrán «encontrarse nun­ tardorrenacentista que Bacon trataba de
ca», según constató una de las personas aderezar, en el que las nuevas matemática y
quizá más creadoramente capaces para ha­ física estaban ausentes y en donde, además,
cerlo, Jean Starobinski (14; cf. 10). el «hombre mecánico» aún no circulaba
por el mundo de academias en ciernes.
Con todo, hay en Diderot cierta afinidad
Crítica «baconiana» con éste, con su recurso aforístico, con la
idea baconiana del carácter abierto del co­
Cuando, en la segunda mitad del siglo nocimiento, con la de la captura mediante
XVIII, la forma normal de la ciencia reci­ la observación inmediata, con su ideal re­
bía casi su encaje «definitivo», Diderot pro­ copilador sin prejuicios universales y con
puso una revisión radical tanto de sus pre­ su proclividad hacia las formas de la natu­
supuestos como de sus posibilidades de ex­ raleza (21; cf. 22). «Hiperbaconiano» por
pansión. Era una línea adelantada ya por su provocación, por la modestia de los méto­
admirado Leibniz; o incluso, más lejos aún, dos que maneja (empíricos, más que empi­
por Bacon, aunque la estrategia científica ristas), y por la «inmensidad» de su objeto
del inglés fuese prácticamente inaplicable natural -que seguía hurtándose a la des­
para la ciencia matematizada de las Luces. cripción-, Diderot quiere flexibilizar una
Así que el «remontarse hasta los principios ciencia ilustrada que había prodigado su
generales más claros, examinarlos, discu­ vía de expansión meramente formal.
tirlos, no admitir nada más que el testimo­
nio de la experiencia y de la razón», como
proclamó Diderot, no podría equipararse a Una reforma para estudiar la naturaleza
la desmesurada ambición del Canciller
(18), a su dinamismo individualista y sobe­ En la Interpretación de la naturaleza,
rano. Había comenzado el tiempo en que la Diderot avanza diversas reflexiones para
ciencia en alza tendía a perfilar bien su te­ reformar la comprensión del mundo físico,
rritorio, dibujando mejor su armadura, lo incluyendo el viviente, en una especial es­
que afectó en el fondo, incluso, a Diderot. trategia antinewtoniana (24; cf. 37). Tras
Aparentemente su Interpretación de la destacar, de entrada, que toda indagación
naturaleza -una Enciclopedia abreviada y tiene trayectorias crecientes, estancadas o
personal en la que se oyen inquietudes físi­ en franca decadencia, solicita, en conse­
cas, matemáticas, astronómicas, químicas cuencia, una nueva colaboración entre ex­
y, desde luego, naturalistas y médicas- se­ periencia y raciocinio que permita contro­
ría filobaconiana en su mismo título (inter­ lar y superar las épocas de declive. Luego,
pretatio naturae) y en sus párrafos relativos defiende hábilmente los avances en los
a la actitud inquieta que requiere la indaga­ nuevos trabajos experimentales (y define,
ción científica. Sin embargo, también Spi- por contraste, la matemática como un es­
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tricto juego, lo que criticará D' Alembert), nismos de generación, variedad natural,
pues, de modo en parte desproporcionado, prototipo de los seres, principio de inteli­
hace valer el papel colectivo y corrector de gencia y, desde luego, sensibilité son las
la praxis, que ha dado sus buenos frutos en cuestiones suyas o ajenas que amalgama en
el desarrollo de las técnicas -un territorio unas páginas sintéticas cuyo carácter pre­
clave, más allá de su peso en la Enciclope­ monitorio nos sigue inquietando dos siglos
dia- y en la atención a buen número de he­ y medio después.
chos experimentales que no pueden desde­ Su conclusión es un gran interrogante,
ñarse, aunque no encajen en el programa que parece dirigirse al futuro, a la cadena
mecanicista. de preocupaciones que reforzará hasta sus
Al mismo tiempo, en uno de esos giros últimos días: sobre la duración de las espe­
paradójicos suyos, Diderot habla de un ne­ cies y su posible desintegración; acerca de
cesario instinto -emparentado, en el fondo, la heterogeneidad material y las apariencias
con su idea creadora de genio-, indispensa­ de movimiento, sobre la separación entre la
ble para renovar buen número de las disci­ materia inerte y la que se agita espontánea­
plinas científicas, y que adelanta ya sus di­ mente, o acerca de la posible combinación
ferencias con el estricto «método experi­ de ambas y la reducción a una sola (22): «la
mental» (46), ajustando cada vez más el materia viva, ¿no sería una materia que se
conjunto de sus especulaciones acerca de la mueve por sí misma?; ¿qué son los moldes,
naturaleza, en su conjunto, y por añadidura principios de las formas?; ¿se combina la
de nuestra actividad mental. materia viva con la materia viva?; ¿la mate­
Esta secuencia clara y densa -quejas, ria muerta está realmente muerta?; ¿no po­
provocaciones, repasos de los últimos ha­ drían las moléculas vivas recuperar la vida,
llazgos, brillantes sugerencias-, es la llave tras haberla perdido, para perderla de nue­
de la otra mitad del libro, dedicada, más vo, y así sucesivamente hasta el infinito?»
