Vous êtes sur la page 1sur 2

Nubarrones sobre la agenda catalana

Lola García Directora adjunta


0
10
Lola García
30/10/2016 02:13 | Actualizado a 30/10/2016 08:44

El José María Aznar de la segunda legislatura, con mayoría absoluta, se destapó como la
antítesis de su primer mandato, cuando Jordi Pujol alardeaba de haberle “dado la vuelta
como un calcetín” al PP. Mariano Rajoy se dispone a recorrer el camino inverso. Hay,
sin embargo, una diferencia sustancial. Aznar necesitaba los votos del nacionalismo
catalán, y Pujol tenía en su mano derribarle. Rajoy, en cambio, dispone de un arma letal
sobre el PSOE y Ciudadanos: la amenaza de elecciones. Eso supone que hará algunas
concesiones, pero no se dejará marcar ritmo ni contenidos. Y tampoco piensa hablar
catalán en la intimidad. La carpeta catalana va a estar presente por primera vez en la
Moncloa más allá del habitual recurso judicial, pero con una actitud entre apocada y
precavida, sin mucho entusiasmo.

Rajoy está convencido de que la legislatura no va a ser corta, ni mucho menos. La


sangría del PSOE tardará en cauterizar y ahora es inviable un gobierno alternativo, con
Podemos dispuesto a rentabilizar la abstención socialista. El recién elegido presidente
del Gobierno no va a someterse a la oposición, pero también ha manifestado a sus
colaboradores que desea convertir su flaqueza parlamentaria en oportunidad. La
debilidad socialista le permite tender la mano y alcanzar acuerdos sin perder demasiado
por el camino. Este será su último mandato y, como todos los presidentes en el final de
su carrera, desea dejar una buena imagen, aunque casi nunca lo consiguen.

Así pues, Rajoy pretende hacer de la necesidad virtud. La primera prueba van a ser los
presupuestos. Intentará negociar contraprestaciones con los socialistas para que le den
su abstención y tanteará al PNV, aunque en el PP creen que será preciso dar más tiempo
a los nacionalistas vascos.

El diputado Francesc
Homs pasando junto a la bancada popular para dirigirse, ayer, a la tribuna (EFE)
¿Y qué ocurre con Catalunya? La posición de Rajoy y de la nueva dirección socialista
sobre este asunto es casi coincidente, así que ve llegado el momento de abordarlo. Lo
único que le preocupa al líder del PP es la actitud de Podemos. De ahí los recelos que
expresó esta semana sobre el foro en el que debía abordarse el conflicto catalán, cuando
el PSOE le reclamó abrir una subcomisión parlamentaria al respecto. Ni el PP ni el
PSOE admiten un referéndum, pero Podemos y los partidos independentistas intentarían
introducir ese debate.

Rajoy pretende abrir cuanto antes la negociación sobre la financiación autonómica.


Incluso desea escenificarlo con una conferencia de presidentes, aquel invento de
Zapatero que cayó en el olvido. Carles Puigdemont no irá a la cita, pero el Gobierno
catalán sí estará en las negociaciones de la financiación. No llevará una propuesta, pero
tampoco se desentenderá. Es mucho lo que hay en juego. Ciudadanos también
presionará al PP para desbloquear inversiones en infraestructuras en Catalunya, ya que
busca cultivar la imagen de lobby útil en Madrid, como la antigua CiU.

La reforma constitucional no se descarta, pero Rajoy cree que el independentismo está


aflojando y quiere esperar más antes de decidirse. Se sopesa, por ejemplo, recuperar
algunos atributos del Estatut recortados por el Constitucional e incorporarlos a la Carta
Magna, pero sería una rectificación por parte del PP, que fue quien llevó el Estatut al
tribunal.

Pero será difícil que la tensión remita. El acoso judicial alentado por Rajoy sobre
políticos catalanes sigue su curso y se sucederán las inhabilitaciones, lo que aumentará
la temperatura política. Además, Catalunya se adentra ya en un curso electoral y el
independentismo necesita recuperar fuelle antes de acudir a las urnas, con la aprobación
de las leyes de desconexión y el intento de convocar un referéndum unilateral. Es
impensable que Rajoy, sus socios de Ciudadanos y un PSOE en plena guerra interna
reaccionen de otra forma que no sea un cierre de filas ante esos nubarrones. La agenda
catalana se abrirá camino en Madrid con apatía y será un milagro si llega a buen puerto.