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Dios y el Dinero

[...] Dios tiene que tener sobre todo dos condiciones: una es que tiene que ser real,
más que nadie. Esto quiere decir más o menos lo mismo que se dice con ese verbo
que nos han metido desde arriba a partir de las escuelas medievales, el verbo
‘existir’: real, existente, más que nadie: y, para ser real, aunque esto parezca una
paradoja, tiene que ser ideal. Por el otro lado, tiene que ser, como algunos tal vez
recuerdan del catecismo, personal: para mejor lograrlo, según la vieja teología
católica, es tres Personas, que son un solo Dios verdadero. En todo caso, tiene que
ser Persona. Es en estas condiciones de Dios en las que vamos a fijarnos. Cualquier
dios, con más o menos éxito según las épocas y los sitios, tiene que reunir esas
condiciones. Como en todo lo demás, aquí, en el Mundo Primero, en la Democracia
desarrollada, el Régimen que hoy padecemos, estas condiciones tienen que haberse
elevado al grado más alto de potencia y de imperio. Si nos preguntamos cuál es el
verdadero Dios en el régimen más avanzado, no queda mucha duda, porque ese
Dios tiene esencialmente la cara del Dinero: es el Dinero. Pero cualquiera de los
otros dioses viejos que queden por ahí, si pueden colaborar con éste, con el Dios
verdadero que hoy padecemos, es porque participan de las mismas condiciones. En
verdad el Dinero, la forma más alta y actual de Dios, no ha inventado esas
condiciones: ya los dioses de las viejas religiones, según progresaban, iban
avanzando en el mismo sentido; sólo que este Dios es el que las cumple de manera
más perfecta.
Vamos a detenernos un momento en ellas. A primera vista, entre tener que ser
real o existente y tener que ser personal puede haber una contradicción, y conviene
que esta contradicción se aclare, se manifieste de la manera más precisa. Dios tiene
que ser real: tanto es así, que en las religiones más avanzadas el verbo ‘existir’ se
inventó precisamente para eso. Aquí tenemos uno de los casos más ilustres en que,
a lo mejor, se cree que se puede emplear este verbo de las Escuelas, más o menos
divulgado, tranquilamente. Por ejemplo, se puede creer que un ateísmo
verdaderamente eficaz puede decir “Dios no existe”: esto es una mentira, porque el
verbo ‘existir’ es coestensivo con Dios, se refiere a Él. No se puede inocentemente
decir “Dios no esiste”. Esta fórmula está condenada. Esto nunca lo puede decir el
pueblo. Lo dicen las personas, porque les han enseñado, les han hecho creer que
este verbo ‘existir’ es inocente, pero no lo es. Cuando el pueblo se levantaba contra
Dios, lo único que podía decir eran cosas del tipo de “no hay Dios”, “no hay Dios
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que valga”. Eso es popular, eso es del pueblo. Ahí no hay ni una sola palabra que
venga de arriba. Pero si os trasforman eso en “Dios no existe”, se está sin darse
cuenta, sosteniendo la existencia de Dios, su realidad. ¿De qué va a servir que se
diga que no esiste, si primero se le ha puesto como sujeto de eso, se le ha hecho
existente en el mismo momento de decirlo? ¿De qué va a servir que después se
añada “no existe”, si ya al decir de Dios tal o cual cosa, al hablar de Dios, se le está
haciendo real; porque ésta es la condición de la realidad: real es aquello de lo que
se habla. No lo que habla, pues lo que habla, cuando se le deja: el pueblo, el
lenguaje, yo, cuando no soy nadie, cuando no soy D. Agustín García, con D.N.I. tal,
eso no es real. Real es aquello de lo que se habla. Ésa es la condición de la realidad.
Una cosa es el que habla, que actúa, por tanto, y otra cosa es de lo que se habla.
Con eso creo que se comprende bastante bien que la Realidad tiene que ser
ideal, y que no hay ninguna otra forma de Realidad. Todos los que os enseñan a
contraponer ‘real’ con ‘ideal’, ‘realista’ con ‘idealista’ os están engañando, si os
dejáis y os lo creéis.
La Realidad no puede ser más que ideal: para que se hable de una cosa, tiene que
tener su nombre, tiene que estar hecha de ideas, y por tanto no cabe pensar en
ninguna realidad o existencia que no pase por las ideas, que no pase por la
idealidad. No hay contraposición verdadera entre ‘ideal’ y ‘real’. Aquel que por afán
de realismo adopta las armas del Poder, proyecto, idea de futuro y demás, ése cae
bajo el engaño, precisamente porque ha adoptado las ideas, la idealidad, lo que es
propio y esencial del Poder.
Frente a esas dos cosas, lo real y lo ideal, está aquello que no es de lo que se
habla, sino el que habla, del que no se tiene idea: YO, que no es nadie, que no
existe. Pueblo, que no se sabe qué es, que no existe. Ese es el que actúa gracias a
no ser real, a no existir, gracias a eso vive y actúa. Contra la realidad y las ideas
juntamente está el lenguaje corriente y moliente, no las jergas: la razón común.
Así, Dios, ya en la vieja teología Católica y demás, era el ser más real de todos los
seres: lo que los teólogos medievales decían ens realissimum, el ser más real de
todos los seres. Tenía que serlo. En cierto modo la realidad de las realidades. Ésta
es la condición justamente que cumple hoy nuestro Dios: el Dinero tiene esa
condición. El Dinero es la realidad de las realidades. Todas las cosas se cambian en
Dinero, y una cosa es tanto más real cuanto más se puede cambiar en Dinero,
cuanto más Dinero vale. El Dinero es la cosa de las cosas, la cosa a la que todas las
cosas se reducen: el ens realissimum, la realidad de las realidades; y cumple su
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función: para ello es ideal. No hay cosa más ideal que el Dinero.