que a la ciencia natural estricta, al mundo
vivo en general. Diderot acude aquí a los
naturalistas; revisa, con cierto sarcasmo, Nuevo conflicto entre las ciencias
las hipótesis sobre el mundo de lo viviente
que ofrece el Systeme de la nature de Mau­ La plural formación científica de Dide­
pertuis (36). Publicado por entonces, este rot se trasluce en la conjeturas sobre cien­
escrito maupertuisiano, demasiado ingenuo cia experimental que anota nerviosamente
para hoy, incluye el deseo, la aversión y en esta Interpretación: además de la obste­
hasta un principio de inteligencia en la ma­ tricia, figuran ejemplos de electricidad y
teria, a fin de dar cuenta de la agitación de magnetismo, elasticidad y choque en cuer­
10 viviente, así como de la constancia y de das vibrantes, metalurgia, ya que miraba
las desviaciones o malformaciones en el con interés la nueva física práctica a fin de
desarrollo de los seres y las especies. Y Di­ complicar el dispositivo científico. Sin em­
derot, en acuerdo y, a la vez, en desacuerdo bargo, sus conocimientos enciclopédicos (y
con Buffon y Maupertuis (influidos aún por la puesta al corriente del lenguaje médico)
la mecánica de Newton), hace un recuento se iniciaron con su traducción del Medici­
indirecto de sus ideas: moldes interiores, nal Dictionary de Robert James (1744 y
unidad viviente y molécula orgánica, meca­ 1747), con su escucha de las lecciones del
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anatomista Cesar Verdier y el estudio de las mo su amigo D'Holbach (desde 1765) eran
obras anatómicas de Albrecht van HaBer. admiradores del vitalismo de Stahl, quien
La ciencia natural, por otra parte, iba a con­ hace prevalecer la autorregulación de los
seguir tanta adhesión social que el propio cuerpos. Además, Bordeu le arrastrará ha­
Diderot en su extraordinaria Carta sobre el cia otra especulación acerca de los fenóme­
comercio de la librería hablará del relevo nos de la vida, hacia un cuerpo humano
que esta rama del saber había tomado ya en -«transformable, adaptable, frágil y tam­
la edición francesa de su tiempo. Y para su bién amenazado»- percibido como «una
indagación misma, desde los primeros pa­ sociedad de órganos, un racimo de abejas
sos, almacena muchos ejemplares de la co­ que viven por separado, pero que se disci­
lección natural de Buffon a partir de 1750 plinan para lograr una existencia común»
(29). (16; cf. 22).
En un sentido muy amplio, pues, la línea El prebiólogo Diderot va a incorporarse
«biológica» prevalecerá en sus propios gus­ cada vez más en ese pulso vital que co­
tos, con la influencia más tardía de Théo­ mienza a sentirse y enriquecerse gracias a
phile de Bordeu, pues Diderot, lector de sus fuentes muy dispares, aunque la corriente
Recherches anatomiques, de 1752, llegó a vitalista sólo prosperará pasadas unas cuan­
sentir una amistad fraternal con ese gran tas décadas aún. Dados los límites de toda
colaborador en la Encyclopédie, luego tam­ iatromecánica refinada, él fue un índice
bién personaje del Sueño de D 'Alembert. singular de una trayectoria global del pen­
Por cierto que D' Alembert, no sólo buen samiento en que las organizaciones vitales
geómetra, sintió curiosidad por los proble­ van apartándose con dificultad de la causa­
mas fisiológicos, aunque se orientará hacia lidad mecánica: ésta es el blanco de nuestro
una iatromecánica renovada y no saldría ya autor, quien se burla de los «físicos sin
de ella: le interesó una fisiología que nace ideas», de los «físicos sin instrumentos» o
de la anatomía razonada, esto es, una des­ de los «escrúpulos de la filosofía racional».
cripción de las estructuras y los actos fun­ Nos hallamos aún ante un Diderot en vías
cionales con hipótesis empíricamente arrai­ de «diderotizarse», de encontrar su lugar
gadas, razonablemente newtonianas. De preciso y su lenguaje incisivo; algo que lo­
modo que esta nueva iatrofísica sería poco grará tras un enorme rastreo de bibliotecas
conciliable con la audacia de las fisiologías públicas y privadas (como la enorme del
posthallerianas, con la idea posterior de médico Falconet), y una sobresaliente sedi­
«sensibilidad generalizada» (40). mentación personal.
En cambio, Diderot, que partía de sus A partir de 1759, concluida su primera
mismas fuentes y de las lecciones quími­ experiencia glosadora y enciclopedista, se
cas, muy renovadoras, de Rouelle imparti­ revela el Diderot más genuino, según escri­
das entre 1754-1757 (seguidas asimismo be su excepcional biógrafo Arthur Wilson;
por Venel, Bordeu y el propio Lavoisier), y y es cuando, como todo buen creador, sufre
que hubieran podido inclinarle hacia cierta por todos los obstáculos que aparecen ante
quimiatría, siguió otro rumbo, el de las la expresión y creación arriesgadas (3). Ya
ideas teleológicas naturales. Es verdad que en este momento de metamorfosis, eso sí,
la molécula orgánica en la que se detiene es ha reflexionado a menudo sobre la libertad
de esencia química; pero tanto Rouelle co- en la naturaleza, problema de principio en
Diderot, del lado de las ciencias 697 (lO])
HISTORIA DE LA PSIQUIATRÍA

el vitalismo en ciernes, y que hará de pórti­ se diderotiana, «la sensibilidad es una pro­
co a las futuras discusiones imaginarias en­ piedad universal de la naturaleza», se con­
tre él mismo y su compañero enciclopedis­ vertirá en una especie de proclama para in­
ta en su inquietante Sueño de D 'Alembert. tentar modificar el sensualismo racionalista
de los philosophes. Pese a su admirado me­
canicismo «lucreciano», Diderot ofrecerá
Hacia el vitalismo un materialismo vitalista -un vitaloquimis­
mo, acaso (23); pues hubo diversos mate­
Muy lentamente, entra en esa zona fron­ rialismos-, e imaginará un poder tal en la
teriza, y muy fértil en su momento, que es materia que le permitiría producir, en su se­
el pensamiento prebiológico: una reflexión no, mutaciones de todo tipo.
que oscila -lo recordaba Canguilhem- en­ Dicho de otro modo, materia y actividad
tre mecanicismo y vitalismo, entre discon­ aparecen ahora como indisociables, y se
tinuidad y continuidad, entre formación y trata de investigar el proceso de la realidad
epigénesis, entre atomismo y totalidad: ello que deja perplejo a parte de los ilustrados,
se acusa, respectivamente, en conceptos en menos monolíticos de lo que a veces se su­
pugna como estructura y función, en la idea giere (12). Resultan muy significativos los
de sucesión de formas, en la intuición sobre avatares, en la discusión de Diderot, de la
el desarrollo de los seres y en el problema conocida pareja newtoniana acción-reac­
de la individualidad. Aspectos, todos ellos, ción, tan difundida por la física del XVIII y
que comienzan a cobrar poco a poco su es­ en sus textos finales. Puesto que no expre­
tatura, empujados por Diderot y algunos saría ya una especie de «igualdad en la
más, sin duda. reciprocidad» sino un juego semiorganicis­
Así, el modelo mismo de saber empieza ta -una dualidad dinámica, llena de fluc­
a revelar desde entonces cierto giro, aunque tuaciones- que facilite la mudanza de lo
no de golpe: más allá de los nuevos objetos, inanimado a lo animado, que permita «cir­
aparece en la superficie una desazón extra­ cular» entre ambos estados: los órganos ac­
ña a la idea de neutralidad científica. Ello cionan y reaccionan, dirá Diderot, en busca
se aprecia mejor si, abandonando la juven­ de un esquema operatorio, una especie de
tud diderotiana, nos situamos ya en sus últi­ trasformador que permita pasar al mundo
mos quince años. Pues, bastante después de animado (15). Incluso esa nueva materia
escribir la lnterprétation de la nature, y ya estaría impregnada de memoria, estaría
con otra experiencia, Diderot va a escrutar constituida por ella.
y casi a «perseguir» obsesivamente el terri­
torio de la vida, con un lenguaje más desen­
vuelto: en los breves Principes philosophi­ Elementos para una fisiología
ques sur la matiere el le mouvement
( 1770), en el extraordinario Sueño de D 'A­ Los Éléments de physiologie -en princi­
lembert -donde se hallan todos los temas pio, una especie de tratado básico de ti­
más importantes desde 1750 de la filosofía siología de acuerdo con sus más tardías lec­
y la biología (28)- y, de otro modo, tam­ turas-, se hallan ligados a las cuestiones
bién manifiesto, en los finales Éléments de formuladas en el Sueño (ello se percibe ex­
physiologie. De suerte que la principal fra­ presamente en una de las versiones de este
(102) 698 M. Jalón
HISTORIA DE LA PSIQUIATRÍA

texto), pero ofrecen también ciertas preocu­ por fuerza sólo va a lograr una publicación
paciones sistemáticas relativas a toda la ga­ póstuma puesto que trabajará en ellos sin
ma de productos mentales. El título está encadenarlos, puede entenderse como un
inspirado en otro homónimo de Von Haller, paisaje heterogéneo, que alberga manojos
a quien había leído y anotado. Aunque sin de frases o pensamientos en ráfagas, como
duda lo utilice, las posiciones de principio si fuese expresión de su misma idea acerca
hallerianas están ya bastante anticuadas: de las sensaciones: «ninguna sensación es
éste, discípulo de Boerhaave, había comen­ simple ni momentánea, ... es un haz». Y su
zado a traducirse en 1747 (y Diderot le re­ fragmentación le hace todavía más abarca­
cordaba ya en su Interprétation). Su más dor de lo que los rótulos y apartados nos
personal inspirador teórico (30), aunque en sugieren (46). De hecho, si bien las dos co­
absoluto el único, va a ser Bordeu, cumbre pias del manuscrito del libro llevan la fecha
en la escuela de Montpellier y, por 10 de­ de 1778, su elaboración se prolongará hasta
más, admirador de HaBer. el final de sus días, lo que acentúa, desde
El texto de que disponemos hoy, no se nuestra óptica, su carácter preparatorio, in­
sabe si muy manipulado por los herederos concluso, plagado por tanto de contradic­
del autor, está dividido en tres partes: una ciones y oscuridades, pero finalmente
«fisiología», que aborda los fenómenos de abierto y refrescante.
la vida con una mirada global; unos «ele­ Su modo de argumentar, el nuevo dialo­
mentos y partes del cuerpo humano», don­ gismo que pone en acción, dejará de remi­
de aísla la idea de irritabilidad, abordada ya tirse a la autoridad escondida en la vieja
antes, y excluida de algunas partes corpora­ idea de reminiscencia -esa poderosa anám­
les; y, finalmente, un estudio escalonado de nesis que ha garantizado la «verdad» del
los «fenómenos del cerebro», en donde in­ diálogo antiguo o incluso renacentista-, pe­
terviene Diderot con frecuencia, de modo ro también a la «razón mecánica» moderna:
que, más allá de un regreso tardío, intenso, en ello, y también por las cuestiones abor­
a los temas médicos, observamos una ex­ dadas en la Crítica del juicio, se avecina al
tensión de las intuiciones del Sueño de criticismo kantiano. En consecuencia, su
D 'Alembert. censura a todos los lastres de la ciencia en
La clave del nuevo semidiálogo con sus observancia será cada vez más martilleante,
contemporáneos, o consigo mismo, es po­ pero se hace asimismo más difícil, más la­
ner en evidencia la «ley de continuidad de beríntica y delicada.