Recuerdo de paso la corriente estupidez de llamar ‘material’ al Dinero. Algunos
quieren a lo mejor todavía contraponer lo material con lo espiritual, y llaman
material al Dinero, lo más ideal, la cosa más impalpable, la cosa que está, como
Dios, en todas partes y en ninguna, que cumple las condiciones de la idealidad de la
manera más perfecta. No se vaya a confundir, sin embargo, esas monedillas que
uno tiene en el bolso, o lo que tiene en el Banco, con el Dinero: esas cosas son, en
todo caso, como aquellas imágenes que se podían hacer de Dios: son
representaciones; pero el Dinero no es eso: es totalmente ideal, y para ser la
realidad de las realidades tiene que ser ideal, como cualquiera de los viejos dioses.
Pasamos a la otra condición. Ya en las viejas religiones también Dios tenía que ser
personal. Eso parece a primera vista contradictorio porque estamos acostumbrados
a pensar que a las cosas o realidades se les contraponen las personas: uno no es
una cosa (un objeto sexual, por ejemplo), uno es Persona. Ya en las viejas religiones
más avanzadas Dios tenía que ser la realidad de las realidades, el existente de
entre los existentes, pero al mismo tiempo tenía que conservar su condición
personal. Para que ejerciera su dominio, tenía que tener las dos caras. Persona o,
como en la forma más avanzada de la teología cristiana, tres personas, que en el
mismo hecho de ser tres costituían un solo Dios verdadero, según una doctrina en
la que ahora no voy entrar.
Estoy usando las viejas formas de Dios, las viejas religiones, como ilustración del
Dios actual, porque precisamente el Dios que hoy padecemos de la manera más
eficaz y aplastante, llámesele Dinero o como sea, por la propia inmediatez no lo
vemos tan claro, y como las religiones más viejas no eran más que progresos hacia
ésta, preparaciones de esta forma de poder, a veces, echando una mirada a las
viejas teologías, uno se ilustra, recibe alguna iluminación.
La confusión acerca de esto de ‘personal’ ya la he apuntado. Es una confusión que
se descubre preguntándose “¿Quién soy yo?”. Si os preguntáis de veras eso, os
encontráis de narices con la confusión que ahí late. ¿Soy yo Don Agustinito García
por ejemplo? Por un lado tengo que reconocerlo: esa es mi realidad, la que dice mi
Documento de Identidad, pero Yo ¿soy ese?: Yo no soy ése. Hay algo por debajo de
mí que está diciendo “Yo no soy ése”. Algo que me queda de mí por ahí abajo, algo
que me queda de pueblo, frente a mi nombre propio y mi documento de identidad
dice “Yo no soy ese”. Es decir, que hay algo más que no se agota en mi identidad
personal. Ahí tenéis la confusión, ahí veis en qué sentido rige esta confusión: Dios,
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por un lado, tendría que comportarse igual que yo, es decir, ser una contradicción, y
lo era de hecho, en las viejas teologías, porque por un lado tenía que ser una
persona real, como Don Agustín García, tenía que tener su documento de identidad,
y por el otro tenía que ser una persona de verdad. A pesar de la propia teología y el
dogma, vivía la contradicción entre el Dios del que se hablaba y el dios que hablaba,
como en mí. Era el dios que hablaba el que no era un dios real, como yo, nunca del
todo y cerradamente Don Agustín García. Así de sencillo. No hay posibilidad de
escurrirse pensando que es demasiado complicado. La dificultad está precisamente
en que es demasiado sencillo.
Sobre esta dificultad tendréis que volver una y otra vez. Es normal que cada uno
tienda a convertir lo que está oyendo en ideas: es el truco que uno se busca para
que nada de lo que se oiga le haga daño. Si eso son ideas de Fulano, son ya
realidades, opiniones al estilo democrático, muy respetables, muy brillantes, pero
que no hacen nada. Es normal que ello suceda. Evidentemente hay algo que no es
real, que no es de lo que se habla, precisamente porque es el que habla. La teología
pensaba encontrar un artilugio definitivo y victorioso: la persona de Dios era la
persona real, y por tanto estaba sometida y servía al sometimiento. En la medida en
que el Poder y su Teología no conseguía esto, había algo que seguía diciendo “eso
no es cierto”.
Por eso es por lo que es tan difícil prescindir del nombre de Dios incluso desde la
revuelta, porque la palabra sigue siendo, a pesar de todo, ambigua. Igual que me
pasa a mí. De manera que, mejor a la palabra ‘yo’, pero incluso a la palabra ‘dios’,
más sospechosa, habría que atribuirle esa ambigüedad.
La religión, por tanto, que verdaderamente y en todo lo alto padecemos es la
religión que está representada por un Dios que es Dinero, realidad de las
realidades. ¿Cómo es que el dinero es personal? ¿Cómo es que el dinero, esa forma
más avanzada de Dios, cumple también esa segunda condición? Apenas hay más
que recordarlo: el dinero es personal. En tiempos en que la moneda era una forma
de Dinero, en la moneda estaba la cara del monarca, la cara personal, con sus
rasgos, del Emperador o del Rey. Eso era una preparación para lo actual: en la
Democracia no hay reyes de verdad, no hay más reyes que la Persona. Que se sigan
haciendo moneditas del antiguo régimen sirve para distraer. El dinero de verdad es
ese dinero del que la Persona dispone. Ya podéis ser vosotros muy modestos al
estampar vuestra firma en la Banca, pero en la computadora del Banco figura
vuestro nombre, y éste representa tales cifras, ya sean rojas o negras, pero en todo
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caso es vuestro nombre el que vale eso. Valéis eso, y ese dinero, esas cifras, sólo
valen en la medida en que son de una persona, en que representan a la Persona. La
Persona puede ser, como se sabe, un consorcio o una persona jurídica o lo que sea,
pero, en todo caso, una persona. Una persona que puede fácilmente hacer todos los
jueguecitos que sabéis: entablar tratos con otras personas, intercambiarse, etc. Una
persona que puede jugar en la Bolsa, y, mejor que en la Bolsa todavía, en ese cruce
de pantallazos todo alrededor del globo por medio de la Red Informática Universal,
que permite estar en siete u ocho bolsas al mismo tiempo y establecer ese juego.
Nada de eso se podría hacer si no fueran personas las que costituyen la verdadera
esencia del Dinero.
Esto quiere decir que, si el dinero consiste en la Persona, su firma, el crédito de
que goza y su firma le atribuye, entonces tenemos unas personas que son
cosas, cada una de vuestras almitas personalmente. No es ya sólo aquello tan viejo
de “tanto tienes, tanto vales”, sino que vales lo que tienes, y ese eres tú, en cuanto
ente real, y no hay otra forma de alma real más que ésa que está representada por
la firma y el crédito de que uno goza en la Banca, desde los escalones más bajos a
los más altos, que juegan con el Dinero en los mercados de la Red Informática
Universal.
Esa es la condición. Dios subsiste, pues, plenamente, en esta forma más avanzada
en el Régimen que hoy padecemos, aunque sigan floreciendo en pleno toda clase
de religiones de las viejas. Es por eso por lo que hay que insistir finalmente en que
esta Religión actual, como las viejas, está sostenida por la Fe. Si se dejara de creer,
caería sin más. Lo estáis sosteniendo todos los días en la medida en que creéis, os
fiáis de las cifras del crédito, creéis en lo que vuestro capitalito va a rendir al cabo
de tres meses o tres años. Como esta condición de la Fe, que en la Banca se llama
crédito, de creer, que es la verdadera esencia del Dinero, que es todo Futuro, todo
Fe, como esa condición de la Fe es la misma que en las viejas religiones (la Fe en
Dios está inmediatamente ligada con la esperanza de la Gloria Eterna), por eso
mismo, la necesidad de Fe, es por lo que se llevan tan bien la verdadera Religión del
Régimen con los restos de las otras religiones. Es de suma conveniencia para el
Poder que sigan conviviendo juntas unas con otras. Evidentemente la nueva
Religión alzará sus nuevas catedrales, sus iglesias sucursales y bancos más o
menos horripilantes que el Capital levanta por todas partes, pero conservando las
viejas catedrales y muchas de las iglesias, y conservará igualmente las formas de
culto pasadas de moda. Es una conveniencia. ¿Cómo no se van a llevar bien si,
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después de todo, todas son formas del mismo Dios, que solamente cambian para
seguir manteniendo su imperio? Se llevan muy bien, y distraen mucho, y ésa es la
función que cumplen.

Lenguaje y costitución de la realidad. Las palabras y el Dinero

[...] Si a uno se le pregunta por el lenguaje, evidentemente acudirá a términos, a


palabras con significado, como ‘gabán’ o ‘electrodo’. Ni siquiera acudirá a otras
palabras que hay en todo idioma, en toda lengua de Babel, pero que ya quedan por
debajo de la Realidad, evidentemente. Seguramente no se acordará de una palabra
como ‘esto’, de una como ‘lo’, o de una como ‘me’ o como ‘yo’, si es que en su
lengua son palabras. No se acordará sin duda, en otro sector, de una palabra como
‘no’ (a lo mejor le parece que eso no es una palabra), ni de una palabra como ‘qué’,
y ni siquiera a lo mejor se acordará como ejemplo de palabras de algunos
cuantificadores como ‘algo’, como ‘más’ o incluso como ‘cinco’, siete’ o ‘nueve’: a lo
mejor le parece que los números no son un buen ejemplo de palabra; y sin embargo
están ahí igualmente. Y no pongo más que unos pocos ejemplos de cosas que
todavía se pueden llamar palabras, pero a las que la conciencia ya no llega. ¿No
llega porque sean más importantes los gabanes y los electrodos?, no: las otras
evidentemente son mucho más importantes y de mucho más uso que gabanes y
electrodos, pero éstas tienen la ventaja, como las vacas y el sol, de que pertenecen
a la Realidad. Un ‘qué’, un ‘algo’ , un ‘esto’, o un ‘yo’, eso, evidentemente, debe de
andar por otro sitio: eso, de la Realidad no es, y por tanto eso quiere decir que
escapa más fácilmente a la conciencia, que está por debajo. Si, luego, tenemos en
cuenta que en toda lengua hay otros elementos que no son ya palabras, digamos
por ejemplo como un condicional ‘si’, o este enlazador ‘que’ o también su
homónimo el relativo ‘que’ con el cual costruimos a cada paso frases, o la manera
de formar el plural de las palabras con ‘-s’, o la manera de formar pasados de los
verbos, por ejemplo, en castellano con un –‘ó’, y cuanto más importantes son estos
implementos, menos los conoce uno, porque justamente están por debajo de
conciencias, y no pertenecen a la Realidad. Es precisamente gracias a eso como
tiene sentido mi propuesta de dejarse hablar y decir “no” a la Realidad, porque está
para ello todo el artilugio gramatical, que no es el vocabulario, y que puede
dedicarse a desmontar la obra de costrucción de la realidad que el vocabulario
hizo.