estados propios al ser sensible, viviente y
organizado», del mismo modo que resulta
incontrovertible para Diderot una «ley de La materia estimulable
continuidad de sustancia». En todo caso,
supone la puesta al desnudo y el despliegue En pos de nuevas legislaciones para la
de las operaciones del cuerpo humano: es naturaleza, Diderot piensa en unas cualida­
un «espectáculo cosmo-biológico», con la des activas, no visibles y desde luego no
intención de destruir toda idea de poder se­ cuantificables (fuera de un orden atómico
creto que pudiera oponerse a la actividad calcado de los newtonianos), y capaces de
de la materia (13). dar cuenta de la plenitud de lo real, de la
Esta gran suma de esbozos suyos, que palpitación de una naturaleza que viene
Didero t, del lado de las ciencias 699 (103)
HISTORIA DE LA PSIQUIATRÍA

hurtándose, en fin de cuentas, al cálculo ya vaca una visión nunca en reposo: todo se
reconocido. Su vitalismo, por tanto, como halla en devenir. Existen entonces dos fuer­
el de Bordeu, es ante todo una exigencia, y zas en juego, energía y cambio, que provo­
no un mero volverse hacia el pasado (35): can un continuo hacerse y deshacerse de
es lo que le permite evadirse de la única po­ los seres. Y así Diderot mezcla inseparable­
sición científica consagrada, la físicomate­ mente lo fisico y lo biológico, pero no sin
mática, e intentar construir, por contraste, paradojas, sin una coexistencia conflictiva:
una especie de ciencia natural «puramente la vida, la fuerza de la irritabilidad «no de­
descriptiva». De ahí que a la idea primaria pende ni del peso ni de la atracción ni de la
de sensibilidad deba unírsele cierta organi­ elasticidad». Además, cada sustancia ha­
zación -molécula, organismo, animal (AT, bría de ser más bien particular, heterogé­
IX)- que había sido discutida ya por la me­ nea, estaría gobernada por un ritmo parti­
dicina de entonces, mezclada sin embargo cular -en contra de la tradición del sistema
ésta, a menudo, con argumentos mecáni­ racionalista mecánico (31 )-, aunque haya
cos. Diderot establece una sensibilidad co­ por su parte, siempre, una convocatoria
mún en la que los órganos participan en di­ irrenunciable de la naturaleza en su integri­
ferentes vías; paralelamente, el todo uno dad.
del animal se conseguiría para él con la pre­ Entonces, conexión y estimulación han
sencia de la memoria. de reforzarse armónicamente para que se
Habría, en consecuencia, una «sensibili­ active la omnipresente «sensibilidad sorda»
dad sorda», una vida latente, un principio y logre hacer vibrar la materia, para hacerla
inerte pero con posibilidades de brotar y re­ fermentar o metamorfosearse: existiría una
velarse en el movimiento (que, según los ley general de desorden, pero sometida
Principes, es «tan real como la anchura, la siempre a un orden, y ello constituye el ori­
largura y la profundidad»), gracias a una gen de la «contradicción» de caos-ordena­
organización a la vez intuida e indefinida, do diderotiano (11, 12). En efecto, el pre­
seguramente por precaución intelectual. sente de la naturaleza tiene que absorber
Frente a tal indeterminación, en cambio, él ese «caos imposible» y legislarlo, pero hu­
ofrece una idea del universo en perpetuo yendo del viejo cuadro teórico; mientras
movimiento, como un «inmenso juego» de que un caos informe daría cuenta, más
fuerzas (28). Es un torrente en el que «to­ bien, de los orígenes de lo existente.
dos los seres circulan los unos en los otros;
por tanto, todas las especies... todo está en
un flujo perpetuo», según se oía decir en el Extravagancias
Sueño. Es lo que mantendría el orden mate­
rial sin que su vigor se degrade; y, en este Dado el remanente de desorden que hace
sentido de actividad coherente, sin deterio­ siempre de contraste en su intuición, las pa­
ro, debe entenderse su frase rotunda de los tologías y, especialmente, la teratología in­
Elementos: «el mundo es la casa del más tervienen de forma manifiesta en todas sus
fuerte». argumentaciones, con una notable ambiva­
Desde una perspectiva aún más abstrac­ lencia. Ante un monstruo, Diderot experi­
ta, esta gran intuición universal, dominada menta una mezcla de fascinación, simpatía
por el entrecruce de materia y proceso, pro- y horror. Esta cadena de actitudes contra­
(104) 700 M. Jalón
HISTORIA DE LA PSIQUIATRÍA

puestas, y engranadas en la idea de excep­ miento. Por añadidura, para él, un mons­
cionalidad, resulta ser un testimonio de su truo sería más bien lo que se «muestra» -de
universalismo y de su valoración de la acti­ mostrare, sin más; etimológicamente-; esto
vidad sin pausa: un desvío no es nunca, pa­ es, representaría lo aleatorio, lo azaroso, lo
ra él, una rareza pasiva (42). inesperado, pero algo coherente y sumergi­
Al elegir, inicialmente, a un ciego o a un ble sin fricciones dentro de la pluralidad in­
sordomudo como objeto, mostraba cómo, finita de los fenómenos naturales (43, 41 ).
ante la carencia de sentidos particulares, Una rareza no atentaría, sino todo lo con­
que él percibía también como «monstruo­ trario, contra la conformidad del mundo.
sa», la disposición orgánica del hombre se De hecho, dos metáforas muy suyas, la
veía afectada en su conjunto; y no sólo, del juego y la del injerto (41), permiten la
pues, en el plano sensorial. El monstruo fue combinación posible de imágenes natura­
una pieza relevante en el pensamiento ilus­ les, no sin cierta rigidez eso sí, puesto que
trado, especialmente desde el segundo ter­ la infinita elección que supone el jugar se
cio del siglo XVIII, y la mostruosidad ha­ une con la acción visible, «manual», del in­
bía sido convertida en instrumento de la jertar. En cualquier caso, para Diderot, la
ciencia, en la llave para los análisis sobre la monstruosidad es relativa siempre -puede
disposición natural: estaba en la génesis ser representativa de un inicio-; y un mons­
misma de las ideas y de los ideales del mo­ truo absoluto sería impensable. O lo que es
mento, según decía Canguilhem. Era un cu­ lo mismo, hombre y rareza serían ambos
rioso rasero (desgeometrizado), para pen­ naturales, serían «igualmente necesarios en
sar en el orden posible sin caer en un reduc­ el orden universal» (como se oye decir en
cionismo omnisciente. el Sueño de D'Alembert). Por encima de to­
En los primeros escritos de Diderot, es­ do, pues, las anomalías le sirven para pen­
tos fenómenos eran aún esbozos de formas sar en los cambios globales de los seres vi­
no viables; más adelante ya, pasan a ser fe­ vos: «el monstruo nace y muere; el indivi­
nómenos naturales, pero raros, que eviden­ duo es exterminado en menos de cien años;
cian una tendencia real del mundo viviente; ¿por qué la naturaleza no exterminaría la
finalmente, en los Éléments se convierten especie en una más larga secuencia tempo­
en expresión de lo general, hasta el punto ral ?».
de negar la existencia de un modelo absolu­ Resulta curioso constatar, finalmente,
to, de una verdadera «norma» en cada espe­ cómo el monstruo está asociado de forma
cie. Cada vez más, dejará de ver en lo mos­ indirecta a dos figuras que no dejaron de
truoso un contraste mecánico, pasando a ser notables interlocutores diderotianos.
ser una disonancia aceptable en la armonía Por un lado, Bacon, que después de un si­
generala, mejor, un elemento que tiene su glo de teratologías renacentistas se había
peso en la regulación orgánica. preocupado por ubicar las incongruencias
La originalidad diderotiana consiste, de naturales en sus clasificaciones de los sabe­
antemano, en que el lenguaje de lo extraño res. Por otro, y de otra forma, su imitador
o infrecuente -lo desviado, viciado, raro, en el modelo enciclopédico, el poco baco­
chocante o inusitado-, estará desprovisto niano D' Alembert, le sirve -en el Sueño, en
de cualquier peso normativo, en este y, por un estado medio febril, medio perturbado
cierto, en todos los campos del conoci- del matemático- para recordar a Diderot el
Didero t, del lado de las ciencias 701 (lOS)
HISTORIA DE LA PSIQUIATRÍA

polimorfismo que ha injertado teóricamen­ rismos sobre el entendimiento y la memo­


te en la naturaleza: «todo animal es más o ria; la imaginación y el sueño, la voluntad y
menos hombre; todo mineral es más o me­ las pasiones, sobre los que repercute esa
nos planta; toda planta es más o menos ani­ mirada suya sobre la imprevisibilidad, so­
mal. No hay nada preciso en la naturaleza». bre el «paso al límite» en el comportamien­
to humano, aunque sea de una forma mu­
cho más atenuada.
El alma disuelta Las fuentes más destacables para su pa­
seo por el ámbito de la actividad mental, y
La idea de organización física puede dar sus perturbaciones, están bien localizadas:
solución a los problemas de un «alma» que para el siglo anterior al suyo, late aún el
se ha disuelto en el cuerpo. Diderot privile­ gassendista y cartesiano Cureau de La
gia, en particular, las fibras nerviosas, que Chambre (Caracteres des passions, 1662),
«explican» la actividad mental. Si el siste­ y ya en su época, Le Camus (con su Méde­
ma nervioso es el núcleo de la investiga­ cine de 1'esprit, 1753, libro simplificador
ción médica de entonces (y él ha leído no tantas veces asociado al propio Diderot) y
sólo a Haller sino también a los escoceses Bonnet (Essai analytique sur les facultés
Whytt y Cullen, que disputan acerca de la de l'ame, 1760), especialmente, le habrían
irritablidad, del espasmo, de las funciones dado argumentos particulares (16). Dentro
mentales y corporales), el cerebro didero­ de las modalidades de una «psicología»
tiano es, ante todo, un centro nervioso; y el aún no deslindada como tal en el siglo
criterio de la sensibilidad para él es el do­ XVIII, pero sin duda proliferante, confun­
lor, que produce en los enfermos nerviosos dida con la cultura y diluida en todos los
movimientos convulsivos, espasmódicos campos del saber -desde la gramática hasta
(32, 39). Pero estos desarreglos animan la teología, desde la estética hasta la medi­
también, por ejemplo, a sus personajes agi­ cina (33 )-, se hallan las consideraciones de
tados más conocidos, como el sobrino de Diderot, lector sin duda asimismo de los
Rameau, o como el comediante de su Para­ análisis psicológicos de Condillac, ese pio­
doja. El problema de la sacudida que pro­ nero que concebía todavía la mente como
vocan las sensaciones, desborda los marcos una mera colección de percepciones.