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(INTERVENCIÓN) ...incluso palabras con significado (más inocentes) con las


que nos convencen de que la Realidad es la realidad.- Antes cité las vacas:
desde el momento en que se hace pasar esa moneda como algo contra lo
que no hay nada que decir, desde luego la esplotación del ganado vacuno se
está manteniendo. La Realidad está llena de vacas desde el momento en que
la palabra ‘vaca’ se respeta. Y, si esto parece poco, imaginad que lo mismo
pasa con la palabra ‘esclavo’, que en muchas lenguas ha pasado como
moneda corriente. Si se hace correr la moneda de un significado, aunque
parezca relativamente inocente, con ello se está contribuyendo al montaje de
la realidad y a su mantenimiento. Desde luego, palabras como ‘Dios’, como
‘Hombre’, como ‘Democracia’, son especialmente tremebundas, y
especialmente destinadas al engaño desde la jerga, lo cual no implica que
allá arriba alguien sepa lo que está haciendo con este montaje. La costitución
de la realidad está sostenida por cada uno. Estado y Capital están sostenidos
por cada uno, y cada uno en cuanto persona tiene mucho interés en que siga
corriendo la palabra ‘Banco’ y la palabra ‘año dos mil’ y la palabra ‘auto
personal’ y tantas otras. Si Ellos tuvieran que imponerlo a la fuerza desde
arriba, el Régimen no sería tan tremebundo y tan opresor como es; pero la

gratuidad del lenguaje y costitución de la Realidad: (Isabel)


... No sólo es que el lenguaje de veras sea común, sino que es gratuíto, y además
es la única cosa gratuita, quiero decir, la única de las que uno no pueda llamar
naturales, como dicen: incluso se puede decir que es más gratuíta que el agua, más
gratuita que el aire. A nadie se le puede negar. Se demuestra, en el hecho de la
adopción de cada niño y la entrada en sociedad, hasta qué punto eso es algo que
no está controlado por poderes desde arriba, es algo que viene de más abajo, y es
en ese sentido como, sin distinción alguna de clases, ni de sexos, ni de nada, el
lenguaje común, el de veras, se da a cualquiera gratis. La única cosa gratuíta.
Conviene, por tanto, distinguirla, con este motivo, de la Cultura, de la escritura. Por
encima del lenguaje se estableció no hace mucho, hace 10000 añitos de nada, un
siglo de siglos, lo que llevamos de Historia más o menos, eso de la escritura, que es
una especie de toma de conciencia del lenguaje. Hay una especie de ascenso, o
intento de ascenso, por el cual el lenguaje pasa a la conciencia y se hace escritura,
que es la primera forma de toma de conciencia, por lo menos parcial, del lenguaje,
y, como todo el mundo sabe, es con eso con lo que empieza la Historia; que, como
digo, no es gran cosa, porque gente hablando por la tierra misma, desde luego
había y hay desde mucho antes. Ése es el gran cambio: la escritura, en cambio, la
Cultura toda, ésa no es gratuita. Desde que la Historia empezó, se estableció como
no gratuita. La escritura, a diferencia del lenguaje, era propiedad de los sacerdotes
y de los señores y de sus escribas, siempre, desde que se inventó; y, del mismo
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modo, en la formación de cada niño, a diferencia del lenguaje, que se le da


gratuitamente, la escritura es una cosa que se gana mandándolo a la escuela; y,
desde ese momento en adelante, el Poder reconoce como medio esencial para
adopción social y trepar en la escala la Cultura; hasta tal punto no es gratuita. Es
incalculable el dinero que en cualquier sociedad la Cultura ha movido. En la nuestra,
en el Régimen del Bienestar, no hay Ministerio que se le pueda comparar. La
cantidad de dinero que la Cultura, la Educación y la Ciencia mueven, en sus varias
manifestaciones, es efectivamente un testimonio de cómo ese cambiazo quiere
decir el paso de lo gratuito que se nos daba a lo que se nos hace comprar, por lo
que se nos hace trabajar en nombre del interés personal o de los intereses
colectivos que con él están más o menos ligados.
¿Cómo es esto? ¿Cuál es esta relación entre el lenguaje esencialmente común,
gratuito, y esta costitución de la Realidad que se refleja esencialmente en el Dinero?
Porque creo que nadie dudará que el Dinero es la realidad de las realidades, y que
dentro de eso de la Realidad no hay nada que se pueda comparar con el Dinero, y
que el progreso de la Historia no consiste más que en un progresivo afianzamiento
del Dinero como forma de poder. En el Régimen del Bienestar, quien quiera separar
todavía Estado y Capital lo hará para entretenerse: todo el mundo sabe que no hay
más que un Estado, que es el Capital, y que la diferencia entre empresas privada y
empresa publica ya no es nada, es un mero pretesto para el engaño. Se cumple así
el último progreso de eso que les presento como propio de todo el proceso de la
Historia.
Es duro de decir, pero hay que decirlo: es el lenguaje, ése que estaba por ahí
abajo, el que ha fabricado la Realidad, y, por tanto, el que la ha hecho progresar
hasta la forma del Dinero. Ésta es la paradoja. Ésta es la contradicción en la que hay
que parar mientes. Por supuesto, el hecho de que el lenguaje fabrique la Realidad,
no es algo que el lenguaje pueda hacer con cosas como ‘qué’, ‘no’, ‘tú’, ‘yo’, ‘algo’:
las tiene que hacer con cosas como ‘vaca’, ‘sol’, ‘gabán’, ‘esclavo’, ‘alma’, por
medio de vocabulario de significados, un vocabulario de significados que cada vez
se van haciendo más astractos, más ideales, hasta llegar, por ejemplo, a ese
mismo: ‘Dinero’, que ha alcanzado un grado de sublimidad que lo hace
prácticamente impalpable, pero, cuanto más sublime, cuanto más ideal, más
dominador. Ésa es la condición del Poder, y eso es lo que Dios ha sabido desde
siempre: para dominar, hay que sublimarse, hay que convertirse en pura idea, en
ideal. Luego los ejecutivos dirán las tonterías que quieran respecto a las realidades
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prácticas, pero las realidades prácticas son que lo que domina es el ideal, la idea,
del tipo que sea.