nosológicos de Cullen u otros, y se extien­ Es cierto que, en esas páginas diderotia­
de a una reflexión, a una literatura y un nas, muchas de las frases generales no son
pensamiento atentos a los temblores y ges­ especialmente significativas (<<el juicio dis­
tos bruscos, al disparate, a los fenómenos tingue las ideas, el genio las coteja, el razo­
de desajuste: a todo lo que es imprevisible. namiento las enlaza»), y revelan que inclu­
Este territorio diderotiano es todo menos so los argumentos de Locke, La Mettrie, et­
desdeñable. Incluso en la sección central de cétera' están en el aire que sostiene sus
la tercera parte de los Éléments de physio­ ideas. Dentro de esa línea universal, pode­
logie -«Fenómenos del cerebro»- va mu­ mos leer, por ejemplo, en esta colección in­
cho más allá de los aspectos anatómicos conclusa de reflexiones: «No vemos un ár­
que hacen de obertura, o de su referencia fi­ bol sin ver, inmediatamente y casi siempre
nal a los órganos y a las enfermedades. Di­ a la vez, ramas, hojas, flores, una corteza,
derot desgrana ahí un gran número de afo­ nudos, un tronco, raíces, y he aquí que al
(106) 702 M. Jalón
HISTORIA DE LA PSIQUIATRÍA

momento se inventa la palabra árbol, se in­ menuza ese bloque inmenso y fundamental
ventan otros signos, se encadenan y se or­ en otras memorias -de la vista, del oído,
denan». del gusto- como «hábitos que vinculan una
larga sucesión de sensaciones y de pala­
bras, y de movimientos sucesivos y encade­
Privilegio de la memoria nados de órganos» (16, 44, 46). De modo
que tales retentivas sensoriales se verían
Aficionado sin duda a la psicología ra­ superadas en su interdependencia, gracias a
cional, Diderot acude al análisis de las sen­ las circulaciones mnemónicas que hacen
saciones; aunque, paralelamente, consigue del cerebro algo más que el cedazo que era
dinamizarla de golpe. De ahí procede su ai­ esa «máquina» para Le Camus u otros.
re de modernidad; así como por haber evi­ A cambio, él habla de un depósito de re­
tado muchas trampas y simplificaciones: su membranzas que acoge no sólo las diversas
traducción de los fenómenos psíquicos a la sensaciones (por ejemplo, desde los gritos
«biología» se apoya en el sensualista Bon­ animales o los ruidos físicos hasta las me­
net, pero él no precisa cuál sería el sustrato lodías o una armonía compleja) sino, lite­
orgánico (las fibras bonnetianas) de los ac­ ralmente, todo que «hemos visto, conocido,
tos mentales, que aparecen dados sin más, percibido, entendido». Sería una facultad
según resalta Mayer, el gran editor de los gigantesca, casi mostruosa, que trataría de
Éléments (44). Por añadidura, Diderot reca­ compensar acaso el viejo poder de la anám­
pacita sin cesar sobre los obstáculos que nesis. Por ello, reforzando el peso de la
acompañan a todo conocimiento privado: memoria en la personalidad, Diderot se
«lo que peor conocemos son los sentidos preocupa, como siempre, por patologías
íntimos, a nosotros mismos, el objeto, la mnemónicas, como las ilusiones psicoso­
impresión, la representación, la atención»; máticas, las amnesias o los excesos en la
y más aún señala este gran apasionado que reminiscencia. Los extravíos le sirven de
«las grandes pasiones son mudas; ni siquie­ ángulo privilegiado para resaltarla en lo po­
ra encuentran modo de expresarse». sible, ya que, según afirma con fuerza, «el
Diderot interpreta, más bien de un modo imperio de la memoria sobre la razón no ha
discursivo, el juicio, en parte según Bonnet sido nunca lo suficientemente examinado».
y Robinet, como un fenómeno de resonan­
cia. Y señala que la imaginación está aso­
ciada a los objetos, por contraste con la me­ Del sueño a la oscuridad
moria que correspondería ya a los signos,
«a las palabras casi sin imágenes». El cere­ También el estado de sonambulismo o
bro, un mero órgano a su entender, necesita de ensoñación cobran terreno en sus cavila­
del suplemento capital de la memoria, ca­ ciones. Aunque parezca una melodía episó­
paz de refinar todas las percepciones. Más dica en los Éléments, el sueño aparece co­
allá de la voluntad (que «no es menos me­ mo un verdadero interrogante. Diderot pue­
cánica que el entendimiento»), la memoria de afirmar entre líneas: «sueño, acción y
inmensa o total viene a ser «un estado de reacción de las fibras unas sobre otras»; y
unidad completo», por encima de una re­ sugerir que el sueño «deshilvanado» pro­
tentiva parcial o «incompleta», pues él des- vendría sin más del «movimiento tu­
Diderot, del lado de las ciencias 703 (107)
HISTORIA DE LA PSIQUIATRÍA

multuoso de las hebras». Pero, sin lugar a Si la psicología del siglo XVIII abordó a
dudas, lo siente afín al delirio y la locura: menudo la fuerza de la vida impulsiva -no
«delirio razonado y sueño continuo son lo todo se reduciría al análisis de la represen­
mismo». De manera que el sueño acaso pu­ tación, decía Cassirer-, «superando» la ca­
diese cumplir cierta función para la medici­ racterización más controlada de las pasio­
na anímica que él aventura. nes propia de los grandes sistemas (del
En efecto, situado en la estela de las in­ pensamiento anímico de la centuria ante­
tuiciones de Leibniz, Diderot hace valer el rior), Diderot, desde luego, fue uno de los
trabajo ininterrumpido del inconsciente: en que llegó más lejos en este camino con su
los Élements, por ejemplo, constató ambi­ «máquina sensible», mostrando cómo las
guamente que «durante el insomnio hay re­ pasiones son irreductibles a un cuadro físi­
presentación involuntaria de uno o varios co, y cómo lo imacional es también natural
objetos»; o mejor en todo el Sueño de (cf. 12; 25; 31; 47). Vaciló siempre ante los
D'Alembert (cL 27), donde Bordeu llega a deficientes o ante los dementes, y si sostu­
afirmar que «no hay distracción alguna en vo en los Éléments que «la mayoría de las
el sueño, de ahí su vivacidad», que todo es enfermedades, casi todas, son nerviosas»,
«alternativamente activo y pasivo en una percibió en los extremos, más que un mar­
infinidad de maneras». Todo ello, así como gen informe, un mundo a respetar. Una vez
el cultivo de un propio estado de ensoña­ más, en consecuencia, el desorden le atrae
ción -en el que deja su mente en libertad poderosamente, y las gamas de la enferme­
para que siga la «primera idea, sabia o lu­ dad mental que repasa o a las que alude no
nática, que se le presente» (El sobrino de resultan por fortuna localizables físicamen­
Rameau)-, no es más que un primer atisbo te; antes al contrario, Diderot se remite a
de su concepción mental dinámica. una organización mucho más general, a un
A su descamada evocación edípica, sa­ problema de orden global en el que la locu­
ludada siempre por Freud -un pequeño sal­ ra resulta inalcanzable, aunque exigiría una
vaje, si se abandonara a sí mismo, «torcería mirada particular para observarla.
el cuello a su padre y se acostaría con su Su pensamiento sobre las metamorfosis
madre»-, se añade su imborrable experien­ y teratologías de la naturaleza, pues, se
cia de haber visto cómo un hijo azotaba el combina sin roces con una visión propia
cadáver de su padre, por haberse sentido acerca de la tendencia fantaseadora del
odiado. En general, el malestar en la cultu­ hombre que subraya los impulsos oscuros.
ra está denunciado en un Diderot que ve el Cabe arriesgar, en fin, que su teoría acerca
mundo artificial embutido forzadamente en del «orden catastrófico», en general, está
el natural, esferas que nunca serían aisla­ en consonancia con el hecho de que, siendo
bIes, para mayor conflicto. Más aún, la hi­ un destacado defensor de la vida social, no
pótesis somático-afectiva late en muchas dejó de soñar con una sociedad medio sal­
páginas diderotianas, íntimas, semiprivadas vaje, medio civilizada. Y esta hibridez se
y públicas; y ello se explicita con un ejem­ observa asimismo en que, por un lado, Di­
plo notable de los Éléments, donde, al ha­ derot advirtió sin rodeos que cualquier ex­
blar del doble juego que se produce en la ceso personal atentaría contra la especie
lactancia, dice de la madre y el hijo: «son humana o la anularía -no existe, según
dos seres que buscan reidentificarse». recalca, organización alguna exclusiva del
(l08) 704 M. Jalón
HISTORIA DE LA PSIQUIATRÍA

talento-; mientras que, por otra parte, fue los demás, hizo de transmisor cultural a la
un reconocido teorizador del genio indivi­ vez fiel y «fatalmente» infiel; esto es, fue
dual. su recreador.
De hecho, el genio no corresponde ni al También nos cuesta participar de su ver­
temperamento ni a la capacidad de juzgar tiente satírica, de ascendencia grecolatina,
ni a la imaginación, es una «cualidad inde­ en la que podríamos reconocer su verdade­
finible» para él (Sur le génie, AT, IV). Lo ro carácter. La sátira se caracteriza por una
genial constituiría un punto de fuga, sería la mezcla de estilos, y el «acoplamiento entre
evidencia de lo irreductible. especies diferentes» resalta en el quehacer
diderotiano. El principio de hibridación de
Diderot, la construcción mediante «tonos y
Diderot o el mundo de la interpretación registros opuestos» predomina en su obra,
hasta el punto de que su universo producti­
Malamente cabría confinar a Diderot en vo ( 14) se basa justamente en esta conspira­
un terreno específico, y menos aún en un ción, mitad disparatada, mitad totalizadora,
género concreto, por lo que aparece como en la que todas las armonías posibles del
el prototipo de desbordador de cualquier te­ conocimiento se encuentran sensibilizadas
rritorio definido. Ello destaca hoy de fOfila y se ponen en acción.
clara, cuando intentar un enciclopedismo La doble crisis en las esferas física y
como al suyo resultaría insensato. Su incla­ moraL que define a los años tardoilus­
sificable «dispersión» favoreció su papel trados, se capta así de forma excepcional en
efectivo como sismógrafo y como revitali­ este testigo incomparable, bastante más
zador de la cultura en líneas generales y, en templado que Rousseau, y menos rígido
consecuencia, de esa evolución científica que Condorcet. El reconocido doble fraca­
que se perfila en el tramo final de la Ilustra­ so de Diderot, al no poder fundar ni una
ción. Diderot --con extravagancia y profun­ moral ni una ciencia, o el hecho de que su
didad, según reconocía- fue al tiempo ca­ pensamiento no sea en absoluto una «filo­
paz de resumirla y de agitarla. En parte, sofía científica» como decía también Roger
con armas antiguas. (28), resulta ser más bien un éxito si le ve­
Pues estaba provisto de una verdadera mos como fuente indispensable de las hu­
cultura clásica, bien ajustada, quizá por en­ manidades, como quien encendió la inquie­
cima de lo que era usual entre muchos de tud ante lo «humano», y, en definitiva, hizo
sus coetáneos, al actualizarla a diario. Y así y a la vez deshizo el lenguaje de su tiempo.