Es por ese camino, ese alzamiento a la semántica, como el lenguaje
efectivamente costituye una realidad. Pero, pasando a las lenguas de Babel, hay
que repetir que muchas de las cosas no semánticas del lenguaje que hemos
mencionado no son idiomáticas, no son de una lengua determinada. Se puede
asegurar que no hay lengua en el mundo que pueda vivir sin tener un implemento
como ‘no’, o un implemento como ‘qué’, o ‘esto’ o ‘yo’, ni tampoco sin uno como
‘algo’, ni sin algunos de los índices que ayuden a la costitución de frases complejas.
Todos estos elementos de la maquinaria son comunes, no pertenecen a las lenguas
de Babel, son de un pueblo que no es ningún pueblo determinado; pero el paso al
que me refiero, el paso a la Realidad, ése sí es idiomático, ése es propio de las
lenguas de Babel. El vocabulario semántico, el diccionario, ése sí que es propio y
característico de cada una de las lenguas. Ya se ve que hay una guerra entre
idiomas, es decir, entidades privadas, que es lo que dice el término griego ídios, del
que también se deriva ‘idiota’. Se trata de eso: son realidades necesariamente
idiomáticas, idióticas, por ello mismo sumisas. Cada tribu tiene su Realidad. No hay
una Realidad común. Éste es un descubrimiento en el que habría que insistir. Cada
tribu tiene su Realidad, porque cada tribu tiene un vocabulario semántico distinto.
La posibilidad de la traducción puede parecer, a primera vista, evidente: se cree
que , por ejemplo, la palabra ‘vaca’ se puede traducir, pero vaya usted a averiguar
en cada lengua si ‘vaca’, ‘ternera’, ‘becerro’, ‘becerra’, son cosas distintas o son la
misma cosa, y si ‘’buey’ y ‘vaca’, o ‘buey’ y ‘toro’ tiene que distinguirse de la
manera que se distinguen en castellano o no. Y esto hablando de cosas
elementales, pero, por ejemplo, con ‘gabán', pasad a otra lengua de Babel un poco
lejana, y empezad a preguntar si una distinción entre realidades como un gabán, un
abrigo, una gabardina, que para nosotros a lo mejor son relativamente claras, allí
pueden regir. Un desastre, en cuanto se piense. No hay nada de verdad común en
las realidades, en el vocabulario semántico. La Realidad es idiomática.
Esto cuesta quizá reconocerlo porque estamos viviendo esta culminación de la
Historia en que todas las tribus prácticamente ya han quedado invadidas y
aniquiladas debajo de una sola Cultura. Estamos llegando a ese trance, de manera
que, gracias a esto, no solo ya es que entre las lenguas cultas, que se habían hecho
muy parecidas, las de Europa, se puedan hacer hasta traducciones simultáneas en
los congresos, y parezca que es muy normal, que no pasa nada, sino que incluso
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también, probablemente, si hay que hacer un congreso en el que haya que hacer
traducción simultánea del mongol y del nahuatl y de alguna lengua bantú, pues
también, pero también a la fuerza, porque el nahuatl y el bantú y la lengua que sea
han quedado reducidas al molde de la Cultura Única, que es la de esta tribu que en
el Régimen que padecemos tiende a ser la única. Este progreso hacia la totalidad,
globalidad, unicidad que caracteriza la época, no solo no es que no tenga que ver
con aquello común que había por debajo, sino que es precisamente lo contrario, lo
que lo mata. La Realidad es de cada tribu, y si todas las tribus se someten a una
sola tribu, eso no quita para que la Realidad siga siendo idiomática y, por tanto,
falsa. Aunque se llegara a una Cultura absolutamente unificada: ni que decir tiene
que ni se ha llegado, ni se va a llegar nunca a una unificación total, pero sí en el
Ideal del Señor, en el Ideal de los que mandan, que parece que, en lugar de
aprender a descubrir por debajo de las realidades idiomáticas algo de común, a lo
que aspiran es a confirmar el reino de la Realidad.
Quien siga creyendo en la Realidad como algo inocente, que se puede manejar
por las buenas, quien piense que se puede mejorar la Realidad, pero dejándola que
sea la Realidad, quien piense que la lucha política tiene que desarrollarse
realistamente, en la Realidad, ése ya desde la raíz, está contribuyendo al
mantenimiento del engaño. La Realidad es falsa, es idiomática y esencialmente
falsa. Por tanto, no puede separarse del Poder, ni la lucha contra el Poder puede
tener sentido si no es como una lucha que descubre la falsedad de la Realidad. El
sentido de esta lucha consiste en que la Realidad no es todo lo que hay. Ellos
pretenden que sí, pretenden hacer como si la Realidad fuera todo lo que hay: la
Realidad es la Realidad y ya le basta.
He tratado de mostrar de hecho cosas que hay y que no son reales. Es desde
ellas desde las que se puede luchar contra la Realidad, que es la única forma de
luchar contra el Poder. He presentado como una de ellas el lenguaje en sus zonas
más subcoscientes, comunes, populares, sin ocultar la paradójica relación que
el lenguaje establece con la realidad suprema, que es el Dinero. Pero el
lenguaje funda el Dinero pasando a lo semántico, al establecimiento de las cosas;
pero sin embargo el lenguaje de por sí, evidentemente está por debajo de la
conciencia, por debajo de la Realidad. YO soy otro caso. Evidentemente si alguien
quiere decir que yo soy únicamente Don Agustín García Calvo, es decir, reducirme a
mi persona, lo hará con toda la mala intención, con toda la saña que eso suele
hacerse, porque desde pequeñitos lo que quieren hacer con uno es reducirlo a su
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persona, a lo que dice su Documento de Identidad: pero eso es, otra vez, mentira.
Uno está mal hecho, y uno, por tanto, no es íntegramente el que dice su nombre
propio. Muchas imperfecciones, flecos y abismos le quedan por debajo que no
pueden permitir eso. Y en cuanto YO, en lugar de ser Don Agustín García Calvo, soy
yo, yo que es cualquiera, que no es nadie real; YO soy como el pueblo, algo que
hay, por todas partes, surgiendo, cada vez que se habla, pero que no es ninguna
realidad. Es gracias a esto como efectivamente desde ahí, desde ahí abajo, desde
fuera de la Realidad, tiene sentido decirle “no” a la Realidad. Podría recordar
algunas otras apariciones de cosas que hay, pero que no existen, que no son reales.
Por ejemplo, la Ciencia trata de engañaros con la infinitud, tratando de incluir hasta
el infinito dentro de la realidad, tratarlo como si fuera un ente real. No puede ser.
No es así. Un sinfín de veras es algo que sin duda lo hay, porque todo este mundo
se nos está costantemente perdiendo en un abismo desconocido, y, por tanto, hay
ese abismo, hay esa infinitud, pero no es de la Realidad. La Realidad está flotando y
perdiéndose en ella, en contra de todos los esfuerzos de los que tratan de
sostenerla.
Contra la Realidad, representada en la más alta sublimidad, que es el Dinero, la
única arma que vale es la de no creer. ¿Qué sería del Dinero, de la Banca, de todo el
inmenso negociazo de la Red Informática Universal, si entre la gente cundiera de
alguna manera una falta de fe, si viniera a asaltaros a muchos de vosotros con
relativa frecuencia y relativa intensidad una sospecha de que aquello que circula
por la Red Informática, con lo que se mueve la Bolsa, aquellas cositas que vais
todos los días a comprar en el Banco, y como los niños cuando se dedican a cambiar
cromos, pero con la condición de que es lo más serio, es vuestra vida lo que allí se
juega? El Dinero no podría hacer nada, tan potente como es. Igual que cualquier
otra forma de Dios, necesita Fe. Eso es lo primero. Y cuanto más alta es su realidad,
cuanto más sublime, más necesita que se crea en Él.
Ya veis qué sencillo de decir (por muy difícil que sea de hacer) es el levantamiento
del pueblo contra el Poder, una vez que el Poder se ha identificado con la forma
suprema de realidad que es el Dinero. Basta con no creer: descuidarse: que le pase
a uno eso de dejar de creer, sin proponerse nada, sin proponer un programa político
alternativo; dejar de creer, y a ver qué pasa; porque en lo demás, uno no manda. A
uno lo mejor que le puede suceder es que deja de creérselo, que empieza a decir
no, que empieza a descubrir la falsedad de la Realidad, y entonces, una vez que eso
sucede y que eso cunde, pues de esa primera acción que es el decir “no”, que es el
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perder la Fe, de ésa ya vendrá lo que venga. Ya vendrá lo que no sabemos. La


gente de acá abajo no sabe. Está contra el Dinero, contra la Realidad: sabe que le
están falsificando, sabe que dedicarle la vida entera a cambiar Dinero de una
manera o de otra es algo sangriento, repugnante, y que, como pueblo, no se puede
aguantar. Eso lo sigue sintiendo, cualquiera, pero no sabe nada de ninguna
alternativa. Se limita, y esto ya es muchísimo, a decir “no” a la Realidad, a dejar de
creer. Lo que de ese NO surja, eso ello lo dirá, porque nosotros no somos quiénes.

Empresas de producción de Dinero

[...] Vamos a suponer que la Empresa en general es una istitución que se dedica a
la producción. Producción naturalmente de algo, de alguna cosa; aunque a veces se
oye, no tiene mucho sentido hablar de producción en general. En principio, la
producción debía ser una producción de cosas, y añadámosle todavía, útiles, es
decir, que sirvieran para algo. Entonces el productor se pregunta cómo se sabe
cuáles cosas son útiles y cuáles no lo son. Qué cosas sirven para algo y cuáles
no. Pues ya saben: la economía tradicional dice que quien decide eso es el público.
Se supone que hay un público que es el que pide o no pide tales cosas, y entonces
se supone que las que pide son las cosas útiles, las que sirven para algo; no vamos
a aclarar más: para comer, para trasladarse, para enterrarse si llega el caso, etc.:
todo eso pueden considerarse utilidades. No es por tanto ninguna arbitrariedad si se
equipara eso de ‘útiles’ con lo de demandadas. Útiles no quiere decir más que
las cosas que están demandadas: la demanda crea un hueco, o un vacío
aspirador, y entonces viene la producción y satisface la demanda ante ese vacío
¡Qué cosa más antigua y tradicional que entender la Empresa productora de ese
modo! Parece que la Ley de la oferta y la demanda está aquí en juego en su forma
más primitiva: la empresa productora debería producir cosas que satisficieran una
demanda previa que se supone que promueve y justifica la producción de las cosas
demandadas. Bajo el Régimen que hoy padecemos habréis oído cuentos como ésos,
que se refieren a una especie de Economía que a lo mejor para los abuelos o
tatarabuelos seguramente tenía algún sentido, pero ahora, cuando oímos decir esas
cosas seguramente os suena, como a mí, que os están hablando en el vacío, que os
están contando un cuento cuando os hablan de ese juego de la oferta y la
demanda. Eso es desde luego algo pasado de moda: en el Régimen que
padecemos, la forma de realidad que es la que directamente nos interesa, las
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cosas, desde luego, no juegan así. El gran proceso, el que ha llevado a esta forma
de Régimen que hoy padecemos, consiste en que eso se ha convertido en una
producción de cosas inútiles. En su progreso, la Empresa ha venido a
convertirse en una productora de cosas sencillamente vendibles. Cosas
vendibles quiere decir cosas que, según un cálculo de previsión que se
considera sensato, van a poderse vender en cantidad suficiente para
compensar los esfuerzos y gastos de la producción. Evidentemente
‘vendibles’ introduce la posibilidad y el futuro: las que, según un cálculo prudente y
acomodado a la realidad, van a poderse vender de manera suficientemente amplia
y fácil como para justificar el esfuerzo de la producción. Qué es venderse, qué es
vender, es una cosa que todo el mundo sabe: cosas vendibles son las
convertibles en Dinero; y por otra parte, toda cosa convertible en Dinero
se va a producir, va a encontrar su Empresa. Ésta es la Ley del Mercado en la
situación actual. A este propósito hay que entender la manera de ser teológica
del Dinero: es la realidad de las realidades; hasta tal punto supera a todas, las
comprende a todas, que bien se puede decir que la realidad se puede definir
diciendo que puede cambiarse por x Dinero. Definición (una frase que responde a
este concepto): una cosa es real en la medida en que puede cambiarse por Dinero.