él se nos aleja más todavía, dado que el diá­ Locuaz y curioso como pocos, este Di­
logo constante que mantuvo con los anti­ derot tan «natural» y con tantos artificios
guos nos es, por desgracia, inalcanzable fue también, sobre todo, original y profun­
(cf. 23). De igual manera, nos resulta extra­ do: posiblemente por ello sus libros mu­
ña su manipulación de textos ajenos, esa chas veces no pasaron de ser una especie de
afición insólita (pero, en el fondo, tradicio­ agregado informe (cf. 6, 8, 13). Otro tanto
nal), que dominó su vida. Una actitud mo­ ocurre con los Éléments de physiologie que
délica, pues, al modificarlos o comentarlos, prácticamente concluyen, por un lado, con
interfería en su intención patente. Diderot una fórmula en la que reconocemos el nú­
se convirtió en un excepcional «lector» de cleo de toda su interrogación teórica -«la
Diderot, del lado de las ciencias 705 (109)
HISTORIA DE LA PSIQUIATRÍA

organización y la vida: he aquí el alma»-, y BIBLIOGRAFÍA


por otro, con una frase, «nos paseamos en­
tre sombras, sombras nosotros mismos para Dado el hallazgo de textos de DIDEROT en este
los otros y para nosotros», que convierte al siglo, a la edición de obras completas de J. Assé­
zat, M. Toumeux (AT), París, Gamier, 1875­
libro en un extraño documento sobre la in­
1877, 20 vol., hay que añadir la magnífica, dir.
quietud, sobre una tensión interior como la
por H. Dieckmann, J. Proust, J. Varloot y J. Fabre
suya que no remitió a lo largo de su vida. (DPV): CEuvres completes, París, Hermann,
Cabe concluir que se escogió a sí mismo 1975-1995,28 vol. (de 32). Muy accesible es la
para reconocer nuestra indefinición e inda­ selección reciente, en 5 vol., de L. Versini, CEu­
gar, por añadidura, en ese estado dubitativo vres, París, Laffont, 1994-1996: especial interés
que es consustancial a toda interpretación, tiene aquí el tomo 1 (1.580 pp.), que agrupa sus
yendo mucho más allá de la antigua o mo­ más notables textos filosóficos y científicos, aun­
derna interpretatio naturae en la que el que sólo incluya dos partes de los Éléments. Des­
hombre se hallaba, por entonces, apresado. tacamos, además, DIDEROT, Sobre la interpreta­
De hecho, reconocía en una carta a Sophie ción de la naturaleza, Barcelona, Anthropos,
1992, bilingüe (intr. M. Jalón); Éléments de phy­
Voland, de 1767, su tendencia al autoanáli­
sioloRie, París, Didier, 1964 (intr. J. Mayer); Ob­
sis, su inclinación a prestar «la máxima servations sur Hemsterhuis, New Haven, Yale /
atención» a su propio pensamiento, a sus París, PUF. 1964 (intr. G. May); y Réve de
palabras y a sus acciones. Atención que se D 'Alembert, París, Gamier-Flammarion, 1965
trasluce en todos sus textos y, por supuesto (intr. J. Roger), del que hay trad. española.
en sus palabras o giros más vibrantes: fer­ (1) CHOUILLET, J. Y A. M., «État actuel des
vor de las conjeturas, laberintos, extrava­ recherches sur Diderot», Dix-huitieme siecle
gancias aparentes, presentimientos, causas (DHS), 1980, pp. 443-470.
conspirantes, inspiración, aberración de las (2) VENTURI, F., Giovinezza di Diderot
medidas, extemporaneidad de los fenóme­ (1713-1753), Palermo, Sellerio, 1988 (or. 1939).
(3) WILSON, A., Diderot, sa vie et son ceu­
nos, demonio familiar o inquietud autóma­
vre, París, Laffont-Ramsay, 1985 (or. 1972).
ta.
(4) THOMAS, J., L'humanisme de Diderot,
Éstas u otras metáforas diderotianas París, Les Belles Lettres, 1938.
ayudaron a desmantelar las convicciones (5) DIECKMANN, H., Cinq le~'01zs sur Dide­
de su presente; y constituyen, por decirlo rot, Ginebra-París, Droz-Minard, 1959.
así, el lenguaje preciso de la indecisión. El (6) MORTIER, R., Diderot en AllemaRne
primer paso hacia el pensamiento consiste (1750-1850), París, PUF, 1954.
en la «incredulidad»: esta fue una de las úl­ (7) PROUST, J., Diderot et I'Encyclopédie,
timas frases oídas a Diderot, poco antes del París, Albin Michel, 1995 (or. 1962 y 1967).
22 de febrero de 1784. (8) CHOUILLET, J., Diderot, París, SEDES,
y si a pesar de su inseguridad e insatis­ 1977.
(9) MAY, G., «Diderot, artiste et philosophe
facción no nos sitúa en una zona de vértigo,
du décousu», en Friedrich, H.; SCHALK, F., Eu­
dada la contención de sus gestos internos,
ropiiische Aufkliirung, Munich, W. Fink, 1967.
nos ayuda en cambio siempre a aceptar y pp. 165-188.
proteger cierta oscuridad. (lO) DIECKMANN. H .. «The Concept of
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