Tanto más real cuanto más puede cambiarse por dinero: más fácilmente,
frecuentemente, por más cantidad de Dinero, etc. El hecho de que hayamos venido
a esta situación económica tiene múltiples consecuencias, de las cuales me voy
a parar en algunas. Es que esta trasformación o paso de la producción de cosas que
valen para algo a la producción de cosas vendibles arrastra consigo a su vez la
creación de otra empresa que todos conocéis muy bien: es la Empresa que se
encarga de sostener y realizar ese proceso, la Empresa de fabricación de
necesidades. Esto no sé si lo veis con claridad, pero desde luego padecerlo lo
padecéis todos los días, y lo que aquí se trata de hacer es hablar de las cosas que
se padecen, y tratar de darles una voz y de formularlas con claridad. Es una
empresa fundamental: evidentemente, hacer pasar a las cosas de útiles a
vendibles, convertibles en dinero, implica que el juego de Oferta y Demanda se ha
vuelto del revés. Ésta es la condición para ese paso. Si nos contentáramos con las
necesidades que se suelen llamar primitivas o verdaderas, entonces no habría ni
progreso de la Empresa, ni padeceríamos bajo el Régimen que padecemos. Esta, la
que cubre necesidades primitivas, es una empresa que hoy se mira con sumo
desprecio, porque una empresa de este tipo, que produce cosas útiles, es hasta una
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empresa agrícola; hasta el señor que produce patatas en su campo es una empresa
en este sentido primitivo, pero eso no es una empresa seria. Incluso, no ya la
empresa agrícola o sector primario, que es el más despreciable de todos bajo el
Régimen, sino el sector secundario, la industria, la producción de cosas, si se atiene
a esto, si no vuelve del revés la ley de la oferta y la demanda, pues tampoco es
digna de figurar en el Régimen que hoy padecemos. Incluso esa industria, que
puede tener un derivado muy interesante, que son las máquinas productoras de
máquinas, mientras se mantenga en eso nada más, tampoco tiene nada que hacer.
Es preciso llegar al sector terciario, que es precisamente el de empresas de ese
tipo, empresas dedicadas a volver del revés la Ley de la oferta y la demanda, esto
se suele llamar Servicios (ya con mayúscula) , que son servicios
directamente ligados con el Dinero, servicios al Dinero, a ese Dios, sin
andarse con cosas primitivas como la agricultura o ni siquiera la industria
tradicional. Este proceso ha hecho pués pasar a la noción de ‘trabajo’ por todas
estas etapas. Mirad cómo cualquier empresario, alto o mediano, mira hoy desde lo
alto al pobre labrador que todavía se afana en pretender que él está haciendo algo
que vale cuando produce y lanza al mercado algunas patatas o algunas coles o
cualquier otra cosa, cómo desde lo alto dice “Eso no es nada”. Incluso los pocos
obreros que quedan en el Estado del Bienestar, que la mayor parte, como sabéis,
son mano de obra traída de fuera, porque ¿cómo van a quedarse los ciudadanos del
Bienestar en el sector secundario, en la producción con máquinas, cosiendo,
forjando herramientas, o incluso en la producción de máquinas que producen
máquinas? Ni siquiera eso, aunque, por supuesto, cuanto más complicada es esa
producción, más digna se vuelve para el Estado del Bienestar. Hay que aspirar a
caer en el sector terciario: hacer un trabajo que no produce nada. Fijáos que hacer
un trabajo que no produce nada es una cosa interesante por los dos lados:
primero, porque no produce nada, y luego porque sigue siendo trabajo. Si
no cumple las dos funciones, no sirve: porque, evidentemente, tirarse a la bartola o
dar saltos por la pradera tampoco produce nada, pero eso no sirve, porque eso no
es trabajo. Tiene que seguir siendo un trabajo para nada, un trabajo que gire en el
vacío, pero que siga siendo trabajo de todas maneras y un trabajo dedicado
precisamente a eso, a proseguir esa inversión de la ley de la oferta y demanda que
consiste en empresas de producción de necesidades. Para que a la gente se le haga
creer que necesita todo lo que se le vende bajo el nombre de cosas en el Estado del
Bienestar, hace falta un trabajo. La gente no nace tonta del todo, no nace
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chupándose el dedo íntegramente, aunque en una buena parte sí; y por tanto, hay
un trabajo que es el trabajo de convencerla de que necesita. Es
relativamente fácil convencerla todavía de que necesita una lavadora por ejemplo:
presupuesto que tiene que haber en el mundo pisos, y que el núcleo familiar
persiste, entonces es normal tener una lavadora familiar. Esto es un trabajo
relativamente fácil. Imagináos convencerlos de que necesitan estar viendo la
televisión todas las noches (cosa que en tiempo de vuestros abuelos nadie había
pedido, ni se les había ocurrido: no había demanda ninguna previa): éso, requiere
una labor seria, que se llevó a cabo en los años cuarenta y cincuenta, de
convencimiento de que sin televisión no se vive: un trabajo serio de creación de
necesidades; e imagináos cuando os convencen de la necesidad de que haya discos
que sean de ese tipo que llaman cede rom, o la mucha necesidad de que tengáis un
telefonillo para llevaros de un lado para otro, o que estabais deseando desde el
comienzo de la Historia, desde la espulsión del paraíso, que efectivamente os
concedieran la gracia de tener una autopista, de poder gozar de las ventajas de un
fax, porque estaban sospechando desde entonces que sin un fax no se podía vivir.
No os habíais dado cuenta, pero para eso están los técnicos de producción de
necesidades, para que os deis cuenta de que desde el comienzo de la Historia
estabais deseando disponer de una red informática universal para que vuestras
transacciones y vuestras ideas se trasladen de una punta a otra del globo con la
rapidez que la electricidad proporciona. Simplemente tienen que convenceros con
esa creación de necesidades, o de deseos, que son deseos falsos igual que las
necesidades.
Ésa es la gran industria que implica la inversión que hemos visto: no es ya
ninguna demanda verdadera la que rige la producción, sino que, por el contrario, la
producción principal está destinada a la creación de demandas que, por lo tanto, no
son previas, sino posteriores a la oferta, que están justamente sosteniendo la oferta
y haciendo funcionar esa industria. Termino esto haciéndoos notar que, una vez que
estamos ya en la producción de necesidades y que sabemos que las cosas que se
producen no tienen por qué andar pensando si son útiles o no, porque basta con
que sean vendibles, el último paso ya es muy fácil: las cosas vendibles en dinero
han sustituido a las cosas útiles. La duda de si una cosa sirve para algo puede
presentarse de vez en cuando, pero ¿quién se pregunta ya para qué sirve el cede
rom, para qué la red informática universal o para qué sirve el telefonillo móvil?
¿Quién se pregunta esto? Han nacido para venderse. La única función para la que
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han venido a este mundo es la de la compraventa. Si después hay un señor o


alguna señora más o menos memo que se cree que son muy útiles, bendito sea,
porque es quien está sosteniendo el negocio. Si no hubiera señores y señoras lo
bastante memos para creerse que efectivamente aquello está sirviendo para algo,
pues no podría servir para lo que de verdad sirve, que es para comprarse y
venderse. Se comprende bien el truco y cómo marcha: es necesaria la ilusión de la
vieja utilidad, una ilusión de utilidad, para que se cumpla la única utilización que
de verdad tiene estos productos, que es la de pasar al mercado, comprarse y
venderse. Sin ilusión, por lo menos mayoritaria, no marcha el negocio.
La última forma de Empresa, la representada por la Banca entre los servicios, es
ya una mera ratificación: una vez que lo que se produce son cosas que son dinero
¿por qué no se va a producir directamente dinero? De manera que hay empresas
directamente productoras de dinero, lo que no hace más que presentar de la
manera más desnuda el tipo de empresa que está mandado. No es que pueda ser
del todo la única Empresa: eso casi nos colocaría en una situación apocalíptica; pero
evidentemente el Régimen que padecemos se acerca a ello. Por todas las ciudades
del bienestar continuamente vemos cómo otras empresas, incluso de las de
servicios, caen bajo la garra de la Banca. Veis cafeterías, tiendas de esto o de lo
otro más o menos viejas, convertidas en sucursales de banca, de manera que la
tendencia está clara: entre las muchas empresas productoras de cosas que son
Dinero, tiene que ocupar una posición preeminente la empresa productora
directamente de Dinero. Cuando todas las cafeterías del mundo, y todas las
ferreterías y todas las tiendas de modas se hubieran convertido en bancos, esto nos
colocaría en una situación tan apocalíptica que parecería deseable, porque se
habría desnudado entonces del todo el tinglado: ¡Todo son Bancos! Se ha declarado
con una franqueza inconveniente que todas las cosas que se vendían en las tiendas
eran Dinero, y que eran formas de Banca y, por tanto, no habría más producción
que la de Dinero, producción que consiste en el puro movimiento del Capital. Pero
todo esto es en el ideal, más o menos apocalíptico. También es cierto, y esto es un
respiro del pueblo desde abajo, que eso jamás puede cumplirse del todo. Eso
funciona en el ideal de los que efectivamente quieren convertir todo trabajo en
servicios al Dinero, en el ideal de los que están seguros de que pueden
indefinidamente producir necesidades para seguir vendiendo más y más sin tener
en cuenta para nada lo que a la gente le sirva, y que todas las producciones
vengan a ser producciones de tipo bancario. En el ideal está, pero está por debajo
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del ideal lo que nos quede de vivo, de gente que no acaba de vivir solo de ilusiones,
que de vez en cuando a lo mejor se le ocurre que podrían saborear algún fruto, ver
alguna nube que no estuviera en el Mercado. Hay, a pesar de todo y por debajo de
nuestras ilusiones, algo que no se encuentra satisfecho, algo que se revuelve y
parece que todavía reclama un poco de vida, un poco de sabor, un poco de gozo, o
que simplemente reclama que lo dejen en paz, que no le vendan más cosas, ni en el
supermercado, ni en la discoteca, ni en la Universidad. De forma que hay que
recordar la evidencia de que hay cosas que no son cosas, en el sentido de cosas
reducibles a Dinero. Hay algo que no es Dinero, hay siempre algo que no se puede
comprar con Dinero. El intento del Régimen es, por supuesto, que no quede nada;
pero ya he dicho que ese intento es un ideal, es un intento nunca del todo asequible
al éxito de la Empresa. Siempre queda algo que no se deja convertir en Dinero.
Siempre quedan cosas a las que todavía el Mercado y la Banca no han echado la
zarpa, y que por tanto no son cosas en el sentido propio. Es por eso por lo que hay
que fabricar la Realidad y la fe costantemente, sea por la Televisión, sea por la
Ciencia positiva: por el peligro de que todavía, a pesar de todo, no todo es
comprable y vendible. Ése es el gran peligro contra el que el Señor, con nombre de
Dinero, está luchando.

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